Читать книгу: «Dame un respiro»

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Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2020 Clara Núñez Vergara
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Dame un respiro, n.º 285 - diciembre 2020
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Dreamstime.com y shutterstock.
I.S.B.N.: 978-84-1375-011-8
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Agradecimientos
Si te ha gustado este libro…
A mi madre, Maxi, por estar siempre ahí
y pensar que un libro era el mejor regalo que podía hacerme.
Capítulo 1
Viernes
Creí que la llamada sería de mi amiga Sharon. Por eso corrí hacia la cocina como si la vida me fuera en ello. Pero no.
—Ah… Eres tú.
—¡Vaya! Sí que te alegras de escuchar a tu madre.
—No, mamá, es que…
Eché una mirada rápida a las escaleras que conducían al piso de arriba. Entre el baño y yo había un asunto pendiente. Y no era algo de tipo intestinal o menstrual, sino más crucial.
Eran las nueve de la mañana de un viernes. Para mi madre era socialmente aceptable llamar a la gente, sobre todo a su única hija soltera.
—¡Feliz cumpleaños, cariño!
—Gracias, mamá.
—He reservado un especial para madre e hija en un spa que han abierto en Oxford Street. Ahora ya tienes que empezar a cuidarte. En cuanto te descuides tendrás las tetas en el ombligo…
Enrollé los dedos en el cable del teléfono, ansiosa, escuchando sus ya gastados consejos sobre comida, ropa y aparatos para hacer gimnasia, que había visto anunciados en la teletienda. Su discurso se centró sobre todo en una licuadora.
—Las hay en varios colores. ¡Son una monada! La hija de Christie Bradford tiene una y todas las mañanas se hace un batido energético antes de ir a correr. Hace tres kilómetros todos los días.
—Mamá, de veras, no necesito una licuadora. Sabes de sobra que solo tomo té por las mañanas.
—… Y han traído unos modelos preciosos en la sección de ropa deportiva. El fucsia siempre te ha favorecido, te compraré un conjunto.
Yo sabía que lo haría y que el lunes lo tendría en casa junto con una nota suya escrita con letra pulcra y elegante. Pero con mi madre era incapaz de mantener una conversación. Tenía su propio discurso interno. Hablaba y hablaba sin parar y varias veces tenía que despegar el teléfono de mi cansada oreja, igual que hacía cuando tenía veinte años y me llamaba tres veces al día a la residencia de la facultad.
Cuando volví a acercar el auricular…
—… Pasas demasiado tiempo sentada, Olivia. Debes hacer más ejercicio. Ya sabes que las Bennet siempre hemos retenido líquidos.
Ella soñaba con presumir de hija. Ya que tenía un puesto más que respetable en la universidad, lo menos que podía hacer era vestir de forma decente. Pero yo siempre iba con un suéter oscuro, falda larga y mis sempiternas botas de estilo cowboy. Eso cuando iba arreglada, si no, vaqueros, camisas anchas y algún collar étnico como complemento. Lo que intentaba decirme con toda esa retahíla sobre ropa y licuadoras último modelo era “¡Arréglate esos pelos y búscate un hombre!”.
—Cielo, sé que de pequeña estabas gordita. Pero ahora tienes un cuerpo muy bonito. ¡No hay necesidad de que lo escondas bajo esa ropa tan ancha y oscura!
Cinco minutos más tarde mamá andaba diciendo:
—Cariño, solo faltan dos semanas para Nochebuena. ¡Tenemos que ir a Debenhams antes de que se lleven los mejores vestidos! ¿No pensarás ir a la cena de Los Hardy con ese vestido negro otra vez?
A través de la ventana vi a Colin Jefferson, mi vecino, sacando a sus perros: Sherlock y Watson. Me saludó sabiendo que estaba hablando con mi madre. Le devolví el saludo con una sonrisa que decía “¡sácame de aquí!”, y se rio. Al cabo de cinco minutos apareció Eugenia Thompson a fumar un cigarrillo en el balcón. Su novio pensaba que lo había dejado, pero no era cierto. También me saludó.
Todos los días era el mismo ritual. Ya se veían las típicas escenas de un nuevo día en Notting Hill. Los autobuses rojos circulando por Bayswater Road, una nanny hablando en castellano con sus niños de camino a Hyde Park, y algún que otro deportivo pasando a toda velocidad por las zonas residenciales. Incluso supuse que ya habría algún taxista haciendo la paradita de turno y meando entre los setos de los bellos jardines privados de Notting Hill. Una escena que echa por tierra la idea de rectitud y elegancia de Inglaterra. Así como el estercolero en el que se convierte este barrio tras el Carnaval de agosto. Pero a pesar de todo, me encanta vivir aquí. Oír por las mañanas a las gaviotas sobrevolando las buhardillas y cruzarme en mis paseos nocturnos con algún que otro zorro urbano. Algo que suele verse aquí, en Londres.
Empezó a lloviznar. Me acerqué más al radiador, donde Darcy, mi gato, dormía plácidamente en su cesta.
—¿Vas a venir a Surrey este fin de semana? Pensaba hacer una tarta e invitar a Betty y a Harry. Siempre me preguntan por ti, sobre todo su hijo Jerry —dijo con entusiasmo.
Deseaba emparejarme con Jerry desde que tenía quince años. Jerry Hardy era un niño grande. Trabajaba en un banco, era mofletudo, quejica, se vestía como un vendedor de biblias y era la persona más aburrida de todo el universo conocido. Pero su familia tenía dinero, y eso le convertía en un gran partido.
—Mamá, este fin de semana es el Festival de las Letras de la Universidad. Os envié las invitaciones hace un mes.
Pedirle a mi madre que estuviera sentada durante dos horas oyendo poesía o discursos pedantes sobre “¿Por qué escribo?” era como pedirle que se comiera su propio dedo gordo del pie. Hasta yo reconocía que era un coñazo, y eso que estaba obligada a ir, pues era la directora del Departamento de Literatura.
Escuché a mi madre vocear por la ventana.
—¡Edward! ¿Dónde pusiste esos sobres raros que llegaron hace un mes?
Mi padre estaría en el huerto, como siempre a estas horas.
Al cabo de un minuto mi madre se puso de nuevo al teléfono.
—Tu padre dice que los tiró, que pensaba que era publicidad del banco. Ya sabes que odia los bancos.
—No importa. Podéis venir igualmente —dije con voz cansada.
—Pero tan precipitado… No tengo nada elegante que ponerme. El vestido negro de encaje está en la tintorería, el traje azul cielo lo está arreglando Katherine. ¡Y los demás conjuntos no me pegan con ninguno de los sombreros que tengo!
—Madre, no vas a Ascot. Puedes ponerte cualquier cosa.
—¡De ningún modo! ¿Qué pensaría la gente? Bueno, ya veré como lo arreglo. Le pediré a Betty que me preste algo, pero tu padre…
—Mamá, deja que papá se ponga lo que quiera, ¿vale? No le vuelvas loco.
Mi padre apenas pisaba la ciudad de Londres, y menos aún se vestía con ropa elegante. Le encantaba leer junto a la chimenea y trabajar en su huerto. Decía que Surrey era su pequeño cielo en la Tierra.
—Supongo que saldrás esta noche a celebrar tu cumpleaños con tus amigos…
—Mamá, no voy a salir esta noche, puedes estar segura. —Aunque Dios sabía que deseaba beberme una botella de Martini entera, sin respirar ni nada.
—Ya, bueno… Adiós, hija, y feliz cumpleaños. Más tarde te llama tu padre.
—Adiós, mamá, y gracias por llamar. Saluda a papá.
Nada más colgar subí las escaleras, pero despacio, esperando que ocurriera un milagro hasta llegar arriba. Llevaba puesta una bata horrorosa de color fucsia y llena de lazos —regalo de mi madre— a la que yo llamaba “la bata del nido del cuco”, porque con ella puesta parecía una loca de manicomio.
No era el atuendo más indicado para un momento tan vital como este, así que me quité la bata, me cepillé el pelo y abrí la puerta del baño como en las películas de miedo, lentamente y aterrorizada. Y allí estaba, mirándome desde el lavabo. Cerré los ojos al coger aquel diabólico chisme. Respiré hondo y volví a abrirlos. Allí estaban: las dos rayitas rosas que indicaban que estaba embarazada, por primera vez y con cuarenta años recién cumplidos.
Cuando tenía dieciséis años veía mi vida de adulta con total claridad. Pero rara vez las cosas salen como una las ha imaginado. Yo lo tenía todo planeado. Hice lo que se esperaba de mí: sacar buenas notas, ir a la universidad, tener una pareja estable y casarme. Y pensé que a los treinta ya estaría establecida, con hijos, un marido inteligente y maduro y una bonita casa. En definitiva, que sería feliz. Pero aquí estoy, con cuarenta años y mi vida patas arriba.
Algunos podrán decir que soy una melodramática, que tengo muchas cosas por las que dar gracias. Mi amiga Sharon me lo dice siempre, envuelta en su habitual nube de humo. Pero entonces, ¿por qué soy incapaz de superar el pasado? Soy como esos hámsteres que dan vueltas y vueltas en su ruedecita de plástico. Parece que se mueven, que avanzan, pero en realidad siempre están en el mismo sitio.
Pensé que llevaba las riendas de mi vida. Supongo que todos lo pensamos, ¿no? Creemos que porque tenemos la libertad de escoger qué marca de leche comprar o qué canales contratar en televisión controlamos nuestra vida. Entonces, sucede algo que no esperas y toda tu vida se desmorona en un instante. Tu mente no es capaz de asimilarlo y revives cada escena de tu vida a cámara lenta, en blanco y negro y con música jazz, como si fuera una película de Woody Allen. Intentando averiguar en qué justo momento la cagaste. Porque está claro que es tu culpa y algo has tenido que hacer mal. Y hasta que resuelvas ese enigma jamás dejarás de torturarte.
Dos años han pasado ya y sigo sin superar mi divorcio. Es patético, lo sé. Sobre todo, para alguien que tiene un doctorado en Literatura Victoriana. Y ahora, vuelve a suceder de nuevo. Otro giro brusco en mi vida al que yo no he dado mi bendición. Un embarazo. Supongo que por eso soy escritora, ya que no puedo controlar mi vida, al menos controlo la de mis personajes. Y si quiero un final feliz, solo tengo que escribirlo.
Capítulo 2
Sharon cruzó medio Londres en diez minutos con su escarabajo naranja, entre improperios de conductores y sirenas de policía que pudo esquivar como una auténtica Ángel de Charlie. Era una conductora temeraria pero eficaz. Tocó el timbre de mi casa a las diez en punto de la mañana. Preparó el té por mí, y trajo mis galletas favoritas en una parada exprés que hizo en Marks and Spencer.
Yo estaba sentada en el sofá, mirando la prueba de embarazo, en estado catatónico.
—¡Por el amor de Dios, Olivia, tira eso a la basura de una vez! Tiene pis…
Al no reaccionar, ella lo hizo por mí y vio que en el cubo de la basura había tres pruebas más. La basura estaba a rebosar, y apestaba. Algo inusual en mi impoluto hogar. Sharon sacó la putrefacta bolsa de basura al patio y puso una bolsa nueva en el cubo.
—Van dos en cada caja. Son cuatro. Cuatro es muy seguro, Sharon.
Me tapé la cara con ambas manos.
