Читать книгу: «para los días que vendrán»

Шрифт:

roberto testa

para los días que vendrán


Testa, Roberto

Para los días que vendrán / Roberto Testa. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-87-2244-3

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. I. Título.

CDD A863

EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA

www.autoresdeargentina.com info@autoresdeargentina.com

Queda hecho el depósito que establece la LEY 11.723

Impreso en Argentina – Printed in Argentina

1  ¿Desea usted poner fin de inmediato a su vida?

2  En caso de que su respuesta sea negativa, ¿podría explicar por qué considera que prolongar su existencia tiene sentido?

Estas son las dos preguntas a las que deberé enfrentarme en unas horas. Tengo una respuesta muy clara para la primera: no deseo poner fin a mi vida. Pero no sé cómo contestar a la segunda.

En realidad, las preguntas no son formuladas de esta manera tan brutal como yo las he planteado. Por ejemplo “vivir” o “morir” son términos que no se recomiendan; generalmente usan “continuar” y “cesar”. Y la persona que plantea estos eufemismos es siempre una joven bella, simpática, amable, inteligente y muy preparada para su trabajo. El lugar de la charla es un ambiente cómodo, sobrio, impecable, amplio. La joven me hará pasar, me dirá su nombre, improvisará algún chiste sencillo y efectivo, y con un par de comentarios al paso me hará sentir que simpatiza conmigo y que sólo está ahí para hacer lo mejor para mí, para ayudarme a concretar mi deseo. Debo tener presente todo el tiempo que la joven que está frente a mí ha sido seleccionada entre cientos de aspirantes a Psicólogas Legales no sólo por sus conocimientos sino también por ciertas características de naturaleza que la hacen perfecta para su trabajo: tono de voz cálido y bien modulado, rasgos que favorecen la confianza del interlocutor, sonrisa perfectamente calibrada; todos hemos conocido a alguien que entró a su entrevista absolutamente convencido de continuar, y sin embargo pocos minutos más tarde firmó la autorización para su cese.

Me preguntará si leí el Instructivo NPRS, si tengo alguna pregunta al respecto. Diré que lo leí, que todo está muy claro, que apoyo con fervor la política del Instructivo. Recién allí comienza la entrevista. Y entonces ella soltará la Primera Pregunta: ¿desea usted cesar?, con la misma actitud de alguien que pregunta “desea usted un café” y acompañado por un breve y encantador gesto, un poco seductor y un poco aniñado que se puede leer como “¿no que sí?, para qué continuar con este fastidio”.

Como dije, de ninguna manera deseo cesar, la sola idea me espanta. Pero a la vez no tengo ningún motivo para continuar como no sea el miedo a cesar, y tal vez también un deseo de resistir. Ella percibirá mis sentimientos encontrados, y en un ademán estudiado y que cambia de año a año pero que siempre hace estupendamente, apoyará una mano sobre la mía, o inclinará su rostro en un ángulo preciso, o tal vez sea un breve parpadeo o cualquier otra cosa que sirva para invitar a la confidencia, para derribar mis defensas, para producir un quiebre psicológico. Este es el momento más difícil, en el que tengo que estar más atento.

Querido y misterioso lector o lectora: si alguna vez te toca enfrentar a una Psicóloga Legal y pretendés salir con vida, recordá esto: no se puede evitar el quiebre, no hay manera. Si entrás confiado en no quebrarte, estás perdido. Por más preparado para la entrevista que te sientas, cuando estés allí te verás sorprendido por la habilidad de una profesional que te obliga a ver tu vida desde una perspectiva descarnada, que desnuda las fragilidades del relato que construiste para pensar en vos mismo, y que sostenés de manera acrítica a lo largo de los días rutinarios de la vida. Vas a sentirte confundido, muy confundido.

Lo que sí se puede hacer es convertir la debilidad en estrategia. Debés decir “estoy confundido”. Esas palabras son importantes porque el protocolo de entrevista dice que en caso de confusión del entrevistado o entrevistada, la operadora deberá clarificar las razones por las cuales se considera conveniente el cese. Esto te dará tiempo para rearmarte.

“Estoy confundido”, dicho casi en un ahogo, conteniendo las lágrimas. Y entonces ella dirá algo así como “Juan, no debe tener miedo a cesar, todos lo haremos eventualmente”. “Lo que le ofrecemos es un cese por completo indoloro, sumamente placentero”. Mentiré que no deseo cesar por miedo sino por otras razones. Es importante extenderse, hacer digresiones, repetir lo que ya se dijo, mostrarse un poco errático, mientras se hace tiempo hasta que pasen los cuarenta terribles minutos de la entrevista.

Pero por mejor que lo hagas, no podrás evitar el vendaval de preguntas envenenadas: ¿Cuántos años hace que usted no trabaja y vive de Crédito Oficial?, ¿cree que alguien se perjudicaría con su cese? ¿O más bien alguien se beneficiaría?, y luego el reproche dicho con una sonrisa veladamente desdeñosa: ¿entiende usted la necesidad de ser un ciudadano responsable en un mundo civilizado?, ¿entiende usted que no puede autorizarse un nacimiento como no sea a partir de la confirmación de un cese?

Y entonces inventaré que estoy escribiendo un libro y necesito tiempo para terminarlo. Nunca podés engañar a una Psicóloga Legal, pero tampoco les importa, o quizás hasta las halague que lo intentes. Y, felizmente, no es políticamente correcto que las Psicólogas Legales acorralen a sus entrevistados -digresión: también hay Psicólogos Legales, pero siempre me asignan a mujeres, supongo que no debe ser casualidad- Ella escuchará mis argumentos sin creerlos, asentirá, con esa expresión de “si no puede ser este año, será el próximo, o el siguiente, pero inexorablemente te daré caza” y dará por terminada la entrevista poniéndose de pie y diciendo “Hasta el año que viene, Juan. Espero que logre terminar su libro para que pueda al fin cesar”, mientras con un movimiento sencillo toca la tecla que desbloquea mis fondos del Crédito Oficial para que yo pueda vivir holgadamente durante todo un año. Y yo saldré de allí con la sensación de alivio de haberme librado de la muerte hasta el año próximo, pero también con un poco de culpa de saber que soy un enorme lastre social.

Pero para la próxima entrevista les tengo preparada una sorpresa: hoy he empezado a escribir este libro.

…

i - Los nuevos Neandertales

UN AÑO MÁS TARDE

Los últimos días de nuestro mundo

Recuerdo con claridad el día en que comprendí que el mundo que yo había conocido terminaba para siempre. Yo tenía en ese entonces 40 años y era profesor de Historia en dos escuelas públicas de Buenos Aires. Ya había empezado a abusar del alcohol hacía unos quince o veinte años, pero aún era plenamente funcional.

Y ya había leído sobre los nuevos “super bebés”, como los llamaban entonces, y el tema no me había llamado demasiado la atención, como supongo que le pasó a casi todo el mundo. Mis días transcurrían batallando –cada vez con menos empeño- con alumnos adolescentes rematadamente necios a los que les importaban un carajo cosas como el surgimiento de la sociedad de masas, el fordismo, los totalitarismos y otros ismos, y mis noches transcurrían bebiendo y mirando toneladas de series de ficción. Pocos años más tarde, el tema de los super bebés, ahora “niños alfa” se volvió tópico en todas las publicaciones y redes sociales. Estos niños eran la primera generación de humanos mejorados por medio de la manipulación genética. Eran inmunes a muchas enfermedades, eran fuertes, ágiles, veloces, y lo más notable: eran más inteligentes. ¿Qué tanto más inteligentes? No estaba del todo claro, porque hasta el día de hoy es bastante difícil definir “inteligencia” pero sí era evidente que eran más rápidos para el cálculo y que habían aprendido el lenguaje antes que los demás niños. Ya para entonces se leían testimonios según los cuales pronto los hijos entendían que sus padres eran seres físicamente flojos, un poco torpes, e intelectualmente limitados. Un par de años más tarde una nueva problemática se instalaba en las escuelas: los super alumnos aprendían de sus maestros a la velocidad de la luz y se vinculaban con sus compañeros de manera bastante conflictiva. Para esta época algunos políticamente incorrectos empezaron a plantear la pregunta “qué vamos a hacer con esta gente tan peligrosa cuando se vuelvan adultos y sean cada vez más”. Para bien o para mal, la nueva tecnología genética y biomédica existía y nadie la iba a parar. Estas prácticas se hacían en clínicas privadas exclusivas, costaban muchísimo dinero, y por lo tanto interesaban a los sectores más influyentes. Así que los super bebés o pequeños monstruos aumentaban en número todos los días.

Permítanme que les cuente sobre Marcela y Darío. Darío era también profesor de Historia en una de las escuelas en que yo trabajaba, Marcela enseñaba Literatura. Eran gente de lo que se llamaba “clase media” con intereses culturales, intelectuales, políticamente un poco de izquierda, un poco progresistas, un poco peronistas. Vivían bien y deberían haber seguido así, pero un día decidieron que querían tener un hijo. Recuerdo una charla tiempo antes de que tomaran esta decisión, en la que todos estábamos de acuerdo en lo que había pasado a ser una especie de sentido común de los sectores bien pensantes a los que pertenecíamos: que el tema de la manipulación genética era un horror de consecuencias imprevisibles; que había una consecuencia que sin embargo era bien previsible: las clases acomodadas aumentarían sus posibilidades de que sus hijos, ahora super adaptados desde la biología, lo siguieran siendo, y por lo tanto el mundo se volvería cada vez más desigual e invivible. Por otro lado, también estábamos de acuerdo en que, en un momento como aquel, en el que el crecimiento demográfico global seguía en expansión y por lo tanto la destrucción de los equilibrios ecológicos empezaba a tener consecuencias desastrosas, el simple hecho de traer otra boca al mundo era un acto de irresponsable egoísmo.

De hecho, unos veinte años antes de esta charla yo mismo había cometido la irresponsabilidad de tener un hijo. En realidad, podría decir que fue contra mi voluntad. Quiero decir que de haber podido elegir hubiera preferido que el embarazo se interrumpiera. La madre no estuvo de acuerdo y no me quedó más remedio que apoyarla en su decisión, pero la verdad es que nunca he tenido empatía con ese niño que hoy ya es un adulto amargado y frustrado, y que me detesta con toda justicia.

Volviendo a Marcela y Darío, cuando murió la madre de Darío algunas cosas empezaron a cambiar. Recuerdo otra charla, a la salida del teatro, en la que ambos habían incorporado un nuevo punto de vista: la vida era un horrible camino hacia la decadencia, la soledad, la decrepitud y finalmente la muerte; y su único propósito era la reproducción. Desde el punto de vista de la especie esto era perfectamente lógico, y tenía una implicancia también lógica en lo individual: lo único que aliviaba el dolor era traer nueva vida y consagrarse a la alegría de cuidarla. Recuerdo que respondí con sarcasmo que entonces la única manera de soportar esta peregrinación hacia la nada era condenando a un inocente a pasar por lo mismo. Después de un breve silencio, Marcela me dijo “ya firmamos, en dos meses se hace la inseminación; si todo sale bien a fin de año voy a estar embarazada”. Fue, claro, un momento muy incómodo. No dejamos de ser amigos con Marcela y Darío, pero nuestra amistad nunca volvió a ser igual. Nos seguíamos cruzando en los pasillos de la escuela y a veces compartiendo un café a media mañana, entre horas de clase. Me enteré por Marcela de que pronto habían cambiado su posición sobre la cuestión de la manipulación genética: si habían decidido ser padres, eso implicaba darle a su hijo las mejores posibilidades de que pudieran disponer. No hacerlo significaba condenar a la criatura a ser más débil y enfermiza, una especie de estúpido en el mundo del futuro de los super bebés. Esta vez, por supuesto, me limité a escuchar.

Por aquellos días eran muy pocos los que pensaban lo que luego resultó cierto: la especie humana estaba pegando un salto evolutivo y nosotros éramos ya parte del pasado, aunque aún no nos hubiéramos anoticiado; éramos los viejos seres humanos, éramos los nuevos Neandertales. Incluso si uno revisa hoy las publicaciones pretendidamente serias de la época que intentaban entrever el futuro, de la corriente política que sea, comprobará que se le dedicaba al tema un lugar que hoy parece absurdamente menor.

Recuerdo haber ido al Sanatorio cuando nació Mariela, la hija de Marcela y Darío. Ese día se los veía muy felices. Fue la última vez que vi sonreír a Marcela, estoy seguro, y tal vez también a Darío. Marcela no volvió a la escuela después de su licencia. Según me contó en esos días Darío, ella había caído en una depresión. Para cuando terminó su licencia psiquiátrica ella aceptó el retiro voluntario. Me cruzaba a Darío una vez por semana y ambos fingíamos que estábamos apurados por llegar a alguna parte. Él parecía envejecer semana a semana. Lo último que supe es que la pequeña Mariela era una especie de criatura satánica y que Marcela y Darío ya no vivían juntos. Poco tiempo después yo acepté el retiro voluntario -por llamarlo de alguna manera- y no supe más nada de ellos.

Pero empecé este capítulo prometiéndote, lector o lectora, que te contaría cómo fue que yo percibí que era el fin de nuestro mundo. Porque una cosa son estas consideraciones retrospectivas, o la historia de gente próxima, y otra es la vivencia personal. Cuando tenía cuarenta y cuatro años no se me había cruzado por la cabeza la posibilidad del retiro anticipado. Ese año conocí a Gabriel.

Gabriel tenía entonces catorce años y era uno de los primeros chicos Alfa, el primero que llegaba a la escuela donde yo trabajaba. A su manera, Gabriel estaba pagando el precio de ser el primero. Unos años después, cuando la cantidad de chicos Alfa en edad escolar empezó a ser importante, se crearon los Centros Especiales de Educación, que fue una de las primeras balbuceantes respuestas a la pregunta “qué hacemos con esta gente”. Pero nada de esto existía cuando Gabriel llegó a nuestra escuela. Estos pioneros de la nueva era venían todos con historias traumáticas. En general, la reacción de los otros niños y niñas con los que compartían la clase era de temor ante los Alfa y muchas veces les rehuían y los aislaban. Otras veces la cosa pasaba de la hostilidad pasiva a la activa y se armaban pandillas de niños que lograban por medio del número empardar la mayor fuerza física del pobre infeliz. Y las maestras no sabían qué hacer, como tampoco los padres. Muchos de estos chicos no llegaron a adaptarse de ninguna manera y sus padres los terminaron sacando de la educación formal para rodearlos de docentes particulares que les enseñaban de acuerdo con sus capacidades. Gabriel, en cambio, no había tenido más remedio que soportar toda la escuela primaria entre la hostilidad de sus compañeros y la indisimulable antipatía de sus maestros. Pero una vez en el secundario, se había dado un fenómeno interesante: Gabriel se había erigido en líder de su clase. En todos los cursos hay líderes naturales. Con la experiencia que tenía yo en aquel momento me bastaba entrar a un aula y con apenas un pantallazo podía entender rápidamente quién era él o la líder y cuál era la naturaleza de ese liderazgo. Había liderazgos positivos y negativos que definían cuál era la actitud del grupo hacia los docentes, hacia el estudio, hacia valores como el respeto, etc. La semana anterior a empezar las clases me citaron a una reunión con el director de la escuela y todos los docentes asignados a ese curso. Allí estaban los docentes del año anterior. Cada uno relató su experiencia. Todos parecían tener un insólito respeto, o temor, o directamente profundo odio hacia Gabriel. Gabriel era descripto como un líder de una maldad refinada, manifestación de un profundo resentimiento justificado por haber sido objeto de hostilidad desde sus primeras experiencias. Relataron distintos episodios: en algunos casos Gabriel los había desautorizado con sutileza y éxito. Uno de sus trucos habituales era quedarse mirando por la ventana, distraído. Y cuando el docente le recriminaba que no le estaba prestando atención a la clase, Gabriel lo miraba condescendiente y empezaba a repetir palabra por palabra, y seguramente sin equivocarse en ninguna, todo lo que el docente había dicho, desde buenos días en adelante, y el resto de los compañeros se quedaban mirando al docente con una expresión seria pero que de alguna manera implicaba una burla.

Recuerdo el día que entré a dar clase al curso de Gabriel como posiblemente los indios que atisbaban la costa recordarían cuando vieron aparecer por primera vez las carabelas de Colón: todo cambiaría a partir de ese momento, sería el principio del fin del mundo. Expliqué brevemente de qué se trataba la materia, pregunté si les interesaba el tema, las cosas de todos los principios de curso. Gabriel era un muchacho que parecía unos dos años más grande que su edad y que me miraba fijo, casi sin parpadear, sin manifestar abiertamente ninguna expresión, pero me pareció evidente que trataba de intimidarme. El resto de los compañeros también me miraban atentamente, pero noté que estaban más pendientes a lo que Gabriel fuera a hacer o a decir que a mí. Empecé a percibir una especie de duelo latente, como en las viejas películas del lejano oeste, cosa que quise desactivar de inmediato, preguntando con mi mejor cara de profesor bueno y amable si alguien tenía alguna inquietud. Entonces Gabriel, muy serio, me dijo que había estado revisando la bibliografía del programa y que había comprobado que a pesar de que aparentaba ser ecuánime, estaba sutil pero claramente orientada hacia la izquierda y que le parecía que eso podía llegar a interpretarse como un intento de manipulación. Respondí que yo no hacía los programas de estudio –error, retrocedí desde la primera palabra que dije y todos esos mocosos de catorce años lo percibieron de inmediato- pero le pregunté por qué hacía semejante afirmación. Me respondió que seguir basando un programa de Historia en Eric Hobsbawm –aclaró que respetaba muchísimo a Hobsbawm, qué caradura- cuando tanto se había investigado y escrito después de él, implicaba ignorar olímpicamente otras visiones, y que tratándose de gente tan respetable como la que hacía los programas no podía siquiera pensar que se tratara de ignorancia o desidia, y por lo tanto no le quedaba más remedio que pensar que el sesgo que se daba a la cátedra pretendía manipular al estudiantado. Y para que quedara claramente establecido quién iba a ganar el duelo me preguntó, con absoluta corrección “usted, que tampoco hace los programas ni decide gran cosa de los contenidos de la materia, ¿no se siente también un poco manipulado?”. Y sí, me sentía manipulado, pero por Gabriel. Me hubiera encantado estrangularlo. Eso era lo que pensaba mientras me quedé en silencio, mirándolo. Y mi silencio era una muestra elocuente de que Gabriel podía hacerme perder la calma, o el habla, con poco esfuerzo de su parte, y de esa manera estaba dejando en claro que la autoridad formal podía estar en mis manos, pero la autoridad real no.

Pero lo que me impresionó no fue la audacia y la habilidad de Gabriel, sino la actitud de sus compañeros. A primera vista parecían festejar con discreta complicidad esta temprana victoria de Gabriel, pero en sus miradas vi un matiz que nunca había visto y que lamentablemente vería innumerables veces después: había algo que decía “profesor, no se dé por vencido frente a este hijo de remilputas porque si puede hacerlo tan fácilmente con usted, entonces el futuro nunca será para nosotros otra cosa que este sometimiento silencioso”. Luego Gabriel remató su frase, con fingida solidaridad hacia mí “bueno, discúlpeme, no quise complicarle la vida, después de todo usted no es más que un profesor de escuela secundaria”.

Y entonces estallé. Lo miré a Gabriel y dije “si vos sos lo más brillante de tu generación, si ustedes son el futuro, entonces yo no quiero estar allí. No sos humano, sos un cachorro de monstruo horrible y sería mejor para todos que nunca hubieras nacido” y luego miré al resto de la clase y dije “y ustedes me hacen acordar a los seguidores de Hitler, compitiendo a ver quién es más lame culo del líder y esperando no ser el próximo en caer en desgracia”. Agarré mis cosas y me fui.

Recuerdo que en aquel momento me sorprendió mi propia violencia; nunca he sido un tipo inclinado al desborde, y hasta puedo decir que nunca, ni antes ni después, tuve una explosión de ira como la que tuve en aquel momento. Pensé entonces que en realidad semejante acto se explicaba por algún tipo de acumulación de frustración personal, que de alguna manera ese joven brillante había puesto en evidencia que yo era un fracasado sin retorno y que mi exabrupto era una reacción ante semejante noticia. También pensé que había cometido un acto de auto sabotaje, un acto de odio hacia mí mismo, porque la verdad es que no me hubiera costado nada irme en silencio, conseguirme una licencia médica o renunciar a esas horas de clase de ese curso en particular, conservando el resto de mi trabajo y de mi vida. Fue una furia fría. No es que me cegué y dije un exabrupto. No. En todo momento estuve perfectamente lúcido, conocedor de las consecuencias devastadoras para mí mismo del acto que estaba llevando a cabo. En fin, a lo largo de las décadas siguientes volví una y otra vez sobre ese momento. Sobre todo, cuando aquel muchacho, Brian Gabriel, se transformó en hombre y empezó su carrera política imparable. Más allá de todas las explicaciones posibles, hoy pienso que aquel día simplemente vi el futuro y, como un animal moribundo, tiré mi última colérica y agonizante dentellada contra mi depredador.

Era un buen hombre el director de la escuela, y al día siguiente me llamó y me citó a su despacho. Me explicó que mi actitud había sido un escándalo, que todos los pibes testimoniaban contra mí, que los padres ya lo estaban comentando indignados por las redes sociales, que iba a ser sometido a sumario y que no tenía ninguna chance de conservar ni el trabajo ni la dignidad. Me explicó su plan. Se reuniría con los padres de los chicos, les diría que yo jamás volvería a poner un pie en la escuela, que de momento estaba de licencia psiquiátrica y que me darían una pensión por invalidez, con lo cual la situación quedaría perfectamente superada, y vuelta de hoja. Inmediatamente llamó a su amigo psiquiatra y concertó la cita para una hora más tarde. No llegué al consultorio del psiquiatra, simplemente él bajó a la puerta del edificio con una nota ya hecha. La nota tenía un diagnóstico inventado y decía que yo estaba incapacitado para estar frente a alumnos y que por el momento recomendaba que no se me diera ninguna tarea pasiva. Llevé la nota a Reconocimiento Médico, donde tampoco tuve que esperar ni quince minutos, y pasaron la notificación oficial de mi deceso como docente al director de la escuela, para que él pudiera presentar esa nota ante los padres de los alumnos. Y yo me apené apenas un poco de sacarme de encima el fastidio de la docencia. Al fin podría dedicarme a mi verdadera vocación, así que decidí empezar inmediatamente con mi carrera como borracho de tiempo completo.

