Читать книгу: «Devenir animal»

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Este es un libro acerca de cómo devenir un animal de dos patas, parte íntegra del mundo animado cuya vida crece dentro de nosotros y se despliega a nuestro alrededor. Es un libro que busca una nueva manera de hablar, una que promulgue nuestro involucramiento con la tierra en lugar de cegarnos a ella. Un lenguaje que incite una nueva humildad en relación con otros seres terrestres, ya sean arañas o salientes de obsidiana o ramas de abeto combadas por el peso de la nieve. Una manera de hablar que abra nuestros sentidos a lo sensorial en toda su multiforme extrañeza.

David Abram

«Un libro salvaje en todos los sentidos de la palabra, lleno de historias que te dejarán temblando y de ideas que te harán salir a recorrer el mundo con otros ojos».

Bill McKibben

«Devenir animal es como una caverna prehistórica. Si tienes el coraje de entrar y acostumbrarte a la oscuridad, descubrirás cosas sobre la narración de historias que son sorprendentes, urgentes y profundamente verdaderas. Cosas que cada uno de nosotros alguna vez supo, pero que olvidó al nacer en los siglos XIX y XX. ¡Redescubrimientos extraordinarios!».

John Berger

«Un libro alquímico. Muy bienvenido para quienes todavía tenemos esperanzas en poder generar un cambio revolucionario en nuestra relación con los animales, la tierra viva y la crisis climática. Abram es un pensador audaz, un verdadero visionario y un formidable escritor de literatura sobre la naturaleza».

San Francisco Book Review

«Uno de los libros más emocionantes e importantes sobre ecología en décadas».

Rex Weyler,

cofundador de Greenpeace International


Para Hannah y Leander, criaturas salvajes y luminosas

La voz: el diente del aliento. El pensamiento: el hueso del cerebro. El canto de las aves: una extensión del pico. El habla: el asta de la mente.

Robert Bringhurst

Nota al lector

La palabra tierra aparece muchas veces en las páginas que siguen. Hoy en día muchos escritores eligen poner este término en mayúscula cada vez que aparece. Es un gesto que me resulta por demás superficial, ya que nos lleva a imaginar que estamos respetando este planeta salvaje y rindiéndole los honores adecuados solo porque escribimos su nombre con mayúscula. Por lo general en esta obra he elegido dejar la palabra en minúscula para recordar que la tierra no es solo la esfera en toda su extensión, sino también, y sobre todo, la modesta tierra que tenemos debajo de los pies, los vientos que soplan a nuestro alrededor y las aguas que nos atraviesan.

Sin embargo, en algunas ocasiones me ha parecido necesario escribir Tierra con mayúscula. Ese uso de las mayúsculas indica no tanto un cambio de sentido como de tono, y ocurre solo en los momentos en que es necesario cierto énfasis, o cuando una especie de asombro se abre paso a través de la superficie calma del texto. En un punto de este libro, incluso se altera la grafía y el nombre se convierte en Tierraire.1 Si esa variación los desconcierta y no logran discernir detrás una lógica clara, les pido disculpas: sepan que responde a una rima y una razón perfectamente evidentes para el autor.

1 N. de la T.: Eairth, en el original.

Introducción
Entre el cuerpo y la tierra viva

Aceptar que somos animales, criaturas de la tierra. Sintonizar nuestros sentidos animales con el terreno sensible: fundir nuestra piel con la superficie de los ríos ondulada por la lluvia, unir nuestros oídos con el trueno y el croar de las ranas y nuestros ojos con el cielo fundido. Sentir el pulso polirrítmico de este lugar, este cuerpo de agua y roca azotado por el viento. Este ser trepidante en cuya carne estamos insertos.

Devenir tierra. Devenir animal. Devenir así plenamente humanos.


Este es un libro acerca de cómo devenir un animal de dos patas, parte íntegra del mundo animado cuya vida crece dentro de nosotros y se despliega a nuestro alrededor. Es un libro que busca una nueva manera de hablar, una que promulgue nuestro involucramiento con la tierra en lugar de cegarnos a ella. Un lenguaje que incite una nueva humildad en relación con otros seres terrestres, ya sean arañas o salientes de obsidiana o ramas de abeto combadas por el peso de la nieve. Una manera de hablar que abra nuestros sentidos a lo sensorial en toda su multiforme extrañeza.

Los capítulos que siguen buscan discernir y tal vez practicar un tipo de pensamiento curioso, una forma cuidadosa de reflexión que no nos arranque ya del mundo de la experiencia directa para representarla sino que nos meta cada vez más en la espesura de ese mundo. Una forma de pensar encarnada tanto en el cuerpo como en la mente, influenciada por el aire húmedo, el suelo y la cualidad de nuestra respiración, y por la intensidad de nuestro contacto con los otros cuerpos que nos rodean.

Sin embargo, las palabras son artefactos humanos, ¿no es así? Para hablar o pensar con palabras es necesario apartarse un poco de la presencia del mundo hacia una esfera de reflexión puramente humana… Ese ha sido, en efecto, nuestro supuesto civilizado. Pero ¿y si el habla significativa no fuera una posesión exclusiva de los humanos? ¿Y si el lenguaje que hoy hablamos hubiera surgido en un principio como respuesta a un mundo animado, expresivo, una respuesta titubeante no solo a otros individuos de nuestra especie sino a un cosmos enigmático que ya nos hablaba en una miríada de lenguas?

¿Y si el pensamiento no nace en el cráneo humano sino que es una creatividad propia del cuerpo como un todo y surge espontáneamente del deslizamiento entre un organismo y el terreno sobre el cual camina? ¿Y si lo que engendra la curva curiosa del pensamiento es la complejidad de la tensión y el eros entre nuestra carne y la carne de la tierra?


¿Es posible cultivar una cosmología valiosa prestando atención a nuestros encuentros con otras criaturas y con las texturas y contornos elementales de nuestro espacio más cercano? Estamos tan acostumbrados al culto de la pericia que la noción misma de honrar y prestar atención a nuestra experiencia directa de las cosas –los insectos y los suelos de madera, los coches destartalados y las manzanas picadas por los pájaros, los aromas que suben desde la tierra fértil– nos parece una manera extraña y errónea de descubrir lo que vale la pena ser conocido. De acuerdo con los supuestos que desde hace mucho tiempo sostiene la civilización en la que me crie, la verdad más profunda de las cosas está oculta detrás de las apariencias en dimensiones inaccesibles a nuestros sentidos. Hace mil años, estas dimensiones eran consideradas en términos espirituales: el mundo sensorial era una realidad baja, secundaria, que podía entenderse solo a partir de la referencia a los reinos celestiales que se escondían más allá de los astros. Dado que los poderes que residían en esos reinos estaban ocultos a la percepción común, tenían que ser mediados para el pueblo por los sacerdotes, que intercedían por nosotros ante las agencias celestiales.

En siglos más recientes, una cantidad de descubrimientos e invenciones notables han transformado la concepción general de las cosas que tiene esta cultura, y sin embargo se mantiene un menosprecio elemental por la realidad sensorial. Como un viejo hábito colectivo difícil de erradicar, el mundo de la experiencia directa todavía se sigue explicando a partir de la referencia a ciertos reinos ocultos que están más allá de nuestra experiencia inmediata. Uno de esos reinos es, por ejemplo, el dominio microscópico de los axones, las dendritas y los neurotransmisores que liberan las sinapsis neuronales: una dimensión del todo oculta a la comprensión directa y que, sin embargo, probablemente provoca o da origen a todos los aspectos de nuestra experiencia. Otra de esas dimensiones es el terreno recóndito escondido dentro del núcleo de nuestras células, donde residen las hebras intrincadamente plegadas del adn y el arn, que al parecer codifican y quizás también «causan» el comportamiento de los seres vivos. O bien a veces se dice que el origen y la verdad más profunda del mundo aparente existe en el reino subatómico de los quarks, mesones y gluones (o en el mundo aún más hipotético de las cuerdas que vibran en diez dimensiones); o quizás en la ruptura inicial de las simetrías del Big Bang cosmológico, un evento cuya distancia en tiempo y espacio resulta casi inconcebible.

Cada una de estas dimensiones secretas trasciende de modo radical el alcance de nuestros sentidos desnudos. Como no tenemos una experiencia común y corriente de estos reinos, las verdades esenciales que se encuentran allí deben llegarnos mediadas por expertos, por aquellos que tienen acceso a los poderosos instrumentos y las onerosas tecnologías (microscopios electrónicos, resonadores magnéticos, radiotelescopios y supercolisionadores) que pueden ofrecer un atisbo momentáneo de esas dimensiones. Hoy, como antes, se supone que el mundo sensorial –el mundo de las criaturas, con el que se topan nuestros sentidos animales de modo directo– es una realidad secundaria, derivada, que se entiende solo en relación con dominios más primarios que existen en otra parte, detrás de escena.

No niego la importancia de esas otras escalas y dimensiones ni el valor de las múltiples verdades que allí podemos encontrar. Solo niego que este mundo ensombrecido, terrenal, de huellas de ciervos y musgo, sea algo menos valioso, menos real que esas dimensiones abstractas. Es más palpable para mi piel, más esencial para mi nariz enardecida e infinitamente más valioso para el corazón que late en mi pecho.

Este terreno de la experiencia directa, que vibra al ritmo de los grillos y es arrasado por las mareas, es el reino más devastado por las consecuencias de nuestro desprecio. Muchos hábitos longevos y abominables han permitido el trato cruel hacia la naturaleza circundante y nos han dado el poder para talar de modo indiscriminado, hacer represas, minar, transformar, envenenar o simplemente destruir gran parte de lo que discretamente nos mantiene con vida. Y sin embargo, pocas cosas están más arraigadas o son más dañinas que la habitual tendencia a considerar la tierra sensible como un espacio subordinado, ya sea como un plano pecaminoso, plagado de tentaciones, que hay que trascender y superar, o como una región amenazante que debe ser derrotada y sometida a nuestra voluntad, o simplemente como una dimensión un tanto perturbadora que debemos evitar, sustituir y explicar.

La vida corpórea es difícil, en efecto. Identificarse con la pura cualidad física de la propia carne puede parecer algo delirante. El cuerpo es una entidad imperfecta y frágil, vulnerable a mil y un agravios: heridas y desprecios de terceros, enfermedad, decadencia y muerte. Y el mundo material en el que habita nuestro cuerpo está lejos de ser un lugar amable. La belleza trémula de esta biósfera está plagada de espinas: la generosidad y la abundancia muchas veces parecen escasas en comparación con la prevalencia de la depredación, el dolor repentino y la pérdida devastadora. Vivimos encarnados en las profundidades de esta abundancia cacofónica de formas, y en general no podemos predecir lo que acecha detrás de la roca más cercana y mucho menos tomar la distancia suficiente como para sopesar y comprender el funcionamiento de este mundo. No podemos controlarlo. Perdemos la audición en un oído y el otro repica como una cuchara que cae. Nuestra pareja se enamora de otra persona mientras nuestro hijo contrae una fiebre virulenta que ningún médico es capaz de diagnosticar. Hay cosas ahí afuera que pueden devorarnos, y en última instancia lo harán. No es de extrañar que prefiramos abstraernos cada vez que podemos, que nos imaginemos en espacios hipotéticos menos poblados de inseguridades y evoquemos dimensiones más dispuestas al cálculo y al control. Nos entregamos dichosos a escenarios mediados por máquinas, nos ofrecemos como víctimas sacrificiales a cualquier tecnología que prometa mejorar la anodina capacidad de nuestra carne. Y sí, cada tanto nos involucramos también con este mundo terrenal, siempre y cuando sepamos que no es definitivo, siempre y cuando estemos convencidos de que no estamos atrapados en él.

Incluso entre ecologistas y activistas ambientales existe la opinión tácita de que es mejor no dejar que nuestra conciencia se acerque demasiado a nuestras sensaciones, que es mejor que nuestros argumentos estén ceñidos a la estadística y nuestros pensamientos respaldados por abstracciones, no sea el caso de que sucumbamos a una pena abrumadora, a un dolor surgido de la empatía instintiva que nuestro organismo tiene con la tierra viva y sus pérdidas continuas. No sea que quedemos derribados y vencidos por nuestra consternación ante la implacable devastación de la biósfera.

Así es como nos protegemos de la vulnerabilidad desgarradora de la existencia corporal. Pero con el mismo gesto nos volvemos también impermeables a las fuentes más profundas de alegría. Eliminamos de nuestra vida el nutriente necesario que implican el contacto y el intercambio con otras formas de vida, ya sean los seres con astas, colas rizadas y ojos de ámbar cuya extrañeza ensancha nuestra imaginación, o las abejas zumbantes y el borboteo de los coros nocturnos de las ranas, o la niebla matutina que se alza como una horda de fantasmas sobre la hierba. Nos cerramos al erotismo cálido de la voz del violonchelo o a la danza basculante de las grúas que se recortan sobre el cielo de la ciudad, saturado de azul. Nos cerramos al picaflor errante que palpita en el hueco de la mano mientras lo llevamos afuera y al destello carmesí cuando se aleja revoloteando de nuestros dedos.

Durante demasiado tiempo nos hemos cerrado a la vida participativa de nuestros sentidos, nos hemos vuelto insensibles a la inteligencia de nuestros músculos y sus múltiples solidaridades. Hemos tomado nuestras verdades primarias de tecnologías que mantienen el mundo a distancia. Tales herramientas pueden ser muy útiles y beneficiosas, siempre y cuando el conocimiento que aportan sea devuelto con cuidado al mundo viviente y se ponga al servicio de la matriz más que humana de encuentro y experiencia corporal. Pero es fácil que la tecnología también se use como una manera de evitar el encuentro directo, como un escudo –grabado con líneas de código o jerga críptica– para protegernos de todo lo que asusta, como un refugio o un paraíso sintético en el que escondernos de la angustiante ambigüedad de lo real.

Solo podemos aclimatarnos al mundo devastador que nos rodea si nos abrimos a la incertidumbre desde el principio. Este cuerpo animal, con su vértigo y susceptibilidad, sigue siendo el instrumento principal de todo nuestro conocimiento, y la tierra caprichosa, nuestro cosmos primordial.


Con este libro no tengo intención de brindar una exposición definitiva, y mucho menos completa. Los problemas que están surgiendo en este momento del desarrollo de la tierra, complejos y muchas veces aterradores, requieren un rango de reacciones lo más amplio posible, al que cada uno de nosotros debe ofrecer sus talentos específicos. He escrito este libro, una serie espiralada de incursiones experimentales e improvisadas, con la esperanza de que otros contrasten mis hallazgos con su propia experiencia, de que corrijan o refuten mis descubrimientos con los propios.

Esta empresa comenzará lento e irá juntando energía a medida que se ponga en movimiento. Encuentros simples de mi propia vida –encuentros inesperados y afortunados– le dan un marco y una estructura flexible a cada una de las investigaciones que siguen. Los primeros capítulos toman algunos aspectos comunes del mundo de la percepción que solemos dar por sentados (sombras, casas, gravedad, piedras, profundidad visual) y se acercan a cada fenómeno para percibir la manera en que se relacionan no con nuestro intelecto sino con nuestro cuerpo sensible y sentiente. Los capítulos posteriores se abocan a poderes más complejos (la mente, el estado de ánimo, el lenguaje) que influencian y organizan de formas diversas nuestra experiencia del campo perceptible. Los capítulos finales se meten directamente con la magia natural de la percepción misma, explorando la alteración voluntaria de los sentidos y la transformación salvaje de lo sensible, y abordan la magia y los cambios de forma y la metamorfosis de la cultura.

Muchos de nuestros conceptos heredados (las definiciones y explicaciones disponibles) sirven para aislar a nuestra inteligencia de la intimidad del encuentro que tenemos como criaturas con la extrañeza de las cosas. En estas páginas escucharemos de cerca a las cosas, dejaremos que el clima, los alces y los acantilados manifiesten su propia alteridad. Prestaremos atención a la manera única que tienen de revelarse, y entraremos así en sintonía con las facetas que los estilos aceptados de pensamiento han eclipsado. ¿Podemos encontrar formas nuevas de dilucidar estos fenómenos terrenales, formas de articulación que liberen a las cosas de sus camisas de fuerza conceptuales y les permitan estirar los brazos y empezar a respirar?

Las primeras exploraciones de este libro pronto nos llevarán a enfrentarnos con algunos supuestos culturales básicos y nos obligarán a rumiar una serie de preguntas reflexivas acerca de la materialidad, los cuerpos y el lenguaje de las ciencias, y también acerca de la manera en que nuestras palabras afectan la vida en curso de nuestros sentidos animales. Estas discusiones nos dejarán más libres para bailar en los capítulos siguientes, más capaces de seguir nuestras investigaciones hacia donde sea que nos conduzcan.


Hay quienes dirán que este es un libro de soledades. Es cierto que he elegido concentrarme en esos momentos del día o de la vida en que durante unos instantes uno se desliza por debajo del oleaje de las fuerzas sociales; esas ocasiones (por lo general no verbalizadas y por ende desestimadas) en las que uno entra de manera directa en una relación sentida con la comunidad más amplia, más que humana, de seres que nos rodean y que sostienen el alboroto de lo humano. No obstante, despertar a una ciudadanía en esta comunidad más amplia tiene ramificaciones concretas en el modo en que los humanos nos relacionamos entre nosotros. Tiene consecuencias sustanciales para la manera en que toma forma una democracia genuina, para la manera en que respira nuestra política del cuerpo.

¿Por qué, entonces, se les presta tan poca atención a las esferas política o social en estas páginas? Porque hay que lograr un trabajo necesario de recuperación (o al menos iniciarlo y ponerlo en marcha) antes de que esas esferas puedan iluminarse de una manera nueva, y este libro está dedicado a eso. Una participación renovada en el colectivo humano, que forje nuevos modos de comunidad local y solidaridad planetaria, junto con un compromiso por la justicia y por el trabajo muchas veces exasperante de la política: estos también son elementos necesarios en el proceso, y suponen una parte vital de mi propia práctica. Pero no son el foco principal de este libro.2


Escribir es una empresa curiosa, que alterna entre raptos de delirio y momentos de perplejidad y que de ahí puede pasar a tramos de labor tranquila y enfocada. La escritura de palabras es una práctica relativamente reciente para el animal humano. Claro que nosotros, seres bípedos, hemos sido criaturas de lenguaje durante mucho tiempo, pero el lenguaje verbal vivió primero en el aliento moldeado por el habla; reía y tartamudeaba en la lengua antes de posarse sobre la página, y mucho antes aun de disponerse en filas a lo largo de la pantalla luminosa.

Las personas que han sido criadas en culturas letradas suelen hablar sobre el mundo natural, pero los indígenas o los pueblos orales a veces le hablan directamente a ese mundo y reconocen a ciertos animales, plantas e incluso accidentes geográficos como sujetos expresivos con los que es posible entablar una conversación. Desde ya que estos otros seres no hablan en lenguas humanas, no hablan con palabras. Tal vez hablan con música, como muchos pájaros, o con ritmos, como los grillos o las olas del mar. Tal vez hablan un lenguaje de movimientos y gestos, o se expresan a través de sombras cambiantes. En muchos pueblos originarios se presume que tales formas de discurso expresivo son, a su modo, tan comunicativas como el discurso más verbal de nuestra especie (que, al fin y al cabo, puede pensarse como un tipo de gesticulación vocal, o incluso una especie de canto). Para los pueblos de tradición oral, el lenguaje no es una posesión específica del humano sino una propiedad de la tierra animada de la que los humanos participamos.

El lenguaje oral fluye a través de nosotros: nuestras frases sonoras son transportadas por el mismo aire que nutre los cedros e hincha los cúmulos de nubes. Inmóviles, dispuestas sobre la superficie plana, nuestras palabras tienden a olvidar que su sostén es esta tierra azotada por el viento y empiezan a imaginar que su principal tarea es proporcionar una representación del mundo (como si estuvieran afuera y no fueran realmente parte de él). No obstante, el poder del lenguaje sigue siendo, antes que nada, una manera de entrar cantando en contacto con los otros y con el cosmos, una forma de superar el silencio que hay entre uno mismo y los demás, o entre uno mismo y un oso pardo o la luna creciente que se eleva como una vela inflada sobre el tejado. El don principal del lenguaje, ya sea que suene en la punta de la lengua, esté impreso en la página o brille en la pantalla, no es re-presentar el mundo que nos rodea sino llamarnos a la presencia vital de ese mundo y a una presencia profunda y atenta entre nosotros.

