Читать книгу: «Un heredero y un escándalo»

Шрифт:


Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2017 Dani Collins

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Un heredero y un escándalo, n.º 176 - mayo 2021

Título original: Prince’s Son of Scandal

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-1375-393-5

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

Seis meses antes…

CUANDO el recepcionista que estaba en la puerta del salón de baile le preguntó su nombre, Trella Sauveterre estuvo a punto de contestarle, con arrogancia, que ya lo sabía.

Se mordió la lengua porque su hermana no era nunca hiriente con los desconocidos y mucho menos con los subordinados. Su gemela era perfectamente capaz de ser implacable y seguramente le dijera cuatro cosas cuando se enterara de lo que estaba haciendo, pero Angelique era sensible, empática, delicada y amable.

Ella, no tanto.

–Angelique Sauveterre –mintió Trella esbozando la sonrisa tímida y cortés de su hermana.

Debería sentir más remordimiento, debería sentirse como un tópico manoseado de una película infantil, pero se sentía viva… y temerosa. El terror podía adueñarse de ella si se adentraba demasiado. Era como nadar hacia el centro de un lago de profundidad desconocida. Era imposible saber los peligros que acechaban en la oscuridad. Existían los monstruos y los había conocido, casi habían acabado con ella.

Sin embargo, no iba a pensar en eso.

Su aspecto exterior no reflejaba los latidos desbocados de su corazón ni las batallas que libraba por dentro. Se movía con elegancia aunque tenía los músculos agarrotados y anhelaban salir corriendo

Sin embargo, a pesar del miedo, se sentía rebosante de felicidad. Le costaba contener las lágrimas en los ojos y la risa en la garganta. Quería llamar a su familia y exclamar que estaba consiguiéndolo, que estaba en público y sola, que no estaba descomponiéndose como un vampiro a la luz de sol.

No obstante, no sabían dónde estaba y era mejor que no lo supieran. Era como si se asomara a una ventana a la que debería haberse asomado cuando era adolescente, pero, en cambio, había sido una superviviente maltrecha, con desórdenes alimenticios y cicatrices por todos lados.

Si toda esa gente supiera…

Dejó a un lado esos pensamientos negativos y se movió como una persona normal entre la multitud. La miraban, constataban que Angelique Sauveterre había llegado, pero su guardaespaldas impedía que se le acercara alguien.

Devolvió, con el mismo gesto distante de su hermana, el saludo de algunas personas que, seguramente, debería conocer.

Dentro de unas semanas, podría salir como Trella sin tener que ocultar nada. Ya no habría muros, ni físicos ni metafóricos. Ya no necesitaría los anchos hombros de sus hermanos. Ya no tendría que fingir que era su hermana para evitar ser ella misma. Había decidido, se había jurado, que ese año se liberaría de la prisión que se había creado ella misma.

Por el momento, seguía escondiéndose detrás de Angelique. Últimamente se había hecho pasar algunas veces por su hermana, con su permiso. Había acompañado a su hermano Henri a ver una carrera de Ramón, su otro hermano. También habían ido a ver el desfile de otro diseñador durante la semana de la moda. Eran acontecimientos donde era una mera espectadora y no tenía que tratar con nadie, y donde ya habían visto antes a Angelique con alguno de sus hermanos.

Ella jamás había estado sola en público. No había hecho casi nada sola en toda su vida. De pequeñas, Angelique, Geli para la familia, había sido la más apocada y ella la protectora. Sus hermanos no les habían dejado ni respirar incluso antes de que secuestraran a Trella cuando tenía nueve años, siempre habían estado vigilantes para que no les pasara nada ni se alejaran demasiado.

Tragó saliva y dejó de pensar en eso. Solo conseguiría que le diera un ataque y estaba haciéndolo muy bien, ya hacía dos años que no le daba ninguno.

Los ataques habían aparecido años después de que la rescataran.

Sus hermanos no lo dirían nunca, pero tenían que estar hartos de estar pendientes de ella… y ella estaba harta de ser el eslabón más débil. Tenía que cambiar. Esa noche era un paso más en esa dirección. La prensa enloquecería dentro de unas semanas, cuando por fin saliera de su reclusión para asistir a la boda de una amiga. Estaba poniéndose a prueba un poco impulsivamente porque ese acto benéfico no estaba en su agenda cuando llegó a París.

Se había sentido desbordante de orgullo consigo misma cuando aterrizó. Había viajado desde el refugio familiar en España en avión privado y con guardaespaldas, como siempre, pero sin su madre ni ningún hermano… y había llevado esa independencia recién encontrada al nivel siguiente.

Por eso, cuando Geli le había preguntado, con indecisión, si podía irse a Londres a pasar un fin de semana con su nuevo amante, ella le había contestado que naturalmente. Su hermana no había podido disimular la emoción cuando le había hablado del príncipe Kasim. Evidentemente, era alguien especial.

Ella quería que su hermana fuese feliz y quería dejar de coartarla. Pasar la noche sola en el piso que tenían encima de Maison des Jumeaux, su casa de modas, le había parecido una alegría más que sumar a la de haber superado los miedos.

Sin embargo, a medida que avanzaba la tarde, había empezado a dar vueltas por el piso identificándose con su hermana y sintiendo lástima por sí misma, la añoranza se había adueñado de ella.

¿Alguna vez tendría una aventura romántica? Su sentimientos hacía los hombres eran contrapuestos. A los catorce años, había tenido el natural arrebato de hormonas e, incluso, se había abrazado con el hijo del jardinero detrás de un rosal. Entonces, había muerto su padre y los depredadores más ruines habían surgido en Internet para amenazarla de la forma más atroz. Su miedo hacia los hombres, hacia todo, se había multiplicado por cien. A medida que aumentaban los ataques de pánico, el miedo más profundo de todos le había atenazado por dentro; estaba tan maltrecha, tan defectuosa, que nadie la desearía jamás.

No había dejado que se le acercara ningún hombre durante años. Había ido de un sitio seguro a otro acompañada siempre por su servicio de seguridad, casi todas mujeres. Sus hermanos, de vez en cuando, le presentaban a un amigo, pero aunque le hubiese gustado que ese banquero o piloto de coches intentara algo, sus hermanos no le habrían dejado.

Sadiq, el amigo más querido de la familia, era el único hombre con el que pasaba algo de tiempo y jamás habían tenido una relación sentimental. Era un bicho raro de la informática, tímido y con un corazón de oro, que había ayudado a la policía a que la encontrara. Le quería, pero como un salvador, no como un hombre.

Por eso su compromiso la había sacado de su torre de marfil. Haría cualquier cosa por Sadiq. Si quería que fuese a su boda, iría, aunque tuviera que superar todos sus miedos y reaparecer en público.

Le había costado llegar hasta allí, pero en ese momento, cuando estaba a punto de lograr algo parecido a una vida normal, también estaba replanteándose las cosas.

Quería sentir la emoción que sentía su hermana por ir a pasar un fin de semana con un hombre. Quería ser la persona que habría sido si no la hubiesen secuestrado, maltratado y hostigado. Sin embargo, ¡no lo conseguiría nunca si seguía viviendo detrás de esos malditos muros!

Había golpeado con rabia un montón de revistas de moda que había encima de la mesa y toda la correspondencia había caído el suelo, entre ella, la invitación a ese baile. Era una recaudación de fondos para una asociación benéfica que ayudaba a los niños huérfanos, algo que tocaría el sensible corazón de Geli. Aunque Geli se hubiese disculpado, la presencia de un Sauveterre se agradecía siempre.

