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Kike Taberner
Kike Taberner estudió en la Escuela de Artes y Oficios de Valencia, licenciadose en el año 2000. Ese mismo verano comenzó a trabajar en el periodico Última Hora de Ibiza. En el año 2005 volvió a Valencia para trabajar en el Diario Qué hasta 2010. Desde entonces su carrera se ha desarrollado en diversos medios nacionales como El País, El Español o La Razón, en la actualidad lo hace en Valencia Plaza.
«Llevo desde el cambio de milenio haciendo fotos allí donde me dejan hacerlo, antes fui repartidor de pizzas, no me gustan las fotos torcidas y me gustaría jubilarme siendo bibliotecario».
Título original: Los años que no
Primera edición: enero de 2022
Corrección y maquetación: Editorial Barrett
© del texto: Lidia Caro
© fotografía de cubierta: Kike Taberner | kiketaberner.com
© foto de la biografía de Kike Taberner: Mer
© de la edición: Editorial Barrett | editorialbarrett.org
Comunicación y prensa: Belén García | comunicacion@editorialbarrett.org
ISBN: 978-84-18690-12-9
Publicación digital: @Booqlab
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Somos buenas personas, así que, si necesitas algo, escríbenos. No nos va a sacar de pobres prohibirte hacer unas cuantas fotocopias.

A Paula, que me obligó a escribir.
A Bárbara y Kike, que hicieron que no lo dejara.
A Gonzalo, que es impuntual adrede para que me dé tiempo a teclear.
Voy a hablarles de aquello que existe en el mundo y puede dar pie a una ficción: de la autobiografía, de la prensa, de la historia, de los textos de los demás. Insisto en que las barreras entre la crónica, las memorias, la autoficción y la ficción son inexistentes porque escribir es recordar y recordar siempre es un acto imaginativo.
Cambiar de idea. AIXA DE LA CRUZ
La verdad tiene estructura de ficción
JACQUES LACAN
PRIMERA PARTE
BA 4265 MAD
LAX
La máquina de vending no funciona. No hay café. Ni Dónuts, ni Doritos, ni galletas bajas en azúcares con fibra añadida. Un sándwich se ha quedado atrapado entre el dispensador y el cristal de la máquina. Su relleno, blancuzco con motas naranjas, se ha desparramado por el envoltorio de papel kraft y ha dibujado eclipses de mayonesa. Un niño de cinco años mete el bracito en el lugar en el que tendría que aterrizar el cambio del importe del sándwich, 4,99 euros. Su madre tiene la cara hundida en la pantalla del móvil, cambia de color según contesta a mensajes de Facebook o WhatsApp. Rostro azul, rostro verde. Tiene rasgos amerindios y pasaporte canadiense.
Tengo sed y hambre. Todos tenemos sed y hambre, pero los de seguridad no nos dejan atravesar el pasillo de cristal blindado que nos separa de una pequeña cafetería take away, en la que solo está la camarera, una ecuatoriana de cara redonda que da brillo a un grifo de cerveza reluciente.
La sed me escuece más que el estómago. Mi faringe es un domingo sin dormir en casa. Voy al aseo y formo un cuenco con las manos para beber del grifo. El agua de Barajas sale tibia, casi caliente, es agua de discoteca con aviones despegando y llamadas de megafonía.
En las puertas de embarque para los vuelos con destino a Estados Unidos hay tres controles de seguridad especiales. Si los cruzas, entras en un sector estepario sin duty free ni restaurantes de comida rápida.
No hay vuelta atrás. Llevamos dos horas y media de retraso, deberíamos estar abriendo cajitas de pasta con boloñesa, ensalada de patata y tarta de manzana, mientras una azafata nos ofrece otro bollo con mantequilla. Solo en los aviones los españoles comen mantequilla. Somos los pasajeros del vuelo de las 13:40 a Los Angeles International Airport, y nos estamos peleando por los únicos cinco enchufes que hay en la sala de espera contra los del Hartsfield-Jackson Atlanta de las 14:10.
Además de beber agua, he ido al váter. Cuando me he limpiado, no había sangre. De nuevo el papel higiénico en blanco. Es como presentarse a una oposición bien estudiada y olvidarlo todo de golpe. Llevo once, doce, trece meses sin tener la regla. Mi cuerpo —¿o es mi cerebro?— no quiere crear vida. Se enrosca en sí mismo y busca la sombra, hiberna. Cuando me subo los pantalones, hay un puño entre mi cadera y la cintura de la talla treinta y dos. Mi sangre no puede engendrar otra sangre. Mis entrañas son un acto tímido de subversión contra la vida. Solo sale sangre de mi cuerpo por un sitio, las rodillas. Es una sangre muerta, que supura por las costras que tengo sobre tres cicatrices distintas, todas en las rótulas. Cuando me agacho, me pellizcan y me ponen andares de vieja. La primera ronda de cicatrices fue en una escalera, la segunda en una bici, la tercera en un monopatín. Siempre caigo de rodillas.
Las escaleras
Rebusqué las llaves en el bolso. Se habían enredado con el cable de los auriculares y una servilleta negra arrugada que estaba húmeda por restos de cerveza y por el aceite de unas papas, que fue lo único que había cenado.
Txras una cháchara entre la llave del portal y la blindada de mi piso, conseguí abrir. Cuando la puerta advirtió con un chirrido que se iba a cerrar, una voz masculina a mi espalda dijo «vivo aquí».
Todo se oscureció. Me caí al suelo empujada por un hombre que pesaba bastante más que los cincuenta kilos a los que yo no llegaba. De hecho, en el Centro de Transfusiones no me permitían donar sangre.
Durante la milésima de segundo que tardó en cerrarse la puerta, rugió el edificio. El bombín selló la frontera entre el portal y el país rico, una de las calles más turísticas de Madrid, donde era sábado noche y la primavera abarrotaba los bares.
