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HUÉSPEDES

HUÉSPEDES

Julio Botella


Título:

Huéspedes

De esta edición:

© De Conatus Publicaciones S.L.

Casado del Alisal, 10

28014 Madrid

www.deconatus.com

Copyright © Julio Botella. 2021

Primera edición: 04/2021

Diseño de la colección: Álvaro Reyero Pita

ISBN: 978-84-17375-57-7

Producción del ePub: booqlab

Todos los derechos reservados.

Esta publicación no puede reproducirse total ni parcialmente, ni almacenarse en sistema recuperable o transmitido, en ninguna forma ni por ningún medio electrónico, mecánico, mediante fotocopia, grabación ni otra manera sin previo permiso de los editores.

La editorial agradece todos los comentarios y observaciones:

comunicacion.deconatus@deconatus.com

ÍNDICE

1. HUÉSPEDES

2. BALONCESTO

3. SHANGRI-LA

4. HEAVEN

5. REDACCIÓN

6. NANA

7. BALÚ

8. MERCROMINA

A mis hijas, Victoria y Jimena.

Se abre el telón y el autor, ilusionista, prestidigitador, mentiroso, mago pide voluntarios para sus trucos. Algunos suben obligados al escenario. Los mete a todos en un armario y de la chistera empiezan a salir palomas y conejos, sapos y culebras que recorren el teatro, salen a la calle y se pierden por ahí.

Huésped:

Vegetal o animal en cuyo cuerpo se aloja un parásito.

1
HUÉSPEDES


Invisibles como el espíritu del viento vuelan las águilas sobre nuestras cabezas. Yo las veo a veces, posadas en el poste de Elm de madrugada o perdiéndose bosque adentro, al atardecer. Hay una que planea temprano monte abajo, cruza la carretera, vuela raso sobre nuestros tejados y bate alas remontando hacia el otro lado del río, desde donde llega el traqueteo de la planta de la River Sands, un sonido que cambia con el viento, pero que siempre está ahí. Si tienes suerte y alguien te invita a cenar al Country Club, entre el tintineo de cubiertos y copas, por el ventanal puedes ver, más allá del hoyo siete, el resplandor de los focos iluminando el turno de noche. Algunos vecinos, ancianos o padres primerizos, se siguen quejando del ruido, pero en el laberinto administrativo del condado de Hamilton los trámites discurren sin prisa.

Desde la ventana de vuestro cuarto veo en la penumbra la camioneta de Frank Hagen al ralentí. Una, dos, tres, su casa es la cuarta a la izquierda. En invierno Frank madruga para esparcir sal por calles y aparcamientos y quitar la nieve acumulada durante la noche. Su camioneta expulsa cristales azulados por el depósito atornillado atrás mientras por delante la pala hidráulica arroja la nieve a los lados de la carretera. Cuando llegamos aquí, a este mundo nuevo y desconocido, Frank y su mujer, Linda, nos ayudaron ofreciéndonos su hospitalidad y acogiéndoos a tu hermana y a ti por las tardes después del cole, hasta que mami o yo llegábamos a casa, aunque a ella nunca le gustó que pasarais tanto tiempo con sus hijos. «Cinco minutos más porfa», susurras desde la cama. En cuanto amanece sobre su tejado y el sol incendia las copas peladas de su lado de la calle, bajo deprisa para quitar la cafetera del fuego y ver desde la cocina cómo se tiñen de rojo también las del nuestro. Después bajáis las dos. Tú distraes unas oreos en el tazón de leche mientras ella unta una tostada. Tú retuerces entre los dedos una goma del pelo mientras ella bebe su zumo. Tú te vas al cole mochila al hombro protegiendo tus secretos con un gruñido malhumorado mientras ella te sigue con la suya, en silencio. Espero que Frank tenga suerte y le concedan el crédito que necesita. Es un buen tío.

Friego mirando las ramas tronchadas por el viento, tendidas sobre la nieve como signos de puntuación en una hoja en blanco. Veo las huellas dejadas durante la noche por los conejos, junto a la valla, al abrigo de búhos y lechuzas. El jardín tiene una vida fascinante que me hubiera gustado poder compartir contigo este invierno, chiqui, y espiar juntos a los animales nocturnos, pero ahora, después de lo que pasó anoche, ya no es posible. Cierro el grifo y me seco las manos con cuidado, sentado frente al corazón de chinchetas de colores que hiciste al llegar aquí, en el corcho de la cocina. Las tengo asquerosas de tanto montar muebles de Ikea en nuestro nuevo hogar, de tanto rozarme las ampollas y los sabañones en los bolsillos del vaquero y de tanto remojarme las llagas en grasa y detergente cada mañana. Me las vendo despacio y tomo algo para la resaca. Anoche bebí y hoy tengo el alma como el puto fregadero. He vuelto a soñar con puertas solitarias que se me ofrecen para atravesar su umbral y desaparecer por ellas. La de esta noche era la de un remolque caravana plantado en medio de la nieve, plateado, deslumbrante. En el sueño el aire soplaba metálico. La casa huele a café frío. Después de lo de ayer, lo mejor será acercarme a casa de los Hagen y tener un gesto con ellos, aquí hay que guardar las formas. Les haré una tortilla de jalapeños. Como en la nevera no quedan ni huevos ni jalapeños ni cervezas ni nada, me voy al supermercado.


Cuando enciendo el motor veo más huellas en la nieve alrededor de la basura e imagino al merodeador hambriento husmeando en busca de los restos. Un mapache, una zorra, lo que sean. Espero a que se caliente este cacharro de segunda mano recordando tu cara radiante anoche, cuando vinieron a buscarte tus amigos. ¡Por fin! ¡Hacía tanto tiempo que no salías con ellos! Apartar los deberes y bajar a saltos la escalera fue todo uno. Allí estaba Scott, el pequeño de los Hagen; y Holden, el tirillas de pelo a lo estrella del pop que te ronda y que hasta ahora no se había atrevido a asomar la jeta aquí dentro. Y también Sean, el mayor de los Hagen, con un amigo. «Claro que te doy permiso, chiqui, anda, sal y disfruta». Me abrazaste a escondidas, te calzaste tus botas nuevas y salisteis los cinco en busca de Gwen, la que disimula su ortodoncia y sus espinillas a base de capas de maquillaje, y de Sandy, que se pasa las tardes en casa de Gwen y va para tía buena de la pandilla. Arranco y conduzco despacio por la carretera sobre las bolitas de sal azuladas, los regueros de agua y las alimañas aplastadas. Paso junto a un ciervo atropellado y reventado entre la nieve apilada en el arcén. ¿Te acuerdas de nuestro ciervo? Una mañana de nuestro primer otoño aquí fuimos a pasear temprano junto al río y surgiendo de entre la maleza apareció ante nosotros un ciervo joven y majestuoso, fuerte y delicado. Se paró para observarnos un segundo y de un salto, ciervo de cola blanca, se hundió en la niebla. Fue un instante mágico.

