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IAN
RANKIN
ALMAS MUERTAS
Traducción de
Efrén del Valle Peñamil

Todos los personajes de esta obra son personajes de ficción. Cualquier parecido con personajes reales, vivos o muertos, es pura coincidencia.
Título original inglés: Dead Souls.
Autor: Ian Rankin.
© John Rebus Limited, 1999.
© de la introducción: John Rebus Limited, 2005.
© de la traducción: Efrén del Valle Peñamil, 2020.
© de esta edición: RBA Libros, S.A., 2020.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona
rbalibros.com
Primera edición: febrero de 2020.
REF.: ODBO663
ISBN: 9788491876236
AURA DIGIT • COMPOSICIÓN DIGITAL
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A MI EDITORA, CAROLINE OAKLEY,
QUE TANTO TIEMPO LLEVA SUFRIENDO
El mundo está lleno de personas desaparecidas y sus cifras no dejan de aumentar. El espacio que ocupan se halla entre lo que sabemos sobre cómo estar vivos y lo que oímos sobre cómo estar muertos. Vagan por allí, solos e incognoscibles, como si fueran sombras humanas.
ANDREW O’HAGAN
Los desaparecidos
Una vez cogí por error un tren a Cardenden… Cuando llegamos allí, nos apeamos y esperamos el siguiente tren con destino a Edimburgo. Estaba muy cansada y, si Cardenden hubiera resultado más prometedora, creo que me habría quedado allí. Y, si alguna vez han visitado Cardenden, sabrán lo mal que debían de estar las cosas.
KATE ATKINSON
Entre bastidores
CONTENIDO
1 Introducción
2 Prólogo
3 Primera parte: Perdido 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26
4 Segunda parte: Hallado 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43 44 45 46 47 48 49 50 51 52
5 Epílogo
INTRODUCCIÓN
Por primera vez desde el debut de Rebus en Nudos y cruces, concebí y escribí Almas muertas enteramente en Edimburgo. El resto de las novelas las había escrito durante mis cuatro años en Londres o en los seis años que pasé en la Francia rural. De vuelta a la capital escocesa, me preocupaba no poder escribir sobre aquel lugar. Era un temor realista: había aprovechado la distancia geográfica para recrear Edimburgo como una ciudad de ficción. ¿Cómo lo conseguiría ahora que con un simple paseo podría ver en lo que me había equivocado durante todos esos años?
Lo cierto es que no tenía de qué preocuparme.
El título Almas muertas está inspirado en la canción Dead Souls de Joy Division. Como puede imaginarse, no es un tema para bailar en una boda, a menos que la familia Addams sea pariente de tu pareja. Conocía, por supuesto, el material de referencia de Joy Division: la novela homónima e inacabada del escritor ruso Nikolái Gógol. Es posible que la expresión «genio torturado» fuera acuñada con Gógol en mente. Después de publicar la primera mitad de Almas muertas, acabó quemando los borradores restantes. Más tarde empezó a trabajar de nuevo en el libro, hasta que su religioso profesor lo convenció de que renunciara por completo a la literatura. Así pues, la última versión de la segunda mitad ardió de nuevo, y Gógol falleció diez años después.
Mi libro también está dividido en dos partes, tituladas «Perdido» y «Hallado». Ambas empiezan con una cita de la obra de Gógol. La que acompaña a «Perdido» son sus últimas palabras documentadas. El título del libro se me ocurrió pronto. Sabía que quería escribir acerca de personas desaparecidas. Me interesé por el tema mientras me documentaba para Black & Blue. En una obra de no ficción titulada Los desaparecidos (que había leído porque contenía pasajes sobre los asesinatos de John Biblia), el periodista Andrew O’Hagan analizaba el fenómeno de la pérdida y el hueco que se abre en el tejido de nuestra vida cuando alguien se desvanece. Inspirándome en la obra de O’Hagan, había escrito una novela corta titulada La muerte no es el final, un título de Bob Dylan que yo había conocido a través de una versión contemporánea de Nick Cave. Escribí esa obra a instancias de un editor estadounidense que, al parecer, luego no encontró un mercado inmediato para ella. Preocupado por que no viera nunca la luz, decidí «reciclar» partes de la historia para mi siguiente novela completa, motivo por el cual existen dos versiones de la historia, aunque con desenlaces distintos.
Así pues, estaba preparado para convertir aquel breve texto en una novela. Pero, entretanto, me había llamado la atención otra historia real. En un barrio conflictivo de Stirling, los habitantes estaban inquietos por la noticia de que tenían a un condenado por pedofilia viviendo discretamente entre ellos. El instinto justiciero se impuso y echaron a aquel hombre. Me sorprendieron dos cosas. La primera fue que entroncaba con el tema que había abordado en mi novela anterior, El jardín de las sombras, esto es ¿cómo medimos el bien y el mal? La otra fue que la reacción espontánea de Rebus a la noticia de un pedófilo «oculto» sería la misma que la de mucha gente de su generación, clase y filosofía: expulsaría a ese cabrón sin que importaran las consecuencias. Casi nunca he esquivado un desafío; quería ver si podía hacerle cambiar de opinión en algunas cosas…
También quería llevarlo de nuevo al centro de Fife, donde se había criado. Aunque muchos de mis libros han tenido motivos para enviarlo allí, Almas muertas es mi investigación más personal sobre mi pasado. Cuando Janice, un viejo amor del instituto, comparte recuerdos con Rebus, utiliza mis propios recuerdos y anécdotas. También conocemos más sobre la infancia de Rebus, por ejemplo, que nació en una casa prefabricada (igual que yo), pero pronto se trasladó a un semiadosado situado en una calle sin salida (igual que yo). Descubrimos que, como yo, bebía en el pub Goth de su ciudad natal («Goth» es la abreviatura de Gothenburg) y que su padre trajo una bufanda de seda de la Segunda Guerra Mundial (igual que el mío). Muchas de estas cosas se reflejan en los nombres que doy a los amigos del colegio de Rebus: Brian y Janice Mee. Ellos son «yo», como también lo son las características de muchas de mis otras creaciones, sobre todo Rebus.
Pese a su lúgubre temática, el libro contiene numerosas bromas privadas. Conocemos a Harry, «el camarero más grosero de Edimburgo» (que en la vida real es el propietario del bar Oxford y solo puede permitirse ser grosero con un selecto grupo de clientes que no esperamos menos de él). La discoteca del libro se llamaba Gaitano por el escritor estadounidense de novela negra Nick Gaitano, que también utilizaba su nombre real, Eugene Izzy. Poco antes de empezar a trabajar en mi libro, fue hallado muerto en lo que, al menos inicialmente, parecían circunstancias misteriosas. El conductor sin cabeza que aparece al principio del libro (y más tarde como el nombre de un pub) es el comandante Weir, un personaje real del lado oscuro de Edimburgo. En 1678, Weir y su hermana fueron acusados de brujería. Ambos fueron ejecutados pese a haber llevado una vida ejemplar y piadosa, y se esgrimió únicamente la inconexa y confusa confesión del comandante como «prueba».
¿Sería el equivalente moderno de una caza de brujas? Tan solo hace falta ver el trato que dispensan los medios de comunicación populares a los presuntos pedófilos…
Almas muertas fue una especie de punto de inflexión para mí, pues era la primera vez que permitía que una organización benéfica subastara el derecho a aparecer como personaje en uno de mis libros. En la actualidad lo hago hasta seis veces por libro, pero en Almas muertas solo hay un ejemplo de ello. El premio se lo llevó una amiga, pero no lo quería para ella. Ah, no. Ella lo quería para otra amiga de Estados Unidos, una mujer llamada Fern Bogot.
«No me suena muy escocés», protesté.
Al final llegué a la conclusión de que «Fern» parecía un nombre falso. ¿Quién no querría utilizar su nombre real en su vida cotidiana? ¡Por supuesto, una prostituta! Y así fue. Con cierta renuencia por su parte, la intachable Fern Bogot se convirtió en una prostituta de Edimburgo…
Una última cosa sobre Almas muertas. En un turno de preguntas y respuestas, una seguidora me hizo notar que utilizaba la expresión trellis tables («mesas de celosía») cuando en realidad me refería a trestle tables («mesas de caballetes»). Tenía razón, y he dejado intacto el error para vuestro disfrute. Pero también me dijo que utilizo mucho trestle tables en mis libros…, y al releer la serie para escribir las nuevas introducciones puedo confirmar que también acertó en ese particular. No me preguntéis por qué; simplemente no puedo parar de utilizar la expresión…
Trestle tables.
Ahí va otra vez.
IAN RANKIN
Mayo de 2005
PRÓLOGO
Desde esta altura, la ciudad durmiente parece obra de un niño, una maqueta que se ha negado a verse constreñida por la imaginación. El cuello volcánico podría ser de plastilina negra; el castillo firmemente equilibrado encima de él, una versión sesgada de unos bloques de construcción almenados. Las farolas naranjas son envoltorios de caramelo pegados al palo de una piruleta.
En el estuario de Forth, las tenues bombillas de unas linternas de bolsillo iluminan barcos de juguete que descansan sobre papel crepé negro. En este universo, los escarpados chapiteles del casco viejo serían fósforos torcidos y los jardines de Princes Street, un tablero de Fuzzy-Felt. Cajas de cartón para los edificios de apartamentos, puertas y ventanas concienzudamente detalladas con lápices de colores. Las cañitas para beber podrían convertirse en canalones y bajantes, y con una buena cuchilla —o tal vez un escalpelo— podrían abrirse esas puertas. Pero, mirar dentro…, mirar dentro destruiría el efecto.
Mirar dentro lo cambiaría todo.
Se mete las manos en los bolsillos y nota el afilado viento en las orejas. Puede imaginar que es el aliento de un niño, pero la realidad lo desmiente.
«Soy el último viento frío que sentirás».
Da un paso al frente, se asoma al precipicio y contempla la oscuridad. Arthur’s Seat se agazapa detrás de él, encorvado y en completo silencio, como si le ofendiera su presencia, preparado para saltar. Se dice a sí mismo que es de papel maché. Pasa las manos sobre unas tiras de periódico, sin leer las noticias, pero entonces se da cuenta de que está acariciando el aire y las aparta, riéndose con una expresión culpable. Oye una voz detrás de él.
En el pasado había subido allí a plena luz del día. Años atrás puede que hubiera venido con una amante, cogidos de la mano, contemplando la ciudad que se extendía como una promesa. Más tarde, con su mujer y su hijo, se habían detenido en la cumbre para hacer fotos, procurando no acercarse demasiado al precipicio. Era padre y marido. Hundía la barbilla en el cuello de la chaqueta y veía Edimburgo en sus tonos grises, pero en perspectiva, pues había subido hasta allí con su familia. Absorbiendo la ciudad entera con un lento movimiento de cabeza, sentía que todos los problemas eran soportables.
Sin embargo, ahora, en la oscuridad, sabe que no es así.
Sabe que la vida es una trampa, que las fauces acaban por cerrarse sobre el tonto que crea que puede cosechar la victoria a fuerza de mentiras. Se oye un coche de policía a lo lejos, pero no viene a por él. A los pies de Salisbury Crags le aguarda un carruaje negro. El conductor sin cabeza empieza a impacientarse. Los caballos tiemblan y relinchan. En el trayecto a casa echarán espumarajos por la boca.
«Salisbury Crag» ha pasado a formar parte de la jerga de la ciudad. Significa «caballo», «heroína». «Morningside Speed» es la cocaína. Una raya de coca le vendría estupenda ahora mismo, pero no bastaría. Arthur’s Seat bien podría estar hecha de cocaína: tal como están las cosas, no importaría una mierda.
Desde atrás se acerca una figura envuelta en la oscuridad. Se da media vuelta, pero aparta la vista rápidamente. De repente, tiene miedo de enfrentarse a ese rostro. Se dispone a decir algo.
—Sé que te costará creerlo, pero he…
No termina la frase, pues ahora planea por encima de la ciudad con la chaqueta revoloteándole por encima de la cabeza, y sofoca un último y sentido grito. Nota un vacío en el estómago y se pregunta si verdaderamente hay un cochero esperándolo.
Y siente que se le desgarra el corazón, sabiendo que jamás volverá a ver a su hija, ni en este mundo ni en ningún otro.
PRIMERA PARTE PERDIDO
A cada paso que damos cometemos todo tipo de injusticias sin mala intención. Cada minuto somos la causa de la infelicidad de alguien…
1
John Rebus fingía observar las suricatas cuando vio al hombre, y supo que no era él.
Llevaba casi una hora parpadeando para intentar aplacar la resaca; era prácticamente el único ejercicio que podía soportar. Se había sentado en bancos y se había apoyado en paredes, enjugándose el sudor de la frente, aunque, en Edimburgo, los primeros días de primavera y el invierno eran parientes de sangre. Tenía la camisa pegada a la espalda y le quedaba incómodamente ajustada cada vez que se ponía de pie. El carpincho lo miraba con un poco de lástima y parecía atisbarse cierto reconocimiento y empatía tras las largas pestañas del encorvado rinoceronte blanco, que estaba tan quieto que bien podía ser una estatua de un centro comercial, pero aun así rezumaba dignidad en su aislamiento.
Rebus se sentía aislado y casi tan digno como un chimpancé. Hacía años que no iba al zoo; la última vez probablemente fue cuando llevó a su hija a ver al gorila Palango. Sammy era tan pequeña que la acarreaba sobre los hombros y no notaba el peso.
Hoy no llevaba nada consigo, excepto una radio y unas esposas escondidas. Se preguntaba si llamaba la atención paseándose por un lugar tan angosto, evitando las atracciones que había a ambos extremos de la pendiente y deteniéndose de vez en cuando en el quiosco para comprar una lata de Irn-Bru. El desfile de pingüinos no le había visto moverse de su sitio. Curiosamente, en el momento en que avanzaron los visitantes en busca de emociones apareció la primera suricata, sosteniéndose sobre las patas traseras, con un cuerpo estrecho y trémulo, mientras escrutaba el territorio. Habían salido dos más de la madriguera y daban vueltas con el hocico pegado al suelo. Apenas prestaron atención a la figura silenciosa sentada en el muro que se elevaba en su cercado; pasaron por delante de él una y otra vez mientras exploraban la misma órbita de tierra compacta, y solo retrocedían cuando Rebus se llevaba un pañuelo a la cara. Notaba el veneno burbujeando en las venas: no el alcohol, sino un café doble que había comprado a primera hora de la mañana en una cabina de policía reconvertida cerca de Meadows. Iba camino del trabajo, camino de enterarse de que hoy tocaba patrullar el zoo. El espejo del lavabo de la comisaría no había mostrado ni un ápice de diplomacia.
Greenslade: Sunkissed You’re Not. Transición a Jefferson Airplane: If You Feel Like China Breaking.
Pero siempre podía ser peor, se había recordado a sí mismo, al aplicar sus pensamientos a la pregunta crucial del día: ¿quién estaba envenenando a los animales del zoo de Edimburgo? El culpable era un individuo, esa era la cuestión. Un individuo cruel y calculador a quien hasta el momento no habían descubierto ni las cámaras de vigilancia ni los cuidadores. La policía contaba con una vaga descripción y registraba los bolsos y abrigos de los visitantes, pero lo que quería todo el mundo —excepto quizá los medios de comunicación— era que detuvieran a alguien, a ser posible con trozos de comida contaminada como prueba.
Entretanto, lo irónico, tal como habían manifestado algunos directivos del zoo, era que el envenenador había resultado ser beneficioso para el negocio. Al artífice todavía no le habían salido imitadores, pero Rebus se preguntaba cuánto tardaría en ocurrir…
En aquel momento anunciaron que era la hora de alimentar a los leones marinos. Rebus ya había paseado antes junto a su piscina, que no le pareció especialmente grande para una familia de tres miembros. La madriguera de las suricatas ahora estaba rodeada de niños. Los animales habían desaparecido y Rebus se sintió extrañamente complacido de que le hubieran regalado su compañía.
Se alejó, aunque no demasiado, y procedió a desatarse y atarse de nuevo un cordón del zapato, que era su manera de marcar los cuartos de hora. Los zoos nunca le habían fascinado. De niño, su lista de mascotas incluía a bastantes «desaparecidos en combate» o «muertos en acto de servicio». Su tortuga había huido, pese a que llevaba el nombre de su dueño pintado en el caparazón; varios periquitos no habían llegado a la madurez; y los problemas de salud habían aquejado a su único pez de colores (que había ganado en la feria de Kirkcaldy). Al vivir en un edificio de apartamentos, de adulto nunca había sentido la tentación de tener un gato o un perro. Había probado la hípica una vez y acabó con la entrepierna irritada, así que juró que, en el futuro, lo más cerca que estaría de la noble bestia sería un boleto de apuestas.
Pero le habían gustado las suricatas por varias razones: la resonancia de su nombre; la vulgar comicidad de sus rituales; su instinto de preservación. Ahora los niños estaban sentados en el muro con las piernas colgando. Rebus se imaginó un cambio de papeles: jaulas llenas de niños haciendo cabriolas y chillando, contentos por la atención que les dedicaban los animales que pasaban por allí. Pero los animales no compartirían la curiosidad de un humano. Quedarían impertérritos ante cualquier muestra de agilidad o ternura, no entenderían que los niños estaban jugando a algo o que alguien se había rasguñado la rodilla. Los animales no construirían zoos, no los necesitarían. Rebus se preguntaba por qué los humanos sí.
De repente, el lugar se le antojaba ridículo, un excelente terreno de Edimburgo cedido a lo irreal… Y entonces vio la cámara.
La vio porque sustituía al rostro que debería haber estado allí. El hombre se hallaba en una pendiente cubierta de hierba a unos veinte metros de distancia, ajustando el foco de una lente telescópica de tamaño considerable. La boca que se apreciaba debajo era una fina línea que se curvaba ligeramente mientras índice y pulgar afinaban la cámara. Llevaba una chaqueta vaquera negra, unos pantalones de pinzas arrugados y zapatillas de deporte. Se había quitado una gorra azul desteñida, que llevaba colgada del dedo mientras hacía fotos. Tenía el cabello ralo y de color castaño, y la frente apergaminada. Vio a Rebus en cuanto bajó la cámara y este desvió la mirada hacia lo que estaba fotografiando: niños. Niños asomados al recinto de las suricatas. Lo único que se veía eran suelas de zapatos y piernas, faldas de niña y partes bajas de la espalda allá donde camisetas y jerséis se habían replegado.
Rebus conocía a aquel hombre. El contexto lo hacía más fácil. Probablemente hacía cuatro años que no lo veía, pero no podía olvidar unos ojos como aquellos, el hambre brillando en unas mejillas cuya tenue rojez ponía de relieve viejas cicatrices de acné. Cuatro años atrás llevaba más largo el pelo, que se rizaba sobre unas orejas deformes. Rebus intentó recordar su nombre mientras buscaba la radio en el bolsillo. El fotógrafo se percató del movimiento y clavó la mirada en la de Rebus, que hizo ademán de alejarse. También lo había reconocido. Quitó la lente, la guardó en una bolsa bandolera y colocó la tapa del objetivo. Luego enfiló la pendiente a paso ligero. Rebus sacó la radio.
—Está bajando la cuesta, lado oeste de la entrada. Chaqueta vaquera negra, pantalones claros…
Rebus amplió la descripción y echó a andar detrás de él. El fotógrafo se dio la vuelta, lo vio y apretó el paso tanto como le permitía la pesada bolsa de la cámara.
Por radio le comunicaron que unos agentes se dirigían al lugar. Pasó por delante de un restaurante, de una cafetería, de parejas cogidas de la mano y de niños devorando helados. Saínos, nutrias, pelícanos. El camino era cuesta abajo, cosa que Rebus agradeció, y los inusuales andares de aquel hombre —tenía una pierna un poco más corta que la otra— ayudaban a reducir distancias. El camino se estrechaba justo en el punto en que la multitud se hacía más numerosa. Rebus no supo qué estaba provocando el atasco hasta que oyó una salpicadura seguida de vítores y aplausos.
—¡Recinto de los leones marinos! —gritó por radio.
Al girar la cabeza, el hombre vio a Rebus con la radio en la mano; delante, cabezas y cuerpos que camuflaban la posible presencia de otros agentes. Ahora, su actitud calculadora había dado paso a un semblante de terror. Ya no lo tenía todo bajo control. Rebus estaba a punto de darle alcance, así que apartó a dos espectadores y se encaramó al muro de piedra. Al otro lado de la piscina había un saliente de roca sobre el cual se hallaba la cuidadora, encorvada junto a dos cubos de plástico negros. Rebus vio que detrás de ella apenas había espectadores, puesto que las rocas ocultaban a los leones marinos. Si se abría paso entre la multitud, el hombre podía trepar el muro por el otro lado y estaría cerca de la salida. Rebus maldijo entre dientes, apoyó un pie en la pared y saltó con torpeza.
Los curiosos empezaron a silbar, y algunos incluso a vitorear, empuñando cámaras de vídeo para captar el excéntrico espectáculo de aquellos dos hombres que avanzaban vacilantes por las pronunciadas pendientes. Mirando hacia el agua, Rebus vio un movimiento rápido y oyó los gritos de advertencia de la cuidadora cuando un león marino empezó a deslizarse por la roca. Su brillante cuerpo negro permaneció inmóvil el tiempo justo para que le arrojara un pescado en la boca y se precipitó de nuevo a la piscina. No parecía demasiado grande ni feroz, pero su aspecto había puesto nervioso a Rebus. El fotógrafo se dio la vuelta y la bolsa de la cámara se le deslizó por el brazo, así que optó por colgársela del cuello. Parecía que iba a retroceder, pero cuando vio a su perseguidor, cambió de opinión. La cuidadora había cogido una radio y avisado al personal de seguridad, pero los ocupantes de la piscina empezaban a impacientarse. Al lado de Rebus, el agua pareció agitarse. Una ola le impactó en la cara y algo enorme y negro se elevó de las profundidades, tapando el sol y chocando contra las rocas. El público empezó a gritar cuando el león marino, que medía al menos el cuádruple que sus crías, se puso a buscar comida emitiendo fuertes resoplidos. Luego abrió la boca y soltó un alarido de furia, lo cual asustó al fotógrafo, que perdió el equilibrio, y él y la bolsa de la cámara cayeron al agua.
En la piscina, dos siluetas, madre e hijo, se dirigían hacia él. La cuidadora hizo sonar el silbato que llevaba colgado del cuello como si fuera un árbitro de tercera división enfrentándose a una batalla campal. El macho observó a Rebus por última vez y fue a unirse a su compañera, que embestía al recién llegado.
—¡Por el amor de Dios, tiradles pescado! —gritó Rebus.
La cuidadora captó el mensaje y volcó un cubo en la piscina, y los tres leones marinos se abalanzaron sobre la comida. Rebus saltó al agua y arrastró al hombre hasta las rocas. Acudieron al rescate dos espectadores, seguidos de otros dos agentes vestidos de paisano. A Rebus le escocían los ojos. El olor a pescado crudo era intenso.
—Déjeme ayudarlo —dijo alguien, tendiéndole una mano.
