Читать книгу: «El rostro de las emociones»
© Paul Ekman, 2003.
© de la traducción: Jordi Joan Serra, 2013.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2017.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: ODBO105
ISBN: 9788490568859
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.
Índice
Agradecimientos
Introducción
1. Las emociones en las distintas culturas
2. ¿Cuándo respondemos emocionalmente?
3. Cómo cambiar lo que nos emociona
4. Comportarnos emocionalmente
5. La tristeza y la angustia
6. La ira
7. La sorpresa y el miedo
8. El asco y el desprecio
9. Las emociones agradables
Conclusión: Vivir con las emociones
Apéndice: Cómo leer el rostro. Test
Créditos de las ilustraciones
Notas
Para Bert Boothe, Steve Foote, Lynne Huffman, Steve Hyman, Marty Katz, Steve Koslow, Jack Maser, Molly Oliveri, Betty Pickett, Eli Rubinstein, Stan Schneider, Joy Schulterbrandt, Hussain Tuma y Lou Wienckowski del Instituto Nacional de Salud Mental
y
para Robert Semer y Leo Seigel
AGRADECIMIENTOS
Algunos de los miembros del Instituto Nacional de Salud Mental, a quienes está dedicado el presente libro, ya se interesaron por mi carrera profesional en 1955, al inicio de mi etapa como alumno de postgrado. El resto lo han ido haciendo con los años. Ha sido una época extraordinaria —de 1955 a 2002—, repleta de ánimos, consejos y, en aquellos primeros años, de una fe considerable. Sin su ayuda no habría llegado a ser psicólogo investigador, ni profesor universitario, ni habría aprendido lo que he aprendido y luego he plasmado en el papel. La redacción de este libro ha contado con el apoyo del Senior Scientist Award K05MH06092.
Asimismo, dedico la presente obra a mis tíos maternos, Leo Siegel y Robert Semer. A mis dieciocho años, inexperto y por vez primera solo en el mundo, hicieron posible que prosiguiese con mi educación. Sine qua non.
Wally Friesen y yo hemos trabajado juntos veinticinco años. Casi todas las investigaciones sobre las que luego he escrito las llevamos a cabo conjuntamente. Le agradezco, pues, su ayuda y su amistad. David Littschwager me ha dado consejos de tipo fotográfico de gran utilidad sobre los retratos de Eve incluidos en los capítulos del 5 al 9. Mi hija Eve tuvo la paciencia y el talento de adoptar las expresiones que aparecen en este libro y otras miles que fotografié. Wanda Matsubatashi, que ha sido mi ayudante durante más de veinticinco años, ha organizado el texto y las referencias. David Rogers realizó los montajes de imágenes con Photoshop y colaboró enormemente en la obtención de los permisos correspondientes a las fotografías comerciales.
Los psicólogos Richard Lazarus y Philip Shaver me ofrecieron sus valiosas opiniones sobre un primer borrador de la primera parte del libro. Phil también realizó una corrección minuciosa y detallada y me planteó interesantes retos intelectuales. La filósofa Helena Cronin animó y estimuló mi pensamiento. El psiquiatra Bob Rynearson y los psicólogos Nancy Etcoff y Beryl Schiff hicieron sugerencias útiles sobre una primera versión del texto. Entre los numerosos alumnos de los que obtuve información, Jenny Beers y Gretchen Lovas fueron especialmente generosas con su tiempo. Mis amigos Bill Williams y Paul Kaufmann colaboraron con sus sugerencias y críticas constructivas.
Toby Mundy, actual editor de Atlantic Press London, me alentó a ampliar el campo de mis esfuerzos y abordar los aspectos tratados en los capítulos 2, 3 y 4. Claudia Sorsby aportó sus críticas, sugerencias y colaboración editorial sobre una primera versión, y mi editor en Times Books, Robin Dennis, supuso una enorme ayuda al insistir en que me plantease determinados temas que yo a veces pasaba por alto, y cooperó con algunas buenas correcciones. Mi agente, Robert Lescher, ha sido una excelente fuente de ánimo y consejo.
INTRODUCCIÓN
Las emociones determinan la calidad de nuestra existencia. Se dan en todas las relaciones que nos importan: en el trabajo, con nuestros amigos, en el trato con la familia y en nuestras relaciones más íntimas. Pueden salvarnos la vida, pero también pueden hacernos mucho daño. Pueden llevarnos a actuar de una forma que nos parece realista y apropiada, pero también pueden conducirnos a actuaciones de las que luego nos arrepentiremos de todo corazón.
Si su jefa le criticase ese informe que usted pensaba que iba a ser objeto de alabanzas, ¿reaccionaría con temor y se mostraría sumiso en lugar de defender su trabajo? ¿Cree que eso le protegería de daños ulteriores, o es que quizá usted no entendió lo que ella quería? ¿Podría ocultar sus sentimientos y «actuar profesionalmente»? ¿Por qué sonreía su jefa al empezar a hablar? ¿Podría ser que ya estuviese saboreando la perspectiva de echarle una bronca, o quizá se trataba de una sonrisa de azoramiento? ¿Acaso era una sonrisa para darle confianza? ¿Todas las sonrisas son iguales?
Si usted tuviese que enfrentarse a su cónyuge porque se ha gastado una suma enorme en adquirir algo sin hablarlo antes con usted, ¿podría distinguir si lo que muestra su rostro es temor o indignación, o si lo que hace es poner caras largas a la espera de lo que suele calificar de «comportamiento demasiado emocional»? ¿Usted siente las emociones de la misma forma que su cónyuge?, ¿que los demás? ¿Se enfada o siente temor o tristeza por cosas que a los demás parecen traerles sin cuidado? ¿Qué podría hacer al respecto?
¿Se enfadaría si oyese volver a casa a su hija de dieciséis años dos horas más tarde de su toque de queda? ¿Qué es lo que desencadenaría el enfado: el temor que usted siente cada vez que mira el reloj y se da cuenta de que no ha llamado para decir que llegará tarde, o las horas de sueño que pierde esperándola levantado? Al día siguiente, cuando lo hable con ella, ¿podrá controlar su enfado hasta el punto de que ella crea que en realidad lo de la hora de llegada a usted le importa un comino, o lo que verá será una ira contenida y se pondrá a la defensiva? Al ver su rostro, ¿sabrá usted si se siente avergonzada, culpable o quizá un poco insolente?
He escrito el presente libro para dar respuesta a esas preguntas. Mi propósito es ayudar a los lectores a profundizar en la comprensión de su vida emocional y a mejorarla. Aún me sorprende comprobar lo poco que, hasta no hace mucho tiempo, tanto científicos como profanos sabían sobre las emociones, dada su importancia en nuestra vida. Sin embargo, corresponde a la propia naturaleza de las emociones el que no sepamos del todo ni cómo nos influyen ni cómo reconocer sus señales en nosotros y en los demás, temas que abordo en esta obra.
Las emociones pueden desencadenarse con gran celeridad —y con frecuencia lo hacen—, con tanta que, de hecho, nuestro yo consciente no participa e incluso ni es testigo de lo que en la mente dispara una emoción en un momento determinado. Esa velocidad puede salvarnos la vida en una situación de emergencia, pero también puede destrozárnosla si reaccionamos de manera exagerada. No poseemos demasiado control sobre lo que nos vuelve emocionales; ahora bien, es posible, aunque no fácil, realizar ciertos cambios en lo que desencadena nuestras emociones y en nuestra forma de comportarnos cuando nos alteramos emocionalmente.
Mi estudio sobre las emociones se inició hace ya más de cuarenta años. Me he centrado básicamente en la expresión y, más recientemente, en la fisiología de la emoción. He podido examinar a pacientes psiquiátricos, a individuos adultos normales y a niños de muchos países. Los he estudiado cuando reaccionan exageradamente o demasiado poco, cuando no reaccionan apropiadamente o cuando mienten o dicen la verdad. El capítulo 1, «Las emociones en las distintas culturas», describe esa investigación, la plataforma desde la que hablo.
En el capítulo 2, «¿Cuándo respondemos emocionalmente?», planteo la siguiente pregunta: cuando respondemos emocionalmente, ¿por qué lo hacemos? Si queremos cambiar lo que nos lleva a alterarnos emocionalmente, tenemos que saber la respuesta a esa pregunta. ¿Qué es lo que desencadena cada una de nuestras emociones? ¿Podemos eliminar un determinado detonante? Si nuestro cónyuge nos dice que estamos yendo por el camino más largo para llegar a nuestro destino, quizá eso nos irrite y hasta nos enfade al sentir que nos está indicando lo que debemos hacer o porque vemos criticada nuestra habilidad como conductores. ¿Por qué no podemos recibir la información sin alterarnos? ¿Por qué nos afecta? ¿Podemos cambiar para que esas minucias no nos provoquen tales emociones?
En el capítulo 3 explico cómo y cuándo cambiar lo que nos lleva a alterarnos emocionalmente. El primer paso consiste en identificar los detonantes emocionales más sensibles que nos conducen a comportarnos de una manera que luego lamentamos. También necesitamos poder ver si un detonante concreto va a resistirse al cambio o si podremos debilitarlo con facilidad. De hecho, no vamos a tener éxito siempre, pero comprendiendo cómo se han creado los desencadenantes emocionales, dispondremos de mejores oportunidades de cambiar esos factores que nos alteran.
En el capítulo 4 explico de qué forma se organizan nuestras respuestas emocionales: expresiones, acciones y pensamientos. ¿Somos capaces de manejar la irritación para que no se nos note en la voz ni se muestre en el rostro? ¿Por qué razón a veces parece que las emociones sean como un tren lanzado a toda máquina, como si no tuviésemos control alguno sobre ellas? Pero lo cierto es que no tendremos esa oportunidad a menos que seamos más conscientes de cuándo nos comportamos emocionalmente; con mucha frecuencia no somos conscientes de ello hasta que alguien empieza a molestarse o hasta que posteriormente reflexionamos. Este capítulo trata de cómo volvernos más atentos a nuestras emociones tal cual son, de manera que exista la posibilidad de comportarnos emocionalmente de forma constructiva.
Para reducir el número de episodios emocionales destructivos y aumentar el de episodios emocionales constructivos, tenemos que conocer la historia de cada emoción, el tema central de cada una de ellas. Al conocer los detonantes de cada emoción, los que compartimos con los demás y los que son únicamente nuestros, seremos capaces de reducir su impacto o, por lo menos, sabremos por qué algunos de esos desencadenantes emocionales son tan poderosos que se resisten ante cualquier tentativa de lograr que su control de nuestra vida disminuya. Del mismo modo, cada emoción genera un patrón de sensaciones único en el cuerpo. Así pues, al familiarizarnos más con dichas sensaciones, nos daremos cuenta de la respuesta emocional con suficiente antelación para tener la posibilidad de escoger si seguimos adelante o si interferimos en la emoción.
Cada emoción posee señales únicas. Las más identificables se dan en la cara y en la voz. Aún queda mucho por hacer en el campo de las señales emocionales vocales, pero las fotografías que se incluyen en los capítulos correspondientes a cada emoción muestran las expresiones faciales más sutiles —y que con facilidad se nos pasan por alto—, que indican que una emoción está surgiendo o que se está conteniendo. Gracias a la capacidad de identificar las emociones en cuanto empiezan a percibirse, estaremos en mejores condiciones para relacionarnos con los demás en situaciones muy distintas y para manejar nuestras propias respuestas emocionales a sus sentimientos.
La tristeza y la angustia se describen en el capítulo 5, la ira en el 6, la sorpresa y el miedo en el 7, la repugnancia y el desprecio en el 8, y los numerosos tipos de disfrute en el 9. Todos ellos contienen distintas partes, en las que se aborda:
• Los detonantes específicos más comunes de cada emoción.
• La función de cada emoción, de qué nos sirve y cómo puede causarnos problemas.
• De qué forma la emoción tiene que ver con alteraciones mentales.
• Ejercicios que mejorarán la conciencia del lector sobre las sensaciones corporales correspondientes a la emoción, con lo que aumentarán las posibilidades de poder elegir su comportamiento cuando esté experimentando emociones.
• Fotografías de los indicios más sutiles de la presencia de la emoción en los demás, de forma que el lector será más consciente de lo que sienten otras personas.
• Una explicación acerca del modo de utilizar esa información sobre cómo se sienten los demás en las relaciones con el lector en el trabajo, en la familia y con las amistades.
En el apéndice se incluye un test que el lector puede realizar antes de leer el libro para determinar hasta qué punto es capaz de reconocer expresiones faciales sutiles. Quizá desee volverlo a hacer al concluir la lectura para comprobar su mejora.
Se preguntará el lector por qué alguna emoción sobre la que siente especial curiosidad no aparece en el libro. He optado por describir las emociones que sabemos a ciencia cierta que son universales, que todo ser humano experimenta. El azoramiento, la culpabilidad, la vergüenza y la envidia son probablemente universales; sin embargo, me he centrado en las emociones que presentan expresiones universales claras. Hablo del amor en el capítulo de emociones placenteras, y hablo de la violencia, el odio y los celos en el capítulo que versa sobre la ira.
La ciencia aún está indagando en cómo cada uno de nosotros experimenta las emociones —por qué algunos pasamos por experiencias emocionales más intensas o tendemos a alterarnos emocionalmente con mayor rapidez—, y concluyo el libro exponiendo lo que estamos aprendiendo y lo que podríamos aprender, y describiendo cómo el lector podrá utilizar esta información en su vida.
Resulta difícil sobreestimar la importancia de las emociones en nuestra vida. Mi mentor, el difunto Silvan Tomkins, afirmaba que lo que motiva nuestra vida son las emociones. Organizamos nuestra vida para maximizar la experiencia de las emociones positivas y minimizar la experiencia de las negativas. No siempre lo logramos, pero es lo que intentamos. Decía que las emociones motivan todas nuestras elecciones importantes. En un texto de 1962, un período en el que a las emociones no se les prestaba la menor atención en las ciencias del comportamiento, Silvan exageraba el tema, pues, sin duda, hay más motivos. Pero las emociones son importantes, muy importantes, en nuestra vida.
Las emociones pueden invalidar lo que la mayoría de psicólogos ha considerado ingenuamente las motivaciones fundamentales que impulsan nuestra vida: el hambre, el sexo y la voluntad de sobrevivir. Pero hay personas que no comerán si piensan que lo único que hay para comer es asqueroso. Morirán incluso, aunque a otras personas ese mismo alimento les parezca sabroso. ¡La emoción triunfa sobre el impulso de comer! El impulso sexual es especialmente vulnerable a la interferencia de las emociones. Una persona puede intentar evitar siempre el contacto sexual por la interferencia del miedo o el asco, o quizá siempre sea incapaz de culminar un acto sexual. ¡La emoción triunfa sobre el impulso sexual! Y la desesperación puede pasar por encima del deseo de vivir y llevar al suicidio. ¡Las emociones triunfan sobre el deseo de vivir!
Para expresarlo con sencillez: las personas quieren ser felices, y la mayoría de nosotros no deseamos experimentar el miedo, la ira, la repugnancia, la tristeza o la angustia si no es en los seguros confines de un teatro o entre las tapas de una novela. Sin embargo, como explico más adelante, no podríamos vivir sin dichas emociones; la cuestión es cómo vivir mejor con ellas.
1
LAS EMOCIONES EN LAS DISTINTAS CULTURAS
En este libro expongo todo lo que he aprendido sobre las emociones durante los últimos cuarenta años y que creo que puede ser de ayuda para mejorar la vida emocional. La mayor parte de lo que he escrito, aunque no todo, se basa en mis propios experimentos científicos o en las investigaciones de otros científicos estudiosos de las emociones. En cuanto a la investigación, mi propia especialidad ha consistido en desarrollar la habilidad de leer y medir las expresiones faciales de las emociones. Con este bagaje, he podido apreciar —en los rostros de extraños, amigos y familiares— sutilezas que muy pocas personas aciertan a detectar, con lo cual he aprendido mucho más de lo que he tenido tiempo de demostrar experimentalmente. Cuando lo expuesto se basa únicamente en mis observaciones, lo recalco con expresiones del tipo «he observado», «creo», «me parece», etc. Y cuando escribo basándome en experimentos científicos, cito en una nota la investigación concreta que apoya lo afirmado.