…

Juan es un hombre que aparenta unos cincuenta años, de estatura media, pelo tupido, encanecido por completo, ojos celestes o grises, nariz prominente, mentón cuadrado y una mirada desencantada. Transmite un aire un poco severo y un poco triste. Está sentado en el sillón del living de su departamento, con un mate en la mano. El living es pequeño, de aspecto despojado. Un sillón reclinable de cuero sintético de dos plazas, una pequeña mesa con forma ovalada de cristal transparente, y nada más. Todas las paredes, incluso el techo y el piso, son pantallas de alta definición interactivas, como todos los departamentos de su edificio, como casi todos los edificios de la ciudad. No hay decoración fija, Juan cada tanto elige nuevos motivos para alguna de sus paredes pantalla, aunque reserva siempre la que está frente a su sillón para usarla como monitor para sus escritos, o sus comunicaciones, o ver las noticias. Para descansar, prefiere que esa pared repita de manera incesante la imagen del mar, con las olas mansas desplegándose sobre la arena de una playa desierta. A veces le gusta relajarse quitando toda la información de las paredes, y dejando que una tenue luz verde jade irradie desde el piso, el techo y las paredes del living. En este momento, la pared lateral a su derecha tiene una reproducción de Nighthawks, de Edgar Hopper; siente una inexplicable fascinación por mediados del siglo XX, época que imagina como citadina, nocturna y solitaria. La cuarta pared es una ventana a la calle, desde donde se ve un bello perfil de Buenos Aires. A veces le gusta Buenos Aires.

En la pared pantalla quedó el último párrafo que escribió anoche.

 Guardar documento – le dice a su ordenador.

 Guardado, Juan – le responde la voz femenina que ha elegido como su interlocutora electrónica.

 Gracias belleza. Agenda – dice ahora Juan, mientras termina de vestirse y ceba un último mate.

 Sí, Juan. Estas son tus tareas del día, ¿querés que te las lea?

 No hace falta, amor, sólo mostrámelas.

Un cuadro aparece en un rincón de la pantalla. El cuadro dice:

COMUNICACIÓN CON VENCIMIENTO - CITACIÓN OBLIGATORIA.

Paciente: Juan Manuel Alassia.

Edad: 106

Estado clínico: Su corazón cc once deberá ser actualizado dentro de diez años, y su sistema circulatorio opera regularmente con nanoagentes. El cáncer hepático detectado a la edad de 90 está controlado, pero se recomienda programar un trasplante dado el nivel de deterioro del órgano natural. Su estado cerebral es normal.

Conclusiones: presenta un estado de salud adecuado para su edad. Con asistencia programada, control médico, reemplazos periódicos de nanoagentes, prótesis, y algunos trasplantes biológicos, el paciente puede en principio continuar indefinidamente.

Debe advertirse que el costo económico para la sociedad de la continuación del paciente tenderá a incrementarse.

Se notifica a Juan Manuel Alassia que, habiendo disfrutado del Crédito Oficial durante más de 60 años, se aconseja enfáticamente su cese, en beneficio del conjunto social.

Citación OBLIGATORIA de JUAN MANUEL ALASSIA: MIÉRCOLES 21 DE AGOSTO – 9HS – CEMA N° 4 - Comité de Evaluación Médica y Ambiental - Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

El viejo y pesado perro Hobsbawm viene a acomodarse a los pies de Juan. El perro tiene algo de Labrador y algo de un perro más grande, tal vez un San Bernardo. Es un animal imponente, con pinta de bonachón. Tiene paralizadas las patas traseras, así que cuenta con un sistema de dos ruedas que lo ayudan a moverse. El aparato es sofisticado, tiene suspensión y las ruedas pueden girar en trescientos sesenta grados. Va agarrado a la cintura del perro, y cada rueda se sostiene sobre un sistema de dos varillas que encastran en una especie de rodilla artificial, lo que le permite echarse y levantarse sin dificultades, ya que la robótica parece interpretar la voluntad del animal. Así que Hobsbawm tiene una vida normal para cualquier perro, a pesar de su parálisis parcial.

 Josby querido- dice Juan mientras le hace unas caricias – acompañame, vamos.

Entonces Juan hace un doble chasquido con los dedos y la pared pantalla se apaga y vuelve a verse como una simple pared, mientras la voz electrónica dice:

 Que tengas un hermoso día, mi amor.

La sala de espera es amplia, el mobiliario es predominantemente blanco, apenas cinco sillones individuales, la luz es fría. A través de un ventanal se ven los altísimos edificios de Puerto Madero que, en conjunto, componen una sucesión de pantallas que informan, reproduciendo hasta donde alcanza la vista en cualquier dirección, que son las nueve de la mañana, que hace once grados, que no se esperan lluvias para esta semana, y que falta un mes para que empiece la primavera, mientras bellas imágenes de flores abriéndose al sol transmiten una idea de vitalidad y sereno optimismo a toda la ciudad, como para templar un poco la mañana de invierno.

En la sala, a bajo volumen, se escucha una música relajante. Las pantallas transmiten imágenes de familias felices, todos sonrientes, en un esmerado equilibrio que muestra distintas etnias, o familias de mamá y mamá, o papá y papá, otras identidades sexuales no varón/mujer, y otras con tres responsables parentales. Todas, sí, con un único hijo o hija.

En una de las pantallas se lee este texto: NPRS - Nueva Política de Responsabilidad Social. Porque mantener el equilibrio ecológico y demográfico es responsabilidad de todos, todas y todes. En otra se lee: La humanidad unida en la Federación de Naciones.

Marcia aparenta unos cuarenta años, y es la única persona en toda la sala. Está sentada en un sillón y se la ve un poco inquieta. Morena, con rasgos árabes o quizá indígenas, angulosos, de una exótica belleza y unos ojos negros de mirada penetrante. Tiene un físico atlético, el pelo recogido en un rodete, enormes aros de plata en forma de círculo, un vestido de color beige que deja entrever apenas sus hombros y que remata en una falda que le llega apenas dos dedos por encima de las rodillas dejando al descubierto sus elegantes piernas, y unos bellos zapatos abotinados que parecen de cuero negro.

Entra Juan con su perro Hobsbawm. Juan, despreocupado y con aire de estar haciendo una tarea de rutina, va directamente hacia un dispensador de agua, saca del bolsillo de su abrigo un pequeño platillo plástico desplegable para alimento canino, lo llena de agua, y luego va hacia los sillones, sin reparar aún en la presencia de Marcia. Se sienta en un sillón, deposita el platillo en el suelo, frente al perro. El perro bebe agua, luego flexiona sus rodillas mecánicas y se echa a descansar. Marcia ha visto la escena y le ha provocado un poco de ternura. Juan repara en Marcia. En realidad, primero repara en sus largas piernas, demora la vista un instante más de lo que se podría considerar correcto, y recién después parece llegar a los ojos de Marcia. Juan súbitamente se avergüenza de haber sido descubierto infraganti. Pero a Marcia, Juan le ha caído bien.

 Hola, soy Marcia.

 Hola, soy Juan. Y él es Hobsbawm. – dice desviando la vista hacia el perro.

 ¿Hobsbawm?

Juan asiente con un gesto.

 Si le caés bien por ahí te permite que lo llames Josby.

Marcia sonríe.

 Es muy lindo Hobsbawm.

 Sí, pero no se lo digas demasiado que se pone insoportable.

Marcia vuelve a sonreír. Juan sonríe.

 ¿Primera vez? – pregunta Juan.

Marcia asiente.

 Así que estás cumpliendo cien años.

 No se les pregunta la edad a las mujeres. Pero en este caso, no hay forma de mentir- sonríe Marcia.

 Perdón, qué torpeza la mía. Disculpas – dice Juan sinceramente avergonzado; sus años de ostracismo social a veces le hacen pagar estos precios.

Sin embargo, también percibe que Marcia no parece haberlo tomado de veras a mal.

 ¿Nerviosa?

 Muy nerviosa.

 ¿Vas a continuar o.…?

 Sí. De ninguna manera deseo cesar.

Juan sonríe afirmativamente.

 Todo esto me parece perverso – dice Marcia - Todo un espanto. La entrevista anual, la NPRS… en el fondo de esas sonrisitas beatíficas, nos desprecian y quieren terminar con nosotros, los NIG, lo más rápido posible.

Marcia se ha dejado llevar y de pronto se frena, entendiendo que ha dicho más de lo conveniente. Pero Juan asiente abiertamente, lo que tranquiliza a Marcia.

 Orgullosamente NIG – afirma Juan.

 Orgullosamente NIG. Pensar que el término nos lo pusieron ellos.

 No Intervenidos Genéticamente.

 Nos definen a partir de una supuesta carencia, como si fuéramos una obra incompleta. Pero nosotros nos apropiamos del término, lo resignificamos.

Le gusta esa mujer, se la ve con nervio, carácter, tiene ideas claras, y es bella. Pero no se le ocurre nada interesante para decir, así que deja, casi indiferente, que la conversación languidezca y Marcia vuelva la mirada hacia otro lado.

La pared reproduce ahora una escena en la que tres personas avanzan hacia la cámara, tomadas de las manos, por un jardín en primavera. Se trata de un varón joven, una mujer joven, y una mujer mayor entre medio de ambos. Los tres sonríen. De pronto se detienen. La mujer mayor mira al varón joven como en un amable saludo, luego le sonríe a la mujer joven, y entonces la mujer mayor suelta las manos de ambos y avanza, sonriente, hasta salir de cuadro. Queda en plano la imagen de los dos jóvenes, que se toman las manos y sonríen, mirando a cámara. El texto añadido a la imagen dice “Acompañemos a nuestres mayores en la culminación de sus vidas felices, en la hora serena de su cese – NPRS”.

Marcia, en voz baja, parece explotar:

 Todo el día, todo el tiempo, en todos lados. ¿Te diste cuenta? Ya no queda superficie sobre el planeta que no sea una pantalla llenándote de propaganda, taladrándote el cerebro. Es insoportable.

 Dan ganas de irse a vivir al medio de la selva o al polo sur.

 A veces cierro los ojos y sigo viendo pantallas, es como si las tuviera adentro de mi mente. Es enajenante. Agotador. Disculpame, es que estoy un poco nerviosa.

 Calma – dice Juan, lamentándose de no tener nada más inteligente que agregar.

 Son apenas cuarenta minutos, no sé por qué estoy tan intranquila.

 Es natural que estés intranquila. Es tu primera vez.

 Cuarenta minutos. Si estoy tan segura de lo que quiero, ¿qué tan difícil puede ser?

 No te engañes, no es tan fácil.

Marcia mira a Juan de pronto alarmada. Juan lo percibe.

 No te quiero asustar, pero tenés que estar preparada. Esta gente está entrenada. Hay que tomarlos en serio.

 Si querías hacerme sentir más tranquila, la verdad que...

 Disculpas.

Juan siente que perdió puntos, si de acercarse a Marcia se trata, pero prefiere decirle la verdad: durante cuarenta minutos su vida está en peligro y más vale que esté alerta.

 No hay porqué, decís la verdad – dice Marcia, tras un breve silencio.

 Marcia, te va a ir bien, estoy seguro.

 Gracias por tus buenos deseos.

 No es sólo una expresión de deseos. Veo tanta vida en tu mirada que sé que contra eso no van a poder.

Marcia sonríe, halagada.

Un cartel anuncia: Marcia López a Consultorio 1

Marcia, nerviosa, se levanta y va hacia la puerta del consultorio 1, mientras Juan le hace un gesto de “fuerza” cerrando su puño derecho, que Marcia responde replicando el gesto. Luego entra al Consultorio.

En la pared pantalla ahora se ven bebés resplandecientes y el texto dice: “AT, anticonceptivo total. Expendido a través del agua corriente y presente en todos los alimentos, nos permite regular la natalidad y hacer que cada nueva vida sea el fruto de decisiones conscientes”.

Aparece otro cartel: Juan Manuel Alassia a Consultorio 2

Juan se levanta, Hobsbawm también. Juntos van hacia la puerta del consultorio. Juan entra, le hace una caricia a su perro, y éste entiende que debe esperarlo en la puerta.

…

El super mundo de los Alfa

Dejé el relato con el final de mi carrera como docente. Puedo afirmar que apenas quince o veinte años más tarde el mundo había cambiado de manos. Estos jóvenes de veinticinco o treinta años ya se habían hecho de lugares importantes en la mayoría de las grandes empresas, en las Universidades, y hasta en los gobiernos nacionales. Su arrollador avance había sido observado por el mundo con esa misma expresión que había visto en los ojos de los compañeros de Gabriel: admiración, adulación, sometimiento, impotencia, velado odio. Constituían una especie de logia, o más bien de casta. Los unía en principio un origen común: todos eran hijos de familias acomodadas que habían podido pagar las infladísimas cifras que había costado su concepción genéticamente intervenida. Tenían historias de vida más o menos similares que luego habían coincidido en los Centros Educativos Especiales que empezaron dos años después del fin de mi carrera, cuando empezó a ser evidente que esos chicos podían permanecer en escuelas normales a riesgo de acabar con todos sus docentes, o que sus compañeros acabaran con ellos (No todos estos chicos tuvieron la suerte de Gabriel. Meses después de mi pase a licencia leí –no sin cierta culposa complacencia- que en otra escuela un grupo de chicos había golpeado hasta matar a otro adolescente Alfa). Finalmente, los unía la conciencia de ser superiores.

Había por aquellos años un diagnóstico compartido: el mundo estaba a punto de ser destruido por la acción del ser humano. Estábamos frente a algo que no era otra crisis del sistema sino la crisis final de la civilización. Algo había que hacer al respecto.

No cabe ninguna duda, los Alfa lograron en muy poco tiempo cosas que se creían imposibles. La inteligencia que los llevó a los puestos decisivos de la sociedad, y el hecho de ser un grupo con conciencia de sí mismo, les permitieron darse progresivamente un programa de gobierno de alcance mundial, y les facilitaron de manera creciente los medios para ponerlo en práctica.

Veamos, la vieja lacra de banqueros, narcotraficantes, directores ejecutivos de empresas tecnológicas, fabricantes de armas, piratas de las finanzas, industriales y terratenientes que gobernaba el mundo, jamás en la historia de la humanidad había tenido la capacidad de ver el mundo como un todo, la inteligencia de prever la crisis, y la voluntad y el poder suficiente para cambiar las cosas. Las antiguas clases dominantes en todo tiempo y lugar nunca pudieron superar su provincianismo y su ambición sin límites, y nunca tuvieron otro objetivo que no fuera la acumulación. Pocos podían ver dos jugadas por adelantado.

La nueva casta Alfa llegó a los puestos técnicos de gobierno muy rápido, y más o menos en todos lados a la vez. También participaron en los partidos políticos tradicionales, donde rápido se hicieron con lugares decisivos. Sus posiciones solían ser radicales, pero nunca temerarias; entendieron que, para enderezar un mundo desvencijado y demencial, para hacerlo al menos vivible, para alejar el peligro de la autodestrucción, tenían que tomar decisiones que chocaban con los intereses de las más grandes corporaciones. Es decir, cierta búsqueda de mayor igualdad, repartición de recursos más armónica, etcétera, ya no era una cuestión de imperativo moral, o posición ideológica de izquierda sino una necesidad vital. Para poder imponerse sobre esas corporaciones, tenían un elemento central que es que ellos mismos ya estaban en posiciones decisivas en esas corporaciones. Aun así, necesitaban ganarse la legitimidad en el ejercicio del poder. Y lo hicieron.

Con una mirada que superaba el interés inmediato, el mero afán de acumulación, y las posiciones cerradamente nacionalistas, presionaron y tuvieron un primer logro que impactó profundamente: la decisión conjunta y coordinada de todos los Estados que tenían armas de destrucción masiva para acabar con ellas inmediatamente y sin ninguna compensación. El éxito fue decisivo para la nueva casta y supieron capitalizarlo políticamente. Las armas de destrucción masivas corrían por cuenta de los Estados Nacionales en su totalidad, y ahora los Estados desviarían esos fondos hacia objetivos más productivos como la investigación biomédica, en alza, la alicaída exploración e ingeniería espacial, o el desarrollo de obras de infraestructura en sectores y regiones postergados. Así que se les aseguró a todos los contratistas del Estado su lugar en estos nuevos emprendimientos y tiempo para adaptarse a los nuevos suministros requeridos. La clave era la coordinación política y económica a nivel mundial.

Recapitulando: una elite con características de casta trepa rápidamente hacia los puestos decisivos y se hace con el poder mundial. Esta elite tiene un diagnóstico preciso. Hay que acabar con los arsenales de armamentos de destrucción masiva de inmediato, luego hay que atacar el consumo irresponsable de recursos no renovables, frenar la contaminación y alejar el riesgo de colapso ecológico, revertir la desigualdad atroz que genera miseria, desplazamiento de poblaciones masivo, y finalmente atacar la superpoblación. El programa era claro: a- Desarme, b- Redistribución, c-Ralentizar el crecimiento económico e incluso frenarlo, d-Control demográfico. De estos puntos, sólo el desarme resultó relativamente sencillo de llevar a cabo. Los puntos b- c- y d- estaban interconectados entre sí y empezaron a aparecer en el discurso del gobierno y en la prensa como “la cuestión principal”.

Para que esta cuestión principal pudiera ser atendida con alguna posibilidad de éxito, era necesario llevar la coordinación entre Estados a un nivel superior que la parodia que durante casi dos siglos había constituido Naciones Unidas. Nació así la Federación de Naciones, que, a diferencia de su predecesora, tenía el suficiente poder y autonomía respecto de los Estados que la conformaban como para ser capaz de disciplinar aún a los más poderosos. La Federación de Naciones fue la primera organización capaz de planificar a nivel mundial, e imponer y realizar su planificación, y marcó también la llegada al poder de un personal político y tecnocrático perteneciente por completo a la nueva generación Alfa.

El siguiente paso fue imponer en el debate público la necesidad de alcanzar un equilibrio eco demográfico. El planteo era el siguiente: el mundo ha conocido un aumento casi exponencial de la población desde el siglo XIX. La producción de alimentos, bienes y servicios ha seguido esa misma curva, o la ha superado (a pesar de su muy desigual reparto), con su consecuencia, que es el destrozo de los equilibrios ecológicos a escala mundial. El consumo de energía no renovable y la contaminación a escala mundial también ha seguido una curva exponencial. Entonces, ruptura de equilibrio ecológico, contaminación, cambio climático, son consecuencias inevitables de dos factores insostenibles: la superpoblación y la dinámica capitalista que asigna de manera ineficiente los recursos y que impone formas de producción y consumo destructivas.

Durante mis años de estudio la cuestión demográfica parecía en curso a estabilizarse. Había poblaciones como Europa en franco decrecimiento, otras como Japón, parecía que seguirían el mismo camino. Incluso China estimaba que alcanzaría el máximo de población en pocos años, y luego a partir de las nuevas pautas culturales urbanas empezaría a decrecer. Distinto era el caso de India, que seguía en crecimiento sostenido, o Latinoamérica y África, en crecimiento moderado pero persistente.

Lo que realmente complicó el panorama fue el impresionante avance de la ciencia biomédica que en pocas décadas llevó la expectativa de vida de setenta y dos años a no menos de cien. No fue la aceleración de la tasa de nacimientos sino la brutal caída de la tasa de decesos lo que puso el equilibrio al rojo vivo. A la vez, este aumento de la esperanza de vida era uno de los logros más grandes de la humanidad. Por lo tanto, la medida que se volvió urgente, aún con la evidente consecuencia del envejecimiento global de la población, fue disminuir la tasa de natalidad.

Y en ese momento la ciencia aplicada vino a ofrecer sus servicios. Se desarrolló un anticonceptivo –AT, anticonceptivo total- cien por ciento eficiente tanto en mujeres como en varones, sin efectos secundarios negativos, específico para la especie humana, que funciona con una dosis constante y cuyo exceso el cuerpo elimina sin inconvenientes.

La Federación y los distintos gobiernos nacionales hicieron campañas esclarecedoras y lograron el apoyo para generalizar su uso a través de incluirlo en todos los alimentos, a través del agua corriente. Desde su aplicación el riesgo de embarazos no deseados se redujo a cero. Si una pareja deseaba tener un hijo, debía comprar el antídoto. El antídoto no tenía un precio demasiado costoso, pero había que tomarlo durante un tiempo prolongado, y debían consumir alimentos libres de AT, que sí eran bastante caros, con lo cual empezaba a ser una primera barrera restrictiva a la natalidad. Y si bien se alzaron algunas voces de protesta, en general había consenso o silenciosa aquiescencia. Entonces, concebir dejó de ser gratuito. Implicaba una planificación y un presupuesto aún antes de producirse la concepción. Y si bien se había extendido la asistencia médica universal hasta cubrir casi todas las prestaciones imaginables, había una que quedaba afuera: el antídoto. En otras palabras, de manera más bien autoritaria, se les dificultó a los sectores de menores recursos la posibilidad de concebir.

El gobierno pudo sostener estas políticas durante casi diez años gracias a la enorme legitimidad que le daba el haber logrado una vasta paz social a partir de un cuadro tan desesperado como el que había heredado. Sin embargo, era indisimulable que el control de la natalidad por la vía de la restricción económica era difícil de defender para un gobierno que en otro orden de asuntos tenía posiciones progresistas; la limitación económica implicaba en los hechos una práctica clasista, y también racista, ya que las minorías étnicas solían coincidir con los sectores más pauperizados.