Rebus dejó que lo sacaran del agua y cogió la cámara que aquel hombre empapado llevaba alrededor del cuello.
—Ya te tengo —dijo.
Luego, tembloroso y arrodillado sobre las rocas, vomitó en el agua.
2
A la mañana siguiente, Rebus estaba rodeado de recuerdos.
No suyos, sino del comisario: marcos de fotos que abarrotaban el poco espacio que quedaba en el despacho. Lo malo de los recuerdos era que no significaban nada para el visitante. Se parecían a una exposición museística. Niños, muchos niños. Los hijos del comisario, cuyas caras envejecían con el paso del tiempo, y después sus nietos. Rebus tenía la sensación de que las fotos no las había hecho su jefe. Eran regalos que había juzgado necesario llevar allí.
Todas las pistas estaban en su sitio: las fotos que había sobre la mesa miraban hacia fuera, de modo que pudieran verlas todos los allí presentes salvo el hombre que utilizaba la mesa a diario. Otras ocupaban el alféizar situado detrás de la mesa —con el mismo efecto— y había más encima de un armario esquinero. Rebus se sentó en la silla del comisario Watson para corroborar su teoría. Las instantáneas no tenían a Watson como objetivo, sino a los visitantes. Y el mensaje que transmitían a estos era que Watson era un hombre familiar, un hombre recto, un hombre que había conseguido algo en la vida. Más que humanizar aquel despacho tan insulso, desprendían la frialdad de una exposición.
Watson había añadido una foto nueva a la colección. Era antigua y estaba levemente desenfocada, como si la hubiera estropeado un ínfimo movimiento de cámara. Tenía los bordes arrugados, el contorno blanco y la firma ilegible del fotógrafo en una esquina. Era una foto de familia: el padre de pie, con una mano dominante apoyada en el hombro de su mujer, que aparecía sentada con un niño en el regazo. Con la otra mano, el padre agarraba el hombro de un joven de pelo rapado y unos ojos deslumbrantes. Se intuía que antes de sentarse había habido tensión: el muchacho estaba intentando zafarse de la garra del padre. Rebus cogió la foto y se situó junto a la ventana, maravillado ante aquella almidonada solemnidad. Él también se sentía almidonado con el traje de lana oscuro, la camisa blanca y la corbata negra. Llevaba calcetines y zapatos negros, que había abrillantado a primera hora de la mañana. Fuera estaba nublado y amenazaba lluvia; buena climatología para un funeral.
El comisario Watson entró en el despacho y sus perezosos movimientos delataban su estado de ánimo. Él no lo sabía, pero le llamaban el Granjero, ya que era originario del norte y había algo en él que recordaba a un buey. Iba enfundado en su mejor uniforme, con la gorra en una mano y un sobre blanco de tamaño A4 en la otra. Se apoyó en la mesa mientras Rebus devolvía el marco a su sitio sin dejar de mirar hacia la silla del Granjero.
—¿Es usted, señor? —preguntó, golpeteando al malhumorado niño con un dedo.
—Soy yo.
—Es muy valiente dejándonos verlo en pantalones cortos.
Pero el Granjero no estaba para distracciones. A Rebus se le ocurrían tres explicaciones para las venas rojas que tenía en la cara: agotamiento, alcohol o ira. No había indicios de falta de resuello, así que la primera quedaba descartada. Y cuando el Granjero bebía whisky, no solo le afectaba a las mejillas: todo su rostro mostraba un brillo rosado y parecía contraerse hasta resultar picarón.
Solo quedaba la ira.
—Vayamos al grano —dijo Watson, consultando el reloj.
Ninguno de los dos disponía de mucho tiempo. El Granjero abrió el sobre y dejó un paquete de fotografías encima de la mesa. Luego abrió el paquete y lanzó las fotos en dirección a Rebus.
—Búsquese.
Eran las fotos de la cámara de Darren Rough. El Granjero abrió el cajón y sacó una carpeta. Rebus seguía buscando. Animales del zoo, enjaulados o detrás de un muro. En algunas fotos —no en todas, pero sí en bastantes— había niños. La cámara se había centrado en aquellos niños, que hablaban entre sí, mascaban caramelos o hacían mohínes a los animales. Rebus se sintió aliviado y miró al Granjero, buscando una confirmación que no encontró.
—Según el señor Rough —dijo el Granjero a la vez que estudiaba un documento—, las fotos forman parte de una serie.
—Estoy seguro de ello.
—Sobre un día en la vida del zoo de Edimburgo.
—Claro.
El Granjero se aclaró la garganta.
—Va a clases nocturnas de fotografía. Lo he comprobado y es cierto. También es cierto que su proyecto es el zoo.
—Y que hay niños en casi todas las imágenes.
—En menos de la mitad, para ser más exactos.
Rebus deslizó las fotos sobre la mesa.
—Venga, señor…
—John, Darren Rough lleva casi un año fuera de la cárcel y todavía no ha habido un solo indicio de reincidencia.
—Me dijeron que se había marchado al sur.
—Y volvió.
—Salió corriendo al verme.
El Granjero pasó por alto el comentario.
—No tenemos nada, John.
—Un tipo como Rough no va al zoo por los pájaros y las abejas, créame.
—El proyecto ni siquiera lo eligió él. Se lo asignó su tutor.
—Sí, Rough habría preferido un parque infantil —dijo Rebus con desdén—. ¿Qué opina su abogado? A Rough siempre se le ha dado bien buscarse abogados.
—El señor Rough solo quiere que lo dejen en paz.
—¿Igual que dejaba él en paz a aquellos niños?
El Granjero se recostó en la silla.
—John, ¿le suena de algo la palabra «expiación»?
Rebus negó con la cabeza.
—No procede.
—¿Cómo lo sabe?
—¿Alguna vez ha visto que las manchas de un leopardo cambien?
El Granjero consultó su reloj.
—Ya sé que ustedes han tenido sus más y sus menos.
—No fui yo a quien denunció.
—No —respondió el Granjero—. Denunció a Jim Margolies.
Dejaron el comentario en el aire, sumidos en sus pensamientos.
—Entonces, ¿no hacemos nada? —preguntó Rebus al fin.
La palabra «expiación» le rebotaba dentro del cráneo. Su amigo, el sacerdote, la utilizaba constantemente: la reconciliación de Dios y el hombre por medio de la vida y la muerte de Cristo. Aquello no tenía nada que ver con Darren Rough. Rebus se preguntaba qué estaba expiando Jim Margolies al saltar de Salisbury Crags…
—Su expediente está limpio. —El Granjero abrió el cajón de abajo y sacó una botella de whisky de malta y dos vasos—. No sé usted —apostilló—, pero yo antes de un entierro necesito uno de estos.
Rebus asintió y Watson llenó los vasos. El sonido recordaba a un riachuelo de montaña. Usquebaugh en gaélico. Uisge: agua; beatha: vida. Agua de la vida. Beatha sonaba parecido a birth. Para Rebus, cada copa era un nacimiento. Pero, tal como recalcaba su médico, cada gota era también una pequeña muerte. Se llevó el vaso a la nariz y asintió en un gesto de aprobación.
—Otro buen hombre que se va —dijo el Granjero.
Y, de repente, justo en la periferia de la visión de Rebus, los fantasmas sobrevolaron el despacho, sobre todo el de Jack Morton. Jack, su viejo compañero, había muerto hacía tres meses. The Byrds: He Was a Friend of Mine. Un amigo que se negaba a permanecer enterrado. El Granjero siguió la mirada de Rebus, pero no vio nada. Apuró el vaso y guardó la botella.
—Poco y con frecuencia —comentó. Y luego, como si el whisky hubiera sellado un pacto entre ellos—: Hay formas y medios, John.
—¿Para qué, señor?
Jack se había disipado en los cristales de las ventanas.
—Para sobrellevarlo. —El whisky empezaba a hacer efecto en el rostro del Granjero, volviéndolo triangular—. Desde lo ocurrido con Jim Margolies… En fin, nos ha hecho pensar más en las presiones del trabajo. —Hizo una pausa—. Ha cometido demasiados errores, John.
—Estoy pasando una mala racha, eso es todo.
—Las malas rachas ocurren por algo.
—¿Por ejemplo?
El Granjero no contestó, quizá porque sabía que el propio Rebus intentaba responder a la pregunta: la muerte de Jack Morton; Sammy en una silla de ruedas.
Y el whisky era un terapeuta que podía permitirse, al menos monetariamente hablando.
—Me las arreglaré —dijo al fin, aunque ni siquiera fue capaz de convencerse a sí mismo.
—¿Usted solo?
—Así funciona, ¿no?
El Granjero se encogió de hombros.
—Y, mientras tanto, ¿tenemos que convivir todos con sus errores?
Errores como echar a la policía encima de Darren Rough, aunque no era el hombre al que buscaban, o dejar vía libre al envenenador, que arrojó una manzana al recinto de las suricatas. Por suerte, pasaba por allí un cuidador y la recogió antes de que pudieran hacerlo los animales. Estaba al corriente de la oleada de terror que se había generado y la entregó para que la analizaran.
Dio positivo en matarratas.
Fue culpa de Rebus.
—Bueno —dijo el Granjero tras echar una última mirada al reloj—, tenemos que irnos.
Y, una vez más, enmudeció el discurso de Rebus, el discurso en el que quería explicar que había perdido la vocación, el optimismo sobre la labor y el sentido de la existencia de la policía. Que aquellos pensamientos lo asustaban, le quitaban el sueño o le dejaban las cicatrices de las pesadillas. El discurso sobre los fantasmas que lo perseguían incluso de día.
Sobre el hecho de que ya no quería ser policía.
Jim Margolies lo tenía todo.
Era diez años más joven que Rebus y lo habían propuesto para un ascenso. Estaban esperando a que aprendiera las escasas lecciones finales, tras lo cual, el rango de inspector se habría desprendido como una última piel. Era brillante y afable, un estratega sagaz con vista para la política interna. Además era atractivo, y se mantenía en forma jugando al rugby con su antigua escuela, Boroughmuir. Era de buena familia y tenía contactos en las altas esferas de Edimburgo; su mujer era encantadora y elegante, y su hijita era adorable. Caía bien a sus compañeros y atesoraba una envidiable ratio de detenciones y condenas. Vivían tranquilamente en The Grange, asistían a la iglesia local y parecían una familia perfecta en todos los sentidos.
El Granjero siguió hablando con un hilo de voz. Empezó en el camino que conducía a la iglesia, continuó durante el oficio y concluyó con una perorata a pie de tumba.
—Lo tenía todo, John. Y entonces hace algo como esto. ¿Qué lleva a un hombre…? ¿Qué se le pasa por la cabeza? Incluso sus superiores sentían admiración por él. Me refiero a los viejos cínicos que estaban a un paso de la jubilación. Lo habían visto todo en esta vida, pero no habían visto a nadie como Jim Margolies.
Rebus y el Granjero, los representantes de su comisaría, se habían quedado alejados de la multitud. Habían asistido altos mandos, además de jugadores de rugby, feligreses, vecinos y parientes lejanos. Junto a la tumba, la viuda, vestida de negro y con su hija en brazos, guardaba la compostura. La niña, con un vestido de encaje blanco, melena rubia rizada y la tez reluciente, decía adiós al ataúd de madera. Con aquel cabello y el vestido blanco parecía un ángel. Quizás era esa la intención. Desde luego, destacaba entre la multitud.
Los padres de Margolies también se hallaban presentes. Él parecía un militar retirado, con la espalda tiesa como un palo, pero asiéndose con manos temblorosas a la empuñadura plateada del bastón; ella, frágil, con lágrimas en los ojos y un velo cubriéndole la cara hasta la boca. Había perdido a sus dos hijos. Según contó el Granjero, la hermana de Jim también se había quitado la vida años atrás. Tenía problemas mentales y se cortó las venas. Rebus miró de nuevo a aquellos padres que habían sobrevivido a sus dos criaturas. Pensó en su propia hija y se preguntó cuántas cicatrices ocultas tenía.
Otros familiares se apiñaban cerca de los padres, Rebus no sabía si buscando consuelo o brindando su apoyo.
—Son una buena familia —murmuró el Granjero. Rebus casi percibió un vislumbre de envidia—. Hannah ha ganado varios concursos.
Hannah era la hija. Según pudo saber Rebus, tenía ocho años, además de unos ojos azules como los de su padre y una piel perfecta. El nombre de la viuda era Katherine.
—Dios mío, qué desperdicio.
Rebus pensó en las fotografías del Granjero, en cómo la gente se conocía y entremezclaba formando un patrón que atraía a otros, en colores fusionándose o adoptando contrastes discernibles. Uno hacía amigos, se casaba y formaba una nueva familia, y después tenía hijos que jugaban con los hijos de otros padres. Iba a trabajar y conocía a compañeros con los que trababa amistad. Poco a poco, su identidad se iba subsumiendo; ya no era un individuo y, sin embargo, en cierto modo era más fuerte a consecuencia de ello.
Pero no siempre funcionaba así. Podían surgir conflictos: por trabajo, tal vez, o al darse cuenta uno de que había tomado una mala decisión en el pasado. Rebus lo había vivido en sus propias carnes: había elegido su profesión en detrimento de su matrimonio y había dejado de lado a su mujer, que se había llevado a su hija con ella. Ahora pensaba que había tomado la decisión correcta por las razones equivocadas, que debería haber asumido sus errores de buen comienzo. El trabajo simplemente le había dado una excusa razonable para huir.
Pensó en Jim Margolies, que había saltado al vacío en plena noche. Se preguntaba qué lo había empujado a tomar esa última y cruda decisión. Nadie parecía saberlo. Rebus se había encontrado con muchos suicidios a lo largo de los años; suicidios chapuceros, asistidos y de toda clase. Pero siempre había habido alguna explicación: un punto de ruptura, una honda sensación de pérdida, fracaso o presagio. Leaf Hound: Drowned My Life in Fear.
Pero, en el caso de Jim Margolies, nada encajaba. No tenía sentido. Su viuda, sus padres, sus compañeros de trabajo… Nadie había sido capaz de ofrecer la más mínima explicación. Había sido declarado apto con una calificación A1. Las cosas iban bien en el trabajo y en casa. Amaba a su mujer y a su hija. El dinero no era un problema.
Pero había algo que sí lo era.
«Dios mío, qué desperdicio».
Y qué crueldad: dejar a todos, no solo apenados, sino interrogándose, preguntándose si tenían parte de culpa.
Acabar con tu propia vida, cuando la vida es algo tan preciado.
Al mirar hacia los árboles, Rebus vio a Jack Morton, tan joven como cuando se conocieron.
Estaban arrojando tierra sobre la tapa del ataúd; una última y vacua llamada de atención. El Granjero echó a andar con las manos cruzadas a la espalda.
—No lo entenderé en la vida —dijo.
—Uno nunca es consciente de la suerte que tiene —sentenció Rebus.
3
Se hallaba en lo alto de Salisbury Crags. Soplaba un fuerte viento y se subió el cuello del abrigo. Había pasado por casa para cambiarse de ropa después del funeral y debía volver a la comisaría —divisaba St. Leonard’s desde allí—, pero algo lo había obligado a dar un rodeo.
Un puñado de almas aguerridas habían coronado la cima de Arthur’s Seat. Su recompensa serían las vistas y un zumbido en los oídos que se prolongaría durante horas. A Rebus le daban miedo las alturas, así que no se acercó demasiado al precipicio. El paisaje era extraordinario, como si Dios hubiera propinado un manotazo a Holyrood Park y hubiera aplanado parte de él, pero dejando esa pared vertical, un recordatorio de los orígenes de la ciudad.
Jim Margolies había saltado desde allí. O una repentina racha de viento se lo había llevado: esa era la alternativa menos plausible, pero la más fácilmente digerible. Según la viuda, estaba «paseando y nada más», y había perdido el equilibrio porque estaba oscuro. Pero aquello planteaba preguntas imposibles de responder. ¿Qué lo sacó de la cama en medio de la noche? Si le inquietaba algo, ¿por qué necesitaba reflexionar en lo alto de Salisbury Crags, a varios kilómetros de casa? Vivía en The Grange, en la que había sido la casa de sus padres. Aquella noche llovía, pero no cogió el coche. ¿Notaría un hombre desesperado que estaba calado hasta los huesos…?
Al mirar hacia abajo, Rebus vio el lugar que ocupaba la antigua fábrica de cerveza, donde, al lado de un parque temático, iban a construir el nuevo Parlamento escocés, el primero en trescientos años. Cerca se encontraba Greenfield, una zona de viviendas de protección oficial, un laberinto compacto de bloques altos y centros de acogida. Se preguntaba por qué Salisbury Crags impresionaba mucho más que la ingenuidad humana de los rascacielos. Luego buscó un trozo de papel que llevaba doblado en el bolsillo. Comprobó una dirección, miró de nuevo hacia Greenfield y supo que tenía otra visita que hacer.
Los edificios de tejado plano de Greenfield habían sido construidos a mediados de la década de 1960 y el paso del tiempo empezaba a hacer mella en ellos. En las fachadas descoloridas afloraban manchas oscuras. Los desagües goteaban sobre el asfalto agrietado. La madera podrida de las ventanas estaba descascarillada. En la pared de uno de los pisos de la planta baja, que tenía las ventanas cubiertas con tablones, había una pintada que identificaba a su antiguo ocupante como un «yonqui de mierda».
Ningún planificador urbano había vivido jamás allí. Tampoco ningún director de vivienda o arquitecto de proyectos comunitarios. Lo único que había hecho el ayuntamiento era instalar a inquilinos conflictivos e informar a todo el mundo de que la calefacción estaba en camino. Las fincas se habían construido en un terreno llano por debajo del nivel del mar, y Salisbury Crags se erguía monstruosamente sobre la zona. Rebus volvió a comprobar la dirección que llevaba anotada en el papel. Ya había tenido tratos en Greenfield anteriormente. No podía decirse que fuera el peor barrio de la ciudad, pero aun así era problemático. A primera hora de la tarde las calles estaban tranquilas. En plena calzada alguien había dejado una bicicleta a la que le faltaba la rueda delantera. Más allá había un par de carros de supermercado situados frente a frente, como si estuviesen enfrascados en los cotilleos locales. En medio de los seis bloques de once plantas había cuatro filas de casas adosadas con sus minúsculos jardines y sus pequeñas vallas de madera. La mayoría de las ventanas estaban cubiertas con visillos y había una alarma antirrobo encima de cada puerta.
Parte del asfalto que se extendía entre los bloques había sido convertido en una zona de juegos. Un niño tiraba de otro que iba montado en un trineo, cuyos esquís rasguñaban la nieve imaginaria. Rebus gritó las palabras «Cragside Court», y el niño del trineo señaló hacia uno de los bloques. Al aproximarse se abrió una ventana del primer piso.
—No hace falta que te molestes —le espetó una voz de mujer—. No está aquí.
Rebus retrocedió y miró hacia arriba.
—¿A quién se supone que estoy buscando?
—¿Vas de listo?
—No, simplemente ignoraba que hubiera una pitonisa por aquí. ¿Es su marido o su novio a quien ando buscando?
La mujer se lo quedó mirando y se dio cuenta de que se había precipitado.
—Da igual —dijo, y cerró la ventana.
Había interfono, pero en él no figuraban los nombres, tan solo los números de los pisos. Rebus vio que la puerta estaba abierta y esperó un par de minutos a que llegara el ascensor, que lo llevó traqueteando hasta la quinta planta. Recorrió un pasillo al aire, pasando por delante de media docena de pisos, hasta que encontró el 5/14 de Cragside Court. La ventana estaba tapada con lo que parecía una sábana azul raída. La puerta presentaba indicios de agresión: robos frustrados o gente que, a falta de timbre o picaporte, la había pateado. Tampoco había placa de identificación, pero no importaba. Rebus sabía quién vivía allí.
Darren Rough.
La dirección era nueva para Rebus. Cuando ayudó a recabar pruebas contra Rough cuatro años antes, este vivía en un piso de Buccleuch Street. Ahora había regresado a Edimburgo y Rebus estaba deseando darle la bienvenida. Además, tenía un par de preguntas que hacerle, preguntas sobre Jim Margolies…
El único problema era que tenía la sensación de que el piso estaba vacío. Llamó con desgana a la puerta y a la ventana y, al no obtener respuesta, se agachó a mirar por el buzón, pero descubrió que lo habían tapado desde dentro. O bien Rough no quería miradas indiscretas, o bien había estado recibiendo correo no deseado. Rebus se dio la vuelta y, con los brazos apoyados en la barandilla, observó el parque infantil. Niños: un lugar como Greenfield debía de estar lleno de niños. Luego estudió el domicilio de Rough. No había pintadas en las paredes ni en la puerta, nada que identificara al inquilino como un «pervertido de mierda». En la planta baja, el trineo había tomado una curva excesivamente rápido y su ocupante se había caído. Rebus oyó una ventana abrirse con gran estruendo.
—¡Te he visto, Billy Horman! ¡Lo has hecho adrede!
Era la misma mujer, y sus palabras iban dirigidas al niño que tiraba del trineo.
—¡Mentira! —respondió él.
—¡Lo has hecho queriendo! ¡Te voy a matar! —Y luego, cambiando de tono—: ¿Estás bien, Jamie? Te he dicho cien veces que no quiero que juegues con ese capullo. ¡Ven aquí ahora mismo!
El herido se pasó una mano por debajo de la nariz —hasta ahí llegaba su capacidad de desafío— y se dirigió al bloque. Luego se volvió hacia su amigo. La mirada que cruzaron duró solo un segundo o dos, pero dejaba entrever que seguían siendo amigos, que el mundo de los adultos no podría romper ese lazo.
Rebus observó a Billy Horman, el niño que tiraba del trineo, mientras se alejaba, y bajó las escaleras. Le resultó fácil encontrar el piso de la mujer tres plantas más abajo. Sus gritos se oían a treinta metros de distancia. Rebus pensó si sería una inquilina problemática; tenía la impresión de que pocos osarían quejarse cara a cara…
La puerta era maciza. La habían pintado recientemente de azul oscuro y tenía mirilla. En la ventana había unos visillos, que la mujer apartó para ver quién llamaba. Cuando abrió la puerta, su hijo aprovechó para salir corriendo por el pasillo.
—¡Voy a la tienda, mamá!
—¡Vuelve aquí!
Fingió no oírla y dobló la esquina.
—Dame fuerzas para retorcerle el pescuezo —dijo la madre.
—Estoy convencido de que le quiere.
Ella lo miró con cara de pocos amigos.
—¿Nos conocemos de algo?
—Aún no ha respondido a mi pregunta: ¿marido o novio?
La mujer se cruzó de brazos.
—Mi hijo mayor, por si le interesa.
—¿Y piensa que he venido aquí a verlo?
—Eres poli, ¿no?
La mujer resopló al ver que Rebus guardaba silencio.
—Entonces, ¿debería conocerlo?
—Es Calumn Brady —dijo ella.
—¿Es usted la madre de Cal?
Rebus asintió lentamente. Conocía la fama de Cal Brady, un auténtico buscavidas. También había oído hablar de su madre.