Sin pensárselo mucho, había reunido a un equipo de seguridad y se había puesto una de las creaciones de su hermana. A ella le gustaban detalles más atrevidos como hombros marcados, cortes acampanados, lentejuelas o colores llamativos, pero el estilo de su hermana era más sobrio. El vestido color champán tenía unas mangas que le daban cierto aire desvalido, el corpiño se le ceñía al torso y se fruncía en las caderas dando la impresión de capas de satén sobre un cuerpo desnudo. También se puso unos pendientes de su hermana y un colgante con el botón del pánico, pero mantuvo un aire sencillo, dejó que el pelo moreno le cayera como una cascada ondulada y se pintó los labios con un rosa muy suave.

En ese momento, allí estaba, petrificada y sin poder respirar, pero con un optimismo que no había sentido desde hacía muchos años. Se dirigió a saludar al anfitrión, un ruso distante, y a su más cálida esposa británica, Aleksy y Clair Dmitrev.

–Me alegro mucho de que hayas venido –Clair hizo un aparte con ella, lo que le indicó que no sabía que estaba hablando con la gemela de Geli–. No eres mi única mecenas que ha venido sin acompañante, pero sí sé que serás la única que no se pondrá tonta con nuestro invitado de honor, y no me preguntes cómo lo he traído aquí. Fui bastante descarada al interrumpir la conversación de trabajo y ponerlo contra la espada y la pared delante de todo el mundo. Lo convencí para que se subastara a sí mismo para el primer baile.

Trella buscó semejante personaje con la mirada y Clair siguió con su confesión mientras se abría paso entre el gentío.

–Aleksy dijo que al menos utilizaba mis poderes para bien y no para mal, pero me siento un poco malvada porque los cuervos lo rodearon en cuanto apareció. Aunque se retirarán cuando te vean. Sé que se quedará más a gusto. Todo del mundo te adora, ¿te importa?

Trella se dio cuenta de cómo conseguía Clair lo que quería, parecía sincera cuando halagaba y daba por supuesto que la otra persona aceptaba, pero sintió curiosidad.

–Bien sûr… –murmuró Trella en francés, como habría hecho su hermana.

Clair sonrió y le abrió paso entre las mujeres apiñadas.

El misterioso hombre se dio la vuelta y ella pudo ver una banda roja debajo de la chaqueta negra del esmoquin. Era imponentemente alto, tenía las espaldas muy anchas y se movía lo justo, como si hubiera un cazador debajo de esa vestimenta tan sofisticada. El reflejo rubio del pelo castaño parecía natural porque las cejas tenían el mismo reflejo dorado.

Y esos ojos… Eran de un azul tan penetrante que parecían dos bloques de un glaciar. El resto de sus rasgos estaban tallados con toda precisión: unas mejillas alargadas bajo unos pómulos prominentes, una mandíbula cuadrada de acero forjado y una boca con un labio superior simétrico y otro inferior implacable. Era tan cautivador, algo tan desconocido para ella, que el resto de la habitación se le borró de las consciencia. Se quedaron mirándose y atrapados en una burbuja silenciosa.

¿De verdad había anhelado que la vieran como a una mujer? Eso era lo que estaba pasando. Él la miró de arriba abajo sin tapujos, y ella captó un brillo de interés cuando volvió a mirarla a los ojos, le gustaba lo que veía. Sin embargo, veía a Geli, a la dulce Geli que estaba acostumbrada a estar en público, donde los hombres la consideraban una posible conquista. Lo que provocó una reacción muy extraña en Trella. Debería haberle irritado la amenaza o debería haber pasado por alto su interés como si le diera igual o no lo hubiese percibido, como habría hecho Geli.

Sin embargo, le fastidió que viera a su hermana como a un trofeo y el instinto protector, que había sentido desde pequeña, hizo que su aspecto más beligerante saliera a la luz mientras escondía a Geli detrás de ella.

Él la miró con más intensidad, la abrasó, la vio. Fueran los que fuesen los escudos que había llevado allí, la apariencia de su hermana entre otros, se esfumaron. Se sintió completamente desprotegida ante esa mirada que le acariciaba cada saliente y cada entrante de su rostro.

Fue una sensación mágica, notó un hormigueo en las mejillas y tuvo que disimular un arrebato de sensualidad que no había sentido nunca. Lo hombres no le afectaban, pero ese hechizo le producía toda una serie de sensaciones desde el cuello a la entrepierna pasando por los pezones, unas sensaciones que la dejaban clavada al suelo.

–Alteza… –Trella oyó a Clair como si su voz llegara de otro mundo–. ¿Conocéis a Angelique Sauveterre?

–Señorita Sauveterre, el príncipe heredero de Elazar, Xavier Deunoro.

Xavier había sabido muy bien lo que estaba haciendo cuando Clair Dmitrev lo había arrinconado para que apareciera en su acto benéfico. Estaba comprando un futuro favor de su poderoso marido, un hombre famoso por lo difícil que era influirle.

También había sabido que sería una rifa con lo que tenía delante; mujeres con vestidos atrevidos que contoneaban las caderas y parpadeaban con falsa timidez mientras sacudían el pelo insinuantemente.

Él, como el soltero más codiciado de Europa, estaba acostumbrado a elegir lo que más le apetecía. Solo tenía que dejar caer la garra y daba igual cuál cayera entre sus manos. Todas le proporcionaban una diversión fugaz, algo cálido para abrazarlo por la noche antes de olvidarlo en la habitación del hotel cuando se marchaba a la mañana siguiente.

A juzgar por la noticia que le habían dado esa mañana, la acompañante de esa noche sería la última antes de que se impusieran sus obligaciones reales. Ese era otro de los motivos para que hubiera aceptado participar en semejante ridiculez. Al menos, tenía una buena selección para su última visita al parque de atracciones.

Estaba eligiendo acompañante con calma. Todas tenían sus encantos si la quería más o menos voluptuosa. ¿Debería ser pragmático y elegir a una que llevara tanto oro encima que no buscaría el de él?

Entonces, la anfitriona le presentó a una recién llegada como si fuera un regalo… y el resto de mujeres contuvieron la respiración y retrocedieron un paso.

Era más alta que la mayoría y tenía unos rasgos divinos a juego con su nombre. Tenía el cutis dorado como la luz del amanecer que se reflejaba en una cima nevada.

Evidentemente, era una musa, porque despertaba su inspiración poética solo con verla. ¿Cómo no iba a admirarla? Tenía un cuerpo de diosa, una boca tentadora, los ojos misteriosos, de un tono entre verde y gris. Si pudiera sacarla de la nube de perfume que los rodeaba, estaba seguro de que olería a musgo y a arroyos cristalinos.

Al menos, eso era lo que transmitía superficialmente. En un abrir y cerrar de ojos, se había movido levemente, como si hubiera buscado el ángulo exacto para que reflejara la luz del sol. Algo menos tangible que la belleza exterior pareció concentrarse con un resplandor deslumbrante, como una estrella que nacía.

Era un diamante entre un montón de imitaciones, una mujer con facetas y contrastes, infinitamente fascinante y de valor incalculable. Si darse cuenta de todo eso le producía una punzada de fastidio porque no tendría tiempo para llegar a conocer todos sus recovecos y contradicciones, lo pasó por alto. Su vida era así. Tomaba lo que podía cuando podía… y esa noche la tomaría a ella.

