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Colección Investigaciones
Comer, beber y hablar. Triangulación oral en la cultura limeña
Primera edición impresa: junio, 2019
Primera edición digital: abril, 2020
© Universidad de Lima
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Diseño y edición: Fondo Editorial de la Universidad de Lima
Imagen de portada: Julio Hevia. Pamelita, 2014. Dibujo y collage sobre cartulina, 65 x 50 cm.
Esta publicación es resultado de una investigación auspiciada por el Instituto de Investigación Científica de la Universidad de Lima.
Versión e-book 2020
Digitalizado y distribuido por Saxo.com Perú S. A. C.
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Avenida Dos de Mayo 534, Of. 404, Miraflores
Lima - Perú
Se prohíbe la reproducción total o parcial de este libro, por cualquier medio, sin permiso expreso del Fondo Editorial.
ISBN 978-9972-45-517-9
Índice
Introducción
Primera parte Articulación de las prácticas orales en la cultura (oral hablado, oral comunicado y oral tecnologizado)
Capítulo 1
1. De la cultura a las culturas: la sucesión de los dilemas
2. Visitando al visitante
3. Delirio unitario, presión binarizante y réplica mestiza
Capítulo 2
1. El intelectual, sus intelecciones y los colectivos
2. Tiempos de la cultura, tiempos de la naturaleza
3. Antecedencia de la oralidad
4. Contra el par público/privado
5. Sumas y restas chismográficas
6. El reality: del caos vecinal a la arena del concurso
7. De la entrevista de culto a la banalización de la conversa
8. El stand-up comedy: de un teatro al otro
9. Hilaridad y popularidad
10. Privatizar la opinión pública
11. Lo oral mediatizado: de la calle a la pantalla y viceversa
Capítulo 3
1. Oralidad y virtualidad
2. Capturados por las redes: la digitalización del habla
3. Traducciones, restricciones y liberaciones: la oralidad negociada
4. Los flujos de la conversación novelada
5. Apuntes sobre la crónica contemporánea peruana
6. Temáticas y formatos en pugna: la santificación del informe
7. El ensayo como oficio de centauros
8. Las prácticas en busca de sus teorías: comer, beber y describir
Segunda parte Cuando las técnicas de investigación hablan: hallazgos sobre la triangulación oral
Capítulo 1
1. Breve reflexión sobre el trabajo de campo: lo cualitativo es otra modalidad de lo cuantitativo
2. La participación observante: mirar cómo y en qué momento se habla cuando el comer y el beber se ritualizan
2.1 Reencuentro de promoción
2.1.1 Primera fase: saludos y presentaciones. Estamos arriba, en el tercer piso
2.1.2 Segunda fase: los alimentos terrestres. La conversa es abajo
2.1.3 Tercera fase: la sociedad líquida y sus inmersiones
2.2 Una comida de gala
2.2.1 Primera fase: el pivoteo dialógico
2.2.2 El bufé y las mesas: la recuperación de las risas
2.3 Pugnas en un set televisivo
2.3.1 Entrada al set e inicio de las acciones
2.4 Una celebración familiar
2.4.1 Antes del bufé: afinando los acuerdos y fortaleciendo los mitos
2.4.2 Durante y después del bufé: el menú y las identidades
2.5 Una cata de lujo
2.6 Cena profondos
3. La entrevista semiestructurada: escuchar qué y cómo se habla de la comida y la bebida
3.1 Entrevista a Pedro Córdova, miembro de Apega
3.2 Entrevista a César Quiroz, mesero del Canta Rana
3.3 Entrevista a Toshi Matsufuji, cocinero, administrador y dueño de Al Toque Pez
3.4 Entrevista a Aarón Díaz, bartender internacional
3.5 Conversación con Luis Caravedo, pediatra, y Óscar Vidarte, cirujano
3.6 Entrevista a Ignacio Medina, crítico gastronómico
3.7 Entrevista a Gerardo Valentino, administrador de El Muelle
3.8 Entrevista a Eloy Jáuregui, cronista y poeta
4. Los grupos focales: observar cómo se cruzan las hablas cuando los referentes son la comida y la bebida
4.1 Seis sesiones de grupos focales (2015), organizadas en torno a clases sociales, géneros y edades
4.1.1 Grupo focal 1. Mujeres, 40 a 60 años, baja/muy baja
4.1.2 Grupo focal 2. Mujeres, 40 a 60 años, alta
4.1.3 Grupo focal 3. Hombres, 30 a 40 años, alta
4.1.4 Grupo focal 4. Hombres, 40 a 60 años, alta
4.1.5 Grupo focal 5. Mujeres, 25 a 35 años, alta
4.1.6 Grupo focal 6. Hombres, 35 a 50 años, baja
4.2 Una reflexión sobre los hallazgos en los seis primeros grupos focales: ¿cambio de roles o crisis de las estructuras en la familia contemporánea?
4.2.1 Resumen, ejes temáticos y principales hallazgos
4.2.2 Teorías críticas y crisis de las teorías
4.2.3 De la familia genérica a los géneros en la familia
4.2.4 Mercados sexuales y mercados matrimoniales
4.2.5 Insularidad y empoderamiento doméstico
4.2.6 Viejos y nuevos protagonismos
4.2.7 Roles, creencias y resistencias
4.2.8 Acortamiento infantil y expansividad adolescente
4.2.9 Crisis de los rituales o rituales de la crisis
4.2.10 Comentarios finales
4.3 Nueve sesiones de grupos focales (2016), nuevos criterios y reordenamientos de los ejes temáticos
4.3.1 Grupo focal 1. Universitarios (hombres y mujeres), 20 a 25 años, nivel A/B
4.3.2 Grupo focal 2. Taxistas, 30 a 45 años
4.3.3 Grupo focal 3. Futbolistas, 18 a 22 años, sector medio/bajo
4.3.4 Grupo focal 4. Estudiantes, nivel C/D
4.3.5 Grupo focal 5. Bármanes
4.3.6 Grupo focal 6. Cocineras
4.3.7 Grupo focal 7. Mozos
4.3.8 Grupo focal 8. Cocineros
4.3.9 Grupo focal 9. Modelos y anfitriones
Capítulo 2
1. Concluir sin ser tan concluyente
2. Desestimación y ubicuidad de la oralidad
3. Participación observante
3.1 Hablar mientras se bebe, hablar mientras se come
3.2 Hablar y beber para comer y seguir hablando
3.3 Hablar sobre el habla
3.4 Hablar y comer mientras se habla de lo mismo
3.5 El blablablá y el ruido
3.6 Hablar de lo que se come, aunque el comer hable por sí mismo
3.7 El habla en escena y el racismo en cuestión
4. Las entrevistas
5. Los grupos focales
5.1 Hablar sobre la domesticidad
5.2 Hablar sobre el comer
5.3 Hablar sobre el beber
5.4 La cultura peruana en juego: escriben y hablan los visitantes
Tercera parte Conjeturas y transversalidades
1. Oralidades
2. Sociología, antropología, comunicaciones
3. Machismo, feminismo, disparidades
4. Juventud, tecnología, desritualización
5. El boom gastronómico y su fuerza identitaria
6. Cómo nos miran los de afuera, cómo nos miramos para los de afuera
Referencias
Anexos
Anexo 1. Taller sobre brechas interculturales (2016)
Anexo 2. Cuatro por cuatro: entre Ferrando y Yuyachkani
Anexo 3. Ataque y defensa del estereotipo
Introducción
Como bien refleja su título Comer, beber y hablar. Triangulación oral en la cultura limeña, este libro se instala en un cruce de caminos, los del habla, la comida y la bebida propiamente dichas, tal cual operan cotidianamente en distintos sectores y para las más variadas realidades. Valga recordar que en el Perú la investigación académica no ha abundado en trabajos donde se destaque la articulación de las prácticas orales acá referidas. Tal vacío es el que forma parte de los comentarios con que abrimos el presente texto; vemos incluso que, en la diversa gama de nociones que sobre la cultura se ha manejado entre nuestros científicos sociales, la dimensión oral no ha recibido un valor protagónico. Como bien se sabe, para tales ópticas, la noción de cultura fue vinculada a temas de conocido peso estructural como el de la identidad nacional, la problemática indígena, la miseria económica o el déficit educativo. Por ejemplo, las indagaciones antropológicas se adhirieron fuertemente al estudio de festividades y ceremoniales folclóricos, exploraciones que contribuyeron, la mayoría de veces y de modo patente, a distanciar lo que había de remoto en ellas respecto al orbe capitalino moderno. Sea como fuere, hemos creído conveniente —en los primeros tramos del documento— insistir en lo oral hablado, en lo oral comunicado e incluso en lo oral tecnologizado; asimismo, no hemos perdido de vista una problemática de especial valor en el país como es la del traslado de la dimensión de la oralidad al plano de la escritura o el de su recreación ficcional en el terreno de la novela, el cuento, la crónica y el ensayo: de allí una revisión, no necesariamente exhaustiva, de esos formatos.
En una segunda instancia, pasamos a informar al lector sobre los hallazgos recogidos mediante las distintas técnicas de investigación que fuimos implementando: observaciones de campo, entrevistas semiestructuradas y grupos focales, cada una de las cuales cumplió un rol específico y ocupó un plano autónomo. Por ejemplo, tenemos el registro de los distintos ceremoniales a los que acudimos y donde los participantes pudieron desplegarse del modo más natural, justamente por no saberse materia de estudio (observación de campo); los diálogos con personajes que, por su propia habilidad, experiencia o figuración en el terreno de lo culinario o en el divertimento nocturno, tienen una concepción rica en matices respecto a las prácticas en cuestión (entrevistas) e inducción de discusiones temáticas con sectores adecuadamente estratificados o convocados bajo otros criterios clasificatorios (grupos focales). Preciso es señalar que tópicos como la problemática de los géneros y de las generaciones tal cual se experimenta en casa, el imprevisible impacto de la tecnología en la socialidad contemporánea, las agendas horarias de los miembros del colectivo familiar como sus fuerzas disgregadoras, la promoción de todo tipo de consumos fuera del hogar e incluso el boom gastronómico como es experimentado por los que están cerca de su radio y por quienes se encuentran en sus márgenes, fueron también abordados en las sesiones de grupo.
¿Qué quiere decir triangulación oral?
La iniciativa de proponer una figura como la de la triangulación oral y sugerir de tal forma un eje vinculante entre prácticas culturales básicas como las del comer, el beber y el hablar supone, lo admitimos, una serie de riesgos en la comprensión del sentido que se le quiere otorgar. Por ejemplo, si mantenemos como constante la trinidad de factores formulada, igual hubiéramos podido optar por una serie de tres elementos que, cual vagones alineados y encadenados, se ordenarían bajo una secuencia invariable; quizá remitirnos a una especie de trípode, en cuanto soporte de un cuarto elemento representado por la cultura que los alberga y otorga sentido; de repente imaginar un trinche tácita y prioritariamente vinculado al comer, como actividad oral por excelencia; en fin, si se quiere, dar cuenta de un trío vocal cuyas intervenciones se fueran alternando en función de cada interpretación por ejecutar. Aunque todas esas figuras puedan ser útiles para nuestros propósitos, en tanto consiguen graficar algunos de los rasgos recogidos durante la investigación, queremos insistir del modo más preciso posible en la lectura que debe otorgársele a la aludida triangulación en el caso del proyecto que presentamos.
Así, Cabrera Infante (1987) señala que en algunas cintas de Hitchcock se articula, de ambos lados de la pantalla, un posible triángulo entre el perseguido, el perseguidor y el mismo espectador (p. 44). El narrador cubano agrega que, en medio de tal configuración, la cámara operaría, no es un detalle menor, cual si fuera una hipotenusa. Nos gusta la posibilidad de jugar con la hipótesis de que, a lo largo de las distintas etapas de la investigación, hayamos operado cual camarógrafo, oscilando a veces en el enfoque del ángulo que queremos privilegiar (el de la comida, de la bebida o del habla) o deteniéndonos, en otras ocasiones, ante la variedad de matices de cada cuadro resaltado. Contamos también con que las técnicas de investigación implementadas (grupos focales, entrevistas semiestructuradas, observaciones participantes o participaciones observantes e incluso los recortes hechos sobre las fuentes textuales consultadas y los conceptos puestos en relieve) hayan dado cuenta, en cada situación descrita, de la complementariedad alcanzada entre las tres prácticas referidas, vale decir, los actos de comer, beber y hablar. Igualmente, proponemos que el protagonismo alcanzado por alguna de aquellas prácticas opera, con no poca frecuencia, en desmedro de las dos restantes, de tal manera que da pie a singulares relevos y a distintas saliencias entre el habla y la comida, entre el habla y la bebida o entre la comida y la bebida, según el acontecimiento así lo exija.
Respecto a la susodicha triangulación, sugerimos al lector que, al menos por unos instantes, suspenda el carácter abismal o la mutua exclusión en la que el entendimiento académico instala a los sentidos metafóricos respecto a aquellos que, pretendidamente, ocuparían el plano de lo exclusivamente literal; que suspenda, pues, esa suerte de brecha trazada entre el significado canónico y unos sentidos figurados o desplazados de su acepción formal, quizá acogiéndose a lo que Derrida (1997) propusiera en su lectura sobre la diseminación. Lo cierto es que, en un sentido genérico, la lengua coloquial no establece distinciones muy claras entre lo metafórico y lo literal o, para utilizar una dupla categorial en desuso, entre denotación y connotación. Quizá es en el terreno académico, allí donde priman distinciones conceptuales más o menos refinadas, donde más claramente notamos el escaso interés concedido, aquí y allá, a las manifestaciones diarias de lo oral, en la medida que esta última dimensión suele reconocerse como demasiado adherida a una pretendida “naturaleza”, al mundo fenoménico de lo corporal o al de las sensaciones; se concluye, por ello, que carece de la dignidad y los atributos que justificarían, en último término, un estudio pormenorizado de sus variantes.
El lector podría advertir, con Lacan, que al estimular una suerte de intuición perceptiva correremos el riesgo de opacar, en paralelo, el entendimiento de la estructura misma del fenómeno (Lacan, Miller, Leclaire, Milner y Duroux, 1973, p. 45). Notemos, sin embargo, cuánto tal cosmovisión y el sesgo intelectualista que le es inherente pueden ser contrariados por los logros de la infografía, el marketing audiovisual y la publicidad todoterreno, por no hablar de los muy actualizados memes y emoticones a los que las redes electrónicas dan paso. Habría que añadir que la teoría gestáltica de la percepción partió de una base concebida en clave fisiológica, para transitar luego a un reconocimiento más fino del peso de las marcas culturales en su consabido impacto sobre los registros visuales y auditivos efectuados por el organismo. Gradualmente, entonces, nos vemos incluidos en una lectura gráfica generalizada, lo que ratifica la idea de un pensamiento visual, tal cual fuera propuesta por Arnheim (1986).
Si se trata de trascender la bidimensionalidad de la figura para mejor recrear los planos de fondo y acompañar el espectáculo de la posible movilidad de los elementos en juego, sugerimos que nuestra triangulación oral pueda también pensarse en planos sesgados, inclinados u oblicuos. Triángulos que no debieran ser necesariamente equiláteros o que, a la manera de los icebergs, solo muestren en la superficie uno de sus lados o de sus puntas. Triángulos que, en fin, por estar unos más inclinados que otros hacia la comida, la bebida o el habla, configuren un espectro de tensiones o de coreografías, de pugnas o de acuerdos que recuestan el análisis y la reflexión sobre las singularidades rescatadas en cada caso, en vez de someterlas a un patrón explicativo único. Así ocurre, por ejemplo, ya lo hemos dicho, cuando se establecen circuitos que privilegian el habla y la comida en desmedro de la bebida, rescatándose pares que desarman momentáneamente el triángulo o que, visto desde otro ángulo, tanto lo contraen como lo elastifican. Para expresarlo en una frase que pasa por ser lugar común en la narrativa literaria, no queremos mostrar uno, sino muchos triángulos (Deleuze y Guattari, 2008, pp. 19-27); es, pues, esa variedad la que, en último término, venimos a presentar.
Finalmente, nuestra búsqueda no apunta tanto a la explicación del fenómeno de la oralidad en la cultura limeña, sino, más propiamente, a su necesaria comprensión. En el tránsito de una escena a otra, de un evento a otro, de un encuentro a otro, pretendemos alcanzar la comprensión de ese vasto terreno que la oralidad entreteje vía el beber, el comer y el hablar. Téngase en cuenta que el habla, la comida y la bebida tanto pueden constituir, en su imbarajable suceder, secuencias lineales e ininterrumpidas, como materializar configuraciones simultáneas en el tiempo y convergentes en determinado espacio. Invitamos al lector a que nos acompañe en esas inversiones y reversiones jerárquicas que los rituales de la cotidianidad ponen en juego y a los que el comer, el beber y el hablar prestan sus servicios, dependiendo ya sea de los momentos en los que su protagonismo es suscrito, o del modo como se reordenan, de continuo, sus pasos, sus saliencias y ocultamientos. He allí, entre otras posibilidades:
– La insularidad de la preparación de los alimentos en la cocina hogareña versus el carácter colectivo de las llamadas parrilladas, por lo general, situadas en el patio o en el jardín de la casa.
– Las distintas maneras de catar los potajes, según los evaluadores se encuentren en su propio hogar o en los distintos restaurantes a donde suelen acudir.
– Los entrecruzamientos entre el consumo alcohólico y el cortejo amoroso. Baste recordar un inventario coloquial que incluye desde los muy vagos “molestar” y “rondar” hasta los más explícitos “hacer la corte” y “hacer el punto”, por no referirnos al más vigente “gileo”.
– El adelgazamiento o minimización del habla, cuando no su conversión y canje al plano de las puras risotadas, tal cual ocurre en las juergas masivas a las que un beber indiscriminado da paso.
– El variopinto carácter de los encuentros y los festejos, según los distintos orígenes sociales, los patrones regionales o las pertenencias generacionales.
– La filosofía inherente al beber prototípico en nuestra cultura, que siempre traza una radical exclusión del acto de comer o procrastinándolo hasta donde sea posible.
– La reivindicación del comer durante la resaca, allí donde el ceviche o el caldo de gallina elevan sus respectivas credenciales, cuando no la práctica de “cortarla”, suerte de reenganche con una nueva ingesta alcohólica matinal.
Queda claro, entonces, que el espíritu del presente proyecto es eminentemente exploratorio, ergo, que no aspira a detectar constantes de amplio rango estadístico ni pretende deducir generalizaciones de tipo estructural. Todo lo contrario: se trata de un trabajo que, a partir de la búsqueda que posibilitan las técnicas cualitativas aplicadas y el respaldo que otorgan distintas fuentes bibliográficas, intenta adentrarse en un terreno que, tal cual fue anunciado en los informes preliminares, no es que haya sido precisamente privilegiado por las ciencias humanas en este país. Más aún, incluso reconociendo que en las últimas décadas se haya manifestado un cierto repunte de los estudios sobre la cotidianidad, tal gesto no resulta todavía demasiado significativo.
Hasta nuevo aviso, y según pudimos revisar, la indagación sobre lo cultural en el Perú apunta a cuestiones “de fondo”, tales como la identidad nacional e incluso a sus efectos más adversos, esos que nos remiten a las grandes brechas históricas siempre destacadas entre región y región, y no poco reflejadas en la disparidad de sus alcances y posibilidades. Bajo ese marco, la condición del indígena y la del criollo, y aun su polarización van a ocupar un lugar privilegiado en el análisis. Vale la pena preguntarse hasta qué punto los acercamientos al mundo del migrante en la capital o el reciente interés en la dimensión de la informalidad han abierto nuevos accesos a esa suerte de realidad paralela, nunca del todo integrada o quizá sometida a diversas modalidades de segregación, a la vez que revelan las fuertes resistencias frente a un espacio donde la cultura se embraga y apoya en manifestaciones que son conformadoras de la dinámica cotidiana en la que la oralidad se aloja. Quizá el inadvertido alcance de las prácticas orales, su densa imbricación con toda suerte de rutinas y hábitos de larga data, la imposibilidad de tomar la requerida distancia teórica respecto a ellas, en fin, los variados regímenes orales que coexisten de las más insospechadas e imperceptibles maneras y se bifurcan en los escenarios descritos en el presente trabajo, otorguen algunas pistas para entender su generalizada omisión y permitan, en el futuro, abordarlas con más frecuencia y naturalidad.
Primera parte
Capítulo 1
1. De la cultura a las culturas: la sucesión de los dilemas
Los tiras y aflojes de la identidad nacional, que tiene como polos al indigenismo y al criollismo, así como lo discontinuo de su prioridad en las agendas de las ciencias sociales, constituyen el gran marco conceptual del que he partido. A propósito de ello, véase el lugar preferencial que ocupa, en el terreno de las llamadas teorías poscoloniales, el cuestionamiento de las señas identitarias nacionales, por lo general, concebidas a partir de unos mestizajes históricos de los que nadie salió indemne, o en función de ciertos estilos y hábitos migratorios actuales que parecen resultar su más contemporáneo eslabón y principal problema. En el caso del Perú, todo indica que el tema del mestizaje y el de las proyecciones unificatorias que sucesivamente se han esgrimido para su materialización son un tópico sin solución de continuidad (Mendívil, 2011, pp. 144-145). El mestizaje y la migración son dos indicadores que, tomados una y otra vez, convergen en el archiconocido lamento o en el airado reclamo de las plumas peruanas respecto a una pretendida identidad, y ello desde la declaración de la independencia y el nacimiento de la República. He allí las tramas que nos recorren y los traumas que nos persiguen. Desde esa lógica, constatar que hemos tenido severos problemas en la construcción de una identidad o que ella se nos habría extraviado en algún momento de la historia han sido sendos lugares comunes a los que apelaron los estudiosos de tal fenómeno.
En el título de nuestro trabajo: Comer, beber y hablar. Triangulación oral en la cultura limeña, salta a la vista que del conjunto de referencias articuladas en tal nominación es necesario hacer un obligado desmontaje de algunas de ellas. Nos referimos, en primera instancia, al concepto de cultura y, de inmediato, al tópico de la oralidad, dado lo discutible de la existencia de un consenso en torno al entendimiento de ambas categorías e incluso al binomio que supone la idea de una cultura oral. Entendemos que la noción de cultura, en el sentido genérico que se le atribuye, y el eje de la oralidad propiamente dicha se ven inextricablemente conectados, vía la descripción y comprensión de ciertas prácticas cotidianas, entre las que el comer, el beber y el hablar ocupan un lugar privilegiado. En cuanto a las corrientes teóricas que durante el grueso del siglo XX predominaron en las ciencias sociales en el Perú, Pazos (2012) traza un panorama en el que destacan tres entradas antropológicas a las que nuestros especialistas aún rinden tributo. He allí el funcional-culturalismo anglosajón, la etnografía estructuralista de inspiración francesa y, atravesando tal círculo, un marxismo más o menos heterodoxo del que las formaciones económicas, la pugna de las clases sociales o la más reciente alusión al poder dominante son las más claras alusiones.
Resultaría ocioso insistir en el modo como las propuestas que se fueron sucediendo durante el siglo XX le dieron mayor o menor relevancia al tantas veces enaltecido y vilipendiado indigenismo, cuando no a nuestra, siempre ambigua, inscripción en la esfera de la modernidad (tema este último que, por motivos obvios, cuenta con mayor vigencia hasta el día de hoy). Menos vamos a abundar en el hecho de que las preferencias teóricas esgrimidas y contrapuestas por unos y otros especialistas grafican no tanto la individualidad estricta de cada autor, sino su condición de intérprete de una época, cual si fueran el soporte vivo de alguna postura científica más o menos legitimada o de la pertenencia —ideológica se diría— al sector sociocultural del que proviene el investigador. Para decirlo con Lagache, se trataría de un obligado “germen de despersonalización” del que autor alguno conseguiría librarse (citado en Merleau-Ponty, 2015, p. 36).
Así, la revisión somera de la obra de algunos de nuestros pensadores más destacados y el inevitable registro de la tensión experimentada entre ellos puede ser tanto el indicador de una vitalidad y un interés inclaudicables en otorgar cierto orden al panorama de nuestra cultura e identidad, o bien el mejor pretexto para ratificar la idea de que en el Perú más han pesado las derrotas y heridas históricas que los logros concretos de una integración nacional de la que nunca se dejó de hablar: es lo que asevera la antropóloga Marisol de la Cadena (citada en Gonzales, 2010, pp. 434). Es interesante, en todo caso, dar cuenta de que dos voces tan claramente diferenciadas como las de Jorge Basadre y Manuel González Prada hayan partido de su experiencia como testigos del conflicto armado con Chile y del examen, esperanzador o implacable, de las reacciones que los distintos colectivos peruanos apuraron ante la ocupación perpetrada en nuestro territorio (Thurner, 2012, pp. 275-294).
No olvidemos que González Prada fue, para muchos, un auténtico desclasado, un blanco renegado, un burgués disconforme con la poca estatura del sector social al que, por propio derecho y origen, pertenecía. Lo cierto es que, del desorden bélico referido, él extrajo la idea de que la masa indígena mal podía haberse articulado integralmente al fragor de la defensa nacional, siendo como era su pertenencia al país nula o casi imperceptible (Gonzales, 2010, pp. 437-441). Basadre tuvo otra posición ante la problemática de lo indígena y, al presentarse como menos sectario y radical, levantó un ambicioso proyecto sobre la vinculación entre pasado y futuro de la nación. Tal perspectiva se anclaba, de distintas maneras, en la enfática revaloración del aquí y ahora, destacando incluso lo que había de saludable en los cambios experimentados en el Perú, cual efectos que, tarde o temprano, debían consolidarse en una causa común.
Interesa insistir en los distintos recursos, políticos a veces, metodológicos en otros casos, cuando no biográficos y sociales, con que los autores peruanos se han combatido mutuamente en el juego de las alternativas extendidas, con respecto a temas como el de nuestra realidad y nuestra cultura, o el de un progreso anhelado y los estancamientos una y otra vez remarcados. Como si nunca hubiera quedado claro si de lo que se trataba era de apuntar a un objetivo común o de encontrar razones y pretextos para diferir entre compatriotas. Y es que las propuestas de estos y aquellos fueron calificadas por sus oponentes de sectarias o desinformadas, de utópicas o mitológicas, de irreales o reformistas; se adujo que estaban demasiado marcadas por rencores personales o que, en su defecto, carecían de las precisiones conceptuales exigidas en un estudio serio. Bueno es recordar, a propósito de tal problemática, lo que planteaba Lévi-Strauss (2010): “Que una información contradiga otra plantea un problema, pero no lo resuelve” (p. 16); vale decir que una dosis no menor de tolerancia y flexibilidad siempre suma cuando de una labor común se trata, ya que “[…] en disciplinas como la nuestra el saber científico avanza a paso inseguro, bajo el látigo de la contención y la duda” (p. 16).
