Читать книгу: «Los modelos pedagógicos»
Zubiría Samper, Julián de
Los modelos pedagógicos : hacia una pedagogía dialogante / Julián De Zubiría Samper. -- 4a. ed. – Bogotá : Editorial Magisterio : Instituto Alberto Merani, 2014
p. – (Gestión)
Incluye bibliografía al final de cada capítulo
ISBN 978-958-20-1144-4
1. Pedagogía 2. Modelos de enseñanza I. Título II. Serie
| CDD: 370.7 ed. 20 | CO-BoBN– a943218 |


Colección Gestión
LOS MODELOS PEDAGÓGICOSHacía una pedagogía dialogante
© Autor
JULIÁN DE ZUBIRÍA SAMPER
Libro ISBN 978-958-20-1322-6
Primera edición: 2002
Segunda edición: 2006
Tercera edición: 2011
Cuarta edición: 2014
Reimpresión 2015
© COOPERATIVA EDITORIAL MAGISTERIO
Diag. 36 Bis No. 20-70 PBX: 5 71 3383605
Bogotá, D.C. Colombia
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por ningún medio impreso o de reproducción
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A Tata, quien de joven decidió abandonarel estudio de la filosofíapara dedicar toda su sabiduría,afecto y pacienciaa la educación de diez hijos.Cada uno de nosotros y sus veintiún nietosagradecemos esta decisión que nospermitió compartirla ecuanimidad, jovialidad e intensidadcon la que ha vivido,y sus palabras, siempre rebosantes de afecto ilimitado.

Contenido
Prólogo a la segunda edición
¿Qué son los modelos pedagógicos?
Una primera mirada
El currículo educativo
La pregunta por los fines y las intenciones educativas
Los contenidos o la concreción de los propósitos educativos
La secuencia: la manera de concatenar los contenidos
Las estrategias metodológicas y las maneras de trabajar en la clase
La evaluación
Bibliografía de profundización sobre el capítulo 1
La pedagogía tradicional y el modelo heteroestructurante
La pedagogía tradicional
El modelo pedagógico heteroestructurante
Visión global de la pedagogía tradicional
Principales aportes del modelo pedagógico heteroestructurante
Bibliografía de profundización sobre el capítulo 2
La Escuela Activa y los modelos autoestructurantes
¿Qué es la Escuela Nueva?
El modelo pedagógico autoestructurante
La evaluación del modelo pedagógico autoestructurante
Principios fundamentales de la Escuela Activa
Una síntesis de la Escuela Activa y las visiones autoestructurantes
Bibliografía de profundización sobre el capítulo 3
Las corrientes constructivistas y los modelos autoestructurantes
Introducción
La revolución epistemológica del constructivismo
Principios epistemológicos constructivistas
Principios pedagógicos constructivistas
El constructivismo a nivel pedagógico
Balance general de los enfoques constructivistas
Bibliografía de profundización sobre el capítulo 4
Hacia una Pedagogía Dialogante
El paradigma de la Pedagogía Dialogante
Los conceptos para Aristóteles
El cambio en las relaciones entre el estudiante y el docente
Las implicaciones didácticas de un modelo dialogante
Para terminar
Bibliografía de profundización sobre el capítulo 5
Notas al pie

Presentación
Julián amigo:
Hace ya diez años te empeñaste en convertir prácticas educativas, rescatadas a toda una vida, en experiencias pedagógicas. Diciéndolo de otra manera: te propusiste trasladar, no traducir, tu oficio de maestro, de un lenguaje comunicativo a otro que hace de la comunicación un acto creador.
De allí resultó la primera versión, la primera fábula de estos “Modelos Pedagógicos”, entregada al lector como una aventura en 1994.
“El papel del maestro es preguntar”, adviertes ahora en el prólogo de esta “performance” 2006 de la obra, la cual se edita con igual título. Lástima que en español el verbo formar tenga aspiraciones limitadas, tales como deformar, reformar o informar y no asuma este desafío del “to perform”, de romper la forma misma.
En este caso la pregunta es el taladro. Tú no le preguntaste al texto 94, a ti mismo, le preguntaste al lector 2006. El nuevo libro es una pregunta, ciertamente, no podía ser otra cosa, pero una pregunta por la lectura de un nuevo siglo que amenaza de entrada con ser solamente humano, no bestia ni robot, no niño ni adulto, no homo ni fémina ludens, humano solamente.
Ya hace sus días que una profe, una buena maestra, me abordó inquisidora de esta manera:
–¿Qué es una pregunta, maestro?– me dijo.
Mi respuesta no se hizo esperar mucho. –Profe –le contesté–, la pregunta es un ruido raro que, si usted lo oye y lo identifica, puede estar absolutamente segura de que por allí anda un humano, porque no hay riesgo de otra inteligencia, ni natural ni artificial, que haga preguntas.
Amigo Julián:
Quisiera completar esta avara presentación de tus “Modelos Pedagógicos”, de nuevo hoy en escena, con un vaticinio venturoso.
Afirmo entonces, por principio, que todos nosotros los educadores en este mundo, sin excepción alguna posible, somos solo domesticadores de buen grado y festivos, solo amaestradores por las buenas de esta especie animal que cautelosamente llamamos “gente”. Que quizás el primer maestro de este arte para nosotros, acá en occidente, fuera Sócrates, el incansable preguntón. Recordemos una vez más lo que aconseja al respecto:
“Así pues, amigo Glaucón, no violentes a los muchachos en las enseñanzas. Antes bien procura que se instruyan jugando, para que puedas conocer mejor las disposiciones naturales de cada uno”.
Sin embargo, por este sendero socrático, nos escapamos de cuando en cuando los educadores, hasta lograr la fortuna de descubrirnos nosotros mismos en el otro, en la otra, la opción suprema del diálogo pedagógico.
Es éste el vaticinio que aventuro para tu nuevo libro.
Nicolás Buenaventura

Prólogo a la segunda edición
Una pedagogía dialéctica debe estar abierta a la experiencia, ser capaz de integrar su propia experiencia. Por ello requiere que sea tejida sobre la doble trama de la experiencia y la razón, que en consecuencia sea perfectible, progresivamente especificable y revisable en toda ocasión… (Merani, 1980)
El papel de todo buen maestro es formular preguntas. Vivir diseñando acertijos y dilemas, analogías que nos hagan relacionar lo nuevo con lo antiguo y metáforas que nos lleven a soñar una realidad distinta. Juan Plata, compañero de tinto, cigarrillo y conversación profunda en la Universidad Nacional, decía hace algunos días cuando fue invitado como jurado de tesis al Merani, que había que aprehender a jugar con la ciencia, a divertirse y a reconocer que en ella, como en el amor, una mirada no basta. Pacho Perea, cuñado y antiguo profesor del Merani, comentaba en otra sustentación, el mismo día, que una buena investigación se mide por el número y la calidad de las preguntas que genera y no por las que resuelve. Ambos amigos tenían razón. Y seguramente eso no sólo es válido para la investigación, sino para la escuela misma. Tal vez, los maestros somos como los agricultores que sembramos en primavera para cosechar meses o años después.
Lo que es claro es que los cimientos de nuestros sueños, nuestros ideales, nuestros proyectos de vida y del amor, se construyen en buena medida durante la vida escolar.
Siempre he creído que en la educación, como en la vida, no hay como una buena pregunta. ¿Se puede imaginar, por ejemplo, una conversación, una película, una relación de pareja o una clase sin preguntas? Venimos al mundo, tal vez no para ser felices como creen algunos, sino para resolver una pregunta. A diferencia de las plantas, nos toca justificar nuestra existencia. Y eso solo es posible orientados por una buena pregunta.
La pregunta es el abono esencial de una mente despierta, creativa y libre. Por eso la televisión, los políticos y la prensa nunca preguntan. Responden, pero no preguntan. Por eso, la escuela que todos conocemos está llena de respuestas a preguntas que nadie sabe quién ha hecho y que quien las hizo, no esperó a que las respondieran. Sin potentes y poderosas motivaciones, la inteligencia se iría apagando, le faltaría la llama, la gasolina del conocimiento. Y esto es válido tanto para la inteligencia analítica, como para la inteligencia socioafectiva y para la inteligencia práxica. Y acaso, ¿de dónde vienen las motivaciones, sino de las buenas preguntas? En especial, de las que pudieron ser cultivadas por maestros que aún creen que uno no va a la escuela a aprender, sino a desarrollarse, lo que es bien distinto y lo que intentará ser sustentado en el libro que usted tiene entre sus manos.
Por todo ello, y como casi siempre suele suceder, este libro nació de una pregunta y de una historia. La pregunta la encontré leyendo dos libros hace algunos años y la historia se las voy a contar.
La pregunta
Para explicar esta obra es importante aludir a dos libros leídos a fines de la década del ochenta, dado que ejercieron una sensible influencia en la reflexión pedagógica que hemos adelantado de manera colectiva en el Instituto Alberto Merani. Se trata, de un lado, del texto de Louis Not, titulado “Las pedagogías del conocimiento” (1983), y de otro, del de César Coll, titulado “Psicología y currículum1” (1985 y 1994).
En el primero de ellos, Not intentaría sustentar una tesis profundamente original: que a lo largo de la historia de la educación, por lo menos desde el Siglo XVIII, sólo han existido dos grandes modelos pedagógicos, y que pese a sus múltiples y diversos matices, en esencia los modelos pedagógicos han sido heteroestructurantes o autoestructurantes.
Los modelos heteroestructurantes consideran que la creación del conocimiento se realiza por fuera del salón de clase y que la función esencial de la escuela es la de transmitir la cultura humana a las nuevas generaciones. En consecuencia, privilegian el rol del maestro y lo consideran el eje central en todo proceso educativo. Sus posturas son decididamente magistrocentristas, su estrategia metodológica fundamental es la clase magistral y defienden la conveniencia de utilizar los métodos receptivos en la escuela. De esta forma, presuponen que hay que recurrir a la enseñanza, al autoritarismo y a la instrucción para garantizar la asimilación del acervo cultural en el aula de clase.
Por el contrario, para los enfoques autoestructurantes el niño tiene todas las condiciones necesarias para jalonar su propio desarrollo y por ello lo consideran como el centro de todo el proceso educativo. La educación es concebida como un proceso jalonado y orientado por una dinámica interna donde las intervenciones externas lo que hacen es deformar y obstaculizar el desarrollo. Los niños y los jóvenes son vistos como verdaderos artesanos y constructores de su propio destino (Not, 1983 y 1991) y la escuela tiene frente a sí la tarea de favorecer la socialización, promover el interés y hacer sentir feliz al niño.
Por su parte, el psicólogo César Coll, uno de los orientadores esenciales de la reforma educativa española de los años ochenta, presentará un modelo de diseño curricular pensado para servir como instrumento en la tarea de elaborar las propuestas curriculares de los diferentes ciclos y niveles de la educación escolar.
En el texto, Coll formula cuatro parámetros esenciales para delimitar un currículo. Según él, un currículo se define a partir de la manera particular como sean resueltas por los pedagogos cuatro preguntas:
• ¿Qué enseñar?
• ¿Cuándo enseñar?
• ¿Cómo enseñar?
• ¿Qué, cuándo y cómo evaluar?
Según la reforma educativa de los años ochenta en España (Del Val, 1993, Coll, 1994 y Coll y otros, 1992), esas cuatro preguntas interrelacionadas permiten concretar las intenciones y las finalidades educativas: el para qué de la educación, que es la pregunta central en educación. De manera que para elaborar un currículo es necesario resolver esas cinco grandes y esenciales preguntas2. El libro “Psicología y currículo”, publicado en 1985 y del cual apareció una nueva edición para América Latina en 1994, fue precisamente escrito para formular y desarrollar esta tesis.
