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UNA GABARDINA AZUL
© Emilio Parra Rubio
© Corrección ortotipográfíca: Álvaro Martín Valcárcel
© de esta edición: Olé Libros, 2021
ISBN: 978-84-18759-40-6
Producción del ePub: booqlab
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KALOSINI, S. L.
Grupo editorial 
www.olelibros.com
A los que vuelan sin alas,
a los que nunca miran a otro lado
y a todos aquellos que andan buscando abrigo.
PRÓLOGO
«La vida» no la perdí peleando cuerpo a cuerpo en defensa propia, o luchando contra cientos de adversarios alentado por mis magníficos ideales, ni siquiera fui envenenado o intoxicado por alguno de mis malos hábitos, y tampoco caí electrocutado por algún acto temerario propio de mi inmadurez, de ninguna manera. «La vida», figuradamente dicho, se escabulló entre mis dedos en uno de esos avatares del destino, tan caprichoso... Todo ocurrió en un abrir y cerrar de ojos y, por supuesto, sin previo aviso.
Creía que la monotonía que envolvía mi existencia podía llevar adherido algún suceso que la hiciera saltar por los aires, algo bueno que rompiera la tediosa rutina, porque era optimista, siempre lo he sido. Ese exceso de confianza se fue diluyendo poco a poco, y con ello también se esfumó la sensación que tenía de que todo iba a salir bien.
El pesimismo, esa losa que se coloca sobre tus hombros y te aplasta con sutileza hasta dejarte completamente hundido, se apoderaba del día a día como una nube oscura que asoma amenazante por el horizonte. Un cambio en el orden establecido que ni siquiera aún soy capaz de concretar, un insignificante escalón en el camino, un pequeño bache de nada resultó ser más mortífero que el más profundo de los precipicios. De repente, la suerte dejó de acompañarme y se olvidó de mí; ya no me tendía la mano diciéndome: «Vamos, te acompaño». La suerte me dio de lado, algo tuvo que incomodarla para que me ignorara de esa manera tan cruel y descarada. Al final me rendí ante ella convencido de que nada podía ir peor, y sucumbí, sucumbí a su maquiavélico juego de azar, que me hizo sentir como si estuviera en un río embravecido de aguas oscuras, agarrado a un tronco endeble, alejándome cada vez más de la orilla mientras era zarandeado por las turbulencias de la corriente.
Se hace muy difícil mirar atrás con tan poco entusiasmo.
Una vez «muerto», recorro los días recomponiendo mis recuerdos, que cada vez son más confusos, para llegar siempre a la misma conclusión: probablemente los acontecimientos habrían tomado un cariz distinto si hubiera actuado de diferente manera. De nada servía lamentarme cuando en realidad no hice nada por evitarlo, y si lo hice, está claro que lo hice mal.
Qué rápido pasan diez años de condolencia, tan rápido como que ayer ya es hoy y todo sigue igual. Ahora, voy sumando días como un viejo reloj de cuco que permanece colgado de una pared sin ninguna otra función asignada.
Sin embargo, hubo un tiempo en que, a pesar de todo, ahí estabas tú. No sé si lo soñé, pero te recuerdo clavada en mi alma con la claridad que provoca el dolor. Sin todo lo demás, aun sin echarme alimento alguno a la boca, sin vehículo con el que desplazarme, sin casa donde habitar, sin nada en mis manos, hubiera sobrevivido al derrumbe, pero sin ti, sin ti me resultaba imposible.
El peor final para un cuento: te perdí.
Un descuido imperdonable. Te perdí, y lo lamento cada día porque aún soy lo poco que queda de ti, el trozo que acabó tirado en el arcén de aquella carretera.
La otra tarde estuve deambulando por tu guarida al amparo de los cipreses. Pasé la noche entera recordándote, recordándome.
CAPÍTULO 1
El suelo de mármol blanco que recorre el parque de un extremo a otro está frío y duro como el hielo ártico, y el escaso césped que a duras penas sobrevive en esta ciudad, brilla con la humedad característica de la noche otoñal. Lo mejor, dadas las circunstancias, sigue siendo la repintada madera del banco solitario que hay bajo el enorme ficus que se mantiene firme como un gigantesco paraguas que me protegerá de la escarcha. Coloco meticulosamente los cartones que he recogido junto a un contenedor. Con una bolsa de plástico y el viejo jersey que siempre me acompaña improviso una pequeña almohada deforme.
Esta zona del parque está a escasos metros de una ancha avenida por donde, inevitablemente, cada corto tiempo, pasa algún vehículo con su bramido perturbador. Intento acostumbrarme a los sonidos de la noche sin conseguirlo. Debería haber tomado un vaso de leche caliente con miel y un trozo de bizcocho, eso o medio litro de vino. También debería estar acostumbrado, pero en noches como esta, la no ingesta del alcohol suficiente suele pasar factura. Lo peor es pensar en ello; si lo hago, me resulta más difícil aún controlar el impulso de dar un salto y largarme al malecón a mendigar un trago. Por desgracia no tengo muchas más cosas en las que pensar, pero estoy cansado de andar todo el día de un lado para otro.
Los cartones apenas disimulan la dureza de las tablas. Me acomodo ajustando mi cuerpo a la superficie; bocarriba, tapado con una vieja cazadora que me viene grande.
Casi sin querer me quedo en el limbo, ausente, tieso como un palo. Al cabo de un rato recupero el pensamiento lúcido y noto que me espabilo repentinamente. Ha venido a hacerme compañía una racha de aire inoportuna. Giro la cabeza y puedo vislumbrar en la lejanía los centelleantes números verdes tras las hojas del ficus gigante. Son las dos y cuarto de la madrugada. Un soplo de aire fresco, una brisa de esas que parecen amables, pero que sabes que no traerán nada bueno, comienza a colarse sin pedir permiso por las perneras del pantalón. A los cinco minutos algunas hojas secas revolotean a mi lado brindándome una danza desquiciante. El remolino de aire cobra fuerza y el bufido se perpetúa en mis oídos; por si fuera poco, una esquina del cartón comienza a golpearme la cara jaleada por el viento. Sin duda, debo buscar otro emplazamiento donde el aire no me dé la noche. Recojo el finísimo colchón luchando contra el viento impetuoso que se lo quiere llevar, y con los cuatro bártulos que siempre me acompañan, dirijo mis pasos hacia la catedral.