Con aquellas zapatillas de piel de oveja medía casi un metro ochenta. Era de complexión fuerte, con brazos y muñecas gruesos, y hacía mucho tiempo que su rostro había llegado a la conclusión de que el maquillaje no iba a solucionar nada. Llevaba el cabello, poblado, de color platino y raíces castañas, peinado con raya en medio, e iba enfundada en el reglamentario chándal azul de tacto sedoso con una línea plateada en mangas y perneras.
—Entonces, ¿no has venido a buscar a Cal? —preguntó la mujer.
—No, a menos que crea usted que ha hecho algo.
—Entonces, ¿a qué has venido?
—¿Ha tenido trato con uno de sus vecinos, un chaval joven que se llama Darren Rough?
—¿En qué piso vive? —Rebus no respondió—. Aquí la gente viene y va continuamente. Trabajo social los trae aquí un par de semanas. A saber qué hacen con ellos. Desaparecen o los liquidan. —Resopló de nuevo—. ¿Qué aspecto tiene?
—Da igual —dijo Rebus.
Jamie había vuelto al parque infantil, pero no había rastro de su amigo. Corría en círculos, tirando del trineo, y a Rebus le dio la sensación de que podía pasarse el día entero así.
—¿Jamie no tiene colegio hoy? —preguntó al volverse hacia el umbral.
—¿Y a ti qué coño te importa? —replicó la señora Brady, que le cerró la puerta en las narices.
4
De vuelta en la comisaría de St. Leonard’s, Rebus buscó información sobre Calumn Brady en el ordenador. A sus diecisiete años, Cal ya se había labrado un historial impresionante: agresión, hurto, ebriedad y alteración del orden público. Todavía no había indicios de que Jamie estuviera siguiendo sus pasos, pero la madre, Vanessa Brady, conocida como Van, había tenido problemas. Algunas disputas con vecinos habían adquirido tintes violentos y la habían descubierto facilitando una falsa coartada a Cal en uno de sus casos de agresión. No se mencionaba al marido en ningún momento. Silbando We Are Family, Rebus fue a preguntar al policía de recepción si sabía quién era el agente de proximidad de Greenfield.
—Tom Jackson —le dijeron—. Y sé dónde está. Lo he visto no hace ni dos minutos.
Tom Jackson estaba apurando un cigarrillo en el aparcamiento situado detrás de la comisaría. Rebus se acercó a él, encendió uno y le ofreció la cajetilla. Jackson la rehusó.
—Tengo que controlarme, señor —repuso.
Jackson rondaba los cuarenta y cinco años y era robusto. Tenía el pelo y el bigote grises y unos ojos oscuros que le daban un aire de escepticismo perenne. Él lo consideraba algo ventajoso, ya que le bastaba con guardar silencio y los sospechosos confesaban más de lo que querían solo para aplacar aquella mirada.
—Me han dicho que sigue trabajando en Greenfield, Tom.
—Para expiar mis pecados. —Jackson tiró la ceniza del cigarrillo y se limpió unas motas del uniforme—. Debían trasladarme en enero.
—¿Y qué ocurrió?
—Los vecinos necesitaban un Papá Noel para la fiesta navideña. Cada año va uno a la iglesia con los niños necesitados, y se lo pidieron al tonto que tiene delante.
—¿Y?
—Y lo hice. Algunos de esos niños…, pobrecillos. Casi me hacen llorar. —El recuerdo lo sumió en el silencio unos instantes—. Después se me acercaron varios vecinos y empezaron a susurrar. Me sentía como el confesor. La única manera de darme las gracias que se les ocurrió fue soltarme unos cuantos chivatazos.
Rebus esbozó una sonrisa.
—Delatar a sus vecinos.
—Tras lo cual, mi expediente recibió un espaldarazo repentino. La putada es que, como han visto que de pronto soy así de listo, han decidido dejarme allí.
—Es víctima de su propio éxito, Tom. —Rebus dio una calada y retuvo el humo mientras observaba la punta del cigarrillo. Exhaló y negó con la cabeza—: Joder, me encanta fumar.
—A mí no. Cuando hablo con un chaval y estoy advirtiéndole sobre el consumo de drogas, me paso el rato ansioso por fumar un pitillo. —Sacudió la cabeza—. Daría lo que fuera por dejarlo.
—¿Ha probado los parches?
—No funcionaron. Se me caían del ojo continuamente. —Ambos se echaron a reír—. Supongo que al final lo conseguirá —añadió Jackson.
—¿El qué? ¿Probar los parches?
—No, decirme qué anda buscando.
—¿Tan transparente soy?
—Quizá sea mi afilada intuición.
Rebus tiró la ceniza y se la llevó la brisa.
—Hace un rato he ido a Greenfield. ¿Conoce a un tal Darren Rough?
—No me suena.
—Tuve un encontronazo con él en el zoo.
Jackson asintió y apagó el cigarrillo.
—Me lo contaron. Es un pedófilo, ¿verdad?
—Y vive en Cragside Court.
Jackson miró fijamente a Rebus.
—Eso no lo sabía.
—Por lo visto, los vecinos tampoco.
—Si se enteran, lo matan.
—Tal vez alguien podría mencionarlo…
Jackson frunció el ceño.
—No lo veo claro, la verdad. Lo ahorcarían.
—No exagere, Tom. Pero a lo mejor eso lo obligaría a irse de la ciudad.
Jackson enderezó la espalda.
—¿Y eso es lo que quiere?
—¿En serio quiere usted a un pedófilo en su zona?
Jackson meditó la pregunta. Sacó el paquete de tabaco y se disponía a coger un pitillo cuando vio que la hora del descanso había terminado.
—Deje que lo piense.
—Lo comprendo, Tom. —Rebus apagó la colilla en el asfalto—. Me encontré con una vecina de Rough, una tal Van Brady.
Jackson torció el gesto.
—Por su bien, no se cruce en su camino si tiene un mal día.
—¿Me está diciendo que tiene días buenos?
—Si no se le acerca mucho…
Ya en su puesto, Rebus llamó a las oficinas del ayuntamiento y finalmente le pasaron con el trabajador social de Darren Rough, un hombre llamado Andy Davies.
—¿Le parece una jugada inteligente? —preguntó Rebus.
—¿Le importaría decirme de qué está hablando?
—Un pedófilo declarado con un piso de protección oficial en Greenfield y unas bonitas vistas al parque infantil.
—¿Qué ha hecho? —preguntó con repentino hartazgo.
—Nada de lo que pueda acusarlo. —Rebus hizo una pausa—. Todavía. Llamo ahora que estamos a tiempo.
—¿A tiempo de qué?
—De trasladarlo.
—¿Trasladarlo adónde exactamente?
—¿Qué le parece Bass Rock?
—¿O una jaula del zoo, quizá?
Rebus se recostó en la silla.
—Se lo ha dicho…
—Pues claro que me lo ha dicho. Soy su trabajador social.
—Estaba haciendo fotos a niños.
—Se lo hemos contado todo al comisario Watson.
Rebus observó la oficina.
—Cosa que no me agrada, señor Davies.
—Pues le aconsejo que hable con su jefe, inspector.
No podía ocultar su irritación.
—Entonces, ¿no piensa hacer nada?
—¡Fueron los suyos quienes quisieron traerlo aquí!
Hubo un silencio, y luego:
—¿Qué acaba de decir?
—Mire, no tengo nada más que añadir. Hable con el comisario, ¿entendido?
La llamada se cortó. Rebus telefoneó al despacho de Watson, pero su secretaria le informó de que había salido. Empezó a mordisquear el bolígrafo, deseando que el plástico contuviera nicotina.
«Fueron los suyos quienes quisieron traerlo aquí».
La agente Siobhan Clarke estaba sentada a su mesa hablando por teléfono. Detrás de ella, Rebus vio una postal de un león marino. Al aproximarse, se fijó en que alguien había añadido un bocadillo de diálogo que salía de la boca de la criatura: «Yo cenaré Rebus, gracias».
—Jo, jo —dijo, y arrancó la postal de la pared.
Clarke había concluido la llamada.
—A mí no me mires —advirtió.
Rebus escrutó la sala. El agente Grant Hood estaba leyendo un periódico sensacionalista y el subinspector George Silvers fruncía el ceño delante de la pantalla de ordenador. Entonces llegó el inspector Bill Pryde y Rebus supo que era su hombre. Pelo rizado claro, bigote pelirrojo; una cara hecha para las diabluras. Rebus agitó la postal y Pryde adoptó una expresión de falsa inocencia. Cuando Rebus se dirigía hacia él, empezó a sonar un teléfono.
—Es el tuyo —dijo Pryde.
De camino a la mesa, Rebus tiró la tarjeta a una papelera.
—Inspector Rebus —saludó.
—Ah, hola. Probablemente no «mee» recuerdes. —Se oyó una breve carcajada—. Era una broma que me gastaban en el colegio.
Rebus, inmune a toda suerte de excentricidades, se apoyó en el borde de la mesa.
—¿Y por qué? —dijo, preguntándose con qué clase de chiste iban a deleitarlo.
—Porque me llamo así: Mee. —Su interlocutor se lo deletreó—. Brian Mee.
En el cerebro de Rebus empezó a formarse una fotografía borrosa: dientes salidos; nariz y mejillas pecosas; peinado a capa.
—¿Barney Mee? —dijo.
Se oyeron más carcajadas al otro lado de la línea.
—Nunca supe por qué me llamaban así.
Rebus podría habérselo dicho: por Barney Rubble,* de Los Picapiedra. Y podría haber añadido: «Porque eras un lerdo y un capullo». Sin embargo, decidió preguntarle qué podía hacer por él.
—Bueno, Janice y yo estábamos pensando… En realidad fue idea de mi madre. Conocía a tu padre. Ambos lo conocían, pero mi padre falleció. Iban juntos a tomar copas al Goth.
—¿Sigues viviendo en Bowhill?
—No conseguí huir, pero trabajo en Glenrothes.
La foto ahora resultaba más nítida: jugaba bastante bien al rugby, era agresivo y tenía el pelo castaño rojizo. Arrastraba la mochila por el suelo hasta que saltaban las costuras. Se pasaba el día mascando unos caramelos enormes y le moqueaba la nariz.
—Y bien, ¿qué puedo hacer por ti, Brian?
—Fue idea de mi madre. Recordó que estabas en la policía de Edimburgo y pensó que tal vez podrías ayudarnos.
—¿En qué?
—Es nuestro hijo. De Janice y mío. Se llama Damon.
—¿Qué ha hecho?
—Ha desaparecido.
—¿Huido?
—Más bien se ha esfumado. Estaba en una discoteca con sus amigos…
—¿Has llamado a la policía? A la policía de Fife, quiero decir.
—El caso es que la discoteca está en Edimburgo. La policía de allí dice que lo investigó e hizo algunas preguntas. Damon tiene diecinueve años. Según ellos, eso significa que está en su derecho de largarse si le apetece.
—Y tienen razón, Brian. La gente huye continuamente. A lo mejor tenía problemas con alguna chica.
—Estaba prometido.
—Quizá se asustó.
—Helen es una chica encantadora. No discutían jamás.
—¿Dejó una nota?
—Ya se lo comenté a la policía: no dejó nota y no se llevó ropa ni nada.
—¿Crees que le ha ocurrido algo?
—Nosotros solo queremos saber que está bien… —La voz se fue desvaneciendo—. Mi madre siempre habla bien de tu padre. En esta ciudad lo recuerdan.
«Y está enterrado allí», pensó Rebus. Cogió el bolígrafo.
—Facilítame algunos detalles, Brian, y veré qué puedo hacer.
Al rato, Rebus fue a la mesa de Grant Hood, cogió un periódico de la papelera y buscó la sección editorial. Abajo de todo, en negrita, vio el mensaje: «¿Tiene una noticia? Llame a la sala de redacción de día o de noche». Habían incluido el número de teléfono. Rebus lo anotó en su libreta.
5
El silencioso baile comenzó de nuevo. Las parejas se contoneaban, echaban la cabeza hacia atrás o se pasaban las manos por el pelo mientras los ojos buscaban amores futuros o pasados para provocar celos. El monitor de vídeo daba una pátina empalagosa a todo.
No había sonido, tan solo imágenes, y la cinta saltaba de la pista de baile a la barra principal, y luego, a la segunda barra y al pasillo que conducía a los lavabos. Después, al vestíbulo y al exterior. La parte trasera era un callejón encharcado lleno de papeleras en el que el propietario de la discoteca tenía aparcado su Mercedes. El lugar se llamaba Gaitano, nadie sabía por qué. A algunos clientes se les había ocurrido el apodo de Guiser, y ese era el nombre por el cual lo conocía Rebus.
El local se encontraba en Rose Street y cada noche empezaba a llenarse hacia las diez y media. El verano anterior se había producido un apuñalamiento en el callejón trasero y el dueño se quejó de que le habían manchado el Mercedes de sangre.
Rebus estaba sentado en una silla pequeña e incómoda en un cuartucho con una pésima iluminación. En la otra silla, sosteniendo el mando a distancia del vídeo, estaba la agente Phyllida Hawes.
—Allá vamos otra vez —dijo esta. Rebus se inclinó hacia delante. La imagen pasó del callejón trasero a la pista de baile—. Está a punto.
Otro plano: barra principal, tres filas de clientes esperando a que les sirvieran. Hawes congeló la imagen. Más que blanco y negro era sepia, el color de las fotografías muertas. Según había explicado antes, ello obedecía a la iluminación interior. Fue pasando el vídeo fotograma a fotograma. Entonces, Rebus se acercó a la pantalla y, con una rodilla hincada en el suelo, señaló un rostro con el dedo.
—Es él —coincidió Hawes.
Sobre la mesa había una delgada carpeta. Rebus sacó una instantánea y la sostuvo junto a la pantalla.
—De acuerdo —dijo—. Avance a cámara lenta.
La cámara de seguridad se detuvo otros diez segundos en la barra principal y después pasó a la segunda barra y efectuó un barrido general. Cuando volvió a la barra principal, la multitud de clientes no parecía haberse movido. Volvió a congelar la imagen.
—No está ahí —comentó Rebus.
—Es imposible que le sirvieran. Los dos que tenía delante siguen esperando.
Rebus asintió.
—Debería estar.
Tocó de nuevo la pantalla.
—Al lado de la rubia —dijo Hawes.
Sí, la rubia: pelo ondulado, ojos y labios oscuros. Ella miraba hacia un lado mientras los clientes que la rodeaban trataban de llamar la atención de los camareros. Llevaba un vestido sin mangas.
Veinte segundos de imágenes del vestíbulo mostraban un reguero constante de gente entrando en la discoteca, pero a nadie saliendo.
—He visto toda la cinta —observó Hawes—. Créame, el chico no aparece.
—¿Y qué le paso?
—Fácil: se fue, pero las cámaras no lo captaron.
—¿Y dejó colgados a sus amigos?
Rebus volvió a repasar el informe. Damon Mee había salido con dos amigos, una noche en la gran ciudad. Había sido idea de Damon: dos cervezas y una Coca-Cola, esta última para el que le tocara conducir. Habían estado esperándolo y luego empezaron a buscar. La explicación inicial fue que había ligado y se había escabullido sin decir nada. A lo mejor la chica no era precisamente motivo de orgullo. Pero no había ido a casa, y sus padres empezaron a hacer preguntas, preguntas que nadie era capaz de responder.
La verdad era que Damon Mee, tal como demostraba el reloj de la cámara, se había evaporado de este mundo entre las 23:44 y las 23:45 del viernes anterior.
Hawes apagó el televisor. Era alta y delgada y conocía bien su trabajo. No le había gustado que Rebus se personara de aquella manera en la comisaría de Gayfield; no le había gustado lo que ello implicaba.
—Dudo de que haya algo turbio —dijo a la defensiva—. Cada año desaparecen doscientas cincuenta mil personas y la mayoría vuelven cuando lo consideran oportuno.
—Mire —le aseguró Rebus—, hago esto por un viejo amigo, eso es todo. Él solo quiere saber que hemos hecho todo lo posible.
—¿Y qué podemos hacer?
Era una buena pregunta que Rebus no acertó a responder. En lugar de eso, se desempolvó los pantalones a la altura de las rodillas y preguntó si podía ver el vídeo una última vez.
—Por cierto —añadió—, ¿cabría la posibilidad de imprimir una cosa?
—¿Imprimir?
—Una foto de la gente que había en la barra.
—No estoy segura, pero tampoco servirá de mucho, ¿no? Además, tenemos fotos decentes de Damon.
—Quien me interesa no es él —respondió Rebus cuando la cinta empezó a correr—. Es la rubia que lo miraba al salir.
Aquella noche, Rebus se dirigió al norte de Edimburgo, pagó el peaje del puente Forth Road y cruzó hasta Fife. A aquel sitio le gustaba autodenominarse «el Reino», y algunos coincidían en que era otro país, con una identidad lingüística y cultural propia. Para tratarse de un lugar tan pequeño, era de una complejidad casi infinita. Rebus se crio allí y ya le causaba esa impresión cuando era niño. Para los forasteros, era sinónimo de escenarios costeros y St. Andrews, o un simple tramo de carretera que unía Edimburgo y Dundee, pero el centro-oeste del Fife de su infancia era muy distinto: un lugar dominado por minas de carbón y linóleo, astilleros y petroquímicas; un paisaje industrial moldeado por las necesidades básicas y semillero de personas desconfiadas e introvertidas con el humor más negro que uno pudiera encontrar.
Habían construido carreteras nuevas y derribado algunos monumentos desde la última visita de Rebus, pero el lugar no distaba tanto del de hacía unos treinta años. Al fin y al cabo, no era un lapso de tiempo tan largo, excepto para un ser humano, quizás. Al entrar en Cardenden —Bowhill había desaparecido de las señales de tráfico en la década de 1960, aunque los lugareños todavía lo consideraban un pueblo distinto de su vecino—, Rebus aminoró la marcha para valorar si los recuerdos resultaban dulces o amargos. Entonces vio un restaurante chino de comida para llevar y pensó: «Ambas cosas, por supuesto».
Fue fácil dar con la casa de Brian y Janice Mee: estaban esperándolo en el umbral. Rebus había nacido en una casa prefabricada, pero se crio en una adosada muy similar a aquella. Brian Mee prácticamente le abrió la puerta del coche e intentó estrecharle la mano mientras Rebus se desabrochaba el cinturón de seguridad.
—¡Déjalo respirar! —lo exhortó su mujer, que seguía junto a la puerta con los brazos cruzados—. ¿Cómo estás, Johnny?
En ese momento se dio cuenta de que Brian se había casado con Janice Playfair, la única chica que había logrado dejar inconsciente a John Rebus en su larga y atribulada existencia.
La estrecha sala de techo bajo estaba a rebosar. No solo se encontraban allí Rebus, Brian y Janice, sino también la madre de Brian y el señor y la señora Playfair, amén de un ondulante sofá de tres plazas y mesas y muebles diversos. Tras las consabidas presentaciones, invitaron a Rebus a sentarse en la «butaca de al lado de la chimenea». Hacía bochorno. Alguien sacó una tetera, y sobre la mesa contigua a la butaca había porciones de pastel para un regimiento.
—Es un chico listo —dijo la madre de Janice, y tendió a Rebus una fotografía enmarcada de Damon Mee—. Tiene muchos diplomas. Trabaja duro y está ahorrando para casarse.
En la foto aparecía un granuja sonriente que había terminado los estudios hacía poco.
—Las fotos más recientes se las dimos a la policía —explicó Janice.
Rebus las había visto en el expediente. No obstante, cuando le ofrecieron un fajo de instantáneas de las vacaciones, las examinó concienzudamente, pues eso le ahorraba tener que ver las caras de expectación. Se sentía como un médico del que se esperaban diagnóstico y remedio inmediatos. Aquellas fotos mostraban un rostro más agobiado que la imagen enmarcada. La sonrisa pícara seguía allí, pero era perceptiblemente más vieja y forzada. Se detectaba algo en aquellos ojos, tal vez desencanto. Los padres de Damon aparecían en varias fotos.
—Fuimos todos juntos —explicó Brian—. La familia al completo.
Playas, un gran hotel blanco y juegos al borde de la piscina.
—¿Dónde es?
—Lanzarote —contestó Janice, que le ofreció su té—. ¿Sigues tomando azúcar?
—No lo hago desde hace años —dijo Rebus.
En un par de fotos llevaba bikini: tenía buen cuerpo para su edad, o para cualquier edad en general. Intentó no entretenerse mucho con ellas.
—¿Puedo llevarme un par de primeros planos? —preguntó, y ella se lo quedó mirando—. De Damon.
Janice asintió y Rebus depositó el resto de las fotos en el montón.
—Estamos muy agradecidos —dijo alguien.
¿La madre de Janice? ¿La de Brian? Rebus no sabía.
—¿Decís que su novia se llama Helen?
Brian asintió. Había perdido un poco de pelo, había ganado peso y tenía los cachetes caídos. Encima de la repisa de la chimenea había una hilera de trofeos: dardos y billar, deportes de pub. Imaginó que Brian seguía entrenando casi todas las noches. Janice… Janice estaba igual que siempre. No, eso no era del todo cierto. Tenía algunos mechones de pelo gris, pero, aun así, hablar con ella era como retrotraerse a otra época.
—¿Helen vive por aquí? —preguntó.
—Prácticamente a la vuelta de la esquina.
—Me gustaría hablar con ella.
—La llamaré.
Brian se puso en pie.
—¿Dónde trabaja Damon? —dijo Rebus a falta de una pregunta más adecuada.
—En el mismo sitio que su padre —respondió Janice, que se encendió un cigarrillo.
Rebus arqueó una ceja: en el colegio era antitabaco. Ella notó su mirada y sonrió.
—Consiguió trabajo de empaquetador —dijo el padre de Janice. Parecía frágil y le temblaba la barbilla. Rebus pensó que tal vez había sufrido una embolia; un lado de la cara parecía flácido—. Está aprendiendo los rudimentos. Pronto será encargado.
Nepotismo de clase trabajadora, puestos que pasan de padres a hijos. A Rebus le sorprendió que todavía existiera eso.
—Es una suerte encontrar trabajo por aquí —apostilló la señora Playfair.
—¿Están mal las cosas?
Ella chasqueó la lengua e ignoró la pregunta.
—¿Te acuerdas de la vieja cantera, John? —preguntó Janice.
Por supuesto que la recordaba, y también la montaña de chatarra y el bosque que la rodeaba. Los largos paseos las noches de verano, una parada para darse unos besos que parecían prolongarse horas. Columnas de humo del carbón que se elevaban desde la cantera, la basura que contenía todavía en llamas.
—Lo han derribado todo y lo han convertido en una zona verde. Se rumorea que van a construir un museo de la minería.
La señora Playfair volvió a chasquear la lengua.
—Solo servirá para recordarnos lo que tuvimos.
—Creará puestos de trabajo —aventuró su hija.
—Al Cowdenbeath lo llamaban el Chicago de Fife —terció la madre de Brian Mee.
—El Brasil Azul —precisó la señora Playfair, y luego soltó una carcajada que parecía un graznido.
