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Los guardianes del faro
Emma Stonex

Traducción de Cristina Riera Carro

Página de créditos
Los guardianes del faro

V.1: marzo de 2021

Título original: The Lamplighters

© Emma Stonex Ltd., 2021

© de la traducción, Cristina Riera Carro, 2021

© de esta edición, Futurbox Project, S. L., 2021

Todos los derechos reservados, incluido el derecho de reproducción total o parcial en cualquier forma.

Gracias a los fideicomisarios del patrimonio de Wilfrid Gibson por el permiso para citar los versos de la página 11.

El epígrafe de la página 11, «Dos hombres distintos; he sido ya dos hombres distintos», es de Lighthouse, de Tony Parker (Eland Publishing, 2005).

«A Whiter Shade of Pale», citada en la página 164, letra de Keith Reid, publicada por Onward Music Limited, Roundhouse, 212 Regents Park Road Entrance, Londres nw1 8aw.

Corrección: Francisco Solano

Diseño de cubierta: Katie Tooke, Picador Art Department

Imagen de cubierta: © Max Ellis

Adaptación de cubierta: Taller de los Libros

Publicado por Ático de los Libros

C/ Aragó, 287, 2º 1ª

08009 Barcelona

info@aticodeloslibros.com

www.aticodeloslibros.com

ISBN: 978-84-18217-27-2

THEMA: FBA

Conversión a ebook: Taller de los Libros

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley.

Contenido

Portada

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Página de créditos

Sobre este libro

Dedicatoria

Parte I

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Parte II

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Parte III

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Parte IV

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Parte V

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Parte VI

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Parte VII

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Parte VIII

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Parte IX

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Parte X

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Parte XI

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Capítulo 55

Capítulo 56

Capítulo 57

Capítulo 58

Capítulo 59

Parte XII

Capítulo 60

Agradecimientos

Sobre la autora

Los guardianes del faro
Un faro abandonado, tres hombres desaparecidos y un misterio imposible

Cornualles, 1972. En la víspera de Año Nuevo, un barco con el relevo prometido a los fareros Arthur Black, Billy Walker y Vincent Bourne llega a la Roca de la Doncella, a kilómetros de la costa, pero nadie sale a recibir la embarcación. No hay rastro alguno de los hombres. La puerta de la torre está cerrada por dentro. Todos los relojes se han detenido a la misma hora. El registro del guarda principal describe una gran tormenta, a pesar de que esa semana el cielo ha estado despejado. ¿Qué les ha sucedido a los guardianes del faro? ¿Devolverá el mar sus secretos?

Veinte años más tarde, sus esposas todavía luchan por seguir adelante. La misteriosa tragedia debería haber unido a Helen, Jenny y Michelle, pero, en su lugar, las ha distanciado todavía más. Y, de repente, un misterioso escritor aparece para investigar lo que ocurrió. Quiere darles la oportunidad de compartir su versión de la historia, pero solo si se enfrentan a sus mayores miedos saldrá la verdad a la luz.

El debut literario más esperado del año, una novela perfecta para los amantes de Daphne du Maurier y Kate Morton

«Una obra evocadora y preciosa. Los guardianes del faro es una historia de misterio, amor y fantasmas, todo al mismo tiempo. […]. No quería que acabase. Maravillosa.»

S. J. Watson, autor de No confíes en nadie

«Un libro extraordinario. La oscura y potente presencia del mar emerge gracias a la pluma de la autora en cada página y con cada personaje.»

Raynor Winn, autor de El sendero de la sal

«Maravilloso. Un triunfo de la literatura sumamente adictivo.»

India Knight, The Times

«Una historia maravillosamente bien escrita y absolutamente cautivadora.»

Jenny Colgan, autora best seller del Sunday Times

Para IFTS y KMS

Nota de la autora

En diciembre del año 1900, tres guardas desaparecieron de un faro situado en una roca remota en la isla de Eilean Mòr, en las Hébridas. Se llamaban Thomas Marshall, James Ducat y Donald MacArthur. Los guardianes del faro es una novela que se inspira en ese suceso y está escrita como muestra de respeto a su memoria, pero se trata de una obra de ficción que, por consiguiente, no guarda semejanza con la vida de aquellos hombres ni con sus caracteres.

Se impuso un silencio inquietante

y con aprensión miramos delante,

a la puerta que habíamos de franquear

para entrar en la negrura, lejos del mar.

Wilfrid Wilson Gibson, «Flannan Isle» [‘Isla de Flannan’]

Dos hombres distintos; he sido ya dos hombres distintos.

De Lighthouse [‘El faro’], de Tony Parker

Parte I

Capítulo 1
Relevo

Cuando Jory descorre las cortinas, ya es de día, un día gris, y en la radio suena una canción que le resulta vagamente familiar. Escucha las noticias, hablan del caso de una muchacha desaparecida mientras esperaba el autobús en un pueblo del norte, y da sorbos a una taza de té parduzco. La pobre madre está preocupadísima; bueno, debe de estarlo. Pelo corto, falda corta y ojos grandes, así se imagina a la niña, temblando de frío, y una parada de autobús vacía donde debería haber alguien, saludando, y el autobús se para y arranca, nadie se da cuenta, y el pavimento brilla bajo la lluvia negra.

El mar está tranquilo, con esa semejanza a un espejo que adopta después de un temporal. Jory descorre el pestillo de la ventana y el aire fresco es casi sólido, podría comerse, y las casitas de pescadores tintinean como un cubito de hielo en un vaso. Nada puede compararse al olor del mar, nada se le acerca: a salobre, a limpio, como el vinagre que se guarda en la nevera. No se oye ningún ruido. Jory conoce bien el mar fragoroso y el mar silencioso, el mar agitado y el mar en calma, el mar en el que la barca parece el último resquicio de humanidad a lomos de una ola tan resuelta y encolerizada que crees en lo que no crees, y también el mar entre el cielo y el infierno, o lo que sea que aguarda allá arriba y lo que sea que acecha en las profundidades. Un pescador le dijo una vez que el mar tiene dos caras. Y debes aceptarlas, le dijo, la buena y la mala, y no dar la espalda a ninguna.

Hoy, después de mucho tiempo, el mar está de su parte. Hoy es el día.


Es el responsable de decidir si el barco zarpa o no. Si el viento es favorable a las nueve, no significa que también lo sea a las diez, y lo que se encuentre en el puerto, pongamos que olas de metro y medio, serán de quince metros en la torre. Sea lo que sea lo que vea desde tierra firme, será diez veces peor alrededor del faro.

El nuevo tiene unos veinte años, el pelo rubio y lleva gafas gruesas. Las lentes hacen que sus ojos parezcan pequeños, inquietos; a Jory le recuerda a una bestezuela en una jaula con serrín. Está de pie, en el espigón, con unos pantalones de campana de pana, los bajos deshilachados y oscuros por el mar agitado. A primera hora de la mañana, el muelle está en calma, un hombre pasea a su perro y se descargan cajas de leche. Es la pausa glacial entre Navidad y Año Nuevo.

Jory y su tripulación cargan los bártulos del muchacho —cajas de cartón con comida y ropa para dos meses, carne fresca, fruta y leche de verdad (no en polvo), periódicos, una caja de té y Golden Virginia, tabaco de liar—; los aseguran con cabos y los tapan con una lona impermeabilizada. Los torreros del faro estarán contentos: han comido conservas de carne las últimas cuatro semanas y leído la portada del Mail del último día del relevo.

En el bajío, las aguas eructan algas y sorben y lamen los flancos del barco. El muchacho sube a bordo, con las zapatillas de lona empapadas, y se agarra a la borda como un ciego. Bajo un brazo lleva un fardo con sus pertenencias, bien atado con un cordel: libros, una grabadora de casetes y cintas; cualquier cosa para pasar el rato. Puede que sea estudiante: últimamente, el Tridente acepta a muchos. Seguro que compone canciones. Allá arriba, en la linterna, pensando que esto sí que es vida. Todos necesitan dedicarse a alguna actividad, en especial los que están en las torres: no puedes pasarte el día subiendo y bajando escaleras. Jory conoció hace años a un guarda que era un artesano tan hábil que construía barcos en botellas; pasaba los días creando auténticas bellezas. Pero, entonces, instalaron televisores y lo tiró todo al mar; se sentaba a ver la caja tonta en los ratos libres.

—¿Hace mucho que te dedicas a esto? —pregunta el muchacho, y Jory le dice que sí, que empezó antes de que él pisara este mundo—. No creía que fuéramos a lograrlo —añade—. Llevo esperando desde el martes. Me han instalado en una pensión del pueblo muy bonita, pero no tanto como para querer quedarme allí. Cada día, me asomaba y pensaba: ¿saldremos algún día? Joder, eso sí que es una tormenta de verdad. Aunque no sé cómo será ahí afuera. Me han dicho que no has visto una tormenta hasta que la ves desde el mar y parece que la torre vaya a derrumbarse contigo dentro y ser engullida por las aguas.

Los nuevos siempre tienen ganas de charlar. Son los nervios, piensa Jory, de cruzar temiendo que cambie el viento, desembarcar y conocer a los torreros del faro, si encajará con ellos y cómo será el que está al mando. Al muchacho todavía no lo han destinado aquí, quizá nunca lo hagan. Los auxiliares vienen y van, les toca un faro continental hoy y uno de roca mañana, se mueven de acá para allá por todo el país, como la bola de un pinball. Jory ha visto miles como él, se mueren de ganas de empezar, cautivados por el romanticismo, pero no es tan romántico como parece. Tres hombres solos, en un faro, en medio del mar. No tiene nada de especial, absolutamente nada; son tres hombres y mucha agua. Hay que estar hecho de una pasta especial para aguantar encerrado. La soledad. El aislamiento. La monotonía. No hay nada en kilómetros a la redonda excepto mar, mar y mar. Nada de amigos. Nada de mujeres. Solo los otros dos, día sí y día también, sin poder escapar de los otros dos… Te puede volver loco de remate.

Es normal esperar días para el relevo, incluso semanas. Una vez, un guarda se quedó atrapado en mitad del mar, por un relevo aplazado, cuatro meses.

—Te acostumbrarás —le dice al muchacho.

—Eso espero.

—Y no estarás ni la mitad de harto que el pobre diablo que se queda en tierra.

Apiñados en un corro en la popa, la tripulación del relevo observa con desánimo el mar; fuman, empapando con los dedos los cigarrillos, y hablan entre gruñidos. Podrían estar pintados con trazos gruesos, al óleo, en un paisaje de mar adusto.

—¿A qué esperamos? —grita uno de ellos—. ¿Qué quieres, que cambie el mar antes de salir o qué?

El ingeniero también está en el corro; va a arreglar la radio. Normalmente, en el día del relevo, habrían contactado por radio con el faro cinco veces, pero la tormenta ha cortado la transmisión.

Jory cubre las últimas cajas, enciende el motor y se alejan, con el barco meciéndose y cabeceando como un juguete en la bañera sobre las ondas del agua. Una bandada de gaviotas se pelea entre sí sobre una roca moteada de conchas de berberechos; una barca pesquera azul se dirige, apacible, hacia la costa. A medida que dejan atrás tierra firme, el agua se encrespa, las olas verdosas estallan y las crestas se deshacen en espuma. Más allá, los colores se entremezclan con tonos oscuros, el mar se vuelve ocre y el cielo, de un color gris pizarra que no presagia nada bueno. El agua embiste y chapotea contra la proa, se alzan lenguas de espuma que se diluyen. Jory mastica un cigarrillo liado a mano que se ha quedado plano de llevarlo en el bolsillo pero que todavía se puede fumar, con la vista en el horizonte y el humo arremolinándosele en la boca. Le duelen las orejas del frío. En el vasto cielo gris, un ave blanca vuela en círculos.

