Читать книгу: «El caso tequila»

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INTRODUCCIÓN

Yo presumo pocas cosas en la vida.

Una de ellas es que la edición original de esta novela estaba dedicada a su atento y seguro servidor. Pero hoy no vengo a hablar de mí, sino de F.G. Haghenbeck.

Retrocedamos diez años en el tiempo. En 2006 la novela policiaca era aún un gueto literario. De los géneros especulativos (ciencia ficción, horror, el mal llamado fantasy y el que nos ocupa ahora mismo), el policiaco ha sido siempre el de más prestigio literario/ cultural. Al que menos gestos le hacían los literatos serios.

A pesar de ello, en 2006 aún era un suicidio social el proclamarse autor de novela policiaca. Sin importar la gran popularidad de la que ya gozaban desde dos décadas antes las novelas de Paco Ignacio Taibo II o la figura ascendente de Élmer Mendoza.

Y ya desde entonces F.G. —a quien conozco como Paco hace mucho tiempo— andaba en estos malos pasos.

Veterano guionista de cómics de superhéroes con varias credenciales en el mundillo del cómic, que incluían haber escrito un guion de Supermán, Paco buscaba explorar otras vetas. Amigos y colegas historietistas, un día nos encontramos. Yo acababa de ganar un premio literario, el “Otra vuelta de tuerca”, por mi novela Tiempo de alacranes. “¿Por qué no le entras este año?’, le dije al vuelo. “Escribes muy bien.”

Lo siguiente que supe es que se lo ganó.

Y lo hizo a la grande, con un noir de época, un delicioso coctel conformado por los ingredientes que toda serie exitosa de detectives debe llevar. ¿Que cómo se prepara un Trago amargo a la Haghenbeck? Más o menos así:

Tómese un detective carismático bautizado con un nombre sonoro: Sunny Pascal, beatnik/chicano/surfer/investigador privado.

Colóquelo en un escenario fascinante.

Agregue un misterio cortado en pedacitos de rompecabezas, aderezados con un MacGuffin elusivo y seductor.

Añada una femme fatale picante, para dar sabor a la mezcla.

Y diluya con mucho alcohol.

Sirva con una discreta dosis de violencia, apenas la suficiente para estimular el paladar. Aderece a discreción con personajes históricos de la época y ¡listo!

Así confeccionó Paco Trago amargo, novela debut de la serie que protagoniza Sunny Pascal, la clase de detective que al leerlo te produce una profunda envidia por no haberlo inventado tú. Un digno nieto de Philip Marlowe.

Siendo un atento lector de Chandler, Haghenbeck se apropia del tono del detective duro y cínico y lo revierte con gracia natural.

Quiero dejar muy claro que ese mismo tono chandleriano es un recurso de altísimo riesgo: ha sido tan expuesto en todo el abanico mediático, tan reverenciado, imitado, parodiado y choteado que echar mano de él requiere de un gran oficio narrativo para salir bien librado del lance. Paco lo hace con la gracia de un elegante mixólogo.

Aquella primera aventura colocó a Sunny en Puerto Vallarta durante los días de la filmación de La noche de la iguana, buscando unas misteriosas cintas que parecen haber capturado a un animal hermoso en su hábitat natural. Un clásico instantáneo que nos dejó a sus lectores con ganas de otro shot.

Así apareció El caso tequila. Misma receta, mismo coctel, una segunda ronda aún más explosiva.

¿Qué pasa cuando Sunny debe ser la sombra de un decadente Johnny Weissmuller metido en problemas con la mafia, en el mítico Acapulco de los primeros años sesenta? ¿Qué sucede cuando entran en escena Frank Sinatra y una maleta repleta de dólares?

La combinación sólo puede ser explosiva.

El resultado es El caso tequila, novela que vio la primera luz en una edición española, pasó por otra edición mexicana y ahora recupera Editorial Océano para el deleite de la creciente legión de lectores de noir en nuestro país.

Pasen de página. ¿Qué hacen perdiendo el tiempo conmigo? Verán cómo se beben esta novela de un trago. Y se quedarán con ganas de más.

Como yo, que a pesar de ser abstemio quiero que me sirvan ya la tercera ronda.

Salud.

Bernardo Fernández, Bef


Junio de 2016





Yo bebo para hacer interesantes a las personas.

GROUCHO MARX


El trabajo es la maldición de las clases bebedoras.

OSCAR WILDE


Siento pena por las personas que no beben. El momento en que se despiertan por la mañana va a ser cuando se sientan mejor en todo el día.

FRANK SINATRA

I
TEQUILA SUNRISE

2 MEDIDAS DE TEQUILA BLANCO

4 MEDIDAS DE JUCO DE NARANJA

1 MEDIDA DE CRANADINA

1 REBANADA DE NARANJA

1 CEREZA CHERRY

HIELO


Ponga el hielo en un vaso alto y vierta el tequila. Añada el jugo de naranja y la granadina, incline el vaso para que éstas fluyan hacia el fondo y el líquido dé el aspecto de un amanecer. Revuelva ligeramente y adorne con la cereza y la rebanada de naranja.

Todo coctel famoso tiene su secreto en la preparación, posee un nombre interesante y una leyenda que explica su origen. Así ha sido desde hace más de doscientos años, lo que ha dado lugar a la mixología. El origen de la palabra “coctel” es incierto. Según una versión, se formó con las palabras cock y tail (cola de gallo). Otra fuente habla de la deformación de la palabra coquetier, la vasija donde se servían los brebajes. Para los ingleses, proviene de la designación de un caballo cruzado al que le cortaban la cola para levantarla, como una cola de gallo. Seguramente, nunca se sabrá el verdadero origen. Lo que sí se sabe es que en Francia se colocó una pluma a las bebidas para distinguir las que tenían alcohol.

Sobre la invención del tequila sunrise, la leyenda cuenta que un cantinero se quedó bebiendo, acompañado de un amigo, toda la noche. Al día siguiente, el dueño los descubrió borrachos en el bar. Cuando preguntó por qué estaban allí, el camarero pensó en una solución para que no le cobraran el consumo y dijo: “Para crear una bebida inspirada por la vista del amanecer en la barra”. El cantinero vertió rápidamente un poco de tequila y el jugo de naranja, y agregó la granadina, para lograr los colores del amanecer. Este hecho se remonta a los años treinta. Algunos suponen que ocurrió en Florida, por la inclusión del jugo de naranja, típico de ese estado. Otros dicen, sin embargo, que sucedió en Acapulco, lo que es poco probable, pues el sol sale por las montañas. Aun así, el tequila sunrise se convirtió en el emblema de los turistas, que adoran las palmeras y el relajante ruido de las olas, mientras Frank Sinatra canta “Come Fly with Me”.

I|I

El atardecer poseía tal letanía de colores que parecía que el pintor celestial se había bebido tres tequilas más que yo. Estaba seguro de que le cobrarían el exceso de rojos y amarillos. Un velero apareció en el horizonte, entre las pinceladas naranja durazno y amarillo mango del crepúsculo. Era una imagen bella.

El viento fresco, cargado con el aroma a mar que tanto gusta a los turistas y las gaviotas, disolvía el humo de mi cigarro Cohiba. Lo fumaba tan lentamente que podía oír cómo se consumía el tabaco. Era uno de esos días en los que uno piensa que la vida bien vale la pena sufrirla. Aunque estaba seguro de que sólo me quedaban veinticuatro horas para hacerlo.

Nuestro artista panorámico copiaba los colores de mi bebida, un tequila sunrise, para ofrecernos tan maravillosa imagen del sol poniéndose en la bahía. Levanté mi vaso a fin de compararlos. El rojo de la cereza competía con el astro rey, que se sumergía en el mar, cual pelota olvidada en la playa por un niño. No había duda de que estaba en el Paraíso. Dios lo había colocado en un lote que compró de remate en la costa del Pacífico mexicano. En la Biblia lo llamaban Edén; hoy en día, para los agentes de viajes, era Acapulco.

Los empresarios, que siempre pillaban las decisiones del Creador, construyeron monumentales edificios de concreto que se arremolinaban por toda la playa. La vendían como la ciudad perfecta para tener sexo, hacer tratos con serpientes, cometer pecados y vivir sin reglas. O sea, el Paraíso.

Desde antes que Frankie “Old Blue Eyes” Sinatra cantara “You just say the words and we’ll beat the birds down to Acapulco Bay” todo aquel que osaba ser famoso venía de vacaciones a este puerto. Aquí se daban cita actores, cómicos amargados, toreros alcohólicos, políticos corruptos, reyes sin corona, gánsteres asesinos, prostitutas enamoradas y alguna que otra familia que venía a gastar sus ahorros.

Yo no era nada de lo anterior. Mi efímera estancia era puramente profesional y mi oficio seguiría siendo el mismo de siempre mientras no adivinara los números premiados de la lotería: sabueso, half gringo, mitad mexican, que había despilfarrado el noventa por ciento de su vida en alcohol y el resto, en realidad, en tonterías.

La fachada de paraíso vacacional era bastante convincente, pero Acapulco seguía siendo el lugar más importante para hacer negocios de Hollywood, después del bar en el Beverly Hills Hotel, el campo de golf en Palm Springs y la banqueta frente al templo judío de Santa Mónica. Aquí las estrellas y los productores de Cinelandia firmaban contratos de muchos dólares. Mi nuevo trabajo era uno de ellos. Pero también era una fachada: mi verdadera labor consistía en ser la nana de un hombre mono borracho.

Acapulco había dejado de ser un paraíso para mí. Mi labor como ángel guardián era un fracaso: la policía mexicana deseaba meterme a la sombra, un grupo de matones opinaba que mi cabeza en un mástil sería un bello adorno, y un mercenario estaba limpiando su automática para despedirme con una bala entre los ojos. Me había involucrado en las cosas que uno prefiere sólo leer en la nota policial, y a veces de reojo. A mi lado, sufría un maletín con billetes de cien dólares, en fajos del grosor de un directorio telefónico, y me sostenía las piernas mientras veíamos juntos el atardecer. Le había tomado cariño por ir danzando conmigo entre cadáveres. Generalmente, iba esposado a mí, pero hoy nos habíamos dado la tarde libre. Yo disfrutaba de mi coctel y fumaba un puro cubano; el medio millón de dólares hacía lo único que sabía hacer: ser mucho dinero.