Se refería al club de fútbol Cowdenbeath y el apodo era una ironía autoimpuesta. Se llamaban a sí mismos el Brasil Azul porque eran nefastos.
—Helen llegará en un minuto —dijo Brian al regresar.
—¿No va a comer pastel, inspector? —añadió la señora Playfair.
En el camino de vuelta a Edimburgo recapituló su conversación con Helen Cousins, que no había podido aportar gran cosa a la imagen que Rebus se había formado de Damon y no estaba allí la noche de su desaparición. Había salido con unas amigas. Era el ritual de los viernes: Damon salía con «los chicos» y ella, con «las chicas». Rebus había hablado con uno de los compañeros de Damon; el otro no estaba en casa. No había recabado ninguna información de utilidad.
Mientras cruzaba el puente Forth Road pensó en el símbolo que había elegido Fife para sus carteles de bienvenida: el puente ferroviario de Forth. No era tanto una identidad como un reconocimiento del fracaso, del hecho de que Fife era para muchos un conducto o un mero apéndice de Edimburgo.
Helen Cousins llevaba lápiz de ojos negro y pintalabios rojo, y nunca sería hermosa. El acné había tallado crueles líneas en su cara cetrina. Llevaba el pelo teñido de negro y el flequillo engominado. Cuando le preguntó qué creía que le había sucedido a Damon, se encogió de hombros y cruzó los brazos y las piernas en una negativa a aceptar cualquier culpabilidad que Rebus estuviera intentando achacarle.
Joey, que estuvo en la Guiser aquella noche, se mostró igual de reticente.
—Fue una salida más —había dicho—. No hubo nada inusual.
—¿No notasteis nada diferente en Damon?
—¿Como qué?
—No lo sé. ¿Estaba preocupado, quizá? ¿Parecía nervioso?
Joey se encogió de hombros: esa era la preocupación que aparentemente sentía por su amigo.
Rebus tenía intención de ir a casa, es decir, al piso de Patience, pero al detenerse en los semáforos de Queensferry Road decidió dejarse caer por el Oxford. No a tomar una copa, sino una Coca-Cola o un café, y a buscar un poco de compañía. Pediría un refresco y escucharía las últimas habladurías.
Así pues, pasó por delante de Oxford Terrace, se detuvo al principio de Castle Street y recorrió a pie la pendiente hasta el Ox. El castillo de Edimburgo se encontraba justo al otro lado de la elevación. Las mejores vistas las brindaba una hamburguesería de Princes Street. Abrió la puerta del pub y notó el calor y el olor a humo. En el Ox no hacía falta tabaco; respirar era como fumarse medio paquete. Coca-Cola o café: le estaba costando decidirse. Aquella noche trabajaba Harry, que cogió un vaso de pinta vacío y lo agitó en dirección a Rebus.
—Venga, va —dijo este, como si fuera la decisión más fácil que había tomado en su vida.
Cuando llegó a casa a las doce menos cuarto, Patience estaba viendo la televisión. Últimamente no hacía demasiados comentarios sobre su consumo de alcohol: el silencio era igual de efectivo que los sermones. Pero arrugó la nariz al oler el humo que se aferraba a los pantalones de Rebus, así que este los dejó en la cesta de la colada y se fue a dar una ducha. Patience estaba en la cama cuando salió. Había un vaso de agua fresca en su mesita de noche.
—Gracias —dijo Rebus, que lo engulló con dos paracetamoles.
—¿Qué tal el día? —preguntó ella: pregunta automática, respuesta automática.
—No ha estado mal. ¿Y tú?
La respuesta fue un gruñido soñoliento. Tenía los ojos cerrados. Había cosas que Rebus quería decir, preguntas que quería formular. «¿Qué estamos haciendo aquí?», «¿quieres que me vaya?». Pensó que tal vez Patience tenía las mismas preguntas o parecidas. Por alguna razón, siempre se las callaban; tal vez era por miedo a las respuestas y a lo que esas respuestas conllevarían. ¿Acaso existía alguien que disfrutara con el fracaso?
—He ido a un entierro —le dijo—. Un conocido.
—Lo siento.
—Tampoco lo conocía muy bien.
—¿De qué murió?
Patience tenía la cabeza apoyada en la almohada y los ojos cerrados.
—De una caída.
—¿Accidental?
Estaba distanciándose de él, pero respondió de todos modos.
—La viuda ha vestido a su hija de ángel. Supongo que es una manera de sobrellevarlo. —Rebus hizo una pausa y notó que la respiración de Patience se volvía más regular—. Esta noche he ido a Fife, al casco viejo. He estado con unos amigos a los que no veía desde hace años. —La miró—. Un antiguo amor, una mujer con la que podría haber acabado casándome. —Le tocó el pelo—. No habría existido Edimburgo, no habría existido la doctora Patience Aitken.
Rebus volvió la vista hacia la ventana. No habría existido Sammy… Quizá tampoco habría sido policía.
No habría habido fantasmas.
Cuando Patience se quedó dormida, volvió al salón y conectó los auriculares al equipo de música. Rebus había añadido un tocadiscos al reproductor de CD de Patience. En una bolsa guardada debajo de la estantería encontró las últimas compras que había realizado en Backbeat Records: Light of Darkness y Writing on the Wall, dos grupos escoceses que recordaba vagamente de antaño. Cuando se sentó a escucharlos, se preguntó por qué solo le complacía retroceder. Rememoró la época en que fue feliz y se dio cuenta de que en aquel momento no se sentía así: solo era consciente de ello volviendo la vista atrás. ¿Por qué? Se recostó con los ojos cerrados. Incredible String Band: The Half-Remarkable Question. Transición a Brian Eno: Everything Merges with the Night. Vio a Janice Playfair tal como era la noche que lo noqueó, la noche que lo cambió todo. Y vio a Alec Chisholm, que un día salió del colegio y desapareció sin dejar rastro. No recordaba la cara de Alec, tan solo un vago perfil y aquel porte suyo. Alec el listo, el que iba a llegar lejos.
Pero nadie esperaba que eligiera aquel camino.
Sin necesidad de abrir los ojos, Rebus supo que Jack Morton estaba sentado delante de él. ¿Podía oír la música? Nunca hablaba, así que era difícil saber si los sonidos significaban algo para él. Estaba esperando la canción titulada Bogeyman; escuchando y esperando…
Casi había amanecido cuando, al volver del cuarto de baño, Patience le quitó los auriculares y lo tapó con una manta.
6
Había tres hombres en la sala, todos ellos uniformados, todos ellos con ganas de atizar a Cary Oakes. Lo veía en sus ojos, en su postura rígida, en sus pómulos moviéndose al mascar chicle. Estiró las piernas repentinamente y cambió de postura, arqueando la cabeza hacia atrás para que lo inundaran los rayos de sol que entraban por la ventana. Bañado por el calor y la luz, notó la sonrisa en su rostro. Su madre siempre le decía que su cara brillaba al sonreír. Ya entonces era una vieja loca. En la cocina tenía dos fregaderos con un escurridor de ropa que podía fijarse entre ambos. Se lavaba la ropa en uno de los fregaderos y se pasaba al otro a través del escurridor. Una vez, Oakes metió los dedos entre los dos rodillos e hizo girar la manivela hasta que le dolió.
Tres guardias de prisiones: ese era el valor que atribuían a Cary Oakes. Tres guardias y cadenas para brazos y piernas.
—Eh, chicos —dijo, haciendo sobresalir la mandíbula—, haced todo lo que podáis.
—Cállate, Oakes.
Cary Oakes sonrió de nuevo. Había forzado una reacción, y esas pequeñas victorias le alegraban el día. El guardia que había hablado, el que llevaba una placa que lo identificaba como saunders, solía ser nervioso. Oakes entrecerró los ojos e imaginó aquella cara apoyada en un escurridor, e imaginó también la fuerza que necesitaría para hacerla pasar entre los dos rodillos. Oakes se frotó la barriga; pese a la comida que intentaban darle, no tenía ni un gramo de grasa. Se ceñía a verduras, fruta, agua y zumos. Debía mantener el cerebro activo. Muchos prisioneros vivían en punto muerto; el motor funcionaba, pero no se movían. Una temporada de confinamiento podía ejercer ese efecto sobre una persona, hacerle creer cosas que no eran ciertas. Oakes estaba al corriente de la actualidad; se había suscrito a varias revistas y periódicos, veía las noticias en televisión y evitaba todo lo demás, excepto un poco de deporte. Pero incluso el deporte era una especie de novocaína. En lugar de observar la pantalla, escrutaba los demás rostros. Veía sus ojos somnolientos, su falta de concentración, como bebés a los que servían felicidad a cucharadas, barrigas y cerebros repletos de mugre recalentada.
Se puso a silbar una canción de los Beatles, Good Day, Sunshine, preguntándose si alguno de los guardias la conocería. Había potencial para otra reacción. Pero entonces se abrió la puerta y entró su abogado. Era el quinto en dieciséis años, un promedio nada desdeñable. Aquel era joven; rondaba los veinticinco años y llevaba una chaqueta azul y pantalones de color crema, una combinación que le hacía parecer un niño probándose la ropa de su padre. La chaqueta tenía botones con efecto latón y complejos estampados en el bolsillo delantero.
—¡Hola, camarada de a bordo! —exclamó Oakes sin moverse de la silla.
Su abogado se sentó al otro lado de la mesa. Oakes puso las manos detrás de la cabeza y agitó las cadenas.
—¿Cabría la posibilidad de quitárselas? —preguntó el abogado.
—Es para protegerlo a usted, señor.
Era la respuesta tipo. Oakes utilizó ambas manos para rascarse la cabeza, que llevaba rapada.
—¿Sabes los buzos y los astronautas? Utilizan botas con pesos. En su profesión son necesarias. Yo pienso que cuando pierda estas cadenas flotaré hasta el techo. Puedo ganarme la vida en un circo de monstruos: la mosca humana, véanla escalar las paredes. Imagínate las posibilidades, tío. Puedo flotar hasta un segundo piso y ver por la ventana a todas las mujeres preparándose para irse a la cama. —Giró la cabeza hacia los guardias—. ¿Alguno de vosotros está casado?
El abogado lo ignoró. Tenía trabajo que hacer, así que abrió el maletín y sacó la documentación. Allá donde fueran los abogados, los papeles iban con ellos. Muchos papeles. Oakes se esforzó en mostrar desinterés.
—Señor Oakes —dijo el abogado—, ahora es solo cuestión de detalles.
—Siempre me han gustado los detalles.
—Hay documentos que requieren la firma de las autoridades.
—¿Lo veis, tíos? —dijo Oakes a los guardias—. ¡Os dije que no había cárcel que pudiera retener a Cary Oakes! De acuerdo, me ha llevado quince años, pero nadie es perfecto. —Se echó a reír y miró a su abogado—. Entonces, ¿cuánto tiempo requerirían todos esos… detalles?
—Yo diría que unos días.
A Oakes le latía el corazón con fuerza. Le zumbaban los oídos a causa de la intensidad de todo aquello, de la oleada de aprensión y expectación. Días…
—Pero no he terminado de pintar mi celda. Quiero dejársela bonita al próximo inquilino.
Finalmente, el abogado sonrió y, en ese preciso instante, Oakes supo cómo era: trepando en el bufete de su padre; denigrado por sus mayores; blanco del recelo de sus compañeros. ¿Estaría espiándolos, informando al viejo? ¿Cómo podía demostrar su valía? Si los acompañaba a tomar una copa un viernes por la noche y se aflojaba la corbata y se desmelenaba, se sentían incómodos. Si guardaba las distancias, lo consideraban una persona fría. ¿Y el padre? No podía permitir que lo acusaran de nepotismo; el muchacho tenía que aprender con sangre, sudor y lágrimas. Le encomendaría los peores casos, los casos imposibles, aquellos tras los cuales uno necesitaba una ducha y cambiarse de ropa. Le haría demostrar su talento. Serían muchas horas de duro y desagradecido trabajo, un ejemplo encomiable para los demás miembros del bufete.
Infirió todo aquello a partir de una sonrisa, la sonrisa de un obrero un tanto tímido que soñaba con ser Zángano Rey, que tal vez abrigaba pequeñas fantasías de parricidio y sucesión.
—Le deportarán, por supuesto —dijo el príncipe.
—¿Qué?
—Entró usted ilegalmente en este país, señor Oakes.
—Llevo aquí media vida.
—Aun así…
«Aun así…». Eran palabras de su madre. Cada vez que él pergeñaba una excusa, una historia para justificar la situación, ella escuchaba en silencio y luego respiraba hondo, y era como si Oakes pudiera ver la palabra formándose en el aire que salía de su boca. Durante el juicio, había ensayado breves conversaciones con ella.
«—Madre, he sido un buen hijo, ¿verdad?».
«—Aun así…».
«—Aun así maté a dos personas».
«—¿De verdad, Cary? ¿Seguro que fueron solo dos…?».
Se incorporó en la silla.
—Pues que me deporten. Volveré inmediatamente.
—No será tan sencillo. Dudo de que esta vez pueda conseguir un visado de turista, señor Oakes.
—No lo necesito. Estás anticuado.
—Su nombre quedará registrado…
—Entraré desde Canadá o México.
El abogado empezaba a inquietarse. No le gustaba lo que estaba oyendo.
—Tengo que volver a ver a mis colegas —dijo Cary, señalando a los guardias con la cabeza—. Me echarán de menos cuando me haya ido. Y sus mujeres también.
—Que te den por culo, sabandija —intervino Saunders.
Oakes dedicó una amplia sonrisa a su abogado.
—Qué bonito, ¿eh? Tenemos apodos para todos.
—No creo que todo esto sea de gran ayuda, señor Oakes.
—Eh, soy un prisionero modélico. Funciona así, ¿no? Hay una lección que aprendí muy rápido: utiliza el mismo sistema que utilizaron ellos para meterte aquí. Estudia las leyes, documéntate acerca de todo, entérate de qué preguntas has de formular, de las objeciones que deberías haber planteado en el primer juicio. En serio, el abogado que me asignaron habría sido incapaz de presentar una función escolar; imagínate un caso. —Sonrió de nuevo—. Tú eres mejor que él. Todo irá bien. Recuerda que, si vuelves a pifiarla, papá te echará. Tienes que decirte a ti mismo: «yo valgo más que eso. Todo saldrá bien». —Guiñó un ojo—. No te cobraré por mi tiempo, hijo.
Hijo: como si tuviera cincuenta años y no treinta y ocho. Como si tuviera a su alcance la sabiduría de todos los tiempos.
—Entonces, ¿el vuelo de regreso a Londres me sale gratis?
—No estoy seguro. —El abogado repasó sus notas—. ¿Nació usted en Lothian?
—En Edimburgo, Escocia.
—Puede que lo envíen allí.
Cary Oakes se frotó la barbilla. Edimburgo le serviría una temporada. Tenía asuntos pendientes en la ciudad. Lo pospondría todo hasta que se calmaran las cosas, pero, aun así… Se inclinó hacia delante.
—¿Cuántos asesinatos me endilgaron?
El abogado, sentado con las palmas de la mano sobre la mesa, parpadeó.
—Dos —respondió a la postre.
—¿Con cuántos empezaron?
—Creo que eran cinco.
—Seis, para ser más exactos. —Oakes asintió lentamente—. Pero ¿quién lleva la cuenta? —Soltó una carcajada—. ¿Llegaron a detener a alguien por los otros crímenes?
El abogado negó con la cabeza. En las sienes se atisbaban gotas de sudor. Tendría que hacer una parada para ducharse y cambiarse de ropa antes de ir a casa.
Cary Oakes volvió a recostarse en la silla y ladeó la cara en dirección al sol, de modo que notaba el calor en pleno rostro.
—Bien mirado, dos tampoco son para tirar cohetes, ¿no crees? Si matas a tu padre, solo te llevaré uno de ventaja.
Cuando el abogado abandonó la sala, Oakes aún se reía solo.
7
Los jóvenes fugitivos solían elegir las mismas rutas: autobús, tren o autostop rumbo a Londres, Glasgow o Edimburgo. Había organizaciones que vigilaban los movimientos de los desaparecidos y, aunque estos no siempre revelaban su paradero a las ansiosas familias, al menos podían confirmar que la persona estaba sana y salva.
Pero un chico de diecinueve años con dinero podía estar en cualquier sitio. Ningún destino era demasiado remoto: su pasaporte no había aparecido. Lo llevaba consigo a las discotecas para demostrar su edad. Damon tenía una cuenta corriente en el banco local, tarjeta de crédito incluida, y otra con devengo de intereses en una sociedad de ahorro y préstamo para la vivienda de Kirkcaldy. Quizá valía la pena probar con el banco. Rebus cogió el teléfono.
Al principio, el director insistió en que necesitaba una solicitud por escrito, pero accedió cuando Rebus le prometió enviársela más tarde por fax. Rebus esperó mientras el director iba a realizar sus comprobaciones, y, a su vuelta, ya había bosquejado en el papel medio pueblo con su río, su parque y su bocamina.
—La retirada de efectivo más reciente fue en un cajero del West End de Edimburgo. Cien libras el día 15.
La noche que Damon fue a la Gaitano. A Rebus, cien libras le parecían una cantidad más que respetable, incluso para una buena salida nocturna.
—¿Y desde entonces nada?
—No.
—¿Cuándo se realizó la última actualización?
—Al cierre de ayer.
—¿Puedo pedirle un favor? Me gustaría que mantuvieran vigilada esa cuenta y que me informaran de inmediato sobre cualquier operación.
—Lo necesitaré por escrito, inspector. Y probablemente necesitaré también la aprobación de la central.
—Le estaría muy agradecido, señor Brayne.
—Me llamo Bain —dijo el director con brusquedad antes de colgar.
Rebus llamó a la sociedad de ahorro y préstamo y tuvo que soportar los mismos preámbulos antes de averiguar que Damon no había tocado su cuenta en más de quince días. Luego hizo una última llamada a la comisaría de Gayfield y preguntó por la agente Hawes, que no pareció alegrarse demasiado cuando Rebus se identificó.
—¿Qué sabemos de la Gaitano? —preguntó.
—Todo el mundo la llama Guiser y está bastante de moda. El año pasado se produjeron dos apuñalamientos, uno dentro de la discoteca y otro en el callejón trasero. Este año ha estado más tranquilo, probablemente gracias a una política de acceso más estricta.
—Querrá decir a unos seguratas más corpulentos.
—Jefes de puerta, si no le importa. Los vecinos siguen quejándose del ruido a la hora del cierre.
—¿Quién es el propietario?
—Charles Mackenzie. Lo apodan el Seductor.
Un par de agentes habían hablado con Mackenzie sobre Damon Mee y les había facilitado la cinta de seguridad, que estaba cogiendo polvo en Gayfield desde entonces.
—¿Sabe cuántas personas desaparecen cada año? —preguntó Hawes con apatía.
—Me lo comentó.
—Entonces debería saber que si no se sospecha de que haya algo raro, no son exactamente una prioridad. A veces, yo también he tenido ganas de huir.
Rebus pensó en sus paseos nocturnos en coche, en sus largas horas sin rumbo, simplemente llenando los espacios vacíos de su vida.
—¿No nos ha pasado a todos?
—Mire, sé que esto lo hace como un favor…
—Sí.
—Pero hemos hecho todo lo que podíamos, ¿no?
—Bastante.
—Entonces, ¿qué sentido tiene?
—No estoy seguro. —Rebus podría haberle dicho que guardaba relación con el pasado, con una deuda que creía tener con Janice Playfair y Barney Mee, y con el recuerdo de un amigo al que en su día había llamado Mitch. Por algún motivo, no le pareció que explicárselo a una desconocida fuese a ayudar—. Una última cosa —dijo—. ¿Me consiguió una foto de esa mujer?
La Gaitano era poco más que un cartel de neón y una puerta negra maciza, flanqueada a ambos lados por pubs; enfrente había una tienda de equipos de música con amplificadores de válvulas y un tocadiscos enorme en el escaparate. El precio del tocadiscos hacía juego con su tamaño. Uno de los pubs se llamaba The Headless Coachman. Había cambiado de nombre hacía un par de años con la intención de captar turistas.
Rebus pulsó el timbre de la Gaitano y le abrió la puerta una mujer. Era la limpiadora, y Rebus no le envidiaba el trabajo. Había retirado los vasos de las mesas, pero aquello seguía pareciendo una pocilga. Había una aspiradora industrial sobre la moqueta que rodeaba la pista de baile. El suelo estaba salpicado de colillas, celofán y alguna que otra botella vacía. Había terminado de limpiar el vestíbulo, pero todavía le faltaba media pista principal. Todas las paredes estaban revestidas de espejos, y con una iluminación adecuada el local debía de parecer mucho más espacioso de lo que en realidad era. En cambio, con aquella luz blanca y sin música ni clientes, resultaba inhóspito. Olía a sudor rancio y a cerveza. Rebus vio una cámara de seguridad en una esquina y saludó.
—Inspector Rebus.
El hombre que cruzaba la pista de baile en dirección a él medía aproximadamente un metro sesenta y era flaco como un mezclador de cócteles. Rebus calculó que debía de tener cincuenta y cinco años. Llevaba un traje azul cielo y una camisa blanca con el cuello abierto para mostrar el bronceado y sus joyas de oro. Tenía el cabello gris y ralo, pero el corte era tan impecable como el del traje. Se estrecharon la mano.
—¿Le apetece tomar algo? —preguntó mientras lo acompañaba a la barra.
Rebus observó la hilera de focos.
—No, gracias, señor.
Mackenzie, el Seductor, se sirvió una Coca-Cola.
—¿Seguro? —dijo.
—Tomaré lo mismo que usted —respondió Rebus.
Comprobó que uno de los taburetes no estuviera manchado de ceniza y se sentó justo delante de Mackenzie.
—No es su bebida habitual, ¿verdad? —barruntó este—. En mi negocio, uno desarrolla cierta intuición para esas cosas. —Se golpeteó la nariz con el dedo para mayor efecto—. Entonces, ¿el chaval no ha aparecido?
—No, señor.
—A veces se hacen una idea…
Se encogió de hombros, desdeñando las flaquezas de una generación.
—Tengo una fotografía. —Rebus la sacó del bolsillo y se la ofreció—. La persona desaparecida está en segunda fila.
Mackenzie asintió sin mostrar demasiado interés.
—Mire justo detrás de él.
—¿Es su chica?
—¿La conoce?
—Ojalá. —Mackenzie resopló.
—¿No la había visto nunca?
—La foto no es muy buena, pero creo que no.
—¿A qué hora llega el personal?
—Vienen por la noche.
Rebus volvió a guardarse la foto en el bolsillo.
—¿Sería posible recuperar mi vídeo? —preguntó Mackenzie.
—¿Por qué?
—Esas cosas valen dinero. Los gastos generales son los que pueden dar al traste con un negocio como este, inspector.
Rebus no comprendía por qué se había ganado el apodo del Seductor. Tenía el mismo encanto que un papel de lija.
—Y no queremos que eso ocurra, ¿verdad, señor Mackenzie? —dijo, poniéndose en pie.
