Читать книгу: «Luna azul»

Шрифт:

LUNA AZUL

LEE CHILD

Traducción de Aldo Giacometti


Índice

  Cubierta

  Portada

  Dedicatoria

  Uno

  Dos

  Tres

  Cuatro

  Cinco

  Seis

  Siete

  Ocho

  Nueve

  Diez

  Once

  Doce

  Trece

  Catorce

  Quince

  Dieciséis

  Diecisiete

  Dieciocho

  Diecinueve

  Veinte

  Veintiuno

  Veintidós

  Veintitrés

  Veinticuatro

  Veinticinco

  Veintiséis

  Veintisiete

  Veintiocho

  Veintinueve

  Treinta

  Treinta y uno

  Treinta y dos

  Treinta y tres

  Treinta y cuatro

  Treinta y cinco

  Treinta y seis

  Treinta y siete

  Treinta y ocho

  Treinta y nueve

  Cuarenta

  Cuarenta y uno

  Cuarenta y dos

  Cuarenta y tres

  Cuarenta y cuatro

  Cuarenta y cinco

  Cuarenta y seis

  Cuarenta y siete

  Cuarenta y ocho

  Cuarenta y nueve

  Cincuenta

  Cincuenta y uno

  Sobre el autor

  Créditos

Para Jane y Ruth.

Mi tribu.

UNO

En un mapa de Estados Unidos la ciudad parecía pequeña. Era solo un punto diminuto y amable, cerca de una carretera roja semejante a un hilo que atravesaba un centímetro de papel por lo demás vacío. Pero de cerca y sobre el terreno tenía medio millón de habitantes. Cubría más de doscientos cincuenta kilómetros cuadrados. Tenía cerca de ciento cincuenta mil hogares. Tenía más de ochocientas hectáreas de zonas verdes. El ayuntamiento se gastaba quinientos mil millones de dólares por año, y recaudaba casi la misma cantidad mediante impuestos y cobros y facturas. Era lo suficientemente grande como para que el departamento de policía tuviera mil doscientos efectivos.

Y era lo suficientemente grande como para que el crimen organizado estuviera dividido en dos caminos divergentes. El oeste de la ciudad lo controlaban ucranianos. El este lo controlaban albaneses. La línea de demarcación estaba tan manipulada como la de un distrito electoral. Nominalmente seguía la calle Center, que iba de norte a sur y dividía la ciudad por la mitad, pero hacía zigzag y entraba y salía para incluir o excluir bloques específicos y partes de vecindarios específicos, allá donde se sintiera que precedentes históricos justificaban circunstancias especiales. Las negociaciones habían sido tensas. Había habido guerras territoriales menores. Había habido algunas situaciones desagradables. Pero finalmente se había llegado a un acuerdo. El arreglo parecía funcionar. Cada lado se mantenía fuera del camino del otro. Durante mucho tiempo no había habido un contacto significativo entre ellos.

Hasta una mañana de mayo. El jefe ucraniano aparcó en un garaje sobre la calle Center y caminó hacia el este dentro del territorio albanés. Solo. Tenía cincuenta años y su porte era como el de una estatua de bronce de un viejo héroe, alto, duro y sólido. Se llamaba a sí mismo Gregory, que era a lo más cerca que los americanos podían llegar de la pronunciación de su nombre de pila. Iba desarmado, y para demostrarlo llevaba puestos unos pantalones ajustados y una camiseta ajustada. Nada en los bolsillos. Nada escondido. Dobló a la izquierda y a la derecha, metiéndose adentro, dirigiéndose hacia un bloque de una calle trasera, donde sabía que los albaneses dirigían sus negocios desde una serie de oficinas en la parte trasera de un almacén de maderas.

Lo siguieron durante todo el camino, desde su primer paso al otro lado de la línea. Se anticiparon con llamadas, por lo que para cuando llegó se vio frente a seis figuras silenciosas, todas de pie e inmóviles en el semicírculo entre la acera y la persiana del almacén de maderas. Como piezas de ajedrez en una formación defensiva. Se detuvo y mantuvo los brazos apartados de los lados. Se giró despacio, 360 grados completos, los brazos todavía abiertos. Pantalones ajustados, camiseta ajustada. Ningún bulto. Ninguna protuberancia. Ningún cuchillo. Ningún arma de fuego. Desarmado, frente a seis tipos que sin duda no lo estaban. Pero no estaba preocupado. Atacarlo a él sin haber sido provocados era un paso que los albaneses no iban a dar. Lo sabía. Se tenían que respetar las cortesías. Los modales eran los modales.

Una de las seis figuras silenciosas dio un paso adelante. En parte una maniobra de bloqueo, en parte dispuesto a escuchar.

Gregory dijo:

—Necesito hablar con Dino.

Dino era el jefe albanés.

—¿Por qué? —dijo el tipo.

—Tengo información.

—¿Sobre qué?

—Sobre algo que tiene que saber.

—Te puedo dar un número de teléfono.

—Es algo que se tiene que decir cara a cara.

—¿Se tiene que decir ahora mismo?

—Sí, ahora mismo.

El tipo no dijo nada por un momento, y después se dio la vuelta y pasó agachado por la entrada para personal de una persiana metálica enrollable. Los otros cinco tipos ajustaron la formación, para reemplazar la presencia del que se había ido. Gregory esperó. Los cinco tipos lo miraban, en parte cautelosos, en parte fascinados. Era un acontecimiento único. Una vez en la vida. Como avistar un unicornio. El jefe del otro bando. Allí mismo. Las negociaciones previas habían tenido lugar en territorio neutral, en un campo de golf muy lejos de la ciudad, al otro lado de la autopista.

Gregory esperó. Cinco largos minutos después el tipo salió por la entrada para personal. La dejó abierta. Hizo un gesto. Gregory avanzó y se agachó y entró. Olió el pino fresco y escuchó el chirrido de una sierra.

—Tenemos que registrarte para ver que no tienes un micrófono —dijo el tipo.

Gregory asintió y se quitó la camiseta. Su torso era macizo y duro y estaba cubierto de pelo. Ningún micrófono. El tipo revisó las costuras de la camiseta y se la devolvió. Gregory se la puso y se pasó los dedos por el pelo.

—Por aquí —dijo el tipo.

Condujo a Gregory al fondo del galpón de chapa acanalada. Los otros cinco hombres les seguían. Llegaron a una puerta lisa de metal. Del otro lado de la puerta había un espacio sin ventanas configurado como sala de reuniones. Habían juntado cuatro mesas laminadas de lado a lado, a modo de barrera. En una silla en el centro del otro extremo estaba Dino. Era uno o dos años más joven que Gregory, y cuatro o cinco centímetros más bajo, pero más ancho. Tenía el pelo negro, y una cicatriz de cuchillo en la parte izquierda de la cara, más corta por encima de la ceja y más larga del pómulo al mentón, como un signo inicial de exclamación.

El tipo que había hablado sacó una silla para Gregory enfrente de Dino, y después recorrió el trayecto alrededor de la silla y se sentó a la derecha de Dino, como un fiel lugarteniente. Los otros cinco se separaron en tres y en dos y se sentaron a sus lados. Gregory se quedó solo de su lado de la mesa, frente a siete caras inexpresivas. Al principio nadie habló. Después finalmente Dino preguntó:

—¿A qué le debo este enorme placer?

Los modales eran los modales.

—La ciudad está a punto de tener un nuevo comisario general de policía —dijo Gregory.

—Lo sabemos —dijo Dino.

—Ascendido desde adentro.

—Lo sabemos —dijo otra vez Dino.

—Prometió tomar medidas severas, contra vosotros y contra nosotros.

—Lo sabemos —dijo Dino, por tercera vez.

—Tenemos un espía en su oficina.

Dino no dijo nada. Eso no lo sabía.

Gregory dijo:

—Nuestro espía encontró un archivo secreto en un disco duro externo escondido en un cajón.

—¿Qué archivo?

—Su plan de operaciones para acabar con nosotros.

—¿Cuál es?

—No tiene muchos detalles —dijo Gregory—. En algunas partes es extremadamente incompleto. Pero no parece un problema. Porque día a día y semana a semana está completando más y más piezas del rompecabezas. Porque está recibiendo un flujo constante de información interna.

—¿De dónde?

—Nuestro espía buscó mucho y por todos lados y encontró otro archivo.

—¿Qué otro archivo?

—Era una lista.

—¿Una lista de qué?

—Los informantes secretos de más confianza del departamento de policía —dijo Gregory.

—¿Y?

—Había cuatro nombres en la lista.

—¿Y?

—Dos eran hombres míos —dijo Gregory.

Nadie habló.

Finalmente Dino preguntó:

—¿Qué hiciste con ellos?

—Estoy seguro de que te lo puedes imaginar.

Otra vez nadie habló.

Entonces Dino preguntó:

—¿Por qué me estás contando esto? ¿Qué tiene que ver esto conmigo?

—Los otros dos nombres de la lista son hombres tuyos.

Silencio.

—Estamos en un mismo aprieto —dijo Gregory.

—¿Quiénes son? —preguntó Dino.

Gregory dijo los nombres.

—¿Por qué me lo estás contando? —dijo Dino.

—Porque tenemos un trato —dijo Gregory—. Soy un hombre de palabra.

—Si yo caigo tú te beneficias enormemente. Quedarías a cargo de toda la ciudad.

—Me beneficio solo en los papeles —dijo Gregory—. De repente me doy cuenta de que debería estar contento con el statu quo. ¿Dónde encontraría la cantidad suficiente de hombres honestos para que se encarguen de tus negocios? Aparentemente ni siquiera puedo encontrar los suficientes como para que estén a cargo de los míos.

—Y aparentemente yo tampoco.

—Así que nos pelearemos otro día. Hoy vamos a respetar el acuerdo. Siento haberte traído noticias vergonzosas. Pero también me estoy avergonzando a mí mismo. Enfrente tuyo. Espero que eso sirva de algo. Estamos en el mismo aprieto.

Dino asintió. No dijo nada.

—Tengo una pregunta —dijo Gregory.

—Pues hazla —dijo Dino.

—¿Me lo habrías contado, como yo he hecho, si el espía hubiese sido tuyo, y no mío?

Dino se quedó en silencio un rato muy largo.

Después dijo:

—Sí, y por los mismos motivos. Tenemos un trato. Y si los dos tenemos nombres en la lista, entonces ninguno de nosotros debería sentirse en un aprieto por quedar un poco en ridículo.

Gregory asintió y se puso de pie.

El que era la mano derecha de Dino se puso de pie para acompañarlo hasta la salida.

—¿Estamos a salvo ahora? —preguntó Dino.

—Por mi parte sí —dijo Gregory—. Lo puedo garantizar. Desde las seis en punto de esta mañana. Tenemos un tipo en el crematorio de la ciudad. Nos debe dinero. No tuvo problemas en encender el fuego un poco más temprano hoy.

Dino asintió y no dijo nada.

—¿Estamos a salvo por tu parte? —preguntó Gregory.

—Lo estaremos —dijo Dino—. Para esta noche. Tenemos un tipo en el desguace de coches. También nos debe dinero.

La mano derecha de Dino acompañó a Gregory hasta la salida, por el galpón profundo hasta la entrada para personal en la persiana metálica enrollable, y afuera a una brillante y soleada mañana de mayo.

En ese mismo momento Jack Reacher estaba a cien kilómetros de distancia, en un autobús Greyhound, por la autopista interestatal. Estaba en el lado izquierdo del vehículo, hacia la parte de atrás, en el asiento de la ventana de encima del eje. No había nadie al lado de él. En total había otros veintinueve pasajeros. La mezcla de siempre. Nada especial. Salvo por una situación particular, que era moderadamente interesante. Al otro lado del pasillo y una fila por delante había un hombre dormido con la cabeza colgando. Tenía el pelo canoso y con necesidad de un corte, y la piel suelta y gris, como si hubiera perdido mucho peso. Podría haber tenido setenta años. Llevaba puesta una chaqueta corta azul con cremallera. Alguna clase de algodón de alto gramaje. Quizás impermeable. El extremo más abultado de un sobre gordo le sobresalía del bolsillo.

Era una clase de sobre que Reacher reconocía. Había visto antes artículos similares. A veces, si el cajero automático estaba roto, entraba a la sucursal de un banco y con su tarjeta el cajero le daba dinero en efectivo, directamente del otro lado del mostrador. El cajero le preguntaba cuánto quería, y él pensaba, bueno, si la fiabilidad de los cajeros automáticos estaba en declive, entonces quizás debería sacar un fajo decente, para estar más seguro, y pedía dos o tres veces más de lo que normalmente sacaba. Una cantidad grande. Con lo cual el cajero le preguntaba si lo quería en un sobre. A veces Reacher decía que sí, sin ninguna razón en particular, y recibía su fajo en un sobre exactamente igual al que sobresalía del bolsillo del hombre dormido. El mismo papel grueso, el mismo tamaño, las mismas proporciones, mismo bulto, mismo peso. Unos cientos de dólares, o unos miles, dependiendo de la mezcla de billetes.

Reacher no era el único que lo había visto. El tipo que estaba justo enfrente también lo había visto. Estaba claro. Le estaba prestando mucha atención. Miraba al otro lado y abajo, al otro lado y abajo, una y otra vez. Era un tipo delgado con pelo grasiento y una perilla fina. Veintipico, con una cazadora vaquera. Poco más que un niño. Mirando, pensando, planeando. Pasándose la lengua por los labios.

El autobús siguió avanzando. Reacher se turnaba mirando por la ventana y mirando el sobre, y mirando al tipo que miraba el sobre.

Gregory salió del garaje de la calle Center y condujo de regreso a territorio seguro ucraniano. Sus oficinas estaban en la parte de atrás de una empresa de taxis, enfrente de una casa de empeños, al lado de un negocio de fianzas, todo lo cual le pertenecía. Aparcó y se fue hacia dentro. Sus hombres más importantes lo estaban esperando allí. Cuatro de ellos, todos parecidos entre sí, y parecidos a él. No emparentados en el sentido de familia tradicional, pero eran de las mismas ciudades y pueblos y prisiones allá en el viejo país, lo cual probablemente era incluso mejor.

Todos lo miraron. Cuatro caras, ocho ojos abiertos, pero una sola pregunta.

La cual él respondió.

—Éxito total —dijo—. Dino se creyó todo el cuento. Ese sí que es un pobre bruto, dejadme que os lo diga. Le podría haber vendido el puente de Brooklyn. Los dos tipos que mencioné son historia. Se va a tomar un día para reorganizarse. La oportunidad llama, amigos. Tenemos alrededor de veinticuatro horas. Su flanco está del todo abierto.

—Típico de albanés —dijo el que era su mano derecha.

—¿A dónde enviaste a los dos nuestros?

—A las Bahamas. Un tipo del negocio de los casinos nos debe dinero. Tiene un hotel agradable.

Las señales federales verdes al costado de la autopista indicaban que estaba por aparecer una ciudad. La primera parada del día. Reacher miraba cómo el tipo de la perilla planeaba su jugada. Había dos interrogantes. ¿El hombre del dinero tenía pensado bajar allí? Y si no, ¿se despertaría de todos modos, con la frenada y el giro y la sacudida?

Reacher miraba. El autobús cogió la salida. Una estatal de cuatro carriles lo llevó hacia el sur, a través de tierra llana húmeda de lluvia reciente. La conducción era tranquila. Los neumáticos silbaban. El hombre del dinero seguía dormido. El tipo de la perilla lo seguía mirando. Reacher supuso que ya tenía un plan. Se preguntaba cuán bueno sería ese plan. La jugada inteligente sería sacarle el sobre como un carterista, más o menos pronto, esconderlo bien, y después aspirar a bajarse del autobús tan pronto como se detuviera. Incluso si el hombre se despertaba cerca de la terminal, al principio iba a estar confundido. Quizás ni siquiera notaría que el sobre ya no estaba. No de inmediato. E incluso cuando lo hiciera, ¿por qué iba a sacar conclusiones enseguida? Pensaría que el sobre se le había caído. Pasaría un minuto mirando en el asiento, y por debajo del asiento, y debajo del asiento de delante, porque le podría haber pegado una patada durmiendo. Solo después de todo eso empezaría a mirar alrededor, inquisitivamente. Momento para el cual el autobús estaría detenido y habría gente poniéndose de pie y bajando y subiendo. El pasillo estaría atascado. Un tipo podía escabullirse, ningún problema. Esa era la jugada inteligente.

¿El tipo lo sabía?

Reacher nunca lo descubrió.

El hombre del dinero se despertó demasiado pronto.

El autobús aminoró la marcha, y después con un chirrido de frenos se detuvo en un semáforo, y la cabeza del hombre se sacudió hacia arriba, y pestañeó, y se tocó el bolsillo, y empujó el sobre más hacia dentro, donde nadie podía verlo.

Reacher se apoyó en el respaldo del asiento.

El tipo de la perilla se apoyó en el respaldo del asiento.

El autobús siguió avanzando. Había terrenos a ambos lados, espolvoreados de verde pálido por la primavera. Después aparecieron las primeras parcelas comerciales, para equipamiento de campo, y automóviles domésticos, todo desplegado sobre enormes superficies, con cientos de máquinas relucientes alineadas debajo de banderas y banderines. Después aparecieron parques empresariales, y un supermercado gigante de periferia. Después apareció la ciudad misma. Los cuatro carriles se redujeron a dos. De frente había edificios más altos. Pero el autobús se desvió a la izquierda y siguió por afuera, manteniendo una distancia amable por detrás de los distritos de altos ingresos, hasta que un kilómetro después llegó a la terminal. La primera parada del día. Reacher se quedó en su asiento. Su billete era válido hasta el final del recorrido.

El hombre del dinero se puso de pie.

Asintió más o menos para sí, y se subió los pantalones, y estiró hacia abajo su chaqueta. Todas las cosas que hace un viejo cuando está por bajar de un autobús.

Pasó del asiento al pasillo y avanzó despacio. Ningún bolso. Solo él. Pelo canoso, chaqueta azul, un bolsillo lleno, un bolsillo vacío.

El tipo de la perilla tuvo un nuevo plan.

Le vino de repente. Reacher prácticamente pudo ver los engranajes girando en la parte de atrás de su cabeza. Salieron tres cerezas en fila. Una secuencia de conclusiones basada en una cadena de suposiciones. Las terminales de autobuses nunca estaban en la parte bonita de una ciudad. Las puertas de salida darían a calles baratas, las partes traseras de otros edificios, quizás terrenos baldíos, quizás aparcamientos con parquímetro. Habría esquinas ciegas y aceras vacías. Habría alguien de veintipico contra alguien de setenta y pico. Un golpe desde atrás. Un robo simple. Pasaba todo el tiempo. ¿Cuán difícil podía ser?

El tipo de la perilla saltó del asiento y avanzó deprisa por el pasillo, siguiendo al hombre del dinero a dos metros de distancia.

Reacher se levantó y siguió a ambos.

DOS

El hombre del dinero sabía a dónde iba. Eso estaba claro. No miró alrededor para orientarse. Simplemente salió por la puerta de la terminal y dobló hacia el este y empezó a andar. Sin dudar. Pero también sin velocidad. Andaba despacio y con dificultad. Se le veía un poco inestable. Tenía los hombros caídos. Se le veía viejo y cansado y exhausto y desanimado. No tenía entusiasmo. Se le veía como si estuviera de camino hacia dos puntos con la misma falta total de atractivo.

