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DIECISIETE INSTANTES

DE UNA PRIMAVERA


YULIÁN SEMIÓNOV

DIECISIETE INSTANTES DE UNA PRIMAVERA

PRÓLOGO DE OLGA SEMIONOVA Y SERGEI STAFEEV

TRADUCCIÓN DE ZOIA BARASH


SENSIBLES A LAS LETRAS, 16

Título original: Семнадцать мгновений весны, Semnadtsat mgnovenii vesni

Primera edición en Hoja de Lata: septiembre de 2015

Tercera edición: septiembre de 2018

© Julian Semenov, 1969

All rights reserved

© del prólogo: Olga Semionova y Sergei Stafeev

© de la traducción: Zoia Barash, 1977

© de la fotografía de la solapa: Julian Semenov Foundation, c. 1980

© de la imagen de la cubierta: Karl Wolff, SS-Gruppenführer

Bundesarchiv, Bild 146-1969-171-29 / Photo: Friedrich Franz Bauer, c. 1937

© de la presente edición: Hoja de Lata Editorial, S. L., 2015

Hoja de Lata Editorial S. L.

Avda. Galicia, 21, 4.º E, 33212, Xixón, Asturies [España]

info@hojadelata.net / www.hojadelata.net

Edición: Hoja de Lata Editorial S. L.

Diseño de la colección: Trabayadores culturales Glayíu

Corrección de pruebas: Tania Galán Álvarez

ISBN: 978-84-18918-31-5

Producción del ePub: booqlab

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La traducción de este libro se rige por el contrato tipo propuesto por ACE Traductores.

ÍNDICE

Prólogo a la edición española

Ternura

1. ¿Quién es quién?

2. «¿Por quién me toman?». La misión

3. Al borde del fracaso

4. Disposición de fuerzas

5. El abuelo judío

6. La diplomacia y la perfidia

7. «Ese maldito burdel»

8. Por unas ideas absurdas

9. La medida de confianza

10. Lástima por los alemanes

11. Un cabo que robó las botas a un general

12. ¿Está todo listo en Berna?

13. Un servidor de Dios

14. Entre amigos

15. ¡Busquen a la mujer!

16. Lo absurdo de la lógica

17. Las buenas intenciones

PRÓLOGO

En agosto de 1973 tuvo lugar un evento muy significativo en la vida del mayor país del planeta, la Unión Soviética. Durante doce noches seguidas apenas hubo delitos en las calles del país, el consumo de electricidad se elevó significativamente y se redujo el de agua. El pueblo soviético —médicos y conductores de autobuses, profesores y funcionarios del partido— se sentó puntualmente delante de sus pequeños televisores en blanco y negro.

Se estrenaba una peculiar serie televisiva de guerra. En la Unión Soviética hablar de «guerra» equivalía a hablar de la segunda guerra mundial, también llamada la Gran Guerra Patriótica. En este film no había ni tanques ni batallas navales. En su lugar aparecían personajes, unos agradables, otros, no tanto, vestidos en su mayoría con el uniforme negro de las SS. También había un agente secreto. El más sabio y justo de todos. Y al mismo tiempo, un tipo de lo más normal, cercano a los corazones de los soviéticos.

La serie se titulaba Diecisiete instantes de una primavera y el agente se llamaba Stirlitz. Han pasado más de cuarenta años, pero Stirlitz es todavía amado y apreciado en la Rusia moderna. Se publican nuevos libros sobre este personaje, se filman nuevos documentales sobre él. Es el protagonista de innumerables chistes, caricaturas y otras formas de cultura popular. Se cuenta también la leyenda de que Vladímir Putin, un adolescente de Leningrado, justo después de ver esta serie de televisión juró dedicar su vida al servicio de inteligencia y servir a la patria «al igual que lo hizo Stirlitz».

El padre del James Bond soviético (a menudo comparan a Stirlitz con el británico, ignorando las diferencias esenciales en los métodos de ambos) es el famoso escritor ruso Semiónov. Yulián Semionóvich Semiónov, cuyo verdadero apellido era Lyandres, un hombre con un destino extraordinario que puso gran cantidad de pensamientos y observaciones de su rica experiencia vital en boca de su héroe.

La propia vida del escritor estaba estrechamente ligada con la historia trágica de Rusia en el siglo XX. Conoció la atmósfera de la «gran política» como niño nacido en los años treinta, al que el propio Stalin permitió en una ocasión sentarse en su regazo.

Yulián Semiónov nació en Moscú en 1931. Su padre era el editor del principal periódico del país, Izvestia, órgano oficial del Soviet Supremo. Su madre era profesora de historia en una escuela.

Después de su graduación, Yulián entró en el Instituto de Estudios Orientales y aprendió lenguas como el pastún y el darí, idiomas de los pueblos de Afganistán e Irán.

Por aquel entonces (año 1952) su padre fue represaliado sin fundamento por «ayudar al saboteador trotskista Bujarin», quien había sido director de Izvestia en los años treinta, por cierto.

Fue una verdadera tragedia para un Yulián de veinte años. De hecho, tomó Semión como nom de plume en honor a su padre, por cuya liberación comenzó a luchar de inmediato. Escribió cartas y apelaciones, se reunió con todo tipo de personas, llamó a todas las puertas. Pero cuando sintió que toda esperanza se había evaporado, no dijo una palabra a su padre. Durante dos años estuvo descargando trenes por la noche con el fin de obtener dinero para enviarle paquetes a la cárcel, escena autobiográfica que aparecerá en su primer libro publicado, Agente diplomático.

El padre del escritor, Semión Alexandróvich, fue liberado en abril de 1954 parcialmente paralizado debido a los daños causados en su columna vertebral. Quienes lo vieron dicen que se había convertido en un anciano a sus cuarenta y siete años. Yulián Semiónov le dedicó su novela más famosa, Diecisiete instantes de una primavera.

A mediados de los años cincuenta, el futuro escritor vio sus cuentos publicados en varias revistas populares de la época: Ogonyok, Literaturnaya gazeta, el diario Smena. Mayormente eran notas sobre sus viajes y la gente interesante que en ellos había conocido: exploradores polares, geólogos, cazadores, trabajadores del bosque boreal…

Desde entonces Yulián Semiónov trabajó como corresponsal en el extranjero para los principales periódicos soviéticos. De hecho, siguió ejerciendo de periodista hasta el final de su vida, incluso cuando ya se había convertido en un escritor mundialmente conocido, un oficio a menudo lleno de peligrosas aventuras. Estuvo cazando tigres en los bosques boreales, visitó estaciones polares, la construcción de la línea de ferrocarril Baikal-Amur y la apertura de una mina de diamantes en Siberia. Siempre se mantuvo en el centro de los acontecimientos más importantes de esos años: Afganistán, la España de Franco, Chile, Cuba, Paraguay, participó en la caza de nazis escondidos en América Latina, conoció a los líderes de la mafia siciliana y acompañó en operaciones de combate a las guerrillas de Vietnam del Sur y de Laos.

A principios de la década de 1960, algunas de sus historias fueron llevadas a la gran pantalla y rápidamente lo convirtieron en uno de los escritores de detectives más populares de la Unión Soviética. Pero la auténtica gloria le llegó a Semiónov gracias a una serie de novelas bajo el título genérico de Crónicas Políticas, con el nexo común de su protagonista, el espía soviético Isaiev-Stirlitz.

Este agente doble apareció por primera vez en las páginas de la novela Contraseña no requerida, publicada en 1966. En los años siguientes, y hasta los últimos días de su vida, Semiónov estuvo perfilando la biografía del personaje que él creó, desde los comienzos de su trabajo en el servicio secreto. Stirlitz aparece en catorce obras escritas durante casi veinticinco años.

El nombre «real» de este héroe es Vsévolod Vladímirov. Nace el 08 de octubre de 1900 en la región de Transbaikalia, donde sus padres viven en el exilio político. Allí se conocieron y se casaron. Su padre, Vladímir Vladímirov, profesor de derecho en la Universidad de San Petersburgo, es un revolucionario profesional que ha discutido con Lenin. Su madre es la ucraniana Olesia Prokopčuka.

Vsévolod Vladímirov comenzó a trabajar como informante en el servicio de prensa del comandante de la Guardia Blanca Kolchak, bajo la falsa identidad del capitán Maxim Isaiev. La identidad del aristócrata alemán Max Otto von Stirlitz es creada cuando lo envían a Alemania en 1933, después de que Hitler llegue al poder.

El famoso director de cine soviético (y amigo íntimo del escritor también) Roman Karmen hizo la siguiente reflexión sobre Isaiev-Stirlitz: «Novela a novela Semiónov hace evolucionar y madurar a Maxim Isaiev como comunista, como soldado, como antifascista. Vemos a Isaiev-Stirlitz durante la guerra civil española, en los días de combate cerca de Huesca y el Jarama. Mijaíl Koltsov y yo conocimos allí a muchos Stirlitz: fueron los que plantaron cara a los nazis en la primera batalla, la primera de todas. El lector seguirá los acontecimientos que tuvieron lugar en los primeros días de la segunda guerra mundial; acompañaremos a Stirlitz durante los inquietantes días de la primavera de 1941, cuando Hitler comenzó la guerra contra Yugoslavia (la novela Alternativa, escrita por Semiónov en Belgrado y Zagreb, aclarará muchos detalles aún desconocidos de la compleja estructura política de ese periodo); nos reuniremos con él en la Cracovia condenada por los nazis a la destrucción, y veremos cómo Stirlitz contribuye a la salvación de esta maravillosa ciudad desde su puesto de ayudante de la comandancia alemana; lo seguiremos en su misión más peligrosa durante esos Diecisiete instantes de una primavera, que tanto significaron para el destino del mundo en los últimos meses de la guerra, cuando yo era un cineasta en el frente que acompañaba a nuestras tropas por las carreteras del Reich derrotado».

En 1969, el escritor terminó esta novela, la más popular de la saga, Diecisiete instantes de una primavera, epónimo de la producción televisiva soviética de doce episodios, dirigida en 1973 por Tatiana Lióznova. El Stirlitz interpretado por Viacheslav Tíjonov, uno de los actores más famosos del cine soviético, se convirtió de inmediato en un héroe popular, el favorito de todos y el protagonista de muchas bromas. Su nombre se ha convertido en sustantivo en lengua rusa, con el significado de alguien que es sutil, capaz de conspirar con destreza y, lo que es más importante, una persona muy afortunada. Ha sido y sigue siendo admirado por los adultos, y los niños juegan a imitarlo. La magnífica actuación de todas las estrellas favoritas del cine soviético (Leonid Bronevoy, Óleg Tabakov, Rostislav Plyatt, Eugen Evstigneev, Lev Durov) combinada con el arrebatador argumento, hizo de esta película una serie de culto y una obra maestra del cine mundial.

Por cierto, la novela a partir de la cual se rodó la serie está construida sobre una base documental. Detrás de cada línea de la biografía y las actividades del coronel Maxim Maximóvich Isaiev hay personas concretas, personajes reales del espionaje soviético que lucharon contra el fascismo. Muchos de sus nombres están desclasificados hoy en día.

En una ocasión preguntaron a Yulián Semiónov en una entrevista: «¿Qué pretende ofrecerle al lector en primer lugar?», a lo que el escritor respondió: «Información. El libro político, escrito a la manera de una obra de aventuras o de detectives, debe ser lo más cercano posible al documento. La lucha del ser humano por la información es fascinante. Cuanto más precisa sea la forma con la que observamos el documento, mejor informaremos a las personas. […] La información es un concepto complejo. Por ejemplo, creo que Gustave Flaubert fue quien mejor informó a la opinión pública europea sobre el destino de la mujer francesa del siglo XIX, dándole el nombre de Emma Bovary. Hay que saber dónde, cuándo, quién. Solo entonces podremos recurrir a los corazones y a las conciencias de los lectores. Solo entonces responderán. Las personas informadas no son ni sordas ni ciegas. Es por eso que la búsqueda de documentos que confirmen mi conciencia cívica es tan importante para mí».

El éxito de la novela estuvo muy influenciado por el hecho de que Yulián Semiónov fue el primer escritor de la Unión Soviética al que se le permitió entrar en los archivos del servicio secreto más famoso del mundo, el KGB. La razón era muy sencilla: al todopoderoso director del KGB Yuri Andropov (quien más adelante llegaría incluso a dirigir brevemente la Unión Soviética) le gustaba la creatividad del joven escritor e invitó a Semiónov para que conociera casos interesantes en los archivos del KGB, susceptibles de convertirse en argumentos de futuras novelas. En uno de los expedientes sobre Extremo Oriente se encontró el escritor con la historia de un oficial de inteligencia, joven y misterioso, enviado por Yerzinsky, el director de la Checa (la primera contrainteligencia soviética), en misión secreta al Pekín ocupado por los japoneses en la década de 1920.

Pero la imagen del Stirlitz creada por Yulián Semiónov combina rasgos de varios espías soviéticos posteriores y famosos, como Kutnesov, Sorge, Abel y otros.

La trama de Diecisiete instantes de una primavera se basa en hechos reales ocurridos durante la segunda guerra mundial, la llamada operación Sunrise. En febrero de 1945, mientras trabajaba para el contraespionaje nazi (con el rango de Standartenführer, lo que corresponde aproximadamente a coronel) Stirlitz recibe del Centro de Inteligencia de Moscú la misión de averiguar cuál de los máximos dirigentes del Reich pretende iniciar por separado negociaciones de paz con Occidente. Yulián Semiónov conoció personalmente a, al menos, uno de los participantes en los hechos reales: un empleado de la residencia en Berna del famoso espía estadounidense Allen Dulles, Paul Blum.

Los contactos secretos de los líderes políticos, militares y empresariales del Tercer Reich con británicos y estadounidenses, buscando un armisticio por separado con los países occidentales, habían tenido lugar, al menos, desde 1942, y eso preocupaba mucho a Moscú. A partir de 1943, cuando Allen Dulles pasó a dirigir la división europea de la Oficina de Servicios Estratégicos de los Estados Unidos en Suiza, esos contactos se hicieron mucho más activos. El lado americano les concedió gran importancia: la forma en la que finalizara la segunda guerra mundial en los frentes occidental y oriental de Europa influiría en gran parte en el equilibrio posterior entre la URSS y sus aliados occidentales una vez acabada la contienda.

Dulles siempre mantuvo que, a fin de debilitar la posición de la URSS como futuro rival, era aceptable y conveniente para los EE UU conseguir una paz por separado con Alemania antes de su completa derrota. También el lado alemán buscaba activamente la paz con Occidente por diferentes vías, a través del ministro de Exteriores Ribbentrop, de Himmler, jefe de las SS, y del jefe de la Oficina Central de Seguridad del Reich, Kaltenbrunner.

En marzo de 1945 se celebraron en Suiza dos reuniones entre Dulles y el general Wolff, uno de los líderes de las SS. Discutieron, en particular, la rendición del grupo de ejércitos alemanes del norte de Italia, sobre cuya comandancia Wolff tenía una gran influencia. El Gobierno soviético supo de estos encuentros, pero la demanda de la Unión Soviética de que invitaran a sus representantes fue rechazada. Stalin acusó sin rodeos a los aliados de connivencia con el enemigo a espaldas de la URSS, el país que había llevado la peor parte de la guerra. El conflicto se acabó en abril de 1945; luego de un intercambio de ásperas misivas entre Stalin y Roosevelt, se le ordenó a Dulles cesar todo contacto con Wolff.

Las negociaciones se reanudaron con el tiempo, esta vez con la participación de la URSS, y culminaron con la rendición alemana, firmada el 29 de abril en presencia del representante de la Unión Soviética. Formalmente, en esta ocasión se trataba de militares dialogando con otros militares, no de un servicio de inteligencia negociando con un representante de las SS.

En la novela, el talento de Semiónov mezcla estos hechos históricos con la ficción. De acuerdo con la versión del novelista, fue la compleja maquinación de Stirlitz la que realmente subvirtió estas negociaciones de alto secreto. Pero no es solo un ingenioso y retorcido complot lo que hace de Diecisiete instantes de una primavera una historia apasionante. Esta novela (y más tarde, la serie de televisión) recrea magistralmente la atmósfera de los últimos meses del régimen nazi; por cierto, el escritor vio el arruinado Berlín con sus propios ojos siendo un niño, cuando viajó para visitar a su padre, que trabajaba allí como corresponsal de guerra, en 1945. Esta obra maestra está llena de información histórica relevante y, a buen seguro, el lector acabará recordando las digresiones líricas y filosóficas de la novela, en las que Stirlitz actúa como una especie de filósofo ético y social.

Muchos de los personajes de la novela y de la película se convirtieron en héroes del folclore ruso. Después de ver la película el legendario Leonid Brezhnev ordenó a sus asistentes que encontraran de inmediato al tal Stirlitz y le recompensaran generosamente. Le explicaron que Stirlitz era un personaje de ficción. «Es una pena», se lamentó sinceramente el secretario general.

Pero Yulián Semiónov no era una de esas personas que se duermen en los laureles. En los años siguientes, las novelas de la serie de Stirlitz fueron publicadas una a una: Variante española (1973), narra el trabajo de Stirlitz en la España de la guerra civil; Alternativa (1974), tiene lugar en Yugoslavia durante la primavera de 1941; en Tercera carta (1977), Stirlitz recibe desde el Centro la misión de comprometer a los nacionalistas ucranianos ante los ojos de los líderes nazis al comienzo de la Gran Guerra Patriótica.

En la década de 1980, el ciclo continuó con las novelas La orden es sobrevivir (1982), sobre los últimos días del Tercer Reich, y tres novelas de la serie Expansión (1984-1987), sobre el trabajo de Isaiev-Stirlitz en Europa y América Latina tras el final de la segunda guerra mundial.

En 1988 se publica la última novela del ciclo, titulada Desesperación. Completa la tragedia del regreso del espía a la URSS después de la guerra, tras tener éxito en su misión de descubrir a los criminales nazis refugiados en Argentina. Sin embargo, la patria lo recibió no con recompensas, sino con procesos judiciales. A su retorno fue enviado al gulag, donde solo la resistencia y la profesionalidad del verdadero agente secreto ayudan a Stirlitz a sobrevivir.

Más de cien millones de libros de esta serie, traducida a más de veinticinco idiomas, se han publicado durante años en todo el mundo.

Estamos muy felices de que se vaya a publicar una nueva edición en castellano de Diecisiete instantes de una primavera. Y nos agrada de un modo especial el poder presentar esta obra a los lectores españoles.

Semiónov se enamoró de España durante la primera y breve visita que hizo al país, en 1971. Quedó fascinado con prácticamente todo lo que allí vio: el idioma, las costumbres, los festivales de música a los que pudo asistir, la literatura, la cocina… Y por supuesto, los españoles, algunos de los cuales estaban entre sus amistades más íntimas.

En el verano de 1974 el novelista viajó a España en compañía de su hija Dasha y de las experiencias de ese viaje surgió el libro Volver a Fiesta, en el que con una profunda comprensión y pasión describe los encierros de Pamplona, camina por el Toledo abrasado por el sol hacia el Museo del Greco y narra una azarosa ascensión a Sierra Nevada.

En 1988, con motivo de su participación en la Semana Negra de Xixón, Yulián Semiónov concedió una entrevista al periódico La Nueva España, en la que le preguntaron: «¿De dónde viene su amor por nuestro país?». El autor contestó: «España es una pasión para los de mi generación. Nací en 1931; sentimos la derrota del bando republicano en la guerra civil como si fuera nuestra, acogimos a sus niños y acabamos amando su cultura».

Numerosos libros de Semiónov están relacionados con España y con su trágica historia. En concreto, se desarrollan en este país Variante española, como ya hemos comentado, ambientada en Burgos, y la serie de novelas Expansión. Igualmente, están dedicados a España algunos de los poemas del autor. (Sí, Yulián Semiónov también escribía versos, y muy buenos, por cierto).

Confiamos en que los lectores españoles sabrán captar el estilo narrativo de Semiónov y pasarán unas horas agradables en compañía de su imaginación y de sus héroes literarios. Estamos convencidos de que esta novela será tan solo la primera aproximación del público español, con su bagaje cultural tan diferente, al legado literario del escritor ruso Yulián Semionóvich Semiónov. Y, quién sabe, tal vez acaben profundamente interesados en sus obras.

Reciban nuestro afecto y nuestro respeto desde la lejana Rusia,

OLGA SEMIONOVA

SERGEI STAFEEV

San Petersburgo, julio de 2015

TERNURA

Al artista del pueblo de la República Federativa Rusa Viacheslav Tíjonov.

Nota de los editores: Para la transliteración de los nombres rusos al castellano hemos seguido las normas de la Asociación Española de Profesores de Lengua Rusa, adoptadas a su vez por el Servicio de Traducción Española del Parlamento Europeo.

«¿Por qué corre así? Las baldosas son viejas, están mal colocadas, se torcerá un pie», pensaba Isaiev asustado, observando a Sashenka, que corría por el andén de la estación Kasanskaya. Incluso frunció el ceño, porque imaginó su caída y le pareció terrible. Nada hay tan ofensivo como una mujer joven y bella cayendo en plena calle.

