Читать книгу: «Instituciones divinas. Libros IV-VII»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 137

Asesores para la sección latina: JAVIER ISO Y JOSÉ LUIS MORALEJO .
Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por PEDRO MANUEL SUÁREZ MARTÍNEZ .
© EDITORIAL GREDOS, S. A.
Sánchez Pacheco, 81, Madrid, 1990.
www.editorialgredos.com
REF. GEBO247
ISBN 9788424931766.
LIBRO IV
SOBRE LA SABIDURÍA Y RELIGIÓN VERDADERAS
Los siglos anteriores a Cristo están dominados por la oscuridad y la ignorancia
A mí, en mis frecuentes pensamientos [1 ] y reflexiones internas, me suele dar la impresión de que la antigua situación del género humano era extraña y, en la misma medida, indigna, porque a causa de la estolidez de una sola época que aceptó distintas religiones y que creyó en la existencia de muchos dioses se llegó de pronto a tal extremo de inconsciencia que, alejada de los ojos la verdad, no se aceptaba la religión del Dios verdadero ni el sentido de la dignidad humana, ya que los hombres no buscaban el bien supremo en el cielo, sino en la tierra. Por esta razón queda sin duda [2] menguada la felicidad de los tiempos pasados. Y es que, tras olvidarse del Dios padre y creador de todas las cosas, empezaron a venerar las creaciones insensibles de sus propias manos 1 . Los propios hechos evidencian los resultados que produjo y los males que acarreó esta depravación. Efectivamente, los hombres, apartados del sumo bien, el [3] cual, por ser el sumo, es el bien feliz y eterno —y se apartaron de él porque no podía ser visto, ni tocado ni oído—, y apartados de las virtudes congruentes con este bien —virtudes que son igualmente inmortales—, cayeron en el culto de esos dioses corruptos y frágiles y se entregaron a las aficiones con las que solamente se adorna, alimenta y deleita el cuerpo, buscando para sí mismos, juntamente con sus dioses y sus bienes corporales, una muerte eterna: y es que todo lo corpóreo está sometido a la muerte. [4] Como consecuencia, estas religiones fueron acompañadas, como era de rigor, de la injusticia y de la impiedad. Dejaron, en efecto, de elevar sus ojos al cielo, mientras que sus mentes, dirigidas hacia abajo, aceptaban no sólo las [5] religiones, sino también los bienes terrenos. Siguieron la ruina del género humano, el fraude, y todo tipo de maldades, ya que, despreciando los bienes eternos e incorruptos, que son los únicos que deben ser deseados por el hombre, prefirieron los bienes temporales y perecederos; y la confianza en el mal tuvo más fuerza entre los hombres, los cuales, al tener más a mano la depravación, prefirieron [6] a ésta antes que a la virtud. De esta forma, la niebla y las tinieblas se apoderaron de la vida del hombre, que se había movido en siglos anteriores en medio de una clarísima luz 2 ; y sucedió lo que era normal con una depravación de este tipo: al desaparecer la sabiduría, los hombres empezaron a reivindicar para sí mismos el título de sabios. [7] La verdad es que, en aquel momento, nadie merecía el nombre de sabio, aunque todos lo eran: ¡Ojalá que ese nombre, tan común entonces, hubiera tenido su auténtico significado, aunque sólo hubiera quedado reducido a unos pocos! [8] Y es que quizás esos pocos, con su talento, su autoridad y sus constantes consejos, hubiesen podido librar al pueblo de sus vicios y errores. Pero la verdad es que esta sabiduría hasta tal punto se había totalmente destruido que, por la propia arrogancia del nombre, queda claro que ninguno de aquellos que se llamaban sabios lo era realmente.
Y, sin embargo, antes de que se inventara eso que se [9] llama filosofía, se nos transmite que hubo siete sabios 3 , los cuales fueron los primeros que, por haberse atrevido a investigar y a discutir sobre la naturaleza, merecieron ser tenidos por sabios y ser llamados así.
¡Oh míseros y desgraciados siglos aquellos en los cuales [10] sólo hubo siete personas a lo largo de toda la tierra que merecieran ser llamados hombres!; porque nadie con razón puede ser llamado hombre sino el que es sabio. Pero es que, si todos los demás, a excepción de estos siete, [11] fueron estólidos, tampoco ellos fueron sabios, porque nadie en realidad puede ser considerado sabio por el hecho de que así lo piensen los estólidos. Hasta tal punto estaba [12] lejos de ellos la sabiduría, que ni siquiera después, al aumentar los conocimientos, y al dedicarse constantemente muchos y grandes talentos a este tema, pudo ser conseguida y alcanzada la verdad; en efecto, tras la gloria conseguida por estos siete sabios, toda Grecia se lanzó con increíble ardor y afán a la búsqueda de la verdad; y, tras aborrecer [13] el propio nombre de sabios, se llamaron a sí mismos, no sabios, sino estudiosos de la sabiduría 4 . Con ello acusaron de falsos y estólidos a los que temerariamente se habían dado a sí mismos el nombre de sabios, y a ellos mismos de ignorantes, cosa que no negaban. Efectivamente, [14] siempre que la propia naturaleza oponía resistencia a su comprensión, de forma que no podían dar ninguna explicación, solían declarar que no sabían nada, que no veían nada. Por ello, resultan ser mucho más sabios los que vieron que ellos eran ignorantes en algún aspecto que los que creyeron estar en posesión de la sabiduría.
La auténtica sabiduría está en la religión de los judíos
[2 ] Por todo ello, si no fueron sabios aquellos que así fueron llamados, ni tampoco los que después vinieron, los cuales no dudaron en confesar su ignorancia, ¿qué queda sino buscar en otro sitio la sabiduría [2], ya que no fue encontrada donde se buscó? Y ¿cuál otra debemos pensar que fue la causa de que no fuera encontrada a pesar de ser buscada con extraordinario afán y esfuerzo por tantos talentos y durante tanto tiempo, sino el hecho de que los filósofos la buscaron fuera del lugar [3] donde estaba? Dado que éstos, tras andar e investigar en todos sitios, no consiguieron ninguna sabiduría, y dado que ésta tiene necesariamente que estar en algún sitio, está claro que ha de ser buscada sobre todo allí donde aparece el rótulo de la ignorancia: y es que Dios escondió el tesoro de la sabiduría y de la verdad bajo el manto de la ignorancia, para que el secreto de su obra divina no estuviese a [4] la vista de todos. Por ello me suelo extrañar de que Pitágoras y Platón, que en su afán por investigar la verdad llegaron hasta los egipcios, los magos y los persas, para conocer los ritos y los cultos de éstos —sospechaban, en efecto, que la sabiduría se basaba en la religión—, no se acercaran a los judíos, que eran los únicos en cuyo poder estaba la verdad y a los cuales hubieran podido tener fácil [5] acceso 5 . Pero pienso que fue la divina providencia la que los apartó de ellos, para que no pudieran conocer la verdad, ya que todavía no estaba permitido a los hombres extraños conocer la religión y la justicia del Dios verdadero. Y es que Dios había decidido enviar desde el cielo un gran jefe, cuando se acercara el final de los tiempos, para que éste, tras quitársela al pueblo pérfido e ingrato, revelara la verdad a los gentiles.
De este tema me propongo hablar en este libro, tras demostrar que la sabiduría va tan unida a la religión que no puede ser separada la una de la otra.
La religión y la sabiduría están necesariamente unidas
En el culto a los dioses, como ya demostré [3 ] en el libro primero, no hay sabiduría; y no sólo porque ese culto convierte al hombre, animal divino, en esclavo de lo terreno y frágil, sino también porque en él no se enseña nada que sirva para cultivar las buenas costumbres y regular la vida; además, ese culto no lleva consigo búsqueda alguna de la verdad, sino sólo un conjunto de ceremonias que exigen, no una ayuda de la mente, sino una participación del cuerpo. Y, por tanto, [2] eso no debe ser considerado como verdadera religión, ya que, al no tener preceptos que lleven a la justicia y a la virtud, ni enseña ni hace mejores a los hombres. Por otro lado, la filosofía, al no identificarse con la religión, es decir, con la suma piedad, no es la auténtica sabiduría. Y es que si la voluntad de Dios, que gobierna este mundo [3] y sustenta al género humano con increíble beneficencia y lo asiste con amabilidad casi paternal, es la de que se le devuelvan gracias y se le den honores, no puede ser piadoso un hombre que se muestre desagradecido ante los beneficios celestiales, lo cual no es ciertamente propio de un [4] hombre sabio. Así pues, si, como ya dije, la filosofía y la religión de los dioses están separadas y muy distantes —y es que una cosa son los filósofos, por medio de los cuales no se llega a los dioses, y otra los sacerdotes de la religión, a través de los cuales no se aprende a ser sabios—, está claro que ni aquélla es la verdadera filosofía ni ésta la auténtica [5] religión. Por ello, ni la sabiduría pudo comprender la verdad, ni la religión de los dioses pudo dar la razón de ser de sí misma, sencillamente porque no la tenía.
[6] Pero, cuando la sabiduría se une con inseparable lazo con la religión, las dos son necesariamente verdaderas, ya que en el culto hay que ser sabios, es decir, hay que saber qué y cómo debemos adorar, y en la sabiduría hay que practicar un culto, es decir, cumplir de hecho y con la acción [7] lo que sabemos. Y ¿dónde se une la sabiduría con la religión? Sin duda que allí donde es adorado el único Dios, donde toda vida y toda acción es referida a un solo principio y a un solo fin, y, finalmente, donde los doctores de la sabiduría son los mismos que los sacerdotes de Dios. [8] Sin embargo, que nadie se extrañe de que con frecuencia haya sucedido y pueda suceder que algún filósofo haya recibido el sacerdocio de los dioses: cuando esto sucede, no se une la filosofía con la religión: la filosofía deja de serlo cuando se mezcla con la religión, y la religión deja [9] de ser religión cuando es tratada por la filosofía; y es que una religión como ésa es muda, y no sólo porque es una religión de mudos, sino porque sus ritos están en las manos y en los dedos, no en el corazón y en la lengua, como lo está la nuestra, que es la verdadera.
[10] Por todo ello, pues, la religión coincide con la sabiduría y la sabiduría con la religión, y, como consecuencia, no pueden separarse, ya que ser sabio no es otra cosa que adorar con justo y piadoso culto al Dios verdadero.
Que el culto a muchos dioses no es acorde con la [11] naturaleza puede deducirse y explicarse con el siguiente argumento: todo Dios que es adorado por el hombre debe ser invocado como un padre entre ritos y preces solemnes, no sólo porque lo exija el honor, sino porque lo exige también la razón, ya que es más antiguo que el hombre y regala, como padre que es, la vida, la salud y el alimento; es así que Júpiter, Saturno, Jano, Líber y todos los demás [12] son llamados padres por sus fieles —de lo cual se ríe Lucilio en el Consejo de los dioses: «que no haya ninguno de nosotros que no sea llamado Júpiter padre, Neptuno padre, Líber padre, Saturno padre, Marte, Jano, Quirino padres» 6 — y que la naturaleza no consiente que un [13] solo hombre tenga muchos padres —sólo es engendrado en efecto por uno—; luego adorar a muchos dioses va [14] contra la naturaleza y contra la piedad. En consecuencia, debemos adorar a un solo Dios, el cual puede verdaderamente ser llamado padre; y este mismo debe ser también señor, ya que de la misma forma que tiene poder para ser indulgente, lo tiene también para castigar. Debe, pues, [15] ser llamado padre, porque nos regala muchos y grandes dones, y señor, porque tiene máximo poder para corregirnos y castigarnos. Incluso la lógica basada en el sentido común nos demuestra que el que es señor es también padre; y es que ¿quién puede educar a los hijos si no tiene sobre ellos el poder de un señor? Y no sin razón se le [16] llama «padre de familia», aunque tenga sólo hijos: efectivamente, el término «padre» abarca también a los escla vos, por cuanto sigue el término «familia» 7 , y el término «familia» abarca también a los hijos porque antecede el término «padre»; de ahí queda claro que la misma persona es al mismo tiempo padre de los esclavos y señor de los [17] hijos. Es más, un hijo es manumitido 8 de la misma forma que lo es un esclavo, y un esclavo liberado recibe el nombre del padre, como si fuera un hijo. Y es llamado «padre de familia» para que quede claro que está dotado de la doble potestad, ya que como padre debe ser indulgente y como señor debe castigar; por ello hay que concluir que el esclavo se identifica con el hijo y el señor con el padre.
[18] Pues bien, de la misma forma que por necesidad natural no puede haber nada más que un padre, así también no puede haber nada más que un señor. Pues ¿qué haría un esclavo si muchos señores le mandaran cosas diferentes? [19] Consiguientemente, las religiones que tienen muchos dioses no están acordes ni con la razón ni con la naturaleza, ya que no puede haber ni muchos padres, ni muchos señores, y los dioses deben ser llamados necesariamente padres y [20] señores. No puede, pues, estar en posesión de la verdad la religión en la que el mismo hombre está sometido a muchos padres y señores, y en la que el alma, dispersada entre muchas obligaciones, vaga por aquí y por allá; ni puede tener firmeza ninguna la religión cuando carece de una [21] sede segura y estable. Los cultos a los dioses no pueden, pues, ser verdaderos, de la misma forma que no puede llamarse matrimonio a aquel en el que una sola mujer tiene muchos maridos; ésta será llamada más bien meretriz o adúltera: y es que aquella que no tiene pudor, castidad, ni fidelidad, carecerá necesariamente de virtud; de la misma [22] forma, también la religión de los dioses es impúdica e incestuosa, porque carece de fidelidad, y porque ese culto inestable e inseguro carece de meta y origen.
La verdadera religión y la verdadera sabiduría, unidas, dan a conocer al verdadero Dios
De todo lo anterior queda claro cuán [4 ] unidas están entre sí la religión y la sabiduría. La sabiduría comprende la faceta de los hijos, porque exige amor, y la religión la faceta de los siervos, porque exige temor. Efectivamente, de la misma forma que los hijos deben amar y honrar a su padre, así los siervos deben adorar y temer a su señor. En lo que se refiere a Dios, que es uno solo, porque [2] contiene en sí mismo las dos personalidades, la de padre y señor, debemos amarle, porque somos sus hijos, y temerle, porque somos sus siervos. Consiguientemente, la religión no puede ser separada de la sabiduría, ni la sabiduría ser apartada de la religión, ya que el Dios que debe ser conocido —lo cual es propio de la sabiduría— y el Dios que debe ser honrado —lo cual es propio de la religión— es el mismo. De todas formas, la sabiduría está antes y [3] la religión después, porque lo primero es conocer a Dios y lo segundo adorarle. De esta forma sucede que ambos términos 9 tienen el mismo sentido, aunque parezcan ser cosas distintas: uno se basa en el conocimiento y otro en la acción, pero son semejantes a dos ríos que nacen de la misma fuente. Y la fuente de la sabiduría y de la [4] religión es Dios, y si esos dos ríos se apartan de ella, necesariamente se secarán; y los que desconocen a Dios no pueden [5] den ser sabios ni religiosos. Así sucede que los filósofos y los que adoran a muchos dioses son semejantes o bien a hijos repudiados o bien a siervos fugitivos, ya que como hijos no buscan al padre, ni como siervos al señor. Y de la misma forma que los repudiados no reciben la herencia del padre, ni los fugitivos la impunidad, así tampoco los filósofos recibirán la inmortalidad, que es la herencia del reino celestial —es decir, el sumo bien que ellos buscan por encima de todo—, ni los adoradores de los dioses escaparán del castigo de la muerte eterna, que es el castigo que Dios impone para los que huyen de su majestad y nombre. [6] Unos y otros —tanto los adoradores de los dioses como los maestros de la sabiduría— ignoraron que Dios era al mismo tiempo padre y señor, ya que o bien consideraron que nada debía ser adorado, o bien aceptaron falsas religiones, o bien, tras conocer la fuerza y el poder del sumo Dios —como Platón, quien dice que el único creador del mundo es Dios 10 , y como Marco Tulio, quien dice que el hombre ha sido creado por el Dios supremo en condiciones de particular privilegio 11 —, no le rindieron, sin embargo, el culto debido como a padre sumo, cosa que [7] era la necesaria consecuencia. Por otra parte, que los dioses no pueden ser ni padres ni señores es algo que lo declara no sólo la gente, como dije más arriba 12 , sino también la razón, ya que ni se nos dice que el hombre fuera creado por los dioses, ni hallamos que los propios dioses fueran [8] anteriores al hombre, ya que está claro que había hombres en la tierra antes de que nacieran Vulcano, Líber, Apolo y el propio Júpiter; incluso ni a Saturno ni a Urano, su padre, suele atribuírseles la creación del hombre. Y si [9] se nos dice que ninguno de estos que son adorados formaron y crearon desde el principio al hombre, ninguno de ellos puede ser llamado padre del hombre, ni tampoco Dios. En consecuencia, no es digno venerar a aquellos por los cuales el hombre no ha sido creado, ya que ni pudo ser engendrado por quienes son posteriores a él, ni pudo ser creado por muchos 13 .
Así pues, debe ser adorado el único y solo Dios que [10] vivió antes que Júpiter, que Saturno y que el propio cielo y tierra. Y es que es evidente que sólo modeló al hombre [11] aquel que, antes que al hombre, hizo el cielo y la tierra; sólo puede ser llamado padre quien creó, y sólo puede ser designado como señor quien gobierna y quien tiene el verdadero y eterno poder sobre la vida y la muerte; y quien no adora a éste es un esclavo necio, porque huye y desconoce a su señor, y un hijo impío, porque odia o ignora a su verdadero padre.
Antes de hablar de la verdadera religión y sabiduría, se demuestra la autoridad de los profetas, ya que habrá que recurrir a su testimonio con frecuencia
[5 ] Ahora, puesto que ya he demostrado que la sabiduría y la religión no pueden separarse, queda que hablemos de la auténtica [2] religión y sabiduría. Soy consciente de la dificultad que supone hablar de cosas celestiales 14 , pero debemos sin embargo atrevernos, para que quede patente la verdad sacada a luz y se vean libres del error y de la muerte los muchos que desprecian y rechazan la verdad porque está tapada con la apariencia de necedad.
[3] Pero antes de empezar a hablar de Dios y de sus obras, debo decir algo de los profetas, a cuyo testimonio debo recurrir ahora, cosa que conseguí no hacer en los [4] libros anteriores. Quien se afane por comprender la verdad, debe ante todo no sólo intentar comprender las palabras de los profetas, sino también investigar con cuidado la época en que vivió cada uno de ellos, para saber qué hechos futuros predijeron y al cabo de cuántos años se cumplieron [5] sus predicciones. En esta investigación no existe ninguna dificultad, ya que cada uno de ellos da testimonio del nombre del rey bajo cuyo reinado conoció el toque del soplo [6] divino, y porque muchos escritores sacaron cronologías empezando por el profeta Moisés, quien vivió novecientos años antes de la guerra de Troya; y tras haber gobernado éste durante cuarenta años, le sucedió Jesús 15 , que tuvo [7] el poder veintisiete años. Tras ello, fueron gobernados por jueces durante trescientos setenta años. Después, con un cambio de régimen, empezaron a tener reyes. Tras gobernar éstos durante cuatrocientos cincuenta años hasta el reinado de Sederías, los judíos, asediados y capturados por el rey babilonio 16 , tuvieron que soportar un largo cautiverio, hasta que setenta años después Ciro el Mayor los devolvió a sus tierras y moradas: este Ciro subió al trono de Persia en la misma época en que lo tomó Tarquino el Soberbio en Roma. Pues bien, de la misma forma que [8] la serie de todos estos tiempos puede deducirse de las historias judaicas, griegas y latinas, así también se pueden deducir las épocas de cada uno de los profetas; el último de ellos fue sin duda Zacarías, de quien consta que profetizó bajo el reinado de Darío, concretamente en el octavo mes del segundo año del reinado de éste 17 . De esta forma, comprobamos que los profetas fueron anteriores incluso a los escritores griegos.
