Читать книгу: «Afganistán»

Шрифт:

Afganistán

La guerra enquistada

Jorge Melgarejo

AFGANISTÁN

La guerra enquistada


Primera edición: noviembre 2020

© Jorge Melgarejo

© de esta edición:

Laertes S.L. de Ediciones, 2020

www.laertes.es

Fotografías: Jorge Melgarejo

Diseño y composición: JSM

ISBN: 978-84-18292-17-0

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual, con las excepciones previstas por la ley. Diríjase a cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

A Jorge Alejandro

Este libro está dedicado a todos los periodistas y en su conjunto a quienes en algún momento decidieron vivir la aventura de Afganistán y que me escogieron para compartir mil arduas situaciones por un solo instante grato; suficiente para que valiera la pena.

Carlos Bosh, Ignacio Barjau, Miguel García, Jaume Bartroli, de TV3, por su gran profesionalismo y exquisito sentido de la amistad.

Julio Fuentes, de El Mundo, asesinado en la carretera Jalalabad-Kabul, en homenaje a la abrumadora humanidad que le invadía y a sus largas charlas nocturnas. Hablaba solo y dormido, tal vez fuera consecuencia de sus temores.

Alfonso Rojo, camuflado, parecía un afgano más.

Ana González, dejó de cuidarse para velar por mí, en los tiempos de la malaria, nunca se quejó.

Catty Cannon y Joe Gal, de Canadian Press y Horchi Bei, de Japan Press. A los tres, en recuerdo por habernos salvado la vida mutuamente en las montañas del Nuristán. Catty también, después caería herida en «combate».

Georgina Higuera, de El País, por ahumarme con sus gigantescos puros (cubanos según ella), despertando la curiosidad de los afganos.

Ernesto Atanasio, de TVG, gallego hasta la médula.

Juan Carlos Vásquez, de Edith Media TV (actualmente en CNR TV), sus monerías alegraban la vida a los muyahidines.

Stan Boiffin Vivier, de Le Fígaro; jamás olvidaré su envejecido trozo de queso.

Juan María Calvo Roy, de EFE, por haberlo intentado.

«Q». Saqamaki, extraordinario fotógrafo y mejor amigo, el más osado, vive en Nueva York, si pierdes su dirección, búscalo en cualquier guerra.

A Soraya Malik, nieta de Amanullah, rey de Afganistán, por su cálida e inigualable amistad.

Especialmente al querido y recordado Mr. Shaffi, conductor y amigo en Peshawar, que durante años me condujo y me ayudó a descubrir los secretos de Pakistán y los laberínticos senderos del Pastunistán, sin él todo hubiera resultado más difícil. «Crazy pathan’s» —pathanes locos— decía, él era un gran pathan.

...a los afganos que me protegieron abriéndome las puertas que conducen a los intrincados caminos de Afganistán, algunos de los cuales perdieron la vida en el cometido.



Este es un relato basado en hechos reales, incluye fotografías y algunos datos delicados, por esas razones ciertos acontecimientos, localizaciones y personajes han sido distorsionados con el fin de ocultar identidades y dejar en el anonimato a personas susceptibles de sufrir represalias.

Intentar comprender lo que ocurre hoy en Afganistán es casi imposible sin un conocimiento mínimo de lo acontecido en los últimos cuarenta años, cuando los entresijos étnicos y las variadas injerencias extranjeras han ido marcando el devenir del país. Intentar dilucidar el porqué y el cómo se ha llegado hasta aquí no resulta fácil.

Reconocer la cultura, indagar en sus costumbres y tradiciones, intentar entender su idiosincrasia es una experiencia fascinante y enriquecedora que obliga al viajero a preguntarse por su propia identidad y a revisar mucho de lo que tenía por cierto y único.

Hurgar en las heridas, en los horrores y dramas producidos por sus guerras no es una tarea agradable, olvidarlas podría implicar una fácil e imperdonable invitación a la indiferencia y ello sería aún peor que el genocidio, guerras que mayormente fueron y son producidas por interferencias de terceros. Al entretener la mirada en las heridas de un pueblo asediado por conflictos bélicos los cuestionamientos se agudizan y la fascinación se mezcla entonces con el horror, y esos son los sentimientos que por lo general carga en su magro equipaje el corresponsal de guerra.

Quienes hemos recorrido las duras montañas de Afganistán, procuramos descifrar lo ocurrido en el territorio. Las historias de los pueblos nos pertenecen, tanto como sus miserias y sufrimientos.

Prólogo

¿Cómo se puede combatir contra unos hombres que cuando se les apunta con un fusil sólo ven las puertas del paraíso? Así definía a los afganos el teniente general británico George Molesworth que luchó allí en las guerras anglo-afganas cuando abandonaba el territorio sin haber podido conquistar y mucho menos rendir a sus pobladores. En la mente de conquistadores e invasores quedará perpetuado eternamente el señalado adagio: «Los ejércitos llegan a Afganistán para fracasar».

Nacidos en un entorno de difícil supervivencia, los afganos nunca le dieron mucha importancia a la posición estratégica que ocupaba su territorio en el enclave de Asia Central, y sólo las sucesivas invasiones y los intentos de conquista les colocaron finalmente en el parámetro exacto de quienes son codiciados por su posición geoestratégica, entonces, las tradicionales luchas étnicas y tribales entraron en un receso y todo el esfuerzo común lo dirigieron hacia la expulsión de los enemigos del momento.

En el mapa geográfico del siglo xx, Afganistán se encontraba en medio de una zona convulsionada, de países vecinos enfrentados entre sí o con francas intenciones de expansión política, territorial, religiosa o con ansias imperialistas. Pakistán, desgajado de la India y con evidentes problemas internos y con el conflicto por Cachemira enquistado y sin resolver que ha dejado ríos de sangre y miles de muertos; la enigmática China; Irán, enfrascado en una lucha político-religiosa de la que nadie arriesga a predecir un final cierto; por último, la antigua y desaparecida URSS, que intentó escribir a sangre y fuego la historia reciente de Afganistán. Todo ello conformaba un territorio con explosivas fronteras de cuyos moradores y no sin razón se ha dicho refiriéndose a su marcado orgullo y excesiva altivez «llevan un rey en su interior».

En la década de los setenta, Kabul se convertía en el paraíso del hipismo internacional y si no lograba desbancar a Marrakech por lo menos se ponía a su altura. El país despertaba la curiosidad de Occidente de forma equivocada. Siguiendo la dinámica del momento, se llegó a conocer la zona, incluso hasta la actualidad, más por su abundancia de heroína, por la excelente calidad del hachís que producía y produce que por los importantes acontecimientos que se avecinaban y que continuarían con una crueldad desmedida. Sin embargo, para la gran mayoría de los potenciales visitantes, el encanto se sostenía sobre la emoción que proporciona la distancia y la incertidumbre que alimenta lo desconocido. Afganistán, «país de los afganos», se colocaba así en el punto de mira de curiosos, viajeros aventureros y de aquellos que intentaban encontrar allí el paraíso perdido.

«El afgano es tan digno y tan orgulloso que se considera un príncipe con tan sólo un puñado de tutes —moras silvestres— para alimentarse». Así definía a este pueblo un viajero español que prendado de su carácter y su hospitalidad recaló por tiempo indefinido en el país para abandonarlo después, a raíz de la invasión soviética.

El ancestral sentido de independencia de cada afgano no le permite conocer más leyes que aquellas surgidas de su propio sentido ético y necesidad de supervivencia; nada de lo que ocurra más allá de los muros de las viviendas-fortalezas que protegen la intimidad y seguridad de los miembros de la familia puede ser tan importante como ésta. El ansia de permanecer libres, el gran amor a la familia y el sentido tan particular del honor les ha llevado por generaciones enteras a combatir a fin de preservar esos valores; y todos los intentos de los invasores por permanecer en el territorio, al ver frustradas sus intenciones, en el momento de abandonar la región no han dejado de alabar los mismos, y aducen que todo ello, sumado a la religión, les da la particular fortaleza y firmeza para el combate. Más de uno ha recordado, no sin cierto temor, el viejo adagio: «Que Alá te proteja de las garras del león, del veneno de la serpiente y de las venganzas de un afgano».

El largo recorrido efectuado por la población, por las fuerzas políticas en general y los propios acontecimientos desde la época del reinado de Amanullah, poco después del final de la Primera Guerra Mundial, e incluso desde antes, despertó la codicia de las grandes potencias e intentaron el dominio del territorio. Y cuando se habla de «recorrido», no se alude precisamente a los grupos étnicos de características nómadas, sino a las transformaciones sociales y demográficas sufridas por el país como consecuencia directa de los acontecimientos que le han sacudido fundamentalmente en las últimas décadas. Por las equivocadas valoraciones realizadas en Occidente y como una demostración palpable de la falta de información acerca del país, se han llegado a difundir noticias tan inconsistentes como atribuir al carácter belicoso de los afganos todas las atrocidades imaginables. Nada más lejos de la realidad. Las fórmulas utilizadas por los afganos para autodefinirse dejan abiertas unas páginas para la polémica, pero nunca podrán emplearse como excusa para justificar el éxodo y las masacres. «Somos un pueblo pacífico; nos gusta vivir en paz, diferente es que de vez en cuando tengamos que resolver algunos asuntos internos a nuestra manera y según nuestras tradiciones, pero éste es un país donde se hablan treinta y seis lenguas diferentes y eso dificulta los entendimientos y muchas veces crea situaciones de confusión y de enfrenamientos. Así ha sido siempre y siempre hemos terminado conviviendo y ocupándonos cada uno de nuestros asuntos».