Así que el nuevo Gobierno Alfa decidió jugarse sobre el paño toda la legitimidad y el prestigio que venía acumulando, y después de una amplia campaña de propaganda pregonando la necesidad imperiosa de restringir la natalidad de manera drástica, impuso una modificación en la legislación que en los hechos implicaba un punto de quiebre en la historia de la humanidad.

La ley decía: A partir de ahora no se venderá más el antídoto, sino que lo proveerá de forma exclusiva el Estado, junto con los alimentos y el agua libres de AT. El Estado impone dos restricciones: la primera es que tanto mujeres como hombres sólo podrán tener un hijo o hija, mientras dure la situación de excepcionalidad. Las parejas que deseen tener un hijo o hija deberán presentarse en una oficina pública, y allí se les suministrará antídoto y alimentos. A cambio, la pareja debe firmar la autorización para la intervención genética del embrión. Esta segunda restricción era decisiva: ya no nacerían bebés que no fueran Alfa. De hecho, ya no nacerían más bebés por la vía natural, sino que todas las concepciones serían en laboratorio. Si por accidente se producía un embarazo natural durante el breve período en que la pareja estaba libre del AT, debían reportarlo y se procedía a su inmediata interrupción. El futuro sería para los Alfa, los NIG desaparecerían paulatinamente.

Claro que para entonces ya no había padres ni madres que desearan tener hijos no intervenidos. Durante un tiempo existió una producción clandestina de antídoto, y nacieron algunos niños por gestación natural, pero se puede afirmar que eran tantos los escollos que sus padres debían enfrentar que fueron relativamente muy pocos casos.

Entonces la procreación pasó a ser un contrato entre la pareja y el Estado.

Es importante aclarar que no hay distinción de género en la pareja, que incluso puede estar integrada por más de dos personas, pero sí hay tres reglas. La primera es que la pareja debe aportar un espermatozoide y un óvulo perfectos para luego ser manipulados en laboratorio. La segunda es que la pareja debe aportar un vientre materno donde llevar adelante la gestación de ese embrión hasta su nacimiento. La tercera es que sólo se puede tener un hijo. Si uno ya tuvo un hijo con una pareja anterior, no puede tener otro con otra pareja, no se autoriza.

Ahora bien, como ya mencioné un poco a las apuradas, el problema de la superpoblación no estaba tan vinculado a la tasa de nacimientos, que ya desde mediados o fines del siglo XXI mostraba un lento pero consistente descenso global. El problema de fondo era el espectacular descenso en la tasa de mortalidad. Veamos, la generación de mis padres tenía una expectativa de vida de ochenta años. Yo tengo ciento seis y una salud y una calidad de vida similar a la que ellos tenían a los cincuenta. La idea de ancianidad ha variado, o ha caído en desuso, puesto que hoy los y las centenarios y centenarias no nos parecemos a nada de lo que yo recuerdo de cómo eran los ancianos cuando yo era niño.

Desde el punto de vista de la economía, desde los cuarenta y pico soy una mera carga para la sociedad; llevo sesenta años consumiendo sin producir nada. Mi caso es entonces el de millones y millones de habitantes que rápidamente nos volvimos obsoletos.

Si algunos años antes, cuando comenzamos a entender lo que significaban los Alfa, nosotros nos planteábamos qué hacer con esta gente, ahora eran ellos los que se planteaban qué hacer con nosotros. La nueva ley que decretaba que sólo nacerían bebés Alfa, implicaba el reconocimiento de que la humanidad estaba dividida en dos subespecies, y que una de ellas debía desaparecer en el plazo de algunas décadas.

Pero no olvidemos que en aquel entonces todos los Alfa tenían madre y padre NIG, y que el amor filial suele ser incondicional. Por otra parte, la inmensa mayoría de nosotros (no yo, claro) deseaba tener hijos que fueran “ellos” y no “nosotros”. La idea de que ellos eran nosotros, pero un poquito mejores que nosotros, no está nada lejos de las expectativas de cualquier padre desde siempre, y esa confusión demoró cualquier respuesta política colectiva desde el nosotros, si acaso hubiera habido alguna respuesta posible.

Todo fue muy rápido para nosotros. Apenas tomamos conciencia de nuestra situación cuando ya estábamos atados de pies y manos. En aquellos primeros años se dieron dos actitudes. La mayoritaria: aceptar el lugar que nos dejaban en el mundo, refugiarse en los placeres de lo cotidiano, gozar del modesto confort que nos ofrecían hasta que llegara la muerte. Hubo grupos diversos y dispersos que resistieron. Fueron pacientemente ignorados por el poder, salvo en los pocos casos en los que hubo algún atisbo de organización violenta, que fue rápidamente neutralizada. Todos los NIG vivimos del Crédito Oficial, así que fue relativamente sencillo ir acallando las disidencias por medio del simple dispositivo de cortarle el chorro o complicarle las cosas a quien se mostrara capaz de pasar del rezongo a la acción política.

Sin embargo, la lenta extinción de los NIG y el rígido control de la natalidad no bastaban. En el fondo, las cosas eran claras para todos, aun cuando nadie lo planteara de este modo descarnado: hay un enorme número de población sobrante, inútil desde el punto de vista productivo, una pesada carga económica a expensas del resto de la sociedad, y es urgente balancear el número de la población mundial. Y los jóvenes desean tener hijos, y no tenerlos no es viable desde ningún punto de vista, y encima, la restricción a un único hijo está acelerando el envejecimiento de la pirámide demográfica. Señores, esto es sencillo: echemos lastre, los viejos tienen que morir.

La pregunta era cómo una sociedad nueva, de ideas progresistas, ilustrada, educada, democrática, donde la convivencia amable y la tolerancia eran reglas… ¿cómo iban a organizar el genocidio?

La NPRS fue la respuesta.

…

Marcia sale del consultorio. Está aliviada, quizás eufórica. Al salir ve a Hobsbawm, parado expectante junto a la puerta del Consultorio de Juan. Marcia decide esperarlo. Minutos más tarde, Juan sale. Le hace una caricia a Hobsbawm y repara en la presencia de Marcia.

 ¿Y, vamos a seguir viviendo un año más? – pregunta Juan.

 Sí, vamos a vivir un año más.

Marcia se pone de pie y va a abrazar a Juan, quien se deja abrazar, un poco extrañado con la proximidad física que le propone Marcia.

 Disculpame Juan, es que estuve tan nerviosa… no quise de ninguna manera…

 No hay problema.

Juan recoge el plato del perro, tira en la ranura del dispensador el agua que sobró, seca el plato con una pequeña toalla, la dobla, pliega el plato y lo guarda en su bolsillo, junto con la toalla. Marcia mira toda esta ceremonia con complacencia; le gusta la relación de cariño que Juan tiene con su perro. Y le gusta Juan, ya lo ha decidido, se le nota, y hasta Juan se daría cuenta, si estuviera un poco más atento.

 Me alegro de que tengas clara la decisión de continuar. Ojalá también tengas claro para qué.

 Lo tengo más que claro. Pero, para empezar, vamos a festejar. A lo grande. Ahora que cada año hay que rendir cuentas ante el Estado, voy a empezar a rendir cuentas también ante mí misma.

Juan la mira como si hubiera olvidado el sentido de la palabra “festejo”.

 Tomamos algo, comemos algo. Conozco uno de esos pubs de viejos NIG donde sirven cerveza y whisky – insiste Marcia con entusiasmo.

 Me inmunizaron contra el alcohol hace años.

No es una buena carta de presentación decir que alguna vez fue un alcohólico perdido que fue obligado a inmunizarse por la fuerza pública, y Juan se arrepiente de haberlo dicho. Desvía la mirada, finge estar ajustando la correa de Hobsbawm. Marcia queda un poco descolocada, se debe estar preguntando “¿este tipo me está rechazando?, ¿estaré haciendo el ridículo?, yo sólo quería invitarlo a tomar algo y charlar un rato, pero me parece que no quiere saber nada conmigo”.

 Bueno, Juan, no te preocupes, todo bien. Fue un gusto.

Dice Marcia sin perder la amabilidad, a modo de despedida. Juan no atina a responder nada. Marcia camina por el pasillo rumbo al ascensor. A Juan no le queda otra opción que ir en la misma dirección. El ascensor tarda casi un minuto en llegar. Tensos segundos de silencio, en los que Juan piensa que preferiría estar ya en su casa, solo, con un té en la mano, dictando sus notas. Sus absurdas notas. Sus aburridas notas. Sus notas para nadie. Nadie leerá nunca esas cosas que escribe, a nadie le importa, no son más que disparates. Sin embargo, cuánto más fácil es eso que decirle ahora a Marcia “dale, vamos a tomar algo, acepto tu invitación”. Juan es socialmente un poco torpe, pero no tanto como para no darse cuenta de que acaba de rechazarle la invitación a una mujer, y que lo lógico es que ella, sin decir nada, le dé la espalda y permanezca en silencio, silencio que continuará una vez que suban al ascensor, hasta llegar al hall principal del edificio, y entonces sí, se saluden con un gesto, y Juan salga, seguido por Hobsbawm, huyendo en la dirección contraria a la que ella tome, cualquiera sea esta.

Ya en el ascensor, casi balbuceando, Juan lo intenta de todos modos:

 Disculpame Marcia, me pareció que me estabas invitando a tomar algo a un bar.

 Eso fue hace una hora, ya pasó – dice Marcia, y ahora se le nota el disgusto.

Juan se siente abochornado. No sólo rechazó una invitación que debió haber aceptado con entusiasmo desde el primer instante, sino que además le arruinó a ella el festejo. Y ahora está siendo rechazado. Tras otros diez segundos de interminable silencio, cuando finalmente se abre la puerta del ascensor, Juan entiende que le quedan diez metros de pasillo hasta la puerta de calle, menos de diez segundos tal vez. Luego, Marcia se perderá para siempre en las calles de Buenos Aires.

 Marcia, te invito yo. Me encantaría charlar un rato con vos, sos una persona muy agradable, una mujer muy bella.

La mirada de Marcia se ilumina y una sonrisa involuntaria se le dibuja en el rostro. Qué raro es este tipo, debe estar pensando. Sin embargo, Juan le agrada. Así que decide que ya lo ha castigado suficiente.

 Dale. Pero yo elijo el lugar.

Y ahora la sonrisa que se ilumina es la de Juan.

…

La Nueva Política de Responsabilidad Social (NPRS)

La Nueva Política de Responsabilidad Social determinó que sólo se autorizaría un nacimiento si se producía una muerte. Si nadie muere, nadie nace. A este fin, se hacía necesario fomentar la muerte voluntaria. Esto implicaba la necesidad de crear una enorme estructura en diversos ámbitos. El primero era el ideológico: Morir voluntariamente es un deber. En la muerte no hay nada que temer, al contrario, la renovación de la vida exige que cedamos paso una vez que hemos vivido satisfactoriamente la nuestra. Aceptar morir voluntariamente es un acto de agradecimiento a la vida y a la naturaleza. Es una demostración de responsabilidad social y de grandeza personal digno de quien ha alcanzado un éxito pleno en sus proyectos y puede concluir su vida sin arrepentimientos, ni frustraciones, ni cuentas pendientes, sino con la profunda satisfacción de haber construido y prosperado. Morir es un derecho y una obligación social. La muerte no es un proceso doloroso, sino que mediante las drogas que el Estado provee se transforma en una fantástica orgía alucinatoria final, precedido por unos días de celebración y reconocimiento, y el nuevo niño o niña autorizada a nacer llevará el nombre de aquel gracias a quien nació y sus padres le inculcarán la admiración hacia esa persona.

Es importante aclarar que nadie es obligado a morir. Aunque también es verdad que la presión social hacia los ancianos es enorme. Y esta es la clave. No se trata de hacer una estadística de “bajas” para autorizar el mismo número de “altas”, sino que la autoridad de aplicación local debe constatar la muerte de X para autorizar el nacimiento de Y.

¿Por qué no decir “cesaron tantos, tantos se autorizan a nacer”? esto en principio sería administrativamente mucho más sencillo.

La respuesta es que el hacerlo personal es precisamente la clave del éxito de la NPRS. Es esto lo que facilita que los centenarios firmen su cese, porque lo hacen para beneficiar a sus propios hijos, permitiéndoles de esta manera convertirse en padres. Si esta presión no existiera, seguramente sería mucho más difícil convencer a los viejos a entregarse a la inyección letal. Además, esta solución acaba con el problema de quién tiene derecho a la paternidad – maternidad: tiene derecho aquel que puede presentar la constancia del cese de su padre o madre.

Todos los ciudadanos a partir de que cumplimos los 100 años debemos presentarnos anualmente en el CEMA que nos corresponde y decidir si queremos continuar o cesar. En caso de decidirnos a cesar, podemos nominar en favor de quiénes. Uno puede nominar su cese, es decir, elegir el hijo de quiénes nacerá en su lugar, y como ya dije, casi todo el mundo cesa en favor de su hijo o hija.

Para aquellas parejas que no logran conseguir ningún viejo que los nomine, hay un cupo Estatal. Es el de todos aquellos que mueren naturalmente –en número insignificante- y los que cesan sin nominar. Hay un orden de mérito, siempre muy discutido, que asigna prioridades a las jóvenes parejas que se inscriben en el CUD (Consejo Urbano de Distrito, órgano político local). Cuando el CEMA de distrito informa al CUD por ejemplo 20 ceses innominados en el mes de julio, el CUD autoriza a las primeras 20 parejas para que se les dé el antídoto al AT y los alimentos libres, y la pareja luego entrega óvulo y espermatozoides y al tiempo recibe un precioso y genéticamente perfecto embrión. Si los jóvenes futuros padres consiguen nominación, se presentan junto con el cesante en el CUD y se programa tanto el cese como la concepción. Esto hace que la presión social –familiar, estatal, ideológica- hacia los viejos NIG sea intolerable y tarde o temprano todos terminan entregándose, convencidos de que cumplen así su último deber hacia la familia y la humanidad.

La tasa de un nacimiento por un cese en realidad es algo mucho más complejo. Según la situación demográfica, hay zonas rojas, amarillas y verdes. En las rojas, más superpobladas, se requieren dos ceses para autorizar un nacimiento. En las amarillas sí se cumple el uno por uno, y en las verdes se autoriza un cupo de nacimientos sin su correspondiente cese. Como se podía esperar, esta política ha dado lugar a negociaciones permanentes donde, por ejemplo, la menor tasa de nacimientos asignada a la India “se compensa” con mayor inversión de capital en desarrollo social, y si los escandinavos no alcanzan a cumplir con la mayor tasa de reproducción requerida, se autoriza la migración de pobladores chinos o hindúes. Al interior de cada país también hay políticas de fomento. Sería largo y tedioso explicar las tasas de reproducción diferenciales al interior de cada región, en función de las cuales a una pareja le conviene más irse a algún nuevo desarrollo urbano o rural alejado de las grandes urbes para tener más posibilidades de acceder a la paternidad por sorteo (los ceses innominados se pasan de un CUD más densamente poblado a otro de menor densidad), y hay toda una serie de reglamentaciones y prácticas que exceden el alcance de estas notas.

Para cerrar este capítulo, la NPRS funciona eficientemente y con la excusa de buscar un equilibrio demográfico, una subespecie de seres humanos, los Alfa, está exterminando a otra subespecie, la nuestra.

Algunos apuntes sobre manipulación genética:

Permitir la manipulación genética en seres humanos fue abrir la caja de Pandora. Ocurre que las posibilidades son prácticamente ilimitadas. Por ejemplo, lo primero que se empezó a ver es que las parejas elegían con mayor frecuencia que el embrión fuera de sexo masculino, sobre todo en algunas culturas; evidentemente la mentalidad patriarcal había retrocedido, pero aún continuaba viva. Ahora la ley dicta que el embrión debe ser del mismo sexo que aquel que cesa, y en el caso de los cupos estatales, el número entre mujeres y varones debe ser idéntico. También fue claro desde el principio que seguían operativos todos los prejuicios étnicos y de estándares de belleza, y muchas parejas eran capaces de pagar un abultado plus para que sus hijos heredaran determinados genes y no otros. Ahí también intervino la legislación, prohibiendo que la intervención genética tuviera otro sentido que no fuera elegir los genes más saludables. Pero el diablo está en los detalles, y la cuestión, como casi toda cuestión de legislación, abrió paso a interminables debates y jurisprudencia.

Recuerdo por ejemplo la acalorada discusión sobre el Cromosoma once. Dicho famoso cromosoma es un gen recesivo. Si el embrión hereda el Cromosoma once tanto de la madre como del padre, dará lugar a un bebé albino. La discusión fue ¿es el albinismo un rasgo o una enfermedad? Finalmente se llegó a la conclusión de que podía considerarse una enfermedad –para indignación de muchísimos albinos que llevaban vidas plenas y aseguraban no sentir ningún síntoma de enfermedad alguna-. Entonces, adiós cromosoma once. Pero antes de despedirlo, veamos cómo se ganaba la vida: El once es el responsable de un déficit total o parcial de melanina, que es el pigmento que da color al cuerpo. Ahora bien, si el déficit total o parcial de melanina es una enfermedad, ¿su abundancia no sería también una enfermedad? planteó un reconocido estudio de abogados, ganándose con toda justicia el repudio de todos los gobiernos de África y de todas las organizaciones de afroamericanos y afrodescendientes en todo el mundo. Esto del cromosoma once es sólo un ejemplo de los miles que aún se dirimen, como por ejemplo el enanismo, o la tendencia a la obesidad. Todo esto ha dado lugar al “Derecho Genético”, sin dudas la más próspera rama del derecho.

Otra consecuencia de la manipulación genética es la proliferación de granjas de humanimales, es decir animales con células madre humanas, de tal forma que el animal en cuestión desarrolle órganos humanos para trasplante. Es muy habitual tener un riñón o un hígado desarrollado en una oveja o un cerdo. Es socialmente más aceptado matar animales para usar sus órganos que matar animales para alimentarse. Quien necesita un trasplante, compra el órgano a través del Hospital o Clínica donde se hará la intervención. Si bien la intervención es gratuita como toda prestación médica, el órgano es producido por granjas privadas, y el Estado se hace cargo sólo de una parte de su costo.

Más allá de la manipulación genética en humanos, un aspecto muy beneficioso del vertiginoso avance de la ciencia fue el desarrollo de carne sintética para alimento, elaborada a partir de células madre de cualquier animal. Esta carne es similar en sabor, textura y aspecto a la carne original, sin la necesidad de criar ni matar a ningún animal. El beneficio no ha sido tanto para la conciencia de aquellos que no deseaban matar para comer sino del planeta entero y del equilibrio ecológico. La producción masiva de animales, que ocupaba una parte muy grande de las tierras fértiles del planeta, era ineficiente porque se necesitaban muchos kilos de alimento vegetal para producir pocos kilos de alimento animal, los animales consumían muchísimos litros de agua, y emitían una parte significativa de los gases de efecto invernadero que llevaron al calentamiento global. El retiro masivo de los animales permitió la multiplicación de alimento vegetal y la reforestación parcial de vastas regiones. Este ha sido uno de los grandes éxitos de la ciencia que permitió acabar con el hambre. Retomaré este tema más adelante, cuando me refiera a la revolución agrícola.

…

La calle está casi desierta. Algún caminante, algunos adolescentes deslizándose con dispositivos eléctricos como monopatines y otros vehículos de tres, dos, o una única rueda. Un cartel dice “Exclusivo peatones y vehículos individuales hasta 10 km por hora”. Hay un árbol cada veinte metros en todas las calles, reglamentariamente. Los edificios tienen la particularidad de que sus frentes son todo pantalla. Muchos proyectan imágenes de playas o montañas, la mayoría publicitando destinos turísticos. A veces, de día, se alcanza a ver que detrás del cristal transparente de las pantallas hay ventanas y balcones, y uno recuerda que allí vive gente. Quien mira desde esas ventanas hacia la calle, no alcanza a ver qué es lo que su propia ventana proyecta, ve simplemente la calle. La ciudad luce cuando, durante la noche, las publicidades ceden paso a imponentes coreografías lumínicas que incluyen barrios enteros y que consisten a veces en dibujos que refieren a la historia de la ciudad y que se continúan de edificio en edificio, a veces en diseños geométricos que se mecen o se agitan al compás de alguna música; así, doscientos años después, el bandoneón de Piazzolla sigue dibujando el perfil de Buenos Aires.

 Cuando estaba en la entrevista empecé a pensar en por qué cosas valía la pena vivir. Y lo primero que me vino a la mente fue la alegría compartida.

Juan asiente. Está feliz de caminar al lado de Marcia. Cuánto tiempo hacía que no gozaba de la compañía de una mujer, rumbo a algo que se parece a alguna especie de cita.

 Ay, Juan, no podemos dejar que estos hijos de puta terminen de matar lo que nos queda de humanidad –dice Marcia y calla de pronto, como sintiendo que está diciendo cosas que no debe.

En ese momento, en muchas pantallas de los edificios aparece la imagen de un diputado hablando desde un salón del Congreso. En el zócalo de las pantallas se lee “Brian Gabriel – diputado”. Gabriel aparenta treinta y pocos años, pelo lacio castaño, anteojos redondos, y viste una especie de camisola blanca que lo distingue del resto de los diputados y diputadas que visten trajes formales y caros, de cuello redondo, a la moda. Habla pausadamente, en su castellano rioplatense inclusivo natal:

“Durante las últimas décadas hemos avanzado a paso seguro en la estabilización del número de habitantes y en la racionalidad en la explotación de recursos. Hoy tenemos un sistema de distribución de cargas y beneficios equitativo. Clave para esto fue la institución del Servicio Social Obligatorio mediante el cual todes les jóvenes tienen que consagrar un año de sus vidas a realizar las tareas productivas y de servicios que nadie voluntariamente haría, pero que son imprescindibles. Sin embargo, está claro que estos esfuerzos no son suficientes. El aspecto más crítico hoy es que nuestra mano de obra, por más joven y competente que sea, es insuficiente en algunas áreas específicas. A medida que los No Intervenidos Genéticamente han ido pasando a retiro en sus funciones laborales, el déficit de mano de obra se ha ido haciendo más notorio, provocando una situación que debemos atender con urgencia. El costo de no cambiar el sistema implica, según cálculos en los que todes coincidimos, que les jóvenes deberían en un futuro consagrar el doble de años para sostener la producción. Y es injusto que les jóvenes se sacrifiquen tantos años. Otra opción sería hacer que la edad de retiro se retrase hasta los ochenta y cinco años. Pero sería injusto con nuestres mayores. En otras palabras: el equilibrio que tan trabajosamente alcanzamos hoy está crujiendo, y a menos que tomemos decisiones audaces, pronto estallará. Es por eso que adelanto mi voto afirmativo al proyecto de creación de Mano de Obra Genéticamente Intervenida, conocida como MOGI.”

