Читать книгу: «La navaja de Ockham»
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A mi hija Paloma, que plantó la semilla.
Introducción
Los acontecimientos del que iba a ser uno de los misterios policiales más difíciles de resolver y con mayor repercusión mediática de la historia de Francia se iniciaron en la tarde del sábado 21 de octubre de 2017.
Como es bien sabido, la investigación del que se conoció popularmente como «el caso Michelle» fue extremadamente compleja y obligó a emplear en su esclarecimiento una cantidad importante de recursos.
Mucho se ha escrito sobre este asunto, entre otras cosas porque es una historia fascinante. Nada atrae tanto al ser humano como lo que le resulta inexplicable. Y, durante muchos meses, «el caso Michelle» lo fue. Desde el primer momento estuvo rodeado de incógnitas. Y, a medida que avanzaba la investigación, cada incógnita iba abriendo paso a otras muchas.
Si en un principio fue lo dramático del caso lo que lo situó en las portadas de los periódicos y en las cabeceras de los noticiarios, poco a poco fueron los diferentes misterios que lo envolvían los que fueron ganando interés. Como si estuviera dirigido por un guionista de una serie de intriga, cada vez que la ausencia de novedades lo relegaba a un plano secundario, algo ocurría que le hacía recuperar toda la atención de medios y audiencia. Y no solo en Francia, porque este fue un asunto que, durante los meses que transcurrieron hasta su resolución, se siguió en el mundo entero.
Esta es la crónica novelada de aquellos hechos, para la cual he contado con la inestimable ayuda de algunas de las personas que participaron directamente en el caso.
Quiero destacar, por encima de todo, el asesoramiento y apoyo desinteresado que he recibido de los representantes tanto de la Gendarmería como de la Magistratura francesa. Como ciudadano español residente en Francia desde hace «tan solo» diez años, mi conocimiento sobre la normativa y legislación francesa, el papel de la Gendarmería y diferentes estamentos del estado en la investigación, bastante diferente a cómo se lleva a cabo en España, era limitado, por lo que agradezco su infinita paciencia para hacerme entender el cómo y el porqué de las cosas.
Pero tengo que agradecer mucho más. En primer lugar, su implicación en el esclarecimiento de los hechos. Fue extraordinaria, y su entusiasmo, contagioso. Jamás perdieron el ánimo ni la fe, a pesar de las muchas veces que llegaron a callejones sin salida, estuvieron a ciegas o avanzaron en la dirección equivocada. Su tenacidad inquebrantable, más que su brillantez o su trabajo metódico, fue la clave del éxito. Y tengo que hacer mención especial a su sinceridad y honestidad conmigo. En sus testimonios siempre me expusieron las cosas tal y como ocurrieron y, pudiendo haberlo hecho, jamás trataron de ocultar, disculpar o disimular las malas decisiones que tomaron o las erróneas deducciones a las que llegaron.
También he de reconocer la valiosa contribución de los vecinos de Watigny e Hirsón, de las autoridades locales y de los representantes de la prensa que siguieron el caso, que con sus testimonios me ayudaron a ver los hechos desde todas las perspectivas posibles.
Es una crónica, pero también una novela, por lo que me he atrevido a dar rienda suelta a mi imaginación para rellenar los huecos, atribuir a un número reducido de personajes ficticios lo que en la realidad tuvo un protagonismo mucho más disperso y vestir y dar un toque más humano a lo que, en muchos casos, eran solamente unas frías líneas en un informe. El indulgente lector lo entenderá pronto. Es lo que he hecho, por ejemplo, al concentrar en un pequeño grupo de agentes toda la carga de la investigación y crear distintos vínculos afectivos entre ellos (de amistad, amor, rivalidad, complicidad o antagonismo), o al asomarme a los últimos minutos que Michelle pasó en su casa antes de desaparecer, o a la conversación en el coche patrulla entre los agentes que iniciaron la búsqueda de la primera noche. No existieron una adjunta Ivette Dugés, un gendarme Gerard Jouvet ni unos comandantes André Dupont y Antoine Rossignol. No tengo prueba alguna de que esas escenas ocurrieran como yo las cuento. Pero yo las imagino así.
Y así como confieso que no he sido muy riguroso al trasladar al papel la identidad de algunos personajes ni su participación en los hechos, también he de decir que en otros casos me he ceñido todo lo posible a la realidad. Porque consideré que no tenía mucho sentido camuflar, disimular o deformar los caracteres de los que, para mucha gente y durante mucho tiempo, fueron los rostros visibles del caso, y que, a fuerza de aparecer una y otra vez en las pantallas de los informativos y en las páginas de los diarios, acabaron por resultarnos muy familiares. Es el caso, por supuesto, de Michelle Boutteville, de sus padres, del alcalde Jules Bonfils, de la magistrada Leblanc y de algunos otros que al lector familiarizado con el caso no le costará identificar.
La geografía juega un papel muy importante en el relato, motivo por el cual se han incluido varios planos y mapas al final del libro para ayuda del lector.
Dramatis personae
Bonfils, Jules. Alcalde de Hirsón.
Boutteville, Michelle. Joven de 16 años, hija de Gabrielle y Pierre.
Boutteville, Gabrielle. Madre de Michelle. Profesora.
Boutteville, Pierre. Padre de Michelle. Profesor.
Chastain, Hugo. Suboficial mayor de la Gendarmería de Hirsón.
Chevrier, Martine. Amiga de Michelle Boutteville.
Chevrier, Paul. Padre de Martine.
Delacroix, Maurice. Suboficial destinado en la Gendarmería Nacional en Reims, asignado a la investigación.
Dugés, Ivette. Agente de la Gendarmería de Hirsón. Categoría: Adjunta.
Dumoulin, Roger. Jefe del equipo de la policía científica.
Dupont, André. Comandante, jefe de la Gendarmería de Hirsón.
Faucher, Jacques. Suboficial destinado en la Gendarmería Nacional en Reims, asignado a la investigación.
Fontaine, Jean Paul. Estudiante de ingeniería aeronáutica aficionado al aeromodelismo.
Fontenot, Valérie. Profesora y capitana del equipo de ajedrez de Watigny.
Gaumond, André. Ingeniero informático residente en Reims.
Gascoigne, Cyril. Agente de la Gendarmería de Hirsón. Especialista en informática. Categoría: Adjunto.
Gautier, Roland. Carpintero exlegionario, residente en Brognon.
Hardy, Marcella. Vecina de Aubenton. Casada con Paul Hardy.
Hardy, Paul. Vecino de Aubenton. Casado con Marcella Hardy.
Herriot, Marcel. Capitán, segundo jefe de la Gendarmería de Hirsón.
Hulot, Henri. Agente de la Gendarmería de Hirsón. Categoría: Adjunto.
Jouvet, Gerard. Agente de la Gendarmería de Hirsón. Categoría: Guardia.
Karaman, Vasile. Empresario de origen moldavo, afincado en Marbella.
Kozel, Andriy. Chófer-escolta de la policía de Kiev.
Koutarova, Valentina. Empresaria de origen moldavo, esposa de Vasile Karaman.
Leblanc, Sophie. Magistrada de la Audiencia de Reims.
Noire, Philippe. Agente de la Gendarmería de Hirsón, especialista en informática. Categoría: Guardia.
Romarin, Françoise. Médico forense.
Rossignol, Antoine. Comandante destinado en la Gendarmería Nacional en Reims, asignado a la investigación.
Sewick, Olena. Oficial de la policía ucraniana en Kiew.
Tanguy, Luc. Compañero de clase de Michelle Boutteville.
Tanguy, Jean-Paul. Padre de Luc.
Turbau, Gustave. Magistrado de la Audiencia de Reims.
Volcot, David. Empresario vitivinícola afincado en Reims.
Volcot, David (Jr.). Hijo de David Volcot.
Volcot, Esther. Hija de David Volcot, gemela de David Volcot Jr.
Capítulo 1
Sábado 21 de octubre de 2017 (día D)
Watigny se encuentra al norte de Reims, cerca de la frontera con Bélgica, en la región de Alta Francia (antes Picardía) y, más concretamente, en el departamento de Aisne, distrito de Vervins y cantón de Hirsón. A finales de 2017, contaba con unos dos mil trescientos habitantes, de los cuales alrededor de la mitad se concentraban en el núcleo urbano y el resto se desperdigaba en pequeñas fincas en un radio de unos dos kilómetros. Era uno más entre los muchos pintorescos pueblecitos que salpican el noreste de Francia, con sus calles adoquinadas flanqueadas por sencillas casitas bajas, de paredes color pastel y tejados de pizarra.
La reseña en francés que por aquellos días figuraba sobre Watigny en la Wikipedia apenas ocupaba tres renglones y medio. Hasta aquel entonces, el hecho más notable ocurrido en la pequeña localidad había sido la pernocta el 6 de agosto de 1791 del conde de Provenza, futuro Luis XVIII, que viajaba camino de su exilio en Prusia. Una pequeña placa en la antigua hospedería, hoy centro social juvenil, daba testimonio de aquel hecho, pero no la Wikipedia. Un viejo profesor de secundaria, ya fallecido, que dedicó los últimos años de su vida a pergeñar una crónica de Watigny que jamás vería la luz, había investigado los motivos que habían llevado al conde a una acción tan poco lógica a priori, habida cuenta de la existencia de varios lugares mucho más recomendables para pernoctar relativamente próximos. De hecho, recalar en Watigny había supuesto a la comitiva apartarse sensiblemente de la ruta, en una época en la que un par de millas de distancia se tardaban en recorrer en carruaje su buena media hora. Ninguno de los cuatro motivos más plausibles deducidos por el viejo profesor a partir de su minuciosa investigación resultaba muy favorable para la reputación del futuro monarca. Pero todo eso pertenece a una historia que nada tiene que ver con la que iba a comenzar aquel 21 de octubre.
Al caer la tarde, todo estaba tranquilo en Watigny. Era sábado y los comercios estaban cerrados. La única excepción era el bazar chino, bautizado por sus dueños orientales con el rimbombante y poco original nombre de Grand Hiper China, y que se mantenía abierto de diez de la mañana a ocho de la tarde, incluidos los domingos y festivos.
El día había amanecido gris y amenazaba lluvia. Un típico día de octubre en la Picardía francesa. Durante la mañana, había lloviznado de manera intermitente pero, llegada la tarde, algunos retazos azules comenzaron a aparecer entre las nubes. De vez en cuando, el sol asomaba entre los claros y se reflejaba en los húmedos tejados, confiriendo a las negras tejas de pizarra la apariencia de fulgente oro.
A las cuatro de la tarde, Michelle Boutteville dudaba ante el espejo de su habitación si enfundarse el abrigo negro de Zara o el anorak rojo de Napapijiri. Estaba un poco cansada de los dos. Llevaba varias semanas pidiendo a su madre un abrigo verde que había visto en el catálogo on-line de Bershka y que solo costaba sesenta y nueve con noventa euros, incluyendo los gastos de envío. Finalmente, se decidió por el anorak, tras descubrir en una de las mangas del abrigo negro una fea mancha pegajosa que no tenía tiempo de limpiar.
Michelle era la hija única de dos profesores de instituto, Pierre y Gabrielle. La familia habitaba una casa antigua de dos pisos en la parte alta del pueblo. La casa había sido propiedad de los padres de Pierre, fallecidos el 2 de mayo de 2002 en un accidente aéreo.
