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roberto testa

para los días que vendrán


Testa, Roberto

Para los días que vendrán / Roberto Testa. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-87-2244-3

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. I. Título.

CDD A863

EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA

www.autoresdeargentina.com info@autoresdeargentina.com

Queda hecho el depósito que establece la LEY 11.723

Impreso en Argentina – Printed in Argentina

¿Desea usted poner fin de inmediato a su vida?

En caso de que su respuesta sea negativa, ¿podría explicar por qué considera que prolongar su existencia tiene sentido?

Estas son las dos preguntas a las que deberé enfrentarme en unas horas. Tengo una respuesta muy clara para la primera: no deseo poner fin a mi vida. Pero no sé cómo contestar a la segunda.

En realidad, las preguntas no son formuladas de esta manera tan brutal como yo las he planteado. Por ejemplo “vivir” o “morir” son términos que no se recomiendan; generalmente usan “continuar” y “cesar”. Y la persona que plantea estos eufemismos es siempre una joven bella, simpática, amable, inteligente y muy preparada para su trabajo. El lugar de la charla es un ambiente cómodo, sobrio, impecable, amplio. La joven me hará pasar, me dirá su nombre, improvisará algún chiste sencillo y efectivo, y con un par de comentarios al paso me hará sentir que simpatiza conmigo y que sólo está ahí para hacer lo mejor para mí, para ayudarme a concretar mi deseo. Debo tener presente todo el tiempo que la joven que está frente a mí ha sido seleccionada entre cientos de aspirantes a Psicólogas Legales no sólo por sus conocimientos sino también por ciertas características de naturaleza que la hacen perfecta para su trabajo: tono de voz cálido y bien modulado, rasgos que favorecen la confianza del interlocutor, sonrisa perfectamente calibrada; todos hemos conocido a alguien que entró a su entrevista absolutamente convencido de continuar, y sin embargo pocos minutos más tarde firmó la autorización para su cese.

Me preguntará si leí el Instructivo NPRS, si tengo alguna pregunta al respecto. Diré que lo leí, que todo está muy claro, que apoyo con fervor la política del Instructivo. Recién allí comienza la entrevista. Y entonces ella soltará la Primera Pregunta: ¿desea usted cesar?, con la misma actitud de alguien que pregunta “desea usted un café” y acompañado por un breve y encantador gesto, un poco seductor y un poco aniñado que se puede leer como “¿no que sí?, para qué continuar con este fastidio”.

Como dije, de ninguna manera deseo cesar, la sola idea me espanta. Pero a la vez no tengo ningún motivo para continuar como no sea el miedo a cesar, y tal vez también un deseo de resistir. Ella percibirá mis sentimientos encontrados, y en un ademán estudiado y que cambia de año a año pero que siempre hace estupendamente, apoyará una mano sobre la mía, o inclinará su rostro en un ángulo preciso, o tal vez sea un breve parpadeo o cualquier otra cosa que sirva para invitar a la confidencia, para derribar mis defensas, para producir un quiebre psicológico. Este es el momento más difícil, en el que tengo que estar más atento.

Querido y misterioso lector o lectora: si alguna vez te toca enfrentar a una Psicóloga Legal y pretendés salir con vida, recordá esto: no se puede evitar el quiebre, no hay manera. Si entrás confiado en no quebrarte, estás perdido. Por más preparado para la entrevista que te sientas, cuando estés allí te verás sorprendido por la habilidad de una profesional que te obliga a ver tu vida desde una perspectiva descarnada, que desnuda las fragilidades del relato que construiste para pensar en vos mismo, y que sostenés de manera acrítica a lo largo de los días rutinarios de la vida. Vas a sentirte confundido, muy confundido.

Lo que sí se puede hacer es convertir la debilidad en estrategia. Debés decir “estoy confundido”. Esas palabras son importantes porque el protocolo de entrevista dice que en caso de confusión del entrevistado o entrevistada, la operadora deberá clarificar las razones por las cuales se considera conveniente el cese. Esto te dará tiempo para rearmarte.