La tesis de Coll, aparentemente muy sencilla, mostró pronto toda su potencia para pensar un currículo a nivel general, de los equipos de área o a nivel del docente y el aula de clase. El propio Instituto Alberto Merani fue una ejemplar evidencia de la potencia de su teoría, cuando pusimos a prueba sus parámetros y criterios para diseñar un currículo original y para pensar contenidos, secuencias, estrategias y criterios de evaluación. La reforma educativa adelantada en dichos años en Ecuador sería, así mismo, una segunda oportunidad para poner a prueba el modelo trabajado en la reforma educativa española respecto al diseño curricular. Partiendo de tres tipos esenciales de contenidos (cognitivos, procedimentales y actitudinales) y orientados por las cinco preguntas anteriores, en calidad de asesores de la entonces Ministra de Educación del hermano país, Rosalía Arteaga, un equipo de docentes por entonces vinculado al Instituto Alberto Merani, procedimos a pensar una profunda reforma curricular, tal como unos días atrás habían hecho los pedagogos españoles.
La pregunta que me generó la lectura de los dos libros referenciados es la de si era posible encontrar una síntesis dialéctica entre los modelos heteroestructurantes y los autoestructurantes tal como supuso Not al formular su tesis de la interestructuración; y si en dicha formulación era posible tener en cuenta el modelo formulado por Coll.
En este sentido, el propósito de esta nueva edición es responder la pregunta anterior e intentar sustentar la necesidad y la conveniencia de un modelo dialogante, que, reconociendo el papel activo del estudiante en el aprehendizaje y el rol esencial y determinante de los mediadores en este proceso, garantice una síntesis dialéctica.
Dicha síntesis dialéctica tendría que reconocer en los modelos heteroestructurantes el hecho de que, efectivamente, el conocimiento es una construcción externa al salón de clase y que, indudablemente, la ejercitación y la reiteración cumplen un papel central en el proceso de aprehendizaje. Esos dos aspectos suelen ser negados por los modelos autoestructurantes. Sin embargo, la necesaria síntesis actual tendrá que discrepar del papel predominante que dichos enfoques centrados en el docente le otorgan a los procesos rutinarios y mecánicos y del papel pasivo que le asignan al estudiante en el proceso de aprehendizaje.
Así mismo, una síntesis dialéctica tendría que reconocer en la Escuela Activa y en los enfoques constructivistas la validez de aceptar el papel activo que cumple el estudiante en todo proceso de aprehendizaje y la finalidad de la comprensión y el desarrollo intelectual que le asignan a la escuela; pero también tendría que distanciarse de la sensible subvaloración de la función y el papel de los mediadores en todo proceso de aprehendizaje que subyace en dichos enfoques.
En síntesis, como trataremos de sustentarlo, hay que reconocer que el conocimiento se construye por fuera de la escuela, pero que es reconstruido de manera activa e interestructurada a partir del diálogo pedagógico entre el estudiante, el saber y el docente, y que para que ello ocurra es condición indispensable contar con la mediación adecuada de un maestro, que favorezca de manera intencionada, significativa y trascendente el desarrollo integral del estudiante (Feuerstein, 1993). Así, postulamos un modelo que concluya que la finalidad de la educación no puede estar centrada en el aprendizaje, como desde hace siglos ha creído la escuela, sino en el desarrollo.
Para lograr el desarrollo, hoy en día, creemos que un modelo pedagógico dialogante tendría la última palabra y, en mayor medida, si se reconoce el carácter social y cultural de toda idea, todo valor y toda acción. Éste es el esfuerzo que hemos venido haciendo en el Instituto Alberto Merani. En especial, después que de los resultados obtenidos en las investigaciones y seguimientos realizados, concluimos necesario abandonar varios de los postulados iniciales de la “Pedagogía Conceptual” y decidimos abrir la institución a niños de todas las capacidades intelectuales, asignar un papel más activo al estudiante en el proceso de aprendizaje, involucrar en mayor medida las categorías de lo complejo, lo sociocultural y lo dialéctico, reconocer nuevos elementos en las tesis de Merani, Vigotsky y Wallon y lograr conformar un equipo mucho más estable y dialogante de maestros.
La historia de la pregunta anterior
En 1994 salió a la luz la primera edición de esta obra en el marco de una colección titulada Tratado de Pedagogía Conceptual, que por entonces quisimos desarrollar en conjunto con otros miembros del Instituto y de la Fundación Alberto Merani. Las tres primeras obras de dicha colección fueron escritas por Miguel De Zubiría, al tiempo que la cuarta y la quinta fueron escritas por mí, la última, en compañía del filósofo, colega y amigo Miguel Ángel González. El cuarto tomo de dicha obra se tituló “Los modelos pedagógicos” y en él se intentó trasladar al terreno de los modelos pedagógicos la tesis formulada por Coll para elaborar currículos innovadores en el marco de la reforma educativa española; con dicho marco teórico se analizaron la Escuela Tradicional y la Escuela Activa. La primera edición tenía una marcada influencia de los planteamientos de la Pedagogía Conceptual, por entonces vigentes en el Instituto Alberto Merani, con poca crítica y posiblemente con cierto dogmatismo.
Una década después hemos querido publicar una segunda edición de la obra con algunas modificaciones, las cuales son resultado de la tarea innovadora que hemos adelantado de manera colectiva, experimental y sistemática en el Instituto Alberto Merani, en especial, en la última década. En estos diez años hemos discutido, releído, reelaborado y confrontado las ideas iniciales formuladas en su primera edición. Para ello hemos contado con el apoyo inmenso de un equipo de maestros que hombro a hombro han ayudado a reflexionar mil y una vez más, sobre las prácticas y didácticas educativas innovadoras en las que nos hemos involucrado. Entre ellos cabe destacar especialmente a Gerardo Andrade, Ximena y Sonia De Zubiría, Bertha Sarmiento, Vanessa Vargas, Jesús Gualdrón, John Jaime Marín, Alberto Ramírez, David Sánchez, Paulo Valencia, Pablo Robles y Aleida Yepes, quienes nos acompañan desde aquel entonces y a muchos maestros que se han vinculado al proyecto unos pocos años después. Así mismo, hemos podido contar con una prueba alojada en la red, resuelta hasta el momento por cerca de 4.000 docentes de diversos países del mundo, en la que se indaga por sus estilos de enseñanza y por el modelo pedagógico que subyace a su práctica educativa y cuyos análisis estadísticos han estado a cargo del amigo y colega Alberto Ramírez (Ramírez, 2006).
Como dice Merani, “una pedagogía dialéctica debe ser tejida sobre la doble trama de la experiencia y la razón” y eso es lo que hemos intentado hacer en el Instituto Alberto Merani en estas dos décadas de existencia, pero en especial en la última de ellas. Hemos intentado nutrirnos de las reflexiones teóricas realizadas por diversos teóricos a nivel mundial y de la experiencia e investigación adelantadas en la propia institución.
De un lado, en la presente edición hemos intentado reflejar en mayor medida la creciente influencia de los enfoques histórico culturales, en particular de las tesis de Wallon, Vigotsky, Feuerstein y Merani, las cuales han tenido un impacto creciente en la institución en la última década. De Wallon siempre fue esencial su original concepción sobre la naturaleza diversa de la inteligencia, sintetizada en su sentencia “el sujeto que siente, actúa y piensa” (Wallon, 1987 y 1989), pero ahora hemos querido retomar en mayor medida su concepción dialéctica sobre el desarrollo, expresada en su conceptualización sobre los ciclos escolares y las crisis evolutivas. Por el contrario, los aportes de Vigotsky permanecieron por más tiempo ocultos en los primeros años de la institución ante el peso significativo alcanzado por Piaget y por los postulados iniciales de la Pedagogía Concetual. Sin embargo, en la última década hemos intentado realizar una revisión más juiciosa y completa de la obra del pensador ruso para ampliar la transferencia de sus aportes esenciales.
La tesis de Van der Veer y Valsiner ilustra toda la potencia de la visión psicopedagógica de Vigotsky cuando afirma que “un niño que ha dominado la herramienta cultural del lenguaje nunca será el mismo niño” (citados por Baquero, 2001). Y ello es cierto, siempre y cuando el niño domine la herramienta cultural del lenguaje y alcance a profundidad el nivel de la lectura critica, algo que desafortunadamente muy pocos escolares alcanzan actualmente en el mundo, según lo registra el último estudio mundial de comprensión lectora, denominado Pisa 2003 (Pisa, 2003).
La posición vigotskiana en torno al lenguaje lo conduce a postular que la finalidad esencial de la educación es favorecer los procesos de desarrollo del estudiante. Su defensa de la mediación, la diferenciación que establece entre los conceptos cotidianos y científicos, su concepción de los niveles de aprendizaje, sus permanentes aportes a una teoría del lenguaje y su original concepto de una zona de desarrollo próximo como centro de atención de la escuela, ratifican el papel central que le asigna a la educación en el desarrollo del ser humano y el cual ha sido verificado en múltiples estudios (Baquero, 2001; Roff, 1999). Su obra seguirá influyendo a innovadores educativos en diversos lugares del mundo. Es por ello que cobra toda vigencia su sentencia:
La educación no solo influye sobre unos u otros procesos del desarrollo, sino que reestructura, de la manera más esencial, todas las funciones de la conducta (Vigotsky, 1987).
De Feuerstein hemos recogido su original concepción sobre la naturaleza altamente modificable de la inteligencia en cualquiera de las direcciones y sentidos, aunque nos distanciamos de su excesivo optimismo pedagógico, el cual lo lleva a pensar que la modificabilidad es una característica esencial del hombre independientemente de su edad, etiología de su enfermedad y condición. Nuestra experiencia y nuestras investigaciones (De Zubiría, Ramírez y otros, 2003) nos han mostrado que la modificabilidad tiende a disminuirse a lo largo de la vida y que no es viable sin un cambio en las condiciones estructurales del desarrollo.
Pero de Merani, como era de esperarse, la influencia ha sido mayor y creciente; en especial, por el sentido final que le asigna a la educación. La escuela, para él, debería ser el lugar ideal para desarrollar la libertad y la autonomía de los individuos. Sin educación nos volvemos seres serviles, ya que:
La mayor parte de nuestras ideas son prefabricadas, clisés que la “comunicación social” facilita e impone. Ideas que aceptamos con ignorancia voluntaria porque delegamos en otros la tarea de pensar… (Merani, 1976).
Así mismo, son esenciales sus posturas sobre el carácter cultural, histórico y dialogante de todo aprehendizaje, la necesidad de una escuela que favorezca el desarrollo del pensamiento y la humanización del hombre y la derivada sobre la posibilidad e inminencia del cambio de la educación en el mundo. ¡Y eso lo decía tres décadas atrás!
De otro lado, en esta segunda edición pretendemos integrar los conceptos de autoestructuración y heteroestructuración formulados por Not (1983 y 1992), con las preguntas y tesis de Coll sobre el currículo innovador en la escuela. De esta forma, resultan totalmente nuevos los capítulos cuatro y cinco, al tiempo que los tres primeros capítulos han sido en buena parte reelaborados.
En el primer capítulo se pretende trasladar la reflexión de Coll sobre los currículos originales al terreno de los modelos pedagógicos, replanteando y desarrollando cada una de sus preguntas pedagógicas relacionadas con los contenidos, las secuencias, las metodologías y los criterios de evaluación.
En el segundo capítulo se analiza cada una de las anteriores preguntas para los modelos heteroestructurantes, se examinan sus principios y se ubican sus fortalezas y posibles debilidades como modelos pedagógicos. En los capítulos tercero y cuar to se efectúa un procedimiento similar para los modelos autoestructurantes, tanto en su versión de la Escuela Activa, como en algunas de sus más variadas y novedosas versiones del constructivismo pedagógico.