El tipo de la perilla lo seguía a más o menos seis pasos de distancia, quedándose por detrás, manteniendo el paso lento, conteniéndose. Lo cual parecía difícil. Era un individuo delgado, de piernas largas, venido arriba de la emoción y la expectativa. Quería ir y hacerlo. Pero el terreno no era el correcto. Demasiado llano y abierto. Las aceras eran anchas. Más adelante había un cruce de dos calles de doble sentido, con tres coches esperando en el semáforo. Tres conductores, aburridos, mirando alrededor. Quizás pasajeros. Todos testigos potenciales. Mejor esperar.

El hombre del dinero se detuvo junto al bordillo. Esperando para cruzar. Apuntando justo al frente. Donde había edificios más viejos, con calles más estrechas en el medio. Más anchas que los callejones, pero al resguardo del sol, y cercadas a ambos lados por paredones feos de dos o tres pisos de alto.

Un mejor terreno.

La luz del semáforo cambió. El hombre del dinero cruzó con dificultad la calle, obedientemente, como resignado. El tipo de la perilla lo siguió a seis pasos de distancia. Reacher redujo el trecho que le separaba de él. Sentía que el momento estaba por llegar. El chico no iba a esperar toda la vida. No iba a dejar que lo perfecto se hiciera enemigo de lo bueno. Dos bloques más y listo.

Siguieron andando, en fila, separados, abstraídos. El primer bloque era apropiado por delante y hacia los lados, pero detrás de ellos todavía se encontraba muy abierto, por lo que el tipo de la barbita se quedó atrás, hasta que el hombre del dinero cruzó la calle transversal y estuvo ya en el segundo bloque. Que parecía adecuadamente discreto. Estaba en sombras a ambos extremos. Había un par de locales tapiados, y una cafetería abandonada hacía tiempo, y un asesor fiscal con vidrieras polvorientas.

Perfecto.

Momento de decidir.

Reacher supuso que el chico iría a por ello, en ese momento, y supuso que el arranque iba a estar precedido por una mirada nerviosa a todo su alrededor, incluyendo detrás, por lo que se mantuvo fuera de vista a la vuelta de la esquina de la calle transversal, un segundo, dos, tres, lo cual estimó que era suficiente para todas las miradas que una persona podría necesitar. Después salió y vio al chico de la barbita ya reduciendo la distancia hacia delante, apresurándose, cubriendo la brecha de seis pasos con una zancada larga y ansiosa. A Reacher no le gustaba correr, pero en esa ocasión tuvo que hacerlo.

Llegó demasiado tarde. El tipo de la barbita empujó al hombre del dinero, que cayó hacia delante dando un golpe pesado y desigual, manos, rodillas, cabeza, y el tipo de la barbita se abalanzó con un movimiento diestro e impecable, hacia dentro del bolsillo todavía en movimiento, y fuera de él de vuelta con el sobre. Que fue cuando Reacher llegó, corriendo de manera torpe, un metro noventa y cinco de hueso y músculo y ciento quince kilos de masa en movimiento, contra un chico delgado que justo entonces se estaba incorporando después de haberse agachado. Reacher se estrelló contra él con un giro y un descenso de hombro, y el tipo voló por los aires como un maniquí para pruebas de choque, y aterrizó deslizándose en un largo enredo de extremidades, mitad en la acera, mitad en la cuneta. El cuerpo se detuvo y el chico se quedó quieto.

Reacher se acercó y le quitó el sobre. No estaba sellado. Nunca lo estaban. Le echó un vistazo. El fajo era de más o menos dos centímetros de grueso. Un billete de cien dólares por arriba, un billete de cien dólares por abajo. Hojeó el fajo pasando el dedo. También un billete de cien en cada una de las otras posiciones posibles. Miles y miles de dólares. Podían ser quince. Podían ser veinte mil.

Echó la vista hacia atrás. La cabeza del viejo estaba levantada. Estaba mirando alrededor, aterrorizado. Tenía un corte en la cara. De la caída. O quizás le sangraba la nariz. Reacher levantó el sobre. El viejo lo miró. Trató de ponerse en pie, pero no pudo.

Reacher se acercó andando.

—¿Se ha roto algo? —dijo.

—¿Qué ha ocurrido? —dijo el hombre.

—¿Se puede mover?

—Creo que sí.

—Vale, dese la vuelta.

—¿Aquí?

—Boca arriba —dijo Reacher—. Después podemos hacer que se siente.

—¿Qué ha ocurrido?

—Primero necesito comprobar que usted está bien. Podría tener que llamar a la ambulancia. ¿Tiene teléfono?

—Nada de ambulancias —dijo el hombre—. Nada de doctores.

Cogió aire y apretó los dientes, y se retorció y se sacudió hasta ponerse boca arriba, como alguien en la cama cuando ha tenido una pesadilla.

Exhaló.

—¿Dónde le duele? —dijo Reacher.

—Por todas partes.

—¿Lo normal, o peor?

—Me imagino que lo normal.

—Todo bien entonces.

Reacher puso la mano por debajo de la espalda del hombre, con la palma hacia arriba, en la parte superior, entre los omóplatos, y le dobló hacia delante hasta dejarlo sentado, y lo giró, y lo movió, hasta que se quedó sentado en el bordillo con los pies en la carretera, lo cual sería más cómodo, pensó Reacher.

—Mi madre siempre me decía que no jugara en la calzada —dijo el hombre.

—La mía también —dijo Reacher—. Pero ahora no estamos jugando.

Le dio el sobre. El hombre lo agarró y lo apretó por todos lados, entre los dedos y el pulgar, como confirmando que fuera real. Reacher se sentó a su lado. El hombre miró dentro del sobre.

—¿Qué ha ocurrido? —dijo otra vez. Señaló—: ¿Ese tipo me atracó?

Unos seis metros a la derecha el tipo de la perilla estaba boca abajo e inmóvil.

—Le siguió desde el autobús —dijo Reacher—. Vio el sobre en su bolsillo.

—¿Usted también estaba en el autobús?

Reacher asintió.

—Salí de la terminal detrás de ustedes —dijo.

El hombre volvió a guardar el sobre en el bolsillo.

—Se lo agradezco desde lo más profundo de mi corazón —dijo—. No tiene idea. Más de lo que pueda llegar a expresar.

—No hay de qué —dijo Reacher.

—Me salvó la vida.

—Fue un placer.

—Siento que le debería ofrecer una recompensa.

—No es necesario.

—De todos modos no puedo —dijo el hombre. Se tocó el bolsillo—. Esto es un pago que tengo que hacer. Es muy importante. Lo necesito todo. Lo siento. Pido disculpas. Me siento mal.

—No se sienta mal —dijo Reacher.

Unos seis metros a la derecha el chico de la barbita hizo fuerza con los brazos hasta quedarse apoyado en manos y rodillas.

—Nada de policía —dijo el hombre del dinero.

El chico miró hacia atrás. Estaba aturdido y tembloroso, pero ya estaba seis metros más allá. ¿Debería ir a buscarlo?

—¿Por qué nada de policía? —dijo Reacher.

—Cuando ven mucho dinero en efectivo hacen preguntas.

—¿Preguntas que no quiere responder?

—De todos modos no puedo —dijo otra vez el hombre.

El chico de la barbita se fue a toda prisa. Se puso de pie tambaleándose y se dio a la fuga, débil y golpeado y flojo y descoordinado, pero igualmente muy rápido. Reacher lo dejó ir. Para un solo día ya había corrido demasiado.

—Tengo que irme yendo —dijo el hombre del dinero.

Tenía rasguños en la mejilla y en la frente, y sangre en el labio de arriba, de la nariz, que había recibido un buen impacto.

—¿Está seguro de que está bien? —preguntó Reacher.

—Más vale que lo esté —dijo el hombre—. No tengo mucho tiempo.

—Déjeme ver cómo se pone de pie.

El hombre no pudo. O había perdido su fuerza central, o sus rodillas no estaban bien, o ambas cosas. Difícil saberlo. Reacher le ayudó a quedarse de pie. El hombre se quedó quieto en la calzada, mirando hacia el otro lado de la calle, encorvado y torcido. Se dio la vuelta, con mucha dificultad, moviendo los pies en el lugar.

No pudo subir a la acera. Puso el pie en la posición, pero la fuerza propulsora necesaria para alzarse quince centímetros era demasiada carga para su rodilla. Debía estar dañada y dolorida. La tela de los pantalones estaba casi rajada, justo donde estaría la rótula.

Reacher se colocó detrás de él y ahuecó las manos por debajo de sus codos, y tiró hacia arriba, y el tipo subió ingrávido, como un hombre en la luna.

—¿Puede andar? —preguntó Reacher.

El hombre lo intentó. Podía dar pasos cortos, delicados y precisos, pero hacía muecas de dolor y jadeaba, corto y agudo, cada vez que el peso recaía sobre su pierna derecha.

—¿Cuán lejos tiene que ir? —preguntó Reacher.

El hombre miró a todo su alrededor, calibrando. Asegurándose de dónde estaba.

—Tres manzanas más —dijo—. Del otro lado de la calle.

—Muchos bordillos —dijo Reacher—. Mucho bajar y subir.

—Andaré.

—Muéstremelo —dijo Reacher.

El hombre empezó a andar, dirigiéndose hacia el este como antes, arrastrándose de manera lenta, con las manos un poco hacia afuera, como para mantener el equilibrio. Las muecas y los jadeos se oían alto y claro. Quizás estaba empeorando.

—Necesita un bastón —dijo Reacher.

—Necesito muchas cosas —dijo el hombre.

Reacher se colocó junto a él, a la derecha, y le envolvió el codo, y sujetó el peso del hombre en la palma de la mano. Mecánicamente, lo mismo que un palo o un bastón o una muleta. Una fuerza ascendente, básicamente a través del hombro del tipo. Física newtoniana.

—Inténtelo ahora —dijo Reacher.

—No puede venir conmigo.

—¿Por qué no?

—Ya ha hecho lo suficiente por mí —dijo el hombre.

—Ese no es el motivo. Habría dicho que en realidad no podía pedirme eso. Algo ambiguo y amable. Pero en cambio fue mucho más enfático. Dijo que no puedo ir con usted. ¿Por qué? ¿Adónde está yendo?

—No se lo puedo decir.

—No puede llegar hasta allí sin mí.

El hombre inhaló y exhaló, y sus labios se movían, como si estuviera ensayando algo que decir. Levantó la mano y se tocó el rasguño de la frente, después la mejilla, después la nariz. Más muecas de dolor.

—Ayúdeme a llegar hasta la manzana a la que tengo que ir —dijo—, y a cruzar la calle. Después dese la vuelta y vuelva a su casa. Ese es el favor más grande que me podría hacer. Lo digo en serio. Le estaría agradecido. Ya le estoy agradecido. Espero que lo entienda.

—No lo entiendo —dijo Reacher.

—No tengo permitido ir con nadie.

—¿Quién lo dice?

—No se lo puedo decir.

—Suponga que de cualquier manera yo iba en esa misma dirección. Usted podría irse y cruzar la puerta y yo podría seguir de largo.

—Usted sabría adónde fui.

—Ya sé adónde va.

—¿Cómo puede saberlo?

Reacher había visto todo tipo de ciudades, por todo Estados Unidos, este, oeste, norte, sur, todo tipo de dimensiones y épocas y condiciones actuales. Conocía sus ritmos y sus gramáticas. Conocía la historia horneada en esos ladrillos. La manzana en la que estaba era uno de otros cien mil lugares como ese al este del Mississippi. Oficinas administrativas de mayoristas de la industria textil, algún minorista especializado, alguna industria ligera, algunos abogados y agentes de transportes y agentes de bienes raíces y agentes de viajes. Quizás algunos cuartos de alquiler en los patios traseros. Todos en su pico en términos de actividad a fines del siglo XIX y principios del XX. Ahora desmoronados y corroídos y vaciados por el tiempo. De ahí los locales tapiados y el restaurante abandonado ya hacía tiempo. Pero algunos lugares resistían más que otros. Algunos lugares resistían más que todos. Algunas costumbres y algunos apetitos eran tercos.

—A tres calles de aquí hacia el este, y cruzando la acera —dijo Reacher—. El bar. Ahí es adonde usted está yendo.

El hombre no dijo nada.

—Para efectuar un pago —dijo Reacher—. En un bar, antes de la comida. Por lo tanto a alguna clase de usurero local. Esa es mi suposición. Quince o veinte mil dólares. Usted está en problemas. Creo que ha vendido su coche. Consiguió el mejor precio en efectivo fuera de la ciudad. Quizás un coleccionista. Una persona común y corriente como usted, puede haber sido un coche antiguo. Fue hasta allí en el coche y ha vuelto en autobús. Pasando por el banco del comprador. El cajero puso el efectivo en un sobre.

—¿Quién es usted?

—Un bar es un lugar público. Me da sed, igual que a cualquiera. Quizás tengan café. Me sentaré en otra mesa. Puede fingir que no me conoce. Va a volver a necesitar ayuda para salir. Esa rodilla se va a endurecer un poco.

—¿Quién es usted? —dijo otra vez el hombre.

—Mi nombre es Jack Reacher. Fui policía militar. Me entrenaron para detectar cosas.

—Era un Chevy Caprice. Antiguo. Todo original. En perfectas condiciones. Muy pocos kilómetros.

—No sé nada de coches.

—A la gente ahora le gustan los Caprice viejos.

—¿Cuánto le pagaron?

—Veintidós quinientos.

Reacher asintió. Más de lo que pensaba. Billetes frescos y nuevos, todos apretados.

—¿Lo debe todo? —dijo.

—Hasta las doce en punto —dijo el hombre —. Después sube.

—Entonces va a ser mejor que vayamos yendo. Este podría llegar a ser un proceso relativamente lento.

—Gracias —dijo el hombre —. Mi nombre es Aaron Shevick. Estoy para siempre en deuda con usted.

—La amabilidad de los desconocidos —dijo Reacher—. Hace girar el mundo. Alguien escribió una obra de teatro al respecto.

—Tennessee Williams —dijo Shevick—. Un tranvía llamado deseo.

—Uno de esos ahora mismo nos vendría bien. Tres bloques por cinco centavos sería una ganga.

Empezaron a andar, Reacher dando pasos lentos y cortos, Shevick saltando y picoteando y dando tumbos, todo torcido a causa de la física newtoniana.

TRES

El bar estaba en la planta baja de un edificio de ladrillo viejo y simple en el medio de la calle. Tenía una puerta marrón maltrecha en el centro, con ventanas mugrientas a ambos lados. Por encima de la puerta había un nombre irlandés parpadeando en un neón verde, y harpas y tréboles de neón semimuertos y otras figuras polvorientas en las ventanas, todas promocionando marcas de cerveza, algunas de las cuales Reacher reconoció, y algunas de las cuales no. Ayudó a Shevick en el bordillo del otro lado, y a cruzar la calle, y a subir el bordillo de enfrente, hasta la puerta. La hora de su cabeza daba las doce menos veinte.

—Yo entro primero —dijo—. Después entra usted. Funciona mejor de esa manera. Como si nunca nos hubiéramos conocido. ¿Vale?

—¿Cuánto tiempo? —preguntó Shevick.

—Un par de minutos —dijo Reacher—. Recupere el aliento.

—Vale.

Reacher tiró de la puerta y entró. La luz era tenue y el aire olía a cerveza derramada y desinfectante. El lugar tenía un tamaño decente. No era cavernoso, pero tampoco simplemente un local al frente. Había largas filas de mesas para cuatro comensales a ambos lados de un pasillo central desgastado que llevaba a la barra, que estaba dispuesta en forma de cuadrado, en la esquina izquierda al fondo del salón. Detrás de la barra había un tipo gordo con barba de cuatro días y un trapo colgando del hombro, como una placa de su oficio. Había cuatro clientes, cada uno de ellos solo en una mesa aparte, cada uno de ellos encorvado y extraviado, con el mismo aspecto viejo y cansado y exhausto y desanimado que Shevick. Dos de ellos estaban meciendo botellitas de cerveza, y dos de ellos estaban meciendo vasos medio vacíos, de manera defensiva, como si esperaran que se los arrebataran en cualquier momento.

Ninguno de ellos tenía aspecto de usurero. Quizás el barman era el que hacía el negocio. Un agente, o un mediador, o un intermediario. Reacher se acercó y le pidió café. El tipo dijo que no tenía, lo cual fue una decepción, pero no una sorpresa. El tono del tipo fue amable, pero Reacher tuvo la sensación de que podría no haber sido el caso si el hombre no hubiera estado hablando con un forastero desconocido de la talla de Reacher y apariencia implacable. Alguien común y corriente podría haber recibido una respuesta sarcástica.

En lugar de café Reacher recibió una botella de cerveza nacional, fría y húmeda y resbaladiza, con un volcán de espuma haciendo erupción por arriba. Dejó sobre la barra un dólar del cambio, y fue hasta la mesa para cuatro vacía más cercana, que resultó estar en la esquina de atrás a mano derecha, lo cual estaba bien, porque significaba que se podía sentar con la espalda hacia el ángulo, y ver toda la sala a la vez.

—Ahí no —dijo el barman en voz alta.

—¿Por qué no? —respondió Reacher.

—Reservado.

Los otros cuatro clientes miraron hacia allí, y después miraron hacia otro lado.

Reacher volvió y quitó su dólar de la barra. Ningún por favor, ningún gracias, ninguna propina. Cruzó en diagonal hasta la mesa de enfrente justo al otro lado, debajo de la ventana mugrienta. Misma geometría, pero al revés. Tenía una esquina detrás de sí, y podía ver todo el salón. Le dio un trago a la cerveza, que fue mayormente espuma, y entonces entró Shevick, renqueando. Miró hacia delante a la mesa vacía en la esquina del otro lado a mano derecha, y se detuvo sorprendido. Miró alrededor de toda la sala. Al barman, a los cuatro clientes solitarios, a Reacher, y después otra vez a la mesa de la esquina. Seguía vacía.

Shevick empezó a avanzar cojeando hacia allí, pero se detuvo a mitad de camino. Cambió de dirección. Renqueó en cambio hacia la barra. Habló con el barman. Reacher estaba demasiado lejos como para oír lo que decía, pero supuso que era una pregunta. Podía haber sido ¿dónde está tal y tal? Definitivamente incluyó una mirada a la mesa para cuatro vacía en la esquina de atrás. Pareció recibir una respuesta sarcástica. Podía haber sido ¿qué soy yo, adivino? Shevick se retiró de allí y dio un paso en tierra de nadie. Donde podría pensar en qué hacer a continuación.

El reloj de la cabeza de Reacher daba las doce menos cuarto.

Shevick renqueó hasta la mesa vacía, y se quedó quieto un momento, indeciso. Después se sentó, enfrente de la esquina, como en la silla de visitas frente a un escritorio, no en la silla ejecutiva detrás del escritorio. Se posó en el borde del asiento, con la espalda bien recta, medio girado, mirando a la puerta, como preparado para ponerse de pie de inmediato educadamente no bien entrara el tipo con el que se tenía que encontrar.

No entró nadie. El bar siguió en silencio. Tragos agradecidos, respiraciones húmedas, el chillido del trapo del barman sobre un cristal. Shevick miraba fijamente a la puerta. El tiempo pasaba.

Reacher se puso de pie y anduvo hasta la barra. Hasta la parte más próxima a la mesa de Shevick. Apoyó los codos y se mostró expectante, como alguien con un nuevo pedido. El barman le dio la espalda y de repente se quedó ocupado con una tarea urgente al fondo en el rincón del otro lado. Como diciendo si no hay propina no te atiendo. Lo cual Reacher había predicho. Y querido. Para tener cierto grado de privacidad.

