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Fernando Bergel

EL CEREBRO

ADICTO

LA ADICCIÓN COMO CAMINO


Bergel, Fernando

El cerebro adicto : la adicción como camino / Fernando Bergel. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Vértice de Ideas, 2020.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga

ISBN 978-987-47314-4-9

1. Adicciones. 2. Prevención de Adicciones. 3. Tratamiento Holístico. I. Título.

CDD 613.8

Diseño de interior y de cubierta: Julio Parissi

©2020, Fernando Bergel

Derechos de la edición en castellano

reservados para todo el mundo:

©2020, Ediciones Deldragón

edicionesdeldragon@gmail.com

www.deldragonediciones.com.ar

ISBN 978-987-47314-3-2

ISBN 978-987-47314-4-9 [e-book]

Queda hecho el depósito que prevé la ley 11.723

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o trasmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor.

Índice

1  Agradecimientos

2  Prólogo

3  Introducción

4  Ensayo filosófico sobre una sociedad adicta

5 Parte I. El cerebro adictoCapítulo 1 / La enfermedad de la adicciónEl camino hacia la adicciónCapítulo 2 / El cerebro adicto. ¿Qué es la adicción?Neurociencia y adicciónAdicciones tóxicas y no tóxicasEl impacto del estrés en el cerebro adictoOrígenes y causas del cerebro adictoLos neurotransmisoresUn código en la enfermedad de la adicciónCapítulo 3 / Un código en la enfermedad de la adicciónEl pensamiento webLas dos emociones básicas de la enfermedad de la adicciónMiedo: al ambiente emocionalResentimiento: recodificación constanteLas emociones naturalesMiedo y amorCapítulo 4 / Las drogas. Los efectos de las drogas en el cuerpoEstimulantesCocaínaÉxtasisAlucinógenos o drogas psicodélicasLSDHongosDepresoresMarihuanaHeroína / MorfinaLa historia de las drogasSituación geopolítica de las drogasCapítulo 4.1 / AlcoholismoEfectos nocivos del alcoholCapítulo 5 / Trastornos de alimentaciónLa sangre: ácido – alcalinoCerebro e intestinoEfectos nocivos de los alimentos manipuladosCapítulo 6 / La adicción a la tecnologíaLa mutación neurolingüística y neurocognitivaEfectos nocivos de la adicción a la tecnologíaCapítulo 7 / Ludopatía: adicción al juegoCapítulo 8 / La adicción al sexo y a las personasCapítulo 9 / Los campos morfogenéticosLa epigenéticaLa influencia del medio ambienteLa influencia de la masa crítica

6 Parte II. La adicción como caminoCapítulo 10 / La adicción como caminoCapítulo 11 / La humanidad y la adicciónCapítulo 12 / El metahombreCapítulo 13 / La recuperaciónTocar fondoPaso 1: La desintoxicaciónPaso 2: El cambioEl método AttunementCapítulo 14 /Las creenciasLos pensamientos-formaLos pensamientos-nube y los pensamientos-semillaLas imágenes como el principio de todoEl lóbulo frontalCapítulo 15 / El lente de la conscienciaLa consciencia no se manchaLa incorruptibilidad de la conscienciaPara formar parte del nuevo paradigmaCapítulo 16 / Las cuatro categorías de la higiene del gozoLa sangreEl hábitatLas relacionesLa menteLa mecánica y el patrón de cambioEl movimiento sostenido y continuoCapítulo 17 / No sigas lo que sientesLa técnicaCapítulo 18 / El corte del circuito del amor en las generaciones anterioresLo transgeneracionalLas constelaciones familiaresEl modelo transgeneracionalLos ocho postulados de BowenTriángulosLa diferenciación de autonomíaSistema emocional de la familia nuclearEl proceso de proyección familiarProceso de transmisión multigeneracionalCorte emocionalPosición entre hermanosProceso emocional en la sociedad

7  Bibliografía y fuentes

Agradecimientos

Quiero agradecer al equipo de Doce Casas, compuesto principalmente por Laura Méndez y Eugenia Cabrera, y también a María Vidal, quien digitalizó el borrador original. A mis padres y a mis hijos, a quienes les queda como legado el contenido de esta obra. Al equipo editorial integrado por Diego Mileo, Julio Parissi y Rodolfo González Arzac. También a mis pacientes y familiares que me dieron la materia prima para la investigación durante veinticinco años. Al movimiento de Recuperación de la Adicciones Doce Casas que, como dice el eslogan, «fundando vidas», donde se resuelve para tantos seres humanos el flagelo de la enfermedad de la adicción, llevándolos desde el barro a la flor en un proceso de transformación y remisión de la enfermedad, proporcionando esperanza a cientos de personas y dando testimonio de que sí se puede sanar.

Prólogo

A través del tiempo, observé que uno de los eslabones que faltaba en los pacientes y familiares de adictos era la información. Por esa razón, decidí hacer este libro que condensa lecturas, tanto en las áreas de la sociología como en la de la antropología, ya que la humanidad atraviesa desafíos desde el principio de los tiempos, pasando por la Edad Media, la Edad Moderna hasta la Posmodernidad, lo cual coloca al ser humano y a un cerebro adicto como resultante de un proceso social, una situación que en el siglo XXI está llegando a niveles de pandemia muy por encima de la pandemia del coronavirus, ya que las muertes por adicción al alcohol, a las drogas a través de disfunciones orgánicas, suicidios, accidentes, femicidios y demás provienen del abuso de sustancias y, en ese sentido, los gobiernos no toman ningún recaudo y la financiación para detenerlas es mínima. La alarma de la población frente a esto es nula, comiéndose generaciones enteras y, aunque el final no sea la muerte inminente, se transforma en millones de personas con el cerebro deteriorado. Las adicciones también suceden a través de las pantallas de los juegos electrónicos. En los niños se expande más que una pandemia ya que el 100 % de la población entre 3 y 20 años se expone frente a pantallas cuatro horas al día promedio. Por lo tanto, podemos afirmar que la pandemia del 2020 del COVID 19 está estadísticamente muy por debajo del promedio de la pandemia silenciosa de la enfermedad de la adicción.

El abordaje neurológico y psicológico, tanto del problema como de la solución, le da al texto un carácter alentador, ya que la solución es posible cuando la enfermedad es reconocida. Esto se puede concretar tanto desde la mirada de los programas de doce pasos, pasando por las terapéuticas utilizadas por las psicologías más dinámicas, como desde la diferenciación entre lo genético y lo epigenético, que tiene en cuenta las influencias del medio ambiente, tales como el grupo familiar, donde se da, como parte de la solución, la mirada de la biodecodificación, y de las constelaciones familiares de Bert Hellinger, entre otras.

Tomamos en cuenta —también como parte de la información vital y desde la investigación más rigurosa— el daño que produce cada una de las sustancias en el caso de la drogadicción y el alcoholismo, sin dejar afuera a las adicciones no tóxicas que destruyen el núcleo del individuo y que son tan devastadoras como las tóxicas. Esta mirada nos enseña que las sustancias no son las que causan adicción, sino que hay un cerebro adicto que utiliza las múltiples circunstancias para autodestruirse. De este modo, brindamos una información, no con la finalidad de hacer un tratado científico, sino para llevarle al lector —es decir, a las personas sin formación académica— una mirada completa de esta problemática en la que estamos todos incluidos.

Fernando Bergel

Introducción

Esta obra, en términos generales, puede interpretarse como un ensayo filosófico o ser leída para obtener contenidos de soportes técnicos sobre la adicción como enfermedad, centrándose en un cerebro adicto y en una sociedad construida por estos cerebros adictos.

Tomaremos en cuenta la diversidad de grupos de recuperación en todo el mundo —desde alcohólicos anónimos, narcóticos anónimos, jugadores anónimos y overeaters anónimos hasta fumadores y demás—. Por ejemplo, solo en los Estados Unidos aproximadamente 23 millones personas se hallan en recuperación con programas de doce pasos, mientras otros tantos miles se tratan dentro de diferentes marcos terapéuticos en los cuales se dan grandes procesos de transformación a nivel personal, algunos muy exitosos y otros no tanto.

Por este motivo, en esta obra sentí la necesidad de explicar que la adicción no está relacionada con los tóxicos, porque el alcohol no produce alcoholismo, las drogas no producen adicción y las tortas no producen trastornos de alimentación, sino que es el propio individuo, por una serie de factores, quien termina en respuestas emocionales que concluyen con la autodestrucción, utilizando las drogas, el alcohol, la comida o el juego como los medios para ese aniquilamiento.

Luego, tenemos al cerebro como el organizador de factores —que también estudiaremos con una mirada sencilla para poder comprender la complejidad de su funcionamiento—, ya que la neuroplasticidad y los factores epigenéticos, sus equilibrios y desequilibrios dinámicos, sus receptores nerviosos y sus funciones endócrinas, van a ser elementos clave a la hora de determinar la enfermedad de la adicción y, por ese motivo, tienen un rol preponderante, tanto en el cerebro adicto como en el cerebro en recuperación.

Todo esto ha generado un contexto de desarrollo en la historia de la humanidad que se remonta desde los imperios y las tiranías hasta la Edad Media y la Inquisición, pasando por la Modernidad, que comienza en el siglo V con la caída de Constantinopla y llega al tercer cuarto del siglo XX, donde se inicia la Posmodernidad que desata una serie de factores sociológicos y, por qué no, antropológicos, dándole al ser humano un carácter de individuo, lo que deviene en un contrato masivo con los tóxicos.

Esta última generación —es decir, nosotros, los contemporáneos— debe ver que el desafío madurativo, para evolucionar como especie y no extinguirnos, consiste en romper el contrato con los tóxicos. El libro echa una mirada a todo este modo humano que existe en forma de sombra, ya que, en palabras de Jung, «todo lo que se niega en el inconsciente se transforma en una situación en el destino». Y todo destino es el desafío evolutivo a resolver para completarnos como personas, como grupo o como especie.

Luego de más de veinte años de trabajo con adictos en todos los niveles, puedo afirmar que la adicción es una enfermedad de pérdida y que está relacionada con la imposibilidad de contener vida o progreso o responsabilidades o familias. Es como si la adicción fuera un colapso de onda en la consciencia humana que, desde el punto de vista transgeneracional, manifiesta un final del largo camino del desamor de la historia de la humanidad, donde el carácter adicto a la sociedad actual implica un acabose en las formas del desamor. En el fondo, esta conducta autodestructiva nos está diciendo que sin amor no hay más especie y, por lo tanto, si no resolvemos los carriles del amor —y los carriles de respuesta a esta expresión autodestructiva—, no hay sanación.

Este libro explica:

1 La enfermedad de la adicción.

2 El camino hacia la adicción (que es el proceso de una persona hacia la autodestrucción y el proceso mismo de la autodestrucción).

3 La adicción como camino (toda enfermedad es un factor que utiliza el universo para sanarnos).

4 Todos los síntomas que van desde el alcoholismo, la drogadicción, la ludopatía, los trastornos de la alimentación y la adicción a la tecnología como mecanismo autodestructivo, dándole más luz a tanta cantidad de personas en recuperación, a las que podemos llamar una nación en recuperación. En esto incluimos a familiares de adictos y a adictos que no han dado su primer paso en algún tratamiento para resolver el problema.

Estas páginas nos van a aclarar un factor de nuestra época que está metido en las entrañas de la vida cotidiana de una manera silenciosa y, a veces, imperceptible. Vamos a ponerle palabras y conceptos a los temas que van desde el uso de la televisión y los teléfonos celulares hasta los vínculos, como son las relaciones humanas institucionales, y las instituciones —grandes formadores de la opinión— que son, sin duda, la mano que dirige a una sociedad administrada por los tóxicos.