–Buenas tardes… –él se inclinó hasta que el aliento le rozó los nudillos y notó la levísima reacción de ella–. Es un honor conocerte.

–Un placer muy especial, desde luego –ella hizo un gesto con los labios que indicaba una broma personal–. El honor es mío.

–Os he sentado en la mesa VIP –comentó Clair–. Por favor, sentaos cuando os apetezca. ¿Habéis visto los objetos de la subasta secreta?

Clair deshizo el grupo de mujeres contrariadas y la mayoría se alejó y solo se quedaron algunas oportunistas, como una pelirroja con expresión de firmeza. Él suspiró para sus adentros cuando la pelirroja se dirigió a Angelique con una sonrisa demasiado almibarada.

–¿Qué tal está tu hermana? ¿Sigue recluida?

Claro, por eso le había sonado el nombre. Su familia había tenido una historia muy trágica. Habían secuestrado a una de las gemelas cuando era pequeña. Se rumoreaba que estaba mal de la cabeza y la mantenían escondida. También habían dicho de todo sobre él y le daba poco crédito a esas habladurías, pero se preguntaba cómo respondería a semejante provocación.

Ella le dirigió una mirada demoledora a la pelirroja.

–Está fantástica –contestó Trella con ironía–. ¿Cómo te llamas? Le diré que has preguntado por ella.

–Ah… –la pelirroja se quedó atónita, pero lo miró como si quisiera dar la puntilla–. Lady Wanda Graves.

–Me ocuparé de que te añadan a nuestra lista –Trella sonrió con frialdad y se dirigió a él–. ¿Buscamos nuestros sitios?

Ella no vio que la pelirroja se sonrojaba de rabia. Las otras mujeres se quedaron boquiabiertas y miraron hacia otro lado antes de que ellos se dieran la vuelta.

Le ofreció el brazo y se inclinó para hablarle al oído.

–¿Tienes una lista negra?

–No nos gustan las personas entrometidas.

¿Era malvada o implacable… o las dos cosas a la vez? Fuera lo que fuese, le divertía. Entonces, se acordó de que las hermanas tenían una casa de modas o algo así. La moda femenina no le interesaba lo más mínimo, pero se fijó en su vestido, en la abertura que le permitía ver parte de su muslo y en el cuerpo sin tirantes que dejaba a la vista gran parte de la redondez de sus pechos.

–¿Es una de tus creaciones? Es puro arte.

–Sé muy bien cuándo están tratándome con condescendencia –le avisó ella.

–Entonces, sabrás que soy sincero cuando digo que el vestido es precioso, pero que veo a la mujer que hay debajo. Se trata de eso, ¿no?

–¿De verdad?

Ella lo miró con la cabeza ladeada y un brillo burlón en los ojos verdes, aunque él habría jurado que hacía un minuto eran grises. Trella desvió la mirada hacia la banda de seda que llevaba por encima del corazón.

–Yo veo la corona, no el hombre –siguió ella–. Es lo que intenta transmitir eso, ¿no?

Muy astuta, pero una mujer que se ganaba la vida con la ropa debería entender esos matices.

Era una banda muy opresiva esa noche. El deber le rondaba muy cerca, su secretario le había pasado una breve información sobre Bonnafete, un pequeño principado del Mediterráneo. Patrizia, la hija del príncipe reinante, había cancelado su matrimonio con un magnate del sector inmobiliario estadounidense.

Conocía a Patrizia desde hacía mucho tiempo, pero no lo había lamentado tanto como parecía en las condolencias que le había mandado. Él necesitaba una esposa de sangre azul y su abuela quería que se casara para que ella pudiera abdicar. Patrizia era especialmente apta.

Él había pedido que su abuela se enterara de que se había roto el compromiso, era una forma de reconocer la responsabilidad que tenía con ella, con su linaje y con la corona. Se resistía al matrimonio, pero prefería tomar la iniciativa antes de que ella empezara a dar órdenes. Ella sería la única persona con capacidad para dictar lo que tenía que hacer, pero no hacía falta facilitárselo. Estaba seguro de que ella le daría el visto, bueno. Si no, también estaba seguro de que se lo diría con toda claridad.

–¿Pesa mucho? –le preguntó la que sería su última conquista.

El tono de la pregunta le demostró que era más perspicaz de lo que él se había imaginado. Sin embargo, él no buscaba nunca la compasión, y menos de sus acompañantes pasajeras. La debilidad no cabía en su vida. Nadie lo veía encogerse y nadie sabía toda la amargura que le había deparado la vida.

Por eso, pasó por alto la posibilidad de que ella lo entendiera como no había hecho nadie y le retiró la silla.

–Nada podría pesarme mucho mientras estoy en tu cautivadora compañía, bella.

Ella se quedó helada y lo miró por encima del hombro.

–¿Por qué me has llamado eso?

–Es una expresión cariñosa. El idioma oficial de Elazar es un dialecto del italiano, pero también es habitual que se use el francés y el alemán, además del inglés –él colocó la silla mientras ella se sentaba y se inclinó para hablarle de cerca–. ¿Por qué? ¿No te gusta?

Ella sintió que se le ponía la carne de gallina y que se le endurecían los pezones debajo de la seda que los cubría. Él sonrió y a ella le gustó.

Dominado por una excitación que no había sentido desde hacía mucho, quizá nunca, también se sentó y se alegró de que fuera a despedir tan a lo grande su soltería.

Trella era extrovertida por naturaleza. La charla, el colorido, la música y las atenciones que la rodeaban eran como salir a la luz del sol después de haber estado en una mazmorra.

Además, que el hombre que tenía sentado al lado la mirara con tanta admiración era el colmo del placer. Evidentemente, era un seductor consumado que empleaba su atractivo y descaro con la misma naturalidad que la banda roja, pero, aun así, le emocionaba que la hubiese elegido. Era el coqueteo que siempre había anhelado.

–¿Qué haces en París? –le preguntó él.

Aunque, si iba a meterse en eso, no iba a conformarse con soserías, se dijo ella.

–¿No se te ocurre nada más original que preguntarle a una chica qué hace en un sitio como este?

–Voy a consultar mi aplicación –él fingió que miraba un teléfono imaginario–. ¿De qué signo eres? –preguntó él como si le interesara sinceramente.

–Géminis –contestó ella con una mueca–. Gemelos, evidentemente. ¿Tú?

–Ni idea, del seis de agosto.

–Leo. El león, el rey de la selva.

–Evidentemente –replicó él en un tono abatido.

Ella contuvo una sonrisa, pero le intrigaba su situación, aunque solo fuera porque también sabía lo que era ser el centro de atención. Él no le había contestado a su pregunta sobre el peso de la corona, pero tenía que estar cansado de que lo miraran con lupa.

–¿Te tomas en serio los horóscopos? –le preguntó él haciendo un gesto con la cabeza a un camarero que les ofrecía champán.

–No creo lo que dicen, pero lo utilicé como inspiración en una colección de hace unos años. Lo utilizamos –se corrigió ella inmediatamente.

Trella se aclaró la garganta y miró alrededor para cerciorarse de que no le habían oído. Era bien sabido, en el mundillo de la moda, que ella había diseñado esa colección concreta.

