Читать книгу: «Bienvenidos a Dietland»
Plum hace todo lo posible para pasar desapercibida porque cuando estás gorda todo el mundo te juzga. Y para evitar el juicio de los demás, decide trabajar desde su casa respondiendo el correo de la directora en una revista de moda para adolescentes. Mientras, sueña con ahorrar para reducirse el estómago y así convertirse en una mujer atractiva y deseada.
Pero un día conoce a una misteriosa chica que la introduce en el círculo de Calliope House, una comunidad de activistas que luchan por cambiar las reglas que la sociedad impone a las mujeres, e inicia un descenso por una madriguera de conejo de pesadilla que la lleva a ser consciente de los costes reales de ser aceptada socialmente.
Además, Plum se verá envuelta en el siniestro plan de una guerrilla de mujeres que deciden tomarse la justicia por su mano, aterrorizando e imponiendo duras penas a los hombres que las desprecian y maltratan.
«Hilarante, surrealista y tremendamente original. El ambicioso debut de Walker evita las trampas moralistas para lograr algo mucho más escaso de ver: una genuina novela subversiva que a la vez es muy divertida. Con un poco de El club de la lucha y otro poco de manifiesto feminista, esta novela es una curiosidad que retuerce las etiquetas de género. Un debut que apunta alto y consigue llegar a la diana».
—Kirkus
«Sarai Walker ha escrito un llamamiento a las armas. Bienvenidos a Dietland es una narración tortuosa, subversiva y muy entretenida. Es un “Manifiesto de la Escoria Humana” añadido a un beat de música pop, y Plum Kettle es la perfecta heroína feminista para los tiempos modernos».
—Alice Sebold, autora de Desde mi cielo
«Es muy raro encontrar una novela que se parezca tanto a la maligna “chick-lit”, y que en ocasiones se lea de la misma manera, pero que celebre abiertamente censurar la cultura de la violación. Si usar la sátira puede llamar la atención, es solo porque en la vida real, cuando hablas de los abusos a mujeres, hay tal cantidad de basura con la que lidiar que difícilmente se puede recurrir a la sátira».
—Lydia Kiesling, The Guardian
Biografía de la autora
Sarai Walker fue redactora y editora de las revistas femeninas Our Bodies, Ourselves, Seventeen y Mademoiselle.
Sus artículos han aparecido en prestigiosos periódicos de Estados Unidos y Reino Unido, como en The New York Times, The Washington Post o The Guardian.
Se graduó en escritura creativa y en literatura inglesa en Bennington College y en la Universidad de Londres. Actualmente vive en Los Ángeles, donde trabaja como escritora y guionista de televisión. Entre sus trabajos se encuentra la adaptación a serie de televisión de este libro, que ha sido emitida por la cadena AMC con gran éxito de crítica y espectadores.
Este es su debut literario.

A mis padres, por creer en mí.
Y a mis antepasadas, que no siempre tuvieron voz
Esperó unos minutos para ver si seguía encogiéndose, y esto la hizo sentirse un poco nerviosa. «Porque puedo acabar —se dijo Alicia a sí misma— consumiéndome, como una vela. Me pregunto qué aspecto tendría entonces».
LEWIS CARROLL, Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas

Estaba bien entrada la primavera a finales de mayo, un mes que en inglés significa quizás o podría ser, cuando me di cuenta de que una chica me estaba siguiendo. Se deslizó por los márgenes de mi percepción como una mancha borrosa que comienza a enfocarse. Era una chica rara, que pisoteaba con fuerza llevando unas botas negras con los cordones desatados, las piernas enfundadas en medias de colores vivos, como los de un paquete de gominolas. No sabía por qué me estaba siguiendo. La gente se me quedaba mirando fuera adonde fuera, pero esto era diferente. Para esta chica yo era un objeto de interés, más que de ridículo. Me observaba y después escribía cosas en una libreta roja encuadernada en espiral.
La primera vez que reparé en ella estaba en la cafetería. La mayoría de los días trabajaba allí, sentada en una mesa al fondo con mi portátil, respondiendo los mensajes que me enviaban las adolescentes. Querida Kitty, tengo estrías en los pechos, por favor, ayúdame. Los correos no se acababan nunca y solía quedarme durante horas, bebiendo tazas de café y poleos mientras daba consejos en asuntos para los que no estaba cualificada. Durante tres años la cafetería había sido todo mi mundo. No soportaba trabajar en casa, atrapada en mi piso durante todo el día sin nada que me distrajera del repiqueteo del querida Kitty, querida Kitty, por favor, ayúdame.
Una tarde alcé la vista del mensaje que estaba respondiendo y vi a la chica sentada en una mesa cercana, moviendo nerviosamente las piernas, enfundadas en verde lima, y con su bolsa de tela tirada en la silla de enfrente. Me di cuenta de que ya la había visto antes. Esa misma mañana había estado sentada en las escaleras de la entrada de mi edificio. Tenía el pelo largo y oscuro, y recuerdo que se había girado para mirarme. Nuestras miradas se encontraron y esta fue la imagen que me acompañaría en los meses siguientes, cuando su rostro saliera en todos los periódicos y en todos los canales de televisión; una mirada esquiva por encima del hombro, asomándose entre todo el maquillaje negro que le enmarcaba los ojos.
Después de que la viera en el café aquel día, empecé a vislumbrarla en otros sitios. Cuando salí de mi reunión en Waist Watchers(1), la chica estaba al otro lado de la calle, apoyada contra un árbol. En el supermercado la vi leyendo la etiqueta de información nutricional en una lata de alubias. Me abrí paso entre los atestados pasillos del híper siguiendo las montañas de coloreadas cajas y latas, y la chica fue detrás de mí, echando cosas al azar en su cesta de la compra (canela, líquido para encendedores) cada vez que me daba la vuelta para vigilarla.
Estaba acostumbrada a que se me quedaran mirando, sobre todo a gente que lo hacía con repulsión, cada vez que salía a hacer recados por mi barrio. No me examinaban de cerca, no como esta chica lo estaba haciendo. Pasaba la mayor parte de mi tiempo intentando camuflarme, lo que no era nada fácil, pero con esta chica siguiéndome me sentía como si me arrebataran las mantas estando metida en la cama, dejándome en bragas, temblando y expuesta. Una tarde en la que me dirigía a mi casa, me di cuenta de que la chica estaba detrás de mí, así que me di la vuelta y le dije:
—¿Me estás siguiendo?
Se quitó los diminutos auriculares blancos de las orejas.
—¿Perdona? No te he oído.
No había escuchado antes su voz. Me había esperado algo más frágil pero lo que escuché en sus palabras fue seguridad en sí misma.
—¿Me estás siguiendo? —volví a preguntar, aunque no tan confiada como la primera vez.
—¿Que si te estoy siguiendo?
A la chica le pareció divertido.
—No tengo ni idea de lo que me estás hablando.
Me rozó al pasarme por delante y continuó andando por la calle, con cuidado de no tropezarse con las raíces de un árbol que sobresalían agrietando el cemento.
Mientras la observaba alejarse no fui capaz de ver a la chica como lo que realmente era: una mensajera de otro mundo, enviada para despertarme de un profundo sueño.
***
Cuando pienso en mi vida de entonces, en aquella época, me la imagino como si estuviera metida en una caja, como un diorama: aquí están las calles de mi barrio y yo soy una figura vestida de negro. Mis actividades diarias se desplegaban en un radio de cinco manzanas y así había sido durante años: me desplazaba entre mi piso, la cafetería y Waist Watchers. Mi vida tenía unos parámetros muy estrechos, y así lo prefería yo. Me veía a mí misma como un contorno esperando que alguien me colorease.
Desde fuera, para alguien como esa chica, podría haber parecido triste, pero no lo estaba. Todos los días me tomaba una pastilla del antidepresivo Y-. Llevaba tomándolo desde mi último año de universidad. Ese año tuve un problema con un chico. En las semanas posteriores a las vacaciones de Navidad me sumí en una oscura espiral. Pasaba la mayor parte de mi tiempo en la biblioteca, donde fingía que estudiaba. Estaba en el séptimo piso y una tarde me quedé mirando al horizonte. Me imaginé que saltaba por la ventana y aterrizaba en la nieve, donde no dolería tanto.
Una bibliotecaria me vio (más tarde me contaron que yo había estado llorando) y llamó al médico del campus. Después de eso, las medicinas fueron algo inevitable. Mi madre vino a Vermont. Ella y el doctor Willoughby (un hombrecillo viejo y gris, con el pelo canoso, gafas ahumadas y un diente descolorido) decidieron que lo mejor era que acudiera a una terapia y me tomara Y-. La medicación me quitó la tristeza y la reemplazó con otra cosa; no era felicidad, sino un murmullo sordo, una interferencia en mis sensaciones que no se podía subir o bajar de volumen.
Mucho después de acabar la universidad y la terapia, y de haberme mudado a Nueva York, seguía tomando Y-. Vivía en una casa en Brooklyn, en la calle Swann, en el segundo piso de un edificio de piedra rojiza. Era un apartamento largo y estrecho, con suelos de madera y un ventanal que daba a la calle principal. Ese piso, en un barrio tan codiciado, se salía de mi presupuesto pero Jeremy, el primo de mi madre, era el dueño, así que me lo dejaba a un precio muy reducido. Me lo hubiera dejado gratis de no ser por la insistencia de mi madre, que decía que debía darle algo, así que al final acabé pagando muy poco. Jeremy trabajaba como periodista para el Wall Street Journal. Cuando su mujer falleció estaba como loco por irse de Nueva York y especialmente de Brooklyn, el barrio en el que tan mal lo había pasado. Sus jefes lo mandaron a Buenos Aires, después a El Cairo. La casa tenía dos habitaciones y una de ellas estaba llena con sus cosas, pero no parecía que fuese a volver nunca a por ellas.
No tenía muchas visitas en la calle Swann. Mi madre venía a verme una vez al año. Mi amiga Carmen se pasaba algunas veces, pero sobre todo la veía en la cafetería. En mi vida real tendría más amigos, y cenas en grupo, y gente que se quedara a dormir, pero mi vida todavía no era real.
El día después de mi enfrentamiento con la chica miré a un lado y a otro de la calle, pero no la vi, así que salí, aliviada por que no me estuviera siguiendo. Me esperaba una jornada de trabajo en la cafetería, pero primero tenía que ir a mi reunión de Waist Watchers. Escogí el camino largo para no encontrarme con el grupo de chicos que solían estar en la esquina y me hacían comentarios groseros.
Las reuniones se convocaban en Second Street, en el sótano de una iglesia de piedra gris situada entre una tintorería y un gimnasio, y en cuya fachada había un rosetón en forma de margarita. Ya dentro de la iglesia, bajé las curvadas escaleras hacia el sótano, donde me saludó la mujer de siempre con su carpeta sujetapapeles. «Hola, Plum», me dijo, y me hizo señas para que me subiera a la báscula. «Ciento treinta y siete kilos», me susurró, y me alegré de pesar un kilo menos que la semana pasada.
En la mesa situada junto a la puerta firmé el registro y cogí las recetas de la semana, dándome prisa para poder irme antes de que empezara la reunión. Había asistido a Waist Watchers durante años y no necesitaba ir más; en mi lecho de muerte todavía sería capaz de recitar los principios básicos del programa.
Solo había mujeres en las reuniones matinales, la mayoría de ellas un poco mayores que yo, con bebés o niños en sus regazos. Estaban ligeramente fofas debido a los embarazos, pero no estaban gordas. A su lado me sentía mucho más grande y más joven. Comparada con ellas, era como una de las adolescentes de Kitty, aunque iba a cumplir treinta años. Cuando estaba rodeada de mujeres que llevaban vidas de adultas, el tipo de vida que yo debería haber llevado, me sentía inmovilizada en el tiempo, como un animal flotando en un tarro de formol.
Subí otra vez por las escaleras y metí las recetas, impresas en cartulinas, en el maletín del portátil. En casa tenía una colección de más de mil recetas de Waist Watchers ordenadas por aperitivos, primeros platos, postres y todo eso. Después de cocinar un plato lo calificaba con estrellas. Cinco estrellas era lo mejor.
Intentaba seguir lo que me decían en Waist Watchers pero era difícil. Empezaba todos los días con un desayuno adecuado y me preparaba algo para picar a lo largo del día, pero algunas veces tenía tanta hambre que me temblaban las manos y no me podía concentrar en nada. Entonces comía cosas malas. No podía soportar estar hambrienta. Para mí tener hambre era similar a estarse muriendo.
Dado mi fracaso a la hora de hacer dieta el plan era cambiar Waist Watchers por una cirugía de reducción de estómago. La tenía programada para octubre, en poco menos de cuatro meses. Estaba muy emocionada, pero también tenía un poco de miedo ante la idea de que me sajaran los órganos internos y me los recolocaran, y las posibles complicaciones posteriores.
La operación haría que mi estómago fuera del tamaño de una nuez, y después solo sería capaz de ingerir unas cucharaditas de comida durante el resto de mi vida. Esa era la parte aterradora, pero el milagro sería que perdería entre cinco y diez kilos al mes.
En un año era posible perder más de noventa kilos, pero no iría tan lejos. Yo quería llegar a unos cincuenta y siete kilos, y entonces sería feliz. Waist Watchers no podía ofrecerme eso. Había seguido el programa durante años y estaba más gorda que nunca.
Cuando salí de la oscura iglesia, parpadeando ante la cegadora luz del sol, esperaba ver a la chica apoyada en un árbol, pero no estaba allí. Crucé rápido la calle para no tener que pasar por delante de los ventanales del gimnasio y evitar que esos vanidosos de las cintas de correr se me quedasen mirando.
Como no había visto a la chica aquel día supuse que la había ahuyentado, pero cuando llegué a la cafetería estaba allí. Más que seguirme había empezado a adelantárseme. A lo mejor me echaba en cara que era yo la que la estaba siguiendo.
Mientras pasaba por delante de ella se puso a mordisquear el tapón de su bolígrafo, fingiendo estar sumida en sus propios pensamientos. La ignoré y coloqué el portátil en mi mesa habitual. Teniéndola tan cerca, me iba a ser difícil concentrarme en mi trabajo, pero me metí en mi cuenta y descargué los mensajes. Abrí el primero.
De: LuLu6
Para: DaisyChain
Asunto: hermanastro
Querida Kitty,
Tengo 14 años y medio. Espero q me puedas ayudar. Mi madre se casó el año pasado con un tipo que se llama Larry. Mi padre de verdad está muerto. Larry tiene dos hijos son mis hermanastros Evan y Troy. Estoy muy asustada y no sé q hacer. Muchas veces me despierto en mitad de la noche y Troy está en mi habitación, mirándome dormir. Cuando ve q me despierto se va. Tiene 19. Creo q a lo mejor me toca pero no lo sé. Una vez entró en el baño mientras me estaba duchando y me vio desnuda. Dice q le gustan mis tetas. Se lo conté a mi madre y me dijo q me lo estaba inventando para q se divorciara de Larry (pq le odio) ¿Qué hago?
Con cariño,
LuAnne de Ohio
LuAnne era mi primera chica del día, así que no estaba en la plenitud de mis facultades mentales. Miré por la ventana para librarme de la ansiedad producida por el puntero parpadeante y empecé a responderle en mi cabeza.
Querida LuAnne, siento que tu madre no te crea. Ni siquiera debería tener derecho a llamarse a sí misma “madre”. Las progenitoras de las lectoras de Kitty a menudo escogían a sus hombres frente a sus hijas; su necesidad de romance sobrepasaba su deseo de protegerlas. Me apetecía preguntarle a LuAnne su teléfono para llamar a su madre y decirle que era una persona horrible. Me alegro de que me hayas pedido ayuda, LuAnne. Habla inmediatamente con el psicólogo de tu instituto. No, eso tampoco. LuAnne se merecía algo mejor que ser pasada de uno a otro como si fuera un relevo.
Con esa chica tan extraña en mi visión periférica, como un insecto, llevé las manos al teclado y empecé a escribir, canalizando la voz de Kitty:
De: DaisyChain
Para: LuLu6
Asunto: Re: hermanastro
Querida LuAnne:
Me parece muy mal que tu madre no te crea. Yo sí lo hago. Te recomiendo que cierres tu puerta con cerrojo cuando te vayas a dormir. Si no tiene coloca una silla u otro mueble frente a la puerta y pon libros o algo pesado encima. Si Troy consigue entrar en tu habitación, grita tan fuerte como puedas cuando le veas. Tampoco estaría mal tener al lado un bate de béisbol o algo así. ¿Tienes un teléfono móvil? Si lo tienes, puedes llamar a la policía en un caso de emergencia.
Lo siguiente que quiero que hagas es que le cuentes a un adulto de tu confianza (la madre de tu mejor amiga o tu profesora favorita) lo que está pasando, y seguro que ella puede ayudarte. Si no puedes encontrar a alguien que te ayude, tendrás que hablar con la policía. ¿Sabes dónde está la comisaría de tu barrio? Puedes ir allí y explicar lo que te está ocurriendo a uno de los agentes. Pide hablar con una mujer policía.
Me alegro de que me lo contaras, LuAnne. Te mando mucho ánimo a través de este email.
Con cariño,
Kitty (besos)
Releí mi respuesta y la mandé. Intentaría no volver a pensar en LuAnne, en la puerta de su habitación con una silla colocada delante, en su hermanastro metiéndose entre las sábanas para estar junto a ella y sentenciándola a toda una vida de terapia psicológica o algo peor. Necesitaba borrarla de mi mente, y para eso Internet era muy apropiado, la gente podía ser eliminada, silenciada. Solo respondía una vez a cada chica, y si me escribían de nuevo las ignoraba. Con el volumen de mensajes que me llegaban cada día, no tenía tiempo para convertirme en su amiga. Para sobrevivir a mi trabajo necesitaba el cinismo de un médico de urgencias.
Siguiente.
