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Vicente Riva Palacio

Monja y casada, vírgen y mártir


Publicado por Good Press, 2022

goodpress@okpublishing.info

EAN 4057664099501

Índice

LIBRO PRIMERO. El Convento de Santa Teresa la Antigua.

I. De lo que pasaba en la muy noble y leal ciudad de México, en la noche del 3 de Julio del año del Señor de 1615.

II. Donde se ve quién era el Bachiller, y lo que pasó con el Oidor.

III. Doña Beatriz de Rivera.

IV. De cómo ganaba sus pleitos el Ilustrísimo Sr. D. Juan Perez de la Cerna.

V. En donde se descubre por qué estaba Doña Beatriz tan preocupada con la fundacion del convento de Santa Teresa.

VI. En donde el lector conocerá á la verdadera heroina de esta no menos verdadera historia.

VII. En donde el negro Teodoro y el Bachiller ponen en juego todos sus recursos.

VIII. En donde el lector conocerá á la Sarmiento, y le hará una visita en su casa.

IX. Cómo el negro Teodoro probó que no necesitaba de armas.

X. Lo que habia visto y sabido el Bachiller en la casa de la Sarmiento.

XI. Doña Blanca y Don Pedro de Mejía.

XII. Lo que hablaron el Oidor y el Bachiller y quién era el herido.

XIII. La historia del esclavo.

XIV. En que el negro continúa su historia.

XV. Se ve el fin de la historia de Teodoro.

XVI. De lo que se decia en la ciudad de la muger de Don Manuel de la Sosa, y de lo que pasaba en la casa de éste.

XVII. En el que se ve que hasta las piedras rodando se encuentran.

XVIII. En que Martin conoce otros secretos de Luisa.

XIX. De la conversacion que tuvieron Don Pedro de Mejía y Don Alonso de Rivera, y de lo que resultó en ella.

XX. Don Cesar de Villaclara.

XXI. De cómo la beata y el Ahuizote, Luisa y Doña Blanca, y Don Cesar y Don Alonso, se estaban todos engañando.

LIBRO SEGUNDO. LAS DOS PROFESIONES.

I. De cómo dentro de un templo, y junto á la pileta de la agua bendita puede un hombre sentirse hechizado.

II. Donde el “diablo tira de la manta.”

III. De cómo las brujas solian tener razon.

IV. En que se ve que la Sarmiento sabia lo que entre manos traia.

V. De cómo los zelos son malos consejeros.

VI. En donde se acaba de probar que los zelos son malos consejeros.

VII. De cómo se hicieron las ceremonias para la fundacion del convento de Santa Teresa.

VIII. En donde se prueba que tanto valian los polvos de una bruja, como el chupamirto de un nahual.

IX. Otra vez con la Sarmiento.

X. En que se verá cuán cierto es aquello de que “nunca la prudencia es miedo.”

XI. Como en donde menos se piensa.....

XII. De lo que Luisa y Teodoro trataron y de lo que éste hizo después.

XIII. De como Luisa fué la muger de Don Pedro de Mejía, y de lo que Doña Blanca determinó hacer por esta causa.

XIV. Lo que pasó en las bodas de Luisa y de lo que le aconteció á la Sarmiento.

LIBRO TERCERO. MONJA Y CASADA

I. De lo que habia acontecido en la Nueva España desde el dia que dejamos esta historia hasta el dia en que volvemos á tomarla.

II. Don Melchor Perez de Varais.

III. Como se conspiraba en el palacio del señor Arzobispo de México, en fines del año de 1623.

IV. En que el lector volverá á ver algunos antiguos conocidos; y tendrá que conocer algo de los antiguos mágicos.

V. La compañía del Bachiller Martin Garatuza comienza á tomar cartas en los negocios políticos.

VI. Como Luisa dió unas malas noticias á Sor Blanca, y lo que ésta determinó hacer.

VII. En que se ve lo que trataba el marqués de Gelves con sus amigos, y otras cosas que verá el lector.

VIII. En donde se verá lo que pasó á Sor Blanca, y lo que aconteció al marqués de Gelves en su ronda nocturna.

IX. Lo que hablaron el virey y Don Cesar de Villaclara, y lo que aconteció despues.

X. De lo que pasó con Don Cárlos de Arellano, y cómo volvió él á ver á Luisa.

XI. Cómo los celos hacen adivinar á las mugeres.

XII. Como era un edicto del Santo Oficio.

XIII. De cómo Doña Blanca se casó y de lo que sucedió entonces.

XIV. De lo que combinaron el Corregidor Don Melchor Perez de Varais y el Arzobispo Don Juan Perez de la Cerna.

XV. De donde se habia refugiado Doña Blanca y de lo que aconteció con Teodoro, la misma noche del 10 de Enero.

XVI. Lo que aconteció en México al Arzobispo Don Juan Perez de la Cerna el Juéves 11 de Enero de 1624.

XVII. El gran tumulto de México.

XVIII. Como siguió el gran tumulto de México.

XIX. Lo que pasó á dos personas que quizá baya olvidado el lector.

LIBRO CUARTO. VÍRGEN Y MÁRTIR.

I. En donde hacemos conocimiento con el inquisidor mayor, Don Juan Gutierrez Flores, y volvemos á ver á Doña Blanca.

II. Cuestion de Tormento.

III. De lo ocurrido en la ciudad despues del motin.

IV. De como Luisa sufrió una gran desgracia.

V. Como Luisa conoció que su situacion era desesperada.

VI. De cómo Tirios y Troyanos, iban todos á parar á la Inquisicion.

VII. En donde se prueba que un Arzobispo podia sacar una ánima del Purgatorio, pero no un acusado de la Inquisicion.

VIII. De lo que pasó en las cárceles del Santa Oficio.

IX. En donde se verá que hubo un “meeting” en el año del Señor de 1624.

X. Salvarse en una tabla.

XI. En que se sabe cosa que es increible, pero muy verdadera.

XII. Dios lo ha dispuesto.

XIII. De lo que arregló Teodoro, y de lo que hizo Martin.

XIV. Dios lo ha dispuesto.—Concluye.

XV. En donde se vé como volvieron á encontrarse dos antiguos conocidos.

XVI. De como Teodoro no “reparaba en pelillos” como decia el refran.

XVII. De como llegó á México en busca de su Luisa Don Melchor Perez de Varais, y de lo que le pasó.

XVIII. En que se cuenta lo que pasó á Don Melchor y á Blanca.

XIX. En que se continúa la materia del anterior.

XX. Adonde fué á dar Blanca y lo que allí le aconteció, y de lo que pasó á Don Melchor en México.

XXI. De cómo salió Doña Blanca de la casa de la vieja curandera.

XXII. En que se sabe lo que habia sido de Martin y de Don Cesar.

XXIII. En el que se conocerá el rancho del Gavilan, que era el castillo feudal de Guzman.

XXIV.

LIBRO PRIMERO.
El Convento de Santa Teresa la Antigua.

Índice

I.
De lo que pasaba en la muy noble y leal ciudad de México, en la noche del 3 de Julio del año del Señor de 1615.

Índice

HACE dos siglos y medio, México no era ni la sombra de lo que habia sido en los tiempos de Moctezuma, ni de lo que debia ser en los dichosos años que alcanzamos.

Las calles estaban desiertas, y muchas de ellas convertidas en canales; los edificios públicos eran pocos y pobres, y apenas empezaban á proyectarse esos inmensos conventos de frailes y de monjas, que la mano de la Reforma ha convertido ya en habitaciones particulares.

Se vivia entonces muy diferentemente de como hoy se vive. A las ocho de la noche, casi nadie andaba ya por las calles, y solo de vez en cuando se percibía el farolillo de un alcalde que iba de ronda, ó la luz con que un escudero ó un rodrigon alumbraban el camino de un oidor, de un intendente, ó de una dama que volvia de alguna visita. Los perros vagabundos se apoderaban de las calles desde la oracion de la noche, y atacaban como unas fieras á los transeuntes.

Los truanes y los ladrones tenian carta franca para pasear por la ciudad; la policía de seguridad estaba solo en las armas de los vecinos.

Era la media noche del 3 de Julio de 1615. Una menuda lluvia se desprendia sobre la ciudad, y producia un rumor ténue y acompasado; no se veia en todas las calles ni una luz, las puertas y las ventanas estaban cerradas, y parecia no vivir ninguno de los treinta y siete mil habitantes que componian entonces la poblacion.

De repente, en el silencio de la noche, se oyó el ruido de un gran cerrojo, y poco despues la puerta principal del palacio del arzobispo, se abrió dando paso á una extraña comitiva.

Era una especie de procesion fantástica de sombras negras precedidas por un hombre embozado en una larga capa, con un ancho sombrero negro, sin plumas ni toquillas, y que llevaba en la mano izquierda un farol, y en la derecha un nudoso baston.

Seguíale una especie de cleriguillo, envuelto en un balandran negro, y con un sombrero semejante al de su conductor, y luego cuatro hombres que cargaban voluminosos envoltorios de indecisas formas.

Apenas salió el último de los cargadores, la puerta del palacio volvió á cerrarse, y de uno de los balcones se escuchó una voz que decia:

—¡Martin, Martin!

La comitiva se detuvo.

—Mucho cuidado; y sobre todo, mucho sigilo.

—Descuide su señoría ilustrísima, contestó el hombre del balandran; y luego, dirijiéndose á los demás, les dijo con tono imperativo: ¡Adelante!

Todos se pusieron en camino, llevando siempre de guía al del farol.

Llegaron hasta la esquina de la calle que hoy se llama cerrada de Santa Teresa, y allí siguieron por toda la calle, torcieron luego por la otra, que tambien lleva el nombre de Santa Teresa, y con direccion á la del Hospicio, que se llamaba entonces de las Atarazanas, y se detuvieron á pocos pasos frente á una casa de gran apariencia, á juzgar por el tamaño de la puerta.

El hombre del balandran dió tres golpes, pero tan lijeros, que parecia imposible que nadie los hubiera escuchado, y sin embargo, un momento despues, una voz de muger preguntó desde adentro:

—¿Quién va?

—Nuestra Madre Santa Teresa, contestó el del balandran.

—¿Qué quiere?

—Su casa.

Se oyó el ruido de la llave que entraba en la cerradura, y luego que volteaba rechinando sobre el enmohecido pasador, sonaron las trancas de madera, y gimiendo los goznes, se abrió toda la gran puerta de par en par, y la comitiva penetró en el portal de la casa á la luz del farol del guía, y de un candil de barro que tenia en la mano la muger que habia abierto.

Era una beata como de cincuenta años, vestia un hábito de San Francisco, de lana burda, y tenia cubierta la cabeza con una especie de toca de estameña negra.

Las palabras cambiadas al traves de la puerta, debian ser algunas señas convenidas, porque la beata dejó pasar á todos sin hacer pregunta alguna, y sin manifestar la menor admiracion, y luego cerró cuidadosamente el zaguan.

El hombre del farol penetró en la casa seguido de los cargadores, y el del balandran quedó esperando á que pasaran, para hablar con la beata.

—Señora Cleofas, ¿nadie ha sentido nada?

—No; que todo el mundo duerme tranquilamente, hace mas de cuatro horas.

—Muy bien, su Ilustrísima desea que nadie sepa nada y ya se sabe, cuando su Ilustrísima lo dispone, es necesario cumplir.

—Vaya usarcé sin cuidado, señor Bachiller.

—Oigame vuesa merced, Señora Cleofas, que si dentro de un rato vienen á llamar con la misma contraseña que yo he traido, no se detenga en abrir, que debe ser sin duda su Señoria el señor Quesada, Oidor de esta Real Audiencia.

—Descuide usarcé, que no haré esperar al señor Oidor.

El Bachiller, como le habia llamado la beata, se ajustó al cuerpo su balandran y se dirijió al interior de la casa.

Aunque la noche es oscura y lluviosa nosotros no necesitamos de luz para ver, y procuraremos hacer una descripcion del edificio.

Era un inmenso patio enlosado, y entre las mal ajustadas losas, brotaba la yerba en grande abundancia; en el medio habia una gran fuente de azulejos, en derredor de la cual se veian como veinte piedras colocadas de manera que servian de lavadero de ropa á los vecinos, y de las ventanas y de grandes clavos asegurados en las paredes, se tendian mecates elevados del suelo por morillos delgados y sueltos, y que servian para secar al sol la ropa que se lavaba en aquellas piedras.

Debia haber allí un gran vecindario segun el número de puertas, de ventanas, y de escaleras que se descubrian por todas partes. Pero todo el mundo dormia profundamente, porque no se escuchaba rumor de ninguna especie, y solo en el fondo, al traves de las hendiduras de una puerta, se veia una luz dentro de una habitacion.

Hácia allí se dirijió el Bachiller, y llegó, no sin haber tropezado muchas veces con los mecates que servian de tendedero.

Empujó sin ceremonia la puerta y entró en la habitacion.

El hombre del farol y sus compañeros se ocupaban afanosamente en poner un altar en el fondo de una gran sala.

El altar se levantaba como por encanto: sotabanco y gradas estaban ya en su lugar, y cubiertos con un riquísimo brocado. La imágen de Santa Teresa ocupaba el centro de la grada alta, y candeleros y blandones, y ramilletes de plata y oro, cubrian las demás.

—De prisa camina la obra, señor Justo.

—Sí señor Bachiller—contestó el que habia traido el farol, y que era un hombre como de sesenta años, pero robusto y fuerte.—Hace mas de cuarenta y cinco años que soy sacristan, y no será la práctica la que me falte, ya verá su merced.

—Antes de amanecer estará ya aquí su Ilustrísima el Señor Arzobispo, y es necesario que no falte nada.

El sacristan sin contestar, siguió trabajando; y el Bachiller se arrebujó en el sitial que estaba destinado para el Arzobispo, y se puso á meditar.

Habia trascurrido así como media hora, cuando la puerta se abrió repentinamente, y un nuevo personaje se presentó en el salon.

El recien venido era un hombre en la fuerza de la edad viril; su rostro enjuto tenia las señales de una vejez próxima, apresurada no por el vicio, sino por el estudio y la vigilia; un bigote negro y con las puntas levantadas, y una piocha larga y en figura de una coma, daban á su rostro un aire resuelto.

Vestia una ropilla negra de terciopelo con gregüescos y calzas del mismo color, un sombrero negro al estilo de Felipe II, y ferreruelo tambien negro, completaban su equipo, sin que le faltara una larga espada de ancha taza, y una daga de gancho, pendientes de un talabarte negro ceñido con una brillante hebilla de oro.

El Bachiller se levantó precipitadamente y se dirijió á su encuentro.

El recien venido sacudió su sombrero y su ferreruelo, empapados con la lluvia de la noche.

—Dios os guarde—dijo.

—Señor Oidor, contestó el Bachiller, supongo que no habrán hecho esperar á su señoría, porque yo advertí......

—No, señor Bachiller; la pobre beata velaba, como buena cristiana. ¿Y qué tal se adelanta? dijo el Oidor dirijiéndose al altar, y haciendo al llegar una pequeña genuflexion.

—Admirablemente: creo que dentro de una hora, todo estará dispuesto.

—Muy bien; el golpe está perfectamente combinado, y D. Alonso de Rivera tendrá que mesarse mañana las barbas. ¿Nádie ha observado nada?

—No señor.

El Oidor sacó de la abertura del pecho de su ropilla un enorme reloj de plata que traia pendiente del cuello por una gruesa cadena de oro.

—Es la una—dijo—me voy: y embozándose en su ferreruelo se dirijió á la puerta sin despedirse de nadie, pero haciendo con los ojos una ligera seña al Bachiller.

Tomó este su sombrero, y como haciendo cumplidos, acompañó al Oidor y salieron ambos al patio, cuidando de cerrar la puerta.

Ni el sacristan ni sus acompañantes pusieron atencion en lo que pasaba, y continuaron componiendo su altar.

II.
Donde se ve quién era el Bachiller, y lo que pasó con el Oidor.

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—PARDIEZ, señor Bachiller—dijo el Oidor cuando estuvieron en el patio,—que me habeis hecho venir con una noche, que mas está para dormir que para andarse en aventuras; ¿tanto urge lo que me teneis que decir?

—A no ser la urgencia tanta, cuidárame muy bien de haber molestado á vuestra señoría; pero á tanto llega la precision, que si una hora más tarda su señoría, hubiera corrido riesgo de llegar tarde.

—Me alarmais, en verdad.

—Creo que no hay gran peligro, sino el de no complacer á la dama de vuestro pensamiento.

—¿Qué hay, pues?

—Que en esta noche, y como á bocas de las oraciones, recibí una esquela de mi señora Doña Beatriz, que es fuerza lea vuestra señoría.

—Dádmela.

—Aquí está—dijo el Bachiller, entregando al Oidor un billete pequeño, y cuidadosamente doblado y perfumado.

—Por el aroma le conociera, aunque no viese las letras—dijo el Oidor besándole:—¿pero á donde podré imponerme?

—En el cuarto de la beata que tiene luz, y que está abierto cerca del zaguan.

Los dos se dirigieron á la puerta de la calle.

Al ruido de sus pasos, de una pequeña puerta salió la beata con su candil en la mano.

—Tendreis á bien, le dijo el Oidor, prestarme vuestro candil y permitirme que pase yo solo un momento á vuestro cuarto á leer una carta.

—Con mucho gusto—contestó la beata, entregándole el candil.

La beata y el Bachiller quedaron á la puerta, y el Oidor entró al cuarto.

Encima de una mesa, que tenia por todo adorno un Cristo y una calavera, colocó el Oidor el candil y se quitó el sombrero respetuosamente.

Desdobló la carta y leyó.

«Al Bachiller D. Martin de Villavicencio y Salazar.»

«Avisad á Quesada que es indispensable que me vea esta madrugada á las dos. Dios os guarde.—Beatriz.»

El Oidor besó la esquela, la dobló cuidadosamente, y metiéndola en la bolsa de sus gregüescos, tomó el candil y el sombrero y salió.

La beata recibió el candil y se dirigió á abrir.

—Mil gracias,—dijo el Oidor saliendo seguido del Bachiller.

—A Dios sean dadas—contestó la beata cerrando.

—¿Qué me dice su señoría?

—Nada, sino que es preciso que me vaya yo sin perder tiempo á ver á Beatriz.

—¿Quiere su señoría que le acompañe?

El Oidor se volvió como diciendo: ¿de qué podrá servirme éste?—El Bachiller lo comprendió.

—Mire su señoría—dijo—aunque parezco gente de iglesia, y por tal me ha conocido siempre, no lo soy, que aunque Bachiller no tengo mas órdenes que la de prima tonsura, que casi, casi solo el barbero nos la confiere y no imprime carácter; conozco el manejo de las armas como un soldado, y puede vuestra señoría ocuparme sin el menor escrúpulo, que no será este negocio en el que tenga que ver el Santo Oficio.

—Pero si yo os llevara en mi compañía tendríais que ir mano sobre mano, porque no os veo llevar arma de ninguna especie.

—Descuide su señoría, que no me faltará, sobre todo, si como supongo vamos á la casa de mi señora Doña Beatriz en la calle de la Celada.

—Así es en efecto.

—Pues iremos, porque yo hasta las cuatro no tengo que venir para acompañar al señor Arzobispo.

—Pues andando, que el tiempo avanza.

Quesada y Martin comenzaron á caminar lo mas aprisa que les permitia la oscuridad de la noche, y el pésimo estado de las calles, llenas de lodo, de charcos de agua, y de cerros que se formaban en las esquinas con la basura que arrojaban allí los vecinos de las casas cercanas.

Así llegaron hasta las tiendas que habia, en donde despues se levantó el Parian, y que ocupaban una parte de la Plaza Mayor.

—Me permite su señoría un momento,—dijo Martin.

El Oidor se detuvo, y Martin se dirigió á una de las tiendas y llamó fuertemente.

—¿Quién va?—dijo desde adentro un hombre.

—Yo—contestó Martin—abre Zambo.

—¿Quién es yo?

—Yo, Garatuza, ábreme pronto.

A pocos momentos se abrió la puerta.

—Enciende luz—dijo Martin.

Se oyó el choque de un eslabon contra la piedra, se vieron las chispas blancas del pedernal, y luego la roja lumbre de la yesca, y luego la azulada luz de una pajuela de azufre, y por último, el claro resplandor de una bujía de cera.

Un Zambo, cabezon y feo como un condenado, la tenia en la mano.

—¿Hay una espada?—preguntó Martin.

—Aquí están tres, las demas salieron porque andan de aventura los muchachos.

—Dame una pronto.

El Zambo dió á Martin una espada y una daga pendientes de un talabarte de cuero colorado muy viejo, con hebilla de fierro.

Martin se ciñó el talabarte, y volvió al lado del Oidor.

—Estoy á las órdenes de su señoría,—le dijo con una sonrisa maliciosa, y entre abriendo su balandran para mostrar sus armas.

Pero la noche era oscura, y el Oidor no pudo ver ni la sonrisa ni las armas, y preguntó:

—¿Ya armado?

—Ya.

—Por mi fé, señor Bachiller, que voy descubriendo en vos una alhaja; vámonos.

—Su señoría me favorece demasiado,—contestó hipócritamente Martin—no soy mas que un hombre precavido.

Habia cesado la lluvia, el negro toldo de nubes que cubria el cielo comenzaba como á despedazarse, y en medio de su oscuro fondo empezaba á adivinarse la luna anunciada por líneas luminosas é irregulares en la pesada masa que flotaba en el aire.

La calle de la Celada es la que ahora se llama de Zuleta, y debió el nombre de Celada á un ardid de guerra que, durante el sitio de México por Hernan Cortés, hizo caer prisioneros en manos de los vasallos de Guatimotzin, á seis españoles en esa misma calle, que era un ancho canal en los dias de la conquista.

El Oidor y Martin tenian para llegar á la calle de la Celada, que atravesar la acequia que pasaba por frente á las casas del Ayuntamiento, y corria por las calles que ahora se llaman del Coliseo, hasta la gran acequia que circundaba la ciudad.

Por la márgen derecha de la acequia siguieron hasta llegar á un puente que existia en la calle del Espíritu Santo, y allí franquearon el obstáculo.

La noche iba aclarando, y los dos hombres, aunque con precaucion, caminaban de prisa y sin hablarse.

Habia en la calle de la Celada una grande y magnífica habitacion, que indicaba la opulencia y el poder de sus dueños, y hácia aquella casa se dirigió sin vacilar el Oidor seguido de Martin.

Cruzó sin pararse frente á la entrada principal, y continuó alejándose de ella hasta detenerse en una puertecilla que en un elevado muro habia, y que á juzgar por lo que alcanzaba á verse desde la calle y desde las azoteas vecinas, correspondia á un jardin ó á un corralon.

Quesada arañó literalmente aquella puerta dos veces; en el interior se oyó tambien como si alguien arañase, y Quesada dió entonces un golpecito.

La puerta se abrió como por encanto, sin hacer ruido ninguno.

—¿Me esperáis aquí, ó preferís entrar?—preguntó el Oidor á Martin.

—En todo caso—contestó el Bachiller—prefiero estar afuera, porque si su señoría tardase podria yo irme á ver al señor Arzobispo.

—Bien, no tardaré.

La puerta volvio á cerrarse y Martin quedó solo en la calle apoyado en el dintel.

Un negro muy alto y muy fornido habia abierto al Oidor, y le guiaba en el interior de la casa; pero el Oidor parecia no necesitar aquel guía, segun la tranquilidad con que caminaba.

Atravesaron un gran patio desierto, subieron una pequeña y angosta escalera, al fin de la cual habia un estrecho corredor.

El negro iba descalzo y el Oidor procurando ahogar el eco de sus pisadas, andando sobre la punta de los piés.

Pasaron algunas habitaciones desiertas tambien, y el negro llamó á una puerta entornada.

—Adentro—dijo una voz tan dulce, como el gemido de una brisa.

El negro empujó suavemente la puerta, se hizo á un lado dejando pasar respetuosamente al Oidor, y volvió á cerrar, quedando por fuera como de centinela.

—Loado sea Dios—esclamó al ver á Quesada una dama que leía un libro, sentada en un sitial cerca de una mesa.

—Doña Beatriz—esclamó Quesada, arrojándose á los piés de la dama, antes que ésta hubiera tenido lugar de levantarse.

. . . . . . . .

Martin permaneció cerca de un cuarto de hora sin moverse: estaba como confundido en el hueco de la puerta, y en la sombra del muro.

Enfrente habia una casa baja con ventanas irregularmente colocadas.

Martin creyó oir ruido dentro de aquella casa; y en efecto á poco se abrió la puerta, y tres hombres embozados hasta los ojos salieron de allí acompañados hasta la salida por una vieja que llevaba una vela, y por tres ó cuatro muchachas que se despedian de ellos, con una ternura demasiado espresiva.

La luz que se desprendia de la puerta iluminó á Martin, y la vieja le alcanzó á ver.

—¡Un hombre!—esclamó.

—¿En donde?—preguntó uno de los embozados.

—Enfrente, espiando,—dijo la vieja:—¡será el diablo!

Las muchachas lanzaron un grito, y la luz se apagó.

—Cierren—dijo una voz de hombre—nosotros iremos á reconocer.

La puerta se cerró, los embozados que venian de una pieza iluminada vacilaron deslumbrados; pero Martin acostumbrado á la especie de penumbra que reinaba en la calle, se quitó precipitadamente el balandran, se lo envolvió en el brazo derecho como una adarga, y tiró de la espada.

Martin conocia muy bien México para saber qué clase de mugeres vivian en aquella casa, y los parroquianos que la frecuentaban, que eran siempre camorristas, pendencieros y hombres de mala conducta, comprendió que el lance era indispensable.

Los embozados rodearon á Martin con los estoques en las manos; pero el Bachiller era hombre que lo entendia en esto del manejo de las armas. Cubierta su espalda por el muro, y procurando no separarse de allí, el Bachiller tenia á sus enemigos á raya, y su espada como una víbora flexible y ligera, y sus movimientos rápidos pero estudiados abatian los estoques de sus contrarios, aprovechando los momentos para tirarles algunas puntas, y mas de una vez creyó Martin sentir que algo mas que el aire detenia su espada.

Pero aquello no podia prolongarse hasta el amanecer. Martin sentia el cansancio, y sus adversarios lo comprendian, porque multiplicaban sus ataques: fatigado, jadeante, se contentaba ya con defenderse sin atacar.

Entonces quiso hacer un gran esfuerzo y buscar su salvacion en la fuga, apretó la espada y se arrojó en medio de la calle lanzando un chillido agudo y semejante al que lanzan las lechuzas en lo alto de las torres durante la noche.

Como por efecto de un conjuro, los tres embozados retrocedieron inclinando las espadas, y contestando con otro grito semejante. Martin se acercó á uno de ellos.

—¡Mariguana!—esclamó Martin.

—¡Garatuza!—esclamó el otro.

Y todos se agruparon en derredor del Bachiller.

III.
Doña Beatriz de Rivera.

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LA estancia en que habia penetrado el Oidor, estaba escasamente iluminada por dos bujías de cera, colocadas en candeleros de plata, sobre una grande y pesada mesa de madera pintada de negro, con grandes relieves y adornos dorados; en derredor de la estancia habia enormes sitiales semejantes en su adorno y construccion á la mesa, con respaldos y asientos forrados de rico damasco, color de naranja, y sobre una de las puertas se advertia un baldoquin del mismo color con una pequeña imágen de Santa Teresa.

Doña Beatriz era una dama como de veintitres años, alta, pálida, con dos ojos negros y brillantes que resaltaban en la blancura mate de su rostro, su pelo negro estaba contenido por una toquilla blanca y sin adorno.

Doña Beatriz vestia un traje negro de terciopelo con el corpiño ajustado, y con unas anchas mangas que desprendiéndose casi desde el hombro dejaban ver sus hermosísimos brazos torneados y mórvidos, y sus manos pequeñas y perfectamente contorneadas deslumbraban por la gran cantidad de anillos de brillantes que tenia en los dedos.