El objetivo es hacer consciente lo inconsciente, ponerle luz a lo que tenemos en sombra como sociedad, es decir, a aquello que responde a patrones autodestructivos adictos, de manera de poder cambiar nuestro destino y llegar a evolucionar como raza humana.

Ensayo filosófico sobre una sociedad adicta

El reemplazo de la razón por el deseo se produjo en el tercer cuarto del siglo XX. Luego de la salida del Modernismo, cuyo centro filosófico tenía como concepto al hombre, a la razón, a la palabra y a la política en un estado de innovación permanente basado en la construcción de un futuro mejor, llegó el Posmodernismo, que reemplaza al hombre por la persona, dándole un carácter diferente debido a que, en apariencia, el hombre y la persona son lo mismo. Sin embargo, adelantamos que no lo son.

El hombre en el Modernismo está universalizado, indiferenciado como individuo perteneciente a un grupo étnico, de una especie, sin singularidades propias. En cambio, la persona en el Posmodernismo es alguien totalmente diferenciado, con rostro, con un pensamiento propio y gustos separados del resto, que se diferencia de su grupo étnico y de su época, eligiendo cómo vestir, a qué cultura pertenecer, cómo pensar y hasta elegir cuál es su género, ya que el Posmodernismo transformó al hombre en una persona que incluye la posibilidad de autodefinirse como varón o mujer. Esto produce en la sociedad miles de opiniones diferentes que devienen en la idea de tolerancia. Todos debemos tolerar los pensamientos y las ideas de todos, y aceptar las diferencias. Esta idea, a su vez, linda con «no me importa nada lo que piensa o hace el otro», llevando a la sociedad cada vez más lejos de la empatía y reemplazando a la razón del Modernismo por el deseo, lo cual desemboca en esta sociedad adicta.

La sociedad adicta es un paso posterior a la sociedad Posmoderna, basada en el deseo absoluto de todo y por todo. Ello da lugar a la frase profética de Luca Prodan: 1 «¡No sé lo que quiero, pero lo quiero ya!». Todos se atropellan, tanto en los shoppings como en los medios electrónicos de compras, para adquirir los últimos productos que propone el mercado, sacando a la persona de su rol de persona y poniéndola meramente como consumidor. Somos consumidores, somos usuarios, estamos clasificados, numerados y ubicados en un segmento; estamos categorizados. Ya no pertenecemos a grupos ni a la cultura: pertenecemos a categorías. Somos los pobres, los ricos, los que usan Nike, los que toman cerveza, los veganos, los estéticos, los gays y sus subcategorías, a su vez discriminados entre sí; los neonazis, los que van a la playa en la primera quincena (obviamente, son diferentes de los que van a la playa en la segunda quincena); los que sacan fotos, y sus respectivas subcategorías: los que sacan fotos a los pájaros son muy diferentes de los que sacan fotos a caras o a paisajes o a animales exóticos. Todos estamos diferenciados, todos pertenecemos a tribus categorizadas por gustos que, en su naturaleza más primaria, son deseos. Y estos deseos son los que construyen las nuevas formas culturales.

Acá comienza un debate: ¿el mercado construye productos, estímulos y filosofías para satisfacer la demanda de estos grupos o los consumidores están siendo arrastrados, llevados de una manera que no percibimos, a un estado de deseo, necesidades y, finalmente, al moldeo de personalidades muy específicas basadas en estos deseos y tendencias que no poseía el hombre de la Modernidad ni el de la Posmodernidad? Hay una inteligencia, una ingeniería social que coloca como centro vital el dinero y detrás, todo lo que se adquiere o no se adquiere. Si tenés dinero, «sos» y pertenecés, y si no lo tenés se crea una subcategoría, «los sin dinero», «los sin tierra», «los sin nada», volviendo a categorías que segmentan y clasifican a las personas.

Después tenemos los grandes metarrelatos de esta sociedad adicta, que no hacen más que justificar su proceder e intereses como, por ejemplo, la comisión del Codex Alimentarius, organismo creado en 1961 por la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, que justifica la famosa revolución verde de los años setenta y reemplaza los alimentos naturales por los transgénicos, los saborizantes y los suplementos químicos hasta el punto de llevar su discurso a argumentos tales como: «Imagínate si la mayonesa tuviera huevo de verdad, ¿cuántas gallinas deberíamos tener para obtener tantos huevos?». El punto es: ¿los hombres de la Tierra necesitan mayonesa? La respuesta es no.

Y en este «no» categórico podemos desmenuzar cada producto, cada tendencia que consume estos productos, que definen personalidades hechas por los productos y grupos subculturales de consumidores. Podemos pensar que la política, que se supone que es el moldeador de la sociedad, ya no la moldea y ha sido reemplazada por instituciones como la OMC, la ONU, la DEA, la CIA, el Banco de Pagos Internacionales, la OMI, etc.

De este modo, el consumidor es el adicto encubierto por una sociedad que propone el consumismo, normalizando la idea de consumo e incluyendo dentro de una categoría a las personas del «no consumo» bajo una palabra que se utiliza en la nueva y denominada sociedad de la inmediatez: «rara». La persona «rara» es aquella que no consume, que no entra en los cánones de la satisfacción del deseo a toda costa.

Retomando lo anterior, el hombre del Modernismo, devenido en persona en el Posmodernismo y llevado al rol del consumidor en el inmediatismo, transforma los valores sociales en valores del consumo, dándole —libre de todo— paso y lugar al consumo de drogas, alcohol, comida chatarra y de todo aquello que en realidad socava al hombre en sus bases fundamentales que definen al ser humano en lo que es, perdiéndose a sí mismo en esta suerte de sociedad de nuevos valores sobre lo tóxico.

Asimismo, es interesante el concepto del Modernismo del hombre prometeico. Este concepto se basa en una idea de sociedad donde todos los objetivos estaban puestos en el futuro, o sea, en mejorar el presente con la idea de un futuro mejor, a saber: renovado, mejorado y optimizado, conceptos fundamentales de la sociedad y la civilización individualizada.

Esta idea fue reemplazada en el Posmodernismo por el concepto del hombre dionisíaco, centrado en el hedonismo de la persona indiferenciada, tanto de su grupo de origen como de sus pares. Ello le dio carácter a la época (el carácter de posmodernidad), cambiando el paradigma del hombre por persona, basado en el deseo y la satisfacción de todo, pasando a un híper consumo y borrando los límites de las sociedades fundadas en la cultura.

En la actualidad, podríamos decir que tenemos al hombre híper dionisíaco, que va más allá del consumismo porque es un individuo, no ya producto de una sociedad, sino que es una entidad producto de un mercado, que deriva en una sociedad iconoclasta donde la imagen y la superficie es un valor. Y este valor establece categorías sociales, porque «pulir» la superficie es muy caro. Teniendo en cuenta que la superficie del hombre es la piel, aquí aparecen las corrientes del lifting, el peeling y el botox, llevando al individuo a sentirse completo y satisfecho si cumple estos objetivos de estar «pulido y brillante».

Es entonces que todo criterio de profundidad inocultable del ser humano, que siempre estuvo dado por la búsqueda de la espiritualidad o —como en los griegos— por la necesidad de filosofar en función de formularse preguntas para encontrar respuestas, fue reemplazado por las drogas que suplantan la necesidad de profundidad y llenan el vacío espiritual con productos bioquímicos.

Aparece en el inmediatismo esta nueva categoría: las drogas, las cuales generaron un impacto en la sociedad que no estaba previsto en la línea evolutiva del ser humano. Se podría comparar el fenómeno de las drogas con una guerra bacteriológica, que destruye de manera gradual a la especie no solo físicamente sino también en todos los valores, condiciones y tendencias de la evolución que llevó a un cerebro reptiliano antiguo y primitivo, luego a un cerebro mamífero en la época del Cromañón y Neandertal y, finalmente, en los últimos 200.000 años, al desarrollo de la neocorteza.

La neocorteza —que compartimos con los delfines y las ballenas— tiene en su constitución «arquitectónica» cosas tan maravillosas como el mecanismo del lenguaje y la lectura. Tenemos la posibilidad creativa de construir una civilización, comprender la abstracción del tiempo en el fenómeno perceptual del pasado, presente y futuro, la noción de espacio, las matemáticas y hasta el análisis de un universo multidimensional. Y lo logramos utilizando un porcentaje ínfimo, como es el 0,5 % de su capacidad, teniendo en cuenta que este súper cerebro tiene la posibilidad de procesar 400 millones de bytes y solamente usamos 2.000.

Ahora bien, si esta sociedad está creyendo que las drogas como la cocaína, la marihuana y el alcohol son necesarias para potenciar estos factores, estamos tomando un camino equivocado. En verdad, le estamos sacando potencia y capacidades de uso, porque todo estímulo artificial lleva al cerebro a sus funciones más primarias y regresivas: la neocorteza deja de funcionar, activándose el cerebro reptil y el mamífero con funciones primitivas y básicas como, por ejemplo, el deseo y la satisfacción del deseo, que es el sentido primordial del funcionamiento de estos cerebros, lo cual conduce al hombre a una sociedad neurológicamente primitiva y funcionalmente cibernética. Es decir, somos hombres de las cavernas con internet.

En la idea de la putrefacción, la acidificación, lo leudante de nuestros sistemas biológicos a través de los tóxicos, y en este terreno de estados biológicos, de lo irritante y de lo caldeado, nunca encontraremos componentes que faciliten lo creativo y lo evolutivo. Si se quiere lo elegante y lo bello, se requieren los factores opuestos. En efecto, así lo dice el punto de vista neurológico al referirse a la activación de los súper conductores, los súper neurotransmisores que logran una metacognición, conectando y articulando la comprensión del nuevo salto evolutivo para la humanidad. Construir biológicamente un terreno alcalino que, por ejemplo, active los receptores cannabinoides naturales que el cuerpo posee y los neurotransmisores cannabinoides que el cerebro tiene, como las anandamidas, en contrapartida a la propuesta de la oculta sociedad diseñada, aunque esta solo queda oculta a los ojos del hombre común que acepta las propuestas putrefactas y tóxicas en pos de una promesa de desarrollo de sus caracteres creativos, artísticos, ideológicos, filosóficos o técnicos, logrando, por el contrario, una disminución de los potenciales en el individuo.

En nuestra historia tenemos innumerables casos de genios que, por una razón o por otra, han caído en la locura o la autodestrucción, lo cual habla de la disminución de los potenciales. Si a estos mismos genios, el contexto y la propuesta del entorno les hubieran suprimido esas pulsiones autodestructivas, canalizando desde los suministros cualitativamente refinados a estos cerebros, el rendimiento habría estado muy por encima del que dieron. Comparándolo con un deportista de alto rendimiento, si en vez de darle proteína, minerales, oxígeno y descanso le damos cigarrillos, milanesas con papas, cerveza y cocaína, es muy probable que ni siquiera clasifique para una competición. Desde el punto de vista creativo no hay ninguna diferencia entre un maratonista y un pintor, entre un científico y un nadador. Todos debemos optimizar nuestras máquinas biológicas para destrabar las proteínas del ADN que se vuelven articulaciones sofisticadas a la hora de desplegar nuestra excelencia como seres, como individuos creativos, exaltando y mejorando de esta manera a todo el grupo humano.

Así, la propuesta de los tóxicos es un oscurecimiento evolutivo en pos del dominio y del control, como lo describe muy bien Foucault dentro de su obra acerca de «una sociedad disciplinaria», en la que las formas disciplinarias mutaron a las formas de la disciplina del deseo, donde los individuos en esta sociedad actual adquieren el factor disciplinario por voluntad propia, confundiendo el objeto del castigo por placer. Aquí es donde la sociedad Posmoderna se transforma en la sociedad de la Inmediatez, en la cual el individuo asume como parte de su vida el flagelo disciplinario que son las drogas, el alcohol, las pantallas, las redes sociales, la moda y la eliminación del tiempo de espera, dándole la característica de «todo ahora» y «todo ya», porque no pueden estar un segundo sin consumo o sin producir. Estos factores son la característica del siglo XXI y un rumbo al siglo XXII.