Yo aduzco todas estas cosas para que tengan conciencia [9] de su propio error quienes se esfuerzan por acusar a las Sagradas Escrituras de nuevas y recientemente escritas, ignorando de qué fuente mana la religión santa 18 . Y si [10] alguien, tras analizar y comprender la sucesión de los tiempos, descubre para su salud el fundamento de la doctrina, comprenderá totalmente la verdad y rechazará el error tras conocer la verdad.
La creación del hijo, segunda persona de la Trinidad
[6 ] Pues bien, Dios, creador y fundador de las cosas, como dijimos en el libro segundo, engendró un espíritu santo e incorruptible, antes de emprender la extraordinaria [2] obra de este mundo. Y, aunque después creó otros innumerables espíritus, a los que llamamos ángeles, sólo el primogénito, es decir, el que sobresalía por nacimiento, virtud y majestad, mereció el apelativo divino 19 .
[3] Que ese que está dotado del máximo poder es hijo del sumo Dios lo demuestran no sólo las concordes palabras de los profetas, sino también la doctrina de Trismegisto y los vaticinios de las Sibilas 20 .
[4] Hermes, en el libro titulado Palabra perfecta 21 , dice esto: «Señor y creador de todas las cosas, a quien con razón llamamos dios, porque hizo un segundo dios visible y sensible —y digo que es sensible, no porque él sienta (de este tema, si siente o no, hablaré en otro momento), sino porque llega a los sentidos y a la vista—; y puesto que le hizo el primero, solo y único, y le pareció hermoso y lleno de todos los bienes, se alegró y le amó mucho, como parte suya que era».
La Sibila de Eritrea, al comienzo de su poema, que [5] empieza en el sumo Dios, habla del hijo de Dios como jefe y monarca de todas las cosas con estos versos: «fundador que alimenta todo, el cual instituyó un espíritu dulce para todos y creó un Dios guía de todos». Y, de nuevo, al final: «Dios dio otro Dios a los hombres creyentes para que le adoraran» 22 . Y otra Sibila dice que conviene conocer a este Dios: «Conoce al mismo Dios, que es hijo de Dios» 23 .
Así pues, es el mismo hijo de Dios el que por medio [6] del sabio rey Salomón, lleno de espíritu divino, dijo las palabras que siguen: «El señor en su creación me colocó como comienzo de sus caminos; me creó antes del tiempo: al principio, antes de hacer la tierra, antes de crear los abismos, antes de que manaran las fuentes de las aguas, antes que a todas las colinas, me hizo a mí. Dios hizo las regiones y los territorios inaccesibles bajo el cielo; y mientras disponía el cielo, yo estaba con él; y también [7] cuando separó la bóveda del cielo. Cuando ponía poderosas nubes sobre los vientos, cuando colocaba las aguas con límites fijos bajo los cielos, cuando creaba los poderosos cimientos de la tierra, yo estaba junto a él como arquitecto. Yo era en quien él se deleitaba; y yo me alegraba [8] constantemente ante su rostro, cuando él se alegraba tras haber acabado el mundo» 24 .
[9] Por todo ello Trismegisto le llama «demiurgo de Dios», y la Sibila «símbolo», ya que está dotado por Dios padre de tanta sabiduría y virtud, que éste recurrió a sus manos y consejo para la creación del mundo.
Ese hijo de Dios es Cristo
[7 ] En este punto, quizás alguien pregunte quién es ese tan poderoso, tan querido para Dios y qué nombre tiene ese que no solamente es anterior en nacimiento al mundo, sino que lo ordenó con su inteligencia [2] y lo construyó con su poder. En primer lugar, nos conviene saber que su nombre no fue conocido ni siquiera por los ángeles que moran en el cielo, sino que sólo lo conocieron él mismo y Dios padre, y que se anunciará antes de que se cumplan las disposiciones divinas, tal como se nos ha transmitido en las Sagradas Escrituras. [3] En segundo lugar, su nombre no puede ser pronunciado por boca humana, tal como enseña Hermes con estas palabras: «La voluntad de Dios, como bueno que es, es la que hizo a este que a su vez es creador; su nombre no puede ser pronunciado por boca humana». Y poco después, dirigiéndose al hijo: «Hay, hijo, una palabra inenarrable de sabiduría, y es la palabra santa del único señor de todos y del Dios que concibió todas las cosas, cuyo nombre no [4] puede ser pronunciado por el hombre» 25 . Pero aunque el nombre que le impuso el sumo padre desde el principio no es conocido por nadie más que por él, tiene sin embargo entre los ángeles una denominación y otra entre los hombres. Es, en efecto, llamado, «Jesús» entre los hombres, ya que lo de «Cristo» no es un nombre auténtico, sino la designación de su poder y reinado: así llamaban efectivamente los judíos a sus reyes 26 .
Pero debo exponer el sentido de esta denominación [5] para evitar el error de los ignorantes que, cambiando una letra, suelen llamarle «Cresto» 27 . Era preceptivo entre los [6] judíos preparar un ungüento sagrado para poder ungir con él a los llamados al sacerdocio y al reinado, y, de la misma forma que ahora entre los romanos el vestir de púrpura es señal de que se ha conseguido la dignidad imperial, así también entre aquéllos la unción con el ungüento sagrado confería el título y dignidad reales. Ahora bien, como los [7] antiguos griegos usaban el verbo «chriesthai» para designar la acción de «ungir», acción para la que ahora se usa el verbo «aleiphesthai» —ello se recoge en aquel verso de Homero que dice: «las esclavas los lavaron y ungieron («chrisan») con aceite («elaio»)» 28 —, por ello nosotros le llamamos «Cristo», es decir, «el ungido», que en lengua hebrea es «Mesías». De ahí que en algunas Escrituras en griego, que hacen una mala traducción del hebreo, nos encontremos con la palabra «aleimmenos», derivada de «aleiphesthai». De todas formas, con una y otra palabra se [8] alude a «rey», y no porque él consiguiera un reinado terrenal, para cuya consecución todavía no ha llegado el tiempo, sino porque había conseguido un reino celeste y eterno. De ello hablaremos en el último libro 29 . Ahora, en cambio, hablemos de su primer nacimiento.
Primer nacimiento del hijo, como «palabra» de Dios
[8 ] Pues bien, en primer lugar manifestamos que nació dos veces: primero en espíritu, después en carne. De ahí que se diga en Jeremías: «Antes de que te formara en las entrañas maternas, te conocía» 30 ; y también: «Era bienaventurado antes de nacer» 31 ; [2] esto no se refiere nada más que a Cristo. Éste, si bien existía desde el principio como hijo de Dios, fue después de nuevo engendrado en carne mortal. Este doble nacimiento del hijo introdujo un gran error en las mentes humanas y cubrió de tinieblas incluso a aquellos que retenían su sagrada unión con la verdadera religión.
[3] Pero yo aclararé total y transparentemente esto, para que los amantes de la sabiduría sean instruidos con facilidad y prontitud. El que oiga que éste es llamado hijo de Dios, no debe concebir en su mente un absurdo tal que piense que Dios procreó tras unirse y mezclarse con una mujer, lo cual sólo lo hacen los animales corporales y mortales. [4] Y es que Dios, cuando todavía estaba él solo, ¿con quién pudo mezclarse?; por otro lado, si tenía un poder tan grande que podía hacer lo que quisiera, no necesitaba ciertamente la unión con nadie para crear: a no ser que pensemos, como pensó Orfeo 32 , que Dios es macho y hembra, ya que, según él, no pudo engendrar si no tenía las facultades de ambos sexos: como si Dios se hubiese unido consigo mismo, o como si no pudiese crear sin coito. Pero es que hasta Hermes era de la misma opinión, cuando [5] le llamaba «autopadre» y «automadre» 33 . Si esto fuera así, los profetas, de la misma forma que le llaman padre, le llamarían también «madre».
Entonces, ¿cómo procreó? Hay que decir, en primer [6] lugar, que las obras de Dios no pueden ser conocidas ni contadas por cualquiera. De todas formas, lo enseñan las Sagradas Escrituras, en las cuales se asegura que ese hijo de Dios es la palabra de Dios y que los demás ángeles son el soplo de Dios 34 : la palabra es efectivamente el soplo que sale junto con unos sonidos que significan algo. Sin embargo, dado que el soplo y la palabra salen por [7] partes diferentes —el soplo lo hace por las narices y la palabra por la boca—, hay una gran diferencia entre este hijo de Dios y los demás ángeles: éstos, en efecto, salieron de Dios como soplos callados, ya que no fueron creados para transmitir la doctrina de Dios, sino para ayudarle; aquél, sin embargo, aunque también él es un soplo, salió [8] de la boca de Dios con voz y sonido, como la palabra; y sucedió así para que Dios usara de su palabra ante el pueblo, es decir, para ser el maestro de la doctrina divina y el portador de los secretos celestiales hacia los hombres. Lo primero que pronunció Dios fue esa «palabra», para dirigirse a nosotros a través de ella y para que ésta nos revelara la voz y la voluntad de Dios. Con razón, pues, [9] es llamado la palabra y la voz de Dios, porque a ese espíritu de la palabra, salido de su boca y concebido, no en el vientre, sino en la mente, Dios, desde la facultad y el poder incomprensible de su majestad, le dio una forma propia, para que tuviera poder por sus propios sentidos y sabiduría; a sus otros espíritus los convirtió en ángeles. [10] Nuestros espíritus son solubles, porque somos mortales; los espíritus de Dios, sin embargo, viven, permanecen y sienten, ya que él mismo es inmortal y es el dador de los [11] sentidos y de la vida. Y si nuestras palabras, a pesar de que al mezclarse con el aire desaparecen, permanecen con frecuencia al quedar escritas, ¡con cuánta mayor razón hay que creer que la voz de Dios permanece para siempre y siempre va acompañada de sentido y de la facultad que, [12] cual un río de una fuente, saca ella de Dios padre! Y si alguien se extraña de que Dios pueda engendrar a Dios a partir de la emisión de su voz y de su espíritu, dejará inmediatamente de extrañarse si conoce las palabras sagradas de los profetas.
[13] Que Salomón y su padre David, poderosos reyes, fueron también profetas, lo conocen quizás incluso aquellos que no se acercaron a las letras divinas: uno de ellos —el que reinó en segundo lugar 35 — vivió ciento cuarenta años [14] antes del desastre de Troya. Su padre 36 , autor de himnos en honor de Dios, dice esto en el salmo treinta y dos: «Por la palabra de Dios fueron hechos los cielos y todo su ejército por el soplo de su boca» 37 . Y de nuevo en el salmo cuarenta y cuatro: «Mi corazón lanzó palabras buenas; yo canto al rey mis obras» 38 , dejando bien claro que las obras de Dios no son conocidas para nadie más que para su hijo, el cual es la palabra de Dios y reinará necesariamente para siempre. También Salomón demuestra que la [15] propia palabra de Dios es aquella con cuyas manos fueron fabricadas estas obras del mundo; dice: «Yo salí de la boca del Altísimo antes que ninguna criatura. Yo hice en los cielos que saliera una luz inagotable y como nube cubrí toda la tierra. Yo habité en lo alto y mi trono estaba en una columna de nube» 39 . Juan nos transmite también [16] esto: «Al principio era la palabra y la palabra estaba en Dios y Dios era la palabra; ésta estaba al principio en Dios. Todas las cosas han sido hechas por él y nada ha sido hecho sin él» 40 .
Para designar al hijo de Dios es mejor el término griego «logos» que los latinos «uerbum» o «sermo»
Pero es mejor el término griego, logos , [9 ] que los nuestros «verbo» o «palabra»: logos , en efecto, significa «palabra» o «razón», ya que alude a la voz y a la sabiduría de Dios. Esta palabra divina no [2] fue ignorada ni siquiera por los filósofos, ya que Zenón llama logos al ordenador y hacedor de la naturaleza, al cual llama también «hado, necesidad de la naturaleza, dios y alma de Júpiter» 41 , siguiendo la costumbre según la cual se suele considerar a Júpiter como dios. Pero las palabras [3] no son obstáculo, con tal de que su sentido esté acorde con la verdad: y es que el soplo de Dios es lo que él llama «ánimo de Júpiter» 42 . Trismegisto, en efecto, que investígó —no sé de qué modo— casi toda la verdad, describió con frecuencia la virtud y majestad del verbo, según evidencia el ejemplo que hemos aducido más arriba, en el que confiesa que «hay una palabra inenarrable y santa, cuya pronunciación excede las facultades humanas» 43 .
[4] He hablado de su primer nacimiento con la mayor brevedad que he podido. Ahora debo hablar con más extensión del segundo, ya que en él se centra sobre todo la controversia; y lo debemos hacer para proporcionar la luz del entendimiento a los que desean conocer la verdad.
Dios decide enviar al hijo a la tierra
[10 ] Pues bien, lo primero 44 que deben conocer los hombres es que Dios dispuso desde el principio que era necesario que, al acercarse el final de los tiempos, el hijo de Dios descendiera a la tierra, para construir un templo a Dios y enseñar la justicia; pero dispuso que lo hiciera, no con las facultades de un ángel o con poder celestial, sino bajo figura humana y condición mortal; y que, una vez que hubiese cumplido su magisterio, fuera entregado a manos de los impíos y sufriera muerte, para, una vez superada ésta por su poder, resucitar, ofrecer al hombre —cuya forma vestía y portaba— la esperanza de vencer a la muerte, y admitirle en el premio [2] de la inmortalidad. Y para que nadie desconozca estas disposiciones, demostraré que todas las cosas que vemos [3] cumplidas en Cristo fueron profetizadas. Que nadie crea en mi afirmación si no demuestro que los profetas predije ron hace ya mucho tiempo que vendría un día en que nacería como hombre el hijo de Dios, haría milagros, sembraría el culto a Dios por toda la tierra, sería por fin colgado en el patíbulo y resucitaría al tercer día. Y una vez [4] que demuestre todo esto apoyándome en los escritos de aquellos mismos que hicieron violencia contra su propio Dios 45 cuando éste tenía cuerpo mortal, ¿qué impedirá que quede claro que la verdadera sabiduría está sólo en esta religión?
Ahora debo describir, desde el principio, el origen de [5] todo este sagrado misterio. Nuestros mayores, que eran los príncipes de los hebreos, al padecer esterilidad y escasez, pasaron a Egipto en busca de alimentos y, permaneciendo allí largo tiempo, soportaban el intolerable yugo de la esclavitud. Entonces Dios, compadeciéndose de ellos, los [6] sacó y liberó de las manos del rey de los egipcios, tras cuatrocientos treinta años, bajo la guía de Moisés, por medio del cual les dio Dios después la ley. En esta liberación Dios dio pruebas del poder de su majestad. Condujo, [7] en efecto, a su pueblo a través del Mar Rojo, enviando delante un ángel y separando las aguas, para que el pueblo pudiera pasar a pie enjuto; lo que pasó más bien en aquellas aguas fue, como dice el poeta, que «las olas curvadas se pararon formando una pared a forma de monte» 46 . El rey de los egipcios, enterado de esto, les siguió con [8] un gran ejército y, entrando temerariamente en el mar cuando todavía estaba abierto, fue aniquilado con todo su ejército al volverse a unir las aguas. Los hebreos, en cambio, entrando en el desierto, vieron muchas maravillas. Efectivamente, [9] cuando sufrieron sed, de una roca golpeada por la vara manó una fuente de agua que alivió al pueblo; [10] cuando a su vez padecieron hambre, cayó del cielo una lluvia de alimento; incluso el viento arrastró a su campamento codornices, para que fueran saciados no sólo con pan del cielo, sino también con comida más consistente. [11] Sin embargo, a cambio de estos beneficios, no devolvieron culto a su Dios, sino que una vez libres de la esclavitud y alejadas la sed y el hambre, cayeron en la lujuria entregando sus almas a los profanos ritos de los egipcios: y [12] es que, cuando Moisés, su jefe, ascendió al monte y permaneció en él cuarenta días, construyeron una cabeza de oro de un buey, al que llamaron Apis, para llevarlo al frente [13] a modo de estandarte. Dios, ofendido por este pecado e impiedad, castigó duramente a este pueblo impío e ingrato por sus pecados y le sometió a la ley que había entregado [14] por medio de Moisés. Posteriormente, mientras moraban en una zona desierta de Siria, perdieron su antiguo nombre de hebreos y, como el líder del grupo era Judá, se llamaron judíos 47 , y la tierra que habitaban se llamó Judea. [15] Y, en un primer momento, estuvieron sometidos, no al dominio de reyes, sino que eran jueces civiles los que dirigían al pueblo y legislaban, aunque no eran nombrados anualmente como los cónsules romanos, sino que estaban dotados de poder perpetuo. Posteriormente, tras eliminar el régimen de los jueces, fue introducido el régimen monárquico. [16] De todas formas, durante el régimen de los jueces, habían aceptado con frecuencia religiones depravadas, y Dios, ofendido por ellos, los sometía otras tantas veces a pueblos extranjeros, hasta que, apaciguado de nuevo por la penitencia del pueblo, los liberaba de la esclavitud. Y también durante el régimen de los reyes se vieron [17] mezclados en desastrosas guerras por sus delitos y, siendo finalmente capturados y llevados a Babilonia, pagaron con una dura esclavitud las culpas de su impiedad, hasta que llegó al trono Ciro, quien inmediatamente liberó mediante un edicto a los judíos. A continuación tuvieron un régimen [18] de tetrarcas hasta Herodes, que gobernó bajo el reinado de Tiberio César; y en el año decimoquinto del reinado de éste, es decir, el año del consulado de los dos Géminos, el día veintitrés de marzo, crucificaron a Cristo los judíos.
Ésta es la sucesión de los hechos y éste es el orden [19] contenido en los secretos de las Sagradas Escrituras. Pero antes mostraré por qué causa vino Cristo a la tierra, para que queden claros el fundamento y la razón de ser de la religión de Dios.
Dios eligió al pueblo judío como depositario de su decisión
Cuando los judíos rechazaban constantemente [11 ] los preceptos saludables y se alejaban de la ley divina entregándose a los impíos cultos de los dioses, Dios llenaba de su soplo santo a varones justos y elegidos, los profetas, colocándolos en medio del pueblo, para reprochar a éste sus pecados mediante duras palabras y para exhortarle al mismo tiempo a hacer penitencia por su pecado, diciéndole que, si no hacía esta penitencia y [2] abandonando las vanidades volvía a su verdadero Dios, sucedería que él cambiaría su testamento, es decir, entregaría la herencia de la vida eterna a pueblos extraños y elegiría, a partir de extranjeros, otro pueblo más fiel a él. Los judíos, sin embargo, a pesar de ser reprochados por [3] los profetas, no sólo rechazaron sus palabras, sino que, ofendidos porque les echaban en cara sus pecados, los ejecutaron mediante rebuscados tormentos. Todo esto lo tenemos escrito en las Sagradas Escrituras. El profeta Jeremías [4] dice efectivamente esto: «Os envié mis siervos, los profetas. Os los enviaba delante de la luz, y no me oíais ni estabais atentos con vuestros oídos cuando yo os hablaba: que cada uno de vosotros se aleje del mal camino y de vuestras depravadas costumbres, y habitaréis en esta tierra que os di a vosotros y a vuestros padres desde los siglos por los siglos. No queráis marchar tras dioses ajenos para ser esclavos de ellos y no me obliguéis a castigaros [5] en los ídolos construidos por vuestras manos» 48 . También el profeta Esdras, que vivió en tiempos del mismo Ciro que liberó de la esclavitud a los judíos, habla de esta forma: «Se apartaron de ti, despreciaron tu ley tras despreciar su propio cuerpo y mataron a tus profetas, que les [6] exigían con testimonios que volvieran a ti» 49 . Y también Elías en el libro tercero de Los Reyes: «Estoy sometido por el celo a Dios, señor omnipotente, porque los hijos de Israel pecaron contra ti, demolieron tus altares y mataron con la espada a tus profetas; y quedé yo solo y buscan mi alma para robármela» 50 .
