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Torres Castro, Ricardo Ernesto

He atravesado el mar/ Ricardo Ernesto Torres Castro; Ilustrador, Óscar Mauricio Santana Vélez, Bogotá: Ediciones USTA, 2020

173 páginas; ilustraciones

Incluye referencias bibliográficas (páginas 169-173)

ISBN: 978-958-782-309-7

E-ISBN: 978-958-782-310-3

1. Educación superior -- Colombia 2. Sociología de la educación. 3 -- Educación universitaria. 4 -- Metodología en pedagogía -- Investigaciones. 5 Investigación en educación superior. 6 Calidad de la educación -- Universidad Santo Tomás 7. Acreditación de universidades -- Colombia. Universidad Santo Tomás (Colombia).

CDD 378CRAI-USTA-Bogotá


© Ricardo Ernesto Torres Castro, 2020

© Universidad Santo Tomás, 2020

Ediciones USTA

Bogotá, D. C., Colombia

Carrera 9 n.˚ 51-11

Teléfono: (+571) 587 8797, ext. 2991

editorial@usantotomas.edu.co

http://ediciones.usta.edu.co

Corrección de estilo: Angie Xiomara Bernal Salazar

Diagramación y diseño de cubierta: lacentraldediseno.com

Ilustración: Óscar Mauricio Santana Vélez

Hecho el depósito que establece la ley

ISBN: 978-958-782-309-7

e-ISBN: 978-958-782-310-3

Primera edición, 2020

Esta obra tiene una versión de acceso abierto disponible en el Repositorio Institucional de la Universidad Santo Tomás: https://repository.usta.edu.co/

Universidad Santo Tomás

Vigilada Mineducación

Reconocimiento personería jurídica: Resolución 3645 del 6 de agosto de 1965, Minjusticia Acreditación Institucional de Alta Calidad Multicampus: Resolución 01456 del 29 de enero de 2016, 6 años, Mineducación.

Conversión a ePub

Mákina Editorial

https://makinaeditorial.com/

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio, sin la autorización expresa del titular de los derechos.

Confirmo mi amor a Dios,

Profeso mi amor por la insigne Orden de

Predicadores,

Sello mi corazón al amor de mi familia,

Reafirmo mi lealtad al amor de mis amigos; en ese

rincón, todo aquello que toque el paladar es fuente de

amor por mí mismo.

A Eliécer y Martha, fieles compañeros de camino...


Contenido

Prólogo

Me gusta ver el mar, sentir la brisa e imaginar lo que puede haber en las profundidades”. Así comienza Ricardo Ernesto Torres, O. P., la presentación de su libro. Ver, sentir, imaginar, no solo el mar, sino también la vida, la vida que transcurre en los claustros universitarios. De ahí la metáfora del autor, que nos invita a hacer una travesía por ese mar inmenso y profundo, lleno de riqueza y paisaje, de lo conocido y lo desconocido, de certeza e incertidumbre. Este libro nos ofrece navegar por ese mar de los conocimientos y de las oportunidades que es el mundo de la educación y de las universidades; una reflexión profunda sobre lo que son, de dónde vienen y para dónde van; una propuesta que nos cuestiona y, a su vez, nos alienta a estar al lado de la transformación positiva de las personas, de las instituciones y de la sociedad. Y todo esto, desde una genuina y espontánea declaración de amor por un futuro mejor; una declaración de amor por la educación y con lo que hay en ella, en sus profundidades y en sus instituciones.

Ricardo Torres es el Rector en Medellín de la Universidad Santo Tomás, el primer claustro universitario fundado en Colombia en 1580, más de cuatro siglos dedicados a estimular y propiciar el conocimiento y la búsqueda de la verdad, dentro de un pensamiento humanista que claramente el autor expone con rigor en este trabajo que hoy nos comparte. Un Rector navegante, jazzista, pintor, gerente, líder y soñador. Rige una universidad, navega su mar de enseñanzas, hace sonar sus acordes con los diversos tonos de las necesidades de la sociedad; pinta y esboza la sociedad deseada; sabe que gerencia activos pero también que primero gerencia personas hacia un mundo mejor para todos. Este libro es un acto de generosidad que comparte el conocimiento, la experiencia y la sensibilidad de una búsqueda personal que estimula una reflexión permanente para alcanzar el puerto anhelado. Se trata de la vocación de un maestro que nos transmite la ilusión y el ideal de poder pensar críticamente, convivir como ciudadanos y comunicarnos asertivamente.

El mar y la universidad son navegables, unas veces en medio de las turbulencias, las dificultades y los vientos que azotan y, otras, cuando amainan y aparecen la calma, la serenidad y el sosiego.

Este libro recoge la experiencia y el pensamiento de un humanista amigo que nos anticipa esas tormentas que aparecen en la vida, que nos perturban y nos ponen en alerta, que no son diferentes de las tormentas de la deshumanización, la desigualdad, la falta de oportunidades, la corrupción, la violencia, la indiferencia, la mentira, la cultura mafiosa y la corrupción. Pero como buen capitán, Torres sabe que eso pasa y piensa en su destino, en cómo sobrepasar los momentos difíciles, en cómo no se puede dejar sumergir el barco, en no dejarlo a la deriva y, para ello, toma el timón con firmeza, consciente del rumbo que quiere seguir y el puerto al que quiere llegar, para navegar sin naufragar, y es así como nos propone avanzar, ir hacia delante, porque sabe que cuenta con seres humanos solidarios que son capaces de obrar de acuerdo con sus valores, de actuar con ética, que saben de empatía y compasión, que son humildes, que no quieren más desigualdad y viven su espiritualidad sin complejos.