 Lo odio- deja escapar Marcia, como sondeando a ver qué opina Juan.

Juan asiente.

“Se concede el uso de la palabra a la Senadora Martínez. Recuerde Senadora que, en esta instancia, y por tratarse de una sesión bicameral presencial, ningún legislador puede explayarse más de diez minutos”. La cámara toma a la Senadora Martínez, una mujer que aparenta no más de cuarenta años, gesto firme, rictus serio, quien toma la palabra. Habla en inglés, pero la traducción simultánea permite escuchar su discurso en castellano local:

“Cinco minutos me sobran, señor presidente, para rechazar de plano este horrible proyecto. Diputado Gabriel, de lo que estamos hablando es de crear una subespecie humana mentalmente minusválida, incapaz de aspirar a otra cosa más que a realizar sus tareas rutinarias de manera dócil. Yo les pregunto ¿los MOGI que nos proponen son humanos? Porque si es así, y me parece que no cabe ninguna duda de que es así, entonces estamos cometiendo un crimen, porque los estamos privando de su libre albedrío al establecer los estrechos límites de aspiraciones y modos de vivir sus vidas desde el momento en que son engendrados. Podrán decirme que nuestros antepasados no tuvieron ninguna consideración ética cuando nos crearon por medio de manipulación genética. En ambos casos estamos usando la tecnología para alterar la naturaleza. No tengo nada contra alterar la naturaleza; lo hemos hecho desde que bajamos de los árboles. Pero no todo da lo mismo, porque nuestros ancestros usaron la biotecnología para mejorar las condiciones de vida de las personas, mientras que ahora estamos votando crear una raza de esclavos. Usted dijo, diputado, que habíamos racionalizado la economía, igualado los derechos y las cargas, roto con la sociedad de clases. Pero si ahora votamos la creación de un ejército de idiotas para que nos sirvan, lo único que habremos hecho será dar un enorme rodeo para retroceder hacia el esclavismo.”

…

No quisiera dar la impresión de que explico los cambios históricos a partir de los cambios tecnológicos. Los cambios tecnológicos devienen de los cambios económicos y sociales, y en todo caso luego estimulan los cambios económicos y sociales que les dieron origen. Recuerdo un ejemplo que le daba a mis alumnos de secundaria: la máquina de vapor se conocía desde la época de la Grecia Clásica, y más tarde los romanos la usaron para hacer juguetes. Sin embargo, tuvo que esperar hasta principios del siglo XIX para ser aplicada a grandes emprendimientos que revolucionaron la industria, las comunicaciones y el comercio. No fue el invento de la máquina de vapor la que posibilitó la revolución industrial y cambió el mundo, sino que el mundo cambió y entonces se volvió económicamente conveniente aplicar esa tecnología a hacer ferrocarriles que permitieran cruzar los continentes con grandes cargas comerciales.

Adonde quiero llegar es a que el nuevo mundo no es consecuencia de la manipulación genética, ni del AT universal, ni de ninguna tecnología; todos esos factores fueron meros instrumentos. La tecnología es un instrumento, y como todo instrumento, pongamos por caso un martillo, puede servir para construir una casa mejor para todos o puede servir para hundirle el cráneo al vecino. Nosotros los humanos desarrollamos esa tecnología que ahora irónicamente es utilizada para acabar con nosotros, y no nos deja otra opción que ceder nuestro lugar en la Tierra a hijos que nos reconocen como lejanos parientes simiescos.

No es la perversión de los Alfa lo que acaba con nosotros, fuimos nosotros mismos, o el sistema social que supimos construir. Pudimos haber usado la tecnología para igualar las condiciones de vida y las posibilidades de todos los seres humanos; en cambio, decidimos mejorar sólo la de nuestros hijos para que fueran más competitivos y adaptados que los del vecino. Nuestro sistema económico era el capitalismo, y tenía como pilares la desigualdad y la necesidad de multiplicar bienes innecesarios de manera constante, contaminando el planeta entero. Las consecuencias de todo esto eran claras y sin embargo no nos pudimos dar un sistema económico y social con pautas de producción, distribución y consumo razonables. Y así hicimos la tecnología que necesitábamos para nuestra visión ética y nuestra organización económica, política y social, y no levantamos el pie del acelerador ni siquiera cuando vimos la pared delante de nosotros.

…

El pub parece detenido en algún momento impreciso de fines del siglo XX. Se escucha música de esa época, rock - pop. La luz es cálida, el ambiente amable, en parte por el encantador detalle de las paredes con ladrillo a la vista. Hay varias mesas ocupadas, la mayoría por grupos de gente que aparenta entre cuarenta y cincuenta años, como todos los viejos casi centenarios hoy día. Marcia y Juan se sientan a una mesa.

 ¿Dos pintas? – pregunta Marcia.

Juan hace un gesto de asentimiento. Entonces Marcia hace clic dos veces en la pantalla táctil incorporada a la superficie de la mesa.

 Uno de los motivos por el que me gusta mucho este lugar es porque no hay paredes pantalla. Acá se puede pensar y charlar sin que te estén bombardeando todo el tiempo con información innecesaria.

 Sin embargo, fíjate que la mayoría de la gente, en lugar de charlar entre sí, hablan o miran cosas en sus ordenadores pulsera o en la pantalla de su mesa.

 Es una forma de adicción.

 De todas maneras, me gusta el lugar, da una sensación de intimidad.

 Exacto – afirma Marcia, con énfasis - ¿Te gusta el rock?

 De a ratos sí, de vez en cuando. No sé mucho sobre rock.

 Amo el rock.

Felizmente para Juan, que no tiene mucha gimnasia en sostener una conversación simpática y frívola, propia del coqueteo, y quizá también para Marcia, que empieza a temer que quizá esté frente a un hombre inteligente pero definitivamente aburrido, llega una pequeña mesa robótica que se desliza silenciosa sobre ruedas, con dos vasos de cerveza helada. Juan y Marcia toman sus vasos y la mesa se retira. Chocan los vasos en un gesto de brindis silencioso, y luego ambos beben un trago.

 ¿Cómo fue que decidiste inmunizarte contra el alcohol?

 Si hubiera sido por mí, hubiera seguido hasta reventar. Pero me hacía la intervención o me cortaban el crédito de retiro.

Juan sabe que la cosa ha empezado mal. Por qué dio una respuesta tan horrible, se pregunta. Marcia parece también haberse dado cuenta de que su pregunta fue inadecuada y trata de pasar de tema.

 ¿Y antes de todo eso?

 Antes de todo eso era Profesor de historia en varios colegios secundarios, ¿Vos? – apura Juan, con ganas de salir lo más rápido posible de ese terreno minado que ahora se le antoja su pasado.

 Socióloga. Estudié para entender un mundo que al poco tiempo había dejado de existir.

 Estoy escribiendo, o tratando de escribir un libro sobre este mundo incomprensible. O cómo incomprensiblemente llegamos a tener este mundo.

 Me interesaría mucho leerlo – dice Marcia con sincero entusiasmo.

 Te puedo pasar algunos adelantos. Es toda una novedad tener una lectora que es socióloga, y por lo visto, con ideas políticas muy definidas.

Marcia sonríe, un poco nerviosa quizá, nota por primera vez Juan. Las cosas mejoran, ella no es tan avasallante como él creía. Quizá sí logre sostener una charla amable y liviana.

 ¿Te gustaba tu trabajo como docente?

 Fui profesor de Brian Gabriel, fue mi primer alumno Alfa. Y también el último.

 ¡Guau! ¿Ya era como es ahora?

 Antes era el huevo de la serpiente, ahora es la serpiente madre a punto de poner sus huevos.

 Por lo que entendí del discurso de hoy, parece que nos quieren reemplazar por idiotas de diseño.

 Nadie mejor que Gabriel para eso, está genéticamente adaptado para ser un perfecto hijo de puta.

Marcia ríe. Es evidente que está predispuesta a celebrar cualquier ocurrencia de Juan. Y él sigue ganando confianza. Hasta donde puede ver, piensan políticamente más o menos igual, ella es una persona con ciertas lecturas, la charla es interesante y, por sobre todas las cosas, no nos olvidemos de esas piernas increíbles que tiene esta mujer. No puedo creer que esta mina me esté dando bola a mí. ¿Le digo que me gusta?, ¿le digo que es muy sexi?, ¿o va a ser considerado un comentario sexista, machista, patriarcal, feo? Mejor no digo nada. Pero qué lindo escote, ¿serán de ella? no, supongo que se las hizo, pero qué buen gusto el cirujano. Y esa boca de labios carnosos…

 ¿En qué te quedaste pensando?

 Me gustan tus zapatos.

 … gracias – dice Marcia, un poco desconcertada por el comentario de Juan.

 Me parecen muy sexis.

Marcia sonríe. Gira brevemente la cintura retirando de debajo de la mesa sus piernas, corriéndolas a un lado, con un movimiento sutil, mostrándole a Juan sus zapatos.

 Los compré especialmente para la entrevista de hoy. Después pensé, “qué boba, qué sentido tiene comprarse zapatos nuevos para ir a discutir si me suicido o no. Pero qué se yo, una se siente mejor cuando se ve mejor, ¿no te parece?”.

 Claro

Desde su despertar sexual, Juan tiene un fetiche con distintas clases de calzado femenino, que en este caso vienen a ser la frutilla del postre de esas piernas perfectas, que son como dos fusiles disparando feromonas, y producen en Juan una erupción volcánica hormonal que parece venir de algún lugar de su remota adolescencia.

 No es cuero de verdad, pero es casi igual. A mí también el cuero me resulta, ¿cómo dijiste?

 Sexi.

 Eso, sexi, sí – dice Marcia y sonríe.

La palabra “sexi”, en los labios voluptuosos de Marcia, suena gozosamente lasciva. A Juan le parece que la mirada de ella resplandece. Y es cierto, los ojos de Marcia brillan. Y si Juan pudiera mirarse a algún espejo, comprobaría que su mirada también ha abandonado su indolencia habitual y parece la de un ave rapaz. No va a haber que esperar a una segunda salida, esto se precipita hacia la cama como una locomotora lanzada y sin frenos. Pero ¡momento!, ¿cuánto hace que no cojo? medio siglo, por lo menos. Me da vergüenza de sólo pensarlo. Ya ni me acuerdo cómo se hacía. Voy a pasar un papelón. Necesito una pastilla de encendido. Por las dudas, mejor dos. ¿Tres me harán mal?

Una sombra se ha cruzado en la mirada del ave rapaz, transformándola en la de un triste e inofensivo canario. Marcia lo percibe mientras, de pronto incómoda, vuelve a poner sus piernas debajo de la mesa y bebe otro trago de cerveza, que ya se le está por acabar. Se produce un instante de languidez.

 Bueno, dijimos que íbamos a celebrar. Vamos a casa. Vamos a escuchar rock del bueno, ¿dale? – invita Marcia.

Juan queda pasmado. ¿De veras está ocurriendo esto? Si el mismísimo dios le hubiera dicho esta mañana, cuando salió para la maldita entrevista macabra, que iba a terminar en la cama con una mujer tan impresionante, no le hubiera creído una palabra y habría confirmado que dios no era más que un charlatán, parecido a todos los que hablan en su nombre en las pantallas. Gracias dios, existas o no, pero ya que estás, te pido una manito más: cómo hago para conseguir un par de pastillas. En casa tengo.

 Podemos ir a escuchar música a mi casa, Marcia, ¿qué te parece?

 Vivo acá enfrente.

¿Qué excusa le doy para llevarla a casa? Puedo usarlo a Josby; tengo que volver a casa porque Josby… ¿no puede dormir sin su osito de peluche?

 Tengo unas pastillas que te van a resultar sumamente interesantes – dice Marcia a media voz, como si hubiera adivinado los pensamientos de Juan.

 ¿De qué estás hablando? – pregunta Juan con alguna duda de si es lo que él piensa o Marcia le está ofreciendo alguna clase de alucinógeno.

Marcia hace un gesto de entornar las cejas que se lee como “¿Hace falta que te lo aclare?”, sintiendo de pronto un poco de pudor.

 Bueno, no estaría mal probar una de esas pastillas de las que tanto hablan – dice Juan, dejando en claro en su expresión que está mintiendo.

 Me dijeron que funcionan bastante bien – le sigue la corriente Marcia.

 En este mundo podemos dudar de todo, hasta de nosotros mismos; de lo único de lo que no podemos dudar es de la eficacia de la industria farmacológica.

Marcia ríe. Y a Juan ella le gusta más a cada instante; es inteligente, tiene sentido del humor, y tiene un cierto desparpajo en la dosis justa. Juan hace clic en el teclado táctil de la mesa. Aparece instantáneamente una cifra, la cuenta.

 Si vos invitás las pastillas, yo invito la cerveza – dice Juan, y pone su ojo al alcance del lector de iris incorporado a la pantalla táctil.

…

La vida cotidiana, hoy:

Me despierto todas las mañanas a las 7:30, cuando las cuatro paredes y el techo de mi cuarto se encienden paulatinamente simulando un amanecer, y la pared pantalla frontal muestra la imagen de la orilla del mar en una playa desierta. Siempre elijo el mar y siempre hace veintiún grados. Desayuno algunas frutas con unos mates. Salgo a dar una breve vuelta con Josby; ya tendremos más tiempo a la tarde. A las nueve menos cuarto, todos los días de lunes a viernes, dejo a Josby en casa y camino cinco cuadras hasta el CRAMPE, Centro de Recreación, Actividades y Monitoreo Permanente de mi zona. No voy allí por mi voluntad, voy porque cada ausencia significa que me descuenten una suma de mi crédito. No niego la sapiencia del legislador, que en un rasgo de cuidado hacia la población mayor –a la que por otra parte ansían eliminar lo más rápido posible- han dictado estas leyes que les permiten a algunas almas culposas vanagloriarse de un “neo socialismo”, que le da un rostro humano a la NPRS. Los lunes, miércoles y viernes tengo sesión de entrenamiento físico relajado, los martes y jueves se hace caminata por la reserva ecológica. Todos los viernes tengo que llevar muestra de orina y me sacan sangre para constatar que sigo saludable; cada tres meses nos hacen un análisis a fondo y deciden si necesitamos algún tratamiento, intervención quirúrgica o trasplante. A las diez nos agrupamos y jugamos juegos de equipo. Todas las actividades están coordinadas por jóvenes expertos en educación física y recreación. Tratan de que no nos oxidemos y de que mantengamos algún nivel de sociabilidad que nos permita no caer en la demencia senil. La sociabilidad también debe darse en forma de charla amena durante el almuerzo. Cada uno tiene su almuerzo planificado según su estudio de ADN. El mío abunda en verduras, frutas, carnes blancas sintéticas y pescado, y me niegan las harinas, que es lo que más me gusta y peor me hace. Nos sentamos cada uno en la mesa que le toca. Todos los días nos toca en una mesa distinta. Las mesas tienen carteles luminosos donde aparecen nuestros nombres, indicándonos donde debemos sentarnos, para que tengamos conversaciones con personas diferentes todos los días. Prácticamente me niego a hablar con nadie. Me doy cuenta de que los demás se fastidian si les toca compartir la mesa conmigo. Soy considerado el más cascarrabias de todos esos viejos de mierda. En mi defensa, quiero replicar alguna de las conversaciones que se escuchan allí:

  El otro día me vino a ver mi sobrino. Es mi único pariente. Vino a pedirme el cese a su nombre.

  ¡Ah, qué suerte!

  Sí, la verdad que sí. Cesar sin nominar hubiera sido terrible.

  No hay nada mejor que cesar en favor de una persona querida y de la familia.

  No veo la hora de cumplir los cien para cesar de una vez.

  Sí, qué alegría. Da gusto estar en paz con uno mismo, y poder cesar en el momento correcto, no como otros… -dice mirándome de soslayo, acusándome.

En fin, este es un diálogo inventado, pero no anda demasiado lejos de los que se escuchan.

A la una salgo del Centro y vuelvo a casa, caminando despacito. Me tomo una pastilla de encendido y una de apagado. En realidad, no tengo demasiado deseo sexual, la masturbación es una forma de pasar el rato y ayudar a actuar a la pastilla de apagado. El médico me ha dicho que una masturbación diaria es imprescindible para mantener la próstata saludable. Más tarde escribo, o mejor dicho dicto estas vacilantes líneas sin destino. Habitualmente no alcanzo a escribir más que un par de párrafos por día. Luego salgo a caminar en círculos, con Josby, esperando la hora de cenar. A las ocho de la noche me siento en alguno de mis restaurantes favoritos, tomo mi pastilla para facilitar la digestión, y empieza la hora gloriosa. Decido mi cena con el mismo cuidado con el que elijo la música que la va a acompañar. Generalmente elijo jazz de la década del cincuenta y sesenta del siglo XX. Los restaurantes que elijo son aquellos que permiten cenar en una cabina individual, donde la acústica está bien medida. Más tarde vuelvo a casa y miro viejas series de tv, películas clásicas, documentales sobre ciencia, hasta que hacen efecto las pastillas de apagado.

Mis amigos y amigas han muerto hace mucho tiempo, o tal vez no han muerto ellos y ellas sino la amistad en sí. Sólo lo tengo a Josby, que ahora me mira severo como diciendo “¡un poco de respeto, me llamo Hobsbawm!”.

Hobsbawm tiene cuarenta y un años, edad muy infrecuente para un perro. Eso se debe a que tiene una cadera artificial, nanoagentes en la sangre manteniendo en regla sus cansadas arterias, varias intervenciones menores y varios reemplazos dentales. Una vez por semana lo ve un veterinario. A veces parece un poco cansado de vivir. A veces yo también lo parezco.

Hoy en día prácticamente toda enfermedad puede ser curada o controlada. Morirse de muerte natural es cada vez más difícil. Los accidentes son muy infrecuentes gracias a los avances en las normas de seguridad. El precio que hay que pagar por esta vida eterna es un aburrimiento sin límites. Hoy la principal causa de muerte es el aburrimiento; ese es el principal motivo por el cual la gente firma su cese. Creo que la perspectiva de enfrentar un año más de charlas durante almuerzos en el CRAMPE en algún momento llega a ser tan devastadora que uno termina firmando.

Josby me salvó la vida. Creo que conté que viví unos cuantos años de olvido. En un momento esto saltó a la vista de las autoridades y no me dejaron más alternativa que someterme a un sencillo tratamiento de un día en el cual por medio de una vacuna, mi cuerpo se volvió inmune al alcohol. La cura es indolora, definitiva. Sin embargo, quienes hemos pasado años en aquel oscuro país, caemos en desesperación cuando nos encontramos con que de repente tenemos que enfrentar la vida sin ningún amortiguador emocional, sin nada que nos aletargue. Entonces, más allá de la intervención, tuve que estar un horrible mes internado escuchando estupideces y sedado para poder dormir. Lo único valioso de esos días fue que me aconsejaron que adoptara un perro. Me parecía un disparate. Pero me presentaron a este cachorrito simpático y comprador, que en seguida me sedujo. Adoptar a Josby fue lo mejor que me pudo pasar. Y fue para mi recuperación mucho más decisivo que el grupo de autoayuda o el psicólogo charlatán.

Suficiente sobre mí. Cómo es la vida cotidiana de un joven adulto Alfa. Bien, la jornada laboral es de cuatro horas. La mayoría hace el trabajo desde sus casas y una vez por semana concurren a alguna oficina de la empresa o institución para la que trabajan a tener reuniones de control o socialización. La mayoría trabaja en el sector que antiguamente denominábamos “de cuello blanco”, bancos privados y públicos, comercialización y gestión, gobierno local y mundial, servicios varios. Los antiguos empleos “de cuello azul” han sido ampliamente automatizados y robotizados. Aun así, este es un punto débil de la organización social. Muchos de esos trabajos peor remunerados los hacen viejos NIG, a punto de pasar a retiro. Y por más abrumador y sofisticado que sea el aparato de propaganda ideológica, no han logrado convencer a los jóvenes de que esos trabajos, a los que consideran “cosa de NIG”, sean deseables. De allí los siniestros planes del partido de Gabriel de crear MOGI, mano de obra genéticamente intervenida.

Los jóvenes Alfa también tienen un sistema de obligaciones sociales que deben cumplir si quieren conservar su crédito. Cumplida la jornada laboral, deben concurrir a sus Centros de Recreación, donde practican deportes y los someten a controles médicos, igual que a nosotros en los CRAMPE. El Gobierno hace un gran esfuerzo para que la gente joven se reúna, ya que las condiciones de la vida material tienden al aislamiento.

En algún momento de su joven madurez, los Alfa deciden que quieren formar pareja, y según su orientación sexual se reúnen y planifican. El amor romántico ha muerto y no seré yo quien derrame una lágrima en su nombre. Sin embargo, el mundo Alfa me resulta demasiado frío. Es como si nacieran casi sin intensidad emocional. Con el tiempo evaluarán el momento indicado para solicitar su derecho a tener a su único hijo o hija. Y cuando se aburren de su pareja, simplemente tienen algún amante o cambian de pareja. En realidad, según he leído, la tendencia es a que los miembros de la pareja vivan por separado, en lo posible más o menos próximos. De hecho, la mayoría de las personas busca pareja no más allá de diez cuadras a la redonda de sus domicilios, según leí.