«No tiene por qué correr así —pensó de nuevo—. De todos modos, ya estoy en casa».

Rosa también corría de la misma manera, asustada, por la oscura calle de Cantón; la perseguían dos hombres; uno le tiró una botella, que le dio en el cuello. Rosa cayó al asfalto, y Maxim Maximóvich sintió que se le enfriaban las palmas de las manos: primero se enfriaba la piel, después, se entumecía, y cuando la sangre brotaba, notaba en las manos un calor insoportable.

—¡Ahora! —gritó a Sashenka—. ¡Espera! ¡Detente! ¡No corras así! ¡Detente, Sashenka!

—Lo que necesita es una mujer. Una buena mujer. ¿Le gustan flacas o como las de Rubens?

—No me gusta jugar a la psicoterapia, doctor. No estoy enfermo. Tengo ganas de dormir todo el tiempo, pero cuando me acuesto, no me viene el sueño. Me siento cansado. Las mujeres no ayudan.

—¿Seguro?

—Seguro.

—Entonces es que no ha encontrado a la adecuada. Algo en ellas le habrá irritado. La mujer tiene que ser armoniosa, y así usted se cansará; la armonía cansa mucho… Tome el ejemplo de un museo: después de la tercera sala ya le entran unas ganas insoportables de dormir, pero tratando de no parecer un nuevo rico, mira usted los cuadros con ojos desorbitados y se queda largo rato leyendo los nombres de los pintores en las placas metálicas para salvarse de los bostezos. ¿No es cierto?

—Me gusta la pintura.

—¿Qué quiere decir? ¿Es usted una excepción? ¿No bosteza en los museos?

—No bostezo.

—No es lo normal. A todo el mundo le entra sueño en los museos. Usted dice: «No soy psicópata». Pero, en mayor o menor grado, todos somos psicópatas, aunque algunos saben fingir.

«Tengo que soportar una semana más —pensó Isaiev—; dentro de una semana me meteré en un barco, me dormiré enseguida y acabará este horror. Pero tendrá que recetarme algo fuerte, porque de otro modo no aguantaré, sé que no aguantaré…»

—En la farmacia inglesa me dijeron que había llegado un «preparado del sueño» que es una garantía contra el insomnio.

—¿Y usted aún cree en garantías? —El doctor lanzó una carcajada y, levantándole el párpado izquierdo, echó su aliento de borracho en la cara de Isaiev—. Mire hacia abajo. Hacia mí. A la izquierda. Ahora a la derecha.

«Moscú huele distinto, huele a tilos en flor —se dijo Isaiev—. En otoño también huele a tilos en flor, si uno va al bosque por la mañana temprano cuando el campo parece una cortina de brocado que cubre el cielo y hay que pintarlo de una manera dura y precisa, sin adornos y sin tratar de embellecerlo aún más… Es posible que aquí huela a tilos en flor, porque ha llovido recientemente y el andén es negro y está resbaladizo, hinchado por las aguas primaverales; caerse en este andén no es vergonzoso: uno resbalaría sobre él como lo hacía en la infancia por las plaquitas de hielo de diciembre, y no habría ningún desamparo ni humillación en ello, pero que no caiga Sashenka. Por lo visto, lo ha comprendido. Me está mirando, camina más despacio, la locomotora resopla con más lentitud y ya es posible saltar al andén; aunque no, no hay que darse prisa; es decir, sí hay que darse prisa, aunque me acuerdo demasiado bien del cuento de Kuprín en el que un ingeniero, que se apresuraba por ver a su familia, cayó bajo las lentas ruedas del tren en el momento en el que solo faltaban los dos últimos minutos, los más largos y superfluos de todo el camino… ¡Oh, cómo la quiero! Pero la quiero como estaba en aquel momento en el muelle de Vladivostok, asustada, mía, hasta la última gota mía; toda ella al descubierto, y me pertenecía, y todo lo sabía de antemano: cuando estaba triste y cuando reía, y ahora han pasado cinco años y es la misma, pero tal vez completamente distinta, pues yo soy otro, y, ¿cómo lo pasaremos juntos? Dicen que las separaciones son la prueba del amor. No se trata de contraespionaje: es el amor. Aquí todo lo determina la confianza. Si tratásemos alguna vez de probar el amor como lo hemos aprendido a hacer con la lealtad, se produciría una traición, más terrible que la de una noche casual de ella con alguno o la de una mujerzuela ocasional conmigo.

»¡Tren, para! ¡Tranquilízate! ¡Cobra aliento! Ya hemos llegado. Para.»

El doctor abrió los dedos y solo entonces sintió Isaiev dolor en el párpado.

—El «preparado del sueño» —dijo el doctor, encendiendo un largo habano— lo hace, en Cantón, Israel Mijailovich Rudnik. Como nuestro sistema estatal, pasado y actual, provoca desconfianza crónica en todo el mundo civilizado, Rudnik envasa su invento en cajitas inglesas. Se las han hecho aquí, en Shanghái, y las vende como rosquillas. Lo más asombroso es que la gente de Yoffe, del Consulado General, ha comprado un gran lote del «preparado inglés». Parece que en el Kremlin hay alguien que no puede dormir.

«Pues yo me dormiría aquí —pensó Isaiev—. En la consulta de los médicos, si uno no tiene cáncer, se siente la tranquilidad de lo inmortal. Las ilusiones son la garantía más segura del bienestar humano. Por eso al cine lo llamaban “la gran ilusión”. Deberían hacer películas sobre la felicidad; pero no, siempre filman desgracias, siempre sufrimientos.»

—¿Le gusta la miel? —preguntó el doctor sentándose a la mesa—. ¿La de tilo o la miel blanca?

—Únicamente a los tontos no les gusta —contestó Isaiev—. Pero yo soy pragmático, doctor. No creo en curaciones con miel, hierba y paseos. Creo en las pastillas.

—Excelentísimo señor, un verdadero galeno se parece a una ramera del puerto; ya que usted me paga, estoy dispuesto a cumplir cualquiera de sus deseos. ¿Quiere píldoras? Pues enseguida lo arreglaremos. Pero si quiere dormir, miel, paseos y hierba.

—¿Raíz de valeriana, hierbabuena y un poco de salvia?

El doctor miró a Isaiev por encima de las gafas. Cuando miraba a través de ellas, sus ojos parecían muy grandes, como los de una mujer encinta y, de la misma forma, vigilantes.

«La medicina será impotente hasta que la humanidad no acabe con la mentira —pensó Isaiev—. Le estoy diciendo mentiras. Hablando con más exactitud, no le digo la verdad. Si le hubiera dicho que no puedo dormir porque espero regresar a casa, y allí, entre los míos, no necesitaré ningún remedio, y que el insomnio comenzó hace un mes, porque Walter me habló de la próxima salida (no se puede hablar a un hombre de felicidad si no se la pueden ofrecer enseguida), entonces sabría dónde radica la causa de mi insomnio.»

—Buenos días, mi amor…

—Maximushka… Maxim Maximich… Maxim…

—Buenos días, Sashenka. ¿Cómo estás?

«¿Qué estoy diciendo? Las palabras están gastadas como monedas. (¿Eran acaso esas palabras las que le había dicho todos aquellos años, cuando soñaba con ella? ¿Por qué nos avergonzamos de expresarnos? ¿Es sincero el hombre solo cuando habla consigo mismo, en secreto y sin emitir sonido alguno?»

—Qué raro. «¿Cómo estás?», ¿por qué me lo preguntas, Maxim?

—Siempre me pareció que tenías los ojos grises y ahora veo que son azules.

—¿Por qué no me besas?

«¡Qué labios tan suaves y tiernos tiene…!»

Seguramente, solo las mujeres que aman tienen esos labios, dóciles, que se esfuerzan en callar y no pueden callar, ni tampoco hablar; por eso tiemblan todo el tiempo y tienes miedo de que digan lo que tanto temes oír; por eso, bésalos, Maxim, besa esos labios secos, suaves, y no mires su cara, ni trates de comprender por qué cierra los ojos y tiene lágrimas en las mejillas. ¿Tal vez con ellas se vaya la desgracia? ¿Quién es el culpable de su desgracia? ¿Tú? Tú. ¿Quién más? Tú la dejaste durante estos cinco largos años; no la pudiste encontrar, aunque la buscaste; no le escribiste ni una sola vez una sola palabra. ¿Quién más puede ser el culpable de su desgracia? Su desgracia… Nuestra desgracia, o, más exactamente aún, mi desgracia. Porque yo puedo perdonar, pero nunca olvidar…

—¿No ha tenido sífilis? —le preguntó el doctor—. Entonces le tranquilizaremos la «cabeza» con mercurio. Durante una epidemia de tifus, muchos contrajeron sífilis y no lo sospecharon. Hace poco hicimos una autopsia curiosa; destripamos al coronel Rosenkranz. Pensamos que se trataba de una apoplejía; bebía mucho, pero en la «cabeza» le encontramos un tumor sifilítico de tercer grado. Sus hijas están en edad de casarse. Y aquí viene un problema para una mente ágil: ¿dónde está la frontera entre la moral y el deber? Tenemos que obrar de manera inmoral: llamar a las muchachas para hacerles un reconocimiento. Los chinos y los ingleses insisten. Shanghái —dicen— es el puerto más limpio de China. Rosenkranz, antes de morir, no pegó ojo durante tres semanas; se desgañitaba. Pensábamos que tenía el síndrome de la resaca y que le había subido la presión. Pero no… no le hablo de sífilis por casualidad.

—¿Cuánto le debo, doctor?

—Veinticinco dólares. Para la leche de los pequeños y la avena, que acaba de subir de precio. Hace un año cobraba quince, pero ahora estoy acumulando papelitos verdes. Quiero irme a Australia, allí no hay tanto amarillo, casi no hay ningún compatriota, tampoco muchos médicos… Entonces, ¿qué pildoritas vamos a tomar? ¿Las inglesas de Cantón o las de Israel Mijailovich? ¿O prefiere la miel con agua por la noche y un paseo hasta que le brote el sudor en la espalda?

—Deme las píldoras.

Tacataca, tacataca. El golpear de los cascos como una música. La mata de pelo del cochero es ondulada, color trigo.

—Ahora empezará a cantar —susurró Sashenka—; cuando venía para aquí, cantaba muy bien.

—«¿A lo largo del río, a lo largo de Kazanka?».

—No: «¿Por qué estás sentada hasta la medianoche en la ventana abierta…?».

—«¿Por qué estás sentada, por qué te angustias? ¿A quién, bella, esperas?». Ni un solo transeúnte en la calle. ¡Qué raro!

—No, Maximushka, allí hay gente. ¿Ves cuántos son?

—No veo a nadie, ni oigo nada…

—¿Oyes el tacataca, tacataca?

—Dame tu mano. No, la palma. Las tienes más suave que antes… Me gustan mucho tus manos, ¿sabes? Me despertaba por la noche, sentía tus manos en mi espalda y tenía miedo de abrir los ojos, aunque sabía que no estabas a mi lado. Fue terrible. A veces veía a mi padre vivo, alegre, y de repente me abrazabas y sentía las líneas que tienes en las palmas y tus dedos tiernos, largos, de yemas suaves y calientes… ¿Me sentías tú también en tus sueños?

Tacataca, tacataca…

—¿Sabes qué más cantaba, Maximushka?

—Cantaba: «Vuelan los patos, vuelan los patos y dos gansos».

—¿Por qué no me contestas, Sashenka?

—No sé qué decirte, querido mío…

—¿Es usted de Petersburgo o un personajillo de la capital? —preguntó con interés el doctor Petrov, guardándose el dinero en la cartera verde y ajada.

—Del Báltico.

—¿Letón?

—Casi…

—Habla muy bien el ruso.

—Mezcla de sangres.

—Un hombre feliz. No importa cuál, pero es una patria. ¿Por qué no se va a Revel?

—No me sienta bien el clima —contestó Isaiev, guardándose la receta en el bolsillo.

—¿Llueve mucho?

—Sí, mucha humedad, y el tiempo cambia cinco veces al día.

—Aunque en Petersburgo cambiara el tiempo cien veces al día —suspiró el doctor—, y no me llamaran más que con el meñique, iría corriendo con los ojos cerrados, corriendo.

—Ahora ya dejan entrar.

—He perdido la fe. Primero era «maten al burgués», después, «aprendan del burgués». Antes, unos impuestos rigurosísimos, y ahora, «enriquézcanse»… En general, temo a los niños, mi querido señor; hacen mucho ruido, son crueles y egoístas. ¿Y si los niños, además, dirigen un Estado? Cuando impriman las leyes en bronce, cuando aprendan a cumplir los compromisos, cuando se hagan europeos… Eso solo será posible con la tercera generación: cuando el hijo de la cocinera termine sus estudios universitarios, el nieto de la cocinera dirigirá el Estado. Creo en esto: disminuirán las emociones y los amaestrará el progreso. Mi difunto suegro tenía pasaporte británico, ¿sabe?, pero era ruso; tenía la nariz como una patata y se atracaba de tortas y caviar, que cogía con las manos. Pero cuando llegaba a Petersburgo, casi lo recibían con salvas de cañones. Nos gustan los extranjeros, somos respetuosos con el forastero… Obtendré un pasaporte en Australia, cambiaré mi apellido Petrov por Peterson, y entonces volveré y entraré en un caballo blanco. Cuando diga: «Toma, sírveme, vete al diablo», me perdonarán. A un extranjero se le perdona todo…

En la calle, Isaiev sintió náuseas, y ante sus ojos se elevaron dos grandes círculos verdes. Eran luminosos, vacilantes como los círculos alrededor de la Luna durante los fríos navideños en la Rusia sin bosques. «Así era la Luna, cuando iba con papá de Orsk a Oremburgo —recordó—. Me llevaba en sus rodillas y pensaba que dormía, pero continuaba tarareando la canción de cuna: “Duerme, duerme bien, en la casa se apagaron las luces, los pájaros se durmieron, los pececitos se durmieron en el estanque, duerme”. Después, tarareaba la melodía, porque memorizaba mal los versos, y de nuevo comenzaba a susurrar lo de los pájaros dormidos en el jardín. Si estuviera vivo, seguramente podría dormirme ahora, me obligaría a oír su voz y sabría que existe en el mundo una persona que me espera. No me volvería loco a causa de la espera, ni por la fe o la falta de fe, la esperanza y la desesperación».

El farmacéutico, dando la vuelta a la receta del doctor Petrov, suspiró.

—Le doy la última cajita, sir. —El viejo chino hablaba un inglés de Oxford que a Maxim Maximóvich le pareció algo vacilante e iridiscente, como los círculos que tenía ante sus ojos, algo irreal y cómico—. Es un preparado maravilloso, una combinación de la medicina tibetana, nacida de la comprensión del gran misterio de las hierbas, y la farmacología moderna europea.

—¿Dónde aprendió inglés?

—Trabajé durante treinta años de criado en casa del doctor Woods.

—¿Qué edad tiene?

—Todavía soy relativamente joven —sonrió el farmacéutico—. Solo tengo ochenta y tres años; para un chino es la edad de la «naciente sabiduría».

—¿Y cuántos me echa a mí? —preguntó Isaiev, llevándose a la boca una píldora de la cajita del preparado del sueño.

—Me es difícil decirlo —contestó el farmacéutico—. Todos los europeos me parecen asombrosamente iguales… Es la misma cara. Tendrá usted cuarenta y cinco años, ¿no?

—Gracias —dijo Isaiev y se tragó otra píldora—. Gracias. Se ha equivocado en dieciocho años.

—¿Acaso tiene más de sesenta?

—No. Tengo veintisiete.

—¿Tu ventana está en el quinto piso y tiene cortinas azules?

—¿Cómo lo sabes, Maximushka?

—Ya lo ves…

—¿Alguien te lo escribió?

—Nadie me lo escribió. Pero estas cortinas las hiciste en Vladivostok, cuando me mudé de Gniloi Ugol a Poltavskaya; cortinas azules con lunares blancos y fruncidos a los lados.

—Fruncidos. Nunca te había oído esa palabra, y me daba vergüenza pronunciarla en tu presencia.

—¿Por qué, Sashenka?

—No lo sé. Nosotros nos inventamos el uno al otro. Conocemos algo de este ser inventado, otro algo lo ignoramos y, poco a poco, nos vamos olvidando del que empezamos a amar y nos volvemos a nosotros mismos, y el agua coge su nivel. Al hombre que se quiere hay que temerle un poco: por si se va, por si se enamora de otra; las mujeres son tontas, quieren amurallar al hombre con falta de libertad, y después, ellas se cansan de la tranquilidad, como los vencedores en las luchas del circo.

—¡Qué escalera tan oscura!

—Los niños quitan las bombillas.

—¿Por qué hablas tan bajito?

—Te tengo miedo.

—Cerveza, por favor. Rubia. Fría. Muy fría.

El propietario del pequeño bar alemán le sirvió la cerveza a Isaiev. Casi siempre se sentaba a su mesa y hablaban de Alemania: Karl Nitche había nacido en Múnich, donde Maxim Maximóvich había vivido cinco años con su padre.

—Con este calor, lo mejor es tomar la cerveza algo caliente, mi querido Max. Se le puede enfriar la garganta si la toma helada con este calor. ¡Qué mala cara tiene! ¿Está enfermo?

—Sano como un toro, Karl. Un poco cansado.

Dos muchachotes se sentaron junto a la escalera que conducía al sótano y gritaron como cupletistas, a dos voces:

—¡Camarero, cerveza!

—Son rusos —susurró Karl—. Ahora pedirán vodka y pan negro. Los rusos, aunque delgados, jóvenes y educados, se comportan como puercos. Perdone un momento…

Se levantó de la mesa y gritó hacia el sótano, apoyándose en el pasamanos de la escalera:

—¡Dos cervezas, rápido!

«Estaría bien saber si estos muchachos me vieron en la farmacia o esperaron a que saliera del médico —pensó Isaiev—. Seguramente, me esperaban cerca de la consulta. Pero no me he dado cuenta de que me siguieran. Mal asunto, pero que muy malo…» «Creo que estoy dormido —se dijo Isaiev—. También a ella la engaño con mi respiración acompasada, con mi mano pendiendo de la cama y el cuello estirado. Me veo desde fuera incluso cuando duermo. ¡Qué horror! Y si le digo que me doy cuenta de que está a mi lado, de que me mira a la cara, de que veo temblar la venita azul de su cuello, de que se cubre el pecho con el brazo izquierdo y de cuánto dolor veo en sus ojos, me consideraría como el último canalla, porque podría creer que la estoy mirando a través de los párpados semicerrados. ¿Tal vez la miro así? No. Mis ojos están cerrados; simplemente, la veo porque estoy acostumbrado a sentir todo lo que está cerca de mí. Yo pensaba que esto me ocurriría solamente allí, detrás de la frontera; pensaba que en casa todo esto desaparecería y me convertiría de nuevo en un hombre común, como todos, y no sentiría esta constante tensión; pero, por lo visto, es imposible, y siempre seré así: alguien que solo cree en sí mismo y en dos enlaces: Rosa y Walter, y en nadie más. Tengo que engañarla, tengo que volverme torpemente y abrir los ojos, pero no de pronto, para no asustarla, sino poco a poco: primero, estirarme, después, empezar a murmurar algo, y, por fin, de un tirón, sentarme en la cama y abrir los ojos. Así tendrá tiempo de cubrirse con la sábana; sin duda se tapará con la sábana y se secará los ojos, porque está llorando.»

Últimamente, Isaiev vivía en un hotel cerca del puerto, y todas las ventanas de su cuarto daban al mismo. Se pasaba horas apoyado en el alféizar viendo los barcos de Rusia. Al principio, se paraba junto al muelle donde atracaban los buques soviéticos, pero después de haber visto a su lado a dos mozos de la Unión de Liberación que fingían contemplar los barcos solo cuando él advertía su presencia, dejó de ir al puerto. «Cuídate, que alguien te cuidará», le decía el cazador Timoja, temiendo pronunciar el nombre de Dios en vano, porque los rojos «no entienden nada de eso y, además, se ríen».

A pesar de que los jóvenes del contraespionaje blanco habían empezado a seguirlo, Isaiev había transmitido en varias ocasiones a Yerzinski1 el informe de que los exiliados de Shanghái —y, por supuesto, los de Dairen— no eran ya una una fuerza real y que los juegos de complots, chequeos y planes a largo plazo no eran sino un medio de conseguir dinero en algún sitio para dar de comer a sus familias. Los más listos se dedicaron al comercio, y los más ricos se fueron a los Estados Unidos; en la política, en el «movimiento de liberación», quedó gente desgraciada, condenada, tontos que cifraban sus esperanzas en un milagro: la explosión interna, la guerra en Occidente, la intervención desde Oriente. Los exiliados políticos reunían dinero en cantidades míseras, mandaban emisarios, unas veces, a Tokio, y otras, a París, pero los echaban de todas partes. Moscú ofrecía concesiones, y esto era una ventaja real y no quimérica. Los exiliados eran mirados como los parientes pobres que molestan y a los que no se les puede echar, pero tampoco se les puede dar dinero; acabarían por malcriarse definitivamente.