Típico o inquietante, obligado o revelador, igual habrá que destacar la variopinta gama de posiciones de los especialistas cuando se trata de opinar sobre el carácter y el destino de la cultura peruana, allí donde estuviera en juego, digámoslo así, el Perú “como problema y posibilidad”, si se nos permite la paráfrasis a Basadre. Si efectuamos un recorte a uno de los escenarios fundamentales de tal discrepancia, nos encontramos con que las diferencias entre especialistas peruanos se tradujeron en reclamos entre dos tendencias investigativas de la tradición antropológica; opera así una suerte de simetría invertida, un fenómeno especular que hubiera inquietado al mismísimo Lacan (1980, pp. 11-18).
Así pues, aquellos que optaron por reivindicar la exploración etnográfica, abocándose a un trabajo de campo lo más acucioso posible e hicieron del descenso a lo más concreto de las prácticas comunitarias su mejor causa, carecían, según la parte contraria, del indispensable marco teórico o el encuadre categorial que permitiese trascender la mera descripción de lo factual para mejor acceder a una prospectiva de auténtico relieve. Como es de imaginar, la crítica recibida por tales pesquisadores —si se quiere más empíricos, instrumentales y singularistas— se constituyó en el mejor pretexto para activar el correspondiente feedback que, apuntando al bando opuesto, puso en tela de juicio el enrarecimiento especulativo y la excesiva confianza proyectada por quienes, ufanándose del respaldo otorgado por una teoría más consistente, se habrían privado de búsquedas puntuales que validaran los postulados en juego. Tales polaridades, qué duda cabe, suelen renovarse con carácter irreductible y trasladarse a distintos terrenos exploratorios. Veamos, a propósito de tal sesgo doctrinario, el comentario de la etnógrafa Mari Luz Esteban (2011) sobre las dos maneras típicas de presentar y tratar la data recogida en el campo:
Un eje crucial de análisis para entender la buena literatura de ficción de las últimas décadas es la tensión entre mostrar y explicar. Algo que probablemente podría ser aplicado también a la antropología. ¿Mostrar y relatar, o explicar y teorizar el amor? Si ponemos el énfasis en la explicación, en la teoría, corremos el riesgo de ahogar el aliento, el flujo vital que el amor engendra. Si solo lo mostramos, ¿cómo estar seguras de que quedan claras las injusticias cometidas en su nombre? (p. 29)
¿Acaso no habría que establecer una obligada distinción entre el mostrar, entendido como el grado cero del relato, y el relatar propiamente dicho, como elaboración formal de la mostración? ¿No será que hay, en toda explicación, un pretendido y no poco sospechoso efecto de clasura, mientras que, en la orilla opuesta, la sola y pura descripción abandona la exigencia de esgrimir una postura y proponer alternativas?
Volvamos al dilema anterior, a la mutua e irreconciliable exclusión con que hubo de actualizarse la pugna doctrinaria entre científicos sociales, y busquemos expresarlo más mecánicamente: se yerguen, de un lado, datos que suelen engrosar un inventario del que se extrae poco o ningún provecho y, de otro lado, son levantadas las grandes categorizaciones que, a fuerza de haber sido pensadas en otras latitudes, no es que precisamente brillen por su utilidad para descomponer nuestros sempiternos dilemas o esbozar respuestas para ellos. Acaso entre el acotamiento positivista milimétricamente recogido y las conjeturas que se autovalidan en su pura y dura consistencia teorética no se esconda y manifieste, cual síntoma bipolar, aquel colonialismo que nos juzga y prejuzga o, lo que es peor, desde el cual juzgamos o prejuzgamos al país, como si en él solo atisbáramos, en sus idas y retornos, en sus distintas involuciones y evoluciones, un pozo sin fondo.
No debería olvidarse lo que, en su momento, sentenció Lumbreras al destacar el hecho de que uno de los peores efectos de la usurpación colonial era el que los propios miembros sojuzgados tendieran a despreciar lo que, por derecho, les correspondía atesorar (Pazos, 2012, p. 169) y que por deber —agregamos nosotros— se esperaba que asumieran a plenitud. Fue Bonilla quien concluyó, décadas atrás, que se avecinaba en el Perú la gestación de una cultura que él calificaba de “horrible” (Pazos, 2012, p. 148), mientras que el periodista Montalbetti declaró, más recientemente, percibir una suerte de degradación generalizada en el país y una tendencia, perniciosa según él, a la risa, a la chacota y a la ironía, por no hablar de su insistencia en parodiar el hecho de que en este país nos encontramos en la mesa y nos comunicamos vía los potajes compartidos (Pásara, 2016, pp. 296-298). Quizá el estar tan habituados a esa dimensión bifronte en la que se decantan unas posiciones mutuamente excluyentes entre los científicos sociales peruanos sea el principal obstáculo para entrever y tomar en cuenta otros rumbos, atisbar otras zonas, prácticas no suficientemente atendidas, con frecuencia difusas y distintamente articuladas, donde la propia presencia y proximidad del llamado “otro” tal vez permita desechar militancias unidireccionales y esa suerte de fascismo de lo correcto en el que habitan todos los dueños de la verdad.
Luminosas resultan las reflexiones sobre la censura del nobel sudafricano John M. Coetzee (2007, pp. 15-52); nos preguntamos si acaso su revisión pudiera atenuar en algo los ánimos de quienes se afanan en depredar lo que hay de vivo en nuestra cultura diaria, dimensión a la que se le suele abismar de todo proyecto nacional o de la estéril y tristemente célebre búsqueda de una identidad orgánica en el país. Fernández (2007), trabajando sobre la noción de dispositivo en la obra de Foucault, insiste, por ejemplo, en la necesidad de “[…] por un lado, distinguir y puntuar insistencias, por el otro, indagar en las prácticas, y atravesando ambas, crear condiciones de posibilidad para alojar lo inesperado” (p. 105); luego, quizá más sintonizada con la mirada de Deleuze:
[…] detectar líneas de fuga que escapan o intentan escapar a lo instituido, los malestares que tal vez no tengan potencia o posibilidad de enunciación, las prácticas informales y/o en las márgenes, las “rarezas” que aparentemente puedan resultar no comprensibles… (Fernández, 2007, p. 111)
Para ser justos y pensando las cosas desde el sitial que levantó Matos Mar, no solo se trata de apuntar al desborde popular cual protagonista exclusivo de las mutaciones sociales últimamente acaecidas en la capital, sino también, y en gran medida, a la crisis del Estado que opera, por así decirlo, como una estructura ausente; no solo a la irrupción insospechada y demográficamente creciente del contingente andino en Lima, sino, además, a los escasos reflejos de lo que el autor calificaba como una “metrópoli criolla”. Por ello, Matos Mar (2004) impugnaba la necesidad de resaltar, en medio de aquel resquebrajamiento institucional que tanto impacto tuvo sobre la economía y cultura peruanas:
[…] una masiva respuesta del sector popular a la presión e insuficiencia del medio. Desborde de masas, informalidad y andinización son todos parte de la misma respuesta. En ellos se deja notar la continuidad de un proceso que nace como migración, toma su forma en las invasiones de terrenos y predios, encuentra sus modos en las tradiciones de adaptabilidad ecológica y ayuda mutua andina y termina irrumpiendo a través de la costra formal de la sociedad tradicional criolla. (pp. 88-89)
En todos los rasgos que asume el nuevo rostro de Lima, continúa el autor, observamos “la huella del estilo migrante” (p. 89). Abundando precisamente sobre tal tópico, concluye uno de sus capítulos sentenciando:
El nuevo estilo aparece en un contexto de crisis. Sus manifestaciones se tiñen de la agresividad que impone al esfuerzo por sobrevivir en un medio hostil. La reivindicación, la fragmentación y el desorden le imprimen un fuerte matiz de emergencia y apremio.
Tampoco es casual que, renglones más adelante, suscriba: “[…] la organización partidaria no alcanza a entender el fenómeno y el sindicalismo tradicional no llega a absorberlo. Su nacimiento está preñado de escándalo y suscita el temor en los representantes del mundo oficial” (Matos Mar, 2004, p. 95). Además de certificar la existencia de una cultura de la miseria, es preciso dar cuenta, como sostuvo Quijano, de una miseria de la cultura (Pazos, 2012, p. 113). Nos preguntamos cuánto de ese triste efecto, que tanto compromete a las élites sofisticadamente “cultas” como a esa otra franja históricamente estigmatizada como “inculta”, puede traducirse en lo que el novelista norteamericano Thomas Pynchon (2015) denominó con justeza “inercia de resentimiento” (p. 137) y “hostilidad de clase” (p. 380).
Tomando distancia de la mar de prejuicios que aún nos gobiernan, podemos concluir, con el narrador checo Milan Kundera (1993, pp. 258-259), que hay tanto el kitsch del sector oprimido, una y otra vez vapuleado por imitativo, escandaloso y carente de clase, kitsch marcado, digámoslo así, por unas recurrentes insuficiencias de gusto y de estilo; como el kitsch del sector opresor, un kitsch de la clase dominante, esa que ejerce a plenitud calificativos de todo orden y, en paralelo, se lamenta del desorden ajeno, desplegando un discurso que predomina mientras todo lo denomina. Podríamos quizá, extremando el ejercicio y siguiendo el razonamiento de Kundera, abundar en una suerte de diseminación sectorial o gremial de los distintos kitsch habidos y por haber: el de las clases medias, por ejemplo, capturada entre los fantasmas de la pauperización y las fantasías de arribo, o el de los intelectuales de izquierda y de derecha comprometidos con las masas o afanados con reivindicarlas de las más dudosas maneras.
Ideologías y caricaturizaciones al margen, lo cierto es que muchos de los pensadores del país, lo dice en tono de reclamo el sociólogo Wilfredo Ardito, no pocas veces silencian su propia experiencia discriminatoria, esa misma de la que suelen ser, oscura y alternativamente, sujetos y objetos (Pásara, 2016, p. 61). De allí que insistamos en la conceptualización, sintética y contundente como pocas, desarrollada por Kundera (1993): el kitsch no está en la conmoción que encierra la primera lágrima, sino en la impostura, lacrimógena se diría, con que se vierte la segunda (pp. 252-253); sensiblería de la que los festejos ceremoniales, hoy multiplicados por todas las pantallas, son materia ya naturalizada a fuerza de su entronque masivo. De este modo, la sincronización de las emociones, suscrita por Virilio (2006) como rasgo de la cultura moderna (p. 40), parece tornarse en una especie de aplanamiento y anulación de los diferentes modos de experimentarla.
Cual si fuéramos una encuesta viviente y reprodujéramos su lógica aditiva y multiplicadora, albergamos demasiadas preguntas e hipotéticamente contamos, para algunas de ellas, con múltiples respuestas, sin excluir, claro está, aquella que indica “ninguna de las anteriores”. La problemática se agudiza desde el momento en que somos jueces y partes de la dificultad que pretendemos superar: coexistir bajo parámetros civilizados (o bajo algún marco que se le parezca); convivir sin estar tentados a invocar una y otra vez las diferencias; tender puentes en función de lo que hay de común entre nosotros, vale decir, comunicarnos, escucharnos, tolerarnos, respetarnos. Mientras soslayemos el esfuerzo y no coincidamos en esa intención, mientras no lo constituyamos en hábito, práctica cotidiana y valor genérico, cualquier fórmula o llamado, cualquier tipo de apelación, no pasará de engrosar la poiesis de una retórica humanista, ni detentará más estatuto que el de los guiños demagógicos que tantos agentes paterno-populistas enrostran cíclicos e infatigables.
Ardito, volvemos a él, recuerda las tres rejillas a las que apela el peruano promedio para ubicar y calificar al otro, según la divertida y no menos realista lectura que el conocido guionista Eduardo Adrianzén ha extendido (Pásara, 2016, p. 72). Colorómetro, fashiómetro y parlómetro constituirían el tridente discriminativo diariamente ejercido entre nosotros a partir de la pigmentación racial, de los gustos reflejados en la apariencia de cada cual y, claro está, en función de las diversas manifestaciones del manejo verbal implementado aquí y allá. Eloy Jáuregui, cronista y poeta, ha dicho, por su parte, que los tres dispositivos merced a los que un peruano se reafirma en su desconexión del prójimo, o se aprovecha de este, serían lo que él llamó, en clave coloquial, alpinchismo, pasapiolismo y sacolarguismo (Hevia, 2008, pp. 85-86). Dicho en buen romance, tanto hay la tendencia a acortar todo umbral de tolerancia, e incluso a aniquilarlo (alpinchismo), como a evitar compromisos cuando ello es requerido (pasapiolismo) y, si de medidas acomodaticias se trata, procurar apoyo en quien garantice responsabilizarse, en primera persona, por los problemas que nos afectan (sacolarguismo). Se trata, a todas luces, de medidas más o menos oportunistas desde las que emerge un individualismo rampante, una primacía de los intereses personales, una mirada corta con la que cada cual mide la economía de sus esfuerzos y privilegia el correspondiente confort sin sopesar las consecuencias generales.
Para añadir leña al fogón, describiremos tres estrategias más o menos generalizadas en el espinoso terreno socioétnico que, entre todos, hemos construido por estos lares. He allí el efecto-casting, el efecto-Benetton y el efecto-puerta giratoria (Hevia, 2016). El efecto-casting converge, hasta cierto punto, con la propuesta de Adrianzén, quien, como hemos visto, desagrega tres ejes en su diaria aplicación, aunque nosotros pretendemos dar cuenta de otro interés, afán inclaudicable del sujeto estándar por instalarse en el lugar del juez autorizado e implementar aquellas selecciones y clasificaciones de las que, décadas atrás, nos había informado Fernando Fuenzalida (Pazos, 2012, pp. 171-172). Tutear o no tutear, cholear o no cholear, tomar o no distancia, en buena cuenta, se trata del viejo cuento de la inclusión y la exclusión o, en la clave de Foucault (1992), de una estrategia tendiente a discriminar a aquellos a los que es preciso instalar “en el interior del exterior e inversamente” (p. 25).
Más irónico, el efecto-Benetton busca borrar transitoriamente las distancias reales entre sectores, clases o etnias, congregándolas en la escena medial para beneplácito de las almas bellas, materializando así un estribillo musicalizado del tipo “We are the world, we are the children”; tales ocurrencias suelen emerger preferentemente en coyunturas requeridas de aglutinar —por motivos comerciales o políticos— a representantes de nuestra variopinta población. Cuando de propósitos puramente consumistas se trata, la Navidad, el Año Nuevo y las Fiestas Patrias parecen prestarse idealmente a estos propósitos; las coyunturas electorales y las recurrentes eliminatorias para cada mundial de fútbol se vuelven pretextos paradigmáticos para dar cuenta de una política que, dado su interés resultadista, se asemeja harto al chauvinismo que le es inyectado a la competencia deportiva. Por último, está el efecto-puerta giratoria, en virtud del cual los intereses del sujeto van, literalmente, girando según primen sus intereses públicos o la discrecionalidad privada, de allí que gente claramente progresista en el terreno profesional devenga en un conservadurismo alarmante en el ámbito hogareño o que su perfil machista se agudice u oculte en función de los públicos delante de los que opera. Se trata, en función de las conveniencias y para utilizar una vieja antinomia tipológica, de intro-vertir o extro-vertir las características o modos de ser que la escena social demande.
Preguntas históricamente fundantes como la que formulara en su momento Jorge Basadre, “¿Cuándo nació el Perú?”; preguntas expelidas desde la literatura, dando cuenta del sentir de una capital amenazada y en franco retroceso, vía el lamento vargasllosiano de Zavalita, “¿En qué momento se jodió el Perú?”; preguntas, finalmente, más cercanas a una coyuntura atravesada por los flujos globales y la economía neoliberal, “¿Qué país es este?”, como la que le da el título al trabajo ya citado de Pásara, ni fueron ni son gratuitas en territorio peruano. Bien vale la pena recuperar el nexo por entretejer entre una y otra duda, entre estos y aquellos planteamientos, máxime si consideramos el variopinto juego de intencionalidades encerradas por tales preguntas, para no redundar en las brechas y discrepancias que tales formulaciones abrieron o siguen abriendo en cada momento; para no insistir, en un sentido más amplio, en las distintas maneras, científicas o existenciales, con que escritores e historiadores han intentado responder a unos tópicos tan íntimamente ligados al destino del país que los ha visto nacer.
Recordemos que también hay respuestas que hablan desde otro lugar, más puntual o coyuntural, se diría, como, por ejemplo, la del ya citado Matos Mar, antropólogo ayacuchano, quien certificó lo que ya empezaba a ocurrir desde fines de los setenta, léase la inevitable y tensa coexistencia entre los que ya estaban y los que acababan de llegar; alternativas de análisis como la extendida por De Soto, de profesión abogado, a propósito del aparato paralelo que levantó la llamada economía informal y los insospechados modelos puestos en juego por las tradiciones comunitarias y hábitos milenarios del Ande (Silva Santisteban, 1995, pp. 383-392), e incluso los perfiles que sobre los nuevos nichos y los sectores empoderados en la Lima de los conos, en la Lima de Los Olivos y Gamarra, ha expuesto Arellano (2000), psicólogo que, sin demasiadas nostalgias e hipotecas doctrinarias, propone datos reveladores y provee entradas distintas a la cuestión, siempre polémica, del operativo aspiracional en el país.
No faltan observadores que, como Carlos Franco, han anunciado la definitiva e irreversible cholificación del país, la fundación de una nación chola cuya realidad mal podríamos intentar negar o restar valor, cual si fuera posible negar o restar valor a lo que hay de imbarajable y creativo en todo proceso de mestizaje (Pazos, 2012, pp. 149-150). Ello quizá a despecho del laberinto en el que, según Nugent (2012), se ve instalada esa misma choledad o de la recurrencia con que la discriminación se ha practicado de ida y vuelta, para remitirnos al guiño cinematográfico operado por Bruce en su estudio Nos habíamos choleado tanto (2007). Quizá haya que rescatar a Orlando Plaza, quien lejos de entender la cultura como mero producto (concebido, en su extremo, como definitivo e inmutable), lo hacía principalmente como un proceso, como una fuerza en gestación y, en consecuencia, permeable a los cambios (Pazos, 2012, pp. 138-140). Vemos allí una interesante correlación con lo sustentado por Tokihiro Kudó, cuando este proponía un entendimiento de lo cultural cuya pretendida estabilidad debía, en paralelo y complementariamente, tornarse permeable a las variables que toda coyuntura imprime; así se devolvería a cada tramo histórico la dinámica que le es inherente al corpus social (Pazos, 2012, pp. 144-148).
Se trata, pues, de un país diverso, como advirtiera Degregori (2005), diversidad que tanto debe concebirse en clave histórica y geográfica —resuena aquí la idea marxista de los diversos modos de producción económica operando al unísono en el país— como en un plano social y racial que mal podría ajustarse, hasta donde podemos entender, al sueño de la unidad tantas veces anhelada. Hablamos, entonces, de una cierta mirada de la unificación nacional a la que un Valcárcel aspiraba demandando, en su versión más extrema, una depuración de todo mestizaje, cual plataforma obligada para la reivindicación de la raza indígena (Pazos, 2012, p. 98); o de la lectura de Mariátegui propugnando un marxismo no poco vinculado a cierta matriz socialista ancestral de la que la comunidad andina habría de emerger como marca indiscutible (1975) y que, como contraparte, encuentra, en la visión escéptica y descorazonada de un González Prada o de un Salazar Bondy, toda una batería de vicios practicados por el sector acomodado de la urbe y de incoherencias o rasgos inerciales destilados por la masa congregada en la escena capitalina, en fin, caracteres todos que, como es obvio, mal podían prever una salida civilizada. Vale la pena recordar, por tanto, que todo etnocentrismo arrastra cegueras y sorderas, que todo etnocentrismo se autolegitima contra viento y marea. Bien se ha dicho que nada hay más difícil de contrarrestar, que no hay fuerza más resistente a la extinción que la del prejuicio (Mazzara, 1999, pp. 74-82), hábito del razonamiento o fórmula prefabricada convenientemente diseñada para eximirnos de toda duda.
Quizá por esa dificultad, estructural se diría, para procesar las novedades es que María Rostorowski confiesa que, en el Perú, no hay gente más necia ni más renuente a modificar su concepción sobre el doble rasero idílico/ fatídico de la historia peruana que el gremio del profesorado escolar (Silva Santisteban, 1995, p. 324), o que un autocrítico Henry Pease haya dado cuenta del escaso valor que le dio la izquierda al afán del sector popular, no de encontrar una guía para sus reclamos, sino, muy por el contrario, de acceder a una vía menos estrecha para manifestarse, para expresarse directamente, sin demasiados filtros (Silva Santisteban, 1995, pp. 278-290). Es lo que habrían llegado a conquistar, a través de una oralidad desplegada sin tapujos en la plaza pública, los llamados cómicos ambulantes que trabajaban en otros tiempos, por ejemplo, en los alrededores del Parque Universitario. Según concluye Vich (2001), tal impacto consiguió cristalizarse “[…] porque, en contraste con un discurso criollo y una tradición literaria que siempre se apropió de la representación popular, ahora los cómicos ambulantes asumen su propia representación en un intento por establecer públicamente su propia voz” (p. 185). No es casual que Vich insista en lo que de providencial y exiguo tuvo la inserción de tales artistas al set televisivo donde, según el especialista, aquellos habrían perdido gran parte de su fuerza performativa y singular estilo.
Y así como Vich arriesga una aproximación al sentido y al peso que puede traer el humor desde sus raíces populares, reseñamos otra práctica suscrita en esferas marginales y cuya gestación, no en vano, se vincula a la necesidad de extender las plataformas para el intercambio económico, cultural e incluso sexual. Así, Protzel (2006) llama la atención sobre la significativa insurgencia, inicialmente dada en el Cusco, de la cultura de los bricheros, aunque objeta la cortedad de miras en las que se insertan sus tácticas y el oportunismo que evidencian sus alcances. Reproducimos el retrato que Protzel traza del brichero:
[…] personaje cusqueño desindianizado y eminentemente performativo que gana importancia en proporción al aumento del turismo. Sistemáticamente explota cierta autenticidad indígena reinventada mediante su atuendo y aliño estudiados, y un discurso solvente sobre las culturas andinas con el que atrae a las turistas para obtener favores sexuales. El “brichero” se exhibe acentuando ciertos significantes étnicos de su aspecto, creando la ilusión de ser a la vez auténticamente indígena sin perder un aire de dandy seductor […]. (p. 305)
Líneas más adelante, a manera de recapitulación o síntesis de la propuesta que el brichero actualiza, leemos lo que sigue: “[…] se pone a sí mismo en escena como encarnación de una cultura andina fantasiosa inserta en una narrativa ajena” (p. 305).
Podríamos contraponer al sociolecto de la hegemonía, la subalternidad y las realidades periféricas con que opera Protzel (2006), una lectura que integre también la militancia de las bricheras, injustamente olvidadas en el análisis anterior, y que, respecto al plano performativo propiamente dicho, podría dar cuenta de los planteamientos de la pensadora feminista Judith Butler. Como se sabe, ella reivindica una suerte de distancia paródica e irónica con la que el sujeto encarna o, mejor aún, se desencarna de los roles que el poder legitimador le atribuye (Butler, 2013, pp. 263-283).
Entre la teoría, entendida en su acepción más conventual, hermética y autosuficiente, y la vida misma, susceptible de traducirse en unas prácticas sociales insuficientemente exploradas, hay también cuerdas que se hace preciso anudar. Nótese que tanto Vich como Protzel recogen hábitos y visiones de personajes nunca antes consultados, los cuales pertenecen a aquellas comunidades interpretativas que carecen de estatuto académico o del nivel educativo exigido; ambos autores caminan contra esas corrientes que tienden a ahogar la búsqueda etnográfica en una suerte de coleccionismo folclórico o evidentemente colonialista invalidando esos otros puntos de vista por distantes o distintos, aunque constituyan excelentes muestras del modo en que los sectores estudiados se las arreglan para articular sus juicios y legitimar sus visiones. En función del tópico anterior, no poco polémico, es pertinente invocar nuevamente a Fernández (2007) quien, muy comprometida con el entorno concreto de los grupos con que opera, afirma que “los indicios de inteligibilidad” en su trabajo “no los dieron ni las palabras ni las tareas, sino los cuerpos y las afectaciones […]” (p. 110), para luego remarcar que de lo que se trata es de “[…] pensar discursos, prácticas, afectaciones, cuerpos, como elementos heterogéneos que articulan, combinan, conectan y desconectan formando un dispositivo siempre singular” (p. 111).
La pregunta es: ¿con qué gama de respuestas opera la teoría ante tal data? ¿Cómo se maneja el especialista ante esas variantes? ¿No será, acaso, que el aislamiento del observador se constituye en el anverso de una cierta autosuficiencia que la observación, por sí sola, se arroga? De ese cuadro se desprendería una cierta lentitud de reacción ante lo que de contingente y disruptivo hay en el puro acontecer, cierta falta de reflejos en la que Deleuze reconocía la tardanza del teórico. Véase, por ejemplo, el reclamo que, en las postrimerías de su existencia, Carlos Iván Degregori le dirigía a voceros autorizados de las ciencias sociales peruanas, gente de la talla de Alberto Flores Galindo, Gonzalo Portocarrero o Nelson Manrique, cuyo principal problema, sostenía Degregori, era que carecían de la indispensable conexión con senderistas reales para poder hablar con más autoridad del enraizamiento del terrorismo en el Ande peruano (Sandoval y Agüero, 2015, pp. 140-150). Cuando se trataba de trazar pistas sobre el senderismo, Degregori encontraba un impasse —metodológico en principio, quizá ético en su extremo— dado por el mero hecho de hablar en nombre de las víctimas, de los testigos, de los protagonistas del conflicto provocado por la acción terrorista, sin haber trabado contacto alguno con ellos, sin siquiera haber conversado con tales sujetos o, para decirlo en una clave más cercana a nuestro trabajo, sin permitirse ese ejercicio oral indispensable, donde las subjetividades, además de contrastarse, eventualmente alcanzan a enriquecerse. ¿Acaso el investigador, inadvertido jerarca de determinados contenidos, omite aspectos de particular valor o, como es el caso, se permite hablar de ellos sin previa consulta?