—¿Qué? —susurró.

—No está aquí —susurró Shevick en respuesta.

—¿Generalmente está?

—Siempre —susurró Shevick—. Está todo el día sentado en esta mesa.

—¿Cuántas veces has hecho esto?

—Tres.

El barman seguía ocupado, lejos y al fondo.

—Dentro de cinco minutos les voy a deber veintitrés quinientos, no veintidós quinientos —susurró Shevick.

—¿Los intereses por demora son mil dólares?

—Por día.

—No es tu culpa —susurró Reacher—. No si el tipo no aparece.

—Esta no es gente razonable.

Shevick miraba fijamente la puerta. El barman terminó con su tarea imaginaria y recorrió la distancia diagonal desde la parte de atrás del bar hasta el frente, con el mentón en alto, hostil, como posiblemente dispuesto a considerar un pedido, pero con muy pocas probabilidades de satisfacerlo.

Se detuvo a un metro de Reacher y esperó.

—¿Qué? —dijo Reacher.

—¿Quieres algo? —dijo el tipo.

—Ya no. Quería hacerte andar hasta allá ida y vuelta. Me dio la impresión de que te podía venir bien hacer ejercicio. Pero ahora ya lo has hecho, así que estoy bien. Gracias de todos modos.

El tipo se le quedó mirando. Analizando su situación. Que no era genial. Quizás tenía un bate o un arma debajo del mostrador, pero nunca iba a llegar hasta ahí. Reacher estaba a tan solo un brazo de distancia. Su respuesta iba a tener que ser verbal. Lo cual iba a ser un desafío. Eso estaba claro. Al final le salvó su teléfono de pared. Sonó a sus espaldas. Una campanilla anticuada. Un repiqueteo largo y apagado y triste, y después otro.

El barman se alejó hacia allí y atendió la llamada. El teléfono era de diseño clásico, con un auricular grande de plástico y un cable enrollado tan estirado que llegaba hasta el suelo. El barman escuchó y colgó. Apuntó con la barbilla en dirección a Shevick, haciendo todo el trayecto hasta la mesa de la esquina de atrás.

—Regresa esta noche a la seis en punto —dijo en voz alta.

—¿Qué? —dijo Shevick.

—Ya me has oído.

El barman se alejó andando, hacia otra tarea imaginaria.

Reacher se sentó en la mesa de Shevick.

—¿A qué se refiere con que vuelva a las seis en punto? —dijo Shevick.

—Supongo que el tipo al que estás esperando se ha retrasado. Ha llamado, para que sepas en qué situación te encuentras.

—Pero no lo sé —dijo Shevick—. ¿Qué pasa con mi plazo de las doce en punto?

—No es tu culpa —volvió a decir Reacher—. Fue el tipo el que no vino, no tú.

—Va a decir que les debo mil más.

—No si no apareció. Lo cual todos saben que fue así. El barman le atendió por teléfono. Es un testigo. Tú estabas aquí y el otro tipo no.

—No puedo conseguir otros mil dólares —dijo Shevick—. Simplemente no los tengo.

—Yo diría que el aplazamiento te da una licencia. Es una inferencia clara. Una especie de término implícito en un contrato. Tú estabas ofreciendo moneda de curso legal en el lugar indicado a la hora indicada. Ellos no aparecieron para aceptarla. Es como un principio del derecho consuetudinario. Un abogado lo podría explicar.

—Nada de abogados —dijo Shevick.

—¿Te preocupan también los abogados?

—No me puedo permitir uno. Sobre todo si tengo que encontrar otros mil dólares.

—No lo tienes que hacer. No pueden tenerlo todo a la vez. Tú estuviste aquí a tiempo. Ellos no.

—Esta no es gente razonable.

El barman los miró desde lejos con rabia.

El reloj de la cabeza de Reacher dio las doce del mediodía exactas.

—No podemos esperar aquí seis horas —dijo.

—Mi esposa estará preocupada —dijo Shevick—. Debería ir a casa y verla. Y después volver.

—¿Dónde vives?

—Más o menos a un kilómetro y medio de aquí.

—Puedo ir andando contigo, si quieres.

Shevick hizo una larga pausa.

Después dijo:

—No, de verdad que no podría pedirte que hicieras eso. Ya has hecho suficiente por mí.

—Eso ha sido ambiguo y amable, sin ninguna duda.

—Quiero decir que no debo incomodarte más. Estoy seguro de que tienes cosas que hacer.

—Por lo general evito tener cosas que hacer. Claramente una reacción contra la reglamentación tan literal que hubo en mi vida, cuando era más joven. El resultado es que no tengo ningún lugar particular al que ir, y todo el tiempo del mundo para llegar allí. No me molesta hacer un desvío de un kilómetro y medio.

—No, no podría pedirte que hicieras eso.

—La reglamentación que he mencionado fue, como dije, en la Policía Militar, donde, como también dije, nos entrenaron para notar cosas. No solo pistas físicas, sino cosas sobre cómo es la gente. Cómo se comportan y en qué creen. La naturaleza humana, y etcétera. La mayoría eran estupideces, pero algunas tenían sentido. Ahora mismo tienes que hacer frente a una caminata de un kilómetro y medio por un vecindario a través de calles traseras, con más de veinte mil dólares en el bolsillo, lo que te hace sentir raro, porque se suponía que ya no los habrías de tener, y si los pierdes es un desastre total, y hoy ya te atracaron una vez, por lo que lo cierto es que en conjunto la caminata te asusta, y sabes que yo podría ayudarte con esa sensación, y además estás herido por el ataque, y por lo tanto no te mueves bien, y sabes que puedo ayudarte también con eso, por lo que en conjunto me deberías estar rogando que te acompañara a tu casa.

Shevick no dijo nada.

—Pero eres un caballero —dijo Reacher—. Me querías dar una recompensa. Si ahora te acompaño a tu casa y conozco a tu esposa, crees que lo mínimo que deberías hacer es invitarme a comer. Pero no hay comida. Te sientes avergonzado. Pero no deberías. Lo entiendo. Estás en problemas con un prestamista. Hace un par de meses que no comes a la hora de comer. Tienes el aspecto de haber bajado diez kilos. Te cuelga la piel. Así que vamos a buscar unos sándwiches de camino. Paga el Tío Sam. De allí viene mi dinero. Tus impuestos en pleno funcionamiento. Vamos a disfrutar charlando un poco, y después te acompaño de vuelta hasta aquí. Pagas al tipo al que debes, y yo sigo mi camino.

—Gracias —dijo Shevick—. En serio.

—No hay de qué —dijo Reacher—. En serio.

—¿Hacia dónde te diriges?

—Hacia otro lugar. A menudo depende del tiempo. Me gusta el clima cálido. Me ahorra comprarme un abrigo.

El barman miró de vuelta con rabia, todavía desde lejos.

—Vamos —dijo Reacher—. Aquí dentro una persona se podría morir de sed.

CUATRO

El hombre que se tenía que encontrar con Aaron Shevick en la mesa de la esquina de atrás del bar era un albanés de cuarenta años de apellido Fisnik. Era uno de los dos hombres que había mencionado esa mañana Gregory, el jefe ucraniano. Por consiguiente, había recibido en su casa una llamada de Dino, diciéndole que pasara por el almacén de maderas antes de empezar su día laboral en el bar. El tono de voz de Dino no reveló nada inapropiado. De hecho, en todo caso había sonado alegre y entusiasta, como si le esperaran elogios y reconocimiento. Quizás nuevas oportunidades, o una bonificación, o las dos cosas. Quizás un ascenso, o una mejor posición en la organización.

No fue así. Fisnik pasó agachado por la entrada para personal en la puerta enrollable, y olió el pino fresco, y oyó el chirrido de una sierra, y se dirigió hacia las oficinas del fondo, sintiéndose bastante bien en general. Un minuto después lo sujetaron con cinta americana a una silla de madera, y de repente el pino olía a ataúdes, y la sierra sonaba a sufrimiento. Primero le agujerearon las rodillas con una DeWalt inalámbrica con una broca para pared de un cuarto de pulgada. Después siguieron. No les dijo nada, porque no tenía nada que decir. Su silencio fue interpretado como una confesión estoica. Así era su cultura. Por su fortaleza se ganó un poco de admiración resentida, pero no la suficiente como para detener el taladro. Murió más o menos al mismo tiempo en que Reacher y Shevick finalmente se iban del bar.

La primera mitad de la caminata de un kilómetro y medio fue por entre bloques abandonados iguales al bloque en el que estaba el bar, pero después la vista se abrió a lo que alguna vez pudo haber sido un conjunto de tierras de pastoreo de cinco hectáreas cada una, hasta que los soldados volvieron a casa al terminar la Segunda Guerra Mundial, momento en el cual se araron las tierras de pastoreo y se construyeron hileras rectas de casas pequeñas, todas de una sola planta, algunas a más de un nivel, dependiendo de las ondulaciones de los terrenos. Setenta años después a todas las habían vuelto a techar varias veces, sin que hubiera dos exactamente iguales, y algunas tenían ampliaciones y añadidos y revestimiento exterior nuevo de vinilo, y algunas tenían el césped bien cortado y otras jardines silvestres, pero por lo demás el fantasma de la uniformidad mezquina de posguerra todavía marchaba a lo largo de todo el complejo, con parcelas pequeñas y calles estrechas y aceras estrechas y curvas cerradas en ángulo recto, todas medidas para el radio de giro máximo de Fords y Chevys y Studebakers y Plymouths de 1948.

Reacher y Shevick hicieron una parada en el camino en una estación de servicio. Compraron tres sándwiches de pollo y tres paquetes de patatas fritas y tres latas de refresco. Reacher cargaba la bolsa en la derecha y ayudaba a Shevick con la izquierda. Renquearon y reptaron a través del laberinto. La casa de Shevick resultó estar muy hacia el interior, en una calle sin salida con un ridículo espacio al fondo para dar la vuelta, apenas más ancho que la calle misma. Como el bulbo del extremo de un termómetro de los de antes. La casa estaba a la izquierda, detrás de una valla blanca de madera por la que sobresalían los capullos de unas rosas tempranas. La casa era más bien pequeña y de una sola planta, los mismos huesos y los mismos metros cuadrados que todas las demás casas, con tejas asfálticas y revestimiento exterior blanco brillante. Se la veía bien cuidada, pero no en los últimos tiempos. Las ventanas estaban polvorientas y el césped estaba crecido.

Reacher y Shevick renquearon por un sendero de cemento apenas lo suficientemente ancho como para que fueran uno al lado del otro. Shevick sacó una llave, pero antes de que la pudiera poner en la cerradura la puerta se abrió frente a ellos. Una mujer estaba de pie allí. La señora Shevick, sin lugar a dudas. Había un vínculo obvio entre ellos. Estaba gris y encorvada y recientemente delgada, igual que él, también de alrededor de setenta años, pero su cabeza estaba en alto y sus ojos estaban firmes. Las llamas todavía ardían. Miraba fijamente el rostro de su marido. Un rasguño en la frente, un rasguño en la mejilla, una costra de sangre en el labio.

—Me caí —dijo Shevick—. Me tropecé con el bordillo. Me di un golpe en la rodilla. Esa es la peor parte. Este caballero fue lo suficientemente amable como para ayudarme.

La mirada de la mujer pasó a Reacher por un segundo, confundida, y luego de vuelta a su marido.

—Será mejor que te limpiemos —dijo ella.

Dio un paso hacia atrás y Shevick entró al vestíbulo.

Su mujer empezó a preguntarle “¿Le…”, pero luego se detuvo, quizás avergonzada frente a un extraño. Sin dudas quería decir: ¿le pagaste al tipo? Pero algunas cuestiones eran privadas.

—Es complicado —dijo Shevick.

Durante un momento se hizo el silencio.

Reacher alzó la bolsa con la comida.

—Trajimos la comida —dijo—. Pensamos que podía ser difícil salir a la tienda, dadas las circunstancias.

La señora Shevick le volvió a mirar, todavía confundida. Y después un poco herida. Abatida. Avergonzada.

—Lo sabe, Maria —dijo Shevick—. Fue detective en el Ejército y advirtió lo que me pasaba.

—¿Se lo contaste?

—Se dio cuenta. Tiene mucho entrenamiento.

—¿Qué es complicado? —preguntó ella—. ¿Qué ha ocurrido? ¿Quién te ha pegado? ¿Ha sido este hombre?

—¿Qué hombre?

Ella miró firmemente a Reacher.

—Este hombre que trae la comida—dijo ella—. ¿Es uno de ellos?

—No —dijo Shevick—. En lo más mínimo. No tiene nada que ver con ellos.

—¿Entonces por qué te sigue? ¿O te escolta? Es como un guardia de prisiones.

—Cuando estaba… —empezó a decir Shevick, y después se detuvo y lo cambió por—: Cuando me tropecé y me caí, él pasaba por allí, y me ayudó a ponerme de pie. Entonces me di cuenta de que no podía andar, así que me ayudó. No me está siguiendo. Ni escoltándome. Está aquí porque yo estoy aquí. No puedes tener a uno sin el otro. No ahora mismo. Porque me hice daño en la rodilla. Tan simple como eso.

—Dijiste que era complicado, no simple.

—Deberíamos ir adentro —dijo Shevick.

Su esposa se quedó quieta durante un momento, y después se dio la vuelta y ellos entraron y la siguieron. El aspecto de la casa por dentro era igual que el aspecto por fuera. Vieja, bien mantenida, pero no en los últimos tiempos. Las habitaciones eran pequeñas y los pasillos eran estrechos. Se detuvieron en el salón, que tenía un sofá de dos plazas y dos sillones, y tomas de corriente y cables pero no televisión.

—¿Qué es complicado? —dijo la señora Shevick.

—Fisnik no ha aparecido —dijo Shevick—. Normalmente está ahí todo el día. Pero hoy no. Lo único que sucedió fue que nos pasaron un mensaje telefónico para que volviéramos a las seis en punto.

—¿Y dónde está el dinero ahora?

—Todavía lo tengo.

—¿Dónde?

—En el bolsillo.

—Fisnik va a decir que les debemos otros mil dólares.

—Este caballero piensa que no puede decir eso.

La mujer volvió a mirar a Reacher, y después de vuelta a su marido, y dijo:

—Deberíamos ir a limpiarte. —Después volvió a mirar a Reacher y señaló hacia la cocina y dijo—: Por favor ponga la comida en la nevera.

La cual estaba más o menos vacía. Reacher llegó hasta allí y abrió la puerta y se encontró con un espacio bien fregado sin mucho dentro, salvo botellas usadas de cosas que podrían haber estado allí desde hacía seis meses. Puso la bolsa en el estante del medio y volvió al salón a esperar. En las paredes había fotos familiares, agrupadas y reunidas como en una revista. Por encima de todo había tres marcos ornamentados con imágenes en blanco y negro que se habían vuelto cobrizas por el tiempo. En la primera se veía literalmente a un soldado de pie frente a la casa, con lo que Reacher supuso que era su nueva novia junto a él. El chico llevaba un uniforme caqui nuevo. Un soldado raso. Probablemente demasiado joven como para haber peleado en la Segunda Guerra Mundial. Probablemente había hecho después un servicio de tres años en Alemania. Probablemente le habían llamado de vuelta para Corea. La mujer llevaba un vestido floreado que le caía inflado hasta las pantorrillas. Ambos estaban sonriendo. El revestimiento exterior detrás de ellos brillaba al sol. La tierra a sus pies no tenía césped.

En la segunda foto ya se veía a sus pies un césped de un año, y un bebé en sus brazos. Mismas sonrisas, mismo revestimiento exterior brillante. El padre primerizo estaba sin uniforme y con un par de pantalones de tiro alto de fibra sintética y una camisa blanca de manga corta. La madre primeriza había cambiado el vestido floreado por un jersey ligero y unos pantalones pesqueros. El bebé estaba envuelto en un chal casi al completo, salvo por la cara, que tenía un aspecto pálido e indefinido.

En la tercera foto se veía a los tres más o menos ocho años después. Detrás de ellos los setos junto a los cimientos cubrían la mitad del revestimiento exterior. El césped a sus pies era abundante y fuerte. El hombre era ocho años menos huesudo, un poco más ancho de cintura, un poco más pesado de hombros. Tenía el cabello engominado hacia atrás, y ya un poco lo estaba perdiendo. La mujer estaba más guapa que antes, pero cansada, en todos los sentidos en los que lo estaban las mujeres en las fotos de los años cincuenta.

La niña de ocho años de pie delante de ellos era casi con seguridad Maria Shevick. Algo en la forma de su cara y en la franqueza de su mirada. Ella había crecido, ellos habían envejecido, ellos habían muerto, ella había heredado la casa. Esa era la suposición de Reacher. Que el siguiente grupo de fotos probó como correcta. Ahora en colores Kodak desteñidos, pero en el mismo lugar. La misma parcela de césped. La misma porción de pared. Alguna clase de tradición. En la primera se veía a la señora Shevick con quizás veinte años de edad, junto a un señor Shevick mucho más erguido y mucho más esbelto, también con alrededor de veinte años de edad, sus rostros agudos y jóvenes y angulosos por las sombras, sus sonrisas amplias y felices.

En la segunda de la nueva secuencia se veía a la misma pareja con un bebé en brazos. Crecía a saltos y brincos, de izquierda a derecha cruzando la siguiente fila de abajo, hasta ser un bebé más grande, después una niña de alrededor de cuatro años, después seis, después ocho, mientras que por encima de ella los Shevick circulaban por peinados de los años setenta, voluminosos y tupidos, por encima de camisetas de tirantes ajustadas y mangas acampanadas.

En la siguiente fila de abajo se veía a la misma niña convertirse en una adolescente, después en una chica graduada de instituto, después en una joven mujer. Después en una mujer que envejecía a medida que las Kodak eran más nuevas. Debía estar cerca de los cincuenta años ahora, asumió Reacher. Como fuera que se llamara esa generación. Los primeros hijos de los primeros baby boomers. De alguna manera se tenían que llamar. Todas las demás generaciones tenían un nombre.

—Aquí está usted —dijo la señora Shevick, detrás de él.

—Estaba admirando sus fotos —dijo él.

—Sí —dijo ella.

—Tienen una hija.

—Sí —dijo ella otra vez.

Entonces entró Shevick. Ya no tenía sangre en el labio. Sus rasguños brillaban con alguna poción amarilla. Tenía el pelo peinado.

—Comamos —dijo.

Había una pequeña mesa en la cocina, contorneada con bordes de aluminio, y una superficie laminada ahora apagada y descolorida por las décadas del tiempo y de pasarle el trapo, pero que una vez fue brillante y centelleante y atómica. Había un juego de tres sillas de plástico. Quizás todo comprado hacía mucho cuando Maria Shevick era una niñita. Para sus primeras comidas de niña grande. Cuchillo y tenedor y por favor y gracias. Ahora muchos años después les dijo a Reacher y a su marido que se sentaran, y puso los sándwiches que estaban en la bolsa en platos de porcelana, y los snacks en boles de porcelana, y los refrescos en vasos de cristal opaco. Llevó servilletas de tela. Se sentó. Miró a Reacher.

—Debe pensar que somos muy tontos —dijo ella—. Para habernos metido en esta situación.

