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La isla del doctor Moreau


La isla del doctor Moreau (1896) H. G. Wells

Editorial Cõ

Leemos Contigo Editorial S.A.S. de C.V.

edicion@editorialco.com

Traducción: Benito Romero

Edición: Junio 2020

Imagen de portada: Arisa Chattasa on Unsplash

Prohibida la reproducción parcial o total sin la autorización escrita del editor.

Índice

1  Introducción

2  En el chinchorro de Lady Vain

3  El hombre que no iba a ninguna parte

4  Un rostro extraño

5  En la regala de la goleta

6  El hombre que no tenía adónde ir

7  Los siniestros hombres del bote

8  La puerta cerrada

9  Los alaridos del puma

10  La casa del bosque

11  La llamada del hombre

12  La caza del hombre

13  Los recitadores de la ley

14  Una conversación

15  El doctor Moreau se explica

16  Los monstruos

17  De cómo los salvajes probaron la sangre

18  Una catástrofe

19  La búsqueda de Moreau

20  Las vacaciones de Montgomery

21  A solas con los monstruos

22  La regresión de los monstruos

23  El hombre solo

Introducción

El 1 de febrero de 1887 el Lady Vain naufragó tras colisionar con un pecio cuando navegaba a 1° de latitud sur y 107° de longitud oeste.

El 5 de enero de 1888, es decir, once meses y cuatro días después, mi tío Edward Prendick, un caballero muy reservado que zarpó de Callao a bordo del Lady Vain y que había sido dado por muerto, fue rescatado a 5° 3' de latitud sur y 101° de longitud oeste en un pequeño bote cuyo nombre era ilegible, pero que al parecer perteneció a la desaparecida goleta Ipecacuanha. Su relato fue tan extraño que lo tomaron por loco. Posteriormente, alegó que no recordaba nada de lo ocurrido desde el momento en que abandonó el Lady Vain. Los psicólogos de la época discutieron su caso como muestra curiosa de la pérdida de memoria resultante de un sobreesfuerzo físico o mental. El relato que aparece a continuación fue hallado entre sus papeles por el abajo firmante, su sobrino y heredero, sin ninguna nota que indicara de manera expresa el deseo de su publicación.

La única isla que se conoce en la zona en que mi tío fue rescatado es la isla de Noble, un pequeño islote volcánico completamente deshabitado. En 1891 fue visitado por el Scorpion. Un grupo de marineros bajó a tierra sin encontrar el menor indicio de vida, a excepción de unas curiosas mariposas blancas, algunos conejos, cerdos y unas ratas bastante peculiares. Sin embargo, no capturaron ningún ejemplar, por lo que no es posible confirmar el relato en sus aspectos más esenciales. Una vez aclarado este extremo, no hay mal alguno en hacer esta curiosa historia, como supongo era deseo de mi tío. Hay, al menos, algo que dice mucho en su favor: mi tío perdió el conocimiento cuando se hallaba aproximadamente a 5° de latitud sur y 105° de longitud este, y volvió a aparecer en el mismo lugar del océano once meses después. De una manera u otra, tuvo que vivir durante ese intervalo de tiempo. Al parecer, una goleta llamada Ipecacuanha, al mando de un capitán alcohólico, John Davies, zarpó de África en 1887, con un puma y otros animales a bordo; fue vista en varios puertos del Pacífico sur y, finalmente, desapareció de estos mares (con un considerable cargamento de copra a bordo) tras partir de Banya hacia un destino desconocido, en diciembre de 1887, fecha que coincide plenamente con la historia de mi tío.

Charles Edward Prendick

En el chinchorro de Lady Vain

No es mi intención añadir nada más a lo ya escrito sobre la desaparición del Lady Vain. Como todo el mundo sabe, la nave colisionó con un pecio diez días después de abandonar Callao. El bote salvavidas, con siete tripulantes, fue encontrado ocho días más tarde por el cañonero Mirtle, y el relato de sus tremendas penurias se ha hecho tan famoso como el aún más terrible caso del Medusa. Sin embargo, me toca ahora añadir a la historia del Lady Vain otra igualmente terrible, pero aún más extraña. Hasta el momento se ha creído que los cuatro hombres que viajaban en el bote perecieron, pero no es cierto. Tengo la mejor de las pruebas para hacer esa afirmación: yo era uno de esos hombres.

En primer lugar debo explicar que nunca hubo cuatro hombres en el bote; éramos tres. Constans, «a quien el capitán vio saltar a la lancha» (Daily News, 17 de marzo, 1887), afortunadamente para nosotros, aunque desgraciadamente para él, no consiguió alcanzarnos. Descendía entre la maraña de cabos bajo los estays del destrozado bauprés; una cuerda se le enredó en el tobillo en el momento de saltar y quedó por un instante colgando cabeza abajo; luego cayó y chocó contra un motón o un palo que flotaba en el agua. Remamos hacia él, pero no volvió a salir a la superficie.

Digo que afortunadamente para nosotros no nos alcanzó y casi podría añadir que afortunadamente también para él, pues no teníamos más que un pequeño barril de agua y unas cuantas galletas empapadas, tan repentina había sido la alarma y tan poco preparado estaba el buque para cualquier calamidad. Pensamos que la gente de la lancha iría mejor provista (aunque al parecer no era así) e intentamos llamarlos. No debieron de oírnos, y al día siguiente, cuando dejó de lloviznar, lo que no ocurrió hasta después del mediodía, ya no vimos rastro de ellos. No podíamos ponernos de pie para mirar a nuestro alrededor a causa del cabeceo del bote. Las olas eran enormes y teníamos grandes dificultades para tomarlas de proa. Los otros dos hombres que habían logrado escapar conmigo eran un tal Helmar, pasajero como yo, y un marinero cuyo nombre desconozco, un hombre bajito, robusto y tartamudo.

