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Novela de culto de la cultura lolita japonesa. Libro escrito por Novala Takemoto.

Momoko vive en Shimotsuma, un pueblo rural de Japón, y está obsesionada con la estética «lolita», un movimiento que adora el rococó francés del siglo XVIII y su forma de vestir.

Su manera de ver la vida no encaja con la del lugar, que considera demasiado pueblerina para ella, por lo que decide vivir al margen de todo y pasar su tiempo dedicada a bordar, leer, escuchar música clásica y viajar a Tokio a comprar ropa lolita.

Su vida cambia el día que conoce a Ichigo, una motera integrante de una banda juvenil de chicas y aspirante a sukeban que la embarca en la búsqueda de un mítico bordador de chaquetas de yakuza, al que nadie ha visto jamás, y del que necesita un trabajo muy especial.

Durante esta empresa las dos vivirán lo que es la amistad, la lealtad, la bondad o el desamor. Un torbellino de emociones que anuncia un paso a la madurez al que intentan resistirse con pesar.


Kamikaze girls

Una historia de Shimotsuma

Novala Takemoto

Traducido del japonés por: Raúl Sanz Merino



I

Una verdadera lolita debe albergar un espíritu rococó y llevar una vida rococó. El rococó es el periodo más elegante y opulento que dominó la France de segunda mitad del siglo xviii. Si hablamos del rococó en la historia del arte, este se desarrolla desde aproximadamente el año 1715 hasta la década de 1770, a finales del periodo barroco, cuyo ideal de belleza se basaba en la solemnidad y magnificencia de la fe católica. El rococó adoptó la belleza de la línea curva con argumentos tan poco elaborados como «lo redondo es más mono que lo cuadrado, ¿a que sí?» y, frente al dinamismo masculino del majestuoso barroco, que era un tanto opresivo, además de aburrido y horriblemente serio, planteaba un estilo femenino, colorido y decorativo, lo que suena muy bien, pero, en realidad, apunta hacia un estilo ornamental más bien frívolo.

El nombre rococó deriva de la antigua palabra francesa rocaille, que significaba «piedra pequeña deformada» (perdón por ponerme pedante; pido a los que son algo cortos que aguanten un poquito más, por favor), y este periodo fue tratado tras su momento de gloria como una mancha en la historia del arte porque carecía de pensamiento. «¿Y si hacemos como si ese periodo no hubiera existido? Parece bastante estúpido». «Sí, hagamos eso». Y quedó sepultado en la oscuridad. Por eso a los pintores del periodo rococó, como Watteau y Boucher, se los minusvalora en la actualidad más de lo que merecen.

Parece que los conocedores de la historia del arte no solo desearían que no hubiera existido el rococó como periodo artístico, sino que también eliminarían la época entera, desde su moda hasta sus costumbres y modos de vida. Incluso en los estudios de historia universal, las explicaciones sobre el periodo rococó son supercompactas y generales y están aderezadas con comentarios nada positivos.

Bueno, cuando pensamos en personajes representativos del rococó, el primero que se nos viene a la cabeza es María Antonieta, que disfrutaba de una vida de lujos en el Palacio de Versalles y que, cuando su pueblo no tenía dinero ni para comprar pan, soltaba frases como: «¡Oh! ¡Pues si no tienen pan, que coman pasteles!», que denunció e hizo pública Hiroshi Kume en el programa News Station, y que provocó que la tomaran por una malvada integral y se ganara el odio del pueblo, que la pasó por la guillotina tras montar una revolución (lo cierto es que si habláramos de alguien representativo del rococó, esa sería Madame de Pompadour, quien, gracias a su belleza e inteligencia, escaló desde lo más bajo hasta la cumbre de la sociedad como gobernante en la sombra de la corte de Luis XV. De hecho, no exageraríamos si dijéramos que sus gustos y aficiones reflejaban perfectamente la cultura rococó). Por esto tal vez sea inevitable que el rococó sea entendido como la antítesis de la libertad y la igualdad. A pesar de todo, y digan lo que digan los demás, yo vivo en el rococó.

Respecto a Boucher, uno de los pintores representativos del periodo que reflejaba los elementos rococós de las composiciones de Watteau de manera aún más exagerada, su contemporáneo Diderot (no sé muy bien qué hizo este hombre. Solo sé algo de que compiló una enciclopedia. ¿Algo así como un Kyōsuke Kindaichi francés? Kindaichi compiló un diccionario de japonés… Quizás. O no) declaró lo siguiente: «Está moralmente corrompido, no entiende la elegancia, desconoce la verdad, es alguien que nunca ha visto la Naturaleza y que carece de gusto». También dijo que los cuadros de Boucher no tenían más que «elegancia, empalago, galantería fantasiosa, coquetería, simpleza, cambio, brillo, pieles de aspecto maquillado y obscenidad». Este tipo, Diderot, se contradice horriblemente en sus declaraciones, diciendo, por un lado, que no entiende la elegancia y, por otro, que sus cuadros eran elegantes, pero bueno, seguramente odiaba todo lo que era rococó.

Pese a todo, los amantes del rococó interpretan como elogios estas críticas que utilizan la pintura de Boucher para dar una imagen negativa de esa cultura. Respetar las emociones dulces, la elegancia y la fantasía por encima de la verdad y la moral; sumergirse en el amor del momento en lugar de intentar darle un significado a la vida ante un futuro que desconocemos; dejar de lado la lógica y las costumbres para conceder valor al disfrute de lo que experimentamos en el momento. Eso es el alma del rococó (es un intento de juego de palabras1. Podéis reíros). Si por mucho que pensemos las cosas obtenemos resultados angustiosos, y si aun consiguiendo el resultado esperado, este es aburrido o carece de belleza, lo rechazaremos. Si algo te agrada, aunque se haya hecho medio en broma, debes darle valor. El rococó se apoya en el individualismo extremo como fundamento, en tomar las decisiones en función de lo que uno mismo siente, «esto me gusta» o «esto no me gusta», sin tener en cuenta las opiniones y el esfuerzo de los demás. El rococó partiría de una ideología anárquica punk. Solo a través de este principio denominado rococó, en el que lo elegante es vulgar y lo precioso es extravagante y desafiante a la ley, puedo encontrar el significado de la vida.

Los bebés lloran cuando se les arranca del vientre materno, enfadados porque no entienden para qué se les echa a vivir en este mundo absurdo. Poco después, se les revela su destino de vivir con una enorme desesperanza, y piensan: «Así que me obligas a vivir en este mundo irracional, ¿eh? Pues esto es lo que pienso yo: no me quejaré desagradecida y amargamente por tener que vivir una vida estéril; viviré desobedeciendo las normas que me obligan a llevar una vida pacífica y tranquila; viviré haciendo lo que me dé la gana». Cuando el bebé se dé cuenta de esto, reirá por primera vez. Así que no os enternezcáis cuando oigáis reír por primera vez a un bebé. Fijaos bien, pues, mientras ríen, su mirada se mantiene fija y penetrante. Sin embargo, la mayoría de la gente va perdiendo esa determinación a medida que crece. A medida que vamos entrando en razón, comenzamos a seguir las reglas sociales que una vez nos propusimos ignorar. Pero aún existen unos pocos que no han olvidado esa predisposición del día de su primera risa. Estas personas, aunque hagan llorar a sus padres, aunque se vean condenadas a una vida de pobreza o aunque sean sermoneadas por su comportamiento en algún programa de televisión, como el de Monta Mino, no tendrán otra opción que seguir el estilo de vida rococó.

El estilo «lolita» se define como un estilo de moda urbana propio de Japón. Aunque para mí no se limita exclusivamente a la moda, sino que existe como un conjunto de valores personales absolutos e inamovibles. Mi manera de expresar mi consagración al rococó es vestir una blusa de volantes abiertos, llevar la cintura ceñida con un corsé, una falda sobre un miriñaque y un tocado de ensueño en la cabeza. Me suelen aconsejar no llevar un aspecto tan raro y llamativo para hacer amigos de manera natural y tener éxito con los chicos… Pero cuanto más lo hacen, más se aviva mi alma de lolita y más se fortalece mi determinación de ser una.

El periodo rococó, por lo que he visto y leído a través de diversas obras, era una locura. Las damas del periodo rococó podían llegar a lugares a los que las lolitas de hoy, discriminadas por los demás, no podemos llegar ni con el mayor de los esfuerzos. Apretaban sus corsés hasta los límites para conseguir unas cinturas de una delgadez imposible, aunque luego no podían permanecer de pie mucho rato. El estímulo más leve les causaba problemas para respirar y se desmayaban, así que otros tenían que cargar con ellas. Esto les confería encanto como damas. Y ese era el tipo de valores que imperaba durante el periodo rococó. El pelo se recogía arriba y más arriba, y encima de todo se colocaba un gran sombrero. Se necesitaban incontables horas y ayudantes para terminar los peinados, y gracias a ellos la estatura podía llegar hasta casi doblarse. En el periodo rococó había muchas damas que, con esa indumentaria, no podían pasar del vestíbulo de sus mansiones ni poniéndose de rodillas, y terminaban por no asistir a las fiestas a las que se habían comprometido. Esos comportamientos estúpidos, que gente como Diderot consideraba modas tontas que se alejaban del sentido común, no pueden ser más que admirados por las personas que albergamos el espíritu rococó. ¿Podemos ser felices dando prioridad al sentido común? ¿No se nos dice que la felicidad se consigue con sufrimiento? Si tengo que sufrir, prefiero la infelicidad. Porque nosotros los rococós sabemos que no hay nada más infeliz que el día de nuestro nacimiento.

También se dice del rococó que es un periodo obsceno donde bajo el concepto de elegancia se encontraba la veneración de los placeres mundanos. Jo… no me gusta eso de «obsceno», es muy vulgar… Es verdad que, a ojos del estudioso contemporáneo, la vida de las damas del rococó puede parecer algo escandaloso. El día de una dama normal seguía la siguiente agenda:

A las once de la mañana aproximadamente te despiertas. Como ladra el perrito que tienes en tu habitación, te recuestas a un lado de la cama y lo subes contigo mientras te frotas los ojos, remoloneando. Cuando te aburres de remolonear, sales de la cama y descorres un poco las cortinas, compruebas qué tiempo hace y vuelves a dejar la habitación a oscuras. Tocas una campanita y llamas a la doncella. Mientras te tomas a sorbitos el té que te ha traído, aparece otra doncella. Ahora que ya hay dos, es hora de vestirse. Te quitan el camisón y te ponen una ropa interior sencilla (no haces nada por ti misma), y cuando han terminado, incluso si no estás enferma, cada una coge uno de tus hombros y te arrastran lentamente entre las dos hasta el tocador. Aquí se toman su tiempo en maquillarte, y cuando han terminado te llevan al vestidor, donde eliges la ropa. Después, la comida. Y luego, hasta que anochece, pasas el rato dando paseos, jugando a las cartas (que escrito así parece bonito, pero se trata de apostar, ¿eh?, de apostar), montando en barco o a caballo. Por la noche, vas a recitales de música, a ver obras de teatro, a divertirte en el baile… Por supuesto, comes cuando es necesario. Te tomas tu tiempo con muchos platos deliciosos, grandes raciones y rebañando con avidez la vajilla. A medida que va entrando la noche, se disfruta de actividades más indecorosas. Para la gente del rococó no se trataba de cosas indecentes, sino de una especie de juegos, algo así como un deporte. Y poco después, a acostarse. Aunque pueda decirse que es un estilo de vida perezoso y obsceno, ¿no es acaso un estilo de vida puramente estético?