—Realmente no —dijo Reacher—. Muy desafortunados, quizá. O que están muy desesperados. Estoy seguro de que esta situación es un último recurso. Vendieron la televisión. Más muchas otras cosas, sin duda. Asumo que hipotecaron la casa. Pero no alcanzó. Tuvieron que encontrar arreglos alternativos.

—Sí —dijo ella.

—Estoy seguro de que hubo buenas razones.

—Sí —dijo ella otra vez.

Y no dijo nada más. Ella y su marido comían despacio, un pequeño mordisco cada vez, una patata frita, un trago de refresco. Como saboreando la novedad. O preocupándose por la indigestión. La cocina estaba en silencio. Ningún ruido de coche, ningún sonido de la calle, ninguna conmoción. En las paredes había viejos azulejos del metro, y papel de pared donde no los había, con flores, como el vestido de la madre de la señora Shevick, en la primera fotografía, pero más pálido y delineado de manera menos clara. El suelo era de linóleo, picado hacía mucho por tacones de aguja, ahora casi liso de nuevo de frotar. Los electrodomésticos habían sido cambiados, quizás por la época en que Nixon era presidente. Pero Reacher se figuró que las encimeras eran las originales. Eran de una lámina amarilla pálida, con líneas finas y ondulantes que se parecían a los latidos de una máquina de hospital.

La señora Shevick terminó su sándwich. Se acabó su refresco. Juntó los últimos fragmentos de sus patatas fritas con la punta de un dedo humedecida. Presionó la servilleta contra sus labios. Miró a Reacher.

—Gracias —dijo ella.

—De nada —dijo él.

—Usted cree que Fisnik no puede pedirnos otros mil dólares.

—En el sentido de que no debería. Supongo que eso es distinto a que no lo vaya a hacer.

—Yo creo que vamos a tener que pagar.

—No tengo problema en ir a hablarlo con él. De parte de ustedes. Si quieren. Podría mencionar unas cuantas razones.

—Y estoy segura de que sería convincente. Pero mi marido me contó que usted está solo de paso. Mañana no estará aquí. Nosotros sí. Probablemente sea más seguro pagar.

—No lo tenemos —dijo Aaron Shevick.

Su esposa no respondió. Hizo girar los anillos que tenía en el dedo. Quizás de manera inconsciente. Tenía una pequeña alianza de oro, y un diamante de compromiso al lado. Estaba pensando en la casa de empeños, supuso Reacher. Probablemente cerca de la terminal de autobuses, en una calle barata. Pero iba a necesitar más que una alianza y un pequeño solitario para conseguir mil dólares. Quizás todavía tenía las cosas de su madre, guardadas en un cajón. Quizás había habido herencias casuales, de viejas tías y tíos, broches y colgantes y relojes de jubilación.

—Nos ocuparemos de eso a su debido tiempo —dijo ella—. Quizás sea razonable. Quizás no lo pida.

—Esta no es gente razonable —dijo su marido.

—¿Tienes pruebas que lo demuestren? —le preguntó Reacher.

—Solo indirectas —dijo Shevick—. Fisnik me explicó las distintas sanciones, en aquel momento al principio. Tenía fotos en el teléfono, y un vídeo breve. Me hicieron verlo. En consecuencia, nunca nos retrasamos con ningún pago. Hasta ahora.

—¿Han pensado en denunciar a la policía?

—Claro que lo hemos pensado. Pero fue un contrato al que entramos de manera voluntaria. Les pedimos dinero prestado. Aceptamos sus condiciones. Una de las cuales era nada de policía. Me hicieron ver el castigo, en el teléfono de Fisnik. En suma pensamos que era demasiado arriesgado.

—Probablemente sensato —dijo Reacher, aunque no lo decía en serio. Se figuró que lo que Fisnik necesitaba era un puñetazo en la garganta, no respeto contractual. Quizás seguido de estrellarle la cara contra la mesa, allá en la esquina del fondo. Pero por otro lado Reacher ni tenía setenta años ni estaba encorvado ni hambriento. Probablemente sensato.

—A las seis en punto vamos a saber en qué situación nos encontramos —dijo la señora Shevick.

Evitaron el tema el resto de la tarde. Una suerte de acuerdo tácito. En lugar de eso intercambiaron biografías, teniendo la típica conversación amable. La señora Shevick había en efecto heredado la casa de sus padres, que la habían comprado mediante la GI Bill, la Ley del Soldado, sin haberla visto de antemano, envueltos en la loca fiebre de tierras de posguerra de la clase media. Ella había nacido un año después, como el césped que se veía en la foto, y había crecido allí, y después sus padres murieron y conoció a su marido, todo en el mismo año. Él era operador de máquinas industriales, muy cualificado, criado cerca de allí. Una ocupación esencial, por lo que no fue reclutado para ir a Vietnam. Tuvieron una hija en el primer año, al igual que los padres de ella, y la hija creció allí, la segunda generación en hacerlo. Le fue bien en el colegio, y consiguió un trabajo. No se casó nunca, ningún nieto, qué se le va hacer. Reacher notó que el tono de ellos cambiaba mientras la historia se iba acercando al presente. Se volvía más desolado, y ahogado, como si hubiera cosas que no podían decir.

El reloj de su cabeza dio las cinco. Un kilómetro y medio él lo recorría en quince minutos, la mayor parte de las personas en veinte, pero al paso de Shevick iban a tardar cerca de una hora entera.

—Es la hora —dijo—. Vámonos.

CINCO

Una vez más Reacher ayudó a Shevick a bajar el bordillo más alejado, y a cruzar la calle, y a subir el bordillo más próximo, y a cruzar la acera hasta la puerta. Una vez más él entró primero. Por la misma razón. Un tipo desconocido que entra inmediatamente antes que un objetivo estaba diez veces menos conectado inconscientemente que un tipo desconocido que entra inmediatamente después. La naturaleza humana. La mayoría estupideces, pero a veces tenían sentido.

Detrás de la barra estaba el mismo tipo gordo. Ahora había otros nueve clientes. Dos en pares, y cinco solitarios en mesas separadas. Uno de los solitarios había estado en el mismo lugar seis horas antes. Otra era una mujer de alrededor de ochenta años. Estaba meciendo un vaso lleno de un líquido transparente. Probablemente no agua.

Había un tipo en la mesa para cuatro en la esquina de atrás al fondo.

Era una mole de hombre, quizás de cuarenta años, tan pálido que parecía luminiscente en la penumbra. Tenía los ojos pálidos, y las pestañas pálidas, y las cejas pálidas. Tenía el pelo del color de la barba de maíz, con un rapado tan corto que brillaba. Tenía unas muñecas blancas y gruesas, apoyadas en el borde de la mesa, y unas manos blancas y grandes, reposando sobre un libro de contabilidad grande y negro. Llevaba puesto un traje negro, una camisa blanca y una corbata negra de seda. Tenía un tatuaje que le asomaba por el cuello de la camisa. Algún tipo de escritura. Un alfabeto extranjero. No ruso. Otra cosa.

Reacher se sentó sin hacer ningún pedido. Un minuto después Shevick entró renqueando. Una vez más miró hacia delante a la mesa de la esquina de atrás al fondo. Una vez más se detuvo sorprendido. Se movió de lado arrastrando los pies y se sentó en una mesa para cuatro vacía al lado de la de Reacher.

—Ese no es Fisnik —susurró.

—¿Estás seguro?

—Fisnik tiene la piel oscura y el pelo negro.

—¿Has visto alguna vez antes a este tipo?

—Nunca. Siempre estaba Fisnik.

—Quizás no se encuentre bien. Quizás la llamada telefónica tuvo que ver con eso. Tenía que encontrar a alguien que lo reemplazara, y no pudo, no antes de las seis.

—Quizás.

Reacher no dijo nada.

—¿Qué? —susurró Shevick.

—¿Estás seguro de que nunca antes has visto a este tipo?

—¿Por qué?

—Porque si ese es el caso él tampoco te ha visto nunca. Lo único que tiene es una entrada en un libro.

—¿Qué estás queriendo decir?

—Yo podría ser tú. Podría ir a pagar a este tipo en tu lugar, y plantearle bien todos los detalles.

—¿Te refieres a si pide más?

—Podría intentar persuadirle. La mayoría de la gente al final hace lo correcto. Esa ha sido mi experiencia.

Ahora Shevick no dijo nada.

—Necesitaría estar seguro de algo —dijo Reacher—. Si no, voy a parecer estúpido.

—¿Seguro de qué?

—¿Se termina con esto? ¿Veintidós quinientos y has acabado?

—Eso es lo que les debemos.

—Dame el sobre —dijo Reacher.

—Es una locura.

—Tuviste un día duro. Quítate un peso de encima.

—Lo que Maria dijo era correcto. Mañana no vas a estar aquí.

—No os voy a dejar con un problema. El tipo o va a estar de acuerdo o no. Si no está de acuerdo, vosotros no vais a estar en una situación peor. Pero es tu decisión. De las dos formas me va bien. No estoy buscando problemas. Me gusta tener una vida tranquila. Dicho esto, te podrías ahorrar la caminata de aquí hasta allí ida y vuelta. Esa rodilla todavía parece estar bastante mal.

Shevick se quedó quieto en la silla y no dijo nada durante un largo rato. Después le dio a Reacher el sobre. Lo sacó del bolsillo y lo deslizó hacia él, bajo y furtivo. Reacher lo cogió. Dos centímetros de grueso. Pesado. Se lo guardó en el bolsillo.

—Espera aquí.

Se puso de pie y caminó hacia la esquina de atrás al fondo. Se consideraba un hombre moderno, nacido en el siglo XX, viviendo en el XXI, pero sabía también que tenía en la cabeza una especie de portal abierto, un agujero de gusano al pasado primitivo de la humanidad, donde durante millones de años cualquier cosa viviente podía ser un depredador, o un rival, y por lo tanto tenía que ser evaluado, y juzgado, de manera instantánea, y precisa. ¿Quién era el animal superior? ¿Quién se iba a someter?

Lo que veía en la mesa del fondo iba a ser un desafío. Llegado el caso. Si los asuntos se trasladaban de lo verbal a lo físico. No un desafío colosal. En algún lugar entre lo grande y lo pequeño. El tipo técnicamente estaría menos cualificado, casi con seguridad, a no ser que hubiese servido también en el Ejército de Estados Unidos, que enseñaba el combate más sucio del mundo, aunque nunca lo fuera a admitir en público. En contra de eso el tipo era enorme, y varios años más joven, y parecía tener bastante calle. Tenía aspecto de que no se iba a asustar fácilmente. Tenía aspecto de estar acostumbrado a ganar. La parte arcaica del cerebro de Reacher asimiló toda la información subliminal y encendió una advertencia amarilla, pero no hizo que dejara de avanzar. Frente a él el tipo de la mesa también lo miró, durante todo el trayecto, aparentemente haciendo sus propios cálculos atávicos. ¿Quién era el animal superior? El tipo parecía bastante confiado. Como si le gustaran sus probabilidades.

Reacher se sentó donde Shevick se había posado seis horas antes. La silla de visitas. De cerca el tipo en la silla del ejecutivo podría haber sido un poco más viejo de lo que parecía a primera vista. Cuarenta y algo. Quizás a medio camino hacia los cincuenta. Bastante mayor. Un hombre sustancial, cronológicamente, pero la impresión densa se veía debilitada por su palidez fantasmal. Eso era lo más notable que tenía. Más el tatuaje. Era inexperto y desigual. Tinta de cárcel. Probablemente no una cárcel americana.

El tipo cogió el libro de contabilidad y lo abrió y lo sostuvo vertical contra su borde de la mesa. Lo miró de cerca, con dificultad, como un tipo con las cartas demasiado cerca del pecho.

—¿Cuál es tu nombre? —dijo.

—¿Cuál es el tuyo? —dijo Reacher.

—El mío no importa.

—¿Dónde está Fisnik?

—A Fisnik lo acaban de reemplazar. El asunto que tuvieras con él ahora lo tienes conmigo.

—Necesito más que eso —dijo Reacher—. Esta es una transacción importante. Es un tema financiero serio. Fisnik me prestó dinero, y yo se lo tengo que devolver.

—Te lo acabo de decir, el asunto que tuvieras con él ahora lo tienes conmigo. Los clientes de Fisnik ahora son mis clientes. Si le debías dinero a Fisnik ahora me lo debes a mí. No es astrofísica. ¿Cuál es tu nombre?

—Aaron Shevick —dijo Reacher.

El tipo bajó la vista hacia el libro.

Asintió.

—¿Es el último pago? —dijo.

—¿Va a haber recibo? —preguntó Reacher.

—¿Fisnik te daba recibos?

—Tú no eres Fisnik. Ni siquiera sé tu nombre.

—Mi nombre no importa.

—A mí me importa. Necesito saber a quién le estoy pagando.

El tipo se dio un golpecito con el dedo, blanco como un hueso, contra el costado de su reluciente cabeza.

—Tu recibo está aquí dentro —dijo—. Eso es todo lo que necesitas saber.

—Mañana Fisnik me podría venir a buscar.

—Ya te lo dije dos veces, ayer eras de Fisnik, hoy eres mío. Mañana seguirás siendo mío. Fisnik es historia. Fisnik ya no está. Las cosas cambian. ¿Cuánto debes?

—No lo sé —dijo Reacher—. Dependía de Fisnik para que me lo dijera. Él tenía una fórmula.

—¿Qué fórmula?

—Para las tasas y los intereses y los añadidos. Redondeado en la centena que quedara más cerca, más otros quinientos por cargos administrativos. Esa era su regla. Nunca la pude calcular bien. No quería que él pensara que le estaba intentado pagar de menos. Prefería pagarle lo que me dijera. Más seguro así.

—¿Cuánto crees que debería ser?

—¿Esta vez?

—Como último pago.

—Tampoco querría que tú pensaras que te estoy intentando pagar de menos. No si heredaste el negocio de Fisnik. Asumo que aplican las mismas condiciones.

—Dime las dos cosas —dijo el tipo—. Lo que calculas tú, y después lo que crees que calcularía la fórmula de Fisnik. Quizás te descuento un poco. Quizás partimos la diferencia. Como una oferta de presentación.

—Yo calculo ochocientos dólares —dijo Reacher—. Pero Fisnik probablemente calcularía mil cuatrocientos. Como te dije. Redondeado en la centena que quede más cerca más quinientos por cargos.

El tipo bajó la vista hacia el libro.

Asintió, lentamente, sabiamente, en total acuerdo.

—Pero sin descuento —dijo—. Decidí que no. Me voy a quedar con todos los mil cuatrocientos.

Cerró el libro y lo apoyó en horizontal sobre la mesa.

Reacher se puso la mano en el bolsillo y el pulgar en el sobre y sacó catorce billetes de atrás del fajo de Shevick. Se los dio. El tipo pálido los volvió a contar con dedos rápidos y entrenados, los dobló una vez, y se los guardó en el bolsillo.

—¿Todo bien entonces? —preguntó Reacher.

—Pagado en su totalidad —dijo el tipo.

—¿Recibo?

El tipo se volvió a dar un golpecito en el costado de la cabeza.

—Ahora vete —dijo—. Hasta la próxima vez.

—¿La próxima vez de qué? —dijo Reacher.

—Que necesites un préstamo.

—Espero no necesitarlo.

—Los perdedores como tú siempre lo necesitan. Sabes dónde encontrarme.

Reacher hizo una pausa.

—Sí —dijo—. Lo sé. Cuenta con ello.

Se quedó donde estaba un largo rato, y después se levantó de la silla de visitas y se alejó andando, despacio, con la mirada al frente, en dirección hacia el otro lado de la puerta y a la acera.

Un minuto después Shevick renqueó detrás de él.

—Tenemos que hablar —dijo Reacher.

SEIS

Shevick todavía tenía un teléfono móvil. Dijo que no lo había vendido porque era uno viejo con tapa que no valía prácticamente nada, y todavía lo usaba porque dar de baja el plan le habría costado más que mantenerlo. Además de que había momentos en los que realmente lo necesitaba. Reacher le dijo que este era uno de esos momentos. Le dijo que llamara a un taxi. Shevick le dijo que no se podía permitir un taxi. Reacher le dijo que sí que podía, solo por esta vez.

El taxi que vino era un viejo Crown Vic destartalado, con una capa gruesa de pintura color cáscara de naranja, con un foco de coche de policía en el pilar del conductor y una luz de taxi sujeta al techo. No un vehículo atractivo, visualmente. Pero funcionaba. Se movió con pesadez y gimoteando el kilómetro y medio hasta la casa de Shevick y se detuvo afuera. Reacher ayudó a Shevick por el sendero estrecho de cemento hasta la puerta. Una vez más esta se abrió antes de que pudiera poner la llave en la cerradura. La señora Shevick le miró fijamente. Tenía en la cara preguntas mudas. ¿Un taxi? ¿Por la rodilla? ¿Entonces por qué también ha venido de nuevo el hombre grande?

Y sobre todo: ¿Debemos otros mil dólares?

—Vuelve a ser complicado —dijo Shevick.

Regresaron a la cocina. El horno estaba frío. Nada de cena. Ya habían comido una vez ese día. Todos se sentaron a la mesa. Shevick contó su parte de la historia. Fisnik no estaba. Había en su lugar un sustituto. Un extraño pálido y siniestro con un gran libro negro. Entonces Reacher se ofreció como intermediario.

La señora Shevick desvió su mirada a Reacher.

Que dijo:

—Estoy bastante seguro de que era ucraniano. Tenía en el cuello un tatuaje carcelario. Alfabeto cirílico, definitivamente.

—No creo que Fisnik fuera ucraniano —dijo la señora Shevick—. Fisnik es un apellido albanés. Lo busqué en la biblioteca.

—Dijo que Fisnik había sido reemplazado. Dijo que el asunto que quien fuera tuviese con Fisnik ahora lo tenía con él. Dijo que los clientes de Fisnik ahora eran sus clientes. Dijo que si le debías dinero a Fisnik ahora se lo debías a él. Aclaró el mismo punto muchas veces. Dijo que no era astrofísica.

—¿Pidió otros mil dólares?

—Sostuvo el libro abierto tan cerca del pecho que resultaba incómodo. Al principio no estuve seguro de por qué. Asumí que no quería que yo viera lo que ponía ahí. Me preguntó mi nombre, y dije Aaron Shevick. Bajó la vista al libro y asintió. Lo cual me pareció raro.

—¿Por qué?

—¿Qué probabilidades había de que tuviera el libro abierto en la página de la S? Una entre veintiséis. Posible, pero improbable. Así que empecé a pensar que estaba escondiendo el libro no porque no quisiera que yo viese lo que ponía ahí, sino porque no quería que yo viera lo que no ponía ahí. Porque ahí no ponía nada. Estaba en blanco. Esa fue mi suposición. Después él lo demostró. Me preguntó cuánto debía. Él no lo sabía. No tenía la información previa de Fisnik. No era el viejo libro de contabilidad de Fisnik. Era un libro nuevo en blanco.

—¿Y todo eso qué significa?

—Significa que no fue una reorganización rutinaria interna. No mandaron a Fisnik al banco y pusieron a un bateador de emergencia. Fue una usurpación hostil desde afuera. Ahora hay una gerencia completamente nueva. Repasé las palabras del tipo. Su uso del lenguaje. Lo dejó claro. Alguien distinto se está metiendo en ese negocio.

—Espere —dijo la señora Shevick—. Lo escuché en la radio. La semana pasada, creo. Va a haber un comisario general de policía nuevo. Dice que en la ciudad hay bandas rivales de ucranianos y albaneses.