[7] Por estas impiedades los rechazó para siempre y dejó de enviarles profetas. A cambio, ordenó que bajara del cielo a aquel hijo primogénito suyo, a aquel hacedor de las cosas y compañero suyo de trono, para que transmitiera la santa religión de Dios a los gentiles, es decir, a aquellos que desconocían a Dios, y enseñara la justicia que había [8] rechazado el pérfido pueblo. Ya de antemano había anunciado que haría esto, como indica el profeta Malaquías con estas palabras: «No me preocupo de vosotros, dice el Señor, ni aceptaré sacrificios de vuestras manos, ya que desde la salida del sol hasta el ocaso brillará mi nombre entre los gentiles» 51 . Y también David en el [9] salmo diecisiete: «Me pondrás al frente de los gentiles: el pueblo al que no conozco me sirvió» 52 . También Isaías [10] habla así: «Vengo a reunir a todas las gentes y lenguas, y vendrán y verán mi luz. Y enviaré sobre ellos mi señal y a los que se salven de ellos los mandaré hacia los pueblos que están lejos, que no oyeron hablar de mi gloria y que anunciarán mi luz a los gentiles» 53 .
Así pues, Dios, en su deseo de enviar al arquitecto [11] de su templo a la tierra 54 , no quiso enviarle investido de poder y claridad celestial, para que el pueblo ingrato para con su Dios cayera en el mayor de los errores y para que quienes no habían aceptado a su señor y Dios pagaran las penas de sus crímenes. Ya los profetas habían anunciado [12] hace tiempo que esto iba a suceder así. Isaías, en efecto, a quien los propios judíos ejecutaron cruelmente despedazándole con una sierra, dice esto: «Oye, cielo, y abre tus oídos, tierra, porque habla el señor: engendré y ensalcé a mis hijos, pero ellos me despreciaron. El buey conoce a su amo y el asno el pesebre de su señor; Israel, sin embargo, no me conoció y el pueblo no me entendió» 55 . Jeremías dice algo semejante: «La tórtola y la golondrina [13] conocieron su tiempo, y los pájaros del campo respetaron los tiempos de sus migraciones, pero mi pueblo no conoció los juicios de su señor. ¿Cómo decís ‘somos sabios y la ley del señor está con nosotros’? Los falsos criterios de vuestros escribas la convirtieron en mentira; vuestros sabios han sido confundidos, avergonzados y cogidos, porque despreciaron la palabra del Señor» 56 .
[14] Pues bien, volviendo a mis primeras palabras, Dios, tras haber decidido enviar junto a los hombres al maestro de la virtud, ordenó que naciera de nuevo en carne mortal y que se hiciera semejante a los hombres, para que se convirtiera [15] en su jefe, su compañero y su maestro. Y a pesar de sus maldades, puesto que Dios es clemente y piadoso para con los suyos, envió a su hijo junto a aquellos a los que aborrecía, para no cerrarles para siempre el camino de la salvación y darles en cambio la libre facultad de seguir a su Dios, con lo cual, si le seguían —cosa que hacen e hicieron muchos de ellos—, podían conseguir el premio de la vida y, si rechazaban a su rey, incurrirían en pena [16] de muerte por su culpa. Así pues, ordenó que su hijo fuera de nuevo engendrado entre los hombres y naciera de la carne de ellos, para que no pudieran —cosa que habrían hecho si no hubiera sido uno de ellos— excusar con razón su no cumplimiento de la ley, al no aceptarle, y al mismo tiempo, para que no hubiese en la tierra ningún pueblo al que se le cerrara la esperanza de inmortalidad.
Nacimiento de Cristo, pureza de Ia Virgen y significado del nombre «Emmanuel»
[12 ] Pues bien, ese santo espíritu de Dios, en su descenso del cielo, escogió a una virgen santa, en cuyo vientre se introdujo. Ella, por su parte, llena del soplo del espíritu divino, concibió un hijo y su vientre virginal se hinchó de repente sin haber tenido ningún contacto con varón. [2] Si todo el mundo sabe que las hembras de algunos animales suelen quedar encintas por obra del viento o de la brisa, ¿por qué le va a extrañar a alguien que digamos que la virgen quedó encinta por obra del espíritu de Dios, al que le es fácil hacer lo que quiera? Y esto podría [3] parecer sin duda imposible si no hubiese sido cantado por los profetas muchos siglos antes. Salomón, en su salmo diecinueve, dice así: «El vientre de la virgen fue ocupado y concibió un feto; y la virgen quedó embarazada y fue convertida en madre por su mucha piedad» 57 . Y también [4] el profeta Isaías dice lo mismo con estas palabras: «El señor mismo os dará la señal: he aquí que la virgen concebirá en su vientre y dará a luz un hijo y le llamaréis Emmanuel» 58 . ¿Qué cosa más clara que ésta se puede decir? [5] Y los judíos que le mataron habían leído estas cosas. Y si alguien piensa que yo me invento esto, que les pregunte a ellos: no hay testimonio más seguro para probar la verdad que el que se toma de los propios contrarios 59 .
De todas formas, nunca fue llamado Emmanuel sino [6] Jesús, que en latín significa «Saludable» o «Salvador», porque vino a todos los pueblos como portador de la salvación. Pero el profeta le llamó Emmanuel, porque iba a venir junto a los hombres como Dios en carne mortal: Emmanuel significa, en efecto, «Dios con nosotros», y se [7] le puso este nombre precisamente porque era conveniente que los hombres, al saber que él había nacido de una virgen, reconocieran que Dios estaba con ellos, es decir, en la tierra y en carne mortal. De ahí que David diga en el salmo ochenta y cuatro que «brota la verdad de la tierra» 60 , porque Dios, en el cual está la verdad, recibió cuerpo terrenal para abrir el camino de la verdad a los terrenales. [8] Y también el propio Isaías dice: «Pero ellos no creyeron y se rebelaron contra su santo espíritu; y éste se convirtió en su enemigo y combatió contra ellos y les trajo a la memoria los tiempos pasados: ¿dónde estaba ya el que levantó [9] de la tierra al pastor de sus ovejas?» 61 . En cuanto a quién iba a ser el pastor, lo dijo Isaías en otro lugar con estas palabras: «Destilad, cielos, desde arriba; lloved, nubes, la justicia; que se abra la tierra y salga el Salvador. Soy yo, el señor Dios, quien le ha creado» 62 . Y ese salvador [10] es, como ya dijimos más arriba, Jesús. Y en otro lugar, el mismo profeta se pronunció así: «He aquí que os ha nacido un niño y os ha sido dado un hijo, que tiene sobre sus hombros la soberanía y su nombre será ‘mensajero [11] de las decisiones divinas’» 63 . Y es que fue enviado por Dios padre precisamente para que anunciara a todos los pueblos que hay bajo el cielo los sagrados misterios del Dios único y verdadero, misterios arrancados al pueblo [12] pérfido que pecó constantemente contra Dios. También Daniel profetizó cosas parecidas: «miraba yo», dice, «en mi visión nocturna y vi venir en las nubes del cielo a un como hijo de hombre, que se acercó al anciano de muchos días; y los que estaban al lado del anciano se lo presentaron; y le fue dado el señorío, la gloria y el imperio; y todos los pueblos, naciones y lenguas le servirán; y su poder será un poder eterno que nunca pasará, y su imperio, imperio que nunca desaparecerá» 64 .
[13] Pues bien, ¿cómo los judíos, que rechazaron a Cristo porque había nacido de hombres, confiesan que ha de venir y esperan que venga el ungido de Dios? Y es que, [14] si Dios tiene establecido que el mismo Cristo venga dos veces a la tierra, una para anunciar al único Dios a los gentiles y otra para reinar, ¿cómo es que creen en la segunda de las venidas quienes no creyeron en la primera? Es más, el propio profeta se refirió a las dos venidas en [15] pocas palabras: «Vi venir», dice, «en las nubes del cielo a un como hijo de hombre»; no dijo «a un como hijo de Dios», sino «a un como hijo de hombre», para mostrar que se habría de investir en la tierra de carne para, asumidas la forma humana y la condición mortal, enseñar a los hombres la justicia, y tras haber revelado la verdad a los pueblos en cumplimiento de los mandatos divinos, padecer incluso una muerte que le permitiera romper y vencer las leyes infernales y, resucitando por fin, volver al padre llevado en una nube. Y añade el profeta esto: «y se acercó [16] al anciano de muchos días y fue presentado a él»; con «el anciano de muchos días» se refirió al Dios sumo, cuya edad y principio no pueden ser comprendidos, ya que él sólo vivió desde los siglos y vivirá siempre por los siglos.
En lo que se refiere a la pasión, resurrección y aseensión [17] de Cristo hacia Dios padre, las anunció David en el salmo ciento nueve con estas palabras: «Dijo el señor a mi señor: siéntate a mi derecha hasta que ponga a mis enemigos por escabel de tus pies» 65 . Y este profeta, puesto que él mismo era rey, ¿a quién podía llamar señor suyo, sentado a la derecha de Dios, sino a Cristo, hijo de Dios, que es rey de reyes y señor de señores? Esto lo dijo con [18] más claridad Isaías con estas palabras: «Así dice el Señor Dios a Cristo, señor mío, a quien tomé de la mano para someter ante él a las naciones, para debilitar la fortaleza de los reyes, para abrir ante él las puertas y dejarle libre la entrada a las ciudades: yo iré delante de ti y allanaré los montes; yo romperé las puertas de bronce y arrancaré los cerrojos de hierro; y te entregaré los tesoros escondidos e invisibles, para que sepas que yo soy el señor tu Dios [19] que te llamó por tu nombre» 66 ; y finalmente, como recompensa de la virtud y fidelidad que observó en la tierra para con Dios «le fue dado el señorío, la gloria y el imperio; y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron; y su poder fue un poder eterno que nunca pasará, y su [20] imperio, imperio que nunca desaparecerá» 67 . Estas palabras tienen un doble significado: ahora, en el momento presente, se refieren a su extenso poder, puesto que todos los pueblos y todas las lenguas veneran su nombre, reconocen su majestad, siguen su doctrina, imitan su virtud; y se refieren a su imperio y gloria, puesto que todas las [21] tribus de la tierra obedecen sus preceptos. Y en lo que se refiere al futuro, aluden a que él mismo, cuando venga de nuevo cubierto de su brillantez y potestad, para juzgar a todas las almas y resucitar a los justos, obtendrá de verdad el imperio sobre toda la tierra; en ese momento, una vez arrancada toda maldad de las cosas humanas, surgirá lo que los poetas llaman siglo de oro, es decir, la edad de la justicia y de la paz.
[22] Pero de esta edad hablaremos en el último libro, cuando hablemos de su segunda venida 68 . Ahora analicemos la primera, tal como hemos empezado.
Cristo es Dios y hombre, como atestiguan los profetas y los oráculos profanos
Así pues, el Dios sumo y padre de [13 ] todos, cuando quiso transmitir su culto, envió desde el cielo al maestro de la justicia, para, en él y por medio de él, darnos a nosotros, sus fieles, una nueva ley; y no lo hizo, como antes, por medio de un hombre, sino que prefirió que aquél naciera como hombre, para que en todo fuera semejante al sumo padre. Efectivamente, el propio Dios padre, origen y principio de [2] todas las cosas, al no tener padres, fue llamado con razón por Trismegisto «el sin padre» y «el sin madre» 69 , ya que no fue creado por nadie; por ello, fue también conveniente que su hijo naciera dos veces, para que éste también fuera «sin padre» y «sin madre»: en el primer nacimiento espiritual [3] no tuvo, en efecto, madre, ya que fue engendrado sólo por Dios padre sin intervención de madre; y en el segundo [4] nacimiento carnal no tuvo padre, puesto que fue engendrado en el vientre de la virgen sin intervención de padre, para que, portando una substancia divina y humana al mismo tiempo, pudiera llevar, con su propia mano, por así decir, a esta naturaleza nuestra frágil y débil hacia la inmortalidad. Fue hecho hijo de Dios por el espíritu e hijo [5] del hombre por la carne: es decir, era Dios y hombre. Los poderes de Dios se evidencian en él por las obras que hizo, y su fragilidad humana por la pasión que sufrió: en lo que se refiere a la razón por la que aceptó la pasión, la explicaré un poco después 70 . Entre tanto, los profetas [6] nos enseñan con sus vaticinios que era Dios y hombre al mismo tiempo. Isaías da testimonio de que era Dios con [7] estas palabras: «Egipto se someterá y los traficantes de Etiopía y los sabeos de elevada estatura se pasarán a ti, serán tus siervos, marcharán detrás de ti encadenados, te adorarán y suplicarán; y ello porque en ti está Dios, y no hay otro Dios que tú; pues tú eres el Dios y nosotros no te conocíamos, el Dios de Israel, el Salvador; y nosotros no lo sabíamos. Todos los que sean tus enemigos, serán confundidos, se verán llenos de injusticia y caerán en el reconocimiento [8] de sus pecados» 71 . También el profeta Jeremías dice esto: «Éste es nuestro Dios y ningún otro sino él será considerado como tal: él conoce todos los caminos de la sabiduría, él se la concedió a Jacob, su siervo, y a Israel, su amado. Tras ello, se dejó ver en la tierra y [9] vivió con los hombres» 72 . También David en el salmo cuarenta y cuatro: «Tu trono, Dios, es por siempre jamás, y el cetro de la equidad es el cetro de tu reino; amaste la justicia y aborreciste la injusticia; por ello el señor tu Dios te ungió con el óleo de la alegría» 73 . Con este último verbo está refiriéndose incluso a su nombre, ya que, como dije más arriba, fue llamado Cristo porque ‘fue ungido’.
[10] Que el mismo Cristo fue también hombre, nos lo enseña Jeremías con estas palabras: «Es hombre y ¿quién le conon ce?» 74 . Y también Isaías: «Y les enviará el señor un hombre que los salvará y que con su justicia los sanará» 75 . Incluso Moisés en Números dice esto: «Nacerá una estrella [12] de Jacob y surgirá un hombre de Israel» 76 . También Apolo de Mileto, cuando se le preguntó si era Dios u hombre, respondió de esta forma: «Era un mortal por la carne, sabio por sus extraordinarias obras, pero obras que hizo gracias a sus poderes caldeos; fue atado al madero teniendo un final cruel» 77 . En el primer verso dijo ciertamente [13] verdad, pero engañó con habilidad al que le hizo la pregunta, que desconocía totalmente el misterio de la verdad: parece, en efecto, decir que Cristo no era Dios. Pero, cuando confiesa que es un mortal según la carne —cosa que nosotros también decimos—, hay que concluir que era Dios según el espíritu, lo cual también lo afirmamos nosotros. Y es que ¿qué necesidad había de hacer mención de la carne, si bastaba con decir que era mortal? Pero, obligado por la verdad, no pudo negar la realidad de las cosas, como, por ejemplo, que era sabio. ¿Qué dices a esto, [14] Apolo? Si era sabio, su doctrina es la sabiduría y no ninguna otra; y son sabios los que le siguen y no ningún otro. ¿Por qué entonces somos tenidos por estólidos, vanos e ineptos entre el vulgo los que seguimos a un maestro que, incluso con el reconocimiento de los propios dioses, es sabio? Y en cuanto a lo que dice sobre las maravillosas [15] obras que hizo —cosa sobre todo por la que merece que se crea que es Dios—, parece coincidir con nosotros, por cuanto dice lo mismo que para nosotros es motivo de gloria. Pero se repliega, sin embargo, y se refugia en [16] engaños demoníacos: efectivamente, al haberse visto obligado a confesar la verdad, iba a dar la impresión de estar traicionando a sus dioses y a sí mismo si no tapaba con engañosa mentira lo que la verdad le había obligado a decir; por ello dijo que Cristo hizo ciertamente obras maravillosas, pero no por sus poderes divinos, sino por sus poderes [17] mágicos. Y ¿qué de extraño tiene que Apolo convenciera a los ignorantes de que esto era verdad, cuando los propios judíos, aunque aparentemente eran fieles al Dios sumo, pensaron esto mismo, a pesar de que aquellos milagros fueron hechos todos los días ante sus ojos? Pues a pesar de ello, la visión de tan grandes poderes no pudo [18] empujarles a creer en el Dios que estaban viendo. Por ello David, profeta al que ellos leen más que a ningún otro, los condena en el salmo veintisiete de esta manera: «Trátalos conforme a sus obras, porque no creyeron en las obras de Dios» 78 . El propio David y otros profetas anunciaron que Cristo iba a nacer según la carne de la familia del [19] propio David; en Isaías está escrito esto: «Y aquel día brotará la raíz de Jesé y surgirá el que dominará sobre los pueblos: en él esperarán los pueblos y en su honor habrá [20] paz» 79 . Y en otro lugar: «Y brotará una vara de la raíz de Jesé y crecerá una flor de su tronco; sobre ella reposará el espíritu de Dios, espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de prudencia y fortaleza, espíritu de entendimiento y de piedad; y la llenará el espíritu de temor [21] a Dios» 80 . Jesé era el padre de David, de cuyo tronco profetizó que habría de salir una flor, concretamente esa flor de la que dice la Sibila: «florecerá una flor pura» 81 . [22] También en el libro segundo de Los Reyes se dice que el profeta Natán fue enviado hacia David que quería construir un templo a Dios: «Y el Señor habló a Natán con estas palabras: ‘ve y di a mi siervo David esto: Esto dice el Señor Dios omnipotente: No me construirás una casa para que yo habite en ella, sino que cuando se cumplan tus días y te duermas con tus padres, haré brotar tras ti tu semilla y prepararé tu reino; esta semilla me edificará [23] mi casa en mi nombre y yo levantaré su trono para siempre; yo seré para él padre, y él será para mí hijo; su casa será siempre fiel y su reino para siempre’» 82 . Pero como [24] los judíos no entendieron esto, Salomón, hijo de David, construyó a Dios un templo y una ciudad, a la que, a partir de su nombre, llamó Hierosolima ; de esta forma, atribuyeron a Salomón las profecías anteriores. Pero Salomón [25] recibió el trono de manos de su propio padre, mientras que los profetas se referían a aquel que habría de nacer después de que David descansase con sus padres. Es más, el reinado de Salomón no fue eterno, por cuanto reinó durante cuarenta años. Por otro lado, hay que decir que [26] Salomón nunca ha sido llamado hijo de Dios, sino hijo de David, y que la casa que edificó no se mantuvo fiel como se mantiene la Iglesia, que es el verdadero templo de Dios que no se asienta sobre paredes, sino que se asienta en el corazón y en la fe de los hombres que creen en él y que son llamados fieles; el templo de Salomón, en cambio, puesto que fue hecho por manos humanas, cayó a manos humanas. En fin, el propio padre de Salomón [27] hizo en el salmo ciento veintiséis las siguientes profecías sobre las obras de sus hijos: «Si el Señor no edifica su casa, en vano trabajan los que la construyen; si el Señor no guarda su ciudad, en vano la guardan quienes la vigilan» 83 .