Sin embargo, Yerzinski criticó fuertemente a Isaiev:

—Hay que analizar con más profundidad y amplitud —replicó—. La situación es tal, que el exilio no interesa en modo alguno a los gobiernos de Europa, y, además, están divididos entre ellos. No obstante, si en el mundo aparece una fuerza extremista organizada y dirigida, el exilio encontrará un apoyo más amplio. Los contactos de Savinkov permiten señalar como tal fuerza a los fascistas de Mussolini y a los nacionalsocialistas de Hitler.

—¿Enciendo la luz, Maximushka?

—Pero aún se ve, ¿no?

—Sí. Pero a mí me parece que ya es de noche.

—Ven, Sashenka…

—¿Tomarás té?

—Ven a mí…

—He calentado el agua en el samovar. ¿Quieres lavarte, después del viaje?

—Quiero que te acerques a mí, Sashenka.

«Me parte el corazón su modo de mirarme. Se ha puesto los brazos en el pecho, como si rezara. Niña, amor mío, ¡qué miedo he pasado por ti durante todos estos años! No me mires así. Estaré callado. No preguntaré nada de nada. Tampoco me preguntes. No debemos humillarnos con mentiras.»

Después de la muerte de Yerzinski, a Isaiev le pareció que lo habían olvidado. Dirigió a la Lubianka ocho cartas pidiendo permiso para ir a Moscú: sus nervios se resentían. No había respuesta. Pero, un mes antes, Walter le había transmitido la orden de que se alojara en este hotel y esperase la llegada de nuevos documentos para salir de China, y todo el mes lo había pasado insomne, andando por la ciudad hasta sentir mareos o náuseas; se sentaba en el banco de un parque, cerraba los ojos, se hundía en una pesada modorra de diez minutos, y, entonces, le parecía como si alguien le diera un golpe en la cabeza. «¡No te duermas! ¡Abre los ojos! Tienes que resistir una semana más. ¡No te duermas!».

Isaiev estaba sentado en el alféizar, viendo cómo la penumbra invadía la ciudad. Esperaba, al fin, sentir deseos de dormir, pero mientras más se acercaba el día de la partida, más terrible le era volver a la habitación. Los cinco años pasados en Shanghái, Cantón y Tokio se vengaban ahora con un frío interior y una constante sensación de escalofrío y de miedo. Lo mismo le ocurría en la infancia, cuando planeaba con su padre ir a Grenoble y estaba esperando este viaje todo el año como una fiesta, mientras se preguntaba: «¿Y si luego no hiciéramos el viaje?». Esperaba sin cesar tener ganas de acostarse y de estirarse hasta que los huesos crujieran, con los brazos debajo de la cabeza, viendo la cara de Sashenka cerca, muy cerca, y dormirse después, y despertarse cuando solo faltaran cinco días para la partida.

—Te quiero mucho, Maxim; tal vez solo ahora he llegado a comprender cuánto te quiero…

—¿Por qué solo ahora?

—Porque se espera lo soñado, pero se quiere lo nuestro.

—¿No es al contrario?

—Tal vez sea al contrario. Ahora no tenemos por qué hablar, querido. Estamos diciendo tonterías como si jugáramos al escondite. Déjame quitarte la corbata, agáchate.

«Antes no sabía quitarme la corbata», pensó Isaiev, y tomó entre sus manos los helados dedos de ella y se los apretó.

Llamaron a la puerta suave y cautelosamente; pero como quiera que el pasillo estaba cubierto con una gruesa alfombra que ahogaba los pasos, la suave llamada pareció un trueno. Maxim Maximóvich, llevándose la pistola al bolsillo de la chaqueta, dijo:

—Adelante.

Walter vestía un traje de dril blanco, manchado con gotas de vino tinto.

—Toma —dijo alargando el sobre—, para ti. —Su tonante dialecto bávaro resultaba hoy especialmente brusco.

En el sobre estaba un pasaporte alemán a nombre de Max Otto von Stirlitz y el billete de primera clase para Sidney.

Walter cerró los ojos y empezó a hablar; memorizaba fácilmente los datos cifrados después de apuntarlos dos veces en varias hojitas de papel:

Camarada Vladímorov:

Entiendo la magnitud de sus dificultades, pero la situación es tal, que no tenemos derecho a aplazar para manaña lo que podemos hacer hoy. La documentación que le enviamos «para Stirlitz» es totalmente segura y le ofrece la posibilidad, dentro de dos o tres años, de infiltrarse en las filas de los nacionalsocialistas de Hitler, quien ha publicado hace poco su programa de acción: Mein Kampf. Nuestros hombres le encontrarán en Hong Kong, Hotel Londres, habitación 96, reservada a nombre de Stirlitz, y le entregarán fotografías, álbumes familiares y cartas para usted, de Stirlitz padre. El trabajo de aprenderse la historia le llevará diez días.

MENZINSKI

—Ahora vete —dijo Isaiev—. Vete, Walter, porque tengo mucho sueño. Quiero dormir mucho.

Walter vio la cajita del preparado del sueño y sonrió.

—La psicoterapia es una gran cosa —comentó—. Rudnik hace este preparado de aspirina y valeriana. Es una engañifa.

—Es posible —convino Isaiev—. Pero ahora quiero dormir, no por Rudnik ni por su preparado. Todo ha vuelto a su cauce y hasta estoy contento, porque un hombre liberado del presidio teme la libertad.

—Debes dormir, Maxim.

—No puedo.

—Por favor, duérmete, querido.

—No puedo ni tengo deseos de dormir.

—Te suplico que duermas… Cuando despiertes, será de noche, volverán a pasar estos cinco años y será como si nunca nos hubiéramos separado.

—¿A qué olía la casa de Timoja?

—A miel y a estopa.

—¿A qué mas?

—No me acuerdo.

—A nieve. A nieve de marzo.

—Por favor, por favor, duérmete, Maximushka.

—No me gusta engañarte.

—Vuélvete; te acariciaré y te dormirás.

—¿Me has querido siempre?

—Sí.

—¿Siempre, siempre?

—Sí.

—¿Y…?

—¡Sí, sí, sí, duerme!

—¿Por qué lo dices tan rudamente?

—Porque tú me lo has preguntado así.

—¿No tengo nada que preguntar?

—Nada. Duerme, querido, por favor, te lo suplico, duerme… Ya ha pasado todo y estás en casa… Duerme…

—Desde Berlín es más fácil regresar a casa que desde aquí.

—Sí. Tienes razón. Lo entiendo todo. Pero ahora vete; me acostaré y me dormiré. Me siento como un perro que se ha cansado de ladrarle a un hueso. Y no sé bien lo que digo. Puedo decir alguna inconveniencia y te ofenderías. Vete, vete, Walter…

Volvió a casa en junio de 1946: diecinueve años, siete meses y cinco días después de su encuentro con Walter en Shanghái, en la duodécima planta del Hotel Británico.

Moscú

1 Félix Yerzinski (1877-1926), comunista polaco, fundador de la Policía secreta bolchevique, la Checa, dedicada a combatir la contrarrevolución.

DIECISIETE INSTANTES
DE UNA PRIMAVERA

A la memoria de mi padre.

1
¿QUIÉN ES QUIÉN?

Al principio, Stirlitz no podía creerlo: en el parque cantaba un ruiseñor. El aire estaba helado, y aunque por los alrededores se advertían tímidos signos primaverales que recordaban ligeramente a una acuarela, la nieve aún permanecía compacta, sin ese elegante azul interno que precede siempre al deshielo nocturno.

Los viejos y poderosos troncos de los árboles eran negros; el parque olía a pescado recién congelado. Aún no se percibía el intenso olor a pino y a álamo temblón, podrido desde el año anterior y que acompaña siempre a la primavera; pero el ruiseñor cantaba con todas sus fuerzas: un torrente de trinos y cadencias, frágiles e indefensos en aquel parque sombrío y tranquilo.

Stirlitz recordó a su abuelo. El viejo barbudo de espesas cejas sabía hablar con los pájaros. Llamaba a los estorninos y se sentaba bajo un árbol para contemplarlos largo rato, hasta que sus ojos empezaron a parecerse a los ojos móviles de los pájaros, y estos no le tenían ya miedo alguno.

—Fiu, fiu, fiu —les silbaba su abuelo.

Ellos le respondían confiados, alegremente.

Con la puesta del sol, los troncos negros de los árboles volcaron sus sombras uniformes y lilas sobre la nieve blanca. «Se helará, pobrecito —pensó Stirlitz y, envolviéndose en el abrigo, regresó a la casa—. No es posible ayudarle; solo hay un pájaro que desconfía de la gente: el ruiseñor».

Consultó el reloj. Las siete en punto.

«Ahora vendrá —se dijo—. Siempre ha sido puntual. Le dije que viniera de la estación a través del bosque, para que no se encontrara con nadie. Esperaré. Es agradable esperar rodeado de tanta hermosura.»

Stirlitz recibía siempre a aquel agente allí, en la pequeña villa junto al lago. Aquella vivienda clandestina resultaba cómoda y tranquila, alejada de las miradas indiscretas, en medio de un bosque de robles. Durante tres meses estuvo pidiendo a Pohl, Obergruppenführer de las SS, la suma para comprarle la villa a los hijos de los bailarines de la Ópera muertos durante un bombardeo. Pedían mucho por ella, y Pohl, responsable de la política económica de las SS y del SD, se negaba categóricamente.

—¡Se ha vuelto usted loco! —decía—. Puede alquilar algo más modesto. ¿Por qué este afán de lujo? ¡No podemos despilfarrar dinero a tontas y a locas! ¡Es deshonesto actuar así con la nación que soporta el peso de la guerra!

Stirlitz tuvo que hacer venir a su jefe, Walter Schellenberg, del espionaje político del servicio de seguridad, Brigadenführer de las SS. Treinta y cuatro años, fino conocedor de la belleza, intelectual y hombre perspicaz, Schellenberg comprendía perfectamente que era imposible encontrar otro sitio mejor para entrevistarse con agentes de alto nivel. La compra se había realizado a través de testaferros, y un tal Bolsen, ingeniero jefe de Robert Ley, planta química del pueblo, obtuvo la autorización para utilizar la villa. Él mismo contrató a un guarda por un sueldo alto y buenas raciones extra. Bolsen era el Standartenführer de las SS Von Stirlitz.

Después de poner la mesa, Stirlitz conectó la radio. Londres transmitía una música alegre. La orquesta del norteamericano Glenn Miller ejecutaba una pieza de Sun Valley Serenade. Esta película le había gustado tanto a Himmler, que se compró una copia en Suecia. A partir de entonces la proyectaban con frecuencia en el sótano de Prinz-Albrecht-Strasse, sobre todo durante los bombardeos nocturnos, cuando no se podía interrogar a los detenidos.

Stirlitz llamó al guarda.

—Hoy puede irse a la ciudad, a ver a sus hijos —le dijo—. Venga mañana a las seis de la mañana, y si aún no me he marchado, hágame un café fuerte, lo más fuerte que pueda.

De Justas a Álex. Desde Berlín.

Información sobre fuerzas y efectivos de los grupos de ejércitos en el frente oriental durante el mes de febrero.


1. Grupo de ejércitos Curlandia 20 divisiones
Total 232 000
Efectivos 110 000
2. Grupo de ejércitos Norte 28 divisiones
Total 384 000
Efectivos 141 000
3. Grupo de ejércitos Vistula 37 divisiones
Total 527 000
Efectivos 280 000
4. Grupo de ejércitos Centro 43 divisiones
Total 413 000
Efectivos 191 000
5. Grupo de ejércitos Sur 35 divisiones
Total 449 000
Efectivos 143 000
Total de fuerzas 2 005 000
Total de efectivos 865 000

Fuente: teniente coronel del Ejército en la reserva.

JUSTAS

De Schwarz a Álex. Desde Viena.

Contenido: Fuerzas del ejército de reserva, con fecha de 2 de enero de 1945:


a) personal de reserva, incluidos los convalecientes 546 000
b) personal permanente en las unidades de entrenamiento 147 000
c) cadetes de las escuelas y cursos militares 113 000
d) en los hospitales 650 000
e) milicias populares 205 000
f) unidades de guarnición 18 500
g) otros servicios y unidades 143 000
h) personal no clasificado 310 000
Total 2 132 500

Fuente: documentos taquigráficos del Estado Mayor.

SCHWARZ

De Greta a Álex.

Documentos obtenidos permiten calcular que, en enero de 1945, la industria de Alemania producía:


Municiones 3 veces más que en 1941
Armamentos 2 veces más que en 1941
Tanques 7 veces más que en 1941
Aviones 3 veces más que en 1941
Buques 1 vez más que en 1941

Fuente: secretario del asesor de Speer, ministro de Planificación y Armamento del Reich.

GRETA

De Siegfried a Álex. Desde Copenhague.

Ayer, dos altos oficiales del SD subieron a bordo de un yate de bandera española. El yate, Azul del cielo, zarpó rumbo a Estocolmo. Los oficiales del SD, provistos con documentos de ingenieros hidrólogos, embarcaron en él. Fueron despedidos por Schellenberg, jefe del espionaje politico.

Fuente: funcionarios portuarios de la cuarentena.

SIEGFRIED

De Gisela a Álex. Desde Múnich.

A la sección local de seguridad llegan automóviles de altos oficiales de las SS. Aquí toman otros autos, casi siempre de marcas francesas o norteamericanas, y van a Suiza. Cinco de estos coches partieron ayer para Suiza.

Fuente: mecánico del servicio técnico de la zona fronteriza.

GISELA

De Thomas a Álex. Desde Leipzig.

El Handelsbank transfiere cada día considerables sumas de dinero a bancos españoles (no se ha podido averiguar a cuáles). De 100 000 a 400 000 marcos depositan los miembros del partido o sus esposas. Según los datos obtenidos, este dinero no puede pertenecerles.

Fuente: cajero del banco.

THOMAS

Todos estos datos, enviados a Álex, jefe del espionaje soviético, fueron verificados minuciosamente hasta donde resultó posible. El triple control confirmó la veracidad de las comunicaciones recibidas. Después, fueron enviadas a todos los miembros del Comité Estatal de Defensa.

El jefe del espionaje suponía, con razón, que en los próximos días tendría una tarea sumamente compleja, porque la situación se presentaba interesante, bastante complicada y con muchos interrogantes.

—Para cualquier imprevisto, póngase en contacto con la sección de radio —dijo a su secretario—. Que preparen una transmisión especial para Justas. Nada concreto: que espere una misión. Hay indicios que me hacen suponer que lo llamarán para llevarla a cabo. Estoy seguro de que la cumplirá y de que será la última.

(Del expediente del miembro del NSDAP,1 iniciado en 1930, Brigadenführer SS Krüger: «Ario genuino, fiel al Führer. Carácter nórdico, duro, sociable, trata bien a los amigos. Implacable con los enemigos del Reich. Hogareño. No ha tenido relaciones comprometedoras. En el trabajo es el maestro insustituible en su oficio…»)

Después de que los rusos irrumpieran en Cracovia en enero de 1945, y la ciudad, tan cuidadosamente minada, quedara intacta, Kaltenbrunner mandó llamar a Krüger, jefe de la Sección Oriental de la Gestapo.

—¿Tiene usted alguna justificación lo suficientemente objetiva para que el Führer pueda creerlo? —le preguntó Kaltenbrunner.

Aunque simplón y cándido en apariencia, Krüger esperaba aquella pregunta y tenía preparada su respuesta. Pero debía mostrar toda una gama de reacciones: quince años en las SS y en el partido le habían enseñado a actuar. Sabía que era tan inconveniente contestar enseguida como negar por completo su culpabilidad. Había aprendido la exactitud y el control de su conducta en todos los lugares y circunstancias. Hasta en su propia casa se descubría transformado en un hombre completamente distinto. Al despertarse por la noche, permanecía a veces durante largo rato con los ojos abiertos, escuchando el silencio: le parecía que incluso allí, en un cuarto oscuro, alguien de ojos fríos y serenos continuaba observando. Al principio hablaba con su mujer por la noche, en un susurro; pero, a medida que iban desarrollándose técnicas especiales de escucha —y Krüger mejor que nadie conocía sus éxitos—, dejó de decir en voz alta lo que a veces se permitía pensar. Hasta en el bosque, paseando con su mujer, callaba o le hablaba de nimiedades, porque le parecía que en el Centro ya habían inventado un aparato capaz de grabar a grandes distancias.

Así, paulatinamente, se había operado la transformación. El Krüger de antaño había desaparecido; en su lugar, y con la envoltura de un hombre conocido por todos, sin ningún cambio externo, existía otro, creado por el anterior, desconocido para todos, que no solo tenía miedo a decir las verdades, sino que temía incluso pensarlas.

—No —dijo Krüger con sentimiento, frunciendo el ceño y ahogando a duras penas un suspiro—, no tengo una justicación suficiente… Soy un soldado, la guerra es la guerra y no espero indulgencia alguna.

Jugaba con precisión. Sabía que mientras más severo fuera consigo mismo, más desarmaría a Kaltenbrunner. Nada hace rabiar tanto a un galgo como la huida de una liebre. Claro que Krüger ignoraba el comportamiento de un galgo ante una liebre que se detuviese en su carrera y levantara las patitas; pero conocía bien las relaciones dentro de las SS: cuanto mayor fuese el rigor con que se castigase a sí mismo, tanto más suave sería Kaltenbrunner o cualquier otro en su lugar.

—No se comporte como una mujer —replicó Kaltenbrunner, encendiendo un cigarro; Krüger comprendió que su línea de conducta había sido correcta: se había salvado. Había que analizar el fracaso para que no se repitiera jamás.

Krüger dijo:

—Obergruppenführer, sé que mi culpa es enorme. Pero quisiera que escuchara usted al Standartenführer Stirlitz. Estaba al tanto de nuestra operación, y puede confirmar que todo había sido preparado a conciencia. A él lo ascendieron, mientras que a mí…

—¿Qué tenía que ver Stirlitz con esta operación? —Kaltenbrunner se encogió de hombros—. Trabajaba en el servicio de espionaje y se ocupaba de otros asuntos en Cracovia.

—Sé que se ocupaba de una V-22 perdida, pero consideré que mi deber era informarle de todos los detalles de esta operación. Pensé que a su regreso le comunicaría al Reichsführer o a usted cómo habíamos organizado todo el asunto. Esperaba instrucciones adicionales de usted, pero nunca recibí nada.

—¿Estaba incluido Stirlitz en la lista de personas que debían conocer esta operación?

—No lo sé.

Kaltenbrunner llamó al secretario:

—Averigüe, por favor, si Stirlitz, de la sexta sección, estaba incluido en la lista de personas encargadas de llevar a cabo la operación Schwarzfeuer.

Cuando el secretario hubo salido, Krüger comprendió que había desviado demasiado pronto el golpe hacia Stirlitz y dio marcha atrás.

—Toda la culpa es mía —continuó, inclinando la cabeza y hablando en voz baja y con dificultad—. Para mí sería terrible que castigara usted a Stirlitz. Lo respeto profundamente como a un soldado leal. No tengo justificación, y solo podré expiar mi culpa con mi propia sangre en el campo de batalla.

—¿Y quién va a luchar contra los enemigos aquí? ¿Yo? ¿Solo? Es demasiado sencillo morir en el frente por la patria y por el Führer. Mucho más difícil es vivir aquí, bajo las bombas, y eliminar las inmundicias con hierro candente. ¡Aquí no solo se necesita valor, sino cabeza! ¡Y cabeza inteligente, Krüger!

Krüger comprendió que no lo enviarían al frente, que era el castigo más terrible. Terrible no por las balas rusas —por supuesto, él sería un oficial de alto rango en el frente—, sino, simplemente, porque conocía el odio feroz que los oficiales del Ejército tenían a los antiguos funcionarios del SD. Siempre buscaban un pretexto para someter a la gente del SD a los procesos del partido o a un tribunal militar, y allí no se podía esperar misericordia; las leyes del frente son las de la muerte…

El secretario abrió sigilosamente la puerta y puso sobre la mesa de Kaltenbrunner varias carpetas delgadas. Kaltenbrunner las ojeó y, tras una exclamación de asombro, dijo:

—Gracias. Averigüe, por favor, si Stirlitz visitó a los jefes después de su regreso de Cracovia y, si lo hizo, con quién se entrevistó. Averigüe, además, qué problemas se discutieron.

—Ya lo he hecho —dijo el secretario—, por si acaso. A su regreso, Stirlitz comenzó a trabajar inmediatamente en el asunto del transmisor estratégico que envía informaciones a Moscú…

Krüger se acordó de cuando escuchó en Cracovia la conversación, grabada, que sostuvo el coronel del Ejército, Berg, con el general Neubuth, en la que el coronel pedía que lo mandaran al frente. Krüger decidió imitarlo: imaginó que, como todas las personas crueles, Kaltenbrunner sería muy sentimental.

—Sin embargo, Obergruppenführer, pido su permiso para ir a primera línea de combate.

—Siéntese —dijo Kaltenbrunner—y no se comporte como una Gretchen. Hoy puede descansar, pero mañana escríbame detalladamente, paso a paso, todo lo relativo a la operación. Ya pensaremos después dónde mandarlo. Hay poca gente y mucho trabajo, Krüger. Mucho trabajo.

