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Índice de con­te­ni­do

Ca­pí­tu­lo 1

Ca­pí­tu­lo 2

Ca­pí­tu­lo 3

Ca­pí­tu­lo 4

Ca­pí­tu­lo 5

Ca­pí­tu­lo 6

Ca­pí­tu­lo 7

Ca­pí­tu­lo 8

Ca­pí­tu­lo 9

Ca­pí­tu­lo 10

Ca­pí­tu­lo 11

Ca­pí­tu­lo 12

Ca­pí­tu­lo 13

Ca­pí­tu­lo 14

Ca­pí­tu­lo 15

Ca­pí­tu­lo 16

Ca­pí­tu­lo 17

Ca­pí­tu­lo 18

Ca­pí­tu­lo 19

Ca­pí­tu­lo 20

Ca­pí­tu­lo 21

Ca­pí­tu­lo 22

Ca­pí­tu­lo 23

Ca­pí­tu­lo 24

Ca­pí­tu­lo 25

Ca­pí­tu­lo 26

Ca­pí­tu­lo 27

Ca­pí­tu­lo 28

Ca­pí­tu­lo 29

Ca­pí­tu­lo 0

Ca­pí­tu­lo 31

Ca­pí­tu­lo 32

Ca­pí­tu­lo 33

Ca­pí­tu­lo 34

Ca­pí­tu­lo 35

Ca­pí­tu­lo 36

Ca­pí­tu­lo 37

Ca­pí­tu­lo 38

Ca­pí­tu­lo 39

Ca­pí­tu­lo 40

Ca­pí­tu­lo 41

Ca­pí­tu­lo 42

Ca­pí­tu­lo 43

Ca­pí­tu­lo 44

Ca­pí­tu­lo 45

Ca­pí­tu­lo 46

Ca­pí­tu­lo 47

Ca­pí­tu­lo 48

Ca­pí­tu­lo 49

Ca­pí­tu­lo 50

Ca­pí­tu­lo 51

Ca­pí­tu­lo 52

Ca­pí­tu­lo 53

Ca­pí­tu­lo 54

Ca­pí­tu­lo 55

Nota del autor

Título ori­gi­nal: Kult

© Stefan Malmström 2019. All rights re­ser­ved. Ori­gi­nally pu­blished in the Swe­dish lan­g­ua­ge under the title Hjärntvät­tad in 2017. En­glish lan­g­ua­ge edi­t­ion © Stefan Malmström 2019

© de la tra­duc­ción: 2020, Alba Se­rra­no Gi­mé­nez

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Diseño de cu­b­ier­ta y fo­to­mon­ta­je: Eva Olaya

Fo­to­gra­fía de cu­b­ier­ta: Shut­ters­tock

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1.ª edi­ción: oc­tu­bre 2020

De­re­chos ex­clu­si­vos de edi­ción en es­pa­ñol re­ser­va­dos para todo el mundo:

© 2020: Edi­c­io­nes Ver­sá­til S.L.

Av. Dia­go­nal, 601 planta 8

08028 Bar­ce­lo­na

www.ed-ver­sa­til.com

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Nin­gu­na parte de esta pu­bli­ca­ción, in­cl­ui­do el diseño de la cu­b­ier­ta, puede ser re­pro­du­ci­da, al­ma­ce­na­da o trans­mi­ti­da en manera alguna ni por ningún medio, ya sea elec­tró­ni­co, quí­mi­co, me­cá­ni­co, óptico, de gra­ba­ción o fo­to­co­p­ia, sin au­to­ri­za­ción es­cri­ta del editor.

«La noche ha caído en nues­tra tierra.

¡Las es­tre­llas la ilu­mi­nan, re­lu­c­ien­tes, bri­llan­tes!

Nues­tros mundos pe­q­ue­ños de­am­bu­lan, dis­tan­tes.

La os­cu­ri­dad parece no tener fin.

La os­cu­ri­dad y el cre­pús­cu­lo y la pro­fun­di­dad,

¿por qué? ¿Por qué los amo?

Aunque las es­tre­llas erren lejos.

La tierra es aún el hogar de la hu­ma­ni­dad».

Erik Blom­berg

Todos los per­so­na­jes que apa­re­cen en este libro —ex­cep­to los per­so­na­jes pú­bli­cos re­co­no­ci­bles— son fic­ti­c­ios, y cual­q­u­ier pa­re­ci­do con per­so­nas reales, ya estén vivas o muer­tas, es pura coin­ci­den­c­ia.

1

A Luke le tembló la mano cuando in­ten­tó meter la llave en la ce­rra­du­ra. Algo iba mal, muy mal.

—¡Abre la puerta de una vez! —gritó The­re­se, la ex­mu­jer de Viktor, de pie detrás de Luke y al borde de la his­te­r­ia. A las ocho y media de la tarde de un lunes, es­ta­ban ante la puerta del piso de Viktor, en la ter­ce­ra planta del número 30 de la calle Ala­me­dan, en el centro de Karls­kro­na.

Luke mal­di­jo. La llave no quería entrar.

—Debes de ha­ber­te eq­ui­vo­ca­do de llave —dijo Luke—. Esta no entra.

The­re­se lo agarró del brazo y trató de qui­tár­se­la.

—Dámela. Ya lo hago yo.

Luke apartó el brazo con brus­q­ue­dad.

—No, yo lo haré —le espetó, y al mo­men­to se sintió cul­pa­ble por la as­pe­re­za de sus pa­la­bras. No era justo ha­blar­le de ese modo a The­re­se. Tenía de­re­cho a que la pre­o­cu­pa­ción la con­su­m­ie­ra. Viktor ten­dría que haber lle­ga­do con Agnes, la hija de cuatro años de ambos, a casa de Luke para cenar a las seis de la tarde, y de eso hacía ya dos horas y media. Luke había lla­ma­do a Viktor cuando pasaba una hora de la cita, pero no le con­tes­tó. Una hora más tarde, Luke, pre­o­cu­pa­do, de­ci­dió salir de su cabaña y se di­ri­gió al piso de cinco ha­bi­ta­c­io­nes y 275 metros cua­dra­dos de Viktor, en un es­pec­ta­cu­lar edi­fi­c­io de la­dri­llo visto. Hacía tres años que Viktor, su mejor amigo, vivía allí. Desde que se había di­vor­c­ia­do de The­re­se.

Al llegar a la ter­ce­ra planta, Luke oyó música y pensó que Viktor es­ta­ría dentro con Agnes. Pero nadie res­pon­día al timbre. Tras llamar y apo­rre­ar la puerta du­ran­te diez mi­nu­tos, no le quedó más re­me­d­io que te­le­fo­ne­ar a The­re­se para pe­dir­le su llave.

So­na­ron cuatro tonos y The­re­se res­pon­dió. Se oía mucho ruido y con­ver­sa­c­io­nes de fondo. Estaba en una fiesta de tra­ba­jo y se mostró irri­ta­da y ner­v­io­sa cuando le pre­gun­tó si le podía traer su llave. Había dejado a Agnes con Viktor a las cinco de la tarde y todo le había pa­re­ci­do normal. Le dijo que le lle­va­ría la llave en­se­g­ui­da.

Cuando col­ga­ron, Luke pulsó el botón del as­cen­sor para man­dar­lo abajo, de manera que The­re­se no per­d­ie­ra tiempo su­b­ien­do por las es­ca­le­ras. Al cabo de diez mi­nu­tos oyó que el as­cen­sor se ponía en marcha y paraba en la ter­ce­ra planta. The­re­se apa­re­ció ante él. Iba muy arre­gla­da.

—No ten­dría que haber acep­ta­do la cus­to­d­ia com­par­ti­da. —Fueron las pri­me­ras pa­la­bras que sa­l­ie­ron de su boca—. Viktor apenas puede cuidar de sí mismo. ¿Cómo va a cuidar de una niña?

Mien­tras le daba la llave a Luke, siguió que­ján­do­se:

—Ya me ha es­tro­pe­a­do la noche. Es­tá­ba­mos ce­le­bran­do el mayor en­car­go en toda la his­to­r­ia de la em­pre­sa y justo íbamos a sen­tar­nos a cenar un menú de tres platos. Esta me la va a pagar, que le quede claro.

Unos mi­nu­tos des­pués, aq­ue­lla calma con­te­ni­da se había con­ver­ti­do en un pánico puro, vis­ce­ral. Era la pri­me­ra vez que Luke veía a una madre ate­rro­ri­za­da por la se­gu­ri­dad de su hijo, y le pa­re­ció la emo­ción más po­de­ro­sa de la que había sido tes­ti­go en toda su vida. In­clu­so au­men­tó su de­ses­pe­ra­ción por entrar al piso cuanto antes.

Ins­pec­c­io­nó la llave. Al prin­ci­p­io pen­sa­ba que era una de esas que fun­c­io­nan igual por las dos caras, pero ahora se daba cuenta de que quizás la había estado usando al revés. Le dio la vuelta y entró bien en la ranura. La giró y oyó el clic del ce­rro­jo. Empujó la pesada puerta y el sonido de la música le mar­ti­lleó los tím­pa­nos. Era jazz.

«Qué raro —pensó—. A Viktor no le gusta el jazz».

En­cen­dió la luz del salón y entró en el piso, ele­gan­te y mi­ni­ma­lis­ta. Viktor no había re­pa­ra­do en gastos cuando se di­vor­ció de The­re­se. Había com­pra­do aquel in­m­ue­ble y lo había re­no­va­do casi por com­ple­to. Cocina nueva, baños por es­tre­nar, suelos res­t­au­ra­dos y una mano de pin­tu­ra: una re­for­ma in­te­gral. Había con­tra­ta­do a una em­pre­sa de de­co­ra­ción de in­te­r­io­res y le había dado vía libre. Le costó una for­tu­na, pero si al­g­u­ien podía per­mi­tír­se­lo era Viktor. El suelo del re­ci­bi­dor, de bal­do­sas cua­dra­das blan­cas y negras, pa­re­cía un ta­ble­ro de aje­drez. Las pa­re­des eran blan­cas, y sobre un pe­q­ue­ño se­cre­ter negro col­ga­ba una obra del ar­tis­ta de la pro­vin­c­ia de Ble­kin­ge Kjell Hobjer: un gran pez rojo que ocu­pa­ba prác­ti­ca­men­te todo el lienzo sobre un fondo azul bri­llan­te.

En la cabeza de Luke se amon­to­na­ban pre­gun­tas, pero no res­p­ues­tas. ¿Una fuga de gas? Ima­gi­nó a Viktor y Agnes tum­ba­dos en la cama, in­cons­c­ien­tes. Pero no olía a gas, sino a limpio. Viktor tenía con­tra­ta­da a una mujer de la lim­p­ie­za que solía venir los do­min­gos.

«Esto es ra­rí­si­mo», volvió a pensar Luke. El apar­ta­men­to estaba a os­cu­ras y sonaba jazz a todo vo­lu­men. Eso no era propio de Viktor.

—¡Viktor! —gritó Luke. The­re­se lo apartó para entrar, abrió de un golpe la puerta de la ha­bi­ta­ción de su hija, en­cen­dió la luz, miró dentro y luego siguió bus­can­do por el piso. Luke tam­bién miró en la ha­bi­ta­ción. La cama estaba vacía y la colcha, en el suelo. Los co­ji­nes de color rosa y los pe­lu­ches des­can­sa­ban en el pe­q­ue­ño sillón rojo, bien co­lo­ca­dos en fila. El libro de cuen­tos de hadas que Luke le había leído el do­min­go an­te­r­ior por la noche seguía en la mesita.

Luke corrió hacia el enorme salón. El or­de­na­dor, del que salía la música, estaba en­cen­di­do. The­re­se se había que­da­do de pie en la en­tra­da del salón. Luego gritó y de­sa­pa­re­ció en su in­te­r­ior. Un se­gun­do des­pués, Luke se detuvo en el mismo lugar y vio a The­re­se in­cli­nar­se sobre Agnes, que estaba tum­ba­da con su ca­mi­són en el sofá gris claro. Había vo­mi­ta­do y pa­re­cía dormir pro­fun­da­men­te.

Luke dio la vuelta y se quedó helado al ver el cuerpo de Viktor col­gan­do sin vida, ahor­ca­do en la puerta del baño.

2

Luke corrió hacia Viktor y lo le­van­tó mien­tras tiraba de él para que la cuerda, que estaba atada al pomo del otro lado de la puerta, se des­pren­d­ie­ra de la parte su­pe­r­ior. Cuando con­si­g­uió ba­jar­lo, su me­ji­lla se aplas­tó contra la de Luke. Se dio cuenta de que era la pri­me­ra vez que sentía la me­ji­lla de Viktor contra la suya. Cuando hacía días que no se veían, solían abra­zar­se, pero nunca me­ji­lla con me­ji­lla. Esta era la pri­me­ra vez, y la me­ji­lla de Viktor estaba fría.

—¿Qué dia­blos has hecho, Viktor? ¿Qué has hecho? —La voz de Luke se quebró mien­tras tum­ba­ba el cuerpo a toda prisa en el parqué. Olía a orín. Trató de desha­cer sin de­ma­s­ia­do éxito el nudo al­re­de­dor del cuello. Lo miró a los ojos y no vio ningún in­di­c­io de vida en ellos. Buscó su al­ien­to y su pulso en el cuello, pero no los en­con­tró. In­ten­tó re­a­ni­mar­lo varias veces in­su­flán­do­le aire en los pul­mo­nes, pero pronto se rindió. No había res­p­ues­ta. Viktor había muerto. Y a Luke lo asal­ta­ron los re­c­uer­dos de otra época, cuando había for­ma­do parte de los Re­bel­des del diablo y de la banda de Johnny Attias, en Nueva York. Hacía quince años que no pre­sen­c­ia­ba una muerte.

—¡Luke, está muerta!

El llanto de la ex­mu­jer de su amigo se con­vir­tió en un grito. Luke corrió al sofá y apartó a The­re­se, que tra­ta­ba de prac­ti­car­le la re­a­ni­ma­ción car­d­io­pul­mo­nar a Agnes. Se in­cli­nó sobre la niña, puso su boca cerca de la pe­q­ue­ña nariz y sintió un le­ví­si­mo mo­vi­m­ien­to de aire.

—Res­pi­ra —dijo Luke.

Empujó la mesa de centro de una patada, agarró a la niña, la tumbó sobre la pálida al­fom­bra tur­q­ue­sa de IKEA y empezó a soplar con toda la fuerza de sus pul­mo­nes. Des­pués, pre­s­io­nó con las dos manos el pecho de la niña. Tras tr­ein­ta com­pre­s­io­nes, le dio su móvil a The­re­se.

—¡Llama a una am­bu­lan­c­ia! ¡Ahora!

Volvió a in­cli­nar­se y siguió so­plan­do y pre­s­io­nan­do al­ter­na­ti­va­men­te. Se dio cuenta de que, si no era cui­da­do­so, podía rom­per­le las cos­ti­llas, tan pe­q­ue­ñas, y aflojó las com­pre­s­io­nes. La miraba a la cara cuando pre­s­io­na­ba, con la es­pe­ran­za de per­ci­bir alguna señal de vida.

—Venga, Agnes —su­pli­có—. Tienes que lo­grar­lo. Por favor.

Luke miró a The­re­se. Estaba sen­ta­da y se había que­da­do pa­ra­li­za­da con el móvil en la mano. Se dio cuenta de que no sería capaz de decir nada com­pren­si­ble y volvió a coger el te­lé­fo­no.

—Sigue pre­s­io­nan­do. Tr­ein­ta veces. Y luego le haces el boca a boca diez veces —dijo mien­tras se le­van­ta­ba y mar­ca­ba el número de emer­gen­c­ias. Una mujer con­tes­tó de in­me­d­ia­to.

—Ne­ce­si­to una am­bu­lan­c­ia. Es ur­gen­te. Calle Ala­me­dan tr­ein­ta. Hay dos per­so­nas: una esta muerta y la otra es una niña que to­da­vía res­pi­ra —dijo ace­le­ra­do.

—¿Puede re­pe­tir­lo, por favor? No vaya tan rápido y trate de vo­ca­li­zar. Tam­bién ne­ce­si­to saber su nombre —dijo la te­le­o­pe­ra­do­ra.

Cuando Luke estaba es­tre­sa­do se le notaba más el acento ame­ri­ca­no y a los suecos les cos­ta­ba en­ten­der­lo.

—Luke Berg­mann. Ne­ce­si­ta­mos una am­bu­lan­c­ia. ¡Dense prisa, por el amor de Dios! ¡Hay una niña de cuatro años a punto de morir!

—Bien, trate de cal­mar­se para que yo pueda en­ten­der bien la in­for­ma­ción. Ins­pi­re hondo y luego dígame dónde se en­c­uen­tra. Ne­ce­si­to la di­rec­ción y la lo­ca­li­dad.

Luke apretó los dien­tes. Ins­pi­ró hondo y se es­for­zó para hablar len­ta­men­te.

—La di­rec­ción es calle Ala­me­dan número tr­ein­ta, en Karls­kro­na. Dos per­so­nas. Una está muerta. La otra es una niña pe­q­ue­ña que se está mu­r­ien­do y que se va a morir seguro si no envía una mal­di­ta am­bu­lan­c­ia. ¡Ahora!

—¿Me puede decir qué ha pasado? —pre­gun­tó la mujer.

—¿Y qué más da? —soltó Luke con ter­q­ue­dad—. No sé qué ha pasado. Hemos en­tra­do en el piso y nos hemos en­con­tra­do con esto.

—No puedo mandar una am­bu­lan­c­ia si no en­t­ien­do bien la si­t­ua­ción. Ne­ce­si­to ase­gu­rar­me de que lo que me está di­c­ien­do es real, de que es una emer­gen­c­ia de verdad.

Luke bajó la voz para trans­mi­tir miedo en lugar de rabia.

—Le pro­me­to que es real. Por favor.

La mujer se quedó en si­len­c­io du­ran­te un par de se­gun­dos.

—Le mando dos am­bu­lan­c­ias.

The­re­se llo­ra­ba e in­su­fla­ba aire en los pul­mo­nes de su hija, como le había dicho. Agnes yacía inerte sobre la al­fom­bra de color acuoso, con el pelo rubio y largo es­par­ci­do al­re­de­dor de la cabeza y su ca­mi­són blanco. Las lá­gri­mas de The­re­se habían sal­pi­ca­do la bonita cara de la niña. Luke pensó en lo guapa que era Agnes, en lo im­pre­s­io­nan­te que sería cuando se con­vir­t­ie­ra en una ado­les­cen­te. Viktor y él habían ha­bla­do de eso justo el do­min­go pasado. Agnes estaba mi­ran­do su pro­gra­ma de te­le­vi­sión fa­vo­ri­to, Anki y Pytte, y se reía tan des­ca­ra­da­men­te con las ocu­rren­c­ias del patito pro­ta­go­nis­ta que Viktor y Luke de­ja­ron de pre­pa­rar la cena solo para mi­rar­la.

—Cuando crezca va a tener pro­ble­mas con los chicos —le dijo Luke a Viktor.

—Yo creo que es más pro­ba­ble que los chicos vayan a tener pro­ble­mas con­mi­go —res­pon­dió Viktor.

A Luke se le borró la son­ri­sa de la boca y se cruzó de brazos.

—Y con­mi­go —dijo.

Más tarde, sonó el te­lé­fo­no. Viktor se metió en el des­pa­cho y le pidió a Luke que lle­va­ra a Agnes a la cama, cosa que él hizo de buena gana. Ella pasó los de­di­tos por el brazo mus­cu­lo­so y ta­t­ua­do de Luke y le pre­gun­tó por qué no se lavaba mejor. El co­ra­zón se le de­rri­tió to­da­vía más cuando Agnes le quitó el gorro de lana negro y empezó a en­ros­car los dedos en su pelo grueso y oscuro mien­tras, con­f­ia­da, se dormía entre sus brazos.

—¡Agnes! ¡Por favor, Agnes! ¡Res­pi­ra! ¡Por favor! —The­re­se se quedó sin al­ien­to tras in­ten­tar, por cuarta vez, llenar de aire los pul­mo­nes de la pe­q­ue­ña. Agnes estaba tum­ba­da con la boca medio ab­ier­ta y los ojos ce­rra­dos. Las bellas y largas pes­ta­ñas se le habían pegado a la piel. Pa­re­cía estar dur­m­ien­do tran­q­ui­la­men­te. Solo que esta vez quizás no vol­v­ie­ra a des­per­tar­se nunca.

La rabia de Luke hacia la te­le­o­pe­ra­do­ra se des­va­ne­ció. La sus­ti­tu­yó un es­ca­lo­frío que le re­co­rrió el cuerpo. Le su­su­rró una ora­ción al Dios en el que no creía.

—Deja que Agnes viva. Si la dejas vivir, haré lo que qu­ie­ras.

¿Dónde de­mo­n­ios es­ta­ban las am­bu­lan­c­ias? Miró hacia el cuarto de baño en el que el padre de Agnes, su mejor amigo, yacía muerto. La música jazz se hizo más in­ten­sa y ahogó el sonido de los es­f­uer­zos que The­re­se hacía por de­vol­ver­le la vida a su hija. Un te­cla­do eléc­tri­co y una gui­ta­rra ri­va­li­za­ban para ver quién podía tocar más notas por se­gun­do.