Podia adorarse aquella muger, como el ideal de la belleza de aquellos tiempos. El Oidor permanecia de rodillas delante de Beatriz teniendo entre sus manos una de las manos de la jóven, y contemplando su rostro apasionadamente.

—Alzad D. Fernando—dijo Beatriz, procurando levantarle suavemente—alzad, que por mas que me plazca miraros así, mas quiero veros á mi lado.

—Doña Beatriz, pluguiera á Dios, que pudiese yo pasar mi vida, contemplandoos de esta manera, os amo tanto.

—¿Me amais? ¿y no os amo yo tambien? ¿No sois vos el dueño de mi vida y de mi alma? Ah, D. Fernando, por vos atropello todos los respetos, y mirad, á esta hora de la noche no solo os permito llegar hasta aquí, sino que os llamo. ¿Quereis aun mas?

D. Fernando, besó delirante la mano de Beatriz, y se levantó.

—Aquí, aquí,—le dijo la jóven, indicando un sitial que estaba cerca del suyo,—aquí tomad asiento porque el dia avanza y tengo un negocio de que hablaros.

D. Fernando acercó un poco mas el sitial, y se sentó volviendo á tomar entre la suya la blanca y tibia mano de Beatriz.

—Hablad, hablad Señora, os escucho y os miro ¿qué mas puedo anhelar en el mundo?

—Oidme D. Fernando: ¿conoceis á D. Pedro de Mejía, el hermano de Blanca, de mi ahijada de confirmacion?

—Le conozco, Doña Beatriz.

—¿Y qué pensais de él?

—Es un hombre fabulosamente rico, aunque con el peligro de que su hermana al cumplir veinte años, ó al casarse, le quite la mitad del capital, segun la disposicion de su padre al morir, pero ademas de eso, D. Pedro es el hombre mas orgulloso, mas déspota y mas codicioso que ha llegado de España.

—Pues bien, esta tarde ha estado D. Pedro de Mejía con mi hermano D. Alonso de Rivera, y le ha pedido solemnemente mi mano.

—¡Qué todo el poder de Dios me valga!—exclamó D. Fernando levantándose pálido de furor.

—Sosegaos D. Fernando que bien sabeis que os amo y antes consentiria en tomar el velo, que ser esposa de otro hombre que no fueseis vos.

—Oh gracias Doña Beatriz, gracias—esclamó D. Fernando, llevando á sus lábios la mano de la jóven—gracias, solo por vos he temblado, por lo demás, nada me importa que todos se opongan, soy fuerte y poderoso, y os llevaré al altar mal que les pese.

—Mi hermano dió á D. Pedro su palabra de que se haria la boda, aunque yo me opusiera, sabe mi hermano que os amo, D. Fernando, y he aquí porque se empeña en ella, cree que sois su enemigo, por el afan con que habeis procurado que se lleve á efecto la fundacion que hizo mi difunto tio,—que en paz descanse—D. Juan Luis de Rivera, de un convento de carmelitas descalzas......

—Pero Beatriz, vos sabeis muy bien que habeis sido la que exijió de mi amor que se llevara á cabo la voluntad de vuestro tio......

—Sí, D. Fernando, mi hermano D. Alonso no tiene razon: yo os he suplicado que se fundase ese convento, porque en su lecho de muerte, y cuando ya las sombras de la eternidad pasaban sobre la frente de mi tio, me llamó á su lado y me hizo jurar por Dios, por sus Santos, por la memoria de mi madre, y por él, que nos habia recojido desde niños, que nos legaba un inmenso caudal, me hizo jurar que yo haria cuanto fuese de mi parte para que se cumpliera su última voluntad: desde entonces, cada vez que olvidaba el encargo, la imágen de mi tio, aparecia en mis sueños recordándome mi juramento, y ya lo veis, no vivo, ni estaré tranquila, mientras ese convento no se funde, y no desaparezca esa sombra que me persigue......

Doña Beatriz con una especie de terror, estrechó la mano de D. Fernando, acercándose á él y sus ojos vagaron recorriendo toda la estancia.

—Calmaos, Doña Beatriz, calmaos, que yo os juro sobre la salvacion de mi alma que hoy al romper el dia, se dirá en las casas que deben servir para el convento la primera misa......

—No jureis con tal temeridad, D. Fernando, porque si bien el señor Arzobispo ha ganado á mi hermano el pleito, gracias á los papeles que yo os entregué, y que vos le llevásteis, todavía costará muy grande trabajo conquistar la posesion de las casas. Vos, D. Fernando, aun no conoceis bien el carácter de mi hermano D. Alonso; preferiria los perjuicios de un pleito que durara diez años, á entregar contra su voluntad esas casas.

—Doña Beatriz, os he jurado que hoy al romper el dia se dirá la primera misa allí, y ahora os invito á que vayais á oirla......

—¿Será posible?

—Ya lo vereis: vuestra conciencia quedará tranquila, y yo feliz por haberos servido.

—Iré á la misa.

—¿Os espero?

—Esperadme, ¿á qué hora?

—A las cinco.

—Iré: ahora retiraos, D. Fernando, que es tarde, y fiad en mí; os amo, y antes tomaré el velo que ser de otro hombre, os lo juro, como juré á mi tio por Dios, por los Santos, y por la memoria de mi madre, y ya sabeis como cumplo yo mis juramentos.

—¡Oh, sí, Doña Beatriz!

—Oídme, que esto es ante todo para lo que os he mandado llamar: va á desatarse contra nosotros, y sobre todo, contra vos, una persecucion horrible. Mejía es poderoso y mi hermano D. Alonso tambien: nada omitirán para quitaros del medio: calumnias, acusaciones ante el rey, tentativas de asesinato, todo, todo lo pondrán en juego: velad, D. Fernando, velad porque os llevais vuestra alma y la mia; mi vida y vuestra vida. Adios.

—Adios, adios señora.

Don Fernando besó la mano de Beatriz y se retiraba; pero la jóven lo atrajo suavemente y clavó sus frescos labios en la boca de aquel hombre que se sintió desfallecido de placer.

Era el primer beso de amor, de aquellos dos séres que entraban en la senda de la desgracia.

Don Fernando salió, el esclavo mudo é inmóbil esperaba, y sin preguntar nada, sin recibir órden ninguna, encaminó al Oidor hasta la puerta escusada de la casa.

Doña Beatriz miró á D. Fernando hasta que volvió á cerrar la puerta de la estancia, entonces cayó de rodillas esclamando:

—Dios mio, Dios mio, protejedle.

Don Fernando salió á la calle en el momento en que Martin salvaba su vida reconocido por los truanes, gracias al grito de contraseña que ellos tenian entre sí, y que habia lanzado por casualidad.

Los cuatro formaban un grupo en medio de la calle, y como habia despejado algo el cielo, débiles los rayos de la luna permitian mirar aquel grupo de hombres, que tenian aún los estoques en la mano.

La puerta no hacia ruido y el Oidor salió sin ser notado, y se recató para observar. Los hombres hablaban bajo, pero sin embargo él percibia la conversacion.

—Quédome—decia Martin—porque guardo aquí la espalda á persona de tal calidad, y tales dotes, que servirla es honor que, sin buscar la recompensa, por sí solo basta á dejar satisfecho á un hombre como yo.

—Por mis barbas—contestaba uno de los truanes—que debe ser el mismo Arzobispo en persona.

—Quién sea, ni yo os lo diré, ni vosotros debeis preguntármelo, que regla nuestra es no meternos en los negocios de los demás, sino para ayudarles.

—Tiene razon el señor Bachiller, vámonos—dijo irónicamente otro—vámonos—y á curarse los que han salido mal en este encuentro, que por obra de Dios no tuvo mayores resultados; adios, adios,—se dijeron todos, y los hombres se dirigieron calle abajo y se oyó el cerrarse de una ventana de la casa de las damas de alegre vida, que habian estado pendientes del fin de la querella.

Martin se volvia á su puesto cuando se encontró con Don Fernando, que lo esperaba inmóbil como una estátua.

—Veo—le dijo á Martin,—qué hombre sois para cumplir con vuestras promesas, y que se os puede fiar el sermon.

—¡Qué quiere su señoría! Son lances que nadie alcanza á evitar.

—Vamos.

—¿Hácia á dónde ordena su señoría?

—A la capilla que se dispone para la misa de hoy.

—Entonces, con el permiso de usía me quedo en el Arzobispado.

Volvieron á tomar el mismo camino que habian traido: al pasar por las tiendas de la plaza Martin dejó la espada y llegaron hasta la puerta del palacio del Arzobispo.

—Me quedo, si usía me lo permite—dijo Martin.

—Contad conmigo—contestó el Oidor, estrechándole la mano,—como siempre.

El Oidor siguió, y Martin llamó á la puerta del palacio.

Le abrieron, tomó el aire manso y contrito de un San Luis Gonzaga, y se dirigió á la estancia del Arzobispo.

El prelado estaba ya en pié, completamente vestido, y se paseaba impaciente.

—¿Ya es hora?—preguntó al ver á Martin.

—Si señor Ilustrísimo.

Tomó el Arzobispo su sombrero y se dirigió para la calle.

IV.
De cómo ganaba sus pleitos el Ilustrísimo Sr. D. Juan Perez de la Cerna.

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COMENZABA á amanecer el día 4 de Julio de 1615, y todos los vecinos de la gran casa en que han tenido lugar las primeras escenas de esta historia, se despertaban espantados, por un ruido inmenso y desacostumbrado.

En el patio y en los corredores, mas de diez campanas de mano llamaban á misa, se oian golpes en las puertas y en las ventanas de todas las habitaciones y voces de hombres que decian:

«Levantaos, levantaos, para que asistais al Santo sacrificio de la misa, que en esta casa va á celebrar el señor Arzobispo.»

Mas que de prisa se levantaba todo el mundo, por piedad ó por curiosidad, nadie queria quedarse en la cama, y antes de media hora, la sala convertida en capilla estaba completamente llena.

El Arzobispo revestido ya, esperaba en un sitial que acabasen de llegar los vecinos: de pié á su lado estaba Martin con un sobrepelliz blanco como la nieve, y enfrente, de pié, el Oidor D. Fernando de Quesada dirigiendo á la puerta investigadoras é ingeniosas miradas.

Iba ya á comenzar la misa cuando entró por el zaguan de la casa una lujosa silla de manos, llevada por dos robustos esclavos, y al lado de la cual caminaba un negro de elevada estatura.

La silla se detuvo en la puerta de la improvisada capilla, y salió de ella una muger envuelta en un manto y con un velo negro sobre el rostro, atravesó entre el concurso y vino á arrodillarse muy cerca del altar.

El Oidor se conmovió visiblemente: aquella muger era Doña Beatriz de Rivera.

El Arzobispo dió principio á la ceremonia.

Al terminar la misa el prelado se volvió á los devotos, y dirigió una breve alocucion.

—El Señor—les dijo—habia tomado posesion de aquellas casas, para que se fundase en ellas un monasterio de Carmelitas descalzas: que la fábrica debia comenzarse inmediatamente, y que rogaba á cada uno de los vecinos que procurasen desocupar cuanto antes las habitaciones, sin que por negligencia ú omision diesen motivo á que se retardara el servicio de Dios, ofreciendo la incomodidad que aquello les causara como sacrificio de su Divina Magestad, y en descargo de sus pecados.

La gente salió edificada, y dos horas despues de todas las habitaciones salian hombres y mugeres, y muchachos, cargando mesas y sillas, y baules, y colchones, y ropa........ aquella misma tarde la casa estaba completamente vacía, y el Arzobispo en pacífica posesion de ella.

Don Fernando procuró al acabar la misa esperar á Doña Beatriz, para ofrecerle la mano al entrar á la litera.

—Gracias, gracias D. Fernando,—dijo estrechándole la mano,—ya viviré tranquila.

—Dios os haga tan feliz, como mereceis—contestó D. Fernando.

Los esclavos alzaron la silla, y antes de ponerse en marcha una de las cortinillas de seda de la portezuela se levantó.

—Cuidaos,—murmuró Doña Beatriz.

Don Fernando no pudo contestar, porque la silla caminaba.

El negro sin darse por conocido de D. Fernando, siguió á su ama.

El Arzobispo volvió á su palacio, tan orgulloso como si hubiera ganado una batalla, el ardid de que se habia valido para tomar posesion del edificio en que debia fundarse el convento de Santa Teresa, habia producido como hemos visto un éxito completo.

D. Fernando de Quesada estaba contento, amaba á Doña Beatriz, con ese amor inmenso de un hombre que llega á la edad madura sin haber conocido otra pasion que la del estudio. Doña Beatriz era jóven y hermosa y le amaba, además D. Fernando tenia en nada la oposicion de D. Alonso de Rivera, hermano de Doña Beatriz, él era como habia dicho muy bien, fuerte y poderoso, y la jóven habia cumplido ya la edad en que conforme á las leyes de la Metrópoli, le era lícito casarse sin el consentimiento de su hermano.

Pero en medio de todo, una cosa habia nublado la felicidad de D. Fernando. Beatriz, tenia una especie de delirio por la fundacion del convento de Santa Teresa, sin comprender por que el Oidor veia en su amada mas vivas y mas ardientes cada dia sus impresiones en este negocio, y algunas veces llegó á temer por su salud, siempre hablando de eso y siempre mirando la imágen de su tio moribundo, aquella muger padecia horriblemente en su espíritu, y esta situacion producia esa excesiva palidez que se notaba en su hermoso semblante.

Por eso D. Fernando habia tomado con tanto entusiasmo partes en favor de la fundacion, y era el amigo mas útil, que se podia haber encontrado el impetuoso Arzobispo de México, D. Juan Perez de la Cerna.

D. Fernando estaba en el palacio episcopal, la misma tarde que se habia tomado posesion de las casas.

La conversacion recaia naturalmente sobre los acontecimientos de la mañana.

—Verdaderamente—Sr. Oidor—decia el Arzobispo—no se á que atribuir el completo silencio que ha guardado D. Alonso de Rivera: ¿Usía cree que desiste completamente?

—Así debiera suceder, pero ó yo mucho me engaño, ó D. Alonso prepara alguna cosa.

—¿Pero qué puede hacer, perdida la propiedad y la posesion?

—Recurso de ley no le queda, ni seria ciertamente al que pudiera tenérsele temor, pero su Ilustrísima conoce tambien el carácter de D. Alonso, y como yo comprende que su mismo silencio, clara señal es de que algo trama.

—Dios dispondrá, pero alcanzo á creer que su Divina Majestad proteje nuestra empresa.

En este momento un familiar penetró á la habitacion, y presentó al Arzobispo en una bandeja de plata cincelada, un gran pliego cerrado y sellado.

—Debe ser sin duda—dijo el Arzobispo á D. Fernando—la contestacion de su Excelencia, al pliego que le envié esta mañana, dándole la noticia de haber tomado la posesion de las casas, y pidiéndole su beneplácito para comenzar la obra.

El Arzobispo abrió aquel pliego, y á medida que iba avanzando en la lectura, D. Fernando podia notar que se ponia alternativamente pálido y encendido, y que un sudor lijero humedecia la raiz de sus cabellos.

Mirad—dijo por fin alargándole el pliego con una mano convulsa.

El Oidor leyó y se inmutó á su vez.

—Orden del Virey para suspender los trabajos, hasta que existan fondos necesarios para la obra.

—Exactamente, ¡pero estas son intrigas de D. Alonso!

—Tal creo, señor.

—¡Fondos necesarios!..... ¿y qué calificará de fondos necesarios su Excelencia?

—Esta es la dificultad: será preciso que haya en las cajas de la fábrica doscientos mil pesos; de lo contrario, siempre pondrán á su Ilustrísima la misma dificultad.

—¡Oh! Cuando á mí me estrañaba el silencio de D. Alonso de Rivera.

—¿Y piensa su Ilustrísima que suspendamos la obra?

—De ninguna manera: es fuerza luchar con todas estas dificultades; pero con la constancia y el trabajo triunfaremos.

—Omnia vincit labor.

—Et constantia vincit omnia—en este momento me voy á palacio; de convencer tengo á su Excelencia, y mañana comenzará nuestra obra.

—Y yo prometo á su Ilustrísima que como su Excelencia no nos niegue su permiso, mañana en la tarde todas esas casas estarán completamente derribadas. Con permiso de su Ilustrísima me retiro á prepararlo todo, porque tengo fé en que su Ilustrísima alcanzará lo que desea.

—Vaya su señoría, que yo le aseguro que el beneplácito de su Excelencia lo tendré esta misma tarde.

El Arzobispo tendió la mano, el Oidor besó respetuosamente el anillo pastoral, y se retiró.

Pocos minutos despues el carruaje del Arzobispo se dirigía á palacio, precedido de un pertiguero montado en una mula blanca, lo cual era indicio que iba dentro del coche su Ilustrísima.

V.
En donde se descubre por qué estaba Doña Beatriz tan preocupada con la fundacion del convento de Santa Teresa.

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LA silla que á Doña Beatriz conducia, no se dirigió despues de la misa para la casa de la calle de la Celada, sino que tomó el rumbo de Jesus María y se detuvo en la portería del convento.

Doña Beatriz entró y llamó en el torno sin detenerse.

—Ave María—dijo.

—Gratia plena—contestó dentro del torno una voz cascada:

—¿Qué se ofrece hermanita?

—Madrecita—contestó Doña Beatriz:—¿pudiera yo hablar á la M. Sor Inés de la Cruz?

—Sí, hermanita; aguárdela que á llamársela van:—¿de parte de quién viene?

—De Doña Beatriz de Rivera.

Beatriz se sentó en una banca de madera sin pintar que habia en la portería: poco despues, desde el torno dijeron:

—¿Quién busca á Sor Inés de la Cruz, que aquí está? La voz que esto habia dicho era muy distinta de la que primero hablara, y Beatriz la conocia.

—Yo soy Sor Inés.

—¡Vos, Doña Beatriz! Esperad un momento que voy á pedir la llave del locutorio.

—Sí Madre, porque tengo que hablaros.

—Vuelvo, vuelvo.

Momentos despues sonó una llave que entraba en una cerradura, y una religiosa abrió á Doña Beatriz la puerta del locutorio.

Los locutorios de los conventos son, y han sido siempre iguales, una sala, mas ó menos grande, pintada de blanco, bancas al derredor, el piso de madera, todo perfectamente limpio, en las paredes un inmenso Crucifijo y algunos cuadros con imágenes de santos, algunas veces en los piés de la banca que ocupa el lugar de honor, una estera larga y angosta.

Dos religiosas estaban en el locutorio cuando penetró en él Doña Beatriz: una de ellas, alta, de naríz aguileña, boca grande, labios delgados, ojos pardos redondos, chispeantes, representaba tener cuarenta y cinco años: la otra, baja de cuerpo y con una fisonomía enteramente vulgar.

Doña Beatriz se sentó al lado de aquellas religiosas.

—¿Podemos hablar? preguntó.

—Hablad—contestó la mas alta de las dos religiosas. Sor Encarnacion es de toda confianza, como sabeis.

—Madre—dijo Doña Beatriz—vengo á participaros que hoy he asistido ya á la primera misa que se ha celebrado, en el que ser debe convento de Carmelitas descalzas bajo la advocacion de nuestra Madre Santa Teresa.

—Doña Beatriz,—contestó la monja—desde anoche lo sabia yo.

—¿Lo sabiais?

—Sí, el alma de D. Juan Luis de Rivera apareció á mi espíritu por permision de Dios, y ya no tenia sobre su pecho esa señal de fuego que ha llevado por tantos años el camino de la celeste Jerusalem comienza á abrirse para él; pero no entrará hasta que su voluntad no sea cumplida, y las hijas de Santa Teresa no oren por él en su casa, y esa alma penará errante y vendrá dia á dia á pedir su descanso, no á D. Alonso, corazon empedernido y contumaz, sino á vos que jurásteis sobre su lecho por Dios y por sus santos; á vos, que guardásteis su última voluntad, que estais en el mundo para poder cumplirla.........

La monja se iba inspirando y exaltando gradualmente, y su voz iba tomando un timbre en el que habia algo de amenazador y de irresistible.

Cualquiera pasion grande que domine el corazon engrandece al alma, bien sea el sentimiento religioso, ó el amor, ó el patriotismo; fanatisado el espíritu, el cuerpo se espiritualiza y llega el éxtasis de Santa Teresa, ó la inspiracion sublime y profética del Dante, ó la elocuencia irresistible de Mirabeau.

Doña Beatriz se inclinaba como anonadada, y estremeciéndose cerraba los ojos. Sor Juana de la Cruz habia tomado una de sus manos, y continuaba diciendo llena de entusiasmo:

—Sí, Doña Beatriz, á vos se dirigirá esa alma sin consuelo, ¿lo oís? A vos, porque yo lo sé, porque vos lo sabeis tambien, en medio del silencio de la noche se os presenta, me lo ha dicho; habeis logrado hasta ahora llegar á un término dichoso, ¡ay de vos, Doña Beatriz, si no se consuma la obra! ¡Ay de vos! ¡y ay de cuántos ameis sobre la tierra! La voluntad de un moribundo es sagrada y vuestros juramentos os ligan con el alma de vuestro tio, con lazos que nadie podrá romper sobre la tierra: esa alma como os ha seguido hasta hoy os perseguirá siempre mientras no se cumpla su última voluntad. Dios nos oye, Dios nos ve, Dios nos juzga.

Doña Beatriz habia caido casi de rodillas: con una de sus manos cubria su rostro, y la otra la tenia en la suya Sor Juana que la oprimia convulsivamente, y le hablaba con el aire inspirado de una profetisa.

Sor Encarnacion elevaba las manos enclavijadas y los ojos al cielo.

—Id, Doña Beatriz, continuad en vuestra santa obra, mucho es lo que habeis alcanzado; pero mucho aún lo que por hacer queda: id, y no falteis á decirme todos los dias cuanto en vuestros trabajos consigais; id, y que Dios os guíe.

Doña Beatriz se levantó, besó la mano de Sor Juana, y luego, como vacilante, salió del locutorio densamente pálida, y profundamente conmovida, subió á la silla, y los esclavos, precedidos del negro, se dirigieron á la calle de la Celada.

Sor Juana de la Cruz, era una muger de un espíritu superior, y dotada de una imaginacion ardiente y apasionada; anhelando ser la fundadora del convento de Santa Teresa, en México, llegó á sentirse llamada á ese papel por eleccion divina. El trato de Doña Beatriz, á quien conocia desde niña, le dió sobre ella esa influencia terrible que la habia hecho convertirse en el instrumento de sus deseos. Doña Beatriz llegó á sentirse completamente dominada por Sor Juana, y aquel espíritu fuerte, y superior, hizo nacer en la alma sencilla y tímida de la doncella, esa alucinacion que le traian entre las sombras de la noche, fantásticas y pavorosas apariciones.

Doña Beatriz estaba como magnetizada, y sentia á inmensa distancia el influjo y la atraccion de Sor Juana, y ni un solo dia faltaba del locutorio del convento, y ni un solo dia dejaba de salir, conmovida y aterrada por aquellas palabras ardientes, proféticas, llenas de fé, y como dictadas por los espíritus que habitaban el mundo de las eternas luces.

El fanatismo religioso era en aquellos tiempos el terrible contagio de todas las almas, y Doña Beatriz era la azucena que se marchitaba con el fuego del fanatismo.

VI.
En donde el lector conocerá á la verdadera heroina de esta no menos verdadera historia.

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SERIAN las cinco de la tarde, cuando una modesta carroza se detuvo en la gran puerta de la casa de la calle de la Celada, un escudero puso el estribo, y una dama seguida de dos dueñas descendió del coche, y se dirigió á la escalera principal.

Los lacayos y los palafreneros que andaban por el patio, se descubrieron respetuosamente, la dama subió las escaleras y penetró en las habitaciones que estaban al estremo de un corredor sombreado por naranjos y limoneros plantados en magníficos tibores de china.

Un lacayo abrió una mampara de terciopelo, y la dama se encontró en un elegante retrete amueblado con sitiales y mesas de ébano, y tapizado de damasco color de fuego.

Doña Beatriz salió á su encuentro tendiéndole los brazos, y la dama se arrojó en ellos llena de placer.

—Blanca, hija mia,—dijo Doña Beatriz—hace tanto tiempo que no te veo, que temiendo por tu salud estaba.

—¡Ah! madrina, sois tan buena conmigo, que no sé ni cómo demostraros mi gratitud.

—Ven, hija mia, siéntate, estás algo desmejorada, acaso habrás estado enferma.

—No, madrina, pero ya sabeis, sufro tanto, tanto, soy tan desgraciada.........

—Don Pedro de Mejía, tu hermano, ¿sigue siendo tan indiferente contigo?

—Pluguiese al cielo, señora, que así fuese, ahora......... ¿pero estamos completamente solas?

—Solas, Blanca; háblame sin temor, ábreme tu corazon.

—¡Ay! hace tanto tiempo que no confio á nadie mis pesares, que tiemblo como si álguien nos escuchara.

—Habla, hija mia, nadie te escuchará.

—Ya sabeis cuán grande ha sido la indiferencia de Don Pedro mi hermano para conmigo desde nuestros mas tiernos años: huérfana de padre y madre, solo en vos encontré cariño y amparo, y he pasado mi vida sola, siempre sola, sin una ilusion, sin un cariño, sin una esperanza, mi hermano procurando siempre alejarme del mundo, impidiéndome siempre que vea á nadie, que hable con nadie, sin consentirme mas amistad que la vuestra. Siempre seguida, siempre cuidada, siempre vigilada por dos dueñas de su confianza, mi existencia era triste, muy triste pero tranquila, cuanto deseaba comprar ó tener, tanto se me daba inmediatamente, con tal de que continuara viviendo en el encierro y en el retraimiento, pero ahora.........

Blanca limpió dos lágrimas que se desprendieron de sus hermosos ojos. Doña Beatriz la abrazó con la ternura de una madre, y besó su frente.

—¿Qué sucede ahora? ¿eres mas desgraciada? ¿te pasa algo de nuevo? dímelo, hija mia, sabes cuánto te quiero.

—¡Ay! sí señora, de algun tiempo á esta parte, Don Pedro usa conmigo de los mas crueles é indignos tratamientos, me obliga ya á no salir de una sola pieza, no me permite ya que me sirvan mas que las dos dueñas, me niega cuanto le pido, mis alimentos son ya escasos y malos, y ha llegado...... á levantar la mano contra mí.

—¿A levantar su mano contra tí?

—Sí señora, porque insistia yo en venir á veros.........

—¡Pobre Blanca!......... ¿pero cómo es que veniste?

—Aproveché el momento en que no estaba, y esponiéndome á todo, he querido hablaros, porque se trata de una persona para vos muy cara.

—¿De quién, hija mia, de quién?

—De Don Fernando de Quesada.

—¿De Don Fernando? ¿le amenaza acaso algun peligro?

—Sí señora, oid y haced de mi noticia el uso que querais, nada me importa que sepan que yo os la he traido, vos habeis sido la única persona que por mí se ha interesado sobre la tierra, á vos debo, señora, el sacrificio de mi vida, si es necesario, oidme: hoy al medio dia, mi hermano Don Pedro y Don Alonso de Rivera, vuestro hermano, han concertado para esta noche, la muerte de Don Fernando de Quesada.

—¿Su muerte, ¡Dios mio! su muerte? ¿y cómo? ¿cómo?

—No podré daros mas pormenores, que solo alcancé á escuchar que mi hermano decia al vuestro:—«¿está convenido?»—y Don Alonso contestaba:—«Don Fernando morirá esta noche, y vos sereis el esposo de Doña Beatriz.»

—¡Él muerto!......... ¡yo su esposa!......... ¡Sangre del Redentor!.........

—No os aflijais así, madrina, ante todo recordad que la noche avanza, enviad á avisar á Don Fernando que se precava, en tanto que yo vuelvo á mi casa, y si algo supiere, os doy mi palabra que lo sabreis, aun cuando entendiese perder la vida.

—¡Ah! gracias, gracias, voy á enviarle un aviso: ¿pero á dónde, á dónde?