Me quedé paralela al suelo. Las líneas de las palmas de mi mano coincidían con las vetas de la madera sin barnizar del portal. El suelo era de pino viejo, barato, pardusco. El propio de una finca centenaria con una placa conmemorativa que nadie lee. Una vez vivió ahí un poeta del Romanticismo que también era político. Cuando murió, entró a vivir un torero de poca monta que apenas sabía leer. Ahora duermen turistas que salpican las escaleras de sangría. También vivía yo, en una buhardilla mal reformada.
Esa noche no había turistas subiendo y bajando esas maletas pequeñas que caben en el compartimento superior de equipajes de los aviones low cost. Ningún John, Ben o Paul vieron mis rodillas de las que goteaba una sangre oscura y densa. Ninguna Marie, Sophie o Rose vio la piel y la saliva que dejé en los escalones. No hubo testigos que vieron cómo me derrumbé por tramos: primero las rótulas, luego los antebrazos. Tras ellos, los codos, la barbilla y la frente. Después, como consecuencia de un movimiento brusco del hombre, la espalda, las corvas y los tobillos. Mis tobillos angulosos, punzantes como mis pómulos, chocando contra la nariz de tres escalones. Del escalón inferior se quedaron colgando mis bragas.
Si yo hubiera sido la escalera, me habría sentido como si me atacara una plaga de termitas famélicas. Perforada por insectos que mastican celulosa y escupen fibras de madera seca.
Pero era una mujer.
Mi camisa estaba enganchada al balaustre y mi pantalón hecho una bola. Las perneras eran un nudo de violencia. En el contrapicado estaba el hombre. Un hombre gordo, que olía a alcohol, odio y sudor agrio. La hebilla de su cinturón golpeaba el suelo produciendo el mismo sonido que el de una campana que tañe a un muerto. O el de un coco estrellándose contra un cráneo infantil.
Respiraba muy fuerte, respiraba por todo lo que no estaba respirando yo. El oxígeno me abandonaba. Sus manos se cerraron sobre mi cuello y la escalera crujió. Yo callé.
Cayeron unas gotas en el rellano, lechosas, que apestaban a bestia. El hombre se incorporó y se abrochó el cinturón. Rebuscó en los bolsillos de mi pantalón y dio con un billete arrugado de diez euros. Lo cogió y me insultó. Desapareció dando un portazo. Tembló el edificio. Yo seguí en silencio.
Nadie le llama Luisa
En el trabajo nadie me llama Luisa. En cuanto atravieso la garita de la Jefatura Superior soy «compañera» o la agente número dieciocho del Servicio de Atención a la Mujer. En terreno, en la calle, no nos llamamos por nuestros nombres. Nadie debería saberlos. No somos Luisa, Merche o Andrés, somos una fuerza de placas y armas reglamentarias.
«Compañeros y compañeras, somos un ejército. Una familia de placas y armas reglamentarias para proteger a las mujeres de sus agresores». Esto fue lo que dijo mi inspector jefe en la cena de Navidad. Se me quedó grabado, y cuando fui al baño, le envié un mensaje con la frase a Nora, una compañera de mi promoción. Mi mejor amiga entre todos aquellos tíos de la Academia que parecían nacidos para destruir.
Llevo cuatro años en el SAM de la Policía Nacional. Dejé mi anterior unidad por discrepancias con un compañero, un gilipollas que se llevó un buen expediente. Casi que le di las gracias, porque por su comportamiento de mierda estoy aquí. Él está en la comisaría de Usera, haciendo de administrativo. No se apaña con los chinos ni los bolivianos. Ojalá le sancionen por abuso, por cabronazo misógino.
Me quedan ocho años para jubilarme, hasta entonces quiero seguir haciendo algo útil de verdad, joder. Ayudar, no echar el día vigilando la cola de los DNI. Por eso tengo una cicatriz en la cara e insomnio. También por eso me machaco en las clases de defensa personal.
¿El tópico de que esta profesión es vocacional? Pues lo es. No sé hacer otra cosa que ser policía, para desgracia de mi madre.
En el instituto me llamaban marimacho porque era grande, caballuna. También porque jugaba al fútbol, reventaba a todos en baloncesto y corría más que nadie. La mejor en el test de Cooper, casi de las peores en inglés. Llegó la adolescencia y adelgacé. Me quedé en alta, en espagueti. Luego, a los dieciséis en tía que estaba buena. A los diecisiete me convertí en pibón.
Hoy es mi día libre. Quería ir al centro a devolver unos zapatos y tomarme un café con mi tía Juana, la hermana mayor de mi madre, pero estoy baldada. Anoche a las dos de la madrugada entró una llamada desde emergencias. Mujer, veintitrés años, agredida en el portal de su casa por un desconocido. La chica estuvo declarando tres horas y media, después la llevamos al Clínico San Carlos para que la vieran. El sol ya estaba arriba cuando aparcamos.
El protocolo de todas las noches: el terror de la exposición a las ETS, cita para la prueba del VIH, sugerencias de tratamiento psicofarmacológico y muchos lloros. Quieres abrazar a la víctima, pero el reglamento no te lo permite. Es la mierda de todas las noches en las que desde centralita entra el código numérico que a las mujeres de la unidad nos llena el intestino de gas mostaza.
El médico forense determinó que no era violación porque no hubo penetración. Lo dice el 179 del Código Penal: «Cuando la agresión sexual consista en acceso carnal por vía vaginal, anal o bucal, o introducción de miembros corporales u objetos por alguna de las dos primeras vías, el responsable será castigado como reo de violación con la pena de prisión de seis a doce años».
Nos personamos rápido, rapidísimo. Juro que lo hicimos. Cuatro segundos menos de lo habitual. Yo me quedé con la víctima, tranquilizándola. Dos compañeros fueron a buscar al tipo por el barrio. Las calles estaban tomadas por guiris borrachos, con los ojos sumergidos en cubalitros de bebida. Nadie había visto nada. Los camareros que en las puertas grasientas de sus bares daban flyers con ofertas en cubo de quintos y bravas tampoco habían visto nada. A nadie le sonaba el sujeto que describió la chica: varón, entre treinta y cinco y cuarenta y cinco años de edad. Nacionalidad sudamericana —peruano, ecuatoriano o boliviano—. Complexión gruesa, altura media, sin cicatrices aparentes ni tatuajes. Cara redonda, afeitado, pelo negro bastante corto. El tío era invisible. Ninguna de las cámaras de seguridad de los edificios oficiales cercanos —la Real Casa de Correos, el Congreso de los Diputados, un puñado de teatros en edificios históricos— tenían algo que nos sirviera. Nos quedaba la carta de proteger los vestigios biológicos y avisar a los de la Científica y Judicial.
