Читать книгу: «Más dulce que la miel»

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2002 Pamela Hanson & Barbara Andrews

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Más dulce que la miel, n.º 1353 - noviembre 2020

Título original: Just Desserts

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-1348-866-0

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

EL cactus se estaba derritiendo.

Sara Madison humedeció la escultura de hielo con una esponja, pero no sirvió de mucho. Tenía que hacer algo. El plato estaba a punto de desbordarse y el agua estropearía el escenario que Sara había preparado con los cocineros del restaurante Dominick’s para el concurso de comida Taste of Phoenix que se organizaba todos los años.

Faltaba menos de una hora para que se abrieran las puertas y entrara el público.

A su derecha estaba el dueño del restaurante Ye Olde Drawbridge English, observando cómo sus camareros se quejaban del traje que llevaban.

—¡Vamos a desmayarnos con esta armadura de latas que llevamos! —exclamó uno de ellos—. El aire acondicionado no funciona.

Sara lo miró, pero no dijo nada.

Miró a su alrededor para ver si encontraba a alguien que la ayudara a mover la pesada escultura de hielo, pero no encontró a nadie.

¿Dónde estaba su jefe cuando lo necesitaba? Dominick se había marchado hacía mucho rato para recoger otra tanda de especialidades de su restaurante y aún no había regresado. Sara tenía que hacer algo con la escultura y, al fin y al cabo, él había sido quien le había encargado a su cuñado que la esculpiera.

—¿Dónde te has metido, Dominick? —murmuró ella.

Si Sara decidiera deshacerse de la maldita escultura, él se quedaría de piedra al ver que una simple repostera había tomado esa decisión, pero ella no tendría más remedio que deshacerse de la escultura en cuanto las hordas de hambrientos aparecieran por la puerta. Dominick pensaba que bastaban dos personas para servir y no quiso contratar a nadie para que las ayudara.

Sara buscó a alguien que le debiera un favor.

—¡Vic! —llamó a un cocinero que había sido compañero suyo en la escuela de cocina—. ¿Puedes hacerme un favor? Solo tenemos que levantar una cosa…

—¿Sabes lo que han hecho con mis pastelitos de gamba? —dijo él—. Tenían que servirse calientes y algún cretino los ha metido en un cuenco con hielo. No sé si calentarlos de nuevo o si tirarlos a la basura.

—Caliéntalos —lo aconsejó. Sabía que él no la ayudaría.

Nadie tenía tiempo para ayudarla. Sara sabía lo que Dominick iba a decir acerca de que el cactus se derritiera. Pasara lo que pasara, sería culpa de ella.

El público estaba arremolinado junto a la puerta de entrada y, en el salón, los participantes comenzaban a ponerse nerviosos. Todos sabían que Liz Faraday, la periodista que hacía la crítica culinaria para el periódico Phoenix Monitor’s, asistiría al evento y que su opinión era muy importante.

Dominick había comprobado que la periodista no se dejaba adular ni obsequiar con regalos. Dos años atrás lo había criticado cuando le envió una caja del mejor champán para la boda de su hija.

Él esperaba que los barquitos con crema llamaran su atención, pero Sara creía que su pastel de ron con frutos secos tenía más posibilidades.

Un hombre se acercó a la mesa y probó un pastel de limón sin utilizar los cubiertos.

—Si lo has hecho tú, quiero casarme contigo —le dijo con una sonrisa.

—Cuando aprendas a usar el tenedor, me lo pensaré —contestó ella. De pronto, se dio cuenta de que aquel hombre no tenía la culpa de nada—. Lo siento, son los nervios —se disculpó con una sonrisa y le dio una servilleta. Él la miró de arriba abajo y se fijó en el sombrero de cocinero que llevaba—. Toma lo que quieras —dijo Sara.

—No nos conocemos lo bastante como para hacer eso, pero estoy dispuesto a que nos conozcamos más.

Tenía el tipo de cara que atraía a las mujeres, y a Sara le gustaba su cabello alborotado. Era difícil no sonreírle. Tenía un mentón prominente y una boca sensual. Era alto y delgado.

¿Qué diablos hacía entreteniéndose con un hombre que podía ser un espía de otro restaurante? Se alejó un poco de él.