Cristo es el sumo sacerdote de la Iglesia y sacerdote eterno
[14 ] De lo dicho anteriormente queda claro que todos los profetas anunciaron, en lo que a Cristo se refiere, que vendría un tiempo en el que, nacido en cuerpo carnal de la estirpe de David, construiría un templo eterno para Dios —templo que se llama «Iglesia»— y convocaría a todas las gentes hacia el verdadero [2] culto a Dios. Esta Iglesia es la casa fiel, ella es el templo inmortal, en el que si alguien no hace sacrificios, ése no [3] tendrá el premio de la inmortalidad. Y puesto que fue Cristo el constructor de este templo grande y eterno, él mismo tendrá que ser necesariamente el sacerdote eterno de ese templo; y no se podrá llegar al templo y a la presencia de Dios si no es a través de aquel que lo levantó. [4] Esto mismo es lo que enseña David en el salmo ciento nueve con estas palabras: «Te engendré antes que al día; juró el Señor y no se arrepentirá: tú eres sacerdote eterno» 84 . [5] Y también en el libro primero de Los Reyes: «Y yo haré surgir para mí un sacerdote fiel que obrará según mi corazón; le edificaré una casa estable y andará en mi [6] presencia durante todos los días» 85 . En lo que se refiere a quién iba a ser ese a quien Dios prometía sacerdocio eterno, nos lo enseña claramente Zacarías aduciendo incluso su nombre; dice, en efecto, así: «Y el Señor me mostró a Jesús, sumo sacerdote, que estaba en pie delante del ángel [7] del Señor; y el diablo estaba a su derecha para contradecirle. Y dijo el Señor al diablo: ‘que el Señor que ha elegido a Jerusalén impere sobre ti; he aquí un tizón sacado de la hoguera’. Y Jesús estaba vestido con vestiduras inmundas y estaba de pie delante del ángel. Y el ángel res pondió y dijo a los que estaban delante de él estas palabras: ‘Quitadle las vestiduras inmundas, vestidle una túnica [8] hasta los talones y poned sobre su cabeza una tiara limpia’. Y le cubrieron con vestidos y le colocaron sobre la cabeza una tiara. Y el ángel del Señor, puesto en pie, [9] le dijo a Jesús estas palabras: ‘Esto dice el Señor omnipotente: si andas por mis caminos y observas mis preceptos, administrarás mi casa y te daré puesto entre estos que están aquí; oye, pues, Jesús, sumo sacerdote’» 86 . Pues bien, [10] ¿quién no va a pensar que fueron locos los judíos cuando, a pesar de leer y de oír estas cosas, pusieron sus nefandas manos sobre su Dios? Es más, desde la época en que [11] vivió Zacarías hasta el año decimoquinto del reinado de Tiberio César, año en que Jesús fue crucificado, se contabilizan unos quinientos años, si es que Zacarías vivió en época de Darío y Alejandro, los cuales vivieron a su vez no mucho después de la expulsión de Tarquino el Soberbio 87 . Pero los judíos, de nuevo en esto y de la misma [12] forma que en otras ocasiones, cayeron en la falsedad y en el engaño al pensar que estas cosas se dijeron de Jesús, el hijo de Navé, que fue sucesor de Moisés 88 , o del sacerdote Jesús, hijo de Josedec, con los cuales no coincide ninguna de las cosas que dijo el profeta. Efectivamente, [13] éstos no estuvieron nunca mal vestidos, ya que uno de ellos fue poderosísimo rey y el otro sacerdote; ni sufrieron ninguna adversidad tal como para pensar que eran algo así como un tizón sacado del fuego; ni estuvieron nunca en presencia de Dios ni de los ángeles; ni el profeta hablaba de cosas pasadas, sino de futuras. Se refería, pues, a [14] Jesús, hijo de Dios, del que mostró primero que iba a venir bajo apariencia humilde y carnal; a esto se refieren, en efecto, las vestiduras inmundas: a que prepararía el templo de Dios, sería quemado por el fuego como un tizón, es decir, sufriría tormentos de parte de los hombres, y finalmente se consumiría; el vulgo, en efecto, llama tizón a un leño sacado del fuego, medio quemado y apagado. [15] En lo que se refiere al modo y a los mandatos con que sería enviado por Dios a la tierra, lo declaró el espíritu de Dios por medio del profeta mostrando que iba a suceder que, una vez que cumpliera fiel y constantemente la voluntad del sumo padre, recibiría el gobierno e imperio sempi terno: [16] «Si andas por mis caminos y observas mis preceptos», dice, «administrarás mi casa». En lo que se refiere a cuáles fueron los caminos de Dios y cuáles sus preceptos, es [17] cosa conocida y clara; efectivamente, Dios, cuando vio que la maldad y el culto a los falsos dioses se habían apoderado de tal forma del orbe de la tierra que ya su nombre había sido casi totalmente arrancado del recuerdo de los hombres —y es que incluso los judíos, que eran los únicos a los que Dios había confiado su misterio, abandonando a su Dios vivo para adorar estatuas, pecaron tras ser atrapados por las engañosas redes de los demonios y no quisieron, a pesar de las advertencias de los profetas, volver a su Dios—, envió como legado ante los hombres a su hijo, príncipe de los ángeles, para que, apartándolos de los vanos e impíos cultos, los llevara al conocimiento y culto del Dios verdadero y también para que condujera sus mentes desde la necedad a la sabiduría, desde la iniquidad a [18] la justicia. Éstos son los caminos del Señor en los cuales le ordenó que anduviera; éstos son los preceptos que ordenó que fueran observados. Y él, por su parte, se mostró fiel a Dios: enseñó, en efecto, que hay un solo Dios y que se debe adorar sólo a él; y nunca dijo que él era Dios, [19] ya que no se hubiera mantenido fiel si, enviado para que eliminara a los dioses y afirmara la existencia de uno solo, hubiera introducido otro dios distinto del único que hay: ello hubiera sido, no predicar la existencia de un solo Dios ni administrar los asuntos de aquel que le había enviado, sino administrar sus propios asuntos y separarse de aquel para cuya difusión había venido. Y dado que se mantuvo [20] fiel y que no tomó nada para sí, cumpliendo así los mandatos del que le había enviado, recibió la dignidad del sacerdocio perpetuo, el honor del más alto reinado, la potestad de un juez y el nombre de Dios.
Milagros de Cristo
Una vez que ya hemos hablado de su [15 ] segundo nacimiento, en el que se mostró de forma carnal a los hombres, vayamos ahora a sus maravillosas obras, a causa de las cuales —aunque eran indicio de su poder celestial— los judíos le consideraron como un mago.
Al comienzo de su madurez fue bautizado por el profeta [2] Juan en el río Jordán, para borrar, con este lavado espiritual, no sus pecados, que ciertamente no tenía, sino los pecados de la carne que portaba: de esta manera, de la misma forma que había hecho partícipes de la salvación a los judíos mediante la realización de la circuncisión, así también hacía partícipes de esa misma salvación a los gentiles mediante el bautismo, es decir, mediante el derramamiento del agua purificadora. En el momento del bautismo [3] se oyó una voz del cielo que decía: «Tú eres mi hijo; hoy te he engendrado»; estas palabras ya estaban profetizadas en David 89 . Y descendió sobre él el espíritu de Dios en forma de blanca paloma.
[4] A partir de ese momento empezó a realizar grandes acciones, y no como consecuencia de poderes mágicos, que no evidencian nada verdadero ni consistente, sino por su fuerza y poder divinos; estas acciones ya fueron anunciadas [5] por los profetas. Y son tantas que un solo libro no sería suficiente para recogerlas todas. Las enumeraré, pues, brevemente y de una forma general, sin aludir a personas y a lugares, para poder llegar a la exposición de su pasión y cruz, que es a donde se dirige con rapidez desde hace [6] tiempo mi discurso. Sus acciones fueron las que Apolo llamó «maravillosas» 90 , ya que, por donde quiera que iba, sanaba, con una sola palabra y en un instante, a los enfermos, a los débiles y a los afectados por todo tipo de enfermedades, hasta el punto de que quienes tenían todos sus miembros impedidos, tras recuperar de pronto sus fuerzas, cogían ellos mismos los lechos en los que poco [7] antes habían sido transportados. A los cojos y a los que tenían defectos en los pies les devolvía la facultad no sólo de andar, sino incluso de correr; a los que con ojos cerrados estaban en las más oscuras tinieblas les devolvía sus [8] ojos en su antiguo estado; a los mudos también les soltaba sus lenguas para que hablaran y conversaran. Igualmente, devolvía la audición a los oídos, ya abiertos, de los sordos y purificaba a los manchados y llenos de llagas. [9] Y todo esto lo hacía, no con las manos o con algún medicamento, sino con las palabras y órdenes, como ya había predicho incluso la Sibila: «Haciéndolo todo y curando todas [10] las enfermedades con la palabra» 91 . Y no es extraño que hiciera estos milagros con la palabra, puesto que él mismo era la palabra de Dios, apoyada en una virtud y poder celestiales. Y no hubiera sido suficiente devolver fuerza [11] a los muertos, entereza a los débiles, salud a los enfermos y agotados, si no hubiera también resucitado y devuelto a la vida, como sacándolos de un sueño, a los muertos. Y los judíos entonces, al ver estas cosas, decían que [12] se trataba de portentos demoníacos, a pesar de que sus propios libros antiguos anunciaban que éstas iban a suceder tal como sucedieron. Podían leer, en efecto, además [13] de las palabras de otros profetas, éstas de Isaías: «Confortaos, manos desencajadas; consolaos, rodillas débiles; no temáis, no tengáis miedo quienes sois pequeños de ánimo. Nuestro Dios volverá a juzgar, volverá a venir y nos salvará. Entonces se abrirán los ojos de los ciegos y oirán los [14] oídos de los sordos; entonces los cojos correrán como el ciervo y la lengua de los mudos se desenredará, porque brotará agua en el desierto y correrán ríos en la tierra para los sedientos» 92 . Incluso la Sibila cantó estas mismas [15] cosas en estos versos: «Los muertos resucitarán, la carrera de los cojos será rápida y el sordo oirá, los ciegos verán y los que no hablan hablarán» 93 . Dado que por estos [16] milagros y acciones divinas le seguía multitud de débiles, de enfermos y de gentes deseosas de ser curadas, subió a un monte desierto para hacer allí mismo oración. Tras haber pasado allí tres días y estando la muchedumbre con hambre, llamó a sus discípulos y les preguntó qué alimentos tenían. Ellos le dijeron que tenían en una cesta cinco panes y dos peces. Mandó que se los trajeran y que la muchedumbre se distribuyera en grupos de cincuenta. Mientras los discípulos hacían esto, él partía en trozos [17] pequeños el pan y los peces; y el pan y los peces crecían en sus manos. Y, tras ordenar a los discípulos que lo ofrecieran a la gente, se saciaron quince mil hombres y todavía recogieron doce cestos de sobra. ¿Qué otra cosa más admirabie [18] puede decirse o hacerse? La Sibila, por su parte, ya había cantado en otro tiempo que esto iba a suceder en unos versos que se nos transmiten así: «Con cinco panes y un pez marino alimentará en el desierto a cinco mil hombres y cogiendo todos los trozos sobrantes llenará doce [19] cestos para guardarlos» 94 . Me pregunto qué hubiera podido hacer aquí la magia, magia cuya técnica sólo tiene valor aparentemente 95 .
[20] El mismo Jesús, con el fin de retirarse a un monte para orar —cosa que solía hacer con frecuencia—, ordenó a sus discípulos que cogieran una barca y marcharan delante; y ellos, saliendo ya al atardecer, empezaron a tener [21] problemas a causa de un viento desfavorable. Y cuando ya estaban en la mitad del lago, él los alcanzó entrando en el mar por sus pies y marchando como si de tierra firme se tratara, y no como entró Orión en el mar, según invención de los poetas: sacando sobre las olas el hombro, mientras que el resto del cuerpo estaba sumergido 96 . [22] Y, cuando ya él se había dormido sobre la nave, el viento comenzó a arreciar poniéndoles en grave peligro; fue despertado; al instante ordenó al viento que se callara y a las olas embravecidas que se apaciguaran; e inmediatamente, [23] con sólo su palabra, volvió la tranquilidad. Pensemos en la probabilidad de que las Sagradas Escrituras mientan cuando dicen que el poder de Jesús era tan grande que obligaba a los vientos a obedecer sus órdenes, a los mares a someterse, a las enfermedades a ceder, y a los infiernos a obedecer. Pero ¿qué decir del hecho de que las Sibilas [24] anunciaron antes estas mismas cosas en sus profecías? Una de ellas, la que hemos citado más arriba, dice así: «calmará a los vientos con su palabra, allanará el mar embravecido pisando con pies de paz y con fe» 97 . Otra dice esto: [25] «Caminará sobre las olas, destruirá las enfermedades de los hombres, pondrá en pie a los muertos, alejará muchos males; de una sola bolsa habrá saciedad de pan para los hombres» 98 . Apremiados por estos testimonios, algunos [26] suelen refugiarse en la afirmación de que esos versos no son de las Sibilas, sino que han sido inventados y compuestos por nosotros. No será ciertamente ésta la opinión [27] de quien haya leído a Cicerón, Varrón y otros autores antiguos, que recuerdan a la Sibila de Eritrea y a otras Sibilas, de cuyos libros hemos sacado los ejemplos; y estos autores murieron antes de que Cristo naciera según la carne. No dudo, sin embargo, de que esos versos fueron tenidos [28] en tiempos pasados como delirantes, porque nadie los entendía: anunciaban, en efecto, ciertos milagros portentosos, sin aludir a la forma, al momento y al autor de los mismos. Incluso la propia Sibila de Eritrea dijo que en el [29] futuro sería llamada loca y falaz; dice, en efecto, esto: «Dirán que la Sibila está loca y miente; cuando todo se cumpla, inmediatamente os acordaréis de mí y nadie dirá de mí, la profetisa del gran Dios, que estoy loca» 99 . Estas [30] palabras permanecieron, pues, ocultas durante muchos si glos; pero una vez que se cumplieron, el nacimiento y pasión de Cristo lo clarificó todo; y lo mismo sucedió con las palabras de los profetas, las cuales, a pesar de haber sido leídas durante mil quinientos años y más, no fueron sin embargo entendidas hasta que Cristo las interpretó con su palabra y sus obras —los profetas, en efecto, habían [31] anunciado la venida de Cristo—; y de ningún modo podían ser comprendidas las cosas que los profetas decían si no se cumplían totalmente.
Pasión de Cristo
[16 ] Paso ahora a la propia pasión —en relación a la cual nos suelen objetar que es un oprobio que adoremos a un hombre y a un hombre sometido a enorme suplicio y crucificado por los propios hombres—, para demostrar que esa misma pasión fue aceptada con gran sentido divino y que en ella sola se contienen [2] la virtud, la verdad y la sabiduría. Y es que, si hubiera llevado en la tierra una vida feliz y hubiese reinado durante toda su vida en medio de una gran felicidad, ningún sensato le consideraría como Dios ni pensaría que es digno de culto divino: eso lo hacen quienes no conocen la auténtica divinidad, los cuales no sólo aceptan las riquezas caducas, el frágil poder y los bienes prestados, sino que incluso adoran a los muertos y son conscientemente esclavos de su recuerdo, adorando una fortuna ya extinguida, fortuna que ni siquiera cuando estaba viva y presente consideraron los sensatos que debía ser adorada por [3] ellos. No puede, en efecto, haber en las cosas terrenas nada venerable y digno del cielo; sólo la virtud y la justicia pueden ser consideradas como el bien verdadero, celestial y perpetuo, ya que ellas no son regaladas ni robadas a [4] nadie. Y como Cristo vino a la tierra investido de esa virtud y justicia, es más, como él mismo era la virtud y la justicia, bajó del cielo para enseñarlas y educar a los hombres. Y dado que desempeñó, gracias a esa misma virtud, ese magisterio y el encargo de Dios, que enseñó y cumplió al mismo tiempo, con razón mereció y pudo ser considerado como Dios por todas las gentes. La consecuencia [5] fue que, al acudir a su lado gran cantidad de gentes ya por la justa doctrina que enseñaba, ya por los milagros que hacía, y al escuchar esa gente sus preceptos y creer que era el hijo de Dios enviado por éste, los príncipes y sacerdotes de los judíos, pinchados por la ira —eran increpados por Cristo como pecadores—, arrastrados por la envidia —veían que eran despreciados y abandonados por la multitud que seguía a Cristo— y, lo que es el colmo de su maldad, cegados por la necedad y el error y olvidándose de los preceptos celestiales y proféticos, se unieron contra él y tomaron la impía decisión de apresarle y crucificarle: esto ya lo habían anunciado mucho antes los profetas. David, en efecto, previendo en su mente cuán gran [6] crimen iban a cometer, dice al comienzo de sus salmos: «Bienaventurado quien no participa de las decisiones de los impíos» 100 . Y Salomón nos dice en el libro de La Sabiduría: [7] «Cerquemos al justo porque es duro con nosotros y nos echa en cara nuestros pecados contra la ley. Pretende estar en posesión de la ciencia de Dios y se llama a sí mismo hijo de Dios. Se ha convertido en la obsesión de nuestros pensamientos y hasta el verle nos es insoportable, porque su vida en nada se parece a la de los demás y sus caminos son muy distintos. Somos considerados por [8] él como escoria; se aparta de nuestros caminos como si fueran barrizales; ensalza el fin de los justos y se jacta de tener a Dios por padre. Veamos, pues, si sus palabras [9] son verdaderas y comprobemos cómo acaba. Probémosle con ultrajes y tormentos, conozcamos su resignación y probemos su paciencia; condenémosle a muerte afrentosa. [10] Éstos fueron los pensamientos de ellos, pero se equivocaron, porque les cegó su maldad y desconocieron los misteriosos designios de Dios» 101 . ¿No está acaso Salomón describiendo aquí las malvadas decisiones tomadas por los judíos contra Dios, de forma que da la impresión de haber sido testigo de ello? Y, sin embargo, desde Salomón, que profetizó esto, hasta la época en que ocurrió pasaron mil [11] diez años. Yo no he inventado nada, ni he añadido nada: esas palabras las conocían quienes lo hicieron y las leían aquellos para los cuales fueron dichas. Pero es que todavía ahora los herederos de su nombre y de su crimen conocen y lanzan al viento en lecturas diarias su propia condena anunciada por la voz de los profetas, y no la aceptan en su corazón, corazón que es también parte afectada por la [12] condena. Como consecuencia, los judíos, increpados frecuentemente por Cristo —les reprochaba su pecado y maldad— y abandonados casi por su pueblo, se vieron empujados a matarle: para su osada acción les dio fuerzas la [13] humildad de él mismo. Y es que, al leer que el hijo de Dios iba a bajar del cielo con gran poder y brillantez, y al ver, sin embargo, que Jesús era humilde, sencillo y sin apariencia divina, no creyeron que él fuera el hijo de Dios, olvidándose así de las dos venidas de Cristo anunciadas por los profetas: la primera, oscurecido en la humildad de la carne, y la segunda, manifestado en la fortaleza de [14] su majestad. De la primera venida nos habla David en el salmo setenta y uno de esta forma: «Caerá como lluvia sobre el algodón; florecerán en sus días la justicia y la abundante paz, mientras dure la luna» 102 . Efectivamente, de la misma forma que la lluvia al caer sobre el algodón no puede ser oída, porque no hace ruido, así, en palabras del profeta, vendrá Cristo a la tierra sin que nadie lo sepa, para enseñar la justicia y la paz. También Isaías nos transmite [15] esto: «Señor, ¿quién ha creído lo que hemos oído? ¿A quién ha sido revelado el brazo del señor? Te proclamamos en él como niños y como retoño de raíz en tierra árida. No hay en él hermosura ni brillantez; le vemos y no encontramos en él hermosura ni gloria, sino que su figura es más deshonrosa y deficiente que la de los demás hombres. Es un hombre puesto en medio de la desgracia y conocedor de todos los quebrantos, ya que todo el mundo se aparta de él y nadie le tiene en cuenta. Él lleva sobre [16] sí nuestros pecados y carga con nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por castigado, herido y humillado; él, sin embargo, fue traspasado por nuestras iniquidades y aniquilado por nuestros pecados. El precio de la paz pesó sobre él y en sus llagas hemos sido curados. Todos andábamos errantes como ovejas y Dios nos lo entregó por nuestros pecados» 103 . Y del mismo modo la Sibila: «Miserable, [17] deshonrado y sin apariencia divina, para que dé esperanza a los miserables» 104 .