Desde mi terraza en el hotel Los Flamingos, lugar de reunión de John Wayne, Red Skelton, Rita Hayworth y otras estrellas, pensaba en el maletín huérfano, los colores de mi bebida y el estado alcohólico de quien hacía los atardeceres. Rezaba porque Frankie Blue Eyes pudiera estar en mi entierro y me cantara una despedida, pues cuando uno juega con la serpiente del Paraíso, la casa siempre gana. Pregúntenle a Dios, es experto en el tema. Fue entonces cuando unos gritos rompieron mi ensoñación.

–¡Sunny Pascal! ¡Sunny! —me gritaron desde el otro lado de la puerta, al tiempo que la golpeaban con la rudeza de un boxeador agonizante.

Tendría que comprar entradas para ver el crepúsculo del día siguiente. Hoy no podría quedarme más tiempo. Esperaba que no se le terminaran los colores al pintor. La segunda vez nunca es tan buena como la primera. Excepto en el sexo.

Escondí el maletín, no fuera a saltar por el balcón cual clavadista de las rocas en La Quebrada. Abrí la puerta y me encontré a Adolfo, el joven ayudante del hotel, quien me miraba con los ojos tan abiertos como un par de hot cakes.

–¡Rápido! ¡A la alberca! —volvió a gritar mientras me jalaba de la manga. Cuando alguien vocifera así es que hay problemas. No me gustó, dificultades ya me sobraban.

Bajamos corriendo las escaleras. Seguí los gritos del patio hasta llegar a un grupo de turistas. Miraban sorprendidos la alberca en forma de mancha de sangre. En el centro de ésta, un cuerpo flotaba con los brazos abiertos y la cabeza sumergida. Era alto, musculoso, del tipo que te da mujeres, fama y medallas olímpicas. Pero era un cuerpo rancio, ya había pasado sus mejores años. En la orilla de la alberca estaba mi socio y amigo, Scott Cherries.

–Sunny, está muerto —me dijo en inglés con tal expresión en el rostro que me recordó una vaca en mitad de la carretera esperando a ser arrollada.

No era para menos, a quien debíamos cuidar yacía flotando en el agua, entre flores secas de buganvilia. Johnny Weissmuller, el mejor Tarzán de todos los tiempos, ya no vería más a su chango, Chita, y en este viaje tampoco lo acompañaría Jane.

Sólo pude decir consternado:

–¡En la madre! Se me murió Tarzán.

II
SCORPION

2 MEDIDAS DE RON BLANCO

2 MEDIDAS DE JUGO DE NARANJA

1 MEDIDA DE JUGO DE LIMÓN

1 MEDIDA DE BRANDY

½ MEDIDA DE ORGEAT O CREMA DE ALMENDRAS

1 REBANADA DE NARANJA

1 CEREZA

1 GARDENIA

HIELO


Ponga el hielo y los ingredientes líquidos en una batidora. Mézclelos a velocidad rápida hasta que el hielo se vuelva frappé. Puede servirse en vaso corto o en doble porción en un tazón hondo, decorado con la rebanada de naranja, la cereza y la gardenia. Se bebe con popote al ritmo del éxito de 1964 “Walk, Don't Run”, de The Ventures.

El scorpion debe su nombre al hecho de que se toma con popote y se comparte con otros comensales. El popote emula la cola del animal; y la bebida, el veneno. El scorpion es una de las más reconocidas bebidas exóticas inventadas por Trade Vic o Victor Bergeron, quien fundó los más famosos restaurantes tikis, no sólo en Estados Unidos, sino también en el resto del mundo. Él fue quien creó el culto a las islas polinesias, que acabaría integrándose en la cultura pop del mundo. Elaboró más de cien recetas de cocteles con temas de los mares del Sur, siempre servidos en espectaculares vasos con diseños basados en los ídolos de madera de las islas del Pacífico.

Algunos de los más sofisticados intelectuales se aficionaron a sus cocteles en los años sesenta, Gore Vidal, Bob Fosse, Arthur Schlesinger y Stanley Kubrick, que era un cliente asiduo del Trader’s Vic de Nueva York. Cuenta la leyenda que tuvo la idea de filmar 2001: una odisea en el espacio cuando bebía uno de sus cocteles favoritos.

I|I

Todo comenzó meses atrás. No habíamos dejado de extrañar a Marilyn Monroe y a su querido JFK, cuando un cuarteto de muchachos de Liverpool tomó su lugar en los noticieros. Era la hora del almuerzo. Las colinas de Hollywood se veían retapizadas con un verde de lluvias de verano. Yo vestía mi guayabera negra con motivos claros, pantalón de algodón también negro y zapatos blancos de piel, sin calcetines. Estaba aseado, limpio y con mi barba beatnik arreglada. Me veía sereno, en buena forma, con dólares en la billetera, y no me importaba que se notara. Iba a visitar a mi ídolo.

Descendí de mi Ford Woody frente al Trader’s Vic en Beverly Hills. Tomé un sobre del asiento del copiloto, donde guardaba una cerveza caliente; un sostén que pertenecía a una mujer, cuyo nombre trataba de recordar; y dos discos sencillos de música surf, rayados.

Me encaminé con el aplomo de Steve McQueen hasta la recepción. Una hermosa rubia con falda hawaiana me recibió con un par de ojos verdes jade, una sonrisa y un cuerpo que arrancaba gotas de sudor al imaginárselo sin el ridículo disfraz. Le guiñé el ojo. La sonrisa creció hasta convertirse en una gran boca. Perdió su encanto. Pregunté por la reservación y me escoltó hacia la mesa. Trató de coquetearme, pero yo ya tenía mi atención puesta en otra cosa.

En la mesa distinguí la calva, escondida en su corte militar, de mi amigo, Scott Cherries. Sus lentes oscuros lo hacían ver como un agente federal afeminado, pero sólo era uno de esos productores de Hollywood con más entusiasmo que éxito. Esta vez me deleitaba con una playera color canario que esperaba ser atacada por cualquier gato de callejón. Si fuese Silvestre, el de las caricaturas, mejor.

–Mi socio, míster Sunny Pascal —me presentó, levantándose.

El hombre que estaba sentado a su lado era alto, con menos pelo que Scott. Los gruesos anteojos que usaba lo hacían lucir como genio loco, a punto de destruir el mundo. Era de la Costa Este, sin duda: su caluroso traje de lana y la corbata pasada de moda lo delataban. Lo confirmó un fuerte acento de Queens.

–Julius Schwartz, mucho gusto —dijo, estrechándome la mano.

Él era la razón por la que había olvidado a la rubia. No tenía mejor cuerpo ni la sonrisa de anuncio de pasta dental, pero para mí era un genio.

Schwartz había tomado el control de All Star Comics, cambiándola por el sello DC Comics, una compañía editorial famosa por publicar las historietas de los héroes más populares, como Superman, Batman y la Mujer Maravilla. Había decidido dar un nuevo aire a los viejos personajes con novedosos diseños e historias originales. Entre muchos otros, junto con Carmine Infantino, había vuelto a crear Flash, el héroe con supervelocidad. Hoy era el cómic más vendido. Deseaba ser Barry Allen y correr a la velocidad de la luz para hacer compras, terminar las tareas de la casa, llevar flores a la novia, besar a la segunda novia, ligar con una tercera y tener tiempo para ver el nuevo capítulo de Peyton Place.

Todos tenemos una debilidad. Yo no soy elitista, tengo muchas. Las historietas son una de ellas. Resultan divertidas, fáciles de leer cuando uno está inspirado en el baño, y poco pretenciosas. Son el reflejo de lo que es mi vida. Por eso no me extrañaba mi poca suerte con las mujeres. Nadie se quiere comprometer con un personaje de cómic. Cual niño nervioso, saqué del sobre mi revista Showcase # 4, la primera aparición de Flash, y la coloqué en la mesa.

–El gusto es mío. ¿Podría autografiármela?

Scott Cherries la arrancó de las manos de Schwartz y me sentó de golpe en la mesa. Nada más faltó que me golpeara y me dijera “Sunny, malo’, cual perro que ha sido sorprendido bebiendo del retrete.

–Ésta es una reunión de negocios. Luego continúas con tu fiesta de niños —gruñó. Me jaló hacia él y susurró—: te pedí que no me pusieras en ridículo, no seas infantil.

Puso delante de mí el trago que me había pedido, un scorpion. Sabía que la única manera de callarme era con un coctel. Yo me quedé como un niño bueno en mi lugar. Sorbí de la enorme vasija de cerámica con caras de dioses polinesios enojados.

–Míster Schwartz vino desde su oficina, en el Rockefeller Center, para cedernos los derechos de lo que será un éxito en televisión —explicó Cherries seriamente.

Mi amigo se transformaba en ejecutivo profesional cuando había dinero de por medio. El resto del tiempo lo ocupaba en encerar su Jaguar, beber cocteles y coquetear con las meseras.

–La American Broadcasting Company está interesada en transmitirlo. Se ha desatado una guerra entre las cadenas para colocar el programa televisivo más original —exclamó Scott con un tono digno de ejecutivo de empresas. Era difícil ver a mi amigo como un verdadero productor. Continuó explicando—: Congo Bill fue un éxito en los cincuenta, como serial de cine, ahora lo será como programa de televisión.

Estiré la mano, para indicarle que continuara, sin dejar de sorber el popote de mi bebida, no fuera a abrir la boca y me volvieran a regañar Scott y los dioses de la vasija.

–Hemos decidido usar el viejo personaje de Congo Bill y hacer una nueva versión como la que aparece en los cómics de Julius Schwartz… ¡Congorilla!

La bebida se me atoró. Tosí para evitar suicidarme con el popote. Los productores de Cinelandia tenían tantas ideas en forma de excremento que no necesitaban ir al baño. No, no era mala, sino la peor. Congo Bill era uno de los personajes que habían recreado en los cuarenta, cuando estaban de moda los héroes en África. Era sólo uno más. Ahora lo habían rescatado dándole toques mágicos y de ciencia ficción, lo cual no era nada original, sino una práctica común en los cómics. Lo convirtieron en menos que un chiste. Un chiste muy malo, de paso.

