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EL GRAN LIBRO DE LA
IRIDOLOGÍA
EL GRAN LIBRO DE LA
IRIDOLOGÍA
El iris de los ojos refleja la salud
DR. JOSEP LLUÍS BERDONCES

NOTA IMPORTANTE: en ocasiones las opiniones sostenidas en «Los libros de Integral» pueden diferir de las de la medicina oficialmente aceptada. La intención es facilitar información y presentar alternativas, hoy disponibles, que ayuden al lector a valorar y decidir responsablemente sobre su propia salud, y en caso de enfermedad, a establecer un diálogo con su médico o especialista. Este libro no pretende, en ningún caso, ser un sustituto de la consulta médica personal. Aunque se considera que los consejos e informaciones son exactas y ciertas en el momento de su publicación, ni los autores ni el editor pueden aceptar ninguna responsabilidad legal por cualquier error u omisión que se haya podido producir.
© de esta edición: RBA Libros S.A., 2012.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
rbalibros.com
© Josep Lluís Berdonces
Primera edición en esta colección: noviembre de 2012
Ref.: OEBO847
ISBN: 9788416267286
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Todos los derechos reservados.
Prólogo a la presente edición
Hace más de treinta años que estudio la iridología, y aún hoy en día hay cosas que me sorprenden, porque siempre miro los ojos a todos los pacientes que acuden a mi consulta naturista de Barcelona. Hace veinte años que se publicó por primera vez este libro, que ha sido reeditado y reelaborado ya varias veces para actualizarlo a los conceptos más actuales. Sin embargo, hay una parte fundamental que sigue siendo la misma, que no cambia con el tiempo, y que solo se actualiza con la práctica diaria; estos conceptos básicos y fundamentales no han variado desde hace muchas décadas.
No dejaré nunca de insistir en que además de disponer de un texto básico de iridología, como puede ser perfectamente este libro, es necesario complementarlo con la observación de los ojos, ya que la práctica personal no puede nunca ser sustituida por las opiniones de otro, por muy didáctica que pueda ser la base teórica. Hoy en día, con una sencilla cámara digital ya se puede empezar a obtener datos de los iris, por consiguiente estimulo al lector, tanto profesional como amateur, a que se anime a adentrarse en la macrofotografía y a comprobar si lo que digo en este libro se corresponde con la realidad.
Finalmente, y la lectura de este libro creo que lo deja bien claro, quiero desmotivar a relacionar la iridología con la astrología, con las ciencias sutiles o con la mística, porque con demasiada frecuencia se ha relacionado esta ciencia con las paraciencias, con las que creo que no tiene nada que ver. La iridología ya es suficientemente subjetiva como para que la relacionemos con disciplinas que lo son mucho más. Por lo tanto, querido lector, te animo a que llegues un poco más allá en la observación de los ojos, que te adentres en esta ciencia con mirada crítica y que la apliques con prudencia.

DR. JOSEP LLUÍS BERDONCES
Girona, octubre de 2012
www.doctor.berdonces.com
Índice
CONCEPTOS GENERALES DE IRIDOLOGÍA
Breve historia de la Iridología
Anatomía del iris
Estructura del iris
Vascularización del iris
Inervación del iris
Embriología
El ojo humano
Conexiones del ojo humano y el cerebro
El homúnculo de Penfield
Bases neurológicas y embriológicas del diagnóstico por el iris
Bases embriológicas
Relaciones neurológicas del iris humano
Constituciones del iris
Constitución linfática
Constitución hematógena
Constitución mixta
Consideraciones finales
El iris y la edad del individuo
El iris infantil
El iris senil
Graduación evolutiva de los signos del iris
Normalidad
Estado agudo
Estado subagudo
Estado crónico
Estado degenerativo
Modificación de los signos irídicos con el tiempo
MAPAS Y ZONAS DEL IRIS
El mapa sectorial del iris
Sectores del iris
Sector abdominal
El mapa circular del iris
La zona pupilar
La corona del iris o corona nerviosa autónoma
La zona ciliar
Zona pupilar
El reborde pupilar
El anillo del estómago
La zona intestinal
Zona de la corona
El collarete o corona nerviosa autónoma
Zona ciliar
La zona humoral-endocrina
Zona parenquimatosa
La zona linfática
El anillo cutáneo
SIGNOS SECTORIALES DEL IRIS
Signos estructurales del iris
Aflojamientos o debilidades
Lagunas
Criptas
Signos reflejos en el iris
Pigmentos del iris
Por la forma de la pigmentación
Por el color del pigmento
Tendencia psórica y pigmentos
SIGNOS GENERALES DEL IRIS
La densidad del iris
Clasificación
Los rayos solares
Graduación de su importancia
Anillos nerviosos
Alteraciones en la transparencia de la córnea
Anillo de colesterol
Arco senil
Anemia de extremidades (arco senil en zona inferior)
El relieve de la corona del iris
Tipos de relieve
Cómo explorar el relieve
LA PUPILA
Signos de la pupila
Signos intrapupilares
Descentramiento pupilar
Deformaciones de la pupila
Alteraciones del movimiento de la pupila
ESCLEROLOGÍA
Esclerología
Recuerdo anatómico
La exploración de la esclerótica
El campo de observación
Los signos
Evaluación
Utilidad de la esclerología vascular
La esclerología desde un punto de vista iridológico
Procesos que dificultan el esclerodiagnóstico
IRIS Y CÁNCER
Iris y cáncer
Signos de cáncer
Estudios clínicos realizados
EXPLORACIÓN DEL IRIS
La exploración del iris en la práctica diaria
Aproximación al enfermo
Material óptico
Fichas iridológicas
Fotografía del iris
Conceptos básicos de macrofotografía
El iriscopio
Cómo hacer las fotografías
La fotografía digital
Los aparatos
Cómo tomar las fotografías
Función cámara de vídeo
Cómo clasificar las fotografías digitales o digitalizadas
Estudio estático-dinámico
La aplicación de ordenadores en Iridología
El programa iridológico
Conclusión
Otros conceptos de la Iridología
El método Rayid
La Escuela Francesa de Iridología Renovada
APÉNDICE
Estudios en hospitales
Estudio iridológico sobre enfermos hospitalizados con patología digestiva
Estudio iridológico sobre pacientes respiratorios hospitalizados
Bibliografía
Glosario
Presentación
Al redactar esta obra, que resume mi práctica iridológica de los últimos años junto al saber de los textos clásicos, una de las preocupaciones más importantes ha sido exponer, de forma sistemática, tanto lo que se puede como lo que no se puede conseguir con el diagnóstico por el iris. Ser consciente de las limitaciones de la Iridología es tan importante como conocer la interpretación de los signos irídicos, ya que eso nos evitará más de una decepción y nos pondrá en guardia contra los diagnósticos maravillosos y arriesgados que suelen realizar muchos diagnosticadores por el iris.
La Iridología, por sí sola, tiene poco valor si no se acompaña de una historia clínica correcta y de métodos de diagnóstico complementarios que nos confirmen las tendencias reflejadas en los iris. Hacer diagnósticos exclusivamente iridológicos, sin tener en cuenta lo que nos dice el paciente o lo que nos muestran los análisis, entra dentro del campo de la adivinación o la cábala, y no dentro de la ciencia médica. Sería además un error muy grave hacer eso dentro de la Medicina Alternativa, que intenta ver al individuo enfermo como una unidad de función y con una visión integral de los problemas que le aquejan. Si tratamos de hacer una Medicina realmente integral es absurdo que luego hagamos un diagnóstico parcial y exclusivo por el iris, por muy completo que éste sea.
En este libro aparece especialmente la visión iridológica de la escuela centroeuropea (alemana, especialmente), debido a que es la más sistemática de las existentes hasta ahora y la que más me ha convencido; pero sería un error olvidar escuelas como la norteamericana, la francesa o las tendencias de los países del Este europeo, que he tratado de incluir también en esta obra y en mi práctica personal. Quizá en eso estriba una de las novedades que puede aportar este texto a la bibliografía en castellano, ya que los libros existentes hasta hoy no han expuesto aún algunas de esas tendencias iridológicas de reconocida importancia.
Pese a lo que pueda parecer, la Iridología no es una ciencia exacta; incluso afirmaría que tampoco es una ciencia completa, ya que aún existen muchos signos cuya interpretación no ha sido aclarada todavía. La única forma de averiguar su significado es la observación sistemática del iris y la publicación posterior de los resultados, cosa que hasta ahora ha brillado por su ausencia, tanto en nuestro país como en el resto del mundo. Por ello, desde este prólogo hago un llamamiento a quienes practican la Iridología para que pongan en común sus experiencias, sus convicciones y sus dudas, de modo que podamos sacar un poco más de «agua clara» en este río revuelto que es el diagnóstico por el iris.
DR. JOSEP LLUÍS BERDONCES
Agullana, abril de 1990
Prólogo
El diagnóstico por el iris es un buen complemento de los otros sistemas de diagnóstico convencionales.
Pero no es la panacea que muchos pretenden, aunque sí puede afirmarse que hay datos de diagnóstico y pronóstico que solamente pueden obtenerse por el examen del iris, como la calidad de la constitución de los tejidos orgánicos, que nosotros clasificamos en de primera, segunda, tercera y cuarta compatibles con la vida sana (iris de primera) y más o menos patológica (iris de segunda a cuarta, pues la quinta no existe por ser incompatible con la vida misma; el iris de primera clase solamente se observa en los animales salvajes).
Digo siempre a los pacientes que me piden un tratamiento por correo, que lo primero que se requiere para empezar a hacer un buen diagnóstico es ver, oír y palpar al enfermo.
Ver para tener constancia de su anatomía, color, tipo, temperamento, examen del iris, de las líneas de la mano (quirología), y en general su porte: activo, vital, optimista o deprimido, positivo o negativo.
Oír auscultándole, percutiéndole y, sobre todo, –y esto es lo importante– oyendo el juicio que él ha formado de su propia enfermedad.
Palpar, tomándole el pulso, percutiéndole (que es oír y palpar al mismo tiempo), apreciando el calor o el frío de su piel, si hay esclerodermia o paquidermitis, comprobando si hay blandura o tensión del vientre, la existencia o no de un tumor maligno o benigno, etc.
Conocida es la historia del diagnóstico por el iris. Fue von Peczely, de Budapest, quien por primera vez observó la transmisión al iris de las condiciones patológicas. Habiendo cazado un búho vivo, el animal, en sus esfuerzos por liberarse, se rompió una pata, cuyo accidente fue causa de la aparición de una raya negra en la parte inferior del iris del ojo del mismo lado.
Después la Iridología ha sido confirmada, ampliada y sistematizada por el sueco Nils Liljequist, los alemanes Thiel y Felke, los norteamericanos Lahn y Lindlahr (este último con los cuatro tomos de su obra Nature Cure, el cuarto de los cuales es quizá el más completo de los estudios que se han hecho sobre Iridología, con espléndidas láminas en negro y en color) y otros autores como Müller, Colson, y nuestro compatriota Dr. Ángel Bidaurrázaga, de Bilbao, autor de El diagnóstico por el iris, del cual posee un ejemplar dedicado, en su nombre, por el médico naturista Dr. Casiano Ruiz Ibarra, autor del epílogo de dicha obra, que ostenta el lema «P. Neure Aiteri».
Complemento de este diagnóstico son otros procedimientos, como la quirología (estudio de las líneas de la mano), las huellas dactilares (de las que se vale la policía para identificar a los delincuentes y fichar a cada ciudadano para su documento de identidad), la radiografía, los análisis de laboratorio y el estudio de los «recargos morbosos»; pues si –como se dice con razón– «la cara es el espejo del alma», bien es verdad que todo el cuerpo es el espejo del alma, pues la actitud de una persona y aun su modo de caminar es propio e intransferible y nosotros le conocemos a distancia por su manera de andar, aunque no hayamos identificado su cara.
La radiografía es relativamente útil, ya que únicamente por luces y sombras no puede formarse juicio completo de una afección. Una radiografía de las vértebras cervicales que nos las revela perfectamente normales anatómicamente, es compatible con una artritis cervical que sólo aprecia el enfermo por sus crujidos y dolores al hacer movimientos de rotación de la cabeza.
Los análisis de laboratorio deben ser admitidos como complemento, y no más, de los otros métodos de diagnóstico, pues lo que es verdad al hacer el análisis, puede no ser cierto a las dos horas o a las dos semanas… Un disgusto puede alterar el jugo gástrico, haciendo pasar la bilis al estómago. La tensión de la sangre puede elevarse súbitamente por un susto o un acceso de cólera y originar una apoplejía fulminante, o puede descender extremadamente y originar un ataque de asistolía, como le ocurrió a Filípides en la «carrera del Maratón».
Los recargos morbosos, empíricamente descritos por Luis Kuhne, de Leipzig, son poco tenidos en cuenta por los médicos –incluso los médicos naturistas– y deben ser considerados en su verdadero valor como causa de ciertas formas patológicas, como ya he apuntado en una de mis obras.
La quirología (¡ojo!, no la «quiromancia», que es la que emplean las adivinas para echar la «buena ventura»), debe su carácter científico a los estudios del capitán d’Arpentigny, Desbarrolles, Samuel R. Wells, médico suizo, Dr. Ottinger, Isabernes, el abate Michons, P. Kircher, el genial Paracelso y muy especialmente el Dr. Paúl Cartón, que ha sido el maestro de los médicos naturistas europeos y del cual traduje su folleto «Medicina blanca y medicina negra» y al cual conocí por intermedio de su sobrina Alicia Cartón Trevilla, que vivía en Madrid y fue cliente mía.
La mano es el instrumento de la inteligencia: con ella tocamos el piano, el violín y en general todos los instrumentos, saludamos, damos la mano (o la besamos cuando nos presentan a una señora desconocida, o al sacerdote, o al Papa…), con la mano damos una bofetada o un puñetazo, nos rascamos y… no es cosa de exponer aquí «el lenguaje de los dedos» que he expuesto tantas veces en escritos y conferencias.
La astrología, si no un procedimiento de diagnóstico, sí puede serlo de «pronóstico», como lo vio bien claro el Dr. César Juarros (médico pígnico, como él decía de sí mismo), en sus artículos titulados «Lirondas» publicados en España Médica que dirigía el Dr. José de Eleicegui. Pero ¡ojo!, tampoco hay que confundir la «astrología» con la «astromancia» hoy tan en boga, que da lugar a que unos y otros, con gran desparpajo, por ejemplo, digan: «Yo soy Leo, por consiguiente me llevaré mal con Virgo y con los Sagitario»; sin pensar que para hacer una razonable interpretación astrológica hay que tener en cuenta muchos otros factores, como la herencia, los biorritmos (de la Naturaleza y del individuo) que tanto preocuparon a Goethe; la posición de los planetas cada semana en el horóscopo de cada individuo; todo lo cual es causa de que las predicciones astrológicas que se publican en diarios y semanarios solamente acierten como «el burro flautista» por casualidad. Lo tengo bien comprobado y puedo decir que los astrólogos de los diarios aciertan en un 25% de los casos.
En fin, es de apreciación (diagnóstico si se quiere) vulgar, comprobar el buen tono vital de un individuo decidido, emprendedor, valiente, «de pelo en pecho», en contraste con otro apocado, indeciso, «pendejo» en una palabra. Por esto decía el Dr. H. Lindlahr que «el pensamiento positivo (constructivo) es tan importante para conquistar la salud como la alimentación cruda y la hidroterapia fría».
El profesor Adrián Van der Putt (mal autodenominado Dr. Vander), que no fue sino jefe de enfermeros en el sanatorio de Kuhne, en Leipzig, buen practicón, que trabajó en mi clínica durante año y medio, primero en la calle Lisboa en Madrid, y después en la calle Mallorca en Barcelona, manejaba muy bien el diagnóstico por el iris, hasta el punto de diagnosticarme una contusión (que no herida ni rotura) en la rodilla derecha, que me hice siete años antes al caer sobre esa rodilla contra una roca en la Sierra del Guadarrama.
Mi padre Carlos Alfonso, ingeniero de caminos, me propuso de idea de que «todos los órganos del cuerpo tienen su proyección en el iris para que puedan tomar el sol por vía simpática».
Y para terminar, lector amigo, lee con cariño, interés y sin prejuicio este libro del queridísimo Dr. Josep Lluís Berdonces, forma tu juicio, juzga con benevolencia al prologuista y que te sea útil para encauzarte, si no lo estás, en el carril de la Medicina Naturista, y si lo estás, para afianzarte y «marchar sobre ruedas».