Ya en la oficina, visionó de nuevo la cinta, prestando especial atención a la rubia. Tenía la cabeza inclinada, la mandíbula marcada y la boca entreabierta. Tal vez estaba diciéndole algo a Damon. Un minuto después, el chico había desaparecido. ¿Le había propuesto reunirse con él en algún lugar? Cuando su acompañante se fue, ella se quedó en la barra pidiendo una copa. Justo a medianoche, quince minutos después de la desaparición de Damon, salió de la discoteca. El último plano era de una cámara instalada en el muro exterior del local. Aparecía torciendo a la izquierda por Rose Street bajo la atenta mirada de unos cuantos borrachos que trataban de entrar en la Gaitano.
Alguien asomó la cabeza por la puerta y le dijo que tenía una llamada. Era Mairie Henderson.
—Gracias por responder —dijo.
—Imagino que quieres pedirme un favor.
—Más bien al contrario.
—En ese caso, el almuerzo corre de mi cuenta. Estoy en el Engine Shed.
—Qué oportuno. —Rebus sonrió: el Engine Shed se encontraba justo detrás de St. Leonard’s—. Estaré ahí en unos cinco minutos.
—Que sean dos, o la carne se habrá esfumado.
Lo cual no era del todo falso, porque en aquellas albóndigas no había carne. Eran sabrosas bolas de champiñones y garbanzos con salsa de tomate. Aunque se tardaba un minuto en llegar a pie desde la oficina, Rebus nunca había comido en el Engine Shed. Todo en él era demasiado saludable, demasiado nutritivo. La bebida del día era zumo de manzana orgánico y estaba terminantemente prohibido fumar. Sabía que lo regentaba una especie de organización benéfica y que allí trabajaba gente que necesitaba el salario más que la mayoría. Típico de Mairie eso de elegir un lugar como aquel para una reunión. Estaba sentada junto a la ventana cuando llegó Rebus con su bandeja.
—Tienes buen aspecto —dijo.
—Es gracias a la ensalada —dijo, señalando el plato con la cabeza.
—¿Te sigue yendo bien?
Rebus se refería a su decisión de abandonar el periódico local y trabajar por su cuenta. En ocasiones se habían prestado ayuda mutuamente, pero Rebus sabía que era él quien debía más favores. El rostro de Mairie era limpio, todo líneas bien definidas, y tenía unos ojos rápidos y oscuros. Había cambiado de peinado y ahora parecía una joven Cilla Black. Sobre la mesa había un cuaderno y un teléfono móvil.
—De vez en cuando me compra un artículo algún periódico de Londres. Al día siguiente, mi antiguo diario tiene que publicar su propia versión.
—Lo cual debe de molestarlos.
—Tienen que saber lo que se han perdido. —Mairie sonrió.
—Bueno —dijo Rebus—, han estado perdiéndose una noticia que tenían delante de sus narices.
Se llevó otra cucharada a la boca y hubo de reconocer para sus adentros que la comida no estaba nada mal. Observando las otras mesas, se percató de que los demás comensales eran mujeres. Algunas estaban dando de comer a niños sentados en tronas y otras haciéndose confidencias en voz baja. El restaurante no era grande, y Rebus moderaba el tono al hablar.
—¿De qué noticia se trata? —preguntó Mairie.
Rebus bajó aún más la voz.
—Un pedófilo que vive en Greenfield.
—¿Ha estado en la cárcel?
Rebus asintió.
—Cumplió condena y ahora lo han metido en un piso con bonitas vistas a un parque infantil.
—¿Qué ha hecho?
—De momento, nada. Al menos nada de lo que pueda acusarlo. La cuestión es que sus vecinos no saben a quién tienen viviendo al lado.
Mairie lo miró fijamente.
—¿Qué pasa? —preguntó Rebus.
—Nada. —Masticó lentamente un poco de ensalada—. Entonces, ¿dónde está la noticia?
—Venga, Mairie…
—Sé qué es lo que quieres. —Lo señaló con el tenedor—. Y sé por qué lo quieres.
—¿Y?
—¿Qué delito ha cometido?
—Joder, Mairie, ¿conoces la tasa de reincidencia? Eso no se cura encerrándolos unos años en la cárcel.
—Tenemos que arriesgarnos.
—¿«Tenemos»? No es a nosotros a quienes perseguirá.
—Todos nosotros. Todos tenemos que darles una oportunidad.
—Mira, Mairie, es una buena noticia.
—No, es tu manera de llegar hasta él. ¿Todo esto tiene algo que ver con Shiellion?
—Tiene una mierda que ver con Shiellion.
—Por lo que sé, te han citado para que testifiques. —Volvió a mirarlo fijamente, pero Rebus se limitó a encogerse de hombros—. La cosa ya está bastante caldeada de por sí. Si escribo un artículo sobre un pedófilo que vive en Greenfield, precisamente allí, será incitación al asesinato.
—Vamos, Mairie…
—¿Sabes qué creo, John? —Soltó el cuchillo y el tenedor—. Creo que hay algo en ti que no funciona.
—Mairie, lo único que quiero…
Pero ya estaba cogiendo el abrigo del respaldo de la silla, además del teléfono, el cuaderno y el bolso.
—Se me ha quitado el apetito —dijo.
—En tus tiempos habrías roído esa historia hasta el hueso.
Henderson reflexionó unos instantes.
—Puede que tengas razón —respondió—. Espero con toda mi alma que no la tengas, pero quién sabe.
El taconeo sobre el suelo de madera resonó por todo el restaurante. Rebus contempló su almuerzo y el vaso de zumo, que ni siquiera había tocado. Había un pub a menos de tres minutos de allí, y deslizó el plato a un lado. Se dijo a sí mismo que Mairie estaba equivocada, que aquello no tenía nada que ver con Shiellion. Tenía que ver con Jim Margolies, con el hecho de que, en una ocasión, Darren Rough había presentado una reclamación contra él. Ahora Jim estaba muerto y Rebus quería algo a cambio. ¿Podría dar descanso al fantasma de Jim atormentando a su atormentador? Se metió la mano en el bolsillo y cogió el trozo de papel con el número de teléfono aún perfectamente legible.
«Creo que hay algo en ti que no funciona».
¿Quién era él para afirmar lo contrario?
8
Cuatro años antes, Jim Margolies fue trasladado a St. Leonard’s por falta de personal. Tres miembros del Departamento de Investigaciones Criminales habían contraído la gripe y otro estaba hospitalizado por una intervención menor. Margolies, cuya comisaría habitual era la de Leith, venía con buenas referencias, lo cual despertó recelos entre sus nuevos compañeros. A veces, esas referencias afloraban para que una comisaría pudiera descargar pesos muertos en otro lugar. Pero Margolies no tardó en demostrar su valía al dirigir con dedicación y tacto una investigación sobre un pedófilo. Dos niños habían sufrido abusos en Meadows durante, quién lo iba a decir, un festival infantil. Darren Rough ya tenía antecedentes penales. A los doce años había efectuado tocamientos al hijo de un vecino, que por entonces tenía seis. Asistió a terapia y pasó una temporada en un centro de acogida. A los quince años fue descubierto espiando por las ventanas en las residencias de estudiantes de Pollock Halls. Más terapia. Otra muesca en su historial.
La descripción que ofrecieron los colegiales de su atacante llevó a la policía hasta la casa que Rough compartía con su padre. A las nueve de la mañana, el hombre ya estaba sentado a la mesa de la cocina con claros síntomas de ebriedad. Su madre había muerto el verano anterior, y a todas luces esa era la última vez que habían limpiado la casa. Había ropa sucia y platos enmohecidos por todas partes. Parecía que nunca tiraran nada: en la cocina había bolsas de basura rotas y putrefactas, y el correo se amontonaba en una esquina del vestíbulo, donde la humedad lo había convertido en una masa uniforme y empapada. En el cuarto de Darren Rough, Jim Margolies encontró catálogos de ropa en los que descubrió vulgares adiciones a bolígrafo en los modelos infantiles. Debajo de la cama había colecciones de revistas juveniles, historias y fotos de adolescentes de ambos sexos. Y, lo mejor de todo desde el punto de vista policial, oculto bajo la hedionda moqueta estaba el diario de Darren, donde detallaba sus preferencias sexuales y listas de deseos, incluida su hazaña de Meadows fechada y firmada.
La Fiscalía se mostró debidamente agradecida. Darren Rough, que en aquel momento tenía veinte años, fue hallado culpable y enviado a prisión. En St. Leonard’s abrieron una caja de cervezas y Jim Margolies acabó subido a la mesa.
Rebus también estaba allí. Formaba parte del equipo que interrogó a Rough. Había pasado suficiente tiempo con el prisionero para saber que hacían lo correcto encerrándolo.
—Eso nunca sirve con esos cabrones —había observado el inspector Flower—. Reinciden nada más salir.
—¿Insinúa que deberían sustituir la cárcel por un tratamiento? —preguntó Margolies.
—¡Insinúo que deberíamos tirar la puta llave!
Aquellas palabras desataron una ovación. Siobhan Clarke era demasiado cauta para airear sus opiniones, pero Rebus sabía qué estaba pensando. No se mencionó la queja que había presentado Rough. Tenía moratones en la cara y el cuerpo, y aseguró a su abogado que Jim Margolies le había propinado una paliza. No había testigos. La opinión generalizada era que se había causado las lesiones él mismo. A Rebus sí le habían entrado ganas de darle un par de bofetadas, pero Margolies carecía de expedientes por agresión a sospechosos.
Se llevó a cabo una investigación interna y Margolies negó los cargos. El examen médico fue incapaz de determinar si los moratones se los había causado el propio Rough. Y allí acabó todo, con una borrosa mancha en el historial de Margolies y una ligera duda que planeó sobre él el resto de su carrera.
Rebus cerró la carpeta del caso y la devolvió al archivo.
Mairie: «Creo que hay algo en ti que no funciona».
Trabajador social de Rough: «Fueron los suyos quienes quisieron traerlo aquí».
Rebus se dirigió a la oficina del Granjero, llamó a la puerta y entró cuando así se lo indicó.
—¿Qué puedo hacer por usted, John?
—He estado hablando con el trabajador social de Darren Rough, señor.
El Granjero apartó la vista de sus papeles.
—¿Por algún motivo en particular?
—Solo quería saber por qué a Rough le habían asignado un piso con vistas a un parque infantil.
—Seguro que les sentó de maravilla.
El tono no era de desaprobación. En la escala moral del Granjero, los trabajadores sociales estaban solo un peldaño o dos por encima de los pedófilos.
—Me dijeron que fuimos nosotros quienes quisimos traerlo aquí.
El Granjero torció el gesto.
—¿Y eso qué significa?
—Me dijeron que se lo preguntara a usted.
—No tengo la menor idea. —El Granjero se acomodó en la silla—. ¿Que quisimos traerlo nosotros?
—Eso dijeron.
—¿Se refieren a Edimburgo?
Rebus asintió.
—Acabo de releer el historial de Rough. Pasó una temporada en un centro para menores.
—¿No era Shiellion? —preguntó el Granjero con interés.
Rebus sacudió la cabeza.
—Callstone House, al otro lado de la ciudad. Estuvo poco tiempo. Sus padres eran alcohólicos y lo tenían abandonado. No tenía adónde ir.
—¿Qué pasó?
—La madre se desintoxicó y Rough volvió a casa. Más tarde, a ella le diagnosticaron una enfermedad hepática, pero nadie se molestó en trasladar a Rough.
—¿Por qué?
—Porque entonces estaba cuidando de su padre.
El Granjero miró su colección de fotos familiares.
—Qué vida la de algunos…
—Sí, señor —coincidió Rebus.
—¿Adónde quiere llegar?
—Simplemente, Rough vuelve a Edimburgo, al parecer porque nosotros lo queríamos aquí y, acto seguido, el agente que lo metió entre rejas acaba saltando desde lo alto de Salisbury Crags.
—No estará insinuando que hay relación…
Rebus se encogió de hombros.
—Jim va a cenar a casa de unos amigos con su mujer y su hija. Vuelve a casa y se acuesta. A la mañana siguiente aparece muerto. Estoy buscando razones por las que Jim Margolies pudo haberse quitado la vida, y la verdad es que no encuentro ninguna. Y también me pregunto quién quería a Darren Rough aquí y por qué.
El Granjero parecía pensativo.
—¿Quiere que hable con Trabajo Social?
—De mí no quieren saber nada.
El Granjero cogió papel y bolígrafo.
—Deme un nombre.
—Andy Davies es el trabajador social de Rough.
El Granjero subrayó las palabras.
—Déjelo en mis manos, John.
—Sí, señor. Mientras tanto, me gustaría investigar el suicidio de Jim.
—¿Le importa que le pregunte por qué?
—Para ver si realmente tiene relación con Rough.
Y podría haber añadido: «Para satisfacer mi curiosidad». El Granjero asintió.
—En cuanto a Shiellion… ¿Cuándo le toca declarar?
—Mañana, señor.
—¿Ya ha ensayado el discursito?
Rebus asintió.
—Recuerde cuál es el secreto de una buena actuación en los tribunales, John.
—¿La presentación, señor?
El Granjero negó con la cabeza.
—Procure llevar mucho material de lectura.
Aquella noche, de camino a casa, fue a ver a su hija. Sammy había cambiado su antiguo piso, situado en una segunda planta, por unos bajos más o menos nuevos en un bloque de ladrillo situado cerca de Newhaven Road.
—Hasta la costa es todo cuesta abajo —le había dicho a su padre—. Y tendrías que ver este trasto sin frenos.
Se refería a la silla de ruedas. Rebus le había ofrecido dinero para comprar una motorizada, pero ella lo rechazó.
—Estoy fortaleciendo los músculos —dijo—. Y, además, no necesitaré esta cosa mucho tiempo.
Puede que no, pero la senda hacia la plena movilidad estaba resultando ardua. Solo recibía tratamiento de fisioterapia dos veces por semana y se pasaba el resto del tiempo concentrada en ejercicios caseros. Era como si el accidente le hubiera afectado tanto a la columna vertebral como a las piernas.
—El cerebro les dice lo que tienen que hacer, pero ellas no siempre escuchan.
En la puerta principal de su edificio había una pequeña rampa de madera que le había construido un amigo de un amigo. Uno de los dormitorios había sido reconvertido en un improvisado gimnasio, con un gran espejo en una pared y unas barras paralelas que ocupaban casi todo el espacio libre. Las puertas eran estrechas, pero a Sammy se le daba bien maniobrar la silla de ruedas sin rasguñarse los nudillos o los codos.
Cuando llegó Rebus, abrió la puerta Ned Farlowe. Estaba haciendo una sustitución en un periódico gratuito local. Trabajaba pocas horas, lo cual le dejaba tiempo para ayudar a Sammy con sus ejercicios. Rebus y él todavía no confiaban el uno en el otro —¿llegaba a confiar alguna vez un padre en el hombre que se acostaba con su hija?—, pero Ned parecía dejarse la piel por Sammy.
—Hola —dijo—. Está entrenándose. ¿Te apetece un té?
—No, gracias.
—Estoy preparando la cena.
Ned ya estaba dirigiéndose a la larga y estrecha cocina. Rebus sabía que su presencia allí suponía una molestia.
—Solo voy a…
—De acuerdo.
Los olores de la cocina eran como los del Engine Shed: aromáticos y vegetarianos. Rebus recorrió el pasillo, en cuyas paredes había rasguños causados por la silla de ruedas. De la habitación de invitados emanaba música disco. Sammy, con mallas negras, estaba tumbada en el suelo intentando conseguir que las piernas le respondieran. Tenía la cara roja del esfuerzo y el cabello pegado a la frente. Cuando vio a su padre, apoyó la cabeza en el suelo.
—Apaga eso, hazme el favor —dijo.
—Con mirar me conformo.
Pero Sammy negó con la cabeza. No le gustaba que la observaran mientras trabajaba. Era su lucha, una batalla privada con su cuerpo. Rebus apagó el reproductor de casete.
—¿Te suena? —preguntó ella.
—Chic, Le Freak. Fui a bastantes discotecas cutres en los setenta.
—No te imagino con pantalones acampanados.
—Pata de elefante.
Sammy se había incorporado. Rebus dio un paso al frente para ayudarla, consciente de que si se acercaba un poco más ella lo ahuyentaría.
—¿Cómo va la solicitud de discapacidad?
Sammy puso los ojos en blanco, cogió una toalla y se secó la cara.
—Creía saberlo todo sobre la burocracia, pero, por lo visto, aún tengo margen de mejora.
—Claro.
—Hay complicaciones de todo tipo. Además, mi puesto en los servicios sociales sigue ahí.
—Pero la oficina está en una tercera planta.
Rebus se sentó a su lado.
—Puedo trabajar desde casa.
—¿En serio?
—Pero me niego. No quiero depender solo de estas cuatro paredes.
Rebus asintió.
—Si necesitas cualquier cosa…
—¿Tienes cintas de música disco?
Rebus sonrió.
—Yo era más de Rory Gallagher y John Martyn.
—Bueno, nadie es perfecto —respondió ella, colgándose la toalla alrededor del cuello—. Hablando del tema, ¿cómo está Patience?
—Bien.
—A veces hablamos por teléfono.
—¡Ah!, ¿sí?
—Dice que hablo más con ella yo que tú.
—No creo que sea cierto.
—¿No?
Rebus miró a su hija. ¿Había sido siempre tan arisca o era a causa del accidente?
—Nos llevamos bien —dijo Rebus.
—¿Según tu versión?
Rebus se levantó.
—Creo que la cena ya está casi lista. ¿Quieres que te ayude a subirte a la silla?
—A Ned le gusta hacerlo. —Rebus asintió—. Aún no has respondido a mi pregunta.
—Soy policía. Normalmente las preguntas las hacemos nosotros.
Sammy se envolvió la cabeza con la toalla.
—¿Es por mí?
—¿Qué?
—Desde que… —Se miró las piernas—. Es como si te culparas de ello.
—Fue un accidente —dijo Rebus, evitando mirarla.
—Hizo que volvierais a estar juntos. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?
—Me estás diciendo que yo me culpo de tu accidente y tú te culpas de lo mío con Patience. ¿Te parece un buen resumen?
Sammy sonrió.
—Quédate a cenar.
—¿No crees que debería irme a casa con Patience?
Se apartó la toalla de los ojos.
—¿Es a donde ibas?
—¿Adónde si no?
Se despidió con la mano al salir de la habitación.
9
Ya que estaba en Newhaven Road, entró en un par de bares situados en primera línea de mar y tomó una pinta en uno y un whisky en otro. El whisky llevaba mucha agua. Estaba oscuro, pero podía distinguir las farolas del estuario de Forth, en Fife. Pensó en Janice y en Brian Mee, que jamás habían salido de su ciudad natal, e imaginó cómo le habría ido a él si se hubiera quedado. Pensó también en Alec Chisholm, el muchacho que nunca fue encontrado. Peinaron el campo, enviaron hombres a los pozos de carbón en desuso, dragaron el río. Fue un verano largo y caluroso, los Beatles y los Stones en la gramola de la cafetería, botellas de Coca-Cola helada en la máquina. Vasos de cristal con café y leche espumosa. Y preguntas sobre Alec, preguntas que demostraban que nadie había llegado a conocerlo, al menos a fondo, como ellos dos creían conocerse. Y los padres y los abuelos de Alec recorriendo las calles de madrugada, preguntando siempre lo mismo a los desconocidos: «¿Habéis visto a nuestro chico?». Hasta que los desconocidos se convirtieron en conocidos y se quedaron sin gente a la que preguntar.
Ahora, Damon Mee se había ido de este mundo, o se lo había llevado una fuerza irresistible. Rebus se montó en el coche, siguió la costa hasta el puente Forth y puso rumbo a Fife. Intentó convencerse de que no estaba huyendo: de las palabras de Sammy, de Patience, de Edimburgo, de todos los fantasmas. De los pensamientos sobre pedófilos y saltos suicidas.
Cuando llegó a Cardenden aminoró la marcha y finalmente se detuvo en la avenida principal. En todos los escaparates parecía haber carteles con la foto de Damon y la palabra desaparecido. Había más pegados a las farolas y las marquesinas de autobús. Rebus arrancó de nuevo y se dirigió a casa de Janice, pero no había nadie. Un vecino le facilitó la información que necesitaba, una información que lo envió de vuelta a Edimburgo y a Rose Street, donde encontró a Janice y a Brian colgando más carteles en las farolas y las paredes y metiéndolos en buzones. Eran folios A4 fotocopiados con una foto de las vacaciones y una pregunta escrita a mano: damon mee ha desaparecido. ¿lo has visto? Una descripción física, incluida la ropa que llevaba, y el número de teléfono de los Mee.
—Hemos recorrido todos los pubs —dijo Brian Mee.
Parecía cansado y ojeroso e iba sin afeitar. El rollo de cinta adhesiva que sostenía prácticamente se había terminado. Janice estaba apoyada en la pared. Mirarlos distaba mucho de un regreso a tiempos pretéritos; las preocupaciones del presente habían pasado factura.
—El único lugar donde se han negado es esa discoteca —dijo Janice.
—¿La Gaitano?
Janice asintió.
—Los porteros no nos han dejado entrar. Ni siquiera nos han aceptado los carteles. He colgado uno en la puerta, pero lo han quitado.
Estaba a punto de llorar. Rebus miró las parpadeantes letras de neón que coronaban la Gaitano.
—Vamos —dijo—, esta vez utilizaremos la palabra mágica.
Y cuando llegó a la puerta mostró su placa y anunció: «Policía». Los tres fueron invitados a entrar mientras alguien telefoneaba a Mackenzie, el Seductor. Rebus miró a Janice y le guiñó un ojo.
—Ábrete, Sésamo —dijo.
Janice lo miraba como si hubiera obrado un milagro.
—El señor Mackenzie no está —contestó uno de los porteros.
—¿Y quién es el encargado?
—Archie Frost. Es el asistente de gerencia.
—Lléveme con él.
El portero no pareció alegrarse.
—Está tomando una copa en la barra.
—No hay problema —respondió Rebus—. Conocemos el camino.
Sonaba una retumbante música de bajo, y dentro de la discoteca estaba oscuro y hacía calor. Había algunas parejas en la pista de baile y otros fumaban con ansia, moviendo las rodillas mientras escrutaban la oscuridad en busca de acción. Rebus se acercó a Janice para hablarle al oído.
—Pasa por las mesas y pregunta.
Janice asintió y transmitió al mensaje a Brian, que parecía incómodo con el ruido.
Rebus se dirigió a la barra, pasando entre haces de luz añil. Había gente esperando sus copas, pero únicamente dos hombres bebiendo. En realidad, solo bebía uno. El otro —que parecía sediento— estaba escuchando lo que le decían.
—Siento interrumpir —dijo Rebus.
El que hablaba se volvió hacia él.
—Tendrá que esperar un minuto.
Debía de tener veinte o veintiún años y llevaba una melena negra recogida en una coleta. Era bajo y fornido e iba enfundado en un traje sin solapas y una deslumbrante camisa blanca. Rebus le puso la placa delante de la cara y se identificó.