—Os dejo, señora, porque en este momento necesitais de todo vuestro tiempo, y de toda vuestra libertad. Adios, adios, señora.

—Adios, Blanca, hija mia, que Dios te guarde.

Blanca descendió las escaleras, y á la mitad de ellas, se encontró con dos hombres que subian. Blanca vaciló y se puso pálida: aquellos dos hombres eran Don Alonso de Rivera y Don Pedro de Mejía.

—Por la carroza he conocido que mi hermana estaba de visita en esta casa,—le dijo Don Pedro,—y deseaba preguntarle si se acostumbra que una jóven salga sin licencia de su casa.

—Deseaba visitar á mi madrina......... contestó la jóven.

—Retírese á su casa la doncella inmediatamente, y espere que sabré reprimirla.

Y diciendo esto Don Pedro, se subió acompañado de Don Alonso, y Blanca, encendida de vergüenza, y con el llanto en las mejillas, subió á la carroza.

No hemos cuidado de describir á Doña Blanca, y es fuerza que el lector la conozca.

Diez y seis años tenia, y era esbelta como el tallo de una azucena, con esas formas que la imaginacion concibe en la Venus del Olimpo, con esa gracia de la muger que amamos, el óvalo de su rostro formaba en su barba uno de esos hoyos que son siempre un hechizo, su pelo y sus ojos negros, como las mugeres del medio dia y su cutiz sonrosado y fresco.

Doña Blanca era un ensueño, una ilusion vaporosa, espiritual, parecia deslizarse al andar, como las náyades en la superficie de los lagos, era de esas mugeres que la imaginacion concibe, pero que ni el pincel, ni la pluma pueden retratar.

Si amais á una muger con todo el fuego de vuestro corazon, procurad describírsela á un amigo, y os desafio á que quedeis contentos de esa descripcion, y á que no os parezca el retrato pálido y triste.

De Doña Blanca casi no podia decirse cómo vestia, porque las mugeres que impresionan parece que van cubiertas con un velo de nubes, y ante una belleza semejante no se piensa en detalles, deslumbra, ciega, preocupa.

—Mal la pasaremos,—decia á Doña Blanca una de las dueñas.—Don Pedro está azás mohino, y vos, Doña Blanca, nos habeis comprometido.

—Callad, Doña Mencia,—contestó Doña Blanca—que muchas son ya mis penas, para que yo os consienta que os tomeis la libertad de reconvenirme; dejad á D. Pedro mi hermano ese trabajo, y cuidad de no meteros sino en lo que á vos atañe.

La vieja no contestó, y la carroza siguió caminando hasta la calle de Ixtapalapa; allí entró en una de esas soberbias casas que tenian y aun conservan todo el aspecto de unos palacios.

La calle de Ixtapalapa, era esa larga y recta calle que hoy tiene en sus cuadras muy distintos nombres, y comprendia todas las que se estienden desde la garita de la Villa, hasta la de San Antonio Abad.

En aquellos tiempos no habia calles del Reloj, ni calles del Rastro, todas se conocian con el solo nombre de calle de Ixtapalapa.

Las calles que ahora se llaman Reales del Rastro, fueron las primeras en donde comenzaron á fabricar sus habitaciones los principales conquistadores, y por eso las casas de esa calle, en lo general tienen ese aire de antigüedad y de fortaleza.

Muchos años despues, cuando se colocó el reloj de Palacio, se les dió el nombre de calles de Reloj, á las que se dirigen al Norte de la ciudad.

Pero volvamos á nuestra historia.

La carroza que conducia á Blanca entró en el patio de una de esas grandes casas de la calle Real de Ixtapalapa, el escudero volvió allí á poner el estribo, y Doña Blanca, seguida siempre de sus dueñas, subió y se encerró en su habitacion, á esperar llorando la vuelta de su hermano D. Pedro de Mejía.

VII.
En donde el negro Teodoro y el Bachiller ponen en juego todos sus recursos.

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APENAS se encontró sola Doña Beatriz, llamó precipitadamente á una de sus doncellas.

—Haced que venga luego Teodoro—la dijo—y que nadie nos interrumpa.

La doncella salió.

En nuestros tiempos y con las costumbres modernas, una muger no se atreveria á encerrarse con un hombre, aunque este fuera un negro, por temor á ese ¿qué dirán?

Pero entonces un negro, un esclavo no era un hombre, y una dama no temia nunca por su reputacion, aun cuando aquel negro pasase la noche en su mismo aposento; ¡tanta era la distancia á que los colocaba el color, que ni la misma calumnia se atrevia á acercarlos!

Teodoro se presentó, Teodoro era el negro confidente de los amores de Don Fernando y de Doña Beatriz, el negro de elevada estatura que hemos conocido al entrar con D. Fernando, por la puerta falsa de la casa de Doña Beatriz.

—Teodoro—dijo la jóven—un peligro de muerte amenaza esta noche á Don Fernando, y si á él le sucediera algo, yo moriria.

—Mande la señora; su esclavo está pronto á obedecerla: ¿qué dispone?

—¿Serás capaz de hacer lo que te encargue?

—La señora sabe que no tengo mas voluntad que la suya, ¿acaso no le debo la vida y la felicidad, no soy su esclavo, mas por la gratitud, que por el dinero en que me ha comprado?

—Pues bien, Teodoro, hoy espero la muestra de esa gratitud; corre al Arzobispado, y dile al Bachiller Martin de Villavicencio, que busque á Don Fernando, que le diga que quieren asesinarle esta noche, que por mi amor se guarde, y dile que le muestre como seña de que el recado yo le envio, esta sortija que él bien conoce.

Doña Beatriz desprendió de uno de sus dedos una hermosa sortija con una cruz de gruesos brillantes, y se la dió á Teodoro.

—¿No mas eso tengo que hacer?—preguntó Teodoro.

—No mas—contestó Doña Beatriz—¿por qué lo preguntas?

—Es que eso me parece hacer muy poco, cuando mi ama está tan afligida.

—¿Pues qué piensas tú?

—Si la señora mi ama me lo permite, yo seguiré á Don Fernando toda la noche, y le responderé á mi ama que nadie tocará uno de sus cabellos, hasta que Teodoro haya espirado.

—¿Harás eso? preguntó conmovida Doña Beatriz.

—Mi ama lo verá si lo permite. ¿Acaso Teodoro el negro no debe á la señora la vida?

—Te lo permito y te lo mando, vé.

El negro se inclinó reverentemente y salió de la estancia.

El Bachiller Martin de Villavicencio dormia en su cuarto, reponiéndose de la mala noche pasada la víspera; el Arzobispo le habia dado, por decirlo así, vacaciones, y el Bachiller las aprovechaba: su Ilustrísima, aunque eran ya las oraciones, no volvia del Palacio del Virey.

Llamaron á su puerta, y el Bachiller se levantó.

—Calle—dijo—me he dormido á las dos y son horas ya de las oraciones—¡adelante!

Habian vuelto á llamar. Teodoro entró con la gorra en la mano.

—Teodoro, ¿tú aquí? ¿qué manda mi señora Doña Beatriz?

—Mi ama, señor, me manda deciros que os sirvais avisar inmediatamente al señor Oidor Don Fernando de Quesada, que por el amor que la tiene, se guarde, porque en esta noche se tiene concertado el asesinarlo.

—¿Asesinarlo? ¿pero quién, cómo, en donde?

—Creo que mi ama tambien lo ignora, porque si no, me hubiera dicho que os lo dijera, para evitar el golpe.

—Pero Don Fernando creerá que es una conseja; ¿por qué Doña Beatriz ni aun escribió?.........

—Don Fernando os creerá, señor, porque para eso me manda deciros mi ama que os envia esta sortija que mostrareis por seña al señor Oidor.

—¿Pero á tí nada te encargó para evitar una desgracia?

—Yo velaré por mi señor D. Fernando toda la noche, y pasarán por el cadáver del negro Teodoro, antes que hacerle mal.

—Muy bien, ¿tienes armas por si se ofrece el caso?

—¿Armas? los esclavos no podemos usarlas, y menos despues del motin del Juéves Santo.

—Tienes razon, pero entonces ¿qué puedes hacer?

—El negro Teodoro no necesita del cuchillo, ni de la espada—dijo Teodoro con desden, y acercándose indiferentemente á uno de los balcones, tomó entre sus manos dos de los hierros del barandal, y sin esfuerzo aparente de ninguna especie, los reunió, como si hubieran sido débiles cañas.

—¡Jesucristo!—esclamó el Bachiller admirado—tienes una fuerza espantosa.

—Poco habeis visto—contestó con frialdad Teodoro—me voy si vos no mandais otra cosa.

—¿Adónde vas?

—A buscar á Don Fernando, para guardarlo toda la noche.

—Acompáñame que voy tambien á buscarle.

—Obedeceré porque así me lo mandais, pero al vernos juntos pudieran maliciar.

—Dices bien, ¿sabes que tienes mucho talento para ser negro?

—Dios me lo ha dado así.

—Bien, vete y cuidado.

El negro salió sin replicar.

El Bachiller se dirijió por su parte á la tienda del Zambo en la plaza, y de donde le vimos sacar una espada. Aquella tienda era un cuartejo de pésima apariencia; no tenia sino un pequeño armazon en donde se ostentaban algunas vasijas de barro y algunas reatas por toda mercancía, y una mesa sucia y vieja que hacia el oficio de mostrador.

Martin entró á la tienda, y se dirijió á tomar asiento en una mala cama que habia detrás del aparador. El Zambo lo seguia humildemente.

—Vamos á ver—dijo Martin—¿sabes que alguno de los nuestros, tenga ajustado trabajo para esta noche?

—Solo el ahuizote me ha dicho que esta noche le tenga listas tres espadas buenas y tres dagas.

—¿Y de qué se trata?

—No he podido averiguar.

—¿Quiénes le acompañan?

—Lo ignoro, pero no deben ser de los nuestros, porque él no me dijo nada, sino que me advirtió que vendria él solo por las tres espadas.

—¿Cómo sabremos?

—Solo hablando al mismo ahuizote.

—¿Dónde podré hallarle?

—En casa de la bruja Sarmiento á la oracion de la noche.

—Iré allá; tenme preparadas á mí tambien tres buenas espadas y tres dagas para esta noche, toma.

El Zambo alargó la mano, y Martin puso en ella algunas monedas de plata.

Apesar de la riqueza casi fabulosa, de las minas de oro y plata de la Nueva España, los colonos no conocian ni usaban en sus mercados monedas de oro. Los reyes de España habian prohibido su acuñacion, y hasta el año de 1676 se consintió á la casa de moneda de México, labrarla y ponerla en circulacion, pregonándose y celebrándose la real cédula, saliendo á caballo los ministros de la casa de Moneda, con atabales y bajo de arcos, en medio de una gran solemnidad.

Las monedas de plata no eran redondas como ahora, sino de formas irregulares.

El Bachiller Martin salió de la tienda.

—Primero—pensó—iré á dar aviso á Don Fernando y luego me dirijiré en busca del ahuizote, me parece que él es el que se va á encargar de este negocio, veremos de advertir al señor Oidor, hay tiempo aunque muy corto, porque la tarde ya pardea.

Martin se dirijió á la casa del Oidor.

Enfrente vió á Teodoro, como un centinela de mármol negro, y pasó casi rozándolo.

—¿Ahí está?—dijo al pasar junto al negro.

—Sí—contestó Teodoro.

Martin entró á la casa, y encontró al Oidor, paseándose en uno de los largos corredores.

—Buenas tardes dé Dios á usía—dijo Martin.

—Así se las dé al señor Bachiller—contestó el Oidor.—¿Qué vientos os traen por aquí á esta hora? ¿El señor Arzobispo ha vuelto ya de palacio?

—Aun no estaba de vuelta su Ilustrísima, cuando he salido yo, pero urjíame ver á usía y hablarle á solas.

—Pues entrad, que aquí podeis estar á vuestro sabor.

El Oidor introdujo al Bachiller á una especie de despacho.

Aunque entónces los libros eran escasos entre la misma jente que por su profesion necesitaba de ellos, se encontraba allí algo que podia llamarse una biblioteca, y que en aquellos tiempos representaba un valor enorme.

Serian dos mil volúmenes, casi todos forrados de pergamino, y colocados en estantes de caoba con alambrados, pareciendo mas bien jaulas de pájaros ó ratoneras, que estantería para libros.

Una gran mesa cubierta de bayeta verde con libros, espedientes y papeles, un inmenso tintero de plata con una verdadera corona de plumas, y un Cristo, con dos candeleros de plata á los lados.

En toda la estancia, repartidos sin órden ninguno, grandes sitiales de madera de roble con asientos y respaldos de baqueta, tachonados de clavos de cobre.

Y sin embargo, aquel era un lujosísimo despacho de abogado en aquellos dias.

—Siéntese el señor Bachiller—dijo el Oidor.

—Poco tiempo tengo ya de que disponer—contestó Martin—que vengo solo á decir á vuestra señoría, que le manda avisar mi señora Doña Beatriz, que sabe de un concierto para asesinar esta noche á usía.

A pesar de su valor y sangre fría, el Oidor se puso mas pálido de lo que habitualmente estaba.

—Para que usía no dude,—agregó el Bachiller,—Doña Beatriz le envía esta sortija como seña.

El Oidor tomó la sortija.

—Suya, en efecto es,—dijo—ni cómo dudar de lo que vos dijeseis.

Martin hizo una caravana.

—¿Y no agrega nada mas, mi señora Doña Beatriz?

—Nada, sino que por su amor se guarde usía, que es una cosa que sabe á ciencia cierta.

—Gracias.

—Pues he cumplido mi comision me retiro, que voy á procurar, en esta misma noche, poner en claro quién y cómo atenta contra vuestra señoría.

—Quizá no consigais nada, y sea inútil pues yo me figuro ya, que mano anda en todo esto.

—Sin embargo, suplico á usía que me permita.

—Haced lo que os plazca.

—¿Supongo que usía no saldrá esta noche?

—¿Por qué no? dentro de una hora iré á verme con el señor Arzobispo.

—Pues tome usía sus precauciones.

—Nada temais señor Bachiller, id con confianza, que Dios protejerá su causa.

El Bachiller salió, Teodoro estaba en su mismo punto.

—Va á salir, cuidado—dijo Martin.

—Yo cuidaré—contestó Teodoro.

Y Martin se dirigió al tianguis de Juan Velazquez, en busca del ahuizote, y de la casa de la Sarmiento.

Martin era un perdido, un truhan, hipócrita en presencia del Arzobispo, en cuya casa habia entrado en la clase de familiar hacia ya tres años, estaba en relacion con la peor canalla de la ciudad, muy jóven, muy valiente, con una gran inteligencia pero lleno de vicios. Martin de Villavicencio Salazar, álias Garatuza, como le decian sus compañeros debia figurar, y figuró como una notabilidad por sus crímenes en el siglo diez y siete.

Pero en medio de todo, era un tipo de lealtad, y de abnegacion para sus amigos, y para él, el Oidor era uno de ellos, cualquier sacrificio estaba dispuesto á hacer en servicio suyo, porque Martin era hombre de corazon.

VIII.
En donde el lector conocerá á la Sarmiento, y le hará una visita en su casa.

Índice

POR el lugar en donde ahora existe el Paseo de la Alameda, hubo en aquellos tiempos una especie de mercado miserable, y solo frecuentado por los indios, en un terreno invadido continuamente por las aguas de la laguna.

Se llamaba primero el tianguis de Juan Velazquez, y luego de San Hipólito, y estaba ya fuera de la traza.

Como quizá alguno de nuestros lectores, no sepan lo que era la traza, procuraremos darles de ella una idea.

Despues de la rendicion de México, la ciudad quedó casi reducida á escombros. Hernan Cortés trató de su reedificacion autorizado por el Emperador Cárlos V, y comenzó por señalar el terreno que en ella debian ocupar las casas de los conquistadores, y el que debia ser para los conquistados.

Los españoles ocuparon el centro de la ciudad, y la línea que marcaba esta parte privilegiada, que era un gran cuadro separado de los demás, por una inmensa acequia, fué lo que se llamó la traza.

Dentro de la traza no podian vivir sino los españoles, ó algunos de los vencidos que fueran de una muy elevada categoría, como el desgraciado Guatimoctzin, último Emperador azteca.

Una parte del terreno que fuera de la traza ocupaba el mercado de San Hipólito, fué convertida en paseo, veinticuatro años antes de la época de nuestra historia; es decir, en 1592 por el virey D. Luis de Velasco, segundo, en la segunda vez que ocupó el vireinato. Se sembró de álamos y se cercó.

Esto no era sino una parte de lo que se llama hoy la Alameda.

Martin atravesó la acequia de la traza, por el Puente de San Francisco, y siguió hasta pasar el tianguis en el lado opuesto al que ocupaba el paseo de Don Luis de Velasco.

Vivia por allí en una miserable casita de adoves, compuesta de tres piezas con un corralon á la espalda, una vieja que tenia fama de hechicera, y que le decian la Sarmiento.

Las tres piezas de la casa eran una sala, una recámara y una cocina, casi desprovistas de muebles.

A pesar de la mala nota de la Sarmiento, nada habia allí que pudiera despertar la vigilante susceptibilidad del Santo Oficio.

La Sarmiento no tenia en su compañía, mas que dos hermanos, un varon de treinta años y una muger de veinte, ambos sordo-mudos; el hombre se llamaba Anselmo, y la muchacha María.

La Sarmiento habia traido consigo estas dos personas en un viaje que hizo á Valladolid, como se llamaba entonces Morelia, y contaba que por caridad las habia recogido.

Anselmo era sombrío, María alegre, bonita y graciosa. La Sarmiento se entendia con ellos perfectamente, y en el mayor silencio sostenian entre los tres una de las mas animadas conversaciones.

Anselmo y María en las noches, que estaban generalmente reunidos, solian enojarse y las señas degeneraban en horribles insultos. La Sarmiento, tranquilamente para cortar la cuestion sin tener que reñirles, apagaba la luz y todo terminaba; á oscuras ni se hacen, ni se reciben insultos por señas.

La vida de la Sarmiento era muy misteriosa, pocas veces salia de su casa, ni ella ni los sordo-mudos trabajaban en nada, y sin embargo, jamas les faltaba dinero; la casa que habitaban era de su propiedad.

Algunas noches se habian visto embozados y damas, llegar á la casa y entrar en ella, los vecinos le tenian una especie de respeto ó de miedo á aquella muger, pero algunas veces se atrevian á ir á espiar por las rendijas de las mal ajustadas ventanas, y nunca lograron descubrir nada.

Alguno llegó á pegar sus ojos á esas rendijas despues de haber visto entrar una dama, y solo vió á Anselmo y á María sentados delante de una vela, haciéndose señas imposibles de interpretarse.

Sin embargo, en aquella casa habia una cosa que no se ocultaba al público, que era quizá lo que mas horrorizaba á los vecinos, y en la cual no cuidaban de intervenir los familiares de la Inquisicion.

Anselmo y María domesticaban y criaban toda clase de animales, pero con mas predileccion víboras de cascabel, de las que tenian una respetable coleccion en jaulitas de madera que ellos mismos hacian.

Algunas veces por las tapias del corral, los curiosos veian que mientras la Sarmiento se dedicaba á sus oficios domésticos, los dos hermanos sentados al sol, y dando gruñidos semejantes á los de los perros, cuando están contentos, se ocupaban en dar de comer á seis ú ocho enormes víboras de cascabel.

Aquellos horrorosos reptiles salian de sus jaulas, subian por los brazos de Anselmo, se acomodaban en el torneado seno de la muchacha, arrimaban sus caras chatas al rostro de María, como un gato que hace fiestas, lanzando un silbidillo agudo, y moviendo su lengua ahorquillada con una rapidez asombrosa.

—Ah descreidos, en esas habeis de morir—decian los vecinos.

Pero no llegaba á sucederles nada, y los mas cristianos les imputaban que tenian «compacto con el diablo.»

Habia entrado ya la noche, cuando Martin llegó á la casa de la Sarmiento y llamó.

—La paz de Dios sea en esta casa—dijo.

—Amen—contestó la Sarmiento—¿qué se os ofrece, caballero?

—Venia en busca del Ahuizote—dijo Martin con un tono brusco.

—No ha venido hoy, pero siéntese usarcé señor Bachiller Don Martin de Villavicencio Salazar.

—Calle, ¿y de dónde conoceis vos mi nombre?

—Si buscais al Ahuizote y sabeis que ellos vienen por acá, ¿qué milagro será que os conozca?

—Teneis razon, y supuesto que entre nosotros no hay misterio, ¿podeis decirme adónde hallaré al hombre que busco?

—Costumbre tiene de venir aquí todas las noches á las oraciones, porque gusta mucho de esa muchacha—dijo la Sarmiento señalando á María, en quien no habia reparado bien el Bachiller.

—Oh, y por mi fé que es una preciosa mulata, buenas noches, hermosa.

—Es sorda y muda—dijo la Sarmiento.

—¡Qué lástima!—esclamó Martin—con que esta es la propiedad del Ahuizote.

—Poco á poco, le gusta y es todo, pero nada mas, que María es niña, y á ella no le hace gracia el indio, vereis.

La Sarmiento hizo una seña á María, que seguia los movimientos de los interlocutores, con sus ojos hermosos y llenos de inteligencia y de vida.

La muchacha contestó con un gesto de profundo desdén. Anselmo alzó los ojos, vió la seña, y una débil sonrisa se dibujó en su boca.

María era una muchacha tan perfectamente formada que parecia una Vénus de bronce, y como solo traia una camisa bastante descotada, su cuello, su pecho y sus hombros ostentaban toda su belleza y su morvidez; el brillo de sus ojos, y el carmin fresco de sus labios tenian una hermosura infernalmente provocativa. Los galanes del rumbo envidiaban á las víboras, y el Bachiller, hubiera sido de la misma opinion, si hubiera sabido las escenas que nosotros conocemos.

—¿Y creeis que vendrá esta noche el Ahuizote?—dijo Martin.

—Si he de decir la verdad, creo que no.

—¡Demonio!—dijo con impaciencia Martin.

—¿Qué quereis?—esclamó la vieja tan inmediatamente, que el Bachiller se espantó como si el demonio de veras hubiera contestado á su llamamiento.

—¿Sois vos acaso el demonio, que así contestais cuando se le nombra?

—No, pero tan impaciente os miro, que os ofrecia mis servicios.

—¿Sabeis qué clase de negocio tiene entre manos el Ahuizote esta noche?

—No lo sé, pero decidme si gustais, cuál es el que á vos os preocupa, que entonces mas fácil me será deciros lo que va á acontecer.

—¿Sereis bruja por ventura?

—¿Sereis vos familiar del Santo Oficio para requerirme?

—Nada menos que eso.

—Pues bien, decidme si quereis saber algo, que yo procuraré serviros, y no os mezcleis en asuntos ajenos.

—Quisiera saber de un hombre á quien se pretende asesinar en esta noche.

—Un vuestro enemigo.

—Por el contrario, amigo mio.

—¿Sois de los nuestros?—dijo la Sarmiento, lanzando el grito de una lechuza.

—Sí—dijo Martin, contestándole con el mismo grito.

—Seguidme.

La Sarmiento encendió un candil de cobre, hizo una seña á los sordo-mudos, y se dirigió á la cocina, seguida de Martin.

En uno de los rincones habia una cuba vacía, que apartó la muger con gran facilidad, y debajo una gran losa con un anillo de fierro oculto por un monton de basura.

La Sarmiento tiró del anillo, se levantó la losa, y á la luz del candil, se descubrió la entrada de un subterráneo y los primeros escalones de un caracol de piedra.

—Bajad—dijo la Sarmiento, mostrando la entrada á Martin.

Martin vacilaba.

—Bajad y no tengais miedo—insistió la vieja.

Para que un hombre resista á la palabra «miedo» salida de la boca de una muger, aun cuando esta muger sea una harpía, se necesita que este hombre, esté como se decia en aquellos tiempos: «dejado de la mano de Dios.»

Martin entró sin vacilar al subterráneo, y la Sarmiento le siguió cerrando tras sí la entrada.

Descendieron como veinte escalones, y el Bachiller se encontró en una gran bóveda, que á lo que pudo ver con la escasa luz del candil, daba paso á otras varias de la misma especie.

Entonces la bruja se puso delante de él, y le dijo:

—Aquí sí yo os guiaré, porque no conoceis el terreno, seguidme.

IX.
Cómo el negro Teodoro probó que no necesitaba de armas.

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EL Oidor era hombre de un valor á toda prueba, no de los que se animan ante el peligro, sino de los que lo buscan y lo desafian. Un peligro le amenazaba aquella noche en la calle, y sentia una necesidad, una especie de vértigo para buscarlo y encontrarlo cuanto antes.

Don Fernando estaba enamorado, y todos los enamorados han sido, y serán siempre, lo mismo. Doña Beatriz sabia que se tramaba su muerte, y Don Fernando se hubiera creido deshonrado si hubiera dejado de salir á la calle esa noche; creeria Doña Beatriz que habia tenido miedo.

Además, tenia urgente necesidad de ver al Arzobispo, de saber la resolucion del virey.

El negocio de la fundacion del convento de Santa Teresa, estaba de tal manera identificado con sus amores, que creía servir á Doña Beatriz ayudando al Arzobispo.

Cerró la noche y D. Fernando se dispuso para salir.

Sin embargo de su valor, creyó necesarias algunas precauciones.

Vistióse bajo su ropilla, una ligera cota de maya de acero, perfectamente templado, y que podia resistir el golpe de un puñal sin perder uno solo de sus anillos; y ademas de su espada y de su daga prendió en su talabarte dos pequeños pistoletes, se caló un ancho sombrero adornado de una pluma negra, se cubrió con un ferreruelo de vellorí y salió á la calle.

Registró con la vista por todos lados, pero nada pudo descubrir á pesar de que el cielo no estaba entoldado como la víspera, y la luna alumbraba bastante.

Don Fernando echó á andar, y detrás de él se destacó un bulto que comenzó á seguirle á cierta distancia; pero sin alejarse mucho ni perderle de vista.

El Oidor caminaba de prisa, pero podia notarse que cuidaba siempre que le era posible de ir por la mitad de la calle, y no torcer en las esquinas cerca de los muros de las casas.

El hombre que le seguia debia ir descalzo, porque sus pisadas no producian el menor ruido marchando como los gatos, sin que pudieran sentirse sus pasos.

En esos dias estaba en construccion el templo de la Catedral, y casi todo el terreno que esta ocupa, estaba lleno de andamios, de montones de piedra, de madera, de inmensos bloques de granito, en fin, de todo eso que formando para los profanos un caos inesplicable, es el pensamiento del arquitecto que va con la luz de la inteligencia á moverse, á ordenarse, á colocarse, á formar una maravilla del arte, y á materializar en una mole gigantesca una idea encendida en la pequeña cabeza de un hombre.

Desde allí se descubria la puerta del Arzobispado, y entre aquellos materiales acumulados se perdió, como que se desvaneció, el hombre que seguia al Oidor. Era indudablemente el lugar mas propio para ocultarse, y para vigilar á todos los que entrasen ó saliesen del palacio del Arzobispo.

Don Fernando preguntó por su Ilustrísima, y un familiar le hizo entrar inmediatamente.

—¡Albricias!—dijo alegremente el Arzobispo al ver á Don Fernando.

—De las mismas—contestó el Oidor, siguiendo el humor del prelado.

—El virey da su beneplácito para continuar la obra inmediatamente; aquí está la órden.

—Mil parabienes.—¿Pero cómo logró tan pronto su Ilustrísima.........

—¡Ah! no ha sido poco el trabajo: su Excelencia estaba realmente prevenido, ese Don Alonso de Rivera, y su amigo Don Pedro de Mejía (Dios se los perdone), han trabajado con un teson digno de santa causa.

—Pero al fin.