Esta capacidad ancestral del habla subyace y sostiene necesariamente todos los otros roles que ha adquirido el lenguaje. Tanto si usamos nuestras palabras para describir un paisaje, analizar un problema o explicar cómo funciona algún dispositivo, ninguno de esos roles sería posible sin el poder primordial del habla para hacer que nuestros cuerpos resuenen unos con otros y con los demás ritmos que nos rodean. La llamada otoñal de los alces hace eso mismo, al igual que el eco de los graznidos de los gansos que en el invierno vuelan hacia el sur. Esas capas tonales de sentido –el estrato de expresión espontánea, corporal, que las culturas orales utilizan constantemente y las culturas letradas olvidan con demasiada facilidad– es la misma dimensión del lenguaje que nosotros, los bípedos, compartimos con otros animales. La compartimos, además, con el murmullo y el gemido del viento invernal entre las ramas afuera de mi estudio. En primavera, los capullos de esas ramas se abrirán con hojas nuevas, y en verano el viento hablará con mil lenguas verdes cuando corra entre esos mismos árboles liberando un coro de susurros, crujidos y repiqueteos intensos, muy diferentes de los suspiros graves y quejumbrosos del invierno. Y todas esas hojas parlanchinas alimentarán mis pensamientos cuando el próximo verano me siente junto a la puerta abierta a escribir y reflexionar.

Incluso estas páginas no son más que hojas que hablan: sus ideas se mecen con el viento, su vitalidad depende de la periodicidad de la luz del sol y del agua fresca y oscura que se filtra desde el suelo. Entren en su sombra. Escuchen con atención. Aquí está en juego algo más que la mente humana.

2 La frase que da título a este libro, «devenir animal», conlleva una gama de significados posibles. En esta obra, la frase se refiere, primero que nada, a la cuestión de volvernos más profundamente humanos al reconocer, afirmar y crecer en nuestra animalidad. Otros significados se harán evidentes poco a poco para diferentes lectores. La frase suele asociarse con los escritos del filósofo francés de finales del siglo xx, Gilles Deleuze (1925-1995), y su colaborador, el psicoanalista Félix Guattari (1930-1992). Como muchos otros filósofos, he obtenido mucho placer de los escritos infinitamente fecundos de Deleuze, que rebosan de trayectorias novedosas para el pensamiento. Compartimos varias metas, entre ellas el deseo de socavar una serie de suposiciones inadvertidas, sobrenaturales, que estructuran gran parte del pensamiento contemporáneo, y el consiguiente compromiso con una especie de inmanencia radical e incluso con el materialismo (o lo que yo tal vez llamaría «realismo de la materia») en un sentido dramáticamente reimaginado del término. Mi obra también comparte con la suya una resistencia apasionada a cualquier cosa que impida de modo innecesario la creatividad erótica de la materia.

Sin embargo, a pesar de algunas metas compartidas, nuestras estrategias son drásticamente diferentes. (Alguna de mis caminatas por el campo por momentos se cruzará de manera oblicua con las líneas de vuelo de Deleuze, pero pocas veces, o casi nunca, son paralelas nuestras improvisadas trayectorias). Como fenomenólogo estoy demasiado cautivado por la experiencia vivida, por el encuentro entre nuestro cuerpo sensible y la tierra animada como para adaptarme a su gusto filosófico. Como metafísico, Deleuze está demasiado abocado a la producción de conceptos abstractos como para adaptarse al mío. No obstante, al haber elegido para mi título una frase que suele asociarse con los escritos de Deleuze, le rindo homenaje a la creatividad exuberante de su obra, aun si guardo la esperanza de abrir la frase a nuevos sentidos y asociaciones.

Sombra
(Ecología profunda I)

Caminas hacia el sur, rozando las ramas de las píceas y esquivando los brazos bajos y quebradizos de los abetos, por un sendero de ciervos apenas visible que se interna en un bosquecillo de álamos susurrantes: troncos altos, moteados de sol, como elegantes cuellos de jirafa que se inclinan hacia un lado y hacia el otro con la cabeza oculta entre las hojas. Las piernas te llevan cuesta arriba entre ramas más oscuras y puntiagudas y luego hacia abajo, donde el sendero se abre abruptamente hacia la orilla oriental de un lago de montaña. Sigue caminando. A tu derecha, un destello de luz hace ondular la piel del lago y baña el aire con rayos que se reflejan como un ejército de espadas desenvainadas; su fulgor pasa de una a otra surcando la profundidad que hay entre el lugar donde estás y las pendientes rocosas que se elevan en la orilla opuesta. Así que es difícil ver bien la gran montaña hacia la que suben esas pendientes o los árboles amontonados en las cuestas; tus ojos solo sienten un vago asomo de verde detrás de ese regocijo de luz.

El grito de un gavilán de monte hace eco en la cara de las rocas, luego nada más que el silencio resplandeciente. El silencio no es perfecto, cada tanto el arrullo de una libélula, fino como el papel, suena cerca de la superficie del lago. También sospechas que hay hojas desparramadas que se mecen en el agua aunque tus ojos no logran enfocarlas entre los rayos movedizos.

Del lado izquierdo, sin embargo, tu mirada se orienta con facilidad; allí los troncos de las píceas están grabados por el sol que pasa a través de las agujas, la corteza iluminada con tanta nitidez que puedes sentir la textura de las costras y grietas de la superficie, y así tus ojos se mueven sobre los troncos traduciendo los patrones de la luz a sensaciones táctiles que suben por tu piel.

La luz de la tarde, como las hojas de los álamos temblones, se va volviendo dorada, y pronto la hierba y las piedras debajo de tus pies adquieren un borde de oro. Los mosquitos bailan sobre el agua y las abejas pasan volando a tu lado atraídas por el color de tu camisa o el aroma de tu transpiración mientras te abres camino entre rocas anchas que han estado toda la tarde bebiendo el sol. Sigue tu caminata. Este aire denso de luz es un hechizo envolvente, un trance en el que todo el lugar ha caído, un estado mental viscoso que compartes con las píceas y las abejas en este momento ambarino.

Y entonces algo cambia: una brisa fría en la cara te lleva a un estado de conciencia diferente. Un vistazo alrededor revela que el sol se ha posado, como un martín pescador, en la cresta más alta de la montaña. Quietud en todas partes, como si el mundo mismo vacilara en el borde; una gran transformación se avecina. La brisa se agita… y se calla. Todos –las libélulas, las agujas colgantes, las piedras y las rocas dispersas a lo largo de la orilla–, cada entidad parece contener el aliento. El ojo radiante del martín pescador todavía mira, pero su mirada se va volviendo menos intensa. Todo espera la metamorfosis silenciosa que va acercándose desde el otro lado del lago. La mirada del sol se vuelve aún más tenue; pronto, cuando se deslice poco a poco detrás de la cresta, será posible contemplarlo sin un gesto de dolor. Un resplandor final, un brillo deslumbrante entre dos árboles que se recortan en esa cresta... y entonces el sol desaparece.

Ha refrescado, sin duda. Pero no solo está más fresco, hay una nueva textura en el aire, una humedad: el agua suspendida en el medio, invisible, aunque puedes sentir su presencia cuando la brisa te baña en oleadas el rostro. Y sobre esas olas, primero vagamente seductores y después demasiado deleitosos como para resistirse: ¡olores! Olores oscuros, estigios, que se deslizan sobre el vidrio ondulado del lago para mezclarse con la humedad aromática del suelo y el perfume chillón de las agujas verdes, y una fragancia levemente fermentada te entra con fuerza por la nariz (las deposiciones recientes, todavía humeantes, de alguna criatura en el bosque vecino). También está la putrefacción mohosa de un tronco caído y el aroma risueño del agua fresca que lame la orilla (embebido con la química de los renacuajos, las truchas y los taninos de las hojas hundidas) y el montón de otros tufillos, a veces mezclados, a veces nítidos, que burbujean como el vino en alguna parte de tu cerebro antes adormecido por el resplandor soporífero de los rayos de sol, pero que ahora, por esta magia carnal, despierta a una vida atenta, como si tu inteligencia mamífera hubiese fondeado de repente para encontrarse de veras aquí, de pie y en persona en estos bosques húmedos.

El aturdimiento celestial en el que antes flotabas se ha retraído hacia la periferia de tu conciencia, el último rastro de esos fantasmas etéreos se disipó frente al aliento robusto de los colores profundos y los olores obscenos, poderes telúricos de una acritud que refleja el sudor y la fuerza de tus piernas mientras presionan una después de la otra contra el suelo. En compañía de las matas de pasto y las ranas has cruzado un umbral cuya influencia, aunque no reconocida en la era actual, sigue siendo tan potente como siempre. Y así has entrado en un reino diferente, en un paisaje mental diferente.

Has entrado en el país de la sombra. Y una presencia vasta e inquietante, que momentos antes se ocultaba detrás de la gasa de luz, ahora camina despacio hacia ti por el aire depurado. Es el cuerpo vivo de la montaña.


Una de las marcas de nuestro olvido, uno de los innumerables signos de que nuestras mentes pensantes se han distanciado de la inteligencia de nuestros cuerpos sensibles, es que hoy en día muchas personas parecen creer que las sombras son planas. Si voy paseando por la calle en una tarde despejada y noto un parche de oscuridad que cambia de forma y me acompaña mientras camino, extendido sobre la calle y perpendicular a mi yo erguido, con apéndices que se estiran y se acortan con el balanceo de mis extremidades, enseguida identifico a esta franja horizontal como mi sombra. Como si una sombra fuera solo una cosa plana, un panqueque cinético, una criatura bidimensional que uno pudiera despegar de la calle y colgarla del cable telefónico más cercano.

En otras palabras, identificamos a nuestra sombra con esa silueta visible que vemos proyectada en el pavimento o la pared blanca. Como lo que vemos ahí es un ser sin profundidad, suponemos desde luego que las sombras son básicamente planas, y si un niño curioso nos pregunta sobre la vida de las sombras tendemos a responder que existen solo en dos dimensiones.

Pero supongamos que, esa misma tarde, un abejorro va desde una fronda de tréboles hasta un cúmulo de flores en un matorral al otro lado de la calle, y que al hacerlo pasa entre mí y la forma plana que proyecta mi cuerpo sobre el pavimento. El abejorro iluminado por el sol viene zumbando hacia mí como un cohete errático y ebrio contra el cielo de asfalto, y entonces cruza en el aire la frontera invisible. Su fulgor se apaga al instante, el sol ya no lo cubre: se ha metido en la zona de oscuridad claramente delimitada que flota entre mi piel opaca y la silueta humanoide que yace sobre la acera… hasta que, un momento después, el abejorro sale zumbando por el lado opuesto de esa zona y emerge de nuevo al resplandor del día.

Aunque no estaba volando nada cerca del suelo, el abejorro entró y salió de mi sombra real. Su trayectoria visible –iluminado, apagado y otra vez iluminado– muestra que mi sombra real es un enigma más sustancial que esa figura plana sobre el pavimento. Esa silueta es solo la superficie exterior de mi sombra. La sombra real no reside principalmente en el suelo; es un ser voluminoso de espesor y profundidad, una presencia casi invisible que habita en el aire entre mi cuerpo y el suelo. La figura oscura del asfalto me toca solo en los pies y por eso parece estar separada de mí o incluso ser independiente de mí, una especie de doble. El hueco aparente entre esa franja plana de oscuridad y yo es lo que me impulsa de vez en cuando a aceptar su invitación a bailar, y así nos contoneamos y nos esquivamos en un pas de deux improvisado en el que nunca queda claro cuál de los dos marca el paso y cuál lo sigue. Sin embargo, ahora es obvio que esa forma que se escabulle sobre el pavimento no es más que el borde exterior de un grueso volumen de sombra, una profundidad umbría que se extiende desde el suelo y que sube hasta mis rodillas, mi torso y mi cabeza; una sombra que me toca no solo en los pies sino en cada punto de mi persona.

Esta sombra viva renace cada amanecer, o, mejor dicho, la sombra es lo que queda de la noche a medida que la oscuridad nocturna huye ante el avance del sol naciente. Estoy de visita en casa de un amigo en los suburbios de una gran ciudad, de pie en su jardín, paciente y quieto, como los árboles al otro lado de la calle. De espaldas al amanecer veo que, mientras se escabulle, la noche va dejando detrás una parte delgada de sí misma, una astilla de anochecer que va desde mi cuerpo al horizonte occidental; un pedazo de noche que de a poco se despega de la madre oscuridad y se agrupa en el lugar donde yo estoy parado. Esta esquirla de noche residual se acerca cada vez más a mí a lo largo de la mañana –su borde visible en el suelo se va solidificando poco a poco mientras sus extremidades se ensanchan– hasta que, por sus proporciones, veo que es un eco claro de mí mismo. Cada uno imita los movimientos del otro en el reino sombrío que se abre entre los dos. A mi alrededor entreveo otras tajadas sobrantes de noche que se agrupan en dirección a otros cuerpos erguidos, hacia árboles y postes de teléfono, casas y tomas de agua y una ardilla que se detiene un momento a pensar. Sigo de pie mientras pasan los coches y los niños juegan. Una bandada de estorninos se posa en un cable de teléfono, silbando y sacudiendo las alas, luego se van. Hacia el mediodía noto que mi sombra parece estar infiltrándose en mi cuerpo; a las doce en punto ya ha sido casi completamente absorbida por los poros de mi piel y –aparte de una pizca de sombra en mi costado norte– no se la ve por ningún lado. Los insectos alados no pierden nada de su brillo cuando zumban o pasan revoloteando en el aire radiante. La sombra, mi noche personal, se ha abrazado a mí, nos hemos vuelto indistinguibles.

¿Notamos esto? ¿Nos sentimos diferentes en el mediodía pleno, cuando la oscuridad se ha metido en nosotros? ¿Sentimos el peso de nuestra propia sombra, la presión de sus conocimientos complejos contra el interior de nuestro torso y nuestro cráneo? ¿Es la sombra misma la que al mediodía mira hacia afuera por nuestros ojos? No es de extrañar que muchos pueblos tradicionales se entreguen a la siesta y al sueño por una o dos horas en ese momento del día, dejando que sus tejidos y sus órganos respondan a esta visita interior de la noche, dejando que las múltiples células o almas en su interior sean guiadas por la oscuridad que ha tomado refugio temporario en su carne. Pero no voy a sucumbir; no todavía, porque estoy esperando para poder entrever los fragmentos de noche que empiezan a filtrarse de los árboles y de la moto del vecino a medio arreglar, dada vuelta sobre el suelo. Estoy esperando la liberación silenciosa, quiero sentir cuando mi sombra se escape de los confines de mi piel y estire los dedos suavemente hacia el aire de la tarde.

Ahhh, allí está. Siento más fresca una mejilla. Miro hacia abajo. De ese mismo lado, mi cuerpo ahora da sombra a ocho o nueve briznas de pasto y a un escarabajo que se bambolea cerca de la punta de una de ellas con las antenas atentas a la brisa, saboreando el microclima. Poco después, cuatro briznas más alejadas se han metido en la sombra. Luego varias más.

Ya no estoy bajo el exclusivo escrutinio del sol. Libre de la mirada insistente que se derrama desde el cielo, mi mano izquierda se flexiona y rasca la piel de mi rodilla. El reflejo oscuro en el suelo –al que llamaré mi sombraflejo– no registra este intercambio que tiene lugar dentro del volumen contenido en mi sombra total. Lenta, casi imperceptible, la sombraflejo se extiende por el suelo a medida que se hace más profunda la zona triangular de refugio que emana de mi cuerpo, sin transgredir nunca sus proporciones pitagóricas, y se expande imperceptible hacia el horizonte oriental.

Entro en la casa para prepararme algo de comer: corto un tomate maduro, intercalo las rodajas con queso mozzarella fresco y vierto unas gotas de aceite de oliva para que sostengan la pimienta negra que cae al final como nieve oscurecida. Los sabores se intersecan, estallan y se mezclan entre sí. Luego registro los resultados de mi experimento matutino. Varias horas después, salgo para observar a mi sombraflejo: un gigante delgado, afilado como una espada, yace boca abajo en la luz dorada. Se elonga aún más mientras el sol se pone a mis espaldas, sus hombros se encogen, su cabeza trepa por la pared de una casa lejana. Entonces se convierte en la luz de los pájaros: todos los seres alados gritan y parlotean mientras los contornos del gigante se hacen borrosos, indistintos, y le otorgan sus poderes de penumbra al ocaso y a la noche que se avecina.

¿Se ha disuelto y disipado mi sombra o está todavía presente pero oculta, tragada por la oscuridad más grande de la noche? ¿O es la noche misma nada más que una prenda tejida con nuestras sombras dispares, todas esas tinieblas separadas que durante el día caminan solas y que sin embargo se juntan en un espesor común en cuanto el sol se desliza detrás de las colinas? ¿Es nuestra sombra individual, como decíamos, nuestro pedazo privado de noche, arrancada del manto negro cada mañana cuando salimos a recibir el día?

Por ahora, digamos solo esto: la sombra, ese enigma elegante, está siempre con nosotros. Ya sea a mediodía o a medianoche, ya sea que esté quieta dentro de nuestra piel o nos envuelva como un hábitat, la sombra es una consecuencia ineludible de nuestra naturaleza física: una interrupción al dominio del sol, un poder perturbador que tenemos en común con las rocas y las nubes de tormenta y los cadáveres de aviones estrellados. Existen, sin embargo, algunos miembros de la comunidad corpórea que viven sin la compañía oscura de las sombras: los vientos, por ejemplo, o los paneles de vidrio que recién se han colocado en el marco de una ventana. Pero para la mayoría de nosotros, seres materiales, la sombra es parte de lo que nos constituye. Nuestros pensamientos más claros son los que saben esto, los que recuerdan su parentesco verdadero con la luz y la sombra, con el fuego y el sueño.


¡Glup! La boca de una trucha se abre cerca de la superficie del estanque, atrapa una mosca y vuelve a hundirse en las profundidades verdes. Esa intersección de mundos irradia olas concéntricas que empujan a los zancudos y algunas hojas que flotan. Al acercarte a la orilla, miras a través de la oscuridad para vislumbrar algún pez que esté al alcance de la vista. Una ramita se quiebra debajo de tu pie, seguida de un leve traqueteo de pezuñas que se internan en la lejanía cubierta de agujas. Es una vibración que tu torso percibe más que tus oídos. Ahora caminas con más cuidado, mirando hacia abajo para evitar las raíces expuestas y las piedras angulosas aquí y allá, salpicadas de negro y de líquenes crujientes y anaranjados que se extienden sobre sus superficies moteadas. Aire fresco entrelazado con exhalaciones anfibias se desliza por tu garganta; el aroma de los retoños mordisqueados por los castores se filtra en tu cerebro. Otra trucha salta, rompiendo la superficie. Los zancudos se balancean hacia adelante y hacia atrás sobre las ondas.

Más temprano, el sol miraba el mundo desde arriba, su calor se encontraba con la llama interior de los pastos, sus rayos rebotaban en las pendientes y en el espejo vacilante del lago. Todo aquí estaba en relación con ese fuego blanco mientras caminabas en su resplandor, tus pensamientos atraídos hacia lo alto por la llamada regia que fluía desde el cielo. Pero ahora ese imperativo celeste se ha retirado detrás de la montaña, y la atención de cada cosa parece tomada por completo por la vida que la rodea: una araña descubre el viento que infla su red y se prepara para un tirón más abrupto; las piedras se acomodan cerca de la tierra; el viento lame el agua al pasar sobre el lago y se desliza debajo de las raíces y a través de los surcos estriados en la corteza de los troncos mientras las agujas peinan la ráfaga invisible. Los ojos inhalan colores y tu cuerpo responde a los pigmentos del liquen y los hongos y el barranco con tus propios colores rojizos, con el tono de tu piel, de tu camiseta manchada de sudor y los matices oscuros de tu pelo opaco. Y es que aquí hay una intimidad que te incluye. Es una convergencia que notas solo cuando elevas la vista al cielo: allá en lo alto, dos patos aletean hacia el sur; sus plumas, radiantes en la luz dorada, son sin duda de otro mundo. Vuelan bajo la mirada plena del sol. Te das cuenta entonces de que la intimidad alegre de este mundo ensombrecido no se extiende infinitamente hacia arriba. Es un reino delimitado, una zona que se interrumpe en algún punto en las alturas, donde la luz del sol se derrama sobre la cresta de la montaña e ilumina el aire que está más arriba.