Había cientos de mensajes en mi bandeja de entrada. Antes de continuar me apetecía comer, mi habitual hummus bajo en calorías y germinados con pan de avena (300), pero la chica estaba en la caja pagando por un batido de frutas. Carmen se lo sirvió sin saber que existía un hilo invisible que nos conectaba a la chica y a mí. Donde quiera que fuera yo, allí iba ella.
La cafetería de Carmen parecía una cocina de los años cincuenta, con las paredes pintadas de turquesa y tazas de té vintage como adornos. La fachada era una cristalera que ofrecía una vista de Violet Avenue, que parecía un retablo viviente de personas y coches. De vez en cuando, Carmen necesitaba ayuda y yo me ponía en la caja o en la cocina, llegando antes de que amaneciera para preparar cupcakes y pan de plátano. A pesar de la tentación me encantaba hornear pasteles, pero no me permitía hacerlo a menudo.
Conocí a Carmen en la universidad y, aunque en aquel entonces éramos simples compañeras, volvimos a encontrarnos en Nueva York. Me permitía usar la cafetería como si fuera mi oficina. Ya éramos amigas, dado que nuestra relación abarcaba llamadas de teléfono y quedadas ocasionales, pero ahora que Carmen estaba embarazada me preocupaba pensar que las cosas iban a cambiar.
La chica volvió a su mesa con el batido y se sentó. No escribió nada en la agenda, aunque estaba abierta frente a ella. En vez de eso, se dedicó a darles vueltas a los anillos plateados que llevaba en los dedos, pasándolos de uno a otro. Parecía aburrida. Era yo quien la estaba aburriendo.
¿Estaría siguiéndome de verdad? Me había parecido que se sorprendió mucho cuando me enfrenté a ella. No podía pensar en una sola razón para que me acechara, a no ser que Kitty la hubiera mandado para espiarme, para asegurarse de que estaba haciendo mi trabajo. No parecía el tipo de chica que trabajaba para Kitty, pero lo cierto es que yo tampoco.
De: AshliMcB
Para: DaisyChain
Asunto: problema gordo
Querida Kitty,
Esto va a sonar extraño, pero me gusta cortarme los pechos con una cuchilla. Es algo que empecé a hacer el mes pasado, pero no sé por qué lo hago. Me gusta dibujar el contorno de mis pezones y observar la sangre empaparme el sujetador. Me da mucha vergüenza y no hay nadie a quien se lo pueda contar. Odio mis tetas, así que no me importa si tienen cicatrices. Son pequeñas y no son iguales. He visto algo de porno en Internet y sé que no soy normal, pero no puedo seguir cortándomelas porque me puedo desangrar o las heridas se me pueden infectar. Por favor, ayúdame. No puedo parar. Sé que es raro, pero lo hago porque me siento bien. Duele, pero también me gusta.
Tu amiga Ashli (17 años)
Una que se cortaba. Sentí un bajonazo momentáneo ante la idea de que unas chicas con tantos problemas le tuvieran que estar escribiendo a una revista para recibir ayuda, pero si no lo hicieran yo no tendría trabajo. Miré en los archivos de mi ordenador y copié y pegué la respuesta estándar para las que se hacían daño a sí mismas, con unos cuantos detalles personalizados.
De: DaisyChain
Para: AshliMcB
Asunto: Re: problema gordo
Querida Ashli:
Me preocupa mucho que te estés cortando. Muchas chicas lo hacen, así que por favor no te sientas rara, pero como tu amiga te pido que dejes de hacerlo ya. No estoy legalmente cualificada para darte consejos acerca de este tema, pero al final de este correo tienes una página web que te dará mucha información y opciones para conseguir ayuda profesional cerca de tu casa.
El siguiente párrafo de mi correo se centraría en los pechos y en la pornografía. Mis Archivos/Kitty/Pechos/Porno.
Muchas chicas tenemos pechos que no son simétricos. Por favor, recuerda que las mujeres que aparecen haciendo porno no son normales. ¡Tú eres normal!
Para hacerla sentir mejor podría haberle dicho que yo no me atrevía a mostrar mis propias tetas, con los pezones apuntando al suelo, a nadie. Odiaba enseñárselas incluso a los médicos, aunque cuando estaba tumbada en la camilla no estaban tan mal. Solo cuando estaba de pie uno podía ver el espantoso efecto que producían. No podía decirle eso a Ashli porque me estaba haciendo pasar por Kitty cuyos pechos perfectos y simétricos se mantenían erectos, estaba segura de ello.
El resto de la tarde, los mensajes que respondí tocaban los temas predecibles (dietas, chicos, cuchillas y sus diferentes usos). También había varias quejas de las lectoras canadienses de la revista. Querida Tania: Seamos razonables. No me referí a Quebec como un país a propósito. Había algunos un poco más difíciles. Querida Kitty: ¿Alguna vez has tenido la fantasía de que te violaran?, pero nada que no pudiera manejar. Daba igual lo rápido que contestara los mensajes, seguían llegando, así que pocas veces sentía satisfacción por mis logros. Mientras que a otras chicas en países lejanos les habían trinchado los genitales como si fueran un pavo en Acción de Gracias, las chicas de Kitty tenían sus propios y urgentes problemas. Si Matt no me llama, ME MORIRÉ. No se me daban bien las dudas acerca de los chicos.
No existía un final para las súplicas. Venían del centro del país, del norte y del sur, del este y el oeste. Parecía que no había un lugar en suelo norteamericano que no estuviera empapado con las lágrimas de tantas chicas. Después de escribir un mensaje en el que explicaba la diferencia entre vulva y vagina (Tu vagina es el pasillo hasta la cérvix. Te provee de una salida para el ciclo menstrual. Respondiendo a tu pregunta, no, no puedes afeitarte la vagina. ¡Ahí no hay pelo!), alcé la vista y descubrí que la chica se había ido. Aliviada, abrí el siguiente mensaje, sin esperar nada interesante o que restaurara mi fe en las chicas adolescentes. Todas las noches, después de la cena, voy al baño y vomito. Antes de que me pudiera sumir en la desesperación, lo que solía ocurrir todas las tardes a partir de las tres, Carmen me sorprendió con una taza de café solo (SIN CALORÍAS) y una galleta de avena (195).
Llevaba una camisola premamá en tonos pastel, su enorme barriga parecía un huevo de Pascua. Se sentó enfrente de mí, dejando escapar un resoplido y pasándose los dedos por su pelo negro y recogido.
—Venga, léeme uno.
Los mensajes de las chicas de Kitty tenían todo el morbo de un accidente de coche. Miré a la pantalla de mi ordenador.
—Querida Kitty, ¿está mal tener sexo con tu padre?
—Te lo estás inventando. Por Dios.
No estaba muy segura y esperaba que yo le hiciera una señal. Cuando empecé a reírme, ella también lo hizo, y me sentí malvada, como una psicóloga burlándose de sus pacientes. Carmen se frotó la barriga y dijo:
—Queríamos que fuese una niña, pero ahora ya no estoy segura. Me has asustado. Esas chicas me dan miedo.
—No a simple vista —le dije—. Solo cuando escarbas.
—Eso da más miedo todavía.
Ahora que tenía la atención de Carmen, decidí preguntarle sobre la chica misteriosa. No la había mencionado antes porque no quería parecer una paranoica.
—¿Te has fijado en esa chica de allí? —pregunté, señalando a la silla vacía.
—¿La del delineador de ojos? Ha estado viniendo mucho últimamente. ¿Por qué? ¿Te estaba molestando?
—Parece un poco extraña, ¿no crees?
Carmen se encogió de hombros.
—No particularmente. Ya ves el tipo de personas que vienen por aquí.
Hizo una pausa, y esperé que estuviera recordando algo importante acerca de la chica. En vez de eso, me preguntó si podría cubrir un turno la semana siguiente mientras ella iba al médico. Me lo pensé. Estaba intentando portarme bien con mi dieta. Sentarme en mi mesa no estaba tan mal si podía bloquear las vistas y los olores que me rodeaban, y beber solo café y té, pero estar tras el mostrador era otra cosa.
—Claro —dije. Algunos días, Carmen era la única persona con la que hablaba. Eran charlas intrascendentes; pero ella podía distraerme en los momentos adecuados. Solo por eso, ya se lo debía.
Carmen volvió al trabajo, y dado que estaba siendo buena, me permití darle un pequeño mordisco a la galleta de avena. Dos chicas en la mesa de al lado sonrieron burlonamente mientras me observaban. Dejé la galleta y decidí trabajar más rápido para poder irme antes. La mejor manera era tirarme de cabeza a la piscina, abriéndome paso entre la oscuridad, sin dejar que nada me afectara, permitiendo que la corriente me llevara:
Por qué todas las modelos de tu revista son tan delgadas qué suerte nunca seré nada excepto una gorda me dijo después de clase pero todavía me gusta y sé que es una locura pq se porta fatal conmigo y mi amiga se quiere librar de los granos de los brazos me puedes ayudar por favor pq mis muslos parecen tan gruesos en bañador así q debería dejar el equipo de natación o qué debería hacer si ningún chico me invita al baile pq mi primo me dijo q fuera con él pero eso es incesto o no a los chicos les gustan las pelirrojas mi vagina no es sexy tetas mi profe de historia me dijo cuando me puse la camiseta morada o sea q es un pervertido y ahora tengo miedo de engordar durante las vacaciones qué puedo hacer si no me puedo pagar una rinoplastia no le voy a gustar a ningún chico con esta nariz estoy segura es un misterio para mí cómo puedes dormir por las noches zorra estúpida pero por qué me dijo eso no soy una zorra así que no entiendo por qué mi madre no me deja usar tampones pq le dije que seguiría siendo virgen si me ponía un tampón le puedes escribir para decírselo mi novio y yo lo hemos hecho porque me obligó pero después dijo que lo sentía mucho así que cuenta eso como violación pq todavía le quiero pero estoy confusa y por qué cada vez que me pongo pintalabios rojo se me manchan los dientes.
Y un último mensaje, de un hombre que estaba en la cárcel: «Me gusta masturbarme con tus fotos. ¿Me envías un par de bragas?».
Borrar.
En casa me esperaba un paquete. Me senté en la cama con el bolso y el maletín del portátil todavía colgados y abrí el sobre acolchado. Dentro había un vestido camisero de popelín hasta la rodilla, blanco, ribeteado en violeta. Era todavía más bonito que en las fotografías.
En la esquina de mi habitación tenía un espejo de cuerpo entero con marco de metal. Lo mantenía tapado con una sábana blanca, que aparté para poder sostener el vestido frente a mí, imaginándome cómo me quedaría cuando me cupiera. Cuando acabé lo coloqué en el armario junto con el resto de ropa que me quedaba pequeña.
Mi ropa normal, la que me ponía todos los días, estaba arrebujada en la cómoda o tirada por el suelo. De tejido flexible y sin forma alguna, llena de kilómetros de goma elástica, no estaba a la moda ni pasada de moda, simplemente no era moda. Siempre me vestía de negro y pocas veces me desviaba del uniforme de faldas hasta el tobillo y camisetas de manga larga, incluso en verano. Mi cabello también era casi negro. Durante años lo había llevado en una melenita a la altura de la barbilla que pensaba que me hacía más delgada, junto con un flequillo recto. Me gustaba ese corte pero hacía que mi cabeza pareciera una bola que se podía desenroscar del resto de mi cuerpo, como un frasco de perfume.
Dentro del armario, no había nada negro, solo luz y color. Durante meses había estado comprando la ropa que me pondría después de la operación. Los paquetes llegaban dos o tres veces por semana: blusas en lavanda y mandarina, faldas de tubo, vestidos, unos cuantos cinturones (jamás me había puesto un cinturón). No iba a comprarlos en persona; cuando alguien de mi talla entra en una tienda de ropa la gente se queda mirando. Lo había hecho solo una vez, al ver un vestido en el escaparate al que no me pude resistir. Entré, lo pagué y después hice que me lo envolvieran como si fuera un regalo para otra persona.
Nadie se había enterado de lo de la ropa, ni siquiera Carmen o mi madre. Carmen ni siquiera sabía lo de la cirugía, pero mi madre sí, y estaba totalmente en contra. Le preocupaban las posibles complicaciones. Me envió artículos de prensa que se centraban en lo peligroso del procedimiento, y una historia muy trágica acerca de unos niños que se habían quedado huérfanos cuando su madre se murió después de la operación.
—Pero yo no tengo hijos —le dije por teléfono, sin querer darle la razón.
—Eso no es lo importante —me respondió—. ¿Qué pasa conmigo?
Esto no tiene nada que ver contigo, quise decirle, y me negué a volver a discutir sobre la operación con ella después de eso.
Cuando coloqué la ropa cerré la puerta del armario. Sabía que era una tontería comprar ropa que no me podía probar. Podía ser que ni siquiera me sentase bien después, pero la compraba de todos modos. Necesitaba abrir el armario, mirar la ropa y saber que esto no iba a ser como las otras veces. El cambio ya era inevitable. Mi yo real, la mujer que se suponía que tenía que haber sido, estaba a mi alcance. La había atrapado como un pez en un anzuelo y estaba a punto de sacarla del agua. Esta vez no se me iba a escapar.
Carmen llamó para preguntarme si quería ir con ella y con su novia a cenar una pizza, pero no me gustaba ir a restaurantes cuando estaba siguiendo una dieta, así que le dije que no. Hice una lasaña a partir de una de las nuevas recetas de Waist Watchers en la que se utilizaba carne picada de pavo, queso bajo en grasas y pasta integral. Mientras la estaba cocinando olía como una lasaña de verdad, pero el sabor no tenía nada que ver. Le di tres estrellas. Después de comerme una porción pequeña (230) junto con una ensalada (150), corté el resto en cuadrados y los metí en el congelador. Todavía me temblaban las manos un poco debido al hambre, pero iba a ser buena y no iba a comer nada más.
Después de ponerme el camisón y lavarme los dientes, me tomé mi dosis diaria de Y-, la pastilla rosa. Era mi ritual de antes de irme a la cama, como rezar una oración. Mientras me bebía el vaso de agua, me dirigí a la ventana y aparté la cortina, intentando ver si la chica estaba sentada en las escaleras, escuchando su música, pero no estaba allí.
***
Me quedé en casa la mayor parte del puente, el inicio informal del verano, saliendo solo para ir a la biblioteca y al cine a ver una película. La chica no estaba por ninguna parte. El martes por la mañana me dirigí a la cafetería, y al girar la esquina de Violet Avenue, no miré por dónde iba y me choqué contra alguien, o quizás alguien chocó conmigo.
—Perdón —dijimos al mismo tiempo, y para mi sorpresa vi a la chica enfrente de mí, con sus ojos maquillados a lo Halloween y sus medias rojo cereza.
—Eres tú —le dije. Mi corazón era como una polilla aleteando cerca de una lámpara.
La chica sonrió y me dijo «buenos días», después abrió la puerta y me la sostuvo mientras yo la seguía hacia dentro.
—Plum —me llamó Carmen, pasando por delante de la chica, haciéndome señas con las manos. Mientras se acercaba con su impresionante barriga cubierta de lunares rosas y amarillos, recordé que se suponía que tenía que quedarme mientras ella iba a una revisión médica—. No tardaré mucho —me aseguró mientras salía por la puerta.
La chica se me adelantó y observé que se sentaba en mi mesa. Eso me cabreó un poco, pero intenté no mostrarlo y me dirigí a la barra para asistir a la ayudante de Carmen. Cuando dejé el maletín del portátil sentí que la tensión se liberaba de mis hombros mientras me apartaba del ordenador y de sus interminables peticiones de ayuda. En la cocina me vi rodeada de harina, mantequilla y huevos, las cosas de las que se componía la vida, ni una sola línea de texto a la vista. Inhalé el aire azucarado y lo saboreé, después sentí una punzada de hambre. Mi barrita de muesli de Waist Watchers (90) era como serrín mezclado con pegamento, que era como no comer nada.
Había pasado un tiempo desde la última vez que había ayudado en la cafetería, pero pronto recordé cómo se hacían las cosas. Preparé tazas de té y corté porciones de pastel de zanahoria. Coloqué los delicados cupcakes en cajas de cartulina rosa, lamiéndome los dedos con restos de glaseado cuando nadie estaba mirando. Era un alivio estar trabajando en algo que no conllevara angustia vital, que me permitiera hablar con personas en tres dimensiones que me pedían cosas sencillas, como un café y un bollo, no cómo quitar la celulitis o que descifrara el comportamiento de un chico emocionalmente atrofiado.
Mientras trabajaba eché un vistazo a la chica, que estaba sentada en mi mesa con un neceser de maquillaje frente a ella. Sacó un espejito plateado y un perfilador de labios de la bolsa. La observé a través de la campana translúcida de un soporte para tartas mientras se delineaba la boca y fruncía los labios.
Me llegó un pedido así que me distraje, me di la vuelta y me ocupé con la cafetera y tres tazas de expreso. Cuando volví a la barra vi que la chica estaba tras la mujer que me había pedido los cafés. Mi compañera había entrado en la cocina, así que tendría que atenderla yo. Tendría que hablar con ella.
La chica dio un paso adelante cuando fue su turno y nos quedamos mirando a la cara.
—Dame la mano —me dijo.
Sorprendida, hice lo que me pedía. Le quitó la funda al perfilador y me giró la mano, con la palma mirando hacia arriba. Empezó a escribir. Yo no podía ver lo que estaba poniendo, pero sentí la punta del lápiz oprimiendo mi piel. Cuando acabó retiré mi mano.
—Dietland —leí en voz alta.
—Dietland —repitió la chica.
Me quedé mirando las letras escritas en mi palma. ¿Me querría insinuar que me pusiese a hacer dieta? Tanto misterio para esto: solo quería reírse de mí.
Dado que yo no decía nada, puesto que en ese momento estaba demasiado avergonzada para hablar, la chica recogió sus pertenencias y se fue de la cafetería. Justo cuando mi compañera de trabajo reapareció. Me limpié la mano en el delantal y avisé de que me iba a la cocina. El agua del fregadero se volvió rosácea mientras intentaba lavarme las manos.