Navegamos a la deriva, muertos de hambre y, desde que se acabó el agua, atormentados por una terrible sed, por espacio de ocho días y ocho noches. Transcurrido el segundo día el mar fue apaciguándose lentamente hasta quedar como un espejo. El lector es incapaz de imaginar cómo fueron aquellos ocho días. Por fortuna nada hay en su memoria que le permita imaginarlo. Pasado el primer día apenas hablamos entre nosotros; permanecíamos inmóviles en nuestro lugar, mirando al horizonte u observando, con ojos cada vez más grandes y extraviados, cómo el desánimo y la debilidad se apoderaban de nuestros compañeros. El sol era implacable. El cuarto día se terminó el agua y empezamos a pensar cosas extrañas y a decirlas con la mirada, hasta que el sexto día –creo– Helmar se decidió a expresar de viva voz lo que todos teníamos en la cabeza. Recuerdo nuestras voces, débiles y roncas: nos acercábamos mucho unos a otros y ahorrábamos palabras. Yo me opuse con todas mis fuerzas; prefería barrenar el bote y que pereciéramos entre los tiburones que nos seguían, pero cuando Helmar dijo que si aceptábamos su propuesta podríamos beber, el marinero se puso de su parte.

Pero yo no quise echarlo a suertes y, por la noche, el marinero no paraba de hablar con Helmar en voz baja, mientras yo permanecía sentado en la proa, con mi navaja en la mano, aunque dudo de que hubiera tenido valor para luchar. Por la mañana acepté la propuesta de Helmar y lanzamos al aire medio penique para decidir nuestra suerte.

Le tocó al marinero, pero era el más fuerte de los tres y no estaba dispuesto a acatarlo, de modo que se abalanzó sobre Helmar. Lucharon cuerpo a cuerpo hasta casi ponerse de pie. Yo me arrastré por el suelo del bote e intenté ayudar a Helmar agarrando al marinero por la pierna, pero con el balanceo del barco el marinero tropezó y los dos cayeron por la borda. Se hundieron como piedras. Recuerdo que me reí y me pregunté por qué me reía. La risa se apoderó de mí sin que pudiera evitarlo.

Me tumbé sobre una de las bancadas durante no sé cuánto tiempo, pensando en que, si tuviera valor, bebería agua del mar hasta enloquecer, para morir rápidamente. Y mientras estaba allí tumbado avisté, con tan poco interés como si fuera un cuadro, un barco que avanzaba hacia mí desde la línea del cielo. A buen seguro había estado divagando durante mucho tiempo, y sin embargo recuerdo con claridad todo lo que sucedió. Recuerdo que mi cabeza se balanceaba con el mar, y que el horizonte, con el barco que lo surcaba, oscilaba arriba y abajo. Pero también recuerdo con idéntica claridad que tuve la impresión de estar muerto, y pensé en la ironía de que por muy poco no hubieran llegado a tiempo de encontrarme con vida.

Durante un tiempo, que se me antojó interminable, permanecí tumbado con la cabeza apoyada en la bancada, contemplando la goleta que bailaba sobre las olas. Era una pequeña embarcación, con aparejos en proa y en popa, que aparecía y desaparecía entre las aguas. Se balanceaba en creciente compás, pues navegaba a merced del viento. En ningún momento se me ocurrió llamar su atención y, desde que vi su costado hasta que desperté en un camarote, no recuerdo nada con claridad. Conservo la vaga noción de que fui izado hasta la pasarela y de un gran semblante cubierto de pecas y enmarcado por una mata de pelo rojo que me observaba desde la batayola. También me pareció entrever una cara oscura y unos ojos extraordinarios muy cerca de la mía, pero pensé que se trataba de una pesadilla hasta que volví a encontrarla. Creo recordar que me hicieron tragar cierto mejunje. Y eso es todo.

El hombre que no iba a ninguna parte

El camarote en el que desperté era pequeño y bastante desaliñado. Un hombre, más bien joven y rubio, con erizado bigote de color pajizo y el labio inferior caído, estaba sentado junto a mí, sosteniéndome la muñeca. Nos miramos por espacio de un minuto sin decir una palabra. Tenía ojos grises y acuosos, extrañamente desprovistos de expresión.

Entonces se oyó un ruido arriba, como si arrastraran una cama de hierro, y el gruñido furioso y apagado de un gran animal. En ese momento el hombre habló de nuevo.

Repitió su pregunta:

—¿Cómo se encuentra ahora?

Creo que dije encontrarme perfectamente. No conseguía recordar cómo había llegado hasta allí. Debió de interpretar la pregunta en mi rostro, pues no podía articular palabra.

—Lo encontramos en un bote, medio muerto de hambre. El bote se llamaba Lady Vain y había manchas de sangre en la borda.

En ese momento vi mi mano, flaca como una bolsa de piel sucia y llena de huesos, y entonces recordé todo lo ocurrido en el bote.

—¡Tome un poco de esto! —dijo, y me dio una sustancia helada de color carmesí. Sabía a sangre y me devolvió las fuerzas.

—Tiene suerte de haber sido rescatado por un barco con médico abordo —exclamó con cierto dejo ceceante.

—¿Qué barco es éste? —pregunté despacio, con la voz ronca luego de tan largo silencio.

—Es un pequeño mercante que viene de Arica y Callao. Nunca pregunté cuál fue su puerto de origen. El país de los tontos, supongo. Yo vengo de Arica. El estúpido a quien pertenece, que también es su capitán, un tal Davis, ha perdido su certificado o algo por el estilo. Ya sabe cómo es esa gente; le llama Ipecacuanha a este cascarón: ¡nombre endiablado donde los haya! Pero cuando la mar está sin una gota de viento, se porta bien.

Se reanudaron los ruidos arriba: un gruñido y una voz humana. Luego se oyó otra voz que desistía diciendo:

—¡Maldito idiota!

—Estaba medio muerto —continuó mi interlocutor—. Lo cierto es que le faltaba muy poco. Pero le di un brebaje. ¿Siente los brazos doloridos? Inyecciones. Ha estado inconsciente durante casi treinta horas.

Me quedé pensativo. Entonces me distrajo el ladrido de unos perros.

—¿Podría tomar algo sólido? —pregunté.

—Gracias a mí —respondió él—. El cordero está cociendo.

—Sí —dije con convicción—. No me vendría mal un poco de cordero.

—Pero —dijo con momentánea vacilación—, yo me muero por saber qué hacía usted solo en ese bote.

Me pareció detectar cierto recelo en sus ojos.

—¡Malditos aullidos!

Salió bruscamente del camarote, y lo oí discutir acaloradamente con alguien que respondía en una especie de jerga. Parecía que aquello iba a terminar en una pelea, pero creo que mis oídos se equivocaban en esto. Luego gritó a los perros y regresó al camarote.