En la noche del aquel 2 de mayo de 2002 en que ocurrió el trágico accidente, Pierre y Gabrielle se encontraban en el punto álgido de una acalorada discusión. La convivencia de la pareja en el exiguo apartamento de apenas 40 metros cuadrados que habitaban a las afueras de París era cada vez más difícil. La llegada de la niña, diez meses antes, había sido una sorpresa completamente inesperada. Con dos sueldos mileuristas de profesores de instituto público, todo empezó a hacerse muy cuesta arriba para la pareja. Nada quedaba ya de la época dorada del noviazgo y dos primeros años de matrimonio, cuando la pasión intensa disipaba todo nubarrón amenazante.
Las discusiones eran cada vez más encarnizadas y frecuentes. Bastaba cualquier nimiedad para que uno de los dos saltara. Gabrielle era más pasional; Pierre, más encerrado en sí mismo. Broncas y silencios comenzaron a ser la tónica de una vida desagradable para ambos en cada una de las facetas que componían su existencia. Los dos trabajaban en el Collège Barbara de Stains, en el barrio parisién de Saint-Denis, uno de los más conflictivos de Francia, en el que se hacinaban cientos de adolescentes de esas etnias variopintas, casi siempre de origen africano, que constituían y constituyen la mayor parte del estrato más bajo y desarraigado de la sociedad francesa.
Cuatro años en aquel centro habían bastado para derrumbar todo el idealismo de los dos jóvenes profesores que, curiosamente, se habían conocido seis años antes en una manifestación contra las duras medidas de la política inmigratoria de Alain Juppé.
Para entonces, los dos habían sufrido por docenas desplantes y desaires de sus alumnos que, si por algo se caracterizaban, era por el más absoluto desprecio por cualquier forma de autoridad. Y, desde la perspectiva de aquellos chavales fracasados y resentidos, poca diferencia había entre un profesor, por muy joven e idealista que fuera, y los policías que cumplían con contundencia las órdenes de sus jefes políticos de extrema derecha; todos eran parte del «sistema».
La pareja había recibido amenazas de todo tipo. Y no solo de los chicos, también de padres airados, que parecían proyectar sobre ellos toda su frustración acumulada. Ruedas pinchadas, arañazos en el coche, miradas retadoras en los pasillos, empujones. Una mañana, Hugo Sirvent, un profesor de matemáticas tan orondo como bonachón, resultó herido de una puñalada sin que mediara provocación alguna. Mientras Sirvent escribía en la pizarra, un alumno de origen magrebí le clavó una navaja en el abdomen; simplemente porque le apeteció. La policía visitaba con frecuencia el centro, incautando de forma habitual droga y armas blancas. Y, en una ocasión, hasta un destartalado revólver Smith & Wesson y dos cajas de munición de 12,7, ocultos en una de las desvencijadas taquillas, cubiertas de grafitis, que utilizaban los alumnos.
En los comicios del 96, un Pierre Boutteville desengañado de todo votó por el Frente Nacional de Jean-Ivette Le Pen. No le dijo nada a su mujer, que él suponía, acertadamente, que todavía se mantenía fiel a su pasado de izquierdas. Gabrielle había hecho en su juventud algunos pinitos como activista y hasta había vivido alguna experiencia, más excitante que realmente peligrosa, frente a los antidisturbios de la policía de París. Sentía que aquellos antecedentes la obligaban a resistirse a cualquier tentación o debilidad que supusiera renegar de sus orígenes ideológicos. Pero ya no distinguía muy bien si aquella resolución nacía de su conciencia o ya tan solo de un amor propio que le incitaba a mantener la pose. Y le daba miedo indagar en ello, por si no le gustaba la respuesta.
Como una gota malaya, aquel desagradable entorno fue minando poco a poco la relación. Los silencios comenzaron a ser más frecuentes que las charlas. Y las peleas acabaron siendo lo único que se interponía entre los silencios. Los dos eran conscientes de que la relación se estaba desmoronando, pero el agotamiento, la rabia y el desencanto acababan por frustrar cualquier atisbo de esperanza. El único hilillo que sujetaba la frágil estructura en que se había convertido el matrimonio era una rubicunda niña de diez meses, en la que concentraban las pocas fuerzas que ya les quedaban.
Habían acordado que Gabrielle pidiera una excedencia hasta que la niña cumpliera año y medio. La baja por maternidad solo cubría cuatro meses, por lo que llevaban un semestre subsistiendo solamente con un sueldo, lo que había liquidado por completo sus muy modestos ahorros y les colocaba en una situación cada vez más difícil al llegar a fin de mes. Pierre había insinuado en una ocasión que quizás Gabrielle debería plantearse regresar antes de lo previsto, pero ella se había mostrado absolutamente contraria a variar su decisión. El tono retador con que respondió a su insinuación había disuadido a Pierre de volver a sacar el tema, a pesar de lo evidente que resultaba que la situación no podría mantenerse por mucho más tiempo. Eran simples matemáticas.
Aquella tarde del 2 de mayo de 2002, Pierre se había reunido con el director del instituto, quién le había comunicado que debido a la baja de uno de los profesores iban a incrementarle las horas lectivas, pero sin incremento salarial. Pierre recibió la noticia en silencio, con más resignación que rabia. Sabía que no tenía alternativa. Aquello ya había ocurrido antes y sabía que era cuestión de tiempo que le tocara. Una cláusula del contrato lo permitía y el representante sindical así se lo había comunicado unos meses atrás al encolerizado claustro de profesores en una reunión en la que la tensión se podía cortar con un cuchillo y que por muy poco no acabó en batalla campal. Desde entonces, aquella reasignación de clases se había repetido en tres ocasiones. Pierre recibía parte de la carga precisamente de Hugo Sirvent, quién, tras recibir el alta por el navajazo, había sido incapaz de reunir el valor suficiente para volver al instituto y presentó una baja indefinida por motivos psiquiátricos.
Para Pierre, aquello significaba un incremento de tres horas lectivas a la semana, y en una asignatura que no dominaba demasiado. Al llegar a casa, sin apenas ganas y dándole la espalda, se lo contó a su mujer. No esperaba una buena acogida a la noticia, pero tampoco aquella furibunda reacción.
—¿Y ya está? ¿Ni siquiera has protestado? ¡Vas a trabajar más de cuarenta horas semanales y por el mismo sueldo de mierda!
—Hubiera sido malgastar saliva. No podía hacer nada, ya lo sabes.
—No me lo creo.
Gabrielle le daba la espalda, mientras ordenaba los cubiertos que acababa de sacar del viejo lavaplatos. Temblaba de rabia.
—Tienes que hablar con el director. ¡Explícale cómo estamos! ¡Yo no puedo volver a trabajar aún! ¡No quiero que la niña se pase el día encerrada en la guardería con diez meses!
—Por favor, Gabi. Será por unas semanas, seguramente, hasta que encuentren un sustituto.
—¡No lo sabes! Mira lo que está pasando con Jean Paul. Le dijeron lo mismo, que sería por poco tiempo, y lleva ya medio año.
Gabrielle se volvió lentamente, con los ojos llameantes y la mandíbula en tensión. Pierre bajó los ojos y fijó la mirada en el cucharón que ella agarraba con los nudillos blancos. Su ánimo era el de un condenado frente al pelotón de fusilamiento. Casi deseaba que llegara la andanada que pusiera fin a todo. Ella cerró con fuerza los ojos durante unos segundos eternos. Y explotó.
—¡Nunca debí de casarme contigo! ¡Eres un pelele, un perfecto imbécil sin carácter! ¡No sé qué pude ver en ti! —fue la explosiva respuesta de una Gabrielle fuera de sí.
Pierre recibió el impacto como si de una salva real se tratara. Le produjo un intenso dolor físico y ganas de vomitar. Jamás habían llegado tan lejos. Gabrielle lo era todo para él. Nunca había entendido muy bien por qué aquella mujer, llena de ideales y energía, que hacía volver la mirada a todos a su paso, le había elegido. Se sabía indigno de ella, motivo por el que el temor latente a perderla había estado presente desde aquel día, no muy lejano, pero que ahora parecía más propio de un sueño, en que había reunido el valor para besarla. En centésimas de segundo todos aquellos pensamientos invadieron su cerebro. Supo, esta vez sin ningún atisbo de duda, que iba a perderla. Y que, si la perdía, lo perdería todo.
En aquel momento sonó el teléfono en el salón. Eran poco más de las nueve de la noche. Pierre, encorvado y macilento, abandonó la cocina caminando como si fuera un anciano.
Temblando de humillación y desamparo, descolgó el auricular del moderno aparato que imitaba los viejos teléfonos negros de baquelita de los años sesenta que habían comprado juntos en el Fnac de Saint-Étienne al poco de casarse.
—¿Diga? —Un breve silencio—. Sí. Soy yo.
Gabrielle escuchaba la conversación con los ojos aún echando fuego. Estaba algo arrepentida, pero seguía muy enfadada. Sabía que él no tenía la culpa, pero le indignaba lo poco combativo que era, su resignación ante la adversidad, su falta de energía.
Salió al pasillo secándose las manos con un trapo. Contemplaba a Pierre de frente. En la penumbra, su marido parecía muy poca cosa, con su cuerpo delgado, su piel blanquecina y su languidez. Aquella aura de intelectual que le proferían su cabello revuelto y las gafas de concha, que en otra etapa de la vida la habían cautivado, ahora le resultaban insoportables. Tres años antes, Pierre parecía entender cómo funcionaban los hilos que movían el mundo. Parecía saberlo todo sobre todo. No había libro, artículo o ensayo que no hubiera leído, entendido y asimilado. Gabrielle podía escucharle embelesada durante horas, notando asombrada como oírle hablar de cambio climático, de geopolítica, de feminismo o de emigración generaba en ella un deseo sexual que era irracional e irreprimible. ¿Qué había sido de todo aquello?
En el largo minuto de silencio que siguió a su primera respuesta al aparato, el rostro de Pierre fue perdiendo color, hasta que se comprimió en una mueca de dolor infinito. De sus ojos grises, completamente apagados, comenzaron a asomar espesas lágrimas que surcaron sus mejillas y dejaron su oscura huella sobre el pecho de su camisa. Como balazos de agua sobre su corazón, pensó más tarde Gabrielle, recordando la escena.
—Gracias. Sí. Lo entiendo. —Con las manos temblorosas, apuntó un número sobre la libreta que tenían junto al teléfono—. Gracias. Así lo haré.
Con las lágrimas aún goteando desde su barbilla, Pierre colgó el aparato y miró a su mujer, cuya angustia había ido creciendo hasta apagar todo rescoldo de la reciente disputa.
—Mis padres han muerto —dijo con un hilo de voz.
Gabrielle sintió cómo de repente le invadía una inmensa ternura por su marido. Nunca le había visto así. Tan desvalido, indefenso y triste. Además, Gabrielle adoraba a sus suegros, que siempre la habían tratado como a una hija. Presa de una intensa congoja, se abrazó a él con tanta fuerza que le rompió las gafas.
Pierre comenzó a sollozar convulsamente, con el rostro hundido en la melena rubia de Gabrielle. Y así permanecieron hasta que el llanto desconsolado de la pequeña Michelle, que había permanecido durmiendo plácidamente mientras sus padres se gritaban, los devolvió a la realidad.