—¿Por qué me tiene que pasar esto a mí, Sharon? Justo ahora que empezaba a levantar cabeza. ¿Por qué no consigo tener un poco de paz en esta vida?
Sharon sacó un cigarro y suspiró.
—Aún es pronto para que el humo moleste al… feto, bebé, ¿no? Será como una alubia, más o menos.
Yo me eché a reír por culpa de los nervios.
—Puedes fumar, Sharon. No vas a matarme ni a mí ni a la alubia.
Mi amiga encendió el cigarro y dio una fuerte calada mientras yo le pasaba el cenicero, que solo usaba ella, y que además había sido un regalo para mí, o para ella en tal caso, ya que yo no fumaba.
—No habrás vuelto a acostarte con Daniel, ¿verdad?
La sutileza en momentos delicados no era su fuerte. Sharon sabía que estaba prohibido decir aquel nombre en mi presencia. Las heridas aún eran recientes. Habían pasado ya dos años, pero yo seguía de luto.
—¿Con Daniel? ¿Crees que he perdido la chaveta, Sharon? ¡Me engañó con una lactante! ¡Y ahora seguramente están follando en una cabaña de lujo en Tailandia con el dinero que me sacó en el divorcio!
La lactante era Susan, una alumna suya de Derecho a la que Sharon había apodado como Britney Spears, por lo de “virginal calienta braguetas”.
Tras la ruptura Daniel me había llamado una vez para hablar y zanjar las cosas, quedar como amigos. Sharon me previno de que no era buena idea, pero no le hice caso —por esa época yo vivía con ella temporalmente—. Habían pasado dos meses desde la ruptura y me creía ya lo bastante fuerte para enfrentarme a él cara a cara. Pero al tocar el timbre me flaquearon las piernas. Y, por supuesto, tras una civilizada conversación en el salón, con té y pastas como buenos británicos, al final lo hicimos.
La intimidad de haber estado ocho años juntos y el deseo que aún sentíamos el uno por el otro fueron los culpables. Creía que era una despedida por los viejos tiempos, pero se repitió una vez y otra y otra… Siempre había alguna excusa. “Te has dejado unos pendientes aquí”. “El libro de Grandes Esperanzas es tuyo” y cosas por el estilo. Eran encuentros breves y desesperados donde nos quitábamos la ropa en el rellano y hacíamos el amor como si no hubiera mañana. En los últimos meses de nuestro matrimonio había menos sexo que en un monasterio, pero entonces tuve los mayores orgasmos de mi vida, supongo que sabía que iban a ser los últimos. Él había cambiado, era más apasionado y atrevido. Incluso llegué a pensar que volveríamos a estar juntos.
Hasta que un día, después de que él me hiciera un cunnilingus que me dejó en trance cinco minutos, le agarré la cabeza y le miré fijamente. “¿Dónde has aprendido a hacer eso, Daniel Larkin?”. Entonces lo supe. Aquel cambio radical se debía a otra persona, a otra mujer. Su silencio le delató. Le propiné tal puñetazo en la cara que lo tiré de la cama.
Mi marido, el profesor admirado y carismático de Cambridge, engañándome con una alumna. Mi vida era un cliché andante. El divorcio fue una pesadilla. Yo estaba en estado de shock, y mi abogado, Jason Lewis, amigo mío desde la infancia, me apoyó en todo lo que pudo. Pero no era lo bastante bueno para ganar a la vampiresa de Daniel, licenciada en Harvard, que basó su argumentación sobre todo en “la agresión sufrida por mi cliente a manos de la parte contraria”. El puñetazo que bien se merecía.
—No fue culpa tuya —me consoló Sharon—. El muy cabrón tenía una abogada que cobraba quinientas libras la hora, más lista y con las piernas más largas que Ally McBeal. Si hubierais ido a juicio se habría camelado al juez con esas pintas de Lolita. No tenías muchas opciones de ganar la batalla, amiga.
—Lo sé. Pero seguía enamorada de él y no fui lo bastante dura. Debí ser más egoísta y haber ido a por él con toda la munición. Pero soy una cobarde.
—Si hubieras hecho eso no serías tú, Olivia. Eres más buena que el pan.
—¿Eso es un halago o un insulto?
Sharon sonrió, me dio un beso en la mejilla y apoyó su cabeza en mi hombro. Las dos éramos hijas únicas, así que Sharon era como mi hermana. O más que mi hermana, porque normalmente las hermanas se llevan a matar, o si no, en el fondo sienten celos la una de la otra y siempre hay una competencia silenciosa entre ambas. Sharon y yo no teníamos ese problema. Por eso jamás discutíamos. Al menos no de verdad, solo pequeñeces sin importancia. Como cuando ella se pasaba media hora metida en los probadores de las tiendas mientras yo la esperaba aburrida y muerta de hambre o cuando conducía como una loca por la ciudad y yo le reñía diciendo que iba a conseguir matarnos a las dos. Pero nada más.
—No vas a decirme quién es el padre, ¿verdad?
—Colin, mi vecino de enfrente —respondí con una amplia sonrisa.
—De acuerdo, ya me callo.
Colin tenía setenta y dos años. Era viudo desde hacía poco y todos sus hijos vivían fuera de Londres. Los dos teníamos el corazón roto, aunque por distintos motivos. Él solía arreglarme los desperfectos de la casa y yo le ayudaba con las bolsas de la compra o iba a la farmacia a por su medicación.
Me sentía culpable por no sincerarme con Sharon. Era mi mejor amiga y aun así no sabía nada de lo que llevaba ocurriendo en mi vida sentimental desde hacía varios meses. Siempre quise contárselo, pero aquel idilio era tan perfecto que no quería gafarlo, y cuanto más tiempo pasaba más culpable me sentía por no contárselo, así que al final no le dije nada. Supongo que pensaba que aquella aventura, o lo que fuera, no podía durar, porque no tenía sentido que ÉL sintiera algo por mí. De todas formas, no tenía excusa, porque Sharon jamás me juzgaría, aunque el padre de la criatura bastarda fuera el mismísimo obispo de Canterbury.
—Lo siento, no quiero atosigarte, Oli. Es tu vida, no la mía. Ya sabes que soy un poco bruta.
Sharon sirvió el té y trajo una bandeja con las galletas de Marks and Spencer.
—¿No será un alumno tuyo?
—¡Sharon!
—¿Qué pasa? Uno de ellos va a mi clase de Antropología y no está nada mal… Ese bomboncito pelirrojo que se sienta en primera fila.
El bomboncito pelirrojo era Jimmy Donovan. El rarito de la clase. Veintiún años, tímido, brillante, y con un talento innato para la escritura. Estaba segura de que llegaría lejos. Ya veía a Sharon coqueteando con él en la recepción de mañana. Claro que Sharon coqueteaba con todo el mundo, fuera hombre o mujer.
—Lo siento, lo siento… —dijo mi amiga al ver mi cara—. Es que no sabía que… ha sido toda una sorpresa… entiéndeme.
—¿Que me acostaba con alguien? ¡Pues sí! ¡Me acuesto con alguien o me acostaba! Da igual, porque ya se ha acabado —refunfuñé en voz baja.
—Y apuesto a que le has dejado tú, ¿verdad? Joder, Oli… —dijo, mientras engullía otra delicia de chocolate y naranja.
Mi amiga me leía como un libro abierto.
Yo casi no hacía vida social. Entre la universidad y la escritura apenas tenía tiempo de conocer hombres. Mi reciente divorcio me había dejado bastante tocada. Durante meses los hombres fueron para mí como plantas o farolas, apenas les prestaba atención, solo para no chocar con ellos por la calle. Hasta que apareció él, tan cortés, tan tierno… En definitiva, tan distinto al ególatra de Daniel.
Sharon iba a adivinarlo. Siempre que yo salía de marcha iba con ella. Si hubiera conocido a alguien ella lo sabría. Y el único sitio donde yo podía conocer hombres era en el trabajo.
—¡Es alguien de la universidad! —exclamó.
Me levanté en el acto y fui a la cocina a fregar los platos de la noche anterior. Mi casa estaba hecha una pocilga. Hasta Sharon se había dado cuenta, ya que yo era una maniática del orden y la limpieza. Sacó unas bragas mías de debajo de su trasero y las dejó en el suelo con la nariz arrugada.
—Tu asistenta tiene el día libre, por lo que veo…
—No estoy para ironías, Sharon.
Pero tenía razón. En mi baño la ropa sucia se amontonaba en el bidé y había platos con restos de comida y vasos por toda la casa.
Apreté con fuerza el estropajo imaginando que era la cara de Daniel.
—¡Se acabó! ¡No pienso decirte nada! Daniel, El Innombrable a partir de ahora, es tema tabú. ¿Estamos? Tengo demasiadas cosas en la cabeza.
—De acuerdo. Pero no lo pagues con los platos de porcelana ¿quieres? Fueron el regalo de bodas que os hizo mi madre.
La fulminé con una mirada de Medusa.
Como decía, la sutileza no iba con Sharon.
Aun así, había sido mi mejor amiga desde que éramos unas crías. Ella era de Lacock, un bucólico pueblecito del condado rural de Wiltshire. Cuando Diana, su madre, se quedó embarazada con tan solo dieciséis años —un auténtico bombazo en los setenta en un pueblo de tan solo mil habitantes—, se trajo a Sharon con ella a Londres al cumplir la mayoría de edad. No por lo que dijeran de ella, eso le traía sin cuidado. Era valiente y podía defenderse de cualquiera. De hecho, la mayoría de la gente la temía y no tenía muchos pretendientes a pesar de que era inteligente y muy hermosa. Los hombres la evitaban por ser madre soltera, las mujeres, por celos, y la gente mayor, por llevar escrito en la frente: “oveja descarriada”.
Se marchó de Lacock porque siempre había odiado aquel pueblo y no quería criar a su pequeña Sharon en ese ambiente tan mezquino.
Diana Fielding era joven y ansiaba el ambiente burbujeante de una gran ciudad. ¡Incluso podría probar suerte como actriz! Su gran sueño. Pero Diana y su hija tardaron un tiempo en encontrar su sitio. Londres, Liverpool, Birmingham…
Tras muchos empleos temporales, rupturas amorosas y decepciones en numerosos cástines, Diana olvidó su gran sueño y pensó en lo mejor para su hija de tres años. Sharon necesitaba un hogar estable. Las dos lo necesitaban. La seguridad y tranquilidad de un ambiente rural era lo mejor para las dos. Pero no volvería a Lacock. Empezaron de nuevo en un pueblo del condado de Surrey, donde yo vivía con mis padres.
Diana empezó a trabajar de limpiadora en el colegio donde yo iba. Algunos niños se metían con ella porque su madre era la que limpiaba los váteres y vaciaba las papeleras; menos los adolescentes que estaban enamorados en secreto de aquella joven de sensual melena rojiza que su hija había heredado junto con su carácter tempestuoso. Pero cada vez que algún niño se burlaba de ella por la profesión “indigna” de su madre, ella se peleaba con uñas y dientes con quien hiciera falta. En una de esas peleas nos conocimos, cuando yo intentaba separarla de Brandon Farrelly, el mayor bruto de todo Reino Unido, ladrón de bocadillos, bufón de la clase y terror personal de la directora, la dulce señorita Grey.