DR. EDUARDO ALFONSO
Presidente de Honor de la Asoc. Española de Médicos Naturistas
8 de marzo de 1990

Breve historia de la Iridología
El arte de determinar el estado de la salud a través del aspecto de los ojos se remonta a tiempos antiquísimos, ya que fue una práctica conocida entre los caldeos, quienes se basaban en principios astrológicos aún más antiguos. Salzer escribió un libro sobre Diagnóstico por el ojo y ocultismo, en el cual cita una frase de un tal Libra para quien: «Todo lo que ocurre en el cosmos, se refleja en el hombre. Este reflejo se realiza en todo el cuerpo, y el iris es la parte más adecuada para este reconocimiento». Según Libra, las enfermedades son manifestaciones que transcurren paralelas a las afecciones orgánicas, y ambas son resultado de acontecimientos cósmicos. Curiosamente, también en el Nuevo Testamento se cita un párrafo de Cristo que dice a Lucas: «El ojo es el faro de tu cuerpo, si tu ojo está sano (puro), tu cuerpo entero es luz; pero si está enfermo, tu cuerpo se halla en la oscuridad… Cuando tu cuerpo entero contiene luz (está puro), y ninguna parte de él está en la oscuridad, todo en él es claro, como cuando la luz con su claro resplandor te ilumina» (Lucas, 11, 34-36, citado por Deck). En la Edad Media apareció la obra de Phyllippus Meyens titulada Chiromantica Medica, en la que se cita este método de exploración.
En otras culturas también se han desarrollado métodos de exploración afines, de forma independiente. Chinos y japoneses ya conocían algunos campos y sectores del iris, aunque su interpretación difiere bastante de la Iridología occidental, esencialmente porque la forma de comprensión de la enfermedad también es distinta.
Por otra parte, algunos iridólogos franceses cuentan en sus obras las relaciones encontradas entre los signos del Zodíaco y el iris, aunque de una forma puramente inductiva. Para los seguidores de la Escuela Francesa de Iridología Renovada, la posición extrovertida del hombre, como en el relieve de la basílica de Vézelay, puede considerarse una imagen bastante fiel de la carta topográfica del iris que ellos recomiendan. Todo ello constituye un ejemplo de la utilización de ciertas relaciones del iris con las ciencias paramédicas, tanto hoy como en la Antigüedad.
Carta iridológica de Peczely
La primera topografía del iris que se conoce se atribuye a Ignatz von Peczely, y fue publicada en la «Hoja semanal homeopática» en 1886. Las similitudes con las cartas más modernas son numerosas: cerebro, pulmones, riñones, hígado, corazón, columna vertebral, y otras, están situadas en la misma posición que la mayoría de cartas irídicas más modernas.

La primera carta iridológica es la de Peczely, publicada en una hoja semanal homeopática en alemán.

Ignatz von Peczely.
Suele atribuirse el descubrimiento de la Iridología al médico húngaro Ignatz von Peczely, que nació en Egervar, localidad cercana a Budapest, el 26 de enero de 1826. A este conocido autor se debe la famosa historia del búho, que ciertamente no se sabe si fue realidad o no. Dijo Peczely que en su infancia entró un búho en su habitación; al tratar de atraparlo, lo cogió de una pata y el animal, asustado y tratando de escaparse, se rompió la pata. En ese mismo momento al joven Peczely le pareció que en el iris del animal aparecía una señal, como respuesta a esa fractura. No se sabe a ciencia cierta si esto fue una leyenda o sucedió en realidad, ya que numerosos iridólogos niegan esa posibilidad porque no han podido hallar signos irídicos en los animales o quizás a que han repetido el experimento con algún pobre búho.
Fue Peczely, sin embargo, quien tuvo el mérito de publicar la primera carta irídica, con una estructura similar a las que se utilizan hoy en día, y que fue publicada en 1886, por la revista Homeopatische Monatsblatter.

Nils Liljequist
Con búho o sin búho, lo cierto es que este tenaz investigador consiguió describir un sistema enigmático de diagnóstico que muchos seguirían en los años venideros.
Peczely fue el primero en reconocer que muchas veces había serias diferencias entre los signos que él veía y los hallazgos clínicos, cosa que aún sigue ocurriendo. Hay que tener en cuenta, sin embargo, que Peczely sólo podía trabajar con una simple lupa de dos aumentos, y sin los medios de apoyo fotográfico y microscópico que poseemos hoy en día. Peczely se sorprendía de que en ocasiones una enfermedad no se manifestase, pese a leerse en el iris su signo, para aparecer un tiempo después. Por el contrario, ciertas enfermedades manifiestas denotaban una ausencia de signos muy defraudante. Peczely fue además el primer iridólogo que sufrió por parte de las autoridades médicas la acusación de ejercer como «falso curandero». Lo cierto es que él pudo determinar en el médico alópata que le acusaba muchas enfermedades observando simplemente sus ojos; con lo cual dejó sorprendido a su acusador, quien tuvo que retirar su denuncia de fraude. Quizá por esta razón, y para poder trabajar más tranquilamente, Peczely se puso a estudiar, a los 36 años, en la Facultad de Medicina de Viena y se licenció en 1867. Posteriormente, en 1880, publicó su primer tratado, denominado Descubrimiento en el seno de la Naturaleza y el Arte de Curación, el primer texto moderno de Iridología, que fue revisado unos años más tarde por Emil Schiegel en su tratado El Diagnóstico por el ojo según I. V. Peczely. Ambos libros son hoy en día inencontrables.
Unos quince o veinte años más tarde, y seguramente de forma paralela, el reverendo sueco Nils Liljequist observa que tras la toma de quinina que le había recetado su médico (se trataba entonces de un fármaco habitual), sus iris se tornaban de un sospechoso color rojizo. Esto le hizo interesarse por la coloración del iris entre sus conciudadanos, observando y anotando los cambios de color que se producían. En esto, Liljequist tenía un buen campo donde observar, puesto que en los países nórdicos existe una predominancia de los iris azules y las coloraciones se observan con mayor facilidad. Liljequist publica en 1893, de esta manera, un tratado sobre las hoy denominadas heterocromías del iris, titulado Om Oegendiagnosen. Cuando Peczely se enteró de la aparición de esta nueva obra, pensó que Liljequist había copiado su sistema, pero lo cierto es que los campos de investigación y las conclusiones que obtuvieron se complementaban y fueron el primer código descifrable de las señales que el iris nos ofrece. Liljequist visitó a Peczely en Budapest e introdujo algunas correcciones en su teoría sobre la Iridología.
Principales signos irídicos según Nils Liljequist
Entre las 5 y las 8 horas podemos ver dos signos que representan señales agudas y subagudas de inflamación.
(Figuras 1 y 2) Entre las 9 y las 12 horas observamos signos cerrados significativos de enfermedades subagudas (Figuras 3 a 6) Entre la 1 y las 5 horas observamos signos de enfermedades agudas en retroceso o curación (Figuras 7 a 10). Las que tienen más cantidad de signos claros nos indican además sufrimiento o dolor constante (Figuras 8 y 9).
Desde siempre, la escuela centroeuropea ha sido la que más iridólogos prestigiosos ha dado, y su literatura ahonda mucho más en los aspectos científicos y estadísticos para comprobar su validez. Entre los naturópatas alemanes destaca el Abad Felke, que no dejó obra escrita, pero que tuvo numerosos seguidores que a su muerte transcribieron sus enseñanzas, tanto de la Iridología como de otros tratamientos naturistas –entre los seguidores más notables de Felke tenemos que citar a Sebastian Kneipp–. Felke reconocía las cosas de forma intuitiva, pero realizó una gran labor en el esclarecimiento de muchos puntos del iris, todavía entonces sometidos a discusión; fue uno de los impulsores de la orientación tipológica de las constituciones en el iris, y podía valorar a la persona desde el punto de vista psicosomático. Una frase que solía decir era: «El iris nos dicta las recetas». Felke fue acusado de curanderismo con el cargo de homicidio involuntario por omisión, al haber hecho un diagnóstico equivocado en un aprendiz de panadero de 18 años. Lo cierto es que el juicio demostró su inocencia, pero le defraudó personalmente mucho. La comisión médica que lo acusó estaba convencida de que Felke poseía poderes de médium, y creía más en la telepatía que en la realidad del diagnóstico por el iris.
Iristopografía de Lindlahr

Henry Lindlahr no sólo fue el mejor iridólogo de su época en Norteamérica sino que escribió numerosas obras sobre Medicina Naturista, siguiendo la línea clásica de Centroeuropa, y aportando nuevos elementos propios de la escuela norteamericana en pleno desarrollo.

La topografía de Henry Lindlahr, de principios de este siglo, nos muestra alguna de las características de la topografía norteamericana, que se mantiene hasta nuestros días. En el área cerebral se establecen topografías para funciones cerebrales (y no tanto los órganos o tejidos) como templanza, poder intelectual, voluntad, etc.
También cabe citar a otros iridólogos algo posteriores, como la doctora Eva Flink (1868-1955), y Madeleine Madaus (1857-1925), quienes junto con otros iridólogos editaron la primera revista iridológica que se conoce, titulada Iris-Korrespondenz, y cuyos ejemplares también son hoy en día inencontrables. Esta revista apareció en los años 1920-1940, aproximadamente.
La escuela norteamericana se inicia con unos principios extraídos de las enseñanzas de pioneros como Peter Johannes Thiel (quien publicó uno de los primeros libros en inglés, traducido del original alemán) y de Henry Edward Lahn, que cambió su nombre por el más americanizado de Lane, y cuyos libros se pueden encontrar aún en los EE.UU. Lane, de origen austríaco, empezó rápidamente a trabajar como iridólogo en el Kosmos Sanitarium de Evanston, en Illinois. Sucedía a principios de siglo, hacia los años veinte, cuando en EE.UU. existían fuertes corrientes renovadoras de la Medicina, como la Medicina Ecléctica del Dr. King. Los discípulos más directos de Lane fueron Henry Lindlahr y la mayoría de las siguientes generaciones de iridólogos, como McLain, Haskell Kritzer, Collins, Hutchens, Bernard Jensen, John Arnold, Harry Wolff, etc. se han inspirado en sus teorías. Henry Lindlahr era el adalid de la «crisis curativa», y opinaba que toda enfermedad aguda es un esfuerzo de limpieza propio y natural del organismo. Lindlahr se hizo famoso en EE.UU. como médico naturista trabajando en el Nature Cure Sanitarium de Chicago, que él mismo fundó. Su primer libro se publicó en 1913 (Nature Cure, Philosophy and Practice), y su excelente libro de diagnóstico por el iris apareció en 1919. Estos autores americanos iniciaron una Iridología práctica, algo lejana del cientificismo, pero que daba excelentes resultados.