Y los judíos, como no conocieron a su Dios a causa de esta humilde apariencia, tomaron la decisión de repudiarle, quitando la vida al que había venido para darles vida.
Pretextos de los judíos para matar a Cristo
[17 ] Pero, en lugar del odio y de la envidia que tenían en sus corazones, los judíos pretextaban otras causas: que no cumplía la ley entregada por Dios a Moisés, es decir, que no descansaba los sábados, en los cuales sanaba enfermos; que despreciaba la circuncisión; que rechazaba la abstinencia de carne de cerdo: en estas cosas consisten los ritos sagrados de la religión judaica. [2] Por esto, pues, el resto del pueblo, que todavía no seguía a Cristo, era empujado por los sacerdotes a que le consideraran impío, porque deshacía la ley de Dios, cuando la verdad es que él hacía esto, no por criterio propio, sino por voluntad de Dios y según los anuncios de los profetas. [3] Miqueas dice, en efecto, que Cristo iba a imponer una nueva ley con estas palabras: «De Sión saldrá la ley y de Jerusalén la palabra del Señor. Y será norma de justicia entre muchos pueblos y someterá y llegará a pueblos [4] poderosos» 105 . Efectivamente, la primera ley que fue entregada por medio de Moisés no fue entregada en el Monte Sión, sino en el Monte Coreb; ésta es la ley de la que dijo la Sibila que sería abolida por el hijo de Dios: «Pero cuando se cumplan todas estas cosas que dije, toda [5] ley será abolida ante él» 106 . Incluso el mismo Moisés —cuya ley defienden obstinadamente, mientras que al mismo tiempo se apartaron de su Dios y no le reconocieron— había profetizado que Dios enviaría al más grande de los profetas, el cual estaría por encima de la ley y anunciaría [6] la voluntad de Dios a los hombres. En el Deuteronomio escribió estas palabras: «Y me dijo el Señor: ‘Yo haré nacer para ellos de en medio de sus hermanos un profeta como tú en cuya boca pondré mis palabras y él les comunicará lo que yo le mande. Y a quien no escuche las cosas que diga ese profeta en mi nombre yo le pediré cuentas’» 107 . Anunció, pues, Dios, por medio de su propio [7] legislador, que iba a enviar a su propio hijo, es decir, que iba a enviar una ley viva y nueva, y que iba a abolir la vieja, entregada por medio de un hombre; y que esto lo iba a hacer así para, por medio del que era eterno, sancionar como eterna a la ley.
En lo que se refiere también a la abolición de la circuncisión, [8] la profetizó Isaías así: «Esto dice el señor a los hombres de Judá y a los que habitan en Jerusalén: ‘renovaos y no sembréis en cardizales. Circuncidaos para vuestro Dios y circuncidad el prepucio de vuestros corazones, no sea que se derrame como fuego mi ira y no haya quien la apague’» 108 . Y el propio Moisés: «En los últimos días [9] circuncidará Dios tu corazón para que ames al señor tu Dios» 109 . Y también Jesús Navé, sucesor de Moisés: «Y dijo el señor a Jesús: ‘haz cuchillos de piedra muy afilados, siéntate y circuncida a continuación a los hijos de Israel’» 110 . Dijo, pues, que iba a haber una segunda [10] circuncisión, no de la carne, como la primera, todavía practicada por los judíos, sino del corazón y del espíritu, circuncisión que nos enseñó Cristo, que fue el verdadero Jesús. El profeta no dice, en efecto, «y me dijo el señor», [11] sino «dijo a Jesús», para dejar claro que no hablaba de él mismo, sino de Cristo, que era al que hablaba Dios; aquel Jesús llevaba, pues, la figura de Cristo; y, aunque [12] éste en principio se llamaba Ausés, Moisés, presintiendo el futuro, mandó llamarle Jesús, para que, al ser elegido general del ejército en la guerra con Amalec, el cual asediaba a los hijos de Israel, pudiera, gracias al simbolismo de su nombre, derrotar al enemigo y llevar al pueblo a [13] la tierra de promisión. Y por ello también sucedió a Moisés, para mostrar que la nueva ley dada por Cristo Jesús iba a sustituir a la vieja ley, que había sido entregada por [14] medio de Moisés. Así pues, aquella circuncisión de la carne carece en absoluto de sentido, porque, si Dios hubiera querido esto, habría creado al hombre desde el principio sin prepucio; ahora bien, el significado de la segunda circuncisión es el de que debemos descubrir nuestro pecho, es decir, el de que debemos vivir con corazón abierto y sencillo; y es que la parte que se circuncida tiene cierta [15] semejanza con el corazón y es una parte pudenda; por ello Dios mandó descubrir esta parte: para amonestarnos con esta prueba a tener un corazón sin pliegues, es decir, a no esconder entre los secretos de nuestra conciencia hechos [16] vergonzosos. Ésta es la circuncisión del corazón, de la que hablan los profetas: Dios la trasladó de la carne mortal [17] al alma, que es la única que permanecerá. Queriendo, pues, en su eterna piedad mirar por nuestra vida y nuestra salvación, nos impuso penitencia en aquella circuncisión, para que, si descubríamos nuestro corazón, es decir, si confesando nuestros pecados damos satisfacción a Dios, pudiéramos conseguir el perdón; perdón que aquel que ve, no la cara, como el hombre, sino las intimidades y profundidades del corazón, niega a los contumaces y a los que ocultan sus maldades.
[18] El mismo sentido tiene la prohibición de comer carne de cerdo. Al ordenar Dios que se abstuvieran de ella, quiso sobre todo dar a entender esto: que se abstuvieran de pecado y de inmundicia. Este animal, en efecto, está siempre [19] embarrado, es sucio y no mira nunca al cielo, sino que, tendido sobre la tierra en toda la extensión de su cuerpo y cabeza, sólo sirve al vientre y a la comida; y en su vida no puede prestar otra ninguna ayuda, cosa que sí hacen los demás seres vivos, de los cuales unos proporcionan una silla móvil, otros ayudan en el cultivo del campo, otros arrastran los carros con su cuello, otros llevan cargas en su lomo, otros proporcionan vestidos con sus pieles, otros vierten abundante leche, y otros vigilan para guardar la casa. Prohibió, pues, la alimentación con carne porcina, [20] es decir, prohibió imitar la vida de los cerdos, que sólo se alimentan para morir; y lo prohibió para que, al no ser esclavos del vientre y de los placeres, los hombres puedan ser buenos e inmortales; y también para que no se [21] sumergieran en los sucios placeres, como el cerdo, que se engulle en el cieno, ni sean esclavos de las estatuas de la tierra, ni se manchen con lodo; y es que se embadurnan con lodo quienes adoran a los dioses, es decir, al lodo y a la tierra.
De esta forma, todos los preceptos de la ley judía tienden a mostrar la justicia: efectivamente, son presentados mediante figuras para que, por medio de esos símbolos carnales, se conozcan las cosas espirituales.
Hechos de la pasión ya profetizados anteriormente
Así pues, cuando Cristo cumplió las [18 ] cosas que Dios quiso que se hicieran y que habían sido anunciadas por sus profetas en siglos anteriores, los judíos, espoleados por ello y desconocedores de las letras divinas, se unieron para condenar a Dios. Cristo, [2] a pesar de que él sabía que esto tenía que suceder y a pesar de que él mismo decía que era necesario que padeciera y muriera por la salvación de muchos, se retiró con sus discípulos, no para evitar lo que necesariamente tenía que padecer y soportar, sino para demostrar que esto es lo que tiene que suceder en toda persecución, con el fin de que nadie dé la impresión de que se precipita hacia un castigo que merece.
[3] Y anunció que iba a ser traicionado por uno de los suyos. Efectivamente, Judas, comprado por dinero, le entregó [4] a los judíos. Éstos, por su parte, una vez que le prendieron y le entregaron a Pilato, que entonces era gobernador de Siria como legado, exigieron que fuera crucificado, no alegando otra cosa que el haber dicho que era hijo de Dios, rey de los judíos; y también que había dicho: «Si destruís este templo, que fue edificado en cuarenta y seis años, yo lo restauraré sin manos en tres días» 111 , dando a entender con ello que su pasión estaba ya cercana y que, una vez ejecutado por los judíos, iba a resucitar al tercer día. Él, en efecto, era el verdadero templo de Dios. Le acusaban por estas palabras, como si fueran funestas e impías. [5] Pilato, al oír esta acusación y ver que Cristo no decía nada en defensa propia, dijo que le parecía que no había nada merecedor de condena en él. Pero aquellos injustísimos acusadores y el pueblo, al que ellos habían soliviantado, empezaron a gritar y a exigir con grandes voces [6] la cruz para Cristo. Entonces Poncio cedió ante las voces de aquéllos y ante la instigación del tetrarca Herodes, que tenía miedo de ser expulsado del trono; pero no pronunció él la sentencia, sino que se lo entregó a los judíos, para [7] que ellos le juzgaran según su ley. Se lo llevaron, pues, le flagelaron y, antes de crucificarle, se burlaron de él: efectivamente, cubierto con una túnica de color rojo y coronado con espinas, le saludaron como a un rey, le dieron como alimento hiel y como bebida vinagre; tras ello, le [8] escupieron en la cara y le hicieron caer a golpes. Y sus verdugos, al no ponerse de acuerdo sobre el reparto de sus vestidos, echaron a suerte entre ellos la túnica y el palio. Y cuando sucedía todo esto, él no pronunció ni una [9] sola palabra con su boca, como si estuviera mudo. Entonces le colgaron en medio de dos culpables, condenados por ladrones, y le clavaron en la cruz.
¿Qué hecho concreto voy a deplorar entre tantos crímenes [10] o con qué palabras me quejaré de tanta maldad? Y es que no me estoy refiriendo a la cruz en que fue colgado Gavio, hecho que Marco Tulio denunció 112 , abriendo, por así decir, las fuentes de todo su talento, con toda la violencia y fuerzas de su elocuencia, proclamando que era indigno que un ciudadano romano fuera crucificado en contra de toda ley. Pero Gavio, aunque era inocente y no [11] merecedor de aquel suplicio, era sin embargo mortal y fue condenado por un criminal que desconocía la justicia. Pero ¿qué diremos de este indigno sacrificio de la cruz, [12] en el que Dios fue colgado y clavado por sus propios fieles? ¿Quién habrá tan elocuente y dotado de tal abundancia de ideas y palabras y qué discurso habrá tan fecundo que sea suficiente para llorar esa cruz, que deploraron la propia naturaleza y los elementos de la naturaleza?
De todas formas, ya las voces de los profetas y los [13] poemas de las Sibilas denunciaron que esto iba a suceder así. En Isaías nos encontramos esto: «No soy contumaz, ni me contradigo; ofrecí mi espalda a los azotes y mis mejillas a los golpes; y no aparté mi rostro de los sucios escupitajos»” 113 . De la misma forma habla David en el salmo [14] treinta y cuatro: «Cayeron sobre mí montones de azotes y me despreciaron; están pervertidos y no les remuerde la conciencia; me tentaron y se burlaron; y rechinaron sobre [15] mí con sus dientes» 114 . También la Sibila profetizó esto: «Vendrá después a manos inicuas e infieles; darán golpes a Dios con manos incestuosas; y escupirán escupitajos venenosos con sus impuras bocas: y a los azotes ofrecerá sencillamente sus santas espaldas» 115 .
[16] Sobre el silencio que tenazmente mantuvo hasta la muerte, habla también Isaías así: «Como una oveja es llevado a la inmolación y, de la misma forma que un cordero no bala ante los que le despellejan, así él no abrió la [17] boca» 116 . Y la Sibila anteriormente citada: «Y callará al recibir los golpes, para que nadie conozca ni el contenido ni la procedencia de las quejas, hasta que hable a los muertos, y será coronado con corona de espinas» 117 .
[18] En lo que se refiere a la comida y bebida que le ofrecieron antes de crucificarle, dice David esto en el salmo sesenta y ocho: «Y me dieron de comida hiel y para apagar [19] mi sed me dieron vinagre» 118 . También la Sibila anunció que esto iba a suceder: «Como alimento le dieron hiel y como bebida vinagre; ofrecerán esta mesa de inhospitalidad» 119 . [20] Y otra Sibila increpa a la tierra judía con estos versos: «Y es que tú, ignorante, no comprendiste a tu Dios que jugaba con las mentes de los mortales, sino que le coronaste de espinas y le escanciaste horrible hiel» 120 .
En cuanto a que iban a ser los judíos los que pondrían [21] las manos sobre Dios y le matarían, tenemos los siguientes testimonios antiguos de los profetas: en Esdras [22] encontramos escrito esto: «Y dijo Esdras al pueblo: Esta pascua es nuestra salvación y nuestro refugio. Pensad, y que llegue a vuestro corazón, que vamos a humillarle en la cruz; y después cifraremos en él nuestra esperanza de que este lugar no sea abandonado para siempre. Esto lo dice el señor de las virtudes. Si no creéis en él ni oís sus palabras, serviréis de burla entre los pueblos» 121 . De [23] estas palabras queda claro que los judíos no tenían otra esperanza que limpiarse la sangre y esperar en aquel al que habían matado. Isaías también profetiza el crimen de éstos [24] con estas palabras: «Su juicio fue soportado en la humildad; ¿quién remitirá a su origen? Para que su vida fuera arrancada de la tierra, fue llevado a la muerte por los crímenes de mi pueblo. Y le daré sepultura con los delincuentes y túmulo con los ricos, aunque no ha cometido crimen, ni pronunció insidias con su boca. Por ello le seguirán [25] muchos y compartirá el botín de los poderosos, porque fue entregado a la muerte y fue contado entre los delincuentes; y llevó sobre sus hombros los pecados de muchos y fue entregado por los pecados de ellos» 122 . También [26] David en el salmo noventa y tres: «Se lanzarán contra la vida del justo y condenarán la sangre inocente; pero el señor se ha convertido en mi refugio» 123 . Y Jeremías: [27] «Señor, házmelo saber y que yo lo entienda. Entonces vi lo que tramaban: como inocente cordero soy llevado al sacrificio; habían tramado una conjura contra mí diciendo: ‘venid, pongamos leña en su pan, arranquemos su vida de la tierra y su nombre ya no será recordado más’» 124 . [28] Con el término «leña» se alude a la cruz y con «pan» a su cuerpo, ya que Cristo es alimento y vida de todos los que creen en el cuerpo que llevó y en la cruz en que fue [29] colgado. De ella habló con claridad Moisés en el Deuteronomio : «Y tu vida estará colgada ante tus ojos, tendrás miedo día y noche y no confiarás en tu vida» 125 . Y el mismo Moisés en Números: «El señor no es colgado como si fuera un hombre, ni soporta amenazas como si fuera hijo de hombre» 126 . Zacarías también nos transmite esto: [30] «Y me mirarán a mí, a quien atravesaron» 127 . De nuevo David en el salmo veintiuno: «Han taladrado mis manos y mis pies; han contado todos mis huesos; pero ellos me miraron, me vieron, dividieron entre ellos mis vestidos y [31] echaron a suerte sobre mi túnica» 128 . Y estas cosas no las dijo ciertamente el profeta refiriéndose a él —era, en efecto, un rey y nunca soportó tales cosas—, sino que quien hablaba por su boca era el espíritu de Dios, que era quien había de soportar tales cosas una vez pasados mil quinientos años: éste es en efecto el número de años que pasaron desde el reinado de David hasta la crucifixión de Cristo. [32] También Salomón, hijo de David y fundador de la ciudad de Jerusalén, anunció que esta ciudad iba a perecer como venganza de la santa cruz: «Si os apartáis de mí, dice el señor, y no guardáis mi verdad, echaré a Israel de la tierra que le di, y echaré de todos sitios esa casa que edifiqué para ellos en mi nombre, e Israel será el sarcasmo y la burla de todos los pueblos. Y esta casa será abandonada y todos los que pasen cerca de ella se quedarán asombrados y dirán: ‘¿por qué razón ha tratado tan mal Dios a esta tierra y a esta casa?’; y se contestará: ‘porque abandonaron al señor su Dios, persiguieron a su rey, amadísimo de Dios, y le crucificaron humillándole; por eso Dios les trató tan mal’» 129 .
Muerte y resurrección de Cristo
¿Qué más se puede decir del crimen de [19 ] los judíos sino que estaban ofuscados y tocados de insanable locura, por cuanto, a pesar de leer todos los días estas cosas, no las entendieron ni pudieron dejar de hacer lo que hicieron?
Pues bien, colgado y clavado en la cruz, se dirigió a [2] Dios con gran voz y entregó a continuación su espíritu. Y en ese momento se produjo un terremoto, el velo del templo que separaba los dos tabernáculos se rajó en dos trozos, el sol se oscureció de repente, y hubo tinieblas desde la hora sexta hasta la nona. De este hecho da testimonio [3] el profeta Amós: «Aquel día, dice el señor, el sol se pondrá a mediodía y en pleno día se llenará todo de tinieblas; y convertiré en duelo vuestras fiestas y vuestros cantos en lamentaciones» 130 . Y también Jeremías: «La madre se [4] atemorizó y su alma desfalleció; el sol desapareció para ella cuando todavía era mediodía; quedó abatida y despreciada. Los restos de ellos los entregaré a la espada en presencia de sus enemigos» 131 . Y la Sibila: «El velo del [5] templo se rajará y llegará la noche en mitad del día: una espesa oscuridad sobrevendrá durante tres horas» 132 .