Desde la conquista del territorio por Ciro en 331 antes de Cristo, pasando por las fundaciones de colonias griegas llevadas a cabo por Alejandro Magno, las invasiones de los hunos heftalitas, la llegada de los árabes que coincide con la islamización parcial del territorio, el dominio de la dinastía de los grandes mogoles, la colonización inglesa y las posteriores tres guerras de liberación, la llegada de los ejércitos soviéticos en las Navidades de 1979, y la aparición fratricida de los talibanes sirvieron de alguna forma para que las costumbres y tradiciones de los afganos se desarrollaran siempre con el temor de ataques exteriores y de convulsas situaciones internas. De este modo, un pueblo, en sus orígenes pacífico, iría convirtiéndose lentamente, por imperativos de su propia historia, en una gigantesca maquinaria de defensa que se evidencia en las grandes fortalezas que ocultan en su interior las viviendas de las familias numerosas —convertidas en clanes— y en la habilidad para el manejo de las armas, siempre en consonancia con el acoso de invasores e intenciones de sometimiento. A pesar del halo de belicosidad tejido en torno a la población, los afganos permanecieron neutrales en las dos guerras mundiales.

En 1896, merced a un acuerdo tripartito entre afganos, ingleses y rusos, se definieron las fronteras del Afganistán actual. Con la llegada al trono de Habibullah, comienza una serie de reformas tendentes a modernizar el país. El asesinato de Habibullah permitiría el ascenso al trono de su hijo Amanullah, considerado por muchos como el verdadero precursor e impulsor de los intentos de modernización. En su reinado fueron expulsados definitivamente los ingleses como consecuencia de la tercera guerra entre los dos países, a finales de 1919. Los ingleses terminarían reconociendo la completa independencia de Afganistán. La osadía de Amanullah, en su afán por occidentalizar al país llegó a tal extremo que Soraya, su esposa, fue considerada como la primera mujer que apareció públicamente con el rostro descubierto, prescindiendo del tradicional chador. Todas las innovaciones, sumadas a rebeliones internas, acabaron en 1929 con el reinado de Amanullah, cuyos familiares directos, hijas y nietos, aseguraron que su derrocamiento obedeció más a la propia falta de formación del pueblo afgano de entonces que a cualquier intención política.

Sólo un año después de finalizada la Segunda Guerra Mundial, en 1946, las que ya se perfilaban como las dos superpotencias, URSS y EE.UU. no intervendrían económicamente en el territorio, al menos no de manera significativa. Así, desde 1946 a 1969, la ayuda de la URSS alcanzaría los 635 millones de dólares, de los cuales el 85% sería entregado en calidad de préstamo, mientras que la ayuda estadounidense en igual período superaba ligeramente los 400 millones, pero tan sólo el 20% era préstamo.

La presencia rusa se remonta a la época en que se disputaban el territorio con los ingleses y Alejandro II, en 1868, avasallaría Bujará y otras regiones donde intentaría ejercer su influencia. El Tratado de San Petersburgo de 1907 comprometía a los rusos a la no injerencia en los asuntos internos afganos, lo cual sería corroborado con los tratados de amistad y de no agresión de 1920 y 1921. A pesar de todo ello parte del territorio sería definitivamente anexionado, incluido Bujará, que pasaría a integrarse en el bloque de las repúblicas socialistas, produciéndose como consecuencia el primer éxodo masivo en la zona, desde el lado soviético hacia el lado afgano. Cientos de pobladores originarios de la región, con su particular característica oriental, se definen ellos mismos como dobles refugiados, primero cuando escaparon de la acción soviética dirigiéndose a Afganistán y luego, en 1979, fecha de la invasión soviética, desde ese país hacia los campos de refugiados en Pakistán.

A finales de la década de los cuarenta y principios de los cincuenta, comenzó una cierta liberalización y la reina de entonces, Humaira Begum, siguiendo los pasos de su antecesora, la esposa de Amanullah, apareció públicamente sin el velo y en 1964, merced a la adopción de una nueva constitución, la liberalización del régimen sería legalmente aceptada, aunque los sectores más radicales, tanto de las fuerzas políticas como religiosas, opondrían una férrea resistencia.

La crisis de 1961 entre Pakistán y Afganistán, en la que este último país intentaba reivindicar el Pastunistán, es decir toda la región de influencia y dominio de la etnia pastún en la zona fronteriza afgano-pakistaní, condujo al cierre de las fronteras, que duraría más de dos años y que serviría para que la URSS intentara ampliar su influencia en la zona; incluso el rey Zahir Sha llevó a cabo una visita oficial a Moscú, creando un gran malestar en la población. El Partido Democrático del Pueblo Afgano (partido comunista) con Taraki, el entonces recién elegido secretario general a la cabeza, se presentó a las elecciones al Parlamento y obtuvo cuatro escaños. La espiral de descontento continuó su vertiginosa carrera y alcanzó incluso al propio partido comunista, que sufrió una importante escisión entre la fracción Khalq, liderada por Taraki, y el Parcham de Babrak Karmal.

La agitación estudiantil obligó al cierre intermitente de las universidades y muchos de estos estudiantes conformaron la Organización de los Jóvenes Musulmanes, movimiento que sería el precursor de los que más adelante iniciarían la rebelión contra el régimen comunista.

En 1970, los religiosos y sus seguidores realizaron una serie de actos de protesta en contra de los marxistas y de aquellos que preconizaban la occidentalización, aduciendo que el país se dirigía hacia la pérdida de sus costumbres y de su propia identidad.

La situación económica, visiblemente deteriorada, contribuyó al descontento generalizado y desembocó en la muerte de más de cien mil personas por la falta de alimentos, la mayoría en el nordeste del país.

El 17 de julio de 1973, aprovechando el descontento, la confusión y las oleadas de protestas el príncipe Daud, primo y cuñado del rey y que veinte años antes ocupara el cargo de primer ministro, aprovechando la ausencia del rey Zhair Shah en viaje por Europa toma el poder con la ayuda de oficiales nacionalistas y comunistas y proclama la república. El rey Zahir Sha y su familia se exilian en Italia, exilio que duraría cuarenta años cuyo sostén sería sufragado generosamente por el rey de Arabia Saudita, según datos aportados por los afganos radicados en Italia, con la nada despreciable cantidad de cincuenta mil dólares al mes.

Desde entonces se desató una oleada de asesinatos como el del ex primer ministro Maywandwal, hallado muerto en su celda poco después de ser detenido. Daud pretende quedarse solo e intenta desprenderse de aquellos que le ayudaron a tomar el poder; intenta ir más lejos: ordena y lleva a cabo la detención de cientos de religiosos e islamistas. En su afán por perpetuarse en el poder, promulga una nueva constitución, se hace elegir presidente por seis años y renueva todo su gabinete, rodeándose de personajes no tanto fieles a su política sino a su propia persona y logra aplastar el primer intento de rebelión en el Panjshir.

En 1977, las dos fracciones del Partido Democrático del Pueblo Afgano —comunista—, en parte abandonado por su aliado del primer momento, el príncipe Daud, y presionado por sus amigos de Moscú, se unifican tan sólo dos meses antes del golpe de Estado que les llevaría al poder.

Meses antes del golpe, prominentes dirigentes comunistas, sobre todo de la facción Parcham, entre los que se hallaba el futuro presidente Mohammad Najibullah y más afines a la política de la URSS, pasaron a engrosar las filas de la KGB. Según líderes de las dos fracciones, tradicionalmente enfrentados, la unificación se llevó a cabo por imposición directa de la URSS que exigía, como condición principal y previa al golpe, la pacificación interna.

El 27 de abril de 1978, los militares comunistas y sus seguidores guiados secretamente por sus asesores soviéticos, dieron el golpe de Estado.

Daud y casi todos los miembros de su gabinete y colaboradores fueron asesinados; los militares y los adeptos del partido comunista tomaron el poder e hicieron la entrega de éste a Taraki, líder de la facción Khalq del partido.

Antes de finalizar el mes de junio y a pesar de los esfuerzos de Moscú para que la tímida reunificación continuara, ésta se rompió discretamente y los miembros del grupo Parcham, liderados por Karmal, quedaron en minoría y los miembros más relevantes de la misma fueron enviados al extranjero en misiones diplomáticas.

Las luchas intestinas por el poder entre las dos fracciones comenzaron casi desde un principio, mientras el descontento popular aumentaba paulatinamente. La URSS, que organizaba y dirigía el sistema de seguridad, no pudo evitar ni prevenir la oleada de protestas, y la mayoría de los opositores al régimen fueron reprimidos violentamente.

A mediados de julio comenzó la primera insurrección en el Nuristán, seguida de la detención de importantes militares bajo el cargo de traición.

En diciembre de 1978 y dado el cariz de los acontecimientos y tratando de prever futuras acciones, la URSS y el régimen comunista firmaron un acuerdo de ayuda mutua y de buena vecindad, cuyas cláusulas dieron suficiente margen de maniobrabilidad a los técnicos y asesores soviéticos para actuar con cierta legalidad.

Desde comienzos de 1979, la represión se incrementó y extendió a todas las capas sociales, y ante la mínima sospecha de conspiración, la población era detenida, cuando no asesinada. Estas acciones originaron las primeras oleadas de refugiados que huyeron hacia Pakistán. El secuestro y asesinato del embajador estadounidense Adolph Dubs produjo momentos de grandes tensiones, a los que seguiría el fallido y tristemente célebre levantamiento de Herat, populosa ciudad cercana a la frontera con Irán. Este levantamiento dio lugar a la primera intervención de las fuerzas soviéticas. La aviación bombardeó la ciudad, y según estimaciones, alrededor de treinta mil personas perdieron la vida. Para entonces, Afizullah Amín pasó a ocupar el cargo de primer ministro y a él se culpa de las sangrientas acciones de represión sobre la etnia hazara en Kabul, después de un intento de levantamiento protagonizado por ésta, a la que seguiría otro intento de amotinamiento dirigido por algunos miembros del ejército, que fue inmediatamente sofocado.