En las horas y días siguientes fueron enterándose de más detalles. La compañía aérea les adelantaba unos minutos lo que más tarde difundían los medios de comunicación del mundo entero. El Airbus A300-600 en el que viajaban Guy y Marie Boutteville, padres de Pierre, se precipitó al Atlántico con 232 personas a bordo, por razones aún hoy desconocidas, casi en el punto intermedio de su frustrado trayecto entre el Charles de Gaulle y el Aeropuerto Internacional Antônio Carlos Jobim de Río de Janeiro. El trágicamente famoso accidente del vuelo AF337 marcó muchas vidas. En primeras, segundas y terceras carambolas, como ocurre con todo acontecimiento en el que la muerte se presenta en forma tan cruel, hambrienta y desatada.
Dos meses más tarde, Pierre recibió una inesperada noticia. Había dos plazas vacantes en la escuela secundaria de Watigny. No tuvo que pensar mucho para deducir que aquellas plazas eran las vacantes dejadas por sus padres. Cuando se lo contó a Gabrielle, supo al momento que en ella germinaba la misma idea que él comenzaba a considerar ya como un regalo divino.
El 15 de agosto de 1998, el matrimonio se mudaba con su hija al que había sido el hogar de los padres de Pierre y que el joven, hijo único, había recibido en herencia. Para ser más exactos, que recibiría, si todo iba bien, algún día en los próximos años, porque ya se sabe que los asuntos de herencias son como un lento vía crucis salpicado de muchas y complejas estaciones burocráticas, y más cuando no hay un cadáver al que aplicar el certificado de defunción. Pero nadie había cuestionado su derecho a la vivienda. Dos semanas más tarde, la pareja iniciaba el curso escolar en sus nuevos puestos de trabajo.
Nunca se arrepintieron de la decisión. Los años siguientes fueron de una felicidad plácida y sin sobresaltos. Las disputas quedaron como algo del pasado y ambos fueron conscientes de que, de alguna manera, el sacrificio de los padres de Pierre había salvado su matrimonio y que un regalo del destino como aquel merecía ser cuidado con cariño y desvelo, como si de una frágil y valiosa planta se tratara.
Él imaginaba a sus padres cogidos de la mano, sonriendo en paz, en los asientos 12 A y B, en el interior del fuselaje blanco, posado sobre el fondo a 4 500 metros de profundidad, donde un batiscafo de la Armada Francesa había localizado los restos del aeroplano dos años y medio después del accidente.
La habitación que en la nueva casa los jóvenes padres prepararon con exagerado mimo para la pequeña Michelle era la misma en la que ahora la adolescente pasaba la mitad de su existencia.
Tomada la decisión de la prenda de abrigo, la joven pasó rápidamente el cepillo por su larga cabellera rubia y se sintió bastante satisfecha con la imagen que le devolvió el espejo. A sus dieciséis años y medio, Michelle era una adolescente de enorme atractivo, pero hasta hacía muy poco tiempo no había sido consciente del efecto que causaba en los hombres. Y aún le costaba asumirlo.
Un vistazo a su reloj la impulsó a acelerar sus movimientos. La puntualidad era una de sus muchas virtudes y se dio cuenta de que tendría que correr si quería llegar a la hora. Apresuradamente, metió un viejo libro en la mochila. Con un rápido gesto, fruto de la práctica, estiró el edredón de listas azules y blancas sobre el que había estado tumbada después de la comida y salió de la habitación. La chica bajó las escaleras ruidosamente y asomó la cabeza por la puerta de la cocina, donde su madre estaba ocupada limpiando el horno. Gabrielle era la viva imagen de su hija y a los cuarenta y dos años seguía conservando su atractivo.
—Mamá, me voy.
—No hagas tanto ruido. Tu padre está durmiendo la siesta.
—Te ayudaría con eso, pero voy tarde. Voy al centro juvenil. Quiero practicar algunas aperturas de ajedrez con Valérie. He quedado a las cuatro y ya son casi. Y luego me pasaré por casa de Martine. Quiere que la ayude con un trabajo de ciencias.
—No llegues tarde, cariño. Ya sabes lo que hay hoy para cenar.
—¡No te preocupes! No me lo perdería por nada del mundo. Llegaré con tiempo de sobra.
Olvidando la petición de su madre, gritó un «¡Hasta luego!» y cerró la puerta de casa de un portazo, despertando a Pierre Boutteville de su apacible siesta.
Michelle pertenecía al equipo local de ajedrez y era una jugadora destacada para su edad. De hecho, figuraba en el puesto treinta y dos del ranking francés de jugadores menores de diecisiete años. La afición le venía de familia. Su abuelo paterno, Guy Boutteville, había sido subcampeón de Francia en el año 1969, con tan solo veinticinco años de edad, y hasta había llegado a jugar con algunos de los grandes maestros de la época, logrando en una ocasión unas meritorias tablas contra el casi invencible Tigran Petrosian. Últimamente, Michelle había estado practicando una vieja apertura, la apertura Réti, que se hizo célebre cuando Réti derrotó a Capablanca en el torneo de 1924 celebrado en Nueva York. Se trataba de una apertura muy poco usada hoy en día, pero que había sido una de las favoritas de su abuelo.
Aquella tarde, Michelle había quedado con su instructora y capitana del equipo local para discutir algunos movimientos, para lo cual iba a llevar un viejo libro del abuelo Botteville, repleto de anotaciones en sus márgenes, que constituía su posesión más preciada: La apertura Réti y sus variantes.
Michelle se alejó con su andar elegante y alegre, camino del centro juvenil. Pasó frente a la panadería Lacroix, que tenía bajada hasta el suelo la puerta corredera de metal ondulado repleta de grafitis, cruzó el paso de cebra de la calle Mariscal Pétain, tratando de no pisar fuera de las franjas blancas, manía que tenía desde muy niña, y desapareció calle abajo por el estrecho Ruelle des Bougainvilliers, por el que a aquellas horas no circulaba ni un alma.
Sus padres comenzaron a inquietarse cuando a las ocho y media Michelle aún no había llegado a casa. Normalmente, comenzaban a cenar entre las ocho y ocho y cuarto. Aquella noche, además, había canelones de carne con fuagrás, uno de los platos favoritos de Michelle, lo que hacía aún más extraña la tardanza.
—¡Se habrá despistado! ¡Ponle un WhatsApp! —gritó Gabrielle desde la cocina.
Pierre lo hizo y observó extrañado la pantalla; no saltaba el doble check de mensaje recibido. Apaciguó el deseo de llamar a su hija, recordando la charla que habían tenido días antes sobre lo intrusivas que los adolescentes consideraban las llamadas.
A las nueve menos veinte, mientras Gabrielle trasteaba con el horno, Pierre Boutteville apartó todas sus prevenciones y llamó al móvil de su hija. Recibió un mensaje de voz informando que el teléfono se encontraba apagado o fuera de cobertura. Lo volvió a intentar varias veces durante los siguientes diez minutos, con el mismo resultado. Ya bastante preocupado, llamó a casa de su amiga Martine, quién le dijo que aquella tarde no había visto a Michelle y que no tenía la menor idea de dónde podía encontrarse.
A continuación, marcó el teléfono de Valérie Fontenot, la instructora de ajedrez, quién le comunicó que Michelle había estado con ella hasta eso de las cinco y cuarto y que después se había marchado con algo de prisa, aunque no le dijo a dónde iba ni con quién.
Pierre, para entonces angustiado, se quedó mirando el auricular del teléfono sin saber qué hacer.
—¿Qué ocurre, Pierre? ¿Has conseguido hablar con Michelle? —preguntó Gabrielle, que en ese momento entraba en el comedor sujetando la bandeja de horno con unas manoplas.
—No. No respondía a los WhatsApp, así que la he llamado varias veces al móvil. Me sale apagado o fuera de cobertura.
—Llama a Martine.
—Ya lo he hecho. No sabe nada de ella.
—¡Pero si dijo que iba a su casa!
—Pues no ha ido. También he llamado a Valérie. Se fue del centro juvenil a eso de las cinco y algo. Y no sabe a dónde.
—Sigue intentándolo. Si a las nueve no hemos dado con ella, llama a la policía.
—¿A la policía?
—Sí. A ti te harán más caso que a mí. Ya sabes, para la policía, madre e histérica son sinónimos.
Tras más infructuosos intentos, Pierre buscó el teléfono de la Gendarmería de Hirsón, localidad situada unos diez kilómetros al oeste de Watigny.
Un contestador automático le comunicó que había marcado el número de la Gendarmería de Hirsón y que, si conocía la extensión de tres dígitos con la que quería hablar, la marcara, y que, en caso contrario, esperara a que le atendiera un operador.
Durante unos segundos, que se le hicieron eternos, estuvo escuchando una melodía conocida, en una versión bastante estridente, que le pareció completamente inapropiada para una institución oficial: Alejandro, de Lady Gaga.
—Gendarmería de Hirsón. Le atiende el gendarme Hulot. ¿Qué desea?
Pierre, de forma bastante atropellada, explicó al agente lo que ocurría, aunque su relato resultó por momentos tan incoherente que Hulot se vio obligado a hacer algunas preguntas aclaratorias. Una vez tuvo una idea definida de la situación, el agente le comunicó que una patrulla se acercaría en breve hasta su domicilio.
La llamada, que fue grabada siguiendo el protocolo de emergencias, quedó registrada a las 21:09.
Capítulo 2
Sábado 21 de octubre de 2017 (día D)
Veinte minutos más tarde, según quedaría registrado en el atestado correspondiente, los gendarmes Ivette Dugés y Gerard Jouvet se personaban en la casa de los Boutteville.
Pierre, que esperaba impaciente junto al ventanal del salón, abrió la puerta de la casa antes de que los agentes se bajaran del coche patrulla.
Los Boutteville hicieron pasar a los gendarmes al salón. A pesar de la angustia que la atenazaba, Gabrielle mantuvo la compostura y les preguntó si les apetecía tomar algo.
—Puedo hacerles un té o un café en un momento. No me cuesta nada.
—No. Muchas gracias. Es usted muy amable —respondió la agente, sacando un pequeño cuaderno de notas. De los dos, Ivette era la más veterana, con diez años de servicio, aunque aparentaba ser más joven que los treinta y dos años que delataba su carné de identidad. Era más bien menuda y delgada, pero la elasticidad de sus movimientos revelaba que estaba en buena forma y no transmitía ninguna sensación de fragilidad—. Por favor, cuéntennos lo que ha pasado.
La presencia de los gendarmes parecía haber causado en Pierre un efecto perjudicial. Comenzó un relato bastante inconexo, con continuas interrupciones. Su nerviosismo resultaba muy incómodo. Llegado un punto, Gabrielle tomó la palabra y consiguió que los agentes tuvieran una buena imagen de los hechos.
—¿Ha desaparecido otras veces?
—No. Nunca.
—¿Es raro que se retrase?
—Sí, mucho. Es una chica muy formal. Y la puntualidad es una de sus cualidades.
—¿Pueden darnos la dirección de la profesora de ajedrez? Valérie Fontenot. Y también la de su amiga Martine —dijo la agente consultando sus notas—. Y una foto reciente de su hija, si la tienen. Nos ayudaría mucho.
Pierre desapareció con un murmullo ininteligible y volvió al cabo de unos segundos con una manoseada agenda en la mano.