Entre la neblina se distingue a la Doncella, una aguja solitaria, majestuosa, remota. A quince millas de distancia. Los fareros prefieren, ya lo sabe, no estar tan cerca de tierra y no verla desde el asentamiento, para que no te recuerde a casa.

El muchacho está sentado de espaldas. «Qué mala manera de empezar —piensa Jory—, dar la espalda al lugar al que te diriges». Está preocupado por un arañazo en el pulgar. Tiene la expresión apocada y mareada del inexperto. Pero todo marinero debe encontrar su norte.

—¿Has estado ya en un faro, hijo?

—Estuve en el de Trevose. Y luego en el de la punta, en St. Catherine.

—Pero nunca en una torre.

—No, nunca en una torre.

—Hay que tener estómago —dice Jory—. Y debes saber llevarte bien con cualquiera, sea como sea.

—Ah, no tengo ningún problema con eso.

—Pues claro que no. Tu encargado es de los buenos, y eso marca la diferencia.

—¿Y qué hay de los demás?

—Me dijeron que había que vigilar al auxiliar. Pero es más o menos de tu edad; seguro que os llevaréis bien.

—¿Qué pasa con él?

Jory sonríe al ver la expresión del chico.

—No pongas esa cara, muchacho. Corren muchas historias sobre el servicio, pero no todas son ciertas.

El mar se agita y se revuelve bajo el bote, se ondula, oscuro, lo embiste y se arroja contra él; la brisa avanza en dirección contraria, rozando la superficie del agua, la granula y la esparce por doquier. Un golpe contra la proa provoca un surtidor y las olas toman cuerpo; surgen, en secreto, de una mayor profundidad. Cuando Jory era niño y navegaban de Lymington a Yarmouth se asomaba por la barandilla de cubierta y se maravillaba de lo que hacía el mar, poco a poco, sin que uno se diera cuenta de cómo el bajío descendía y la costa se perdía de vista, donde podías caer a treinta metros de profundidad. Había agujas y peces de formas extrañas, hinchados, brillantes, con tentáculos suaves y ojos como canicas empañadas.

El faro se va acercando; una línea se convierte en un palo, un palo se transforma en un dedo.

—Ahí está. La Roca de la Doncella.

A esa distancia ven el mar manchando la base, las cicatrices de una intemperie violenta acumuladas tras años de reinado. Y aunque ha estado ahí miles de veces, acercarse a la reina de los faros despierta en Jory un sentimiento peculiar: se siente reconvenido, insignificante, quizá algo asustado. La Doncella, una columna de cincuenta metros de colosal ingeniería victoriana, se recorta, imponente y magnífica, sobre el horizonte, como un bastión estoico de la seguridad de los navegantes.

—Fue de las primeras —dice Jory—. En 1893. Se desmoronó dos veces antes de que pudieran prenderle la mecha. Se dice que, cuando el tiempo es inclemente, profiere un grito donde el viento penetra por las rocas, como una mujer que llora.

Los detalles emergen entre la bruma gris: las ventanas del faro, el aro de hormigón de la plataforma, el estrecho camino de peldaños de hierro que conduce a la puerta de acceso y las escalerillas.

—¿Nos ven?

—A esta distancia, sí.

Sin embargo, en cuanto lo dice, Jory busca la silueta del guarda encargado que espera ver en la plataforma, con el uniforme azul marino y la gorra de plato blanca, o con traje ordinario, dando la bienvenida con un gesto. No ve a nadie. Estarán vigilando las aguas desde el amanecer.

Observa con cautela el agua bulliciosa que rodea la base del faro para decidir cuál es la mejor forma de acercarse, si llevando el barco hacia delante o hacia atrás, si echando el ancla o dejándolo libre. El agua helada se derrama sobre una maraña de rocas; cuando el mar sube, las rocas desaparecen; cuando retrocede, emergen como muelas negras y refulgentes. De todas las torres, la del Obispo, el Lobo y la Doncella son las más difíciles en las que atracar; y, si tuviera que elegir, diría que la Doncella les da cien vueltas a las demás. Entre los marineros corre la leyenda que se erigió sobre las fauces de un monstruo marino fosilizado. Durante su construcción, murió gente, y el arrecife ha quitado la vida a muchos navegantes extraviados. A la Doncella no le gustan los desconocidos; no recibe a nadie con los brazos abiertos.

Sin embargo, sigue esperando ver a algún guardia. El muchacho no podrá llegar, a menos que alguien lo espere en la zona de desembarque. En esos momentos, con el vaivén del mar, el barco se alza tres metros y cae otros tres al cabo de un segundo, y, si no estuviese atento, se rompería la cuerda y el muchacho acabaría en las gélidas aguas. Tiene bemoles, pero esto pasa en todas las torres. Para un hombre de tierra, el mar es constante, pero Jory sabe que no es constante: es voluble, impredecible y te atrapa si te descuidas.

—¿Dónde están?

Casi no oye a su oficial de cubierta gritar para hacerse oír por encima del rugido del agua.

Jory les indica con un gesto que irán por el otro lado. El muchacho está pálido. El ingeniero también. Jory debería tranquilizarlos, pero él tampoco se siente seguro. En los años que hace que viene a la Doncella, nunca ha tenido que rodearla hasta la parte de atrás de la torre.

La torre, en toda su envergadura, se alza ante ellos, granito puro. Jory estira el cuello para atisbar la puerta de entrada, situada a una veintena de metros sobre el agua, hecha de bronce de cañón sólido, cerrada a cal y canto.

La tripulación empieza a gritar, llama a los guardas y profiere silbidos agudos. En las alturas, la torre se estrecha hacia el cielo, y el cielo, a su vez, observa desde la cúspide el pequeño navío, empujado de acá para allá, confundido. El ave que ha seguido su trayecto no se aleja. Sigue haciendo círculos, una y otra vez, chillando un mensaje que no comprenden. El muchacho se asoma por la borda y entrega su desayuno al mar.

Suben y bajan, esperan y esperan.

Jory alza la cabeza hacia la torre, que descuella por encima de su sombra, y lo único que oye son las olas, su entrechocar y la creación de espuma, el chapoteo y el engullir de las rocas, y tan solo piensa en la niña desaparecida de la que hablaban esa mañana en la radio, y en la parada de autobús, la parada de autobús vacía, y en la incesante lluvia torrencial.

Capítulo 2

Extraño incidente en un faro

The Times, domingo 31 de diciembre de 1972

Se ha informado a la Corporación del Tridente de la desaparición de tres torreros del faro de la Roca de la Doncella, situado a veinticuatro kilómetros al suroeste del cabo de Land’s End. Los hombres han sido identificados como el guarda encargado, Arthur Black; el guarda ordinario, William Walker, también conocido como Bill; y el guarda auxiliar, Vincent Bourne. Han informado de la desaparición un barquero local y su tripulación, tras haber tratado de dejar en la roca al guarda de relevo y devolver al señor Walker a tierra.

Por ahora no hay indicios que permitan establecer el paradero de los desaparecidos y no se ha hecho ningún comunicado oficial. Se ha abierto una investigación.

Capítulo 3
Nueve plantas

El amerizaje dura horas. Una docena de hombres suben por las escalerillas con el sabor de la sal y el miedo en la lengua, las orejas en carne viva y las manos ensangrentadas y frías.

Cuando llegan a la puerta, descubren que está cerrada por dentro. Una lámina de acero, construida para resistir los envites del mar y los vientos huracanados: deben romperla con músculos y trancas.

Al rato, uno de los hombres, con la cara pálida, empieza a temblar con violencia, en parte por la extenuación y, en parte, por el desasosiego que lo corroe desde que el bote de Jory Martin volvió sin haber encontrado a nadie y la Corporación del Tridente les dijo: «Id».

Tres hombres entran en la torre. Dentro está a oscuras y perciben el olor a humedad y humanidad característico de las estaciones marítimas con ventanas cerradas. No hay mucho que ver en el almacén: bultos enmascarados por la penumbra, bobinas de cuerda, un salvavidas y un bote suspendido bocabajo. Todo está intacto.

Los chubasqueros de los guardas cuelgan entre las sombras, como peces de un gancho. Gritan sus nombres a través de la portezuela del techo, voces que suben en espiral por las escaleras:

—¡Arthur!

—¡Bill!

—¡Vincent!

—Vince, ¿estás ahí?

—¿Bill?

Es sobrecogedor cómo sus voces vibrantes cortan el silencio, un silencio robusto, indecentemente ensordecedor. Los hombres no reciben respuesta. El Tridente ha dicho que era una misión de búsqueda y rescate, pero en realidad es una batida para recuperar cadáveres. No creen que los guardas sigan con vida. La puerta estaba cerrada por dentro. Están aquí, en algún lugar de la torre, en el interior.

«Traedlos con discreción —les han dicho en el Tridente—. Hacedlo con sigilo. Encontrad a un barquero que no le dé a la lengua; no arméis un alboroto, ni montéis una escena: nadie tiene que saberlo. Y aseguraos de que el faro está bien, por Dios, que alguien se asegure de ello».

Tres hombres suben, uno tras otro. Las paredes de la siguiente planta están repletas de detonadores y cargas para el cañón de niebla. No hay indicios de forcejeo. Todos los hombres piensan en su casa, en su esposa, en sus hijos, si los tienen, en el calor del hogar y en una mano en la espalda. «¿Un día duro, cariño?». La torre no conoce familias. Solo a tres guardas, tres guardas que están aquí, en algún lugar, muertos. ¿Dónde encontrarán los cuerpos? ¿Y en qué estado?

Suben a la tercera planta, donde se guardan los tanques de parafina, y luego a la cuarta, donde se almacena el aceite del quemador. Uno de los hombres vuelve a llamarlos, más para guarecerse del silencio inquietante que para otra cosa. Nada indica que se hayan dado a la fuga, que hayan huido, nada sugiere que los guardas hayan ido a ningún sitio.

Desde los depósitos de aceite, suben las escaleras, un caracol de hierro colado que recorre la pared interior hasta la cima, donde se encuentra la linterna. El pasamanos brilla. Los torreros de faros son de una casta singular, están obsesionados con los entresijos de la labor doméstica, con pulir, ordenar y sacar brillo; un faro es el lugar más limpio que puedas imaginar. Los hombres examinan el latón en busca de huellas y no encuentran nada: los guardas nunca tocan la barandilla por diligencia. Aunque si alguno se hubiera marchado con prisas, si alguno hubiese caído o se hubiese agarrado, si alguno hubiese olvidado las formas por algo terrible… Pero no hay nada fuera de lo común.

Las pisadas de los hombres resuenan como tambores que anuncian la muerte, obstinados y graves. Todos anhelan la seguridad del remolcador y la promesa de volver a tierra firme.

Entran en la cocina. Tres metros y medio de ancho y un tubo de pesas que la atraviesa por el centro. Hay tres armarios clavados a la pared, y, en el interior, latas de comida apiladas con precisión: judías en salsa de tomate, habichuelas, arroz, sopa, pastillas de caldo, fiambre de cerdo, carne en conserva y pepinillos en vinagre. En la encimera hay un bote de salchichas de Frankfurt sin abrir, bien pegadas, como tejido en un laboratorio. Junto a la ventana hay un fregadero —el grifo rojo, para el agua de lluvia; el grifo plateado, para el agua potable—, y un bol para lavar de lado, para secarse. Una cebolla marchita está abandonada en la cavidad entre la pared interna y la externa, en el estante que los guardas usan de despensa. Sobre el fregadero cuelga otro armario con puertas de espejo que hace de baño: dentro hay cepillos de dientes, peines, un bote de champú Old Spice y otro de loción para el afeitado Tabac. Al lado, hay un aparador con cubertería, platos, tazas y vasos, todo organizado y guardado con el habitual cuidado. El reloj de la pared está detenido a las nueve menos cuarto.