Cuando salí, vi que la chica se había dejado el perfilador en la mesa. Fui a cogerlo. Era de Chanel y el color se llamaba Pretty Plum.
***
Después de mi encuentro con la chica necesitaba prepararme para la reunión con Kitty. Solo era una vez al mes, como mi menstruación, y la recibía con el mismo nivel de entusiasmo.
En el viaje en metro de Brooklyn a Manhattan, volví a trazar con un dedo la palabra «dietland» en mi palma. ¿Qué significaba? Pensé que la chica se estaba riendo de mí, pero no me parecía una persona cruel. Lo que tenía claro es que era un poco rara. Si me volvía a molestar tendría que ir a la policía, pero mucho me temía que en una ciudad llena de asesinos y terroristas no les iba a importar nada que una chica con medias de colores me estuviera siguiendo.
Salí del metro en la estación de Times Square, parándome en lo alto de las escaleras para recuperar el aliento por el calor. Entré con mi tarjeta de empleada en la Torre Austen, un edificio similar al tronco de un árbol, brillante y plateado. Austen Media era un imperio, publicaba libros y revistas, llevaba varias páginas web y tenía en propiedad dos canales de televisión dedicados a estilos de vida. Si alguien hubiera estrellado un avión contra la torre y la hubiera derribado, las mujeres norteamericanas hubieran tenido muchas menos opciones de entretenimiento.
Antes de trabajar con Kitty había estado en una editorial pequeña y no muy prestigiosa, que también era propiedad de Austen, pero estaba situada en otro edificio más feo y veinte manzanas al sur. Hacíamos novelas que trataban de mujeres profesionales que buscaban el amor. Las cubiertas eran de colores pastel, como las paredes del cuarto de un bebé. Yo no tenía nada que ver con el contenido pero ayudaba en la producción, localizando manuscritos, hablando con las editoras, ayudando a los libros a salir al mundo. Después de la universidad, lo que quería era escribir ensayos y artículos para revistas, pero no pude encontrar un trabajo de eso, así que me conformé con la editorial. Me encantaban las palabras y me ofrecían la oportunidad de estar rodeada de ellas todo el día, aunque estuvieran escritas por otras personas. Era un buen sitio para empezar. Ya había metido un pie en la industria.
Mis compañeras de la editorial eran mujeres de mediana edad que llevaban zapatillas deportivas con falda y medias. Pronto me sentí cómoda en su mundo de táperes y visitas a las tiendas para encontrar zapatos de rebajas después del curro, así que no me molesté en seguir buscando el trabajo de escritora con el que soñaba. Un día, después de más de cuatro años en la editorial, mi jefa me llamó a la oficina para darme las malas noticias. Íbamos a cerrar.
—Siento no haberte dicho nada antes, pero probablemente ya hayas oído los rumores. —Había un jarrón lleno de hortensias en su mesa; pompones azules en agua marrón, dejando caer los arrugados pétalos sobre su agenda.
—En fin —respondí. Nadie me había comentado nada.
—No solo somos nosotros. Están haciendo limpieza. Es todo el edificio.
El resto del edificio se componía de un club de lectura por correo y algunas revistillas, una acerca de gatos y otra de muñecas coleccionables. Nadie se había fijado en nosotras durante años, los remanentes del imperio Austen, escondidas en un anexo de la calle Veinticuatro. Al final, Stanley Austen había bajado la mirada desde lo alto de su torre plateada y nos había divisado en una minúscula esquina de su reino. Después vino el destierro.
Cuando la editorial cerró, me quedé sin empleo excepto por algunos turnos sueltos en la cafetería de Carmen, pero al final una mujer llamada Helen Rosenblatt del departamento de Recursos Humanos de Austen me llamó para que fuera a su despacho. Tal como me indicaron, me dirigí a la Torre Austen y cogí el ascensor hasta la planta veintisiete. Helen era una mujer de mediana edad con un peinado alborotado y una sonrisa en la que predominaban las encías. La seguí a su oficina, dándome cuenta de que la falda se le había metido entre las nalgas.
Helen dijo que mi jefa de la editorial le había hablado de mí. «Somos viejas amigas», explicó Helen, y me pregunté qué le habría contado. Helen quería hablar de Daisy Chain, la revista para adolescentes. Yo la había leído cuando estaba en el instituto. Incluso mi madre y sus amigas la leían cuando tuvieron esa edad. Llevaba publicándose desde los cincuenta y era una parte tan importante de la cultura americana que el primer ejemplar se exhibía en el Smithsonian, junto con Seventeen y Mademoiselle. Suponía que los ejemplares antiguos de Daisy Chain en el museo no se parecían en nada a los actuales, como el que estaba en la mesa de Helen con una portada en la que se leía: PERDER LA VIRGINIDAD... NO ES PARA TANTO.
Helen me dijo que Kitty Montgomery era la nueva editora de Daisy Chain. Las otras revistas para jóvenes de Austen habían cerrado, así que Kitty estaba llevando todo el peso del demográfico adolescente.
—Le está yendo muy bien —dijo Helen—. El señor Austen está tan contento que la ha invitado a su casa de veraneo dos veces.
Helen me explicó que en su columna mensual, a Kitty le gustaba compartir fotos e historias trágicas de su adolescencia, cuando era una joven plana y larguirucha en las afueras de Nueva Jersey. Mientras Helen atendía una llamada de teléfono, hojeé algunas de las columnas de Kitty y leí acerca de cómo había sido acosada y pegada por un grupo de chicas y de cómo unos chicos la habían encerrado en las taquillas. Su madre agravaba su miseria al no dejarle utilizar maquillaje ni cuchillas de afeitar. Como contraste, al final de cada columna había una foto de Kitty como una mujer glamurosa, una que se había deshecho milagrosamente de los granos de su adolescencia y que había resurgido, victoriosa, como una serpiente blanca. En sus fotos actuales aparecía posando en la esquina de su mesa en la Torre Austen. Tras ella se veían las llanuras de Nueva Jersey, la tierra de sus antiguos acosadores, tan pequeños e insignificantes ahora.
—Dada la popularidad de Kitty le llegan muchas cartas de lectoras —me explicó Helen cuando terminó su conversación—. Se sienten inspiradas por ella y por su transformación. Quieren desesperadamente que les aconseje y contactar con ella a través de la sección Querida Kitty de la página web. Recibe un aluvión de mensajes.
Esperé a que Helen me explicara qué tenía que ver conmigo todo esto. Sabía que habría una oferta de trabajo, pero suponía que tendría algo que ver con el departamento de suscripciones.
—El departamento legal sugirió que mandáramos respuestas prefabricadas a las lectoras, pero Kitty se negó en rotundo. Hemos decidido aceptar su propuesta y contratar a alguien para que se haga cargo de las respuestas a sus chicas, como ella las llama, ofreciendo ánimos y una figura como de hermana mayor, ese tipo de cosas. Es correspondencia privada, así que no aparecerá en la revista. —Helen me miró e hizo una pausa—. Creo que serías perfecta para esto. He mandado a otras y ninguna ha funcionado, pero tú —me dijo poniéndose las gafas y observándome—, tú eres diferente.
Ya sabía lo que le había comentado mi antigua jefa acerca de mí.
—¿Quieres que alguien responda a esas chicas haciéndose pasar por Kitty?
—No pienses en ello como si estuvieras mintiendo. Seríais un equipo. —Helen cruzó los brazos por encima de su busto, que no eran dos pechos separados sino un solo bulto enorme—. Eres mayor que las otras chicas que hemos considerado para el puesto, y eres muy diferente a ellas. La mayoría… bueno, ya sabes a qué me refiero. Me han dicho que eres lista, pero eso no es lo que me importa. Escribirías con la voz de Kitty. No tienes por qué creerte lo que redactes, lo único que importa es que sea lo que Kitty haría si tuviera tiempo. Creo que serías comprensiva con los problemas que están teniendo nuestras chicas. Eso es lo importante.
Debería haberme sentido agradecida ante la posibilidad de un trabajo, pero estaba a la defensiva y trataba de esconderlo.
—¿Qué te hace pensar que voy a entenderlas? Ni siquiera me conoces.
—Solo lo supongo —dijo.
Las dos supimos a qué se refería. Odiaba que otras personas aludieran a mi tamaño, a pesar de que era obvio. Era como si me estuvieran confirmando que había algo malo en mí, cuando yo esperaba que no se hubieran dado cuenta.
Apreciaba la oferta de Helen, pero la idea de trabajar en la Torre Austen todos los días me horrorizaba. Me lo imaginaba como un enorme instituto de cincuenta y dos plantas, lleno de susurros y grupitos. Helen debía de haber empezado a trabajar en Austen Media décadas antes de transformarse en la mujer regordeta y postmenopáusica que se sentaba delante de mí.
Mi instinto me decía que huyera. Al principio me negué a la proposición de Helen de conocer a Kitty, pero ambas fueron muy insistentes. Cuando finalmente me reuní con Kitty en su oficina, me sugirió que podría trabajar desde casa. «Ha sido idea de Recursos Humanos», me dijo, «como puedes ver, hasta mi asistente tiene su mesa en el recibidor. No tenemos mucho espacio».
Trabajar en casa hacía que el trabajo fuese más apetecible, pero le dije que me lo tenía que pensar. Nunca había sido de las que ofrecían consejos por ahí y no estaba segura de que estuviera cualificada para ese trabajo. Kitty pensó que mi recelo se debía a que me estaba haciendo la difícil y empezó a cortejarme con correos cariñosos, flores, incluso con una vela perfumada que me envió por mensajería. No estaba acostumbrada a que me fueran detrás. La sensación era un poco abrumadora.
Habían pasado tres años desde que había aceptado el trabajo, tres años de responder a los mensajes en la cafetería. Llegué para mi reunión mensual con Kitty y salí del ascensor en la planta treinta, donde me saludaron unas enormes ampliaciones de las portadas de Daisy Chain. Quizás querían intimidar a sus enemigos, como los edificios y monumentos de Washigton DC. Me senté en el sofá en forma de labios que estaba fuera del despacho de Kitty y esperé. Nuestras reuniones rara vez duraban más de diez minutos, pero nunca conseguía irme de la Torre Austen en menos de dos horas, por culpa de la frenética agenda de Kitty. Yo hubiera preferido ponernos al día por teléfono, pero Kitty exigía que nos viéramos cara a cara.
Mientras esperaba sentada en el sofá, su asistente Eladio jugaba a videojuegos en su ordenador. La primera vez que fui a la oficina, me llevó a la sala de conferencias con los ventanales panorámicos y me señaló a las personas que andaban por la acera, pequeñas como hormigas. «Lo que me encanta de trabajar aquí», me dijo, «es que puedo mirar por encima a todo el mundo».
Era el único hombre en un equipo de veintiuna mujeres blancas, y además era latino y gay, diversidad por partida triple. Una vez me contó que se volvía irritable y malhumorado una vez al mes, propenso a ataques de rabia sin sentido, dado que se había sincronizado con los ciclos menstruales de las mujeres de la oficina y que se veía sumergido en la marea hormonal por error. Tenía una caja de calmantes para la regla en su escritorio, pero estaba llena de gominolas. Una vez Kitty les contó a sus lectoras que los ciclos de las mujeres de su oficina se regían por la luna. Aseguró que el sangrado masivo de cada mes dejaba las papeleras de los baños de mujeres rebosantes.
Mientras esperaba, hojeé el último número de Daisy Chain, consultando el índice para ver mi nombre, que sería impreso más de un millón de veces y distribuido por todo Estados Unidos: Asistente especial de la Editora Jefe: Alicia Kettle. Alicia era mi verdadero nombre, pero nadie me llamaba así.
Kitty apareció finalmente, apresurándose para entrar en su despacho y dejar una pila de revistas e informes en la mesa.
—¡Plum, entra! —Llevaba unos pantalones de traje negros y una camiseta corta que dejaba ver parte de su vientre. Tenía una joya roja alojada en el ombligo, como un bindi que se hubiera movido de sitio. Me senté mientras ella intentaba recoger el desorden de su mesa—. Estoy contigo en un minuto —me dijo, escudriñando un pósit verde.
Un helicóptero de tráfico volaba al otro lado de la ventana de su oficina, negro como un insecto, una mosca gigantesca. Cerré los ojos. En la Torre Austen siempre me sentía incómoda, algunas veces hasta me daban náuseas. No me gustaba estar tan alejada del suelo, suspendida en el aire sin nada más para protegerme que no fuera cemento y acero. Con los ojos cerrados, me imaginé que el suelo cedía bajo mis pies, mandándome de vuelta a la tierra.
—¿Plum? —Kitty estaba de pie tras su escritorio, mirándome con el ceño fruncido por la confusión. Tenía una presencia cautivadora y, probablemente, se apreciaba más si la veías desde lejos. Con la luz del atardecer entrando por las ventanas, dibujando su perfil, de pronto su visión, unos rizos pelirrojos de Medusa coronando un cuerpo esbelto, me hizo pensar que estaba alucinando o mirando una ilustración de Edward Gorey.
Empezó a hablar acerca del ejemplar de septiembre, pasándome información sobre las secciones, las columnas y los reportajes de moda. Era la edición de la vuelta al colegio, la más importante del año. Siempre compartía ese tipo de detalles conmigo a pesar de que mi trabajo ni siquiera aparecía en la revista. En el pasado le había llevado ideas para artículos, esperando poder ascender a redactora, pero Kitty nunca me había asignado ninguno.
Cuando finalmente nos pusimos a hablar de su correspondencia, se acomodó en el escritorio, dispuesta a tomar notas. Describí el tono general de los mensajes del mes anterior. No llevaba la cuenta exacta, pero le trasladé una impresión genérica.
—Hemos tenido muchas que se cortan.
—Se cortan —repitió Kitty, escribiéndolo.
—Algunas que vomitan —dije.
Kitty siguió anotando.
—Vomitar —repitió, y asintió con la cabeza para que siguiera.
—Bastante confusión acerca de la anatomía femenina.
Kitty alzó la mano, como si quisiera apartar físicamente lo que yo había dicho.
—No puedo hacer nada. Todos esos grupos de padres y madres dicen que nos boicotearán si utilizamos la palabra vagina. Es mejor evitarla. Por supuesto, acabo de caer, eso solo hace más difícil poder escribir artículos sobre tampones. —Kitty se echó hacia atrás en la silla, parecía abrumada—. Eufemismos, eso es lo que necesitamos. —Miró hacia el pasillo, donde estaba Eladio—. ¡Piensa en eufemismos para vagina! —le gritó.
—¿Chocho?
—No, nada sexual. Términos médicos. Haz una lista y se la mandas a la del artículo sobre tampones. Dile que no puede escribir vagina. Mándasela también a Plum, por si la quiere usar.
Era difícil pensar que todo eso era trabajo de verdad, por el cual nos pagaban. Después tendría que contárselo a Carmen. Kitty se giró hacia mí.
—Bueno, ya está hecho —concluyó, aunque yo no había acabado con mi lista mental—. Entre tú y yo, ya sé que hay partes de la revista que son un poco absurdas, pero mis lectoras son chicas reales con problemas reales. De verdad creo que podemos ayudarlas. Me gusta pensar que el trabajo que tú y yo hacemos es una anécdota para todas las cosas malas que pasan en el mundo. Perdona, quería decir antídoto.
Cuando dijo eso, me imaginé una picadura de serpiente en el tobillo de una chica, con los colmillos penetrando en la carne.
Kitty siempre hablaba de las chicas como si fueran gente real, mientras que para mí eran como una colonia de hormigas irritantes y molestas.
—Siempre digo: «Plum es nuestra conexión con las chicas», tu trabajo es tan importante como el de cualquiera de nosotras, aunque no salga en la revista.
Continuó elaborando esa idea durante otros treinta segundos. Salía de su boca como el caramelo hilado.
—Hay otra cosa más de la que tenemos que hablar y después te dejo ir. Para el próximo número todo el personal está probando productos de belleza como cuchillas, desodorante, brillo de labios, lacas y todo eso. Les contaremos a las chicas lo que funciona mejor. Quiero que tú también lo hagas.
—No hace falta que me incluyas.
—Oh, no, por supuesto que sí. Solo porque trabajes en casa no significa que no seas una de nosotras. ¿Sabes?, la otra noche me sucedió una cosa de lo más curiosa. Estaba probando un gel para el depilado. Me senté en el borde de la bañera con la pierna extendida y el pie apoyado en el lavabo. Te lo imaginas, ¿no? —Kitty medía un metro ochenta y me imaginé su pierna blanca extendida desde la bañera hasta el lavabo, como un puente de mármol blanco—. Me estaba pasando la cuchilla por la pierna y no me di cuenta de que me había hecho una pequeña herida en el gemelo. Así que estaba depilándome y una pequeña gota de sangre cayó de mi pierna y se estrelló contra el suelo de losa blanca. Mi baño es totalmente blanco y esa pequeña gota de sangre es como el único toque de color que hay. Y me quedo mirándola y era tan, no te rías, tan bonita. Me quedé allí mirando la sangre. Pensé: «Es mi sangre». Las mujeres vemos nuestra sangre todos los meses, pero no era asqueroso, ¿sabes? Así que volví a pasar la cuchilla por la herida y cayeron más gotas de sangre al suelo y algunas se deslizaron por mi pierna. Si mi novio no hubiese llamado a la puerta hubiera seguido haciéndolo toda la noche.
Kitty siguió hablando del contraste del rojo de la sangre contra su suelo blanco, y mientras ella parloteaba, yo solo podía pensar: Querida Kitty, me gusta cortarme los pechos con una cuchilla… Me gusta dibujar el contorno de mis pezones y observar la sangre empaparme el sujetador… Sé que es raro, pero lo hago porque me siento bien. Duele, pero también me gusta.