—Ahora vereis, al llegar al palacio pareciome mas prudente consejo tener vista con mi señora la vireina, que como sabeis, muestra particular empeño en nuestra fundacion porque allá en su mocedad estuvo algunos meses en un convento de Carmelitas descalzas, y su santo celo nos ha dado tambien en sus dos hijas piadosos auxiliares para nuestra empresa. Su Excelencia debia entrar á la cámara de la vireina pocos momentos despues que yo, pero tiempo tuve suficiente para prepararla, así como á las dos niñas; de manera que ellas y yo, tanto instamos y rogamos, y suplicamos, que su Excelencia no pudo menos de darme la órden que yo solicitaba. ¡Ah, señor Oidor! Este ha sido un triunfo que hemos alcanzado, y que es preciso aprovechar sin pérdida de tiempo.

—Yo aseguro á vuestra señoría Ilustrísima, que mañana en la tarde no conocerá el lugar en que las casas existieron.

Y el Arzobispo y el Oidor continuaron, lo menos por dos horas, hablando de sus planes..............................

Teodoro, que seguia á D. Fernando, se ocultó en las obras de la nueva Catedral: buscó un lugar desde donde observar la puerta del Arzobispado, y colocándose á su sabor se quedó inmóbil.

Una hora habia permanecido allí confundido por su color negro con la sombra del naciente edificio, cuando sintió un leve rumor de pasos que se acercaban por el mismo camino que él habia traido.

Con mucha precaucion levantó la cabeza y vió tres hombres que procuraban ocultarse tambien, muy cerca de el lugar que él ocupaba.

—Está seguro—dijo uno de ellos al otro: está en el Arzobispado.

—Tan seguro, que yo le ví entrar desde la pared de enfrente adonde me dijiste que me quedara de vigía.

—Sí debe ser, porque quien nos manda me dijo que debia venir esta noche á ver al Arzobispo, y que por aquí debia pasar al retirarse.

—Seguro es el golpe.

—Ahora esperad, y silencio.

Y todos callaron: Teodoro no habia perdido una palabra.

Mucho tiempo trascurrió así, y Teodoro observaba de cuando en cuando una cabeza que se alzaba muy cerca de él para mirar la calle que venia del Arzobispado: la luna estaba ya en la mitad del cielo.

Por fin sonó una puerta y se percibió un bulto negro que, saliendo del palacio del Arzobispo, se dirigia al lugar de la emboscada.

—¿Es él?—dijo uno de los hombres.

—Debe ser—contestó otro;—pero es necesario estar muy seguros, y sobre todo no precipitarnos, porque anda siempre bien armado, y es diestro.

—Pero solo.

—No le hace.

El bulto se acercaba mas y mas.

—Él es, dijo uno.

—Listos!—contestó el otro.—Y los tres sacaron de la vaina sus puñales sin levantarse.

El bulto se percibia ya claramente; era el Oidor y pasaba por delante de los hombres ocultos.

Entonces sin hacer ruido, y como si hubieran sido unas sombras todos, se alzaron; pero no advirtieron que no eran ya tres sino cuatro.

—¡A él!—gritó uno precipitándose; sobre el Oidor; pero antes que hubiera podido acercársele recibió en la cabeza un golpe terrible, que le hizo caer á tierra sin sentido. Don Fernando tiró de la espada y se puso en guardia; pero la precaucion era inútil: al mirar su actitud, el auxilio inesperado que le llegaba y la caida de uno de ellos, los asesinos echaron á huir.

Ni Don Fernando ni el negro pensaron en seguirles, el Oidor quedó con su espada en la mano, y el negro con su habitual indiferencia, cruzados los brazos, contemplándole y teniendo en medio de ellos el cuerpo de aquel hombre, que no se sabia si estaba muerto, ó privado.

—¿Quién sois, y qué quereis?—preguntó Don Fernando al mirar que el negro no se movia.

—Soy el negro Teodoro, y solo quiero servir á su señoría en lo que me mande.

—¡Teodoro! ¿qué haces aquí?

—Seguir á usía.

—¿Seguirme? ¿y para qué?

—La señora mi ama sabia que esta noche querian la muerte de usía.

Don Fernando se puso pensativo.

—¿Ella te ha mandado?

—No, yo le pedí licencia para acompañar á usía en esta noche.

El Oidor volvió á callar por un rato.

—¿Este hombre está muerto?

Teodoro se inclinó y puso su mano en la boca, y luego en el corazon del hombre.

—Está vivo—contestó.

—¿Con que le heriste?

—Con mi mano.

—Seria bueno llevárnosle.

El negro sin esperar mas, levantó al herido, que gimió débilmente; como hubiera podido alzar á un niño, y se volvió como para esperar una nueva órden.

—Vamos, dijo el Oidor, mirando si en el suelo habia algo.

—Aquí está el arma de éste—dijo Teodoro levantando un puñal del suelo.

Don Fernando guardó su espada y se puso en marcha seguido del negro que llevaba á cuestas al herido, avanzaron un poco y se oyó un rumor de pasos: eran dos hombres que traian la direccion opuesta y con los que debian encontrarse.

—¡Ah de los que van!—dijo uno de los dos.

—¡Alto los que vienen!—contestó Don Fernando sacando la espada.

A la luz de la luna se vieron brillar los estoques de los que venian. Teodoro puso en el suelo con mucho cuidado al herido, y se colocó al lado de Don Fernando.

—¿Quién va?—dijo una voz.

—Oidor de la Real Audiencia—contestó Quesada adelantándose.

—Mi señor Don Fernando de Quesada.

—Señor Bachiller—contestó el Oidor.

—Loado sea Dios, que encuentro á su señoría, porque en alas del temor, hemos venido en su busca. ¿Ha tenido su señoría.........?

—Un mal encuentro; pero á Dios gracias que con el refuerzo de Teodoro, ni yo tuve por qué sentir, ni ellos por qué alegrarse: mirad.

—Teneis un cautivo.

—Es la proeza de Teodoro, pero retirémonos que no seria prudente que así nos viesen.

—Si no le disgusta á usía, me tomaré la licencia de acompañarle.

—No cabe disgusto en lo que causa satisfaccion: acompañadme.

Teodoro alzó su carga y los cinco llegaron á la casa del Oidor.

—Ahora, señor Bachiller, dijo el Oidor, tócame mi turno de ofreceros en esta noche la hospitalidad que á tales horas, témome que no encontreis abierta vuestra habitacion.

—De grado acepto—contestó Martin—y no temo incomodar á su señoría, porque algunas cosas tengo que poder comunicarle.

—Pues pasad.

—Permítame usía despedir á este compañero.

El Bachiller habló algunas palabras con el embozado que le acompañaba, y éste se retiró, haciendo una profunda carabana al Oidor.

El negro habia permanecido firme cargando á su hombre.

Cuando estuvieron dentro ya de la casa y cerrado el zaguan, el Bachiller dirigiéndose al herido, dijo:

—¿Y de éste, qué dispone su señoría?

—Lo veremos.

Un lacayo trajo un candil.

—No lo conozco—dijo Martin.

—Yo sí—agregó el Oidor,—y sobre todo por la librea. Es un paje de la casa de Don Pedro de Mejía; por mi fé que no perdona mi señor Don Alonso medio de oponerse á la fundacion.

—¿Creeis?

—Estoy seguro.

—Encargaos de ese hombre—dijo á sus criados Don Fernando, y subid vosotros conmigo—agregó dirigiéndose á Martin y á Teodoro.

X.
Lo que habia visto y sabido el Bachiller en la casa de la Sarmiento.

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LA Sarmiento guiaba alumbrando á Martin en el subterráneo; en el fondo de la segunda bóveda habia una mesa cubierta con una bayeta negra, vieja, y llena de manchas y de agujeros.

Las bóvedas eran un confuso depósito de objetos raros y horribles, esqueletos, cráneos, animales vivos ó disecados, cajas y vasijas de figuras estrañas, armas, vestidos, libros, papeles, bolsas y sacos de todos tamaños, hornillos y braceros, yerbas, flores, ramas y troncos de árboles, pero así, como perdiéndose, ocultándose entre sombras sin contornos, sin precision, como desvaneciéndose unos objetos en los otros.

Martin era hombre de talento, y procuró no mostrarse admirado de nada.

—Valiente coleccion de porquerías guardais aquí—dijo á la Sarmiento.

La vieja volvió el rostro para verle, entre admirada y colérica.

—¡Qué entendeis vos de todo esto!—contestó—sentaos.

El Bachiller se sentó en un sillon de baqueta negra sin bra zos, y que tenia un respaldo alto, que casi terminaba en punta.

—Hablemos—dijo la Sarmiento.

—Ante todo, permitidme que os diga que con perdon del Santo Oficio, tanto creo en las brujas, como creer en el Purgatorio, y así podeis escusaros de intentar conmigo hechizos, que será perder vuestro tiempo.

—Mas convencido quedareis al salir de aquí, de vuestra ignorancia, que yo lo estoy de que teneis que acabar vuestra vida en las cárceles secretas del Santo Tribunal.

—No me digais eso ni de chanza, que de la Inquisicion tengo tanta fé de que existe como de Dios.

—Producciones teneis para salir con el sambenito.

—Dejemos eso y vamos á lo que me habeis prometido.

—Vamos—decis que se trata de asesinar esta noche á un hombre.

—Sí.

—¿Y quereis saber si morirá hoy ó muy pronto?

—Holgárame de saber la verdad.

—Bien, ¿teneis sobre vos alguna prenda suya?

El Bachiller se registró.

—Ninguna.

—Entonces escribid su nombre en este pergamino.

La bruja presentó un pequeño pedazo de pergamino al Bachiller, tomó éste una pluma y puso el nombre del Oidor.

La bruja encendió un candil de forma estraña.

—¿Qué es eso?—preguntó Martin.

—Es un candil que se alimenta con sangre humana, y la mecha está sacada de sudario de un ajusticiado.

El Bachiller se sonrió con desprecio. La bruja tomó el pergamino y lo acercó á la llama, el pergamino se incendió produciendo una luz blanca y hermosa.

—Este hombre está enamorado y correspondido.

—¿En qué lo conoceis?

—En la luz blanca.

Luego se apagó repentinamente.

La Sarmiento recogió las cenizas.

—Este hombre no poseerá á la muger que ama.

—¿Por qué?

La luz se apagó de repente, y las cenizas quedaron negras.

La Sarmiento trajo una gran bandeja de acero y mezcló alli diferentes líquidos, pero siempre quedaban trasparentes y limpios.

—Poned cuidado—dijo al Bachiller—si al arrojar las cenizas en esta agua se pone roja inmediatamente, vuestro amigo morirá hoy de mala muerte; si no, cada burbuja de aire que salga será un mes de vida que le quede, hasta que el agua cambie de color y entonces morirá, si el agua se torna verde, su muerte será tranquila; si roja, morirá de mala muerte.

Martin no creia, y sin embargo, estaba trémulo y su corazon latia con una violencia terrible y no se atrevia á separar los ojos de la vasija.

La bruja dijo entre dientes algunos conjuros y arrojó en el agua las cenizas.

Martin contuvo hasta la respiracion; la Sarmiento tenia las manos estendidas sobre la vasija, una víbora silvaba en uno de los rincones de la bóveda, los dos candiles encendidos encima de la mesa producian una especie de chisporroteo siniestro.

El agua permaneció limpia, derrepente se agitó en el medio y una burbuja apareció en la superficie y reventó luego.

—Una—dijo Martin, arrojando su aliento contenido.

Volvió á agitarse el agua y otra burbuja apareció.

—Dos—dijo Martin.

Las burbujas continuaban brotando.

—Tres, cuatro, cinco.

—Cinco—repitió el Bachiller, mirando con ansiedad que no salia otra,—cinco.

El agua parecia querer hervir, arrojó una especie de humo y repentinamente se puso roja como si hubiera sido de sangre.

—¡Jesus!—dijo Martin apartando el rostro espantado.

—Cinco meses de vida, y morir de mala muerte—dijo con solemnidad la Sarmiento.

—Es imposible—dijo Martin—os habeis equivocado.

—Lo desearia, porque tanto veo que os apena, pero temo que no.

—Cinco meses no mas, y morir.........

—Asesinado.........

—¿Asesinado?

—¿Quereis saber quién le matará?

Martin reflexionó.

—¿Podré matarle yo antes?—dijo.

—No, porque entonces faltaria el pronóstico.

—Entonces no.

—Como gusteis.

Martin inclinó la cabeza, y luego repentinamente dijo:

—Sí, sí, probad á decirme quién le matará, ¿¿podeis??

—Haré por conseguirlo.

La Sarmiento puso sobre la mesa un hornillo y comenzó á meter en él trozos de madera que tenian formas y colores raros, y entre los cuales algunos parecian manos, otras cabezas, otros brazos.

—¿Qué leña es esa?—preguntó Martin preocupado.

—Son pedazos de estátuas de santos.

El Bachiller no estaba para objetar aquella profanacion.

La bruja encendió en el candil una pajuela de azufre, y la colocó entre la leña: la llama se alzó.

El humo de la pajuela y el que arrojaba la pintura de la madera que servia de combustible, producian un olor sofocante.

La bruja colocó sobre el hornillo la vasija con el líquido que habia quedado rojo, y comenzó á decir conjuros dando vueltas en derredor de la mesa.

Poco tardó el líquido en entrar en ebullicion y exhalar un vapor luminoso: la Sarmiento mató la luz de los candiles.

Martin creia soñar con el resplandor rojizo de la llama, la casa de la Sarmiento, y los objetos que alcanzaban á alumbrarse tomaban formas fantásticas; parecian animarse y moverse los esqueletos, los animales disecados, todo se agitaba con la vacilante claridad de las llamas, y en medio de todo, la vasija arrojando un vapor luminoso y blanco, en el que Martin nada veia, pero en el que la Sarmiento parecia leer.

—Ese hombre morirá por mano de un amigo suyo.

—Pero ¿quién es? ¿Una seña? ¿Un indicio?

—Es un jóven......... sí, muy jóven......... esta tarde le ha visto......... ahí están......... juntos......... el amigo le da una cosa......... no les veo los rostros......... le da una alhaja, una alhaja de la muger que el muerto ama......... un cintillo....

—¡Muger!

—Sí, le da un cintillo......... y ese......... ese es el que lo matará......... su asesino.

—Mientes, mientes bruja infernal—esclamó el Bachiller precipitándose sobre ella y tomándola de un brazo.—¿Dí que mientes; ó aquí tú serás la que muere.

—Estais loco,—contestó la Sarmiento sin inmutarse,—¿por qué os he de decir que miento? Vos quisisteis saber la verdad; no os agrada; tanto peor para vos.

—¿Pero estás cierta de lo que dices?

—Jamás evocacion ninguna, me ha salido tan clara.

—Pues sácame de aquí; sácame pronto.

—¿No quereis saber nada mas? Esta noche estoy de buenas.

—Nada quiero saber, sácame de aquí.

—Sea como quereis; pero esperad.

La Sarmiento volvió á encender la luz que le habia servido para bajar al subterráneo, apagó el fuego del hornillo y colocó todo en su lugar.

—Vamos—dijo impaciente Martin.

—Vamos: pero antes juradme que ni en el Santo Oficio, puesto en cuestion de tormento revelareis la existencia de este lugar, ni vuestras relaciones conmigo.

—Lo juro á Dios.

—No, no es á Dios á quien debeis jurarlo.

—¿Pues á quién?

—Al diablo—dijo la Sarmiento, haciendo una especie de reverencia.

El Bachiller vaciló:

—¿Qué hay?—dijo la bruja.

—Pues lo juro al diablo.

La vieja tiró de una reata que pendia del techo, y se oyó un rumor como el que produce un carro que rueda en un empedrado.

—¿Qué es eso? preguntó Martin.

—Vuestro juramento ha sido recibido.

A pesar de su valor y de su esceptisismo, Martin se estremeció.

—Vamos—dijo.

—Vamos.

Subieron la escalera del caracol y se encontraron en la casa.

Con los sordo-mudos habia un nuevo personaje.

Era un hombre de la raza indígena pura, con su tez cobriza, su pelo negro y lacio, sin barba, y con un escaso bigote.

Vestia una ropilla ordinaria de velludo, con calzon de escudero y unas medias calzas de venado: estaba envuelto en un tabardo gris y conservaba en su cabeza un sombrero de anchas alas.

Al sentirse en otra atmósfera, el Bachiller recobró su sangre fria y le pareció como que todo no habia sido sino una pesadilla.

—Ahuizote—dijo al recien venido—creía que tenias aventura esta noche.

—Sí—contestó el Ahuizote—un riquillo que queria que lo acompañáramos á sacarnos una muchacha, pero le entró miedo y se arrepintió.

—¿Y podrás acompañarme?

—¿A dónde?

—Vamos á impedir que asesinen á un amigo mio.

—Te ayudaré—dijo el Ahuizote, parándose.—¿Quién es él?

—Don Fernando de Quesada—el Oidor.

—No voy—dijo sentándose otra vez el Ahuizote: yo no defiendo gachupines.

—Es un amigo.........

—Aunque.

—Bien, no vayas; pero recuerda que no es él quien te pide compañía, sino yo. Quedad con Dios, señora Sarmiento.

—Él guie á su merced, señor Bachiller.

Martin abrió la puerta.

—Oye—dijo el Ahuizote.

—¿Qué cosa?

—Siempre te acompaño.

—Vamos.

—Nican timocuepas—dijo la Sarmiento en idioma mexicano al Ahuizote—que queria decir—vuelve acá.

—Moztla teotlac—contestó el Ahuizote—mañana en la tarde.

—Tlacoyohuac tihuallas, âmo teotlac—(á media noche vienes, y no en la tarde).

—Quemâ—(sí)—contestó el Ahuizote saliendo.

El Bachiller no entendió ni una palabra, pero tampoco preguntó.

Y los dos se dirigieron precipitadamente en busca del Oidor hasta encontrarlo, acompañado de Teodoro que conducia al herido.

XI.
Doña Blanca y Don Pedro de Mejía.

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QUIZÁ no habia en toda la gran estension de la Nueva España un caudal mas rico, que el que al morir legara á sus hijos el padre de Don Pedro y Doña Blanca de Mejía.

Inmensas haciendas en la tierracaliente y la tierra fria: minas, casas, ganados, esclavos, abundantes vajillas de plata y oro, alhajas, incalculables existencias de mercancías, y sobre todo, una fabulosa cantidad de reales.

Por la última disposicion del testador, Don Pedro su hijo, mayor que Doña Blanca, en mas de quince años debia manejar toda aquella colosal fortuna, hasta que ella cumpliera veinte años ó se casara.

Don Pedro y Doña Blanca solo eran hermanos de padre, porque eran hijos de dos matrimonios: Don Pedro habia nacido en España y Doña Blanca en México. De aquí la gran diferencia de edad entre ellos, y el poco cariño que Don Pedro habia tenido siempre á Doña Blanca.

El conocimiento de la voluntad, testamentaria de su padre, y la idea de tener que entregar á Blanca la mitad del caudal, apagaron en el corazon de D, Pedro la última chispa del amor fraternal, el demonio de la codicia sopló en su cerebro, y entonces fué odio lo que concibió por su hermana.

A medida que los años pasaban, Don Pedro veia acercarse el dia tan temido para él: podia evitar que se casara Doña Blanca, pero no que cumpliera veinte años; y en la época á que nos referimos, la doncella tenia ya diez y siete.

Entonces comenzó aquella série de malos tratamientos, de que Doña Blanca se quejaba con Doña Beatriz de Rivera.

Doña Blanca permanecia esperando en su aposento la llegada de su hermano: presentia una tempestad, porque al encontrarse en las escaleras de la casa de Doña Beatriz habia visto á Don Pedro, mas severo y mas sombrío que de costumbre.

Las horas corrian y Don Pedro aún no aparecia por el aposento de Doña Blanca: la jóven sabia que él y D. Alonso de Rivera habian concertado para aquella noche la muerte del Oidor Quesada; pero no conocia los pormenores de la trama, podia ser que su hermano mismo fuese entre los que atacaran á Don Fernando, y esta idea la hacia temblar: ella veía á Don Pedro como á su hermano: le amaba á pesar de todo, y la idea de un combate entre él y Don Fernando, el amante de Doña Beatriz, de su única amiga, la hacia estremecer por el resultado, cualquiera que éste fuese. No se acostó y se estuvo rezando.

A la media noche oyó tocar en la puerta de la calle, luego rumor en los patios y en los corredores, y despues todo volvió á quedar en silencio.

Entonces oyó ruido por el pasillo que guiaba á su aposento, llamaron, y abrió. Don Pedro estraordinariamente pálido y sombrío se presentó.

—Estraño es—la dijo sin saludar—que á esta hora aun no os hayais recogido.

—Rezaba—contestó Doña Blanca tímidamente.

—Horas son estas en que solo las monjas rezan. ¿Os sentis acaso con la vocacion necesaria?

—Yo.........

—Doña Blanca, supongo que no habreis olvidado que os he encontrado fuera de la casa, de donde sin mi permiso habeis osado salir.

—Deseaba ver á mi madrina Doña Beatriz.

—Aun cuando así fuese, esto no volverá á repetirse, os lo advierto.

—Lo prometo.

—Podeis prometerlo ó no, que de mi cuenta corre el impedirlo; desde hoy no saldreis de este aposento, ¿lo entendeis?

—Sí.

—Aquí os servirán la comida.

—Pero.........

—Así lo he dispuesto, y con eso basta—dijo Don Pedro saliendo y cerrando tras sí la puerta.

Doña Blanca llorando, se arrojó vestida sobre su lecho.

—¿Por qué su hermano la trataba así, á ella tan sumisa, tan obediente, tan amorosa?

Muy lejos estaba aquella alma vírgen de comprender las negras pasiones que agitaban el corazon dañado de Mejía.

Don Pedro se encerró en su aposento y se sentó frente á un inmenso pupitre negro que tenia primorosas incrustaciones de marfil, representando aves, flores, hombres y edificios.

Sacó de la bolsa de los gregüescos un manojito de llaves de plata unidas por una argolla de oro, y abrió uno de los secretos del pupitre, buscó, y sacó un papel doblado en forma de carta.

Lo desdobló cuidadosamente y se acercó á la bujía de cera que ardia en un candelero de plata.

El pliego tenia un márgen blanco como se acostumbra poner les á los memoriales, y á guisa de sello ó de membrete, decia: «único dueño de mi albedrío,» y luego una carta.

«Dos dias hace que no venis á calmar mis amorosos anhelos, y estos dos dias hánme parecido dos siglos: ¿por qué me desdeñais? por vuestra vida que es la mia, venid.»

«Hánme dicho (lo que no quisiera ni imaginar) que tratais de vuestra boda con Doña Beatriz de Rivera; mas quisiera morir que creer en ello. Tan hermosa y rica dama, merece bien que en ella fijeis vuestros ojos, ¿pero podrá ella nunca amaros como yo? ¿podreis vos en un dia olvidar mi amor y vuestros juramentos?

«Venid, Don Pedro, mi ánima está triste sin veros, y me atormentan horribles pensamientos, vuestra esclava soy que nací para amaros y serviros, y si me olvidais moriré sin remedio: Venid.

«Quien besa humildemente vuestra mano y será siempre vuestra»

«LUISA.»

Don Pedro puso la carta sobre el pupitre, apoyó su frente en las palmas de sus manos, y quedó meditabundo.

—Pobre Luisa......... me ama......... me ama y ¿yo quiero abandonarla.........? pero mi palabra empeñada con Don Alonso......... y que por otra parte, mi matrimonio no es simplemente un negocio de amor, es el complemento de mi fortuna......... veremos......... ante todo, bueno será calmar á la pobre Luisa......... mañana, mañana; lo del matrimonio despues.

Dobló la carta y volvió á ponerla en el cajon secreto.

—Ahora es necesario ver qué se hace con este malhadado negocio de Don Fernando de Quesada que tan mal salió: ¿quién seria ese demonio que se apareció en su defensa? ¿qué habrá sucedido con Tirol? ¿moriria? lo habrán dejado abandonado? y José que no viene!

En este momento llamaron á la puerta del aposento.

—¿José?—dijo Don Pedro.

—Aquí estoy, señor—contestó un lacayo entrando.

—¿Qué sucedió?

—Nada hemos encontrado, fuimos hasta frente á la Catedral nueva en donde pasó el lance, ni un vestigio, ni un rastro siquiera de sangre.

—¿Y Tirol?

—Nada, señor, nada, si murió se ha recogido su cadáver, si no, se lo llevaron herido.

—Pero pues no habia sangre, no estaria herido.

—No lo comprendo eso, yo lo ví caer, cuando el demonio, que sin duda él fué, se apareció en defensa del Oidor. Tirol cayó sin mover pié ni mano, pero si estaba herido no dejó ni una huella de sangre.

—Está bien, retírate á recojer, mañana tal vez aclararemos este misterio.

Y Don Pedro se acostó vestido sobre su cama.

La víctima y el verdugo bajo el mismo techo no podian conciliar el sueño; el dolor y la ambicion devoraban aquellos dos corazones tan diferentes entre sí.

XII.
Lo que hablaron el Oidor y el Bachiller y quién era el herido.

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—PERMÍTAME su señoría—decia Martin—que le haga una pregunta, no por mera indiscreta curiosidad, sino por saber cuál es su opinion en materia para mí tan delicada.

—¿Y cuál es?

—Dígame usía, ¿se puede creer en las brujas y en sus profecías?

—En tan apurado trance me poneis, que yo á mí mismo no sabria qué contestarme; pero supuesto que el Santo Oficio las persigue y las condena á la hoguera, de existir deben, que de lo contrario ni tal cuidado se tomaria el Tribunal de la Fé, ni nosotros presenciariamos esas ejecuciones.

—¿Pero qué opina usía de lo que ellas predicen?

—Que por diabólicas artes se inspiran, y mas pueden ser engaños y astucias del demonio cuanto digan, que verdades hijas de Dios, y en todo caso mas vale no tener con ellas tratos ni averiguaciones, que eso solo es gran pecado; ¿pero por qué me haceis semejante pregunta? Supongo, señor Bachiller, que no hablaréis con tales personas.

—Líbreme Dios; como cuestion de doctrina háme ocurrido ayer, y me tranquiliza el parecer de usía; pero hablando de otra cosa, usía sospecha de dónde haya partido el golpe de esta noche.

—A no sospecharlo, la librea que viste el hombre que está abajo herido, me lo diera á conocer muy claro. Ese hombre es de la servidumbre de Don Pedro de Mejía que pretende la mano de Doña Beatriz, y es amigo íntimo de Don Alonso de Rivera enemigo mio, por el asunto de la fundacion del Convento de Santa Teresa.

—¿Quereis que veamos si ese hombre ha vuelto á sus sentidos para examinarlo?

—Sí tal; y si así fuese, hacedle subir.

Martin bajó á ver al herido, y el Oidor se desciñó la espada y se sentó á esperar.

El Bachiller volvió con el herido, no había sufrido mas que una pasajera congestion á resultas del puñetazo que descargó Teodoro sobre su frente.

El hombre entró á la estancia en que le aguardaba el Oidor, todavía atarantado, y sin hacerse bien cargo de lo que habia pasado.

—Venid acá, amigo—le dijo Don Fernando con dulzura.

El hombre se acercó.

—Quereis decirme, pero hablad con franqueza, ¿quién sois, y qué motivo os impulsó para buscar mi muerte, cuando yo ni os conozco, y vos quizá apenas me conoceis?

—Señor,—contestó el hombre—aunque tengo la librea de lacayo, me llamo Tirol, y soy el mayordomo de la casa de mi señor Don Pedro de Mejía.

—Bien, ¿y qué causa os movió para pretender asesinarme?

—No me culpe su señoría, debo muy distinguidos favores á mi amo hace muchos años, como el pan de su casa, y fuí mandado.

—¿Y no comprendéis que despues de lo que ha pasado, puedo mandaros matar, no solo impunemente sino con justicia?

—¡Señor!—dijo arrodillándose cobardemente Tirol.

—Alzad, que solo delante de Dios y de su Magestad debeis estar así; alzad, que nada os haré, pero referidme lo que ha pasado.

