Читать книгу: «El manifiesto redneck rojo»
TRAE CROWDER creció en Celina, Tennessee, un pueblucho dejado de la mano de Dios con más licorerías que semáforos (2-0 en el último recuento). Fue uno de los niños más pobres de la zona, pero también uno de los más listos (algo que él mismo se encarga de señalar que no es ninguna hazaña). Por eso acabó coloreando moléculas en «Educación Especial»; en su pequeño colegio para pobres diablos rústicos no había presupuesto para «superdotados». Decidió dedicarse a la comedia a los doce años, después de ver a Chris Rock en HBO. Ya ni sabe la de veces que ha tenido que ir a ver a su madre, yonqui y traficante, a prisión. Sus vídeos protagonizados por el «Redneck de Izquierdas», virales de la noche a la mañana, le hicieron captar la atención nacional. Lleva cerca de una década girando por el país con sus compañeros de escritura y parranda, los también cómicos sureños Corey y Drew.
COREY RYAN FORRESTER, de Chickamauga, Georgia, empezó a escribir monólogos a los dieciséis, alternando actuaciones en bares sórdidos y clubes nocturnos con los más diversos trabajos: pintor de brocha gorda, minorista, vendedor de motos, recolector de muestras de orina, repartidor de flores a domicilio, empleado de hotel y revendedor de libros de texto. En los últimos tiempos se dedicaba a pintar con espray figuritas del Yeti en Ooltewah y a ayudar a su madre y a su hermana en la panadería familiar. Gracias a la popularidad del «Redneck de Izquierdas» y a la publicación de este libro ha podido comprarse un televisor y retener a su novia que, por lo visto, le quiere. Él cree que no se la merece.
DREW MORGAN más que un «redneck» se considera un «hillbilly»; procede de los Apalaches, de un lugar muy minúsculo en mitad de ninguna parte, la clase de sitio sobre el que los ingleses ruedan documentales. Madre bibliotecaria y padre motero, ferroviario, sindicalista y predicador en una iglesia baptista de Tennessee, con tendencia a abusar de la botella y a votar a los demócratas («¡ateo, pagano, desalmado!»). Así les salió la criatura. Su humor ha sido descrito como «un Mark Twain puesto de ácido». Vive en permanente crisis existencial y, si le pones la música que le gusta, baila que da gusto verlo.

Título original:
The Liberal Redneck Manifesto:
Draggin´ Dixie outta the dark
Simon & Schuster, Inc., 2016
Primera edición Dirty Works: Octubre 2020
Segunda edición Dirty Works: Enero 2021
© Trae Crowder, Corey Ryan Forrester y Drew Morgan, 2016
© de las ilustraciones del interior: Eric Loy
© 2020 de la traducción: Javier Lucini
© de esta edición: Dirty Works S.L.
Asturias, 33 - 08012 Barcelona
www.dirtyworkseditorial.com
Traducción: Javier Lucini, en el porche, con la asistencia ocasional de Tomás González Cobos en la mecedora de al lado, espantando moscas con su Winchester.
Diseño de cubierta: Nacho Reig Ilustración: © Antonio Jesús Moreno «El Ciento» Maquetación y correcciones: Marga Suárez
ISBN: 978-84-19288-21-9
Producción del ePub: booqlab
Índice
Introducción
Declaración de males del Nuevo Sur
1. Parranda redneck
2. La paguita
3. Recemos
4. ¿Tenéis hambre?
5. Abueletes
6. Punteos y pinchadas
7. Racista no, pero
8. Las mujeres del Sur
9. Maíz en frasco
10. Sobre mi cadáver
11. Pillbillies
12. Pasar página
Los diez mandamientos del Nuevo Sur
Agradecimientos
Notas del traductor a las ilustraciones
NOTA a propósito de las notas.
En negrita: Las notas de los autores a pie de página.
Con distinción
: Las notas del traductor a pie de página, perpetradas con ánimo de iluminar ciertos datos culturales o juegos de palabras que pueden resultar oscuros o demasiado ajenos fuera de las fronteras de Estados Unidos.
Con distinción
en la ilustración: Las notas del traductor al final del libro.
Para Spook, la abuela Bain, Flo, Clem y Ruby Geraldine; vosotras sois nuestras raíces.

INTRODUCCIÓN
Hace poco un fan nos dijo que este libro es como «una asamblea del Ayuntamiento, pero para el alma». Nos estuvimos descojonando un buen rato, porque las asambleas del Ayuntamiento siempre nos han parecido el típico evento en el que la gente vota para expulsarnos del pueblo por bailar o algo por el estilo, pero de todas formas nos lo tomamos como un cumplido.
La edición en tapa dura de este libro salió en octubre de 2016, un mes antes de que el señor color mango de manos carnosas se alzase con la victoria en unas elecciones que la mayoría de los analistas y las encuestas aseguraban que no tenía la menor posibilidad de ganar. En esa época andábamos recorriéndonos las carreteras del país haciendo comedia. Actuábamos para salas abarrotadas de gente decidida a derrotar a Alguien Se Tapa la Calva Sobre el Nido del Cuco, pero también vimos un montón de carteles de Trump/Pence que nos volaron la cabeza. Por todas partes. En el Sur y en el Medio Oeste, claro, pero también en Pennsylvania, en Nueva York y hasta en California. En serio; estaban por todas partes, como el papel higiénico Walmart de un solo pliegue en los baños públicos y las camareras que responden al nombre de Faye en los diners1.
Así que lo de las elecciones no nos pilló del todo por sorpresa. De hecho, el discurso de que «los elitistas engreídos de la costa fueron los que provocaron este resultado» que continúa regurgitándose en los programas nocturnos de gacetilleros parlantes, fue algo que ya predijimos y de lo que nos lamentamos en las páginas de este libro. ¿Qué podemos decir? Somos profetas. Y no es que nos haga felices. Está claro que tener razón se encuentra en nuestro Top 3 de aspiraciones favoritas, pero lo básico ha sido y será siempre no morir bajo una nube en forma de hongo.
Así que lo mismo estás leyendo esto ahora para intentar hacerte una idea de lo sucedido, o para entender un poco mejor esa zona del país a la que siempre has ignorado hasta que, de pronto, ha contribuido a que salga elegido un presidente con piel de patata frita. Esperamos ser de ayuda. O quizá seas un sureño, como nosotros, que siempre se ha preguntado si está solo en el mundo y te emocione descubrir que a nosotros también nos gusta hacer estallar movidas en un descampado, aunque apoyamos la igualdad para todos. (Bienvenidos, hermanos y hermanas). O puede que estés aquí solo porque te acojona lo que está pasando, y el futuro, y hacia dónde nos precipitamos todos. Si es así, bueno, pues vaya chasco, colega, no sabemos qué decirte; no somos más que tres cómicos, profetas ni por el forro. ¡Válgame Dios! ¡Yo que tú me buscaría otros héroes!
Ahora hablando en serio, este libro no te va a salvar. Vale, es bastante tocho; podría mantener a raya la radiación durante una o dos horas. Pero nuestro principal propósito es aportar información sobre un Sur que conocemos muy bien y que amamos hasta la médula, pero que, sin duda, necesita progresar un poquito, y todo esto haciéndote reír. El libro se ofrece además como una muestra de quiénes somos: sureños orgullosos, desafiantes y un pelín avergonzados.