Mi tía Juana se preocupa mucho por mí: «Vete tú a saber en qué fregaos te metes. Si es que, hija mía, con lo bien que tú estabas en la oficina y tu madre y yo, tan tranquilas. Anda, échate un rato y descansa y otro día quedamos a merendar, pero ni una palabra de tu trabajo me puedes contar. Que se me pone un mal cuerpo…». Cuando colgué el teléfono, desobedecí el consejo de mi tía y me puse ropa deportiva. No necesitaba tumbarme. El cansancio no era físico, era mental. La rabia de no cumplir, las agujetas que provoca decepcionar a las víctimas, a mujeres anónimas que son expedientes. Desde la Unidad de Salud Emocional te recomiendan poner un límite a la empatía, meter distancia para que no te alcance el fuego. Pero a mí se me escapa el afecto. Digo que, gracias a Dios, ningún hombre me ha agredido físicamente, pero a mis amigas sí. Mis amigas son todos los expedientes que han pasado por mis manos, aunque los superiores no me permitan trabar amistad.
Contra la cólera, fusta, espuelas y Bombón. Bombón es mi caballo favorito de la hípica La Colina. Empecé a montar cuando entré en el cuerpo. Fue gracias a Josito, un compañero que se transformó en rollete. No funcionó, pero nos llevamos bien. Quedamos a echar cañas de vez en cuando. Me encanta oírle hablar de lo que hace en la Unidad de Caballería. Él y el caballo son el mismo agente.
Yo, cuando monto, desaparezco. El caballo sabe que quiero huir y me responde con un relincho de comprensión. Escucha mis servicios más duros y violentos. Los que no le puedo contar a mi tía, ni a nadie. Llevo siete años sin una pareja con quien tener confianza para hablarle de mis días más nauseabundos. A los pocos hombres nuevos que conozco me da miedo contarles lo que hacen otros hombres. Por si les asusto. O por si se les pega.
Bombón galopa más rápido de lo que yo puedo pensar. Levanta un manto de polvo que cubre la impotencia que siento. Lo fuerzo. Noto su trapecio estresado y ardiendo. Le pido más, más, más. Tenso los estribos, agacho el cuello y pego mi cuerpo al suyo. Su crin es un revoltijo de pelo duro y oscuro. Me roza la cara y me hace cosquillas. Toda mi ira está sobre el caballo. Se está enfadando conmigo. Me desconcentro y pierdo la posición. Sé que me va a expulsar de su grupa, que me he pasado de pedirle velocidad. Me merezco irme de morros contra el suelo.
Suelto los estribos y las riendas. Inclino mi tronco hacia su cruz. Cojo impulso para caer lejos de Bombón y que no me pise. Me protejo el cuello. Rezo para no golpear con la cabeza. Llevo las piernas al pecho y espero a llenarme de polvo y paja. Por suerte he tomado bastantes clases de formación en caídas. La arena de la hípica parece una playa de Gandía.
Noche añil
Esa noche fue añil y ceniza. Yo era blanco, blanco roto. Había una bruma que me empañaba las córneas. Veía al personal del SAMUR como manchas fluorescentes, como cuando buceas con los ojos abiertos y no hay definición ni líneas. Un hombre me curó las heridas, otro susurraba por teléfono, pero no le hacía falta porque yo lo único que oía era un zumbido metálico.
Vino la Policía Nacional. Dos agentes de uniforme y otro de paisano, que era bajito, con los ojos cansadísimos y amables. Una agente me cubrió con una manta térmica plateada de las que se usa para tapar a los muertos. La anterior vez que usé una de esas mantas fue para tumbarme en el césped en un macrofestival en Reino Unido. La manta inglesa también me la dio una agente, pero por pena, porque me habían robado la mochila con la cartera y la chaqueta, y Bristol en junio es febrero en València.
El hombre de la noche añil me violó. Solo me robó un billete enroscado.
Me llevaron al hospital en el coche de la policía, sentada en la parte de atrás, donde van los detenidos. Los asientos traseros no son como los de los turismos, en vez de tres sitios tapizados y blandos hay una sola pieza de plástico negro. Me recordó a las cámaras desechables una vez gastadas y sin el envoltorio de cartón con imágenes de familias sonrientes. Un trasto feo con pegotes de adhesivo y rebabas de plástico. Antes de volver sola a casa y del hombre y del SAMUR y del coche de la policía, estaba haciendo fotos a unos amigos con una Fujifilm de usar y tirar.
Faltaba un mes para el Primavera, el festival de Barcelona, y hablábamos de dónde íbamos a dormir. Yo había alquilado un barco en el Fòrum, tenía un contrato indefinido en una agencia de publicidad, veintitrés años y una camisa de leopardo que pasó a ser una prueba judicial porque tenía manchas de semen y le faltaban un par de botones.
Del hospital a la comisaría y de la comisaría al hospital y creo que otra vez al hospital. Ninguno de mis amigos contestaba al móvil. Después de ocho llamadas perdidas, se hicieron las diez de la mañana y Alberto vio su teléfono hinchado a mensajes. Vino a por mí a la comisaría. Le llené el polo de llantos absurdos y un mantra que decía «¿y por qué a mí, si estudio, si trabajo, si vivo en un sitio normal y no hago nada raro?».
Alberto me llevó a mi casa, subió conmigo por esa escalera que crujía y tenía manchas humanas. Después vino Maca a relevarle. Cuando entré en el baño tuiteé: «Shit happens». Un chico con el que estuve liada durante el Erasmus lo retuiteó y me puso un emoji de besos.