—¿Y esto? —dice el hombre del bigote.

La mesa está puesta para una comida que no se ha tomado. Para dos comensales, no para tres, con tenedores, cuchillos y platos que esperan su contenido. Dos tazas vacías. Sal y pimienta. Un bote de mostaza y un cenicero limpio. La encimera es de formica, describe una media luna, y se ajusta al tubo de pesas; hay un banco debajo y dos sillas, a una se le sale la espuma del asiento y la otra está torcida, como si la persona se hubiera levantado con prisas.

Otro hombre, que se peina para disimular la calvicie, inspecciona la cocina de hierro fundido Rayburn, por si hubiera algo calentándose, pero está fría, y no hay nada. Al otro lado de la ventana oyen el mar susurrar abajo, entre las rocas.

—No tengo ni idea —contesta, y no es una respuesta, sino la admisión de una ignorancia general y aterradora.

Los hombres clavan los ojos en el techo.

La cuestión es que no hay lugar donde esconderse en un faro. En todas las estancias, desde la planta baja hasta arriba, hay dos pasos al tubo de pesas y dos más al otro lado.

Suben al dormitorio. Hay tres literas que siguen la curva de la pared, con la cortina descorrida. Las camas están hechas de forma impecable, las sábanas lisas y estiradas, con almohadas y mantas de color beige que pican. Encima, dos literas más para visitantes y la escalerilla para subir. Bajo las escalerillas hay un espacio hueco de almacenamiento con la cortina echada. El hombre calvo la retira, aguantando la respiración, pero solo descubre una chaqueta de piel de vaca y dos camisas colgadas.

Han subido siete plantas y están a unos treinta metros por encima del nivel del mar. En el salón, hay un televisor y tres sillones desgastados. En el suelo, junto al más grande, que suponen que es el del guarda encargado, hay una taza con un poco de té frío. Tras el tubo está la salida de humos que proviene de la planta inferior. Quizá el encargado baje ahora, quizá ha estado limpiando el capillo de la linterna. Los otros dos también estarán allí, en el balcón. Sentirán no haberlos oído.

El reloj de pared muestra la misma hora en que se ha detenido el tiempo: nueve menos cuarto.

Al trasponer las puertas dobles se llega al cuarto de vigía, en la octava planta. Lo lógico sería que los cuerpos de los tres hombres estuvieran aquí; la cavidad habría impedido que se extendiera el olor. Sin embargo, como empiezan a sospechar, no hay absolutamente nada. Se les acaba la torre. Solo queda la linterna. Nueve plantas, y las nueve, desiertas. En la cúspide espera la linterna de la Doncella, un quemador con capillos de gas enorme, revestido de lentes tan frágiles como las alas de un pájaro.

—Se acabó. Han desaparecido.

Las nubes aterciopeladas avanzan por el horizonte. La brisa sopla más fuerte, cambia de dirección y levanta crestas blancas en las olas. Es como si los guardas nunca hubieran estado aquí. Eso o como si hubieran subido a la cúspide y se hubieran marchado volando.

Parte II

Capítulo 4
El enigma

Independent, lunes 4 de mayo de 1992

Un novelista pretende resolver el misterio de la Roca de la Doncella

El escritor de novelas de aventuras Dan Sharp está decidido a descubrir la verdad de uno de los mayores misterios marítimos de nuestro tiempo. Sharp, autor de los éxitos de acción naval como El ojo de la tormenta, Aguas en calma y La derrota del acorazado, ha crecido junto al mar y se ha sentido inspirado por esa desaparición sin resolver. Esta vez, se adentra en la no ficción por primera vez: «La historia de la Roca de la Doncella me ha cautivado desde niño. Quiero aportar una nueva perspectiva al asunto hablando con las personas que lo vivieron de primera mano».

Hace veinte años, en el invierno de 1972, tres guardas de un faro de una roca de Cornualles, a kilómetros de distancia del cabo de Land’s End, se esfumaron. Con su desaparición, dejaron una serie de señales: la puerta de la entrada cerrada por dentro, dos relojes parados a la misma hora y una mesa preparada para una comida que nadie tomó. El registro meteorológico del guarda encargado describía una tormenta en los alrededores de la torre, pero, inexplicablemente, el cielo ese día estuvo despejado.

¿Qué extraño destino aconteció a estos tres desafortunados hombres? Es lo que Sharp pretende descubrir. «Este enigma tiene todo lo que busca un escritor de ficción: dramatismo, misterio, peligro en el mar. Pero, en este caso, no hay ficción. Cualquier incógnita puede despejarse: solo es cuestión de buscar donde se debe. Me juego lo que sea a que alguien sabe más de lo que creemos», añade el autor.

Capítulo 5
Helen

«Ya está, no hay vuelta atrás», pensó al ver al hombre aparcar el coche en la calle, un poco más allá de su casa; un Morris Minor verde botella con el tubo de escape colgando atrás como una pipa de tabaco torcida. Helen se preguntó por qué conducía un cacharro como ese. Debía de ser rico, si era cierto lo que se decía de sus libros; el autor best seller y esas cosas.

Lo reconoció de inmediato, aunque no se había descrito a sí mismo cuando hablaron por teléfono. Quizá debería habérselo pedido; no está de más ser precavida cuando vas a dejar entrar en casa a desconocidos. Con todo, estaba segura de que se trataba de él. Lucía un chaquetón de marinero azul oscuro y una expresión taciturna, petrificada y erudita, como si se pasara horas encorvado sobre manuscritos que no le satisfacían. Era más joven de lo que había imaginado; no debía de llegar a los cuarenta.

—Fuera —dijo Helen, distraída, al hocico de la perra que le acariciaba la palma—. Después te saco. —Subiría al bosque y la pasearía por el mantillo frío y húmedo. La idea de que habría un después la tranquilizó.

El escritor cargaba con una bolsa de lona que Helen imaginó llena de recibos y mecheros; se lo figuraba viviendo en una casa con las camas deshechas y los gatos dormidos en las encimeras. Seguro que había desayunado Weetabix, unos cereales que habrían salido de una caja rota, pero probablemente se había quedado sin leche y había echado un chorro de agua del grifo. Se habría fumado un cigarrillo pensando en la Roca de la Doncella y habría apuntado lo que quería preguntar.

Habían pasado muchos años, pero seguía haciéndolo: sacaba conclusiones tras un primer vistazo; con ese criterio evaluaba a cualquier desconocido. ¿Había perdido a alguien, como ella? ¿Comprendía lo que se siente al vivir una tragedia así? ¿Se encontraba en su lado de la ventana o en el otro, el imposible de alcanzar? Helen no creía que importara si había perdido a alguien o no; era escritor, podía imaginarlo.

En ese sentido, Helen era escéptica: su habilidad para imaginar atañía a lo que no podía imaginarse. Lo concebía como una caída. Ingrávida. Incrédula. Esperaba a que alguien la cogiera, pero nadie lo hizo durante años, y ella siguió cayendo, y no hubo respuestas, ni claridad, ni superación. Esta palabra era popular ahora —«superar»—, la usaba gente que había fracasado en una relación o gente despedida del trabajo, y Helen pensaba que esas cosas eran relativamente sencillas de superar; no te llevaban al borde del precipicio y te arrojaban al vacío. Eso es lo que ocurre al perder a alguien por arte de birlibirloque. Sin rastro, sin ninguna razón, sin pistas. ¿Qué podría imaginar Dan Sharp, qué sabía de acorazados y armamento y hombres ebrios y descompuestos en los astilleros?

Anhelaba relacionarse con gente de su misma condición: reconocerla y que la reconocieran. Advertiría la pérdida en su rostro, algo no evidente a simple vista, el resentimiento o la resignación, demonios de los que ella había tratado de zafarse durante mucho tiempo. Les diría: «Lo sabes, ¿verdad? Lo sabes», y a saber qué le ofrecerían aquellas personas a cambio. Y si eso no le reportaba amabilidad y comprensión, entonces, ¿para qué?

Entretanto, los demonios seguían colándose entre la ropa de su armario, le producían escalofríos cuando se vestía o los descubría agazapados en la penumbra de un rincón, arrancándose la piel de los pulgares. Le faltaba seguridad, le decían los terapeutas —pero hacía ya tiempo que no los veía—, y la seguridad era al menos una superficie de un milímetro a la que aferrarse.

Así que ahí estaba aquel hombre, que ahora abría la cancela. La cerró con torpeza; el pasador estaba oxidado. En la radio de la cocina sonaba Scarborough Fair. Helen se quedó atontada por la melancolía que emanaba de la canción; la letra hablaba de espuma de mar, de camisas de cambray y de un amor más amargo que dulce. La asaltaban pensamientos descabellados, de vez en cuando, sobre Arthur y los demás, pero, en general, había aprendido a mantenerlos a raya. La de secretos que un faro podía contar. Secretos de hombres enterrados bajo el agua, como los de Helen.

Recordaba a su marido a trozos, escamas resecas que se esparcían como hojas que entran por la puerta de la cocina. A veces, conseguía atrapar alguna y la observaba debidamente, pero, en la mayoría de las ocasiones, las contemplaba volando alrededor de sus tobillos mientras se preguntaba de dónde demonios sacaría la energía para barrerlas.

Nada había cambiado tras la pérdida. Se seguían escribiendo canciones. Se seguían leyendo libros. Se seguían declarando guerras. Veías a una pareja discutir frente a los carritos en el supermercado antes de entrar en el coche y cerrar de un portazo. La vida se renovaba sin compasión. El tiempo transcurría según su ritmo habitual, con idas y venidas, principios y finales, progresiones perceptibles que colocaban las cosas en su sitio, sin pensar en el silbido que llenaba el bosque alrededor del pueblo. Había empezado como un silbido soplado por unos labios secos. Con los años, se había transformado en una nota clara y sostenida.

Esa misma nota era la que ahora oía, acompañada por el timbre de la puerta. Helen se metió las manos en los bolsillos de la chaqueta de punto e hizo rodar las borras con los dedos. Le gustaba esa sensación, hacerlas rodar debajo de las uñas, algo doloroso que no lo era tanto.

Capítulo 6
Helen

Pasa, pasa. Entra. Siento que la casa esté tan desordenada. Es muy amable de tu parte decir que no lo está, pero sí, sí que lo está. ¿Te apetece té o café? Perfecto, pues té. ¿Con leche y azúcar? Pues claro, todo el mundo lo toma ahora con leche y azúcar. Mi abuela tomaba té negro, sin nada, solo, con una rodaja de limón. Pero ahora ya no se toma así. ¿Te apetece un poco de tarta? Me temo que no puedo ofrecerte una casera.

Bien, eres escritor, qué maravilla. Nunca había conocido a un escritor. Es una de esas cosas que todo el mundo desea, ¿verdad? Escribir un libro. Incluso yo me lo planteé, pero no soy escritora, claro. Puedo pensar en lo que quiero escribir, pero es muy difícil transmitirlo a otras personas, y supongo que ahí está la diferencia. Después de la muerte de Arthur, todo el mundo me dijo que me vendría bien hacerlo, escribir cómo me sentía para sacarlo de dentro. Debes de estar a favor de esos recursos; ya que eres tan creativo, ¿crees que al hacer algo creativo uno se siente más completo? Bueno, en fin, de todos modos, nunca llegué a escribir nada. Tampoco estoy segura de qué habría escrito para un desconocido.