—Bien —dijo desde el pasillo—. Estaba empezando a contarme algo.

Le dije que me llamaba Edward Prendick y que había decidido dedicarme a las ciencias naturales para huir del aburrimiento de una holgada independencia. Aquello pareció interesarle.

—Yo también me he dedicado a las ciencias. Estudié Biología en la universidad: extraía el ovario de la lombriz y la rádula de la serpiente, y cosas así. ¡Dios mío! Hace ya diez años. Pero continúe, continúe. Hábleme del bote.

Se mostraba abiertamente complacido por la franqueza de mi relato, que transmití con frases concisas, pues me sentía terriblemente débil, y cuando terminé, retomó el tema de las ciencias naturales y sus estudios de Biología. Luego empezó a preguntarme por Tottenham Court Road y Gower Street.

—¿Todavía existe Caplatzi? ¡Qué magnífico establecimiento!

Había sido, era evidente, un estudiante de medicina de lo más normal, y no pudo evitar hablar de los cabarets. Me contó algunas anécdotas.

—¡Lo dejé todo hace diez años! ¡Qué tiempos tan alegres! —exclamó—. Pero cometí una enorme tontería. Me marché antes de cumplir los veintiuno. Ahora todo es diferente... En fin, voy a ver qué está haciendo el inútil del cocinero con su cordero.

Los gruñidos de arriba se reanudaron tan de repente y con tal furia que me sobresaltaron.

—¿Qué es eso? —pregunté. Pero la puerta ya se había cerrado.

Regresó al cabo de un rato con el cordero guisado, y su apetitoso aroma me hizo olvidar de inmediato los rugidos de la fiera.

Tras un día en el que no hice más que dormir y alimentarme, me sentí con fuerzas para salir de la litera e ir hasta el portillo a contemplar el verde mar que se esforzaba por seguir nuestro ritmo. Me pareció que la goleta corría más que el viento. Montgomery, así se llamaba el joven rubio, volvió a entrar, y le pedí algo de ropa. Me prestó algunas prendas suyas, pues las que yo llevaba, dijo, las habían tirado por la borda. Me quedaban bastante grandes, pues él era alto y de piernas largas.

Como por casualidad comentó que el capitán estaba más que medio borracho en su camarote. Mientras aceptaba las ropas empecé a hacerle algunas preguntas sobre el destino del barco. Dijo que se dirigía a Hawái, pero que antes tenían que dejarlo en tierra a él.

—¿Dónde? —pregunté.

—En una isla... Donde vivo. Que yo sepa, no tiene nombre.

Me miró con el labio inferior caído, y de pronto pareció tan deliberadamente bobo que comprendí que intentaba eludir mis preguntas. Tuve la discreción de no hacer ninguna más.

Un rostro extraño

Al salir del camarote encontramos en la toldilla a un hombre que nos impedía el paso. Estaba de pie en la escala, de espaldas a nosotros, mirando por encima de los cuarteles de la escotilla. Vi que se trataba de un hombre deforme, bajito, ancho, torpe y encorvado, con el cuello peludo y la cabeza hundida entre los hombros. Llevaba ropa de sarga azul marino y tenía una espesa mata de áspero pelo negro. Los perros invisibles gruñeron ferozmente y él retrocedió al instante, rozando la mano que yo había alargado para apartarlo de mí. Se volvió con la rapidez de un animal.

La súbita visión de aquel rostro negro me impresionó profundamente de un modo que no sabría definir. Era un rostro extrañamente deformado. La parte inferior sobresalía y recordaba vagamente a un hocico, mientras la enorme boca entreabierta mostraba los dientes más grandes que jamás había visto en un ser humano. Tenía los ojos inyectados en sangre, sin apenas blanco alrededor de las pupilas avellanadas. Un curioso destello de excitación le iluminaba el rostro.

—¡Maldito seas! —exclamó Montgomery—. ¿Por qué diablos no te quitas de en medio?

El hombre se apartó sin decir palabra.

Continué subiendo por la escala de toldilla, mirándolo instintivamente. Montgomery se detuvo un momento al pie de la escala.

—Sabes que no tienes nada que hacer aquí —dijo pausadamente—. Tu sitio está en proa.

El hombre se acobardó.

—No... me querrán allí —dijo muy despacio, con voz ronca y extraña.

—¡No te querrán! —exclamó Montgomery con tono amenazador—. Pero yo te digo que vayas.

Estaba a punto de añadir algo, pero de pronto me miró y me siguió escala arriba. Me había detenido a medio camino, observando todavía atónito la grotesca fealdad de aquella criatura de rostro negro. Jamás había visto una cara tan repulsiva y poco común, y al mismo tiempo, valga la contradicción, tuve la impresión de haberme topado ya con esos rasgos y gestos que tanto me asombraban. Más tarde se me ocurrió que quizá lo vi cuando me subieron a bordo, si bien la idea apenas atenuó la sospecha de un encuentro previo. Pero la posibilidad de haber visto un rostro tan singular y haber olvidado el momento preciso era algo que escapaba a mi imaginación.

El movimiento que hizo Montgomery para seguirme me apartó de mis pensamientos y me volví para mirar a mi alrededor, hacia la cubierta corrida de la pequeña goleta. Los ruidos que había oído casi me habían preparado para lo que entonces observé. A decir verdad, en la vida había visto una cubierta tan sucia. Estaba alfombrada por peladuras de zanahoria y restos de verdura; la cantidad de mugre era indescriptible. Atados con cadenas al palo mayor había varios perros de caza, de aspecto espeluznante, que al verme comenzaron a saltar y a ladrar, y junto al palo de mesana se encontraba un enorme puma encerrado en una jaula de hierro, tan pequeña que el animal apenas tenía espacio para darse la vuelta. Un poco más allá, bajo la batayola de estribor, vi unas jaulas muy grandes llenas de conejos y, delante de ellas, una especie de cajón muy pequeño donde se apretujaba una llama solitaria. Los perros llevaban bozales de cuero. Un marinero demacrado y silencioso que manejaba el timón era el único ser humano en toda la cubierta.