Cuando Krüger se hubo retirado, Kaltenbrunner llamó a su secretario:

—Revise todo lo concerniente a Stirlitz en los dos últimos años, pero de modo que no se entere Schellenberg. No hay por qué alarmarse: Stirlitz es un funcionario valioso y un hombre valiente, no debemos arrojar sobre él ninguna sombra de sospecha. Simplemente, es un chequeo mutuo y de rutina entre compañeros… Prepare también una orden para Krüger: lo mandaremos como segundo jefe de la Gestapo a Praga, que ahora es un lugar caliente.

12-2-1945 (18 H 38 MIN)

«—Pastor, ¿qué cree usted que predomina en el ser humano, el hombre o la bestia?

»—Creo que en el hombre están equilibrados a partes iguales.

»—No puede ser.

»—Solo puede ser así.

»—No.

»—De lo contrario, uno de los dos ya habría vencido hace mucho tiempo.

»—Ustedes nos reprochan que apelamos a los bajos instintos y relegamos lo espiritual a un plano secundario. Lo espiritual es verdaderamente secundario. Lo espiritual crece como los hongos con la levadura.

»—¿Y en este caso cuál es la levadura?

»—La ambición. Lo que ustedes llaman lujuria, yo lo llamo un deseo sano de acostarse con una mujer y hacerle el amor. Ser el primero en el trabajo es una sana aspiración. Sin estas aspiraciones, habría cesado el desarrollo de la humanidad. La Iglesia ha hecho muchos esfuerzos por frenar este desarrollo. ¿Comprende usted a qué periodo de la Iglesia me refiero?

»—Sí, sí, por supuesto, lo conozco. Conozco perfectamente ese periodo, pero también conozco otras cosas. No veo la diferencia entre sus opiniones sobre el hombre y las que tiene sobre el Führer.

»—¿De veras?

»—Sí. Él ve en el hombre una bestia ambiciosa. Sana, fuerte y ansiosa de ganarse el espacio vital.

»—No se da usted cuenta de lo equivocado que está; el Führer no ve en cada alemán solo una bestia, sino una bestia rubia.

»—Pero usted ve en cada hombre una bestia en general.

»—Veo en cada hombre su procedencia. Y el hombre procede del mono. El mono es una bestia.

»—Aquí es donde divergen nuestras ideas. Usted cree que el hombre procede del mono, pero no ha visto el mono del que surgió el hombre, ni tal mono le ha dicho nada sobre el asunto. No lo ha palpado, no puede palparlo. Usted lo cree, porque tal creencia corresponde a su formación espiritual.

»—¿Acaso Dios le ha dicho a usted que él creó al hombre?

»—Por supuesto que no, nadie me ha dicho nada y no puedo demostrar la existencia de Dios. Es imposible de demostrar; solo se puede creer en él. Usted cree en el mono, yo creo en Dios. Usted cree en el mono, porque ello corresponde a su formación espiritual; yo creo en Dios, porque ello corresponde a la mía.

»—Está usted tergiversando las cosas. No creo en el mono. Creo en el hombre.

»—Que procede del mono. Usted cree en el mono, en el hombre. Yo creo en Dios, en el hombre.

»—Y ese Dios, ¿está en cada hombre?

»—Por supuesto.

»—Pero, ¿dónde está en el Führer? ¿Dónde está en Goering? ¿Dónde está en Himmler?

»—Es una pregunta difícil. Estamos hablando sobre la naturaleza humana. Claro que en cada uno de esos villanos se pueden encontrar las huellas del ángel caído. Pero, desgraciadamente, toda su naturaleza se sometió hasta tal punto a las leyes de la crueldad, necesidad, mentira, bajeza y violencia, que en ellos prácticamente no queda ya nada humano. Pero, en principio, no creo que el hombre, al nacer, traiga necesariamente consigo la maldición de su descendencia del mono.

»—¿Por qué la maldición de la descendencia del mono?

»—Hablo mi propio idioma.

»—Entonces, ¿se puede aprobar la ley de Dios de aniquilar a los monos?

»—Probablemente no.

»—Constantemente evita usted, de una manera muy moral, contestar las preguntas que me atormentan. No me dice ni «sí» ni «no», pero a todo hombre que busca la fe le gusta lo concreto: un solo «sí» y un solo «no». Usted siempre ofrece «sí-no», «mejor dicho, no», y todos los matices semánticos del «sí». Y esto es lo que odio profundamente; no tanto su método, como su práctica.

»—Usted desaprueba mi práctica. Está claro… Sin embargo, usted, en la práctica, al fugarse del campo de concentración, se dirigió a mí concretamente. Sería interesante saber cómo lo explica.

»—Simplemente, demuestra una vez más que en cada hombre, como usted dice, existe lo divino y lo simiesco. Si en mí hubiera predominado lo divino, no me habría dirigido a usted. No me habría escapado, habría aceptado morir a manos de los verdugos de las SS y les habría ofrecido mi otra mejilla para despertar en ellos algo humano. Ahora bien, si usted hubiera caído en sus manos, me pregunto si habría ofrecido la otra mejilla o hubiera tratado de evitar el golpe.

»—¿Qué significa ofrecer la otra mejilla? De nuevo proyecta usted mi alegoría bíblica sobre la maquinaria real del Estado nazi. Una cosa es poner la mejilla en la parábola, que, como ya le he dicho, se trata de una alegoría de la conciencia humana, y otra cosa es caer en la maquinaria que no te pregunta si ofreces o no la otra mejilla. Significa caer en una maquinaria que, por principio, por su misma idea, carece de conciencia. Naturalmente que a una máquina, a una piedra en el camino o a una pared contra la que uno choca, no se les puede tratar como si fueran seres vivientes.

»—Pastor, me resulta embarazoso preguntárselo. Tal vez me meta en uno de sus secretos, pero la señora Eisenstadt me dijo… Quizá lo dejó escapar sin darse cuenta, y no me atrevo a hacerle la pregunta… ¿Es cierto que, en una ocasión, fue detenido usted por la Gestapo?

»—¿Qué puedo responderle? Sí, estuve allí.

»—Comprendo. No quiere abordar el tema, porque es un asunto delicado. Pero, ¿no cree usted, pastor, que, después de la guerra, sus feligreses le tendrán poca confianza?

»—Tantas personas han sido detenidas y encerradas en las cárceles de la Gestapo…

»—¿Y si alguien les dijera que su pastor era enviado como provocador a las celdas de los otros presos que no regresaron? Los que volvieron, como usted, son pocos entre millones… Sus feligreses no lo creerán. ¿A quién, entonces, predicará la verdad?

»—Por supuesto que empleando esos métodos se puede aniquilar a cualquiera. En ese caso, nada podría mejorar mi situación.

»—¿Y qué haría usted?

»—Pues lo negaría. Lo negaría hasta más no poder, lo negaría hasta que me oyeran. Y si no me oyeran, moriría interiormente.

»—Interiormente. O sea, que seguiría siendo un hombre vivo, de carne y hueso, ¿no?

»—El Señor juzga. Si hubiera de seguir así, seguiría siéndolo.

»—Su religión, ¿se opone al suicidio?

»—Eso me impediría suicidarme.

»—¿Qué hará sin la posibilidad de predicar?

»—Creeré sin predicar.

»—¿No ve usted otra salida: trabajar como los demás, por ejemplo?

»—¿Qué entiende usted por «trabajar»?

»—Cargar piedras para construir los templos de la ciencia, por ejemplo.

»—Si un hombre que se ha graduado en teología solo puede servir a la sociedad cargando piedras, no tengo nada más que decirle. En este caso, lo mejor es volver al campo de concentración e incinerarse en el crematorio…

»—Solamente le digo «en caso de». Me interesa oír sus conjeturas; es decir, la proyección de sus ideas hacia el futuro.

»—¿Le parece a usted que un hombre que se dirige a los feligreses con un mensaje espiritual es solo un vago y un charlatán? ¿No cree que realiza un trabajo? Para usted, el trabajo es cargar piedras, pero yo creo que el trabajo espiritual no solo debe ser considerado como cualquier otro trabajo, sino que es particularmente importante.

»—Soy periodista, y mis artículos fueron condenados al ostracismo por parte de los nazis y de la Iglesia ortodoxa.

»—Fueron condenados por la Iglesia ortodoxa, por la sencilla razón de que usted interpretaba al hombre de manera incorrecta.

»—Yo no interpretaba al hombre. Mostraba el mundo de ladrones y prostitutas que vivían en los tugurios de Bremen y Hamburgo. El Estado de Hitler lo consideró una calumnia vil a la raza superior, mientras que la Iglesia lo consideró una calumnia al hombre mismo.

»—No tenemos miedo a las verdades de la vida.

»—¡Sí que lo tienen! Yo mostraba cómo estas personas trataban de acudir a la Iglesia y cómo la Iglesia los rechazaba. Hasta los feligreses los rechazaban, y el pastor no podía oponerse a ello.

»—Por supuesto que no. No lo critico a usted por la verdad. No lo critico porque haya mostrado esa verdad. Tenemos opiniones distintas en los pronósticos del futuro del hombre.

»—Pastor, ¿no le parece que en sus respuestas no es usted un pastor, sino un político?

»—Lo que pasa es que usted me juzga con sus propios patrones. Me ve en una sola dimensión política. De igual modo se podría ver en la regla logarítmica un objeto para clavar clavos. Con la regla es posible hacerlo, porque tiene longitud y una masa conocida. Pero esa es su décima o vigésima función. Lo que importa es que con su ayuda se pueden hacer cálculos y no solo clavar clavos.

»—Pastor, le estoy haciendo preguntas, pero usted me clava a mí los clavos sin contestarme. Muy hábilmente, hace que pase de plantear las preguntas a tener que contestarlas. ¿Por qué dice usted que está fuera del combate, cuando participa en él?

»—Es cierto. Estoy en el combate y, efectivamente, estoy en guerra, pero yo lucho contra la guerra misma.

»—Usted discute de un modo muy materialista.

»—Discuto con un materialista.

»—Entonces, ¿puede usted combatirme con mis propias armas?

»—Me veo obligado a hacerlo.

»—Escuche… En nombre del bien de sus feligreses, necesito que se ponga en contacto con mis amigos. Le confiaré la dirección de mis camaradas. Pastor, usted no traicionará a los inocentes…»

Tras oír la grabación, Stirlitz se levantó rápidamente y se alejó hacia la ventana para no encontrarse con la mirada de quien el día antes había pedido ayuda al pastor y ahora sonreía maliciosamente escuchando su voz, tomando coñac y fumando ávidamente.

—¿No tenía cigarros el pastor? —preguntó Stirlitz sin volver la cabeza.

Estaba junto a la enorme ventana, que ocupaba toda la pared, y veía cómo los cuervos se peleaban en la nieve disputándose el pan. El guardia recibía ración doble de comida, y le gustaban mucho las aves. No sabía que Stirlitz pertenecía al SD, y estaba completamente convencido de que la villa era propiedad de homosexuales o magnates financieros: nunca había estado en ella una sola mujer, y cuando se reunían hombres, hablaban en voz baja, y sus comidas y bebidas eran exquisitas. Casi siempre, norteamericanas y de primera calidad.

—Sí, casi me vuelvo loco por falta de tabaco. El viejo hablaba en exceso, y estuve a punto de ahorcarme por no poder fumar.

El agente se llamaba Klaus. Lo habían reclutado dos años antes. Él mismo lo había pedido: antiguo corrector tipográfico, ansiaba sensaciones fuertes. Trabajaba artísticamente, desarmando a sus interlocutores con la sinceridad y la brusquedad de sus opiniones. Se le permitía hablar de todo, pero su trabajo debía dar resultados y ser rápido. Stirlitz, que había estudiado bien a Klaus, le tenía más miedo en cada nueva entrevista.

«¿No estará enfermo? —pensó una vez—. La sed de traición es de algún modo una enfermedad. Es curioso: Klaus en modo alguno se ajusta a Lombroso.3 Es más terrible que todos los criminales que he visto, pero parece tan decente y encantador…»

Stirlitz volvió a la mesa, se sentó frente a Klaus y le sonrió.

—Bien —dijo—, entonces, ¿está usted seguro de que el viejo le arreglará los contactos?

—Sí, ese problema está resuelto. Me encanta trabajar con intelectuales y curas. ¿Sabe?, es tremendo ver cómo un hombre va a la muerte. A veces me gustaría decirle a alguno: «¡Detente, estúpido! ¿Adónde vas?».

—Creo que no vale la pena hacerlo —dijo Stirlitz—; sería poco razonable.

—¿No tendrá usted conservas de pescado? Me vuelvo loco si no como pescado. Es el fósforo, ¿sabe? Las células nerviosas lo necesitan…

—Le conseguiré buenas conservas de pescado. ¿Cuáles quiere?

—Me gustan en aceite.

—Entiendo. ¿De qué producción? ¿Nuestra o…?

—«O» —rio Klaus—. Aunque no sea patriótico, me gustan mucho las comidas y bebidas de Norteamérica y Francia.

—Le conseguiré una caja de genuinas sardinas francesas. El aceite es de oliva, muy picante. Un montón de fósforo… ¿Sabe?, ayer examiné su expediente…

—Pagaría lo que fuera por verlo, aunque fuese con un solo ojo…

—No crea que es tan interesante… Resulta impresionante que usted hable, se ría o se queje de dolor de hígado, si tenemos en cuenta que ha llevado a cabo hace poco una ardua operación. Sin embargo, su expediente es aburrido: informes y más informes. Todo se ha mezclado: sus denuncias, las denuncias contra usted. No, no es interesante… Es curioso lo otro: calculé que, según sus informes, y gracias a su iniciativa, fueron arrestadas noventa y siete personas. Nadie dijo nunca nada sobre usted. Nadie. Y en la Gestapo los trabajaron con bastante dureza…

—¿Por qué me habla de eso?

—No lo sé… Trato de analizar. ¿Le dolió alguna vez cuando detuvieron a la gente que antes lo había ayudado a usted?

—¿Usted qué cree?

—No lo sé.

—Tampoco yo. Creo que me sentía fuerte al enfrentarme con ellos… Me interesaba la lucha. Lo que les ocurría después, no lo sé… ¿Qué nos ocurrirá después a nosotros, a todos nosotros?

—Es verdad —convino Stirlitz.

—Después de nosotros, el diluvio… Además, los nuestros son cobardes, envidiosos, delatores. Todos son así. Es imposible ser libre entre esclavos… Entonces, ¿no es mejor ser el más libre entre los esclavos? Todos estos años he gozado de total libertad espiritual.

Stirlitz preguntó:

—Dígame, ¿quién visitó al pastor anteayer por la noche?

—Nadie…

—Alrededor de las nueve…

—Se equivoca —dijo Klaus—. En todo caso, de los suyos no vino nadie; yo estaba allí completamente solo.

—Tal vez visitaron al pastor… Mis hombres no pudieron ver sus caras.

—¿Vigilaban ustedes la casa?

—Por supuesto. Todo el tiempo. Entonces, ¿está usted seguro de que el viejo trabajará para usted?

—Puede apostar su cuello a que lo hará. En general, siento vocación de opositor, de tribuno, de líder. La gente se somete a mi empuje y a la lógica del razonamiento…

—Bien. Es usted estupendo, Klaus. Pero no se jacte en exceso. Ahora, vayamos al trabajo… Durante varios días vivirá usted en una de nuestras casas. Después, le espera un trabajo serio, que no tiene relación conmigo.

Stirlitz decía la verdad. Los colegas de la Gestapo habían pedido prestado a Klaus durante una semana. En Colonia habían sido capturados dos pianistas4 rusos en pleno trabajo, junto al receptor. Como no hablaban, había que mandar a su celda al hombre adecuado. Imposible encontrar a uno mejor que Klaus. Stirlitz había prometido buscarlo.

—Tome una hoja de papel de la carpeta gris —dijo Stirlitz— y escriba lo siguiente: «¡Standartenführer! Estoy terriblemente cansado. Mis fuerzas están al borde del agotamiento. He trabajado honradamente, pero no puedo más. Quiero descansar».

—¿Para qué todo eso? —preguntó Klaus, firmando la carta.

—Creo que no le vendría mal irse una semana a Innsbruck —contestó Stirlitz, alargándole un fajo de billetes—. Allí funciona un casino, y las jóvenes esquiadoras, como siempre, se deslizan por las montañas. Sin esta carta no podré conseguirle una semana de felicidad.

—Gracias —respondió Klaus—, pero tengo bastante dinero…

—Nunca está de más. ¿Sí o no?

—Claro que no —convino Klaus, guardándose el dinero en el bolsillo trasero del pantalón—. Dicen que ahora cuesta mucho curar la gonorrea. —Se rio.

—Trate de recordarlo otra vez: ¿no lo vio nadie en casa del pastor?

—No tengo nada que recordar. Nadie me vio.

—Me refiero incluso a nuestra gente.

—Es posible que me hayan visto si vigilaban la casa, pero no lo creo. No vi a nadie.

Stirlitz recordó que, una semana antes, él mismo lo había vestido de presidiario, antes de fabricar el espectáculo de hacer desfilar a los presos a través de la aldea donde ahora vivía el pastor Schlag. Recordó la cara de Klaus en aquella ocasión: sus ojos eran un poema de bondad y valor; había asumido el papel que debía desempeñar. Entonces, Stirlitz le había hablado de modo diferente; era un santo el que estaba sentado junto a él en el automóvil: la cara luminosa, la voz afligida, y precisa cada una de las palabras que pronunciaba.

—Esta carta la enviaremos de camino a su nueva casa —dijo Stirlitz—. Escriba otra al pastor, para no despertar sospechas. Intente escribirla usted mismo. No le molestaré, voy a hacer más café.

Klaus cogió una hoja de papel.

—«La honradez supone la acción —comenzó a leer, sonriendo—. La fe está basada en la lucha. La prédica de la honradez, unida a la inacción total, es una traición a los feligreses y a sí mismo. El hombre puede perdonarse su propia falta de acción, pero la posteridad, jamás. Por eso no puedo perdonarme mi inacción. Es peor que la traición. Me voy. Justifíquese si puede. Que Dios le ayude». ¿Qué tal está? ¿Bien?

—Magnífico. Dígame, ¿alguna vez juega usted a sí mismo?

—Naturalmente. Llevo una vida de miles de años, pues trabajando con uno u otro hombre, juego a mí mismo; no al que está sentado ante usted, sino a uno distinto, desconocido para mí mismo, sorpresivo, guapo, valiente, fuerte.

—¿Nunca ha intentado escribir?

—No. Si pudiera, tal vez me habría convertido… —Klaus calló de pronto y miró furtivamente a Stirlitz.

—Continúe, muchacho. Hablamos con sinceridad, ¿no es cierto? ¿Ha querido usted decir que si supiera escribir tal vez empezaría a trabajar para nosotros?

—Algo por el estilo.

—No por el estilo —rectificó Stirlitz—, sino precisamente eso.

¿No es así?

—Sí.

—¡Muy bien! ¿Qué sentido tiene mentirme? No tiene sentido alguno. Tome su güisqui y vayámonos. Ya ha oscurecido y creo que pronto empezarán los bombardeos.

—¿Está lejos la casa?

—En el bosque, a 10 kilómetros. Allí hay tranquilidad; dormirá hasta manana.

Ya en el automóvil, Stirlitz preguntó:

—¿Dijo algo sobre el excanciller Brüning?

—Lo puse en mi informe. —Enseguida se encerró en sí mismo—. Temí apretar demasiado…

—Actuó bien. ¿Tampoco habló de Suiza?

—Tampoco.

—Bien. Lo abordaremos por otro lado. Lo importante es que estuviera de acuerdo en ayudar a un comunista. ¡Vaya un pastor! Stirlitz mató a Klaus de un tiro en la sien. No le dijo —como suele ocurrir en las películas— por qué lo mataba ni en nombre de quién. Estaban en la orilla del lago cuando la aviación aliada comenzó el bombardeo. Era una zona prohibida, pero Stirlitz sabía exactamente que el puesto de guardia más cercano se encontraba a dos kilómetros. Durante el bombardeo no se oyó el golpe seco del disparo de pistola. Calculó que Klaus caería directamente al agua desde una plataforma de hormigón donde antes se pescaba, y que no quedarían huellas de sangre en el lugar. De todos modos, esto no era importante: por la noche llovía y nevaba. De aquí que no fuese comprometido el hecho de que, de momento, quedara algo de sangre.

Klaus cayó al agua como un saco. Stirlitz arrojó la pistola al lugar donde había caído el cuerpo. La versión del suicidio por agotamiento nervioso había sido elaborada de modo convincente (las cartas fueron escritas por el mismo Klaus). Luego se quitó los guantes y se dirigió a su automóvil a través del bosque. Estaba a 40 kilómetros de Am Dorf. Allí vivía el pastor Schlag. Stirlitz calculó que estaría en su casa dentro de una hora. Lo había previsto todo, incluyendo la posibilidad de la coartada del tiempo.

Del Centro a Justas:

¿Sabe algo de los contactos nazis con los diplomáticos occidentales en Estocolmo? Si lo sabe, ¿de qué se trata? ¿Qué puede decirnos de Kleist, colaborador de Ribbentrop?