Así mismo, hemos querido cerrar esta edición con una síntesis del modelo pedagógico vigente en el Instituto Alberto Merani desde hace diez años y el cual ha sido denominado “Pedagogía Dialogante”. El modelo propuesto reconoce los esenciales aportes de la Pedagogía Conceptual a nivel cognitivo (De Zubiría y De Zubiría, 1986 y 1989 y De Zubiría, M. 1996), pero intenta proponer alternativas ante algunas de las posturas que en ocasiones se asumen en su defensa, mostrándola en algunos temas cercana a posiciones heteroestructurantes y en otras como un enfoque relativamente dogmático.
Ninguna obra importante en la vida, ningún descubrimiento, ninguna poesía, ninguna obra de arte, ninguna teoría, han sido generadas, si antes no estuvieron precedidos por una pregunta. Espero que mi pregunta le ayude a usted a formular otras, así como las lecturas que años atrás hice de Coll y de Not me generaron a mi la pregunta que este libro intenta resolver.
Julián De Zubiría Samper

¿Qué son los modelos pedagógicos?
Desde el siglo XVIII, por lo menos, se contraponen una a la otra dos perspectivas pedagógicas. En una se requiere enseñar, instruir, formar. Se enseña una materia a los niños, es decir que se da la situación entre dos objetos: la materia y el niño; desde el exterior, se sustrae al alumno de su estado de niño, se le dirige, se le modela y se le equipa. (…) La antítesis se precisa después de Rousseau, cuando se declara que el alumno lleva en sí mismo los medios para lograr su propio desarrollo, sobretodo en lo intelectual y en lo moral, y que toda acción que intervenga en él desde el exterior no hará sino deformarlo u obstaculizarlo (Not, 1983).
Una primera mirada
En la caza de animales salvajes, éstos aparecen después de muchos rodeos. Siempre anteceden a nuestra percepción directa las señales que dejan en su andar; sus huellas son inocultables y sabiendo esto los cazadores van primero tras la huella que tras la presa.
Vitus Dröscher (1980) nos explica que las manadas de elefantes son siempre dirigidas por elefantes de avanzada edad. El “jefe” o la “jefa” del grupo, con personalidad de líder, asume así enormes responsabilidades; entre otras, las de conducir la manada por lugares en los que se evite la presencia de cazadores, y en épocas de sequía, las de orientar el grupo hasta la obtención de manantiales con agua, cuando la mayoría de ellos ya se han secado.
La necesidad de que estas tareas sean asumidas por elefantes ancianos es evidente. Para poder escoger los caminos adecuados, el elefante hembra o macho, debe conocer las sabanas, estepas y bosques de la región en que vive, las concentraciones humanas, los pozos y charcos y su abundancia de agua, e incluso las zonas preferibles de campamento para turistas y cazadores. La vida de toda la manada depende de su experiencia. Un error, un olvido o un descuido, significaría decenas de animales asesinados, convertidos en trofeos, y miles de dólares para los cazadores. Por ello, es indispensable que la dirección la asuma un animal con la suficiente experiencia para reducir el riesgo del peligro y la muerte. Los elefantes son animales que crecen hasta poco antes de su muerte (de allí su tamaño). Conociendo esto, sus cazadores, andan en la búsqueda de los animales de mayor tamaño. La muerte del conductor de la manada deja a sus miembros en un nivel de incertidumbre y desorientación que es fácilmente aprovechado por los cazadores para enriquecer sus arcas. Sólo después de “llorar” a sus líderes muertos y de deambular sin dirección durante semanas, la manada escoge un nuevo líder. Conocedores de ello, los cazadores no van directamente tras la presa, buscan los elefantes muertos de mayor tamaño, porque saben que allí hay una manada desorientada y presa fácil de sus rifles.
En las grandes urbes modernas de la concentración, las moles de edificios, las comunicaciones de fibra y banda ancha, atestadas de vehículos y celulares, los hombres actuamos igual que los cazadores. El rastrilleo de la mesa, el armario o el suelo, suele ser el primer indicador de la presencia de animales no deseables. Pedazos de papel dispersos, boronas de queso, pan o arroz regado en el suelo de la cocina, nos pondrían alerta. Finalmente, la huella inocultable: pequeñas bolitas negras dispersas en los cajones o en la alacena. La conclusión es evidente: hay ratones en la casa.
Los ejemplos abundan y permiten verificar fácilmente la importancia de las huellas que dejamos los animales en nuestro vivir y andar. Comprender esto les ha abierto a los antropólogos toda una línea de investigación en la tarea de la reconstrucción de nuestro pasado. Y aunque nunca será posible reconstruir en su totalidad la vida del hombre primitivo, existen infinidad de rastros o huellas que facilitan dicha labor. Irven De Vore (1964) destaca entre ellos tres grupos de rasgos especialmente útiles. En primer lugar, las ruinas encontradas en las regiones por entonces habitadas: restos humanos, vasijas, herramientas, adornos, vestigios de utensilios, vivienda o construcciones, constituyen un arsenal gigantesco de rastros que sirven de base a la reflexión y reconstrucción antropológica realizada en este caso de manera inductiva y generalizadora. En segundo lugar, la permanencia hasta nuestros días de culturas cazadoras-recolectoras en las cuales la variación de sus condiciones económicas y sociales ha sido muy débil en miles de años, aunque cada vez más escasa, facilita el estudio y la interpretación de las culturas primitivas. El tercer rastro proviene de estudios de chimpancés y monos antropoides (especies con enorme parentesco biológico con el hombre, hasta el punto que compartimos el 98% de los genes según revelaron los recientes estudios sobre el genoma humano) y que, por tanto facilitan la reconstrucción de sus etapas evolutivas.
Empezaremos, pues, como el cazador o el antropólogo, buscando las huellas y los rastros de nuestras prácticas pedagógicas. El cuaderno de un niño, los textos que usamos, un tablero con anotaciones, los contenidos que abordamos, la forma de disponer el salón o simplemente los términos utilizados para definir nuestras intenciones educativas, nos dicen mucho más de los modelos pedagógicos de lo que aparentemente podría pensarse. Son, en realidad, la huella inocultable de nuestra concepción pedagógica.
El siguiente cuestionario le permitirá empezar a conocer su huella. Conocer su tipo y talla de zapato será un problema posterior. Aun así, es muy importante que deje la lectura de lado, tome papel y esfero y responda las siguientes preguntas; al fin de cuentas, que usted mismo reconozca el modelo pedagógico con el cual se siente más empático es uno de los propósitos fundamentales de este libro3.
Primer problema
Las huellas pedagógicas
Lea cada una de las siguientes afirmaciones. Puntúese usted mismo con una escala de 1 a 7, donde cada puntuación corresponde a lo cercano que una afirmación le describe a usted: 1 = Nada o Nunca en preguntas de frecuencia; 2 = Casi nada; 3 = Ligeramente; 4 = Un poco; 5 = Bastante; 6 = Mucho, y 7 = Totalmente o Siempre en preguntas de frecuencia. Tenga en cuenta que no hay respuestas correctas y que lo único importante es conocer el modelo pedagógico que subyace a su práctica educativa.
1. Estoy de acuerdo con asignarle un papel esencial a la enseñanza y al cumplimiento de las normas básicas de conducta en la relación con los adultos y con los otros.
2. Para reforzar los conocimientos, como profesor le asigno un papel esencial a las tareas para ejercitar en la casa lo trabajado en la clase.
3. Considero que la exposición oral y visual que realizo, contando con la atención del estudiante, es una garantía para que los alumnos comprendan los temas expuestos.
4. En mis exámenes, pregunto con frecuencia por nombres, aprendizajes específicos o fechas.
5. Solicito comúnmente definiciones en los exámenes y aspiro a que éstas sean lo más cercanas a lo expuesto en clase o lo presentado en los libros.
6. Cuando enseño un tema, prefiero seguir ideas, formas y procedimientos empleados con anterioridad.
7. Considero que el aprendizaje de conocimientos específicos y la formación de hábitos son dos de los propósitos esenciales de la educación.
8. Me desagrada que aparezcan problemas o que no se entienda lo explicado cuando enseño algo de la manera usual.
9. Al evaluar a un estudiante, privilegio su propio desarrollo, independientemente de que llegue o no a los niveles deseados. Valoro especialmente el esfuerzo realizado por cada estudiante.
10. Modifico el programa si observo un marcado interés de mis estudiantes por un tema diferente.
11. Con frecuencia brindo espacios para experimentar lo trabajado en clase y hago lo posible por facilitar la asistencia a museos, visitas o prácticas de laboratorios.
12. En los exámenes dejo con frecuencia tiempo y espacio para que los estudiantes expongan sus opiniones personales, independientemente de que ellas estén sustentadas y argumentadas.
13. En el proceso de aprendizaje de los conocimientos científicos estoy de acuerdo con la expresión “la experiencia es la madre del conocimiento”.
14. Considero que lo esencial de la educación es que el estudiante se sienta hoy y ahora feliz y asumo esto como una de mis tareas esenciales en la educación.
15. Considero que uno de los principales problemas que presenta la educación tiene que ver con el hecho de utilizar metodologías muy pasivas para el estudiante.
16. En general, le asigno mucha importancia a favorecer una socialización sana y provechosa, como propósito esencial de la escuela.
17. Considero que cada estudiante entiende de una manera diferente mis explicaciones en clase.
18. Considero que los estudiantes llegan a clase con ideas previas sobre los temas a trabajar.
19. Considero que nuestros conocimientos están influidos por las ideas que previamente nos habíamos formado.
20. Por lo general nuestras representaciones mentales son diferentes de la propia realidad.
21. Estoy de acuerdo con la afirmación de que la ciencia construye realidades y no las descubre.
22. Se puede afirmar que las verdades varían según la época, la cultura y los contextos.
23. En un sentido estricto no deberíamos hablar de leyes naturales, ya que las así llamadas son propiamente imputaciones mentales.
24. Las verdades son relativas.
25. Dado que todas las áreas estén integradas, debería enseñarse desde las primeras edades no por áreas del conocimiento, sino por temáticas integradas.
26. El mejor método para enseñarle a los niños es dejar que ellos mismos inventen los temas a tratar.
27. La actividad intelectual es la misma en donde quiera, sea en las fronteras del conocimiento o en un salón de clase de tercer grado.
28. Estoy de acuerdo en que los conocimientos no pueden ser enseñados por los profesores y que, en consecuencia, requieren que los propios alumnos los elaboren.
29. Estoy de acuerdo con Piaget en que todo lo que se le enseña a un niño se le impide descubrirlo.
30. El aprendizaje es un proceso que recae esencialmente sobre el estudiante y en el cual el maestro aporta relativamente poco.
31. Estoy de acuerdo en que actualmente la selección y organización de los contenidos a trabajar, no representan un problema esencial de la educación y de lo que se trata es de variar las metodologías.
32. Estoy de acuerdo en que uno de los problemas principales de la educación está en trabajar con grupos de alumnos excesivamente grandes.
33. Para mí, como profesor (a), es más importante que mis estudiantes desarrollen las operaciones intelectuales y las competencias cognitivas (argumentativas, interpretativas o propositivas, entre otras) a que aprendan informaciones de tipo particular y específico.
34. Los contenidos que abordo son motivo de reflexión y discusión dentro y fuera de clase, relacionando así las temáticas vistas con la vida cotidiana, con los propósitos y con otras asignaturas.
35. En mis clases me preocupa, además de lo cognitivo, el poder favorecer actitudes intra e interpersonales y el ayudar a los estudiantes a manejar adecuadamente sus problemas cotidianos.
36. Los contenidos trabajados en mis clases son cognitivos, valorativos y prácticos y en ellos privilegio lo general y abstracto sobre los singular y particular. Privilegio el desarrollo sobre el aprendizaje.
37. Dirijo la clase, pero favorezco la participación, el diálogo y la discusión reflexiva y argumentada sobre las temáticas abordadas.