Kitty se fue y me volví a sentar en el sofá con forma de labios, esperando a la editora de belleza. Después de un rato me sentí mareada y con náuseas, igual que me había sentido en el despacho de Kitty, así que fui al baño, adivinando el camino a través de los pasillos cubiertos con las portadas de los ejemplares de la revista, en las que se veía a modelos con los ojos vidriosos, como los trofeos de un cazador. Mantuve los ojos fijos en la moqueta hasta que llegué al baño, donde había varias chicas mirándose en los espejos y usando los lavabos. Me encerré en uno de los cubículos color salmón y respiré profunda y lentamente. Las náuseas se estaban incrementando y sentí algo en mi interior que daba vueltas, como un calcetín solitario en una secadora. Empecé a tener arcadas y a atragantarme y me incliné sobre la taza, pero no salió nada. Las chicas de los lavabos dejaron de hablar y me sentí avergonzada de los ruidos que estaba haciendo.
Cuando se me pasó el mareo, me quedé sentada en el suelo, sin energía para poder levantarme, mirando al vacío asalmonado. Las chicas siguieron con su conversación, interrumpida por el sonido del agua vaciándose por los sumideros del lavabo. La charla se detuvo.
La puerta del baño se abrió y se cerró.
Dejé descansar mi cabeza contra la pared del cubículo, respirando profundamente el aire agrio del baño, lo que me hizo querer vomitar de nuevo. Metí la mano por debajo de los tres elásticos que me apretaban la cintura; la falda, las medias y las bragas.
La puerta del baño se abrió y se cerró.
—¿Estás bien? —me dijo una voz desde el otro lado.
Me sonaba familiar. Bajo la puerta pude ver unas piernas con medias verdes como la cáscara de una sandía y unas botas militares que no llevaban los cordones abrochados.
¿Podría ser?
—Te he dejado algo en la cocina —me dijo, y después se fue.
Cuando escuché que la puerta se cerraba me esforcé por enderezarme y fui a lavarme las manos, todavía sin aliento después del shock de haberme encontrado a la chica en la Torre Austen. Me pregunté si estaría esperándome en la cocina de los empleados, pero cuando fui allí no había nadie. Miré alrededor, sin saber si la chica se había ido, pero después reparé en la mesa de regalos promocionales.
Lo que no se usaba para la revista se dejaba en una mesa de la cocina y cualquiera podía coger lo que le interesara. Escarbé en el montón: un bolso con un asa de bambú rota, un montón de pendientes baratos, pintalabios... Nada de eso parecía ser para mí. En el suelo, al lado de la mesa, había una caja de cartón llena de libros con unas cuantas novelas románticas juveniles y la biografía no autorizada de una estrella del pop, y entonces lo vi.
Aventuras en Dietland.
Era un libro escrito por Verena Baptist. Su nombre no me resultó familiar hasta que leí la contraportada. Cuando me di cuenta de quién era cerré los ojos. Puede que estuviera en la Torre Austen, sin nada más que cemento y acero para sujetarme, pero en mi mente viajé en el tiempo hasta Harper Lane, la casa de mi infancia. Sentí una punzada, como cada vez que recuerdas algo. ¿Cómo lo sabía? La chica no podía haberlo sabido.
Abrí el libro para ver si había escrito algo o me había dejado una nota para hacerme saber que esa era la pista correcta en la busca del tesoro, pero no había nada. Metí el libro en mi bolso y me dirigía hacia la puerta cuando de repente se abrió.
—Te he estado buscando por todas partes.
La ayudante de la editora de belleza me tendió una bolsa llena de los productos que se suponía que tenía que probar.
—¿Sabes si aquí trabaja una chica que lleva botas militares y medias de colores? —le pregunté, cogiendo la bolsa—. Utiliza mucho delineador de ojos. ¿Quizás una becaria?
La ayudante se encogió de hombros.
Salí de la cocina y me dirigí a los ascensores. Una vez que estuve en el metro hacia mi casa, abrí Aventuras en Dietland. Mientras leía las palabras de Verena por primera vez: «Antes de que yo naciera, mamá era una joven delgada», el tren abandonó la estación y se adentró en el túnel, alejándome de la Torre Austen.
En ese momento, ya había empezado.

Después de catorce horas en el coche, conduciendo de Boise a Los Ángeles en un solo día, mi madre y yo llegamos al 34 de Harper Lane con las caras y los brazos colorados por el sol. Mi tía abuela Delia y su segundo marido Herbert vivían en una pequeña casa de piedra, cuya puerta delantera estaba cubierta de enredaderas y buganvillas. El jardín era verde con limoneros y palmeras. «Pronto volverás con tu padre», me susurró Delia cuando bajé del coche, «solo tienes que darle a tu madre un poco de tiempo».
Delia había vivido sola en la casa de Harper Lane después de que su hijo Jeremy se marchara a una universidad en el este, pero después se casó con Herbert y más tarde nos acogió a nosotras. Mi madre se acomodó en el estudio, con su televisión en blanco y negro y un sofá cama. A mí me dejaron una habitación libre en la parte delantera de la casa, desde la cual se podía ver una datilera, o más bien su tronco, recubierto de triángulos como el cuello de una jirafa.
Después de dejarme llamar por teléfono a mi padre y de llevarme a la prometida Disneylandia, mi madre se retiró al estudio y lo abandonó muy pocas veces en lo que quedaba de verano. Si quería verla, tenía que entrar de puntillas y acurrucarme junto a ella en su cama. Con las cortinas echadas estaba oscuro; no podía verla pero sí sentir su mano en mi cabeza, acariciándome el pelo. Escuchaba el ruido del ventilador en la esquina; mi nariz se llenaba del olor de su sudor.
Delia era la directora de un restaurante durante el día. Herbert estaba jubilado y se sentaba en el sofá a ver sus «programas», empezando con El Precio Justo por la mañana y siguiendo hasta la cena. No se le podía molestar. Me llevó al centro comercial y me compró una pila de libros, recortables, muñecas, unos patines nuevos y una comba, esperando que me entretuviera yo sola.
Una tarde me senté en el patio delantero bajo la palmera a leerme uno de los libros. Hacía calor en California, mucho más que en Idaho, y empecé a fantasear con la idea de un polo de cereza. Cuando iba a levantarme un coche azul con dos mujeres dentro se paró enfrente de la casa. Una de ellas se asomó por la ventanilla del acompañante y sacó una cámara de fotos negra y grande. Apretó el disparador varias veces. Cuando acabó, se volvió a acomodar en el coche y se fueron. Pude oír el sonido de su risa alejándose tras ellas.
Miré alrededor buscando algo que fuera merecedor de una foto, pero no vi nada. ¿Me las habrían sacado a mí? Entré en la casa y me asomé por detrás de las cortinas del salón para ver si volvían.
Herbert ni siquiera se dio cuenta de mi presencia mientras me sentaba junto a él en el sofá. En la mesita, sus gafas reposaban sobre la guía de televisión, envueltas en su funda de piel de serpiente. Intenté seguir leyendo el libro, pero los aplausos del concurso no me dejaban concentrarme. Volví a apartar las cortinas y miré hacia la calle, pero allí no había nadie. Salí con mi helado y me senté bajo el árbol, quitándole el plástico que lo envolvía y lamiéndome las gotas rojas de entre los dedos.
Un deportivo amarillo se detuvo. Una chica se asomó por la ventanilla y sacó varias fotografías. Me miró y se rio. El deportivo aceleró y la melena rubia de la chica ondeó con el viento, como si fueran llamas de fuego.
Cuando el ruido del coche desapareció, y todo volvió a la calma, tiré el polo a la basura. ¿Qué había visto la chica? Quise correr hacia mi madre pero estaba dentro de la habitación oscura.
«¿Herbert?», pregunté, entrando en la casa. Me hizo señas de que me fuera. El resto de la tarde me quedé escondida en el jardín de la parte de atrás, sentada con mis libros dentro de la piscina, una carcasa de cemento sin agua.
Evité el patio durante varios días, pero no me gustaba la terraza de atrás, que estaba atestada de cosas, con una colección de cañas de bambú en una esquina, muebles de jardín en la otra y un agujero de cemento en el medio. Cuando me aburrí de leer y mis lápices de cera se reblandecieron por el calor, me puse los patines, pensando que la piscina vacía sería perfecta como pista de patinaje. Herbert me vio desde la ventana de la cocina y me gritó que me iba a romper una pierna.
Él guardaba un montón de dulces y bollos escondidos tras la panera de la cocina, así que cogí uno y me fui al patio delantero con mis patines. Mientras me dirigía hacia el buzón, con la boca llena de bizcocho y crema, un coche se paró, y supe lo que iba a suceder. Un hombre salió del coche y se puso a hacer fotos, después se largó.
Delia volvió a casa por la tarde y me vio sentada en la mesa de la cocina, leyendo un libro. «¿Por qué no estás fuera, cariño?». Me encogí de hombros. No quería decirle que la gente se me quedaba mirando, que me hacían fotos y que algunos incluso se reían.
La mayoría de las noches nuestra cena provenía del restaurante. Delia sacaba cajas de poliestireno de una bolsa de papel marrón y las dejaba en la mesa. Me tomaba un sándwich a la plancha y ensalada de col, comidas raras que mi madre nunca hacía en casa. Ella no nos acompañaba en la cena y me dejaba sola con Herbert y Delia, que se ponían a hablar de cosas de adultos. Miré a la calle desde la mesa, esperando ver más coches. No vino ninguno.
Después de la cena, Delia y Herbert salieron a la terraza trasera con una botella de vino y me permitieron quedarme en el salón a ver la tele. Me senté en el hueco que había dejado Herbert en el sofá verde. Vi dos telecomedias y antes de que empezara la tercera, fui a la cocina para ponerme un vaso de leche. Volví al salón y me estaba llevando el vaso a la boca cuando vi a un hombre asomado a la ventana. Era grande y amenazador. Nuestras miradas se encontraron y se apresuró a volver a su coche e irse.
Dejé el vaso en la mesita, salpicando leche en la guía de televisión de Herbert, y me fui corriendo hacia mi cuarto. Metida en la cama y tapada con la colcha, me pregunté: ¿Quién es esta gente? ¿Y por qué se me quedan mirando?
Antes de que nos mudáramos a la casa de Harper Lane, ya había temido que hubiera algo malo en mí. En casa, cuando visitábamos a los primos, se reían de mí y me llamaban cerdita hasta que sus madres les mandaban callar. En primer curso, en la clase de la señorita Palmer, las dos chicas que se sentaban a mi lado, Melissa H. y Melissa D., me dijeron que no me iban a invitar a su fiesta de Halloween porque tenía microbios de gorda. Cuando le pregunté a mi madre qué significaba eso, me dijo que no les hiciera caso.
No sabía qué era lo que otras personas veían cuando me miraban. En el espejo no era capaz de verlo. Y en la casa de Delia las cosas iban a peor. La gente me estaba sacando fotos y yo no sabía por qué. Por el día me escondía en mi habitación y les aguardaba. Una vez estaba armando un jaleo en la cocina con la mantequilla de cacahuete y la mermelada, y dos chicas escalaron la valla de la terraza. Dejé caer el cuchillo y grité a Herbert para que viniera. Cerró la puerta de atrás y ahuyentó a las chicas. «Condenadas turistas», gritó. Miré a la calle, horrorizada. Herbert volvió a entrar en la casa y me pasó la mano por el pelo. «No les prestes atención, nena».
«Ignóralas». Eso era lo mismo que había dicho mi madre.
Me mantuve alejada de las ventanas para que nadie pudiera verme. La mayor parte del día me quedaba sentada en el suelo del salón, envuelta en una manta para protegerme del frío del aire acondicionado, y veía concursos con Herbert. Cuando mi madre salía de su cuarto para ir a la cocina, me decía que estaba pasando mucho tiempo dentro de casa. «No es la única», le dijo Herbert.
Delia y él me llevaron al centro comercial y me compraron una bicicleta con pompones morados que colgaban del manillar. Cuando volvimos a casa, esperaban que me pusiera a montarla por la calle, arriba y abajo. Estuve así una hora, hasta que una pareja con una furgoneta plateada se paró frente a la casa. «Hola, niñita», dijo el hombre con una voz que me asustó.
Entré en casa llorando.
—¿Qué te pasa, cariño? —me preguntó Delia, acercándose a mí y pasándome sus uñas postizas por la espalda—. ¿Te has caído de la bici?
—La gente me mira.
—¿Quién?
—La gente de los coches. Se paran frente a la casa y me hacen fotos.
Delia empezó a reírse, poniéndose una mano delante de la boca, tapando la amplia sonrisa y mostrando sus uñas color rosa perlado.
—No te están haciendo fotos a ti, nena. Están haciendo fotos de la casa. Una mujer muy famosa solía vivir aquí. Llevo en esta casa tanto tiempo que ya ni me doy cuenta de los locos que vienen.
Delia me habló acerca de Myrna Jade, una estrella de las películas mudas de los años veinte. Me contó que no había oído hablar de ella cuando compró la casa.
—Estaba hecha un desastre. Se caía a trozos. Jamás hubieras imaginado que una estrella de cine vivía aquí.
Myrna Jade había sido olvidada, sus películas estaban fuera de circulación, hasta que un historiador escribió un libro acerca de ella en los años setenta que se convirtió en una película muy popular en los ochenta, Myrna-manía, lo llamó Delia.
—Ahora mi casa está en El mapa de las estrellas y la gente pasa a cualquier hora del día o de la noche. La mayoría europeos. Sé que es una molestia, nena. Créeme, lo sé. Pero no hay nada que se pueda hacer así que no les prestes atención.
No estaba segura de creer a Delia. ¿Quién iba a pensar que una estrella de cine viviría en una pequeña casa de piedra y no en un castillo? Me pregunté si estaba intentando hacerme sentir mejor. Me fui a mi cuarto el resto de la tarde y cuando llegó la hora de irse a dormir, me puse el pijama y me asomé a la ventana. Un flash. Clic. Otros dos. Clic, clic. Flores eléctricas contra el cielo nocturno.
***
Las mujeres que vinieron antes de mí tenían una figura definida. Mi abuela, la madre de mi madre, murió antes de que yo naciera pero quedaban fotografías de ella. En mi favorita aparece ella de joven junto a su hermana, en el paseo marítimo de Atlantic City, las dos con los brazos entrelazados y sonriendo a la cámara. Me gusta pensar que mi abuela nos estaba dirigiendo la mirada a mi madre y a mí a través del tiempo, aunque en esa época no nos habría podido ni imaginar. Es una adolescente en esa foto, su corte de pelo al estilo de los años veinte. Su hermana y ella llevan vestidos de lunares y las dos son rellenitas. Ya desde pequeña me veía a mí misma en ellas. Sabía que estábamos conectadas, como un collar de perlas blancas extendiéndose hacia el pasado.
Cuando mi madre era pequeña también tenía una figura definida, pero no era rolliza como ellas. El día que nací, me miró y supo que me llamaría por otro nombre, independientemente de lo que pusiera en el certificado de nacimiento. «Tenías el pelo muy oscuro», dijo, «era tan largo que podía enrollar los dedos en él. Tu piel era como una rosa. Eras tan dulce que te hubiera podido comer, mi pequeña Plum».
Una perla, una ciruela... la redondez me definía.
Todos los años, el primer día de colegio, la profesora pasaba lista y cuando llegaba a mi nombre, decía: «¿Alicia Kettle?», y entonces le tenía que decir que me llamaban Plum.
Ciruela. Gordita. Cerdita.
Alicia soy yo pero no soy yo.
Vivimos en la casa de Harper Lane durante cinco meses y después nos mudamos a nuestro propio piso. Mi padre se quedó en Idaho y se divorciaron. El sueldo de mi madre como secretaria del departamento de biología de una universidad nos permitía tener una casa con muebles de madera oscuros, que absorbían toda la luz, y moqueta de color naranja vómito. Vivimos en ese piso unos cuantos años, hasta que Herbert murió de un infarto. Delia se sentía tan infeliz viviendo sola que suplicó que nos volviéramos a mudar a la casa con los mirones, los curiosos, los fotógrafos.
Los colegios que había cerca de la casa de Delia serían mejores para mí, dijo mi madre, y le gustaba la idea de escapar del complejo residencial con los pañales sucios flotando en la piscina. Ya había decidido marcharse, así que nos fuimos.
En la casa de Harper Lane estábamos bajo vigilancia constante. Sentada para desayunar, alzaba la vista de mis cereales y veía una figura asomada a la ventana, que se escapaba como un ratón asustado cuando lanzaba mi zapatilla contra el cristal. En mi habitación siempre tenía las cortinas corridas, pero sabía que estaban ahí fuera. A Delia y a mi madre no parecía importarles las miradas y las cámaras de los extraños. Cuando estaban fuera de casa podían escapar; para ellas era solo un problema temporal.
En el colegio no había ningún sitio donde esconderme. Estaba rodeada. Había tanta gente que nunca tenía la certeza de quién estaba mirando. Todos los días tenía ganas de escaparme, de cerrarme como una flor con el calor.
No le contaba a nadie lo que sucedía en la escuela. Algunas veces, al final del día, me encontraba con que me habían escupido en el pelo o me habían pegado un papel en la espalda que decía: HAZME UN FAVOR Y EXPLÓTAME. El primer día en el instituto, después de que una compañera mayor que nosotras fuera violada en un descampado, me ofrecieron clases de autodefensa. Cuando fui allí, dos chicas se burlaron y dijeron en alto, para que todo el mundo las oyera: «¿Quién querría violar a esta?».
Llamé a Idaho por teléfono y pregunté: «Papá, ¿crees que soy guapa?». Sabía que me diría que sí porque era mi padre.
Durante mi siguiente año de instituto, un chico me pidió ir al baile. No me fiaba mucho de los chicos, puesto que no me prestaban ninguna atención, a no ser que fuera para insultarme o algo peor, pero mi madre me insistió para que fuera. Me dejó en la puerta del gimnasio del colegio y esperé a ese chico en el aparcamiento durante más de una hora, arrastrando los bajos de mi vestido violeta y manchándolos de aceite de motor. El chico no vino y todo el mundo lo sabía. Lo habían visto.
