Читать книгу: «La libertad del deseo»

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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2006 Julie Cohen
© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
La libertad del deseo, n.º 305 - enero 2021
Título original: Being a Bad Girl
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com
I.S.B.N.: 978-84-1375-191-7
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Capítulo 1
–Muy bien. A ver si lo he entendido. Tequila, después sal y…
Marianne colocó el salero sobre la coctelera.
–¡Así no! –exclamó Warren agarrando su mano–. ¡No se pone sal en el margarita, se pone en el borde del vaso!
Pero había sacudido la mano de Marianne al agarrarla y algo de sal cayó en el cóctel. Miró desilusionada la coctelera, pero se le pasó pronto y sonrió.
–Me parece que el tequila salado puede estar bueno –dijo mientras se llevaba el vaso a los labios–. ¡Vaya! Es… Es diferente –añadió con una mueca.
Warren no pudo evitar reírse.
–Vas a tener que practicar mucho antes de poder trabajar como camarera.
Marianne tiró la mezcla por el fregadero y lavó la coctelera.
–Dame un respiro, Warren, sólo hace un día que trabajo aquí. Lo intentaré de nuevo –le dijo mientras vertía una medida de tequila en el cilindro de aluminio.
–Muy bien, nada de sal. ¿Qué añado ahora?
Su primo apoyó una cadera en la barra, parecía algo más tranquilo.
–Licor de naranja, sólo un chorrito.
Marianne tardó unos segundos en encontrarlo. Colocó la botella sobre la coctelera, pero el tapón se salió y cayó más de la cuenta en la mezcla de tequila.
–¡Marianne!
La atractiva cara de Warren reflejaba toda su desesperación. Marianne lo miró y le entró tal ataque de risa que tuvo que apoyarse en la barra.
–¿Cómo…? ¿Por qué…? –tartamudeó Warren desesperado–. Menos mal que sé que eres licenciada y conseguiste un máster en una de las universidades más prestigiosas del país, porque cualquiera que te vea hacer cócteles pensaría que eres tonta.
–No me enseñaron a hacer esto en el máster de negocios, lo siento –repuso ella mientras se apartaba algún mechón moreno de la cara.
–Bueno, supongo que tampoco saliste demasiado por la noche mientras estuviste estudiando, ¿no?
–Por eso siento ahora la necesidad de recuperar el tiempo perdido –replicó con una sonrisa.
Warren echó la mezcla en el fregadero y miró a su prima a los ojos.
–Sabes que puedes agotar mis existencias de tequila si eso es lo que quieres, pero la verdad es que ha sido una sorpresa verte aquí.
Marianne llenó un vaso de agua mientras pensaba en cuánto debería contarle a su primo.
–Lo tienes todo en Webb –siguió él–. Eres la reina de esa ciudad. Fuiste la mejor alumna del instituto, la reina de la fiesta durante dos años consecutivos…
–Tres.
–Tres. Eres más guapa aún de lo que pensaba. Conseguiste un máster en Duke como tu padre. He oído que tu prometido es muy apuesto y que tienes un excelente puesto de trabajo en Industrias Webb. Tienes toda la ciudad a tus pies. En realidad, todo el estado de Carolina del Sur. ¿Por qué has aparecido aquí en Maine de repente para aprender a hacer margaritas?
Marianne suspiró.
–Estoy harta de ser Marianne Webb.
Hasta tal punto había estado presionada en ese sitio que había llegado a padecer un desorden alimenticio, pero ya lo había superado y no le pareció oportuno decírselo.
–Sólo quiero poder ser anónima, Warren. Quiero ser una camarera anónima en una ciudad que no conozco –le dijo bebiéndose el agua de un trago y dejando el vaso con fuerza sobre la barra.
–Y quiero divertirme. Ya es hora. Quiero hacer cosas por diversión y sin pensar. Quiero soltarme el pelo, salir a bailar y no tener que preocuparme por lo que la gente va a decir de mí al día siguiente. Quiero salir de marcha y no volver hasta que amanezca, después dormir hasta mediodía. Quiero nadar desnuda, conducir deprisa y estar con hombres poco adecuados. Sobre todo esto último.
–Entonces, me imagino que ya has roto el compromiso con Don Perfecto, ¿no?
Marianne rió con amargura.
–Sí, Jason y yo somos historia.
–¿Qué es lo que ha pasado? Pensé que lo vuestro era para siempre.
–A Jason le encantaba que yo fuera una mujer con éxito y que hubiera sido elegida reina de la belleza en varias ocasiones. También le gustaba mucho que mi padre fuera el hombre más rico de la ciudad. Creía que hacíamos muy buena pareja y que tendríamos un montón de niños muy guapos. Pero no me quería. Sólo quería lo que yo representaba en su vida.
Y Marianne quería dejar todo eso atrás.
–Lo siento, cariño –le dijo Warren–. Cuando nos escribíamos por correo electrónico, me parecía que estabas muy segura sobre lo que sentías por él. Pensé que habías encontrado tu media naranja.
Ella negó con la cabeza.
–Pensaba que Jason era el tipo de hombre con el que tenía que casarme, pero no lo quería y él tampoco a mí. Intenté convencerme de lo contrario porque él me parecía perfecto. Romper con él no me ha roto el corazón y no estoy buscando revancha. Lo único que quiero es cambiar de vida.
–Así que la buena de Marianne Webb hizo las maletas hace un par de días y vino para aquí decidida a renacer como persona, como una chica mala.
–Así es.
–Bueno, has elegido la mejor noche. No sé si serán tan malos y rebeldes como los quieres, pero este sitio estará lleno de hombres dentro de hora y media. Hoy tenemos una subasta benéfica de solteros.
–¡Vaya! Creo que será una buena noche –repuso con una sonrisa pícara–. ¿Vas a pujar?
Warren negó con la cabeza.
–No, seguro que todos son heterosexuales. ¡Qué lástima! Pero no me quejo. Dentro de una hora, el bar estará lleno de mujeres pujando para conseguir uno de los solteros. Tu primera noche trabajando en el local será bastante ajetreada. Tú te encargarás de recoger vasos y cosas de las mesas; así te irás haciendo con el sitio, ¿de acuerdo?
–Puedo trabajar tras la barra –protestó ella mientras tomaba la botella de licor de naranja.
–Sé que puedes hacer cualquier cosa, basta con que te lo propongas. Pero, por esta noche, quiero que te encargues simplemente de recoger las mesas. Es mejor empezar poco a poco. No quiero que acabes con todas mis bebidas. Además, puede que veas algún soltero que te interese. ¿Quién sabe?
–¿Qué es lo que consiguen al pujar? ¿La que gana tiene una cita con uno de los hombres?
–Sí, creo que sí. Pero en cuanto pagues por él, el soltero elegido y tú podéis acordar lo que os parezca más adecuado.
El teléfono sonó en la parte de atrás y Warren fue a por él.