Se ha dicho, y no es vano, que las distancias una y otra vez reproducidas entre compatriotas han marcado, y siguen marcando, la experiencia de la peruanidad, cuando no han confirmado la dudosa existencia del concepto de nación entre nosotros. Vayamos a un caso inusualmente ilustrativo y que, en gran medida, anticipa asombrosamente y por varias décadas la polémica, bastante más reciente, entre las visiones modernas y las posmodernas de una identidad harto cuestionada y no poco relativizada. Hablamos de un impasse establecido en una dimensión en la que lo fotográfico y lo ideológico parecen auxiliarse recíprocamente, terreno que Poole (2000) traza con particular finura cuando insiste en los nexos que se pueden establecer entre la obra de Martín Chambi y las reflexiones de Valcárcel, de un lado, y la correspondencia entre las fotografías de Juan Manuel Figueroa y la programática que argumentara Ariel García, del otro (pp. 207-42). Poole demuestra que allí donde Chambi y Valcárcel se aferraron a una imagen nativa del peruano harto estereotipada —y, en el extremo, exóticamente colonizable a fuerza de pretenderse purista—, Figueroa y Ariel García entendieron que no había mejor manera de salvar nuestra identidad que exponiéndola a toda suerte de variantes y experimentaciones, de cruces e intercambios, pensando menos en paisajes y personificaciones milenaristas que en una confrontación desafiante e insospechada ante los avatares que la contemporaneidad ya anunciaba.
En un diálogo personal sostenido tiempo atrás, Jorge Deustua me indicaba que la fotografía peruana no había conseguido proponer, salvo honrosísimas excepciones y para sectores muy circunscritos, modelos que operasen, de modo genérico, para la pretendida forja de la anhelada identidad nacional. Quizá resulte ocioso, a propósito de lo comentado, invocar el variopinto paisaje fotográfico con que contamos, o mejor preguntarnos ¿qué tienen en común, en su temática e intencionalidad, la recuperación indigenista que destila la obra del ya citado Martín Chambi, el espectro periodístico y no poco anecdótico que de la escena urbana legó el entrañable Chino Domínguez, y la propuesta más soft y colorida que el más reciente Mario Testino produjo del pujante acontecer que los conos de la capital desprenden?
Todo indica que, si de estereotipos se trata, no es preciso hurgar demasiado. Julio Ramón Ribeyro (2003) sentenció, por ejemplo, que para la visión extranjera el Perú sigue capturado entre incas y militares, entre nativos emplumados y generales con botas (pp. 275-276). Tal vez hoy habría que incluir otras mutaciones de las figuras anteriores, nuevas militancias estampadas cual clichés, como la del terrorista, el burrier o el choro y, mimetizándose o envolviendo a todas las anteriores, la del habitante del mundo chicha.
Como quien parafrasea aquí al novelista Renato Cisneros, diremos que es preciso insistir en aquellas distancias que nos separan, sobre todo a propósito de manifestaciones cuya emergencia cotidiana nos hace minimizarlas o, en su defecto, pretextar unas indignaciones de moda tan pronto escenificadas como rápidamente olvidadas. Desde el drama lastimero que, en clave de vals, invoca la historia de José Antonio hasta la tensión territorial experimentada en las playas de moda con el sonado tema musical “Los patos y las patas”; desde la manipulación televisiva de todos los estereotipos raciales y sociales, antaño inaugurada y perpetrada en el bloque sabatino por Augusto Ferrando, hasta la escena más actualizada en la pantalla hogareña, donde vemos emerger el desencaje citadino de la Paisana Jacinta y el analfabetismo del Negro Mama; o produciéndose y diseminándose vía un sinfín de guiones, comedias y tragedias en fiestas, discotecas y medios de transporte, lo cierto es que, en nuestro terruño, estamos todavía fracturados por unas diferencias paranoicamente convertidas en distantes-distancias que, hace poco, se legitimaban con el recurso a la “buena presencia” o por la autoritaria advertencia que, estampada en algún rincón del establecimiento, le recordaba al lector: “El local se reserva el derecho de admisión”.
Distantes-distancias como la que esgrime el padre de familia de clase acomodada, no pocas veces afectado por el blanqueamiento del caso, cuando sentencia que la Universidad Católica le queda muy lejos como para tener que enviar a sus hijos y que lamentablemente la Universidad de Lima no es la de antes; distantes-distancias como las que colocan, frente a frente, a la rubia argentina del spot, puesta en el altar de lo deseable e inalcanzable, ante la otra rubia, más esforzada, la de la imagen del diario chicha, trastrocando y tiñendo sus raíces, para nivelar, como algún personaje de Almodóvar, la realidad de su apariencia con la autenticidad del empeño que activa. Revelador resulta el que Bruckner (2002) nos haya advertido de un auténtico dilema que la contemporaneidad iconográfica abre: “[…] así, la multitud de rubias falsas nos hace dudar de que existan rubias de verdad, pero nos empuja a buscar a la verdadera rubia falsa” (p. 153).
Esas mismas distancias-distantes también procuran ser, frecuentemente, superadas, minimizadas, resueltas o disueltas entre sectores diversos, de pronto, recíprocamente dispuestos a concretar la vieja alianza de pareja, como en el caso inmejorablemente descrito por el ya citado Thomas Pynchon en su novela Al límite (2015):
Aunque la atracción fue perversa e inmediata, Cornelia y Rocky, según parece, no es que se enamoraran, sino que se sumieron en una folie à deux neoyorquina clásica: ella, fascinada con la idea de casarse y formar parte de una genuina familia inmigrante, esperando encontrar un Alma Mediaterránea, una cocina sin par, el abrazo desinhibido de la vida, incluyendo prácticas sexuales italianas no del todo imaginables; él, por su parte, anhelando la iniciación en los misterios de la Clase Alta, en los secretos del vestir con elegancia, del estilo y la conversación ingeniosa en sociedad, más una reserva ilimitada de dinero heredado lista para utilizarlo como aval de préstamos, sin tener que preocuparse de avisos de acreedores, o al menos no de los que él conocía. (p. 289)
Unas distancias, entonces, de las que no nos podemos tan fácilmente librar; unas distancias, hay que decirlo, que se encontrarían en aparente estado de superación, al menos en las esferas open mind, en las regiones más progresistas, donde no son escasas las denuncias de discriminaciones, la solidaria reacción contra los maltratos y la remarcada sensibilidad que ante tal suerte de ocurrencias destilan las marchas masivas. Luego de llamar la atención sobre la riqueza cultural contenida en manifestaciones cotidianas como el comer, el beber, el andar, el hablar y el callar, y dar cuenta del modo en que ellas han sido recogidas por la investigación académica, Serna y Pons (2013) se preguntan: “¿Significa esto que hemos convenido ya en los contenidos posibles de la cultura?” (p. 25). Teóricamente al menos podríamos suponerlo, aunque quizá el costo, añaden ambos autores, no sea precisamente insignificante: “De algún modo, así es, pero el problema básico, el de la jerarquía de esos contenidos, de esos múltiples contenidos, permanece” (p. 25). Todo ocurre como si aún hubiese una gran disposición para hospedar a un fantasma-jerárquico-todoterreno.
2. Visitando al visitante
Quizá la valoración oscilante que el turista recibe en el Perú sea una espléndida gráfica de aquello que Goffman califica como identidad bifronte, sobre todo si colocamos en su real circunscripción al juego de emblemas y estigmas que, sin querer, tal turista activa. En este país se asume, cual lugar común, que la apariencia aria operaría a favor del visitante: los casos más patéticos de esa inclinación pueden llegar incluso al sometimiento servil o a la vergonzosa pleitesía con que, frecuentemente, se homenajea a tal personaje. En uno de los extremos de la gama, podemos reconocer al gringo itinerante, al turista que por encontrarse de paso solo consigue intercambiar su propio exotismo y su aire paternal con la expectativa y curiosidad nativa; en el otro borde, figura el visitante que acepta el reto, etnográficamente desafiante por así decirlo, de permanecer entre nosotros un tiempo considerable, el agente foráneo que se instala en períodos más prolongados y que, en consecuencia, debe administrar el desconcierto correspondiente que su recepción suscita. Sea como fuere, de un lado al otro, hay una notoria brecha, toda una metamorfosis que va de la amabilidad de los inicios a la cobranza ulterior, de las primeras impresiones al conocimiento trabado, con el tiempo, de ambas partes.
Será acaso que esas dos posiciones, si se quiere prototípicas, en las que instalamos al visitante —una remarcadamente empoderada por la imagen del progreso y la modernidad, postura que tampoco abandona, hay que decirlo, la posibilidad de algún beneficio material para el nativo, lo que provoca tratamientos mercantilmente oportunistas; y otra más fantasmal y desconfiada, que activa alertas ante propósitos desconocidos— no hacen más que reflejar dos regímenes, en el extremo complementarios, a manera de posefectos de un imaginario colonialista que, como el conocido eslogan, no nos abandona. De un lado, la postura pasiva ante una entidad que avasalla sin quererlo, que anonada históricamente y a la que atisbamos en contrapicado; del otro, la reactivación de una muralla contracultural que no es sencillo franquear, el ejercicio de unas estrategias que no son fáciles de decodificar para el otro; lo cierto es que en esa brecha tanto parece caber el hermetismo ante el extraño como unos atisbos de criollismo revanchista. Todo ocurre como si operase entre nosotros el juego postulado por Pitt-Rivers (1979), en el que la hostilidad ante el visitante se presenta primero, para luego propiciar la correspondiente hospitalidad, pero en orden inverso, dando paso primero a la amable hospitalidad, para luego desplegar todos los recursos propiciados por la indiferencia y la desconfianza históricamente acumulada. Es lo que en Brasil llaman, con una inmejorable figura, “cobranza”.
Es, pues, necesario invertir la dirección y el punto de vista de los encuentros entre los de allá y los de aquí, pues si bien podemos reconocer sin demasiado esfuerzo esa especie de alternancia en la que inscribimos al turista en particular o al visitante en general, también consideramos fructífero el dar cuenta de cómo opera tal dinámica desde la perspectiva de aquel o aquella que, con otros esquemas y parámetros, nos describe y acompaña socialmente. Visión puesta en juego por quienes, habituados a otras leyes y regidos por distintos valores, no dejan de sorprenderse por el aparente desorden y los márgenes de incertidumbre en medio de los que nos manejamos acá. Veamos algunos casos ilustrativos.
Así, premunido de otros dispositivos de análisis y registrando lo que hay de sinuoso en nuestras posturas opinativas y en las estrategias de coexistencia puestas en juego, véase, por ejemplo, la mirada con que el historiador norteamericano Stephen Stein desmonta el populismo político peruano, fenómeno que permanecería tercamente instalado en unas esferas que, si seguimos el hilo de su pensamiento, no encuentra mejor oportunidad para ejercer su activismo proselitista que durante los pasajes previos a las elecciones (Silva Santisteban, 1995, pp. 393-402). Auge y caída, se diría, de una militancia de corto aliento que vuelve a su ritmo inercial una vez decretada la clausura de los acontecimientos mediático-electoreros. La excepción, claro está, se yergue cuando la victoria partidaria corona los esfuerzos y las cifras invertidas, lo que abre ante los interesados el amplio arco de posibilidades de enriquecimiento nunca del todo ajeno a la mano corrupta que mece la cuna del poder. Stein piensa entonces que, en vez de una moderna dialéctica de dominadores y dominados, lo que en nuestra realidad se visualiza y ratifica es la existencia de sectores, claramente abismados entre sí: de un lado, élites de gente muy rica y, del otro, amplias mayorías sumidas en la pobreza. Visto desde los intereses del votante, el politólogo Steven Levitsky, norteamericano también y articulista del diario La República, ha sustentado el otro lado del mismo fenómeno, postulando lo que hay de oportunista e incluso de lúdico en el supuesto “voto indeciso”, o en aquel otro que se desenmascara “en boca de urna”, en las coyunturas electoreras en el Perú. Ese peruano vota en función de una tendencia, es claro, pero lo que hay de acomodo a ella está, sobre todo, cimentado en lo que habría de provechoso en ella, como si el lucro procurado por el político encontrara su respaldo y adecuado reflejo en el llamado chorreo al que aspira el ciudadano del que hablamos.
Por su parte, Jeanine Anderson, antropóloga norteamericana, no deja de sorprenderse del modo en que el embarazo femenino adolescente es asumido, en nuestro país, como una fatalidad aceptada con resignación; que la mujer de muchos sectores viva de atesorar variedad de secretos y, bajo tal aura, le otorgue a los detalles de su propia intimidad un aura prohibitiva y una estimación extrema; declara también haber experimentado toda suerte de distancias y efectos discriminatorios en función de su género y que algunas de aquellas trabas las ha debido recoger de sus propios colegas, varones todos de una prestigiosa universidad limeña (Pásara, 2016, pp. 45-56). Es interesante, por último, tomar en cuenta una advertencia de la investigadora cuando sostiene que faltan exploraciones sobre la órbita doméstica de la realidad peruana (matiz que nuestra búsqueda bibliográfica confirma) y que la propuesta de tal iniciativa suele ser recibida en la comunidad académica como una “típica inquietud femenina”.
Vayamos a un tercer caso, el de Mark Thurner, prestigiado estudioso de la problemática histórica del Perú y autor, entre otros textos, del exhaustivo El nombre del abismo. Meditaciones sobre la historia de la historia (2012). Thurner es artífice de un pormenorizado perfil en el que se integran los distintos matices documentales y requiebros esperanzados que la obra de Basadre contiene. Entiende, por ejemplo, que la obra más ambiciosa de Basadre, su conocida Historia de la República del Perú (1822-1933), carece, en gran medida, del necesario ensamblaje que suele solicitársele a las obras de gran talante, encontrándose más cerca de lo que bien podría ser, según Thurner (2012), una colección de observaciones y datos cuyo panorama totalizador está lejos de haber sido adecuadamente elaborado. El autor no duda en establecer un paralelo gráfico entre aquella copiosa documentación legada por Basadre con lo que, a sus ojos, emerge como la típica construcción arquitectónica limeña, aquella a la que siempre puede añadirse una planta más, en desmedro de su precario equilibrio, o quizá abandonar su culminación hasta un nuevo y siempre postergable aviso. Contra esa suerte de desarrollismo academicista metaforizado por Thurner, interesa consultar las advertencias formuladas por el arquitecto Roberto de Rubertis (2013): “[…] antes de describir y clasificar habrá que entender situaciones de las cuales aún no hay modelos cognoscitivos; se tratará de descifrar eventos observables solo en su fuerte dinamismo y cuyo interés reside justamente en los procesos de transformación” (p. 49). Insistimos en ello, pues en la óptica de Thurner parecen operar los tentaculares alcances de un etnocentrismo que, cuando actúan desde la postura de un especialista calificado, parecieran dotarse de una engañosa universalidad, cuando no nos alojan en la pegajosa impronta de las profecías autocumplidas.
Abstracción hecha del marco comparativo al que, tácitamente, podrían haber apelado nuestros “interpretantes”, para plantearlo con Pierce (Deladalle, 1996, pp. 137-144), el pequeño espectro de miradas que nos ofrecen estos especialistas foráneos, a propósito de distintos rasgos de nuestra idiosincrasia y con relación al sesgo de algunos razonamientos que imperan o dividen a los habitantes del Perú, retrata con claridad y crudeza singulares modos de actuar, pensar y jerarquizar bastante generalizados en nuestro entorno cotidiano. Pensar, por ejemplo, con Stein, que las opciones políticas están de saque viciadas o sesgadas por el eje del costo-beneficio y que más que clases sociales lo que tenemos en el país son clanes u oligarquías (las militares incluidas) que han sabido perennizarse en los círculos decisorios; dar cuenta, con Anderson, del modo en que los cambios propiciados en los roles de género, tan urgentes en el mundo contemporáneo, son procesados de un modo especialmente ralentizado en el Perú y que un fuerte bastión contra aquellos reclamados virajes se ancla, del más paradójico modo, en una esfera femenina instalada demasiado rígidamente en un orden conservador, a tal punto que esas resistencias abrazan tanto al sector popular y mayoritario como al colectivo elitista más acomodado; entender, con Thurner, que hasta los proyectos de mayor aliento y de más ilustre intención tienen algo de provisorio, como si estuviesen afectados de una cierta fragilidad o sean la simple resultante de una orientación mutante; sopesar, en fin, con Poole, las singulares y tempranas maneras con que se configuraron las discrepancias sobre la identidad de lo indígena en la ciudad del Cusco, de manera que anticipan las contemporáneas tensiones entre modernos y posmodernos respecto al dilema de la esencia y las apariencias.
En el anexo 1 se puede notar cuánto de lo observado en los párrafos anteriores (o a lo largo de esta sección) puede confirmarse, sin demasiadas dificultades, con los resultados obtenidos en un taller llevado a cabo con un grupo de jóvenes que venían cumpliendo en el país labores de voluntariado durante el año 2016.
3. Delirio unitario, presión binarizante y réplica mestiza
No pretendemos negar el escenario poco auspicioso que suele levantarse una y otra vez cuando los fragmentos destacados en el análisis de algunos especialistas son causa de otras tantas divisiones, cuando no un pretexto para nuevos divorcios temáticos. Quizá convenga hablar, con Abril (2003), de la noción de esquizia, dado que ella se deriva etimológicamente del quicio instalado en el umbral de las puertas, zonas de pasaje o artefactos de clausura, según se vea. Así pues, es obligado remitirnos al uso coloquial de un “sacar de quicio” allí cuando se va haciendo particularmente notorio, bajo la fuerza de ciertas exigencias y presiones externas, el resquebrajamiento del umbral de tolerancia en el sujeto, el propio fracaso que acusa en sus aspiraciones al equilibrio o a la armonía deseadas (Abril, 2003, pp. 15-35). Aunque suscribiéndose a un plano político, Gonzales (2010) parece referirse a un enrarecimiento y fragmentación similares cuando juzga que la llamada revolución liderada por el general Velasco Alvarado indujo o intensificó en el Perú, desde mediados de los sesenta, la emergencia de grupos autónomos de poder, sin que ellos consiguieran situarse por encima de sus respectivos diámetros sociales y gremiales; en función de aquellos funcionamientos aislados e indiferencias recíprocas, el gobierno militar también habría fracasado, añade el autor, en la necesidad de integrar las voces del mundo intelectual de cara al desarrollo del país (p. 436).
¿Cuánto de esa fragmentación es alimentado por el modo de aproximarnos a los fenómenos, en una clave investigativa más o menos parcelada por la orientación monolítica de las disciplinas implicadas? ¿Cuánto de ello se ve definido por el afán de mantener a buen recaudo el diámetro de sus zonas de interés? El menú parece estallarnos entonces en el rostro y aquí volvemos a insistir en un trayecto que nos lleva de la cultura, como concepto general, al plano de la oralidad, que es, recordémoslo, nuestro segundo eje temático. Se diría que la cultura oral es un territorio escasamente visitado por la agenda académica, porque, usualmente, solo ocupa un lugar accesorio, periférico e incluso curioso, o porque las expresiones en las que el habla se encuentra comprometida, y en donde los goces de lo comestible y lo bebible se hacen destacables, no van a ser sustraídos del plano primario en el que solemos instalar a las necesidades básicas. Nos referimos a la así llamada “baja cultura”, cuya devolución al mundo de la naturaleza, tal cual la concibió la tradición occidental, tornó más aplastante aún su invisibilidad (Sahlins, 2011).
No olvidemos que, por añadidura, lo oral emerge ya filtrado por los marcos de lo escritural y el correspondiente pasaporte que el logocentrismo de los informes de rigor le cobra a sus manifestaciones. Hablamos de esa suerte de embotellamiento epistémico que todo pesquisador enfrenta al pasar de un orden de hechos, formulado y escenificado oralmente, a un texto escrito, a un documento académicamente oficial que, por si fuera poco, debe rendir cuentas ante un auditorio privilegiado: círculo gremial que reclama expresamente respetar unos formatos asumidos como neutros y objetivos.
Quizá pecamos de soberbios al desestimar el valor de las prácticas orales y con ellas el conjunto de actividades sociales al que están inextricablemente vinculadas. En vez de reivindicar eventos de nuestro pasado milenario para confirmar las idílicas mitificaciones en él encapsuladas, se trataría, a la inversa, de rescatar todo lo que de nuestra historia sobrevive, con plena salud, en unas prácticas diarias tácitamente sumergidas en el orden de lo banal e insignificante.
En lo particular, postulamos que a la par de suspender la búsqueda de la gran identidad, cual guía imprescindible del proyecto nacional u objetivo a cuyo destino y configuración unitarista fueron orientados los trabajos de mayor resonancia en las ciencias sociales en el Perú, se trataría, fundamentalmente, de insistir en una serie de identificaciones más acotadas y circunscritas, más reactivas y figurativas, más corporales e inmediatas, diseminadas por doquier, en vez de negarlas por su volatilidad o su carácter gaseosamente superficial. Acaso alguna pista nos alcanza, incluso a pesar suyo, el dictamen de Golte, quien nos advierte de la debacle del sistema cognitivo andino, concebido como desfasado ante los avatares tecnológicos de la modernidad o sometido al enclasamiento museístico en el que las realidades más avanzadas tenderían a instalarlo (Pazos, 2012, pp. 127-136). Nos queda claro que, en esos modos de entender el mundo, tal cual fueron cultivados por algunas comunidades aisladas, en medio de regiones abandonadas y no poco incomunicadas, suele ratificarse la brecha entre el interior del país y su siempre orgullosa e indiferente capital. Parece obvio constatar que aquellas realidades darían cuenta de circuitos (sub)culturales claramente refractarios a los grandes avances del desarrollo hoy consensuados y, sin embargo, ¿acaso el todo Perú o, mejor aún, la totalidad de fragmentos que lo constituyen no están también, por las razones que fueran, cognitiva y culturalmente distanciados de los modelos de avanzada, en sentido estricto? ¿No estamos todavía poco calificados, como nación, en cuanto a los tópicos de eficiencia y eficacia estandarizados, respecto a los criterios de sostenibilidad y sustentabilidad, tal cual fueran concebidos por los organismos evaluadores del caso?
Cognitiva y culturalmente distintos no son solamente los evaluadores y los evaluados entre sí, también lo son los variados marcos con que cada observador divisa (desde su cultura) lo observado (la cultura ajena) y, en tal sentido, puede resultar ilustrativa la acotación de Bauman (2002) respecto al perfil predominante en la tradición de dos escuelas muy influyentes en la tradición occidental. Advierte que “[…] los antropólogos británicos han utilizado poco el concepto de cultura. Al contrario que sus colegas norteamericanos, que encontraron útil describir lo que oían, la generación de Radcliffe-Brown o la de Evans-Pritchard dieron cuenta con éxito de lo que veían en términos de estructura social” (p. 245). Que no es precisamente lo mismo ver que escuchar lo certifican las diferencias, casi siempre ignoradas, entre el psiquiatra que mira y medica, el psicoanalista que escucha e interpreta, y el psicólogo que aconseja y orienta.
Lo concreto es que los afanes culturizadores homogeneizantes suelen estar afectados por tendencias mecanicistas que se escamotean más por lo que de consensual tiene su ejercicio que por la destreza exhibida para aproximarse a las lógicas del fenómeno auscultado. No obstante, algunos de tales efectos podrían eventualmente contrarrestarse si atendemos las advertencias que Esteban (2011) nos extiende:
[…] no tomar la cultura como un todo coherente, homogéneo, atemporal, ahistórico; […] velar por que nuestros estudios no sirvan, sin quererlo, para alimentar estereotipos e imaginarios que contribuyan a perpetuar la subordinación que sufren ciertos sectores sociales. (p. 24)
Lo indiscutible es que las clásicas tematizaciones sobre la cuestión cultural han partido de algunos binomios que afectarían el entendimiento de nuestra compleja realidad, por no hablar de su perpetuación como fetiches de todo ejercicio analítico. Nada nuevo planteamos cuando pasamos revista a algunos de los pares típicos que atravesaron la agenda académica e intelectual peruana: lo urbano y lo andino, lo autóctono y lo criollo, el blanco y el cholo, la capital y la provincia, el pasado traumático y el futuro incierto, el aparato formal y la expansión de la informalidad, a los que habría que sumar un largo y siempre renovado etcétera. Como un capítulo relativamente autónomo de tal problemática, figura la cuota de paralelismos que el marxismo extendió a la discusión sociopolítica aquí y allá: explotadores y explotados en la clave de Marx, hegemónicos y subalternos en la terminología de Gramsci, dominantes y dominados para un Quijano más preocupado por la impronta colonial y sus, no siempre visibles, secuelas.
Hay otro matiz que incluir, cuya envoltura más conocida obliga a la reconsideración del llamado materialismo dialéctico, aunque quizá traduzca un recurso epistémico del que la razón occidental difícilmente podría haber prescindido: nos referimos a la conocida pareja de la infraestructura y la superestructura que, como bien se sabe, inclina el terreno de las determinaciones y las causas principistas hacia el primero de los factores (lo infraestructural, cual sinónimo de base o suelo firme del cual se hace emerger el análisis) y coloca al segundo aspecto (el plano superestructural) como su reflejo más débil o el territorio de unos efectos no poco distorsionados y hasta ininteligibles. Las problemáticas más serias y urgentes se abordan sesgando la búsqueda hacia el ámbito de las causas infraestructurales (o simple y llanamente estructurales), cuestiones “de fondo” que se explicarían por la materialidad del desarrollo económico y los grandes ciclos que, en sucesiva e irreversible progresión, la óptica moderna trasluce y exporta. En medio de tal asimetría, lo superestructural aparece como minimizado, necesariamente relegado a los meandros del sentido común y a los de un devenir cotidiano que son tardía y solo parcialmente recuperados por las ciencias sociales.