“Estoy confundido”, dicho casi en un ahogo, conteniendo las lágrimas. Y entonces ella dirá algo así como “Juan, no debe tener miedo a cesar, todos lo haremos eventualmente”. “Lo que le ofrecemos es un cese por completo indoloro, sumamente placentero”. Mentiré que no deseo cesar por miedo sino por otras razones. Es importante extenderse, hacer digresiones, repetir lo que ya se dijo, mostrarse un poco errático, mientras se hace tiempo hasta que pasen los cuarenta terribles minutos de la entrevista.

Pero por mejor que lo hagas, no podrás evitar el vendaval de preguntas envenenadas: ¿Cuántos años hace que usted no trabaja y vive de Crédito Oficial?, ¿cree que alguien se perjudicaría con su cese? ¿O más bien alguien se beneficiaría?, y luego el reproche dicho con una sonrisa veladamente desdeñosa: ¿entiende usted la necesidad de ser un ciudadano responsable en un mundo civilizado?, ¿entiende usted que no puede autorizarse un nacimiento como no sea a partir de la confirmación de un cese?

Y entonces inventaré que estoy escribiendo un libro y necesito tiempo para terminarlo. Nunca podés engañar a una Psicóloga Legal, pero tampoco les importa, o quizás hasta las halague que lo intentes. Y, felizmente, no es políticamente correcto que las Psicólogas Legales acorralen a sus entrevistados -digresión: también hay Psicólogos Legales, pero siempre me asignan a mujeres, supongo que no debe ser casualidad- Ella escuchará mis argumentos sin creerlos, asentirá, con esa expresión de “si no puede ser este año, será el próximo, o el siguiente, pero inexorablemente te daré caza” y dará por terminada la entrevista poniéndose de pie y diciendo “Hasta el año que viene, Juan. Espero que logre terminar su libro para que pueda al fin cesar”, mientras con un movimiento sencillo toca la tecla que desbloquea mis fondos del Crédito Oficial para que yo pueda vivir holgadamente durante todo un año. Y yo saldré de allí con la sensación de alivio de haberme librado de la muerte hasta el año próximo, pero también con un poco de culpa de saber que soy un enorme lastre social.

Pero para la próxima entrevista les tengo preparada una sorpresa: hoy he empezado a escribir este libro.

i - Los nuevos Neandertales

UN AÑO MÁS TARDE

Los últimos días de nuestro mundo

Recuerdo con claridad el día en que comprendí que el mundo que yo había conocido terminaba para siempre. Yo tenía en ese entonces 40 años y era profesor de Historia en dos escuelas públicas de Buenos Aires. Ya había empezado a abusar del alcohol hacía unos quince o veinte años, pero aún era plenamente funcional.

Y ya había leído sobre los nuevos “super bebés”, como los llamaban entonces, y el tema no me había llamado demasiado la atención, como supongo que le pasó a casi todo el mundo. Mis días transcurrían batallando –cada vez con menos empeño- con alumnos adolescentes rematadamente necios a los que les importaban un carajo cosas como el surgimiento de la sociedad de masas, el fordismo, los totalitarismos y otros ismos, y mis noches transcurrían bebiendo y mirando toneladas de series de ficción. Pocos años más tarde, el tema de los super bebés, ahora “niños alfa” se volvió tópico en todas las publicaciones y redes sociales. Estos niños eran la primera generación de humanos mejorados por medio de la manipulación genética. Eran inmunes a muchas enfermedades, eran fuertes, ágiles, veloces, y lo más notable: eran más inteligentes. ¿Qué tanto más inteligentes? No estaba del todo claro, porque hasta el día de hoy es bastante difícil definir “inteligencia” pero sí era evidente que eran más rápidos para el cálculo y que habían aprendido el lenguaje antes que los demás niños. Ya para entonces se leían testimonios según los cuales pronto los hijos entendían que sus padres eran seres físicamente flojos, un poco torpes, e intelectualmente limitados. Un par de años más tarde una nueva problemática se instalaba en las escuelas: los super alumnos aprendían de sus maestros a la velocidad de la luz y se vinculaban con sus compañeros de manera bastante conflictiva. Para esta época algunos políticamente incorrectos empezaron a plantear la pregunta “qué vamos a hacer con esta gente tan peligrosa cuando se vuelvan adultos y sean cada vez más”. Para bien o para mal, la nueva tecnología genética y biomédica existía y nadie la iba a parar. Estas prácticas se hacían en clínicas privadas exclusivas, costaban muchísimo dinero, y por lo tanto interesaban a los sectores más influyentes. Así que los super bebés o pequeños monstruos aumentaban en número todos los días.