Pero anoche, cuando quise darme cuenta, ya estabas de regreso. Te escuché subir corriendo las escaleras en busca de tu hermana. Escuché sus gritos en cuanto empezó la pelea. Otra vez. Algo debía de haberte pasado con la pandilla, pero me dio igual, porque cuando aparecí en vuestro cuarto tú ya destripabas con unas tijeras su peluche favorito, el que la había acompañado en nuestro viaje hasta aquí. Me hirvió la sangre, se me nubló la mente como siempre y estallé. Aún retumban en mi cabeza los gritos mientras empujo el carrito en el supermercado. «¡Ni por favor por favor papá ni hostias! ¡No, no hay perdón que valga, no hay papá por favor! ¡Y no llores, no llores y no me grites, hostias!», te gritaba zarandeándote. Algo debía haberte pasado, sí, pero de eso mi mente no quería saber nada. En el supermercado suena una melodía tintineante, con campanillas y cascabeles, pero no la oigo, porque ahora estoy parado, viendo en la puerta de una cámara frigorífica el mismo reflejo de anoche en el cristal de vuestra ventana, el rostro de un ser furibundo rugiendo en vuestro cuarto. Mi rostro.

Cargo la compra en el coche y como aún es pronto enciendo la radio y regreso dando una vuelta por el otro lado del río. Bajo el puente, una barcaza se abre camino despacio entre el vapor que desprende el caudal y los bloques de hielo que se arrastran corriente abajo. En la emisora hablan de la sonada victoria del equipo local contra los Ravens, pero lo que yo escucho es tu voz. «Papi, me das miedo», dijiste antes de escaparte. Me acertaste de lleno y me quedé allí paralizado, mirando desde la puerta de casa cómo desaparecías en la oscuridad, escuchando tus pasos en la nieve y tu llanto llegando a través del aire que soplaba helando los porches. Me quedé allí hasta que sólo quedó el zumbido de la procesadora de la River Sands y entré.

Tienes razón, chiqui, no puedo dejar que la ira me nuble el pensamiento, cambie mi cara y te asuste. No puedo dar golpes, ni gritar, ni obligarte a soportarlo. Os he dado miedo a tu hermana y a ti demasiadas veces. Como el día que te arrepentiste de haberle pegado demasiado tarde, o cuando no conseguí ese trabajo que tanto necesitábamos y os machaqué con mi frustración y mi rabia hasta haceros sentir indignas.

Tras el puente, la carretera serpentea entre lomas arboladas, naves industriales, casas solitarias, comercios, explotaciones agrícolas, lo que sea. Paso junto a los almacenes de sal, que emergen a los lados redondos como platillos volantes abandonados en la nieve por sus tripulantes. Paso junto al «Citylights», el único bar de los alrededores donde tomarse una copa con Frank por las noches. La radio empieza a chirriar y cambio de emisora. Paso junto al vivero, que en esta época del año sólo vende ornamentos de piedra para jardín, fuentes, enanitos, ángeles, vírgenes, todo expuesto junto a la carretera en filas cubiertas de nieve. Todo petrificado, todo muerto. En la radio hablan del acosador que merodea por los colegios del condado y que tiene en vilo a la población local. Paso por un tramo sinuoso dejando atrás una salida, y otra y otra más. Tras cada curva los desvíos dibujan nervaduras de asfalto que se ramifican por entre el inmaculado dominio blanco, el laberinto donde caza el águila.

«Papi me das miedo». Como el que os di la noche que sonó el teléfono y era mami llamando desde un bar donde se tomaba una copa con los compañeros del trabajo. Al colgar descargué la tormenta cuando intentabas que tu hermana no me molestara con sus carantoñas. «Shhh… calla, que papi se va a enfadar», le decías intentando evitar lo inevitable. Sorbiéndoos las lágrimas me confesasteis después que os daba miedo quedaros a solas en vuestra propia casa, con vuestro propio padre, conmigo. En la radio suena ahora Supertramp. En la orilla del río yacen apiladas las canoas del área recreativa, canoas que las familias alquilan en verano, cubiertas ahora también de nieve. «Papi me das miedo». Me gustaría poder olvidar la primera vez, Dios mío, cuando dándote la papilla cucharada a cucharada, siendo tú aún un bebé, me desesperaste y hasta yo mismo me asusté al escuchar esa bestia temible y cobarde salir rugiendo de mi interior, tensando mis músculos, erizándome el cabello, gobernando sobre mis rasgos y cebándose con una víctima débil, indefensa, inocente, sentada en una trona forrada de hule. Contigo.

Se me empañan los ojos y cuando la sal de las lágrimas me llega al paladar tengo que parar, justo al pasar frente a la planta de la County River Sands, una inmensa explanada con pirámides terrosas coronadas de nieve, con cintas transportadoras arrojando arena y tierra sobre los montones, entre volquetes y excavadoras que van y vienen, entre casetas por las que trajinan hombres con las manos enfundadas en gruesos guantes. Apago el motor y dejo los intermitentes puestos, tic tac, tic tac, ese tintineo metálico, tic tac, tic tac. Las manos doloridas me palpitan bajo los guantes, pegados ya al vendaje de tanto apretar el volante.

¿Recuerdas el día que llegamos? Max, el perro de los Hagen se metió en casa mientras descargábamos las cajas y así conociste a Scott, que llegó en su busca. Él te presentó a los demás y a los pocos días ya pasabas de jardín en jardín como una ardilla. Te dejaron una bici vieja que llevasteis a arreglar y con ella ya podías ir al parque, a la tienda de la carretera o incluso, pasada la antigua vía del tren, hasta el canal. Poco importaba que no hablaras el idioma, la empatía de la inocencia bastó para que encajaras. Y después encajó también tu hermana, aunque a ti no te hacía gracia tener que compartir tu nueva pandilla con ella. Para septiembre, cuando se celebró la fiesta de final del verano, ya conocías a todo el mundo y te perdías entre la multitud haciendo cola en las atracciones o enseñando a tus amigas la bolsa de agua con un pez que te ganaste de premio explotando globos con un tirachinas. Hacía un día radiante, humeaban las hamburguesas en la parrilla, el aire caliente agitaba los banderines tendidos desde la pérgola del parque y la chavalería disfrutaba enloquecida de la fiesta. Al pez le pusiste «Bubbles».