Maca intentó que comiera algo, una tostada con aceite, un trozo de queso: «Va, por favor, come algo». Pero lo único que podía hacer con la boca era farfullar. En ese momento dejé de vocalizar bien en español. Lo que no se entiende no existe. Si me tragaba las sílabas las palabras perdían su significado, si hablaba tan rápido que devoraba oraciones compuestas, podría contar cómo me sentía sin que me juzgaran. También dejé de comer.
Después de Macarena vino Alba y me hizo salir del piso y descender las escaleras mirando al frente, evitando posar la mirada sobre la sangre seca, ya oscurecida.
Anduvimos de la mano desde Sol, donde estaba mi piso, hasta su casa en la calle Sagasta, una casa limpia, grande y segura, que estaba encima de una sucursal de un banco serio. Portero las veinticuatro horas, barrio de rentas altas. Fue Alba quien hizo lo que yo no podía, llamar a mi madre y decirle que pese a todas las termitas, yo estaba bien.
Tras la noche añil, bajé a València, a casa de mi madre. En su piso me transformé en un polluelo con las plumas pegadas y el pico cerrado.
Solo aguanté dos semanas de sobreprotección materna. Regresé a Madrid, a casa de Alba, de Maca. A casa de quien quisiera abrazarme para dormir y conociera la historia. Solo mujeres. Después me mudé a un piso en Argüelles con cámaras de seguridad y vistas al letrero luminoso del Hotel Meliá Madrid Princesa.
Todas las tardes, cuando salía del trabajo, pasaba cerca de una agencia de gestión de visados, cursos de idiomas y permisos de Work & Holiday en países anglosajones. En el escaparate de la agencia había un póster A2 con una fotografía de dos chicas y un chico —caricaturescos, henchidos de felicidad y progreso—. Detrás de ellos, la bandera de Estados Unidos ondeando. «¡Vive un intercambio cultural en USA! ¡Aprende inglés mientras trabajas! ¡Conoce a gente y disfruta de una experiencia única!». En la letra pequeña del póster figuraban las condiciones para conseguir el visado J-1. Entré en la oficina y me hicieron pasar a un despacho. Volví un par de días más y a la cuarta visita firmé muchos papeles, di fotocopias de mis documentos de identidad, me dieron fotocopias con exoneraciones de responsabilidad, contratos, fianzas, tratamiento de datos. Cita en la embajada de Estados Unidos, cita en el médico de un seguro privado, cita para pedir el expediente de penales. Cita para las citas. Tres semanas después, una llamada de un número desconocido: «¿Hablo con la señorita Lidia Caro Leal? Enhorabuena, el departamento de Citizenship and Immigration Services de United States le ha concedido el visado».
Bacon, lettuce, tomato
California es una promesa de salvación. La única persona de allí con la que había hablado antes de dejar España es mi jefe, Thomas. Treinta y cinco años, nacido en Vermont, hijo de ganaderos, bachelor en ciencias naturales, monitor de escalada y tiempo libre. Gigantesco, un hippie con gadgets muy caros y una autocaravana de 1971 llamada The Dolphin.
Antes de que me recogiera en San Diego, habíamos charlado por Skype un par de veces, la última ligando con mala pronunciación. Él en ese español colonial de dirigir a los de mantenimiento, mexicanos o dominicanos. Yo en inglés de bachillerato, desprovisto de alma.
Thomas es el director de actividades del resort en el que me han contratado de fotógrafa. Salvo sus padres, todo el mundo le llama Tom, Tomz o Tom Tom, como el navegador. Mi principal tarea en el hotel es capturar las instantáneas de felicidad estival de los trabajadores de Silicon Valley que gastan dos semanas de sus vacaciones en este complejo a lo Dirty Dancing, pero sin abortos. Fue fundado en 1963 por Pony, doctora en pedagogía por la Universidad de Standford. «Desde el verano del 63 educando a niños para que sean exitosos adultos felices» es la frase grabada en un poste con forma de oso que está en la entrada del recinto. El resort se ubica en el interior de California, entre secuoyas mitológicas, montañas de granito como las de los fondos de pantalla de los MacBooks y glaciares que congelan los alvéolos y cristalizan las retinas, de tan sublimes que son.
De fotógrafa solo tengo una asignatura de la carrera de Publicidad y lo que he memorizado de la Wikipedia sobre Ansel Adams, el fotógrafo que disparando en blanco y negro te agarraba del corazón y te lo arrojaba sobre un pico de Yosemite. En la entrevista de trabajo dije que había ejercido durante varios años de fotógrafa para eventos nocturnos y actividades familiares. Mentira azul: solía llevar una cámara réflex a las discotecas cuando los móviles no eran cámaras. Hacía fotos con barridos y las publicaba en plataformas sociales que ahora son muertos vivientes, como Fotolog. Me pagaban por mis servicios en cubatas y listas VIP.
El bocadillo favorito de Tom es el BLT (bacon, lettuce, tomato) y la frase que mejor pronuncia en español es «señora, ¿puede darme un paquete de preservativos?». Simplicidad, es un ser alcalino. Siempre sonríe, sonríe demasiado. El exceso de sonrisa es un mal endémico que se extiende por California. Sonríen al presente con sus dientes de ejército norcoreano, perfectamente alineados. Blanquísimos, como la mayoría de la población del estado. Tienen mandíbulas rotundas, como las de los caballos que aprenden a montar en la hípica de los condominios que motean la costa. Miro a Thomas y no me da tranquilidad, pero sí una vivienda digna y sexo. Estoy viviendo con él en Chickadee’s Nest (el nido del carbonero). Como director tiene derecho a una cabaña propia con cuarto de baño completo, conexión a internet, habitación con cama doble, salón, despacho, televisor y una nevera llena de cerveza. Mi cabaña compartida con otros cinco trabajadores era Owl’s Nest (el nido del búho) y haciendo honor a su nombre, solo tenía vida nocturna y muchos ratones, que agujereaban los paquetes de galletas que nos daban con el sueldo. Los roedores se cagaban dentro de nuestros sacos de dormir.