Quise ser más pequeña para que no me vieran.
Si fuera más delgada, no se quedarían mirando. No serían tan crueles.
***
En la cafetería de Carmen, con el portátil abierto delante de mí, no podía concentrarme en los mensajes de las lectoras de Kitty. Había dejado el libro de Verena Baptist en la silla de al lado, y el día anterior ya me había leído unos cuantos capítulos. Seguí echándole miradas de reojo: Aventuras en Dietland. No era el tipo de libro que normalmente leía, pero tenía ganas de volver a casa y devorar sus páginas. No sabía por qué la chica me había dejado el libro ni por qué estaba en la Torre Austen. Parecía imposible que pudiese ser parte del mundo de Kitty y, sin embargo, había estado en su despacho. No la había visto desde entonces, así que me pregunté si ya había terminado su jueguecito.
Desde que había posado los ojos en el libro y en el nombre de Verena Baptist, había sido transportada a Harper Lane. La chica no podía saber nada de mi pasado, o de que yo había sido una baptista, pero gracias a ella no podía dejar de pensar en aquella época, cuando tenía la edad de una de las chicas de Kitty. No es que me apeteciera mucho recordarlo, pero el libro me obligaba a ello.
Me convertí en baptista en mi tercer año de instituto. Estaba con la gripe y me quedé en casa durante tres días, sin hacer nada salvo ver la televisión. La gente que aparecía en los programas matutinos no me resultaban familiares, sobre todo los sonrientes vendedores que anunciaban productos que yo no sabía ni que existían. Jamás había oído antes el nombre de Eulayla Baptist, pero aparecía en una serie de anuncios para la Pérdida de Peso Baptista©. Tampoco había oído hablar de eso.
En todos los anuncios, una vieja fotografía de Eulayla Baptist llenaba la pantalla. Aparecía enorme, enfundada en unos vaqueros desgastados, intentando apartar su cara de la cámara. Una voz en off decía: «Esa era yo, Eulayla Baptist. Estaba tan gorda que ni siquiera podía jugar con mi hija». Unos violines tristes sonaban de fondo, llegando a un crescendo cuando la Eulayla delgada atravesaba la fotografía, destrozándola en el proceso. Esa era su gran entrada, con los brazos extendidos hacia el cielo.
Plano de Eulayla sentada a la mesa de una cocina soleada y con un mantel de cuadros rojos. «Al escoger comer con el Plan Baptista, nunca más tendrás que pasar hambre. Para desayunar y comer, disfruta de un batido baptista, enriquecido con melocotones de Georgia. Para cenar, las posibilidades son infinitas. Ahora mismo, estoy disfrutando de un plato de pollo con patatas». Eulayla, con su pelo rubio recogido en un moño francés y su eterna cruz dorada adornándole el cuello, dejaba el tenedor y miraba a la cámara, que se movía para cerrar el plano. «Con el Plan Baptista, no hay necesidad de ir a la compra ni de cocinar. Mi programa se encarga de todo lo que necesitas, excepto la fuerza de voluntad. Ese ingrediente tan especial tienes que ponerlo tú».
Cada veinte minutos o así esta mujer aparecía en pantalla, destrozando los vaqueros gigantes. En otros anuncios estaba acompañada de otras personas que también rompían sus fotos. Estaba Rosa, veintitrés años: «Si iba a estar gorda en las fotos de mi boda, prefería morir soltera». Violines tristes y ¡ráfaga!, Rosa estaba delgada. Marcy, de cincuenta y siete: «Mi marido quería ir de crucero, pero le dije: “¡Ni de broma! Con estos muslos, no me puedo poner pantalones cortos”». Violines tristes y ¡ráfaga!, Marcy estaba delgada. Cynthia, de cuarenta y un años: «Después de que mi marido muriera en un accidente de avión, me dediqué a comer diez mil calorías al día como mínimo. Si Rodney estuviera vivo, se habría avergonzado de mí». Violines tristes y ¡ráfaga!, Cynthia estaba delgada.
Estuve viendo la televisión durante horas, esperando los anuncios, hipnotizada. Saqué el anuario escolar y busqué mi foto en la página 42. En el pie se leía: «Alicia Kettle trabaja en su proyecto de ciencias en la biblioteca». Me imaginé viendo esa foto en la televisión, con mi eterno vestido negro y mi papada. ¡Ráfaga! Aniquilaría a esa chica tan odiosa.
Apunté el número de información gratuito decidida a convertirme en una baptista, aunque sabía que mi madre no me dejaría hacerlo. Tenía la mentalidad de apañarse con lo que tuvieras en lo que se refería a asuntos del cuerpo, ya fuera la altura, el peso o el color del pelo. Creía que la mayor parte de esas cosas ya te venían prefijadas. «Eres guapa tal y como eres», me decía siempre, y hasta parecía creérselo. Una vez que estábamos discutiendo acerca de las dietas, me dijo: «Te pareces a la abuela», lo que significaba: «Te pareces a la abuela y no hay nada que puedas hacer para remediarlo».
Daba igual lo mucho que le suplicara, no me dejaba ponerme a régimen. La madre de mi amiga Nicolette era miembro de Waist Watchers y fotocopié alguna de sus recetas, manteniéndolas escondidas. Intenté seguir la dieta por mi cuenta, pero no sabía cuántas calorías había en los platos que traía Delia del restaurante, ya fuera lasaña o estofado de pollo. Había demasiados ingredientes que tener en cuenta. Tomaba raciones más pequeñas y algunas veces me saltaba la comida en el colegio, pero no me gustaba pasar hambre. En mi instituto había chicas que ayunaban, pero yo no sabía cómo lo hacían. Si estaba hambrienta, no me podía concentrar y necesitaba hacerlo para sacar buenas notas.
Los anuncios de la televisión decían: «¡Una baptista nunca pasa hambre!». Ese era el reclamo. No sabía cómo iba a pagarlo, pero ya encontraría el modo. Estaba muy emocionada por mi plan secreto. La noche del baile del instituto mi madre me llevó a cenar. Cuando llegamos a casa, nos encontramos a un hombre arrodillado en el patio delantero, en homenaje a Myrna Jade. Cuando me vio hizo una foto. «Chica guapa», dijo. Nadie excepto mis padres y Delia me había llamado guapa jamás. Me gustó. Algo había cambiado en mí desde que había decidido convertirme en baptista. Solo con pensarlo ya me sentía más delgada.
No me importó no haber acudido al baile aquella noche. No necesitaba bailes ni a los chicos de mi instituto. Se acercaban las vacaciones de verano, después sería mi último año, y al final de todo iría a la Universidad de Vermont. Gracias al Plan Baptista estaría delgada cuando empezaran las clases. Nadie sabría que Plum, la gorda, había existido. Ni siquiera diría que me llamaba Plum. Sería Alicia, porque ese era mi verdadero nombre.
Si la gente me preguntaba por Plum, yo diría: «¿Quién? No conozco a nadie con ese nombre».
¡Ráfaga!
***
Después del instituto, no quedaba con nadie ni me apuntaba a ninguna actividad. Hacía los deberes. Siempre fui muy aplicada, no hacía falta que me lo recordaran. Por las tardes, a solas en la casa de Harper Lane, me sentaba a la mesa del comedor con las cortinas corridas y trabajaba a la luz de una lámpara. Algunas veces la gente llamaba a la puerta o tiraban piedrecitas a las ventanas. Intentaban girar los picaportes. Yo hacía lo posible por no ser vista.
Cuando mi madre llegaba a casa del trabajo abría las ventanas, dejando pasar la luz. «Hace un tiempo magnífico ahí afuera», me decía, pero yo me escapaba a la oscuridad de mi habitación. Un día Delia sugirió que fuera al restaurante por las tardes para hacer allí mis deberes. Supongo que ya lo había hablado con mi madre, pero hizo que pareciera una sugerencia espontánea por su parte.
Entre el turno de comidas y el de cenas el restaurante estaba prácticamente vacío. Delia y yo nos sentábamos en un reservado de vinilo rojo al fondo, ella con sus papeles, yo con mis tareas, las dos bebiendo refrescos de cola light con hielo y limón. Me pasaba las horas haciendo ejercicios de geometría y leyendo gruesas novelas rusas para mi clase de literatura avanzada. Algunas veces Nicolette se nos unía y las dos trabajábamos en proyectos de química o hablábamos en francés.
Llevaba yendo al restaurante un par de semanas cuando se me ocurrió una idea. Había estado pensando en cómo financiarme el Plan Baptista y me pregunté si podría aprovechar el restaurante para mis fines. Empecé a meterme en la cocina y observar a la chef Elsa preparar las cosas para el turno de cenas, a expresar interés, a preguntar cosas. Tal como esperaba, me permitió ayudar, enseñándome a cortar y a saltear. Cuando le pedí un trabajo a Delia estuvo de acuerdo, así que durante un par de horas por las tardes trabajaba en la cocina, escuchando ópera en la radio.
Después de un mes, con la escuela a punto de terminar debido al verano, tuve suficiente dinero para unirme a los baptistas. Cuando se lo conté a mi madre, tuvimos una discusión. «Es demasiado radical», dijo. Escuchando tras las puertas, oí cómo mi madre y Delia hablaban de ello. «Sé razonable, Constance. La vida no es fácil para ella», argumentó Delia. Hubiera ido aun sin el permiso de mi madre. Tenía diecisiete años y ella no podía impedírmelo.
Había un centro de Pérdida de Peso Baptista© cerca del restaurante, que tenía las ventanas cubiertas con cortinas blancas para que nadie pudiera ver lo que pasaba dentro. Tenía que pasar por delante de dos gimnasios y un par de clínicas de adelgazamiento para llegar allí, pero yo no estaba interesada en ninguno de ellos. El Plan Baptista era el adecuado para mí. El primer día de las vacaciones de verano, con el salario del primer mes metido en mi bolsillo, abrí la puerta de la clínica baptista y me encontré con un retrato a tamaño real de Eulayla Baptist sosteniendo sus famosos y enormes vaqueros. Dos campanas sonaron cuando entré, anunciando el comienzo de mi nueva vida.
Me llevaron a una habitación a oscuras junto a los otros nuevos miembros, donde nos pusieron un documental acerca de Eulayla llamado Renacida. Se veían imágenes de Eulayla como Miss Georgia 1966 y de ella compitiendo en el concurso de Miss América. Cuando se casó y tuvo una hija ganó un montón de peso, que después no pudo perder. Intentó todas las dietas posibles, incluso bordeó la anorexia, pero nada funcionaba a largo plazo. En el quinto cumpleaños de su hija, pesaba más que nunca. La antigua reina de la belleza se había convertido en una depresiva con tendencias suicidas y le suplicó a su marido que le pagara una operación de reducción de estómago, pero él se negó. Una vecina suya había muerto por hacerse esa misma cirugía, no dejaría que Eulayla arriesgara su vida.
Allen Baptist, fundador de un culto evangélico en las afueras de Atlanta (al que no le habían permitido llamar baptista por razones obvias), quería muchísimo a su esposa y estaba desesperado por poder ayudarla. Contrató a su prima para que se mudara a vivir con ellos, cocinara para Eulayla y se asegurara de que no comiera demasiado. Decidió que necesitaba apartarla completamente del mundo de la comida. Su prima preparaba todas las comidas de Eulayla, así que ella no tenía que ir a la compra ni meterse en la cocina. Allen Baptist incluso tomó la tajante determinación de ponerle un cerrojo a la nevera. No llevaba a Eulayla a cenar fuera, y ella dejó de quedar con amigos e incluso de ir a la iglesia. Los rumores de que Eulayla estaba muerta se extendieron por el vecindario.
Después de nueve meses de infierno, comiendo solo huevos cocidos, carne magra y queso blanco con melocotones de lata, Eulayla perdió los cincuenta y dos kilos que estaban arruinando su vida, y comparó su proceso con el nacer de nuevo. En ese momento sintió que su misión sería ayudar a otros a controlar su apetito y a aprovechar todo su potencial, igual que ella había hecho.(2)
Con el reacio apoyo de su marido, a Eulayla se le ocurrió la idea de empezar una clínica de control de peso que ofrecería a sus clientes batidos bajos en calorías, cenas congeladas y un plan de ejercicios especial. Los baptistas no cocinarían ni irían a hacer la compra, no tendrían ni que pensar en la comida, excepto cuando llegara la hora de beber o calentarse la siguiente. El primer centro de Pérdida de Peso Baptista© abrió las puertas en Atlanta en 1978. Para finales de los noventa, cuando yo me apunté, ya había más de mil centros en varios países.
Cuando el documental se acabó y encendieron las luces, empezó la orientación. Mientras tanto, los anuncios en los que rasgaban las fotos del «antes» se repetían en bucle.(3)
Solo había mujeres en el grupo de la presentación y muchas estaban bastante delgadas. No entendía por qué estaban allí, pero todas se mostraron agradables conmigo, comportándose como si tuviéramos algo en común.(4)
Gladys, la jefa de nuestro grupo, se presentó. Era una mujer negra con un moño muy cardado al estilo antiguo. Llevaba puestos unos tacones con los que hacía un chirrido al caminar. Sonreía sin cesar mientras nos ofrecía los archivadores, los cuadernos y las tarjetas plastificadas con el Juramento Baptista. Se suponía que las teníamos que llevar dentro de la cartera y colocar en el frigorífico:
Los baptistas deben tratar sus cuerpos como a templos. Los baptistas que quieran tener éxito deben seguir los Tres Mandamientos en su vida diaria. Primer Mandamiento: no contaminaré mi cuerpo con comida grasienta o poco saludable. Segundo Mandamiento: haré ejercicio de manera regular. Tercer Mandamiento: propagaré el mensaje baptista a los demás.
© Pérdida de Peso Baptista, S.A.
Recogí todas las tarjetas y panfletos y los metí en mi nuevo archivador, emocionada por ser parte de la familia. Así era como Eulayla nos llamaba: su familia.
Ya llevábamos con la orientación un buen rato cuando una mujer entró apresurada, disculpándose por llegar tarde y sentándose junto a mí en la fila de detrás. Janine era alta y robusta, con el pelo rubio platino, y su aspecto nos sorprendió igual que si hubiera ido desnuda. Llevaba un vestido muy llamativo, con estampado de flores, medias rosas y zapatones de tacón, similares a los de Minnie Mouse. Nadie más en el grupo de baptistas novatas llevaba colores vivos, solo las deprimentes tonalidades de un día nublado. Mirar a Janine era como mirar directamente al sol.
Deseé que no se hubiera sentado junto a mí, puesto que las dos juntas parecíamos dos huevos de Pascua. En la parte en la que se suponía que teníamos que charlar con nuestra compañera, Janine se comportó como si fuésemos iguales. Incluso me invitó a tomar un café después de la presentación, pero le dije que tenía cosas que hacer. Nunca había tenido una amiga gorda y no quería empezar ahora.
A lo largo de la orientación, Janine dijo unas cuantas cosas como: «Toda mi familia está gorda y piensan que las dietas son una pérdida de tiempo». Gladys se estremeció ante los términos de Janine y no hacía más que corregirla. Aprendimos a decir obesa o con sobrepeso, pero no gorda. Tampoco podíamos pronunciar dieta, sino usar otras palabras como el plan, el programa o comer saludablemente.
Al acabar el encuentro, Gladys nos dio un cuaderno en cuya portada ponía: CUANDO SEA DELGADA™. La imagen mostraba dos mujeres sonrientes con un montón de bolsas de diferentes tiendas. Gladys dijo que teníamos que escribir en nuestro diario todas las semanas. Dentro, en la primera página, se podía leer: CUANDO SEA DELGADA™, y después había cinco líneas en blanco con los temas sugeridos como romances, moda y trabajo. Gladys nos mandó que cerráramos los ojos y nos imagináramos a nosotras mismas, pero delgadas. Nos dijo que escribiéramos cinco cosas que nuestras «yo» delgadas podrían hacer mientras que nuestras «yo» con sobrepeso no podían.
Las otras mujeres y yo empezamos a apuntar cosas, pero Janine se quedó boquiabierta.
—¿Me estás tomando el pelo? —dijo—. Vine aquí para perder unos cuantos kilos porque me duele la espalda. ¿Qué clase de enfermo mental, que se odia a sí mismo, ha escrito esta mierda? —Hojeaba el diario con la cara enrojecida y sin aliento debido a la rabia que sentía.
—Cuida tu lenguaje —respondió Gladys—. Los baptistas no caen en la vulgaridad.
Janine miró a Gladys con los ojos encendidos de ira tras las gafas cat-eye con diamantes de imitación.
—¿Me lo estás diciendo en serio? —. Lanzó su cuaderno CUANDO SEA DELGADA™ hacia Gladys, que estaba aterrorizada y levantó las dos manos para protegerse. Janine se fue dando un portazo. Se produjo un silencio en la habitación, forzándonos a todas a reflexionar sobre la salida de esa mujer pintoresca y cabreada, antipática y gorda, justo lo que ninguna de nosotras queríamos ser.
Cuando me tocó el turno de hablar con Gladys a solas, se disculpó varias veces por el «desafortunado incidente». «Lo que estamos haciendo, aquí en la clínica, es drástico pero muy motivacional», dijo, «estamos cuidando nuestros cuerpos. A gente como esa mujer le parece una amenaza. Es como si fuera una alcohólica o una drogadicta, negando que tenga un problema. Probablemente morirá joven». A Gladys pareció gustarle esa idea.