—¿Ha estado yendo a clases de seducción con su jefe? —preguntó. Archie Frost se terminó la bebida sin mediar palabra—. Quiero hablar con usted, señor Frost.
—Esos no parecen polis —dijo Frost, señalando hacia donde Janice y Brian Mee estaban hablando con la clientela.
—Es que no lo son. Su hijo ha desaparecido. De aquí, para ser más exactos.
—Ya lo sé.
—Entonces sabrá también a qué he venido. —Rebus sacó la fotografía de la rubia misteriosa—. ¿La ha visto alguna vez? —Frost negó con la cabeza automáticamente—. Fíjese bien.
Frost cogió la foto con renuencia y la inclinó hacia la luz, pero no reconoció a la chica.
—¿Y su colega?
—¿Qué pasa con él?
El «colega» en cuestión, el joven que no tenía bebida, se había dado media vuelta y estaba contemplando la pista de baile.
—No viene mucho por aquí —respondió Frost.
—Da igual —insistió Rebus.
Frost mostró la foto a su amigo, que negó con la cabeza inmediatamente.
—Voy a enseñársela a sus clientes —dijo Rebus, arrebatándole la foto—. A ver si tienen más memoria que usted. —No estaba mirando a Frost, sino a su compañero—. ¿Lo conozco de algo? Su cara me suena.
El joven resopló y siguió observando a los bailarines.
—Bien, pues los dejo con su reunión de negocios —añadió Rebus.
Recorrió el perímetro de la sala, siguiendo de cerca a Janice y a Brian, que habían dejado carteles en casi todas las mesas. Un par de ellos ya estaban arrugados y Rebus fulminó con la mirada a los culpables. Con la foto no estaba corriendo mejor suerte, pero vio que Janice y Brian se habían sentado a una mesa y entablado conversación con dos chicas. Al final se unió a ellos y Janice se lo quedó mirando.
—Dicen que vieron a Damon.
Tuvo que alzar la voz para tratar de imponerse al estruendo de la música.
—Se montó en un taxi —repitió una de las chicas para informar al recién llegado.
—¿Dónde? —preguntó Rebus.
—Delante del Dome.
—Está al otro lado de la calle —especificó su amiga.
En un intento por aparentar más edad, y dar una imagen que a buen seguro consideraban «sofisticada», se habían excedido con el maquillaje. Pronto empezarían a revertir el proceso. Sus faldas eran increíblemente cortas, y Rebus notó que Brian se esforzaba en no mirar.
—¿A qué hora?
—Sobre las doce y cuarto. Llegábamos tarde a una fiesta.
—¿Estáis seguras de la fecha? —preguntó Rebus.
Janice le lanzó una mirada acusadora, como si no quisiera que sus frágiles esperanzas se hicieran añicos.
Una de las chicas sacó un diario del bolso y golpeteó una página con el dedo.
—Esta es la fiesta.
Rebus corroboró que coincidía con la de la desaparición de Damon.
—¿Por qué os fijasteis en él?
—Lo habíamos visto antes por aquí.
—Junto a la barra —apostilló su amiga—. No bailaba ni nada.
Un par de jóvenes vestidos de traje se habían apartado de sus compañeros de oficina y se acercaron a proponer un baile. Las chicas intentaron no mostrar interés, pero una mirada de Rebus bastó para que los pretendientes volvieran por donde habían venido.
—Nosotras también buscábamos taxi —explicó una de ellas—. Los vimos esperando en la otra acera. Pero ellos tuvieron suerte; nosotras acabamos yendo a pie.
—¿«Los»?
—Él y su chica.
Rebus miró a Janice y les tendió la foto.
—Sí, parece ella.
—Rubia de bote —coincidió la otra.
Janie cogió la foto y la miró.
—¿Quién es, John?
Rebus le indicó que no lo sabía. Al mirar hacia la barra vio dos cosas. Una fue que Archie Frost estaba observándolo por encima del borde de una copa que acababa de pedir. La otra, que su amigo, el que no bebía, se había marchado.
—A lo mejor se han escapado juntos —dijo una de las chicas, intentando resultar útil—. Sería romántico, ¿verdad?
Janice y Brian no habían comido nada, así que Rebus los llevó a un restaurante indio de Hanover Street, donde explicó lo poco que sabía acerca de la mujer que aparecía en la imagen. Janice sostenía la foto en todo momento.
—Algo es algo, ¿no? —dijo Brian, troceando una pita. —Rebus asintió—. Ahora sabemos que se fue con alguien. Probablemente aún esté con ella.
—Pero no salieron juntos —corrigió Janice—. Ya lo ha dicho John. Damon se fue solo.
Lo cierto es que Rebus no había llegado tan lejos en sus conjeturas. Solo contaban con el testimonio de las chicas para ratificar que Damon había llegado a salir de la discoteca…
—Bueno —persistió Brian—, quizá no quería que sus amigos los vieran juntos, sobre todo cuando, supuestamente, estaba prometido.
—De Damon no me lo creo. —Janice tenía los ojos clavados en Rebus—. Quiere a Helen.
Rebus asintió.
—Pero esas cosas pasan.
Janice sonrió compungidamente. Brian vio cómo se miraban, pero decidió ignorarlo.
—¿Alguien quiere más arroz? —preguntó, levantando la bandeja del calientaplatos.
—Deberíamos ir a casa por si ha llamado Damon —dijo ella.
Janice se puso en pie y Rebus pidió que le devolviera la foto, que estaba manchada y tenía las esquinas arrugadas. Mientras tanto, Brian se dedicaba a contemplar las sobras de comida.
—Brian… —dijo Janice. Él resopló y se levantó de la silla—. Pide la cuenta, ¿vale?
—Invito yo —terció Rebus—. Que me lo apunten.
—Gracias otra vez, John.
Janice le tendió la mano, larga y esbelta, y Rebus recordó los tiempos en que la sostenía mientras bailaban, una mano cálida y seca, a diferencia de las manos de otras chicas. Cálida y seca, y a él se le salía el corazón del pecho. Tenía una cintura tan delgada que parecía que pudiera rodearla solo con las manos.
—Sí, gracias, Johnny. —Brian Mee se echó a reír—. ¿Te importa que te llame Johnny?
—¿Por qué iba a importarme? —dijo Rebus, mirando todavía a Janice a los ojos—. Me llamo así, ¿no?
10
A primera hora de la mañana, Rebus hojeó la prensa, pero no encontró nada de interés.
Se dirigió a la comisaría de Leith, donde en su día había trabajado Jim Margolies. Le había dicho al Granjero que estaba buscando una conexión entre la reaparición de Rough y la muerte de Jim, pero no creía que fuera a encontrarla. Aun así, quería saber por qué Jim hizo algo que él mismo había sopesado en más de una ocasión: pasar a mejor vida. En Leith lo recibió el precavido inspector Bobby Hogan.
—Ya sé que te debo un par de favores, John —empezó a decir Hogan—, pero ¿te importaría decirme de qué va todo esto? Margolies era un buen hombre. Lo echamos mucho de menos.
Iban camino del DIC. Hogan era un par de años más joven que Rebus, pero llevaba más tiempo en el cuerpo. Podía jubilarse cuando quisiera, pero Rebus dudaba de que fuera a hacerlo nunca.
—Yo también lo conocía —dijo Rebus—, y probablemente esté haciéndome la misma pregunta que vosotros.
—«¿Por qué?».
Rebus asintió.
—Estaba destinado a llegar a lo más alto, Bobby. Todo el mundo lo sabía.
—A lo mejor le entró vértigo. —Hogan negó con la cabeza—. Con las notas no sacarás nada en claro, John.
Se habían detenido delante de una sala de interrogatorios.
—Necesito verlas, Bobby.
Hogan lo miró fijamente y asintió.
—Con esto estamos en paz, colega.
Rebus le tocó el hombro y entró en la sala. La carpeta de color beis estaba sobre una mesa por lo demás vacía. Había dos sillas.
—Supuse que querrías un poco de intimidad —dijo Hogan—. Mira, si alguien pregunta…
—Soy una tumba, Bobby. —Rebus ya estaba tomando asiento y examinó la carpeta—. No tardaré mucho.
Hogan cogió una taza de café y lo dejó solo. Rebus tardó veinte minutos justos en revisarlo todo: informe inicial y copia, además del expediente de Jim Margolies. Veinte minutos no eran muchos para un currículum. Por supuesto, contenía poca información sobre su vida doméstica. Las especulaciones quedaban para las copas de después del trabajo, para las pausas del cigarrillo y para los encuentros junto a la máquina de café. Los datos puros y duros, expuestos a doble margen, no brindaban pista alguna. Su padre era un médico ya jubilado. Su infancia estuvo rodeada de comodidades. La hermana, que se había suicidado cuando era adolescente… Rebus se preguntaba si era algo que Jim Margolies había llevado en su subconsciente todos esos años. No se mencionaba a Darren Rough, ni la breve temporada que Margolies pasó en St. Leonard’s. En su última noche en la Tierra, Jim había ido a cenar a casa de unos amigos. Nada fuera de lo común. Pero después, en mitad de la noche, volvió a vestirse y salió a pasear bajo la lluvia. Hasta Holyrood Park…
—¿Hay algo? —preguntó Bobby Hogan.
—Nada de nada —reconoció Rebus, y cerró la carpeta.
Pasear bajo la lluvia… Había un largo trayecto entre The Grange y Salisbury Crags. Nadie salió al paso diciendo que lo hubiera visto. Se habían formulado preguntas y se había interrogado a taxistas. En la mayoría de los casos fueron conversaciones superficiales: la gente no quería regodearse en un suicidio. A veces trascendían cosas que era mejor no remover.
Rebus volvió a la ciudad, dejó el coche en el aparcamiento trasero de St. Leonard’s y entró en la comisaría. Llamó a la puerta de Watson, el Granjero, y obedeció la orden de entrar. Parecía que, para Watson, la jornada había empezado con mal pie.
—¿Dónde se había metido?
—Tenía trabajo en la División D. He estado repasando el expediente de Jim Margolies. —Rebus observó al Granjero caminar detrás de su mesa. Sostenía una taza de café con ambas manos—. ¿Ha hablado con Andy Davies, señor?
—¿Con quién?
—Con Andy Davies, el trabajador social de Darren Rough.
El Granjero asintió.
—¿Y bien, señor?
—Me dijo que tendría que hablar con su jefe.
—¿Y qué le dijo su jefe?
El Granjero se dio la vuelta.
—Por Dios, John, deme un poco de tiempo, ¿de acuerdo? Tengo cosas que hacer además de su pequeña…
Exhaló y dejó caer los hombros. Después pidió disculpas entre dientes.
—No pasa nada, señor. Ya…
Rebus se dirigió hacia la puerta.
—Siéntese —le exhortó—. Ya que está aquí, veamos si se le ocurre algo inteligente.
Rebus se sentó.
—¿En relación con qué, señor?
El Granjero también tomó asiento, y entonces se percató de que su taza estaba vacía. Se levantó de nuevo para rellenarla y sirvió un poco de café a Rebus. Este examinó el líquido oscuro con desconfianza. Con los años, el café del Granjero había mejorado notablemente, pero, aun así, había días que…
—En relación con Cary Dennis Oakes.
Rebus frunció el ceño.
—¿Debería conocerlo?
—Si no lo conoce, lo hará pronto.
El Granjero le lanzó un periódico, que cayó al suelo. Rebus lo recogió y vio que estaba abierto por una noticia en particular, una noticia que se le había pasado por alto porque no era la que andaba buscando.
ASESINO ES ENVIADO «A CASA».
—«Cary Oakes —leyó Rebus—, condenado por dos asesinatos en el estado de Washington, en Estados Unidos, embarcará hoy en un vuelo de regreso a Reino Unido tras cumplir quince años en una cárcel de máxima seguridad en Walla Walla, Washington. Se cree que Oakes volverá a Edimburgo, donde vivió varios años antes de marcharse a América».
Había mucho más. Oakes viajó a Estados Unidos con una mochila y un visado de turista y decidió quedarse. Concatenó varios trabajos temporales y después emprendió una oleada de atracos y robos que culminó en dos asesinatos. Las víctimas fueron apaleadas y estranguladas.
Rebus soltó el periódico.
—¿Lo sabía?
El Granjero golpeó la mesa con los puños.
—¡Pues claro que no lo sabía!
—¿No deberían habérnoslo comunicado?
—Piénselo, John. Es usted un policía de Wallumballa o como se llame y va a enviar a ese asesino de vuelta a Escocia. ¿A quién se lo notifica?
Rebus asintió.
—A Scotland Yard.
—Sin pensar ni por un segundo que Scotland Yard pueda estar en otro país.
—¿Y los cerebritos de Londres decidieron no pasar el mensaje?
—Su versión es que se les cruzaron los cables y pensaron que Oakes no saldría de su territorio. De hecho, el billete es a Londres.
—Entonces es su problema. —Pero el Granjero negó con la cabeza—. No me diga que han hecho una colecta y han comprado un billete para Edimburgo…
—Exacto.
—¿Y cuándo llega?
—Hoy mismo.
—¿Qué hacemos?
El Granjero miró a Rebus. Le había gustado ese «hacemos». Un problema compartido —aunque fuera con un incordio como Rebus— era un problema asequible.
—¿Tiene alguna propuesta?
—Vigilancia visible, que sepa que estamos ahí. Con un poco de suerte, se hartará y se largará a otro sitio.
El Granjero se frotó los ojos.
—Mire esto —dijo, deslizando sobre la mesa una carpeta con una veintena de páginas de fax—. La Policía Metropolitana por fin se ha apiadado de nosotros y nos ha enviado los informes estadounidenses.
Rebus empezó a leer.
—¿Cómo es posible que lo hayan puesto en libertad? Yo creía que en Estados Unidos «cadena perpetua» significaba «hasta el día que te mueras».
—Por un tecnicismo relacionado con el juicio original. Es tan críptico que ni siquiera las autoridades estadounidenses acaban de entenderlo.
—¿Y aun así lo dejan marchar?
—Un nuevo juicio costaría una fortuna, y luego está el problema de localizar a los testigos originales. Le ofrecieron un trato: si renunciaba a su derecho a un nuevo juicio o a cualquier compensación, lo mandarían a casa.
—En el artículo, «a casa» aparecía entrecomillado.
—No ha vivido mucho tiempo en Edimburgo.
—Entonces, ¿por qué lo traen aquí?
—Por lo visto lo eligió él.
—Pero ¿por qué?
—Quizá el fax se lo diga.
El mensaje del fax era simple y llano: «Cary Oakes volvería a matar».
El psicólogo había advertido de ello a las autoridades. Según él, Cary Oakes a duras penas sabía distinguir entre el bien y el mal. Había mucha terminología especializada aplicada a esto último. La palabra «psicópata» ya no era de uso común entre los expertos, pero, leyendo entre líneas y prestando atención a la jerga, Rebus sabía que eso era justamente lo que tenían ante sí. Tendencias antisociales…, una arraigada sensación de traición…
Oakes tenía treinta y ocho años. El informe incluía una foto granulosa en la que llevaba la cabeza afeitada. Tenía la frente grande y protuberante, y la cara delgada y angulosa. Los ojos parecían pequeños abalorios negros y la boca era estrecha. Lo describían como una persona con una inteligencia superior a la media (era autodidacta y había estudiado en la cárcel) e interesada en la salud y la gimnasia. No trabó amistades durante su confinamiento, no colgó fotografías en las paredes y solo mantuvo correspondencia con su equipo de abogados (cinco en total).
El Granjero estaba al teléfono tratando de averiguar el itinerario de vuelo con la ayuda del subcomisario de Fettes. Cuando hubo terminado, Rebus le preguntó qué opinaba este.
—Cree que deberíamos ir paso a paso.
Rebus se sonrió al oír tan trillada respuesta.
—En cierto modo tiene razón —continuó el Granjero—. Los medios de comunicación se pondrán a husmear. No podemos dar la imagen de que estamos acosando a ese tipo.
—A lo mejor estamos de suerte y lo ahuyentan los periodistas.
—A lo mejor.
—Aquí dice que originalmente lo interrogaron por otros cuatro asesinatos.
El Granjero asintió, pero parecía distraído.
—Justo lo que me faltaba —dijo al fin, mirando a la mesa.
La mesa era un reflejo de aquel hombre: siempre pulcramente ordenada, al igual que el resto del despacho. No había papeles amontonados ni desorden, ni siquiera un clip extraviado en la moqueta.
—Llevo demasiado tiempo dedicándome a esto, John. —El Granjero se recostó en la silla—. ¿Sabe cuáles son los peores policías?
—¿Los que son como yo?
El Granjero sonrió.
—Al contrario. Son los que hacen tiempo hasta que llega el día de la jubilación, los que se pasan la jornada mirando el reloj. Recientemente me he convertido en uno de ellos. Otros seis meses: ese el tiempo que me he dado. Seis meses y me jubilo. —Sonrió otra vez—. Y quería que fuesen tranquilos. He rezado para que lo fueran.
—No sabemos si ese tío causará problemas. Hemos visto casos parecidos, señor.
El Granjero asintió. Hablaban de hombres que habían cumplido condena en Australia y Canadá y camorristas de la cárcel de Glasgow que se instalaban en Edimburgo o que simplemente estaban de paso, todos ellos con un historial grabado a fuego en el rostro. Aun cuando no suponían un problema, lo eran. Podían sentar cabeza, vivir tranquilamente, pero había gente que sabía quiénes eran, que conocía la reputación que los precedía, y eso era algo de lo que jamás podrían despojarse. Y, al final, tras demasiadas cervezas en el pub, una de esas personas decidía que había llegado el momento de ponerse a prueba, porque lo que llevaba a cuestas el camorrista era un parámetro, algo con lo que uno podía calibrarse a sí mismo. Era Hollywood en estado puro: el pistolero desafiado por un chaval punk. Pero, para la policía, solo era un problema.
—El tema, John, es si podemos permitirnos el lujo de esperar. El subcomisario dice que es posible solicitar financiación para una vigilancia parcial.
—¿Cómo de parcial?
—Dos equipos, cuatro agentes en total durante quince días más o menos.
—Eso es mucho viniendo de él.
—Le gustan los presupuestos ajustados.
—¿Aunque ese tío pueda volver a matar?
—Últimamente, incluso los asesinatos se rigen por los presupuestos, John.
—Sigo sin entenderlo. —Rebus cogió el fax—. Según las notas, Oakes no nació aquí y no tiene familia. Vivió aquí… ¿cuánto tiempo? ¿Cuatro o cinco años? Se fue a Estados Unidos cuando tenía veinte. Lleva casi media vida allí. ¿Qué pinta en Edimburgo?
El Granjero se encogió de hombros.
—¿Empezar de cero?
Empezar de cero: Rebus pensó en Darren Rough.
—Tiene que haber algo más, señor —respondió Rebus, que volvió a coger el expediente—. Por fuerza.
El Granjero consultó el reloj.
—¿No tiene que ir al juzgado?
Rebus asintió.
—Es una pérdida de tiempo, señor. No me llamarán.
—Debe ir de todos modos, inspector…
Rebus se levantó.
—¿Le importa que me lleve esto? —preguntó, ondeando el fax—. Me comentó que era recomendable llevarse lectura.
11
Rebus se sentó con otros testigos, otros casos, todos ellos esperando a que los llamaran a prestar declaración. Había policías uniformados, atentos a sus cuadernos de notas, y agentes del DIC de brazos cruzados, intentando restar importancia a todo aquello. Rebus conocía algunas caras y mantuvo conversaciones en voz baja. Los civiles aguardaban con las manos entre las rodillas o mirando al techo, aburridos a más no poder. Por toda la sala había periódicos ya leídos con los crucigramas resueltos. Le llamaron la atención un par de libros raídos, pero no duró mucho. Había algo en el aire que le succionaba a la gente todo el entusiasmo. La luz les causaba dolor de cabeza y uno se pasaba el rato preguntándose qué hacía allí.
Respuesta: Servir a la justicia.
Entonces, entraba un funcionario y, tras consultar una carpeta, te llamaba por tu nombre y te dirigías a la sala, donde unos desconocidos hurgaban en tus entumecidos recuerdos, actuando para un juez, un jurado y una galería pública.
Aquello era la justicia.
Justo enfrente de Rebus había un testigo que no paraba de llorar. Era un chico joven, de unos veinticinco años, corpulento y con finos mechones de cabello negro pegados al cráneo. No dejaba de sonarse ruidosamente con un pañuelo cubierto de manchas. En un momento dado levantó la cabeza y Rebus le dedicó una sonrisa tranquilizadora, pero solo sirvió para que rompiera a llorar otra vez. A la postre, Rebus tuvo que salir e informó a uno de los agentes uniformados de que iba a fumar un pitillo.
—Lo acompaño —dijo el policía.
Ambos fumaron con ansia, observando en silencio el trasiego de gente que entraba y salía del edificio. El Tribunal Supremo se hallaba embutido detrás de la catedral de St. Giles, y de vez en cuando se acercaban turistas a curiosear. Apenas había carteles, tan solo unos números romanos encima de las pesadas puertas de madera. En ocasiones, un vigilante del aparcamiento les ofrecía indicaciones para que volvieran a la calle principal. Aunque los ciudadanos de a pie podían entrar en el edificio, los turistas eran disuadidos de forma activa. La Gran Sala ya parecía de por sí una feria de ganado. Pero a Rebus le gustaban el techo de madera tallada, la estatua de sir Walter Scott y la enorme vidriera policromada. Disfrutaba fisgando a través de una puerta de cristal la biblioteca donde los abogados consultaban jurisprudencias en mamotretos polvorientos.
Pero él prefería el aire fresco, las baldosas a sus pies y la piedra gris encima de su cabeza, inhalar nicotina y la ilusión de que podía alejarse de todo aquello si quería. Porque, lo cierto era que, tras el esplendor de la arquitectura, el peso de la tradición y los elevados conceptos de la justicia y la ley, aquel era un lugar que encerraba un inmenso y continuo dolor humano, un lugar donde se arrancaban historias brutales, donde se reproducían imágenes atormentadas como si fuera el pan de cada día. Se pedía a gente que creía haberlo dejado todo atrás que ahondara en los momentos más secretos y trágicos de su pasado. Las víctimas relataban sus historias, los profesionales esgrimían datos objetivos sobre emociones ajenas y los acusados hilvanaban su propia versión de los hechos para cortejar al jurado.
Y aunque era fácil concebirlo como un juego, como una especie de espectáculo cruel, era imposible ignorarlo. Porque, pese al esfuerzo que invertían Rebus y otros en un caso, era allí donde este se hundía o se mantenía a flote. Y era allí donde todos los agentes aprendían prematuramente que verdad y justicia no eran de ningún modo aliadas, y que las víctimas eran algo más que bolsas de pruebas policiales, grabaciones y declaraciones.