Gran parte de lo expuesto en esta obra se halla bajo la influencia de mis estudios interculturales sobre la expresión facial. Las pruebas obtenidas cambiaron para siempre mi visión de la psicología en general y de la emoción en particular. Dichos descubrimientos, realizados en lugares tan distintos como Papúa Nueva Guinea, Estados Unidos, Japón, Brasil, Argentina, Indonesia y la antigua Unión Soviética, condujeron a desarrollar mis ideas sobre la naturaleza de la emoción.
Al inicio de mis investigaciones, a finales de los cincuenta, ni siquiera me interesaba por la expresión facial; en cambio, lo que sí me interesaba era el movimiento de las manos. Mi método para clasificar los movimientos de las manos me permitía distinguir a los pacientes neuróticos de los psicóticamente deprimidos, y me indicaba su grado de mejora en respuesta al tratamiento.1 A principios de los sesenta ni siquiera existía una herramienta con la que medir directamente y con precisión los complejos y a menudo rápidamente cambiantes movimientos faciales de los pacientes deprimidos. No tenía ni idea de por dónde empezar, de modo que ni empecé. Sin embargo, al cabo de veinticinco años, tras haber desarrollado una herramienta para medir el movimiento facial, volví a las filmaciones de aquellos primeros pacientes e hice importantes descubrimientos, cuya descripción se encuentra en el capítulo 5.
A no ser por dos golpes de suerte, creo que no habría orientado mis investigaciones hacia la expresión facial y las emociones en 1965. Quiso la fortuna que la ARPA (Advance Research Projects Agency) del Ministerio de Defensa, me concediera una beca para la realización de estudios interculturales sobre el comportamiento no verbal. Yo no había solicitado esa beca, pero debido a un escándalo —un proyecto de investigación que se utilizó como tapadera para llevar a cabo actividades antiinsurgentes— se suspendió un gran proyecto de la ARPA, con lo que el presupuesto destinado a él se tenía que gastar en el transcurso del año fiscal en investigaciones en el extranjero, y en algo que no fuese polémico. El azar me llevó a entrar en el despacho del responsable de gastar aquella suma. Resultó que estaba casado con una tailandesa y que le impresionaban las diferencias que apreciaba en su comunicación no verbal. Así pues, me propuso investigar qué era lo universal y qué lo culturalmente variable. Al principio me mostré reacio, pero ante aquel reto no podía decir que no.
Di comienzo al proyecto convencido de que la expresión y el gesto eran factores socialmente aprendidos y culturalmente variables, una convicción compartida por todas aquellas personas de quienes solicité consejo: Margaret Mead, Gregory Bateson, Edward Hall, Ray Birdwhistell y Charles Osgood. Recordaba que Charles Darwin sostenía lo contrario, pero mi convencimiento de que estaba en un error era tan profundo, que ni me molesté en leer su libro.
El segundo golpe de suerte fue conocer a Silvan Tomkins. Tomkins acababa de escribir dos libros sobre las emociones en los que decía que las expresiones faciales eran innatas y universales en nuestra especie, pero no disponía de pruebas que apoyaran sus afirmaciones. No creo que hubiese llegado a leer sus libros ni a conocerlo personalmente de no haber coincidido en el envío de unos artículos sobre comportamiento no verbal al mismo periódico y en la misma época (el de Silvan era un estudio del rostro y el mío un estudio sobre el movimiento corporal).2
La profundidad y la amplitud del pensamiento de Silvan me causaron una honda impresión. Pese a ello creía que, como Darwin, probablemente se equivocaba al sostener que las expresiones eran innatas y, por consiguiente, universales. Yo estaba encantado con que hubiese dos partes en la discusión, con que no fuese únicamente Darwin, que había escrito hacía cien años, quien se opusiese a Mead, Bateson, Birdwhistell y Hall. No era una cuestión resuelta. Había una discusión real entre científicos famosos, personas respetadas; y yo, a mis treinta años, tenía la oportunidad de —y el dinero para— dirimirla de una vez para siempre: ¿las expresiones son universales o, como las lenguas, son específicas de cada cultura? ¡Irresistible! En realidad no me importaba quién estuviera en lo cierto, aunque no creía que fuese Silvan.*
En mi primer estudio mostré unas fotografías a personas pertenecientes a cinco culturas —Chile, Argentina, Brasil, Japón y Estados Unidos— y les pedí que me dijesen la emoción que aparecía en cada expresión facial. La mayor parte de las cinco culturas coincidió en sus apreciaciones, lo cual sugería que las expresiones podrían ser universales.3 Carrol Izard, una psicóloga discípula de Silvan y que trabajaba con otras culturas, realizó casi el mismo experimento y obtuvo los mismos resultados.4 Tomkins no nos había dicho nada a ninguno de los dos, con lo que cuando averiguamos que no estábamos solos en el intento, de entrada, nos molestó. Pero lo cierto es que para la ciencia es mejor que dos investigadores que trabajan independientemente lleguen a las mismas conclusiones. Al parecer, pues, Darwin tenía razón.
Había un problema: ¿cómo es que habíamos encontrado que personas pertenecientes a muchas culturas distintas coincidían acerca de la emoción mostrada en una determinada expresión cuando tantas personas inteligentes opinaban justamente lo contrario? Los que afirmaban que las expresiones de los chinos o japoneses o de algún otro grupo cultural tenían significados muy distintos no eran sólo los viajeros. Birdwhistell, un respetable antropólogo especializado en el estudio de la expresión y el gesto —un discípulo de Margaret Mead—, había escrito que había abandonado las tesis de Darwin cuando vio que en muchas culturas la gente sonreía al sentirse desgraciada.5 La afirmación de Birdwhistell se adecuaba al punto de vista dominante en la antropología cultural y en gran parte de la psicología: todo lo socialmente importante, como las expresiones emocionales, debe ser producto del aprendizaje y, por consiguiente, distinto en cada cultura.
Para conciliar nuestros hallazgos sobre la universalidad de las expresiones con las observaciones de Birdwhistell acerca de los cambios observados entre una cultura y otra, propuse la noción de reglas de manifestación. Desde mi punto de vista, se trata de reglas socialmente aprendidas y que a menudo son culturalmente distintas. Son reglas sobre el manejo de la expresión sobre quién puede mostrar qué emoción, a quién y cuándo. Por esta razón en casi todas las competiciones deportivas públicas, el perdedor no manifiesta la tristeza ni la decepción que siente. Las reglas de manifestación se plasman en la típica advertencia de los padres: «Borra esa sonrisa de satisfacción de tu cara», y pueden imponernos que reduzcamos, exageremos, ocultemos por completo o encubramos la expresión de la emoción que estemos sintiendo.6
Esta formulación fue sometida a comprobación en una serie de estudios que demostraron que los japoneses y los estadounidenses, cuando estaban solos, mostraban la misma expresión facial en respuesta al visionado de películas de operaciones quirúrgicas y accidentes, pero cuando un científico se sentaba con ellos a ver las películas, los japoneses más que los estadounidenses ocultaban sus expresiones negativas esbozando una sonrisa. En privado, expresiones innatas; en público, expresiones dirigidas.7 Al ser el comportamiento público lo que tanto antropólogos como la mayoría de viajeros observan, tengo mi propia explicación y la prueba de que funciona. Por el contrario, la gestualidad simbólica —como asentir con la cabeza indicando un sí, el moverla de lado a lado indicando un no y el gesto de A-OK—* son, sin duda alguna, culturalmente específicos.8 En esto, tanto Birdwhistell como Mead y la inmensa mayoría de los científicos behavioristas estaban en lo cierto, pese a que en lo referente a las expresiones faciales de la emoción erraban.
Había un resquicio, y si yo lo podía ver, también Birdwhistell y Mead, de quienes sabía que buscarían cualquier cosa para refutar mis hallazgos, lo verían. Cabía la posibilidad de que todas aquellas personas estudiadas por mí —y por Izard— hubieran aprendido el significado de las expresiones faciales occidentales viendo a Charlie Chaplin o a John Wayne en la pantalla cinematográfica o la televisión. El aprendizaje en los medios de comunicación o haber estado en contacto con personas de otras culturas podía explicar por qué gente de culturas distintas coincidía acerca de las fotografías de caucásicos que les mostraba. Lo que yo necesitaba era una cultura visualmente aislada en la que la gente no hubiese visto nunca películas, ni televisión, ni revistas, y escasos forasteros, o ninguno. Si pensaban que lo mostrado en mi álbum de expresiones faciales eran las mismas emociones que detectaban los chilenos, argentinos, brasileños, japoneses y estadounidenses, habría dado en el clavo.
Mi entrada a la Edad de Piedra fue a través de Carleton Gajdusek, un neurólogo que llevaba trabajando más de una década en lugares aislados de las montañas de Papúa Nueva Guinea intentando descubrir la causa de una extraña enfermedad llamada kuru, que estaba acabando con la mitad de la población de una de las culturas locales. La gente creía que era cosa de brujería. Cuando llegué, Gajdusek ya había descubierto que se trataba de un virus lento, un virus con un período de incubación de muchos años, durante el cual no había ninguna manifestación de síntomas, como el virus del sida. Todavía no sabía cómo se transmitía. Luego resultó que era por canibalismo. No se comían a sus enemigos, que si habían muerto en combate era probable que gozaran de buena salud. Se comían sólo a sus amigos fallecidos por algún tipo de enfermedad, muchos de kuru. Además, no los guisaban, con lo que las enfermedades se propagaban con facilidad. Al cabo de los años, Gajdusek fue galardonado con el Premio Nobel por el descubrimiento de los virus lentos.
Afortunadamente, Gajdusek se había dado cuenta de que las culturas de la Edad de Piedra no tardarían en desaparecer y por ello había rodado más de treinta mil metros de película en los que se recogía la vida cotidiana de la gente de cada una de las dos culturas. El propio Gajdusek no las había visto, pues ver una sola vez las filmaciones de aquellas personas le hubiera ocupado casi seis semanas. Fue entonces cuando aparecí yo.
Encantado con la idea de que alguien deseara ver sus películas por motivos de tipo científico, me prestó una copia, y con mi colega Wally Friesen nos pasamos seis meses examinándolas meticulosamente. Las filmaciones contenían dos pruebas muy convincentes de la universalidad de la expresión facial de las emociones. En primer lugar, nunca vimos una sola expresión que no nos resultase familiar. Si las expresiones faciales son totalmente aprendidas, entonces aquel pueblo aislado debería haber mostrado expresiones nuevas que nunca antes hubiéramos visto. No había ninguna.
Seguía siendo posible que aquellas expresiones familiares fueran manifestaciones de otras emociones muy distintas. Sin embargo, aunque las filmaciones no siempre mostraban lo que había sucedido antes o después de una determinada expresión, cuando lo hacían, nuestras interpretaciones quedaban confirmadas. Si las expresiones indican emociones distintas en cada cultura, entonces un forastero no familiarizado con la cultura en cuestión no debería poder interpretar las expresiones acertadamente.
Intenté adivinar de qué manera Birdwhistell y Mead rebatirían esta afirmación. Lo que me imaginaba que dirían era: «No importa que no existan expresiones nuevas; las que ustedes vieron tenían en realidad otro significado. Usted las interpretó bien porque ya iba advertido por el contexto social en el que se dieron. Usted nunca vio una expresión desconectada de lo sucedido antes, durante o después, pues en tal caso no hubiera sabido lo que significaba». Para salvar dicha objeción invitamos a Silvan, que vivía en la Costa Este, a pasar una semana en mi laboratorio.
Antes de su llegada, editamos las películas para que únicamente viera las expresiones sacadas de su contexto social, sólo primeros planos de caras. Silvan no tuvo ningún problema. Todas y cada una de sus interpretaciones encajaban en el contexto social que no había visto. Y aún más, él sabía perfectamente cómo había obtenido dicha información. Wally y yo percibíamos el mensaje emocional contenido en cada expresión, pero nuestros juicios se basaban en la intuición; lo normal era no poder determinar con exactitud, salvo en la sonrisa, qué elemento del rostro portaba el mensaje. Silvan, sin embargo, se acercaba a la pantalla y señalaba exactamente los movimientos musculares concretos que indicaban aquella emoción en concreto.
También le pedimos su impresión general sobre aquellas dos culturas. Un grupo le parecía bastante amigable. El otro mostraba una rabia explosiva, tenía un carácter muy receloso, rayano en la paranoia, y era homosexual. Su descripción correspondía a los anga. Su apreciación se adecuaba a lo descrito por Gajdusek, que había trabajado con ellos. Este grupo había atacado repetidamente a los funcionarios australianos que habían intentado mantener una delegación gubernamental en la zona. Entre sus vecinos eran conocidos por su feroz desconfianza. Los hombres llevaban una vida homosexual hasta el momento de casarse. Unos años después, el etólogo Irenäus EiblEibesfeldt tuvo que salir por piernas, literalmente, para salvar su vida cuando pretendía trabajar con ellos.
Tras aquel encuentro decidí dedicarme al estudio de la expresión facial. Iría a Nueva Guinea e intentaría obtener pruebas que apoyasen lo que yo entonces ya sabía que era cierto: que como mínimo algunas expresiones faciales de la emoción son universales. Trabajaría para desarrollar una forma objetiva de medir el comportamiento facial de manera que cualquier científico pudiese deducir del movimiento facial lo mismo que Silvan veía con tanta agudeza.
A finales de 1967 realicé un viaje a las tierras altas del sudeste para llevar a cabo una investigación sobre el pueblo fore, que vivía en pequeños asentamientos diseminados a una altura de más de dos mil metros. Yo no conocía el idioma fore, pero con la ayuda de unos chicos que habían aprendido pidgin en la escuela de la misión, podía pasar del inglés al pidgin y de éste al fore, y al revés. Llevaba conmigo fotos de expresiones faciales. En su mayor parte se trataba de las que me había facilitado Silvan para mis estudios sobre culturas alfabetizadas (más adelante, en la página 27, se muestran tres ejemplos). Asimismo, contaba con fotografías de algunos miembros del pueblo fore seleccionadas de las filmaciones, pensando que quizá tendrían alguna dificultad para interpretar las expresiones mostradas por los caucásicos. Incluso albergaba el temor de que, no habiendo visto nunca fotografías, no fueran capaces siquiera de interpretarlas. Algunos antropólogos habían afirmado que las personas que nunca antes han visto fotografías han de aprender a interpretarlas. Los fore, sin embargo, no tenían ese problema. Las entendieron de inmediato y no parecía que la nacionalidad de la persona retratada, fuera estadounidense o fore, les importase mucho. El problema consistió en lo que les pedí que hiciesen.
Los fore no poseían lenguaje escrito, con lo que no les podía mostrar una lista de palabras para que eligiesen la que correspondía a la emoción mostrada. En caso de leerles yo una lista de palabras de emociones, me tendría que preocupar por si la recordaban o no, y por si el orden en que se las leía influiría en su elección. En vez de ello, les pedí que se inventasen una historia sobre cada expresión facial: «Dígame lo que está pasando ahora, lo que ocurrió antes de que esta persona mostrase esta expresión y lo que va a suceder a continuación». Fue como arrancar muelas. No estoy seguro de si fue el proceso de traducción o el que ellos no tuviesen ni la menor idea de lo que yo quería oír o de por qué les pedía que hicieran aquello. A lo mejor, inventar historias sobre desconocidos es algo que los fore, simplemente, no hacían.
Yo conseguí mis historias, pero cada persona tuvo que dedicar mucho tiempo para poder ofrecerme una historia. Acabábamos las sesiones exhaustos. Sin embargo, no hubo escasez de voluntarios, aunque sospecho que corrió el rumor de que lo que les pedía no era fácil. Para que mirasen mis fotografías contaba con un poderoso incentivo: a cada persona que me ayudaba le daba una pastilla de jabón o un paquete de cigarrillos. No tenían jabón, por lo que lo consideraban muy valioso. Cultivaban su propio tabaco, que fumaban en pipa, pero parecían preferir mis cigarrillos.
La mayor parte de las historias concordaban con la emoción que cada fotografía supuestamente describía. Por ejemplo, al contemplar una foto que mostraba lo que la gente en las culturas alfabetizadas juzgaría como tristeza, lo que más a menudo decían los neoguineanos es que el hijo de la persona en cuestión había muerto. Pero el proceso de explicación era poco práctico, y probar que las distintas historias correspondían a una emoción concreta no iba a ser tarea fácil. Sabía que tenía que hacerlo de otra forma, pero ignoraba cómo.