De Justas al Centro:

En mi opinión, por ahora son imposibles los contactos serios de los nazis con Occidente. Según orden de Hitler, el Reichsführer SS Himmler declaró que castigaría con la pena de muerte a todos los traidores que trataran de establecer contacto con los aliados. El doctor Kleist es un confidente de la Gestapo en el Ministerio de Asuntos Exteriores. Como se ha podido averiguar, en el pasado no tuvo ninguna relación seria con Occidente. Su misión en Estocolmo estaba relacionada con problemas de protocolo y, de acuerdo con mis datos, no se le ha ordenado establecer relaciones con los aliados.

JUSTAS

Ernst Kaltenbrunner, jefe del Servicio de Seguridad del Reich (SD), hablaba con fuerte acento vienés, que él sabía que irritaba al Führer y a Himmler. Por ello, durante algún tiempo recibió clases de un prestigioso fonetista para hablar en genuino Hochdeutsch,5 pero sin éxito: amaba Viena, respiraba a través de Viena y no lograba imponerse hablar en Hochdeutsch ni una hora al día para sustituir su dialecto vienés, alegre, aunque, en verdad, algo vulgar. Últimamente, Kaltenbrunner había dejado de imitar a los alemanes y hablaba con todos del modo en que debía hablar: en vienés. Con los subordinados ni siquiera hablaba el vienés, sino un dialecto de Innsbruck. Los austriacos de las montañas hablaban de una manera totalmente distinta y a veces le gustaba a Kaltenbrunner desconcertar a sus colaboradores, quienes tenían que preguntar el significado de una palabra incomprensible para ellos y se sentían extremadamente confusos, desorientados.

—No Siblitz, sino Stirlitz —rio, al teléfono, Kaltenbrunner—. En nuestro personal no hay ningún Siblitz, y sus agentes no me interesan. Sí, por favor, y, a ser posible, rápido. Gracias. Lo espero.

Miró al Obergruppenführer SS Müller, jefe de la Gestapo, y dijo:

—No quisiera despertar en usted quimeras de sospecha en relación con unos compañeros de partido y lucha común, pero los hechos dicen lo siguiente. Primero: Stirlitz, aunque de manera indirecta, tiene algo que ver con el fracaso de la operación en Cracovia. Estaba allí, pero la ciudad, por una extraña conjunción de circunstancias, quedó intacta, cuando debió volar por los aires. Segundo: investigaba la desaparición de una V-2, pero no la encontró; lo cierto es que desapareció, y ruego a Dios que se haya hundido en los pantanos del Vístula… Tercero: también ahora se ocupa de varios problemas relacionados con el Arma de la Venganza, y aunque de momento no se puede hablar de fracasos, tampoco vemos éxitos, ni avances, ni victorias evidentes. Ocuparse de los problemas no solo significa detener a los descontentos. También significa ayudar a los que razonan con precisión y con visión de futuro. Cuarto: el transmisor portátil que, a juzgar por la clave, trabajaba para el servicio de espionaje estratégico de los bolcheviques, y del que se ocupaba Stirlitz, sigue funcionando en los alrededores de Berlín. Me sentiría feliz, Müller, si usted, de inmediato, sin esperar a que nos traigan sus papeles, pudiera refutar mis sospechas. Simpatizo con Stirlitz, y me gustaría que usted desmintiera con pruebas documentales estas sospechas que han surgido en mí de improviso.

Müller había trabajado toda la noche, le zumbaba la cabeza, y respondió sin sus toscas bromas habituales.

—Nunca he recibido información negativa sobre él. En nuestro trabajo nadie está a salvo de errores y fracasos.

—¿Debo con ello interpretar que estoy en un terrible error?

En la pregunta de Kaltenbrunner había acentos duros, que Müller, a pesar del cansancio, supo captar.

—Bueno… —replicó, titubeando—: Cuando aparece una sospecha debe analizarse en profundidad; si no, ¿para qué sirve el departamento? Podrían considerarnos unos vagos que simplemente quieren evadir el frente. ¿Tiene algunos hechos más? —preguntó Müller.

Kaltenbrunner tosía y se tapaba la boca con la mano. El tabaco le hizo toser durante largo rato, su cara se tornó azul, y las venas del cuello se le hincharon y amorataron.

—No sé qué decirle… —dijo, secándose las lágrimas—. Pedí que se grabaran sus conversaciones con mi gente durante varios días. Los que gozan de mi plena confianza hablan abiertamente sobre lo trágico de la situación, critican la estupidez de nuestros militares, el cretinismo de Ribbentrop, llaman idiota a Goering y maldicen la terrible suerte que nos espera a todos si los rusos entran en Berlín… En cambio, Stirlitz responde: «Tonterías, todo va bien, la situación es normal». El amor a la patria y al Führer no consiste en mentir a los compañeros de trabajo. Me pregunto si no será un idiota. Tenemos a muchos estúpidos que repiten ciegamente los galimatías de Goebbels. Pero no, no es un idiota. ¿Por qué, entonces, no es sincero? Desconfía de todos, o teme o planea algo y quiere que todos lo vean inmaculado. ¿Qué es lo que planea? Todas sus operaciones tienen una salida al extranjero, hacia los neutrales… Me pregunto: ¿regresará de allí? Y si vuelve, ¿no se habrá aliado allí con la oposición o con otros canallas? Y no soy capaz de contestarme en sentido positivo o negativo.

Müller preguntó:

—¿Quiere ver su expediente o me lo llevo?

—Lléveselo —respondió Kaltenbrunner con astucia, pues ya había tenido tiempo de estudiar todos los materiales—. Tengo que ir a ver al Führer enseguida.

Müller miró a Kaltenbrunner interrogativamente. Esperaba que le diera noticias frescas del búnker, pero Kaltenbrunner no dijo nada. Tiró de la gaveta inferior de la mesa, sacó una botella de Napoleón, acercó la copa a Müller y preguntó:

—¿Bebió mucho anoche?

—Nada en absoluto.

—¿Y por qué tiene los ojos enrojecidos?

—No he dormido. Mucho trabajo en Praga. Nuestros hombres están vigilando las organizaciones clandestinas. En las próximas semanas ocurrirán allí cosas interesantes.

—Krüger será una gran ayuda para usted. Es magnífico, aunque de poca imaginación. Tome coñac, le levantará el ánimo.

—Al contrario, el coñac me deprime. Me gusta el vodka.

—Este no lo deprimirá —sonrió Kaltenbrunner—, Prosit!

Se lo bebió de un golpe, y la nuez de Adán le subió rápidamente, como la de un alcohólico.

«No lo hace mal —pensó Müller, bebiéndose lentamente su coñac—. Seguro que ahora se servirá la segunda copa.»

Kaltenbrunner encendió un Karo, cigarrillo fuerte y barato, y preguntó:

—¿Otra?

—Gracias —dijo Müller—. Con mucho gusto. Es bueno de verdad este coñac.

1 Nationalsozialistische Deutsche Arbeiter Partei o «Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán», conocido como Partido Nazi, fundado en Múnich en 1920.

2 Vergeltungswaffe 2 o «Arma de la Vengaza 2», misil balístico alemán diseñado por Wernher von Braun durante la segunda guerra mundial. Llevaba una tonelada de explosivo y se empleó principalmente contra Bélgica y Gran Bretaña.

3 Cesare Lombroso (1835-1909), psiquiatra y criminólogo italiano, uno de los padres de la Nuova Scuola criminalística, que atribuía a cuestiones genéticas y fisionómicas las motivaciones de los delitos.

4 Operadores clandestinos de radio.

5 Registro del alemán literario.

2
«¿POR QUIÉN ME TOMAN?». LA MISIÓN

(Del expediente del miembro del NSDAP desde 1938, Obersturmbannführer SS Holtoff, cuarta sección de la Dirección de Seguridad: «Ario genuino. Carácter cercano al nórdico, fuerte. Mantiene buenas relaciones con los compañeros. Buenos índices en el trabajo. Deportista. Implacable con los enemigos del Reich. Soltero. No ha tenido relaciones comprometedoras. Condecorado por orden del Führer y felicitado por el Reichsführer SS…»)

Stirlitz había decidido terminar hoy más temprano, para trasladarse de Prinz-Albrecht-Strasse a Nauen. Allí, en el bosque, en la bifurcación de caminos, se encontraba el pequeño restaurante de Paul, y, lo mismo que uno o cinco años atrás, el hijo de Paul, Thomas el Cojo, conseguía milagrosamente la carne de cerdo y ofrecía a sus habituales clientes el verdadero eisbein con col o, en el peor de los casos, conejo fresco con remolacha encurtida.

Cuando cesaban los bombardeos, era como si la guerra no existiera. Igual que antes, se oía en el tocadiscos la voz grave de Bruno Warnke, cantando: «¡Oh, qué maravilloso era estar allí, en Müggelsee…!».

Pero Stirlitz no había logrado aún salir. Entró Holtoff y dijo:

—Estoy confuso. O mi detenido tiene una enfermedad mental o tenemos que mandárselo a ustedes, a los del espionaje, porque habla igual que esos cerdos ingleses de la radio.

Stirlitz fue al despacho de Holtoff y estuvo allí sentado hasta las siete, escuchando los gritos histéricos de un astrónomo detenido dos días antes en Wansee. Distribuía octavillas escritas por él mismo. El texto era distinto en cada una de ellas. Holtoff alargó a Stirlitz una carpeta. Stirlitz empezó a revisar las hojas arrancadas de una libreta escolar: «¡Alemanes, abrid los ojos! ¡Nuestros locos líderes nos llevan al desastre! ¡El mundo nos maldice! ¡Poned fin a la guerra, rendíos!». Eran de este tenor en su mayor parte. Las había más cortas: «¡Nos dirigen unos maníacos! ¡NO a Hitler! ¡SÍ a la paz!».

Y ahora, sentado en un taburete atornillado al suelo, el astrónomo gritaba por enésima vez:

—¡No puedo más! ¡No puedo, no puedo! ¡Quiero vivir, simplemente vivir! ¿Entiende usted esto? ¡En la monarquía, en el capitalismo, en el bolchevismo! ¡No puedo más! ¡Me ahogan su ceguera, estupidez y locura!

—¿Quién te ordenaba escribir las proclamas? — repetía Holtoff, metódicamente, en voz baja—: Esa porquería no se te puede haber ocurrido a ti. ¿Quién te transmitía los textos? Tu mano era dirigida por una voluntad ajena, enemiga, ¿verdad? ¿Con qué enemigos te has puesto en contacto, dónde y cuándo?

—¡Nunca me he puesto en contacto con nadie! ¡Si tengo miedo de hablar hasta conmigo mismo! ¡Tengo miedo de todo! —gritaba el astrónomo—. ¿Acaso ustedes no tienen ojos? ¿Acaso no entienden que todo está perdido? ¡Estamos perdidos! ¿Acaso no entienden que cada nueva víctima es ya un acto de auténtico sadismo? ¡Ustedes repetían constantemente que vivían en nombre de la nación! ¡Están condenando a morir a niños desgraciados!

¡Son fanáticos, fanáticos ávidos que conquistaron el poder! ¡Están bien alimentados, fuman cigarros caros y beben café! ¡Déjennos vivir como personas y no como esclavos enmudecidos! —De pronto, el astrónomo quedó inmóvil, se secó el sudor de la frente y concluyó en voz baja—: O, mejor, mátenme aquí rápidamente. Es preferible volverse loco a comprender nuestra impotencia, y la estupidez de una nación que ustedes han convertido en un cobarde rebaño…

—Espere —dijo Stirlitz—. Un grito no es un argumento. ¿Tiene algunas proposiciones concretas?

—¿Cómo? —preguntó el astrónomo, asustado.

La voz tranquila de Stirlitz, su manera de hablar sin prisa y sonriendo ligeramente, causaron en el astrónomo una impresión contraria: en la cárcel se había acostumbrado a los gritos y a los puñetazos en la cara. Uno se acostumbra con rapidez y pierde la costumbre lentamente.

—Le pregunto: ¿cuáles son sus proposiciones concretas? ¿Cómo debemos salvar a los niños, mujeres y ancianos? ¿Qué propone usted? Siempre es más fácil criticar y renegar. Mucho más difícil resulta proponer un programa razonable de acción.

—Rechazo la astrología. —Tras quedar pensativo durante largo rato, el astrónomo continuó lentamente—. Pero admiro la astronomía. Me quitaron la cátedra en Kiel…

—¿Por eso eres tan rencoroso, perro? —gritó Holtoff.

—Espere —dijo Stirlitz, frunciendo el ceño con irritación—. No hay que gritar… Continúe, por favor.

—Vivimos en el año del Sol intranquilo. Las explosiones de las protuberancias, la transmisión de una energía solar excesiva influye en los cuerpos celestes, y los planetas y estrellas influyen, a su vez, en nuestra pequeña humanidad…

—Por lo que veo —le interrumpió Stirlitz—, usted ha elaborado algún horóscopo. ¿Por eso está tan nervioso?

—Un horóscopo es un fenómeno intuitivo, tal vez hasta genial, pero no convincente. No, me baso en una hipótesis corriente y nada genial que intente presentar las relaciones recíprocas de cada habitante de la Tierra con el cielo y el Sol… Esta correlación me permite con mayor exactitud y sensatez evaluar lo que está ocurriendo en mi patria…

—Me gustaría que tratásemos el tema más detalladamente—dijo Stirlitz—. Creo que ahora mi compañero le permitirá volver a su celda para que descanse un par de días. Después, reanudaremos nuestra conversación.

Cuando se llevaron al astrónomo, Stirlitz dijo:

—Hasta cierto punto es irresponsable de sus actos, ¿no lo ve? Los científicos, escritores y artistas son irresponsables a su modo. Hay que tratarlos de manera distinta, porque viven una vida propia inventada por ellos. Manda a este tonto a nuestro hospital para que lo examinen. Tenemos demasiado trabajo como para perder el tiempo con charlatanes irresponsables, aunque, tal vez, de talento. Si hubiera paz, lo mandaríamos a un campo de concentración. Allí se reeducaría y luego sería útil al Reich y a la nación trabajando en un instituto o en una cátedra. Pero ahora…

—Habla como un auténtico inglés de la radio londinense. O como un maldito socialdemócrata ligado a Moscú.

—Los hombres inventaron la radio para escucharla. Bueno, él la ha escuchado demasiado. No, esto no es serio. A nosotros, la inteligencia no nos interesa. Sería bueno verlo dentro de varios días, simplemente para tantearlo y saber si es un científico de verdad o solo un loco. Si es un científico serio, veremos a Müller, o a Kaltenbrunner, para pedirles que le den buenas raciones de comida y lo manden a las montañas donde ahora está la flor y nata de nuestra ciencia. Que trabaje allí; enseguida dejará de hablar, cuando no haya bombardeos, sino mucho pan con mantequilla y tenga su casita cómoda en las montañas, en un bosque de pinos… ¿No cree?

Holtoff sonrió.

—Con una casita en las montañas, mucho pan con mantequilla y ni un solo bombardeo, nadie protestaría.

Stirlitz miró a Holtoff con atención, hasta que este no pudo soportar su mirada y comenzó a cambiar apresuradamente los papeles de su mesa de un lugar a otro. Después, dirigió a su subordinado una sonrisa franca y amistosa.

15-2-1945 (20 H 30 MIN)

«Documento taquigráfico de una reunión con el Führer.

»Estaban presentes Keitel, Jodl, Havel, enviado del Ministerio de Asuntos Exteriores, Reichsleiter Bormann, Obergruppenführer SS Fegelein, representante del Cuartel General del Reichsführer SS, el ministro de Industria Speer, también el almirante Foss, el capitán de corbeta Ludde-Neurat, el almirante Von Putkammer, ayudantes y taquígrafas.

»Bormann: ¿Quién está haciendo ruido por ahí? ¡Molesta! Silencio por favor, señores militares.

»Putkammer: Pedí al coronel Von Belof que me diera datos acerca de la situación de la Luftwaffe en Italia.

»Bormann: No se trata de esto. Todos hablan al mismo tiempo y hacen un ruido constante y fastidioso.

»Hitler: A mí no me molesta. Señor general, en el mapa aún no han marcado los cambios recientes en Curlandia.

»Jodl: Mi Führer, no se ha fijado usted; aquí están las correcciones de la mañana de hoy.

»Hitler: El mapa tiene las letras demasiado pequeñas. Gracias, ahora lo veo.

»Keitel: El general Guderian insiste de nuevo en evacuar nuestras divisiones de Curlandia.

»Hitler: Es un plan insensato. Ahora las tropas del general Rendulitsch que se quedaron en la retaguardia de los rusos, a 400 kilómetros de Leningrado, atraen de 40 a 70 divisiones rusas. Si retiramos nuestras tropas de allí, cambiará enseguida la correlación de fuerzas alrededor de Berlín y no a favor nuestro, como cree Guderian. En caso de retirar nuestras tropas de Curlandia, por cada división alemana en Berlín tendremos, por lo menos, tres divisiones rusas.

»Bormann: Hay que ser un político sensato, señor mariscal de campo…

»Keitel: Soy militar y no político.

»Bormann: En este siglo de guerra total son nociones inseparables.

»Hitler: Para evacuar a las tropas que se encuentran ahora en Curlandia, necesitaríamos, por lo menos, seis meses, teniendo en cuenta las experiencias de la operación en Libau. Es ridículo. Tenemos horas, unas horas para conquistar la victoria, basándonos en hechos reales y no en invenciones quiméricas. Todo el que pueda ver, analizar y sacar conclusiones debe responderse una sola pregunta: ¿es posible una victoria cercana? No pido que la respuesta sea ciega y categórica. No me convence una fe ciega; busco una fe capaz de ver. Jamás el mundo ha conocido una unión tan paradójica y contradictoria como la coalición de los aliados. Las ideas raras, las aspiraciones, elementos y caracteres diferentes solo pueden coexistir sin perjuicio en una situación sin salida. Me refiero a un campo de concentración donde, como se dice, viven perfectamente en una barraca, por ejemplo, nuncios papales, ateos comunistas y radicales franceses junto a conservadores británicos. Una situación sin salida engendra unión. Es una unión de desesperados, una unión sin esperanzas y sin objetivos. Mientras que los objetivos de Rusia, Inglaterra y los Estados Unidos son diametralmente opuestos, nuestro objetivo está claro para todos nosotros. Mientras ellos se mueven dirigidos por las diferencias de sus aspiraciones ideológicas, a nosotros nos mueve una sola aspiración a la que hemos subordinado nuestra vida. Mientras que las contradicciones de ellos aumentarán cada día más, nuestra unidad tiene ahora, como nunca antes, aquella solidez por la que luché durante muchos años en esta campaña grande y difícil. Sería utópico ayudar a destruir la alianza de nuestros enemigos por vías diplomáticas o por otras. Utópico en el mejor caso, si no es logrando que manifiesten pánico y pierdan toda perspectiva. Solamente asestándoles golpes militares, demostrando la fortaleza de nuestro espíritu y nuestro poderío inagotable, aceleraremos el término de esta coalición, que se derrumbará con el estampido de nuestros cañones victoriosos. Nada impresiona tanto a las democracias occidentales como la demostración de fuerza. Nada disipa tanto la embriaguez de Stalin como la confusión de Occidente por un lado y nuestros golpes por el otro. Tengan en cuenta que ahora Stalin tiene que hacer la guerra no en los bosques de Briansk o en los campos de Ucrania. Ahora tiene a sus tropas en territorio de Polonia, Rumanía, Hungría. Al establecer contacto directo con la “no patria”, los rusos ya están debilitados, hasta cierto punto, desmoralizados. Pero mi máxima atención no está dirigida a los americanos. ¡Dirijo mi mirada a los alemanes! ¡Solo nuestra nación puede y debe alcanzar la victoria! En estos momentos, todo el país se ha convertido en un campamento militar. Todo el país: hablo de Alemania, Austria, Noruega, parte de Hungría e Italia, un territorio considerable de los protectorados de Bohemia y Moravia, Dinamarca y parte de Holanda. Este es el corazón de la civilización europea. Es la concentración del poderío material y espiritual. En nuestras manos ha caído el material de la victoria. De nosotros, los militares, depende ahora en qué medida y con qué rapidez se utilice este material en nombre de nuestra victoria. Créanme: después de los primeros golpes demoledores de nuestros ejércitos, la coalición de los aliados se derrumbará. Los intereses egoístas de cada uno de ellos prevalecerán sobre el análisis estratégico del problema. Propongo lo siguiente para acercar la hora de la victoria: que el VI Ejército Pánzer SS comience la contraofensiva en Budapest, protegiendo de esta manera la seguridad del baluarte sur del nacionalsocialismo de Austria y Hungría, por un lado, y preparando la salida a los flancos rusos, por el otro. Recuerden que precisamente allí, en el sur, en Nagykanizsa, tenemos setenta mil toneladas de petróleo. El petróleo es la sangre que corre por las arterias de la guerra. Prefiero entregar Berlín antes que perder este petróleo que me garantiza la inexpugnabilidad de Austria y su unidad con los millones de hombres de la agrupación italiana de Kesselring. Continúo: el grupo de ejércitos Vístula, reuniendo las reservas, llevará a cabo una contraofensiva determinante en los flancos rusos utilizando para esto el campo de operaciones de Pomerania. Al romper la defensa de los rusos, las tropas del Reichsführer SS llegarán a su retaguardia y tomarán la iniciativa. Apoyados por la agrupación de Stettin, cortarán en dos el frente de los rusos. Para Stalin el problema del transporte de las reservas es grave. Las distancias están en su contra y a nuestro favor. Siete líneas de defensa que protegen Berlín —y prácticamente lo hacen inaccesible— nos permiten alterar los cánones del arte militar y transportar al oeste un grupo considerable de tropas desde el sur y desde el norte. Tendremos margen. Stalin necesitará dos o tres meses para reagrupar las reservas, nosotros necesitaremos cinco días para trasladar los ejércitos; las distancias en Alemania nos permiten hacerlo, desafiando las tradiciones de la estrategia.