Los soportales que rodean el majestuoso edificio de piedra están mojados, mojados y fríos. Puedo ver en una calle cercana el mismo robot municipal de todas las noches escupiendo chorros de agua espumosa por sus brazos entubados. Me molesta su rutina mecánica y ruidosa, siempre a la misma hora; cuando se supone que todos duermen, él se hace el amo de la inerte ciudad y se mueve por ella sin restricciones. Por el contrario, la catedral transmite esa sensación de cobijo y abrigo tranquilizadora, no entiendo muy bien por qué, pero a mí me pasa. Voy dando bandazos junto a los muros cicatrizados por su historia; a veces he creído escuchar los ecos de la muchedumbre rezando o pidiendo pan bajo el pórtico. Ahora, al pasar junto a la puerta, golpeo con los nudillos la rugosa madera de roble. Por más que llame nadie me abrirá, hay un museo eclesiástico que se ha apoderado de todo lo que podría ofrecerme un edificio como este. Alzo la cabeza, maravillado una vez más por la majestuosidad de semejante construcción, puedo admirar su belleza, que no ha sufrido el deterioro por el paso del tiempo, y me pregunto cuánto tiempo permanecerá así de firme. Sus bloques de piedra han aguantado siglos de tormentas y agravios, guerras y expolios. En la carne, sin embargo, todo hace mella.
Decido atajar por una de las callejuelas, que culmina en otro de los parques de la ciudad. En el jardín que hay junto al malecón, el viento sigue soplando con fuertes rachas. Aún quedan algunas pruebas evidentes de la celebración que ha tenido lugar con motivo de las fiestas locales: botellas vacías junto a los árboles, guirnaldas que cuelgan a merced del aire y algunas parejas solitarias que coquetean con la penúltima copa en alguna de las barracas que aún permanecen abiertas. Los camareros apilan sillas con la mirada puesta en la hora de salida. Me detengo y registro mis bolsillos: solo me quedan unas pocas monedas. Me sentaría un rato a tomarme una copa en estricta soledad, aunque estoy seguro de que esa acción me induciría a visualizar mi otro yo, aquel hombre que bailaba con ella en aquellas felices fiestas de primavera que siempre se alargaban hasta el amanecer. Aun sabiendo que esos recuerdos no me hacen bien, me sentaría un rato a soñar despierto, pero si lo hago, me quedo sin un céntimo.
Aparto los fantasmas de mi cabeza y cruzo como alma en pena el recinto de festejos. La gente que aún queda junto a las barras no me mira, no les dicen nada mi cartón bajo el brazo y mi paso cansino. Atravieso la explanada entre remolinos de servilletas de papel y hojas secas que buscan un rincón sosegado, igual que yo.
Una noche más me dirijo a las sombras. En la trastienda de una de las barracas veo un pequeño recinto donde guardan las bombonas de gas que abastecen las cocinillas montadas para la ocasión. La puerta no tiene candado. La empujo y descubro el hueco donde cabe perfectamente una persona. Este puede ser un buen lugar para descansar un rato, si acaso asomaré un poco los pies. Espero que no aparezca algún desaprensivo con ganas de fastidiar o un perro con la necesidad de marcar su territorio.
El piso es de loneta rugosa, algo así como las jarapas mexicanas que se utilizan bajo las sillas de montar. Con eso y mis preciados cartones me siento resguardado del suelo cruel que nunca se compadece de mí... Cuántas noches me ha robado el calor y me ha dejado con los huesos hechos polvo... He perdido la cuenta. Saco mi libreta, que me persigue a todos lados, y me pongo a escribir lo poco que recuerdo; por desgracia, hoy no he bebido demasiado y los recuerdos se agolpan como manadas de búfalos inquietos. No me gusta entrar en razón, odio estar lo suficientemente cuerdo como para darme cuenta de lo que me acontece. Prefiero estar ausente, perdido en un mundo imaginario creado por los efectos del alcohol; es eso o volverme loco, y por lo vivido hasta la fecha, la locura aún no ha sido incluida en mi catálogo de desdichas. Con tanta cordura rondándome la cabeza soy capaz de recordar lo solo que estaba en la época en que aún me importaban ciertas cosas, buscando piso, pidiendo favores. Me quedé sin amigos, sin compañía, sin razón de ser. Con el tiempo descubrí que provocaba una reacción antinatural en las personas, sentían verdadera lástima por mí, y gracias a sus muestras evidentes de sobreprotección comencé a sentir lo mismo. Supongo que fue el instinto de supervivencia, que en teoría todos llevamos dentro, lo que me espoleó para alzar la cabeza y tirar para adelante en esos momentos tan delicados, donde no importas una mierda y piensas que el mundo estaría mejor sin ti.
Enderezo la espalda para destensar los omoplatos y adaptar mejor mi cuerpo al suelo. Encojo los brazos sobre el pecho y me acurruco bajo la amplia cazadora.
Al principio todo parecía más fácil, más esperanzador. No entraba en mis planes un estado de desolación tan voraz como el que vino después. Estuve varios meses buscando una ocupación que nunca llegaba, abusando de la generosidad de mi hermana Lucía, mi única hermana. «Lucía es el cordón umbilical que me une con el mundo, el sensor que me ubica en algún lugar de este extenso planeta. Es más importante para mí de lo que yo pensaba». No tenía por qué cargar con mi desgracia una mujer como ella, una mujer con suerte; aún no entiendo muy bien qué pintaba yo por aquellas latitudes. Las cosas le iban relativamente bien, tenía un trabajo estable, un marido dócil y amable, dos hijos saludables de corta edad que no le daban demasiadas preocupaciones; en definitiva, tenía un hogar feliz. No era justo que el destino le regalara un lastre tan deprimente, no era justo.
Los primeros días fueron llevaderos, buscábamos juntos ofertas de empleo en el periódico local, pero la gran mayoría estaban orientadas a la venta por catálogo. En aquella época, nos mirábamos con ternura y delicadeza. Tras unos meses, los gestos ya no eran los mismos. Caí en un desánimo tal que me fue llevando al abandono de todas mis buenas costumbres. Ya no leía la prensa buscando noticias esperanzadoras que me dieran una oportunidad; ya no jugaba lanzando una pelota a Duque, el perro de la familia, ni prodigaba atenciones a mis sobrinos; ya no regaba las plantas, ni madrugaba por las mañanas dispuesto a comerme el mundo. No tenía donde ir y el dinero había volado casi sin proponérmelo. De alguna forma, el mundo me estaba comiendo a mí, bocado a bocado, sin compasión.
Una mañana me despedí con una sentida carta, llené un macuto con algunas prendas y un par de zapatos, y salí a la calle a disfrutar de mi nueva libertad.