Es probable que en su día fuera sencillo; el concepto seguía siendo bastante simple. Hay un acusado y una víctima. Hablan los abogados de ambas partes y aportan pruebas. Se celebra un juicio. Pero todo era cuestión de palabras e interpretaciones, y Rebus sabía que los hechos podían tergiversarse, manipularse, que algunas pruebas se antojaban más elocuentes que otras, que los jurados podían decidir desde el principio su dictamen basándose en la actitud o el aspecto del acusado. De modo que aquello se convertía en un teatro, y cuanto más inteligentes fueran los abogados, más crípticos resultaban sus juegos lingüísticos. Hacía mucho tiempo que Rebus había dejado de enfrentarse a ellos con sus mismas armas. Daba su testimonio, ofrecía una respuesta concisa e intentaba no caer en los consabidos trucos. Algunos abogados lo notaban en su mirada, sabían que había estado allí demasiadas veces. Lo retenían poco tiempo y dedicaban su atención a individuos más dóciles.
Por eso creía que ese día no lo llamarían. Pero igualmente tenía que esperar, desperdiciar su tiempo y su energía en nombre de la alta justicia.
En ese momento salió uno de los vigilantes. Rebus lo conocía y le ofreció un cigarrillo. El hombre asintió y aceptó también la caja de cerillas.
—Hoy esto es una mierda —dijo el vigilante, sacudiendo la cabeza.
Los tres miraban hacia el aparcamiento.
—Se supone que no debemos saberlo —le recordó Rebus con una sonrisa pícara.
—¿Qué juicio te ha tocado?
—Shiellion —dijo Rebus.
—A ese me refería —respondió el vigilante—. Algunos testimonios…
Y meneó la cabeza. Era un hombre que había oído más historias de terror que la mayoría de las personas en toda su carrera profesional.
De repente, Rebus supo por qué lloraba el chico que tenía delante de él. Y, aunque no podía ponerle nombre, al menos ahora sabía quién era: uno de los supervivientes de Shiellion.
Shiellion House se encontraba justo al lado de la carretera de Glasgow, a la altura de Ingliston Mains. Fue construida en la década de 1820 para uno de los prebostes de la ciudad y, tras su muerte y varias disputas familiares, quedó bajo el cuidado de la Iglesia de Escocia. Como residencia privada resultaba demasiado grande y la sensación de aislamiento —sus únicas vecinas eran unas granjas lejanas— espantaba a la mayoría de los inquilinos. En la década de 1930 se había convertido en un centro de acogida que atendía a huérfanos y pobres. Allí los instruían en el cristianismo a fuerza de duras enseñanzas y madrugones. Shiellion había cerrado el año anterior y se rumoreaba que iban a convertirlo en un hotel o un club de campo. Sin embargo, en sus últimos años se había labrado cierta fama. Hubo acusaciones de antiguos residentes, historias similares contadas por distintas fuentes sobre los mismos dos hombres.
Historias de abusos.
Abusos físicos y mentales, por supuesto, pero en última instancia también sexuales. Llegaron un par de casos a oídos de la policía, pero las acusaciones eran unilaterales, la palabra de unos niños agresivos contra la de sus prudentes cuidadores. Las investigaciones fueron poco entusiastas. La Iglesia había realizado sus indagaciones, que demostraron que las historias de aquellos niños eran una sarta de mentiras motivadas por la venganza.
Pero ahora había trascendido que esas investigaciones estuvieron amañadas desde el principio y que no eran más que tapaderas. Algo había ocurrido en Shiellion. Algo espantoso.
Los supervivientes crearon un grupo de presión y concitaron cierta atención de los medios. Se inició una nueva investigación policial que desembocó en el juicio de Shiellion; dos hombres imputados por delitos que iban desde la agresión hasta la sodomía. Veintiocho cargos cada uno. Y, entretanto, las víctimas estaban preparándose para demandar a la Iglesia.
A Rebus no le extrañaba que el vigilante estuviera pálido. Había oído rumores sobre las historias que se relataban en la sala número uno. Había escuchado parte de las transcripciones originales, detalles de entrevistas llevadas a cabo en comisarías de todo el país mientras niños que habían sido retenidos en Shiellion —ahora adultos— eran localizados e interrogados. Algunos se habían negado a participar en todo aquello. «Eso forma parte del pasado» era la excusa habitual. Pero se trataba de algo más que de una excusa: era la pura verdad. Habían puesto mucho empeño en desterrar sus pesadillas de la infancia. ¿Por qué iban a querer revivirlas? Gozaban de toda la paz que les estaba permitida en esta vida. ¿Por qué cambiarlo?
¿Quién quería enfrentarse al terror en un juzgado si podía evitarlo?
¿Quién?
El grupo de supervivientes estaba integrado por ocho individuos que habían elegido el camino más difícil. Querían cerciorarse de que, transcurridos todos esos años, se hiciera justicia al fin. Querían encerrar a los dos monstruos que habían destrozado su inocencia; unos monstruos que seguían allí, en el mundo, cuando ellos despertaban de sus pesadillas.
Harold Ince tenía cincuenta y siete años, era de baja estatura, delgado y con gafas. Tenía el cabello rizado y canoso. Estaba casado y tenía tres hijos adultos. Era abuelo. Hacía siete años que no trabajaba. En todas las fotos que vio Rebus mostraba una mirada aturdida.
Ramsay Marshall tenía cuarenta y cuatro años, era alto y corpulento y llevaba el pelo corto y de punta. Estaba divorciado, sin hijos, y hasta hacía poco había estado viviendo y trabajando (de cocinero) en Aberdeen. Las fotografías reflejaban una cara ceñuda y una barbilla prominente.
Ambos se habían conocido en Shiellion a principios de los años ochenta y habían trabado amistad o, cuando menos, una alianza. Descubrieron que compartían un interés al que, en apariencia, podían dar rienda suelta impunemente en Shiellion House.
Pederastas. A Rebus le repugnaban. No tenían cura, no cambiaban. Eran insaciables. Cuando se integraban de nuevo en la sociedad, no tardaban en volver a las andadas. Eran controladores, mentalmente débiles, patéticos. Eran como adictos que no podían pasar sin su dosis. No había medicación para tratarlos, y la psicoterapia no parecía surtir efecto. Veían debilidad y tenían que explotarla; veían inocencia y tenían que explorarla. Rebus estaba harto de ellos.
Y también de Darren Rough. Rebus sabía que en el zoo había actuado de aquella manera por Shiellion, porque no podía olvidarlo. El juicio iba ya camino de la tercera semana y todavía quedaban historias que contar, todavía había gente llorando en la sala de espera.
—Castración química —dijo el vigilante mientras apagaba el cigarrillo—. Es la única solución.
Entonces se oyó un grito que llegaba de la puerta del juzgado. Era una ujier.
—¿Inspector Rebus? —dijo.
Rebus asintió y tiró el pitillo sobre las baldosas.
—Su turno —añadió la ujier.
Se dirigió junto a ella.
Rebus no sabía qué hacía allí, al margen de haber interrogado a Harold Ince. Lo cual equivalía a decir que formaba parte del equipo que había interrogado a Ince. Pero solo un día; otros quehaceres lo habían apartado de Shiellion. Solo un día al principio de la investigación. Participó en las sesiones con Bill Pryde, pero no era a este a quien la defensa quería hacer preguntas, sino a John Rebus.
La galería pública estaba medio vacía. Los quince miembros del jurado parecían exhaustos, resultado de compartir las pesadillas de un día sí y otro también. El magistrado era el señor Petrie. Ince y Marshall estaban sentados en el banquillo de los acusados. Ince se echó hacia delante para escuchar mejor los testimonios, agarrado a la barandilla de latón pulido que tenía delante. A Marshall, apoltronado, parecía aburrirle la situación. Se examinó la parte delantera de la camisa y luego giró el cuello a un lado y otro para hacerlo crujir. Se aclaró la garganta, chasqueó la lengua y volvió a inspeccionar su atuendo.
El abogado defensor era Richard Cordover, Richie para los amigos. Rebus ya se había tropezado con él anteriormente, pero todavía no le había invitado a llamarlo Richie. Cordover era cuarentón y ya peinaba canas. Era de altura mediana y tenía un cuello musculoso y la cara bronceada. Rebus dedujo que era un habitual del gimnasio. El fiscal, a quien Rebus doblaba la edad, parecía seguro de sí mismo, pero cauteloso, y repasaba sus notas y tomaba apuntes con una gruesa pluma negra.
Petrie se aclaró la garganta y recordó a Cordover que el tiempo transcurría rápidamente. Este hizo una reverencia al juez y se acercó a Rebus.
—Inspector Rebus… —Nada más empezar realizó una pausa efectista—. Tengo entendido que interrogó usted a uno de los sospechosos.
—Así es, señor. Estuve presente en el interrogatorio de Harold Ince realizado el 20 de octubre del año pasado. El resto de los allí presentes incluían a…
—¿Dónde tuvo lugar exactamente?
—En la sala de interrogatorios B de la comisaría de St. Leonard’s. —Cordover dio la espalda a Rebus y caminó lentamente hacia el jurado—. ¿Formó usted parte del equipo de investigación?
—Sí, señor.
—¿Cuánto tiempo?
—Algo más de una semana, señor.
Cordover se volvió hacia él.
—¿Cuál fue la duración total de la investigación, inspector?
—Unos meses, supongo.
—Unos meses, en efecto…
Cordover fue a consultar sus notas. Rebus vio a una mujer sentada cerca de la puerta, una agente del DIC llamada Jane Barbour. Aunque tenía los brazos y las piernas cruzados, parecía igual de nerviosa que él. Normalmente trabajaba en Fettes, pero la habían puesto al mando del caso Shiellion a media investigación. Rebus ya no participaba, así que no tuvieron trato.
—Ocho meses y medio —dijo Cordover—. Un período decente de gestación.
Sonrió fríamente a Rebus, que no medió palabra. Ignoraba adónde quería llegar. Ahora sabía que la defensa tenía una excelente razón para traerlo allí, pero ignoraba cuál.
—¿Fue usted apartado de la investigación, inspector Rebus?
Lo preguntó a la ligera, como si solo pretendiera satisfacer su curiosidad.
—¿Apartado? No, señor. Surgió otra cosa…
—¿Y necesitaban a alguien que se encargara de ello?
—Eso es.
—¿Y por qué cree que lo llamaron a usted?
—No tengo ni idea, señor.
—¿No? —Cordover parecía sorprendido. Se volvió hacia el jurado—. ¿No tiene usted ni idea de por qué lo apartaron de esa investigación al cabo de solo una…?
El fiscal se levantó con los brazos extendidos.
—El inspector ya ha manifestado que la palabra «apartado» es inexacta, señoría.
—Bien —añadió Cordover con presteza—, digamos que fue desvinculado. ¿Eso sería más exacto, inspector?
Rebus se encogió de hombros, negándose a estar de acuerdo con nada. Cordover insistió.
—Un «sí» o un «no» bastarán.
—Sí, señor.
—¿Fue usted desvinculado de una importante investigación cuando había transcurrido una semana?
—Sí, señor.
—¿Y no tiene la menor idea de por qué?
—Porque me necesitaban en otra parte, señor.
Rebus intentaba no volverse hacia el fiscal: cualquier mirada en esa dirección haría que el abogado oliera sangre, que oliera que alguien necesitaba un rescate. Jane Barbour no paraba de moverse, todavía con los brazos cruzados.
—Lo necesitaban en otra parte —repitió Cordover en un tono monocorde y volvió a consultar sus notas—. ¿Qué tal es su expediente disciplinario, inspector?
El fiscal se levantó.
—Aquí no se está juzgando al inspector Rebus, señoría. Ha venido a testificar, y de momento no veo el sentido de…
—Retiro el comentario, señoría —dijo Cordover, que sonrió a Rebus y se aproximó nuevamente—. ¿Cuántos interrogatorios realizó al señor Ince?
—Dos sesiones en un mismo día.
—¿Fueron bien? —Rebus lo miró inexpresivamente—. ¿Mi cliente cooperó?
—Sus respuestas fueron deliberadamente obtusas, señor.
—¿«Deliberadamente»? ¿Es usted experto en algo, inspector?
Rebus clavó su mirada en el abogado.
—Sé cuándo alguien intenta responder con evasivas.
—¿En serio? —Cordover se acercó de nuevo al jurado y Rebus se preguntó cuántos kilómetros recorría al cabo del día—. Mi cliente opina que era usted «una presencia amenazadora». Son palabras suyas, no mías.
—Hay grabaciones de audio de los interrogatorios, señor.
—Por supuesto, y vídeos también. Los he visto varias veces y coincidirá conmigo en que sus métodos son agresivos.
—No, señor.
—¿No? —Cordover arqueó las cejas—. Es obvio que mi cliente le tenía pavor.
—Los interrogatorios siguieron los procedimientos habituales, señor.
—Ah, sí, sí —dijo Cordover con desprecio—. Pero seamos honestos, inspector. —Ahora estaba delante de Rebus, lo bastante cerca para atacar—. Hay formas y formas, ¿no es así? Lenguaje corporal, gestos, maneras de formular una pregunta o una afirmación. No sé si es usted un experto en adivinar respuestas obtusas, pero desde luego es un interrogador implacable.
El juez miró por encima de las gafas.
—¿Nos conduce esto a alguna parte al margen de un intento de difamación?
—Si me permite un momento, señoría… —Cordover volvió a hacer una reverencia. Era un actor consumado. No era la primera vez que a Rebus le sorprendía la absoluta ridiculez de todo aquello: un juego en el que participaban abogados bien remunerados que utilizaban vidas reales a modo de piezas—. Hace unos días, inspector —continuó Cordover—, ¿formó usted parte de un equipo de vigilancia en el zoo de Edimburgo?
«Mierda». Ahora Rebus sabía exactamente adónde quería llegar Cordover y, como un mal jugador de ajedrez enfrentándose a un maestro, poco podía hacer más que anticipar la conclusión.
—Sí, señor.
—¿Acabó usted persiguiendo a un ciudadano?
El fiscal se levantó de nuevo, pero el juez le indicó que se sentara.
—Así es.
—¿Formaba usted parte de un equipo que intentaba dar caza a nuestro célebre envenenador?
—Sí, señor.
—Y, si no me equivoco, el hombre al que persiguió estaba en el recinto de los leones marinos. —Cordover levantó la vista para buscar una confirmación y Rebus asintió obedientemente—. ¿Era aquel hombre el envenenador?
—No, señor.
—¿Sospechaba que lo era?
—Era un pedófilo que había cumplido condena…
Se adivinaba la ira en la voz de Rebus y sabía que estaba poniéndose colorado. Se interrumpió, pero ya era demasiado tarde. Había dado al abogado defensor justo lo que quería.
—Un hombre que había cumplido condena y que había sido puesto en libertad. Un hombre que no ha reincidido. Un hombre que estaba disfrutando de los placeres de una visita al zoo hasta que usted lo reconoció y empezó a perseguirlo.
—Huyó.
—¿Huyó? ¿De usted, inspector? ¿Por qué iba a hacer algo así?
«Vale, sarcástico de mierda, déjalo ya».
—Mi argumento —dijo Cordover al jurado, dedicándole algo parecido a una reverencia— es que hay prejuicios contra cualquiera que sea tan siquiera sospechoso de haber cometido delitos contra un niño. Resulta que el inspector vio a un hombre que había cumplido una sola condena de cárcel e inmediatamente sospechó lo peor y actuó conforme a esa sospecha, como hemos visto, de manera bastante errónea. No hubo cargos contra él, el envenenador actuó de nuevo y creo que la parte inocente está barajando la posibilidad de demandar a la policía por detención improcedente. Con dinero de sus impuestos, me temo. —Respiró hondo—. Seguramente entendemos los sentimientos del inspector. Cuando hay niños de por medio, los ánimos se caldean. Pero, yo les pregunto: ¿es moralmente correcto? ¿Impregna ello la acusación contra mi cliente, además de las herramientas de la investigación y los agentes que la han llevado a cabo? —Señaló a Rebus, que ahora tenía la sensación de estar en el banquillo de los acusados y no en el estrado. Al percibir su incomodidad, a Ramsay Marshall los ojos le hacían chiribitas de placer—. Luego aportaré más pruebas de que la investigación policial fue defectuosa desde el principio y de que el inspector Rebus no fue el único culpable. —Se volvió hacia él—. No hay más preguntas.
E indicaron a Rebus que podía irse.
—Ha sido duro.
Rebus levantó la cabeza y vio una figura que se acercaba a paso lento. Estaba encendiéndose un cigarrillo y dio una honda calada. Le ofreció uno, pero Rebus lo rechazó.
—¿Ya conocías a Cordover? —preguntó.
—Hemos tenido nuestros encontronazos —respondió Jane Barbour.
—Siento no haber podido…
—No estaba en tu mano.
Barbour exhaló ruidosamente, apretándose un maletín contra el pecho. Estaban delante de los juzgados. Rebus se sentía agotado, y pensó que ella probablemente también.
—¿Te apetece una copa?
Barbour negó con la cabeza.
—Tengo cosas que hacer.
Rebus asintió.
—¿Crees que ganaremos?
—Si depende de Cordover no. —Restregó un tacón contra el suelo—. Últimamente pierdo más que gano.
—¿Sigues en Fettes?
Barbour asintió.
—Delitos sexuales.
—¿Todavía eres inspectora?
Ella asintió de nuevo. Rebus recordaba ciertos rumores sobre un ascenso. Por lo tanto, Gill Templer seguía siendo la única inspectora jefe de Lothian. Parapetado detrás del humo del cigarrillo, Rebus estudió a Barbour. Era alta y de lo que su madre habría denominado «huesos anchos». Tenía el cabello castaño ondulado y le llegaba a los hombros. Llevaba un traje chaqueta de color mostaza con una blusa clara de seda y tenía un lunar en una mejilla y otro en la barbilla. ¿Unos treinta y cinco…? A Rebus se le daba fatal calcular edades.
—Bueno… —dijo, dispuesta a irse, pero buscando una excusa para no hacerlo.
De repente oyeron a alguien despedirse. Al darse la vuelta vieron a Richard Cordover camino del coche. Era un TVR rojo con matrícula personalizada. Cuando abrió la puerta ya parecía haberse olvidado de ellos.
—Qué frío es el cabrón —farfulló Barbour.
—Así se habrá ahorrado algo de pasta.
Barbour miró a Rebus.
—¿Y eso?
—Probablemente no tuvo que instalar aire acondicionado en el TVR. ¿Seguro que no te apetece tomar nada? Quería preguntarte una cosa…
Descartaron el Deacon Brodie —demasiados «clientes» frecuentaban el local— y se dirigieron al Jolly Judge. En una ocasión, Rebus había ido a tomar algo allí con un abogado que bebía advocaat.** Ahora, el Rangers había contratado a un encargado holandés que se apellidaba Advocaat y estaban desempolvando los viejos chistes… Rebus pidió un virgin mary para Barbour y media pinta de Eighty para él y se sentaron a una mesa situada justo debajo de las escaleras.
—Salud —dijo Barbour.
Rebus levantó el vaso y se lo llevó a los labios.
—Y bien, ¿qué puedo hacer por ti?
Rebus dejó el vaso encima de la mesa.
—Solo necesito un poco de información. Antes trabajabas en Personas Desaparecidas, ¿verdad?
—Fue una penitencia por mis pecados, sí.
—¿Qué hacías allí exactamente?
—Recopilar, cotejar y meterlos a todos en archivadores y memorias de ordenador. A veces hacía de enlace; enviaba datos de nuestro departamento a otros cuerpos y también recibía información suya. Muchas reuniones con las diversas organizaciones benéficas… —Hinchó las mejillas—. Además, mantenía encuentros con las familias para intentar ayudarlas a comprender lo que había ocurrido.
—¿Te sentías realizada en tu trabajo?
—Pues más o menos como si cosiera sacas de correos. ¿A qué viene tanto interés?
—Tengo una persona desaparecida.
—¿De qué edad?
—Diecinueve años. Todavía vive en casa; sus padres están preocupados.
Barbour sacudió la cabeza.
—Es como buscar una aguja en un pajar.
—Lo sé.
—¿Dejó alguna nota?
—No, y dicen que no tenía motivos para irse.
—A veces no hay motivos, al menos que tengan sentido para la familia. —Se enderezó—. Esta es la lista de comprobaciones que debes hacer —dijo mientras contaba con los dedos al enumerarlas—: cuentas bancarias, sociedad de ahorro y préstamo para la vivienda, algo así. Tienes que buscar retiradas de efectivo.
—Ya lo he hecho.
—Mira en los hostales. Aquí y en las ciudades habituales, cualquiera entre Aberdeen y Londres. En algunas hay organizaciones benéficas que ayudan a vagabundos y a fugitivos; Centrepoint, en Londres, por ejemplo. Publica una descripción. Luego está la Oficina Nacional de Personas Desaparecidas de Londres. Envíales por fax toda la información de que dispongas. También puedes pedir al Ejército de Salvación que esté atento. Comedores sociales, refugios nocturnos; nunca sabes quién puede aparecer por allí.
Rebus tomaba nota en su cuaderno. Levantó la mirada y la vio encogerse de hombros.
—Eso es más o menos todo.
—¿El problema es grave?
Barbour sonrió.
—Lo cierto es que no es un problema, a menos que seas tú quien ha perdido a alguien. Algunos aparecen y otros no. Según las últimas cifras que vi, podría haber hasta doscientas cincuenta mil personas desaparecidas, gente que ha roto con todo, que ha cambiado de identidad o que ha sido abandonada a su suerte por los denominados servicios «solidarios».
—¿Atención de la comunidad?
Barbour esbozó de nuevo una sonrisa amarga, bebió un sorbo y consultó el reloj.
—Veo que lo de Shiellion ha supuesto un agradable respiro.
Barbour resopló.
—Sí, como una salida al campo. Los casos de abusos sexuales son siempre un soplo de aire fresco. —Adoptó una expresión pensativa—. Hace unas semanas tuve a un doble violador y acabó saliendo en libertad. La Fiscalía la cagó. Lo formularon como un caso de sumario.
—¿La condena máxima son tres meses?
Barbour asintió.
—Esta vez no lo juzgaban por violación, sino por exhibicionismo. El juez estaba que trinaba. Cuando empezó a valorarse la prisión preventiva, el cabrón tenía que cumplir menos de dos semanas, así que se vio obligado a soltarlo. —Miró a Rebus—. El informe psiquiátrico aseguraba que reincidiría. Libertad condicional, servicios a la comunidad y un poco de terapia. Y volverá a hacerlo.
«Volverá a hacerlo». A Rebus le vino a la mente Darren Rough, pero también Cary Oakes. Él también miró qué hora era. Pronto, Oakes tomaría tierra en Turnhouse. Pronto sería un problema…
—Siento no poder ayudarte más con tu desaparecido —dijo Barbour, poniéndose en pie—. ¿Conoces a la persona en cuestión?
—Es el hijo de unos amigos. —Barbour asintió—. ¿Cómo lo has sabido?
—No te ofendas, John, pero probablemente no te tomarías la molestia si no fuera así. —Cogió el maletín—. Es uno entre doscientos cincuenta mil. ¿Quién tiene tiempo para eso?