Entre la tormenta y la calma aparece este libro, un bálsamo de esperanza para un nuevo día, donde los nubarrones desaparecerán y las aguas se calmarán. Un libro que reivindica el espacio y la función de la educación y de la universidad, donde se hace y se construye el conocimiento, que nos lleva al encuentro con la verdad (pensada, convivida y comunicada); esa institución diversa, común a todos, allí donde se gestan los acuerdos fundamentales de la sociedad, ese foro donde los humanistas ponen al ser humano en el centro, donde su humanidad se despliega como su fuerza, ese lugar al que acudimos en la búsqueda del conocimiento y de las herramientas para alcanzarlo. Se trata de la universidad, donde ocurren los encuentros entre el maestro y el alumno, los problemas y las soluciones, los sueños y las realidades, la familia y los hijos, el ciudadano local y global, donde ocurre lo bueno a partir de lo bello, donde buscamos la verdad permanentemente, como decía Tomas de Aquino.

También, entre la tormenta y la calma, está un rector, capitán, artista, gerente y líder que alza su voz, para que navegando todos juntos hacia un mismo lugar lleguemos al destino deseado: una sociedad mejor para todos, transformada desde lo humano, la equidad, el sentir por el otro, la empatía y la compasión, una sociedad donde todos cabemos. De manera que cuando miremos hacia atrás, al trayecto recorrido, podamos decir que ha valido la pena, que juntos lo hemos logrado, que hemos entregado un mundo mejor que el que recibimos.

Al autor un profundo agradecimiento por entregarnos tanto, por mostrarnos que la vida es navegar y que tiene un destino, que no navegamos a la deriva y que nos espera ese puerto que nos hará mejores como personas y como sociedad. Como lo dijo el papa Francisco recientemente: “Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos llamados a confortarnos mutuamente. En esta barca, estamos todos”1.

CARLOS RAÚL YEPES JIMÉNEZ

1Prensa Celam, “Bendición Urbi et Orbi: frases para pensar”, 29 de marzo de

2020.


Nota del ilustrador
Una travesía por dibujos y líneas

Después de haber recibido el bello reto de ilustrar el libro He atravesado el mar de Ricardo Ernesto Torres Castro, O. P., a partir de algunas de sus líneas entendí que este reto debía, tal como dice el autor, “atravesarse con las propias fuerzas sin depender de otro vehículo, es decir, a mano alzada. Una comunión íntima entre cuerpo y trazo con dibujos introspectivos como la reflexión que el mismo texto sugiere.

Seleccionar dichos dibujos implicó no solo repasar las viejas libretas de ilustraciones, sino concatenar los escritos con la imagen, los sonidos con la vista. Una suerte de sinestesia que, aparte de compleja, merecía gran responsabilidad.

En esta serie de dibujos inéditos y rescatados de los archivos se plasma, en parte, mi aprendizaje en arquitectura. No solo son dibujos que se sincronizan con las “brazadas” del autor atravesando su mar, sino que también dejan explícitamente una autobiografía de mi obsesión por dibujar todo lo que experimento. Estos trazos también plasman miedos, anhelos, proyecciones de vida y recuerdos memorables. Algunos de estos dibujos también presentan utopías y mundos posibles. Cruzar el mar de la educación, en mi caso en arquitectura, solo es posible con los dibujos, con el trazo, con las manos como médium entre cerebro, alma y realidad. No creo que exista una mejor manera de ilustrar este libro, cuyo foco es la educación, que mediante una versión análoga de manuscritos y la memoria laberíntica de las líneas interminables de un boceto.

La actividad de colectar conscientemente decenas de ilustraciones conlleva recrear los procesos de enseñanza, de retroalimentación pedagógica y enfrentar a la memoria. Es un repaso similar al que se vive al hojear los antiguos álbumes familiares: buscar, escudriñar, recordar, seleccionar y proyectar con dibujos. La simpleza y austeridad de los dibujos seleccionados cuenta otra historia similar al relato expresado en el texto, y desprovisto de cualquier aditamento, color, textura y fondo, muestra la simpleza y la intuición del dibujo. La colección que acompaña este documento se basa en ciudades imaginadas, en croquis de viajes, en proyectos arquitectónicos que nunca fueron, en diagramas y esquemas surrealistas, y en proyecciones de arquitectura que hacen parte de la piel de algunas ciudades.

Así como el autor llega a comprender y ser consciente del alma que habita en las universidades, reconozco que es en el dibujo donde se encuentra en gran medida el espíritu de la arquitectura. Proyectar significa ver más allá y todo proceso de proyección, de paso de un lado a otro imaginando lo que aún no existe, es en gran medida el espectro al que invita el autor del presente libro.

Que sea el momento para desglosar el texto y sus profundidades, que las líneas de cada dibujo acompañen la travesía, que sea el momento para cruzar nuestros propios mares, de perdernos a ratos en sus profundidades, de leer los dibujos y dibujar textos, de fundir y trastocar los sentidos con libertad y sin ataduras. Que sea una invitación no solo a tomar notas, sino a conocer con esta declaración el mundo de la educación desde la experiencia personal del autor, a proyectar nuevos retos, a atravesar el mar.