—Nuestras «chimichangas» de cordero son famosas —dijo Sara.

—¿Las has hecho tú?

—No, yo soy repostera. Todos los postres son míos.

—Mi comida favorita —dijo él mirándola fijamente—. No parece que estés todo el día haciendo postres.

«¿Por qué la gente piensa que una repostera tiene que estar gorda?», pensó Sara. Era una artista, y solo probaba sus obras cuando hacía algo nuevo.

Quería darle una lección acerca del arte en la cocina, pero recordó que necesitaba a alguien fuerte para que la ayudara a retirar la escultura de Dominick. Si se derrumbaba, la tarta de queso y los bombones de chocolate rellenos de mousse se estropearían.

—Nuestro cactus de hielo se está derritiendo —le dijo—. Me da miedo que se rompa una de las ramas y lo estropee todo.

—Sería horrible —sonrió él, pero era evidente que no le preocupaba demasiado ya que no dejaba de mirar por la habitación.

—¿Puedo ayudarte en algo? —le preguntó Sara tratando de llamar su atención.

—¿Esas puertas dan a la cocina? —preguntó él.

—Sí, es la cocina destinada al uso de los concursantes.

—¿Crees que alguien se molestaría si le echo un vistazo?

Sara se quedó callada. Quizá era un espía del ámbito culinario. O algo peor.

—Es solo para los cocineros, pero quizá yo pueda enseñártela —le sugirió—. Voy a entrar para guardar esta maldita escultura de hielo.

—¿Vas a llevarla tú sola?

—No. Traeré un carrito.

—¿Pretendes mover una tonelada de hielo tú sola?

—Dudo que pese tanto —mintió.

—Puedes hacerte daño tratando de mover eso —le dijo con una amplia sonrisa—. Te ayudaré a llevarla a la cocina.

—De acuerdo.

En realidad no estaba prohibido entrar en la cocina y, probablemente, allí no había nada que pudiera interesarle aunque fuera un espía de otro restaurante. Los concursantes llevaban neveras portátiles para meter los platos para tener las especialidades siempre a la vista.

—¡Estupendo! Haré mi buena acción del día. Voy por un carrito —dijo y se apresuró para buscar uno.

Solo estarían en la cocina durante unos instantes, así que Sara no sintió cargo de conciencia. Era la oportunidad de demostrar lo que podía hacer en la cocina, y no quería que la gente se riera de la escultura en lugar de apreciar sus deliciosos postres. Y si Liz Faraday se fijara en ellos…

—Aquí tienes, Sara Madison —dijo él, y acercó el carrito a la mesa. Sara se sorprendió al oír que él la llamaba por su nombre pero recordó que llevaba una tarjeta colgada de la chaqueta—. Soy muy observador y si vamos a trabajar juntos será mejor que sepa cómo te llamas.

—No vamos a trabajar juntos, señor… —dijo ella.

—Wilcox, pero llámame Jeff.

No tenía intención de llamarlo de ningún modo. Su única preocupación era la exquisita comida que estaba sobre la mesa. Si alguna de las especialidades del restaurante Dominick’s se estropeaba su jefe la mataría.

Con cuidado, retiró las bandejas de dulce con nueces y las de praliné para poder acercar el carro.

Su ayudante era más fuerte de lo que aparentaba y agarró la escultura sin que ella apenas lo ayudara.

—Muchas gracias. Acabas de salvar mis postres.

—Por una sonrisa como la tuya caminaría sobre una fuente de patatas calientes —era demasiado halagador pero tenía tanto carisma que a Sara no le hubiera importado verlo sin camisa—. Ya lo llevo yo —dijo él, y empujó el carrito hacia la cocina.

Sara le abrió la puerta para que pudiera entrar.

—Más que nada es un sitio para servir los platos. Aquí no se prepara casi nada.

Él levantó la escultura, con el plato y todo, y la metió en el fregadero. Al hacerlo se mojó la camisa y, a través de la tela, Sara se fijó en el vello de su torso. No quería estar a solas con él, aunque según su hermana, Ellie, lo que necesitaba era estar a solas con un chico sexy.