Las conspiraciones, traiciones y luchas internas surgidas en la propia cúpula del poder dieron lugar a controvertidas informaciones. Debido a las grandes distancias entre ciudades y fundamentalmente a la falta de medios de comunicación, la mayoría de la población no recibía más información que la proporcionada por el propio régimen; pero las grandes divergencias se dejarían traslucir de una forma fehaciente el 14 de septiembre, cuando el presidente Taraki, a su regreso de unas conversaciones con Brézhnev en Moscú, fue asesinado por su primer ministro Jafizulá Amín, quien pasaría a ocupar la jefatura del Estado y del partido.

Mientras tanto, las sublevaciones se multiplicaban. La más importante de éstas tuvo lugar en la región de Paktya, cercana a la frontera con Pakistán, y fue violentamente sofocada por las tropas gubernamentales, tácticamente dirigidas por sus asesores rusos. De esta sublevación y de reuniones que siguieron a la sublevación salieron elegidos algunos de los grandes comandantes que en el futuro dirigirían las operaciones militares de los muyahidines.

Dos meses después de que el presidente Amín exigiera la retirada del embajador soviético en Afganistán bajo la acusación de intentar derrocarle, el 25 de diciembre de 1979 los primeros tanques rusos irrumpieron en Afganistán (invocando el tratado de amistad firmado con anterioridad), ante la protesta generalizada de los organismos internacionales y de las democracias occidentales.

Aún no está suficientemente esclarecido si la llegada de las fuerzas rusas obedeció a las intenciones de aplastar los amotinamientos que se multiplicaban por todo el país y que hacían tambalear al régimen o para intentar pacificar la pugna en el seno del partido comunista. Acontecimientos posteriores señalarían que ambos eventos viajaban en la cartera de los asesores.

A la llegada de las fuerzas soviéticas, Amín fue eliminado y Babrak Karmal, líder de la fracción Parcham del partido comunista, entre cuyas características principales figura la indiscutible fidelidad a la URSS, fue instalado en el poder, lo cual dio origen a uno de los mayores éxodos conocidos en la historia de la humanidad y del acontecimiento bélico que entre otros nefastos adjetivos, se perpetuaría con el nombre de «la guerra olvidada».

Cuando un periodista logra atravesar, clandestinamente, las fronteras de Afganistán, los factores que pueden motivarle a ello van desde la curiosidad personal hasta el afán por conseguir informaciones fidedignas. En un gran porcentaje, los periodistas no desconocen el riesgo ni las posibles consecuencias de su incursión, basando sus acciones en conocimientos y experiencias adquiridos en otros conflictos, en la buena suerte y, sobre todo, en la confianza ciega de que si algún suceso extraordinario les alcanzara, podrían contar con la comprobada solidaridad de sus colegas, pero también en más de una ocasión fue lamentablemente necesario que las vicisitudes, cuando no la muerte de un periodista, ocuparan las primeras páginas de los periódicos para que los ojos del mundo se detuvieran, aunque tan sólo fuera por un momento, en una de las regiones más castigadas por un conflicto bélico. El mal, de compleja erradicación, lo es aún más en una zona de difícil acceso. Afganistán, localizado geográficamente en Asia Central, continúa siendo, a pesar de los acontecimientos actuales, desconocido para la gran mayoría. Pero no fueron un sueño los diez años que duró la invasión soviética, y las posteriores luchas entre facciones rivales, la llegada de los talibanes con su drástica e interesada interpretación de la religión, los casi seis millones de refugiados que fueron hacinados en los países limítrofes, un millón largo de civiles masacrados, las bombas químicas; todo ha sido una realidad, una triste realidad ignorada por la inconsciencia de unos, los intereses de otros y la complicidad voluntaria o involuntaria de todos. Según el desarrollo de los acontecimientos, con ello se demostraría una a vez más que, «invadido sí, pero jamás colonizado».

En innumerables ocasiones, durante los últimos años, se ha repetido la misma pregunta: ¿por qué se ha impedido el libre movimiento de los periodistas y no se ha facilitado la labor informativa durante la invasión de la URSS? La respuesta, por simple, no deja de sorprender, y es el aniquilamiento de la población civil y la utilización de un país indefenso como laboratorio para comprobar la efectividad de bombas químicas y armas que no podían darse a conocer. Las insólitas declaraciones de Smirnov, entonces embajador de la URSS en Pakistán, así lo demuestran: «A partir de ahora, todos los periodistas que entren ilegalmente en el territorio afgano, serán tratados como prisioneros de guerra y como tales serán juzgados y ejecutados si llegara el caso». La llegada de los talibanes tampoco significó un camino de rosas para los medios.

La falta de información, la fanática defensa o las prudentes y tímidas críticas a las acciones de la URSS en la región confundieron a gran parte de la opinión pública e impidieron obtener una base sólida para enjuiciar los acontecimientos sin que nadie, por tanto, se detuviera a valorar en su justa medida el juego de intereses que ha rodeado tanto la historia como el conflicto bélico en el que estuvo inmerso el país.

«Afganistán no es noticia», se empeñaban en afirmar algunos directores y jefes de redacción, según sus propios criterios; mientras la población continuaba sufriendo el acoso de los bombardeos y el hambre ocupaba su inamovible posición en las esperanzadas miradas de aquellos que escarbaban dentro de un futuro lleno de incertidumbres.

Después que los hechos ocurridos el 11 de septiembre de 2001 hayan desatado la ira del gobierno estadounidense, las bombas vuelven a caer en las durísimas piedras que cubren la geografía del país, las luchas intestinas vuelven a ocupar los temores de una población cansada cuyo destino parece correr siempre hacia el hondo precipicio de la guerra, aunque las insignias de los aviones y las intenciones sean distintas.

La huida de los talibanes en 2001 supuso un tiempo de esperanza, incluso el interesado gobierno de Pakistán con o sin razón intentó lavar su imagen facilitando el regreso de los afganos y comenzando a desmantelar los miserables campos de refugiados, pero la paz continuaba rezagada. Hamid Karzai se erigió en presidente provisional tras largas discusiones entre las diferentes etnias; se intentaba una estabilidad que propiciara unas elecciones medianamente creíbles. En las primeras elecciones, Hamid Karzai triunfó gracias a que infundía confianza en Occidente, pero los nuevos líderes y los tradicionales se acusaron mutuamente de fraude. Las siguientes elecciones continuaron por el mismo camino. Ashraf Ghani Ahmadzai (se debe recordar que en Afganistán las personalidades con rango ostentan el nombre de la tribu a que pertenecen) llegó al poder en 2014, siempre bajo la sospecha de fraude, pero no logró imponer orden más allá de los límites de Kabul y a veces ni eso, al igual que su predecesor Karzai.

La presencia de miles de soldados occidentales desde el inicio de las hostilidades, 100.000 norteamericanos y 35.000 internacionales —entre ellos españoles—, no evitó los terroríficos golpes llevados a cabo por los talibanes, que nunca terminaron de irse y que dejaron multitud de cadáveres a su paso. Europa tardó en abrir los ojos y comprobar en toda su magnitud las violencias y las miserias que azotaban al país; EE.UU. se centró en la búsqueda del gran enemigo, Bin Laden, sobre todo tras la voladura de las torres gemelas. Gastaron 1.500 millones de dólares en la guerra más larga llevada a cabo por ese país, propiciando diferentes operaciones bautizadas con rimbombantes nombres como «Apoyo Decidido» y otros que pusieron sobre la mesa 3.592 muertos, de ellos 2.500 norteamericanos, y 20.000 heridos. España colaboró con 34 muertos.

La operación «Libertad Duradera», iniciada en 2001 utilizando la excusa del artículo 51 de la Carta de Naciones Unidas que daba pie a la legítima defensa, fue el comienzo de nada; a pesar de haber destinado en el país una ingente cantidad de combatientes, quedaron en el recuerdo las proféticas palabras: «los ejércitos llegan a Afganistán para fracasar».

Los múltiples y frustrados planes de paz impulsado por la comunidad internacional fracasaron estrepitosamente y los que más tarde han fraguado EE.UU. y los talibanes no dejan de ser más que aspiraciones de la alta política. Los talibanes pueden reposar un tiempo y esperar su momento, pero aún siguen vivos porque desde su nacimiento la guerra y el horror se convirtieron en oficio rentable, propiciando el sustento de las milicias y sus familias. Al Qaeda y El-Khorasan-Estado Islámico, que compiten en terror con los talibanes, lejos están de firmar ningún plan de paz. Desde el 2 de mayo de 2011, fecha de la muerte de Bin Laden, la situación no ha variado. Sin destapar la cabeza del monstruo, será difícil acabar con él. En Afganistán continúa vigente el eterno adagio: «El que tiene el dinero tiene las armas y el que las posee ostenta el poder», una realidad que aglutina seguidores.

Tras la retirada de las tropas soviéticas y la expulsión de los talibanes del gobierno llegó una democracia plagada de imperfecciones y una economía devorada por la corrupción. Desde entonces Afganistán no ha cambiado gran cosa. La guerra, como una gigantesca rueda que marca su destino, de una manera u otra continúa girando.

Mientras todo esto suceda, los corresponsales de guerra seguirán lanzándose por los caminos, trepando montañas y exponiendo el pellejo para relatarle al mundo lo ocurrido allí.

I

En 1983, cuando tomé la decisión de «cubrir» periodísticamente Afganistán e introducirme en su guerra, determinación que ocuparía más de veinticinco años de mi vida, jamás hubiera imaginado que pasaría a engrosar las filas de hombres y mujeres que han tenido el privilegio de enriquecer sus conocimientos a base de semejantes vivencias. Desde entonces pasé treinta veces por la difícil prueba de atravesar clandestinamente la frontera afgano-pakistaní, unas veces con mayor fortuna que otras, para hallarme en un país con algo más de seiscientos mil kilómetros cuadrados que desde la invasión soviética en 1979 y aún con los talibanes fue convirtiéndose en una región muy peculiar para cualquier visitante, difícil para entrar, permanecer y aún más para salir, y ésos eran principalmente mis objetivos. Aunque finalmente, tras una metamorfosis cruel y desesperada, se convirtiera en un lugar triste al que nadie deseaba ir y de la que todos necesitaban huir.