Cualquiera que haya crecido en el Sur en los últimos treinta años padece este conflicto interno. La cuestión «orgullo vs. vergüenza», casi tan ubicua como la problemática «Ford vs. Chevy». Sentir un inmenso orgullo por tu hogar es probablemente un sentimiento universal (a no ser que seas de Connecticut. ¡Qué ordinariez!). A la gente parece gustarle sentirse orgullosa de su lugar de origen. Paradójicamente, la mayoría entiende también lo fácil que es sentir sofoco y responsabilidad ante los defectos del lugar que uno considera su hogar. Concretamente, en el Sur, esos dos sentimientos parecen estar algo más pronunciados.
Para quienes no son del Sur, el lado «vergonzante» de las cosas no es tan difícil de entender. Después de todo, hay mucho de lo que sentirse avergonzado por aquí («Stars and Bars», Jim Crow, Florida Georgia Line, etc...)2. Y hay muchos sureños nativos que viven casi de manera permanente en el lado vergonzante de la ecuación. Es natural sentirse ligeramente avergonzado del Sur (de nuevo, por aquí vamos sobrados de munición: en sentido literal y figurado), pero huir del pasado en lugar de llegar a un acuerdo con él no sirve de nada.
Aun así, los del extremo vergonzante del espectro resultan mucho más fáciles de entender y de tratar que los que se sitúan del lado del orgullo. Y por aquí abajo, en el Sur, estos últimos son legión. Cuando los de fuera del Sur piensan en «rednecks», «hillbillies», «hicks» o «bautistas sureños», se imaginan a la gente que enarbola la bandera de la Confederación bien a la vista en la parte trasera de sus camionetas tuneadas, con el asta custodiada por un par de pegatinas en las que se pueden leer lindezas tipo: «Beber birras y matar ciervos» o «Pítame si te estoy pagando la asistencia sanitaria» (porque todos sabemos que las industrias que sostienen los programas de prestaciones públicas son las que se cargan los bosques y bombean combustible en los embarcaderos). Simplemente están... simplemente están la hostia de orgullosos. ¿Y de qué exactamente, si se puede saber? ¿De la nota media de 2,2 que mantienen año tras año en un estado que ocupa el puesto 49 en el ranking de educación pública? ¿De su habilidad para pimplarse catorce cervezas durante un partido y aun así ponerse luego al volante para volver a casa? ¿De los tres mocosos que ya han tenido con apenas veintitrés años y a los que crían para que algún día lleguen a ser tan temerosos y obstinadamente ignorantes como ellos mismos? ¿Acaso se dan cuenta? ¿Acaso importa?
Aunque tampoco es que estén del todo equivocados en lo del orgullo. Y esa es la parte que a los forasteros les cuesta tanto entender. Enseguida identifican la vergüenza, pero el orgullo los deja perplejos. Todo el mundo desea sentirse orgulloso de su procedencia y, lo creáis o no, hay mucho de lo que sentirse orgulloso si eres del Sur. El sureste de Estados Unidos es la cuna de buena parte de la mejor comida, la mejor música, los mejores atletas, los mejores soldados, el mejor whisky, las mejores mujeres y el mejor clima que puede ofrecer este país. El hogar de Mark Twain y de André 30003 merece ser redimido. Y ahí es donde entra en juego nuestro libro. En sus páginas examinamos todo lo que la gente se piensa que sabe sobre el Sur; lo bueno y lo malo, lo glorioso y lo bochornoso, las cosas que deberían cambiar y las cosas ante las que vosotros, chavalines de la costa, deberíais dejar de mostrar esa actitud tan engreída.
Ha llegado el momento de hablar de todo este desastre. Ha llegado el momento de hablar de nuestros problemas. Ha llegado el momento de hablar de nuestro futuro. Ha llegado el momento de hablar de la tolerancia y la decencia con todos los gilipollas intolerantes de derechas y los progres santurrones y prejuiciosos que pueblan nuestra nación; has oído bien, Tristán de Portland, no te ahogues con tu zumo detoxificante, porque tú también tienes que enterarte de unas cuantas cosillas. Por mucho que patalee y grite, vamos a arrastrar de los pelos a nuestro terruño hasta situarlo en el presente, tanto si les gusta como si no a los bocazas altaneros y a los forasteros detractores.
Así que, bienvenidos a la asamblea del Ayuntamiento. Hay café y whisky al fondo. Luego haremos pollo frito. Tomad asiento. Vamos al lío.
Trae, Corey y Drew Octubre 2017
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1
Restaurantes prefabricados, muy característicos sobre todo del noreste de Estados Unidos. Nos encanta la descripción del figura que ha hecho la entrada en la Wikipedia: «a medio camino entre los ventorrillos y los cenadores españoles». El primero se inauguró en Rhode Island en 1872. Era un vagón tirado por caballos.
2
«Star and Bars», [«Barras y Estrellas»], es como se denomina a la primera bandera de la Confederación (1861-1863). Las leyes Jim Crow propugnaron la segregación racial y Florida Georgia Line es un dúo de música country pestilente –y me quedo corto–.
3
André Lauren Benjamin, rapero, cantante, actor y productor de hip hop. Natural de Atlanta y miembro del dúo de «southern rap» OutKast.
De palique en el porche con Trae
NO LO PILLÁIS
Vale, primero de todo, una nota: este libro está escrito desde nuestra perspectiva compartida (la de los tres autores). No obstante, de principio a fin y cuando proceda, vamos a sentarnos cada uno por su lado con vosotros en nuestro porche trasero metafórico y vamos a ponernos un poquito sentimentales –un poquito íntimos–, un poquito sexis, por decirlo así. Una segunda nota: estas charlas no van a ser particularmente sexis. Pero sí lo otro. Así que, una vez aclarado este punto, procedamos con la primera entrega de la sección «De palique en el porche», empezando con el mismísimo «Redneck de Izquierdas»4, Trae.
La pregunta que más veces me han repetido hasta hoy es: ¿Por qué? ¿Por qué hiciste esos vídeos? Bueno, es una pregunta difícil de contestar porque, si os soy sincero –y sé cómo suena esto– me da la sensación de que toda mi vida me ha conducido a hacerlos. ¡Madre del amor hermoso, es dejarle a cualquiera que escriba un libro y ya se cree que es el puto James Franco!, ¿me equivoco? Lo sé. No hay quien me aguante. Deberíais hablarlo con Corey y Drew en algún momento. Pero es la verdad. Hice los vídeos porque representan quién soy y cómo me he sentido a lo largo de toda mi vida. Para que conste, aquí tenéis el enlace de uno de los primeros: https://youtu.be/Ov-ocQpQtrw.
Al haberme criado en Celina, Tennessee (población: no muchos; no tenemos semáforos), se me consideraba un prodigio, literalmente. No soy tan inteligente, creedme, pero, comparativamente hablando, en mi pueblo siempre me trataron como la versión gorda y redneck del Indomable Will Hunting. Will Hunting el Gordo. El Bueno de Billy Bob Hunting. De caza en la beneficencia: la historia de cómo conseguí mi ropa5. Lo pilláis. Un movidón. Pero anda que no se burlaron también de mí y me echaron mierda por lo de ser el «chico listo». Siempre fui diferente.