Marianne se quedó pensando en lo que acababa de decirle. Creía que le vendría bien, ahora que había decidido ser una chica mala, hacerse con la compañía de un chico malo. Necesitaba un hombre salvaje, inquieto y tremendamente sexy.
Sonrió. Lo cierto era que no sabía si podría identificar a un chico así, nunca había conocido a ninguno. Creía que no lo reconocería aunque lo tuviera delante de sus narices.
Se sirvió un poco de tequila en un vaso y lo levantó.
–Por los chicos malos –dijo antes de beberlo.
–No me puedo creer que haya dejado que me convencieras para participar en una subasta para vender mi cuerpo en el mercado –le dijo Oz.
Se miró en el espejo del salón de Jack. Iba vestido de cuero. La chaqueta era suya y no le parecía demasiado extravagante. Las botas estaban cubiertas de clavos y cadenas. Se imaginó que a algunas personas les iban ese tipo de cosas, por ejemplo a los sadomasoquistas. Pero además llevaba pantalones de cuero negro que ceñían sus piernas y una camiseta con el logotipo de Harley Davidson que le había dejado Jack.
–Creo que los pantalones de cuero son demasiado.
–No, son perfectos –le aseguró Jack–. A las chicas les encanta ese rollo.
–Bueno, supongo que tú eres el experto.
–Hoy en día, sólo soy experto en Kitty. Y ella te diría que tengo razón –le dijo mientras miraba a su amigo–. Pero falta algo, quítate la chaqueta y la camiseta.
Oz negó con la cabeza.
–No, de eso nada. No me he pasado nueve años estudiando en la universidad para después prostituirme desnudo encima de un escenario.
–Relájate –le dijo Jack–. No se trata de que vayas desnudo. Aunque creo que podrías recaudar mucho dinero para la causa si lo hicieras. Sólo quiero que me des la camiseta. Y recuerda que todo esto es para construir el centro de jóvenes. Es por una buena causa. Yo mismo saldría al escenario medio desnudo si no estuviera felizmente casado.
Oz suspiró y se quitó la chaqueta y la camiseta.
–No creo que vaya a funcionar –le dijo dándole la prenda a su amigo–. ¿Quién va a creerse que esto es mi atuendo habitual?
–Nadie. Ya lo sé. Portland es una ciudad pequeña y la mayor parte de las mujeres saben que eres el doctor Óscar Strummer, psicólogo clínico, profesor de universidad y soltero de oro. Pero vestido así les ofreces una fantasía que va a resultarles muy atractiva.
Con rápidos movimientos, Jack arrancó una de las mangas de la camiseta y después la otra.
–Ya está. Póntela ahora. Ahora pareces Oz, motorista duro y salvaje. Hazme caso, las pujas van a ser muy altas. A todas las mujeres les gustan los hombres responsables e inteligentes, pero que también sean capaces de hacer alguna locura.
Oz tomó la camiseta y volvió a ponérsela.
–¡Vaya! –exclamó alguien detrás de él.
Se giró y se encontró con Kitty, la mujer de Jack. Estaba apartándose su roja melena de la cara para poder verlo mejor.
Oz se miró de arriba abajo.
–¿Te gusta el conjunto que llevo? –le preguntó.
Kitty asintió con entusiasmo.
–Sí, claro. Estás muy buen. Pujaría por ti.
–¿Ves? –le dijo Jack orgulloso mientras tomaba la mano de su esposa–. Será mejor que no te guste mucho, cariño –añadió mirando a Kitty.
Ella lo besó en la mejilla.
–¿Por qué no te compras unos pantalones de cuero, Jack? Creo que esa imagen de motorista salvaje te quedaría muy bien.
Oz se miró en el espejo de nuevo. Intentó peinar su pelo rubio pero, como de costumbre, no le sirvió de mucho.
«Eres demasiado mayor y exitoso para sentir envidia de tu mejor amigo», se dijo.
Jack Taylor nunca se había planteado casarse, al menos hasta que conoció a la mujer de sus sueños. Óscar Strummer, en cambio, siempre había soñado con casarse y aún no había conocido a la persona adecuada.
–Cualquiera pensaría que teniendo una doctorado en psicología podría controlar mi propia mente –murmuró Oz mientras se ajustaba los pantalones.
Esa prenda hacía que se sintiera desnudo, a pesar de que llevaba unos vaqueros viejos debajo de los pantalones de cuero.
–Olvídate de tus títulos –le dijo Jack acercándose a él por la espalda–. Esta noche, sólo eres el objeto sexual de un montón de mujeres. Relájate y disfruta del momento.
–Pero antes, dame tu brazo –pidió Kitty mientras lo tomaba de la mano–. No te va a hacer daño –le aseguró mientras colocaba un trozo de papel en la parte superior de su hombro.
–¿Es un tatuaje temporal? –preguntó Oz resignado.
–Así es. Vas a quedar estupendo.
–Creo que no me ponía un tatuaje falso desde el instituto. Cuando Jack y yo nos los pegábamos para parecer mayores y poder comprar cerveza.
Kitty movió la cabeza con incredulidad.
–Las chicas se ponen maquillaje para parecer mayores y los chicos tatuajes. ¿Pudisteis comprar cerveza?
–¡Qué va! Tenía dieciséis años, pero aparentaba doce, a pesar del tatuaje –le dijo Oz–. Creo que era el mayor empollón del instituto.
–Ya está –dijo Kitty mientras retiraba con cuidado el papel y contemplaba el fruto de su esfuerzo.
En medio de sus bíceps había una espada con una serpiente enroscada a su alrededor. Dos símbolos muy fálicos. Estaba claro que Jack y Kitty no intentaban ser sutiles.
–Bueno, ya no pareces un empollón. Ni tampoco aparentas doce años –le dijo ella con una sonrisa–. ¿Cuánto mides? ¿Uno noventa?
–Algo más con estas botas.
–Vas a estar genial encima de la moto.
Oz la miró extrañado.
–¿Qué moto?
–Ven conmigo afuera –le dijo Jack sonriendo.
No podía creérselo, pero cuando los siguió afuera y bajó las escaleras de su casa vio lo que había aparcado al lado de la acera. Era una motocicleta Harley Davidson, brillando con intensidad a la luz de las farolas, decorada con colores encendidos y metálicos detalles.
Le parecía increíble que hubieran llegado tan lejos.
Durante unos segundos, se quedó parado contemplando la moto. Se imaginó conduciéndola, haciendo que su motor rugiera y consiguiendo hacer un caballito.
Pero volvió a la realidad muy pronto. Era un médico serio y respetado y un profesor de universidad muy prestigioso.
–No voy a ir en una Harley –les dijo.
Kitty se adelantó y comenzó a acariciar el manillar cromado de la moto.
–Es preciosa, ¿verdad? Mi hermano Nick nos la ha prestado durante el fin de semana. Es su mayor orgullo. La quiere como a una hija. Y es muy rápida.