Las sucias y parcheadas maricangallas se habían tensado antes de que comenzara a soplar el viento, y arriba, en la arboladura, la pequeña embarcación parecía llevar todas sus velas desplegadas. El cielo estaba despejado, y el sol se hallaba en la mitad de su declive hacia poniente; largas olas que la brisa coronaba de espuma se deslizaban a nuestro ritmo. Pasamos junto al timonel, nos dirigimos al coronamiento de popa y contemplamos la espuma que formaba el agua y las burbujas que bailaban y se desvanecían en su estela. Me volví para comprobar la eslora del barco.

—¿Qué es esto, una casa de fieras flotante? —pregunté.

—Eso parece —respondió Montgomery.

—¿Por qué llevan esos animales? ¿Como mercancía o curiosidad? ¿O es que el capitán piensa venderlos en los Mares del Sur?

—Eso parece, ¿verdad? —repitió Montgomery, volviéndose de nuevo hacia la estela.

De pronto oímos un grito y una sarta de blasfemias procedentes de la toldilla, y vimos al hombre deforme de rostro negro trepar precipitadamente por la escala. Un hombre de abundante pelo rojo, tocado con una gorra blanca, le pisaba los talones. Al ver al primero, los perros, que ya se habían cansado de ladrarme, se pusieron muy nerviosos y empezaron a aullar y a tirar de sus cadenas. El negro vaciló un instante, momento que el pelirrojo aprovechó para alcanzarlo y asestarle un terrible puñetazo entre los omóplatos. El pobre diablo cayó como un buey abatido, rodando sobre la suciedad entre los enfurecidos perros. Tuvo suerte de que llevaran bozales. El pelirrojo lanzó un grito de júbilo y se balanceó con grave riesgo de caer hacia atrás por la escala de toldilla o hacia adelante sobre su víctima.

Cuando apareció el segundo hombre, Montgomery reaccionó violentamente:

—¡Apóyese ahí! —le reconvino. Dos marineros aparecieron en el castillo de proa.

Aullando de un modo extraño, el negro rodó bajo las patas de los perros sin que nadie intentara ayudarlo. Las bestias hicieron cuanto podían por atacarlo, embistiéndolo con los hocicos. Sus ágiles cuerpos grises interpretaron una rápida danza sobre la torpe figura postrada. Los marineros los animaban como si de un juego se tratara. Montgomery profirió una airada exclamación y se alejó por la cubierta a grandes zancadas. Yo fui tras él.

Un segundo después, el negro se incorporó y se alejó gateando, pero tropezó con los obenques de mayor y fue a parar contra la batayola, donde quedó jadeando y mirando a los perros por encima del hombro. El pelirrojo rio con satisfacción.

—¡Mire, capitán! —dijo Montgomery, agarrando al pelirrojo del brazo—. Esto no puede ser.

Yo estaba de pie detrás de Montgomery. El capitán dio media vuelta y lo miró con sus apagados y solemnes ojos de borracho.

—¿Qué es lo que no puede ser? —preguntó, y luego de mirar a Montgomery entre sueños por espacio de un minuto, añadió—: ¡Malditos matasanos!

Sacudió bruscamente los brazos para liberarse y, tras dos infructuosos intentos, hundió en los bolsillos los puños cubiertos de pecas.

—Ese hombre es un pasajero —dijo Montgomery—. Le aconsejo que no le ponga las manos encima.

—¡Al diablo! —exclamó el capitán, volviéndose bruscamente y tambaleándose en dirección a la banda—. Éste es mi barco, y hago lo que quiero —dijo.

Creo que Montgomery debería haberlo dejado en paz, habida cuenta que estaba borracho, pero se limitó a ponerse un poco más pálido y siguió al capitán hasta la batayola.

—¡Escuche, capitán! No consentiré que uno de mis hombres sea maltratado. Desde que subió a bordo no han hecho más que agobiarlo —dijo.

Los vapores etílicos dejaron al capitán sin habla durante un minuto.

—¡Malditos matasanos! —fue cuanto consideró necesario añadir.

Comprendí que Montgomery tenía un temperamento lento y obstinado, de los que se calientan día a día hasta ponerse al rojo vio y nunca llegan a enfriarse lo suficiente para perdonar, y comprendí también que la disputa venía de antiguo.

—Está borracho —dije, quizá entrometiéndome—; no servirá de nada. Montgomery frunció el labio inferior de un modo desagradable.

—Siempre está borracho. ¿Cree usted que eso le da derecho a atacar a sus pasajeros?

—Mi barco —comenzó el capitán, señalando a las jaulas con mano temblorosa— era un barco limpio. Y mire ahora.

Desde luego, era cualquier cosa menos limpio.

—Y la tripulación —continuó el capitán—, limpia y respetable.

—Usted accedió a llevar los animales.

—¡Ojalá nunca hubiera conocido su isla infernal! ¿Para qué diablos quiere animales en una isla como ésa? Y ese amigo suyo... Suponiendo que sea un hombre. Es un lunático. ¿Qué se le había perdido en la popa? ¿O cree usted que este maldito barco le pertenece por completo?

—Sus marineros no han dejado de acosar al pobre diablo desde que subió abordo.

—Eso es exactamente lo que es: un diablo, un diablo feo. Mis hombres no lo soportan. Yo no lo soporto. Nadie lo soporta. Ni siquiera usted.

Montgomery se dio la vuelta.

—De todos modos, deje en paz a ese hombre —dijo, con un movimiento de cabeza. Pero el capitán tenía ganas de pelea y, alzando la voz, añadió:

—Si vuelve a aparecer por aquí, lo haré pedazos. Se lo advierto. ¿Quién es usted para decirme lo que he de hacer? Ya le he dicho que soy el capitán de este barco: capitán y propietario. Aquí mando yo. Acordé llevar a un hombre y a su ayudante hasta Arica, y a llevarlo de regreso con algunos animales. No a llevar a un diablo loco y a un estúpido matasanos, un...

El insulto que le espetó a Montgomery carece de importancia. Vi cómo este último daba un paso hacia adelante.

—Está borracho —dije. El capitán volvió a insultarlo en términos aún más groseros.

—¡Cállese! —dije, volviéndome hacia él bruscamente, pues la expresión de Montgomery me indicó que el asunto se ponía peligroso. Mi intervención hizo que el chaparrón cayera sobre mí.