38. Privilegio los contenidos de carácter general y abstracto y la profundidad a la extensión. Prefiero abordar pocos temas esenciales en lugar de múltiples aspectos vistos de manera un poco más rápida y superficial.
39. Considero que todas las inteligencias son altamente modificables y que si se cuenta con excelentes mediadores en la cultura es posible que la modificabilidad se dé en sentido positivo.
40. Realizo evaluaciones de los estudiantes para buscar diagnosticar tanto el desarrollo cognitivo, como el valorativo y el práctico. Así mismo, considero que estas evaluaciones deben ser intersubjetivas.
Antes de iniciar nuestro análisis es conveniente hacer algunas observaciones.
En primer lugar, es posible que no todos los problemas puedan ser resueltos fácilmente. No se preocupe. No siempre dejamos nuestra huella al andar: en algunos casos presionamos muy poco el suelo y el rastro no es fácilmente observable; en otros, el suelo se resiste a imprimir la huella.
En segundo lugar, hay que tener en cuenta que las apariencias no siempre concuerdan con las esencias y que por ello una primera mirada no basta para conocer lo real tal como puede verificarse en delfines o ballenas que a primera vista pasarían por peces. Su vida en el agua, su forma de desplazarse y su semejanza exterior nos llevarían a dicha apreciación. Así mismo, un murciélago podría tomarse como ave, dadas las características de sus alas y su vuelo. Como es sabido, los tres animales señalados son mamíferos; pero a esta conclusión sólo podremos llegar después de distinguir sus rasgos esenciales, entre los cuales se puede mencionar el amamantamiento y el tipo de respiración que los caracteriza.
Aun así, el cuestionario anterior permite ver que las evaluaciones que hacemos, las estrategias metodológicas, los contenidos que privilegiemos y la secuencia que utilizamos, no son ajenos a nuestra concepción pedagógica. Un examen en el cual se le solicite al estudiante definiciones, conocimientos específicos o soluciones ya presentadas durante la clase, indica muy seguramente que la información particular reviste gran importancia para el maestro; de lo contrario, no se entendería una frecuente utilización de preguntas orientadas a evaluar aprendizajes específicos. Esta predominancia asignada a la información no es compartida por los distintos enfoques pedagógicos. Y si bien no nos permitiría, por si sola, inferir ninguna conclusión definitiva, comienza a mostrar algunos importantes elementos de nuestra práctica educativa.
De otra parte, la importancia que le demos a los intereses, las opiniones y a la actividad del estudiante, también nos permitiría evidenciar maneras particulares de entender el aprendizaje y la educación, revelándonos nuevos indicadores de la concepción pedagógica que subyace a nuestra práctica educativa.
Lo que cada una de las respuestas del cuestionario anterior significa no sería posible explicarlo en unas pocas líneas. Después de lo que hemos dicho, hay que tener cuidado, porque este ensayo es también una huella de mi concepción pedagógica. Aquí usted también podrá conocer e inferir mis propósitos, mis estrategias metodológicas y los contenidos que privilegiemos. Si yo buscara un aprendizaje particular y específico, tendría que reiterar de manera muy similar sucesivamente lo dicho, le pediría que diera soluciones ya presentadas en el texto o que retuviera las informaciones socializadas. Tal vez ésta no sea mi intención educativa con el presente texto.
Segundo problema
¿Cómo programar un curso?
Vamos a suponer que usted ha sido contratado como profesor en la materia de Ciencias Naturales para desarrollar un curso con los estudiantes de cuarto grado de de educación básica. ¿Qué preguntas se haría usted antes de iniciar el curso? Le sugiero nuevamente suspender momentáneamente la lectura, ubicarse en la situación descrita y pensar o escribir todas las preguntas que considere necesario resolver para poder planificar adecuadamente el desarrollo de su programa. Las preguntas relacionadas con el salario, el contrato, las condiciones de trabajo, la estabilidad o los horarios, no serán tenidas en cuenta en este ensayo; no porque no sean importantes (¡vaya si lo son!), sino porque corresponden, estrictamente hablando, a un problema laboral y no a uno pedagógico, y dichos problemas se resuelven en los espacios públicos y mediante mecanismos políticos y colectivos, los cuales como puede entenderse fácilmente, desbordan por completo las pretensiones del presente texto.
Es posible que algunas de las preguntas que formule al programar un curso estén relacionadas con los estudiantes y sus características; entre ellas estarían las referidas a las edades promedio, la distribución por géneros, las características cognitivas, valorativas o praxiológicas, los contextos en los que se desenvuelven; o bien, en un sentido más general, incluyan sus condiciones familiares. En este último caso, los contextos sociales, culturales y económicos de los padres y sus hijos, también serían tenidos en cuenta.
Posiblemente usted piense en preguntas relacionadas con la escuela. Su PEI, su misión, su visión o sus reglamentos y manual de convivencia, el manejo disciplinario o las características de las relaciones hasta el momento establecidas entre la institución y las familias.
Otro grupo de preguntas podría estar referido a las maneras de trabajar, como los temas y subtemas incluidos, o los recursos didácticos, la biblioteca o la sala de cómputo con las que cuenta la institución.
Tal vez su lista incluya algunos aspectos no señalados en el breve resumen anterior. Aun así, podríamos comprobar que la mayoría de las preguntas se agrupan en alguno de los siguientes interrogantes: ¿A quién voy a enseñar? ¿Qué voy a enseñar? ¿Cómo y con qué lo voy a hacer? La experiencia nos muestra que la mayor parte de docentes privilegian estas tres preguntas o algunas de ellas. Preguntas mucho menos comunes se podrían referir al ordenamiento y la secuenciación de los contenidos, el sentido y la finalidad de la educación o los criterios y características de la evaluación. Diversos factores podrían explicar estos “olvidos”.
La evaluación es uno de los aspectos curriculares más abandonados por parte de los maestros, hasta el punto de que difícilmente se encuentra un docente que elabore sus pruebas evaluativas al iniciar o planear el desarrollo de un curso. La mayor parte de las veces la evaluación no se piensa sino un día, o a lo sumo dos, antes de ser realizada, bajo el supuesto de que sólo puede preguntarse lo que previamente se haya alcanzado a enseñar. Se pierde así la posibilidad de utilizar la evaluación como impulsadora del aprehendizaje o como elemento que guía la práctica docente al permitir identificar los objetivos fundamentales del trabajo educativo en torno a un tema. ¿Cuánto tiempo dedica usted a preparar una evaluación y cuánto a preparar una clase? ¿Cuántas horas-año ha invertido en la elaboración de sus evaluaciones? Si bien a la evaluación se dedica una pequeña parte del trabajo docente, a la secuenciación y organización curricular de un programa se le destina un tiempo considerablemente inferior. Pareciera que no es un problema del docente, por lo que, en consecuencia con ello, se transcribe la secuenciación presentada en el libro o el parcelador comercial; incluso se llega a pensar que ésta es la única manera de secuenciación posible.
El “olvido” de la finalidad y el sentido de la educación es un problema mucho más grave y profundo; por tanto se requiere mucho mayor cuidado en su interpretación. Tal vez una historia anónima, recogida de la práctica docente por el maestro y amigo Nicolás Buenaventura, nos permita encontrar algún elemento que ayude a su comprensión.
Preguntado un profesor de matemáticas de primer grado sobre por qué hay que aprender a sumar, respondió que en realidad era muy fácil la pregunta ya que él enseñaba a sumar para que sus alumnos pudieran aprender a restar y multiplicar en el curso siguiente. En seguida se inquirió al profesor sobre la importancia del aprendizaje de la resta y la multiplicación; sin demorar un instante, argumentó que era una necesidad para que sus alumnos pudieran aprender a dividir con números naturales. Interrogado entonces sobre cuál era la necesidad que se resolvía mediante la enseñanza de la división, respondió que las preguntas seguían siendo sencillas, ya que el aprendizaje de las operaciones aritméticas con los números naturales permitiría a sus estudiantes aprender operaciones aritméticas con números fraccionarios y decimales. De vuelta al cuestionamiento sobre la finalidad de esta enseñanza, respondió que esa sí era una pregunta muy difícil, y que no podía contestarla. Que era la única pregunta difícil que le había realizado el maestro Buenaventura.
¿Por qué? –inquirió el maestro Buenaventura–. Porque yo sólo enseño hasta 5º grado –respondió el docente entrevistado– y, por consiguiente, esa pregunta sólo la podría contestar un profesor de sexto grado. En consecuencia, el entrevistado no sabía qué finalidad se buscaba con las enseñanzas que tenía a su cargo, ya que él solo enseñaba hasta el quinto grado.
La respuesta anterior es mucho más común de lo que a primera vista podría pensarse. Muchos niños responden que estudian en primer grado “para” después estudiar en segundo, y que estudian en segundo “para” después estudiar en tercero y así sucesivamente. En realidad, la mayor parte de las veces no se tiene claro ni para qué se enseña, ni para qué se estudia. Ni por qué se enseña lo que se enseña, ni por qué se estudia lo que se estudia.
Pareciera que se enseña y se estudia porque hay que estudiar y hay que enseñar. Lo más grave del caso es que sin finalidades e intenciones educativas claras y previamente definidas no es posible pensar ni actuar pedagógicamente. Sobre este aspecto necesariamente volveremos a lo largo del ensayo; por ahora reflexionemos sobre el siguiente problema.
Tercer problema
¿Cómo prepara una evaluación?
Vamos a suponer que usted es un profesor de Ciencias Sociales que tiene previsto para mañana realizar una evaluación sobre el tema de la Independencia americana. ¿Cómo la prepararía? ¿Qué aspectos tendría en cuenta? ¿Cómo procedería? ¿Cómo seleccionaría las preguntas?
Posiblemente usted revise el texto guía, algunos libros complementarios o su propio cuaderno de resúmenes; tal vez tenga en cuenta exámenes elaborados en años anteriores o incluso utilice un procedimiento diferente. El siguiente cuestionario le ayudará a pensar el problema.
1. ¿Piensa en la evaluación que realizará a sus estudiantes después de explicar un tema, durante el proceso o antes de iniciar la explicación?
2. ¿Observa las preguntas del texto guía? ¿Las copia? ¿Las adapta?
3. ¿Cuánto tiempo dedica a preparar una evaluación? ¿Qué tipo de evaluación prefiere?
4. ¿Observa evaluaciones realizadas en años anteriores? ¿Las transcribe directamente? ¿Las modifica? ¿Las renueva?
5. ¿Tiene acumulado en su memoria o en su computador un “pequeño banco de preguntas” y selecciona entre ellas las que realizará?
6. ¿Revisa su cuaderno de resúmenes para determinar la importancia de los temas y proceder a seleccionar las preguntas?
7. ¿Solicita el cuaderno de un estudiante y realiza un procedimiento similar al anterior?
8. ¿Piensa en los propósitos que se fijó al desarrollar esa unidad? ¿En los propósitos generales de la materia? ¿En los propósitos del área?
9. ¿Cómo decide qué preguntar?
10. ¿Piensa, por ejemplo, en la finalidad de la evaluación (diagnóstica, procesual o sumativa4)?
Los tres problemas anteriores, los cuales hemos llamado Huellas Pedagógicas, ¿Cómo programar un curso? y ¿Cómo prepara una evaluación? nos permiten acercarnos de una manera más didáctica al currículo educativo.
El currículo educativo
Estos cuatro capítulos están relacionados entre sí y se condicionan mutuamente, pues recogen diferentes aspectos de un mismo proyecto: mientras el primero (¿qué enseñar?) explicita las intenciones, los tres restantes (¿Cuándo enseñar?, ¿Cómo enseñar? y ¿qué, cómo y cuándo evaluar?) conciernen más bien al plan de acción a seguir de acuerdo con dichas intenciones (Coll, 1994, p. 31).