Reacher asintió.

—Ahí está —dijo—. Los ucranianos están interviniendo parte de los negocios albaneses. Ahora les toca tratar con gente nueva.

—¿Pidieron los mil dólares extra?

—Están mirando hacia delante, no hacia el pasado. Están dispuestos a condonar los viejos préstamos de Fisnik. Todos o parte de ellos. Porque es lo que les toca. No tienen opción. No saben lo que debe cada persona. No tienen la información. ¿Y además por qué no los condonarían? No era dinero suyo. Quieren sus clientes. Eso es todo. Para el futuro. Quieren cubrir sus necesidades durante los próximos años.

—¿Pagó al hombre?

—Me preguntó cuánto debía y yo me arriesgué y le dije que mil cuatrocientos dólares. Miró a la página en blanco y asintió solemnemente y coincidió. Así que le pagué mil cuatrocientos dólares. Momento en el cual dijo que me podía ir y confirmó que el préstamo estaba pagado en su totalidad.

—¿Dónde está el resto del dinero?

—Aquí mismo —dijo Reacher. Sacó el sobre del bolsillo. Apenas más delgado de lo que era antes. Todavía había doscientos once billetes en el sobre. Veintiún mil cien dólares. Lo puso en la mesa, en el medio, equidistante. Shevick y su esposa lo miraron fijamente y no dijeron nada.

Reacher dijo:

—Este es un universo arbitrario. Una vez por cada luna azul las cosas salen bien. Como ahora. Alguien inició una guerra y ustedes son el opuesto exacto de daño colateral.

—No si Fisnik aparece la semana que viene queriendo todo esto más otros siete mil dólares.

—Eso no va a suceder —dijo Reacher—. Fisnik fue reemplazado. Algo que viniendo de un gánster ucraniano con tinta carcelaria en el cuello casi seguro significa que Fisnik está muerto. O incapacitado de alguna otra forma. No va a aparecer la semana que viene. Ni ninguna semana. Y ustedes están en orden con los tipos nuevos. Eso es lo que dijeron. Están fuera de peligro.

Durante un largo rato se quedaron en silencio.

La señora Shevick miró a Reacher.

—Gracias —dijo.

Entonces sonó el teléfono de Shevick. Se fue renqueando hasta el pasillo y atendió la llamada. Reacher oyó un leve graznido plástico que salía del auricular. Una voz de hombre, le pareció. No pudo entender lo que decía. Un flujo largo de información. Oyó cómo respondía Shevick, alto y claro, a tres metros de distancia, balbuceando un consentimiento que sonó agotado y poco sorprendido, y así y todo decepcionado. Después Shevick formuló lo que fue inconfundiblemente una pregunta.

—¿Cuánto? —dijo.

Respondió el leve graznido plástico.

Shevick colgó el teléfono. Se quedó quieto por un momento, y luego regresó a la cocina renqueando y se volvió a sentar a la mesa. Cruzó las manos delante de sí. Miró el sobre. No con una mirada fija, tampoco contemplativa. Más bien agridulce. Equidistante. A la misma distancia de todas esas maneras de mirar.

—Necesitan otros cuarenta mil dólares —dijo.

Su esposa cerró los ojos y se apretó las manos contra la cara.

—¿Quién los necesita? —dijo Reacher.

—Fisnik no —dijo Shevick—. Tampoco los ucranianos. Ninguno de ellos. Es absolutamente el otro extremo de este asunto. La razón por la cual tuvimos que pedir el dinero prestado.

—¿Les están chantajeando?

—No, nada de eso. Ojalá fuera así de simple. Lo único que puedo decir es que hay unas facturas que tenemos que pagar. Una acaba de vencer. Ahora tenemos que encontrar otros cuarenta mil dólares. —Le volvió a echar un vistazo al sobre—. De los cuales una parte ya la tenemos, gracias a ti. —Hizo el cálculo mentalmente—. Técnicamente tenemos que conseguir otros dieciocho mil novecientos dólares.

—¿Para cuándo?

—Mañana por la mañana.

—¿Pueden conseguirlos?

—No podríamos conseguir ni dieciocho centavos.

—¿Por qué tan pronto?

—Algunas cosas no pueden esperar.

—¿Qué van a hacer?

Shevick no respondió.

Su esposa se quitó las manos de la cara.

—Pedirlos prestados —dijo—. ¿Qué otra cosa podemos hacer?

—¿A quién se los van a pedir?

—Al hombre del tatuaje carcelario —dijo—. ¿Qué opción tenemos? En todos los demás lugares estamos en números rojos.

—¿Los van a poder devolver?

—Nos ocuparemos de eso a su debido tiempo.

Ninguno habló.

Reacher dijo:

—Siento no poder ayudarles más.

La señora Shevick lo miró.

—Sí puede —dijo.

—¿Puedo?

—De hecho lo va a tener que hacer.

—¿Sí?

—El hombre del tatuaje carcelario cree que usted es Aaron Shevick. Va a tener que ir a pedir el dinero por nosotros.

SIETE

Lo discutieron durante otros treinta minutos. Reacher y los Shevick, de un lado y del otro. Algunos hechos quedaron establecidos al principio. Los puntos fijos. Las cuestiones no negociables. Necesitaban el dinero sí o sí. Sin duda posible. Sin discusión posible. Lo necesitaban para la mañana siguiente sí o sí. Sin ningún margen. Sin ninguna flexibilidad.

De ninguna manera iban a decir por qué.

Ahorros ya no les quedaban. La casa ya no era de ellos. Habían acordado recientemente una venta de la nuda propiedad para personas mayores, por medio de la cual se les permitía vivir allí por el resto de sus vidas, pero el título de propiedad ya había pasado a manos del banco. La abultada suma que habían recibido ya la habían gastado. No se podía recaudar más. Sus tarjetas de crédito estaban en números rojos y habían sido canceladas. Habían pedido dinero usando como garantía sus pagos de jubilación de la Seguridad Social. Habían cobrado sus seguros de vida y habían dado de baja su teléfono de línea. Ahora que no tenían el coche ya habían vendido todas las cosas de valor. Lo único que les quedaba eran objetos personales. Entre sus propias cosas y las de la familia tenían cinco alianzas de nueve quilates, tres pequeños anillos de diamantes y un reloj de pulsera chapado en oro con una rajadura en el cristal. Reacher se figuró que en el día más feliz de su vida el prestamista más bondadoso del mundo les podría haber dado doscientos dólares. No más que eso. Quizás menos de cien en un mal día. Ni siquiera un grano de arena en el desierto.

Dijeron que habían recurrido por primera vez a Fisnik cinco semanas antes. El nombre les había llegado a través de un vecino. Como parte de un cotilleo, no una recomendación. Una especie de escándalo. Una historia indiscreta acerca del primo de la esposa del sobrino de otro vecino consiguiendo dinero prestado de un gánster en un bar. Llamado Fisnik, imagínese. Shevick había reducido el radio de búsqueda basándose en detalles y en rumores, y había empezado a revisar cada bar en el área prevista, uno por uno, ruborizado, avergonzado, observado, preguntándole a cada barman si conocía a un hombre llamado Fisnik, hasta que en su cuarta parada un hombre gordo de modales sarcásticos sacudió un dedo hacia la mesa de la esquina.

—¿Cómo fue? —preguntó Reacher.

—Muy fácil —dijo Shevick—. Me acerqué a la mesa, y me quedé ahí, mientras él me inspeccionaba, y después me indicó que me sentara, y eso hice. Supongo que al principio di unas cuantas vueltas, hasta que en un momento simplemente le dije, mira, necesito un préstamo, y entiendo que tú prestas dinero. Me preguntó cuánto, y se lo dije. Me explicó los términos del contrato. Me enseñó las fotos. Vi el vídeo. Le di mi número de cuenta. Veinte minutos después el dinero estaba en mi banco. Lo transfirieron desde algún lugar imposible de rastrear vía una empresa en Delaware.

—Me imaginé una bolsa de dinero en efectivo —dijo Reacher.

—Nosotros lo tenemos que devolver en efectivo.

Reacher asintió.

—Dos cosas en una —dijo—. Las dos al mismo tiempo. Usura y lavado de dinero. Transfieren electrones sucios y a cambio reciben efectivo limpio de las calles. Más una buena tasa de interés, encima. La mayor parte del lavado de dinero incluye perder un porcentaje, no ganar un porcentaje. Supongo que esos chicos no eran tontos.

—No según nuestra experiencia.

—¿Crees que los ucranianos van a ser mejores o peores?

—Peores, imagino. La ley de la selva parece que ya lo está demostrando.

—¿Entonces cómo les van a devolver el dinero?

—De eso nos ocuparemos mañana.

—No les queda nada que vender.

—Algo puede llegar a aparecer.

—En sus sueños.

—No, en la realidad. Estamos esperando algo. Tenemos motivos para creer que va a venir muy pronto. Tenemos que mantenernos firmes hasta que llegue.

De ninguna manera iban a decir qué era lo que estaban esperando.

Veinte minutos más tarde Reacher descendió del bordillo más alejado, libre de cargas, y cruzó la calle en cuatro zancadas rápidas, y subió el bordillo más próximo, y tiró de la puerta del bar. El interior parecía estar más iluminado que antes, porque el exterior estaba más oscuro, y estaba algo más ruidoso, porque había más personas, incluyendo a un grupo de cinco hombres apretujados alrededor de una mesa para cuatro comensales, todos rememorando alguna cosa u otra.

El tipo pálido estaba todavía en la esquina de atrás al fondo.

Reacher anduvo hacia él. El tipo pálido lo miró durante todo el trayecto. Reacher se moderó un poco. Había que respetar las convenciones. Prestamista y prestatario. Caminó con lo que él consideraba que era su andar amigable, pura locomoción desinhibida, ninguna amenaza para nadie. Se sentó en la misma silla que había usado antes.

El tipo pálido dijo:

—Aaron Shevick, ¿no?

—Sí —dijo Reacher.

—¿Qué te trae de vuelta tan pronto?

—Necesito un préstamo.

—¿Ya? Acabas de cancelar una deuda.

—Surgió algo.

—Te lo dije —dijo el tipo—. Los perdedores como tú siempre regresan.

—Lo recuerdo —dijo Reacher.

—¿Cuánto quieres?

—Dieciocho mil novecientos dólares —dijo Reacher.

El tipo pálido negó con la cabeza.

—No puedo —dijo.

—¿Por qué no?

—Es un salto importante desde los ochocientos de la última vez.

—Mil cuatrocientos.

—Seiscientos de eso fueron tasas y cargos. El capital eran solo ochocientos dólares.

—Eso fue entonces. Esto es ahora. Es lo que necesito.

—¿Lo vas a poder pagar?

—Siempre pude —dijo Reacher—. Pregúntale a Fisnik.

—Fisnik es historia —dijo el tipo pálido.

Nada más.

Reacher esperó.

Después el tipo pálido dijo:

—Quizás haya una manera de ayudarte. Aunque tienes que entender que voy a estar asumiendo un riesgo, el cual va a tener que estar reflejado en el precio. ¿Te sientes cómodo con esa situación?

—Supongo —dijo Reacher.

—Y debo decirte que soy más bien una persona de números redondos. No puedo darte dieciocho novecientos. Tendríamos que decir veinte. De allí sacaría mil cien como tasa administrativa. Recibirías la cantidad exacta que necesitas. ¿Quieres escuchar las tasas de interés?

—Supongo —volvió a decir Reacher.

—Las cosas han seguido su curso desde los tiempos de Fisnik. Ahora estamos en una era de innovaciones. Operamos con lo que se conoce como tarifa dinámica. Ajustamos la tasa para arriba o para abajo, dependiendo de la oferta y la demanda y cosas por el estilo, pero también dependiendo de lo que pensamos del prestatario. ¿Será fiable? ¿Podemos confiar en él? Cuestiones como esas.

—¿Y yo dónde estoy? —preguntó Reacher—. ¿Arriba o abajo?

—Voy a empezar poniéndote bien arriba, en la cima de todo. Donde están los peores riesgos. Lo cierto es que no me caes muy bien, Aaron Shevick. No estoy teniendo una buena sensación. Te llevas veinte esta noche, me traes veinticinco, dentro de una semana a partir de hoy. Después de eso, los intereses siguen al veinticinco por ciento por semana o parte de una semana, más un cargo por mora de mil dólares por día, o parte de un día. Después del primer plazo, todos los montos están sujetos a ser pagados en su totalidad inmediatamente si son reclamados. Una negativa o una incapacidad de pago bajo demanda te pueden dejar expuesto a cosas desagradables de diferentes tipos. Tienes que entender eso por anticipado. Necesito escucharte decirlo, con tus propias palabras. No es el tipo de cosa que se puede escribir y firmar. Tengo fotos para que veas.

—Grandioso —dijo Reacher.

El tipo pulsó un poco su teléfono, menús, álbumes, presentaciones, y lo entregó de lado, en horizontal, no en vertical, lo cual fue apropiado, porque todos los sujetos de todas las imágenes estaban tumbados. En su mayoría estaban atados con cinta americana a una cama de hierro, en una habitación con paredes encaladas grises por el tiempo y la humedad. A algunos les arrancaban los ojos con una cuchara, y a algunos les habían hecho cortes con una sierra eléctrica, cada vez más profundos, y a algunos los habían quemado con una plancha, y a algunos los habían taladrado con herramientas eléctricas inalámbricas, que aparecían en las fotos como una prueba, amarillas y negras, pesadas en la parte de arriba y bamboleantes, con las brocas de dos tercios enterradas en la carne blanda.

Bastante feo.

Pero no lo peor que Reacher hubiera visto.

Aunque quizás sí lo peor que había visto todo junto en un solo teléfono.

Lo entregó de vuelta. El tipo pulsó un poco otra vez por los menús, hasta que llegó adonde quería. Asuntos serios ahora.

—¿Entiendes los términos del contrato? —dijo.

—Sí —dijo Reacher.

—¿Los aceptas?

—Sí —dijo Reacher.

—¿Número de cuenta?

Reacher le pasó los números de Shevick. El tipo los escribió, allí mismo en el teléfono, y después pulsó un rectángulo verde grande en la parte inferior de la pantalla. El botón de transferir.

—El dinero va a estar en tu banco en veinte minutos —dijo.

Después pulsó iconos a través de más menús, y de repente alzó el teléfono en función de cámara, y le sacó una foto a Reacher.

—Gracias, señor Shevick —dijo—. Un placer hacer negocios. Le veré otra vez exactamente en una semana.

Después se dio un golpecito en su cabeza hirsuta con su dedo blanco hueso, el mismo gesto que antes. Algo acerca de recordar. Alguna clase de insinuación amenazadora.

Como quieras, pensó Reacher.

Se puso de pie y se alejó andando, cruzó la puerta, salió a la oscuridad. Había un coche junto al bordillo. Un Lincoln negro, con el motor en marcha a la espera, y el conductor a la espera al volante, recostado en su asiento, la cabeza contra el respaldo, codos bien separados, rodillas bien separadas, como los chóferes de todas partes, tomándose un descanso.

Había un segundo tipo, en el exterior del coche, apoyado contra el guardabarros trasero. Estaba vestido igual que el conductor. Y que el tipo del interior del bar. Traje negro, camisa blanca, corbata negra de seda. A modo de uniforme. Tenía las rodillas cruzadas, y los brazos cruzados. Estaba esperando. Tenía el aspecto que tendría el tipo de la mesa de la esquina, después de más o menos un mes al sol. Blanco, no luminiscente. Tenía el pelo pálido rapado casi al ras del cuero cabelludo, y la nariz rota, y tejido de cicatrices en las cejas. No era un gran peleador, pensó Reacher. Obviamente le habían pegado mucho.

—¿Eres Shevick? —dijo el tipo.

—¿Quién pregunta? —dijo Reacher.

—La gente que te acaba de prestar dinero.

—Suena a que ya sabes quién soy.

—Te vamos a llevar a tu casa en coche.

—¿Y qué tal si no quiero que me lleven? —dijo Reacher.

—Es parte del trato —dijo el tipo.

—¿Qué trato?

—Necesitamos saber dónde vives.

—¿Por qué?

—Como garantía.

—Búsquenme.

—Ya lo hicimos.

—¿Y?

—No estás en la guía. No tienes ninguna propiedad a tu nombre.

Reacher asintió. Los Shevick habían dado de baja su teléfono de línea. El título de la casa ya había pasado a manos del banco.

—De modo que tenemos que hacer una visita personal —dijo el tipo.

Reacher no dijo nada.

—¿Hay una señora Shevick? —preguntó el tipo.

—¿Por qué?

—Quizás también la podríamos visitar un poco a ella, mientras miramos dónde viven. Nos gusta tener a nuestros clientes cerca. Nos gusta conocer a la familia. Nos resulta provechoso. Ahora sube al coche.

Reacher negó con la cabeza.

—No te enteras —dijo el tipo—. Esto no es una elección. Es parte del trato. Te prestamos dinero.

—Tu amigo blanco leche del interior me explicó el contrato. Repasó todos los términos, con un detalle considerable. La tasa administrativa, la tarifa dinámica, las sanciones. En cierto momento incluso se sirvió de ayuda visual. Después de lo cual preguntó si yo aceptaba los términos del contrato, y yo dije que sí, así que en ese momento el trato estaba cerrado. No pueden empezar a añadir cosas después, sobre llevarme a casa y conocer a mi familia. Tendría que haber aceptado eso por anticipado. Un contrato es una cosa de dos. Sujeto a negociación y consentimiento. No se puede hacer de manera unilateral. Es un principio básico.

—Te crees inteligente.

—Tengo esa esperanza —dijo Reacher—. A veces me preocupa ser solo un pedante.

—¿Qué?

—Puedes ofrecerte a llevarme, pero no puedes insistir en que acepte.

—¿Qué?

—Me has oído.

—Vale. Me estoy ofreciendo a llevarte. Última oportunidad. Sube al coche.

—Por favor.

El tipo hizo una pausa muy, muy larga. Dijo:

—Por favor sube al coche.

—Vale —dijo Reacher—. Dado que lo has pedido de manera tan amable.

OCHO

Poco más o menos la manera más segura de transportar un rehén indócil en un coche particular era hacerle conducir sin el cinturón de seguridad puesto. Los tipos del Lincoln no hicieron eso. Optaron en cambio por la segunda mejor opción convencional. Pusieron a Reacher atrás, detrás del asiento delantero vacío del copiloto, con nada a su frente a lo que atacar. El tipo que había hablado se subió a su lado, de la otra parte, detrás del conductor, y se sentó medio girado, atento.

—¿Adónde? —dijo.

—Da la vuelta —dijo Reacher.

El conductor giró en U a través del ancho de la calle, rebotando hacia arriba con la rueda delantera derecha en el bordillo más alejado, y bajando el bordillo de nuevo con un palmetazo.

—Sigue recto cinco manzanas —dijo Reacher.

El conductor hizo avanzar el coche. Era una versión del primer tipo en más pequeño. No tan pálido. Caucásico, seguro, pero sin deslumbrar. Llevaba el mismo pelo cortado al ras, dorado y brillante. Tenía una cicatriz de cuchillo en el dorso de la mano izquierda. Probablemente una herida defensiva. Por el puño derecho de la camisa le sobresalía un tatuaje desteñido y de trazos muy delgados. Tenía unas orejas grandes y rosas, que se le salían hacia afuera de los laterales de la cabeza.