Después me mudé y descubrí que, mientras en mi pueblo seguiría siendo siempre «el chico listo», en cualquier otro lugar sería simplemente «el paleto ese». En serio, hasta en lugares como Knoxville y Nashville, pero sobre todo cuando empecé a salir un poco del Sur. La reacción de la gente al oír mi acento y las cosas que dan por sentadas acerca de mí... siempre me han tocado bastante los cojones.
Pero esa amargura, el rencor que te reconcome cuando no dejan de subestimarte y de juzgarte mal, bueno, es un poco como un tatuaje chungo: nunca se va. No hay manera. Y es que, joder, lo mismo pasa con la comedia. Es oír mi acento y ya el público piensa: «Ah, vale, ya está aquí el Tipo del Cable»6. De gira, hasta he tenido que aguantar a cómicos que no paraban de decirme: «Vas a tener que quitarte ese acento, colega». Mierdas así. Por eso, en realidad, fue como si se hubiese convertido en mi misión demostrarle a la gente que alguien que no puede negar ser un redneck de pura cepa también puede ser gracioso sin necesidad de hablar sobre los pedos que se tira, sobre su perro o sobre los pedos que se tira su perro (y no, no me estoy metiendo con los monólogos de Corey), e incluso llegar a ser elocuente y profundo en asuntos no necesariamente relacionados con las carreras de coches, ¡hostia ya!
Así que grabé esos vídeos para tomar partido por una gente que no suele recibir mucho apoyo y que habla arrastrando las palabras. Pero cuando el apoyo comenzó a fluir y los comentarios se volvieron, eh..., digamos que pintorescos, me di cuenta de que los vídeos también constituían una oportunidad única para desafiar a los intolerantes que se empeñan en hacer que esos estereotipos parezcan reales y plantearle al mayor número de gente posible las siguientes cuestiones: ¿Creéis que nos conocéis? ¿Creéis que nos tenéis calados? Bueno, pues no lo pilláis ni de coña. Pero no pasa nada. Porque yo os lo voy a mostrar. Os lo vamos a mostrar entre todos. Porque esa es otra: yo no soy un unicornio redneck. No soy un bicho raro. Hay mucho pensamiento progresista por aquí, gente de campo con más de dos dedos de frente, y estamos hasta el gorro de la peña que no se entera o a la que se la suda que estemos aquí intentando luchar contra la ignorancia y el odio, y haciéndolo además en primera línea del frente, por amor de Dios. Ha llegado el momento de hacer constar nuestra presencia.
Por eso hice los vídeos y por eso decidimos escribir este libro.
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4
«The Liberal Redneck».
5
A vueltas con el título de la película de Gus Van Sant, Good Will Hunting, en España traducida como El indomable Will Hunting, cuya traducción literal sería más bien «El bueno de Will Hunting». Billy Bob es el nombre redneck por antonomasia y, en la última referencia, se pierde la gracia en la traducción: «De caza en la beneficencia» es la traducción literal de «Goodwill Huntin’».
6
Se refiere al personaje creado por el cómico de Nebraska, Daniel Lawrence Whitney: «Larry, The Cable Guy», estereotipo del redneck con acentazo sureño que cuenta historias disparatadas de su familia.
DECLARACIÓN DE MALES DEL NUEVO SUR7
PRIMERA ENMIENDA
A nadie le importará una mierda tu religión. La libertad de expresión no significa que puedas ir por ahí diciendo lo que te venga en gana sobre la oración, Dios, las normas y los gais, y que todo el mundo tenga que tragárselo. Lo que significa es que podrás ir por ahí diciendo lo que te venga en gana sobre todo eso pero, por las mismas, yo podré replicarte que tu culto es una secta y que todas las mujeres que lo profesan están gordas. Así que ajo y agua, hermano Daryl.
SEGUNDA ENMIENDA
Una «milicia bien regulada» significa regulada por el gobierno. Necesitamos una reglamentación prudente para el tema de las armas. Aceptémoslo todos cuanto antes. No necesitamos a peña armada con ametralladoras. Podemos esperar un poco hasta que llegue la revisión de antecedentes (pero si resulta que eres uno de esos blancos con corte de tazón, tendrás que ponerte al final de la cola, Preston). Apoyar una legislación prudente concebida para mantener las armas lejos de los enfermos mentales y los elementos criminales. Si eres un paranoico y estás convencido de que esas leyes se han diseñado para arrebatarte tu arma, entonces vamos a tener que dar por sentado que eres un enfermo mental o un criminal. Pero ahora seamos claros: las armas molan. Cazar es la polla. Quedaos vuestras armas. Pero, hay que regularlas, colegas. Hay que hacerlo.
TERCERA ENMIENDA
Los soldados se merecen todo el respeto del mundo, no así la guerra. Seré el primero en agradecerle su trabajo a cualquier veterano, pero ese senador tiene que dejar inmediatamente de hacerlos desfilar (sobre todo sus cadáveres) como si fuesen trofeos. Y quita ya la puta pegatina de esa gigantesca camioneta que no es que te hayas comprado precisamente para currar. Esos soldados, a los que tanto dices apoyar, pagaron con sus vidas la gasolina que la hace funcionar; y tu pegatinita no lo compensa para nada. Lucir pegatinas y votar en favor de la guerra es un apoyo de mierda. Si apoyaseis a vuestros hijos del mismo modo que apoyáis a las tropas, estarían muertos en la parte trasera de un coche buscado por la policía.
CUARTA ENMIENDA
Si tienes intención de ser antiestatal, sé al menos coherente. La policía es el Estado. Deja de pretender que la extralimitación del Estado es un problema en todos los ámbitos menos en el ámbito de la justicia criminal. Y otra cosa: Las Vidas Negras Importan8.
QUINTA ENMIENDA
Repite conmigo: «Quiero un abogado».
SEXTA ENMIENDA
Lleva esa mierda a juicio. No es una coincidencia que cuatro de las diez enmiendas de la Declaración de Derechos original traten de restringir la extralimitación del Estado en causas penales. Lo diremos de nuevo: odiar al Estado pero amar al sistema judicial es una hipocresía y lo único que hace es subrayar tus privilegios. Y ahora en serio, lleva esa mierda a juicio.
SÉPTIMA ENMIENDA
Los cuerpos de las mujeres no serán utilizados como forraje político ni como arma contra ellas. Simplemente tratadlas como os gustaría que tratasen a vuestras madres en cualquier escenario dado. ¿Le diríais a vuestra madre que «se lo ha buscado ella solita por ir así vestida»? ¿Permitiríais que unos extraños dictaminasen dónde puede ir vuestra madre a recibir asistencia sanitaria basándose en sus opiniones políticas?
OCTAVA ENMIENDA
El gobierno no tomará medidas enérgicas contra los delitos relacionados con las drogas al mismo tiempo que acepta sobornos de industrias y compañías que perpetúan la adicción y el abuso. No se puede librar una guerra contra las drogas; las guerras se libran contra la gente. La guerra contra las drogas mata a la gente, no a las drogas. Cada vez que oigas a un político decir que hay que tener mano dura con las drogas y no se le ocurra mencionar la necesidad de tomar medidas contra las compañías farmacéuticas, los médicos y las aseguradoras, llámalos por su nombre: lameculos. Y reviéntales la cara de una buena... esto... que no les votes, vamos.