–¿Van a hacer un programa de televisión sobre un cazador aventurero de África que se convierte en un gorila gigante color dorado, sólo con frotar su anillo mágico? —pregunté con los ojos abiertos, tanto como las orejas, pues a lo mejor había escuchado mal.

Schwartz y Cherries sonrieron a la vez. La respuesta llegó también al mismo tiempo.

–Sí.

Cualquier comentario tendría que guardarlo para el siguiente siglo. Cherries, excitado, explicó:

–Los niños van a adorar al personaje. He platicado con mis amigos de las jugueterías y podemos hacer el disfraz de Congorilla, con cinturón, revólver y la máscara de simio. Hemos conseguido a la estrella perfecta para el papel.

–Creo que no quiero saberlo… —traté de interrumpirlo.

Demasiado tarde.

–El mismo Tarzán en persona: Johnny Weissmuller. Dentro de unos días comenzará el Festival Internacional de Cine en Acapulco, al que asistirá para poder dar la noticia y crear expectativa —dijo Scott Cherries con su enorme sonrisa, característica en él, de gato disfrazado de canario—. Además, Weissmuller es socio del hotel Los Flamingos, que servirá como base de la producción.

¡Será un éxito!

Scott levantó su copa para un brindis. Schwartz golpeó la suya con un gesto divertido.

Yo seguía pasmado. No había pestañeado desde que habían anunciado la noticia. Mis ojos empezaban a llorar, no sé si por dolor o por derecho propio.

–¿Y cuál será mi trabajo? —pregunté, tan bajo que sólo un ratón podía oírme. Un ratón y la gente de Hollywood.

–Serás el guardaespaldas de Johnny Weissmuller durante la semana del Festival de Crítica de Acapulco. Deseamos anunciarlo con bombo y platillo. Cuidarás de que no se ponga tan borracho que eche a perder la promoción.

–¿Me están pidiendo que sea la nana de Tarzán?

–Exacto —respondió Cherries.

Me metí el par de popotes del scorpion a la boca. Calladito me veo más bonito.

III
DESARMADOR

2 MEDIDAS DE VODKA

5 MEDIDAS DE JUGO DE NARANJA

1 REBANADA DE NARANJA

HIELO

Ponga el hielo, el vodka y el jugo de naranja en la coctelera. Agítela durante diez segundos al ritmo de “If I Have a Hammer”, del pionero del rock, Trini López. Cuele y sirva en un vaso largo. Haga un corte a la rebanada de naranja para que se sostenga en el borde del vaso.

El de desarmador, o screwdriver, es cuando menos un nombre bastante original para una bebida preparada. También es la mezcla más sencilla que existe para un coctel refrescante: sólo dos componentes. Su pureza compite únicamente con la del martini.

La leyenda cuenta que esta bebida la inventaron trabajadores estadunidenses que laboraban en las construcciones de las plataformas petrolíferas de Irán, en los años cuarenta. A falta de coctelera, para poder revolverlo usaban lo que tenían más a la mano en su caja de herramientas, en este caso, un desarmador. De acuerdo con otra versión, la crearon los trabajadores de la construcción de California después de la guerra. En esta última hay tres elementos comprobables: el auge de la construcción, que aprovechó a los soldados que regresaban de la guerra en los cincuenta; la naranja, que tiene como cuna preferida este estado; y el vodka, que se volvió popular en esa época.

I|I

Se dice que Hollywood invoca la magia en sus películas. Esa magia que hace volar a Mary Poppins; que a las gaviotas, cuervos y otros desagradables plumíferos los convierte en asesinos en Los pájaros; que a John Wayne le ayuda a disparar diez balas en revólveres que sólo tienen seis tiros; que a Rock Hudson lo vuelve varonil; que a Doris Day la convierte en virgen, y que a Humphrey Bogart lo hace ver alto.

Eso es verdadera magia. Pero cuando tratas de ocultar algo tan obvio como un camión de tres toneladas a doscientos kilómetros por hora frente a ti, no hay magia que valga. Ni siquiera aparece en la lista de invitados.

Mi trabajo estos últimos años era detener ese camión, evitar que embistiera a los pobres productores, directores, actores y arrimados de Cinelandia. Hay que tenerles compasión. Hasta ellos fueron bebés y sus mamás los amaban. Es un trabajo sucio, pero paga la renta. Sin embargo, para sostener un proyecto como el de Scott Cherries, necesitaba algo más que la magia de las películas. Requería convocar a todos los magos vivos. Además de desenterrar a otros famosos: Houdini, Merlín y Babe Ruth.

Y eso fue lo que le dije a Scott al día siguiente en su oficina de Sunset Boulevard. Él había conseguido un hermoso bungaló estilo colonial, con tejas californianas, azulejos españoles, palmeras de Florida, secretaria de Kansas y mucama de Mazatlán.

–Sunny, tú no tienes la visión del mundo del entretenimiento —me contestó con su sonrisa felina. Hoy había decidido usar cuello de tortuga y una chaqueta inglesa que lo hacía ver como el doble de Elmer Gruñón. En cualquier momento, Bugs Bunny aparecería y le daría un beso.

–No, te equivocas. Yo tengo una visión mejor desde donde estoy: los calzones de tu secretaria —le respondí. El escritorio de la recepción quedaba justo frente a la puerta de su oficina. Las torneadas piernas en forma de botella de Coca-Cola de su secretaria saltaban a la vista. Scott era un pícaro.

–Baja la voz, ella puede oírte —me murmuró molesto. Tras levantarse cerró la puerta. Su secretaria ya no escuchaba.

Su oficina era mona, como para devorarla, parecida a las casas hechas de golosinas de los cuentos. Mantenía el mismo estilo colonial del exterior, con el sello característico de California. El piso estaba decorado por grandes losetas de barro con remates de azulejos en tonos chillantes. Al centro, habían colocado una sala de piel color verde aceituna y un enorme escritorio fascista. Seguramente lo compraron de barata en el Partido nazi, cuando Alemania perdió la guerra. Atrás del escritorio había un viejo mueble de la época en que California era propiedad de México. En él guardaba Scott el alcohol, los teléfonos de sus amantes y el dinero. De la pared colgaban tres cartelones de películas en las que mi amigo estuvo involucrado. Dos ni siquiera las había visto.

–¿Qué te hace pensar que quiero ser niñera? —le pregunté apenas regresó a su lugar detrás del escritorio, que se le veía grande. Unas tres tallas más.

–Bueno… somos socios, ¿no? —balbuceó mientras abría su mueble antiguo. Vació media botella de vodka en dos vasos y agregó jugo de naranja.

Mientras preparaba el desarmador, sentí que me lo clavaba en la yugular. Puso un vaso frente a mí. El suyo se lo bebió de un trago.

–Es un honor. Debes estar en serios problemas si dices que un sabueso es tu socio. Me pregunto si estoy en una lista entre el plomero y Lupita, tu empleada de limpieza.

–Tú sabes que yo nunca te mentiría —dijo mi amigo con la seriedad del presidente Johnson declarando la guerra—. Al parecer, el tipo, Weissmuller, está en serios problemas. Me ha costado que acepte el trato, pues viene saliendo de un divorcio, acaba de morirse su hija y prácticamente está en bancarrota. Se ha refugiado en Acapulco. Tengo miedo de que haga una locura.

–¿Cómo se puede estar deprimido si se es campeón olímpico y estrella de cine?

–Sunny, Hollywood perdona un desliz con una quinceañera, pero nunca el fracaso. El hombre está acabado. ¿Cuándo fue la última vez que oíste de él?

–No lo sé. Pasan algunas viejas películas por la televisión. No pensé que estuviera tan mal —respondí admirado. No era fácil ver a Scott preocupado. El Pájaro Loco tendría más depresiones que él.

–Estamos arriesgando mucho —bajó los ojos. Hubo un momento de tensión. Sólo un instante. Luego aplaudió y apareció su sonrisa gatuna, marca registrada. Incluso fue la especial, la que se comió al canario—. Pero estoy a punto de cerrar un trato que nos volverá ricos.

–¿Volverá? ¿Tú y yo? ¿Como un matrimonio de bienes mancomunados? —contesté. Sentí el metal en la tráquea. El vodka sólo era para que no doliera.

–Necesito un socio en Acapulco que se asegure de que las cosas funcionan. Él ha aceptado trabajar si lo libramos de un problema: lo están chantajeando por una deuda. Tú podrás contener el problema, aunque no tengamos dinero todavía —me extendió la mano para cerrar el trato. Por alguna extraña razón vi que le salieron cuernos, un rabo y que se tornó, todo él, color rojo. Quizá no era un demonio, tal vez sólo un camarón.

–No habías mencionado nada de eso. No me gusta.

–¿Qué parte? ¿Que deba dinero o que tendrás que lidiar con un chantajista?

–Ninguna parte me gusta, empezando por ti. Scott, yo creo que los chantajistas hacen su trabajo porque la víctima hizo algo mal. No te extorsionan por una mentira. Weissmuller puede empezar a rezar, lo van a aplastar.

–Por eso te necesito.

Lo miré de reojo. Mi mano estrechó la suya. La solté rápidamente, pues tuve la sensación de haber pactado con un demonio.

–Conoces las reglas: sin policía.

–Sólo si no hay un asesinato —respondí en automático. Mi camarada sabía que nunca pediría ayuda a la policía, pues la odiaba. El doble si era mexicana.

Antes de irme saqué una caja de puros que Scott guardaba en el mueble antiguo. La abrí y tomé cinco billetes de cien dólares. Gritó asustado como una niña a la que le quitan su muñeca preferida.

–Es un adelanto. Necesitaré darles algo. El resto me lo pagas cuando llegues a Acapulco —le expliqué con la frialdad de un esquimal de nariz congelada.

–¡Estás loco! ¡Ésos son mis ahorros! —continuó balbuceando palabras incomprensibles. Apenas logré captarlas—. ¿Cómo sabías que ahí guardo las cosas?