Veinte años, por Dios, cuesta creerlo. ¿Puedo preguntarte por qué has elegido nuestro caso? Si esperas que mi marido sea el típico machote que sale en tus libros y que voy a contarte una historia sobre misiones y naufragios o lo que sea, creo que te has equivocado.

Sí, es un misterio, si quieres creer las habladurías. A mí, que lo he vivido desde dentro y que me toca tan de cerca, no me lo parece; pero no te sientas mal por eso, no, de verdad. No me molesta hablar de Arthur; es una forma de sentirlo conmigo. Si hubiese tratado de fingir que no ocurrió nada, habría tenido problemas hace mucho tiempo. Una siempre debe aceptar lo que le ocurre en la vida.

He oído de todo a lo largo de los años. Que Arthur fue abducido por alienígenas. Que lo asesinaron unos piratas. Que lo chantajearon unos contrabandistas. Que mató a los otros dos o que ellos lo mataron, que, luego, se mataron el uno al otro, y que el que quedaba, se quitó la vida, por alguna mujer, por una deuda o por un tesoro que dilapidaron. Que los perseguían fantasmas o que fueron secuestrados por orden del gobierno. Que los amenazaron unos espías o que se los zamparon serpientes marinas. Que se volvieron locos, uno o los tres. Que tenían una vida secreta de la que nadie sabía nada, riquezas enterradas en plantaciones de Sudamérica que solo podían encontrarse buscando la señal del mapa. Que se habían ido a Tombuctú y les había gustado tanto que no regresaron… Cuando ese tal lord Lucan desapareció dos años más tarde, hubo quienes dijeron que había ido a encontrarse con Arthur y los demás en una isla desierta, supuestamente con los pobres que pasaban por el Triángulo de las Bermudas. Es que a ver… ¡a quién se le ocurre! Seguro que preferirías cualquiera de estas versiones, pero me temo que todas son absurdas. No estamos en tu universo ahora, estamos en el mío, y esto no es un thriller, es mi vida.

¿Te corto cinco minutitos, de acuerdo? Como los minutos de un reloj, si te imaginas la tarta como un reloj; ese es el tamaño del trozo que te corto. Dame el plato; aquí tienes. Debo admitir que nunca le cogí el tranquillo a la repostería. Parece que a todas las mujeres se les da bien, pero a mí no, no sé por qué. A Arthur se le daba mejor que a mí. ¿Sabías que aprendieron a hacer pan como parte de la formación? Uno aprende de todo para ser farero.

De todas las torres, creo que la del Obispo es la que tiene el mejor nombre. Suena majestuoso. Me recuerda a esa pieza del ajedrez, discreta y señorial. A Arthur se le daba muy, pero que muy bien el ajedrez; yo nunca jugaba con él por eso, porque a ambos nos encantaba ganar y no me gustaba concederle la victoria, ni a él a mí. Como guarda, tenía que encantarle jugar a las cartas y a otros juegos con tanto tiempo libre. Además, un juego de naipes o una mano de gin rummy ayuda a hacer amigos. ¡Y no digamos el té! Si hay algo que se le dé bien a un farero es tomar té. Beben como treinta tazas al día. En las estaciones, si uno va a la cocina, tiene que preparar el té.

Los fareros son gente normal. Ya lo descubrirás tarde o temprano, y espero que no te lleves una desilusión. La gente que no está en el mundo de los faros cree que hacen un trabajo un tanto clandestino, porque llevamos una vida privada. La gente se piensa que estar casada con un guarda es glamuroso, por el misterio que lo rodea, pero no. Si tuviera que resumirlo en dos frases, diría que una tiene que estar preparada para pasar largos periodos de tiempo separada de su marido y periodos cortos e intensos juntos. Los días intensos son como dos amigos lejanos que se reúnen, lo que puede parecer emocionante, pero también complicado. Te pasas ocho semanas sola haciendo las cosas a tu manera y, entonces, llega un hombre a tu casa y de pronto él es el amo y señor y tú quedas relegada a un segundo plano. Puede ser muy desconcertante. No es un matrimonio al uso. El nuestro, sin duda, no lo era.

¿Que si echo de menos el mar? No, no, para nada. Me moría por irme de allí después de lo que ocurrió. Por eso me vine aquí, a la ciudad. Nunca me ha gustado el mar. Donde vivíamos, en las casitas de los fareros, estábamos rodeados, el mar era lo único que se veía desde las ventanas, miraras hacia donde miraras. Te daba la sensación de vivir en una pecera. Cuando había tormenta, veíamos unos relámpagos espectaculares y las puestas de sol también eran bonitas, pero, en general, el mar es gris, grande y gris, y no pasa gran cosa. Aunque, ahora que lo pienso, diría que es más verde que gris, como la salvia o la pintura eau de Nil. Que, por cierto, ¿sabías que eau de Nil en francés significa «agua del Nilo»? Yo creía que significaba agua de la nada, que es como el mar me hace sentir, en cierto modo, así que pienso en el mar en estos términos. Agua de la nada.

Ahora sigue teniendo tan poco sentido como el día en que Arthur desapareció. Pero se hace más fácil. El tiempo te da distancia y puedes recordar lo que te ha pasado y no sentir lo que te abrumó; los sentimientos se han atenuado, no están tan presentes ni son tan intensos como al principio. Es raro, porque algunos días no parece tan extraño lo que encontraron en el faro y creo que, bueno, un día el mar se embraveció y debió de llevárselos y se ahogaron; y otros días tengo la sensación de que todo es tan descabellado que me quedo sin respiración. Hay demasiados detalles de los que no puedo olvidarme, como lo de la puerta cerrada por dentro y los relojes parados, me corroe, y si le doy vueltas por la noche tengo que ponerme seria y obligarme a no pensar en ello. Si no, nunca dormiría, y me acuerdo de las vistas al mar que teníamos desde la ventana de la casita y me parece tan vasto, vacío e indiferente que tengo que poner la radio para que me haga compañía.

Creo que lo que sucedió es lo que te acabo de decir: que el mar se levantó de golpe y los tomó desprevenidos. La navaja de Ockham, se llama. Es la ley que dice que la solución más sencilla suele ser la más probable. Si hay un misterio, no lo compliques más que la suma de sus partes.

Que Arthur se ahogara es la única explicación realista. Si no estás de acuerdo, entonces te dispones a recorrer caminos descabellados, llenos de seres fantasmales, teorías de la conspiración y los sinsentidos que te he contado que cree la gente. La gente se cree cualquier cosa; si le das a elegir, prefiere la mentira a la verdad, porque suele ser más interesante. Como ya he dicho, el mar no es interesante, no cuando lo miras cada día. Pero fue el mar quien se los llevó. No tengo ninguna duda.

Lo que tienes que saber de un faro de roca… ¿Has estado en un faro, por cierto? Bueno…, es que da directo al mar. No es una estación sobre una roca en una isla donde hay tierra alrededor por la que andar y tener un huertito o unas ovejas o lo que sea; ni tampoco es un faro continental, en tierra firme, cerca de la familia, donde, si no estás de servicio, puedes coger el coche y acercarte al pueblo y seguir tu vida con normalidad mientras cumplas con tus responsabilidades cuando estés de guardia. Un faro de roca está abandonado en medio del mar, así que los torreros no pueden ir a ningún sitio, solo recorrer el interior del faro o salir a la plataforma. Puedes correr por la plataforma si quieres hacer ejercicio, pero enseguida te vas a marear.

Ay, es verdad, perdona, que no te lo he explicado. Debajo de la puerta de entrada hay una plataforma que lo rodea todo, como un dónut enorme. La plataforma está a unos seis o nueve metros por encima del mar, que puede parecer mucho, pero si estás fuera y viene una ola alta y te atrapa, se acabó todo. He oído hablar de guardas que pescan desde la plataforma u observan las aves o pasan el rato leyendo un libro. Estoy segura de que Arthur lo hacía porque siempre le gustó leer; decía que en el faro tenía tiempo para aprender, así que se llevaba libros de todo tipo, novelas, biografías y volúmenes sobre el espacio. Se empezó a interesar por la geología, piedras y rocas, ya sabes a qué me refiero. Las recogía y las clasificaba. Decía que así podía descubrir muchas cosas sobre distintas eras.

Sea lo que sea lo que hagas ahí, la plataforma es el único sitio donde puedes tomar un poco el aire. No puedes asomar la cabeza por las ventanas, pues las paredes son muy gruesas: se construyeron con ventanas dobles, sabes, una exterior y otra interior, separadas por más de un metro, así que tendrías que sentarte en ese hueco, y no creo que sea muy cómodo. Supongo que podrías salir al balcón, una pasarela que hay en la cúspide y rodea la linterna, pero no hay mucho espacio y, además, necesitarías una caña de pescar larguísima, digo yo.

Uno de los tres, y no quiero tratar de adivinar cuál, pero bien podría haber sido Arthur, ya que le encantaba pasar tiempo solo, lejos de la gente, le encantaba; bueno, pues uno de ellos podría haber salido a la plataforma y estar allí sentado leyendo con un viento suave, de fuerza uno o dos, y luego, de pronto y sin avisar, se levantó una gran ola y se lo llevó. El mar hace estas cosas. Sabes que no miento. A Arthur lo pilló una vez en Eddystone, muy al principio. Lo acababan de nombrar ordinario, es decir, guarda ordinario, y allí estaba, secando la colada, cuando una ola gigante apareció de la nada y lo tumbó. Tuvo suerte, porque estaba con un compañero y este lo agarró, que si no, lo habría perdido muchos años antes. Se angustió, pero no le pasó nada. Aunque no puedo decir lo mismo de la colada: creo que no volvió a verla. Tuvo que pedir prestada ropa a los demás hasta que llegó el relevo.

Pero este tipo de cosas no afectaban a Arthur. Los fareros no son personas románticas; no se ponen nerviosos ni dan vueltas a las cosas. Su trabajo consiste en mantener la cabeza fría y hacer lo que se debe. Si no fueran capaces de hacerlo, el Tridente no los contrataría. Arthur nunca tuvo miedo del mar, ni siquiera cuando se ponía peligroso. Me explicaba que, en la torre, las salpicaduras de las olas pueden llegar hasta la ventana de la cocina durante una tormenta, y eso son unos veinticinco metros por encima del nivel del mar, y las piedras y las rocas chocan contra la base, así que tiembla y da sacudidas. A mí me habría asustado, creo. Pero a Arthur no, él decía que el mar estaba de su lado.

Cuando venía a tierra firme, a veces parecía no estar del todo bien. Como un pez fuera del agua, sí, eso sería. No sabía cómo comportarse aquí, pero sí cómo comportarse en el mar. Al despedirme de él, cuando regresaba a la torre, me daba cuenta de que se alegraba de volver.

No sé cuántos libros has escrito sobre el océano, pero escribir una historia no es lo mismo que escribir sobre la realidad. El mar te traicionará si no prestas atención: cambia de parecer en un santiamén y no le importa quién seas. Arthur sabía cómo predecirlo, por el aspecto de las nubes o el repicar del viento contra la ventana; sabía decirte si soplaba con fuerza seis o siete por el sonido, así que, si a un hombre como él, que es la persona con más experiencia que he conocido, pudo tomarlo desprevenido, es prueba suficiente de que el mar puede cambiar de repente. Quizá tuvo tiempo de gritar y los otros llegaron corriendo; la plataforma resbala, son presa del pánico, y qué costaría, verdad, que el mar engullera a los tres hombres.

Lo de la puerta cerrada sí que es raro, eso no lo niego. Lo único que te puedo decir es que esas puertas son macizas, de bronce de cañón, porque tienen que resistir las embestidas que reciben, y se te cierran de un portazo con facilidad. Y sobre que estuviera echado el pasador por dentro, ese es uno de esos detalles que me corroe. Pero en un faro tienes esas barras pesadas de hierro que atrancan la puerta, así que se me ocurre que… ¿quizá la barra cayera cuando se cerró, si lo hizo con la fuerza suficiente?