Así entendido, lo superestructural va a emerger, pues, en el plano de los hábitos y las rutinas del día a día, en el de las prácticas sociales y las variantes lingüísticas, como el humilde traductor o la franja residual de una infraestructura especialmente pontificada, dada su condición de responsable última de lo que hay de pertinente y significativo en una Historia que debe escribirse con mayúsculas. En función de tales anticuerpos contra el aquí y ahora del quehacer cotidiano, y a pesar de lo tangible de sus evidencias, la superestructura tenderá a ser vista como una materia inaprehensible, subrayándose lo inasible de sus expresiones y viéndose obligada a sufrir desmontajes que suelen apartarla de su real funcionamiento para mejor servir a los intereses, más abstractos, de las teorías ya legitimadas. Todo indica que, hasta nuevo aviso y a diversas escalas, se sigue reproduciendo una lógica en la cual lo infraestructural es oficio de investigadores científicos y rigurosos, mientras que la superestructura, territorio de unas ideologías que todo lo falsean y manipulan, ha de ser escenario de luchas entre oficiantes que vienen y van del mundo de las artes o del sentido común; voceros de una literatura que entronca con la crónica periodística; expertos de la cultura mediática e incluso toda suerte de gurús y líderes de opinión idóneos para su descrédito objetivista.
Cuando Foucault daba cuenta del rigor y expansividad con que opera el binarismo moderno, cual estrategia discursiva prevalente en la modernidad, entendía que no era posible, desde las claves del poder (fuera este de derecha o de izquierda), que las diferencias opositivas puestas en juego no anunciaran y se tradujeran de inmediato en ordenamientos jerárquicos (Hevia, 2002), pues, finalmente, se trata de que uno de los polos del par aludido ocupe, por derecho propio, el lugar positivo y que al restante le corresponda el casillero de lo dependiente, de lo marginal e incluso de lo desechable. Nada casual, entonces, es que en ese nicho negativo se instale a la mujer, al niño y al proletario (sucedáneo moderno, este último, del esclavo, si pensamos en la articulación “democrática” ideada y practicada por los griegos); en esta última zona, no solo se ubica todo lo que ha sido previamente tildado de anormal, pues también se reagrupa aquello que, sin serlo en sentido estricto, pasa automáticamente a tratarse como tal: hablamos del espectro de reacciones que, en la lectura de Deleuze y Guattari, se tipifica como anómalo. Para decirlo con el ya citado estudio de Fernández (2007), las prácticas históricamente legitimadas “[…] se realizan a la vista de todos, solo que al naturalizarse operan sin ser vistas” (p. 108).
Intentemos ser más directos: dos fuerzas que colisionan son, por necesidad, fuerzas que, en más de un sentido, interactúan, se afectan y trastocan; de allí a hablar del mestizaje hay un paso. Ya sea por la propia dinámica transformadora de la que tales fuerzas forman parte o como consecuencia del devenir de los acontecimientos a los que contribuyen, tales tránsitos y mutaciones anticipan, la mayoría de las veces y por varios tramos, a los cálculos y previsiones de la propia teoría. Entendemos que la cultura popular, de la que las prácticas orales son inextricablemente constitutivas, opera mezclando, combinando, yuxtaponiendo; gestando mosaicos, en la terminología de Moles, o elaborando productos por encaje y ensamblaje, al mejor estilo de las descripciones de Lévi-Strauss.
Materias aquellas que en el Perú llamaríamos chicha, quizá por lo que en ellas se fermenta o coagula, vale decir, por su singular manera de afectar la normal temperatura de los componentes involucrados. Más apegados a los caprichos metonímicos del discurrir coloquial, sostendríamos que lo chicha tal vez responda, en su misma nominación, a una deriva del doble descarte que encierra la fórmula “ni chicha, ni limonada”. Roberto Miró Quesada señalaba, por ejemplo, que, le pesara a quien le pesara, la cultura andina habría de desandinizarse y, en tal sentido, su occidentalización se presentaba como inminente (Pazos, 2012, pp. 157-158). Vale la pena insistir en lo que de revelador tiene la polémica, ya invocada, que describiera Poole (2000), a propósito de los reflejos fotográficos que la figura del indio debía contener de cara a su figuración ante la mirada externa (pp. 220-239).
Urge preguntar, con Chakrabarty (2009), qué es lo que en realidad puede pesarnos de tal emergencia mestiza: acaso un apego, consciente o inconsciente, ingenuamente romántico o pretendidamente ilustrado que, “sin querer-queriendo”, pretende desentenderse del desfase precapitalista en el que aún andamos y que tampoco soporta las pérdidas o contradicciones que su tránsito a un plano más competitivo supondría para el “buen salvaje”. Demasiado confiados, quizá, en subirnos al tren productivista y neoliberal, Chakrabarty (2009) vislumbra un peligroso y obseso deseo que apuntaría “[…] hacia la fase de modernidad burguesa propia de la historia mundial y que engarza perfectamente con los artefactos de la democracia, derechos de ciudadanía, economía de mercado, libertad de prensa y estado de derecho” (p. 42). En vez de ello, tal vez podríamos dar lugar a encuadres encargados de rastrear las huellas de una serie de trayectorias mediante las cuales el aparato moderno ha conseguido colonizar nuestros mismos modos de pensar. Combatir, entonces, toda suerte de paternalismos del observador y de representatividades gratuitamente asumidas respecto a los observados, y recordar, de soslayo, que ese gesto crítico constituye una de las zonas más controversiales denunciadas por la denominada antropología posmoderna (Geertz et al., 1991).
Así, por ejemplo, Guha, autor citado por Chakrabarty (2009), en vez de preocuparse, desde un marxismo eurocentrista, por los niveles de “toma de conciencia” del campesinado que aquella propone y legitima...
[…] examina las prácticas rebeldes para descifrar las relaciones particulares —entre las élites y los subalternos y entre los mismos subalternos— que se expresaron a través de su comportamiento, y también intenta derivar de estas relaciones la estructura elemental, por así decirlo, de la conciencia o la imaginación inherente en esas relaciones. (p. 44)
Vale la pena interrogarnos sobre cuánto nos sobrecoge, en la capital o en el gremio académico propiamente dicho, la sobrevivencia de otros modos de operar y revertir el orden capitalino convencional, por no hablar del drama de vernos privados de claves interpretativas para leer tal empuje y sus correspondientes derivas; en fin, todo el desconcierto despertado ante lo que hay allí de cercano y lejano, de propio y ajeno, de incontenible e imprevisible en esa expansión. Debe recordarse que en una reciente entrevista el sociólogo peruano Guillermo Nugent (2016) se quejaba de que el intelectual en el Perú frecuentemente habla para otros intelectuales y que, en sus inquietudes e intereses, no hay demasiado lugar para las distintas cosmovisiones del mundo, esas de las que la realidad cotidiana está facturada (pp. 219-251).
Pertinente es señalar que allí donde ciertas fuerzas y líneas de fuga tienden a des-territorializarse, a des-marcarse, a des-aparecer y re-aparecer, el poder procurará, de una u otra forma, re-territorializarlas, re-conquistarlas, recuperarlas, domesticarlas: otras tantas modalidades de acercarlas al fogón de la norma, al calor del hogar, a los familiarismos de una representación siempre reconocible (Deleuze y Guattari, 1988, pp. 306-332). Tal proceso, sin embargo, no es unívoco; así, el encumbramiento actual de los celebrados emprendedores peruanos tanto da cuenta del oportunismo con el que la educación superior ve en ellos un nicho al que atiborrar de ofertas de capacitación, como despierta entre las esferas pensantes severas dudas sobre la autenticidad del cuerpo social al que aquellos emprendedores pretenden acceder y que van, inadvertidamente, a alimentar: no es vano que se destaquen las supuestas alienaciones que atraparían al sujeto exitoso de origen humilde, vía su apremiante enriquecimiento y la presunta mercantilización que a ese estilo de existencia adhiere. Degregori, por ejemplo, sostuvo alguna vez que de ser el sujeto un productor de cultura, en otras épocas, hoy se veía obligado a constituirse en un consumidor de ella (Pazos, 2012, p. 140).
En todo caso, se puede postular, como alguna vez lo hicimos (Hevia, 2002, p. 13), que de tal pugna entre fuerzas desterritorializantes y poderes reterritorializadores no resulta demasiado esclarecedor notar quién toma ventaja o quién declina en tal lid, pues, valgan verdades, no hay un final distinguible ni un ganador histórico definitivo o, para decirlo con la frase de un amigo nuestro, desde cierta perspectiva “todos tienen la razón”. Ha sugerido Nietzsche, y Simmel después de él, que la riqueza de dichos acontecimientos, entendidos como luchas, no radica en la individualización de sus protagonistas o en lo que hay de personalizado en sus correspondientes proyectos, sino en las variantes que la propia lucha revela, en la dinámica inherente a tal tensión.
En los términos de Laplantine y Nouss (2007), todo mestizaje estaría doblemente atenazado en su captura analítica, pues su entendimiento y comprensión siempre va a verse afectado por el sueño unitarista de la paridad. De un lado, en clave etnocéntrica, se aspira a otorgarle a cada cual su lugar correspondiente, soslayando la aplastante realidad que las jerarquías ejercen y pretendiendo validar así la existencia de unos casilleros política y culturalmente separados; en el otro extremo, se percibe un énfasis abierto e indiscriminado que suele auspiciar, a propósito de la dispersión de singularidades, toda suerte de relativismos a fin de neutralizar la potencia que anida en lo transversal. Para graficarlo mejor, de un lado, el archipiélago de los programas unitaristas que todo lo conectan subterráneamente y, del otro, la atomización de los casos concretos que intenta validar su desconexión e irreductibilidad (Laplantine y Nouss, 2007, pp. 320-326).
Colocando sobre el tapete la idea de una sociedad holística, Neira (2005) nos facilita otros alcances para comprender mejor aquellos desfases históricos y disparidades materiales que los poderes del país entienden como preocupantes y califican de insolubles en medio de una modernidad que, luego del acceso al orden republicano en el Perú, debiera focalizarse en el plano preferentemente político (pp. 187-194). Volviendo a la óptica de Laplantine y Nouss (2007), podría postularse que no hay manera de cerrar la temática identitaria en definitiva, pues las potencias que se dan cita en su misma configuración —la multiplicidad de factores que en ella convergen— son, en más de un sentido, irreconciliables: “Por un lado, la fragmentación diferencialista de lo heterogéneo; por el otro, la fusión totalizadora de lo homogéneo” (p. 320). Coincidencia nada casual con una de las advertencias que se dirigen a la teoría poscolonial; Spivak (2011) ha dicho, por ejemplo, que en medio de la variedad de casos tratados, es preciso no suponer a priori que unos pueden representar a otros y tampoco postular anticipadamente la radical discontinuidad entre unos y otros.
En vez de referirse al mestizaje propiamente dicho, sabemos que un autor de especial renombre en Latinoamérica, como es Néstor García Canclini, optó por trazar un retrato de la denominada cultura híbrida, cuyos más claros indicadores localizó en México (1990). El autor mostraba cuánto y cómo ese proceso era la natural consecuencia de un darle la espalda a los patrones estéticos, ergo, normativos, del poder central, recreando otras alternativas, si se quiere periféricas, si se quiere paralelas, respecto al mercado de Occidente. Para decirlo por enésima vez, se trata de identificar modos de hablar, modos de pensar, modos de vestirse, modos de vincularse: así uno estaría tentado de apelar a los llamados capitales simbólicos de Bourdieu, si no fuera por el hecho de que, en la visión de García Canclini, prima la mutación en vez del ajuste a los principios instituidos, cuando no un cierto juego negador de aquellas jerarquías en las que tanto insistió Bourdieu y, a propósito de cuyo énfasis, el estudioso argentino prefirió remarcar sus propias referencias. Como bien recuerda Protzel (2006), García Canclini sugirió, muy puntualmente, respecto al proyecto correctivo de Bourdieu: “Hay que recordar a Marx por sus olvidos” (p. 144). En conclusión, si colocamos en primer plano la dialéctica de los enclasamientos y los desclasamientos, entidades nucleares en la teoría de Bourdieu, y tomáramos prestada la clave terminológica de Negri (1994) para calificar los aportes del connotado sociólogo francés, habría un Bourdieu demasiado preocupado por la estabilidad ya estructurada y jerarquizada del orden social, por oposición a un García Canclini prioritariamente interesado en las potencias constituyentes y estructurantes de los poderes menores, aquellas que se invisibilizan hoy para mejor sorprender mañana a sus oponentes.
Capítulo 2
1. El intelectual, sus intelecciones y los colectivos
Aunque en un sentido bastante diferente del que esgrimieron Mariátegui y el mismo Valcárcel, Basadre coincidió con los anteriores en el rescate de lo comunitario, en el peso inalienable de las pertenencias y referencias grupales. Nos parece fundamental volver sobre la tematización de los lazos colectivos, máxime en tiempos como los actuales en que el binomio de lo individual y lo masivo parece haber ahogado esa calidad de inter-mediadores sociales y mediadores culturales que son los grupos en todos los lugares y épocas. Por momentos, muchos especialistas parecen obviar que el individuo, sobre todo el ente anónimo, tal cual es concebido en la actualidad, estuvo lejos de detentar el estatus que se le viene otorgando en los siglos recientes. Justamente hoy, cuando la noción de individuo constituye el centro de organización legal de las sociedades contemporáneas, es preciso otorgarle su real valor al reclamo de Bartolomé Clavero, quien advierte de la singular pertinencia que implica el rescatar el peso de las definiciones estatutarias de cuerpo y de grupo, por ser ellas las que “regían las prácticas y cosmovisiones de sociedades anteriores al advenimiento del individualismo moderno” (citado en Díaz Rodríguez, 2014, p. 189).
Si volvemos a los postulados de Neira (2005), recordaremos que el aparato colonial es mutuamente excluyente con la soberanía individual, entendida como derecho inalienable del ciudadano; en consecuencia, el orden estatal moderno, en sus propios términos o bajo una lógica principista, resultaría claramente refractario —indica Neira— a toda la trama de lealtades, clanes tradicionales y grupos más o menos cerrados que el gobierno colonial peruano ha mantenido incólumes: una suerte de resistencia burocrática de entidades que han permanecido indemnes a todo cambio sustancial en el país. Apuntando a contracorriente de la fe romántica y ciega que exhuma un comunitarismo abstracto y contemplando con la debida cautela la defensa incondicional de lo colectivo por lo colectivo mismo, la propuesta de Neira (2005) pone en severa tela de juicio la positividad del grupo elevado a valor abstracto, dado que tal gesto soslaya su extremado valor centrípeto, la propia naturaleza endógena que tiende a resguardar y reproducir su misma resistencia al cambio (p. 191). Todo ocurriría en desmedro, claro está, de la fuerza centrífuga esperada, del esperado fortalecimiento de unas conexiones y unos reconocimientos entre los diferentes circuitos sociales o segmentos raciales que proliferan en el país. En tal sentido, concluiríamos, más próximos a Jameson (2000), que tanto habría modernidades tardías como modernidades de superficie (pp. 115-174) y, en el caso de nuestra historia y realidad, tanto modernidades por corregir como modernidades por consumar.
Al igual que en determinados atisbos entreabiertos por Quijano (2014, pp. 705-732), Neira se aproxima a una concepción expectante de los posibles alcances del individuo en el mundo moderno. Se trata quizá de una modernidad que precisamos vigilar, hay que decirlo, pues, lejos de estar referida a aquellos arrestos individuales que se desentienden del mundo o que se alienan en unas prácticas y adquisiciones superfluas, apunta a quien es capaz de hacer respetar sus derechos y se interesa en la participación sensible y cabal en los acontecimientos de su entorno. Cabe destacar el especial énfasis con que Quijano (2014) recuerda que la propia modernidad europea se nutrió de los alcances continentales materializados en la exploración y conquista del Nuevo Mundo y que tal acicate permitió una revaloración de lo diferente, de lo distinto y distante. Entre otros devaneos, quizá haya habido, en el pensamiento político peruano, una continua oscilación entre el comunitarismo indígena, con frecuencia llevado a instancias míticas e inexplicablemente esperanzadoras, y una ortodoxia marxista que, como bien se sabe, hace de las luchas entre las clases sociales el motor, cuando no el combustible, de la historia misma.
Y, a propósito de lo advertido por Percia (2009) cuando propone que “[e]l rechazo de los grupos, sin más, es tan inútil como el festejo irreflexivo de lo grupal” (p. 38), advertimos que tanto la ciega fascinación ante nuestras modalidades de sobrevivir a toda crisis, por ejemplo, mediante la filosofía del recurseo, como la tentación de erigirnos en su corrector ilustrado, son dos vicios que urge evitar. Un sociólogo como Loïc Wacquant (1999), al referirse a las tentaciones que corre el investigador etnográfico de las zonas pauperizadas en las grandes metrópolis, parece también dar cuenta de las cautelas metodológicas e ideológicas que se han de tener ante la realidad de las minorías que se explora:
[…] evitar la doble trampa de la lectura miserabilista, que se conmueve y compadece del espectáculo de la miseria, y su contrario, la lectura populista, que celebra las virtudes y la inventiva del dominado y las presenta como estrategia heroica de resistencia […]. (pp. 137-138)
Se trata de unos riesgos que también podría correr quien permanece fuera del lugar y la época correspondientes, como si se instalara en el altar de una cierta intelectualidad decimonónica, parapetado por una pila de documentos. Acompañemos, entonces, las reflexiones que sobre tal tópico provee la obra de Morin (2009):
El desarraigo relativo del intelectual no procura necesariamente el distanciamiento cognitivo ni la vinculación con las ideas y valores universales. Este desarraigo puede crear un vacío, suscitar angustia y desesperación, crear la nostalgia de una gran comunión y suscitar la aspiración a una verdad concreta, lo cual reactiva, en los intelectuales, la producción de mitos de re-arraigo y reintegración. Por otra parte, y al mismo tiempo, el desarraigo relativo puede determinar el alejamiento de las realidades vividas, la inconsciencia de los problemas radicales, en resumen, una situación de frivolidad e inexperiencia. Los intelectuales corren el riesgo de “estar en las nubes”, sin contacto directo con lo real. (p. 69)
A la inversa, agrega Morin (2009), como incidiendo en aquello de lo que carecería el intelectual y abundaría en el común de la gente: “La experiencia de lo real, físico o social, comporta la experiencia de pruebas, obstáculos y constreñimientos. La experiencia de la opresión nutre la idea de la libertad” (p. 69). Y es que, a lo largo de la historia, el estudioso especializado ha dado la impresión de guarecerse en su torre de marfil, interviniendo en los problemas de su tiempo sin comprometerse del todo con ellos, aunque difícilmente haya dado un paso al costado, pues con ello perdería los créditos que un protagonismo polémico le provee. ¿Acaso la relación establecida entre el sector intelectual y el popular remeda una lógica como aquella en la que, según Bateson, el padre instala al hijo, haciéndole ver (y sentir) que se equivoca tanto cuando actúa como cuando deja de actuar? (Lipset, 1991, pp. 230-238).
Preferible sería aproximarnos a lo desconocido con humildad e interés, merodear aquello que Foucault (1989) llamó saberes regionales, locales, particulares (pp. 170-171), sin perder de vista que estamos situados ante unos funcionamientos que, por no acabar de comprender, estamos tentados de trastocar. Marshall Sahlins (2011), etnógrafo y teórico norteamericano, nos proporciona una pista al indicar que las ciencias sociales mismas son el producto de la contradicción entre la moralidad social y el cuidado individual (p. 98); falta, obviamente, que nos preguntemos de qué maneras se han repartido esas moralidades y estos cuidados, la responsabilidad de su manejo y el derecho a su reflexión o, en los términos que nos interesan, cuánto estos cuidados teóricos se yerguen como impedimentos para explorar más crudamente aquellas moralidades prácticas.
La consideración crítica del lugar del intelectual en nuestro país puede parecer, a primera vista, exagerada. Sin embargo, bueno es recordar que en contextos como los latinoamericanos y los tercermundistas, en general, se trata de una función delicada y en la que, bajo ciertas coyunturas, se deposita una expectativa no poco desproporcionada, dado que el escritor deviene en experto y voz autorizada, siendo su figuración intelectual o política nada infrecuente. Como tópico más familiar para el lector de habla española, y a propósito de la particular tensión y circulación entre oralidad y escritura, podemos invocar el estallido del llamado boom latinoamericano en la narrativa literaria, pues con él se instaló o renovó una suerte de desafío que debió ser asumido por una serie de plumas brillantes de esta parte del globo, eventualmente afanadas en recrear, mediante sus relatos, los imaginarios y aconteceres típicos de nuestras sociedades y, consecuentemente, unos flujos fabulatorios que, precisamos suponerlo, les son indisociables.
No faltan, claro está, las lecturas de un Alejo Carpentier (1991 [1948], pp. 381-392), un Mario Benedetti (1993, pp. 567-576) o un Juan Goytisolo (2007, pp. 323-340). El primero de ellos sostiene que el boom del realismo mágico literario no pasó de ser un invento editorial del viejo continente en momentos en que su propia novelística resultaba, a todas luces, particularmente árida; y los dos restantes coinciden en el hecho de que tal carencia se veía de alguna manera relevada, ya sea por la explosión de la metodología estructuralista y los encuadres semiológicos, ya sea por las sofisticaciones del grupo parisino Tel Quel en su hermético quehacer interdisciplinar.
A propósito de estos últimos impactos, preocupaba a Mario Benedetti, cuentista y narrador uruguayo, los excesos colonialistas en los que habría caído un espectro no poco significativo de la crítica literaria latinoamericana. Lo cierto, como ya se anticipó, es que todo logro y cualquier concesión en el pasaje de lo oral a lo escritural o, en la clave de Goody y Watt (1968), de una “tecnología del intelecto” a otra, es siempre polémica y polivalente, de allí que, una vez efectuadas las operaciones y traslaciones del caso, el especialista se vea obligado a dar cuenta de paisajes diferentes a aquellos de los que se partió.
2. Tiempos de la cultura, tiempos de la naturaleza
Que, en cuanto al reparto de los protagonismos con las prácticas escritas, la cultura oral no ocupa sitial privilegiado alguno es, por decir lo menos, una verdad de Perogrullo. Sin embargo, históricamente, las relaciones entre oralidad y escritura —o entre la instantaneidad del acto hablado y su correspondiente registro en algún tipo de soporte mnémico— están lejos de reducirse a la pura polaridad y los consabidos contrastes de sus particulares caracteres. Tampoco podrán limitarse a la tendencia colonial y jerarquizante a someter y reducir lo inaprehensible del primer régimen (el de la expresión de lo dicho) al imperio de sus pretendidas traducciones, habida cuenta de que este último plano se articula y organiza, como es bien sabido, bajo los parámetros del lenguaje escrito.
La visión poscolonial sustentaría, en cambio, que los intentos de transitar de lo oral a lo escritural —trabajos, por así decirlo, de “recuperación” o de “reivindicación” de lo oral en lo escritural— nunca alteran verdaderamente el orden imperante y, más aún, tienden a engrosar las razones o a justificar los pretextos con que el mercado estratifica el lugar de unos y otros. Valga recordar, eso sí, que, desde el deconstructivismo que le fue atribuido a Derrida (1973), prima la idea de que las voces conservan algo de originario y presencial, un plano donde apariencias y apariciones parecen conectarse con singular fluidez, como si esas voces estuvieran dotadas de un peso singular que el filósofo argelino instala más acá de cualquier inscripción y suscripción dadas (pp. 91-118).
Todo indica que la confrontación del binomio oral/escritural —no pocas veces asimilado, en todo lo que tiene de asimétrico, al par barbarie/civilización— formaría parte del itinerario, si se quiere más englobante, que hubo de corresponderle a la antinomia naturaleza/cultura, tal cual lo ilustra el ya citado Sahlins (2011). Apoyándose en las indagaciones del helenista francés Jean Pierre Vernant, Sahlins entiende que “la antítesis incipiente, la jerarquía, abarca su negación, la igualdad” (p. 37). Persiguiendo el derrotero que, al menos aparentemente, opuso la naturaleza a la cultura durante toda la historia del pensamiento occidental, el antropólogo estadounidense remarca que una de las cimas de tal pugna es la abismal distancia, por todos conocida, entre el modelo de Rousseau y la cosmovisión de Hobbes; entre aquella perspectiva que, inclinándose por el estado natural del hombre, proyectaba todas sus desgracias en el carácter formal/nominal que la cultura habría ejercido sobre la humanidad, y aquella óptica que apuntaba a proteger al hombre del hombre mismo mediante unas leyes encargadas de someter lo natural y sus hipotéticos exabruptos, de apaciguar los ímpetus atribuidos a fuerzas atávicas.
Sin descuidar una contemporaneidad particularmente afecta a los hoy archiconocidos cultos al cuerpo, a la salud y a la gama de cuidados que se derivan de la denominada “calidad de vida”, advierte Sahlins que antes y después de Rousseau, y no pocas veces en el transcurso de los siglos, la naturaleza resulta ser de pronto reivindicada y, en consecuencia, encargada de representar lo que hay de más genuino, auténtico y noble en el espíritu del hombre. Falta ver, naturalmente, cuán consensuales son tales visiones en cada época, pues no es tan fácil gestar, respecto a tales dimensiones, acuerdos uniformes o tendencias claramente homogeneizadoras. Valgan como evidencias las polémicas, ayer típicas, sobre el valor de lo innato o de lo adquirido en la gestación de la opción homosexual, o las más actuales diatribas sobre el estatuto, naturalmente irrefrenable o socialmente condicionado, de la violencia de la humanidad.