También filmé expresiones espontáneas y pude captar miradas de alegría cuando personas procedentes de alguna aldea vecina se encontraban con amigos. Asimismo, preparé situaciones para provocar determinadas emociones. Grabé a dos hombres tocando sus instrumentos musicales y luego filmé su sorpresa y deleite cuando por vez primera oyeron sus propias voces y su música surgiendo de un magnetófono. Incluso llegué a apuñalar a un chico con un cuchillo de goma que traía conmigo mientras la cámara captaba su respuesta y las reacciones de sus amigos. Pensaron que era una buena broma (tuve la suficiente sensatez para no intentar el mismo truco con ninguno de los hombres). Estos cortes, sin embargo, no podían servir de prueba, puesto que los que sostienen que las expresiones varían en cada cultura siempre podrían argumentar que yo me había limitado a elegir las escasas ocasiones en las que se habían mostrado expresiones universales.
Abandoné Nueva Guinea tras varios meses de estancia. No fue una decisión difícil, puesto que me sentía hambriento de conversación, algo que no podía tener con ninguna de aquellas personas, y de comida, pues había cometido el error de creer que iba a disfrutar de la cocina local. Lo cierto es que llegué a aburrir las batatas y algo parecido a la parte de los espárragos que solemos tirar. Fue una aventura, la más emocionante de mi vida, pero seguía preocupado por no haber logrado las pruebas definitivas que andaba buscando. Sabía que esa cultura no iba a permanecer aislada por mucho tiempo y que en el mundo ya no debían de quedar demasiadas con esas mismas características.
De vuelta a casa me tropecé con una técnica que el psicólogo John Dashiel había utilizado en los años treinta para estudiar el grado de corrección con el que los niños pequeños interpretaban las expresiones faciales. Como eran demasiado pequeños para leer, no se les podía dar una lista de palabras para que eligieran. En lugar de pedirles que contaran una historia —como había hecho yo en Nueva Guinea—, Dashiel, hábilmente, les leyó una y les enseñó unas fotos. Todo lo que tenían que hacer era escoger la que correspondía a la historia que estaban escuchando. Yo sabía que eso me funcionaría. Volví a las historias que habían inventado los neoguineanos y elegí la que más ocurrencias tenía para cada tipo de expresión emocional. Eran bastante simples: «Han venido sus amigos y está contento/a; está enfadado/a y a punto de luchar; su hijo ha muerto y está muy triste; está viendo algo que no le gusta nada o algo que huele mal; está viendo algo nuevo e inesperado».
Con la historia más frecuente relativa al miedo —el temor provocado por un jabalí— hubo un problema: tuve que modificarla para reducir las posibilidades de que también fuera relevante para la sorpresa o la ira. Al final quedó algo así: «Él (o ella) está sentado en su casa. Está solo y en el poblado no queda nadie más. En la casa no hay ningún cuchillo, ni hacha, ni arco, ni flechas. En la puerta de la casa hay un jabalí. El hombre (o la mujer) lo está mirando y tiene mucho miedo. El jabalí sigue en la puerta durante unos minutos y la persona lo contempla con mucho miedo. El jabalí no va a moverse de la puerta y la persona teme que el jabalí le muerda».
Organicé grupos de tres fotografías para enseñarlas mientras se leía una de las historias (véase un ejemplo más adelante). El sujeto sólo tenía que señalar una de ellas. Hice muchos grupos de tres; no quería que ninguna foto apareciese más de una vez, así la persona no elegiría por exclusión: «¡Oh! Ésa era la del niño que se muere, y esa otra es la que dije que la mujer estaba a punto de luchar, o sea, que ésta tiene que ser la del jabalí».

Regresé a Nueva Guinea a finales de 1968 con mis historias y mis fotos; iba acompañado por un equipo de compañeros que me ayudaron a reunir los datos.9 Esta vez me llevé comida enlatada. Nuestra vuelta fue pregonada, supongo, porque aparte de Gajdusek y su cámara, Richard Sorenson —que me fue de gran ayuda el año anterior—, muy pocos forasteros los habían visitado y muchos menos habían repetido. Viajamos por algunos poblados, pero una vez que corrió la voz de que lo que pedíamos era muy fácil, empezó a llegar gente procedente de aldeas distantes. La tarea les divertía y volvían a estar encantados con el jabón y los cigarrillos.
Puse un cuidado especial en asegurar que ningún miembro de nuestro grupo, sin darse cuenta, diera a los participantes alguna pista sobre cuál era la fotografía correcta. Los grupos de fotos estaban montados en páginas transparentes con un código numérico escrito al dorso de cada fotografía. Dicho número se podía ver desde el revés de la página. Nosotros ignorábamos el código correspondiente a cada expresión, y además pusimos un empeño especial en no intentar adivinarlo. Girábamos la página hacia el sujeto y lo disponíamos todo de manera que la persona que tomaba nota de las respuestas no pudiese ver las fotos. Entonces se leía la historia, el sujeto señalaba una de las fotos y uno de nosotros apuntaba el código de la foto escogida.*
En pocas semanas vimos a más de trescientas personas, aproximadamente el 3 % de su cultura, más que suficiente para un análisis estadístico. Los resultados eran muy claros respecto a la felicidad, la ira, la repugnancia y la tristeza. Sin embargo, no distinguían entre el miedo y la tristeza: cuando oían la historia de miedo, escogían la expresión de sorpresa con la misma frecuencia que la de miedo. Y lo mismo sucedía cuando oían la historia de sorpresa. Pero el miedo y la sorpresa sí los distinguían de la ira, la repugnancia, la tristeza y la felicidad. Hasta la fecha no he podido averiguar por qué no distinguían entre miedo y sorpresa. Puede que hubiese algún problema con las historias, o quizá esas emociones se solían entremezclar tanto en la vida de aquella gente, que no las diferenciaban. En las culturas alfabetizadas sí se distingue entre el miedo y la sorpresa.10
De todos los sujetos sólo veintitrés habían visto una película, la televisión o fotografías. Ninguno hablaba inglés ni pidgin. Ninguno había vivido en un asentamiento occidental ni en ningún poblado del gobierno. Ninguno había trabajado para un caucásico. En cuanto a las veintitrés excepciones, todos habían visto películas, hablaban inglés y habían ido a la escuela de la misión durante más de un año. No se apreciaban diferencias entre la mayoría de los sujetos, que tenían muy escaso contacto con el mundo exterior, y la minoría, que sí lo había tenido. Tampoco se observaban diferencias entre hombres y mujeres.
Aún realizamos un experimento más, que no les resultó fácil a nuestros sujetos. Un hablante de pidgin les leía una de las historias y les pedía que pusieran la cara correspondiente si ellos hubieran sido el protagonista del relato. Grabé en vídeo a nueve hombres haciéndolo. Eran nueve personas que no habían participado en el primer estudio. Esas grabaciones las mostré sin editar a estudiantes en Estados Unidos. Si las expresiones fueran específicas de las culturas, dichos estudiantes no podrían interpretarlas correctamente. Sin embargo, las identificaron correctamente, excepto el miedo y la sorpresa: resultó que calificaban la pose tanto de miedo como de sorpresa, exactamente igual que los neoguineanos. He aquí cuatro ejemplos de las poses de emociones adoptadas por los guineanos.


Con ocasión del congreso anual nacional de antropología de 1969 hice públicos nuestros hallazgos. Muchos asistentes mostraron su descontento respecto a lo que habíamos descubierto, pues estaban firmemente convencidos de que el comportamiento humano es producto de la educación y no de la naturaleza. Pese a mis pruebas, las expresiones tenían que ser diferentes en cada cultura. El hecho de haber encontrado diferencias en la gestión de las expresiones faciales en mi estudio con japoneses y estadounidenses no lo hacía suficientemente convincente.
La mejor manera de disipar sus dudas sería repetir todo el estudio en otra cultura aislada y preliteraria. Lo ideal era que lo llevase a cabo otra persona, preferiblemente alguien que quisiera demostrar que yo me equivocaba. Si esa persona encontraba lo mismo que yo, ello reforzaría enormemente nuestra postura. Gracias a otro golpe de suerte, el antropólogo Karl Heider hizo exactamente eso.
Heider había regresado recientemente de una estancia de varios años estudiando a los dani, otro grupo aislado que habita en lo que ahora se llama Irian Occidental, una parte de Indonesia.11 Heider me dijo que tenía que haber algo erróneo en mi investigación, pues los dani ni siquiera poseían palabras para las emociones. Yo le propuse facilitarle todo mi material de investigación y enseñarle a realizar el experimento en la siguiente oportunidad que regresase con los dani. Sus resultados reprodujeron perfectamente los míos, hasta el punto de mostrar la citada incapacidad de distinguir entre el miedo y la sorpresa.12
Sin embargo, incluso hoy en día no todos los antropólogos están convencidos de ello, y existen unos cuantos psicólogos, fundamentalmente los que se ocupan del lenguaje, que afirman que los resultados de nuestro trabajo en culturas alfabetizadas —en el que pedíamos que se identificase la palabra referente a la emoción que correspondía a las expresiones— no demuestran su universalidad, porque los vocablos para cada emoción no tienen traducciones perfectas. La forma en que el lenguaje representa las emociones es, sin duda, producto de la cultura más que de la evolución. No obstante, en estudios realizados sobre más de veinte culturas alfabetizadas occidentales y orientales, el juicio de la mayoría de miembros de cada una de ellas sobre cuál es la emoción mostrada en cada expresión coincide. A pesar de las dificultades de la traducción, no ha habido ni un solo caso en el que la mayoría de dos culturas haya atribuido emociones diferentes a la misma expresión. Nunca. Y, ni que decir tiene, nuestros hallazgos no se limitan a estudios en los que la gente debía etiquetar una fotografía con una sola palabra. En Nueva Guinea utilizamos historias sobre un episodio emocional. También hicimos que representaran emociones. Y en Japón medimos el comportamiento facial en sí mismo, mostrando que cuando las personas estaban solas movían los mismos músculos faciales al ver una película desagradable, independientemente de que fueran japonesas o norteamericanas.
Otro crítico menospreció nuestra investigación de Nueva Guinea porque utilizamos historias que describían una situación social en vez de palabras sueltas.13 Dicho crítico suponía que las emociones son palabras, algo que, desde luego, no son. Las palabras son representaciones de emociones, no emociones en sí. La emoción es un proceso, un tipo particular de valoración automática influida por nuestro pasado evolutivo y personal, en el que sentimos que está ocurriendo algo importante para nuestro bienestar, con lo que un conjunto de cambios fisiológicos y comportamientos emocionales comienza a encargarse de la situación. Las palabras constituyen solamente un medio de tratar con nuestras propias emociones, y las utilizamos cuando experimentamos emociones, pero no podemos reducir las emociones a palabras.
Nadie sabe con exactitud cuál es el mensaje que nos llega automáticamente al ver una expresión facial. Sospecho que las palabras como rabia o miedo no son los mensajes habituales que se transmiten cuando nos encontramos en determinada situación. Esas palabras las utilizamos cuando hablamos de las emociones. El mensaje que nos llega con más frecuencia se asemeja mucho más a lo que había en nuestras historias, no una palabra abstracta sino una cierta sensación acerca de lo que la persona va a hacer a continuación o de lo que ha motivado que la persona sienta esa emoción.
Existe otro tipo de prueba bastante diferente que también va en apoyo de la afirmación de Darwin en el sentido de que las expresiones faciales son universales, un producto de nuestra evolución. Si no hay necesidad de aprender las expresiones, entonces los ciegos de nacimiento tendrían que manifestar expresiones semejantes a las de quienes no lo son. En los últimos sesenta años se han llevado a cabo numerosos experimentos, y los resultados, que se han repetido una y otra vez, demuestran que lo antes dicho es cierto, especialmente en cuanto a las expresiones faciales espontáneas.14
Nuestros descubrimientos interculturales proporcionaron el impulso para seguir avanzando en busca de respuestas a una multitud de preguntas sobre las expresiones faciales: ¿Cuántas expresiones pueden adoptarse? ¿La información que aportan las expresiones es fidedigna o engañosa? ¿Todo movimiento del rostro indica una emoción? ¿Se puede mentir con la cara igual que con las palabras? Quedaba mucho por hacer, mucho por descubrir. Ahora ya tenemos respuesta a todas esas preguntas y a muchas más.
Descubrí cuántas expresiones puede adoptar una cara —¡más de diez mil!— e identifiqué las que parecen estar más directamente relacionadas con las emociones. Hace más de veinte años, Wally Friesen y yo elaboramos el primer atlas de la cara, una descripción sistemática con palabras, fotografías y filmaciones de cómo medir el movimiento facial en términos anatómicos. Como parte de esta obra tuve que aprender a realizar todos los movimientos de los músculos faciales con mi propia cara. En ocasiones, para verificar que el movimiento que estaba realizando se debía a determinado músculo, insertaba una aguja en la piel del rostro para estimular eléctricamente y controlar el músculo, produciendo así una expresión. En 1978 nuestro instrumento para la medición del rostro —el Sistema de Codificación de la Actividad Facial (FACS)— se hizo público. En la actualidad lo utilizan cientos de científicos en todo el mundo para medir movimientos faciales. Asimismo, los científicos informáticos están trabajando intensamente para lograr que la medición sea automática y más veloz.15
Desde entonces he utilizado el Sistema de Codificación de la Actividad Facial en el estudio de miles de fotografías y decenas de miles de expresiones filmadas o grabadas en vídeo, midiendo el movimiento muscular de cada expresión. He aprendido sobre las emociones midiendo las expresiones de pacientes psiquiátricos y las expresiones de pacientes aquejados de enfermedades coronarias. He estudiado a personas normales en sus apariciones en noticiarios como los de la CNN y también en experimentos llevados a cabo en mi laboratorio a partir de emociones provocadas.
En los últimos veinte años he colaborado con otros investigadores para averiguar lo que sucede en el interior del cuerpo y en el cerebro cuando una expresión emocional se manifiesta en el rostro. De la misma forma que existen expresiones distintas para la ira, el miedo, la repugnancia y la tristeza, parece ser que también existen distintos perfiles de cambios fisiológicos en los órganos corporales, que generan sensaciones únicas para cada emoción. Hasta la actualidad la ciencia no ha comenzado a determinar los patrones de actividad cerebral subyacentes a cada emoción.16
Mediante el uso del Sistema Codificador de la Actividad Facial hemos identificado los signos faciales que denuncian una mentira. Lo que yo llamo microexpresiones —movimientos faciales muy rápidos que duran menos de una quinta parte de segundo— constituyen una fuente importante de filtración y revelan una emoción que la persona trata de ocultar. Existen muchas formas de desenmascarar una expresión falsa: suele ser muy levemente asimétrica y carece de fluidez en su forma de presentarse en el rostro y desaparecer. Debido a mi trabajo sobre las mentiras he tenido la ocasión de entrar en contacto con jueces, policías, abogados, el FBI, la CIA, la ATF y otros organismos de algunos países amigos. A todas esas personas les he enseñado a detectar con más precisión cuándo alguien dice la verdad o miente. Dicho trabajo me ha brindado la oportunidad de estudiar las expresiones faciales y las emociones de espías, asesinos, malversadores de fondos, homicidas, líderes nacionales extranjeros y otras personas que en condiciones normales un profesor jamás llegaría a conocer.17
Cuando ya llevaba más de medio libro escrito, tuve ocasión de dedicar cinco días a hablar de las emociones destructivas con Su Santidad el Dalai Lama. Seis personas más —científicos y filósofos— estuvieron presentes aportando sus ideas y participando en el debate.18 Lo que les oí contar sobre su trabajo y el contenido de aquellas conversaciones redundó en nuevas ideas que han quedado incorporadas a esta obra. Por vez primera entré en contacto con el punto de vista del budismo tibetano sobre las emociones, una perspectiva muy diferente de la que tenemos en Occidente. Me sorprendió comprobar que las ideas sobre las que había estado escribiendo en los capítulos 2 y 3 eran, en parte, compatibles con la visión budista. Esa visión budista sugería ampliaciones y refinamientos de mis ideas que me condujeron a reescribir totalmente ambos capítulos. Sobre todo, aprendí de Su Santidad el Dalai Lama a muy distintos niveles, desde el experiencial al intelectual, y creo que el libro ha salido beneficiado de ello.19 Este libro no trata sobre la visión budista de la emoción, pero aquí y allá menciono puntos de coincidencia y momentos en los que aquella reunión generó percepciones concretas sobre el asunto.