De acuerdo, quizá su vida social fuera un desastre, pero había ido allí a trabajar y no a conocer al hombre de su vida.

—Puedo enseñarte cómo se va a la cocina principal, si no te importa ir rápido porque tengo que regresar a mi mesa.

—No, esta está bien.

—Creo que no deberías quedarte aquí —le advirtió, y retiró el carrito del medio—. Algunos cocineros están paranoicos con sus especialidades. Pueden pensar que eres un espía.

—No he venido a robar recetas —dijo entre risas.

—En este cuarto no hay nada interesante, solo refrigeradores, fogones y mostradores. Ven a mi mesa y te prepararé un plato.

—Ahora no, gracias. Aunque estoy seguro que todo lo que prepares estará delicioso.

—No deberías estar aquí. Tengo que marcharme —dijo con insistencia para que él también se marchara.

—Espera, por favor.

—Tengo que arreglar las flores de la mesa. Mi jefe se desmayará si ve que nuestra mesa es la única que no está preparada cuando inauguren el concurso.

—Quédate un minuto. Te lo agradecería mucho —le dijo con tono seductor.

—No, de veras, no puedo dejar un hueco en medio de la mesa.

Intentó salir de allí, pero él se colocó en medio bloqueando las dos puertas. No dejaba de mirar hacia el salón.

—Si alguien intenta entrar te romperá la nariz —le advirtió ella—. Vamos, por favor…

Intentó apartarlo del camino, pero no pudo. Él la rodeó por la cintura y la atrajo hacia sí.

—¡Suéltame!

—Por favor, necesito que la puerta esté cerrada solo un momento más.

Se inclinó para mirar por la ventana de la puerta. Ella intentó escapar pero no lo consiguió.

—Si no me sueltas, gritaré. ¡Muy fuerte!

Era una amenaza, pero Jeff la tomó en serio y le tapó la boca con sus labios para que no gritara.

La estaba besando… y Sara se estremeció.

—¡Ya está aquí! —dijo él, y la soltó de pronto.

Ella abrió la boca para gritar, pero solo emitió un suave sonido.

Jeff salió corriendo hacia un hombre de pelo gris que llevaba una camisa hawaiana. Aquel hombre se estaba comiendo uno de los pasteles de chocolate que había hecho Sara cuando Jeff sacó algo de su bolsillo. Era una pequeña grabadora. Sara se acercó a la mesa para ver lo que pasaba.

—¡Rossano! —exclamó Jeff—. ¿De qué vas a vivir ahora que tu madre te ha despedido del negocio de guardaespaldas por aceptar sobornos de las chicas?

—¡Lárgate, Wilcox! Ese maldito periódico y tú ya me habéis causado bastantes problemas.

—Los problemas te los has causado tú mismo al engañar a Queen Molly.

—Mi madre se llama Margaret. Señora Rossano, para ti, ¡gusano!

—La estás defendiendo. Pero he oído que está muy enfadada contigo. ¿Me pregunto si se pondría de tu parte en el juicio?

Rossano se sirvió dos pedazos de tarta de queso y los engulló. De pronto, Sara lo reconoció como un cliente habitual del restaurante. Aquel que pedía tres o cuatro platos y después vaciaba el carrito de los postres.

No le gustaba lo que estaba pasando. Se fijó en que su jefe se acercaba con una bandeja en la mano.

—¡Dominick! ¡Traidor! —gritó Rossano—. Esta cocinera me ha tendido una trampa con este periodista. Estaban escondidos detrás de esas puertas. Si lo hubiera sabido no me habría acercado a tu mesa. He venido porque tú me dijiste que habría montones de platos deliciosos y me encuentro con un periodista del Monitor. ¡Como si tuviera algo que decirle a ese andrajoso!

—Rosie, ¿crees que me interesa causarle problemas a mi mejor cliente? —dijo Dominick.

Ella no tiene nada que ver —dijo el periodista—. Y el público tiene derecho a saber…

—¿La cocinera trabaja para ti? ¿O no, Dominick? —preguntó Rossano.