»Jodl: De todas maneras, sería deseable coordinar este problema con las tradiciones de la estrategia…

»Hitler: ¿Qué quiere decir con eso, Jodl?

»Jodl: Creo que todo esto es muy sabio y perspicaz, pero me permito expresar mi desacuerdo solo en lo siguiente: que no deben coordinarse los detalles de este plan con las tradiciones de la ciencia militar.

»Hitler: No se trata de detalles, sino del conjunto. Al fin y al cabo, los problemas particulares siempre pueden resolverse en los estados mayores por los grupos limitados de especialistas. Los militares tienen más de cuatro millones de personas organizadas en un poderoso puño de resistencia. La tarea consiste en convertir ese poderoso puño de resistencia en el golpe demoledor de la victoria. Estamos ahora en las fronteras de agosto de 1938. Nuestra industria militar produce cuatro veces más armamento que en 1939. Nuestro Ejército es dos veces mayor que en 1939. Nuestro odio es terrible y la voluntad de vencer, inmensa. Les pregunto: ¿acaso no ganaremos la paz a través de la guerra? ¿Acaso el éxito militar no engendra el éxito político? Les ruego que me preparen para mañana proposiciones concretas, señor mariscal de campo.

»Keitel: Sí, mi Füher. Prepararemos el plan general y, si usted lo aprueba, comenzaremos a precisar todos los detalles.»

Al llegar al estado mayor de Himmler, el Obergruppenführer SS Fegelein, cuñado de Hitler, le informó sobre la reunión en el búnker.

—Cualquier solución política del problema —dijo— está rechazada categóricamente por el Führer.

—¿Cómo aceptaron su plan los militares? —preguntó Himmler.

—Con ironía. Aunque parezca raro, precisamente los militares han llegado ahora a la firme convicción de que el resultado de la guerra no puede decidirse por más caminos que los políticos.

—¿Capitulación? —preguntó Himmler pensativo.

—¿Por qué necesariamente capitulación? Negociaciones…

(Del expediente del miembro del NSDAP desde 1933, Standartenführer SS Von Stirlitz, sexta sección de la Dirección de Seguridad: «Ario genuino. Carácter nórdico, sólido. Buenas relaciones con los compañeros de trabajo. Cumple su deber de forma intachable. Implacable con los enemigos del Reich. Excelente deportista: campeón de tenis de Berlín. Soltero; no ha tenido relaciones comprometedoras. Condecorado por el Führer. Obtuvo felicitaciones por parte del Reichsführer SS…»)

Stirlitz llegó a su casa a las siete, cuando apenas había empezado a oscurecer. Le gustaba esta época del año: casi no había nieve y, por las montañas, el sol alumbraba las cumbres de los pinos como si hubiera llegado el verano y fuera posible irse a Müggelsse y permanecer allí todo el día pescando o durmiendo en una silla plegable.

Aquí, en Babelsberg, muy cerca de Potsdam, vivía ahora solo en su pequeña villa. Su ama de llaves se había marchado la semana antes a Turingia, a las montañas, a casa de su sobrina. La mujer no pudo soportar más las interminables incursiones aéreas: los nervios le fallaban.

La hija del dueño de la taberna El Cazador hacía ahora la limpieza. Era jovencita, muy espabilada y bella. «Debe de ser de Sajonia —pensaba Stirlitz mientras observaba cómo la muchacha manejaba una gran aspiradora para limpiar la alfombra de la sala—. Tiene el cabello negro y ojos azules. Habla con acento berlinés, pero seguro que es de Sajonia».

Stirlitz miró su reloj pasado de moda y pensó: «Ya hay que cambiarlo. Si este Longines adelantara o atrasara, podría acostumbrarme; pero a veces atrasa y otras adelanta. No sirve para nada».

—¿Qué hora es? —preguntó Stirlitz.

—Cerca de las siete.

Stirlitz sonrió: «Una criatura feliz… Puede permitirse decir “cerca de las siete”. La gente más feliz de la Tierra es la que puede manejar su tiempo sin temor a las consecuencias. Pero ella habla con acento berlinés, estoy seguro. Incluso con un poco del dialecto de Mecklemburgo…».

Al oír el ruido del automóvil que se acercaba, pidió:

—Niña, vete a ver quién ha llegado.

Oyó el sonido de la puerta al abrirse. Asomándose al pequeño despacho en que estaba sentado él en un sillón junto a la chimenea, la muchacha dijo:

—Es un señor de la Policía.

Stirlitz se levantó, se estiró y fue a la antesala. Allí estaba el Unterscharführer SS con una gran cesta en la mano.

—Standartenführer, su chófer ha enfermado y he venido a traerle su ración.

—Gracias —dijo Stirlitz—. Póngala en la fresquera. La muchacha le ayudará.

No acompañó al Unterscharführer cuando abandonó la casa. No abrió los ojos hasta que la muchacha, que había vuelto al despacho silenciosamente, le dijo en voz baja desde la puerta:

—Si herr Stirlitz lo desea, puedo quedarme también por la noche.

«Es la primera vez que ve tanta comida junta—pensó—. Pobre.»

Stirlitz se estiró de nuevo y contestó:

—No hace falta. Puedes coger la mitad del salchichón y el queso sin necesidad de eso.

—Oh, no, herr Stirlitz —contestó ella—. No es por la comida…

—¿Estás enamorada, estás loca por mí? Sueñas con mi pelo canoso, ¿verdad?

—Los hombres canosos son los que más me gustan en el mundo.

—Está bien, niña, seguiremos hablando de las canas. Después de que te cases. ¿Cómo te llamas?

—Marie. Ya le dije: Marie.

—Sí, sí, perdóname, Marie. María Magdalena. Todas vosotras, las pequeñas Marie, sois pecadoras, ¿no? Coge el salchichón y deja de coquetear. ¿Qué edad tienes?

—Diecinueve.

—Oh, una muchacha ya adulta. ¿Hace mucho que llegaste de Sajonia?

—Sí. Desde que mis padres se mudaron para aquí.

—Bien, Marie, vete a descansar. Temo que empezará el bombardeo y tendrás miedo de caminar cuando comience.

La muchacha se fue. Stirlitz cubrió las ventanas con pesadas cortinas para que no se vieran las luces y encendió la lámpara de la mesa. Se agachó junto a la chimenea y notó de repente que los leños habían sido colocados precisamente como a él le gustaba: formando un pocito, y la corteza de abedul estaba lista en un rústico platillo azul.

«No le hablé nunca de esto… O sí… Se lo dije. De todos modos, la niña tiene memoria —pensó encendiendo la corteza—. Pensamos en los jóvenes como lo hacían los maestros viejos. Visto desde fuera, debe de ser muy ridículo. Yo mismo me he acostumbrado a considerarme un viejo: cuarenta y cinco años…»

Esperó a que el fuego empezara a lamer con avidez los leños de abedul, se acercó a la radio y la encendió. Una emisora de Moscú: estaban transmitiendo viejas novelas. Stirlitz recordó la vez que Goering dijo a sus hombres: «No es patriótico escuchar la radio enemiga, pero a veces me gustaría tanto oír las tonterías que dicen de nosotros». Fue entonces cuando Stirlitz comprendió que Goering era un cobarde estúpido: la información de que él escuchaba la radio enemiga llegaba de sus criados y de su chófer, reclutados por Müller. Si el «Nazi número 2» trataba de excusarse de esta manera, evidenciaba con ello su cobardía y la total inseguridad en el día de mañana. Stirlitz, en cambio, pensaba que no valía la pena ocultar que oía la radio enemiga. Al contrario, debería simplemente comentar del modo más adecuado las transmisiones del enemigo, ridiculizarlas y hacer bromas groseras. A buen seguro esto impresionaría a Himmler, quien no se distinguía por ninguna excesiva sutileza de razonamiento.

La novela terminó con una suave música de piano. La voz lejana del locutor moscovita (por lo visto, un alemán) comenzó a decir las frecuencias en que se transmitía los miércoles y los viernes. Stirlitz anotó las cifras: era una clave para él. Lo había esperado ya durante seis días. Apuntaba las cifras en una columna alineada. Eran muchas, y el locutor, tal vez temiendo que no tuviera tiempo de anotarlas, las leyó nuevamente.

Y otra vez volvieron a escucharse las maravillosas novelas rusas.

Stirlitz sacó del armario un tomito de Montaigne, tradujo las cifras en palabras y las relacionó con el código oculto entre las sabias verdades del grande y sereno pensador francés.

Después de descifrar el radiograma, quemó la hojita llena de cifras y palabras, mezcló la ceniza con la de la chimenea y bebió un poco más de coñac.

«¿Por quién me toman? —pensó—. ¿Por un genio o por el Todopoderoso? Es imposible…»

Le sobraban razones para pensar así. La orden que le habían transmitido a través de la radio moscovita decía:

De Álex a Justas:

De acuerdo con nuestros datos, en Suecia y Suiza fueron vistos altos oficiales del SD y de las SS que trataron de entrar en contacto con agentes de los aliados. En Berna, los hombres del SD trataron de establecer contacto con la gente de Allen Dulles. Debe usted averiguar lo siguiente: qué significan estos esfuerzos, 1) una desinformación, 2) una iniciativa personal de los altos jefes del SD, 3) el cumplimiento de una misión del Centro.

En el caso de que estos funcionarios del SD y de las SS estén cumpliendo una misión de Berlín, es necesario aclarar quién les encomendó esta misión. Más concretamente: quién, de entre los dirigentes máximos del Reich, busca contactos con Occidente.

ÁLEX

«Justas» era el nombre en clave del Standartenführer Stirlitz, conocido en Moscú como el coronel Maxim Maximóvich Isaiev estrictamente por los tres jefes de la seguridad del Kremlin.

Seis días antes de que Stirlitz recibiera este mensaje cifrado, Stalin había leído los últimos informes de los agentes soviéticos. Llamó a su dacha al jefe de la inteligencia y le dijo:

—Solamente los principiantes en política pueden considerar que Alemania está definitivamente agotada y que, por lo tanto, no es peligrosa. Alemania es un resorte contraído hasta el límite que debe y solo puede ser vencida aplicando por ambos lados esfuerzos igual de poderosos. En caso contrario, si la presión por un lado se convierte en apoyo, el resorte, al liberarse, puede asestar un golpe en dirección contraria. Será un golpe fuerte: primero, porque el fanatismo de los hitlerianos continúa siendo enorme; y segundo, porque el potencial militar de Alemania está lejos de agotarse. Por esta razón, todos los esfuerzos de un acuerdo entre los fascistas con los posibles antisoviéticos de Occidente deben ser analizados por usted como tarea número uno. Naturalmente —continuó Stalin—, debe usted darse cuenta de que las figuras principales en estas posibles negociaciones por separado serán, lo más probable, los más cercanos colaboradores de Hitler que tengan autoridad en el aparato del partido y frente al pueblo. Estos colaboradores cercanos deben convertirse en el objetivo de su observación más atenta. Sin duda alguna, los colaboradores del tirano, que está al borde de la derrota, van a traicionarlo para salvar sus vidas. Es un axioma en cualquier juego político. Si usted pierde de vista estos eventuales procesos, cargará con la culpa. La Checa es implacable —agregó Stalin, empezando a fumar sin prisa—. No solo con los enemigos, sino también con quienes ofrecen a los enemigos una oportunidad para la victoria, con intención o sin ella.

En algún sitio lejano comenzaron los aullidos de las sirenas de alarma aérea y enseguida los ladridos de los cañones. La planta eléctrica interrumpió el suministro de luz. Stirlitz permaneció durante largo rato junto a la chimenea, observando cómo serpenteaban las llamitas azules sobre los tizones negros y rojos.

«Si cierro la chimenea —pensó perezosamente—, dentro de tres horas estaré dormido para siempre. Expiraré, por así decirlo, en paz…»

Esperó hasta que los tizones se pusieron totalmente negros, sin las serpenteantes llamitas azules. Después, cerró el tiro de la chimenea, encendió la gran vela colocada en el cuello de una botella de champán y le maravilló el dibujo extraño de la cera en torno a la botella. Había encendido tantas velas allí que la botella era un recipiente raro, lleno de protuberancias como ánforas antiguas, pero blanco y rojo. Stirlitz encargaba especialmente velas de colores a sus amigos que viajaban a España; luego, les regalaba estas extraordinarias botellas de cera.

Se oyeron cerca dos fuertes estampidos continuos.

«Bombas de explosión —determinó—. Buenas bombas. Los muchachos bombardean bien. Pero que muy bien. Sería terrible que me mataran en los últimos días. Los nuestros no encontrarían ni las huellas. Por regla general, es lamentable morirse en el anonimato. Sashenka —vio de pronto la cama de su mujer—. Sashenka y mi pequeño Sasha.1 Ahora no puedo morirme. Hay que salir vivo a toda costa. Es más fácil vivir solo, porque no es tan terrible morir. Y después de ver a mi hijo, es monstruoso morir. Los idiotas escriben en sus novelas: “murió tranquilo en los brazos de sus seres queridos”. Nada hay más horrendo que morir en brazos de los hijos, verlos por última vez, sentirlos cerca y saber que uno se va para siempre, que es el final y la oscuridad, y desgracia para ellos.»

Una vez, en una recepción de la Embajada soviética, en Unter den Linden, él y Schellenberg conversaron con un joven diplomático soviético. Sombríamente, según su manera habitual, escuchaba la discusión del ruso con el jefe de los servicios secretos políticos sobre el derecho del hombre a creer en amuletos, palabras mágicas u otras supercherías, lo cual, según la expresión del secretario de la Embajada eran «necedades de los salvajes». En esta alegre discusión, Schellenberg, como siempre, obraba con tacto, inteligencia y suavidad. Stirlitz se enfureció viéndolo arrastrar al ruso a la disputa.

«Lo ha provocado —pensó—. Quiere conocer al enemigo. Donde mejor se conoce el carácter de un hombre es en la discusión y Schellenberg sabe hacerlo como nadie.»

—Si en este mundo todo está claro para usted —continuó Schellenberg—, entonces, por supuesto, tiene derecho a rechazar la fe del hombre en la fuerza de un amuleto. Pero, ¿resulta todo tan claro para usted? No es cuestión de ideología, sino de física, de química, de matemática…

—¿Qué físicos y qué matemáticos comienzan a solucionar un problema colgándose un amuleto en el cuello? —se acaloraba el secretario de la Embajada—. Eso no tiene sentido.

«Debió de terminar con la pregunta —se dijo Stirlitz— pero no resistió y se contestó a sí mismo. En la discusión es importante preguntar; es ahí donde se ve al contraagente. Además, siempre es más complicado responder que preguntar.»

—¿Y si el físico o el matemático se ponen el amuleto, pero no lo dicen? —preguntó Schellenberg—. ¿O rechaza usted esa posibilidad?

—Sería ingenuo rechazarla. La categoría de posibilidad es la paráfrasis de la noción de perspectiva.

«Bien contestado —se dijo Stirlitz—. Ahora debería responder al golpe. Preguntar, por ejemplo: ¿no está usted de acuerdo? Pero no preguntó y otra vez ofreció la posibilidad de ser golpeado.»

—¿Entonces es probable que el amuleto entre también en la categoría de la posibilidad? ¿O está usted en contra?—sonrió Schellenberg.

Stirlitz acudió en su ayuda.

—La parte alemana ha vencido en la discusión —afirmó—. Sin embargo, en aras de la verdad, debo decir que a las preguntas brillantes de Alemania, Rusia daba respuestas no menos brillantes. Hemos agotado el tema, pero no sé lo que hubiéramos hecho si la parte rusa hubiese tomado la iniciativa en el ataque, haciendo preguntas…

«¿Has entendido, hermanito?», preguntaban los ojos de Stirlitz y, al ver cómo se tensaban de repente los músculos faciales del diplomático ruso, se percató de que su lección había sido comprendida. «No te irrites, querido amigo —pensaba, mirando al muchacho que se alejaba—. Mejor que lo hiciera yo y no otro. Pero tienes razón al hablar así de los amuletos. Cuando estoy muy mal y me lanzo al riesgo con ojos abiertos, y mis riesgos siempre son mortales, me pongo en el pecho un amuleto: el medallón donde guardo un mechón de pelo de Sashenka. Tuve que tirarlo porque era demasiado ruso y compré uno alemán, pesado, intencionalmente ostentoso, pero el mechón de pelo dorado y blanco de Sashenka está conmigo y es mi amuleto».

Hacía veintitrés años, en Vladivostok, había visto a Sashenka por última vez, antes de partir a cumplir una misión encomendada por Yerzinski entre los rusos blancos exiliados, primero a Shanghái y después, a París. Pero, desde aquel día terrible, lejano y ventoso, su imagen vivía en él; ya convertida en parte de sí mismo, se había disuelto en él, era una parte de su propio yo.

Se acordó del inesperado encuentro con su hijo en Cracovia, ya casi de noche. Se acordó de la llegada de Grishanchikov a su hotel y de cómo hablaban en un susurro, con la radio puesta, y de lo atormentador que había sido alejarse del lado de su hijo que, por la voluntad del destino, había escogido también su camino. Stirlitz sabía que su hijo estaba ahora en Praga y que debía salvar esta ciudad de la aniquilación de la misma forma en que él y el mayor Torbellino habían salvado Cracovia. Sabía lo sumamente difícil que le era ahora llevar a cabo su tarea, pero comprendía también que cualquier esfuerzo por ver a su hijo —el viaje de Berlín a Praga solo duraba seis horas— podía exponerlo al peligro.

Se levantó y, cogiendo la vela, se acercó a la mesa. Sacó varias hojas de papel y las extendió como los naipes de un solitario. En una de ellas dibujó un hombre alto y gordo. Deseó escribir abajo

«Goering», pero no lo hizo. En la segunda hoja dibujó la cara de Goebbels, en la tercera, un rostro duro con una cicatriz: Bormann. Después de reflexionar unos instantes, escribió en la cuarta hoja «Reichsführer SS». Era el cargo de su jefe, Heinrich Himmler.

Apartando las otras, Stirlitz acercó la hoja en la que había dibujado a Goering y comenzó a trazar círculos y cuadrados solo comprensibles para él. Los unió con líneas: dos gruesas, una fina y otra intermitente apenas visible.

Si un agente se encuentra en el Centro de acontecimientos importantísimos, debe ser un hombre infinitamente emocional, hasta sensitivo como un actor; pero tiene que cubrir por completo esta desnudez emocional con sangre fría y una lógica implacable.

En las noches en que, muy raras veces, Stirlitz se permitía sentirse como Isaiev, se hacía estos razonamientos: ¿qué significa ser un verdadero agente? ¿Reunir la información, procesar los datos objetivos y transmitirlos al Centro para que se saquen conclusiones generales y se tomen decisiones? ¿O sacar sus propias conclusiones, ofrecer sus puntos de vista y exponer sus previsiones?

«Considerando que eres precisamente tú, tú el que siente exactamente lo que hay que esperar en el futuro; ¿tienes derecho tú, Maxim Isaiev, a influir en este futuro? La desgracia de la inteligencia —pensaba Isaiev—, consiste en que la excesiva abundancia de información corriente oculta la perspectiva, la encubre, obliga a las decisiones a ser subjetivas y no objetivas consecuencias del análisis de la verdad, sea esta siniestra o satisfactoria». Isaiev pensaba que si se permitiera a la inteligencia ocuparse de la planificación de la política, podría resultar entonces que hubiese muchas recomendaciones y pocos datos. Isaiev creía que él, el agente, debía de ser, ante todo, objetivo. Da malos resultados cuando la inteligencia está totalmente subordinada a la línea política trazada de antemano: así le pasó a Hitler. Creía que la Unión Soviética era débil y no prestaba atención a las cautelosas opiniones de los militares: «Rusia no es tan débil como parece». Del mismo modo, está mal que la inteligencia se esfuerce en dominar la política. Lo ideal es que el agente entienda la perspectiva del desarrollo de los acontecimientos y ofrezca a los políticos varias soluciones posibles y, desde su punto de vista, razonables.

«Un agente —pensaba Isaiev—, tiene derecho a dudar de la infalibilidad de sus predicciones, pero no tiene derecho a una sola cosa: a alejarse del método objetivo de investigación de la realidad.»

Comenzando ahora el último análisis de aquel material que había podido reunir en todos estos años, Stirlitz debía sopesar todos sus pros y sus contras. Se trataba del destino de millones de personas y de ningún modo podía equivocarse en el análisis.