Oz se dio entonces cuenta de lo que había estado pasando. A pesar de ser un hombre inteligente, había sido bastante lento esa vez.
Todo parecía preparado. La camiseta, las botas, el tatuaje, los pantalones de cuero. Y ahora la moto. No era algo que cualquiera pudiera juntar en cinco minutos.
–Llevas mucho tiempo planeando todo esto, ¿verdad? –le preguntó a Jack.
Su amigo, sabiéndose descubierto, levantó las manos en señal de rendición.
–Es por tu bien, Oz. Necesitas tener a una mujer en tu vida. ¿Es que crees que no he notado que no has salido con nadie desde hace casi un año?
–Mi hermana de diecinueve años ha estado viviendo conmigo –protestó Oz–. No es como si tuviera el piso para mí solo. Y no he tenido tiempo para salir con nadie desde que ella se fue. Tengo más clases en la universidad, además del tiempo que mis pacientes necesitan.
Kitty acarició su brazo con amabilidad.
–Creo que eso es parte del problema, Oz. Trabajas todo el tiempo, casi nunca descansas. Nos preocupas.
Él también se había dado cuenta de que trabajaba demasiado. Lo sabía mejor que nadie.
Creía que se trataba de una estrategia de desplazamiento. Notaba que una parte de su vida estaba vacía y la llenaba centrándose en otra área, el trabajo y su carrera profesional. Las relaciones personales no existían y sólo le satisfacía su trabajo, donde tenía éxito de verdad.
Sabía lo que estaba haciendo y por qué.
Pero eso no parecía ser suficiente para cambiar la situación y evitar que ocurriese.
–Venga, hombre. Te garantizo que si vas a la subasta subido en esta maravilla, tendrás en tu bolsillo los teléfonos de cinco chicas antes de bajarte de ella. Y una de esas mujeres pagará dinero para tener la oportunidad de salir contigo. Dinero que, como recordarás, va a una buena causa –le dijo–. Queremos que te diviertas. Que encuentres una chica que te guste y salgas con ella unas cuantas veces. Puede que incluso tengas suerte y acabéis en la cama –añadió con un susurro.
Oz miró a sus amigos y a sus caras de preocupación. Después volvió a mirar la Harley. Esa moto era un icono de la libertad.
No era la solución a sus problemas. Eso lo tenía claro. Pero le daría la oportunidad de olvidarse de ellos durante unas horas.
Atravesó el césped y se sentó en la moto. El cuero se ajustó inmediatamente a la forma de su cuerpo. Su mano se adaptó al acelerador como si no hubiera hecho otra cosa en su vida.
–Hace ocho años que no me subo a una motocicleta –les dijo.
–Dicen que es como montar en bicicleta –repuso Jack–. Aunque bastante más rápida.
Kitty le entregó las llaves.
La Harley se encendió y vibró entre sus piernas, volviendo a la vida. Tocó el acelerador y todo el mundo se movió a su alrededor. Se despidió de sus amigos con un ademán.
Sabía que Jack tenía razón al menos en una cosa. Iba a acabar la noche con una mujer de un modo u otro, por algo se trataba de una subasta de solteros.
Se preguntó qué tipo de mujer sería.
La sala estaba repleta.
Marianne volvió como pudo a la barra, dejó encima la bandeja con los vasos vacíos y se limpió la frente con el brazo. Sólo llevaba vaqueros, sandalias y una camiseta de algodón sin mangas, pero hacía muchísimo calor esa noche en el bar de Warren. Parecía que en Maine la gente no usaba el aire acondicionado en el mes de octubre.
Pero lo cierto era que se lo estaba pasando bien.
Ya habían subastado una docena de solteros. Por lo que había oído, entre ellos había un abogado, un pescador de langostas, un vendedor, un mecánico, un profesor y un electricista.
Cada uno de ellos había salido a escena al ritmo de la música. Caminaban hasta el centro del escenario y se detenían allí para que las mujeres pudieran observarlos con detalle. La directora del centro juvenil, una mujer de unos cincuenta años, anunciaba el nombre, profesión y lugar de nacimiento del candidato.
Un par de ellos habían sido bastante monos. Pero la mayoría eran normales. No se trataba de una subasta de gente famosa, sino de gente de la ciudad que quería participar en el evento benéfico para echar una mano. El aspecto del soltero no importaba demasiado, al menos no tanto como el recaudar dinero para la causa.
Cada vez que salía uno nuevo, las mujeres presentes en la sala lo recibían con gritos, aullidos y aplausos. También se oían muchas risas.
No era un evento decoroso ni muy correcto. Nadie parecía preocupado por mantener las apariencias.
Nadie se lo tomaba demasiado en serio. Y los solteros menos que nadie. Pero por debajo del buen humor y la diversión había una corriente de calor que estaba cargando el ambiente del bar.
Más de una vez, al recoger un vaso o limpiar una mesa, había encontrado algo especial en la mirada de alguna mujer. No era entusiasmo por la apuesta, era más que eso, era simple y puro deseo. Una mujer podía estar pujando para conseguir una cita, pero aspiraba a mucho más.
Y eso era más que diversión, era muy excitante.
Se metió tras la barra del bar y se sirvió un vaso de agua. Se abanicó con la mano mientras miraba desde allí el local. No lo había conocido hasta el día anterior, pero era exactamente como se lo había imaginado. Desde niños, su primo siempre había coleccionado extraños objetos. Le gustaban los adornos para el jardín, la cerámica un poco especial, las obras de arte antiguas. Su bar era vivo, lleno de cosas y colores. Tenía ornamentos y reliquias de sus tiempos como pinchadiscos en Nueva York.
Escuchó de repente el sonido de las guitarras y la batería. Reconoció al instante la canción. Era Born to be wild. Una canción perfecta para su estado de ánimo. Miró el escenario con una sonrisa en los labios. Se preguntó cómo sería el soltero que iba a salir.
Pero el escenario estaba vacío. Creció la expectación entre el público femenino. Marianne podía sentir el estridente sonido de la canción en su corazón, como si estuviera también latiendo en su interior.
Entonces oyó otro sonido, el de un motor. Y en el escenario apareció una extraordinaria imagen para la que no estaba preparada.
Apenas distinguió la moto. Sólo vio el rápido contorno nervioso de la máquina y sus colores, rojo y plateado. Pero apenas se fijó en la moto, sólo tenía ojos para el conductor.
Era alto, grande y fuerte. Llevaba una camiseta negra sin mangas que dejaba entrever los músculos de sus brazos. Vio un tatuaje en uno de ellos. No estaba segura, pero le pareció que con sus grandes manos podría abarcar su cintura completamente.
Ese pensamiento hizo que se le quedara la boca seca, a pesar de que acababa de beberse un vaso de agua.
Era rubio. Algunos mechones eran muy blancos, como si los hubiera aclarado el sol. No lo llevaba muy largo para ser un motorista, pero era bastante salvaje, como si lo agitara el viento.