Aún hoy, después de tantos años, la experiencia y el conocimiento del terreno no han impedido que continúe tomando todas las precauciones posibles para realizar cualquier incursión o movimiento en la zona y recuerdo, con nostalgia, los imprevistos, las sorpresas y hasta los errores cometidos entonces y que sólo la buena suerte, la del primerizo, pudo hacer que los superara. La primera regla repercutía de manera permanente en mis pensamientos, como primera medida, «conocer a los afganos y darse a conocer»; sin esa premisa difícilmente se puede lograr una aproximación, tanto invasores como visitantes fracasaron en sus cometidos, en parte por ignorarla, llegaron sin un conocimiento claro de los defectos y cualidades de la población.

Una vez en la misteriosa Peshawar, capital de la provincia de Jaiber Pastunjuá, ciudad fronteriza con Afganistán en el norte de Pakistán, bulliciosa, con algo de misterio, se comienza a vivir en medio de —no se sabe muy bien— la gigantesca retaguardia de un ejército o bien en la vanguardia de otro aún mayor dispuesto a avanzar.

La vida y el pulso de la ciudad vendrían marcados por los acontecimientos acaecidos del otro lado de la frontera, entonces y hoy; aunque de forma aparente reina la normalidad, lo cierto es que la zona en los últimos años ha cobrado una actividad inusitada. Desde la ciudad a la que se llamó «la Suiza de Asia Central» por sus movimientos comerciales, el brazo político de la guerrilla afgana levantó su feudo desde donde dirigía las operaciones realizadas en el corazón de Afganistán.

La continua llegada de refugiados en un goteo humano constante, sumado al permanente trasiego de guerrilleros, que partían o regresaban, convirtió la zona fronteriza en un lugar de difícil descripción. Nómadas que viajan a paso lento por el borde de la carretera dirigiendo una larga fila de camellos y viajeros que se desplazan a lomo de un perezoso buey con todas sus pertenencias haciendo gala de una paciencia infinita, son características que definen a los que huyen sin un espacio para el retorno y que han perdido el rumbo y la noción del tiempo. Los medios de transporte convencionales abarrotados y totalmente insuficientes castigan en forma ininterrumpida con la estridente bocina y surgen las preguntas: ¿por qué?; ¿para qué? No hay respuestas, pero una cosa es cierta: sin la tortura de la bocina, la zona ya no sería la misma. Pasajeros que viajan agazapados sobre los techos de los coloridos y pintorescos autobuses en un alarde de malabarismo perpetuo, sumados a las siempre atractivas tanga —carros tirados por caballos—, bicicletas, cientos de peatones y el llamativo rickshaw, especie de motocarro multicolor que hace las veces de taxi; para mareo del visitante se mezclan vehículos, si de Afganistán con el volante a la izquierda, de Pakistán a la derecha por lo que los pakistaníes por la influencia británica se empeñan en conducir al revés, vendedores que ofrecen a gritos en plena calle el humeante chole —guiso de garbanzos— completan el espectacular, variopinto y, algunas veces, dramático panorama de una ciudad que florece a las puertas de la guerra. Algo tan románticamente bello de la época británica como el Deam’s Hotel llamaba la atención de los visitantes aunque la voracidad de la especulación inmobiliaria acabara con él. Al hospedarse en tan singular hotel el huésped se trasladaba a un espacio perdido en el tiempo.


Llamativos autobuses en Peshawar.

Comerciantes, vagos, médicos de los organismos humanitarios, periodistas sabelotodo, traficantes apresurados y espías rezagados conforman la fauna humana occidental de Peshawar, amén de otros personajes difíciles de catalogar por hallarse fuera de los esquemas conocidos o imaginables. Si se les pusiera en la disyuntiva, algunos, de tener que contestar sobre su ocupación o condición en el lugar, dirán que están hartos de Occidente y de sus costumbres absurdas (como John Walkir, el joven estadounidense acusado de traición por pertenecer a los talibanes) y, no obstante, invertirán inútilmente la mayor parte de su tiempo en tratar de conseguir algún dinero que les facilite la compra de un billete de avión que les conduzca a Europa y como en un interminable laberinto se moverán utilizando como pretexto la búsqueda de una salida que no desean y que a priori saben que no hallarán, traficarán consigo mismos en una extraña danza, mezcla de existencialismo-hippie-comerciante y soldado de fortuna; son los últimos representantes de una especie ya casi extinta.

La ciudad, al ser el centro administrativo de las áreas tribales, congrega en su entorno a variados personajes procedentes de dichas áreas, amén de los extranjeros con ocupaciones casi siempre misteriosas.

Escogido al azar, puedo recordar a «Rabbit», un inglés de comportamiento refinado, de barbilla puntiaguda y dientes de conejo —de ahí su apodo— que año tras año y con el pretexto de saludarme, me visita; en realidad, esta aparente cortesía esconde una única intención: pedirme algún dinero en calidad de préstamo, a lo que siempre accedo, préstamo que jamás devuelve. Petición hecha con discreción, gran decoro y, no sé si por olvido, por distracción o porque el capítulo «repertorio» se le agota, utilizando siempre el mismo pretexto: «En espera de la llegada de un hipotético giro que hace tiempo fue enviado». En algunas ocasiones, añade la petición de que le firme el formulario en el que me declaro cristiano y extranjero, condición exigida por las autoridades pakistaníes y que da derecho a la adquisición de dieciséis pequeñas botellas de cerveza en los hoteles internacionales (cuando él ya ha cubierto su cupo). Es como un pintoresco pacto en el que nos confabulamos y que lleva implícitas unas condiciones previas; yo no creo su historia y él no intenta convencerme de lo contrario, y después del siempre esperado té damos por finalizado el acto; entonces se marcha dignamente, con la tranquilidad de haber cumplido el ritual de todos los años. Durante mi estancia en la zona nos reencontramos en varias ocasiones, pero sólo se hablará del asunto en el próximo viaje.

Por entonces, 1982-1983, contactar con miembros de la guerrilla no resultaba en exceso difícil, aunque tratar con ellos el posible paso de la frontera ya encerraba arduos inconvenientes e indefectiblemente exigían alguna garantía que certificara mínimamente que los visitantes no tuvieran relación con la KGB —servicio de inteligencia soviético—. La condición sería vital a la hora de una posible entrevista con algunos de los principales líderes o comandantes de renombre. «Comprenderán que esto es lógico y necesario; no vamos a enseñarles nuestros secretos militares y nuestras posiciones estratégicas a los primeros que llegan», se excusaban.

Desde noviembre de 1982, fecha de la muerte de Leonid Brézhnev, Yuri Andrópov tomó las riendas del poder en la URSS y su política respecto a Afganistán cambió de forma considerable. Ante las pruebas aportadas y las acusaciones del gobierno estadounidense respecto a la utilización de armas químicas, Andrópov llevó a cabo una estrategia menos escandalosa, y prescindiendo de eventuales éxitos militares potenció las acciones del KGB, organismo que había dirigido y que por supuesto conocía bien; comenzó, entonces, una lenta y silenciosa cacería dirigida contra los importantes líderes y comandantes de la guerrilla instalados fundamentalmente en la zona fronteriza. Éstos, a su vez, siguiendo directrices del ISI, Servicio de Inteligencia pakistaní, cambiaban de domicilio y de refugio con relativa frecuencia, fuertemente custodiados y en paraderos poco menos que desconocidos. No obstante, algunos comandantes fueron asesinados y por eso las precauciones y el exceso de celo.

Siguiendo las pistas de organismos humanitarios, contacté con algunos de los comités europeos de ayuda a los refugiados, en este caso los que funcionaban desde París, y me proporcionaron los nombres de algunas personalidades con cierta influencia, entre éstas el profesor Mashruj, director del Afghan Information Center en Peshawar, quien cinco años después caería asesinado a manos de unos desconocidos, aunque se señalaba a los hombres del violento Gulbuddin Hekmatyar, líder del Hezb-e-Islami, como autores del hecho. Con el apoyo del profesor y merced a mi persistencia ya no resultó difícil llegar hasta el polifacético e inteligente Massoud Khalili, portavoz del Jamiat-e-Islami, uno de los importantes partidos con base en Peshawar y que me abrumó con preguntas respecto a la política del gobierno español y de la actitud de la población española en relación con el problema afgano. Khalili, hijo del gran poeta persa Ustad Khalilullah Khalili (del que durante su funeral se dijo que desde Omar Khayyam no hubo nadie tan perfecto en la poesía persa), al igual que su progenitor es poeta y un hombre muy culto, sólo las circunstancias le obligaron a integrarse en las huestes guerrilleras. Más adelante, durante la celebración de la boda de un amigo de Khalili a la que fui invitado, de manera discreta me preguntó si mantenía alguna relación con el jefe de la oposición política en España, contesté que no y pregunté por la razón de su curiosidad; hay que recordar su gran conocimiento de la política internacional. «Me gustaría entrevistarme con él», dijo. Ya en España gestioné la entrevista, me visitó entonces al tiempo que se entrevistaba con Manuel Fraga, entrevista de la que fui testigo, naturalmente sin intervenir. Mucho más adelante, tras el atentado en el valle del Panjshir llevado a cabo por los enviados de Bin Laden en el que perdiera la vida el célebre comandante Ahmad Shah Massoud, Khalili, que se hallaba a su lado, perdería un ojo como consecuencia de la explosión. Con la expulsión de los talibanes se convertiría en embajador de Afganistán en España, puesto que ya había ocupado en la India con Burhanuddin Rabbani en el gobierno.