Leon Vannier fue uno de los homeópatas más importantes de Francia en la primera mitad del siglo XX, y el primero en establecer una topografía en lengua francesa.

Gilbert Jausas es autor de dos libros en los que expone la singular teoría de la Iridología renovada, en la que la topografía difiere notablemente de la tradicional, representando un hombre situado en posición circular alrededor del iris.
No puede acabarse de hablar de la escuela americana sin profundizar un poco más en la biografía de Bernard Jensen. Este eminente iridólogo, doctor en Quiropraxia, fue el autor americano que más ha publicado sobre el tema de la Iridología, y sin ninguna duda el más conocido en todo el mundo. Quizás uno de sus mayores méritos fue el de esclarecer la correspondencia de muchos puntos del iris, ya que su carta ha sido ampliamente conocida y usada por iridólogos de todos los países del mundo; además, supo aportar una vertiente eminentemente práctica en el diagnóstico por el iris. Su prolífica pluma también nos dejó numerosos libros sobre nutrición y todo tipo de tratamientos naturistas, según la práctica acumulada en su rancho de salud de Hidden Valley, en Escondido (California). Su primer libro ha sido durante muchos años el libro de texto más importante en la literatura castellana (publicado por la editorial Yug, de México). Además, hace relativamente pocos años publicó su magna obra Iridology, con multitud de casos clínicos y fotografías, y que representa el colofón a su texto inicial. Sus nuevas experiencias con cámaras ultramodernas, así como la aplicación del vídeo y la informática en Iridología, lo convirtieron en un pionero de la aplicación de nuevas técnicas de Iridología. Jensen, fallecido en 2002, fundó la Bernard Jensen International, dedicada a difundir la Iridología y el resto de sus enseñanzas a través charlas, cursillos y seminarios por todo el mundo.

Josef Deck, como sanitario del ejército alemán preso en Rusia en un campo de concentración, tuvo la oportunidad de empezar a observar los iris de los presos enfermos, y diferenciar los signos. A su regreso a Alemania, realizó numerosísimas publicaciones con gran profusión de casos clínicos. Supuso sin duda la primera gran aportación a la Iridología científica y clínica.

Theodor Kriege, y posteriormente su discípulo Lindemann, hicieron aportaciones esenciales a la sistematización de los signos irídicos tan propios de la escuela alemana de Iridología.

El primer texto en España de Iridología se debe a Angel Bidaurrazága, médico de Bilbao que reimportó la Iridología desde EE.UU a mediados del siglo XX.
En Francia también se desarrolló ampliamente esta ciencia. Entre los primeros impulsores sobresale el Dr. León Vannier, famoso miembro de la Sociedad Homeopática Francesa y autor de numerosos libros. Posteriores a él fueron Portier Bernonville, y los más actuales como Gilbert Jausas y el profesor René J. Bourdiol, quienes han desarrollado un mapa iridológico diferente del tradicional. Tanto los libros del primero como los de Bourdiol, pero muy especialmente este último, merecen un estudio detallado por parte de los iridólogos, puesto que se trata de una aproximación interesante a la medicina científica. Otros autores, como Serge Jurasunas, Jean Fierre Lancel, Maurice Rubin o André Roux, han escrito recientemente interesantes textos de Iridología.


Bernard Jensen y el autor de este libro.
Bernard Jensen, fallecido en el año 2002, ha sido sin duda el más conocido de los iridólogos norteamericanos. Sus aportaciones a la fotografía y al procesamiento informático de las imágenes han hecho de Jensen un puente entre la Iridología clásica y la que utiliza una tecnología sofisticada de observación.
Otros países tienen también algo desarrollada la Iridología, ya que en Australia investigan los doctores Jannsen y Dorothy Hall. Un autor sudafricano, Alfred Cuddington, llegó a sistematizar un hipotético mapa de la localización de los diferentes núcleos cerebrales en la zona superior del iris, mapa que publicó Jensen en su libro Iridology.
En la Unión Soviética, el neurólogo Eugeni Velkhover, profesor de la Universidad Patricio Lumumba, de Moscú, ha sido uno de los pioneros del estudio de la Iridología en los países del Este europeo. A él se debe uno de los pocos textos de Iridología que ha contribuido a la introducción de la Iridología en ámbitos de la medicina ortodoxa. El mapa utilizado, sin embargo, es el desarrollado por Bernard Jensen, si bien el neurólogo ruso pone reparos a la localización de los sectores cerebrales que proponen Jensen y la escuela americana, por considerarlos poco racionales. A la sombra del Dr. Velkhover están apareciendo nuevos investigadores, como por ejemplo el búlgaro Dr. Pavlov Raicho, quien realizó interesantes comprobaciones iridológicas en la universidad argelina de SBA. En Japón, el Dr. Asai, impulsor de la terapia con germanium, también está constituyendo el desarrollo de la Iridología en su país.
En España la Iridología se inicia con la publicación de un libro del oftalmólogo bilbaíno Juan Ángel Bidaurrázaga, allá por los años veinte. Bidaurrázaga fue médico de barco durante muchos años e hizo la línea transoceánica numerosas veces; suponemos que en sus viajes entró en contacto con las escuelas de Lahn y de Lindlahr, ya que sus obras gozan de unos principios importantes de afinidad. Bidaurrázaga, médico estimado entre la gente, tuvo poco eco en España puesto que hubo de soportar múltiples presiones y exilio en la España de la posguerra a causa de sus ideas liberales y nacionalistas. El Dr. Ferrándiz, en Barcelona, elaboró un hermoso libro de Iridología que supuso durante muchos años la única obra a que acudir disponible en el mercado. Asimismo, el libro del Dr. Vander (Adrián Van der Putt), representaba un acercamiento de la Iridología al gran público. En los últimos años, aunque sin obras publicadas, en España numerosos médicos están interesados por el tema. Entre ellos citaríamos a Aletxu Arteche y Joseba Bidaurrazaba en Bilbao; a Carlos Rubio, Belén Igual y muchos otros en Madrid, a Bernat Vanaclotxa en Valencia, a Sagrera Ferrándiz y a Gabriel Andrés en Barcelona, y otros que no cito por no alargar.
La escuela italiana
En la actualidad existe un gran desarrollo de la Iridología en Italia y fruto de ello son algunas topografías, como esta de Silvio Rizzi.

El futuro de la Iridología es incierto, pero todos los que trabajamos en ella deseamos que sea muy provechoso. La inclusión de técnicas fotográficas, de fotografía digital, de video y sobre todo de la informática, han permitido que en pocos años puedan existir datos mucho más exhaustivos que diluciden y clarifiquen muchos de los puntos todavía oscuros. Las nuevas generaciones de iridólogos tienen un reto de cara al futuro para poder elevar a la Iridología al lugar que realmente se merece: el del respeto profesional por parte de la Medicina Oficial.
Anatomía del iris
El iris es una membrana conjuntivo-músculo-vascular que se sitúa casi entre las cámaras anterior y posterior del ojo, de las cuales forma en parte la pared divisoria. Tal como nos enseñaron en la escuela primaria, el iris sería el diafragma de la cámara fotográfica que semejan el ojo humano y el de los animales en general. El espesor del iris es de aproximadamente 0,3 mm, siendo más fino en su borde periférico y presentando su máximo espesor en la zona del ángulo de Fuchs, donde se localiza la corona nerviosa autónoma; mientras que en su borde pupilar presenta una disminución moderada de su espesor.
Su parte más interna forma la pupila, y está en contacto, por su parte posterior, con la lente del cristalino. Su parte más externa, que no es visible puesto que la esclerótica (parte blanca del ojo) nos la tapa, está en contacto con los denominados procesos ciliares, que tienen un papel muy importante en la producción del humor acuoso, líquido fluido que baña toda la cámara anterior del ojo y el iris puesto que se halla dentro de ésta.
Por su posición dentro de la cámara ocular, el iris divide ésta cámara en dos compartimentos bien diferenciados, pero comunicados entre sí, ya que al tratarse de una membrana altamente esponjosa, permite el paso a través de ella, y también por la zona pupilar, del humor acuoso que está en constante circulación.
Estructura del iris
Tal como acabamos de decir, el iris es una membrana conjuntivomúsculo-vascular. Sin embargo, pese a lo que pueda parecer por este nombre, tiene poco de músculo y mucho de vascular. Además, el iris está formado en su mayoría por un tejido de tipo conjuntivo (como los vasos), lo que le da una elasticidad especial que permite su amplísima movilidad, la cual se manifiesta especialmente cuando hay cambios de intensidad en la iluminación.

Principales estructuras del ojo humano, según Orts Llorca.
Vamos a hacer una somera explicación de las diferentes capas que componen el iris, empezando desde las estructuras más profundas hasta su parte más anterior, visible:
La capa más posterior del iris, o epitelio posterior, es la que no se ve y está en contacto con la denominada retina ciega, una capa pigmentaria de color negro violáceo que forma el «fondo» de la estructura del iris. Aunque no es exactamente retina, puesto que no cumple la función visual –está localizada en una zona a la cual no llegan los rayos luminosos–, sí está pigmentada al igual que la retina. Es la denominada capa uveal (de «uva», dado que un ojo vacío tiene el aspecto del pellejo de una uva negra). Es en esta capa donde se pueden atribuir muchos de los signos nerviosos del iris, puesto que se remite a estructuras nobles del cerebro, de donde procede embriológicamente. El hecho, además, de que esta última capa sea negra, o casi negra, confiere al ojo humano ciertas características que iremos abordando más adelante, en especial en lo que se refiere a la profundidad de ciertos signos y al color general de los iris.
El epitelio posterior tiene una capa más interna denominada capa anterior del epitelio. Esta capa está formada por células desiguales (ovales, cúbicas, aplanadas, etc.), pero forma una superficie plana sobre la capa posterior del epitelio. Su pigmentación es uniforme, aunque no tan intensa como en la capa adyacente. La capa posterior del epitelio es en realidad un epitelio pigmentado, con intenso color negro-morado, que se distingue netamente de las capas más anteriores y del estroma. Muchos autores citan que a este nivel se sitúan ciertos signos del iris, como los denominados «anillos nerviosos».
Corte transversal del iris

Este dibujo muestra, de forma esquemática, la zona del globo ocular detallada en este corte transversal del iris.
Si vamos subiendo hacia arriba a través de la estructura del iris, nos encontramos con una pequeña zona muscular, formada por dos músculos antagónicos, el dilatador y el esfínter del iris.
El músculo dilatador, cuya existencia ha sido puesta en duda por algunos anatomistas, presenta una estructura de radios que se dirigen desde el borde periférico del iris hasta el borde del anillo que forma el músculo esfínter del iris, dispersándose por prácticamente toda la superficie posterior del iris. Desaparece a escasa distancia del esfínter pupilar. Su espesor es de 3 micras en miosis, y de 6 micras en midriasis, un espesor realmente muy pequeño, lo cual hace su localización verdaderamente difícil. Como bien dice su nombre, el músculo dilatador es el que dilata la pupila, y está inervado por el sistema nervioso simpático. Este músculo presenta la particularidad de ser intraepitelial, por lo que no se distingue apenas del epitelio y sus fibras son de tipo mioepitelial. A nivel de la pupila, el músculo esfínter se fija al reborde fibroso que lo separa del músculo esfínter.
Corte histológico