—¿Qué ropa llevaba cuando salió?
—Un anorak de la marca esa que está tan de moda. Napanosequé.
—¿Napapijiri?
—Sí. Roja. Tiene un bolsillo en el pecho con las letras de la marca. Grandes.
—Conozco la prenda. Tengo una igual en azul marino.
—Y unos vaqueros. Rotos, como los llevan todos ahora. No me fijé en lo que llevaba bajo el anorak. A la hora de comer llevaba un jersey gris, pero puede que se lo cambiara antes de irse.
—¿Calzado?
—Unas botas negras. De tipo militar. De esas con suela muy gruesa. Últimamente no se las quita más que para dormir.
—¿Qué edad tiene su hija?
—Dieciséis. Los cumplió en abril. El día 5.
—Aries. Como mi hermana. Ella es del 6 de abril. Necesitamos el teléfono móvil de su hija —Gabrielle lo apuntó en un post-it amarillo, que entregó a Ivette—. Gracias. ¿De qué compañía es?
—France Telecom.
Pierre interrumpió la conversación con voz trémula.
—¿Creen que la encontrarán?
—Claro. No se preocupe. Esta es una zona muy tranquila. Aquí nunca pasa nada, ya lo saben. Ni bueno, ni malo. Yo pasé mis primeros años de servicio en París y aquello es otra cosa. Seguro que hay una explicación —Ivette sonaba muy convincente—. Verán, la denuncia no será efectiva hasta transcurridas veinticuatro horas. Es lo que marca la ley. Pero, de todas formas, nosotros vamos a transmitir ahora mismo el aviso y daremos una vuelta por los alrededores para ver si damos con ella.
—Aquí tiene la dirección de Valérie Fontenot y de Martine; Martine Chevrier. Y sus teléfonos. Fijo y móvil —Ivette tomó los dos post-its que le alargaba la mujer; la letra de Gabrielle era elegante y clara.
—Y la foto. No se olviden de la foto.
—No sé si tendremos alguna reciente, salvo en los móviles.
—No, espera. La del cordón con pinzas de su habitación.
Gabrielle se levantó y salió trotando escaleras arriba. Poco después bajaba con una foto de 10x15 que entregaba a la agente.
—Michelle es la del centro. La de la derecha es Martine Chevrier.
Ivette miró con detenimiento la fotografía en la que aparecían tres adolescentes. Michelle era la más alta. Parecía sensiblemente mayor que las otras dos, que a su lado resultaban casi insignificantes. Michelle las eclipsaba.
—Parece alta.
—Mide uno setenta y tres. Y sigue creciendo. Ya es más alta que yo — respondió la madre—. Ya nos lo advirtió el pediatra. Que iba a ser muy alta.
—¿Alguna relación? Es una chica muy guapa. Seguro que los tiene locos a todos. A mí las rubias altas me quitaban todos los novios en el instituto.
—No, que sepamos. Y suele contarnos todo. No ha tenido ningún novio. Está muy centrada en sus estudios y en el ajedrez. No sale demasiado y sus amigas son todas muy formales.
—Si tuviera novio, lo sabríamos —apostilló Pierre, que seguía muy nervioso. Parecía desear que aquel interrogatorio acabara cuanto antes y diera paso a algo más productivo. Ivette lo percibió.
—Bueno. Creo que ya lo tenemos todo. Ahora daremos parte a la central y vamos a recorrer la zona. Si tuvieran alguna noticia o recordaran algo más que crean que es importante, llamen, por favor, a este teléfono. Ellos contactarán con nosotros por radio. Y tranquilos, que seguro que no ha pasado nada. Los adolescentes son así.
Como de costumbre, Ivette se subió al puesto del conductor. Mientras se alejaban, pudo ver la silueta de la atribulada pareja recortada contra la luz de la puerta. Ella erguida, él encorvado. No habló hasta que doblaron la calle.
—¿Qué te parece?
Jouvet mantuvo su mirada al frente y tardó unos segundos en contestar.
—Que son unos ingenuos. Mira que pensar que una chica de dieciséis años no tiene secretos para sus padres… No lo sé. No me gusta lo de que el móvil esté apagado o fuera de cobertura. Por esta zona la cobertura no es mala, y es raro que una adolescente se quede sin batería. Y si se queda, hace todo lo posible por dar señales de vida. ¿Crees que nos han contado todo lo que saben?
—Sí. Creo que sí. No he percibido nada raro. Sus reacciones eran las que uno esperaría en una situación así.
—No sé. El padre me daba mala espina, tan nervioso y con esas gafitas de intelectual.
—Es que es un intelectual. Los dos son profesores. No empieces con tus prejuicios.
—Ella es muy guapa. La madre, quiero decir. Me gustaría haberla visto hace diez años.
—Eh, que me celo.
—Sí. Seguro. Joder, me acabas de recordar que no he llamado a Laura. Necesito cinco minutos.
—No. Ponle un WhatsApp.
—No puedo ponerle un WhatsApp. Está muy mosca. No le gusta nada que haga patrullas contigo.
—Pues que se vaya acostumbrando, porque nos quedan unas cuantas. No seas calzonazos, Jerry. Me aburres. Vamos a casa de la amiga. Conozco la calle. Es aquí cerca.
Unos minutos más tarde aparcaban frente a la casa de los Chevrier, uno de los pocos edificios de pisos de Watigny, de un feo ladrillo visto, también poco habitual en la zona.
—No sabemos qué piso es —dijo Ivette mirando al telefonillo—. Por lo menos, se ve luz en casi todas las casas.
—Llamemos a cualquiera. Somos la policía. Nos abrirán.
Gerard pulsó con decisión el timbre del primero A. Al cabo de unos segundos surgió del aparato una voz metálica.
—¿Quién es? —sonaba a señora muy mayor.
—Buenas noches, señora. Somos de la policía. Gendarmería de Hirsón. Buscamos la casa de los Chevrier. ¿Puede abrirnos?
—¡Aquí no viven los Chevrier! —y el sonido del auricular al colgar.
—Pues sí que… Condenada vieja.
El vecino del segundo B, siguiente botón que pulsaron, les abrió la puerta y les informó que los Chevrier vivían en el cuarto B. El portal de la casa era muy exiguo y el edificio no tenía ascensor. Decididamente, aquella casa era muy humilde incluso para un pueblucho como Watigny. El alumbrado de la escalera era de muy baja potencia; subieron los ocho tramos de escalera en la penumbra.
Paul Chevrier les abrió la puerta. Era un tipo bajo y corpulento, de unos cuarenta y tantos años, y pelo ya canoso, muy corto, espeso y duro, que a Ivette le recordó el de un terrier.
—Buenas noches. ¿Señor Chevrier? Necesitamos hablar con su hija Martine. Es sobre Michelle Boutteville. La estamos buscando.
—Lo sé. Mi hija nos lo ha contado hace un rato. Pasen. Estamos cenando.
El olor a potaje de garbanzos inundaba toda la casa. El piso era pequeño y estaba amueblado con muy poco gusto. La familia al completo estaba sentada en una mesa rectangular que ocupaba el centro de la cocina y que apenas dejaba espacio para moverse a su alrededor. La señora Chevrier, que daba la razón a los que defendían la tesis de que las parejas se van pareciendo con los años, ocupaba una de las cabeceras. A su derecha, Martine, vestida con ropa de aspecto militar. Y, a su izquierda, dos chavales de unos diez años que aparentaban ser gemelos y que, a la vista de las tiritas y postillas que cubrían brazos y frentes, debían de ser dos buenas piezas. A Ivette, el color violeta de las puertas de los armarios le golpeó casi como una bofetada.
—¿Quieren sentarse? Les hacemos sitio. Donde comen cinco, comen siete. Hay de sobra.
—Muchas gracias. Tenemos algo de prisa. Martine, necesitamos hablar contigo.
—¿Podrían esperarme abajo? Acabo en cinco minutos.
—Lo siento, como eres menor de edad tenemos que hacerlo en presencia de alguno de tus padres. Es el reglamento.
—Ah. Pues pregunten lo que quieran.
—Muy bien —Ivette se colocó detrás de los gemelos, dando frente a la joven. Gerard se puso detrás de ella, medio encorvado, tratando de no golpearse con los armarios—. ¿Qué es lo último que sabes de Michelle?
—Pues… nos vimos en clase. Hoy salimos a la una. Yo vine directamente a casa. Y, a eso de las cinco y media, Michelle me escribió un WhatsApp. Y nada más. Le contesté y no lo leyó. Le he escrito unas cuantas veces y hasta la he llamado hace un rato. Pero debe de tener el móvil apagado.
—¿Puedes enseñarnos lo que te escribió?
—Sí. Aquí lo tengo —con la habilidad de un nativo digital, en un segundo desbloqueó el móvil y accedió a la conversación con Michelle. Mostró la pantalla a los agentes. El texto decía: «Tengo q contarte algo
. Luego t escribo».
La hora del mensaje eran las 17:43. Es decir, una media hora después de que se despidiera de Valérie Fontenot. Ivette anotó el texto y la hora en una pequeña libreta negra que llevaba en uno de los bolsillos laterales del pantalón.
—¿Ven? Le contesté según recibí el WhatsApp, pero no lo leyó. Y los que le envié después salen como si ni siquiera los hubiera recibido.
—Muchas gracias. Pues eso es todo lo que necesitábamos. Nos vamos ya. No se molesten, sigan cenando.
Con el olor a potaje adherido a piel y ropa, los agentes abandonaron el domicilio de los Chevrier, bajaron con cuidado los ocho tramos de escalera del deprimente edificio y volvieron al coche patrulla.
—¿Qué hacemos, jefa?
—No sé. Tengo la sensación de que si callejeamos un rato nos la encontraremos de frente. Vamos a dar una vuelta, necesito quitarme del cerebro la imagen de esos armarios. ¡Qué horror!
Media hora después, tras recorrer sin demasiado criterio y en silencio unos veinte kilómetros, Ivette detuvo el coche en el arcén, se estiró como un gato, se frotó los ojos, lanzó un suspiro de cansancio y se volvió hacia Jouvet.
—Hago un pis y seguimos.