Permítanme que les cuente sobre Marcela y Darío. Darío era también profesor de Historia en una de las escuelas en que yo trabajaba, Marcela enseñaba Literatura. Eran gente de lo que se llamaba “clase media” con intereses culturales, intelectuales, políticamente un poco de izquierda, un poco progresistas, un poco peronistas. Vivían bien y deberían haber seguido así, pero un día decidieron que querían tener un hijo. Recuerdo una charla tiempo antes de que tomaran esta decisión, en la que todos estábamos de acuerdo en lo que había pasado a ser una especie de sentido común de los sectores bien pensantes a los que pertenecíamos: que el tema de la manipulación genética era un horror de consecuencias imprevisibles; que había una consecuencia que sin embargo era bien previsible: las clases acomodadas aumentarían sus posibilidades de que sus hijos, ahora super adaptados desde la biología, lo siguieran siendo, y por lo tanto el mundo se volvería cada vez más desigual e invivible. Por otro lado, también estábamos de acuerdo en que, en un momento como aquel, en el que el crecimiento demográfico global seguía en expansión y por lo tanto la destrucción de los equilibrios ecológicos empezaba a tener consecuencias desastrosas, el simple hecho de traer otra boca al mundo era un acto de irresponsable egoísmo.

De hecho, unos veinte años antes de esta charla yo mismo había cometido la irresponsabilidad de tener un hijo. En realidad, podría decir que fue contra mi voluntad. Quiero decir que de haber podido elegir hubiera preferido que el embarazo se interrumpiera. La madre no estuvo de acuerdo y no me quedó más remedio que apoyarla en su decisión, pero la verdad es que nunca he tenido empatía con ese niño que hoy ya es un adulto amargado y frustrado, y que me detesta con toda justicia.

Volviendo a Marcela y Darío, cuando murió la madre de Darío algunas cosas empezaron a cambiar. Recuerdo otra charla, a la salida del teatro, en la que ambos habían incorporado un nuevo punto de vista: la vida era un horrible camino hacia la decadencia, la soledad, la decrepitud y finalmente la muerte; y su único propósito era la reproducción. Desde el punto de vista de la especie esto era perfectamente lógico, y tenía una implicancia también lógica en lo individual: lo único que aliviaba el dolor era traer nueva vida y consagrarse a la alegría de cuidarla. Recuerdo que respondí con sarcasmo que entonces la única manera de soportar esta peregrinación hacia la nada era condenando a un inocente a pasar por lo mismo. Después de un breve silencio, Marcela me dijo “ya firmamos, en dos meses se hace la inseminación; si todo sale bien a fin de año voy a estar embarazada”. Fue, claro, un momento muy incómodo. No dejamos de ser amigos con Marcela y Darío, pero nuestra amistad nunca volvió a ser igual. Nos seguíamos cruzando en los pasillos de la escuela y a veces compartiendo un café a media mañana, entre horas de clase. Me enteré por Marcela de que pronto habían cambiado su posición sobre la cuestión de la manipulación genética: si habían decidido ser padres, eso implicaba darle a su hijo las mejores posibilidades de que pudieran disponer. No hacerlo significaba condenar a la criatura a ser más débil y enfermiza, una especie de estúpido en el mundo del futuro de los super bebés. Esta vez, por supuesto, me limité a escuchar.

Por aquellos días eran muy pocos los que pensaban lo que luego resultó cierto: la especie humana estaba pegando un salto evolutivo y nosotros éramos ya parte del pasado, aunque aún no nos hubiéramos anoticiado; éramos los viejos seres humanos, éramos los nuevos Neandertales. Incluso si uno revisa hoy las publicaciones pretendidamente serias de la época que intentaban entrever el futuro, de la corriente política que sea, comprobará que se le dedicaba al tema un lugar que hoy parece absurdamente menor.