NOVENA ENMIENDA
Educa a tus hijos. Son tu responsabilidad, no la de tus padres. Y ya que estamos, afloja un poco con los de Planificación Familiar. Ayudan a las madres pobres. Sí, también practican abortos. Entendemos que muchos de vosotros no podéis con eso, pero en esta vida hay que transigir. Detestamos tus opiniones políticas, Tía Tammy, pero tu salsa de carne es la bomba, así que hacemos la vista gorda.
DÉCIMA ENMIENDA
Ha llegado el momento de ponerse al día con el resto del país. Parece que en el Sur nos gustan los derechos estatales. Odiar al gobierno federal y hacerles saber que no los necesitamos es el gran pasatiempo sureño. Bueno, pues vale, digámosles a los federales que se pueden ir a tomar por culo. Pero todo gran poder conlleva una gran responsabilidad. Educación, comercio, derechos de las minorías, etc...; vamos por detrás en todo. Eso se acabó. Si queremos valernos por nosotros mismos, vamos a tener que empezar a cuidar a nuestra gente. Tenemos que hacerlo mejor y pisar más fuerte; aunque siempre cerquita de la nevera, por supuesto. ¡Ea!9
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7
«The New South Bill of Wrongs», en lugar de «Bill of Rights», («Declaración de Derechos»), jugando con los antónimos «right» (correcto, bien, justo, derecho) y «wrong» (incorrecto, mal, agravio, injusticia).
8
Black Lives Matter, movimiento político que se originó en 2013 dentro de la comunidad afroamericana después de la absolución de George Zimmerman por la muerte del adolescente afroamericano Trayvon Martin a causa de un disparo. Lleva a cabo campañas contra la muerte de personas negras en homicidios cometidos por agentes de policía, la brutalidad policial, la desigualdad social en el sistema de la justicia penal y otras cuestiones raciales.
9
La expresión en inglés es la muy sureña y muy redneck «Skew!» que se utiliza para manifestar alegría o satisfacción ante algo. Hemos barajado varias opciones y al final nos hemos decidido por el muy andaluz y, en particular, muy cordobés «¡Ea!», que, con sus varios matices, parece cuadrar perfectamente con la expresión redneck del original. Un término para corroborar y justificar. Aparece en la RAE como «interjección para denotar alguna resolución de la voluntad, o para animar, estimular o excitar». Así que, ¡ea!
1
PARRANDA REDNECK
Entonces, ¿qué es un redneck de izquierdas? Bueno, francamente, lo de «de izquierdas» se explica bastante bien por sí mismo. Un «socialista», un «progresista», un «maricón de cuidado»; ya entendéis lo que queremos decir. Pero lo de «redneck» es un poco más peliagudo. Significa un montón de cosas distintas para un montón de gente distinta; en su mayor parte, cosas malas. Ahora bien, para que quede constancia, los autores realmente no llegamos a entender todo esto hasta que ya fue demasiado tarde10.
No nos malinterpretéis: sabíamos que era un término que se las traía, que venía bien cargadito (como la pipa de patata para fumar marihuana de nuestro tío). Al igual que muchos de nuestros colegas, nosotros también albergamos una especie de resentimiento (probablemente con aderezo ranchero)11 hacia la gente que se piensa que somos unos tarados/racistas/paletos/ endogámicos solo por ser del Sur. Así que parte de la mentalidad era: «¿Y bien? Somos rednecks. Nos la suda si les gusta o no». Pero veréis, nosotros crecimos en los años noventa, principios del 2000, los tres. Pensábamos que cuando la gente oía la palabra «redneck» pensaba en Jeff Foxworthy12. Y resulta que muchos piensan en Jefferson Davis13. No es que nos entusiasme particularmente que la gente nos mire por encima del hombro a causa del primero, pero lo que no llevamos nada bien es que la gente nos mire por sus retrovisores a causa del segundo. Así que necesitamos dejar las cosas claras, desde ya14.
Ser un «redneck» depende de quién seas y de dónde estés. Vamos a echarle un ojo a los antecedentes de la palabra para tratar de averiguar cómo llegamos a esto, para empezar.
HA NACIDO UN INSULTO
El término «redneck» se originó, a todas luces, en el Valle del Mississippi en algún momento del siglo diecinueve. En un principio se refería a la nuca quemada por el sol del blanco pobre que se pasaba todo el día deslomándose en los campos. Así que nació con intención no solo de insultar a una persona por su clase social, sino también por el color de su piel. Técnicamente, puede que los rednecks fuesen blancos, pero la clase dirigente quiso dejar meridianamente claro que los blancos pobres no eran sus iguales. Para vuestra información, los negros de la época también adoptaron el término. Desde sus primeras manifestaciones, «redneck» tenía por objeto describir a la gente blanca y pobre del Sur (sobre todo hombres) que los de arriba consideraban inferior o de clase baja.
Pues bien, ser difamado por ser pobre o inferior a menudo suele despertar compasión, pero no en el caso de la palabra «redneck». La razón es que el término incorpora connotaciones más viles que también pueden rastrearse hasta sus orígenes. Para empezar, ¿nunca os habéis preguntado por qué se quemaban tanto la nuca esos cazurros? Quiero decir, aún no tenían protector solar Hawaiian Tropic, pero aun así, ¿no podían proyectar un poco de sombra sobre esa desgraciada?15 Bueno, pues claro que podían, solo que decidieron no hacerlo. O, en cualquier caso, eso es lo que cuentan. Veréis, los esclavos recién liberados con quienes fueron obligados a trabajar en los campos llevaban sombreros ligeros de ala ancha que les proporcionaban cierto grado de sombra. Bueno, pues resulta que los antepasados redneck, claramente, no podían ser asociados con algo tan presuntuoso y burdo como el Puto Sentido Común, así que optaron por no ponerse aquellos sombreros a fin de diferenciarse de sus homólogos negros. Eran más estúpidos y más cabezotas que ellos, según parece16.
En los años posteriores a la instauración del término, la cosa fue adoptando más connotaciones de intolerancia y racismo, y menos de clase y estilo de vida. A mediados del siglo veinte, para mucha gente, un redneck era cualquier blanco intolerante de mente cerrada, independientemente de su formación; lo que a nosotros nos parece muy raro, dado que podemos dar por sentado que, por ejemplo, y de un modo bastante literal, hasta la última ricachona blanca estadounidense de la década de 1950 era racista sin complejos, y sin embargo nos cuesta imaginar que se les soliera aplicar ese término. Aun así, el racismo, la homofobia, la miserabilidad general de su condición, todas esas excelencias, se convirtieron en las principales características de un redneck.
No hay mucho de lo que enorgullecerse en eso, obviamente. Así que para los que crecieron en aquella época o para quienes se criaron bajo esa acepción de la palabra, para cualquier persona razonable o librepensadora, habría sido poco menos que incomprensible pretender siquiera soñar en identificarse como un redneck.
Y, aun así, era un hecho profundamente enraizado en nosotros, los autores.
¿Por qué? Bueno, pues porque algo sucedió antes de que alcanzáramos la mayoría de edad que acabó por distorsionar la percepción de la palabra. Veréis, a finales del siglo veinte, los rednecks empezaron a hacer lo que mejor saben hacer: sentirse condenadamente orgullosos de movidas que a la mayoría de la gente le parecen rematadamente estúpidas. En este caso, el mote en sí.