Lo concreto, para retomar el paralelo que postulamos, es dar cuenta del modo en que lo oral, aunque bajo dispositivos y retóricas que es preciso deslindar y desmontar, ha sufrido en nuestro país una suerte parecida a la de lo natural propiamente dicho o, mejor, a la de lo natural entendido como un efecto ilusorio que el discurso filosófico y político sostuvieron durante la historia de Occidente. Una oralidad, mal que bien, ubicua y que sobrevive —a despecho de sus rezagamientos ante el mundo de los registros tecnológicos, de su aparente sumisión a las consignas discursivas de la hipermodernidad y el capitalismo financiero, o de su pasaje al plano virtual vía emoticones, memes y demás contracciones gráficas—, ya sea agazapada o reinventándose allí donde, en apariencia, ya habría dado todo de sí. Volvamos a respaldarnos en Lévi-Strauss (2003), a propósito del lugar de lo culinario como espacio de encuentro entre valores antinómicos:
Respondiendo a las exigencias del cuerpo y determinada en cada uno de sus modos por la manera particular como, aquí y allá, se inserta el hombre en el universo, situada así entre la naturaleza y la cultura, la cocina garantiza más bien su necesaria articulación. Participa de ambos dominios y refleja esta dualidad en cada una de sus manifestaciones. (p. 427)
Fernando Silva Santisteban, con usual clarividencia y maestría didáctica, advirtió, no lo olvidemos, que el concepto de cultura presentaba, entre otras posibles limitaciones doctrinarias y restricciones metodológicas, el hecho de que con frecuencia no incluía, en su radio de prioridades y preocupaciones, fenómenos que bien podían tener la mayor de las incidencias (Pazos, 2012, p. 118). Véase lo que en el mismo sentido señalaba Lévi-Strauss (2010), procurando apoyo en las limitaciones inherentes al registro alcanzado por el microscopio óptico:
[…] incapaz de revelar al observador la estructura última de la materia [advierte el antropólogo francés], solamente queda elegir entre diferentes magnificaciones: cada una pone de manifiesto un nivel de organización cuya verdad es relativa nada más, y mientras se la adopte excluye la percepción de otros niveles. (p. 13)
Lo que hay de relativo en esa verdad a la que apunta Lévi-Strauss depende tanto de su desconexión de la totalidad inabarcable de la que ha sido abstraída como de la posición que el observador ocupa respecto al fenómeno observado. Adentrémonos, pues, un trecho más en esta última problemática. Acaso en la observación de cada cual —tanto en la del visitante que registra lo que le es más ajeno, sin integrarse plenamente en ello, como en la del nativo claramente implicado desde siempre en aquello, por no hablar de la visión resultante al cabo de costosos trabajos de adaptación e integración del primero en el mundo del segundo— operan lecturas de una práctica que siempre estará afectada por las distintas distancias asumidas ante aquella cotidianidad que pretende observarse, describirse o explicarse. Así, por ejemplo, cuanto más próximo se encuentre el opinante al fenómeno del que opina, cuanto más difícil le resulte deslindar su postura de observador del lugar de participante consuetudinario, e incluso de testigo familiarizado, más posibilidades habrá de que su entendimiento de los rituales en juego responda a la familiaridad que ha alcanzado con ellos. Veamos, entonces, los diferentes alcances del concepto de ritual, tal cual nos los extiende el antropólogo Martín Lienhard (2003), quien se pregunta:
¿Qué es un ritual? Las definiciones existentes, todos lo sabemos, son extremadamente variadas y divergentes. Para algunos estudiosos, cualquier comportamiento repetitivo, rutinario o estereotipado merece el nombre de ritual. Otros, al contrario, reservan este término a los momentos de reconexión colectiva con lo sagrado que se observan en las sociedades arcaicas. (p. 25)
Un lugar primigenio dentro de ese eje lo ocuparía, a no dudarlo, el etnógrafo clásico, que va a buscar y a confirmar una concepción del ritual que ha respondido, frecuentemente, a la mirada fascinada que Occidente proyecta en otras articulaciones culturales; así procura registros claramente condicionados por el lugar que parecería tener el colectivo examinado en una cierta escala del “progreso” o, en su defecto, suscribiéndolo en el casillero de lo exótico. En la otra orilla, más próxima a nuestra contemporaneidad, el psicoanálisis y la llamada microsociología buscan un entendimiento bastante más flexible del ritual, a fuerza de desacralizarlo e integrarlo a plenitud en la agitada cotidianidad de la gran urbe.
Y, a propósito del mundo de la comida y la bebida, ese territorio sobre cuyo diámetro descendemos una y otra vez durante el día y cuyo mejor marco suele ser la mesa, bien podría estar enfocado en la singularidad de su funcionamiento a partir de lo que Da Matta (2002) ha propuesto para las paradas militares, las procesiones y los carnavales. Se diría que lo que Da Matta distingue, con el desfile militar, son los tiempos de la celebración y confirmación del orden presente; con los carnavales —en la senda de los análisis inaugurados por Bajtín (1995)—, los tiempos de la suspensión o de la inversión del orden social; y vía la procesión religiosa, los de la búsqueda utópica o ucrónica, por no hablar del anhelo de una temporalidad mística y trascendente (Lienhard, 2003, p. 27).
Lo cierto es que en el Perú, mientras se prepara el ceviche y unas cervezas lo franquean, mesa y sobremesa se conectan sin solución de continuidad, dado el recurrente requerimiento de ventilar y perennizar (des)acuerdos, cuando no nos gobierna la aspiración a resolver allí temas de la mayor importancia en el mundo de los afectos. Léase: la celebración cada vez más costosa de un triunfo en materia de fútbol, la deliberación de la mejor táctica para cristalizar las lides amorosas adolescentes o la oportunidad invalorable de celebrar el cumpleaños del jefe: es lo que afirma Vargas (2010, p. 182). Medina (2014) añadiría que la puesta de moda del ceviche permite corroborar otros propósitos, si se quiere aspiracionales, pues “[l]a comida se ha elevado a la categoría de acontecimiento social: permite airear a los cuatro vientos la capacidad económica recién adquirida o, quién sabe, nunca alcanzada, pero siempre anhelada” (p. 259).
Tiempo de suspensión, en la clave de Da Matta (2002); tiempo de lo inmediato, tal cual lo hemos venido remarcando una y otra vez; tiempo de pequeñas revanchas y réplicas a la realidad; tiempos de la oralidad que, con frecuencia, suspenden lo cronológico en sentido estricto o lo estiran durante días enteros, sin lugar a réplica y contra toda razón, como en el llamado boleto capitalino, la pollada del migrante o la pachamanca andina. No nos cabe la menor duda de que todo ello pone en juego un temperamento de grupo, una subjetividad despersonalizada o, parafraseando a Williams (2001), una estructura sentimental, ergo, unos estilos afectivos. Por cierto, ya hemos insistido, en toda su extensión y vigencia, en los distintos regímenes con que carburamos y metabolizamos el tiempo en nuestro país, factor que se instala en el centro mismo de la nula previsión desarrollada, a diversas escalas, cuando de enfrentar los imponderables de la existencia se trata (Hevia, 2016, pp. 107-155). Así, el poco hábito para planificar encuentra su mejor parapeto y más claro síntoma en la llamada “hora peruana”, así como en sentencias del tipo “Dios proveerá”, “todo a su tiempo”, por no mencionar el consolador dicho que postula que cada hijo debe nacer “con su pan bajo el brazo”.
Daniel Titinger (2004), cronista hasta para masticar, habla, escribe y se confiesa antes de comer:
A los peruanos se nos hace ceviche la boca sin necesidad de comer un ceviche. Sale el sol y morimos por uno: luminoso, marino, diurno. Llega el invierno y lo mismo da. Nos hacemos más peruanos alrededor de una mesa. Y en la mesa, el ceviche. (p. 16)
Dando cuenta de las impresiones de un visitante, concluye Titinger: “No sé qué tienen ustedes los peruanos que solo hablan de comida […]. Y en la cocina, el ceviche. Al chileno le encantó. Esa es la cruda realidad” (p. 28).
Aferrados a un efecto tautológico y a propósito de lo suscrito líneas arriba, se diría que no hay mejor respuesta sobre los encantos de nuestra comida que la comida misma. No es solo que los peruanos estemos siempre hablando de comida, cual si fuera una fabulación colectiva, se trata también de que ella habla por sí sola: es lo que, dudas al margen, corroboran nuestros visitantes. Trascendiendo la pura degustación, o lo que hoy se ha dado en llamar la “experiencia” en tal rubro, y dando cuenta de otros argumentos, el ya citado crítico gastronómico Ignacio Medina (2014) parece responder a la interrogante planteada por el visitante sureño antes referido, cuando alude a lo que él denomina el “efecto-Acurio”. Así, al reseñar en unas pocas líneas lo que el boom de la comida peruana ha permitido en nuestro país, asegura que “[d]e la visión acomplejada al orgullo de un país por su cocina solo ha habido un paso, concretado sobre todo alrededor de un programa de televisión que ha marcado una época: Aventura culinaria” (p. 13).
Más adelante, el lector habrá de corroborar que la problemática de la comida y la bebida resulta ser, hoy por hoy, bastante más compleja. Así, por ejemplo, entre los jóvenes de nuestra capital, parecen oponerse dos posturas, irreconciliables en el extremo, respecto a las labores culinarias. Varones que, con ávida curiosidad y afanes de experimentación, ven en ese espacio un proyecto de chef; damas que certifican escépticas, en su propio hogar, la devoción esclavista a la que hubo de someterse su propia madre. Tal dialéctica nos recuerda las apreciaciones que, con asombrosa vigencia y exactitud, formulara Mead (2006) en su trabajo etnográfico sobre los roles masculinos y femeninos en distintas culturas.
Opina Mead (2006) que el temor típicamente atribuido a la mujer, así como su necesidad de exteriorizarlo a plenitud, o la mentada valentía masculina, siempre obligada a ratificarse una y otra vez, están lejos de ser aptitudes destiladas a libre albedrío por cada género, pues no son más que la resultante de unos rasgos particulares que cada cultura se esforzó en aislar y potenciar, a fin de elevarlos a la categoría, inequívoca o irrefutable, de naturaleza (p. 65). Es contra tales concepciones que niños y niñas encuentran atractivos espacios que no son los que su respectiva cultura les ha reservado o hacia los que se les presiona socialmente. Así pues, dice de tales inquietudes en el varón: “[…] su entusiasmo por la cocina puede derivarse de un tipo de interés que más tarde le hará un químico de primer orden […]” (Mead, 2006, p. 275), mientras que de ellas agregará que “[…] el interés por el equipo telegráfico de su hermano puede originarse en el orgullo que se le despierta al saber usar eficientemente el código morse” (p. 276).
Bauman (2002) lo ha planteado con singular claridad: “Gobernadas por el principio ubicuo de la ley del mínimo esfuerzo, las mentes humanas tienden a someter su praxis a preceptos simples y maniqueos” (p. 281). Luego nos advierte de una indispensable constatación: “[…] pero una dicotomía exitosa implica la supresión del centro”. Consciente del terreno que pisa, el autor no deja escapar otra postura, menos proclive a los compartimentos estancos, más abierta a otras alternativas y, en tal sentido, deseable para toda suerte de despliegues exploratorios: “[…] una dependencia más profunda del entorno inestable acompaña la ganancia en la flexibilidad de la conducta” (p. 291).
3. Antecedencia de la oralidad
En las páginas siguientes, proponemos, a grandes trazos, un probable encuadre para las distintas dimensiones en las que la oralidad demuestra el vigor de su vigencia y su plasticidad adaptativa. Entender que el iletrado puede expresarse, y de variadas maneras, es una verdad de Perogrullo; llama la atención, sin embargo, el desconcierto experimentado por aquel investigador que, en medio de pesquisas etnográficas e ímpetus libertarios, ve diluirse los a priori en los que su propia cultura se deposita y con los que limita su alcance. Se trata, pues, del predominio que un régimen escritural ejerce y con el que remarca una visión de la oralidad que es clara resultante de las limitaciones a ella atribuidas. Más alentadora, por su carácter innovador, resulta ser, en todo caso, la postura asumida por el historiador italiano Carlo Ginsburg, en su conocida obra titulada El queso y los gusanos (1976), donde reconstruye la cosmovisión de un molinero del siglo XVI y con la cual, en desmedro de la entonces imperante historia de las mentalidades, el autor recupera la autonomía del sujeto, apostando incluso por su condición anónima y atentando contra los criterios vigentes de representatividad en las ciencias humanas (Serna y Pons, 2000, pp. 23-36).
Invocando un abordaje marcadamente nemotécnico, no está de más recordar los caracteres que un reconocido especialista de la dimensión oral como Walter Ong compila sobre tal materia. Se trata, según el experto, de nueve aspectos cualitativos que distinguen a la llamada oralidad primaria de las codificaciones escritas. A saber:
1. Es paratáctico y no hipotáctico: prefiere estructuras sencillas.
2. Es agregativo y no analítico: opera sobre la base de figuras estereotipadas.
3. Es redundante: pues precisa asegurar la comprensión y la memorización.
4. Es conservador o tradicionalista: se acumula a lo largo de los siglos.
5. Es cercano a la experiencia: se refiere a hechos concretos.
6. Es agónico: abunda en detalles y depende de la verificabilidad de lo relatado.
7. Es enfático y participativo: el relator pertenece a la realidad que narra.
8. Es homeostático: se vincula al momento presente en el cual se expresa y depende de los recursos con que cuente para hacerlo.
9. Es situacional: se ajusta a lo inmediatamente observable, a objetos y hechos tangibles. (Abruzzese y Miconi, 2002, pp. 118-119)
Resulta claro que tal esquematización peca de universalista o no pasa de detentar una utilidad histórica más o menos restrictiva, pues la sola consideración, por ejemplo, del paso de la comunidad local a la gran urbe capitalista, tal cual la recrea Simmel (1986, pp. 676-716), ya nos remite a un trabajo en el que la oralidad, lejos de ensimismarse o minimizarse, se restituye y recompone en nuevos regímenes, bajo otros formatos, multiplicando sus tiempos o contrayéndose y desplegándose según los escenarios, las consignas o las oportunidades dadas. En el orden citadino, a través de intercambios al paso y consignas verbales fugaces, nos tornamos duchos en el manejo de sociolectos; somos partícipes de chismografías de corto aliento, por no hablar de la recuperación familiar o vecinal de aquello que los medios de comunicación esparcen diariamente, prácticas de un valor innegable, pues lo que hay en ellas de dialógico o monológico ratifica nuestra pertenencia a colectivos siempre abiertos al acuerdo o a la discrepancia, por no hablar del conjunto de jerarquizaciones, maniobras selectivas y afinidades electivas que suelen ejercerse en el “cara a cara”, vía criterios paralingüísticos e ilocucionarios, ellos mismos siempre implementados al servicio de la dimensión oral. De otro lado, si privilegiamos la idea, hoy imperante, de que las nuevas tecnologías han invadido todo orden de cosas, igual se podrá argüir que están lejos de querer prescindir de la característica expresividad oral, dado el enorme alcance que esta tiene en su peso sincrónico e inmediato, instancias no poco reflejadas en el denominado tiempo real.
Toda traducción, lo recordamos, implica un acuerdo, una negociación, pero sobre todo supone riesgos en el traslado del material en juego, cuando no extravíos en el ajuste y reajuste de un código a otro; tales matices, obvio es decirlo, parecen evidenciarse con especial énfasis en la mutación del orden oral al textual. Tómese en cuenta, entonces, que mientras la oralidad del habla suele ser, en su funcionamiento diario, harto flexible a la prescindencia de conectores, especialmente dependiente del entorno físico y contextual inmediato, por no hablar del indispensable auxilio que una variada batería corporal e ilocucionaria le alcanza; lo escritural, en cambio, es afecto a unas normativas bastante más rígidas (Durand, 2007, pp. 511-522), al imperio de una gramática todopoderosa que Deleuze y Guattari (1988) prefieren vincular a cierta “sobrecodificación” (pp. 232-234). Vale la pena destacar incluso, en medio del pretendido aplastamiento de lo oral que lo escritural habría perpetrado, la paradoja sobre la que llama la atención el ya citado Ong (1987), cuando nos recuerda que si bien toda materia escrita supone o requiere de un soporte oral, lo oral propiamente dicho suele sobrevivir sin el auxilio de lo escritural (p. 18).
Aunque reconozcamos que los aparatos de control político han situado lo oral en un plano subalterno respecto al poder de la escritura y que tales iniciativas nunca fueron completamente ajenas a toda suerte de evaluaciones y estratificaciones socioculturales, no es difícil comprobar el hecho de que las llamadas oralidades secundarias sobreviven y se empoderan en la era moderna, en medio de escrituras cada vez menos elaboradas y claramente marcadas por los ritmos de la propia verbalización. Interactúan, por ejemplo, con flujos audiovisuales e impactos infográficos todoterreno; se despliegan vía redes virtuales para cuya conexión se implementan unos códigos que, en su propio grafismo, suelen estar bastante marcados por pautas del habla. Se trata, como es evidente, de la apelación a ciertas economías expresivas claramente desprendidas de la oralidad, a tal punto que hoy la gente permanece instalada en sus circuitos comunicativos más inmediatos y directos, a una abismal distancia de las posibilidades, siempre más lentas y elaboradas, de las retóricas y circunloquios escriturales. Así pues, huelgan los indicadores que certifican el peso que los formatos electrónicos han destinado a las potencias de la oralidad; lugares insospechados de actualización cuyo carácter ubicuo no termina de sorprendernos; tales impactos se pueden fácilmente rastrear, por ejemplo, en todas las fases de la evolución del aparato telefónico para culminar en el actual protagonismo del celular y el de todas las variantes que la cultura digital, a ritmo frenético, impone y disemina.
4. Contra el par público/privado
Sloterdijk (2003), quizá próximo a la filosofía de Bergson, se arriesga a señalar que “[c]omo el lenguaje y la emoción, la inteligencia no es sujeto, sino milieu y círculo de resonancia” (p. 247). De tal modo, asesta un duro golpe a la idea, promovida en el Occidente moderno, de la autonomía del individuo, así como de su radical distanciamiento del contexto que lo alberga; hablamos, entonces, de la necesidad de rescatar el entorno comunal del que proviene, en honor a la verdad y para ser rigurosos, toda característica individual. No es vano que, bajo tales premisas, el estudioso concluya:
La escritura es, asimismo, la que hace posible que haya individuos que se retiran de la sociedad para complementarse a sí mismos con la palabra de los autores: quien sabe leer, sabe también estar solo […]; el libro y el desierto van unidos. (Sloterdijk, 2003, p. 247)
La compañía activa el diálogo y supone el intercambio; la vecindad induce y justifica la puesta en acto de la palabra; coexistir es, para decirlo sin demasiados rodeos, una tarea y un desafío común que asegura la supervivencia y aminora sus riesgos, activando por ello mismo, cíclica y repetidamente, su celebración ritual. Otro tanto aporta Tournier (2001):
El hombre que escribe es un solitario que se dirige a un lector solitario, tanto si escribe una carta de amor como si compone una novela de aventuras. Por el contrario, el hombre que habla necesita de un oyente, pues la palabra solitaria es palabra de loco […]. Así, el primer estadio del aprendizaje de la lectura es la lectura en voz alta. La lectura muda —o mental, o interiorizada— corresponde a un segundo estadio. (p. 133)
Vayamos al otro extremo, ese en el cual se inscribe un lector devenido escriba primero y tornado especialista después, figura paradigmática del intelectual que ya hemos citado y que, según reza el axioma objetivista, habrá de activar respecto al medio inmediato en que se desenvuelve un distanciamiento reflexivo cuyas consecuencias no son precisamente leves. Acaso ya no debamos sorprendernos del corolario al que arriba Sloterdijk (2003): “La escritura fue la primera que explosionó los círculos mágicos de la oralidad y emancipó a los lectores del totalitarismo de la palabra actual, hablada en un ámbito de cercanía […]” (p. 247), y tampoco extrañarnos de las razones que esgrime en el cierre del mismo párrafo: “La era oral significó, ciertamente, lo mismo que el pasado mágico-manipulativo del alma, dado que en ella la posesión actual por las voces y las sugestiones de los miembros de la tribu significaba el caso normal” (pp. 247-248). Contra todo consenso patologizante, aquel que con pasmosa naturalidad postula la razón consensual, Sloterdijk (2003) advierte sobre la ocurrencia de las posesiones que ciertos personajes experimentan:
[…] en las familias, pueblos y vecindades, se la considera hasta hoy como el tipo obvio de comunicación. Ahí se encubre el hecho de que en el mundo oral todos los seres humanos son magos que se colocan recíprocamente en una vía más o menos poderosa de normalización […]. (p. 248)
Con tales asertos, parece inminente recuperar una noción de lo comunitario, ergo, de la comunicación, que elevaría lo “común”, permítasenos el riesgo tautológico, a un estatuto no poco socavado o debilitado hoy. Y es que, en los orígenes de la humanidad o en la propia dinámica del grupo pequeño, los episodios de “transmisiones de pensamiento” constituirían el fundamento mismo de una suerte de “reactivación de las funciones de proximidad prealfabéticas y preverbales” (Sloterdijk, 2003, p. 248).
Sea que apelemos a la viciosa conexión postulada por la sentencia: “Pueblo chico, infierno grande”, o que invoquemos su espléndida conversión literaria en la novela de Rulfo Pedro Páramo, no faltarán respaldos para la contundente afirmación de Sloterdijk (2003): “Que los seres humanos sean capaces entre ellos de participaciones tan apretadas pertenece a su más antigua dotación histórico-tribal” (p. 248). Véase las reflexiones de Mladen Dolar (2007), filósofo esloveno, cuando propone la idea de que la voz es el vaso comunicante por excelencia entre el lenguaje y el cuerpo, sin dejar de recordarnos, por cierto, que ella no se inscribe a plenitud en ninguno de los ámbitos aludidos. En tal orden de cosas, la voz sería:
[…] un misil corporal que se ha desprendido de su fuente, se ha emancipado, y sigue siendo no obstante corporal. Esta es la propiedad que comparte con todos los objetos de la pulsión: se hallan todos situados en un ámbito que excede al cuerpo, prolongan el cuerpo como una excrecencia, pero tampoco están fuera del cuerpo sin más. (p. 89)
Más adelante insiste en la fórmula lacaniana según la cual, no pudiendo los oídos clausurarse nunca, sufren una suerte de exposición continua a todo aquello que los rodea y envuelve: he allí lo estéril o poco fructífero que resulta el intento de tomar distancia del conjunto de fuentes acústicas que, por ejemplo, el recinto urbano disemina. Uno es, entonces, el plano que gobierna lo que se ve y otro, radicalmente distinto, el que articula lo que se oye. Dolar (2007) lo explica inmejorablemente:
Hay un crudo contraste entre lo visible y lo audible: el mundo visible presenta una relativa estabilidad, permanencia, peculiaridad, y una ubicación a la distancia; lo audible presenta fluidez, transitoriedad, un cierto carácter incoado, amorfo, y una falta de distancia. La voz es elusiva, siempre cambiante, mutable, fugaz, imprecisa, opuesta a la relativa permanencia, solidez, durabilidad de lo visible. (p. 95)
Al no poder neutralizar lo acusmático, como sí ocurre en el caso de las materias visibles, los productos auditivos, y principalmente las voces, en términos más acusados aún, se dotan de un carácter enigmático. La llamada letra muerta, el documento inanimado, el texto puro y duro, precisa de una voz que lo auxilie y releve, de manera que le otorgue, en tal pasaje, cierto plus performativo, por no hablar de una existencia viva (Dolar, 2007, p. 134). Véase el modo magistral en que Dolar encuentra, en la diferencia ostensible extendida entre los discursos de Stalin y las puestas en escena de Hitler, las distintas modalidades de vincular la letra y la voz en sus correspondientes dinámicas discursivas; esas que, en algunos casos, todo lo remiten al documento escrito como tal y, en otras circunstancias, se encargan de proporcionar el mayor relieve y el máximo valor a una performance verbalizada y teatralizada que se yergue como la materialización misma del poder.
Nótese el esbozo del siguiente perfil de los discursos de Stalin:
[…] el gobernante estalinista no es sino un agente, un funcionario del guion, y el sentido de la lectura monótona es el de presentar la menor cantidad posible de distracciones. La guía no es la autoridad de la voz, sino la autoridad de la letra: la letra es el acontecimiento, la voz no es más que su apéndice, apéndice necesario, ya que los discursos tienen que ser leídos en voz alta para que resulten efectivos; la publicación no basta; pero a la voz se la reduce a la cantidad mínima necesaria. (Dolar, 2007, pp. 142-143)
Puede que la cuestión se vincule, claro que sí, a la escasa competencia retórica y dramatúrgica del orador; sin embargo, lo fundamental es que, a manera de un efecto estructural y como una operación deliberada, la inerte monotonía de dicha lectura contribuya a desplazar todo el peso de la ley hacia la letra escrita. Sin lugar a dudas, el caso de Hitler se encuentra en el extremo opuesto:
[…] las palabras del Führer, soportadas por la carismática presencia inmediata de su voz, eran inmediatamente legislativas […]. No necesita leyes objetivas; su justificación es encarnar la unidad y la aspiración de la nación, su “voluntad de poder”, su necesidad de espacio vital y de purificación racial. La vida, la fuerza, el poder, la sangre, el suelo… y la voz en continuidad con esta serie, la voz en vez de, en lugar de la ley. (Dolar, 2007, pp. 143-144)
Y, como no podía ser de otro modo respecto a la dinámica descrita, Dolar ubica en una zona intermedia, ambigua y oscilante, la figura de Fidel Castro, personaje emblemático de la llamada Revolución cubana. En este particular caso, todo parece ocurrir como si lo oral y lo escritural operasen por relevos: se destaca menos el predominio de una dimensión en desmedro de la otra que su mutua dependencia y sus obligadas alternancias:
[…] difícilmente se lo pueda considerar como un opositor al estalinismo, pero sigue una lógica muy distinta en sus apariciones públicas. Presenta algo así como la síntesis imposible de dos elementos opuestos: por un lado, pronuncia sus discursos sin notas escritas, con enjundia, basándose infinitamente en la inspiración del momento, con una retórica barroca y una intrépida confianza en la inmediatez de la voz; y, sin embargo, por otra parte, sus monólogos improvisados duran horas y horas, se vuelven abrumadoramente repetitivos y se convierten espontáneamente en disertaciones de los dirigentes del Partido, con los mismos efectos soporíferos, logrando así su objetivo, a pesar de su punto de partida opuesto. (Dolar, 2007, p. 143)
No requerimos de demasiadas destrezas analíticas para encontrar en la figura de Humala o en la de Castañeda a los voceros políticos que, lejos de alcanzar la talla de los grandes estadistas, remontan el carácter del que carecen o el carisma weberiano faltante hacia unas decisiones respaldadas en el rigor de los decretos o en la firma de los tratados, enfatizando iniciativas ya ejecutadas u obras recientemente implementadas. En el mismo marco conceptual, el inefable, presuntuoso y autosuficiente Alan García daría cuenta de ese sitial demagógico que, en desmedro de todo efecto de realidad, erige la palabra formulada en sinónimo de ley y garantía de verdad, ya sea por su tono performativo o por su convincente arrastre. No es tan fácil encontrar una figura equivalente a la de Castro, aunque Abimael Guzmán quizá haya ejercido para las huestes senderistas ese doble influjo que va y viene del aliento combativo y del resto emocional que cualquier militancia actualiza al puro soporte textual, concebido como soporte doctrinario y dogma inequívoco.