Dos décadas atrás, y en calidad de uno de los orientadores esenciales de la Reforma educativa española, el psicólogo César Coll (1994) formuló cuatro parámetros esenciales para delimitar un currículo. Según Coll, un currículo se define a partir de la manera particular como sean resueltas por los pedagogos cuatro preguntas: ¿Qué enseñar? ¿Cuándo enseñar? ¿Cómo enseñar? y ¿Qué, cómo y cuándo evaluar? Según Coll, y con él la Reforma educativa de los años ochenta en España, ésas son las cuatro preguntas pedagógicas esenciales para caracterizar un currículo, al tiempo que la primera incluye dos apartados: el relativo al para qué enseñar y el correspondiente propiamente a los contenidos y enseñanzas escolares.
En Colombia, una reflexión similar fue formulada años atrás por Miguel De Zubiría (De Zubiría y De Zubiría, 1986) y una reflexión análoga ha sido formulada recientemente por psicólogos y pedagogos cubanos (Zilberstein y Silvestre, 2002).
En la primera edición del presente texto (De Zubiría, 1994) desarrollamos la hipótesis de que estas mismas preguntas podrían delimitar propiamente un modelo pedagógico; y que de acuerdo al nivel de generalidad como fueran resueltas podríamos estar hablando de una teoría, un modelo pedagógico o un currículo escolar; siendo más general y abstracta una teoría y algo más particular, concreta y específica la delimitación de un currículo escolar.
En el presente material reflexionaremos sobre cada una de las preguntas abordadas por Coll y por la reforma educativa española de los años ochenta y precisaremos las respuestas esenciales que a ellas han dado los modelos pedagógicos más generalizados en el mundo; entre ellos, la Escuela Tradicional, la Escuela Activa y las corrientes constructivistas. Sustentaremos finalmente la necesidad de un modelo pedagógico dialogante e interestructurante.
Cada una de las preguntas tiene un nivel de generalidad diferente. Cada una de ellas tiene un nivel de determinación diferente, pero todas se interrelacionan. Muy seguramente la pregunta más importante tiene que ver con los propósitos, ya que allí se plasma nuestra concepción sobre el individuo y la sociedad y se delimitan nuestras intenciones educativas. En esta pregunta se precisa el sentido y la finalidad de la educación, se establece el norte y la dirección que deberá tomar todo el proceso educativo. Es por tanto, la pregunta esencial en educación, la que de mejor manera permite diferenciar un modelo pedagógico de otro y sobre la que hay que priorizar en cualquier intento de innovación en educación5.
También es cierto que cambios importantes en los sistemas de evaluación podrían impulsar una profunda revolución educativa, tal como se presuponía que estaría pasando en Colombia a partir de los cambios adoptados en las pruebas ICFES desde el año 2000 (De Zubiría, 2006). Sin embargo, los resultados hasta ahora observados ratifican la tesis de que los cambios en educación son mucho más lentos de lo previsto. Y con tristeza hay que decir que el promedio nacional, después de doce aplicaciones, es prácticamente el mismo y que solo un pequeño grupo de colegios ha encontrado elementos positivos en los cambios generados a nivel de la evaluación. En términos generales, estos colegios fueron los mismos que obtuvieron buenos balances en el año 2000. Por el contrario, los colegios que hace seis años obtuvieron un muy mal balance, hoy obtienen incluso un balance inferior.
Los dos siguientes cuadros estadísticos nos permiten validar las dos tesis anteriores.
En el primero de los cuadros se compara el promedio nacional con el de la institución que obtiene el primer lugar nacional acumulado para todo el período en los dos calendarios y entre todas las instituciones evaluadas. Como se observa, el promedio nacional ha permanecido totalmente estancado durante todo el periodo analizado y la institución que obtiene el primer lugar ha mejorado significativamente.
Cuadro 1.1.

Fuente: ICFES, 2006
En el segundo cuadro se evidencia una situación profundamente injusta respecto a la calidad de la educación: cada día crecen más las brechas. Y los colegios de mayor calidad cada vez tienen mayor calidad; mientras que los colegios de menor desempeño, cada vez tienen peor calidad. El autor de la gráfica es precisamente el Director del ICFES:
Cuadro 1.2.

Fuente: Evaluación y pensamiento crítico. Bogoya, 2006
De allí que haya que reivindicar el carácter altamente interdependiente entre cada uno de los componentes curriculares. Contenidos, secuencias, estrategias metodológicas y sistemas de evaluación se determinan e influyen mutuamente. Cada uno de estos resuelve una pregunta y proporciona información sobre un componente curricular, pero todos ellos recogen aspectos de un mismo proyecto articulado en torno a las intenciones educativas. Al respecto dice Coll:
Los componentes del currículum, los elementos que contempla para cumplir con éxito las funciones anteriores, pueden agruparse en cuatro capítulos:
1. Proporciona informaciones sobre qué enseñar. Este capítulo incluye dos apartados: los contenidos y los objetivos.
2. Proporciona informaciones sobre cuándo enseñar.
3. Proporciona informaciones sobre cómo enseñar
4. Proporciona informaciones sobre qué, cómo y cuándo evaluar.
(Coll, 1994, p.31).
Hasta el momento hemos intentado demostrar que la práctica educativa, la programación de un curso o la preparación de una evaluación permiten vislumbrar la finalidad y el sentido que damos a la escuela y la enseñanza. En cada una de las anteriores actividades educativas se evidencian el carácter, la organización y la importancia que concedemos a los contenidos. En cada uno de ellos se señalan nuestras maneras para comprender las relaciones entre los niños, los docentes y el saber; y se imprimen elementos de nuestras estrategias metodológicas. En una palabra, se dejan huellas relativamente claras de nuestra concepción pedagógica. Aprender a leer estas huellas no es tarea fácil, pero aun así hay que intentarlo si queremos hacer de la práctica educativa una tarea más consciente, que facilite el aprehendizaje, el desarrollo y la cualificación de los procesos pedagógicos en curso.
Si generalizamos lo dicho hasta el momento, podríamos decir con Coll (1994) que un currículo se refiere esencialmente a las preguntas: ¿Para qué enseñar? ¿Qué enseñar? ¿Cuándo, cómo y con qué lo hacemos? Y ¿qué, cuándo y cómo evaluamos?
La pregunta “¿para qué enseñamos?” atañe al sentido y la finalidad de la educación. La selección, el carácter y la jerarquía de los temas, se relacionan con la pregunta “¿qué enseñar?”. La estructura y secuenciación de los contenidos son abordados al resolver el interrogante sobre “¿cuándo enseñar?”, al tiempo que el problema metodológico vinculado con la relación y el papel del maestro, el estudiante y el saber, nos conduce a la pregunta “¿cómo enseñar?”. Finalmente, la evaluación debe responder por el cumplimiento parcial o total de los propósitos e intenciones educativas, por el diagnóstico del proceso y por las consecuencias que de ello se deriven. Como puede verse, una pregunta para cada problema, un problema para cada pregunta.
El proceso de rutinización y formalización que han vivido las prácticas educativas no permite observar en ellas el sentido general y los elementos constitutivos del currículo. La parcelación, por ejemplo, se tornó durante la mayor parte del tiempo que estuvo vigente (o está) en una actividad mecánica que no refleja ni orienta los lineamientos de la acción del docente en la escuela. La mayoría de las veces se parcela el desarrollo de un curso cuando éste ha sido terminado y bajo la finalidad expresa de satisfacer requerimientos legales6; lo cual equivaldría en arquitectura a la elaboración de planos cuando la obra ya está terminada o cuando estuviera a punto de serlo.
Un currículo es, pues, la caracterización de los propósitos, los contenidos, la secuenciación, el método y la evaluación. Cada uno de estos elementos resuelve una pregunta pedagógica diferente, pero interrelacionada.
Lo que pretendemos sustentar en este ensayo es que las diversas teorías pedagógicas han resuelto de manera diferente los interrogantes señalados. Han definido finalidades, contenidos y secuencias diversas, y de ellas se han derivado métodos y evaluaciones distintas.
La pregunta por los fines y las intenciones educativas
El crecimiento personal y social, intrínseco a la idea de educación, puede vincularse alternativamente tanto con el proceso de desarrollo como con el proceso de aprendizaje. Por una parte, una persona educada es una persona que se ha desarrollado, que ha evolucionado en el sentido fuerte del término (…). Pero, por otra parte, como recuerda con acierto Calfee (1981), una persona educada es una persona que ha asimilado, que ha interiorizado, que ha aprendido, en suma, el conjunto de conceptos, explicaciones, destrezas, prácticas, y valores que caracterizan una cultura determinada (…). La opción por una u otra de estas dos interpretaciones del crecimiento educativo es importante, porque conduce a proponer acciones pedagógicas diferentes que se plasman en el currículum (Coll, 1994, p. 23).
El problema esencial de toda educación es resolver el interrogante en torno al tipo de hombre y de sociedad que se quiere contribuir a formar. Todas las teorías pedagógicas se han enfrentado y han tenido que dar una respuesta a la pregunta anterior. En este sentido, se puede afirmar que no existen las pedagogías neutras, ya que el quehacer educativo necesariamente presupone una determinada concepción del hombre y de la sociedad. Esa concepción, a su vez, exige comprenderlo en su multidimensionalidad, en su complejidad y en su integridad. Cada teoría ha privilegiado en ello algún o algunos de los aspectos; aun así, subyace a todas ellas una postura como individuo y como ser social y cultural. A partir de esta concepción del ser humano se elaboran las teorías pedagógicas. En este sentido, toda teoría pedagógica es una teoría política.
Los modelos pedagógicos le asignan, así, funciones distintas a la educación porque parten de concepciones diferentes del ser humano y del tipo de hombre y de sociedad que se quiere contribuir a formar.
Seguramente Coll tiene razón cuando presupone que la pregunta fundamental de un currículo tiene que ver con la delimitación de las intenciones y los objetivos asignados a la educación. De manera análoga, la pregunta más importante para caracterizar un modelo pedagógico se relaciona con la finalidad, la selección de los propósitos y el sentido que se le asigna a la educación. La pregunta por el para qué nos permite definir los propósitos y los fines de la educación (Del Val, 1979; Peñaloza, 2003)
Sin resolver esta pregunta no es posible pensar un modelo pedagógico, un currículo, un área o una asignatura. Sin dar respuesta a esta pregunta, no es posible enseñar concientemente. ¿Qué busco con la enseñanza? ¿Hacia dónde voy? ¿De qué manera pretendo incidir en cada una de las dimensiones del ser humano, como solía decir Wallon (1974)?
Como puede pensarse, estas preguntas desbordan el marco estrictamente pedagógico y no pueden ser resueltas sin una postura previa ante el ideal de individuo y sociedad, en cuya formación se participa como docente, como pedagogo o como Estado. El quehacer educativo, necesariamente, tiene como trasfondo una determinada concepción del hombre y de la sociedad y sólo desde ella se podrá definir el papel que en dicho proceso debe cumplir la educación. La educación, como decía Kant, siempre es un acto esencialmente político.
Definir la finalidad de la educación es, entonces, comprometerse con una concepción del hombre y de la sociedad, en sus aspectos psicológicos, sociales, antropológicos y filosóficos (De Zubiría y De Zubiría, 1986).
De allí que educar siempre implique definir una concepción política del individuo y de la sociedad. Con razón decía Freire que siempre había concebido “la enseñanza de la lectoescritura de adultos como un acto político, como un acto de conocimiento y por tanto como un acto creativo” (Freire, 2001).