Me enseñó la sala de ejercicio, con pesas de color rosa por el suelo y en la que había una mujer con un maillot muy recatado guiando a un grupo que daba saltos al compás de la música. En la privacidad de su pequeño despacho, Gladys me sacó una foto con una Polaroid y me dijo que la metiera en el archivador y la llevara a las reuniones semanales en la clínica. Esa era mi foto del antes. Después me pesó, y utilizando un programa informático desarrollado por el hermano de Eulayla, calculó que yo necesitaba perder cuarenta y siete kilos, lo que me llevaría nueve meses con el Plan de Pérdida de Peso Baptista. «¡En nueve meses, estarás hecha un bombón!», me dijo mientras su brazalete de plata tintineaba sobre el teclado. Gladys hacía que todo pareciera tan fácil que quería abrazarla. En nueve meses, estaría delgada. La informática no miente. Me llevé mi primera semana de batidos y cenas congeladas en dos bolsas de la compra, envanecida por las palabras de ánimo de Gladys.
Ya en casa, mi madre me miró con frialdad mientras sacaba la comida de las bolsas. Los batidos y las bandejas de congelados color rosa llenaron la mayor parte de nuestra nevera y congelador. También tenía una caja de suplementos baptistas.
—¿Para qué necesitas esto? —Mi madre examinó las pastillas grisáceas.
—Gladys ha dicho que tenía que tomarme una al día. —Lo había remarcado mucho.(5)
Para desayunar y para comer, me tomaba un batido de melocotón en lata. Para cenar, calentaba en el microondas la comida designada, y después retiraba el plástico plateado para revelar un estofado de carne, los guisantes flotando en la salsa marrón y tibia; o una albóndiga de pavo, un solo planeta crujiente rodeado de anillos de pasta rojiza. Las porciones eran pequeñas, una cucharada o dos de comida, y parecían no tener conexión alguna con la comida de verdad. Pensé en la posibilidad de que estuviera hecha de otra cosa, como papel o plástico, pero no me importaba, siempre y cuando me condujera a la delgadez.(6)
Mi primera semana como baptista estuve llena de energía y motivación. Me habían enseñado a evitar a la gente que estuviera comiendo, esa gente indisciplinada armada con cuchillos y tenedores, pero dado que trabajaba en un restaurante, me fue imposible. No me importaba. Me estaba alejando del mundo grotesco de engullir y masticar. Ver a la gente comer me daba náuseas.
Antes de mi turno en el restaurante, pasaba por la clínica baptista a hacer aerobic. En el trabajo estaba más ágil que nunca. Una noche piqué veinticinco cebollas en tiempo récord, y Elsa, la chef, se maravilló ante mi velocidad. Los pimientos rojos, el apio y los ajos se acumulaban en coloridas pilas sobre las tablas de cortar. Cuando terminaba, me ponía a hacer otras cosas, como reorganizar los estantes y colocar las especias por orden alfabético.
Una noche, cuando volví a casa después del trabajo me encontré a un grupo de diez turistas italianos sentados en el patio, con velas encendidas y tocando la guitarra. Abrí las ventanas de mi habitación para escucharles cantar. Me saludaron y sonrieron, y no me importó que me estuvieran mirando. Nada podía enfriar mi ánimo. Era una chica encarcelada a la que pronto iban a liberar de cumplir una larga sentencia.
A finales de semana pesaba cinco kilos menos. Gladys y las otras mujeres me rodearon, admirando mi menguada figura.(7)
¡En nueve meses, estarás hecha un bombón!
Como todas las subidas, la mía no iba a durar. Cuando empecé la segunda semana, me estrellé. Si hubiera seguido teniendo clases, no hubiera podido asistir. Dejé de ir a aerobic y tenía que obligarme a mí misma a abandonar la casa para ir al restaurante y poder pagar el Plan Baptista. En la cocina de Elsa, me quedaba mirando al vacío sin parpadear. «¿Estás bien?», me preguntó. La semana anterior había sido un juguete al que le habían dado demasiada cuerda, y ahora me había apagado, silenciosa y quieta.
Llamé a Gladys.
—¿Qué me está pasando? —susurré al teléfono, demasiado débil incluso para hablar.
—Es el síndrome de abstinencia del azúcar. Eres una adicta, cariño. El veneno se está retirando de tu cuerpo.
—Pero tengo mucha hambre.
—Lo sé, cielo —contestó Gladys.
Azúcar. Droga. Veneno. Gladys no me estaba ayudando.
Seguí esperando a que esa sensación tan horrible desapareciera, pero no lo hizo. De noche soñaba con pasteles. Los calambres producidos por el hambre me despertaban, recorriendo mi cuerpo como el tañido de una campana. Me tapaba las orejas con las manos y me mecía a mí misma en la cama, esperando apagarlo.
Entre comidas, manejaba el hambre mojando hojas de lechuga en mostaza (consejo de Gladys), que tenían prácticamente cero calorías y eran tan efectivas como comer aire. Así tenía algo que masticar y tragar. Las otras sugerencias de Gladys incluían ponerme a saltar, aunque fuera en público, beber litros de agua y escribir en mi diario de comidas.
1. Después de comer, me siento: Muy satisfecha, satisfecha, con algo de hambre, o muerta de hambre: muerta de hambre
2. Mi estado de ánimo ahora mismo es: Positivo, neutral, desalentado o irritable: positivo
3. Pienso en comida: A la hora de comer, de vez en cuando o a todas horas: a todas horas
Siguiendo el Plan Baptista, estaba constantemente al borde de desmayarme de hambre. Una vez, estaba en la cocina picando un pimiento rojo, pero de repente vi dos pimientos en la tabla de cortar, y después tres. Se estaban multiplicando. Dejé el cuchillo y di un paso hacia atrás, tropezándome con el mango de una sartén y tirando el aceite hirviendo al suelo. Elsa me dijo que me fuera a casa, pero volví con los pimientos, intentando cortarlos mientras me seguían temblando las manos.(8)
Deseaba engullir toda la comida que me rodeaba en el restaurante, pero le supliqué a mi «yo» hambrienta que fuera sensata. La madre de Nicolette, que seguía en Waist Watchers y bordeaba lo anoréxico, tenía una pegatina en su coche que decía: NADA SABE TAN BIEN COMO ESTAR DELGADA. Yo no sabía cómo se sentía una estando delgada, pero si seguía con las bandejas rosas y los batidos y no comía nada más, lo sabría en solo nueve meses. El hecho de que mi desgracia tuviera una fecha para finalizar, una libertad bajo vigilancia, era lo que me mantenía con fuerzas. Una o dos veces pensé en saltar desde la azotea del restaurante, pero me callé y no se lo conté a nadie.
Cuando volvía a casa después del trabajo, cenaba rápidamente y me metía en la cama, porque estar despierta era una tortura. Por las mañanas trataba de tranquilizarme con una ducha caliente, pero dejó de funcionar cuando vi que se atascaba el sumidero con todo el pelo que se me caía.
En la clínica baptista, Gladys me decía: «¡Has sido muy buena esta semana!».(9)
Ella y todas las demás estaban muy interesadas en mi progreso, alzándome la camiseta para ver mejor mi tripa y mis caderas. Pesarme era lo mejor de la semana. Fui buena un mes entero y perdí trece kilos.
Cuando llegó julio, mi padre me mandó el billete de avión anual para ir a verle, de Los Ángeles a Boise, pero le dije que no podía ir de visita. No había manera de transportar mis comidas congeladas, y yo no podía comer nada que no fuera eso.
—¿No vienes a verme por una dieta?
—No puedo, papá. Te sentirás muy orgulloso de mí cuando acabe, te lo prometo.
Era su única hija. Se había vuelto a casar, pero su esposa no podía tener hijos, así que yo era su única esperanza de tener nietos. Si estaba gorda, nadie querría casarse conmigo. Quería decirle eso, explicarle que no solo era una dieta, que todo mi futuro y el suyo dependían de esto, pero no pude pronunciar las palabras.
Con el verano libre, aparte de mi trabajo en el restaurante, me pasaba la mayoría del tiempo sola en casa. Cuando salía, no tenía energías como para preocuparme de si alguien me sacaba fotos. Nicolette me invitaba a ir con ella al centro comercial y al cine, pero no podía estar rodeada de comida con grasas. Todas las tardes que pasaba en el restaurante me arriesgaba con comida no baptista, y eran las dos peores horas de mi día.
En nuestros encuentros semanales, Gladys expresó su preocupación por mi trabajo.
—Necesitas alejarte de la tentación, señorita Kettle.
—Si no trabajo en el restaurante, no me podré permitir ser una baptista.
—Bueno, eso sí que no lo queremos —contestó Gladys. Tenía un periódico en la mesa y empezó a mirar los anuncios clasificados para ayudarme a encontrar un trabajo que no tuviera que ver con comida—. Aquí se busca alguien para que pasee a perros.
—No tengo energías para caminar.
—¿Y de niñera?
Me imaginé a mí misma desmayada de hambre en el suelo de la cocina mientras un niño jugueteaba con el teléfono, intentando marcar el número de emergencias.
—No, mejor el restaurante. Puedo apañármelas.
Pero no podía. Una tarde tuve que preparar una olla muy grande de macarrones con queso, y servírsela en platos a treinta y cuatro niños celebrando un cumpleaños. Había muchísima pasta, reluciente con el brillo del queso. El aroma embriagador llenó mi boca y mi nariz, se metió en mi cerebro y rodeó cada pensamiento con sus tentáculos naranjas y amarillos. Nada sabe tan bien como estar delgada, eso es lo que me dije. Me pregunté cuántas calorías habría en la cazuela. ¿Cien mil? ¿Un millón? La sola idea era repulsiva.
Cuando los platos fueron devueltos a la cocina, unos cuantos estaban casi limpios, pero muchos otros todavía tenían restos de macarrones y queso. Algunos parecía que ni los hubieran tocado. Los platos se quedaron en la encimera, esperando que Luis los limpiara, pero él había salido a fumar.
Me paseé por delante de los platos, mirando alrededor para ver si alguien me observaba. Cogí un poco de pasta con los dedos y me la metí en la boca. Era la primera comida de verdad que había ingerido en más de un mes. La textura era diferente, como el cachemir, en vez de áspero poliéster.
Después del éxtasis inicial, la enormidad de lo que estaba haciendo comenzó a propagarse como si fuera una fiebre contagiosa. Corrí hacia el baño y escupí la comida en el retrete con los ojos llenos de lágrimas. Estúpida, estúpida, estúpida. Gladys me había dado folletos para cada ocasión: Hacer dieta después de la muerte de alguien querido y Los peligros de los carnavales, circos y ferias. Yo tenía montones de folletos, pero no habían sido suficientes para que me contuviera frente al canto de sirena de la pasta con queso. Contando con eso, decidí que no lo había hecho tan mal. Ni siquiera me lo había tragado.
Empecé a querer faltar al trabajo. Estaba enferma, o por lo menos así me sentía a cada momento del día, pero no podía admitirlo. Eso le hubiera dado la razón a mi madre. Si le decía cómo me sentía, me prohibiría volver a la clínica baptista. Comencé a preocuparme por lo que ocurriría cuando volviera a ir al instituto y si mis notas bajarían por ello, pero decidí no pensar a tan largo plazo.
En el trabajo seguí cogiendo las sobras de los platos, deleitándome en su sabor y después escupiendo la comida en el baño o en una servilleta de papel. Algunas veces, sin embargo, cuando Luis se había ido al callejón a fumar, me comía unas patatas fritas. Solo unas pocas, para acallar el dolor de cabeza.
Una noche reservaron el restaurante para una fiesta por jubilación, así que trabajé horas extras para ayudar a la chef Elsa a prepararlo todo. La mujer que hacía los postres para el restaurante había hecho los macarons por la mañana, y Elsa me pidió que los colocara en fuentes. Sola en la cocina, con las manos enfundadas en guantes de plástico, empecé a formar pirámides con los macarons. Seis semanas de hambre sistemática me habían debilitado. Por cada macaron que iba a la fuente, otro acababa en los bolsillos de mi delantal. Cuando acabé, Delia se llevó la fuente al comedor, sin fijarse en la escasez de la pirámide ni en los bultos de mis bolsillos.
Fui al baño, pero allí había dos camareras peinándose y retocándose el maquillaje, así que me dirigí al callejón y me senté en las escaleras de cemento al lado de los contenedores de basura. Cuando mis manos acariciaron los macarons de mi bolsillo, pude haberme detenido y recordar mi entrenamiento; podría haber escrito en mi diario de comidas o podría haberme puesto a saltar, pero no lo hice. Me metí un macaron en la boca, dos, y después todos los que cupieron. Me los comí tan rápidamente que al principio no disfruté de la crema de coco deshaciéndose en mi lengua. Engullí tres antes de pararme a respirar, y así saqué espacio para dos más. El rostro me ardía y empecé a llorar. Sabía que lo que estaba haciendo estaba mal, pero no podía tragar lo suficientemente rápido. Una bola de coco se me quedó atrapada en la garganta. Me detuve para tragarla, y después continué con mi botín, limpiándome la nariz con la manga mientras masticaba. Todavía seguía llevando los guantes de plástico. Me sentía como una criminal.
Mientras me tragaba el último, con la cara cubierta de lágrimas y rímel, vi que Luis y Eduardo estaban en el callejón, fumando. No sabía cuánto tiempo llevaban allí. Me estaban mirando, me habían visto.
Después de todas esas semanas sin comida, mi estómago, encogido como una pasa, estaba sufriendo para absorber todas esas calorías. Sufrí un dolor muy intenso mientras me dirigía a casa. Pensé que iba a vomitar, pero una vez que se me pasó, me encontré mejor de lo que había estado en mucho tiempo. El dolor de cabeza desapareció. Me había acostumbrado tanto a tenerlo que me sentía extraña sin él; la sensación era de alivio, como si me hubieran quitado un cinturón que llevaba apretado en torno a mi cabeza. Por primera vez desde que me había convertido en baptista, dormí toda la noche del tirón.
Al día siguiente cuando me desperté, el hambre estaba allí otra vez. Me había despertado tarde y no había desayunado, así que me bebí dos batidos baptistas. No fueron suficientes para ese ansia bestial, y cuando no estaba satisfecha me mordisqueaba por dentro. No podía soportar estar atrapada en casa con mi apetito y decidí comerme la bandeja de la cena, a pesar de que solo era la una de la tarde. Después me comí una segunda y me bebí otro batido; más tarde calenté una pizza baptista, aunque solo eran lascas de queso de plástico en una base tan fina como el papel. La cocina estaba llena de bandejas rosas vacías, botellas y restos de plástico plateado, que se pegaban a la encimera. Recogí todas las pruebas y las saqué al cubo de basura para que nadie se diera cuenta. Mientras volvía a casa, vi a una mujer apuntándome con una cámara de fotos. Ella me había visto.
Después de mi atracón, no me sentí llena, ni contenta. Al comerme los macarons, había probado la comida real, y ahora quería más. Llamé a Nicolette.
—Pensé que estabas muerta —me dijo.
Eso también era lo que la gente había pensado acerca de Eulayla Baptist.
—No estoy muerta, solo me he alejado del mundo de la comida.
Fuimos al centro comercial, nos llevó la madre de Nicolette en su Mercedes dorado con la pegatina: NADA SABE TAN BIEN COMO ESTAR DELGADA. Nicolette podía comer lo que quisiera y nunca engordaba; por eso su madre la odiaba, me dijo. En el centro comercial, comimos perritos calientes con chili y nachos con extra de jalapeños y lo acompañamos todo con una limonada de cereza. Compramos pretzels y churros espolvoreados con azúcar y nos los comimos. Hicimos un esfuerzo por mirar zapatos y algo de música, pero en realidad habíamos ido allí por la comida.
Antes de irnos, compré media docena de dónuts para llevar, recubiertos de glaseado y virutas multicolores.
Después de comerme unos dónuts a las dos de la mañana, me siento: eufórica
En mi siguiente reunión con Gladys, llena de remordimientos, le confesé todo. Me cogió de la mano y me suplicó que encontrara la fuerza para resistirme a los impulsos del cuerpo. «A una baptista no le da miedo admitir que se ha equivocado», me dijo Gladys, «pero tampoco pierde la fe en sí misma». Mientras la escuchaba, me parecía casi posible. Me dio un folleto con Eulayla en la portada, titulado: No quiero estar delgada, ¡prefiero tener salud!(10)
Había capítulos acerca de la tensión alta, de la diabetes y de problemas cardiovasculares. Gladys dijo que me arriesgaba a que me pasara todo eso si abandonaba el Plan Baptista. «¿Quieres morirte antes de los cuarenta, nena?». Me habló de su hermana, que tenía la misma talla que yo y a la que habían diagnosticado infertilidad.
Lloré mientras Gladys me pesaba y yo descubría que había recuperado casi la mitad del peso que había llegado a perder. Todo el sufrimiento no había servido para nada y la nueva vida que me había imaginado se me estaba escurriendo entre los dedos, y todo porque había sido una cerda. Concluí hacerlo mejor y comportarme otra vez como una buena baptista. No iba a conseguir mi peso ideal en la fecha que me había autoimpuesto, pero Gladys me aseguró que esto era normal, que le ocurría a todo el mundo, incluida ella.(11)
El estilo de vida baptista me atrapó de nuevo. Me escondí en mi dormitorio, me resigné a sentirme mal, me alejé de mi amiga y en mi cabeza repetía la frase bandejas rosas, bandejas rosas, como un mantra, recordándome a mí misma que si solamente comía lo que me ofrecían las bandejas rosas y nada más, adelgazaría y no moriría antes de los cuarenta.
Todas las semanas, mientras abandonaba la clínica cargada de bandejas rosas y batidos, me prometía a mí misma que sería buena. Pero no importaba. No sería una baptista por mucho tiempo.
Llegué a la clínica una tarde y las mujeres estaban llorando. Una Gladys muy apenada me dijo que Eulayla Baptist y su marido habían muerto en un accidente de coche en Atlanta.
—Hubo una tormenta, —Gladys consiguió contarme— perdieron el control del vehículo. Se ha ido.
Miré al póster de Eulayla sujetando sus vaqueros de gorda.
—¿Ido? Pero… ¿para siempre? Eso es imposible. —Me sujeté a una silla para no caerme.