Corte histológico del reborde pupilar, mostrando el esfínter. Obsérvese la capa oscura inferior (retina ciega), una segunda capa aplanada, más oscura (el esfínter) rodeado de una cápsula más pigmentada. Por la parte superior, se observa el estroma del iris, que al igual que el esfínter está salpicado de células pigmentarias cromatóforas (según Hervouet).
El músculo esfínter provoca la contracción del agujero pupilar. Se trata de un musculito en forma de anillo, que bordea la pupila y que es observable con bastante facilidad en muchos iris si disponemos de un sistema óptico que aumente lo suficiente. Su espesor es mucho mayor, entre una y tres décimas de milímetro, y está inervado por el sistema parasimpático. Se trata de un músculo de origen neuroepitelial, y por esa relación nerviosa que posee es de gran utilidad en el diagnóstico por el iris. No existe ningún otro músculo del cuerpo de tipo neuroepitelial, ya que todos los demás descienden de la capa mesodérmica del embrión. La parte anterior del esfínter está en íntimo contacto con la capa posterior del estroma del iris. El extremo interno de este músculo suele estar rodeado por un epitelio pigmentario (reborde pupilar), que en ciertos casos puede tener un tamaño bastante considerable. En estado de máxima relajación, el esfínter tiene una amplitud de 0,8 mm. En miosis, su tamaño asciende hasta 1,06 mm, mientras que en midriasis se contrae hasta 0,4 mm. Su espesor medio es de 0,15 mm, aunque es más amplio por su borde externo (de 0,2 a 0,3 mm). El músculo esfínter es más delgado en los niños que en los adultos, lo que puede deberse al hecho de que los niños tengan una mayor midriasis que los adultos
Observamos así que los dos músculos del iris presentan un efecto antagónico. Mientras el primero, el dilatador, provoca la dilatación de la pupila, el segundo, el esfínter, provoca su contracción. Quizá de esta manera podamos comprender la extrema movilidad que presenta el iris, reflejo en cierta manera del estado de equilibrio del sistema nervioso vegetativo (simpático-parasimpático).
Por encima del endotelio del iris, nos encontramos con un tejido conjuntivo, denominado estroma del iris, cargado de vasos sanguíneos, que forma las nueve décimas partes del grosor del iris. Como hemos dicho, este tejido es elástico, hasta cierto punto extremadamente laxo, y permite el paso del humor acuoso a través suyo, de forma que está literalmente empapado de él y el líquido circula libremente, impulsado además por los frecuentes movimientos del iris. Es a este nivel donde aparecen signos de gran importancia, como las lagunas, criptas, debilidades, y otros. Aunque los anatomistas han dividido esta capa en varias más, para la finalidad de este libro consideramos suficiente explicarla como tal. A este nivel se sitúan los pigmentos del iris, y la que da la coloración primordial del iris, que están contenidos en las células pigmentarias. El estroma está formado por un tejido conjuntivo fundamental casi transparente, de consistencia semigelatinosa, y que está formado por fibrillas colágenas típicas, entrelazadas entre sí.
El estroma del iris se puede dividir en tres partes:
•Capa anterior: Se trata de una capa ampliamente agujereada. Los estudios de los doctores Lenoir y Ertus nos hacen pensar que el iris humano presenta multitud de pequeños canales que comunican entre sí a las lagunas.
•Capa media o fisura de Fuchs: Está formada por un tejido extremadamente laxo, en el que profundizan las criptas. Es difícil estudiar una capa como ésta, ya que la fijación de los tejidos deforma la estructura inicial, aunque cabe pensar que es un tejido laxo, cuyas membranas conjuntivas separan senos donde se acumula el humor acuoso.
•Capa posterior: De consistencia menos densa que la capa anterior. La capa posterior del estroma tiene numerosos capilares venosos.
El estroma contiene la pigmentación esencial del iris, ya que presenta numerosas células pigmentarias, en general estrelladas o redondas, que se sitúan formando acumulaciones en las capas anterior y posterior del estroma, principalmente. De hecho, en individuos albinos (que carecen de pigmentación) el color del iris es rojizo por la presencia de sangre en sus finos vasos. Esta capa es la parte más visible del iris. Los individuos con escasos pigmentos presentan una coloración azul, producida por el efecto óptico de la membrana violácea (capa uveal), que está en el epitelio posterior. El contenido en pigmento de las células pigmentarias del iris está en estrecha relación con el estado neurovegetativo del cuerpo. Por esta razón se dice que cuando existe un proceso que provoca fiebre (exaltación neurovegetativa) se aclaran los colores del iris. La pigmentación del estroma, como hemos dicho, se acumula en diferentes tipos de células:
•Células estrelladas, o cromatóforos, con prolongaciones del citoplasma de tipo irregular, conteniendo pigmentaciones de color amarillo o marrón. Su núcleo, por el contrario, carece de pigmentos. La acumulación de estas células es mucho menor en la capa media del estroma, en comparación con las capas anterior y posterior. Estas células cromatóforas están inervadas por pequeños filetes nerviosos de tipo simpático, de lo que entrevemos la posible relación entre estos pigmentos y la exaltación del sistema simpático.
•Células globulosas, sobrecargadas de un pigmento negro que se localiza esencialmente en el núcleo y es, en general, pequeño aunque a veces también forma acumulaciones enormes. Este tipo de pigmentos son más frecuentes de observar en los iris azules, formando pequeños nevos pigmentarios.
Por encima de todo ello se sitúa el endotelio, o epitelio anterior, capa prácticamente unicelular, que no es continua en toda su extensión, presentando grandes «agujeros», y que recubre todo este tejido conjuntivo por la parte visible. El endotelio se presenta como una pequeña condensación del estroma sobre el que se sitúa, formado por células poligonales planas. A nivel pupilar, se interrumpe en el reborde del iris; en la superficie periférica se confunde con el endotelio corneal, cambiando de fisonomía en el ángulo que forman la córnea y el iris. A este nivel se sitúan ciertas células con núcleos impregnados de melanina. En la corona del iris, esta pigmentación es más intensa. En los iris azules, que carecen de estos pigmentos, el endotelio es prácticamente invisible al estudio microscópico. Una de las particularidades de este endotelio es ser discontinuo, estando agujereado en numerosos lugares, en los que se sitúan las lagunas y criptas, denominadas en oftalmología estomas de Fuchs. Las lagunas, que nacen a nivel del endotelio y pueden alcanzar una mayor o menor profundidad dentro del estroma, son resultado de la separación de los vasos que circulan en dirección radial, para reencontrarse más adelante. El mecanismo de formación de las denominadas «líneas de curación», según Bernard Jensen, podría deberse a que el endotelio tapiza en ciertos casos la superficie interna de las lagunas, recubriéndolas como si se tratara de un techo.
Irrigaciones arteriales anteriores del iris

Disposición vascular de las arterias y venas en el iris, mostrando un círculo arterial mayor, en el borde entre la esclerótica y el iris, y un círculo arterial menor, a nivel de la corona. De ese círculo menor surgen vasos que llegan hasta el borde pupilar.
A nivel iridológico, sin embargo, es útil diferenciar dos capas principales que no se corresponden con las anteriormente expuestas y que propone Josef Deck: la basal y la superior. En la zona ciliar, más periférica, el iris está habitualmente compuesto por estas dos capas, viéndose la basal en el fondo de las lagunas, o en el lecho de los «desgarros» de la capa superior. Generalmente, la capa superior cubre toda la parte periférica del iris, hasta la zona de la corona (ángulo de Fuchs), mientras la zona pupilar, situada en el centro, tiene una estructura más estriada radialmente, mostrando sin obstáculos la capa basal, ya que la superior no existe.
Vascularización del iris
El estudio de la vascularización del iris se puede realizar exclusivamente sobre los iris claros, en los que es algo visible. El iris humano tiene una gran densidad de vasos en su interior: una cuarta parte del tejido pertenece al sistema circulatorio. A nivel de la corona del iris, los vasos se anastomosan (se unen) entre sí, y forman un círculo arterial y otro venoso. De este pequeño círculo, salen minúsculos vasos radiales que, en dirección interna, se dirigen a la pupila sin llegar a alcanzarla. Las arterias se sitúan por encima mientras las venas se localizan a mayor profundidad. Esto es de gran importancia al estudiar las reacciones de la corona del iris, ya que un signo venoso (profundo) se observará de forma diferente que un signo arterial (más superficial), que presentará una señal marcada más nítidamente. Arterias y venas circulan por parejas, que parecen embutidas en un mismo tubo fibroso. Éste presenta en su interior un tejido conjuntivo laxo, que permite cierta movilidad a cada unidad arteria-vena.
Los vasos del iris suelen formar grandes arcadas y sinuosidades, que caracterizan estructuralmente el tejido conjuntivo del estroma.
El iris, visto de frente, presenta tres capas principales:
•Una zona externa: Ocupa los dos tercios exteriores del iris, denominados zona ciliar, por los que circulan las arterias que parten del gran círculo vascular del iris, situado debajo de la esclerótica. Los vasos corren paralelamente y en dirección radial, hasta formar la siguiente estructura.
•El círculo menor del iris: Está, aproximadamente, a un tercio del radio que va desde el borde pupilar hasta la periferia más cercana a él. Se denomina corona del iris, ya que forma una especie de reborde concéntrico a la pupila.
•Una zona interna: Es el tercio interno del iris, denominado zona pupilar; en ella las arterias, dirigiéndose a la pupila, se hacen cada vez más pequeñas.
En el exterior del borde periférico del iris, ya en la esclerótica, se pueden observar algunos vasos que proceden del círculo arterial mayor del iris (vasos perforantes).
Inervación del iris
El iris recibe sus fascículos nerviosos principalmente de los nervios trigémino, oculomotor y simpático, que tienen su origen en el denominado plexo ciliar. Sus conexiones son extremadamente complejas, pero podríamos decir que se componen de una red sensitiva, que se localizaría en la capa anterior del estroma, de un plexo rodeando los vasos, y de una última red motora, situada en la zona posterior.
Relaciones del nervio óptico con el cerebro

Relaciones nerviosas en el iris humano: el núcleo principal de relación se halla en el tálamo óptico, y de ahí se distribuyen las relaciones hacia las capas superiores del cerebro.
El iris tiene conexión directa con el tálamo óptico, que es el centro principal de la zona del diencéfalo cerebral. Estas conexiones van a través del nervio óptico.
Otro tipo de inervación es la proveniente del sistema nervioso vegetativo, que puede ser de tipo simpático y parasimpático, utilizando cada polaridad unos nervios y núcleos nerviosos diferentes. La vía simpática pone en contacto el iris con la substancia reticular y la corteza cerebral, mediante el núcleo de Edinger-Westphal, acabando principalmente en el esfínter del iris; la vía parasimpática presenta interesantes relaciones con el tronco cerebral, a través de los núcleos de Karpus, el ganglio de Budge y, otra vez, del núcleo de Edinger-Westphal. Las relaciones del sistema nervioso vegetativo del iris demuestran la existencia de una especie de arcos reflejos, que controlan su movimiento y conectan con centros superiores del cerebro, volviendo de nuevo al iris.
Las reacciones vegetativas, además de influir en el movimiento, también están relacionadas con la coloración, ya que se ha comprobado que ciertas células pigmentarias se estimulan con el aumento del tono vegetativo simpático.

Evolución embriológica: En la parte derecha se observa la evolución del feto en su totalidad. En el centro, la evolución del cerebro. A la derecha, la evolución del sector del cerebro que forma el globo ocular.
Embriología
El ojo es una evaginación del cerebro. Esta frase tiene su explicación si estudiamos la formación del iris en el embrión. En las primeras fases embrionarias, el embrión primario forma tres capas principales que, desde dentro hacia afuera, serían: el ectodermo o capa externa, que dará lugar principalmente a los tejidos nervioso y epitelial; el mesodermo, situado en el centro, que dará lugar a las estructuras conjuntivas, vasculares y musculares; y el endodermo, más interno, que dará lugar a otra serie de tejidos, entre los cuales no está el tejido del iris.
Los tejidos del iris provienen, en su inmensa mayoría, de las capas ectodérmica (relación nerviosa directa) y mesodérmica (estructuras vasculares y de sostén). En el embrión de pocas semanas, la zona del cerebro tiene la forma de un tubo, denominándose tubo neural, de él se originarán las diferentes partes del cerebro y cerebelo. La parte anterior de este tubo neural es el prosencéfalo, la parte media se denomina mesencéfalo y la parte posterior, rombencéfalo. En la parte media del mesencéfalo, en el lugar denominado diencéfalo, surgen lateralmente unas evaginaciones ópticas, denominadas al inicio cálices ópticos, posteriormente, vesículas ópticas, que finalmente acaban formando el globo ocular. En una parte algo más avanzada del estado de gestación, el embrión se ve «invadido» por fibras de origen mesodérmico, que al final darán lugar a la mayor parte del tejido del estroma del iris. Los tejidos de origen ectodérmico, por ello, presentan una relación refleja mucho más directa con los núcleos cerebrales (del diencéfalo), y estos tejidos están situados principalmente en el epitelio posterior o capa uveal, en la zona del músculo esfínter y del dilatador.
El ojo humano
Todo lo que hemos citado concierne al iris humano; ahora bien, el iris es sólo una parte, más bien pequeñita, de nuestro ojo. Es cierto que la parte que más nos interesa es el iris; sin embargo, hay que tener en cuenta que muchos de los signos que observaremos están presentes –o modificados– por las estructuras adyacentes al ojo. Es, pues, necesario, hacer un breve repaso de sus estructuras principales, especialmente las situadas en su parte anterior, para averiguar hasta qué punto los signos que observamos en el iris y los ojos son de tipo fisiológico o representan una alteración de la normalidad.
Anatomía del iris