INFORMACIÓN PARA UN ANÁLISIS. GOERING

Stirlitz empezó a fijarse por primera vez en Goering después de una incursión de fortalezas volantes norteamericanas en Kiel. La ciudad fue quemada y destruida. Goering comunicó al Führer que en el raid habían participado trescientos aviones enemigos. El Gauleiter2 de Kiel, Groche, que encaneció en aquellas veinticuatro horas, refutó a Goering: dijo que en la incursión habían tomado parte ochocientos aviones y que la Luftwaffe había sido incapaz de salvar la ciudad.

Hitler miraba a Goering en silencio. Una mueca de asco recorría su cara; movía su mano izquierda con inquietud; parecía que el Führer se rascaba como un enfermo de psoriasis. Después estalló:

—«Ni una sola bomba enemiga caerá sobre las ciudades de Alemania» —empezó a citar nervioso, dolido, sin mirar a Goering—. ¿Quién decía esto a la nación? ¿Quién se lo hizo creer a nuestro partido? ¡He leído libros sobre juegos de azar y sé lo que es un bluf! ¡Alemania no es el paño verde de una mesa de timbas! —Hitler miró a Goering gravemente y continuó—: ¡Está usted sumido en la abundancia y en el lujo, Goering! ¡Está usted viviendo en tiempo de guerra como un emperador o un plutócrata judío! ¡Tira usted con arco a los venados, mientras que mi nación es asesinada por la metralla de los aviones enemigos! ¡La vocación del líder es la grandeza de la nación! ¡El destino del líder es la modestia! ¡La profesión de un líder es la correlación exacta entre las promesas y su cumplimiento!

Más tarde se supo que, al escuchar estas palabras de Hitler, Goering había vuelto a su casa y se había acostado con fiebre y un fortísimo ataque de nervios. Iba constantemente a las ciudades bombardeadas, allí se reunía con el pueblo, exigía la ayuda inmediata para las víctimas, organizaba de nuevo la defensa antiaérea de la ciudad y después, se acostaba con fiebre: la presión le subía y bajaba, los dedos se le ponían morados, la cabeza se le partía en dos y sentía las sienes y la frente oprimidas como por un aro de dolor. Himmler, que trataba de obtener materiales comprometedores para el expediente de Goering —¿y si todo esto fuese teatro?—, le pidió que le consiguiera un diagnóstico médico. Sin embargo, los datos de las investigaciones médicas confirmaron que, efectivamente, la presión de Goering subía de un modo brusco.

Así, por primera vez, en 1942, Goering, sucesor oficial de Hitler, fue sometido a tan humillante crítica y, además, en presencia de la plana mayor del Führer. Esto llegó de inmediato al expediente de Himmler y, al día siguiente, sin pedir permiso a Hitler, el Reichsfführer SS dio la orden de empezar a escuchar todas las conversaciones telefónicas del «compañero de lucha más íntimo del Führer». Himmler escuchó durante una semana las conversaciones de Goering tras el escándalo de su hermano Albert. Goering lo había trasladado de Viena a Praga con el cargo de jefe de exportación de las fábricas Skoda. Albert, que tenía fama de defensor de los desgraciados, escribió en el papel timbrado del hermano una carta al comandante del campo de Mauthausen: «Libere inmediatamente al profesor Kisch. No hay pruebas serias contra él. Firmado: Goering». Sin el nombre. El comandante del campo de concentración, asustado, liberó a dos Kisch a la vez: uno era profesor y el otro, miembro de una organización clandestina. A Goering le costó mucho trabajo salvar al hermano: lo protegió del golpe, contándoselo al Führer como una anécdota divertida. Esto salvó la situación y Himmler se retiró inmediatamente, compartiendo el mismo tono jocoso del Führer.

Lo principal, como pensó Isaiev, era lo que el Führer había imputado a Goering después del bombardeo de Kiel: su lujo y aires de gran señor. Precisamente aquello que durante años trataron de utilizar los demás compañeros de lucha del Führer sin que este lo admitiera, el propio Hitler se lo echaba ahora en cara a su sucesor.

Sin embargo, aun después de lo ocurrido, Hitler le repetía a Bormann:

—Nadie más puede ser mi sucesor. Solo Goering. Primero, porque nunca se metió a hacer política por su cuenta; segundo, porque es popular, y tercero, porque es el objetivo principal de las caricaturas en la prensa enemiga.

Hitler hablaba del hombre que había llevado a cabo todo el trabajo práctico para conquistar el poder, el hombre que había dicho con toda sinceridad a su esposa: «Yo no vivo, el Führer vive en mí». Y no lo había dicho para las grabadoras, pues no imaginaba en aquel momento que algún día lo escucharían sus «hermanos de lucha», sino a ella, de noche, en su cama.

El piloto de combate de la primera guerra mundial, el héroe de la Alemania del káiser, después del fracaso de la primera intentona nazi, escapó a Suecia. Allí comenzó a trabajar en la aviación civil. En una ocasión en que llevaba a bordo al conde Rosen, durante una terrible tempestad, aterrizó milagrosamente en el castillo Rocklstadt, donde conoció a Karina von Katzov, hija del coronel Von Fock. Se la quitó al marido y se fue a Alemania, encontró al Führer y participó en el fallido putsch de los nacionalsocialistas el 9 de noviembre de 1923; fue herido, se salvó milagrosamente del arresto, emigró a Innsbruck, donde ya lo esperaba Karina. No tenían dinero, pero el dueño del hotel les dio alojamiento gratuito. Era como Goering, un nacionalsocialista que sufría la tiranía de los judíos propietarios de tres cuartas partes de los hoteles de Innsbruck. El dueño del Hotel Britania invitó posteriormente a los Goering a Venecia, donde vivieron hasta 1927, cuando fue declarada la amnistía en Alemania. En medio año se convirtió en diputado del Reichstag junto a once nazis más. Hitler no había podido presentar su candidatura: era austriaco.

Como debía prepararse para las nuevas elecciones, el Führer decidió que Goering dejase el trabajo en el partido y solo fuese un miembro del Reichstag. En aquel momento, su misión consistió en establecer contactos con los omnipotentes. El partido que se proponga conquistar el poder debe tener un amplio círculo de relaciones. Por decisión del partido, Goering alquiló una lujosa villa en Badenstrasse. Allí lo visitaron los príncipes Hohenzollern y Koburg y ricos magnates. El alma de la casa era Karina: mujer encantadora, aristócrata, cautivaba a todos. Era la hija de un alto funcionario sueco, convertida en esposa de un héroe de guerra, proscrito, luchador, opositor de la podrida democracia occidental que carecía de fuerzas para enfrentarse al vandalismo bolchevique.

Cada vez que daba una recepción, llegaba temprano por la mañana el Parteileiter de la organización berlinesa de los nacionalsocialistas, Goebbels. Era un enlace entre el partido y Goering. Goebbels se sentaba al piano y Goering, Karina y Thomas, hijo del primer matrimonio, cantaban canciones populares. En la casa del líder nazi del Reichstag no soportaban los ritmos desenfrenados del jazz norteamericano o francés.

Precisamente a esta villa, alquilada con dinero del partido, llegaron Hitler, Schacht y Tissen el 5 de enero de 1931. Precisamente en esta villa de lujo se pudieron oír las palabras de la conspiración entre magnates financieros e industriales y el líder de los nacionalsocialistas, Hitler.

Después vendría el triunfo de Hitler. Karina regresó a Suecia en avión, donde murió de un ataque epiléptico. Su último deseo fue que Herman hiciese todo lo que pudiera para ser también en el futuro un «obrero del Führer».

A raíz del putsch de Röhm,3 muchos veteranos se opusieron al Führer aduciendo que había traicionado la causa porque este había suscrito un pacto con el capital; en las organizaciones de base del partido se decía:

—Goering ha dejado de ser Herman. Se ha convertido en un presidente. No recibe a sus compañeros. Los obliga de manera humillante a hacer cola en su oficina. Está rodeado de lujo…

Al principio, los miembros rasos del partido lo comentaban en voz baja. Pero en 1935, cuando Goering se construyó el castillo Karinhalle, en las afueras de Berlín, se quejaron a Hitler, no los nacionalsocialistas corrientes, sino los cabecillas Ley y Saukel. Goebbels consideraba que ya desde su estancia en la villa, Goering había empezado a echarse a perder.

—El lujo corrompe —decía—. Hay que ayudar a Goering. Nos es demasiado querido.

Hitler fue a Karinhalle, examinó el castillo y dijo:

—Dejen en paz a Goering. Al fin y al cabo, solo él sabe cómo tratar a los diplomáticos de Occidente. Será una residencia para recibir a huéspedes extranjeros. ¡Que lo sea! Herman lo merece. Debemos considerar que Karinhalle pertenece al pueblo y que Goering solo vive aquí…

Durante el día se dedicaba a cazar venados domesticados y por la noche, pasaba largas horas en la sala de proyecciones. Podía ver cinco películas de aventuras seguidas. Durante la función tranquilizaba a sus visitantes:

—No se preocupen —les decía—. Acaba bien.

INFORMACIÓN PARA UN ANÁLISIS. GOEBBELS

Stirlitz echó a un lado el papel con la gruesa figura de Goering y tomó la hoja con el perfil de Goebbels. Por sus aventuras en Babelsberg, donde estaban los estudios cinematográficos del Reich y donde vivían todas las artistas, era apodado el Torito de Babelsberg. En su expediente se conservaba la grabación de la conversación entre la esposa de Goebbels y Goering a propósito de las relaciones de aquel con la actriz checa Lida Baarova.

—¡Se echará a perder a causa de las mujeres! ¡Qué vergüenza! ¡El hombre que responde por nuestra ideología, se deshonra por aventuras casuales! —le había dicho Goering a la esposa de aquel.

El Führer le recomendó el divorcio.

—A usted la voy a apoyar —dijo—, pero hasta que su esposo no aprenda a comportarse como un verdadero nacionalsocialista, hombre de alta moral y estricto cumplimiento del deber sagrado ante la familia, le negaré todas las entrevistas personales.

Ahora todo esto había sido relegado a un segundo plano. En enero de ese año, Hitler visitó la casa de Goebbels el día de su cumpleaños. Le llevó a su esposa un ramito de flores y le dijo:

—Le pido perdón por mi retraso, pero recorrí todo Berlín buscando un ramo. El Gauleiter de Berlín, Parteigenosse Goebbels, ha cerrado todas las floristerías: la guerra total no necesita flores.

Cuando cuarenta minutos después Hitler se hubo marchado, Magda Goebbels dijo:

—El Führer no hubiera visitado jamás a los Goering.

Berlín estaba en ruinas, el frente pasaba a 140 kilómetros de la capital del milenario Reich, pero la resplandeciente Magda Goebbels celebraba su victoria. Su esposo estaba junto a ella, su cara se había puesto pálida de felicidad. Tras un lapso de seis años, el Führer visitaba su casa.

«Ahora esto carece de importancia —continuaba analizando Stirlitz—. Ahora todo esto es vanidad de vanidades.»

Dibujó un gran círculo y comenzó a sombrearlo despacio con líneas precisas y muy rectas. Ahora recordaba todo lo relacionado con los diarios de Goebbels. Sabía que el Reichsführer se interesaba por ellos y en su momento hizo el máximo esfuerzo para leerlos de algún modo. Solo pudo ver la copia de varias páginas. La memoria de Stirlitz era fenomenal: fotografiaba visualmente el texto y lo memorizaba casi mecánicamente, sin esfuerzo alguno.

«9 de diciembre de 1943. Epidemia de gripe en Inglaterra—había anotado Goebbels—. Hasta el rey está enfermo. Sería maravilloso que esta epidemia resultase fatal para Inglaterra, pero es demasiado bueno para ser verdad.

»2 de marzo de 1943. No descansaré hasta que todos los judíos sean sacados de Berlín. Después de la conversación con Speer en Obersalzberg fui a visitar a Goering. Este nacionalsocialista tiene en sus bodegas 25 000 botellas de champaña. Estaba vestido con una túnica cuyo color me produjo alergia. Pero qué le vamos a hacer, hay que aceptarlo como es.»

Stirlitz sonrió. Recordó que en 1942 Himmler había dicho lo mismo, palabra por palabra, sobre Goebbels. Este no vivía en una gran casa de campo con su familia, sino en una pequeña y modesta villa construida «para el trabajo». Estaba junto a un lago y se podía llegar a ella por el propio lago, pues el agua solo llegaba a los tobillos y el puesto de guardia de las SS se encontraba apartado. Hasta aquí venían las actrices en un tren eléctrico y después continuaban a pie a través del bosque. Goebbels consideraba un lujo excesivo e indigno de un nacionalsocialista el traer a las mujeres en automóvil. Él mismo las acompañaba a través de los juncos y al día siguiente, por la mañana, cuando los hombres de las SS aún estaban durmiendo, las sacaba de allí. Himmler lo supo enseguida, por supuesto. En aquel momento dijo: «Hay que aceptarlo como es».

Stirlitz arrugó las hojas con los dibujos de Goering y Goebbels, las colocó sobre la llama de la vela y esperó a que la llama comenzara a quemarle los dedos para tirar las hojas a la estufa. Las removió con un bello atizador de hierro fundido, volvió a la mesa y comenzó a fumar.

Después acercó las dos hojas restantes: Himmler y Bormann. «Excluyo a Goering y Goebbels. Nadie va a apostar por ellos. Ni por uno ni por otro. Tal vez Goering se atreva a negociar, pero ha caído en desgracia y nadie confía en él. ¿Goebbels? No. Este no lo haría. Es un fanático, luchará hasta el final, pero es imposible apoyarse en él, porque enseguida comenzará a buscar una alianza. Eso nos deja a la fuerza uno de los otros dos: Himmler o Bormann. Si puedo obtener garantías de uno de ellos para trabajar contra los demás, ganaré. Si fallo en mis cálculos, seré un cadáver. Inmediatamente. ¿Por quién apostar? Creo que por Himmler. Nunca podría decidirse a negociar. Conoce el odio que rodea a su nombre. Sí, ha de ser Himmler…».

Precisamente en ese momento, Goering, más delgado, pálido, con un dolor que le partía la cabeza, regresaba a Karinhalle desde el búnker del Führer. Esa mañana había viajado en su automóvil al frente, hacia el lugar donde se habían abierto paso los tanques rusos. De allí corrió enseguida a ver a Hitler.

—No hay ninguna organización en el frente —le dijo—. El caos es total. Los soldados tienen la mirada vacía. He visto a los oficiales borrachos. La ofensiva de los bolcheviques infunde espanto en el Ejército, un espanto animal. Creo…

Hitler lo escuchaba con los ojos semicerrados y sosteniendo con la mano derecha el codo de su brazo izquierdo, que no dejaba de temblar.

—Creo… —trató de decir, pero Hitler lo interrumpió.

Se levantó pesadamente. Sus ojos enrojecidos se abrieron de par en par, su bigotito se estremeció con desdén.

—¡Le prohíbo que, en lo sucesivo, vaya al frente! —exclamó con su voz de antaño, fuerte—. ¡Le prohíbo difundir el pánico!

—No es pánico, es la verdad. —Por primera vez en su vida, Goering se oponía a su Führer y sintió que, de pronto, se le helaban los dedos de los pies y las manos—. ¡Es la verdad, mi Führer, y mi deber es decirle esta verdad!

—¡Cállese! ¡Será mejor que se ocupe de la aviación, Goering! No se meta donde hay que tener una mente tranquila, previsión y fuerza. Veo que no es tarea para usted. Le prohíbo que vaya al frente. Ni ahora ni nunca.

Aplastado y humillado, Goering adivinaba cómo a su espalda, detrás, sonreían los ayudantes del Führer, Schmundt y Burgdorf, dos nulidades.

En Karinhalle lo estaban ya esperando los oficiales del estado mayor de la Luftwaffe: los había mandado llamar al salir del búnker. Pero no pudo comenzar la reunión. Su ayudante le informó de que había llegado el Reichsführer SS Himmler.

—Quiere hablar a solas —dijo el ayudante con aquel aire de importancia que hacía su trabajo tan misterioso para los que le rodeaban.

Goering recibió al Reichsführer en su biblioteca. Himmler, como siempre, sonriente y tranquilo, tenía en las manos una gruesa carpeta de cuero negro. Se sentó en la butaca, se quitó los anteojos, limpió los cristales durante largo rato con un pedazo de gamuza y seguidamente y sin ningún preámbulo dijo:

—El Führer ya no puede ser el líder de la nación.

—¿Y qué debe hacerse? —le preguntó maquinalmente Goering, sin tiempo de asustarse por las palabras del líder de las SS.

—En el búnker están las tropas de las SS —continuó Himmler en el mismo tono sereno y con su voz habitual—. Pero no se trata de eso, al fin y al cabo. La voluntad del Führer está paralizada. No puede tomar decisiones. Debemos dirigirnos al pueblo.

Goering miró la gruesa carpeta negra que estaba sobre las rodillas de Himmler. Recordó lo que en 1944 había dicho por teléfono su esposa a una amiga: «Será mejor que vengas. Es arriesgado hablar por teléfono, nos escuchan». Goering recordó que él había dado unos golpes con los dedos sobre la mesa, que le había hecho una seña a Emmy: «No digas eso, estás loca». Ahora miraba la carpeta negra y pensaba que allí podía estar una grabadora y que esta conversación sería escuchada dos horas después por el Führer. Y entonces sería el fin.

«Este puede decir cualquier cosa —pensaba Goering de Himmler—. El padre de los provocadores no puede ser una persona honesta. Ya se habrá enterado de mi desgracia de hoy con el Führer. Ha venido para llevar su misión hasta el final.»

Himmler, a su vez, sabía lo que pensaba el «Nazi número 2». Por eso, lanzando un suspiro, se decidió a ayudarle. Dijo:

—Usted es el sucesor, por lo tanto, será usted el presidente. Eso me convierte en el canciller del Reich.

Se daba cuenta de que la nación no lo seguiría como líder de las SS. Necesitaba una cobertura. No había mejor cobertura que Goering.

Goering contestó también automáticamente.

—Es imposible. —Tardó un segundo y agregó, muy bajo, calculando que el susurro no podría ser registrado por la grabadora, si estaba oculta en la carpeta negra—. Es imposible. Una sola persona debe ser presidente y canciller.

Himmler sonrió de modo imperceptible, permaneció en silencio durante un rato, después, se levantó con elasticidad, intercambió con Goering el saludo del partido y salió de la biblioteca sigilosamente.

1 Alexander Isaiev, hijo de Stirlitz, nombre en clave Grishanchikov.

2 Líder del NSDAP en cada zona administrativa.

3 El Röhm-Putsch, también llamado la Noche de los cuchillos largos, fue una violenta purga ordenada por Hitler contra el líder de las SA, Ernst Röhm, y contra otros críticos con la política del Führer, que tuvo lugar entre el 30 de junio y el 2 de julio de 1934. Las SA eran una organización paramilitar que configuraba el ala izquierda del NSDAP y gozaba de bastante autonomía. Sus miembros eran llamados los «camisas pardas», debido al color de su uniforme.

3
AL BORDE DEL FRACASO

Stirlitz bajó al garaje. El bombardeo proseguía, pero solo en algún lugar de Zossen; por lo menos, así le parecía. Abrió las puertas, se sentó al volante y puso en marcha el motor. El potente motor de su Horch gruñó de modo uniforme y sonoro. Stirlitz sacó el automóvil del garaje, cerró las puertas y aceleró de nuevo con fuerza. Se permitía acelerar así el coche cuando estaba solo, por la noche, durante los bombardeos. Los chóferes alemanes eran muy ordenados. Solo un extranjero era capaz de acelerar así el vehículo: un eslavo o un norteamericano. «Vamos, motorcito», dijo en ruso, después de haber encendido la radio. Transmitían música popular. Durante los bombardeos se transmitían siempre canciones alegres. Se había convertido en un hábito. Cuando los golpes en el frente eran terribles o caían bombas del cielo, la radio transmitía programas alegres y cómicos.

«Vamos, motorcito. Rápido, para que las bombas no nos cojan. Las bombas caen más a menudo sobre un objetivo inmóvil, y la probabilidad del impacto disminuye si el objetivo se mueve. Iremos a 50 kilómetros, de modo que la probabilidad del impacto disminuirá exactamente cincuenta veces.»

Le gustaba correr con su autómóvil. Cuando tenía que cumplir una tarea y no sabía cómo hacerlo montaba en el Horch y circulaba durante horas por las carreteras que rodeaban Berlín. Al principio, simplemente miraba hacia delante, pisando con firmeza el acelerador. La velocidad lo obligaba a estar atento y tenía que sentirse fundido a la máquina. Así la cabeza se liberaba de ideas pequeñas y grandes, que se excluían o completaban. La velocidad es auxiliar de la razón. Ofrece la posibilidad de una abstracción total. Después, cuando la carrera arriesgada y tempestuosa terminaba en algún sitio cerca de una pequeña taberna —el coñac se vendía sin cupones de racionamiento incluso en los días más difíciles de la guerra— podía sentarse en una mesita junto a una ventana y escuchar el rumor agitado del bosque, tomar un yacoby doble y comenzar a pensar, sin prisa, todo lo que debía decidir. Después de haber corrido a la máxima velocidad, los pensamientos discurrían lentamente. El riesgo vivido ayudaba a la serenidad del razonamiento. Por lo menos, así le ocurría a Stirlitz.