–¿Cómo? –preguntó él con una curiosidad que pareció sincera–. ¿Pusiste los símbolos en la tela?

–No fue algo tan obvio. Más bien, era cómo se percibía cada signo. Tienen características distintas, los hay de aire o de fuego… Ofrecen muchas posibilidades. Dediqué un mes a cada signo. Fue un ejercicio interesante –ella se acercó un poco arrugando la nariz–. También fue un extraordinario gancho de marketing.

–Belleza y cerebro, una combinación que siempre es irresistible –comentó él.

Ese príncipe, que le daba un vuelco al corazón con cada halago, debería hacer que saliera corriendo. Había aprendido a ser prudente desde la infancia, pero aunque la mayoría de los hombres le alteraban, ese le producía una falta de miedo que le daba vértigo. Era como salir de un cascarón, como darse cuenta de que podía volar.

Sin ninguna duda, quería estar más tiempo con él antes de que acabara la velada.

Llevada por un impulso, llamó a su guardaespaldas, que era una de las de Geli, y le dio instrucciones sobre la subasta secreta. Ella se esfumó.

¿Estaba yendo demasiado lejos? ¿Estaba siendo irreflexiva?

Llevaron la comida y tuvo que esperar para averiguarlo.

La cena pasó entre una nebulosa de conversaciones casi intrascendentes. Alguien le preguntó al príncipe por lo que hacía su país en relación con la energía renovable y ella se acordó vagamente de que se había acusado a ese principado entre Italia y Austria de haber sido un paraíso fiscal entre las dos guerras mundiales. En ese momento, Elazar parecía muy moderno y autosuficiente. Él contó que exportaban energía hídrica porque los ríos y arroyos eran unos de sus pocos recursos naturales. También llevaban unos diez años invirtiendo en formación para atraer empresas innovadoras de tecnología e ingeniería relacionadas con la energía solar y eólica.

La empresaria que llevaba dentro debería haber estado tomando nota en la cabeza, pero estaba hipnotizada por la naturalidad que tenía para encandilar a los oyentes y estaba seducida por lo cerca que estaba su manga de su brazo. También le parecía notar la calidez de su muslo a unos milímetros del de ella. Solo podía pensar en bailar con él.

Bailar… Sintió que le escocían los ojos por lo mucho que anhelaba un placer tan sencillo.

Esa reacción de adolescente era ridícula, pero la recibió con agrado. Eso era lo que debería haber estado haciendo a los veinte años, y no cosiendo lentejuelas en minivestidos para que otras jóvenes los llevaran en los clubs más exclusivos ni matando las horas concentrada en el trabajo para así pasar un día más sin desmoronarse ni tomar los fármacos que, en teoría, lo evitaban.

Entonces, el príncipe Xavier giró hacia ella su rostro indescriptiblemente atractivo.

–Tendrás que viajar mucho por tu trabajo, ¿no? ¿Qué te llevó a la moda?

Él había dedicado a todos un momento de su resplandeciente atención y, en ese momento, le tocaba a ella. Él debería de hablar de todo un poco con miles de personas al día, ya fuera cortando cintas o en hospitales infantiles, pero ella habría jurado que se le relajaron los ojos cuando la miró. Había estado cumpliendo con su obligación y había esperado con impaciencia el momento de volver con ella.

–Las dos somos bastante creativas –contestó ella, aunque no era verdad del todo.

Geli lo era más, era la artista que diseñaba por amor y que dirigía la empresa por necesidad. Ella era la ambiciosa, la que estaba dispuesta a que el beneficio fuera considerable. Se había hecho su propia ropa por pragmatismo, no por pasión, porque no podía soportar que los trolls la juzgaran porque solo compraba algo, y por cómo le sentaba.

–Nuestros hermanos nos ayudaron un poco al principio, pero les sorprendimos, como a nosotras mismas, con el éxito.

Eso tampoco era verdad del todo. Ella no habría descansado hasta que hubiesen ganado montones de dinero. Era competitiva y le movían las ganas de vengarse de quienes habían proyectado sombras sobre ella.

–No puede ser un terreno fácil. Estoy seguro de que vuestro éxito se debe al trabajo tanto como a cualquier otra cosa.

Estaba intentando llevársela a la cama. Ella lo sabía con ese cerebro que, según él, admiraba, pero sus halagos daban resultado. Se sentía ridículamente afectada y tenía ganas de decirle que, efectivamente, habían trabajado como mulas, que gracias por haberse dado cuenta. Geli era la cara visible de Maison de Jumeaux y recibía la mayoría del mérito. Se merecía gran parte, pero ella había trabajado lo mismo y no era humilde por naturaleza. Oír su alabanza había sido como una transfusión y había caído más bajo su hechizo.

Los anfitriones subieron a la tarima, dieron las gracias a los asistentes por sus donativos y anunciaron los ganadores de la subasta. Trella se sintió cohibida. Evidentemente, había perdido la cabeza, debería haberse marchado antes de que…

–Para terminar, nuestro premio más codiciado, un baile con el príncipe de Elazar, es para… ¡Angelique Sauveterre!

Se oyeron unos aplausos de cortesía y notó lo puñales clavados en la espalda. Ella sonrió con sarcasmo para sus adentros y se sonrojó cuando Xavier no mostró ninguna sorpresa. ¿Tan seguro estaba…?

–Me siento halagado.

–No me extraña. He prometido el doble que la puja que más se aproximara. Más te vale que bailes lo bastante bien para que me compense…

–Lo hago –él le retiró la silla y volvió a hacer ese gesto tan erótico de inclinarse para hablarle al oído–. Bella, te concederé toda la noche por tu generosidad.

Le daba un vahído cada vez que la llamaba «bella», el mismo apelativo que utilizaba su familia. El pulso le latía con tanta fuerza que le parecía que podía dejarle una marca en el cuello, pero era esa emoción incontenible que se había adueñado de ella. Hacía que se sintiera seductora, sexy. Hacía que se sintiera como si la deseara.

Era arrebatador. Se había pasado muchas noches sombrías diciéndose que estaba llena de defectos, que no deseaba a los hombres y que, por lo tanto, le daba igual que los hombres no la desearan a ella. Sin embargo, sí quería sentirse viva y normal, contenta y deseable.

El contacto de su mano en la parte más baja de su espalda tuvo un efecto increíble. ¿Estaba excitándose?

Por eso había envidiado a su hermana… Entonces, cayó en la cuenta de lo que estaba pasando. Geli y ella tenían una… conexión de gemelas. No se leían el pensamiento ni nada tan entrometido, pero sentían cosas parecidas independientemente de la distancia física que las separara. Ese sentido sobrenatural era más fuerte en el caso de Geli. Ella había estado tan mal durante tanto tiempo, había tomado tantos antidepresivos para sofocar los ataques de ansiedad, que no había sido tan receptiva a los estados de ánimo de su hermana.

Sin embargo, últimamente, lo había notado más, sobre todo, si Geli estaba inquieta o tenía el día libre. Esa noche, su hermana estaba con un hombre que la emocionaba de verdad.

El corazón resplandeciente de su hermana iluminaba el suyo. Se alegraba por Geli, le alegraba que su hermana no estuviese abrumada por el peso de todo lo que ella le había hecho pasar. Era otro motivo de júbilo para esa noche.

–Tú también bailas bien –comentó Xavier mientras daba un giro del vals.