—Casi nada sé—dijo Tirol levantándose—esta tarde, mi señor Don Pedro y Don Alonso de Rivera me llamaron y me ordenaron que tomara dos hombres de la casa, que fueran de toda confianza, y que hoy en la noche al salir, como lo tiene usía de costumbre del Arzobispado, lo atacase y le matase sin misericordia.

—¿Y estábais dispuesto á cumplirlo?

—Señor.........

—¿La verdad?

—Señor, por Dios.........

—Contestad.

—La verdad......... sí señor.........

—Bien, ¿y cómo sabíais que estaba yo en el Arzobispado hoy en la noche?

—Uno de los hombres que me acompañaban se apostó en la acera de enfrente hasta ver entrar á usía, y entonces me dió aviso.

—¿Y despues?

—Despues venimos á ocultarnos entre el material de la nueva iglesia, hasta que usía pasó.

—¿Y luego?

—Ya eso lo sabe usía; al quererlo atacar, de entre nosotros mismos salió un hombre á quien no habíamos visto, y ya no sé mas, sino que sentí un golpe terrible en la cabeza y perdí el sentido.

—¿Conoceis á ese hombre?

—No señor.

—Bien, quedaos aquí esta noche, y mañana temprano regresad á la casa de vuestro amo y llevadle esta carta; nada teneis ya que temer, os perdono el mal que habeis intentado contra mí.

El oidor escribió una carta á Don Pedro, que decía así:

—«Os devuelvo á vuestro mayordomo, cuidad de emplear para otra vez hombres mas útiles. Os besa la mano

Fernando de Quesada.»

Tirol besó la mano del Oidor, y recibió la carta que se guardó en el pecho.

—Señor Bachiller—dijo por lo bajo Don Fernando á Martin—hacedme la gracia de que dén habitación á este hombre para que pase la noche, mañana temprano que se vaya para su casa, y traedme á Teodoro sin que se miren ambos.

El Bachiller volvió á salir seguido de Tirol.

El Oidor abrió un armario y sacó de él una bolsa grande de seda que figuraba una piña amarilla con hojas verdes en el cuello, y largos cordones para cerrarla que remataban en pequeñas piñitas formadas de cuentas de vidrio de colores.

Colocó la bolsa sobre la mesa y volvió á sentarse.

Teodoro conducido por el Bachiller entró al aposento.

—Me envía á llamar su señoría—dijo Teodoro cruzando sobre el pecho sus brazos y haciendo una profunda reverencia.

—Sí, te debo en esta noche la vida, y quisiera mostrarte mi agradecimiento.

—Bastante es ya mi recompensa con haber conseguido eso; además, yo lo hice conforme á las órdenes de mi ama.

—Yo no estoy satisfecho con eso; yo te doy en nombre de Doña Beatriz tu libertad; además en esta bolsa hay una gran cantidad de monedas de oro, que por ser escasas en México tienen muy alto valor, tómala para que vivas feliz.

Teodoro se arrodilló á los piés del Oidor y le besó la mano, pero no tomó la bolsa que éste le alargaba.

—Por toda mi vida—dijo—grabaré las palabras de su señoría en mi corazón, pero por ningún dinero dejaré de ser el esclavo de mi señora Doña Beatriz; si ella me despidiera, el negro Teodoro se moriria de tristeza.

—Bien—contestó el Oidor—comprendo tu lealtad y tu cariño para con Doña Beatriz; es un ángel á quien es preciso amar, pero al menos toma este dinero.

—Perdóneme su señoría, quiero tener solo la recompensa del placer por haberle servido de algo; además.. señor......... yo........ soy muy rico.

—¡Muy rico!—esclamó el Bachiller espantado de que un esclavo fuese muy rico, y acercándose como para contemplar mejor aquel ser mitológico.

—¡Muy rico!—repitió el Oidor, que aunque no tanto como el Bachiller, pero estaba admirado.

—Sí, señor—contestó Teodoro inclinando como ruborizado la cabeza.

—Estos pobres se creen poderosos cuando tienen cien reales—dijo Martin.

Teodoro se sonrió con desdén, y Don Fernando lo advirtió.

—¿Cuánto será tu capital, Teodoro?—preguntó.

—Cien veces lo que contiene esa bolsa—contestó tranquilamente.

—¿Sabes lo que dices? esta bolsa contiene mas de mil escudos de oro.

—Así me lo pensaba.

—¡Cien veces mil escudos!—dijo el Bachiller mas asombrado á cada respuesta de Teodoro—¡Cien mil escudos! ¿entonces por qué eres esclavo? ¿por qué no compras á Doña Beatriz tu libertad?

—Ya dije á su señoría que por ningún caudal dejaria de ser el esclavo de mi señora Doña Beatriz, le debo la vida y la felicidad.

Martin abria los ojos como dos patenas, y la boca como una puerta cochera; aquello estaba para él fuera de lo natural, era casi un prodigio.

—A fé mia—dijo Don Fernando, que aquí se encierra un misterio profundo; ¿sabe tu ama, Teodoro, que eres tan rico?

—Mi ama sabe tambien que seria jo libre si quisiese, y que jamas lo seré.

—Dígale usía que nos cuente, que nos esplique todo eso.

—No, señor Bachiller, mucho le debo á Teodoro para obligarlo á que me descubra sus secretos, por mas que me anime el deseo y la curiosidad de conocerlos, principalmente por la parte que en ellos tenga Doña Beatriz.

—No serán secretos para su señoría—dijo el negro—que me basta que su señoría sea quien es, y tan alto lugar tenga en el corazón de mi ama, para que yo le confiara lo que guardo en mi seno, tanto mas que fío en su discreción como en la de mi confesor. ¿Quisiera su señoría conocer mi historia?

—Te confieso que me seria muy satisfactorio.

—Larga es.

—No importa, te permito que te sientes.

El negro se sentó humildemente en el suelo y á los piés de Don Fernando.

—¿Y yo?—preguntó Martin.

—¿Tienes inconveniente en que escuche Don Martin?

—No, señor—dijo Teodoro, volviendo su vista á Martin—quedaos, que yo sé cómo aseguraré con vos mi secreto.

Martin contento de escuchar la historia tomó asiento en un escabel.

El Oidor comenzaba á comprender por todo, que Teodoro no era un esclavo comun, aquel hombre era otra cosa de lo que á primera vista parecia.

XIII.
La historia del esclavo.

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MI madre, señor, era esclava de la casa de Don José de Abalabide, comerciante español, que tenia una de las mejores tiendas mestizas que se hallan en la Plaza principal. Mi padre, esclavo tambien de la misma casa, habia servido muchos años á Don José y habia muerto pocos dias antes de mi nacimiento, á resultas de una caida que le dió un caballo.

«Mi padre, señor, lo mismo que mi madre, eran de sangre real; os hago esta advertencia, porque esto viene mucho á esplicar algunos acontecimientos de mi vida que vereis mas adelante.

«Mi amo no tenia familia y vivia solo conmigo y con mi madre: era un hombre muy honrado, buen cristiano y caritativo con los pobres; aunque si he de decir verdad, tenia mucho apego á las riquezas y procuraba atesorarlas, viviendo con sobrada economía.

«Como no frecuentaba amistad ninguna y hacia tantos años que mi madre era su esclava, el Sr. Abalabide me tenia un gran cariño, y así conforme fuí creciendo y ayudaba en los quehaceres de la casa, mi amo se fué interesando mas por mí, y en las noches cuando ya la tienda estaba cerrada se entretenia, despues de rezar el rosario, en enseñarme á leer y á escribir.

«Llegué así á cumplir veinte años y mi amo estaba muy contento de mí: era yo fuerte para el trabajo, y le ayudaba yo en todo.

«Mi amo debia ser rico, pero no sabiamos adonde tenia su dinero porque él lo ocultaba.

«Cerca de la tienda del Sr. Abalabide estaba otra de uno que se decia Don Manuel de la Sosa, y que por motivo sin duda de ser menos conocido, ó menos antiguo, tenia muy pocas ventas que casi todos los marchantes se iban á la de mi amo; esto le causaba á Don Manuel tanto desprecio, que casi nunca pasaba por delante de la casa de Don José de Abalabide sin proferirle alguna injuria; pero como éste era ya hombre de edad y de buen juicio, nunca quiso tomar la demanda.

«Mi madre comenzaba ya á ser inútil para el trabajo, y mi amo se decidió á comprar á un conocido suyo una esclava cocinera, que tenia una hija mulatita que servia de galopina. Llamábase Clara la madre y la muchacha Luisa.

«Luisa era muy jóven, pero muy agraciada: en la casa de sus antiguos amos la trataban muy mal y estaba muy delgada y muy enferma cuando llegó á la casa de Don José.

«Al principio traté á Luisa con indiferencia, pero despues comenzó á engordar y á robustecerse, y se puso tan bonita, que á poco me encontré enamorado de ella. El continuo trato nos hizo entrar en relaciones amorosas y yo iba á pedir licencia á mi amo para unirme con ella, cuando un incidente me hizo vacilar.

«Comencé á observar que Luisa andaba mas alegre y mas compuesta que de costumbre, y que se asomaba frecuentemente á una ventana desde donde se divisaba la casa de Don Ma nuel; yo la amaba con delirio y me empecé á entristecer: ella lo notó y me preguntó la causa: le cobré celos, y se rió.

—«No seas tonto, Teodoro—me dijo—yo te encargo que estés contento; todo esto es cosa que nos va á hacer mas felices: no me preguntes nada, y ya verás.

«Me tranquilicé un tanto y no volví á decirle nada; me puse alegre como de costumbre, y me determiné á hablarle á mi amo.

«Dormia yo en la trastienda con el objeto de estar mas al cuidado: una noche me pareció oir un ruido por el interior de la casa, y me levanté sin encender luz y sin hacer ruido y me entré por las piezas.

«Conforme me iba aproximando al aposento que tenia la ventana para la casa de Don Manuel, iba siendo mas perceptible el rumor, hasta que penetrando en él ví asomada una muger á la ventana hablando con alguien que estaba por fuera; debia haber escuchado, pero la luna que penetraba en el aposento me hizo reconocer á Luisa, y la cólera y los celos me cegaron y me arrojé sobre ella.

«Luisa al verme lanzó un grito, y el hombre de fuera huyó.

—«Traidora—la dije:—¿conque así me engañabas?

«Luisa se desprendió de mí, furiosa como una leona.

—«¿Y qué derecho tienes para reconvenirme?—me dijo.—¿Eres mi amo? ¿Eres ya mi marido?

—«¡Infame! ¿Y tú no me habias dicho que me querias?

—«Te queria, pero ya no te quiero, y no quiero ser esclava: un hombre libre me ama, me va á comprar y á darme mi libertad para que yo sea suya, y tú no harás esto por mí, y tú me dejarás esclava, y mis hijos serán esclavos, y yo no quiero que mis hijos sean tambien esclavos como mis padres.

«En el fondo Luisa tenia razon.

—«¿Pero nunca me has amado, Luisa?

—«Sí, te he amado; pero me tiene cuenta amar ahora al que me da mi libertad: ¿me la puedes dar tú, seré tuya; te seguiré amando; puedes?

«Comprendí toda la fuerza de lo que me decia Luisa, y casi llorando contesté:

—«No.

—«Pues entonces si me quieres, como dices, no me quites lo que no puedes darme.

«No tuve ni que replicar: callé, y me retiré con un puñal de fuego en mi corazon.

«Era esclavo, y no podia ofrecer á esa muger que amaba mas que á mi vida, sino la esclavitud, y no podia dejar á mis hijos sino la esclavitud, y Luisa me habia hecho comprender lo espantoso de mi situacion.

«¿Qué hacer? No tenia mas remedio que perderla para siempre, y verla en brazos de otro. Entonces la tristeza mas profunda se apoderó de mi alma, y casi me enfermé.

«Luisa, á pesar de todo, me amaba; pero su corazon no era bueno.

«Un dia teniendo quizá lástima de mí, me dijo:

—«Teodoro, ¿qué esto no tendria remedio? Porque yo no puedo dejar de quererte enteramente.

—«¿Y qué remedio?—la dije—¿qué remedio hay para un esclavo?

—«Si tú fueras rico y nos pudiéramos ir muy lejos á vivir los dos solos en nuestra casita, queriéndonos mucho, cuidando á nuestros hijitos.

—«¿Pero de dónde tomaria yo ese dinero?

—«El amo es muy rico.

—«Y nada nos dará.

—«Por su voluntad ya lo creo......... pero hay otros modos.........

—«¡Luisa!

—«No, no te alarmes, piénsalo: él duerme solo, no podria resistirse. ¿Por qué él débil ha de ser nuestro amo? Con lo que él tiene, podemos ser muy felices: piénsalo.

—«No Luisa, por Dios no me tientes.

«Luisa no me contestó, pero yo en toda la noche me pude dormir: soñaba yo rios de oro y de plata, pero mezclados con sangre, y veía á mi amo muerto de una puñalada, y despues me sentia yo al lado de Luisa, que era ya mia, que no éramos esclavos; en fin, no sé cuántas cosas, pero pasé la noche mas agitada de mi vida.

«Me levanté y la luz del dia disipó aquellas visiones.

«Luisa estaba cada dia mas bella, y procuraba provocar mi pasion de cuantas maneras podia; ya descubriendo al pasar, y como por descuido, el nacimiento de su pierna torneada y bella; ya desprendiendo de sus hombros el trage como por causa de la fatiga, cuando conocia que yo la espiaba; ya cantando con pasion, de modo que pudiese oirla, coplas y endechas amorosas y provocativas.

«Al decaimiento moral de mi alma sucedió una excitacion verdaderamente peligrosa; pero que ella con una astucia infernal sabia mantener viva y darle la direccion que le convenia; jamás habia vuelto á alcanzar de ella favor de ninguna clase; olvidando la escena que yo mismo habia presenciado, le pedia de rodillas besar una de sus manos; la pasión ahogó los celos; pero era inflexible, y á todo me contestaba:

—«Yo quiero ser libre y rica: yo no me dejo besar de un cobarde.

«Una noche me agitaba inquieto en mi cama, sin poder dormir, sin olvidar un momento á Luisa, cuando sentí el roce de un vestido en la puerta y una escasa claridad alumbró la trastienda en que dormia: me senté creyendo que soñaba y me es tremecí: era Luisa, Luisa que se acercaba con un pequeño candil en la mano, media desnuda, cubierto apenas su hermosísimo seno con una manta que á cada movimiento de sus brazos caia, y que ella volvia á levantar.

«Su negro y rizado pelo se derramaba sobre sus hombros desnudos: brillaban sus ojos con un fuego desacostumbrado.

«Llegó hasta mi lecho y se sentó tomando una de mis manos.

—«Teodoro—me dijo—¿es verdad que me amas?

—«Sí,—le contesté,—te amo tanto, que estoy sintiendo cada dia que mi razon se va; que me vuelvo loco.

—«Pues entonces ¿por qué no quieres la felicidad que te ofrezco?

—«Luisa, porque es un crímen horrible lo que me propones.

—«No te parezco bastante hermosa para obtenerme por ese precio—dijo descubriéndose su seno.

«Atraje su cabeza y nuestras bocas se unieron, los labios de Luisa me abrasaron, pasé mi mano por la piel suave y aterciopelada de su pecho, sentí un vértigo, y abrazé su delgado talle.

—«Teodoro—me dijo retirándose—no seré tuya mientras no seamos libres y ricos: vírgen me encontrarás, y ésta será tu recompensa.

—«Haré lo que me mandes—contesté, comenzando á vestirme precipitadamente.

—«Así te quiero, así, Teodoro: valiente, decidido—y se acercó á mí y puso en mis labios el beso mas lascivo que pudo haber nunca inventado el amor, y el deseo de una muger de la raza negra.

«Estaba yo vestido.

—«Busca una arma—me dijo—Don José duerme, es apenas media noche; cuando amanezca estaremos muy lejos.

—«¿Y tu madre?—le pregunté decidido ya á todo.

—«Nos seguirá á nosotros, ó á Don José, me contestó. «Quedé horrorizado, y dudé.

—«¿Vacilas, amor mió?—me preguntó abrazándome, y poniendo uno de sus pies desnudos sobre uno de los míos, desnudo también.

«Al sentir aquel pié, aquellos brazos, aquel pecho que despedían fuego, volví á encenderme, besé á Luisa y busqué en la tienda una arma para consumar el crímen.

«Luisa me tomó de una mano y me condujo para el aposento de mi amo.

«Temblaba mi mano con el arma, pero aquella muger tan hermosa, tan seductora, tan provocativa, dejándome entrever tantos encantos, oprimiendo mi mano, comunicándome por allí el fuego de su diabólica exaltación, me cegaba, me enloquecia.

«Llegaba á la puerta del aposento en que dormia tranquilamente mi amo y me detuve.

—«Anda—me dijo Luisa dulcemente, levantándose sobre la punta de sus piés, apoyado su cuerpo sobre el mio para darme un beso—anda.

«Puse la mano en el prestillo, iba á abrir, cuando en la puerta de la tienda sonaron acompasadamente tres golpes vigorosamente aplicados.

«Luisa y yo quedamos inmóbiles, y sin atrevernos ni á respirar, no sé qué de pavoroso había en aquellos golpes.

«Trascurrieron así algunos instantes y los golpes volvieron á repetirse tan acompasados como la vez primera, pero aplicados con mas fuerza.

«Entonces Luisa se deslizó á su aposento y yo volví á la tienda.

—¿Quién va?—pregunté, procurando dominar la emocion que hacia vacilar mi voz embargada por la escena que acababa de tener lugar.

Anda—me dijo Luisa dulcemente, apoyando su cuerpo sobre el mio para darme un beso—anda. Pag. 92.

—Abrid á la Inquisicion, abrid al Santo Oficio—me contestó desde afuera una voz cavernosa.

«Tan grande fué mi sorpresa que dejé caer el cuchillo que llevaba aun en la mano, y que no me había acordado de poner en su lugar.

«El nombre del Santo Tribunal heló mi sangre; llegaba en el momento en que iba yo á cometer un crímen; me parecia que Dios lo enviaba para castigar mi intencion, que en el rostro iban á conocer mis pensamientos.

«Inmóbil permanecia como clavado en la tierra, cuando aquella voz repitió desde afuera:

—«Abrid á la Inquisicion, abrid al Santo Oficio.

«Volví entonces en mí, y corrí precipitadamente al cuarto de mi amo que habia ya despertado, y que encendiendo luz habia comenzado á vestirse.

—«¿Qué hay, Teodoro?—me preguntó.

—«Señor, señor, el Santo Oficio.

—«¡El Santo Oficio!—dijo dando un salto de la cama.

—«Sí, señor, sí, señor.

«Se levantó precipitadamente y tomó la luz.

«Abrimos la tienda, y un comisario de la Inquisicion seguido de ocho ó diez familiares cubiertos con sus capuchones, estaban en la calle, traian varios faroles y se habian detenido ocupados en levantar las piedras que formaban el quicio de una de las puertas. Hicieron una seña á mi amo que se detuvo mientras terminaba la operacion.

«Levantaron algunas piedras, rascaron un poco la tierra, y mi amo dió un grito de espanto: un Santo Cristo grande de bronce estaba allí enterrado, precisamente en el lugar por donde entraban los marchantes.

—«¿Don José de Abalabide?—dijo con voz solemne el comisario del Santo Oficio.

—«Yo soy—dijo temblando mi amo.

—«Dese preso á la Inquisición.

«Mi amo quedó preso entre dos familiares, y los demas se entraron á registrar la casa, llevándome en su compañía.

«En el cuarto de mi amo, en un rincon, se encontró otro Cristo de madera grande con huellas de golpes y algunas disciplinas de alambre cerca de él, todo tirado en el suelo, y el Cristo aún sucio en el rostro, como de señales de salivas.

«En lo demas de la casa, nada: yo noté con asombro que solo Clara estaba allí, y que Luisa habia desaparecido.

«Un depositario se encargó de todo en nombre de la inquisicion; se pusieron los sellos del Santo Oficio en todas las puertas y ventanas, en todos los cajones y armarios, y mi amo y Clara, y yo, fuimos conducidos presos.

«Luisa estaba en mi pensamiento, sobre toda preocupacion, y al salir, acercándome á Clara, deslizé en su oido estas palabras:

—«¿Y Luisa?

—«Nada sé—me contestó.

—«Agaché la cabeza, y seguí á los familiares que me llevaban.»

XIV.
En que el negro continúa su historia.

Índice

«LLEGAMOS á las cárceles del Santo Oficio, y allí nos separaron á los tres.

«Algunos dias trascurrieron sin que se ocuparan de mí; al fin me sacaron á dar mi declaracion.

«Preguntáronme si era esclavo y cristiano—y contesté—que sí.

«Despues me interrogaron—¿si sabia que mi amo en las noches azotaba un Crucifijo y le escupia el rostro, y si sabia que en una de las puertas de la tienda habia enterrado otro Crucifijo, y á los que entraban por esa puerta, y pasando sobre él, les daba los efectos mas baratos; y mas caros á los que penetraban por la otra?

«Nada de esto sabia yo, y debieron conocer mi inocencia en mi rostro, y mis respuestas, porque me dieron libre mandando que fuese yo vendido para ayudar con mi precio los gastos del proceso de mi amo; además, como todos sus bienes estaban confiscados, era la suerte que debia caberme.

«Caminaba yo conducido por dos empleados encargados de llevarme al lugar en que debia vendérseme, cuando al atrave sar la Plaza principal vimos venir hácia nosotros dos mulas desvocadas que arrastraban una carroza: el cochero debia de haber caido, porque los animales iban solos.

«A medida que se acercaban oiamos grandes gritos, y por fin percibimos un caballero anciano y una niña que dentro de la carroza venian, y que sacando por ambos lados la cabeza imploraban auxilio, que nadie se atrevia á darles.

»No sé lo que sentí en aquel momento. Si moria por darles auxilio, me libertaba de una vida que, sin esperanzas de volver á ver á Luisa, me era insoportable: si salvaba aquellas dos vidas, Dios me lo tomaria en descargo del pensamiento de quitar la suya á mi amo, que era el punzante remordimiento de mi corazon.

«El carruaje venia muy cerca: me desprendí de los que me llevaban y me lanzé á su encuentro.

«El choque fué tan violento que perdí casi el sentido; pero me aferré instintivamente á las orejas de una de las mulas: desde muy niño he alcanzado una poderosa fuerza fisica, y en aquel momento apelé á toda la que Dios me habia concedido.

«La mula quiso desprenderse de mí, sacudió la cabeza y se detuvo conteniendo á su compañera, y luego comprendiendo tal vez que no podia luchar, se humilló y la carroza quedó parada.

El anciano bajó inmediatamente y sacó en sus brazos á la niña casi desmayada. Aquel señor y aquella niña eran Don Juan Luis de Rivera y su sobrina Doña Beatriz, mi ama y señora.

«Los curiosos se rodearon y se encargaron de las mulas.

Los empleados del Santo Oficio llegaron golpeándome con unas varas.

—¡Ladron!—me dijo uno—tú quieres robar al Santo Oficio; tú no te perteneces ni te mandas: si te han matado las mulas ó te han lastimado, ¿con qué pagas el perjuicio de lo que pueden dar por tí? ladron, pillo: toma, toma, y me golpeaban con las varas.

—«Mi sangre hirvió al verme tratado así, y quizá hubiera causado mi perdicion, atacando á aquellos hombres, pero en estos momentos llegó el dueño del carruaje.

—«Haber—dijo—¿quién es el que ha detenido á las mulas?

—«Este esclavo que pertenece al Santo Oficio, y que le llevamos para vender.

—«¿Esclavo es y va de venta? Yo le compro: ¿cuánto vale?

—«Señor, tenemos órden de darlo por mil quinientos pesos; tal vez parecerá muy caro á su señoría, pero es fuerte, sano...

—«Le tomo, le tomo, y decidme si preferís venir conmigo á mi casa, ó dejármele llevar y enviar por el dinero luego.

—«Puede su señoría llevarle, que bien conocemos á Don Juan Luis de Rivera, abonado en todo el comercio de esta Nueva España.

—«Entonces le llevo, y ocurrid por el precio, y para que se tire la escritura de venta.

«Don Juan Luis de Rivera dejó la carroza que las mulas habian roto, y tomando del brazo á la niña echó á andar, diciéndome:

—«Síguenos.

«Y caminamos hasta la casa de la calle de la Celada.

«Allí me hicieron entrar, y Don Luis me preguntó mi vida: contéle lo que habia ocurrido en la Inquisicion, sin mencionar en lo absoluto nada de Luisa, y quedé como esclavo de la casa, pero como propiedad esclusiva de mi ama Doña Beatriz.

«Desde aquel momento mi esclavitud fué solo de nombre, y la dulzura del carácter de mi ama hizo para mí tan amable el yugo, como la libertad.

«Confesé á mi ama el interes que tenia por la suerte de D. José de Abalabide, y me permitió salir á la hora que quisiese de dia ó de noche, con el objeto de averiguar el fin que tendria; y además me permitió hacer cuanto fuera de su parte para inquirirlo.

«Usando de esta libertad iba yo algunos dias, y algunas noches, á dar una vuelta por el edificio en que estaban las cárceles, creyendo en mi ignorancia que podria yo así saber alguna cosa de Don José; pero las semanas y los meses trascurrieron y yo no lograba tener ni la menor noticia.

«Una noche que habia yo ido á rondar por la Inquisicion, andaba por la orilla de la acequia de la traza que queda á la espalda del convento de Santo Domingo. Habia una escasa claridad de luna, y alcancé á ver delante de mí á pocos pasos de distancia, á una muger que caminaba con un niño en los brazos.

«Mas adelante habia un caballo muerto que devoraban muchos perros hambrientos: la muger pasó cerca de ellos, y apenas la sintieron todos ellos como rabiosos se arrojaron sobre ella. La muger espantada quiso huir, sin acordarse sin duda de la acequia, y cayó al agua desapareciendo casi en el momento.

«Yo habia precipitado mi marcha con objeto de protejerla contra los perros, y pude oir su grito de espanto al caer y ver bien el lugar en que se habia hundido. Sin vacilar me tiré á la acequia y al momento encontré á la muger, que no habia soltado al niño. ¡Era su hijo!

«La levanté en mis brazos fuera del agua, y ambos respiraron; pero nuestra situación era crítica: yo no podia salir primero que ella, y ella no se atrevia á salir porque la multitud de perros furiosos ladraban y gruñian en la orilla, é indudablemente hubieran despedazado á la madre y al hijo antes de poderles yo valer.

«Y lo mas terrible era que yo me sentia hundir en el fango que formaba la cama de la acequia, y que las fuerzas me iban faltando, mis brazos iban bajando y la muger y el niño se iban sumergiendo: yo no podia gritar porque el agua me llegaba casi hasta la boca, pero la muger comenzó á implorar socorro á grandes voces; nadie acudió, y yo me hundia; ya no podia respirar sino por la nariz, y eso haciendo un esfuerzo, y la muger estaba casi sumergida: cerré los ojos y me encomende á Dios: me zumbaron los oidos: iba á caer cuando senti que alguien se acercaba corriendo, que algunos perros ahullaban como heridos, y que los demás ladraban mas lejos: hice un esfuerzo supremo y me enderecé lo mas que pude y abrí los ojos: un hombre tendia á la muger el cabo de un chuzo. La muger lo tomó con una mano, y ayudada por mí, salió á tierra con su hijo: luego el hombre me tendió el chuzo á mí, me tomé de él y salí casi desmayado.

«La muger se habia sentado, y el recien venido le dijo.

—«¿Qué ha sido esto?

—«¡Santiago!—dijo la muger reconociéndole.

—«¡Andrea!—contestó el hombre arrodillándose á su lado:—¿qué te ha sucedido; qué es de nuestro hijo?

—«Aquí está bueno el pobrecito.

—«Pero, ¿cómo ha sido esto?

—«Buscándote venia cuando esos perros me espantaron y caí en la acequia con mi hijo; y nos hubiéramos ahogado, si este señor no nos salva.

—«Señor, con qué os pagaré tanto—me dijo aquel hombre tendiéndome la mano.

—«No soy señor—le contesté—soy un esclavo de mi ama Doña Beatriz de Rivera.