A pesar de tener ambas la misma edad Sharon siempre pareció mayor que yo. A los trece ya se había desarrollado y se hizo muy popular entre el género masculino; lo cual la agradó e incluso dejó que algún chico palpara sus pequeños pechos como melocotones —por supuesto, sin quitarse el sujetador—. Siempre llegaba tarde a su casa por hacer travesuras con su nuevo novio en los vestuarios del colegio. Pero por desgracia para ellos, aquellos momentos de lascivia adolescente duraron poco, pues cuando Sharon cumplió quince años descubrió que la razón por la que compraba la Cosmopolitan no era por los profundos reportajes sobre “Cómo conquistar a un Sagitario” sino por las seductoras fotos de Kate Winslet o Julia Roberts.
Un día pasó en bicicleta por un colegio religioso de chicas e intentó convencer a su madre de que se había vuelto católica y que quería estudiar en Santa Ana. Pero Diana —que, a pesar de ser atea, no tenía problemas con que su hija fuera católica, budista o titiritera— le dijo que no podía permitirse pagar aquel colegio, así que Sharon tuvo que resignarse, hasta que en la universidad conocer chicas ya no fue un problema.
Tuvo muchas relaciones, unas más serias que otras. Enlazaba una novia con otra y faltaba mucho a clase por culpa de las peleas bíblicas con la novia de turno. Mientras, yo me pasaba horas estudiando en el cuarto de la residencia de Oxford hasta las dos de la madrugada, cuando ella llegaba entusiasmada con una nueva conquista.
—Mañana tenemos examen de Historia del Arte, lo sabes, ¿verdad?
—A quién puede preocuparle el David existiendo una diosa como Emma Potter… Estoy enamorada —decía tumbándose en la cama.
—¿Otra vez? —le respondía yo—. Creía que ya lo estabas la semana pasada, de Amanda Ferguson.
—¡Esa es historia!
* * *
Cuando terminé de fregar los platos, Sharon había acabado con todas las existencias de la caja de galletas.
—Lo siento —dijo señalando las últimas tres galletas que quedaban en la caja—. Tengo una resaca de campeonato. Anoche fui a un concierto y luego estuve en un local nuevo de Shoreditch con Jason y sus compañeros del bufete. Solo te diré tres palabras: cadenas, cuero y jaulas.
—Muy interesante… No te pierdes una, ¿eh?
—“Hasta que el cuerpo aguante”. Ese es mi lema, ya lo sabes.
Yo lo sabía, y todo Londres lo sabía.
Sharon iba con una minifalda vaquera, pese a que estábamos en pleno diciembre. Y siempre llevaba collares y pulseritas de colores. Prácticamente se vestía con la misma ropa que cuando teníamos veinte años. De hecho, como era tan delgada todavía le cabían sus antiguas prendas. Hoy se había puesto una camiseta con la portada del disco Like a Virgin, de Madonna. Su cantante favorita y amor platónico.
—¿Cómo le va a Ingrid en su nuevo trabajo?
Quería por todos los medios cambiar de tema, y aunque me dolía admitirlo, ansiaba que se marchara ya para poder regodearme en mi miseria, a solas y sin público.
—Bien. Está decorando la casa de una cantante de jazz que acaba de comprarse un loft en Camden.
Ingrid Larsson era la novia de Sharon y amiga mía también. Era sueca, rubia, alta y esbelta como una vikinga. Irónicamente se había educado en el colegio católico de Santa Ana. Así que Sharon solía decir que siempre estuvieron destinadas a encontrarse. Eran la pareja perfecta. Ingrid era pulcra, ordenada y discreta, y enseguida se sintió atraída por el temperamento espontáneo y el cabello rojizo e indómito de Sharon. Eran inseparables.
Darcy se acercó a Sharon enrollándose entre sus piernas. Ella lo cogió y lo acarició. Yo seguía fregando la torre de Pisa del fregadero.
—¿Por qué te has vuelto tan reservada, Oli? Antes no eras así. Bueno, siempre has sido bastante comedida, pero soy tu mejor amiga. ¿Ya no confías en mí? ¿He hecho algo que te haya molestado?
—No has hecho nada, Sharon.
Intenté calmarme y pensar que dentro de poco estaría sola en mi apartamento con Darcy y ella se habría ido. No quería enfadarme con Sharon, pero llevaba diez días durmiendo cuatro horas desde que tuve el retraso en el período —nunca se me retrasaba—, comiendo de mala manera y con los nervios de punta. Se me olvidaba cambiarle la arena a Darcy, recoger la ropa de la tintorería e iba a dar clase con combinaciones que rayaban lo horripilante. Por suerte, mis alumnos estaban más concentrados en las ironías del señor Rochester que en mis pantalones rojos y camisa verde pistacho.
—Yo siempre te he contado todos los detalles escabrosos de mi vida sexual… —continuó para hacerme reír.
Me quité el cursi delantal de gatos y flores, regalo de mi madre, y me acerqué a ella. Darcy saltó de su regazo. Podía percibir mi ira a kilómetros.
—Pues tal vez no deberías hacerlo, Sharon. No todos tenemos la necesidad imperiosa de contar nuestras intimidades a todo el mundo como haces tú. Conoces a alguien en un pub y a los cinco minutos ya les has contado cuándo tuviste tu primera regla.
En el mismo instante en que terminé aquella frase me arrepentí. Sharon se levantó del sofá y cogió su bolso de flecos y su llamativo abrigo de pelo sintético de color rosa.
—Tengo que irme. Ingrid me espera para una cena romántica —dijo mientras abría la puerta. Luego se giró—. Perdón, había olvidado que mi vida personal te importa un pimiento.
Y cerró de un portazo.
Mi amiga era tan despreocupada que a veces olvidaba que tenía sentimientos. La había ofendido. Me odiaba a mí misma. Estuve a punto de salir corriendo tras ella, pero no lo hice. “Mañana le haré un plum cake y se lo llevaré a primera hora”. Y con ello, olvidé el tema.
A pesar de que no era ni mediodía abrí una botella de vino blanco y me serví una copa. La miré durante unos segundos y finalmente tiré el contenido al fregadero. Aún no había decidido lo que iba a hacer con… bueno… con la alubia, como la había llamado Sharon.
Intenté escribir, pero no pude. Seis años atrás había publicado una novela de gran éxito, El pelo de la Barbie no crece. Mi primera y única novela hasta la fecha. Unas memorias adolescentes más o menos autobiográficas que habían sido número uno en las críticas del Times y The Guardian, y sorprendentemente para mí había sido un gran éxito de ventas tanto en el público joven como en el adulto. Lo escribí cuando aún estaba casada. Con las ganancias de los primeros años compré la casa de Notting Hill para Daniel y para mí.
Aquel verano yo paseaba por el barrio después de hacer unas compras. Bajé por Ladbroke Road. Los cantos góspel de la pequeña parroquia que había en la esquina se escuchaban desde la calle. La comunidad que allí se reunía era mayoritariamente negra. Las mujeres se vestían con ropas muy elegantes y coloridas, y por las noches iluminaban la fachada de violeta, dándole un aspecto muy neoyorkino. Más abajo me encontré con un albergue para estudiantes y mochileros, la mayoría jóvenes recién llegados a Londres que vienen a buscarse la vida. Eso era lo más que gustaba de Notting Hill, que vivía mucha gente diversa.
Caminé hasta el final de la calle, donde descubrí el coqueto pub Ladbroke Arms, cuya terraza siempre estaba abarrotada a esas horas —y que más adelante se convirtió en un segundo hogar para mi grupo de amigos— y crucé hasta llegar a una zona muy tranquila de casas elegantes con cuidados jardines y gatos caseros bien alimentados. La calle estaba en pendiente, por lo que aquella exclusiva zona residencial pasaba desapercibida a simple vista. Apenas se oía el ruido del tráfico de Holland Park porque los jardines privados amortiguaban el sonido. Era un pequeño pueblecito en mitad de Londres.
En cuanto vi el letrero de Se vende me enamoré. Una encantadora casa victoriana de tres plantas, con enredaderas, buhardilla y jardín. Hyde Park estaba solo a diez minutos a pie —donde podríamos ir con los niños—, había varias guarderías y la zona comercial estaba muy cerca. ¡Dios mío! ¡Si hasta teníamos una comisaría de policía al lado! Concluí que era el sitio ideal para vivir. Entré e hice una oferta al dueño, aunque sabía que era un arrebato que lamentaría al llegar a casa. Era el lugar perfecto para formar una familia. Los niños jugarían en el jardín, yo escribiría en la buhardilla y Daniel podría tener su guarida masculina en el sótano para ver el fútbol con sus amigos. Necesitaba algunas reformas, pero no importaba. En el fondo compré esa casa en un intento desesperado por salvar mi matrimonio. Me aferré a la idea de que un precioso y cálido hogar resolvería los problemas que ya teníamos como pareja.
A Daniel no le sentó nada bien aquella sorpresa. El que yo hubiera pagado la entrada de la casa sin su permiso y con mi dinero era una ofensa para su masculinidad. Pero acabó aceptando a regañadientes. Mientras los obreros hacían las reformas en la casa y arreglaban tuberías y goteras, las auténticas goteras de mi matrimonio crecían, hasta que la casa quedó perfecta y mi matrimonio en ruinas.
Cuando una relación no funciona, no funciona. Aunque te vayas de viaje a París o compres una casa de cuento de hadas.
Pero es muy fácil engañarse a una misma.
Acabé pagando yo sola la hipoteca. Ya que la idea de comprar la casa fue mía, la abogada de Daniel se mostró inflexible en eso. Tras las reformas la casa quedó preciosa y me dio pena ponerla a la venta. Así que acabé mudándome sola allí, sin marido y sin hijos. Con mis plantas, mi máquina de escribir y un armario y una cama de matrimonio demasiado grandes para una soltera.
Desde entonces había intentado escribir varias cosas, pero no terminaba ninguna. Ahora llevaba unas doscientas páginas de una nueva novela que sabía que terminaría abandonando.
Sé que lo de escritora suena muy romántico y bohemio. ¿Qué escritor no ha oído alguna vez “¡A ver cuándo me pasas algo tuyo! ¡Me encantaría leerlo!”? En todos los años que llevo escribiendo no recuerdo una sola vez que alguien se haya leído una sola página de algo que le haya enviado. Bueno, quizás una página. Pero oye, que no pasa nada. Con el tiempo dejas de sentirte herida en tu ego de artista.
Como escribir me daba vértigo decidí limpiar la casa. Restregué con tanto ahínco una mancha de vino tinto del parqué del salón que dejé un círculo más claro que el resto. Por suerte tenía varias alfombras —regalos de mi madre, todas en distintos tonos fucsias— con las que tapar aquel desastre. Esa noche necesitaba tranquilidad por encima de todo. Una lasaña casera y una buena película. Desconectaría el teléfono y me tumbaría en el sofá. Como decía Escarlata O´Hara: “Después de todo, mañana será otro día”.
Capítulo 3
A pesar de que llovía tuve que salir a la calle a comprar los ingredientes para la lasaña. Mi nevera estaba vacía. Solo había medio cartón de leche, dos yogures y un trozo de queso gruyer con pinta sospechosa. En la despensa: un paquete de porridge y un bote de Marmite que compré cuando mis padres me visitaron la primera vez y que jamás había vuelto a abrirse. Mi padre era uno de esos ingleses de pura cepa que siempre se toman una tostada con Marmite por las mañanas. Yo jamás he entendido cómo hay gente a la que le gusta ese engrudo con sabor a alquitrán. Pero los ingleses somos un poco así. Una peculiar mezcla entre lo rancio y tradicional y lo ultramoderno. Y Londres era igual. Pasabas de los rascacielos de La City y jóvenes trajeados a toparte con una viejísima pero entrañable cottage donde un señor de ochenta años cuida su jardín.