Anatomía del globo ocular humano.
El cristalino divide el globo ocular en dos grandes cavidades, una posterior, más voluminosa, y una anterior. Son las denominadas cámaras anterior y posterior del ojo.
La cámara posterior contiene un líquido viscoso, transparente o casi transparente, que permite la mejor conducción de los rayos luminosos visuales hasta la capa de la retina. En esta «cámara oscura» –por utilizar un vocabulario fotográfico– se sitúa la retina y se producen los impulsos nerviosos visuales que permiten la visión.
La cámara anterior es mucho más pequeña y está bañada por un líquido más fluido, el humor acuoso, que se produce en los denominados procesos ciliares, situados en la raíz periférica del iris. El exceso de producción del humor acuoso se asocia con el temido glaucoma, que puede provocar la pérdida de la visión. Ahora bien, en el centro de la cámara anterior, como hemos dicho, se encuentra el iris, formando el diafragma o abertura a la luz externa. La cámara anterior está limitada en su parte delantera por la córnea, una membrana dura y transparente. Hay otros signos «iridológicos» en la zona de la córnea, y entre los más conocidos citaremos al mal denominado «anillo de colesterol» y al arco senil o gerontoxon. Ambos son signos de envejecimiento de la córnea, y por ello, de ciertas estructuras del cuerpo. Otro signo de envejecimiento, otras veces debido a alteraciones hereditarias graves, son las cataratas, que se sitúan en el cristalino o lente del ojo.
Por todo lo expuesto, se podría decir someramente que mientras la cámara posterior del ojo tiene como función principal la recepción de luz y su transformación en impulso nervioso, la cámara anterior tiene otra puramente óptica, regulando el paso de luz (diafragma del iris) hacia la cámara posterior, a través del cristalino, que separa ambas cámaras y es el «objetivo» de nuestra imaginaria cámara fotográfica.
Conexiones del ojo humano y el cerebro
Uno de los puntos más polémicos de la Iridología quizá sea la posible relación del iris con estructuras superiores del cerebro, a través de las que se pueda transmitir información sobre el estado de los diferentes órganos corporales. Lo cierto es que, a pesar de que los estudios no son muy numerosos, existen indicios razonables que apoyan la hipótesis de la Iridología.
En primer lugar, está la vertiente embriológica. La Embriología Humana es la ciencia que estudia el desarrollo de los embriones humanos, desde su concepción hasta el nacimiento. Esta ciencia nos aporta importantes datos sobre los tejidos primigenios, esto es, sobre el origen primario de los diferentes órganos corporales. A este respecto, y sin extendernos demasiado, se podría decir que el iris humano procede de una capa embriológica (de un núcleo primigenio de células) que también ha formado, a nivel nervioso, estructuras centrales del cerebro medio, como el tálamo óptico, con el que tiene importantes conexiones nerviosas. Orts Llorca, profesor de Anatomía cuya obra ha sido una de las más usadas para la enseñanza de esta ciencia en las facultades de Medicina, dice respecto al tálamo: «es el centro subcortical que reúne toda la sensibilidad, tanto exteroceptiva como interoceptiva[…] y además es el último eslabón de todas estas sensibilidades en su camino hacia la corteza cerebral». El tálamo óptico, según el famoso anatomista alemán Max Clara, «es la puerta de nuestras sensaciones conscientes». Por decirlo de una manera más simple, al tálamo llega un tipo de sensibilidad (propioceptiva consciente) desde todas las zonas del cuerpo humano, y en él se «decide» si esas sensaciones suben a un nivel más alto (o sea, a la corteza cerebral) y se hacen conscientes. Las sensaciones que llegan a este centro cerebral aún no son conscientes, pero a partir de él sí lo son. Citando otra vez a Orts Llorca, podemos decir del tálamo que «estos núcleos no son simples centros de conexión o paso de estímulos nerviosos, sino que sufren modificaciones, actuando como centros de segregación y recombinación de estos estímulos, variándolos en intensidad y calidad». L’Hermite, por su parte, coincide con el anterior al decir que «el tálamo óptico es una especie de analizador, de filtro selectivo de los impulsos de la sensibilidad general». Desde un punto de vista embriológico, pues, es posible esta relación del iris humano con el resto del cuerpo, a través de este centro de coordinación de la sensibilidad: el tálamo.
El homúnculo de Penfield

Los diferentes sectores del cuerpo humano se representan en diversas áreas del cerebro, ocupando mayor o menor espacio según su importancia. Obsérvese que la mano ocupa tanto espacio como el tórax completo.
Otros autores han intentado estudiar las relaciones nerviosas del ojo para dar una explicación a los fenómenos iridológicos; sin embargo, hablaremos de ello más adelante.
El homúnculo de Penfield
Muchos escépticos cuestionan que en el ojo haya un «mapa» que relacione los diversos órganos con localizaciones específicas del iris humano; sin embargo, dentro de la medicina oficial se reconoce la existencia de las denominadas somatotopías, es decir, representaciones a distancia del cuerpo humano en los centros nerviosos o en otras localizaciones diferentes. Además de las localizaciones reflejas de los órganos en las plantas de los pies, en los meridianos de acupuntura o en el pabellón de la oreja –que han dado lugar a disciplinas médicas como la reflejoterapia podal, la acupuntura o la auriculoterapia–, dentro de la más estricta «ortodoxia científica», se ha descrito la existencia del denominado homúnculo de Penfield localizado en una zona del cerebro denominada corteza prerrolándica. Esta zona cerebral (área precentralis) es el origen de ciertas fibras que forman el fascículo motor voluntario del área precentral, y emiten energía nerviosa motora desde el cerebro hacia los órganos periféricos. Penfield y Boldrey observaron que estimulando determinadas zonas de esta área de la corteza cerebral se producía una reacción a distancia en zonas muy precisas del cuerpo, que se correspondían exactamente con un punto cerebral y no con otro. A partir de ello, se desarrolló un esquema humano, el homúnculo de Penfield. El grotesco monigote que representaron tiene, sin embargo, gran importancia clínica en neurología, y presenta unas características superponibles a los hallazgos encontrados en el mapa iridológico. Como se puede observar en el esquema, ciertas áreas, como las manos o la cabeza, presentan una superficie de representación mucho mayor que otras, como el tórax; y en las extremidades, la representación de los dedos es casi tan grande como la del brazo y antebrazo. Esto se debe a que estas zonas están más ricamente inervadas, y en el caso particular del homúnculo de Penfield, es un área motora que rige el movimiento, del que los dedos son un exponente de su precisión. Es probable que en el mapa del iris no suceda así, pero hay que tener en cuenta que la disposición que tenga no ha de estar forzosamente en relación directa con el tamaño del órgano, sino de la importancia que éste tenga en el equilibrio del sistema corporal.
Bases neurológicas y embriológicas del diagnóstico por el iris
El estudio del desarrollo e inervación del iris humano puede ayudarnos a comprender un poco mejor las bases profundas de la reflexologia irídica. La presentación somática en la topografía del iris no tiene porque ser una cuestión de magia o una cuestión «sobrenatural». Hay muchos factores que nos inducen a creer que existen unas bases fisiológicamente demostrables (aunque poco estudiadas, eso también es cierto), que apoyen la existencia de unas topografías somatotópicas índicas, al igual que existen en otros lugares del cuerpo (pabellón auricular, pies, manos, cisura prerrolándica, etc.).
Bases embriológicas
Tal y como hemos visto, «el ojo es una evaginación del cerebro». Esta sentencia anatómica y embriológica no es sencillamente una frase bonita: por el estudio embriológico del iris se pueden observar datos bastante significativos. En el embrión humano existe una estructura denominada tubo neural, formada a partir de una de las tres hojas germinales, el ectodermo, que es la capa germinal que dará lugar posteriormente al tejido cerebral, y a la piel, principalmente. En fases precoces del desarrollo del tubo neural, ya se distinguen anatómicamente tres zonas determinadas, que posteriormente darán lugar a diferentes porciones del sistema nervioso central cefálico, a saber:
•El prosencéfalo, anterior;
•El mesencéfalo, en la parte media;
•El rombencéfalo, posterior.
En este libro nos interesa ante todo la porción mesencefálica del tubo neural, de la que surgirán posteriormente las estructuras oculares.
En la parte lateral del mesencéfalo surgen las denominadas vesículas ópticas, en forma de evaginación del tubo neural. En esta fase del desarrollo, el mesencéfalo aún conserva una cierta unidad estructural, pero en la fase posterior, la zona de la cual han surgido estas vesículas ópticas viene a formar parte de la subdivisión de la porción mesencefálica del tubo neural, a saber; el diencéfalo.
Es interesante recalcar esto, puesto que las estructuras oculares, en gran parte, provienen de la misma cepa de células embrionarias que otras estructuras diencefálicas que posteriormente citaremos, tanto en la parte de la embriología, como en la de inervación.
Esta vesícula óptica antes citada evoluciona posteriormente hacía la cúpula o cáliz óptico, dentro del cual, en el curso del tiempo se forma la vesícula cristalina, precursora de la lente ocular. Hasta este punto, todas las estructuras oculares, y del iris, por supuesto son de un origen exclusivamente ectodérmico. En una fase posterior, esta cúpula óptica ectodérmica se ve «invadida» por la penetración de tejido mesodérmico que dará lugar en gran parte al estroma del iris, así como a su vascularización; sin embargo, no se puede hacer una separación más que a efectos de clasificación anatómica e histológica de las diferentes zonas embriológicas.
Se puede afirmar que el iris desarrollado presenta unas estructuras puramente ectodérmicas, «tejido cerebral puro», por decirlo de una manera vulgarizadora; y otras estructuras que son mezcla de ectodermo y mesodermo.
Las estructuras ectodérmicas serían:
•El epitelio posterior o capa uveal.
•El músculo esfínter.
•Posiblemente, también el músculo dilatador (se discute si su origen es ecto o mesodérmico; a un nivel puramente histológico, se ha de incidir en que está íntimamente unido a la capa uveal, de origen ectodérmico).
Las estructuras meso-ectodérmicas serían todo el estroma del iris, puesto que si bien el estroma en sí es mesodérmico, la rica inervación que presenta es de origen ectodérmico. La vascularización del estroma es mesodérmica, la inervación de ésta, ectodérmica.
Un dato a tener en mente es que el iris posee los únicos músculos de la estructura corporal de origen ectodérmico; todo el resto del sistema muscular proviene de otra capa germinativa. Es un hecho que ha hecho reflexionar a muchos anatomistas, pero a su vez es indudable que el músculo esfínter proviene de esa capa germinativa.
Así pues, el ojo es una evaginación diencefálica. Para poder establecer unas relaciones neurológicas, y más ampliamente unas relaciones somáticas a nivel reflejo del iris, será interesante observar las diferentes estructuras y núcleos diencefálicos para comprender sus relaciones. En este campo, nos encontramos con que el principal núcleo del diencéfalo es el tálamo óptico, centro que recoge toda la sensibilidad corporal, como veremos más adelante.
Relaciones neurológicas del iris humano
La mayoría de los autores que han realizado trabajos sobre Iridología, y que comentan las relaciones neurológicas, suelen presentar, salvo pocas excepciones, una visión parcial sobre el tema, no comentando todas las relaciones existentes. En este apartado trataré de hacer un resumen de todas estas relaciones, aún a sabiendas de que estas relaciones se basan tan sólo en los primeros eslabones de la cadena, y de que cuando estudiamos las conexiones cerebrales, muchas veces se ha de tratar más sobre hipótesis que sobre hechos comprobados, ante su magnitud y la dificultad de establecerlas con certeza.
Podemos decir que la inervación del iris, al igual que el resto de los órganos corporales, presenta dos relaciones principales:
•La del sistema nervioso central.
•La del sistema nervioso vegetativo, divisible en sistema parasimpático y en sistema simpático.
La vía parasimpática confiere el tono al músculo esfínter pupilar, debido a ello, una hipertonía de este sistema nos conducirá a una miosis, nos dará el tono constrictor del iris. Presenta una vía de salida aferente, y una de entrada eferente. La vía aferente sale del iris a través del nervio óptico, se dirige el área pre-tectal, pasando luego al núcleo de Edinger-Westphal, a partir del cual se establecen conexiones con la sustancia reticular y con la corteza cerebral. La vía eferente cierra el circuito que ha iniciado la vía aferente. Esta vía se inicia en el núcleo de Edinger-Westphal, por el ganglio ciliar, y de ahí el músculo esfínter del iris.
La vía parasimpática consta de un arco reflejo cerrado con cuatro neuronas. La vía simpática nos da el tono dilatador del iris, así una hipertonía simpática nos producirá una midriasis. También consta, como es lógico, de una vía aferente y otra eferente. La vía aferente presenta tres trayectos principales de salida, que son:
1) Vía retinal: Es la misma que la vía aferente parasimpática, terminando en el núcleo de Edinger-Westphal.
2) Vía hipotalámica: Se dirige hacia el centro de Karpus y Kleidl, pasa al tronco cerebral y finaliza en el centro cilio espinal de Budge.
3) Vía medular: Saliendo del iris pasa a los ganglios de la columna parasimpática visceral, y de ahí alcanza el centro cilioespinal de Budge (son bastante desconocidas las aferencias y eferencias que presenta el citado centro de Budge).
La vía eferente simpática se inicia en la médula espinal, pasando posteriormente al ganglio estrellado, al ganglio cervical superior, y finalmente alcanzando el nervio oftálmico, una de cuyas ramas son los nervios ciliares cortos, que inervan al músculo dilatador del iris.
Las relaciones neurológicas del sistema nervioso autónomo nos demuestran la existencia de una especie de arcos reflejos que controlan la motricidad del iris. Las conexiones con otros centros superiores, y con el resto de órganos corporales son posibles, pero no están completamente demostradas por la complejidad estructural que presentan al análisis; pero a nivel clínico se observan que las reacciones vegetativas influyen no sólo en los movimientos pupilares, sino también en la coloración, que está íntimamente ligada a la intervención adrenérgica.
La vía del sistema nervioso central
Quizás es la parte menos estudiada de las relaciones neurológicas del iris. En general, se trataría de la vía óptica que transmite los impulsos y sensaciones captados por la retina. El iris presenta una capa posterior que es la denominada retina ciega, pero estas relaciones centrales no tienen porque circunscribirse exclusivamente a esta capa. Por otro lado, tan sólo se ha estudiado en autonomía la vía aferente, siendo también factible la existencia de una vía eferente, aún por descubrir, tal como lo demuestran ciertas observaciones clínicas de la australiana Dorothy Hall, y alguna que he podido observar personalmente.
El tálamo óptico es, según expresión del anatomista alemán Max Clara: «La puerta de nuestras sensaciones conscientes». El tálamo es el centro que recibe toda la sensibilidad corporal, tanto la exteroceptiva como la interoceptiva. La sensibilidad del cuerpo (excepto la de la cara), llega al tálamo mediante los fascículos de Goll y Burdach. Por otra parte, el fascículo espinotalámico conduce hasta este núcleo la sensibilidad térmica y dolorosa.
El tálamo es un centro de reunión de la sensibilidad a nivel subcortical, antes de alcanzar la corteza cerebral. En enfermos con alteraciones talámicas hay una sensación alterada del dolor y de la percepción, así, puede parecer que les degüellen cuando tan sólo se están afeitando, o viceversa. Se podría decir que el tálamo óptico es el centro que decide qué sensaciones se harán conscientes, así como la magnitud que se le ha de dar a cada una de ellas. En el tálamo se hacen conscientes determinadas sensaciones, otras se hacen conscientes a nivel cortical.
Ciertos autores han tratado de establecer una somatotopía a partir de las raíces nerviosas que entran en la médula espinal (por ejemplo, Jean Bossy, catedrático de anatomía y organogénesis en Montpellier), pudiendo establecerse una topografía medular. También se ha establecido la posibilidad de que exista a nivel talámico. Pero el intento más clásico de todos lo realizó Penfield, estableciendo, tal y como ya hemos visto, su homúnculo que se sitúa a nivel de la cisura prerrolándica, en un área motriz de la corteza cerebral. Este homúnculo pudo ser comprobado porque se trataba de un área motriz, la cual al ser estimulada provocaba reacciones a distancia. A nivel de conexiones aferentes, y de sensibilidad, no estamos hoy en día en condiciones para demostrar su existencia, aunque es lógico y razonable suponer su existencia en numerosas localizaciones cerebrales. Si se hace una comparación entre las relaciones de los diferentes órganos con el homúnculo de Penfield, se observará una relación asombrosa en el mapa irídico convencional.
Otras relaciones reflexoterápicas más o menos comprobadas establecen las somatotopías auriculares, los podales, las de la palma de la mano. A un nivel más lejano, pero dentro de la reflexología tendríamos los meridianos de acupuntura, y las zonas reflejas de Head.
No hay, por tanto, que aclamar la ortodoxia científica para tratar de hundir las bases en las que se apoya la Iridología; estas bases presentan unas premisas científicamente aceptables, y para su comprensión tan sólo se necesita una mentalidad abierta a nuevos métodos y un mínimo de espíritu crítico libre de prejuicios.
Constituciones del iris
El concepto «constitución irídica» lo explicó recientemente la escuela alemana introduciendo una idea interesante: las tendencias constitucionales. Son un factor clave para comprender el qué y el cómo de la Iridología, porque, no nos cansaremos de repetirlo, en Iridología siempre observamos signos que indican tendencias o probabilidades hacia determinados problemas, pero nunca podremos aseverar categóricamente que un paciente ha de padecer determinada patología.
Dentro de las constituciones se engloban todos los iris existentes, es decir, siempre se pertenece a un tipo o subtipo; y cada uno de ellos tiene una tendencia distinta a enfermar, e incluso a sanar.
El concepto de constituciones se relaciona con los tipos patológicos o diátesis de la Medicina Homeopática, con la Medicina Funcional, o con la moderna escuela francesa de la Medicina del Terreno. Sin recurrir a ciencias tan modernas, ya en la Antigüedad se consideraron los diferentes tipos constitucionales (Kühne, especialmente; Kreschtmer, algo después) como tendencias a enfermar de los diferentes tipos constitucionales físicos.
Deck definió los tipos constitucionales como genotipos, esto es, caracteres ligados a la herencia y no modificables en el transcurso de la vida. Ello, sin embargo, no es ninguna novedad, ya que los primeros estudios sobre herencia del famoso Mendel ya incluían el color de los ojos como un factor ligado a la herencia.
Por una simple obligación del esfuerzo clasificatorio, los tipos constitucionales del iris son cerrados; pero la variabilidad de los iris humanos es inmensa, y en la práctica nos encontramos con tipos mezclados, que en muchas ocasiones son difíciles de clasificar de manera tajante. En estos casos, las tendencias patológicas están mezcladas, y la variabilidad es mayor.
Existen en esta clasificación tres grandes grupos que se pueden definir como: 1) Constitución linfática, 2) Constitución hematógena y 3) Constitución mixta. Más sencillamente se podrían clasificar en: 1) Iris azules, 2) Iris marrones y 3) Iris mixtos, teniendo cada uno de ellos diferentes subtipos constitucionales, específicos o comunes.
QSM, 47 años. Iris hidrogenoide, con presencia de copos linfáticos numerosos, intensos y de color intensamente claro. Vegetariano desde nacimiento (obsérvese la gran claridad y nitidez del iris), presenta con cierta frecuencia congestión en los ganglios linfáticos, algún problema en la piel y ha sido recientemente diagnosticado de hipertensión arterial. Obsérvese que presenta signos de hipertonía neurovegetativa expresados en el color intensamente blanco y luminoso. Paciente sin patología de importancia pero con gran sensibilidad emocional y problemas cutáneos frecuentes (pupas, costras, herpes…).
Constitución linfática
Los iris claros, esencialmente los azules, se encuadran dentro de la gran constitución linfática, que tiene como características principales la presencia de un color azul claro, azul-grisáceo o diferentes tonalidades de gris, estando la corona nerviosa autónoma resaltada por una tonalidad más clara. Las fibrillas radiales de la zona ciliar son visibles, algo serpenteantes y, en ciertas zonas, bordeadas por hilillos claros. Por esta última razón algunos autores también denominan a esta constitución como tipología fibrilar.
Dentro de la constitución linfática existen diferentes subtipos que describimos a continuación:

Constitución linfatica: BND, 42 años. La tipología fibrilar en los iris azules nos muestra relieves suaves, blanquecinos, que nos marcan la tendencia alérgico inflamatoria propia de esta constitución.

NDB, 35 años. Mujer, diagnosticada de esquizofrenia, primeros brotes hace ocho años. Un intento de suicidio con fracturas múltiples de costillas y fémur. Posteriormente a la realización de la diapositiva, se suicidó. Se observan en este iris unos rasgos típicamente neurogénicos, como la apariencia grumosa de los signos, la ondulación característica de las fibras, así como la presencia de amplias áreas del iris con una tonalidad más clara o brillante, indicando áreas de intensa actividad nerviosa.

DH, iris linfático o fibrilar, de buena constitución. Las fibras del iris aparecen finamente marcadas dando una sensación de luminosidad.
JBD, 52 años: ácido úrico y diabetes no insulinodependiente. Se trata de una diátesis de ácido úrico, aunque es frecuente también observarla en personas que no tienen los uratos elevados. Obsérvese la deformación pupilar a las 7h que se relaciona con un pigmento y una rotura de la corona en la zona más periférica. Un posible signo degenerativo a vigilar.

TDH, varón, 37 años, iris derecho: Diátesis de ácido úrico. Viene a consulta por presentar una caspa seborreica en la cabeza de difícil resolución. Los niveles de ácido úrico son normales, el colesterol muy discretamente elevado. El iris nos muestra una toxemia roja, cobriza, que se extiende por toda la zona intestinal y hacia la zona de la cabeza, especialmente en la zona frontal. El tratamiento debe dirigirse en primer lugar a la corrección de los desarreglos digestivos.

KMB, varón, 43 años. Tipología de debilidad conjuntiva. Acude a consulta por presentar gastritis y flatulencias de larga evolución. El iris nos muestra una hipertonía del anillo del estómago, junto a la pupila, y una zona intestinal laxa, dilatada, que nos marca las digestiones pesadas. El resto del iris está formado de tejido conjuntivo muy laxo, que nos indica debilidad conjuntiva general del organismo.
Subtipo linfático puro
Es la constitución básica, sin modificaciones, cuya descripción se explicó en las líneas anteriores, con el estroma ondulado. La tendencia patológica es hacia un aumento de la reactividad del sistema linfático, que se puede mostrar especialmente irritable en garganta, nariz y oídos, así como en la zona broncopulmonar y en las mucosas digestiva, de la vejiga urinaria y genital. Las afecciones catarrales de estas mucosas son frecuentes y representan la vía preferente de eliminación de un sistema linfático hereditariamente sobrecargado. Si se hace una historia familiar, probablemente observaremos una tendencia linfática común a otros miembros de la familia. En estos casos se evitará el exceso de productos lácteos y se hará ejercicio físico intenso, para mantener en circulación el sistema linfático, que tiene una tendencia a la congestión. Cuando ésta se produce, suele intensificarse la eliminación de moco catarral, lo que, aunque beneficia el proceso de eliminación, puede provocar bastantes trastornos en la salud del individuo.
Subtipo neurogénico
En este subtipo, las fibrillas radiales del iris se suelen encontrar aclaradas (coloración blanca, usualmente), y su trayecto es, por regla general, más sinuoso y serpenteante que en la constitución linfática básica. La zona de la corona también suele tener una coloración clara. No es infrecuente un reborde pupilar rojizo (denominado anillo de neurastenia por Deck). En este subtipo se suele observar con mayor frecuencia penachos de fibras, claros y ondulados, que Maubach denominó muy gráficamente «cabellos peinados». El iris nos denota de esta manera que la principal característica del paciente son la hipertonía vegetativa y los posibles fenómenos producidos por su desequilibrio. Por ello, dentro de ese subtipo tendremos a muchos enfermos hipocondríacos, con multitud de síntomas funcionales, predominando los espasmos, especialmente los vasculares (como la migraña vasomotora), los achaques del sistema nervioso, los síntomas dolorosos digestivos u osteomusculares, ligados al estado nervioso del paciente, etc. En estos casos es muy importante hacer ejercicio, ya que éste moviliza la circulación linfática y proporciona oxígeno al sistema nervioso. La relajación corporal es también un tratamiento de máxima importancia.
Subtipo hidrogenoide
Es similar al de constitución linfática, pero, a diferencia de aquél, presenta un rosario linfático, localizado en la parte periférica de la zona ciliar (zona linfática), en forma de copos claros, finamente delimitados. El iridólogo Schnabel los denominó «tofos». Aunque se localizan en cualquier zona del anillo linfático del iris, existe cierta predilección por la zona torácica y abdominal, así como por el cuadrante nasal inferior. Esta tipología indica una mayor predisposición hacia las enfermedades de tipo reumático, con una notable tendencia alérgica (de hecho, es perfectamente posible la presencia de eccemas, asma, rinitis, diarreas alérgicas e incluso migraña de base alérgica), así como afecciones del sistema respiratorio, con formación de moco. Dado que el fenómeno alérgico está estrechamente ligado a una hiperreactividad del sistema linfático, se podría decir que en esta constitución el organismo sobrecargado de toxinas y residuos metabólicos tiene una mayor dificultad de eliminación y una mayor reactividad neurovegetativa (aunque esto no siempre resulte cierto) y, al igual que en la tipología linfática básica, la vía ideal de eliminación debería ser también la eliminación catarral de las mucosas anteriormente citadas; en muchos casos se necesita una «ayuda» terapéutica para desencadenarla. La tendencia patológica del individuo hidrogenoide es similar a la del subtipo linfático, aunque la presencia de los copos de congestión linfática indicará las zonas más afectadas (signo de carácter topoestable).

CWW, 33 años, varón. Vegetariano, sin patología de importancia. Tipología de debilidad conjuntiva. La claridad y transparencia de la cornea, que permite una buena visión de las fibras del iris, parece ser una característica bastante común entre las personas vegetarianas. El iris, sin embargo, nos marca debilidades estructurales del tejido conjuntivo que se podrían manifestar en el futuro.
Subtipo de orina ácida (o de ácido úrico)
Esta denominación resulta poco afortunada, pero es la que se utiliza con mayor frecuencia, por lo que la vamos a mantener. Este subtipo no es exclusivo de la tipología linfática, ya que también se puede presentar en la constitución mixta, e incluso, aunque más raramente, en la hematógena. En los iris linfáticos se parece al hidrogenoide, pero, a diferencia de éste, el rosario linfático no lo forman copos bien delimitados, sino nubes difusas, como manchas espesas que en ocasiones pierden la típica forma en nudillos, para extenderse como una bruma circular alrededor de la zona linfática; en los casos más importantes llega a invadir la zona cutánea, emitiendo radios o manchas hacia la corona o collarete. Estas nubes suelen ser de color blanco, aunque no es raro que tomen un tono amarillento e incluso anaranjado, más intenso cuanto mayor sea la pigmentación básica del iris. La predisposición patológica de este subtipo es esencialmente de acumulaciones metabólicas, sobre todo por déficit en la eliminación de ácido úrico (cálculos renales de uratos y oxalatos, artritis úrica, etc.); y como elemento final crónico, la artrosis ósea, en su más amplio sentido. En tal caso se evitará la carne y el consumo de sal en las comidas a fin de no sobrecargar innecesariamente los sistemas depuradores del organismo. Estará indicado algún tratamiento dietético, como el jugo de apio y perejil, por ejemplo, para estimular la eliminación urinaria que se observa congestionada.
Subtipo con debilidad en el tejido conjuntivo
Como otros subtipos, éste tampoco es exclusivo de los iris linfáticos, pero aparece más frecuentemente en éstos. El tipo de tejido conjuntivo débil se presta a diagnósticos muy exagerados a los ojos del inexperto, ya que suele presentar una abundantísima presencia de lagunas, con una densidad del iris más bien pobre, y con una corona difícil de valorar, ya que cuesta precisar su contorno. Éste, además, suele estar erráticamente descentrado. En estos casos, los más arriesgados e inexpertos optan por «sentenciar» a sus pacientes con innumerables debilidades, cuando suele tratarse de una debilidad del tejido conjuntivo, del que el iris humano es muy rico. La pérdida de tono del tejido conjuntivo de sostén ocasiona que encontremos iris muy bellos. El iridólogo distingue con facilidad múltiples lagunas de forma vacuolar, dentro de las cuales se pueden ver con frecuencia fibrillas más o menos deshilachadas en diferentes niveles. La predisposición patológica la determina en este caso la debilidad del tejido conjuntivo, dándose una tendencia a la flacidez de los órganos ricos en él.
Los prolapsos de órganos son más frecuentes –por ejemplo, estómago en anzuelo, colon transverso caído, prolapsos vaginales o uterinos, etc.–, así como los fenómenos de falta de tono venoso, como varices y hemorroides. En todos estos casos nos hallamos ante una tendencia moderada hacia la debilidad del sistema ligamentoso, que podría provocar mayor propensión a las distensiones y luxaciones de origen tendinoso. Estos individuos pueden padecer una insuficiencia en la asimilación de calcio corporal; por ello, en el tratamiento de este subtipo constitucional se habrán de tener en cuenta los tónicos y estimulantes digestivos, los ejercicios tónicos venosos, etc.
Existe un tipo de iris con debilidad en el tejido conjuntivo, que presenta una disposición en forma de lagunas muy grandes rodeando el collarete; ciertos autores, como G. Schneider, lo denominan iris poliglandular, y es similar al iris margarita que comentaremos más adelante. En este caso, al estar más dilatada la zona intestinal se puede detectar la tendencia a padecer alteraciones relacionadas con un tránsito digestivo lento o irregular (flatulencias, gases, dispepsia, estreñimiento, digestiones largas y pesadas, etc.).
Este tipo constitucional también se comenta en el apartado dedicado a la densidad del iris.
Constitución hematógena
Los iris con constitución hematógena son aquellos iris marrones, cuyo color va desde el avellana claro al extremadamente pigmentario, que se observa en los individuos de raza negra. En este caso hay que decir, sin embargo, que la delimitación de los subtipos hematógenos es, en general, más pobre, debido a que la pigmentación oculta bastantes signos que de otro modo serían visibles en los iris claros. Por ello, las señales agudas se aparecen a la exploración iridodiagnóstica como desgastes del color básico (más o menos como si se hubiera frotado un sector del iris con papel de lija), mientras que todo signo claro se observa con mucha mayor dificultad.
Subtipo hematógeno puro
Es el iris marrón, sin las características de los subtipos que a continuación citamos. La predisposición básica es hacia los desórdenes glandulares (tanto de glándulas de secreción interna como de secreción externa), incluyendo al sistema linfático y cierta propensión a las transformaciones malignas. Deck cita, dentro de este subtipo, la tendencia discrásica, por alteración de los humores circulantes en el organismo. En ciertos casos podemos observar el signo del iris de terciopelo, que se presenta como un granulado fino que salpica especialmente la zona humoral y la corona. En estos casos habremos de averiguar si existe alguna alteración en la asimilación del calcio o del yodo (tiroides), que en muchos se debe a una secreción escasa de jugo gástrico.