En la planta ha finalizado el turno de noche y los hombres van saliendo. Uno se aparta de los demás, se quita los cascos de insonorización y se despide del guarda. Lleva gorro de lana, gafas oscuras y barba y se sube a una vieja Explorer. Él también atiende a la descripción del acosador que han dado por la radio. El sospechoso puede ser cualquier trabajador honrado, con los mismos problemas y preocupaciones que todo el mundo: una madre enferma, un trabajo de mierda, demasiadas facturas o simplemente nadie en casa a quien contarle ni lo del insomnio ni todo lo demás. Arranca y se marcha confundiéndose con el resto de vehículos que transitan dibujando rastros bajo la nieve. Arranco.

¿Y tu primer baile aquí? Seguro que no lo has olvidado. Justo cuando ibas a sentarte a descansar en un banco con tus amigas, sonó una lenta y Holden, el tirillas, se acercó, rojo como un tomate, y te pidió el baile. Las centellas luminosas de la bola de discoteca convirtieron la penumbra del gimnasio en un universo mágico que por fin giraba a tu alrededor. Suspiraste tan hondo sobre su hombro que desde entonces, las tardes que el chaval acaba rápido los deberes, se las pasa calle arriba, calle abajo, en patín, en bici, botando un balón, corriendo, caminando solo o con Scott y te invita a jugar al baloncesto, a bañar a su perro, a buscar ranas al canal. Hasta ha merodeado con la pala de su padre al hombro por si yo le pedía que quitara la nieve de nuestra entrada. Pero mientras bailabais, las lucecitas también recorrían las caras de tus amigas en la oscuridad, aflorando sus miradas de estupor, despertando el latir de la envidia.

De regreso paso por donde Manny, con su cafetería y su taller mecánico, con el viejo cartel colgado sobre una cabeza de tiburón de plástico. Bajo la nieve el local tiene un aire irreal, como de perdido en el tiempo, con sus bombillas de cabaret rodeando el falso trofeo de pesca, con los viejos surtidores de gasolina años cincuenta, las máquinas expendedoras inservibles, los anuncios oxidados y los coches de choque antiguos reconvertidos en jardineras. Oí que Manny padre, aparte de excéntrico, de joven fue un gran pescador y que de unas vacaciones en Florida se trajo una cabeza de tiburón de verdad. Una cabeza enorme. Pero de aquella cabeza, la verdadera, al parecer sólo queda la dentadura, que además Manny perdió años después en una partida de póker. La de ahora es de pega. Veo camionetas aparcadas y tras las ventanas de la cafetería los de la planta procesadora desayunan y ríen entre bromas. Por aquí no hay colegios. La decoración retro del lugar en realidad es un reclamo comercial del negocio de antigüedades y trastos viejos que Manny ha puesto justo detrás, siguiendo la flecha con la palabra «ANTIGÜEDADES». Giro y entro por el camino cubierto de nieve que indica la flecha, internándome tras una arboleda. Por matar el tiempo.

Un domingo, por Navidad, llevé a tu hermana a casa de tu amiga Sandy para que pasara la tarde con su hermana pequeña. Se llama Jill, ¿no? Aburrida en casa, tú convenciste a mami para salir a dar una vuelta al centro comercial y recorristeis juntas las galerías entre música de villancicos, entrando y saliendo de todas las tiendas sin decidirte por nada. Te probaste seis pares de botas, te cambiaste la goma del pelo quince veces de sitio, dudaste entre cuatro fundas nuevas para el teléfono móvil, contaste hasta diecisiete Santa Claus con sus campanas, once globos flotando sueltos en el techo del centro comercial junto a las rejillas de ventilación, con sus cintas colgando, y durante los veintitrés minutos que te aburriste sentada mientras mami se tomaba un café y te hablaba de la vida, te fijaste en todas las niñas que iban de la mano de sus padres. Y de repente lo viste: tus amigas tomando un helado con tu hermana pequeña, con Jill y con el resto de tu pandilla. No lo podías creer, se te nubló la mente, como a mí, mientras el veneno te entraba gota a gota. Así funciona. Tu hermana reía las bromas de los mayores ajena a estar siendo el vehículo de una venganza infantil. Te estaba robando los amigos. Se iba a enterar. Bastaron entonces unas cuantas tardes apáticas tirada en el sofá para que una avanzadilla de la vida adulta se atrincherara en tu alma arrinconando para siempre tu bendita inocencia. Una de esas tardes Bubbles murió y cuando lo enterramos junto a la puerta de la cocina, enterramos mucho más en su pequeña tumba. Yo me tuve que esconder en el baño para que no me vierais llorar. Gota a gota entra, sí señor, así entra.

Tras pasar la arboleda me detengo junto al almacén de antigüedades. Hay otro Explorer cubierto de nieve aparcado junto a la entrada. Las huellas dejadas por el conductor están suavizadas por la nieve caída durante toda la noche. Llamo a la puerta, pero no abren. Miro por las ventanas y veo las sombras polvorientas de cientos de trastos. Aporreo la puerta varias veces, toco también en las ventanas y espero un buen rato, pero como nadie da señales de vida y no abren, me dispongo a abandonar. Entonces escucho el graznido de un águila justo encima de mi cabeza, miro al cielo buscándola, pero sólo veo una capota plomiza de nubes que avanzan deprisa arrancando tonos metálicos al terreno junto al almacén, un pastizal pelado, oculto a la carretera por la arboleda que lo rodea y cubierto totalmente de nieve virgen. Al fondo se distingue un montículo en el que no había reparado antes, una elevación del terreno circular sobre la que se levanta un granero destartalado entre troncos de árbol secos. Lo observo en silencio. Comienza a silbar el aire entre las ramas peladas de los árboles. Sopla más fuerte, arrancando ráfagas de nieve en polvo que serpentean sobre la ondulante superficie helada. Sopla más fuerte aún, aullando, y me empuja hacia el montículo.