Entre las gentes del rococó se pusieron de moda divertimentos de muchas clases. De entre todos, el más extendido era el bordado. Pasatiempos como el bordado, la lectura y otros eran apreciados para el disfrute individual entre las mujeres de la nobleza desde antes del rococó pero, por algún motivo, al comenzar el periodo también los caballeros se vieron atraídos por ellos.

Del rococó también se dice que es un periodo de feminización del hombre en cuanto a vestimenta y otros aspectos, pero no deja de ser cómico imaginar a honorables caballeros barbudos y de buena posición afanándose en asuntos militares y políticos al tiempo que disfrutan apañando sus bordados. «¡Eh, lord Simon, he conseguido dominar el punto de festón doble!», «¡Cómo mola, lord Saxon! Yo es que soy un poco torpe y hasta el pespunte se me da regular…», «Después de la próxima cacería del zorro, tráete el lápiz tiza, el bastidor y las agujas para bordar, que yo te enseño», «Ay, muchas gracias. ¡Oye! ¿Qué te parece si montamos un club de bordado con algunos de los chicos y contigo como líder?», «Eso podría estar bien», «Pero lo mantendremos en secreto frente a las mujeres. Prohibido contárselo o hacerlas socias, que las mujeres no se toman las prácticas en serio. ¡Organicemos también un intensivo en verano!». ¡Ah, qué tontería el rococó! Pero la belleza suprema solo puede existir en los límites de la tontería.

1. N. del T.: En el original «Rococo no Kokoro», fonéticamente similares. Kokoro significa alma o corazón.

II

Por todos estos motivos yo, como rococó que soy, imito esas actitudes, y desde secundaria estudio sin cesar el bordado como afición. En secundaria entré en el club de labores, que me sirvió como toma de contacto con el bordado, aunque lo que más me gustó fue el proceso individual y silencioso de completar poco a poco una obra. Al llegar al instituto desperté al mundo lolita y comenzó mi interés por el rococó; cuando supe que durante ese periodo tuvo lugar el boom del bordado, me subió de golpe la fiebre costurera. No está bien que yo lo diga, pero creo que mi destreza con este arte es considerable.

En lo que respecta a otras cosas que estaban de moda durante el rococó, dejando de lado la búsqueda de la belleza artificial en la vestimenta y la vida cotidiana, tenemos la admiración por la naturaleza, los campos y bosques, que llevaba a la nobleza a abandonar la capital los días festivos para pasar el tiempo al aire libre. Aunque normalmente vivían en Versalles o en los alrededores de París, lo más estiloso para la nobleza rococó era marcharse de vacaciones al campo y pasar unos meses en una villa de provincias para olvidarse de los líos de la capital. Que se retiraran a la campiña no significa que llevaran una vida sencilla. Dentro de sus villas tenían exactamente la misma cantidad de muebles, utensilios, ropa y criados que cuando vivían en la capital. Vestían sus infladas faldas sobre sus inflados miriñaques, el pelo recogido hacia arriba y decorado con plumas y flores, un abanico en la mano izquierda y un parasol en la derecha, y paseaban acompañadas de su servicio haciéndose notar por sus tierras. Aunque eran un incordio para los campesinos de la zona, no es que estos pudieran quejarse, ya que las villas estaban construidas en terrenos que eran propiedad de los visitantes, que también abarcaban las zonas de alrededor y que convertían a los demás en arrendatarios. Este regreso a la naturaleza (¿?) y la afición por el campo fueron tomados como algo muy intelectual en esa época, y a todas las personas cultas les dio por salir a la campiña.

La nobleza intelectual del periodo rococó amaba el campo. Se morían por abandonar sus ciudades y quedarse en el mundo rural. No puedo ocultar mi fascinación cuando imagino la figura increíblemente decorativa de esas nobles, paseando por praderas que se extienden como tapetes verdes con frondosos bosques en la lejanía; unas figuras completamente fuera de lugar, de una belleza sin duda opuesta a la voluntad de Dios, una belleza artificial y perversa hasta el extremo. Aunque yo viva en una época distinta, mi espíritu es rococó. Debería poder bajar al pueblo vestida de lolita como acto de elegancia. Y sin embargo…, sin embargo… ¿por qué la realidad es tan dura? Llevo un vestido isabelino de una pieza que queda especialmente lindo y fabuloso, ya que combina volantes blancos sobre un cuerpo rojo, un encaje estampado de rosas cosido en el centro del pecho, mangas acampanadas que se abren enormes en los puños (adornados con encajes) y una falda con cuatro capas de volantes. Se le podría añadir una capa de encaje, aunque no le hace falta porque así ya es lo suficientemente mono. Mi corte de pelo es de estilo princesa con tirabuzones, y sobre la cabeza llevo un sombrerito bretón de fieltro rojo donde destacan unas rosas de encaje Schiffli. Visto unas calzas blancas rematadas con volantes. Todo lo que llevo puesto, a excepción de unas bailarinas negras Rocking Horse de Vivienne Westwood, que son el deseo de toda lolita y no pude evitar comprar porque pegan con cualquier estilo de lolita, es de mi amada tienda Baby, the Stars Shine Bright. Con mi atuendo y el corazón a tope de rococó, cruzo los campos que se extienden entre mi casa y la estación, pero por mucho que camine no consigo sumergirme en el estado de ánimo del movimiento.

Y es que esto es Shimotsuma, un pueblucho perdido en los confines de la prefectura de Ibaraki. Por mucho que me esfuerce, es completamente imposible encontrar nada en común entre este territorio fronterizo y tranquilo hasta la extenuación y los pueblos de la campiña francesa. La vía principal es una solitaria carretera provincial que discurre en línea recta entre plantaciones de arroz hacia la estación, con nada más que campo a sus lados y coches y camiones que la cruzan de vez en cuando a toda velocidad. No tiene ni encanto ni nada parecido. Intentar hablar de esta zona campestre como algo bucólico sería demasiado atrevido, pues solo hay arrozales. Se extienden hasta el infinito dejando claro que son la industria principal de la región, y por mucho que fuerce la vista no se parecen lo más mínimo a un tapete verde. Camine hacia donde camine: arrozal y arrozal. Mire donde mire: arrozal y arrozal. En todas direcciones: arrozal, arrozal, arrozal y arrozal. De esquina a esquina: arrozal y arrozal. ¡Jo! Es como para volverse neurótica: arrozal, arrozal, arrozal y arrozal. Arrozal, arrozal, arrozal… De arriba abajo, arrozal y arrozal. Ahora y siempre, arrozal y arrozal. Toda la creación, arrozal y arrozal. También hay alguna huerta, pero básicamente arrozales. Dejadme que recupere un poco el aliento, que aunque pueda parecer repetitivo, aún no lo he dejado claro del todo: arrozal, arrozal, arrozal, arrozal, arrozal, arrozal, arrozal, arrozal… Tengo la tenue esperanza de que, repitiéndolo mucho, en algún momento «arrozal» se convierta en «musical»2, pero las probabilidades de que suceda son las mismas que las de oír a un sapo croando melodías de bandoneón. Vamos, que esto está indiscriminada, ilimitada, inútil, inconsciente e infinitamente plagado de arrozales.

Cuando voy por ese camino rodeado de arrozales con mi ropa de Baby, the Stars Shine Bright, alguna viejecita que trabaja encorvada en las plantaciones con una toalla enrollada en la cabeza se queda mirándome fijamente, y me pregunta sin falta: «¿Qué festival se celebraba hoy?». En esas ocasiones me veo obligada a explicarle que ese día no hay ningún festival. Aunque las lolitas combinen bien con la campiña europea, no son nada apropiadas en los arrozales de Japón.

Shimotsuma, que es el lugar donde vivo, es un sitio rural hasta decir basta. Hasta el acceso es un horror. Al principio, cuando se decidió que nos mudábamos a Ibaraki, me lo tomé como una victoria. Esto se debió a que, hasta entonces, había vivido en Amagasaki, en la prefectura de Hyōgo.

¿Conocéis Amagasaki? Es una ciudad extremadamente discreta. Está situada justo entre Osaka y Hyōgo y, pese a no ser una gran ciudad, es en cierto modo abierta. Aunque en esa «apertura» hay problemas. Casi todos sus habitantes son yankis o antiguos yankis. La mayoría de los residentes de Amagasaki han nacido en Amagasaki y han sido criados por antiguos yankis que también fueron criados ahí, así que, como es natural, también se han convertido en yankis. El distrito comercial es muy variado, con montones de tiendas de ropa falsificada, prestamistas sospechosos o salones de pachinko. Los bares son muy baratos, y hay locales donde fácilmente puedes comerte un bol de ramen por cien yenes. Todos los negocios de restauración, incluyendo un montón de lugares de yakiniku (un número demasiado elevado, no sé por qué), compiten entre ellos tirando los precios por los suelos. Aunque con este panorama podría parecer que la ciudad rebosa de actividad, no es así. Para triunfar en los negocios, la gente de Amagasaki no piensa en los demás, sino en vender lo más barato posible. Además, los consumidores también muestran únicamente interés por lo barato. Los habitantes de Amagasaki no conceden importancia a la calidad del producto o al valor añadido. Cuando el escándalo de las vacas locas estaba en plena ebullición, oí en las noticias que los restaurantes de todas las ciudades se estaban yendo a la quiebra. Pero los yakiniku baratos de Amagasaki estaban a reventar de gente. La gente de Amagasaki no se paraba a pensar: «Tal vez, como me están dando una carne tan barata…». Bueno, si vieran las noticias lo pensarían. Lo que tal vez significa que la gente de Amagasaki no ve las noticias en la televisión. Y de periódicos solo leen la prensa deportiva.

La mayoría de los que pasean por el distrito comercial van en chándal de la cabeza a los pies. Es lo natural en Amagasaki. Los que viven en Amagasaki se crían, se casan, tienen hijos y mueren vistiendo un chándal en Amagasaki. Amagasaki pertenece a la prefectura de Hyōgo, pero, por algún motivo, el prefijo telefónico no es el 078 de Hyōgo, sino el 06 de Osaka. A muchos de los habitantes de Amagasaki parece alegrarlos esto porque les resulta conveniente poder llamar con el prefijo de Osaka sin ser de ahí, aunque yo tengo sentimientos encontrados al respecto. Hyōgo tiene su centro en Kobe, e incluye la zona de Ashiya, donde viven todos los ricachones, y desde hace mucho intenta proyectar una imagen de barrio de alta sociedad. Supongo que por eso para Hyōgo no es aceptable que se reconozca El Paraíso del Chándal de Amagasaki como parte de ella. ¿No será que lo que Hyōgo pretende realmente es reforzar su imagen de marca, aprovechando cualquier oportunidad posible para meter a Amagasaki en la ordinaria y tosca prefectura de Osaka? Tal vez Hyōgo plantea: «Ojalá Amagasaki no existiera. Desde ahora intentaremos en la medida de lo posible que sea un territorio muerto». Sospecho que, precisamente por eso, se sigue aceptando sin discusión que el prefijo sea el 06. Me da que, si la prefectura de Osaka dijera: «¡Eh! En lo que respecta a Amagasaki…, ¿nos la dais?», la prefectura de Hyōgo se la transferiría en un momento sin oponer resistencia.