Massoud Khalili

El profesor Mashruj me había telefoneado recomendándome que no nos alejáramos del hotel, porque era posible que recibiéramos una visita, sin especificar ni aportar mayores detalles. Después de una espera que resultaba interminable por fin nos recogió un jeep. Los dos afganos que nos guiaban, inquietos y bromistas, procuraban por todos los medios instalarnos confortablemente en el vehículo, haciendo honor a la tradicional hospitalidad afgana y atendiendo a otro detalle que de alguna manera rompía sus esquemas, para ellos de suma importancia: mi acompañante del sexo femenino, circunstancia nada habitual en la zona. Después de recorrer innumerables callejuelas, llegamos por fin a lo que presumimos sería el cuartel general de Abdul Haq. El jeep franqueó una enorme puerta de metal custodiada por hombres armados con los característicos fusiles AK 47. Inmediatamente hizo su aparición el comandante que nos recibió cordialmente. A pesar de que no las desconocía, le explicamos las razones de nuestra visita. El comandante puntualizó que para llevarnos al corazón de Afganistán debíamos esperar unos días, primero porque había que preparar nuestra salida de Pakistán y la permanencia en territorio afgano, e incluso encontrar un intérprete que nos acompañara. Todo resultaba algo más difícil por el fin del Ramadán y la fiesta que sigue al mismo, acontecimiento muy entrañable y respetado durante el cual los mahometanos se reúnen con sus familiares para saborear los manjares y toda actividad se paraliza durante tres días. El comandante nos recomendó que esperáramos en el hotel, que en lo posible no habláramos con desconocidos y que fuésemos prudentes.

Aguardamos con paciencia convencidos de que pronto recibiríamos sus noticias. El moderado jefe de la resistencia afgana, por entonces y gracias a las importantes acciones que desarrollara, ocupaba el cargo de comandante general de las fuerzas guerrilleras de su partido, una de las dos fracciones del Hezbe-e-lslami, liderado por Jonus Khales, padre de su esposa.

Grandes acciones justificaban su rango militar, como las voladuras de las centrales hidroeléctricas de Sarobi y Vaghloo y el ataque contra el entonces cuartel general soviético de Tajbeg; cuatro años después de tales operaciones perdería una parte del pie como consecuencia de la explosión de una mina antipersona; en una de nuestras periódicas entrevistas me contó que en un futuro inmediato llevaría a cabo una operación de gran envergadura, incluso me invitó a ser testigo de la misma sin proporcionarme mayores detalles; no acepté la gentileza.

Poco tiempo después, ya en Europa, la agencia Tass difundió una escueta información sobre las explosiones accidentales ocurridas y que fueron atribuidas a la negligencia de un soldado. «¿Accidente?», dijo Abdul Haq, y me sugirió que girara la cabeza para mirar cuatro gigantescas y bellísimas fotografías tomadas al comienzo de las explosiones y que decoraban su despacho. «Fueron tomadas por Peter Jouvenal que me acompañó en la operación», me dijo recordando a uno de los periodistas expertos en la guerra de Afganistán y que más adelante lograría entrevistar a Bin Laden.

Abdul Haq, de gran corpulencia física, se convertiría a lo largo de todos los años de guerra, junto con el legendario comandante Ahmad Shah Massoud, Jalaluddin Haqqani, el pintoresco y astuto Ismail Khan, Abdul Khadir y el gran estratega Anwar, en uno de los personajes más importantes, respetados y queridos de la guerrilla afgana. Refiriéndose a su corpulencia física y a sus kilos de más, su propio hermano, el también comandante y jefe de la región de Nangarhar, Abdul Khadir decía: «Mi hermano es la única persona que entra en Afganistán y logra salir con más kilos de peso de los que llevaba cuando entró». Abdul Haq sería asesinado por miembros de los talibanes a finales de 2001, cuando se iniciaban los bombardeos de la aviación estadounidense.

Ante su presencia, siempre creía encontrarme frente a un muchacho desarrollado prematuramente a pesar de su poblada barba. En el momento de nuestro primer encuentro contaba 26 años y en su rostro ya se percibía un cierto cansancio, pero podía definir con total claridad los acontecimientos y salir airoso de cualquier acusación. A los comentarios que llegaban desde Occidente, procedentes de grupos de izquierda y que acusaban a la resistencia afgana de ser una guerrilla de derecha, respondía con un convencimiento total: «Es evidente que nosotros tenemos una concepción diferente de los occidentales; somos islámicos y el islam no permite ninguna forma de tergiversación ni desviaciones. Luchamos contra un enemigo común y eso nos permite estar por encima de cualquier diferencia política. ¿Cómo se puede catalogar de derecha o izquierda a un pueblo que se opone a una invasión? La resistencia está integrada por diferentes grupos, entre los que se puede encontrar incluso a los maoístas, aunque son minoritarios. En estos momentos, los partidos islámicos podrían dividirse en dos: los fundamentalistas, que son algo más ortodoxos, y los moderados, que tienden hacia una mayor apertura. Diferencias siempre hemos tenido, pero eso no debilitará nuestra unión; en este caso, quienes nos han invadido son los rusos, pero actuaríamos de la misma forma contra cualquiera que atentara contra nuestra libertad y religión. Alguien ha dicho que el que es capaz de luchar es digno de la libertad, y nosotros por tradición hemos sido siempre muy combativos. Y yo pregunto a los detractores y fanáticos que nos acusan: cuando luchábamos contra los ingleses, entonces, ¿qué éramos, de izquierda o de derecha?».

Sentado al borde de la cama, en la habitación del hotel, donde acudía para darnos ánimo mientras transcurrían los días de impaciente espera para cruzar la frontera, manteníamos largas conversaciones de cuyas conclusiones siempre obtenía los mismos resultados. No le gustaba la guerra. «Nosotros no necesitamos instructores sino armas», decía cuando le interrogaba sobre el asunto.

«Esta guerra debe generar muchos intereses porque de lo contrario no entiendo cómo no se nos entregan más armas. Las conclusiones son simples: si con escasas y anticuadas armas somos capaces de aguantar esta guerra y además obtener grandes victorias, es fácil adivinar lo que seríamos capaces de hacer con buen armamento. Yo personalmente opino que los soldados rusos son unas víctimas igual que nosotros. Llegan con un desconocimiento total de lo que ocurre aquí; les engañan diciéndoles que lucharán contra chinos, iraníes, pakistaníes y americanos. Eso no es verdad y ellos lo comprueban sobre el terreno, no tienen otra alternativa más que obedecer; las continuas derrotas les desmoralizan, y para sobrellevarlas no encuentran otra salida que recurrir a las drogas que en Afganistán no son difíciles de conseguir. Los muyahidines, en cambio, tenemos la razón, eso nos diferencia y nos da fuerza para continuar. La falta de armamento tenemos que suplirla por acciones inteligentes. Estamos preparándonos a pasos agigantados en el aprendizaje de la guerrilla urbana; la necesidad y la dinámica así lo exigen. Preparamos bombas que pueden explotar hasta con 75 días de retardo, pero nuestros objetivos siempre serán militares, porque nunca hemos estado de acuerdo con las acciones terroristas en las que las víctimas sean civiles. Eso ya lo estamos sufriendo».

Cuando consideré oportuno y una vez ganada su confianza, intenté lo que muchos otros periodistas antes: tratar de entrevistarme con algunos prisioneros soviéticos en poder de la guerrilla, para lo cual pregunté abiertamente sobre el tema.

—Los prisioneros los entregamos a Pakistán y las autoridades de ese país a la Cruz Roja Internacional, que los traslada a Suiza—, me contestó seguidamente.

—¿A todos?, pregunte.

—Sí, los entregamos a todos, aunque a los de alta graduación procuramos mantenerlos un tiempo, para intentar algún canje llegado el caso, sobre todo para negociar la liberación de periodistas. Pero el alto mando soviético, en cuanto los militares caen en nuestro poder les consideran desertores y pierden todo su valor.

Le pregunté entonces si me permitiría tomarles fotos y hablar con algunos de estos prisioneros.

—En estos momentos no tenemos ninguno—, dijo sonriendo, y en su sonrisa inocente se podía percibir un ligero gesto involuntario que le traicionaba y agregó: —Cuando uno va de visita por primera vez a casa de un amigo, no se puede pretender que el primer día le conduzca a uno a la cocina, ¿verdad?

Por su extremada timidez y parquedad consideré que poco más sacaría y me limité a seguir el curso de los acontecimientos en tanto esperaba.

—¿Están entrenados para trepar montañas?—, preguntó en nuestro primer encuentro y yo probablemente sin entender demasiado contesté con impaciencia que sí.

—El riesgo es sólo suyo y es grande, debo prevenirles que pueden morir o caer prisioneros, y mi obligación es disuadirlos de este intento—. Así se expresaba el embajador español en Islamabad, cuando le hicimos partícipe de nuestros planes y sobre todo al darle unas posibles fechas de retorno, intentando con ello, medianamente, cubrirnos las espaldas. El comentario no carecía de fundamento, por entonces Afganistán se había convertido en un lugar prohibido.

Uno por uno fuimos superando los pequeños obstáculos. Cambiamos nuestras indumentarias occidentales por la típica vestimenta afgana y logramos vencer la oposición de los muyahidines respecto a la integrante femenina del equipo, para que ésta no corriera los riesgos destinados sólo a los hombres, más por seguridad que por discriminación, según ellos.

Veinticuatro horas antes del día D, nos visitó Abdul Haq para verificar si todo estaba en orden y nos informó que al amanecer vendrían a buscarnos para intentar el paso de la frontera. Le confié que por un lamentable descuido había perdido una de mis cámaras. Me dijo que no me preocupara, que él me proporcionaría la suya. A la mañana siguiente, nos recogió un jeep que tomó rumbo a su cuartel y allí nos presentó al grupo que nos acompañaría y al comandante Kare Momen, responsable de la operación y de nuestra propia seguridad.

—Comandante, recuerde que me llevo su cámara y si me matan no podré devolvérsela—, le dije a Abdul Haq en tono de broma mientras nos despedíamos.