Ella estaba tan extasiada que no contestó. El salón de baile deba vueltas como un caleidoscopio de mil colores. Él la agarraba con seguridad y hacía que se sintiera ligera como una pluma.

–Me siento como Cenicienta.

Y era verdad. Era la hermana mugrienta que se había escapado con ropa prestada para bailar con un príncipe.

–Pareces sacaba de un cuento de hadas –él hizo una mueca como si estuviera sorprendido y fastidiado por haberlo dicho–. Eres muy guapa –añadió él en un tono brusco.

Geli era la guapa. A Trella le había costado mucho volver a pensar lo mismo que su hermana para sentirse tan bien como ella. Se había dejado crecer el pelo a la misma longitud su hermana para poder fingir que era ella cuando hacía ensayos de salir en público, pero nunca se había considerado guapa y muchas veces se consideraba… defectuosa.

No esa noche. No pensaba en otra cosa que no fuera lo maravilloso que era todo eso. Daban vueltas y vueltas, sus muslos se rozaban y él la agarraba con los dedos extendidos como si quisiera abarcar más de ella, que tenía los dedos al lado del cuello de la camisa de él para apoyar el costado de uno de los dedos sobre la piel de su cuello. Era electrizante y la sensación fue en aumento cuando la retuvo para bailar una segunda canción en un crescendo que no se sabía dónde podía acabar. Si alguien intentaba inmiscuirse, Xavier se lo quitaba de encima.

–¿Es un privilegio de tu cargo? –bromeaba ella.

–No he visto nunca a nadie tan resplandeciente como tú. Estoy fascinado.

Una sombra volvió a cruzarle el rostro. No estaba acostumbrado a decir lo que sentía, pero era un motivo más de euforia para ella.

–Me siento como… No puedo describirlo. Como si fuera Navidad, como si todo fuera posible.

Trella dejo de mirar la lámpara que colgaba del techo y miró sus ojos color turquesa. Se recordó que emocionarse demasiado podría tener un efecto rebote y no quería tener una recaída. La caída sería enorme desde esa altura.

–Tengo que besarte.

Ella se olvidó de toda cautela. El deseo que se reflejaba en sus palabras le atenazó el corazón.

Hacía mucho tiempo, se había metido sin pensárselo en cualquier cosa que pudiera parecerle una aventura. Una mazmorra llena de grilletes la había mantenido pegada al suelo desde entonces, pero ese hombre, con tres palabras, se había abierto paso entre la oscuridad y la había invitado a salir a la luz.

–Yo también a ti.

Solo era un beso…

Él dirigió la mirada a algún sitio detrás de ella, la sacó de la pista de baile, pasó por un pequeño hueco entre el gentío y la llevó a una zona escondida detrás de unos maceteros con plantas.

No tuvo tiempo para decidir si se había precipitado al aceptar. Él le rodeó la cintura con un brazo y la estrechó contra la pechera del esmoquin. Era de acero debajo de esa prenda tan civilizada. Sabía lo que quería y su boca abrasadora cubrió la de ella sin vacilaciones.

Se quedó aterrada durante un instante.

Entonces, sus sentidos asimilaron cómo se adaptaba la boca de él a la de ella, cómo le separaba los labios buscando su reacción. Algo primitivo se despertó en ella, despertó a la mujer que podría haber sido si su vida hubiese sido distinta, la arrastró más allá de viejos traumas. El placer se apoderó de ella, que se puso rígida ante la intensidad de su reacción, pero el anhelo más elemental tomó las riendas enseguida. Era posible que su cerebro no supiera cómo asimilar lo que estaba pasando, pero su cuerpo sí sabía cómo reaccionar.

Sus manos, en vez de frenarlo, le rodearon el cuello. Introdujo los dedos entre su pelo, lo agarró de la nuca y separó los labios para que él pudiera devorarla.

La abrazó con tanta fuerza que debería haberla asustado. Había hecho todo lo que había podido para evitar la agresividad masculina, sobre todo, la de carácter sexual.

Asombrosamente, se sentía apasionada por la reacción de él y le devolvió el beso con placer, como si supiera lo que estaba haciendo.

–Ha sido el flash de una cámara –Xavier le clavó los dedos muy cerca del trasero y la estrechó tanto contra sí que pudo notar la… protuberancia–. Vamos a buscar algo de intimidad.

Su antigua forma de ser, su verdadera forma de ser, se fiaba de su intuición.

–Vamos –concedió ella con un suspiro.

Capítulo 2

ÉL BAJÓ la cabeza para morderle ligeramente el cuello y susurrarle al oído.

–Sube tú primero, yo te seguiré.

Ella se quedó boquiabierta y con la mente en blanco antes de que se le ocurrieran un millón de cosas.

–¿Tienes una habitación aquí? ¿En el hotel?

¿Qué se había imaginado ella cuando él había dicho «intimidad»? ¿La idea de estar a solas con él le producía curiosidad o pánico?

–Sí, el ático.

–¿Es seguro?

–Claro.

Era guapo hasta cuando fruncía el ceño, pero sus rasgos no eran refinados. La intensidad de su mirada tenía algo rudo y la firmeza de su mandíbula hacía que pareciera severo.

Él captó su titubeo. Le tomó la cabeza entre las manos y sus ojos dejaron escapar un destello de irritación por el ruido que los rodeaba.

–Te deseo solo para mí.

Sintió una punzada de empatía. Ella sabía lo mucho que desgastaba a una persona ser el centro de atención. Quiso, inmediatamente, darle el respiro que necesitaba. Era un hombre sofisticado y no tenía nada que temer físicamente de él, pero se vio obligada a avisarle de que tenía guardaespaldas por un motivo.

Esa noche estaba utilizando las de su hermana para darles a las suyas una muy merecida noche libre y para mantener la ilusión de que era su hermana. Sin embargo, debería decirle quién era…

–La habitación es completamente segura, más segura que esto –añadió él con una mueca de fastidio porque los habían fotografiado–. No te haré esperar nada.

Los gritos de advertencia le retumbaban dentro de la cabeza, pero ¿cuándo iba a tener una ocasión como esa para hacer lo que quisiera? ¿Cuándo iba a conocer a un hombre que le hiciera sentir lo que le hacía sentir ese? No era solo la parte física, aunque era embriagadora, también tenía algo de excepcional. Había otros hombres que eran una apuesta segura, hombres con el visto bueno de sus hermanos, pero ¿cuándo iba a sentir esa atracción, esa necesidad de saber más cosas sobre ese hombre?

Fue hasta el ascensor y pulsó el botón del ático antes de que se disuadiera a sí misma. Tenía recelos y no los desdeñaba, los superaba. Era distinto, era otro pequeño triunfo que hizo que saliera del ascensor y pisara la mullida moqueta.

Era fácil identificar la habitación de príncipe. Dos guardaespaldas custodiaban la puerta. Las suyas la acompañaron mientras se acercaban a ellos.

–Mademoiselle Sauveterre… –le saludó uno de ellos con un respetuoso gesto de la cabeza–. Nos han avisado de que vendría…

El guardaespaldas entró e invitó a los de Trella a que inspeccionaran la habitación.

Los dos hombres se comportaban con un profesionalismo absoluto y no dejaron entrever la más mínima opinión por lo que tenían que saber que eran los preliminares de una seducción.

Esbozó una levísima sonrisa al imaginarse cómo se pondrían sus hermanos si supieran dónde estaba ella en ese momento, aunque los dos, los muy hipócritas, habían estado cientos de veces en la situación del príncipe.