Los neumáticos golpetearon sobre un asfalto roto y pedazos de adoquines. Después de las cinco manzanas avanzando recto llegaron al semáforo de la intersección. Donde Shevick había esperado para cruzar. Salieron del viejo mundo y se introdujeron en el nuevo. Terreno llano y abierto. Cemento y gravilla. Aceras anchas. Todo tenía un aspecto distinto en la oscuridad. La terminal de autobuses estaba más adelante.

—Recto —dijo Reacher.

El conductor cruzó en verde. Pasaron la terminal. Circularon alrededor, a una distancia amable por detrás de los distritos de altos ingresos. Un kilómetro después llegaron adonde el autobús se había salido de la carretera principal.

—Vete por la derecha —dijo Reacher—. Afuera hacia la autopista.

Vio que la calle de dos carriles para entrar a la ciudad se llamaba Center. Después se ensanchaba a cuatro carriles y llevaba como nombre el número de una carretera estatal. Después venía el supermercado gigante. Los parques empresariales estaban más adelante.

—¿Adónde mierdas estamos yendo? —dijo el tipo que iba atrás—. Nadie vive en esta zona.

—A mí me gusta —dijo Reacher.

La carretera era lisa y uniforme. Los neumáticos silbaban. Delante de ellos no había tráfico. Quizás algo detrás. Reacher no lo sabía. No se podía arriesgar a mirar.

—Decidme de nuevo por qué queréis conocer a mi esposa —dijo.

—Nos parece conveniente —dijo el tipo de atrás.

—¿En qué sentido?

— A un banco le devuelves un préstamo porque te preocupa el puntaje de crédito y tu buen nombre y tu reputación en la comunidad. Pero para ti todo eso ya no existe. Estás en la mierda. ¿Qué es lo que te preocupa ahora? ¿Qué es lo que va a hacer que nos devuelvas el dinero?

Pasaron los parques empresariales. Seguía sin haber tráfico. El concesionario de coches estaba más adelante a lo lejos. Un alambrado, filas de siluetas oscuras, banderines que brillaban grises a la luz de la luna.

—Suena a amenaza —dijo Reacher.

—Las hijas también sirven.

Seguía sin haber tráfico.

Reacher le pegó al tipo en la cara. De la nada. Una explosión de músculo repentina y violenta. Sin ningún aviso. Un mazazo, con toda la velocidad y torsión que podía reunir en el reducido espacio disponible. La cabeza del tipo golpeó hacia atrás contra el marco de la ventanilla. El rocío de sangre de la nariz salpicó el cristal.

Reacher recargó y le pegó al conductor. La misma clase de fuerza. La misma clase de resultado. Inclinándose sobre el asiento, un gancho apaleando de forma directa a la oreja del tipo, la cabeza del tipo golpeándose de lado, rebotando contra el cristal, directa a un segundo golpe justo en la misma oreja, y un tercer golpe, que apagó las luces. El tipo cayó sobre el volante.

Reacher se apretujó en el espacio de atrás para los pies.

Un segundo después el coche se chocó contra el alambrado del concesionario a sesenta kilómetros por hora. Reacher oyó una explosión descomunal y un chillido de banshee y los airbags estallaron y su cuerpo se aplastó contra la parte de atrás del asiento que tenía enfrente, que cedió y colapsó contra el airbag que ahora se desinflaba adelante, justo cuando el coche se estrellaba contra el primer vehículo en venta, en la punta más cercana de la larga hilera debajo de las banderas y los banderines. El Lincoln se chocó fuertemente contra él, de frente contra su flanco resplandeciente, y el parabrisas del Lincoln se hizo añicos y la parte de atrás se elevó por los aires, y se reventó contra el suelo al bajar, y el motor se detuvo, y el coche se quedó quieto y mudo, al completo, salvo por un silbido de vapor alto y furioso debajo del capó destrozado.

Reacher se desenrolló y trepó otra vez al asiento. Había recibido todos los estremecedores impactos en la parte alta de la espalda. Se sentía como había parecido sentirse Shevick en la acera. Conmocionado. Todo dolorido. ¿Lo normal, o peor? Se figuró que lo normal. Movió la cabeza, el cuello, los hombros, las piernas. Nada roto. Nada desgarrado. Ni tan mal.

No se podía decir lo mismo de los otros dos tipos. El conductor se había estrellado la cara contra el airbag, y después la parte de atrás de la cabeza contra el otro tipo, que había salido disparado hacia delante desde el compartimento de atrás como una lanza, directo hacia el parabrisas hecho añicos, donde todavía estaba, doblado desde la cadera sobre el capó estrujado, boca abajo. Sus pies eran lo que estaba más cerca. No se movía. Tampoco el conductor.

Reacher abrió la puerta haciendo fuerza contra el chirrido del metal deformado, y se arrastró hacia afuera, y cerró la puerta con fuerza al salir. No había tráfico detrás de ellos. Nada tampoco más adelante, salvo luces delanteras titilantes y tenues, quizás a dos kilómetros de distancia. Viniendo hacia ellos. A poco más de un minuto, a cien kilómetros por hora. El vehículo contra el que había chocado el Lincoln era una furgoneta. Una Ford. Tenía todo el lateral abollado hacia dentro. Doblado como un plátano. Tenía un cartel en el parabrisas que decía Sin Accidentes. El Lincoln estaba totalmente estropeado. Estaba plegado como un acordeón hasta el parabrisas. Como en los anuncios de seguridad vial del periódico. Salvo por el hombre tendido arriba.

Las luces de cruce más adelante se estaban acercando. Y ahora por detrás en dirección a la ciudad había más. El alambrado del concesionario había quedado abierto como en los dibujos animados. Los jirones enrollados de alambre combados ordenadamente hacia los lados. Como si la estela del coche los hubiese hecho retroceder. El espacio abierto tenía más de dos metros de ancho. Básicamente toda una sección ya no existía. Reacher se preguntó si el alambrado tendría sensores de movimiento. Conectados a una alarma silenciosa. Conectada al departamento de policía. Quizás un requisito del seguro. Sin duda en el interior había muchas cosas que robar.

Hora de marcharse.

Reacher pasó por el hueco en el alambrado, agarrotado y dolorido, golpeado y maltrecho, pero funcionando. Se mantuvo alejado de la carretera. Avanzó a tropezones siguiéndola en paralelo, cruzando campos y terrenos baldíos, quince metros más allá, fuera del alcance lateral de las luces de cruce, mientras los coches pasaban a lo lejos, algunos despacio, algunos rápido. Quizás policías. Quizás no. Rodeó el primer parque empresarial por la parte de atrás, y el segundo, y después cambió el ángulo y se dirigió hacia el aparcamiento del supermercado gigante, aspirando a atravesarlo a pie y retomar la carretera principal a donde tenía salida.

Gregory recibió la noticia más o menos de manera inmediata, de un empleado que estaba limpiando en la sala de emergencias. Parte de la red ucraniana. El tipo se tomó una pausa para fumar y llamó inmediatamente. Dos de los hombres de Gregory, recién llegados en camillas. Luces y sirenas. Uno mal, otro peor. Los dos probablemente iban a morir. Se hablaba de un accidente automovilístico fuera de la concesionaria Ford.

Gregory llamó a sus cabecillas, y diez minutos después estaban todos reunidos, alrededor de una mesa en la sala trasera de la empresa de taxis. Su mano derecha dijo:

—Lo único que sabemos con seguridad es que hoy más temprano dos de los nuestros fueron al bar para hacer la corroboración de domicilio de uno de los clientes anteriores del negocio de crédito de los albaneses.

—¿Cuánto tarda una corroboración de domicilio? —dijo Gregory—. Deberían haber terminado hace rato. Esto tiene que ser algo totalmente distinto. Obviamente es algo aparte. No puede haber sido la corroboración de domicilio. Porque ¿quién vive por ahí donde está la concesionaria Ford? Nadie. Por lo cual dejaron al tipo en su casa y apuntaron la dirección, quizás hicieron una foto, y después se dirigieron hacia la concesionaria Ford. Debe de haber habido un motivo. ¿Y por qué se chocaron?

—Quizás los persiguieron en esa dirección. O los llevaron hasta ahí engañados. Después se chocaron y se salieron de la carretera. Está bastante desierto por ahí de noche.

—¿Crees que fue Dino?

—Uno no puede evitar preguntarse: ¿por qué ellos dos en particular? Quizás los siguieron desde la puerta del bar. Lo cual sería apropiado. Porque quizás Dino está queriendo decirnos algo con esto. Le robamos su negocio. Esperábamos algún tipo de reacción, después de todo.

—Después de que se diera cuenta.

—Quizás ya se ha dado cuenta.

—¿Cuánto más va a querer decir?

—Quizás esto es todo —dijo el tipo—. Dos hombres a cambio de dos hombres. Nosotros nos quedamos con el negocio de préstamos. Se estaría rindiendo con honor. Es un hombre realista. No tiene demasiadas opciones. No puede empezar una guerra, con los policías vigilando.

Gregory no dijo nada. La sala se quedó en silencio. Ningún tipo de sonido, salvo un parloteo apagado de la radio de los taxis en la oficina delantera. A través de la puerta cerrada. Solo ruido de fondo. Nadie le prestó ninguna atención. Si lo hubieran hecho, habrían escuchado a un conductor que llamaba para decir que había dejado a una señora mayor en el supermercado, y que iba a usar el tiempo en el que ella hacía las compras para ganar algún dólar extra llevando a un pasajero a su casa, hasta la vieja urbanización de casas idénticas al este del centro de la ciudad. El hombre estaba a pie, pero tenía un aspecto razonablemente civilizado y tenía dinero en efectivo. Quizás se le había averiado el coche. Eran seis kilómetros de ida y seis kilómetros de vuelta. Iba a haber terminado incluso antes de que la señora mayor saliera del sector de panadería. Si no hay daño, no hay delito.

En ese momento Dino estaba recibiendo una instantánea incompleta y mucho más temprana de una parte de las noticias. Había tardado una hora en viajar hasta la parte superior de la cadena. No incluía nada acerca del accidente automovilístico. La mayor parte del día la había invertido en deshacerse de Fisnik y de su mencionado cómplice. La reorganización se había dejado para muy tarde. Casi una idea del último momento. Habían enviado un reemplazo al bar, para retomar el negocio de Fisnik. El hombre al que eligieron había llegado allí un poco después de las ocho de la noche. Nada más llegar había visto a unos matones ucranianos en la calle. Custodiando el lugar. Un Lincoln Town Car, y dos hombres. Había ido a escondidas hasta la salida de incendios de la parte de atrás del bar, y había echado un vistazo al interior a escondidas. En la mesa de Fisnik en la esquina de atrás al fondo había un ucraniano, hablando con un tipo grande, con aspecto desaliñado y pobre. Obviamente un cliente.

En ese punto el reemplazo elegido se reorganizó y se retiró. Avisó. El tipo al que avisó llamó a otro tipo. Que llamó a otro tipo. Y así. Porque las malas noticias viajaban despacio. Una hora después Dino escuchó al respecto. Llamó a sus cabecillas, al almacén de maderas.

Dijo:

—Hay dos escenarios posibles. O la cuestión de la lista del comisario general de policía era verdad, y de manera oportunista y desleal usaron el desorden para meterse en nuestro negocio de préstamos de dinero, o no era verdad, y esto fue algo planeado desde el principio, y de hecho nos engañaron para que les despejáramos el camino.

—Supongo que tenemos que tener la esperanza de que sea la primera —dijo su mano derecha.

Dino se quedó en silencio por un largo rato.

Luego dijo:

—Me temo que tenemos que fingir que fue la primera. No tenemos otra alternativa. No podemos empezar una guerra. No ahora. Vamos a tener que dejar que se queden con el negocio de préstamos de dinero. No tenemos una manera práctica de recuperarlo. Pero lo vamos a entregar con honor. Tiene que ser dos a cambio de dos. No nos podemos permitir hacer menos. Maten a dos de sus hombres, y así quedamos en igualdad.

—¿Cuáles dos? —preguntó su mano derecha.

—No me importa —dijo Dino.

Después cambió de parecer.

—No, elegidlos con cuidado —dijo—. Tratemos de encontrar una ventaja.

NUEVE

Reacher bajó del taxi en la casa de los Shevick y recorrió el sendero estrecho de cemento. La puerta se abrió antes de que pudiera tocar el timbre. Shevick estaba allí de pie, con la luz detrás de él y el teléfono en la mano.

—La transferencia del dinero llegó hace una hora —dijo—. Gracias.

—De nada —dijo Reacher.

—Llegas tarde. Pensamos que quizás no regresabas.

—Tuve que hacer un pequeño desvío.

—¿Adónde?

—Entremos —dijo Reacher—. Tenemos que hablar.

Esta vez usaron el salón. Las fotos en la pared, la televisión amputada. Los Shevick ocuparon los sillones y Reacher se sentó en el sofá.

Dijo:

—Fue bastante parecido a como fue entre tú y Fisnik. Salvo que el tipo me hizo una foto. Lo cual podría ser algo bueno, al fin y al cabo. Tu nombre, mi cara. Un poco de confusión nunca hace daño. Pero si yo hubiera sido un cliente de verdad, no me habría gustado. Ni un poco. Habría sido como un dedo huesudo tocándome el hombro. Me habría hecho sentir vulnerable. Después salí y había más. Dos tipos, que me querían llevar a casa, para ver dónde vivía, y con quién vivía. Mi esposa, si tenía. Lo cual era otro dedo huesudo. Quizás toda una mano huesuda.

—¿Qué ocurrió?

—Entre los tres negociamos un arreglo distinto. Para nada relacionado ni con tu nombre ni con tu dirección. De hecho bastante confuso en cuanto a lo que sucedió exactamente. Quise algo de misterio alrededor. Sus jefes van a creer que hay un mensaje, pero no van a estar seguros de parte de quién. Van a pensar que es de los albaneses, lo más probable. No tuyo, desde luego.

—¿Qué les sucedió a los hombres?

—Fueron parte del mensaje. Como diciendo esto es América. No envíes a un imbécil que en su última aparición quedó séptimo en las peleas de fondo de algún club de lucha en un sótano de Kiev. Al menos tómatelo en serio. Muestra un poco de respeto.

—Vieron tu cara.

—No se van a acordar. Tuvieron un accidente. Quedaron todo estropeados. Van a perder una o dos horas de memoria. Amnesia retrógrada, lo llaman. Bastante común, después de un trauma físico. Es decir, eso si no mueren antes.

—¿Entonces está todo bien?

—En realidad no —dijo Reacher.

—¿Qué más?

—Esta no es gente razonable.

—Lo sabemos.

—¿Cómo les van a devolver el dinero?

No respondieron.

—Necesitan veinticinco mil dólares, en una semana a partir de ahora. No se pueden retrasar. También me enseñaron fotos. Las de Fisnik no pueden haber sido peores. Necesitan alguna clase de plan.

—Una semana es mucho tiempo —dijo Shevick.

—En realidad no —dijo Reacher otra vez.

—Podría llegar a suceder algo bueno —dijo la señora Shevick.

Nada más.

Reacher dijo:

—De verdad que tienen que decirme qué es lo que están esperando.

Tenía que ver con su hija, inevitablemente. La mirada de la señora Shevick deambuló por las fotos de la pared mientras contaba la historia. Su hija se llamaba Margaret, abreviado a Meg desde la infancia. Había sido una niña brillante y feliz, llena de encanto y energía. Le encantaban los demás niños. Le encantaba la guardería. Le encantaba la primaria. Le encantaba leer y escribir y dibujar. Sonreía y parloteaba todo el tiempo. Podía convencer a cualquiera de que hiciera cualquier cosa. Le podría haber vendido hielo a los esquimales, dijo su madre.

También le encantó el instituto, en todas sus etapas. Era popular. Caía bien a todo el mundo. Montaba obras de teatro y cantaba en el coro y corría en el equipo de atletismo y nadaba. Se sacó el graduado de secundaria, pero no fue a la universidad. Era buena en los estudios, pero esa no era su principal fortaleza. Tenía el don de gentes. Necesitaba ir de acá para allá, sonriendo, charlando, encantando a las personas. Sometiéndolas a su voluntad, para ser sinceros. Le gustaba tener un propósito.

Consiguió un empleo de nivel básico como representante empresarial, y brincó por toda la ciudad de una oficina de relaciones públicas a otra, haciendo para establecimientos locales cualquier cosa para la que tuvieran presupuesto. Trabajaba duro, y consiguió reconocimiento, y la ascendieron, y para cuando tenía treinta años ganaba más dinero del que su padre jamás hubiera hecho como maquinista. Diez años después, a los cuarenta, le seguía yendo bien, pero sentía que su trayectoria se había ralentizado. Su aceleración se había mitigado. Podía ver el techo que había por encima de ella. Se sentaba en su escritorio y pensaba: ¿esto es todo?

Decidió que no. Quería un último gran logro. Más grande que grande. Estaba en el lugar equivocado, lo sabía. Se iba a tener que mudar. San Francisco, probablemente, donde estaba el dinero de la tecnología. Donde se necesitaban personas para explicar las cosas complicadas. Antes o después se iba a tener que ir allí. O a Nueva York. Pero no se decidía. El tiempo pasaba. Entonces, sorprendentemente, San Francisco fue a ella. Por así decir. Más tarde supo que había un juego perpetuamente en curso, alimentado por gente de los negocios inmobiliarios y contables del sector de las tecnologías, en el que el premio era prever de manera correcta cuál sería el Silicon Valley que vendría después del anterior. Con el objetivo de adelantarse. Por algún motivo su ciudad natal cumplía con todos los requisitos secretos. En plena revitalización, con la clase correcta de personas, los edificios correctos, y energía eléctrica, y una buena velocidad de internet. Los primeros exploradores ya andaban husmeando.

Meg consiguió que un amigo de un amigo le presentara a un tipo que conocía a un tipo, que arregló una entrevista con el fundador de una nueva empresa. Quedaron en una cafetería del centro de la ciudad. Tenía veinticinco años y acababa de bajar del avión que lo había traído de California. Una especie de genio de los ordenadores nacido en el extranjero. Con algo nuevo que tenía que ver con software médico y aplicaciones en los teléfonos de la gente. La señora Shevick admitió que nunca había estado del todo segura de qué era el producto, salvo que sabía que era la clase de cosa que hace rica a la gente.

A Meg le ofrecieron el trabajo. Vicepresidenta superior de Comunicaciones y Asuntos Locales. Era una empresa emergente y primeriza, con la tinta fresca, por lo que el salario no era grandioso. Apenas un poco más de lo que ya estaba ganando. Pero había un paquete entero y gigante de beneficios. Acciones, un plan de jubilación astronómico, un seguro de salud de los mejores, un coche cupé europeo para conducir. Más otras cosas raras de San Francisco, como pizza gratis y golosinas y masajes. Le gustaba todo. Pero las acciones eran lo más importante con diferencia. Un día podía ser multimillonaria. Literalmente. Así era como sucedían estas cosas.

Al principio anduvo bastante bien. Meg hizo un gran trabajo manteniendo los tambores en redoble, y dos o tres veces durante el primer año pareció que podían llegar a la cima. Pero no fue así. No precisamente. El segundo año fue lo mismo. Todavía brillante y glamuroso e innovador y la próxima gran empresa, pero no pasó nada. El tercer año fue peor. Los inversores se pusieron nerviosos. El caudal de dinero que entraba se redujo mucho. Pero no flaquearon. Alquilaron dos pisos de su edificio. No más pizza ni golosinas. Las camillas de masajes se plegaron y se guardaron. Trabajaban más duro que nunca, mano a mano en espacios reducidos, todavía decididos, todavía seguros.