Recuerdo haber ido al Sanatorio cuando nació Mariela, la hija de Marcela y Darío. Ese día se los veía muy felices. Fue la última vez que vi sonreír a Marcela, estoy seguro, y tal vez también a Darío. Marcela no volvió a la escuela después de su licencia. Según me contó en esos días Darío, ella había caído en una depresión. Para cuando terminó su licencia psiquiátrica ella aceptó el retiro voluntario. Me cruzaba a Darío una vez por semana y ambos fingíamos que estábamos apurados por llegar a alguna parte. Él parecía envejecer semana a semana. Lo último que supe es que la pequeña Mariela era una especie de criatura satánica y que Marcela y Darío ya no vivían juntos. Poco tiempo después yo acepté el retiro voluntario -por llamarlo de alguna manera- y no supe más nada de ellos.

Pero empecé este capítulo prometiéndote, lector o lectora, que te contaría cómo fue que yo percibí que era el fin de nuestro mundo. Porque una cosa son estas consideraciones retrospectivas, o la historia de gente próxima, y otra es la vivencia personal. Cuando tenía cuarenta y cuatro años no se me había cruzado por la cabeza la posibilidad del retiro anticipado. Ese año conocí a Gabriel.

Gabriel tenía entonces catorce años y era uno de los primeros chicos Alfa, el primero que llegaba a la escuela donde yo trabajaba. A su manera, Gabriel estaba pagando el precio de ser el primero. Unos años después, cuando la cantidad de chicos Alfa en edad escolar empezó a ser importante, se crearon los Centros Especiales de Educación, que fue una de las primeras balbuceantes respuestas a la pregunta “qué hacemos con esta gente”. Pero nada de esto existía cuando Gabriel llegó a nuestra escuela. Estos pioneros de la nueva era venían todos con historias traumáticas. En general, la reacción de los otros niños y niñas con los que compartían la clase era de temor ante los Alfa y muchas veces les rehuían y los aislaban. Otras veces la cosa pasaba de la hostilidad pasiva a la activa y se armaban pandillas de niños que lograban por medio del número empardar la mayor fuerza física del pobre infeliz. Y las maestras no sabían qué hacer, como tampoco los padres. Muchos de estos chicos no llegaron a adaptarse de ninguna manera y sus padres los terminaron sacando de la educación formal para rodearlos de docentes particulares que les enseñaban de acuerdo con sus capacidades. Gabriel, en cambio, no había tenido más remedio que soportar toda la escuela primaria entre la hostilidad de sus compañeros y la indisimulable antipatía de sus maestros. Pero una vez en el secundario, se había dado un fenómeno interesante: Gabriel se había erigido en líder de su clase. En todos los cursos hay líderes naturales. Con la experiencia que tenía yo en aquel momento me bastaba entrar a un aula y con apenas un pantallazo podía entender rápidamente quién era él o la líder y cuál era la naturaleza de ese liderazgo. Había liderazgos positivos y negativos que definían cuál era la actitud del grupo hacia los docentes, hacia el estudio, hacia valores como el respeto, etc. La semana anterior a empezar las clases me citaron a una reunión con el director de la escuela y todos los docentes asignados a ese curso. Allí estaban los docentes del año anterior. Cada uno relató su experiencia. Todos parecían tener un insólito respeto, o temor, o directamente profundo odio hacia Gabriel. Gabriel era descripto como un líder de una maldad refinada, manifestación de un profundo resentimiento justificado por haber sido objeto de hostilidad desde sus primeras experiencias. Relataron distintos episodios: en algunos casos Gabriel los había desautorizado con sutileza y éxito. Uno de sus trucos habituales era quedarse mirando por la ventana, distraído. Y cuando el docente le recriminaba que no le estaba prestando atención a la clase, Gabriel lo miraba condescendiente y empezaba a repetir palabra por palabra, y seguramente sin equivocarse en ninguna, todo lo que el docente había dicho, desde buenos días en adelante, y el resto de los compañeros se quedaban mirando al docente con una expresión seria pero que de alguna manera implicaba una burla.