Hice una parada en la tienda paquistaní del final de la calle y le compré un par de latitas gourmet a Darcy. Tal y como lo había ignorado durante más de una semana debido a mi constante estado de pánico se merecía los mayores mimos. Aquella iba a ser nuestra noche, los dos solos disfrutando de una sesión larga de manta y la serie de Orgullo y Prejuicio de la BBC, donde rebobinaría doscientas veces para ver a Colin Firth salir empapado del lago.
Agarré las llaves antes de salir de casa y mi segunda reacción fue abrir el cajón de la cómoda del salón y sacar mis guantes y mi gorro de lana de color turquesa. Pero entonces recordé lo que había también en ese cajón y mi estómago se llenó de una especie de líquido espeso y grisáceo, como cemento. Fui a mi dormitorio y agarré otro juego de guantes y gorro que me había comprado mi madre la Navidad anterior. No me gustaban porque eran terriblemente infantiles, con lazos adornados con diamantes de imitación. Pero me los puse a regañadientes.
El primer sentimiento que a uno le viene a la mente cuando le hablan de un divorcio es la tristeza. Pero no es eso. Es algo mucho peor. Es el sentimiento del más absoluto fracaso. Tu mente no puede asimilar que has pasado diez o quince años de tu vida con alguien que estaba destinado a ser un agujero en tu álbum de fotos. Y lo que más te duele es que esa persona forma parte de tu vida, de momentos muy importantes, y los recuerdos no se pueden borrar. Entonces te encuentras frente a un dilema. ¿Era feliz de verdad o era solo una quimera? ¿Viví todos esos años una mentira? ¿Era yo la única enamorada en esa relación? Y lo más corrosivo de todo, la pregunta que se repite en tu cerebro noche tras noche tras noche al meterte en la cama: ¿Cómo pude estar tan ciega? ¿Cómo soy tan lista para unas cosas y tan estúpida para otras?
Lo primero que hice cuando me separé del Innombrable fue algo infantil y universal: tirar todas sus cosas. Estaba atravesando la fase uno: la ira. Pero no solo eso, también decidí deshacerme de todas las cosas que me recordaban a él, que me di cuenta de que eran casi todas. Incluido un feo imán con forma de nutria de una gasolinera que le dieron a Daniel por repostar allí y que yo le robé de la guantera para recordar nuestra primera cita. Yo tenía veintiocho años y él treinta y cuatro. Su aspecto algo descuidado, de chico rebelde, su risa y lengua mordaz me cautivaron enseguida. Daniel era un seductor nato. Pero lo hacía sin descaro, con pequeños detalles, para que casi no te dieras cuenta de que ibas cayendo en sus redes. Y que hubiera puesto sus ojos en mí, teniendo una fila de veinteañeras suspirando por él, le dio un chute a mi autoestima de antigua adolescente gordita.
Aquel día no fuimos a ningún lugar bonito ni romántico. Pero yo estaba tan atontada mirando sus ojos negros que no me importaba ver pandillas de adolescentes pasándose porros o caminar por túneles subterráneos llenos de grafitis, porque Daniel sujetaba mi mano con fuerza. Hice unas cuantas fotografías con mi Polaroid y luego fuimos a por unos kebabs. Los comimos en el coche y Daniel puso una emisora nostálgica para treintañeros. Se quitó la chupa de cuero y me inundó su olor, masculino e intenso. Entonces, me atrajo hacia él. Yo noté la calidez de su cuello y su barba de dos días me hacía cosquillas en la mejilla. Fue el mejor beso que me habían dado en toda mi vida. Y ese fue el momento. Justo ese momento. Dejé de pensar con claridad y todo mi mundo empezó a girar en torno a Daniel Larkin.
Al poco de mudarme a Notting Hill, Sharon me visitaba con regularidad. Tenía miedo de que no me alimentara bien. Siempre venía con exquisiteces de Marks and Spencer y alguna estrafalaria prenda de ropa de Camden para animarme. Ropa que yo jamás me ponía, por supuesto.
Una tarde me tocaba colocar los libros en las estanterías del salón y Sharon me ayudó, sin parar de pedirme libros prestados, cuanto más profundos y gordos, mejor —que nunca se leía, pero yo siempre se los dejaba—. Al cabo de dos horas de trabajo mecánico Sharon sugirió ir a cenar al pub del Soho, con Jason, Ingrid y los demás. En el bolso rosa de peluche llevaba dos libros míos y el hombro derecho se le caía hacia abajo por el peso. Mi amiga era muy menuda y el novelón de dos tomos de Los Miserables pesaba mucho más que ella.
—Oli, sabes que estamos a menos ocho grados, ¿verdad? —me preguntó mi mejor amiga al verme salir sin guantes y sin gorro. Algo que yo jamás haría.
Ella llevaba su minifalda de quinceañera, esta vez una de cuadros escoceses, pero unos gruesos guantes de lana y un gracioso gorro de lana de colores con una borla en la punta.
—¿Y tu gorro y tus guantes? —dijo con esa mirada maternal que últimamente me dedicaba.
—No puedo cogerlos —respondí sin mirarla.
Sharon se cruzó de brazos.
—Están guardados en un cajón que no puedo abrir, ¿de acuerdo?
Mi amiga me miró con interés.
—¿Por qué? ¿Está roto?
—No, simplemente no puedo abrirlo —le respondí entre dientes y a punto de mandarla a hacer puñetas. Pero me obligué a no enfadarme porque me había estado ayudando a quitarles el polvo a los libros toda la tarde de aquel domingo lluvioso en lugar de estar en el sofá con su novia viendo películas bajo la misma manta.
—Entiendo… —dijo con una sonrisa irónica.
Me quité el abrigo y me senté en el sofá. Darcy enseguida apareció, bostezando, intuyendo que yo no me encontraba bien. Sharon se sentó al lado y mi gato se subió sobre ella, buscando atención.
—Hay algo en él que no quiero ver y cada vez que lo abro me hace sentir mal. Es un libro y una pulsera que me regaló Daniel en nuestra luna de miel. Los guardé allí el día de la mudanza y no los he vuelto a sacar. Están dentro de una bolsa, pero aun así no puedo ni mirar la bolsa. Debes pensar que estoy loca.
—Para nada. Tiene mucho sentido —dijo mi amiga encendiendo un cigarro.
La lluvia se hizo más intensa y se veía a varias personas pasar por la calle tapándose con periódicos o refugiándose en los portales. Los domingos lluviosos Daniel y yo solíamos ver películas antiguas y pedir comida china.
Hice un gran esfuerzo por no llorar.
—Sé que debería sacar la bolsa y tirarla o regalarla. Pero el día que la mire y no sienta que me quedo sin aire significará que lo he superado. Es como la prueba de oro definitiva.
Sharon dio una gran calada al cigarro y se cruzó de piernas. Llevaba una pequeña carrera en las medias verdes.
—Yo tiré una aspiradora de cuatrocientas libras. Mi novia por esa época, Carmen, la pintora exheroinómana portuguesa, me acompañó a comprarla cuando vino a Londres a verme, porque yo no entiendo mucho de aparatos, ya lo sabes. La llevó a mi casa en coche. Y esa noche fue la primera noche que… bueno… Ya sabes.
La mirada de mi mejor amiga se perdió en un lugar remoto de su mente. Entonces supe que las relaciones pasadas se superan, pero jamás se olvidan. Yo superaría mi divorcio, pero de vez en cuando el recuerdo del Innombrable me seguiría afectando.
Carmen había sido el primer amor de Sharon. Se conocieron en Italia, cuando Sharon estaba allí estudiando de Erasmus en último curso de Antropología. Carmen era la anfitriona de una rave en una casa de campo, tenía diez años más que Sharon y mucha más experiencia que ella. No era guapa, pero sí muy sensual, de piel morena y cuello esbelto, con el pelito corto y rizado, y nunca llevaba sujetador. Siempre llevaba los labios pintados de rojo, así como las uñas, y un collar de perlas auténticas decoraba su pecho moreno. Fue la primera mujer con la que se acostó. Estaba locamente enamorada de Carmen, tanto, que se mudó a vivir con ella a Roma cuando solo llevaban saliendo un mes. Pero una vez allí la atracción de Carmen hacia ella se esfumó. La dejaba sola muchos días y más que su novia se comportaba como si fueran compañeras de piso. Invitaba a amigos a casa sin avisarla y se comía toda la comida sin comprar más. Sharon se sintió sola y triste en un país que no era el suyo y se maldijo a sí misma por ser tan ingenua. Una noche Carmen se llevó a una chica a casa y le propuso a su novia hacer un trío. Sharon estaba agotada de trabajar en un andrajoso restaurante todo el día y de ocuparse de las tareas domésticas porque Carmen se pasaba el día pintando o de juerga.
—Una mañana me miré al espejo y no reconocí a la persona que tenía delante. Entonces hice la maleta y volví a Inglaterra. Pensé que todas las relaciones serían así. Cuando conocí a Ingrid tenía miedo de dejar de ser yo misma, de volver a pasar por lo mismo, pero la vida con Ingrid es tan sencilla, Oli… Yo soy muy independiente, ya lo sabes. Cuando nos fuimos a vivir juntas pensé que se iría todo a la mierda, pero no fue así. Fue todo tan natural… Ingrid es tan genial… Sé que a veces da miedo con esas pintas de “reina del hielo” que tiene, pero es un encanto, nunca se enfada por nada y tiene pequeños detalles como dejarme pósit con mensajitos por toda la casa o golosinas dentro de mi bolso. Es tan mona.
Le dediqué a mi amiga la mejor sonrisa que encontré.
—Lo siento, Oli. Tú estás fatal por lo de Daniel y yo presumiendo de novia.
—No seas tonta.
Agarré a Sharon de la mano.
—Ayer llené una bolsa de basura entera con cosas que me recordaban a Daniel y las guardé en el trastero. Libros que me regaló, toda la ropa que me puse en nuestras primeras citas, película que vimos juntos, platos y copas en los que él había comido, la manta del sofá y un osito Teddy porque la primera vez que vino a mi piso de soltera lo puso delante de su cara y empezó a poner voces graciosas. Mi madre me dijo “¡Olivia! ¿Han entrado a robar en tu casa?”. Y yo pensé, sí. Me han robado la dignidad y la ilusión de vivir.
Tras unos segundos más de silencio, Sharon se levantó del sofá y me ofreció la mano. Yo casi había olvidado que mi amiga estaba allí.
—Venga, vamos a emborracharnos.
* * *
Ya estaban abiertos los puestos del mercado de Portobello Road y aproveché para comprar naranjas y tomates. Llevaba puesto un feo chubasquero azul oscuro y unas botas de caucho verdes. Mi madre me habría matado al verme de esa guisa, pero la capucha me tapaba el pelo sucio —y el feo gorro fucsia—, lo que me recordó que también debía comprar champú. Además, cuando llueve la gente se fija menos en los demás y yo no tenía ganas de entablar conversación con nadie.
—¿Olivia?