ÓSCAR MAURICIO SANTANA VÉLEZ

Decano, Facultad de Arquitectura

de la Universidad Santo Tomás, Sede Medellín

3 de marzo de 2020

Presentación

Me gusta ver el mar, sentir la brisa e imaginar lo que puede haber en las profundidades. Me gusta imaginar que ese mar se puede atravesar con las propias fuerzas, sin depender de otro vehículo más que el propio cuerpo. Me gustan el mar y su grandeza, su música y su color. El 25 de agosto de 1969, Jorge Luis Borges, en el prólogo de Luna de enfrente, recogía las palabras que en 1905 proclamara Hermman Bahr: “el único deber, ser moderno”1. Algunos pensarán que querer lo mismo sería algo anacrónico, quizá difícil. No obstante, tan real es querer ser moderno como ser humano. Este libro pretende tanto lo uno como lo otro. No es otra cosa que el intento de un atrevido escritor por presentar una mirada moderna y humana del mundo de las universidades, tan solo esto: una mirada. Se trata de la misma de quien sentado al borde de la playa mira el mar, siente la brisa, imagina lo que hay en sus profundidades y, en un arranque de valentía, se lanza porque lo quiere atravesar con sus propias fuerzas, nadando no más, avanzando a su propio ritmo, sabiendo que con cada brazada la profundidad es cada vez mayor y, con la misma mirada de los modernos, no se disculpa frente a las olas sino que sigue hasta que siente que lo ha atravesado aunque no haya llegado muy lejos.

Ser moderno en la actualidad no es solo una declaración atrevida, es una actitud desafiante y pertinente frente a la vida misma. La pertinencia está muy ligada a la verdad, de ella surge todo el proyecto originario para el que fueron creadas las universidades: hacedoras, constructoras de conocimiento y guías hacia la verdad. Ser moderno en el inmenso mar de la universidad no es otra cosa que querer ir a las profundidades, no solo sintiendo que se está atravesando, sino que se está llegando muy lejos. Esta ha sido nuestra lucha en la universidad, ir siempre orientados, de la mano de la memoria hacia la verdad pensada, comunicada y convivida.

La humanidad es nuestra fuerza. De ella surge toda la maravillosa aventura de emprender ese viaje dentro del mar. Brazada tras brazada, con la fuerza que sale de nuestra condición humana, uno va hacia la profundidad, uno va avanzando y aunque se pueda cansar, uno tiene todo para dejarse sumergir en la profundidad o simplemente para atravesar el mar, soñando volver, si es el caso, o sumergirse y morir. De eso se trata, de morir atravesando el mar.

¿Qué son las universidades? ¿De dónde vienen? ¿Para dónde van? Son las tres preguntas que me he formulado para sumergirme en la profundidad del mundo universitario. No se trata de un relato histórico, mucho menos de los resultados de una investigación. Es una mirada a la universidad colombiana. Las reflexiones que he querido compartir son fruto de un constante ver la realidad. Cuando desde la orilla uno se detiene a reflexionar y ver atravesar a otros y a uno mismo ese mar que es la universidad, se adentra profundamente en las preguntas, las palabras se van quedando como la principal lección y escribir se convierte en un duelo entre quien se sumerge en la profundidad y quien atraviesa el mar. Cuando Santo Domingo de Guzmán fundó la Orden de Predicadores, envió a los primeros miembros a la universidad para que educaran su recio carácter y sus mentes lúcidas. Los envió para cultivar su humanidad y hacer de ellos hombres de la palabra. A eso se va a una universidad, a eso fueron a la más antigua de las universidades y por eso hoy atraviesan y ven atravesar a los hombres y mujeres en sus necesidades y preocupaciones.

Quiero que este libro sea una declaración de amor. Nunca como ahora logré ser tan consciente del alma que habita en las universidades. Puede haber muchos factores complejos, como la crisis en las matrículas, la legislación alejada de los criterios fundamentales de la razón de ser, la inequidad y falta de oportunidades, la mediocridad y hasta la absurda competencia; sin embargo, todas ellas se revisten de un color, una música especial, un aliento de vida y humanidad, un tejido de dignidad que muy difícilmente otra institución puede tener. Amar la educación con lo que hay en ella, en sus profundidades, con sus instituciones: eso es este libro.

Quiero que a partir de estas líneas, querido lector, se anime conmigo a dar cada brazada, sienta conmigo el impulso de vencer las olas, descubra junto a mí cada momento difícil, sienta el cansancio y la satisfacción de atravesar el mar. Y ese espacio, esa manera, ese momento, está en las universidades, es allí en donde es posible tejer historia, ver utopías, soñar con muchos mundos posibles. Vemos hoy una sociedad ansiosa por derribar los muros de la ignorancia, pero que también está arrinconada, sin sueños, con frustraciones, que se resiste, quizá por temor, a entrar al mar. Pero existe un lugar privilegiado en donde nuestra sociedad puede dar saltos hacia adelante, es la universidad, y nada tan moderno y humano como querer estar en ella.

“Mi vida entera” es el título de un poema de Borges en el que se inspira este libro, cada vez que la noche lo invoca en mis horas de vigilia, cuando el alma siente caer la tarde y se da cuenta de que, entre jornadas y noches, finalmente somos iguales. He entrado en el mar, he entrado con otros a quienes he visto subir al barco y navegar, y hemos vivido juntos esta hermosa experiencia de ir hacia el propio destino a través de la universidad.

Mi vida entera

Aquí otra vez, los labios memorables, único y semejante a vosotros.

He persistido en la aproximación de la dicha y en la intimidad de la pena.

He atravesado el mar.

He conocido muchas tierras; he visto una mujer y dos o tres hombres.

He querido a una niña altiva y blanca y de una hispánica quietud.