Cuando anoche te encontró mami por fin, llorando a la entrada de la tienda de la carretera, a ella sí le contaste lo que no me contaste a mí. Lo que había pasado en casa de los Hagen. Le contaste que tus amigos no querían jugar, sino sólo hablar de cosas, de «esas» cosas. Le contaste que mientras tú te hacías la tonta y jugabas con Max, los demás se pusieron a fumar. Y a beberse las cervezas de Frank. Le contaste que al principio te sentías rara, sólo eso, pero que cuando empezaron a hablar de tu hermana te diste cuenta de que a los chicos no les interesabas tú, sino las demás, incluida ella. Te habían estado utilizando. Le contaste a mami que entonces tuviste miedo y que huiste enrabietada tropezando en la entrada con el jarrón favorito de Linda, el que compraron ella y Frank durante una escapada romántica a Memphis. Sí, ese jarrón de porcelana, más maceta que otra cosa, con forma de Elvis tocando la guitarra. Le contaste que se rompió vertiendo la tierra en la moqueta. Y que te fuiste dando un portazo. Todo eso le contaste a mami, pero lo que pasó después en casa no se lo contaste, que subiste corriendo al cuarto de tu hermana para avisarle sobre los chicos de la pandilla. Pero tu hermana se rió en tu cara pensando que te movía la envidia, se burló de ti y tú explotaste. La frustración y la impotencia te hicieron hervir la sangre y pasó lo que pasó. Así es como funciona.

Camino hundiendo las piernas en la nieve. El viento levanta ráfagas que me azotan desde todos lados, golpeándome en la cara como agujas heladas y silbándome al oído mientras las sombras de las nubes se deslizan arremolinándose en torno a mí y el reflejo de luz me obliga a cerrar los ojos. Cuando consigo ver de nuevo, ya estoy al pie del cerro, al abrigo del viento. Me detengo sudando como un gorrino y veo que la vegetación a mi alrededor esta tronchada, aplastada y cubierta de nieve por la ventisca fantasmagórica. Sólo se tienen en pie, milagrosamente, algunos cardos altos, erguidos como vigías que mecen temblorosos, esponjosos copos de nieve clavados en los pinchos de sus flores secas.

Yo sé que no sólo tuviste miedo por tu hermana, chiqui, sé que también tuviste miedo por ti, por no tener el cariño de tus amigos, que te compensa el que yo te arrebato cada día en casa. Tuviste miedo, sin saberlo, de que sin uno ni otro, al crecer te fueras a perder de ti misma como me perdí yo. Erré el tiro, chiqui, no debía haber descargado mi cólera sobre ti, sino sobre mí. No te odio, hija mía, te quiero y me enfurezco porque me veo en ti y no sé cómo ayudarte.

Arriba del cerro el interior del granero se abre amenazante y oscuro por el hueco del portón desmoronado, como si fueran las fauces abiertas de una fiera sobre sus dominios. Subo la pendiente, miró hacia atrás y veo el rastro que he dejado a mis espaldas. Contemplo, al final del camino emprendido, a mis pies, la balumba de huellas de todo tipo dejadas allí arriba por ciervos, coyotes, mapaches, conejos, ardillas, zorros, aves, mofetas, zarigüeyas y qué sé yo cuánto bicho más. El registro silencioso de la vida invisible. El aire sopla de nuevo entre las ramas de los árboles secos que flanquean la ruinosa construcción y silba contra los tablones de la pared del fondo. Escucho entonces algo que me hace estremecer, un tintineo metálico, un cascabeleo justo detrás, el mismo sonido metálico de mi sueño. Rodeo el granero y a sus espaldas me encuentro, abandonado, el remolque caravana, plateado, deslumbrante entre la nieve que cubre sus ruedas, se amontona a los lados y corona su techo. Con su puerta cerrada esperándome en silencio para que la abra y desaparezca por ella y una cadenita que tintinea colgando del picaporte. Quizás de ahí colgó alguna vez una llave. La nieve cruje bajo mis pies cuando me acerco. Limpio con el brazo el recuadro de un estrecho ventanuco y veo lo mismo que vi anoche en el reflejo de la ventana de vuestro cuarto: mi monstruo furibundo y cobarde blandiendo entre rugidos frente a su hija las tijeras que le acaba de arrebatar.

Entonces giro el picaporte. Adiós chiqui, me voy. Yo también tenía un mundo inocente y confuso, pero al crecer se desmoronó igual que ahora el tuyo y me quedé tan solo como lo estás tú ahora. Así albergamos el dolor y la rabia, el miedo y el rencor que ahora estoy condenado a traspasarte. El odio, chiqui, un odio que se aloja en nosotros y nos usa como huéspedes para sobrevivir pasando de unos a otros. De repente unas ramas se agitan y el águila que no conseguí ver antes aparece ahora desplegando sus alas, enorme y majestuosa, y emprende el vuelo aleteando sobre mí. Pero la puerta no se abre, chiqui, la puerta está cerrada. No hay escape. Este es mi rastro, hija, la herencia que no sé cómo evitar legarte. Así que vete, vete que estás mejor sola en la oscuridad de la noche que con este niño rabioso y descontrolado, ofendido y cruel que se ha convertido en tu padre. Esta bestia solitaria y febril que husmea entre la nieve y el hielo buscando un huésped al que traspasar su condena. Un huésped que no seas tú.


Cuando llamo al timbre de los Hagen, escucho a Linda a través de la puerta mosquitera, pero ella a mí no me oye porque está al teléfono. Espero en el porche. ¿Hace un mes? ¿Embargarnos la casa? Entra en el recibidor y mira la mancha en la moqueta mientras encaja lo que esté escuchando, intentando que la dejen hablar. Hay ciertas cosas que sí se tramitan con celeridad en el condado de Hamilton. Finalmente confirma, doblegada, que avisará a su marido sobre no sé qué de un último plazo, repara en mí y abre. Sin saber qué hace el vecino en su casa, el padre de la friki, el que se lleva por las noches a su marido a beber por ahí, con algo humeante envuelto en papel de aluminio.

Sin saber que mendigo comprensión y perdón para ti.

Qué va a saber, si cuando Frank regrese del trabajo discutirán como siempre, habrá bronca como siempre, él beberá y la tomará con los chicos como siempre. ¿Tendrá suficientes ansiolíticos en casa?

Desde la orilla opuesta del río, del otro lado del bosque, llega el ruido de la procesadora de la River, un sonido que cambia según el viento pero que siempre está ahí. Un águila vuela sobre nosotros. ¿Sabrán los conejos que atraviesan de noche los jardines, que van dejando un rastro de blancas, nítidas, inmaculadas huellas?