En lo que los Alfa parecen volcar su libido es en la competencia deportiva y matemática. Hay todas las semanas torneos de cálculo matemático, y de manera para mí insólita, son espectáculos que reúnen gran cantidad de fanáticos. Los deportistas profesionales tienen un gran reconocimiento social, llegando a ser verdaderos ídolos populares. Estos chicos Alfa viven compitiendo. Me pregunto si alguna vez en la vida se detendrán a pensar en qué sentido tiene la existencia, si reflexionarán sobre algo. Me da la impresión de que no, que la filosofía ha quedado en el arcón de los trastos viejos de la historia. Siempre parecen estar serenamente optimistas. Al menor síntoma de depresión o tristeza, hay una pastilla que de inmediato les devuelve la sonrisa de dientes inmaculados.

Un fenómeno curioso es el de los deportes de combate. Son por lejos los más populares. Los sábados y domingos ocupan las pantallas del mundo entero. Hay centenares de ellos cada día, y a veces en los bares se ven simultáneamente varias peleas en distintas pantallas. Hay también muy diversos deportes de combate, con reglas muy distintas. El más popular, el que acapara casi toda la atención, es el más brutal de todos. Es una pelea en un octágono cerrado. Los contendientes tienen algunos golpes prohibidos, pero por lo demás vale casi todo. Se lo promociona de la siguiente manera “Sólo uno saldrá de pie”. Se trata de dos rounds de cinco minutos, con un minuto de descanso. Hay un árbitro, pero no hay jueces ni puntaje. Si al cabo de los dos rounds uno de los contendientes no ha acabado con el otro, se libra un vibrante tercer round libre, es decir hasta que uno de los dos quede fuera de combate. Uno o una, porque las peleadoras son tan populares como los peleadores. También hay tantas espectadoras como espectadores, y estos bares son un buen punto de socialización espontánea. He estado alguna vez en alguno de los bares de Alfa, azorado ante el nivel de violencia que alcanzan no sólo los peleadores, sino los espectadores. Parece ser el único momento de la semana en que les corre sangre por las venas. De más está decir que el espectáculo es en sí morboso. Una buena pelea es aquella en la que hay mucha sangre. Cuanta más sangre y dolor, mejor. La rotura de un brazo por una palanca es respondida por una ovación de la platea. Hay premios extra para las peleas más sangrientas, y los peleadores que se dan por vencidos son repudiados y no vuelven a ser programados para otras peleas. Sólo uno sale de pie, y muchas veces ninguno de los dos. No es infrecuente que alguno de los contendientes muera durante el combate o a consecuencia de éste. La musculatura trabajada y entrenada sobre una base de ingeniería genética avanzó muchísimo, y tenemos pesos pesados perfectamente atléticos que pesan doscientos kilos, mientras los mentones y los cráneos siguen siendo los mismos de siempre. Hay estudios sobre este fenómeno de la masividad de las peleas, sobre el que ya me he extendido tal vez demasiado, pero parece ser que en la violencia los Alfa encuentran algún espacio de liberación de instintos, y me atrevería a afirmar que después de las peleas vuelven a sus casas con muchas más ganas de tener sexo.

…

Las figuras geométricas circulares se van transformando en otras figuras geométricas de manera paulatina, y los colores van cambiando, mientras una música con alguna vaga inspiración hindú acompaña el movimiento.

 A mí me gustan estos mándalas.

Dice Marcia, acostada al lado de Juan, después de haber pasado la tarde juntos.

 Yo siempre elijo el mar. Las olas llegando a la playa. Amo el mar.

 A veces me paso horas viendo programas hasta que elijo alguno. Este me gusta porque es medio hipnótico. Me relaja, me ayuda a dormir.

 Tendría que sacar a pasear a Josby – dice Juan, en un bostezo.

 Son las ocho – responde Marcia, mientras toma de la mesa de luz su ordenador pulsera y se pone a revisar si tiene algún mensaje.

“Tendría que sacar a pasear a Josby” fue un comentario ambiguo. No se termina de entender si Juan piensa sacarlo y volver, o si piensa sacarlo e irse a su casa. De hecho, el comentario fue un tanto cortante, pero como Juan lo acompañó con un bostezo, podría interpretarse como “pucha, tendría que hacerlo, pero no tengo ganas”. El comentario de Marcia también fue bastante ambiguo, “son las ocho”, ¿y qué?, ¿escuchamos rock, cosa que al final no hicimos, o vamos a cenar por ahí? ¿O directamente fue un “son las ocho, es tarde, mejor andate”?

 En serio lo tengo que sacar a pasear, si no te vas a arrepentir.

 Bueno.

Juan sigue sin hacer ningún movimiento, y no alcanza a percibir si el “bueno” fue una expresión de alivio o de decepción. ¿Sabe Juan qué es lo que quiere, más allá de sus frustrados intentos por interpretar qué quiere ella? Sí, claro, Juan quiere salir corriendo ya mismo. La verdad es que acaba de tener sexo por primera vez en medio siglo. La idea de tener sexo era algo que había quedado en esa penumbrosa zona del pasado que no se recuerda ni se extraña, tan olvidado como sus guantes de arquero de futbol, o ir a bailar. El sexo era algo que ya no esperaba. No tenía nada que ver con sus masturbaciones higiénicas; eso no era sexo, o en todo caso no se parecía en nada a esto. Esto lo había llenado de vida y juventud, y estaba deseoso de salir a la calle a disfrutarlo. Quería caminar más erguido, sentirse pleno, con una sonrisa ancha, otra vez soy un hombre, otra vez me pasan cosas, otra vez estoy vivo.

Está Marcia, por supuesto. Marcia le gusta. Le gusta tanto que aún después de haber tenido sexo con ella, él se sigue sintiendo un poco tenso y tiene miedo de arruinarlo todo con algún comentario inapropiado. O que tal vez las indiscretas primeras luces de la mañana lo encuentren roncando y babeando, y dejen a la vista las marcas de la centuria en su cuerpo que la biomedicina se empeña en disimular con relativo éxito. Hasta ahora, las cosas salieron tan inesperadamente bien que se siente muy afortunado. Podría empezar de nuevo con los arrumacos, y tal vez… pero como todo jugador afortunado sabe, es mejor retirarse antes de que se corte la racha.

 Marcia, lo que pasó fue fantástico. La pasé sensacional.

 Está todo bien, yo también la pasé sensacional y no me tenés que dar ninguna explicación. Para decirte la verdad, yo también prefiero dormir sola – dice Marcia, sonriendo.

Bueno, piensa Juan con alivio, no hay nada que temer, no he sido secuestrado ni tampoco tiré abajo la mampostería; no hay heridos, ni vencedores ni vencidos, cada uno por su lado y todos contentos. Juan se incorpora y empieza a vestirse.

Pero atención, yo quiero irme, pero también quiero volver a verla. Por ahí esta mina no me quiere ver más. Por ahí fue una tarde de locura, nada más, y ahora quiere que me borre y no quiere volverme a ver en la puta vida.

 Marcia, te invito a cenar el sábado. Yo cocino, ¿qué te parece?

 El sábado no.

 ¿viernes?

 El fin de semana no.

Dice Marcia, y a Juan le parece como si ella se debatiera pensando en dar alguna explicación que no quiere o no puede dar. Hace unos instantes Juan sólo pensaba en cómo escapar de esa ratonera y ahora siente que le han vedado el ingreso al palacio de la princesa. No termina de entender si el rechazo es absoluto, o es específico para el fin de semana, y teme preguntar. Qué complicadas son estas situaciones, recuerda de pronto Juan. Es una danza demasiado sutil en la que cualquier movimiento puede terminar ofendiendo a quien no se quiere ofender, o cargándolo de una expectativa tal que la otra persona tiende a salir huyendo. Ahora recuerda por qué nunca se le dio demasiado bien, sobre todo si hay sexo de por medio. Decepcionado, se incorpora y empieza a vestirse.

 Juan, ¿qué te parece el lunes?

A Juan le vuelve a sonreír el alma.

 Lunes, claro, sí, cómo no.

 ¿Cocinás bien?

 Soy un genio. Hice como cuatrocientos cursos de cocina. Me muero de ganas de cocinar para vos. ¿Qué te gustaría comer?

 Elegí vos, super chef.

 Pero dame alguna pista, no me gustaría preparar algo y que después no te guste.

 Bueno, no compres carne de verdad, prefiero la sintética. Yo llevo el vino.

 Mejor traé las pastillas.

Marcia ríe, Juan ríe mientras se calza los zapatos.

 Te daría algunas para que experimentes, pero necesitás receta, son de uso muy restringido. En el prospecto dice que veces, unas horas después de la ingesta, pueden producir terribles erecciones capaces de durar días. No quisiera llegar el lunes y encontrarte en un estado ruinoso.

Dice Marcia exagerando su seriedad para luego estallar en una risa. Juan, ya vestido, le lanza una almohada a Marcia, quien sigue riendo.

 Juan, mandame tus escritos.

 Bueno, en realidad son borradores, medio desordenados, incompletos…

 Sin excusas, profesor

 … de acuerdo, te los mando.

 Genial. Seré una crítica implacable.

 En general, prefiero un público más bien complaciente.

 Ni lo sueñes.

…

Economía - post capitalismo global, o capitalismo regulado:

El resultado concreto de las políticas aplicadas por los gobiernos en la última etapa de la primacía de los NIG – lo que hoy se conoce como etapa oscura- podía verse en las calles de una ciudad cualquiera, como Buenos Aires. Miles de niños, ancianos, jóvenes pobres hasta la miseria, lisiados, personas con problemas mentales, todos viviendo y muriendo a la intemperie. Los que teníamos la suerte de no haber sido despojados aún de todo, nos volvimos inhumanos para poder salir todos los días y ser indiferentes a esas manos que se alzaban desde el barro pidiéndonos una ayuda. A algunos, transformarse en soberanos hijos de puta les habrá costado muy poco. Otros negociamos. Por ejemplo, yo decidí donar todos los meses el cinco por ciento de mi salario de entonces a una organización de beneficencia social; con esto me sentía un poco menos monstruoso cuando me abría paso entre la miseria para ir a mi trabajo, o cuando gastaba mi dinero en tonterías.

Podríamos discutir qué parte de la culpa y la responsabilidad tenía cada uno, si todos éramos víctimas de un fenomenal engaño, si acaso no podríamos haber hecho algo para detener a este capitalismo depredador y criminal. El Estado estaba muerto, o era tan débil que ya no podía ni siquiera ponerle mínimas reglas al capital, en beneficio de ordenar al mismo capital para su mejor reproducción. O quizá el Estado había perdido sus complejidades y pliegues desarrollados en décadas de asumirse como árbitro -nunca imparcial- de la lucha de clases, para volver a ser el instrumento sencillo de expoliación que había sido en un principio. Y ante la muerte o degradación del Estado, y tal como lo había explicado Hobbes en el siglo XVII, el hombre había vuelto a ser el lobo del hombre.

En el breve tiempo de una generación, los nuevos jóvenes Alfa se hicieron con el poder con mucha facilidad. Esta nueva elite dirigente entendió rápidamente dos cosas: la primera era que el mundo estaba al borde de un abismo. La segunda era que la economía es un asunto político. De estas dos premisas se desprendían dos conclusiones: la economía global requiere un control político global y por lo tanto tiene que haber un gobierno fuerte que alcance a todo el mundo; la segunda premisa es que siendo que la economía es un problema político, había que plantearle políticamente a los antiguos sectores dominantes que estaban ante la disyuntiva de entregar algo para no perderlo todo, ya que su destino inmediato era, en el dudoso caso de que sobrevivieran al desastre, ser los señores de una roca seca que gira alrededor del sol. Algo a no perder de vista es que esos sectores dominantes estaban formados por los propios padres biológicos de la nueva elite Alfa. Me divierte imaginar que el futuro del mundo se decidía en la mesa de navidad de un par de miles de familias alrededor del mundo. Como sea que hayan sido esas discusiones, por primera vez en la historia los grandes ganadores aceptaron devolver una parte del botín y ponerlo a disposición de una élite joven que se movía más por urgencia que por perseguir alguna utopía. Esto se hizo obligando a las grandes corporaciones y Fondos de inversión a invertir en un nuevo Banco de Planificación Mundial, que fue el pilar para la constitución de la Federación de Naciones. Al nuevo mundo de los Alfa le hacía falta un sistema financiero enfocado en el desarrollo económico y social. Para eso, primero hubo que construir un Gobierno Mundial capaz de hacer una regulación general que hiciera imposible la existencia de lo que antiguamente se llamaba “paraísos fiscales” o “guaridas fiscales”, donde se fugaba el dinero mal habido. Luego, definir la actividad financiera como un servicio de interés público, de forma tal de desplazar a la búsqueda de lucro en el orden de prioridades. En esta línea, se establecieron normas para evitar la concentración de préstamos y depósitos en pocos bancos, la obligación de destinar parte de la cartera a pequeñas y medianas empresas, aquellas que el Estado considerara prioritarias desarrollar, y orientando el crédito hacia regiones postergadas y con una producción menos agresiva hacia el medio ambiente. Una vez establecida esta nueva regulación del capital, entonces sí estaban dadas las condiciones para la adopción de una moneda única, digital y no física, a la que habitualmente denominamos sencillamente “Crédito”.

Pese a todas las dificultades la transición fue exitosa gracias a la firmeza con que la nueva clase política manejaba el timón.

Sistema de gobierno:

Los antiguos países siguen existiendo, conservan sus leyes, sus parlamentos y sus poderes Judiciales. Pero hay un gobierno mundial de la Federación de Naciones, constituido por los tres poderes clásicos, cuyas leyes son obligatorias para los Estados Nacionales. El poder legislativo se compone de dos cámaras. Se vota un elector por cada cinco millones de personas, y esos electores votan los doscientos diputados que componen la cámara. También se votan dos senadores por país. Lógicamente que esta arquitectura institucional tendería a sobre representar a los antiguos Estados Nacionales por sobre el número de población. Este problema se salda haciendo que el Senado sea una cámara más bien protocolar, menos determinante que la Cámara de Diputados, y que temas críticos se resuelvan en sesiones bicamerales. Estos cuerpos deliberan on line, y unos días en el mes de agosto se reúne en alguna sede que cambia año a año para debatir en persona los temas de naturaleza extraordinaria o a fines ceremoniales.

El Ejecutivo es ejercido por un presidente que se vota a nivel mundial cada tres años, y cada ciudadano del mundo tiene un voto. El régimen es presidencialista. Esta solución, polémica, se prefirió por sobre la solución más europea de régimen de tipo parlamentario, alegando la urgencia y necesidad de tomar decisiones, para lo cual se necesitaba un Ejecutivo enérgico. El actual partido de gobierno se llama Humanista, y conserva el color naranja de los antiguos partidos humanistas como distintivo. El partido de oposición es el Ecologista, que también conserva el color verde de otras épocas. La diferencia entre ambos partidos es de matices, históricamente los humanistas están más preocupados por los derechos sociales y los ecologistas por la defensa de los ecosistemas. Últimamente, sin embargo, en el Partido verde, la tendencia más radicalizada, encabezada por Gabriel, parece estar por primera vez a punto de desbancar a lo que es una conducción conservadora moderada. En el partido naranja, la Senadora Martínez representa un ala más progresista que su conducción, que también es moderada.

Si uno atiende a la ingeniería institucional, al conjunto de representaciones que valorizan la tradición democrática delegativa, podría llevarse la falsa imagen de que el antiguo Occidente triunfó. No es así. Cuando la nueva elite llegó al Gobierno, adoptó sin ambigüedades el modelo económico chino. No había otra opción, había demostrado ser más dinámico y racional que el occidental, fue el triunfo definitivo de la economía planificada sobre la economía de mercado. La idea de los jóvenes Alfa fue conciliar el sistema económico de oriente con el sistema político de occidente.

El Estado está por sobre todas las corporaciones. El Estado puede decidir qué sectores deben ser estimulados, cuáles son los límites dentro de los que puede actuar el capital privado, siempre orientado en beneficio de lo que el Estado considere más conveniente. Fue clave una reforma impositiva que gravaba a las ganancias de las corporaciones, de forma tal que a estas les convenía mantenerse dentro de ciertos márgenes de utilidades más que crecer. A modo de compensación, las corporaciones empezaron a gozar de una cobertura de seguros por parte del Estado. Un ejemplo: a una empresa que produce acero, le conviene más desarrollar e instalar un sistema de producción de menor impacto ambiental y aplicar así a la reducción del pago de sus impuestos de manera significativa, que aumentar la producción con la vieja maquinaria. En otras palabras, la idea era cambiar crecimiento económico por calidad de vida. Esto requería el decrecimiento de la población, cambios en los patrones de consumo, modelos de vida más austeros y saludables, y la mejora de las condiciones de vida de la población en general sobre la base de una redistribución de la riqueza más racional y equitativa.

La revolución de la agroindustria:

Aquí sí que se operó una verdadera revolución. Al incentivar la producción de carne sintética y desalentar la explotación de animales en los campos, se dio el puntapié inicial para una serie de cambios que modificaron desde el comercio mundial hasta la fisonomía de buena parte del planeta. No se trata sólo de las tierras liberadas de sostener animales, sino que mucho más importante es la enorme cantidad de campos de cultivo antiguamente dedicados a producir alimento para ganado, como las siembras de soja, por ejemplo, que ahora quedan libres. La producción intensiva de soja significaba una parte importante de la contaminación por agrotóxicos. Al frenarse abruptamente ese proceso se detuvo, además de la contaminación, el avance sobre los últimos bosques y selvas.

Nuevamente: no fue el avance tecnológico per se lo que resultó revolucionario, la carne sintética existe desde que yo era joven, sólo que nadie la consumía. Lo que cambió las cosas fue una política de Estado que fue capaz de trazar un plan de acción, que enfrentó grandes intereses, y los derrotó. A partir de subsidiar la producción de carnes sintéticas y abaratar su costo a cero, y de apoyar su consumo con una campaña publicitaria sostenida y apabullante, el resultado fue un aumento brutal del consumo.

Este proceso estuvo sobre determinado o fue concurrente con los efectos devastadores del cambio climático, que hacía mucho más incierta la producción agrícola. La alternancia de inundaciones y desbordes de ríos y arroyos con años de sequía, sumados a los efectos secundarios de este cambio climático, con efectos diferentes según la región, provocó la ruina de muchas tierras de cultivo, y la reorientación de la biotecnología aplicada a la producción agroalimenticia hacia productos menos dependientes de las condiciones climáticas. Así la producción de carnes sintéticas venía a dar una respuesta a un problema acuciante.

El gobierno fue desatando el nudo con paciencia oriental, compensando parcialmente a los terratenientes, formando cooperativas para comprar sus tierras devaluadas, dándoles años de gracia impositiva a las industrias cárnicas para reconvertirse, vinculándolas a laboratorios, y otras políticas activas que escapan a mi conocimiento o sería engorroso detallar.

Repartiendo tierras en cooperativas y dando facilidades para levantar enormes invernaderos a salvo de las inclemencias de los climas sublevados, la fisonomía del mundo fue cambiando. Hay un florecimiento de la producción campesina, pero con alto nivel tecnológico y apoyo estatal. Se lanzó una consigna que en mayor o menor medida se cumple: el setenta por ciento del alimento que consume una persona debe estar producido a no más de doscientos kilómetros a la redonda. Esto permite comer a menores costos terminando con el hambre, acaba con la contaminación fruto de la producción de gases de los animales, baja la contaminación por fertilizantes y agrotóxicos, disminuye a casi cero el costo del trasporte y su propio impacto ambiental.

Estos fenómenos de la llamada “revolución agrícola” fueron contemporáneos y se retroalimentaron con cambios en el patrón de población a escala mundial, fomentados además por la política de asignación de cupos de natalidad. Hoy, salvo algunos barrios muy exclusivos, las grandes ciudades melancólicas son habitadas mayoritariamente por viejos NIG y jóvenes bohemios.

Los años dulces:

Progresiva y rápidamente desaparecían las manos suplicantes de las calles de Buenos Aires, y transitar después de la caída del sol dejaba de ser un riesgo mortal. Hubo en todas las grandes capitales y ciudades una serie de planes orientados primero a dar refugio inmediato, luego planes sociales supeditados a capacitación laboral para los sectores juveniles (serían la última generación de NIG), más tarde planes de radicación con trabajo asegurado en ciudades más pequeñas con nuevas empresas planificadas por el Estado. Todo esto ocurrió en el plazo asombrosamente breve de cinco o diez años.

En lo económico teníamos esta especie de capitalismo moderado, dirigido desde el Estado, forzado a repartir y subordinado al poder político. Los ricos seguían siendo ricos, los pobres seguían siendo pobres. Pero los pobres ya no pasaban miseria. Paulatinamente vimos aparecer una sociedad de dos polos cada vez más nítidos: Alfa ricos / NIG pobres. Alfa jóvenes / NIG viejos. Alfa hacen trabajo calificado y profesional / NIG hacen trabajo simple, o desarrollan un oficio, o viven del seguro social.

Los festejos por los diez años de la creación de la Federación fueron un hito, y se organizaron a toda pompa en todas las latitudes. Nunca antes la humanidad entera había festejado junta, y creo que nunca más lo hará. Todo el mundo quería salir a la calle, ahora que el peligro de los contagios masivos de pandemias, las enfermedades de transmisión sexual, la miseria y la inseguridad habían remitido de manera notable. Creo que por aquellos días la humanidad empezó a tomar conciencia y a gozar de esta nueva forma existencial que consiste en saber que la muerte ocurrirá sólo cuando uno lo decida, lo que no significa inmortalidad, pero nos aleja de la sensación de aterrada perplejidad frente a lo frágil y contingente que es la vida. Y eso era parte de lo que se celebraba, porque para esa época toda forma de cáncer o enfermedad mortal podía o bien ser curada mediante drogas de gran precisión diseñadas para cada paciente, o en el peor de los casos transformarse en una dolencia crónica pero tratable.

Para cuando la fiesta acabó y vino la hora del balance, empezamos a preguntarnos en qué clase de mundo estábamos viviendo. Para todos era evidente que habíamos experimentado, de manera pasiva, una revolución. Una revolución planificada desde arriba. Los Alfa aún no se contaban por millones sino apenas por cientos de miles, pero pronto engrosarían su número para dejar de ser una casta o una elite para convertirse, en unas décadas, en la completa humanidad. Para acelerar ese proceso, se ponía en marcha la última fase de la política de control demográfico: la NPRS.