La dimensión política de la práctica educativa es explícita en las innovaciones pedagógicas críticas (De Zubiría, 2006), pero implícita en casi todos los modelos pedagógicos. Es así como a la Escuela Tradicional subyace una visión del hombre como ser obediente, sumiso y cumplidor; un hombre que se vinculará al trabajo para realizar infinidad de procesos rutinarios y mecánicos, profundamente homogenizados y que no implican procesos de cognición o de creación complejos. La Escuela Tradicional forma a imagen y semejanza de la fábrica y de los trabajos rutinarios propios de las instituciones de la “segunda ola” tal como la denominara Toffler (1985 y 1994). A propósito, este aspecto fue muy claramente captado por los psicólogos que impulsaron la reforma educativa en la España de los años ochenta. Al respecto dice Del Val:
Así pues, podemos afirmar que el tipo de enseñanza que se proporciona en la mayoría de las escuelas, incluidas las de los países más desarrollados, tiene como objetivo la producción de individuos sumisos y contribuye al mantenimiento del orden social; es en muchos aspectos una preparación para el trabajo dependiente y alienado, por lo que limita los cambios sociales y constituye un freno al potencial creativo de los individuos (Delval, 1989).
Como puede verse, la Escuela Tradicional prepara empleados cumplidores, obedientes y rutinarios para las instituciones anquilosadas y las fábricas de la “segunda ola”. Y los prepara bien para los fines que la sociedad industrial y agraria les asignaron. Pero la sociedad cambió de manera sensible en las últimas cuatro décadas y le exige nuevas y complejas demandas a la escuela contemporánea (De Zubiría, 2002). De allí la crisis generalizada de la Escuela Tradicional en el mundo entero (De Zubiría, 2006).
Por el contrario, para la Escuela Activa el niño y el joven necesariamente deben encontrar en la institución educativa el lugar para socializar y desarrollarse como personas; y en consecuencia, la escuela debería preparar para la vida, hoy y ahora, y debería asegurar la felicidad aquí y ahora. Esta revolución en los fines escolares implicó una nueva y diferente manera de entender al ser humano; implicó una transformación política vinculada con el apogeo del liberalismo clásico y con la defensa de la libertad y los derechos humanos. Por ello podemos encontrar su fundamento filosófico en el propio Rosseau:
¿Qué pensaremos por tanto de esa inhumana educación que sacrifica el tiempo presente a un porvenir incierto que carga a un niño de todo género de cadenas y empieza haciéndolo miserable, por prepararle para una época remota, no sé qué pretendida felicidad, que tal vez nunca disfrutará? (Rousseau).
Por su parte, el constructivismo pedagógico se fundamenta en una visión esencialmente individualista del ser humano y defiende la necesidad de formar un ser que comprenda, analice y cree, más cercano a las demandas de la sociedad contemporánea, aunque con mucho menor énfasis valorativo, ético y actitudinal del que solicitan las familias y las empresas, tal como se puede derivar de diversos estudios nacionales e internacionales realizados sobre estos tópicos. La finalidad que le asigna el constructivismo a la educación es, en términos generales, loable aunque limitada. Seguramente peca de intelectualista al desconocer los aspectos afectivo-motivacionales implicados activamente en el proceso de aprendizaje (Carretero, 1994 y Vasco, 1998) y al asimilar los procesos educativos a las esferas del descubrimiento científico del más alto nivel. Y esta transformación en las intenciones educativas refleja maneras diferentes de entender el individuo y la sociedad, lo que implica la adopción de un enfoque ideológico-político diferente al sustentado por Escuela Tradicional y por la Escuela Activa; implica una defensa del individuo, de la flexibilización y de la relativización propia del postmodernismo; implica reconocer el carácter relativo de la verdad y la defensa de lo idiosincrásico, personal e irrepetible en toda construcción cognitiva y valorativa del sujeto.
Finalmente, a los modelos pedagógicos dialogantes e interestructurantes subyacen los enfoques histórico-culturales que le asignan a la cultura un papel preponderante en los procesos de aprehendizaje del individuo y que consideran que sin maestros y sin cultura no son posibles el pensamiento, ni el lenguaje ni el aprehendizaje. Así mismo, implican reconocer el carácter dialéctico y complejo del desarrollo y la prioridad centrada en el desarrollo y no en el aprendizaje. Al respecto dice Merani:
El hombre se vuelve humano únicamente cuando ha convertido en instrumento de sus relaciones sociales la cualidad objetiva del pensamiento y el lenguaje (Merani, 1977).
O en términos de un exponente actual de dichas visiones:
El hombre sólo se completa como ser plenamente humano por y en la cultura. No hay cultura sin cerebro humano y no hay espíritu, es decir capacidad de conciencia y pensamiento, sin cultura (Morin, 2000).
En un sentido menos abstracto, la finalidad atañe a la reflexión en torno a los propósitos que delimitan la acción educativa, a la jerarquía que en ellos adquieran las dimensiones afectivas, cognitivas y práxicas del hombre y a la importancia que se le asigne a sus componentes. Siguiendo a Wallon, tendríamos que decir que toda propuesta pedagógica deberá definir propósitos para la dimensión cognitiva y para las dimensiones afectivas y motoras (Wallon, 1974).
La primera dimensión estaría ligada con los conceptos, las redes conceptuales y las competencias cognitivas; al tiempo que la segunda con el afecto, la sociabilidad y los sentimientos; y la última, con la praxis y la acción. En un lenguaje cotidiano diríamos que el ser humano piensa, ama y actúa. Y en este sentido, toda propuesta pedagógica deberá definir propósitos para cada una de las anteriores dimensiones.
Desde esta perspectiva, parece bastante adecuado hablar de tres tipos de competencias humanas: unas cognitivas, otras práxicas y otras socioafectivas. Cabe agregar que cada una de ellas es relativamente autónoma, como podría verificarlo todo aquel que reconoce la existencia de personas muy capaces para el análisis, la interpretación y la lectura, pero muy torpes en la vida cotidiana o en el manejo de las competencias socioafectivas.
En un texto anterior (De Zubiría, 2006) formulamos algunas preguntas, las cuales creemos que mantienen su vigencia y pertinencia para explicar la relativa autonomía que mantienen entre si las diversas dimensiones humanas. Por ello nos permitimos repreguntar: ¿Conoce usted a alguien muy brillante a nivel cognitivo, pero inmaduro desde el punto de vista afectivo, social y emocional? ¿A alguien muy profundo en el análisis, la interpretación y la lectura, pero con serias debilidades para manejar situaciones cotidianas o incapaz de relacionarse afectivamente con sus padres, sus hijos o sus hermanos? ¿O conoce a alguien muy brillante analítica e interpretativamente pero con indudables limitaciones para resolver problemas cotidianos ligados con el manejo del dinero, los cronogramas, la organización y la planificación, e incluso, con su propio tiempo?
Las anteriores reflexiones nos muestran la relativa autonomía de cada una de las dimensiones humanas. Sin embargo, también es cierto que pese a su autonomía relativa, las dimensiones cognitiva, socioafectiva y práxica establecen lazos de interdependencia. Es así como tendemos a conocer más a quien más amamos, o que conocer implique necesariamente establecer vínculos de tipo afectivo y práctico. ¿Acaso no es más fácil recordar cuando deseamos hacerlo? ¿O acaso la motivación no es una condición del aprehendizaje? ¿No aprehenden más quienes más interesados están en hacerlo? O en caso contrario, ¿no es casi imposible generar el desarrollo o la transformación cuando el propio estudiante no está interesado en lograrlo? De esta manera, adquiere vigencia la tesis de Piaget en el sentido de que “no hay amor sin conocimiento, ni conocimiento sin amor”. También es cierto que interactuamos más con quien más amamos. Entre cada una de las dimensiones humanas existe autonomía relativa e interdependencia.
Los distintos modelos pedagógicos han dado respuestas diferentes a la pregunta sobre la finalidad de la educación, han enfatizado dimensiones diversas y han jerarquizado de manera diferente los propósitos centrales de la educación.
Es así, como para la Escuela Tradicional la prioridad estuvo centrada en el aprendizaje de conocimientos y de normas de carácter específico; en que ese acervo de la cultura fuera adquirido por los estudiantes y que ellos alcanzaran su mayoría de edad imitando y copiando lo que habían elaborado culturalmente quienes les habían antecedido.
Todo arte de instruir consiste, según la finalidad asignada por la Escuela Tradicional, en lograr que el niño se acerque a los grandes modelos de la historia humana. En este sentido, el principal papel del maestro será el de “repetir y hacer repetir”, “corregir y hacer corregir”, en tanto que el estudiante deberá imitar y copiar durante mucho tiempo, ya que es gracias a la reiteración que podrá aprender.
Al establecer el aprendizaje de informaciones y normas como propósito central de la educación, la Escuela Tradicional dejó de lado el desarrollo del pensamiento, tanto a nivel conceptual como a nivel de sus competencias.
El fin último de la educación varía para la escuela activa. Teniendo como precursores a Rosseau, Pestalozzi, Tolstoi y Froebel, y luchando contra el mecanicismo, el autoritarismo, el formalismo y la falta de reflexión de la Escuela Tradicional, la Escuela Nueva privilegió la acción y la actividad al postular que el aprendizaje proviene de la experiencia y la acción y concibió al niño como el actor principal de la educación, centro sobre el cual debe girar todo el proceso educativo. Para sus gestores, el niño tiene todas las condiciones necesarias para autoestructurarse y jalonar su propio desarrollo. Frente al autoritarismo y las restricciones dominantes en la educación, la Escuela Nueva postuló la libertad de expresión y de acción. Heredera de Rousseau, defendía la bondad del infante, el naturalismo y la necesidad de cultivar sus intereses. Así mismo, resaltó el papel de la socialización y de la “educación para y por la vida”. La finalidad última de la educación, es para sus gestores garantizar la felicidad del niño, aquí y ahora. De allí la expresión de Kilpatrick:
Deseamos que la educación sea considerada como la propia vida y no como una preparación para la vida futura (Kilpatrick, W).
El constructivismo, por su parte, ha reivindicado en el terreno pedagógico la finalidad relativa a la comprensión. Se ha acercado a la crucial pregunta de cómo generar el cambio conceptual en la educación, ha intentado develar la “caja negra” y ha intentado convertirla en una “caja transparente”; se ha preocupado –y con razón– por las construcciones previas del alumno, por la estabilidad de estas, por las fuertes resistencias que generan al intentar lograr un aprendizaje significativo. Ha reconocido el papel activo del sujeto y del alumno en particular en todo proceso de aprendizaje. Indudablemente, al hacerlo ha superado la visión informativa, acumulativa y mecánica privilegiada por la Escuela Tradicional, aunque siguen siendo muy discutibles las similitudes señaladas entre los procesos educativos del salón de clase y las esferas del descubrimiento científico (De Zubiría, J, 2002).
Para los enfoques dialogantes e interestructurantes, el fin último de la educación no puede estar centrado en el conocimiento y el aprendizaje. Cobran con ello vigencia la reflexión y el debate impulsado en las últimas décadas por las lecturas y relecturas, entre otros, de Piaget, Kohlberg, Vigotsky, Feuerstein y Gardner. La escuela no debería ser un lugar para transmitir los conocimientos, tal como creyó equivocadamente la Escuela Tradicional, sino un lugar para formar individuos más inteligentes a nivel cognitivo, afectivo y práxico. En este sentido, el papel de la escuela no debería ser el aprendizaje sino el desarrollo. La función de la escuela debería estar ligada a favorecer e impulsar el desarrollo de las diversas dimensiones humanas.
De allí la enorme pertinencia que mantienen las reflexiones de Merani, quien llama la atención sobre los enormes riesgos que implica creer que la escuela sólo debería responder a los fines de la fábrica y a sus necesidades técnicas derivadas. Decía al respecto:
Y si el pensamiento abstracto, reflexivo, es condición humana por excelencia, y comienza a estructurarse en función del lenguaje, ¿puede la escuela ser positiva si no desarrolla fundamentalmente este aspecto, hoy disminuido por el afán de educar técnicamente (Merani, 1969).