Ella abrió la puerta y se parapetó detrás del coche. En el silencio de la noche y con la ventanilla bajada, Gerard pudo distinguir perfectamente los sonidos: cómo ella se desabrochaba el cinturón, la tela del pantalón deslizándose por sus piernas y el líquido salpicando el suelo. Aunque Gerard ya tenía motivos para estar acostumbrado, la escasa inhibición de Ivette continuaba perturbándolo. Suponía que el origen parisiense de ella tenía que ver mucho con su forma de ser y de actuar. Sabía que ella usaba tanga, porque había tenido ocasión de comprobarlo el inolvidable día en que Ivette se cambió de ropa sin ningún recato en el vestuario de hombres, antes de saber que la gendarmería contaba con un vestuario femenino. Aquella imagen no se le iba de la cabeza. Notaba cómo la excitación comenzaba a tener efecto sobre algunas partes de su cuerpo y trató de no pensar en ello, sin mucho éxito. Su novia empezaba a estar ya harta de que todo lo que le contaba Gerard sobre su trabajo acaba siempre en un continuo Ivette esto, Ivette lo otro. «Pero si es una vieja. Y una borde insoportable. No entiendo cómo puedes tener celos de ella», eran los argumentos recurrentes con los que el novato gendarme, siete años más joven que su compañera, trataba de apaciguar los crecientes celos de su novia. Pero él era consciente de que mentía. Ya hacía tiempo que sabía que estaba colado por Ivette hasta las trancas. Y la cosa iba a peor desde que habían empezado a patrullar juntos cinco días al mes. En mitad de una muchedumbre, Ivette no habría llamado la atención. Cuando iba por la calle, no eran muchos los hombres que giraban la cabeza, a pesar de que tenía un cuerpo bien formado. Pero en las distancias cortas, Ivette era letal. Aquellos que tenían la suerte o la desgracia de observar sus enormes ojos verdes a un metro de distancia quedaban cautivados para siempre. Mientras patrullaban, Gerard aprovechaba para mirarla de reojo y estudiar sus facciones con espíritu científico. La línea de su barbilla, sus pequeñas orejas decoradas permanentemente con unas sencillas perlas, sus largas pestañas, su nariz suavemente aguileña, su cabello oscuro recogido casi siempre en una sencilla coleta…
—Uf, qué frío hace. Se me ha congelado el culo, pero qué a gusto me he quedado. A ver, ¿qué hacemos ahora? ¿Crees que son horas de visitar a la profesora de ajedrez? —sacó su cuaderno del bolsillo—. Mete esta dirección en el GPS. Si no está lejos, vamos ahora. Rue de la Pointe, 3.
—Está aquí al lado. Kilómetro y medio. Pero son casi las once de la noche. No sé si ya son horas.
—Era lo primero que teníamos que haber hecho. ¡Joder, qué tontos somos! Vamos. Si vemos que hay luz, llamamos.
La Rue de la Pointe apenas tenía doscientos metros y no tenía salida al otro lado. Más allá, solamente había bosque. Estaba pobremente iluminada, con un sencillo farol frente a cada uno de los seis pequeños chalés a los que daba acceso, tres a cada lado de la calle. Aunque todos eran distintos, tenían un aspecto similar. Los seis estaban pintados de colores pastel claro y todos tenían dos pisos, tejado de pizarra abuhardillado y un pequeño jardín rodeado por un seto.
El número 3 era el segundo de la izquierda. Había luz en la planta baja. Delante de la entrada estaba aparcado un pequeño utilitario de color blanco, un Renault Clío de un modelo bastante antiguo. Alguien movió un visillo en la habitación iluminada.
Cuando los gendarmes llamaron a la puerta, la pequeña profesora abrió antes de que los ecos del timbre se hubieran apagado. Llevaba una gruesa y larga chaqueta de lana de color rosa pálido sobre un pijama de dos piezas del mismo tono y unas zapatillas grises de felpa con forma de ratones. La mujer podía tener cualquier edad entre los treinta y cinco y los cuarenta y cinco; llevaba el cabello trigueño claro recogido en una coleta sujeta con un lazo rosado, que le daba un aspecto algo infantil. Parecía presa del nerviosismo, y estaba visiblemente afectada. Llevaba los brazos cruzados sobre el pecho, lo que le confería un cierto aire de desamparo.
—Supuse que vendría alguien. Por eso no me he acostado todavía. Es por Michelle, ¿verdad? Le dije a su padre que me llamara cuando llegara, pero no lo ha hecho. ¿Aún no la han encontrado? ¿Saben algo?
—Aún no. ¿Podemos pasar? Querríamos hacerle algunas preguntas.
Ivette seguía llevando la voz cantante. Frente a la insignificante Valérie, parecía casi alta.
—Sí, por favor, pasen. ¡Qué frío hace! Estoy tan nerviosa que ni me daba cuenta.
Los acompañó al salón y les invitó a sentarse en unos sofás con un delicado estampado de flores. Ivette echó un vistazo disimulado a su alrededor. Predominaban los tonos pastel y el conjunto resultaba agradable y acogedor. Sencillo, pero con buen gusto, pensó; nada que ver con el horror de la casa de los Chevrier. La pequeña monitora continuaba de pie, con los brazos cruzados sobre el pecho y las manos agarrándose los hombros. Tenía mala cara.
—¿Puedo ofrecerles algo? ¿Café, té? Lo hago en un momento.
Casi lo mismo que les había dicho Gabrielle Boutteville. Parecía ser un hábito de las mujeres de aquella zona. Ivette no recordaba ninguna ocasión en sus años París en que la hubieran tratado así. Generalmente, en la capital eran recibidos con desconfianza y hasta hostilidad, y era muy raro que les dejaran pasar de la puerta.
—No hace falta. Muchas gracias. ¿No se sienta?
—Prefiero seguir de pie. Gracias.
—Como quiera, está en su casa. No queremos importunarla, y menos a estas horas, pero querríamos hacerle algunas preguntas.
—Claro, lo entiendo. No se preocupen.
—Veamos… ¿A qué hora y dónde vio a Michelle por última vez?
—Fue en el centro juvenil. ¿Lo conocen? Está junto al parque Pétain. Mucha gente lo conoce como el club de ajedrez.
—Lo conocemos, sí.
—Michelle llegó a eso de las cuatro y cuarto. Es muy puntual, ¿saben? Estuvimos juntas alrededor de una hora. Se nos pasó el tiempo volando, como de costumbre. A eso de las cinco y cuarto, miró el reloj y se puso muy nerviosa porque había quedado con alguien y llegaba tarde.
—¿Qué estuvieron haciendo?
—Jugando al ajedrez. Más que jugando, estuvimos repasando algunas estrategias ofensivas. Nuestro club de ajedrez se enfrenta al Hirsón a principios de noviembre y hay mucha rivalidad. Ahora mismo vamos empatados en el primer puesto de la liga de Aisne. Así que es el enfrentamiento más importante de la liguilla. El que quede primero se clasifica para la fase final del campeonato nacional. Es en París y todos estamos muy ilusionados. Tenemos varios jugadores bastante buenos, pero ninguno del nivel de Michelle. Perdón, seguro que eso no es importante.
—No se preocupe. ¿Notó algo raro en ella? ¿Se comportaba como siempre?
—Desde que me llamó Pierre, el padre de Michelle, llevo pensando en ello. Pero no noté nada anormal. Era la misma de siempre. Alegre, simpática. Había traído un viejo libro de aperturas de su abuelo, Guy Boutteville. Fue un gran ajedrecista, ¿saben? Llegó a jugar contra los grandes de los años 70 y 80. Petrosian, Fischer, Spassky. A Michelle le hacía mucha ilusión experimentar con una apertura que era la que él más utilizaba.
—¿Y qué paso después?
—Pues que, al darse cuenta de que eran las cinco y cuarto, Michelle recogió sus cosas y se fue casi corriendo. Bueno, es que se fue corriendo en realidad.
—¿Dijo algo sobre a dónde o con quién iba?
—No, que yo recuerde. Pero no sé por qué pensé que se iba a ver a alguna amiga.
—Bueno, parece que ya tenemos todo lo que necesitamos. Tome esta tarjeta. Si recuerda algo que crea que es importante, llame a este número.
—Por favor, encuéntrenla. —Fue su despedida sollozante desde el umbral de la puerta, mientras los gendarmes volvían a subir al coche patrulla. Seguía con las manos agarradas a los hombros.
Tras cinco minutos en silencio, Gerard abrió la boca.
—Todo esto es muy raro. Como les dijiste a los padres, aquí nunca pasa nada. Lo más interesante que he hecho en el año y medio que llevo aquí fue resolver el asunto del robo de la vaca de Hirsón. ¿Te acuerdas?
—Sí, Sherlock, como si fuera ayer. Nuestro gran caso local. No te olvides de mencionarlo en tu currículum. Yo me fui de París porque estaba harta de tanta acción y ahora mira que la echo de menos.
A las once recibieron una llamada de la central. La señora Boutteville había llamado angustiada para decir que Michelle aún no había llegado y saber si había novedades. Ivette se dio por enterada y marcó el número de los Boutteville. No había terminado de sonar el primer tono cuando contestó Gabrielle. Ivette la tranquilizó como pudo y volvió a asegurarle que les llamarían en cuanto supieran algo.
Unos minutos antes de la medianoche, la gendarme Dugès detuvo en el arcén el Citroën C5. Llevaban más de dos horas seguidas recorriendo las carreteras que rodeaban Watigny, incluidas algunas pistas forestales.
—¿Qué hacemos ahora?
—No lo sé. Creo que lo mejor será llamar al jefe. Pero mira qué hora es. Creo que se va a cabrear tanto si le llamo como si no.
—¿Y si llamas al capitán?
—¿A ese idiota? Ni loca. Llamo al jefe.
Mientras tanto, la noticia de la desaparición de Michelle se había ido transmitiendo de puerta en puerta. A las doce de la noche, había luz en la mayoría de las casas de Watigny.
Entre tanto, el tiempo había ido empeorando. Había empezado a llover intensamente. El silencio de la noche quedó perturbado por las fuertes ráfagas de viento y el crepitar de las gotas de agua contra el suelo.
Capítulo 3
Domingo 22 de octubre de 2017 (día D+1)
La gendarmería de Hirsón era un feo edificio pintado de color naranja desvaído, con planta en forma de L. El lado largo de la L daba a la calle Camille Desmoullins, una de las principales arterias de Hirsón. El lado corto comunicaba con el aparcamiento al aire libre, que contaba con veinticinco plazas, ocho de las cuales estaban reservadas a los vehículos oficiales: tres Citroën C5, dos Land Rover, dos furgonetas Renault y dos motos Yamaha. Ninguno de los vehículos tenía menos de cinco años. El más veterano era uno de los Land Rover, que ya acumulaba quince años de servicio y más de 400 000 kilómetros por caminos de todo tipo. A pesar de su edad, era el preferido de todos, porque iba como la seda y hasta parecía mejorar con los años.
El edificio tenía dos plantas. En la baja, que daba a la calle, estaba la entrada principal, que daba paso a la recepción. El resto de la planta lo ocupaban el puesto de guardia, que solamente se activaba al acabar la jornada de trabajo, la zona de atestados, un office, los vestuarios, varios almacenes y la armería. En la parte alta se ubicaba la sala común, en la que trabajaban la mayoría de los gendarmes. Una ancha escalera situada en la parte central del edificio comunicaba ambas plantas y daba acceso directo a la sala común, que había que atravesar para llegar a la zona de despachos. La sala ocupaba unos ciento cincuenta metros cuadrados y era completamente diáfana, con la excepción de las seis columnas cilíndricas que sostenían la estructura. Aunque sus usuarios no eran conscientes de ello, la sensación que transmitía al visitante era de absoluto caos. Los doce puestos de trabajo que albergaba se repartían por la superficie de la sala sin el más mínimo sentido del orden o la simetría. Sobre cada una de las mesas había un número variable de pantallas de ordenadores de sobremesa, que oscilaban entre dos y cinco. Parecía haber hasta diez modelos distintos de sillas ergonómicas, aunque mantenían cierta uniformidad en el color: la mayoría estaban tapizadas en negro o gris oscuro. Varias decenas de archivadores metálicos de diversos modelos y diferentes tonos de gris se ubicaban de cualquier manera por los huecos disponibles y cientos de legajos de papel se apilaban anárquicamente encima de todas las superficies, disputándose el espacio con macetas, cafeteras, marcos con fotografías y un sinfín de objetos variopintos. No había pared alguna que no estuviera cubierta casi por completo por corchos, mapas, tablones, carteles o fotografías, además de otros artículos que debían de tener algún significado para los agentes, como bufandas de equipos de futbol, banderas, posters y hasta una máscara de Anonymous. Más al fondo, se ubicaban la sala de juntas y los despachos del suboficial mayor, el capitán y el comandante, que estaban separados del resto de dependencias de la planta por mamparas de metacrilato opaco, lo que les daba cierto grado de privacidad. Aparte de los aseos comunes, que se encontraban en la zona opuesta a la de los despachos, la única zona que contaba con paredes de verdad era la correspondiente al archivo y el almacén de evidencias, a los que se accedía por una puerta común protegida por un sistema de apertura mediante tarjeta magnética.