2
BALONCESTO


El chirrido de la puerta de la cocina al abrirse era la señal que catapultaba a los chicos desde el cuarto de estar al jardín. Aquellas tardes, cuando terminaba de lavar platos y cacharros y de recoger y fregar la cocina, la abuela abría la puerta y echaba a las gallinas un cubo con los desperdicios de la comida. Los chicos se arrellanaban en el sofá para ver con el abuelo el partido de baloncesto en la tele. Avivaba el fuego de la chimenea, se fumaba un pito ojeando el periódico y para cuando sonaba la puerta, ya estaba dormido. Saltaban ellos entonces de la penumbra del estar al soleado jardín cruzando a zancadas la cocina reluciente, inundada del mismo olor a jabón detergente y lejía que impregnaba las manos de la abuela y corrían a ver quién cogía primero la pelota mientras ella destendía la ropa que el tibio sol hubiera secado ya. Para cuando se sentaba en el poyete junto a la puerta, sus nietos ya se peleaban por la primera personal en ataque. Miraba un momento el limpio cielo serrano y se enfrascaba después en su quehacer.

Hoy, limpiar las judías verdes para la comida de mañana.

Frente a ella, donde el montón de hojas secas que el viento del otoño había hurtado al rastrillo de Loren, las lombrices y los gusanos que aún se asomaban por allí, servían de postre, a picotazo limpio, al rancho por el que se peleaban las gallinas. En una pared encalada que subía hasta el palomar, el primo Gonzalo había pintado a brochazos un recuadro en añil que, a falta de aro, hacía las veces de canasta. La abuela concedía un tiempo antes de regañarles, hasta que las gallinas, ciegas ya de mondas y gusanos, se refugiaban dentro del corral a sestear a salvo de pisotones y balonazos. Entonces, levantando la vista lanzaba la primera advertencia, un «¡chicos, no os peleéis!» al que no hacían ni caso. Pasado un rato, cuando las rodillas del pequeño ya habían probado la grava del jardín y empezaban los primeros lloros, dejaba su quehacer y se levantaba del poyete:

—¡Carlitos, deja a tu hermano en paz! ¡Todos los días lo mismo! ¡Si no sabéis jugar juntos, le doy la pelota al nieto de Loren!

—¡Es que ha sido canasta, abuela! ¡Ha sido canasta y este dice que no y no me deja sacarla!

—¡Demontre de niños!

Algún día, los padres de sus nietos subirían al pueblo y se los llevarían de regreso a la ciudad y, cuando eso pasara, aquellas tardes se habrían acabado. Sin levantar la vista despaciaba su labor cambiando por un segundo el frenesí de su eterno sin descanso por el disfrute de las voces de los chicos, de los balonazos en el patio, del piar de los pollos, del volumen de la tele y del runrún de una moto al pasar. Entonces suspiraba y vuelta a empezar. Y cuando la pelea de los chicos arreciaba, mentía:

—¡Como sigáis así, llamo a vuestros padres y mañana mismo os llevan de vuelta a casa!

El primo Gonzalo y su hermana Isa, hijos de su cuñada, subían entonces del pueblo en bici y merendaban con ellos. Gonza jugaba con los chicos mientras la niña aprendía a desplegar su coquetería ante los chavales. La prima tendría la misma edad que Carlitos pero el primo era ya un muchacho hecho y derecho. Más grande y más fuerte, les enseñaba trucos y pases, organizaba torneos, hacía de árbitro o lo que se terciara. Con los del pueblo no se entendía bien y se aburría sin amigos que se quisieran escapar al cañaveral, río arriba, a fumar a escondidas.

El siguiente en llegar era Loren, jardinero y hombre para todo del abuelo. A su llegada, este despertaba de la siesta, apagaba la tele y camino del baño, pedía a voces a su mujer que le preparara su whisky. La abuela recogía el barreño con las judías, la bolsa con las patatas, el cesto con las pinzas de tender o lo que hubiera estado haciendo hasta entonces, abandonaba su asiento y entraba en la casa para atender las exigencias de su marido: en vaso alto, con dos hielos, media de whisky y media de agua. Desde la cocina, la mujer escuchaba el ruido de la cisterna, la puerta del baño y los pasos por el pasillo hasta que el hombre de la casa entraba en la cocina a dar cuenta de su refrigerio servido justo a tiempo con unas galletas saladas, aceitunas, o panchitos.

—Hoy toca traer el estiércol —rumiaba el abuelo desde la puerta dando el primer sorbo al whisky—. Hay que echar el mantillo antes que empiece a helar —masticando su tentempié—. Me llevo a Loren al Nitratos, a recoger los sacos.

Cada tarde los hombres emprendían una nueva tarea: hoy traer el estiércol, ayer arreglar el corral, antes, preparar los semilleros, mañana reparar la verja, después tapar una zanja, cortar los setos, talar un árbol.

—¡Gonzalo! ¿Te quieres venir con Loren y conmigo a por el estiércol?

—¿A dónde?

—¡Al almacén de nitratos! —decía limpiándose el bigote con el dorso de la mano—. ¡Si nos ayudas, te dejo conducir la furgoneta un trecho!

—¡No, gracias, tío, me quedo jugando con los primos!

En eso, se acercaba Loren desde el garaje pertrechado ya con el mono azul, las botas de goma, y dos pares de guantes de jardinero.

—Buenas tardes, don Emilio, Señora…

—¿Gustas? —ofrecía cada tarde el abuelo tintineando los hielos en su vaso.

—No, gracias —rechazaba ritualmente Loren—, ya he merendao en casa.

—Tú te lo pierdes —zanjaba acabándoselo de un trago—.Venga, vamos pues al almacén.

Loren entregaba al abuelo un par de guantes y preguntaba:

—¿Nos ayuda su sobrino al final?

—No. Ha salido tan gandul y fino de esfuerzos como mi hermana. De tal palo, tal astilla. Vámonos.

Lo siguiente para la abuela era la merienda de los chicos, bocadillos de pan con chocolate que preparaba vigilando por la ventana. Cortaba grandes rebanadas de pan y las abría por el medio, abría la tableta de chocolate con leche y la rompía en onzas, colocaba las onzas dentro del pan y cerraba. Para Carlitos, el más goloso, rellenaba de chocolate el pan sin cortarlo, hurgando dentro del mendrugo con un dedo y sacando toda la miga. Así es como le gustaba al niño. Cada tarde, mientras hacía los bocadillos, observaba cómo su sobrina pellizcaba la inocencia de los niños roneando con descaro de un lado a otro del jardín y a ellos, embriagados por la coquetería de la prima, reclamando su atención, peleando como gallos tras la pelota, enzarzándose en peleas y sembrando, en fin, los reproches y envidias de las mañanas que seguían a cada tarde de esos días. Entonces, tras servir los vasos de leche y guardar el pan y el chocolate sobrante en la despensa, zanjaba el asunto llamando a todos a merendar. Y si podía, algún que otro día se apretaba ella también una copita de anís con cortezas de cerdo.

Pero esta tarde, los sollozos de Carlitos la sorprenden aún dentro de la despensa.