—«Pues aunque seas esclavo—me dijo—sin tí, mi hijo y mi muger hubieran muerto esta noche: calcula cuánto será mi agradecimiento.

—«Y si vos no llegais tan á tiempo, hasta yo sucumbo.

—«Esperaba á Andrea, oí gritos pidiendo socorro, creí que fuera un pleito, tomé mi chuzo y eché á correr; pero no te habia yo conocido, hija mia.

—«Ni yo á tí—dijo la muger.

—«Pues vámonos para casa, te cambiarás ropa, y le daremos un trago á este amigo, que bien lo necesita, y lo merece.

«Nos dirigimos á su casa que estaba cerca y entramos á ella; la muger se fué á mudar ropa, y yo, tomando un trago de vino, me despedí prometiendo volver á visitarlos.

«Frecuenté la casa de Santiago y de Andrea, y Dios premió el beneficio que yo les habia hecho. Santiago era uno de los familiares de mas confianza en el Santo Oficio, y habia llegado á quererme como á un hermano: yo por mi parte, comprendiendo de cuánto podia valerme su amistad, comuniqué todo lo ocurrido á mi ama Doña Beatriz, que me daba de cuando en cuando algunos regalitos para Andrea, y le ofreció por mi conducto llevar á la pila bautismal al primer hijo que tuvieran. Con todo esto era yo tan apreciable en la casa de Santiago, como si no fuera yo un esclavo.

«Un dia me atreví á preguntarle por mi amo.

—«Si no fuese prohibido el decírmelo—le pregunté—podríais darme razon de un mi amo que fué, español, y llamádose Don José de Abalabide, ¿vive, ó es muerto?

—«Aunque no debia yo dar noticias—me contestó—á tí nada te niego: ese Abalabide vive y está en una de las cárceles secretas, hereje relapso, ha sufrido el tormento ordinario y hasta el estraordinario, y nunca ha querido confesar.

—«¡Pobrecito! quizá será inocente.

—¿Inocente? y nosotros hemos encontrado un Cristo enterrado en la puerta de su casa, y otro azotado y escupido en su aposento; y además denuncia formal de un comerciante honrado, y cristiano viejo, vecino suyo.

—«Quién sabe: el Tribunal sabrá lo que dispone: por mí, lo queria bien, y algo diera por verlo aunque fuera un rato.

—¿Tendrias mucho gusto?

—«Sería mi mayor felicidad.

«Santiago pareció reflexionar, y tuve un rayo de esperanza; comprendia yo que á D. José lo queria como á mi padre.

—«Si me ofrecieras un eterno silencio, quizá yo te proporcionaria el verle.

—«¡Ojála!—le dije conmovido.

—«Bien......... hoy nó......... mañana sí; mañana ven aquí á las ocho en punto.

—«Y podré.........

—«Es algo espuesto; pero probaremos... sobre todo—y puso su mano sobre la boca para indicarme una reserva profunda.

—«Os lo juro.

—«Bueno: mañana á las ocho.

«Puntual estuve á la cita al dia siguiente. Santiago estaba solo en su casa: ni Andrea, ni nadie habia allí. Apenas me vió entrar, me dijo:

—«¿Estás resuelto?

—«Sí.

—«He despachado fuera de casa á mi muger para que nadie se entere de nada: vístete esto.

«Y me entregó un gran saco de sayal con su capuchon.

—«Un compañero que debia ir conmigo esta noche—me dijo Santiago—está enfermo; tú vas en su lugar: encomiéndate á Dios para que nos saque con bien.

«Vestí el saco de sayal y me calé el capuchon que me cubria la cara y la cabeza; las mangas del saco eran tan largas, que ocultaban mis manos.

—«No saques las manos—me dijo—y te desconoscan por ellas.

—«No señor.

—«Ahora, no mas me sigues y callas.

«Santiago cerró su casa, y siguiéndole yo llegamos á la puerta de las cárceles del Santo Oficio.

«Al penetrar debajo de aquellas bóvedas macizas; de aquellos inmensos corredores, tan opacamente iluminados, sentí frio, terror. Muy pocos rostros encontraba descubiertos, á no ser los de algunos presos cuando atravesábamos por los calabozos; pero estos presos eran los distinguidos, los que tenian derecho á ciertas consideraciones.

«Despues de haber caminado bastante, Santiago me dijo al oido:

—«Vamos á ver si penetramos á las cárceles secretas,—y me guió á un aposento en donde estaba un viejo sentado en un sillon de vaqueta y leyendo el Oficio Divino.

—«¿Me toca el registro?—dijo Santiago presentándosele.

—«¿Quién eres?

—«Santiago y su acompañante.

Y Santiago se descubrió el rostro.

—«Toma, le dijo el viejo, dándole un gran manojo de llaves.

«Las tomó, encendió los faroles que estaban en el cuarto, me dió uno y una lanza corta pero aguda y fuerte.

«Descendimos por una escalera á unos espaciosos subterráneos, y Santiago abria y cerraba luego grandes puertas de madera, cubiertas de planchas y barras de hierro, inmensas rejas, cadenas que impedian el paso, y con gran admiracion mia, encontramos carceleros encerrados en los corredores, que no podian salir de allí para tenerlos mas seguros cerca de los presos.

«Comenzamos á registrar los calabozos: casi todos eran unas especies de cuevas labradas en la tierra y revestidas de piedra; todos los reos estaban atados de una gruesa cadena que pendia de la pared ó de un poste; casi todos tenian grillos y esposas, sin cama, sin una silla, desnudos casi, pálidos, con los cabellos y la barba largos y enmarañados; aquellos calabozos tenian un hedor insoportable; allí ví jóvenes, ancianos, hombres y mugeres.

«En uno de aquellos sótanos habia un reo á quien yo no conocí. Santiago me tocó el brazo y me dijo:

—«Este es.

—«Imposible—le contesté.

—«Háblale.

«El hombre no nos habia mirado siquiera: ya habia yo observado que ninguno de los que habiamos visitado se quejaba, casi todos habian caido en un estado de idiotismo y parecian mentecatos.

—«Háblale—me dijo Santiago—yo te esperaré en la puerta, pero no tardes mucho—y salió dejándome solo con el preso.

—«Don José—dije—Don José.

«El hombre levantó la cabeza, y sus ojos brillaron.

—«¿Quién es?—dijo—esa voz la conozco.

—«Yo soy,—contesté arrodillándome á su lado—yo soy, Teodoro el esclavo que ha logrado penetrar aquí solo por hablar á su amo.

«Alcé mi capuchón y Don José me reconoció.

«El pobre viejo se puso á llorar como un niño, quiso pararse y no pudo, lo habian baldado en el tormento; quiso abrazarme y le fué imposible, tenia esposas. Yo le abracé, y él entonces comenzó á besarme, mojando mi rostro con su llanto.

—«Hijo mio, hijo mio,—me decia trémulo y agitado, y no recordaba que yo era su esclavo, y que yo era un negro; nada, nada, no mas que era el primer corazón que se interesaba en su desgracia.

«Así pasó un rato, él llorando y yo acariciándolo; y aunque me dé vergüenza decirlo, llorando tambien.

—«Ya me voy, ya me voy—le dije.

—«Tan pronto.

—«No es posible mas, consideradme.

—«Tienes razon; pero oyeme una palabra, en el pozo de la casa en que viviamos, dejé escondidas mis riquezas, sácalas, compra tu libertad y vive feliz; si llego á salir, te buscaré, y tú me mantendrás, si no, encomiéndame á Nuestro Señor.

—«Adiós, mi amo.

—«Adiós—ah, otra palabra, soy inocente. Don Manuel, nuestro vecino, me ha calumniado por envidia, él enterró al Cristo en la puerta de la tienda.

—«¿Y el que estaba adentro?

—«Luisa, comprada por él, lo introdujo allí.

—«¡Qué horror! ¿será cierto?

—«El que se halla ya casi en el sepulcro te lo jura.

—«Vamos—dijo Santiago desde afuera.

—«Sí—le contesté.

«Besé la frente del viejo, y salí con el corazon traspasado de dolor, por sus sufrimientos y por la revelacion que me habia hecho. Yo conocia á Luisa y la creia capaz de todo.

«Salimos sin novedad de la Inquisicion, y hasta que no me ví libre del saco y del capuchon, no respiré con libertad.

«Casi á la madrugada volví á la casa de mi ama.»

XV.
Se ve el fin de la historia de Teodoro.

Índice

«A PESAR del tiempo que habia trascurrido, la casa de mi amo permanecia sin haberse vendido, cerrada, y selladas sus puertas con las armas del Santo Oficio, al cual ya pertenecia.

«Entrar á la casa y sacar el dinero que habia dejado allí mi amo, y que yo consideraba mio, era para mí cosa sumamente fácil.

«Empecé á rondar por las inmediaciones, y una noche en que todo estaba tranquilo, me introduje por una vieja tapia y me dirigí al interior.

«Se me oprimia el corazon al recuerdo de los dias que habia yo pasado allí, me parecia sentir aun el aliento y la voz de Luisa, me estremecia pensando en ella, y en mi pobre amo á quien habia vuelto á ver en un estado tan deplorable.

«Sin saber por qué, sentí un deseo irresistible de volver á entrar á la casa que habia yo dejado de una manera tan inesperada. Llegué á la cocina que era la primera pieza, entré resueltamente en ella, y al llegar á la siguiente habitacion, sentí helarse de pavor mi corazon, oí ruido en el interior y distinguí una luz, y luego cruzar algunas sombras negras y silenciosas.

«Quise gritar, quise huir, pero era imposible, aquellas apariciones en una casa por tanto tiempo desierta, aquella luz, todo aquello tan sobre natural, me embargó de manera, que no fuí dueño de mí mismo, y sin querer, y como impulsado, avancé algunos pasos vacilando y próximo á caer.

«Repentinamente sentí una mano que se aferraba en mi cuello, y luego unos brazos desnudos y llenos de grasa que me enlazaban, y me sentí empujado silenciosamente hácia el lugar en que estaba la luz, que era la pieza en que mi amo dormia, y la mas apartada de la casa.

«El temor y la sorpresa no me permitian oponer la menor resistencia: creia yo estar entregado á séres sobrenaturales. Los que me conducian, me abandonaron en medio del aposento; entonces miré á mi derredor en las viejas sillas de mi amo, que estaban sentados como diez negros, en los que yo reconocí esclavos de las principales casas de México, y de pié otros veinte; todos estaban enteramente desnudos, sin mas que un pequeñísimo taparabo: todos tenian el pelo cortado hasta la raiz y estaban ungidos desde la cabeza hasta los piés con grasa, pero con tal abundancia, que sus cuerpos negros brillaban como si fueran de azabache.

«En la pieza habia algunas luces, de manera que todo esto lo pude percibir perfectamente.

—«Aquí está éste—dijeron los que me llevaban.

—«¿Quién eres, y qué hacias aquí?—me dijo el que parecia mandar á los otros, y que yo conocí por ser esclavo de la casa de Don Leonel de Cervantes.

—«Habíame quedado callado.

—«Responde—dijo imperiosamente: conocí que lo mejor seria decir la verdad, porque aquellos además de ser como yo, negros y esclavos, parecian no tener que ver con la justicia, sino para ser perseguidos por ella.

—«Soy Teodoro—les contesté—de la casa de Doña Beatriz de Rivera, esta casa fué de mi amo, y esta noche venia á buscar algo que habia ocultado antes de salir.

«Mi respuesta pareció no satisfacer mucho al gefe, porque con un acento despótico y alzado, dijo:

—«Trasas tiene este mas de espía que de otra cosa; nuestra posicion, y el fin que nos proponemos, la libertad de nuestros hermanos, exigen todo sacrificio y todo cuidado: por sí ó por no, que muera éste.

—«Que muera—dijeron unos.

«Ver mi muerte segura, y ser deshonrado como espía delante de mis hermanos, eran dos cosas en verdad muy terribles.

«Entonces una idea me alumbró y quise esponerlo todo.

—«Hermanos,—dije—tratais de nuestra libertad, y nadie tiene tanto derecho como yo, de mandar en el consejo, y así me llamais espía, llevo sangre real pura, y nadie la lleva como yo; que respondan los ancianos y los nobles de entre vosotros, soy un príncipe.

«Entre nosotros, á pesar de vivir en la esclavitud, se conservan la nobleza y las dinastías reales: uno de nosotros arrancado de su patria, será respetado y obedecido de todos los negros de su tribu, ó de su nacion, en donde quiera que se dé á reconocer.

«Tres ancianos, nobles reconocidos, que habia en el consejo, salieron hasta cerca de mí y me examinaron.

«Los demas estaban como esperando su resolucion.

«Los ancianos se inclinaron delante de mí, y dijeron á los otros:

—«Príncipe es y el mas noble de los nobles de nuestra raza, si quiere mandar y tiene valor y fuerza, le obedeceremos.

—«Que mande, que mande,—dijeron todos con el entusiasmo de la novedad.

«Francisco, aquel que me habia hablado y á quien venia yo á sustituir en caso de tomar parte en aquello, que yo comprendia como una conspiracion, quiso oponerse.

—«Serás—dijo—mas noble; pero no mas fuerte para mandar.

«Estaba yo ya orgulloso de mi posesion, y seguro de mi fuerza, y le contesté:

—«Soy fuerte diez veces como tú.

—«Probémoslo—dijo—echándome los brazos al cuello.

—«Sí,—le contesté, y quise asirlo.—Mis manos se deslizaron en su cuerpo, estaba completamente untado de sebo, y no era posible asegurarlo de ninguna parte.

«El objeto de esto, de cortarse á raíz el pelo, y de no llevar vestidos, era porque así se escurririan mas fácilmente de las manos de la ronda, que solo muertos ó heridos podria hacerlos presos.

«Él me apretaba, y casi estaba para derribarme, cuando logré asirle una mano por el puño, y antes que hiciese impulso para retirarla le apreté con todas mis fuerzas.

«Lanzó un grito y se arrodilló: le habia fracturado el hueso.

«Entonces nadie dudó obedecerme, y luego, inmediatamente, pedí esplicaciones sobre el objeto de la conspiracion, y los elementos con que se contaba.

«El objeto era una sublevacion para conseguir nuestra libertad: los elementos un gran número de afiliados entre los negros mansos, como nos dicen á nosotros los esclavos, entre los bozales que viven alzados, y entre los mulatos; solo faltaba dinero para comprar armas. Comenzaba la cuaresma y se habia señalado la Semana Santa para dar el golpe.

«Yo les ofrecí buscar el dinero y dárselos.

«La noche estaba muy avanzada, y nos retiramos.

«Me enseñaron entonces un subterráneo que daba entrada á la casa, y que iba á salir á otra ruinosa y abandonada por cerca de los antiguos fuertes de Joloc, fuera de la traza, por el lado de Coyohuacan.

«Aquella comunicacion me admiró, porque la ciudad está casi toda construida sobre el agua, y sin embargo son aquí de lo mas comunes las vías subterráneas.

«Supe que en la desierta casa de Abalabide no habia reuniones, sino una ó dos veces cuando mas en la semana, y determiné aprovechar el conocimiento del subterráneo para seguir en mis pesquisas, y tenerlo como una retirada segura en caso de peligro.

«A las dos ó tres noches volví á entrar por las tapias, y despues que me cercioré de que estaba solo dí á buscar el pozo; con poco trabajo lo encontré: estaba casi cegado con escombros y basuras: comencé á trabajar en limpiarlo, y poco á poco, en cosa de seis noches, logré llegar al fondo. Encontré allí cajoncitos y baules pequeños, pero en gran cantidad; y sin llamar la atencion trasladé todo aquello al cuarto que mi ama me habia destinado en su casa.

«Mi primer cuidado fué ocultarlo para que nadie entrase en sospechas, mientras veía dónde los dejaba definitivamente, ó qué hacia con todo aquello.

«La conspiracion entre tanto seguia fermentando cada dia mas; y yo, á pesar de que ellos me habian reconocido como digno de ser gefe, concurria muy poco á sus juntas.

«Los datos que habia yo llegado á obtener eran estos. Aquella conspiracion habia sido promovida por una muger de la raza negra, casada con un español de bastantes proporciones, y cuyo nombre no conocian todos; pero que era la accion viva de todos los conjurados, sin descubrirse, guardando siempre un riguroso incógnito y entendiéndose con ellos por medio de cuatro esclavas jóvenes que tenia, y las cuales tenian sus amantes entre los principales de la conjuracion.

«Tuve, como era natural, necesidad de hablar con esas cuatro mugeres, y les pregunté quién era la que las enviaba.

—«Pediremos permiso para decírtelo—contestaron.

—«¿A quién?

—«A mi señora.

«Al otro dia volvieron.

—«Nos lo ha prohibido—me dijeron.

«Y hubo necesidad de conformarse.

«Todo estaba ya dispuesto para dar el golpe, aunque no nos habiamos podido proveer de armas en número suficiente, pero en la ciudad no habia mas tropa que la pequeña guardia de alabarderos del virey.

«Todo marchaba bien, y hubo un incidente que nos hizo concebir lo fácil de nuestro intento.

«Sin saber cómo ni por quién, comenzó á difundirse en la ciudad una alarma sorda, y á zuzurrarse que nosotros tramábamos algo, y que de un dia á otro los bozales vendrian en nuestro auxilio: una noche entró por una de las garitas una piara de puercos que traian para las matanzas; los animales gruñian y chillaban, el vecindario pensó que era la algazara de los bozales, y todo el mundo lleno de terror se encerró, y hasta muy entrado el dia siguiente no se atrevieron á salir los vecinos á desengañarse.

«Era el año de 1612. El Arzobispo Guerra, virey de Nueva España, habia caido al subir á su coche, y habia muerto á resultas del golpe: la Audiencia gobernaba, y el momento era oportuno para dar el grito; aunque mucho se murmuraba en la ciudad, eran voces sueltas sin que nada se hubiese descubierto.

«Pero de repente la alarma se hizo mas notable, y el Mártes Santo en la tarde se dió la órden por la Audiencia gobernadora de suspender todas las ceremonias del Juéves Santo.

«Vivia aún mi amo Don Juan Luis de Rivera, y el Mártes Santo en la noche quiso pasar al palacio á ver al Oidor decano para ponerse de acuerdo con él, respecto á ciertas medidas que habia que tomar.

«Mi ama Doña Beatriz se resistia á que saliera, y al fin condescendió con la condicion de que yo, que era para ella el de mas confianza, lo acompañara; consintió mi amo, y nos dirigimos á palacio.

«Como Don Juan Luis de Rivera era persona de tan alta importancia, llegó sin dificultad hasta la cámara en que habitaba el señor Otalora, que era el Oidor decano, y yo quedé en una de las antesalas esperándolo.

«Hacia media hora que allí estaba, cuando llegó un hombre lujosamente vestido, y dirigiéndose á uno de los criados, le dijo en voz alta:

—«Hacedme favor de pasar recado al señor Oidor, que Don Cárlos de Arellano, alcalde mayor de Xochimilco, desea hablarle para un negocio muy urgente del servicio de Su Magestad.

«El criado entró el recado y el hombre quedó esperando, y paseándose con grandes muestras de impaciencia.

«Poco despues salió el Oidor, habló cortesmente á Don Cárlos, y lo llevó á un aposento inmediato.

«Conversaron allí largo rato y luego salió demudado el Oidor: se despidió de Arellano y volvió á meterse á su cámara.

«Desde este momento comenzaron en el palacio un movimiento y una agitacion estrañas: entraban y salian gentes de justicia, y alabarderos, y personas principales llamadas por el Oidor á palacio; yo comencé á entrar en sospechas.

«Aquella noche habia junta en la casa desierta de Don José, y yo por acompañar á mi amo no habia podido asistir.

«Casi á media noche se retiró mi amo de palacio, y me causó estrañeza encontrar las calles llenas de patrullas de vecinos armados, que hacian la ronda con los alcaldes y corregidores.

«Doña Beatriz esperaba á su tio con gran cuidado, habia sentido tambien el rumor y estaba pesarosa de su tardanza.

—«Cuánto cuidado—le dijo saliendo al encuentro—he tenido por vos.

«Ya lo suponia yo, hija mia—pero no era posible otra cosa; todo se ha descubierto esta noche.

—«¿Y cómo?

—«Ahora te contaré; retírate Teodoro.

«Yo me retiré, y mi ama y su tio se encerraron en su aposento. Como todos dormian ya en la casa, pude sin temor acercarme á la puerta cerrada y percibir la conversacion, porque adentro hablaban alto.

—«Esto ha sido providencial—decia Don Juan Luis de Rivera.—¡Por estraños caminos dispone la Providencia cumplir sus designios!

—«¿Pero cómo ha estado eso?—preguntaba mi ama.

—«Figúrate, hija mia, que el alcalde mayor de Xochimilco, Don Cárlos de Arellano, tiene en México una dama, que Dios se lo perdone, es una muger casada: esta señora tiene cuatro esclavas jóvenes, y hoy en la noche queriendo salir á la reja para hablar con Don Cárlos, notó que las esclavas habian salido, se alarmó, y logró averiguar que las cuatro salian á la reunion que tienen los negros para tratar de alzarse con el reino; y supo mas, que estas juntas se tenian en la casa abandonada de Don José de Abalabide, preso en la Inquisicion; que esta casa tenia entrada por un subterráneo por una casa del rumbo de Coyohuacan; que esta noche estaban juntos, y que mañana al amanecer debian dar el golpe. La dama, con una caridad y un celo verdaderamente cristianos, en vez de departir de amores con Don Cárlos, contóle de lo que averiguado habia, y le envió al Oidor decano para que le diese parte, autorizándolo, para dar mejor testimonio, á referir sus amorosas relaciones, consintiendo en perder su fama con tal de salvar los intereses de Su Magestad.

«Yo habia escuchado hasta el fin esta relacion, y no necesité mas para comprender que todo estaba perdido, y que quien habia hecho la denuncia era la dama de Don Cárlos de Arellano, y que ésta debia ser sin duda el ama de las cuatro esclavas con quienes yo habia tratado, y que habia sido la que aquella conspiracion habia inventado; solo ella estaba en aquellos secretos, y solo ella podia conocer el lugar y la hora de la reunion: además, la circunstancia de ser cuatro sus esclavas, y ser éstas las mismas mugeres que estaban en el secreto, me hacia tener mas seguridad en mis conjeturas.

«Aquella era la traicion mas horrible que se podia imaginar; promover una conspiracion, animarla, exaltar los ánimos, y despues denunciar á los comprometidos, era infame, inícuo.

«Bajo tan penosas impresiones me retiré á mi aposento sin saber qué hacer de mí; huir, era declararme yo mismo culpable; esperar, era esperar la muerte; aquella muger sabia por sus esclavas que yo estaba en el complot, y podia perderme; una víbora semejante, era capaz de todo. En fin, despues de reflexionar mucho, pensé que lo mejor era quedarme y confiárselo todo á mi ama Doña Beatriz.

«Pasaron los dias santos, las prisiones seguian y yo no me atrevia á salir á la calle.

«En la Pascua Florida la Audiencia ordenó la ejecución de los reos que habian sido presos en la Semana Santa, y la mayor parte de los amos dispusieron que sus esclavos fuesen á presenciar la ejecucion para que les sirviese de escarmiento.

«El dia fijado fuí yo tambien entre la servidumbre de la casa de Rivera á la Plaza Mayor, adonde debia tener lugar la ejecucion de la sentencia.

«Aquel ha sido el dia mas espantoso de mi vida; aun me parece que lo veo.

«La Plaza Mayor y las calles vecinas eran verdaderamente un mar de gente que se apiñaba por presenciar un espectáculo tan horrible.

«En el frente de palacio se elevaban dos horcas. El concurso inmenso se agitó, se levantó un rumor sordo, y los ajusticiados aparecieron saliendo de la cárcel, que estaba al costado de palacio. Eran veintinueve hombres y cuatro mugeres; las cuatro esclavas que yo habia conocido. Las cuatro eran jóvenes y eran las que debian morir primero: se les habia concedido esto como gracia para evitarles el martirio de ver ajusticiar á los hombres.

«Aquellas infelices, mas muertas que vivas, caminaban, ó mas bien se arastraban al patíbulo, sostenidas por dos hombres que las llevaban de los brazos: al lado de cada una de ellas venian dos sacerdotes exhortándolas en voz alta, á grandes gritos, encomendándolas á Dios: llevaba cada una en la mano un Crucifijo, que apenas tenia fuerzas para llevar á la boca.

«Estoy seguro de que no habia una sola persona en aquel inmenso concurso que no se sintiese horriblemente conmovida: llegaron las dos primeras á la horca y las subieron los verdugos: les ataron los lazos corredizos en el cuello y se apartaron las escaleras que les servian de apoyo; los cuerpos quedaron suspendidos en el aire, agitando convulsivamente las piernas, y dos verdugos enmascarados, con una agilidad verdaderamente infernal, subieron á caballo sobre los hombros de las víctimas, y mientras que con ambas manos les tapaban la boca y las narices, con los piés les aplicaban furiosos golpes sobre el pecho y sobre el estómago.

«Poco á poco fueron quedando inmóbiles aquellos cuerpos, hasta que puesta otra vez la escalera los verdugos descendieron y se descolgaron aquellos dos primeros cadáveres.

«Siguieron las otras dos mugeres. Una subió resignada; pero la otra en el momento de pisar el primer escalon se rebeló.

—«No quiero morir—gritaba la infeliz—por Dios, señores, que me perdonen; no quiero, no quiero; por Dios, por su Madre Santísima, que me perdonen.........

«Y luchaba, y se debatia; los verdugos no podian hacerla subir: otros vinieron en su auxilio, pero aquella muger, la mas jóven de todas, tenia en esos momentos una fuerza terrible: habia logrado desatar sus manos y golpeaba y arañaba; pero á pesar de todo subia, subia arrastrada por los verdugos. Al colocarle el lazo fué necesario emprender otra nueva lucha: estaba casi enteramente desnuda, porque toda su ropa habia caido hecha pedazos: mordia, escupia, gritaba. Aquello era un espectáculo que hacia erizar los cabellos.

«Le colocaron el lazo, se retiró la escalera y quedó en el aire: el verdugo subió sobre sus hombros y quiso taparle la boca; pero ella tenia las manos libres y apartó violentamente las del verdugo: el hombre perdió el equilibrio, quiso sostenerse y cayó á tierra arrancando el último pedazo de lienzo que cubria á la infeliz, que quedó completamente desnuda á la vista del inmenso concurso; pero la escena no dejaba á nadie pensar en esto, á pesar de que aquella muger tendria á lo mas diez y ocho años. Lo que estaba pasando era espantoso: habia logrado meter las manos entre el lazo que rodeaba su cuello, y así se sostenia abriendo con espanto los ojos, é implorando gracia con una voz sofocada.

—«Gracia, gracia, por Dios, por Dios—gritaba, haciendo inmensos esfuerzos para sostenerse en las manos.

«Uno de los verdugos brincó y se abrazó de sus piés; pero como estaban desnudos y ella hacia esfuerzos para desprenderse de él, el hombre se soltó, llegó otro y se aferró con todas sus fuerzas; entonces comenzó para la infeliz muchacha una agonía imposible de describir: como sus manos impedian correr bien el lazo, el nudo no apretaba pronto, y la muerte llegaba, pero lenta, dolorosa: la jóven no gritaba, pero producia una especie de ronquido: no podia mover las piernas porque un hombre estaba suspendido de ella; ni las manos, porque las tenia aprisionadas en el cuello; pero su seno se agitaba rápidamente. No pude soportar aquello: cerré los ojos, y me cubrí la cara con las manos.

«La infeliz, debió hacer algo espantosamente ridículo en medio de las ansias de la agonía, porque sentí un murmullo de horror entre la multitud, y al mismo tiempo unas alegres carcajadas: volví el rostro espantado buscando al autor de aquella profanacion impía, y en una carroza que estaba cerca de mí descubrí tres personas que reían burlándose de la esclava infeliz: eran Don Manuel de la Sosa, (el antiguo vecino de D. José de Abalabide), el hombre que habia ido á denunciar la conspiracion, y que, segun entendí, se llamaba Don Cárlos de Arellano, y Luisa, Luisa la mulata, la esclava de Don José; la muger que me habia inspirado una pasion tan vehemente.