—Dominick, yo no lo he ayudado. Ni siquiera lo conozco —protestó enfadada—. No me dejaba salir de la cocina después de que me ayudara a mover el cactus. Le pedí ayuda porque tú no regresabas. Además, fue culpa tuya que el hielo se derritiera tan rápido. Yo quería un pequeño querubín que se derritiera despacio, pero no, tú…

—Estás despedida —dijo Dominick.

—¡Pero no he hecho nada mal!

—No volverás a cocinar en este pueblo —dijo él—. Conseguiré que no te contraten ni en un bar de camioneros.

Sara se esforzó para contener las lágrimas. No quería que Dominick la viera llorar. Había cientos de testigos que sabían que no merecía que la despidieran.

¿Pero qué habían visto sus compañeros? Que había metido a un extraño en la cocina y que no habían salido hasta que el extraño había abordado a uno de los patrocinadores del concurso.

Quería conseguir la fama, y lo había hecho… ¡había alcanzado la mala fama!

Lo único que podía salvar era el orgullo. Se quitó el gorro de cocinera, se acercó a la mesa de postres que había preparado con mucho esmero y cubrió la tarta de zanahoria con el gorro.

Lo único que le faltaba por hacer era recoger su bolso en la segunda planta y marcharse.

Capítulo 2

DE camino a la calle, Jeff tomó algo que parecía una tortilla de maíz, pero que picaba muchísimo. Corrió hasta la fuente que había en el pasillo y dio un buen trago de agua.

No había comido nada desde la hora del desayuno. No había podido comer porque tenía que terminar la historia de la investigación acerca de Queen Molly Rossano y el matón de su hijo.

Con la ayuda de un buen abogado, la pareja había ganado el juicio en el que les acusaban de promover la prostitución, pero el director del Monitor quería seguir el caso de cerca y Jeff estaba encantado de hacerlo. Aunque eso significara trabajar todo el sábado.

De camino al coche se felicitó por haber acorralado a su víctima. Rosie no había declarado nada, pero Jeff podría utilizar la famosa frase: el señor Rossano no quiso hacer comentarios al respecto.

Sin embargo, no se sentía tan bien acerca de la cocinera rubia. ¿Cómo iba a imaginar que Dominick la despediría?

Quizá Liz Faraday pudiera hacer algo por ella. La periodista culinaria conocía a los dueños de todos los restaurantes y estos temblaban cuando ella hablaba. Le debía un par de favores a Jeff y, a pesar de su fama, era un encanto. En el periódico la llamaban Auntie, ya que todo el mundo le contaba sus problemas.

Jeff no se olvidaría de Sara Madison. No estaba orgulloso por haberla utilizado para acercarse a Rossano, pero no se arrepentía de haberla besado. Para su gusto, sus postres eran demasiado elaborados, pero no le importaría preparar algo especial con ella.

Claro que después de lo que había pasado con Rossano… ¿Cuándo tendría suerte con las mujeres? Siempre conocía a las más atractivas en los peores momentos, normalmente cuando estaba investigando un caso. Con razón vivía con su padre y no recordaba cuándo había sido la última vez que se había despertado junto a una mujer.

Seguro que Sara estaba muy enfadada con él. Una pena, porque no podría olvidar sus preciosos ojos azules ni la suavidad de su piel. Había tratado de seducirla, pero nunca imaginó que llegaría a besarla. Y el beso… el beso fue tan dulce como el mejor de sus postres.

Se metió en su viejo Jeep Cherokee, pero antes de arrancar vio que se encendían las luces de un coche. Era ella. Lo menos que podía hacer era pedirle disculpas. Se bajó del coche y caminó hacia donde había visto la luz. Ya no estaba. Se iría a casa, se daría una ducha, comería algo y terminaría su artículo.

Además quería ver a su padre. Llevaban casi cuatro años viviendo juntos, desde que sus padres se divorciaron, pero últimamente, su padre se comportaba de manera esquiva, desapareciendo sin dar explicaciones. Sus amigos también estaban asombrados de que no hiciera lo que hacían todos los hombres retirados.

Jeff sabía que debía pasar más tiempo con su padre, pero entre trabajo y trabajo apenas tenía tiempo de vivir su propia vida.