Si lo abordamos desde una mirada evolutiva basada en estos lineamientos, debemos decir que toda evolución requiere de tres aspectos fundamentales. En primer lugar, la economía, que lleva al individuo a excluir peso. Por ejemplo, en los animales vertebrados los huesos fueron perdiendo peso y ganado flexibilidad y resistencia como factor económico que la naturaleza impone en su búsqueda de perfección auto-organizada. En nuestra constitución humana, desde Cromañón hasta nuestros días, somos cada vez más livianos y sutiles, dándole al sistema estructural mayor fortaleza y excluyendo la idea de que lo pesado es lo fuerte. Segundo, la aerodinámica. Toda la evolución, en sus trazos geométricos, se define por la aerodinámica, ya que la propuesta del espacio, como factor que interactúa en la evolución, requiere que los cuerpos se formen a través del principio de la aerodinámica. Y el tercer aspecto es un contrato de características interdependientes como, por ejemplo, las plantas que transforman la luz del sol en oxígeno a través de la fotosíntesis. Esa luz entra en nosotros y en los animales, y ese círculo virtuoso de acciones interdependientes construye un ecosistema, donde el equilibrio de lo ácido y lo alcalino mantienen el proceso evolutivo.

Las drogas, como categorías, están destruyendo la corona de la creación que es la neocorteza, llevando al cerebro a un estado retrogradado, es decir, a un nivel reptiloide que solamente tiene la función del deseo y de la satisfacción del deseo, cortando la relación entre las acciones y sus consecuencias, una función que en el ser humano, desde el punto de vista sociológico, fue la que armó estas grandes civilizaciones. Esta función tuvo unos cinco mil años de evolución, dando como resultado a civilizaciones que se convirtieron en súper civilizaciones, transformándonos hoy en meta civilizaciones tecnológicas, donde aparecen las drogas como una categoría moderna y su uso como fenómeno emergente actual que, al parecer, ni la sociología ni la filosofía están tomando en cuenta como un moldeador social.

En su esencia, están construyendo las bases de la sociedad del inmediatismo, metiendo al ser humano en un embudo que llamaremos la sociedad zombi. Esta sociedad zombi excluye todo marco filosófico, por no hablar del marco espiritual, moral, ético, político e ideológico, lo que lleva a los marcos sociales a producir y consumir o construir y destruir. Esto da lugar a un mundo robotizado de zombis.

El nuevo hombre-zombi, que prácticamente cumple funciones mecánicas y automáticas en sus horas productivas, queda hipnotizado por las drogas, las pantallas, las series y los viajes turísticos, donde una infinidad de personas van en tránsito de un lugar a otro haciendo «nada». Consumiendo y destruyendo sin ningún contenido en los fines de sus viajes, ya que este turista del inmediatismo va de un aquí a otro aquí sin tener un espacio de tiempo madurativo que incluía, en otras épocas, el viaje del peregrino, en el que cada peregrinación y cada movimiento iba de un aquí a un allá volviendo a su movimiento original con las riquezas de las experiencias vividas en el fuero de su alma, de sus emociones y vivencias, enriqueciendo a su grupo de origen con relatos o cuentos de fogones que coloreaban y llenaban de misterio la búsqueda de la vida a través del peregrino. Hoy en día este turista, viaja y saca fotos de edificios, de jarrones o selfies con fondos vacíos carentes de contenido y sentido.

Dentro de este pensamiento, el espacio de ocio de la filosofía aristotélica queda aniquilado completamente, como también el espacio meditativo oriental del zen y todo lo que remite a una introspección, basados en que son momentos sin producción ni recreación, algo que se percibe como un tiempo negativo, aburrido y descartable. Así, vemos a esta gente en tránsito por el mundo entero con mochilas, valijas y productos adquiridos en otras regiones que solamente cumplen la función de tapar el vacío generado por la sociedad zombi.

Desde otro punto de vista, y haciendo un giro narrativo, debemos incluir la figura del gestor. Este es el gestor invisible, sin rostro e indetectable, que propone las bases de una sociedad zombi. Esta sociedad no es un emergente del hombre, no es un subproducto cultural sino que es, sin lugar a duda, una propuesta administrada que, finalmente, va a quedarse sin adeptos, porque si en un futuro toda la sociedad es zombi, nadie tendrá deseos de producir ni de reproducirse, porque el zombi es un pasatiempista, no construye.

El pasatiempismo, como fenómeno actual que arma las bases fundamentales de la sociedad de la Inmediatez, es influenciado a su vez, en gran medida, por las drogas, ya que ese es uno de los hábitos centrales del pasatiempista, más si son las llamadas drogas blandas, como el alcohol y la marihuana. La eliminación de las drogas duras como la morfina, la heroína y el LSD de los años setenta, y la promoción de las drogas blandas —como decíamos, el alcohol, la marihuana y el éxtasis— son la base de esta nueva sociedad pasatiempista. En Europa se los llaman mileuristas. El mileurista es un ejemplo claro de la sociedad zombi en las sociedades europeas, sin mucho que hacer, cumpliendo trabajos mecánicos, modestos y sin responsabilidades, llevando su tiempo de ocio a fumarse un porro y tomar cerveza o cualquier trago en las calles de Madrid, Londres o París. Actividades que comienzan a las cuatro de la tarde, lavando cerebros casi por completo, sacándole toda visión de futuro y progreso de las entrañas evolutivas del instinto humano, planchando su visión de futuro, relacionándose con otros a través de las vías electrónicas o de las redes sociales, dejando su cuerpo estático en un sillón, en una cama o en un bar. Este ejemplo del joven europeo del siglo XXI es un modelo a seguir en las clases medias occidentales y ahora también orientales. En el mejor de los casos, en la sociedad zombi tenemos jóvenes preparados en alguna actividad técnica que es volcada en funciones mecánicas y robotizadas con el simple objeto de cobrar un pequeño sueldo para poder viajar, comprarse un nuevo dispositivo electrónico o un par de zapatillas Nike. Por esta razón, toda su estructura se sostiene en las generaciones anteriores, que son plataformas sólidas construidas por sus padres con reales bases económicas.

De ese modo, se entra en un bucle sin sentido porque no hay futuro y, por lo tanto, solo hay presente, solo un presente vivido a través de las drogas, lo cual borra mucho más aún cualquier instinto de supervivencia y progreso, colocando al cerebro en esta suerte de marea dopamínica, confundiendo el placer con la felicidad.

La sociedad de la adicción, que busca solamente la satisfacción del placer, la recreación y la nada misma, empieza a resquebrajar desde sus bases a las naciones, las cuales se definen en millones de personas que terminan siendo problemas para los grupos familiares y los gobiernos, con costos enormes a nivel del Estado.

Aquí nos encontramos con una paradoja, en la que las drogas se viabilizan en todas las naciones del mundo, exceptuando a Kuala Lumpur como ejemplo de lo que Foucault llamaba la sociedad disciplinaria más panóptica, donde la conducta es penalizada por la ley mediante castigos muy severos a los consumidores y con pena capital a los traficantes de manera directa, sin ningún proceso judicial ni derechos porque, para ese Estado, el narcotraficante es un individuo que comete crímenes de lesa humanidad. Es decir, hay un grupo en la Tierra que tiene la idea de que las drogas son un programa de diseño en contra de la humanidad.

En el inmediatismo existen estos mensajes, de los cuales tenemos que tomar plena consciencia para no confundir a la sociedad, porque en la mayoría del mundo civilizado, las drogas —la cocaína, el éxtasis, el crack y la marihuana— están prohibidas. Sin embargo, estas drogas son casi de libre comercio y uso. Cualquiera puede adquirirlas y usarlas durante el día o la noche en cualquier ciudad del mundo.

Y no solamente este ejemplo confunde a la sociedad; podemos compararlo con la industria automotriz, que crea autos de 200 a 300 caballos de potencia que alcanzan velocidades de 250 km/h y, a su vez, construimos carreteras con velocidades máximas de 120-130 km/h, confundiendo a las poblaciones con dos lineamientos extremadamente opuestos. Es decir, se le da una herramienta que puede llegar en este caso a cierta velocidad, pero si lo hace, lo multan o lo penan apresándolo y condenándolo.

El paralelismo es muy gráfico, ya que con las drogas sucede lo mismo: las drogas están prohibidas, pero las usa toda la sociedad: «Si te encuentro usándolas, te apreso», «Si te encuentro alcoholizado manejando, te saco el registro», lo cual muestra el reflejo de la sociedad del inmediatismo, enloqueciendo al ser humano con reglas claramente contradictorias: «Te doy, pero si lo usás, te condeno»; «Está para tomarlo, pero si lo usás en estas circunstancias, te condeno».

Debemos tomar una decisión en las próximas décadas respecto del mensaje tóxico. Vamos hacia una sociedad que en los próximos años se multiplicará por cuatro; solamente en India hay quinientos millones de personas menores de 25 años. En este salto demográfico de la humanidad como especie, debemos vernos como un grupo que debe salir de la edad de la inocencia y entender que el ejercicio del poder, ya adentrados en la tercera década del siglo XXI, está dado por una administración y un plan neuro-político, neurotóxico, que lleva al cerebro de la creatividad en un camino de regreso al deseo por el deseo en sí mismo.

Parte I El cerebro adicto

Capítulo 1 La enfermedad de la adicción

Cuando hablamos de adicciones tenemos un gran espectro de conceptos para poder resumir lo que es esta enfermedad.

En general, el debate siempre se centraliza en las drogas, pero mi idea es excluir a las sustancias de la ecuación, es decir, las drogas no tienen nada que ver con las adicciones, así como tampoco el alcohol tiene que ver con el alcoholismo, ni la comida tiene que ver con el trastorno de alimentación.

Hoy, gracias a las neurociencias, sabemos que la adicción se debe a un bajo suministro o a la carencia de un neurotransmisor que se denomina ácido-gamma-aminobutírico (GABA). Este elemento es un inhibidor encargado de reabsorber la dopamina en el cerebro, y esa acción permite detenernos a la hora del consumo. La dopamina funciona solamente para el área de la alimentación y la sexualidad. Cuando nos sirven un plato de comida, el sistema nervioso segrega dopamina; cuando nos sirven el segundo plato, aparece el inhibidor GABA que detiene la segregación de dopamina y uno dice: «No, muchas gracias». En el caso de las personas con trastornos de alimentación, cuando viene el segundo plato de comida, el cerebro les sigue mandando la señal de que tiene hambre —el cuerpo sigue teniendo hambre—, por lo que acepta ese segundo plato, acepta un tercero, acepta un postre y, al rato, vuelve a tener hambre.

Ahora bien, ¿por qué ocurre esto? Porque el cerebro, sin la presencia del inhibidor GABA, que reabsorbe la segregación de dopamina, sigue segregándola . Lo mismo pasa con cualquier otro estímulo. Puede suceder con el consumo de alcohol o con el consumo de drogas, o con el juego, una de las llamadas adicciones no tóxicas, ya que ocurre sin ningún tipo de ingesta. Lo mismo en el caso de la adicción a la tecnología, que apareció en el siglo XXI. Todos estos casos se dan de la misma manera: el inhibidor GABA no está presente en cantidad suficiente y el cerebro comienza a funcionar mal, distorsionando el mecanismo que nos hace parar de consumir. ¿Qué significa esto? Significa que adicto es aquel que consume en contra de su voluntad. Y esto se produce en dos niveles.