Entonces a Meg le dio cáncer.

O, más exactamente, descubrió que tenía cáncer desde hacía aproximadamente seis meses. Había estado demasiado ocupada como para ir al médico. Pensaba que el peso que estaba perdiendo era porque trabajaba demasiado. Pero no. Era un mal diagnóstico. Era un cáncer agresivo, y estaba bastante desarrollado. El único rayo de esperanza era un puñado de tratamientos nuevos. Eran caros y exóticos, pero las pruebas habían sido prometedoras. Parecían funcionar. Su tasa de éxito estaba aumentando. No había otra opción, dijeron los doctores. Se despejaron las agendas y a Meg le dieron turno para la primera sesión a la mañana siguiente.

Que fue cuando empezaron los problemas.

—Algo fallaba en su seguro —dijo la señora Shevick—. Su número de cuenta daba error. Se estaba preparando para quimioterapia, y había gente que entraba y salía preguntándole su nombre completo y la fecha de nacimiento y su número de Seguridad Social. Fue una pesadilla. Estaban al teléfono con la aseguradora, y nadie sabía qué era lo que estaba pasando. Podían ver su historial y sabían que era cliente. Pero el código no autorizaba. Hacía aparecer un mensaje de error. Decían que era un problema del sistema. Nada importante. Decían que al día siguiente estaría solucionado. Pero el hospital decía que no podíamos esperar. Nos hicieron firmar un formulario. Decía que nosotros pagaríamos los gastos si la aseguradora no respondía. Decían que era solo un formalismo. Decían que hay problemas en los sistemas todo el tiempo. Decían que todo se iba a arreglar.

—Imagino que no fue así —dijo Reacher.

—Llegó el fin de semana, lo cual eran dos sesiones más, y después ya era lunes, y entonces nos enteramos.

—¿Se enteraron de qué? —preguntó Reacher, aunque tuvo la sensación de que lo podía adivinar.

La señora Shevick negó con la cabeza y suspiró y agitó la mano frente a su cara, como si no pudiera formar las palabras. Como si ya hubiera terminado de hablar. Su marido se inclinó hacia delante, con los codos en las rodillas, y siguió el relato.

—El tercer año —dijo—. Cuando los inversores se pusieron nerviosos. Era incluso peor de lo que sabían. Era peor de lo que nadie sabía. Había cosas que el jefe no contaba. A nadie, incluida Meg. Detrás de bastidores todo se estaba viniendo abajo. No estaba pagando las cuentas. Ni un centavo. No renovó el plan de salud de la empresa. No pagó las cuotas. Simplemente las ignoró. El número de Meg daba error porque la póliza estaba cancelada. En su cuarto día de tratamiento nos enteramos de que no estaba asegurada.

—No era su culpa —dijo Reacher—. Sin ninguna duda. Fue una especie de fraude o incumplimiento del contrato. Tiene que haber un remedio.

—Hay dos —dijo Shevick—. Uno es un fondo de responsabilidad objetiva del gobierno, y el otro es un fondo de responsabilidad objetiva de la industria de seguros, los dos creados por este motivo en particular. Naturalmente nos fuimos directos hacia allí. De inmediato se pusieron a trabajar en cómo repartirse las responsabilidades, y apenas eso esté decidido van a reintegrarnos todo lo que hemos gastado hasta el día de hoy, y después se van a encargar de todo lo demás de ahí en adelante. Estamos esperando que llegue una decisión en cualquier momento.

—Pero no pueden detener el tratamiento de Meg.

—Necesita mucho. Dos o tres sesiones por día. Quimioterapia, radioterapia, cuidado y alimentación, escaneos de todo tipo, cuestiones de laboratorio de todo tipo. No puede acceder a beneficios públicos. Técnicamente todavía está en relación de dependencia, técnicamente con un buen salario. A ningún medio le interesa el caso. ¿Cuál es la historia? Hija necesita algo, sus padres están dispuestos a pagar. ¿Cuál es el gancho? Quizás no deberíamos haber firmado ese papel. Quizás se habrían abierto otras puertas. Pero lo firmamos. Ya es demasiado tarde. Obviamente el hospital quiere que le paguen. Esto no es algo de la sala de emergencias. No se puede condonar. Las máquinas cuestan un millón de dólares. Tienen que comprar cristales físicos de material radiactivo de verdad. Quieren el dinero por adelantado. Es lo que sucede en casos como este. Pago inmediato. Antes del pago no hay nada. No podemos hacer nada al respecto. Lo único que podemos hacer es aguantar hasta que aparezca alguien. Podría suceder mañana por la mañana. Tenemos siete oportunidades antes de que la semana se termine.

—Necesitan un abogado —dijo Reacher.

—No nos lo podemos permitir.

—Probablemente hay un principio importante por ahí en algún lado. Probablemente podrían conseguir alguien que no les cobre.

—Ya tenemos tres de esos —dijo Shevick—. Están trabajando a favor del interés público. Un grupo de chavales. Son más pobres que nosotros.

—Siete oportunidades antes de que termine la semana —dijo Reacher—. Suena como una canción de música country.

—Es lo que tenemos.

—Supongo que casi cualifica como plan.

—Gracias.

—¿Tienen un plan B?

—No como tal.

—Podrían intentar no hacerse ver demasiado. Yo me voy a haber ido hace rato. La foto que sacaron no les va a servir.

—¿Te vas a haber ido?

—No me puedo quedar en ningún lado más de una semana.

—Tienen nuestro apellido. Estoy seguro de que nos pueden rastrear. Todavía debe de haber papeles viejos dando vueltas. Un nivel por debajo de la guía telefónica.

—Cuéntenme de los abogados.

—Están trabajando gratis —dijo Shevick—. ¿Cuán buenos pueden ser?

—Suena como otra canción de música country.

Shevick no respondió. La señora Shevick alzó la mirada.

—Son tres —dijo—. Tres hombres jóvenes y agradables. De un proyecto pro bono. Haciendo lo correcto. Con buenas intenciones, estoy segura. Pero la ley se mueve despacio.

—El plan B podría ser la policía —dijo Reacher—. De aquí a una semana, si lo otro todavía no ha sucedido, podrían ir a la comisaría y contarles la historia.

—¿Cuánto nos protegerían? —preguntó Shevick.

—Supongo que no mucho —dijo Reacher.

—¿Y por cuánto tiempo?

—No mucho —dijo Reacher otra vez.

—Estaríamos quemando las naves —dijo la señora Shevick—. Si lo otro todavía no sucedió, entonces nosotros a esa gente la necesitamos más que nunca. ¿A quién más podemos recurrir cuando llegue la próxima factura? Ir a la policía nos dejaría sin acceso a nada.

—Vale —dijo Reacher—. Nada de policía. Siete oportunidades. Siento lo de Meg. De verdad. De verdad espero que salga bien de todo esto.

Se puso de pie, y se sintió grande en el pequeño espacio cuadrado.

—¿Te vas? —dijo Shevick.

Reacher asintió.

—Voy a ir a un hotel en el centro —dijo—. Quizás me doy una vuelta por la mañana. Para despedirme, antes de ponerme en marcha. Si no lo hago, fue un placer conocerles. Les deseo la mejor de las suertes con sus problemas.

Los dejó allí, sentados en silencio en el cuarto medio vacío. Llegó solo hasta la puerta delantera y salió, y recorrió el sendero estrecho de cemento hasta la calle, y más allá, pasando junto a coches aparcados y casas silenciosas y oscuras, y cuando llegó a la calle principal dobló en dirección al centro.

DIEZ

En el lado oeste de la calle Center había una manzana específica que tenía en un lateral dos restaurantes, uno al lado del otro, y un tercer restaurante en su lado norte, y un cuarto restaurante en el lado sur, y un quinto atrás, que daba a la calle siguiente. Los cinco funcionaban bien. Estaban siempre concurridos. Siempre animados. Siempre se hablaba de esos restaurantes. Eran el circuito gourmet de la ciudad, allí mismo, todos juntos. A los camiones de reparto de alimentos y a los servicios de limpieza les encantaba. Una parada, cinco clientes. Las entregas eran fáciles.

Lo mismo con las recaudaciones. Era una manzana ucraniana, dado que estaba al oeste de la calle Center. Pasaban a buscar el dinero por la protección otorgada puntuales como un reloj. Una parada, cinco clientes. Les encantaba. Pasaban al final del día, cuando las cajas estaban llenas. Antes de que pagaran a cualquier otro. Entraban al local, siempre dos tipos, siempre juntos, trajes oscuros y corbatas negras de seda y caras pálidas e inexpresivas. Nunca se decía nada. Técnicamente habría sido difícil demostrar la ilegalidad. De hecho nunca se había dicho nada, ni siquiera al principio, muchos años antes, salvo por una opinión estética subjetiva, y después un murmullo preocupado y solidario. Qué bonito que es el restaurante. Sería una lástima si le pasara cualquier cosa. Una conversación educada. Después de la cual se ofreció un billete de cien dólares, pero fue recibido diciendo que no con la cabeza, hasta que se añadió otro billete de cien, que fue recibido con un asentimiento. Después del primer encuentro el dinero por lo general se lo dejaban en un sobre, por lo general en el atril de recepción. Por lo general se lo entregaban sin decir nada. Técnicamente una actividad voluntaria. No se había efectuado ninguna petición explícita. No se había solicitado ninguna oferta. Mil dólares por un paseo alrededor de la manzana. Casi legal. Un buen trabajo si lo podías conseguir. Naturalmente había muchos interesados en obtenerlo. Naturalmente lo ganaban los peces gordos. Los lugartenientes más antiguos, en busca de una vida tranquila.

Ese día en particular no la tuvieron.

Habían aparcado el coche sobre la calle Center, y habían empezado por los dos locales de esa acera, que daban al frente, y después se habían movido por la manzana en el sentido contrario a las agujas del reloj, haciendo su tercera parada en el lado norte, y la cuarta en la calle trasera, y la quinta en el lado sur. Después de lo cual siguieron andando, con la intención de doblar en la última esquina, y así completar el cuadrado, y llegar de vuelta al coche.

Todo lo cual hicieron. Sin notar un par de cosas importantes. Más adelante en la calle siguiente había una grúa, mirando hacia el otro lado, aparcada, pero en marcha y con las luces de marcha atrás encendidas. Y más o menos a la misma altura de la grúa, en la otra acera, había un hombre con una gabardina negra, andando deprisa hacia ellos. ¿Qué significaba? No se lo preguntaron. Eran lugartenientes con antigüedad, en busca de una vida tranquila.

Se separaron a la altura del capó del coche, el copiloto yendo para un lado y el conductor yendo para el otro. Abrieron las puertas, no exactamente sincronizados, pero casi. Miraron a su alrededor, todavía de pie, una última vez, mentones arriba, por si alguien dudaba de a quién le pertenecía la manzana.

No se dieron cuenta de que la grúa se empezaba a mover, despacio, marcha atrás, directa hacia ellos. No se dieron cuenta de que el hombre de la gabardina se bajaba de la otra acera, en diagonal, directo hacia ellos.

Se deslizaron en sus asientos, culos, rodillas, pies, pero antes de que pudieran cerrar las puertas una silueta se había desprendido de las sombras de un lado, y el hombre de la gabardina había llegado por el otro, los dos con pistolas semiautomáticas pequeñas calibre 22 en la mano, las dos pistolas con silenciadores robustos atornillados a los cañones, que sonaron blat blat blat mientras les disparaban múltiples cartuchos de cerca a las cabezas sentadas, que estaban justo allí a la altura de la cintura. Los dos tipos del coche cayeron hacia delante y hacia dentro, en dirección contraria a las armas. Las cabezas destrozadas chocaron entre sí, cerca del reloj del salpicadero, como si se estuviesen peleando por el espacio.

Después las puertas fueron cerradas de un golpe. La grúa dio marcha atrás. La silueta en las sombras y el hombre de la gabardina se acercaron corriendo a la grúa. El conductor se bajó de un salto. Juntos se encargaron de enganchar el coche a la grúa. Los tres se subieron. Se alejaron, despacio y tranquilamente. Algo cotidiano. Un vehículo averiado, poco digno, remolcado al revés por las calles sobre sus ruedas delanteras, con la parte de atrás arriba en el aire. Por encima de la línea de la ventanilla no había nada visible. La gravedad se estaba encargando de eso. Para entonces los dos tipos estarían apiñados en los huecos de los pies. Blandos y flojos. El rigor estaba todavía a unas horas de distancia.

Fueron directos hacia el desguace. Desengancharon el coche y lo dejaron en un lugar del terreno empapado de aceite. Se acercó una retroexcavadora. En lugar de cucharón tenía un montacargas delantero gigante. Levantó el coche y lo llevó hasta la trituradora. Lo dejó sobre un suelo de acero en una caja de tres lados no mucho más grande que el coche. Se alejó de allí marcha atrás. El cuarto lado de la caja subió y se quedó en posición. La parte de arriba bajó.

Los motores retumbaron y las hidráulicas resonaron y los lados de la caja apretaron aplastando hacia adentro, implacablemente, chirriando, crujiendo, arañando, rompiendo, ciento cincuenta toneladas de fuerza detrás de cada uno de los lados. Después se detuvieron, y volvieron ruidosamente adonde habían comenzado, y un pistón sacó hacia afuera un cubo de metal aplastado de más o menos un metro de lado. Durante un momento se quedó sobre una parrilla de hierro pesado. Para que drenaran los líquidos. Gasolina y aceite y líquido para frenos y lo que hubiera en el aire acondicionado. Más otros líquidos, en esta ocasión. Después vino una hermana de la primera retroexcavadora. En lugar de montacargas tenía una garra delantera. Recogió el cubo y se lo llevó y lo apiló en un muro de otros cien cubos.

Justo entonces el hombre de la gabardina llamó a Dino. Éxito total. Dos por dos. Estaban igualados. Habían intercambiado efectivamente el negocio de préstamos de dinero por el circuito gourmet. Lo cual a corto plazo era una pérdida, pero quizás a largo plazo una ganancia. Era un pie en la puerta. Era una zona de aterrizaje que se podría primero defender, y después expandir. Por encima de todo era una prueba de que se podía volver a trazar el mapa.

Dino se fue a dormir contento.

A Reacher le había alegrado el taxi de la suerte en el aparcamiento del supermercado. En parte por el tiempo que se había ahorrado. Había asumido que los Shevick iban a estar inquietos. Y en parte por el esfuerzo que se había ahorrado, especialmente en ese momento, golpeado y maltrecho. Pero no le había ayudado en nada. Le había dejado encogido. Su caminata de vuelta a la ciudad fue difícil.

El sentido de la orientación le dijo que la mejor ruta era la que ya conocía. De nuevo pasar por el bar, pasar por la terminal de autobuses y seguir hasta la calle Center, donde estarían todas las cadenas hoteleras juntas, quizás un poco al sur, todas en una o dos manzanas. Conocía las ciudades. Anduvo más rápido de lo que quería, y le prestó atención a su postura, cabeza erguida, hombros hacia atrás, brazos sueltos, espalda derecha, localizando todos los dolores y padecimientos, combatiéndolos, expulsándolos, sin ceder nada.

No había nadie en la calle fuera del bar. Ningún coche aparcado, ningún matón insolente. Reacher retrocedió y miró por la ventana mugrienta. Del otro lado de las harpas y los tréboles polvorientos. El tipo pálido todavía estaba en la esquina de atrás. Todavía luminiscente. Estaba solo. Ningún cliente desgraciado en el hoyo.

Reacher retomó la marcha, soltándose más, andando mejor. Salió de las manzanas viejas donde el semáforo de la intersección, y siguió andando y pasó por la terminal de autobuses, mirando arriba hacia el cielo en busca del brillo de un neón. En busca de edificios altos con nombres encendidos. Que podían ser bancos o compañías de seguro o televisión local. U hoteles. O todo lo anterior. Había en total seis. Seis torres, erguidas con orgullo. El núcleo del centro de la ciudad. Una declaración audaz.

La mayor parte del brillo estaba en su mitad izquierda, que era al sur del oeste. Decidió cortar la esquina e ir directo hacia allí. Dobló una vez a la izquierda y cruzó la calle Center, una arteria central que en esencia no era mejor que la calle del bar, pero en la que se había invertido mucho dinero, y estaba muy bien arreglada. Las farolas funcionaban. El ladrillo estaba limpio. No había ninguna tienda tapiada. La mayoría eran oficinas de una u otra clase. No necesariamente proyectos comerciales. Mayormente causas dignas. Servicios municipales y cosas así. Un consejero familiar. La sede central local de un partido político. Todas estaban oscuras, salvo una. Cruzando la calle, en la esquina más alejada del bloque. Estaba muy iluminada. La habían reconstruido como un viejo escaparate tradicional. Tenía un cartel en la vidriera. Impreso en el cristal, con letras grandes, en un estilo anticuado, como las máquinas de escribir del Cuerpo de Marines de cuando Reacher era joven. El cartel decía: Proyecto Pro Bono.

Son tres, había dicho la señora Shevick.

Tres hombres jóvenes y agradables.

Del otro lado de la vidriera había un espacio de trabajo en madera de tonos claros, atiborrado de carpetas y papeles anticuados blanco y caqui. Había tres hombres sentados en escritorios. Jóvenes, definitivamente. Reacher no podía saber si eran agradables. No estaba preparado para arriesgarse opinando. Iban todos vestidos iguales, con pantalones chinos marrones y camisas azules con botones en el cuello.

Reacher cruzó la calle. De cerca vio lo que eran presumiblemente sus nombres, impresos en el cristal de la puerta. El mismo estilo de máquina de escribir, pero más pequeño. Los nombres eran Julian Harvey Wood, Gino Vettoretto e Isaac Mehay-Byford. Algo que a Reacher le pareció que eran demasiados nombres, para solo tres tipos. Todos tenían muchas letras después de sus nombres. Toda clase de doctorados. Uno de Derecho en Stanford, otro de Harvard, otro de Yale.

Tiró de la puerta y entró.

ONCE

Los tres levantaron la vista, sorprendidos. Uno era moreno, otro era rubio, y otro estaba en el medio. Todos parecían tener poco menos de treinta años. Todos parecían cansados. Trabajo duro, hasta tarde, pizza y café. Como volver a hacer la carrera de Derecho.

El moreno dijo:

—¿En qué podemos ayudarle?

—¿Tú cuál eres? —dijo Reacher—. ¿Julian, Gino o Isaac?

—Gino.

—Encantado de conocerte, Gino —dijo Reacher—. ¿Existe la posibilidad de que conozcáis a una pareja de personas mayores de apellido Shevick?

—¿Por qué?

—Acabo de pasar un rato con ellos. Me contaron acerca de sus problemas. Me dijeron que tenían tres abogados de un proyecto pro bono. Querría saber si sois vosotros. De hecho asumo que sí. Me pregunto cuántos proyectos pro bono puede financiar una ciudad como esta.

—Si son nuestros clientes —dijo el rubio—, entonces obviamente no podemos discutir su caso.

—¿Tú cuál eres?

—Julian.

El que no era ni moreno ni rubio dijo:

—Y yo soy Isaac.

—Yo soy Reacher. Encantado de conoceros. ¿Los Shevick son vuestros clientes?

—Sí —dijo Gino—. Por lo que no podemos hablar de ellos.

—Haced como si fuera un ejemplo hipotético. En un caso como el de ellos, ¿podría llegar a suceder que uno de los dos fondos de responsabilidad objetiva pague dentro de los próximos siete días?