Camuflados convenientemente dentro del vehículo, dejamos atrás innumerables puestos de la policía pakistaní; hasta llegar al paso Khyber todo transcurría en orden hasta que se nos ocurrió protegernos de los fortísimos rayos del sol con gafas oscuras; como no resultaba habitual, las autoridades pakistaníes observaron, desconfiaron y detuvieron el vehículo para interrogarnos y luego detenernos. Sin embargo, los muyahidines reaccionaron rápidamente, nos rescataron y regresamos al cuartel de Abdul Haq.

—Los pakistaníes son nuestros hermanos, pero a veces nos ponen en verdaderos apuros con esta situación—, decía Abdul Haq, mientras reía por lo ocurrido.


Abdul Haq con el autor.


Residencia-cuartel de Abdul Haq.

II

En el segundo intento Abdul Haq tomó mayores precauciones. Falsificó algunos documentos e incluso aprendí algunas palabras en farsi, lengua que la mayor parte de los policías desconoce. Mi acompañante femenina, «privilegiada» con el rostro cubierto por un burka, se protegía tras las milenarias tradiciones. La policía no tiene autorización para hablar con ninguna mujer. Acomodados en un destartalado camión que el comandante llenó de hombres, mujeres y niños, emprendimos nuevamente el viaje. En cada puesto de la policía, los ocupantes del camión hablaban al unísono y apresuradamente con los oficiales para desviar la atención. Cuando abandonamos el vehículo, comenzó verdaderamente la odisea.

En un pico montañoso observamos un destacamento del ejército afgano-soviético y era necesario eludirlo.

Al coronar la cima de una empinada montaña, la provincia de Nangarhar se extendía a nuestros pies; ya estábamos en Afganistán.

El impresionante paisaje iba transformándose, y el encuentro con las primeras filas de refugiados en condiciones lamentables, huyendo del horror de la guerra nos producía honda tristeza y sensación de impotencia al mismo tiempo: heridos que escalaban montañas esquivando los bombardeos y las minas. Un éxodo bíblico en las últimas décadas del siglo.

III

Como si una extraña maldición hubiera caído sobre ellos, decenas de pueblos dejaban ver sus infraestructuras semiderruidas, escombros y agujeros producidos por las bombas que arrojaban los aviones soviéticos. El paisaje, visto desde la colina, siempre daba la impresión de ser un espejismo y penetrar en él era caer en las entrañas mismas de la desolación; los sobrevivientes intentaban llegar a Pakistán, pero muchos de ellos perecían en el intento.


Refugiados huyendo.


Pueblos bombardeados.


Transporte de herido.

La marcha continuó durante horas por terrenos montañosos y a veces desérticos, acompañados de un enemigo natural: el sol. Desde una colina observamos un cuartel soviético y algunos tanques a su alrededor. Nos dividimos en grupos de tres para atravesar el espacio que se dominaba desde el cuartel, con el temor de que en cualquier momento algunos de los tanques salieran en nuestra persecución. Si ello ocurría, nuestras posibilidades de salvación serían nulas, porque no había un rincón dónde esconderse y los fusiles poco o nada podían contra los tanques. Aun así, los muyahidines insistían en proporcionarnos armas que, lógicamente, rechazamos. Después de la penosa caminata y al final de una calurosa tarde, llegamos a la primera aldea habitada y todos nos dedicamos a la prioritaria tarea de beber.

En sucesivas visitas a otras tantas aldeas, comprobaría que los campesinos lograban autoabastecerse. El maíz constituía la base de todos los cultivos y era utilizado de forma constante principalmente para la fabricación del dowday (una tortilla de harina de maíz que, amasada con agua, hace las veces de pan). En las zonas con abundancia de agua se veían plantaciones de arroz. El azúcar era algo muy preciado y en algunas aldeas el siempre apetecible té se acompañaba de algunos caramelos. El cultivo de los campos era rudimentario, con aperos fabricados por los propios campesinos.

Las comidas, debido a la escasez ocasionada por la guerra, no era muy variadas y se acompañaban de yogur, huevos, dowday, en algunas ocasiones carne de oveja, abundantes y fuertes salsas de cebollas picantes y excepcionalmente tomates; esto en el mejor de los casos. En las regiones destruidas por los bombardeos, la alimentación era algo casi imposible y apenas la constancia y el gran apego por la tierra impedían que sus escasos moradores abandonaran la zona. En ciertas aldeas, una pequeña tienda proveía con muchas dificultades de pilas, jabón o aceite, entre otras cosas. Los campesinos vendían o intercambiaban cabras y escasas vacas en otras aldeas, pero nunca acudían a las grandes ciudades, sobre todo los más jóvenes, por temor a ser detenidos y alistados en el ejército. Todas las aldeas eran consideradas «rebeldes» y convertidas en blanco de la aviación soviética.

El agua era aprovechada de forma inteligente para consumo y regadío, los afganos desde siempre se han caracterizado por su habilidad para lograr una buena conducción del agua. Los habitantes de las aldeas fueron empujados a vivir en la más absoluta ignorancia y se habituaron a su pobreza, aunque sin resignarse.

Ninguna aldea tenía electricidad y los niños paseaban sus cabras con los pies descalzos. La medicina y la escolaridad eran impartidas en su totalidad por los propios muyahidines y por los mulás (religiosos).

El índice de mortalidad producida por enfermedades no destacaba si se comparaba con los cientos de miles de personas que perecían como consecuencia directa o indirecta de los bombardeos, aunque debido a la pobreza, los brotes de malaria, tuberculosis o disentería eran difíciles de combatir y en la mayoría de los casos con resultados fatales. A pesar del enorme esfuerzo de los muyahidines, innumerables aldeas fueron abandonadas porque sus pobladores no lograban resistir ni sobrevivir a los bombardeos ni al incendio de sus cosechas; utensilios o juguetes repletos de explosivos eran trampas mortales diseminadas por las montañas y los campos. Los objetos eran arrojados desde los helicópteros y sólo explosionaban al contacto de algo vital, cálido. Las toy mine —«minas juguetes» o «bombas mariposa»— denominadas así por su aspecto, atraían a los necesitados y curiosos pequeños pastores, cumplían así su objetivo: amedrentar y aterrorizar a la población civil para que abandonara sus tierras y de esa manera cortar los suministros a la guerrilla.


Mina mariposa.

Nuestra llegada a cualquier aldea era motivo de regocijo para sus habitantes y por supuesto para nosotros. Los bombardeos y los sacrificios de sobrellevar una época tan difícil no les privaba de su tradicional y exquisita hospitalidad, aunque los temidos helicópteros MI 24 les obligaran diariamente a esconderse en las montañas, en los refugios que ellos mismos habían construido. En muchas ocasiones y durante las incursiones de los tanques, estos refugios fueron descubiertos y atacados con bombas que contenían productos químicos; unos minutos después, los soldados, equipados con máscaras antigases entraban y sacaban los cadáveres, en su mayoría de mujeres, ancianos y niños que, buscando en un agujero la seguridad de un futuro, encontraban con crueldad una muerte indescriptible.


Cuevas para refugiarse durante los bombardeos.


Máscara utilizada por las fuerzas soviéticas tras arrojar productos químicos.

Los disparos de morteros o el aterrador ruido producido por las bombas de fragmentación se convertían en algo rutinario. El penetrante zumbido de los aviones indicaba necesariamente el instante de huir hacia los refugios, a veces con intervalos de media hora; el final de la tarde marcaba el regreso e indefectiblemente también el necesario recuento de víctimas, en su gran mayoría civiles.

Al beber el agua de los charcos y de los ríos frecuentados por animales produjo el temido efecto: la disentería comenzó a castigarme y los desplazamientos los realizaba con mayores dificultades. El comandante Kare Momen, jefe de nuestra expedición y también del área donde nos encontrábamos, fue reuniendo a algunos de sus hombres instalados en las diferentes bases de las montañas y anunció que el momento de entrar en acción estaba cerca. Nos enseñó orgulloso las armas pesadas que durante las noches fueron sacando de sus escondites y trasladándolas a lugares cercanos a los objetivos a atacar.

Sin embargo, algo inesperado hizo cambiar los planes. Los soviéticos detectaron la presencia de periodistas. La falta de tiempo para huir a zonas más seguras, y mi precaria condición física, no parecían los elementos más idóneos para escapar al cerco. Después de que un «médico» muyahidín me inyectara una fortísima medicina para intentar detener la fiebre y la diarrea, descansamos alrededor de tres horas en una pequeña aldea.

Cerca de las cuatro de la mañana, el comandante me despertó de una forma discreta y me preguntó si estaba en condiciones de montar a caballo. Retumbaba el característico e infernal ruido de los tanques y nos indicaba que estaban muy cerca. Niños, ancianos y mujeres con sus hijos en brazos iniciaban una dramática huida que con las primeras luces del día pintaba unas imágenes difíciles de olvidar.

El comandante, con veinticinco de sus hombres, comenzó los preparativos de una emboscada con la que intentar retrasar el movimiento de los tanques. Envalentonado por mi momentánea mejoría, intenté convencer al comandante para quedarme y fotografiar la emboscada, aprovechando las primeras luces del día.

«Veinticinco hombres no son suficientes para detener a una columna de tanques y es probable que nos maten a todos. Tengo órdenes estrictas de que salgan vivos de Afganistán», dijo el comandante mientras me ayudaba a montar el caballo disponible en el que emprendimos la huida.

Antes de que amaneciera totalmente debíamos estar lejos del alcance de los tanques y, sobre todo, haber encontrado un refugio en las montañas previo a la inminente llegada de los helicópteros. Si esto no pasaba, podíamos encontrarnos entre dos fuegos: el de los tanques que nos impedirían regresar y los helicópteros que nos cortarían la huida. Por fortuna, logramos llegar a las montañas, y los ocupantes de los tanques se conformaron con la destrucción de la aldea en la que dos mujeres rezagadas murieron como consecuencia del bombardeo.

Recibimos un mensaje del comandante en el que nos informaba que todo había pasado, regresamos a la aldea y nos alegramos de encontrarle con vida. Después de un merecido descanso, nos hizo partícipe de sus planes para atacar el cuartel soviético instalado en torno a la aldea de Hisar Shai.