Me giré con tal fuerza al reconocer aquella voz que casi me disloqué el cuello, y tiré varias manzanas del puesto de Mark y Julie, que me disculparon sin problema, pues les compraba tanto género y hablaba tanto con ellos de mi vida que eran prácticamente mis segundos padres.
Henry O´Donnell, profesor de Historia de mi universidad, en mi barrio, a las once de la mañana. Con su cabello azabache, sus gafas de pasta, su chaqueta de pana y su bandolera cruzada, era la imagen andante del típico guaperas intelectual. Solo que él era auténtico, no impostado, como todos esos jóvenes modernos que pululan por el Soho, con gafas sin graduar, pajaritas de colores y patillas al estilo The Beatles. Tenía treinta y dos años. Era de Dublín y prácticamente acababa de aterrizar en Londres.
—Henry, ¿qué haces tú por aquí?
Esto no podía estar pasando…
—Perdido. No encuentro una librería que me han recomendado y necesito el libro para una de mis clases. No paro de dar vueltas y vueltas, se me ha roto el paraguas y encima estoy empapado.
“Pero guapo”, pensé. Yo parecía la superviviente de un naufragio.
—Más de un año viviendo en Londres y sigo perdiéndome por todos sitios. Es muy patético. Pero nunca había vivido en una gran ciudad. Y tengo un pésimo sentido de la orientación.
“Patético no, encantador”, me dije. “¡No lo hagas, ni se te ocurra invitarlo a tu casa con la excusa de un secador y un té caliente, no! ¡No lo hagas, Olivia! Juraste que…”.
—Mi casa está ahí enfrente. Tengo secador y toallas.
Demasiado tarde, allí estaba él, mirándome con sus ojazos verdes, como un cachorrillo, y no pude resistirme.
—Ya sé dónde vives, Olivia —dijo con dulzura. Y me sostuvo la mirada.
Claro que lo sabía. Qué estúpido comentario.
—Pero no quiero molestar. Iré a alguna cafetería y esperaré a que cese la lluvia.
—No es molestia —me apresuré a decir.
Él dudo unos segundos, pero finalmente aceptó.
—De acuerdo.
Sin preguntarme, cogió mis bolsas de la compra y con la otra mano libre abrió su paraguas que, como había dicho, estaba roto.
—Permíteme. Sé que está hecho un asco, pero al menos te cubrirá un poco.
Era el colmo de la galantería, ya que yo llevaba capucha y él no y lo había colocado justo encima de mi cabeza. Nuestros hombros se rozaban y no nos miramos durante todo el camino. Mi casa estaba cerca, menos mal. Al abrir la puerta las llaves se me cayeron al suelo debido a que tenía las manos chorreando. Henry las cogió y me las dio. Al levantarse casi se le caen las gafas al suelo.
—Gracias.
—De nada —dijo con una sonrisa, y se limpió los cristales de las gafas con la camisa. Era tan educado, torpe y bello como Clark Kent, solo que sin poderes ocultos.
Mientras Henry O´Donnell estaba en mi baño secándose el pelo con mi secador puse la tetera a hervir e intenté adecentarme un poco. Me recogí el pelo en una coleta y me puse ropa seca. Coloqué su camisa junto al radiador y asegurándome de que él no salía del baño, la agarré un momento y me perdí en su aroma. Definitivamente, no estaba en mis cabales. Falta de sueño, embarazada —aunque no confirmado por mi ginecóloga, era casi una certeza— y todavía con cicatrices por mi divorcio.
Al cabo de un rato Henry apareció en el salón en camiseta blanca interior, inconsciente de su enorme atractivo. Rápidamente le pasé una manta del sofá. La tentación era demasiado fuerte.
—¿Cómo te va todo? —preguntó, dando un sorbo a la taza de té.
—Bien, mucho trabajo. Además, la nueva novela me tiene ocupada los fines de semana —mentí, apenas escribía.
—Lo sé, ya no vienes por el pub. ¿Me dejarás leerla?
—Por supuesto. Serás el primero en leerla.
Cuando la acabe el próximo siglo…
Henry se inclinó hacia mi lado del sofá y se me paró el corazón pensando que tal vez… quizás…Entonces, se agachó y agarró su bandolera del suelo.
—Por cierto, feliz cumpleaños. —Henry sacó un pequeño paquete rectangular—. Pensaba dártelo en el festival, pero ya que nos hemos encontrado… Si te parece inoportuno o fuera de lugar no tienes por qué abrirlo.
—Es mi primer regalo. Cómo no aceptarlo. Gracias.
Henry me sonrió, un poco avergonzado por el gesto del regalo. A pesar de su carácter serio sabía que por dentro su corazoncito estaba emocionado, aunque no lo expresara.
Abrí el paquete hecha un manojo de nervios. Era una primera edición de El jardín secreto, mi libro favorito de niña, con dibujos originales. Lo había nombrado hace más de un año en el pub y él se había acordado.
—Cielos santo, Henry, ¿dónde lo has encontrado?
—En una antigua librería que hay cerca de Portobello. Lo bueno de perderse por una ciudad es que encuentras rincones llenos de encanto.
Enseguida me vino a la mente una imagen. Henry sentado a los pies de una pequeña cama leyéndole el cuento a una niña, con sus ojos verdes y mi cabello rubio… Emma, o Claire, o tal vez… ¡Para! ¡Para!
—¿Cómo pudiste acordarte?
—Te conozco —dijo sin sonar presuntuoso.
Agachó la cabeza, y noté que se había sonrojado. Entonces me miró.
—Sé que no te gusta que te hablen por la mañana, al menos hasta que has tomado tu segunda taza de té. También sé que te gusta darte una ducha bien caliente antes de dormir porque te relaja, que siempre llevas algo de calderilla suelta en los bolsillos del abrigo por si ves a alguien pidiendo en la calle y que el chocolate hace que te salga un pequeño sarpullido en la frente.
Rozó mi frente con sus dedos y me estremecí. Todo era cierto. Y sí, anoche me había comido dos Toblerone intentando calmar mi ansiedad. Me levanté del sofá conmocionada. En el patio aún seguía la bolsa de basura que había sacado Sharon con las pruebas de embarazo. Las cuatro. Eran demasiadas emociones para no ser ni medio día.
—Olivia, ¿te encuentras bien?
Me giré temblando.
—Henry, yo… Tengo que decirte algo —mascullé casi sin voz.
—¿Qué sucede? Estás pálida. ¿Llamo a un médico? —Rápidamente sacó su móvil.
—No. Estoy bien, es solo que…
Entonces sonó el teléfono, una vez, y otra y otra hasta que tuve que ir a la cocina.
—¿Diga? —respondí con el corazón desbocado.
—¡Cielo, soy yo!
Sin duda este prometía ser el fin de semana más largo y terrible de toda mi miserable existencia.
—He conseguido el traje de Betty. Claro que ella tiene el trasero del tamaño de Norteamérica… Pero me servirá.
—Es estupendo, mamá. Pero me pillas en un mal momento.
—¡Darcy! Ven aquí, campeón. ¿Cómo te va la vida, granujilla?
Vi como Henry le hacía mimos a mi gato y mi corazón se llenó de ternura.
—Olivia, ¿quién hay en tu casa?
—Nadie.
—Olivia Marie Bennet, ¿hay un hombre en tu casa a estas horas?
—Es Colin. Ha venido a arreglar la ducha.
—Ah, bueno… —dijo decepcionada.
—Mamá, tengo que dejarte. Henry, digo, Colin, necesita que le ayude con el… destornillador.
Escuché una risita ahogada de Henry.
Volví a sentarme en el sofá.
—Nunca has arreglado una ducha, ¿verdad? —me preguntó.
—No. De hecho, ni siquiera tengo destornillador. Por eso siempre llamo a Colin, mi vecino, cuando se estropea algo. A veces son tonterías, cosas que podría arreglar yo misma. No sale mucho de casa desde que murió su esposa. Solemos tomar un té, ponemos verde al primer ministro y cosas así…
—Suena bien.
—Sí, es muy inteligente y divertido, te caería bien.
—Bueno, ya me lo presentarás algún día.
—Claro —dije sin mucha convicción.
Hubo unos segundos de incómodo silencio.
—Por cierto… ¿Qué querías decirme antes?
—¿Qué? —Me puse roja como un tomate.
—Antes. Decías que tenías que decirme o preguntarme algo. Parecía importante.
—Ah… sí, nada, solo quería saber si mañana ibas a llevar acompañante a la recepción.
—¿Te refieres como pareja?
—Supongo.
Henry jugueteó con la taza de té y miró hacia el suelo.
—No lo sé. Es posible. ¿Y tú?
—Puede que vaya con un amigo —dije con fingida despreocupación.
—Ah, pues ya nos veremos allí entonces —contestó de forma cordial.
Eso era lo que siempre me había puesto nerviosa de nuestra relación, que la mayor parte del tiempo Henry era tan rematadamente formal que muchas veces era incapaz de saber qué pensaba o sentía. Sobre todo, qué sentía. Por mí.
Yo era escritora y para mí las palabras eran algo muy importante en mi vida. Y con Henry O´Donnell le di demasiada importancia a las palabras y acabé fijándome más en lo que no me expresaba verbalmente que en lo que siempre me demostró con su comportamiento. Pero ahora ya era demasiado tarde. Porque cuando por fin obtuve palabras, no supe estar a la altura.
Y ahí quedó todo. Permanecimos en silencio tomando el té y mirándonos de vez en cuando con una timidez impropia de dos adultos. Los perros de mi vecino ladraron exigiendo su segundo paseo matutino y Henry se levantó.
—Creo que mi camisa ya estará seca.
—Te la traigo.
Mi antiguo amante se puso la camisa y agarró su bandolera de piel marrón. Parecía un estudiante de secundaria. Había ido a visitar a su familia hacía poco a Dublín. Y el par de kilos de más que había conseguido con la buena comida casera le habían sentado muy bien. El cabello le había crecido un poco y algunos mechones de la coronilla los tenía de punta. Tenía un aspecto un poco más desenfadado desde la última vez que nos vimos, más informal.
Me tomé cierta licencia y acerqué mis dedos a su flequillo, apartándolo de la frente hacia un lado. Algo que siempre me gustó hacer. Su frente seguía tan suave como la recordaba.
Henry sonrió con cierta timidez.
—Ya me toca cortarlo.
—¿Sigues yendo al mismo peluquero de siempre?
—Sí. Se cambió de barrio, pero sigo yendo al mismo sitio.
Así era Henry O´Donnell, un hombre de costumbres. Organizado, metódico y responsable. Se alimentaba como Dios manda y jamás se le acumulaban facturas sin pagar. Todo lo opuesto a mí, que era el caos personificado. Pero eso es lo que dicen, ¿no? Que los polos opuestos se atraen.
Henry podía tirarse una hora para hacer la compra. Leía con meticulosidad los ingredientes y buscaba en Wikipedia —le encantaba la Wikipedia— cualquier cosa que le hiciera sospechar que el producto no era muy sano. Yo le escuchaba con la misma expresión de una madre ante el recital de poesía de su hijo. Era uno de sus encantos, hipnotizarte con sus palabras, hablara de lo que hablara, fuera Física Cuántica o la perca de río. Otra mujer le habría metido prisa, resoplando y lanzando miradas el reloj. Yo no. Yo lo que hice fue enamorarme de él. Ahí, en mitad del pasillo de los congelados de Waitrose.