–Después de esa entrada, señoras, Oz no necesita más presentación –dijo la anfitriona del evento–. ¿Quién quiere empezar a pujar por nuestro motorista? ¿He oído ochenta dólares?
Un montón de manos se alzaron en la sala y el chico sonrió. Tenía una boca grande, labios sensuales y unos dientes blancos y perfectos. Daba la impresión de que le gustaba sonreír.
–¡Vaya! ¡Eres guapísimo! –susurró Marianne.
Se quedó absorta mirándolo mientras se sujetaba al borde de la barra. Desde la distancia, intentaba averiguar de qué color eran sus ojos.
–Cien dólares ofrece la señora de azul. ¿He oído ciento veinte? Muy bien. Ciento veinte para la mujer de al lado de la barra. ¿Quién ofrece ciento cincuenta?
La presentadora había dicho que se llamaba Oz. Le pareció que era un buen nombre para un motorista. Como el mago de Oz, sería un mago sobre la moto.
Se preguntó si también sería un mago en la cama.
Sólo pensar en ello hizo que se quedara momentáneamente sin respiración.
Unos pantalones de cuero negros cubrían sus largas piernas. Marianne se imaginó el olor de la piel y la calidez del tejido al estar en contacto con él.
Tenía un cuerpo realmente espectacular. Había músculos por todas partes. Era un hombre al cien por cien. Desde su pelo rubio hasta la punta de sus botas. Todo él era testosterona.
Peligroso.
–Y van doscientos cincuenta dólares. Chicas, es la puja más alta de la noche por ahora. Subamos tanto como podamos. Recuerden que se trata de una buena causa. Y de una cita con Oz, por supuesto. ¿Quién ofrece trescientos dólares?
Aún había manos elevadas que impedían que lo viera con claridad. Se puso de puntillas para poder verlo mejor.
Pero no era suficiente. Los brazos le bloqueaban la vista. La puja se hacía cada vez más intensa.
Marianne colocó las manos sobre la barra y se subió a ella de un ágil movimiento. Se quedó de rodillas sobre la resbaladiza superficie de madera.
Desde allí veía bien. Lo suficiente como para observar que el tatuaje representaba una serpiente y una espada.
Se imaginó que no sería un hombre educado, que no estaría preocupado por respetar las normas. Seguro que hacía siempre lo que quería, sin importarle las consecuencias.
Estaba segura de que ese hombre era un chico malo, el peor que había visto en su vida.
Él la vio sobre la barra del bar. Se miraron a los ojos y él le sonrió. Le sonrió y aceleró el motor al mismo tiempo.
Su sonrisa le recorrió todo el cuerpo como una corriente eléctrica. Y supo en ese instante que él era exactamente la razón por la que se había ido de casa.
Se puso de pie en la barra. Levantó la mano y gritó a pleno pulmón para que la presentadora la oyera.
–¡Tres mil dólares! –exclamó.
Y después se bajó deprisa, sorteando a todo el público presente para llegar al escenario y reclamar a su hombre.
Capítulo 2
Marianne estaba sudando y no sabía si era por el calor que hacía en la sala o por culpa de él. Para cuando llegó al escenario, una fina película de humedad cubría su piel.
A mitad de camino se dio cuenta de que todo el mundo estaba aplaudiéndola. Unas cuantas mujeres la felicitaron. Pero ella apenas se dio cuenta, estaba demasiado ocupada viendo cómo su chico malo se bajaba de la moto y se acercaba al borde del escenario. La estaba esperando con una gran sonrisa iluminando su apuesto rostro.
La tarima no era muy alta, apenas un metro de elevación, pero el hombre parecía un gigante desde el suelo. Se inclinó y alargó las manos hacia ella. Marianne las aceptó y el corazón le dio un vuelco cuando él la levantó del suelo y la dejó sobre la plataforma.
–Hola –le dijo él con una voz profunda y cálida–. Soy Oz.
–Hola, yo soy Marianne –repuso ella sin soltarle las manos.
–Todos te están aplaudiendo, Marianne.
–¿En serio?
Pensó en echar un vistazo al público, pero no podía dejar de mirar a Oz.
–En serio –repuso él soltando sus manos y tomándola en brazos con rapidez y agilidad.
Ella rodeó su cuello con las manos. Uno de los brazos de Oz sostenía sus piernas, el otro la parte de alta de su cuerpo. Su mano descansaba sobre las costillas, justo por debajo de su pecho. La mejilla de Marianne estaba al lado de su hombro desnudo. Le hubiera encantado poder saborear su piel.
–Venga, saluda a la gente –le dijo él.
Estaba tan cerca de su cara que pudo oler la pasta de dientes cuando le habló. Parecía que acababa de afeitarse.
Aquello le sorprendió, pero se imaginó que los motoristas también se afeitaban y cepillaban los dientes.
Ella saludó con una de las manos, manteniendo la otra en el cuello de Oz. La gente aplaudió y gritó con más fervor aún.
–¿Por qué están aplaudiendo? –preguntó ella algo confusa.
–Bueno, te has puesto encima de la barra y gritado una puja que es diez veces mayor que el precio de salida. Creo que los has impresionado.
–¿Y a ti?
Él lo miró a los ojos. Se dio cuenta de que eran de color avellana. Aquello tampoco se lo esperaba. Creía que serían negros como la noche o azules como los de un lobo.
–A mí también me has impresionado.
No sabía por qué, pero tenía ganas de besarlo. A pesar de que sólo hacía cinco minutos que lo había conocido.
Aunque en realidad, no lo conocía en absoluto. Aun así, tenía tantas ganas de besarlo que tuvo que morderse el labio para contenerse.
Fue él el que la besó entonces.
Sus labios, suaves y firmes, la pillaron por sorpresa, pero no le pareció inadecuado. Marianne cerró los ojos y apretó con más fuerza su cuello. Él alargó el beso y oyó cómo respiraba por la nariz, inhalando su aroma.
Cuando soltó el aire, una suave brisa le acarició la mejilla y pudo oír, en la parte de atrás de su garganta, un gemido sólo ahogado a medias.
El corazón comenzó a latirle con fuerza y le zumbaban los oídos.
Cuando dejó de besarla, se dio cuenta de que todo el mundo estaba aplaudiendo y gritando con más fuerza aún.
Acababa de tomar a una completa extraña en brazos y besarla frente a un bar lleno de mujeres enloquecidas y entusiasmadas.
A pesar de todo, creía que era lo mejor que había hecho en mucho tiempo. Mejor incluso que montarse en la Harley Davidson. Y eso era mucho decir, porque la moto era una máquina extraordinaria.
Ella era preciosa. Delgada, con piernas largas y pelo castaño oscuro que se escapaba de su cola de caballo. Llevaba unos vaqueros que resaltaban sus curvas y una camiseta que se ajustaba a su pecho y dejaba a la vista sus hombros y clavículas.