He visto un arrabal infinito donde se cumple una insaciada inmortalidad de ponientes.

He paladeado numerosas palabras.

Creo profundamente que eso es todo y que ni veré ni ejecutaré cosas nuevas.

Creo que mis jornadas y mis noches se igualan en pobreza y en riqueza a las de Dios y a las de todos los hombres.2

1 Jorge Luis Borges, Obras completas 1923-1972 (Madrid: Alianza, 1983), 71.

2 Ibíd., 70.



PARTE I. ¿DE DÓNDE VENIMOS?



De la universidad “moderna” a la “original”

Hay un santo maravilloso en la historia de la Iglesia católica, Santo Tomás de Aquino. Cuando oímos hablar de este santo, la palabra que primero se nos viene a la mente es: profesor. Pero al mismo tiempo, el santo es denominado el Doctor Común de la Iglesia. Profesor y doctor tienen un sentido en común y un mismo propósito. Doctor viene del latín Docens, que quiere decir ‘el que enseña’, por lo tanto, la docencia, ya desde el Medioevo, es el acontecer de los profesores y los doctores. La universidad medieval es profundamente inspiradora. Cuando se revisa el origen de esta institución, quizás el principal problema es intentar comparar las universidades actuales con las de entonces, pues se desconoce el periodo en que nacen. Sin embargo, quiero hacer hincapié en los grandes aciertos de la universidad de la Edad Media que en gran parte se han venido desfigurando y perdiendo.

Entre la necesidad social y eclesial, nació la universidad en un contexto en que el Imperio romano venía en declive, lo que deterioraba su sistema educativo. Este fue un periodo de la historia de grandes construcciones, desarrollos artísticos y arquitectónicos, experiencias en términos de logística producidas por la urgencia de atender las guerras. La administración misma nació como una experiencia para manejar los recursos del Imperio para su beneficio. En tal contexto, la Iglesia tomó fuerza y asumió el manejo de las instituciones para garantizar la estabilidad social que no podía, no quería o no lograba el gobierno de la época.

A partir del siglo VI, con la aparición de los primeros monasterios, en general benedictinos, se empezaron a organizar los territorios, las cadenas de sostenibilidad provenientes de la agricultura, el desarrollo del arte, la escritura y la culinaria. En los monasterios se empezaron a producir textos, las primeras Biblias, selectas traducciones, y los escritos provenientes de la patrística, además, se comenzó a responder a la urgente necesidad de aprender a leer y escribir. De manera que el origen de la universidad se dio a partir de estos factores, con el propósito de transmitir el conocimiento como fuente de valor frente a las exigencias siempre cambiantes del mundo.

Con la conquista del norte de África y el sur de España por parte del islam, las reflexiones de algunos árabes, en particular de Avicena y Averroes sobre Aristóteles, que recogieron este pensamiento, hicieron accesible el mundo griego al mundo occidental. Tomás de Aquino tomó estos conocimientos y los sistematizó. El saber se fue ordenando y nació, en mi concepto, el asignaturismo, que aún hace parte del contenido curricular de los programas académicos. Fue el Medioevo el que dio lugar a esa capacidad de síntesis y estructura sobre los saberes.

El Medioevo, lejos de ser como muchos afirman un milenio de oscuridad, fomentó la deliberación como fuente real del conocimiento. Se desarrollaron metodologías para contrastar el conocimiento, que fundamentalmente permitían que, frente a las tesis postuladas o defendidas por algunos, hubiera una persona o un grupo de personas destinado a objetar lo que se estaba proponiendo, para que finalmente el “docens” pudiera dar una solución frente al problema planteado. Un estudiante del Medioevo recibía una profunda capacitación en el arte de la deliberación y el debate. Triste que seis siglos después, en los salones de clase, nadie sea capaz de deliberar y debatir. ¿De qué hablamos cuando decimos “Medioevo”? ¿Cuál es el periodo de real oscuridad? Esta preocupación es relevante, máxime cuando muchos de nuestros estudiantes rotulan los temas centrales de la vida como clases de relleno o costuras, como tristemente se les llama a los idiomas, las humanidades, las formas y contenidos que orientan la vida, el arte mismo.

La universidad medieval investigaba sobre la base de las realidades éticas, críticas y creativas. Se trataba de hacerse el máximo de preguntas posibles de manera que ellas, como fuente real de conocimiento, trazaran los desarrollos sobre los cuales se debería aprender. Gracias a este proceder se lograba que los contenidos curriculares fueran hechos por los mismos que estaban inmersos como actores fundamentales en el proceso de enseñanza-aprendizaje: docentes y discentes. Posteriormente, la educación logró salir del seno de la Iglesia para trasladarse a los grandes palacios, lo que conocemos como las escuelas palatinas, en donde, con la ayuda de la sistematización antes realizada, se estudiaban los grandes asuntos de la época. El caso concreto fueron las diversas summas que se hicieron a partir de la gramática, la música, el lenguaje y la aritmética, que eran las artes estudiadas en la época. Tomás de Aquino escribió la Summa theologiae (1266-1273) con la misma intención de sistematizar y estructurar el saber sobre Dios.

La medieval fue una sociedad educada en torno a la deliberación, el debate y las disputas, que contaba con la suficiente madurez para hacerse cargo de sí misma. Fue una sociedad que, frente a la inmensa dificultad de información, en la que la tecnología no tenía efectos tangibles, llevaba sus problemas al ágora, donde surgían sus grandes decisiones y acuerdos, que se permitió además trazar el sueño de la paideía, del liceo, de la academia y de la universidad como lugares en donde la sociedad nace y se desarrolla.