VS, iris derecho, mujer, 31 años: El iris de terciopelo es un tipo de iris hematógeno que se caracteriza por presentar una textura como de velludo, indicando en general una gran fortaleza física. La presencia de anillos nerviosos es frecuente, al estar el tejido bien distribuido deja notar con mayor facilidad los accidentes del terreno irídico.

DBS, 41 años, mujer, iris derecho. Constitución hematógena, iris de terciopelo. La superficie del iris presenta una textura que semeja a esta tela. Se trata de un iris de buena fortaleza, en una persona que recientemente le han descubierto unos niveles de colesterol ligeramente elevados.

UEQ, mujer, 30 años, iris derecho. Tipología tetánicolarvado. Acude a consulta por presentar migrañas de repetición y digestiones pesadas con estreñimiento. Se observa un iris de buena constitución general, pero intensamente fragmentado por el entrecruzamiento de los anillos nerviosos (arcos circulares) y los rayos solares (surcos radiales). Los primeros nos indican exceso de tono nervioso, mientras que los segundos nos indican una disfunción digestiva.

BDQ, 50 años, varón. Digestiones lentas. Años después de la fotografía se le diagnosticó cáncer de estómago de patrón intestinal, falleciendo dos años más tarde. Se trata de un iris en margarita, que es la expresión de la tipología de debilidad del tejido conjuntivo en los iris marrones. Obsérvese que la debilidad conjuntiva se extiende casi exclusivamente por la zona intestinal, mientras que el resto del iris conserva una constitución relativamente buena. La zona del estómago nos muestra signos de gastritis crónica, con un área estomacal más clara, pigmentada, y más ancha de lo normal.
Subtipo tetánico larvado
Aunque no se encuentra sólo en los iris de color marrón (hasta uno de cada diez iris azules también lo presentan), el subtipo tetánico larvado se considera dependiente de la constitución o tipología hematógena. El signo más característico y que llama poderosamente la atención, es la presencia de numerosos anillos nerviosos, que deforman moderadamente el estroma en la zona ciliar (mitad periférica de la zona ciliar). La presencia de éstos arcos denota una tendencia espástica muy elevada, dando una mayor probabilidad de padecer alteraciones tiroideas (especialmente hipertiroidismo), problemas psíquicos, epilepsia y numerosos problemas espásticos localizados en zonas diferentes del cuerpo (genitales femeninos, sistema digestivo, etc.). En estos casos el individuo suele sentirse con frecuencia bajo una tensión molesta, con exceso de estrés, lo que a la larga le puede causar problemas espásticos digestivos e incluso úlcera gástrica, colitis, etc. Su actividad neurovegetativa tiende al exceso de función nerviosa.
Constitución mixta
Subtipo mixto puro o biliar
La constitución mixta es de transición entre la hematógena y la linfática. Si nos guiáramos exclusivamente por su pigmentación, se podría considerar hematógena, pero si la observamos detenidamente con un microscopio binocular o en irisgrafías, observaremos que también se trata de una tipología fibrilar. Presentan una capa pigmentaria débil sobre una base azulada, que se deja entrever a través de la capa pigmentaria superior (capa superior del estroma). Esto se debe a que su pigmentación es débil y sólo suele afectar a las capas más superficiales del iris.
La tendencia constitucional de los iris mixtos puros es, en ocasiones, similar a la de los iris azules; a menudo se ha denominado «tendencia reumática-catarral». Theodor Kriege cree que en ciertos casos es producto de una insuficiencia de la secreción renal. Sin embargo, entre los síntomas más frecuentes están los de tipo biliar, por una sub-deficiencia del hígado o del páncreas, o ambos, con una notable tendencia al estreñimiento. En estos casos es importante no abusar de grasas y fritos, comer abundantes frutas y verduras frescas (son ricas en fibra), y evitar las comidas copiosas, para estimular y descongestionar la zona hepático-pancreática.
Subtipo ferrocromatosis
Deck establece, dentro de la constitución mixta o biliar, este único subtipo exclusivo (otros, como la diátesis lipémica o el de debilidad del tejido conjuntivo, también pueden pertenecer a la constitución mixta). En este subtipo se observan pigmentos amarillentos o parduzcos en la zona del collarete; otros autores las han considerado señales de acidosis. Él llegó, en 1952, a la conclusión de que los pacientes con estos iris padecían con más frecuencia alteraciones hepáticas no dolorosas, con gran cansancio y astenia, y una clara elevación de los niveles de hierro.
Subtipo general de diátesis lipémica
Cuando aparece un importante anillo de colesterol en un iris, Deck lo denomina diátesis lipémica. Sin embargo, es probable que no se trate de un subtipo por sí mismo, ya que los iris, independientemente del anillo de colesterol, pueden encuadrarse en uno u otro tipo o subtipo constitucional. La presencia de este subtipo general hace sospechar una posible disminución de la función hepática, del sistema cardiovascular, o de alguna función hormonal, con deficiencia en la absorción y equilibrio mineral del cuerpo. En esta diátesis funcional de congestión toxémica no se puede precisar si se trata de un exceso de colesterol, de sodio o de otro mineral. Si, además del anillo de colesterol, podemos catalogar el tipo de estroma que presenta el iris en otro subtipo, la tendencia patológica estará relacionada con este segundo tipo de clasificación que hagamos.

FA, 72 años, varón. Hipertensión y colesterol, arteriosclerosis moderada. Sobre un fondo constitucional de debilidad conjuntiva (tipo iris margarita) se desarrolla la diátesis lipémica en forma de anillo de colesterol, y pigmentación marronácea especialmente en la zona pupilar y de la corona del iris.

SHF, mujer, iris izquierdo, 47 años. Posible síndrome de fatiga crónica. Acude a consulta por presentar crisis de falta de energía de 1 año de evolución, con episodios esporádicos de anemia por falta de hierro. A las 3 horas se observa un pigmento de porfina importante; otros pigmentos se observan a las 5h 30’ y a las 8h 45’ (área genital y linfáticos del cuello) donde tambien se observan señales claras de inflamación. Entre las 5h 30’ y las 6 se observa una acumulación de signos de alto valor pronóstico: pigmentos de rufina-porfina; áreas amplias de fibras claras indicando debilidad e inflamación; y rotura de la corona indicando alteración neurovegetativa.

CTV, mujer, iris derecho. Tipología biliar. El iris está sobrepigmentado de color amarillo ocre y presenta pigmentos de rufina-fucsina, así como uno a las 2h 30’ de porfina, indicando una posible disfunción hepática. Presenta además numerosos anillos nerviosos. La paciente padece de fibromialgia, de un año de evolución. El iris nos indica que se debería hacer una dieta de depuración hepática antes de empezar a poder notar cambios en su proceso doloroso.
Subtipo de iris en margarita
Aunque algunos iridólogos lo consideran subtipo, especialmente de los tipos hematógeno y mixto, en este libro lo explicaremos con más detalle en el capítulo dedicado al sector intestinal, dado que sus indicaciones diagnósticas se refieren especialmente a este órgano.
Consideraciones finales
A partir de esta clasificación, algo complicada y quizá en exceso perfeccionista (ya hemos dicho que en la práctica no existen los subtipos, sino mezclas de ellos en mayor o menor proporción), nos puede ser muy útil llegar a una tendencia patológica constitucional, ya que nos dará una idea de la posible evolución de la reactividad del paciente al que estemos tratando.
Los tipos constitucionales, al abarcar a toda la población, no pueden interpretarse como señales patológicas (anormales), sino fisológicas (normales), y nunca deben ocultar la realidad que se expresa con la historia clínica del paciente.
Otras escuelas han desarrollado algo más el modelo de los tipos constitucionales, especialmente la francesa de Iridología del Terreno, que proponen los doctores Masson y Lancel. Esta escuela establece treinta o cuarenta tipos patológicos diferentes, que pueden ser de interés para comparar con la práctica clínica, pero que tal vez adolecen del defecto citado al exponer la diátesis lipémica: establecen un tipo constitucional a partir de un signo determinado. Este hecho anula parcialmente la teoría clásica constitucional, tal como la entendían los primeros iridólogos que la investigaron.
El iris y la edad del individuo
El iris infantil
La observación del iris de niños de corta edad no sólo es tremendamente difícil de realizar, sino que en muchos casos consigue resultados decepcionantes… salvo que hagamos un estudio a largo plazo. ¿Quién no ha oído decir alguna vez que «todos los niños nacen con los ojos azules»? Algo tiene de cierto, ya que hasta los cuatro o cinco años de edad la pigmentación del iris no adquiere su tonalidad definitiva. Al igual que otros muchos sistemas orgánicos, en la infancia hay procesos de desarrollo de órganos vitales que no se acaban hasta una edad mayor. El iris es uno de ellos.
Además de todo esto, los niños, por naturaleza, tienen unos párpados más regordetes, que a menudo obstaculizan la exploración fotográfica y con lupa o microscopio. Esto es especialmente evidente en niños recién nacidos o con pocos meses de vida. En estos casos, la densidad del iris está bastante conformada, pero existe ausencia de una pigmentación, que se forma hasta los cinco o seis años de vida.
El niño es, además, difícil de explorar. Su natural inquietud y sorpresa hacia la luz, el aparato fotográfico o el microscopio hacen que la tarea de explorar un iris infantil (hasta los tres o cuatro años de edad) sea harto compleja. Cuando se enfoca bien una señal, el niño se mueve y estropea la exploración. Con frecuencia además resulta muy difícil conseguir que el niño permanezca con el ojo enteramente abierto.
En muchas ocasiones presentan, sin embargo, signos importantes, como pigmentaciones, coloraciones, debilidades determinadas, aun sin padecer ningún proceso de enfermedad importante. En estos casos convendrá hacer un estudio familiar para observar si estas debilidades son heredadas.
El iris linfático-alérgico
Hay cierto tipo de niños, generalmente con ojos azules, que tienen una disposición especial en el iris; ésta nos indica una tendencia a la sobrecarga linfática o a procesos alérgicos. En unos casos, se puede observar una zona bastante ancha de la piel oscurecida, delatando una deficiente eliminación por la piel. Este fenómeno suele indicar una tendencia alérgica (asma, bronquitis espástica, dermatitis alérgica, conjuntivitis, incluso jaqueca). En otros casos, observamos la presencia de nódulos linfáticos claros, con fibras brillantes e hipertónicas. Este segundo tipo de signos indica el potencial estado de congestión linfática corporal.
Este tipo de iris, en sus dos variantes, es bastante frecuente en muchos niños que padecen otitis, sinusitis, amigdalitis, fiebres de repetición, o problemas de una índole estrictamente alérgica, como tos espástica, asma bronquial, colitis alérgica del lactante, erupciones en la piel, etc.
Muchas anomalías congénitas no se observan en el iris: he conocido niños con enanismos, malformaciones genitales o síndrome de Down, que carecían de signos inequívocos de su enfermedad.
El iris senil
En el extremo opuesto de la vida, encontramos los iris de las personas ancianas, que suelen presentar una serie de características diferenciales opuestas en muchos casos a las que hemos citado en los niños.
En primer lugar, el tono neurovegetativo suele ser de predominio parasimpático y débil, lo cual se manifiesta por una tendencia a la miosis (contracción de la pupila) y debilidad de los reflejos pupilomotor y consensual; éstos pueden estar casi abolidos, sin que ello indique necesariamente un problema neurológico. La falta de tono energético del anciano se muestra en el iris con este signo que, de aparecer en personas de menor edad, hará sospechar un «envejecimiento» prematuro del sistema de equilibrio neurovegetativo.
El color del iris del anciano suele tener una tonalidad mate (parecida a la que provoca lavar repetidamente un pantalón tejano), perdiendo el brillo que habitualmente se observa en personas de corta edad, a partir de los cuatro o cinco años.