Cuando termino mi turno de trabajo le doy la vuelta al uniforme, norma de la casa para distinguir el ocio del negocio, y voy sola montaña arriba. He hecho mías unas montañas que no son Pirineos pero que les guardan parecido. No llevo nada encima. Ni agua, ni móvil, ni la sensatez de decirle a alguien que me voy a perder en el bosque. Algunas tardes subo dando zancadas grandes hasta la cima de Big Baldy, 2721 metros sobre el nivel del mar. En invierno es una zona de esquí de fondo. Ahora, en verano, es un entramado de senderos de tierra gris con alguna baliza amarilla y negra perdida entre la maleza. Me gusta especialmente un camino que traducido al español se llama «la espina dorsal del diablo». Tiene laderas escarpadas a ambos lados, con trozos de granito apelmazados y arbustos que se retuercen para huir del suelo y mangar luz a los abetos. También hay pizarra negra cortada por un pintor cubista, y pedazos de envoltorios de barritas energéticas. Me sientan como una patada esos plásticos de color fucsia y pistacho que han tirado los escaladores que suben por las vías de la cara oeste. Las vías más transitadas son Phrenology (Frenología), WTF (What The Fuck, ¿Qué hostias?) y Young Eagle (Águila joven). En el recodo de una vía paralela, tan fácil que no tenía nombre propio, follé con Thomas, asiéndome a la cuerda, sin mirar demasiado hacia el mar de pinos negros que flotaban en el abismo. Follamos sin condón, pero con el arnés puesto.
En tres semanas de trabajo he ascendido al cargo de novia del director y mis compañeras, varias Shannons, Natalies y Stellas, con edades comprendidas entre los dieciocho y los veintitrés años, verraquean al respecto. La Natalie alfa, adicta al Bikram yoga, estudiante de Marketing de Moda en una universidad privada de Boston, hija de un padre que dona mil dólares al partido republicano cada vez que su nueva esposa dona quinientos a los demócratas, me ha acorralado en la lavandería de empleados. Primero quería que le ayudara a desentrañar cómo funcionaba la secadora industrial, un rectángulo arisco de planchas de acero curvadas, tornillos y tubos que por la magia de la condensación puede secar nuestros uniformes cobalto en media hora. La secadora fue inventada en Europa y yo hablo el mismo idioma que la empleada del hogar de su casa en Los Ángeles. Debería saber cómo funciona el electrodoméstico. Natalie me ha mirado ofendida desde su metro setenta cuando le he explicado que no sé qué hacer para no se encojan los suéteres con el logo del hotel. Le he dicho que donde yo nací la ropa se seca colgándola en una horca que da a las intimidades de los edificios. No ha entendido la metáfora y me ha cortado para evocar otra imagen, la de la exnovia de Thomas yéndose en mitad de la temporada pasada porque había pillado al que iba a ser su marido enrollándose con la monitora de tiro con arco. O con la de equitación. O con la de ukelele. O con una huésped.
Natalie habla con la mandíbula inferior vaga y los labios entreabiertos, de anuncio de perfume, de Manhattan Beach a las ocho de la tarde bañada en Chardonnay. Dice muy lento lo que no me importa y muy rápido lo que debería importarme, pero me da igual.
Levanto los hombros y sonrío estirando las comisuras y achinando los ojos. Me agacho hasta entrar en su nivel, un estrato en el que todo es awesome, rad, cool, sweet, gnarly, rubio.
Madreperla
Una perla. Las perlas son capas y capas concéntricas de carbonato de calcio. Se forman cuando un organismo extraño se introduce en el cuerpo de un molusco. Este se defiende cubriendo al parásito con nácar, hasta que lo retiene en un envoltorio a veces gris sutil, a veces ópalo. Casi siempre brillante. Las perlas tardan unos diez años en formarse. A mí volverme perla me llevó algo más de treinta meses, dos años y medio. Esos fueron los años que no, que no era persona. Tenía dentro un alien de tristeza y soledad, pero lo emparedaba con viajes y adrenalina. El dolor, napado por capas de madreperla iridiscente.
Son los años que no y no los años que sí porque durante más de treinta meses yo no era persona. Estaba en sitios y hacía cosas —la búsqueda constante del sobreestímulo: coroné dos cuatromiles en California, me caí escalando y durante unos minutos que fueron eternos, fui un péndulo sobre un abismo de árboles negros y rojos—. Pero aquello tan cinematográfico era una vida provisional, de huida hacia adelante. Yo no era yo, era nada.
Esto se llama Los años que no porque es más fácil escribir un título que abordar la depresión de frente.
De vuelta en España, fui incapaz de mantener un trabajo. No sabía contestar a lo de «¿cómo te ves en cuatro años?». La bola de cristal estaba hecha añicos en el suelo. Reducida a esquirlas diminutas, de esas que se resisten a la escoba y se cuelan en los zapatos.
Tampoco era capaz de sacarme el carnet de conducir. En el año en el que viví en Estados Unidos se vendieron diecisiete millones de vehículos, y yo no pude conducir ninguno. He andado por los arcenes de siete estados distintos, compartiendo espacio con los inmigrantes sin papeles. Cuando los coches de policía pasaban a mi lado, aminoraban la velocidad y me echaban un vistazo, a ver si tenía rasgos hispanos.
En todas las citas que tuve aquellos años mentí. No era yo, era un humano con fisuras por las que supuraba la necesidad de reconocimiento, más que de afecto. Tampoco sabía que los desconocidos podían ser desconocidas, que podía enamorarme de una mujer y sentirme objeto del deseo sin ser objeto del crimen.
No fueron años, fue una amalgama indeterminada y ocre, viscosa.
Fue inexistencia y negación lo que se vino conmigo de los USA hasta València. No pasaba de la tercera tarde de zozobrar entre cervezas con chicos a los que había llegado a través de aplicaciones de citas. Pero no deseaba cuerpos y personas, sino que anhelaba que las cosas fueran diferentes para que yo fuera diferente.