Una de las nuevas áreas en las que la investigación se muestra más activa es la de los mecanismos cerebrales de la emoción.20 Yo escribo con conocimiento de dichos trabajos, pero aún no sabemos lo suficiente sobre el cerebro para dar respuesta a muchas de las preguntas de las que se habla en este libro.
2
¿CUÁNDO RESPONDEMOS EMOCIONALMENTE?
La mayor parte del tiempo —y en el caso de algunas personas siempre—, las emociones nos prestan un valioso servicio al hacer que nos ocupemos de lo que es realmente importante en la vida y nos proporcionan placeres de muy distinto tipo. Sin embargo, a veces nos meten en líos. Ello sucede cuando nuestras reacciones emocionales resultan inadecuadas por uno de los tres motivos siguientes: sentimos y mostramos la emoción correcta pero con una intensidad equivocada; por ejemplo, estaba justificada cierta preocupación, pero reaccionamos exageradamente y nos quedamos aterrorizados. Sentimos la emoción adecuada pero no la mostramos correctamente; por ejemplo, nuestra ira estaba justificada, pero recurrir a hacerle el vacío fue contraproducente e infantil. En el capítulo 4 describo maneras de cambiar estas dos reacciones emocionales inadecuadas: intensidad errónea o formas erróneas de expresar las emociones. Aquí y en el capítulo 3 abordo un tercer tipo de reacción emocional inadecuada muy difícil de cambiar y que incluso es peor que las dos primeras: no es que nuestra reacción sea demasiado intensa ni que la forma de expresarla sea incorrecta, sino que sentimos una emoción totalmente equivocada. El problema no es que tengamos demasiado miedo ni que lo demostremos de forma errónea, sino que, como luego comprobamos, no había ningún motivo para sentir temor.
¿Por qué se desencadena una emoción inapropiada? ¿Es posible eliminar totalmente un desencadenante emocional, de manera que, por ejemplo, no nos enfademos si alguien se nos cuela? ¿Es posible cambiar nuestras reacciones emocionales para que nos divierta o no nos importe, en lugar de enfadarnos, si alguien se nos cuela? Si no somos capaces de eliminar o cambiar nuestra reacción emocional ante un detonante, ¿podemos por lo menos disminuir su poder para no acabar reaccionando inadecuadamente?
Estas preguntas no se plantearían si al ocurrir algo todos reaccionásemos de la misma forma, si los mismos sucesos despertaran las mismas emociones en todo el mundo. Pero está claro que no es así: hay quien tiene miedo de las alturas y hay quien no; hubo quien lloró la muerte de la princesa Diana como si hubiera sido la de un pariente muy allegado, mientras que a otros no les pudo dejar más indiferentes. Sin embargo, existen ciertos detonantes que generan la misma emoción en todos: pasar por la experiencia de salvarse por un pelo de sufrir un accidente de coche, por ejemplo, provoca invariablemente un momento de temor. ¿Cómo ocurre? ¿De qué manera cada uno de nosotros adquiere un conjunto único de disparadores emocionales, y al mismo tiempo, frente a determinados detonantes, presenta la misma respuesta emocional que los demás? Casi todo el mundo se asusta si la silla en la que está sentado se derrumba de repente, pero hay personas que tienen miedo de volar en avión y otras que no. Compartimos algunos detonantes igual que compartimos las expresiones de cada emoción, pero existen detonantes que son específicos no sólo culturalmente sino también individualmente. ¿Cómo adquirimos esos disparadores emocionales que desearíamos no tener? Éstas son las preguntas que se plantean en el presente capítulo. Y necesitamos las respuestas antes de afrontar la pregunta práctica del capítulo siguiente, que aborda la posibilidad de cambiar lo que dispara nuestras emociones.
Responder a esas preguntas no es fácil, dado que no podemos observar el interior de la cabeza de otra persona para encontrar las respuestas. Tampoco es posible dar siempre con la respuesta, como explico más adelante, limitándonos a preguntar por qué o cuándo la gente se altera emocionalmente. Existen técnicas de imaginería cerebral, como la Imaginería por Resonancia Magnética Funcional (fMRI), en la que el cráneo se introduce en una bobina magnética y se producen imágenes de las partes activas del cerebro en períodos de dos o tres segundos. Desgraciadamente, esa periodización resulta demasiado espaciada para estudiar el surgimiento de las emociones, pues con frecuencia aparecen en menos de un segundo. Incluso si la fMRI poseyera un tiempo de resolución más breve, no nos aportaría demasiado, porque simplemente detecta qué estructuras cerebrales están activas en un momento dado, pero no nos dice de qué actividad se trata.
Pese a no disponer aún de pruebas científicas que den respuestas definitivas a las preguntas acerca de cómo se crean en el cerebro los detonantes de las emociones y cómo pueden eliminarse —y pasarán décadas antes de que las tengamos—, pueden realizarse ciertas aproximaciones a partir de un examen atento de cómo y cuándo las personas responden emocionalmente. Las respuestas que sugiero, por muy provisionales que puedan ser, quizá nos ayuden a relacionarnos mejor con nuestras propias emociones y con las reacciones emocionales de los demás.
No respondemos emocionalmente a todo; no estamos continuamente paralizados por la emoción. Las emociones van y vienen. En un momento sentimos una emoción y en otro no sentimos ninguna. Hay personas mucho más emotivas que otras (véase el capítulo final), pero incluso las que lo son más, en ocasiones no sienten ninguna emoción. Algunos científicos afirman que siempre se está dando alguna emoción, pero que resulta demasiado leve como para poder detectarla o para que afecte a nuestra actividad. Si es tan ligera que ni la notamos, creo que bien podríamos decir que en esas ocasiones no hay emoción. Por cierto, incluso los que piensan que siempre estamos sintiendo alguna emoción reconocen que no se trata siempre de la misma, de forma que también ellos deben enfrentarse al problema de explicar por qué sentimos una emoción en un momento y otra en otro.
Ya que no todos y cada uno de los minutos de nuestra vida es emocional, la pregunta sigue planteándose: ¿Por qué respondemos emocionalmente? La forma más habitual de darse las emociones es cuando notamos, con o sin razón, que está ocurriendo o a punto de ocurrir algo que, para bien o para mal, afecta seriamente nuestro bienestar. Ése no es el único camino para experimentar emociones, pero sí es muy importante, quizá la ruta central o principal, y por esa razón nos centraremos en ella. Más adelante describo ocho vías de generación de emociones. Es una idea simple pero central: las emociones evolucionan porque nos preparan para lidiar rápidamente con los acontecimientos vitales de nuestra vida.
Acuérdese de alguna ocasión en la que mientras usted estaba conduciendo, de golpe apareció un coche precipitándose hacia el suyo a toda velocidad. En esos momentos su mente consciente estaba atenta a la interesante conversación que mantenía con el amigo que le acompañaba, o a un programa de radio que iba escuchando. En un instante, antes de tener tiempo de pensar, antes de que la parte consciente de la mente pudiese plantearse el problema, el peligro fue detectado y el temor se desató.
Cuando se desencadena una emoción, en esas primeras milésimas de segundo nos invade y nos ordena lo que hay que hacer, decir y pensar. Sin elegirlo conscientemente, usted automáticamente dio un brusco giro de volante para evitar al otro vehículo y frenó en seco. Al mismo tiempo una expresión de pavor apareció en su rostro: las cejas se arquearon y se juntaron, los ojos se abrieron como platos y los labios se alargaron hacia las orejas. Su corazón se puso a bombear con mayor velocidad, usted empezó a sudar y la sangre afluyó a los grandes músculos de las piernas. Fíjese en que habría adoptado igualmente esa expresión facial aunque no hubiera habido nadie con usted en el coche, de la misma forma que el corazón se le aceleró sin haber iniciado un ejercicio físico repentino que exigiese un aumento del riego sanguíneo. Dichas respuestas se dan porque en el curso de nuestra evolución nos ha sido útil que los demás supieran cuándo percibíamos el peligro, de la misma forma que también nos ha sido útil estar preparados para salir corriendo cuando estábamos atemorizados.
Las emociones nos preparan para manejar sucesos importantes sin pensar en lo que hay que hacer. Usted no habría sobrevivido a aquella situación que casi acaba en colisión si una parte de usted no hubiera estado continuamente escrutando el mundo en busca de indicios de peligro. Ni tampoco habría sobrevivido si hubiera tenido que pensar conscientemente lo que debía hacer con el peligro una vez éste se hubiera manifestado. Eso es lo que hacen las emociones sin que nos demos cuenta, y en gran parte de las ocasiones eso nos es beneficioso, como, por ejemplo, cuando por muy poco nos libramos de sufrir un accidente de coche.
Una vez el peligro ha desaparecido, aún se siente el temor agitando nuestro interior. Para que la sensación desaparezca deberán transcurrir de diez a quince segundos, y no hay mucho que hacer para atajar el proceso. Las emociones provocan cambios en determinadas partes del cerebro que nos incitan a que nos ocupemos de lo que haya desencadenado la emoción, y cambios en el sistema nervioso autónomo, que regula el ritmo cardíaco, la respiración, la sudoración y otras muchas funciones corporales, preparándonos para distintas acciones. Las emociones también envían señales externas, cambios de expresión, rostro, voz y postura corporal. Dichos cambios no los elegimos; simplemente, ocurren.
Cuando la emoción es intensa y se desata de pronto, como en el caso del coche, nuestro recuerdo del episodio emocional, una vez finalizado, no será muy preciso. No podemos saber lo que hizo el cerebro, cuáles fueron los procesos implicados en el reconocimiento del peligro que planteaba la presencia del otro coche. Usted supo que giraba el volante y pisaba el freno, pero lo más probable es que no se diese cuenta de la expresión que apareció en su rostro. Habrá sentido algunas sensaciones en el cuerpo, pero encontrar las palabras para describirlas le sería difícil. Si quisiéramos que nos explicara cómo se las arregló para notar el peligro mientras estaba enfrascado en la conversación con su amigo o escuchando la música de la radio, no podría decírnoslo. Es incapaz de ser testigo o dirigir los procesos que le salvaron la vida. Esta maravillosa característica de nuestras emociones —es decir, que pueden empezar, y de hecho empiezan, sin que tengamos conciencia de los procesos implicados— se nos puede volver en contra provocando reacciones emocionales inadecuadas. Retomaremos esta idea posteriormente.
Si el proceso fuese más lento, notaríamos lo que pasa en el cerebro y sin duda sabríamos todas las respuestas a las preguntas planteadas en este capítulo. Sin embargo, no sobreviviríamos a esos «casi accidentes», nuestra acción no sería lo suficientemente rápida. En ese primer instante, la decisión o evaluación que suscita la emoción es extraordinariamente rápida y se sitúa más allá de nuestra capacidad de notarla. Tenemos que poseer mecanismos de evaluación automáticos que escruten constantemente el mundo que nos rodea y detecten si ocurre algo relevante para nuestro bienestar y nuestra supervivencia.
Confío en que cuando lleguemos a un punto en el que podamos observar el funcionamiento de la evaluación automática en el cerebro, hallaremos numerosos mecanismos y no sólo uno; a partir de ahora, pues, utilizaré el plural para referirme a los mecanismos de evaluación automática, que abreviaré con el término autoevaluadores.*
Casi todo el mundo que se dedica a la investigación sobre las emociones estaría de acuerdo con lo descrito hasta aquí: en primer lugar, con la idea de que las emociones son reacciones ante asuntos que parecen ser de gran importancia para nuestro bienestar, y segundo, que con frecuencia las emociones se inician con tal celeridad que no nos damos cuenta de los procesos mentales que las provocan.1 La investigación sobre el cerebro resulta coincidente con lo sugerido hasta aquí. Podemos llevar a cabo complejas evaluaciones muy rápidamente, en milésimas de segundo, sin ser conscientes del proceso de evaluación.
Ahora podemos replantear el primer grupo de preguntas sobre cómo puede haber desencadenantes emocionales universales e individualmente específicos a la vez. ¿A qué son sensibles los autoevaluadores y cómo se han vuelto sensibles a dichos desencadenantes? ¿Cómo se crean los desencadenantes emocionales? Las respuestas nos harán saber por qué experimentamos una emoción llegado el caso. También nos ayudarán a responder a la pregunta de por qué en ocasiones experimentamos emociones que no nos parecen en absoluto adecuadas, mientras que en otros momentos estamos en una sintonía tan perfecta con lo que ocurre que hasta puede salvarnos la vida.
Las respuestas también nos dirán si es posible cambiar lo que produce una determinada emoción. Por ejemplo, ¿podemos hacer algo para dejar de experimentar temor cada vez que un avión penetra en una bolsa de aire? Los pilotos aéreos cuentan que ellos lo logran porque cuando están a punto de encontrar mal tiempo casi siempre están avisados gracias a sus instrumentos. Pero ¿y si no hubiera esa advertencia?, ¿tendrían miedo? Ningún piloto me lo dijo, pero los ayudantes de vuelo admitieron que sí, que sienten unos instantes de miedo. ¿Qué tendríamos que hacer para dejar de sentir el impulso de responder con ira a la ira? ¿Es un objetivo imposible? Acaso la única posibilidad sea modificar la sensibilidad de los autoevaluadores a determinados detonantes. Quizá incluso eso sea más de lo que somos capaces de hacer. Abordaremos este tema más adelante.
Estudiando el momento en el que nacen las emociones podremos inferir algo sobre los elementos a los que los autoevaluadores se muestran sensibles. La mayor parte de lo que sabemos no proviene de la observación de una situación real en la que determinadas personas experimentan tal o cual emoción, sino de respuestas a cuestionarios sobre si recuerdan haber sentido tal o cual emoción. El filósofo Peter Goldie, en un libro muy sagaz, llama a este tipo de información postracionalización.2 No se trata de descartar dicha información. Las respuestas a esos cuestionarios, como las interpretaciones que damos tras un episodio emocional para explicarnos por qué hicimos lo que hicimos, pueden ser incompletas y quizá también estereotipadas, pues pasan por los filtros que determinan aquello de lo que la gente puede darse cuenta y es capaz de recordar. Respecto a los cuestionarios, está además el factor de lo que las personas están dispuestas a contar a los demás. Sin embargo, las respuestas aún nos enseñan bastante.
Un antiguo alumno, el psicólogo Jerry Boucher, planteó estas preguntas en encuestas realizadas en Malasia y Estados Unidos en los setenta.3 Al cabo de unos años, mi compañero el psicólogo Klaus Scherer y sus colaboradores4 realizaron una investigación semejante con alumnos de ocho culturas occidentales. Ambos hallaron pruebas de la existencia de desencadenantes universales: se informó de que los mismos tipos de desencadenantes evocaban las mismas emociones en culturas muy distintas. También se hallaron pruebas de diferencias culturales en acontecimientos concretos que despiertan una emoción. Por ejemplo, en toda cultura la pérdida de algo importante era el detonante de la tristeza; se halló, sin embargo, que lo perdido variaba de cultura a cultura.
En el estudio de Boucher, uno de los malasios explicó una historia sobre una persona que había escuchado la llamada a los creyentes a participar en una importante festividad religiosa musulmana. «Eso lo puso triste al pensar en su mujer e hijos allá en su pueblo celebrando [la festividad]. Ahora se encuentra en lo más espeso de la selva defendiendo su patria. Está sirviendo como soldado y no pudo celebrar [la fiesta religiosa] con su mujer y sus hijos [que están en casa en el pueblo].» En el estudio de Scherer, un europeo declaró: «Estaba pensando en algo que despertó un recuerdo de un amigo del colegio que murió en un accidente de tráfico. Era muy buen estudiante y tenía una personalidad cautivadora. Su vida se malogró, ¿por qué?». La pérdida es el causante central de ambas historias, pero se trata de distintos tipos de pérdida.