No lo sé. Si te parece una tontería, piensa tú, a ver qué alternativa se te ocurre, y luego decide cuál te gusta más cuando te pongas a darle vueltas a estas cosas en plena noche. Lo de los relojes parados, la puerta atrancada y la mesa puesta hace que vuele la imaginación, ¿verdad? Bien, pues yo lo contemplo con practicidad. No soy una persona supersticiosa. Seguramente a quien le tocaba preparar la comida ese día era muy organizado y puso la mesa para la siguiente: en un faro se le da mucha importancia a la comida y los guardas siguen la rutina a rajatabla. Y sobre el hecho de que estuviera puesta solo para dos, bueno, quizá no le dio tiempo a poner el plato y los cubiertos del tercero.

¿Y lo de los dos relojes parados a la misma hora? Sí, es extraño, pero no imposible. Es como el juego del teléfono: el mensaje se va distorsionando cuanto más se repite: algún listillo debió de inventárselo y un día se hizo real, cuando no lo es; solo es cosa de un sinvergüenza que quiere hacer daño.

Esperaba que el Tridente concluyera que se habían ahogado para que las familias no vivieran en esta incertidumbre, pero no lo hicieron. Para mí, murieron ahogados. Me alegro de saber por mí misma qué ocurrió, porque lo necesito, aunque no se haya hecho oficial.

Jenny Walker, la esposa de Bill, no te dirá lo mismo. Ella está contenta de que no se haya cerrado el caso. De haberse llegado a una resolución, le habría arrebatado la oportunidad de seguir creyendo en la posibilidad de que Bill regrese. Yo sé que no van a volver. Pero cada cual afronta las cosas a su manera. No puedes decirle a alguien cómo pasar su duelo; es una experiencia muy personal y privada.

Pero es una pena. Lo que nos ocurrió debería habernos unido. A las mujeres. A las esposas. Pero consiguió lo contrario. No he visto a Jenny desde que se cumplieron diez años del incidente, y ese día no hablamos. Ni nos acercamos la una a la otra. Ojalá no fuera así, pero así son las cosas. Claro que eso no me impide tratar de cambiarlas. Creo que la gente tiene que hablar de estas cosas. Cuando ocurre lo peor, no puedes llevarlo sola.

Por eso accedí a hablar contigo. Porque dices que quieres dar a conocer la verdad, y supongo que yo también. La verdad es que las mujeres somos esenciales unas para otras. Más que los hombres, y creo que eso no es lo que querías escuchar, porque este libro, como todos los tuyos, va sobre los hombres, ¿verdad? A los hombres les interesan los hombres.

Pero para mí no, no es así. Esos tres nos dejaron solas, y prefiero centrarme en lo que quedó atrás. En lo que podemos hacer con ello, si es que estamos a tiempo.

Como escritor, supongo que darás relevancia a las supersticiones. Pero recuerda que yo no creo en esas cosas.

¿Cosas cómo cuáles, dices? Vamos, el escritor eres tú; ya las descubrirás. Con los años me he dado cuenta de que hay dos tipos de personas: las que oyen un crujido en una casa a oscuras y vacía y cierran las ventanas porque habrá sido el viento, y las que oyen un crujido en una casa a oscuras y vacía y prenden una vela para echar un vistazo.

Capítulo 7

Calle Myrtle Rise, 16

West Hill

Bath

Jennifer Walker

Kestle Cottage

Mortehaven

Cornualles

2 de junio de 1992

Querida Jenny:

Ha pasado mucho tiempo desde que te escribí la última carta. Y aunque ahora ya no espero que respondas, todavía albergo la esperanza de que leas estas líneas. Me gustaría interpretar tu silencio como una tregua, si no como tu perdón.

Quería que supieras por mí que he decidido reunirme con el señor Sharp. No es una decisión que haya tomado a la ligera. Como tú, nunca he compartido información con desconocidos sobre lo que ocurrió. La Corporación del Tridente nos dio órdenes específicas, y nosotras las cumplimos.

Pero me he cansado de secretos, Jenny. Veinte años son muchos años. Me hago mayor. Hay mucho que necesito sacar, mucho que he soportado en silencio, por muchas razones, durante muchos años, y quiero compartirlo, de una vez por todas. Espero que lo entiendas.

Te deseo lo mejor, como siempre, a ti y a los tuyos,

Helen

Capítulo 8
Jenny

Tras el almuerzo, empezó a llover. Jenny detestaba la lluvia. Detestaba el desastre que se formaba cuando los niños entraban chorreando, sobre todo Hannah, con el carrito doble, y más si ya había limpiado y le daba más trabajo y no compensaba.

¿Dónde estaba ese hombre? Llegaba cinco minutos tarde. Qué maleducado, pensó, presentarse tarde a ver a alguien que, para empezar, no ha pedido verse contigo. Había accedido por culpa de Helen, porque no iba a permitir que Helen Black contara cosas de ellas que no fueran ciertas —aunque fueran ciertas— y se publicaran en un libro que todo el mundo podría leer. Al parecer, el tipo era famoso. No la impresionaba. Jenny no leía libros. Con la revista quincenal Fortuna y destino le bastaba y sobraba.

Sin duda, ese hombre esperaba que le sacara la alfombra roja. No importaba que llegara tarde porque, como el pijo adinerado que era, podía comportarse como quisiera. Y le pisotearía toda la casa con los zapatos empapados. A Jenny le parecía violento pedir a las visitas que se descalzaran: deberían saber que tenían que hacerlo sin pedírselo.

No podía sacarse de la cabeza lo mucho que detestaba la lluvia. Tantos años pensando que el relevo de Bill se aplazaría y aún tendría que esperar más tiempo para volver a verlo. En los días que precedían a su regreso a casa, se obsesionaba con el tiempo que hacía; le preocupaba que cambiara y que el barco no llegara ni él pudiera embarcar, y, cuanto más miraba, más parecía que el tiempo cambiaba para fastidiarla. Tenían pensado mudarse a España cuando Bill se jubilase, comprar una casa en el sur con los ahorrillos que tuvieran, con piscina y jarrones de arcilla en el patio y flores rosas en la puerta, y los niños irían en vacaciones. Jenny estaba mejor cuando hacía sol; la lluvia le agriaba el ánimo, y en Inglaterra la lluvia duraba meses y meses, era deprimente. Habría estado muy bien mudarse a España, tomar el sol a menudo y disfrutar de cócteles Brandy Alexander mientras se ponía el sol. La lluvia era un recordatorio de que eso nunca ocurriría.

La carta de Helen languidecía en la basura. Jenny debería haber hecho trizas todos los sobres sin abrirlos. Cada vez que uno caía en el buzón se decía que lo iba a quemar, que lo iba a romper en pedacitos, que lo tiraría por el retrete.

Pero nunca lo había hecho. Su hermana decía que recibir cartas de Helen la acercaba a Bill; la unían a su marido, le gustara o no ese vínculo. Las cartas de Helen eran prueba de lo que había ocurrido. Que Jenny había estado casada con él, que habían estado enamorados. Que había sido bonito. Que no había sido un sueño.

La televisión del salón se fundió en negro en pleno episodio de Se ha escrito un crimen. Jenny se levantó del sofá y le dio un golpe. La imagen volvió: la protagonista se escondía de un hombre armado en un armario. Jenny pensó que podría hacer eso: meterse en un armario y fingir que no estaba en casa. Pero el tal Dan Sharp llegaría de un momento a otro. Si no hablaba con él, no sabría qué mentiras le había contado esa vieja bruja. Y aunque Jenny había leído, a lo largo de los años, todo tipo de tonterías sobre la Roca de la Doncella, y sabía que no podía creer nada al pie de la letra, todavía consideraba su deber que le importara. Cuando veía alguna referencia en el periódico, tenía que llamar y hablar con la persona que había escrito el artículo, para leerle la cartilla y que lo rectificara. Era como un miembro de su familia y ella tenía que defenderlo.

Fuera, el cielo se apagó de pronto. A lo lejos, tras los tejados, se extendía la franja de mar a la que Jenny se aferraba como un salvavidas. Necesitaba ver ese mar, estar segura de que estaba allí, lo más cerca que podía de su marido. Con peor tiempo, el panorama se diluía y ella entraba en pánico, se imaginaba que el mar se esfumaba, que ya no estaba cerca o que se había secado por completo y los huesos de su marido yacían, desnudos, sobre la arena.

«Un guarda nunca abandona su faro».

Lo había oído millones de veces tras la desaparición de Bill.

Entonces, ¿qué demonios había hecho Bill? Con los años, se había acostumbrado a no saber, se sentía incluso cómoda así, como con un par de pantuflas harapientas con agujeros que no sirven para nada, pero que no se quitaba de encima.

Sea como sea, una esposa no abandona a su marido. Jenny nunca se mudaría. No hasta conocer la verdad y, entonces, quizá entonces, podría pegar ojo.

Oyó que su visita llegaba al umbral; arrastraba los pies y tenía la tos de un fumador. Llamó a la puerta con los nudillos y Jenny se sorprendió. Entrelazó los dedos temblorosos. Ah, claro, recordó, el timbre está estropeado.

Capítulo 9
Jenny

Habría ido a buscarte, pero el coche tiene una rueda pinchada. Estoy esperando a que venga mi cuñado y me la cambie. No se me dan bien los coches. Bill se ocupaba de todas esas cosas. Pero, como ahora no está, supongo que tengo suerte de que Carol y Ron vivan cerca. No sé qué haría sin ellos. No estoy segura de que pudiera con todo.

Será mejor que entres. Encenderé la luz. Trato de no tener muchas encendidas para que no suba la factura. El Tridente nos asignó una pensión, pero vuela enseguida. No he podido trabajar, así que no tengo otros ingresos. De todas formas, no he trabajado nunca; me ocupaba de cuidar a la familia cuando Bill estaba de servicio, así que qué iba a hacer yo ahora. No sabría ni por dónde empezar. No sé ni qué se me daría bien.

Adelante, venga, dime, qué quieres saber. No tengo mucho tiempo, luego va a venir un técnico a repararme el televisor. Estaría perdida sin la tele. La tengo encendida todo el día, me hace mucha compañía. Cuando está apagada, me siento sola. Lo que más me gustan son los concursos, que los graban en platós que brillan que da gusto. Me encanta Fortuna familiar, con todas esas lucecitas y los premios, es muy colorido, y eso me gusta. Normalmente, dejo la tele encendida cuando me voy a la cama, para que esté igual al levantarme; así hay alguien a quien dar los buenos días. Me ayuda a distraerme. Las noches son peores, porque me cuesta dejar de pensar.

Es un asunto muy siniestro para escribir sobre él. Para empezar, ya es malo que sucediera como para que encima tengas que escribir un libro sobre el tema. En cualquier caso, no entiendo por qué alguien querría leer sobre desgracias. Suficientes hay ya en el mundo. ¿Por qué no se escriben más historias sobre cosas agradables? Pregúntaselo a tus editores.

Supongo que querrás algo de beber, ¿verdad? Tengo café, no me queda té. No he podido ir a la tienda por culpa del coche y no me gusta caminar. Igualmente, yo tampoco tomo. ¿Ni siquiera un vaso de agua? ¿Seguro? Como prefieras.