Sus operadores de radio —Erwin y Katia—vivían en Köpenick, a orillas del Spree. Ya estaban durmiendo. Últimamente se acostaban muy temprano porque Katia esperaba un niño.

—Tienes muy buen aspecto —dijo Stirlitz—. Perteneces al tipo raro de mujeres a las que el embarazo vuelve irresistibles.

—El embarazo embellece a cualquier mujer —contestó Katia—. Lo que pasa es que no has tenido posibilidad de verlo…

—No he tenido la posibilidad —sonrió Stirlitz—. Dices bien.

—¿Quieres café con leche? —preguntó Katia.

—¿Dónde habéis conseguido la leche? Se me olvidó traerla, ¡diablos!

—Cambié un traje —contestó Erwin—. Ella necesita tomar por lo menos un poco de leche. Se ha convertido en un problema grave la comida para las embarazadas.

Stirlitz acarició la mejilla de Katia y preguntó:

—¿Nos tocarás algo?

Katia se sentó al piano y escogió la música. Optó por Bach. Stirlitz se acercó a la ventana y preguntó a Erwin en voz baja:

—¿Has comprobado que no te hayan puesto algo en el hueco de la ventilación?

—Sí, lo he revisado. Creo que no hay nada. ¿Por qué?

—Por nada. Simplemente por asegurarnos.

—¿Han inventado alguna porquería nueva tus hermanos del SD?

—El diablo lo sabrá. Seguramente. Lo que más gusta a la humanidad son los secretos ajenos.

—Y bien —dijo Erwin—. ¿Qué pasa?

—Hum… —dijo Stirlitz y meneó la cabeza—. ¿Sabes? Me han encomendado una misión… —comenzó a decir lentamente—. Tengo que averiguar cuál de los peces gordos trata de entrar en negociaciones por separado con Occidente. Nada menos que los jefes hitlerianos. ¿Qué te parece la tarea? Por lo que veo, allí creen que si no he fracasado en estos veinte años es porque soy omnipotente. En ese caso, no estaría mal que me convirtiese en el vice de Himmler. O tratar de llegar a ser el Führer. ¡Heil, Stirlitz! ¿Qué te parece? Me he convertido en un misántropo, ¿no crees?

—Te encaja —contestó Erwin.

—¿Cómo piensas parir, pequeña? —preguntó Stirlitz cuando Katia dejó de tocar.

—Creo que todavía no han inventado un método nuevo —contestó ella.

—Anteayer hablé con un partero. No quiero asustaros, muchachos.

Se acercó a Katia.

—Toca, pequeña, toca. No quiero asustaros, aunque yo mismo me he asustado bastante. El viejo médico me dijo que durante el parto se puede determinar el origen de cualquier mujer.

—No entiendo —dijo Erwin.

Katia interrumpió la música.

—Toca, pequeña, toca —insistió Stirlitz— y no te asustes. Escucha primero y después pensaremos cómo salir de este embrollo. ¿Sabes?, las mujeres gritan cuando dan a luz.

—Gracias —sonrió—, pensé que cantaban operetas.

Stirlitz meneó la cabeza y suspiró.

—¿Sabes, pequeña? Gritan en su idioma materno. En el dialecto del lugar donde nacieron. Quiero decir que tú gritarás «mamita» en tu bellísimo lenguaje de Riazán…

Katia continuó tocando, pero Stirlitz vio que sus ojos se habían llenado súbitamente de lágrimas.

—¿Qué haremos entonces? —preguntó Erwin.

—¿Queréis marcharos a Suecia? Creo que podría lograrlo.

—¿Y te quedarás sin el último enlace? —preguntó Katia.

—Aquí estaré yo —dijo Erwin.

Stirlitz meneó la cabeza negativamente.

—No te dejarán ir sola. Con él, sí. Es inválido de guerra y necesita curarse en un sanatorio, existe una invitación de los familiares alemanes en Estocolmo. No te dejarán ir sola… El tío de Erwin figura como un nazi sueco, pero no el tuyo.

—Nos quedaremos aquí —dijo Katia—. No importa. Gritaré en alemán.

—Puedes agregar algunos juramentos en ruso, pero obligatoriamente con acento berlinés —bromeó Stirlitz—. Dejaremos la solución de este asunto para mañana. Lo pensaremos sin prisa y sin emociones heroicas. Vamos, Erwin, tenemos que trabajar. Tomaremos la decisión de acuerdo con lo que me contesten mañana. Cinco minutos después, ambos salieron de la casa. Erwin llevaba en la mano una maleta donde estaba el aparato de radio. Se alejaron 15 kilómetros hacia Ransdorf y una vez allí, se adentraron en el bosque. Aún seguía el bombardeo. Erwin consultó el reloj y dijo:

—¿Comenzamos?

—Comencemos —contestó Stirlitz.

De Justas a Álex:

Sigo convencido de que ningún político serio de Occidente iniciaría negociaciones con las SS o el SD. Sin embargo, como me han encomendado esta misión, empiezo a realizarla.

Creo que podría cumplirla si me autorizan a comunicar a Himmler parte de los datos que he obtenido de usted. Contando con el apoyo de él, podría comenzar a observar directamente a los que usted cree tantean los canales de las posibles conversaciones. Mi «denuncia» a Himmler —los detalles los organizaré aquí sin consultar con ustedes— me ayudará a informarles sobre todas las novedades, tanto para confirmar su hipótesis como para refutarla. No veo otra salida en estos momentos. En caso de apobación, ruego me la transmitan vía Erwin.

JUSTAS

—Está al borde del fracaso —dijo el jefe del Centro cuando el cifrado llegó a Moscú—. Si acude directamente a Himmler, fracasará enseguida y nada lo salvará. Suponiendo incluso que Himmler decida jugar con él, aunque es improbable. Stirlitz no es la clase de persona con la que el Reichsführer de las SS jugaría. Transmitan mañana por la mañana la prohibición inmediata y categórica.

Isaiev no podía saber lo que ya sabía el Centro, porque los datos reunidos en los últimos meses les daban la clave para entender al hombre cuyo apellido era Himmler.

INFORMACIÓN PARA UN ANÁLISIS. HIMMLER

Se despertó enseguida, como si lo hubieran golpeado en el hombro. Se sentó en la cama y echó una mirada a su alrededor. Todo estaba en silencio. Las manecillas fosforescentes de un pequeño despertador marcaban las cinco.

«Es temprano —pensó Himmler—. Tengo que dormir un rato más.»

Bostezó, se recostó sobre las almohadas y se volvió hacia la pared. A través de la ventana abierta llegaba el rumor del bosque. Había estado nevando y Himmler imaginó la belleza que habría ahora en este bosque tranquilo, vacío e invernal. Pensó de repente en lo terrible que sería irse solo al bosque, tan terrible como en la infancia.

«No —se dijo inesperadamente—. No, no y no.»

Se levantó, se puso una bata y se acercó a la mesa. Sin encender la luz, se sentó al borde de un sillón de madera y extendió la mano hacia el auricular del teléfono negro.

«Tengo que llamar a mi hija —pensó—. Esto la alegrará y ella tiene pocas alegrías.»

Debajo del cristal del gran escritorio se veía vagamente el contorno de dos caras de muchachos.

Himmler imaginó a Bormann con súbita claridad. Este canalla era el culpable de que ahora no pudiese llamar a su hija y decirle: «Salud, gatita, te habla tu papá. ¿Qué sueños tuviste anoche, mi sol?». Tampoco podía llamar a los muchachos que eran hijos naturales. Recordó el silencio de Bormann cuando en el 43 él, Himmler, pidió un préstamo de 80 000 marcos a la caja del partido para construir una pequeña villa en Baviera, lejos de los bombardeos, destinada a Marthe, madre de sus dos hijos. Recordó cómo el Führer, informado por Bormann, lo contemplaba perplejo durante los numerosos almuerzos que compartían en su casa. Por esa razón no pudo divorciarse de su mujer, aunque no convivían en la misma casa desde hacía seis años. Tenía que asistir con ella a las recepciones.

«La culpa no es de Bormann —continuaba pensando Himmler—. No tengo por qué echarle la culpa. Esa bestia gorda no tiene nada que ver con mi desgracia. Yo afrontaría todas las humillaciones que me produjera el divorcio, pero nunca sería capaz de traumatizar a la niña.»

Himmler sonrió recordando los tiempos en que, en compañía de su esposa y la niña pequeña, pasaba hambre en un frío cuarto de Núremberg. Dios mío, qué lejos estaba todo aquello y, al mismo tiempo, qué cerca. Solo hacía dieciocho años. Entonces era secretario de Gregor Strasser, «hermano» del Führer. Recorría toda Alemania, dormía en las estaciones de ferrocarril, se alimentaba de pan y un brebaje que llamaban café, estableciendo relaciones entre las distintas organizaciones del partido. En aquel 1926, no sospechaba que la idea de Strasser de formar los destacamentos de protección SS no había surgido por una verdadera necesidad, sino como producto de la lucha contra Röhm, el líder de las SA. Himmler creía entonces como algo sagrado que la creación de las SS era fundamental para proteger de los rojos a los líderes del partido. Creía al pie de la letra que el objetivo principal de los rojos consistía en aniquilar al gran líder, el único amigo de los trabajadores alemanes, Adolf Hitler. Colgó sobre su mesa un gran retrato de Hitler. En una ocasión en que Hitler visitó a Strasser y vio, debajo de su enorme retrato, a un joven pecoso y delgadito, preguntó:

—¿Acaso vale la pena elevar tan alto sobre los demás nacionalsocialistas a uno de los líderes del partido?

Himmler contestó:

—Si usted fuera simplemente un líder, yo no estaría en las filas del partido. ¡Estoy en las filas del partido que no tiene un líder, sino un Führer!

Hitler lo guardó en su memoria. También Strasser pareció contento con la respuesta del secretario técnico de la organización del NSDAP en Baviera, pero en el fondo de su alma lamentaba la ingratitud del hombre a quien él había sacado de la nada pequeñoburguesa. Al proponer al Führer que nombrara a Himmler Reichsführer de los recién creados destacamentos SS, Strasser calculaba, sin embargo, que las SS le servirían en primer lugar a él, en su lucha contra Röhm por ganar influencia en el partido y ante el Führer. Bajo su mando se reunieron los primeros doscientos SS, solo doscientos; pero sin las SS no habría sido posible la victoria del Führer en 1933. Himmler lo comprendía perfectamente. No obstante, después de la victoria, el Führer lo nombró jefe de la Policía de Múnich. Himmler recibió la visita de Gregor Strasser, el hombre que lo había aceptado en el partido, teórico e ideólogo que había propuesto crear los destacamentos de las SS. Por aquel entonces Strasser se oponía al Führer, diciendo abiertamente a los veteranos del partido que Hitler se había vendido a los magnates financieros.

En aquella ocasión, Himmler interrumpió a Strasser diciéndole que la fidelidad al Führer era el deber de cada miembro del NSDAP.

—Usted puede expresar sus dudas en el congreso, pero no tiene ningún derecho a utilizar su autoridad en una lucha de oposición. Esto daña la unidad del partido.

Esa misma noche, en una alegre reunión familiar, sabiendo que lo que se hablaba en su apartamento era escuchado en la sede central de la Policía, que estaba entonces subordinada a Goering, dijo Himmler:

—Yo soñaba con crear la élite de la nación organizando matrimonios de mis muchachos de las SS con aristócratas y ahora tengo que tratar con los enemigos de la nación: comunistas, judíos y curas. Pero, si lo quiere el Führer, así será.

Himmler observaba con atención todo cuanto ocurría en el Centro. Observaba cómo la embriaguez de la victoria hasta cierto punto había relegado el trabajo práctico a un segundo plano. Le parecía —y no sin fundamento— que los líderes del partido en Berlín no hacían otra cosa que hablar en los mítines y pasar las noches en recepciones diplomáticas: es decir, cosechando los dulces frutos del triunfo del nacionalsocialismo. Himmler consideraba que todo esto era prematuro. En solo un mes organizó en Dachau el primer campo de concentración ejemplar.

—Es una buena escuela de educación laboral de la genuina conciencia alemana para los ocho millones que votaron a los comunistas. Sería ilógico meter a los ocho millones en campos de concentración. Hay que crear primero la atmósfera del terror en un campo y liberar paulatinamente a los que se han doblegado. Ellos serán los mejores propagandistas de las prácticas del nacionalsocialismo. Así podrán inculcar a sus hijos y amigos una obediencia religiosa a nuestro régimen.

El representante personal de Goering fue a visitarlo y permaneció largas horas en Dachau. Al final le preguntó:

—¿No le parece que este campo de concentración provocará una fuerte reprobación en Europa y América, aunque no sea más que por el hecho de que esta medida es anticonstitucional?

—¿Por qué considera usted que la detención de los enemigos del régimen es anticonstitucional?

—Porque la mayoría de los detenidos por ustedes ni siquiera han visto el edificio del juzgado. Ningún veredicto acusatorio, ningún vestigio de legalidad…

Himmler prometió que lo pensaría. Y cuando el representante de Goering partió, le escribió una carta personal a Hitler en la que fundamentaba la necesidad de las detenciones y la reclusión en los campos de concentración sin juicio ni sumario judicial.

«Esto —escribía al Führer— es solo una medida de humanidad para salvar a los enemigos del nacionalsocialismo de la ira popular. Si no hubiéramos metido a los enemigos de la nación en los campos de concentración, no podríamos responder por sus vidas: el pueblo los hubiera linchado.»

Para que esta carta no cayera en manos de cualquiera de los que rodeaban al Führer, Himmler organizó él mismo un mitin grandioso y lo dijo todo allí, palabra por palabra, y al día siguiente su discurso aparecía en todos los periódicos.

A finales de 1933, cuando estalló un escándalo en la Policía de Berlín, subordinada directamente a Goering, Himmler salió por la noche de Múnich y a la mañana siguiente, obtuvo audiencia del Führer. Le rogó que pusiera a la «Policía corrupta del viejo régimen» bajo el control de los «mejores del pueblo», las SS.

Hitler no podía ofender a Goering. No contestó a Himmler nada en concreto. Simplemente, le estrechó la mano, lo acompañó hasta la puerta de su despacho, y entonces, le miró a los ojos de cerca e inquisitivamente, y con una alegre sonrisa le dijo:

—En el futuro envíeme sus inteligentes proposiciones un día antes: me refiero a la carta que me envió y a su intervención idéntica en el mitin de Múnich.

Himmler partió desolado. Pero al mes siguiente, sin ser llamado a Berlín, se le designó jefe de la Policía política de Mecklemburgo y Lübeck; y al otro mes, el 20 de diciembre, jefe de la Policía política de Baden; el 21 de diciembre, de Ressen; el 24, de Bremen; el 25, de Sajonia y Turingia y el 27, de Hamburgo. En una semana se había convertido en jefe de la Policía de Alemania, a excepción de Prusia, que seguía subordinada a Goering.

Hitler propuso un compromiso a Goering: nombrar a Himmler jefe de la Policía secreta de todo el Reich, pero subordinándolo a Goering. El mariscal del Reich aceptó la proposición del Führer. La aceptó sin ningún entusiasmo especial, comprendiendo claramente que, en todo régimen totalitario, el vencedor sería el que tuviera el dominio de la Policía secreta. Para un hombre de la posición de Goering resultaba humillante encabezar la Policía. Poseía los títulos de mariscal, primer ministro de Prusia y presidente del Reichstag. Convertirse además en el «policía número uno» le parecía indigno e intrascendente. Solo podía escoger dos caminos: convertir a Himmler en uno de sus amigos, o dominarlo por completo. Goering no escogió el primer camino. Himmler, silencioso, tartamudo y trivial, le parecía demasiado insignificante. Escogió el segundo camino. Dio instrucciones a su secretario de resolver, a través de la oficina del Führer, la aprobación de un decreto adjudicando a Himmler el título de viceministro del Interior y jefe de la Policía secreta «con el derecho a participar en las sesiones del gabinete cuando se discutan los problemas de la Policía». La frase «y de la seguridad del Reich» la había tachado con su propia mano. Sería demasiado para Himmler. Una vez que el proyecto hubo pasado por la oficina del Führer, Goering dio la orden de publicarlo en los periódicos.

Tan pronto Himmler lo vio publicado, llamó a dos de sus colaboradores a cargo de la prensa. Eran los que reunían materiales comprometedores sobre los periodistas. Pidió que comentasen su designación de modo distinto a como lo había hecho la prensa oficial. Goering había cometido un grave error aceptando el compromiso. Había olvidado que todavía nadie había invalidado el título principal de Himmler: el de Reichsführer SS. Al día siguiente, todos los periódicos importantes —especialmente los amarillos— aparecieron con este comentario: «Una gran victoria de la jurisprudencia nacionalsocialista: la unificación, en manos del Reichsführer SS Himmler, de la Policía criminal, política, la Gestapo y la Gendarmería. Se trata de una advertencia a todos los enemigos del Reich. El brazo castigador del nacionalsocialismo está levantado sobre cada oposicionista, sobre cada enemigo interno y externo».

Se trasladó a Berlín, a la lujosa villa Am Donnerstag, al lado de Ribbentrop. Mientras continuaba la alegría por la victoria sobre los comunistas, Himmler y su ayudante Heydrich comenzaron a reunir los expedientes de los enemigos, pero principalmente los de los amigos. El de su antiguo jefe Gregor Strasser lo examinaba Himmler en persona. Comprendió que solo podía limpiarse totalmente con la sangre de Strasser, su maestro y primer mentor. Por eso, reunía escrupulosamente y a conciencia todo cuanto pudiera conducir a Strasser al fusilamiento.

El 20 de junio de 1934, Hitler llamó a Himmler para conversar sobre las futuras acciones contra Röhm. Himmler lo esperaba. Todavía no comprendía la forma en que se llevarían a cabo los movimientos del Führer, pero estaba claro que eran necesarios: las miles de páginas de los informes de los agentes y los datos de las grabaciones telefónicas que él revisaba diariamente se lo decían.

Himmler comprendía que la acción contra Röhm era un mero pretexto para aniquilar a todos aquellos que habían estado junto a Hitler en los primeros años. Para aquellos con quienes había comenzado, Hitler era un hombre, un hermano de partido, mientras que ahora Hitler tenía que transformarse para todos los alemanes en un Führer y en un dios. Los veteranos del partido se convirtieron en un estorbo para él.

Himmler lo entendía claramente, oyendo a Hitler lanzar rayos y centellas contra el grupo de veteranos, por supuesto, totalmente insignificante, que había caído bajo la influencia de la propaganda enemiga. Hitler no podía decir toda la verdad a nadie, ni a sus amigos más íntimos. Himmler comprendía también esto y ayudó al Führer colocando sobre una mesa los expedientes de cuatro mil veteranos, prácticamente de todos aquellos con quienes Hitler había comenzado a organizar el Partido Nacionalsocialista. Previó, demostrando un conocimiento agudo de la psicología humana, que Hitler no olvidaría este favor. Nada se aprecia más que la ayuda para autojustificar los crímenes.

Pero Himmler fue más lejos aún: al percatarse de las intenciones del Führer, decidió serle indispensable, no solo para evitar ser víctima de las futuras depuraciones, sino para que todas las depuraciones subsiguientes se llevaran a cabo bajo su control.

«Yo también soy un veterano como Strasser —pensaba Himmler—. Pero sería un veterano eterno si demostrase a la nación que Strasser nunca fue un veterano, sino un arribista y un oposicionista rabioso.»

Cuando Hitler invitó a Himmler a la casa de campo de Goering, en Schoreide, Himmler organizó un espectáculo para esa ocasión. Un agente provocador, vestido con el uniforme de las SA de Röhm, disparó sobre el automóvil convertible del Führer. Himmler protegió al líder con su cuerpo y gritó:

—¡MI FÜHRER, qué feliz me siento de poder ofrecer mi sangre por su vida!

Era la primera vez que alguien del partido decía «mi Führer». Himmler se convirtió en el autor de la invocación al «dios», a «su dios».

—Desde este momento es usted mi hermano de sangre, Heinrich —dijo Hitler, y estas palabras fueron oídas por todos los que estaban alrededor.

Tras llevar a cabo la operación para aniquilar a Röhm, después de que fueran fusilados su maestro Strasser y otros cuatro mil veteranos del partido, los gacetilleros inventaron de inmediato el mito de que era precisamente Himmler el que había estado junto al Führer desde el inicio del movimiento.

Después de haber dicho «a», había que pensar seriamente en decir «b». Heydrich sugirió una idea: crear las divisiones SS, baluarte de la fuerza en el aparato estatal. Goering tenía la Luftwaffe, el Estado Mayor tenía el Ejército, mientras que Himmler, solo a los detectives, agentes y provocadores. También necesitaba unidades militares. Las divisiones de las SS Adolf Hitler en Hamburgo y Deutschland en Múnich se convirtieron en tales unidades.

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