«Qué música tan car­gan­te», pensó Luke. Em­pe­za­ba a tener náu­se­as y le tem­bla­ban las pier­nas. Tenía que de­te­ner ese ruido. Con las pier­nas va­ci­lan­tes, se di­ri­gió al or­de­na­dor y lo apagó. En la mesa había un pe­q­ue­ño tarro rojo con la tapa ab­ier­ta y polvo blanco en el in­te­r­ior. Al lado, un vaso con una pasta gra­nu­lo­sa pegada al fondo. En el suelo, al lado de la mesa, media ta­ble­ta de cho­co­la­te con leche Ma­ra­b­ou. Luke había notado un leve sabor a cho­co­la­te cuando había tra­ta­do de re­a­ni­mar a Agnes. Oyó si­re­nas a lo lejos.

—¡Luke! ¡Ha dejado de res­pi­rar! ¡Agnes, no!

The­re­se co­men­zó a gritar, con­fun­di­da, y tomó a su hija entre sus brazos. Sen­ta­da en el suelo, se sa­cu­día fre­né­ti­ca­men­te hacia de­lan­te y hacia atrás. Luke se arro­di­lló y las abrazó a las dos muy fuerte.

3

Ron­neby, 5 de oc­tu­bre de 1991

—Si te digo que es 1787, ¿qué imagen te viene a la cabeza?

El tipo que le hacía esta pre­gun­ta a Jenny se lla­ma­ba Peter. Tenía vein­ti­cin­co años, seis más que ella, y hacía medio que había ob­te­ni­do su MBA en la Uni­ver­si­dad de Lund. Lle­va­ba una cha­q­ue­ta marrón de pana, un pa­ñ­ue­lo rojo al­re­de­dor del cuello, gafas y bigote. Su as­pec­to era aris­to­crá­ti­co, como el de un dandi inglés; un estilo com­ple­ta­men­te dis­tin­to al del resto de chicos que Jenny co­no­cía.

Hacía seis meses que Jenny había ter­mi­na­do el ins­ti­tu­to en Karls­kro­na con ma­trí­cu­la de honor. Ahora tra­ba­ja­ba en una ca­fe­te­ría. Se había tomado un año sa­bá­ti­co y pla­ne­a­ba em­pe­zar los es­tu­d­ios uni­ver­si­ta­r­ios el otoño si­g­u­ien­te.

Se acu­rru­có en el sofá rojo —recién ad­q­ui­ri­do en IKEA— de Vic­to­r­ia, la her­ma­na de su novio Stefan. Vic­to­r­ia vivía en un mo­der­no piso de la calle Kungs­ga­tan, en el centro de Ron­neby. Aca­ba­ba de cum­plir vein­ti­trés años y había in­vi­ta­do a unos amigos a comer tarta. Pla­ne­a­ba or­ga­ni­zar una fiesta más ade­lan­te, a lo largo de ese mes.

Peter estaba hun­di­do en un sillón en­fren­te del sofá y su­je­ta­ba un ci­ga­rri­llo con ele­gan­c­ia. La mesa de centro estaba llena de platos de postre vacíos y de tazas. Ha­bla­ban mucho de po­lí­ti­ca, cosa que a Jenny no le in­te­re­sa­ba nada. La co­a­li­ción bur­g­ue­sa había ganado las elec­c­io­nes y había puesto fin a una etapa de tres le­gis­la­tu­ras so­c­ial­de­mó­cra­tas se­g­ui­das. Justo ese día, el con­ser­va­dor Carl Bildt había tomado po­se­sión del cargo de primer mi­nis­tro. Peter pen­sa­ba que Suecia había re­gre­sa­do al buen camino.

Desde el im­pre­s­io­nan­te equipo de sonido Pio­ne­er, la sedosa voz de Whit­n­ey Hous­ton los en­vol­vía: I’m your baby to­night.

A la iz­q­u­ier­da de Jenny estaba su novio, Stefan, y a la de­re­cha, la her­ma­na mayor de Stefan, Vic­to­r­ia. De las ocho per­so­nas que había en el salón, Jenny solo co­no­cía a ellos dos. La última vez que había estado sen­ta­da en un sofá con Vic­to­r­ia había sido dos meses atrás, en casa de sus padres, un do­min­go a la hora de la me­r­ien­da. Ese día, Stefan le había pre­sen­ta­do a sus padres en medio de un am­b­ien­te tenso que Vic­to­r­ia había de­ci­di­do re­la­jar un poco. De pronto dio un res­pin­go, se apartó de Jenny, se tapó la nariz, rio y dijo: «¡Uy, Jenny! ¿Te has tirado un pedo?».

¡Qué mala había sido Vic­to­r­ia! Jenny quiso que se la tra­ga­ra la tierra. In­ten­tó pro­tes­tar, pero no sirvió de nada. Se puso com­ple­ta­men­te roja. Estaba segura de que toda la fa­mi­l­ia de su novio pen­sa­ba que tenía gases.

Así que esa era la se­gun­da vez en solo unas se­ma­nas que se son­ro­ja­ba mien­tras estaba sen­ta­da en un sofá. La pre­gun­ta de Peter hizo que todo el mundo ca­lla­ra y mirara a Jenny. «¡Odio po­ner­me roja todo el tiempo!», pensó. Siem­pre la había in­co­mo­da­do ser el centro de aten­ción. Hablar de­lan­te de sus com­pa­ñe­ros en clase le su­po­nía una tor­tu­ra, aunque sabía que era guapa y una de las me­jo­res es­tu­d­ian­tes de su ins­ti­tu­to. Cuando los pro­fe­so­res re­par­tí­an los exá­me­nes y anun­c­ia­ban las notas en voz alta, una cos­tum­bre en las aulas de Suecia, casi siem­pre era ella quien había ob­te­ni­do los me­jo­res re­sul­ta­dos. Pero le mo­les­ta­ba te­rri­ble­men­te oír su nombre y que todo el mundo la mirara. El calor se le subía a las me­ji­llas au­to­má­ti­ca­men­te. La cosa se había salido tanto de madre que a veces le ocu­rría in­clu­so antes de que re­par­t­ie­ran los exá­me­nes: se son­ro­ja­ba solo de pensar que pronto iba a po­ner­se roja.

En el salón de Vic­to­r­ia, todos mi­ra­ron a Jenny. Los pen­sa­m­ien­tos se le arre­mo­li­na­ron en la cabeza. Se sintió pre­s­io­na­da y ner­v­io­sa. De modo que, na­tu­ral­men­te, se ru­bo­ri­zó.

—¿Qué qu­ie­res decir? —pre­gun­tó.

Peter sonrió.

—Bueno, piensa en 1787. Y trata de pr­o­yec­tar una imagen que aso­c­ies a este año.

Jenny dudó, pero se sentía obli­ga­da a res­pon­der.

—Mu­je­res con ves­ti­dos bo­ni­tos —dijo—. Un baile. —Soltó una risita y miró a Peter.

—Muy bien —sonrió él—. ¿Dónde estás?

—No lo sé.

Peter no se rindió.

—¿Qué pen­sa­m­ien­to ha venido a tu cabeza la pri­me­ra vez que te he hecho la pre­gun­ta?

—Mmm. ¿París, quizás?

—¡Genial! ¿Qué lugar con­cre­to de París? ¿Ves algún edi­fi­c­io?

Jenny cerró los ojos. Se agarró a la pri­me­ra imagen que le vino a la cabeza.

—Un pa­la­c­io. Ver­sa­lles.

—¡Muy bien, Jenny! Y en el baile, ¿tú quién eres?

—¿Yo?

—Sí. ¿Te ves allí? ¿Quién eres?

Jenny cogió su taza y dio un sorbo de té para ganar un poco de tiempo.

—No lo sé. ¿Quizás una de las per­so­nas que baila?

—Des­crí­be­te.

Jenny volvió a cerrar los ojos. Bajo sus pár­pa­dos, vi­s­ua­li­zó un gran salón de baile lleno de gente en­ga­la­na­da con ropa del siglo xviii. Luego vio a una bella mujer joven con un ves­ti­do de baile blanco. Reía y bai­la­ba.

—Llevo un ves­ti­do blanco. Tam­bién peluca, porque el pei­na­do es muy vo­lu­mi­no­so y está ador­na­do con perlas. Ah, y una más­ca­ra.

Se quedó en si­len­c­io, un poco sor­pren­di­da por todos los de­ta­lles que aca­ba­ba de re­ve­lar, aunque sos­pe­cha­ba de dónde podía ha­ber­los sacado. El año pasado habían leído sobre la Re­vo­lu­ción fran­ce­sa en clase. A ella le había fas­ci­na­do la his­to­r­ia de María An­to­n­ie­ta y había cogido un libro pres­ta­do de la bi­bl­io­te­ca sobre ella. En el salón no se oía ni una mosca.

—¿Quién eres?

—Una mujer noble de la corte. —La res­p­ues­ta le llegó de re­pen­te—. Mi deber es tem­plar a la reina. Ese es mi tra­ba­jo. —Sonrió y miró a los demás. Le de­vol­v­ie­ron la son­ri­sa.

—¡Fan­tás­ti­co! —dijo Peter—. ¿Hay alguna razón por la que creas que has visto esta imagen en par­ti­cu­lar?

Peter se in­cli­nó hacia Jenny. La música había parado y la ha­bi­ta­ción estaba en si­len­c­io. Luego le pre­gun­tó:

—¿Puede ser que lo que acabas de con­tar­nos sea un re­c­uer­do y no solo fruto de tu ima­gi­na­ción?

Jenny miró a su al­re­de­dor. Los demás la ob­ser­va­ban con in­te­rés. Estaba claro que para ellos aq­ue­lla con­ver­sa­ción no era ex­tra­ña. Se di­ri­gió a Peter:

—¿Te re­f­ie­res a que en una vida pasada fui una mujer noble en París? —Soltó una car­ca­ja­da—. Sí, quizás sí. Pero tam­bién puede ser que me esté acor­dan­do de un libro sobre María An­to­n­ie­ta que cogí pres­ta­do de la bi­bl­io­te­ca hace unos meses.

—¿Por qué crees que es­ta­bas in­te­re­sa­da en María An­to­n­ie­ta? —res­pon­dió rá­pi­da­men­te Peter.

Quizás lo que decía tu­v­ie­ra sen­ti­do, pensó Jenny. Aquel pe­r­io­do his­tó­ri­co la fas­ci­na­ba. Al leer el libro, había de­se­a­do vivir en París en el siglo xviii, estar allí. Le gustó pensar que quizás se había alo­ja­do en el pa­la­c­io de Ver­sa­lles. Y le atraía la idea de las vidas pa­sa­das.

—Mucha gente cree en la re­en­car­na­ción —con­ti­nuó Peter, que seguía in­cli­na­do y ahora estaba apa­gan­do su ci­ga­rri­llo en un grueso ce­ni­ce­ro de mármol—. Más de mil mi­llo­nes de per­so­nas en todo el mundo, con­tan­do solo a los bu­dis­tas y los hin­d­uis­tas. ¿Quién dice que los oc­ci­den­ta­les tienen razón?

Jenny afirmó con la cabeza.

—No todo el mundo ha tenido una vida tan in­te­re­san­te como la tuya —añadió Max, uno de los chicos—. A fi­na­les del siglo xviii, yo era un gran­je­ro pio­jo­so del montón en la pro­vin­c­ia de Es­ca­n­ia.

Todo el mundo rio. Hubo muchas más car­ca­ja­das du­ran­te el resto de la velada, además de otras con­ver­sa­c­io­nes sobre vidas pa­sa­das y aca­lo­ra­das dis­cu­s­io­nes sobre la ca­li­dad de la música de Nir­va­na y sobre si Mikh­ail Gor­ba­chev debía ganar el Nobel de la paz ahora que había muerto. Jenny estuvo a gusto con aq­ue­llas per­so­nas. Aunque era mucho más joven que los demás, sintió que la res­pe­ta­ban y que es­ta­ban ge­n­ui­na­men­te in­te­re­sa­dos en ella. Eran in­te­li­gen­tes y sim­pá­ti­cos, y no se pre­o­cu­pa­ban solo de ellos mismos. Jenny no estaba acos­tum­bra­da a ro­de­ar­se de gente así.

Eran las once y media de la noche cuando Stefan y Jenny se fueron del piso y se di­ri­g­ie­ron a la parada para coger el último au­to­bús a Karls­kro­na.

—Los amigos de Vic­to­r­ia son muy in­te­re­san­tes —dijo Jenny.

—Sí, son majos —dijo Stefan—. Todo eso de las vidas pa­sa­das es bas­tan­te atrac­ti­vo.

—A mí me cuesta acep­tar­lo —dijo Jenny—. Pero las imá­ge­nes que me han venido a la cabeza se iban ha­c­ien­do más y más con­cre­tas a medida que Peter me iba ha­c­ien­do pre­gun­tas. ¿Y si somos almas que van sal­tan­do de cuerpo en cuerpo? Me en­can­ta­ría que fuera verdad.

An­du­v­ie­ron en si­len­c­io du­ran­te varias de­ce­nas de metros. En la parada, es­pe­ra­ron de pie. El au­to­bús tar­da­ría cinco mi­nu­tos en llegar.

—¿De qué los conoce Vic­to­r­ia? —pre­gun­tó Jenny.

—Uno de los chicos, Max, es amigo suyo desde la es­c­ue­la pri­ma­r­ia —res­pon­dió Stefan—. La ma­yo­ría siem­pre ha vivido en Karls­kro­na, pero otros fueron lejos a la uni­ver­si­dad y acaban de volver. Mi her­ma­na me ha dicho que al­gu­nos forman parte de un grupo re­li­g­io­so que cree en la re­en­car­na­ción. Cien­c­io­lo­gía, se llama. No tiene nada que ver con Jesús ni con el cris­t­ia­nis­mo. Creo que solo están in­te­re­sa­dos en este asunto de las vidas pa­sa­das y en apren­der téc­ni­cas co­mu­ni­ca­ti­vas. A Vic­to­r­ia todo esto no le llama de­ma­s­ia­do la aten­ción, pero le caen muy bien.

—Y a mí —dijo Jenny.

—Sí, ya me ha dado cuenta —dijo Stefan, son­r­ien­do y ro­deán­do­la con el brazo—. Qué, ¿Peter te ha pa­re­ci­do guapo?

—Idiota —dijo Jenny—. No es eso.

Y miró hacia otro lado para que Stefan no viera que se había puesto roja.

4

Miér­co­les, pri­me­ra hora de la mañana en el parque Ho­gland. Había pasado un día y medio desde que habían en­con­tra­do a un padre y a su hija de cuatro años muer­tos en un piso a 750 metros de allí. El sol salía, pero con pre­c­au­ción. Una si­len­c­io­sa niebla ma­tu­ti­na cubría la ciudad, que estaba cons­tr­ui­da sobre tr­ein­ta y tres islas. La niebla evi­ta­ba que el sol ate­rri­za­ra y al­can­za­ra las pocas almas ma­dru­ga­do­ras que ya habían salido de sus casas en Trossö, la isla más grande de Karls­kro­na.

Una de aq­ue­llas almas era Luke Berg­mann. A él no le im­por­ta­ba lo más mínimo si bri­lla­ba el sol o si di­lu­v­ia­ba. Ni si­q­u­ie­ra se habría dado cuenta.

Estaba sen­ta­do en un banco del parque con la mirada fija en la bol­si­ta que un ca­me­llo le había puesto en la mano. La bol­si­ta con­te­nía alivio. Po­si­ble­men­te tam­bién muerte, pero, por encima de todo, un dulce alivio. Y eso era lo que él quería.

Había re­sis­ti­do la ten­ta­ción du­ran­te die­ci­séis años. Desde que había ate­rri­za­do en Karls­kro­na no había caído en ese agu­je­ro ni una sola vez. Pero, aunque el deseo se hu­b­ie­ra apa­ci­g­ua­do, siem­pre había estado allí.

Lle­va­ba papel de fumar de la marca Rizla en el bol­si­llo y el ca­me­llo le había dado una caja de ce­ri­llas. Tenía todo lo que ne­ce­si­ta­ba.

Se vi­s­ua­li­zó a sí mismo a los trece años, la pri­me­ra vez que había fumado. Fue el día de la muerte de su madre, que fa­lle­ció por una so­bre­do­sis de he­ro­í­na. To­da­vía re­cor­da­ba lo que aquel canuto le hizo sentir: li­be­ra­ción. Una sen­sa­ción de ca­li­dez en el centro de su cuerpo ex­pul­só toda la an­s­ie­dad, la an­gus­t­ia y el pánico.

Des­pués de eso, siguió fu­man­do ma­rih­ua­na. Para él era su­fi­c­ien­te. El resto de chicos de la pan­di­lla con­su­mí­an todo lo que pi­lla­ban: crack, éx­ta­sis, he­ro­í­na, al­co­hol. Pero Luke no.

Cogió el papel de fumar y lo en­ro­lló re­tor­c­ien­do un ex­tre­mo. No quería usar filtro ni mez­clar tabaco. El sol em­pe­za­ba a des­ple­gar su calor. Un grupo de jó­ve­nes con monos de color na­ran­ja, el uni­for­me de su empleo de verano, re­co­gí­an basura cerca de la zona de juegos. Luke sos­tu­vo el porro entre los dedos.

La pri­me­ra noche tras la muerte de Viktor y Agnes no había pegado ojo. Se tumbó y solo fue capaz de dar vuel­tas en la cama. Sudó. No podía dejar de pensar. La se­gun­da noche la pasó dor­mi­tan­do, ins­ta­la­do en una es­pe­c­ie de pur­ga­to­r­io entre el sueño y la vi­gi­l­ia, y tuvo pe­sa­di­llas sobre la muerte. Todas tra­ta­ban de lo mismo: el primer tipo al que había matado en una pelea de bandas en la calle Tr­out­man de Bro­oklyn, vein­ti­c­ua­tro años atrás —un ado­les­cen­te afro­a­me­ri­ca­no de die­ci­séis años de los Na­va­jas negras— corría hacia él con los ojos ab­ier­tos como platos, dro­ga­do, mi­rán­do­lo fi­ja­men­te y blan­d­ien­do un cu­chi­llo de car­ni­ce­ro. Luke vio que el filo cor­tan­te del cu­chi­llo se acer­ca­ba a su cara y se quedó pa­ra­li­za­do, es­pe­ran­do que el acero se cla­va­ra en su frente. Se des­per­tó justo en el mo­men­to de la muerte, seguro de que todo había ter­mi­na­do. Con­fun­di­do, saltó de la cama para es­ca­par, y cuando re­co­bró la con­c­ien­c­ia estaba ja­de­an­do con el pulso ace­le­ra­do.

Dos chicos jó­ve­nes en­fun­da­dos en sus monos y con bolsas negras de basura se acer­ca­ron al banco donde estaba Luke. Él se metió el porro en el bol­si­llo y se le­van­tó. De­ci­dió irse a casa y fu­már­se­lo allí.

El martes había lla­ma­do a Åsa Nordin, su jefa en Eke­ku­llen, para con­tar­le lo que había ocu­rri­do y pe­dir­le per­mi­so para to­mar­se unos días libres. Eke­ku­llen era una casa de aco­gi­da de Rödeby para jó­ve­nes con un his­to­r­ial de de­li­tos y con­su­mo de drogas. Luke aca­ba­ba de em­pe­zar a tra­ba­jar allí. Antes se había ocu­pa­do du­ran­te ocho años de una casa de aco­gi­da si­mi­lar en Lis­terby, a las af­ue­ras de la ciudad de Ron­neby.

Amanda, su ex­mu­jer, lo había lla­ma­do ese mismo día. Se había en­te­ra­do de lo que había ocu­rri­do y estaba de­so­la­da. Tam­bién co­no­cía bien a Viktor y había coin­ci­di­do con Agnes unas cuan­tas veces. Luke no había ha­bla­do con nadie más en las úl­ti­mas vein­ti­c­ua­tro horas.

Tardó quince mi­nu­tos en llegar a casa, a su pe­q­ue­ña cabaña del barrio de Björkhol­men. No era para nada es­pa­c­io­sa y tenía los techos bajos. Los tra­ba­ja­do­res del as­ti­lle­ro que habían vivido allí a fi­na­les del siglo xvii debían de ser pig­me­os. Cuando aca­ba­ba de mu­dar­se, Luke, que medía casi dos metros, se dio en la cabeza con las vigas del techo más de una vez, pero pronto apren­dió dónde tenía que aga­char­se. Hacía cuatro años que se había ena­mo­ra­do de la pe­q­ue­ña cabaña, nada más verla. Era lo más lejos que se podía estar de Wi­ll­iams­burg, en Bro­oklyn, donde había cre­ci­do. Su casero había eq­ui­pa­do la cabaña con un ja­cuz­zi, una cocina mo­der­na, una estufa de leña y un patio pe­q­ue­ño pero pre­c­io­so. Justo allí estaba lo mejor de todo: un muelle pri­va­do con una barca a menos de cin­c­uen­ta metros de la puerta de en­tra­da. Gra­c­ias a ella, des­cu­brió la tran­q­ui­li­dad que le daba remar. Cuando hacía buen tiempo, le en­can­ta­ba ir a dar una vuelta por la tarde. A veces se lle­va­ba la caña de pescar y volvía a casa con un lucio o una perca para la cena.