…

Juan entra al restaurante, siempre acompañado por Hobsbawm. El local está a pleno este mediodía de sábado. El tiempo acompaña y hay un aire optimista en el barrio histórico de San Telmo, donde pasean turistas de los más extremos rincones del planeta. El restaurante es elegante, y aunque no tiene cabinas privadas, hay una buena distancia entre mesa y mesa, lo que permite que muchos concurrentes hayan traído a sus perros, correctamente educados, como manda la ley de animales domésticos.

Los comensales, a medida que reparan en el ingreso de Juan, comienzan a aplaudir de manera espontánea. En principio Juan no entiende lo que pasa, aunque de pronto lo entiende todo. Sí, claro, esos aplausos son para él. Es el reconocimiento social a un hombre mayor, triunfador y responsable, una tradición; por lo visto, el personal del restaurant ha advertido a todos de que hoy es el cumpleaños más especial de su vida. Juan agradece con un breve gesto, esperando que el simpático episodio, tan incómodo para él, se disipe y se olvide lo más pronto posible.

Bruno sale a recibirlo con un abrazo.

 Hola Papá. Felicidades.

 Hola Bruno.

Bruno tiene cierto aire de parentesco con Juan, su padre, aunque parece sólo apenas diez o quince años más joven que él. Bruno conduce a Juan a una mesa, en la que espera Ana. Ana también parece de unos treinta y pico. Juan calcula rápidamente que su joven hijo Bruno debe tener más de setenta años, y Ana debe estar en sus cincuenta. Ana va al abrazo con Juan.

 Hola Juan. Cómo estás. Feliz cumpleaños.

 Gracias Ana, ¿vos cómo estás?

 Yo muy bien. Quería agradecerte por este gesto. Es tan conmovedor, siempre voy a estar agradecida.

Ana lagrimea. Juan hace un gesto de asentimiento.

 Yo también, papá – dice Bruno.

Juan entiende que va a ser un mediodía pleno de momentos incómodos. Así que se sienta sin más a la mesa, y les hace un gesto invitándolos a Bruno y Ana a hacer lo mismo. Hobsbawm ya se ha echado debajo de la mesa, sin necesidad de ninguna invitación. Llega un carrito robótico con una botella de champán adentro de un nivelador de temperatura que indica “8 grados”, junto con tres copas. Bruno abre la puerta del nivelador, toma la botella y la empieza a descorchar.

 Hoy es un día para celebrar.

 Hay algunos detalles de los que hablar, Bruno – dice Juan, que quiere ir al grano para luego dedicarse a comer sin preocupaciones.

 Seguro. Nosotros también tenemos algunas propuestas. Te imaginarás que en el futuro nuestras vidas van a cambiar radicalmente… -sugiere Bruno.

 Y eso implica también una serie de gastos… -completa Ana.

Encima me van a pedir plata, piensa Juan con desagrado. Bruno termina de descorchar y empieza a servir tres copas de champán.

 ¡A tu salud, padre!

Los tres beben un trago.

 Bueno, queríamos plantearte si podés hacernos una donación en vida. De esa forma nosotros podríamos empezar a planear nuestro futuro con más tranquilidad.

Juan, fingiendo indiferencia para disimular cierta indignación que empieza a crecer en él, toma una botella de agua, sirve en el plato plástico de Hobsbawm, y se la acerca al perro.

 Usted brinda con agua, compañero, el alcohol le hace muy mal – le dice Juan a su perro, desentendiéndose deliberadamente de la charla con Bruno y Ana.

Bruno no percibe o no le importa el malestar de Juan, y retoma:

 Te decía, hacer una donación en vida, porque además nos ahorramos los trámites de sucesión. Sabés lo que cuestan esos trámites...

Juan asiente. Más allá de su disgusto con la situación, lo que Bruno plantea es razonable.

 Y si nos transferís una parte de tu Crédito Social durante los próximos meses nos vendría muy bien.

Juan vuelve a asentir.

Entonces Ana, de pronto emocionada hasta las lágrimas, en un ahogo alcanza a decir:

 Juan, te agradezco tanto que hayas firmado el cese a nuestro nombre. Estoy tan contenta de que vamos a tener un bebé. Además, era ahora o nunca, porque nuestros embriones llevan más de diez años congelados y si no nos decidíamos los descartaban. ¡Esperamos tanto este momento! Gracias Juan.

 El niño o niña por supuesto, se va a llamar Juan o Juana – acota Bruno.

 Lástima que no lo voy a conocer – dice Juan, de pronto ganado por la tristeza.

Bruno vuelve a levantar su copa en señal de brindis.

 Bueno, lo más importante. Hobsbawm. Necesito que se hagan cargo de él cuando yo ya no esté.

Bruno y Ana se miran un momento como no entendiendo bien, luego sonríen, cómplices, como si acabaran de oír alguna tontería de un señor senil.

 Josby será un gran compañero para él bebé – insiste Juan, que empieza a entender que Bruno y Ana tienen otros planes.

 Papá, Hobsbawm es un perro viejo, lo mejor va a ser ponerlo a dormir.

Entre la sorpresa y la indignación, Juan no puede creer lo que escucha.

 A ver, te estoy dando mi vida para que puedas ser padre y ni siquiera te podés hacer cargo de Hobsbawm.

 Vamos a estar económicamente ahogados, no nos podemos hacer cargo de un perro que dos por tres necesita prótesis nuevas que salen una fortuna.

 No puedo creer que sean tan egoístas.

 Papá, no seas caprichoso.

 No soy caprichoso, tengo una responsabilidad con mi compañero, no puedo creer que no puedas entenderlo.

 No hablemos de responsabilidades…

 ¿Qué me querés decir?

 No me hagás hablar.

 No, no, hablá, decí todo lo que tengas para decir.

 ¿Vos hablás de responsabilidades? Te recuerdo que alguna vez tuviste un hijo y no le diste pelota, ¿te acordás? Lo ignoraste durante toda su infancia. Claro, estabas muy ocupado ahogándote en whisky. Y ahora el irresponsable soy yo porque no me quiero hacer cargo de un perro pulgoso.

 Pero te estoy cediendo mi cese…

 Sí, ya te lo agradecí. Te lo agradezco de nuevo. Pero es lo que haría cualquier ciudadano responsable. Cualquier padre de verdad. Te tuve que insistir durante años, y parece que por fin lo entendiste. Bravo.

 No lo hago por una sociedad que me importa un huevo, lo hago por vos.

 Lo tomo como un acto de reparación. Me das la oportunidad de ser padre y prometo ser mejor padre de lo que vos fuiste.

 Te cedo mi cese, vengo acá y lo único que encuentro son mangazos e insultos.

Juan se para, indignado. Tira la servilleta sobre la mesa.

 Olvídense de mí, no les firmo nada, ni donación en vida, ni Crédito, ni una mierda.

Juan se levanta y se va, mientras parsimoniosamente lo sigue Hobsbawm.

En ese preciso momento llega el carrito robótico con una torta que dice “Feliz último cumpleaños, Juan. Ana y Bruno te agradecen. Toda la sociedad te valora.”

Ana, que no pudo intervenir a medida que la discusión escalaba, ahora estalla.

 Sos un pelotudo

 ¿Ahora la culpa es mía?

 ¿De quién más?, imbécil. Tendríamos que haberle dicho que sí a lo del perro y después lo poníamos a dormir igual. Pero vos te sacaste.

 Es que él me saca, es un viejo de mierda, un hijo de puta, toda la vida fue una mierda, lo odio con toda mi alma.

 Sólo había que seguirle la corriente por un rato, decirle que sí a todo, ¿tanto te cuesta entenderlo?

Bruno piensa un momento y ya más calmo entiende que Ana tiene razón.

 No te preocupes, Ana, lo más importante, el cese, ya lo firmó. Y eso no tiene vuelta atrás.

Juan está en el living de su casa preparándose para sacar a pasear a Hobsbawm. Una ventana en su pared pantalla alerta: “Llamada entrante”, acompañada con una grabación de Marcia saludando y riendo desde un jardín, que es su imagen de identificación y que se repite incesantemente. Con el simple gesto de abrir la mano, acepta la llamada y se abre la imagen de Marcia en el living de su casa.

 Hola Marcia.

 Hola Juan, ¿estás ocupado?

 Para nada, voy a sacar a pasear a Josby y después voy a escribir un rato.

 Qué bueno. Justamente de eso te quería hablar. Estuve leyendo lo que me mandaste... ¡muy interesante!

 ¿En serio?

 En serio. Muy buen análisis. Me gusta la forma en que lográs explicar todos los cambios de los que fuimos testigos como parte de un proceso; a veces, en la cotidianeidad, uno tiende a pensarlos como hechos aislados, pero no, tienen una lógica de conjunto.

 Eso creo.

Juan abre la puerta de casa y sale con Hobsbawm, mientras le hace un gesto a Marcia de que continúa la comunicación por su ordenador pulsera.

 Aunque debo objetar que tu interlocutor es siempre masculino. A veces parece que te acordaras y agregás un “lector o lectora” como pidiendo disculpas, pero…

 No estoy escuchándote hablar en lenguaje inclusivo, si de eso se trata. Me sigue costando, sobre todo cuando escribo, pero tenés razón, tengo que actualizarme.

 Nuestras dificultades con el lenguaje inclusivo son generacionales, lo entiendo. Hubo una resistencia de décadas, hasta que los Alfa lo promovieron como idioma oficial ¿No serás de aquellos viejos NIG cavernícolas que se siguen oponiendo?

 No, te juro que no. Seré cavernícola por edad, pero no por posición política, eso no. Les jóvenes de hoy ya lo incorporan como lengua materna.

Llega el ascensor. Juan sube y marca el botón para ir a planta baja.

 Lo mejor del texto es cuando hablás desde tu experiencia personal, en especial tu experiencia con el joven Gabriel. Lo que me impacta es que creo que todos lo vivimos así. El mundo cambió de repente, no lo vimos venir, y ese cambio era irreversible… todo fue tan imperceptible y a la vez tan abrupto…

Juan se siente halagado con la atención que Marcia ha dispensado a sus borradores, mientras sale a la calle y Hobsbawm se apresura a saludar a su árbol más querido.

 Tu texto devela lo que se esconde detrás del discurso del poder. Detrás de todo este consenso respecto de un mundo unido, preocupado por la ecología, la paz universal, por oportunidades para todos, lo que se oculta es el genocidio de una subespecie y la inminente creación de otra subespecie de esclavos.

 Nada está oculto, todo está expuesto, eso es lo más brutal.

 Verdad, es como el reverso de la moneda, ambas cosas son ciertas y están a la vista –dice Marcia, pensativa.

 Exacto. La cara linda no puede existir sin la cara fea. Para seguir sosteniendo a flote la utopía tienen que echar lastre por la borda y traer marineros esclavos.

 Gran trabajo. Sin embargo…

 Siempre hay un “sin embargo”.

 Me pediste una lectura crítica, la tendrás.

 De acuerdo, eso es lo que espero.

 Bien, ante el panorama que describís surge la pregunta “¿y entonces qué hacemos?” Y no escucho respuesta.

Se produce un segundo de silencio. Recién ahora Juan cae en la cuenta de que, tras los halagos, hay una crítica filosa.

 ¿Cuál es tu respuesta ante el estado de cosas que describís? - insiste Marcia.

Juan no tiene ninguna respuesta. Él sólo se propuso trazar un cuadro de los años que le tocaron vivir; historiar, no hacer sociología. Ya no cree, como en su juventud, en una filosofía de la historia, en la idea de que de la historia se deducen leyes “científicas” que puedan llevar a conclusiones para el futuro. La historia no es predictiva.

 No tengo una propuesta para cambiar el mundo.

 ¿O sea que las cosas son así, y ya?

Juan se detiene, pone frente a sí su pulsera, para que la cámara lo tome cuando por toda respuesta se encoje de hombros. Marcia queda pensativa.

 Es muy descorazonador.

 Marcia, vivamos nuestras vidas con felicidad. No se me ocurre otra respuesta.

 ¿No tenemos una responsabilidad hacia los demás? En particular hacia todos los NIG que van a ser sacrificados, hacia todos los que van a nacer para ser esclavos.

Juan se siente sermoneado. Prefiere callar lo que piensa, que es que los NIG no merecen ni desean que nadie los defienda y que, si la sociedad vota con entusiasmo a favor de fabricar esclavos, entonces lo único que cabe hacer es encerrarse con una buena provisión de pastillas de encendido hasta que el mundo se apague.

 ¿Sigue en pie la cena del lunes?

 Sí, claro.

 Pero cuidado, no des todo por sentado, más vale que te esmeres con ese plato.

 Seguro, no tendré una solución para los problemas de la humanidad, pero cuando me pongo a cocinar me supero.

 Ah, algo más. Tu sentido del humor…

 ¿Qué pasa con mi sentido del humor?

 A mí no me engaña. Cuando contás cómo terminó tu carrera docente, el episodio ese con Gabriel… aunque trates de hacerte el gracioso, yo puedo ver que te dolió muchísimo. Yo creo que vos amabas la docencia, que los adolescentes no te parecían para nada una piara de estúpidos indolentes. Debe haber sido un dolor muy grande para vos tener que irte denigrado por una calentura de un momento.

Juan no responde, pero lo que ella dice es verdad.

 Puedo leerlo entre líneas. La docencia era tu vida. Y te echaron de tu propia vida. Fue muy injusto, no te lo merecías.

 Esto se está poniendo un poco incómodo.

 Cierto, pasan los siglos, cae el patriarcado, pero los hombres siguen tratando de mostrarse invulnerables.

 Ahora se está poniendo muy, pero muy incómodo.

 Okey, no te incomodo más. Dulces sueños, Juan. Dormí bien, nos vemos el lunes – sonríe Marcia, acompañando la sonrisa con un guiño de ojo.

 Que duermas bien.

Marcia hace un gesto con la mano de mandar un beso y a la vez cortar la comunicación.

Juan se detiene, toma de su bolsillo una bolsa y recoge las deposiciones de su perro, para tirarlas en un cesto de basura. ¿Qué voy a hacer con vos, Josby?, ¿quién te va a querer, perro viejo que sólo sabe comer y cagar, y dar lambetazos, y alegrarme la vida y ser mi amigo?

En su pulsera aparece una llamada de Bruno. Juan no atiende.

Las pantallas de los edificios de la ciudad reflejan una bella coreografía de líneas flexibles que van mutando de color y grosor, y cuando predomina el color dorado, a Juan le sugiere espigas de trigo meciéndose por el viento en algún campo en donde nunca estuvo. Y por asociación, recuerda momentos de su infancia, veranos al aire libre en la casa de sus abuelos en algún pueblito perdido del sur de Buenos Aires, no muy lejos del mar. Un siglo entero ha pasado desde esos días. Esos bellos días donde el porvenir era tan ancho como el océano. De repente, un estremecimiento lo recorre. Incontenible, una sensación de angustia le estalla en el pecho y los ojos se le llenan de lágrimas. ¿En serio me voy a morir? Firmé mi cese como si estuviera vendiendo un auto viejo. Entendía perfectamente lo que estaba firmando, pero no lo sentía, no lo hacía consciente. De verdad me voy a morir pronto. Es increíble.

Decide que ya es hora de volver a casa. Trata de salir del extraño estado de conmoción que de pronto lo ha asaltado, pero las manos le tiemblan. Nunca le habían temblado las manos. Mira las luces de la ciudad, ¿todas se van a apagar? Sí, todo se va a apagar en un instante. Un ladrido seco de Hobsbawm lo hace reaccionar. El perro está allí a su lado, le ha ladrado mirándolo a la cara. Juan entiende que el perro ha percibido que algo le pasa; el animal es muy sensible al lenguaje que comunica la correa y debe haber sentido la inusual tensión con que Juan la sostiene, o aún el temblor de sus manos, así que allí está, preguntándole qué le pasa, si se siente bien, si lo puede ayudar de alguna manera. Juan le hace una caricia en el lomo, y basta el contacto con la piel del animal para que la tensión en Juan se disipe y las manos le dejen de temblar. Está todo bien, compañero, ¿te molesta si en vez de ir a cenar, volvemos a casa y pedimos comida?

Juan vuelve sobre sus pasos en la noche silenciosa. Trata de pensar en qué cocinará para la cena del lunes, trata de evocar el cuerpo de Marcia entre sus manos, o de distraerse mirando las pantallas que ahora repiten círculos que se mueven y chocan entre sí y explotan y desaparecen como pompas de jabón. Pero no hay caso, se va a morir. La muerte ya no es una especulación, no es algo que está en un futuro indefinido, no, me voy a morir y recién ahora me entero. ¿Por dios, qué hice?, ¿por qué firmé esa mierda?

Juan llega a casa, suelta la correa de Hobsbawm, quien va lentamente a beber de su plato, mientras Juan se quita los zapatos y se deja caer en el sillón. En su pared pantalla ha quedado la imagen de identificación de Marcia, saludando una y otra vez desde un jardín. En otro rincón aparece Gabriel dando un discurso. Hay una llamada entrante: la pantalla muestra la imagen de Bruno. Juan borra de un manotazo a Gabriel y a Bruno, y expande la imagen de Marcia a todo lo ancho de la pared. Se queda mirando a Marcia.

 Yo no me entrego, Josby. Y vos tampoco. A algún lado nos vamos a escapar.

Y el animal percibe que Juan ha tomado una resolución que lo ha sacado al fin del estado de alteración en el que estaba, y entonces le responde con un ladrido que Juan sabe que significa “así me gusta, acá no se entrega nadie”.

Juan entra al comedor del Centro de Recreación. Le ha tocado almorzar en la mesa tres. Sin embargo, ve que en otra mesa se ha encendido el nombre de Carlos Ruli. Carlos Ruli se sienta a su mesa, junto con un hombre y una mujer. Queda un lugar disponible porque Josefina Valle no se ha presentado. Juan va a sentarse a ese lugar.

 Hola Ruli.

Ruli mira a Juan con desconfianza. Juan lo percibe.

 Soy medio mala onda, lo sé, pero nunca mordí a nadie.

Ruli mira a Juan sin salir de la suspicacia. Juan decide ir directo al asunto.

 Mirá, Ruli, la otra vez que nos tocó sentarnos a la misma mesa, escuché que le contabas a no sé quién que tu hermano se había fugado a una isla…

 No sé si decir que se fugó, digamos que se fue. No es nada ilegal.

 Bien, no es nada ilegal.

 No. Cualquiera puede circular libremente por donde quiere, dentro de su país.

 Pero vos decís que esta isla está al margen de todo.

Ruli asiente, sin decidirse a confiar en Juan.

 Dale Ruli, no me la hagas tan difícil, contame…

 Al sur de la Provincia de Buenos Aires, más o menos frente a Bahía Blanca o Punta Alta, hay un archipiélago helado. El mar es bravo, está lleno de tiburones.

Un joven que cumple su año de servicio social como enfermero se ha acercado a la mesa.

 Discúlpeme, Juan, pero esa es la silla de Josefina Valle.

 ¿Está Josefina Valle? – dice Juan, con fingida inocencia.

 No, hoy no se sentía bien.

 ¿Entonces?

Hay un momento de tensión. Ruli mira con los ojos exageradamente abiertos, sin decidirse a tomar ninguna actitud. El hombre que los acompaña mira hacia un costado, como si allí hubiera algo de su interés. La mujer lanza un resoplido como una queja, y mira al enfermero dándole su apoyo y suplicándole silenciosamente que ponga orden. Juan se ha quedado mirando al enfermero. No es una mirada desafiante ni suplicante, es más bien una mirada firme que advierte que no se va a dar por vencido.

 Usted tiene su lugar, hoy le ha tocado la mesa tres.

 Pero quiero hablar con mi amigo Ruli.

Juan se repantinga en la silla, como diciendo “este lugar es mío”. La mujer hace un gesto de negación, comprendiendo que el enfermero no tiene la voluntad suficiente para sacarlo a Juan por la fuerza.

 Me están diciendo siempre que tengo que socializar más, que deje de ser tan callado, y ahora que hice un amigo me quieren mandar a mi mesa.

 La idea es que todos los días hable con gente distinta.

 Bueno, pero hoy empecé con Ruli, mañana hablo con quién usted quiera.

El enfermero decide no insistir, qué le importa ese viejo NIG de mierda. Da media vuelta y se retira.

 Ruli, hablame de esa isla.

Ruli parece hacer un esfuerzo por recordar algo, luego dice:

 Anadna. La isla se llama Anadna. Hay pingüinos.

 ¿Pingüinos?

 Pingüinos.

 ¿Y qué más?

 Ahí está mi hermano. Debe seguir ahí. Se fue con otros cuando cumplió cien porque no estaba de acuerdo con… - Ruli se encoje de hombros.

 Con la NPRS y el suicidio inducido.

Ruli parpadea denotando temor, “suicidio inducido” le resulta inadecuado, subversivo.

 ¿Cómo viven ahí?

 Están locos.

 ¿Locos, por qué?

 Viven como la mierda. No tienen Crédito, ni asistencia médica, nada. Envejecen como lo hacían nuestros abuelos, se vuelven grises y arrugados, se encorvan. Es repugnante. Y se mueren de enfermedades que podrían evitar. Es lo más rematadamente estúpido que vi en mi vida.

 ¿Vos estuviste ahí?

 Fui a buscar a mi hermano. A convencerlo de que volviera. ¡Pero el tipo estaba contento! En un año parecía haber envejecido cincuenta, sin colágeno y grasa inyectada la cara era un papiro egipcio. Y salía con otros en un bote a tirar las redes al mar, volvían congelados. Todos los días. Yo le preguntaba ¿por qué José? Y él me decía “porque amo la libertad”, “¿qué libertad, la libertad de cagarse de hambre y de frío?” “no me voy a morir sólo porque cumplí cien años” “te vas a morir igual pelotudo, sólo que, si volvés te morís bien, en paz, sin dolor, dejando todo en orden, en cambio acá vas a dejar los huesos para que los caguen los pingüinos”

Ruli calla. Se ha angustiado a medida que rememoraba la conversación con su hermano.