[6] Y a pesar de que sucedieron estas cosas, no quisieron aceptar su crimen ni siquiera ante estos prodigios celestiales; todo lo contrario: puesto que había anunciado que iba a resucitar al tercer día del sepulcro, ante el temor de que, si sus discípulos robaban y se llevaban el cuerpo, todo el mundo iba a creer que había resucitado y de que se iba a provocar una confusión mucho mayor entre el pueblo, le bajaron de la cruz y, enterrándole en un sepulcro, pusieron [7] alrededor de él una fuerte vigilancia militar. A pesar de ello, al amanecer del tercer día, se produjo un terremoto y el sepulcro se abrió y, sin que vieran nada los guardias que quedaron atónitos y estupefactos de pavor, salió íntegro y vivo del sepulcro y marchó a Galilea para buscar a sus discípulos; en el sepulcro no se encontraron sino las [8] ropas en las que habían envuelto su cuerpo. Ya los profetas habían anunciado que Cristo no permanecería en el sepulcro, sino que resucitaría al tercer día; David dice en el salmo quince: «No dejarás mi alma en el sepulcro, ni dejarás que tu santo vea la muerte» 133 , y también en el salmo tres: «Dormí y concilié el sueño, y luego resucité, [9] porque el señor me auxilió» 134 . También Oseas, el primero de los doce profetas, dio testimonio de la resurrección de Cristo: «Éste es mi hijo sabio; por ello no servirá de tribulación para sus hijos: le libraré de las garras del sepulcro; ¿dónde está tu poder, muerte?, ¿dónde tu azote?» 135 . [10] El mismo Oseas en otro lugar: «Nos dará vida al tercer día, una vez pasados dos» 136 . Por eso la Sibila dijo que la muerte terminaría después de un sueño de tres días: «Y pondré fin a la muerte tras un sueño de tres días; y entonces, saliendo de entre los muertos, saldrá hacia la luz, mostrando, él el primero, el comienzo de la resurrección de los escogidos» 137 . Efectivamente, al superar la [11] muerte, consiguió para nosotros la vida. Así pues, para el hombre no hay otra esperanza de conseguir la inmortalidad que creer en Cristo y aceptar la cruz para llevarla y soportarla.
Testamento de Cristo
Marchó, pues, a Galilea —no quiso, [20 ] en efecto, aparecer ante los judíos, para no atraerlos hacia la penitencia y para no recuperar a los impíos— y reunidos de nuevo los discípulos, les mostró las palabras de las Sagradas Escrituras, es decir, los secretos de los profetas, secretos que no habían podido comprender antes de su pasión, ya que lo que anunciaban era la venida del propio Cristo y su pasión. Moisés y los propios profetas [2] llaman testamento a la ley entregada a los judíos, y la llaman testamento porque, hasta que no muere el testador, no puede confirmarse el testamento, ni puede saberse qué hay escrito en él, ya que está sellado y cerrado; y, si Cristo no hubiese aceptado la muerte, no se habría [3] podido abrir el testamento, es decir, no se habría podido revelar y entender el misterio de Dios. Ahora bien, las [4] Escrituras están divididas en dos testamentos: el que antecede a la venida y pasión de Cristo, es decir, la ley y los profetas, que se llama antiguo; y el que fue escrito después de la resurrección de Cristo, que se llama nuevo. Los judíos [5] se guían por el antiguo, nosotros por el nuevo: no son, sin embargo, distintos, ya que el nuevo es el remate del antiguo y en ambos hay el mismo testador, Cristo, el cual, tras aceptar la muerte por nosotros, nos hizo herederos del reino eterno, rechazando y desheredando a los judíos, tal como atestigua el profeta Jeremías con estas palabras: [6] «He aquí que se acercan los días, dice el Señor, y completaré un nuevo testamento para la casa de Israel y la casa de Judá, pero no un testamento como el que hice para los padres de éstos el día que cogí sus manos para sacarlos de la tierra de Egipto; y es que aquéllos no perseveraron en mi testamento y yo los desprecié, dice el Señor» 138 . [7] El mismo Jeremías dice algo parecido en otro lugar: «Abandoné mi casa; dejé mi herencia en manos de sus enemigos. Mi heredad se convirtió para mí como un león en la selva; ella levantó contra mí su voz, y por eso la odié» 139 . [8] Como su heredad es el reino del cielo, lo que quiere decir no es que odiara su heredad, sino a sus herederos, que [9] fueron los ingratos e impíos para con él. «Mi heredad», dice, «se convirtió para mí como un león», es decir, me he convertido en presa y objeto de devoción para mis herederos, los cuales me inmolaron como a un cordero; «levantó contra mí su voz», es decir, pronunciaron contra [10] mí las sentencias de muerte y cruz; efectivamente, con sus palabras anteriores de que «completaría un nuevo testamento para la casa de Judá» demuestra que aquel viejo testamento que fue entregado por medio de Moisés no era perfecto, mientras que el que iba a ser dado a través de [11] Cristo sería la consumación. Ahora bien, con «la casa de Judá y de Israel» no se está refiriendo a los judíos, a los cuales rechazó, sino a nosotros, que llamados de entre los gentiles hemos ocupado en adopción el lugar de aquéllos y nos llamamos hijos de los judíos; esto lo manifiesta la Sibila, cuando dice: «Raza divina de los bienaventurados judíos, hijos de Dios» 140 . En lo que se refiere al futuro [12] de esta raza, lo señala Isaías, en cuyas profecías el sumo padre habla de esta forma al hijo: «Yo, el señor tu Dios, te he llamado para la justicia, y tomaré tu mano y te lo ratificaré; y te he puesto para que seas el testamento de mi raza y luz de las gentes, para que abras los ojos de los ciegos, saques de las cárceles a los presos y del fondo del calabozo a los que moran en las tinieblas» 141 .
Así pues, nosotros estábamos antes algo así como [13] ciegos, encerrados en la cárcel de la necedad y sentados en las tinieblas sin tener conocimiento de Dios y de la verdad; y ahora hemos sido iluminados por él, quien nos ha adoptado en su testamento y, tras liberarnos de las malas ataduras y llevarnos a la luz de la sabiduría, nos ha adscrito a la herencia del reino celestial.
Poderes que Cristo dio a sus apóstoles
Pues bien, una vez que ordenó a sus [21 ] discípulos que predicaran su evangelio y su nombre, una nube le rodeó de repente y le llevó al cielo, cuando ya habían pasado cuarenta días desde la pasión, tal como había dicho Daniel que sucedería con estas palabras: «Y vi venir en la nube del cielo a un como hijo de hombre y llegó hasta el anciano de muchos días» 142 . Los discípulos, [2] por su parte, repartiéndose por las provincias pusieron por todas partes los fundamentos de la Iglesia, haciendo también ellos en nombre de su maestro Dios grandes y casi increíbles milagros: y es que éste, al marcharse, les había dotado de facultad y poder, con el fin de que las razones de la nueva doctrina pudieran tener fundamento y base. Incluso les dio a conocer todo el futuro; del futuro hablaron Pedro y Pablo en Roma y sus palabras permanecen escritas para recuerdo; en esta predicación, aparte de otras muchas cosas, dijeron también que iba a suceder esto: «que tras breve espacio de tiempo iba a enviar Dios un rey que atacaría a los judíos y asolaría sus ciudades; y que asediaría a sus habitantes sometiéndolos a hambre [3] y sed; que sucedería entonces que se alimentarían de sus propios cuerpos y se comerían unos a otros; que finalmente, hechos prisioneros, vendrían a manos de los enemigos y verían cómo en su presencia eran cruelmente atormentadas sus esposas, violadas y prostituidas sus doncellas, arrebatados sus niños, aplastados los pequeños, devastado todo por el fuego y el hierro, expulsados los prisioneros para siempre de sus tierras. Y todo ello porque se habían levantado con soberbia contra el hijo amado y querido de Dios» 143 . Efectivamente, tras haber eliminado Nerón a algunos de ellos, Vespasiano borró totalmente el nombre y el pueblo judío y llevó a cabo todo lo que Pedro y Pablo habían predicho.
Argumentos de quienes no creen todo lo que anteriormente se ha dicho de Cristo
Se ha cumplido, pues, según pienso, [22 ] aquello que consideraban como falso e increíble esos que no fueron imbuidos por la auténtica doctrina de las Sagradas Escrituras.
Sin embargo, para refutar también a aquellos que son demasiado sabios, no sin detrimento de ellos mismos, y que no dan crédito a las cosas divinas, ataquemos su error con sus propios argumentos, para que al fin vean que todo debió suceder tal como nosotros hemos mostrado que sucedió. Y a pesar de que ante los [2] buenos jueces son pruebas suficientes ya los argumentos sin testimonios, ya los testimonios sin argumentos, yo, sin embargo, no me conformo con una sola de las dos cosas 144 —a pesar de que cualquiera de las dos nos es suficiente—, para no dejar a ningún perverso ingenioso la oportunidad de no enterarse o de argüir en contra. Dicen [3] que no pudo suceder que le faltara algo a la naturaleza inmortal; dicen, en definitiva, que no es digno que Dios quisiera hacerse hombre y que aceptara la carga de la debilidad de la carne, para someterse a las pasiones, al dolor y a la muerte —como si no le hubiera sido a él fácil mostrarse a los hombres por encima de la debilidad del cuerpo y enseñarles la justicia desde la mayor autoridad, es decir, desde su posición de Dios reconocido, con tal de que así hubiera querido hacerlo—; y es que, si sus preceptos hubieran [4] ido acompañados de la autoridad y del poder divinos, sin duda todos los hombres se habrían sometido a los preceptos celestiales. «¿Por qué, pues», dicen, «no vino [5] como Dios a enseñar a los hombres? ¿Por qué se presentó tan humilde y débil, que pudo ser despreciado y castigado por los hombres? ¿Por qué soportó violencia de los débiles y mortales? ¿Por qué no rechazó la violencia de los hombres con su poder o su divinidad? ¿Por qué no puso en evidencia su majestad al menos en el momento de la muerte, sino que, cual impotente, fue llevado a juicio, cual culpable fue condenado, y cual mortal matado?».
[6] Refutaré cuidadosamente estos argumentos y no consentiré que nadie permanezca en el error. Todo esto sucedió en aras de importantes y admirables razones: cualquiera que comprenda esas razones, no sólo dejará de extrañarse de que Dios fuese crucificado por los hombres, sino que incluso verá que Cristo no hubiese podido ser considerado como Dios si no hubiesen sucedido esas cosas que se arguyen.
Argumentos en favor de la divinidad de Cristo: Cristo confirma con hechos su doctrina
[23 ] En lo que se refiere a cualquier sabio que dé preceptos a los hombres en orden a regir su vida y que conduzca las costumbres de otros, yo me pregunto si debe él mismo hacer las cosas que ordena [2] o no. Si no lo hace, sus preceptos son inconsistentes. Efectivamente, si los preceptos son buenos, si ponen la vida del hombre en una situación óptima, el propio preceptor no debería apartarse del grupo y compañía de los hombres entre los cuales se mueve, sino que debería él mismo vivir de la forma que enseña que se debe vivir, porque, si vive de otra forma, quitará credibilidad a sus propios preceptos y debilitará su propia doctrina si con su acción convierte en inconsistente lo que intenta expresar como coherente con sus palabras. [3] Y es que todo el mundo, cuando escucha a alguien que está dando preceptos, no quiere imponerse a sí mismo la necesidad de obedecer, ya que con ello da la impresión [4] de estar recortando su propia libertad. Responderá, pues, de esta forma al que le está enseñando: «No puedo hacer lo que mandas, puesto que es imposible. Me prohíbes irritarme, me prohíbes las pasiones, me prohíbes conmoverme por el placer, me prohíbes quejarme, me prohíbes temer a la muerte; pero todo esto va hasta tal punto contra la naturaleza, que todos los animales están sometidos a estos sentimientos; ahora bien, si tú piensas que se puede ir contra la naturaleza, haz tú eso mismo que ordenas, para que yo sepa que se puede hacer. Pero, como tú no lo haces, [5] ¿qué insolencia es esta de querer imponer a un hombre libre leyes que tú mismo no obedeces? Primero, aprende tú lo que enseñas y, antes de corregir las costumbres de otros, corrige tú las tuyas». ¿Quién puede negar que este [6] reproche es justo? Es más, los maestros de este tipo serán despreciados y al mismo tiempo burlados, por cuanto ellos mismos darán la impresión de que se están burlando de los demás.
Y ¿qué hará ese preceptor si se le ponen estos reparos? [7] ¿Cómo quitará motivos de excusa a los contumaces, sino enseñando con hechos reales que es posible lo que él enseña? De ahí que suceda que nadie obedezca los preceptos [8] de los filósofos. Y es que los hombres prefieren los ejemplos a las palabras, ya que hablar es fácil, pero dar, difícil; ¡ojalá que se portaran bien tantos cuantos hablan bien! Pero a quienes hablan y no hacen, les falta credibilidad: y si son hombres los que dan los preceptos, serán despreciados como insignificantes; y si es Dios, se le pondrá la excusa de la fragilidad humana. Hace falta confirmar las [9] palabras con hechos; y esto no pueden hacerlo los filósofos. Así pues, si los propios preceptores son esclavos de los sentimientos que, según sus palabras, conviene dominar, no podrán llevar a nadie hacia la virtud que predican en falso. Por ello se piensa que todavía no ha existido ningún sabio perfecto, es decir, ningún sabio en el que coincidan el sumo grado de doctrina y ciencia con una justicia [10] perfecta. Y esto es verdad, ya que no hubo desde la creación del mundo ningún sabio de este tipo salvo Cristo, el cual transmitió la sabiduría con la palabra y confirmó su doctrina con la virtud de su vida.
Cristo vino al mundo como hombre para demostrar que lo que él enseñaba podían hacerlo los hombres
[24 ] Consideremos ahora si un maestro enviado del cielo puede no ser perfecto. Todavía no hablo de ese que dicen que no vino de Dios. Imaginemos que alguien debe ser enviado desde el cielo para instruir la vida de los hombres en los rudimentos de la virtud y adecuarla a la justicia.
[2] Nadie puede dudar de que ese maestro enviado desde el cielo es perfecto tanto en el conocimiento de todas las cosas como en virtud, de forma que no hay diferencia entre el que estaba en el cielo y el que ha bajado [3] a la tierra. Y es que en el hombre de la tierra no puede haber de ninguna forma una doctrina interna y propia: efectivamente, una mente encerrada en carne terrenal e impedida por la corrupción del cuerpo no puede por sí misma comprender y asimilar la verdad si no le es enseñada [4] desde fuera. Y aun en el remotísimo caso de que pudiera, no podría asimilar la virtud perfecta ni resistir a todos los vicios, cuya materia está contenida en la carne. De ahí se sigue que el maestro de este mundo no puede ser perfecto. [5] El maestro celestial, sin embargo, a quien su divinidad le ha concedido la ciencia y su inmortalidad la virtud, es necesariamente perfecto y completo tanto en la enseñanza como en las demás cosas. Ahora bien, no hay en absoluto ocasión de poder mostrar esa perfección si no se asume [6] un cuerpo mortal; y la razón de ello está clara: en efecto, si se presenta ante los hombres como Dios, no podría, como tal Dios —y paso por alto el hecho de que los hombres no pueden contemplar ni aguantar la brillantez de su majestad—, enseñar la virtud, ya que, al carecer de cuerpo, no podría hacer las cosas que enseña y, en consecuencia, su enseñanza no sería perfecta. Y más aún, si la [7] virtud suprema consiste en soportar el dolor con paciencia en aras de la justicia y del deber, si la virtud consiste en no tener miedo a la muerte, incluso cuando ésta es inminente, y en aguantarla con fortaleza cuando se presenta, ese maestro perfecto debe enseñar esto con preceptos y confirmarlo con hechos, ya que quien da preceptos sobre la forma de vida debe cortar todas las vías de excusa, para imponer a los demás la obligación de obedecer, no con ningún tipo de violencia, sino con honestidad, dejándoles sin embargo libertad, para que haya un premio para los obedientes —ya que, si hubieran querido, podían no haber obedecido— y un castigo para los no obedientes —ya que, si hubieran querido, podían haber obedecido—. Y ¿cómo [8] se pueden cortar todas las vías de excusa por parte del preceptor sino haciendo él mismo las cosas que enseña y siendo él algo así como el que abre el camino y el que extiende la mano al que está dispuesto a seguirle? Y ¿cómo puede hacer las cosas que enseña si no es semejante a aquel que aprende? Si el que enseña no está sujeto a ningún tipo [9] de pasiones, el discípulo puede responder al maestro así: «Quiero en verdad no pecar, pero me rindo; estoy, en efecto, investido de carne frágil y débil; ella es la que tiene pasiones, la que se irrita, la que teme el dolor y la muerte. Por ello me veo arrastrado en contra de mi voluntad y peco, y no porque yo quiera, sino porque me veo obligado. Me doy cuenta incluso yo mismo de que peco, pero me empuja ineludiblemente mi fragilidad, a la que no puedo resistir». ¿Qué responderá a esto ese preceptor del [10] bien? ¿Cómo refutará y reargüirá a ese que excusa con la carne sus pecados si él mismo no está investido de la carne, de forma que pueda demostrar que incluso la carne puede ser virtuosa? Los contumaces, en efecto, no pueden [11] ser refutados sino con el ejemplo. Y es que, si es imposible que esos contumaces posean la firmeza que se les predica si antes no se lo demostramos con el ejemplo, y dado que la naturaleza humana, proclive a los vicios, tiende a pecar, buscando no sólo una excusa, sino incluso una razón, [12] conviene que el maestro y preceptor de la virtud sea totalmente semejante al hombre, para que, venciendo él mismo al pecado, enseñe al hombre que el pecado puede ser vencido [13] por él. Pero si ese maestro es un inmortal, de ninguna forma puede dar ejemplo al hombre. Habrá siempre alguien que diga impertérrito: «Tú ciertamente no pecas, porque estás libre de este cuerpo; no tienes placeres, porque nada de ello es necesario para un inmortal: yo, sin embargo, necesito muchas cosas para proteger mi vida. Tú no temes a la muerte, porque ella no puede nada contra ti; desprecias el dolor, porque no hay violencia que pueda contra [14] ti; yo, sin embargo, como mortal, temo ambas cosas, porque ambas me producen gravísimos sufrimientos, que [15] no puede soportar la fragilidad de mi carne». Pues bien, el preceptor de la virtud debe también quitar a los hombres la posibilidad de esta excusa, para que ningún pecador achaque su pecado a la necesidad y no a la responsabilidad. [16] Consiguientemente, para que el preceptor pueda ser perfecto, no debe ponerle ningún obstáculo el discípulo, de forma que, si éste dice «me mandas imposibles», pueda él responder: «Mira cómo yo mismo lo hago»; y si dice «yo estoy investido de carne, que es por naturaleza pecaminosa», pueda responder: «Yo también tengo la misma [17] carne y, sin embargo, el pecado no me domina»; y si dice «me es difícil despreciar las riquezas, porque no se puede vivir de otra forma dentro de este cuerpo», pueda responder: «También yo tengo cuerpo y, sin embargo, lucho contra todos los placeres»; y si dice «no puedo soportar el dolor y la muerte en aras del bien, porque soy débil», pueda responder: «Mira también cómo el dolor y la muerte tienen poder sobre mí y, sin embargo, supero esos mismos temores tuyos, para convertirte a ti en vencedor del dolor y la muerte; soy yo el primero que ando sobre eso que tú pretendes no poder aguantar: si no puedes seguir al que te da preceptos, sigue al menos al que va delante de ti». De esta forma se elimina toda excusa y el hombre se verá obligado a confesar que peca por su culpa, ya que no sigue al que es preceptor de la virtud y al mismo tiempo guía. Se comprueba, pues, así cuánto más perfecto es un preceptor mortal, porque puede ser guía del mortal, que un preceptor inmortal, ya que no puede enseñar la virtud de la paciencia quien no está sujeto a pasiones.