Entonces, la dejaron sola y observó con detenimiento los tonos verdes y de color marfil de las paredes y los muebles. Había un vaso con whisky aguado, como si el hielo se hubiese derretido hacía mucho tiempo, sobre una mesa. Lo olió y dio un sorbo. Pensó en ir a ver las vistas, pero decidió dejar cerradas las cortinas.

La puerta doble del dormitorio estaba abierta. Miró la cama y dio otro sorbo para que le diera valor justo cuando se abrió la puerta principal. El poderío que irradiaba volvió a impactarle y el corazón le dio un vuelco.

–Te has puesto cómoda… Me parece muy bien.

–Es tuyo.

Trella levantó la copa y la dejó otra vez en la mesa, aunque se arrepintió porque le permitía tener las manos ocupadas.

–Te haré otro. Si no, ¿qué te parece una copa de champán?

Era el momento de reconocer que era Trella.

Sin embargo, reconocerlo le daba mucho miedo… de despertar los recelos de él. O le pediría explicaciones que ella no iba a dar o sacaría conclusiones que le quitarían las ganas de estar con ella. Pasara lo que pasase, se enrarecería el ambiente excitante.

–Estás nerviosa –comentó él mientras descorchaba la botella.

–Eres muy observador… No hago… estas cosas.

Eso era verdad independientemente de la gemela a la que representara. Era impropio de Geli que se escapara con un príncipe para pasar el fin de semana, como lo era que ella estuviera allí con ese.

–Ya me había dado cuenta de eso –él empezó a servir las copas hasta que levantó la cabeza para mirarla–. No serás virgen…

–¡No! –exclamó ella atragantándose.

Eso también era verdad para las dos, pero tuvo que mirar hacia otro lado para intentar evitar ese recuerdo tan sombrío.

Ese era otro motivo para que estuviera allí. Estar a solas con un hombre era otro de los eslabones que le faltaban en la cadena que la unía con el pasado. En ese momento, estaba muy orgullosa de sí misma. Se excusó diciendo que no era una situación muy cómoda para ella, pero eso era decir muy poco.

Él cruzó la habitación con las copas y le ofreció.

–Saluti.

–Salud.

Dieron un sorbo mirándose a los ojos… y las burbujas le abrasaron en la garganta.

–¿Y si cambiara de opinión…? –preguntó ella con la voz un poco ronca.

–Me llevaría una decepción –contestó él sin cambiar la expresión.

–¿Te enfadarías?

–Me decepcionaría, bella. Me decepcionaría mucho –insistió él con una mirada tan intensa que le bullía la sangre.

Xavier se dio la vuelta para poner música, una música insinuante que entonaba con las palpitaciones de sensualidad que sentía por dentro.

–En cualquier caso, me alegro de que estés conmigo –él volvió y la rodeó con un brazo–. Ya sea para hablar, para bailar o para… pasar el tiempo de alguna otra manera.

Él empezó un baile que, en realidad, solo era el contacto de dos cuerpos, unos prolegómenos. Todavía tenían las copas de champán y se miraban a los ojos.

–No me apetecía tener que pelarme con otros hombres para que me hicieras caso.

–¿Había alguno más que lo intentara? No me he dado cuenta –replicó ella parpadeando.

–Me gusta tu ingenio, bella –él torció los labios–. Ya lamento que solo tengamos esta noche.

Ella levantó la barbilla y lo miró con los ojos entrecerrados.

–Ya estás tratándome con condescendencia otra vez. No necesito que me des instrucciones, no estoy tan verde.

–¿Lo ves? Esa inteligencia tan aguda hace que mi interés dure más que unas horas.

–¿Eso es lo que suelen durar tus… relaciones?

Él dejó de bailar, aunque no le quitó el brazo de la espalda.

–Creo que ese no es un buen tema de conversación.

–Lo sé.

Las burbujas le hacían cosquillas en la nariz cuando bebía para intentar borrar cierta amargura que sentía en la lengua. No debería importarle su pasado. Ningún hombre que acabara con ella llegaría… inmaculado. No podía esperarlo cuando ella misma tenía una historia tan complicada.

–Creo que estoy buscando algún motivo para que no me gustes demasiado y no me sienta…

Ella bajó la mano que tenía en su hombro y se la puso en el pecho como si tuviera derecho a tocarlo con tanta confianza, y la verdad era que tocarlo le parecía natural. Introdujo los dedos por debajo de la banda roja.

–No soy apocada. Normalmente, soy lo contrario de lo que puedas imaginarte. Soy peleona.

Su familia no paraba de repetírselo. Entonces, ¿por qué estaba permitiendo que pasara eso? Su rebeldía habitual brillaba por su ausencia.

En realidad, comprendió con un destello de lucidez, iba dirigido contra la vida que había estado viviendo, la impulsaba a liberarse de antiguas limitaciones. Nadie, menos ella misma, le impedía que pasara la noche con un hombre. Solo tenía que decidir hacerlo.

–No estoy intentando presionarte. Soy sincero cuando digo que me gustaría tener más tiempo para que llegáramos a conocernos, pero mi vida no me ha permitido nunca tener relaciones duraderas –él fue bajándole la mano por la espalda y acariciándosela–. Para que quede constancia…

Él hizo una pausa como si estuviera sopesando lo que iba a decir y una sombra volvió a cruzarle los ojos, y a indicarle a ella que le incomodaba decir cosas tan reveladoras.

–Si te marcharas en este momento, no iría a buscar a nadie más. Esta noche solo quiero estar contigo.

–¿Por qué? –preguntó ella con cierta incredulidad–. Por favor, no digas que porque te gusta cómo voy vestida.

No quería que él deseara a Geli. Le desgarraría el corazón, se lo desgarraría de verdad.

–Por cómo hacemos que nos sintamos el uno al otro.

Xavier bajó la cabeza para pasarle los labios por la mejilla y el cuello. Ella se estremeció y los pezones se le pusieron tan duros que le dolieron. Él se rio levemente al darse cuenta de que ella contenía la respiración.

–Somos inflamables –añadió él.

La calidez de su aliento le acarició la oreja antes de que le mordiera con delicadeza el lóbulo, y casi se le doblaron las rodillas. Ella apoyó con más fuerza la mano en su pecho.

–¿No…? –insistió él abrazándola con fuerza y levantándola en el aire.

–Estoy intentando pensar.

Estaba casi abrumada por toda una serie de sensaciones que no se parecían nada al miedo.

–¿Y no puedes? Entonces, nos pasa lo mismo. Siéntelo, bella. Siente cómo me alteras –le tomó la mano por debajo de la banda y se la puso sobre el corazón–. Yo tampoco había experimentado esto nunca.

Trella dejó caer la copa de champán sin importarle el sonido del cristal al romperse contra el suelo. Solo quería tocarlo con las dos manos. Lo agarró de la nuca y levantó la boca para que la besara. Era instinto puro y él no vaciló, la besó con avidez, como si pudiera hacerlo después de haberlo tentado durante mucho tiempo.

El mundo se paró y empezó a girar en sentido contrario. Se sintió mareada y dejó escapar un gemido de sorpresa por lo mucho que podía llegar a devastarle algo así, como si hubiera perdido toda la fuerza de los músculos.