Me gasté lo poco que me quedaba y conocí gente, gente buena y gente mala. La buena me sirvió de mucho, de la mala logré apartarme a tiempo. Gracias a esas peripecias conocí a Iván y su flauta, ojo, flauta travesera. Tocábamos viejas melodías al caer la tarde para ganarnos unos céntimos. Yo le acompañaba aporreando una guitarra a la que le faltaban cuerdas a la vez que canturreaba o silbaba la improvisada canción. Proclamábamos la libertad en su más amplia expresión. Lo recuerdo con sus dientes desordenados y las orejas de soplillo alardeando de sus peripecias amorosas. Con él pasé meses en un viejo caserío fuera de la civilización. Lo ocupábamos una comuna de hippies idealistas y algunos ratoncillos de campo que merodeaban a sus anchas con total impunidad. Qué recuerdos tan bucólicos se me vienen a la cabeza... qué paz interior; te sanaba el alma, pero nunca te quitaba el hambre. En aquella época, cualquier evento, por insignificante que fuera, se convertía en una fiesta sin medida: una puesta de sol, un día de lluvia, el brote tempranero de las acelgas... cualquier cosa servía de excusa. Con el paso del tiempo me di cuenta de que lo más importante, lo más extraordinario y lo que más felicidad me producía en ese momento era el simple hecho de existir. En realidad, no necesitábamos tanto para sobrevivir. Mi vida se convirtió en un conformismo adictivo y sumamente placentero.
«Ahora dejo los días pasar, esperando mi hora, que parece que no va a llegar nunca».
Con todos esos recuerdos revoloteando en mi cabeza, voy sucumbiendo en un profundo estado de somnolencia al amparo de este improvisado camarote, rendido al eco de las voces de jóvenes que vuelven a sus casas o trasladan la juerga a otro garito de la zona, adormecido por el ligero olor a gas.
La luz. Siempre me ha gustado la luz de la mañana, me informa, me grita que aún sigo vivo. Así despierto, con la luz intentando atravesar mis pestañas que se niegan a separarse. Tengo a mis pies una acera, por donde cada cierto tiempo aparecen unas piernas que andan en un sentido u otro. El bullicio de la ciudad me sobrecoge. No tengo ni pizca de ganas de abandonar la protección de este techo de hojalata. Solo he necesitado un par de palmos cuadrados para aislarme en mi pequeño mundo y no pido más. De pronto, un golpe seco, un ruido estridente que me ha provocado una ligera convulsión traducida en un gran susto. Los golpes se agudizan, alguien está aporreando el endeble tejado metálico de mi improvisada guarida.
—Eh, tú, ¡¿qué haces ahí?! —resuena una voz rasposa sin darme siquiera tiempo a bostezar.
Me enderezo como puedo y asomo la cabeza por el hueco como un perro sale de su caseta, estirando las patas, despertando uno a uno los sentidos. Un tipo fornido de cara redonda y frente estrecha se planta frente a mí tapándome completamente la visión del entorno. Parece que el sujeto ocupa más espacio que veinte mulas juntas. No tengo más remedio que arrastrarme junto a sus pies para poder salir e incorporarme.
—¿Te crees que esto es un hotel? —me reprocha de mala manera sin habernos presentado siquiera.
¿Qué le habré hecho yo a este tipo? Desde luego que es mala suerte empezar el día de esta forma. Por si fuera poco, unas cuantas nubes se han apoderado del cielo y ya no asoma ni un rayo de sol. El tipo viste un uniforme gris de vigilante de seguridad. Debía de estar haciendo su ronda cuando ha visto mis botas asomando por la caseta de las bombonas de butano. ¿Qué habrá pensado sobre el motivo que lleva a un hombre a estar en una situación así? ¿Creerá que tengo alguna posibilidad de pernoctar en un hotel y prefiero dormir tirado sobre un par de cartones? No necesito más preguntas sin respuesta, me cansa tanta especulación. Este tipo es idiota y no tiene por qué ser lógica su actitud. Cualquier cosa que yo haga o diga será una pérdida de tiempo.
Me planto frente a él manteniendo mi autoestima bien erguida y le pido un cigarrillo.
—Sí, hombre. ¿Quiere también el señor que le traiga el desayuno? —replica con sarcasmo.
—No, con un cigarrillo me conformaría.
—Venga, lárgate antes de que... —masculla a la vez que, instintivamente, lleva la mano sobre la porra que le cuelga del cinturón.
—No puedes echarme de la vía pública —le digo con toda la seguridad de la que soy capaz.
—¡He dicho que te largues!
—Me da igual lo que digas. ¿Vas a pegarme?
El tipo me mira con los ojos entornados. Sus rasgos parecen comprimirse entre dos lonchas de pan. Ojos, nariz y boca reducidos a un mismo segmento.
—Qué quieres que te diga, la calle es de todos —me excuso sabiendo que se está cabreando progresivamente.
Yo no soy un delincuente, pero mi instinto de supervivencia es otra cosa, es como un retortijón de estómago, algo que te molesta y te hace buscar un sitio donde aliviarte.
—¿Tengo que llamar a la policía? —suelta la típica amenaza.
—Adelante. —Trago saliva.
Sin previo aviso, la masa de carne bajo el uniforme gris saca una pierna a pasear y da un puntapié a la bolsa que había dejado en el suelo mientras me abrochaba el cinturón. No llevo nada que pueda romperse, es solo mi añorado jersey que tanto confort me había proporcionado la pasada noche lo que da vueltas sobre la acera.
Me agacho a recogerlo. En este momento podría clavarle los nudillos en la nuez, saltar sobre su cabeza como un águila real, pero no, no lo hago. Me contengo diciéndome en voz baja que la ira nunca ha sido mi especialidad; de hecho, y aunque me duela reconocerlo, aún sigo teniendo importantes trazas de cobardía bajo la coraza que se supone debería protegerme. Me bajo al charco de la sumisión y le dedico una sonrisa forzada.
—¿Te importaría respetar mis cosas? —le pido recalcando cada palabra.
—¡Venga ya, hombre! —Me agarra de un brazo, apretando, empujando, avasallando—. ¡Lárgate de una vez!
Solo me queda una salida razonable: irme. A duras penas consigo envararme mientras recojo los trozos de mi maltrecha dignidad esturreados por el suelo.
—Hay otra ley que está por encima de ti y de mí, la misma que algún día te devolverá la patada.
Digo esto, que ni yo sé muy bien por qué lo he dicho, y cruzo la avenida sin importarme el tráfico de coches que discurre a mi alrededor. Cuando llego al otro lado, el guardia sin escrúpulos me mira con fijeza, reconcomido por la impotencia de no poder ver más allá.
Sin previo aviso, como si de un acto divino se tratara, rompe a llover con fuerza. La cornisa no puede librarme de tan impetuoso aguacero y mi poblada cabellera comienza a empaparse. Pronto tengo decenas de gotas bajando por mis mejillas. La gente comienza a evaporarse de las aceras. Algunos corren con carteras o chaquetas sobre las cabezas, otros nos resguardamos en un portal, en este caso una tienda de ropa. El rellano acristalado que hace la función de escaparate es un lugar ideal para no mojarse. Una chica joven, una señora de avanzada edad, un hombre impecablemente trajeado y yo miramos cómo rebota la descontrolada masa de agua sobre el asfalto.
—Buenos días. Qué manera de llover... —intervengo a modo de rompehielos.