Sin embargo, me complació poner fin a aquella discusión que estaba a punto de convertirse en pelea, aun a riesgo de granjearme la enemistad del capitán borracho. No creo haber oído jamás tal sarta de groserías en boca de un hombre, y eso que he frecuentado la amistad de personajes bastante excéntricos. Había en todo ello algo que se me hacía intolerable, aunque soy hombre de buen carácter. Pero, a decir verdad, en el momento de ordenar al capitán que se callara olvidé que yo no era más que un insignificante ser humano, privado de recursos y sin haber pagado por mi pasaje, un mero accidente a merced de la generosidad (o el interés especulativo) del barco. El capitán me lo recordó enérgicamente. No obstante, había evitado una pelea.

En la regala de la goleta

Aquella noche, después de la puesta del sol, divisamos tierra y la goleta se puso al pairo. Montgomery anunció que había llegado a su destino. Estábamos demasiado lejos como para apreciar cualquier detalle. En ese momento me pareció una tenue mancha azul en el incierto gris azulado del mar. Una columna de humo casi vertical ascendía por el cielo.

El capitán no estaba en la cubierta en ese momento. Tras descargar su ira sobre mí, había bajado tambaleándose, y comprendí que se marchaba a dormir en el suelo de su camarote. El piloto asumió el mando. Era el hombre demacrado y taciturno que habíamos visto al timón. También él parecía enojado con Montgomery. No nos hizo el menor caso. Cenamos con él en medio de un pesado silencio, tras varios intentos infructuosos de conversación por mi parte. Me sorprendió que los hombres sintieran tan poca simpatía por mi compañero y sus animales. Montgomery se mostraba muy reservado al respecto de sus intenciones con aquellas criaturas y al respecto de su propio destino, y aunque una creciente curiosidad se apoderaba de mí, decidí no presionarlo.

Nos quedamos hablando en la toldilla hasta que el cielo se pobló de estrellas. Salvo algún ruido ocasional procedente del castillo de proa y algún movimiento de los animales, la noche estaba en calma. El puma, aovillado en un rincón de la jaula, nos miraba con ojos brillantes. Los perros parecían dormidos. Montgomery sacó unos cigarros.

Me habló de Londres con nostalgia, haciendo todo tipo de preguntas sobre los cambios que habían tenido lugar en la ciudad. Hablaba como alguien que hubiera amado esa vida y hubiera sido brusca e irrevocablemente apartado de ella. Yo le conté todo tipo de chismes sobre esto y aquello. No paraba de pensar en lo extraño que era, y mientras hablaba escudriñaba su pálido semblante en la penumbra de la lantía de bitácora situada a mis espaldas. Luego miré hacia el mar oscuro, entre cuyas sombras se ocultaba su pequeña isla.

Se me antojaba que aquel hombre había salido de la inmensidad únicamente para salvarme la vida. Al día siguiente saltaría por la borda y desaparecería de mi existencia. Incluso en circunstancias ordinarias me habría dado qué pensar. Pero me desconcertaba que un hombre educado viviera en una isla desconocida y portara tan extraordinario equipaje. Me sorprendí repitiendo la pregunta del capitán. ¿Para qué querría a los animales? ¿Por qué, además, había fingido que no eran suyos cuando le hablé de ellos por primera vez? Y luego estaba su ayudante, ese ser tan raro que tanto me había impresionado. Todas estas circunstancias lo rodeaban de un halo de misterio. Se agolpaban en mi imaginación y me dificultaban el habla.

A eso de medianoche nuestra conversación sobre Londres languideció y permanecimos uno junto al otro acodados en la batayola, contemplando como en sueños el silencioso mar iluminado por las estrellas, sumidos cada uno en sus propios pensamientos. Era el ambiente propicio para el sentimentalismo y decidí expresarle mi gratitud.

—Si me permite que se lo diga —dije al cabo de un rato—, me ha salvado la vida.

—Casualidad —respondió—, pura casualidad.

—Prefiero dar las gracias a quien tengo a mano.

—No se las dé a nadie. Usted tenía la necesidad, y yo el conocimiento; le puse una inyección y lo alimenté como a cualquiera de los especímenes que recojo. Estaba aburrido y con ganas de hacer algo. Si ese día hubiera estado cansado o no me hubiera gustado su cara, bueno... quién sabe dónde estaría usted ahora.

Esto me desanimó un poco.

—De todos modos... —comencé.

—Pura casualidad. Ya se lo he dicho —interrumpió—, como todo en esta vida. Sólo los tontos no se dan cuenta. ¿Por qué estoy aquí en este momento, marginado de la civilización, en lugar de vivir como un hombre feliz y disfrutando de todos los placeres de Londres? Sencillamente, porque hace once años perdí la cabeza durante diez minutos, una noche de niebla.

Se detuvo.

—¿Sí? —pregunté.

—Eso es todo.

Nos quedamos callados. Luego él se rió.

—Hay algo en esta luz estrellada que suelta la lengua. Soy un estúpido y, sin embargo, por alguna razón me gustaría decirle...

—Diga lo que diga puede tener la seguridad de que no saldrá de mí... Si es a eso a lo que se refiere.

Estaba a punto de decir algo cuando sacudió la cabeza dubitativamente.

—Déjelo —dije—. Me da igual. A fin de cuentas es mejor que cada cual guarde su secreto. Aunque yo estuviera a la altura de su confianza, la única ganancia será un poco de alivio. ¿Y en caso contrario...?

Masculló algo con indecisión. Sentí que se encontraba en desventaja, que lo había sorprendido en un momento de indiscreción y, a decir verdad, tampoco me intrigaba saber qué había alejado de Londres a un joven estudiante de medicina. Podía imaginarlo. Me encogí de hombros y me alejé. Una silueta oscura y silenciosa se inclinaba sobre el coronamiento de popa, contemplando las estrellas. Era el extraño ayudante de Montgomery. Lanzó una mirada rápida por encima del hombro al advertir mi movimiento y luego volvió a observar el cielo.

Tal vez pueda parecer insignificante, pero para mí fue como un golpe inesperado. La luz más cercana a nosotros era el farol del timón. El rostro de la criatura surgió durante un instante de la penumbra de popa y quedó iluminado por el farol, vi en los ojos que me miraban un pálido brillo verdoso.