—¡Demontre de niños! —sale a toda prisa limpiándose las manos en el delantal. Carlitos llora en el suelo rodeado por los demás.

—¿Qué ha pasado? —pregunta agachándose para levantarle.

—¡Mi hermano me ha empujado y me ha hecho esto! —responde el accidentado rechazando la ayuda de un manotazo y enseñando una rodilla sangrante.

—¡Eso es mentira! —grita Tomás—. ¡Es él el que se ha caído al coger el rebote! ¡Es un mentiroso!

—¡El mentiroso eres tú! —chilla Carlitos.

La abuela consigue incorporar al chico e inquiere con la mirada a sus sobrinos. La niña está embriagada con el alcance de su poder seductor y su sobrino, presumiendo del rango que se le concede sobre los demás, explica engolado:

—No ha sido nada, tía. Carlitos estaba enfadado porque le había pitado una falta y al sacarla, él y Tomás se han chocado.

—¡Venga, todos para dentro! ¡A merendar! —zanja ella empujándoles a la cocina—. ¡Lavarse todos las manos! ¡Y a ti vamos a curarte eso!

Mientras se lavan las manos, limpia la rodilla de Carlitos con agua fría y jabón natural. El herido se queja del escozor.

—Anda, Gonzalo, alcánzame la Mercromina del armario.

—¡No! ¡Mercromina no! ¡Que escuece! —se queja Carlitos.

—¡Mercromina sí! Para que no se te infecte la herida y no tengamos que llevarte a poner una inyección —Carlitos se resigna y se sorbe los mocos.

—¡Aquí no está, tía! —dice Gonzalo.

—Entonces estará en el armario de mi cuarto. Ve a buscarla, anda, hijo, y los demás ¡a tomar la merienda mientras veis la tele! Y no digáis al abuelo que os he dejado merendar allí, ¿eh? ¡Que ya sabéis como se pone cuando se enfada!

Los chicos se marchan con los bocadillos al cuarto de estar y allí les sirve la leche, enciende la tele y atiza la lumbre mientras el primo Gonzalo busca la Mercromina por el interior de la casa. Los dos se reencuentran en la cocina.

—Tía, ahora que me acuerdo, la Mercromina está en el garaje. Ayer la dejó allí Loren, que se cortó con un alambre arreglando el corral.

—Muy bien, hijo, pues tráela, anda.

Como todas las tardes de aquellos días, en ese momento suena el teléfono y la abuela corre al pasillo a cogerlo.

—¿Dígame? ¿Diga? ¿Reme? ¡Hooola Reme! ¿Cómo estás hija…?

Su amiga Reme llama siempre a la misma hora y se entretienen las dos echando un párrafo sobre los acontecimientos del pueblo.

Desde el pasillo, Gonzalo otea el cuarto de estar.

—Tía —sugiere—, si quiere, mejor le pongo yo mismo a Carlitos la Mercromina en el garaje y así no manchamos aquí, no sea que el tío se enfade al llegar.

—Muy bien, hijo, muy bien —susurra ella, tapando el auricular y haciendo un gesto de aprobación con la mano—. Anda, dale, dale.

Enfrascada en la charla con Reme, la abuela deja paso a los chavales por el angosto chiscón. Carlitos, con un gran bigote blanco de leche bajo la nariz, deja el bocadillo en la encimera de la cocina y sale cojeando de la mano de Gonzalo. Fuera, como todas aquellas tardes a esas horas, el sol va apoyando las sombras del jardín sobre la pared del garaje, donde Carlitos entra ya con el primo, que le anima acariciándole la cabeza.


Cada mañana Carlos emerge de su pesadilla catapultado por el timbre del despertador y se ducha con agua tan caliente que con el vapor apenas ve los azulejos. Sale del baño, hace café, se afeita, se viste y desayuna. Para cuando se hace el nudo de la corbata mirando su reflejo en el cristal de la ventana, ya sólo piensa en la oficina, en la hipoteca, en su ex suegra y en qué hará el fin de semana. Entonces se concede un momento para saborear el café caliente mirando el amanecer. Hasta él llegan los pasos de los madrugadores que van o vienen del metro, que entran o salen del bar o pasean a sus perros. Hasta él suben también los bocinazos de los coches pitando al camión de la basura, al de reparto o al autobús municipal cuando atascan el tráfico en el giro al final de la calle. Observa los balcones de los pisos de enfrente, unos con los trastos que no caben en las casas, otros cerrados con mamparas que transparentan plantas apoyadas en cortinas arrugadas, bultos amontonados, cosas. Aquí y allá sombras cruzando apresuradas, interiores poco iluminados y señoras que ventilan sábanas y manteles. Carteles de SE VENDE y SE ALQUILA y la silla vacía del anciano al que con este frío hace días que no sacan a tomar el aire al balcón. Un triciclo roto, un cenicero lleno, una ventana cerrada. Cada mañana Carlos apaga la luz y su reflejo se desvanece en la claridad del amanecer sobre el vecindario. Cada mañana coge su maletín y sale de casa. Entonces, en la soledad del pequeño piso, el vapor del baño alcanza la ventana empañándola mientras abajo Carlos sale del portal incorporándose a otra jornada en la que las obligaciones y los conflictos se irán enganchando unos a otros hasta ocupar toda su atención.

En el metro recrea mentalmente las situaciones que podrían acontecerle durante la jornada: la discusión con fulano sobre las vacaciones mientras revisa la estrategia de compras para la reunión de la tarde, o la disputa con mengano sobre la renovación de tal o cual contrato mientras termina de preparar el cursillo sobre procedimientos internos. Siempre hay algún músico que interfiere en sus pensamientos con melodías andinas, el kasachof o temas de siempre, pero él sigue su hilo mental y prevé los posibles obstáculos a sortear para poder cumplir con su quehacer en la oficina fabricando eventuales discusiones con contabilidad, con ventas, con informática, con recursos humanos o con la secretaria del departamento. Elabora persuasiones que nunca planteará y disfraza de fingidos triunfos sus previsibles claudicaciones, igual que hacía con su exmujer, siguiente parada de su pensamiento inundado de agravios que se desvanecen hoy viernes, como cada mañana, cuando el vaivén de cuerpos que se agarran a la barra del vagón junto a él, marca la llegada a su destino y Carlos pugna, como todo el mundo, por un hueco por el que salir de allí.

En la oficina, tras haber despachado los asuntos de primera hora y haber aguantado alguna discusión estéril, baja a fumar junto al arbusto de hojas mortecinas de la entrada. En el corrillo se habla de planes para el «finde» y de los jefes. Él asiente distraído a los razonamientos y como muchos otros días, lee un mensaje de texto de su exmujer avisándole de que mañana sábado tampoco verá a los niños. No importa, sabe que sus hijos prefieren no tener que sufrirle y no les culpa por ello.