Esto, sin embargo, no quiere decir que yo prefiera el [18] hombre a Dios, sino que pretendo demostrar que ni el hombre puede ser un perfecto maestro si no es al mismo tiempo Dios, para que con su autoridad celestial imponga a los hombres la obligación de obedecer, ni Dios puede serlo tampoco si no se inviste de cuerpo mortal, para que, cumpliendo él mismo de hecho sus preceptos, pueda obligar a los demás a obedecerle. Queda, pues, muy claro que [19] el que haya de ser guía de la vida y maestro del bien debe ser corporal y que, de otra forma, no puede suceder que su doctrina sea total y perfecta, ni que tenga raíces fundadas, ni que se mantenga estable y fija entre los hombres; conviene que él mismo soporte la debilidad de la carne y del cuerpo, y que tenga en sí mismo el bien que enseña, para que lo enseñe al mismo tiempo con palabras y hechos. Es más, debe estar sujeto a la muerte y a todas las pasiones, ya que el sentido de la virtud se cifra en tolerar las pasiones y en soportar la muerte. Todo esto, como dije, lo debe soportar el maestro consumado, para demostrar que se puede soportar.
Para poder, pues, dar ejemplo. Dios envió a su hijo en carne mortal
[25 ] Que sepan, pues, los hombres y que entiendan por qué el Dios supremo, al enviar a su legado y mensajero para instruir a los hombres en los preceptos del bien, quiso que viniera en carne mortal, y que fuera atormentado y ejecutado. [2] Y es que, como no existía ningún bien en la tierra, envió un maestro como ley viva, para que creara una nueva familia y un nuevo templo, y sembrara por toda la tierra, con palabras y con ejemplo, el verdadero y piadoso culto. [3] Sin embargo, para que quedara claro que había sido enviado por Dios, no convino que naciera como nacen los hombres concebidos por dos mortales, sino que, para que quedara claro que en aquel hombre había un ser divino, fue [4] concebido sin obra de varón. Tenía, en efecto, como padre espiritual a Dios y, de la misma forma que el padre de su alma era Dios, sin que ésta tuviera madre, así también la madre de su cuerpo era virgen, sin que éste tuviera [5] padre. Fue, pues, Dios y hombre, estando a medio camino entre Dios y hombre —de ahí que los griegos le llamen «mediador»—, para poder conducir al hombre hasta Dios, es decir, hasta la inmortalidad, ya que, si hubiera sido sólo Dios, no habría podido, como dije más arriba, dar ejemplo de virtud al hombre; y si sólo hubiese sido hombre, no habría podido empujar a los hombres hacia el bien, salvo que hubiera tenido mayor autoridad y virtud que el [6] hombre. Y es que el hombre consta de cuerpo y alma, y el alma necesita hacer cosas buenas para hacerse eterna; es así que el cuerpo es terrenal y por ello mortal y arrastra consigo al espíritu que tiene unido llevándole de la inmortalidad a la muerte; luego el espíritu libre de cuerpo no [7] podía de ninguna forma servir de guía al hombre hacia la inmortalidad, puesto que el cuerpo impide al espíritu seguir a Dios; y es que es frágil y está sometido al pecado, y el pecado, a su vez, es alimento de la muerte.
Así pues, vino como mediador, es decir, como Dios [8] en carne mortal, para que la carne pudiera seguirle y para arrancar al hombre de la muerte que domina sobre la carne. Y se vistió de cuerpo carnal para, tras domar las pasiones carnales, demostrar que el pecado no es algo inevitable, sino una consecuencia de la deliberación y voluntad propias. Y es que nosotros tenemos planteada una sola [9] lucha, pero enorme e importante, con la carne, cuyos infinitos placeres presionan sobre el alma y no consienten que ésta mande, sino que, alienándola con placeres y suaves atractivos, la condenan a una muerte eterna. Para que [10] pudiéramos hacer frente a esto, Dios nos abrió y mostró el camino para superar a la carne. Esta virtud, si es perfecta y está libre de todos los encantos, proporciona a los vencedores el premio y el pago de la inmortalidad.
Significado de la muerte en cruz .
He dicho, en lo que se refiere a la [26 ] humildad, fragilidad y pasión, por qué Dios prefirió someterse a ellas. Ahora hay que dar explicación de la propia cruz y hay que explicar su sentido. En lo que [2] se refiere a los planes del Dios supremo y a cómo ordenó todas las cosas que iban a suceder, lo muestran no sólo los anuncios de los profetas, anuncios verdaderos que precedieron a Cristo, sino también el desarrollo de la propia pasión. Efectivamente, todo lo que Cristo padeció, no [3] fue en vano, sino que todo tuvo un gran significado simbólico, de la misma forma que lo tuvieron todas las obras divinas que hizo: su significado y potencialidad tenían valor ciertamente para el presente, pero anunciaban también algo para el futuro.
[4] Abría los ojos a los ciegos. Es sin duda un poder celestial devolver la vista a los que no ven, pero con ello daba a entender que, dirigiéndose a los que desconocían a Dios, iba a iluminar los corazones de los necios con la luz de la sabiduría e iba a abrir los ojos del corazón a [5] la contemplación de la verdad. Y es que son auténticos ciegos quienes, no viendo las cosas celestiales y tapados por las tinieblas de la ignorancia, veneran lo terreno y frágil.
[6] Abría los oídos a los sordos. Es cierto que hasta entonces no se había visto una obra celestial tal, pero con ella declaraba que en breve sucedería que quienes no conocían la verdad iban a oír y a entender las palabras divinas de Dios. Y es que se puede llamar auténticamente sordos a quienes no oyen lo divino, lo verdadero y lo que se debe hacer.
[7] Hacía que hablaran las lenguas de los mudos. ¡Admirable poder, aunque sólo hubiera hecho esto! Pero en este milagro subyacía otro significado, con el cual estaba mostrando que los que hasta hacía poco eran ignorantes de las cosas celestiales iban a hablar sobre Dios y sobre la verdad, tras haber aprendido la ciencia de la sabiduría. [8] Y es que quien ignora el sentido de la divinidad es un auténtico deslenguado y mudo, aunque sea el más elocuente de todos. Efectivamente, la lengua, cuando empieza a manifestar la verdad, esto es, a interpretar la virtud y majestad del Dios único, está cumpliendo por fin su función natural; pero, cuando dice mentiras, no está en su función; y por ello es necesariamente un niño que no habla aquel que no puede anunciar las cosas divinas.
Curaba los pies de los cojos, para que pudieran andar. [9] ¡Loable el poderío de esta acción divina! Pero ella contenía un significado simbólico: que a los errores mantenidos durante una época secular y descarriada se abría el camino de la verdad, por el que los hombres podían marchar hacia la consecución de la gracia divina. Debe ser considerado, [10] en efecto, como auténtico cojo aquel que, enredado en la bruma y tinieblas de la necedad y desconocedor de cuál es su camino, marcha por la vía de la muerte con tropezones y caídas.
Limpió igualmente las llagas y manchas de los cuerpos [11] infestados. Ello es una no pequeña obra de un poder inmortal. Pero esa fuerza significaba esto: que su doctrina iba a purificar, con la enseñanza del bien, a los que estaban infestados con las llagas de los pecados y con las manchas de los vicios. Y es que deben ser considerados como [12] auténticos leprosos e infestados aquellos que son empujados por sus infinitos placeres hacia los crímenes y por sus insaciables pasiones al mal, y que, quemados por las manchas de la deshonra, se ven afectados por una peste continua.
Levantó los cadáveres de los muertos y los hizo volver [13] de la muerte llamándolos por su nombre. ¿Qué más congruente con un Dios? ¿Qué más digno de admirar a lo largo de todos los siglos que devolver una vida ya acabada, alargar la vida ya terminada de los hombres y revelar los secretos de la muerte? Pero este inenarrable poderío fue [14] la imagen de un milagro aún mayor, con la cual demostraba que su doctrina iba a tener tanta fuerza que los pueblos de todo el orbe que separados hasta ahora de Dios habían estado sometidos a la muerte, animados ahora con el conocimiento de la verdadera luz, iban a llegar al premio de la inmortalidad. Y es que se debe considerar como [15] auténticos muertos a aquellos que, desconociendo a Dios, dador de la vida, y aplastando sus almas celestiales contra la tierra, caen en los lazos de la muerte eterna.
[16] Así pues, todo lo que hacía era símbolo de cosas futuras. Lo que manifestaba en los cuerpos lesionados y enfermos, llevaba el símbolo de algo espiritual. De esta forma, en el momento en que lo hacía, mostraba hechos propios de un poder no terrenal y, para el futuro, apuntaba [17] el poderío de su celestial majestad. Pues bien, de la misma forma que sus obras comportaban un significado de mayor poderío para el futuro, así también su pasión era un anuncio, no simple, ni vano, ni fortuito de cosas [18] futuras; todo lo contrario, de la misma forma que sus hechos anunciaban la grandeza de la virtud y el poder de su doctrina, así también su pasión anunciaba que su doctrina iba a ser odiada. Efectivamente, el vinagre que bebió y la hiel que comió prometían durezas y amarguras en esta [19] vida para los seguidores de la verdad. Y si bien la pasión, dura y amarga por sí misma, nos daba un ejemplo de futuros tormentos —tormentos que nos exige en este mundo la práctica misma de la virtud—, sin embargo, una comida y una bebida de este tipo, arrojadas al rostro de nuestro maestro, nos daban un ejemplo de persecuciones, sufrimientos [20] y miserias: todo esto lo deben necesariamente soportar y aguantar quienes siguen a la verdad, ya que la verdad es dura y odiada por todos los que, privados de la virtud, entregan su vida a los mortíferos placeres.
[21] La corona de espinas, colocada sobre su cabeza, anunciaba esto: que iba a reunir a su lado una grey divina a [22] partir de culpables. Efectivamente, se llama corona a los pueblos que están alrededor del orbe; y nosotros, que antes de conocer a Dios éramos malvados, éramos las espinas, es decir, los malos y culpables, ya que desconocíamos cuál era el bien y, alejados del contenido y de la obra del bien, lo manchábamos todo de pecados y crímenes. Sacados, [23] pues, de los jarales y zarzas ceñimos la santa cabeza de Dios, ya que, llamados a él y agrupados por todas partes a su alrededor, estamos al lado de Dios, nuestro maestro y doctor, y le coronamos como rey del mundo y señor de todos los vivos.
En lo que se refiere a la cruz, ésta tiene un profundo [24] sentido y significado, que ahora intentaré mostrar. Efectivamente, [25] Dios, como ya expuse más arriba, cuando decidió liberar al hombre, envió a la tierra como legado al maestro de la virtud, para que instruyera a los hombres en la inocencia con benéficos preceptos y abriera con sus obras y hechos reales el camino del bien: y el hombre, marchando por él y siguiendo a través de él a su maestro, llegaría a la vida eterna. Así pues, Cristo tomó cuerpo [26] y se vistió de carne para mostrar al hombre —para enseñar al cual había venido— ejemplos y estímulos de la virtud. Ahora bien, aunque en todas las actuaciones de su [27] vida mostró ejemplos de actos buenos, sin embargo, con el fin de enseñar también al hombre a soportar el dolor y a despreciar la muerte —con lo cual se consigue la perfecta y plena virtud—, se entregó a las manos de un pueblo impío, cuando él, gracias al conocimiento que tenía del futuro, pudo haberlo evitado y, con el mismo poder con que hacía los milagros, pudo haberlo rechazado. Aguantó, pues, tormentos, azotes y espinas. Finalmente no rechazó [28] aceptar incluso la muerte, para que el hombre, siguiendo su ejemplo, triunfara sobre la muerte, sometida y encadenada, y sobre los terrores de la muerte. Ahora bien, [29] ¿por qué el padre supremo eligió este tipo de muerte, con la que permitió que fuera ejecutado? La razón es la siguiente. Quizás alguien diga: «¿Por qué, si era Dios y de cidió morir, no fue ejecutado al menos con un tipo de muerte honroso? ¿Por qué, por encima de otro, el suplicio de la cruz? ¿Por qué este tipo infame de suplicio, que parece no digno de un hombre libre, incluso aunque sea culpable?» 145 . [30] En primer lugar, porque aquel que había venido humildemente, para ayudar a los humildes e insignificantes y para ofrecer a todos la esperanza de salvación, tenía que ser sometido al mismo suplicio al que son sometidos los humildes e insignificantes, para que no hubiera nadie que [31] no pudiera imitarle. En segundo lugar, para que se conservara entero su cuerpo, que debía resucitar de entre los muertos al tercer día. Efectivamente, nadie debe ignorar que él mismo, al hablar con antelación de su pasión, hizo saber a todos que él tenía poder para rechazar y recuperar [32] la vida cuando quisiera. Pues bien, dado que exhaló su espíritu estando clavado, los verdugos no consideraron necesario quebrantar sus huesos, como era costumbre, contentándose [33] solamente con perforar su costado. De esta forma, su cuerpo fue descolgado entero del patíbulo y cuidadosamente encerrado en el sepulcro. Y todo esto sucedió para que su cuerpo no resultara, lesionado y mutilado, inaprovechable para la resurrección. Otra causa fundamental por la que Dios escogió la cruz fue que ésta necesariamente le levantaba y daba a conocer la pasión de Dios a los [34] pueblos. Efectivamente, además de que aquel que es suspendido en la cruz está a la vista de todos y más alto que los demás, fue escogida la cruz sobre todo para indicar que Cristo iba a ser tan visible y tan sublime que todos los pueblos de todo el mundo correrían a conocerle y adorarle. [35] Finalmente, no hay pueblo tan inhumano ni región tan alejada que no conozca su pasión y sublime majestad. Extendió, pues, en la pasión sus manos y abarcó con [36] ellas el orbe, para mostrar ya desde entonces que, desde la salida del sol hasta el ocaso, un pueblo formado por gentes de todas las lenguas y tribus iba a marchar en sus filas e iba a aceptar en sus frentes aquella importante y sublime señal. Los judíos todavía conservan la figura [37] simbólica de la pasión cuando marcan con sangre de cordero los dinteles de sus puertas; y es que Dios, cuando decidió castigar a los egipcios, ordenó a los hebreos, para librarlos del castigo, que inmolaran un cordero blanco sin mancha y pusieran con su sangre una señal en sus puertas. De esta forma, mientras que los primogénitos de los egipcios [38] murieron todos en una sola noche, sólo los hebreos, protegidos por la señal de la sangre, se salvaron; y ello, no porque la sangre del animal tuviera por sí misma un poder tan grande que pudiera salvar a los hombres, sino que ello era el símbolo de hechos futuros. Efectivamente, [39] el cordero blanco sin mancha era Cristo, es decir, el inocente, el justo, el santo, el cual fue inmolado por los mismos judíos para salvación de todos aquellos que marcan en su frente la señal de la sangre, es decir, de la cruz en que derramó su sangre. La frente es, en efecto, el dintel más alto del hombre; y el marco de madera manchado de sangre es el símbolo de la cruz.
Finalmente, los mismos que hacen los sacrificios llaman [40] «pascua» a la inmolación del animal a partir del verbo «pascho» («sufrir»), ya que esa pascua es el símbolo de la pasión, símbolo que Dios, conocedor del futuro, entregó a su pueblo por medio de Moisés para que la celebrara. De todas formas, ese símbolo sirvió en aquel momentó [41] para alejar un peligro, con el fin de que quedara claro el enorme poder de la verdad a la hora de proteger al pueblo de Dios hasta en los confines de todo el orbe.
[42] En lo que se refiere a la forma y al desastre del que se verán libres aquellos que marquen su frente con esta señal de sangre auténtica y divina, lo mostraré en el último libro.
Valor y fuerza de la señal de la cruz .
[27 ] Ahora nos basta con exponer el valor del poder de esta señal. En lo que se refiere al terror que esta señal causa a los demonios, lo sabrá aquel que vea hasta qué punto huyen de los cuerpos que dominan, [2] al ser conjurados en nombre de Cristo; y es que, de la misma forma que él mismo, cuando estaba en este mundo, ponía en fuga con su palabra a todos los demonios y devolvía a su antiguo estado las mentes de los hombres desquiciadas y enloquecidas por los malvados ataques de aquéllos, así también ahora los seguidores de Cristo expulsan a esos mismos espíritus malvados de los cuerpos de los hombres con el nombre de su maestro y con el signo [3] de la pasión. Y esto no es difícil probarlo: efectivamente, si, cuando los paganos están haciendo inmolaciones a sus dioses, se acerca alguien haciendo la señal de la cruz en su frente, abandonan sus ritos y «ni siquiera el vate, aun siendo consultado, puede dar ninguna respuesta» 146 . Éste fue muchas veces el motivo fundamental de que los malos [4] emperadores persiguieran a los justos: efectivamente, algunos de nuestros ministros se acercaban a los sacerdotes paganos cuando éstos hacían sacrificios, y, haciendo la señal de la cruz, ponían en fuga a los dioses de aquéllos, para que no pudieran describir el futuro a partir de las [5] vísceras de sus víctimas; cuando los arúspices se dieron cuenta de ello, empezaron, por presión de los propios demonios para los cuales sacrificaban, a quejarse de que hombres profanos asistían a sus ritos, suscitando así el furor de los emperadores; y éstos terminaron por asaltar el templo de Dios y por mancharse con un auténtico sacrilegio, que sólo sería expiado con los durísimos castigos que sufren los perseguidores 147 . Y, sin embargo, ni siquiera con [6] esto los hombres ciegos pueden entender que la verdadera religión es esta en la que hay un poder tan grande de victoria, ni que la falsa es aquella que no puede subsistir ni apiñarse. Pero, dicen ellos, los dioses hacen esto, no por [7] miedo, sino por odio: como si alguien pudiera odiar a alguien que no sea aquel que o le hace daño o le puede hacer daño. Es más, era mucho más congruente con su majestad que, en lugar de huir, castigaran allí mismo con penas a aquellos a los que odiaban. Pero, como ni pueden acercarse [8] a aquellos en los cuales ven la señal divina, ni castigar a aquellos que están protegidos con esa misma señal como por un muro inexpugnable, los atormentan por medio de los hombres y los persiguen con manos ajenas.
A estos dioses, si es que, tal como ellos confiesan, [9] son dioses, los hemos ciertamente vencido. Y es que la verdadera religión es necesariamente aquella que conoce las artimañas de los demonios, entiende su astucia, aplasta su fuerza y les obliga a ceder ante ella, domándolos y sometiéndolos con sus armas espirituales. Si alguien lo niega, [10] puede ser refutado con los testimonios de poetas y filósofos. Pero si no reconocen que existen y que son malos, ¿qué queda sino decir que unos son los dioses y otros los demonios? Que nos digan entonces la diferencia entre una especie y otra, para que sepamos qué es lo que debemos adorar y qué es lo que debemos rechazar y sepamos si tienen [11] entre sí algún consorcio o son enemigos. Si están unidos por algún lazo, ¿hasta qué punto los podemos distinguir y cómo no vamos a mezclar la adoración y el culto en una y otra especie? Pero, si son enemigos, ¿por qué los demonios no temen a los dioses o los dioses no pueden [12] poner en fuga a los demonios? Supongamos que alguien, poseído por un demonio, se vuelve demente, desenfrenado y loco; llevémosle al templo de Júpiter, óptimo y máximo, o bien —puesto que Júpiter no sabe curar a los hombres— al templo de Esculapio o de Apolo. Que el sacerdote de cualquiera de estos dos dioses ordene en nombre de Dios que ese espíritu nocivo salga del cuerpo del hombre: esto [13] no sucederá de ninguna forma. ¿Cuál es entonces el poder de los dioses, si no tienen bajo su dominio a los demonios?