Como nací y me crié en Amagasaki, es normal que estuviera muy acomplejada. Por ejemplo, cuando iba de compras —como no había nada que comprar tenía que irme a Osaka, por supuesto, principalmente hasta la estación de Umeda— me moría de vergüenza si tenía que dar mi dirección para hacer algún encargo en las tiendas. El simple hecho de escribir «Amagasaki» me hacía pensar que todo el mundo me miraba con ojos tristes y prejuiciosos. Daba la sensación de que, detrás de su sonrisita falsa, pensaban: «Aunque vayas muy mona, en el fondo eres una chiquilla del País de los Chándales, ¿verdad?».

Para comprar la ropa de Baby, the Stars Shine Bright iba a Maria Teresa, una tienda ubicada en el edifico EST1 de Umeda que ofrecía moda lolita de tiendas como Jane Marple o Milk, y cuando no podía ir, la compraba por internet a través de la propia web de Baby, the Stars Shine Bright. Esta solo tiene una tienda física de venta al público en Daikanyama, en Tokio. Cuando me dijeron que nos mudábamos a Ibaraki, la idea de que, aunque no se tratara de Tokio, estaba al lado y podría hacer el viaje de ida y vuelta en un mismo día hizo que mis sueños comenzaran a inflarse como la boca de una rana nigromaculata. Pero, después de habernos mudado, Shimotsuma resultó no ser más que una «maravillosa» zona agrícola en la que solo había arrozales, arrozales y arrozales. Es cierto que se puede ir y volver en un día a la tienda de Baby de Daikanyama en Tokio, pero para ello tienes que dedicar literalmente un día entero al viaje.

Cuando me enteré de que Daikanyama estaba tan cerca pero tan lejos, me dio un ligero vahído. Para eso habría sido mucho mejor haber seguido viviendo en Amagasaki con los yankis. ¡Jolines, jolines, jolines! Desde el barrio de Yokone, que es donde está mi casa, hasta la estación de Shimotsuma se tardan como mínimo treinta minutos a pie. Corriendo, veinte minutos. También hay autobús pero, por increíble que parezca, solo pasa dos veces en todo el día: una por la mañana y una por la noche. Y cuando por fin termina la odisea de llegar a la estación, todavía necesitas un montón de tiempo y esfuerzo para llegar a Tokio.

Por eso la gente de Shimotsuma, en general, tiene carné de conducir coche. Los estudiantes de instituto tienen carné de moto. Sin carné, es imposible vivir en Shimotsuma. Los que no tienen carné de coche ni de moto tienen bicicleta. Por lo general, es una bici de paseo con cesta, conocida como mamachari. Se trata de un elemento indispensable para todo estudiante de Shimotsuma. Pero yo no voy en ninguna mamachari. Nunca, nunca montaré en algo como eso, por dignidad. Por eso, cuando tengo que ir a la estación de Shimotsuma, sé que me espera un mínimo de treinta minutos a pie por el campo, es decir, caminando entre vulgares arrozales.

Puede que Shimotsuma no sea una isla, pero yo sentía como si me hubieran desterrado en una. Aunque Amagasaki fuera una porquería de ciudad, por lo menos tenía buenas conexiones ferroviarias y podías viajar a Kobe o a Osaka con relativa facilidad. Si tienes pensado ir desde la estación de Shimotsuma a Tokio, lo primero que debes hacer es subir en el tren local de la línea Jōsō y no bajar hasta Toride. Solo pasan dos trenes cada hora, y para colmo son de un solo vagón y, además, cuentan únicamente con un conductor, ni revisor ni nada.

Con el tiempo, he descubierto que la estación de Shimotsuma es extremadamente lujosa en comparación con el resto de estaciones de la línea Jōsō. Los trenes de la línea Jōsō traquetean mientras avanzan a velocidad de tortuga entre los arrozales. Sus paradas tienen aspecto de paradas de autobús, con un simple alero para resguardarse de la lluvia. Si no eres de la zona, puede parecerte imposible que tal cantidad de lugares desolados sean en realidad estaciones de tren. Algunas parecen tiendas de verduras desiertas que alguien montó y abandonó a un lado del camino de los arrozales. En ese aspecto, Shimotsuma es una estación de lujo. Hay tornos para entrar en la estación, una ventanilla de venta de billetes y una sala de espera a tu disposición, así como bancos para sentarse ¡y hasta un quiosco! —Pero ¿de qué narices me enorgullezco? ¿No es lo normal que haya quioscos en las estaciones de tren? ¿No me habré empezado a impregnar de Shimotsuma? ¡Aaah, qué mal! ¡Que alguien me ayude, por favor!— Junto al quiosco hay un restaurante de fideos soba donde pueden comer de pie tres personas como mucho. Es un restaurante de soba para comer de pie muy bueno y siempre está a reventar, y por eso el quiosco de al lado no vende nada. Como usted es inteligente ya se habrá dado cuenta, ¿verdad? Exacto. La viejecita del quiosco también es la propietaria del restaurante de soba de al lado. Si la línea Jōsō no saliera hacia la estación de Toride, no habría manera de llegar a Tokio. Desde Shimotsuma hasta Toride se tarda una hora en tren. Después de llegar a la estación de Toride, hay que hacer transbordo y tomar un tren de la línea Jōban hacia la estación de Ueno. De Toride a Ueno se tardan cuarenta minutos tomando el tren rápido. Teniendo en cuenta el tiempo del transbordo y tal, para ir en tren de Shimotsuma a Ueno necesitas contar aproximadamente con unas dos horas y media.

El inútil de mi padre me decía que Ibaraki y Tokio estaban al lado y que podría ir como si nada a Tokio de excursión siempre que me apeteciera. Y yo bien contenta que estaba, emocionadísima con la idea de mudarme: «¡Goodbye, Kansai! ¡Goodbye, Amagasaki! ¡Nada me ata ya a este tugurio!». Y me imaginaba a mí misma pavoneándome por las calles de Omotesandō. Pero la historia era bien distinta, ¿verdad? Viejo de mierda.

Aunque las prefecturas de Tokio e Ibaraki estén al lado en el mapa, desde Shimotsuma, que es donde me ha tocado vivir, necesito como mínimo dos horas y media para llegar a Tokio. ¿Acaso no se tardaría lo mismo yendo de Osaka a Tokio en el tren bala, eh? Para los gastos de transporte entre Shimotsuma y Tokio se necesita diez veces menos dinero que para viajar en el tren bala de Osaka a Tokio, pero ese no es el problema. El verdadero problema es que mientras la vieja del quiosco y el restaurante está cociendo el soba no puedo comprarme unos chicles Cool Mint (vaya, o tal vez no lo sea).

2. N. del T.: En el original, se establece un juego de palabras entre «tanbo» (arrozal) y «tango». He optado por «arrozal» y «musical» como equivalencia temática y fonética.

III

Gracias a esta mudanza, mi brillante adolescencia se tornó en un futuro negro. Todo por culpa del inútil de mi padre. Como soy una persona de espíritu rococó, me encantaría llamar a mi padre daddy o «papá». De verdad que me encantaría, pero referirme a él de ese modo hace que me sienta mal. Daddy, ni de coña; y llamarle «papá» sería un fraude, así que se queda como «el inútil de mi padre». Menudo personaje… Ni «padre» se le puede llamar. Tal vez podría usar el dialecto de Kansai y llamarle pa, lo que le iría como un guante, pero a mí me dejaría en evidencia. Así que, por grimosa que sea la decisión, lo dejaré en «el inútil de mi padre», les ruego que me disculpen.

El inútil de mi padre ha sido un inútil desde el día en que nací. Él es el prototipo de persona inútil. Nació en Amagasaki, así que naturalmente lo criaron como a un yanki; abandonó el instituto y, con el paso de los años, fue encadenando trabajos de albañil o en las obras públicas, que le duraban muy poco porque es vago por naturaleza. Desde por la mañana se pasaba el día sin hacer nada, bebiendo alcohol barato, gastando el poco dinero que pudiera conseguir en el pachinko o yendo a las carreras de lanchas motoras. Decía que no había nada que estuviera hecho para él y detestaba empaparse de sudor poco a poco mientras trabajaba. Pero el día que cumplió veinte años se dio cuenta de que para ser persona no podía seguir viviendo así, y decidió que ya era adulto y que tenía que esforzarse y buscar trabajo en serio. Así que fue a llamar a la puerta de la oficina de un grupo mafioso de Amagasaki, con la determinación de convertirse en yakuza. Tomarse en serio lo de querer trabajar y luego ir a que lo reclutaran como yakuza es, sin duda, algo propio de un padre inútil como el mío. Pero, durante un tiempo, parece que le fue bien como chinpira de un subalterno en algunos negocios turbios, consiguiendo entradas para un negocio de reventa o recogiendo la recaudación de los bares de copas. Y es en esta época cuando el inútil de mi padre conoció en su cutre snack-bar favorito a mi madre y se casaron. Como suele ocurrir, y no me gusta contarlo aunque llevara a mi nacimiento, fue una boda de penalti.

Al encontrarse de golpe con una esposa y un bebé, al inútil de mi padre le cayó encima la responsabilidad de acarrear las labores de padre de familia y, aunque seguía haciendo trabajos de chinpira, pensó que necesitaría algo más razonable que le aportara más ingresos para dar comodidad a la familia. Y ese fue el origen de nuestros problemas. El inútil de mi padre comenzó a escamotear pequeñas cantidades del dinero de la recaudación de los bares de copas que tenía que entregar a la organización. Pronto descubrieron estos robos y, después de darle una buena paliza al inútil de mi padre, le forzaron a asumir la amputación de un dedo. Así que, llegado el momento, tuvo que asumir que le amputarían el meñique y, en el instante en que la punta del cuchillo le rozó el dedito, el inútil de mi padre se puso a llorar: «¡Si… Si me cortáis el meñique, no po… podré volver a tocar el piano!». Y al final conservó intactos los diez dedos, aunque el inútil de mi padre no ha tocado el piano en su vida. No tengo ni idea de por qué salieron semejantes chorradas de su boca. Tal vez los mafiosos estaban tan atónitos al ver al inútil de mi padre repitiendo: «¡El pi… piano! ¡El pi… piano!» mientras lloraba y sollozaba como un loco y se meaba encima de puro terror que les dio lástima. El ritual del corte del dedo se interrumpió de inmediato de manera excepcional, el inútil de mi padre pudo conservar su meñique y, como único castigo, se lo expulsó de la organización.