 Estuve apenas dos días. No lo detectaron. Igual, no pasa nada. A menos que te quedes.

 ¿Cómo es eso?

 A nadie le importa que exista la Colonia en Anadna. Si unos viejos NIG quieren ir a hacerse los hippies, no le importa a nadie. Ahora, si no hacés ningún consumo en quince días te ponen en lista y te piden prueba de supervivencia. Y ahí ya está. Estás muerto. Si no aparecés te cortan el Crédito. Y si aparecés después, te aplican el protocolo de seguridad: no te dejan volver porque dicen que estás infectado. La gripe del pingüino o cualquier otro invento. Por eso podés estar un par de días nomás. Fue todo al pedo, no hubiera podido traer a José de vuelta ni aunque él hubiera querido volver, pero yo entonces no lo sabía, me enteré ahí.

Juan queda pensativo. Ruli se concentra en su plato, y luego, sin mirar a Juan confiesa:

 Te juro que fui con ganas de quedarme. Si me hubiera gustado lo que veía, me hubiese quedado. Pero no. Es horrible. Para eso prefiero esperar unos meses más, hasta mi próxima cita, firmar mi cese e irme como debe ser.

En la tarde, casi noche, Juan bebe su té mirando en su pared pantalla imágenes de la isla Anadna. Se trata de una pequeña isla de apenas dos por dos kilómetros, dentro de un archipiélago donde las islas más grandes son Trinidad, Bermejo, Embudo y Wood, pero hay otras innumerables islas menores. Hay algunas fotos antiguas. Por lo que se puede ver, es una isla arenosa, llana, cubierta de pastizales. No se ven árboles, sí algunos arbustos aislados. Momento, ahora se ve una palmera. ¿Qué hace una palmera en este hábitat? En ninguna fotografía se ve ningún pingüino. Lo que más sorprende es la escasísima información que hay sobre Anadna. Más aún, cada vez que Juan busca información parece como si la red actuara deliberadamente conduciéndolo a cualquier otro sitio. Y esto es un poco sospechoso. Casi no hay información, toda la que hay tiene una antigüedad de por lo menos cincuenta años. Para mayor confusión, a veces aparece como Isla Ariadna, y Juan ya no sabe si es la misma isla o son dos islas distintas en el mismo archipiélago. En Google Maps aparece como Isla Anadna y no aparece ninguna Isla Ariadna, así que debe ser la misma y Juan le da la derecha a Ruli y a Google; debe ser Anadna nomás.

Juan trata de acercarse lo máximo posible a la superficie con el buscador. No se ve nada. Sólo verde musgo, gris amarronado. No se distingue ninguna construcción, ningún parcelamiento de tierras. La isla parece desierta, pero es sospechosa la falta de nitidez que muestra Google aquí, mientras en otros lugares da detalles de acercamiento muy precisos. Sin embargo, Juan no es un hombre proclive a las ideas conspirativas y decide que lo que ocurre es que Anadna es una isla tan irrelevante, seguro que poco acogedora, en cierta forma absurda, y por eso a nadie le importa y no hay ninguna información sobre ella. Es decir, Anadna es un gran lugar para fugarse.

 ¿Nos vamos de campamento al fin del mundo? ¿qué te parece, Josby?

En la mañana perfumada de flores que preanuncia la primavera, Juan sale a la calle acompañado por Hobsbawm. Se siente de buen humor; esta noche cocinará para Marcia. Podría haber hecho las compras desde el living de su casa, en una visita virtual al mercado, y le hubieran enviado lo comprado en no más de una hora. Pero Juan ha decidido que quiere pasear entre las góndolas, palpar y oler la fruta que va a comprar, esperar un rapto de inspiración para decidir cuál será el plato de esta noche. Es temprano y el mercado está desierto de clientes. Juan va adelante, Hobsbawm y el carrito automático de las compras lo siguen.

El punto fuerte del plato a preparar es la proteína, así que Juan va a la góndola de carnes sintéticas. Mira y vuelve a mirar hasta que finalmente se decide por un pedazo de carne de cordero sintética de más o menos medio kilo. ¿A Marcia le gustará la comida agridulce? porque Juan está pensando en hacer el cordero a la manteca, con una salsa de cerezas, impactante desde lo visual, de un sabor cautivante. Pero no, tal vez sea demasiado arriesgado, no todo el mundo gusta de esas combinaciones. Después de pensarlo un rato decide que será valiente y se arriesgará. Será valiente pero no tanto como para decirle la verdad a Marcia. Debe decírsela, no puede seguir engañándola. Pero no hoy. No hoy. Hoy tengamos la fiesta en paz. Cena, pastillas, sexo. Sí. Y cuando llegue mañana, ¿cómo se lo dirá? Mirá Marcia, me olvidé de decirte, esa tarde en que nos conocimos, yo firmé mi cese. En unos meses me retiran de circulación. No sé cómo no te lo dije antes, se me pasó, ¿querés un café o preferís un licorcito? No, no te preocupes, me arrepentí y me voy con Hobsbawm a una isla de mierda en el medio del mar de los tiburones, ¿te venís con nosotros? La guarnición: papas noisette. Ricas, elegantes, van bien con cualquier proteína. Las puede acompañar con una crema de ciboulette, bien aromática. Juan va hacia la góndola de frutas y verduras y elije cuatro o cinco papas negras, ¿te venís con nosotros a la isla del terror, Marcia? La vamos a pasar genial. Cuánto podemos durar nosotros los centenarios sin nuestros controles médicos semanales, sin nuestras inyecciones de colágeno, de calcio, de vaya a saber cuántas otras vitaminas. Cuánto tiempo vamos a durar antes de sentirnos como lo que de verdad somos: animales viejos, animales que excedieron el tiempo de vida que dictaba su genética. Cuánto tiempo va a pasar antes de que empecemos a sentirnos mal, a enfermarnos, a morirnos con intolerable agonía. Por suerte las cerezas están en estación. Juan las toma con las manos, encantado. Se ven de un rojo intenso, tienen un suave perfume. Va a ser una gran cena. Quizás la última gran cena, porque de ahora en más habrá que pescar peces de verdad, matarlos y luego ponerlos a las brasas, o quizás armar una trampa para pájaros o pequeños roedores. Sabés qué, Marcia, deberíamos llevarnos semillas y cultivar lechuga o pepinos, cualquier cosa que soporte esas temperaturas. Eso sí, vamos por el mejor vino. Juan mira la góndola de vinos. Quiere agasajar a Marcia, así que elige uno de los más caros. ¿O sería mejor ahorrar para dejarle todo al nieto que nunca conocerá? Peor aún, que nunca nacerá, porque él huirá con su perro viejo a una isla a morir solo. Por culpa de Juan, viejo estúpido, ese niño nunca nacerá. Juan elije huir y morir solo. Porque seamos realistas, Marcia no vendrá. Sería una imbécil si viniera. Juan no puede permitir que Marcia venga. Ella tiene una vida por delante, si logra seguir evitando caer bajo la presión social y las redes de chantaje de la NPRS; no se va a inmolar en la isla del culo en nombre de un amor suicida que no existe. Como postre, coulante de chocolate caliente con helado; no falla. Juan carga en el carrito dos tablas de chocolate semi amargo. Le sorprende el precio, pero en el monitor del carrito que muestra los detalles del producto, dice que es chocolate con leche de vaca, y la leche animal es un verdadero lujo. Por hoy, vale la pena. Anadna. ¿Y si en serio está ahí el hermano de Ruli viviendo en comunidad? No puede ser que Ruli se haya inventado toda esa historia. Aunque tampoco se entiende por qué las cámaras de Google Maps no registran nada. Tal vez la comunidad existió un tiempo y luego desistieron. O se murieron todos. Juan revisa si tiene todos los elementos que necesita para una noche inolvidable y luego se acerca al lector de iris para que deduzca el importe de su Crédito.

La puerta se abre y Marcia pasa, sonriendo. Es bella, viste bien, y Juan se siente muy afortunado. Pero la fortuna ha sido irónica, puesto que se ha presentado en el preciso momento en que él desistió de seguir esperándola, firmando su cese.

Se saludan con un beso en la mejilla.

 Estás espléndida.

 Gracias Juan, vos también te ves muy elegante.

El viejo Hobsbawm se levanta y viene también él. Marcia lo recibe con una caricia.

 Hola Josby.

 Pasá, ponete cómoda. La cena ya está lista.

Marcia se quita el abrigo, se acerca a Juan, lo abraza, lo besa en la boca. Juan, entusiasmado, desliza suavemente sus manos hacia las nalgas de Marcia.

 Bueno, quiero ver tu primer golpe de efecto, ¿qué vamos a cenar?

 Es algo tan impresionante que no existen palabras para nombrarlo. Lo tengo en el estabilizador de temperatura, justo a punto.

Juan sale hacia la cocina. Marcia aprovecha para mirar un poco el ambiente. El mar en la pantalla, la música vieja, el living pequeño pero acogedor, ninguna foto de familia. Marcia hace un gesto de asentimiento. Tal vez esté pensando que podría darle a Juan un lugar en su vida, tan cómodo y poco pretencioso como la casa de él. Y él seguramente le daría un lugar en la suya, si no fuera por aquella maldita firma… y todo por Bruno, mejor dicho, por culpa, o por desesperación, o por aburrimiento. Juan vuelve de la cocina trayendo una bandeja con la carne con su salsa de cerezas y sus papas noisette con crema ciboulette. El plato se ve impactante. Marcia abre sus fosas nasales y aspira.

 ¡Bueno, bueno, qué es eso, qué bien huele, qué bien se ve! ¿Qué es?, carne sintética, seguro. ¿Cordero?

 Cordero.

 Y la salsa es frutal, agridulce.

 Por favor, decime que te gusta la comida agridulce.

 Me encanta.

 Menos mal, qué alivio.

Marcia se sienta a la mesa. Juan toma el cuchillo, corta la carne, la sirve.

 ¡Cerezas!

 Así es.

 Me encanta que sepas cocinar.

Juan sirve las copas de vino.

 No sé cómo voy a hacer para estar a tu altura la semana que viene, cuando vengas a cenar a casa; la cocina no es mi fuerte.

 Me podés sorprender con alguna otra forma de agasajo…

Brindan chocando suavemente las copas. Este momento es perfecto. No, no lo es. Sería perfecto si no fuera por… pero no, hoy no. Otro día. Hoy todo tiene que al menos parecer perfecto y feliz. Juan ve a Marcia comer con voracidad, haciendo gestos de placer a cada bocado, casi como una niña; hasta es enternecedor. Y la está engañando como a una niña. Y eso no está bien, Juan. Quizá lo mejor sea plantearle la verdad, invitarla a vivir unos meses de serena y lujuriosa convivencia, y después marchar hacia la inyección mortal con las manos en los bolsillos y silbando bajito.

 Hay algo de lo que necesito hablarte... hay algo que no te dije y debí haberte dicho.

Marcia sigue comiendo, desatenta al cambio de tono; no ha reparado en que las vacilaciones de Juan algo se traen.

 Cometí un error que creo irreparable.... Firmé mi cese.

Ahora Marcia mira a Juan con atención. Lo que acaba de escuchar no tiene ningún sentido, es un disparate.

 ¿Qué?

 Que firmé mi cese. El día que nos conocimos. En la entrevista. No te lo dije, y debí habértelo dicho. Disculpas.

Marcia no puede creer lo que escucha. Abre los ojos dando a entender que está en shock. Deja los cubiertos sobre el plato, agita levemente las manos en el aire haciendo un gesto de incomprensión, finalmente reacciona:

 Si es una broma, la verdad es que no le encuentro la gracia.

Juan la mira con seriedad y Marcia entiende que no es una broma.

 ¿Es en serio?

El silencio de Juan lo confirma. Juan trata de volver sobre su plato, como si el tema se hubiera agotado y la conversación pudiera volver sobre cualquier trivialidad.

 ¡Pero cómo hiciste eso! No entiendo, ¿por qué?

 Mi hijo quiere ser padre.

 Tu hijo… ¿tenés un hijo? – dice Marcia, consternada, dolorida.

 Bruno. Quiere ser padre – dice Juan balbuceante.

 Ah, claro, tu hijo. De eso tampoco me dijiste nada – dice Marcia con un dejo de ironía, pero luego cambia a un tono resignado – está bien, no tenías por qué decirme nada, si apenas nos conocemos.

 No, tendría que habértelo dicho apenas nos sentamos a tomar una cerveza.

Marcia se encoge de hombros como diciendo qué importa.

 Te entregaste – acusa.

 Pensé que también era un acto generoso, permitir otra vida...

 Puedo entenderlo desde el amor filial – dice Marcia, con los ojos enrojecidos, quizá luchando para no dejar ver una lágrima.

Juan asiente, ahora se siente a merced de las reacciones de Marcia.

 Pero leí tus escritos, Juan. Cediste a un chantaje, pensé que lo entendías mejor que nadie. Vos decís que están cometiendo un genocidio, pero cómo vamos a pelear contra eso si hasta los que lo entienden después van y firman el cese.

 Me equivoqué.

 Escribís una cosa y hacés la contraria – ahora el tono de Marcia es de enojo.

 Marcia...

 Te suicidaste. Te suicidaste como un cobarde.

Dice Marcia, con una ira creciente, mientras se pone de pie y busca su abrigo con intención de marcharse cuanto antes.

 No voy a ir a inyectarme. Ya lo decidí. Me voy a escapar.

 ¿Y cómo vas a hacer eso?

 No sé, algo se me va a ocurrir.

Juan sigue sentado frente a su plato, que empieza a enfriarse, sin atinar a ponerse de pie.

 ¿Y por qué cambiaste de idea? Un día firmás tu propia sentencia de muerte y al otro día querés escapar.

Juan no responde.

 Puedo entender que quieras a tu hijo, puedo entender que en una situación extrema hasta dieras tu vida por él, pero esto no es una situación extrema. Le hubieras dicho que se inscriba en el cupo estatal, que espere. No tenía derecho a ponerte a vos entre la espada y la pared. Ay, Juan, porqué lo hiciste.

 Porque todavía no te había conocido.

Marcia queda perpleja ante esta indirecta declaración de amor, y luego explota indignada:

 ¡Pero mirá en el lugar en que me estás poniendo! Si yo no aparecía vos marchabas mansito a la muerte. Pero como yo aparecí, ahora parece que no. ¿Tu vida depende de mí?, ¿Me estás pidiendo que cargue con eso? Apenas te conozco. No sé quién sos.

 Marcia, me equivoqué. Pero veré cómo lo puedo reparar.

 No señor, no es así, si firmás tu propia sentencia de muerte, entonces lo asumís frente a los demás. Y los demás decidimos si queremos coger con un muerto o preferimos irnos a buscar a alguien que esté vivo.

 No me voy a morir.

 ¿Porque yo aparecí en tu vida? ¿Ahora tu vida o tu muerte dependen de mí? Si te digo que no te quiero ver más, ¿vas y te entregás?

 No quise decir eso.

 Mirá Juan, no se entiende qué quisiste decir, ni qué quisiste hacer, ni qué querés hacer, ni si tu fantasía de un escape heroico dura hasta echarte un polvo, nada se entiende. Lo único que se entiende es que me engañaste. Me ocultaste algo que no me podías ocultar, y ahora me estás hiriendo. Me tirás una carga encima que no puedo sostener. No sos el tipo que se suponía que eras.

 Perdón.

 No podés hacer lo que hiciste. Es de una desconsideración tan grande, una falta de honestidad, de respeto.

 Perdón, no sé qué más decirte. No sé qué hacer ahora.

 Me da mucha bronca. No quiero verte ni escucharte un minuto más- Dice Marcia mientras enfila hacia la puerta - Abrime.

 No quise herirte.

 Yo no puedo ni quiero estar con alguien que no tenga una firme vocación de vivir y de luchar. Ahora abrime.

 Pero Marcia…

 Tercera y última vez que te lo digo: abrime.

Juan, consternado ante la ira de Marcia, muestra su pulgar al lector de pared y la puerta se abre. Marcia mira a Juan una última vez. En su rostro no hay ninguna expresión.

 No me llames más – dice ella, sale y cierra la puerta.

Juan la ve irse en la pantalla, todo el tramo del pasillo, esperar el ascensor, bajar los veinte pisos, salir por la puerta de calle. Allí va su última oportunidad de amor.

Juan ha vivido ciento seis años y algunos días. ¿Para qué más? Ahora sólo queda por decidir si vivirá su rutina hasta el día de la inyección final o partirá a una última aventura a la isla del fin del mundo para terminar dejando los huesos entre unas rocas inhóspitas, o entregárselos a los tiburones.

II – Anadna

 Es un día hermoso aquí en Buenos Aires, cielo azul, temperatura de veinte grados en este momento, siete de la tarde, ¡prácticamente ya estamos en primavera! ¿Cómo está el tiempo en Melbourne?

 ¡Hola Francisca! ¡Aquí sí ya estamos en primavera!

 Claro, Luciano, por la diferencia horaria allí ya es veintiuno de septiembre.

 Así es Francisca, es una bella mañana en esta maravillosa ciudad, en este recientemente inaugurado “Social Green Memorial”, diseñado especialmente para albergar a esta ceremonia anual, una celebración de la vida y de la familia, y que hoy ha congregado a cientos de miles de personas.

 Gracias Luciano. ¿Cómo estás Ana, allí en Río de Janeiro?

 Hola Francisca. Aquí en estas hermosas playas de Copacabana, esperando por la celebración, mientras empiezan a acercarse las familias. La novedad es que este año tenemos récord de inscriptos. Superamos las diez mil personas que vendrán a participar, y se espera que más de cien mil vengan a acompañar la ceremonia. Así que la carpa que se ha instalado para les participantes tiene cien metros de largo, y ya está el servicio sanitario instalando todo lo necesario para la celebración.

 Acá en Buenos Aires también hay récord de inscriptos, por eso este año la carpa se ha montado en los bosques de Palermo, y como se puede apreciar, las familias se han acercado con sus sándwiches y sus gaseosas, para festejar todes juntes en este día tan feliz y esperado. Se informó hace un rato que adentro de la carpa ya está todo dispuesto; sabemos que es importantísimo que la carpa funcione bien y que no se produzcan demoras que provoquen atascos en la circulación de los participantes, como ya pasó el año pasado, lamentablemente.

 Hola Francisca, aquí Marcelo desde Ciudad del Cabo.

 ¡Hola Marcelo! Cómo estás. Qué maravillosa vista tenés a tus espaldas…

 Sí, se trata de la Montaña de la Mesa, una de las siete maravillas naturales del mundo, que hoy es el imponente marco para esta celebración. Hace instantes la multitud estalló en aplausos cuando los relojes dieron las doce y con el nuevo día dio comienzo la primavera. Te quería contar que acabo de volver de Moscú, donde se comentaba que, aun faltando seis meses para su celebración -que en el hemisferio norte es el veintiuno de marzo-, ya hay récord de inscriptos.

 Atención Francisca…

 Sí Luciano.

 Aquí está por comenzar la ceremonia.

 Claro, nosotres tendremos que esperar hasta mañana, pero allí ya es la hora, ¡qué emoción!

 Sí, Francisca, después de horas de números musicales y discursos, ahora todo es un silencio vibrante. La expectación llega a su culminación.

 Luciano, seguí vos, nos quedamos con tu relato y con tus imágenes.

 Gracias Francisca, vemos que les participantes se disponen sobre la avenida central. Les primeres cien han sido elegides por sorteo, y son quienes tendrán el honor de encabezar la ceremonia. Sobre las pantallas de los edificios vemos primeros planos de varies de elles, con nombre y apellido. Desde las gradas bajan calurosos aplausos. Este año se ha elegido para les participantes ropa deportiva donde, como siempre, predominan los colores verde y celeste, pero en un diseño renovado y muy elegante.

 Se los ve espléndidos, los varones lucen muy apuestos y las mujeres muy guapas.

 ¡Y ahí vemos que se ponen en marcha! Ya avanzan hacia las escaleras del Social Green Memorial, con paso firme, ovacionados por sus familiares y amigues. Todo es emoción, todo es alegría en esta mañana hermosa.

 Te veo emocionado, Luciano.

 Imposible abstraerse al clima general de alegría y comunión que reina en este momento, Francisca. Allí vemos a les participantes que empiezan a ingresar al edificio. Quienes continúan a los primeros cien, empiezan ahora su marcha, en una ceremonia que durará, se calcula, no menos de tres horas.

 Francisca, aquí desde Ciudad del Cabo, son cientos de miles les que siguen las imágenes de Melbourne a través de las paredes pantalla de los edificios.

 Bellísimo momento aquí en Melbourne. Vemos como la segunda tanda de participantes ingresa al edificio, mientras por la salida posterior del mismo todo es ansiedad esperando el momento culminante.

 ¡Cuánta ansiedad! ¿Cómo se vive en Río de Janeiro este momento, Ana?

 También con mucha emoción. Te cuento que este año, por primera vez, las caravanas de cierre de la ceremonia estarán a cargo de las Escolas típicas del carnaval, las que harán el trayecto final con sus músicas y coreografías, dándole un tono pintoresco y alegre a lo que es el momento culminante del evento.

 ¡Atención Francisca, aquí lo vemos, ya están en marcha! Se abrieron las puertas de salida del Social Green Memorial y… ahí va bajando la explanada, es el primer coche colectivo, y luego el segundo, y el tercero, ¡sí! avanzan en caravana, ovacionados por la multitud que los saluda a ambos lados del vallado, gritándoles su agradecimiento a estes ciudadanes responsables que hoy han tenido el honor de cesar, y que son reconocidos por la multitud, que con conmovedor fervor les acompañarán en todo su recorrido hasta el Crematorio Municipal.