Recuerdo el día que entré a dar clase al curso de Gabriel como posiblemente los indios que atisbaban la costa recordarían cuando vieron aparecer por primera vez las carabelas de Colón: todo cambiaría a partir de ese momento, sería el principio del fin del mundo. Expliqué brevemente de qué se trataba la materia, pregunté si les interesaba el tema, las cosas de todos los principios de curso. Gabriel era un muchacho que parecía unos dos años más grande que su edad y que me miraba fijo, casi sin parpadear, sin manifestar abiertamente ninguna expresión, pero me pareció evidente que trataba de intimidarme. El resto de los compañeros también me miraban atentamente, pero noté que estaban más pendientes a lo que Gabriel fuera a hacer o a decir que a mí. Empecé a percibir una especie de duelo latente, como en las viejas películas del lejano oeste, cosa que quise desactivar de inmediato, preguntando con mi mejor cara de profesor bueno y amable si alguien tenía alguna inquietud. Entonces Gabriel, muy serio, me dijo que había estado revisando la bibliografía del programa y que había comprobado que a pesar de que aparentaba ser ecuánime, estaba sutil pero claramente orientada hacia la izquierda y que le parecía que eso podía llegar a interpretarse como un intento de manipulación. Respondí que yo no hacía los programas de estudio –error, retrocedí desde la primera palabra que dije y todos esos mocosos de catorce años lo percibieron de inmediato- pero le pregunté por qué hacía semejante afirmación. Me respondió que seguir basando un programa de Historia en Eric Hobsbawm –aclaró que respetaba muchísimo a Hobsbawm, qué caradura- cuando tanto se había investigado y escrito después de él, implicaba ignorar olímpicamente otras visiones, y que tratándose de gente tan respetable como la que hacía los programas no podía siquiera pensar que se tratara de ignorancia o desidia, y por lo tanto no le quedaba más remedio que pensar que el sesgo que se daba a la cátedra pretendía manipular al estudiantado. Y para que quedara claramente establecido quién iba a ganar el duelo me preguntó, con absoluta corrección “usted, que tampoco hace los programas ni decide gran cosa de los contenidos de la materia, ¿no se siente también un poco manipulado?”. Y sí, me sentía manipulado, pero por Gabriel. Me hubiera encantado estrangularlo. Eso era lo que pensaba mientras me quedé en silencio, mirándolo. Y mi silencio era una muestra elocuente de que Gabriel podía hacerme perder la calma, o el habla, con poco esfuerzo de su parte, y de esa manera estaba dejando en claro que la autoridad formal podía estar en mis manos, pero la autoridad real no.

Pero lo que me impresionó no fue la audacia y la habilidad de Gabriel, sino la actitud de sus compañeros. A primera vista parecían festejar con discreta complicidad esta temprana victoria de Gabriel, pero en sus miradas vi un matiz que nunca había visto y que lamentablemente vería innumerables veces después: había algo que decía “profesor, no se dé por vencido frente a este hijo de remilputas porque si puede hacerlo tan fácilmente con usted, entonces el futuro nunca será para nosotros otra cosa que este sometimiento silencioso”. Luego Gabriel remató su frase, con fingida solidaridad hacia mí “bueno, discúlpeme, no quise complicarle la vida, después de todo usted no es más que un profesor de escuela secundaria”.

Y entonces estallé. Lo miré a Gabriel y dije “si vos sos lo más brillante de tu generación, si ustedes son el futuro, entonces yo no quiero estar allí. No sos humano, sos un cachorro de monstruo horrible y sería mejor para todos que nunca hubieras nacido” y luego miré al resto de la clase y dije “y ustedes me hacen acordar a los seguidores de Hitler, compitiendo a ver quién es más lame culo del líder y esperando no ser el próximo en caer en desgracia”. Agarré mis cosas y me fui.