Por debajo de la camiseta podía incluso descubrir parte de su escote y un delicado sujetador de encaje. Sintió cómo se le paralizaba el aliento en la garganta.
No había podido dejar de mirarla desde que la viera arrodillarse sobre la barra. Era lo bastante guapa como para ser modelo o actriz y tenía la elegancia de movimientos de una bailarina. Pero lo que de verdad le había llamado la atención había sido su piel. Parecía clara, suave y tersa.
La tenía tan cerca que podía admirar con detalle su perfección. El pecho le brillaba como si estuviera cubierto de una tenue lámina de sudor. Tenía las mejillas coloradas y le brillaban tanto como sus hermosos ojos azules. Su piel era perfecta, suave y cremosa y su perfume ligero y femenino. Había dejado que ese aroma lo embriagara cuando la besó.
No podía creerse que esa exquisita criatura fuera a pagar tres mil dólares por él. También le resultaba increíble que hubiera respondido a su beso como lo había hecho, abrazándolo con fuerza y arqueando su cuerpo hacia él.
–Estoy un poco aturdido –le dijo.
–Yo estoy completamente aturdida –confesó ella.
Tenía un acento suave y lento. Su voz se introdujo en algún lugar de su pecho, haciendo que le fuera más difícil aún respirar.
Ella le sonrió y dos hoyuelos se formaron en sus mejillas.
Sintió el deseo irracional de besarla de nuevo. También sintió que algo cobraba vida entre sus piernas.
Era lo peor que le podía pasar. Estar en medio de un escenario con una preciosidad en los brazos y que toda la multitud se diese cuenta de que estaba excitándose.
Se giró y fue hacia la moto. Con cuidado, dejó a Marianne en la parte de atrás. Se montó y salió lentamente del escenario.
En la parte de atrás había puertas dobles que daban directamente al aparcamiento. Se dirigió hacia ellas. Sintió la brisa nocturna refrescar su cara y sus brazos desnudos mientras salían del edificio.
Pero el calor que recorría sus piernas y se hacía evidente en su entrepierna seguía allí. No entendía cómo podía seguir oliendo su aroma si ella iba detrás y el viento le golpeaba la cara, pero tenía claro que seguía inhalando su esencia.
A lo mejor se trataba de una locura temporal o de alucinaciones olfativas.
Oz sacudió la cabeza. No entendía lo que pasaba, ni siquiera había hablado con esa mujer durante más de un minuto.
Apagó el motor y bajó la pata de cabra de la moto para sostenerla. Se bajó y le ofreció la mano para ayudarla.
El silencio era absoluto allí fuera y sólo los iluminaba una tenue farola. Era muy consciente de que aún tenía una erección y de que no sabía qué hacer.
–Bueno, encantado de conocerte, Marianne –le dijo.
Le pareció patético, pero no se le ocurrió otra cosa.
–Yo también estoy encantada, Oz –repuso ella de nuevo con su suave acento.
–No eres de por aquí, ¿verdad?
–No, llegué ayer mismo. ¿Cómo lo has sabido?
–Por tu acento. Pareces una dama del sur, como la Escarlata O’Hara de Lo que el viento se llevó.
Y también se parecía a ella un poco, con su pelo brillante y sus relucientes ojos. Se llevó las manos a la cadera e hizo un mohín, resaltando la similitud entre ambas mujeres.
–Y tú pareces el típico yanqui. Lo que el viento se llevó tenía lugar en Georgia. Yo soy de Carolina del Sur, nuestros acentos no se parecen en absoluto.
–Muy bien –repuso él sonriendo–. Supongo que si alguien me dice que hablo como alguien de Boston también me sentiría ofendido.
–No sé cómo hablan los de Boston, pero la gente de Maine tiene un acento que me hace bastante gracia. Habláis un poco como los ingleses. No sé por qué no pronunciáis las erres al final de las palabras.
–No tenemos nada en contra de las erres. De hecho, nos gustan tanto que las reservamos para ocasiones especiales.
–Bueno –dijo mirándolo con la cabeza ladeada–. Creo que esto es una ocasión bastante especial, ¿no te parece?
–Pues sí –repuso él–. Rrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr…
Marianne se carcajeó con ganas. Era una risa profunda y gutural. Una risa casi indecorosa.
No pudo evitar pensar en cómo sonarían sus gemidos si la tocaba. Se imaginó recorriendo sus pálidos muslos con las manos y oyendo sus gritos y gemidos.
Al parecer, además de alucinaciones olfativas también estaba sufriendo otras auditivas. De repente, estaba obsesionado con ella y no dejaba de imaginársela en situaciones muy íntimas. Creía que estaba volviéndose loco.
Pero nunca se había sentido tan bien.
–¿Te gusta este sitio?
–Sí –repuso ella mientras recorría su cuerpo con la mirada.
Al llegar a la entrepierna, vio cómo los ojos de Marianne se agrandaban. Estaba claro que se había dado cuenta de lo excitado que estaba y de la reacción que ella estaba teniendo en él. Esos pantalones de cuero no hacían nada por disimular lo evidente.
Ella volvió a mirarlo a la cara y vio cómo sus mejillas se sonrojaban de nuevo. Marianne dio un paso para acercarse a él. Estaba lo bastante cerca como para sentir su aroma de nuevo y el calor que emanaba de su cuerpo. Sus pechos estaban a sólo un par de centímetros de su torso.
–Me gusta mucho –añadió ella.
La invitación era muy clara. Quería que Oz hiciera lo que más le apetecía en ese momento. Y eso era enredar las manos en su pelo, echarle la cabeza hacia atrás y besarla de nuevo. Esa vez, sería un beso más apasionado. Llenaría su boca con el sabor de Marianne mientras su cabeza seguía emborrachada con su aroma. Quería deslizar las manos por debajo de la camiseta y sentir su piel.
Levantó la mano para tocarle el pelo, pero la dejó caer de nuevo.
Su cuerpo la deseaba y era evidente que a ella le pasaba lo mismo. Pero eran algo más que dos cuerpos.
–Acabas de llegar a Portland –le dijo–. No sabes nada de mí.
Ella siguió sonriéndole.
–Sé que me gusta tu Harley y que me gusta tu aspecto –repuso ella mientras le tocaba la pierna y acariciaba el suave cuero negro–. Y sé que me gustas lo suficiente como para pagar tres mil dólares por tener una cita contigo.
Pero la moto era prestada y la ropa también. Le gustaban todas las cosas de él que no eran realmente suyas. Creía que había acertado al no querer llevar su relación física un poco más lejos. Dio un paso atrás.
–Creo que eso no es suficiente, ¿no te parece?
–¿Tres mil dólares no es suficiente por una cita? –repuso ella con incredulidad.
–No. Lo que creo es que el hecho de que te gusten mi moto y mi apariencia no es suficiente para que pienses que te gustaría tener algo conmigo –le dijo él con sinceridad.