Oyó que otro cristal se rompía a los lejos y él la tomó en brazos con una expresión implacable. ¿Era triunfal? No del todo, pero sí tenía algo de exaltado.

Aun así, también estaba preguntándole algo con la mirada.

Ella asintió con la cabeza, sin poder hablar, y se dejó llevar por él. Sabía cuándo tenía que resistirse a su cuerpo y cuándo ceder. Quizá fuera un resquicio de esperanza después de tanto tiempo teniendo que aceptar que la fisiología le ganaba la partida a la lógica. Eso superaba a cualquier cosa que pudiera entender.

La dejó en la cama y ella lo miró mientras se quitaba la chaqueta. Él también se tumbó, con medio cuerpo encima de ella, y la besó a conciencia. Eran unos besos como drogas que le devolvían la vida aunque se sentía rígida y congelada.

–¿Qué pasa?

Él levantó la cabeza y demostró la sintonía que sentía con ella, algo tranquilizador y desasosegante a la vez.

–Me siento… cohibida.

Trella ladeó la cabeza mientras lo decía porque era impropio de ella. Le escocían los ojos por las lágrimas de emoción, por lo trascendental que era eso. Estaba a solas con un hombre, en una cama, y él la iluminaba por dentro, la llenaba con tanto calor y júbilo que iba a explotar.

–Quiero acariciarte, pero no sé si haré el ridículo, no sé si puedo contenerme…

–Ni se te ocurra.

Él lo dijo en un tono de advertencia que podría haberle hecho reír, pero soltó el aire y dejó que las manos se movieran con ansia. Era granítico. Él se sacó la camisa de los pantalones y ella introdujo las manos por debajo. Xavier dejó escapar un sonido de satisfacción cuando notó sus manos en el abdomen y fue subiéndolas por el musculoso pecho. Ella se quedó fascinada cuando llegó a los pezones.

Trella también dejo escapar un sonido de placer. Estaba cautivada por el contraste de sus cuerpos. El de él era plano, con vellos y una fuerza indómita.

Él le bajó la cremallera y la parte delantera del vestido. Algo muy elemental se adueñó de ella cuando le dejó los pechos al descubierto. El espíritu de la feminidad. Se derritió, se arqueó, resaltó sus diferencias y le gustó que él emitiera un sonido casi de sufrimiento, pero gutural y bárbaro. Xavier abrió la boca y le succionó ese lugar tan placentero que no pudo contener un grito de felicidad.

¿Eso era inflamable? No había sabido que podía sentirse así, desatada y embriagada a la vez, impaciente y sin prisa. Quería quedarse así para siempre, acariciándose el uno al otro, besándose…

Sin embargo, aunque sus caricias eran tan ardientes que la abrasaban a través de la tela, quería más, mucho más.

Él encontró la abertura de la falda y ella se encontró ofreciéndole la pierna para sentir su caricia. Se estremeció cuando le acarició el interior del muslo, se deleitó cuando la besó con más fuerza y le pasó la mano por la cadera, por el vientre y por el otro muslo antes de posarla en el mismísimo centro de ella.

Contuvo el aliento, abrió los ojos como platos y esperó el ataque de pánico, pero él osciló la mano y le provocó una descarga de placer antes de que ella pudiera evocar cualquier recuerdo sombrío. Entrecerró los ojos otra vez mientras se incorporaba por las sensaciones cada vez más intensas mientras se besaban y la acariciaba.

¿Cómo era posible que algo fuera tan placentero?

Quería acariciarlo con la misma intimidad, pero no podía pensar en nada que no fuera lo que estaba sintiendo. Justo cuando iba a palparlo por encima de los pantalones, él introdujo los dedos por debajo de la seda con destreza… y ella se arqueó otra vez.

–No puedo… Va a explotarme el corazón.

Instintivamente, puso una mano encima de la de él, pero no para detenerlo, porque estaba hipnotizada por el movimiento de sus dedos, porque se notaba tan sensible que no podía resistirlo casi. Estaba completamente centrada en esos círculos que él trazaba.

–Quiero estar dentro de ti y no quiero dejar de acariciarte. Así…

Introdujo unos de sus largos dedos en ella.

No podía hablar, solo podía oír el gemido lastimero que dejaba escapar mientras la penetraba donde estaba completamente derretida. Se tensó como si quisiera contener la oleada, pero le dominó el anhelo incontenible. Contoneó las caderas contra su mano y el placer fue haciéndose cada vez más intenso, hasta que no pudo soportarlo…

–¡Ah!

El mundo explotó y se quedó temblando, vibrando y con lágrimas en los ojos por la belleza tan absoluta de todo ello.

Le sujetó la mano para aliviar la sensación e intentar recuperar el aliento. Él la besó, buscó su lengua y siguió acariciándola con delicadeza para que no decayera la excitación y para despertar un deseo más profundo en ella.

Con un gruñido de voracidad, se giró sobre él. Quería que desaparecieran todas las barreras entre los dos, lo quería entero. ¿Qué estaba haciéndole ese hombre?

Xavier también gruñó, se desvistieron en cuestión de segundos y volvieron a tumbarse juntos y resplandecientemente desnudos. Era suyo, todo suyo. Le recorrió el cuerpo con las manos, le maravillaban sus anchos hombros, le impresionaban sus bíceps y le fascinaba cómo se le movía la nuez cuando tragaba saliva.

Cuando le tomó con la mano la parte más rampante de su anatomía, no tuvo ningún miedo. Se sintió poderosa, sobre todo, cuando él cerró los ojos y susurró.

–Bella…

Le besó en el cuello con una sonrisa e intentó tumbarlo de espaldas, pero fue él quien se puso encima de ella y dejó que lo acariciara mientras la besaba imitando con la lengua lo que quería hacer con otra parte del cuerpo. Hasta que ella no aguantó más y separó la boca.

–Necesito…

No sabía lo que necesitaba. Estaba impaciente, el anhelo le atenazaba las entrañas

Él se incorporó por encima de ella hasta la mesilla de noche y le separó las piernas con las rodillas sin hacer ningún esfuerzo.

Trella se sintió muchas cosas en ese momento. Vulnerable, desde luego, pero también confiada. Quería saber que podía tomar a un hombre…

–Oh…

Él se detuvo cuando estaba empezando a abrirse camino y ella se puso tensa. Xavier levantó la cabeza con las mejillas sonrojadas y un brillo resplandeciente en los ojos, pero todavía conservaba algo del hombre que dominaba al animal.

–Podría morirme, literalmente, si has cambiado de opinión.

Quizá sonriera por eso, quizá fuera porque su cuerpo ansiaba el de él, quizá fuera por la felicidad de esa noche disparatada y mágica…

Se arqueó un poco para que terminara la acometida y él entró sin dejar de mirarla a los ojos con un destello ardiente como el centro de una llama.

Era ridículo decir que se había convertido en una mujer porque la había poseído, pero se sentía una mujer en ese momento. Una mujer madura, plena y elegida. Estaba reaccionando como le dictaba la naturaleza ante los embates de un macho, su macho. Él, al hacerlo, le devolvía su sexualidad, su deseo, su identidad.

Cerró los ojos ante algo demasiado descomunal como para verlo, pero solo hizo que las sensaciones se intensificaran cuando él se retiró un poco y volvió a entrar.

–¿Sí…?