En cuestión de días, Gladys llamó para darme la mala noticia. «La hija de Eulayla va a liquidar todo», sollozó, «la empresa está cerrada. Todo se ha acabado».
Fui inmediatamente a la clínica con la intención de acumular comida, pero cuando llegué las puertas ya estaban clausuradas. No había señales de Gladys ni del resto del personal. «No», lloré golpeando las puertas. Otras mujeres andaban merodeando por la acera, demacradas y abatidas, probablemente a punto de sufrir un ataque de nervios, pero demasiado débiles como para montar una escena. «¿Por qué?», aulló una de las mujeres, poniendo las manos en mis hombros, «¿Por qué nos odia la hija de Eulayla?».
Cuando llegué a casa, mi madre estaba sentada en las escaleras de la entrada, pelando una naranja. Me senté junto a ella.
—¿Qué pasa?
—Ya no existe la clínica de Pérdida de Peso Baptista. La hija de Eulayla las ha cerrado todas.
—Bien por ella.
Observé a mi madre dejar caer la cáscara en el suelo, entre sus pies. Yo estaba de luto y ella solo podía mostrar su satisfacción. Saqué la foto del antes que me había hecho Gladys. Pesaba once kilos menos que entonces, pero todavía estaba gorda. El instituto iba a comenzar pronto, y sin la clínica baptista, los planes para el último año y para la universidad en Vermont estaban empezando a desmoronarse. Tuve miedo de quedarme en la fotografía del antes para siempre.
Un coche antiguo, pequeño y negro como un escarabajo, probablemente de los sesenta, se detuvo frente a la casa. Lo conducía un hombre y a su lado estaba sentada una chica adolescente, que salió del coche con una cámara en las manos. Se quedó de pie en la acera delante de mi madre y de mí y alzó la cámara. Siempre iban a estar mirándome. Ese era mi destino.
—Fuera —le grité, levantándome de las escaleras. La chica se volvió hacia el coche y se apresuró a abrir la puerta. Mientras se ponían en marcha, comencé a perseguirles. Agarré la tapa metálica de uno de nuestros cubos de basura mientras saltaba el bordillo, la lancé a la carretera y dejé escapar un rugido. Aterrizó con un redoble de platillos, resonando por todo el barrio. El coche desapareció por la esquina de la calle.
Cuando me di la vuelta, mi madre estaba de pie en la acera enfrente de la casa.
—¿Plum?
La miré desde la distancia, desde donde nos miraban los turistas, cambiando mi punto de vista por un momento. La casa no era nada especial por fuera, pero yo había vivido ahí gran parte de mi vida. Si juntáramos todas las fotos de los turistas y las pusiéramos en orden cronológico, podría haber visto cómo la niña sentada debajo del árbol se convertía en una joven, que cada vez se hacía más y más grande, dentro de la casa, detrás de la cortina, asomándose a medias. Después nada, solo una sombra.

Dos días después de encontrar Aventuras en Dietland en la oficina de Kitty, casi me lo había acabado de leer. Debería haber estado en la cafetería contestando a los mensajes, pero había dejado de trabajar para poder leer. Me metí en la bañera mientras lo hojeaba, con cuidado para no dañar las páginas color crema.
Habían pasado doce años desde que me había convertido en baptista. En ese tiempo apenas había pensado en aquella época, pero mientras leía, los recuerdos del Plan Baptista se volvían cada vez más nítidos. Tenía el regusto de la comida en la boca: el aguachirle metálico del tomate en la pizza y en la pasta, los estofados que sabían a limpiador de suelos. Recordé los batidos, su textura de tiza, la sensación de medicina después de beberlos. Cuando la empresa cerró, solo me enteré de los detalles más superficiales: Verena Baptist heredó el negocio y al ser la única propietaria, tenía potestad para clausurarla, y eso fue lo que hizo días después del accidente de coche de sus padres. Había odiado a la hija de Eulayla Baptist en aquel momento, pero no sabía su nombre. Ahora, gracias a la chica, sostenía sus palabras en mis manos.
Verena escribió que después de cerrar la compañía se encontró con «miles de litros de batidos baptistas, tanques de estofado y camiones llenos de pechugas de pollo recubiertas de una salsa misteriosa», todo lo cual fue llevado a comedores para pobres y casas de acogida, «para gente que estaba pasando hambre sin habérselo propuesto». Verena lo describía como un acto de caridad, y yo supuse que las comidas baptistas eran mejor que nada.
No pude evitar sentirme enfadada y traicionada al leer acerca de Eulayla Baptist. Como todas las baptistas, yo había estado destinada al fracaso, pero cuando eso sucedió, me eché la culpa a mí misma. Puede que hubiera odiado a la hija de Eulayla en ese momento, pero a medida que iba leyendo el libro me alegré de que hubiera delatado a su madre. Supe que mi derrota como baptista no había sido por mis errores.
Me pregunté por qué Verena acusaba a su madre de manera tan pública. Verena no salía en la mayor parte del libro, pero en el primer párrafo estaba presente de manera palpable: «Antes de que yo naciera, mamá era joven y delgada. Papá y ella se establecieron en Atlanta y durante un año glorioso las cosas no hubieran podido ir mejor. Entonces, una noche tonta y llena de martinis en el patio con sus vecinos, los Amberson, papá inseminó a mamá con una bomba que tardó nueve meses en explotar, dejándola gorda y llena de cicatrices, con estrías y una cintura que parecía un neumático».
La bomba era Verena. Había arruinado la figura de su madre, lo que la llevó a su obsesión por las dietas, que dio como resultado el horror del Plan Baptista para la Pérdida de Peso siendo predicado por todo el mundo. Me pregunté si era esta la razón por la que Verena había decidido traicionar a su madre muerta en un libro, revelando todos sus secretos: la habían hecho sentir culpable solo por haber nacido.
El libro no iba solo del Plan Baptista para la Pérdida de Peso. Verena intentaba destruir toda la industria del adelgazamiento. Escribió acerca de los numerosos autores y gurús de las dietas, de las medicinas para suprimir la grasa, incluso de la cirugía que me iba a hacer yo. Dedicaba un capítulo entero a que uno se liberara de lo que ella llamaba: «el País de las Dietas». «El País de las Dietas trata de cómo empequeñecer a las mujeres», decía Verena. Pensé que a mi madre le gustaría el libro. Estaba segura de que si hubiera sabido de su existencia, ya me habría enviado un ejemplar.
Dentro del libro aparecían fotografías de Eulayla, una de su época de reina de la belleza y otra de los años en los que estaba gorda, así como la famosa imagen de Eulayla delgada sosteniendo sus vaqueros de gorda. En una de ellas, su cara aparecía angulosa y sus piernas moldeadas, pero todavía tenía las caderas anchas. Miré la foto y pensé que al morirse, Eulayla había conseguido finalmente lo que la vida le había negado. Al convertirse en cadáver, por fin estaba todo lo flaca que se podía esperar. Piel y huesos, suponía.
Había una pequeña biografía de la autora en la contraportada del libro: «Verena Baptist vive en Nueva York, donde dirige Calliope House, una organización feminista». Eso era todo. No había ninguna fotografía, ni manera de ponerle cara al nombre de la mujer a la que una vez había odiado tanto por arruinarme la vida.
Cerré el libro y lo dejé en el suelo del baño. No me apetecía seguir pensando en mi época baptista. Después de que nos echaran del Plan, me pasé el último año de instituto comiendo. No podía parar. En el restaurante de Delia me convertí en la ayudante de la repostera y me atiborraba de bizcochos, galletas y tartas. Para cuando empecé la universidad, había recuperado todos los kilos que había perdido y me había echado encima bastantes más. Me uní a Waist Watchers, porque tenían un despacho en el campus. Cuando su programa también me decepcionó, seguí las dietas que marcaban los libros y las revistas. Tomé píldoras para adelgazar, incluidas unas que después fueron retiradas por la Agencia de Medicamentos porque murieron varias personas. Ingerí un suplemento alimenticio proveniente de México, pero tuve que dejarlo después de sufrir dolores de estómago. Durante todo un año, bebí un batido dietético con sabor a chocolate para desayunar y para comer, lo que hizo que mis heces se convirtieran en piedras, provocándome hemorroides, y que sabía peor todavía que los batidos baptistas. Era demasiado remilgada para la bulimia y no me atraía el masoquismo necesario para la anorexia, así que una vez hube probado todas las dietas existentes, volví a Waist Watchers.
En los años que habían pasado desde que me uní al Plan Baptista, había engordado unos cuarenta y cinco kilos. Después de leerme Aventuras en Dietland, me di cuenta de que la cirugía era la única opción para mí. A Verena le hubiera horrorizado esta reacción, puesto que estaba en contra de reducirse el estómago excepto en casos de vida o muerte, pero no me importaba la intención que hubiera tenido al escribir el libro. Me había demostrado que las dietas no funcionaban. Me sentía agradecida por eso.
Me sentí agotada de tanto recordar y me relajé un rato en la bañera, aunque el agua estaba ya tibia pero agradable. No pensaba ya que la chica hubiera querido reírse de mí al darme el libro de Verena, pero todavía no sabía lo que pretendía. Cuando el teléfono empezó a sonar, no me apetecía nada salir del agua. Quien quiera que fuese no dejó ningún mensaje, pero unos minutos después empezó a repicar otra vez. Fastidiada, salí del baño y fui desnuda hasta la entrada, dejando un reguero de agua tras de mí en el suelo.
—¿Señorita Kettle?
—Sí.
—¿Hablo con Plum?
—¿Quién es?
—Soy Erica, del departamento de Recursos Humanos de Austen. Necesitamos que vaya a las oficinas el lunes que viene, a las diez, para firmar un documento.
—¿Qué documento?
—Uno que precisa su firma. Hay problemas con su seguro médico.
—Está bien —dije, irritada ante la idea de otro viaje a Manhattan.
—Por favor, diríjase a Recursos Humanos, planta veintisiete. Gracias y adiós.
En lo que menos estaba pensando era en Austen Media. Desde que había empezado a leer el libro de Verena había ignorado a las chicas de Kitty. Estaban atrapadas en mi portátil, una caja de Pandora que me negaba a abrir.
***
Salí del ascensor en el piso veintisiete de la Torre Austen y caminé por un pasillo largo y recubierto de moqueta. Al final había unos ventanales de suelo a techo, revelando una gran parte del centro de Manhattan iluminada por el sol. El pasillo era como un trampolín en medio de un mar de edificios. Posé la frente contra el cristal y miré las calles debajo de mí.
Erica, la mujer que me había llamado por teléfono, me saludó en la oficina de Recursos Humanos. Sacó una carpeta con un folio que tenía el logo de los servicios de salud en la parte superior.
—Por favor, léelo y fírmalo —me dijo, sentándose a mi lado en el sofá de la sala de espera. El documento no tenía mucho misterio, solo me pedían que confirmara el seguro de salud que había escogido cuando empecé a trabajar para Kitty.
—Genial —dijo Erica cuando le devolví la carpeta—. Te acompaño al ascensor.
—¿Eso es todo? He venido desde Brooklyn.
—No querrás que se te caduque el seguro médico, ¿no?
Quise responderle en el mismo tono insolente, pero no merecía la pena. Recogí mis cosas mientras me escoltaba fuera de la oficina, lo que me pareció innecesario.
Mientras esperábamos el ascensor, miré por el ventanal y volví a pensar en la imagen del trampolín. La idea de saltar, de sumergirme en la ciudad, me absorbió por completo hasta que escuché un crujido. El reflejo de la luz del sol era tan fuerte que tuve que guiñar los ojos para ver que Erica había sacado el documento del seguro médico de la carpeta y lo estaba metiendo en una papelera.
—Eh, eso es lo que he firmado.
—Ve al sótano dos —me susurró—. S-2. Tienes que cambiarte de ascensor en la recepción.
—¿Qué está pasando?
Sostuvo su brazo entre las puertas del ascensor, para que no se cerraran.
—Venga, date prisa. Tengo que volver al trabajo.
Ya estaba bajando en el ascensor y todavía veía borroso por el contraste de la luz, cuando se me ocurrió lo único que podía ser: la chica.
Estuve dudando en el vestíbulo, pero no me pude resistir a averiguar qué pasaría si seguía las instrucciones de Erica. Busqué el ascensor que me llevaría al S-2. Cuando llegué al sótano, dos pisos por debajo de la Torre Austen, me encontré frente a una doble puerta de color plata envejecida, con un cartel que señalaba: ARMARIO DE LA BELLEZA. Había un teclado numérico a la derecha y un timbre.
Las puertas del ascensor se cerraron tras de mí. Me acerqué a la puerta y llamé al timbre. Pasaron unos segundos, pero no se oyó nada, ni había señal alguna de que alguien se encontrara al otro lado.
Estaba a punto de volver a llamar cuando escuché un ruido muy leve. Acerqué la oreja a la puerta para oír mejor. Clap, clap, clap. El sonido cada vez era más alto. Clap, clap, clap, como un caballo en una película del Oeste. Clap, clap. Lo escuché un minuto más y comprendí que era el sonido de unos tacones aproximándose desde la distancia. Clap, clap.
—Voy —dijo una voz, una de las puertas se abrió ligeramente y una cabeza se asomó—. Soy Julia Cole, jefa del Armario. ¿En qué te puedo ayudar?
—Soy Plum. No sé por qué estoy aquí.
La mujer abrió la puerta y me permitió pasar, pero no dijo nada. Entré y lo que vi me hizo resoplar de asombro. El Armario de la Belleza no era un armario. Perfectamente podría haber cabido un avión allí dentro, quizás dos. Hasta donde se extendía mi vista había estanterías metálicas que llegaban hasta el techo, iluminadas con fluorescentes; como si fuera un hipermercado construido bajo el modelo de un templo de Babilonia. En cada hilera había una escalera con ruedas, cada una de ellas tan alta que su final quedaba cegado por las luces, como si llegaran hasta el cielo. Había carteles al principio de cada fila, LABIOS, OJOS, PESTAÑAS, PELO y más de este estilo, y todos los estantes estaban repletos de bandejas negras llenas de productos.
—¿Esto es un armario?
La mujer se paró frente a mí. Vestía una blusa de seda malva, pantalones color crema que terminaban justo en sus tobillos, tacones altos. En torno a su esbelta cintura llevaba un cinturón portaherramientas lleno de brochas y pintalabios.
—Para ti —me dijo, pasándome un tubo metálico. En él se veía escrito Juicy Plum.
Julia me hizo una seña para que la siguiera. Caminamos por la fila de LABIOS, que estaba subdividida en secciones de brillo, perfilador, pintalabios y cacao; cada una de esas secciones estaba a su vez organizada por colores, con muestras del producto sobre papel, como si fuera una tienda especializada en pinturas. Pegado a una de las estanterías había un folio en el que ponía LABIOS: MENORES Y MAYORES, con una ilustración muy explícita de una vulva.
—Un poco de humor —dijo Julia cuando me vio mirando.
En mitad de la hilera por la que estábamos caminando había dos taburetes con ruedas, y ahí fue donde Julia y yo nos sentamos.
—Respondiendo a tu pregunta, le llamamos el Armario de la Belleza por los viejos tiempos. Cuando Austen Corporation fue fundada aquí mismo, en 1928, la hija de Cornelius Austen fue la encargada de organizar los cosméticos en un armario para las dos revistas de moda que Austen publicaba en aquella época. Era una manera de mantenerla entretenida hasta que encontrara un marido. Era muy amable y a la gente le caía bien, siempre ofrecía té a todo aquel que viniera a verla. Así que el Armario de la Belleza se convirtió en una tradición de Austen.
Julia se ajustó el cinturón para que no se le cayeran las brochas. Sobre su cabeza había un estante etiquetado PINTALABIOS/MATE/BORGOÑA 003LMB. Me pregunté si era Julia quien había organizado todo esto como una biblioteca.
—¿Para qué es todo este maquillaje?
—Encima de nosotros hay cincuenta y dos plantas. Publicamos nueve revistas cuyo tema principal es la moda, conocidas colectivamente como las Nueve Musas, como ya sabes, y también producimos muchos programas de televisión y un montón de otras cosas. Salen muchas mujeres en nuestras páginas y en nuestras retransmisiones, y todas ellas necesitan maquillaje. Y eso es lo que les damos aquí.
Miré a mi alrededor, intentando asimilarlo todo, con un leve escalofrío.
—Hace frío para que el maquillaje no se derrita. Yo ya me he acostumbrado —me dijo—. Antes de que sigamos, tienes que prometerme que todo lo que te voy a contar será confidencial.
Asentí.
Julia metió la mano en el cinturón y sacó un papel doblado.
—El once de mayo, con un nombre inventado, mandé un mail a Querida Kitty a través de la página de Daisy Chain: «Querida Kitty, considero que eres uno de los grandes intelectos de nuestro tiempo, así que me gustaría hacerte una pregunta: ¿Quién está más oprimida: la mujer cubierta de arriba abajo con un burka o una de las modelos que salen en bikini en tu revista?».
Pensé por un momento, y el recuerdo de aquella carta salió a la superficie.
—Me acuerdo. No es el tipo de mensaje que suelo recibir.
Julia continuó:
—Tres días más tarde, recibí esta respuesta: «Me alegra que pienses en ese tipo de temas. ¡Normalmente no recibo mensajes de chicas como tú! Me haces una pregunta muy interesante, una que ni estoy segura de poder responder. Una mujer cubre su cuerpo y la otra lo expone por completo. Se puede pensar en ello como las dos caras de la misma moneda. ¡Gracias por escribir!».
Julia dobló el papel y se lo volvió a meter en el cinturón. Escuchar las palabras que yo había escrito como Kitty me hizo sentir muy cohibida.