«Los tres estaban ricamente vestidos; terciopelo, sedas, oro, plumas, joyas; aquella carroza parecia de unos príncipes.

«Don Carlos estaba al lado de Luisa, y al frente de ellos D. Manuel.

«Infinitas sospechas se alzaron en mi alma; casi lo comprendí todo; pero quise cerciorarme acercándome al carruaje, sin que ellos, ó al menos Luisa, me conocieran, y alcanzar algunas palabras de su conversacion.

«Descolgaban en estos momentos los cadáveres de las dos esclavas.

—«Eran dos muchachas muy serviciales—decia Luisa.

—«Pero yo respondo de que la Real Hacienda os indemnizará la pérdida, no solo de éstas dos, sino de las cuatro, en recompensa del servicio que habeis hecho á la ciudad—contestó Arellano.

—«Así se lo habia yo dicho á mi esposo, agregó Luisa.

—«Y tal lo creo—dijo entonces Don Manuel, que bien merece el beneficio que á costa de nuestros propios intereses hemos hecho, el que Su Magestad se acuerde de nosotros.

«La multitud volvió á alzar un murmullo que me impidió continuar escuchando: era que comenzaba la ejecucion de los hombres.

«Yo no necesitaba saber mas, y todo estaba claro para mí: el hombre libre que habia hecho libre á Luisa, era Don Manuel: él, sin duda, por envidia era el que habia enterrado el Cristo en la puerta de la tienda de Don José, y lo habia denunciado despues al Santo Oficio para perderlo, y Luisa habia sido su cómplice, y seguramente ella era la que habia introducido furtivamente el otro Cristo al cuarto de mi amo, y ella sabia que aquella noche terrible debian llegar los familiares á la casa de mi amo, y me precipitaba á cometer el delito para librarse tambien de mí, y su fuga estaba ya preparada..........

«Porque era seguro, era Luisa la muger casada que estaba en relaciones con Arellano, y que habia denunciado la conspiracion despues de exaltarla.

«Aquella muger era un demonio, con un rostro tan hechicero y una alma tan infernal.

«Las ejecuciones terminaron: los cadáveres fueron decapitados, y treinta y tres cabezas se clavaron en escarpias en medio de la Plaza.—En la noche de ese dia tenia yo fiebre.

«Un mes estuve luchando entre la vida y la muerte: mi ama nada omitió para salvarme, y gracias á eso la enfermedad cedió.

«Entre las esclavas encargadas por mi ama Doña Beatriz de asistirme, habia una jóven que se llamaba Servia, y que fué la que con mas constancia se dedicó á mi curacion.

«Cuando estuve sano, el recuerdo de Luisa que me venia como un remordimiento, cedió ante el amor puro que concebí por Servia; la jóven inocente me amo tambien.

«Pero yo no podia dejar de ser una amenaza para Luisa, y ella debió comprenderlo, porque apenas estuve sano fui preso de órden de la Audiencia, y conducido á las cárceles de palacio.

«Mi sentencia no era dudosa, y recibí la noticia de prepararme á morir como cristiano.

«Servia desolada se arrojó á los piés de mi ama Dª Beatriz, y le declaró nuestro amor, y mi ama se compadeció de nosotros.

«El dia de mi ejecucion estaba señalado, yo no conservaba ya esperanza ninguna, ¿quién se habia de interesar por este pobre esclavo?

«Pocos dias antes habia tomado posesion del vireinato, segun supe despues, el señor Marqués de Guadalcazar, que vino con su esposa y sus niñas; la fama de virtud y de hermosura de mi ama Doña Beatriz, cautivó á la vireina, que hizo llamar á mi amo Don Juan Luis de Rivera, para conseguir de él que mi ama entrase en palacio en calidad de dama de honor.

«Don Juan Luis llegó á la casa contentísimo con aquel honor, pero temeroso de que Doña Beatriz se rehusase, y acertó á llegar en el momento en que Servia de rodillas le pedia que implorase por mi vida.

«Doña Beatriz escuchó la noticia que le llevaba su tio encareciéndole el empeño de los vireyes; y como alumbrada por un rayo de caridad, se hizo ataviar ricamente y conducir á la presencia de la vireina.

«Mi ama tan bella y tan soberbiamente prendida, fué recibida en palacio con regocijo; pero apenas vió á los vireyes, se arrojó á sus piés.

«En vano la instaron á levantarse.

—«Señora,—dijo dirigiéndose á la vireina—si tanto honor me haceis escogiéndome entre vuestras damas, hacedme una gracia y servicio distinguido.

—«¿Qué podeis pedir, Doña Beatriz,—contestó la vireina—que estando en mi mano os lo niegue?

—«Señora, interponed vuestro amor y respetos con Su Excelencia, para obtener el indulto de un condenado á muerte, de mi esclavo Teodoro.

—«Y por salvar á un esclavo tomais tanta pena?

—«Señora, le debo mi vida y la de mi tio, que salvó poniendo en riesgo su existencia; aunque era un esclavo, entonces no lo era nuestro, y siempre le debo gratitud.

—«Pero segun sé, Doña Beatriz,—dijo el virey que habia permanecido en silencio—ese esclavo es culpable.

—«Por eso mismo pido el indulto á Su Excelencia, porque el indulto es el perdon, y el perdon se hizo para los criminales y no para los inocentes.

—«Teneis razon de sobra,—dijo el virey—alzad, que yo os lo prometo.

«Cuatro dias despues estaba yo fuera de la prision, mi ama dió su libertad á Servia y me la entregó por esposa, yo no quise nunca mi libertad, referí mi historia toda á mi ama, sin tener para ella secreto, y sigo y seguiré siendo siempre el mas humilde de sus esclavos.

«Ahora su señoría verá cómo tenia razon en decirle que debo á Doña Beatriz, mi vida y mi felicidad.

XVI.
De lo que se decia en la ciudad de la muger de Don Manuel de la Sosa, y de lo que pasaba en la casa de éste.

Índice

DOÑA Luisa, la muger del comerciante Don Manuel de la Sosa, era sin disputa una de las mas bellas y elegantes damas de la ciudad.

Nadie habia conocido á sus padres, y de la noche á la mañana, como decia el vulgo, Don Manuel apareció casado con ella, celebrando con gran suntuosidad sus bodas. El marido contaba á sus amigos que Luisa era española, y que al llegar á Veracruz la enfermedad le habia arrebatado en una semana á sus padres, grandes amigos de Don Manuel; que ella le habia escrito, él la habia mandado traer para que no quedase abandonada, y que luego mirándola tan bella y tan buena, la habia hecho su esposa: Luisa además, era al decir de Don Manuel, perteneciente á una familia noble de Estremadura.

Aunque todo esto tenia mucho aire de novela, el público lo creyó, por lo mismo que el público es mas afecto á creer lo maravilloso que lo natural, y además, porque á los ricos se les cree muy fácilmente lo que dicen, y Don Manuel si no lo era, pasaba la plaza de tal.

Vivieron así algunos años sin tener hijos, y Luisa ostententando un lujo asiático. Apenas los ricos cargamentos que llegaban por Acapulco en la nao de China se anunciaban en México, Luisa se apresuraba á comprar.

Soberbios pañuelones bordados, telas finísimas de nipis, tibores y jarrones fantásticos, vajillas de porcelana, adornos y juguetes de plata y de marfil; todo lo mas valioso y lo mas escogido iba con seguridad á parar á la casa de Don Manuel de la Sosa.

Los comerciantes hacian entre sí el balance de los capitales de Sosa, que ellos poco mas ó menos conocian, y aquellos capitales no alcanzaban para el lujo de su muger, pero ella pagaba cada dia mejor, y en atencion á esto, los comerciantes acababan por convencerse de que no es bueno formar juicios temerarios.

El pueblo, menos escrupuloso, comenzaba á murmurar de la honestidad de las relaciones de Luisa con Don Cárlos de Arellano, á quien todos llamaban el mariscal, y con el rico propietario Don Pedro de Mejía.

En este estado iban las cosas en el punto en que volvemos á tomar el hilo de nuestra historia.

En una soberbia cámara, Luisa sentada en un sitial cerca de una ventana, dirigia de cuando en cuando indolentes miradas á la calle. Esperaba, pero sin empeño, sin deseo, sin impaciencia.

Serian las once de la mañana, y un lacayo anunció al señor Don Pedro de Mejía.

—Que pase luego—dijo Luisa, procurando tomar inmediatamente un aire lánguido y triste.

Don Pedro entró en la cámara, y puso sobre un sitial su sombrero adornado con una pluma blanca prendida con una deslumbradora joya de diamantes.

Don Pedro estaba muy lejos de ser un hombre simpático y bien formado, su estatura menos que regular, su barba fuerte y espesa, sus cejas juntas, su mirada torba y sus espaldas anchas y levantadas, le daban el aspecto de un hombre de la clase mas baja del pueblo, parecia mas bien un verdugo que un caballero.

Vestia siempre con ostentacion repugnante, cargado de cadenas y de joyas.

—Querida Luisa—dijo sentándose al lado de ella sin ceremonia y tomándole una mano—¿qué teneis que os encuentro tan triste? ¿Estais enferma?

—Pluguiese á Dios—contestó Luisa afectando una conmocion profunda, y pasando su pañuelo como para limpiar una lágrima por sus ojos, mas secos que una mañana de Mayo.

—¿Cómo pluguiese á Dios? es decir, Luisa, que deseais enfermaros?

—¡Morirme!

—¡Moriros! ¿Y por qué? ¿No sois feliz?

—Sí, muy feliz, y vos decís eso, vos que habeis encendido en mi alma esta pasion, que me habeis hecho faltar á mis deberes, y que ahora me abandonais quizá cuando mas os amo.........

—¡Abandonaros, Luisa! ¿y quién puede decir que os abandono?

—¿Quién? ¿quién? yo que lo conozco, Don Pedro, yo misma, yo, ¡ah Dios mio! ¡Dios mio! qué desgraciada soy, tú me castigas por mis faltas!

Luisa se cubria el rostro fingiendo la mas profunda desesperacion.

—Calmaos, señora, calmaos—decia Don Pedro—calmaos, y oidme en nombre del cielo, que nunca pensé en abandonaros; y os juro que mi amor por vos es mayor cada dia.

—¿Me amas?—dijo Luisa calmándose repentinamente y sintiendo una alegría infantil é inocente,—¿me amais? ¡ah, sí! ya lo decia yo, que no podiais haberme engañado, jugando con un corazon vírgen como el mio; porque ya os lo he dicho Don Pedro, vos habeis sido mi primer amor; yo casada con Sosa por compromiso casi, sin saber lo que hacia, porque era yo casi una niña, no conocia lo que era una pasion, os ví, me hablásteis de amor, y un sentimiento nuevo brotó en mi corazon, y amé, amé por la primera vez de mi vida, y por vos he sacrificado todo, honor, virtud, religion y tranquilidad.........

—¡Luisa! ¡Luisa! yo tambien os adoro.

—¿Me adorais?—dijo Luisa como volviendo á caer en otra duda—me adorais, y sin embargo, todo el mundo habla ya de que antier habeis pedido formalmente la mano de Doña Beatriz de Rivera.

—Dejad á todo el mundo que diga lo que le plazca, mientras esteis vos segura de mi amor; ¿lo estais?

—Sí, á pesar de todo; pero decidme la verdad, ¿por qué se habla de ese casamiento?

—La verdad, Luisa, porque he tenido necesidad de atraerme así la amistad de Don Alonso de Rivera su hermano, para ciertos negocios de interes; pero os aseguro que nunca se efectuará esa boda.

—¿Y eso es de veras, no me engañais?

—No os engaño.

—Jurádmelo.

—Os lo juro.

—Ahora sí estoy contenta—dijo Luisa alegremente, y tomando una de las toscas y mal formadas manos de Don Pedro entre las suyas,—ahora sí estoy contenta. Ya lo veis, Don Pedro, jugais con mi corazon, con mis sentimientos, á vuestro arbitrio; me poneis triste ó contenta á vuestro antojo. ¿Pero decidme, vos para qué teneis necesidad de halagar á nadie por vuestros negocios? ¿No sois inmensamente rico?

—Por ahora sí.

—¿Por ahora sí? y decís eso con un aire tan triste, como si no dependiera de vuestra voluntad.........

—No depende.........

—No depende, porque no haceis caso de mis consejos. Don Pedro, como en todo el dia no pienso ni me ocupo sino de vos, creedme, mis consejos son el fruto de profundas meditaciones.

—No es posible.........

—Oidme, ¿qué tiempo le falta á vuestra hermana para entrar en el goce de su caudal?

—Cosa de tres años, si no se casa antes.

—¿Creeis que se casará?

—Ah, eso no, porque yo lograré impedirlo.

—¿Pues entonces.........?

—Entonces, yo no veo mas medio sino que ella muriera antes, y goza de una salud admirable.

—¿Y si profesara monja?

—¡Monja! seria magnífico eso, porque desapareceria del mundo como si hubiera muerto.

—No hay mas que obligarla.........

—¿Y cómo, no queriendo ella?

—Querrá, querrá; aun os quedan tres años, ¿quereis seguir mis consejos?

—Dadmelos.

—¿Tiene novio? ¿amores?

—No, que yo sepa.

—Pues bien, en primer lugar, debeis saber que las mugeres, y sobre todo las jóvenes, necesitamos tener el corazon lleno con un gran afecto, con una pasion grande; la religion, el amor, la ternura de un hijo, algo, y la que no lo tiene lo busca, si no, mirad la prueba, yo que no amaba á mi marido, he necesitado de vuestro amor para ser feliz.

Don Pedro besó con deleite la mano de Luisa, que le dirigió una mirada ardiente y provocativa.

—Sentado este principio—continuó Luisa—lo que importa es que vuestra hermana odie el mundo y conciba ese ardiente deseo de profesar, que es á lo que las devotas llaman vocacion.

—¿Y cómo alcanzar eso?

—Muy fácilmente; para que aborrezca el mundo, hacedle insoportable la vida en vuestra casa, para eso vos os dareis modo.

—Comprendo.

—Y luego prevenidle que visite monjas, que estreche relaciones con ellas, dadle gusto siempre que pretenda ir á verlas ú os pida algo para ellas, que las monjas harán lo demás.

—Es decir que yo ganaré á las monjas para que le aconsejen que tome el velo.

—No, no me entendeis, con hablarles á las monjas nada conseguiriais, porque esas pobres mugeres no se prestarian si comprendian alguna maquinacion; pero no hay necesidad, las personas que por impulso de su corazon siguen una carrera en el mundo sea la del vicio y la prostitucion, sea la de la gloria ó la virtud, tienen siempre como principio atraer á sí, y á su circulo á cuantos pueden; por eso las monjas procuraran convencer espontáneamente á Blanca á tomar el velo, y con mas razon y mejor éxito, si ella, como es natural, les cuenta sus penas y se queja con ellas.

—Es verdad, Luisa, teneis un talento admirable.

—No tengo sino mucho amor por vos, y mucho empeño por todo lo que os concierne.

—¿Y á qué convento creeis mejor dirigirse?

—Mirad, se trata de fundar uno de Carmelitas descalzas, bajo la advocacion de Santa Teresa: sé, á no dudarlo, que Doña Beatriz de Rivera, alucinada por la Madre Sor Inés de la Cruz, profesa del de Jesus María, apoya la fundacion. Esta Madre Sor Inés tiene fama de ser inspirada, ha llegado á dominar á Doña Beatriz, ¿por qué no dominaria tambien á vuestra hermana mas débil que Doña Beatriz, hasta obligarla á tomar el velo?

—Pero ni yo, ni Blanca, conocemos á Sor Inés.

—No importa, haced una donacion de reales para la fundacion, que podeis enviar por medio de Blanca á Sor Inés para que la presente al Arzobispo, y es un medio muy gracioso para que comiencen esas relaciones; tanto mas, que Sor Inés es muy protegida de Doña Beatriz, amiga de vuestra hermana.

—Pero eso me costará la amistad de Don Alonso, y pierdo algunos negocios que con él tengo pendientes.

—¿Y esos negocios os producirán lo que perdeis en caso de que Doña Blanca no profese?

—Ni la décima parte.

—Entonces no hay ni que vacilar.

—Cada dia os encuentro mas digna de ser adorada—dijo Don Pedro besando á Luisa en la boca.

—Si pierdo con Don Alonso—pensó Mejía, ganaré tal vez con Doña Beatriz que tiene un rico dote.

—Si Doña Blanca profesara ó muriera—pensó Luisa—Don Pedro seria sumamente rico, y como me ama, y mi marido puede morir en el dia menos pensado, y Don Cárlos no se opondria, yo seria la muger de este hombre.

Los dos habian quedado meditabundos.

—¿En qué pensais?—dijo de repente Luisa.

—¿Y vos?—preguntó Mejía.

—Yo en que os amo.

—Y yo tambien.

Sonaron las doce y Mejía se levantó.

—¿Os marchais, Don Pedro?

—Sí, que son las doce: ¿podreis recibirme esta noche?

—¿A qué horas quereis venir?

—A las doce como siempre.

—Perdonadme, Don Pedro; pero esta noche es imposible: mi marido ha convidado á cenar al alcalde mayor de Xochimilco, Don Cárlos de Arellano, y estarán de sobre mesa hasta muy avanzada la noche, y querrán que les haga yo compañía.

—¡Ay!

—Qué.

—Que ese alcalde mayor me va dando en qué pensar.

—¡Ingrato! ¿Y creeis?.........

—No creo nada; pero todo el mundo dice.

—Don Pedro, os diré como vos á mí hace un momento: «dejad al mundo que diga lo que le plazca, mientras vos esteis seguro de mi amor: ¿lo estais?

—Teneis mucho talento y mucha gracia—dijo riéndose Don Pedro, y abrazando la delgada y flexible cintura de Luisa que se habia parado para despedirse.

Luisa pagó su galantería con un beso lleno de pasion.

Don Pedro salia.

—¡Ah!—dijo Luisa—¿sabeis que llegó ya la carga de la nao de China?

—No.

—Pues ya me avisaron, y dicen que vienen primores, esta tarde iré á ver antes de que vayan á ganarme.

—Enviad á vuestro mayordomo antes á mi casa.

—No, ¿para qué?

—Hacedme ese favor.

—No.

—Os lo suplico.

—¿Pero para qué?

—No me amais, puesto que no me dais gusto.

—Si os empeñais, irá.

—Me empeño.

—¿A qué hora?

—A las dos.

—Irá, caprichoso—dijo Luisa, corriendo adonde estaba Don Pedro detenido cerca de la puerta, y dándole un beso.—No olvideis mis consejos.

—De ninguna manera—contestó saliendo Don Pedro.

Luisa se quedó parada y con la cabeza inclinada, hasta que se perdió el eco de los pasos de Mejía, y entonces se enderezó ligeramente y lanzó una alegre carcajada.

—A pedir de boca—esclamó.

En este momento una puerta que estaba en el lado opuesto á la que acababa de cerrar Don Pedro, se abrió, y un hombre alto, grueso y con el vientre muy voluminoso, se presentó.

—Esposa mia, te veo muy alegre.

—Con razon, se acaba de ir Don Pedro de Mejía.

—Sí, he oido todo; pero vamos á comer que la mesa está puesta.

—Vamos, que como habrás oido es necesario enviar á las dos al mayordomo á la casa.

Luisa tomó del brazo á su marido y entraron al comedor.

Al deredor de una gran mesa cargada con una riquísima vajilla de porcelana de China, con grandes y brillantes botellones de cristal de Bohemia, llenos de vino; con hermosos fruteros, y canastos, y saleros, y cubiertos de plata primorosamente cincelados; habia algunos sitiales de ébano tapizados de cuero carmesí, con figuras de oro estampadas representande aves y mónstruos, árboles y flores, así tan fantásticos y tan estraños, como los conciben solo en su imaginacion los habitantes del Celeste imperio.

Los manteles y las servilletas eran de damasco, y encima de la mesa pendia del dorado arteson del techo una hermosa lámpara de plata, adornada con festones de flores sobre-dorados.

El gordo marido de Luisa, que seria un hombre de cincuenta y cuatro años, se sentó en la cabecera frotándose alegremente las manos y lamiéndose los labios, como un perro hambriento que olfatea la comida.

—¡Bendito sea Dios!—dijo, acomodando bien su plato—que nos ha dado de comer con abundancia y descansadamente, sin merecerlo.

—¿No vendrá hoy el señor Arellano?—dijo Luisa.

—Creo que sí; pero no me parece prudencia aguardarle mas, porque son ya las doce y cuarto.

—Ahí está—dijo Luisa, mirando entrar al comedor á un jóven como de treinta años, rubio, apuesto, y elegantemente vestido.

—Dios sea en esta dichosa morada—dijo el recien venido, con ese despejo propio de los hombres de buena sociedad.

—Él traiga á vuestra merced, señor alcalde mayor; que solo eso esperábamos para comenzar á comer.

—Siento haberos hecho aguardar; pero la señora sabrá disculparme, porque de ella me ocupaba.

—¡Cómo!—dijo Luisa.

—Separando algunos objetos para ella en la tienda de un comerciante amigo mio.

—¿Y qué objetos?—preguntó Don Manuel llevando á la boca una inmensa cucharada de sopa.

—Unos brocados, un tisú de plata, y otras frioleras de las que han llegado en la nao de la China.

—¡Gracias, señor Don Cárlos!—dijo Luisa dirigiéndole una mirada dulcísima.

—Poca cosa vino; pero en fin, como es necesario, aprovechamos lo que ha llegado.

—Vamos, sentaos pues, y comamos que el hambre apura.

Don Cárlos se sentó al lado de Luisa, y los piés de ambos se buscaron y se tocaron, porque aunque se rian nuestras lectoras, ya en el año del Señor de 1615 estaba en uso esa clase de telégrafo, que no ha dejado hasta nuestros dias de aprovecharse por los enamorados.

El amor es como los chinos, no varía de modas, y no se divierte ni se rie como nosotros los que nos llamamos hombres civilizados, de los trages de nuestros abuelos.

No hay mas que un amor: ciego y niño lo pintaron los griegos hace mas de veinte siglos, y despues de dos mil años, ni el niño tiene siquiera bigote ni hace la menor diligencia por quitarse la venda, y á tientas camina en el siglo del telégrafo, del vapor y del daguerreotipo, como en los de Ayax de Telamon, ó de Homero, ó de Temístocles.

Los hombres han inventado cruzar por el viento, y sobre los mares, medir las distancias de los astros y sus revoluciones; pero ni han descubierto otro modo de amar, ni han pensado en representar nunca al amor con ropilla y calzas, ó con frac y bota de charol, como un dandy de nuestra época.

—Acabo de encontrar en la calle al caballero Don Pedro de Mejía—dijo Arellano.

—De acá salia—dijo Sosa.

—¿Vino á veros?—le preguntó Arellano.

—No—contestó Sosa sonriéndose—ha dado en ser, como sabeis, el galan de mi muger.

—¿Sigue, acaso, en sus nécias pretenciones?

—Sí—dijo riéndose Luisa—y mas amartelado cada dia, ha creido que puedo alucinarme por un hombre que de cerca me parece un oso, y de lejos un Huitzilopochtli; el dios de los indios.

Todos se pusieron á reir alegremente.

Y la comida se prolongó hasta muy cerca de las oraciones de la noche.

Entonces Arellano se despidió, mas enamorado que nunca de la gracia de Luisa; pero sin haber notado que ésta habia estado con mucho empeño mirando las horas en una rica muestra de oro guarnecida de brillantes, y á las dos de la tarde habia salido del comedor con cualquier pretesto.

Era que á esa hora habia enviado á su mayordomo á la casa de Mejía.

Una hora despues, Arellano no habia hecho alto en eso tampoco: un lacayo habló en secreto á Luisa, y ésta volvió á salir del comedor.

El mayordomo habia vuelto de la casa de Don Pedro, trayendo dos mil pesos fuertes.

Luisa mandó guardar el dinero y volvió á entrar al comedor, sin mostrar alteracion ninguna.

Cuando Arellano se retiró Luisa salió á despedirse, y la despedida duró, por lo menos, una hora: entre amantes no es mucho.

Don Manuel de la Sosa se habia quedado desde cosa de las cuatro de la tarde, en un estado de somnolencia y de embrutecimiento, que ni hablaba, ni entendia nada.

Hacia como dos años que Don Manuel se iba volviendo cada dia mas estúpido, y solo pensaba en comer; desde las cuatro de la tarde se sentia como amodorrado; solo salia de su estado á las ocho de la noche para cenar, y se acostaba y dormia de un hilo hasta el dia siguiente.

Luisa, su muger, disponia y mandaba sin obstáculo en la casa: Don Manuel era como un niño; comiendo bien, era feliz. Y nada turbaba la inmensa tranquilidad de aquella dichosa pareja.

XVII.
En el que se ve que hasta las piedras rodando se encuentran.

Índice

CUANDO Teodoro acabó de contar su historia al Oidor y al Bachiller, comenzaba ya á lucir la mañana, y alegres bandadas de gorriones y de golondrinas cruzaban cantando por encima de los techos y por las calles de la ciudad.

El Oidor se embozó en una larga capa, y seguido del Bachiller se dirigió á las casas en donde debia construirse el nuevo convento de Santa Teresa.

Una muchedumbre de obreros estaban allí esperando el momento de comenzar los trabajos de la demolicion de las antiguas casas. El Arzobispo y Don Fernando se habian ocupado la noche anterior de escribir cartas y excitaciones á los alcaldes y á los curas de los pueblos inmediatos, á fin de que con toda diligencia enviasen trabajadores para la obra: sus exhortaciones no podian haber sido mejor atendidas, porque antes de salir el sol la calle de las Atarazanas estaba llena de cuadrillas de hombres, habilitados cada uno con su respectivo instrumento de trabajo. No faltaban ni las carretas para conducir los escombros.

Los sobrestantes parece que no esperaban mas que la llegada del Oidor para comenzar la obra.

Un sonoro grito de «Ave María Purísima» dado por uno de los capataces, fué repetido en coro por todos aquellos hombres que se quitaron devotamente el sombrero. Las cuadrillas entraron á la casa, se señaló á cada una su tarea, y media hora despues por todas partes se escuchaban los golpes de las hachas y de las barretas, las caidas de las paredes, el derrumbe de los arcos y de las columnas de los corredores, y una inmensa y pesada nube de polvo se cernia constantemente sobre la manzana en que á poco tiempo debia levantarse el convento de Santa Teresa.

Don Alonso de Rivera que no habia podido dormir pensando en el resultado que tendria el plan concertado con Mejía, para asesinar á Quesada, no despertó al dia siguiente hasta las diez de la mañana, se levantó y encontró á un lacayo que le entregó una carta, y le anunció que un hombre le esperaba en el corredor.

Abrió la carta, era de Mejía, y decia sencillamente:

«Don Alonso. Se erró el golpe anoche y hemos sido descubiertos; pero no hay cuidado. En esta tarde nos veremos, esperadme en vuestra casa. Dios os guarde muchos años.

Pedro de Mejía.»

Don Alonso rasgó inmediatamente la carta.

—¿Quién me busca?—dijo con enfado al lacayo.

—Un hombre, que le urge ver á su señoría.

—Dile que pase.

El lacayo salió, y volvió á poco conduciendo á un hombre del pueblo, que entró respetuosamente con el sombrero en la mano.

—¿Qué se ofrece?—preguntó con altivez Don Alonso en el momento en que Doña Beatriz, sin que él la viera, penetraba en la habitacion por una puerta que quedaba á la espalda de Don Alonso.

—Señor, que vengo á noticiarle á su señoría, que están tirando las casas de su señoría, en la calle de las Atarazanas.

—¿Tirándolas? ¿y quién? ¿cómo?

—¡Una multitud de trabajadores!

—Es imposible—decia Don Alonso—si ayer á las tres dió órden el virey de suspender las obras.