—Póngase aquí, no se moje —me dice la señora cediéndome cortésmente el paso.
—¿Se ha metido con usted? —suena la voz grave del hombre de la corbata.
En otro momento hubiera agradecido una presentación algo más formal, pero aquí, al abrigo de esta cornisa, sé que la pregunta es para mí.
—¿Se refiere al vigilante de seguridad? —pregunto como si la cosa no fuera conmigo.
—Sí, he podido presenciar la escena.
—Bueno, casi todos los días ocurren cosas parecidas —trato de quitarle importancia.
—Entiendo. No haga caso. Ese tipo es un infeliz, lo conocemos de sobra. Suele llamar a la policía para denunciar los coches que están mal aparcados, aunque no sea de su incumbencia.
—Lo cierto es que se ha comportado con muy poca sensibilidad.
—¿Has pasado la noche ahí? —pregunta el hombre señalando con la mirada el jardín plagado de carpas.
—Sí.
—¿Conoces la residencia El Redentor?
—Sí, suelo ir de vez en cuando.
—¿No te gusta?
—Sí, sí que me gusta, me tratan fenomenal, pero depende mucho de mi estado de ánimo y de las condiciones climatológicas —respondo del tirón.
La mujer y la muchacha nos miran con ganas de entrar en la conversación. Es la señora la primera en hacerlo.
—Pues dan comidas muy buenas. La hija de una amiga mía me contó que un familiar de su cuñada iba todos los días y salía de allí con bolsas de comida para la cena y todo. Pues eso está muy bien para los que están pasando necesidades... —Al decir esto me mira inquisitivamente, como apiadándose de todos mis pecados—. Vamos, que es mejor que estar por ahí pasando penurias, digo yo.
—Así es. —Del cajón de mi maltrecha memoria ha salido una foto en blanco y negro de mi madre para recordármela. Un nudo en la garganta me borra la sonrisa de la boca—. También suelo ir a ver a las monjitas de Santa Cruz. Siempre tienen algo para mí —me justifico con pocas ganas.
—Es que está la cosa muy mal. No hay trabajo por ningún lado. La juventud no tiene donde meterse. ¡Ay, Señor...! —exclama la señora.
Los coches avanzan a una velocidad relativamente moderada, excepto uno que, al pasar frente a nosotros, pisa con su rueda delantera el charco que se acababa de formar lanzando gran cantidad de agua hacia la tienda. En su trayectoria, el líquido encuentra la pernera de mi pantalón. Noto de inmediato cómo se enfría el interior de mis muslos. El hombre tras de mí me mira asombrado.
—Menudo día estás teniendo... —Lo dice completamente en serio—. Llevo meses reclamando que cubran el hueco este. Lo cierto es que, si no es por ti, me habría mojado yo.
—No se preocupe. Yo puedo ir con el pantalón calado, que nadie reparará en ello. En la residencia hay una lavandería gratuita —me sincero, para nada con la intención de quedar bien.
Seco lo que puedo la entrepierna del gastado vaquero con la manga agujereada del jersey de lana.
El hombre de la corbata roja se adentra en el establecimiento como si estuviera en su casa. Enseguida me doy cuenta de que se trata del dueño o un empleado que trabaja con la soltura de quien lleva muchos años haciéndolo. La lluvia comienza a aminorar su ritmo persistente sobre el capó de los coches. La luz se vuelve más intensa. Todo es reflejo de brillos y contrastes, limpieza y purificación. Aspiro el olor, el olor de los tallos verdes, de los adoquines mojados, me gusta el olor después de la lluvia.
El hombre de la tienda aparece desenfundando una prenda del plástico transparente que la cubre. Es una gabardina de color azul cobalto con grandes solapas y hombros acolchados.
—Pruébesela. Vamos, pruébesela. —El comerciante tiene que insistir.
—Se lo agradezco, pero... —Me pilla descolocado.
Me la pongo. Es mi talla.
A decir verdad, nada más verla no me ha llamado la atención, pero cuando la he tenido en mis manos y he sentido su tacto, he querido hacerla mía. Ha habido una extraña comunión entre la gabardina y yo. Durante un par de segundos, he notado una sensación que ya había olvidado.
—Nada de peros, es suya. Le está como un guante. No se hable más.
El hombre, disimuladamente, mete un billete en uno de los bolsillos de la gabardina.
—Este es el complemento ideal para que tengas un día más llevadero —susurra a mi oído a la vez que sonríe.
—Me ha dejado usted sin palabras... Después de lo de esta mañana... No sé cómo agradecérselo. —Un hilo de sincera emoción envuelve cada frase que digo.
—Nada, hombre, no se preocupe. Esto para mí es muy poco y a usted le hará un mundo.
La señora no tarda en sumarse a la ofrenda de buenas voluntades.
—Véngase usted conmigo a la confitería que le compre un pastel de carne, que los hacen para chuparse los dedos —interviene imponiendo su voz a los que estábamos allí.
La lluvia ha remitido. Solo se aprecia el sonido del gorgoteo de las cañerías y el chapoteo de las ruedas de los automóviles. La señora insiste de tal manera que no tengo más remedio que acompañarla a la confitería, no sin antes despedirme como es debido del generoso comerciante con un sentido «Dios le bendiga».
—Sabe, yo prefiero comprarle a usted comida porque hay mucha gente que el dinero se lo gasta en drogas y en bebida. No digo que ese sea su caso, pero ya me entiende. Yo, un plato de comida siempre estoy dispuesta a darle al necesitado...
Se me hace ameno el camino. La señora tiene dos hijos que, por lo que me ha contado, no le hacen demasiado caso, dos nueras sin virtudes y un gato siamés que la mantiene ocupada. Yo la escucho atentamente, dichoso y altivo bajo mi flamante gabardina azul.
CAPÍTULO 2
Hacía mucho tiempo que no comía un pastel tan delicioso como este. Sentado frente a un estanque poblado de patos que chapotean de una orilla a otra, mirando cómo un anciano les da de comer despreocupado, lo engullo sin contemplaciones. Cuando termino cruzo las piernas, me recuesto en el respaldo y enfundo las manos en los bolsillos de mi nueva gabardina. Llevo puestos unos zapatos de color negro, sin brillo, casi sin suela, y unos pantalones vaqueros de color azul oscuro que apenas disimulan la suciedad. Bajo la gabardina, una camisa granate y un pañuelo gris anudado al cuello. Me quito la goma que llevo en la muñeca y, tras atusarme el pelo, me hago una pequeña coleta. Luzco barba de varios días, pero hoy no tengo ojeras; eso sí, aunque suelo sonreír poco, cuando abro la boca se puede apreciar que comienzan a amarillear mis dientes. Qué puedo esperar si llevo meses recogiendo las colillas que encuentro en los ceniceros de los edificios de oficinas y centros comerciales. Hace meses que fumo esos residuos alquitranados como si me fuera la vida en ello y hace tiempo que perdí mi cepillo de dientes. Saco una colilla de la riñonera y la enciendo sin remordimientos.