El despacho del comandante era de planta rectangular, de unos veinticinco metros cuadrados, y tenía la singularidad de contar con una única ventana de forma circular de dos metros de diámetro. Aquella originalidad del arquitecto regalaba a su ocupante unas vistas un tanto deprimentes de la residencia de ancianos de Val D’Oise, un enorme edificio de ladrillo visto, color sangre seca, que tenía más aspecto de prisión que de residencia de la tercera (y cuarta) edad.
El comandante Dupont era un gendarme curtido, con un pasado notable en las calles marsellesas dónde se había ganado una sólida reputación en los años que estuvo destinado en la brigada de estupefacientes. En el fondo, fue aquella reputación de policía duro, sagaz e incorruptible la culpable de que al poco de su mayor éxito policial hubiera tenido que cambiar el colorido y frenético entorno del puerto de Marsella por los plácidos y verdes campos de la Picardía.
El intento de asesinato a manos de la mafia marsellesa, para la cual se había convertido en el enemigo número uno, había fracasado por dos dedos. Esa fue la estimación del cirujano que le extirpó del pecho la bala del 9 parabellum: tres centímetros más a la derecha y el impacto habría sido mortal de necesidad. A los treinta y seis años, sin hijos, y casado con una mujer que no estaba dispuesta a seguir viviendo en la angustia permanente, se resistió lo que pudo al cambio de aires, pero acabó claudicando. Nunca se lo confesó a nadie, pero aquella bala le había cambiado. Por primera vez desde que lucía el emblema de la Gendarmería, sentía el sabor del miedo. Acabando la convalecencia, se daba cuenta de que no podría volver a las calles. Al menos, a unas calles tan exigentes como las de Marsella. Así que dejó creer a su mujer, y de paso a todos los demás, que se sacrificaba por ella. Y aceptó, aparentando que lo hacía a regañadientes, el puesto que le ofrecieron mil kilómetros al norte, en la húmeda, verdosa y tranquila Picardía.
Sabía que eso significaba renunciar a su prometedora carrera y le costó aceptarlo menos de lo que suponía. De aquello hacía cinco años. Nunca se había arrepentido de la decisión, pero muchos días echaba de menos aquella excitación que vivía permanentemente instalada en su ánimo en la etapa marsellesa.
Desde que estaba en Hirsón, era la primera vez que unos agentes de patrulla le llamaban a casa pasada la media noche. No creía que la cosa fuera seria, pero aún no se había acostado, no tenía nada mejor que hacer y la gendarmería quedaba muy cerca, así que citó a los agentes a su despacho en diez minutos, se despidió de su mujer con un rápido beso, se puso una cazadora oscura cubierta de tiras reflectantes y partió hacia la comisaría, reviviendo por primera vez en cinco años algo levemente parecido a aquel hormigueo en el estómago que sentía en los prolegómenos de una operación antidroga.
Ivette entró como un torbellino en la comisaría y saludó a sus compañeros de guardia. Uno de ellos era Henri Hulot, el agente que había atendido la llamada de Pierre Boutteville, al que sus compañeros apodaban Hachehache.
—Hola, chicos. Poneos decentes, que llega el jefe en un rato.
—¿Es por lo de la chica desaparecida? La madre acaba de volver a llamar hace un minuto. Iba a llamaros ahora.
—Hablé con ella sobre las once. Ahora la llamo.
—¿Qué? ¿Nada?
—Nada de nada.
Escucharon la llegada de un vehículo al aparcamiento.
—Ahí llega el jefe.
El comandante les saludó con un gesto, mientras se quitaba el anorak mojado por la lluvia.
—Está lloviendo a cántaros. Vamos, a mi despacho. Todos.
Ivette y Hulot, que eran los de mayor rango, ocuparon las dos sillas disponibles, dando frente al comandante. Los otros dos gendarmes permanecieron de pie, flanqueándoles. A instancias del comandante, Ivette volvió a relatar, casi palabra por palabra, lo que un rato antes le había contado por teléfono.
—Recapitulando, que no sabemos nada de ella después de las cinco y cuarto, salvo el WhatsApp que le envió a su amiga una media hora después.
—Así es, jefe.
—Esto no me gusta nada. Pienso en los motivos más plausibles para que la chica no haya vuelto a su casa en una noche como esta y ninguno es bueno. Voy a llamar a Reims. Ivette y Gerard, esperadme en la sala. Vosotros dos volved al puesto de guardia.
La gendarmería de Hirsón dependía orgánica y operativamente de la de Reims. En aquella época, contaba con treinta y un agentes, veintitrés hombres y ocho mujeres, que daban servicio a todo el cantón. Ello suponía unos trescientos kilómetros cuadrados de superficie, gran parte de ella cubierta de bosque. Un agente por cada diez kilómetros cuadrados, como le gustaba decir al comisario a todo aquel que le escuchara. A pesar de su extensión, el cantón de Hirsón era una zona extraordinariamente tranquila. Durante muchos años, venía figurando en los últimos puestos de toda Francia en índice de criminalidad. La mayoría de las denuncias, que eran muy pocas en conjunto, procedían de tipos delictivos bastante singulares, como robo de ganado o caza furtiva.
Ivette y Gerard tomaban café en silencio cuando el comisario, desbordante de energía, irrumpió en la sala. Desde la llegada de Ivette, en la comisaría le habían empezado a apodar el Mecánico. Y es que el día en que Ivette se presentó ante los que iban a ser sus nuevos compañeros en la amplia sala que compartían todos los agentes, recién salida de su entrevista de bienvenida con el comisario, simuló que se abanicaba el sofoco y pronunció unas palabras que ya eran parte de la historia de la gendarmería: «¡Qué hombre, es como Jason Statham, pero en guapo!».
Al verlo entrar, con el rostro serio y la mandíbula en tensión, Ivette pensó que se parecía a Statham más que nunca.
—Nada. Menudos gilipollas. Está claro que desde la ciudad todo se ve diferente. Insisten en que esperemos las veinticuatro horas.
—No deberíamos, jefe. Tenemos una chica de dieciséis años desaparecida desde hace más de siete horas. Es de noche, hace frío y está lloviendo.
—Ya, Ivette, pero quién nos dice que no anda por ahí pegándosela con el noviete.
—No parece ese tipo de chica.
—¿La conoces?
—Bueno, no. Pero todo el mundo habla muy bien de ella. Parece muy formalita. Y según sus padres y su amiga, no tiene novio. De los padres no puede uno fiarse mucho, pero de la amiga sí. Lo de las veinticuatro horas está muy bien para las grandes ciudades. Aquí debería ser distinto.
—Pero no lo es. Rigen las mismas reglas aquí que en el barrio chino de Marsella. Es lo que hay.
—Jefe, ¿le importa si hago un par de llamadas?
—¿Qué llamadas? ¿A quién?
—A contactos que tengo. De cuando estaba en París.
—¿Para qué?
—Pues, por ejemplo, para no tener que esperar a mañana o pasado a que la compañía telefónica nos mande el informe con la geolocalización del móvil.
—¿Te darían esa información?
—Casi seguro, jefe. Si llamo ahora mismo, podemos tenerla en menos de una hora.
—Haz lo que creas conveniente. Pero deja muy claro que todavía no es una investigación oficial. Y, aunque la tengamos, habrá que acordarse de pedirla oficialmente, no vayamos a cometer algún error de procedimiento. No creo que esto acabe siendo un caso serio, pero no vaya a ser.
—Por supuesto, jefe. Me pongo una alarma en el móvil.
Gerard sacudió la cabeza sonriendo. No había nadie que se resistiera a Ivette. Y aquello valía tanto para el comandante como para quien quiera que fuera el pobre tipo al que la agente iba a engatusar para saltarse el procedimiento. Tipo que muy probablemente estaría durmiendo y que podía meterse en un buen lío en una época en la que las compañías telefónicas se cuidaban muy mucho de contar con todas las seguridades y garantías antes de poner en manos de la policía información que afectara a la privacidad de sus clientes. No tanto por su interés por proteger esa privacidad como por su temor a las multas por incumplir la ley de protección de datos.
Media hora más tarde, la impresora escupía tres páginas con el logo de France Telecom. Cada página contenía unas cincuenta líneas de datos formateados. En el interín, una Ivette multitarea había encontrado tiempo para llamar a los Boutteville para decirles que continuaban buscando y que en cuanto tuvieran noticias les llamarían.
France Telecom era la compañía con la que estaba contratado el teléfono móvil de la desaparecida. Se abalanzaron sobre las páginas que Ivette hojeaba a toda prisa, buscando la última línea. El último registro correspondía a las 17:46 y la ubicaba en Any-Martin-Rieux, una aldea cercana al este de Watigny, lindante con el extremo occidental del parque nacional de las Ardenas. Según se indicaba en la parte derecha de la hoja, en la columna de observaciones, se trataba de una localización por poste celular, por lo que la precisión era tan solo de unos centenares de metros. Aquello hacía suponer que el móvil no tenía activada la geolocalización por GPS, que hubiera permitido conocer la ubicación exacta con tan solo unos pocos metros de error.
—Eso significa que al salir del centro juvenil fue en la dirección contraria a la de su casa. Y que el móvil dejó de funcionar a los tres minutos de poner el WhatsApp a su amiga.
—Abre Google Earth —dijo el comisario, dirigiéndose a Gerard.
—Voy, jefe —el agente se sentó frente a la pantalla y abrió la aplicación.
—Busca la casa de la profesora. Valérie nosecuántos.
Gerard tecleó la dirección de la calle en la ventana que aparecía en la parte superior izquierda de la pantalla. La imagen se expandió, como si estuvieran a bordo de una nave espacial en pleno aterrizaje.
—Aquí está.
—Ahora busca Any-Martin-Rieux.
Con la ruedecita del ratón, Gerard redujo la escala de la imagen hasta que el pueblecito apareció por la parte derecha de la pantalla.
—Planta una chincheta sobre la casa de la profesora y mide la distancia hasta Any-Martin-Rieux. Por carretera.
Con mucha destreza, Gerard fue moviendo el puntero y activando el medidor de distancias con el botón izquierdo del ratón, siguiendo la línea de la carretera.
—Tres kilómetros y medio, aproximadamente. Hasta el punto más cercano de Any-Martin-Rieux.
—Es mucha distancia. Si salió de casa de la profesora a eso de las cinco y cuarto, significa que se movió, como poco, a unos siete kilómetros por hora. Mucho para ir andando. O fue corriendo, al menos en parte, o alguien la llevó en coche.
—O en moto.
—O quizás tenía una bicicleta.
—¿Tenía una bicicleta?
—No, que sepamos. Ni los padres ni la profesora dijeron nada de una bicicleta.