Igual que él debía recordar que sus hoyuelos, su risa, su acento y su piel perfecta no eran motivos suficientes como para tener una historia con ella. No eran buenos cimientos para una relación.
Por supuesto, también le gustaban sus piernas, sus besos, sus vivos ojos azules, su pelo y el descaro con el que se había subido a la barra del bar para pujar por él. Además de la generosidad que había demostrado al entregar tres mil dólares a una buena causa.
Pero tenía que convencerse de que todo eso tampoco era suficiente.
Pensó que a lo mejor podía conocerla un poco mejor y darse una oportunidad.
–¿Qué estás haciendo en Portland?
Ella se retiró de la cara algunos mechones que habían escapado de su cola de caballo.
–Trabajo como camarera en el bar de Warren –le dijo–. Y estoy buscando alguien como tú. Aunque no te conozco demasiado –añadió–. Por ahora.
–¿Y por qué estás buscando alguien como yo?
La expresión de la cara de Marianne hizo que se quedara sin aliento. Ella ni siquiera se movió, pero el aire entre ellos pareció espesarse por momentos, tal era la tensión sexual entre ellos.
–Estoy buscando una fantasía. Y creo que tú puedes proporcionármela.
Y con esas palabras, consiguió que su libido entrase en directa lucha con su sentido común y con su naturaleza responsable. Intentaba controlar la peor parte de sí mismo para no dejarse llevar.
Su miembro viril no era lo único que se había endurecido en su cuerpo. Cada músculo de su ser estaba en tensión. Tenía las manos cerradas en puños para controlarse y no tocarla. Quería hacer realidad la fantasía de Marianne allí mismo y en ese instante, en medio del aparcamiento.
–¿De qué tipo de fantasía estás hablando? –preguntó él intentando aparentar calma sin conseguirlo.
Ella se quedó pensando unos segundos. Aunque a él le parecía que ella tenía muy claro lo que iba a decirle.
–Bueno, Oz, para empezar, me gustaría que me llevaras a dar una vuelta en tu Harley. Nunca he montado en la parte de atrás de una moto.
–¿Y después?
–Después, haremos lo que nos apetezca –repuso ella sin dejar de mirarlo fijamente con sus ojos azules.
Y entonces le guiñó un ojo. Le pareció lo más sexy que había visto en su vida.
«Una cita no consiste en atacar a una mujer que acabas de conocer en un aparcamiento detrás de un bar», se recordó Oz.
–Después de pagar tres mil dólares, creo que debería llevarte a un restaurante caro e intentar conquistarte –le dijo.
Aunque dudaba que fuera a encontrar un restaurante de lujo en Portland donde aceptaran a un hombre vestido de cuero y a una mujer con vaqueros y sandalias a esas horas de la noche.
Ella levantó una mano y tocó el logotipo de Harley Davidson de su camiseta.
–Pues yo creo que ya me has conquistado –le dijo.
Esa mujer estaba consiguiendo hacer que quisiera abrazarla en ese mismo instante.
–Te gusta mucho toda la estética de los motoristas, ¿no?
Ella asintió.
–Sí, me gusta. Sobre todo porque pareces un chico malo.
Atónito, se dio cuenta de que ella creía que era un chico malo, un motorista duro y rebelde.
Oz se pasó las manos por el pelo. Él podía ser muchas cosas, pero no era un chico malo, eso lo tenía muy claro.
–Marianne, hay algo que deberías saber –comenzó.
Algo en la manera en la que había hablado hizo que Marianne cambiara de expresión y entrecerrase los ojos. Se retiró ligeramente de su lado. Casi parecía estar sufriendo o estar desesperada por algo.
–No –le dijo.
–¿No qué?
–No me digas lo que debería saber. Por favor. Dame una vuelta en tu moto. Deja que viva esta fantasía. Por una vez.
Su voz era aún fuerte, segura y tentadoramente dulce, pero había un tono de súplica en sus palabras que lo atrapó por completo.
–Es tarde –dijo él.
–No tan tarde. Tenemos toda la noche por delante.
Toda la noche para vivir la fantasía de Marianne. Y, a lo mejor, también la suya.
Siempre le decía a sus pacientes que las fantasías eran normales. Que eran una manera muy saludable de expresar sus deseos sin herir a nadie. Y que no pasaba nada por querer llevarlas a cabo.
Creía que las fantasías podían ser una revelación, que podían dar la libertad.
Recapacitó y se dio cuenta de que nadie podía salir herido con su pequeño juego.
–Muy bien –le dijo.
La miró de arriba abajo. Desde las uñas de sus pies, pintadas de rosa, pasando por sus vaqueros y su camiseta de algodón. Podía distinguir sus duros pezones en el suave tejido y se imaginó que no estaban así por culpa del frescor de una noche de octubre.
–Antes de subirte a la moto tienes que cambiarte de zapatos. Necesitas algo más fuerte que unas sandalias. También has de ponerte una chaqueta o pasarás frío.
Ella le dedicó la más increíble de las sonrisas.
–De acuerdo.
–Te veo frente al bar dentro de diez minutos.
Marianne se puso de puntillas y lo besó en la mejilla.
–Gracias –le dijo antes de irse.
Oz se llevó la mano al lugar donde lo había besado. Había sido un gesto tierno e inocente que poco tenía que ver con las palabras seductoras que había usado antes.
Se preguntó cuál de las dos mujeres era su fantasía personal. Por un lado estaba la sexy y seductora Marianne que buscaba un chico malo y, por otro, la Marianne desesperada y dulce que había confiado en él lo suficiente como para dejarse llevar.
Capítulo 3
Marianne subió corriendo las escaleras traseras. Warren le había ofrecido la habitación que tenía libre en su piso, pero ella le había dicho que prefería la independencia que le daba el vivir en el apartamento vacío que había encima del bar.
Le temblaban las manos cuando abrió la puerta de su piso.
«Ya está. Lo voy a hacer. Por una vez en mi vida estoy haciendo lo que quiero», se dijo.
Atravesó deprisa el piso y se arrodilló al lado de la vieja cama. Sacó la maleta de debajo. El sobre con el dinero estaba en uno de sus bolsillos interiores. Lo contó si dejar de temblar.
–Me faltan veinticuatro dólares –dijo suspirando.
Había sacado dinero de su cuenta antes de irse de Webb, pero había gastado más de lo que pensaba en su viaje hasta allí.
Tenía dos mil novecientos setenta y seis dólares. Era bastante dinero para tenerlo escondido debajo de la cama en plena era de los bancos electrónicos.
Pero no era suficiente para tener una cita con Oz.
Tenía también cheques, una tarjeta de débito, varias cuentas y tarjetas de crédito, pero no quería tener que usarlas. Hubiera sido demasiado fácil encontrarla si dejaba rastro con las tarjetas y no quería que su familia diera con ella. Al menos, no de momento.
–¡Vaya por Dios! –murmuró–. La chica más rica del condado de Webb no tiene el dinero suficiente para comprar un hombre.