Tras reposar un rato la grasienta masa del pastel —mi estómago debe de creer que ha sido trasplantado al de otra persona—, me levanto sacudiéndome las migajas, recojo mi bolsa y salgo del parque dispuesto a adentrarme en la ciudad. Solo pretendo ver pasar el tiempo. Hoy tengo una sensación rara de desesperanza. Primero me han pateado el orgullo, después me he sentido tremendamente valorado por unos desconocidos. Ahora, la soledad vuelve con su abrumadora carga de desaliento golpeándome en la nuca. En momentos así, solo el vino o la cerveza me provocan el aturdimiento necesario que me impide pensar con claridad. Sin embargo, me ha sentado bien el almuerzo y no quiero estropearlo con una borrachera inoportuna. Confío en que seré capaz de soportar las ideas pesimistas que me asolan por dentro, siempre y cuando no se reproduzcan los recuerdos con las borrosas e idílicas imágenes de una vida anterior. Hace mucho tiempo que no merece la pena tal desgaste, pero sigue siendo algo incontrolado, una proporción fatal; tres días de olvido y uno de sibilina tortura. Hoy no... hoy no voy a permitir que la memoria guillotine mi suerte.
Los escaparates de las lujosas tiendas del centro de la ciudad muestran sus caprichosas mercancías obscenamente convencidas de que, tarde o temprano, conquistarán a alguien que las libere de semejante confinamiento. Maniquíes vestidos con un mimo impecable que lucen camisas de franela, chalecos de cachemira y bufandas a juego me miran desafiantes con sus inexpresivos ojos de plástico. Para no tener vida aparente, van mejor vestidos que yo y duermen más caliente. Mi propio reflejo en el cristal me hace ahuyentar el desasosiego que me produce compararme con el maniquí. Qué bien me sienta esta gabardina azul.
Un anciano pasea su perro, que se para a olisquear en cada farola que encuentra en su camino, reconociendo una vez más su barrio de siempre, pero entusiasmado como si fuera la primera vez. Lo que daría yo por tener una memoria tan corta.
La gente camina a mi alrededor con ligereza, con la prisa metida en el cuerpo por llegar a tiempo a algún lugar, a algún encuentro. Yo ando despacio, deslizando un paso tras otro, sin saber muy bien adónde me dirijo. Noto cómo la humedad se cuela por la suela de mi zapato hambriento. Aunque aparentemente ha dejado de llover, una fina cortina de minúsculas gotas me salpica la cara ayudada por el viento. Cruzo el paso de cebra como uno más de la muchedumbre; mientras lo hago, decido hacia qué lado me dirigiré cuando llegue al otro extremo. Sigo hacia el norte, el sur ya lo tengo suficientemente explorado.
La cafetería Straw Berry está situada en una de las zonas más concurridas de la ciudad, a un par de manzanas de la estación de autobuses y muy cerca de uno de los museos más visitados de la comarca. Una amplia cristalera encubriendo una hilera de cortinas a media altura y un neón de una conocida marca de cerveza llaman poderosamente mi atención. Me apetece tomar algo caliente. Mis huesos y yo llevamos muy mal eso de mojarnos, y con diez euros en el bolsillo qué otra cosa puedo hacer. Empujo la ostentosa puerta de cristal. El local es alargado. A mi derecha, sillones negros de piel rodean las mesas de vidrio tintado. En la barra, dos hombres charlan animadamente con unas cervezas, y a su lado, una pareja se hace arrumacos, sentados en sendos taburetes con las rodillas entrelazadas. En otra esquina otro hombre echa monedas a una máquina tragaperras. El camarero, un hombre de unos cuarenta años, se acerca educadamente colocando un posavasos frente a mí.
—Dígame, caballero.
—Un café con leche.
Me lo sirve rápido y rápido le doy el primer sorbo. Está delicioso. Noto cómo el calor reconforta mi garganta cansada de tanto paseo a la intemperie. Me gusta abrazar la taza con las manos, hacer mío el líquido antes de beberlo; estoy así un buen rato. El camarero entra y sale por la puerta abatible atendiendo a algunas personas más que van llegando. Los hombres de las cervezas pagan su ronda y se marchan. Yo también pido mi cuenta, tengo ganas de fumar. Un chaval vestido con camisa blanca sale de la cocina y se acerca con media sonrisa dibujada en su cara hacia donde yo estoy.
—Disculpe, ¿puedo hacerle una pregunta? —El muchacho se dirige a mí.
—Sí, claro —respondo ansioso por saber de qué se trata.
—¿Es usted Roberto Gallián?
—¿Cómo dice?
—Es usted Roberto Gallián, el famoso escritor. ¿No es así?
Me entra una risa floja, eso confunde aún más a mi interlocutor.
—Creo que se ha equivocado de persona —contesto sin quitarme la estúpida sonrisa de la cara.
—Vamos, hombre, he apostado cinco euros a que sí lo es.
Comienzo a sentir algo de lástima por el extrovertido jovencito. De mi respuesta depende que se embolse algún dinero o, por el contrario, quede como un idiota delante de su compañero.
—¿Por qué lo dices? —pregunto haciéndome el interesado.
—Le conozco, he leído alguno de sus libros. Además, precisamente mire lo que tengo aquí. —A la vez que pronuncia esto coloca una revista sobre la barra y, tras pasar algunas páginas, aparece un reportaje con fotos de alguna entrega de premios o algo similar.
El joven gira la publicación para que pueda verla mejor. En una de las fotos se puede apreciar el perfil de un hombre que recoge algo de manos de un señor bien trajeado. Mi sorpresa es mayúscula, acabo de reconocerme en la imagen. El parecido es asombroso; lleva el pelo recogido de la misma forma que yo, las arrugas de la boca dibujan una mueca que no llega a ser una sonrisa, como mi propio semblante, las cejas arqueadas descienden sobre los párpados formando un ángulo prominente; todo concuerda con la imagen que yo mismo tengo de mí. Para mayor sorpresa, va vestido con una gabardina del mismo color que la que llevo puesta. Terrible casualidad.
—¿Ve como le tengo controlado? —me informa el chico con aire triunfal.
—No se lo digas a nadie —susurro perplejo mientras le devuelvo su revista—. ¿Me traes la cuenta?
—A este servicio le invito yo, acabo de ganar cinco euros gracias a usted.
—No tienes por qué hacerlo...
—Para mí es un honor, en serio se lo digo —intenta ponerse solemne sin conseguirlo.
—No, por favor —insisto.
Saco el billete de diez euros y lo pongo sobre la barra. El chico lo desliza hacia mí.
—No le voy a cobrar —dice sin perder la compostura.