El Medioevo y el surgimiento de las universidades nos permiten entender por qué, frente a tantas situaciones críticas, podemos decir que poco avanzamos en la actualidad, que se nos perdió el propósito fundamental de la universidad, a saber, ser el lugar en donde se gesten los acuerdos fundamentales de la sociedad. Queremos más de esas universidades que, aun corriendo el riesgo de ser tildadas de conservadoras y tradicionalistas, ponen de manifiesto que el ser humano sigue siendo el centro y que declaran que el humanismo siempre estará por encima de la técnica. Necesitamos universidades donde se dialogue más, donde los docentes guíen y acompañen, como bien lo inspira Tomás de Aquino.


De lo innecesario a lo fundamental

En este momento del acaecer educativo somos muchos los que con afán buscamos encontrar soluciones reales a problemas específicos. Uno de los principales obstáculos, sin embargo, —heredero del esnobismo reinante en gran parte de la ciencia actual, y más aún en las humanidades— es querer encontrar soluciones en “nuevos descubrimientos”, en desdeño constante por otras investigaciones y experiencias pasadas, que no son necesariamente caducas, pero a las que se les mira siempre con recelo e incluso con desprecio. En este sentido, en dirección contraria al citado esnobismo, algunos hemos pensado que la solución puede estar en tener la capacidad de retornar a las características fundamentales de la educación, pero sin tradicionalismos, como parte del paisaje que las instituciones deben adoptar para poder garantizar pertinencia y futuro. Hace unos años leí en algún lugar una metáfora que puede iluminar y dar sentido a esa tesis:

El maestro de zen y sus discípulos comenzaron su meditación de la tarde. El gato que vivía en el monasterio hacía tanto ruido que distrajo los monjes de su práctica, así que el maestro dio órdenes de atar al gato durante toda la práctica de la tarde. Cuando el profesor murió años más tarde, el gato continuó siendo atado durante la sesión de meditación. Y cuando, a la larga, el gato murió, otro gato fue traído al monasterio y fue atado durante las sesiones de práctica.

Siglos más tarde, eruditos descendientes del maestro de zen escribieron tratados sobre la significación espiritual de atar un gato para la práctica de la meditación.1

Esta corta historia muestra lo que la tesis enunciada quiere decir. Muchas veces hacemos cosas y las incluimos como un activo importante de nuestras tradiciones, aunque estas no tengan mucho sentido. Nuestras instituciones están cargadas de este tipo de “tradicionalismos”; procesos, leyes y normas que en algún momento se hicieron para resolver un tema inmediato que simplemente continuamos aplicando con la disculpa de la prevención o porque se hizo costumbre. ¿Cuántas cosas innecesarias hacemos en nuestras universidades? ¿Cuántas cosas que no tienen sentido ni agregan valor a las instituciones? Pues bien, habría que entrar en la lógica de rediseñar y ajustar los procesos con el propósito de acabar con los tradicionalismos que hacen rígidas, pesadas y paquidérmicas nuestras instituciones. Deberíamos cambiar ese lenguaje coercitivo: “que si no hacemos esto o aquello el Ministerio nos va a castigar” o “que las cosas simplemente no pueden ser así solo porque acá nunca las hemos hecho así”. En un universo cambiante, la capacidad de adaptación se convierte en la habilidad más importante para las instituciones. La cuarta revolución industrial nos está mostrando desafíos muy grandes, que implican cambios profundos2 y un retorno a lo realmente fundamental. ¿Será que si seguimos como vamos con nuestros tradicionalismos, podremos adaptarnos completamente?, ¿qué va a pasar con las universidades que no comprendan los desafíos de la educación?, ¿seguiremos formando con modelos educativos que simplemente no se adaptan a las personas de hoy? De nuestra capacidad para transformar nuestros entornos, nuestras formas, de revisar nuestros comportamientos internos y de entender que el liderazgo no es una confrontación entre los tradicionalismos y lo se debe hacer, dependerá que nuestras relaciones con el entorno sean más cálidas, mucho más arriesgadas y desafiantes.

Una universidad de calidad no puede existir simplemente para acreditarse, esta debe ser una condición básica, más que una meta debe convertirse en un medio. No puede ser que se tomen más en serio, dentro de la formación profesional, las competencias en uso de aplicaciones y herramientas que van surgiendo, que los contenidos mismos de las diferentes áreas del conocimiento, solo porque las universidades no tienen el valor de comprenderse en el contexto, y de entender que hay diferencias certeras y claras entre la forma y la materia. Estar “actualizado” no es solamente ir al ritmo de los tiempos, es también poder tomar perspectiva, posición y a veces, incluso, oposición. La enjundia del saber no está en el medio, no está en la manera. Cuánto rigor académico en investigaciones serias se nos está yendo de los contenidos programáticos de las materias, solo porque ahora todo lo encontramos en cursos en línea masivos y abiertos (MOOCS, según su nombre en inglés), o en diversas plataformas donde la lectura crítica no es algo fundamental. Estamos pasando por un momento coyunturalmente álgido, si no se hace nada, la cuenta de cobro será muy grande y cuando nos demos cuenta, se habrá avanzado años luz y será muy difícil retomar el rumbo. No sigamos amarrando gatos cuando estos ya no maúllan.