—De verdad que no deberíamos hablar del tema —dijo Isaac.

—Solo de manera teórica —dijo Reacher—. Como una representación abstracta.

—Es complicado —dijo Julian.

—¿Qué es lo que lo complica?

—Me refiero a que teóricamente un caso como ese comenzaría de manera simple, pero después se complicaría mucho si miembros de la familia intervinieran para actuar como garantes. Un movimiento en esa dirección bajaría de categoría la urgencia. Literalmente. La urgencia pasaría a tener una categoría menor. Los fondos de responsabilidad objetiva se ocupan de decenas de miles de casos. Quizás cientos de miles. Si están seguros de que un paciente está recibiendo los cuidados igualmente, le asignan un código distinto. Como de una categoría más baja. No exactamente el último lugar, sino algo así como en un segundo plano. Mientras que los asuntos más urgentes se tratan primero.

—Por lo que los Shevick cometieron un error al firmar el papel.

—No podemos hablar de los Shevick —dijo Gino—. Hay cuestiones de confidencialidad.

—Teóricamente —dijo Reacher—. Hipotéticamente. ¿Sería un error para padres hipotéticos firmar el papel?

—Por supuesto que sí —dijo Isaac—. Piénsalo desde el punto de vista de un burócrata. El paciente está recibiendo su tratamiento. Al burócrata no le interesa cómo. Lo único que sabe es que para él no hay una responsabilidad civil negativa. Por lo que se puede tomar su tiempo. Los padres hipotéticos se tendrían que haber mantenido firmes y haber dicho que no. Se deberían haber negado a firmar.

—Imagino que no se pudieron obligar a hacer eso.

—Estoy de acuerdo, habría sido duro, dadas las circunstancias. Pero habría funcionado. El burócrata se habría visto obligado a sacar el talón de cheques. En ese preciso momento y lugar. No habría tenido otra opción.

—Es una cuestión de educación —dijo Gino—. La gente tiene que conocer sus derechos antes de tiempo. No es algo que se pueda improvisar. Es tu hijo, acostado en una camilla. Demasiadas emociones.

—¿Va a pasar algo en los próximos siete días? —preguntó Reacher.

Ninguno respondió.

Lo cual a Reacher le pareció de por sí una respuesta.

Finalmente Julian dijo:

—El problema es que ahora tienen tiempo para discutirlo. El fondo del gobierno es dinero de los contribuyentes. La legislación no es muy popular. Por lo tanto el gobierno querrá que pague el fondo del seguro. El fondo del seguro es dinero de accionistas. Las bonificaciones dependen de su rendimiento. Por lo tanto el fondo del seguro va a hacer que vuelva al gobierno, una y otra vez, todo el tiempo que necesite.

—¿Para que pase qué?

—Para que el paciente muera —dijo Isaac—. Ese es el gran premio para el fondo del seguro. Porque a partir de ahí estamos en una discusión totalmente distinta. La relación contractual sustituta era entre el fondo de responsabilidad objetiva y la persona fallecida. ¿Qué hay que reintegrar allí? La persona fallecida no gastó ningún dinero. Su cuidado se financió gracias a la generosidad de sus familiares. Algo que sucede todo el tiempo. Donaciones médicas entre miembros de la familia son tan comunes que el fisco las clasifica bajo una categoría aparte. Pero no es como comprar acciones de una empresa. Uno no se beneficia con una eventual subida. Hay una pista en la denominación. Es una donación. Es un regalo, libremente otorgado. No se reintegra. Es una cuestión de principio legal. Los precedentes no son claros. Podría llegar hasta el Tribunal Supremo.

—¿De modo que nada para los próximos siete días?

—Nos alegraríamos si pasara algo en los próximos siete años.

—Están muy comprometidos con usureros.

—Al burócrata no le importa el cómo.

—¿A vosotros os importa?

—Nuestros clientes no nos van a dejar acercarnos para nada a sus asuntos financieros —dijo Julian.

Reacher asintió.

Dijo:

—No quieren que vosotros les queméis las naves.

—Exactamente esas fueron sus palabras —dijo Gino—. Dicen que atacar a los usureros les dejaría sin ningún tipo de acceso a dinero en el futuro, en caso de que lo necesiten, algo que la experiencia les dice que probablemente así sea.

—¿Tenéis algún otro tipo de solución legal por algún lado? —preguntó Reacher.

—Hipotéticamente —dijo Julian—. La estrategia obvia sería hacer una demanda civil contra el empleador deudor. No habría manera de que falle. Pero obviamente nunca se adopta en un caso como este, porque la misma causa ya va a haber expuesto al demandado como estafador, dejándolo así en bancarrota, dejando así al demandante exitoso sin bienes de ningún tipo de los cuales poder cobrarse.

—¿No hay ninguna otra cosa que podáis hacer?

—Presentamos a la corte una demanda a su favor —dijo Gino—. Pero dejaron de leer donde dice que ella está recibiendo tratamiento igualmente.

—Vale —dijo Reacher—. Crucemos los dedos. Alguien me acaba de decir que una semana es mucho tiempo. Gracias por vuestra ayuda. Se agradece enormemente.

Se retiró y empujó la puerta y salió a la calle. Se detuvo en la esquina para ajustar su dirección. Una a la derecha y una a la izquierda, pensó. Con eso debería estar bien.

Escuchó que la puerta se volvía a abrir detrás de él. Escuchó pasos en la acera. Se dio la vuelta y vio que Isaac andaba hacia donde él estaba. El que no era ni moreno ni rubio. Medía un metro setenta y cinco, quizás, y era macizo como una foca elefante. Llevaba los pantalones remangados.

—Soy Isaac, ¿te acuerdas? —dijo.

—Isaac Mehay-Byford —dijo Reacher—. Juris Doctor por la Facultad de Derecho de Stanford. Una universidad difícil. Felicitaciones. Pero deduzco que originalmente eres de la otra costa.

—Boston —dijo—. Mi padre era policía allí. Me recuerdas a él, un poco. Él también notaba cosas.

—Ahora me estás haciendo sentir viejo.

—¿Eres policía?

—Fui policía —dijo Reacher—. Érase una vez. En el Ejército. ¿Eso cuenta?

—Podría ser —dijo Isaac—. Me podrías dar algún consejo.

—¿Acerca de qué?

—¿Cómo conociste a los Shevick?

—Le ayudé a él con un asunto esta mañana. Se hizo daño en la rodilla. Lo acompañé a su casa. Me contaron la historia.

—Su esposa me llama de vez en cuando. No tienen muchos amigos. Sé lo que están haciendo para conseguir dinero. Antes o después se van a quedar sin margen.

—Creo que eso ya ha sucedido —dijo Reacher—. O va a suceder, en siete días.

—Yo tengo una teoría personal disparatada —dijo Isaac.

—¿Acerca de qué?

—O quizás solo me estoy engañando a mí mismo.

—¿Acerca de qué? —preguntó Reacher otra vez.

—Acerca de lo último que dijo Julian. Sobre la demanda civil, contra el empleador. No tiene sentido demandarlo porque los bienes no tienen ningún valor. Por lo general es un buen consejo. Es un buen consejo también en este caso, estoy seguro. Salvo porque de hecho no estoy seguro.

—¿Por qué no?

—El tipo fue famoso una temporada por aquí. Todo el mundo hablaba de él. Irónicamente Meg Shevick hizo un gran trabajo con las relaciones públicas. Mucha mitología en torno al sector de la tecnología, muchas cuestiones sobre el emprendedor joven, mucho sobre el giro de inmigración positivo, sobre cómo llegó al país sin nada y cómo había triunfado. Pero también escuché cosas negativas. Por aquí y por allí, fragmentos, chismes, comentarios, todo desconectado. Todo de oídas y sin confirmar, además, pero dicho por personas que en principio saben de lo que hablan. Me obsesioné de manera extraña intentando resolver cómo encajaban todas esas piezas, por detrás de la imagen pública. Parecía haber tres temas principales. No pensaba más que en sí mismo, era moralmente objetable y parecía tener mucho más dinero del que debería. Mi teoría personal disparatada era que si unías los tres puntos de la única manera en que se podían unir, entonces lógicamente te veías forzado a sacar la conclusión de que se estaba llevando la mejor parte. Lo cual habría sido fácil para una persona moralmente objetable. En ese momento había un tsunami de efectivo. Era una locura. Creo que fue irresistible. Creo que levantó millones de dólares del dinero de los inversores para ponerlos debajo del colchón donde duerme.

—Lo cual explicaría por qué la empresa se hundió tan rápido —dijo Reacher—. No tenía reservas. Se las habían robado. La hoja de balance era un desastre.

—El punto es que el dinero podría seguir estando ahí —dijo Isaac—. O la mayoría. O una parte. Todavía debajo de su colchón. En cuyo caso la demanda civil valdría la pena. Contra él personalmente. No contra la empresa.

Reacher no dijo nada.

Isaac dijo:

—El abogado en mí me dice que es una posibilidad de uno entre cien. Pero me molestaría mucho ver hundirse a los Shevick sin comprobarla. Pero no sé cómo hacerlo. Es sobre eso sobre lo que necesito consejo. Un estudio de abogados de verdad contrataría a un investigador privado. Localizarían al tipo y revisarían sus documentos. Dos días después lo sabríamos con seguridad. Pero el proyecto no tiene el presupuesto. Y a nosotros no nos pagan lo suficiente como para que juntemos dinero entre nosotros para eso.

—¿Por qué necesitaríais localizar al tipo? ¿Desapareció?

—Sabemos que sigue en la ciudad. Pero está escondido. Dudo de si lo podría encontrar yo mismo. Es muy inteligente, y si estoy en lo correcto además es muy rico. No es una buena combinación. Aumenta las probabilidades.

—¿Cómo se llama?

—Maxim Trulenko —dijo Isaac—. Es ucraniano.

DOCE

Gregory escuchó los primeros rumores sobre lo sucedido en el circuito gourmet una hora después de los acontecimientos. Su contable llamó para decir que su informe nocturno se iba a retrasar porque aún estaba esperando a dos recaudadores específicos que todavía no se habían presentado. Gregory preguntó qué dos, y el contador le dijo que los tipos a cargo de los cinco restaurantes. Al principio Gregory no le dio importancia. Eran adultos.

Después su mano derecha le llamó para decirle que los mismos dos recaudadores hacía un tiempo que no atendían el teléfono, y que su coche no estaba donde debería estar, así que se había procedido a avisar a la flota de taxis, con una descripción del coche, que por una vez había dado una respuesta instantánea. Dos conductores distintos dijeron exactamente lo mismo. Hacía un rato habían visto un coche igual a ese siendo remolcado. Las ruedas traseras levantadas del suelo, detrás de una grúa de tamaño mediano. Tres siluetas en la cabina de la grúa. Al principio Gregory no le dio importancia. Los coches se estropean.

Después preguntó:

—¿Pero por qué eso haría que no atendieran el teléfono?

Oyó en su cabeza la voz de Dino. Tenemos un tipo en el desguace de coches. También nos debe dinero. En voz alta dijo:

—Está haciendo que sean cuatro a cambio de dos. No dos a cambio de dos. Se debe de haber vuelto loco.

—La manzana de los restaurantes vale menos que el negocio de préstamos de dinero —dijo el tipo—. Quizás ese es el mensaje.

—¿Qué pasa, que ahora es contable público?

—No se puede permitir parecer débil.

—Tampoco yo. Cuatro a cambio de dos es una burrada. Haz que corra la voz. Quiero dos más de los suyos para mañana por la mañana. Esta vez que resulte decorativo.

Reacher dobló una vez a la derecha y una vez a la izquierda y salió a un triángulo sólido de tres hoteles de muchos pisos, todos cadenas nacionales de rango medio, dos al este de la calle Center y uno al oeste. Eligió uno al azar, y gastó cinco minutos enteros de su vida en el mostrador de recepción, usando el pasaporte como documento de identidad con foto y la tarjeta de débito como método de pago preferido, y después firmando con su nombre dos veces, en dos lugares distintos, en dos renglones distintos, por dos motivos distintos. Había entrado al Pentágono de manera más fácil, en los viejos tiempos.

Cogió del vestíbulo un mapa de la ciudad y se subió a la habitación, que era un lugar insulso y simple sin nada que elogiar, pero tenía una cama y un baño, que era todo lo que necesitaba. Se sentó en la cama a mirar el mapa. La ciudad tenía forma de pera, reticulada con calles y avenidas, y como tirando hacia arriba en la parte más alta en dirección a la distante autopista. La concesionaria Ford y la maquinaria agrícola estarían justo en la punta, donde el tallo. Los hoteles estaban justo en el medio de la parte gorda. El distrito financiero. Había una galería de arte y un museo. La urbanización con la casa de los Shevick estaba a mitad de camino hacia el límite este. En el mapa parecía una huella de un pulgar diminuta y cuadrada.

¿Dónde elegiría esconderse alguien muy rico y muy inteligente?

En ningún lugar. Esa fue la conclusión de Reacher. La ciudad era grande, pero no lo suficientemente grande. El tipo había sido famoso. Había contratado a una vicepresidenta superior para las comunicaciones. Todos hablaban de él. Presumiblemente su foto había aparecido en el periódico todo el tiempo. ¿Podría una persona así convertirse de la noche a la mañana en un ermitaño instantáneo? Imposible. El tipo tenía que comer, como mínimo. Tenía que salir y comprar comida, o hacer que se la llevaran. De cualquiera de las dos maneras habría gente que lo vería. Lo reconocerían. Hablarían. Una semana después habría excursiones turísticas a su casa.

A menos que los que le llevasen la comida no hablasen.

La población de Ucrania era de alrededor de cuarenta y cinco millones de personas. Algunas de esas personas habían migrado a Estados Unidos. No había ningún motivo para creer que todos se conocían entre sí. No había ningún motivo para asumir una conexión. Pero en una ciudad de ese tamaño una conexión era la única manera de esconderse que tenía una persona. La única garantía de éxito era que te escondiera y te protegiera y te abasteciera una fuerza vigilante y leal. Como un agente secreto dentro de una casa segura. Mirando con anhelo por la ventana, mientras los mensajeros discretos iban y venían.

Siete oportunidades antes de que termine la semana, pensó.

Plegó el mapa y se lo metió en el bolsillo trasero. Bajó hasta el vestíbulo y salió a la calle. Tenía hambre. No había comido desde la comida con los Shevick. Un sándwich de ensalada de pollo, una bolsa de patatas fritas y una lata de refresco. No mucho, y hacía mucho tiempo. Dobló y caminó por la calle Center, y en una manzana y media se dio cuenta de que en términos de servicio de comida la mayoría de los lugares estaban cerrados. Era ya muy tarde de noche.

Lo cual estaba bien. No le apetecían la mayoría de los lugares.

Anduvo hacia al norte por la calle Center, hacia donde según su ojo mental la parte gorda de la pera empezaba a adelgazar, y después volvió hacia el sur y se sentó en el banco de una parada de autobús y observó las fluctuaciones frente a él. Era un ejercicio a cámara lenta. En esencia el lugar estaba vacío. Entre vehículo y vehículo había huecos largos y silenciosos. Iban y venían peatones, a menudo en grupos de cuatro o cinco, que basándose en la edad y el aspecto eran a veces los últimos clientes de restaurantes terminando y yendo a casa, y a veces los primeros en llegar elegantemente tarde a los locales que fuera que estuvieran de moda ahora. Los cuales parecían estar divididos más o menos mitad y mitad al este y al oeste de la calle Center, a juzgar por los flujos generales de gente. Que eran de hecho más que flujos. Acarreaban cierta energía. Cierta atracción.

También yendo en una dirección u otra estaba el solitario ocasional. Un hombre, siempre, algunos mirando hacia abajo a la acera, algunos mirando fijamente al frente, como si les avergonzara que los vieran. Todos ansiosos por llegar adonde estuvieran yendo.

Reacher se levantó del banco de la parada de autobús y empezó a seguir al flujo hacia el este. Más adelante vio a un cuarteto glamuroso entrar por una puerta a la derecha. Cuando llegó allí vio un bar decorado como para parecer una prisión federal. Los camareros llevaban puestos monos naranjas. El único miembro del personal que no llevaba disfraz era un tipo grande sentado en una banqueta por el lado de adentro de la puerta. Llevaba puesto unos pantalones negros y una camisa negra. Tenía el pelo negro. Albanés, sin duda alguna. Reacher conocía esa parte del mundo. Había pasado tiempo allí. El tipo parecía un trasplante reciente. Tenía en la cara una mirada engreída. Tenía poder, y lo disfrutaba.

Reacher siguió adelante. Doblando una esquina siguió a un hombre furtivo pero determinado y le vio entrar por una puerta sin identificar, justo cuando salía otro hombre, con la cara toda roja y feliz. Apuestas, pensó Reacher. No prostitución. Conocía la diferencia. Había sido policía militar durante trece años. Supuso que el tipo que entraba pensaba que estaba a punto de recuperar lo que había perdido el día anterior, y que el que salía acababa de ganar lo bastante como para pagar sus deudas, con un sobrante suficiente como para pagar un ramo de flores y una cena para dos. A no ser que el destino se viera más favorecido siguiendo la racha ganadora. Era una decisión difícil. Casi un dilema moral. ¿Y qué iba a hacer?

Reacher observaba.

El tipo optó por flores y cena.

Reacher siguió adelante.

Las recaudaciones albanesas tendían a hacerse más tarde por la noche, porque su ambiente tendía a empezar más tarde, lo cual significaba que las cajas se llenaban más tarde. Su método era completamente distinto al del otro lado de la calle Center. No entraban. Ninguna presencia amenazadora. Ningún traje oscuro. Ninguna corbata negra de seda. Se quedaban en el coche. Se les había pedido que no incomodaran a las diferentes clientelas de los diferentes establecimientos a los que les prestaban servicio. Se les podía confundir con policías o agentes de alguna otra clase. Malo para los negocios. No le convenía a nadie. En lugar de eso un recadero salía con el sobre, lo entregaba por la ventanilla del coche y se volvía a meter dentro. Miles de dólares, por una vuelta alrededor de la manzana. Un buen trabajo si lo podías conseguir.

Dos calles al este y una calle al norte del club de apuestas Reacher había visto un trío de establecimientos uno al lado del otro, todos propiedad de la misma familia. Primero un bar, después una tienda veinticuatro horas, y en tercer lugar una tienda de licores. Esas contribuciones las recaudaba una pareja veterana, matones retirados los dos, muy respetados los dos. Iban de puerta en puerta con ritmo experto. Había más o menos diez metros de una a otra. Uno conducía y el otro iba sentado detrás de él. Su método favorito. La ventanilla de atrás del otro lado iba cinco centímetros abierta. Pasaban el sobre a un vacío. Sin contacto. Sin nada demasiado cercano. Después apenas se apretaba el pedal, y una sacudida perezosa a través de la caja de cambios propulsaba el coche diez metros, hasta la puerta siguiente donde un sobre se pasaba a un vacío. Y así sucesivamente, salvo que esa noche en la tercera parada fuera de la tienda de licores no fue un sobre. Fue un silenciador negro y grueso en la punta de un arma.

Бесплатный фрагмент закончился.

807,45 ₽
Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
13 ноября 2024
Объем:
401 стр. 2 иллюстрации
ISBN:
9788412327014
Издатель:
Переводчик:
Правообладатель:
Bookwire
Формат скачивания:

Похожие книги