—Pues no lo dude su señoría, que yo lo he visto, y quizá para esta tarde no quede una pared en pié, segun lo recio que se trabaja.

—Bien, ¿y quién os mandó á anunciármelo?

—Nadie, señor, yo que creí que el aviso seria útil á su señoría.

—¿Y quién dió la órden de comenzar?

—No lo sé, pero los trabajos empezaron al llegar allí el señor Oidor Quesadas.

—El Oidor, siempre el Oidor.

Doña Beatriz volvió á salir sin ser notada; al cerrar la puerta pudo verse el alegre rostro de Teodoro que la seguia.

—Está bueno, retiraos—dijo Don Alonso al de la noticia; pero el hombre no se movia.

—No os digo que os retireis, á qué aguardais.

—¿Nada merece mi empeño?

—Es verdad—dijo Don Alonso, dándole algunas monedas—es necesario gratificar al hombre que me avisa que me derriban mis casas, ¿y cómo os llamais?

—Señor, me conocen todos por el Ahuizote, para servir á su señoría.

—Vaya un nombre, retírate.

—Dios guarde á usía—dijo el Ahuizote, y bajó humildemente las escaleras llevando en la mano el dinero que Don Alonso le habia dado.

Al llegar á la calle se erguió, se caló su sombrero, y volviendo á la casa de donde acababa de salir—dijo arrojando al arroyo el dinero:

—Maldito seas tú y tu dinero, y tu dinero y tú; qué crees, que te vine á dar de buena fé la noticia, y que necesito de tu limosna. Garatuza tiene razon, es hombre de talento, y desde hoy tomo decididamente el partido del Arzobispo contra todos estos soberbios. La travesura de Garatuza ha estado buena, y hemos dado por desayuno á este gachupin una soberbia cólera. Vámonos.

El Ahuizote entró al Arzobispado á noticiar al Bachiller que habia ido á dar parte á Rivera del desastre de sus casas. Al salir del cuarto de Garatuza se encontró con el Arzobispo, que acompañado del Oidor Quesada, lleno de polvo pero radiante de orgullo, volvia de las casas de la calle de las Atarazanas. El Ahuizote se puso de rodillas y se quitó el sombrero, el Arzobispo le echó una bendicion, y como venia de buen humor se dirigió á él.

—¿A quién veniais á ver?—le preguntó.

—A Gara......... es decir, al Bachiller Villavicencio, Ilustrísimo Señor.

—¿Y qué negocio teneis con él?

—Le traje una razon, Ilustrísimo Señor.

—¿De quién?—preguntó el Arzobispo.

—De Don Alonso de Rivera—contestó con descaro el Ahuizote.

—¡De Don Alonso de Rivera!—dijo admirado el Arzobispo—¿y qué negocio tiene con él el Bachiller?

La comitiva de su Ilustrísima se agrupaba curiosa de saber lo que iba á contestar el Ahuizote; creian que se iba á descubrir alguna trama nueva de Don Alonso, á quien aborrecia entonces casi toda la gente de la Iglesia.

—Pues si su Señoría Ilustrísima no nos regañara al Bachiller y á mí, hablaria.

—Hablad—dijo el Arzobispo algo enojado.

—Bueno, Ilustrísimo Señor, pues el Bachiller me dijo esta mañana: «Hombre, Ahuizote»—porque ha de saber su señoría que á mí me dicen por mal nombre Ahuizote; pues me dijo—hombre, Ahuizote, yo estoy muy cansado y quiero acostarme, anda tú, y pégale en mi nombre una buena cólera á ese pillo, con enmienda de su Señoría Ilustrísima, Don Alonso de Rivera; pero buena, y antes de que se desayune, cuéntale que ya le tiraron sus casas: y fuí y ahora le vengo á dar la razon.

Todos los que acompañaban al Arzobispo se pusieron á reir, y él mismo no pudo conservar su gravedad.

—¿Y qué dijo Don Alonso?—preguntó el prelado, procurando en vano ponerse sério.

—Se puso rabioso, sobre todo, contra mi señor el Oidor.

—¿Contra mí?—dijo Quesada.

—Sí, señor, me dió una gala y me echó de su casa.

—¿Cuánto os dió?—preguntó el Arzobispo.

—No lo sé, Ilustrísimo Señor, porque al salir lo voté al arroyo sin contarlo ni verlo.

—Bravo tunante sois, idos, y esto no lo voteis al arroyo—dijo el Arzobispo dándole una moneda de oro.

—No, Ilustrísimo Señor, nunca—contestó el Ahuizote besando la mano del Arzobispo y la moneda.

—Ni esta—dijo el Oidor dándole otra.

—Mil gracias.

El Arzobispo siguió, y todos los que le acompañaban por imitar á su Ilustrísima, dieron al Ahuizote una gala.

—Valiente cosecha,—decia el truhan al salir á la calle sonando los bolsillos de sus calzones llenos de pesos.—Viva el Arzobispo.

El Arzobispo seguido del Oidor y de la comitiva, se dirigió directamente al cuarto del Bachiller y llamó.

Martin, que lo que menos esperaba era que fuese su Ilustrísima,—gritó medio dormido.

—Adelante.

Al abrirse la puerta alzó la cabeza y miró su pieza invadida de aquella multitud, al frente de la cual iban el Arzobispo y Don Fernando.

Martin estaba acostado sin zapatos, sin ropilla, con solo la camisa, los calzones y las medias calzas de lana negra, que usaban los servidores del Arzobispo. Su sorpresa fué tal que así se levantó.

—Señor Bachiller—dijo el prelado—buenas visitas teneis.

—Ilustrísimo Señor—dijo Martin atarantado con aquella política.

—He hablado con ese conocido vuestro que os vino á visitar, y que le dicen el Ahuizote, y me ha contado la burla que habeis hecho á Don Alonso.

—Perdóneme su Señoría Ilustrísima, ha sido solo una travesura—contestó Martin alentado con las risueñas caras del Arzobispo y de su comitiva.

—Bien; pero esos amigos son malos.

—Quizá lo sean, pero yo le aseguro á su Ilustrísima, que ese, y otros cien mas como ese que conozco, se dejarán matar por su Ilustrísima el dia que se ofrezca.

—Esos son muchos bríos, señor Bachiller—dijo con cierto orgullo el Arzobispo—la Iglesia no necesita del acero.

—Quién sabe cómo se pongan las cosas, y en todo tiempo cuenta su Señoría con esos hombres á vida ó muerte. Lisonjeándose el Arzobispo, quiso sin embargo cortar aquella escena, y dejando su afectada gravedad, se acercó al Bachiller y le tiró paternalmente de una oreja, mas bien como por cariño que como por castigo.

—Bachiller, Bachiller—le dijo—producciones tienes tú para andar á vueltas con la justicia.

El prelado salió con todo su acompañamiento, y Martin volvió á cerrar su puerta.

—Vaya, qué cosas—decia acostándose otra vez—van dos que amenazan con que tendré que habérmelas con la justicia; anoche la bruja y hoy su Ilustrísima, y á fé que puede que en el fondo tengan razon......... eh......... ya veremos.

Comenzaba á dormirse y bostezaba.

—¿Y cómo diablos se ha encontrado su Ilustrísima con el Ahuizote......... qué bien dicen......... «Las piedras rodando se encuentran»......... ah, qué sueño........ tengo, durmamos.

Martin daba cada bostezo como si hubiera velado diez noches seguidas, y en cada vez se hacia la señal de la cruz frente á la abierta boca, con tanta rapidez y tantas ocasiones, que parecia que trazaba una rúbrica en el aire.

A poco dormia profundamente.

Entre tanto las casas de Don Alonso de Rivera venian por tierra, con una rapidez que causaria envidia en nuestros tiempos al célebre Don Manuel Delgado.

Don Alonso corrió, al saber la noticia, á quejarse con el virey, pero su Excelencia se negó á recibirle, pretestando que despachaba su correspondencia de Madrid, y que no podia interrumpir sus trabajos porque la flota estaba ya aparejada en Veracruz para darse á la vela, esperando solo los despachos del vireinato.

Don Alonso desesperado, se encerró en su estancia, y á las oraciones de la noche el lugar en que por la mañana se levantaban sus casas, era ya una gran plaza dispuesta para comenzar la edificacion del convento y templo de Santa Teresa. En dos dias habia perdido la posesion y la esperanza. El Arzobispo y el Oidor eran personas que lo entendian.

Martin durmió hasta las ocho de la noche, y al despertar, miró al lugar en que estaba su balcon.

—Calle—dijo—pues es ya de noche, he dormido como si no tuviera alma que salvar.

Y comenzó á vestirse, se puso su balandrán y su sombrero y se lanzó á la calle.

Martin sabia que su Ilustrísima no lo necesitaria aquella noche, y que si acaso lo buscaba y sabia que andaba fuera, nada tenia que temer. La servidumbre de la casa del prelado era tan numerosa como la del virey, y los familiares y criados gozaban de una estraordinaria libertad.

Martin se encaminó á la tienda del Zambo, dos ó tres perdidos estaban allí en alegre conversacion, y el Bachiller fué recibido como un hermano.

—¿En qué pensais pasar la noche?—les preguntó el Bachiller.

—Nosotros vamos á una visita, ¿quieres venir?—le dijo uno de ellos.

—¿Adónde?

—Donde la Zurda, que tiene unas sobrinas tan bonitas y tan alegres, ¿has de ir?

—De ir tengo, que me placen las muchachas esas.

—Pues andando, que es tarde; pero poca gracia vas á hacerles con ese vestido de medio clérigo.

—Téngomelo de quitar si me esperais vosotros.

—Te esperamos.

—Zambo, dame unas calzas de venado y un ferreruelo, un talabarte habilitado con sus menesteres, y un sombrero con toquilla y pluma.

Aquella tienda era un estuche de curiosidades, y el Zambo una presea.

A poco tenia el Bachiller lo que habia pedido; pero todas las prendas eran más que elegantes, lujosas.

Martin comenzó á cambiarse el traje.

—Garatuza—dijo un truhan—si no te quitas la loba y el alza cuello, olerás mal que te pese á incienso; todavía los calzones pasan, pero lo demás.........

—Zambo, dame una ropilla.........

El Zambo trajo una lujosa ropilla de terciopelo morado con acuchillados negros.

El Bachiller estaba trasformado, y en verdad que aquel traje le iba á las mil maravillas, era jóven, bien formado, buen mozo, y sabia llevar con garbo la ropa.

—¿Y la tonsura?—dijo un truhan.

—Esa solo con la cabeza—contestó amostazado Martin—vámonos.—Salieron, y el Zambo cerró y se acostó.

La Zurda era una vieja que acostumbraba tener muchas sobrinas, siempre bonitas; debia aquella vieja haber tenido muchos hermanos y primos de distintas razas, segun lo poco que las niñas se asemejaban entre sí, generalmente eran mulatas, pocas indias, y algunas mas mestizas.

Entonces en México estaban muy marcadas las razas.

Españoles, indios, negros, mulatos: los hijos de español y negra, mulatos; los de español é india, mestizos; los de indio y negra, zambos; y luego una porcion de subdivisiones, como pardos, coyotes, salta á trás, &c.

Martin y su comparsa entraron á la casa de la tia Zurda.

Las sobrinas tenian algunas otras visitas y aquello era ya una tertulia animadísima, en que dos ó tres salterios tocados unas veces por las visitas y otras por las dueñas de la casa, alegraban los corazones.

Martin se aguardó allí hasta las once, y salió furtivamente para no ser detenido mas tiempo por las obsequiosas sobrinas de la Zurda.

México en aquellos tiempos era una de las ciudades en que la prostitucion era mas escandalosa.

Los hombres mas notables ostentaban públicamente á sus queridas, las esposas eran abandonadas muy á menudo por los maridos que compraban y emancipaban negras y mulatas para tenerlas á su lado por algun tiempo, hasta que cansados de ellas las abandonaban tambien, y ellas iban entonces á aumentar el increible número de mugeres perdidas que pululaban en la ciudad.

Y lo mas notable era que estos mismos hombres gozaban de grande fama de virtud, por sus excesivas limosnas á los templos y á los monasterios, y por las fundaciones piadosas que á cada momento hacian.

El Bachiller no tenia sueño, ni era posible que lo tuviera; habia dormido todo el dia, y pensando á donde acabaria de pasar la noche, tomó el rumbo de la casa de la Sarmiento.

Su última entrevista con la bruja lo habia dejado impresionado, y por mas que pretendia distraerse, las predicciones de la vieja no se borraban de su memoria.

Habia, ademas, otra razon para que Martin gustara de ir á la casa de la bruja: la muchacha sorda-muda le habia hecho gracia, tenia ya deseo de volverla á ver, y á riesgo de tener un lance con el Ahuizote, queria Martin probar fortuna.

Las calles estaban enteramente desiertas; pero al través de las hendiduras de la puerta de la casa de la Sarmiento, se descubria luz.

Martin llamó, y como si le hubieran estado esperando ya, la puerta se abrió inmediatamente y la bruja asomó la cabeza.

—¿Qué venís solo?—preguntó como admirada.

—Pues con quién diablos queriais que viniese—contestó Martin.

—Ah, dispensadme—dijo la vieja algo contrariada—dispensadme, señor Martin, que os tomé al principio por otra persona.

—Señal es esa de que esperais á alguien—dijo Martin entrando á la casa.

—En efecto, espero á quien no debe quizá dilatar.

—¿Os serviré acaso de estorbo?

La vieja reflexionó antes de contestar.

—No—dijo al fin—si consentis en ayudarme.

—Yo ayudaros, ¿y en qué?

—Antes sabré si consentís, que de no ser así nada os diré.

—Consiento—contestó Martin impulsado por la curiosidad.

—¿Y guardareis secreto?

—Sabeis que soy de fiar.

—Entonces venid.

La Sarmiento encendió un candil y descendió al subterráneo que conocemos ya, seguida de Martin.

—Mirad—dijo la vieja al llegar al lugar en que habia predicho la muerte del Oidor—una dama muy principal vendrá esta noche á ciertos negocios; vos os ocultareis allí, detrás de esa puertecilla, venid á ver; en esta jaula está un chivo negro, cuando lo oigais evocar dadlo libre; y cuando vuelva á vos, encerradlo otra vez, y lo mismo hareis con este gato negro.

—¿Y es todo?

—¿Os parece poco?

—No.

—¿Entonces?

—Entonces, es decir que esta noche os voy á ayudar en vuestras burlas.

—Callad, ó me hareis arrepentir de que os haya ocupado: llamais burla á que os encargue abrir su prision á mis familiares.

—¿Son estos vuestros espíritus familiares?

—Lo son; pero escuchad.

Se oyó llamar á la puerta de la calle.

—Ocultaos con ellos—dijo la Sarmiento.

Martin se ocultó tras la puerta secreta, en una especie de calabozo pequeño, y la Sarmiento subió á abrir.

Martin sintió miedo; sin creer en nada de aquello, tuvo pavor de encontrarse solo y á oscuras en aquel antro rodeado de objetos tan estraños, que aunque por entonces no los veia, pero los adivinaba.

No queria ni moverse por no tocar algo que le causase mas horror.

La Sarmiento tardó pero descendió al fin ayudando á bajar á una dama vestida de negro, y cubierta con un espeso y largo velo. Martin se volvia todo ojos.

—Podeis aquí separar el velo, señora, que nadie os verá.

La dama se abrió el velo y el Bachiller quedó asombrado de su gracia y hermosura.

—Mucho ha tardado mi señora Doña Luisa—dijo la Sarmiento.

—Estaba en casa de visita el señor Don Cárlos de Arellano, grande amigo de mi marido—contestó la dama.

—Aguardo—dijo Martin—que conozco esta alhaja; nada menos que la Luisa de la historia de Teodoro. Qué bien dice el refran: «que las piedras rodando se encuentran.»

XVIII.
En que Martin conoce otros secretos de Luisa.

Índice

LUISA se habia sentado en un sitial, y la Sarmiento permanecia á su lado.

—Esta noche—dijo Luisa—vengo á consultar con vos, negocios para mí de mucha gravedad.

—¿Quereis que comencemos?—preguntó la Sarmiento.

—No: dejad para otro dia los negocios, y hablemos; sentaos.

La Sarmiento acercó un taburete y se sentó.

—Os escucho.

—Bien, comenzaré: en primer lugar os debo las gracias por vuestros polvos que son maravillosos.

—Cuando yo os decia.........

—Y teniais sobrada razon: con la dócis que me habeis recetado se ha obtenido un resultado magnífico; mi marido duerme como una piedra desde las cuatro de la tarde hasta el dia siguiente; y para conseguir que se levante á la hora de la cena, para no llamar la atencion, uso de la redomita que me habeis dado, aplicándosela á las narices para hacerlo aspirar su contenido.........

—Y de génio, ¿qué tal sigue?

—Perfectamente: no tiene mas voluntad que un niño.

—¿Y aun teneis de esos polvos?

—Hánseme agotado, y quiero llevarme hoy mas.

—Tomadlos—dijo la Sarmiento, sacando de una caja un pequeño paquete envuelto cuidadosamente en hojas secas de maíz—suponia yo que se os habrian agotado, y los tenia aquí á prevencion.

—¿Y el dia que yo quiera que esto termine?

—Mezclad en el vino de vuestro esposo tres gotas del líquido contenido en la redomita, y lo vereis completamente sano.

—No, no me entendeis, no quiero decir que sane, sino que.....

—Os comprendo: doblad la dósis de los polvos y romped la redoma, y entonces podeis asegurar que estais ya viuda.

—Muy bien......... ahora oidme: necesito que me ame un hombre, lo oís; necesito que me ame, porque yo le amo á él, y le amo como no he amado nunca.

—¿Y qué quereis?

—Quiero algunos polvos, alguna bebida, algo para que él me ame.

—Doña Luisa, tan hermosa sois y tan seductora, que no habeis de necesitar esos polvos: si ese hombre os mira, á menos de estar loco, os amará.........

—Y sin embargo, no me ama.

—¿Os conoce?

—Sí, por mi desgracia.

—¿Es amigo vuestro?

—No: héle visto pasar por mi casa algunas veces; ha reparado en mí, y sin embargo no me ama.

—Pero eso ¿cómo lo sabeis?

—¿Cómo lo sé? Os figurais que una muger deja de comprender cuando un hombre la ama, por oculto y por disimulado que sea su amor: no, él no me ama, y yo necesito su amor; dadme algo para conseguirlo y no os pareis en el precio, así me costara una onza de oro cada gota de ese elíxir.

—¡Ay Doña Luisa! ¿Cómo podrá lisonjearos ese amor que se consigue así?

—Aun cuando no sea mas de una hora que yo le llame mio; aun cuando despues me esperara el infierno, yo lo quiero.......

—Bien, voy á daros un elíxir; pero cuidad de que tome dos gotas todos los dias.

—¿Y en qué debe tomar esas gotas?

—En cualquiera cosa, tanto da que sea en agua, como en vino, como en pan, ó en una fruta.

—¿Y este licor es eficaz?

—Eficaz.

—Ah, gracias, gracias.

—Dadme ahora el nombre de ese hombre, por si viniere á consultarme en algo y ayudaros yo.

—Don Cesar de Villaclara.

—No le conozco.

—Pero no olvideis el nombre.—Y ahora tengo que pediros que interpreteis un sueño que me ha visitado varias noches, y que no puedo comprender.

—Decidlo.

—Era un campo que yo contemplaba desde los balcones de mi casa, y era por demas florido y bello, y habia en él un hermoso pichon blanco: yo tenia en mis brazos una paloma, que solté, llegó á do estaba el pichon, y apenas comenzaron á arrullarse amorosamente retumbó un trueno, y un humo denso y color de sangre eclipsó todo, y no mas; pero yo he soñado ya esto muchas veces.

—Eso es muy fácil de esplicar: el pichon es un caballero, la paloma sois vos, que se irá con él, y el trueno y el humo indicios son de que estos amores serán el principio de grandes y sangrientos trastornos en esta tierra.

—¿Y no son señales de muerte para mí?

—No aparece ninguna.

—¿Podriaís decirme, poco mas ó menos, si me faltará mucho que vivir?

—Con tal que tengais valor para soportar la respuesta, cualquiera que sea.

—Le tengo—contestó Luisa con resolucion.

—Entonces veremos.

—Oíd—dijo la vieja—voy á evocar á mi familiar: si viene en la figura de un chivo, vivireis largo tiempo; si de un gato, morireis pronto.

—¿Qué diablos haré?—pensó Martin, soltaré el gato ó el chivo: vale mas el chivo, que mejor será la paga que la Sarmiento le saque á esta víbora.

En este momento la vieja gritaba palabras en idioma enteramente estraño para el Bachiller, y la dama esperaba con impaciencia.

Martin abrió una jaula y el chivo dando un salto llegó hasta donde la Sarmiento le tendia las manos.

—Viviré mucho—dijo Luisa conmovida—y animándose con el buen éxito preguntó á la vieja—¿y cómo moriré?

La tentacion fué tan grande para Martin, que no pudo resistir, y antes de que la Sarmiento pudiese responder, él, ahuecando la voz y procurando darle un acento estraño—contestó:

—¡Emparedada!

—¿Emparedada?—dijo Luisa trémula.

—¡Emparedada!—repitió Martin—¡emparedada!

La Sarmiento conoció lo que pasaba, pero no le era posible otra cosa sino seguir adelante y darse por engañada ella misma delante de Luisa.

—¿Lo oís, señora?—preguntaba ésta temblando—¿lo oís?

—Lo he oido.

—¿Y qué decís de eso?

—Digo, que yo os exhorto á tener valor, y que lo estais necesitando.

Luisa estaba completamente turbarda.

—Quiero irme—dijo.

—Vamos—dijo la Sarmiento—tomando el candil.

Y sin hablar una sola palabra salieron del subterráneo.

Luisa se cubrió con su velo, puso en manos de la Sarmiento una gran bolsa llena de dinero, y acompañada del Ahuizote que la habia traido, salió de la casa profundamente preocupada y silenciosa.

Cuando la Sarmiento volvió al subterráneo, encontró á Martin riéndose con todas sus ganas.

—Por vida mia, señor Bachiller—dijo la bruja—que no sé en qué pensásteis para haber asustado así á tan amable dama.

—Já, já—decia Martin riendo—os aseguro, señora Sarmiento, que por muchos dias va esa muger á soñar las paredes, y no en pichones ni en palomas.........

—Pero habeis cometido una mala accion.

—Sí, soltándole al chivo, cuando soltar debí al gato para acabarla de espantar.

—No os burleis, que como yo lo he dicho, sus amores producirán grandes trastornos en esta tierra.

—Señora, si antes tenia tan poca fé en vuestras artes y hechicerías, hoy no tengo ninguna; porque ya he representado mi papel de mago, y no es de lo mas peor; si nó que lo diga esa Luisa.

—Es decir que continuais en vuestra incredulidad.

—Mas que nunca—¿y quereis decirme qué elíxir de amor es ese que habeis dado á la dama?

—Eficacísimo.

—Quisiera hacer una prueba.

—Seria capaz de daros una redomita solo por convenceros.

—Dádmela.

—Antes decidme en quién pretendeis probarlo.

—Toma, en vuestra protegida, en la muda.

—Entonces no.

—No, ¿y por qué?

—Porque la verdad, es que sois un libertino, y la arrojariais, saciado vuestro capricho, á pedir limosna.

—Os doy mi palabra de que no.

—Jurádmelo.

—¿Al diablo?

—No, esto á Dios.

—Os lo juro; siempre vos con esos juramentos.

—Bueno, tomad la redomita; si no le hace efecto, será porque ella estará prevenida.

—Tan pronto la disculpa, tretas y engaños serán vuestros lo de la tal redomita.

—Quizá os le niegue si seguís así burlando.

—No, ya no burlo mas, dádmele.

—Tomad, y no olvideis lo prometido.

El Bachiller recibió el pomito igual al que la Sarmiento habia dado á Luisa, conteniendo un licor blanco y cristalino.

Cuando salieron del subterráneo, Martin preguntó á la bruja:

—¿Dónde está María?

—Duerme—contestó la vieja.

—¿Seria bueno despertarla?

—¿Para qué?

—Ansío por probar el elíxir.

—Por probarlo, confesad mejor que os comienza ya á interesar la muchacha.

—No os lo niego.

—¿Y el Ahuizote?

—Yo sabré componerme con él.

—¿Pero qué quereis que tome á esta hora María?

—Entonces esperaremos á la madrugada.

—Impaciente sois, si los hay—¿y quereis que yo me desvele por un antojo vuestro?

—Cuando los antojos se pagan bien, no veo inconveniente, que vuestro oficio es ese.

—Como gusteis; pero seria mejor que durmiérais un tanto.

—No miro en dónde.

—En uno de esos sitiales, arrebujado en vuestro ferreruelo, ¿es verdad que vale mas?

—Puede que tengais razon, acepto, al fin no tengo adonde ir á pasar la noche, y falta poco para que amanezca.

—Pues buena noche, os dejo ese candil.

—No, de nada me sirve que estoy acomodado ya.

La Sarmiento se llevó la luz y se encerró en su cuarto; Martin como hombre precavido, puso su espada desnuda á su lado y al alcance de su mano, y comenzó á dormitar, pero soñando ya en María.

Llamaron en la puerta de la calle, y el primer impulso de Martin fué incorporarse y contestar, pero reflexionó y se quedó callado.

Trascurrió un intervalo, y volvieron á llamar.

Entonces la bruja apareció por la puerta de su cuarto y preguntó.

—¿Quién va?

—Hacedme favor de abrir—contestó de fuera una voz—que necesito hablaros, y os tendrá cuenta.

La Sarmiento se dirigió á la puerta haciendo seña á Martin de que entrase á su aposento; el Bachiller tomó la espada, y caminando sobre la punta de sus piés entró al aposento de la bruja.

Habia allí luz, Martin cerró por dentro y examinó el cuarto; en un rincon estaba la cama de la Sarmiento dando indicio de que ésta no se habia acostado siquiera, en el otro María acostada ya, pero despierta, mirando á Martin con unos ojos tan brillantes, que podia decirse que alumbraban el aposento.

La muchacha se cubria escrupulosamente con las sábanas hasta la barba.

—Preciosa criatura—pensó Martin, y sin darse él mismo la razon de por qué, comenzó á tener alguna confianza en el elíxir de la Sarmiento.

Es que los hombres cuando tienen ilusion por una muger, creen el mayor absurdo con tal que lisonjee sus deseos.

Martin hizo un cortés saludo á María, que le contestó con una sonrisa silenciosa pero hechicera.

—A esta criatura—dijo entre sí el Bachiller—Dios no le dió ni oido ni voz, porque oye y habla con los ojos: pero veamos quién es el nocturno visitador, y aplicó el ojo á la cerradura.

—Vamos, mi señor Don Pedro de Mejía, y qué vientos os traerán por acá, oigamos.

—Tened cuenta—decia Don Pedro, pues era él quien hablaba con la Sarmiento—que pago bien, pero no gusto de que me engañen.

—¿Quiere usía—contestaba la vieja—deshacerse de un hombre?

—Será el Oidor—pensaba Martin.

—Sí—decia Don Pedro.

—Por supuesto sin que se note nada: y dígame usía, ¿es jóven?

—No mucho.

—Lo dicho—pensaba Martin.

—Dadme sus señas—decia la Sarmiento.

—Es alto, grueso, con el vientre abultado, gusta de comer bien y duerme mucho.

—¿Soltero?

—No, casado.

—¡Ah! ya caigo, el triste de Don Manuel de la Sosa debe ser, que se murmura mucho de Don Pedro con Luisa—pensó Martin.

—Bien—contestó la Sarmiento—mañana á esta hora puede usía venir por lo que necesita.

—Pago bien, pero quiero ser bien servido—dijo con orgullo Don Pedro embozándose en una larga capa y disponiéndose á salir—¿vos me conoceis?

—Si señor, que á todos los caballeros principales conozco, y no es uno de los menos mi señor Don Pedro de Mejía.

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21 января 2025
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4057664099501
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