Sin embargo, aquí abajo habitamos en un medio diferente: la frescura y la claridad de la sombra. Es evidente que hay una influencia compartida entre los muchos seres de este reino delimitado. El modo por el cual los colores, sonidos y sabores se presentan ante ti, el modo en que estas cualidades sólidas deliberan y conversan con tu cuerpo –informando a tus extremidades, por ejemplo, sobre las ramas hundidas que sueñan en el fondo del lago–, todo eso es un don otorgado por la sombra protectora de la montaña. Es esa presencia descomunal, la montaña de muchos pliegues que se eleva en laderas boscosas y crestas de acantilados desde la orilla más alejada del lago, arañada por los glaciares y erosionada por los vientos, cargada de hielo en sus concavidades más altas y cubierta de historias en cada deslizamiento rocoso y en cada precipicio… es la montaña la que otorga su poder gregario a los múltiples elementos de este lugar. Sin importar que notes o no su influencia activa, es la montaña la que define el humor de este momento en el que estás.

Entrar en la sombra de esta montaña es entrar directamente en su influencia, dejar que aclare tus sentidos a medida que el ritmo de tu respiración se ajusta al suyo, al estilo de su clima. Entrar en la sombra es volverse parte, aunque solo sea por un momento, de la vida de la montaña. Así como las sombras no son solo formas planas proyectadas sobre el piso (sino más bien espacios densos y voluminosos), tampoco son cantidades mensurables, meras consecuencias del sol y su interrupción. Las sombras son atributos cualitativos de los cuerpos que las secretan. Son reinos dependientes del tiempo, que cambian sus contornos con la hora y la estación, zonas de vida momentáneas donde la montaña o la roca o el cuerpo que proyecta sombra envuelve y reúne silenciosamente una variedad de otros cuerpos bajo su dominio. La sombra es un espacio y un tiempo delimitados donde la montaña es libre para dispersarse, hacerse sentir en toda su franqueza y atraer a un grupo de otras entidades y elementos a un vecindario común: una zona de alianzas y reciprocidades habilitada por el refugio silencioso de su sombra. El poder de la montaña es como un monarca benévolo que se quita la túnica dorada que usa a diario ante los ojos del mundo, se pone unas ropas discretas y se escabulle por la puerta trasera del palacio para vagar por el vecindario cercano nada menos que como él mismo. A pesar de su atuendo humilde, los plebeyos perciben su carisma y caen bajo la órbita de su porte real, y así surge entre ellos una nueva camaradería aunque más no sea por algunas horas. Hallarse bajo la sombra de una montaña es hallarse expuesto de repente a la vida privada de la montaña, sentir su enorme y múltiple influencia sobre el mundo que yace debajo, entrar en el poder gravitacional de su inteligencia, una sagacidad que ya no se disuelve en el resplandor deslumbrante del sol.

Sin embargo, las sombras de la tarde son muy diferentes de las de la mañana; el estado de ánimo, el modo de conciencia, las cualidades que imparten son de una riqueza diferente. Ahora, por ejemplo, la brisa empieza a decaer y una bruma efímera se junta sobre la superficie del lago: volutas de vapor sobrevuelan y flotan como espíritus. El silencio es más grande, más profundo; cada tanto se oye el sonido de una salpicadura pero ya no el frufrú de las alas de las libélulas o los chillidos de las ardillas. Los troncos y los peñascos se oscurecen, las agujas pierden su nitidez. La sombra de la montaña, esa zona de vida vibrante, está dando lugar a un poder más vasto, más oscuro, más profundo. La miríada de flujos entre insectos y hierba, entre suelo y piedra, entre halcón y agua y peñascos parece disiparse; las reciprocidades y negociaciones entre vecinos disminuyen gradualmente. Claro, todavía hay encuentros e intercambios, pero ya no forman una red de tejido apretado. Los encuentros parecen más esporádicos, más azarosos, los habitantes de este lugar junto a la montaña ya no están tan involucrados entre sí. La sombra de la montaña se abre hacia afuera y pierde sus límites. Cuando el sol, oculto hace tiempo, retira su luz residual y dispersa del cielo, la montaña se ve tomada por la noche que se aproxima y su sombra, tragada por la sombra más oscura de la tierra.

Noche es el nombre que le damos a la sombra de la tierra. La sombra que se come todas las otras sombras. Poco a poco, el ancho planeta se interpone entre nuestros cuerpos animales y el sol; los contornos se difuminan, las formas y los colores se vuelven inciertos, el mundo cercano pierde su realidad tajante y una nueva profundidad, al principio suave y atractiva, empieza a extenderse sobre los árboles. Unas pocas motas de luz aparecen en el azul cada vez más intenso, como fogatas en un valle lejano. El fondo de ese valle pronto da paso a un cañón más profundo, luego a un desfiladero, luego a un abismo insondable; mil o diez mil estrellas brillantes iluminan sus distancias inmensas.

Y así como la sombra que proyecta la montaña nos abre a su inteligencia taciturna cuando entramos dentro de sus confines, del mismo modo la sombra gigantesca de la tierra se apodera de nosotros y nos saca de nosotros mismos para llevarnos a la conciencia de la Tierra. Nos abre a esos seres que de día están oscurecidos por la atmósfera bañada de sol y que sin embargo pueblan la misma extensión vasta en la que habita nuestra Tierra: los planetas hermanos con los que comparte la casa del sol y también las otras casas innumerables, algunas cercanas y la mayoría terriblemente lejanas, que componen junto con nosotros el vecindario local del infinito. O tal vez deberíamos hablar de esas luces titilantes como de cuerpos, vidas solitarias pero exuberantes que se comunican con pulsos electromagnéticos a través de las hondas profundidades, curvando el tejido del espacio-tiempo a su alrededor.

¿O es que nuestros propios cuerpos se han encogido hasta ser granos de polvo y esas estrellas son gotas de rocío sobre una mata de redes hiladas por un nido de arañas?

La inmensidad sin límites a la que están expuestos nuestros ojos nos marea; nos embriaga de placer que nuestras mentes se confundan y nuestra lógica heredada explote en una miríada de chispas desperdigadas en el océano de la noche. No nos resulta fácil soportar un éxtasis como ese por mucho tiempo; nuestros hábitos de pensamiento nos traen de vuelta a puertos más familiares. Tal vez si fuésemos aves y el espacio fuera nuestro medio, esta inmensidad no nos desconcertaría. O si fuésemos un mamífero diferente –por ejemplo, un zorro, con la nariz sintonizada a los olores que se extienden en cintas a lo largo del suelo– casi no notaríamos la amplitud fascinante allá en lo alto, y la noche sería nuestra amiga. Pero como nos paramos en solo dos patas, nuestras cabezas ya están en el cielo y no podemos evitar el acertijo pasmoso que plantean las estrellas. Más allá de cierto asombro boquiabierto, nos empieza a doler el cuello, las piernas se nos doblan; nuestros cuerpos ansían yacer horizontales en la tierra. Nos entregamos a la gravedad, nos volvemos apéndices del suelo. Solo al renunciar a la postura vertical –al soltar nuestra individualidad erguida y recostarnos en la tierra, al dejar que nuestra mirada se vuelva la mirada misma de la Tierra– logramos dar algún sentido a las profundidades sin fin en las que la Tierra mora.

Pues esas profundidades no son nuestro hábitat, son el hábitat de la Tierra. Y así, al desplegar los brazos y recostarnos en el cuerpo de la Tierra, el cielo nocturno se vuelve para nosotros un consuelo firme y un útero. Ese es el hechizo que la sombra de este planeta ejerce sobre nuestra carne. Tarde o temprano, nos acostamos. Al fin se nos cierran los ojos. Devolvemos nuestras vidas individuales a la vida más amplia del suelo mismo. Y dormimos.

Dormimos, y permitimos que la gravedad nos sostenga, dejamos que la Tierra –nuestro Cuerpo mayor– recalibre nuestras neuronas y use como abono los encuentros apasionados de nuestras horas de vigilia (las tensiones y los terrores de nuestros días individuales), para devolverlos, como sueños, a la sustancia durmiente de nuestros músculos. Nos rendimos a la influencia de la tierra viva. Podríamos decir que el sueño es un hábito que nace en nuestros cuerpos cuando la tierra se interpone entre estos y el sol. El sueño es la sombra de la tierra que cae sobre nuestra conciencia. Sí. Para el animal humano, el sueño es la sombra de la tierra que se mete bajo nuestra piel y se extiende por nuestras extremidades, que disuelve así nuestra voluntad individual en los mil y un seres que la componen –células, tejido y órganos, que ahora reciben sus directivas principales de la gravedad y el viento– como pedacitos residuales de luz solar atrapados en la maraña de los nervios, que vagan por el paisaje de nuestros cuerpos terrestres como ciervos que se mueven por los valles boscosos.

Casa
(Materialidad I)

Mi mano derecha se estira para alcanzar un libro. Los dedos se abren, se alargan hacia el volumen encuadernado, y de repente el tomo se trepa a mi mano. Se me desliza de entre los dedos y se acomoda otra vez entre la muñeca y la base del pulgar. Mi otra mano ahora husmea la cubierta. El libro cae abierto al medio entre dos páginas. Al parecer, en este punto de la historia todo está lleno de caracoles. Las páginas se llenan de caracoles: grandes, con caparazones en espiral, marrones y rosados y castaños con manchas; lentamente se deslizan por mi muñeca, algunos caen sobre la pálida madera de arce del escritorio. Ahora el libro entero está lleno de estas criaturas lentas y mi escritorio parece rebosante de ellas…

Me despierto y me siento, el olor penetrante del lodo poco a poco da paso a la luz que se filtra por las ventanas y las sábanas bañadas de sol que se me enredan entre las piernas. Sonrío confundido ante la imagen, que enseguida se disipa, de todas esas espirales translúcidas de calcita; giro las piernas hacia afuera de la cama y las apoyo en el piso. La camiseta de ayer está colgada en la silla de la esquina; me la pongo, me meto con dificultad en unos jeans nuevos y rígidos, me salpico la cara con agua de la canilla y bajo a la cocina tratando de decidir si quiero cereales o huevos revueltos. Entonces pierdo el hilo de mis pensamientos –me distraigo con un grillo negro que camina por las baldosas– pero mis brazos deciden por mí, y sacan la avena de la alacena y la leche de cabra de la heladera. Pronto estoy otra vez caminando por la casa hacia mi pequeño estudio con el dedo índice enganchado en el asa de una taza de porcelana, tratando de que el té no se derrame sobre el piso. Ya en la habitación a la que llamo mi estudio, apoyo el té en el escritorio, me doy vuelta y cierro la puerta.

Esta habitación al final de la casa está excavada en la ladera de la colina, de modo que tres de sus cuatro paredes tienen tierra sólida detrás de ellas, lo cual le da al lugar una sensación como de caverna. Dos claraboyas y una única ventana en la pared exterior invitan a la luz a entrar en la recámara. En días despejados, largos trozos rectilíneos de luz reptan lentamente por las paredes interiores.

Nos instalamos en esta casa con mi compañera Grietje y nuestra hijita hace solo unos meses, y sin embargo mis dedos ya conocen bien estas paredes pintadas de cal, manchadas aquí y allá donde tal vez colgaba un calendario o donde alguien pegó un dibujo que quitó al marcharse. A la derecha de mi silla, allí donde la temporada anterior la humedad se filtró desde la tierra compacta, la pared está moteada y descolorida. Los últimos meses han sido demasiado escasos de humedad; las nevadas breves del invierno se derritieron pronto y dejaron la tierra roja seca y resquebrajada y los peñascos de arenisca sedientos, expectantes.

En esta habitación de barro, la temperatura nunca sube demasiado; paso mis manos por las paredes frescas y añado mis propios manchones. Mi silla cruje: quiere un cambio de posición, estirar sus huesos metálicos. Me inclino hacia atrás sobre las patas traseras hasta que su espalda toca la pared y la silla me acuna. Armé esta silla con unas patas de metal, puntales y tornillos, un listón de madera terciada para el asiento y un cuadrado acolchado sujeto en su lugar por una cubierta de tela cosida que coloqué sobre el torso de la cosa. Se estira y gira conforme mi cuerpo gira dentro de ella; incluso respira de modo sutil cuando el día se hincha de calor y se relaja hacia la noche. Es una compañera amable para mi espalda y mi trasero huesudo, así que trato de responder a sus súplicas chirriantes lo mejor que puedo, flexiono sus piernas, me inclino hacia un lado y hacia el otro y doy alivio a sus junturas y sus tornillos para que ella haga lo mismo por mí cuando me siento allí a pensar.

Esto de sentarse en sillas es algo nuevo y extraño para el cuerpo primate: tener nuestros cuartos traseros lejos del suelo y nuestra espina flexible suspendida en el aire. Civilizado, desde luego. Sin embargo, cuánto más se nutrían nuestras espinas dorsales de su amistad frecuente con el suelo, de plantarse en él como árboles cuando preparábamos la comida y tallábamos nuestros instrumentos en cuclillas, mientras tejíamos patrones en telas brillantes y charlábamos con nuestros parientes. Pero ahora despreciamos el suelo. Pensamos que la gravedad es un lastre para nuestras aspiraciones: nos tira hacia abajo, nos retiene, hace que la vida sea un peso y una carga.

Sin embargo, esta atracción gravitacional que nos mantiene pegados al suelo fue alguna vez conocida como Eros –¡como Deseo!–, el anhelo embelesado de nuestro cuerpo por el Cuerpo mayor de la Tierra, y de la tierra por el nuestro. La antigua afinidad entre gravedad y deseo se mantiene evidente, tal vez, cuando decimos que hemos caído perdidamente enamorados, como si fuera el tirón constante del planeta lo que de algún modo está detrás del eros que sentimos hacia la otra persona. En este sentido, la gravedad –la atracción mutua entre nuestro cuerpo y la tierra– es la fuente profunda de ese delirio más consciente que nos compele a la presencia del otro. Como el magnetismo que sienten dos amantes, o una madre y su hijo, la atracción poderosa entre el cuerpo y la tierra ofrece sustento y reabastecimiento físico cuando se consuma en el contacto. Aunque en los últimos tiempos hemos llegado a asociar la gravedad con la pesadez y por ende a pensar que tiene un vector estrictamente descendente, algo sube hacia nosotros desde la tierra sólida cuando estamos en contacto con ella.

Nos damos pocas oportunidades para saborear ese nutriente que sube hacia nosotros cada vez que tocamos el suelo, y por eso no es sorprendente que hayamos olvidado la naturaleza erótica de la gravedad y el placer vigorizante del contacto con la tierra. Pasamos nuestros días caminando no sobre la tierra sino sobre bloques artificiales suspendidos en pisos de oficinas y sótanos; en nuestros escritorios nos encaramamos en sillas; por las noches nos dormimos sobre el lomo de camas prolijamente elevadas para no estar demasiado cerca del suelo. Si nos aventuramos a salir, por lo general no vamos a pie sino que nos entregamos a la alquimia fogosa de los automóviles, cuyos cilindros afiebrados y llantas rodantes nos transportan con premura hacia nuestro destino sin que haya necesidad de atravesar el terreno intermedio.

Pero aunque nuestros artefactos nos mantengan en alto y alejados de la tierra sólida, ellos mismos participan de esa solidez y de esa terrenidad; algo del suelo pasa hacia los puntales y las vigas de nuestros edificios y se propaga hacia las tablas de madera y los listones de arce y pino que se apoyan sobre ella, y también hacia las baldosas de cerámica del suelo, a veces un poco bloqueada y sofocada si es que las baldosas son de plástico. Y aun así, en esa condición disminuida, algo se filtra hacia arriba por las patas de nuestros escritorios y se propaga por la superficie para besarnos las puntas de los dedos que rozan las vetas, y fortifica nuestros codos huesudos cuando descansamos la cabeza entre las manos abiertas. Es una especie de pulso, una resonancia oscura que sostiene y alimenta las cosas. Podemos saborearla en la espesura del colchón o en la felicidad mullida de las almohadas cuando nos recostamos por la noche. Las llantas de goma de nuestra bicicleta pueden parecer insensibles a tal alimento, sin embargo, cuando ruedan sobre el asfalto masajean la canción para hacerla salir de su estupor pavimentado, allí donde la vitalidad de las piedras y el vigor del suelo y los tallos yacen atontados y luchan para levantarse a través de la coraza negra y bituminosa.

Ciertas construcciones pueden invitar y agrandar el pulso erótico del suelo (como muchos adobes hechos de tierra y techos cubiertos de paja, o incluso algunos rascacielos de inusual elocuencia); otras sofocan y silencian ese pulso, pero creo que no pueden inmovilizarlo por completo. Todas las cosas sólidas, ya sea un escarbadientes o una trompeta, un plato de porcelana o un helicóptero, están hechas de materiales que alguna vez nacieron de la tierra. Sin importar cuán profunda haya sido la alquimia del laboratorio, la materia que reluce o dormita en nuestras creaciones –la materia que presta su densidad opaca o su extravagancia porosa a herramientas y máquinas, sillas y pantallas de computadoras– retiene algún rastro de su antiguo linaje con la tierra uterina, alguna memoria de una era en que no estaba modelada según una voluntad exterior sino por la tensión y la exuberancia.

En esta habitación, una faja de luz con la forma de la ventana ha reptado por el piso y se ha doblado, y empieza a escalar la pared que da al este. Alrededor de la ventana de la pared opuesta hay un marco rústico de pino teñido de un tono ámbar profundo. Cada nudo ovalado de la madera parece un ojo abierto, un vórtice o un remolino entre las líneas que fluyen en ondas a lo largo de cada listón de corte transversal hasta que uno de esos nudos corneales y oscuros obliga a las vetas fluidas a curvarse a su alrededor, como el espacio-tiempo alrededor de una estrella.

Las vetas ondulantes y las irregularidades de la madera le resultan atractivas a mi piel animal pues repiten las líneas alrededor de mis nudillos, que son como olas, y los nudos en mis hombros musculosos, y evocan así la naturaleza imperfecta e improvisada de todos los seres terrestres. Es una naturaleza que también está presente en la piedra y en las corrientes invisibles que arremolinan las nubes al otro lado de la ventana, en las grietas que poco a poco se extienden en el revoque pintado de las paredes (a medida que la gravedad invita lentamente a esta casa a asentarse con más intimidad en el suelo). Hay una afinidad entre mi cuerpo y las presencias sensibles que me rodean, una vieja solidaridad que hace caso omiso de nuestra distinción sobreeducada entre materia animada e inanimada. Su influencia constante en mi vida yace muy por debajo de mi percepción consciente, debajo de las sensaciones animales que recorren mis neuronas, más abajo incluso de las sensibilidades vegetales que suben como savia por mis venas. Se despliega en una dimensión silenciosa, en esa capa muda de existencia desnuda que este cuerpo material comparte con las montañas y los bosques agazapados y con el tronco cortado de un viejo pino, con el agua de los arroyos que fluye a borbotones y los lechos secos de los ríos, e incluso con la piedrita –esquisto rosa mezclado con mica– que atrae mi mirada en uno de esos lechos fluviales y me lleva a tomarla entre los dedos. La amistad entre mi mano y esa piedra vuelve a poner en acto un eros antiguo e irrefutable, la afinidad de la materia consigo misma.