Mis entrevistas con personas de mi propia cultura dan fe de muchas diferencias entre los norteamericanos sobre lo que les pone tristes, rabiosos, temerosos, asqueados, etc. No es que no haya solapamientos. Hay cosas que hacen que casi todo el mundo sienta la misma emoción: que en un callejón oscuro aparezca de pronto una persona amenazante blandiendo un garrote casi siempre causa miedo. Pero mi esposa tiene miedo de los ratones y yo no. A mí me molesta mucho que el servicio en un restaurante sea lento; en cambio eso a ella la trae sin cuidado. O sea que seguimos con el mismo problema: ¿de qué forma los autoevaluadores se hacen sensibles tanto a los desencadenantes emocionales que se encuentran en todas las personas, es decir, a los universales, como a los detonantes que provocan emociones distintas en cada individuo incluso en la misma cultura?
A fuerza de darle vueltas llegué a la conclusión de que los autoevaluadores tenían que estar al acecho de dos tipos de detonantes. Tenían que escudriñar en busca de esos acontecimientos que todo el mundo experimenta, acontecimientos importantes para el bienestar o la supervivencia de todos los seres humanos. Para cada emoción podrían existir unos cuantos acontecimientos de ese tipo almacenados en el cerebro de cada ser humano. Podría tratarse de un esquema, un esbozo abstracto, lo esencial de una escena; por ejemplo, respecto al miedo sería la amenaza de recibir un daño, y respecto a la tristeza, una pérdida importante. Otra posibilidad sería que lo almacenado no fuera en absoluto abstracto, sino un acontecimiento muy concreto, como, para el miedo, la pérdida de apoyo o algo lanzado hacia nosotros y que lo más seguro es que nos vaya a alcanzar. En cuanto a la tristeza, el desencadenante universal podría ser la pérdida de una persona querida, alguien a quien uno se siente muy apegado. Aún no disponemos de una base científica para decidir entre esas dos posibilidades, pero respecto a la forma de llevar nuestra vida emocional eso no cambia nada.
En el transcurso de la vida vamos encontrándonos con sucesos muy concretos que aprendemos a interpretar de tal manera que nos atemorizan, nos enfadan, nos repugnan, nos entristecen, nos sorprenden o nos complacen, y los vamos añadiendo a los acontecimientos universales precedentes, ampliando así aquellos factores a los que se muestran sensibles los autoevaluadores. Puede ser que dichos acontecimientos aprendidos se asemejen mucho o poco a los originales que tenemos almacenados. Se trata de elaboraciones o de adiciones a los acontecimientos universales precedentes. No son los mismos para todas las personas sino que varían conforme a cada experiencia. Cuando estuve estudiando a los miembros de una cultura perteneciente a la Edad de Piedra en Nueva Guinea a finales de los sesenta, descubrí que sentían temor ante la posibilidad de ser atacados por un jabalí. En las ciudades de Estados Unidos, lo que la gente más teme es que un atracador les asalte. Ambos casos, sin embargo, representan una amenaza de daño.5
En un libro anterior,6 junto a mi compañero de investigaciones Wally Friesen, describimos las escenas que juzgábamos universales para siete emociones. Posteriormente, el psicólogo Richard Lazarus propuso algo semejante.7 Utilizó la expresión temas relacionales nucleares (core relational themes) para reflejar su opinión sobre la idea de que las emociones se refieren principalmente a cómo nos relacionamos con los demás, un punto con el cual estoy totalmente de acuerdo (aunque los acontecimientos impersonales, como por ejemplo una puesta de sol, también pueden suscitar emociones). La palabra tema es adecuada porque así podemos hablar de temas universales y de las variaciones de dichos temas que se desarrollan en la experiencia personal de cada individuo.
Cuando nos topamos con un tema, como las sensaciones que experimentamos cuando la silla en la que tomamos asiento se desmorona de golpe, ello provoca una emoción con muy escasa evaluación. Puede ser que los autoevaluadores necesiten un poco más de tiempo para determinar cualquiera de las variaciones de cada tema, las que aprendemos en el transcurso de nuestro crecimiento. Cuanto más apartada esté la variación respecto del tema, más tiempo necesitará hasta llegar al punto en el que lo que se da es una evaluación reflexiva.8 En la evaluación reflexiva, conscientemente nos damos cuenta de nuestros procesos de evaluación; pensamos en lo que sucede, lo consideramos. Pongamos por ejemplo que una mujer se entera de que va a haber una reducción de plantilla en su trabajo. Se planteará la posibilidad de acabar siendo una de las despedidas, y puede ser que cuando piense en esa amenaza potencial sienta miedo. Perder ese empleo es algo que no puede permitirse; necesita el sueldo para mantenerse. El acontecimiento se relaciona con el tema de la pérdida de apoyo —como sugiero, éste es uno de los temas del miedo—, pero está lo bastante alejado de él para que la evaluación no sea automática sino reflexiva. Su mente consciente está presente en el proceso.
La manera de adquirir las variaciones idiosincrásicas, es decir, los desencadenantes emocionales de cada uno, es obvia. Son aprendidas y reflejan lo que cada persona experimenta (atracador o jabalí). Pero ¿cómo se adquieren los temas universales? ¿Cómo quedan guardados en nuestro cerebro para que los autoevaluadores sean sensibles a ellos? ¿Son también aprendidos o bien son innatos, producto de nuestra evolución? Merece la pena dedicar tiempo a estudiar dicho aspecto concienzudamente, pues la respuesta a esa pregunta —cómo se adquieren los temas universales— posee implicaciones respecto a la facilidad con la que se podrán modificar o erradicar. Lamentablemente, no existen pruebas sobre la adquisición de los temas universales. Presentaré detalladamente dos alternativas y explicaré por qué creo que sólo una de ellas puede ser cierta.
La primera explicación postula que lo aprendido no son sólo las variaciones, sino también los temas para cada emoción. Habiéndose descubierto que los mismos temas se dan en muchas culturas diferentes, deben fundamentarse en experiencias que todo el mundo, o casi todo el mundo, posea, mediante lo que se ha llamado aprendizaje constante de la especie (species-constant learning).
Pongamos por caso la ira. Todo ser humano se siente frustrado cuando algo o alguien interfiere en lo que más desea hacer o ya está haciendo. Y todo el mundo aprenderá que avanzando hacia la fuente de la interferencia con aire amenazador, o bien atacándola, a veces se logra eliminarla. Esta explicación da por supuesto que el deseo de perseguir objetivos, la capacidad de amenazar y atacar y el talento para aprender del éxito en la supresión de obstáculos están inscritos en la naturaleza humana mediante la herencia genética. Por consiguiente, si damos por supuesto que deseo, capacidad y talento existen, podemos esperar que las personas aprenderán que a menudo les resultará útil intentar eliminar determinado obstáculo con amenazas o directamente atacando la fuente de dicho obstáculo. Ésa es una actividad que exige un aumento de la frecuencia cardiaca y una afluencia de sangre a las manos anticipándose a su uso para atacar el obstáculo, factores todos ellos bien conocidos como característicos de la respuesta emocional de la ira.9
Si los temas universales fueran aprendidos, entonces sería posible desaprenderlos. Si aprendemos el tema de la ira, entonces quizá podamos desaprenderlo. Mi investigación dio comienzo pensando que ése era el caso; estaba convencido de que todos los aspectos de la emoción, incluyendo lo que la desencadena, se aprendían socialmente. Mis propios hallazgos sobre la universalidad de las expresiones faciales y los hallazgos de otros investigadores me hicieron cambiar de opinión. El aprendizaje no es el único origen de lo que ocurre durante la emoción. El aprendizaje constante de la especie no puede explicar por qué las expresiones faciales de los niños ciegos de nacimiento se parecen a las expresiones de los niños que tienen la vista normal. Ni tampoco puede explicar qué músculos se utilizan en expresiones concretas. Por ejemplo, por qué motivo en caso de placer los labios más que descender ascienden y por qué se contraen los músculos que circundan los ojos. Ni por qué eso sucede en todo el mundo, aunque quizá no se aprecie cuando las personas intentan ocultar sus expresiones. El aprendizaje constante de la especie tampoco puede dar cuenta con facilidad de lo que hemos descubierto recientemente: la ira, el miedo, la tristeza y la repugnancia están señaladas por distintos cambios en la frecuencia cardiaca, la sudoración, la temperatura de la piel y el flujo sanguíneo (todos estos hallazgos se describen en el capítulo 4). Estos descubrimientos me llevaron a la conclusión necesaria de que nuestra herencia evolutiva contribuye en gran medida a la configuración de nuestras respuestas emocionales. Si ello es así, parece probable que la evolución desempeñe un papel primordial a la hora de determinar los temas universales que desencadenan las emociones. Los temas nos son dados. No los adquirimos. Lo único que aprendemos son las variaciones y elaboraciones de los temas.10
Evidentemente, la selección natural ha conformado numerosos aspectos de nuestra vida. Pensemos en lo que significa poseer un pulgar oponible. Se trata de un rasgo que no está presente en la mayoría del resto de animales. ¿Cómo es que los humanos hemos llegado a tenerlo? Presumiblemente, en los albores de nuestra historia, aquellos antecesores nuestros que por variación genética nacieron provistos de ese rasgo tan útil tuvieron más éxito a la hora de reproducirse y cuidar de su progenie, y también en la interacción con sus predadores y con sus presas. Así debieron de aportar más descendencia a las generaciones subsiguientes, hasta que con el tiempo casi todo el mundo llegó a poseer el rasgo. La posesión de un pulgar oponible fue algo seleccionado, y ahora forma parte de nuestra herencia genética.
Siguiendo un razonamiento semejante, sugiero que los que respondían a las interferencias con decididos intentos de suprimirlas y que mostraban señales claras de sus intenciones tuvieron más posibilidades de salir vencedores de los enfrentamientos, ya fuese para conseguir alimentos o parejas. Posiblemente, también fueron los que tuvieron una descendencia más numerosa, lo cual llevó, con el tiempo, a que todo el mundo fuese iracundo.
La diferencia entre las dos explicaciones de los temas universales —el aprendizaje constante de la especie y la evolución— se refiere a cuándo ocurrieron cosas muy concretas. La explicación evolucionista apunta a nuestro pasado remoto como el período en el que se desarrollaron dichos temas (y otros aspectos de las emociones que describiré en sucesivos capítulos). El aprendizaje constante de la especie admite que determinados aspectos del tema de la ira —el deseo de ir en pos de objetivos— fueron ocupando su lugar en el transcurso de la evolución, pero que otros aspectos del mismo tema —eliminar mediante amenazas o ataques los obstáculos que se interponen en el logro de dichos objetivos— van aprendiéndose durante la vida de cada persona. Simplemente ocurre que todo el mundo aprende lo mismo y que por ello es universal.
Se me antoja muy improbable que la selección natural no actuase sobre algo tan importante y crucial para nuestra vida como es lo que desencadena nuestras emociones. Nacemos preparados con una sensibilidad que se va desplegando en presencia de los acontecimientos que fueron relevantes para la supervivencia de nuestra especie en su entorno ancestral como cazadores y recolectores. Los temas que los autoevaluadores buscan en su escaneo constante del entorno, generalmente sin que lo sepamos, se seleccionaron en el transcurso de la evolución.
Arne Ohman,11 un psicólogo sueco, realizó una serie de estudios muy brillantes que aportan pruebas en esta misma línea. Ohman decía que a lo largo de nuestra historia evolutiva las arañas y las serpientes han representado un peligro. Aquellos antepasados nuestros que aprendieron rápidamente que eran peligrosas y las evitaron tuvieron más probabilidades de sobrevivir, de tener hijos y de cuidarlos que los que tardaron en aprender a tenerles miedo. Si realmente la evolución nos ha preparado para temer lo que en nuestro antiguo entorno representaba un peligro, entonces, según predice, las personas que viven en la actualidad aprenderán con mayor rapidez a tener miedo de las serpientes y las arañas que de las flores, las setas o los objetos geométricos. Esto es exactamente lo que ha descubierto.
Ohman hizo coincidir un electroshock —lo que técnicamente recibe el nombre de estímulo incondicionado, ya que provoca el surgimiento de una emoción sin que tenga que mediar ningún aprendizaje— con un estímulo relacionado con el miedo (una serpiente o una araña) o bien irrelevante (una seta, una flor o un objeto geométrico). Tras un único emparejamiento del shock con uno de los estímulos relacionados con el miedo, los sujetos ya mostraron temor cuando la serpiente o la araña se les mostró sin el acompañamiento del shock, mientras que fueron precisos más emparejamientos del shock con la flor, la seta o el objeto geométrico para que el miedo surgiese en respuesta a la mera presencia de dichos estímulos, que son irrelevantes respecto a esa emoción. Además, el miedo a las arañas y las serpientes perduró, mientras que con respecto a la flor, la seta y el objeto geométrico, fue desvaneciéndose con el tiempo.*
No cabe duda de que en nuestro entorno habitual tenemos miedo de las serpientes y de las arañas; entonces, ¿es realmente la evolución lo que explica los resultados de Ohman? Si este contraargumento fuese cierto, entonces la gente debería responder a otros objetos peligrosos habituales de nuestro entorno, como las armas de fuego y las tomas de corriente eléctrica, de igual forma que ante las arañas y serpientes. Pero eso no es lo que Ohman descubrió. Se necesitaría tanto tiempo para condicionar la asociación del miedo a flores, setas y objetos geométricos como se necesitó con las arañas y las serpientes. Pero las armas de fuego y las tomas eléctricas no han estado presentes en nuestro entorno el tiempo suficiente como para que la selección natural las haya convertido en desencadenantes universales.12
En su obra La expresión de las emociones en el hombre y en los animales, un libro extraordinariamente clarividente, Charles Darwin describe un experimento que realizó con una serpiente, hace ya más de cien años, y que encaja bastante bien con los trabajos recientes de Ohman:
Acerqué la cara al grueso cristal que me separaba de una víbora en el jardín zoológico, con la firme determinación de no retroceder si la serpiente trataba de atacarme; sin embargo, en cuanto se lanzó hacia mí mi resolución se quedó en nada y salté hacia atrás un metro o dos con sorprendente rapidez. Mi voluntad y mi razón se mostraron inermes ante la imagen de un peligro que nunca antes habían experimentado.13
La experiencia de Darwin muestra que el pensamiento racional no puede impedir una respuesta de temor ante un tema innato de miedo. Volveré a ello más tarde.
No es seguro que cualquier tema emocional actúe como disparador activo antes de que la experiencia lo haya asociado a un determinado resultado emocional. Recordemos que en la investigación de Ohman se necesitaba cierta experiencia con la araña y la serpiente para que llegaran a convertirse en detonantes del miedo, pues en la exposición inicial aún no lo eran. Bastó con una sola asociación a un estímulo desagradable para convertirlos en desencadenantes del miedo. Pero quizá no siempre sea así, porque Darwin escribió que tenía miedo de las serpientes sin ninguna experiencia previa con ellas. Desde un punto de vista práctico no importa que para crear un tema emocional se requiera cierto aprendizaje, o si existen otros temas con los que no se precise experiencia para ser sensibles a ellos. En ambos casos nos beneficiamos de la experiencia de nuestra especie en este planeta respondiendo con celeridad a los desencadenantes que han sido relevantes para nuestra supervivencia.
Estoy convencido de que uno de los rasgos más característicos de las emociones es que los acontecimientos que las disparan están bajo el influjo no sólo de nuestra experiencia individual, sino también de nuestro más remoto pasado.14 Las emociones, en feliz expresión de Richard Lazarus, reflejan la «sabiduría de las eras», tanto en la propia expresión de la emoción como en la respuesta por ella provocada. Los autoevaluadores están constantemente en busca de lo que ha sido importante no sólo en nuestra vida individual, sino también en la vida de nuestros ancestros cazadores-recolectores.
En ocasiones respondemos emotivamente a cosas que fueron importantes para nosotros en una etapa anterior de nuestra vida, aunque ahora hayan dejado de serlo. Las variaciones de cada tema que añaden detalles a lo que se identifica mediante valoración automática se empiezan a aprender a edades muy tempranas, algunas en los primeros años y otras durante la infancia. Podemos sorprendernos a nosotros mismos respondiendo inadecuadamente a cosas que antes nos habían hecho enfadar, nos habían asustado o asqueado, reacciones que ahora juzgamos impropias de la vida adulta. Hay muchas probabilidades de cometer errores en nuestro primer aprendizaje de los desencadenantes emocionales simplemente porque nuestros mecanismos de aprendizaje aún no se encuentran bien desarrollados. Sin embargo, lo aprendido en las primeras etapas de la vida posee más potencia y más resistencia al olvido que lo que aprendemos posteriormente. Es una suposición que, fundamentada en estudios científicos, es común a muchas formas de psicoterapia.