Yo no sabía por aquel entonces que algunas personas tienen en los ojos un resplandor rojizo. En ese momento me pareció decididamente inhumano. Esa silueta negra de ojos incandescentes echó por tierra mis pensamientos y sentimientos adultos y, por un instante, los olvidados terrores de la infancia poblaron nuevamente mi memoria. La sensación se fue tal como había venido. La tosca y negra silueta de un hombre, una silueta sin particular importancia, se apoyaba en el coronamiento de popa, recortada sobre la luz de las estrellas. Y entonces oí que Montgomery me hablaba.

—Creo que voy a entrar —me dijo—, si le parece bien.

Le contesté algo incongruente. Bajamos y me dio las buenas noches ante la puerta de mi camarote.

Esa noche tuve sueños bastante desagradables. La luna menguante tardó en salir. Un débil rayo de luz blanca y fantasmagórica entraba en mi camarote, formando una siniestra forma en el entarimado, junto a mi litera. Luego los perros se despertaron y comenzaron los aullidos y los ladridos, de modo que, entre pesadilla y pesadilla, apenas pude dormir hasta el amanecer.

El hombre que no tenía adónde ir

Por la mañana temprano, la segunda tras mi recuperación y creo que la cuarta desde que fui rescatado, desperté en una confusión de sueños tumultuosos –sueños de armas y muchedumbres enfurecidas– y escuché un ronco griterío en cubierta. Me froté los ojos y presté atención, sin saber por un momento dónde me encontraba. A continuación, se oyeron pisadas de pies descalzos, luego un ruido de objetos pesados que caían, un violento chirrido y un chasquido de cadenas. Percibí el siseo del agua al virar súbitamente el barco; una espumosa ola de color amarillo verdoso rompió contra el pequeño ojo de buey. Me vestí rápidamente y subí a cubierta.

Al subir por la escala pude ver la amplia espalda y el pelo rojo del capitán perfilándose contra el cielo rosado –estaba saliendo el sol–, y la jaula del puma girando sobre el eje de un aparejo de fuerza instalado en la botavara de mesana. El pobre animal parecía muy asustado y se agazapaba en un rincón de la jaula.

—¡Tírenlos por la borda! —gritaba el capitán—. ¡Tírenlos por la borda! Pronto tendremos un barco limpio.

Me estaba cerrando el paso, por lo que me vi obligado a tocarlo en el hombro para acceder a la cubierta. Se volvió sobresaltado y retrocedió un poco para mirarme. No hacía falta ser un experto para comprender que el hombre todavía estaba borracho.

—¡Hola! —dijo con tono estúpido. Luego se le iluminaron los ojos y añadió:

—Vaya, si es el señor... el señor...

—Prendick —dije yo.

—¡Nada de Prendick! —espetó—. Cállese; ése es su nombre. El señor Cállese.

Era inútil contestarle. Pero lo cierto es que yo no esperaba el movimiento que hizo a continuación. Extendió una mano hacia la pasarela, donde Montgomery conversaba con un hombre de abundante pelo blanco, vestido con unos sucios pantalones de franela azul, que al parecer acababa de subir a bordo.

—Por ahí, maldito señor Cállese. Por ahí —rugió el capitán. Montgomery y su acompañante se volvieron al oírlo.

—¿Qué quiere decir? —pregunté.

—Por ahí, maldito señor Cállese. Eso es lo que quiero decir. Fuera de mi barco, señor Cállese. Estamos limpiando el barco. Estamos limpiando el maldito barco. Y usted se marcha.

Lo miré perplejo. Luego pensé que era exactamente lo que deseaba. La perspectiva de hacer la travesía como único pasajero de aquel borracho pendenciero no era como para alegrarse. Me volví hacia Montgomery.

—Aquí no puede quedarse —dijo secamente el acompañante de Montgomery.

—¡Que no puedo quedarme! —exclamé horrorizado. Tenía la expresión más rotunda y decidida que había visto en la vida.

—Mire —comencé, volviéndome hacia el capitán.

—¡Fuera! —dijo éste—. Este barco no es para bestias y caníbales; peor que bestias. Usted se larga de aquí, señor Cállese. Si no puede quedarse con ellos, vaya a la deriva. ¡Como quiera, pero váyase! Con sus amigos. He terminado con esta maldita isla para siempre. ¡Ya está bien!

—¡Pero Montgomery! —supliqué.

Montgomery frunció el labio inferior y negó con la cabeza mirando sin esperanza al hombre del pelo gris, como diciendo que no podía hacer nada por ayudarme.

—Luego me ocuparé de usted —dijo el capitán.

Entonces comenzó un curioso altercado a tres bandas. Yo suplicaba a los tres hombres alternativamente; primero al hombre del pelo gris para que me dejara permanecer en la isla, y luego al capitán borracho para que me permitiera seguir a bordo. Incluso les rogué a los marineros. Montgomery no dijo una palabra; se limitó a negar con la cabeza.

—¡Usted se marcha! Ya se lo he dicho —insistía el capitán—. ¡Al diablo con la ley!

Aquí mando yo.

Debo confesar que, finalmente, en medio de una enérgica amenaza se me quebró la voz. Preso de un histérico arrebato de orgullo me marché a popa y allí me quedé, con la mirada perdida en el infinito.

Mientras tanto, los marineros desembarcaban los paquetes y las jaulas. Una gran embarcación con dos velas al tercio aguardaba a sotavento de la goleta, y en ella se cargaba el extraño surtido de mercancías. En ese momento no vi las manos que recogían los paquetes, pues el casco del barco quedaba oculto tras el costado de la goleta.

Ni Montgomery ni su acompañante me prestaron la menor atención, ocupados como estaban en ayudar y dirigir a los cuatro o cinco marineros que descargaban las mercancías. Me sentía desesperado. En un par de ocasiones, mientras esperaba que las cosas se resolvieran por sí solas, no pude resistir la tentación de reírme de mi triste situación. Lo que más me molestaba era que no podía desayunar. El hambre y la falta de glóbulos rojos le quitan la entereza a cualquiera. Era consciente de que carecía de fuerza tanto para oponerme a los designios del capitán como para imponerme sobre Montgomery y su compañero, de modo que opté por esperar pacientemente, mientras seguían trasladando las pertenencias de Montgomery a la lancha como si yo no existiera.