Antes de mudarnos a esta casa entre los álamos del gran desierto al norte de Nuevo México, vivimos por un tiempo en un amplio valle en las montañas, bien al norte de aquí. Allí los bosques eran más densos, las nieves del invierno más insistentes y más constantes las lluvias de verano. La casa a la que pertenecíamos en ese entonces tenía fardos de paja dentro de las paredes como aislación, suelo de ladrillos y muchas vigas toscas de abeto de corte cuadrado que se extendían a lo largo y se elevaban perpendiculares desde el centro del suelo hacia las paredes interiores para sostener las vigas que cortaban horizontales el espacio de arriba, y que a su vez sostenían varias vigas inclinadas a cuarenta y cinco grados en la parte más alta del techo abovedado.

Esa casa extraordinaria parecía más bien pequeña desde afuera, pero como consistía principalmente en una sola habitación grande (con varios rinconcitos y recovecos), por dentro daba una sensación de gran amplitud. Un loft separado ocultaba el alto cielorraso en uno de los extremos de la casa: allí dormíamos, y allí fue donde Grietje, con mi ayuda y la de una admirable comadrona de la zona rural de Idaho, dio luz a Hannah, nuestra pequeña hija, una semana antes del solsticio de invierno. La noche del solsticio arropamos a Hannah y la sacamos afuera por primera vez, y se la presentamos a las estrellas y las montañas cubiertas de nieve.

En dos semanas, Hannah nos acompañaba en nuestros paseos diarios de esquí por los campos de cultivo y los cañones arbolados, por lo general arropada debajo de la campera de polar de su mamá, con solo sus ojitos azules asomando debajo de la bufanda de Grietje mientras nos deslizábamos bajo las coníferas y los álamos. Poco a poco, a lo largo de varias lunas, Hannah aprendió a enfocar los ojos en formas cercanas y lejanas; en la casa le gustaba rodar por el suelo con nosotros y disfrutaba de acariciar las paredes, los armarios y las vigas cada vez que la acercábamos a ellos. La vivienda se transformó con su llegada y con la curiosidad constante que prodigaba incluso a sus facetas más sencillas: un ladrillo en el suelo, un pedazo de pared pintada. La gran habitación se acostumbró a sus chillidos de placer y consternación, y a las risas efervescentes que brotaban como burbujas cada vez que bailábamos con ella en brazos, girando y saltando al ritmo de la música de Baba Maal o Salif Keita que palpitaba en los altoparlantes baratos.

Un día, dieciséis semanas después de la llegada de Hannah, las llevé a ella y a su madre por rutas secundarias y autopistas hasta el aeropuerto de Idaho Falls, desde donde volarían a Bélgica para visitar a los padres de Grietje por diez días. Luego de varios abrazos de despedida y de saludarlas desde lejos mientras subían al avión, me compré el almuerzo en un restaurante local y emprendí el regreso hacia nuestro valle tranquilo, pasando junto a granjas de papas y a las extrañas estructuras móviles de riego que parecen esqueletos de dinosaurios en descomposición sobre los campos nevados. Me alegraba la perspectiva de pasar unos días solo, una oportunidad para recobrar el aliento y escribir sin las demandas constantes y el bullicio de la vida familiar. Detuve el coche junto al buzón, al final del camino de entrada, y miré adentro: algunas cartas y varias publicidades coloridas e inútiles del supermercado del pueblo. Ya nos habíamos quejado de esos volantes en la tienda y en el correo, pero sin resultado alguno. Manejé por el camino congelado y bajé del coche a la nieve. Recuerdo bien la euforia al estirar los músculos, la feliz anticipación de un tiempo para mí solo. Caminé hacia la casa tratando de pisar sobre las mismas huellas de nieve que habían hecho mis botas esa mañana y luego entré por la puerta a nuestra casa, agradecido por el calor de sus paredes y la familiaridad del lugar.

Pero cuando me quité las botas y dejé la mochila en la mesada, noté que algo no andaba bien. Había cierta angustia, cierta perturbación en la casa. Volví a abrir la puerta de par en par, preguntándome si había dejado algo afuera, pero no había nada. Cerré la puerta, agarré la correspondencia y me dirigí al sillón. Y entonces me detuve. Las paredes, el techo, las mesas bajas e incluso las paredes me fulminaron con la mirada. El sillón, con sus gruesos almohadones tapizados, me mantenía a distancia. «La pequeña se ha ido», mascullé en voz baja.

Mis palabras parecieron inducir un sutil cambio en el comportamiento de las escaleras, y las paredes se empezaron a combar. Todo el interior parecía pesado, opresivo: la acusación se había convertido en abatimiento. «Pero la bebé volverá –dije, a nadie en particular, y luego más fuerte–: ¡Escuchen! Hannah volverá. ¡En diez días estará en casa!».

La habitación se iluminó de inmediato. Los muebles se relajaron, el cielorraso dejó de parecer amenazante. La estructura de la casa se aflojó y se suavizó, y las vigas de madera se acomodaron en lo que parecía una espera paciente y resuelta. El espacio ya no se sentía acusatorio; de hecho, ya no parecía prestarme ninguna atención. Me hundí en el sillón con la correspondencia.

Fueron diez días fructíferos, y cuando Hannah y su mamá regresaron a casa, la rueda de la vida volvió a girar como antes: aparecieron nuevos descubrimientos, se forjaron nuevas intimidades entre los miembros de Hannah y el ritmo reiterado de las escaleras, entre su mirada inquisitiva y el interior de algunos armarios.

Pero fue esa extraña confrontación con la casa al regresar solo ese día desde el aeropuerto lo que me alertó de la manera en que las cosas aparentemente inertes de una casa adquieren una nueva vida con la curiosidad y el placer de un niño, el modo en que sus formas son recibidas y bienvenidas por una criatura, que las disfruta en su peculiaridad y maravilla mucho antes de que esos objetos sean nombrados, antes de que sus límites se vuelvan precisos o se defina su rigurosa utilidad y su propósito. Los nuevos amigos a quienes les relaté el extraño encuentro asumieron, desde luego, que mi experiencia de la casa acusatoria y abatida era el resultado de una distorsión de la imaginación, una proyección de mi propio humor interior sobre las paredes de cal y la estructura de madera del edificio. Sin embargo, esa interpretación me pareció demasiado simple, demasiado fácil. Después de todo, el encuentro me tomó totalmente por sorpresa; mi propio humor, antes de entrar en la casa, era de júbilo y confianza, un humor idílico que se vio interrumpido por la consternación de las paredes. E incluso suponiendo que hubiera en mí alguna profundidad que ya de alguna manera se sentía decaída, ¿por qué fue solo la casa la que captó ese humor, y no el automóvil en el que manejé de vuelta, o los campos nevados? La idea de «proyección» no explica lo que hay en ciertos objetos que despiertan nuestra imaginación. Implica que los objetos que percibimos son meros fenómenos pasivos, del todo neutrales e inertes, y nos habilita así a pasar por alto el modo en que esos objetos afectan activamente el espacio a su alrededor, el hecho de que las cosas materiales también son cuerpos que influencian a los otros cuerpos que están dentro de su ámbito, y a su vez son influenciados por estos.

La relación de uno mismo con su casa, en otras palabras, no es una relación entre un puro sujeto y un puro objeto; entre una inteligencia, o mente, activa, y un pedazo de materia puramente pasiva. Antes quizás yo también pensaba la relación en esos términos, y puede incluso que haya vuelto a esa arrogancia cuando retomé la vida ajetreada de un padre primerizo. Pero medio año después de ese evento, otro encuentro con el edificio me sacó de mi postura distante de una vez y para siempre.

Hannah, de casi un año de edad, había estado gateando por varios meses y estaba aprendiendo a caminar y a mantener el equilibrio sujetándose del borde de una mesa baja mientras daba pasos a su alrededor, para luego lanzarse hacia el espacio abierto de la gran habitación tambaleándose de un lado al otro. En una de esas travesías, sonó el teléfono. Era el dueño de la casa que nos informaba que había decidido regresar al valle y mudarse otra vez allí, de modo que tendríamos que mudarnos en cuestión de unas pocas semanas.

Cabizbajos, Grietje y yo empezamos a empacar nuestra ropa, nuestras ollas y sartenes, y nos tomó más de una semana juntar y ordenar los varios papeles dispersos y los montones de facturas sin clasificar mientras las cajas se amontonaban en el suelo. Yo quité el polvo, barrí y desmonté varios electrodomésticos, y volví a barrer después de que Hannah volcara otro contenedor con artículos diversos. Todo el tiempo me preguntaba cómo nuestra partida de la casa afectaría el cosmos de nuestra pequeña hija.

No me detuve a pensar en el efecto que nuestra partida tendría sobre la casa misma (hacía tiempo que había olvidado mi experiencia de seis meses atrás, cuando regresaba del aeropuerto). Sin embargo, a pesar de todas mis preocupaciones por Hannah, a medida que se acercaba el día de nuestra partida –el día en que cargaríamos el camión de mudanza con cajas y mesas y lámparas– no fue mi hija sino yo el que se empezó a poner ansioso. Esta era una buena casa para nosotros; irse no parecía lo correcto. No importaba que planeáramos asentarnos en el valle del Río Grande al norte de Nuevo México, donde teníamos un puñado de viejos amigos: esta casa, en la que habíamos vivido solo por un año y medio, se sentía más familiar que esos amigos. Se sentía como una familia. Era el lugar donde Grietje y yo nos habíamos multiplicado y nos habíamos convertido en una familia. La perspectiva de dejar el lugar me disgustaba; me parecía un error.

Unas noches antes del día previsto para nuestra partida, me desperté sobresaltado en medio de la oscuridad. Había alguien en la casa.

Bajé del loft y me quedé escuchando desde lo alto de las escaleras. Silencio. Bajé en puntas de pie a una habitación que refulgía con una luz pálida: la luna llena miraba fijo por las ventanas y hacía rebotar su resplandor en las paredes. La superficie de la mesada brillaba, ebria de luz de luna. Pero había algo más: todas esas vigas de madera talladas de manera tosca, fuertes como tendones, que se elevaban desde el suelo hasta el techo, o que descendían desde el techo hasta el suelo, y las otras, que se estiraban horizontalmente a lo largo del espacio superior de una pared a la otra para sostener los aleros exteriores, y los puntales angulosos que unían las vigas transversales con las que sostenían el techo abovedado sobre su lomo inclinado, todas esas vigas que se precipitaban de aquí para allá por el aire invisible brillaban más que ninguna otra cosa en la habitación iluminada por la luna, y sus superficies agrietadas relucían con un fuego lúgubre.

Individuos robustos, musculosos, cada uno con su vector y su estilo único –vetas ondulantes como el jazz entre un cúmulo de nudos, o que orbitaban en torno a un nudo enorme allí donde alguna vez había crecido una larga rama que sobresalía del tronco, o quizás vetas lisas y suaves de una punta a la otra– cada uno de los postes de madera estaba imbuido de un carácter particular. Y me di cuenta, con cierta sorpresa, de que yo ya conocía esos poderes, que las líneas fluidas que atravesaban cada viga, los remolinos y las ondas en la fibra de cada poste se habían convertido de algún modo en algo familiar para mis sentidos, aunque nunca les había prestado atención consciente a sus patrones sinuosos. Las vigas de esta casa habían estado conversando en silencio con mi cuerpo de criatura en el transcurso del año, persuadiendo a mis ojos y a mis dedos errantes en innumerables momentos de distracción, y ahora noté que ya los conocía como individuos, es decir, que los conocía sin conocerlos, hasta esa noche, cuando de repente rompieron el callo frío de mis suposiciones y me obligaron a reconocer el intercambio silencioso, ese lenguaje más viejo que las palabras que mis extremidades musculosas hablaban con total fluidez. Hacer ese descubrimiento, de pie entre todas esas vigas de madera y las sombras de luz de luna que proyectaban en las paredes y el suelo, me trajo de vuelta a mí mismo, enraizó mi mente en el suelo fértil de mi cuerpo vivo, y así pude saborear los ladrillos con los pies y las corrientes de aire que me lamían la cara, pude incluso sentir el viento que se arremolinaba afuera bajo los aleros y soplaba sobre el tejado.

No era de extrañar, por lo tanto, que me hubiera puesto más y más ansioso a medida que se acercaba el día de nuestra partida. Era como si hubiésemos estado viviendo un año y medio en un bosquecillo de viejos árboles, un cúmulo de abetos, cada uno con su ritmo y su personalidad, que habían sido para nuestros cuerpos no solo refugio sino quizás también una especie de guía mientras nos convertíamos en una familia. Mis sentidos animales se habían acostumbrado a esas vigas, a esas vidas rectilíneas cuyas disposiciones sutilmente diferentes le habían otorgado una calidez comunal a la estructura y habían infundido la camaradería insólita que yo venía sintiendo por el lugar. Me acerqué por turnos a cada una, apoyándome o siguiendo el trazado de sus vetas con los dedos, y por último les di unos golpecitos con los nudillos: un gesto torpe, sí, pero lo suficientemente instintivo como para entablar un contacto agradecido con el interior de una pieza de madera.

Y luego subí las escaleras y volví a la cama.

A la mañana siguiente me desperté más renovado de lo que había estado en varias semanas. Mis extremidades estaban ávidas de empacar las últimas cajas y cargar el camión de mudanza. Salimos a la ruta al otro día, aunque el camión quedó atrapado en la nieve antes de llegar a la autopista. Dos vecinos que iban de camino al trabajo se detuvieron y nos ayudaron a desatascar los neumáticos. Compramos un café barato en la cafetería del pueblo y dejamos atrás el valle mientras discutíamos qué ruta convenía tomar y saludábamos y nos despedíamos de las montañas.

Madera y piedra
(Materialidad II)

Una noche, mientras enjuagaba los platos, los coyotes empezaron a aullar en las cercanías; al principio eran unos pocos haciendo unos ladridos agudos, luego replicaron un par de aullidos de soprano y luego todo un coro demente de voces chillonas que se tapaban entre sí. Cerré la canilla y miré a Hannah; tenía los ojos muy abiertos y miraba hacia la gran ventana de la esquina, donde había estado arrancando las páginas de un nuevo libro de cuentos. La tomé en brazos y salimos por la puerta de entrada hacia la oscuridad, las piernas de Hannah se aferraban a mi torso con temor. El coro enloquecido había empezado a menguar. Para cuando nuestros ojos se acostumbraron a la oscuridad, los aullidos habían cesado, pero podíamos sentir que varios espíritus se deslizaban entre los piñones y los cedros bajos. La mañana siguiente, cuando fuimos a investigar, encontramos varios montoncitos de excremento justo afuera de la gran ventana de la cocina. Los coyotes debían haber estado mirándonos a través del vidrio.

Para un niño pequeño, la conciencia es una cualidad ubicua del mundo. Nos equivocamos al suponer que la conciencia es un rasgo interno del ser humano que primero se despliega en el niño, quien luego aprende a atribuir la misma cualidad a otras personas y quizás la «proyecta» sobre el mundo circundante de cosas y seres. Más bien, el recién nacido emerge a la conciencia como a un nuevo medio. Lo que más tarde objetivamos como «conciencia» es al principio una especie de elemento anónimo que define la sustancia misma de la existencia y que resplandece de extraños placeres, deseos y dolores. Solo gradualmente empieza a aparecer una especie de lugar dentro de ese campo flotante de sentimientos, una sensación incipiente de «aquidad» [here-ness] que emerge de la plenitud anónima y omnidimensional. Ese sentido cristalizado del propio cuerpo como lugar general de la conciencia no surge por sí solo sino acompañado por un sentido incipiente de la otredad rudimentaria del resto del campo de los sentimientos. En otras palabras, la experiencia más temprana de individualidad surge junto con la experiencia más temprana de la otredad. La conciencia propia nace de una ruptura en el marco de un anonimato más primordial, cuando uno comienza a localizar las propias sensaciones en relación con las sensaciones y sentimientos que están, de algún modo, en otra parte, y por lo tanto en relación con una conciencia que no es la propia sino del resto del mundo.

Durante un largo tiempo, el cuerpo suave de nuestra madre, con sus pechos complacientes y su vientre cálido, sus ojos profundos y su voz amable, tiene la misma extensión que el resto del mundo. Pero de a poco esa presencia nutricia se diversifica en una pluralidad de dimensiones interconectadas, roce de madre y roce del suelo, brillo diurno y nocturno (hierba áspera, baño y canto de papá), y todo ello se refleja en una diferenciación cada vez más profunda dentro de uno mismo a medida que el cuerpo aprende a coordinar las acciones de sus extremidades y a moverse en el cosmos.

El yo empieza como una extensión de la carne viva del mundo, y las cosas a nuestro alrededor, a su vez, se originan como reverberaciones que hacen eco de los dolores y placeres de nuestro cuerpo.

Así, los grupos de árboles, los ladrillos en el suelo y la luz solar no son presencias inertes o carentes de sensibilidad sobre las que más tarde el niño proyecta su propia conciencia. Más bien, la sentiencia interior del niño es un correlato de lo que se percibe en el exterior: la cualidad despierta del cielo, el soporte firme del suelo y la voluntad del viento que acaricia; es concomitante con el entorno animado.

Solo mucho después, cuando el niño se sumerge en el torbellino del lenguaje verbal –ese flujo de frases que antes lo rodeaban solo como un juego llamativo de sonidos melodiosos en continuidad con los gritos de los cuervos y el retumbar del trueno–, solo en ese momento el niño contemporáneo tiende a aprender que ni el pájaro ni el trueno son de verdad conscientes, que el viento no tiene voluntad ni el cielo está despierto, y que las personas humanas son en este mundo las únicas portadoras de conciencia.

Esa lección equivale a una negación de gran parte de la experiencia sentida por el niño, y suele precipitar una ruptura entre su yo verbal y el resto de su cuerpo sensible y sentiente. Sin embargo, el yo verbal olvida rápido el dolor de esta ruptura. Hay descubrimientos y distracciones más que suficientes para compensar el trauma de esa alienación, ya que aceptar y obedecer esa lección extraña destraba las puertas al universo curioso que parecen habitar todos los adultos.

Pero el cuerpo vivo, ese animal ferozmente atento, aún recuerda.


El pie recuerda cuando siente la presión que el suelo ejerce desde abajo. La piel de la cara recuerda, y se vuelve hacia la miríada de facetas, o caras, del mundo. Las puntas de los dedos recuerdan bien que cada superficie que puede sentirse es también, a su modo, sensible. Los oídos, cuando escuchan, saben que todas las cosas hablan, deambulan y navegan en las conversaciones íntimas del mundo y a veces motivan a la lengua a responder.

Incluso los ojos saben que todo está vivo: que las superficies brillantes u opacas que miran también los están mirando, que los colores que beben o en los que se sumergen estaban deseando tragarlos y probar su tono avellana, sus atisbos de verde.

Nuestro pecho que sube y baja sabe que el extraño verbo ser significa, más simplemente, «respirar»; sabe que los arces y los abedules también respiran, que el estanque del castor inhala y exhala a su manera, lo mismo que las piedras y las montañas y las cañerías que llevan el agua por la tierra debajo de la ciudad. Los pulmones conocen ese secreto tan bien como cualquiera: que las profundidades interiores y exteriores participan del mismo misterio, que cuando el viento invisible se arremolina dentro de nosotros, también lo hace a nuestro alrededor, doblando los pastos y empujando hacia arriba las nubes e iluminando a su vez nuestras propias sensaciones. Las cuerdas vocales, agitadas por ese aliento, vibran como telarañas o cables de teléfono en la brisa, y la voz misma que se ríe o murmura une su canto con el agua que borbotea bajo la rejilla.

Solo nuestras palabras, a veces, parecen olvidar… ¿o es el que habla y escribe el que olvida? La persona contemporánea está envuelta en una nube de palabras aladas que le revolotean en la boca, y se deleita con sus patrones coloridos y con el modo en que se juntan y se persiguen unas a otras, convencida de que es la única que está en flor, que es su cráneo el que lleva el polen que fertilizará el terreno yermo, que las cosas permanecen mudas e inertes hasta que se decida a hablar de ellas.