DE COÑA CON LOS INSULTOS
Desde hace tiempo se viene contando el chiste de que no hay ningún insulto racial bien arraigado que se considere verdaderamente ofensivo para los blancos. Y no podemos estar más de acuerdo; sobre todo en lo que se refiere a los blancos de verdad. La multitud café con leche descafeinado y WASP17, por ejemplo, se siente infinitamente más ofendida por la mera existencia de otra gente que lo que jamás podría llegar a estarlo por una palabra. A la mayoría de los blancos pobres, tan alejados de los WASP que hasta podrían considerarse de otra raza, no les molesta que les llamen «rednecks». Joder, si decoramos con esa mierda la carrocería de nuestras camionetas y nos lo tatuamos hasta en la polla, es obvio que desagradar no es que nos desagrade mucho. Lo que pasa es que es muy difícil ofender a un blanco pobre con un insulto. Coño, es difícil ofender a un blanco pobre con cualquier cosa que no sea echar pestes sobre su camioneta. Pero está claro que ni por esas la gente ha dejado de intentarlo.
A continuación, os presentamos lo más de lo más en insultos sureños:
«Cracker». Ahh, el viejo clásico infalible. Es como una taza de chocolate caliente. Mirad, no es que pretendamos bajaros los humos ni nada parecido, pero, francamente, resulta de lo más hilarante vuestro patético intento de utilizar la palabra «cracker» a modo de insulto. Siempre hemos supuesto que la cosa viene de las galletitas saladas o de soda (lo que en la actualidad no tendría mucho sentido, dado que esas galletas vienen en fundas..., ¿lo pilláis?18). Ya sabéis, rollo comida. Porque a nadie le hace gracia ser considerado una cosa que se come. Pero, por lo que se ve, es muchísimo peor: los etimólogos piensan que en realidad procede de «whip-cracker», por lo de «whip» [«látigo»], que era el término con que se conocía al capataz de las plantaciones. Lo que, y ahí os damos la razón, es horrible. Pero, coño, si el 98% de la gente se piensa que estáis hablando de unas putas galletas saladas, ¿a quién cojones va a importarle? El término «cracker» no ofende a nadie.
«Peckerwood». Este sí que nos gusta. Al parecer no es más que una inversión de la palabra «woodpecker» [«pájaro carpintero»], que los negros de antes de la guerra utilizaban en contraposición al «blackbird» [«mirlo», aunque en traducción literal: «pájaro negro»] con el que se identificaban. O algo así. Nos gusta cómo suena. Parece que se te resbala de la lengua: «peckerwood». Ahora bien, sería extremadamente complicado tomarse a alguien en serio si justo antes de una pelea se pusiera a gritar: «¡Muy bien, te ha llegado la hora, puto “peckerwood”!». Dinos que no te entraría la risa. Te descojonarías fijo. Oh, pero resulta que también fue adoptado por la Hermandad Aria como parte de la subcultura presidiaria en la década de 1960... Así que, eh.., bueno, sí, vale, ya no nos gusta.
«White Trash» [«basura blanca»]. A ver, una cosa, esta mierda es simplemente floja. Muy poco currada. En serio, resto de razas, ¿«basura blanca»? No es más que nuestro color seguido de una cosa mala. No tiene chispa. No tiene ingenio. Decepcionante, de verdad. Sea como fuere, «basura blanca» ha existido como insulto desde principios del siglo diecinueve, cuando se adoptó para referirse a los blancos que trabajaban mano a mano con los esclavos en las plantaciones. Harriet Beecher Stowe lo incluyó en un capítulo titulado «Basura blanca pobre» de A Key to Uncle Tom’s Cabin [La clave de la cabaña del Tío Tom: presentación de los hechos y documentos originales sobre los que se basa la historia junto con pruebas verificadoras que corroboran la obra (1853)] (que es la única cabaña que los blancos han odiado alguna vez), y el resto es historia del insulto.
«Trailer Trash» [«basura de tráiler»]. Por cortesía de los mismos creadores de «basura blanca» se presenta ahora esta secuela escasamente original y nada imaginativa: «basura de tráiler». A ver, lo que hicieron aquí, colegas, fue coger la muy poco sugerente parte de «blanca», que hacía referencia a la piel de la persona, y cambiarla por «tráiler», en referencia a su casa. Ya ves tú qué cosa. Ahora sí que sí, ¿eh? ¡Venga ya!
«Hick». Vale. Vaya por delante que no podemos estar al cien por cien seguros de esto –y bastará con darle a la gente algo de tiempo en cuanto Obama abandone el cargo–, pero creemos que «hick» es el único insulto que podría describirse con bastante exactitud como presidencial. El término aludía en sus orígenes a los blancos pobres del campo que eran fervientes partidarios de Andrew Jackson, al que se conocía como «Old Hickory» [«Viejo Nogal»] (y también por ser un descontroladísimo y taradísimo hijo de la gran puta; por no decir que fue el séptimo presidente de Estados Unidos). Ahí queda eso. Comed mierda, gente-a-la-quese-os-ocurrió-la-gilipollez-de-«cracker». Aunque, fuera cual fuese su significado inicial, no tardó en convertirse en sinónimo de todo lo demás: un pedazo de mierda blanca pobre, básicamente. De hecho, en nuestra anecdótica opinión, «hick» puede que sea el insulto de uso más generalizado para referirse a los blancos pobres del Sur, aparte, por supuesto, del que da título a este capítulo, el «redneck», y de su hermano pequeño, el:
«Hillbilly». Ah, sí. ¡Los hillbillies! ¡Los montañosos! Ya sabéis quiénes: esos que tocan el banjo y a quienes no hay nada que les guste más en el mundo que «una boca bonita»19. Lo que les falta en dentadura lo suplen con lo mucho que se las repampinfla tener dientes. Nada más que gente muy trabajadora, la sal de la tierra, objetivamente aterradora. Estamos de broma, por supuesto. Nos lo tomamos a guasa porque en nuestra experiencia, «hillbilly» es el único de todos estos insultos que puede medirse con «redneck» en cuanto al volumen de estereotipos negativos con el que se le relaciona. También, por si sirve de algo, Trae y Corey siempre se han autoidentificado más como «rednecks», pero Drew, siendo de un lugar un poquito más... Apalache, siempre se ha considerado «hillbilly». En honor a la verdad, para la mayoría de la gente de fuera del Sur, ambos son, más o menos, intercambiables. Pero en términos de pura dentellada, «hillbilly», al igual que los demás insultos de saldo que os hemos señalado, no le llega a «redneck» ni a la suela de los zapatos.

EL REDNECKNACIMIENTO20
A partir de la década de 1970, los sureños blancos pobres decidieron de un modo serio y colectivo, consciente o no, que puesto que no iban a poder impedir que los demás les siguiesen llamando rednecks, lo mejor iba a ser apretarse los machos y sacarle el máximo partido. Y que quede claro que para nosotros «recuperar una palabra» así es un ejercicio de lo más noble. Arrebatarle la munición al oponente y utilizarla contra uno mismo antes de que el oponente pueda servirse de ella para joderte. La comunidad LGBTQ se lleva la palma en ese frente. En el ámbito académico se conoce como «Estrategia B-Rabbit»21. Pero cuando la palabra que has decidido adoptar con tanto orgullo es conocida sobre todo por la quema de cruces, la sodomización de cerdos y el odio a los judíos, bueno, huelga decir que no va a ser un camino de rosas. Claro que eso es algo que nunca ha frenado a un redneck.