Fue al dor­mi­to­r­io, sacó el porro y las ce­ri­llas y los dejó en la mesita de noche. Miró una gran foto en blanco y negro, donde apa­re­cía él en una de sus com­pe­ti­c­io­nes de lucha libre. Estaba en­mar­ca­da y col­ga­da encima del ca­be­ce­ro de la cama. Le habían tomado aq­ue­lla foto a los die­ci­n­ue­ve años, cuando solía tratar de pa­re­cer un tipo duro. Qué ri­dí­cu­lo. La des­col­ga­ría en cuanto tu­v­ie­ra fuer­zas para ha­cer­lo.

Estaba ham­br­ien­to. El porro ten­dría que es­pe­rar. No había comido en dos días. Con la cabeza en otra parte, fue a la cocina. Abrió el con­ge­la­dor, sacó un plato pre­pa­ra­do y lo metió en el mi­cro­on­das.

Luke y Viktor habían sido amigos ín­ti­mos du­ran­te diez años. Se habían co­no­ci­do a través de sus mu­je­res, que eran pro­fe­so­ras en la misma es­c­ue­la de se­cun­da­r­ia de Karls­kro­na.

Nin­gu­na de las dos pa­re­jas tenía hijos, cosa poco común entre la gente de su edad, y em­pe­za­ron a quedar. Luke y Viktor se ca­ye­ron bien desde el primer mo­men­to. Aunque hacía años que Luke vivía en Karls­kro­na, no había hecho de­ma­s­ia­dos amigos más. Cuando se mudó, de­di­ca­ba todo su tiempo a apren­der el idioma y a in­ten­tar adap­tar­se a la cul­tu­ra sueca. Además, al prin­ci­p­io de vivir en Suecia, se des­pla­za­ba a diario a Jämshög, a ochen­ta ki­ló­me­tros de Karls­kro­na, para ter­mi­nar sus es­tu­d­ios de Tra­ba­jo Social.

Nunca antes había tenido un amigo con quien le re­sul­ta­ra tan fácil y cómodo hablar, aunque pa­re­c­ie­ran dia­me­tral­men­te op­ues­tos. Viktor era ex­tro­ver­ti­do, ab­ier­to y se in­te­re­sa­ba mucho por los demás. Luke era un lobo so­li­ta­r­io, ha­bla­ba más bien poco y a veces daba la im­pre­sión de ser huraño. A Viktor le costó ho­rro­res co­no­cer bien a Luke. Tuvo que pasar mucho tiempo antes de que Luke le con­ta­ra el se­cre­to que solo su mujer sabía: que su pasado in­cluía una vida de drogas y crimen en una banda de Wi­ll­iams­burg y un tra­ba­jo como guar­d­ia de se­gu­ri­dad para la mafia is­ra­e­lí de Nueva York, además de un vuelo en 1997 a Lon­dres, donde se había ena­mo­ra­do lo­ca­men­te de Amanda, de Karls­kro­na, que tra­ba­ja­ba como au pair. Y todo lo que vino des­pués: el tras­la­do a Karls­kro­na, los cursos de sueco, las clases de adap­ta­ción y los es­tu­d­ios en Jämshög para con­ver­tir­se en tra­ba­ja­dor social. A Viktor le fas­ci­na­ba el camino vital de Luke y, sobre todo, el tipo de te­ra­p­ia que había hecho. Habían pasado horas y horas ha­blan­do sobre las di­fe­ren­c­ias entre los dis­tin­tos tipos de te­ra­p­ia.

2008 fue un año te­rri­ble para Viktor. Su mujer, Lotta, se quedó em­ba­ra­za­da des­pués de años de in­ten­tos. Por fin iban a tener un bebé. Pero Lotta empezó a sufrir unos do­lo­res de cabeza ho­rri­bles y pro­ble­mas de visión. Re­sul­ta­ron ser sín­to­mas de un tumor ce­re­bral y ella y su hijo nonato mu­r­ie­ron solo cuatro meses des­pués del diag­nós­ti­co. Viktor, des­tro­za­do, cayó en una pro­fun­da de­pre­sión de la que solo se salvó al co­no­cer a The­re­se, unos meses des­pués. The­re­se era nueve años más joven que él y de una be­lle­za cau­ti­va­do­ra. Viktor se ena­mo­ró de ella al ins­tan­te. Al cabo de tres meses de re­la­ción, The­re­se estaba em­ba­ra­za­da. Se ca­sa­ron medio año des­pués, casi al final del em­ba­ra­zo. En­ton­ces llegó el si­g­u­ien­te golpe. Cuando Agnes tenía solo seis meses, The­re­se le dijo a Viktor que ya no sentía nada por él y que iba a volver con su ex­no­v­io, de quien seguía ena­mo­ra­da. Se mudó y se llevó a Agnes con ella. Aq­ue­llo fue de­ma­s­ia­do para Viktor, que tuvo que re­ci­bir ayuda psi­q­uiá­tri­ca. Esta vez, la de­pre­sión fue aún más pro­fun­da, y le costó meses de te­ra­p­ia de crisis volver a ser el que era.

El ma­tri­mo­n­io de Luke se había roto un año antes que el de Viktor, cuando Amanda se cansó de ver a su marido más in­te­re­sa­do en la vida de los ado­les­cen­tes dro­ga­dic­tos con los que tra­ba­ja­ba que en la de ella. Además, Amanda quería tener hijos, y cuando Luke se negó, le dio un ul­ti­má­tum. Luke tuvo que elegir entre los hijos o el di­vor­c­io, y eligió el di­vor­c­io. Así que cuando Viktor cayó en su se­gun­da gran crisis, Luke tenía mu­chí­si­mo tiempo libre. Prác­ti­ca­men­te se mudó con Viktor y lo ayudó, ase­gu­rán­do­se de que se cum­pl­ie­ra el ré­gi­men de vi­si­tas de Agnes. Estaba con­ven­ci­do de que solo gra­c­ias a Agnes su amigo había vuelto a ser feliz. Amaba a su hijita más que a nada en el mundo. Y ahora los dos es­ta­ban muer­tos.

Mien­tras Luke se comía una pe­chu­ga de pollo ca­len­ta­da al mi­cro­on­das que no sabía nada, re­me­mo­ró las dos imá­ge­nes que ya jamás ol­vi­da­ría: la de Viktor col­gan­do de la puerta del baño y la de Agnes tum­ba­da sin vida sobre la al­fom­bra tur­q­ue­sa. Y volvió a ha­cer­se la pre­gun­ta que cen­tra­ba todos sus pen­sa­m­ien­tos desde el lunes: ¿cómo podía ser que Viktor no solo se hu­b­ie­ra qui­ta­do la vida, sino que tam­bién se la hu­b­ie­ra arre­ba­ta­do a Agnes? Y si de verdad era capaz de hacer algo tan ho­rri­ble, ¿cómo a él se le podían haber pasado por alto las se­ña­les? Había notado a su amigo ex­tra­ña­men­te feliz el sábado por la noche. Le había ha­bla­do de sus viajes a Rusia, de que iba a volver a Ka­li­nin­gra­do. Tenía algo gordo entre manos, pero no le había que­ri­do dar de­ma­s­ia­dos de­ta­lles. ¿Se había com­por­ta­do así para es­con­der sus ver­da­de­ros planes? ¿Por qué dia­blos no le había dicho nada, si tan mal se sentía?

Luke estaba fu­r­io­so. Nunca podría en­ten­der a los sui­ci­das. ¿Qué pasa por la mente de una per­so­na que ha de­ci­di­do hacer algo tan irre­ver­si­ble? ¿Por qué su amigo había es­con­di­do aq­ue­llos pen­sa­m­ien­tos des­truc­ti­vos? ¿Por qué no había con­f­ia­do en él?

Miró la hora. Eran las nueve de la mañana. Volvió al dor­mi­to­r­io y vio el porro. Al día si­g­u­ien­te con­tac­ta­ría con la psi­có­lo­ga de Viktor. Ne­ce­si­ta­ba en­ten­der por qué.

Lo había de­ci­di­do des­pués de hablar por te­lé­fo­no con la po­li­cía. Lo habían lla­ma­do para que el jueves por la tarde acu­d­ie­ra a la co­mi­sa­ría a leer su tes­ti­mo­n­io y a con­tes­tar al­gu­nas pre­gun­tas más sobre lo ocu­rri­do. Des­pués de hablar con ellos, es­pe­ra­ba que la psi­có­lo­ga de Viktor lo re­ci­b­ie­ra. Tenía que ha­cer­lo, por Viktor. Cogió el porro y la bol­si­ta de hojas verdes. Fue al baño, vació su con­te­ni­do en la taza del váter y tiró de la cadena. De vuelta a la cocina, cogió de la bodega una bo­te­lla grande de ron Ca­pi­tán Morgan que aún con­ser­va­ba el pre­cin­to, se sentó a la mesa de la cocina, la abrió y empezó a beber. Así ador­me­ce­ría sus sen­ti­dos sin caer de lleno en la más ab­so­lu­ta os­cu­ri­dad.

5

Le vol­ví­an a picar los huevos. A Thomas Svärd siem­pre le ocu­rría por la noche, y en­ton­ces el picor lo des­per­ta­ba. Se rascó con el pulgar y el dedo índice y luego pasó las uñas, una tras otra, por la zona afec­ta­da. Era una sen­sa­ción agra­da­ble, pero al rato em­pe­za­ba a pre­o­cu­par­se por si, de tanto fro­tar­se, em­pe­za­ba a san­grar y el placer se con­ver­ti­ría en dolor.

En­cen­dió la luz, se bajó los cal­zon­ci­llos y echó un vis­ta­zo. De­tec­tó una leve rojez y se pre­gun­tó si se la habría pro­vo­ca­do él mismo al ras­car­se o si serían hongos. El muñón de lo que una vez había sido su polla estaba ahí. Era un pe­q­ue­ño col­ga­jo de piel que medía unos pocos cen­tí­me­tros. To­da­vía se ma­re­a­ba cuando lo miraba, así que in­ten­ta­ba ig­no­rar­lo.

No siem­pre podía. A veces lo­gra­ba ol­vi­dar­se de él. Sin em­bar­go, eso era negar la re­a­li­dad. En las úl­ti­mas se­ma­nas, se había ido ha­c­ien­do más y más cons­c­ien­te de su si­t­ua­ción. Ya no tenía pene. Nunca vol­ve­ría a follar. Nunca vol­ve­ría a sentir el placer de la pe­ne­tra­ción. Nunca vol­ve­ría a tener un or­gas­mo.

Lo peor de aq­ue­lla des­gra­c­ia era que seguía ex­ci­tán­do­se tanto como antes, sobre todo por la mañana. A menudo soñaba que fo­lla­ba, re­vi­vía aq­ue­llos mo­men­tos con las niñas y se le­van­ta­ba ca­chon­do. Pero ahora ya no se podía de­sa­ho­gar.

Aq­ue­llo era in­cre­í­ble­men­te cruel. Hu­b­ie­ra sido mejor desha­cer­se de ambas cosas: la ex­ci­ta­ción y la polla. De hecho, si hu­b­ie­ra podido desha­cer­se de la ex­ci­ta­ción no lo habría pasado tan mal, aunque estar vivo no hu­b­ie­ra valido tanto la pena. Pero perder el ins­tru­men­to que le había pro­por­c­io­na­do ex­pe­r­ien­c­ias tan ma­ra­vi­llo­sas era, pro­ba­ble­men­te, el peor cas­ti­go que le podían haber in­fli­gi­do. La tor­tu­ra más im­pla­ca­ble.

Ahora, cuando se ex­ci­ta­ba, se sentía como un león en una jaula. Tenía que mo­ver­se, ca­mi­nar sin des­can­so y for­zar­se a pensar en otras cosas para dis­tra­er­se. Tra­ta­ba de in­vo­car pen­sa­m­ien­tos que lo in­co­mo­da­ran. Algo que solía fun­c­io­nar era re­cor­dar el in­ci­den­te de la bañera, que le había ocu­rri­do a los doce años. Más o menos un año antes había des­cu­b­ier­to lo que pasaba cuando movía arriba y abajo la piel de su pene, y fue una grata sor­pre­sa. Sen­ta­do en el baño, tiró de su sal­chi­cha. Como le gustó, empezó a tirar más rápido y el placer fue en au­men­to. De pronto, un chorro blanco salió dis­pa­ra­do de la punta y ate­rri­zó en la al­fom­bri­lla. Debió de emitir algún tipo de sonido, porque su madre llamó muy fuerte a la puerta del baño y le pre­gun­tó qué hacía. Él entró en pánico y se puso a lim­p­iar aq­ue­lla mancha blanca y pe­ga­jo­sa con papel hi­gié­ni­co. Cuando abrió la puerta y salió, su madre lo miró con sus­pi­ca­c­ia, pero por suerte no podía saber lo que había hecho.

El día del in­ci­den­te estaba tum­ba­do en la bañera y la puerta se abrió de golpe. Había ol­vi­da­do ce­rrar­la. Mamá entró y, al ver lo que estaba ha­c­ien­do, se puso hecha una furia. Se fue, volvió con una olla llena de agua hir­v­ien­do y la volcó sobre su pene erecto. Por suerte, tuvo tiempo de su­mer­gir­se un poco en la bañera, pero gran parte del agua hir­v­ien­do lo sal­pi­có. Él au­lla­ba de dolor y su madre estaba como loca, echaba chis­pas. «¡Esta es la per­di­ción de los hom­bres! ¡Si haces eso, irás al in­f­ier­no!», le gritó. Lo obligó a leer la Biblia cada tarde du­ran­te tres se­ma­nas. Al fi­na­li­zar la lec­tu­ra le pegaba para «sa­car­le el de­mo­n­io de dentro».

Todo empezó más o menos por en­ton­ces, pero el en­gra­na­je se puso re­al­men­te en marcha solo unas se­ma­nas des­pués. El hijo del vecino, Pa­trick, que tenía ca­tor­ce años, había mon­tan­do una tienda de cam­pa­ña en el bosque. Es­ta­ban ju­gan­do a indios y va­q­ue­ros, y des­pués se reu­n­ie­ron en la tienda. Pa­trick le ordenó a Su­san­ne, que tenía doce años, que se qui­ta­ra los pan­ta­lo­nes y la ropa in­te­r­ior y se tum­ba­ra boca arriba. Había cinco niños más. Pa­trick se deshi­zo de los pan­ta­lo­nes y los cal­zon­ci­llos. Le había salido un poco de pelo al­re­de­dor de la polla. Thomas no pudo apar­tar la vista. Era la pri­me­ra vez que veía el pene erecto de otra per­so­na, largo y pun­t­ia­gu­do. Pa­trick se lo agarró y se tumbó encima de Su­san­ne, que estaba ahí tirada, en si­len­c­io. En­ton­ces empezó a fo­llár­se­la. Pero el sonido de unas voces que se apro­xi­ma­ban lo in­te­rrum­pió.

Aunque Pa­trick se había que­da­do a medias, a Svärd la escena lo había im­pre­s­io­na­do mucho. La suave vagina de Su­san­ne, libre de pelos negros as­q­ue­ro­sos. La lanza pun­t­ia­gu­da acer­cán­do­se y pe­ne­trán­do­la. En aquel mo­men­to había en­ten­di­do para qué servía aq­ue­lla he­rra­m­ien­ta.

Se sentó en la cama, des­can­só los pies en la al­fom­bra sucia y an­dra­jo­sa, en­cen­dió un ci­ga­rri­llo y miró el reloj. Las doce y media de la noche. Tenía que mear. Se le­van­tó y re­co­rrió los dos metros hasta el baño. Desde el ataque de hacía un año, no so­por­ta­ba orinar. El chorro salía dis­pa­ra­do en todas di­rec­c­io­nes, y el lí­q­ui­do se dis­per­sa­ba, sal­va­je. El médico había hecho lo que había podido, pero lo que que­da­ba del ori­fi­c­io de la uretra ahora fun­c­io­na­ba más o menos como un as­per­sor en un día ca­lu­ro­so de verano.

El baño no era grande. Cons­tr­ui­do a me­d­ia­dos del siglo pasado, por lo menos era bas­tan­te bonito y lu­mi­no­so, pero tam­bién era es­tre­cho, y Svärd se había acos­tum­bra­do a entrar de culo. Estaba com­ple­ta­men­te ali­ca­ta­do y el mango de la ducha col­ga­ba de la pared de detrás del ino­do­ro. Cuando se du­cha­ba, todo el baño que­da­ba em­pa­pa­do y des­pués tenía que pa­sar­se quince mi­nu­tos fre­gán­do­lo. Im­po­si­ble que cu­p­ie­se más de un hombre en aquel mal­di­to búnker.

Se le­van­tó y tiró de la cadena. Fue al salón, se sentó a la pe­q­ue­ña mesa des­ven­ci­ja­da y en­cen­dió el por­tá­til. Ne­ce­si­ta­ba com­ple­tar los datos del si­g­u­ien­te en­car­go, pero antes de ha­cer­lo entró en Sex­Nor­dics BBS. Se metió en su ga­le­ría de fotos y vio que tenía men­sa­jes nuevos. Un im­bé­cil de Dallas decía que su última foto de Sandra era falsa. Se­gu­ra­men­te había bus­ca­do las marcas de na­ci­m­ien­to y ahora estaba con­ven­ci­do de que la niña de la foto no era ella. Tam­bién le pedía otra foto de Sandra, pero más joven; una chica de trece años era de­ma­s­ia­do mayor para su gusto.

Svärd sopesó el co­men­ta­r­io de aquel tipo. Había ganado mucho dinero con las fotos de Sandra, pero no era su­fi­c­ien­te. La de­man­da del rango de edad de cuatro a seis años había subido. Había locos que es­ta­ban dis­p­ues­tos a pagar hasta cien euros por una foto de una niña de cuatro años des­nu­da en una pose sexy. Leyó el resto de men­sa­jes y mal­di­jo. Nin­gu­no de aq­ue­llos ca­bro­nes estaba dis­p­ues­to pagar; solo eran im­bé­ci­les que que­rí­an des­car­gar­se las imá­ge­nes gratis, a qu­ie­nes no les im­por­ta­ba que hu­b­ie­ra marcas de agua, porque lo único que que­rí­an era ad­mi­rar su ex­q­ui­si­ta co­lec­ción.

Entró en la cuenta del banco y revisó el saldo. Todo lo que tenía eran 258,54 euros. Mal­di­ta sea, con eso no podía pa­gar­se ni un vuelo. Tenía que con­se­g­uir más dinero.

Se pasó una hora bus­can­do guar­de­rí­as en el barrio de Kungshol­men, en Es­to­col­mo: había más de veinte. Entró en todas las pá­gi­nas para ver cuáles es­ta­ban ab­ier­tas du­ran­te el verano y se sor­pren­dió al en­con­trar siete. Re­dac­tó una carta para pos­tu­lar­se como pro­fe­sor sus­ti­tu­to y la mandó a las siete, junto con su di­plo­ma fal­si­fi­ca­do de la Uni­ver­si­dad de Linné y un cu­rrí­cu­lum in­ven­ta­do. Usó su an­ti­g­uo nombre falso, Gustav Thor­dén. Estaba seguro de que alguna de aq­ue­llas guar­de­rí­as haría las lla­ma­das co­rres­pon­d­ien­tes para com­pro­bar que todo era verdad. Pero, in­clu­so si lla­ma­ban, les re­sul­ta­ría casi im­po­si­ble en­con­trar a al­g­u­ien du­ran­te las va­ca­c­io­nes. Y si es­ta­ban de­ses­pe­ra­das por con­tra­tar a al­g­u­ien, quizás se sal­ta­ran esa parte del pro­ce­so.

Des­pués con­sul­tó la pre­vi­sión me­te­o­ro­ló­gi­ca para el día si­g­u­ien­te en una página web: so­le­a­do y ca­lu­ro­so todo el vier­nes. Como era la tem­po­ra­da de va­ca­c­io­nes, las zonas de juegos es­ta­rí­an llenas de fa­mi­l­ias con niños pe­q­ue­ños. Cerró el por­tá­til y se metió en la cama con una media son­ri­sa en los labios.

6

Karls­kro­na, 6 de di­c­iem­bre de 1991

—Luego quiero que vayas co­rr­ien­do a casa de mi madre. Mira qué ropa lleva, vuelve aquí en­se­g­ui­da y dime lo que has visto. Hant­ver­kar­ga­tan 17 A, ter­ce­ra planta. Podrás en­con­trar­lo, ¿verdad?

Jenny sus­pi­ró por lo bajo. Aunque a re­ga­ña­d­ien­tes, ad­mi­ra­ba a aquel ju­ga­dor de fútbol a quien todo el mundo lla­ma­ba Piddle y que se había atre­vi­do a retar a Peter. Miró a Piddle, que a su vez miraba a Peter con aten­ción. Ya no bro­me­a­ba. En los úl­ti­mos mi­nu­tos, las me­ji­llas se le habían en­ro­je­ci­do, el vo­lu­men de su voz había au­men­ta­do con­si­de­ra­ble­men­te y su tono se había en­du­re­ci­do.