Pero las cosas tienen otros planes. Privadas de nuestra atención, con sus rutas migratorias cercenadas por la tala indiscriminada y las represas, con sus tejidos atestados de toxinas sintéticas que se filtran en los suelos y las aguas, así y todo, siguen adelante. Las temperaturas en aumento parecen chamuscar sus superficies cada vez con más frecuencia, y sin embargo las cosas del mundo todavía nos hacen señas desde detrás de la nube de palabras, nos hablan con gestos y rimas sutiles, llaman a nuestros cuerpos animales, tientan a nuestra piel con sus variadas texturas y persuaden a nuestros músculos con su gracia, invitan a nuestros pensamientos a recordar y a reunirse con la comunidad más amplia de la inteligencia.


Es un placer observar la afinidad espontánea del niño con los objetos y entes que lo rodean, pero esto es solo una solidaridad amorfa y tentativa. Si se le permitiera desarrollarse a lo largo de la niñez, intensificarse y complejizarse a medida que el mismo niño se desarrolla en la adolescencia, esa temprana complicidad con las cosas se profundizaría y maduraría silenciosamente hacia un respeto matizado por la vida múltiple del mundo, un placer constante en la profusión de formas corporales y los innumerables estilos de conciencia que componen el cosmos terrenal.

Para la pequeña Hannah, que se tropieza atolondradamente por el suelo, cada piedra que llama su atención, cada pájaro que pasa volando o cada árbol que se eleva frente a sus ojos es un homólogo de ella misma. Si por una tarde elige a cierto árbol como amigo, el árbol parecerá expresar varios sentimientos que ella siente dentro de sí, demostrar la misma clase de conciencia que ella conoce bien. Plantas, accidentes geográficos específicos y en especial otros animales parecen encarnar y hacer visible para el niño algunos impulsos particulares que él también siente dentro de sí, dan poder al pequeño humano para empezar a notar y a diferenciar entre varias formas elementales del sentimiento y le permiten empezar a navegar el mar de los humores ambiguos, las emociones y los impulsos, cuyo poder rebelde pueden fácilmente abrumar al niño. De ahí la centralidad de los demás animales en los juegos infantiles de todas las culturas (incluyendo, en la mía, un despliegue atroz de conejos de peluche y ositos y ratones que hablan), y todos los animales que protagonizan los cuentos y las canciones con rimas, que son lo primero que escuchamos y contamos en la infancia.3

Si se alienta la fascinación y la amistad de Hannah con un manzano que crece silencioso en el viejo huerto, si se le permite desarrollarse, entonces la reciprocidad espontánea de sus primeros años, en los que al principio ella asume que la experiencia del árbol es análoga a la suya, poco a poco se profundizará para descubrir que lo enraizado del árbol –su incapacidad para moverse sobre el suelo– debe proveerle un rango de sensaciones muy diferentes de las que ella experimenta. Más tarde, al entender el modo en que sus raíces toman agua del suelo y las hojas metabolizan la luz solar, comprenderá la diferencia aún mayor que hay entre el árbol y ella misma, y ampliará su imaginación sensorial para poder comprender la extraña sensación de beber la luz del aire. Tal vez sospeche que el placer del calor del sol sobre la piel de sus hombros provee un acercamiento distante a las sensaciones que experimentan esas hojas, o que la sensualidad de hundir los dedos de los pies en el lodo se aproxima a algo de lo que esas raíces escondidas sienten cuando la lluvia empapa el valle sediento. En cada paso de su desarrollo interior descubrirá diferencias más grandes entre ella y el manzano, sin embargo, considerará cada diferencia como una diferencia de sentimiento, como una manera extrañamente distinta de experimentar el mismo cielo, el mismo suelo, la misma lluvia. Y así, por último, en la adultez, cada árbol, en toda su extraña e insalvable otredad, será para ella una presencia animada y con experiencias propias, otro ser, otra forma de sensibilidad y de vida radiante.

Ese es, en todo caso, el fruto maduro de la afinidad espontánea del niño humano con los árboles, las arañas, las piedras y las nubes de tormenta, cada vez que se permite que esa semilla crezca y florezca. Solo después de una niñez sin obstáculos una mujer adulta sabe en los huesos que habita un cosmos viviente, que su vida está inmersa en una comunidad salvaje de vidas interconectadas de manera dinámica y aun así raramente diferentes. Es un cosmos no menos desconcertante, no menos cargado de incertidumbre y confusión que el mundo complejo de objetos inertes y procesos mecánicos en el que muchos de nosotros parecemos habitar y, sin embargo, está vivo: es un juego vibrante de relaciones del que participan nuestras propias vidas.

Pero en una civilización que ha caído hace tiempo bajo el hechizo de sus propios signos, la cordialidad entre el niño y la tierra animada se cercena pronto, se interrumpe por la insistencia adulta (expresada en incontables modos de hablar y comportamientos) en que la verdadera sentiencia, la subjetividad, es una posesión exclusiva de los seres humanos. Esa insistencia colectiva no sería capaz de desplazar la persuasiva evidencia de la experiencia directa del niño si no fuera por todas las tecnologías que muy pronto lo envuelven en un reino puramente humano al interponerse entre sus sentidos en desarrollo y la sensualidad de la tierra. El lazo cortado entre el niño y la tierra viva luego se certificará, y se volverá permanente, cuando se produzca su entrada activa en una economía que considera la tierra antes que nada como un suministro de recursos de los que apropiarse para nuestros propósitos exclusivamente humanos.

Cercenada en su etapa más temprana, reprimida cerca de su origen, nuestra empatía instintiva con el entorno terrenal permanece atrofiada en la mayoría de las personas contemporáneas. Así, cada vez que nosotros, los modernos, oímos hablar de los pueblos tradicionales, para quienes todas las cosas están vivas en potencia –culturas indígenas que asumen que hay algún grado de espontaneidad y sentiencia en cada aspecto del entorno perceptible–, esas nociones nos parecen el resultado de un tipo de pensamiento mágico e inmaduro, en el mejor de los casos, una especie de ingenuidad infantil. No importa cuán interesante sea experimentar la tierra como animada y viva, sabemos que esas fantasías son ilusorias y que, en última instancia, se chocarán contra el duro muro de la realidad. No podemos sino interpretar todo lo que oímos sobre esas creencias participativas de acuerdo con nuestra propia capacidad atrofiada para el compromiso empático con el entorno percibido; se trata de una capacidad que fue reprimida en nosotros antes de que pudiera florecer y que por lo tanto permanece inmóvil en nuestro interior, congelada en su forma más inmadura. Cuando nos enfrentamos a estilos animistas de discurso, la mayoría de los modernos solo podemos imaginarlos como una especie de ignorancia infantil, una proyección crédula de sentimientos humanos sobre montañas y ríos, lo cual, para cualquier alma adulta, solo puede equivaler a la locura. ¿Rocas vivas? ¡Sí, cómo no!

No nos damos cuenta de que ese modo participativo de percepción, cuando se desarrolla y se perfecciona a lo largo de los difíciles descubrimientos de la adolescencia y luego de la adultez, inevitablemente cede el paso al acercamiento a un mundo de matices complejos y múltiples capas. No nos damos cuenta de que, en el transcurso de varios cientos de generaciones, esa participación con la tierra circundante se ha afinado de manera minuciosa gracias a las serendipias y las adversidades de este mundo, sus bondades y sus venenos, sus aliados vivificantes y sus poderes depredadores, y ha llegado a convertirse en algo que está mucho más allá de cualquier acercamiento ingenuo o sentimental a las cosas. Después de todo, nuestros ancestros indígenas tuvieron que sobrevivir y prosperar sin ninguna de las tecnologías de las que dependemos nosotros, los modernos. Parece poco probable que nuestros linajes ancestrales hubiesen sobrevivido si la sensibilidad animística fuera una mera ilusión, si esa experiencia del entorno percibido como sensible e incluso consciente fuera una fantasía inmadura en total conflicto con la verdadera naturaleza de ese entorno. La larga supervivencia de nuestra especie sugiere que la expectativa instintiva de la animación, de una espontaneidad interior propia de todas las cosas, era un modo muy práctico de ir al encuentro de nuestro entorno: en efecto, quizás el modo más efectivo de alinear nuestro organismo humano con las vicisitudes cambiantes de un cosmos difícil, peligroso y caprichoso.

Y es que no se puede entrar en una relación sentida con otra entidad si se asume que esa otra entidad es completamente inanimada. Es difícil, si no imposible, empatizar con un objeto inerte. No se puede sentir o intuir la intención de otra criatura si negamos que esa criatura tenga intenciones, no se puede anticipar el ánimo cambiante de un cielo invernal si uno niega que el cielo tenga estados de ánimo, si privamos a las cosas de su propia espontaneidad inherente, de su apertura.

Cuando damos una conciencia plena a la simple actividad de la percepción, tal vez notemos que lo que nos hace prestar atención a las cosas –lo que les permite a nuestros sentidos involucrarse y participar de ellas– es ni más ni menos que el carácter abierto e incierto de esas cosas. Una entidad que atrae mi mirada nunca se me revela en su totalidad; siempre que me presenta alguna faceta de sí misma, esconde al mismo tiempo otros aspectos a mi capacidad de aprehensión directa. Nunca he visto un pino ponderosa en su totalidad: solo veo uno de los lados de su ancho tronco de corteza fisurada mientras que el otro permanece oculto. Cuando camino a su alrededor para ver el otro lado, el primero queda escondido. Ahora tengo una idea más clara del tronco, aunque la estructura interior permanece oculta. Los surcos corrugados en su corteza parecen retraerse hacia ese interior; me atraen para que me acerque a tocar sus capas y mirar detenidamente sus grietas profundas. Mmmm… de ese surco en particular emana un leve aroma a vainilla. Mi nariz persigue el perfume y una telaraña se me engancha en la cara y se deshace cuando la aparto; ahora la araña corre hacia arriba por el tronco justo delante de mí, escalando hacia las alturas. Inclino la cabeza, siguiendo a la araña con los ojos. Solo alcanzo a ver algunos destellos esporádicos de las ramas superiores; la mayoría están ocultas tras las matas de espinas, al igual que las raíces de este pino, que están tapadas por el suelo. Si me poseyera la necesidad incontrolable de conocer a este ser en su totalidad y trajera una pala y me pusiera a desenterrar esas raíces, estaría poniendo en peligro la vitalidad y la belleza del pino, interrumpiría el misterio que hace que vuelva día tras día a este inmenso árbol.

Aunque algún aspecto de cualquier presencia percibida esté expuesto ante mis ojos, o mis fosas nasales, o al tacto de mis dedos, siempre hay alguna otra dimensión que permanece oculta. Esa tensión entre las dimensiones visibles y ocultas de cada ser es una atracción constante para mi cuerpo perceptor y provoca la curiosidad exploratoria de mis sentidos. La percepción no es más que esa relación abierta: la atracción activa de mi cuerpo por un retoño, o un tramo de río, o la pared derrumbada de un antiguo molino fluvial, y la consiguiente respuesta de mis extremidades y mis sentidos alertas, a los que el otro ser responde a su vez develando algún otro aspecto de sí mismo a mis ojos o mis oídos atentos. Cuando dirijo mi atención hacia otra parte, no me alejo de un objeto inerte sino de un ser único e inacabado, una presencia expresiva, enigmática, con la que he estado coqueteando, aunque sea brevemente.

No importa cuánto tiempo permanezca con cada ser, no puedo agotar el enigma dinámico de su presencia. Es esa reticencia, la alteridad inagotable de las cosas, lo que les permite sostener mi mirada, sostenerse en mi conciencia. No puedo sondear todos los secretos de una brizna de hierba: no puedo comprender cada aspecto de su composición interna ni la totalidad de las relaciones que mantiene con el suelo y el aire. No puedo experimentarla desde todos los ángulos a la vez. ¿Y por qué no? Porque no soy un espíritu puro que pueda penetrar de forma instantánea cada rincón y recoveco de la cosa, porque no soy una mente incorpórea para la cual el mundo no presenta obstáculos ni secretos, porque yo mismo soy un cuerpo, un ser material de peso y densidad como este árbol o esa piedra, y por lo tanto tengo mis propias facetas visibles y mis oscuridades (mi piel suave, por ejemplo, y mis huesos cálcicos escondidos debajo de una matriz de músculos), por eso puedo explorar el mundo solo desde el lugar en el que estoy parado y encontrarme con las cosas solo desde mi posición de una cosa más entre las cosas. En fin, porque yo mismo soy una cosa y por ende tengo solo un acceso finito a las cosas que me rodean.

De hecho, es difícil imaginar cómo una mente pura e inmaterial podría conocer las verdades más simples sobre un roble castaño o un pedazo de mármol, ya que, sin un cuerpo –sin una presencia densa o fluida, sin ojos o piel o superficie sutil–, nunca podría entrar en contacto con la piedra. Sin sensaciones corporales no podría sentir el sabor de las hojas del roble ni oír el viento que se escurre entre ellas, no podría sentir la tensión de las ramas vigorosas ni «sentir» nada en absoluto. Podemos sentir los árboles y las rocas debajo de los pies porque no somos tan diferentes de ellos, porque tenemos nuestros propios miembros bifurcados y nuestra propia composición mineral, porque –contrariamente a nuestras concepciones heredadas– no somos solo materia mental sino cuerpos tangibles de peso y densidad, y por eso tenemos mucho en común con las cosas palpables con las que nos topamos.


Eso significa, por supuesto, que las cosas del mundo tienen mucho más en común con nosotros de lo que solemos admitir. La afinidad es obvia en nuestra relación con otros mamíferos, cuyas piernas, orejas, ojos y simetría bilateral hacen evidente, desde el comienzo, nuestro parentesco fundamental. Con los árboles y arbustos la relación parece más distante, y sin embargo el hecho de que consideremos a esos seres como seres vivos mitiga ya esa distancia. Pero bien: ¿qué hay de las piedras, las rocas y los peñascos de montaña? Es evidente que un bloque de granito no está vivo en ningún sentido obvio, y es difícil entender cómo alguien podría atribuirle esa amplitud e indeterminación, o por qué querría hacerlo.

Sin embargo, la aparente fijeza e inercia de las rocas se mantiene así más por una serie de conceptos heredados que por una experiencia sensorial directa del mundo mineral. Uno de esos conceptos (tan familiar en la era moderna como en la Edad Media) es el que opone la inercia de la pura materia a la vibración del espíritu puro, y sostiene que la materia sensible es vacía y carente de vida sin el influjo del espíritu, sin el fuego brillante que desciende desde un reino divino que está más allá del cosmos físico para inspirar y animar la materia apagada del mundo. Esa vieja noción, muy enraizada en nuestro lenguaje occidental, ordena prolijamente las cosas del mundo experimentado en una jerarquía escalonada –«la gran cadena del ser»– en la cual los fenómenos compuestos solo de materia están más alejados de lo divino, mientras que los que poseen mayor grado de espíritu están más cerca de la libertad absoluta de Dios. Según la distribución del espíritu, las piedras no tienen voluntad ni experiencia alguna; los líquenes tienen solo un grado mínimo de vida; las plantas tienen un poco más de vida, con un grado rudimentario de sensibilidad; los animales «bajos» son más conscientes aunque están atrapados en sus instintos; los animales «altos» tienen una conciencia más real, mientras que los humanos, solos en este mundo material, son inteligentes y están verdaderamente despiertos.

Ese modo de ordenar la existencia, que depende de una distinción absoluta entre materia y espíritu, ha hecho mucho por avalar nuestro dominio humano sobre el resto de la naturaleza. Aunque se originó en el antiguo Mediterráneo y alcanzó su punto más alto en la cristiandad medieval, esta vieja noción nunca fue desplazada por la revolución científica. En vez de eso, fue traducida a una forma nueva y actualizada por una ciencia que de modo tácito todavía se apoya en el supuesto de que existe una mente humana (o espíritu) sin límites que investiga un mundo natural básicamente determinado (o materia).

Sin embargo, tan pronto como cuestionamos la distinción aceptada entre espíritu y materia, esa jerarquía cuidadosamente ordenada empieza a tambalear y desintegrarse. Si admitimos desde un principio que la materia no es inerte sino animada (o que se organiza a sí misma), entonces la jerarquía colapsa y lo que nos queda es un campo diverso de seres animados, donde cada uno de ellos posee dones en relación con los demás. Y nos encontramos con que nosotros mismos no estamos encima sino en medio de ese campo vivo, y nuestra propia sentiencia es parte integral del paisaje sensorial.


Consideren una roca grande, de alrededor de un metro de diámetro, con su masa irregular en reposo sobre el suelo. Ya sea que haya o no una piedra así en la tierra cerca de donde estén leyendo estas palabras, sí hay una justo afuera del estudio donde yo estoy sentado escribiendo. No estoy muy seguro acerca de su composición. Aunque tiene un color muy parecido a las piedras de arenisca que hay desparramadas a su alrededor, sé, tras una inspección más atenta, que no tiene la misma textura granulada sino una solidez más densa y continua, hendida y con bordes dentados a lo largo de su superficie. Aquí y allá se ven trozos de cuarzo, pálidos y translúcidos, incrustados en la matriz rosada. La miro ahora desde la ventana mientras ofrece su sombra a las matas de pastos, implacable en su solidez, una presencia familiar y estable en medio de mis pensamientos tumultuosos.

¿Conocen alguna piedra como esa? No importa su composición o su color, ¿no hay alguna piedra similar con la que estén familiarizados, cuya presencia estable ofrezca una especie de ancla cuando las preocupaciones o los sueños amenazan con arrastrarlos? ¿Una presencia confiable que les provea, como mínimo, un lugar donde apoyarse y descansar las piernas?

Luego de haber estado a la deriva en medio de palabras y oraciones por un largo rato, alzo la vista y me encuentro una vez más con la piedra, serena en la misma posición, que mantiene su forma familiar contra los árboles y el cielo azul, aunque la sombra que proyecta sobre el suelo ha cambiado. Vuelvo a mi trabajo. Luego de una hora más o menos, vuelve a atraer mi mirada; el cielo detrás de la roca ahora está cubierto de espesas nubes y su sombra se ha incorporado a la sombra general, pero aun así la piedra mantiene la misma posición. De pronto me sorprende la sensación del inmenso esfuerzo que haría falta para mantenerme en una postura tan estable durante tanto tiempo sin moverme ni un ápice. Mantenerse en una posición constante, de modo de seguir portando esa misma forma, y así una y otra vez, hora tras hora, día tras día… ¡debe llevar mucho esfuerzo! Claro que la roca no tiene que lidiar con la inquietud loca que aqueja a un ser hecho de músculos como yo. Pero mantener la cohesión en un cosmos que se separa constantemente, prevalecer año tras año contra la succión de la entropía parece ya implicar una cierta terquedad, una obstinada persistencia que pasamos por alto cuando pensamos en el «ser» o en la pura existencia como un acto puramente pasivo. Y así me encuentro mirando esa roca con un nuevo asombro, una nueva apreciación por su energía compacta, la actividad salvaje que demuestra con su simple presencia.

La antigua bifurcación entre espíritu y materia nos lleva a dar por sentada la existencia, a asumir que una simple presencia material –como una piedra o una montaña– es del todo pasiva e inerte. Decimos que la roca «está» aquí, que las montañas «están» más allá; usamos este verbo, «estar», innumerables veces por día, y sin embargo olvidamos que es un verbo y que nombra un acto: que el solo hecho de existir es una cosa muy activa. Al suprimir esa actividad, al dar por sentados el «ser» y el «estar» como estados puramente pasivos, aplanamos la salvaje contingencia de la existencia, la incertidumbre y el riesgo del momento presente. Encerramos en el armario la vaga perplejidad de encontrarnos aquí, en este lugar, en este preciso momento del desarrollo del mundo.

«¿Por qué existe algo en lugar de la nada?» es la pregunta que los filósofos han usado para perturbar nuestro exceso de confianza en torno a la extrañeza de la existencia, para sacudirnos el olvido, volver a despertar nuestro sentido del asombro. Sin embargo, es suficiente con notar el dinamismo inherente del momento presente –notar que la mera «existencia» ya es un auge y no un flotar pasivo y vacío– para recuperar el mundo sensorial del olvido al que muchas veces lo condenan nuestros conceptos. Una roca solitaria o un tocón cortado son inanimados solo en tanto se considere que el «ser» es estático e inerte. Nuestros sentidos animales, sin embargo, no conocen esa realidad pasiva: ya hemos visto cómo perciben las cosas solo al interactuar con ellas, al entrar en relación con sus ritmos de revelación y ocultamiento, su seducción y su reticencia. Para mi cuerpo animal, la roca es antes que nada otro cuerpo en relación con el mundo: cuando dirijo mi vista hacia ella, me encuentro no con un pedazo inanimado de materia sino con una superficie boca arriba que disfruta del calor del sol, o una estructura rosada y puntiaguda que sobresale del suelo como el hueso quebrado de la colina, o un viejo y atento guardián de la tierra, una presencia firme y protectora que me invita a ponerme en cuclillas y a apoyar contra ella la espalda.