La universidad que soñamos

Las universidades se deben transformar. ¿Cómo hacerlo? Soñando. Muy difícilmente una universidad se puede transformar si antes no se permite soñar. Es tan simple como complejo. La universidad que soñamos es abierta, es un lugar donde los vigilantes no exigen carné, está diseñada para ser “la universidad de todos”, un lugar tanto para los de 8 como para los de 80 años. Una universidad para la gente, crítica e independiente, que deje de estar ausente en el proceso social del país. Soñamos con una universidad que genere placer y bienestar. El placer de enseñar y el bienestar para aprender. Soñamos con una universidad para la vida colectiva, sin distinciones ni discriminaciones. Una planta física sostenible y robusta tecnológicamente. Con una fuerte plataforma digital y con un currículo inteligente donde cualquier persona pueda acceder a las clases sin necesidad de estar matriculado.

Soñamos con una universidad multilingüe. Con un proceso de responsabilidad social claro, pertinente para las regiones, cercana a los sectores empresarial, político y social. Queremos una universidad que sea un espacio de convergencias de sectores sociales. Una universidad abierta e integrada a la sociedad. La universidad que soñamos debe ser el centro de las relaciones región-mundo. Debe ser humanista y entender que el ser es lo más importante. Queremos que permanentemente esté en función del cambio, esto la haría más dinámica, menos estática. Queremos una universidad en donde la comunicación sea asertiva, orientada al servicio, con un fuerte énfasis en la arquitectura institucional, con posicionamiento a nivel internacional por su oferta. Soñamos una universidad reconocida por su carisma inspirador, innovadora y por lo mismo disruptiva, creativa, con un liderazgo que no confunda, que sea adaptativa y global, esto es, fortalecida localmente y pensada globalmente.

Queremos una universidad que motive el trabajo colaborativo, que sepa simplificar sus procesos y que agregue valor. Queremos que el valor sea consecuencia de las personas; un valor que sepa integrar los conocimientos de la gente y sumarlos a sus habilidades. Con esto garantizamos los estándares de la calidad educativa; sin embargo, lo que soñamos que debe multiplicar y hacer elevar de manera exponencial nuestras instituciones es la actitud de las personas. Una actitud inspiradora, orientada al servicio, desinstalada para permitir que otros se instalen. Una actitud consecuencia de entender que quienes trabajamos en la universidad respondemos a la vocación de educar. Una actitud de personas felices por estar en la universidad, dispuestas a asumir riesgos; que sepan llegar a las regiones sin timidez, con alegría, con la ternura suficiente para mover su corazón hacia los más débiles, dispuestas siempre a escuchar; libres, ya que este es uno de los principios fundamentales de nuestra humanidad; fuertes, pues estos sueños se hacen con la fortaleza que nace del amor de las personas. Soñamos con una universidad en donde lo que fue descartado en el tiempo por muchas instituciones, se vuelva un factor determinante: la cultura, las humanidades, el arte. No queremos más universidades masivas, queremos universidades familia, donde todos seamos de los mismos, nos construyamos en comunidad y generemos en nuestras relaciones los lazos suficientes para la vida. Queremos universidades donde el foco de la gestión sea su propia transformación. La transformación de las universidades no es un asunto de tecnología, se trata de entender que la universidad debe ser sea entendida de otra manera, para mejorar y renovar sus formas, al hacerse más ágil y permitirse ser disruptiva y canalizar las necesidades para que sean las personas los sujetos del cambio que las instituciones requieren. Nuestro principal reto es diseñar una experiencia para los estudiantes que genere un vínculo elemental para comprender intuitivamente y de forma clara lo que ellos necesitan.

Vale la pena soñar. Si algo sabemos hacer los académicos es soñar, soñar con ganas y soñar ¡siempre para adelante! Siempre que alguien se acerque a una universidad debe sentir que está invitado a soñar: soñar con crecer, con llegar a las regiones con más audacia y construir un liderazgo que promueva el desarrollo humano, social y económico.


De la universidad filarmónica a la universidad del jazz

En algunos libros antiguos de administración se tiende a considerar que las organizaciones deben ser gestionadas como una filarmónica. De esta misma manera fueron lideradas las universidades. En la actualidad las cosas son diferentes. Una universidad que se asemeje a una orquesta filarmónica depende en alto grado de su director, quien marca el compás, define la partitura y da las entradas para que cada integrante de la orquesta intervenga en la melodía. En este caso, las universidades que generan alta dependencia de un líder corren el riesgo de responder simplemente a lo que tradicionalmente ha sido la gestión de las universidades. No se permiten innovar, abrirse a nuevas formas, escudadas en razones como “acá siempre hemos hecho las cosas así”, entonces nunca cambian, no se presenta nada nuevo y, por ende, no pasa nada, aunque seguro se minimizan al máximo los riesgos de cometer errores. Caso contrario es hacer que las universidades se gestionen como un grupo de jazz. El director es fundamental como articulador, como motivador y como gestor de la unidad del grupo. Cada músico ejecuta su instrumento, sin necesidad de tener una partitura, todos construyen, siguiendo las claves que va dando el bajo, una pieza musical armónica e igualmente bella.

Un grupo de jazz permite que todos sean protagonistas, que todos sean líderes y se integren como comunidad de saberes musicales y capacidades para crear las mejores notas. No hay paso para elaborar la partitura, la pieza musical varía según los cambios que los mismos integrantes proponen. Cuando una trompeta cambia el ritmo, todos están atentos para seguir lo nuevo que trae, y así, con todos. No requiere que alguien esté al frente garantizando que todos se articulen. ¡No! Todo en el grupo de jazz funciona según el ritmo que los participantes proponen. Se trata de hacer que las personas se empoderen, asuman su liderazgo, desarrollen sus capacidades, se sumen a la comunidad de conocimiento y trabajo, y cada uno, conforme a sus capacidades, le aporte al grupo un sonido y un ritmo que todos, sin jerarquías, podamos seguir.