Piddle, que en re­a­li­dad se lla­ma­ba Per Jo­hans­son, era la es­tre­lla de Karls­kro­na AIF, el equipo de fútbol de la ciudad. Estaba allí porque era amigo de Affe, que iba camino de me­ter­se de cabeza en la cien­c­io­lo­gía (aún no estaba con­ven­ci­do del todo, pero le fal­ta­ba poco). Piddle era po­pu­lar entre la gente joven de la ciudad. Había es­tu­d­ia­do en la Uni­ver­si­dad de Växjö para ser ma­es­tro. In­te­li­gen­te y atrac­ti­vo, su futuro como ju­ga­dor de fútbol pro­me­tía, lo cual no era muy común entre los ju­ga­do­res de Karls­kro­na. A Jenny le caía bien, pero pen­sa­ba que aq­ue­lla noche se podría haber dejado el pa­ñ­ue­lo pa­les­ti­no en casa. Seguro que lo lle­va­ba para pro­vo­car. Había oído a los demás hablar de él. Decían que era co­mu­nis­ta. El co­mu­nis­mo no estaba nada bien visto entre los cien­ció­lo­gos, de eso no tenía nin­gu­na duda.

Affe jugaba en la liga ju­ve­nil de fútbol con Piddle y le habían en­car­ga­do que cap­ta­ra su in­te­rés. Esa era la es­tra­te­g­ia: con­se­g­uir que gente po­pu­lar, in­te­li­gen­te y famosa de la ciudad sin­t­ie­ra cu­r­io­si­dad por el mo­vi­m­ien­to; luego otros los se­g­ui­rí­an. La idea había salido del Centro de Fa­mo­sos de Holly­wo­od, di­ri­gi­do con éxito por un grupo de cien­ció­lo­gos du­ran­te más de diez años. Habían con­se­g­ui­do re­clu­tar al actor fa­vo­ri­to de Jenny, John Tra­vol­ta, la pri­me­ra es­tre­lla in­ter­na­c­io­nal en con­ver­tir­se a la cien­c­io­lo­gía. Jenny casi se cayó de la silla cuando Stefan se lo contó. ¡John Tra­vol­ta! Y el año an­te­r­ior, Tom Cruise tam­bién se había unido al mo­vi­m­ien­to. Eso era im­por­tan­te, porque si ellos for­ma­ban parte de la cien­c­io­lo­gía, es que algo genial debía de tener.

Aq­ue­lla noche es­ta­ban to­man­do té en el piso de Peter, si­t­ua­do en la calle Vall­ga­tan. Los había in­vi­ta­do para ce­le­brar que había al­can­za­do el estado TO III de la cien­c­io­lo­gía, thetán ope­ran­te nivel tres. Eso sig­ni­fi­ca­ba que estaba tres ni­ve­les por encima del primer nivel de oyente, lla­ma­do Cla­ri­dad, y que por lo tanto ahora podría aban­do­nar su cuerpo y actuar en el mundo ma­te­r­ial solo con la fuerza de su mente. A Jenny eso la in­q­u­ie­ta­ba un poco. ¿Y si de pronto Peter apa­re­cía en su casa cuando ella estaba a punto de du­char­se o se de­di­ca­ba a so­bre­vo­lar su cama en mitad de la noche?

Había can­de­la­bros con velas en­cen­di­das en el suelo, una gran cabeza de Buda ta­lla­da en madera de nogal los miraba desde el es­cri­to­r­io, una im­pre­s­io­nan­te lám­pa­ra de araña col­ga­ba como un débil sol encima de una mesita de centro de estilo art déco, re­don­da y con las patas curvas. El salón pa­re­cía una tienda de an­ti­güe­da­des, un museo de la ga­lan­te­ría de otros tiem­pos y de la bur­g­ue­sía sueca que había in­va­di­do la pro­vin­c­ia de Ble­kin­ge a fi­na­les del siglo xvii.

En la mesita de centro había té de gro­se­lla negra y bo­ca­di­llos, mer­me­la­da de moras de Ro­bin­son y el ape­ri­ti­vo fa­vo­ri­to de Peter: que­si­tos de La vaca que ríe. En los al­ta­vo­ces sonaba Like a prayer, de Ma­don­na. Diez per­so­nas es­ta­ban sen­ta­das en el pe­q­ue­ño salón, al­gu­nas en el suelo y el resto re­par­ti­das entre el sofá de piel marrón y los si­llo­nes. Jenny y Stefan ya se sen­tí­an parte del grupo. Tras la pri­me­ra noche en Ron­neby, habían que­da­do varias veces con ellos para tomar café. En esas ve­la­das, Jenny había apren­di­do mucho sobre la cien­c­io­lo­gía. Peter, y Mikael, Fre­drik y Maria, que tam­bién eran agra­da­bles, in­te­li­gen­tes y so­fis­ti­ca­dos, le habían ab­ier­to un mundo com­ple­ta­men­te nuevo.

Aq­ue­lla era la pri­me­ra vez que al­g­u­ien osaba con­tra­de­cir a Peter, cues­t­io­nar lo que decía, y el salón en­mu­de­ció tras el reto de Piddle. Stefan bajó el vo­lu­men de la música. A Jenny le in­te­re­sa­ba mucho saber cómo sal­dría parado Peter de todo aq­ue­llo, aunque no creía que Piddle tu­v­ie­ra nin­gu­na opor­tu­ni­dad. Todo el mundo estaba pen­d­ien­te de Peter, que miró a Piddle con aten­ción y sonrió.

—¿Por qué de­be­ría ha­cer­lo? No ne­ce­si­to de­mos­trar­te nada. Esta ha­bi­li­dad no debe usarse para jugar, sino para cosas más im­por­tan­tes.

Piddle miró a su al­re­de­dor, a la docena de chicos y chicas que se habían con­gre­ga­do allí. Le­van­tó las manos.

—Pero aquí hay unas cuan­tas per­so­nas, creo, que puede que duden de que tú, tu alma o como qu­ie­ras lla­mar­lo pueda aban­do­nar tu cuerpo. Quizás duden in­clu­so de la exis­ten­c­ia del alma. Esta es tu opor­tu­ni­dad para con­ven­cer­nos. Venga, Peter, ve y com­prué­ba­lo. Luego yo lla­ma­ré a mi madre y ve­re­mos si tienes razón.

Peter se echó para atrás y se aco­mo­dó en el sofá de piel marrón, se acercó la taza a la boca y le dio un sorbo a su té antes de con­tes­tar.

—Así que no crees que ten­ga­mos alma. ¿Pien­sas que sim­ple­men­te somos trozos de carne que sa­tis­fa­cen sus ne­ce­si­da­des pri­ma­r­ias du­ran­te unos cuan­tos años y luego nos en­t­ie­rran y nos con­ver­ti­mos en polvo?

Dejó la taza en la mesa y muchos son­r­ie­ron. Jenny ya había oído esos ar­gu­men­tos antes. Le gus­ta­ban.

Piddle no se rindió.

—No cam­b­ies de tema, Peter. Ve ahora para que po­da­mos com­pro­bar­lo. Si ac­ier­tas la ropa que lleva mi madre, te pro­me­to que me ins­cri­bi­ré en la igle­s­ia y em­pe­za­ré a tra­ba­jar mañana mismo —dijo Piddle mien­tras le­van­ta­ba la mano como si es­tu­v­ie­ra ha­c­ien­do un ju­ra­men­to.

Los se­g­ui­do­res de­vo­tos de la cien­c­io­lo­gía fir­ma­ban un con­tra­to me­d­ian­te el que se com­pro­me­tí­an a tra­ba­jar para la igle­s­ia las tardes y los fines de semana du­ran­te dos años y medio. A cambio, tenían acceso a de­ter­mi­na­das te­ra­p­ias y cursos gratis.

—No te es­f­uer­ces. —Peter le­van­tó un poco la voz—. No voy a ha­cer­lo. No ju­ga­mos con estas cosas, ya te lo he dicho.

Jenny empezó a dudar. Aq­ue­llo era un poco ex­tra­ño. En re­a­li­dad, Peter tenía una opor­tu­ni­dad per­fec­ta para hacer callar a Piddle de una vez por todas y con­ven­cer a qu­ie­nes to­da­vía mos­tra­ban re­ti­cen­c­ias. ¿Por qué no lo hacía? Peter estaba a punto de ter­mi­nar aquel debate en una po­si­ción su­bor­di­na­da muy poco na­tu­ral: Jenny nunca lo había visto perder una dis­cu­sión. Y seguro que ella no era la única que estaba pen­san­do eso. La duda se coló en su in­te­r­ior. ¿Era po­si­ble que en re­a­li­dad Peter no pu­d­ie­ra aban­do­nar su cuerpo?

—Su­pon­go que com­pren­des que eso no suena es­pe­c­ial­men­te cre­í­ble —con­ti­nuó Piddle—. Ase­gu­ras que has al­can­za­do un de­ter­mi­na­do estado, ¿cómo lo has lla­ma­do?

—TO. Thetán ope­ran­te. El tercer nivel.

—Exacto. Eso sig­ni­fi­ca que puedes aban­do­nar tu cuerpo, lo que te per­mi­te hacer cier­tas cosas. ¿O so­la­men­te puedes mirar? ¿Puedes o no hacer otras cosas?

—Re­cu­pe­ras ha­bi­li­da­des que te per­mi­ten im­pac­tar en lo que lla­ma­mos MEST[1] sin de­pen­der de tu cuerpo. Re­cu­pe­rar­las es el tér­mi­no co­rrec­to, ya que son ha­bi­li­da­des que te­ní­a­mos en el pasado. In­clu­so los ma­te­r­ia­lis­tas como tú, Piddle. —Peter miró al­re­de­dor y sonrió. La son­ri­sa le fue de­v­uel­ta.

Piddle rio por lo bajo.

—¡Qué in­te­li­gen­te era Hub­bard! ¿Qué chaval de diez años no ha soñado con ser in­vi­si­ble para de­di­car­se a ha­cer­les tras­ta­das a los demás? Hub­bard robó ideas del bu­dis­mo y del hin­d­uis­mo para crear su propia pócima, y luego la for­mu­ló de manera que pa­re­c­ie­ra cien­tí­fi­ca. Se in­ven­tó unos cuan­tos ejer­ci­c­ios y dijo: «¡Voilà, una nueva re­li­gión!». Su ob­je­ti­vo era con­ver­tir­se en un Su­per­man in­vi­si­ble que lucha contra el mal. Y con el tiempo, su cuenta ban­ca­r­ia fue cre­c­ien­do más y más. Porque Hub­bard era un es­cri­tor de cien­c­ia-fic­ción fra­ca­sa­do. Es­cri­bía tan mal que no con­se­guía ga­nar­se la vida con la li­te­ra­tu­ra. Por eso, en lugar de seguir es­cri­b­ien­do, de­ci­dió fundar una re­li­gión. Es la mejor manera de ha­cer­se rico. Él mismo lo dijo.

Jenny pensó que se notaba que Piddle había venido pre­pa­ra­do. La his­to­r­ia sobre Hub­bard y el dinero no era nueva para ella. Pero sabía que Peter tenía buenas res­p­ues­tas en la re­cá­ma­ra. Es­cu­char aq­ue­lla dis­cu­sión era como mirar un com­ba­te de boxeo.

Peter se in­cli­nó sobre la mesa, sacó un ci­ga­rri­llo del pa­q­ue­te y lo en­cen­dió con calma. Ahora tenía a Piddle en su te­rre­no, y Jenny lo sabía. Ya había sido tes­ti­go de esa misma po­lé­mi­ca en otras oca­s­io­nes.

—L. Ron Hub­bard es­cri­bió cua­ren­ta libros sobre cien­c­io­lo­gía. Tam­bién nos dejó un vo­lu­men de die­ci­s­ie­te mil se­te­c­ien­tas pá­gi­nas sobre téc­ni­cas y pro­ce­sos te­ra­péu­ti­cos, y un vo­lu­men adi­c­io­nal de once mil ocho­c­ien­tas pá­gi­nas sobre cómo di­ri­gir una or­ga­ni­za­ción de cien­c­io­lo­gía. Im­par­tió más de cinco mil con­fe­ren­c­ias y tra­ba­jó más horas que un reloj du­ran­te tr­ein­ta años. ¿De verdad crees que una per­so­na que solo qui­s­ie­ra ha­cer­se rica in­ver­ti­ría tanto tiempo en un ne­go­c­io? ¡Ni si­q­u­ie­ra tuvo tiempo de dis­fru­tar del dinero, por el amor de Dios! Habría sido mucho más fácil vender el pro­duc­to de cual­q­u­ier otro.

—Lo que tú digas —con­tes­tó Piddle—. Está claro que crees que es un genio, y ya veo que no eres el único que lo piensa. Pero yo solo quiero una prueba. Dame una evi­den­c­ia de que puedes aban­do­nar tu cuerpo y te se­g­ui­ré en cuerpo y alma.

—Hay mu­chí­si­mas evi­den­c­ias —res­pon­dió Peter—. El Ins­ti­tu­to de In­ves­ti­ga­ción de Stan­ford, en Ca­li­for­n­ia, ha ana­li­za­do al­gu­nas ha­bi­li­da­des de los TO que pueden aban­do­nar su cuerpo. Un tipo, Ingo Swann, les de­mos­tró que era capaz de ver lo que ocu­rría en otros lu­ga­res, y dejó a los cien­tí­fi­cos com­ple­ta­men­te per­ple­jos. Las evi­den­c­ias se su­ce­den ex­pe­ri­men­to tras ex­pe­ri­men­to. El go­b­ier­no de Es­ta­dos Unidos está in­vir­t­ien­do mi­llo­nes de dó­la­res en in­ves­ti­ga­ción porque cree que los rusos nos llevan la de­lan­te­ra. Los the­ta­nes ope­ran­tes de Rusia han de­sa­rro­lla­do mé­to­dos para mo­di­fi­car bombas ató­mi­cas y mí­si­les a una gran dis­tan­c­ia.

—Quiero ver los in­for­mes de esos ex­pe­ri­men­tos —dijo Piddle.

Peter volvió a re­cli­nar­se en el sofá y soltó una bo­ca­na­da de humo como quien no quiere la cosa.

—Son es­tu­d­ios con­fi­den­c­ia­les —dijo mien­tras apa­ga­ba el ci­ga­rri­llo—. ¿Y sabes qué? In­clu­so si esta misma noche pu­d­ie­ra mos­trar­te la in­for­ma­ción, estoy seguro de que no te ren­di­rí­as, porque ya has tomado tu de­ci­sión. No crees en ello y solo acep­tas lo que sos­t­ie­ne tu forma de ver las cosas. Es com­ple­ta­men­te na­tu­ral. A esto se le llama «sesgo de con­fir­ma­ción». No­so­tros, los cien­ció­lo­gos, res­pe­ta­mos la li­ber­tad de opi­nión. Tú puedes pensar como qu­ie­ras. A mí lo que me im­por­ta es que las cosas fun­c­io­nen y que la gente se sienta bien, que todo el mundo pueda crecer y evo­lu­c­io­nar hasta con­ver­tir­se en una per­so­na libre y li­bre­pen­sa­do­ra que al­can­ce su máximo po­ten­c­ial.

Peter se quedó en si­len­c­io. Piddle lo miró. Una pe­q­ue­ña son­ri­sa ju­g­ue­te­a­ba en las co­mi­su­ras de sus labios.

—Esta noche tu alma no va a ir a dar una vuelta, ¿verdad?

Peter negó con la cabeza.

—De ac­uer­do. Ya lo tengo claro. Gra­c­ias por el pi­co­teo, estaba rico. Es­pe­c­ial­men­te los que­si­tos de La vaca que ríe. —Se le­van­tó, giró sobre sus ta­lo­nes y salió del piso dando un por­ta­zo.

—Piddle es el ejem­plo per­fec­to del lavado de ce­re­bro al que nos han so­me­ti­do du­ran­te los úl­ti­mos cin­c­uen­ta años —dijo Peter—. Está com­ple­ta­men­te en­ce­rra­do en su cuerpo, se­c­ues­tra­do por una men­ta­li­dad ma­te­r­ia­lis­ta. Me da pena. Es nues­tro deber in­ten­tar que estas per­so­nas eleven su estado de con­c­ien­c­ia. Te­ne­mos que en­se­ñar­les a ver su propia gran­de­za para que qu­ie­ran li­be­rar­se de la pri­sión en la que están cau­ti­vos. El futuro del pla­ne­ta está en juego. No po­de­mos ir por ahí ju­gan­do con nues­tras ha­bi­li­da­des. Te­ne­mos obli­ga­c­io­nes más im­por­tan­tes.

Peter y Mikael se pa­sa­ron el resto de la noche dando lec­c­io­nes sobre las fuer­zas ma­lig­nas que se habían pro­p­ues­to boi­co­te­ar a la cien­c­io­lo­gía. Di­je­ron que esas fuer­zas ma­lig­nas lle­va­ban siglos la­ván­do­le el ce­re­bro a la hu­ma­ni­dad para que la gente se con­si­de­ra­ra a sí misma un trozo de carne, en lugar de lo que eran en re­a­li­dad: cr­ia­tu­ras de un nivel más ele­va­do. Peter sacó un libro que había sido pu­bli­ca­do dos años antes, Ope­ra­ción con­trol de mentes, que re­ve­la­ba cómo el go­b­ier­no de Es­ta­dos Unidos se había ser­vi­do de la hip­no­sis y las drogas para trans­for­mar a per­so­nas nor­ma­les en mer­ce­na­r­ios y espías.

Ha­bla­ron de las cul­tu­ras al­ta­men­te de­sa­rro­lla­das que habían exis­ti­do mi­llo­nes de años atrás. De At­lan­tis, von Dä­ni­ken y Jo­nathan Li­vings­to­ne Se­a­gull, la ga­v­io­ta que no quiso ser como las otras ga­v­io­tas, que re­cha­zó la fe­li­ci­dad de li­mi­tar­se a pescar y seguir a la ban­da­da, que quería saber cuáles eran sus lí­mi­tes, cuán alto y cuán lejos podía volar. Al final de la noche, Jenny había ol­vi­da­do por com­ple­to que Pidde había estado allí.

Se sentía como si es­tu­v­ie­ra dro­ga­da. Dro­ga­da de cien­c­io­lo­gía, de aq­ue­llas per­so­nas que que­rí­an hacer tanto bien y que es­ta­ban con­ven­ci­das de que Jenny había em­pe­za­do a uti­li­zar sus ha­bi­li­da­des ocul­tas. Todo aq­ue­llo había tocado algo muy pro­fun­do dentro de ella, un hilo del que hasta ahora no había sido cons­c­ien­te, que había hi­ber­na­do en su in­te­r­ior du­ran­te los die­ci­s­ie­te años que había durado su vida y que ahora em­pe­za­ba a vibrar. Un anhelo que había notado en alguna oca­sión, pero al que no había sido capaz de darle un nombre. Por pri­me­ra vez en su vida, se sentía exul­tan­te, col­ma­da de una ener­gía po­de­ro­sa que la hacía in­ven­ci­ble.

Cuando Jenny y Stefan es­ta­ban a punto de irse, Peter salió al ves­tí­bu­lo.

—¿Qué pen­sáis de lo que ha ocu­rri­do antes con Piddle? —les pre­gun­tó.

Jenny no estaba segura de lo que debía decir. Stefan con­tes­tó:

—Bueno, Piddle es un co­mu­nis­ta ena­je­na­do, así que no me ha sor­pren­di­do nada. Si te soy sin­ce­ro, no en­t­ien­do por qué lo has in­vi­ta­do, pero creo que po­drí­as ha­ber­le se­g­ui­do la co­rr­ien­te. Ahora da la im­pre­sión de que algo ha que­da­do in­con­clu­so, y eso me fas­ti­d­ia. Re­al­men­te me habría gus­ta­do verte ganar, aunque creo que en­t­ien­do tu pos­tu­ra.

Peter sonrió.

—He con­si­de­ra­do se­r­ia­men­te acep­tar su reto —dijo—. Pero por suerte me lo he pen­sa­do mejor. Usar mi ha­bi­li­dad de esta forma está es­tric­ta­men­te prohi­bi­do. Además, aunque lo hu­b­ie­ra hecho y hu­b­ie­ra pro­ba­do que fun­c­io­na, no creo que Piddle se hu­b­ie­ra ren­di­do. Es un buen chico que quiere hacer lo co­rrec­to, pero el co­mu­nis­mo es una ide­o­lo­gía en­ga­ño­sa que se aban­de­ra con la con­si­de­ra­ción por los demás para es­con­der lo que en re­a­li­dad pre­ten­de: la es­cla­vi­tud. No­so­tros que­re­mos eman­ci­par a la hu­ma­ni­dad, darle li­ber­tad es­pi­ri­t­ual y física, ase­gu­rar­nos de que la gente tiene la opor­tu­ni­dad de ex­plo­tar todo su po­ten­c­ial y de usar este po­ten­c­ial para hacer el bien.

Jenny y Stefan an­du­v­ie­ron en si­len­c­io co­gi­dos de la mano el primer trecho desde la calle Vall­ga­tan, donde estaba el apar­ta­men­to de Peter. Gi­ra­ron a la de­re­cha en el parque Ami­ra­li­tet para pasar por Stor­to­get y llegar hasta Kungs­plan, donde Jenny tenía que coger un bus a Hästö. En la calle Södra Smed­je­ga­tan, Jenny vio a un grupo de gente de dis­tin­tas edades que salía en masa de un res­t­au­ran­te ele­gan­te. Re­co­no­ció a los padres de un com­pa­ñe­ro de clase de noveno grado, Bosse, y se dio cuenta de que todas aq­ue­llas per­so­nas eran em­ple­a­das de una di­vi­sión del as­ti­lle­ro de Karls­kro­na y que habían ce­le­bra­do una cena de em­pre­sa. Miles de hom­bres y mu­je­res aún tra­ba­ja­ban en el as­ti­lle­ro, a pesar de todos los re­cor­tes de los úl­ti­mos veinte años. Su padre siem­pre había bro­me­a­do con que los alum­nos que no se to­ma­ban en serio los es­tu­d­ios aca­ba­ban lim­p­ian­do lonas en el as­ti­lle­ro. Bosse había hecho prác­ti­cas allí, luego lo habían con­tra­ta­do un verano y, más tarde, con­si­g­uió un tra­ba­jo fijo de sol­da­dor. Todo el mundo lo en­vi­d­ia­ba porque de re­pen­te tenía un montón de dinero y pronto se mu­da­ría a su propio piso en el centro de la ciudad.