En un primer nivel yo quiero dejar de comer, quiero parar de tomar alcohol, quiero parar de jugar o quiero detenerme con las drogas y no lo puedo hacer. Tengo una gran dificultad para detener el consumo de aquello en lo que la adicción se enfocó.

El segundo nivel de las adicciones está relacionado con la toxicología. Desde mi punto de vista como técnico en adicciones desde hace veinticinco años, una de las tareas que hacemos dentro de los tratamientos es dividir, por un lado, la enfermedad de la adicción y, por otro, el consumo en sí mismo.

Por ejemplo, la torta de ricota no es adictiva, es decir, no produce adicción por sí sola; el alcohol no produce adicción en sí mismo; la marihuana ni la cocaína producen adicción. Las grandes cantidades de ingestas de psicotrópicos producen desvíos a la hora del crecimiento emocional.

Una de las situaciones que suceden cuando se consume marihuana o cualquier otro psicotrópico es que se pierde la tensión madurativa.

¿Qué significa la tensión madurativa? Cuando una persona no adicta transita por un evento emocional —una separación, un fracaso o una situación dolorosa natural de la vida—, pasa por una curva de frustración. Cuando una persona consume marihuana, cocaína o consume alcohol, lo que le empieza a pasar es que se borra la tensión que le produce lo madurativo de ese evento, es decir, no lo termina resolviendo sino que se produce un efecto de «borrado» de la información de esa frustración, y al otro día vuelve a recomenzar sin necesidad de tomar contacto con la frustración, con el dolor o con la pena que le causa determinado evento.

Así es como nuestro cerebro empieza a acostumbrarse. Cuando algo me vuelva a suceder en términos de frustración, en términos negativos, vuelvo a suministrarle otra vez el elemento que borra el proceso madurativo. Esto significa que, a medida que va pasando el tiempo, mi cerebro se acostumbra a no madurar y me quedo en la edad emocional en la que empezó el consumo.

Cuando una persona entra en tratamiento, al sacarle las sustancias que borran los procesos madurativos, inicia un proceso que se llama la recuperación, es decir, vuelve a tenerse a sí mismo, vuelve a ser una persona adulta con un proceso madurativo en el cual cada frustración la resuelve de una manera orgánica y no de una manera artificial.

Al principio de la recuperación, cuando estas situaciones empiezan a suceder, el cuerpo comienza a temblar y las reacciones son poco apropiadas en relación con la edad que se tiene. Esto sucede hasta que la recuperación avanza. El individuo entra en unas crisis que nosotros llamamos crisis positivas, porque son crisis del aprendizaje madurativo que el adicto no tuvo o no vivenció durante todo el proceso de consumo, y este período puede llegar a durar entre siete o diez años, o más.

Está el caso de la persona que empieza a consumir marihuana, cocaína, alcohol o cualquier otro psicotrópico en la adolescencia —entre los 13 y los 19 años—, período de la vida en el que se producen ajustes madurativos —cognitivos, sexuales, conductuales y emocionales de todo tipo—. Lo que se produce entonces es que el cerebro, en vez de ajustar esos factores, desajusta todos los niveles de crecimiento y maduración, creando una conversión de ese proceso madurativo. En lugar de madurar, la persona queda detenida en una edad emocional marcada por el momento en que empezó a consumir, trayendo una disfuncionalidad, cuando llega a la adultez, en lo conductual, en lo cognitivo y en sus respuestas muy precarias ante la realidad.

Para entender este proceso, marcamos este dato central: cuando una persona, que empezó a consumir en la adolescencia y lo hizo por diez o quince años, al comenzar la recuperación de todos esos niveles y todos esos neurotransmisores pasa por un período de aproximadamente un año hasta que restablece estas funciones naturales. Este dato debe ser tenido presente, y muy en cuenta, en el momento de dar inicio al tratamiento de recuperación.

El camino hacia la adicción

Si bien más adelante aclararemos científicamente cómo un cerebro está preformateado para la proliferación de la adicción, en nuestra sociedad moderna el comienzo de la manifestación de la adicción tiene algunos modelos que he definido sobre la base de mi experiencia como profesional: la contención de grupos familiares, adictos queriéndose recuperarse, adictos recuperados y adictos que no quieren entrar en ningún proceso y prefieren entregarse al camino de la muerte a cambio de un poco de placer.

Esto también es discutible. ¿En verdad el placer se transforma en placer en el camino y desarrollo de la adicción, o el dolor se desarrolla en placer, ya que se van cambiando los circuitos a medida que la enfermedad de la adicción avanza y podemos determinar que el adicto disfruta del dolor y disfruta de la pérdida? Ello se da como contrapartida a la recuperación, que consiste en construir tensiones madurativas que hagan sustentable el proceso de la vida, donde hay lineamientos como la responsabilidad, la toma de decisiones, el cumplir horarios, la administración de dinero y la gestión de emociones, tanto de felicidad como de frustración. Acá se ve que hay un versus, que es la vida versus la ruina y, cuando de gestionar se trata, utilizamos tanta cantidad de energía para la vida como para la ruina. El problema subyace en que los neurotransmisores en el cerebro tienen que estar entrenados para la tensión madurativa, de la misma manera que, por desgracia, se entrenan para la ruina. Este es el camino hacia la adicción que consiste en el ensayo sistemático de destruirte y destruir a todos y a todo, basado en un cerebro que ya tiene la predeterminación GABA-dopamina o dopamina-GABA.

Todo comienzo hacia el desarrollo de la adicción tiene su base en un vacío que el individuo siente. Podemos denominarlo vacío existencial o vacío espiritual, pero es el clásico vacío en el que abrevó la historia de la filosofía, desde la academia de Platón o el liceo Aristotélico, hasta los filósofos contemporáneos como Heidegger o Foucault en el siglo XX; o sea, desde el vacío existencial, el porqué de las cosas, del destino humano y de la razón de la existencia. De hecho, sin llegar a ninguna conclusión definitiva que nos tranquilice o resuelva este vacío existencial propio del ser humano en el siglo XXI, un adolescente con las mismas sensaciones tiene como propuesta las variables de la sociedad adicta, como son los entretenimientos, los juegos electrónicos en los celulares o las consolas, las tablets y demás, o desviándose en el alcohol, los fármacos y las drogas recreativas.

Podemos decir que toda esta búsqueda en una temprana edad no es solamente una pulsión de muerte, sino que linda con la búsqueda de un sistema de percepción acrecentada o de sensaciones que den resultados más allá de lo evidente, en cuanto a percepción se trata. Ahí comienzan a funcionar criterios filosóficos como el «volar», el «flotar» y el «estar a mil», o palabras como «mambo» o «high», que describen estados de consciencia derivados de las drogas o del entretenimiento electrónico en esa etapa adolescente.

Téngase en cuenta que entre los 13 y los 19 años el cerebro está haciendo ajustes madurativos, conductuales, cognitivos y sexuales, que traen como resultado procesos de confusión y, por carácter transitivo, se da una sensación de consciencia acrecentada y una sensación de vacío, sin tomar en cuenta los elementos exógenos particulares, es decir, las disfunciones clásicas de los grupos familiares del siglo XXI: padres separados, maltrato, pobreza, desnutrición, abundancia y riqueza, que finalizan en desbordes y pérdida de sentido. A estos factores, en un proceso adolescente y cuando el cerebro está conformando lineamientos y criterios de realidad, la propuesta que da la sociedad adicta es resolverlo con drogas.

Las drogas son una solución artificial en esta sociedad de la inmediatez porque nos sacan de la percepción resquebrajada que el mundo propone y del vacío espiritual y emocional que se siente. Pero lo hacen creando una marea neurológica de procesos alterados, bioquímicos, destruyendo desde las bases la capacidad madurativa de resolver la frustración, el dolor, la carencia y la adversidad propia de la vida del hombre. Porque al ser humano lo define la adversidad, factor principal para moldear el carácter y adquirir habilidades sociales y emocionales.

Capítulo 2 El cerebro adicto ¿Qué es la adicción?

El cerebro, a través de sus miles de años de construcción, desarrolló como instinto un componente llamado dopamina. Este componente es lo que se necesita para la evolución, porque nos da el deseo de alimentarnos, es decir, cuando tenemos hambre se activa la segregación de dopamina en el cerebro. Y eso mismo ocurre en el momento de la sexualidad. Las bases de la raza, en cuanto a la procreación, están dadas por este neurotransmisor tan importante en el sistema evolutivo. Del mismo modo que esto constituye las bases bioquímicas para la sexualidad y la evolución, también es el cimiento para todo tipo de deseo como comida, ropa, gustos y demás.

A partir de la construcción de la civilización y de los productos industrializados, se modificaron los elementos a consumir, subiendo los niveles de intensidad en cuanto a sabores, colores, formas, etc. De hecho, se reinventó una gama de colores digitales que ni la propia naturaleza produce; se crearon sabores intensos e, incluso, alimentos genéticamente modificados. El cerebro, en su forma constitutiva, no está preparado para los niveles de estridencia e intensidad de esos productos industrializados. Todo esto crea un desequilibrio a la hora de tener que detenernos en el consumo de sustancias como alimentos o colores, sin mencionar las drogas y el alcohol.

Como dijimos, para detener el proceso dopamínico hay un elemento inhibidor de la dopamina llamado el inhibidor GABA. El inhibidor GABA, o ácido-gamma-aminobutírico, es un aminoácido no proteico que se encuentra presente ampliamente en la neocorteza. Es el responsable de detener la segregación de dopamina a la hora de lo que llamamos «saciar el apetito». La actual costumbre, basada en la estridencia de los nuevos colores, sabores y drogas, produce en el cerebro lo que podemos denominar como la nueva «cultura dopamínica». Así, el cerebro se transforma en un cerebro adicto, como contrapunto de aquel cerebro disciplinado que da un temple y un carácter donde puede haber un pensamiento que permite enfocar, es decir, que tiene la capacidad de elegir. La construcción de un cerebro enfocado es el opuesto al cerebro adicto, que es desenfocado, que lleva al individuo de cerebro dopamínico a una suerte de individuo sin rumbo que busca solo la satisfacción del placer sin poder detenerse.

Esta imposibilidad de detenerse en el consumo es lo que define al adicto como tal, porque, como dijimos antes, adicto es aquel que consume en contra de su voluntad. Esa voluntad está dada por un cerebro disciplinado que contiene al inhibidor GABA como estructura neurológica, lo que le da al individuo un carácter de integridad y dignidad, mientras que el cerebro adicto coloca al individuo como alguien insaciable y arrastrado por el deseo, y para quien una dosis no es demasiado y mil no son suficientes. Esto conlleva a un padecimiento que deriva en la adicción como una enfermedad circunscripta, en el mundo moderno, al plano de lo psicológico o mental.

El consecuente tratamiento para reeducar al cerebro hacia lineamientos psicológicos restablecidos o reaprendidos es a través de la recuperación. Neurológicamente, lo definimos como la reeducación bioquímica que da una repetición de nuevos criterios que producen un nuevo cerebro.

Este procedimiento da paso a un nuevo concepto, donde vemos que hay elementos distorsionadores en cuanto a bioquímica y elementos organizadores, los que —iniciado el siglo XXI y en camino hacia el siglo XXII— deberán ser tomados en cuenta. Estas categorías dopamina-GABA deben ser consideradas desde la educación infantil en adelante, ya que hoy son los primeros factores que desvían a los niños, jóvenes y adultos del foco de la salud mental y emocional, cuyas consecuencias son los ataques de pánico, las depresiones, los suicidios o la drogadependencia y el alcoholismo.