Esos rectores que vemos por ahí procurando ser directores de orquesta filarmónica deben esforzarse por aprender los nuevos ritmos que la industria del conocimiento está proponiendo. Robert Solow3, ganador del Premio Nobel de Economía en 1987, afirma que lo que realmente le podría generar crecimiento a una organización, como en el caso de las economías emergentes en Oriente, es la educación como base del capital y no los bienes ni la mano de obra. Además, los líderes no se deben escoger conforme a los conocimientos tradicionales sino según su capacidad de aprender cosas nuevas y ponerlas en práctica.

¿Cómo deberían ser los rectores de las universidades actuales? Vale la pena recordar las palabras de Steve Jobs:

nosotros dirigimos Apple como un startup4. Siempre dejamos que las ideas ganen las discusiones, no las jerarquías. Si lo hiciéramos de otro modo, los mejores empleados se marcharían. La colaboración, la disciplina y la confianza son críticas5.

Aprender lo nuevo implica entender qué es lo nuevo. Seguimos en instituciones donde cada día la brecha entre las necesidades reales y la oferta educativa es exponencialmente amplia. Instituciones donde las matrículas son el afán cotidiano, donde las estructuras son rígidas y como consecuencia las estrategias son igualmente obsoletas. ¿Qué tal si nos damos la oportunidad de escuchar más jazz y nos dejamos contagiar del ritmo que la música nos propone? Si quienes lideran equipos académicos lograran separarse de la operatividad y delegaran al máximo este tipo de actividades, si buscaran usar más tecnología, seguramente tendrían más tiempo para formarse y formar equipos de trabajo que esperen de los directores de orquesta motivación y respaldo institucional. Rectores, vicerrectores y decanos no solo comprometidos con la educación de los demás sino con su propia educación. Necesitamos más de esos que dejan que las trompetas o las guitarras de la academia suenen, así nos cambien el ritmo o, inclusive, aunque varíen las melodías. Más innovación y capacidad de enfrentar retos que nos permitan comprender que el error no es lo peor que le puede pasar a nuestras universidades, sino todo lo contrario, que es sinónimo de que algo diferente y nuevo está surgiendo.


Educar con ideas y sin ideologías

Existió por tierras antioqueñas y colombianas un gran académico que nos presentó el profundo sentido de vivir en una democracia: Carlos Gaviria Díaz. Fue un ilustre profesor, jurista y político. Como buen académico, centró su reflexión en las ideas, no en las ideologías. Ser un “animal político”, como lo afirmaba Aristóteles, es la forma más noble de convivir con, para y por los otros. Un hombre político es un ser de ciudad, porque esta ofrece el ambiente natural de la democracia y la convivencia. De manera que una democracia debe propender por que quienes la habitan se desarrollen conforme a la política y a la ciudad. En este sentido nos civilizamos. Esa dialéctica entre la educación y la democracia es el foco de desarrollo de cualquier proyecto políti- co comunitario. Todos estamos llamados a conformar territorios conforme a nuestras necesidades, preocupaciones, anhelos y esperanzas. Este ideal, muchas veces tildado de utópico, es posible solo gracias a la educación. La utopía, según Ignacio Ellacuría, es aquella capaz de tejer la historia6. Esa utopía se hace realidad con un proceso educativo cimentado en el ideal de la libertad.

Pedagogos como John Dewey definen la democracia como el mejor sistema político para liberar la inteligencia de todos y ponerla al servicio de la solución de los problemas sociales7. El economista Amartya Sen y la filósofa Martha Nussbaum realizan un proceso argumentativo consciente del ideal de la democracia como posibilitador de una educación de calidad y de la educación como el principal eslabón de una democracia integral8. La filosofía aristotélica nos invita a retornar a la cosa pública, la res de los ciudadanos, lo que les corresponde a todos como ideal supremo y, de esta forma, desarrollar la educación de tal manera que permita el florecimiento pleno de las capacidades de seres siempre diversos, no simplemente de aptitudes racionales útiles para desempeñarse en el mundo técnico de las sociedades capitalistas. Cabe entonces afirmar que lo que denominamos democracia utópica es, sin temor al error, la democracia posible.

¿Qué debería entonces hacer una institución educativa para construir una democracia posible, que se distancie de las ideologías y se acerque a las ideas? Tres cosas: enseñar a pensar, convivir y comunicar. Esto va en sintonía con el pensamiento platónico que plantea como ideal de ciudadano (gobernante) a aquel que es capaz de saber qué son la verdad, la justicia y la belleza9. Imaginen ustedes un proyecto pedagógico que se fundamente en el saber pensar ordenado a la verdad, en el saber convivir ligado a la justicia y en el saber comunicar como una expresión de la belleza. Una institución de estas características rescata el ideal de la paideia griega. De la forma como hacemos una cultura ciudadana, como enseñamos a convivir a partir de nuestras diferencias, nacen las verdaderas políticas de inclusión, de rescate de las culturas, de empoderamiento de la mujer como promotora del ideal de una democracia posible y de hacer de la educación el lugar común para desarrollar la ciudad.

Quien ideologiza convierte la obediencia en diplomacia hipócrita; la fraternidad en complicidad; la austeridad en esclavitud del dinero; el género en imperio de una construcción personal que riñe con la idea de transformación social; la democracia en confusión de normas con los deseos de las personas. “Una verdadera democracia presupone personas que piensan, reflexionan, discuten y, por lo mismo, disienten permanentemente. El disenso es constitutivo de una democracia sana, mientras el fanatismo o la unanimidad signos de lo contrario”10.