Jenny ob­ser­vó a los tra­ba­ja­do­res del as­ti­lle­ro, que iban muy arre­gla­dos, de­cir­se adiós con la mano, y de pronto fue cons­c­ien­te de lo in­tras­cen­den­tes que eran sus vidas. Mujer, hijos, piso, quizás un coche. Es­cla­vi­za­dos desde pri­me­ra hora de la mañana hasta última hora de la tarde en su mor­tal­men­te abu­rri­do y mo­nó­to­no tra­ba­jo en alguna má­q­ui­na. Su único sueño: aho­rrar su­fi­c­ien­te dinero para com­prar­se una casa, y quizás tam­bién un barco de vela. Uno de madera, porque los karls­kro­ni­tas des­pre­c­ia­ban los barcos de fibra de vidrio.

Ella anhe­la­ba algo dis­tin­to. Algo mucho más sus­tan­c­ial que un tra­ba­jo, una casa y un barco. Se detuvo y miró a Stefan, que se giró y clavó los ojos en Jenny.

—Stefan, quiero dar un paso más. Quiero asis­tir a cursos como oyente. Quiero ser una cien­ció­lo­ga de verdad.

[1]. MEST: Ma­te­r­ia, ener­gía, es­pa­c­io y tiempo, en sus siglas en inglés. (N. de la T.)

7

El día era si­len­c­io­so como una tumba y abra­sa­dor como un horno. En la dis­tan­c­ia, el cielo azul se iba acla­ran­do poco a poco mien­tras el sol se des­li­za­ba sobre las islas. Luke pasó por el parque Ho­gland de camino a la co­mi­sa­ría. Tenía sed y náu­se­as. Estaba pa­gan­do el precio de haber dejado que el ron co­rr­ie­ra por sus venas. Su único con­s­ue­lo era que se había ido pronto a la cama y había dor­mi­do pro­fun­da­men­te.

Tres tu­ris­tas po­la­cos es­ta­ban sen­ta­dos en la te­rra­za de la parada de kropp­ka­kors, una es­pe­c­ie de em­pa­na­di­llas de cerdo y patata. Dis­cu­tí­an a voces mien­tras en­gu­llí­an aq­ue­llas bolas gri­sá­ce­as. Justo ahí, Viktor lo había con­ven­ci­do de que les diera una opor­tu­ni­dad. Hasta en­ton­ces, se había negado a me­ter­se en la boca aq­ue­llas bolas blan­du­rr­ias. Pa­re­cí­an kn­ei­dels, las tí­pi­cas al­bón­di­gas judías que su tía solía servir con la sopa de pollo en su casa de Wi­ll­iams­burg los do­min­gos. Luke las odiaba tanto como los ri­t­ua­les re­li­g­io­sos que sus tíos prac­ti­ca­ban a diario. Eran buenas per­so­nas, pero es­ta­ban to­tal­men­te es­cla­vi­za­dos por las ce­re­mo­n­ias y las leyes judías. Los kropp­ka­kors sabían dis­tin­to a los kn­ei­dels, y Luke había apren­di­do a sa­bo­re­ar­los. Pero hoy no tocaba. Solo de verlos se le re­vol­vió el es­tó­ma­go, y apartó la vista rá­pi­da­men­te.

Pasó por la zona de juegos, donde un padre con­so­la­ba a su hija, que se había caído del co­lum­p­io cir­cu­lar en el que él había em­pu­ja­do a Agnes hacía solo unas se­ma­nas. Agnes había es­ta­lla­do en risas cuando él había em­pe­za­do a gi­rar­lo muy rápido.

La co­mi­sa­ría estaba en la es­q­ui­na no­ro­es­te de Trossö, en un edi­fi­c­io grande, alegre y ama­ri­llo. Luke había estado allí antes, y cada vez que lo vi­si­ta­ba re­cor­da­ba la pri­me­ra vez que había pisado la co­mi­sa­ría del no­na­gé­si­mo dis­tri­to de po­li­cía de Nueva York, en la Union Avenue de Wi­ll­iams­burg. Era 1981, él tenía ca­tor­ce y hacía un año que había muerto su madre. Luke for­ma­ba parte de los Re­bel­des del diablo, una de las muchas pan­di­llas ca­lle­je­ras que había en Bro­oklyn en los se­ten­ta y los ochen­ta. Los Re­bel­des del diablo aglu­ti­na­ban cuatro bandas: los Latin kings, los Leyes ho­mi­ci­das, los Judas y los Re­clu­ta­do­res im­pe­r­ia­les. Luke había en­tra­do pronto, con solo trece años. Se había hecho un hueco a puños cuando tres Re­bel­des lo ata­ca­ron para ro­bar­le y Luke luchó como un poseso hasta de­jar­los K.O. a los tres. Los ru­mo­res sobre aquel chaval enorme y va­l­ien­te co­rr­ie­ron como la pól­vo­ra, y dos días des­pués de la pelea el pre­si­den­te de los Re­bel­des del diablo, Apache, fue a bus­car­lo para pre­gun­tar­le si quería unirse a ellos. Aunque Luke dormía en la casa judía de su tía, la pan­di­lla se con­vir­tió en su nueva fa­mi­l­ia, una fa­mi­l­ia en guerra per­ma­nen­te con otras bandas ri­va­les de Wi­ll­iams­burg. Allí fue donde Luke apren­dió a luchar, con y sin armas.

Des­pués de un en­fren­ta­m­ien­to con los Nó­ma­das sal­va­jes, dos po­li­cí­as as­q­ue­ro­sos de­tu­v­ie­ron a Luke y lo lle­va­ron es­po­sa­do a la co­mi­sa­ría, donde lo me­t­ie­ron en un mi­nús­cu­lo agu­je­ro in­mun­do. Podía ver a aq­ue­llos agen­tes amar­ga­dos y des­cre­í­dos a través del cris­tal a prueba de balas. Lo ti­ra­ron en una celda es­tre­cha en la que pasó dos días, hasta que una tra­ba­ja­do­ra social lo sacó de allí.

La co­mi­sa­ría de Karls­kro­na era un es­pa­c­io ab­ier­to, ai­re­a­do y aco­ge­dor. En la re­cep­ción había un mos­tra­dor de abedul largo ador­na­do con gran­des plan­tas en los ex­tre­mos. En el fo­to­ma­tón para ha­cer­se las fotos de carné, una madre y su hijo es­pe­ra­ban para re­no­var el pa­sa­por­te. Al otro lado del mos­tra­dor, había dos zonas con sofás rojos y unas bo­ni­tas mesas de abedul. Una mujer madura ves­ti­da de pai­sa­no estaba sen­ta­da a la iz­q­u­ier­da del fo­to­ma­tón. Le sonrió y le hizo una señal para que se acer­ca­ra.

—¡Hola! Me llamo Luke Berg­mann. Tengo una cita, pero no re­c­uer­do el nombre de la per­so­na que me llamó —dijo. La mujer miró la pan­ta­lla de su or­de­na­dor.

—Ha que­da­do con el de­tec­ti­ve Anders Loman —res­pon­dió ella, y tecleó su número en el te­lé­fo­no de la re­cep­ción. El de­tec­ti­ve con­tes­tó en­se­g­ui­da.

—Re­cep­ción. Ha lle­ga­do tu visita. —Colgó y se di­ri­gió a Luke—: Anders baja ahora mismo.

Luke se sentó en uno de los si­llo­nes rojos de la sala de espera. Hacía cuatro días que habían en­con­tra­do a Viktor y a Agnes. No podía qui­tar­se de la cabeza la imagen de su amigo col­gan­do de la puerta del baño, ni tam­po­co la del cuer­pe­ci­to sin vida de Agnes en los brazos de The­re­se. La cita con el de­tec­ti­ve lo había obli­ga­do a salir de la cama, du­char­se y dar un paseo.

Tras unos mi­nu­tos, un hombre llegó a la re­cep­ción y se pre­sen­tó. Era Anders Loman.

—Gra­c­ias por venir. Vamos a mi ofi­ci­na.

Loman tenía unos cin­c­uen­ta y tantos años, era alto y del­ga­do, estaba en forma para su edad y lucía un bron­ce­a­do na­tu­ral como re­sul­ta­do de pasar tiempo al aire libre. Lle­va­ba el ca­be­llo cui­da­do­sa­men­te teñido de negro y bien pei­na­do hacia atrás. Cada pelo de su cabeza pa­re­cía estar dis­p­ues­to de forma exac­ta­men­te pa­ra­le­la a los demás. Mien­tras lo seguía hacia el in­te­r­ior de la co­mi­sa­ría, Luke pensó que pa­re­cía una re­pro­duc­ción en cho­co­la­te del va­q­ue­ro de Marl­bo­ro. Su­b­ie­ron tres pisos y se me­t­ie­ron en una sala que debía de ser su ofi­ci­na. Al verla, Luke tuvo la im­pre­sión de que Anders Loman era muy quis­q­ui­llo­so. Había un mon­ton­ci­to de pa­pe­les en per­fec­to orden sobre su mesa, un or­de­na­dor con la pan­ta­lla plana, una mesita con un termo de café y dos tazas, y una car­pe­ta verde ce­rra­da en el centro del es­cri­to­r­io. Tam­bién había ar­chi­va­do­res de dis­tin­tos co­lo­res ali­ne­a­dos en las es­tan­te­rí­as y, en la pared de detrás de la silla, un gra­va­do de Erik Dah­l­berg, donde se podía apre­c­iar la ciudad de Karls­kro­na a fi­na­les del siglo xvii. Todo estaba me­ti­cu­lo­sa­men­te dis­p­ues­to.

Loman invitó a Luke a que se sen­ta­ra en la silla de con­fi­den­te y llenó las dos tazas con café. Se le cayó una gota pe­q­ue­ña en la mesa e in­me­d­ia­ta­men­te sacó un rollo de papel de cocina del cajón y la limpió. Luke cogió la taza, agra­de­ci­do. Em­pe­za­ba a sentir un sudor frío y le tem­bla­ban las manos.

—Parece que ne­ce­si­ta un poco de café —dijo Loman.

—Ayer me em­bo­rra­ché —dijo Luke—. Desde el lunes me cuesta dormir.

—Es com­pren­si­ble —dijo Loman mien­tras abría la car­pe­ta verde—. Es una his­to­r­ia muy triste.

Luke no res­pon­dió. Anders Loman sacó un do­cu­men­to de la car­pe­ta y lo exa­mi­nó.

—Luke Berg­mann —dijo—. Se mudó de Nueva York a Ag­da­torp, a las af­ue­ras de Karls­kro­na, en 1997. Gra­d­ua­do en Tra­ba­jo Social en 2004 con un título de la Uni­ver­si­dad de Jämshög. Asis­ten­te en el Centro de Re­ha­bi­li­ta­ción de Apelgår­den, en Lis­terby, desde 2004.

—Acabo de em­pe­zar a tra­ba­jar en Eke­ku­llen, en Rödeby —dijo Luke—. La semana pasada.

Loman lo anotó.

—Una his­to­r­ia in­te­re­san­te —dijo, le­van­tan­do la mirada—. ¿Puede con­tar­me más sobre cómo ter­mi­nó en este agu­je­ro per­di­do de la mano de Dios?

—No —dijo Luke—. No en­t­ien­do qué podría tener que ver con el caso.

—Nada, en re­a­li­dad. Solo siento cu­r­io­si­dad. Me gusta Es­ta­dos Unidos. Viví en el sur de Washing­ton DC du­ran­te unos meses a fi­na­les de los no­ven­ta, cuando estuve en la Aca­de­m­ia In­ter­na­c­io­nal del FBI en Quan­ti­co. Fue la mejor época de mi vida.

—¿Y cómo es que un po­li­cía de Karls­kro­na tiene unos es­tu­d­ios tan su­pe­r­io­res? —pre­gun­tó Luke.

—Du­ran­te esa época tra­ba­ja­ba para los ser­vi­c­ios se­cre­tos en Es­to­col­mo —con­tes­tó Loman—. Pedí una beca de in­ves­ti­ga­ción, me la dieron y, como no tengo fa­mi­l­ia, vine aquí.

Luke se man­tu­vo en si­len­c­io. Loman se aclaró la gar­gan­ta.

—Bien, he leído lo que le dijo al sar­gen­to Lars­son el lunes —pro­si­g­uió, mien­tras cogía otro do­cu­men­to de la car­pe­ta verde—. ¿Quiere volver a leer su de­cla­ra­ción para com­pro­bar si sigue siendo co­rrec­ta? Si lo es, le agra­de­ce­ría que la fir­ma­ra al final de la última página.

Le acercó el do­cu­men­to a Luke, que empezó a leer. Ter­mi­nó, firmó y se lo de­vol­vió a Anders Loman.

—Es co­rrec­to.

—Muy bien. Gra­c­ias. —Loman lo metió en la car­pe­ta verde.

Luke sorbió el café.

—¿Y qué se les ha ocu­rri­do?

Anders Loman se apoyó en la silla y miró a Luke con sus claros ojos azules, que bri­lla­ban como dos arán­da­nos aún por ma­du­rar en con­tras­te con la tez morena.

—¿Qué quiere decir?

—Pues que qué se les ha ocu­rri­do en re­la­ción a lo que pudo pasar. ¿Cómo mu­r­ie­ron?

Anders Loman se in­cli­nó hacia Luke. Apoyó los codos en la mesa y juntó sus finos dedos. Soltó un largo sus­pi­ro.

—To­da­vía no te­ne­mos los re­sul­ta­dos de las au­top­s­ias, así que no po­de­mos estar se­gu­ros. Pero si quiere saber cuál es mi hi­pó­te­sis, se la diré con gusto.

Luke asin­tió.

—¿Se dio cuenta de que había un tarro con un polvo blanco al lado del or­de­na­dor del salón? —pre­gun­tó Loman.

Luke volvió a asen­tir.

—Se llama na­tr­ium phe­no­bar­bi­tal y se conoce co­mún­men­te como «fe­no­bar­bi­tal» —con­ti­nuó Loman—. Es un veneno que, en dosis muy pe­q­ue­ñas, solo es un som­ní­fe­ro. Pero un gramo es su­fi­c­ien­te para matar a una per­so­na. Ac­t­ual­men­te lo usan los ve­te­ri­na­r­ios para dormir a los ani­ma­les. Tam­bién lo em­ple­an en una co­no­ci­da clí­ni­ca de eu­ta­na­s­ia en Suiza. En el vaso que había al lado del tarro en­con­tra­mos polvo mez­cla­do con agua. Pro­ba­ble­men­te esa fue la causa de la muerte de Agnes Span­del. Hablé con los pa­ra­mé­di­cos que fueron al apar­ta­men­to y di­je­ron que había restos de polvo en la boca de la niña. De la causa de la muerte de su padre no es­ta­mos se­gu­ros. Pro­ba­ble­men­te murió por ahor­ca­m­ien­to, pero lo sa­bre­mos con cer­te­za en unos días, cuando el de­par­ta­men­to fo­ren­se de Lund nos mande el in­for­me de la au­top­s­ia.

—¿Quiere decir que Viktor obligó a Agnes a tomar el veneno? —pre­gun­tó Luke.

—No creo que ella lo tomara vo­lun­ta­r­ia­men­te —con­tes­tó Loman—. Se trata de una sus­tan­c­ia te­rri­ble­men­te amarga, y había una ta­ble­ta de cho­co­la­te medio em­pe­za­da al lado del vaso. Pro­ba­ble­men­te él le diera el cho­co­la­te cuando ella se bebió la mezcla. Agnes la de­rra­mó o es­cu­pió un poco. La po­li­cía cien­tí­fi­ca ha en­con­tra­do restos del lí­q­ui­do en el suelo.

Luke negó con la cabeza. Loman lo miró, sor­pren­di­do.

—¿Usted no cree que ocu­rr­ie­ra así?

—Es que no lo en­t­ien­do —dijo Luke—. Me cuesta mu­chí­si­mo creer que Viktor pu­d­ie­ra hacer algo se­me­jan­te. ¿Es fácil en­con­trar ese veneno? ¿Puede com­prar­lo cual­q­u­ie­ra?

—No en Suecia, a no ser que seas un ve­te­ri­na­r­io cer­ti­fi­ca­do —con­tes­tó Loman—. Mi teoría es que Viktor lo buscó por in­ter­net y lo compró en una página ex­tran­je­ra.

Luke se quedó en si­len­c­io un mo­men­to.

—¿Cuándo murió Viktor? —pre­gun­tó.

—Esto tam­po­co lo sa­be­mos to­da­vía —con­tes­tó Loman—. Pero nues­tro fo­ren­se hizo una es­ti­ma­ción pre­li­mi­nar de la hora de la muerte al­re­de­dor de las ocho y media de la tarde del lunes. La niña murió des­pués, como ya sabe. Usted estaba en el piso en ese mo­men­to.

—Media hora antes de que yo lla­ma­ra al timbre —dijo Luke.

Loman asin­tió.

—Usted lo co­no­cía bien, según tengo en­ten­di­do —dijo Loman—. ¿Tiene idea de por qué haría algo tan drás­ti­co?

—Es to­tal­men­te in­com­pren­si­ble. Lo vi el sábado y estaba de muy buen humor, como siem­pre. Se en­con­tra­ba bien.

Loman re­vol­vió los pa­pe­les.

—Por lo que nos han dicho, Viktor Span­del había su­fri­do al­gu­nos epi­so­d­ios de­pre­si­vos re­c­ien­te­men­te. El último fue cuando su mujer lo dejó en… —Loman cogió un do­cu­men­to y leyó—: 2001, hace tres años. —Volvió a le­van­tar la vista—. Quizás esto lo ex­pli­ca todo. Puede que vol­v­ie­ra a estar de­pri­mi­do y de­ci­d­ie­ra qui­tar­se la vida y ven­gar­se de su ex­mu­jer lle­ván­do­se a la niña con él. No sería la pri­me­ra vez que ocurre algo así.

Sus ojos azules se cla­va­ron en Luke. Él se re­cli­nó en la silla e in­ten­tó di­ge­rir lo que aca­ba­ba de oír. ¿Ven­gar­se de The­re­se? ¿Podía ser esa la causa? Viktor se había que­da­do hecho polvo des­pués de que ella lo dejara, pero era im­po­si­ble que lle­ga­ra hasta el punto de matar a Agnes. Viktor no. No era una per­so­na amar­ga­da ni ven­ga­ti­va. Y, por encima de todo, nunca ma­ta­ría a su propia hija.

—Es im­po­si­ble que Viktor hi­c­ie­ra pasar por eso a su hija, ella era lo que más quería en el mundo.

Anders Loman se re­cli­nó.

—Que­re­mos creer que co­no­ce­mos a los amigos —dijo—. Pero la gente no siem­pre nos mues­tra lo que piensa y siente en re­a­li­dad. Ni si­q­u­ie­ra nues­tros amigos más ín­ti­mos. ¿Es po­si­ble que Viktor no qui­s­ie­ra pa­re­cer débil o que qui­s­ie­ra evitar que usted se pre­o­cu­pa­ra? ¿Cuánto hacía que se co­no­cí­an?

—Diez años —con­tes­tó Luke—. In­clu­so viví con Viktor y Agnes du­ran­te al­gu­nas tem­po­ra­das, como hace tres años, la última vez que él pasó por una mala época.

—En­t­ien­do lo te­rri­ble que debe pa­re­cer­le esta hi­pó­te­sis —dijo Loman—. Créame. Sé lo que se siente.

Anders Loman se in­cli­nó hacia de­lan­te y apoyó sus manos en la mesa. Luke pudo apre­c­iar que las tenía muy arru­ga­das y dedujo que era mayor de lo que pa­re­cía.

—Pero tam­bién había una es­pe­c­ie de nota de sui­ci­d­io en el piso. Estaba en el dor­mi­to­r­io. Encima de la al­mo­ha­da.

Luke lo miró fi­ja­men­te. Se le erizó el vello de los brazos. Si Viktor había es­cri­to una nota de sui­ci­d­io, en­ton­ces podría ser que el ins­pec­tor tu­v­ie­ra razón.

—¿Una es­pe­c­ie de nota de sui­ci­d­io? —pre­gun­tó con calma, como si le diera miedo saber más.

—Sí. Es críp­ti­ca, pero cla­ra­men­te es una nota de sui­ci­d­io. Usted lo co­no­cía bien. ¿Sabe si Viktor creía en la re­en­car­na­ción?

—¿Puedo ver la nota?