Los autoevaluadores son potentes en su continuo acecho, más allá de nuestra conciencia, de temas y variaciones de lo que ha sido crucial para nuestra supervivencia. Por poner una metáfora informática, los mecanismos de evaluación automática buscan en el entorno cualquier cosa que se asemeje a lo almacenado en nuestra base de datos de alerta emocional, que está configurada en parte por la biología mediante la selección natural y en parte por la experiencia individual.15
Recordemos que lo que la selección natural configura puede que no sean desencadenantes en sí mismos, sino preparativos que posibilitarán que determinados desencadenantes se introduzcan rápidamente en la base de datos. Numerosos psicólogos se han centrado en un conjunto de temas distinto pero relacionado, es decir, de qué manera los autoevaluadores juzgan un nuevo acontecimiento para determinar, en mis términos, si encaja con algún elemento existente en la base de datos de valoración emocional. Tengo mis dudas sobre la validez de lo que sugieren dado que se basa en lo que la gente les cuenta, y ninguno de nosotros es consciente de lo que hace su mente cuando se encuentra inmersa en un proceso de valoración automática. Esas investigaciones nos han proporcionado buenos modelos para dar cuenta del modo en el que la gente explica qué le provoca emociones. En cualquier caso, sus sugerencias no afectan directamente a la teoría que propongo en este capítulo sobre lo que nos lleva a responder emocionalmente.
La base de datos es abierta, no cerrada. La información va añadiéndose constantemente.16 A lo largo de la vida vamos cruzándonos con nuevos sucesos que pueden interpretarse, mediante la evaluación automática, como semejantes a algún tema o variación guardado en la base de datos. Cuando ello sucede, surge una emoción. El psicólogo Nico Frijda subraya que lo que yo llamo variaciones no son sólo el resultado de la experiencia directa previa, sino que a menudo se trata de estímulos nuevos con los que nos cruzamos y que parecen tener su importancia respecto a asuntos que nos preocupan, lo que él llama nuestros intereses.17
Ya que no tenemos por qué desviar la atención consciente para vigilar los sucesos que se han transformado en desencadenantes emocionales, podemos utilizar nuestros procesos conscientes para hacer otras cosas. Si, como explico más adelante, la mente consciente se preocupa por la posibilidad de que determinados episodios emocionales estén a punto de ocurrir, ello constituye un indicio de enfermedad mental. Una vez hemos aprendido a conducir, lo hacemos tan automáticamente que somos libres de poner la conciencia en una charla, en la radio, en algo que vaya a pasar, etc. Si vamos a girar a la izquierda, no tenemos que dejar de escuchar la radio para coger el carril correcto tras el giro. Y, sin embargo, si se presenta el peligro, haremos lo más adecuado. Ésta es una de las grandes ventajas de las emociones: que son funcionales.
Desgraciadamente, nuestra respuesta puede no ser siempre la apropiada respecto al entorno actual. Si estamos de visita en un país en el que se conduce por el otro lado, nuestro procesamiento automático podría resultarnos letal, por cuanto sería fácil que al entrar en una rotonda o al girar nos equivocáramos. En tal caso no podremos mantener una conversación ni escuchar la radio, sino que deberemos precavernos conscientemente contra las decisiones automáticas que normalmente tomamos. A veces nos parece que emocionalmente estemos viviendo en otro país, en un entorno distinto de aquél al que nuestros mecanismos de evaluación automática son sensibles. En tal caso, quizá reaccionemos inadecuadamente ante lo que suceda.
Ello tampoco supondría un gran trastorno, si no fuera porque nuestros mecanismos evaluadores automáticos funcionan a una velocidad increíble. Si fueran más lentos no nos serían tan útiles; pero ya tendremos tiempo de ser conscientes de lo que nos llevó a reaccionar emocionalmente. Las valoraciones conscientes nos permitirían interrumpir el proceso, en el caso de considerarlo inapropiado o inútil, antes de que la emoción diese comienzo. La naturaleza, sin embargo, no nos ofreció dicha oportunidad. Si el disponer de mecanismos evaluativos lentos en lugar de rápidos hubiera sido de alguna utilidad en la historia de nuestra especie, entonces no poseeríamos esos mecanismos de valoración automática tan rápidos e inconscientes.
Aunque lo más frecuente es que sean dichos mecanismos los que disparan las emociones, ésa no es su única manera de iniciarse. Consideremos, pues, ocho formas más de generar emociones. Algunas de ellas ofrecen más posibilidades de controlar si vamos a experimentar emociones o no.
A veces las emociones se inician siguiendo una evaluación reflexiva en la cual consideramos conscientemente lo que está sucediendo mientras no estamos seguros de lo que significa. Cuando la situación evoluciona y llegamos a comprenderla mejor, algo hace clic. Algo encaja en nuestra base de datos de alerta emocional y los mecanismos de evaluación automática se ponen al mando. La evaluación reflexiva se ocupa de las situaciones ambiguas, aquellas situaciones con las que nuestros mecanismos de evaluación automática todavía no están sintonizados. Supongamos que conocemos a una mujer que empieza a contarnos su vida. No está claro por qué lo hace ni qué pretende con ello. Pensamos sobre lo que nos explica intentando adivinar qué es lo que significa para nosotros, si es que significa algo. Así llegamos a un punto en el que nos damos cuenta de que, en realidad, ella supone una amenaza para nuestro puesto de trabajo. Inmediatamente, los mecanismos de evaluación automática toman el mando y empezamos a sentir temor, ira u otra emoción pertinente.
Éste es el precio que hay que pagar por la evaluación reflexiva: el tiempo. Los mecanismos de evaluación automática nos ahorran momentos o minutos. Nuestras evaluaciones automáticas a menudo pueden salvarnos del desastre —y de hecho lo hacen— ahorrándonos esos momentos o minutos que la evaluación reflexiva requiere.
En cuanto a lo positivo, disponemos de la oportunidad de influir en lo que ocurre cuando se inician las emociones como consecuencia de una evaluación reflexiva.* Para lograrlo, deberemos estar muy familiarizados con nuestros propios detonantes emocionales más sensibles, es decir, las variaciones concretas de los temas universales más preponderantes de nuestra vida para cada emoción. Para hacerse una idea de cuáles son nuestros disparadores más sensibles y los de las personas de nuestro entorno, será útil la lectura de los capítulos del 5 al 9 sobre los temas y sus variantes más comunes. Si sabemos cuáles son los detonantes más sensibles, podremos realizar un esfuerzo deliberado para no permitir que tergiversen nuestra interpretación de lo que esté ocurriendo.
Supongamos que lo que desata en nosotros una reacción de tristeza-angustia es el ligerísimo indicio de que una mujer va a abandonarnos porque ha descubierto nuestro secreto mejor guardado: nuestro sentimiento —aprendido— de inutilidad básica. Con el tiempo suficiente, podemos utilizar la evaluación reflexiva para evitar el juicio de que va a abandonarnos. No será fácil, pero a base de práctica pueden reducirse las posibilidades de caer en la tristeza-angustia cuando la verdad es que nadie está abandonándonos. La evaluación reflexiva le ofrece a la mente consciente un papel más importante. Tenemos la oportunidad de aprender a precavernos deliberadamente contra la posibilidad de malinterpretar lo que sucede.
También experimentamos emociones cuando nos acordamos de una escena emocional del pasado. Podemos optar por recordar la escena, reelaborarla en la mente, volver a ella para imaginar lo que sucedió, por qué sucedió o de qué otra forma podríamos haber actuado. O puede ser que el recuerdo no haya sido una opción sino algo espontáneo, algo que de repente se presenta en la mente. Independientemente de cómo se inicie el recuerdo, por elección o espontáneamente, puede ser que desde el principio incluya no sólo la escena y el guión de lo sucedido, emocionalmente hablando, sino también una reacción emocional. Puede ser que volvamos a sentir las emociones que sentimos en la escena original o que ahora se trate de una emoción distinta. Por ejemplo, una persona podría airarse consigo misma porque en la escena original se asustó y en cambio ahora sentir sólo la ira y no el miedo que se apoderó de ella en la escena original. También puede ocurrir que inicialmente recordemos los episodios emocionales pero no volvamos a experimentar aquéllas emociones u otras. O quizá las emociones surjan al irse desplegando la escena en nuestra mente.
Robert Levenson y yo utilizamos un ejercicio de memoria para provocar emociones en el laboratorio a fin de estudiar las expresiones y las reacciones fisiológicas que distinguen cada emoción. Pensamos que a la gente le sería difícil volver a vivir escenas emocionales del pasado sabiendo que estaban siendo filmadas y con un montón de cables conectados a distintas partes de su cuerpo para medir la frecuencia cardiaca, la respiración, la presión sanguínea, la sudoración y la temperatura cutánea. Fue exactamente lo contrario. La mayoría de las personas parecen estar ansiosas de disponer de una oportunidad para revivir y volver a experimentar una escena emocional pasada. Dadles la oportunidad y eso sucederá casi de inmediato respecto a algunas emociones o a casi todas.
Les pedimos a los participantes que recordaran su versión personal de alguno de los acontecimientos que se han revelado universales para cada emoción. Por ejemplo, para despertar la tristeza le pedimos a la gente que recordara alguna época de su vida en la que falleciese alguien con quien tuviera un fuerte vínculo afectivo. Les pedimos que visualizasen el momento en el que la máxima tristeza les embargó y que intentaran experimentar de nuevo la emoción que sintieron con ocasión de aquella muerte.
Casi antes de acabar de comunicarles estas escuetas instrucciones, su fisiología, sus sensaciones subjetivas y, en algunas personas, incluso la expresión facial de sus emociones ya habían cambiado. No tendría por qué sorprendernos, puesto que todo el mundo ha pasado por la experiencia de recordar algún acontecimiento importante y sentir una emoción. Lo que no se sabía antes de llevar a cabo la investigación es si los cambios que se producen al recordar las emociones se asemejan a los que se dan cuando la emoción surge por otros medios, y lo cierto es que sí. El recuerdo de episodios emocionales, de ésos que elegimos traer a la memoria y que no provocan que de inmediato volvamos a experimentar las emociones vividas en la situación original, nos brindan la oportunidad de aprender a reinterpretar lo que esté sucediendo ahora en nuestra vida de forma que tengamos la posibilidad de cambiar lo que esté haciéndonos reaccionar emocionalmente.
La imaginación sigue siendo otra vía mediante la cual suscitar una reacción emocional. Así como la utilizamos para crear escenas que sabemos que nos sumergen en la emoción, también somos capaces de calmar un desencadenante. En la mente podemos ensayar y poner a prueba otras interpretaciones de lo que está ocurriendo, de forma que no encajen en nuestros detonantes más sensibles y habituales.
Hablar sobre experiencias emocionales pasadas también puede generar emociones. A esa misma persona con la que tuvimos una determinada reacción emocional le podríamos explicar cómo nos sentimos entonces y por qué pensamos que fue así. O podríamos hacer otro tanto con un amigo o un psicoterapeuta. En ocasiones, el simple acto de hablar acerca de un episodio emocional nos llevará a experimentar la emoción de nuevo, lo mismo que ocurre en nuestros experimentos cuando le pedimos a la persona que intente eso mismo.18
Revivir los sentimientos que experimentamos durante un episodio emocional del pasado puede ser beneficioso. Quizá suponga una oportunidad de llevar las cosas a un final distinto. También es posible que la persona con la que estemos hablando nos dé su apoyo y comprensión. Pero ni que decir tiene que a veces el volver a experimentar emociones puede resultar problemático. Quizá estábamos convencidos de que podríamos hablar desapasionadamente con nuestro cónyuge sobre un malentendido acaecido unos días atrás, aunque luego comprobamos que de eso nada, que volvemos a indignarnos igual o más que entonces. Y eso puede que suceda a pesar de lo mucho que esperábamos que esta vez no fuera así, pero es que casi nunca tenemos control sobre cuándo vamos a ponernos emotivos. Y además, es probable que cuando nos indignamos, nuestro rostro lo delate ante los demás y que nuestro cónyuge se enfade porque nosotros hemos vuelto a enfadarnos.
Supongamos que estamos charlando con un amigo sobre lo mal que nos sentimos cuando el veterinario nos comunicó que nuestro perro, que tanto queríamos, no superaría su enfermedad. El explicarlo nos hace revivirlo, mostrarnos apesadumbrados, y mientras nuestro amigo nos escucha, también parece entristecerse. No es nada raro, y eso que no se trata ni de su perro ni de su pérdida. Todos podemos sentir las emociones que sienten los demás, es decir, sentirlas por empatía. Ésta es la sexta forma en la que las emociones pueden surgir: siendo testigos de la reacción emocional de otra persona.
No es que pase siempre; no pasa si la persona en cuestión no nos importa o si no nos identificamos con ella de alguna forma. Además, a veces somos testigos de las emociones de otra persona y, en cambio, nosotros sentimos una emoción totalmente distinta de la suya. Por ejemplo, podemos mostrarnos desdeñosos respecto a su enfado o podemos sentir temor ante su ira.
No tiene por qué tratarse de la desgracia de un amigo para que desencadene en nosotros una reacción emocional. Puede ser la de un perfecto desconocido que incluso no se halla en nuestra presencia. A lo mejor lo vemos por la televisión o en el cine, o leemos sobre el caso en un periódico o en un libro. Aunque no hay duda alguna sobre la posibilidad de reaccionar emocionalmente al leer sobre un desconocido, resulta sorprendente que algo que apareció tan tardíamente en la historia de nuestra especie —el lenguaje escrito— pueda generar tantas emociones. Imagino que el lenguaje escrito se transforma en nuestra mente en sensaciones, imágenes, sonidos, olores e incluso en sabores, y en cuanto sucede, dichas imágenes reciben el mismo tratamiento por parte de los mecanismos de evaluación automática que cualquier otro acontecimiento. Si pudiésemos bloquear la producción de esas imágenes, creo que únicamente con el lenguaje no se llegaría a evocar las emociones.
Los demás pueden indicarnos de qué tener miedo, por qué enfadarnos, de qué disfrutar, etc. Este camino simbólico normalmente implicará la presencia de una persona que en nuestra primera infancia nos cuidó, y su impacto se verá intensificado si la emoción sobre la que nos han instruido está muy cargada. Asimismo, podemos observar qué es lo que provoca emociones a las personas que significan algo para nosotros e inadvertidamente adoptar como nuestras sus variantes emocionales. Un niño cuya madre sienta miedo a las multitudes quizá desarrolle el mismo tipo de miedo.
La mayoría de los que han escrito sobre las emociones han abordado el tema de la violación de las normas, las emociones que experimentamos cuando nosotros mismos u otras personas violamos una norma social importante.19 Puede ser que nos sintamos rabiosos, asqueados, desdeñosos, avergonzados, culpables, quizá incluso divertidos o complacidos. Dependerá de quién viola la norma y de a qué se refiere ésta. Las normas, por descontado, no son universales; puede ser incluso que determinada norma no sea compartida por la totalidad de un colectivo nacional o cultural. Pensemos, por ejemplo, en las diferencias entre las nuevas generaciones y las viejas en Estados Unidos actualmente respecto a la decencia y el significado del sexo oral. Tanto al inicio de nuestra vida como posteriormente, aprendemos normas sobre lo que las personas deben hacer.
Éste es el último modo en el que las emociones se inician, un modo nuevo e inesperado. Lo descubrí cuando con mi colega Wally Friesen estábamos desarrollando una técnica para medir los movimientos faciales. Para aprender de qué forma los músculos faciales transforman el aspecto visible del rostro, nos grabamos en vídeo y sistemáticamente llevamos a cabo distintas combinaciones de movimientos faciales. Empezamos con acciones con un solo músculo y proseguimos hasta lograr combinaciones de seis músculos diferentes funcionando a la vez. No es que realizar dichos movimientos fuese siempre tarea fácil, pero a base de muchos meses de práctica aprendimos a hacerlo y realizamos y grabamos diez mil combinaciones distintas de acciones musculares faciales. Mediante el estudio posterior de las cintas, aprendimos a reconocer cuáles eran los músculos que habían intervenido en cada expresión. Estos conocimientos fueron la base de nuestro sistema de medición, el Sistema de Codificación de la Acción Facial (FACS),20 al que me refiero en el primer capítulo.