Una puede mirarse al espejo y no querer reconocerse. Me llevaba las manos a la cara y tenía pómulos de granito y huesos de cal, recubiertos por una piel que no confiaba en las caricias. No sé qué les contaba a ellos, a los desconocidos, durante las citas. Supongo que, como siempre se me ha dado bien hacer de la anécdota una temporada de veinticuatro capítulos, les entretendría un rato hasta que me daban un argumento para largarse rapidito. También fueron unos años bastante patéticos.
La Nochevieja del año de la violación, en vez de las uvas tomé las doce puntas de cocaína de la suerte. No me dieron suerte. Ni siquiera llegué a la fiesta de la discoteca por la que había pagado cincuenta euros. Pedro, un amigo que estaba en una fiesta en una casa del mismo barrio, vino a por mí y fuimos a mi casa. Nos arrancamos la ropa nada más atravesar la puerta. La calefacción estaba encendida y el sol casi vertical. Era una atracción de confianza y after, en el primer día del año hay que hacer esas cosas, ser primitivo. Ser una feria.
El sexo no funcionó, no tanto por las drogas y el alcohol, que también, sino por la pena que le despertaba a Pedro.
—Hostia, lo siento, es que no puedo.
—Bueno, tranquilo, es normal. ¿Te has metido mucho? —en sus pupilas se notaba que se había esnifado las estrenas—. No es eso, si yo normalmente me empalmo aunque me meta un gramo. Es que esto es raro, lo siento.
—¿El qué es raro?
—Que nos conocemos tanto, de tanto tiempo, que te siento como si fueras mi hermana. Aunque tampoco sé cómo es tener una hermana. Y esto… lo que te ha pasado… Cuando me lo contaste me dio un ataque de rabia. Estaba trabajando en la galería, haciendo un pedido. Leí tu mensaje y lo primero que hice fue coger el cubilete de los bolis y estamparlo contra la pared. Me puse fatal, nadie en la galería sabía qué me pasaba. Mi socia me dijo que hiciera el favor de marcharme a casa. Ahora… te acaricio y de repente siento una tirantez que me hace parar.
—A ver, que no pasa nada, estoy bien. —Pedro iba a ser el primer chico con el que iba a tener sexo. De hecho, era una de las pocas personas con las que creía que podía estar sin que se me saliera una gotera por los lagrimales.
—Lo siento mucho. Es una mierda que te hayan hecho esta putada. De verdad, lo siento mucho, me sabe fatal que estés pasando por esto.
—Que no es culpa tuya, joder. Que esto pasa. No te imaginas la de veces que pasa. Pasa y no se habla de ello, porque luego hablan de ti.
Me escondí en la hondonada de su clavícula derecha. Estaba avergonzada por la construcción de la oración, tan de frase motivacional, y avergonzada por la culpabilidad que me producía no poder verbalizar el miedo a un nuevo portazo a mis espaldas.
Puerta y escaleras. Rodillas y sangre. Semen y comisaría. Nadie me aseguraba que no pudiera pasar otra vez.
Empezaba el año con un no, el «no puedo» de Pedro. Y con pocos propósitos: llegar puntual a las citas con la terapeuta y escribir cartas de motivación para conseguir trabajos donde fuera lejos de España.
El deseo que pedí, con la nariz blanca y la televisión emitiendo imágenes de la Puerta del Sol a reventar de matasuegras y confeti, fue que los meses negados desaparecieran rápido, tan rápido como los barrenderos limpiaban el 1 de enero el cotillón pisado de la plaza.
El animal más peligroso
En el Jane G. Pisano Dinosaur Hall del Museo de Historia Natural de Los Ángeles hay esqueletos y huevos fosilizados de dinosaurios, más de trescientos ejemplares en total. Unos hilos invisibles sujetan los huesos, que planean por encima de las cabezas de los grupos escolares. Hay un fósil del jurásico tardío con un cartel que pone Preprismatoolithus. Es un conjunto rocoso de siete óvulos de ocho centímetros de diámetro pegados entre sí, una masa de panecillos de hot dog pisoteados después de un partido de fútbol. Yo soy un huevo de dinosaurio con la cáscara agrietada y mi madre es la paleontóloga más hipocondríaca de su promoción. Mi madre no es paleontóloga, es psicóloga social, y es una madre con tembleque en las manos que mira a su única hija como un embrión indefenso que está dentro del campo de visión del depredador más temido de la sabana. Dicen que las madres son así y que «madre no hay más que una», pero en este pasillo repleto de tibias y costillas hay varias, de distintos formatos, que están programadas igual. Una con rasgos asiáticos que no anda ni respira, sino que levita y coge oxígeno por las branquias, se transforma en una mangosta agresiva cuando su hija corre hasta estamparse contra la vitrina que protege un plesiosaurio gigante conservado en lava sólida.
Entre las aletas y los huesos del estómago del plesiosaurio hay otro esqueleto, el de su bebé plesiosaurio no nato. La niña lo señala con la mano abierta, se pega a él con la mejilla y deja restos de grasa infantil. El guardia hace una señal de enfado desde el otro lado de la sala y se encara contra ella, que rompe a llorar. La mangosta se interpone entre ellos dos, desencaja la mandíbula y le dice algo al guardia en un antónimo de la serenidad asiática.
Los biólogos dicen que no hay animal más peligroso que una hembra protegiendo a sus crías.
Mi madre fue mangosta en una de las sedes de la Agencia Tributaria en Madrid. Me llevó a mí, su única descendiente, cogida por el pellejo de la nuca, hasta la ventanilla de información. Como víctima de violencia de género me correspondían varias ayudas y beneficios fiscales. Esa mañana el Estado tenía que firmar un montón de papeles con los que se comprometía a pagar por los gastos derivados de la atención psicológica que había recibido hasta la fecha. También por todas las benzodiazepinas que estuvieran por venir. Mamá mangosta y yo fuimos de mesa en mesa, en taciturna procesión. En cada altar del calvario burocrático me clavaban un poquito más la corona de espinas, la cruz cogía peso.