El verdadero momento inaugural de la «Revolución Redneck», si se quiere22, fue el día en que Jimmy Carter, el chico de Georgia, salió elegido presidente en 1976. A lo largo de su campaña, Carter (muy tibio) aceptó que la oposición lo tildase de redneck para ganarse el cariño de los votantes de clase obrera. Y le funcionó. Pero seamos honestos en este punto: Jimmy Carter no tenía ni un pelo de redneck. Era ricachón desde la cuna. Empezó como granjero, sí, pero en un terreno que le regaló papá. Que no se nos malinterprete: Jimmy Carter nos cae bien. Joder, si pensáramos que fue un redneck, no os quedaría más remedio que reconocer que fue un redneck de izquierdas, así que vendría a ser como una especie de pseudoantepasado nuestro. O algo parecido. Pero mira tú por dónde: el muy condenado era demasiado arrogante. Y no hay más que hablar. Aun así, tuvo un tremendo impacto en la redefinición de la palabra «redneck». Aunque lo mismo sería más preciso decir que fue su mamá, la señora Lillian, la que tuvo ese tremendo impacto. Porque, además de a Jimmy, parió también a su hermano pequeño, Billy. ¿Y ese hijoputa? ¡Bua, colegas! Ese sí que era un puto redneck.
EL PEQUEÑO BILLY
Billy Carter era otro cantar. Su hermano era el condenado presidente de los Estados Unidos, y le resultaba mucho más fácil atar en corto al puto Congreso que a su hermano pequeño. Billy Carter soltaba mierda por la boca, se emborrachaba, servía gasolina y se sacaba la chorra para mear delante de los dignatarios extranjeros en la pista del aeropuerto. A Billy Carter empezó a sudársela todo a partir de su tercer cumpleaños. Bebía tanta cerveza que una compañía cervecera acabó proporcionándole su propia marca, la Billy Beer. (No dejéis que vuestros sueños se queden en sueños, chavalines). Y durante todo ese tiempo, con total franqueza y orgullo, tuvo el cogote más rojo que el diablo. Se declaró abiertamente redneck y, al hacerlo, se ganó de calle los corazones de la nación. De repente, ser un «redneck» tenía una faceta completamente distinta. Billy Carter tuvo muchísimo que ver en eso.
Así que con Billy Carter básicamente liderando (¿cerveceando?) el camino, la cultura redneck barrió el país. La gente se puso a hacer películas y a escribir libros23, la gente se puso a inhalar rapé y se calzó botas. Fue una movida. La palabra «redneck» había sido redefinida, al menos por sus nuevos adoptantes, como una forma de describir el hecho de pertenecer a la clase trabajadora, un motivo de orgullo, nada que ver con el sambenito de gente intolerante, odiosa, mierdosa, etc... Esta nueva definición proporcionó un término para la mentalidad y el estilo de vida de la gente sencilla y dura como una piedra que no necesitaba ninguna ayuda de los forasteros para salir adelante. Bandas como Molly Hatchet, los Allman Brothers y, por supuesto, los indomables Lynyrd Skynyrd, compusieron canciones que apuntaban directamente al cañón de los estereotipos negativos que llevaba atormentando a nuestra gente desde hacía años. El Rednecknacimiento estaba en pleno apogeo24. Y, entonces, a principios de la década de 1990, sin comerlo ni beberlo, las cosas dieron un vuelco hacia la idiotez.
PUEDE QUE SEAS UNA CARICATURA
Necesitamos prologar esta sección con una especie de descargo de responsabilidad: Jeff Foxworthy es una puta leyenda. Es uno de los claros finalistas para figurar en el Monte Rushmore de la Stand Up Comedy25. Como cómicos que somos, hablar mal de Jeff Foxworthy sería para nosotros lo mismo que hablar mal de Jerry Senfield. Y no estamos aquí para eso. Nosotros, los tres, crecimos con la comedia de Foxworthy y lo adoramos. Como buena parte del país.
Ahora bien, una vez dicho eso resulta muy difícil argumentar que el «género» de comedia que él, básicamente, inventó, hizo a nuestra gente, o a la palabra «redneck», muchos favores en materia de imagen pública. Cuando su material estalló en los noventa (y, colega, esa mierda estalló con más virulencia que las erecciones de Michael Bay26 o la cabeza del director de una Escuela Bíblica Vacacional después de la aprobación de la ley HB27), el zeitgeist se vio inmediatamente inundado de imágenes de «rednecks» como paletos estúpidos e incapaces de hacer el bien28. Vivimos en autocaravanas, comemos animales atropellados, compramos gilipolleces con dinero que no tenemos, podríamos llevar un poco mejor el tema de la higiene, usamos los puntos Marlboro como moneda de cambio, arrastramos a nuestros chiquillos metidos en cubos de basura a toda velocidad por el campo con nuestras camionetas (aunque esto mola, tenéis que probarlo); la lista es interminable. Para su colosal audiencia, Foxworthy definía de un modo bastante literal, aunque con un guiño intencionado, lo que significaba ser un «redneck», y dicha definición era... cualquier cosa menos halagadora.
A pesar del retrato nada lisonjero que pintó esta nueva ola de cultura pop, el humor redneck fue también extremadamente rentable. Y, como todos sabemos, eso es lo único que de verdad les preocupa a las sabandijas. Sobre todo a las sabandijas de California29. Sus lenguas bífidas registraron inmediatamente el calor que emanaba del cajero automático que era la comedia redneck y se zambulleron de cabeza, como lagartos. En muy poco tiempo surgió el Blue Collar Comedy Tour y con él llegó el punto final natural de este particular tipo de chiste: Larry, el Tipo del Cable.
Ahora bien, como humoristas tenemos que reconocer que el hombre tiene mucho talento. No estamos diciendo lo contrario. Y, según cuentan, es un encanto. Pero para cualquiera que ande por ahí fuera y no lo sepa: se trata de una actuación. El tío no es sureño. No habla así; no se comporta de esa manera en su día a día. No se llama Larry. Se llama Dan. Y Dan creó el personaje de Larry, el Tipo del Cable, y utilizó el personaje para explotar y capitalizar, con mucha astucia y habilidad, una cultura a la que él mismo no pertenece. Y ole sus huevos. Ganó un montón de pasta y logró cosas que la mayoría de los cómicos solo pueden soñar. Pero su personaje y sus latiguillos («Git-R-Done!»30)31 representan para muchos el momento en que la comedia redneck «se quitó la caspa»3233. Desde el punto de vista cultural, nos hemos convertido en caricaturas. En personajes de dibujos animados. En chistes y motivos casi exclusivamente de chanza. Esto es lo que somos ahora.
Hay que decir, por cierto, que Foxworthy no tuvo la culpa. Él fue un innovador y una fuerza humorística de la naturaleza34. El lugar donde hemos acabado culturalmente como «rednecks», probablemente iba a ocurrir de todas formas. Es un poco la progresión natural, si te paras a pensarlo. Comenzó como una infamia y un insulto, hicimos todo lo que pudimos para redefinir el término, llevamos la movida un poco demasiado lejos y acabamos donde nos hallamos en estos momentos. Ahora, una vez dicho esto, hemos de añadir que Foxworthy, el Blue Collar Tour y el Tipo del Cable, ya sea intencionadamente como si no, son los responsables de que emprendiésemos este camino. Pero Ron White no. Ron White es la puta hostia, y nos zurraremos con cualquiera que afirme lo contrario35.