Si planteamos este versus entre la dopamina y el inhibidor GABAcomo parte estructural de nuestra cotidianidad, podremos tener importantes criterios de prevención. Este es el gran factor que nos lleva a ser conscientes de que el siglo XXI es el siglo de los estímulos o sobre-estímulos. Un concepto de prevención, como definición, debemos circunscribirlo a un universo de ataques de los cuales tenemos que prevenirnos. Estos ataques están dados por el campo de lo digital, la industria de los saborizantes, los alimentos transgénicos, y la naturalización de las drogas y del alcohol como proceso recreacional, los que actúan en el cerebro como desvirtuadores de los lineamientos que construyen una personalidad con elementos sólidos.

Tenemos que decir que toda recuperación o rehabilitación en adicción, tanto tóxica como no tóxica, es también 90 % preventiva: reeduca al individuo o al cerebro para evitar consumir la primera dosis.

Neurociencia y adicción

Hoy, basados en el estudio de la ciencia, a través de la informática, la nanotecnología y los diagnósticos por imágenes, se ha descubierto un nuevo concepto llamado la neuroplasticidad. La neuroplasticidad es la capacidad de reutilizar y agrupar neuronas según las funciones requeridas. Por ejemplo, para que un adolescente pueda comprender álgebra o matemáticas complejas, el cerebro utiliza la neuroplasticidad para asociar superconductores neurológicos que organicen conceptos tan abstractos y complejos. A esto se le llama resolución neurológica.

De la misma manera, el cerebro debe reagruparse para resolver todo tipo de problemas: emocionales, cognitivos, subjetivos o prácticos que van desde cómo conducir un auto hasta resolver problemas matrimoniales. También podemos compararlo con la manera de cómo detener un estímulo y resolver la información para darle de baja, determinando que este no va a aparecer más. Por ejemplo, en el caso de la resolución del tabaquismo desde el punto de vista neurológico, el cerebro resolutivo debe llegar a la conclusión de que no va a tener más ese estímulo, elaborando así procesos madurativos de frustración y reagrupando, luego, nuevas cadenas neuronales que suplanten ese tipo de estímulo.

Por lo demás, las drogas duras como la cocaína, la marihuana, el alcohol, el éxtasis, el LSD, que son estímulos más invasivos, determinan el funcionamiento del cerebro en una categoría que podemos llamar la «dopaminización» del cerebro. Desde el punto de vista de la neuroplasticidad, esta «dopaminización» es muy difícil de resolver, ya que en una primera instancia el cerebro se niega a dejar las hormonas del placer —la dopamina—, presuponiendo que no habrá reagrupación neuronal posible que suplante esos niveles de placer. Se repite esto una y otra y otra vez, es decir, consumiendo un día tras otro.

En términos bioquímicos y filosóficos, el placer está en el extremo opuesto de la felicidad. Basados en esto, podemos determinar que el cerebro neuroplásticamente debe lanzarse a una aventura, debe entender que hay un vacío abismal entre la construcción hecha por el placer y la futura reedición en las cadenas neuronales, en el recableado que hay que construir en pos de la felicidad, en pos de la búsqueda de las soluciones bioquímicas que generan la felicidad. Se debe tener en cuenta que el esfuerzo para lograrlo, para cruzar el río del cambio entre lo que soy hoy químicamente y la nueva versión de mí mismo, produce angustia, miedo e incertidumbre que deben ser enfrentados, porque la resolución de todas esas sensaciones emocionales, neurológicamente hablando, son, en sí mismas, las herramientas del nuevo yo. Son la capacidad de resolver emociones y la administración emocional.

La administración emocional como dispositivo es un concepto que define al individuo que posee una capacidad de elegir por cuenta propia la dirección de las emociones. La epigenética, término acuñado por Conrad Hal Waddington en 1942, refiere al estudio de la interacción de los genes y el medio ambiente. Epi significa «sobre». O sea, sería: «sobre los genes». El gran difusor e investigador Bruce Lipton afirma que el medio ambiente gestiona más organización en las células que de la información que proviene de los propios genes.

Entonces, tanto la epigenética como la neuroplasticidad y otros conceptos científicos del siglo XXI colocan al hombre en una condición de reedición de sí mismo, con capacidades de recablear todo el sistema nervioso, eligiendo una nueva información cualitativa, traspasando las fronteras de sus principios genéticos originalmente editados. Más aún, reedita el programa hacia nuevos horizontes de percepción de sí mismo, donde se manifiestan nuevas realidades construidas a partir de estas emociones, quitando la mirada de los problemas y poniéndola en las soluciones.

Dentro de este mecanismo se encuentra en el cerebro el cuerpo estriado, también conocido como núcleo estriado. Es una parte subcortical en el interior del encéfalo, del telencéfalo, y forma parte de los ganglios basales. El centro estriado recibe información de la corteza estriada también en los primates. El cerebro estriado se encuentra dividido por secciones de sustancia blanca llamada Cápsula Interna, formada por dos sectores: el núcleo caudado y el núcleo lenticular, el cual a su vez está conformado por el putamen y el globo pálido. El estriado ventral está formado por el núcleo accumbens y el lóbulo olfatorio.

Para no ponernos tan técnicos, explicaremos que el núcleo caudado es un elemento que evalúa los niveles de estímulos, en máximos y mínimos, tomando en cuenta los diferentes tipos de estímulos. Si el sistema de hábitos de un individuo es ingerir cocaína, marihuana, altos niveles de azúcares, juegos o dispositivos electrónicos de alta estimulación en la corteza visual, el cuerpo estriado es el encargado de evaluar estos niveles de alta estridencia y estimulación. Pero cuando no están estas sustancias u otros estímulos, el cuerpo estriado comienza a depreciar el resto de los estímulos, como son una vida cotidiana común, circunstancias de paz y tranquilidad, etc., porque estos no elevan los niveles de placer. Ello obedece a que los mecanismos no son tan agudos en una vida normal y en circunstancias normales como los producidos por drogas o estímulos adictivos. Entonces, vemos que un cerebro adicto se educa a partir de estímulos estridentes y el cuerpo estriado es el que recibe la información, determinando cuál estímulo es el alto y cuál es el bajo. Ello crea un sistema de recompensas y castigos bioquímicos a través del núcleo accumbens, construyendo un cerebro cada vez más adicto.

Adicciones tóxicas y no tóxicas

Las adicciones tienen una categorización que separa a las adicciones tóxicas de las no tóxicas, cuya diferencia se basa en que las tóxicas son aquellas que alteran la percepción de la realidad de una manera directa, mientras que las no tóxicas lo hacen de una manera no directa.


El principal problema de las no tóxicas, a la hora de detectar síntomas, es que la sociedad las mantiene en un cono de silencio. Por ejemplo, la naturalización de la ludopatía, mediante las salas de juego, que en algunos países están abiertas las veinticuatro horas o los accesos por internet que naturalizan el comportamiento del ludópata, como se da también con los trastornos de alimentación en países como EE.UU. (las cifras en obesidad escalan a millones de habitantes), donde se naturaliza la comida chatarra (haciendo, de paso, que los trastornos cardiovasculares estén a la orden del día).

Las adicciones no tóxicas son tan letales y mortales como las tóxicas. La creencia popular es que un adicto es aquel que se está inyectándose heroína en un zanjón y que muere de sobredosis en un estado de indigencia. Pero las adicciones no tóxicas son las que más se expandieron en los últimos veinticinco años. La adicción a internet y a los juegos en red, las cirugías estéticas, las compras virtuales y las redes sociales, junto a las susceptibilidades que contienen, son parte de una sociedad que busca tapar los agujeros emocionales. Se llega a una vibración en el inconsciente colectivo y a una conciencia social que naturaliza estas actividades como parte de la vida cotidiana. Y en verdad están cubriendo un agujero emocional o un vacío existencial que el ser humano siente desde el principio de la creación. Más aún, el cerebro, de manera patológica, tuvo un giro hacia la resolución de estos interrogantes existenciales, transformándose en el cerebro adicto.

Si un individuo tiene un comportamiento compulsivo a las compras, esta adicción afecta directamente en todo su sistema cardiovascular y al sistema nervioso central y, además, esto es volcado hacia la totalidad de la sociedad, al menos indirectamente. Lo mismo sucede si un ludópata concurre diariamente a un bingo o a un casino, porque el impacto en el grupo familiar se siente y esto también repercute en la sociedad. Sus hijos, en la escuela, van a cambiar el comportamiento, los maestros llamarán a sus padres, ellos los llevarán a psicólogos o psicopedagogos tratando de encontrar en el chico el motivo de su deficiente rendimiento escolar, sin advertir que la causa de su problemática es que la familia está atravesada por la enfermedad de la adicción. En la adicción a las compras, el impacto que reciben serán las deudas, el déficit y el quebranto económico, por lo cual el grupo familiar entero entra en un resquebrajamiento que luego incide en la sociedad.

Estos nódulos sociales, que son los individuos y las familias, arman las membranas vinculares de toda la sociedad. El cerebro adicto y sus resoluciones de vacío, en cuanto a las adicciones no tóxicas se refiere, están creando un agujero en esa colectividad.

En esta sociedad del inmediatismo, la resolución del vacío espiritual apela a la compra inmediata, al juego de azar, a la compulsión por la comida o a obsesionarse con los músculos y los gimnasios. Nunca en la historia de la humanidad hubo tantos gimnasios, ni tantas personas corriendo en las plazas, en los parques y en las ramblas de todos los países del mundo. Es la obsesión por el running, como por verse flaco o por verse pulido desde la piel o por las compras, como si un par de zapatillas o una cartera nueva modificara la estructura del individuo de la clase media. Estas actitudes hacen que las adicciones no tóxicas sean un síndrome epidémico en los albores del siglo XXI.

Entonces, en cuanto a adicciones no tóxicas se refiere, los niveles de filtración de estas conductas que devienen en patologías severas, son el fiel reflejo de una sociedad resquebrajada, donde la idea de la búsqueda de completitud, de integridad —hasta de dignidad— quedan reemplazados por tapa agujeros que no son más que meros comportamientos, repetitivos, día tras día, hora tras hora, negando toda circunstancia de trascendencia como, por ejemplo, la caducidad y la muerte.

Como todos sabemos, a medida que el tiempo pasa, no cumplimos años sino que restamos años. La paradoja consiste en que, en vez de conectarme con la idea teleológica y hasta teológica de la existencia, me conecto con una búsqueda de consumir o, en el caso de las cirugías estéticas, de mejorar aquello que se va deteriorando, con costos altísimos por llegar a estándares de belleza que transforman a los individuos en monstruos. Monstruos de la cirugía, o sea, de la ciencia que, en lugar de ser volcada para una quemadura de primer grado o la reconstrucción en un accidente grave, es comercializada para los adictos, donde el cirujano, es decir, el científico, se transforma en el dealer del consumidor compulsivo de las cirugías estéticas. Los gimnasios y los centros de estética son lugares que agrupan a personas con el fin de negar todo vestigio de realidad, borrando por completo la idea del fin, es decir, de la muerte. Se busca borrar la idea de que absolutamente todo lo que tenemos y lo que somos, como cuerpos, como habitantes de casas o de ciudades, lo tenemos que dejar, porque solo lo estamos usando. Ni siquiera nuestro propio cuerpo nos pertenece.

Por esa razón, las compras, las cirugías, la vigorexia y la adicción a las dietas son un grupo de síntomas que esconden un gran miedo a la muerte, al deterioro y a la vejez. Es la búsqueda de ser viejos sin envejecer.