«A ver, pero qué te ha pasao; qué modelos traes; qué tasas has abonado; quién te ha mandado aquí; uy, eso no te lo puedo decir yo; espera que pregunte a mi compañero. Ah no, que está almorzando, o de baja. En verdad no sé dónde está, pero ven otro día; si razón tienes, hija, y qué desgracia lo tuyo, pero es que hoy no te sé decir».
La lengua materna de mi madre es la del funcionariado, lleva más de treinta años en el ayuntamiento, pero en Hacienda hablan otro dialecto. Ella sacaba dientes, esgrimía artículos del ordenamiento administrativo, levantaba la voz para aplastar a su rival, un administrativo cetrino con restos de yema de huevo en el bigote. Olía a tortilla frita con aceite usado. Yo me deshacía al susurrar el motivo de la demanda de la ayuda económica. Además, la presencia de mi madre me quitaba el aire, me convertía en cachorro torpe.
Empecé a suspirar. Y suspirar. Cada vez suspiraba más. La cúspide del suspiro es la hiperventilación. Con cada bocanada aumentaba el oxígeno en mi torrente sanguíneo. Plaquetas convertidas en una estampida de ñus famélicos que hacían que me temblaran las piernas. El corazón entre nubes de polvo y ansiedad. No recuerdo si me desvanecí o solo me tiré boca arriba en el suelo recién encerado. Acabé los trámites fundiéndome con el techo cosido por tubos fluorescentes. Un ordenanza me levantó y nos invitó a abandonar el edificio, pero no sabíamos salir de aquel laberinto de tributos e impuestos.
No conseguimos que Hacienda me pagara lo mío. Aunque me gané el derecho a veto de la presencia materna en cualquier cita burocrática. Visitas al juzgado, evaluaciones psicológicas, reuniones de orientación en el punto violeta del distrito.
Todo esto lo haría sola. Incluso fui sin nadie conocido al juicio final contra mi agresor.
Los malditos de Sierra Nevada
Mi producción en redes sociales narrando el gran sueño americano fue proverbial. Cuando encontraba una señal de wifi abierta, volcaba en Instagram el vacío amargo del paisaje en Sugar Land, Texas; o la risa sardónica de un mecánico de Truth or Consequences, Nuevo México; o mi imagen favorita, la de un tío de edad incierta obligado a soplar cada media hora en el alcobloc de su ranchera. El alcobloc es un aparato similar a un móvil para ancianos que bloquea el vehículo si el conductor con antecedentes por conducir bajo los efectos de la bebida da una tasa de alcohol superior a la permitida en su estado.
Las trabajadoras de la agencia de visados de Madrid me pidieron que escribiera para el blog de la empresa sobre mis vivencias en los USA. Tecleé un párrafo sobre la vida de los cazadores de caimanes que planean en lanchas rápidas a través de los humedales de Luisiana.
Los swamps son un trozo del trópico en el país que diseña los iPhone, carne de crónica. Del lago Martin brotaban tupelos, casi siempre de un rojo hiriente. En la masa de agua hay muchedumbres de cipreses con rodillas nudosas en las que se esconden tarántulas con patas como bananas y hombres vestidos de camuflaje, todos con pequeñas banderas estadounidenses bordadas a la altura del pecho, como si fueran medallas de la virgen protegiéndolos de una amenaza exterior.
Dave senior y Dave junior eran dos de esos hombres, propietarios de una agencia de tours en kayak. Me pasé una mañana remando con ellos entre leyendas del monstruo del pantano, tortugas y los intentos de Dave senior para que quedara esa noche a cenar cangrejos y ostras con su hijo. Su hijo tímido, barbilampiño y violeta como un recién nacido. Escribí para el blog sobre ellos y sobre la influencia francesa en la gastronomía y en la cultura de Nueva Orleans, una ciudad que un día tiene a madres gritando en los tejados porque el huracán ha llegado al segundo piso de su unifamiliar, y que otro es un carnaval lascivo, con danzas vudú y puestos grasientos de beignets, los buñuelos del Misisipi. Mis días eran puro reclamo para cualquier menor de veinticinco años que buscara el American dream. Como era un año de no hablar de mí más allá de una fina pátina de sentimientos neutros que flotaban en mi piel, nadie sabe que la noche previa al tour por el manglar huí, a las tres de la mañana, de la casa de Dan, mi anfitrión de Couchsurfing en Nueva Orleans. Cuatro años mayor que yo, con perfil verificado, buenas puntuaciones y caradura como John F. Kennedy. Dan intentó meterse en el saco de dormir que yo había tirado en el suelo de su salón. No accedí a follar con él y me echó de su casa. Erré por Warehouse District, entre despedidas de soltera que bebían en vasos con forma de pene y músicos de jazz que soplaban sus instrumentos en esquinas con buena acústica. Las noches son tremendamente húmedas en Nuevas Orleans.
Aprendí todo el inglés que sé en esos meses de inmigrante. Sin libros, ni más didáctica que la necesidad. Mi cabeza decodificaba el idioma, mis labios se estiraban y se encogían hasta dar forma al acento de mi estado de acogida, California. Arrancaba los sonidos guturales necesarios y los cambios vocálicos para dar con el distintivo sonsonete de Los Ángeles, dude. Podía expresar en inglés cualquier cosa menos el miedo, porque tampoco sabía pronunciarlo en mi lengua materna.
Un sábado de julio me fui de excursión con los rednecks que trabajaban en mi hotel, los que no tenían casa en Hermosa Beach ni pertenecían a una fraternidad universitaria. Tres trabajaban en mantenimiento, a uno le faltaba la mitad de la dentadura y, aun así, logró enseñarme a pronunciar el nombre de todas las herramientas no eléctricas (spirit level, hacksaw, wrench) que empleaba. Otro de los paletos llevaba mullets tan amarillentos que se confundían con el color de la cerveza Bud Light que compraba con la tarjeta del hotel. El tercero era un mexicano de veinticuatro años con alcobloc en el coche y muchas fotos de su hija de tres años en el móvil. La niña estaba al otro lado del muro fronterizo. Él desapareció a mitad de temporada. «El alcobloc, ya sabes. Una pena de chico. No va a volver, está en la cárcel». No fue el único trabajador que por ese motivo dejó de serlo.