Regresó hacia su coche y, cuando estaba a punto de llegar, un idiota frenó de golpe justo detrás de él. Era Sara. Lo miraba como si quisiera matarlo pero, aun así, Jeff se acercó a la ventana que llevaba abierta. Al menos no eran los matones de Rossano.

En el tipo de trabajo que hacía Jeff siempre existía la posibilidad de que alguien quisiera partirle la cara.

—¿Te acuerdas de mí? —preguntó ella.

—Sara Madison. Tienes el nombre en la tarjeta que llevas colgada —no llevaba gorro y su melena era más larga y sedosa de lo que él había imaginado—. Te debo una disculpa.

Metió la mano por la ventanilla y le retiró un mechón de pelo que caía sobre su mejilla.

—¡Decir lo siento no servirá de nada! No solo has conseguido que me despidieran, sino que me has dejado en ridículo delante de todos los cocineros de Phoenix. Me has marcado para toda la vida. Cuando se corra la voz, y Dominick se encargará de ello, no conseguiré trabajo ni haciendo galletas en el Billy Bob’s Pizza Palace.

—Tú no has hecho nada malo. Hablaré con tu jefe —también pensaba hablar con Auntie, pero no quería decírselo hasta que la periodista confirmara que lo ayudaría.

—¡Cómo si eso sirviera de algo! Dominick despidió a su abuela por no lavar la lechuga.

—Quizá pueda hacer algo más por ti.

—¡No, por favor! Mi único consuelo es que Rossano no engullirá mis pasteles nunca más. ¡Espero que se empache con alguna tarta!

Sara se disponía a subir la ventana cuando Jeff le agarró la mano. Ella se soltó.

—En serio —dijo él—, quizá pueda ayudarte.

—No estás en el mundo de los restaurantes, y si tienes una hermana que quiere hacer una fiesta de cumpleaños para niños, olvídalo. Solo por el hecho de ser repostera la gente se cree que me encanta ir a su casa a preparar una fiesta por menos dinero del que le dan al hombre que les corta el césped.

—No me refería a eso. Además, la única hermana que tengo vive en Santa Fe con su familia. Está en contra de los dulces, así que es posible que sus pobres hijos coman zanahorias con yogur en lugar de tarta.

—Adiós, señor Wilcox —dijo ella.

Él seguía apoyado en la ventanilla del coche cuando ella aceleró. Se tambaleó hacia atrás y sus buenos reflejos evitaron que se diera un batacazo.

Sara no había aceptado sus disculpas y Jeff se sentía culpable por haberla metido en ese lío. No podía evitar preguntarse cómo sería acostarse con aquella estupenda cocinera y convertir su enfado en algo más divertido.

¡Tenía que empezar a disfrutar de la vida social y trabajar menos!

Se subió a su coche y trató de pensar en el artículo que iba a escribir. No tenía tiempo de pensar en Sara. Suspiró y achacó su mal humor al intenso calor que dejaba desiertas las calles de la ciudad.

Al menos, el apartamento que compartía con su padre tenía aire acondicionado.

El lunes por la mañana Jeff fue a trabajar temprano. Esperaba que le hicieran un encargo importante, algo que lo llevara a ganar el premio Pulitzer.

Excepto un par de periodistas que estaban de vacaciones, el resto de los empleados asistiría a la reunión semanal en la que se asignaban los trabajos y el espacio que los artículos ocuparían en el periódico.

A pesar de llevar varios años trabajando como periodista a Jeff le seguía gustando el ambiente de la sala de redacción. Al fin y al cabo, llevaba sangre de periodista en las venas. Len Wilcox, su padre, era un periodista retirado que había trabajado durante más de cuarenta años en el periódico Defender, de Minesota.

—Eh, Jeff, ¿quieres celebrar tu cumpleaños esta noche en ese bar de la espuma que han abierto? —le gritó Brett Davies desde su mesa—. Podemos ir a ver cómo las mujeres se ponen espuma por el cuerpo.

—Tendré que dejarlo para otro momento.

—Ya, claro. Eres todo un juerguista, Wilcox.