–Amigo, cuando agarramos la fiesta y terminamos aquí, estoy borracho, no ciego.

Me miró con cara de odio. Por primera vez en mi vida pude devolverle la sonrisa de gato. Me había comido su canario disuelto en mi bebida.

–No sufras. Facturaré todo para que lo deduzcas.

Abrí la puerta de su despacho y descubrí el panorama de las entrepiernas de su secretaria.

–Apúrate a llegar a Acapulco, no te distraigas mucho viendo debajo de la falda de tu secretaria.

La muchacha clavó los ojos en mí al oírme decir eso.

No supe qué pasó después, pero el ruido de la cachetada llegó hasta el exterior.

IV
B-52

1 MEDIDA DE KAHLÚA

1 MEDIDA DE BAILEYS

1 MEDIDA DE COINTREAU O AMARETTO

Vierta los licores en el orden indicado en un vaso delgado o en uno tequilero. Intente formar tres capas con la ayuda de una cuchara pequeña, dejando caer el líquido suavemente, hasta lograr un efecto de tres colores en la bebida.

Esta famosa bebida fue bautizada con el nombre del bombardero B-52. El estratégico aeroplano Boeing ha volado con el Ejército de los Estados Unidos, desde 1955 hasta la fecha. Diseñado para volar a grandes alturas sin ser detectado por radares en tierra, así como para portar desde explosivos en racimo hasta bombas nucleares, fue una pieza fundamental en el ajedrez de la Guerra Fría y se creó para poder bombardear Rusia en cualquier momento. Ésa fue la razón que motivó a la Unión Soviética a retractarse de colocar misiles en Cuba en 1962. También tuvo un papel importante en las dos últimas guerras de los Estados Unidos: Afganistán e Irak.

La razón de la denominación del coctel es la mezcla de tres licores, que son una bomba. Tan de moda en una época donde todo era atómico, como “Mini Skirt”, de Esquivel.

I|I

Para el viaje arreglé las cosas a fin de dejar mi estudio en Venice Beach por un tiempo. No era un gran trabajo. Sólo dejar un juego de llaves con mi casera. Ella regaría mis plantas, quitaría el polvo cada dos semanas y se aseguraría de que ningún amante de lo ajeno entrara para llevarse mis pertenencias valiosas: las tablas de surf, la colección de historietas, las botellas del bar y las fotos de miss Bettie Page. En cuanto al resto, como los muebles y la ropa, hasta pagaría por que se lo llevaran.

Dejé mi Ford Woody en un taller mecánico. Esta vez se quedaría guardado. Nada grave, sólo una cuarentena mecánica. Ahí le pondrían un termómetro en la boca y le darían su jarabe para el resfriado.

Muy temprano, por la mañana, adquirí mi boleto para Acapulco en la TWA. Preparé mi equipaje. Por más que ponía cosas, no conseguía el título de “maleta de viaje”. Mi Colt descansaba adormilada entre los calzones y las guayaberas, al lado de un libro autografiado por una antigua cliente, titulado Delta de Venus, y unos prismáticos. Si necesitaba algo más, lo compraría con el dinero de Scott. Sólo cosas necesarias, como las bebidas.

Llegué con anticipación a la terminal aérea de Los Ángeles, en Sepúlveda Boulevard. Me dirigí al edificio central, el Theme Building.

Por su forma parecía un platillo volador estacionado en cuatro patas, que esperaba partir a Marte. Ese armatoste en forma de nave espacial siempre me había fascinado. Sus diseñadores, los arquitectos Pereira y Luckman, se echaron un pitillo de marihuana, vieron La guerra de los mundos y dijeron “hagamos un edificio”.

Subí a la parte superior, donde está el restaurante. Me decepcioné al no encontrarme con seres intergalácticos bebiendo extraños cocteles. Sólo estaba lleno de criaturas horrendas: un grupo de agentes viajeros uniformados en traje gris, sombrero de fieltro y gabardina. Unas muchachas de uniforme azul militar atendían.

Pedí un desayuno rápido, acompañado de una cerveza. Al probar mi omelet descubrí que la comida sí era extraterrestre. Solicité, a mi sonriente mesera, salsa Tabasco para quitarle el sabor a marciano. Al menos la bebida no estaba mala, pero tampoco era nada fuera de este mundo. Fui al baño para quitarme el olor de extraterrestre verde que tenía en las manos. Luego busqué un teléfono público. Al encontrarlo, coloqué algunas monedas, rogando que la llamada no fuera intergaláctica.

–Cherries, salgo en la TWA a Acapulco —le dije a mi amigo Scott, que contestó del otro lado.

–Weissmuller te espera en el hotel Los Flamingos. Arregla todo para cuando yo llegue. Me ha pedido un adelanto de dinero —dijo. No se oía contento. Nada contento.

–Lo vas a deducir después. No chilles como niñita. Eres productor de cine, ustedes nunca pierden, ni siquiera con las peores cartas…

Se oyó un gruñido en la línea. Quizá se había vuelto a disfrazar de canario y se lo había tragado un gato.

–Sólo cuida su trasero, Sunny. No te metas en líos.

Sonreí. Ya se le había terminado el enojo.

–Espero que ya hayas arreglado el problema con tu secretaria.

–Ni me recuerdes ese tema. Tuve que darle un regalo: Chanel N° 5… —se hizo un silencio, no tan largo como una ópera—, el frasco grande.

–No te entiendo, Scott. Eres productor, te va bien. ¿Por qué meterte con una mujer casada? —le dije en un tono más amistoso. Me volteé para ver a los comensales del restaurante, seguía ahí el mismo equipo de agentes viajeros. De pronto, una persona me hizo detener la mirada.

–No lo sé. Por la misma razón por la que tú no has visto a tu padre desde hace cinco años: porque es más fácil —contestó Scott.

Yo apenas lo oía, estaba hechizado por completo por mi descubrimiento: una mujer que entraba al restaurante. Valía mucho la pena mirarla. Estaba mejor hecha que el edificio. Sus ingenieros le habían otorgado más belleza. Aunque era pequeña de estatura, su falda corta la hacía verse más alta. Las piernas, perfectamente torneadas. Cada una construida de concreto. Quizás un material más fuerte. La falda era parte de un vestido de dos piezas color azul. Le quedaba tan ajustado como un guante de seda a la mano. Su silueta era sólo curvas, como Sunset Boulevard. Incluso poseía mejores montañas. Ella traía el pelo largo, de un tono castaño. Recogido en una coleta. Con la luz parecía rojizo. El cabello apresado dejaba libre un par de ojos azul grisáceo, tan brillantes como unos costosos pendientes de aguamarina. Sus labios no eran carnosos y al sonreír le otorgaban un par de hoyuelos a la cara, que combinaban de lujo con sus pecas. Había aterrizado un ángel en el aeropuerto de Los Ángeles. Dios lloraba por su pérdida.

–Voy a mandarte dinero para que arregles lo del chantajista. Por favor, no te lo bebas —siguió diciendo mi amigo. Yo ya no lo escuchaba. Ojos Aguamarina requería de toda mi atención.

–Sólo dos botellas —le dije para poder colgar.

Scott seguía dándome indicaciones banales.

–¡Y no mandes todo a la mierda! Por favor, sé discreto… —fue lo último que le oí decir antes de colgar.

Regresé a mi lugar, a tres mesas de donde se había estacionado mi ángel. Dejó su abrigo en la silla y clavó sus ojos metálicos en el menú. Pidió un café y un pastel de queso. Yo me los saboreé. A ella y al pastel.

Mientras esperaba su servicio, comenzó a divagar con la mirada. Hasta que se cruzó con la mía. Le regalé mi mejor sonrisa.

La de ella apenas fue una mueca. Cuando llegó su café se olvidó de todo.

Miré mi reloj. Apenas tenía tiempo de llegar a registrarme. Ojos Aguamarina no había dado pie para que me aproximara. Sin poder olvidarla del todo, recogí mi equipaje y me lancé a la salida. Volteé por unos segundos, para volver a verla. Fue el tiempo suficiente para no darme cuenta de que un hombre venía hacia mí. Nos golpeamos de lleno, como dos locomotoras sin freno. Mi maleta hizo piruetas en el aire. Yo sólo di una vuelta. Los dos caímos con un sonoro golpe.

Por fin logré que Ojos Aguamarina volteara a verme. Esta vez no sólo me devolvió una sonrisa, sino que soltó una carcajada que de inmediato acalló al llevarse la mano a la boca. Por un momento brevísimo nuestras miradas se cruzaron. Después, algo con la fuerza de una pala metálica me levantó de las solapas.

El hombre al que golpeé me tenía alzado a unos milímetros del piso. No era más viejo que yo, pero me sacaba casi una cabeza. Vestía un pulcro traje negro con corbata delgada. Lucía un corte militar y unas gafas oscuras que se habían proyectado a varios metros. Su cara era un cuadrado, sólo su barbilla sobresalía. Sus cejas, amplias, muy pegadas a sus ojos, le daban un gesto de odio que sólo gente como Hitler, Aníbal y el capitán Garfio lograban. El color de los ojos era claro, pero como agua puerca. Si eran el reflejo de su alma, estaba enlamada.

–¡Jijo-de-puta-cabrón! —me soltó en un español brutal, con acento del Caribe. Un español que un mexicano no entendería. Necesitaría traductor o subtítulos—. ¿Quieres morir, imbécil? ¡Te voy a dar una lección para que aprendas a ver por dónde caminas! —completó en inglés. Impulsivamente llevó su mano derecha al saco, y mostró una pistola en su sobaquera.

Yo levanté las manos tratando de emular la cara de un pizcador de naranjas de Orange County.

–Lo siento mucho, míster. No sé inglés —me disculpé en español, como si no hubiera visto la automática que estaba a punto de sacar y probar sobre mí.

El hombre se congeló. Mi plan funcionó, no esperaba que le hablara en su idioma. Todos se sorprenden cuando oyen otra lengua. Es como si les cambiaran el guion a última hora. Sus ojos agua puerca miraron a la concurrencia. Primero al equipo de agentes vendedores, luego a las meseras en sus trajes azules, que, aun asustadas, se veían monas. Pasó por mi ángel para detener la mirada de nuevo en mí.