A la excursión también vino uno de los cocineros, le llamaban Ty —dudo que fuera su nombre real—. Ty estaba hecho de circunferencias. Una esfera brillante y pulida por cráneo, dos carrillos como bolas de béisbol, una de golf en la barbilla y michelines por todas partes. Tenía un crío muy flaco, casi desnutrido. Cuando se quitaba el uniforme, Ty era un ensayo sobre la teoría queer racial. La sexta persona del grupo de proscritos era Tatjana, la única trabajadora del resort con la que trabé amistad. Una chica serbia, profesora de inglés por la Universidad de Belgrado. Era dos años mayor que yo, pero en su silabeo había más madurez.
Hicimos un pícnic en Kings River a base de alcohol sin hielo, snacks de carne seca y chocolatinas con cacahuetes y caramelo. También había marihuana de varios tipos. El 3G no llegaba al parque nacional, pero la yerba y Amazon Prime sí. Siempre puntuales. Cuando el sol bajó, lo hicieron también las conversaciones intrascendentes. Los pájaros y el río se pusieron de acuerdo para reducir el volumen y darnos intimidad. Algún abejorro despistado se cruzaba entre nosotros, una vibración amplificada, como las toses inoportunas antes de que empiece la función. La luz era otra. Un grupo de técnicos de iluminación se había escapado de un estudio de cine en Hollywood, a tres horas y media en coche, para montar la escena en la que nos encontrábamos todos los desnortados. Alguien dio la voz de acción.
—Todos tenemos una herida en la infancia. La mía es haber vivido bajo el miedo y el ruido de la guerra. Mi tío era militar, y murió, mi primo también. Mi madre fue una de las víctimas del ataque aéreo de la OTAN de 1999, yo tenía doce años entonces. Aún era la República Federal de Yugoslavia.
Tatjana era una lección sobre la guerra de los Balcanes, la daba con menos histrionismo y sensiblería que los noticiarios. Aceptó de adolescente que la mierda ocurre, por muy improbable y novelesca que parezca. Se fue a vivir con su tía, la quiso como a su madre. Estudió, aprendió idiomas, viajó, regresó a su país, que ahora se llama Serbia.
Volví a hablar con ella en enero de 2020. Vive en Pančevo y lleva el apellido de su marido. Me mandó una foto de su hijo y está feliz, aunque ha muerto su tía. «Soportó dos años de dolor y quimio para verme casada, con apartamento propio y un bebé. Cuando me vio feliz y llena de alegría, falleció».
Cuando Tatjana dejó de hablar, entraron los de mantenimiento en escena.
Su voz era una masa con náuseas secas y tonos demasiado agudos para su corpulencia. Alcohol, pequeños delitos, grandes discusiones domésticas, problemas para pagar el seguro médico. El mexicano era el más reservado, como si temiera que del agua transparente emanaran agentes de aduanas para interrogarlo. El otro, Nick, cinco años después del día del pícnic, cursó con méritos el Substance Abuse Counseling Certification de la Asociación Californiana para Educadores de Drogas y Alcohol (CAADE en inglés). Lo que se dice un hombre deshecho y hecho a sí mismo.
Le tocaba a Ty. Se incorporó de la roca plana en la que languidecía como un anfibio extenuado. Nos habló de que sus padres no le dirigían la palabra. Por marica, por pintarse los ojos y salir a bailar con nombre de mujer, con las manos extendidas para tocar cuerpos musculosos, no como el suyo, que era mórbido. Cuerpos que le llenaban de sudor y significancia. Su familia era de la AME, la Iglesia Episcopal Metodista Africana. Vivían gobernados por la fuerza centrípeta de su pequeña congregación, en la que todo se cuchicheaba. Ty se quebraba entre los valores del pastor Sherrod III y los culos que sobaba en la discoteca. Lo intentó. Se casó con una mujer que vivía en su mismo bloque de pisos en Ridgeland, amiga de sus primas y de la misma congregación. Tuvo un hijo. No funcionó. Ahora lo ve cuando su madre o un familiar lo pueden acercar al resort.
El día desaparecía y la película sobre un grupo de malditos ambientada en la Sierra Nevada de California ganaba metraje. Me sentía como una espectadora inmersa en la acción. Si alguien me hubiera tocado por la espalda en ese momento, me habría sobresaltado. Una sonámbula siendo despertada sin tacto. En mis ojos había un velo fílmico e irreal. Todo era tan bestia, el paisaje, las anécdotas, los personajes, que se escindía de la vida y era inverosímil. Ante mí, una superproducción candidata a los Óscar en varias categorías.
—Es tu turno, darling, ¿con qué nos vas a sorprender? —Ty me lo preguntó con su histrionismo de cabaret, dándome golpecitos en la rodilla con el anverso de una de sus manos gordinflonas.
Fui incapaz de contestar. La cáscara del huevo se había fosilizado, hacía falta una tuneladora para romper mi hermetismo, y los operarios de la constructora estaban en huelga. Bajé la cabeza y balbuceé que había tenido una adolescencia complicada por el divorcio de mis padres. Lo conté sin usar bien los tiempos verbales. Solo infinitivos y adjetivos sencillos, de dos o tres sílabas. Dejé mi historia y mi vaso a la mitad y me metí en el río, que también había atardecido y estaba tan frío que quemaba. Me hundí en la poza más profunda y aguanté sumergida unos segundos, esperando que la corriente se llevara la acidez de la anécdota falsa. Salí del agua aturdida. Tatjana me puso mi toalla por los hombros y me dijo que estaba loca, que ni ella que aguantaba bien el frío se podía bañar a esa hora. Cuando me sequé, recogimos y nos subimos a los coches. Durante el trayecto no hablé. Tenía la sensación de haberme olvidado algo entre las piedras que habíamos manchado de Mars y Twix. Sí, me había dejado el valor y me había llevado más astillas, que se me clavaban entre los capilares de todo el cuerpo.
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