¡Qué diablos! A lo mejor debía de salir de juerga con Brett. ¿Cuándo había salido de fiesta la última vez? Su padre siempre conseguía más espacio que los demás en la primera página del periódico y aún le quedaba tiempo de tomarse unas cervezas después del trabajo. Claro, que su madre se cansó enseguida y lo echó de casa. Ella vivía en Santa Fe, cerca de su hija, Ginger, y su familia. Jeff se había quedado al cuidado de su padre.

—Oh, oh —dijo en voz alta al ver que había alguien en su mesa.

Patty, del departamento de publicidad estaba mirando la pantalla de su ordenador. La melena oscura le caía sobre la espalda de forma que cubría el top que llevaba y parecía que fuera desnuda. Jeff estaba seguro de que seguía enfadada porque él le había dicho que la llamaría para tomar una copa y no lo había hecho.

Quizá debería llamarla. Después de todo, tenía un cuerpo estupendo.

¿En qué estaba pensando? Eso sería darle falsas esperanzas.

Entró en el despacho de la periodista culinaria y dijo:

—Buenos días, Auntie.

Liz Faraday levantó la vista de la pantalla del ordenador y lo miró.

—Feliz cumpleaños, Jeffy, toma un cruasán.

—Gracias, pero no me apetece. He desayunado cereales y una tostada con mi padre.

—¿Qué tal está el viejo malhumorado?

Liz había cocinado para Len en un par de ocasiones, al principio de que él se mudara allí. Lo único que tenían en común era que ambos estaban divorciados.

—No lo veo mucho.

—Supongo que sigue yendo al Fat Ollie’s a contar batallitas de guerra con el resto de los periodistas retirados.

Jeff se encogió de hombros. Durante los días pasados, varios de los periodistas que acudían al Fat Ollie’s habían llamado a su casa preguntando por su padre. Era extraño, pero cada vez que Jeff le preguntaba algo a su padre, este le respondía con evasivas.

—¿Has pasado por tu mesa? —preguntó Liz.

—Aún no.

—He hecho una tarta para que te la lleves a casa. No dejes que se la coman los buitres.

—¿Me has hecho una tarta? Muchas gracias.

Llamaron por teléfono y Liz dejó que sonara varias veces.

—Hay que dejar que piensen que estás ocupada —le dijo a Jeff antes de descolgar. Escuchó durante unos segundos y después dijo—. Enseguida te lo mando.

—Su majestad quiere verte —le dijo a Jeff cuando colgó—. Ahora.

Decker Horning siempre tenía prisa. Jeff sentía curiosidad por ver qué quería, pero primero tenía una deuda importante que saldar.

—Antes de irme, quería decirte que arrinconé a Rossano en Taste of Phoenix —le dijo a Liz.

—No te vi. Me gusta hacerles sudar un rato antes de aparecer. ¿Qué tal te fue?

—Como esperaba, pero en lugar de arrinconarlo a él, metí a una repostera en un lío.

—Chico malo.

—La utilicé para esconderme hasta que llegara él. Resultó que él es un cliente habitual del restaurante Dominick’s, donde trabajaba ella. La han despedido por mi culpa.

—¿Ese idiota de Dominick la ha despedido? ¿Te puedes creer que intentó sobornarme con champán de segunda? ¡Cretino!

—El mismo. ¿Hay alguna posibilidad de que la ayudes a encontrar otro trabajo?

—¿Es la que hizo esos pastelitos de queso que había en la mesa del Dominick’s?

—Sí.

—Estaban muy bien hechos. ¿Cómo se llama?

—Sara Madison. ¿Puedes ayudarla?

—Pensaré sobre ello.

—Gracias, Liz. Estoy en deuda contigo.

—Todo el mundo lo está. Eso me gusta.

Jeff se marchó, pero en lugar de dirigirse al despacho del redactor, pasó por su mesa para recoger la tarta que Auntie le había preparado. Decidió llevarle un pedazo a Deck para compensar la espera. Su jefe esperaba que los periodistas aparecieran frente a él en el momento en que los llamaba. Por suerte, era una persona golosa y un pedazo de tarta haría que se calmara.

¿Y por qué quería verlo antes de la reunión? Si quería ofrecerle un encargo, debía de ser algo importante.