—Está bien. —Cojo el billete y vuelvo a guardarlo.
—¿Acaso vive usted por aquí? —pregunta demostrando un excesivo interés hacia mi persona.
—No, solo estoy de paso.
—Me llamo Rodrigo, pero todos me llaman Rodri. Encantado de conocerle, señor Gallián.
—El placer es mío. Disculpa, tengo un poco de prisa —me excuso atragantado por haberle mentido tan deliberadamente—. Gracias por todo.
A pesar de sentir náuseas repentinas y encoger mi honestidad hasta dejarla del tamaño de la punta de un alfiler, salgo del bar con la extraña sensación de ser alguien, de estar de nuevo admitido en este mundo del que me sentía totalmente excluido.
Me adentro de nuevo en la bulliciosa ciudad, pero esta vez tengo un lugar donde dirigirme.
La ancha acera de geométricas losetas romboidales me lleva directamente a la puerta de unos famosos grandes almacenes.
Pronto, muy pronto, me familiarizo con el olor a flores secas y el calor efervescente de las grandes turbinas de aire acondicionado. Voy derecho a la sección de libros. En una columna forrada de espejo puedo verme reflejado. Físicamente, la vida no me ha tratado tan mal, de hecho, aún mantengo el porte erguido de mis años mozos, el mentón prominente y la frente ancha que me da ese aire tan intelectual. Una señorita vestida con un traje oscuro, con su nombre colgando de la solapa, me aborda enseguida con un musical «¿Le puedo ayudar en algo?». Mónica se llama.
—Gracias, solo estaba mirando. —La chica me obsequia con una bonita sonrisa—. Bueno, ahora que lo dice, ¿tienen algo de Roberto Gallián?
—Sígame.
Me lleva junto a una balda repleta de libros.
Comienza a pasar el índice sobre los lomos que asoman hasta que se detiene en uno de los más gruesos.
—Este es el último. Ensayo contra la inmadurez. ¿Quería algún título en especial? —La joven deposita el libro sobre mis manos.
—Gracias, no se preocupe, solo quería echar un vistazo. —Intento devolverle la sonrisa.
—Muy bien, si necesita algo…
—Gracias —repito disimulando mientras busco el reverso para leer la sinopsis y el precio: veinticuatro euros del ala.
La chica se pierde sinuosamente entre las estanterías.
Ensayo contra la inmadurez. En la parte interior de la contraportada hay una foto del autor. La imagen es en blanco y negro. El hombre está sentado en un banco. La instantánea está tomada desde una posición ligeramente elevada, por lo que sus ojos apenas si se dejan ver acunados por las cejas. La expresión de su rostro, el giro sutil de la cabeza, todo lo que veo me recuerda la imagen que he visto hace un momento en el espejo. A pie de foto, unas letras: Roberto Gallián. Nació en Montpellier, Francia. De muy joven se trasladó con su familia a España donde cursó estudios de Filología y Derecho. Tras graduarse por la Universidad de Salamanca, ejerció durante años como abogado especializado en temas de derecho civil y penal. En 1989 se inició en el mundo literario con Tiempo de soñar. Con su segunda novela, La corredera, alcanzó la popularidad. Entre sus títulos cabe destacar Causa perdida, El intermediario, La obsesión de Ivonne y El secreto póstumo (todos ellos publicados por ediciones KM).
No ha perdido el tiempo.
Pasa la tarde como un cohete que asciende mientras me empapo de gruesos párrafos de metafísica conceptual y otros aforismos. Mónica, la simpática dependienta, deja su puesto a otra apuesta señorita que no ha reparado en mí hasta que ya he leído gran cantidad de páginas sueltas de los libros de Gallián. A decir verdad, la lectura no consigue engancharme en ningún momento. «Será la falta de práctica». El autor se pierde en innumerables tribulaciones en las que divaga a su antojo; eso sin contar con las interminables descripciones del paisaje ampurdanés. No le cojo el hilo; claro que para eso debería leer el libro desde el principio y no dispongo del tiempo suficiente; además, la dependienta se ha hecho eco de mi presencia y cada poco tiempo me lanza alguna mirada risueña. Casi sin darme cuenta, se reactiva en mí la obsesión por engullir una palabra tras otra, incurrir en las historias de otros, compartir sus vivencias, sus vidas. De no ser por mi renovado optimismo hubiera muerto hace tiempo. Leo, leo toda la tarde.
Salgo reconfortado y con la agradable sensación de estar alimentando de nuevo mi mente, esa que llevaba meses sin probar bocado y ahora discierne plenamente y a toda velocidad. Con mil fantasías rondándome la cabeza encuentro una tienda que no cierra nunca y compro una cuchilla de afeitar. Una cuchilla suelta; algunos comercios te venden cualquier cosa. Podría haber salido de allí con espuma de afeitar en la mano por unos pocos céntimos, pero me ha parecido demasiado engorroso.
Con el jersey y la cazadora en la bolsa, la gabardina nueva arropándome, una cuchilla de afeitar en el bolsillo, un bloc, un lápiz gastado y nueve euros y medio, me dirijo a la residencia El Redentor. Allí me afeito, me ducho y, acomodándome en el camastro asignado, me duermo profundamente.
Despierto sobresaltado. No sé por qué tengo las pulsaciones aceleradas. Acaba de amanecer, debería haber dormido un poco más. Dejo algunas de mis cosas en la taquilla de Pascualín, un viejo compañero de largas tardes de verano en la residencia. Salgo bien temprano con ropa limpia que me han donado en la lavandería. El aseo personal es algo que me hace sentir bien. Odio oler a tierra y sudor, a tubo de escape y a orines de perro, que es como huele la calle. Ahora aspiro el aroma del gel de la residencia que dulcifica momentáneamente mi situación.
Hoy es día de mercado. Los pies me llevan raudos por la ancha avenida, ansiosos por llegar a los coloridos tenderetes y estrenar calzado. Es lo único que no me gusta heredar de un desconocido aparte de la ropa interior, los zapatos.
Las señoras con sus carritos de compra revolotean por los puestos en busca de la mejor oferta. Algunos tenderos ofrecen sus gangas a grito pelado, otros esperan sentados vociferando repetitivos piropos a las damas que pasan por delante. Varias tablas sostenidas por caballetes soportan infinidad de zapatos donde reina un ligero desorden. Diez euros puede leerse en uno de los carteles sobre la improvisada mesa. De un rápido vistazo mis ojos se posan sobre el cuero brillante de unas botas de media caña. Son perfectas. Tienen en un lado una cremallera que cierra los tobillos bajo una piel acolchada. Ideales para los charcos del inestable otoño.
El vendedor, que está enfrascado con dos señoritas que no acaban de decidirse, me lanza una rápida mirada y enseguida se acerca esquivando las cajas apiladas que tiene por el suelo. Nunca me habían atendido tan rápido.