5. Sumas y restas chismográficas
Que la vida cotidiana está hecha de informaciones nimias, subrepticias o solo excepcionalmente dotadas de valor ya está dicho; que, cual corrientes no previstas, atraviesan el audio y la visión del ciudadano de a pie parece ser una realidad indiscutible. No son pocos los estudios que optaron, en clave sociológica o psicosocial, por acompañar tales recorridos, corroborando una y otra vez la incidencia del efecto del teléfono malogrado; léase: la imposibilidad de que una información se mantenga sin sujetarse (y quizá complejizarse) a las sensibles modificaciones que cada cual sobreañade a la versión recogida. Fenómeno, por cierto, del que tanto se ha subrayado el anonimato y la despersonalización que propicia como las variantes contextuales y narrativas a las que lo dicho se va ajustando en su incesante relevo, en el itinerario de emisión-recepción-transmisión que caracteriza a su tránsito (Deleuze y Guattari, 1988, p. 89).
Si bien lo que alimenta el chisme es el secreto, un secreto que se contrae y distiende en cada encuentro y apertura, preciso es señalar, en un sentido inverso y complementario, que también compromete y motiva al destinatario a la correspondiente propagación del relato escuchado, aunque, claro está, deba hacerlo en entornos más o menos limitados o supuestamente discretos. Como si el chisme solicitara del sujeto estándar, ya capturado por su influjo, que tanto se interese en la revelación secreta como se predisponga a diseminarla bajo los parámetros del medio-decir, a propósito de una comunicación entre cuatro paredes o entre gente a la que se incluye en un circuito selecto, en un entorno de especial confianza. Es por esa razón que, aun cuando Simmel (2014) nos haya advertido de que “el sujeto destaca justamente por aquello que oculta” (p. 393), no se priva de recordar también que “[s]aber con quién se trata es la primera condición para tener trato con alguien” (p. 371).
Interesa por ello traer a colación las reflexiones de Maffesoli (2004) acerca del valor del secreto, las cuales postulan que, en una época en la que todo el mundo habla de las masas, es bueno incluir la dinámica de otros múltiples segmentos, esos que él calificaría como tribus y que, lejos de ajustarse a pie juntillas al poder dominante, tienden a inscribirse en una suerte de realidad paralela, en la que el secreto y la complicidad son dos caras de una misma resistencia que propone vincular a la llamada socialidad. Cabe destacar la necesidad de no confundir la socialidad sobre la que llama la atención el autor con la más conocida socialización, dado el peso institucional con que esta última es investida. “Nunca me cansaré de recalcar la función unificante del silencio, el cual llegó a ser entendido por los grandes místicos como la forma por excelencia de la comunicación” (Maffesoli, 2004, pp. 174-175).
Al referirse al “encogimiento en lo cotidiano”, el pensador francés sostiene que “[…] estamos en presencia de una colective privacy, de una ley no escrita, de un código de honor, o de una moral clánica que, de manera casi intencional, se protege contra lo que viene de afuera o de arriba” (Maffesoli, 2004, p. 175). El sociólogo propone la “hipótesis de la centralidad subterránea”, apresurándose a señalar que, al contrario de los combates abiertos, “[…] las prácticas del silencio son ante todo orgánicas, es decir, que el enemigo importa menos que la argamasa social que secretan” (p. 178) y que, en tales contextos, “[…] la solidaridad no es una abstracción o el fruto de un cálculo racional, es una imperiosa necesidad que compele a actuar pasionalmente” (p. 178).
Para terminar, confirma lo que advertíamos páginas atrás:
La reflexión en torno al secreto y sus efectos, por anómicos que sean, conduce a dos conclusiones que pueden parecer paradójicas: por una parte, asistimos a la saturación del principio de individualización, con las consecuencias económico-políticas que esto conlleva, y, por la otra, podemos ver cómo se perfila un desarrollo de la comunicación. (Maffesoli, 2004, p. 180)
Y luego:
El tribalismo y la masificación son dos cosas que van a la par. Al mismo tiempo, tanto en la esfera de la proximidad tribal como en la de la masa orgánica, hay cada vez mayor tendencia a recurrir a la “máscara”. Cuanto más se avanza enmascarado, tanto más se conforta el vínculo comunitario. (Maffesoli, 2004, pp. 180-181)
Si se trata de las denominadas bolas, chismes e incluso chistes como variantes expresas de la cultura oral, se diría que la inversión energética en ellas depositada es mínima, limitados como están los sujetos a constituirse en transitorios soportes de un relato cuyas variantes operan a manera de retoques, que nunca resultan suficientemente significativas ni deben suponer un trabajo excesivo para los involucrados. Dos señalamientos del ya citado Simmel (2014) quizá aclaren este orden de cosas. Según el pensador alemán: “El secreto es una forma sociológica general que se mantiene neutral por encima de sus contenidos” (p. 388), como si estos no justificaran necesariamente y en la gran mayoría de casos el celo con que se les resguarda; como si la mecánica de su preservación fuese, por así decirlo, más relevante como tal que el valor de los contenidos preservados. Lo fundamental se desliza hacia otro plano que Simmel (2014) encierra inmejorablemente en esta fórmula: “El secreto contiene una tensión que se resuelve en el momento de su revelación” (p. 390). El emisor, en el caso del chisme, deviene participante en cuanto mensajero de un dato novedoso, ratificador de una tendencia, eco de un sentir expansivo: esas y no otras son sus auténticas funciones.
Acaso lo fundamental en la práctica chismográfica —siempre tan entrañablemente vecinal, tan inextricablemente conectada al discurrir barrial o a los linderos comunales— consista en el mero hecho de compartir, de mantener en agenda un tópico cuya transmisión como tal, ya lo advertimos, es más valiosa que lo transmitido. Podríamos incluso dar cuenta, a propósito de la invención de los llamados “psicosociales” durante el gobierno de Fujimori, de la intensidad con que el común de la gente suele aferrarse a una visión más o menos generalizada, como si en ese acuerdo pudiera alojarse, casi encapsulada, una requerida verdad; como si la credulidad allí depositada fuera la garantía misma a la que habrán de aferrarse todos y cada uno de los destinatarios del tópico puesto en juego. Dicho de otro modo: no hay peor sospecha que la que no se comparte, ni mejor alivio que intercambiar especulaciones sobre ella.
Otro escenario de la comunicación genérica es el de una clásica opinión pública que, si bien despliega su oralidad en espacios tanto informales como formales, tiende a someter el protagonismo de los nombres y los rostros, en medio el calor de la discusión o a propósito de la seguridad que destilan los consensos. Se diría que, dada su cercanía al mundo de las creencias, la opinión pública otorga la posibilidad de ponerlas en juego, ya sea ratificándolas o rectificándolas. Manuel Mora y Araujo (2012), teórico de la opinión pública, expone las distintas inversiones que movilizan los ciudadanos según el grado de información que, en cada caso, suponen conveniente:
Toda persona puede elegir no informarse más allá de cierto grado, ya que adquirir información involucra un costo […]. Precisamente uno de los fundamentos de la teoría del liderazgo es que confiar en líderes es una manera económica de sustituir la información y disponer de un fundamento para tomar decisiones. (p. 167)
Un liderazgo que, lejos de explicarse en función del carisma o el influjo antaño atribuidos a las llamadas personalidades fuertes, hoy se explica mejor por las destrezas puntuales reconocidas en cada líder, cuando no a partir de unas funciones intercambiables que velarían por la mejor administración de su ejercicio (Wilson, 2007). Así pues, Mora y Araujo (2012) nos recuerda:
[Dado que] el liderazgo ha sido definido en términos relativos y relacionales, y no en términos absolutos, diré que si dos personas de la misma posición social interactúan y en un momento dado una de ellas influye sobre las opiniones de la otra, esta es el líder en esta circunstancia, aunque su liderazgo no esté en absoluto institucionalizado. En la oficina o la fábrica, en la escuela, en el barrio, en la familia, hay líderes locales. (p. 204)
Más que la búsqueda de unas causas, con frecuencia inexistentes o solo dotadas de valor por la propia compulsión explicativa del especialista, esta suerte de verborrea del comentario, de oralidad ruidosa y carente de contenidos, que invade toda suerte de contextos en su volatilidad y recurrencia, podrá ser comprendida a partir de una serie de variables sociales y políticas cuya puesta en circulación, más que activar el intercambio de puntos de vista, como suele postularse teóricamente, parece confirmar la aceptación inercial de ciertas impresiones siempre requeridas de consolidarse. Hablamos, entonces, de cuánto esos flujos de opinión reafirman un par de efectos no precisamente prestigiados por el sentir consensual: se trata de nuestra dependencia del otro y, más concretamente, de una cierta inclinación a imitarlo. Recuerda Mora y Araujo (2012) que nuestros puntos de vista también se dan “[…] a veces por consonancia con la opinión de otros, a quienes reconocemos títulos para opinar, otras veces para no desafiar la opinión de los demás; a veces quizás también para complacer a otros” (p. 175).
Tomemos, para cerrar el presente apartado, un fragmento del modo en que Pynchon (2015) retrata la atmósfera vivida en Nueva York luego del derrumbe de las torres de Manhattan, para graficar mejor la variedad de corrientes orales que pueden converger en tales situaciones; versiones que, imbarajables, se suceden y entrecruzan para consolidar, gradualmente, una perspectiva que va ratificándose en el camino:
Un olor químico y amargo, a muerte y fuego, que nadie con memoria ha olido jamás en esta ciudad y que persiste durante semanas. Aunque todo el mundo al sur de la calle Catorce se ha visto directamente afectado de una manera u otra, a gran parte de la ciudad la experiencia le ha llegado mediada, básicamente por la televisión, y cuanto más lejos les pilló, más vicaria es la vivencia del momento: relatos de miembros de la familia que iban a trabajar, de amigos, de amigos de amigos, conversaciones telefónicas, habladurías, folclore; a la par que entran en escena poderes entre cuyos intereses se cuenta el hacerse imperiosamente con el control de la narración de los hechos, tan rápido como sea posible, y la historia fiable se va encogiendo a un tenebroso perímetro centrado en la “zona cero”, un término de la Guerra Fría extraído de aquellos guiones de la era nuclear tan populares a principios de los años sesenta. (p. 338)
6. El reality: del caos vecinal a la arena del concurso
Leonor Arfuch (1995) fue una de las primeras estudiosas, en habla española, que investigó el creciente valor que el talk show fue adquiriendo en nuestras realidades mediáticas (pp. 57-87). Formato que puso en juego la llamada “paradoja de la intimidad”, apelando a entrevistas que recreaban —del modo más prolijo a veces, desenfadadamente en otras ocasiones— los avatares de la vida personal del invitado al set o, para ser más exactos, la gestación de una individualidad anhelante de reconstruirse hacia el exterior, de promocionarse cual producto. Arfuch (1995) insistió en el hecho de que en tal formato se intentaba acortar la inmensa brecha trazada entre la masa anónima y las figuras estelares, presentando estratégicamente a estas últimas en su ángulo menos sofisticado, retratando el lado banal e intrascendente de su cotidianidad. A través de esa hiperrealidad televisiva se iba gestando un acercamiento imaginario entre los circuitos privilegiados por la fama y el glamour, y el común denominador de la gente, entre los cuales también se cuentan, preciso es remarcarlo, los menos agraciados por la fortuna o el estatus elitista. Tal inversión le fue dando lugar en el set a cualquier excéntrico o al mismo ciudadano de a pie, haciendo oscilar las agujas de la visibilidad entre lo notable y lo notorio, y entre lo sobresaliente y lo ordinario (Arfuch, 1995, pp. 64-68). Materialización simultánea del sueño de los cinco minutos de fama, de un lado, y, cual plus compensatorio, del rebajamiento democratizante de las figuras más mitificadas, del otro.
No es el mismo efecto, recordémoslo, el que busca provocarse en el público del talk show que en el del reality show; ergo, tampoco son idénticas las razones por las que el público ahonda sus búsquedas aquí y allá. El talk show, tal cual lo indica su nominación original, apunta a hacer de la conversación el espectáculo propiamente dicho; por eso, el éxito del espacio depende, en gran medida, de las competencias del conductor-entrevistador y, como es obvio, de la desenvoltura y performance del invitado o la invitada. Concluye Casetti (1990), a propósito del tal formato:
Este género explota la tensión entre dos componentes: por un lado, el exhibicionismo de los participantes, dispuestos a bajar a la arena, a darlo todo de sí mismos; por el otro, la existencia de un límite a su performance o, mejor aún, de la necesidad de un pudor, que hay que vencer poco a poco, pero que no hay que romper del todo […]. Por lo tanto, la tensión está entre un querer mostrar y un deber mostrar, entre una imagen integral y una imagen velada […], indudablemente asistimos hoy a un aumento del exhibicionismo, pero no al final del pudor, que, más bien, se vuelve un signo de resistencia y con esto una mercancía preciosa. (p. 138)
De acuerdo con una tendencia de alcance global, aunque particularmente acentuada en la televisión nacional, los programas y formatos de mayor densidad cultural, aquellos que suelen sacrificar, en mayor o menor medida, el factor entretenimiento y, por ello, van apartándose del facilismo chismográfico, parecen estar condenados a tornarse livianos; otra forma, si se quiere, de desaparecer o de ratificar su triste nulidad. Se queja Postman:
Lo que yo deploro no es que la televisión divierta, sino que haya hecho de la diversión el modelo natural de representación de todas las experiencias. La televisión nos mantiene en continuo contacto con el mundo, pero lo hace con un rostro cuya expresión eternamente sonriente no se altera jamás. El problema no es que la televisión nos regale diversiones, sino que nos presente todos los temas como una diversión, lo cual es completamente distinto. (Citado en Abruzzese y Miconi, 2002, p. 130)
Ello ya ocurrió, en nuestro medio, con los programas conducidos por el polémico Jaime Bayly y se confirma, en el sentido más amarillento, con ciertas propuestas llevadas a cabo por otro destacado periodista televisivo: Beto Ortiz.
El reality nacional, como bien sabemos, tuvo un peso polémico y su correlativa incidencia manipulatoria en el ámbito político, principalmente a propósito del caso de Laura Bozzo, aunque, en honor a la verdad, en la programación televisiva limeña no fueron pocas las competidoras y competidores en ese nicho. Superada aquella etapa que hacía las delicias del sector popular, destacado y caricaturizado por las escaramuzas realizadas en el set; atendía las fobias de las clases medias, a las que proporcionaba toda suerte de pretextos para proyectar sus estigmas respecto al sector pauperizado; y daba también carta blanca al irónico paternalismo con que las élites atisbaban entretenidas, desde su balcón ideológico, las miserias del otro extremo del orden social; hoy son otras las condiciones de ese formato. Una vez más ensayadas y consolidadas sus nuevas variantes en realidades foráneas, emergen en todo su protagonismo los realities de competencia, allí donde la oralidad queda más o menos condensada en los fraseos intrigantes o aclaratorios que han de verter sus figuras estelares en torno a flirteos, romances, ampáis y otros tipos de exhibición con que sujetos hercúleos y mujeres despampanantes certifican una suerte de lectura paródica de aquella sentencia que reza: “Mente sana en cuerpo sano”.
En medio de pros y contras, de opciones y decepciones, jóvenes de ambos sexos, pletóricos de salud —o de lo que hoy se entiende como tal— en su vigorosa presentación y ostentación anatómica, exhiben sus generosas musculaturas y someten sus nombres y afectos, sus celos y recelos a un mundillo mediático-chismográfico que levanta intrigas y pretexta denuncias para agilizar el juego de las versiones y la sucesión de las opiniones. Como en la ya remota mecánica pavloviana de los procesos neurológicos, cuanto más crece la excitación que la propia exhibición procura, menos espacio resta para la inhibición de las reacciones, para el silencio y la mesura. Quien habla hoy —y mejor aún si acaso vocifera— es el que mejor aprovecha la libertad que la época le extiende, parodiando la emergencia de unos “derechos a la expresión”, como si ellos debieran ejercerse arbitraria e indiscriminadamente, es decir, con independencia de su verdadera necesidad o real requerimiento, a manera de un ejercicio extático, de un exceso por el exceso, para formularlo con unas categorías caras a Baudrillard.
Sea como fuere, en el fondo, suerte de plano en profundidad, el reality en sus distintas variantes recrea y simula siempre algo como una escena pública, imantando en un solo movimiento lo que se inscribe fuera del hogar, o lo que este intencionalmente desaloja u oculta, el interior y el exterior de la socialidad, hasta que resulte posible aquel principio que sostuvo el proyecto televisivo desde sus primeros pasos: el de acortar la distancia entre la calle y la casa o, si se quiere, el de tender todo tipo de puentes entre un escenario y el otro. Literal o metafóricamente, la televisión habría llevado el mundo a la casa, habiendo habituado al público a variedad de acontecimientos, vía el amortiguador que otorga la distancia aludida en la tele-dirección que su mismo nombre alberga. Explica Mattelart (1995):
La sustitución de la muchedumbre por el público se produce en varias etapas […]. La capacidad de sugestión puramente ideal, el contagio sin contacto que supone ese agregado abstracto y aun así tan real, esa multitud espiritualizada, elevada, por así decirlo, al cuadrado pudo surgir solo después de muchos siglos de vida social más rudimentaria y elemental. (p. 145)
Líneas más adelante, prosigue:
Masa y público son dos términos extremos de la evolución social […]. La transformación de la masa en público ha ido acompañada de un progreso de la tolerancia, cuando no del escepticismo. Solo se pertenece a la muchedumbre cada vez, pero se puede formar parte al mismo tiempo de varios públicos. La sociedad se divide cada vez más en públicos que se superponen […]. (pp. 145-146)
Tele-dirigidos, tele-transportados, tele-digeridos, sea como fuere, los tele-espectadores cuentan con su propia esfera de protección y los correspondientes filtros para un siempre conveniente y regulado grado de acceso. Es por eso que no faltan quienes sugieren que tópicos como el de la violencia o el erotismo, a fuerza de repetir su llamado en la programación televisiva y luego de haber tornado receptivo al destinatario, los inscriben en una suerte de compás de espera ante lo que habría de más llamativo o indignante en la realidad; también los hacen cómplices de determinado (des)orden de cosas e incluso no poco indiferentes en medio de la persecutoria saturación de imágenes que los envuelven y anonadan.
7. De la entrevista de culto a la banalización de la conversa
Sin olvidar que la entrevista es una técnica cuyo impacto está inextricablemente ligado a la dimensión conversacional, Vidal (2008) se remonta a sus orígenes en el mundo de la prensa, para mejor dar cuenta de las distintas mutaciones que la hacen arribar, finalmente, a la realidad mediática contemporánea. Citamos a continuación un postulado básico de tal quehacer:
La entrevista periodística escrita es un género fronterizo entre la oralidad y la escritura. En ella el lector tiene la impresión de un encuentro cara a cara, de una proximidad obvia e inmediata con el personaje. Se oye su voz, pero quien escribe las palabras, cabe recordar, es un tercero: el periodista. (p. 246)
No es, pues, extraño que la entrevista haya experimentado un traslado gradual del ámbito escrito al televisivo o, si se quiere, al plano audiovisual en su más amplio y diversificado alcance, máxime si consideramos el hecho de que tal formato siempre apeló a un conjunto de guiños, se diría retóricos o figurativos, en el afán de recrear la conversación entre entrevistador y entrevistado. Justamente por esa condición simulada que atraviesa su propia confección, la entrevista “no es una conversación normal, sino que es un diálogo que está severamente afectado, modulado por su característica de celebrarse para la publicidad” (Vidal, 2008, p. 247). A diferencia del “forcejeo igualitario de un diálogo entre pares”, Vidal (2008) recuerda que con la entrevista testimoniamos un efecto “[…] asimétrico, generalmente conflictivo, donde el rol de los participantes como conductores y controladores de la información no es parejo: hay uno con unos intereses notablemente distintos del otro […]” (p. 249).
Dado que hemos partido del contexto de la prensa escrita, es esencial reconocer que en tal territorio la entrevista trata de lograr “la restitución de la voz de un personaje” o que, en los términos de Rosa Montero, aspira a describir “un retrato fijo con ambiciones de descripción totalizadora”. En consecuencia, indica Vidal (2008) que “la primera reflexión de partida es que nos encontramos ante un trabajo de reconstrucción, de ida y vuelta constante entre el detalle observado y la totalidad recompuesta […]” (p. 249). A propósito de su plena actualidad, esa que desborda el solo terreno de la prensa escrita, se refiere a la eventual convergencia entre la “inquietud moderna por el conocimiento del hombre […] con la querencia chismosa de una industria mediática cada vez más volcada en ofrecernos retazos de la intimidad de nuestras celebridades” (p. 251). Citando a Arfuch, explica que la “sensación de directo” que la entrevista pretende generar supone “[…] el acceso más inmediato a una palabra auténtica, testimonial, autorizada […]”, cuya credibilidad para el lector —ha insistido en ello la propia Arfuch— “se construye con procedimientos propios de los géneros de ficción” (p. 253).
Nuestro autor aclara igualmente por qué la entrevista moderna está lejos de instituirse en un territorio de culto, que la haga depender a exclusividad de temáticas elitistas o de sofisticadas argumentaciones:
Es por ello por lo que su nacimiento, necesariamente dentro de una época de intensa sensibilidad mimética realista —en algún momento del convulso siglo XIX—, es explicable atendiendo al mecanismo de innovación propuesto por Batjín: un tipo enunciativo que pasa, con sus inherentes transformaciones, de la categoría de los géneros primarios a la de los secundarios. No se hace porque sí: ello conlleva, como hemos explicado, una carga suplementaria de realismo, dialogización, oralización, etc. (Vidal, 2008, p. 267)
Y si acaso atribuimos hoy el estilo duro y acucioso, cuando no persecutorio, a un cierto perfil de entrevistador televisivo consagrado, personaje particularmente temido, al que pocos entrevistados del mundo de la política o del espectáculo “sobreviven” indemnes, grande será nuestra sorpresa al constatar lo que subrayan algunos de los teóricos del periodismo, a saber, “[…] la evidente deuda de las primeras entrevistas periodísticas escritas respecto a los interrogatorios judiciales y policiales” (Vidal, 2008, p. 269). Vidal no descarta el valor taxonómico que se desprende del mapeo de los distintos tipos de entrevista, aunque, yendo más allá del binomio constituido por las entrevistas consideradas informativas y las que se califican de personaje, nos confirma sus rasgos genéricos:
En el caso de la entrevista, la dominante genérica la constituyen las características del género […]: la oscilación entre lo público y lo privado en cuanto al tema, la tensión entre intimidad y revelación, su característica morfológica de género oralizado y oralizante, así como la consecuencia de ello: revelarse como un género emotivo, cercano y con una mayor presencia del personaje, ese suplemento de presencia, esa falsa corporeidad propia de los discursos referidos en estilo directo. (Vidal, 2008, p. 289)
De cara a la actual banalización de la comunicación, el declive de los contenidos y los afanes de mantenernos en permanente contacto más allá de las razones para justificarlos, no es gratuito que la propia conversación, en su neoespectacularización televisiva, haya caído, de la mano de los efectos anteriormente señalados, en un estadio que tanto llama la atención por lo rimbombante de su materialización como por la variopinta temática de la que, además, se ufana y por la que se justifica largamente su sintonía. Al igual que la prensa informal, poco adepta a procurar lectores y mejor dotada para atraer recolectores de datos, retransmisores de voladas e imágenes más o menos fascinantes, más o menos escabrosas y siempre gozosas, los espacios pretendidamente conversacionales que empiezan a primar en la televisión global celebran un parloteo vertiginoso que rebaja toda expectativa al terreno —hoy harto visitado— de una chismografía experta en recortar, incansable, la privacidad ajena y, prioritariamente, la de los notables. Tal proclividad al chisme y al rumor o, más concretamente, al generalizado empeño de elevarlos al rango de noticia bien podría considerarse como una pariente ilegítima de la denuncia política y quizá permitirnos entrever su origen común.
Después de todo, ya nadie piensa en la diferencia entre saber de un tema e informarse de su existencia; se trata de sobrevolarlo todo y no detenerse en nada. A tal orden de cosas contribuye el escaso tiempo con que todo el mundo cuenta y el hecho de que la agenda informativa, al renovarse compulsivamente, oculta —gran paradoja— lo que de redundante y escasamente analítico tienen sus pretendidos relevos. Habituados como estamos a una sobrevaloración del entretenimiento, cual inequívoco pilar de la llamada industria del ocio, pasamos de digerir con naturalidad y sin mayores alarmas lo que hay de facilista en las pantallas, para luego exigirlo —más activamente, se diría—, en desmedro de cualquier otro alcance formativo. Imperio del Homo zapping de ayer o del multitask contemporáneo. Lo cierto es que del formato del blablablá a la prohibición de pensar hay un paso, de repente unos pocos pestañeos, luego de los cuales volvemos a sentirnos autorizados a seguir hablando de lo mismo. Acaso en el tránsito de un blablablá al otro no hacemos más que propalar el certificado de defunción del pensamiento.
Véase el espectro de observaciones que extiende Imbert (2008) a propósito del tipo de espacios conversacionales que la cultura medial hace hoy primar. El enfoque por él practicado deriva de una casuística que toma sus referencias de la realidad televisiva española y francesa:
[…] en estos programas, todos los tics del seudodebate televisivo están reunidos: en Moros y cristianos, por ejemplo, la inflación de los protocolos de bienvenida y anuncio al modo del boxeo; los aplausos programados del público; la intervención histriónica de participantes y “espontáneos” que se subían a un púlpito para arengar al público; la visibilización a ultranza de las posturas enfrentadas con, incluso, pancartas de “pros” y “contras” y publicación de los sondeos mediante carteles, con porcentajes de “sí” y “no”, en forma de plebiscito popular; las vociferaciones en vez de argumentaciones; las afirmaciones rotundas; las proclamas de fe en lugar de intercambio de ideas; la denegación del otro en sustitución del diálogo, y, siempre, la coartada del entretenimiento y la hibridación de géneros […]. (p. 95)
Las preguntas suelen ser incisivas, aunque de un simplismo por demás paternalista; las respuestas han de acotarse al mínimo, pues el estar a la moda obliga a respetar un precepto inviolable, vale decir, el de un “informar entreteniendo” (Imbert, 2008, p. 97). Asimismo, continúa Imbert, bajo ese paraguas van a interconectarse personajes del más variado talante y alcance, aplanados todos por el tiempo y el espacio del set. A fin de amenizar el ocio del televidente y evitarle toda suerte de complejidades o esfuerzos, preciso es alfabetizar todos los contenidos, descolocar toda problemática, tornarla leve, graciosa, funny en el sentido que le atribuye Lipovetsky. Se trata, en buena cuenta y para decirlo con Imbert (2008), del “cotilleo trivial elevado a la categoría de cultura”.