12
Había periodistas aguardando delante de la terminal. La mayoría llevaban teléfonos móviles con los que mantenían contacto con la oficina. Los fotógrafos hablaban de objetivos, de sensibilidades de película y del impacto que acabarían teniendo las cámaras digitales. Había tres equipos de televisión: Scottish TV, BBC y Edinburgh Live. Todos parecían conocerse y estaban bastante relajados, tal vez incluso algo cansados por la espera.
El vuelo había sufrido una demora de veinte minutos.
Rebus conocía el motivo: la Policía Metropolitana de Heathrow se había tomado su tiempo para trasladar a Cary Oakes, que se había pasado más de una hora en el aeropuerto. Fue al lavabo, tomó algo en uno de los bares, compró un periódico y un par de revistas y realizó una llamada.
La llamada despertó la curiosidad de Rebus.
—Recibió un aviso —le había dicho el Granjero—. Alguien lo llamó.
—¿Y quién pudo ser?
El Granjero no lo sabía.
Ahora, Oakes iba camino de Edimburgo. Unos agentes lo acompañaron durante el vuelo y luego se marcharon, eso sí, sin quitar el ojo de encima al avión hasta que hubo abandonado el espacio aéreo londinense. Después llamaron a sus compañeros de la comisaría de Lothian y Borders.
«Todo vuestro», decía el mensaje.
El Departamento de Investigaciones Criminales entregó las riendas al Granjero, que rara vez se alejaba de su despacho. Le gustaba delegar, confiaba en su equipo. Pero ese día…, ese día era algo especial, así que iba sentado al lado de Rebus. La agente Siobhan Clarke viajaba en el asiento trasero. Era un coche patrulla con distintivos: querían que Oakes supiera de su presencia. Rebus había realizado una incursión de reconocimiento y había vuelto con noticias de los periodistas.
—¿Conocemos a alguien? —preguntó Clarke.
—Las caras de siempre —dijo Rebus, que aceptó otro trozo de chicle que le ofrecía.
Aquel era el pacto: él no fumaría siempre y cuando fuera ella quien comprara la goma de mascar. La expedición de reconocimiento había sido una excusa para fumarse un pitillo.
El reloj del tablero anunciaba que el avión tomaría tierra en cualquier momento. Lo oyeron antes de que entrara en su campo de visión: un ruido sordo y luces parpadeando en la oscuridad. Habían bajado una de las ventanillas para evitar que se empañara.
—Podría ser ese —afirmó el Granjero.
—Podría.
Siobhan Clarke tenía todos los documentos a su lado y había estado leyendo acerca de Cary Dennis Oakes. Dudaba de que su presencia allí tuviera otro propósito que la mera curiosidad, pero, aun así, la sentía.
—Debe de estar al caer —dijo.
—No cuentes con ello —respondió Rebus, que volvió a abrir la puerta.
De camino a la terminal iba buscando el tabaco en el bolsillo.
Esquivó a la manada de periodistas y fue hacia un cartel de «Prohibida la entrada». Mostró su identificación y se acercó al vestíbulo de llegadas. Ya había hablado con los agentes de aduanas e Inmigración, que estaban esperándolo. Sabía lo que ocurría con las escalas internacionales: en Heathrow no se practicaban controles. En Edimburgo, a menudo tampoco: dependía de los turnos; los recortes habían causado estragos. Pero esa noche se llevaría a cabo todo el abanico de registros. Rebus observó a los pasajeros del vuelo de Heathrow desfilar hacia la terminal y esperar su equipaje. En su mayoría eran hombres de negocios con maletines y periódicos. La mitad del vuelo llevaba equipaje de mano. Pasaron rápidamente por aduanas; había coches esperando en el aparcamiento, familias aguardando en casa.
Había también un hombre con ropa informal: vaqueros, zapatillas de deporte, camisa de cuadros rojos y negros y gorra blanca. La bolsa de viaje no parecía especialmente llena. Rebus hizo un gesto al agente de aduanas, que dio el alto al viajero y lo llevó al mostrador.
—Pasaporte, por favor —dijo el agente.
El hombre sacó del bolsillo delantero de la camisa un pasaporte que parecía nuevo. Fue tramitado hacía algo más de un mes, cuando los estadounidenses supieron que lo pondrían en libertad. El agente lo hojeó y encontró poco más que páginas vacías.
—¿De dónde viene, señor?
Cary Oakes estaba mirando al hombre que había detrás, el hombre que había organizado todo aquello.
—De Estados Unidos —respondió.
Su voz era una peculiar mezcla de inflexiones transatlánticas.
—¿Y qué está haciendo aquí, señor?
Oakes sonrió con suficiencia. Tenía cara de colegial avejentado, de gracioso de la clase.
—Pasar el rato —respondió.
El agente de aduanas volcó el contenido de la bolsa encima del mostrador. Había un neceser, una muda y un par de revistas eróticas, además de un sobre marrón lleno de dibujos y fotos recortadas de dichas revistas. Todo apuntaba a que habían pasado mucho tiempo colgadas en una pared. También había una tarjeta de felicitación que le decía que «volara alto y recto» e iba firmada por sus «colegas del sector». Otra carpeta contenía notas de un juicio y noticias relacionadas con este. Había dos libros en edición rústica: una biblia y un diccionario. A juzgar por su aspecto, ambos habían sido utilizados con frecuencia.
—«Viaja ligero de equipaje», ese es mi lema —anunció Oakes.
El agente miró a Rebus, que asintió sin quitar la vista de encima a Oakes, y volvió a guardarlo todo en la bolsa.
—La verdad es que todo esto es bastante discreto —dijo Oakes—. Y no crean que no lo agradezco. Me apetece llevar una vida tranquila una temporada.
—Espero que no piense quedarse por aquí —dijo Rebus sin inmutarse.
—Creo que no nos han presentado, agente. —Oakes le tendió una mano y Rebus se fijó en que llevaba el dorso salpicado de tatuajes: iniciales, cruces y un corazón. Al cabo de un momento, Oakes la retiró con una sonrisa en los labios—. Supongo que no será fácil hacer nuevos amigos —musitó—. He perdido mis viejas habilidades sociales.
El agente de aduanas estaba abriendo el neceser cuando Oakes lo agarró de las asas.
—Y ahora, caballeros, si ya se han divertido un rato…
—¿Adónde va? —preguntó el agente.
—A un bonito hotel en la ciudad. A partir de ahora viviré en hoteles. Pensaban instalarme en un palacio en el campo, pero me negué. Quiero luces y acción, un poco de marcha.
Volvió a reírse.
Rebus no pudo evitar preguntar:
—¿A quiénes se refiere?
Oakes se limitó a sonreír y le guiñó un ojo.
—Ya lo averiguarás, colega. No tendrás que investigar mucho.
Se colgó la bolsa del hombro y, silbando, se fundió con la multitud que iba hacia la salida.
Rebus lo siguió. Los periodistas apostados en el exterior estaban haciendo fotos y grabando vídeos, aunque Oakes se había tapado la cara con la gorra. Lo cosieron a preguntas. Entonces, un hombre rechoncho se abrió paso con un cigarrillo en la boca. Rebus lo reconoció. Se llamaba Jim Stevens y trabajaba para un periódico sensacionalista de Glasgow. Agarró a Oakes del brazo y le susurró algo al oído. Se estrecharon la mano y, a partir de entonces, Stevens tomó las riendas, guiando a Oakes entre la muchedumbre con una mano protectora apoyada en su hombro.
—Vamos, Jim, no fastidies —exclamó uno de los periodistas.
—No hará declaraciones —aseguró Stevens con el cigarrillo colgándole de la comisura de los labios—. Pero podéis leer nuestra serie exclusiva a partir de mañana.
Y, con un saludo final, franqueó las puertas y desapareció. Rebus se dirigió a otra salida y se montó en el coche al lado del Granjero.
—Parece que ha hecho un amigo —comentó Siobhan Clarke, viendo cómo Stevens metía la bolsa de Oakes en el maletero de un Vauxhall Astra.
—Es Jim Stevens —indicó Rebus—. Trabaja en Glasgow.
—¿Y ahora Oakes es propiedad suya? —aventuró Clarke.
—Eso parece. Creo que van a la ciudad.
El Granjero dio un manotazo al salpicadero.
—Debí imaginar que algún periódico le echaría el guante.
—No estarán pendientes de él para siempre. En cuanto la historia haya terminado…
—Pero, hasta entonces, tienen sus abogados. —El Granjero se volvió hacia Rebus—. Así que no podemos hacer nada que pueda constituir acoso.
—Como guste, señor —dijo Rebus, que puso en marcha el vehículo—. Entonces, ¿nos vamos a casa?
El Granjero asintió.
—En cuanto los hayamos seguido. Quiero que Stevens sepa de qué va la fiesta.
—Llevamos un coche de policía detrás —advirtió Cary Oakes.
Jim Stevens cogió el encendedor.
—Ya lo sé.
—En el aeropuerto también me encontré con un comité de bienvenida.
—Se llama Rebus.
—¿Quién es?
—El inspector John Rebus. He tenido varios encontronazos con él. ¿Qué te ha dicho?
Oakes se encogió de hombros.
—Se ha plantado allí a hacerse el duro. Algunos tipos que conocí en la cárcel le habrían provocado un buen ataque de nervios.
Stevens sonrió.
—Guárdatelo para cuando esté en marcha la grabadora.
Oakes llevaba la ventanilla del acompañante bajada todo el trayecto y asomaba la cabeza de vez en cuando a pesar del intenso aire frío.
—¿Te molesta el humo? —preguntó Stevens.
—No. —Oakes movió la cabeza adelante y atrás, como si estuviera debajo de un secador de pelo—. Fue inteligente que me localizaras en Heathrow.
—Quería ser el primero en hacerte una oferta.
—Diez de los grandes, ¿verdad?
—Creo que podremos conseguirlos.
—¿Derechos exclusivos?
—Por ese precio, no hay alternativa.
Oakes volvió a meter la cabeza en el coche.
—No sé si lo haré bien.
—No habrá problema. Eres escocés, ¿no? Somos cuentacuentos natos.
—Imagino que Edimburgo ha cambiado.
—Llevas una temporada fuera.
—Vaya…
—¿Conoces a alguien aquí?
—Se me ocurren un par de nombres. —Oakes sonrió—. Jim Stevens y John Rebus. Ya son dos, y solo llevo media hora en el país. —Jim Stevens se echó a reír. Oakes subió la ventanilla y se inclinó para apagar la música. Luego se volvió hacia Stevens para gozar de su plena atención—. Háblame de Rebus. Me gustaría conocerlo.
—¿Por qué?
Oakes no dejaba de mirar al periodista en ningún momento.
—Si alguien se interesa por mí, yo me intereso por él —dijo.
—¿Eso me incluye a mí también?
—Nunca se sabe, Jim. Nunca se sabe.
Stevens quería a Oakes fuera de Edimburgo y que permaneciera enclaustrado el tiempo que duraran las entrevistas. Pero Oakes le dijo por teléfono que tenía que ser en Edimburgo. Tenía que ser allí. Y en Edimburgo fue: un hotel discreto junto a unas casas adosadas en Ciudad Nueva. A Stevens le hacía gracia lo de «Ciudad Nueva»: en cualquier otro lugar de Escocia eso significaba lugares como Glenrothes y Livingston, barrios salidos de la nada en las décadas de 1950 y 1960. Pero en Edimburgo se remontaba al siglo XVIII. Tal era el gusto de la ciudad por las cosas nuevas. Antaño, el hotel, de una elegancia sobria, debió de ser una residencia privada repartida en cuatro plantas, y se encontraba en una calle tranquila. Oakes echó un vistazo y llegó a la conclusión de que no le servía. No explicó por qué. Simplemente se quedó en las escaleras, respirando el aire del lugar, mientras un frenético Stevens realizaba un par de llamadas.
—Me vendría bien saber qué quieres.
Oakes se encogió de hombros.
—Lo sabré cuando lo vea —dijo, y saludó a los ocupantes del coche patrulla, que todavía tenía las luces encendidas.
—Bien —dijo Stevens al fin—. Volvemos a la autopista.
Enfilaron Leith Walk y se dirigieron hacia el puerto.
—¿Todavía es una zona conflictiva? —preguntó Oakes.
—Está cambiando. Hay nuevas urbanizaciones, la Oficina Escocesa, restaurantes y un par de hoteles inaugurados hace poco.
—Pero sigue siendo Leith, ¿no?
—Sigue siendo Leith.
Pero cuando llegaron al puerto y Oakes vio su hotel, empezó a asentir al momento.
—Qué ambiente —dijo, contemplando los muelles.
Había un carguero anclado y arcos voltaicos para los hombres que trabajaban a su alrededor. Un par de pubs, ambos con restaurante. Al otro lado de la dársena había un amarre permanente, una embarcación reconvertida en discoteca flotante. Estaban construyendo pisos nuevos.
—La Oficina Escocesa está justo allí —dijo Stevens, señalando el lugar en cuestión.
—¿Cuánto tiempo crees que seguirán con esto? —preguntó Oakes cuando vio al coche patrulla detenerse.
—No mucho. Si intentan algo, contactaré con nuestros abogados. Tengo que llamarlos de todos modos para redactar tu contrato.
—Contrato. —Oakes sopesó la palabra—. Hace mucho que no trabajo.
—Solo tienes que hablar delante de un micrófono y posar para unas cuantas fotos.
Oakes se volvió hacia él.
—Por diez de los grandes, hago reconstrucciones de los hechos si es necesario.
Stevens palideció un poco y Oakes lo miró fijamente, calibrando su reacción.
—Probablemente no sea necesario —repuso el periodista.
Oakes se echó a reír. Le gustó aquel «probablemente».
Ya en el hotel dio el visto bueno a la habitación. Stevens no pudo instalarse en la contigua y hubo de conformarse con una situada al fondo del pasillo. Cargó las habitaciones a su tarjeta y dijo que las necesitarían varios días. Encontró a Oakes tumbado en la cama, con los zapatos puestos y el neceser a su lado. De él había sacado una maltrecha biblia, que estaba encima de la mesita de noche. Buen detalle; Stevens lo utilizaría en la introducción.
—¿Eres una persona religiosa, Jim? —preguntó Oakes.
—No especialmente.
—Pues mal hecho. La Biblia te enseña muchas cosas. La descubrí en la cárcel. Antes no tenía tiempo para el Buen Libro.
—¿Ibas a la iglesia?
Oakes asintió con aire distraído.
—En la cárcel celebrábamos una misa dominical. Iba siempre. —Miró a Stevens—. No soy un prisionero, ¿verdad? Puedo entrar y salir…
—Lo último que quiero es que te sientas como un prisionero.
—Ya somos dos.
—Pero, mientras sea yo quien te pague, habrá algunas normas. Si sales, quiero saberlo. De hecho, preferiría seguirte a todas partes.
—¿Tienes miedo de que me fiche la competencia?
—Algo así.
Oakes volvió la cabeza y sonrió.
—¿Y si quiero una mujer? ¿Esperarás sentado en la esquina mientras me la tiro?
—Me conformo con escuchar a través de la puerta —respondió Stevens.
Oakes se echó a reír, retorciéndose en el colchón.
—Es la cama más blanda que he tenido nunca. Y huele bien.
Permaneció allí tumbado unos momentos y luego se levantó repentinamente. A Stevens le sorprendió el cambio de velocidad.
—Vámonos, pues —le dijo Oakes.
—¿Adónde?
—Fuera, tío. Pero no tengas miedo, no andaré más de cincuenta metros.
Stevens lo siguió al exterior, pero se quedó junto al hotel y pudo ver adónde se dirigía Oakes.
El coche seguía con las luces encendidas y había tres figuras dentro. Oakes miró por el parabrisas, se situó del lado del conductor y golpeó el cristal con los nudillos. Rebus, el hombre al que ya conocía, bajó la ventanilla.
—Eh —exclamó Oakes a modo de saludo, y asintió en dirección a los otros dos ocupantes: una joven y un hombre mayor con el ceño fruncido. Señaló el hotel—. Bonito lugar, ¿verdad? ¿Alguna vez habéis dormido en un sitio así? —No respondieron. Apoyó un brazo en el techo y el otro en el marco de la ventanilla—. Siento… —De repente parecía un poco tímido—. Sí. —Ya sabía cómo expresarlo—. Me sabe muy mal lo de tu hija. Tío, tiene que ser una putada. —Miró a Rebus con unos ojos líquidos y fríos—. Uno de los asesinatos que me atribuían era una chica que debía de tener la misma edad. La misma edad que tu hija, quiero decir. Sammy se llama, ¿verdad?
Rebus abrió la puerta con tanta fuerza que Oakes estuvo a punto de caer al agua. El otro hombre —el jefe— avisó por radio y la joven salió detrás de Rebus, que se encaró con Cary Oakes. Jim Stevens echó a correr.
Oakes levantó las manos por encima de la cabeza.
—Si me tocas será agresión.
—Eres un embustero.
—¿Cómo?
—Nunca te han acusado de matar a ninguna chica de la edad de mi hija.
Oakes se echó a reír y se frotó la barbilla.
—Bueno, ahora ya tienes algo. Supongo que has ganado el primer asalto, ¿no?
La agente agarró a Rebus de un brazo mientras Jim Stevens trataba de recobrar el aliento tras la corta carrera. El jefe vigilaba desde el coche.
Oakes se agachó un poco para mirar dentro.
—Estás por encima de todo esto, ¿no? ¿O te falta valor? Tú mismo, tío.
Stevens lo cogió del hombro.
—Vamos.
Oakes se revolvió.
—A mí no me toca nadie; esa es la regla número uno.
Pero permitió que se lo llevara de vuelta al hotel. Stevens se dio la vuelta y vio a Rebus mirándolo con dureza; sabía quién le había hablado a Oakes de él y de su familia.
Las carcajadas de Oakes resonaron hasta que llegó a las puertas de cristal, y siguió mirando desde el otro lado.
—Ese tal Rebus —dijo— no es precisamente de mecha larga, ¿verdad?
En el piso de Patience en Oxford Terrace, Rebus se sirvió un whisky y añadió agua de una botella que guardaba en la nevera. Patience salió del dormitorio con los ojos entrecerrados a causa de la repentina luminosidad. Llevaba un camisón amarillo pálido que le llegaba a los tobillos.
—Siento haberte despertado —dijo Rebus.
—Quería beber algo de todos modos. —Cogió zumo de uva de la puerta de la nevera y se sirvió un vaso grande—. ¿Has tenido un buen día?
Rebus no sabía si reír o llorar. Llevaron las bebidas al salón y se sentaron en el sofá. Rebus cogió un ejemplar de The Big Issue: Patience siempre la compraba, pero era él quien la leía. Dentro había nuevas peticiones de información sobre personas desaparecidas. Sabía que si encendía el televisor y abría el teletexto encontraría una lista de desaparecidos. De vez en cuando consultaba varias páginas gestionadas por el Teléfono Nacional de Ayuda sobre Personas Desaparecidas. Janice dijo que contactaría con ellos…
—¿Y tú? —preguntó Rebus.
Patience encogió las piernas.
—El cuento de siempre. A veces me da la sensación de que un robot podría hacer ese trabajo. Los mismos síntomas, las mismas recetas. Amígdalas, sarampiones, mareos…
—Podríamos irnos. —Patience lo miró—. Aunque sea un fin de semana.
—Ya lo intentamos, ¿recuerdas? Y te aburriste.
—Bah, porque era el campo.
—Entonces, ¿qué interludio romántico tienes en mente? ¿Dundee? ¿Falkirk? ¿Kirkcaldy?
Rebus se levantó para llenarse de nuevo el vaso y le preguntó si quería uno. Patience sacudió la cabeza con los ojos clavados en el vaso vacío.
—Es el segundo de hoy —dijo Rebus al dirigirse a la cocina.
—En cualquier caso, ¿a qué viene esto?
Patience lo siguió.
—¿El qué?
—La idea repentina de unas vacaciones.
Rebus la miró.
—Ayer fui a ver a Sammy. Dice que habla más contigo que conmigo.
—Qué exagerada…
—Eso le dije yo, pero tiene razón.
—Ah, ¿sí?
Esta vez echó menos agua en el vaso. Y puede que una gota más de whisky.
—Ya sé que puedo ser… distraído. Soy una opción bastante pésima. —Cerró la nevera, se volvió hacia ella y se encogió de hombros—. Eso es todo, la verdad.
Rebus no apartaba la mirada del vaso, preguntándose por qué, mientras pronunciaba aquellas palabras, le había venido a la mente una imagen de Janice Mee durante unas vacaciones.
—Siempre pienso que volverás —dijo Patience. Rebus la miró y ella se dio unos golpecitos en la cabeza—. De donde sea que te has ido.
—Estoy aquí.
Patience negó con la cabeza.
—No, no lo estás. No estás aquí en absoluto.
Se dio la vuelta y cruzó el salón.
Al poco se acostó y Rebus le dijo que se quedaría un rato más. Buscó algo en la televisión, pero no encontró nada. Fue a la página 346 del teletexto y se puso los auriculares para poder escuchar For Absent Friends, de Genesis. Jack Morton estaba sentado en el reposabrazos del sofá mientras aparecían páginas y páginas de personas desaparecidas. No había rastro de Damon. Rebus se encendió un cigarrillo, le echó el humo al televisor y observó cómo se disolvía. Entonces recordó que era el piso de Patience y que no le gustaba el tabaco, así que fue a la cocina a apagar su placer prohibido. Después de Genesis se decantó por Song for Sinking Loves, de Family.
«Hay algo en ti que no funciona».
«Fueron los tuyos quienes quisieron traerlo aquí».
Vio a dos hombres en el banquillo de los acusados y a su abogado seduciendo al jurado. Vio a Cary Oakes apoyado en el coche.
«Volverá a hacerlo».
Vio a Jim Margolies dar aquel último salto en la oscuridad. Tal vez no había forma de entender nada. Se volvió hacia Jack. A menudo lo llamaba. Por tarde que fuera, Jack nunca se quejaba. Hablaban de todo un poco, compartían inquietudes y depresiones.
—¿Cómo pudiste hacerme eso, Jack? —preguntó Rebus en voz baja, y bebió un trago mientras el salón se llenaba de fantasmas.
Era tarde, pero Jim Stevens sabía que a su director no le importaría. Probó primero en el móvil. Bingo: su jefe había asistido a una cena en Kelvingrove. Políticos, los peces gordos habituales. Al jefe de Stevens le gustaba esa gente. Tal vez era el hombre equivocado para un periódico sensacionalista.
O tal vez, transcurridos esos años, era Jim Stevens quien estaba desfasado. Parecía estar rodeado de periodistas más jóvenes, más brillantes y más entusiastas que él. Ahora, uno podía venirse a menos a los cincuenta años. Se preguntaba cuánto tardarían en contrafirmar el cheque por los servicios prestados en la mesa del director, cuánto tardarían los jóvenes de la oficina en hacer una colecta para la despedida del «viejo Jim». Se sabía el guion e incluso los discursos que pronunciarían, unos discursos que cualquiera que se respetara un poco a sí mismo bloquearía y borraría. Lo sabía porque él también lo había hecho en los tiempos en que era sangre joven y los viejos se quejaban de la menguante calidad y de la transformación del mundo del periodismo.
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