—¿Te apuntas, Carlos? ¡Lo pasaremos bien! —le pregunta una compañera.

—No, gracias, este finde me tocan mis hijos —miente mientras su pensamiento se acomoda dentro de uno de los aviones que en esos momentos dibujan delgadas estelas blancas sobre sus cabezas.

Viaja por unos instantes a cualquier destino lejos de allí y como todos los días apaga el cigarro y sube a la oficina para continuar con lo que le toque. Hoy, terminar el dichoso informe para la reunión de compras de la tarde. Mañana, como tantos otros sábados, irá a visitar a su abuela a la residencia de ancianos.

Regresa a casa a tiempo de pasear un rato antes de que anochezca. Desde que se divorció no le llega ni para gastar por ahí con las pocas amistades que no le rehúyen. Atraviesa el barrio hasta el parque y cruza la autopista por el puente hasta llegar a unos desmontes cercanos por los que vaga cruzándose ocasionalmente con algún ciclista, algún caminante con perro, o gitanos errabundos. Aislado por la música con que se machaca los tímpanos, no escucha ni el golpe de sus deportivas sobre la tierra ni la respiración por la que entra el olor a cardo seco, a charco sucio, a caca de oveja y ahora, al pasar esa loma, también a la carbonilla que desprende el coche que alguien ha quemado por la noche en la vega arenosa de ahí abajo. Rodea la huella chamuscada con los restos del violento desguace y regresa sobre sus pasos. Al atravesar de nuevo el parque acelera para evitar sorpresas con los que a esas horas ya se juntan al botellón donde los columpios infantiles.

Por la noche se sienta frente al televisor y fuma y bebe sin parar para no dar más vueltas a si aquello pasó o es sólo un mal sueño. Sin respuesta, se duerme en el sofá.


Hace un buen rato que la abuela ha colgado el teléfono, ha puesto a hervir las judías verdes y se emplea a fondo con las patatas para la tortilla, cuando repara en el bocadillo olvidado sobre la encimera. Cae en la cuenta de que su marido está a punto de llegar y aún no ha recogido la merienda de los chicos.

—¿Y Carlitos? ¿Y Gonzalo? —pregunta al no verlos en el comedor, ausente como ha estado durante su trance telefónico con Reme.

Tomás y la prima se encogen de hombros. La abuela se asoma a la ventana y ve el garaje cubierto por las sombras del anochecer. Llama a voces a Carlitos y a Gonzalo. Silencio. Llama de nuevo. Nada. Entonces el corazón le da un pálpito y ahora chilla llamando a los dos a voz en grito. Cuando Carlitos y el primo salen por fin del garaje, este susurra algo al oído del niño, se sube en su bici y se marcha deprisa despidiéndose con un gesto.

Al cabo de un minuto Carlitos entra y se sienta muy callado en el sofá. La abuela se arrodilla frente a él y sin atreverse a mirar al crío a la cara le revisa la herida de la rodilla. Está embadurnada de Mercromina mal vendada con algodón y esparadrapo. Un hilo de sangre baja por su pierna hasta el calcetín. Carlitos tiembla.

—¿Y Gonzalo?

—Se ha ido a su casa —responde con un hilo de voz.

—¿Y yo? —salta la prima.

—Ha dicho que te bajes con Loren.

—¿Y mi bici? —insiste Isa.

Carlitos se encoje de hombros. No tiene ánimo para más charla.

—¿Quieres que te acompañe yo en mi bici? —se ofrece solícito Tomás.

Se escucha el motor de la furgoneta parando frente a la cancela del jardín. Loren y el abuelo han regresado. La abuela saca un pañuelo de la manga de su rebeca y después de humedecerlo con la escasa saliva que sale de su vieja boca, mira a su nieto a los ojos y limpia los churretones de lágrima y baba que le ensucian los mofletes. Ni rastro del bigote blanco. Le aprieta suavemente los labios temblorosos e hinchados con el pañuelo, silenciando su congoja con complicidad y disimulo hasta que al niño se le cae la mirada y los dos se aguantan las ganas de abrazarse y llorar. La abuela le aplica ese alivio ancestral pasándole una y otra vez el pañuelo ensalivado por la cara. Carlitos respira la mezcla del olor a saliva y lejía. Ella, por dentro, se va cagando en Dios y en todas las criaturas celestiales que están ahí para protegerles y no lo hacen. Una por una, hasta que la puerta se abre y el abuelo entra ruidosamente llamando a Gonzalo para que ayude con la descarga del estiércol.

—Ya se ha ido —declara la abuela poniéndose en pié tras besar en la mejilla a su nieto.

Se mete el pañuelo por la manga y estirándose dignamente el delantal, recoge los restos de la merienda y se los lleva a la cocina. Allí, se apoya en la encimera apretando los nudillos contra el mármol, mirando por la ventana empañada del vapor de las judías y el humo de las patatas al fuego, hasta que las manos se le quedan blancas, sin sangre. ¡Si no se hubiera distraído tanto con Reme! Pero ya es tarde; de sobra sabe que sería inútil contárselo a su marido, un pelele en manos de su hermana. Respira hondo y después de enjuagarse la cara con el delantal sucio, se enfrasca en la tarea que aún le queda antes de la cena. Arroja a la basura el bocadillo de Carlitos, enciende la luz amarillenta, saca de la nevera unos huevos, los bate con fuerza en un plato de loza blanco y los mezcla después con las patatas. Echa todo de nuevo en la sartén, echa la sal y vigila que la tortilla quede bien cuajada, como le gusta a su marido, que a esas horas de la noche, al otro lado de la ventana, prepara con Loren los sacos de estiércol para empezar con esa tarea mañana temprano.

Carlitos se propasó unos días después con Isa y recibió su merecido de manos del abuelo, por guarro. La abuela, de rebote, lo recibió también por distraída. Los padres llegaron y se llevaron a los nietos castigados de vuelta a la ciudad.