El grupo de la electrónica, donde está internet, los videojuegos, el teléfono móvil y la ludopatía, es una categoría que junta lo recreativo con lo lucrativo, la producción y la destrucción en el mismo acto. Esto lleva a niños, jóvenes y adultos a transformar sus cerebros en cerebros adictos, es decir, en un cerebro dopamínico que esconde las emociones de angustias y desconexión social, ya que las redes sociales, con su falso código comunicacional, crean en el individuo la fantasía de estar conectados con otras personas. Creen hablar con esas otras personas, produciendo la gestión de un sentido emocional por el otro, cuando, en verdad, no hay ningún otro, porque lo que tiene enfrente de sí es una máquina. La otredad implica la presencia física del otro, donde hay matices, tono de voz, tacto, miradas y el fenómeno irremplazable del contacto emocional. La otredad desaparece cuando el individuo está solo; por lo tanto, no hay otro. Solo hay aislacionismo e individualidad, gestionando un montón de contactos con otros en situación de soledad, escondiendo el gran miedo al contacto, a la intrusión del otro que invadiría su espacio físico con sus hábitos, sus gustos, su aliento, sus bacterias y sonidos. El otro debe de existir físicamente para que realmente esté.

Lo mismo sucede en los juegos en red. Al jugar en red, los jóvenes —hoy jóvenes, pero que en unos años serán adultos— seguirán teniendo los mismos hábitos reemplazados por nuevas tecnologías. Así, serán adultos o viejos con esos mismos hábitos. Lo que hoy es actualizado, queda desactualizado cuando las nuevas tecnologías reemplacen a las actuales. Estos jóvenes no están jugando con nadie, porque da lo mismo que los comandos de los otros contrincantes, para el caso, los esté operando otro individuo en otra parte del mundo o simplemente otro ordenador en otra parte del mundo, al que llamamos Inteligencia Artificial (IA).

Por lo tanto, el cerebro no produce ningún contacto con nadie, la otredad desaparece y el cerebro no diferencia entre el otro y una máquina. Solo le queda el placer por jugar, ganar y llevar una vida a través del juego en internet, alejada de todo otro valor.

Asimismo, la adicción a los fondos de inversión —conexión con Bloomberg las veinticuatro horas para revisar todas las bolsas de comercio del mundo, buscando especular entre un sistema de ganancias y el otro— no es muy diferente a cualquier otro tipo de entretenimiento o juego de azar, ya que el cerebro construye el mismo sistema de «placer y recompensa» como en cualquier otro síntoma de adicción. En el caso del adicto a la bolsa (así como el del juego), se disfruta de la pérdida y no de la ganancia, generando en un principio el hechizo de jugar para ganar pero, en verdad, el cerebro disfruta de perder, ya que, en los cambios de carriles entre el bien y el mal, el placer y el displacer, el gozo y el dolor, son una inversión de valores y hacen que el individuo necesite un tratamiento igual al que se hace con cualquier adicción tóxica.

Por otro lado, tenemos una adicción tan común como es la adicción a la televisión y a las noticias, donde también incluimos radios y periódicos. Generalmente están volcadas a noticias sociales y políticas, maquillados en frases como «hay que estar actualizado para saber qué pasa». Estos son individuos que se levantan a la mañana con la radio, como si fuera un despertador, escuchando a distintas personas hablando de cuestiones totalmente ajenas al individuo y donde los canales de noticias repiten la misma noticia diariamente porque, en el periodismo amarillista y el sistema de control social a través de los noticieros, la noticia que se supone es la información y la divulgación de lo que está pasando en una sociedad fue reemplazada por la noticia negativa. Lo que se informa desde el periodismo son crímenes, robos, la acción de un político deshonesto, la catarata de denuncias sobre situaciones domésticas de maltrato y violencia familiar o las inundaciones en los barrios por alguna lluvia o tormenta. Lo que sucede como buenas noticias, por ejemplo, lo que estoy haciendo en este momento —alguien escribiendo un libro— no es una noticia. O adquirir un nuevo gatito para la familia, no es una noticia. Entonces, el adicto a la noticia está conectado a una cascada de circunstancias que le generan una emoción negativa y una idea imaginaria de que lo que está sucediendo en todos lados, todo el tiempo; son catástrofes que muestran una ruina que resquebraja de la sociedad en su totalidad. Es, en definitiva, un fiel reflejo de una cultura en decadencia. Las noticias no somos los pensadores ni las buenas acciones cotidianas. Mucho menos las noticias científicas, porque para lo científico existen revistas especializadas con publicaciones determinadas, a las que no accede el que es adicto a la televisión y a los otros medios. Para comprender el contenido de las publicaciones científicas debe utilizar otras regiones del cerebro, que no son regiones adictas. El cerebro adicto consume noticias, consume vibración mala. Consume ruido.

En cuanto a las «personas adictas a las personas», muchas veces deviene en adicción al sexo, por lo que forman parte de un mismo grupo. Es el mismo núcleo autodestructivo que se genera poniendo el foco de la atención sobredimensionada a las circunstancias que la otra persona está generando. Por ejemplo, con cada movimiento que el otro realiza en su cotidianidad —si el otro se va a trabajar, si me llama, si se cambia de ropa, si se baña, si duerme o se despierta— le genera emociones diferentes al adicto. En su adicción, elucubra una serie de fantasías respecto de cada uno de esos actos, con frases como: «Me llamó a las cuatro, cuando siempre me llama a las dos, algo le pasa…». «Mi marido se puso una camisa blanca y no una celeste», dándole una entidad a estos actos simples que llevan a la paranoia y al delirio de persecución, asfixiando al individuo que está relacionado con el adicto a las personas.

Cuando esta circunstancia toma carriles más perversos, donde la satisfacción solamente pasa por el sexo, el individuo entra en procesos lascivos que llevan hasta el daño físico. Estos procesos tienen un abanico muy poderoso, que va desde el porno y la masturbación hasta el sadomasoquismo y el consumo de prostitución compulsiva, llegando a crear vacíos tan profundos que pueden llegar al suicidio, a la muerte por desnutrición, a la insuficiencia cardiaca o terminar en angustias y depresiones profundas.

Por lo que vemos en esta reseña de las adicciones no tóxicas, los caminos y el desarrollo conductual y autodestructivo de cada una de ellas son parte del mismo cuadro, ya que el cerebro es el adicto que busca diferentes medios para la autodestrucción.

El impacto del estrés en el cerebro adicto

Al hablar de adicciones, el impacto del estrés aporta elementos significativos en el concepto general del cerebro adicto. En un cerebro normal se experimentan sensaciones de bienestar y placer en proporciones normales entre los opioides y las endorfinas que están presentes en él. La encefalina, uno de los neurotransmisores más comunes cuando de opioides se habla, al encontrarse el individuo bajo estrés, el nivel de opioides-endorfinas disminuye de manera significativa. Este mecanismo de disminución implica la liberación de la encefalinasa, enzima destructora de las endorfinas que, en condiciones de estrés, incrementa su segregación. Este mecanismo es normal, ya que es un mecanismo de defensa. Cuando los opioides bajan, se desarrolla una alarma en el cerebro que determina una urgencia, la cual ayuda a la persona a realizar ciertas actividades en estado de cansancio, como son las de hacer tareas específicas que requieran de una vigilia permanente, enfocados y concentrados. Cuando los opioides bajan, causan un aumento en la producción de dopamina, lo que genera claridad en el pensamiento y determina reacciones instintivas, ya que la dopamina es, por antonomasia, el mayor elemento instintivo. Debido al alto nivel de dopamina, disminuye la producción de serotonina, lo cual quita del individuo la somnolencia y la necesidad de dormir. También la baja serotonina produce el aumento de la norepinefrina y el ácido aminobutírico gamma (GABA), que eleva el acceso a la memoria y aumenta la ansiedad. El GABA incrementado reduce la disponibilidad de opioides y sigue aumentando la producción de dopamina.

Cuando el mismo estrés ocurre en un individuo con procesos endorfínicos normales, estos encuentran niveles correctos, recuperando la sensación de bienestar. Sin embargo, algunas personas no nacieron con sistemas endorfínicos normales. Estas padecen, en el transcurso de su vida, una baja producción de endorfinas y, por consiguiente, de una sensación de urgencia, de estrés, incomodidades nerviosas y enfermedades psicológicas, como son los ataques de pánico y demás síntomas.

En la sociedad del inmediatismo, los niveles de estrés son mucho mayores. Aunque un individuo se encuentre encerrado en su casa todo el tiempo, el estrés psicológico está presente, disminuyendo los niveles de endorfina aún más. Algunas investigaciones determinan que en la actualidad los niveles de estrés del hombre promedio se duplican cada dos años. Hay personas que, con baja producción de opioides y estrés ambiental, tienen tendencias a incursionar en hábitos y rituales que determinan los síntomas en la enfermedad de la adicción. Por eso se incrementa la producción de opioides de manera artificial, como el consumo de marihuana, para acrecentar temporalmente una sensación de bienestar.

Si hablamos de hábitos adictivos, diremos que son ejercicios pensados para aumentar o disminuir diferentes niveles en los neurotransmisores y donde la fantasía implícita está dada por una prolongación del bienestar. Esto produce una elevación de las endorfinas o, quizá, con las adicciones no tóxicas como la comida, el juego, el cigarrillo y el sexo, que aumentan, por carácter transitivo, las endorfinas, aunque la búsqueda es la misma. Basado en una sensación de displacer, producto del estrés, se desemboca en ejercicios llamados hábitos adictivos que producen endorfinas.

Incurriendo en las drogas opiáceas más fuertes como la heroína, la morfina y estimulantes opiáceos como la marihuana, las investigaciones —precisamente con marihuana— han encontrado sitios específicos de tetrahidro cannabinol (THC) en el cerebro. Reemplazándolas por sustancias naturales —similares al THC, como las anandamidas—, se ha descubierto que activa la dopamina, tal como lo hacen la cocaína, las anfetaminas, la heroína y la morfina.

En el caso del alcohol, este produce un efecto aliviador en los opioides, pero de un modo un tanto diferente. Cuando se ingiere alcohol, es metabolizado en isoquinolinas tetra hidro (IQT). Estos se enlazan a diferentes tipos de opioides, que tienen la capacidad de desplazar a las encefalinas y a las endorfinas de estos sitios. Los IQT actúan como opioides, produciendo una sensación de bienestar y paz en una primera instancia del alcoholismo. Estos también recrean un circuito de retroalimentación que disminuye las encefalinas. El estudio de Genazzani de 1982 determinó que el nivel betha-en-endorfínico en el fluido del cerebro espinal en un grupo de veinte alcohólicos crónicos fue de dos tercios menos que en las personas no alcohólicas. Inclusive, beber cuatro copas de alcohol en un almuerzo o cena disminuye en cantidades considerables los opioides naturales y apoya a los neurotransmisores. Las investigaciones en ratones estresados tendían a preferir el alcohol, en lugar del agua y la hidratación, inmediatamente después del momento del estrés. Podemos sospechar entonces que era para restablecer la sensación de bienestar.

Orígenes y causas del cerebro adicto


Las relaciones y las causas que devienen en la enfermedad de la adicción cuando un cerebro se encuentra biológicamente alterado están muy vinculadas con:

1 Estrés emocional situacional

2 Mala nutrición en la adultez

3 Exposición tóxica: metales pesados, pesticidas, herbicidas, insecticidas

4 Estrés emocional de un cerebro biológicamente alterado

5 Mala genética. Menos neurotransmisores y menos receptores

6 Mala nutrición del lactante y del niño

7 Mala nutrición prenatal: durante el período de gestación, madre con tabaquismo, ingestas de alcohol y drogas.

Todas estas situaciones afectan a diferentes regiones del cerebro que terminan en depresión, adicciones a la comida, alcohol, drogas, sexo y violencia, trastorno de desatención, problemas de aprendizaje, síndrome obsesivo compulsivo y síndrome de Tourette. También devienen en una mala expresión genética, niveles de receptores de dopamina más bajos, niveles de receptores de serotonina más bajos y niveles de receptores de endorfinas más bajos. Además, la mala nutrición de la madre y del padre tiene como consecuencia un útero desnutrido y una deficiencia del embarazo, cuya debilidad obedece a una exposición a metales pesados, pesticidas, herbicidas e insecticidas. Si incursionamos en la historia familiar, revisando hasta siete generaciones anteriores, se pueden encontrar causas que dan como resultado casos agudos de depresión, esquizofrenia, trastorno bipolar y ansiedad severa.