Creo que es lo que hacemos todos, ¿no? Enamorarnos de las rarezas del otro. De lo que hace que esa persona sea diferente al resto de los mortales. Yo me enamoré de las rarezas de Henry O´Donnell. Doblaba su ropa con un famoso método japonés, ocupando el mínimo espacio, hablaba consigo mismo en la ducha, y se reía justo antes de quedarse dormido. Ya lo dijo Edgar Allan Poe: “There is not beauty without strangeness”.
—Olivia.
—¿Sí? —Henry estaba tan cerca de mí que noté su dulce y cálido aliento.
—Deberías descansar, se te ve agotada. Y nos espera un intenso fin de semana.
—Lo intentaré.
Henry me dedicó una afectuosa sonrisa antes de marcharse. Noté que quería darme un abrazo, pero se contuvo. Yo tampoco lo intenté. Y mejor así. Mi olor corporal actual no era precisamente el de un bebé recién bañado. No podía permitirme ahora pensar en Henry O´Donnell. Sabía que tarde o temprano tendría que enfrentarme con él. Pero eso sería tras el fin de semana. Estos días necesitaba poner el automático y hacer las cosas que tenía pendientes. El domingo por la noche, cuando acabara toda esta pesadilla, me derrumbaría y me regodearía en todos mis problemas, y aullaría en el sofá como una loba solitaria hasta que Colin tuviera que llamar a Scotland Yard. Pero ahora no.
En cuanto se hubo cerrado la puerta me acordé de que tenía que ir a la facultad. ¡Mierda! Había olvidado en mi despacho los relatos de mis alumnos del taller de escritura avanzada. Aún no había leído ninguno y debía escoger cuál de ellos sería el que leería su historia en voz alta en el auditorio principal. Sospeché que sería el de Jimmy Donovan. Pero no sería muy ético por mi parte escoger ese sin leer los demás. Agarré las llaves de mi Mini color turquesa —que había sido mi pequeño y gran capricho postdivorcio del Innombrable— y me puse de nuevo el horrendo chubasquero azul.
La lasaña y la cita con Colin Firth las iba a tener que posponer. Darcy se acurrucó de nuevo junto al radiador y deseé por un momento ser él. Una gatita casera, bien alimentada y querida, sin más preocupaciones que dormir, comer y recibir mimos. ¡Qué complicada era la vida de los humanos! ¿O éramos nosotros quiénes la hacíamos complicada? No lo sabía…
No recordaba dónde había aparcado el Mini y tuve que caminar bastante. Iba con la mirada fija en el suelo, rezando por no cruzarme con nadie. Porque es una verdad universalmente conocida que cuando peor te van las cosas, te encuentras con la persona a la que querrías restregarle tú éxito en la cara. Y siempre vas hecha un adefesio, por supuesto.
—¡Olivia!
Me obligué a levantar la cabeza y sonreír. Este día no podía empeorar… Si no estuviera embarazada fijo que me venía la regla también.
—¿Qué tal, Caitriona? —dije arrastrando las palabras.
—Bien. ¿Y tú?
—Bien, todo bien. ¿Sigues dando clase en la universidad?
—Sí. Ahí sigo, como siempre.
Caitriona Primrose Peters había sido compañera mía en el instituto y durante un tiempo pensé que podríamos llegar a ser amigas. Pero al salir con ella un par de veces cambié de parecer. Sharon la había apodado C.S.I porque hacía más preguntas que los policías de la televisión. Yo la llamaba la Comadreja, por su cuerpo menudo y rotunda cabeza, y ese brillo desquiciado que aparecía en sus ojos cuando estaba frente a una de sus víctimas.
Era una persona muy competitiva y siempre quería enterarse de cómo nos iban las cosas a las demás mujeres de nuestra generación para saber en qué puesto la dejaba eso a ella. En la residencia de la universidad se levantaba a las cinco y media de la mañana —incluidos los domingos— para ir a correr. Traía frita a su compañera de cuarto, estudiante de Medicina, que le suplicó a la directora que por favor sacaran a esa chiflada de su habitación. Y, por supuesto, siempre estaba a dieta. Cuando peor te iban las cosas ella más se alegraba. Para Caitriona Peters llevar una conversación adulta se resumía en interrogar a la otra persona. Era maestra de primaria. Tenía una hermana, más joven, guapa y exitosa que ella, y estaba bastante tocada por este tema. No era mala persona, simplemente porque no era un ser humano. Ingrid decía que era extraterrestre. Durante un tiempo Ingrid bromeó con la hipótesis de que la Comadreja fuera gay, pero Sharon la atajó enseguida:
—¿La Comadreja lesbiana? Imposible. Esa tía es directamente asexual. Ni siquiera ha llegado a la pubertad. Sigue llevando sujetadores deportivos como a los once años y jamás se pone unas bragas sin salva slip. Y sé de lo que hablo. He compartido baño con ella en un viaje.
Caitriona era mucho más bajita que yo y totalmente plana de pecho. Si no fuera por la falda de lana —todas sus prendas eran de lana, las típicas prendas que venden en las tiendas de comercio justo, tipo Intermón Oxfam— podría pasar por un chico de catorce años. Llevaba el pelo muy corto, algo que no le favorecía en absoluto, y se echaba toneladas de maquillaje intentando infructuosamente disimular su acné. Sus pendientes de plata con forma de espiral se movían a un lado y a otro mientras movía la cabeza de forma pizpireta. Su cara siempre era la de una abeja que acaba de aterrizar en el país multicolor de las hadas y los arcoíris. Si no supiera que es imposible, diría que ponía LSD a sus batidos matutinos.
—Alquilaste un estudio en Sheperd´s Bush, ¿no? ¿Sigues allí? —preguntó con suspicacia.
—Notting Hill, en realidad. Compré una casa. Mía del todo —dije triunfal.
¡Chúpate esa!
—¡Excelente! A nuestra edad es mejor ir teniendo una residencia estable. Por lo que pueda pasar.
Caitriona siempre decía “a nuestra edad” como si tuviésemos una prótesis de cadera y siete nietos.
—Pero debe de ser un poquito estresante vivir ahí, ¿no? Tantos turistas y el Carnaval… ¡Yo me volvería loca!
—Para nada. Es de lo más tranquilo —dije desatinadamente.
La Comadreja soltó una risita.
—Mi hermana y su marido acaban de comprarse una casa en Holland Park. Tienen un jardín privado enorme. Una vez hasta les pidieron la casa para grabar un anuncio. Y han reformado una habitación en exclusiva para mí, con baño y todo.
—Debes de estar muy contenta. Me alegro por ti. —Intenté mostrar mi mejor cara de entusiasmo.
Nos guarecimos de la lluvia en el portal de un restaurante. La gente me daba codazos al entrar y salir. El vapor con olor a comino que salía del mostrador donde los transeúntes recogían la comida me estaba empezando a dar náuseas. Me pregunté si ya me estarían asaltando los efectos secundarios del embarazo. Alguien había dejado atado en la puerta a un perrito, que no paraba de ladrar. Estuve tentada de entrar a regañarle a sus dueños, pero me contuve. No quería proporcionarle a la Comadreja más material sobre la loca de Olivia Bennet. Pero Caitriona notó mi preocupación. No se le escapaba una.
—Olivia, no le pasará nada. Es un perro… —comentó con una sonrisa torcida—. Por cierto, no he vuelto a ver ninguna novela tuya en las librerías. ¿Ya no escribes?
Apreté los labios y vi como los ojos le brillaban. La Comadreja llevaba un horrible paraguas de florecillas y mariposas. Observé sus zapatos con hebilla de Camper color mostaza. Era la repera. Llevaba ropa pseudohippy e iba a conciertos de cuerda y mercados medievales, pero cuando veía a alguien pedir por la calle y tú le dabas dinero decía: “Olivia, nos seas ingenua, esta gente no trabaja porque no quiere”.
—Sí, claro que escribo, pero las clases me quitan mucho tiempo.
Una familia india pasó por nuestro lado. El padre iba pegando voces con un paraguas gigante bajo el que se cobijaba toda la familia. La madre me golpeó con cien bolsas de Primark y se disculpó de forma muy respetuosa. Deseaba largarme de allí, pero no quería ser grosera. Claro que a Caitriona no le importaba serlo sometiéndome el tercer grado. Entonces entornó los ojos y puso morritos. El toque de gracia final.
—¿Y qué tal llevas… lo de tu divorcio? —preguntó con carita inocente.
Mi párpado derecho empezó a temblar. Esta era siempre la guinda final. La pregunta incómoda a la que nunca sabía qué responder. Otra persona, alguien mucho más valiente que yo, y con gran dosis de amor propio le habría dicho. “¿Sabes qué, Caitriona? ¿Por qué no te conectas a internet, a uno de esos chats para frikis y perdedores, buscas un tío tan soso y feo como tú y metes tus narices en sus calzoncillos en lugar de meterla en la vida de los demás?”.
Pero no lo hice. Ante todo, yo era una buena chica. Siempre iba a ser una buena chica y era mejor aceptarlo.
—Bien. ¡Entre el trabajo y las novelas apenas tengo tiempo de pensar! —Fingí una risita muy patética.
—Claro… claro… —respondió ella con condescendencia.
Pude ver al lado de su cabeza cómo se dibujaba un gráfico con nombres de mujeres que yo conocía. Olivia Marie Bennet estaba abajo del todo con un enorme cero como una casa y el pósit de una carita triste, indicando que era la mayor perdedora de toda Inglaterra.
—Me alegro de verte, Olivia. Y acostúmbrate a llevar paraguas con este tiempo, mujer. ¡Esto es Londres! Bye, bye! —dijo mirando mi lamentable aspecto y perdiéndose entre la multitud con su horrible paraguas.
¿Cómo es posible que yo, que soy una mujer adulta, inteligente y con un buen empleo, me deje avasallar por esta idiota?
Llena de rabia y avergonzada de mí misma continué mi camino imaginando a Caitriona Primrose Peters devorada por los zombis de The Walking Dead.
Capítulo 4
Un enorme cartel en la entrada de la facultad rezaba: Festival de las Letras 2016. Jane Ormond, la jefa de las limpiadoras, me abrió la puerta y, como buena ama de llaves que había sido en su juventud, no me hizo ninguna pregunta, ni miró descaradamente mi aspecto de refugiada de guerra. Hoy no había clases. Por motivo del festival todo el mundo tenía cosas que preparar. Las chicas de la limpieza estaban colocando mesas redondas donde el domingo pondrían centros de flores, ya que en ellas los escritores invitados firmarían sus ejemplares y los editores charlarían con los alumnos sobre sus manuscritos.
Este año, con motivo del festival, el tradicional árbol navideño había sido decorado con fotos, dibujos, citas y poemas que habían hecho los alumnos de sus autores predilectos. Había quedado muy original. Me sentí tan orgullosa de mis pequeños polluelos… Las hormonas del embarazo y el ambiente navideño hicieron que me emocionara un poco.
Jane Ormond se acercó a mí con gravedad en su rostro y, a pesar de que estábamos solas, me habló en susurros:
—En algunos han escrito cosas indecentes… —dijo en voz baja y mirando a ambos lados.
Me aguanté la risa. Jane era ya toda una institución en la universidad. Llevaba casi toda su vida trabajando aquí. Algunos alumnos la temían y todo el profesorado la respetaba. Seguro que tras su muerte su fantasma seguiría vagando por los pasillos, velando por la respetabilidad y el honor de la universidad.