Lo dicho por Merani adquiere mayor dimensión si tenemos en cuenta, como sustentó Eric Fromn (hace medio siglo, para interpretar el auge del fascismo), que los seres humanos le tenemos un enorme miedo a la libertad; a pensar distinto, a apostarle a la aventura, a juzgar y decidir por nosotros mismos. Y por eso llegamos con enorme frecuencia no solo a respetar sino incluso a desear el autoritarismo de todo tipo, de izquierdas o derechas, laico o clerical. El Estado, la iglesia y los partidos políticos sustituyen al individuo, como demostró Nietzsche, y descubren en todas partes herejes, renegados y fraccionalistas en cada manifestación del espíritu libre.
Como puede verse, son cuatro propósitos diferentes asignados a la educación, cuatro propósitos que se plasman en cuatro tipos de contenidos, secuencias y estrategias metodológicas. Cuatro diferentes intenciones que se concretan en diferentes maneras de organizar y jerarquizar los contenidos.
Esto es así ya que si las intenciones educativas no se plasman en el currículo, no pasarían de ser simples enunciados nominales. De esta manera, las intenciones educativas no pueden evaluarse a partir de la letra menuda que se describe en los manuales de convivencia: hay que concretar las intenciones educativas, como afirma Coll. Por ello, para conocerlos, hay que mirar cómo se encarnan en el espacio, en el tiempo, en el ambiente y en los currículos educativos. Los contenidos son a este respecto, su mejor medio de expresión. De allí que Coll haya identificado la pregunta de las intenciones con la pregunta de los contenidos y que haya preferido asociarlas, pero reconociendo que constituían dos apartados de un mismo problema. El subtítulo utilizado para ello muestra a todas luces dicha interdependencia:
¿Qué enseñar?… o la necesaria concreción de las intenciones educativas (Coll, 1994, p.50).
Los contenidos o la concreción de los propósitos educativos
Los contenidos designan el conjunto de saberes o formas culturales cuya asimilación y apropiación por los alumnos y alumnas se considera esencial para su desarrollo y socialización. La idea de fondo es que el desarrollo de los seres humanos no se produce nunca en el vacío, sino que tiene lugar siempre y necesariamente en un contexto social y cultural determinado (Coll y otros, 1992, p. 13).
Los temas seleccionados, su carácter e importancia, definen nuestro segundo elemento curricular: los contenidos.
Debe entenderse que el establecimiento de unos propósitos define, en un sentido amplio, los contenidos. Así, quien definiera como objetivo el conocimiento de accidentes geográficos, hechos históricos, informaciones de las ciencias o el manejo de algoritmos, necesariamente tendría que seleccionar como contenidos la información de las ciencias sociales y naturales y los algoritmos matemáticos. Una variación significativa en los propósitos e intenciones educativas generaría, por tanto, la necesaria búsqueda de nuevos contenidos.
En los contenidos se plasman de manera relativamente clara los propósitos y las intenciones educativas. Así, cuando Paulo Freire se propuso impulsar un programa de alfabetización que desarrollara la conciencia política y permitiera el ejercicio de la libertad, tuvo que encontrar unos contenidos que adecuaran y facilitaran la puesta en práctica de sus propósitos. Así nacieron sus “palabras generadoras de conciencia”, las cuales obtuvo a partir de la reflexión del “universo vocabular mínimo” de la población con que iba a trabajar. En el estado de Río, por ejemplo, éstas eran: favela (tugurio), lluvia, arado, terreno, batuque (baile africano), ladrillo, trabajo y salario, entre otras. Con ellas, Freire desarrolló lo que llamó su “alfabetización problematizadora”, para oponerla a la que llamó peyorativamente “concepción bancaria” de la educación.
Para los fines de este trabajo es conveniente resaltar cómo la variación en los propósitos que le asigna Freire a la alfabetización entra en contradicción con los contenidos instruccionales vigentes a la postre en la escuela y la alfabetización latinoamericanas. Además, los nuevos contenidos tenían que reflejar las transformaciones en la concepción de la alfabetización y debían facilitar la obtención de sus propósitos.
De otra parte, al definir los contenidos es necesario tomar postura ante su carácter y sus jerarquías. Un currículo puede asignarle mayor importancia a alguna de las dimensiones del desarrollo humano señaladas por Wallon. Los aspectos afectivos pueden, por ejemplo, estar privilegiados frente a los praxiológicos o a los cognitivos7. En el primer caso, la reflexión en torno a las expresiones afectivas, el amor, los sentimientos, la autobiografía, la inteligencia intrapersonal o la libertad, tendrán que contar con un mayor tiempo y espacio para ser abordados y vividos. La solidaridad y el compañerismo, la autonomía el interés por el conocimiento, serán entonces aspectos más relevantes, en la práctica educativa, que el aprehendizaje de redes conceptuales o reglas de inferencia (Carretero, 1994). En el segundo caso, los conocimientos, la investigación, la información, el pensamiento o el aprehendizaje adquirirán un lugar preponderante y la escuela tendría que generar las condiciones para facilitar su desarrollo.
¿Cuál de estos dos caminos es el más adecuado? No es nuestro problema, por el momento, dilucidarlo. De lo que se trata es de destacar cómo los modelos pedagógicos jerarquizan los contenidos, asignándoles mayor tiempo, espacio y relevancia a algunos de ellos, en detrimento de otros. Podría incluso concluirse que no debería privilegiar ninguna de las esferas humanas; pero ello no contradice la necesidad de tomar postura ante los contenidos.
De todas maneras, más que un discurso teórico, es en el tiempo, la importancia, el apoyo y en los espacios brindados en las escuelas donde se evidencia la importancia asignada por el currículo a una u otra dimensión del desarrollo humano. Es por ello que debemos preguntarnos por el tiempo disponible en una semana a todas las actividades escolares, ¿cuánto tiempo dedicamos hoy en nuestras escuelas a la formación de valores y cuánto a la dimensión cognitiva? ¿Cuántos profesores se dedican a los fines procedimentales? ¿Cuánto al apoyo socioafectivo a los estudiantes y al desarrollo de sus inteligencias intra e interpersonales? ¿Con qué textos cuentan los estudiantes para reflexionar sobre estas temáticas? ¿De cuáles documentos disponen los maestros para mediar dichos trabajos?
En la selección de los contenidos se debe tomar postura ante su carácter. Un currículo puede, así, dar predominancia a los aprendizajes concretos y específicos, en detrimento de los conceptos y redes conceptuales o de las competencias cognitivas. En este caso, las informaciones y los datos obtendrían mayor prioridad en los contenidos, que los conceptos y las herramientas cognitivas de carácter más general y abstracto. A nivel praxiológico, lo anterior significaría enfatizar las técnicas frente al desarrollo de habilidades y destrezas. La formación de valores estaría en dicho caso subvalorada frente al aprendizaje y al acatamiento de las normas escolares. Podría presentarse la situación inversa, y en dicho caso adquirirían predominancia en el currículo la formación de valores e instrumentos del conocimiento y el desarrollo de las diversas competencias cognitivas. Las opciones que se presentan significan posturas diferentes entre el currículo y el carácter de los contenidos8.
La herencia de una especie que ya lleva dos millones de años sobre la Tierra no puede ser enseñada en su totalidad a los estudiantes. No existe ninguna posibilidad para ello. Educar, en este sentido, es jerarquizar, seleccionar y decidir. La pregunta en torno a cuáles contenidos enseñar es fundamental en esta medida, ya que sólo así se puede determinar cuáles son los aspectos esenciales de toda la herencia cultural que deben hacer parte de los contenidos a ser trabajados en la escuela. Toda educación y todo modelo pedagógico seleccionan los contenidos. Lo que pasa es que los seleccionan con criterios diferentes.
Así parezca bastante absurdo, la pregunta referida a los contenidos escolares prácticamente no ha sido abordada por las corrientes pedagógicas de nuestro tiempo. Ni la Escuela Tradicional, ni el activismo, ni la mayor parte de las corrientes constructivistas actuales han abordado de manera clara y definida la reflexión sobre los contenidos fundamentales a trabajar, la que puede ser una de las principales preguntas pedagógicas a resolver. Paradójicamente, la Escuela Tradicional por exceso, al tiempo que los enfoques constructivistas y la Escuela Activa, por defecto. Como explica Coll, muchos pedagogos contemporáneos incluso han llegado a afirmar que muy seguramente una buena parte de los males en educación provienen del peso excesivo concedido a los contenidos. En sus propios términos:
La importancia atribuida a los contenidos de la enseñanza y el aprendizaje es quizá una de las novedades que más llama la atención en las propuestas curriculares elaboradas en el marco de la Reforma del sistema educativo (español). Y llama la atención porque si bien los contenidos han jugado siempre un papel decisivo en las orientaciones y programas oficiales (…), en las últimas décadas ha habido una cierta tendencia a minimizar su importancia e interés, cuando no a considerarlo como una especie de mal necesario (Coll y otros, 1992, p. 9).
Al abandonar la pregunta sobre los contenidos fundamentales a enseñar en la escuela, la Escuela Tradicional se perdió en la maraña de las informaciones específicas y dejó el problema de la selección de los contenidos al azar y al tiempo.
La identificación entre conocer y conocimiento redujo las ciencias naturales a los nombres de las plantas, los huesos y las especificidades de las micropartículas; las ciencias sociales a la enumeración de hechos, anécdotas y accidentes; y convirtió la matemática en ejercicios algorítmicos ininteligibles, mecánicos y rutinarios.
Las ciencias enseñadas en la escuela perdieron su carácter abstracto y explicativo de la realidad, y el niño perdió con ello la posibilidad de cualificar su representación del mundo, perdiendo así la motivación por el conocimiento. Se le apagaron sus preguntas y la escuela perdió la posibilidad de promover las motivaciones infantiles. Afortunadamente, como dice Mafalda, subsistieron los descansos, los amigos y las vacaciones, porque de lo contrario la escuela sería un lugar excesivamente aburridor para una mente despierta.
La Escuela Activa y la mayor parte de las corrientes constructivistas han centrado el problema pedagógico en las relaciones entre el alumno, el maestro y el saber y por ello han agregado poco a la crucial reflexión sobre los contenidos a trabajar en la escuela. Creyendo encontrar el problema central de la Escuela Tradicional en la supuesta “pasividad” y “memorización”, dichas teorías terminaron por privilegiar las didácticas “activas” y por considerar la metodología como el aspecto más importante por revisar de la escuela actual. Equivocadamente supusieron que el problema no estaba en los contenidos educativos, sino en las didácticas escolares y pretendieron cambiar las didácticas dejando, en esencia, intactos los contenidos.
El filósofo griego Aristocles Kodros, más conocido como Platón, en su diálogo Las Leyes presenta a través de Clinias la reivindicación de los contenidos como pregunta esencial de la educación, demostrando con ello una profunda agudeza pedagógica. Decía Platón que:
La ignorancia absoluta no es el mayor de los males ni el más temible, una vasta extensión de conocimientos mal digeridos es cosa peor (Platón).
Hoy, veinticinco siglos después, su reflexión sigue vigente, así no sea ello reconocido por la mayor parte de las escuelas activas y constructivistas en el mundo.
La secuencia: la manera de concatenar los contenidos
Una vez que hemos decidido la naturaleza y el grado de concreción de las intenciones educativas en el Diseño Curricular, nos enfrentamos con un nuevo problema: ¿cómo organizarlas y ordenarlas temporalmente con el fin de establecer secuencias de aprendizajes óptimas? (Coll, 1994, p. 64).
La secuencia es un aspecto en general bastante desconocido por el docente y al cual dedica, la mayoría de las veces muy reducidos espacio y reflexión. La pregunta sobre cuándo enseñar esto o aquello, aparentemente viene ya resuelta en el currículo y, salvo ajustes marginales, un grupo amplio de maestros suele conservar la secuenciación presentada en el texto o en la programación oficial. El problema no sólo consiste en la baja reflexión en torno a la secuenciación, sino en la ilusión generada de que no es posible secuenciar de otra manera. Pareciera como si la secuenciación conocida correspondiera a una secuencia natural de las cosas y los contenidos. Así actúa la tradición, haciéndonos creer que las maneras de hacer las cosas, son las maneras naturales y las únicas posibles. Lo que es una elección histórica y social en un momento dado, aparece como lo natural y único posible.