—Sabía que este mensaje no lo había escrito Kitty. No pensaba que me fuera a responder ella personalmente, por supuesto, pero me quedó muy claro que tampoco lo había redactado la típica chica que Kitty suele contratar, uno de los clones de los que se compone su personal. Quería saber quién había escrito este correo, y no me resultó muy difícil. Llamé a su asistente, Eladio, quien me lo contó en cuestión de minutos. Una vez supe quién eras, y que trabajabas desde casa, mandé a Leeta a averiguar más cosas de ti. Es mi becaria. Se la arrebaté a Novia Glamurosa el pasado otoño.
Leeta. Por fin tenía un nombre.
—No parece la típica becaria de Novia Glamurosa —respondí, recordando las botas militares y el maquillaje oscuro.
—Te puedo asegurar que no tiene interés alguno por las bodas o por el glamour. Su beca solo era una manera de conseguir lo que quería.
—¿Está por aquí? —Esperaba que no. Sabía demasiado acerca de mí. Me había visto.
—Leeta ha tenido que salir de la ciudad repentinamente. Y ahora, deja que aproveche esta oportunidad para disculparme por su comportamiento. Sí, yo le mandé que te siguiera, pero debes entender que el trabajo que hago aquí es muy delicado. Quería que Leeta te investigara, que se hiciera una idea de tu rutina diaria, para ver si podíamos adivinar qué tipo de persona eras. No me puedo fiar de casi nadie, y quería que Leeta me dijera si verías nuestra causa con buenos ojos.
—¿Qué causa?
—Lo que quiero decir es que después de hablar con Leeta y leer los apuntes que tomó, pensé que a lo mejor se había comportado de forma inapropiada, que se había entrometido en tu vida y que… te había disgustado. —Julia rebuscó en su cinturón de herramientas y sacó el cuaderno rojo en el que Leeta escribía mientras me estaba siguiendo.
—Déjame verlo —le pedí, intentando agarrar la libreta, pero Julia la volvió a meter en el cinturón.
Ante ese desplante, le dije:
—Podría haber llamado a la policía.
—¿Y por qué no lo hiciste?
No tenía respuesta para eso.
—De todos modos, siento lo que pasó —me contestó—. Se suponía que no deberías haber reparado en Leeta.
—¿Y mandarla a espiarme estuvo bien?
—No te estaba espiando. Estaba empezando a conocerte.
—¿Sin que yo lo supiera?
—Al principio, sí.
Me pregunté si todos me estaban gastando una broma. Porque si era así, a Julia se le daba genial fingir.
—¿Por qué me dio el libro de Verena Baptist?
—A Leeta se le ocurrió que podría ser buena idea. Te había cogido cariño y quería demostrártelo. Pensó que apreciarías el mensaje del libro.
—¿Conoces a Verena?
Sonó el timbre. Julia se sobresaltó y se levantó rápidamente del taburete, golpeando sin querer la estantería que tenía detrás; los pintalabios comenzaron a caerse sobre su cabeza, aterrizando en el suelo.
—Mierda —dijo—. Ven conmigo. —Julia corrió hacia la entrada, tan rápido como podía con esos tacones. Alguien estaba golpeando la puerta.
—Soy Tamryn Suarez-O’Brien —gritó una mujer—. ¿Hay alguien? ¡Abrid la puerta!
—Es una productora de Lencería en Directo —me susurró Julia.
Tamryn Suarez-O’Brien entró vacilante sobre unos tacones de aguja violetas de piel de serpiente, tamborileando los dedos de su mano derecha en su gigantesca barriga de embarazada.
—¿Por qué has tardado tanto? Sabes que no puedo estar de pie durante mucho tiempo —le dijo a Julia, pero me estaba mirando a mí—. ¿Quién eres? —Tamryn me miró con desprecio.
—Trabaja para Kitty —contestó Julia—. Ha venido para que le dé unos pintalabios.
—Ya, bueno, no me gusta pasar por delante de nadie, pero necesito una colonia y no puedo esperar. Me lleva oliendo a algo asqueroso toda la mañana. Ya sabes, a sudor. Me preguntaba quién olía tan mal, y después resulta que era yo.
Julia condujo a Tamryn hacia los perfumes y me dejó sola. Me puse a leer la carpeta que pendía al final de la hilera de LABIOS.
[Nuevas entradas.- Semana del 4 de junio, 2012] Actriz joven. 00380 Adicta a los rubíes. 00381 Adicta al café. 00382 Afeminado. 00383 Afganistán. 00384 Aguafiestas. 00385 Aguardiente de ciruelas. 00386 Aguardiente de manzana. 00387 Algodón de azúcar. 00388 Amaretto. 00389 Amarronado. 00390 Ámbar rosa. 00391 Amorosa. 00392 Ángel. 00393 Ángel con curvas. 00394 Arándano. 00395 Arañazo. 00996 Areola. 00397 Azúcar rosa. 00398 Azúcar y mantequilla. 00399 Baya aplastada. 00400 Bella de día. 00401 Bella durmiente. 00402 Belleza beige. 00403 Bésame. 00404 Beso de guayaba. 00405 Beso de mora. 00406 Beso de rubí 00407 Besos de fresa. 00408 Borracha. 00409 Brandy. 00410 Brillo meloso. 00411 Brillo plateado. 00412 Bronce bohemio. 00413 Bronceada. 00414 Buscona. 00415 Buscona violeta. 00416 Cadáver. 00417 Café con leche. 00418 Calientapollas. 00419 Canela. 00420 Carne. 00421 Casi rojo. 00422 Cazafortunas. 00423 Cereza. 00424 Cereza alegre. 00425 Champán rosado. 00426 Chica blanca. 00427 Chica traviesa. 00428 Chicle. 00429 Chili. 00430 Ciruela desnuda. 00431 Ciruela dulce. 00432 Ciruela perfecta. 00433 Cítrico. 00434 Clávamela. 00435 Coca cola. 00436 Coche de bomberos. 00437 Coco. 00438 Cómeme 00439 Como una señora. 00440 Coñazo. 00441 Coqueta. 00442 Coral oscuro. 00443 Corazón rosa 00444 Cosmopolitan. 00445 Cosquillas. 00446 Crema catalana. 00447 Cuervo. 00448 Culito de bebé. 00449 Cultivando rosas. 00450 De nenas. 00451 Delgada. 00452 Delicias turcas. 00453 Desmayo. 00454 Desnuda. 00455 Diabla. 00456 Diablo rojo. 00457 Diosa violeta. 00458 Diva. 00459 Diva escarlata. 00460 Diva oscura. 00461 Dolce vita. 00462 Dominatrix. 00463 Doncella 00464 Dulce violeta. 00465 El beso de la muerte. 00466 El lado oscuro. 00467 El más rojo. 00468 Empoderada. 00469 Eso es amor. 00470 Estallido de rosas. 00471 Estrella del porno. 00472 Excitada. 00473 Flechazo. 00474 Fóllame. 00475 Gatita. 00476 Golfa. 00477 Granada. 00478 Házmelo. 00479 Herida. 00480 Incomprendida. 00481 Indecente. 00482 India. 0083 Ingenua. 00484 Jengibre picante. 00485 Jerez. 00486 Juego previo. 00487 Jugosa. 00488 La chica de rosa. 00489 La más bonita del reino. 00490 La niña de papá. 00491 Lagarta. 00492 Lámeme. 00493 Lascivia rosa. 00494 Legal. 00495 Limaduras de cobre. 00496 Limonada rosa. 00497 Lirio. 00498 Llamarada. 00499 Lo veo todo rojo. 00500 Lolita. 00501 Lujuriosa. 00502 Luna de plata. 00503 Luz del sol. 00504 Madera de cerezo. 00505 Magullada. 00506 Malvada. 00507 Mamá moca. 00508 Mamá vudú. 00509 Manzana de caramelo. 00510 Manzana picante. 00511 Manzana roja. 00512 Marilyn. 00513 Marruecos. 00514 Más rosa. 00515 Me han dejado plantada. 00516 Menor de edad. 00517 Menstrual. 00518 Merlot. 00519 Mexicana y picante. 00520 Miel de flores. 00521 Miel oscura. 00522 Miel rubia. 00523 Miel y moca. 00524 Mocalicioso. 00525 Moneda de cobre. 00526 Moulin Rouge. 00527 Muñequita. 00528 Nena borgoña. 00529 No más virgen. 00530 Noche árabe. 00531 Noche de bodas. 00532 Novia de mafioso. 00533 Orgasmo. 00534 Oro en polvo. 00535 Partes rosadas. 00536 Pasas con chocolate. 00537 Pasión de ciruela. 00538 Pecas. 00539 Pégame. 00540 Pelea de gatas. 00541 Peróxido. 00542 Pervertida. 00543 Petardo. 00544 Pezón. 00545 Picante. 00546 Pigalle. 00547 Platino. 00548 Poséeme. 00549 Presa. 00550 Princesa. 00551 Princesa rosa. 00552 Problemas de chicas. 00453 Prohibido. 00454 Punk. 00555 Pussy Galore. 00556 Puticienta. 00557 Putilla. 00558 Putrefacción. 00559 Que le den a esa zorra. 00560 Que vienen los rojos. 00561 Rabia. 00562 Ramera escarlata. 00563 Ramo de rosas. 00564 Reina de la belleza. 00565 Reina del vudú. 00566 Reina roja. 00567 Resplandor. 00568 Rojo apache. 00569 Rojo arrebatador. 00570 Rojo cereza. 00571 Rojo jungla. 00572 Rojo menor de edad. 00573 Rojo rosa. 00574 Rojo sangre. 00575 Ron miel. 00576 Rosa cachondo. 00577 Rosa ciruela. 00578 Rosa comestible. 00579 Rosa coral. 00580 Rosa de té. 00581 Rosa empolvada. 00582 Rosa flamenco. 00583 Rosa floreciente. 00584 Rosa fruta del bosque. 00585 Rosa pálido. 00586 Rosa rosada. 00587 Rosa ruborizada. 00588 Rosa silvestre. 00589 Rosáceo. 00590 Rosapalooza. 00591 Rosas rojas. 00592 Rouge. 00593 Rubí. 00594 Rubíes rojos. 00595 Rubor. 00596 Salvaje. 00597 Sandía. 00598 Sangrante. 00599 Sangría. 00600 Semáforo. 00601 Señorita moca. 00602 Sexy. 00603 Sherezade. 00604 Sirope de arce. 00605 Solo para adultos. 00606 Solo rojo. 00607 Solo rosa. 00608 Sonrojo. 00609 Soy fácil. 00610 Spiderwoman. 00611 Stilettos. 00612 Sueño de melocotón. 00613 Telaraña. 00614 Tentadora. 00615 Tequila. 00616 Terciopelo rojo. 00617 Tierra cocida. 00618 Tímida. 00619 Toda la noche. 00620 Todo melocotón. 00621 Tómame. 00622 Uva. 00623 Uva escarchada. 00624 Uva roja. 00625 Vacaciones en Roma. 00626 Vampira. 00627 Venus rubia. 00628 Vino tinto. 00629 Violada. 00630 Violador. 00631 Violando la condicional. 00631 Violeta volcánico. 00632 Virgen terrorífica. 00633 Whisky rosa. 00644 Zarzamora. 00635 Zombi. 00636 Zorrita 00637
Tamryn salió con el anhelado frasco de perfume.
—Estar embarazada es un asco —dijo mientras Julia la acompañaba a la salida.
Cuando Tamryn se hubo ido, Julia apoyó la frente en la puerta, cerró los ojos y dijo:
—Zorra. —Se dio la vuelta y se dirigió a mí—. Hace dos años, me saqué un doctorado en Estudios de la Mujer. A nadie de este lugar le importa que sea una doctora reconocida por una prestigiosa universidad, y ahora organizo pintalabios y rímel en un almacén sin ventanas todo el día. Mírame —dijo Julia—. Esta ropa, estos zapatos, el tinte de mi pelo. Por favor, entiende que yo jamás me vestiría así.
Julia estaba acalorada y sudorosa a pesar del frío que hacía. Se secó la frente y se abanicó con la mano, después volvió a ajustarse el cinturón de herramientas. Estaba pálida y con sombras oscuras bajo los ojos, probablemente de pasarse el día en un almacén subterráneo, lejos de la luz del sol. Parecía alguien que se dedicara a cavar en las minas de la moda.
—¿Qué tiene que ver con todo esto Verena Baptist? —volví a preguntar.
—Nada —respondió, quitándome la carpeta y volviéndola a colocar en su sitio—. No hay más preguntas. —Se me acercó—. Ponte al lado de la pared —me susurró, insistiendo hasta que mi espalda estuvo contra el cemento frío. Teníamos la misma altura y nuestras miradas se cruzaron. El pelo de Julia era castaño con mechas caramelo y le caía sobre los hombros. Me puso la mano en la barbilla y me giró la cabeza.
—Abre la boca —dijo.
—¿Qué?
—Hazlo. —Con la mano derecha, rebuscó en el cinturón de herramientas. De repente sentí un lápiz dibujando el contorno de mi boca; al principio firme, después más delicado. Podía sentir el aliento de Julia en mi cuello mientras terminaba de aplicarme pintalabios.
—Este color te favorece. Tienes la piel tan blanca como la porcelana. —Me ruboricé—. ¿Nadie te ha dicho nunca lo guapa que eres? —Intenté mirar a otro lado, pero la mano de Julia en mi barbilla me lo impidió—. ¿De qué color son tus pezones? —me preguntó.
—¿Perdón?
—Los pezones. ¿De qué color son?
Nadie me había preguntado eso nunca.
—Rosa.
Julia sacó un neceser del cinturón y lo abrió. Miré la paleta de coloretes rosas que sostenía en su mano.
—Un poco más claro. —Julia sacó otra, de la gama de rosas más pálidos—. Como ese.
Me espolvoreó las mejillas con una brocha. Se le cayó al suelo y se agachó para recogerla. Por el escote de la blusa, pude ver que tenía todo el pecho tatuado con rosas y espinas.
—Y ahora cierra los ojos —me ordenó. Algo tan suave como una pluma me acarició los párpados. Cuando terminó, abrí los ojos. Julia dio un paso atrás para observarme mejor.
—Todo maquillaje es un disfraz —comentó, y se cruzó de brazos.
—¿Por qué estoy aquí?
Julia paseaba nerviosa con sus tacones, mordisqueando el mango de madera de la brocha.
—Podrías ir donde Kitty ahora mismo y contarle lo que te he dicho y mi vida se habría acabado.
—¿Contarle qué? Si no sé nada.
Julia se lo estuvo pensando.
—Leeta cree que podemos confiar en ti. Quiero que hagas una cosa.
***
Para Shonda
Los hombres estaban vivos cuando los metieron en los sacos marrones. Dos hombres, dos sacos. Durante la noche, dejaron caer las bolsas desde el paso a nivel de Harbor Freeway, el más alto en el sur de California. Los cuerpos cayeron hasta chocarse con la autopista Century. El golpe era la causa más probable de la muerte, dijeron más tarde las autoridades.
En las horas que siguieron, los sacos fueron arrollados y arrastrados por diferentes coches y furgonetas. Un policía motorizado vio uno y llamó para avisar de que había un animal muerto en la cuneta de la autopista. Algo marrón y grande, dijo. Detenerse por eso no era parte de su trabajo.
Una hora más tarde llegó una patrulla de mantenimiento de caminos, dos veteranos y una joven estrella de rap llamada Jayson Fox, que estaba trabajando en servicios a la comunidad. Una noche, en su casa de Hollywood, Jayson Fox le había dado una paliza a su novia, una famosa modelo. Las fotos de la ficha policial del amoratado rostro de la modelo se habían filtrado por Internet. El castigo que recibió Jayson Fox fue una breve estancia en la comisaría de Los Ángeles además de esto: tener que vestir un mono caqui mientras iba en una furgoneta sucia del ayuntamiento de Los Ángeles, sentado entre dos fornidos hombres con problemas de próstata y recoger animales muertos de las carreteras. Dos meses seguidos y ya no volvería a pegar a su novia. O por lo menos, aprendería a no dejar rastro alguno.
—Te toca, Fox —le dijo el conductor mientras paraban para recoger uno de los objetos marrones. Jayson Fox, acostumbrado a conducir un Bugatti, se alegró de poder salir de la furgoneta maloliente. Los dos hombres, comiéndose sus sándwiches de huevo, le observaron mientras se alejaba. Un coche lleno de chicas había aparcado detrás de ellos. Les seguían a todas partes. Una de ellas sacó un cartel por la ventanilla en el que se leía: ¡ME PUEDES PEGAR CUANDO QUIERAS, JAYSON!
—No parece un animal —dijo uno de los hombres mientras miraba a Jayson Fox acercarse al objeto marrón con una pala.
—Pues no —contestó el otro.
A medida que se acercaba, Jayson Fox vio que era un saco, no un animal atropellado. Miró hacia la furgoneta, confuso. Uno de los hombres, con el sándwich en la mano, le hizo un gesto para que abriera la bolsa, que estaba empapada de lo que parecía ser sangre. Jayson Fox contuvo el aliento y la abrió. Los hombres de la furgoneta le contemplaron mientras miraba dentro y vieron cómo se ponía pálido de repente. Corrió hacia la cuneta y empezó a vomitar. Las chicas le grabaron con sus teléfonos móviles. En cuestión de horas, la grabación circulaba por Internet.
Más tarde, se encontró la segunda bolsa, que había sido arrastrada once kilómetros por un camión. Cerraron temporalmente la autopista en ambas direcciones, lo que provocó un atasco en el tráfico.
El doctor Orson Brown estaba viendo las noticias en su casa de Texas y se preguntó si la policía vendría pronto a su casa. Tenía un presentimiento acerca de quién estaba en esos dos sacos, y si estaba en lo correcto, él era responsable, de alguna manera, de sus muertes. O de sus linchamientos, más bien. Su mujer y él habían subido las fotos y los nombres de Simmons y Green a su página web, después de que tanto la policía como el ejército hubiesen rehusado hacer nada. Y ahora alguien les había matado. Esto hizo que el doctor Brown pensara en su hija. Pensó en ella hasta que se puso a llorar.
Бесплатный фрагмент закончился.