Anders Loman volvió a abrir la car­pe­ta verde y empezó a pasar do­cu­men­tos. Sacó un trozo de papel metido en una bolsa de plás­ti­co y lo dejó en­fren­te de Luke, que lo cogió con cui­da­do. En el papel había es­cri­ta una sola frase:

Del na­ci­m­ien­to del cuerpo a la

tumba del cuerpo y luego

de nuevo al na­ci­m­ien­to.

El texto estaba es­cri­to a or­de­na­dor. Luke leyó la frase varias veces. Tuvo que con­cen­trar­se para poder asi­mi­lar el sig­ni­fi­ca­do de aq­ue­llas pa­la­bras. Estaba claro que tenía que ver con la re­en­car­na­ción, y estaba es­cri­to como un poema.

Viktor no era afi­c­io­na­do a la es­cri­tu­ra, y mucho menos a la poesía. Lo único que es­cri­bía eran co­rre­os elec­tró­ni­cos de tra­ba­jo.

—Esto es ab­sur­do —dijo Luke fi­nal­men­te—. Ha­blá­ba­mos mu­chí­si­mo sobre re­li­gión y Viktor era ag­nós­ti­co, como yo, aunque yo nací en una fa­mi­l­ia judía. Me dijo que cuando era joven fue cap­ta­do por una secta, pero al cabo de un tiempo logró es­ca­par y du­ran­te muchos años se opuso fir­me­men­te a cual­q­u­ier re­li­gión. Des­pués del di­vor­c­io, relajó un poco su pos­tu­ra y ter­mi­nó de­ci­d­ien­do que no le im­por­ta­ba si Dios exis­tía o si había vida des­pués de la muerte. Me dijo que ya lo des­cu­bri­ría cuando lle­ga­ra el mo­men­to.

Luke volvió a mirar la frase.

—Además, esto está es­cri­to como un poema. Viktor no es­cri­bía poesía. Es más, tam­po­co la leía. Solo le gus­ta­ban las no­ve­las negras y los libros de psi­co­lo­gía.

Anders Loman se frotó las manos.

—Suena ex­tra­ño, eso es in­ne­ga­ble —dijo—. Pero la nota estaba ahí, y hemos com­pro­ba­do que salió de im­pre­so­ra de su casa. ¿Cómo ex­pli­ca esto?

—No lo sé —dijo Luke—. Solo sé que Viktor nunca le haría nada malo a su hija.

—¿Así que cree que al­g­u­ien los mató? —pre­gun­tó Loman—. Si es así, ¿por qué? Por lo que sa­be­mos, no ro­ba­ron nada del apar­ta­men­to. Tam­po­co hay signos de que for­za­ran la puerta. Además, hemos com­pro­ba­do la cuenta ban­ca­r­ia y las ac­c­io­nes de Viktor y están in­tac­tas.

Luke se cubrió la cara con las manos, se dejó caer hacia de­lan­te y apoyó los codos en las ro­di­llas. No en­ten­día nada. ¿Podía ser que es­tu­v­ie­ra eq­ui­vo­ca­do sobre Viktor? Ob­v­ia­men­te, todo el mundo tiene se­cre­tos. Pero ¿por qué iba a mentir Viktor sobre ser ag­nós­ti­co? No tenía sen­ti­do.

Le­van­tó la vista. Anders Loman lo miraba en si­len­c­io. Luke asumió que si seguía en­ro­ca­do en que Viktor no había ase­si­na­do a su propia hija, no lo­gra­ría avan­zar.

—En­ton­ces, ¿por qué Viktor no se tomó tam­bién ese polvo? —dijo Luke, cam­b­ian­do de tercio—. ¿Por qué forzar a Agnes a que se lo tomara y luego ahor­car­se? Anders se le­van­tó e hizo una señal para darle a en­ten­der que la con­ver­sa­ción había ter­mi­na­do.

—Sí, buena pre­gun­ta. Pero ¿quién sabe? Quizás pensó que era una forma más rápida de llegar a la otra vida. El veneno puede tardar horas en afec­tar al sis­te­ma ner­v­io­so y la res­pi­ra­ción.

Luke se le­van­tó, encajó la mano de Anders Loman y pre­gun­tó si podía ir al piso de Viktor. Dijo que ne­ce­si­ta­ba re­co­ger al­gu­nos libros y cedés que le había pres­ta­do.

—Sería mejor que es­pe­ra­ra unos días —dijo Loman—. El piso estará pre­cin­ta­do hasta que ten­ga­mos los re­sul­ta­dos de las au­top­s­ias. Hemos cam­b­ia­do la ce­rra­du­ra y está prohi­bi­do entrar. Pero en cuanto el acceso esté per­mi­ti­do, me pondré en con­tac­to con usted para que pueda ir a re­co­ger sus cosas.

Luke asin­tió y salió del des­pa­cho. Ya fuera de la co­mi­sa­ría, miró el reloj y lo cegó la bri­llan­te luz del sol. Fal­ta­ba media hora para su cita con Karin Hart­man, la psi­có­lo­ga de Viktor, que había ac­ce­di­do a hablar con él in­me­d­ia­ta­men­te. Estaba al co­rr­ien­te de lo que había ocu­rri­do.

Se quedó de pie en la acera unos mi­nu­tos. Ya no tenía náu­se­as, pero el calor lo ma­re­a­ba. Tuvo que sen­tar­se para pensar. Vio un banco al otro lado de la calle, cruzó y se sentó. Se sentía como si es­tu­v­ie­ra dentro de un ac­ua­r­io, mi­ran­do lo que ocu­rría a través del cris­tal. La imagen que tenía de Viktor había cam­b­ia­do por com­ple­to. Pen­sa­ba que lo co­no­cía bien, pero estaba claro que se había eq­ui­vo­ca­do. Viktor tenía cier­tas ideas… ideas de­ses­pe­ra­das que no com­par­tía con él.

Miró hacia el edi­fi­c­io de la co­mi­sa­ría. Anders Loman lo ob­ser­va­ba de pie junto a la ven­ta­na. Sus meses de for­ma­ción con el FBI habían im­pre­s­io­na­do a Luke. Además, pa­re­cía com­pe­ten­te y edu­ca­do. Luke no estaba acos­tum­bra­do a eso en lo que res­pec­ta­ba a los po­li­cí­as. Loman lo saludó. Luke res­pon­dió le­van­tan­do la mano y empezó a ca­mi­nar len­ta­men­te hacia el sur de la ciudad.

Ya co­no­cía a Karin Hart­man. La había visto al­gu­nas veces. La pri­me­ra había sido dos años atrás, cuando llevó a Viktor a la clí­ni­ca pri­va­da de Ron­neby­ga­tan des­pués de que su­fr­ie­ra un epi­so­d­io de­pre­si­vo menor. Karin irra­d­ia­ba in­te­li­gen­c­ia y com­pe­ten­c­ia, y le cayó muy bien. Sabía que Viktor to­da­vía la vi­si­ta­ba, aunque no tan a menudo como cuando había estado re­al­men­te mal. Karin era es­pe­c­ia­lis­ta en de­pre­sión e in­clu­so había pu­bli­ca­do un libro al res­pec­to.

Luke cogió el as­cen­sor hasta la quinta planta y entró por la puerta se­ña­li­za­da: «Nivel sa­ni­ta­r­io 5». La doc­to­ra com­par­tía re­cep­ción y es­pa­c­io con otros tra­ba­ja­do­res au­tó­no­mos del sector sa­ni­ta­r­io: un ma­sa­jis­ta, una os­teó­pa­ta y un es­pe­c­ia­lis­ta en mind­ful­ness. Aq­ue­lla sala le re­cor­da­ba a un spa: ilu­mi­na­ción tenue, mo­bi­l­ia­r­io en tonos claros, velas aro­má­ti­cas en los al­féi­za­res de las ven­ta­nas y una pe­q­ue­ña fuente bor­bo­te­an­te que trans­mi­tía calma y ar­mo­nía.

Se di­ri­gió a la re­cep­ción y, cuando estaba a punto de tomar as­ien­to en la sala de espera, Karin salió de su des­pa­cho. Tenía unos se­sen­ta años y el pelo rubio cor­ta­do a lo paje. Era bajita y re­chon­cha, lle­va­ba gafas de pasta negra y un ves­ti­do es­tam­pa­do. Tenía una mirada avis­pa­da pero tran­q­ui­la. Fue hacia Luke y lo abrazó.

—Siento mu­chí­si­mo lo que ha ocu­rri­do, Luke —dijo—. Ven, vamos a mi des­pa­cho.

Si no fuera por el es­cri­to­r­io, po­drí­an haber estado en el salón de una casa par­ti­cu­lar. Junto a la ven­ta­na de prin­ci­p­ios del siglo xx había dos si­llo­nes negros pul­cros y ele­gan­tes y una mesita re­don­da de cris­tal. Una es­tan­te­ría llena de libros de me­di­ci­na y psi­co­lo­gía cubría todo el la­te­ral de la es­tan­c­ia. Bo­ni­tas li­to­gra­fí­as col­ga­ban de las pa­re­des. Y, por su­p­ues­to, había un sofá: un mueble cómodo y aco­ge­dor, no del estilo aus­te­ro y ge­o­mé­tri­co que a menudo apa­re­cen en las pe­lí­cu­las in­te­lec­t­ua­les es­ta­d­ou­ni­den­ses.

Karin invitó a Luke a sen­tar­se en el sofá.

—¿Qu­ie­res algo? ¿Café, té?

Le dijo que no.

—Te agra­dez­co que me re­ci­bas con tan poca an­te­la­ción —dijo Luke.

—Es lo menos que puedo hacer. Viktor era un pa­c­ien­te que tenía en gran estima.

Karin pa­re­cía una modelo del ca­tá­lo­go de Gudrun Sjödén. Se movía con gracia. «To­da­vía es guapa —pensó Luke—. De joven debió de ser pre­c­io­sa». Se sentó en uno de los si­llo­nes negros.

—Nor­mal­men­te solo hablo de los pa­c­ien­tes con sus fa­mi­l­ia­res, si tengo el per­mi­so del pa­c­ien­te, claro —con­ti­nuó—. Pero no queda nadie vivo de la fa­mi­l­ia de Viktor, y como me contó que te­ní­ais una re­la­ción muy es­tre­cha, haré una ex­cep­ción. Se­gu­ra­men­te estés pen­san­do por qué no pu­dis­te an­ti­ci­par­te —con­ti­nuó Karin, ex­pre­san­do pre­ci­sa­men­te lo que ob­se­s­io­na­ba a Luke.

—He em­pe­za­do a cues­t­io­nar mi juicio —con­tes­tó Luke—. No puedo en­ten­der cómo se me pasó por alto.

—No eres el único. Yo he estado aquí sen­ta­da con Viktor du­ran­te muchos meses, ha­blan­do de­ta­lla­da­men­te sobre su vida emo­c­io­nal, y tam­po­co pude pre­ver­lo.

Se re­cli­nó en el sillón, des­can­só las manos en el regazo y negó con la cabeza mien­tras ha­bla­ba.

—Si lo hu­b­ie­ra visto venir, me habría ase­gu­ra­do de que me vi­si­ta­ra con más fre­c­uen­c­ia y de que re­ci­b­ie­ra aten­ción in­me­d­ia­ta.

—En­t­ien­do que to­da­vía os veíais a menudo —dijo Luke.

—Venía dos veces al mes. Nos es­tu­vi­mos viendo cada quince días du­ran­te casi un año.

—¿No te parece ex­tra­ño que si­g­u­ie­ra vi­n­ien­do aquí, que in­vir­t­ie­ra tiempo y dinero en una psi­có­lo­ga, y que no te ha­bla­ra de los pen­sa­m­ien­tos des­truc­ti­vos que tenía?

—Viktor con­f­ia­ba com­ple­ta­men­te en mí —con­tes­tó Karin—. Tuvo ideas sui­ci­das jus­ta­men­te des­pués de salir del hos­pi­tal, hace más de dos años. Ese es el mo­men­to más crí­ti­co para las per­so­nas con de­pre­sión. Pero lo superó, y du­ran­te el último año no dijo nada que in­di­ca­ra que tenía planes de este tipo.

—Nunca me habló de estos pen­sa­m­ien­tos —dijo Luke.

—La ma­yo­ría no lo hace.

—¿Pen­sa­ba en la re­li­gión? —pre­gun­tó Luke—. ¿Te contó que cuando era joven estuvo en una secta?

—Sí, pero no me dijo que eso lo afec­ta­ra en la ac­t­ua­li­dad. Hasta cierto punto estaba agra­de­ci­do por la ex­pe­r­ien­c­ia, aunque lo que vivió fuera una locura. Se lo tomaba como un de­li­r­io de ju­ven­tud.

Karin se acercó a Luke.

—Tú no po­drí­as haber hecho nada, ¿lo en­t­ien­des? Te lo ga­ran­ti­zo. Es muy usual que las per­so­nas que se sui­ci­dan lo hagan sin haber dado nin­gu­na señal.

—Es que no lo en­t­ien­do —dijo Luke—. Estuve en su casa el sábado por la tarde, y Viktor estaba de tan buen humor… Dos días des­pués, hace esto.

—Eso tam­bién ocurre a veces—dijo Karin—. Para al­gu­nas per­so­nas, la de­ci­sión de sui­ci­dar­se es li­be­ra­do­ra. Cuando toman la de­ter­mi­na­ción, pien­san que han en­con­tra­do la so­lu­ción a sus pro­ble­mas. Y en­ton­ces se sien­ten fe­li­ces, por más ex­tra­ño que te pa­rez­ca.

Karin calló. Los dos se que­da­ron en si­len­c­io unos ins­tan­tes.

—Lo que más me cuesta en­ten­der es por qué se llevó a su hija con él —dijo Karin des­pués—. No encaja con la imagen que tengo de Viktor. No soy una ex­per­ta en este tema, pero podría ase­gu­rar que, cuando un pro­ge­ni­tor mata a su hijo o a su hija, suele pa­de­cer una en­fer­me­dad psi­co­ló­gi­ca grave y a menudo lo hace bajo una fuerte in­fl­uen­c­ia de las drogas. Sea como sea, se trata de un suceso trá­gi­co.

Sus­pi­ró y se le­van­tó, dando por ter­mi­na­da la con­ver­sa­ción.

—Cuando ocu­rren estas cosas, una se siente in­com­pe­ten­te como doc­to­ra.

Luke tam­bién se le­van­tó y le dio la mano.

—Creo que tú tam­po­co po­drí­as haber hecho nada.

Karin le dio las gra­c­ias y se en­ca­mi­nó hacia la puerta.

—De­be­rí­as saber que Viktor va­lo­ra­ba mu­chí­si­mo tu amis­tad —dijo Karin—. A menudo ha­bla­ba de ti du­ran­te las se­s­io­nes. Espero que puedas en­con­trar algún con­s­ue­lo en ello.

Aq­ue­llas pa­la­bras vol­v­ie­ron a meter a Viktor en el ac­ua­r­io. Pre­fi­rió bajar los cinco pisos a pie. Ni si­q­u­ie­ra se dio cuenta de que hacía un día es­plén­di­do y so­le­a­do en Karls­kro­na, la ca­pi­tal de la costa sueca.

8

Pa­sa­das las once de la mañana, Thomas Svärd salió de la au­to­pis­ta E22, que unía Karls­kro­na y Nät­traby, y se metió con el coche en el apar­ca­m­ien­to de Sum­mer­land, el parque acuá­ti­co de Ble­kin­ge. Sum­mer­land tenía una pis­ci­na, una zona de juegos con cho­rros de agua, una pista de karts y cas­ti­llos hin­cha­bles. Fuera había unos cien vehí­cu­los apar­ca­dos. Antes de entrar, Svärd sacó una si­lli­ta in­fan­til del ma­le­te­ro y la colocó en el as­ien­to del co­pi­lo­to.

Esa mañana se había le­van­ta­do pronto para te­ñir­se la melena rubia de negro aza­ba­che. Tam­bién se había re­pa­sa­do la barba. Cuando se miraba al espejo, le gus­ta­ba lo que veía. Sabía que era atrac­ti­vo. Además, se es­for­za­ba por estar en forma. Cada dos días salía a correr un buen rato por la isla, y los días que no corría hacía fle­x­io­nes, ab­do­mi­na­les y do­mi­na­das. Las mu­je­res se fi­ja­ban en él. Con su pelo oscuro y su barba de tres días, se pa­re­cía a George Clo­o­n­ey.

A las diez en punto entró en el In­ters­port del centro co­mer­c­ial Ami­ra­len, en Karls­kro­na. Compró un gorro de paja, un ba­ña­dor, una bolsa de playa, un pareo, dos flo­ta­do­res de co­lo­res, una toalla de adulto y dos de niño: una con una imagen de Pipi Cal­zas­lar­gas y otra de la pe­lí­cu­la Cars. Luego fue a la ga­so­li­ne­ra Sta­t­oil, de donde salió con una silla ple­ga­ble de playa, gafas de sol, chu­che­rí­as y la última novela negra de Jens La­pi­dus.

Cuando llegó a la puerta de Sum­mer­land, ves­ti­do con su camisa de lino blanca y sus ber­mu­das azul marino, iba car­ga­do con todas aq­ue­llas com­pras. La chica de la en­tra­da era nueva. La última vez, Svärd solo había ido a comer y a mirar a los críos, pero el per­so­nal del parque reparó en él. En la en­tra­da, se dio cuenta de que lo mi­ra­ban más de lo normal, y luego la en­car­ga­da le ordenó a una de las chicas que lo si­g­u­ie­ra. Esta vez ten­dría que ir con más cui­da­do.

La re­cep­c­io­nis­ta se apoyó en el mos­tra­dor y lo miró de arriba abajo.

—¿Ha venido solo? —pre­gun­tó. Svärd le res­pon­dió con una son­ri­sa.

—No. Mi ex está a punto de llegar. Se ha re­tra­sa­do un poco, eso es todo. Pagaré ahora las en­tra­das. Un adulto y dos niños.

—¿Miden más de un metro?

Svärd la miró con cara de no en­ten­der nada.

—Los niños de menos de un metro entran gratis —le aclaró la chica.

—Ah, sí, claro. Uno mide menos y la otra más.

Pagó, cogió sus cosas y entró di­rec­ta­men­te a la zona de la pis­ci­na. Estaba a re­ven­tar. Casi todas las tum­bo­nas es­ta­ban ocu­pa­das y el césped, sem­bra­do de to­a­llas y pareos. Hacía calor. Sobre la caseta de in­for­ma­ción, el ter­mó­me­tro di­gi­tal mar­ca­ba 30 grados. Svärd se quedó de pie, bus­can­do el mejor sitio. Si se ponía en el césped con la toalla, se arr­ies­ga­ba a que al­g­u­ien viera que estaba solo, pero si en­con­tra­ba una tum­bo­na al lado de una madre sola pa­re­ce­ría que había venido con ella.

Bajó la es­ca­le­ra, pasó por la pis­ci­na in­fan­til y se acercó si­gi­lo­sa­men­te a las tum­bo­nas. Vio a una mujer y a dos niños co­mién­do­se un helado. Justo al lado había una tum­bo­na libre. Le pre­gun­tó a la mujer si estaba ocu­pa­da y ella le dijo que no. Svärd se dio cuenta de que miraba al­re­de­dor, bus­can­do a su fa­mi­l­ia.

—Mi ex viene ahora con los niños —dijo él con una son­ri­sa—. Llegan un poco tarde.

La mujer le res­pon­dió con otra son­ri­sa mien­tras lim­p­ia­ba los chu­rre­tes de helado de la cara de su hija, que no paraba de dar sal­ti­tos. Se notaba que estaba de­se­an­do que la de­ja­ran volver a la pis­ci­na. Thomas cal­cu­ló que ten­dría unos ocho o nueve años. Era de­ma­s­ia­do mayor. Y de­ma­s­ia­do fea.

Thomas dejó las cosas en el suelo y colocó la tum­bo­na de cara a la pis­ci­na in­fan­til y a la en­tra­da. Se quitó la camisa de lino y se en­vol­vió con la toalla para po­ner­se el ba­ña­dor. Mien­tras se cam­b­ia­ba, se dio cuenta de que la mujer lo miraba di­si­mu­la­da­men­te. Era gorda y poco atrac­ti­va, se­gu­ra­men­te estaba sol­te­ra. Él se tumbó, cogió el libro y fingió su­mer­gir­se en él, aunque, en re­a­li­dad, tras las gafas de sol, sus ojos iban en busca de la niña ade­c­ua­da. Des­pués de quince mi­nu­tos, la en­con­tró. Tenía unos cinco años y el pelo rubio y on­du­la­do. Estaba pre­c­io­sa con su di­mi­nu­to bikini rojo. De pronto echó a correr y se sentó a menos de veinte metros de Thomas, en un pareo donde había dos niños más —se­gu­ra­men­te sus her­ma­nos— y una mujer.

Los niños comían y la mujer ha­bla­ba por el móvil. Thomas se fijó en que cuando no estaba ha­blan­do, se de­di­ca­ba a mi­rar­lo. Per­fec­to: una madre ego­cén­tri­ca y dis­tra­í­da. Al rato, los niños ter­mi­na­ron de comer y sa­l­ie­ron dis­pa­ra­dos hacia la pis­ci­na in­fan­til. En­ton­ces, la madre le­van­tó la vista y gritó algo, pero no le hi­c­ie­ron caso. Se­gu­ra­men­te les estaba di­c­ien­do a los ma­yo­res que vi­gi­la­ran a su her­ma­na pe­q­ue­ña. Thomas se le­van­tó, cogió la cámara y se di­ri­gió a la pis­ci­na, donde se quedó de pie, mi­ran­do a los críos. Al­re­de­dor había bas­tan­tes padres y madres vi­gi­lan­do a sus pe­q­ue­ños. Thomas agarró bien fuerte su cámara: la niña se había arro­di­lla­do en el borde de la pis­ci­na e in­ten­ta­ba al­can­zar un ju­g­ue­te que flo­ta­ba en el agua. La parte de abajo del bikini se le había metido entre las pe­q­ue­ñas nalgas, que habían que­da­do al des­cu­b­ier­to.