–Greaser-come-mierda —me escupió en su inglés personal, muy aderezado por su español de Fidel Castro. Dejó lo de la pistola para otro día. Ni siquiera se dieron cuenta los testigos. Para ser federal, era bueno. Terminó gruñéndome en perfecto inglés—: ¡Lárgate de mi vista!

Yo concluí mi espectáculo con una gran sonrisa. Le di la mano y agité la suya como un vendedor de plata en Taxco.

–Gracias, señor. Muchas gracias… —tomé mis pertenencias. Me alejé a la velocidad de superhéroe de cómic. El hombre limpiaba con una servilleta la mano que le había tocado cuando murmuré al salir del restaurante:

–Cubano culero…

V
JAMES BOND MARTINI

6 MEDIDAS DE VODKA

1 MEDIDA DE VERMUT BLANCO SECO

ACEITUNAS DE COCTEL

HIELO

Junte las bebidas con el hielo en el vaso mezclador, agítelo para escarchar. Sirva en una copa de coctel. Adorne con una aceituna en palillo. Bébalo mientras oye el éxito de Shirley Bassey, de la película de James Bond del mismo nombre: Goldfinger.

Ésta es una variante del martini clásico, llamada también vodka martini, ligada al personaje creado por el escritor lan Fleming: James Bond, el agente 007. El autor, quien también fue espía en la vida real, le otorgó su gusto por este coctel a su personaje. Aunque en su primer novela, Casino Royale, Bond pide un martini con gin, vodka, Kina Lillet y adornado con una rodaja de limón, desde su segundo libro, Vive y deja morir, 007 tomaría sólo vodka martinis. Fue un detalle que pasó a la pantalla en las películas, donde Sean Connery fue el agente secreto al servicio de su majestad. Éste volvió famosa la frase de “Shaken, not stirred”, la cual repetirían los otros actores que también encarnaron al espía. El agitar el martini, como lo pide Bond, hace que se derritan los hielos y se creen burbujas. Para algunos puristas, inconcebible. Para otros, el sólo revolverlo no mezcla el vermut con el vodka. Quizás el tiempo le dio la razón a James Bond por su buen gusto, no sólo respecto a las mujeres, sino en cuanto a su bebida: hoy en día la mayoría de los martinis se sirven con vodka y son agitados.

I|I

Registré mi maleta en el mostrador de la línea aérea. Junto a mí había una familia perfectamente arreglada con sus mejores galas para visitar México. Parecía que iban a la iglesia más que a un avión. Me recordaron a la familia de mi madre, en Puebla. Había que emperifollarse hasta para jugar en el lodo. Sentí lástima por los niños, con sus calurosos trajes de lana. Me miraban con esos ojos que imploraban que los raptara y los sacara de esa pesadilla de modales.

Me entregaron el boleto para abordar el avión. Al voltear descubrí al cubano con el que me había tropezado. Estaba en la línea de espera para abordar el mismo avión que yo. Sinatra había invitado a todos, incluso a los pesados.

Traté de alejarme de su vista. No deseaba otra escena como la anterior. Me acomodé en el asiento más apartado de la sala de espera, la familia lo hizo frente a mí. Los niños empezaban a sentirse molestos con las corbatas y los listones. Comenzaron a correr y gritar. Yo hubiera hecho lo mismo. Si a los diez años no posees el alma de un anarquista, no puedes llamarte niño.

Estuve pensando por un rato. No era difícil que el cubano se diera cuenta de mi presencia. Tampoco de que le había mentido. No era cobardía, pero no quería empezar este trabajo con un pleito de pistolas en el aeropuerto de Los Ángeles. Sería mala publicidad para la serie de televisión, y sería peor para mi salud. En especial si una de esas balas me llegase a alcanzar.

–Emocionante, ¿verdad? —le dije al padre de la familia.

Era un hombre grueso, con bisoñé. Un bigote delgado adornaba su gordo labio. Sudaba copiosamente, metido en su gabardina y un traje gris. Los niños empezaban a tramar algo, como tomar el aeropuerto e iniciar la Revolución francesa.

–¿Disculpe? —me preguntó secándose el sudor de la frente, antes de moverse el peluquín.

–El aeropuerto. Volar a un país extraño… es muy emocionante —le expliqué al pobre hombre. Éste volteó a ver a sus hijos, que se revolcaban en la lustrosa alfombra mientras su esposa, de la misma rodada que él, hojeaba una banal revista de modas.

–¡Si usted lo dice! Es una pesadilla. ¿Nunca ha viajado con niños? —se desahogó el hombre. Volteé a ver la tribu de chiquillos. Dejé de contarlos al llegar a cinco.

–El avión tardará en salir. Le invito una copa, amigo —le ofrecí con mi sonrisa de vendedor de autos Cadillac. El hombre gordo lo tomó como su salvación. Saltó un poco, cual atleta olímpico, y me jaló hasta el bar, a unos pasos de la sala de espera.

–Gracias, socio. Realmente lo necesitaba —dijo colocándose en un taburete que chilló al sentir su peso. Yo tomé el de al lado y pedí dos vodkas al cantinero.

–¿Primera vez que va a Acapulco? —pregunté revolviendo mi bebida.

–Sí. Doris, mi esposa, y las niñas se han encaprichado en este viaje desde que salió la película de Elvis Presley —contestó bebiéndose la mitad de su trago. Dos hielos resbalaron también por su garganta. Ni los sintió.

Elvis Presley había logrado un éxito con El ídolo de Acapulco. No era mala, era peor. Pero todas las mujeres suspiraban al verlo cantar “Bossa Nova Baby” mover las caderas y besar a la sueca Ursula Andress. Vamos, hasta yo quería ser como Elvis. ¿Quién no deseaba besar a ese bombón, después de que nos ofreció su cuerpo en bikini en la película Dr. No?

–¡Oh, Elvis!

–Sí, Elvis.

Los dos nos quedamos mirando al frente, nuestras bebidas también, con la vista perdida. Era una expresión común. Nadie podía competir con Elvis. Perdías desde antes de siquiera intentarlo.

–Volar se me hace excitante. Es como una película de espías de James Bond —continué la plática. El gordo sonrió, parecía un niño al que le ofrecieron un helado. Me empezaba a simpatizar.

–¡Oh, sí! —dijo. No porque estuviera aburrido, sino lo contrario. Pero creo que nunca fue un buen conversador.

–¿Puede imaginarse la cantidad de espías que vuelan hoy en día? Hombres con apariencia común y corriente. Como tú o como yo, pero trabajan para los rusos. Cargan pistolas que tienen silenciador —los ojos del hombre casi salieron de sus órbitas. Apretó su vaso con tanto fervor que pensé que lo iba a romper—. Entonces uno se sube al avión, se queda dormido y… ¡paf! ¡paf!

El pobre hombre saltó. Su bebida se derramó en la barra. Bajé la voz para que no me escucharan los demás.

–Llegas muerto a Acapulco. La KGB cumplió su misión: tomaron venganza por lo de los misiles en Cuba —me di media vuelta y terminé el coctel. El hombre estaba blanco como una bata de doctor. El taburete rechinaba por su temblor.

–¿Es verdad eso que me dices? ¿Realmente hay espías rusos infiltrados en este aeropuerto?

–Socio, son fáciles de descubrir. Gafas y traje oscuros, corte militar —volteé a la sala de espera. Encontré al cubano. Estaba a sólo unos pasos de donde los niños jugaban—. Observa a ese hombre, es uno de ellos. Si te fijas puedes ver cómo se le hace un bulto en el brazo. Es una pistola. ¿Quién se dio cuenta? Nadie. Estamos en un país libre, todos podemos portar armas.

–¿Ese hombre volará con nosotros? ¡¿Con un arma…?! ¿Cómo lo sabe? —preguntó, incrédulo. Me acerqué. Saqué mi placa de investigador privado, se la mostré en menos de un pestañeo.

–Yo trabajo para el FBI. Pero no puedo hacer nada. El hombre tiene derecho a portarla. Por eso peleamos en Vietnam, ¿no? Por la libertad —le dije mientras pagaba las bebidas, y lo dejé con la quijada tan abierta que ya habían hecho un panal las avispas en ella. Le di un cariñoso golpe en la espalda. Me gustan los padres que saben qué es lo mejor.

Solo, regresé a mi lugar a esperar, contando los minutos.

Las cosas sucedieron casi como las había planeado. Al mismo tiempo que comenzamos a abordar, el hombre gordo corrió a hablar con un encargado de la aerolínea. Discutieron por unos minutos. Luego llegó alguien de mayor posición y dos policías. Antes de que pudiera acceder al avión, se acercaron al cubano para llamarlo. Molesto, los siguió.

Antes de entrar al avión, ya en la escalera móvil, logré oír su nombre.

–¡Mi nombre es Luis Posada! ¡No saben con quién se están metiendo!

Me tomé algún tiempo para encontrar mi lugar. El hombre gordo ya estaba en el suyo, al lado de su mujer. Me guiñó el ojo y lanzó una sonrisa. Lo adoré aún más.

–Ese espía ruso ya no va a ser problema, compañero —murmuró.

Me acomodé en el asiento. Frente a la ventana. Desde ahí pude ver cómo la policía forcejeaba con el cubano, mientras el avión se alejaba rumbo a la pista. Sospeché que no se trataba de un federal. Un cubano en Los Ángeles es tan raro como un policía honesto. Quizá pronto se arreglaría su situación, enseñaría sus papeles y el permiso de su arma. Incluso yo llevaba una en mi maleta. La diferencia es que ningún padre de familia, como mi nuevo amigo, se quejaría ante la aerolínea.

Me gustaba mi trabajo: ser un cabrón de tiempo completo y trabajar horas extras.