Esa es una foto de toda la familia en el cabo Dungeness. Mi nieto tiene cinco años y los gemelos, dos. Todos son de Hannah. No quería tenerlos tan pronto, pero así es como vinieron. Hannah es mi hija mayor. Luego tuve a Julia, que ahora tiene veintidós y, luego, a Mark, que tiene veinte. Tuve a mis hijas muy separadas porque tardé en quedarme embarazada, ya que Bill estaba siempre fuera. Ah, no, no creo que sea demasiado joven para ser abuela. Me siento mayor. Mayor de lo que soy. Pongo buena cara porque no querrán venir y ver a su abuela triste a todas horas, pero es un gran esfuerzo. Sobre todo, el día del cumpleaños de Bill o de nuestro aniversario, cuando lo único que me apetece es quedarme en la cama y no quiero levantarme ni siquiera para abrir la puerta. Me da igual seguir adelante o no. No le veo el sentido. Nunca lo superaré, nunca.

¿Estás casado? No, no lo habría dicho. Ya he oído que los escritores sois así. Os tiene tan absorbidos el mundo que tenéis en la cabeza que no os centráis en lo que hay fuera de ella.

Nunca he leído un libro tuyo, así que no sé cómo escribes. Echaron una historia tuya por la tele, ¿no? La proa de Neptuno. Esa sí que la vi. La dieron por la BBC antes de Navidad. Estaba bien. Era tuya, ¿no? Bien, bien.

No entiendo por qué te interesa nuestra historia. No tienes ni idea de faros ni de las personas que los velan ni nada. A mucha gente le fascina lo que pasó, pero no por eso sienten la necesidad de convertirlo en un entretenimiento. No lo vas a resolver, por mucho que lo creas.

Bill era mi amor desde pequeña, y yo el suyo. Estamos juntos desde los dieciséis. No había estado con otro hombre antes, ni tampoco después. En lo que a mí respecta, seguimos casados. Incluso hoy; si no me decido sobre algo, como cuántos palitos de pescado debería comprar en el supermercado cuando vienen mis nietos a cenar, me pregunto qué me diría Bill. Eso me ayuda a decidir.

Nunca he entendido a las mujeres que se pelean con sus maridos. Se quejan a la mínima y los ponen por los suelos ante cualquiera. Por cosas como que el marido deja la ropa sucia en el suelo o que no ha lavado bien los platos. No dejan de machacarlos y no se paran a pensar en la suerte que tienen de poder estar con sus maridos cada noche y no echarlos de menos. Como si la ropa y los platos y esas cosas importaran. La vida no se trata de eso. Si no eres capaz de pasar por alto esas cosillas, te has equivocado en la vida. No deberías haberte casado. Con nadie.

¿Qué puedo decirte de Bill? Para empezar, que no les tenía mucho aprecio a los que metían las narices en nuestros asuntos. Pero eso a ti no te ayuda mucho, ¿verdad?

El destino de Bill fueron los faros. Su madre murió cuando era un bebé; una tragedia, murió dándolo a luz, de modo que creció con su padre y sus hermanos. Su padre era farero, igual que su abuelo y su bisabuelo. Cuando empezó, Bill era el más joven de los tres chicos que entraron. No tenía alternativa. Estaba resentido, sí. En el fondo, creo que habría querido dedicarse a otra cosa, pero no tuvo la oportunidad y nadie le preguntó. No tenía voz ni voto en esa familia.

Siempre trataba de contentar a los demás. Me decía: «Jen, solo quiero una vida fácil», y yo le decía que para eso estaba yo, para hacerle la vida fácil. Ni él ni yo habíamos tenido una infancia feliz y eso es lo que nos unió al principio. Entendía a Bill y él me entendía a mí. No necesitábamos darnos explicaciones. Hay comodidades que la gente da por sentadas, como un ambiente agradable en casa y un plato caliente en la mesa, pero no lo son. Nosotros queríamos ser buenos padres de nuestros hijos. Hacer las cosas bien.

Al principio, tuvimos suerte. Lo destinaron a estaciones en tierra firme, donde podíamos vivir todos juntos, o en peñascos en los que te proporcionaban la casa. Cuando conocí a Bill, le dije, de buenas a primeras: «No me gusta estar sola, me gusta estar con alguien, y si quieres convertirte en mi marido, así tendrán que ser las cosas». Al principio, los estacionamientos nos iban bien, pero sabía que tarde o temprano nos tocaría un faro de mar adentro. Me aterraba ese día. Tendría que pasar mucho tiempo sola y criar a los niños como una madre soltera. Normalmente, son los hombres sin familia los que quieren que los destinen a un faro mar adentro, como Vince, el auxiliar, que no tenía que cuidar a nadie y no le importaba dónde lo estacionaran. Pero a nosotros sí que nos importaba. Me dio tanta rabia; no queríamos esa torre espantosa, pero nos la asignaron de todos modos… Y mira qué pasó.

La Doncella es la peor de todas; está muy lejos y es horrible y amenazadora. Bill decía que estaba oscura y abarrotada por dentro y que no le daba buena espina. «Mala, mala espina», así lo decía él. Como comprenderás, ahora le doy vueltas. Ojalá le hubiera preguntado a qué se refería, pero solía cambiar de tema para no disgustarlo. Tampoco quería que pensara en la torre cuando estaba en tierra firme. La torre ya me lo arrebataba lo suficiente. Teníamos que esperar tantísimo tiempo para volver a verlo que, cuando estaba aquí, quería que estuviera en cuerpo y mente.

Las noches previas a la vuelta de Bill al faro eran las peores. Me ponía mala solo de pensar que se iría en cuanto pisara tierra firme, y eso era como echarlo a perder, porque no disfrutaba de estar con él en casa como debería haberlo hecho. Me preocupaba demasiado porque volvería a irse. Siempre pasábamos esas noches previas de la misma manera. Nos acomodábamos en el sofá y veíamos Adivina, adivinanza u otro concurso para los que no hay que pensar mucho. A Bill le entraban «los canales» antes de irse; así llamaba él a esa sensación, una mezcla de nervios y tristeza, así la describía. Decía que venía de la época en la que los marineros regresaban a sus barcos tras pasar una temporada en casa y tardaban unos días en sentirse mejor por haberse ido y hasta entonces echaban de menos su vida y tenían que adaptarse. A Bill le ocurría eso incluso antes de irse de casa. Era la anticipación, casi igual de mala. Miraba por la ventana y veía a la Doncella esperándolo allí, a lo lejos, y, al oscurecer, la veía iluminada, como si le dijera: «¡Ajá! Creías que me había olvidado de ti, pero no». Para nosotros era todavía peor poder verla. Habría sido mejor vivir en un sitio desde donde no la viéramos.

Observábamos el tiempo por si el relevo se retrasaba, esperando a medias que se retrasara y a medias que no, porque eso haría más larga la espera. Le preparaba su cena favorita: pastel de carne y brazo de gitano con helado de postre en una bandeja, para que la tomara sobre las piernas, pero no comía mucho; ya le habían entrado los canales.

Yo tenía un calendario en el que tachaba los días que faltaban para que volviera. Los niños me mantenían ocupada. Cuando Hannah era un bebé, vivíamos juntos en la estación en tierra firme, pero con los otros dos, ya no. Estacionaron a Bill en la torre cuando Julia tenía meses, así que me quedé sola con una niña de cinco años y una recién nacida con cólicos. Fue muy duro. Me enfadaba mucho cuando veía a la Doncella. Tan orgullosa, ella. No era justo que tuviera a Bill para ella sola y yo no, cuando yo lo necesitaba más.

A Hannah le gustaba que su padre fuera farero porque eso la hacía destacar; los padres de sus amigos eran carteros o tenderos. Que no es que sea malo, al contrario, pero son trabajos comunes, ¿no crees? Hannah dice que se acuerda de él, pero lo dudo. Creo que, al principio, los recuerdos son vívidos y, luego, ejercen mucha influencia sobre ti el resto de tu vida. Pero no siempre puedes fiarte de ellos.

Cuando Bill estaba de permiso, le preparaba su comida favorita y unos bombones especiales. Era como un ritual. No quería que nada fuera distinto. Quería que Bill supiera qué debía esperar al llegar a casa y qué le esperaba. Cómo lo esperaba. Son los detalles lo que mantienen vivo el matrimonio; detalles que no requieren mucho esfuerzo y demuestran a la otra persona que la quieres y no pides nada a cambio.

No tengo ni idea de qué le ocurrió a mi marido. Si se hubiesen dejado la puerta abierta o se hubieran llevado el bote o no hubieran encontrado los chubasqueros y las botas de agua, quizás habría creído que el mar se lo llevó. Pero el bote estaba en la torre, igual que los suestes, y la puerta estaba atrancada por dentro. Piénsalo. Una puerta maciza de bronce de cañón no se cierra sola, así como así. Y si le añades lo de los relojes y la mesa preparada… No cuadra nada, eso es lo que pasa.

El día anterior, el 29, Bill estaba a cargo del radiotransmisor. Dijo que la tormenta se estaba alejando. Que estarían listos para el relevo del sábado.

La Corporación del Tridente tiene una grabación de esa radiotransmisión, aunque me apuesto lo que sea a que no van a dejar ni que la huelas. Los del Tridente son muy reservados y no les gusta hablar de lo que pasó; para ellos, es evidente que es una vergüenza. Pero Bill les dijo: «Pues mañana», que mandaran el bote de Jory por la mañana. Y le respondieron: «De acuerdo, Bill, mañana te lo mandamos». Que sí, que sé de sobra lo que piensa Helen: que se levantó una ola tan grande que se los llevó. Y no me sorprende, porque nunca tuvo mucha imaginación. Pero se equivoca.

Nunca me olvidaré de la voz de Bill por la radio. De lo que dijo y de cómo lo dijo. Esa voz sonaba como la de mi marido. Lo único raro fue que esperó más de lo normal con el transmisor encendido cuando ya se había despedido. Como en la tele, cuando la transmisión se corta un segundo y la imagen avanza. Pues algo así.

Soy una persona dada a los «¿y si…?». Digo yo, ¿y si el mar no estaba agitado el día que desaparecieron? ¿Y si se llevaron a Bill? No sé qué o quién pudo hacerlo, ni siquiera quiero decir qué pudo ser. Todo lo que pudo haber sucedido… Lo que ocurrió, cómo debió de sentirse, quién había allí, si fue uno de ellos… No ha pasado un día sin que piense en ello, pero siempre vuelvo a lo mismo. Parece una locura cuando lo digo en voz alta. Pero es lo que creo. La torre de un faro, abandonada de la mano de Dios, es como una oveja descarriada. Una presa fácil.

Pareces alguien a quien le traen sin cuidado estas cosas. Me da igual. Lo único que te voy a decir es que, si pierdes a la persona que lo significa todo para ti, ya me dirás si algún día te resulta fácil decir: «Ya está, se acabó, se ha ido». Todavía oigo la voz de mi marido, ¿sabes? Aún la oigo, hoy mismo, más clara que el agua. Cuando tiendo la ropa, oigo que Bill me llama desde la casa, como lo haría si estuviera en la parte de atrás, arreglando la cadena de la bici, y me preguntara si me apetece un café.

Sé que es imposible. No vivimos en la misma casa. Nos mudamos a una nueva, Bill no sabría dónde estoy. De todas formas, no nos podíamos quedar en aquellas viviendas: son para las familias de los torreros, no para las familias de los torreros desaparecidos. Da lo mismo, fue como admitir que Bill no iba a volver. Me pongo triste solo de pensar que se presenta en nuestra casa y descubre que no estoy. Pero alguno de los conserjes de las casitas de la Doncella me lo diría. Y estas cosas se te pasan por la cabeza.

Pero a Helen no le gusta imaginar. Es demasiado fría y práctica. Por eso, cuando hablas con ella, no te cuenta la verdad. Ni siquiera creo que sepa qué significa esa palabra. Desde que la conozco, lo único que se le ha dado bien es mentir. Me escribe cartas y me manda postales de Navidad, pero más valdría que no se molestara. Nunca las leo. Me gustaría no volver a saber nada de ella.