Concluido el trabajo comenzó la pelea; me arrastraron hacia la pasarela sin que apenas ofreciera resistencia, si bien pude fijarme en los extraños y oscuros rostros de los dos hombres que estaban con Montgomery en la lancha. Pero la lancha estaba ya completamente cargada y se alejaba rápidamente. Divisé debajo de mí un espacio de agua verde que se ensanchaba cada vez más, y tiré hacia atrás con todas mis fuerzas para no caer de cabeza.

Los hombres de la lancha lanzaban exclamaciones de burla, y oí que Montgomery los insultaba. Luego, el capitán, el piloto y uno de los marineros que lo ayudaban me empujaron hacia popa. Habían remolcado el chinchorro del Lady Vain, que estaba medio lleno de agua, sin remos ni provisiones. Me negué a subir a bordo y me tumbé en cubierta. Finalmente, me bajaron por una cuerda, pues no tenían escala de popa; luego cortaron la cuerda y me dejaron a la deriva.

Me alejaba lentamente de la goleta. Vi con estupor que todas las manos se ocupaban del aparejo y, despacio pero con seguridad, la goleta viró en la dirección del viento, que hinchaba y ondeaba las velas. Me quedé mirando el maltrecho costado de la goleta, que se escoraba de forma abrupta hacia mí. Finalmente desapareció de mi campo visual.

No me volví para mirarla. Al principio apenas daba crédito a lo ocurrido. Permanecí encogido en el suelo del chinchorro, atontado y con la mirada perdida en el mar tranquilo como una balsa de aceite. Entonces comprendí que volvía a mi pequeño infierno, esta vez medio empapado. Miré hacia atrás, por la borda, y vi alejarse a la goleta y al capitán pelirrojo burlándose de mí desde el coronamiento de popa; luego, volviéndome hacia la isla, vi la lancha, cada vez más pequeña, acercándose a la playa.

De pronto comprendí claramente la crueldad de mi abandono. No había manera de llegar a tierra, a menos que tuviera la suerte de que fuera arrastrado por la corriente. Además, seguía estando muy débil tras mi aventura en el bote; tenía el estómago vacío y me sentía mareado, de lo contrario habría mostrado más valor. Rompí a llorar como no lo hacía desde que era niño. Las lágrimas me resbalaban por las mejillas. En un arrebato de desesperación golpeé con los puños el agua que había en el suelo y la emprendí a patadas contra las paredes del bote. Le rogué a Dios en voz alta que me dejara morir.

Los siniestros hombres del bote

Pero al ver que iba completamente a la deriva, los de la isla se apiadaron de mí. Me deslizaba lentamente hacia el este, acercándome a la isla en diagonal, y con alivio casi histérico vi que la lancha viraba y acudía en mi ayuda. Iba muy cargada y, cuando estuvo más cerca, distinguí al acompañante de Montgomery, el hombre de pelo blanco y anchas espaldas, sentado entre los perros y las cajas en las escotas de popa. Me miraba fijamente sin hablar ni moverse. El tullido de la cara negra me observaba con igual intensidad desde la proa, donde se encontraba el puma. Había otros tres hombres, extraños y de aspecto brutal, a quienes los perros gruñían ferozmente. Montgomery, quien llevaba el timón, acercó la lancha hasta el chinchorro, y agarró y aseguró mi amarra a la caña del timón para remolcarme, pues no había espacio a bordo.

Para entonces ya había superado mi ataque de histeria y respondí a su saludo mientras se acercaba valientemente. Le dije que el chinchorro estaba casi inundado y me pasó un cubo. Al tensarse la cuerda entre las dos embarcaciones di una sacudida hacia atrás. Durante un rato estuve muy ocupado achicando el agua.

Cuando terminé de sacar toda el agua que habían cargado intencionadamente en el chinchorro, pues éste se hallaba en perfecto estado, pude al fin mirar a la gente de la lancha.

El hombre de pelo blanco seguía observándome con insistencia, pero con una expresión que ahora se me antoja de perplejidad. Cuando mi mirada se encontró con la suya, bajó la vista, concentrándose en el perro que tenía sentado sobre las rodillas. Era un hombre muy fornido, como ya he dicho, de frente estrecha y rasgos muy marcados; sus ojos mostraban esa extraña flacidez sobre los párpados que a veces sobreviene con los años, y las comisuras de los gruesos labios, caídas hacia abajo, le conferían una expresión de pugnaz determinación. Se dirigió a Montgomery con tono demasiado bajo para que pudiera oírlo. Desplacé la mirada hacia sus tres hombres. ¡Qué extraña tripulación formaban! Sólo vi sus caras, pero había algo en ellas –no supe decir qué– que me produjo un curioso escalofrío. Los miré fijamente, sin que esta impresión me abandonara y sin llegar a entender qué la producía.

En ese momento me parecieron mulatos, pero llevaban las piernas y los brazos vendados hasta los dedos con una tela fina y sucia de color blanco. Nunca había visto hombres tan cubiertos, y mujeres sólo en Oriente. También llevaban turbantes, bajo los cuales asomaban sus rostros menudos, con la mandíbula inferior prominente y los ojos brillantes. Tenían el pelo negro y lacio, casi como el de un caballo, y viéndolos sentados me pareció que superaban en estatura a cualquier raza de hombres conocida. Cualquiera de ellos le sacaba una cabeza al hombre del pelo blanco, que medía por lo menos 1,80 metros.

Más tarde descubrí que ninguno era más alto que yo, pero tenían el cuerpo anormalmente largo y el muslo muy corto y curiosamente retorcido. En cualquier caso formaban una banda de asombrosa fealdad, y sobre sus cabezas, bajo la vela de proa, asomaba el rostro negro del hombre a quien le brillaban los ojos en la oscuridad.

Mientras los observaba, mi mirada se cruzó con la suya, y uno a uno fueron apartando sus ojos de los míos para mirarme de un modo extraño y furtivo. Pensé que tal vez estuviera incomodándolos y centré mi atención en la isla a la que nos acercábamos.