Cada cosa organiza el espacio a su alrededor, se aleja o se acerca furtivamente a otras cosas; las llama, les hace gestos y señales o lucha contra ellas por nuestra atención; las cosas se exponen al sol o se retraen a las sombras, gritan con sus colores chillones o susurran con sus semillas; las rocas toman esporas de líquenes del aire y cobijan arañas debajo de sus flancos; las nubes conversan con el azul insondable y se metamorfosean entre sí, vierten sobre el suelo la lluvia que se acumula en riachuelos y talla los cañones; los rascacielos rebanan los vientos y discuten sobre los techos de las casas; el ritmo percusivo del subterráneo debajo de la calle obliga a cantar a dúo a las retroexcavadoras y las aves cantoras. Las cosas «atraen nuestra mirada» y a veces no la sueltan; «captan nuestra atención» y nos hacen fijar la vista, y al fin nos dejan ir para volver a disolverse en el mundo superabundante. Ya sean eufóricas o taciturnas, exuberantes o exhaustas, todo gira y tiembla; la angustia, la ecuanimidad y el placer no son primero estados de ánimo internos sino pasiones que nos otorga el terreno caprichoso.


Ese es el terreno que esbozó y pintó un intenso y solitario joven holandés, nacido de una larga línea de pastores en 1853. Aunque su primera carrera fue la de predicador, la pasión de Vincent no podía contenerse en esa instancia que negaba el cuerpo mientras se esforzaba por alcanzar una belleza más allá de lo visible; su pasión recaía en el mundo. Y cuando su fe intelectual en una verdad más allá de lo sensorial empezaba a menguar, se encontró de golpe inmerso y arrastrado por una fe más implacable que la de cualquier creencia: la fe antigua e inagotable del cuerpo humano en la tierra viva, las hojas que susurran, el río que serpentea y la noche y la bondad del sol. Sus sentidos se abrieron de par en par como girasoles que esparcen sus semillas y así empezó a pintar el mundo que emergía.

En las pinturas de Vincent van Gogh no hay nada que no esté vivo. No hay ningún punto en el cielo pleno de luz que no tenga su propio dinamismo temporal, su propio ritmo, su pulso. El paisaje respira. Y cada presencia, cada terrón del suelo, cada piedra y cada tallo de trigo están en diálogo vibrante con los seres que lo rodean.

Cipreses de color negro esmeralda bailan con el cielo que se oscurece, sus hojas crean ondas en el aire nocturno.

Una mesa de billar se mantiene apartada de las otras mesas y sillas dispersas, todas en buenos términos con los listones de madera del suelo y las lámparas que proyectan su brillo tartamudeante sobre la habitación.

Guijarros tumbados unos sobre otros conversan con las mil briznas de hierba; rumores que corren entre los pastos y se dispersan luego hacia las montañas azules y los álamos que se mecen. Una nube blanca se inclina sobre las montañas y escucha.

Un río fluye a través de un barranco, llevando su flujo arremolinado a los acantilados turbulentos y los arbustos que parecen llamas, y a los viajeros que cargan sus mochilas junto a su curso. Cada cosa, cada ser, está en relación constante con las entidades y elementos que lo rodean; negocia su paso y ejerce su participación en la emergencia permanente de lo que es.

Las estrellas hacen que la noche gire y se tambalee a su alrededor, se llaman unas a otras y a la luna creciente; las estrellas de Vincent no están situadas en el espacio sino que despliegan y secretan activamente el espacio que hay entre ellas. Pues no hay espacio a priori, no hay un mundo inerte ni un fondo contra el cual las cosas empiezan a existir; el cosmos no es más que ese intercambio abierto y en desarrollo entre las fuerzas que lo componen. No hay piedra o nube que quede absuelta de esta actividad pasional, no hay ladrillo ni pincelada que no participe en la cocreación del momento presente.

Incluso en sus llamadas naturalezas muertas, no hay nada que sea inerte o inanimado. La pipa del artista, un plato, dos cebollas, una caja de fósforos: cada ser se irradia al mundo que lo rodea, y cada uno es afectado (incluso infectado) por los otros, del mismo modo en que una botella vacía, transparente como un ojo, da cohesión a la sala.

En otra pintura, un par de zapatos gastados, vacíos sin los pies de su dueño, hablan elocuentemente –con sus arrugas suaves, sus raspones verdes y la oscuridad que contienen– de esa otra vida que los posee en silencio y de la tierra ondulante sobre la que caminan juntos. Y así, ese lienzo discreto imparte una sensación de amistad sencilla: la reciprocidad respetuosa entre una comunidad y el suelo que la sostiene, la cordialidad entre dos vecinos, incluso la amistad entre dos zapatos que descansan sobre el suelo de baldosas.

De una inteligencia feroz, pero con una sensibilidad muchísimo más porosa que la mayoría de las personas, Van Gogh no pudo, o no quiso, abstraer su intelecto de su realidad corporal, no estaba dispuesto a abandonar la miríada de cosas, a domesticar sus sentidos y reprimir el eros ininterrumpido entre su carne y la carne de la tierra.

Una y otra vez se sale de sí mismo por los ojos para sentir el silencio arrebujado de los olivares y probar el éxtasis de las hojas que se iluminan con el sol naciente. Y una y otra vez se deja invadir a su vez por lo visible: por la languidez del mediodía en los campos de heno o el ánimo huraño de la cara de un vecino. Aunque le escribe seguido a su hermano y a algunos amigos (cartas de una franqueza y bondad luminosas), solo en el acto de dibujar o pintar es capaz de dar expresión a esa relación continua, al volver a ofrecer a lo visible un rastro de aquello que lo visible vierte todo el tiempo en su pecho.

Es así como sus pinturas son ventanas a través de las que vemos una tierra no menos viva e inteligente que nosotros.

De vez en cuando se reúne con esmero un puñado de lienzos de Van Gogh y se los coloca en la pared de algún eminente museo. Multitudes de personas de diversos orígenes viajan entonces a ese lugar, mes tras mes, para mirar a través de esas ventanas hacia un cosmos que muchas veces los asusta con su intensidad, pero en el que, sin embargo, se sienten misteriosamente en casa. Muchos vuelven a la exposición una y otra vez. El número de personas, viejas y jóvenes, ricas y pobres, que esperan para desplazarse por las salas del museo y mirar esos lienzos feroces, es siempre mayor al de las que llegan atraídas por cualquier otro pintor; esto ha sido así por muchas décadas.

Y sin embargo, en su propia época, las pinturas de Vincent suscitaron poco interés en los que se toparon con ellas; su hermano Theo fue incapaz de venderlas incluso por los precios más bajos. ¿Cómo explicamos entonces esta dramática metamorfosis en la estética colectiva de toda una cultura? ¿Cómo puede ser que un montón de lienzos vigorosos pintados a lo largo de solo ocho años (de 1883 hasta su muerte en 1890), lienzos que le parecieron extraños o desagradables a la mayoría de los que los vieron en ese entonces, se convirtieran, en el lapso de sesenta años, en algunas de las pinturas más queridas de un artista en la historia de Occidente? ¿Qué evento, qué magia pudo haber transformado con tanta rapidez nuestra visión, alterado tan radicalmente la manera en que vemos el mundo?

Es un verdadero acertijo, imposible de responder de manera definitiva. Aun así, podemos arriesgar una respuesta parcial. Si bien reconocemos una serie de factores que contribuyeron (desde los cambios económicos y demográficos hasta la influencia creciente de las nuevas tecnologías), es probable que un factor decisivo en este cambio drástico en nuestra visión colectiva haya sido la exposición cada vez mayor precisamente a esas pinturas…

Los lienzos de Vincent no habrían podido tener un efecto tan catalítico si ciertos supuestos religiosos acerca de la distancia entre la humanidad y la naturaleza terrenal no hubiesen empezado a derrumbarse, y si la moderna separación entre «sujetos» y «objetos» no hubiese empezado a resquebrajarse para dar lugar a que se hiciera sentir una posibilidad más primordial, si bien de manera sutil. Pero en las primeras décadas del siglo xx, los ojos humanos ya habían aprendido y habían sido transformados por esos curiosos lienzos de gruesas capas y pinceladas vehementes que recorrían el mundo y sacudían la visión de muchos artistas, provocando nuevos estilos e incitando nuevas reacciones. Muy pronto las reproducciones de esas pinturas empezaron a diseminarse cada vez más en libros y en láminas y pósters en innumerables paredes. Y así, poco a poco, algo se abrió en nuestra visión. Los músculos diminutos de nuestros ojos se relajaron y dejaron su rígida postura habitual para responder al encanto irresistible de estos paisajes vivos, y aprendieron a darle la bienvenida a los objetos comunes, subestimados –chimeneas, yuyos, ramas agitadas por el viento– dotados ahora de espontaneidad y voluntad.

Ese sentido renovado de la vista, ese modo de recibir lo sensorial en toda su misteriosa y multiforme extravagancia, es el gran regalo de la obra de Van Gogh. Su visión, en virtud de su intensa compasión por cualquier cosa que tuviese enfrente, afloja la cerradura de nuestros propios sentidos. Es raro que una persona salga de una exposición de pinturas de Vincent y no note que los arces en fila en la calle, que flexionan las ramas y empujan sus raíces debajo del pavimento, son más verdaderos y vibrantes y también más visibles que antes, o que los antes plácidos edificios al otro lado de la avenida ahora se empujan y se atropellan unos a otros, compitiendo por el cielo.


Un cuervo se lanza desde uno de los pinos cercanos y nos sobresalta con el golpe seco y rítmico de las alas que chapotean en el aire azul. Si sigues su trayectoria con la vista, mirando cómo la figura negra se hace pequeña en la distancia, notarás a lo lejos una cinta de color verde vívido incrustada en el verde más oscuro de los árboles de agujas. Esa cinta está formada por las hojas brillantes de los álamos que crecen a lo largo del arroyo que serpentea por este valle. Por la sequía actual, en pleno verano el lecho del río estará seco, pero hoy –a mediados de la primavera– es probable que haya una buena corriente entre las rocas. Acerquémonos hasta allí: hay un lugar en particular, junto a la corriente, que tengo ganas de mostrarte.

¡Auch! ¡Maldito cactus! Ten cuidado de no tropezar con estas peras bajas y espinosas, sus agujas penetran fácilmente el cuero de mis viejas botas. Pero presta atención a esto: encontramos cada vez menos cactus a medida que descendemos hacia la parte más baja del valle.

Las lagartijas se escabullen por la periferia de nuestra visión y un ritmo de grillos sube desde las matas de hierba. El suelo está sediento. El agua de deshielo de las últimas nevadas y la corriente de las escasas lluvias han arrastrado una capa tras otra del mantillo de estas pendientes y han dejado pedestales de tierra aquí y allá, donde algún pedacito de hierba impidió que la tierra se escurriera colina abajo. En los lugares nivelados, el suelo seco se ha agrietado hasta formar un intenso mosaico rojo de baldosas pentagonales y hexagonales. Una hilera de huellas con apretadas marcas de dedos cruza este mosaico: un coyote que trotaba hacia el arroyo. Seguimos las huellas a través de un matorral de pinos piñoneros.

Muy pronto hay un cambio en el paisaje sonoro: la cadencia de los grillos ahora se entrelaza con los trinos fluidos de las ranas arbóreas. ¿Alcanzas a sentir ese nuevo dulzor en el aire? Es el aroma de las hojas de los álamos.

Llegamos, por fin: el borboteo calmo del agua.

Caminamos corriente arriba junto a la orilla lo mejor que podemos, esquivando ramas, bordeando matas de sauces y charcos, arrullados por la voz líquida que fluye sobre las piedras. La densa maraña se engancha y se aferra a nuestra ropa, haciendo tropezar a nuestros pies. Una y otra vez los trinos de las ranas se callan cuando nos acercamos… aunque si esperamos en silencio unos instantes, el coro empieza otra vez, más intenso que antes. La vibración de un picaflor rasguea el aire cerca de mis oídos y luego se eleva sobre las ramas y se disuelve en las cercanías. Me aventuro hacia adelante, abriendo el camino torpemente a través de otra mata espesa de sauces. Arañado y rasguñado, doblo en un recodo del arroyo y me detengo.

Aquí está la presencia empática que quería visitar desde que se derritió la nieve. Me inclino un momento a modo de saludo y luego me doy vuelta para esperarte. Cuando apareces, te veo detenerte de golpe y dar unos pasos hacia atrás, tambaleante, y oigo la exhalación aguda y sobresaltada que sale de tus labios. Giro para que miremos juntos.

Al otro lado del arroyo se eleva un gran peñasco de arenisca, tallado con largas estrías laterales por siglos de flujos de agua. El peñasco se inclina sobre el arroyo y eclipsa gran parte del cielo. Mientras tus ojos suben por su cara, miro cómo se abre tu boca y veo cómo se doblan tus rodillas cuando te agachas. Te escucho decir «wow».

«Sí…». Miramos con atención la cara esculpida de esta roca, dejando que sus circunvoluciones guíen nuestra conciencia por las curvas y caídas de su superficie rubicunda. Después vadeamos el arroyo para apoyar las manos sobre ella.

Luego de un rato rompo el silencio.

–Es raro que tanta gente acepte la noción de que la piedra es inanimada, de que la roca no se mueve. O sea, a mí este peñasco me conmueve cada vez que lo veo.

Suspiras en voz alta:

–Ay, vamos, Abram, estás exagerando. Ese supuesto movimiento del que hablas cuando dices que «esta roca te conmueve» no es más que una metáfora. No es un movimiento real en el mundo material sino una sensación interna, una experiencia mental que no tiene nada que ver con este peñasco en particular.

–Bromeas –digo, exasperado–, ¿cómo puedes decir eso? ¡Acabo de ver cómo te tambaleabas hacia atrás al ver por primera vez la cara de esta roca! Fue un movimiento físico bastante obvio en el mundo material real, y cualquier pájaro que mirara desde su posición elevada en los álamos estaría de acuerdo conmigo. Tu movimiento fue bastante palpable. ¿O vas a hacer de cuenta que no fue así?

–Hmmm… Bueno. Supongo que en este caso fue un movimiento real y físico.

–¡Con más razón! ¿Todavía quieres que finja que la roca solo nos mueve de una manera mental, o podemos admitir que fue una acción física y corporal como consecuencia de la presencia potente de este otro ser? ¿Podemos admitir que tu cuerpo viviente fue movido de modo palpable por ese otro cuerpo, y por ende que tú y la roca no están relacionados como un «sujeto» mental y un «objeto» material sino como un tipo de dinamismo con otro, como dos maneras diferentes de ser seres animados, dos maneras diferentes de ser seres de la tierra…?

Te quedas en silencio, pensando. Te veo mirar hacia atrás, hacia la pared de roca, cuestionándola, sintiendo la superficie acechante de su masa dentro de tu torso, escuchando con tus músculos y la silenciosa composición de tus huesos lo que esta presencia antigua y esculpida quiera agregar a la conversación. Veo que te recuestas sobre el suelo pedregoso, entregándote al refugio de la arenisca que sobresale por encima de nosotros, invitando al abrazo fresco de su sombra. El agua gotea cerca de tu cara. La quietud, la calma de esta roca es su actividad misma, el gesto firme con el que entra y altera tu vida.

3 Aquí me baso en la lúcida investigación e ideas del ecólogo social Paul Shepard (1926-1996).

Reciprocidad
(Conocimiento I: ciencia y experiencia)

Consideren por un momento una de sus manos. Permitan que su mirada recorra el campo abierto de la palma siguiendo los pliegues que se cruzan o convergen; dejen que sus ojos escalen los troncos flexibles de los dedos. Cada uno de esos troncos tiene un pliegue único en la base y dos pliegues un poco más arriba (aparte del pulgar, cuya bisagra única lo convierte en un ser más torpe que los demás). Dejen que el pulgar se estire hasta tocar los otros dedos, que investigue sus texturas con la yema mientras se pliega al medio la extensión flexible de la palma. Ahora exploren esa mano con los dedos de la otra, dejando que se deslicen por los valles escarpados que separan los dedos de la primera. Saboreen el placer de ese contacto, la resonancia relajada entre dos criaturas extremadamente táctiles.

La mano, el órgano mismo con el que tocamos y exploramos las texturas y las superficies palpables del mundo, es a su vez una entidad absolutamente palpable y tocable. Tiene su propia superficie texturada, como la arena ondulada de una playa o la piel porosa de una fruta. Esta mano que toca las cosas es, por lo tanto, parte del campo táctil que ella misma explora. Es uno de los habitantes de ese campo, como el musgo aterciopelado, la superficie astillada de un poste de teléfono o la corteza escabrosa de un roble blanco próximo a casa.

Acérquense a ese roble, o a un arce, o a un plátano; estiren la mano para sentir entre el pulgar y el resto de los dedos la superficie de una hoja de múltiples puntas. Sientan la frescura de esa hoja contra la piel, la textura venosa que descubren las yemas de los dedos al deambular sobre ella. Pero noten además una sensación apenas diferente: que ustedes también están siendo tocados por el árbol. Que la hoja misma está explorando sus dedos, que sus poros prueban la química de su piel y sienten la textura suave y abultada del pulgar que se mueve sobre ella.

En cuanto reconocemos que nuestras manos están incluidas en el mundo táctil, nos vemos obligados a notar esa reciprocidad: cada vez que tocamos una entidad, también somos tocados por ella.

Y no solo el sentido táctil muestra esa curiosa reciprocidad. Los ojos, por ejemplo, esos órganos luminosos con los que cazamos las formas y los colores del mundo visible, también son parte del campo visual al que se abren. Nuestros ojos tienen una superficie brillante, como la piel reluciente de un estanque, y tienen sus colores, como el flanco cobrizo de un caballo o un pedazo de cielo de color gris peltre. Cuando salimos al jardín por la mañana, frotándonos los ojos para quitarnos de encima el sueño, y miramos hacia la colina arbolada al otro lado del valle, nuestros ojos no pueden evitar sentir su propia visibilidad y vulnerabilidad; por eso nuestro cuerpo animal se siente expuesto a esa colina, se siente mirado por esas laderas boscosas.

Esa reciprocidad es la estructura misma de la percepción. Experimentamos el mundo sensorial solo volviéndonos vulnerables a ese mundo. La percepción sensorial es un entrecruzamiento constante: el terreno entra en nosotros solo en la medida en que dejamos que nos atraviese.


Algunas mañanas salgo de casa antes de ponerme las medias y deslizarme dentro de los zapatos. La tierra me presiona los pies descalzos y se amolda a ellos; las matas de hierba me masajean y despabilan las suelas. Piedras filosas se me clavan en la piel gruesa. A veces me pinchan unos pastos más secos y resistentes que se rompen bajo mi peso –¡auch!– y obligan a mis pies a volver a las piedras más suaves. Las piedras pálidas son frescas al contacto con los dedos, las piedras oscuras, más calientes. Mis pies reciben instrucciones del suelo y se alejan de los pastos marrones y quebradizos para buscar la presión de las briznas verdes que juegan con la piel callosa y le hacen cosquillas y vuelven a levantarse lentamente cuando paso. Me gusta poner mi vida en contacto con esas otras vidas, aunque solo sea por un momento.