En cambio, esos mismos demonios, si son conjurados en nombre del Dios verdadero, huyen inmediatamente. [14] ¿Qué razón hay para que teman a Cristo y no teman a Júpiter sino que los demonios son los mismos que el vulgo cree que son dioses? En fin, supongamos que se nos presentan un endemoniado y un sacerdote de Apolo de Delfos; pues bien, de la misma forma quedarán horrorizados ante el nombre de Dios, y Apolo huirá de su sacerdote con la misma rapidez que el espíritu demoníaco del hombre; y una vez conjurado y puesto en fuga su dios, el poeta sacerdote callará para siempre. Así pues, los demonios, sobre los cuales aceptan que deben ser expulsados, y los dioses, [15] a los cuales suplican, son lo mismo. Y si piensan que no se nos debe creer a nosotros, que crean a Homero, quien identificó a aquel gran Júpiter con los demonios 148 , y a otros poetas y filósofos que llaman a los mismos unas veces demonios y otras veces dioses, de lo cual una cosa tiene que ser falsa y otra verdadera. Y es que esos nefastos [16] espíritus, cuando son conjurados, se reconocen a sí mismos como demonios y, cuando son invocados, se fingen dioses, para engañar a los hombres y apartarlos del auténtico conocimiento de Dios, que es el único que puede evitar la muerte eterna. Igualmente son demonios aquellos [17] que, para perder al hombre, crearon para sí diferentes cultos a lo largo de diversas regiones, tomando nombres fingidos para engañar. Y es que, como no podían atribuirse la divinidad por sus propios poderes, se dieron a sí mismos nombres de reyes poderosos, bajo cuyos títulos reivindicaron para sí honores divinos. Pero este error puede ser [18] erradicado y la verdad sacada a la luz. Efectivamente, si alguien se preocupa por investigar más profundamente, que congregue a esos cuya pericia consiste en sacar las almas de entre los muertos; que llamen a Júpiter, Neptuno, Vulcano, Mercurio, Apolo y al padre de todos ellos, Saturno: responderán todos desde los infiernos, hablarán si se les pregunta y confesarán la verdad sobre ellos mismos y sobre Dios. Tras ello, que llamen a Cristo: no vendrá, no [19] aparecerá, porque no estuvo nada más que dos días entre los muertos. ¿Qué prueba más cierta puede darse? Yo, [20] por mi parte, no dudo de que Trismegisto 149 llegó a la verdad con algún razonamiento, ya que sobre el padre lo dijo todo, y sobre el hijo, mucho de lo contenido en los secretos divinos.
Diferencia entre religión y superstición
[28 ] Dado que esto es como hemos dicho, está claro que el hombre no tiene otra esperanza de vida que, tras abandonar las vanidades y el mísero error, conocer y servir a Dios; que renunciar a esta vida temporal y dedicarse, a partir del instrumento del bien, [2] a la práctica de la verdadera religión. Nacemos, en efecto, con esta condición: para ofrecer al Dios que nos ha engendrado el justo y debido culto, para conocerle a él solo y [3] seguirle. Con este vínculo de piedad estamos atados y ligados a Dios: de ahí el término «religión», que no toma su significado, como interpreta Cicerón, de relegere («escoger»), según dijo en el libro segundo del Sobre la naturaleza [4] de los dioses con estas palabras: «No sólo los filósofos, sino también nuestros antepasados separaron la superstición de la religión. Efectivamente, aquellos que suplicaban e inmolaban todos los días para que sus hijos pervivieran (fueran superstites) fueron llamados supersticiosos 150 , [5] mientras que aquellos que seleccionaban y, por así decir, escogían todo lo que se refería al culto de los dioses, fueron llamados, a partir de relegere (escoger), religiosos, de la misma forma que llamamos elegantes a los que eligen, diligentes a los que actúan con diligencia, e inteligentes a los que entienden. En todos estos términos subyace el mismo significado de «coger» 151 que subyace en el de «religión». De esta forma sucede que en el caso del supersticioso recurrimos a un término negativo y en el del [6] religioso a uno de significado positivo» 152 . La propia realidad nos permite conocer hasta qué punto esta interpretación es absurda; efectivamente, si tanto la superstición como la religión consiste en adorar a los mismos dioses, la diferencia entre una y otra es muy pequeña o nula. Pues ¿qué causa se me va a dar a mí que explique [7] que pedir por la salud de los hijos una sola vez es propio de un hombre religioso, mientras que pedir eso mismo diez veces es propio de un supersticioso? Si hacerlo una vez es cosa muy buena, ¿cuánto más lo será hacerlo muchas veces? Si es bueno hacerlo a primera hora del día, también lo será hacerlo durante todo el día; y si una ofrenda puede aplacar, mucho más aplacarán muchas ofrendas, ya que la multiplicación de regalos merece más que ofende. A mí, [8] en efecto, no me parecen odiosos, sino más bien apreciables, aquellos siervos que asidua y frecuentemente hacen obsequios. ¿Por qué entonces va a ser culpable y va a recibir una designación rechazable aquel que ama más a sus hijos o que honra más a los dioses, mientras que va a ser alabado aquel que los quiere y honra menos?
Y este argumento también vale dándole la vuelta: si [9] hacer preces y sacrificios todos los días es vicioso, también lo será hacerlo una vez; si desear constantemente que sobrevivan los hijos es vicioso, también será supersticioso aquel que lo desea raras veces. O ¿es que el término para el vicio se ha sacado de aquello que es lo más honesto y más deseable? Efectivamente, en lo que se refiere a eso [10] que dice de que «se llaman religiosos, de relegere , aquellos que seleccionan diligentemente todo lo relativo al culto de los dioses», ¿por qué entonces aquellos que practican eso muchas veces al día van a perder el nombre de religiosos, si con la propia repetición de los actos eligen ciertamente con mucha más diligencia las formas con que se honra a los dioses?
[11] ¿Qué decir, pues? Sin duda que la religión alude a un culto verdadero y la superstición a un culto falso. Y en términos absolutos, que lo que interesa es qué adoras y no cómo o con qué preces. Lo que pasa es que, como los adoradores de los dioses se consideran a sí mismos religiosos, cuando en realidad son supersticiosos, no pueden diferenciar la religión de la superstición, ni comprender el [12] significado de las palabras. Dijimos que el término religión significa atadura de piedad, ya que Dios ata al hombre a sí mismo y le ata con la piedad, ya que debemos servirle como señor y complacerle como padre. Por ello, pues, interpretó mejor el significado de este término Lucrecio, cuando [13] dijo que él «desataba los nudos de la religión» 153 . Y son llamados supersticiosos, no aquellos que desean que sus hijos sobrevivan (sean superstites) —cosa que todos deseamos—, sino aquellos que adoran el recuerdo supérstite de los muertos o que adoran en casa, en honor de sus antepasados, las imágenes supérstites de aquéllos como a [14] dioses penates. Efectivamente, a aquellos que adoptaban nuevos ritos para adorar como a dioses a hombres muertos, de los cuales pensaban que habían sido recibidos en el cielo, los llamaban supersticiosos, mientras que a aquellos que adoraban a los dioses públicos y antiguos los llamaban [15] religiosos. De ahí lo de Virgilio: «Superstición vana y desconocedora de los dioses antiguos» 154 .
[16] Ahora bien, como ya hemos descubierto que también los dioses antiguos fueron igualmente divinizados tras su muerte, hay que concluir que son también supersticiosos quienes adoran a muchos y falsos dioses, y que nosotros, que rogamos al único y verdadero Dios, somos religiosos.
Unidad del padre y del hijo
Quizás alguien se pregunte cómo es [29 ] posible que, tras decir que nosotros adoramos a un solo Dios, afirmemos, sin embargo, que hay dos: Dios padre y Dios hijo. Esta afirmación hace caer en un [2]gran error a muchos que, si bien consideran que todo lo demás que decimos es probable, piensan que sólo en esto nos hemos equivocado, ya que hablamos de otro Dios, incluso mortal.
Sobre su mortalidad ya hemos hablado. Hablemos ahora [3] de su unidad. Cuando decimos «Dios padre» y «Dios hijo», no nos referimos a dioses distintos, ni separamos el uno del otro, ya que ni el padre puede ser separado del hijo, ni el hijo del padre, por cuanto ni el padre puede ser llamado padre sin el hijo, ni el hijo puede ser engendrado sin el padre. Así pues, si el padre hace al hijo y [4] el hijo al padre, ambos tienen una sola mente, un solo espíritu, una sola substancia: lo que pasa es que aquél es como una fuente exuberante y éste como un río que sale de ella; aquél, como el sol, y éste como un rayo que sale del sol. Y éste, como es fiel y querido del sumo padre, [5] no se separa de él, como no se separa el arroyo de la fuente, ni el rayo del sol, ya que el agua de la fuente está en el arroyo y la luz del sol en el rayo; de igual forma, tampoco se puede separar la voz de la boca, ni la fuerza o la mano del cuerpo. Así pues, cuando los profetas llaman [6] a Cristo mano, fuerza o palabra de Dios, no hay ninguna diferencia, ya que tanto la lengua, oficiante de la palabra, como la mano, portadora de la fuerza, son partes inseparables del cuerpo.
Podemos recurrir a un ejemplo más apropiado. Cuando [7] alguien tiene un hijo y sólo a él ha escogido como partícipe de sus bienes, aunque el hijo esté en la casa y bajo la potestad del padre y se dé a éste el título y la potestad de señor, sin embargo, en derecho civil, hay una sola casa [8] y un solo señor. De la misma forma, este mundo es la única casa de Dios, y el padre y el hijo, que habitan juntos en este mundo, son un solo Dios, ya que uno equivale a [9] los dos y los dos equivalen a uno. Y esto no es extraño, ya que el hijo está en el padre, porque el padre ama al hijo, y el padre en el hijo, porque éste obedece fielmente la voluntad del padre y nunca hace ni ha hecho otra cosa que la voluntad y mandatos del padre.
[10] Finalmente, que tanto el padre como el hijo son un solo Dios lo demuestra Isaías en el ejemplo que pusimos más arriba con estas palabras: «Te adorarán y suplicarán, porque sólo en ti está Dios y no hay otro Dios que tú» 155 . Y en otro lugar dice igualmente: «Así dice el Dios rey de Israel y el Dios eterno que lo creó: ‘Yo soy el primero [11] y el último, y fuera de mí no hay otro Dios’» 156 . Si bien habla al principio de dos personas, la del Dios rey, es decir, Cristo, y la del Dios padre, que sacó al primero de entre los muertos tras la pasión —tal como dijimos que mostró el profeta Oseas con estas palabras: «Y le sacaré de las garras del otro mundo» 157 —, sin embargo añadió, refiriéndose a ambas personas: «Y fuera de mí no hay otro Dios», cuando pudo haber dicho «fuera de nosotros»; pero no era justo separar tan gran unión con un plural. [12] Y es que es uno, solo, libre, Dios sumo, sin origen, ya que él mismo es el origen de todas las cosas y en él están al mismo tiempo el hijo y todas las cosas. Por lo cual, si la mente y voluntad de uno están en el otro o, más bien, son una sola en ambos, con razón uno y otro es llamado Dios único, ya que lo que hay en el padre pasa al hijo y lo que hay en el hijo procede del padre. No puede, [13] pues, el sumo y singular Dios ser adorado sino a través del hijo. Quien adora sólo al padre y no al hijo, de la misma forma que no adora al hijo, tampoco adora al padre. Pero quien acepta al hijo y lleva su nombre, adora, juntamente [14] con el hijo, también al padre, ya que el hijo es el legado, el mensajero y el sacerdote del sumo padre. Él es la puerta del gran templo, el camino de la luz, el guía de la salud, la entrada de la vida.
Herejías y cismas entre los cristianos
Pero dado que ha habido muchas herejías [30 ] y que el pueblo de Dios se ha visto escindido por las asechanzas de los demonios, debemos delimitar brevemente la verdad y colocarla en su sitio, para que, si alguien desea beber del agua de la vida, no se acerque a fuentes secas que no tienen manantial, sino que conozca la fecundísima fuente de Dios, con cuya agua tendrá luz eterna. Ante todo conviene que sepamos que él mismo y [2] sus discípulos profetizaron que iba a haber muchas sectas que rompieran la concordia de este santo cuerpo, y conviene saber que nos aconsejaron que procuráramos con mucha prudencia no caer en los lazos y engaños de aquel enemigo nuestro con el que Dios quiso que lucháramos; y que entonces nos dieron preceptos concretos que deberíamos guardar para siempre. Pero muchos, olvidándose de esos [3] preceptos, tras abandonar el camino de Dios, se han buscado caminos desviados a través de rodeos y precipicios, a través de los cuales han conducido hacia las tinieblas a parte del pueblo incauto y simple. Voy a exponer ahora cómo sucedió esto.
[4] Hubo algunos de los nuestros que, ya porque tenían una fe poco estable, ya porque estaban poco instruidos o eran poco precavidos, provocaron una ruptura de la unidad [5] y separaron a la Iglesia. Aquéllos, cuya fe era resbaladiza, simulando conocer y adorar a Dios, pero intentando únicamente aumentar sus riquezas y gloria, aparentaban ostentar el sacerdocio máximo. Y derrotados por los buenos, prefirieron separarse con sus secuaces antes que soportar como jefes a aquellos a los que hubieran deseado [6] tener bajo su mando 158 . Otros cuantos, en cambio, no suficientemente instruidos en las letras divinas, al no poder responder a los acusadores de la verdad cuando éstos decían que era imposible o incongruente que Dios se encerrara en el vientre de una mujer, y que aquella majestad celestial no pudo llegar a tal extremo de debilidad como para servir de desprecio, burla, rechazo y chanza de los hombres, y como para tener que soportar al fin tormentos y [7] ser clavado en execrable patíbulo, como no podían rechazar ni refutar con su talento ni con sus conocimientos estos argumentos —y es que no veían en absoluto ni el sentido ni la razón de todo esto—, se apartaron del camino recto y rechazaron los escritos divinos, para prepararse una nueva doctrina sin ninguna base ni estabilidad 159 . [8] Otros, a su vez, engañados por los vaticinios de falsos profetas, sobre los cuales ya habían hablado los auténticos profetas y el propio Cristo, se alejaron de la doctrina de Dios y abandonaron la tradición verdadera 160 . Todos ellos, [9] enredados en los engaños demoníacos —engaños que debieron ver y precaver—, abandonaron por imprudencia el nombre y el culto divino. Efectivamente, en cuanto se [10] llaman frigios 161 , novacianos 162 , valentinianos 163 , marcionitas 164 , antropianos 165 o cualquier otra cosa, dejan de ser cristianos, ya que, perdido el nombre de Cristo, adoptaron términos referidos a hombres y extraños a aquél. Así pues, la única Iglesia católica es la que conserva el culto [11] verdadero: ella es la fuente de la verdad, la sede de la fe, el templo de Dios; si alguien no entra en ella o se sale de ella, está lejos de la esperanza de vida y salvación. A nadie le conviene, pues, condescender con los pertinaces [12] enemigos, ya que está en juego la vida y la salvación, las cuales —si no se mira con cuidado y diligencia por ellas— terminarán por perderse y desaparecer. De todas formas, [13] como cada uno de los grupos heréticos afirma que él es el más cristiano y que su Iglesia es la católica, hay que saber que la verdadera Iglesia católica es aquella en la que se mantiene la confesión y la penitencia, y la que perdona los pecados y heridas a los que está sometida la debilidad de la carne.
[14] Esto lo he dicho en pocas palabras con la única intención de hacer una amonestación, para que nadie, en su deseo de abandonar el error, caiga en uno mayor por no conocer los secretos de la verdad. En otro momento, y en una obra distinta y expresamente dedicada a ello, refutaré con plenitud y abundancia todas estas sectas de mentirosos 166 .
[15] Lo que procede ahora es que, dado que ya he escrito bastante sobre la verdadera religión y sabiduría, hablemos, en el libro siguiente, del bien.

1 Las estatuas.
2 Para Lactancio, en la época de Saturno reinó la justicia.
3 Los siete sabios de Grecia.
4 Tal es el significado del término «filósofo».
5 Siguiendo un motivo apologético muy conocido, Lactancio defiende que el pueblo hebreo es el antecesor del cristiano. De esta forma, se sale al encuentro de la acusación lanzada por los paganos en el sentido de que el cristianismo es una doctrina nueva.
6 Cf. 1, frg . 9.
7 El término familia (cf. famulus: «esclavo») se refería en un primer momento a los esclavos de un señor; el argumento de Lactancio se basa en que en el sintagma «padre de familia» el término «familia» se refiere a todos los que hay en la casa: hijos y esclavos.
8 La acción de liberar a un esclavo era conocida como manumisión.
9 Sabiduría y religión.
10 Cf. supra 1, 8, 1.
11 Leg . 1, 7, 22.
12 Cap. 3, 11-23.
13 Hemos traducido lo que es una laguna en la tradición manuscrita; ésta comprendería el párrafo «ni pudo ser engendrado por quienes son posteriores a él»; la laguna es llenada en el aparato crítico de la edición de BRANDT- LAUBMANN .
14 Una de las acusaciones que con más frecuencia se ha hecho a Lactancio es precisamente que acierta en su ataque con la filosofía y la religión paganas, pero es flojo en la exposición de la doctrina cristiana.
15 Se trata de Josué, sucesor de Moisés al frente del pueblo judío.
16 Nabucodonosor; cf. Reg . 2, 25.
17 Zacar . 1, 1: «El octavo mes del año segundo de Darío llegó la palabra de Yavé a Zacarías».
18 Como ya hemos dicho más arriba (cf. nota 5), éste es un motivo apologético común.
19 Lactancio pone, pues, en estrecha relación la creación de los ángeles como emanación del espíritu divino con la creación de Cristo (cf. V. LOI , Lattanzio ..., págs. 176 ss. y 203 ss.).
20 De nuevo, como ya hizo en el libro primero, va a recurrir al testimonio de los libros herméticos, transmitidos bajo el nombre de Hermes Trismegisto, y de los sibilinos.
21 Los escritos herméticos se conservan en tres grupos, como ya dijimos en el libro primero: el primer grupo se conserva en un manuscrito del s. IV ; el segundo es el diálogo Asclepios , en tres libros, cuyo original griego llevaba el título Logos teleios , «Palabra perfecta», que es el que cita aquí Lactancio: fue escrito alrededor del 270, y su traducción latina, que nos ha llegado bajo el nombre de Apuleyo, es de finales del siglo IV . El tercer grupo es una serie de fragmentos. La cita que aduce aquí Lactancio es de Asclepios 8.
22 Orac. Sibyl . 3, 774; el texto manuscrito de este oráculo sólo contiene el último verso que cita Lactancio; las palabras anteriores están tomadas por Lactancio de Teófilo, Ad Autol . 2, 36.
23 Orac. Sibyl . 8, 329.
24 Prov . 8, 22-29.
25 Estos fragmentos de los libros herméticos no se encuentran en ningún otro sitio. La única fuente es Lactancio.
26 «Cristo» significa «el ungido». Los reyes eran ungidos al entrar en el reinado.
27 La discusión que sigue entra dentro de la polémica antijudía y contra los traductores griegos, que preferían traducir el término hebreo Mesías con la palabra griega aleimmenos en lugar de Christos .
28 Odis . 4, 49.
29 Cap. 20, 24.
30 Cf. 1, 5.
31 Este texto no aparece literalmente en Jeremías, aunque tiene el mismo sentido que la frase que sigue al texto anterior. Probablemente Lactancio esté siguiendo la exégesis bíblica de algún padre de la Iglesia.
32 En época antigua varios libros figuraban bajo el nombre de Orfeo; estos libros fueron utilizados por los cristianos y neoplatónicos; las dos obras más conocidas eran Hieroi logoi («Sagradas palabras»), que era una teogonía, y Diathekai , que es el testamento de Orfeo, en el que se retracta de su politeísmo. Esta cita de Lactancio pertenece a la segunda de las obras: cf. OGILVIE , op. cit ., pág. 26.
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