Los neurotransmisores

 Las endorfinas: son sustancias naturales sintetizadas por el cerebro que, entre otras cosas, alivian el dolor a niveles muy efectivos solo comparables con la morfina u heroína, sin tener los efectos secundarios que tienen las drogas de alto impacto. Por otro lado, la baja segregación de endorfinas produce un cuadro de anhedonia, que es la dificultad para expresar placer y la incapacidad de dar y recibir amor. Es decir, corta el circuito de la empatía. Por ejemplo, la heroína, la marihuana y el alcohol, como también el azúcar y el tabaco, afectan a los sitios de este neurotransmisor sacando al cerebro de los carriles empáticos, emocionales y afectivos. También hay que decir que la D-fenilalanina es una proteína que se encuentra en muchos alimentos, siendo unos de los diez aminoácidos esenciales para el ser humano inhibiendo la actividad de la encefalinasa y, de ese modo, aumenta los niveles de endorfinas.

 La serotonina: ayuda a mantener la estabilidad emocional, la autoestima y la sensación de bienestar, bajando los niveles de consumo de alcohol y carbohidratos. Una deficiencia de serotonina produce depresión, tendencias suicidas, obsesiones, ansiedades, pérdida del sueño y la compulsión por los dulces, como también irritabilidad del carácter. La marihuana, el éxtasis y el azúcar bajan la segregación de serotonina. También el tabaco reduce los sitios y neurotransmisores de serotonina. El L triptófano y el 5 hidroxi triptofano son suplementos de aminoácidos que elevan la producción de serotonina en el cerebro.

 El AAG: el ácido aminobutírico gamma o GABA produce tranquilidad y relajación, generando efectos antiansiedad y, en algunos casos, ayuda con el insomnio. Cuando la mente se siente demasiado activa, cuando hay una deficiencia, los síntomas son una ansiedad flotante, es decir, temor, inseguridad, insomnio, tendencia a los ataques de pánico y atracones. El Valium, el alcohol y la marihuana afectan a la función de este neurotransmisor. Para aumentar los niveles de GABA, son imprescindibles la L glutamina y el AAG, ácido aminobutírico gamma.

 La norepinefrina: brinda energía, motivación, ambición, poder, estado de alerta y una sensación de bienestar. Una deficiencia de esta parece estar asociada con el estado de letargo, la falta de energía, la melancolía y la depresión. La cocaína, el Speed, la cafeína, el tabaco y la marihuana, el alcohol y el azúcar afectan a la función neurotransmisora de la norepinefrina. La L tirosina y la L fenilalanina son precursores de la norepinefrina.

 La dopamina: es la activadora principal de los centros del placer. Crea una sensación de bienestar, felicidad, amor, contento y paz interior. Disminuye los atracones. La carencia de dopamina crea una sensación de miedo, urgencia, depresión, irritabilidad y una falta de la sensación de bienestar. La cocaína, el Speed, la marihuana, el alcohol, el tabaco y el azúcar funcionan como un inhibidor de sus funciones. La L tirosina y la L fenilalanina son precursores naturales. La L fenilalanina parece incrementar el número de receptores dopamínicos, un hecho que es importante debido a que muchas personas nacen con un alelo A2 D1 disminuido, lo que significa que tienen un tercio menos de receptores dopamínicos.

Un código en la enfermedad de la adicción

El ser humano, desde sus comienzos como mamífero, fue construido sobre la base de la supervivencia. Este principio está fundado en la dopamina como el neurotransmisor que motoriza el hambre y la reproducción, ubicado en el cerebro límbico o cerebro medio. Este diseño implica el hábito representado por la búsqueda del placer del hambre y la sexualidad, basado en la proliferación de la especie como un acto de supervivencia. Otro factor importante que define al hombre primitivo es la conquista del espacio territorial, mediante la lucha con otros animales y, luego, la lucha con otros grupos de los mismos hombres. La evolución trajo la neocorteza, el lóbulo frontal como factor evolutivo, dándole a este último el carácter de la corona de la creación. Todos estos diseños tienen un propósito específico, pero a partir del siglo XIX, con la industrialización de muchos factores en la sociedad, estos lineamientos originales fueron alterados por la civilización.

Aquí aparece el hombre como hombre, como sujeto enclavado en una mecánica social que estimula al cerebro y lo ubica con otra mirada de sí mismo y con otra expectativa de realidad. Desde la revolución cognitiva en la alfabetización, que tardó trescientos años entre el siglo XV y el siglo XVIII —que no fue un acto menor en cuanto a las capacidades del cerebro—, podemos entender que esta fuerza neurológica ha dado capacidades neuroplásticas de otro nivel. El ser humano comenzó a jugar en otra liga: en la liga del texto. La revolución de la imprenta y la revolución de los libros en serie le dieron un carácter expansionista al cerebro, donde la cantidad de datos se multiplicó ampliamente en una mutación informacional. Esto produjo una apertura a regiones del cerebro que antiguamente no se abrían ni estimulaban. Podemos hacer la analogía de ampliar una casa. Donde anteriormente se usaban cien metros cuadrados, en trescientos años se ampliaron a miles de metros cuadrados. Se abrieron espacios nuevos, espacios totalmente desconocidos, con funciones novedosas para el hombre, enmarcadas por la estimulación alfabética.

El conocimiento dado por la lectura, sumado al inicio de la escolarización a nivel masivo y las carreras terciarias y universitarias, tuvo un impacto en el cerebro que, estimo, aún no hemos producido el proceso completo de su metabolización. La universidad, en términos de acceso masivo, no tiene más de 250 años. De hecho, Oxford, Cambridge o la Sorbona eran bastante elitistas en sus comienzos, ya que uno debía ser de la aristocracia o tener un cerebro privilegiado para sortear exámenes de ingreso estrictos donde se evaluaba si estábamos calificados para que la institución invierta tiempo en nosotros.

Además, debemos tomar en cuenta el cambio de eje del cerebro en su relación con el poder, donde estos asuntos sufrieron transformaciones desde las monarquías a las naciones soberanas. No se trata de un acto menor, ya que el poder de las monarquías administraba arbitrariamente asuntos tales como quién vive y quién muere. Fueron épocas donde el conde o el duque permitían al pueblo vivir en sus tierras, pero podían ordenar su muerte si no cumplían los reglamentos y las pautas que, muchas veces, se sancionaban por intereses personales o caprichos del regente de la zona.

En la Modernidad, el hombre cambió este sistema. La desaparición de las monarquías puso al individuo en otra posición social. Este tipo de relación con el poder del hombre promedio, sumado a un cerebro proveniente de la Edad Media, cambió hacia las relaciones sociales en las cuales el poder administra los patrimonios del pueblo y este es el dueño de la tierra, de los recursos e, inclusive, comienza a seleccionar a sus líderes. Así se empieza a comprender que el poder administra la vida y no la muerte. De allí los reclamos sociales y las luchas de clases.

Estas pinceladas de un análisis social y cultural, traen dos datos:

1. La alfabetización de la humanidad y el giro del poder como ejemplos estructurales de un cambio neurológico. Se comienza a denotar que hay un código dentro del cerebro que va armándose a medida que las épocas van cambiando. La mirada del hombre sobre sí mismo va transformándose. Llegados al siglo XX, esto da nuevas conexiones a la revolución industrial y a la revolución social que dividió al mundo en comunismo y capitalismo, lo que imprime un giro neurológico a todo el pensamiento colectivo. Con ello, nacen estos nuevos cerebros que se formatearon para las siguientes revoluciones neurológicas dadas por el arte, la música y actualmente la gran revolución neurocognitiva que es la revolución digital.

Desde el comienzo de la radiofonía, donde los grupos familiares se sentaban a escuchar relatos de ficción que producían sensaciones a través de la emisión de una máquina, se creó esta relación máquina-hombre donde aparece el concepto de la cibernética que, recordemos, es el control de las máquinas sobre el hombre o, dicho más amablemente, la relación de las máquinas y el hombre. Allí, el impacto de la cibernética en el cerebro ha sido menospreciado. Luego vino la televisión y, unos años después, la televisión color, creándose una nueva especie en cuanto al comportamiento se refiere: el homo-espectadoris. Este individuo, que a mediados del siglo XX comenzó a sentarse frente a pantallas relacionándose con las imágenes emitidas, se transformó en una raza, una especie, que venía de luchar por el espacio y la supervivencia como individuo que recibe información y placer a través de una pantalla. A finales del siglo XX y comienzos del siglo XXI, esta revolución dio un gran salto en cuanto a la digitalización se refiere. Las pantallas y sus usos: el touch deslizante de las pantallas.

A esto se suma la creación de una industria que modifica los alimentos a través de los niveles de azúcares, aditivos, colorantes y elementos artificiales, lo que también genera un código nuevo en el cerebro. Una categoría con la que hasta entonces no habíamos tenido que lidiar como especie y que transforma al cerebro en el cerebro de un homo-adictus. Ello generó un código en la enfermedad de la adicción, dándole a la población mundial un patrón en cuanto a la dopamina y serotonina con niveles mucho más elevados que los del hombre del siglo XV o del siglo XII, cuando el cerebro debía resolver neurocognitivamente otro tipo de problemas.

El asunto es que a este código —en el cerebro posmoderno, posneurológico— nuestro cerebro no lo lee como un problema a resolver sino que, por el contrario, la naturalización de estas costumbres y hábitos son un sistema que le dio forma a una nueva sociedad y a una nueva especie. Con esto, le dio nuevos enclaves en el funcionamiento del cerebro. Ya no es un cerebro que resuelve problemas —lo cual fortalecía los músculos neurocognitivos—, sino que podemos decir que es un cerebro que busca placer, retrotrayendo sus funciones a un cerebro primitivo con la paradoja y la complejidad de que es un cerebro altamente cognitivo. En efecto, para operar las máquinas digitales e interactuar con la nueva tecnología 5G que está viniendo, con la robótica y la cibernética, el cerebro tuvo que haber mutado a estas velocidades cognitivas. Sin embargo, no tienen otra finalidad que el confort, el placer y una composición del ser humano en relación con su medio ambiente sin precedentes, sin luchas y sin desafíos. De este modo, el comportamiento del nuevo hombre estará relacionado con una gran carta a jugar: el nuevo código del cerebro adicto va a determinar la continuidad de la especie humana. Por ejemplo, si todos los insectos desaparecen de la Tierra, no será una extinción como la de los dinosaurios hace millones de años sino que, en este caso, toda la vida del planeta desaparecerá en cinco años.

Si el ser humano desaparece, toda la vida del planeta resurge porque el comportamiento del ser humano con este cerebro adicto pasó al estamento del depredador en la cadena alimenticia. Somos un virus para el planeta. Depredamos y fagocitamos. Ponemos a los árboles, las montañas y los ríos en la posición funcional en que la población humana lo requiere. Porque el código humano llamado «La enfermedad de la adicción» es un comportamiento y una mirada egocéntrica del ser humano en relación con el medio ambiente y con todo lo que pasa. Esta mirada más profunda y con tintes de fatalismo nos pone en un punto reflexivo en lo concerniente al código de la enfermedad de la adicción dentro del cerebro.

Capítulo 3 Un código en la enfermedad de la adicción
El pensamiento web

Analizando el código de la enfermedad de la adicción dentro del cerebro humano, tenemos esta mirada —claramente del siglo XXI— relacionada con el pensamiento web. Los paquetes informacionales de un individuo se empiezan a organizar a partir de estas plataformas digitales, dándole lugar a palabras nuevas sobre los individuos. Los perfiles, los CV y las tendencias no son más que agrupaciones de datos sobre sujetos o sobre mí mismo que dan una identidad digital del Yo.