—¿Qué desea, señor?
—¿Qué cuestan estas botas?
—Diez euros, todo a diez euros, zapatos de piel con forro de cuero. Estamos regalándolos. —Sin previo aviso, sube el volumen de su voz dirigiéndose a los mirones que curiosean por los puestos—. Mire usted qué zapatos, no se puede vender más barato. ¿Qué talla gasta? —pregunta refiriéndose otra vez a mí.
—La cuarenta y dos —respondo abrumado por la velocidad con la que el hombre enlaza una frase con otra.
El tendedero comienza a rebuscar bajo las mesas y vuelve con una caja abierta mostrando una de las flamantes botas. Me gusta el brillo de la puntera lustrosamente pulida.
—¿Me la dejaría en cinco euros?
—¡Qué dice! —Automáticamente me quita la bota de entre los dedos y comienza a darle vueltas delante de mis narices—. ¿No ve que esto es calidad? Si la estoy vendiendo por debajo de su precio, no me gano un céntimo...
Me mira juntando las cejas formando una arruga amenazadora, con la rabia contenida.
—Le puedo dar ocho euros —le ofrezco finalmente sacando las pocas monedas que llevo en la riñonera oculta bajo la gabardina.
El hombre me repasa de arriba abajo sorprendido al verme trajinar con la bolsa que me cuelga de la cintura. Detiene su mirada en mis viejos zapatos, con más polvo que de costumbre. Algo le hace cambiar la dura expresión de su cara.
Al fin vuelvo a la residencia con paso firme y el tobillo caliente. Me llevó tiempo doblegar el afán recaudatorio del comerciante. Cualquier cosa por conservar un par de euros.
Hoy toca comida decente, con cubiertos de plástico y servilletas de papel. Cómodamente sentado, comparto mesa y mantel con un par de compañeros que no dan demasiada conversación. Dos platos principales, agua, gaseosa y postre. Tengo derecho a seis comidas completas a la semana. Algunos domingos o festivos entregan bolsas con avituallamiento, lo suficiente para saciar el hambre. Yo no me quejo, hay mucha gente ocupando su tiempo para que, a los que deambulamos por aquí, no nos falte un plato de comida, y eso es de agradecer.
El estofado caliente me lleva derecho y por imposición a uno de los grandes butacones que hay repartidos por la sala principal. Una televisión colgada de la pared muestra el mapa de la Península con grandes nubes diseminadas por todo el territorio. Seguirá lloviendo a pequeños intervalos durante tres o cuatro días más. Los residentes se distraen sobre un tablero de ajedrez o están sentados mirando a ninguna parte. A mi izquierda está Cosme, apoltronado en una butaca, leyendo un libro amarillento que debe de ser de vaqueros. El calor que emana de los antiguos radiadores que hay en las paredes de la estancia y el ronroneo de las conversaciones a mi alrededor acarician mis sentidos hasta que cierro los ojos y me dejo llevar por una placidez reconfortante.
CAPÍTULO 3
Cuando salgo de la residencia son las siete de la tarde más o menos. El aire fresco se cuela entre las costuras intentando robarme el calor que aún conservo de la siesta. Subo el cuello de la gabardina asegurándome de que el viento no entre más allá de mi helada y sonrosada nariz. Una tarde más, comienzo a andar rumbo al centro de la ciudad.
Freddy me ha visto cruzar el parque. Como un loco desatado viene hacia mí, como si hiciera años que no nos viéramos. A escasos metros se para en seco mostrando claras dudas sobre si se trata de mi persona o de alguien muy similar. El olor a champú, las botas brillantes, el afeitado reciente y mi estupenda gabardina son detalles que parecen desconcertarle. Tiene que olisquearme varias veces para acabar mirándome con los ojos desorbitados; acto seguido, comienza a agitar el rabo frenéticamente y a dar saltitos a mi alrededor.
—Hola, amiguito, ¿qué haces tú por aquí? —Poso mi mano sobre su áspero lomo y le hago un par de caricias.
Sigo caminando mientras el can me persigue.
—Vete, hoy no puedo llevarte de paseo junto al río. —Freddy, como si me entendiera, deja de mover el rabo y comienza a olfatear la farola más cercana.
Antes de proporcionarme unos cuantos tragos de cerveza junto a mis amiguetes del malecón, decido ir a tomar ese café que tan bien me calentó el alma. En realidad, es solo una excusa, lo que quiero es salir de dudas.
Los maniquíes de los escaparates de la ancha avenida me miran ahora como si me conocieran de toda la vida; quizá intentan seducirme para que adquiera una de sus cálidas bufandas. Yo me limito a pasar por delante a sabiendas de que no la necesito. Para estar caliente solo me basta con alzar el cuello de mi flamante gabardina y meter las manos en sus amplios y cálidos bolsillos.
La cafetería está donde la dejé, en la esquina de la plaza lindando con la gran avenida atestada de coches que avanzan muy despacio. Cruzo la calle y empujo la puerta traslúcida. Varios clientes toman su consumición en la barra y dos de las mesas están ocupadas. En una de ellas la misma pareja de ayer lee una revista. En la otra situada más adentro, una mujer relativamente joven deja que parte de su pelo oscuro cubra su rostro mientras anota algo en una pequeña libreta. El camarero de mayor edad me reconoce nada más verme. Puedo imaginar cómo se interesó por mí después de perder cinco euros.
—Buenas tardes, señor Gallián, un placer tenerle de nuevo por aquí. ¿Qué desea?
—Buenas tardes, un cortado si es tan amable.
El hombre reacciona a mi petición y vuelve enseguida con el humeante café. Mientras tanto, yo busco la forma de completar mi rostro en los trozos de espejo que hay colocados en la columna que tengo a mi lado.
—Quisiera pedirle un favor si no es molestia... —se dirige a mí mientras coloca cuidadosamente el platillo con la taza sobre la barra—. ¿Le importaría hacerse una foto conmigo? Me gusta tener un recuerdo de las personas famosas que pasan por aquí.
No sé qué decirle. Esta pantomima tan absurda que se ha creado en torno a mi persona me puede inducir a la locura. Está comprobado, cuando una mentira comienza a repetirse muchas veces, puede llegar a convertirse en una realidad ficticia muy cercana a la verdad. Incluso para uno mismo. Decido espontáneamente que ha llegado el momento de aclarar tal confusión. Cuando me dispongo a deshacer el malentendido aparece tras la puerta de la cocina el muchacho joven tendiéndome una mano.
—Buenas tardes, señor Gallián.
—Hola, Rodrigo —le devuelvo el saludo sorprendido por una amabilidad a la que no estoy acostumbrado.
—Yo también quisiera tener una foto con usted —exclama arqueando las cejas.
El encargado le taladra con la mirada.