Era llana y estaba densamente cubierta de vegetación, entre la que abundaba una especie de palmera desconocida para mí. Desde algún lugar de la isla una fina columna de vapor blanco ascendía sesgadamente por el aire hasta una altura inmensa, deshilachándose luego como una pluma. Nos encontrábamos en una amplia bahía flanqueada en ambos extremos por un pequeño promontorio. La playa era de arena gris y ascendía abruptamente formando una loma, que se alzaba unos 200 metros sobre el nivel del mar, salpicada aquí y allá de árboles y maleza. En mitad de la pendiente había un recinto de piedra cuadrado que, según supe después, estaba hecho en parte de coral y en parte de lava solidificada. Dos techos de paja cubrían el recinto.

Un hombre nos esperaba en la orilla. Cuando aún estábamos lejos, me pareció vislumbrar otras criaturas de aspecto grotesco que se escondían entre los arbustos de la pendiente, pero al acercarnos no vi ni rastro de ellas. El hombre que aguardaba en la orilla era de estatura media y cara negroide. Tenía la boca grande, sin apenas labios, los brazos extraordinariamente largos, los pies delgados y grandes y las rodillas huesudas. Estaba allí de pie, inclinado hacia adelante, sin quitarnos la vista de encima. Vestía igual que Montgomery y el hombre de pelo blanco, con pantalón y chaqueta de sarga azul.

Cuando nos acercamos un poco más, empezó a correr por la playa de un lado a otro, con grotescos aspavientos. A una orden de Montgomery, los cuatro tripulantes de la lancha saltaron al agua con ademanes torpes y arriaron las velas. Montgomery nos condujo hasta una pequeña dársena excavada en la playa. Entonces, el hombre que aguardaba en la orilla se nos acercó apresuradamente. Esta dársena, como yo la llamo, no era en realidad más que una simple zanja lo suficientemente larga en esa fase de la marea como para cobijar la embarcación.

Oí que la proa encallaba en la arena, alejé el chinchorro de la caña del timón de la lancha y desembarqué tras lanzar las amarras. Los tres hombres vendados gatearon torpemente por la arena y procedieron de inmediato a la descarga, ayudados por el hombre de la playa. Lo que más llamó mi atención fueron sus extraños movimientos y balanceos de piernas; no es que fueran rígidas, pero estaban curiosamente torcidas, como dislocadas en las articulaciones. Los perros seguían gruñendo, y cuando el hombre del pelo blanco desembarcó con ellos, tiraron de las cadenas intentando seguir a los otros tres.

Hablaban entre sí con tono gutural, y el que esperaba en la playa empezó a charlar con ellos agitadamente en lo que me pareció una lengua extranjera, mientras echaba mano a unos paquetes apilados en la popa. Creí haber oído antes aquella voz, aunque no sabía dónde. El hombre del pelo blanco seguía de pie entre el tumulto de los seis perros, dando órdenes a voz en cuello. Una vez desmontada la caña del timón, Montgomery desembarcó y todos se pusieron a descargar el barco. Yo estaba demasiado débil para ayudarlos, entre el ayuno y la exposición al sol con la cabeza desprotegida.

El hombre del pelo blanco pareció entonces advertir mi presencia y se me acercó.

—Parece que aún no ha desayunado —dijo. Sus ojos pequeños y negros brillaron bajo unas cejas muy pobladas—. Debo pedirle disculpas por ello. Ahora que es nuestro huésped debemos hacer que se sienta cómodo, aunque ya sabe que nadie lo ha invitado.

Me miró intensamente y continuó:

—Montgomery dice que es usted un hombre instruido, señor Prendick, y que sabe algo de ciencias. ¿Puedo preguntarle qué significa eso?

Le expliqué que había pasado algunos años en el Royal College of Science, y que había llevado a cabo ciertas investigaciones biológicas bajo la dirección de Huxley. Al oírlo enarcó ligeramente las cejas.

—Esto cambia un poco las cosas, señor Prendick —dijo con un poquito más de respeto—. Da la casualidad de que todos los que estamos aquí somos biólogos. Esto es, en cierto modo, una estación biológica —dijo. Y posó su mirada sobre los hombres de blanco, muy ocupados en arrastrar al puma, instalado sobre unas ruedecillas, hacia el recinto de piedra—. Al menos, Montgomery y yo —añadió.

Y acto seguido dijo:

—No puedo decirle cuándo podrá irse de aquí. Estamos muy lejos de todo. Sólo vemos pasar un barco cada doce meses.

Me dejó bruscamente, subió por la loma, pasando por delante del grupo, y entró al recinto. Los otros dos hombres estaban con Montgomery, apilando un montón de paquetes pequeños en una carretilla. La llama seguía en la lancha, con las conejeras, y los perros aún estaban atados a la bancada. Cuando terminaron de apilar los bultos, los tres hombres agarraron la carretilla y empezaron a arrastrar la tonelada de peso detrás del puma. Montgomery se alejó de ellos y, volviendo hacia mí, me tendió la mano.

—Me alegro por lo que me toca. Ese capitán era un pobre burro. Debería haberle facilitado las cosas —dijo.

—Ha vuelto a salvarme —respondí.

—Eso depende. Pronto verá que esta isla es un lugar infernal, se lo aseguro. Yo que usted me andaría con cuidado. Él... —vaciló, y pareció cambiar de opinión sobre lo que estaba a punto de decir—. Écheme una mano con los conejos —dijo.

Su modo de proceder con los conejos resultó muy curioso. Me metí en el agua con él y lo ayudé a transportar una de las conejeras hasta la playa. Acto seguido abrió la puerta e, inclinando la caja por uno de los extremos, vertió sobre la arena su viviente contenido. Los conejos, unos veinte, cayeron unos encima de otros. Luego dio unas palmadas y todos se dispersaron corriendo a saltitos por la playa.

—¡Crezcan y multiplíquense, amigos míos! —exclamó Montgomery—. Pueblen la isla.

Hasta ahora andábamos algo escasos de carne.

Mientras los veía alejarse, el hombre del pelo blanco regresó con una petaca de coñac y unas galletas.

—Un tentempié, Prendick —dijo con tono algo más amistoso que antes.

Yo no hice ningún comentario. Me limité a dar buena cuenta de las galletas mientras el hombre del pelo blanco ayudaba a Montgomery a liberar a otra veintena de conejos. No obstante, tres conejeras grandes fueron llevadas hasta la casa con el puma. El coñac ni lo probé, pues siempre he sido abstemio.

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9786074572926
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