¿Pero cómo sienten mi peso esas hierbas? ¿Cómo siente mis pasos el suelo cuando camino sobre él? A medida que surge esta pregunta empiezo a notar el descuido con el que suelo pisar, acumulando sensaciones de manera codiciosa. Mis piernas desaceleran el paso sin querer mientras la presencia sensible de la tierra parece reunirse debajo de los pies, y el suelo ya no es un soporte pasivo sino la superficie de una profundidad viva; de golpe, mis pies se sienten tocados, sienten que el suelo los está sintiendo. Mis pies van todavía más lento. Rocas planas y rocas rugosas, agujas que han soltado los pinos, arenilla que se junta entre los dedos flexionados sobre el terreno: cada zona de tierra requiere un tipo de pisada diferente que mis piernas solo descubren en el hacer. Los pies son como oídos que escuchan hacia abajo, y en ese contacto sube hacia mí un ritmo oscuro: un pulso que sosiega y profundiza el latido privado que está dentro de mi pecho.

Prueben esto cuando estén de humor: pisen la tierra sólida sin el intermediario de una suela de goma o de cuero, sin que la piel curtida de otra criatura se interponga entre su carne y la de la tierra. Noten el modo en que los pies, que presionan contra el suelo áspero, también son recibidos por ese suelo, y cómo la tierra y las briznas flexibles y erizadas indagan la piel. ¡Qué fácil es sentir que el terreno debajo de los pies es la superficie palpable de una presencia viva, y qué fácil dejar que esa profundidad sienta nuestros pasos cuando caminamos sobre ella! Miren de qué manera espontánea los pies relajan su andar para respetar a esa otredad extraña, para responder adecuadamente a la caricia y al soporte firme de esa profundidad, para evitar insultar a la tierra viva con su descuido. Una afinidad antigua, ancestral, entre el pie humano y la tierra sólida se repone en el simple acto de dar un paso afuera sin zapatos.

Claro que los zapatos son atavíos necesarios de la civilización, de una simpleza elocuente; varios de los lienzos de Vincent le rinden tributo a su humilde practicidad. Sin embargo, los usamos en exceso y así olvidamos que nuestros pies –esas manos vueltas hacia abajo en la punta de nuestras patas traseras– son órganos de percepción además de herramientas de transporte. Solo por la noche liberamos a nuestros apéndices inferiores de esas restricciones, cuando nos desatamos los cascos artificiales, los dejamos al lado de la cama y con un balanceo metemos las piernas debajo de las mantas. Solo entonces nuestros pies son libres de deambular e indagar, los dedos se regocijan entre las sábanas ondulantes, las suelas acarician la piel fresca del muslo de una pareja. Aun así, por más esencial que sea para el sustento de nuestros corazones y la perpetuación de nuestra especie, la atracción entre un cuerpo desnudo y otro no es más que el pequeño reflejo de un eros más regular e insistente entre nuestro cuerpo y la tierra.

El contacto más íntimo entre el cuerpo y la tierra se despliega no solo debajo de los pies sino a lo largo de toda la superficie porosa de la piel. La tierra no es meramente la presencia densa del suelo: es también el aire transparente que nos envuelve. El espacio entre uno mismo y un arbusto cercano no es en absoluto un vacío. Es un espacio denso de corrientes arremolinadas, cargado de polen y de las telas sedosas de las arañas, un medio inyectado de tufillos y feromonas sutiles y de otros mensajes que cabalgan el flujo invisible que compone la atmósfera de este mundo vivo. Y no solo estamos inmersos en ese medio invisible sino que participamos de él, inhalamos ese misterio por la nariz y lo llevamos a los pulmones, donde lo metamorfoseamos e intercambiamos elementos vitales por otros antes de devolverlo al mundo con el aliento. El aire que exhalamos, rico en carbono, proporciona alimento inmediato para las múltiples plantas que crecen a nuestro alrededor. Ellas, a su vez, transforman el aire a partir de la alquimia de la luz solar en materia, y lo avivan con el oxígeno del cual dependemos muchos animales. La atmósfera es un océano sutil que se genera y se rejuvenece de manera constante gracias a todas las entidades que habitan dentro de ella, un medio fluido de intercambios entre plantas y animales y rocas erosionadas.

Aunque el aire sea invisible, es bastante palpable: podemos sentir el viento que se mueve contra la cara y cabalga la curva de las orejas. Podemos sentir cómo nos tironea el pelo de la cabeza, o cómo el aire se corta alrededor de las muñecas cuando los brazos se abren camino a través de su espesor invisible. Y así como podemos sentir la velocidad relativa de su movimiento, la sequedad o humedad de su contacto, también podemos sentir que, al rozarnos, la brisa prueba nuestras cualidades, saborea la intensidad de nuestro sudor o la textura moteada de nuestra piel. Podemos sentirla centellear sobre nuestros hombros, la caricia de la brisa en los tobillos y su juego de cosquillas en la espalda cuando se desliza debajo de los faldones que se inflan. Podemos sentir cómo el aire nos envuelve y se asienta a nuestro alrededor mientras toma un molde de nuestra forma cambiante. Si accedemos a sus inquietudes y respondemos a sus variadas expediciones a lo largo de nuestra superficie, entonces nuestras acciones adquieren una nueva elegancia: la gracia que fluye de una danza constante e improvisada con el medio sensorial que nos rodea.

Así como la respiración implica una oscilación continua entre exhalar e inhalar, ofrecernos al mundo en un instante y meterlo en nuestro interior al siguiente, la percepción sensorial conlleva una reciprocidad similar, explorar el musgo con los dedos mientras sentimos que el musgo también nos toca, mirar las montañas y un momento después sentir que somos mirados, o percibidos, desde aquella distancia…


La intensidad de la primavera brota por fin de las ramas. El aroma de las flores de damasco hace que mis fosas nasales se inflamen y provocan el recuerdo vago de algún vertiginoso trance infantil; me quedo quieto, con los ojos cerrados, sorbiendo el aire dulce con la nariz.

Pero entonces me invade otro olor más oscuro que toma por asalto mis neuronas indefensas y me hace estremecer. Hace poco empecé una nueva pila de compost detrás de un enebro cercano. Cáscaras de naranja, sobras que habían quedado demasiado tiempo en la heladera, hojas de lechuga amarronadas y pasadas, restos de esto y aquello se mezclan en un rumor acre y levemente ácido que se deja llevar por la brisa. Me dirijo colina arriba y el hedor susurrante se disuelve en el aroma especiado de las agujas verdes. Un mosquito vuela cerca y luego retrocede en círculos erráticos, siguiendo una cinta de olor que lo hace aterrizar en mi manga. Lo espanto con la mano y se aleja un poco, luego empieza a rebotar como si saltara sobre una soga. Después de algunos circuitos verticales se desvía hacia abajo y se posa en el mismo antebrazo, justo al lado de mi camisa arremangada. Levanto el brazo a la altura de los ojos para mirar a esta criatura de cerca. El mosquito parece indiferente a mi mirada: ya se está sujetando de mi brazo y me perfora la piel con su larga trompa. Resisto el impulso de aplastar a este visitante molesto, consciente –por una vez– de que aquí también hay reciprocidad.

Si puedo oler el aroma penetrante de los piñones y la fermentación intensa del compost es solo porque yo también soy parte del campo olfativo: porque tengo mi propio almizcle y efluvio, mis propias emanaciones químicas, que cualquier mosquito puede captar y rastrear hasta dar con mi piel. Y como también me deleito en probar los sabores del mundo –ya que puedo masticar y tragar las hojas de cilantro y perejil de nuestro jardín y saborear la corteza agria del pan de aceitunas que se enfría en la cocina– sé bien que yo también debo tener mis propios gustos, mis sabores deliciosos, mi acidez y mi amargor, mis regustos oscuros.

Como ser omnívoro, comedor de la carne de las plantas y los diversos animales, dispuesto a probar casi cualquier cosa –y de ese modo, hermanado en mi curiosidad cognitiva con la mayoría de los omnívoros: oso, cuervo y mapache–, me encuentro implicado en una gran economía del don, en la que cada vida participa de otras vidas y se ofrece a sí misma a cambio. No importa el afán con el que los humanos nos esforcemos por librarnos de esa economía (ya sea que nos disociemos de nuestro cuerpo animal, o tratemos de erradicar cada enfermedad a la que somos susceptibles, o sellemos nuestros restos en ataúdes revestidos de plomo), no podemos escapar de nuestra participación en los ciclos de intercambio. Ingerimos el alimento de la tierra no solo a través de los ojos y los oídos sino también con nuestras bocas hambrientas, masticando hojas, semillas y músculos con los dientes, humedeciéndolos con la saliva y tragándolos para llevarlos hasta las profundidades, donde incorporamos la carne del mundo a la nuestra; y eso solo puede ser así porque nosotros también somos comestibles. Porque nosotros también somos comida.

Observo cómo el abdomen del mosquito se hincha con mi sangre. Innumerables veces he aplastado mosquitos sobre mi brazo o los he espantado con furia. Pero hoy simplemente miro, humilde, avergonzado de poder ofrecer solo este pequeño sorbo de mi sangre a cambio del abundante sustento que obtengo de la biósfera y, sin embargo, contento de confirmar mi pertenencia a la gran red de la interdependencia, como comensal y como comida.


Podemos percibir el mundo a nuestro alrededor solo porque somos una parte de ese mundo, porque –en virtud de nuestro dinamismo y densidad carnal– estamos inmersos por completo en las profundidades de la sensorialidad terrestre. Podemos sentir las texturas tangibles, los sonidos y las formas de la biósfera porque somos tangibles, resonantes, formas audibles por derecho propio. Nacemos de esas mismas aguas, de ese mismo aire, de ese terreno arcilloso, de esa luz del sol. Nutridos y alimentados por la sustancia de la tierra viva, somos carne de su carne. No somos ni puro espíritu ni pura mente, sino cuerpos sensibles y sentientes capaces de ser vistos, oídos, saboreados y tocados por los seres que nos rodean.

Hay modos de hablar que honran esa consanguinidad, y así incentivan y aumentan la reciprocidad entre el animal humano y la tierra más que humana. Pero también hay modos de hablar que niegan esa cordialidad de manera implícita, estilos de habla que reprimen la participación espontánea y el intercambio entre nuestros sentidos y la topografía sensorial.

El discurso común acerca de los «objetos» y los procesos objetivos, por ejemplo, nos mantiene firmemente alejados de la tierra que nos sustenta. Nos obliga a desvincularnos de nuestros sentidos corporales y a ver este mundo salvaje y nutricio como si fuésemos espectadores distantes que lo observan desde afuera. Cuando, de manera acrítica, aludimos a la naturaleza material como una serie de objetos inertes, o incluso como un puñado de procesos determinados y mecánicos, bloqueamos la interacción perceptual entre nosotros y nuestro entorno. Negamos el encuentro con los arroyos, los bancos de niebla y las rocas que captan nuestra atención solo porque ocultan diversos aspectos de sí mismos a nuestra comprensión inmediata, y llaman así a nuestros cuerpos a un intercambio fluido. Cuando hablo del álamo temblón o de la saliente de granito como de objetos determinados, empujo hacia mi inconsciente la experiencia directa de los árboles y las formaciones rocosas, y contradigo a la conciencia carnal que tengo de ellos en cuanto seres ambiguos, con sus propios modos de influenciar el espacio a su alrededor, y de influenciarme a mí. Contradigo la sensación que tengo de la luna como un poder viviente.

Así, hablar de la naturaleza circundante en términos deterministas y mecánicos, o incluso al escribir sobre el medioambiente de una manera puramente funcional, como el «sistema de soporte de la vida humana», quebranta y acorta la cordialidad entre nuestro cuerpo animal y la tierra animada. Suprime la vida espontánea de los sentidos. Nuestros ojos se vuelven opacos, nuestros oídos se vuelven sordos al lenguaje de las ranas arbóreas y las articulaciones de la lluvia. Lo que decimos tiene un efecto tan profundo sobre lo que vemos, oímos e incluso saboreamos del mundo…

Cuando era estudiante de secundaria, en los años setenta, el profesor de física me dejó muy impresionado. Era un tipo relajado que, sentado sobre el escritorio al frente de la clase, nos contó con los ojos muy abiertos que la aparente solidez y palpabilidad de ese escritorio no era más que una ilusión, ya que, en verdad, estaba constituido casi enteramente por espacio vacío: vastas extensiones de vacío atravesadas por diversas partículas infinitesimales que giraban enloquecidas. No pude evitar preguntarme cómo era entonces que ese mueble lo mantenía suspendido a un metro del suelo del aula. Levanté la mano y la moví de lado a lado para llamar su atención:

–¿Pero entonces cómo no se cae al suelo?

–Porque también mi cuerpo –anunció– es solo un montón de espacio vacío lleno de partículas.

Pero eso no explicaba nada acerca de por qué su aparente volumen igual parecía estar siendo sostenido por la mesa de madera, por qué, por ejemplo, su carne vacía e ilusoria no se hundía y se fundía con el vacío de esa mesa, o por qué él y la mesa no se fundían con el vacío del suelo. Lo único que explicaba era por qué yo tenía que dejar de confiar en mis sentidos y aceptar que la dimensión abstracta de las partículas subatómicas –el esotérico mundo de los electrones, gluones y quarks– era un mundo más real, más verdadero que el que revelaban mis sentidos corporales. Por varios días vagué en un estado de deslumbramiento intelectual, consciente por primera vez de que todo lo que veían mis ojos era solo una ilusión, entusiasmado por ser el único, entre todos los ciudadanos que caminaban conmigo por la vereda, que conocía esa verdad oculta. O al menos el único que conocía a alguien que la conocía.

O que decía conocerla. De a poco, en el curso de varias semanas, descubrí que una cierta confianza provisional en la evidencia de los sentidos era absolutamente necesaria para realizar las tareas más simples, como caminar a la escuela o moverse por las orillas cubiertas de vegetación del lecho del río detrás del campo de béisbol. Sin embargo, la exploración de ese arroyo ya no me fascinaba tanto como unas semanas atrás. Si el mundo visible era de verdad un efecto ilusorio de eventos más reales que tenían lugar en el mundo subatómico, entonces no podía aprender nada significativo mirando a los insectos patinadores o escuchando el canturreo sincopado de las ranas. Si quería saber cualquier cosa que fuera realmente real tenía que volverme aprendiz de los científicos versados en esa dimensión oculta, cuyo acceso a los instrumentos de alta precisión los habilitaba a mirar detrás del mundo perceptible y vislumbrar su origen.

Empecé a leer frenéticamente sobre el arcano mundo de la física cuántica, tratando de averiguar todo lo que podía. Al principio estaba fascinado, pero enseguida me desanimé. Pasaba todo mi tiempo libre encorvado sobre artículos que fotocopiaba de revistas científicas en la Xerox chirriante del fondo de la biblioteca, y mis músculos no estaban contentos. Aumentó la prescripción de mis anteojos, y mi piel se preguntaba qué había pasado con el viento que solía explotarme junto a la cara cuando andaba en bicicleta por los callejones y los bosques angostos de los suburbios de Long Island. No cabía duda de que el viento seguía allí, pero yo no; yo estaba inmerso en mis libros, tratando de descifrar un lenguaje que no tenía nada que ver, que yo supiera, con el arroyo que borboteaba sobre las rocas o los ojos luminosos de una rana mugidora medio sumergida. Realmente extrañaba a esas ranas. ¿Y qué si no podía tener acceso al mundo subatómico y sus verdades últimas? Pronto me di cuenta de que era biología lo que yo tenía que estudiar.

Al año siguiente me entregué con entusiasmo a la biología. Esta era la ciencia para alguien como yo, un chico tímido y soñador que se sentía muy a gusto sobre una rama alta en el patio, escuchando el silbido líquido de los pájaros del lugar, tratando de entender de qué estaban hablando… Me gustaba estar otra vez en el mismo mundo que los arrendajos y las ardillas. Al principio me sorprendió que la biología se enseñara solo en interiores, en aulas de tipo laboratorio; pero me aseguré un asiento cerca de la ventana y, durante las clases, cuando mi atención divagaba, me sentía menos culpable que en las otras materias. Como esto era biología, me sentía más justificado mirando el abdomen de un escarabajo que escalaba al otro lado del vidrio, o a una pareja de golondrinas comunes que giraban y bajaban en picada detrás del reflejo del profesor.

Pero entonces, un mes y medio después de empezado el semestre, el señor Warasila anunció que la semana siguiente íbamos a diseccionar ranas.

–Mm, ¿de dónde van a salir las ranas? –le pregunté después de clase. Me dijo que las enviaban con el expreso propósito de ser diseccionadas.

–¿Está seguro de que no son de por aquí? –le pregunté.

–Segurísimo.

Muy bien. Ni bien terminó la clase corrí por el campo, esquivé algunos árboles bajos y me senté junto al arroyo menguante. Quería consultar a las ranas del lugar sobre esta nueva situación. Recuerdo que estuve ahí sentado un largo tiempo, pero no apareció ninguna de esas criaturas de ojos grandes. Hasta que mucho más tarde, al anochecer, escuché primero una rana, después otra, pero no había luz suficiente como para localizarlas con la mirada. Así que me quedé ahí sentado y empecé a hablarles, les pregunté si les parecía bien que diseccionara a otras ranas en clase. Cada vez que empezaba a hablar, ellas se callaban, y cuando yo terminaba había una larga pausa, como si estuvieran pensando qué decir, y entonces empezaban a croar de nuevo. Sabía muy bien que no estaban respondiendo a lo que yo decía, pero tenía el ritmo de una conversación, así que escuchaba atento su clamor resonante y luego intervenía y trataba de justificar lo que iba a hacer la semana siguiente en el laboratorio; ellas se callaban una vez más ante el sonido de mi voz, y así estuvimos cuchicheando un buen rato. Supongo que terminé sintiendo que quizás estaba bien diseccionar a alguno de sus parientes lejanos ya que era necesario para poder aprender la Verdad acerca del mundo.

Sin embargo, el semestre siguiente, nuestra clase de biología se empezó a enfocar en la base molecular de la herencia. Fue entonces cuando aprendí una parte crucial de la Verdad: que no solo la estructura anatómica sino incluso el comportamiento de todos esos animales estaba «programado en sus genes».

¡Programado! A medida que decantaba, este conocimiento reverberó en mi propio organismo transformando mi experiencia del mundo orgánico. Esa primavera, cuando se derritieron las últimas nieves, muchas menos aves cantoras vinieron a posarse en las ramas del jardín trasero. Las primaveras anteriores habían traído una abundancia de voces de aves que burbujeaban de aquí para allá entre los árboles y los setos; ahora parecía haber poco y nada de esa cháchara. Hasta que un fin de semana, sentado en la escalera de entrada, mirando alrededor, me di cuenta de golpe de que había muchísimos pájaros dando vueltas, pero que yo ya no los notaba, y me costaba mucho oírlos o concentrarme en sus vocalizaciones. El canto de los zorzales, los chillidos locos de los cardenales y los mirlos y otros alados que antes me tenían absorto de fascinación habían empezado a desvanecerse de mi conciencia… Era como si mis oídos se estuviesen volviendo insensibles a todas esas voces no humanas. Mi atención auditiva ya no se relacionaba con esos sonidos diferentes, mi escucha no quedaba cautivada por lo que fuera que dijesen esos pájaros, precisamente porque, según mi nuevo y mejorado entendimiento, ya no decían nada en absoluto. Su habla no era más que sonido automático: «programado», por decirlo de algún modo. Claro que algunos de esos sonidos repetidos eran lo suficientemente agradables como para prestarles atención por un rato (como música de fondo que suena en la radio). Pero como yo había definido y así eliminado toda la creatividad y el significado de esas voces, como ya no había nada que fuera dicho de manera activa por esas aves, mis oídos encontraban poco agarre en esos sonidos; ninguna apertura enigmática, ninguna otredad cautivaba mi escucha. Y así, esos llamados aviares se desvanecieron muy pronto en el trasfondo de una vida cada vez más enfocada en preocupaciones puramente humanas.

Como ya no estaba envuelto en un mundo de múltiples voces, tan vivas y misteriosas como mi propio ser sensible, mis sentidos animales se empezaron a apagar. Mis ojos ya no quedaban deslumbrados por los escarabajos turquesas que escalaban los pastos al costado de las vías de tren, o por el aplomo de la garza en el pantano cercano. Ahora, cuando reflexiono sobre eso, siento como si mi piel se hubiese vuelto menos porosa, menos permeable a la vida abundante que me rodeaba a medida que mi ser consciente retiró poco a poco su participación de la naturaleza sensorial y empezó a vivir cada vez más en un cúmulo de embriagadoras abstracciones.