EL FOXWORTHY OSCURO
Desde hace años, los autores hemos estado desarrollando, internamente, un sketch que se titularía «El Foxworthy oscuro», y nos gustaría compartirlo ahora con vosotros porque os queremos y porque nos mola molar. Y en nuestra opinión, esto mola. El concepto es, básicamente, «¿Qué pasaría si Jeff Foxworthy no tuviese filtros?». Imaginaos que Jeff no fuese el virtuoso de la comedia mainstream que ha llegado a ser, sino un cómico cabreado y marginal, sin escrúpulos a la hora de iluminar los rincones más oscuros de la cultura redneck; pero que lo hiciera con la misma estructura exacta de chiste. Permitidnos una muestra:
(Nota: por favor, leed esto en vuestra cabeza con la imitación más exagerada y cursi de Jeff Foxworthy que podáis perpetrar. Para nosotros es importante).
Si alguuuna vez le has metido una paliza a tu padre después de que entre los dos le hayáis metido una paliza a tu madre... ¡puede que seas un redneck!
Si alguuuna vez le has dicho a tu abuela: «Tu novio me debe pasta de una apuesta que nos hicimos en segundo de bachillerato»... ¡puede que seas un redneck!
Si alguuuna vez le has hecho una mamada a un tío porque pensabas que podía tener Percocet... ¡puede que seas un redneck!
Si alguuuuna vez te has tirado a una tía con una camiseta sin mangas llena de manchas en el circuito de una carrera de NASCAR36 mientras tus colegas te vitorean y te aseguran que «segurisísimo» que la chica tiene diecisiete... ¡puede que seas un redneck!
Si alguuuuna vez le has robado a tu madre la tarjeta EBT37 para dársela a un tipo que se hace llamar Lay-Low [Perfil Bajo] a cambio de marihuana... ¡puede que seas un redneck!
Si alguuuuna vez has votado en contra de tus propios intereses económicos porque fuiste engañado sin remedio por las promesas vacías de charlatanes religiosos que te ofrecían la falsa salvación en manos de un Dios claramente apático... ¡puede que seas un redneck!
Ya lo pilláis. Mierdas así.

Nota al margen: nuestra música ha seguido desgraciadamente una evolución muy similar, y no creemos que sea una coincidencia. La música country (o al menos lo que se conoce popularmente como música country) comenzó como fuente de orgullo y ahora se ha convertido en un géiser borboteante y con peste a sulfuro de puta vergüenza incandescente. Lo que viene siendo una putada. Ver capítulo 6, «Punteos y pinchadas», para más detalles.
Así que aquí estamos. La palabra «redneck» ha pasado por una Montaña Rusa de Significado38. De insulto a sinónimo de estupidez mierdosa, pasando por todo lo de en medio. ¿Pero qué significa ahora para la gente? Bueno, pues para responder a esta pregunta nos vemos en la necesidad de citar a cualquier político que haya pisado la faz de la tierra y decir: «Todo depende».
SABEMOS LO QUE PIENSAS
Lo que la palabra «redneck» significa para ti depende, obviamente, de quién seas. ¿Eres yanqui? ¿Eres negro? ¿Eres gay? ¿Eres extranjero? Si lo eres, somos conscientes de que en este momento, con toda seguridad, se te está encogiendo el ojete, porque no hay manera de que dicha secuencia acabe con otra cosa que no sea una intolerancia de la hostia, ¿nos equivocamos? Bueno, pues no, no vamos a afirmar nada de eso, pero si ese dulce y pequeño nudito de globo que tenéis ahí abajo ha fruncido los labios al leer esas preguntas, entonces ahí tenéis la respuesta, muñequitas.
Para muchos forasteros, los rednecks son simplemente lo peor. Nunca pierden/perdemos sus/nuestras actitudes racistas y xeno/ homofóbicas y, para colmo, a lo largo de los últimos treinta años, los forasteros han recalcado muchos más estereotipos casi-tanmalos. Somos estúpidos, somos endogámicos, somos borregos (y algunos dan por sentado que nos gusta follar con borregos), somos retrasados, somos reaccionarios, estamos llenos de odio y, lo peor de todo, nos sentimos orgullos de todo eso. Puaj. Qué asquerosos debemos parecer.
Y de veras que lo pillamos. No os culpamos. Tiene que ser complicado no sentirse así, habida cuenta del modo en que hemos sido retratados en la cultura popular y por los miembros más, a ver cómo lo decimos..., bocazas de nuestro grupo en el transcurso de los años. Entendemos perfectamente por qué os sentís así. ¿Pero cómo nos sentimos nosotros? Bueno, ya que preguntáis...
FRANCAMENTE, QUERIDA
¿Que qué significa la palabra «redneck» para nosotros? Como sucede con todos los grupos de gente, muchos de los estereotipos son ciertos. Pero al igual que con los demás grupos, solo queremos que la gente entienda que los estereotipos negativos no nos definen. Puede que sea más fácil si los desarmamos de esta manera:
Lo que sí es un redneck
Un redneck es, por lo general, un blanco pobre sureño, pero un redneck también puede ser rico. Digamos que le toca la lotería. Algo así. Aunque si creces con pasta, en nuestra opinión, es casi imposible tener el cogote colorado. Naces y creces con el culo blanco. Y eso está bien. Los blancos tienen un montón de mierdas geniales. La mayor parte de las cuales se las han robado a otras gentes más vapuleadas, pero aun así.
Un redneck también puede ser negro, lo creáis o no. Hemos vivido en el Sur toda nuestra vida; creednos en esto. Quedaos por aquí y obtendréis un claro ejemplo de este fenómeno. (A propósito, un redneck puede ser de cualquier otra raza. Trae conoce a una familia más «roja»39 que nuestro culo que adoptó a un bebé coreano, y al final ese hijoputa acabó teniendo el culo más «rojo» que un babuino). Y, por último, aunque vacilemos a la hora de admitirlo: un redneck no tiene por qué ser del Sur. Hay gente que encaja a la perfección en el perfil en todas las regiones de este país. Aunque, hablando a título personal, en el fondo desearíamos que esa gente adoptase otro calificativo. La palabra «redneck» es nuestra. No está bien que la utilicéis vosotros, ¿vale? Pero suponemos que os lo dejaremos pasar, porque sabemos que todos tenéis algún amigo redneck. Así que sí, existen excepciones, pero en términos generales, un redneck es un blanco pobre sureño.
De palique en el porche con Drew
Soy un hillbilly. Eso es lo que soy. Me gusta la música hillbilly. Me gusta la comida hillbilly. Me gustan las mujeres hillbilly (una mujer hillbilly en concreto; perdona, cariño). Lo que tenemos en común con los rednecks es que nos sentimos la hostia de orgullosos de ser lo que somos y que estamos dispuestos a partirnos la cara por cualquier cosa que de pronto nos encabrone. También valoramos mucho el trabajo duro y, por definición, somos sobre todo blancos. Así que me llaman mucho redneck y, de alguna forma, supongo que también lo soy, pero lo que más soy es hillbilly.