Se puso de pie deprisa y abrió uno de los cajones de la cómoda. Encontró un jersey. Se quitó las sandalias y se puso unas zapatillas de deporte. Cerró la puerta del apartamento y corrió escaleras abajo hasta el bar.
Seguía la subasta de solteros. Había un tipo en el escenario posando y bailando para deleite de las féminas presentes. Ella atravesó el bar como pudo.
–¡Warren! –gritó.
Su primo sirvió un par de cócteles a una clienta y se giró para mirarla.
–¡Marianne! –exclamó él–. ¡Eres una fiera! ¡No podía creérmelo! –añadió dándole un sincero abrazo.
–Necesito que me prestes veinticuatro dólares –le dijo ella–. Y también que me des el resto de la noche libre.
–Cariño, después de esa actuación, puedes tener todo lo que quieras –repuso él sacándose la cartera del bolsillo–. ¿Quiere eso decir que la cita va a ser esta misma noche?
Marianne sonrió.
–Primo, esta noche voy a hacer todo lo que quiera.
–En ese caso, deberías llevarte esto –repuso Warren sacando una cajita de debajo de la barra.
Eran preservativos.
Ver la cajita hizo que de repente todo le pareciese mucho más real. Iba a salir con un completo extraño. Llevaría preservativos en el bolsillo y ni siquiera sabía el apellido del motorista.
Vaciló durante un momento.
Warren la miró con detalle.
–¿Marianne? ¿Sabes quién es Oz de verdad?
No, no lo sabía y ése era el problema.
Lo que iba a hacer iba en contra de todo lo que le habían enseñado desde pequeña, de toda su educación. Se iba con un hombre al que apenas conocía sin más protección que una caja de preservativos.
No conocía a Oz pero, por otra parte, sentía que sabía quién era. Recordó cómo la había tomado en sus brazos y besado como si ella fuese un preciado tesoro. Pensó en que le había sugerido que se cambiara los zapatos y que se abrigara. Con él, había sido tal y como quería ser y había dicho lo que había sentido a cada momento.
Parecía un tipo peligroso pero, con él, se sentía extrañamente segura.
–Sé cómo me hace sentir –le dijo aceptando la caja de profilácticos.
–¡Ésa es mi chica! –repuso Warren sonriendo–. Disfruta de la noche. Pero, ten cuidado, ¿de acuerdo? Sólo llevas un día en esta ciudad. Y, aunque creo que está bien divertirse, recuerda que hace muy poco que lo dejaste con Don Perfecto.
–Tendré mucho cuidado –prometió Marianne–. Sólo quiero divertirme, Warren. Necesito esto. No voy a enamorarme de ese tipo.
Se acercó hasta la mesa donde dos mujeres pertenecientes a la asociación benéfica recogían el dinero de las apuestas. La recibieron con grandes sonrisas y abrazos.
–Te has ganado un tipo de lo más apuesto y salvaje –le dijo una mientras Marianne contaba el dinero.
–Sí, bastante salvaje. Me encantan los chicos malos.
Las dos mujeres se miraron a los ojos.
–No eres de por aquí, ¿verdad?
–No, pero creo que esta ciudad va a gustarme –contestó ella.
Se guardó el recibo en el bolsillo donde ya tenía los preservativos y fue hacia la salida.
La parte delantera del bar era una gran cristalera. Se detuvo antes de abrir la puerta y vio, frente al local, a Oz de pie al lado de la moto. Sólo había pasado unos minutos separada de él, pero se le había olvidado lo sexy que era ese hombre. Sólo verlo allí hizo que el estómago le diera un vuelco.
Las farolas de la calle iluminaban su pelo rubio y sus hombros. Tenía los brazos cruzados sobre el torso. Miraba la moto como si estuviera estudiándola. Parecía tranquilo y pensativo. Su corazón, en cambio, palpitaba sin parar.
Se dio cuenta de que tenía dudas, de que estaba vacilando antes de abrir la puerta y salir.
Cerró los ojos un segundo y tragó saliva. Se convenció de que quería hacer eso. Era lo que más quería en ese momento.
Había concentrado todas sus ilusiones en ese hombre, esa moto y esa noche.
Abrió la puerta del bar.
Él no esperó a que ella se le acercara. Fue a unirse con Marianne a medio camino y se quedó parado frente a ella, pero sin tocarla.
–Estaba empezando a temer que todo hubiera sido un sueño –le dijo.
–Me llevó un tiempo reunir los tres mil dólares.
–Es la primera vez que alguien paga tanto dinero por el placer de mi compañía –confesó él.
–Creo que merecerá la pena –repuso Marianne.
No sabía por qué, pero cuando estaba a su lado le resultaba fácil mostrarse coqueta y seductora. Él la miró de arriba abajo y no pudo evitar estremecerse.
–Las zapatillas de deporte están bien, pero vas a tener frío sólo con ese jersey. Toma –le dijo mientras le ofrecía la chaqueta de cuero.
Marianne la tomó y se la puso. Le llegaba hasta medio muslo y las mangas le cubrían las manos. Se sentía cómo si él la estuviera abrazando de nuevo. La prenda olía a Oz. Le encantaba su aroma a cuero, jabón, especias y hombre.
–¿No vas a tener frío? –le preguntó preocupada.
–Creo que no –repuso él sin dejar de mirarla.
Sabía que lo había dicho con intención y el corazón le dio un vuelco al oírlo.
–¿Estás listo?
–Sí.
Pero no fue hacia la moto. Se acercó a ella y le cerró la cremallera de la chaqueta. La mano de Oz rozó su barbilla cuando terminó y no la movió de allí. Sentía que de no estar sujetándola levemente podría caer al suelo en cualquier momento.
–Ojalá tuviera un casco para ti –le dijo.
No podía creer que un tipo tan duro como él estuviera preocupado por su seguridad encima de la moto.
–¿Tienes tú uno?
Él negó con la cabeza.
–No es obligatorio dentro de la ciudad, pero no me hace gracia arriesgar la vida de otra persona.
Oz tenía el ceño fruncido. Ella alargó la mano y lo rozó con los dedos. Él tocaba su cara y ella la de él.
–Confío en ti y en que no tendremos un accidente.
–Bueno, no tenemos otra opción. ¡Vámonos! –le dijo mientras la tomaba de la mano y llevaba hasta la Harley.
Su mano era muy cálida y podía sentir callos en su palma. Se imaginó que se los habría hecho de tanto conducir la moto sin guantes. No pudo evitar pensar en cómo sería sentir sus fuertes manos en la piel de su estómago.
Oz se subió a la moto y la dejó quieta hasta que se hubo montado ella.
–¿Te has subido alguna vez a una moto como ésta? –le preguntó Oz.
–No, nunca.
–Este tipo de motos bajas se construyen así para la comodidad del conductor más que para correr, pero ésta va bastante deprisa de todas formas. Será mejor que te agarres a mí.