Traté de calmarla. Le dije que no eran más que bromas inocentes, eran jóvenes y era Navidad. No era para tanto. Pero cuando me marché la vi junto al árbol recolocando algunos adornos y poniendo los pecaminosos bien escondidos.
Simon Curley, el joven jardinero, estaba recortando los setos, con la cabeza rapada bajo un gorro de lana negro, escuchando rap con sus cascos. Me llegó un ligero aroma a marihuana.
—¡Buenas tardes, profesora Bennet! —gritó, quitándose los cascos y esbozando una gran sonrisa.
Lo que daría por una calada… Pero colocarme con Simon en los jardines de la facultad era lo peor que podía hacer en estos momentos. Aunque estaba segura de que él aceptaría encantado, y que incluso me tiraría los tejos, pues lo había hecho en más de una ocasión.
El viejo y eficiente Owen estaba encerando el suelo y me previno antes de que resbalara. Pasé con cuidado por el enorme corredor principal. En las paredes de madera colgaban los retratos de todos y cada uno de los rectores y rectoras de la Universidad desde sus inicios. Había elegantes vitrinas con trofeos, medallas y fotografías de la graduación de los alumnos. Al entrar allí me sentía como en casa. Llegué hasta mi despacho y abrí el cajón donde estaban los relatos de mis alumnos. Eran siete. Fui a la sala de profesores a por un café bien cargado y un sándwich de rosbif de la máquina expendedora. Eran las dos de la tarde y la barriga me hacía ruidos. Ya que no quería comer por mí, al menos tenía que alimentarme por el bien de la alubia.
Me senté en el sillón de mi despacho cerca del enorme radiador y cogí el primer relato. Era de la dulce y preciosa Emily Greenleaf. Escrito en tercera persona cercana, ni una falta de ortografía, y argumentalmente perfecto. Pero carente de emoción. Era como un cóctel de autores que ella idolatraba: Jane Austen, las Brontë, E.M Forster… Y no tenía nada nuevo, nada que lo hiciera especial. La mayoría de los relatos eran iguales, llenos de palabras rimbombantes y frases cultas y profundas pero anodinos. Demasiado intelectuales para mi gusto. Debía ser objetiva y justa, pero estaba demasiado cansada, así que pasé los demás relatos sin mirar ni siquiera el título hasta dar con el nombre de Jimmy Donovan.
Nada más leer la primera frase me enganché. Parecía imposible que alguien como Jimmy hubiera escrito semejante historia, tan recatado, tan silencioso… Era excitante. La escritura era natural, espontánea, y sin esa pedantería que intentaban demostrar la mayoría de los alumnos, con enormes parrafadas llenas de detalles y descripciones innecesarias. Jimmy era auténtico. ¿A quién me recordaba? A mí. A mi primera novela. La que publiqué con treinta y cuatro años.
Tal vez no era perfecto, tal vez si un editor la leyera sacaría miles de fallos, pero apostaría por la historia, porque era honesta, llena de pasión y escrita con humildad, y sobre todo sin autocensura, sin tabúes. Sentí una oleada de celos hacia el joven Jimmy y me puse más nerviosa al pensar que mi talento se había esfumado, que jamás volvería a escribir como antes. Mis días de gloria habían pasado y ahora le tocaba el turno a la juventud. Yo era ya una cuarentona, una antigualla, como esos retratos y trofeos del pasillo llenos de polvo en los que ya nadie se fija. Agarré mi bolso enfurecida conmigo misma, guardé el relato de Jimmy en una carpeta y dejé el resto sin leer en el cajón. Entré al baño de profesoras y me tropecé con Simon. Estaba vaciando las papeleras y escondió el porro en cuanto me vio entrar.
—¿Me das una calada? —pregunté. Mi descaro me sorprendió. Olivia Marie Bennet, “la buena chica”, jamás habría hecho algo así.
Él parecía desconcertado. ¿Era una trampa?
—¿Simon?
—Por supuesto, profesora Bennet, es todo suyo. —Y me lo entregó sin reservas.
Me subí al borde de la ventana mirando los hermosos jardines y le di una calada al porro de Simon. Instantáneamente me sentí más calmada. No fumaba hierba desde los noventa. Luego se lo devolví y él me sonrió. Yo balanceaba las piernas y eché la cabeza hacia atrás, suspirando. Una calada no iba a matar a la alubia. Además, seguramente no lo tendría. ¿Cómo iba a tenerlo? Seguramente acabaría dejándome al bebé olvidado en Tesco o en el metro. Apenas podía cuidar de mí misma, ¿cómo demonios iba a cuidar de otro ser humano? Yo, que había sido el colmo de la perfección, mi vida ahora era un caos. No lo tendré, decidí, y Simon me pasó de nuevo el porro.
—¿Un mal día?
—Empieza a mejorar… —Le dediqué a Simon una sonrisa coqueta.
¿Qué me pasaba? Estaba flirteando con el jardinero de veintisiete años. ¡Con Simon! Simon, que aún jugaba a la Nintendo y creía que El Quijote era un cantante de flamenco.
—Esto es muy surrealista. Usted aquí en el baño, compartiendo un peta conmigo.
—No me llames de usted, me hace sentir vieja. Llámame Olivia.
—No tiene nada de vieja. Perdón, no tienes nada de vieja, Olivia…
Uy, uy, uy…
Dejé el porro sobre el borde de la ventana y eché el pestillo del baño. Simon me levantó la falda hasta las caderas. Yo estaba mareada y excitada por el consumo de droga, pero quería hacerlo. Necesitaba hacerlo. Simon no paraba de suspirar y decir mi nombre.
—Joder, Olivia, llevo años fantaseando con este momento… Eres tan sexy.
Al menos no puedo quedarme embarazada porque ya lo estoy, pensé. Parecía que él estaba en el limbo. Me sentía poderosa, deseada. Necesitaba recuperar mi autoestima, aunque fuera durante cinco minutos. No esperaba que durara más. Él subió las manos por mis muslos y me acarició el pubis suavemente. Pero yo no necesitaba tantos preliminares, así que le aparté la mano.
—¿Tienes un condón? —dije de manera lacónica.
Él sacó un preservativo de sus apretados vaqueros y se lo puso en dos segundos. Me quité el suéter y el sujetador, mostrando mis generosos y turgentes pechos, que lo dejaron con la boca abierta. Los acarició y me mordió ligeramente los pezones, que se pusieron duros como rocas. Aún era atractiva. Aún podía excitar a un hombre. Daniel me había dejado por una lactante, pero yo aún atraía a hombres jóvenes y atractivos.
Ya no recordaba lo que era acostarse con un veinteañero. Estaban obsesionados con los pechos, pero no le paré. Entonces le agarré la nuca y aplasté su miembro erecto contra mi pubis. Él comprendió. Me pegó contra la pared, clavé mis manos en su culito de acero y me penetró lentamente sin apartar los ojos de mí. No paraba de decir “¿te gusta? ¿Te gusta?” como si yo fuera a ponerle nota final: aprobado, bien, notable… Le tapé la boca con las manos y él aumentó el movimiento mientras hundía la cara en mis pechos. Notaba cómo se esforzaba para durar lo máximo posible. Me acarició suavemente el clítoris con los dedos. Estaba segura de que lo había leído en alguna revista femenina… Pero funcionó. Dos veces.
Al final los dos nos dejamos caer al suelo agotados y sudorosos y nos terminamos el porro en silencio.
—Ha sido alucinante —dijo, y me besó en los labios y en el cuello, donde me había dejado alguna marca.
Bueno, alucinante no era la palabra más indicada, pero era justo lo que necesitaba, descargar toda esa ira, nervios y estrés acumulado. ¿No era eso lo que hacían los hombres? ¡Pues por qué no iba a hacerlo yo! Un polvo salvaje con un jovencito en un baño público.
—¿Volveré a verte? —preguntó.
—Supongo, trabajamos en el mismo sitio.
Me vestí y salí del baño. Él parecía orgulloso de su hazaña, pero yo sabía que no diría nada de aquel encuentro. Nadie le iba a creer.
—Ha sido un placer —dije, mientras agarraba mi bolso.
—Cuando quieras —contestó.
Salí de la facultad sin creerme lo que acababa de suceder. Eso no era propio de mí. Para nada.
Subí al coche y puse la calefacción a tope. En la calle estaba helando, y había una fina capa de escarcha en las ventanas de mi Mini. Apoyé la cabeza en el volante. Todo me daba vueltas. Arranqué y fui a casa. Al llegar me di una ducha caliente, le di de comer a Darcy y descongelé un trozo de pavo relleno que comí frente al televisor sin enterarme de lo que veía. Hacían una maratón de capítulos repetidos de EastEnders en Channel 4. Pero todo eran sonidos y colores sin sentido para mí. De repente, mis ojos se nublaron y todo se amontonó en mi cabeza: el festival, la discusión con Sharon, la Comadreja, Henry, la alubia, Daniel, el polvo con Simon, otra vez Henry, otra vez la alubia…Y todo ello envuelto en una nube turbia por la marihuana que aún permanecía en mi cuerpo. Ya no aguanté más y caí rendida en el sofá como si pesara trescientos kilos. No eran ni las cuatro de la tarde cuando me sumí en un sueño muy muy profundo.
Capítulo 5
Sábado
Cuando desperté ya era de día. Había hilillos de baba en mi cara y en el cojín. Darcy estaba a mi lado, despierto. Los primeros y tenues rayos de sol asomaban por el balcón. Miré el reloj de la cocina. Eran las seis y media de la mañana. Me reincorporé con sumo cuidado, pues tenía miedo de romperme en pedacitos. Pero estaba entera, descansada y espabilada. Había dormido catorce horas de un tirón. Una horrenda melodía empezó a sonar en el salón. ¿Era real o estaba en mi cabeza? ¿Qué era eso? Entonces lo vi. Sobre la mesita estaba mi móvil parpadeando, con una foto de mi madre. (Ella misma la había puesto en mi móvil junto con esa cursi melodía para que yo supiera que era ella). Me había enviado un wasap. Cogí mi móvil con pereza. Eran seis fotografías, todas ellas de licuadoras de distintos colores y solo una frase: “¡Buenos días, cariño! ¿Cuál de ellas prefieres?”. Y una carita sonriente.
Desde que mi madre tenía móvil nuevo no paraba de enviarme fotos, dibujos y demás bobadas de internet. Yo era una reacia a la tecnología, un dinosaurio. Escribía a máquina y solo usaba el ordenador que tenía en mi despacho. En casa no tenía ninguno. Durante nuestro matrimonio Daniel me compró un carísimo portátil Mac por mi cumpleaños, pero al final terminó siendo su portátil. Esa era una de las cosas que más me molestaban de él, su manía de intentar cambiar mi manera de ser. De intentar perfeccionarme, hasta ser la mujer que él quería.
Tras contestarle a mi madre: “Elige tú”, me di una larga ducha y me obligué a ingerir un buen desayuno: fruta, tostadas con mantequilla, café, salchichas y huevos. Llevaba días sin apenas probar bocado y comportándome como una lunática, pero eso iba a cambiar. Tenía muchas cosas que solucionar en mi vida, pero lo primero era lo primero: debía arreglar las cosas con Sharon. Luego me ocuparía de lo demás.