Este Yo-digital no excluye el patrón en la enfermedad de la adicción, ya que los «me gusta» o «no me gusta» impactan sobre este yo digital y sobre los seguidores que posee, de tal modo que hasta se han transformado en situaciones de mercado. Hay personas con trabajos como influencers, que no hacen más que construir una falsa identidad sobre sí mismos para luego difundirla a los demás. Los individuos del siglo XXI persiguen esto utilizando regiones de su cerebro que conectan a las regiones del placer.

El Yo-digitalis es como un código dentro de la enfermedad de la adicción. No solo no se tiene en cuenta a la hora de los tratamientos ni de evaluar lo que nos está sucediendo como especie, sino que simplemente es una invasión neurocognitiva a la cual el cerebro debe organizar y administrar sin ningún recurso. Ni siquiera es tomado en cuenta como parte de la vida del hombre y su transformación.

Este pensamiento web es creado por sonidos, imágenes, colores e identidades digitales, llevándolo a niveles masivos y colectivos de estrés, generando mecanismos adictivos, ataques de pánico, aislacionismo o sentimientos tales como la soledad y la angustia generalizada, para finalizar en cerebros más adictos que sanos.

El incremento de esta filosofía digital fue exponencial en los últimos treinta años, ya que hoy no se puede ni siquiera trabajar fuera de la digitalización. La labor del hombre promedio es una labor digital en gran parte de sus funciones, exceptuando si uno es médico, operario en un banco, un correo o en la mecánica automotor. Cualquier función no deja de estar teñida por la actualización de la digitalización. Todos debemos estar actualizados. Y el que no lo está, es mal visto socialmente por su entorno, descalificado por el medio y finalmente queda afuera de todo. Por esto, el pensamiento web es impuesto por este constructo de una sociedad que transforma cerebros adictos.

Las dos emociones básicas de la enfermedad de la adicción

Las emociones son un gran capítulo dentro del armado del código de la enfermedad de la adicción. Como las emociones marcan la tasa vibratoria de un individuo, en la enfermedad de la adicción siempre hay dos emociones constantes y sonantes dentro del código: el miedo y el resentimiento.

El miedo, como emoción en el inconsciente, provoca grandes hazañas tales como la supervivencia, no caer por un precipicio o correr cuando los lobos nos rodean o nos persigue un león. El miedo es estructural en el sistema de supervivencia, pero cuando esto se mezcla con sistemas neuróticos, y en la enfermedad de la adicción con sistemas neuroides, el miedo prevalece como una constante. Esta constante es, sin duda, una tasa vibratoria que dispara fantasías y pensamientos negros. Esto lleva a la persona a accionar basándose en este miedo permanente y constante, propio de la enfermedad de la adicción.

Por ello, podemos enmarcar a este miedo como un trauma que, a diferencia de los traumas convencionales, está originado por una situación en la vida referida a abusos, violencia, violencia familiar, violencia verbal o cualquier otro suceso de este tipo. En la adicción, el miedo no tiene ningún origen como trauma, pero queda en el mismo núcleo traumático, como el centro de la estructura psíquica: transformando este síntoma con el centro del pensamiento que da lugar a la célebre frase de: «el trauma, el rey», ya que un trauma es un núcleo psíquico donde toda la personalidad, las emociones y las decisiones de la vida de un individuo se construyen alrededor o a partir de él, sin tocar por un instante este lugar, ya que allí —en el trauma—, en este lugar sensible, está casi prohibido tocarlo o hablar de él, porque el mero hecho de acercarnos a este núcleo representa el inicio de una crisis emocional. El individuo no se mete en el foco del trauma, salvo a través de técnicas terapéuticas que puedan contener al paciente, en un trabajo muy delicado, para desarmar los componentes de aquello que causa dolor, angustia hasta el punto de la desesperación.

En el adicto funciona el miedo como trauma, con el mismo mecanismo donde el adicto no quiere tocar ese miedo, ni hablar de él, ya que es algo que, como decía Jung, forma el carácter. Entonces podemos definir, en el adicto, que el miedo es el carácter, o sea, es la base de su propia personalidad. Esto tiene dos características muy claras en lo concerniente a la personalidad. La primera es el carácter fóbico, que se reconoce por el encierro y la asociabilización hasta la anorexia emocional y la deserotización de la vida, llegando a perder todo interés en cuanto al progreso, al armado de una familia o por cualquier otra tendencia teleológica, ya que carece de visión de futuro. No hay futuro para esta personalidad; solo hay presente. Un presente basado en el deseo y en la satisfacción de este en un universo aislacionista que termina en una vida de ruina y que dispara, a su vez, síntomas más profundos, como la demencia, entre otros. El segundo carácter del miedo en el cerebro adicto es la agresión, la irascibilidad y la violencia. Este sería un carácter contra fóbico como mecanismo de defensa, basado en el sentimiento de miedo instintivo, transferido a neurosis y a un núcleo pseudo traumático del código de la enfermedad de la adicción. Este carácter belicoso es típico de los episodios que muestran los noticieros, como son los casos de mujeres golpeadas, que revelan reacciones contra fóbicas de un alcohólico, ya que en su psique más profunda expresa el miedo a la pérdida. En el caso de la mujer, con la fantasía de que la mujer lo engaña, todo ello construido por sus fantasías e inseguridades clásicas de la sintomatología; o que la mujer lo supera en cuanto a la competencia en el seno de su relación, lo que termina en violencia, primero verbal y luego física.

Esto no es más que el miedo transformado en violencia. Siempre que hay violencia, detrás hay dolor y miedo. El carácter violento también está enmarcado dentro de uno de los cuatro estadíos del alcoholismo ya detallados, que son el mono (el social), el tigre (el violento), el oso (el pesado) y el chancho (el perezoso), donde pierde control de esfínteres y se puede ahogar en su propio vómito. Estas etapas enmarcan una ruta, la del miedo, llevando al individuo a mantener una conducta autodestructiva y a un miedo que construye el carácter más allá de esas conductas. Esta personalidad, dentro del código oculto en la enfermedad de la adicción, hace a un individuo fóbico o contra fóbico que toma decisiones de vida basadas en el miedo, ligándose a pensamientos temerosos y tomando decisiones que llevan a una existencia totalmente disfuncional.

Miedo: al ambiente emocional

En la enfermedad de la adicción, o en el camino de la adicción en lo atinente a lo conductual, es un constructo que proyecta una vibración hacia las personas que pertenecen al entorno de un adicto. Esta es la vibración del miedo, que queda como la reverberación de una campana que suena en una iglesia, donde las ondas sonoras quedan vibrando durante un período. De la misma manera, el adicto va sembrando esta vibración por donde pasa e instala esta sintonía en el ambiente que habita. El consumo genera esta emoción, mejor dicho, se inicia el consumo por esta vibración, y después se proyecta y genera esta vibración a su alrededor. Este entorno capta esta energía y el adicto no solamente desea un ambiente de ruina, sino que crea este ambiente de miedo. El adicto abre la puerta de su casa y todos los habitantes comienzan a sentirse con miedo, ya que no saben si vino borracho, drogado o con el humor cambiado. La adicción, como síntoma, está basada en este cerebro reptil que tiene en su naturaleza intrínseca el principio del miedo, que se transforma en principio de placer al tener como consuelo el consumo.

Esta sensación que la enfermedad produce es igual a la de estar perdido todo el tiempo. La desesperanza y la desesperación, la pérdida de la dignidad y una visión de futuro destruida, construyen la idea del pánico y del miedo como los sentimientos más terribles en el proceso de la enfermedad.

Así, el ambiente en la adicción activa es el contexto de miedo que el código de la enfermedad de la adicción proyecta en el afuera, en los escenarios de la vida como son el hogar, la pareja, el trabajo, los padres, los hijos, los amigos y los vecinos. Todos estos ámbitos de un individuo en la sociedad están dados por el miedo que construyen. El famoso hecho de «perderse en la enfermedad de la adicción» se da porque las personas del entorno comienzan a huir, ya que nadie quiere permanecer en esta vibración.

Nadie quiere sentir miedo cuando ve al otro, a ese otro tomado por estos síntomas y en pleno desarrollo de la enfermedad. De ese modo, gestiona, genera y promueve los lineamientos del miedo hasta creer que el miedo que provoca es un medio de vida que le permite conseguir aquellas cosas que quiere, insisto, produciéndoles miedo a los demás. Muchas veces esto le da al individuo adicto características sociopáticas. Como los barrabravas en el fútbol, que transforman su personalidad en un organismo colectivo, asociándose con otros que promueven el miedo, hasta la sofisticación de poseer jerarquías en estas sociedades del miedo, extorsionando y coaccionando a la población para lograr objetivos económicos a través de la política, los intereses de clubes o del narcotráfico. De esta manera, generan recursos para seguir el consumo y mantener el circuito del miedo, retroalimentado para lograr más miedo.

En el caso del cocainómano, esto se ve con claridad, ya que en un adicto de cocaína avanzado, es decir, alguien que consume cocaína por más de dos años y donde las dosis superan al bienestar dopamínico, genera que la persona ingrese en síndromes de paranoia inducidos, en los cuales el sentimiento y la sensación que reina es el miedo y la locura.

Podemos concluir que el adicto en su medio ambiente, en su universo personal, construye una identidad proyectada en el miedo y, muchas veces, se transforma en una personalidad socioactiva que produce un medio de vida.

Resentimiento: recodificación constante

Cuando una emoción es sostenida en el tiempo se llama resentir, lo cual significa seguir sintiendo. Ello produce una recodificación constante, con un patrón emocional sostenido basado en una idea o en un impacto de la realidad que queda como un núcleo traumático. Esto, en la enfermedad de la adicción, es mantener una oscuridad latente que deviene justamente en el resentimiento.

Este es el proceso meditativo a la inversa, es decir, creando y construyendo oscuridad, ya que construir luz u oscuridad requiere de la misma mecánica: concentrarse en una idea, concentrarse en una emoción. Cuando la concentración o la consciencia se enfocan, florece todo lo que enfocan, sin discriminar entre bueno y malo, entre luminoso y oscuro. Cuando la persona encuentra el sistema del resentimiento como una mecánica que está instalada, el proceso pasa por dejar de sentir como siento y de dejar de sentir lo que yo siento.

Este concepto, que parece simplista, encierra una sabiduría fundamental en el código de las emociones. Las emociones son el gran poder que tiene el ser humano, pero sin guía, sin vela y sin timón las emociones pueden transformarse en el producto que inicia la enfermedad.

Así como ocurre con el océano que contiene un gran poder y potencial, pero si se desata una tormenta sin control, aquello que podría curar, mejorar, albergar la vida de grandes cantidades de microorganismos, de peces, de plantas y gestionar, con sus corrientes, el flujo de vida del planeta entero, puede a su vez destruir todo por completo. De manera análoga, las emociones en un proceso organizado con bordes, con cuenca, producen el efecto opuesto.

Dependiendo de la organización administrada que la consciencia le pueda dar a este flujo para tomar una decisión, debemos saber que está en nosotros la decisión de seguir resintiendo un mismo dolor, una misma sensación de vacío y angustia, o modificarla por una nueva idea o sentimiento de amor o prosperidad, cuando el océano se calma y busca su nivel. Porque tal es el camino del agua, ir para abajo, amoldarse a todas las cosas y buscar su propio nivel. La consciencia tiene el poder de salir del resentimiento y del dolor y transformarlo en un vergel de uno mismo.

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22 октября 2025
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245 стр. 9 иллюстраций
ISBN:
9789874731449
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