VI
COCO LOCO

1 COCO FRESCO

½ MEDIDA DE TEQUILA

½ MEDIDA DE RON BLANCO

½ MEDIDA DE GINEBRA

1 CUCHARADA DE CREMA DE COCO

GRANADINA

EL AGUA DEL COCO

LIMÓN

HIELO

Realice un par de agujeros en la parte superior del coco, extraiga el líquido de su interior y reserve en un vaso mezclador. Corte el coco por la mitad, extraiga una cuarta parte de la pulpa, hágala puré y agréguela al vaso, junto con algunos cubitos de hielo, tequila, ginebra, crema de coco, ron y granadina. Mezcle bien y vierta en copas o en mitades de coco. Exprima por encima el limón y sírvase con popote. Adórnelo con flores.

Existe gran cantidad de versiones de esta receta, en Brasil, en Venezuela y en toda la costa de Centroamérica. En cada uno de estos países, el tipo de alcohol cambia, y hasta se le llega a agregar jugo de piña. El común es la crema de coco. En México, en especial en la costa del Pacífico, las palmeras cocoteras abundan y el coco loco se vende en puestos prácticamente en cada esquina. Parte del espectáculo es ver la destreza para abrir el coco y usar su agua para mezclar. Es conveniente agregarle hielo a fin de mantenerlo fresco. Se comenta que el coco se vuelve loco con la mezcla de los tres licores, y que es una bebida afrodisiaca. De lo que no hay duda es de que se trata de la bebida más representativa de Acapulco, lugar que inspiró a Elvis Presley a cantar su éxito del mismo nombre.

I|I

Desde mi ventanilla en el avión pude distinguir la bahía de Acapulco. Es un enorme agujero medio circular en el mar. Como si el gigante Paul Bunyan hubiera hecho un hoyo en la playa mientras jugaba en la arena.

Las montañas de los alrededores son de roca maciza, algunas adornadas con pelucas de plantas tropicales y palmeras. A un lado de la península que cerraba la bahía, encontré una gran roca en forma de pecho de nodriza alemana. Igual de blanca, debido a su uso, que un baño público de gaviotas, pelícanos y demás aves. Era conocida como la isla de la Roqueta.

Alrededor de la playa, colocados como cartones de leche, enormes edificios de concreto desfilaban por la avenida principal. Arriba, en las montañas, se podían distinguir retazos de su pasado pueblerino. Algunas casas se rehusaban a cambiar al uniforme de la modernidad. Sus tejas y muros de tabique encalado permanecían, aferrándose a la nostalgia.

Dejamos atrás la bahía. Nadie podía aterrizar en ese lugar de rocas, excepto un pelícano o Howard Hughes. Ninguno de los dos era el piloto.

Nos alejamos por un extremo, siguiendo campos sembrados de cocoteros. Cuando distinguí el aeropuerto, pensé que ya habíamos llegado a otra ciudad: Shanghái o Moscú. Que el aeropuerto de Acapulco estuviera tan alejado se debía simplemente a un capricho de Dios: no le otorgó nada en línea horizontal excepto el mar.

El avión pisó tierra y rebotó como una pelota. Se acercó al edificio de la terminal, una pequeña construcción que trataba de darse abasto con los aviones que llegaban de forma continua. Cuando abrieron el acceso, una brisa caliente inundó el avión.

Los pasajeros descendimos lentamente. El padre de la familia trataba de controlar a su tribu de niños, que seguían gritando y jugando. El pobre hombre se abanicaba con su sombrero de fieltro. En la plataforma me ofreció una leve sonrisa, tan leve como un suspiro.

Un empleado de Migración nos recibió con cara de tedio. Cuando llegó mi turno, me miró con desdén. Revisó varias veces mi pasaporte, no fuera a ser un vikingo sueco comprimido en mexicano. Al ver que todo estaba en orden, me lo devolvió soltándolo en el mostrador, como si yo tuviera una enfermedad venérea.

En la aduana saqué mi permiso para portar el arma, acompañado con un billete de varios dólares. El aduanero me miró incrédulo. Recogió el billete y me devolvió mis papeles. No preguntó qué tipo de arma portaba. Podría haber llevado misiles rusos. Para él era lo mismo.

Cuando recogí mi equipaje pude observar que el tipo estaba platicando con un policía. No me importó. Yo ya había llegado al Paraíso.

Afuera había varios guías turísticos que se arremolinaban ofreciendo sus servicios. Los evité como corredor de futbol a punto de anotar. La sala de arribos no tenía aire acondicionado. Grandes rehiletes trataban de refrescar el lugar sin conseguirlo. En la esquina de la puerta de acceso descubrí a un viejo amigo. Estaba comiendo unas grasosas empanadas de jaiba de un vendedor ambulante. La salsa se le escurría en cada mordida.

–¡Sunny Pascal! —me gritó, tratando de deglutir un pedazo del tamaño de Texas.

–Charandas Fernández —le dije, y me puse lentes oscuros para combatir el fiero sol de Acapulco.

No me dio la mano. Siguió comiendo hasta terminar su almuerzo. Después de limpiarse con un pedazo de papel, me prodigó un fuerte abrazo. Se lo devolví con gusto.

Lupito Fernández era uno de los mejores arqueólogos de México. Al menos para mí, pues era el único que yo conocía. Le decían “Charandas” por venir de Morelia y por su debilidad de tomarse sus copitas después de cada comida. El problema es que comía todo el tiempo. Eso se le notaba a leguas: redondo por donde lo vieras, no más alto que un ídolo azteca y no tan bajo como una vasija tolteca. Aun así era ágil y se movía con ligereza. Llevaba eternamente un sombrero de cuero de ala ancha, pesados pantalones de mezclilla recogidos y botas industriales. Trataba de dejarse una barba de guerrillero cubano. No lo lograba. Nos habíamos conocido en San Francisco, cuando un millonario contrató a mi antiguo jefe, Mike Carmandy, para encontrar algunas piezas arqueológicas extraídas de su colección privada. Charandas me dio el pitazo de que tratarían de venderlas en México. Los ladrones lo visitaron para cotizarlas. Recuperamos casi todo, excepto el mentado halcón negro egipcio que tanto deseaba el cliente.

Años después, me visitó en Los Ángeles cuando montaba una exposición prehispánica, para ofrecerme un puesto como asesor de seguridad en ésta. Era de los pocos amigos cultos de los que podía presumir. El resto era gente de Hollywood: ésos se presumen solos.

–Es una sorpresa que dejaras tu madriguera en Los Ángeles. Pensé que eras un animal de costumbres fijas —me dijo tomando mi maleta, mientras se limpiaba la grasa de la boca con la manga de su camisa. Sacó un paliacate y se secó la cara. Me tranquilizó que estuviera limpio.

–A veces hasta yo me sorprendo —contesté.

Llegamos a su vehículo: un Volkswagen Sedán convertible, con tantas capas de pintura que parecía moteado. Aventó mi equipaje en la parte posterior.

–¿Te molestaría si te pregunto en qué andas?

–No.

–¿No te molestaría o no te pregunto?

–Ambas cosas. Ando en un trabajo secreto. Mi fachada es cuidar a Johnny Weissmuller.

–¿Conque trabajando en una película? Pronto convertirán Acapulco en el backlot de Hollywood. Terminaremos recogiendo el estiércol de los carruajes de las estrellas —gruñó.

Me acomodé en el asiento del copiloto y puse en el suelo libros viejos y panfletos del Partido Comunista. Me había comunicado con él, al saber que estaría en Acapulco. Deseaba ver a mi amigo y tener transporte gratis.

–Yo no discrimino billetes, el racismo económico es mal visto.

–Tú ya eres un porco capitalista. Te perdimos hace mucho, camarada —me contestó al arrancar el auto. Éste tosió varias veces, refunfuñando por haberlo despertado.

Charandas se salió de los terrenos del aeropuerto. Tomó la carretera que estaba endulzada por enormes palmeras y manglares con garzas blancas.

–¿Sigues trabajando para el Instituto de Antropología? —le pregunté, para hacer plática durante el camino.

Charandas esculcó en sus bolsillos, sacó una paleta de caramelo y se la metió en la boca.

–Los ayudo a catalogar objetos que han encontrado en navíos hundidos. Nada que no puedas comprar en la calle por diez pesos —el viento trataba de volarle su sombrero, así que se lo caló hasta las orejas, mas no se lo quitó—, pero estoy haciendo mis propias investigaciones. Yo también trato de no hacer el feo a los billetes, aunque vengan de los imperialistas.

–¿En qué andas? —le pregunté mientras veía los puestos, al lado de la carretera, en los que vendían cocos fríos. Por un momento deseé pedirle que se detuviera para comprar uno con una buena medida de gin.

–La Nao de China. Un galeón que en tiempos de la Colonia llegaba a Acapulco, cada año, desde las Filipinas, con telas, joyería, marfil, porcelanas y demás tesoros. La última vez fue en 1844 —narraba mientras chupaba su caramelo ruidosamente. Incluso más fuerte que el motor del automóvil.

–Temo decirte que se te hizo tarde por algunos años. No creo que encuentres ya nada que comprar.

–Sunny, oye lo que voy a decir: sé dónde está uno de los galeones desaparecidos, el San Sebastián, que dicen que se hundió en 1754. Esa carga será mía y no pagaré ni un peso por importación.

–¿Otra vez tras leyendas de tesoros? Pensé que después del pajarraco negro se te habían acabado las ganas —contesté, intranquilo. Moví el espejo retrovisor para confirmar mi sospecha.

Charandas también se había dado cuenta de lo mismo:

–¿Había alguien más esperándote?

–En el hotel. La cola que traemos no creo tenerla en mi agenda de teléfonos —le dije, comprobando que un auto Ford Edsel en color oscuro nos seguía desde el aeropuerto.

Frente a nosotros estaba ya la montaña que tendríamos que sortear para llegar a la bahía de Acapulco. Las curvas cada vez estaban más cerradas. Era un laberinto de círculos entre rocas. Empecé a ponerme nervioso. Del lado de mi amigo se abría un gran precipicio con piedras afiladas que descendían hasta el mar. Si te caías, iba a doler.

–¡¿Y qué hago?! —me preguntó Charandas, tras escupir su caramelo como si fuera venenoso.

–No lo sé. Quizá sólo es un turista perdido.

Apenas había terminado de decirlo cuando el Ford Edsel nos golpeó por atrás y nos hizo patinar. Era un automóvil encabronadamente grande. Si lo volvía a hacer, nos aplastaría como a una hormiga en medio de la carretera.