Lo habían despedido incluso de la yakuza, así que al poco tiempo retomó su inútil vida de siempre y cayó más bajo si cabe. Otra vez bebía por las mañanas, robaba dinero del monedero de mi madre para ir a apostar y, cuando perdía, volvía y empezaba de nuevo. Pese a todo, había una persona digna de admiración que se preocupaba por un padre tan inútil como el mío. Se trataba de un aniki que se había hecho cargo de él en la organización. Este aniki no podía mirar para otro lado ante la tremendamente inútil vida del inútil de mi padre, así que medió para encontrarle un trabajo. Este consistía en vender falsificaciones de ropa de marca. No sé muy bien los detalles, pero parece que el inútil de mi padre trabajaba subcontratado para su antigua organización. La organización le daba las órdenes, el inútil de mi padre iba a tal o cual lugar o fábrica a encargar estas falsificaciones «a estos precios y en estas cantidades, y que estén listos para este día». Cuando el pedido de falsificaciones estaba listo, el inútil de mi padre iba a recogerlo y pagaba de su propio bolsillo a la fábrica. Después, los productos se ponían a la venta a través de diversas rutas de distribución. El inútil de mi padre tenía que pagar un porcentaje determinado a la organización en concepto de cuota, tanto si las falsificaciones se vendían como si no. Por ejemplo, si la organización le pide que se fabriquen un total de cien bolsos falsificados, él los paga de su propio bolsillo a la fábrica, y si al intentar venderlos solo consigue colocar cincuenta, la organización no lo considera beneficio, sino falta de capacidad de venta por parte del inútil de mi padre, que estará obligado a pagar la cuota correspondiente a las cien unidades que le encargaron. Es un negocio ruinoso, se mire como se mire. Pero el inútil de mi padre no tenía elección posible. Primero pidió un préstamo y cuando tuvo algo de capital se instaló en el negocio de la venta de falsificaciones. La mayoría de las que le pedían eran de Versace.

Las falsificaciones, al igual que todo lo demás, están sujetas a la ley de marcas, así que la infringen. De todos modos, podemos mencionar principalmente dos sistemas de falsificación. Los periódicos y noticieros han puesto el foco en las falsificaciones que se conocen como «supercopias». Son falsificaciones muy difíciles de diferenciar del original incluso para un especialista; se hacen en Taiwán y Corea del Sur con unos materiales y un grado de detalle similares a los del original. El otro sistema consiste en hacer la marca o el logotipo de alguna maison, o algo lo más parecido posible al original, y ponerlo en copias de los productos de dicha maison e incluso en otros que esta no produce, pero que se podría pensar que, por diseño, encajan en ella. Es una forma especialmente barata de elaborar falsificaciones. El inútil de mi padre recurría a este último sistema, como no podría ser de otro modo. Las falsificaciones del primer sistema buscan por todos los medios parecerse al original, intentando venderse como si fueran el producto real. Para ello reproducen con fidelidad cosas como las etiquetas, las cajas o las instrucciones del original. Por el contrario, las falsificaciones del último tipo se venden de un modo chapucero a más no poder. De momento, con que el logo o la marca sean bien grandes, todo va bien. Después, todo vale.

Cuando el inútil de mi padre se familiarizó con el trabajo, se hizo unas placas donde ponía «Office Ryūgasaki (S.A.)» y las colocó en la puerta del apartamento y en el buzón (como no teníamos dinero, las letras iban escritas a mano, mira si es triste). Puso «S.A.», aunque no fuera una sociedad anónima, simplemente porque creía que quedaba bien. El inútil de mi padre no tenía ni idea de la diferencia entre una sociedad anónima y una sociedad limitada. El inútil de mi padre tenía la casa llena de falsificaciones que seguían metidas en sus cajas de cartón desde el día que se las entregaban. Al inútil de mi padre el trabajo le iba bien. Parece que el riesgo de no poder devolver los productos no vendidos y de tener que hacer frente a las pérdidas con su dinero se convirtió en una fuerza motora que le hizo tomarse el trabajo un poco en serio. Conseguía dar salida a los productos gracias a puestos orientados a extranjeros y tiendas que sabían que lo que vendían eran falsificaciones; pero parece que, a pesar de todo, era difícil que las vendieran todas. En esos casos, el inútil de mi padre cogía todo lo que no se había podido vender y se iba a la estación de Amagasaki, donde montaba un puesto ilegal para turistas.

«¡Versace! ¡Jerséis de la famosísima marca por solo dos mil yenes! ¡Esta cartera por cinco mil yenes! ¿Qué le parece, señorita? ¡Versace! ¡Si lo compra en la tienda oficial le cobrarán diez veces más! Me lo traen por canales de distribución alternativos, de ahí este precio. ¡Auténtico, importado de Francia!» El idiota de mi padre vendía sus propias falsificaciones de Versace completamente convencido de que era una maison francesa, sin saber que es italiana. A pesar de esta forma tan cutre de vender, como era barato la gente compraba. En cualquier ciudad menos en Amagasaki, si te pones a gritar cosas como: «¡Versace, importado de Francia!» la gente se va a reír en tu cara; pero en Amagasaki se acepta. Los habitantes de Amagasaki saben que Versace es importado, hasta ahí llegan, pero no les importa lo más mínimo si es una maison inglesa, francesa o italiana. Los de Amagasaki son muy abiertos. Aunque en el reverso del jersey hubiera bordado un inmenso logo de Versace, al fijarse con atención se podía leer «G. V. Eresace» en la etiqueta. Por si acaso, el inútil de mi padre tenía preparada una excusa muy pobre: «O sea, no es un producto de Versace, aunque se le parece mucho. Es de G. V. Eresace (¿cómo se leería? ¿ge-uve-eresache?». Por mucho que intentara utilizar semejante excusa, se trataba de un producto claramente ilegal, y aunque la policía no se movilizaba por cada pequeño caso de venta ilegal, si lo hicieran terminaría obviamente arrestado.

Mi madre desapareció súbitamente de casa cuando el inútil de mi padre estaba desesperado por vender la mercancía que le sobraba. Recuerdo la primavera en que comencé la escuela primaria. Poco antes había llegado con el correo una notificación de divorcio con el sello y firma de mi madre. Cuando el inútil de mi padre comenzó a decir: «¿Qué demonios es esto? ¿Una broma de mal gusto?», mi madre llamó por teléfono. El inútil de mi padre se puso a vociferar de manera muy amenazante por el auricular. Después de colgar, se volvió hacia mí y me dijo: «Tu madre se ha largado con otro hombre. Me ha soltado que no siente nada por mí y me ha pedido el divorcio. Resulta que tenía relaciones con ese hombre a mis espaldas desde hace unos siete años. Y ahora que ya estás en el colegio, parece que ha decidido divorciarse. Se supone que al otro le va bien en lo económico, es más rico que yo, tiene un buen trabajo, es un tipo con futuro y le da confianza. Y eso que el trabajo empezaba a ir como la seda… ¿Qué habrá salido mal? Dice que no soy capaz de darte una educación, así que quiere hacerse cargo de ti con su nuevo marido. La muy miserable quiere quitármelo todo». El inútil de mi padre, que antes me había parecido el dios Niō de la ira, me contaba ahora la conversación con un rostro y una voz penosos: «No puedo entender algo así, tan de repente. Pero ella lo tenía bien planeado desde hace mucho, así que seguro que no volverá. Y tú ¿qué vas a hacer? ¿Te irás a casa de tu madre? Se supone que el otro es médico. ¡Toma ya! Con un trabajo tan bueno, normal que tenga más dinero que yo».

¿Por qué no abandoné al inútil de mi padre en ese momento y me fui a vivir con mi madre? Incluso siendo una niña, sabía que el inútil de mi padre no se había convertido en inútil porque hubiera ocurrido alguna circunstancia especial. En este mundo algunos reciben el gen de la inutilidad, y no les queda más remedio que vivir y morir como personas inútiles. Era evidente. Estaba claro que si me quedaba cerca como su familia, seguramente me pasaría algo, así que lo mejor habría sido alejarme de él. La infelicidad es contagiosa. Cuando me preguntan si de niña sentía algo parecido al cariño o la cercanía hacia el inútil de mi padre como padre, lo paso muy mal. A ver, aunque pueda parecer una insensible, no creo sentir ningún tipo de añoranza familiar hacia este padre tan inútil. Así soy yo. «Me quedo contigo, papá». Indudablemente, no me salió por compasión. Desde que tengo uso de razón, hay una parte de mí muy fría, no sé por qué. Nunca me dejé llevar por las emociones y rara vez me veían derramar una lágrima. Si me enseñan imágenes de bandadas de pájaros cayendo muertos por culpa de la contaminación del aire, yo pienso: «¿Y qué?»; si veo que un compañero de clase está llorando porque se burlan de él por ser hijo de madre soltera, pues me molesta que se metan con alguien por semejante tontería, pero siento que el llorica también podría ser más valiente. Me he dado cuenta de que en ocasiones soy bastante inhumana, pero como esa es mi naturaleza, sería inútil intentar cambiarla. No tengo corazón.

Unos días después, mi madre fue al colegio a verme.

—Quiero que vengas para que tu mamá y tu nuevo papá podamos criarte juntos. Es por tu futuro, pero tu padre sigue en sus trece y se niega a entregarte. Si vives con ese personaje está claro como el agua que sufrirás y serás infeliz. —Yo era plenamente consciente de eso—. Aprecio de veras que seas tan buena y no quieras dejar solo a tu padre. Pero con ese hombre no se puede hacer nada. Cualquier cosa que haga se queda a medias, la suerte le abandonó desde el principio. Ese tipo de gente existe. Tu nuevo papá es una persona adorable, seguro que a ti también te lo parecerá. Ni se pone violento cuando bebe ni apuesta. Tiene un gran corazón y es amable con todo el mundo, sean como sean. Me sigue resultando un misterio por qué una persona como él se enamoró de mí, una mujer casada, con estudios de primaria y que trabajaba de señora de compañía. Y eso que tiene que haber montones de chicas con un historial mejor para él. Soy feliz, pero incluso ahora hay momentos en que dudo de si me estará engañando. Me da miedo que nos divorciemos. ¿Y si nada más divorciarnos me dice que todo era una broma para asegurarse de que yo iba en serio? Tal vez me abandone…

Por lo que me contaba mientras avanzaba en su historia, parece ser que este médico era concretamente el ginecólogo que se encargó de mi madre cuando me dio a luz. Durante el embarazo intentaron contener una inevitable atracción sentimental entre doctor y paciente, pero, un día, la atracción explotó. En el momento de dar a luz, tras llevar a mi madre a la sala de partos y subirla a la camilla, ella y su ginecólogo se quedaron solos durante un momento. Con la cara deformada por el dolor de las contracciones, la voz se alzaba desde los labios de mi madre: «¡Doctor…! ¡Doctor…!», y el doctor le cubrió la boca con sus labios. Mientras aguantaba el sufrimiento, mi madre rodeó los hombros del doctor con sus brazos para pedirle un beso más apasionado. Después de esto, los dos siguieron recorriendo, no sin complicaciones, la senda del adulterio.