—A ver, creo que estáis confundidos. No soy tan famoso ni nada por el estilo, creedme —replico intentando quitarme este peso de encima de una vez por todas.
—Si es solo una foto... —suplica Rodrigo poniendo ojitos de cordero. Sin duda no ha entendido nada de lo que acabo de decirle.
Una foto, una maldita foto que prueba la evidencia de mi desfachatez. Rodrigo sonríe y hace palmas en señal de victoria. Yo muevo la cabeza en señal de negación.
En un momento dado están los dos fuera de la barra rodeándome mientras uno retrata al otro. Media sonrisa en mi cara, que más bien es una mueca de desagrado, delata las pocas ganas que tengo de permanecer inmortalizado, quizá colgado de alguna de estas paredes.
—Mándame una copia —exclama Rodrigo visiblemente entusiasmado a su compañero.
—Está bien, gracias. —Sigo sin saber muy bien qué decir.
Veo en el espejo tintado que tengo enfrente cómo la mujer del pelo castaño ha dejado de escribir en su libreta, se levanta del sillón y se acerca a la barra, justo en el lado donde estoy yo.
El corazón comienza a latirme con más fuerza. Es absurdo.
—¿Qué te debo? —le pregunta al camarero mientras rebusca en un pequeño bolso que lleva colgado del hombro.
Saca un monedero forrado en hilo de diversos colores y se dispone a pagar. Gira su cabeza hacia mí y me regala una sonrisa con cierta dosis de atrevimiento. Creo que no me he inmutado lo más mínimo, pero cuando vuelvo la vista a mi taza de café, soy incapaz de pensar en otra cosa que no sea la mujer que tengo aquí a mi lado.
—Uno con veinte —responde el barman.
Inevitablemente vuelvo a mirarla. Ella levanta de nuevo sus párpados hacia mí. Ahora el que esboza una sonrisa partida soy yo.
—Hoy debe de ser mi día de suerte —susurro lo suficientemente fuerte para que me oiga.
Ahora su sonrisa se vuelve más espléndida si cabe.
—¿Por casualidad es usted Roberto Gallián? —pregunta refrendando mi frase anterior.
El pelo castaño le cae lacio sobre los hombros cubriendo en parte dos delicadas orejas adornadas por un par de perlas nacaradas. Me mira con unos ojos color miel que dejan entrever su determinación. La luz de la lámpara se refleja en su iris como si de un túnel a ninguna parte se tratara. Casi puedo asomarme para mirar dentro y solo he dicho unas pocas palabras. Tiene unos labios finos pero bien enmarcados. Dos pequeñas líneas que se forman justo en la comisura le proporcionan una expresión de felicidad perturbadora.
—Eso dicen —contesto a sabiendas de que no le estoy mintiendo.
El camarero sigue frente a nosotros contemplando la escena.
La mujer respira hondo. Yo casi me quedo sin aliento cuando pronuncia su nombre y furtivamente nos damos un par de besos en la mejilla. Cuánto tiempo hacía que no besaba..., que no sentía esas interferencias eléctricas que por un momento desconectan mis neuronas dejándome completamente alelado. Tanto tiempo que ya ni me acordaba.
El camarero ha ido a atender a otro cliente que acaba de entrar.
Margarita es su nombre.
—¿Le importaría firmarme un autógrafo?
Lo que me faltaba hoy.
—En fin, no me importaría si en realidad fuera...
—Es para mi sobrina, que ha leído alguno de sus libros. Yo he de confesarle que no he tenido la oportunidad —me interrumpe sin darme tiempo a terminar la frase.
—Bueno, siendo así... —respondo automáticamente. Me dejo llevar, sin justificación alguna, por la enorme mentira que se va forjando a mi alrededor.
La mujer mete la mano en el bolso y saca una pequeña libreta mostrándome la última página. Página en blanco esperando ser manchada por mi tembloroso garabato.
—¿Cómo se llama su sobrina? —pregunto con una ligera desgana.
—Andrea.
Con afecto para Andrea. R. G. Un par de iniciales tan retorcidas como mi dudosa honestidad.
—Gracias, seguro que le hará mucha ilusión —dice guardando el bloc.
Su perfume impregna mi mente de sensaciones nuevas que no reconozco. La miro y percibo cierto nerviosismo, no inferior al que recorre mi cuerpo. Intuyo que tiene prisa, la prisa de quien tiene alguien que le espera.
—¿Qué le trae por aquí? —pregunta cordialmente.
—Un asunto familiar. —Se produce un silencio incómodo—. Nada relevante, hacía mucho tiempo que no venía por aquí y decidí hacerlo por pura nostalgia. Puede incluso que me quede una temporada, ya veremos.
—¿Tiene familia en esta ciudad?
—La tuve en su día —respondo sin calibrar muy bien lo que digo.
—Bueno, espero que todo le vaya bien.
Una despedida intrascendental como no podía ser de otra forma y me quedo frío, frío como la noche y solo, solo como siempre.
La cafetería se ha quedado insulsa, apagada y aburrida. No aguanto ni un minuto sobre el taburete.
Todo el buen estado de ánimo que tenía hace un momento ha ido decayendo conforme avanzo por el bulevar. Roberto Gallián va dejando sus trozos esturreados por la acera desde el mismo instante que he abandonado la cafetería, hasta dejarme completamente en pelotas frente al maldito espejo.
La cena de la residencia me sabe de distinta manera. La comida no me agrada el paladar como otras veces. Lo mejor: el vaso de vino que me calienta el alma. Me siento profundamente deprimido. La realidad comienza a golpearme con sus latigazos de pobreza inmunda. Pobreza inmunda y real que me conduce con una fuerza invisible arrastrando los pies hacia el parque. Esta noche no dormiré caliente, no tengo derecho a despertar bajo un techo protector. Me debo una penitencia y mi cuerpo no merece muchas más atenciones. Tras sobornar con piropos a la secretaria de la asociación, adquiero media botella de vino con los vales del economato y me voy derecho a buscar un lugar donde dar rienda suelta a mis extremidades. La noche y sus estrellas harán el resto. Llevo en la riñonera mi vieja libreta y lo que queda de un lápiz. Así me encuentra la media luna que asoma fugazmente entre las nubes, beodo, en horas bajas, sin fuerzas para mantener mi autoestima erguida, profundamente aturdido por una melancolía inusual. Hace tanto tiempo que no lloro que tengo grietas en los párpados y el lagrimal seco como el páramo.
Lagrimal seco de flujo escaso,
garganta roma que no acepta un trago,
piernas cansadas, esqueleto vago,
raído, quebrado, no me hace caso.
Los hombros, ¡ay, los hombros!..., caídos
buscando el suelo por donde piso.
Colgando unos brazos que
no he pedido.
¿Para qué los quiero?
Si no dan abrazos
o los dan sin sentido...
Бесплатный фрагмент закончился.