No cabe duda de que estamos ante una suerte de estética facilista, cuando no de una parafernalia circense, que pretende ocultar lo que de residual tiene allí el diálogo, en particular, y la comunicación, en general, ya recreados ambos planos como seudoacontecimientos televisados. Imbert (2008) vuelve a la carga:
Pero lo más llamativo son los protocolos que acompañan el discurso verbal hasta parasitarlo: redobles de tambores para subrayar tal declaración trascendente, música festiva para realzar una gracia, ruidos para puntuar lo que se dice, como un código sonoro que hace las veces de discurso paralelo, que completa el verbal, como si este fuera insuficiente, como si la televisión soportara el lenguaje articulado y necesitara hacer ruido para colmar el vacío intelectual; como si lo verbal fuese incompatible con lo festivo y lo televisivo reñido con lo intelectivo. (p. 97)
Así, el facilismo de este show conversacional, más que ofrecerse, se impone subrepticia y doblemente, ya sea como una consigna inviolable que mal haría el invitado en burlar, en caso de que se atreviera, supongamos, a otorgarle profundidad o extensión a sus intervenciones; ya sea eximiendo al televidente del menor esfuerzo de comprensión, pues todo indica que, más allá de lo que ve y de la cacofonía reinante con que es emplazado, poco es lo que estaría perdiéndose.
8. El stand-up comedy: de un teatro al otro
Otro escenario de una oralidad, hoy espectacularizada hasta el hartazgo, es el que alcanza el llamado stand-up comedy. Desde el legendario Lenny Bruce, quien desmenuzó la cotidianidad clasemediera norteamericana en los cincuenta, la misma que Bob Fosse llevara al cine (Perceval, 2015, p. 222), hasta el más reciente Seinfeld, que actualizó un salto del escenario nocturno a la pantalla televisiva global entre los ochenta y noventa, el stand-up comedy es un personaje que, nutriéndose de la performance de los cómicos de salón, trasciende ese estatuto al tornar más aguda su mirada sobre la contemporaneidad en la que se aloja; realidad, pues, de la que va y viene y en la que, cáustico o ligero, se detiene. Mientras que el cómico de antaño optaba por burlarse de la realidad mundana aplicándole una retahíla de alfilerazos, sin comprometerse con cuestionamientos de mayor relieve, es de notar en qué grado el stand-up comedy frecuentemente se toma a sí mismo o a su esfera social más inmediata como blanco preferido de sus apreciaciones, lanzando críticas mordaces o elevadas de tono.
Dicho en las claves de una semiosis inspirada en la lectura de Benveniste, el cómico de ayer parece totalmente desembragado de los relatos que constituyen su rutina, de allí su elegancia o el discreto encanto burgués que solía traslucir; se diría que ese perfil de humorista sigue habitando una zona de confort y la comparte con un público ansioso de evadirse o de virar de alienación. El stand-up comedy, inversamente, juega a montar un espectáculo en el que él mismo —actor o personaje, actor y personaje, ambas cosas o quizá una tercera instancia aún sin nominación— muestra su anverso y su reverso; da cuenta de una serie de experiencias y datos que parecen propios, aunque aquella identificación para nada excluye una vuelta al distanciamiento: tal guiño resulta análogo al que desarrolla el personaje cinematográfico o televisivo que de pronto mira a la cámara, ergo, al espectador, y le pregunta cuán ridícula o verosímil le resulta la representación.
En sintonía con las distintas maneras y formatos en que la conversación se posiciona o es laureada por la comunicación medial, en relativa independencia de los intereses ideológicos o marqueteros a los que aquella sirva, lo cierto es que, con las maniobras del stand-up comedy, la escenificación de lo público y lo privado aparecen cada vez más inextricablemente vinculados, como confirmando que objetivaciones y subjetivaciones bien pueden ser vistas como dos caras de la misma moneda. Acompañemos una vez más a Fernández (2007), cuando advierte del grado vertiginoso con que las maquinaciones sociales imbrican discursos y prácticas:
Objetivan, en tanto nominan, narran, argumentan, legitiman científica, política y culturalmente los ordenamientos de sentido. Subjetivan, en tanto producen las modalidades en que piensan, sienten, actúan los integrantes de los colectivos sociales involucrados. Instituyen sus “mentalidades” y construyen sus cuerpos. (p. 104)
Tal cual demostraron en su momento Peirano y Sánchez León (1984), en países como los nuestros, el cómico se encarna a sí mismo o, más precisa y dramáticamente, al sector del que proviene. No en vano ambos autores toman como referencias paradigmáticas del culto al humor que se practica en el Perú a Tulio Loza, Adolfo Chuimán y Augusto Ferrando. Extendamos esa lógica a dos casos de plena actualidad en el concierto mediático-humorístico nacional: dadas unas trayectorias biográficas claramente distanciadas y cual estampas vivas de ciertas configuraciones étnicas que alberga la capital, nos preguntamos si acaso Carlos “Machín” Alcántara y Carlos Galdós no se erigen, en el marco invocado, aunque en otras coyunturas, en emblemas obligados de orígenes sociales contrapuestos. Uno explota su conocida pertenencia a un barrio populoso y eleva la figura materna a niveles de autoridad y ajuste moral pocas veces vistos; el otro trabaja desde su condición media-típica, provisto del look y el hándicap que la cultura de lo blanco destila en nuestro país. Más cerca el primero del humor popular; notoriamente próximo, el segundo, a la ironía burguesa.
Ambos entran y salen de lo que parece ser la esfera, supuestamente inaccesible, de sus avatares privados, militando los bordes de la ya aludida paradoja de la intimidad (Arfuch, 1995, pp. 61-65). Galdós y Alcántara son expertos en una suerte de teatralización que no tiene poco de confesional, mientras hacen de sus propias vidas la mejor y más fructífera cantera, explorando y explotando distintos episodios de unas existencias pródigas en caídas y reflexiones, en balances siempre corregidos y editados; tópicos volcados y resaltados en sus correspondientes rutinas y exitosa u oportunamente escenificados de cara a su figuración profesional. El primero salta de la pantomima y la escena televisiva para luego consagrarse a través del rutilante estrellato que alcanzó en la pantalla grande; el otro da cuenta de una concepción más cool e irónica, inicialmente por vía radial y reinventándose, más recientemente, en su inserción en el medio periodístico escrito. ¿Acaso respaldándonos en lo que hay de irreductible en sus correspondientes itinerarios existenciales, podríamos postular dos posibles apareamientos estilísticos y recortes temáticos del tipo Alcántara-Bruce y Galdós-Seinfeld?
Considerando que lo que define sustancialmente el stand-up comedy es su enfrentamiento, su careo literal, con un público que atiborra bares o café-teatros, véase la pertinencia de lo que indica Plessner (2007): “La provocación cómica no es nada sin su captación y entendimiento” (p. 106). Y, sin embargo, dada la “posición excéntrica” que el fenomenólogo alemán le atribuye al ser humano, se apura a destacar el carácter que define la naturaleza propia de lo cómico y de nuestra posición oscilante ante él: “Una ambivalencia, que se documenta en su manifestación, fuerza a que nos apartemos del objeto cómico, interrumpamos el contacto de la comprensión y del trato con él, y lo abandonemos a su mera manifestación” (p. 105). Es precisamente al advertir el grado en que dicha ambivalencia propicia variadas réplicas del sujeto-espectador que Plessner (2007) afirma que la “risa solo es posible porque no hemos terminado con ella” (p. 107).
Volvamos a lo nuestro, a nuestra cultura, tan fuertemente atada a una verbalización que suele, no pocas veces, divorciarse o desentenderse de los hechos enunciados; proclive, más que al juego lingüístico, a ponerlo todo en juego vía el blablablá de la lengua y la siempre bienvenida y liberadora burla políticamente incorrecta. Es en ese universo donde parecemos autorizarnos, tácitamente, para practicar entre todos un bullying de distintos grados y escalas, ejercicio generalizado que puede fácilmente identificarse más allá de la intencionalidad que lo anima. Así pues, inocente o maliciosa, a veces incluso sin que tales tónicas se excluyan del todo, es preciso dar cuenta de que la cultura de las chapas, por ejemplo, data entre nosotros de la noche de los tiempos, exigiendo velocidades inéditas en el parloteo y en la burla al otro, caracteres que no encuentran tan fácil paralelo en otras realidades. No en vano Perceval (2015), invocando a Bergson, nos recuerda que “[l]a base de la comicidad radica en repetir e imitar” (p. 175), en cuyo caso es preciso que nos preguntemos por el grado en que tal puesta en acto ya se torna ubicua, monopólica o simple y llanamente exclusiva de nuestro entorno y estilo de ser.
9. Hilaridad y popularidad
En el momento actual, en el que impera la reivindicación de los grupos minoritarios y la defensa de la diversidad racial, social y sexual, considerar el racismo como una estrategia discriminatoria menor resulta, como mínimo, discutible. Al argumento de que, en el Perú, el dinero blanquea es preciso añadir que la miseria cholea; sabemos de lo generalizado e indiscutible de esa doble traba sociocultural que, para decirlo con Bourdieu, estaría hecha de enclasamientos y desclasamientos. Sin embargo, ¿será acaso que no estamos dando cuenta de que la problemática de la jerarquía y la exclusión está mutando, que viene ajustándose y reajustándose a distintos horizontes de expectativas y criterios de inclusión? Así pues, las posturas discriminatorias —ya sean étnicas, regionales o transclasistas— se recubren mejor o se disfrazan y justifican más hábilmente; se ejercen bajo distintas modalidades y entre gente muy próxima, deslizándose también hacia terrenos menos explícitos a fin de reaparecer, inadvertidamente, con otras galas, variantes más educadas, razones más sofisticadas, en fin, recursos todos democráticamente travestidos para que “la procesión vaya por dentro”, para que lo real de los separatismos sociales devenga en problemáticas fantasmáticas o psicológicas de los individuos, mientras se van evitando, suspendiendo o procrastinando las manifestaciones discriminatorias más explícitas.
Formulémoslo, entonces, de modo interrogativo: ¿es hoy la distinción entre la clase social y la pertenencia racial lo más urgente? ¿No estaríamos atendiendo un problema que el neoliberalismo ha sabido campear, en tanto implementa otras cosmetologías para las nuevas exigencias del mercado y los valores estéticos de turno? Quizá las nuevas modalidades para diferenciarse —siempre las hay— pasen por la constitución, variemos los términos convencionales, de “unas razas con clase” o de “ciertas clases de raza”. Todo ello sin hacer demasiado énfasis en un tema por todos conocido: el hecho de que los tímidos avances efectuados en el plano de las políticas de inclusión no alteran, sustancialmente, las condiciones de sobrevivencia de los grupos étnicos minoritarios, las cuales en gran parte de lugares y continentes siguen siendo, por decir lo menos, áridas, cuando no lamentables en su extremo.
En tal línea y con evidente ojo crítico, Hardt y Negri (2002) han postulado la necesidad de estar atentos a la multiplicación de los racismos y a su muy conveniente estetización (pp. 181-185), datos que atenúan, en algunos casos, y renuevan, en otros, el peso obsesionante derivado de la atención exclusiva en el color de la piel o en la suposición de que basta la pura pigmentación epidérmica para ejercer los divisionismos.
Entonces, en vez de que el clasismo haya absorbido al racismo, se empieza a certificar una mecánica quizá contraria, cuando no complementaria: se diría que es desde un núcleo racista que todo se vuelve a clasificar, pues ya no hay solamente negros e indios miserables; ahora los hay de todas las razas y orígenes, aunque no quepa la menor duda, claro está, de que la discriminación persiste y se reacomoda, estilizándose, ralentizándose e incluso minimizándose. No es gratuito que la belleza de las modelos negras y mestizas se mida, en el mundo entero, en función de su ajuste al patrón ario; que el nivel cultural de un mandatario también se juzgue a partir del diseño y marca de su corbata; que el bullying, practicado en todos los planteles escolares del mundo y en no pocos escenarios laborales, se ejerza, masivo e incontenible, en función de rasgos fisonómicos y retratos anatómicos confirmados en la imagen de las víctimas. Estos detalles, sintomáticos, se revelan como auscultadores de orígenes sociales y nacionales que no resultan fácilmente asimilables, ni desean serlo, en la cultura de recibo. Dada la probabilidad, cada vez más alta, de coexistir y trabajar entre personas de los más diversos orígenes, pigmentaciones y capitales culturales, todo indica que en tales entornos puede surgir un clima donde la gente, para emplear una metáfora comestible, “se mastica, pero no se pasa”.
Nos preguntamos, entonces, ¿cuán cómplice puede resultar el especialista, el vocero autorizado, el pensador de vanguardia, de un clasismo y un racismo que no por ser soslayados dejan de atravesar y condicionar las líneas de mira? No se puede ignorar, ya lo referimos, el carácter oportunista, acomodaticio, cuando no inconsistente, que le es atribuido al perfil del mestizo acriollado, suerte de ángulo obtuso, sinuoso y poco confiable que se hace patente en los pronunciamientos que sobre él proyectan algunos de nuestros autores y que, tememos, procede de una moral harto respaldada por el propio sentido común. Se tratará, pues, de constatar un sentir existencial subjetivamente generalizado ante el cual, o con el cual, muchos peruanos tienden a medirse. Hablamos, concretamente, de los niveles de (dis)conformidad con su propia figuración física o su imagen fisonómica; cuando se habla de estos tópicos, es fácil percibir el peso aplastante ejercido por las políticas colonialistas de antaño y sus actuales relevos imaginarios sobre colectivos enteros, así como notar los anhelados revanchismos ejercidos por unos hábitos extremadamente consumistas, hoy propalados entre gente empoderada o en tránsito de serlo.
Las tragedias, no lo olvidemos, difícilmente anulan el recurso a la comedia; es más, se diría que, con frecuencia, las primeras invocan y potencian, aun sin querer, a la segunda. Quizá nos hemos convencido, por la fuerza del hábito, de la imagen de un peruano triste, cual si fuera la natural u obligada resultante del subdesarrollo, la miseria y la problemática del déficit educativo. Quizá olvidamos o reprimimos la fuerza de las risotadas que van y vienen de todos los sectores, del afán por festejar, de la proliferación de “payasos” en muchos circuitos, barrios, colegios y oficinas, de la variedad de chistes fabricados y pretextos para el divertimento. Quizá nos dejamos llevar por la data de ciertas encuestas obsesionadas con evaluar una felicidad en gran medida fabricada para ser evaluada, encuestas que pretenden explorar la felicidad por regiones y países, siempre calificándonos por debajo en el plano internacional. Para añadirle fuego al fogón, una cultura psicologista más o menos extendida entiende, comprende o explica la proclividad a lo festivo y las manifestaciones hilarantes, arriba descritas, como cortinas de humo, suerte de maniobras puramente reactivas contra un orden de cosas adverso o maneras de enmascarar todo lo que hay de sombrío en la realidad genérica. Quizá, lo advertimos una vez más, la verdadera venda la tenga el analista y no los analizantes, pues, frecuentemente, estos últimos no se enmascaran para ocultarse, sino para liberarse.
Procuremos otras trayectorias. Así, dado un auditorio de burladores demandantes e imitadores potenciales, no ha de resultar del todo gratuito el que los programas cómicos televisivos siempre estuvieran, en el Perú, entre los de más alto rating. En un plano más puntual y singular, interesa resaltar la emergencia, por furtiva y angosta que fuera, de los denominados “cómicos ambulantes” en la pantalla chica, cual índice de reconocimiento de aquella fuerza que, por más de una razón, el medio prefería soslayar: la imbarajable emergencia de una cultura chicha, el despliegue de un nuevo orden “pop”, la propia cristalización de un kitsch peruano-cholo-migrante que el sempiterno criollismo-urbano-capitalino no tuvo más opción que incluir por la puerta falsa. Ya en los estallidos corporales que despierta o en íntima conexión con el borde absurdo que detenta el humor, ya por las potencias disruptivas que precipita la escucha del relato o en función de la visión gratuitamente divertida a la que los actores apelan, la risa funciona entre nosotros, extendámoslo en calidad de hipótesis, cual cómplice eventual respecto a todo aquello que no opera ni prospera, de lo que no funciona ni se menciona, en fin, de lo que sigue siendo esperado y postergado.
La risa implementa, entonces, al igual que los placeres gastronómicos, dosis sistemáticas de olvido, paréntesis y suspensiones siempre bienvenidos. Quizá encontremos, por esa vía, la explicación del escaso estudio que determinadas prácticas orales tan habituales como las referidas han merecido de nuestros especialistas; como si ante el olvido mundano que la risa gratuita y los placeres inmediatos de la mesa propician, la investigación académica respondiera con un olvido de segundo orden, un olvido sobre otro olvido, o para sentenciarlo con Hegel, una negación de otra negación. A menudo se soslaya que, en virtud de la generalización de la práctica humorística, hay un programa tácito en el que todos intervienen y bajo cuyas condiciones la gran mayoría aprende a tomarse a sí mismo cual materia de burla: se trata de un principio, por cierto, que los autores consultados no pierden de vista. Así pues, refiriéndose al humor judío, Perceval (2015) indica: “La automofa es una actitud que consiste en reconocer los propios defectos riéndose de uno mismo y, al mismo tiempo, haciendo reír a los demás” (p. 188), mientras que Plessner (2007) advierte: “La comicidad no tiene, pues, por qué depender de varias personas; también yo puedo ser mi propio espectador” (p. 106).
Entre los investigadores peruanos que se han aproximado de la comicidad callejera, Vich (2001) se yergue en medio de un escenario raramente emplazado. Él confiesa haber malentendido, en un principio, la actitud de los cómicos ambulantes ante las exigencias, limitaciones o maltratos recibidos de la industria televisiva: “[…] me quedaba siempre sorprendido con reacciones que equivocadamente yo calificaba como ‘pasivas’. Los cómicos se reían, discutían un rato y, finalmente, se retiraban, algo molestos, pero sin haber armado escándalo alguno. ‘Así es la vida’, me decían varios” (p. 172). En cuanto a la persistente presión policial en las aceras, los artistas callejeros sostenían la idea de que “para ser ambulante hay que tener paciencia. Solamente hay que esperar a que se vayan […]” e incluso insinuaban una táctica distinta al comentar: “Mira, aquí la clave está en trabajarlos al sentimiento” (p. 173).
Vich (2001) remite el espectro de respuestas de los cómicos a “[…] prácticas afectivas que, probablemente, vienen de las tradiciones andinas […]” (p. 173). Sin embargo, cabe hablar de otros recursos para no “regionalizar” tan rápidamente esas lógicas, para no refugiarnos en la mítica andinización, a la que también se apela, no lo olvidemos, cuando se quiere dar cuenta de la violencia de los ajusticiamientos populares: es lo que sustenta Nugent (2012, p. 239). Se trata de poner en agenda otros recursos como el de la cultura de la desaparición, propuesta por Ackbar Abbas (Gruzinski, 2000, pp. 330-334), o el de unas variantes estratégicas de ajuste al medio, tal cual son practicadas por gran parte de los sectores marginados en el mundo, colectivos que yerguen una aparente pasividad, aunque esta no equivalga, para formularlo con Freud, a una negación de toda actividad. Y es que los tiempos de espera no pueden, por necesidad, ser los mismos para las clases acomodadas que para los circuitos menos favorecidos. Así, por ejemplo, cuando de las expectativas de vida se trata, no deja de sorprendernos la naturalidad con que los sectores marginales se disponen ante las pérdidas tempranas de sus hijos; recordemos que no estamos hablando de cómo deberían ser las cosas, sino, simple y crudamente, de cómo suelen ser. Es importante avanzar paso a paso, reconocer primero los terrenos que frecuente y apresuradamente nos hemos limitado a criticar sin entenderlos del todo, reflexionar sobre sus funcionamientos, para luego considerar cuán posible es la gestación de cambios y, en tal dirección, cómo explicar las resistencias y los boicots que los propios colectivos oponen.
Resulta significativo el hecho de que Clastres (1978) se haya interesado, por ejemplo, en la comicidad que es capaz de provocar la escucha comunitaria de un mito nativo, los ecos risibles y contagiosos que, en su audiencia comunitaria, desprende tal relato. Uno es, pues, el afán analítico de desarrollar desmontajes del mito, que operan en función de los contrastes y las combinatorias que el etnógrafo estructuralista ha sabido detectar; otro es el interés de acompañar la función catártica o liberadora a la que acceden los destinatarios concretos durante la propia escucha, en medio de la atención compartida de esa narración. Según consigna Clastres (1978), la caricaturización de las entidades temidas, tal cual son recreadas por los responsables de tal espectáculo, parece apuntar al propósito de desprender las carcajadas que esa misma conversión figurativa propicia entre los presentes (pp. 90-105).
Y es allí donde Clastres se pregunta: “¿De qué se ríen los indios?”. Nosotros podríamos, igualmente, interrogarnos sobre las razones que determinan la amplia acogida de la Paisana Jacinta o el Negro Mama en los sectores populares. Si de algo estamos convencidos es de que con la sola referencia (negativa) a la tristemente célebre alienación o con la impugnación (positiva) a fortalecer los derechos de las minorías no bastará. No siempre la modelización y las metodologías, en realidades como las nuestras, debieran acogerse a los valores, liberales o progresistas, concebidos en otras partes y universalizados desde allí. ¿Qué alcance darle, por ejemplo, en este orden de cosas, a la advertencia del conocido pensador esloveno Slavoj Žižek (2015): “[…] hay que andarse con ojo con la gente demasiado empeñada en curar las heridas de los demás” (p. 18)? Inquietante y polémico, se interroga Žižek: “¿Y si uno disfruta de su propia herida?” (p. 18).
Acaso valga la pena enumerar, a propósito de tal enigma, los casos prototípicos a los que todo el mundo tiene acceso: los cónyuges que, presentándose como víctimas, juguetean con el drama de una separación que están lejos de querer concretar; el adolescente que se respalda en la incomprensión adulta (real o aumentada, real y aumentada) para mejor justificar la marginalidad que escenifica; el votante que, a la primera de bastos, lanza todo tipo de vituperios y manifiesta su más radical repudio por el partido de su preferencia. No hay que olvidar que esta suerte de testimonios, inequívoca y sospechosamente recurrentes, donde cada narrador resulta demasiado ducho en el desmenuzamiento de su pretendido conflicto, cual locutor personalizado del dolor que pretende encarnar, provoca no pocas veces risas y mofas, cuando no dosis crecientes de incredulidad y aburrimiento entre los obligados oyentes.
Otro tanto ha reflexionado el notable cronista mexicano Carlos Monsiváis (2001), quien demuestra cómo y cuándo los sobrevivientes de una desgracia encuentran refugio y salida en esa maquinación humorística que burla y se burla de la desgracia por ellos sufrida. Este ejercicio es pivotado por una suerte de esquizia, de claro desdoblamiento que, a fin de cuentas, opera a favor de la requerida y terapéutica distancia respecto al momento y lugar en que el incidente original sorprendió y ancló a la víctima (pp. 144-150).
Evidentemente, los colectivos no solo abrazan distintos recursos humorísticos a fin de exorcizar los dramas experimentados o rebajar su intensidad, pues, en el otro extremo, sabemos que naciones enteras y grupos étnicos por demás reconocidos mantienen vivas sus propias hogueras diferenciadoras, haciendo de los llamados “chistes” auténticos verduguillos contra un adversario que, con frecuencia, tiene más de imaginario (en los relatos que se reproducen) que de real (en los hechos concretos). Véase, a modo de ejemplo, la manera groseramente bufonesca con que el cine norteamericano, sobre todo en sus variantes cómicas, ha pretendido encontrar en la severidad del saludo japonés o en la celeridad de los reflejos del karateka los motivos para una creciente hilaridad. Michitaro Tada (2007), antropólogo japonés, admite incluso que la paciencia con que operan sus compatriotas en los encuentros cara a cara ha implicado, para la mirada de Occidente, una ratificación de la sumisión del interlocutor. Nada más errado, concluye Tada, pues de esa pausada observación oriental se desprenden datos que quien pretende imponer su superioridad desde el inicio otorga ingenua e inadvertidamente (pp. 47-57, 68-102).
Bien vale la pena insistir en el hecho de que lo acá descrito da cuenta de un vicio en el que constantemente incurrimos al corroborar apresuradamente ciertos principios en fenómenos que bien merecen más detenimiento y consultas previas. Quizá el principal problema consista en rendir un servicio incondicional a ciertas creencias que operan cual yugos insalvables para el observador, de tal modo que, en vez de esperar comprobarlas en el terreno de los datos concretos, se ve imposibilitado de hacerlo. Volvamos a Plessner (2007); luego de subrayar lo que tiene la situación humorística de ambivalente y equívoco advierte que, “en cada caso”, hay que “abrir otra dirección, más profunda y no directamente sabida, de la comprensión” (p. 113). Por ejemplo, preguntémonos quién se burla de quién, o quién burla a quién, en las siguientes situaciones en que imperan las distancias interculturales o emergen unas paradojas cuyo sentido no es fácil de compartir entre los protagonistas del suceso o, más concretamente, entre algunos actores y una audiencia o unos testigos que le son, a todas luces, socialmente ajenos:
1. En Huamanga, capital del departamento de Ayacucho, la empleada de una tienda, ante la inquietud de la joven burguesa limeña que solicita la preparación de sánguches mixtos, contesta que puede prepararle un pan con queso fresco y mantequilla.