—Ha tenido el detalle de esperar a que comenzaras el colegio para que nos casemos. Lo ha hecho pensando también en tus sentimientos. Quería casarse conmigo enseguida, pero tenía que cumplir mi obligación como madre y seguir viviendo con mi marido hasta que entraras en el colegio.

Como ginecólogo, este doctor me vio nacer de las partes íntimas de la mujer que amaba, un bebé que no era suyo y que parecía un mono horrible. Vamos, que presenció un espectáculo en cierto modo grotesco. Y aun así su amor no se apagó. Como ser humano, ese hombre estaba a otro nivel completamente distinto al inútil de mi padre. Sabía claramente que elegir esa nueva familia me resultaría beneficioso. Pero quería intentar vivir con el inútil de mi padre. Y es que, a pesar de que de ese modo me vería arrastrada a un montón de problemas, también habría un montón de risas. Parecía divertido.

—Espero que seas muy feliz con tu nuevo marido el doctor. Me alegra que él quiera que vivamos juntos, pero creo que no te sería favorable que, además de la experiencia del divorcio, tuvieras que llevarte una hija a tu nuevo matrimonio. Si mi padre se pone pesado y no quiere firmar el divorcio, ya me encargaré yo de convencerlo.

Como utilicé a propósito un estilo formal y un tono más adecuado para desconocidos, mi madre se puso a llorar:

—¿Y si después de todo no me divorcio? ¿Debería renunciar a casarme de nuevo? Me es imposible imaginar que podría vivir bien sola y separada de ti.

Contesté a mi madre, que no paraba de derramar lágrimas y de incomodarme con su llanto:

—Creo que el que va caminando por la montaña, descubre una veta de oro, no la explora y pasa de largo perdiendo la oportunidad que tenía delante de sus narices es un idiota. Cuando una oportunidad tan buena se presenta por casualidad ante tus ojos, pensar que es injusto habértela ganado sin hacer nada no significa que no tengas ambiciones. Hay gente que se acobarda de pronto ante una felicidad tan grande salida de la nada. Conseguir la felicidad exige más valor que soportar la infelicidad. Si encuentras algo importante para ti, aférrate a ello, defiéndelo hasta el final, aunque pierdas otras cosas en el camino. Muchas personas mueren sin haber encontrado algo realmente importante para ellas, ¿sabes? No te comportes como una niñata.

Tras estas palabras, le di la espalda a mi madre y comencé a caminar. Eran cosas muy fuertes para una niña de primaria, y encima hacia mi propia madre. Cómo molo, ¿verdad? Mientras recorría tranquilamente el camino de vuelta a casa, le daba vueltas en mi cabeza al discurso que acababa de hacer: «El “no te comportes como una niñata” del final fue muy efectivo, ¿a que sí? Como una frase decisiva de una serie de televisión. El sermón previo cobra vida con esa línea lapidaria al final. Pero decirla mientras llevo la mochila del colegio a la espalda… ¿será una imagen impactante?». Analizando las cosas que dije y cómo me había alejado de mi madre, seguramente me convertiría en una adulta inútil y desagradable. ¿Cómo se puede pensar que un ginecólogo normal se enamora de una paciente embarazada? ¿Y que le da el primer beso a una mujer tumbada en la camilla de la sala de partos, en medio del trajín de dar a luz? Es una situación imposible, se mire como se mire. ¿No? No entiendo en absoluto el amor entre adultos.

Sin lugar a dudas, la firma del divorcio causaría que el inútil de mi padre se derrumbara hasta en el trabajo y volviera alegremente a la bebida y al juego, algo propio de alguien como él. Pero lo infravaloré y, contra todo pronóstico, no salió a beber sin parar, sino que empezó a tomarse su trabajo muy en serio, qué digo en serio, con una energía e interés nunca vistos hasta entonces. Incluso comenzó a investigar con qué tipo de productos trabajaban otros falsificadores y a proponer a la organización que «como tal o cuál se venden tan bien, ¿por qué no los fabricamos nosotros también con nuestro logo de Versace?».

Las propuestas de mi padre eran absurdas: paipáis de Versace, pegatinas de Versace, estuches para lápices de Versace, almohadillas para hacer caligrafía de Versace… A pesar de que Versace no haría cosas así ni por error, el inútil de mi padre tanteaba a los de la organización diciéndoles que le dejaran fabricarlos, que se venderían muy bien. Aunque el inútil de mi padre decía que estaba investigando los productos de otros falsificadores, lo cierto es que no iba a investigar las tiendas de imitaciones de Louis Vuitton o Chanel, sino que estudiaba tiendas de imitaciones destinadas a menores de edad, donde pegaban a los productos fotografías de bandas de ídolos japoneses como los Johnny’s o las Morning Musume. Yo pensaba con mi mente infantil que no era una persona normal, que su forma de ver las cosas era más propia de una rana que de un ser humano. Las ideas del inútil de mi padre seguían adelante sin complicaciones (¡hasta los de la organización daban luz verde a esos proyectos!) y se empezaron a fabricar almohadillas para caligrafía y paipáis con «Versace» en letras doradas sobre fondo rojo.

«Es imposible que vendan nada, ¿quién lo comprará?», pensaba yo, observando con la boca cerrada. Pues parece que aun así se vendían bastante bien. Cuando empecé la secundaria, recuerdo ver cómo mis compañeros yankis de clase presumían de llevar los estuches y almohadillas para caligrafía de Versace que había ideado el inútil de mi padre, y por fin acepté que había nicho de mercado para eso. Aunque lo normal habría sido que presumiera descaradamente de que aquellas cosas que llevaban mis compañeros de clase habían sido idea suya, tristemente eran falsificaciones y no quería llevarme crédito por ello, así que, con un estado de ánimo más bien complicado, me limitaba a observar cómo los yankis de mis compañeros llevaban las falsificaciones de Versace. «¡Mira cómo mola este estuche! Es de marca, muy estiloso. Y muy caro, ¿eh? Es que es de Versace… ¡Hecho en Francia!» De vez en cuando oía cosas así. ¡Agh! El inútil de mi padre seguía creyendo que Versace era una marca francesa y la seguía colando en las tiendas como tal. Y ellos se lo tragaban y vendían a los consumidores un Versace hecho en Japón como si estuviera fabricado en Francia. Por culpa del inútil de mi padre, casi todo el mundo en Amagasaki cree erróneamente que Versace es una maison francesa. Me duele el alma solo de pensarlo. ¿Cómo es posible que nadie se haya dado cuenta? A nadie se le ocurre pensar: «¡Pero si Versace es italiana!». Me alucina que podáis ser tan ingenuos.

Pero dormirse en los laureles con tanta ingenuidad y seguir fabricando falsificaciones sin parar se termina volviendo en tu contra. Universal Studios Japan abrió sus puertas en Osaka cuando empecé el instituto. La gente de Osaka, y con ellos toda Kansai, estaba entusiasmada con el nacimiento en su ciudad de un parque de atracciones gigantesco que podía rivalizar con Disneyland Tokio (que en realidad estaba en Chiba). Empezaron a abrir a lo loco tiendas de sushi que preparaban sushi especial Tiburón y tiendas de dulces que vendían bollos E.T. al vapor. Comenzaron a aparecer de la nada comerciantes aprovechados con el objetivo de hacer su agosto, y hasta su septiembre, a costa de los clientes que venían a Universal Studios Japan. Por supuesto que ninguno de esos productos al vapor contaba con la autorización de Universal Studios, así que tanto el sushi como los bollos al vapor pueden interpretarse en un sentido amplio como falsificaciones. El inútil de mi padre, como importante veterano del negocio de los productos falsos y como jefe de Office Ryūgasaki, S.A., (que no era una sociedad anónima ni él era jefe, aunque en su tarjeta de visita figuraba el cargo de director ejecutivo. Además, cuando lo normal sería que el cargo apareciera en letras pequeñas, en la tarjeta del inútil de mi padre «director ejecutivo» estaba impreso con letras tan grandes como las de su nombre), no podía evitar tramar algo relacionado con Universal Studios Japan. Hizo encargos a la fábrica y puso a la venta gorras, camisetas de manga corta y sudaderas atrevidas, o tal vez sea mejor llamarlas irracionales, o absurdas, o tal vez surrealistas, que tenían impreso «Universal Studios Japan», y debajo el logo de la compañía, y además, debajo de este, el logo de Versace. ¿Por qué tiene que ponerle hasta el logo de Versace? Como si no fuera suficiente con falsificar la marca y el logo de Universal Studios… Parece que para el inútil de mi padre había una única regla de oro en los negocios: «Hagas lo que hagas, si metes el logo de Versace la venta está asegurada». No me cabe en la cabeza qué sensibilidad o buen gusto puede haber en eso. Para el inútil de mi padre, Versace era el logo mágico, todo lo que necesitaba para que un negocio fuera viento en popa (si es así, ¡por lo menos estudia un poco sobre Versace!).

Parece que los de la organización también estaban un poco desconcertados con esa idea de unir Versace con Universal Studios, y le decían: «¿No es suficiente ya con Universal Studios? ¿Crees que hace falta meter también Versace? O sea, es que Universal Studios y Versace no tienen nada que ver…», a lo que el inútil de mi padre contestaba envarado: «¡Para nada! Qué inocentes sois… Hoy en día, hasta el más inexperto puede hacer una falsificación que lleve la marca y el logo de Universal Studios. Esas simplezas no se venden. Yo llevo mucho tiempo dedicándome al negocio de la ropa. Por eso sé perfectamente qué será lo que más se llevará en el mundo de la moda. Ahora entre los jóvenes se lleva el co-branding. ¿Os suena? Claro que no… Co-branding. El co-branding consiste en que una marca famosa de calzado y una marca famosa de ropa sacan juntas un producto. También los grandes bancos se fusionan; el mundo está lleno de co-branding. Por eso quiero fabricar productos de co-branding entre Versace y Universal Studios. Serán un éxito seguro. A nadie se le ha ocurrido juntar Universal Studios con Versace, así que la novedad hará que los clientes se enganchen enseguida».