Cualquiera pensaría que querría hacer una amiga, y más teniendo en cuenta la vida que llevaba antes. Pero Helen nunca hablaba de eso. Como vivíamos una al lado de la otra, podríamos habernos hecho íntimas; es lo que hacen las esposas de los guardas encargados: cuidar de las familias y manejar el cotarro cuando los hombres no están. Si nosotras nos llevábamos bien en las casitas, ellos se llevaban bien en la torre. Es la norma que regía en el servicio en los faros.

Pero Helen, no. Ella se creía especial. Yo diría que hasta se creía demasiado importante, con sus pañuelos caros y sus joyas elegantes. Creo que, si tuviera todo el dinero del mundo para gastármelo en mí misma, seguiría siendo sencilla, porque la belleza forma parte de la personalidad, ¿verdad? Nunca me he sentido guapa.

Con otra vida, no habríamos tenido ninguna relación. Lamento que nuestros caminos se cruzasen.

No creer en nada le va a traer mala suerte a Helen. Sin la fe, yo me habría quitado de en medio hace mucho tiempo. Todavía me lo planteo a veces, pero luego pienso en los niños y no soy capaz. Si supiera que, de ese modo, me encontraría con Bill, entonces quizá. Quizá. Pero todavía no. Necesito que la luz siga brillando.

Una vez, los de la Corporación del Tridente me insinuaron que Bill lo había hecho a propósito. Que se había embarcado en un barco francés para empezar una nueva vida. Y verás, no soy una persona violenta, pero poco me faltó para montar un numerito. Bill nunca me haría algo así. Nunca me habría abandonado.

Ay, cierto, llaman a la puerta. Es el técnico de la televisión.

¿Has terminado? Si no, tendrás que volver otro día. No puedo dejar que te quedes; me pone nerviosa atender dos cosas a la vez, tengo que prestar atención al técnico. Espero que me la pueda arreglar; esta noche dan Bailando con las estrellas. Detesto no verla bien.

Capítulo 10
Helen

Cada verano iba de peregrinación, el día de su cumpleaños o por esas fechas. Le dejaba la perra a una amiga y subía al tren hasta la siguiente estación, a media hora de la costa, y el resto del trayecto lo hacía en taxi. Las cosas no habían cambiado demasiado, nada era distinto. Aunque la vida continuaba a su ritmo en la superficie, por debajo la tierra se movía despacio. Las olas seguirían rompiendo en la orilla, hasta el fin de los siglos, pacientes; las hojas de las hayas surcaban el aire como empujadas por un abanico oriental.

Helen enfiló la calle principal. Los mosquitos flotaban como nubes temblorosas y un olor a perifollo, maduro y caliente, venía del seto denso. Las sombras cálidas se alargaban por el camino; las ramas negras de los árboles cortaban un sol anaranjado. Rebasó el cartel del cementerio de Mortehaven. Lápidas derruidas rompían filas y descendían hacia el borde del promontorio, y, tras él, se divisaba el mar, lejano y vasto, con un resplandor como una oda al azul.

No había una tumba. Solo un banco, en el cabo, con una inscripción que rezaba:

arthur black, william walker, vincent bourne

maridos, padres, hermanos, hijos –

queridos, todos

«rayos resplandecientes de la misericordia del padre

que brillan en su faro por siempre jamás».

¡Cuántas veces había oído a Arthur cantar esa saloma de marineros! Sentado en el borde de la bañera, la cantinela ondulaba en el vapor; la tarareaba en el lavabo, al lavarse la cara, o en la cocina, mientras asaba lonchas de tocino o cortaba rebanadas de pan. «Deja que sigan ardiendo las luces, mándanos un haz entre las olas». Llegaba a casa oliendo a algas y se sentaba en su sillón a comer patatas fritas impregnadas de vinagre sobre un bol de papel grasiento, con esas manazas que tenía, agrietadas como jarrones de terracota, con una suerte de halo alrededor de las uñas. Arthur atrapaba el pescado con las manos desnudas, ¿o no? Tenía algo de magia: magia marina, en parte humana, en parte piélago. Helen no tuvo claro desde el principio si casarse con él. Hasta que Arthur la llevó a dar una vuelta en barca. Entonces, lo supo. Arthur era diferente en el mar. Era difícil de explicar. Pero su personalidad cobraba sentido.

Un poste terminado en un dedo señalaba la dirección del complejo residencial del faro; el camino serpenteante se estrechaba, invadido por la vegetación, y desbordaba sus lindes un revoltijo de prímulas y ortigas. Más adelante, tras una cuesta, aparecía la Roca de la Doncella.

La torre refulgía sobre un mar cobalto, una línea tan nítida como una raya de rotulador. Quizá un puñado de entusiastas de los faros vengan aquí en verano, pensó Helen; llegaban hasta este punto, con las piernas llenas de rasguños por el endrino y la violeta de monte, y admiraban el faro desde la lejanía, una veta plateada en un espejo plateado, antes de volverse, cansados y sedientos, con ganas de una bebida fría, y sin la necesidad de volver a pensar en la Doncella.

En la claridad moteada del sendero, la señal sobre una verja de metal rezaba: faro de la roca de la doncella: solo acceso privado.

Ahora eran casas de alquiler vacacional y solo podían acceder los inquilinos. El camino era demasiado estrecho y retorcido, incluso para los camiones de la basura, así que había contenedores de plástico apiñados junto a la verja con números pintados en blanco.

Aquí Helen esperaba verlo, cada año, venir a su encuentro. Quizá alguien lo acompañara y serían dos siluetas; alzaría la mano y ella haría lo propio, les devolvería el saludo. Tenía que mantener la esperanza de que eso ocurría: que las personas que comparten un mismo lugar al final encuentran la forma de reunirse.

Parte III

Capítulo 11
Arthur
Barcos y estrellas

El momento del día en que pienso más en ti es a la salida del sol. Justo en el instante previo, uno o dos minutos antes, cuando la noche da la bienvenida a la mañana y el mar empieza a separarse del cielo. Día tras día, el sol regresa. No sé por qué. He custodiado mi luz, encendida en la oscuridad, y la mantendré encendida: el sol no tenía que tomarse la molestia. Aun así, sigue volviendo y yo sigo pensando en ti. Dónde estarás y qué andarás haciendo. Y aunque no soy hombre que dé vueltas a estas cosas, es ahora, justo en este momento, cuando lo hago. Soy el único hombre durante las horas solitarias; casi me lo creo, porque el sol sigue despuntando y debo apagar la luz un amanecer tras otro, en cuanto no es necesaria, y quizá estés ahí cuando baje por las escaleras. Tal vez te encuentre ante la mesa con alguno de los otros, un poco mayor, quizá, desde la última vez que te vi, o tal vez exactamente igual.


Dieciocho días en la torre

Las horas se convierten en noches, que se vuelven albas que, a su vez, se transforman en semanas y así sucesivamente, mientras el ancho mar se ondula, la lluvia resuena y el sol brilla hasta el ocaso desde la mañana, y las conversaciones se susurran bajo una luz tenue, una luz inexistente, conversaciones que no existieron o que existen ahora.

—Reponían el concurso ese en el que preguntan sobre un tema, Mastermind —dice Bill en la cocina, con un pitillo colgado de la boca e inclinado sobre sus conchas. Todo torrero necesita un pasatiempo, le dije cuando empezó, y cuantos más, mejor; te hace esmerarte y crear algo provechoso, tener un objetivo, día tras día, hasta llegar a la perfección. Un viejo guarda encargado con el que trabajé me enseñó cómo construir una goleta y meterla en una botella. A mí me pareció demasiado meticuloso, incluso las velas tenían que pegarse. Me llevó semanas de dedicación antes de poder deslizarla dentro y levantar las jarcias; si hubiera pegado mal un solo palo, habría arruinado toda la goleta. La soledad empuja al hombre a alcanzar su estándar de calidad. Lo sé porque llevo veintitantos años en la Doncella y Bill, solo dos.

—¿Y qué tema han elegido?

—Las cruzadas —responde—. Y Guardianes del espacio.

—Deberías participar.

—¿Con qué?

—Con un tema que conozcas.

Bill sopla la concha que está tallando, la deja a un lado, se recuesta en la silla y coloca los brazos tras la cabeza. El ordinario exhibe una expresión aplicada y tímida, con el pelo corto a ras de las orejas; tiene unos rasgos menudos y precisos; en tierra firme, lo tomarías por contable. El humo le llena los conductos respiratorios y surge en dos chorros idénticos por las comisuras de la boca, donde se funden con la neblina fantasmagórica que ha dejado quien ha estado allí antes dando caladas.

—Sé de muchos temas —dice—, pero no lo suficiente.

—Conoces bien el mar.

—Pero tiene que ser un tema específico. No puedes llegar allí y soltarle al presentador: «Pregúntame lo que quieras sobre el mar». Es un tema demasiado amplio, no me dejarían.

—Bien, pues sobre faros.

—Anda, no seas tonto. No puedes ser especialista sobre un tema que coincida con tu trabajo. Nombre: Bill Walker. Trabajo: farero. Tema: faros.

Apaga el cigarrillo Embassy y enciende otro. Debido al frío de esta época del año, hay que mantener las ventanas cerradas, y, como aquí cocinamos, fumamos y preparamos platos que humean, el ambiente se está cargando mucho.

—¿Tienes ganas de que vuelva Vince? —le pregunto.

Bill expulsa el aire por la nariz.

—Me da igual tanto una cosa como la otra.

Le agarro la taza y enciendo el hervidor eléctrico. Aquí, nuestros días y noches se organizan alrededor de las tazas de té, sobre todo en esta época del año, diciembre, el corazón del invierno, cuando amanece tarde, anochece pronto y hace un frío espantoso. Levantarse a las cuatro para el turno de mañana, vuelta a la cama después del almuerzo, levantarse otra vez más tarde, descorrer las cortinas y se acabó la tarde. ¿Es hoy, mañana, la semana que viene? ¿Cuánto llevo durmiendo?

En realidad, la taza es de Frank; es roja y blanca, con la inscripción Brandenburger Tor. Frank es tan remilgado que seguro que se la llevará mañana cuando se vaya, no sea que alguno de nosotros se la melle mientras él está en tierra. Cada uno tomamos el té de forma distinta, y quien lo prepara debe tenerlo en cuenta. Incluso ahora que Vince va a volver y lleva semanas fuera, nos aseguraremos de preparárselo bien. Así demostramos que prestamos atención. En casa, Helen no pone azúcar, pero yo no me quejo, lo acepto y así no discuto. Aquí, en cambio, llegamos a las burlas: «Tú, pedazo de imbécil, esa red de pescar aguanta más que tú».

Bill dice:

—¿Sabías que Frank se echa la leche antes que el té, el tío? Primero la bolsita, luego leche y agua al final.

—No jodas. ¡Si la leche va después!

—Eso mismo le dije yo.

—Si no, el té no puede infusionar con la leche.

—Si usas palabrejas como «infusionar», puedes irte a la mierda.

—Si yo fuera el encargado de Longships, más te valdría cuidar esa lengua. —Pero las palabrotas son como el té, ayudan a mantener la conversación. Si sueltas tacos al hablar con alguien, estás diciendo que os entendéis. No importa quién sea, ni que yo sea el encargado. Volvemos a caer en esta dinámica en cuanto llegamos y la olvidamos al pisar tierra firme. Si nuestras esposas nos oyeran cinco minutos, se horrorizarían. En casa, tenemos que mordernos la lengua antes de preguntar cómo cojones ha salido adelante y, joder, que te alegras de verla y, por cierto, ¿qué cojones estáis cenando?