Recuerdo que en aquel momento me sorprendió mi propia violencia; nunca he sido un tipo inclinado al desborde, y hasta puedo decir que nunca, ni antes ni después, tuve una explosión de ira como la que tuve en aquel momento. Pensé entonces que en realidad semejante acto se explicaba por algún tipo de acumulación de frustración personal, que de alguna manera ese joven brillante había puesto en evidencia que yo era un fracasado sin retorno y que mi exabrupto era una reacción ante semejante noticia. También pensé que había cometido un acto de auto sabotaje, un acto de odio hacia mí mismo, porque la verdad es que no me hubiera costado nada irme en silencio, conseguirme una licencia médica o renunciar a esas horas de clase de ese curso en particular, conservando el resto de mi trabajo y de mi vida. Fue una furia fría. No es que me cegué y dije un exabrupto. No. En todo momento estuve perfectamente lúcido, conocedor de las consecuencias devastadoras para mí mismo del acto que estaba llevando a cabo. En fin, a lo largo de las décadas siguientes volví una y otra vez sobre ese momento. Sobre todo, cuando aquel muchacho, Brian Gabriel, se transformó en hombre y empezó su carrera política imparable. Más allá de todas las explicaciones posibles, hoy pienso que aquel día simplemente vi el futuro y, como un animal moribundo, tiré mi última colérica y agonizante dentellada contra mi depredador.

Era un buen hombre el director de la escuela, y al día siguiente me llamó y me citó a su despacho. Me explicó que mi actitud había sido un escándalo, que todos los pibes testimoniaban contra mí, que los padres ya lo estaban comentando indignados por las redes sociales, que iba a ser sometido a sumario y que no tenía ninguna chance de conservar ni el trabajo ni la dignidad. Me explicó su plan. Se reuniría con los padres de los chicos, les diría que yo jamás volvería a poner un pie en la escuela, que de momento estaba de licencia psiquiátrica y que me darían una pensión por invalidez, con lo cual la situación quedaría perfectamente superada, y vuelta de hoja. Inmediatamente llamó a su amigo psiquiatra y concertó la cita para una hora más tarde. No llegué al consultorio del psiquiatra, simplemente él bajó a la puerta del edificio con una nota ya hecha. La nota tenía un diagnóstico inventado y decía que yo estaba incapacitado para estar frente a alumnos y que por el momento recomendaba que no se me diera ninguna tarea pasiva. Llevé la nota a Reconocimiento Médico, donde tampoco tuve que esperar ni quince minutos, y pasaron la notificación oficial de mi deceso como docente al director de la escuela, para que él pudiera presentar esa nota ante los padres de los alumnos. Y yo me apené apenas un poco de sacarme de encima el fastidio de la docencia. Al fin podría dedicarme a mi verdadera vocación, así que decidí empezar inmediatamente con mi carrera como borracho de tiempo completo.

Juan es un hombre que aparenta unos cincuenta años, de estatura media, pelo tupido, encanecido por completo, ojos celestes o grises, nariz prominente, mentón cuadrado y una mirada desencantada. Transmite un aire un poco severo y un poco triste. Está sentado en el sillón del living de su departamento, con un mate en la mano. El living es pequeño, de aspecto despojado. Un sillón reclinable de cuero sintético de dos plazas, una pequeña mesa con forma ovalada de cristal transparente, y nada más. Todas las paredes, incluso el techo y el piso, son pantallas de alta definición interactivas, como todos los departamentos de su edificio, como casi todos los edificios de la ciudad. No hay decoración fija, Juan cada tanto elige nuevos motivos para alguna de sus paredes pantalla, aunque reserva siempre la que está frente a su sillón para usarla como monitor para sus escritos, o sus comunicaciones, o ver las noticias. Para descansar, prefiere que esa pared repita de manera incesante la imagen del mar, con las olas mansas desplegándose sobre la arena de una playa desierta. A veces le gusta relajarse quitando toda la información de las paredes, y dejando que una tenue luz verde jade irradie desde el piso, el techo y las paredes del living. En este momento, la pared lateral a su derecha tiene una reproducción de Nighthawks, de Edgar Hopper; siente una inexplicable fascinación por mediados del siglo XX, época que imagina como citadina, nocturna y solitaria. La cuarta pared es una ventana a la calle, desde donde se ve un bello perfil de Buenos Aires. A veces le gusta Buenos Aires.

En la pared pantalla quedó el último párrafo que escribió anoche.

 Guardar documento – le dice a su ordenador.

 Guardado, Juan – le responde la voz femenina que ha elegido como su interlocutora electrónica.

 Gracias belleza. Agenda – dice ahora Juan, mientras termina de vestirse y ceba un último mate.

 Sí, Juan. Estas son tus tareas del día, ¿querés que te las lea?

 No hace falta, amor, sólo mostrámelas.