Asimismo, de qué distancia hablamos:
2. Cuando durante la realización de una mudanza y ante la visión de la casa de madera de un perro, un cargador le dice al otro: “Mira: tu sueño de la casa propia”.
Considerando eventos como los reseñados, es fundamental recuperar otro planteamiento de Plessner (2007), donde, tomando prudente distancia de la hipótesis freudiana del ahorro energético, prefiere insistir en los lazos de dependencia social que la comprensión de las ocurrencias humorísticas exige: “[…] el chiste solo desarrolla su efecto liberador en la participación” (p. 119), o cuando recuerda que “[…] la expresión es por esencia significación lingüística o, dicho más inequívocamente, significación conversacional […]” (p. 115). Por último, y a propósito de lo desapercibidas que puedan pasar ciertas humoradas, sea porque no contamos con los elementos para detectarlas, o porque solo vemos en ellas un ángulo infantil y poco divertido, Plessner (2007) insiste: “El fenómeno de lo ingenuo es en cierto modo una transición entre lo cómico, en cuanto hallazgo intencionado, y el chiste” (p. 120).
Sea como fuere, las cosas no ocurren de igual modo en todas partes. Véase, por ejemplo, el abismo que, inequívoco, se abre entre los insospechados devaneos del humor, tal cual es experimentado por nuestros lares, y esa especie de sombrío diagnóstico que Lipovetsky (2016) articula sobre el exiguo estatuto de la risa en el entorno europeo actual. El sociólogo admite:
Reímos tan poco que en nuestra época han aparecido la “risoterapia”, técnicas de curación mediante la risa, y clubes de la risa, y hay niveles del yoga que potencian la risa para ayudar a vivir mejor, con más ligereza. La risa se ha convertido en terapia, un tema que atrae a la ciencia, un tema serio cuyo objetivo es liberarnos de inhibiciones, reducir la angustia, erradicar el estrés, estimular los procesos de formación de equipos. (pp. 54-55)
Para no sorprendernos del todo ante unas revelaciones tan ajenas a nuestro sentir lúdico y a las distintas gráficas de nuestro humorismo, e irnos gradualmente habituando al amplio alcance del proverbial “Todo es según el cristal con que mire”, trataremos cómo es descrita la cultura francesa por el rumano Emil Cioran (2011b). Él se pregunta qué es lo que habría amado siempre el francés promedio, a qué orden de cosas se abrazan sus ciudadanos:
[A] Los estilos, los placeres de la inteligencia, los salones, la razón, las pequeñas perfecciones. La expresión precede a la naturaleza. Se trata de una cultura de la forma que cubre las fuerzas elementales y extiende sobre todo brote pasional el barniz bien pensado del refinamiento. (p. 22)
Para agregar más adelante:
Los franceses no conocen las exageraciones contra el yo, la generosidad perjudicial en el plano espiritual y financiero. El gusto y la cultura les han servido para concebir limitaciones. El miedo a perderse por cualquier exceso los ha enquistado en una rigidez afectiva […]. (p. 35)
Para quien dude del perspectivismo o solo vea limitaciones en él, he aquí los casos arriba inventariados para su esperable consideración. Para insistir en lo ya sostenido en otros pasajes del texto: nunca es el mismo Perú el que vemos desde dentro los de adentro, que aquel observado por los que llegan de afuera; no es la misma mirada la ejercida por los que se quedan y la de aquellos que retornan de otras latitudes, quizá ya con esas otras latitudes fuertemente incorporadas.
10. Privatizar la opinión pública
Nos parece que el mundo de la oralidad está un poco abusivamente recostado sobre el ángulo de las emisiones y las expresiones, de lo que se habla y se transmite aquí y ahora, en fin, de lo que se habló y transmitió en otros episodios de la historia y escenarios de la realidad. Amputamos de un modo arbitrario y abusivo el real alcance de lo oral, en tanto ignoremos su nicho complementario, allí donde encuentra su receptividad y necesarios ecos, aquello que Lacan caracteriza como la pulsión invocante. Digámoslo una vez más: se sesga demasiado el alcance de la oralidad cuando de la clásica propuesta de Jakobson (1975) aislamos y ponderamos, a título exclusivo, el peso de la función emotiva —léase: la puesta en acto del emisor para un auditorio dado—, mientras que, en paralelo, omitimos el valor que completa tal circuito comunicativo, aquel trabajo desarrollado por quien ocupa la función conativa. Y es que la dimensión de lo conativo, no lo olvidemos, da cuenta del modo en que opera y reverbera lo dicho en el auditorio; incluye las distintas maneras con que resuena lo que ha sido transmitido y destinado; en fin, el grado en que ese otro se ve involucrado o implicado en la interacción.
Quizá a tal brecha entre lo dicho y lo escuchado, entre lo emitido y lo recibido, hayan contribuido, con especial fuerza, dos elementos: de un lado, el alicaído estatuto generalmente atribuido a la llamada pasividad y, del otro, la indiscriminada y estelar explosión, muy actual, de la expresividad por la expresividad misma. En cuanto al primero de los factores, todos sabemos el viejo cuento de una pasividad tildada de deficitaria y afecta a todo tipo de manipulaciones; entendimiento prejuicioso que contamina el valor de una receptividad disponible y de por sí expectante, cuando no del silencio requerido, en términos de percepción y atención, para mejor sopesar aquello que se nos dirige, incluso para tomar distancia de ello o evaluar los pros y contras que una respuesta precipitada o en exceso demorada supondría. Véanse las variantes que propone el abate Joseph Antoine Toussaint Dinouart en su célebre texto El arte de callar (2000), donde, a modo de inventario, enumera:
Está el silencio “artificioso”, el silencio falaz del disimulo cuando uno solamente calla para “sorprender”; el silencio “complaciente” de la lisonja, engranaje esencial del arte del cortesano, silencio en espejo; el silencio “burlón”, disfrute secreto del otro; el silencio de “desprecio”, uso táctico de la reserva y de la espera; el silencio de la frialdad impasible, cuando callar es hacer hablar al otro, llevarlo a declararse, a hacer el primer movimiento. (p. 32)
Dado que el rol y la función del lector no parecen tener un estatuto precisamente envidiable en la era contemporánea, salvo para propósitos estrictamente instrumentales y cortoplacistas; dado que su declinación se ve intercambiada por activismos apologéticos, solidaridades militantes, indignaciones performatizadas, vale decir, por toda una agitación productivista más o menos extendida; la exhaustiva clasificación de los lectores que plantea Italo Calvino resulta invalorable y adecuadamente complementaria a los alcances del abate Touissant Dinouart sobre el silencio:
Tendríamos al lector imaginativo para quien la lectura es una operación discontinua y fragmentaria, un estímulo que lo aparta del libro; pero también el puntilloso, ese que no abandona jamás las líneas escritas para que no se le pase ningún indicio valioso; igualmente, al lector-constructor, al que extrae en cada relectura impresiones distintas e inesperadas, volcando sobre el libro su propio yo; e incluso al de un solo libro, el suyo, aquel cuyas páginas compendian cada uno de los textos que ha leído a lo largo de su vida; por no citar a aquel otro para quien cada nueva obra no es más que una actualización imperfecta de un libro primordial, el que le causó la primera impresión infantil; o a aquel para quien el proceso de lectura se inicia antes incluso de ingresar en el contenido, cuando la simple promesa de lo que va a encontrar pone en marcha su imaginación; asimismo, al lector para quien las palabras de un volumen solo cobran sentido cuando se llega al final de verdad, a esa palabra “fin”, la que le permite empezar otro libro; y, en último término, tendríamos al que, en definitiva, le gusta leer solo lo que está escrito, aquel para quien los indicios solo significan algo porque hay un conjunto que los ordena, a aquel que más allá de construcciones tentativas aspira a lecturas definitivas, a aquel que distingue entre uno y otro libro, que evita su confusión y su reunión, a aquel al que sobre todo le gusta leer de principio a fin historias completas que no queden en suspenso, que no se pierdan por el camino y que no le obliguen a ponerlas en relación con otras historias. (Citado en Serna y Pons, 2000, pp. 17-18)
Cercanos tanto a los alcances que otorga Toussaint Dinouard para la variedad de silencios arriba distinguidos como al panorama trazado por Calvino sobre las distintas maniobras y perfiles que la lectura incluye o demanda, nos toca estar alertas contra una visión ideológica que opone y divorcia, por así decirlo, una oralidad activa de una oralidad pasiva. No poco contribuyen a esa subvaloración de la atención expectante, insistimos en ello, la celebración continua y pretendidamente vital que, en clave caricaturesca, alienta la publicidad por doquier; el afán de potenciar la comunicación por la comunicación misma, aunque, según se ha advertido, no haya mucho por comunicar; y la necesidad de engrosar la participación o la interactividad mediante las redes virtuales, cuando no el ímpetu por acortar las pausas y evacuar aquí, ahora y ya toda expresión. Como si habláramos de una tara contemporánea que consiste en sobreestimar la oralidad manifiesta y en propagar ciegamente tal tendencia, así como en menoscabar aquella otra oralidad que, receptiva y latente, va a demorar en aparecer, en tanto obedece a otro régimen, ese que hace primar la escucha y, en consecuencia, nos tienta a la reflexión; adiestrados todos a pronunciarnos, hoy parece gestarse una suerte de inhibición de la escucha, obligada como está a severas retracciones y a verse colocada en segundo plano. Fuese como fuera, habría que recordarle al lector que nunca hubo pronunciamiento verbal alguno (ni gesto que lo acompañara) que no cristalizara en el audio (y la visión) de un segundo, a tal punto que hay quienes aseveran que el monólogo no pasa de ser un diálogo travestido, ya que el monologador ha de presuponer una escucha. Es decir, más allá de que, en sentido estricto, el monologador “hable solo”, conveniente es recordar que, en una buena medida, ese ejercicio consiste en “hablarse a sí mismo”. De aquí se desprenden incluso dos problemas sobre los que no nos es posible extendernos; nos referimos al hecho de que en la actualidad la gente es, con frecuencia, impermeable a la escucha del otro, mientras que, paradójica y complementariamente, le resulta imperativo hacerse escuchar por el otro.
Noelle-Neumann (2010), recordémoslo, se hizo de un lugar en el mundo de la opinión pública y de los comportamientos en coyunturas electoreras al proponer su “espiral del silencio”, fenómeno entendido como “[…] una reacción ante la aprobación y la desaprobación patente y visible en el marco de constelaciones cambiantes de valores” (p. 90). Enfatiza:
Correr en pelotón constituye un estado de relativa felicidad; pero si no es posible, porque no se quiere compartir públicamente una convicción aceptada aparentemente de modo universal, al menos se puede permanecer en silencio como segunda mejor opción, para seguir siendo tolerado por los demás. (pp. 23-24)
Contrariando a Hobbes, Noelle-Neumann (2010) duda de que sea cómodo y fácil decir que no cuando el sujeto entra en desacuerdo con la opinión prevalente, aunque admita que Hobbes “[…] tiene razón al suponer que el silencio puede interpretarse como conformidad. Eso es lo que lo hace tan tentador” (p. 24). A diferencia de lo postulado por Kant, para quien la opinión resultaba ser un juicio insuficiente, poco consistente en su núcleo subjetivo e incluso deficitario en sus pretensiones de objetividad, Noelle-Neumann (2010) explica el alcance que a esa misma opinión se le otorgó en otros contextos culturales:
Los anglosajones y los franceses, por el contrario, veían la opinión (opinion) como algo más complejo. Prescindían de lo valiosa o inútil que pudiera ser y la interpretaban como el acuerdo unificado de una población o de un determinado segmento de población […]. A la opinion inglesa y francesa subyacía un sentido de acuerdo y de comunidad. (p. 86)
Se diría que el afán de privilegiar el amplio diámetro de indicadores que la categoría de opinión pública suele albergar, así como su frágil conexión con una verdad siempre esquiva y relativa, es parte de una metodología cuantitativista que no tiene poco de marquetero-informativa, pues, por necesidades evaluativas y limitaciones de tiempo, el peso de los contenidos rastreados se aligera y volatiliza, de manera que resta profundidad explicativa a los tópicos sondeados. Esas razones, sostiene Noelle-Neumann (2010), tal cual fueron imponiéndose en las corrientes francesa y anglosajona, habrían prefigurado lo que hoy por hoy constituye el protagónico impacto de las reiteradas mediciones tipo encuesta. Prosigue la politóloga germana:
Cuando las opiniones y las formas de comportamiento se han impuesto, cuando se han convertido en costumbre o tradición, no podemos seguir reconociendo en ellas un elemento de controversia. […]. El orden vigente es mantenido, por una parte, por miedo individual al aislamiento y la necesidad de aceptación; por la otra, por la exigencia pública, que tiene el peso de la sentencia de un tribunal, de que nos amoldemos a las opiniones y a los comportamientos establecidos. (p. 89)
Respecto a los modos que tiene el peruano de actuar en circuitos que le son ajenos, un autocrítico Julio Ramón Ribeyro ha descrito duros retratos. Así, en La tentación del fracaso (2003) señala: “Quizás por inercia, por costumbre o por incapacidad para participar en las grandes tareas colectivas. Yo me siento mejor donde se me exige un mínimo de esfuerzo y de responsabilidad. Cobardía, egoísmo, ociosidad” (p. 77). Luego, hurgando más aún en el compás de espera donde se aloja mucha gente antes de pronunciarse y dando cuenta de la conveniencia de no contar con opinión alguna, confiesa:
La ventaja de no tener opiniones es que uno jamás se repite. He observado que yo no puedo frecuentar mucho a las personas de opiniones formadas, pues son terriblemente aburridas. La conversación gira siempre sobre los mismos temas y las respuestas ya las conozco de antemano. (Ribeyro, 2003, p. 106)
Para terminar con el notable cuentista peruano, veamos el revelador alcance de otros pasajes de la obra ya referida. Con insospechada claridad refleja, en las siguientes líneas, el peso que suelen ejercer determinados consensos sobre los agentes protagónicos. Dice el narrador:
Los cuatro o cinco peruanos que encontré —no había una sola peruana— permanecían refugiados entre la multitud, espiando con ojo crítico y burlón el desarrollo de la fiesta. Somos en el fondo demasiado tímidos, tememos al ridículo de una manera enfermiza, nuestro gusto por la perfección nos conduce a la inactividad, nos fuerza a refugiarnos en la soledad y en la sátira. Extraño sentimiento de vergüenza y al mismo tiempo de satisfacción me produjo observar esto último. (Ribeyro, 2003, p. 70)
Nos preguntamos si acaso tal vergüenza se deriva de la constatación previa, aplastantemente realista, de la propia imposibilidad, postura que nos informa de la existencia de una valla insalvable para concretar el involucramiento que la situación solicita; pero, incluso desde esa retracción social, habría espacio también para experimentar, soterradamente, cierto alivio y una cuota perversa de satisfacción, derivadas de percibir sobre la marcha que la parálisis que cada cual sufre al menos es una experiencia compartida, generalizada, tornada común.
¿Acaso hablamos de los límites, no siempre claros, del criollismo? ¿De un estilo demasiado afianzado en el ámbito local, ergo, dependiente de él? ¿De una debilidad potenciada en el terreno del visitante? Ante tales síntomas, la óptica académica tanto se ratificó en un resignado escepticismo respecto a las posibilidades del colectivo mestizo del país como buscó, en otras ocasiones, reivindicar políticamente al indígena.
Al criollo, hay que decirlo, frecuentemente lo hemos travestido de cholo blanqueado o de mestizo arribista, perfiles que cristalizan la reconocida subestimación en él instalada. Inconsistencias y rechazos que, vistos desde la mecánica proyectiva que ideara Freud, bien pueden equivaler a una suerte de exorcismo ideológico de la franja social encarnada por el criollo; suerte de distanciamiento de un estilo de vida imaginado como oportunista y acomodaticio, ergo, requerido de anatematizar (Mendívil, 2011, pp. 163-164), por no hablar de un cuestionamiento del componente clasemediero que, valga la paradoja, anduvo envolviendo, intelectualmente revestido digamos, el perfil social de los críticos del statu quo en el Perú. Valga señalar que se trata de un rasgo no poco común, según se ha visto, entre los propulsores del cambio político en la mayoría de regiones del tercer mundo.
Apartándose de las aparentes inclinaciones del criollo capitalino, tal cual lo retrata Ribeyro, Luis Alberto Sánchez (1993), más interesado en el juego desarrollado entre los distintos colectivos étnicos del país, extiende unos trazos cuya costumbrista vistosidad bien merece la pena que se les rescate:
El indio no desconfió del chino, diverso al africano. Indios y chinos coincidían en prolongados mutismos, laboriosa paciencia, sobriedad, vegetarianismo. Hasta se sentaban de igual modo: en cuclillas. Sabían permanecer estáticos, contemplando el invisible rodar de las horas. Ahorraban. Eran duros para el trabajo y las marchas […]. Tras los mostradores, frente a los tapetes verdes, entre los escaparates, la nueva raza desconcertaba al criollo tradicional, con su impasibilidad, su razonar de rayo y su proceder de tortuga. Así se forjó un nuevo tipo de peruano: inteligentísimo. (p. 340)
Mientras persigue otras pistas a fin de desplegar una óptica alternativa respecto al juego de influencias entre los distintos sectores que componen nuestra población, Sánchez parece invertir explícitamente los términos del problema; no es gratuito, entonces, que se pregunte: “Mas ¿es que el indio constituye un problema peruano? A juzgar por las estadísticas, si la mayoría la componen indios y mestizos, el problema nacional lo sería el blanco, separatista y soberbio” (p. 333). Confiando en que las mayorías de nuestro país son indígenas y que el verdadero problema son las minorías blancas, la lectura del intelectual aprista toma un giro insospechado para concluir:
Por humorada o esnobismo, las altas clases siguieron las huellas del proletario. Cuando una casta carece de tradiciones propias, ha de resignarse a copiar usos ajenos. La comida china, el baile africano, la desconfianza india, la jactancia blanca, acabaron por tipificar al hombre del Perú. Empezó este a moverse en su complicado escenario llevando a cuestas una más difícil carga de adversos destinos étnicos, de encontradas psicologías, en dramático e inenarrable desconcierto. No ha variado hasta ahora. (Sánchez, 1993, p. 341)
Corresponderá al lector juzgar si el retrato que de las clases altas se consigna a continuación, así como el doble registro que en él se acusa, tienen aún plena vigencia, o si su alcance se encuentra suficientemente atenuado como para atisbar indicadores de progresión y mejoría en el diálogo entre unos y otros:
No existe en toda América una oligarquía tan soberbia y tan comparativamente rica como la peruana. Su choque con el país ofrece por eso pocas posibilidades transaccionales; acrece, en cambio, la inquietante amenaza de un desenlace dramático […]. En otras palabras, la distancia entre el dicho y el hecho es tan abismal que solo puede salvarse mediante un esfuerzo de imaginación. Cuando uno se fía en las palabras tiene que convenir en que el Perú es una república donde todo respira la más pura democracia; cuando se atiene a los actos, entiende que aquello es, precisamente, la cortina de humo tras de la cual se oculta una sistemática violación de los preceptos jurídicos, una perniciosa mala educación ética, cuyo resultado final llegaría a ser el envilecimiento cívico, si no mediaran, a Dios gracias, factores de repulsa y control. Para ser singulares hasta en eso, la retropropulsión política se opera en el Perú a la inversa: con marcha atrás para salir adelante. (Sánchez, 1993, pp. 331-332)
A propósito de la problemática presentada por el ensayista, cabe recordar que así como hay problemas no resueltos que se siguen planteando, los hay también aquellos que ni siquiera se tratan, porque no se les reconoce como tales, o porque su tamaño y alcance abruman en exceso. Así, en vez de tender al análisis, se sufre de parálisis. Y respecto a aquellos especialistas que se encargan, oficialmente digamos, de reflexionar sobre las problemáticas de turno, Noelle-Neumann (2010), volvemos a ella, esgrime contundente: “Los intelectuales, fascinados por el ideal del individuo emancipado e independiente, apenas han caído en la cuenta de la existencia del individuo aislado y temeroso de la opinión de sus iguales” (p. 137). En severo desacuerdo con las distintas aristas que, sobre la llamada opinión pública, habrían desprendido los especialistas en los últimos tiempos, Noelle-Neumann (2010) califica de estéril la exploración diversificada de los contenidos de esa opinión pública, así como de exagerado al valor otorgado a los líderes de opinión en las tendencias mayoritarias, por no hablar de la resonancia que, en los medios masivos, ostentan todos los resultados de las encuestas. Ante tal panorama, la autora concluye:
Solo el aspecto psicosociológico de “público” parece haber sido prácticamente olvidado en todas las definiciones de este concepto formuladas en el siglo XX. Sin embargo, este es el sentido que la gente percibe en su sensible piel social, en su naturaleza social. (Noelle-Neumann, 2010, p. 89)
Un tópico cuyo estudio quizá podría auxiliarnos ante la pregunta una y otra vez planteada en el Perú: ¿por qué las encuestadoras se equivocan tanto y, sobre todo, en las coyunturas de mayor envergadura? O, visto desde la otra orilla, ¿qué argumentos justifican el espectro de variaciones y ocultamientos graficados en la opinión de tanta gente?
11. Lo oral mediatizado: de la calle a la pantalla y viceversa
Quizá debamos precisar que, a falta de otra orientación, las prácticas orales de hoy en día pueden clasificarse de acuerdo con distintas lógicas. El marco más conocido, como se sabe, opone oralidades primarias a oralidades secundarias. A continuación, intentaremos destacar otros posibles ordenamientos.
Véase, por ejemplo, la distinción entre oralidades a distancia versus oralidades próximas. Así, del lado de la distancia, tenemos la oralidad intercambiada por teléfono o por Skype; la oralidad escuchada vía radial-informativa u orientada hacia lo musical, en sus distintos dispositivos; la oralidad audiovisual del orden cinematográfico, televisivo o por internet; en fin, la oralidad leída y descrita por estos mismos medios. Mientras que del lado de la proximidad surgen las distintas prácticas orales en las que el sujeto se ve más directamente implicado, ya sea en el seno de las constelaciones masivas de las que forma parte, o en el nicho del testigo anónimo, cuando no en la función del destinatario del llamado lenguaje indirecto, tal cual ocurre en las dinámicas, ya descritas, del rumor, por no hablar del compromiso, más cerrado y tácitamente exigido, que se establece en grupos pequeños. Hablamos, la mayoría de las veces, de la inscripción de los sujetos en ciertos rituales que tanto suelen otorgarle a la esfera pública cierta privacidad como darle a la privacidad un halo público. No estamos lejos, en este punto, de los planteamientos dramatúrgicos de Erving Goffman, que algunos investigadores norteamericanos han trasladado hoy al ámbito de prácticas tecnológicas vigentes, como la cristalización del selfie o las búsquedas del Tinder.
Si atendiéramos a la cuestión del tiempo, surgiría otro probable eje, también abismado por las propias tecnologías, donde opondríamos unas oralidades simultáneas a otras diferidas. La oralidades simultáneas involucran a los agentes en vivo y en directo, en tiempo real, cuando la vorágine de la información va a traducirse en intercambios instantáneos o “en línea”; en cambio, las oralidades diferidas, que separan en el tiempo —y ya no solo en el espacio— el trabajo de la emisión y las estrategias de recepción, suelen postergar la respuesta para episodios posteriores, conexiones calificables como extemporáneas o transmitidas por repetición en algún soporte. Incluso cabría referirnos a oralidades suprimidas y reprimidas, máxime si recordamos con Aulagnier (1980) las maneras como los regímenes autoritarios siembran desconfianza, estimulan la delación y, sobre todo, sumergen al vecino estándar en un silencio paranoico que se confunde con la visión estándar (pp. 35-49). Desde la otra orilla, Barthes (2006) afirma que lo que de fascista detenta cualquier lengua debe contemplarse no tanto por lo que nos obliga a callar, sino también, y sobre todo, en función de aquello que nos obliga a decir, de los mitos que nos endilga y en cuyo seno estamos atenazados (pp. 245-253).
Un modo más genérico de remitirnos a las evoluciones e involuciones de la oralidad es el de los múltiples procedimientos que vinculan y oponen lo oral y lo escrito, es decir, lo que se escribe de lo que se habla o lo que se habla de lo que se escribe: he allí el terreno, hoy común, de una información noticiosa que vuela y sobrevuela lo cotidiano, recreando matices polémicos y esforzándose por desarrollar lecturas críticas de una existencia pródiga en variantes, conflictos y enfrentamientos. En otro plano, quizá más vinculado al traslado idiomático, al paso de una lengua a otra, Benjamin advertía, inequívoco, que toda traducción implica una traición. Esa facilidad con que el sentido se ve descolocado y la aceptación de lo que hay de infructuoso en el intento de recuperar la expresión original encuentran su mejor defensa, o su más grande consuelo, en lo que hay de incontrastable en un factor que lo circunda: nunca nadie dice lo mismo dos veces y menos puede reproducir, tal cual, el decir ajeno. La tragedia comunicativa, si acaso existe, es de mayor alcance aún, pues lejos de remitirse a la exégesis interidiomática, terreno de especialistas de élite, sombrea todas las intenciones, simples o complejas, banales o sublimes, de entender al otro. Ese malentendido de base, poetizado por Baudelaire, constituyó, para el antropólogo Gregory Bateson (1991), la mejor prueba de una patología de la comunicación, entendida como genérica y en cuyo núcleo creyó atisbar lo lógica misma de la esquizofrenia.
Solo para insistir en lo ya anunciado, así como la escritura traiciona a la oralidad, trastocándola mientras pretende domesticarla, igualmente la oralidad hace de las suyas reconvirtiendo, bajo sus particulares y heteróclitos códigos, lo que recogió de algún escrito o sustrajo de alguna lectura. Véase, en su extremo gráfico, la conversión y mutación sufrida por un guion, obligadamente escrito, en cualquiera de sus puestas en escena, a propósito de las actualizaciones que motiva en esa suerte de escritura encarnada o de textualidad sensible, por las cuales la historia e indicaciones suscritas se tornan verbo y performance. Así como “se corre el telón”, con el mismo espíritu diríamos también que “se corre la voz” para dar inicio al espectáculo de un verbo que se hace cómplice del silencio sobre el que actúa y que, de modo análogo al desafío que el lienzo le yergue al pintor, es tanto la dimensión sobre la que opera como la frontera que recompone con su escenificación.
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