Son cerca de las diez de la noche y Juan viene llegando a la puerta de su edificio, acompañado por Hobsbawm. Han estado comiendo en uno de los restaurantes favoritos de Juan, quien ha concluido que ya no tiene mucho sentido cuidarse con la comida y a partir de ahora comerá lo que le dé la gana. Si en el CRAMPE insisten en arreglar sus almuerzos, él insistirá en desarreglar sus cenas. Ha reservado habitación en un hotel en Punta Alta por una semana, desde donde verá cómo se las arregla para llegar a la isla de Anadna.

Dos hombres vestidos de negro, con pasamontañas, aparecen por detrás de él. Uno de ellos, a apenas un metro de distancia, le apunta con una pistola Taser a la pierna y dispara sin dar siquiera voz de alto. Juan, estremecido por la electricidad, cae al piso. Está confundido, muy dolorido. Alcanza a ver cómo un segundo hombre le dispara a Hobsbawm sobre el lomo, y el perro cae inerte, con los ojos en blanco, la lengua afuera. Otro hombre se acerca al animal y lo inyecta con una jeringa. El hombre que le disparó a Juan se acerca con otra jeringa, con la misma intención. Pero Juan no ha perdido el conocimiento, y cuando el encapuchado se acerca, lo saca de un trompazo. La pistola cae al piso. Está a medio metro de Juan. Juan se incorpora para tomarla. Entonces un tercer hombre le da con una cachiporra en la cabeza, y ahora sí Juan queda tirado en el piso. Llega un auto. El auto es un cilindro perfecto de cristal polarizado. Frena de una manera abrupta y silenciosa. Se abre la puerta lateral, y suben a Juan, suben al perro, y luego suben ellos. El auto arranca, acelera como una bala, y se pierde en la noche de la ciudad.

Los ojos de Juan se abren con lentitud. La luz le duele hasta el fondo del alma, así que cierra otra vez los ojos. Algo muy malo ha pasado. Está en peligro. Aun así, duda en despertarse. Luego toma coraje, abre los ojos despacio, acostumbrándose de a poco al resplandor. Enfoca con lentitud tratando de componer el lugar. Es de noche, la luz es artificial, se trata de un espacio grande, tal vez un galpón industrial en desuso. Frente a sí tiene a tres hombres con la cara cubierta con pasamontañas. Juan tiene las manos y los pies atados con una soga a la silla. A su lado está Hobsbawm, ya despierto y despabilado, también atado a un poste. El perro gruñe con un sonido muy grave, como si rumiara su enojo, y muestra los dientes amenazantes a los encapuchados.

 Profesor, ¿me escucha? ¿se encuentra bien?

 Me duele la cabeza – alcanza a responder Juan, todavía un poco confundido.

 Le pedimos disculpas, pero teníamos que traerlo y no teníamos tiempo de discutirlo con usted. Está en un lugar seguro. Somos una organización política NIG.

Juan parece tomarse unos segundos para procesar la información. Está prisionero, sin embargo, sus captores lo tratan con cierta amabilidad. ¿Organización política NIG, qué será eso? Juan advierte que Hobsbawm está a su lado, lo cual lo tranquiliza.

 No tenemos intenciones de hacerle daño ni a usted ni a su perro. No nos quedó más remedio que traerlo a usted. Y no podíamos dejar a su perro vagando. Alguien lo hubiera denunciado, hubieran identificado al dueño por el chip que tiene en la oreja y lo hubieran ido a buscar a usted.

 ¿Para qué me secuestraron, qué quieren de mí?

 Tenemos una propuesta. Usted la puede aceptar o rechazar. El pasamontaña es su garantía de que, si dice que no, lo liberaremos.

Juan asiente. Todavía está tratando de entender esta escena tan inverosímil. Le acercan un vaso con agua. Juan bebe el vaso hasta el fondo y siente que la vida le vuelve al cuerpo y que su dolorida cabeza empieza a pensar con mayor claridad.

 Una propuesta. Si la rechazo, ¿me dejan en libertad?

 Le doy mi palabra. Si la rechaza tendremos la amabilidad de devolverlo a su casa sano y salvo, y usted tendrá la gentileza de olvidar este episodio.

 ¿Cuál es la propuesta?

 Profesor, sabemos que usted fue profesor de Gabriel, y él le arruinó la vida.

 Discrepo, tuve la habilidad suficiente como para arruinarme la vida yo sólo.

 Él tuvo que ver con su pase a retiro.

 ¿Cómo lo sabe?

 Investigamos. Ese Gabriel lo jodió bien jodido. También sabemos que usted firmó su cese y le quedan por lo tanto pocos meses de vida. Usted comprende las consecuencias de que Gabriel gane las elecciones. Lo entiende, ¿verdad?

 Sí.

 No podemos permitir que eso ocurra. Planea acabar definitivamente con nosotros.

Juan vuelve a asentir.

 Podemos hacerlo llegar hasta él, en su condición de ex Profesor de la Escuela adonde él estudió. Mañana Gabriel viene a Buenos Aires por apenas unas horas. Va a ir a su antigua Escuela a hacer allí un acto de campaña. Usted figura en la base de datos de la Escuela. Le falsificamos una invitación oficial al acto de mañana.

 … no entiendo.

 Usted firmó su cese. Morirá en unos meses de todos modos.

Juan empieza a sospechar qué es lo que le están proponiendo.

 Nosotros le ofrecemos la oportunidad de cesar de manera gloriosa…

 Ajá, ¿cómo?

 Mañana usted irá al acto de campaña de Gabriel. Saludará a todo el mundo, comerá los canapés que se sirvan, sonreirá. Cuando Gabriel llegue, usted se acercará a saludarlo. Sólo que nosotros le habremos puesto a usted una carga explosiva que detonará llevándose a la tumba a ese hijo de puta.

La dolorida cabeza de Juan se demora unos segundos en elaborar una reacción. ¿Será una broma? Pero no, parece que hablan en serio, mirá esas poses de guerrilleros heroicos desafiando a la injusticia, avizorando el destino glorioso, inexorable, inmarcesible y vaya a saber cuántas cosas más con las que sueñan.

 Profesor, le estamos ofreciendo ser parte de la historia.

Y de repente Juan no puede evitar reírse. “Ay estos chicos”, piensa; parecen sus antiguos alumnos adolescentes haciendo macanas.

 ¿Terrorismo?, ¿en serio? No muchachos, están equivocados, muy equivocados.

Es extraño lo que le está pasando últimamente, desde que firmó el cese. Ya no hay lugar para tenerle miedo a nada. Va a morir de todos modos, ¿qué otra cosa peor le podría pasar? Da casi lo mismo si le inyectan el veneno alucinógeno, si se lo come un tiburón en la isla del culo, si muere atragantado con un sándwich de miga mientras se detona abrazado a Gabriel, o si estos delirantes sacan un sable y le cortan la cabeza. Va a morir, la forma en que eso ocurra es una mera anécdota. De manera tal vez contradictoria, le ha perdido un poco de respeto a la muerte y a la vez no se quiere morir. Perderle el miedo a la muerte, se le ocurre ahora, no es entregarse a ella; es ser capaz de, por primera vez en su vida, mirarla de frente y desafiarla.

 Usted entiende que no somos nosotros los que empezamos la violencia, son ellos los que nos están exterminando sin que hasta ahora hayamos reaccionado.

 ¿Ustedes vendrían a ser una vanguardia iluminada al estilo de las de antes?

 ¿Usted piensa que no tenemos derecho a responder con violencia a la violencia del sistema?

 Qué importa lo que yo piense, háganse matar de la forma que más les guste. Pero no cuenten conmigo.

 ¿Usted no cree que luchar tiene sentido?

 No, creo que no tiene ningún sentido. Los NIG estamos perdidos. Somos el pasado y nada puede volver el tiempo atrás.

Los tres hombres se quedan mirando a Juan un poco desconcertados.

Juan queda pensativo. Él mismo ha decidido que, aun cuando de una u otra forma va a morir pronto, luchará por su vida. Así que no puede cuestionar que estos muchachos se la jueguen por una causa perdida; en el fondo están haciendo lo mismo que él.

 Pero también debo decir que, aunque no tenga sentido, tal vez no está tan mal que lo intenten, ¿por qué no?

Los enmascarados no entienden el cambio de tono de Juan.

 Tenemos derecho a pelear hasta la última gota de sangre, es una cuestión de dignidad.

 Eso no se lo niego.

 ¿Entonces?

 Entonces, el problema es otro. El problema es que yo no me quiero morir. Una cosa es pelear, otra es matarse. Estaría dispuesto a pelear, aun corriendo el riesgo de morir, pero no a suicidarme.

 Pero usted firmó su cese.

 Sí, y estoy muy arrepentido de eso. Fue un error, un momento de debilidad. Pero no me voy a presentar. Me voy a fugar.

 Profesor, una vez que firmó no tiene a dónde ir...

 Me voy a ir al medio de la selva. O al polo norte. No importa.

Los encapuchados miran a Juan como si miraran a un loco. Juan ya ha llegado a la conclusión de que estos matones son tigres de papel; no van a hacerle daño.

 Bueno, ya tienen mi respuesta a su propuesta, ¿cumplirán ustedes su palabra?

 Usted no entiende. Esta es una gran oportunidad para usted, para nosotros y para todos los NIG del mundo.

 Oiga, que los Alfa sean una mierda no nos hace a los NIG merecedores de estima. Usted me dio su palabra de que yo podía elegir; ahora cúmplala.

Los tres encapuchados, desconcertados, salen dejando solo a Juan.

Juan le dice a Hobsbawm:

 Jóvenes precipitados... te apuesto a que ninguno tiene más de ochenta años.

Amanece. Juan está dormido. Entran los tres encapuchados, el ruido despierta a Juan. Hobsbawm, atento, gruñe y muestra los dientes.

El encapuchado que lleva la voz cantante comprueba que Juan se ha despertado.

 Profesor, estuvimos deliberando y tenemos otra oferta para usted.

Juan no puede evitar reírse. Ahora tienen otra oferta, que graciosos que son, son unos tiernos, me voy a terminar encariñando con estos pibes. Qué perdidos que están, pobrecitos. Quieren pelear por una causa justa. Una causa perdida, pero justa. Solo que no saben cómo hacerlo. Es como si hubieran buscado en google “cómo armar su propia guerrilla”, y aquí están, haciendo lo que pueden.

 Okey, escucho ofertas, pero nada de misiones suicidas.

 Bien, controlamos una colonia de NIG no demasiado lejos de aquí.

Juan se sobresalta, su mueca irónica desaparece en un instante.

 Allí viven al margen de la ley muchos fugados de su cese – agrega el encapuchado.

Parece que sí existe Anadna, o algo semejante. Esto sí es interesante, piensa Juan.

 Parece el paraíso. Pero me cuesta creerle que el Gobierno no lo sepa – afirma Juan, con desconfianza.

 El gobierno lo sabe y lo tolera mientras no se haga público. Al gobierno le importa una mierda lo que hagan tres docenas de NIG mugrientos.

 ¿Y también tolera que una organización guerrillera, o lo que ustedes sean, tenga control sobre esa población?

 Eso no lo saben. Nadie sabe que existimos.

 ¿En serio creen que pueden escapar a la Inteligencia del Gobierno?

 La Inteligencia no nos tiene ni como una hipótesis de conflicto. Sólo están interesados en sus propias intrigas de palacio. Mientras tanto, en silencio, venimos desarrollando una organización revolucionaria poderosa.

 Subestimar la capacidad de inteligencia de un Estado de alcance mundial me parece un disparate.

 Disparate es pensar que usted va a hacer de Robinson Crusoe en la selva o en el Polo a los ciento seis años.

Juan hace una expresión de “quizás tengas razón”.

 Haremos un enorme operativo de propaganda a nivel global.

 ¿A nivel global? ¿Usted quiere decir que hay otras células de guerrilleros en otras partes del mundo?

 Sí, tenemos células dormidas en todas partes. Y las vamos a despertar a todas al unísono para hacer un buen ruido que dé a conocer al mundo nuestra existencia. Millones de NIG que hoy no tienen un liderazgo político ahora sabrán que hay una dirección y una política que seguir, y saldrán a las calles a darnos su apoyo.

Juan ya ha decidido que hará lo que le digan con tal de que lo lleven a esa colonia NIG, pero el discurso del jefe enmascarado le resulta candoroso.

 Con todo respeto señor comandante, primera objeción: si hay cientos o miles de personas participando de esta organización, entonces es imposible que se haya mantenido en secreto. El Gobierno debe estar al tanto.

 El Gobierno no sabe de nuestra existencia, ni siquiera sospecha. La falta de conflicto a lo largo de varias décadas hizo que prácticamente se desmantelaran los servicios de inteligencia. Nos subestiman. Creen que no somos capaces de hacer nada. Mire, por ejemplo, la eficacia del operativo con que tomamos a usted y a su perro.

 Lo felicito por su enorme eficacia militar para darle un garrotazo a un viejo de ciento seis años y tomar prisionero a un perro paralítico, usted debe ser la reencarnación de Clausewitz.

A Juan no le hace falta ver la expresión del rostro oculto tras el pasamontaña para darse cuenta de que se ha excedido.

 Disculpe. No quise ser soberbio. Pero usted habla de sincronizar un golpe a escala global. ¿Qué experiencia militar tienen? Ninguna, claro. Muchos van a quedar por el camino al primer sopapo.

 Pero lo que cuenta es que la mayoría, o una parte importante, lo consiga.

 No me convence ni que el gobierno no conoce la existencia de la organización, ni que esté dispuesto a entregar a los suyos a la bartola, y tengo una tercera y contundente objeción: ¿Por qué cree usted que el pueblo NIG saldrá a la calle a respaldar a su organización? ¿Usted cree que existe aún un sujeto histórico llamado “pueblo” o tan siquiera algo que no sea más que individuos atomizados y atontados dispuestos a dejarse llevar de la nariz hasta la inyección final? Mire jefe, quizás sea como usted dice y agarre al Gobierno con los pantalones bajos, pero tardarán apenas unos días en levantar un servicio de inteligencia y un aparato represivo apuntando directamente a su cabeza.

 El factor sorpresa está de nuestro lado. Cuando demos el golpe, con la gente en la calle y la razón de nuestro lado, viviremos un crecimiento vertiginoso e imparable. Y nuestros apoyos y simpatizantes se extenderán y serán un colchón que amortigüe la violencia de la respuesta del Estado.

Juan cierra los ojos y hace un gesto de negación. Luego hace una larga exhalación.

 No va a derribar al Estado Mundial con un grupito de guerrilleros románticos. Si se tratara de un Estado débil o ilegítimo, tal vez. ¡Pero es el Gobierno Mundial! El más poderoso de la historia. Si el Gobierno en serio los considera una amenaza, lo que va a pasar es que vendrá una feroz represión. Y entonces los NIG, aterrados, se volverán rápidamente a sus casas dándole la espalda.

 Lamento que piense de esa manera tan pesimista.

 Sí, yo también. Odio ser pesimista, no lo puedo evitar. Pero su optimismo blindado a cualquier cálculo o razonamiento es un pasaje directo al desastre.

 Y su derrotismo es la garantía de continuidad de un estatus quo genocida.

 Oiga, ¿me va a desatar?

El jefe hace una seña a sus lugartenientes que van pronto a cortar la soga que ata a Juan.

 Comandante, usted sugirió una propuesta que me parece interesante, algo sobre una colonia de NIG roñosos…

 Si usted mostrara alguna disposición a colaborar, tal vez.

 Quiero colaborar. No inmolarme, claro está. Díganme de qué manera creen que puedo serles útil.

 ¿Hace un minuto nos trataba como si fuéramos una organización de dementes y ahora se quiere sumar?

Juan reflexiona un instante: dada mi situación actual, unirme a una organización de dementes es una opción perfectamente aceptable.

 Ya le dije, colaboro en lo que ustedes me digan, después arreglaremos el plazo, y al final ustedes me llevan a la Colonia mugrienta.

 Pero usted no cree en nuestras razones.

 Se equivoca, sí creo en sus razones. En lo que no creo es en sus políticas. Pero en una de esas resulta que el equivocado soy yo. Y ojalá así sea.

 Su petición será considerada, le comunicaremos cuando resolvamos.

Un par de horas más tarde entró un hombre de unos cuarenta años, fornido, de una gran estatura que hasta podría pasar por un Alfa, rubio, pelo abundante, ojos claros, expresión grave. Era fácil identificarlo, era el líder, ahora sin pasamontañas. Y si había alguna duda, el gruñido amenazante de Hobsbawm la disipaba; al olfato y al oído del animal no lo engañaban burdos pasamontañas.

 Soy Treinta y cuatro, a partir de ahora su responsable político. Usted ahora será Ciento diecinueve.

Juan está a punto de echarse a reír, ¿qué es esto de treinta y cuatro y ciento diecinueve? Sin embargo, entiende que eso significa que lo han aceptado y eso lo pone contento. El jefe lo mira como esperando alguna respuesta o alguna pregunta de Juan, que no llega.

 ¿Entendido Ciento diecinueve?

 Oiga, tengo ciento seis, no me agregue edad.

 Su nombre de guerra es Ciento diecinueve.

 Okey, yo soy Ciento diecinueve, entendido.

 Los oficiales nos nombramos con números de dos dígitos, los suboficiales y los aspirantes con números de tres, los comandantes con números del cero al nueve. Usted es un aspirante. Recibirá un breve pero intenso entrenamiento militar.

 ¿Entrenamiento militar?

 Es por su propia protección. Además, no tiene opción.

 Entonces estoy de acuerdo.

 Quiero que sepa que el debate sobre si aceptarlo o no fue intenso. En lo personal, me opuse. Creo que usted es una persona inteligente pero demasiado individualista, un cínico. También pienso que sus motivos para unirse a nosotros no son legítimos, son solamente su interés personal. Prevaleció la opinión de que usted puede ser valioso. Pero deberá demostrarlo. Formará parte de una de las células que intervendrá en el golpe de propaganda.

 ¿Eso quiere decir que voy a entrar en acción?

 Afirmativo.

 Bueno, yo pensaba en una colaboración no de tipo militar…

 Ya es tarde, no tiene opción. ¿Qué pasa, tiene miedo de morir?

 No, eso ocurrirá de todas maneras. Lo que sí tengo es miedo a matar.

 Usted no está preparado para matar a nadie. Por eso recibirá instrucción militar.

 De acuerdo.

 A partir de ahora, su acuerdo o desacuerdo importan una mierda. Esta es una organización político militar, y acá hay jerarquías. Yo soy su responsable, ¿entiende lo que eso significa?

 Sí, jefe.

 Vamos, su entrenamiento empezará de inmediato. ¿Qué hacemos con su perro?

 Adonde yo voy, él viene.

Treinta y cuatro se encoge de hombros.

 Su perro parece un poco rencoroso.

 No se preocupe, jamás me desobedece. A su manera, está mucho mejor preparado para respetar la jerarquía que yo, va a ser un gran cuadro.

 Se puede quedar en la Cuadra mientras usted hace fajina, será la mascota de la Compañía, por qué no. Vamos – Dice Treinta y cuatro y sale del galpón, dejando esta vez la puerta abierta.

Juan mira a Hobsbawm:

 ¡Vamos Ciento veinte, a entrenar!

En el auto, Juan viaja con los ojos vendados. Hobsbawm está a su lado, siempre inmutable, pero sin quitarle los ojos de encima a Treinta y cuatro, que está sentado frente a ellos junto con otro hombre más, armado con una pistola de electrochoque y atento. Es un auto automático, y todo su espacioso interior consiste en cuatro cómodos asientos, enfrentados de a dos, con una pequeña mesa plegable entre ellos. Una voz electrónica dice: “Llegando a destino en cinco, cuatro, tres, dos, uno. Destino alcanzado”. Las puertas se abren automáticamente, con suavidad. Treinta y cuatro le retira la venda y con un gesto lo invita a bajar del auto.

Están en un campo muy vasto en algún lugar perdido de la llanura bonaerense, con un granero o cobertizo, a veinte metros de donde ha estacionado el auto. En diagonal, en el extremo opuesto del predio, hay un chalé bien mantenido, con un jardín floreciente. Tres mujeres y dos hombres, todos clavados en esos eternos cincuenta años que es el nuevo tope de envejecimiento, corren en ropa deportiva en círculos alrededor del granero. Otra mujer dirige el entrenamiento.

 Estos son sus compañeros. Nunca se identifique con su verdadero nombre e identifique a los demás por su número.

Juan asiente mientras piensa en que se va a hacer un matete con tantos números.

 Diríjase a la Cuadra –dice señalando el granero - Pase por Economato y tome su ropa de entrenamiento. Luego se cruza a Enfermería –dice señalando el chalé – ahí lo ve al Médico, y luego reúnase con el grupo a las órdenes de Veintidós. Y deje al perro en la Cuadra, ¿entendido?

Juan asiente y parte hacia el granero, seguido siempre por Hobsbawm.

Juan entra a la Cuadra. El espacio se divide en distintas estancias, con paredes que parecen haber sido hechas hace poco tiempo, muy posteriores al edificio en sí. No hay nadie. La primera estancia, la más amplia, tiene una mesa rústica para varios comensales y unas sillas viejas. Desde allí puede ver otra habitación en la que hay varias camas empotradas en la pared, una sobre otra, al estilo marinero. Sobre una puerta un cartel dice “Economato”. Juan se dirige allí. Hay ropa sobre una mesa. Toda la ropa es deportiva en su aspecto, pero de tela resistente, color verde oliva, y está ordenada de los talles más pequeños a los más grandes. Juan toma ropa que parece de su talla. Se viste. Luego busca y encuentra un plato donde pone agua para Hobsbawm. Mostrándole al perro el índice con autoridad y señalando tres veces el piso, el animal entiende que debe permanecer allí hasta que él regrese. Sale de la Cuadra, cruza hasta el chalé y golpea la puerta con los nudillos. Una mujer que aparenta ser joven y que a Juan le resulta de inmediato atractiva abre la puerta.

Бесплатный фрагмент закончился.

273,89 ₽

Жанры и теги

Возрастное ограничение:
0+
Объем:
501 стр. 3 иллюстрации
ISBN:
9789878722443
Правообладатель:
Bookwire
Формат скачивания:

Похожие книги