No necesitó que se lo dijera dos veces. Se acercó hacia él en el asiento de piel. Hasta que sus muslos quedaron cerca de las piernas de Oz. Entonces rodeó su cintura con la manos y se apoyó en su espalda.
Era maravilloso estar así. Su espalda era fuerte y ancha. Podía sentir cómo respiraba. Colocó la cabeza entre sus omoplatos y disfrutó escuchando el ritmo de su corazón. Su camiseta negra estaba impregnada del mismo aroma que la chaqueta, su aroma. Limpio y masculino.
Con las manos apoyadas en los firmes músculos de su abdomen, cerró los ojos y aspiró la esencia de Oz y de la motocicleta.
Recordó que en el aparcamiento, después de que se besaran, él se había excitado. Había sido evidente el bulto en sus pantalones. Se preguntó si se encontraría aún en el mismo estado. Sabía que le bastaría deslizar sus dedos unos centímetros más abajo para salir de la duda.
Lo que tenía claro era lo excitada que estaba ella. Con las piernas abiertas y Oz y la moto entre ellas, la costura de sus vaqueros le rozaba la entrepierna y estaba consiguiendo acrecentar la sensibilidad en sus genitales. Unos minutos antes, le había parecido que era buena idea llevar vaqueros, pero ya no estaba tan segura, le apretaban demasiado. Se recolocó en el asiento, resistiéndose para no acercarse más y frotarse contra él.
No podía creer lo que le estaba pasando. Era como un animal en celo.
–Intenta no moverte demasiado –le aconsejo Oz con su voz sensual y profunda–. Apóyate en mí y deja que sea yo el que nos guíe. Tenemos que dejar que nuestros cuerpos vayan al unísono con la motocicleta.
Todos los músculos de Oz parecían estar duros allí donde lo tocaba. Era como si estuviera muy tenso. Lo vio sacudir la cabeza ligeramente y suspirar después. Marianne se apoyó de nuevo en él, dejando que sus pechos se comprimieran contra su espalda.
–Relájate –susurró él.
Marianne se preguntó si se lo diría a ella o si estaría hablando consigo mismo. De todas formas, relajó un poco los brazos que lo sujetaban.
Oz encendió el motor y ella no pudo evitar sorprenderse. La moto rugía entre sus piernas y todo su cuerpo comenzó a vibrar con ella. En el escenario, había estado demasiado aturdida como para apreciar lo que era ir en una moto como aquélla con un hombre fuerte como Oz.
Pero ahora era muy consciente de lo que estaba viviendo.
Le temblaban las rodillas. La tela de su camiseta vibraba contra sus pezones. Su cuerpo y el de Oz se movían al unísono como si estuvieran compartiendo mil caricias por minuto. Y entre sus piernas sentía una palpitación cálida e irresistible. Era como si una insistente mano la estuviera torturando allí mismo.
O una boca.
Nunca había vivido nada parecido, todo era una especie de juego sexual de lo más excitante. Y eso que aún no se habían movido, seguían en la acera frente al bar. El ruido del motor de la Harley llenaba la calle vacía.
–Oz, ¿a qué estás esperando? –le preguntó ella acercándose a su oído para que pudiera escucharla.
–Estoy intentando recordar que tengo que concentrarme en la carretera y no en el hecho de que rodeas mi cuerpo con el tuyo –le dijo él con suavidad.
–¡Ah! –repuso ella.
Le gustó saber que él se sentía igual que ella. Era incluso más excitante que la vibración de la moto.
–Y… ¿Crees que podrás hacerlo?
–Lo intentaré, sujétate bien.
La Harley rugió y comenzaron a moverse. Sintió el viento en su pelo y la moto le dio un tirón al tomar velocidad que la empujó hacia atrás. No pudo evitar gritar de felicidad.
Todo aquello le resultaba increíble. Ella, Marianne Webb, estaba montada en una moto muy salvaje con el hombre más atractivo que había visto en su vida. Una sonrisa de satisfacción apareció en su cara.
Pero el motor se apagó de repente y chocó de forma brusca contra la espalda de Oz. Él se giró al instante.
–¿Estás bien?
Marianne se frotó la nariz.
–Sí, estoy bien. ¿Qué ha pasado?
Oz la miraba con timidez.
–Se me ha escapado el pie del embrague y el motor se ha calado. Lo siento.
No pudo evitar reírse. Parecía un niño pequeño al que acababan de pillar haciendo algo malo.
–¿Es que no tenías la mente en la carretera?
–No, es que nunca he… Es que hace mucho que no monto con un pasajero.
Oz se giró de nuevo para mirar a la carretera. Al moverse, su trasero rozó accidentalmente la entrepierna de ella. Una ola de placer la invadió y le costó no gemir.
Pero entonces el motor comenzó a rugir de nuevo y se le escapó un suspiro. Las vibraciones estaban torturando todas las partes de su cuerpo que estaban más sensibles que de costumbre. Las sentía sobre todo en sus pezones, en su centro de placer y en el interior de sus muslos.
Se preguntó si sería posible tener un orgasmo sólo por montarse en una moto. Pero entonces comenzaron a moverse de nuevo y dejó de pensar.
Todo aquello era increíble.
Llegaron al final de la calle y sintió cómo de pronto se ladeaba la moto. Oz estaba inclinándose a un lado. Los dos lo hacían. Y se dio cuenta de repente de que iban a caerse.
Gritó con los ojos muy abiertos y el estómago le dio un vuelco.
Pero no se cayeron, sino que giraron a la izquierda. Le parecía imposible que siguieran en pie.
Después giraron a la derecha y los dos volvieron a inclinarse a ese lado. Sus cuerpos y la moto se movían al unísono, tal y como le había dicho Oz.
–¡Vaya! –exclamó ella encantada.
El viento agitaba su pelo y golpeaba su cara.
Y entonces llegaron a una recta en la carretera. Oz aceleró y ella lo sintió en todo su cuerpo. Se imaginaba que no iban muy deprisa, estaban en el barrio financiero. Pero en una moto se sentía la velocidad de una forma mucho más significativa. Sus pies sólo estaban a unos centímetros del suelo, que pasaba rápidamente bajo ellos. Levantó la vista para disfrutar de lo que iban dejando atrás. Los edificios, las luces, los semáforos, todo era más nítido que lo que veía tras el cristal de un coche.
Por otro lado estaban los aromas. Podía oler las hojas de los árboles, el aire de otoño, el alquitrán de las carreteras enfriándose al anochecer, la gasolina…
–¡Esto es genial! –gritó entusiasmada.
Sintió cómo Oz se reía.
–Espera a que lleguemos a la autopista –le dijo él.
Sus palabras le llegaron con el viento. Giraron de nuevo a la izquierda, pasaron un puente y pudo oler el aroma salado y algo pestilente del mar. Allí el aire era más fresco.
Llegaron entonces a la autovía. Cuatro carriles y dos sólo para ellos.
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