Hoy ya nadie recuerda aquel disgusto. Es sábado y Carlos cruza la entrada de la residencia de ancianos respirando los vapores de cientos de pañales de viejo mal aseado. Se encamina a la isleta de recepción dejando a un lado una fila de abuelos que, aparcados frente a un ventanal por el que hace rato que el sol ya no entra, contemplan como la tarde se va echando sobre el jardinero que limpia de caca de paloma el paseo de acacias peladas. Carlos se cruza con los que se apresuran después de una breve visita. «Ya vendré otro día con más tiempo», escucha. Pregunta por su abuela y espera, observando a los que deambulan empujando a sus mayores en sillas de ruedas mientras hablan por sus móviles, a los críos que corretean entre la gente, a los familiares que se apiñan junto a las puertas metálicas de los ascensores esperando devolver sus abuelos, padres, madres o tíos segundos, al control de planta. A la auxiliar que ayuda a un anciano de paso quedo a alcanzar la cafetería donde le espera una hija, una sobrina, o nadie.

La anciana está en una sala oyendo misa, adormilada mientras el sacerdote oficia sobre las quebradas voces de los internos. Carlos la saca de allí empujando la silla de ruedas y ella se agita creyendo que otra vez la castigan por hablarle en alto a sus recuerdos. Salen entre las miradas envidiosas de tantas almas a punto de zarpar, cruzan el vestíbulo y entran en la cafetería donde sólo queda algún sitio al fondo, junto al televisor. La coloca junto a una mesa libre y ahora sí, deja que le vea.

En la tele están dando una película de indios y vaqueros.

—¡Hiiiiiijo! ¡Tomasín! ¡Qué alegría verte! Qué guapo estás, ya era hora de que vinieras. ¡Qué sola estoy! Nadie me viene a visitar. ¿Cuándo me lleváis a casa?

—No soy Tomás, abuela, soy Carlitos. Carlitos, tu otro nieto, abuela. El mayor.

—¿El mayor? ¿El nieto mayor? ¿Carlitos?

—Sí, abuela, Carlitos

—¿Carlitos? —busca en su memoria—. ¡Ah, Carlitos! Pues eso, ¡qué alegría me das! —empieza a llorar—. Estoy muy sola, hijo, al abuelo no le he visto en todo el día.

La muerte del abuelo murió también hace ya tiempo en su memoria.

—Qué guapa te veo, abuela —Carlitos cambia de tema—. Qué bien peinada estás, qué colgante tan bonito. ¡Y vaya bolso elegante!

Mientras llora sin lágrimas contándole al nieto sus penas, él le coloca bien el bolso en el regazo y le pasa la cadenita dorada por el hombro estirándole de paso el cuello de la blusa. Tiene los ojos vidriosos y los lagrimales colorados. Saca del bolso unas gafas, se las pone y le acaricia con cariño las manos arrugadas y suaves, de piel moteada y uñas comidas por los hongos. Poco a poco ella va callando, callando, hasta que interrogándole con la mirada, comienza a jugar con la dentadura postiza moviéndola de un lado a otro con la lengua. Carlos rebusca en la manga donde sabe que ella siempre guarda un pañuelo, lo saca y le limpia cuidadosamente las babas. En una mesa junto a ellos, dos ancianas hacen que juegan a las cartas y que se hacen trampa y más allá un abuelo gasta cartuchos galantes con una mujer de visita. Una interna bajita, descentrada, recorre la sala pidiendo tabaco a voces.

—Abuela, ¿quieres merendar? ¿Te traigo un café y un bollo?

—Lo que tú quieras, hijo.

—No te me escapes, ¿eh? —bromea él.

—Pues, ¿y cómo me iba a escapar? ¡Ya ves cómo estoy!

Los dos ríen.

Se acerca al mostrador y pide un café cortado, un descafeinado, un bollo suizo para la abuela y otro de chocolate para él. Mientras espera, el canal de la tele cambia y en la pantalla se ve ahora, con gran estruendo, la retransmisión de un partido de baloncesto. Carlos la vigila de lejos, viendo cómo al otro lado de la sala ella no deja de jugar con la dentadura postiza sin mirar la televisión. La abuela escucha el partido sin prestar atención hasta que de repente fija sus ojos secos en la pantalla. Observa unos instantes las imágenes, se coloca la dentadura en su sitio y habla como si tuviera aún a su nieto sentado a su lado:

—Tomás, Tomasín, por lo que más quieras, si esta tarde Gonza te quiere llevar al garaje a solas, tu no vayas, por Dios, que no te haga lo mismo que a Carlitos —juega de nuevo con la dentadura y sigue—. Y si ves que se lo lleva a él, me avisas corriendo, ¿vale? Aunque me cueste otro disgusto con tu abuelo, por Dios Santo que esta vez se va a enterar.

Una lágrima surca despacio las arrugas de su cara.

Carlos observa cómo su abuela habla sola, sin oír lo que dice, con pena. Le sirven los cafés y los bollos, paga y cuando lleva todo a la mesa, alguien cambia otra vez el canal y los vaqueros vuelven a disparar a los pieles rojas desde unas rocas de cartón piedra. Los tiros resuenan en la cafetería y dejan nubecillas blancas en las áridas tierras del lejano oeste americano.

—¡Hiiiiiijo! —otra vez—. ¡Tomasín! ¡Qué alegría verte! Qué guapo estás, ya era hora de que vinieras. ¡Qué sola estoy! Nadie me viene a visitar. ¿Cuándo me lleváis a casa?

—No soy Tomás, abuela —repite él—, soy Carlitos. Carlitos, tu otro nieto, abuela. El mayor.

—¿El mayor? ¿El nieto mayor? ¿Carlitos?

—Sí, abuela, Carlitos.

—¿Carlitos? —rebusca en su memoria—. ¡Ah, Carlitos! ¡Qué alegría me das! —llora otra vez—. Estoy muy sola, hijo, al abuelo no le he visto en todo el día…

—Qué guapa te veo abuela, qué bien peinada estás, qué colgante tan bonito… ¡y vaya bolso elegante!

—¿Y tú te casaste? —le espeta la anciana.

La mujer pasa el resto de su última tarde mirando entretenida las fotografías que ese amable joven le muestra. No sabe quién es la familia retratada ni quién el que la acompaña, que está también en las fotos junto a una mujer y unos críos, pero por el aire que tiene a su nieto Tomasín, si no es él, seguro que es algún otro familiar cercano que, con suerte, puede que por fin la saque hoy mismo de allí, de vuelta a casa.

Al salir de la residencia Carlos pasa junto al jardinero que aún trajina por el paseo, ahora con una carretilla cargada de estiércol. Hacía mucho que no lo olía. El olor de su zozobra, el final de sus jornadas, el principio de sus pesadillas. Guarda las fotos y se abriga bien. Cualquier noche de estas empieza a helar.

En la cafetería, el bollo de chocolate va a la basura con el resto de desperdicios.

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Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
22 октября 2025
Объем:
172 стр. 5 иллюстраций
ISBN:
9788417375577
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Правообладатель:
Bookwire
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