¿Dónde narices pudo el inútil de mi padre aprender una palabra como co-branding? ¡Ah! Tal vez la leyera a escondidas en Soen u otra de mis revistas de moda. De ninguna otra manera ha podido entrarle en la cabeza al inútil de mi padre una palabra como co-branding. Y encima va diciendo orgullosamente que se dedica al «negocio de la ropa». Es innegable que el inútil de mi padre trabaja con ropa, pero ¿definir lo que hace como «negocio de la ropa»? Y aún más, aunque presumiera de que a nadie se le había ocurrido una idea tan innovadora como hacer el co-branding de Universal Studios y Versace, es que era imposible que a nadie se le hubiera ocurrido semejante locura, semejante absurdez, ¿verdad? Es cierto que el co-branding llevaba llamando la atención desde hacía algún tiempo, con la colaboración entre Yohji Yamamoto y Adidas en unas deportivas con diseño de rosas, o con la marca BA-TSU, que produjo en masa y llevó a las tiendas los uniformes escolares que se utilizaban en la película Battle Royale. Pero estas son colaboraciones al mismo nivel entre creativos de maisons con talentos y áreas de trabajo diferentes que reconocen la labor de cada uno y tienen sentido: deciden sacar al mercado productos híbridos de alta calidad inexistentes hasta la fecha, mezclando las texturas y métodos de trabajo de ambas partes. Para nada se puede equiparar una fusión bancaria con el co-branding. En lugar de eso o de cualquier otra cosa, lo que el inútil de mi padre pretendía hacer ni tenía que ver con las grandes aspiraciones del co-branding ni respondía a las necesidades del mismo. Más bien iba en la línea de que quería probar comidas lujosas, en plan picotear sushi al tiempo que degusta un bistec. O crear la mujer definitiva cortándole la cabeza a Ayumi Hamasaki y pegándosela al cuerpo de una de las hermanas Kanō (a la que también le habría cortado la cabeza), y añadiéndole además la fuerza de Yū-chan, la judoca número uno. Un collage de puro mal gusto. ¡Espabila, padre inútil! Si mezclas sake Daiginjō con Don Perignon, no sabrá bien, y nadie dirá que es maravilloso. Tal vez la tripulación del acorazado espacial Yamato sería más fuerte si fueran los Gorangers, pero eso chirriaría de alguna manera.

Pese a todo, en Amagasaki esos productos de co-branding ultralujosos y completamente falsos se vendían como churros. No paraban de entrar más y más órdenes de pedido. Pero eso fue lo que puso al inútil de mi padre con el agua al cuello. Un día, el aniki que había ayudado al inútil de mi padre a encontrar trabajo tras su expulsión de la organización hizo una visita a Office Ryūgasaki (S.A.).

—Qué bien van los productos esos que combinan Universal Studios y Versace, ¿verdad?

—Todo gracias a usted.

—Pero verás, nos ha salido el tiro por la culata. Si los vendieras en secreto, no habría ningún problema. Sin embargo, y en contra de lo planeado, se están vendiendo demasiado. Y he aquí el problema. Universal Studios se ha enterado de alguna manera de que algún comerciante está utilizando sin permiso su marca para fabricar productos, y como además han averiguado que esos productos se están vendiendo bastante bien, quieren encontrar al fabricante. Yo tampoco sé mucho sobre la ley de marcas, pero parece que las empresas estadounidenses son muy estrictas al respecto. Si nos llevan a juicio por haber utilizado sin permiso su logo y su marca, nos demandarán con todas las de la ley y nos enfrentaríamos a una multa millonaria. Y, para colmo, estos productos también llevan el logo de Versace… Utilizar igualmente sin permiso el nombre de Versace añadiría más problemas durante el pleito con Universal Studios. Si esto sucede, nos caerían sanciones colosales por ambos lados. Si la cosa saliera mal, podríamos acabar en el trullo. Escúchame bien, nuestra organización no es la empresa matriz de la tuya ni nada por el estilo, porque no queremos de ninguna manera que nos hagan un registro en las oficinas por comerciar con productos falsificados. Quédate con el dinero que has sacado del co-branding. Desde mañana tienes prohibido seguir vendiendo. Y desaparece. Lárgate antes de que la policía o quien sea se ponga en marcha. Y cuídate de volver a las falsificaciones. Porque si lo haces, nos detendrán a todos juntos, a ti, a la organización, y a la empresa que nos hace los encargos.

Y ese fue el motivo por el que el inútil de mi padre y yo dejamos atrás Amagasaki y nos mudamos precipitadamente a Shimotsuma.

En Shimotsuma vivía la madre del inútil de mi padre, vamos, mi abuela. Mi abuela había pasado su vida de casada en Amagasaki, donde había dado a luz y criado al inútil de mi padre. Siguió viviendo ahí hasta poco después de que muriera su marido tras la boda del inútil de mi padre, y decidió volver sola a la casa familiar de su pueblo, Shimotsuma, porque sus padres estaban muy mayores y había oído que no podían encargarse ellos solos de trabajar el campo. Para el inútil de mi padre, su madre era la única persona con la que podía contar incondicionalmente en esa situación desesperada; para mí, simplemente era mi abuela. Mi abuela ya se había despedido de sus padres hacía años, y ahora subsistía con la pensión: llevaba una vida tranquila cultivando boniatos, cebolletas o nabos daikon en una huertecita de su jardín, y arrendando un arrozal de su propiedad a un conocido. Tenía una casa antigua de estilo japonés, amplia, con muchas habitaciones, una nevera gigante, una televisión con pantalla LCD… No sé por qué mi abuela tenía tantas cosas caras. La diferencia respecto al estilo de vida que llevábamos en nuestro viejo miniapartamento de Amagasaki, dejando de lado el precio del suelo y de las cosas, era abrumadora.

Hice un examen de admisión y me transfirieron a un instituto cerca de la estación de Shimotsuma. Pero como ya comenté anteriormente, desde la casa de mi abuela, que ahora era mi casa, hasta la estación había media hora andando (o veinte minutos corriendo, ¿eh?). A pesar de eso, era un trayecto normal para los compañeros que iban a ese instituto, lo que no quita que fuera terrible. Por eso se estableció un sistema en el que el autobús escolar pasa por el centro de Shimotsuma para ajustarse al inicio y al final de la jornada escolar, aunque si lo pierdes no te queda otra que hacer el recorrido al instituto andando. Y por eso los estudiantes del instituto de Shimotsuma tienen necesariamente bicicleta. Si pierdes el autobús escolar porque te has retrasado, no te queda otra que ir en bicicleta; y si no hay clase o es festivo y quieres llegar a la estación, tampoco te queda otra que utilizar una bicicleta. Además había un montón de indeseables, delincuentes juveniles y yankis que iban en moto, pero por lo general no las llevaban al recinto escolar porque la normativa del centro prohibía a los alumnos sacarse el carné de moto. Cerca del instituto había un pequeño templo sintoísta abandonado que nadie limpiaba y que no tenía ni sacerdote, y que los delincuentes juveniles utilizaban como aparcamiento. Mi abuela me hizo saber el día que me mudé que mi vida aquí sería muy incómoda si no compraba una bicicleta, pero no podía hacerme a la idea de montar en una. Es que soy una lolita. No hay nada raro en ir al instituto montada en bicicleta con el uniforme escolar, pero creo que va en contra de la disciplina de la lolita usar la bicicleta cuando no hay clase, o sea, cuando voy vestida como una.

Lo cierto es que tuve una bicicleta y también montaba en ella vestida de lolita, aunque era muy peligroso. Los encajes del miriñaque y la falda se enganchaban en la cadena y se ponían perdidos de grasa, y como no me hacía para nada con la distancia entre la planta del pie y el pedal al pisar con la plataforma de las Rocking Horse, me caía de bruces si frenaba de golpe o intentaba tomar una curva. Pero esos son solo los motivos superficiales que me hacían desconfiar de montar en bicicleta. La razón por la que no lo hago es que no hay ninguna a la venta que estimule mi alma femenina. Aunque sea tan práctica y necesaria para la vida cotidiana, no puedo comprar y poseer algo que no case con mi estética. Sí haría mía una bicicleta que fuera bonita y pegara completamente con el estilo lolita, como una de esas que estaban de moda en la época victoriana, con dos ruedas enormes a ambos lados del sillín y una pequeña colocada delante del volante; e incluso una de dos ruedas como esas que llaman biciclos, con la rueda delantera grotescamente grande y la trasera grotescamente pequeña, que sin duda no aprendería a montar porque sería superdifícil y me caería de lado, dándome de bruces contra un poste y sangrando a chorros por la nariz. Sin embargo, en el mundo actual ese tipo de bicicletas no se vende en ningún sitio. En todas las tiendas especializadas a las que he llamado preguntando si las tenían a la venta me contestaron que no, y que no hay fabricantes que las hagan. Probé a buscar en una página de internet y encontré unos cuantos vendedores. Tenían unos precios considerablemente elevados para ser bicicletas, pero aun así escribí preguntando por su condición. Todas las respuestas decían invariablemente que «la bicicleta es una antigüedad, en perfecto estado para ser usada como objeto de exposición, pero imposible de montar en la vida real». En una ocasión descubrí un sitio que fabricaba y vendía biciclos, pero estaba en Inglaterra, y naturalmente las explicaciones, el procedimiento de compra y demás estaban escritos en inglés, y con mi nivel del idioma me fue imposible completar la compra.

Por lo tanto, renuncié a montar en bicicleta. Todavía hoy voy caminando pasito a pasito hasta la estación de Shimotsuma por la triste carretera provincial atrapada entre campos, ¿qué digo campos?, arrozales, y, cuando piensas que se han acabado los arrozales, aparece de pronto un karaoke que se parece bastante a un contenedor y que tendría que estar abierto veinticuatro horas, pero cierra a las dos de la mañana, y un billar mal llamado Pool Bar que parece un centro comunitario, y cuando ya piensas que tal vez a partir de entonces empezarán a aparecer tiendas poco a poco, vuelve el paisaje lleno de arrozales de la triste carretera provincial 131. Camino paso a paso aferrándome a las siguientes palabras: «La belleza no puede ser práctica, el lujo es incómodo».

IV

Lo que más me sorprendió cuando empecé a vivir en Shimotsuma fue que, a la hora de la comida, todos llevaban bolas de arroz envueltas en vainas de bambú y langosta cocida en salsa de soja dulce como acompañamiento. Es mentira; por mucho que sea un pueblo, la gente de Shimotsuma no vive tan atrasada en el tiempo. Empiezo de nuevo; lo que más me sorprendió fue que si estabas enferma e ibas al médico, si se trataba de algo interno, como un dolor de tripa o un catarro, te recetaban siempre daranisuke, y si tenía relación con algo externo, como cortes o contusiones, una pomada de aloe vera. Esto también es mentira cochina, lo siento. Lo que me sorprendió de verdad de la buena es la enorme cantidad de yankis que había. Puede sonar raro eso de que me sorprendí de la cantidad, habiendo nacido y crecido en el área de Amagasaki con mayor población de yankis, pero las vestimentas y las formas de actuar de los de Amagasaki y de los de Shimotsuma —o mejor dicho, de los yankis de Ibaraki— eran no un poco, sino enormemente distintas.

Un yanki es fundamentalmente un yanki y su esencia debería ser la misma, pero los de Shimotsuma parecían no poder dejar atrás la cultura yanki de la generación anterior. Aunque desconozco del todo esta cultura, parece que entre los yanquis de Amagasaki estaba de moda teñirse el pelo de tono naranja, o de morado, o hacerse mechas. Pero los de Shimotsuma seguían llevando a estas alturas peinados sorikomi y permanentes exageradas. También había algunos parecidos con los gangsta, pero la original moda hip-hop desarreglada y holgada de esa tribu urbana se convertía en simple dejadez al pasarla a la moda de Shimotsuma, y los que la seguían tenían pinta de estar copiando a sus viejos con ropa de fin de semana. Así que, aunque se les llamara gangsta, esas pintas no podían entenderse más que como una adaptación del estilo yanki. Todas las chicas del instituto todavía seguían llevando calentadores. La fama de Alba Rosa y Egoist (pero solo productos con logo) gozaba de buena salud entre la tribu de las chicas kogal, que eran sensibles a la moda y viajaban con frecuencia a Tokio, pero parecía que a Ibaraki no habían llegado noticias de la revolución que Cecil McBee causaba en esos momentos.