Descubrí que cuando adoptaba determinadas expresiones me veía inundado por intensas sensaciones emocionales. Y no cualquier expresión, sino sólo aquellas que ya había identificado como universales a todos los seres humanos. Cuando le pregunté a Friesen si a él también le pasaba, me dijo que él también sentía emociones cuando adoptaba algunas expresiones y que a menudo le resultaba muy desagradable.
A los pocos años Bob Levenson se pasó un año en mi laboratorio. Le parecía perfecto estar en San Francisco y dedicar todo un año a ayudarnos a poner a prueba aquella idea de locos de que la simple adopción de una determinada expresión producía cambios en el sistema nervioso autónomo de las personas. En los diez años siguientes, realizamos cuatro experimentos, incluyendo uno en una cultura no occidental, los minang-kabau de Sumatra Occidental. Al seguir nuestras instrucciones sobre qué músculos mover, la fisiología de aquellas personas cambiaba y la mayoría comunicaba haber sentido la emoción. De nuevo, no era cualquier movimiento facial el que provocaba este cambio. Tenían que hacer los movimientos musculares que nuestro estudio previo había concluido que eran expresiones universales de emoción.21
En otro estudio centrado únicamente en la sonrisa, Richard Davidson, un psicólogo que se dedica a estudiar el cerebro y la emoción, y yo descubrimos que sonreír producía muchos de los cambios cerebrales que ocurren cuando hay placer. Y no era cualquier tipo de sonrisa, sólo la sonrisa que previamente había descubierto que realmente significaba placer (véase capítulo 9).22
En este estudio les pedimos a las personas que realizaran determinados movimientos faciales. Estoy convencido de que habríamos obtenido los mismos resultados si hubiesen articulado con la voz el sonido de cada emoción, pero a mucha gente le es mucho más difícil intentar producir sonidos con la voz que adoptar expresiones faciales. Sin embargo, encontramos a una mujer que era capaz de hacerlo y, desde luego, sus resultados con la voz y con la cara fueron idénticos.
Ni la generación de experiencias emocionales ni el cambio de la fisiología mediante la adopción deliberada del aspecto de una emoción son la forma más habitual de experimentar emociones. Pero puede que suceda con más frecuencia de lo que creíamos en un principio. Edgar Allan Poe lo sabía, y en La carta robada escribió:
Cuando quiero averiguar lo listo o lo tonto, o lo bueno o lo malvado que es alguien, o en qué está pensando en un momento dado, moldeo la expresión de mi rostro lo más detalladamente posible, según la expresión del suyo, y luego espero a ver qué pensamientos o sentimientos acuden a mi mente o corazón, como si coincidiesen o se correspondiesen con la expresión.
He descrito nueve caminos para acceder o despertar nuestras emociones. El más común es mediante el funcionamiento de los autoevaluadores, los mecanismos de evaluación automática. Un segundo camino empieza por la evaluación reflexiva y luego salta a los autoevaluadores. El recuerdo de experiencias emocionales pasadas constituye el tercer camino, y la imaginación, el cuarto. Hablar sobre un episodio emocional pasado es el quinto. La empatía, el sexto. La educación recibida de otras personas acerca de lo que tiene que ponernos emocionales es el séptimo. La violación de normas sociales es el octavo. El último consiste en asumir voluntariamente la apariencia de una emoción.
En el siguiente capítulo proseguimos a partir de lo ya aprendido sobre cómo se desencadenan las emociones, planteándonos por qué y cuándo resulta tan difícil cambiar lo que nos provoca emociones. Incluye sugerencias acerca de qué hacer para ser más conscientes del momento en el que se inician las emociones producidas mediante la evaluación automática, porque cuando ello ocurre es cuando solemos meternos en problemas y luego tenemos que arrepentirnos de nuestro comportamiento.
3
CÓMO CAMBIAR LO QUE NOS EMOCIONA
Caminar por el borde de un acantilado puede dar miedo pese a saber que hay una barandilla claramente visible para impedir que nadie se precipite al vacío. El hecho de que el sendero no esté resbaladizo y que la barandilla no sea frágil importa muy poco: aun así el corazón se acelera y las palmas de las manos se humedecen. Saber que no hay nada que temer no borra el miedo. Y a pesar de que la mayoría controla sus acciones y no se desvía del sendero, quizá sólo sea capaz de echar un furtivo vistazo al hermoso panorama que le rodea. El peligro se siente aunque objetivamente no exista.1
El paseo por el acantilado nos muestra que nuestro conocimiento no siempre logra anular las evaluaciones de los autoevaluadores que generan respuestas emocionales. Tras el desencadenamiento de las respuestas emocionales quizá nos demos cuenta conscientemente de que no hay ninguna necesidad de responder emocionalmente y, sin embargo, puede que la emoción persista. Mi idea es que eso suele ocurrir cuando el desencadenante es un tema emocional producto de la evolución o un desencadenante aprendido muy semejante al tema. Cuando el desencadenante aprendido mantiene una relación más distante con el tema, nuestro conocimiento consciente quizá sea más capaz de interrumpir la experiencia emocional. Dicho de otra forma, si nuestros intereses sólo mantienen una relación lejana con determinado tema, podremos anularlos a voluntad.
Existe otra forma más seria en la que las emociones invalidan lo que sabemos. Las emociones pueden impedirnos el acceso a una información que, si no estuviéramos inmersos en la emoción, tendríamos al alcance de la mano. Cuando somos presa de una emoción inadecuada, interpretamos lo que sucede de forma que encaje en lo que sentimos y hacemos caso omiso de lo que sí sabemos pero no encaja.
Las emociones alteran nuestra forma de ver el mundo y nuestra interpretación de las acciones de los demás. No pretendemos poner en duda si estamos sintiendo una emoción en particular; lo que buscamos es confirmarla. Juzgamos lo que ocurre para que resulte coherente con la emoción que sentimos y así poder justificarla y mantenerla. En numerosas ocasiones eso va a ayudarnos a centrar la atención y a guiar nuestras decisiones respecto a cómo dar respuesta a los problemas inmediatos y a comprender lo que está en juego. Pero también puede causarnos problemas, porque cuando estamos en manos de una emoción descartamos o ignoramos aquellos conocimientos que poseemos que podrían poner en tela de juicio la emoción que estamos sintiendo, de la misma manera que descartamos o ignoramos aquellas informaciones nuevas que proceden del entorno y no se adecuan a nuestra emoción. En otras palabras, el mismo mecanismo que guía y centra nuestra atención puede deformar nuestra capacidad de manejar las nuevas informaciones y el conocimiento ya guardado en el cerebro.*
Supongamos que una persona se siente furiosa por haber sido insultada en público. Mientras dure esa furia no le será fácil plantearse si lo dicho era en realidad un insulto o no. El conocimiento pasado sobre dicha persona y sobre la naturaleza de los insultos sólo estará disponible selectivamente; únicamente recordará aquella parte de los conocimientos que justifiquen la furia y no la parte que la contradigan. Y aunque la persona que ha insultado se explique o se excuse, quizá la persona indignada no pueda incorporar inmediatamente dicha información —el hecho de una disculpa— a su comportamiento.
Durante un rato nos encontramos en un estado refractario. Se trata de un período en el que el pensamiento es incapaz de incorporar información que no encaje, mantenga o justifique la emoción que estemos sintiendo. Este estado refractario será más positivo que negativo si es breve, si dura sólo un segundo o dos. En ese corto espacio centra nuestra atención en el problema inmediato, y utilizando la información más pertinente guía nuestras primeras acciones y los preparativos para las futuras. Si el período refractario se alarga —minutos o incluso horas—, quizá surjan dificultades o mostremos un comportamiento emocional inadecuado. Un período refractario excesivamente dilatado distorsiona la forma en la que vemos el mundo y a nosotros mismos.2
En un accidente de tráfico que no llega a ocurrir por muy poco, una vez hemos logrado evitar al otro vehículo, no nos quedamos sumidos en un estado de miedo. Rapidísimamente nos damos cuenta de que el peligro ha pasado y esperamos hasta recuperar una respiración y una frecuencia cardiaca normales, lo cual sucede a los cinco segundos, máximo quince. Ahora bien, suponga usted que ese miedo tuviese que ver con algo que no resultase tan instantánea o espectacularmente refutable. Suponga que lo que teme determinada persona es que el dolor que siente en la parte baja de su espalda sea un síntoma de un cáncer de hígado. Durante el período refractario rechazará la información contradictoria y se olvidará de que ayer mismo estuvo ayudando a un amigo a mover unos muebles y que eso es precisamente lo que le ha provocado el dolor.
Piense en la siguiente situación familiar, algo muy normal: por la mañana, antes de irse a trabajar, Jim le dice a Helen, su esposa, que lo lamenta pero que le ha salido algo y no podrá ir a recoger a su hija a la escuela, y que vaya ella a buscarla. Helen le contesta con voz crispada y una mirada de enfado —está claro que se siente molesta—: «¿Por qué no me lo habías dicho antes? ¡A esa hora tengo una reunión con una de las personas que superviso!». Se trata de una respuesta que no ha pensado conscientemente; no ha elegido enfadarse. Helen se enfada porque los autoevaluadores interpretan que el mensaje de su marido es una interferencia en sus propósitos —un tema muy probable como causa de ira— y que a ella no se la ha tenido en consideración.
Jim, dándose cuenta por el tono de voz y la expresión facial de que Helen se ha enfadado, cree que ella no tiene ningún derecho a ponerse así y ahora es él quien se enfada, pues la ira provoca ira. «¿Por qué te enfadas por esto? No te lo he dicho con tiempo porque mi jefe acaba de llamarme para decirme que se ha convocado una reunión de urgencia en mi departamento y que tengo que asistir.» Ahora Helen ya sabe que su marido no estaba siendo desconsiderado y que no hay motivo para enfadarse por una frustración inevitable y no premeditada; sin embargo, si todavía se encuentra en período refractario habrá guerra. Su enfado busca justificarse. Podría caer en la tentación de decir la última palabra: «¡Eso tendrías que habérmelo dicho antes!». No obstante, se contiene y no actúa desde el enfado.
Si Helen consigue incorporar la información nueva que Jim le proporciona, su percepción acerca de por qué él ha actuado así se transforma. En dicho caso, rechazará la interpretación de que él estaba siendo desconsiderado con ella y su enfado se volatilizará. Sin embargo, existen muchas razones por las que el período refractario podría prolongarse y así llevarla a aferrarse a su ira y no ceder terreno, aun habiendo recibido de Jim la información que la apaciguaría. Quizá aquella noche no había dormido bien. Quizá en el trabajo estaban apretándola demasiado, más de lo que era capaz de soportar, y estaba desquitándose con Jim. Quizá llevaban meses discutiendo sobre algo realmente importante, como por ejemplo tener otro hijo, y Helen abrigaba sentimientos de ira por la actitud aparentemente egoísta de Jim. Puede ser que Helen poseyera ese tipo de personalidad en el que la ira desempeña un papel preponderante. (En el capítulo 6 describo mis investigaciones sobre las personas que presentan un rasgo de hostilidad en su personalidad.) Otra posibilidad es que Helen estuviese importando a esta situación un guión perteneciente a otra parte de su vida, un guión con una gran carga emocional que ella escenifica una y otra vez.
Un guión consta de un elenco de personajes —la persona que lo está importando más las personas que giran en torno a ella— y de una trama argumental acerca de algo que ocurrió en el pasado. No todo el mundo importa a las situaciones actuales guiones emocionales de su propio pasado que no encajen bien. En las teorías psicoanalíticas de la personalidad se afirma convencionalmente que los guiones se importan cuando existen sentimientos no resueltos, sentimientos que nunca se llegaron a expresar completa o satisfactoriamente, o que, si se expresaron, no condujeron al resultado deseado. Los guiones distorsionan la realidad actual provocando reacciones emocionales inadecuadas y alargando el período refractario.
Supongamos que Helen era la hija menor y que su hermano Bill era un bravucón que la tenía dominada. Si a Helen se le quedó grabada esa experiencia y si sus padres se ponían de parte de Bill y opinaban que ella exageraba, puede ser que a menudo importe el guión que reza «estoy siendo dominada» a situaciones que no guardan más que un lejanísimo parecido con las de su niñez. A Helen le importa muchísimo que alguien la domine y eso la lleva a detectar signos de dominación en donde puede ser que no los haya en absoluto. Pero Helen no desea importar ese guión. Es una mujer inteligente que se ha dado cuenta, gracias a la respuesta de sus personas más allegadas, de que muestra una tendencia a manifestar precisamente ese tipo de interpretación errónea y a reaccionar exageradamente. Sin embargo, durante el período refractario no puede hacer mucho al respecto. Sólo después, cuando reflexiona, toma conciencia de que se ha comportado inadecuadamente y se arrepiente de ello. Le encantaría borrar el desencadenante «me quiere dominar» de su base de datos de alerta emocional. Su vida sería mejor si lograra hacer que ese desencadenante desapareciese; no sería tan propensa a pasar por largos períodos de enfado y no deformaría las intenciones de los demás para hacerlas encajar en sus propias emociones.
A mucha gente le gustaría disponer exactamente de ese tipo de control para cuando experimenta una reacción emocional. Uno de los motivos que conduce a las personas a buscar ayuda psicoanalítica es el deseo de dejar de reaccionar emocionalmente ante algunas de las cosas que lo provocan. Pero ninguno de nosotros pretende extinguir completa e irrevocablemente todas sus emociones. La vida sería aburrida, menos jugosa, menos interesante y probablemente menos segura si dispusiésemos de dicho poder.
El miedo nos protege, nos salva la vida avisándonos de las amenazas de sufrir algún daño haciéndonos reaccionar sin que medie el pensamiento. Las reacciones de asco nos vuelven precavidos acerca de actividades que literal o figuradamente podrían resultar tóxicas. Por su parte, la tristeza y desesperación causadas por pérdidas pueden aportarnos el apoyo de otras personas. Incluso la ira —que es la emoción que más personas quisieran desactivar— nos es útil. Advierte a los demás, y también a nosotros, de cuándo algo está frustrándonos. Dicho aviso puede provocar un cambio, aunque también puede provocar más ira como respuesta. La ira nos impele a intentar cambiar el mundo, a crear justicia social, a luchar por los derechos humanos.
¿De verdad deseamos eliminar esas motivaciones? Sin emoción, sin placeres sensuales, sin orgullo por nuestros logros y los de nuestros vástagos, sin la diversión ocasionada por las cosas raras e inesperadas de la vida, ¿valdría la pena vivirla? La emoción no es una especie de apéndice, un aparato residual que no necesitamos y que es mejor extirpar. Las emociones se hallan en el núcleo de nuestra vida. Hacen que la vida sea vivible.
Más que extinguir por completo nuestras emociones, a la mayoría nos gustaría disponer de la capacidad de suprimir selectivamente las reacciones emocionales provocadas por ciertos desencadenantes muy concretos. Nos gustaría pulsar la tecla de supresión para borrar un determinado desencadenante o un conjunto de ellos, un guión de preocupación guardado en nuestra base de datos de alerta emocional. Desgraciadamente, no existen pruebas concluyentes y definitivas de que ello sea posible.
Uno de los estudiosos del cerebro y las emociones más destacados, el psicólogo Joseph LeDoux, ha escrito recientemente:
El aprendizaje condicionado del miedo es especialmente resistente y, de hecho, quizá represente una forma indeleble de aprendizaje.3 La indelebilidad del miedo aprendido presenta un lado bueno y otro malo. Obviamente, a nuestro cerebro le resulta muy útil poder conservar recuerdos de los estímulos y situaciones que en el pasado se vieron asociados al peligro. Pero esos potentes recuerdos, que normalmente se generan en circunstancias traumáticas, también pueden abrirse paso hasta la vida cotidiana e infiltrarse en situaciones en las que no resultan especialmente útiles....4
Por suerte, tuve oportunidad de hablar de ello con LeDoux mientras redactaba el presente capítulo, y de insistirle un poco para que me explicara qué es lo que quería decir exactamente y hasta qué punto estaba seguro de ello. En primer lugar, que quede claro que LeDoux se refiere únicamente a desencadenantes aprendidos, que es lo que yo llamo variaciones. Con respecto a los temas, que son producto de nuestra evolución, LeDoux y yo coincidimos en considerarlos indelebles; por ejemplo, los descubrimientos realizados con ratones nacidos en laboratorio: no habiendo tenido nunca ninguna experiencia con un gato, mostraron miedo al verlo por vez primera. Se trata de un tema innato, un desencadenante de miedo que no precisa aprendizaje. El poder de un tema de desencadenar una emoción puede debilitarse, pero no suprimir por completo. Ahora bien, ¿podemos desaprender las variaciones, los desencadenantes que vamos adquiriendo en el transcurso de la vida?