BCB, 21 meses, varón, iris derecho. Sin otra patología previa, posteriormente desarrolló conjuntivitis, rinitis y bronquitis de repetición, especialmente por alergia al pelo de gato. Iris infantil de constitución linfática con una debilidad constitucional e hipertonía neurovegetativa en el área comprendida entre las 2 y las 4h, que se corresponde con la zona de linfáticos cefálicos.

QCG, 73 años, varón, iris izq. Se trata del abuelo de BCB (foto anterior), quien presenta también una constitución linfática con características similares. La pupila está discretamente deformada entre las 7 y 9h. Presenta además un arco senil incipiente que se corresponde con un cuadro de microtrombosis cerebral y enfermedad de Alzheimer incipiente que marcan una arteriosclerosis relativamente importante.

FBI, 92 años, varón, id. Vegetariano, falleció cuatro años después por síndrome de la clase turista tras haberse sometido a una intervención por fractura de fémur. Se trata de un iris con una densidad buena en el que se marca especialmente la presencia de numerosos rayos solares, indicando sobre todo una cierta dificultad digestiva. Aunque se observan signos de esclerosis (indicios de arco senil), es sorprendentemente escaso para la edad avanzada del paciente, lo que se corresponde con su asombrosa lucidez mental.
El borde periférico del iris y los anillos adyacentes suelen verse afectados por alteraciones en la transparencia de la córnea, especialmente por los denominados arco senil y anillo de colesterol. Sin embargo, éstos no son los únicos fenómenos que podemos observar, ya que en muchas ocasiones encontramos la presencia de pterygions, unos nódulos fibrovasculares de color blanco; a veces hay algún vaso sanguíneo en su interior, que se localiza exclusivamente en el lado nasal del iris, sin llegar a confluir, por regla general, con los conductos lacrimales. Estos nódulos fibrovasculares sobresalen por encima de la córnea y no se pueden considerar signos irídicos. Su significado diagnóstico aún no está aclarado, si es que tiene alguno. Estas alteraciones en la transparencia de la córnea dificultan en muchos casos la lectura de los signos del iris, ya que nos tapan zonas o sectores en los que se deberían representar los signos de las enfermedades que el paciente manifiesta.
La pigmentación general del iris también suele perder su tonalidad brillante con el paso de los años, pero, a cambio, suele presentar una mayor pigmentación, ya se trate ésta de una heterocromía central o de manchas pigmentarias toxínicas o toxémicas.
En la observación de la esclerótica se pueden observar pigmentos amarillentos, por reabsorción de microhemorragias vasculares, y la presencia de numerosos capilares sanguíneos con diferentes signos de interés en la esclerología.
La exploración de la persona anciana no es, ni mucho menos, tan difícil como la de los niños de corta edad; pero sí lo es más que la de un adulto normal. Los ancianos abren con más dificultad los párpados, puesto que los tienen más amplios y arrugados, y además en algunas ocasiones les falta el tono energético necesario para mantenerlos bien abiertos durante un período relativamente prolongado de tiempo. El lagrimeo es más frecuente, y la capacidad de resistencia a la iluminación, menor que en los adultos. Además, en algunos casos se ha de añadir el temblor no intencionado que surge con la edad, y que en tomas macrofotográficas o con la observación al microscopio hacen más difícil la lectura de los signos del iris.
Graduación evolutiva de los signos del iris
Independientemente de que los signos del iris cambien o no con el paso del tiempo, existen ciertas normas de diagnóstico que ayudan a valorar el grado de evolución del desorden o desequilibrio sospechado a través de la observación de determinados signos. En general, esta graduación se puede hacer por la tonalidad o tipo de coloración que se observa en el signo del iris.
La valoración de la gravedad de un signo siempre tendrá una orientación de topoestabilidad, es decir, de relación del signo con el sector que ocupa. Cuando estos signos son muy abundantes, especialmente observables en casos de inflamaciones (estados agudos), la indicación puede ser de tipo más global, por afectación general del sistema. Sin embargo, jamás podremos considerarlos signos topolábiles.
Normalidad
Cuando ninguna modificación del color del estroma acompaña a un signo estructural del iris, podemos considerar, por regla general, que la alteración sólo indica una insuficiencia, pero no existe ningún tipo de agudización, cronicidad o tendencia degenerativa. Esto es especialmente cierto en iris con densidades flojas, lo que se traduce en gran abundancia de signos de escasa relevancia diagnóstica específica.
Aunque es realmente difícil establecer las fronteras entre un signo normal y otro anormal, se podría decir que los signos normales tienen el color básico de la estructura del iris. Evidentemente, ciertos signos, como es el caso de las criptas, nunca podrán ser considerados normales, ya que su propia estructura conlleva un cambio en la coloración interior que presenta el iris (color oscuro).
Estado agudo
Los signos de estado agudo forman el primer eslabón de la cadena de graduación patológica del iris. Se presentan como signos de color claro, brillante y limpio, y se forman cuando el tejido del iris está hinchado, sobreelevado o edematoso. El color blanco indica estado agudo, catarral de irritación o inflamación. En los iris azules, se observará a menudo el color blanco límpido, mientras en otros iris azules y en todos los pigmentarios, las señales blancas puras no aparecen nunca, adoptando una tonalidad amarillenta u ocre. Finalmente, en los iris densamente pigmentados, estas señales pueden no ser detectables, a pesar de que el estroma del iris se encuentra afectado por el citado estado catarral. A pesar de ser muy ilustrativo, es erróneo hablar de señales de color blanco, debiéndose mencionar una coloración más clara en ciertos sectores del iris. Existen muchos tipos de signos (hilos de plata, pelo peinado, aflojamientos, líneas de curación, etc.) que presentan una coloración usualmente más clara que el iris; serán explicados en su capítulo correspondiente. Sin embargo, en este apartado nos referiremos a ellos con una visión global de todos, y como factor de diagnóstico específico dentro de cada signo observado. Los signos claros los forma la presencia de un edema o hinchazón de determinadas zonas del iris. René Bourdiol hizo, en su admirable libro, una comparación muy acertada con el color blanco de la espuma del mar al estudiar la formación de los colores del iris; nos puede recordar este edema. Los signos claros son los que tienen una relación más directa con la hipertonía neurovegetativa, dentro de los diferentes signos que pueden observarse en el iris. Esta hipertonía neurovegetativa sería, en principio, la responsable del estado de hipertonía orgánica del sector afectado. En este sentido amplio se debe entender el concepto de inflamación, irritación o catarro; es decir, en el sentido de hiperfunción del órgano o sector orgánico afectado. De esta manera, un sector con un signo de agudización tenderá a mostrar una sintomatología florida, con eliminaciones catarrales, hipermovilidad o exceso de función en general. Es lo que muy acertadamente la Escuela Francesa de Iridología Renovada denomina «signos en +».
Tradicionalmente, las señales agudas se han descrito como de tipo catarral. Ahora bien, como toda interpretación irídica, también habremos de comprender el concepto de catarro en un sentido amplio de tendencia patológica, sin confundirlo burdamente con el catarro respiratorio. Al referirnos a catarro, no queremos denotar una infección bacteriana o vírica de un órgano determinado, sino un tipo de proceso de presentación de los síntomas. Desde este punto de vista, el catarro podría ser nasofaríngeo, pulmonar, intestinal, genital, o de cualquier otro órgano, y se manifestaría por la presencia de una hipersecreción de las glándulas mucosas inflamadas y una hiperfunción eliminadora de los órganos afectados. El producto de excreción de la patología catarral es la mucosidad, también entendida en su concepto más amplio, como una forma de eliminación catarral.
Evolución de los signos del iris

La profundidad de la lesión en el tejido del iris nos marca el color y la gravedad del signo.
Estado subagudo
Es el segundo grado de la evolución patológica, y para muchos autores sería el producto del empeoramiento y persistencia de los signos agudos. Esto es probable debido a que son signos que afectan a la coloración y no a la estructura. Si un estado agudo catarral no consigue realizar correctamente la eliminación de la mucosidad, ésta se almacena en el interior, provocando un inicio de cronicidad en el desorden corporal; es lo que se denomina el estado subagudo, en el que se alternan las manifestaciones de tipo eliminativo, generalmente nunca completas, y el inicio de cronicidad, con insistencia de los síntomas de enfermedad, y periodicidad de su presentación. Los signos subagudos también son de coloración clara (más clara que el color base del iris), al igual que los signos agudos; sin embargo, presentan un aspecto más desgastado y han perdido el tono brillante y la limpieza que poseían los anteriores. Algunos autores dicen que es como si se hubiera pasado un papel de lija sobre la señal, adquiriendo un tono mate y algo sucio. Las tonalidades grisáceas pueden hacerse más perentorias. En los iris azules este hecho es muy destacado, aunque en los más pigmentados la diferenciación entre agudo y subagudo es mucho más dificultosa. Este signo aún denota hiperfunción neurovegetativa, pero ésta puede alternarse con estados de hipofunción por agotamiento orgánico –existe una hiperfunción vegetativa, pero el órgano ya no responde ante el exceso prolongado de estímulo–, en un fenómeno típico de tolerancia, similar al que se provoca con los medicamentos o en los adictos a drogas. El ejemplo más claro es el que Jensen denomina gastritis hipoclorhídrica hipertónica, que citaremos en el capítulo correspondiente a la zona del estómago.
Estado crónico
En el tercer grado de la cadena patológica, encontramos los signos crónicos, fruto de la evolución de los dos estados anteriores. Los signos de cronicidad se manifiestan por un oscurecimiento progresivo de los signos y la presencia de pigmentos adyacentes, que pueden considerarse de tipo toxémico.
Es muy característica la pigmentación de los bordes de las lagunas, aunque los signos de cronicidad no se limitan a ellas, sino que pueden afectar a cualquier signo estructural. Los signos crónicos son más oscuros que el resto del estroma, y su mecanismo de formación indica que la cronicidad está inevitablemente ligada a un aumento de la carga toxémica del sector u órgano, que es incapaz de eliminarla correctamente. De hecho, este concepto es el tradicionalmente aceptado por la Medicina Naturista. El color de la pigmentación nos indica qué tipo de órgano eliminador es el más sobrecargado, como se explica en el capítulo sobre pigmentos del iris.
Mientras la toxemia circunscrita indica esa acumulación de catabolitos sin eliminar, el oscurecimiento de las señales advierte de cierto grado de lesión en el tejido. Las señales oscuras lo son porque están excavadas («signos en –», de la Escuela Francesa Renovada) y la iluminación no penetra bien en su interior; además, su misma excavación las aproxima a la capa pigmentaria que recubre la zona posterior del iris. Con todo ello, podemos llegar a ciertas conclusiones interesantes sobre la terapéutica cuando observemos una señal de cronicidad. Por ejemplo, el tipo de eliminación que se ha de provocar para hacer más efectivo el tratamiento (dependiendo del tipo de toxemia circunscrita): si tenemos una pigmentación de origen renal, lo mejor será estimular la eliminación renal, y no la digestiva, aunque ésta nunca esté de más. En cuanto a los signos oscuros (negruzcos), al indicarnos una posible lesión en el tejido nos orientan sobre el grado de afectación y hasta qué punto podemos forzar la eliminación en el órgano que padece un desequilibrio crónico. Un órgano con lesiones importantes habrá de tratarse con sumo cuidado, ya que al provocar una crisis curativa de eliminación podemos, en realidad, desencadenar una crisis destructiva del tejido y, por ende, una cronicidad aún más irreversible. En estos casos siempre es conveniente establecer terapias derivativas. Por regla general, el estado crónico indica que la capacidad de curación total está muy reducida, aunque no es imposible; suele cursar con un estado de hipotonía neurovegetativa (salvo en las reagudizaciones). El estímulo de la función neurovegetativa (con hidroterapia, por ejemplo) puede ser un buen método de tratamiento, siempre que el órgano con la afección crónica tenga suficientes reservas de energía para recuperarse, aunque sea levemente.
Estado degenerativo
Es el estadio final de la serie patológica, y se presenta como una señal crónica, a la que se han añadido signos claros de reagudización permanente. No tienen por qué delatar un cáncer, aunque esta patología es el ejemplo más ilustrativo del proceso degenerativo del cuerpo. Sin embargo, los signos degenerativos añaden a los signos crónicos la presencia optativa de señales toxínicas (diátesis o tendencia cancerínica). No es difícil confundir un estado degenerativo y una señal crónica con «líneas de curación», por lo que insistimos en que la prudencia en el diagnóstico y la experiencia clínica son fundamentales en Iridología. El estado degenerativo presenta la suma de señales de destrucción tisular (lagunas o criptas, aunque especialmente éstas últimas), de acumulación tóxica (manchas pigmentarias toxínicas y/o toxémicas) y de actividad (señales «agudas», aunque muchas veces de carácter sospechoso, como radiales vascularizadas, radiales aberrantes o transversales). En estos casos, la orientación terapéutica irá encaminada, en primer lugar, a suprimir el estado de hipertonía neurovegetativa, que provoca que la degeneración cobre fuerza y energía; y en una segunda fase, después de que se haya estabilizado el proceso, habría que tratar la afección como lo haríamos ante cualquier otro problema de tipo crónico.
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