¿Por qué hay un desfase temporal tan grande en cultura y tendencias pese a estar al lado de Tokio? ¿Es que la pésima accesibilidad que supone tardar dos asquerosas horas en tren hace que la información también se retrase en la era de internet, donde las noticias llegan en un instante a todo el mundo? ¿No será que Ibaraki quiere aislarse del resto del país? Tenía la cabeza hecha un lío.

No podía existir algo como las lolitas en Ibaraki, ni por lo tanto tampoco en Shimotsuma. Creo que es muy posible que la gente de Ibaraki no sepa qué es el estilo lolita. Cuando no llevaba el uniforme escolar, esto es, cuando me envolvía en mi ropa de Baby, the Stars Shine Bright y recuperaba mi forma original de lolita, la gente se quedaba mirándome de arriba abajo y me señalaba como si fuera una criatura fantástica. Recuerdo en esa época a un grupo de chicos yankis comentando entre ellos: «Ahí hay una chica con unas pintas rarísimas», «¿Cuál? ¡Oh, ¿qué es eso?!», «Estará mal de la cabeza…», «A lo mejor sale de un rodaje de televisión», «Entonces ¿será famosa?», «Pero si es muy fea», «Aunque sea fea, si es famosa y no le pedimos un autógrafo, será una cagada», y se pusieron a seguirme. Aceleré bruscamente el paso para escapar, pero, por culpa de las plataformas de las Rocking Horse, caí a medio camino, dando de bruces contra el suelo para terminar empapada de sangre que me chorreaba de la nariz. Y, pese a todo, no dejé de ser una lolita. Pase lo que pase, ser lolita es mi razón de ser. Dicho de forma compleja, es mi identity. Abandonar eso sería engañarme a mí misma.

Los días libres iba sin falta a Tokio. Cambiaba de la línea Jōsō a la Jōban, seguía hasta la estación de Ueno, desde ahí cogía la línea Yamanote y salía en Shibuya, donde hacía transbordo a la línea Tōyoko para una sola parada y llegar a mi objetivo: Daikanyama. Aguantaba ese larguísimo camino hasta Daikanyama para cumplir un único propósito. Mi objetivo era echarle un vistazo a la tienda física de mi amada Baby, the Stars Shine Bright. Desde hacía mucho, me encantaban los adorables vestidos de lolita de Jane Marple o Milk, y desde que era estudiante de secundaria empecé a verlos en las revistas de moda y a pensar entre suspiros: «Qué bonito…, qué bien está…, lo quiero…, pero no tengo tanto dinero para comprarlo…». Así que tomé la determinación de que ahorraría dinero de alguna manera y, cuando llegara al instituto, compraría ropa lolita y me la pondría sin falta.

Cuando me convertí en estudiante de instituto, me subí al tren Hanshin en dirección a Umeda, a Maria Teresa, para llevar esa determinación a la práctica. Los vestidos de Jane Marple y de Milk eran, con diferencia, más bonitos en directo que en las revistas. Junto con los vestidos de mis admiradas maisons también se vendían los de otra de la que nunca había oído hablar, y esos vestidos me robaron el corazón, me desgarraron el alma y me llevaron al otro mundo (juntad las manos en oración). Esa bestia odiosa, ese horrible tipo de color naranja (esto es del anuncio de Yūkan Fuji y es una bromita que he intentado colar destinada a señores mayores, las jóvenes doncellas no la entenderán3), esos vestidos de Baby, the Stars Shine Bright me atravesaron el corazón. Todo lo que había estado buscando estaba en la ropa de Baby. ¿Cómo podía existir una ropa que encarnara mis gustos y aficiones hasta ese punto? «¡Eh! Es obvio que esta ropa, no, que esta maison se mantiene gracias al apoyo de un montón de chicas, pero ¿no está bien pensar que existe solo para mí?», murmuraba mientras llevaba bajo el brazo un vestido de una pieza con un adorable estampado vichy rojo, con la parte del corpiño fruncida y tres capas de encaje a ambos lados, plagado de cintas rojas y motivos de ramilletes de rosas para acentuar dramáticamente su belleza. Ese fue el vestido que llamó mi atención entre los que se exponían en Baby, todos con su etiqueta enorme de color rosa en forma de fresa, sobre la que hay impreso un corazón rojo con bordes dorados muy ornamentales con el logo de la maison escrito en una espléndida caligrafía dorada. Me probé el vestido y lo compré sin dudarlo ni un instante. Como me sobró un poco del dinero que llevaba, compré unas calzas blancas de la marca Baby, y otras más largas completamente blancas de encaje y con una cinta en la parte superior. Salí con el monedero totalmente vacío, pero con el corazón rebosante de felicidad, tanto que ya no me cabía nada más, en plan: «¡Voy a vomitar!».

Parece que el nombre de la maison Baby, the Stars Shine Bright —que es tan excesivamente largo que la primera vez que lo escuchas no puedes recordarlo, y a la décima tampoco puedes decirlo bien— fue tomado del título del cuarto álbum del grupo Everything But the Girl. Yo pensaba: «¿Está bien copiar así el título del disco de alguien y ponérselo de nombre a tu marca? ¿No habrá problemas con los derechos de autor? Pero mirándolo bien, como en el caso de Jane Marple han cogido el nombre de la detective anciana que sale en las novelas de Agatha Christie y lo utilizan tal cual, probablemente no pasará nada». Este modo de apropiación, de préstamo de nombre, no tenía absolutamente nada que ver con el uso no autorizado del nombre de Versace que hacía el inútil de mi padre.

Baby, the Stars Shine Bright lleva fabricando ropa fantástica para chicas desde que se creó en 1988 y, aunque durante un tiempo se dedicó a vender por encargo a través de tiendas selectas, en 1999 abrió su tienda física en Tokio, en Daikanyama. En esa época la tienda estaba administrada por cuatro o cinco personas: Akinori Isobe, el diseñador principal, que decidió fundar su propia maison después de haber trabajado para Atsuki Onishi y otros pequeños fabricantes; Fumi Isobe, que había trabajado en Atsuki Onishi y después trabajó en 45RPM; y en torno a estos dos, los vendedores (pero ahora parece que tienen más personal). Durante algún tiempo mantuvieron una política empresarial poco clara y, bien por falta de ganas o porque no tenían dinero para contratar personal de tienda, se permitían el lujo de abrir solo los sábados, domingos y festivos, pese a estar en la zona más lujosa de Daikanyama. De algún modo llegaron a adoptar la costumbre de abrir lunes, miércoles y viernes de tres a siete de la tarde y sábados, domingos y festivos de una a siete de la tarde, aunque en la actualidad tienen un horario comercial similar al de cualquier tienda. Parece ser que han inaugurado otra tienda en Osaka. ¿Por qué abren en Osaka justo cuando me voy de Amagasaki? ¿Tan mala suerte tengo? ¿Debo expiar en esta vida las cosas horribles que hice en una vida anterior? ¿Si rezo a Buda podré purificar un poco mis pecados? ¿Cambiará mi suerte si me hago peregrina y visito los lugares sagrados? Estaría bien que Baby, the Stars Shine Bright confeccionara un vestido de peregrina de estilo lolita. Por ejemplo, en vez de una campana y tal en la punta del bastón podría llevar una corona, o el ala del sombrero de bambú podría estar rematada de encaje. Estoy obsesionada con Baby desde que la vi por primera vez en Maria Teresa. Aunque yo era una negada para las tecnologías, cuando sus dependientes me informaron de que Baby, the Stars Shine Bright tenía una página web desde la que podía encargar ropa y accesorios, me compré un ordenador y, con mucha voluntad y luchando contra el libro de instrucciones y varios manuales, conseguí desenvolverme en internet. Como Maria Teresa trabaja con varias marcas, es normal que haya productos que no lleguen a su tienda.

Quería saber todo sobre lo que se podía comprar en Baby, the Stars Shine Bright. Seguiría siendo una amante del lolita si no hubiera encontrado esa tienda, pero no sé si habría tenido una determinación tan fuerte como para vivir como tal. «Si encuentras algo importante para ti, aférrate a ello, defiéndelo hasta el final, aunque pierdas otras cosas en el camino. Muchas personas mueren sin haber encontrado algo realmente importante para ellas, ¿sabes? No te comportes como una niñata». ¡Qué mal! ¿Qué iba a ser de mí si no ponía en práctica lo que le dije a mi madre cuando iba al colegio?

Tal vez la mayoría de los entendidos me tomen por una niña idiota y se rían con desprecio porque digo que para mí lo más importante en la vida, por encima de la vida misma, es la ropa, esa ropa lolitesca, ondulante, volanteada, y de encaje. Sería válido que me consagrara al trabajo, los estudios o el amor, pero que me entregue simplemente a la ropa como si fuera un ser humano sin provecho parece que solo provoca indignación, y nunca elogios. Pero ¿por qué no puedo dedicar mi vida a la ropa? ¿Está prohibido anteponer el conocer prendas a conocer gente? Las personas tienen valores diferentes. No creo que haya conflicto entre mi filosofía y mis creencias de vivir en la estética rococó, fruto de mi fascinación por el estilo lolita, y la filosofía y las creencias que abraza alguien que trabaja como médico, convencido de que merece la pena vivir ayudando a los pobres en los países en vías de desarrollo. No desecharía mi forma de vida aunque mis creencias estuvieran equivocadas, ni aunque mi voluntad de vivir como una lolita fuera frívola o incluso despreciable. Si a ojos de los demás algo es basura, pero para mí es algo más necesario y valioso que un diamante o que el gato salvaje de Iriomote, lo defenderé sin vacilación hasta la muerte, como si fuera la cosa más importante. Así es como yo hago las cosas. Porque por mucho que encuentres el gran amor de tu vida, las personas nacemos solas, pensamos solas y, al final, morimos solas. ¿En qué nos convertiríamos si no respetamos nuestros propios valores?