La materia de historia es un ejemplo claro de lo anteriormente dicho. En general, los docentes consideran que la secuencia cronológica –partiendo de los primeros acontecimientos hasta llegar a los últimos– es la única posible y la más adecuada, ya que en la realidad así se presentaron los hechos. Para evidenciar que existen otras múltiples maneras de secuenciar podrían resolverse mentalmente algunas de las siguientes preguntas.
En la enseñanza de la historia:
• ¿Se debe partir de los primeros acontecimientos sucedidos hasta llegar a los actuales; o por el contrario, debe invertirse la presentación anterior asumiendo una postura retrospectiva en la que se parte de hechos más conocidos y reconocidos por los propios estudiantes?
• ¿Sería conveniente iniciar por lo más próximo, particular y concreto para el niño y, a partir de allí, dirigirnos hacia lo abstracto y general? ¿Iniciar, por ejemplo, por la familia y el barrio, para luego pasar al municipio, el departamento o el Estado, y finalmente abordar el estudio del país, el continente y el mundo?
• ¿Se debe estudiar primero la historia universal, luego la historia americana y finalmente la historia particular de una nación? ¿Debe utilizarse la secuencia inversa? ¿O no es importante hacerse esta pregunta?
• ¿El programa podría iniciar con las nociones temporales, posteriormente con los conceptos sociales, económicos, políticos y culturales; luego pasar a las redes conceptuales y solo allí abordar el estudio de la historia de las naciones y del mundo tal como fue validado con éxito en la práctica pedagógica del Instituto Alberto Merani (Periódico Portafolio, septiembre 20 de 2005 y marzo 21 de 2006)?
La respuesta a los interrogantes anteriores nos define diversas maneras de secuenciar la enseñanza de la ciencia histórica. Otro tanto ocurre con las demás asignaturas. En la enseñanza de las Ciencias Naturales, ¿deben estudiarse primero los huesos o los músculos? ¿El hombre, los animales o las plantas? ¿Debe iniciarse por la física, la química o la biología?
Como puede verse, existen diferentes maneras de organizar y secuenciar los contenidos.
La secuenciación cronológica parte de los primeros hechos y acontecimientos y reproduce la secuencia de la aparición de los fenómenos hasta nuestros días. La secuencia retrospectiva invierte la presentación anterior, convirtiendo la situación actual en el punto de partida. En la secuenciación empirista, por el contrario, este papel lo cumple lo concreto y lo próximo.
Por su parte, la secuencia instruccional presupone que el conocimiento “b” no puede impartirse sin haber abordado el conocimiento “a”, y que aquellos se convierten en requisitos de un conocimiento “c” (Davidov, 1987).
Todo modelo pedagógico debe dar primacía a alguna de las secuencias anteriores. Si se decide, por ejemplo, secuenciar bajo un lineamiento empirista, los niños deberán primero conocer su familia, su barrio y su ciudad; los animales, las plantas y los hombres que en ellos habitan; sus vocablos, su música y sus recursos. Conocer el país o el continente en el que viven será un problema posterior. En el desarrollo de las clases deberán partir de vivencias y experiencias concretas ya que supone que lo más cercano, los más próximo y lo más concreto es así mismo lo más fácil de conocer.
La Escuela Tradicional privilegia secuencias cronológicas, instruccionales, acumulativas y lineales; en tanto la escuela activa se casa claramente con una secuencia empirista, mientras que las corrientes constructivistas lo hacen con secuencias lógicas que privilegian la organización de las ciencias.
Optar por un criterio de secuenciación no es una tarea fácil, ya que cada una de las secuencias presentadas presupone una teoría del aprendizaje distinta e incluso contradictoria. Para el empirismo, el aprendizaje es resultado de la experiencia sensible con los objetos y por lo tanto sólo los objetos y vivencias más próximas y tangibles pueden servir de punto de partida al conocimiento.
Las otras maneras de secuenciar no provienen necesariamente de teorías del aprendizaje diferentes, pero sí de matices y lineamientos atribuibles a las concepciones pedagógicas. La secuenciación cronológica e instruccional se relaciona, así, de manera directa, con los enfoques que le asignan al estudiante la función de recibir un conocimiento ya elaborado; en tanto que una secuencia retrospectiva necesariamente le asigna a éste un papel constructivo e interactuante.
Hasta aquí nos hemos referido a la secuencia curricular tan solo en una de sus acepciones: el área curricular. Sin embargo, también sería preciso considerar la secuencia dependiendo del tipo de contenido a trabajar y las secuencias a establecer entre ciclos de desarrollo diferenciados.
En el primer caso hay que tener en cuenta que el tipo de contenido incide en la manera de secuenciar, dado que no es lo mismo concatenar y organizar contenidos de tipo cognitivo a hacerlo con contenidos de tipo valorativo o procedimental. La enseñanza orientada cognitivamente utiliza una estructura conceptual, en tanto que contenidos procedimentales deberán utilizar estructuras de orden y de decisión, al tiempo que un contenido ligado con principios utiliza una estructura teórica para su organización (Coll, 1994, p. 96 y 97).
Finalmente, podríamos decir que en tanto se secuencian los contenidos para facilitar el cumplimiento de las finalidades propuestas, éstos no pueden ser entendidos como elementos independientes del currículo. Al definir los propósitos y los contenidos, y en especial su carácter, su jerarquía y organización, se están creando los lineamientos para secuenciar. Por ello, en buena medida es explicable que en los currículos donde se ha privilegiado la transmisión de informaciones, los docentes piensen muy poco en la secuenciación, ya que, la información y los datos, tienen fundamentalmente secuencias arbitrarias. ¿Será acaso que cambiaría el currículo si el nombre de los ríos se aprendiera antes que el de las montañas o los accidentes costeros? ¿O si los listados de presidentes se memorizaran después de haber hecho lo propio con los de las dinastías europeas? De allí la pertinencia de la precisión aportada por Coll:
La pregunta ¿cuándo enseñar? se plantea pues en estricta continuidad con la pregunta ¿qué enseñar? En consecuencia, las decisiones que hemos adoptado en el punto anterior respecto a cómo se concreta en el Diseño Curricular (el qué enseñar) son el punto de partida para las decisiones que adoptaremos respecto a cómo debe concretarse el cuándo enseñar (Coll, 1994, p. 66).
Las estrategias metodológicas y las maneras de trabajar en la clase
¿Cómo enseñar?… O el problema de la metodología de la enseñanza (Coll, 1994, p. 111).
En el proceso educativo formal intervienen los estudiantes, el maestro y el saber, actuando en un contexto determinado. La relación que se establece y el papel asignado a cada uno de ellos determinan las estrategias metodológicas o didácticas a desarrollar en el salón de clase.
La relación y el papel cumplido por los elementos señalados no son ajenos a la postura asumida ante el individuo y la sociedad ni ante los temas seleccionados o a su estructura y organización. La reflexión metodológica está, pues, enmarcada en los parámetros de la reflexión curricular, dado que el método no es autónomo ni de los propósitos, ni de los contenidos, ni de la secuenciación curricular tal como sustentaron años atrás De Zubiría y De Zubiría (1986) y César Coll (1994).
De esta manera, propósitos, contenidos y secuencias, instruccionales o cronológicos, crean las condiciones propicias para una metodología en la cual prime el carácter expositivo y transmisivo de la enseñanza; en tanto que los contenidos que le asignen un mayor predominio a los elementos naturales y a la secuenciación empírica conducen generalmente a métodos que resaltan la vivencia y la experimentación.
Como hemos visto, Not (1983 y 1991) afirma que por lo menos desde el siglo XVIII, en la pedagogía solo han existido dos enfoques pedagógicos: los autoestructurantes y los heteroestructurantes. En los primeros se presupone que el niño tiene por sí mismo la fuerza y la dinámica necesaria para generar el conocimiento; en tanto que en los segundos, se parte de considerar la construcción del conocimiento como algo externo al sujeto. Las visiones heteroestructurantes, que han sido dominantes en la historia, privilegian la acción del maestro, de allí que sean magistrocentristas, se expresen fundamentalmente mediante las clases magistrales y defiendan la conveniencia de los métodos receptivos en la escuela9.
Por otra parte y convencidos de que el niño por sí mismo tiene el potencial de su desarrollo, su fuerza y su dinámica, los gestores de la Escuela Activa optaron por una postura radicalmente opuesta al considerar al niño como el verdadero artesano de su propio desarrollo (Not, 1983). Expresado en términos de Cousinet, el trabajo en todas sus actividades, deberá ser decidido, orientado y conducido por los alumnos libres.
Para ellos, el alumno es el centro, el eje sobre el cual gira el proceso educativo. En una posición de clara inspiración roussoniana, Montessori postulará su máxima “el niño, padre del adulto” para representar el radical giro que esta postura representa para la educación. Para Claparéde esta transformación es una verdadera revolución que traslada así la educación de un carácter “magistrocentrista” a uno “paidocentrista”. De acuerdo con ello, el niño es el nuevo centro de la educación, el punto de partida, el núcleo, el objetivo de la enseñanza. Sobre él ha de basarse y direccionarse la educación. Sus ideas, sus intereses y sus actividades deberán ser el motor de la educación. Su palabra tendrá que ser escuchada, sus preguntas resueltas, sus intereses acompañados.
El constructivismo, por su parte, no se distancia esencialmente de la postura anterior y ha terminado casándose con un enfoque esencialmente autoestructurante. Partiendo de postular el papel activo del sujeto en el proceso de conceptualización y de reconocer la existencia de elementos personales, matices y acepciones, en todas las representaciones individuales, defiende el carácter idiosincrásico, personal, singular e irrepetible de todo proceso de construcción. A nivel de estrategias metodológicas, ello conducirá a muchos de sus representantes a rechazar la clase magistral y a defender el taller, la experimentación o el laboratorio, tal como un siglo atrás había postulado la Escuela Activa.
Las estrategias metodológicas interestructurantes, como pretendemos demostrarlo en el capítulo quinto, están asociadas al diálogo y a la valoración del proceso de aprehendizaje como un proceso que se realiza por fases y por niveles de complejidad creciente y que reivindican el papel directivo y mediador del docente y el papel activo del estudiante. De allí que combinen la clase magistral con el diálogo desequilibrante, la mesa redonda y las exposiciones en la forma adoptada por el seminario alemán.
De otra parte, una vez definido el tipo de relación que se establece entre el alumno, el maestro, el saber y el contexto, para adoptar una estrategia metodológica se requiere abordar las preguntas concernientes a las variaciones metodológicas derivadas del trabajo con estudiantes de edades, intereses y características cualitativamente diferentes. ¿Cambian las estrategias metodológicas en las distintas edades? ¿De qué manera lo hacen? ¿Son variaciones de grado o modificaciones cualitativas?
Otra pregunta metodológica atañe a la incidencia que pueda tener el contenido que se esté trabajando con la metodología. Así, hay que preguntarse si se aprehenden de la misma manera los contenidos cognitivos, valorativos y los praxiológicos, y si, por consiguiente, se requiere para cada uno de ellos estrategias metodológicas diferentes. Finalmente, no es lo mismo trabajar un contenido con un niño que inicia un ciclo que con otro que está a punto de terminarlo. ¿Se requerirían, entonces, estrategias metodológicas diferentes en las fases iniciales de los ciclos y otras en las terminales?
De la manera como definamos las relaciones entre los estudiantes, los docentes y el saber, y de la manera como sean resueltas las tres preguntas anteriores, dependerá la postura que adoptemos en torno a las estrategias metodológicas.
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