Patty también le había dejado un regalo sobre el escritorio. Había colocado el patito de goma más feo que Jeff había visto nunca sobre la tarta de chocolate que le había preparado Auntie. Había una nota junto al patito: ¿De qué tienes miedo, Jeff?

—De las psicópatas como tú —murmuró él, y se dirigió al despacho del redactor.

Decker Horning era una persona arisca que mandaba sobre todos los periodistas de la sala.

—Has tardado mucho en venir —lo recibió con cordialidad para ser él.

Jeff se encogió de hombros. Sabía que todo lo que dijera podía volverse en su contra.

—¿Qué sabes de Search for Life Out There? —le preguntó.

—Es el proyecto de Randolph Hill. Son un gupo de astrónomos que dicen escuchar señales provenientes del espacio. Tienen una antena parabólica en West Virginia.

—Hill no es un chiflado —dijo el redactor—. Y el dinero que no consigue del gobierno, lo consigue a través de donativos privados.

—¿No me digas que ha encontrado extraterrestres verdes ahí fuera?

—Me he reunido con Hill varias veces. Es un buen científico, sensato y con los pies en la tierra. Estará en Sedona, en el centro Las Mariposa, cuando se celebre un seminario que durará dos semanas. Ahí es dónde tú entras en juego.

—Parece más un trabajo para un periodista científico.

—Hill quiere poner en evidencia a los chiflados y charlatanes que dicen que los extraterrestres van a comprar al supermercado con Elvis. Está interesado en la posibilidad de que haya vida en otros planetas, y no en la porquería que la gente ve en las películas de ciencia ficción —Jeff emitió un gruñido. Eso parecía una noticia de tabloide. Él era un periodista de investigación, y no uno cualquiera—. Sé lo que estás pensando —dijo Deck—. Escucha, mientras Hill hace esto, el guru de Arizona también estará en Las Mariposas.

—¿Barrett Borden Bent?

El redactor asintió y Jeff comprendió por qué lo había llamado a él. Barrett Borden Bent era el fundador de First Contact Society, un completo chiflado o un astuto timador. Decía que era un científico desilusionado con la actitud que el gremio tenía acerca de los visitantes del espacio. Jeff sabía que Bent creía que el gobierno estaba intentando ocultar la existencia de extraterrestres y que consideraba que la gente debía saber la verdad. Jeff estaba convencido de que solo lo hacía por dinero.

—Está tramando algo grande, y lleva mucho tiempo convocando a sus seguidores —dijo Deck.

—A la sombra de un seminario de Astronomía. Así que el tema es Barrett Bent, y no Hill.

—Así es. Normalmente no malgastaría espacio en un farsante como Bent, pero un seguidor contrariado nos ha dado cierta información. Dice que Bent recibe grandes cantidades de dinero del grupo de First Contact, supuestamente para construir una pista de aterrizaje para los extraterrestres.

—¿Un centro de recepción para los hombrecillos verdes? ¿Y quién iba a creer eso? —preguntó Jeff.

—No subestimes a Bent. He hecho una pequeña investigación sobre él. Estuvo implicado en el escándalo de unas acciones de un casino fantasma, y le acusaron de intentar sobornar a los gobernantes. Cuando era joven, lo condenaron un par de años en Kansas por entregar cheques sin fondos, pero desde entonces, no han conseguido condenarlo por nada más. Según nuestra fuente de información, la gente está hipotecando sus casas y canjeando sus fondos de pensiones para darle dinero a él.

—¿Crees que es una buena oportunidad para pillarlo?

—Correcto. El seminario comienza dentro de una semana. Quiero que estés allí antes de que lleguen los primeros. Tendrás que irte el viernes. El seminario empieza el lunes, pero así tendrás todo el fin de semana para fisgonear —Jeff sonrió. No solo le apetecía llevar el caso de Barrett Bent, sino que la idea de pasar unos días en el centro vacacional Las Mariposas era muy apetecible. Bañeras de agua caliente, piscina exterior e interior…—. Por suerte, están contratando a mucha gente para atender a los dos grupos que van fuera de temporada —dijo Deck.

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Дата выхода на Литрес:
23 октября 2024
Объем:
111 стр. 3 иллюстрации
ISBN:
9788413488660
Правообладатель:
Bookwire
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