—Hay que averiguarlo. ¿Quiénes están de retén?
—Pascal y Martin.
—¿Qué Martin?
—Allard.
—Llamadles. Que estén aquí en menos de una hora. Quiero a las dos patrullas barriendo toda la zona hasta que la encontréis. Y dadme novedades cada hora. Al móvil. Por WhatsApp. Estaré en casa. Si no aparece, a las siete y media volvéis aquí para organizar una búsqueda más seria. Es más, ahora mismo voy a poner un WhatsApp a todos diciendo que estén aquí mañana a las ocho. Si luego hay que anularlo, mejor.
—¿Preguntamos por las casas?
—No, es muy tarde. Eso lo dejamos para mañana. Limitaos a recorrer las carreteras. Incluid pistas y caminos forestales. Será mejor que cojáis los Land Rover.
—Vamos, Jerry —dijo Ivette alegremente, dirigiéndose a su compañero—. Hoy nos toca pasar la noche juntos. Tu novia se va a poner bien contenta.
Ivette hizo una fotocopia de la fotografía de Michelle y sus dos amigas y rodeó con un trazo grueso de rotulador fluorescente la figura de la chica. Abrió uno de los archivadores de la sala y cogió dos tabletas. Se puso el anorak, se despidió de los dos agentes de guardia y salió con su compañero al aparcamiento. Llovía con más intensidad que antes y había empezado a soplar viento. Ivette protegió la fotocopia y las tabletas bajo su anorak para evitar que se mojaran.
—Menuda nochecita. Conduce tú, yo ya estoy bien servida por hoy.
—Creía que te encantaba conducir el Land Rover.
—Y me encanta, pero ahora mismo no me apetece nada. Y así voy haciendo otras cosas.
Abrió la puerta del otro Land Rover y dejó la fotocopia y una de las tablets en el asiento del copiloto.
—¿A dónde vamos?
—Eso es lo que quiero ver. He cogido las tabletas para eso. Déjame primero que llame a Martin y Pascal.
Martin Allard contestó al tercer tono.
—Martin, soy Ivette. Ha desaparecido una chica. El jefe quiere que empecemos a buscarla.
—¿Ahora?
—Sí. Nosotros ya llevamos buscándola desde las nueve. Salimos ahora de la gendarmería para reanudar la búsqueda. Nos llevamos el Land Rover viejo. Avisa a Pascal y cogéis el otro. Os he dejado una foto de la chica y una tableta en el asiento del copiloto. Cuando estéis listos, me avisas por radio y os doy más información. Daos prisa.
A la 01:42, Pascal activaba la radio para decir que salían.
—Muy bien. Enciende la tableta y sincronízala con la mía. Tenemos que barrer la zona entre Watigny y Any-Martin-Rieux y los alrededores. Os he marcado la zona que tenéis que mirar vosotros. Solo patrullamos. No visitamos las casas.
—Entendido.
—La chica se llama Michelle Boutteville. Es alta. Metro setenta y tres. Rubia. Lleva un anorak rojo, vaqueros rotos y botas militares negras. No se sabe nada de ella desde las cinco y pico. Por su móvil, sabemos que a las 17:45 estaba en Any-Martin-Rieux. El móvil lleva apagado desde entonces.
—Copiado. Vamos para allá.
Cada hora, Ivette escribía un WhatsApp al comandante. Los mensajes de las dos y de las tres fueron respondidos al instante con un «OK». A partir de las cuatro, el doble clic no cambió a color azul. Seguía lloviendo intensamente.
Durante la primera hora, Ivette y Gerard habían discutido sobre modelos de teléfono móvil, lo que de alguna manera los había llevado a debatir sobre series de televisión. De ahí, sin saber muy bien cómo, la polémica había derivado hacia las virtudes y miserias de Donald Trump. Gerard sentía una fuerte aversión por el presidente de los Estados Unidos y quedó muy sorprendido al saber que Ivette también en esto le llevaba la contraria.
—No digo que me guste. Es solamente que creo que es un político que cumple su palabra. Y eso para mí es muy importante. Y fíjate en la economía. Están aplicando sus recetas y están repuntando.
—Pero ¿qué me dices de su negacionismo del cambio climático? ¿O de su política de inmigración? Porque lo del muro con México no hay por dónde cogerlo. Y encima pretende que lo paguen ellos. Es racista, machista, intolerante y fanático. ¿Cómo es posible que alguien así no te resulte repugnante? Sin hablar de su egolatría, su soberbia y su narcisismo.
—Como todos los políticos. O ¿qué te crees? Dime un político que no sea ególatra, soberbio y narcisista. ¿No te das cuenta de que solamente gente así puede llegar al poder? A los humildes, a los honestos y a los desinteresados se los carga el sistema por el camino. Los tipos como Trump, o Putin y hasta Macron son la especie dominante, los depredadores. Además, yo creo que la imagen que nos llega de Trump está distorsionada por los medios franceses, como pasó antes con George Bush. Si fuera realmente así, no lo hubiera votado tanta gente.
—Te recuerdo que sacó menos votos que Hilary. Y que los troles rusos tuvieron que emplearse a fondo.
—Ay, no me empieces otra vez con los rusos y tus teorías de la conspiración, anda. Al llegar al cruce, tuerce a la derecha. Vamos a meternos por las pistas.
Con el paso de las horas, su ánimo se fue apagando. Hacía rato que los dos agentes mantenían silencio. Gerard conducía con la cabeza pensando en otras cosas, mientras Ivette luchaba contra el sueño, adormilada por el rítmico sonido del limpiaparabrisas y el traqueteo del vehículo. Sentía algo de cargo de conciencia por haber defendido a Trump. En realidad, le gustaba más bien poco. No sabía muy bien por qué, pero le encantaba llevarle la contraria a Gerard. En realidad, a Gerard y a todo el mundo. No conseguía ni entender ni dominar aquel rasgo de su carácter que la acompañaba desde la adolescencia. Por enésima vez pensó que en algún momento tendría que hacérselo mirar.
A las cinco, Ivette relevó a Gerard al volante. Los dos pegaron un respingo cuando a las cinco y media el vozarrón de Martin saltaba del altavoz para informar entre blasfemias que habían tenido un pinchazo.
Una hora y cuarto después, empezaba a amanecer. El cielo aparecía completamente nublado. Para entonces, el viento había amainado y la intensa lluvia había dado paso a una llovizna intermitente. A las siete y media, Ivette comunicaba que volvían a la gendarmería. Los dos vehículos llegaban casi a la vez al aparcamiento un cuarto de hora después, tras casi siete horas de búsqueda absolutamente infructuosa. A pesar de haber circulado a muy baja velocidad, entre las dos patrullas habían recorrido el equivalente a la distancia entre París y Brest, y había tramos por los que llegaron a pasar hasta seis veces, según registraba la aplicación de las tabletas.
Ivette subió de dos en dos las escaleras, sorteó las mesas de la sala común, en la que ya estaban algunos de sus compañeros más madrugadores, y le dio la novedad al comandante. La agente tenía las mejillas sonrosadas, aparentaba una total frescura y presentaba un aspecto que hubiera sido completamente impecable si no fuera por algunas guedejas rebeldes que habían escapado a la férrea tiranía de su coletero. André se preguntaba cómo era posible que la agente tuviera aquel aspecto tan lozano tras toda una noche entera de patrulla.
—Bien. Llama a los padres y comunícaselo. Diles que seguimos buscando. Seguramente me pase por su casa a una hora razonable. Lo decidiré según vayan yendo las cosas. Ah, y pregúntales lo de la bicicleta. Después, los cuatro os vais a casa.
—Yo prefiero quedarme, jefe. Me doy una duchita, me tomo un café y sigo.
—Como veas, pero manda a Gerard y a los otros dos a casa.
—Entendido, jefe.
—Gracias, Ivette.
Dupont sonrió a la joven y no pudo evitar echarle una mirada admirativa a su trasero mientras se daba la vuelta para salir del despacho.
Desde la noche anterior, la noticia de la desaparición de Michelle había ido propagándose de casa en casa, por lo que a aquellas horas la gran mayoría de los habitantes de Watigny conocía ya la noticia a través del boca a boca.
Veinte minutos más tarde, una refrescada Ivette regresaba al despacho del comandante.
—Jefe, he hablado con la madre. No tienen ninguna noticia. La chica tiene una bicicleta, que usa con cierta frecuencia, pero que sigue en casa. He aprovechado para preguntarle también si su hija se relaciona con alguien que viva en Any-Martin-Rieux. Cree que no, aunque no está segura. Conoce a la mayoría de sus amistades, porque casi todos son de su clase y ella ha sido su profesora, pero no recuerda a nadie que viva por allí. Como la noté muy angustiada, le he dicho que se pasará usted por allí a media mañana. No sé si he hecho bien.
—Has hecho bien. Reúne a la gente, vamos a darle un arreón a esto.
Cinco minutos más tarde, el comandante tomaba la voz en la sala común. Mientras hablaba, se fueron incorporando algunos agentes que habían visto con retraso el WhatsApp que el comandante había puesto de madrugada.
—Atendedme todos. Siento haberos hecho venir un domingo, pero creo que las circunstancias lo merecen. Ayer noche recibimos un aviso de que una chica de dieciséis años, Michelle Boutteville, salió de la casa dónde vive con sus padres en Watigny a eso de las cuatro y cuarto de la tarde y no ha vuelto todavía. El aviso nos llegó a eso de las nueve. Hemos averiguado que estuvo en el centro juvenil de Watigny hasta las cinco y cuarto aproximadamente, con su instructora de ajedrez, y que a las 17:43 envió un WhatsApp a una amiga suya. Su móvil se apagó unos minutos después. La última localización se produjo en los alrededores de Any-Martin-Rieux. Como sabéis, hasta las nueve de esta noche no se puede iniciar la búsqueda oficial, pero no vamos a esperar hasta entonces. Prefiero que nos pasemos a que nos arrepintamos luego de haber perdido estas preciosas horas. Esta noche, dos patrullas han estado recorriendo toda la zona, sin mucho éxito. Quiero que, desde este momento, este asunto sea nuestra única prioridad. Dejad todo lo que estéis haciendo y dedicaos a esto por completo. Voy a hablar con el alcalde para organizar patrullas de voluntarios —se volvió entonces hacia su capitán—. Marcel, quiero dos grupos de diez agentes cada uno. Uno va a ir casa por casa, a ver si obtenemos algo. Déjame libres a los informáticos, los puedo necesitar aquí. Ivette, encárgate de hacer copias de la foto de la chica e incluye todos los datos descriptivos que se te ocurran. Haz copias para todos.
—¿En color, jefe? —respondió Ivette, provocando la carcajada general. De todos era conocida la obsesión del comandante por ahorrar al máximo folios y cartuchos de tinta.
—En color. Tiramos la casa por la ventana. Bien, el otro grupo se va a encargar de dirigir al grupo de voluntarios. Hay que peinar todo, especialmente los bosques. Vamos a hacerlo de forma metódica y organizada, no quiero que nos quede ni un centímetro cuadrado por revisar. Como si buscarais champiñones. Y preparad ya las comunicaciones. Vamos a usar todos el canal 8, cifrado. No quiero que se nos meta ningún gracioso a jodernos, que alguno lo intentará. A la prensa, de momento, no le decimos nada. Seguro que la local se entera pronto. Cuando llegue el momento, veremos qué les contamos. Eso es todo. ¿Alguna pregunta?