Se puso al lado de la niña. Pri­me­ro fingió fo­to­gra­f­iar otras cosas, pero cuando lo vio claro la apuntó di­si­mu­la­da­men­te con el ob­je­ti­vo du­ran­te un se­gun­do y tomó tres fotos. Luego alejó la cámara há­bil­men­te y volvió a hacer como que estaba pen­d­ien­te de la pis­ci­na. Mo­men­tos des­pués, bajó la cámara y miró al­re­de­dor. Ningún padre había re­pa­ra­do en él. De pronto, la chi­q­ui­lla se in­cli­nó de­ma­s­ia­do y cayó a la pis­ci­na. No era pro­fun­da, pero se asustó y empezó a dar ma­no­ta­zos y gran­des sal­pi­co­nes. Sus her­ma­nos es­ta­ban en el to­bo­gán y no se dieron cuenta de lo que había ocu­rri­do, de modo que Thomas dejó la cámara en el suelo, se lanzó a la pis­ci­na y sacó a la niña del agua. La pe­q­ue­ña, que gi­mo­te­a­ba y se sorbía los mocos, lo rodeó con los brazos. Él la con­so­ló y la sentó en el borde de la pis­ci­na.

—¿Te has asus­ta­do? —le pre­gun­tó.

La niña asin­tió con la cabeza.

—No te pre­o­cu­pes, ya estás a salvo. ¿Cómo te llamas?

—Anna.

—Qué nombre tan bonito. ¿Te puedo llevar con tu madre?

Ella volvió a asen­tir, y Thomas salió de la pis­ci­na, res­ca­tó su cámara, cogió a Anna de la mano y la llevó hacia el césped. Allí, la niña le contó a su madre lo que había ocu­rri­do, y la madre le dio las gra­c­ias a Thomas.

—Tendré que hablar muy en serio con sus her­ma­nos —ase­gu­ró—. Me han pro­me­ti­do que la vi­gi­la­rí­an. Anna, ¿ya le has dado las gra­c­ias a este señor tan amable?

Anna negó con la cabeza.

—Pues dá­se­las, venga.

—Gra­c­ias —dijo la niña mi­ran­do a Thomas, que le dedicó su son­ri­sa más se­duc­to­ra.

—De nada, Anna. Pro­mé­te­me que irás con cui­da­do la pró­xi­ma vez que estés cerca de la pis­ci­na.

Anna sonrió con ti­mi­dez y se agarró a su madre. Thomas les dijo adiós antes de volver a su tum­bo­na.

—He visto lo que ha pasado —dijo la mujer de al lado—. Bien hecho.

—Gra­c­ias —res­pon­dió Thomas—. Se­gu­ra­men­te no le habría ocu­rri­do nada, no ha caído en una zona de­ma­s­ia­do pro­fun­da.

—Nunca se sabe —con­tes­tó la mujer—. No sé qué le pasa por la cabeza a esa mujer. Ella se queda ahí, sen­ta­da con el móvil, y delega en los hijos ma­yo­res la res­pon­sa­bi­li­dad de cuidar a la pe­q­ue­ña. No me entra en la cabeza.

Thomas cogió el libro y volvió a fingir que leía. Le pa­re­ció que la mujer pre­ten­día co­q­ue­te­ar, y él no quería se­g­uir­le la co­rr­ien­te. No tenía tiempo para aq­ue­lla gorda pesada. Miró hacia el césped, donde ahora la madre de Anna estaba ri­ñen­do a sus otros hijos. Al cabo de unos mi­nu­tos, Anna quiso ir a jugar. La madre le ordenó al her­ma­no mayor que la co­g­ie­ra de la mano, y los dos niños se di­ri­g­ie­ron a la zona de juegos que había cerca de la en­tra­da y del res­t­au­ran­te. Thomas simuló que miraba el móvil, se le­van­tó, cogió sus cosas y se des­pi­dió de la mujer de la tum­bo­na.

—Me acaba de es­cri­bir mi ex. Qué pena, al final los niños no podrán venir a nadar —le dijo antes de di­ri­gir­se hacia la salida. Allí, dejó sus cosas al lado de la puerta y luego volvió sobre sus pasos y se quedó de pie en la tarima de madera que había en­fren­te de la zona de juegos. Anna y su her­ma­no mayor es­ta­ban en el to­bo­gán, por donde Thomas los miró ti­rar­se una y otra vez, hasta que el niño vio que abrían la pista de karts, pegó un chi­lli­do y salió co­rr­ien­do. Justo en ese mo­men­to, Anna estaba ba­jan­do por el to­bo­gán, y no vio irse a su her­ma­no. Al llegar al suelo lo buscó con la mirada, pero antes en­con­tró a Thomas, que la saludó con la mano. Ella sonrió y le de­vol­vió el saludo. En­ton­ces Thomas le hizo un gesto con el brazo para que se acer­ca­ra. Cuando vio que corría hacia él, se le ace­le­ró el pulso. Miró hacia la pis­ci­na. Desde allí no al­can­za­ba a ver a la madre. El niño, que estaba en la cola de los karts, no se dio cuenta de nada.

La niña llegó y Thomas se agachó.

—Anna, ¿te gustan las chu­che­rí­as?

Anna asin­tió.

—Tengo una bolsa grande en mi coche. Si vienes con­mi­go, dejaré que te las comas. ¿Te ape­te­cen?

Anna asin­tió una vez más. Thomas se in­cor­po­ró, le acercó la mano y ella se la cogió. Sa­l­ie­ron juntos del parque.

9

El vier­nes por la tarde, a las siete y media en punto, cuatro días des­pués de que Viktor y Agnes mu­r­ie­ran, Luke entró en el ves­tí­bu­lo de la casa de aco­gi­da Eke­ku­llen, en la ciudad de Rödeby. Con ese turno de noche volvía al tra­ba­jo des­pués de ha­ber­se visto obli­ga­do a to­mar­se unos días libres.

La visita a Karin Hart­man había sido de­pri­men­te, y lo peor de todo fue en­te­rar­se de que Viktor tenía pen­sa­m­ien­tos sui­ci­das. Luke estaba de­cep­c­io­na­do por que su amigo nunca se lo hu­b­ie­ra dicho. Hacía unos días estaba seguro de que Viktor con­f­ia­ba en él, pero ahora pen­sa­ba que quizás solo se lo había pa­re­ci­do. Le lle­va­ría tiempo acep­tar que se había eq­ui­vo­ca­do.

Había tomado una de­ci­sión: con­cen­trar­se en su tra­ba­jo y en su propia vida para dejar de pensar en aq­ue­lla des­gra­c­ia. Quería pe­dir­le más turnos a Åsa Nordin, la di­rec­to­ra de Eke­ku­llen, porque sabía que ocupar su tiempo tra­ba­jan­do lo ayu­da­ría a so­bre­lle­var la pér­di­da.

Al final del ves­tí­bu­lo, vio a tres tra­ba­ja­do­res ves­ti­dos con los uni­for­mes noc­tur­nos. Arras­tra­ban a un ado­les­cen­te a su ha­bi­ta­ción mien­tras él gri­ta­ba y se re­sis­tía. Era Ga­br­iel, de die­ci­séis años. Luke solo había tra­ba­ja­do dos días en Eke­ku­llen antes de tener que pe­dir­se cuatro días libres, pero fueron su­fi­c­ien­tes para apren­der­se los nom­bres de los seis chicos y las cuatro chicas que vivían en la casa de aco­gi­da en ese mo­men­to. Ga­br­iel era de los más pro­ble­má­ti­cos. En su primer día, Luke había in­ten­ta­do acer­car­se al chico. Le re­cor­da­ba a él a los die­ci­séis años. La misma frus­tra­ción, la misma tes­ta­ru­dez y la misma lucha ciega contra los adul­tos y la au­to­ri­dad. Por lo menos, para Ga­br­iel las cosas no se habían tor­ci­do tanto como para Luke a su edad. To­da­vía no.

Luke se acercó a los tres tra­ba­ja­do­res, que habían en­ce­rra­do a Ga­br­iel en su ha­bi­ta­ción y ahora es­ta­ban frente a la puerta, es­cu­chan­do lo que ocu­rría dentro.

—¡Os voy a matar, ca­bro­nes! ¡Os voy a matar a todos! —gritó Ga­br­iel. Además de los gritos, se oían los golpes de los ob­je­tos que lan­za­ba contra la puerta.

Luke re­co­no­ció a dos de los tra­ba­ja­do­res. Eran Åsa Nordin y Olle Nord­lund, el psi­có­lo­go. Al otro hombre, que tenía rasgos árabes, to­da­vía no lo co­no­cía. Nin­gu­no de los tres oyó llegar a Luke, pro­ba­ble­men­te debido al es­tr­uen­do que estaba pro­vo­can­do Ga­br­iel.

—Ten­drí­a­mos que vaciar su ha­bi­ta­ción —dijo el hombre—. El chaval está fuera de con­trol.

—¿Qué ocurre? —pre­gun­tó Luke.

Los tres se gi­ra­ron.

—No te había visto llegar, Luke —dijo Åsa—. Es Ga­br­iel, que ha mon­ta­do en cólera. Antes, en la cola para la cena, no hacía más que mo­les­tar a una chica y no quería parar, así que lo hemos en­ce­rra­do hasta que se calme.

—No parece que esté dando muy buen re­sul­ta­do. —Luke hizo una mueca—. Hola, por cierto. —Se di­ri­gió al hombre al que to­da­vía no co­no­cía, que se pre­sen­tó. Era Hamid Rasabi, el asis­ten­te de re­ha­bi­li­ta­ción.

—¿Te parece bien que entre? —pre­gun­tó Luke a Åsa.

Los tres mi­ra­ron a Luke. Tu­v­ie­ron que le­van­tar la vista porque le sacaba una cabeza a Hamid, que, con su metro ochen­ta de es­ta­tu­ra, ya era más alto que los otros dos.

Åsa in­te­rro­gó con la mirada a Olle, que asin­tió.

—Por su­p­ues­to. Ade­lan­te.

Luke fue hacia la ha­bi­ta­ción y abrió el pes­ti­llo en el pre­ci­so ins­tan­te en que un objeto se es­tre­lla­ba contra la puerta. Luego entró.

Los gritos y el lan­za­m­ien­to de ob­je­tos pa­ra­ron en seco. Åsa, Olle y Hamid se que­da­ron allí unos mo­men­tos para ver qué ocu­rría, pero, al ver que la ha­bi­ta­ción seguía en si­len­c­io, vol­v­ie­ron al co­me­dor.

Veinte mi­nu­tos más tarde, Luke entró en el co­me­dor, se acercó a una mesa larga llena de bo­ca­di­llos y empezó a ser­vir­se un plato.

—Luke, ¿qué le pasa a Ga­br­iel? —pre­gun­tó Åsa.

—Que tiene hambre. Voy a lle­var­le unos bo­ca­di­llos.

—¿Ya se ha cal­ma­do?

—Sí.

—¿Y cómo lo has hecho? —pre­gun­tó Hamid.

—No he tenido que hacer de­ma­s­ia­do —con­tes­tó Luke—. Ha sido verme y tran­q­ui­li­zar­se. Luego le he en­se­ña­do mis ta­t­ua­jes y él me ha en­se­ña­do los suyos. Suele fun­c­io­nar.

Luke puso el plato y un vaso de zumo en una ban­de­ja y volvió a la ha­bi­ta­ción, pero al entrar vio que Ga­br­iel se había que­da­do dor­mi­do hecho un ovillo, de modo que se acercó a la mesa si­gi­lo­sa­men­te y dejó la ban­de­ja encima. Luego bajó la per­s­ia­na y, antes de salir, apagó la luz.

De pronto, se detuvo. Volvió a en­cen­der la luz. Miró el reloj. Eran las ocho en punto, la hora a la que, según Loman, había muerto Viktor. Se acercó a la ven­ta­na, le­van­tó la per­s­ia­na y miró a la calle. To­da­vía no había ano­che­ci­do, exac­ta­men­te igual que hacía cuatro días a esa misma hora. Luke se acordó de cuando The­re­se y él habían con­se­g­ui­do entrar en el piso y le pa­re­ció re­cor­dar que todo estaba a os­cu­ras, com­ple­ta­men­te negro. Ju­ra­ría que era así, aunque tenía que re­co­no­cer que se había cen­tra­do tanto en Viktor y en Agnes que quizás se le habían es­ca­pa­do al­gu­nos de­ta­lles. Trató de con­cen­trar­se para estar seguro. ¿El piso estaba a os­cu­ras o no? Fi­nal­men­te de­ci­dió que sí, lo estaba.

En­ton­ces se le ocu­rrió que no tenía mucho sen­ti­do que Viktor se hu­b­ie­ra sui­ci­da­do y hu­b­ie­ra matado a Agnes a os­cu­ras. Cerró los ojos para re­pa­sar los hechos de­te­ni­da­men­te. No tenía nin­gu­na duda de que las per­s­ia­nas del piso es­ta­ban ba­ja­das, pero hasta aquel mo­men­to no había re­pa­ra­do en ese de­ta­lle.

¿Por qué dia­blos que­rría sui­ci­dar­se Viktor con el apar­ta­men­to a os­cu­ras? ¿Era si­q­u­ie­ra po­si­ble ma­tar­se sin ver ab­so­lu­ta­men­te nada?

Ga­br­iel empezó a roncar. Luke volvió a ir hacia la puerta y apagó la luz. Se quedó allí unos se­gun­dos, es­cu­chan­do la res­pi­ra­ción de Ga­br­iel y es­pe­ran­do a que sus ojos se acos­tum­bra­ran a la os­cu­ri­dad. Podía intuir el con­tor­no de la cama. Se acercó y se sentó en el suelo, donde volvió a pensar en lo que había ocu­rri­do hacía cuatro días. Vi­s­ua­li­zó a Viktor pla­neán­do­lo todo. La nota, la cuerda, el veneno, el cho­co­la­te. Lo vio bajar las per­s­ia­nas de todo el piso, poner la música, darle el veneno a Agnes. ¿En qué mo­men­to había apa­ga­do la luz? Quizás lo hizo justo antes de ahor­car­se. Pero ¿por qué que­rría ahor­car­se a os­cu­ras? Además, si tam­bién había in­ge­ri­do el veneno, es­ta­ría ma­re­a­do.

Ma­re­a­do y a os­cu­ras: no había mo­ti­vos para que se lo pu­s­ie­ra tan di­fí­cil.

Ga­br­iel dormía pro­fun­da­men­te. Luke se le­van­tó, salió del dor­mi­to­r­io y cerró la puerta sin mo­les­tar­se en echar el ce­rro­jo. De­ci­dió que al día si­g­u­ien­te por la tarde iría al piso de Viktor y tra­ta­ría de re­cons­tr­uir los hechos. A las ocho en punto, ba­ja­ría las per­s­ia­nas para com­pro­bar hasta qué punto estaba oscuro el salón.

10

Karls­kro­na, 29 de fe­bre­ro de 1992

Aunque to­da­vía era fe­bre­ro, ya olía a tierra mojada en la ave­ni­da Östra Vit­tus­ga­tan. Jenny iba de camino a la Igle­s­ia de la Cien­c­io­lo­gía, si­t­ua­da en la cén­tri­ca zona de Mö­lle­bac­ken. Tres­c­ien­tos veinte años antes, el ganado de Vittus An­ders­son había pas­ta­do allí. Pero aq­ue­lla calle que lle­va­ba el nombre del gran­je­ro ahora se había mo­der­ni­za­do y acogía so­br­ios edi­fi­c­ios de la­dri­llo ama­ri­llo y rojo. Eran blo­q­ues de pisos de los años se­sen­ta. Jenny se es­tre­me­ció. Aq­ue­llos edi­fi­c­ios siem­pre le habían pa­re­ci­do de los más feos de Karls­kro­na.

«Quién sabe. Quizás en el siglo xvii fui una gran­je­ra aquí al lado, en la isla de Trossö —pensó—. Y cien años más tarde bailé en los sa­lo­nes más ele­gan­tes de París». Era tan feliz que hasta se le escapó una car­ca­ja­da.

El in­v­ier­no estaba siendo inu­s­ual­men­te tem­pla­do. La pri­ma­ve­ra solía que­dar­se a las puer­tas del ar­chi­pié­la­go y tar­da­ba en llegar a Karls­kro­na. El frío mar siem­pre re­t­ie­ne a la pri­ma­ve­ra en la bahía para ase­gu­rar­se de que los karls­kro­ni­tas tengan que po­ner­se el abrigo unas se­ma­nas más que la gente del in­te­r­ior.

Jenny estaba emo­c­io­na­da, pero no porque la pri­ma­ve­ra es­tu­v­ie­ra al caer, ni tam­po­co porque quizás hu­b­ie­ra sido pa­ri­si­na en una vida pasada. Lo que la tenía tan con­ten­ta era que se di­ri­gía a su pri­me­ra sesión de te­ra­p­ia o, como la lla­ma­ban los cien­ció­lo­gos, a su pri­me­ra au­di­to­ría. Para colmo, no le había tocado con cual­q­u­ier au­di­tor: le habían asig­na­do a Peter, que era uno de los me­jo­res. Según le había con­ta­do él mismo, los no­va­tos podían hacer aq­ue­lla sesión de prueba tras una re­vi­sión de su salud mental. Era como una de­gus­ta­ción. Servía para ha­cer­te una idea de lo que te podías en­con­trar más ade­lan­te. Si te gus­ta­ba y que­rí­as re­pe­tir, tenías dos op­c­io­nes: pagar o em­pe­zar a tra­ba­jar para la Igle­s­ia de la Cien­c­io­lo­gía, o más bien para el «centro», como lo lla­ma­ban en Karls­kro­na. La pa­la­bra «igle­s­ia» no tenía buena fama entre la gente joven, pero a Jenny le habían ex­pli­ca­do que aq­ue­llo era una igle­s­ia, una re­li­gión en toda regla. Para en­ten­der­lo, solo hacía falta tener claro el sig­ni­fi­ca­do eti­mo­ló­gi­co de la pa­la­bra «re­li­gión». Re sig­ni­fi­ca «volver» y ligare sig­ni­fi­ca «origen»; volver al origen, a lo que hubo al prin­ci­p­io de todo. Ayudar a la gente a de­sa­rro­llar y re­cu­pe­rar sus ha­bi­li­da­des ori­gi­na­les. A Jenny aq­ue­llo le había pa­re­ci­do bonito, y desde en­ton­ces no tenía ningún pro­ble­ma en pre­sen­tar­se como miem­bro de la Igle­s­ia de la Cien­c­io­lo­gía.

El centro estaba en un local de la calle Bryg­ga­re­ga­tan que había sido una tienda de mue­bles. Tenía ven­ta­na­les que daban a la calle, varias salas en la planta de abajo y un gran sótano que antes era el al­ma­cén.

Jenny aca­ba­ba de cum­plir die­ci­n­ue­ve años y en solo unos meses su vida había dado un vuelco. Des­pués de ter­mi­nar el ins­ti­tu­to, había en­con­tra­do su pro­pó­si­to, su motivo para vivir. Se había ido me­t­ien­do más y más en el mo­vi­m­ien­to, y ahora se de­di­ca­ba casi por com­ple­to a la cien­c­io­lo­gía. A Stefan, por el con­tra­r­io, todo aq­ue­llo no lo había se­du­ci­do del todo. Es más, en las se­s­io­nes de or­ien­ta­ción, que se hacían en el bosque, en lugar de pres­tar aten­ción se había de­di­ca­do a leer la in­for­ma­ción de los postes sobre la flora y la fauna. Así que Jenny y él se fueron dis­tan­c­ian­do. Dos meses atrás, ella asis­tió al curso de co­mu­ni­ca­ción y co­no­ció a un chico tan novato como ella. Se lla­ma­ba Daniel y era un año mayor, alto, tímido y con una son­ri­sa en­can­ta­do­ra.

El curso de co­mu­ni­ca­ción duraba una semana. El primer día tu­v­ie­ron que sen­tar­se en­fren­te de un com­pa­ñe­ro, con las manos en el regazo y los ojos ce­rra­dos. El ob­je­ti­vo de aquel ejer­ci­c­io era apren­der a co­nec­tar con los demás y a ser fe­li­ces en cual­q­u­ier si­t­ua­ción. Para ello era cru­c­ial no pensar en nada, sim­ple­men­te estar pre­sen­te. Des­pués tenían que pro­vo­car­se entre ellos, tratar de que al otro se le cayera la más­ca­ra. Daniel y Jenny rieron mucho ha­c­ien­do los ejer­ci­c­ios. Tam­bién ha­bla­ron en los des­can­sos y coin­ci­d­ie­ron en las sa­li­das gru­pa­les del final del día. Cuando es­ta­ban ter­mi­nan­do el curso, Jenny empezó a ena­mo­rar­se de Daniel, y se dio cuenta de que él sentía lo mismo. Quince días des­pués, rompió con Stefan y empezó a salir con él. Al cabo de un mes, se fueron a vivir juntos.