Un cuadro aparece en un rincón de la pantalla. El cuadro dice:

COMUNICACIÓN CON VENCIMIENTO - CITACIÓN OBLIGATORIA.

Paciente: Juan Manuel Alassia.

Edad: 106

Estado clínico: Su corazón cc once deberá ser actualizado dentro de diez años, y su sistema circulatorio opera regularmente con nanoagentes. El cáncer hepático detectado a la edad de 90 está controlado, pero se recomienda programar un trasplante dado el nivel de deterioro del órgano natural. Su estado cerebral es normal.

Conclusiones: presenta un estado de salud adecuado para su edad. Con asistencia programada, control médico, reemplazos periódicos de nanoagentes, prótesis, y algunos trasplantes biológicos, el paciente puede en principio continuar indefinidamente.

Debe advertirse que el costo económico para la sociedad de la continuación del paciente tenderá a incrementarse.

Se notifica a Juan Manuel Alassia que, habiendo disfrutado del Crédito Oficial durante más de 60 años, se aconseja enfáticamente su cese, en beneficio del conjunto social.

Citación OBLIGATORIA de JUAN MANUEL ALASSIA: MIÉRCOLES 21 DE AGOSTO – 9HS – CEMA N° 4 - Comité de Evaluación Médica y Ambiental - Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

El viejo y pesado perro Hobsbawm viene a acomodarse a los pies de Juan. El perro tiene algo de Labrador y algo de un perro más grande, tal vez un San Bernardo. Es un animal imponente, con pinta de bonachón. Tiene paralizadas las patas traseras, así que cuenta con un sistema de dos ruedas que lo ayudan a moverse. El aparato es sofisticado, tiene suspensión y las ruedas pueden girar en trescientos sesenta grados. Va agarrado a la cintura del perro, y cada rueda se sostiene sobre un sistema de dos varillas que encastran en una especie de rodilla artificial, lo que le permite echarse y levantarse sin dificultades, ya que la robótica parece interpretar la voluntad del animal. Así que Hobsbawm tiene una vida normal para cualquier perro, a pesar de su parálisis parcial.

 Josby querido- dice Juan mientras le hace unas caricias – acompañame, vamos.

Entonces Juan hace un doble chasquido con los dedos y la pared pantalla se apaga y vuelve a verse como una simple pared, mientras la voz electrónica dice:

 Que tengas un hermoso día, mi amor.

La sala de espera es amplia, el mobiliario es predominantemente blanco, apenas cinco sillones individuales, la luz es fría. A través de un ventanal se ven los altísimos edificios de Puerto Madero que, en conjunto, componen una sucesión de pantallas que informan, reproduciendo hasta donde alcanza la vista en cualquier dirección, que son las nueve de la mañana, que hace once grados, que no se esperan lluvias para esta semana, y que falta un mes para que empiece la primavera, mientras bellas imágenes de flores abriéndose al sol transmiten una idea de vitalidad y sereno optimismo a toda la ciudad, como para templar un poco la mañana de invierno.

En la sala, a bajo volumen, se escucha una música relajante. Las pantallas transmiten imágenes de familias felices, todos sonrientes, en un esmerado equilibrio que muestra distintas etnias, o familias de mamá y mamá, o papá y papá, otras identidades sexuales no varón/mujer, y otras con tres responsables parentales. Todas, sí, con un único hijo o hija.

En una de las pantallas se lee este texto: NPRS - Nueva Política de Responsabilidad Social. Porque mantener el equilibrio ecológico y demográfico es responsabilidad de todos, todas y todes. En otra se lee: La humanidad unida en la Federación de Naciones.

Marcia aparenta unos cuarenta años, y es la única persona en toda la sala. Está sentada en un sillón y se la ve un poco inquieta. Morena, con rasgos árabes o quizá indígenas, angulosos, de una exótica belleza y unos ojos negros de mirada penetrante. Tiene un físico atlético, el pelo recogido en un rodete, enormes aros de plata en forma de círculo, un vestido de color beige que deja entrever apenas sus hombros y que remata en una falda que le llega apenas dos dedos por encima de las rodillas dejando al descubierto sus elegantes piernas, y unos bellos zapatos abotinados que parecen de cuero negro.

298,05 ₽

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9789878722443
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