Esta retirada de la experiencia directa se aceleró en la universidad. Los sentidos humanos, tal como nos enseñaban en las clases de ciencias, eran engañosos. No había que confiar en ellos: la realidad genuina de las cosas era inaccesible a nuestros sentidos desnudos. La verdad real estaba siempre oculta detrás de escena, ya fuera encerrada dentro del cráneo (en esa dimensión de neuronas y neurotransmisores que al parecer determina toda nuestra experiencia) o escondida dentro del núcleo de nuestras células (en el reino molecular de las secuencias de nucleótidos, o genes, que por lo visto generan todos nuestros extraños comportamientos), o bien dentro del pequeñísimo mundo de los electrones, neutrones y quarks, o en esa dimensión –cuya distancia en tiempo y espacio es inconcebible– en la que el cosmos emergió del Big Bang primordial. El mundo accesible a nuestros sentidos, el mundo visible de las colinas y la lluvia y las bandadas de pájaros empezó a parecer una dimensión secundaria, un gran campo ilusorio de apariencias a la espera de que la mente humana las penetre y disipe. La naturaleza animada que revelaban nuestros sentidos ya no era fundamental; de ahí que muy pocas personas parecieran preocupadas por la rápida destrucción de las selvas y los humedales, o la extinción acelerada de las diversas criaturas. La naturaleza observable era una realidad derivada, un reino útil por sus recursos extraíbles o un vertedero para los residuos tóxicos del progreso humano, pero no valía la pena preocuparse por eso ya que podíamos replicar lo que quisiéramos de este campo con nuestras tecnologías virtuales, y pronto diseñaríamos el resto de la naturaleza usando empalmes genéticos y nanotecnología para satisfacer nuestros deseos.

Esa era la atmósfera embriagadora en la que mis compañeros estudiantes de medicina y yo estábamos inmersos. En aquel momento, pocos de nosotros entendíamos que todos esos sueños tecnológicos –al igual que las dimensiones abstractas que yacían detrás, más allá o debajo del entorno aparente– seguían estando secretamente arraigados en el mundo de la experiencia directa, y por ende dependían de nuestros encuentros cotidianos con la tierra cercana. No sospechábamos que nuestra conciencia instintiva de los vientos, las aguas y la tierra bajo los pies proveían la base necesaria para todas esas abstracciones y eran la única garantía de su coherencia. Solo ahora, cuando nos encontramos con que severas fluctuaciones del clima amenazan nuestras vidas y nuestros laboratorios de alta tecnología, cuando las costas desaparecen, colapsan las redes de alimentos y nos damos cuenta de que nuestros hijos no estarán exentos de la violencia que nuestro «progreso» avasallante ha infligido sobre la tierra, solo ahora nos damos cuenta de que todas nuestras utopías y sueños tecnológicos de una inmortalidad mediada por máquinas quizás estimulen nuestras mentes pero no pueden alimentar nuestros cuerpos. De hecho, la mayoría de estas visiones tecnológicas trascendentes siguen estando motivadas por un miedo al cuerpo y sus múltiples susceptibilidades, por un miedo a nuestro involucramiento carnal en un mundo que, en última instancia, está más allá de nuestro control… por nuestro terror a la misma naturaleza salvaje que nos nutre y nos sustenta. Reconocer ese alimento, despertar al don constante de ese sustento salvaje, implica que nos ofrezcamos a nosotros mismos a cambio. Implica que aceptemos el difícil misterio de nuestra mortalidad carnal, que aceptemos que somos criaturas corporales que tienen que morir para que otros se alimenten. Pero es eso lo que no podemos tolerar. Las sombras nos asustan demasiado. No podemos soportar nuestra vulnerabilidad, nuestra dependencia total de un mundo que puede devorarnos. La humanidad moderna, con todo su vasto poder analítico e inventivo, está paralizada por el miedo a su propia animalidad y a la tierra animada que nos sustenta.


Es así como esas maneras de hablar que se refieren a la naturaleza solo como un conjunto de objetos determinados y procesos aleatorios o mecánicos nos aíslan gradualmente de nuestros sentidos y del entorno sensorial. Profundizan la distancia y la oposición entre nosotros y los pastos, entre nuestras reflexiones conscientes y las ráfagas de viento que doblan esos pastos y a veces los quiebran.

Y sin embargo hay otros estilos de discurso que estimulan los sentidos y los sacan de su letargo, otros modos de hablar que pueden resucitar la solidaridad olvidada entre el animal humano y la tierra animada. Palabras y frases que respetan la gran incognoscibilidad de las cosas, es decir, no solo de las otras personas sino también de las tortugas, del polen de enebro y el desarrollo mutable de una tormenta; modos de hablar que atribuyen una cierta enigmática otredad, o incerteza, incluso a las astas perdidas, a las sillas mecedoras y a las bombitas de luz encendidas que nos sobresaltan con su parpadeo; a la luna, por supuesto, pero también a los ríos menguantes, a las bicicletas bien hechas, e incluso a las palabras mismas. Ese es el tipo de habla que despierta nuestra piel y nos llama a entrar de nuevo en el cuerpo del mundo.

Pueden trazarse infinitas distinciones entre los fenómenos palpables de este mundo; aun así, cada presencia particular participa del mismo misterio común: el inconmensurable surgimiento de la existencia misma. Cada cosa expresa este misterio a su manera y estilo, pero cada cosa es igualmente escandalosa, un puñado de tierra no lo es menos que un oso pardo con sus intimidantes rugidos: cada uno lleva adelante su propio camino tenue e improvisado en el mundo, cada uno brinda sus propios ritmos al tumulto de la vida que lo rodea. Cada soplo de viento, cada nota que resuena en la campana de la torre, cada paso desarticulado de un insecto patinador sobre la superficie de la corriente obra su propia y sutil influencia sobre los seres que lo rodean. Solo existir, o seguir existiendo, es ya algo activo –es un hacer– y por ende ningún fenómeno es del todo pasivo, carente de eficacia o influencia. Dejar que esa influencia entre en nuestra habla, afirmar el dinamismo único de las diversas entidades que encontramos a lo largo del día, reconocer que cualquier cosa que capta nuestra atención tiene su propia agencia, o vida: ese modo de hablar empieza inevitablemente a abrir nuestros sentidos reprimidos.

¿Por qué es así? ¿Por qué ese modo animista de hablar –que presupone cierta módica creatividad incluso en el más obstinado de los fenómenos, y por lo tanto habla de las cosas no como meros objetos sino como sujetos animados, como poderes vivos por derecho propio–, por qué ese modo de hablar renueva y rejuvenece nuestros sentidos corporales?

Primero, porque abre la posibilidad de interacción e intercambio, permitiendo que empiece a circular una reciprocidad entre nuestros cuerpos y la tierra viva. Si hablamos de las cosas como objetos inertes o inanimados, negamos su habilidad para relacionarse de modo activo e interactuar con nosotros; clausuramos su capacidad para corresponder a nuestras atenciones, para suscitar en nosotros un diálogo silencioso, para informarnos e instruirnos. Tan pronto como les concedemos a las cosas su propia apertura y otredad enigmática, nuestros cuerpos que sienten se ven abordados, confrontados, masajeados y atrapados por una hueste de carismáticos poderes que compiten entre sí por nuestra atención. De pronto nos vemos rodeados por una multitud de seres seductores, algunos tímidos y otros desvergonzados, y cada uno incita la imaginación de nuestros ojos o la curiosidad de nuestros oídos, y así persuaden a nuestros sentidos a participar de una nueva cordialidad con la tierra cercana.

Segundo, ese lenguaje hace evidente la consanguinidad entre nosotros y el terreno circundante al invocar la continuidad entre nuestras vidas y la vitalidad de la tierra misma. Implica que la creatividad que encontramos dentro de nosotros tiene su correlato en el cosmos que nos rodea, y, también, que la relativa obstinación y solidez que asociamos con las cosas tiene su correlato en el peso y la inercia de nuestras propias vidas, en la densidad de nuestra carne y la intransigencia de nuestros hábitos. Al insinuar que cada montaña, cada nube, cada lobo o roble o panal de abejas es una variante distante de nuestro propio pulso y textura y, a la inversa, que nuestro organismo sentiente es en sí mismo una variante de esas cosas –una intensificación o fluctuación dentro de la carne sensible del mundo–, ese modo de hablar vuelve a situar al intelecto humano dentro del cosmos sensorial. Subvierte el largo aislamiento del ser pensante con respecto al mundo de la percepción sobre el cual reflexiona, y sugiere que nosotros y el entorno sensorial estamos hechos de la misma trama, que estamos, en efecto, entrelazados de manera palpable con todo lo que vemos, oímos y tocamos: que somos por completo una parte de la biósfera viva.

Tercero, al describir las infinitas cosas como seres en desarrollo, seres animados, volvemos a alinear nuestro lenguaje con la naturaleza ambigua y provisoria de la experiencia sensorial, con el hecho de que nunca percibimos ninguna entidad entera sino que solo nos topamos con aspectos parciales de acuerdo al ángulo o al ánimo con el que nos acercamos a ellas. Podemos conceptualizar los acantilados erosionados y los hongos políporos como fenómenos determinados, como presencias fijas y acabadas que descansan completas en sí mismas, pero nunca podemos percibirlas en efecto como tales. No podemos experimentar ninguna entidad en su totalidad porque no somos mentes puras e incorpóreas sino cuerpos palpables con nuestros propios límites y opacidades. Estamos en el mundo y somos parte del mundo, estamos materialmente incrustados en el mismo campo mojado por la lluvia que habitan las rocas y los cuervos, y por eso podemos llegar al conocimiento solo de modo lateral, cruzándonos en el camino con otras entidades y a veces permaneciendo, respondiendo al brillo de alguna cosa o a su frialdad distante, familiarizándonos poco a poco con su tenor y estilo característico, con la manera única que tiene de resistir nuestras suposiciones. En ese sentido, todo nuestro conocimiento es conocimiento carnal, nacido del encuentro entre nuestra carne y el paisaje cacofónico que habitamos. En verdad conocemos las cosas de este mundo no como objetos determinados sino más bien como personas cercanas y extrañas, como familiares de confianza y como vecinos fastidiosos, como aliados, ovejas negras y camaradas temperamentales y peligrosos. Algunas, como el cielo nocturno, incitan en mí un asombro y un silencio estupefacto. A otras, como mi casa, suelo subestimarlas, aunque me da cobijo y guarda mi cepillo de dientes. E incluso hay otras, como las páginas del manuscrito que voy escribiendo lentamente, que son a la vez atractivas e inescrutables: no sé si su aparente frialdad se debe a que me desprecian o a que son tímidas, si tengo que acercarme a ellas o mantener la distancia. Todos estos seres participan, al igual que yo, de la emergencia continua de lo real. Ninguno de ellos, en mi experiencia directa, es del todo inerte o inanimado.


¿O sí? ¿Qué pasa con la espátula de plástico en la pileta de la cocina, o el formulario anual de impuestos que todavía nos falta llenar, o la computadora que descansa, desenchufada, junto a la pared? Es decir, aceptémoslo: esa computadora no está durmiendo realmente, solo está apagada y, por lo tanto, no está computando; por el momento no funciona en absoluto salvo como un pisapapeles caro, con todos sus circuitos complejos y compactos inmovilizados y… bueno, inertes. Solo está ahí, una masa de ingenioso diseño de plástico y silicona que nunca podría haber sido construida de no ser por el frío desapego de la mente analítica con su propensión a alejarse del mundo, a buscar mecanismos subyacentes, a objetivar y componer las cosas. Una comprensión del mundo en términos analíticos y objetivos es parte integral de nuestra realidad; hoy ha llegado a ser parte de muchos de los artefactos que usamos y muchas de las instituciones de las que dependemos. Por lo tanto, parece poco probable que la actitud desapegada, objetiva, hacia las cosas y los procesos de este planeta vaya a disiparse pronto.

Y en cualquier caso, ¿por qué habría de disiparse? Pensemos en todos los asombrosos conocimientos y capacidades que esta actitud nos ha brindado: la tabla periódica de los elementos, el poder de transportarnos rápido e incluso de volar, las comunicaciones instantáneas con casi cualquier sitio del planeta… No solo se trata de tecnologías que atontan la mente o agotan la tierra sino de muchas otras que nos sostienen: la conquista de enfermedades debilitantes, la biorremediación de toxinas, sofisticados motores solares o eólicos, mi bicicleta de dieciocho cambios… ¿No hay entonces algo bueno y valioso en nuestra comprensión objetiva de la naturaleza y en los muchos conocimientos que hemos obtenido con esa perspectiva, en los múltiples eventos y explicaciones que cosechamos gracias a la práctica cuidadosa de nuestras ciencias?

¡Claro que sí! Nada de lo que escribo en estas páginas tiene la intención de desdeñar los elegantes descubrimientos revelados por nuestras ciencias, ni los estados mentales objetivos necesarios para llegar a esos conocimientos. Solo quiero señalar que la actitud desapegada propia de la ciencia depende de una reciprocidad más visceral entre el organismo humano y su mundo. Es esa participación primordial y continua la que poco a poco ha ido moldeando los ojos brillantes con los que hoy vemos las luces y las sombras de esta esfera, y también nuestros oídos, capaces de detectar un amplio rango de sonidos vitales para la vida humana mientras permanecen, a la vez, indiferentes a muchos otros. Ese coito inmemorial entre el cuerpo y la tierra –esa coevolución– ha dado forma a los órganos y tejidos de cada organismo terrestre, ha profundizado el color de nuestras plumas y el poder de nuestras garras, intensificado el amargor de nuestras hojas y vestido nuestras semillas con velas de algodón para que puedan volar lejos con los vientos del verano.

Quizás la práctica de la ciencia puede permitirnos a nosotros, los humanos, salirnos de vez en cuando de nuestra implicación en el intercambio coevolucionario, pero nuestra participación en el resto del paisaje animado ha dado forma a los ojos con los que ahora miramos nuestros microscopios, a la inteligencia misma que hoy analiza los datos.

Las intrépidas investigaciones de nuestras ciencias han producido una serie de conocimientos que, si se interpretan de manera correcta, pueden ser beneficiosos no solo para la humanidad sino para toda la biósfera. Para alcanzar esos conocimientos, sin embargo, nuestros científicos han tenido que simular una visión del mundo desde la perspectiva de Dios, asumir una perspectiva desapegada y distante, hacer de cuenta, durante el transcurso de su investigación, que ellos mismos no estaban involucrados en la misma naturaleza que estudiaban. En el curso de cada experimento, el científico acepta necesariamente esa ficción útil, hace de cuenta que su intelecto observador puede, de alguna manera, liberarse de su arraigo carnal coevolucionado dentro del meollo de la vida terrenal. Asume que su intelecto puede liberarse de los sesgos físicos y de las propensiones inconscientes de su especie particular para observar lo que sucede como un espectador no comprometido, como una racionalidad objetiva, una mente pura.

Como postura temporal y provisoria, la suposición de una objetividad pura ha sido inmensamente fructífera; ha dado como resultado una enorme cantidad de evidencias útiles. Pero mientras que el practicante individual de una ciencia debe a fin de cuentas volver a su vida cotidiana como participante en el mundo terrestre que estudia, la jerga en la que se expresan sus descubrimientos permanece en el modo desapegado y distante. Es decir, los conocimientos que se derivaron de la experimentación quedan preservados en el discurso abstracto necesario para comunicar esos conocimientos a otros investigadores que fingen el mismo estado mental separado o cercenado. Rara vez se hace alguna traducción clara desde esa pose de racionalidad pura e incorpórea a un lenguaje apropiado para nuestro compromiso vivo y nuestra relación con la vida que nos rodea.

Cualquier traducción de ese tipo necesitaría expresar los conocimientos de una manera accesible a la experiencia sensible, corporal. Y, más importante aún, necesitaría corregir las distorsiones que la pretensión de una perspectiva desencarnada, o un punto de vista desde ningún lugar, induce en la interpretación de los datos en bruto.

Como esa traducción no está disponible (cada investigación científica se construye sobre la base de investigaciones previas sin traducir los resultados de esos estudios al lenguaje de la experiencia directa), nuestras diversas ciencias van construyendo una multitud de mundos abstractos, una multiplicidad de dimensiones arcanas ocultas detrás o más allá o debajo del mundo de la experiencia. Son las dimensiones cuánticas exploradas por la física de altas energías, o el reino de las secuencias de genes que se marcan a lo largo de las hebras de adn, plegadas y acurrucadas dentro de los núcleos de nuestras células, y también los embrollados bosques de axones y dendritas que están detrás de nuestra frente, o incluso los precintos supervastos de agujeros negros y cúmulos galácticos. Estos reinos recónditos están en gran parte ocultos a nuestra experiencia directa, y por eso tenemos que confiar en los expertos para que medien e interpreten las materias profundas que se encuentran allí. Se supone cada vez más que esas dimensiones trascendentes contienen las verdades fundamentales que al parecer causan, «codifican» o explican el mundo ambiguo e incierto de nuestra experiencia directa. La búsqueda de la verdad última permanece enfocada en estas dimensiones teóricas inaccesibles a nuestros sentidos desnudos; como resultado, muchos de nosotros asumimos que esos reinos teóricos son más verdaderos, más fundamentales, más reales que este mundo palpable que experimentamos con nuestros cuerpos vivos.

Pero esa suposición –esa tendencia a explicar el mundo vivido a partir de referencias a dimensiones ocultas debajo, detrás o más allá del mundo– en realidad invierte el estado demostrable de las cosas. Ni siquiera los científicos más brillantes tienen una experiencia continua de esas otras dimensiones; de hecho, la experiencia directa acerca de esos reinos es necesariamente fragmentaria e incompleta. La ciencia se topa con esas escalas extrañas de existencia solo por medio de instrumentos especializados y, en general, por unos breves instantes –durante experimentos muy estructurados–, cuando tales instrumentos registran reacciones particulares o mediciones específicas. Es así como nuestros científicos tienen que llenar los blancos entre vistazos fragmentarios para iluminar algún sentido de cómo funcionan realmente esos mundos escondidos: cómo están contenidos los «quarks» dentro de un protón o un neutrón; cómo influyen los tramos particulares de adn en otros tramos del mismo cromosoma; cómo la red neuronal de axones y dendritas interactúa todo el tiempo consigo misma; cómo los agujeros negros retuercen el tejido del espacio-tiempo. Nuestros expertos construyen una imagen hipotética de lo que se despliega en esas otras escalas extrapolando sus descubrimientos fragmentarios y llenando con creatividad los huecos entre ellos. Sin embargo, la manera que tienen de llenar esas vastas lagunas en los datos empíricos está inevitablemente moldeada por intuiciones, expectativas, inclinaciones y hábitos perceptivos tomados de su relación continua (y subestimada) con el único terreno que habitan con sus cuerpos animales: este cosmos terrenal y enigmático de tierra, viento y lluvia con el que sus sentidos se topan en el día a día de su vida cotidiana.

Cada imagen coherente que tenemos de esas otras dimensiones de la realidad, en apariencia más objetivas, está entonces secretamente enraizada en el terreno ambiguo y siempre cambiante de nuestra experiencia ordinaria. Todo lo que hemos llegado a creer acerca de esas escalas de la realidad, al parecer, más fundamentales, depende de manera tácita de nuestra relación diaria con el mundo en esta escala: la escala de la existencia a la que están sintonizados nuestros sentidos animales. En la amplitud de nuestra experiencia corporal, las entidades con las que se encuentran nuestros sentidos no son quarks y protones sino zarzas y hongos y laderas que se van erosionando poco a poco; no son pares de adn ni sinapsis neuronales sino niños, pájaros carpinteros y el sonido distante de un trueno. Aunque a menudo tratamos de explicar este mundo ambiguo apelando a esos reinos más matemáticos que se esconden detrás del entorno perceptible, en última instancia es nuestra relación continua con la tierra caprichosa lo que contiene la clave de todos esos otros mundos, abstractos y provisorios.

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Дата выхода на Литрес:
23 октября 2025
Объем:
442 стр. 5 иллюстраций
ISBN:
9789874063953
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