–Sí –gimió ella deleitándose solo de pensar en la siguiente acometida–. Más…

Perdió el sentido cuando él lo repitió una y otra vez. Elevaba las caderas para encontrarse con las de él y ese movimiento le daba un placer tan intenso que tuvo que gruñir.

Él marcó el ritmo y unas sensaciones incontrolables se apoderaron de ella. Quería decírselo, pero no podía hablar por la tensión. Era una tortura delirante… y necesitaba que él estuviera tan fuera de sí como lo estaba ella, que la acompañara en ese lugar donde no existía nada salvo ese nuevo ser que habían creado al juntarse. Lo agarró del trasero y lo empujó dentro de ella, en el ojo de la tormenta.

Llegaron juntos a la cima, a un clímax tan deslumbrante que ella abrió la boca, pero no pudo gritar nada. La dominó un placer completamente desconocido para ella y la arrastró mientras él se mantenía en lo más profundo de su ser, soltaba un grito entrecortado y se estremecía de arriba abajo.

Xavier dejó escapar un juramento.

–¿Qué pasa? –preguntó Trella acariciándole los hombros con una avidez infinita.

Él se retiró y se tumbó de espaldas.

–Se ha roto el preservativo.

Ella se alegró de que estuviese oscuro. Habían apagado las luces después de la primera vez, se habían tapado con las sábanas y se habían besado y acariciado durante una eternidad. Le habría gustado pensar que habían creado lazos afectivos, pero había algo en su silencio, y en los preservativos que tenía en la mesilla, que le indicaban que lo había hecho muchas veces.

Había tenido una sensación de vacío al tener que aceptar que, pese todo lo que le había dicho él, solo era la mujer del día, o de la noche, mejor dicho.

Quizá él hubiese notado su repliegue en sí misma o quizá ella fuera así de fácil de conformar, pero se había mostrado más apasionado y la segunda vez había sido mejor todavía que la primera. Ella había perdido todas las inhibiciones y él la había llevado a dos orgasmos devastadores antes de acometer una tercera vez y casi matarla por la fuerza del clímax que habían alcanzado juntos.

Estaba demasiado sudorosa y entumecida para sentirse victoriosa, pero sí se sentía muy ufana por tener un amante. Había esperado, vagamente, haberlo trastocado tanto como él le había trastocado a ella, pero la cruda realidad le llegó como un ladrillo a través de un cristal cuando oyó sus palabras.

–No pasa nada, no voy a quedarme embarazada.

–¿Estás tomando la píldora o algo así?

Algo así…

–Sí –contestó ella.

–Yo me hago revisiones todo el tiempo.

–Yo también estoy bien.

¿De verdad era normal tener esas conversaciones? Le quitaba todo el romanticismo a una noche maravillosa y la dejaba pensando en el resto de la realidad. El remordimiento la corroyó por dentro. No le había contado cosas a él ni a su familia, lo cual era mucho peor. Les daría un ataque si se enteraban de dónde estaba.

Como si hubiesen leído su pensamiento, oyó el tono del teléfono de su hermana. Angelique, como si fuese vidente, había captado su angustia.

–Tengo que contestar –murmuró Trella con un gruñido.

Le dolían los músculos como si hubiese corrido una maratón. Hizo un esfuerzo para levantarse, cruzó desnuda la habitación en penumbras y encontró el bolso en la sala. Luego, volvió a la puerta del dormitorio. Se quedó ahí con la esperanza de que él estuviera mirándola a contraluz. Intercambió unos mensajes con su hermana y le aseguró que estaba bien. Geli, sin embargo, sabía que estaba pasando algo y Trella empezó a notar cierto recelo. Era el momento de dar por terminada la noche. Tenía que atrincherarse en el piso donde sabía que estaba completamente segura para intentar asimilar todo eso.

–Tengo que marcharme.

Trella apagó el teléfono y le dirigió una sonrisa de resignación.

–¿Pasa algo?

Él se levantó y se puso los pantalones sin ponerse los calzoncillos, algo que le agradó por algún motivo, aunque también le dolió que no le dijera que se quedara.

–Es mi hermana. Necesita que vaya a casa.

Le escribió un mensaje a su guardaespaldas para decirle que estaría preparada dentro de quince minutos y se puso el tanga. Xavier sacudió su vestido, se lo llevó y se puso detrás de ella mientras se vestía. ¿Estaba apremiándola? Se levantó el pelo y él le subió la cremallera.

Le puso las manos en los hombros sin agarrarla y ella se quedó clavada en el suelo cuando lo oyó.

–Me acuerdo de cuando la secuestraron.

Ella dejó caer el pelo sobre sus manos. Pocas veces se había sentido tan impotente y aterrada. Sentía una opresión gélida en el pecho y le dolían los oídos solo de pensar en lo que diría después.

–Yo tenía catorce años y mi padre había renunciado a la corona. Mi abuela había desterrado a mi madre por el divorcio y ella ya se había marchado. Sentía mucha lástima por mí mismo, hasta que vi las fotos de esa niña tan guapa y feliz que se habían llevado. Dejé de preocuparme por lo que podría pasarme a mí y sentí un alivio inmenso cuando la liberaron.

Dejó los dedos sobre sus hombros. No la acariciaba, solo le dejaba sus marcas. Ella creyó que su contacto le dejaría moratones, pero no de dolor, era lo contrario. ¿Era curativo?

Él tomo una bocanada de aire y dejó de tocarla.

–No sé por qué lo he dicho. Era demasiado personal para los dos. Evidentemente, sigues preocupada por ella si te marchas corriendo –Xavier se agachó para recoger sus zapatos–. Espero que esté bien.

Trella debería haberle dicho que había sido ella, pero tenía la garganta paralizada. Sabía que había gente que había husmeado sobre su familia y no sabía distinguir los que tenían buenas intenciones de los entrometidos o desalmados sin más. Su familia no había pedido ser famosa porque la naturaleza había tenido el capricho de crear dos pares de gemelos idénticos. Solo eran personas. Quizá fueran más guapos según algunos criterios y, con toda certeza, eran más adinerados que la media, pero eran seres humanos como los demás.

Sin embargo, todo el mundo tenía que saber la marca de jabón que usaban y tenía opiniones muy contundentes sobre cómo deberían comportarse.

Tener a ese hombre cambiaba las defensas que tan cuidadosamente había levantado dentro de ella, defensas que mantenían a raya la oscuridad y quedaban abiertas a quienes ella quería, pero habían cambiado para permitir la entrada de él.

¡No! ¡No podía dejar que entrara! ¿Cómo iba a atarse a un hombre? ¿Cómo iba a dejarse arrastrar por los deseos y las aspiraciones de otra persona cuando había tantas que ella no había alcanzado todavía? No podía atarse a una persona con una vida más absorbente que la suya, estaba intentando librarse de todas las ataduras que la habían limitado durante tanto tiempo.

Temblorosa por lo vulnerable que se sentía ante él, se colocó bien el corpiño, se sentó en una silla y se ató los zapatos.

–¿De verdad es tan hermosa como tú?

Él la miraba con los puños en los bolsillos. Los vellos del pecho acababan formando una línea que llegaba hasta debajo del ombligo. Él sí era hermoso, y se grabó en la memoria esa última e íntima mirada.

Бесплатный фрагмент закончился.

313,46 ₽
Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
23 октября 2024
Объем:
181 стр. 3 иллюстрации
ISBN:
9788413753874
Правообладатель:
Bookwire
Формат скачивания:

Похожие книги