Nadie rompió el silencio.
—Bien. Muchas gracias. Al trabajo.
La partida del comandante dio paso a una intensa actividad. El capitán escogió a los integrantes del primer grupo, que puso a las órdenes del jefe adjunto Marchand. Tras equiparse, partieron hacia el aparcamiento donde se distribuyeron en tres de los coches y las dos motos. El segundo grupo se mantuvo en la sala, a la espera de iniciar su actividad, que aún podía demorarse varias horas.
El comandante volvió a su despacho y preparó una lista con todos los pasos que habría que dar en cuanto se cumplieran las veinticuatro horas de la denuncia. Su experiencia en la brigada de estupefacientes le había enseñado que el adelantarse a los acontecimientos era la clave del éxito policial. En la lista figuraba lo siguiente:
Informar a la cadena de mando.
Solicitar oficialmente a France Telecom los registros del teléfono móvil.
Solicitar a Reims autorización para acceder a las grabaciones de las cámaras de videovigilancia dependientes de la Jefatura Provincial de Tráfico.
Solicitar a París la clave de acceso al registro del PDCV.
Revisar el ordenador portátil, la tableta y demás dispositivos con acceso a Internet que pudiera tener Michelle.
Informar a la policía belga.
Habilitar teléfono de colaboración ciudadana.
¿Prensa?
En principio, se trataba de un simple caso de desaparición, por lo que lo más probable es que la investigación siguiera a su cargo en tanto no ocurriera nada que llevara a recalificarlo de otra manera, como pudiera ser una solicitud de rescate o el hallazgo del cuerpo.
Repasó la lista. Parecía estar todo lo razonable. De hecho, se había excedido, pues era muy improbable que, en un estado tan incipiente y sin evidencia alguna que apuntara en esa dirección, le concedieran la autorización para acceder al PDCV, siglas del Programme de Détention des Criminels Violents (Programa de Detención de Criminales Violentos). Pero nada perdía con intentarlo. Lo mismo sonaba la flauta.
El PDCV era la versión francesa del ViCAP1, el programa creado en 1985 por Pierce Brooks para el FBI. La idea de Brooks, que había germinado durante su etapa como detective de homicidios en Los Ángeles, se fundamentaba en su convicción, sustentada en su experiencia, de que los crímenes violentos cometidos por un mismo individuo podían vincularse entre sí por sus aspectos característicos, como el modus operandi o la tipología de las víctimas. Inicialmente, el programa se diseñó para rastrear y correlacionar información sobre delitos violentos, especialmente asesinatos, y muy pronto dio pruebas su eficacia, proporcionando al FBI varios sonados éxitos en muy poco tiempo. Su utilidad mayor se demostró en la persecución de asesinos en serie, cada vez más frecuentes en aquellas latitudes. El programa recibió el espaldarazo definitivo tras la detención en 1996 de William Taylor, el trágicamente famoso Destripador de Arkansas, al que se le atribuyeron dieciséis asesinatos de prostitutas en el plazo de dos años y medio, y en cuya identificación el ViCAP tuvo un papel determinante. A partir de ese momento, su empleo se extendió rápidamente a otras agencias policiales estatales y locales.
Lo más valioso del programa, obviamente, era la base de datos de la que bebía. El proceso inicial de volcado de todos los datos disponibles en los archivos del FBI duró meses y, a partir de ese momento, todo investigador responsable de un caso que se ajustara a la tipología de crimen violento estaba obligado a completar unos complicados y extensos formularios. Se rumoreaba que la base de datos elaborada por el FBI almacenaba ya varios terabytes de información estructurada, extraída de cientos de miles de casos de agresión sexual, homicidios, secuestros y desapariciones, tanto si habían sido resueltos como si no. A medida que había ido evolucionando, se habían incluido más y más campos, para poder analizar con el mayor detalle posible características como la tipología física de las víctimas, todo tipo de aspectos relativos al modus operandi, como horarios, territorio de actuación, o las armas utilizadas.
La versión francesa había empezado a funcionar en 1994. En esa época, el índice de delitos violentos en suelo francés había ido multiplicándose de forma exponencial, creando una gran preocupación en la sociedad. Aquello convirtió la lucha contra el crimen en asunto político preferente, lo que se tradujo en un sensible aumento de los presupuestos policiales. Una pequeña parte de ese incremento se empleó en potenciar el PDCV. En 2008, se incorporó a la base de datos información sobre domiciliación de criminales condenados. La inclusión de este aspecto se consideró esencial y plenamente justificada cuando las estadísticas demostraron que un 62 por ciento de los delitos violentos eran cometidos por exconvictos o por convictos durante el disfrute de permisos carcelarios. Sin embargo, la entrada en servicio de esta esperada mejora se vio muy pronto envuelta en un gran escándalo. Y es que, en sus orígenes, el acceso al programa estuvo muy poco limitado, lo que posibilitó que muchos agentes pudieran hacer consultas a su antojo y sin control alguno. Durante unas semanas, miles de agentes tuvieron acceso libre a la base de datos y muchos de ellos aprovecharon la circunstancia para lanzar búsquedas a fin de localizar entre sus vecinos posibles agresores, violadores o asesinos que hubieran cumplido condena o que gozaran de algún privilegio penitenciario que les permitiera pasar tiempo fuera de prisión. Con tan amplia muestra, no fue raro que alguno llegara hasta encontrarse con la desagradable sorpresa de localizar en la base de datos a su vecino de enfrente. Decenas de pederastas, violadores y homicidas, que trataban de pasar desapercibidos tras el cumplimiento de sus condenas, se vieron de repente expuestos al escarnio y linchamiento público. En su mayor parte, los desenmascaramientos se saldaron con insultos, amenazas y pintadas en puertas y paredes de sus domicilios; pero también hubo agresiones y hasta palizas brutales que provocaron lesiones irreversibles. El escándalo consiguiente provocó que el acceso al programa se restringiera enormemente, restricción que se endureció aún más con el paso de los años a causa de las presiones de grupos de izquierda defensores de los derechos civiles. Ahora, cada solicitud de acceso debía elevarse a través de la cadena de mando y estar muy sólidamente justificada. Pasada esa criba, era sometida a un cuidadoso escrutinio antes de aprobarse. En el caso de haber superado todos los obstáculos, proceso que podía alargarse más allá de una semana, el solicitante era agraciado con unas credenciales de acceso temporales, que debía de renovar una y otra vez si la investigación se prolongaba, y que solamente le permitían acceder a determinada información.
El comandante miró su reloj. Las nueve y cuarto. Le parecía demasiado temprano para ir a visitar a los Boutteville. También era pronto para llamar al alcalde, que era bien sabido que nunca llegaba a su despacho antes de las diez. Ávido por empezar a actuar con todos los medios a su alcance, Dupont tenía la sensación de que el tiempo transcurría con una lentitud desesperante.
Ivette volvió a asomar a la puerta. Llevaba las páginas con los registros de France Telecom en la mano.
—Jefe, he encontrado una cosa extraña.
—Pasa. ¿Qué es?
Se acercó a la mesa, sobre la que colocó los papeles de forma que el comandante pudiera leerlos del derecho.
—Mire, el móvil tuvo activado el GPS hasta las 17:32. A partir de ese momento ya no hay más datos hasta las 17:43, seguramente coincidiendo con la entrada del WhatsApp de su amiga.
—Eso quiere decir que desconectó el GPS en algún momento entre las 17:32 y las 17:43. ¿Por qué lo haría?
—A lo mejor tenía poca batería. Puede que activara el modo de ahorro, que entre otras cosas desconecta el GPS.
—Puede ser. No te olvides de anotarlo en la crónica. Por cierto, ¿habéis abierto el fichero en el Share Point?
—Lo acabo de hacer. Estaba terminando de introducir la información cuando me di cuenta de esto. He volcado también el recorrido de las patrullas de anoche.
—Perfecto. Gracias, Ivette.
El comandante Dupont había instaurado un modo de trabajo colaborativo basado en la aplicación ofimática Share Point. La herramienta colaborativa permitía que los agentes implicados en un caso compartieran toda la información disponible sin excesivo retraso y facilitaba el seguimiento y control de la actividad y de los avances en la investigación. Al mismo tiempo, servía de repositorio y facilitaba mucho los relevos en las investigaciones, la elaboración de informes y su archivo. Lo triste era que, desde la implantación del sistema hasta la fecha, el caso estrella había sido el del robo de la vaca, que Gerard había resuelto más por suerte que por pericia y a cuya resolución ningún mérito podía atribuirse al Share Point. Aun así, el comandante insistía una y otra vez, por nimio que fuera el caso, en que lo utilizaran.
A las diez, el comandante llamó al alcalde. Jules Bonfils había ocupado el cargo casi en la misma época en la que Dupont aterrizó en Hirsón y era un hombre bastante peculiar. Con un aspecto que recordaba la estampa del general Custer en Little Bighorn, se definía a sí mismo como «normando, honrado y leninista». Nacido en Brest en 1959, durante su juventud trabajó como estibador en El Havre y más tarde en la fábrica Renault de Dieppe. Las circunstancias que habían llevado a un estibador portuario desde la Bretaña hasta a la alcaldía de una pequeña localidad de la Alta Francia eran muy singulares. En los primeros años de su etapa laboral, trabajo y música ocupaban la mayor parte de su tiempo. Había aprendido a tocar la gaita escocesa de manera autodidacta y se unió a una banda local en la que tocaba los fines de semana. Pero la cosa cambiaría cuando uno de sus mejores amigos sufrió un gravísimo accidente laboral en la cadena de montaje de la fábrica de Dieppe, a unos metros de dónde él se encontraba. Bonfils se convirtió de la noche a la mañana en el cabecilla de una huelga, en protesta por las pésimas condiciones de seguridad. Bajo su férrea dirección, los trabajadores mantuvieron su pulso contra la todopoderosa compañía, imperturbables ante las fortísimas presiones a las que estaban siendo sometidos, logrando con su ejemplo que la protesta se extendiera a otras factorías de la Renault en Francia, España y Rumanía. Jules tenía entonces veintinueve años y su nombre empezó a sonar con fuerza en los ambientes sindicales, en los que desarrolló una intensa actividad durante los años siguientes, sin abandonar nunca del todo su pasión por la gaita escocesa.
En el año 1999, recién cumplidos los cuarenta, Bonfils contrajo matrimonio civil con Camille Lacroix, una joven activista de izquierdas que provenía de una familia de la alta burguesía. La pareja tuvo un niño dos años después. Tras un parto muy complicado, se detectó que el bebé sufría una rara enfermedad congénita. Tras varios años de tratamientos infructuosos, decidieron poner el caso en manos del doctor Uphold, un controvertido especialista que había logrado algunos éxitos con un tratamiento revolucionario y que regentaba una pequeña clínica en Laon, población situada unos cuarenta kilómetros al noroeste de Reims. En pocos meses, el niño experimentó una gran mejoría, pero el tratamiento exigía una continuidad muy prolongada para tener efectos permanentes. En la primavera del año 2007, el matrimonio decidió trasladarse a Hirsón, localidad en la que los padres de ella poseían una pequeña finca semiabandonada y que estaba a escasos veinte kilómetros de la clínica en la que el pequeño Giles recibía tratamiento tres días por semana.
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