Tras una caminata ininterrumpida de trece horas y próximos al cuartel, el comandante dividió a sus hombres en dos columnas, rodeó sigilosamente el acuartelamiento y él mismo realizó el primer disparo de bazuca, violando así la norma de atacar sólo por las noches para evitar los helicópteros y con el único fin de que pudiéramos fotografiar el ataque, lo que constituía una de nuestras metas. Pasadas dos horas del feroz combate y bajo una lluvia de proyectiles que aún lanzaban los defensores del cuartel, el comandante me informó de que gran parte del mismo había sido destruido y que con toda seguridad un importante número de sus trescientos ocupantes ya habrían perecido y en consecuencia nos invitaba formalmente a presenciar la entrada en el sitio. Como había oscurecido y ya no podría fotografiar más, y barajando los riesgos pues aún llegaban desde el otro lado gran cantidad de bombas y proyectiles, consideré que el sacrificio no tenía sentido, desistí y el comandante organizó la retirada, dejando la toma del objetivo para otros grupos que, como venía ocurriendo desde el comienzo de la guerra, la noche siguiente intentarían otro ataque sobre ése y sobre la mayoría de los cuarteles de la zona.

Durante la larga marcha iniciada para alejarnos del área, pensaba en que los defensores del cuartel nunca sabrían que la presencia de unos periodistas les habría dado una extraña oportunidad de salvar la vida.

Un promedio de veinte kilómetros a pie por terrenos llanos y otros montañosos nos llevaba a muy diversos puntos de la geografía de Nangahar, por entonces repleta de guarniciones soviéticas y bajo la permanente observación de los aviones Antonov, una especie de pájaro con hélice que fotografiaba incansablemente la región y, sobre todo, detectaba los movimientos humanos. El Antonov recogía los datos y los enviaba de forma inmediata por lo que tan sólo unos minutos después aparecían los Mig 21 y «peinaban» la zona con bombas de fragmentación y napalm. La presencia de occidentales en los pequeños pueblos despertaba la curiosidad de los habitantes del entorno. Por ignorancia y por algunas otras razones que aún hoy desconozco, indefectiblemente nos tomaban por médicos y siempre terminábamos repartiendo algunas medicinas.

El regreso hacia la frontera, tan penoso como la venida, tendría un final más digno de la ficción que de la realidad. Después de 24 días volvimos a recorrer el mismo camino bajo el continuo bombardeo de los aviones. Nos mezclados con los refugiados que huían y compartimos con ellos lo incompartible: desde una miserable galleta hasta unas raquíticas uvas, pero ante todo el esfuerzo de poder escalar juntos las abruptas montañas y pasar al otro lado en busca de un sitio seguro.

Una vez coronado el pico de la última gran montaña que separa a los dos países, y medianamente protegidos, pudimos observar la llegada de los helicópteros MI 24 cuyos pilotos, no conformes con la destrucción de las aldeas, ametrallaron las filas de refugiados, lanzando sobre ellos la ira, los intereses y la crueldad salvaje e innecesaria. Cientos de cadáveres quedaron a escasos metros de la deseada libertad; un ejército de mujeres, niños, ancianos y heridos había sido derrotado una vez más y pasaban a engrosar las estadísticas y los números que por rutinarios ya a nadie interesaban.

Hasta la salida del área de peligro y antes de afrontar la odisea de atravesar la frontera, utilizando para ello todo tipo de triquiñuelas, incluso acostándonos en una cama en compañía de un herido (tenía perforada la cabeza de un disparo), no nos dimos cuenta de la buena suerte que nos había acompañado. Primero, por haber tenido la posibilidad de vivir una gran experiencia y segundo, poder relatarla.

Una vez cruzada la frontera recibimos el jubiloso abrazo de quienes nos habían facilitado su apoyo para realizar nuestro trabajo.

—Algún día vendréis a Kabul os gustará —dijo el comandante mientras nos despedíamos.

Acomodamos nuestros tesoros en forma de apuntes y de películas y nos relajamos pensando en la remota posibilidad de realizar algún día un viaje por Afganistán sin el peligro de tropezar con una mina o de recibir una bomba en nuestras cabezas, pero sobre todo sin la macabra visión de niños mutilados.


Herido con un tiro en la cabeza.

IV

Afganistán, según un censo estimativo anterior a la invasión soviética, poblado por algo más de 16 millones de habitantes, se convirtió con la invasión en un país completamente diferente. Tuvieron lugar grandes disturbios sociales; el continuo desplazamiento de la población creó enormes desequilibrios y como resultado de los mismos surgió una nueva sociedad sufrida, empobrecida y temerosa, rodeada de grandes incertidumbres.

Con una economía basada primordialmente en la agricultura y cuyo desarrollo depende de los principios del islam, chocó frontalmente con los decretos y leyes promulgados por el régimen comunista, y si bien es cierto que los intentos de reforma no pasaron de las periferias de las grandes ciudades, éstos repercutieron en la economía y en la vida cotidiana de todo el país.

Un afgano de cualquier capa social es muy respetuoso de sus costumbres y tradiciones, y completamente opuesto a cualquier fórmula de innovación. El honor puede considerarse su mayor tesoro y los códigos de conducta son muy acentuados: pashtunwali, que engloba y señala las tres reglas a seguir: malawastia, nanawatey y badal, preceptos que garantizan el respeto al honor haciendo especial hincapié en la hospitalidad, asilo y la protección de la familia y de todos aquellos que se cobijan bajo su techo; la venganza y la justicia no son ajenas a dichas reglas. El régimen, que desde sus comienzos no contó con el apoyo del campesinado porque omitía los códigos de conducta, sin embargo se vio protegido en las grandes ciudades; en las grandes urbes era fácil llevar a cabo controles y ejercer la represión sobre los ciudadanos. Pero al no contar con la principal riqueza del país, la agricultura, la economía se fue resquebrajando hasta depender exclusivamente de los protectores soviéticos. La URSS, para lograr mantener su influencia en la zona y sostener al régimen en el poder, invirtió anualmente 3 mil millones de dólares.

El gobierno, por su parte, trató de extender e imponer a sangre y fuego su política en las áreas rurales y reducir por la fuerza a todos aquellos que pretendieron oponerse a ella. La siniestra prisión de Pul-e-Charqhi se llenó de sospechosos; de ellos, algunos entraron pero nunca lograron salir.

Para la guerra tanto como para la represión se contó con el generoso aporte militar de la URSS que, dependiendo de la época, osciló entre 120.000 y 150.000 hombres, alrededor de 1.000 aviones y 4.000 tanques diseminados por las diferentes bases instaladas en el territorio, en una confrontación que, según muchos observadores, históricamente estaba perdida.

En 1984, la muerte de Yuri Andrópov y la llegada al Kremlin de Konstantin Chernenko originó grandes cambios en la estrategia de las fuerzas soviéticas respecto a Afganistán. En esa época comienzan las mayores ofensivas comunistas sobre la guerrilla y la población civil. El ejército soviético incrementó considerablemente sus miembros en la región y se abandonaron secretamente los planes de Andrópov de asesinar a los líderes y comandantes de la guerrilla, centrando el esfuerzo en lo puramente bélico y reforzando al mismo tiempo las acciones del KHAD, servicio secreto afgano y homónimo del KGB, cuyo puesto máximo lo desempeñaba quien en el futuro ocuparía la presidencia de Afganistán, Mohammad Najibulá, el último de la era comunista.

«Que vienen los rusos», probablemente fue la frase más temida y odiada en todo el tiempo que duró la invasión y, por consiguiente, la guerra, por lo menos esa guerra. Cuando la frase se convertía en realidad, los bombardeos masivos y las vertiginosas huidas corroboraban con creces los temores.

La propia base de las creencias de la población afgana llevó muchas veces a catalogar el conflicto como una guerra santa.

La religión ocupa un aspecto fundamental en la vida de los afganos. El intento de cambiar sus costumbres culturales y religiosas fue una de las razones esgrimidas para combatir a sus invasores.

La religión y el odio visceral hacia los enemigos desempeñaron el principal protagonismo a la hora de valorar las aptitudes y actitudes desarrolladas en el transcurso de la guerra. La religión les dio el coraje y el odio el argumento necesario. La moral, que intentaban elevar, les condujo a los combates convencidos de su éxito y sin el mínimo temor a la muerte, sólo pensando en el golpe que asestarían al enemigo.

Hasta el más esmirriado de los campesinos aseguraba que lucharía, y sus hijos y los hijos de sus hijos, por generaciones enteras si fuera necesario pero que no permitirían que ningún invasor se perpetuara en el territorio. Y como si sus convicciones no fueran suficientes, se apoyaban en el islam, en sus doctrinas y en la necesidad de vivir libres. Sólo su gran misticismo pudo suplir las armas que no poseían y otorgarles una sorprendente fortaleza. «El Corán contra los tanques», solían repetir convencidos.

Niño muyahidín en el campamento.


Armamentos.

V

«Nosotros creemos en el progreso, no nos ata el pasado, pero no es nuestra guía y en ese aspecto lo que ocurra a nuestro alrededor no tiene importancia. Esto no será jamás una dictadura religiosa, ya estamos soportando una dictadura, aunque de otro signo, pero suponemos que todas serán iguales. Ya hemos escuchado más de una vez la comparación que intentan hacer entre un pashdaran iraní (guardián de la revolución) y los muyahidines pero son dos cosas diferentes. Nosotros combatimos a un invasor y a un régimen impuesto por ellos. Fundamentalmente es eso. La quema de nuestros libros sagrados y la destrucción de nuestras mezquitas no han hecho más que acentuar nuestro resentimiento hacia el enemigo y aunque ahora Najibulá aparezca en televisión con un Corán en las manos, creemos que ya es demasiado tarde». Estas palabras de un religioso moderado aclaraban en parte la postura de la resistencia e intentaban asegurar el futuro de lo que podría llegar a ser la República Islámica de Afganistán y que de alguna forma chocaban con el fundamentalismo y radicalidad de otros grupos, que ya por convicción religiosa propia o bien por propias venganzas a las afrentas y humillaciones sufridas por la doctrina comunista, preconizaban un férreo y tenaz retroceso que, llegado el caso, cerraría las puertas a cualquier forma de apertura. Años después, con la llegada de los talibanes se confirmaría lo que aparentemente nadie deseaba.