Al menos ya sabía que no estaba perdido y que no era turista, pues salió por la ventana una mano con pistola. Las balas pasaron a los lados y dieron en la sólida pared de roca. Volteé a ver a los que conducían, eran dos hombres con cara intercambiable. Podían ser vendedores de Biblias o ladrones.

Charandas aumentó la velocidad. Estaba pálido, había visto a su propio fantasma. Pobre, quizá nunca le habían disparado. Para mí era como estar en casa.

–¡Dispárales! ¡¿No se supone que eres detective?! —gruñó.

Yo me volteé. Mi Colt seguía donde la había colocado la última vez: entre la ropa interior de mi equipaje.

Otra nueva lluvia de balas llegó. Esta vez una cruzó el parabrisas, dejándolo como una compleja telaraña. Mientras regaba mi ropa por el auto, tratando de encontrar el arma y las balas, mi amigo no paraba de gritar. No un solo grito, sino un aullido continuo que no se detenía.

Por fin logré colocar cuando menos cuatro municiones en la pistola. El primer tiro fue tan erróneo que seguro maté a un chino en China. El segundo hizo lo suyo en el parabrisas. Harían negocio los vendedores de cristal esa tarde.

Para ponerle picante al asunto, un enorme camión de transporte venía en sentido contrario al nuestro. Bajaba poco a poco y forzaba ruidosamente los frenos. Por un momento pensé que Charandas frenaría, pues no había espacio para los dos en la carretera. Sólo por un momento.

Cuando aceleró, decidí que sería bueno guardar la última bala para matar a mi amigo por habernos llevado a un accidente mortal. No fue necesario usarla, el pequeño auto pasó entre el camión y la pared de piedra, como una novia entra en su traje de boda dos tallas más chico.

No vimos el accidente del Ford Edsel. Una curva nos lo impidió. Pero el estruendoso ruido seguro que lo oyó hasta el chino al que había matado con mi bala perdida.

VII
GROG

2 MEDIDAS DE RON

2 MEDIDAS DE RON JAMAIQUINO

2 MEDIDAS DE RON NEGRO

2 MEDIDAS DE AGUA

2 MEDIDAS DE JUGO DE LIMÓN

AZÚCAR

Mezcle los ingredientes en una jarra de cerámica o en alguna otra vasija que no transmita el calor. Se puede tomar en una taza de café capuchino. No hace falta decoración, ésta es una bebida para hombres rudos, piratas. Si se quiere, colóquese una rodaja de limón con clavos para que desprenda aroma, mientras el músico surfista, Dick Dale, toca la guitarra en su tema “The Víctor”.

Esta mezcla, aunque parece más un té, es catalogada como coctel. Fue inventada por la Marina británica como una forma de reducir el consumo de ron por parte de los marineros; formó parte de la ración diaria hasta 1970. A mediados del siglo XVII era la bebida más popular entre los piratas. Es una bebida para entrar en calor durante los largos viajes en barco. Se parece a un daiquirí, pero antiguamente se servía caliente, sin glamour y destilaba un sabor insípido. Hoy se sirve fría y se le agregan los jugos cítricos, como el de toronja.

I|I

Trataba de que la paleta de limón no se derritiera entre mis dedos. Por más que la chupaba, gruesas gotas caían en mi camisa. El calor era bochornoso, las manchas de la paleta derretida se mezclaban con mi sudor. Esperaba sentado, en el auto estacionado en la costera, peleando cual mamut contra el deshielo. Mientras, Charandas trataba de obtener información en un bar.

Salió de éste y subió al Volkswagen. Se veía tranquilo. Como si hubiera salido de confesarse con un sacerdote, cosa que era imposible, pues sólo tenía como religión al Partido. Chupaba también una paleta helada, de grosella. Le había pintado los labios de “rojo prostituta barata”.

–Nadie sabe nada —me dijo Charandas cuando arrancó el automóvil.

Después del susto de la carretera, decidimos perdernos un rato. No deseábamos que la policía nos buscara. Ninguno de los dos teníamos ganas de charlar con ellos. Generalmente, esas pláticas terminaban mal.

Nos metimos en el primer puesto de mariscos que se nos cruzó. Comimos un pescado “a la talla” una cazuela de jaibas con ajo, dos cocos locos y seis cervezas. Después de eso, nos volvió el color al rostro y se nos borró la blancura de muerto resucitado.

Paseamos por la costera. Había un constante movimiento. Uno podía encontrarse con tipos enseñando músculos a las turistas gringas; mujeres en busca del sol que dorara su piel, para exhibirla en elegantes bares; y vendedores de playa vestidos en un pulcro blanco, vendiendo tónicos, dulces y joyería barata, al doble del precio.

El ruidoso tránsito de Acapulco era constante. Salpicado por anuncios de neón, letreros con faltas de ortografía y casas que se balanceaban en peñascos rocosos. Para mí, era la versión mexicana de Sunset Strip. Más barata, más desagradable y mucho más hipnótica. Acapulco es la playa que Los Ángeles desearía tener.

–¿Estás seguro de que nadie sabe nada? —le pregunté, mientras me deshacía de la paleta, que estaba a punto de convertirse en un lago.

–Nada. Un accidente más. La carretera de Las Brisas es peligrosa…

Con esa frase cerrábamos el desafortunado evento. No dije más, ni Charandas tampoco. Para mí la respuesta era simple: los de Migración dieron un pitazo para asaltarme o Charandas estaba metido en algo más peligroso que buscar barcos hundidos. Que yo sepa, los piratas no manejan Ford Edsel.

–Llévame a mi hotel. Creo que por hoy tuve más diversión que el carrusel de Santa Monica Pier —le dije.

Charandas me sonrió, enseñando sus dientes pintados de rojo grosella.

–Espero una buena propina por el servicio de taxi.

–Veamos cómo te portas los siguientes días —el viento me refrescó la cara. Cerré los ojos y lo disfruté—. ¿Y cómo piensas sacar un tesoro hundido? ¿Con un anzuelo?

–No está hundido. Todos creen que el San Sebastián fue atacado por el pirata George Compton, en la isla de Santa Catalina. Tú que pierdes el tiempo surfeando en California, quizás hayas oído la leyenda.

No era difícil encontrarse con ese cuento. Muchos buzos especializados habían tratado de encontrar el galeón frente a las costas de California. Se decía que el pirata George Compton trató de abordarlo, pero cometió un error de cálculo: se hundió con el botín, antes de que alguien pusiera un pie en él. Debió haber sido frustrante para el pirata. Quizá dos o tres de sus marinos fueron fileteados nada más para apaciguar su mal genio.

El pequeño auto de Charandas dejaba atrás el centro de Acapulco. Nos dirigíamos al otro extremo de la bahía. Pude ver a lo lejos el hermoso fuerte que servía como portería para evitar goles de los piratas ingleses.

–Descubrí en un documento que el barco se hundió, pero después de haber sido robado. Compton decidió esconder el botín debajo de las narices de la real flota española: en Acapulco.

Su sueño de enriquecimiento inmediato estaba aburriéndome. Sospechaba que yo sería quien recibiría el gol. No me equivoqué.

–Por eso pensé en ti. Necesito fondos para costear mi exploración.

Volteé a verlo. Desconozco qué cara le mostré, pero sí sé que fue explícita.

–¡Vamos, no te estoy mintiendo!

Mi hotel me salvó de la situación. El anuncio de Los Flamingos estaba frente a nosotros. Nos hallábamos en lo alto de una montaña, entre palmeras y caminos hermosamente cuidados, con plantas costosas y flores coloridas. Era el tipo de entrada a la que estaban acostumbradas las estrellas de Hollywood. Eso era el hotel Los Flamingos, un pedazo de Cinelandia en la bahía acapulqueña.

El Sedán se detuvo frente al lobby. Charandas seguía esperando mi respuesta. Sólo obtuvo un golpe cariñoso en la espalda y una sonrisa. Era su propina.

–Luego hablamos. Encárgate de que ningún pirata nos vuelva a tratar de quitar nuestro tesoro.

Tomé mi equipaje y me perdí en el edificio de la recepción. Un botones en guayabera blanca me lo arrebató en búsqueda de un billete de dólar.

–Tengo una reservación a nombre del señor Scott Cherries —le dije al muchacho, que parecía tener cosida su sonrisa a la cara.

Sin voltear a verme, contestó:

–El señor Tarzán ya lo está esperando.

VIII
BANANA DAIQUIRÍ

6 MEDIDAS DE RON

3 MEDIDAS DE LICOR DE BANANA

1 MEDIDA DE JUGO DE LIMÓN

½ BANANA

HIELO

Coloque en el vaso de la licuadora el licor de banana, el ron blanco, el jugo de limón, el hielo y la media banana. Licue a toda velocidad, esperando a que se trituren y mezclen los ingredientes, entre quince y treinta segundos. Sírvase en una copa de globo o copa de coctel.

El daiquirí tiene su origen en Cuba, en especial en el famoso bar La Floridita. Y aunque su procedencia fue la mezcla de jugo de limón, azúcar y ron blanco, se ha extendido en una gran variedad de sabores, especialmente de frutas tropicales. Un gran amante del coctel era Ernest Hemingway que escribió en su obra Las islas del golfo: “La bebida no podía ser mejor, ni siquiera parecida, en ninguna otra parte del mundo… —Miró la parte clara debajo de la cima frappé y le recordó el mar”. El daiquirí de fresa, de tamarindo o de piña tomaron el lugar del clásico. A tal grado, que en la película El Padrino II, el mafioso, Fredo Corleone pide un banana daiquirí al llegar a Cuba, pues él sabía que disfrutarlo con el éxito de Los Tokens, “The Lion Sleeps Tonight”, es incomparable.