—Salió una mujer anoche —dice Bill—. La menda eligió el sistema solar.

—Pues mira, es más grande que el mar.

—Sí, pero es evidente qué le van a preguntar, coño, por los planetas y tal. Le preguntarán cosas sobre Neptuno y Saturno y, sin duda, sobre Urano.

—Es siempre lo mismo, Bill, no seas tonto.

—Con el mar es menos evidente. Todo lo que tiene que ver con el mar es menos evidente.

—Eh, me gusta esa frase.

—A mí no. No me gusta lo que no puedo ver.

Cuando Bill llegó a la Doncella por primera vez, imaginé cómo serían las cosas. Hay hombres que te cogen confianza y se abren y otros que no. Bill era una persona discreta y reservada. Me recordaba a un gorila que vi en el zoo de Londres; observaba desde su jaula la entrada de los visitantes. Desde ese día, he tratado de descifrar qué vi exactamente en la expresión de ese animal. Rabia y aburrimiento, hastío profundo. Resignación ante su situación. Pena por mí.

Hay tiempo de sobra para hablar, sobre todo en el turno de vela, que empieza a medianoche y termina a las cuatro, cuando descubres que las conversaciones toman unos derroteros lúgubres que no vas a mencionar tras el alba. Quien tenga el turno anterior te despierta, te prepara un té y un plato de queso con galletas integrales, lo sube a la linterna y se sienta allí contigo una hora antes de irse a la cama. Lo hace para despertarte, para activarte el cerebro y que no te quedes dormido cuando se vaya. Cuando nos toca a Bill y a mí, me cuenta cosas que no querría contarme de día. Que debería haber sido otro hombre, tener otra vida, haber dicho «no» en momentos en los que ha dicho «sí». Que Jenny le pide las conchas y él no quiere dárselas. Prefiere guardárselas para él, como tantas cosas.


Arriba, a dormir un poco. Me llevó un tiempo acostumbrarme a las literas del faro cuando empecé. Los hombres de tierra firme se maravillan —«Es broma, ¿no? ¿De verdad tenéis que dormir en esas puñeteras camas curvas?»—; con los años, mi columna vertebral debe de haberse curvado para adaptarse a ellas; antes, tenía dolor de espalda tras dos meses en la torre y, cuando volvía a tierra firme, sufría los dolores y malestares típicos de un hombre con el doble de años. Ahora ya ni lo noto. Una cama normal me resulta rígida e incómoda. Tengo que esforzarme por dormir con la espalda recta, pero me despierto con el pecho sobre las rodillas.

Debería dormirme en cuanto pongo la cabeza sobre la almohada. Ya se presente la ocasión a primera hora de la noche o de la mañana, o con una corta y vaga siesta antes de que el guarda de tarde encienda la luz, nos conformamos con lo que tenemos.

O al menos eso hacía yo en otra época, en otros faros. Ahora el sueño me elude con garras sigilosas. Mi mente es presa de imágenes del mar profundo y de Helen; imágenes de la torre como la veo en tierra firme, visible a lo lejos, y la sensación vertiginosa e incrédula de estar aquí y allí a la vez y en ningún sitio. Me giro y doy la espalda a la cortina que separa mi cama del resto de la habitación; contemplo la pared en la oscuridad mientras oigo el mar y los latidos lentos de mi corazón, y la mente divaga; pienso y recuerdo.


Diecinueve días

Un sol radiante significa que hay condiciones perfectas para el relevo de Frank, que llega tarde, justo antes del almuerzo; al parecer, el barco no se ponía en marcha. Al final, zarpa y Vince desembarca, quien, con el mar agitado, sale de la lancha y sube a la plataforma prácticamente sin problemas. Vince es joven, tiene el pelo negro y un bigote como el cantante de Supertramp. No le lleva mucho tiempo instalarse. Todo tiene su sitio y todos tenemos experiencia en deshacer el equipaje rápido y asumir nuestras responsabilidades con la mayor eficiencia. Las cartas de casa llegan en una bolsa impermeable sellada. Para mí hay una oficial, destinada al guarda encargado.

—Hala, se acabó —dice Vince—. Brézhnev se ha quedado sin llegar a la luna.

Estamos esperando la manduca mientras Vince nos explica que, el mes pasado, los soviéticos lanzaron un cohete que explotó en el cielo. Desorienta oír lo que sucede en el mundo real, el otro mundo. Ese mundo podría acabarse y, durante un tiempo, ni nos enteraríamos. No estoy seguro de necesitar ese mundo. Cualquier ciudad, cualquier pueblo, cualquier estancia más grande que lo que miden dos hombres me parecen lugares frívolos, con luz y ruido y complicaciones innecesarias.

—Malditos comunistas —escupe Bill—. Menudos cenizos, joder. ¿Qué es peor: la amenaza de una guerra o empezarla?

—Qué dices, tío —responde Vince—. Yo soy pacifista.

—Por supuesto, cómo no, leñe.

—¿Qué tiene de malo?

—El pacifismo es una puñetera excusa para no hacer nada. Bueno, excepto dejarte barba y follarte a medio Londres.

Vince se recuesta en la silla y fuma. Lleva nueve meses con nosotros, pero lo conocemos tanto como el aparador de la cocina. He visto montones de torreros ir y venir, y a algunos les tomas más cariño que a otros. No estoy seguro de que a Bill le guste Vince.

—Tú lo que tienes es envidia —le suelta a Bill.

—Que te jodan.

—¿Cuánto hace que no tienes veintidós años?

—No tanto como te crees, capullo.

Así es como se llevan; Vince le toma el pelo a Bill por ser un viejo, aunque tiene treinta y tantos, y Bill le replica como si se hubiese ofendido. Se supone que quieren echarse unas risas, pero a Bill le afecta. No ha tenido una vida como la de Vince. A los veinte ya estaba casado y Jenny ya hablaba de tener hijos. Y los faros lo llamaron.

Vince ha traído jamón fresco de tierra firme, que huele de maravilla y, si lo fríes con un huevo, chisporrotea y crepita. Hace dos semanas que Bill y yo no comemos carne que no sea de lata y, aunque es mejor que nada, no tiene punto de comparación con la carne de verdad. Todo lo que sale de una lata te sabe igual, a lata, ya sea una macedonia o fiambre de cerdo. De hecho, el fiambre no está mal si se cocina, pero basta que te lo sirvan frío en el plato, como hacen Vince o Frank, para que uno se haga vegetariano.

Hoy le toca cocinar a Bill, que es quien lo hace mejor. Vince es un cero a la izquierda y a mí no se me da mal, pero no lo hago con tanto entusiasmo, porque también cocino cuando vuelvo a casa, mientras que Bill en casa no toca ni una sartén. Su mujer se lo hace todo. Bill dice que así es como debes sentirte en la cárcel, donde te lo hacen todo, excepto «limpiarte el culo», y Vince le responde que no se parece en absoluto a estar en la cárcel, ya que allí no te preparan merengues de naranja, ni babá al ron ni hay mujeres que te ofrecen un masaje en los pies, ¿eh? Y Bill le contesta que él es el experto, el sinvergüenza. Y entonces me toca calmar las aguas, antes de que deje de ser una broma.

Vince me dice:

—¿Y tú qué opinas, jefe?

—¿Sobre qué?

—¿Es mejor apaciguarlas o dejar que las cosas se salgan de madre?

Quiero decirles que esto de la Guerra Fría, de Nixon y la Unión Soviética y los aviones japoneses que se estrellan en Moscú me parece absurdo. Si todos tuviéramos una torre, con un par de personas para hacernos compañía, donde existir, sin expectativas ni interferencias, prender la luz por la noche y apagarla al amanecer, dormir y despertar, hablar y guardar silencio, vivir y morir, cada uno en su isla, ¿acaso no podríamos prescindir del resto?

Sin embargo, respondo:

—Debes mantener la paz, si puedes. —Y yo mismo espero poder hacerlo en estas semanas.

Con todo, la cháchara de Vince sobre naves espaciales me recuerda a una época, años atrás. Amanecía en el cabo Beachy, yo estaba solo en la linterna, a punto de cederle la iluminación al sol, cuando vi un objeto que caía al mar. Hacía una mañana nebulosa y tranquila, y era tan temprano que todavía quedaban algunas estrellas perezosas, una mañana tan preciosa que uno se pregunta si el cielo no está aquí, en la tierra, si nos tomáramos el tiempo de alzar los ojos y apreciarlo; y ahí estaba, el metal reluciente, salido de la nada, absorbido por el agua, sin dejar rastro. No supe qué tamaño tenía ni a qué distancia había caído; desde las alturas, el mar parece infinito.

No obstante, lo vi y fui incapaz de encontrar una explicación. Era una pieza de un avión, un flap o un disruptor, esa era la explicación, lo sé, de verdad que lo sé; pero hubo algo en el movimiento, en la dinámica de la caída, que tenía más gracilidad e intención de las que puedo describir. No se lo conté a nadie, ni a los hombres que trabajaban conmigo ni tampoco a Helen. Pero pensé que habías sido tú.

Tú, que me habías hecho un regalo precioso y, por ello, te doy las gracias.


El dormitorio está a oscuras porque siempre suele haber alguien durmiendo o intentando conciliar el sueño, en cualquier momento del día o de la noche. En invierno, la negrura desorienta, la única ventana que hay indica tanto que amanece como que anochece. Si cierro la puerta y dejo la mano exánime en el pomo, con suavidad, me parece que la mano no es mía, sino de un hombre más joven en otro universo abriendo una puerta, no cerrándola.

Estoy leyendo un libro que se titula Obelisco y reloj de arena; es una historia del tiempo. Lo descubrí en la tienda de segunda mano de Oxfam en la calle principal de Mortehaven. Me gusta pensar que más adelante veré las cosas sobre las que estoy leyendo: las pirámides de Egipto, los templos de Sudamérica o los jardines colgantes de Babilonia. No importa cuándo; lo que cuenta es la posibilidad.

Después de casarnos, Helen y yo fuimos de viaje a Venecia. Pasamos una semana comiendo pan aceitoso y un jamón rosado y tan fino como el papel de seda. Paseamos por callejones fríos y húmedos y bajo puentes que olían a huevos y a sal. Ahora me parece algo irreal, un mundo sumergido de sombras y agua, campanas que repican y tejados de oro.

La tapa blanda de Obelisco y reloj de arena es suave, con un reloj de sol en la portada. En el faro medimos el tiempo en días: cuántos de un periodo de ocho semanas han pasado. Helen dice que somos como los prisioneros que marcan en la pared los días que han cumplido, y quizá tenga razón. En la antigua China contaban las horas con una vela. Marcaban líneas en la cera y comprobaban cuánta se había fundido; así no perdían las horas. Se podía recoger la cera para reconstruir la vela y volver a encenderla. Reciclar el tiempo.

Helen no lo sabe y no se lo diré. Nunca le hablaré de ti. Hay temas prohibidos y tú entras en esa categoría. No obstante, doy vueltas a la vela y al tiempo que se quema; y si las horas, al pasar, se han extinguido o hay alguna forma de recuperarlas, ¿podría recuperarte?

Hace demasiado tiempo que estoy aquí. Noches solitarias y rieles de oscuridad que se enrollan y desenrollan hacia el negro mar, hacia el cielo, todavía más oscuro. Deja al hombre más cínico de la tierra montando guardia de madrugada, cuando el sol despunta y el cielo es carmesí y naranja, y que diga que no hay nada más en la vida. Sí que hay más.

En la negrura de mis ojos cerrados se oculta una linterna palpitante. Me llama desde la oscuridad, brillante, refulgente; insiste en que me dé la vuelta y mire.

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