Una ideologización de la democracia cierra el paso a la capacidad de disentir y de discernir. La ideologización nos lleva a la polarización. ¿Cuál es entonces la solución? Ya lo hemos dicho, una educación que no solo sea integral sino integradora. Una educación capaz de hacer del disenso y del discernimiento su estructura central, que los focos sean el pensar, el convivir y el comunicar. Que su base epistemológica esté centrada en la verdad, como sujeto de la pertinencia; en la justicia como instrumento de equidad; en la belleza como motor de la verdad y la justicia. La democracia es posible porque somos esencialmente iguales en cuanto que todos gozamos de discernimiento, algo resaltado por autores tan diversos como Platón, Descartes y Erasmo de Rotterdam.



Pensar, convivir y comunicar

Los modelos educativos “tradicionales” forman a una generación que no existe. Esta es una preocupación latente, no prestarle atención conducirá a la gran debacle del sistema educativo, la deserción y la pérdida de credibilidad institucional. Una de las principales causas que están llevando a plantear este problema son las deficiencias en argumentación, reflexión y lectura crítica de los estudiantes. Cabe preguntar qué hace un grupo de docentes cuando se organizan esas largas jornadas académicas en los colegios, o cuando una universidad invierte importantes sumas de dinero para realizar comités curriculares. ¿De qué hablan? ¿Para qué se reúnen? ¿Se trata solo de hacer tareas operativas? ¿Se trata solo de planear actividades?

Considero que el no aprovechamiento de esos momentos de encuentro genera parte de la crisis, pues se trata de pensar, de disentir, de debatir, de poner sobre la mesa las consideraciones, las oportunidades, los sujetos de nuestra acción misional. Se trata de conversar más, porque estoy convencido del poder que tienen las conversaciones en una institución, se trata del encuentro, de vernos unos a otros, cara a cara y tomarnos en serio la labor de la docencia. Hace poco escuchaba a un docente de una prestigiosa institución de educación superior decir que no era valorado en su universidad simplemente porque esta no le proveía los recursos suficientes para hacer bien su trabajo. Al día siguiente, visité un colegio de una comuna muy pobre de la ciudad de Medellín, durante una jornada pedagógica con los docentes, quienes a pesar de estar notoriamente necesitados de recursos, vibraban con entusiasmo tomándose en serio “eso de ser docentes”, gastando tiempo para pensar en cómo iban a enseñar a sus estudiantes a ser mejores ciudadanos, cuestionándose por los contenidos que impartían en el aula, conscientes de las limitaciones pero no resignados a ellas, siendo recursivos y llegando a acuerdos sobre qué enseñar, cómo comunicar y de qué manera construir un modelo de convivencia.

Cualquier modelo educativo debe preocuparse por enseñar a sus estudiantes a pensar, comunicar y convivir. A eso debemos ir todos a una institución de educación, desde los niños hasta quienes se encuentran haciendo doctorados. No nos podemos cansar de aprender a pensar, comunicar y convivir, solo porque no se trata de algo limitado, sino que esas tres categorías evolucionan permanentemente. La crisis de la generación productiva actual es precisamente la ausencia de esas habilidades que llamamos blandas y sobre las cuales las empresas tienen que invertir mucho para capacitar al talento humano. Del mismo modo, estas tres competencias nos ayudan a desarrollar una facultad central, la memoria. Si todos cultivamos la memoria, finalmente estamos garantizando lo fundamental. Por ello, las asignaturas de todos los grados y las áreas deben desarrollarla. Es la única forma en que dejamos de pensar en calidad como sinónimos de procedimientos y formatos, y podemos considerarla como la articulación efectiva del trabajo docente en la vida de los estudiantes.

No somos fruto del azar, como lo afirmaba el darwinismo; en ese caso seríamos fácilmente remplazables, podríamos pensar en no considerarnos indispensables, como muchos lo afirman y sí que lo somos, eso le da sentido también a la vida y nos evita pensar que en definitiva el valor humano es poco. Pero a eso nos ha conducido el sistema educativo obsoleto, a considerar que somos únicos pero indispensables, por lo tanto, somos utilizables como un recurso más, fácilmente destruibles y poco importantes.

¿Qué hay en el ser humano que no sea reducible simplemente a lo material? Pues su capacidad de pensar, convivir y comunicar. Para que estas tres capacidades fortalezcan la facultad de la memoria que se debe tener muy presente, ya que esta ha sido vista como enemiga, como un desprecio al estudiante, como una pérdida de tiempo, casi como maltrato y por lo tanto un atentado a la inteligencia. Sin embargo, la memoria es el motor de la capacidad de contraste de modelos de la realidad, formar sin memoria reduce la capacidad crítica y la hace tremendamente superficial. Así que, si formamos a nuestros estudiantes con capacidad crítica pero sin memoria, lo que estamos logrando es una generación de personas amargadas, ácidas, capaces de la violencia, de la anarquía, imposibilitados para conversar, incapaces de ver al otro cara a cara, débiles para construir conocimiento y ponerlo al servicio de los demás. La sociedad requiere tejido social, capacidad de construir en conjunto, así como docentes que cuando se reúnan realmente tomen estos problemas en serio.


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Дата выхода на Литрес:
22 октября 2025
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166 стр. 44 иллюстрации
ISBN:
9789587823103
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