Sin entrar en los detalles técnicos de la investigación de LeDoux sobre el cerebro, tenemos que saber que cuando un desencadenante emocional se crea, cuando aprendemos a tener miedo de algo, se crean asimismo nuevas conexiones entre un determinado grupo de células cerebrales, formando lo que LeDoux llama una reunión de células.5 Parece ser que dichas reuniones de células, que contienen el recuerdo del desencadenante aprendido, son unos registros fisiológicos permanentes de lo aprendido. Conforman lo que yo llamo base de datos de alerta emocional. Sin embargo, es posible aprender a interrumpir la comunicación entre las reuniones de células y el comportamiento emocional. El desencadenante pone en funcionamiento la reunión de células, pero la conexión entre ella y nuestro comportamiento emocional puede cortarse, al menos durante un tiempo. Sentimos miedo, pero actuamos como si no lo tuviéramos. También podemos aprender a cortar la conexión entre el desencadenante y las reuniones de células de manera que, aunque la emoción no se dispare, la reunión de células se conserve, la base de datos no se borre y continúe existiendo la posibilidad de conectarla de nuevo al desencadenante, con lo que nuestra capacidad de respuesta seguirá manteniéndose. En determinadas circunstancias, cuando estemos bajo un tipo concreto de presión, el desencadenante volverá a activarse conectándose a la reunión de células, y la respuesta emocional surgirá de nuevo.
Aunque todas las investigaciones de LeDoux se han centrado en el miedo, es de la opinión de que no hay ningún motivo para creer que con respecto a la ira y la angustia vaya a ser distinto. Ello coincide con mi experiencia personal y con lo que he podido observar en otras personas; así pues, voy a dar por supuesto que sus descubrimientos son generalizables al resto de las emociones, quizá incluso a las emociones que se sienten como positivas.*
Nuestro sistema nervioso está constituido de tal manera que cambiar lo que nos permite experimentar emociones, desaprender la conexión entre una reunión emocional de células y una respuesta, o entre un desencadenante y una reunión emocional de células, no resulta nada fácil. La base de datos de alerta emocional es un sistema abierto —continuamente van añadiéndosele nuevas variaciones—, pero no es un sistema que permita una fácil eliminación de datos una vez introducidos. Nuestro sistema emocional está construido de tal manera que conserva los desencadenantes y no se desprende de ellos para generar respuestas emocionales sin que medie el pensamiento. Estamos biológicamente construidos de forma que no se nos permita interrumpirlas cómodamente.
Pero volvamos a mi ejemplo del accidente que estuvo a punto de consumarse para ver cómo los descubrimientos de LeDoux nos ayudan a entender lo que sucede cuando pretendemos cambiar lo que nos provoca respuestas emocionales. Todo conductor ha pasado por la experiencia, sentado en el asiento del copiloto, de haber hecho el gesto de pisar involuntariamente un pedal de freno imaginario al ver que otro coche giraba de golpe hacia el suyo. Pisar el freno es una respuesta aprendida ante el temor de sufrir el impacto de otro vehículo. Pero no es lo único aprendido, también lo es el desencadenante. Los automóviles no formaban parte del entorno de nuestros antepasados; un coche abalanzándose hacia nosotros no es un tema innato, sino una variante aprendida. La aprendemos rápidamente porque resulta muy cercana a uno de los posibles temas del miedo: algo penetra velozmente en nuestro campo visual y se nos acerca como si fuera a golpearnos.
Pese a que la mayor parte de nosotros, cuando estamos en el asiento del pasajero, involuntariamente pisamos ese freno inexistente cuando percibimos el peligro, los profesores de autoescuelas aprenden a no hacerlo. Pueden llegar a aprender a interrumpir la respuesta, en cuyo caso seguirán sintiendo miedo pero no responderán físicamente. Sospecho que todavía se asomará una sombra de temor a sus rostros o en el tono de voz. O quizá aprenden a cortar la conexión entre el desencadenante —el coche precipitándose hacia ellos— y la reunión de células en el cerebro creada para ese desencadenante del temor.* Quizá su conexión entre el desencadenante y la reunión de células está ajustada con tal precisión que surge el miedo y únicamente se activa la respuesta de protección de pisar el pedal del freno, cuando realmente existen muchas posibilidades de verse inmersos en una situación de auténtico peligro. Sin embargo, si no han dormido bien o si aún continúan dándole vueltas a la discusión que han tenido con su pareja esa misma mañana y que ha quedado inconclusa, el pie se les disparará de nuevo como a cualquiera de nosotros, que no somos profesores de autoescuela y que no hemos aprendido a interrumpir dicho desencadenante. Los vínculos entre el desencadenante, las conexiones celulares y la respuesta no se han suprimido, sólo se han debilitado.
En el resto del presente capítulo voy a abordar el debilitamiento de los desencadenantes emocionales, ya hayan sido creados directamente mediante el condicionamiento o indirectamente mediante una conexión con algún tema emocional. En el capítulo siguiente explico cómo debilitar la conexión entre un episodio emocional y nuestras respuestas emocionales. Ninguna de estas dos cosas es fácil. Explicaré cómo podría funcionar en el contexto de otro ejemplo.
Pongamos por caso un chico —vamos a llamarlo Tim— cuyo padre solía gastarle bromas que, realizadas ostentosamente como tales, tenían algo de cruel, pues eran una clara burla de lo mal que Tim hacía las cosas. A muy temprana edad, probablemente antes de cumplir los cinco años, en la base de datos de alerta emocional de Tim ya debió de introducirse un guión de una persona imponente despreciándolo a base de bromas. Ya de más mayor, Tim respondía a las bromas con un estallido de cólera casi instantáneo, aunque no pretendiesen herirle. A su padre eso le encantaba, y se mofaba de él por enfadarse por un chiste. Al cabo de unos veinte años, Tim sigue reaccionando airadamente ante el primer indicio de que alguien pueda estarse burlando de él. Eso no quiere decir que Tim siempre actúe desde su enfado, pero le irían mejor las cosas si no tuviese que estar luchando contra ese impulso de contraatacar en cada ocasión que alguien le gasta una broma.
Probablemente, existen seis factores muy distintos que determinan hasta qué punto pueden reducirse el grado de sensibilidad, el protagonismo y el poder de un desencadenante emocional, y la duración del período refractario, el período en el que sólo somos capaces de utilizar aquella información que respalda la emoción que estamos sintiendo. El primer factor es la proximidad al tema que es producto de la evolución: cuanto más cercano se encuentre el desencadenante aprendido del tema no aprendido, más arduo será hacer menguar su poder. Los enfados debidos al tráfico constituyen un ejemplo de acontecimiento que se parece mucho a un tema, pero que no es una variación aprendida. Lo ilustraremos con el siguiente ejemplo. Cada día, el director de mi departamento va a la universidad en coche y siempre llega a un punto en el que se juntan dos colas de coches. Existe una ley no escrita que estipula que los coches irán pasando por turnos, uno de cada carril por vez; sin embargo, en ocasiones alguien se salta el turno y se le cuela. Entonces, y a pesar de que en realidad eso no tiene importancia alguna, pues respecto a la hora a que va a llegar a la universidad la diferencia será de escasos segundos, mi jefe se pone hecho un energúmeno. En el trabajo, sin embargo, aunque un miembro de la facultad presente una crítica concerniente a alguno de sus planes para el departamento, tema al que ha dedicado muchísimo trabajo y que indiscutiblemente le importa, y mucho, raro será que llegue a enojarse. ¿Por qué, pues, se indigna por algo tan aparentemente trivial, y en cambio por algo que sí es importante no se enfada?
El motivo es que las acciones que realiza el conductor se parecen al tema de la ira —probablemente producto de la evolución universal— de ver que alguien interfiere en nuestro propósito, y no de palabra sino mediante una acción física, de alcanzar algún objetivo. Las acciones del conductor maleducado resultan mucho más próximas al tema que las del colega universitario que redacta una crítica. A los que se pregunten por qué ese enfado del tráfico parece haberse generalizado tanto en la actualidad, les diré que a mi entender siempre ha sido así, pero con una frecuencia mucho menor porque antes el tráfico también era más escaso. Asimismo, los medios de comunicación no se han referido a dicho fenómeno, lo cual habría hecho de él un centro de atención informativa.
Aplicando estas ideas a los problemas de Tim, cabe esperar que le resulte más fácil debilitar un desencadenante más distante del tema universal que otro más cercano. Ser objeto de burlas y humillaciones verbales por parte de su padre se encuentra más lejos del tema que si lo que hubiese sucedido hubieran sido «bromas físicas», como por ejemplo, sujetarle los brazos contra el cuerpo de forma que no pudiese moverse. Tim, ya como adulto, habría dispuesto de más posibilidades de debilitar el poder del desencadenante si las experiencias originales de mofa y humillación hubiesen consistido en restricciones físicas.
Un segundo asunto que hay que considerar es hasta qué punto los casos actuales de acontecimientos desencadenantes se parecen a la situación original en la que por vez primera se aprendió el desencadenante. Quien tan cruelmente se burlaba de él era su padre, un hombre fuerte y dominante. Ser víctima de las burlas de una mujer, de un igual o de un subordinado no se parece tanto al original como sufrir las burlas de un hombre con cierta autoridad sobre él. A Tim le habría resultado más fácil debilitar ese desencadenante si en lugar de ser objeto de burlas por parte de una figura autoritaria, lo fuese de otro tipo de figura.
Un tercer tema es en qué etapa de la vida de esa persona se incorpora el desencadenante. Presumiblemente, cuanto antes se aprenda, más difícil resultará debilitarlo. En parte, ello se debe a que en las primeras etapas de la vida la capacidad de controlar reacciones emocionales producidas por un desencadenante emocional cualquiera no está todavía bien desarrollada. Así pues, a igualdad del resto de condiciones, la reacción emocional consecuencia de un desencadenante aprendido en los primeros años será mucho más intensa que la que es producto de desencadenantes integrados en época adulta. En parte, se debe a la posibilidad —sugerida por determinados psicólogos del desarrollo y por todos los psicoanalistas, y que en la actualidad goza del apoyo creciente que proporcionan los estudios sobre el cerebro y las emociones—6 de que la primera infancia es crucial en la formación de la personalidad y la vida emocional. Lo que entonces se aprende muestra más solidez y resistencia al cambio. Los desencadenantes aprendidos en esa etapa crítica pueden dar pie a un período refractario más dilatado.
La carga emocional inicial constituye el cuarto factor clave. Cuanto más intensas fueran las emociones vividas en el momento de aprender el desencadenante por vez primera, más difícil resultaría debilitar su impacto. Si ese episodio de burlas fue moderado o suave y no algo fuerte, si los sentimientos de humillación, inutilidad y resentimiento acerca de la pérdida de poder fueron más bien discretos, entonces será más fácil calmar el desencadenante.
Un quinto factor es la densidad de la experiencia, la cual contribuye a la solidez e indelebilidad del desencadenante. La densidad se refiere a la existencia de repetidos episodios, muy cargados emocionalmente y concentrados en un período de tiempo breve, cuyo resultado es que la persona se sienta abrumada. Así pues, si hubo un período en el que Tim fue objeto de burlas despiadadas, con intensidad y una y otra vez, el desencadenante será de difícil reducción. Cuando existe una carga emocional inicial muy fuerte y densa, lo que preveo es que el período refractario en las reacciones posteriores al desencadenante será dilatado, con lo que a la persona le resultará difícil darse cuenta en el primer o primeros segundos de que está respondiendo inadecuadamente. Si la carga emocional inicial fue muy potente, con ello puede bastar para alargar el período refractario correspondiente a ese desencadenante, incluso sin densidad ni muchas repeticiones.
El factor número seis es el estilo afectivo.7 Todos somos distintos en cuanto a la velocidad de nuestras respuestas emocionales y su intensidad, y en lo que tardamos en recuperarnos de un episodio emocional. Mis investigaciones de los últimos diez años se han centrado precisamente en estos temas. Las conclusiones describen otros cuatro aspectos de estilo afectivo además de la velocidad, la fuerza y la duración. A las personas que por regla general muestren respuestas emocionales más rápidas e intensas les será más difícil tranquilizar un desencadenante sensible.
Veamos lo que Tim podría hacer para debilitar el desencadenante relacionado con las burlas. El primer paso sería identificar lo que le provoca ese enfado hasta tal extremo. Quizá ignora que verse víctima de las burlas de una persona con autoridad constituye un desencadenante de la ira muy sensible. La valoración automática funciona en milésimas de segundo, antes que la conciencia, antes de que se dé cuenta de qué es eso que está haciéndole enfadar tanto. Quizá sí sepa que se trata de burlas, pero no que tengan que proceder de alguien con poder sobre él. Quizá no se dé cuenta de que existe una relación con su experiencia infantil de tener un padre que se burlaba despiadadamente de él. Tim quizá esté muy a la defensiva y puede ser que aún no esté preparado para aceptar su propio enfado o para enfrentarse al hecho de que su padre fuera cruel. El primer paso, lo más inmediato, será darse cuenta de que se siente enfadado, reconocer sus sensaciones corporales (en el capítulo que versa sobre la ira, el 6, hay algunas sugerencias al respecto) y entender el efecto que causa en los demás.
Supongamos que Tim comienza a reconocer que a veces se enfada en exceso, aunque no comprende por qué ni cuándo. Su siguiente paso será empezar a llevar un registro sobre sus episodios de ira. Deberá anotar aquellas ocasiones en las que admita que se ha enfadado y también aquéllas en las que sean otras personas quienes le hayan dicho que lo estaba. En ese registro deberá anotar todo lo posible sobre lo que estaba ocurriendo justo antes de enfadarse. Un amigo o un psicoterapeuta, una vez estén al corriente de dichos episodios, le podrían ser de ayuda para entender que su desencadenante sensible es el ser objeto de burlas, algo que Tim interpreta como una humillación. Es de esperar que cuando reflexione acerca de ello se dé cuenta de que está importando un guión: aquellas terribles escenas con su padre. Pero no estoy muy seguro de que tenga que saberlo para debilitar dicho guión, pues podría bastar con que se diese cuenta de que ante las burlas reacciona exageradamente, de que se toma las bromas como si siempre fuesen humillaciones.
Parecería que la solución más simple fuese evitar cualquier posible situación en la que alguien se burlase de él. Sin embargo, ello supone que va a ser capaz de arreglárselas dejando de acudir a las cenas de empresa en las que sea probable que lo desuellen vivo, y que sin mayores problemas podrá prever cualquier otra situación en la que pueda ser objeto de burlas. Mejor sistema sería intentar apaciguar el detonante.
Tim tiene que preguntarse con qué frecuencia percibe burlas aunque no existan, o cuando no conllevaban intención alguna de humillar. Debe aprender a reevaluar lo que motiva las burlas. Esa cuidadosa reflexión le será de ayuda si la realiza repetidamente.8 Consiste en reflexionar tras cada episodio de burlas planteándose detalladamente explicaciones alternativas, distintas de la humillación, que den cuenta del porqué de las burlas. Con el tiempo aprenderá a llevar a cabo esa reevaluación cada vez más pronto, cuando aún se encuentre en la situación. También puede aprender a percibir cuándo existe la posibilidad de ser objeto de burla y prepararse para no interpretarla como un insulto o un intento de humillarlo. A la larga, las burlas serán un detonante no especialmente sensible. Como mínimo, si Tim logra comprender que las burlas constituyen un desencadenante, y que es la humillación pretendida lo que lo pone furioso, estará en mejor posición para controlar su ira cuando se enfade.9 (Sobre el control de las respuestas emocionales, véase el capítulo 4.)
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