Daniel había hecho su pri­me­ra au­di­to­ría hacía dos días. Volvió a casa ple­tó­ri­co, pero no le contó nada a Jenny porque estaba prohi­bi­do. Ahora, por fin, ella tam­bién em­pe­za­ría su te­ra­p­ia.

Aquel día había mu­chí­si­ma gente en el centro. Jenny colgó el abrigo en la en­tra­da y fue a la pe­q­ue­ña re­cep­ción. Las pa­re­des es­ta­ban llenas de cua­dros, muchos de ellos con citas del fun­da­dor, L. Ron Hub­bard, o Ron, como lo lla­ma­ban los cien­ció­lo­gos que ya habían ter­mi­na­do la for­ma­ción. Había una cita que a Jenny le gus­ta­ba es­pe­c­ial­men­te: «Un hombre que no puede co­mu­ni­car­se está muerto. Un hombre que puede co­mu­ni­car­se está vivo». Detrás del mos­tra­dor col­ga­ba un cuadro de un puente que se aden­tra­ba en un sol enorme. Debajo de la imagen ponía: «El puente a la li­ber­tad».

En la sala grande con la mo­q­ue­ta de color marrón ver­do­so, que cuando aq­ue­llo fue una tienda había sido la zona de ex­po­si­ción de mue­bles, ahora había diez per­so­nas sen­ta­das por pa­re­jas ha­c­ien­do ejer­ci­c­ios de co­mu­ni­ca­ción. Las vi­dr­ie­ras es­ta­ban cu­b­ier­tas por dentro con pós­te­res del mo­vi­m­ien­to. Antes, como no había nada, los niños y los ado­les­cen­tes fis­go­ne­a­ban desde la calle, y luego em­pe­za­ron a ti­rar­les cosas y a es­cu­pir­les.

Maria, Ca­mi­lla y Mikael es­ta­ban al fondo de la sala le­yen­do libros de Ron. Los tres eran cien­ció­lo­gos de­di­ca­dos que tra­ba­ja­ban para el mo­vi­m­ien­to en su tiempo libre. La her­ma­na de Daniel, Åsa, aca­ba­ba de em­pe­zar el curso de co­mu­ni­ca­ción y en aquel mo­men­to estaba ha­c­ien­do los ejer­ci­c­ios en el centro de la sala. Peter estaba en el mos­tra­dor de la re­cep­ción to­man­do café y char­lan­do con George, el mítico y mís­ti­co inglés que había im­pul­sa­do el mo­vi­m­ien­to en Karls­kro­na. Jenny solo lo había visto de pasada una vez, pero había oído hablar mucho de él. George era im­por­tan­te. Tra­ba­jó con el fun­da­dor en los se­sen­ta y estuvo en el Apollo, el barco con el que Ron di­fun­día su men­sa­je por Europa y África. Todo el mundo ha­bla­ba de George con ve­ne­ra­ción. Decían que era muy in­te­li­gen­te y que fue una de las pri­me­ras per­so­nas en todo el mundo en al­can­zar el estado de TO VI, que era casi lo más alto que se podía llegar en el camino a la li­ber­tad es­pi­ri­t­ual. Jenny reunió todo su coraje antes de acer­car­se a ellos. Cuando Peter la vio, se le ilu­mi­nó la cara y se acercó a ella para darle un abrazo.

—¿Pre­pa­ra­da para el gran día?

—Sí. ¡Será tan emo­c­io­nan­te! An­te­a­yer, cuando Daniel volvió a casa des­pués de la sesión, estaba en­can­ta­do.

Peter dejó la taza en el mos­tra­dor y se giró hacia George, que estaba de pie dán­do­le ca­la­das a su pipa.

—George, esta es Jenny. Ya ha hecho el curso de co­mu­ni­ca­ción y viene para su pri­me­ra au­di­to­ría.

George se sacó la pipa de la boca, sonrió, le­van­tó la mano y le hizo una pe­q­ue­ña re­ve­ren­c­ia. Era bajito y del­ga­do, tenía una pe­ri­lla rubia y el pelo rojizo e iba todo ves­ti­do de color beis: el jersey, la camisa y los pan­ta­lo­nes de pinzas.

—Bien­ve­ni­da, Jenny. Es un placer co­no­cer­te —dijo en inglés.

Jenny no supo cómo com­por­tar­se con George. Se sentía in­se­gu­ra, in­ti­mi­da­da por todo lo que la gente decía sobre él. Pri­me­ro le dio la mano, pero luego le salió hacer una ge­nu­fle­xión. Se arre­pin­tió de in­me­d­ia­to. Se sentía como una niña pe­q­ue­ña.

—Gra­c­ias. He oído hablar mucho de ti. Me alegro de co­no­cer­te fi­nal­men­te —res­pon­dió, tam­bién en inglés.

Tan pronto como aq­ue­llas pa­la­bras sa­l­ie­ron de su boca, se dio cuenta de lo es­tú­pi­das que so­na­ban. ¿Que había «oído hablar mucho» de él? Ahora seguro que le pre­gun­ta­ría qué había oído y ella ten­dría que res­pon­der. Menos mal que Peter la salvó:

—George en­t­ien­de sueco, Jenny. Pero pre­f­ie­re hablar en inglés. —Le dedicó una gran son­ri­sa a George y le dijo en sueco—: Hablas nues­tra lengua, ¿verdad, George?

Lo dijo con un mar­ca­do acento inglés y dejó ir una car­ca­ja­da. George tam­bién rio con ganas, sol­tan­do un fal­set­to es­tri­den­te.

—¡Ya lo creo! —res­pon­dió George, to­da­vía riendo.

En­ton­ces Peter cogió a Jenny del brazo y la acom­pa­ñó a la sala de las au­di­to­rí­as. Era un es­pa­c­io pe­q­ue­ño con una bonita mesa de roble en el centro. A su vez, en el centro de la mesa había una cajita de madera con una pe­ga­ti­na re­don­da y roja en el medio. En la pe­ga­ti­na, una gran «s» se en­re­da­ba en dos trián­gu­los. De la caja salían dos cables, cada uno sujeto con un tor­ni­llo a una lata de alu­mi­n­io. Pa­re­cí­an latas de cer­ve­za en mi­n­ia­tu­ra, aunque no había nada es­cri­to en ellas. Peter se sentó en la silla de ofi­ci­na e invitó a Jenny a aco­mo­dar­se en el sillón.

—Esto es un e-metro —dijo Peter, le­van­tan­do la cajita de madera—. La pa­la­bra com­ple­ta es elec­tró­me­tro. Como ves, es un modelo an­ti­g­uo. Ahora los hacen de plás­ti­co, pero yo pre­f­ie­ro este. Es más au­tén­ti­co.

Abrió la tapa y la colocó como so­por­te del resto del apa­ra­to. Ahora, Jenny podía ver el in­te­r­ior de la caja. Tenía un mo­ni­tor ana­ló­gi­co que ocu­pa­ba gran parte de una su­per­fi­c­ie azul bri­llan­te de vidrio. Una flecha me­tá­li­ca se movía dentro del mo­ni­tor, apun­tan­do a una línea se­mi­cir­cu­lar que mar­ca­ba cuatro ve­lo­ci­da­des: salida, cre­ci­m­ien­to, caída y prueba. Debajo del vidrio había tres rue­de­ci­tas negras y, a la iz­q­u­ier­da, dos con­tro­les. Peter le pidió a Jenny que co­g­ie­ra una lata en cada mano.

—Cuando en­c­ien­da el e-metro, sen­ti­rás que una pe­q­ue­ña co­rr­ien­te eléc­tri­ca pasa por tu cuerpo y vuelve al apa­ra­to —aclaró.

Jenny le­van­tó las cejas.

—Tran­q­ui­la —dijo Peter—, la co­rr­ien­te es de­ma­s­ia­do débil para causar daños, tan débil como la ba­te­ría de una lin­ter­na. Puedes re­la­jar­te. —En­cen­dió el apa­ra­to y miró a Jenny—: No notas nada, ¿verdad?

Jenny negó con la cabeza.

—Ahora mira la flecha.

Jenny se in­cli­nó y vio que la flecha apun­ta­ba hacia arriba, a la mitad del se­mi­cír­cu­lo. Prác­ti­ca­men­te no se movía, solo vi­bra­ba le­ve­men­te.

—Sigue mi­ran­do. Yo te con­ta­ré un chiste. Tú es­cú­cha­me y no dejes de mirar la flecha. Esto son dos to­ma­tes que van an­dan­do por la ca­rre­te­ra y uno le dice al otro: «Cui­da­do, que viene un camión». «¿Un qué?». «Un chof».

Jenny rio. La aguja había em­pe­za­do a mo­ver­se. Ya se sabía el chiste, pero siem­pre le hacía gracia.

—¿Has visto lo que ha hecho la flecha? —le pre­gun­tó Peter.

—Sí. Ha em­pe­za­do a mo­ver­se justo cuando he sabido qué chiste ibas a contar.

—Bien. Lo que ha pasado es que pri­me­ro tu mente se re­sis­tía, pero cuando tus pen­sa­m­ien­tos se han vuelto po­si­ti­vos, has bajado la guar­d­ia y la ener­gía ha cam­b­ia­do. Cuando ocurre esto, de­ci­mos que la flecha fluye: se mueve de forma uni­for­me, des­li­zán­do­se por la línea con pasos pe­q­ue­ños. En te­ra­p­ia, uti­li­za­mos el e-metro para iden­ti­fi­car las ex­pe­r­ien­c­ias ne­ga­ti­vas que tienen lugar en un estado de PC, es decir, de pre-cla­ri­dad. Las per­so­nas te­ne­mos ten­den­c­ia a blo­q­ue­ar todo aq­ue­llo que nos causa dolor. La psi­co­lo­gía los llama tr­au­mas a estos acon­te­ci­m­ien­tos, pero no­so­tros los lla­ma­mos en­gra­mas. El blo­q­ueo de en­gra­mas es un me­ca­nis­mo de su­per­vi­ven­c­ia: nues­tras per­cep­c­io­nes sen­so­r­ia­les se al­ma­ce­nan en el sub­cons­c­ien­te para que po­da­mos iden­ti­fi­car­las y así evitar si­t­ua­c­io­nes pa­re­ci­das en el futuro. El pro­ble­ma es que si tienes de­ma­s­ia­dos en­gra­mas em­p­ie­zas a sen­tir­te mal y a actuar sin ton ni son. De hecho, los en­gra­mas son la causa de todas las en­fer­me­da­des men­ta­les y pro­vo­can mucho su­fri­m­ien­to. Por eso uso el e-metro: me ayuda a ver el mo­men­to en que tus pen­sa­m­ien­tos chocan con un en­gra­ma, porque justo en­ton­ces la aguja da una sa­cu­di­da brusca. Así puedo ayu­dar­te a re­cu­pe­rar el re­c­uer­do que tienes que sacar a la luz. Cuando ese re­c­uer­do pasa de tu sub­cons­c­ien­te a tu cons­c­ien­te, tam­bién li­be­ras la ener­gía ne­ga­ti­va que con­t­ie­ne. ¿Me sigues?

Jenny asin­tió y se irguió en el sillón. Sentía ma­ri­po­sas en el es­tó­ma­go.

—Cuando al­g­u­ien libera todos sus en­gra­mas llega al nivel Cla­ri­dad. A un Cla­ri­dad ya no le afec­tan los en­gra­mas. Es sen­ci­lla­men­te una per­so­na in­te­li­gen­te, sa­tis­fe­cha y feliz, una per­so­na que tiene su vida bajo con­trol.

Peter giró el e-metro para ver el mo­ni­tor. Luego sacó una li­bre­ta grande y un bo­lí­gra­fo.

—¿Qué te parece? —pre­gun­tó.

—Pues genial —con­tes­tó Jenny—. Emo­c­io­nan­te.

—Bien. Manos a la obra, pues. Em­pe­za­re­mos con una serie de en­gra­mas sobre el dolor de cabeza.

Miró el e-metro y apuntó algo en la li­bre­ta. Jenny empezó a tener es­pas­mos en las manos y las relajó para no apre­tar tanto las latas. Peter le­van­tó la vista:

—Te re­co­m­ien­do que bus­q­ues una forma cómoda de co­ger­las y que luego trates de que­dar­te quieta. Si mueves la mano, afec­tas el mo­vi­m­ien­to de la aguja.

Jenny asin­tió.

—Estaré quieta —pro­me­tió.

—Bien. Em­pe­ce­mos. Piensa en la última vez que tu­vis­te dolor de cabeza.

La res­p­ues­ta llegó con ra­pi­dez.

—Creo que fue hace dos meses. Des­pués del curso de co­mu­ni­ca­ción de tres horas que hice aquí, al llegar a casa tuve una ja­q­ue­ca re­pen­ti­na, y cuando me metí en la cama me dolía mucho. Me tuve que tomar un ibu­pro­fe­no y todo.

Peter le pidió que le diera más de­ta­lles. Jenny tuvo que hacer un gran es­f­uer­zo para re­cor­dar­los. Hasta que no contó la misma his­to­r­ia tres veces, Peter no pro­si­g­uió.

—¡Bien! La aguja ya fluye —dijo con una gran son­ri­sa. Luego le pre­gun­tó si re­cor­da­ba haber tenido ja­q­ue­cas en cir­cuns­tan­c­ias si­mi­la­res. A Jenny no le solía doler la cabeza y al prin­ci­p­io no se le ocu­rrió nada, pero fi­nal­men­te se acordó de la pri­me­ra vez que había bebido al­co­hol. Cogió una bo­rra­che­ra tre­men­da y al día si­g­u­ien­te se le­van­tó con resaca. Peter le hizo las mismas pre­gun­tas sobre aq­ue­lla oca­sión y luego pa­sa­ron a la si­g­u­ien­te ex­pe­r­ien­c­ia. Jenny le contó que a los seis años se había caído de la mesa del co­me­dor y se había ab­ier­to la frente. To­da­vía tenía la ci­ca­triz. Se sabía aq­ue­lla his­to­r­ia porque sus padres la con­ta­ban a menudo, pero en re­a­li­dad ella no se acor­da­ba de nada. Aun así, al final, Peter —Jenny no supo cómo— con­si­g­uió que ella res­ca­ta­ra los de­ta­lles que per­ma­ne­cí­an es­con­di­dos en su mente. O por lo menos eso pensó Jenny. Cuando tu­v­ie­ron bien clara la his­to­r­ia, Peter re­pi­tió:

—¿Re­c­uer­das algún mo­men­to an­te­r­ior en el que tu­v­ie­ras ja­q­ue­ca?

Jenny lo miró. No podía creer lo que le estaba pre­gun­tan­do.

—Pero Peter, ahora nos es­ta­mos re­mon­tan­do a cuando era una bebé. Soy in­ca­paz de re­cor­dar si me hice daño o si tuve dolor de cabeza cuando era tan pe­q­ue­ña.

Él no dijo nada. Esperó a que ella ha­bla­ra. Jenny se quedó en si­len­c­io y trató de pensar. Se ima­gi­nó a sí misma de bebé, pero aparte de eso tenía la mente en blanco.

—No. No con­si­go re­cor­dar nada.

—Te lo vol­ve­ré a pre­gun­tar. Ve a un mo­men­to previo en el que tu­v­ie­ras ja­q­ue­ca.

Peter no se rendía. Jenny volvió a in­ten­tar­lo. Se quedó en si­len­c­io. Luego le entró la risa.

—¿Qué ocurre? —pre­gun­tó Peter.

—Que veo a una bebé que se res­ba­la del cam­b­ia­dor y cae a la bañera. Pero solo me lo estoy in­ven­tan­do para no de­cep­c­io­nar­te.

Peter la miró tran­q­ui­la­men­te.

—Des­cri­be lo que ves.

Lo hizo, y se le ocu­rr­ie­ron mu­chí­si­mos de­ta­lles. O quizás los re­cor­dó. No sabía si la his­to­r­ia era cierta o falsa, pero en ese mo­men­to le im­por­ta­ba bien poco. Las pa­la­bras flu­ye­ron con una fa­ci­li­dad asom­bro­sa. Pensó que ten­dría que pre­gun­tar­le a su madre si de bebé se había caído en la bañera y se había dado un golpe en la cabeza. Des­pués de contar la his­to­r­ia varias veces, Peter dijo que la aguja fluía y le hizo la pre­gun­ta de nuevo:

—Ve a un mo­men­to previo en el que tu­v­ie­ras ja­q­ue­ca.

Jenny volvió a mi­rar­lo. Lo decía to­tal­men­te en serio. Ella trató de pensar en algún mo­men­to an­te­r­ior a 1972, el año de su na­ci­m­ien­to.

La sala se quedó en si­len­c­io mucho tiempo. Como no se le ocu­rría nada, le empezó a entrar sueño. Peter volvió a decir lo mismo. Jenny se in­cor­po­ró.

—Eso es —dijo Peter de pronto, mi­ran­do el e-metro—. ¿Qué ha sido eso? ¿En qué acabas de pensar?

Jenny sonrió. Se sentía tonta, pero lo dijo:

—He visto una ofi­ci­na.

—¿Dónde estás? —pre­gun­tó Peter.

—En Nueva York. —Las pa­la­bras le sa­l­ie­ron con na­tu­ra­li­dad—. Me parece que es la década de los cua­ren­ta. Estoy en una ofi­ci­na ban­ca­r­ia y el dolor me mar­ti­llea en la cabeza. Acabo de ave­ri­g­uar algo ho­rri­ble: que mi yerno, a quien yo mismo con­tra­té (porque soy el di­rec­tor del banco, por cierto) ha de­fr­au­da­do dinero. Lo estoy mi­ran­do. Él me de­v­uel­ve la mirada y me doy cuenta de que sabe que lo sé. —Jenny se quedó en si­len­c­io, sumida en sus pen­sa­m­ien­tos.

—¿Te en­c­uen­tras bien? —pre­gun­tó Peter.

—Sí. Solo estoy pen­san­do que es raro que en mi última vida fuera un hombre.

Peter no res­pon­dió.

—Y… vaya, lo que veo es ho­rri­ble —pro­si­g­uió Jenny—. Creo que cuando des­cu­brí el des­fal­co, se lo dije a mi yerno. Él lo ad­mi­tió. Estaba des­tro­za­do. Lo des­pe­dí y salió de la ofi­ci­na. Era el padre de mis nietos.

Más imá­ge­nes, al­gu­nas de ellas frag­men­ta­r­ias, le vi­n­ie­ron a la cabeza. Jenny no hizo ningún es­f­uer­zo, sim­ple­men­te dejó que la his­to­r­ia sa­l­ie­ra de su boca.

—Está claro que lo pri­me­ro que hizo fue em­bo­rra­char­se en un bar. Luego se fue a su casa, metió a mi hija y a mis dos nietos en el coche y se tiró por un ba­rran­co. No me ex­tra­ña que haya notado el dolor de cabeza.

Jenny rio por lo bajo. Se sentía feliz y triste a la vez. La his­to­r­ia la había im­pac­ta­do. Como había hecho con las otras, la contó varias veces, aña­d­ien­do de­ta­lles en cada oca­sión. En­ton­ces Peter dio por ter­mi­na­da la sesión, sa­tis­fe­cho. No acor­da­ron qué harían a partir de ahora, pero Peter le pidió que vol­v­ie­ra al centro para hablar de si quería co­la­bo­rar con ellos. Luego le dijo que la te­ra­p­ia cos­ta­ba dinero, pero que si tra­ba­ja­ba allí se la harían gratis.

Salió del centro ma­re­a­da. ¡Las imá­ge­nes que le habían venido a la cabeza pa­re­cí­an tan reales! ¿Era cierto todo aq­ue­llo? Si lo bus­ca­ba, quizás podía en­con­trar aq­ue­lla his­to­r­ia que había su­ce­di­do en el Nueva York de los años cua­ren­ta. Ten­dría que dar con un hombre que hu­b­ie­ra estado casado con la hija de un di­rec­tor de banco y que se hu­b­ie­ra sui­ci­da­do con su fa­mi­l­ia. Pero lo que más la acu­c­ia­ba eran sus ganas de con­tár­se­lo todo a Daniel. No podía es­pe­rar a llegar a casa.

Cuando entró en el piso, el am­b­ien­te era muy aco­ge­dor. Había velas en­cen­di­das por do­q­u­ier, Daniel había pre­pa­ra­do té y en la mi­ni­ca­de­na sonaba Black Velvet, de Alan­nah Myles. Hablar de las au­di­to­rí­as estaba prohi­bi­do, pero ellos de­ci­d­ie­ron sal­tar­se la norma y pro­me­t­ie­ron que no lo com­par­ti­rí­an con nadie más.

Jenny fue la pri­me­ra en contar su his­to­r­ia. Estaba tan in­mer­sa en ella que no se dio cuenta de la re­ac­ción de Daniel. Hasta que, de pronto, dejó de hablar. Daniel se había que­da­do pálido y miraba el techo sen­ta­do en el sofá, con las manos en la nuca.

—¿Te pasa algo? —pre­gun­tó Jenny. Él bajó los brazos y se in­cli­nó hacia ella.

—Jenny, el yerno soy yo.

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9788412272536
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