Creo que con las redes sociales las relaciones se han vuelto más frágiles y superficiales. No intento pontificar, solo trato de dar mi visión de las cosas. Yo crecí en los noventa y sobreviví sin internet y sin móvil. Por esa época jugábamos a ¿beso, atrevimiento o verdad?, veíamos películas de River Phoenix en los sótanos de casa mientras comíamos Lacasitos y escribíamos cartas de amor con sobres perfumados a los chicos que nos gustaban. Y creíamos que lo más guay era tener una Barbie o una Nintendo, no un iPhone 8. A veces me gustaría volver a esa época. Las cosas eran mucho más sencillas. No éramos tan cabrones con los demás. La mayoría llevábamos pintas de pardillos en el instituto y no teníamos un duro. Y eso creaba una especia de hermandad. Ahora parece que todo el mundo compite para ver quién tiene la casa más grande y el mejor trabajo. Hacemos publicidad de nuestra maravillosa vida en las redes sociales. Todos suben fotos a Instagram de sus viajes a Nueva York y Tailandia… Las familias discuten por dinero y política porque ahora todo el mundo opina sobre todo. ¡Es tan fácil! Solo tienes que meterte a internet y escribir cualquier chorrada que se te pase por la cabeza. Y ya está, ya has contribuido al bien de la humanidad sin levantar el culo del sofá. A mí personalmente me resulta agotador. Siempre he sido una persona de círculo social reducido. Me encanta la intimidad de mi hogar y odio que se metan en mi vida privada. No tengo Twitter ni Instagram ni Facebook. No juzgo a las personas que lo tienen. Simplemente yo no le veo el atractivo a poner cada mañana una foto de un plato con huevos y salchichas, porque no veo que sea de importancia nacional mi desayuno. Y tampoco me importa lo que desayune Robert Downey Jr. por mucho que me gusten sus películas.
Como dije antes, soy de círculo social reducido. Sharon, Ingrid y Jason son mis mejores amigos, porque han estado a mi lado, en las duras y en las maduras. Eso no significa que no tenga más amistades, pero son amistades de ji ji ja ja, como yo las llamo, amigos con los que tomarte un par de pintas y echarte unas risas, pero si tienes una emergencia, como necesitar cien libras para pagar facturas pendientes o que te lleven a urgencias en coche, no marco sus números de teléfono.
Cuando me casé con Daniel ya no veía a Sharon, Ingrid y Jason con tanta frecuencia, y eso me hizo sentirme aislada y triste. Daniel no conectaba con mis amigos. Sharon y él se llevaban a matar. Daniel es Tory, y para mi amiga eso era peor que ser un cura pederasta. Ingrid le tenía manía porque siempre le miraba el culo y las tetas y Jason por su parte se sentía como una cucaracha a su lado por ser un abogado de oficio que vive en un apartamento de un dormitorio y que compra los trajes de marca en tiendas outlet. Así que tras un par de cenas y una comida bastante incómoda dejé de intentar juntarlos a los cuatro en el mismo pack. Los cumpleaños y las Navidades eran una pesadilla. Mientras mis amigos salían por ahí de fiesta y jugaban al strip poker y al Twister en casa de Jason, yo estaba de pie en un enorme salón escuchando a Vivaldi, con una copa de champán y rodeada de desconocidos. Daniel siempre acababa pasando de mí y yo terminaba sentada en un sofá con tres mujeres vestidas de Chanel intentando fingir que me importaba lo que decían sobre los mejores hoteles de Dubái.
En esa época fue cuando me di cuenta de que podía ser feliz sin tener pareja, pero jamás sería feliz sin amigos.
La primera bronca que tuvimos Daniel y yo fue por el tema del dinero. Antes de ser una diseñadora de interiores conocida en Londres Ingrid trabajaba para una empresa de muebles y objetos pijos de decoración, pero siempre quiso tener su propia empresa y dejó el trabajo. Hasta que hizo contactos pasó una mala racha económica. Nadie la contrataba porque no era conocida a pesar de cobrar poco por sus honorarios y tener un gusto exquisito. Tenía muchas facturas que pagar de cosas que había comprado cuando tenía dinero y no paraban de llegarle cartas amenazadoras del banco en un tono digno de la familia Corleone. Ingrid y Sharon vivían juntas, pero no eran pareja todavía. Y a Sharon, el que Ingrid pagara la mitad del alquiler le venía de perlas. Ahora empezaba a sentir algo por ella y no era capaz de decirle que se fuera de su piso. Un drama.
Entre todos los amigos hicimos un fondo común para ayudarlas. Incluso mis padres pusieron algo de dinero. Ingrid era un encanto y mis padres la adoraban. En Navidad siempre les hacía regalos estupendos, y cuando fue su aniversario les regaló unos pases para la ópera. Ingrid es la más generosa de mis amistades y es la excepción a esa regla que dice que los que más tienen son los que menos dan. Ingrid siempre tuvo dinero. Pero lo que más feliz la hacía era compartirlo con los demás. No lo hacía por presumir, simplemente ella era así, le gustaba hacer felices a sus amigos. Pero eso Daniel no lo comprendía y la llamaba derrochadora e insensata.
—La verdad, Olivia… —me dijo Daniel mientras veía el partido de críquet mientras yo preparaba la cena en el pijo apartamento de Boise Lane que le habían comprado sus padres—, me parece que es responsabilidad suya sacarse las castañas del fuego. Ya es mayorcita y debería aprender a administrarse. Gastarse todo ese dinero en ropa y zapatos…
El comentario me hizo casi reír. A Daniel le habían estado manteniendo sus padres hasta los treinta años. Y yo estaba al tanto de que Roger y Mimi le seguían pasando dinero a su retoño de vez en cuando.
—Daniel, tu hermana se gastó una pasta las Navidades pasadas.
—¡Mi hermana tiene tres hijos!
—Entiendo… —respondí intentando mantenerme serena—. Así que las mujeres solo pueden gastar dinero si tienen hijos, si no, tienen que llevar vida de monje tibetano.
—No seas ridícula —me respondió Daniel, dándole un sorbo a su lata de cerveza.
—¿Así que soy ridícula? —dije, dejando de golpe la botella de vino sobre la carísima encimera de la cocina.
—¡Pues sí, un poco la verdad! —replicó, quitándole el sonido a la tele—. Ingrid va a manifestaciones sobre ballenas y empresas petrolíferas, pero luego se gasta trescientas libras en un bolso. ¿Eso no es un poquito hipócrita, cielo?
Me serví una generosa copa de vino tinto y le di un trago antes de hablar.
—¿Sabes lo que es hipócrita, cielo? Que a la gente le parezca bien que un hombre soltero se gaste sus ahorros en un descapotable. Pero si una mujer soltera que tiene un buen sueldo se compra un bolso de Prada es una egoísta. Eso sí es ser hipócrita.
Daniel le puso el volumen a la tele de nuevo. Cuando perdía una batalla verbal siempre hacía lo mismo. Los sonidos del partido de críquet retumbaban por toda la casa.
—Haz lo que te dé la gana. Pero conmigo no cuentes —me espetó.
—Tranquilo, no pensaba sacar nada de la cuenta conjunta. Sacaré las cinco mil libras de mis ahorros.
Mi marido casi se disloca el cuello al girar la cabeza.
—¿Cinco mil libras? ¡Cielo santo, Olivia! ¿Por qué mejor no te abres en canal y les regalas un riñón?
—¡Pues mira, si tuviera que hacerlo, lo haría! ¡Son mis amigas y están en apuros! ¡Pueden perder su casa!
—Mientras no las metas aquí a vivir con nosotros… —dijo de forma socarrona, y yo me mordí la lengua—. Olivia, yo tengo los mismos amigos desde el colegio. ¿Y sabes por qué? Porque jamás nos hemos prestado dinero. Haz lo que quieras, pero te arrepentirás. Algún día saldrá el tema. Puede que no dentro de un mes o de un año, pero saldrá. Y la amistad se irá a la mierda. No digas que no te lo advertí.
Aquella noche comimos la cena de cinco estrellas que yo había preparado sin mediar palabra. Luego vimos un debate en televisión y una comedia de Billy Wilder. Yo intentaba decir algo, pero Daniel solo me respondía con gruñidos y se reía a carcajadas en todas las escenas pasando de mí. Cuando fuimos a dormir, entonces la cosa cambió. Apagué la luz y a los dos segundos noté su pecho contra el mío.
—Anda, ven aquí, gatita… —me susurró tocándome las tetas.
—No estoy de humor —le corté.
Me reventaba que me tratara así. Todas nuestras discusiones se terminaban cuando él quería sexo.
—Como quieras.
Se dio la vuelta, dejándome casi sin colcha en mi lado de la cama, y se durmió en dos segundos. A la mañana siguiente me metí con él en la ducha e hicimos el amor hasta que se terminó el agua caliente. Yo no tenía ganas de sexo, pero quería que se le pasara el cabreo, y funcionó, porque todo el fin de semana estuvo de lo más encantador. Recuerdo esas cosas y me desprecio a mí misma. Cómo pude humillarme de esa manera durante ocho años… Y lo peor es que no puedo borrar los recuerdos y la opinión que él tiene de mí. Siempre me verá como la mujercita tonta y llorona que le limpiaba la casa y cocinaba para él y que siempre estaba dispuesta a bajarse las bragas si él quería.
* * *
Hace unos meses Sharon e Ingrid volvieron a tener apuros económicos, aunque esta vez la que estaba de deudas hasta arriba era Sharon. Le redujeron las clases de Antropología en la universidad y además tenía que pasarle dinero a su madre, que estaba en el paro en esos momentos.
Henry y yo llevábamos viéndonos ya cuatro meses y una mañana descubrió un sobre con dinero en mi mesita de noche. Yo estaba en la ducha y al salir le salpiqué agua con mi pelo y los dos nos reímos. Henry me atrajo contra su pecho.
—Señorita Bennet, creía que estaba al corriente de que no cobro por mis servicios de acompañante… —dijo mirando hacia la mesita de noche.
Yo me eché a reír y le besé.
—Es para mis amigas. Están pasando una mala racha y entre todos estamos juntando dinero.
—¿Qué sucede? —Vi que tenía un sincero interés en lo que pasaba.
—Deben tres meses de alquiler y están a punto de echarlas.
—Vaya… Lo siento —me dijo dándome un beso en el hombro desnudo.
—No te preocupes. Todo se arreglará. ¿Qué quieres desayunar?
Henry me dedicó una sonrisita traviesa, me desató el cinturón del albornoz muy lentamente y nos olvidamos de comer hasta las dos de la tarde.
A la mañana siguiente en la universidad me acorraló en el cuarto de la fotocopiadora y me entregó un mullido sobre.
—¿Qué es esto?
—Es para tus amigas. No es mucho. Pero me gustaría colaborar.
—Henry, no puedo aceptarlo —dije entregándole el sobre.
—No es para ti es para ellas y estoy en mi derecho a dárselo, ¿no? Pero no quiero que lo sepan. Diles que es tuyo. ¿Lo harás?
—Henry, ni siquiera las conoces.
Mi amante secreto se encogió de hombros.
—Son tus amigas. Con eso me basta.
Henry O’Donnell me entregó el sobre y tras darme un beso en la mejilla se marchó a dar clase. Sentí pánico al darme cuenta de que nuestra relación o lo que fuera se estaba poniendo demasiado seria. Daniel era cruel y mezquino, y lo aguanté ocho años. Henry era bueno y sensible, y no tardé ni un año en echarlo de mi vida. A veces simplemente tenemos miedo de ser felices.
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