Hay gente que dice con solemnidad que el kanji de persona (人) simboliza que un ser humano no puede desarrollarse en soledad, y que debe permanecer junto a otro y contar con su apoyo. Pues si es así, creo que prefiero no ser persona, no me importa. Creo que es mejor vivir la individualidad de manera autónoma como animales guiados por nuestros instintos, como la planaria o la pulga de agua, que como un ser humano dependiente de otros. Bueno, ¿y por qué en clase de lengua y de ética te sueltan eso de que «el kanji de persona significa…», a pesar de que en sociales y en ciudadanía te están enseñando lo maravilloso de tener un pensamiento autónomo e independiente? ¡Poneos de acuerdo, miembros del Comité Educativo! ¡No enseñes contradicciones como si no pasara nada, Ministerio de Educación y Ciencia! ¡Adoptad un punto de vista único, la Administración tiene que fijarlo con claridad! De pronto me he puesto en plan activista social. Tal vez funde el Partido Lolita de Japón y hasta dé discursos en las calles…

Recurrí a medios muy diversos para conseguir dinero para comprar mi deseada ropa de Baby, the Stars Shine Bright: contrabando de tolueno, pirateo informático, citas con hombres mayores a cambio de dinero, robo de donativos… Es mentira, es mentira… Es imposible que una activista social que censura la postura contradictoria del Ministerio de Educación y Ciencia como yo haga algo así. No podría convertirme en presidenta del Partido Lolita de Tokio y después en gobernadora de Tokio cuando fuera mayor si hiciera algo así, ¿no? (Aunque tampoco tengo ganas, así que posiblemente ni vaya a votar cuando cumpla los veinte). Volviendo al tema de cómo conseguía el dinero, repartía periódicos antes de clase, trabajaba de cajera en una tienda veinticuatro horas desde que salía de clase hasta la noche y pasaba los domingos enteros en una imprenta de Amagasaki. Lo que, sintiéndolo mucho, vuelve a ser otra mentira cochina. Nunca se me pasó por la cabeza algo tan digno como buscar un trabajo a tiempo parcial para comprarme ropa. Una persona que vive con espíritu rococó no puede llevar a cabo actividades productivas como trabajar.

Gracias a que el negocio de las falsificaciones del inútil de mi padre iba viento en popa, me inventaba motivos razonables para sacarle dinero, en plan: «Necesito dinero porque tenemos que comprarnos un chándal nuevo para el colegio», o «La casa de una compañera de clase se ha quemado por completo en un incendio. Es la más pobre del colegio y son una familia de diez y no tienen ni para comer, así que estamos recaudando dinero para ellos en clase. Soy muy amiga suya, así que quiero hacer todo lo posible por ayudar». Hice que muchos de mis compañeros tuvieran enfermedades incurables o de difícil tratamiento, envié a no sé cuántos profesores a países en vías de desarrollo, e incluso de vez en cuando maté a alguno miserablemente, todo para que el inútil de mi padre me diera el dinero que necesitaba para comprar ropa. «Hay una chica que tiene un problema de corazón de nacimiento, ¿sabes? La medicina actual no puede curarla y los médicos le dijeron que viviría como mucho hasta los quince años, aunque milagrosamente sigue viva. Pero si lo miras desde otra perspectiva, en su situación no sería nada raro que muriese mañana, o incluso hoy mismo. La chica y sus padres se han hecho a la idea, pero parece que hay un doctor que podría curarla con una operación. Es un cirujano de primera, pero trabaja en la clandestinidad porque no tiene licencia, así que pide una cifra exorbitante de unos cien millones por llevar a cabo la operación. Ninguna familia normal tiene semejante cantidad de dinero, ¿verdad? Por eso habían vuelto a rendirse, pero han decidido que esa nunca es la solución y que tienen que conseguir de algún modo los fondos para ayudar a su hija. Sus padres vinieron ayer al colegio a la hora de la reunión matinal y se pusieron de rodillas ante todos los estudiantes para pedirnos que colaboremos en su campaña donando dinero, por poco que sea».

Esa trola le conté al inútil de mi padre para hacerme con los casi cien mil yenes que costaba el par de bailarinas Rocking Horse de Vivienne que deseaba desde hace tiempo y que consideraba tan esenciales para ser una lolita de verdad. «Es imposible que consigan reunir cien millones. Toma y dales estos cien mil yenes, o mejor estos doscientos mil», decía mi padre con lágrimas en los ojos mientras me daba el dinero. Mentir es horrible… Me corroía el sentimiento de culpa, pero al tiempo que decía: «Gracias, papá. Seguro que podrán operarla. Y será un éxito», tomé ladinamente el dinero y lo utilicé para pagarme las compras. No me olvidaba de pagar el bien con el mal, pensando: «¿Cómo va a haber un cirujano clandestino? Si lo hubieras pensado un poco sabrías que lo he sacado de Black Jack. Precisamente por eso eres el inútil de mi padre, inútil». Tengo el corazón completamente podrido.

La tienda de Baby, the Stars Shine Bright se encontraba a unos treinta minutos a pie de la estación de Daikanyama, en la primera planta del edificio blanco de Daikanyama Tokyo Apartments de la avenida Hachiman. Antiguamente, el distrito de Daikanyama era conocido como un lugar donde se reunía la gente estilosa de las clases altas, insatisfecha con Shibuya y Aoyama, y disfrutaba de las tiendas más refinadas, que se sucedían una tras otra. Por eso hace falta mucho dinero para montar una tienda ahí, aunque en compensación te ganas el título de líder en estilo —aunque cuando visité la tienda de Baby por primera vez, no sentí para nada, ni dentro ni fuera, un ambiente entusiasta en plan «¡Estamos haciendo algo estiloso en un sitio estiloso!». De hecho, Baby parecía flotar en solitario en el ambiente de competitividad que había en Daikanyama, entre cafeterías, tiendas de ropa y tiendas en general, como pensando: «Bueno, estamos en Daikanyama por casualidad, pero nos daría lo mismo estar en Shibuya o en Sangenjaya…». Para lo bueno y para lo malo, la tienda de Baby, the Stars Shine Bright no pegaba en Daikanyama. Las maisons de moda lolita de Tokio se concentran en Harajuku. Últimamente está aumentando el número de tiendas lolita dentro del edificio Marui One de Shinjuku. Aunque este distrito se está convirtiendo en centro de actividad lolita, Harajuku sigue siendo la base fundacional, la meca de las lolitas, con Laforet Harajuku como núcleo.

La moda lolita se orienta hacia el opuesto de la solidez, la funcionalidad, las tendencias y el refinamiento. Si la base del diseño es la estética de la reducción, la base del lolita es la estética del exceso. Lolita es coger una falda que llevada normalmente sería elegante, y ponerla sobre un miriñaque para exagerar tu silueta, haciendo equilibrios en la línea que separa la elegancia del mal gusto, para caer con bastante frecuencia en el lado del mal gusto. Por eso las lolitas han sido vilipendiadas desde siempre por los que se creen estilosos. Aparte de Baby, no había ninguna otra tienda lolita en Daikanyama, donde todo tenía que ser refinado y de un gusto exquisito.

La primera vez que estuve frente a la tienda de Baby, the Stars Shine Bright y vi la puerta de color rosa pálido y los maniquíes totalmente coordinados con la ropa que tenían a la venta, el corazón se me aceleró violentamente. Me puse terriblemente nerviosa, algo completamente impropio de una insolente como yo, imbuida del espíritu rococó. Una vez que entré en la tienda…, ah, ¿cómo expresarlo correctamente? Bueno, esto…, esto…, apareció ante mí un lugar tan dulce como para derretirse. Era un espacio muy pequeño para ser el interior de una tienda insignia: estaba decorado totalmente en blanco y rosa, y en el centro había una mesa blanca con forma de corazón y un sofá rojo intenso. Cualquiera que viera ese panorama estaría a punto de soltar: «¡Menuda estupidez! Como si no fuera poco pequeña la tienda ya, van y ponen un sofá y una mesa; con eso y con cinco personas que entren ya estará llena». Pero pese a esos inconvenientes, priorizar lo bonito de la tienda frente a lo práctico era tan típico de Baby, the Stars Shine Bright que no pude sino renovar el respeto que sentía por la única casa que me había conmovido como ser humano.

No había ni un solo cliente en la tienda, aunque era domingo. Tuve la suerte de tener la tienda para mí sola durante un momento muy feliz en el día de mi debut. Aunque no había incienso ni ningún aroma flotando en el ambiente, yo tenía la sensación de que brotaba una fragancia fantástica dentro de la tienda, lo que hoy en día me sigue pareciendo extrañísimo. No paraba de suspirar largamente mientras contemplaba la ropa ahí colocada, como si no hubiera nadie más en la tienda. Ese día compré un cárdigan bastante chic con mangas estilo princesa bordadas con encaje negro y un bolso blanco marfil con una corona sobresaliendo en su parte delantera.

—No será usted la señorita Ryūgasaki, ¿verdad? —preguntó una dependienta muy bonita cuando estaba esperando en una de las dos cajas. Sorprendida, contesté:

—Sí. Pero ¿cómo sabe usted quién soy?

A lo que la dependienta se rió alegremente como una muchacha y dijo:

—Llevo todo el rato pensando: «¿Será ella?». Es que lleva puesta nuestra falda babydoll blanca con puente sobre nuestra blusa de corte princesa, y un mini sombrero con unas rosas blancas de encaje Schiffli. También lleva unas bailarinas Rocking Horse. Suelo estar de vendedora en la tienda como ahora, pero también me encargo de las ventas de la web. Así que, aunque no conozco las caras de las clientas que hacen los pedidos por internet, recuerdo sus nombres y controlo muy bien el tipo de prendas que llevan. Además, suele dejar comentarios en el tablón de nuestra página web. Hace mucho puso que todo lo que llevaba era de nuestra tienda menos el calzado, que eran unas bailarinas Rocking Horse. Por eso le he preguntado si era la señorita Ryūgasaki.

No importa cuántas veces haya comprado ahí, hay fanáticas de Baby como yo a montones, y aun sabiendo mi nombre por mis pedidos de internet, no conocía mi cara, y a pesar de todo eso se acordaba de alguien tan poco especial como yo. ¡Sabía quién era solo con ver cómo iba vestida, pese a acabar de conocerme! Me hizo tan feliz que de golpe me sentí a la vez como si fuera una clienta súper-VIP y como si un amor platónico me confesara que me quiere. Fue muy emocionante.

A partir de ese momento, mis sentimientos hacia Baby aumentaron de manera imparable. Pero es que, vamos, ¿podría ser de otro modo? Desde entonces, mi cuerpo no podía evitar ir una vez a la semana a Daikanyama, desplazándome una distancia digna de un pequeño viaje sin importar lo terriblemente largo que fuera el camino. Todo por tu culpa, Baby, the Stars Shine Bright. Has hecho que no pueda vivir sin ti. Pensar en ti hace que —mmm, no me importa que me llamen desvergonzada— se estremezca todo mi cuerpo, mmm, se me suben los colores. Antes de darme cuenta, mi cuerpo te busca y no lo puedo resistir. ¡Guau! Ahora mismo me estoy empapando solo de pensar en ti. ¡Mmm! Qué pervertida. ¡Sí! Ya no hay vuelta atrás. Hazme lo que quieras. ¡Más, más! ¡Te deseo! ¡Dámelo todo! ¡No puedo resistirlo más! (¡Oh! Pero ¿qué estoy escribiendo? Si sigo así, nunca podré ser una chica casta y pura de Mitsui Rehouse).

3. N. del T.: La broma es un tanto enrevesada. Yūkan Fuji tenía en los años 80 una publicidad en televisión un tanto surrealista y terrorífica, y Momoko usa esa imagen para insultar, metafóricamente, a Baby, The Stars Shine Bright.

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9788412460841
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