I|I

Johnny Weissmuller era un poco más bajo que el Empire State y dos palmas más alto que el Capitolio. Su estructura corporal era similar a un tanque Panzer reforzado, y sus brazos asemejaban los remos de un barco vikingo. En cambio, su voz poseía un tinte juvenil, de muchacho con todo y espinillas. Tenía una gran mata de pelo, la suficiente para ser cortada con una podadora de césped. En los extremos ya reflejaba las canas del inoportuno paso de los años. Si había algo que llamara la atención del conjunto era la fila de dientes blancos que marchaban uno tras otro, en una sonrisa toda mazorca. Para iluminar ese desfile, un par de ojos brillantes se abría como puertas a su interior. Y en éste, no había nada que esconder.

–¡Sunny Pascal, supongo yo! —me gritó desde su silla, cubierta por una enorme sombrilla de domo de iglesia.

Estaba sentado al lado de su bungalo en el hotel. Una pequeña casa con todas las comodidades que una estrella necesita, incluido un Cadillac V-8 1963 a la puerta. En la mesa había un par de bebidas a medio tomar y la sección de deportes del Los Angeles Times. En un plato habían colocado una ensalada Pico de Gallo con piña, mango y jícamas en una orgía de limón con chile. Se respiraba un ambiente de cordialidad y calma. Uno podía sentir cómo los problemas se quedaban atrás.

–Mucho gusto, señor Weissmuller —le respondí en español, ofreciéndole mi mano para que fuera triturada y zangoloteada en algo parecido a un saludo. Al terminar, mi extremidad quedó cual cucaracha aplastada por un zapatazo.

–Siéntate, acabo de comunicarme con Cherries. Me ha anunciado tu llegada —ofreció el asiento vacío en inglés. Me acomodé dejando caer todo mi peso en él—. Debes tener sed, ¿un trago?

No puedo decir que no a una bebida, a un beso o a un dólar. Acepté moviendo la cabeza. Un chamaco con un poco más de una decena de años apareció corriendo, entre las buganvilias que adornaban todo el lugar. Poseía el pelo rizado y unos grandes ojos como monedas de a tostón. Era tan agradable que desearías envasarlo en un bote y llevártelo a casa.

–Adolfo, el señor Pascal se quedará con nosotros durante el festival. Ve al bar y tráele un daiquirí —le pidió Tarzán con una gran sonrisa. El muchacho aseveró con la cabeza y salió corriendo por las escaleras—. Es un buen chico. Trabaja en el hotel desde hace unos años, cuando era propiedad de John Wayne, Red Skelton, Fred MacMurray y mía. Lo vendimos hace unos años, pero mantienen mi casa para vacaciones.

El hotel Los Flamingos era un grupo de terrazas, palapas y cuartos, distribuidos estratégicamente entre un edén de palmeras cocotero, largos arbustos serpenteantes y enormes manojos de buganvilias que caían a los precipicios como ramos de novias. Alzado, de cara al Pacífico, donde un azul profundo dominaba el ambiente mezclándose con el brillante cielo, el desarrollo ayudaba a que cada bungaló tuviera cierta privacidad del resto del conjunto, sin perder las hermosas vistas. No había duda de que se trataba del mejor lugar para refugiarse, si eras una estrella de Hollywood.

–Nunca pensé que llegaría a conocer a Tarzán en persona. Admito que es un placer. De niño soñaba con poder nadar entre los cocodrilos y las sirenas. Más con las últimas, para serle franco —admití con admiración.

Johnny Weissmuller me dio un gran golpe en la espalda. Tuve que ir a recoger mi pulmón, que se me salió por la boca.

–Te tengo una sorpresa —susurró cerrándome el ojo. Se levantó y dio un paso hacia el pretil del acantilado en dirección al mar. Tras desabotonarse la camisa, mostró un pecho del tamaño de un autobús. Se golpeó con los puños cerrados y, colocando las manos en la boca para amplificar el ruido, soltó su característico grito de Tarzán.

Yo salté de mi asiento lo bastante alto como para tocar un pelícano. Había sentido el grito de la jungla a sólo un par de centímetros. Estoy seguro de que todo Acapulco lo escuchó. Johnny Weissmuller se carcajeaba al ver mi cara. Adolfo llegó con mi bebida. Me la tomé de golpe.

–¿Ya le enseñó su grito de Tarzán? Lo hace cada mañana para asustar a los huéspedes, aunque muchos están por eso —explicó el muchacho. Johnny me volvió a dar una palmada en la espalda entre sus inocentes risotadas, esta vez aderezadas con su tufo alcohólico. Noté los ojos inyectados de sangre—. Deje que lo haga, señor. Si estuviera la condesa, ya lo hubiera regañado.

–En Cuba me atraparon los rebeldes en plena revolución. Estaba jugando un torneo de golf de celebridades con mi tercera esposa, Allen Gates. Llegaron una decena de muchachos con barbas y trajes verdes. Todos con armas, apuntándonos y vociferando. Cuando me amenazaron con secuestrarnos, me enojé y emití el grito de Tarzán. De inmediato me reconocieron y nos dejaron ir, mientras decían: “¡Tarzán! ¡Tarzán!”. Hasta los comunistas quieren al Rey de la Selva —soltó, mientras hacía desaparecer dos copas más.

El muchacho permaneció parado a mi lado, con los ojos sin parpadear: se veía que lo quería.

Desde luego que los chicos de Fidel Castro tenían razón: todo el mundo quería a Tarzán. Johnny Weissmuller era una leyenda en toda su extensión. No sólo por su carismática actuación como el hombre mono en las películas, sino porque era el ejemplo de un triunfador hecho por mano propia. Un héroe olímpico, un competidor nato y un hombre íntegro. Había ganado tres medallas de oro en carreras de natación en los Juegos Olímpicos de 1924, y dos en los de 1928. Sin contar su bronce al competir en el equipo de waterpolo.

–Yo nunca pierdo una carrera, ni siquiera con esos rojos…

–¿Nunca?

–Me retiré invicto. Ni siquiera perdí una carrera cuando practicaba en la YMCA de Chicago. No sé lo que significa la palabra “perder”.

Alcé mi daiquirí y brindé con Tarzán. Me agradaba ser guardaespaldas de un tipo como él: todo músculos, todo fama y sin nada de complejos. Sería pan comido este trabajo.

–¿Y tú, kid? —me preguntó Weissmuller mientras cerraba su camisa—. ¿Cuál es tu historia?

–No me he casado con Lupe Vélez, la dinamita mexicana; no he tenido como compañeros de trabajo a un chimpancé, ni a un león ni a un niño en taparrabos; tampoco soy presidente del Salón de la Fama de la Natación en Florida… simplemente soy un tipo al que puedes encargarle las cosas de seguridad.

Otra palmada en mi espalda hizo de mi cerebro una tortilla de huevos. Si seguíamos con esas muestras de afecto, terminaría siendo recogido por una pala.

–¡Eres mi tipo, kid! —dijo Weissmuller haciendo desaparecer otro trago. Por mucho, era mejor bebedor que yo—. ¿Detective en Hollywood? Eso sí es algo que ver.

–Suena más importante de lo que en verdad es. Es un trabajo, nada más. Colaboré en una agencia grande, la de Carmandy. Decidí ser mi propio jefe y tener tiempo extra para surfear en Santa Mónica, así que me independicé.

–¿Carmandy? Lo recuerdo. Hizo un trabajo para mí en el 57: mi hija, Heidi, huyó de su madre, mi tercera esposa. Anduvo perdida por más de treinta y cinco días. Los empleados de Carmandy la encontraron viviendo con una familia mexicana al sur de Los Ángeles. Ésta la asistió, al verla vagar por las calles. Mi hija estaba aterrada, tenía catorce años… Si ves a tu exjefe, mándale mis abrazos.

–Lo haré, señor. ¿Y la condesa Maria Bauman? —pregunté. Cherries me había dicho que Weissmuller había comenzado una relación con una mujer alemana que se hacía llamar la Condesa. Me había advertido de su veneno y mal genio. Deseaba saber si, como serpiente, estaba agazapada y dispuesta a saltar para matarme. Johnny se convirtió en todo júbilo. Otro brindis.

–Está en Florida, kid. Seremos sólo tú y yo.

–Me gustaría que me platicara de su problema, señor —saqué el asunto lo más rápido posible. No deseaba una mala sorpresa después.

–La vida me ha sonreído. No me quejo. ¿Explícame cómo es que un tipo sube a los árboles, dice “Yo, Tarzán; tú, Jane” y gana un millón de dólares?

–Suena como si fuera el sueño americano.

–Soy tan sano a mis cincuenta y cinco años como cualquier humano pudiera serlo. Pero la vida dejó de sonreírme. Me robaron mi fortuna, y la existencia que llevo no es fácil.

–¿Pidió dinero?

–Quizá no me acerqué a las personas indicadas. Ahora lo desean de regreso.

–¿Nombres?

–Son los terratenientes locales y unos estadunidenses. Lo peor de ambos mundos.

–¿Quiere que averigüe quién está detrás de esto?

–Ya no tengo edad para eso, kid. Simplemente paga. No me gustan las cosas complicadas. Recuerda que soy campeón olímpico, y algunas personas llaman a las villas olímpicas campos de boy scouts ricos.

Traté de arrancarle un dejo de mentira a sus palabras. No encontré nada. Sus ojos eran grandes, limpios y sin mancha. Un poco alocados por los tres litros de alcohol, pero yo no le arrojaría la primera piedra por ese pecado.

Permanecimos acompañados por Adolfo, en la terraza, platicando sobre anécdotas de los Juegos Olímpicos, de cuando le propuso matrimonio a Lupe Vélez con el león de Tarzán a su lado, y de cuando conoció a la reina de Holanda en una posición tan incómoda que, al parecer, su majestad confundió las medallas de oro de Johnny con lo que colgaba entre sus piernas. Fue una tarde agradable. El sol lentamente se fue sumergiendo en el mar, mientras una policromía explotaba entre las nubes. Acapulco me daba la bienvenida.

–¡Es hora de emperifollarse, kid! —dijo Johnny, al levantarse y estirar sus brazos como dos palas mecánicas que se desentumían.

–¿Adónde vamos? —cuestioné intrigado.

–A la inauguración del Festival de Cine de Acapulco.

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Дата выхода на Литрес:
02 марта 2026
Объем:
212 стр. 4 иллюстрации
ISBN:
9786077359852
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