La población afgana, de muy distintos orígenes, la integran unas veinte etnias, que se dividen a su vez en tribus que pueden incluso no hablar el mismo idioma aun perteneciendo a la misma etnia, y son portadoras de una cultura, unas costumbres y tradiciones bien diferenciadas entre sí si se exceptúa la religión, aunque en ella también pueden hallarse diferencias en lo que respecta a sunitas y chiitas. Por eso la dificultad para llegar a entendimientos y acuerdos a la hora de tomar importantes decisiones. Si a esto se suman las veintiocho provincias, cada una de ellas habitada por diferentes tribus, pueden comprenderse las reservas existentes incluso entre los pobladores de una aldea y sus más inmediatos vecinos de otro villorrio que no dista más de dos kilómetros.

Incansables viajeros, recorrerán largas distancias para poner en práctica el oficio reconocido y generalizado, el comercio; sus recorridos variarán sólo excepcionalmente si algún acontecimiento los empuja a ello, porque siempre intentarán caminar por las zonas donde la proximidad de un familiar lejano o de miembros de su propia tribu les ofrezcan hospitalidad y alguna seguridad.

«Nunca habrá una “libanización” de Afganistán, porque nuestros conflictos internos siempre han sido de índole étnica o tribal y no religioso, como ha sucedido desde épocas muy lejanas», aseguraba un político.

Si se exceptúan alrededor de 100.000 hinduistas, la población afgana es mayoritariamente musulmana; cerca del 95% profesa el rito hanafí de la rama sunní del islam, y el resto es de confesión chiita. Estos últimos, por afinidad religiosa y por proximidad geográfica de sus lugares de origen, huyeron de Afganistán a la vecina Irán, buscando la protección de los gobernantes y organizando su resistencia desde ese país que, en gran parte, les ha proporcionado la infraestructura bélica necesaria para combatir.

Para hacer frente a las crecientes ofensivas de comienzos de 1984, la guerrilla se encontraba en un callejón sin salida y en más de una ocasión acusó públicamente a los medios de comunicación internacionales de ser los responsables de uno de los títulos adjudicados al conflicto: «La guerra olvidada». Y aseguraba que no era un olvido casual, a pesar de que comprendían y eran conscientes de los riesgos y las penurias por las que debían de pasar los medios para obtener alguna información sobre el largo conflicto.

«Los rusos han intensificado sus actividades y sus estrategias han variado ostensiblemente. Han trasladado tropas de elite, utilizando comandos helitransportados con gran entrenamiento. No obstante, la peor parte la siguen llevando los civiles, a quienes presionan con sus acciones para que abandonen sus lugares de origen. Eso nos ha obligado también a cambiar nuestro sistema defensivo y de ataque, pero a pesar de nuestros esfuerzos a veces no podemos evitar que las aldeas sean destrozadas y las cosechas incendiadas. Los campesinos entonces procuran huir hacia los países vecinos. Pero los rusos saben que estos refugiados, aunque mayoritariamente se trate de ancianos, mujeres y niños, se han convertido en potenciales combatientes e intentan cortarles el paso porque para ellos sería más fácil controlarles si el hambre les empujara hacia las grandes ciudades afganas donde tienen todo su aparato represivo. Por eso, cada vez estamos más necesitados de armamentos para hacer frente a las sofisticadas armas soviéticas y a los espectaculares helicópteros. En tierra, hemos sido capaces de hacerles frente e incluso de neutralizarlos, pero el problema viene del aire y si logramos neutralizarles también allí, sería muy fácil para nosotros hacerles retroceder o llevarles a una situación crítica. Con una buena presión militar y abundante ayuda humanitaria destinada a los civiles para que puedan continuar en sus tierras, podríamos contar con los elementos necesarios para obligarles a iniciar negociaciones de forma directa, aunque a ellos no les interesa una solución política, todo lo quieren arreglar militarmente. Los cambios de presidentes propiciados por ellos mismos no suponen nada porque de hecho los gobernantes afganos no tienen ningún poder, son marionetas y mientras la influencia y los asesores soviéticos continúen en Afganistán, no tendrá importancia qué marioneta va o qué marioneta viene. De lo que sí estamos seguros es de que finalmente conseguiremos nuestra libertad, definitivamente, ése es nuestro derecho y nadie puede quitárnoslo. Una vez acabado esto, daremos una vuelta a la página del tiempo de la guerra y veremos quién ha estado cerca de nosotros. Nuestro pueblo nunca lo olvidará, porque nos habrán ayudado a sobrevivir a este brutal atropello. Algunas gentes en Afganistán piensan que luchamos por lo que sería la guerra de otros, pero si paramos y echamos a los rusos, les habremos dado una lección para que no vuelvan a equivocarse otra vez». Éstas eran las declaraciones de Masooud Khalili que dejaba suficientemente aclarada la situación a mediados de 1985.

Lejos fueron quedándose las intenciones iniciales de los dirigentes del Kremlin. Lo que desde un principio habían considerado como un paseo de los tanques rusos para dispersar y exterminar a la resistencia fue transformándose en una guerra abierta, con el fortalecimiento de esa misma resistencia a la que, restándole importancia desde la cúpula del régimen soviético, se había empeñado en catalogar como «simples bandidos», y que se convertía día tras día en un verdadero quebradero de cabezas para las fuerzas rusas.

«Recuerde embajador que Napoleón también denominaba bandidos a aquellos españoles que se resistieron a sus intenciones de sometimiento y usted recordará también el final». Así, discretamente, en una conversación informal, un diplomático español intentaba sacar de su error a su colega soviético cuando éste se refería a la guerrilla como «unos cuantos bandidos que asesinaban e intentaban desestabilizar a un régimen amigo».

Si bien es cierto que la invasión soviética de Afganistán sirvió para desempolvar y actualizar viejos rencores que se acumulaban desde el siglo xix, durante el reinado de Alejandro II, y acrecentados durante la sovietización del Uzbekistán, también es cierto que ello sirvió para que de una forma tímida comenzaran algunas aproximaciones de unidad entre los diferentes grupos, algunos de los cuales tradicionalmente constituían focos de enfrentamiento mutuo. Ya los datos históricos contribuían a la confusión y al poco esclarecimiento de los hechos. Aún quedan en el aire y se crean polémicas en torno al nacimiento del Estado afgano que, según sean los interesados, se dan como acertadas las fechas de 1747, durante la designación de Ahmed Sha Durrani, o la de 1880 con Abdul Arman.

En un Estado pluriétnico de abierta denominación pastún, el fundamento de las instituciones y las bases de los sistemas de organización política se rigen por las normas y conductas tradicionales de la etnia mayoritaria y dominante.

Sólo por citar datos y para facilitar la comprensión de las complejas luchas tribales y las dificultades para llegar a entendimientos entre ellas, presentaré a continuación una estadística que dadas las circunstancias no estará exenta de errores.

Pastunes, musulmanes sunitas, seis millones; en esta cifra no se tienen en cuenta a los pastunes originarios de Pakistán y de las áreas tribales. Tayikos, sunitas, cuatro millones. Hazaras, chiitas, un millón y medio. Aimak, sunitas, ochocientos mil. Uzbekos, sunitas, un millón y medio, siempre refiriéndose a los originarios de Afganistán y no a los que habitaban en el Uzbekistán exsoviético. Turcomanos, sunitas, cuatrocientos cincuenta mil. Nuristanis, sunitas, ciento veinte mil, baluchis, sunitas, ciento veinte mil, sin tener en cuenta a los baluchis del lado pakistaní. Existen además otras tantas tribus minoritarias que por su escaso peso específico en la sociedad afgana no se tienen en cuenta a la hora de las enumeraciones demográficas.

El sistema organizativo, rígido y tomando como guía las leyes pastunes, se basa en las asambleas de ancianos llamadas jirga, de ámbito y funciones reducidas; la loya jirga, es decir, la gran asamblea, reúne a la representación de todas las tribus pastunes y sólo por determinados y muy particulares eventos, como puede ser la designación de un monarca o para tomar decisiones muy destacadas, pero principalmente para resolver los conflictos internos. La loya jirga se considera de tal importancia que durante el transcurso del siglo xx no se reunió más de media docena de veces.

Las fórmulas adoptadas y practicadas en el seno de la etnia pastún han originado no pocos enfrentamientos entre ésta y los integrantes de otras etnias que no siempre estuvieron de acuerdo con las decisiones adoptadas. Incluso hubo enfrentamientos entre miembros de la misma etnia pastún; incluso se dio el caso de dos familias rivales pastunes enfrentadas a lo largo de más de cincuenta años; algún jefe de la zona asegura que nadie recuerda con exactitud en qué momento y por qué comenzó la disputa, que ha continuado por generaciones.

Las diferencias lingüísticas también ejercen una gran presión a la hora de los entendimientos, pues existen tantas lenguas y dialectos como etnias y tribus. Predominan el pastún y el farsi o dari, esta última con escasas diferencias y gran influencia del persa iraní. Por ser estas dos lenguas y sus respectivos hablantes mayoritarios en el espectro demográfico del país, hallan en ello argumento suficiente para alimentar la gran rivalidad que las caracteriza. Pastunes y tayikos mantienen una férrea rivalidad desde la capa social más humilde hasta las esferas más altas.

Бесплатный фрагмент закончился.

990,13 ₽
Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
22 октября 2025
Объем:
305 стр. 76 иллюстраций
ISBN:
9788418292231
Издатель:
Правообладатель:
Bookwire
Формат скачивания:

Похожие книги