Los hillbillies son de los Apalaches. Somos gente de las colinas. Para mí, el término significa una persona de la colina a la que le gusta pasárselo bien. Sus cosas favoritas (de él o de ella) son: la música, las montañas, nadar en pelotas, resentirnos por algo y liarnos a mamporrazos. Cosas que ni a él ni a ella les importa pero que a otra gente sí: el barro y la mugre, que la gente los juzgue, todas y cada una de las normas habidas y por haber (sobre todo las relativas a tener que ponerse camisas y calzado). El término es más conocido como una manera despectiva para referirse a la gente de mi región que se mudó a las ciudades en busca de curro, por parte de los de la ciudad. Ahí hay una especie de denominador común entre las palabras «hick», «redneck» y «hillbilly». La gente se las ha inventado para mofarse de mi gente.
«Hillbilly» pretendía ser un insulto, lo mismo que «redneck». Una diferencia es que el «hillbilly» no se ha visto históricamente asociado al odio, el racismo y la ignorancia social como le ha pasado al «redneck». Con esto no pretendo decir que no haya hillbillies racistas, sino que el racismo no es esencial en la definición de un hillbilly, probablemente porque en los lugares donde el término se utilizaba de una manera más amplia –los guetos de las ciudades y las fábricas– había un montón de hillbillies que trabajaban mano a mano, se relacionaban e incluso convivían, con otras minorías.
Debido a eso, siempre me he resistido al término «redneck». Para mí, significa una serie de cosas que, desde luego, soy: orgulloso (quizá más de la cuenta), cabezota y campestre. Pero «redneck» también significa otras cosas que no soy ni por asomo: ignorante, rebosante de odio y racista.
Por supuesto, no me hace ni puta gracia que sentirse orgulloso de ser sureño (siendo blanco) signifique que la gente vaya a dar por hecho que eres un ignorante y/o un racista. Por supuesto, no quiero que se me asocie con nada de eso y deseo de todo corazón que esas palabras desaparezcan o comiencen a significar algo positivo. Pero la realidad es que no van a desaparecer. Yo soy un hillbilly. Y la verdad es que soy también un redneck. Mi padre es un predicador que solía beber más de la cuenta y montaba en moto. Mi hermano está en prisión. Mi abuelita chupaba tabaco y cocinaba con manteca de cerdo. Yo soy lo que soy y la gente va a definirme como le salga de los huevos.
Pero esas palabras ya no significan lo que la gente que no se identifica con ellas dice que significan. Yo solía pensar que redneck significaba algo lleno de odio, algo que no era yo. Y lo pensaba porque dejé que la gente me definiera, a mí y a mi cultura. Y eso se acabó. Soy de campo, soy sureño y me siento orgulloso. Siempre he sido un hillbilly. Y, de ahora en adelante, voy a ser siempre un redneck. Un amoroso, tolerante, inteligente y orgulloso hillbilly redneck. ¡Ea! Vámonos de juerga.
¿Qué más es un redneck?
Un redneck trabaja duro y ama con más dureza aún. Un redneck es ferozmente leal a su gente (y a sus animales). Un redneck sabe cómo pasárselo de putísima madre. Mirad, podéis soltar toda la mierda esnob que queráis, pero si pensáis que disparar armas de fuego, bañarse en lodo y pilotar pontones en el lago no es la hostia de divertido, entonces vosotros y nosotros, bueno, está claro que somos dos tipos diferentes de personas. Un redneck ama a su camioneta, a su equipo de fútbol, a su cerveza, a sus armas y a su mamá. No le toquéis los ovarios a una mamá redneck. Aunque sea una «pillbilly»40 como la de Trae41. Un redneck ni quiere ni necesita ayuda de nadie. Es puro orgullo. Solo quiere que le dejen muy en paz.
Lo que nos lleva a la que, en nuestra opinión, es la única característica absolutamente definitoria de un redneck: a un redneck se la suda todo. No solo una cosa. El terreno de todo lo que se la suda a un redneck es de una aridez insondable. Podría rellenarse el Gran Cañón con todo lo que se la puede llegar a sudar lo que tú, u otro cualquiera, piense. ¿Que debería ir de manga larga al funeral de su abuela como una persona decente? Probablemente, pero, joder, el chaval ganó el domingo y a ella le hubiese encantado que figurase como lo que verdaderamente es.
¿Que no os gusta cómo vive? Se la suda.
¿Que creéis que tendría que actuar con un poco más de tacto? Se la suda.
¿Que incontables científicos y expertos coinciden en afirmar que el gas de escape de su camioneta es nocivo para el medio ambiente? Bueno, joder, eso no es moco de pavo. Pero mucho me temo que van a tener que ponerse a la cola del «podéis besarme el culo». Y que sepan que va a ser una espera bastante larga.
¿Alguna vez os habéis fijado en que los rednecks son casi el único subgrupo que queda en este país del que resulta casi del todo aceptable socialmente mofarse en público? ¿Por qué creéis que es? Bueno, nos gustaría sugerir que se debe, casi exclusivamente, a su total incapacidad para que le importe un carajo. A lo largo de los años, los demás grupos de gente (legítima y oportunamente) se han puesto en pie y han dicho: «Un momento, tíos, mirad una cosa: no está pero que nada bien que habléis así de nosotros. También somos personas. Tenéis que parar». Y la gente paró. La mayoría. Pero cuando los rednecks se enteran de que se están riendo de ellos, más bien lo que les da por decir es algo así como: «¿Que hago qué? ¿Quién habla mal? ¿Ah, sí? ¡Bueno, pues ve y dile a todos que pueden venir cuando quieran a besarme el culo!». Y con eso, más o menos, se zanja el asunto.
Por lo general, nos sentimos orgullosos de esos atributos. No tiene por qué existir vergüenza en el hecho de ser un redneck. Algunas de las personalidades más formidables que ha conocido este país han sido rednecks. Y hablando de eso, antes de contaros lo que no es un redneck, querríamos dedicar un espacio a una acotación muy importante:
Oh, colegas, no veáis, estamos emocionadísimos. Vamos a deshacernos en elogios con algunos de nuestros ídolos. (Nota: dado que ya nos hemos explayado bastante con Billy Carter y Jeff Foxworthy, vamos a excluirlos de la siguiente lista. Y, con no poca consternación, vamos a hacer lo mismo con Lynyrd Skynyrd y todos los grandes de la música country –salvo por una notable excepción–, pues les dedicaremos buena parte del capítulo 6. «Punteos y pinchadas».)
En cualquier caso, sin más preámbulos, os presentamos a...
LOS DIEZ REDNECKS MÁS GRANDES DE TODOS LOS TIEMPOS
1. Dale Earnhardt. Vale, antes de nada, un minuto de silencio. Mostrad un poco de respeto, coño... Muy bien, gracias.
Dicho esto: ¡Eeeeeeeeeeeeeeaaaaaa! ¡El puto Dale, nena! ¡El Intimidador! Escuchadme todos, si no sois rednecks probablemente no entendáis lo mucho que Earnhardt significa para nosotros. De hecho, existe la teoría generalizada de que Jesús ya ha regresado, solo que nosotros lo llamamos Dale Earnhardt. Hablando claro, el tío que lleva el número tres es uno de los cabronazos más tremendos que se han puesto al volante de esos coches, y eso es decir mucho. Legitimizó NASCAR, ganó dinero a espuertas, tuvo tres mujeres que estaban como un tren (lo que puede parecer algo negativo hasta que te das cuenta de la importancia del número tres en la mitología de este hombre; ¡y además ahora te callas porque estoy hablando yo!), y luego, en 2001, murió de la misma forma en que vivió: corriendo en el Daytona International Speedway42, haciendo que echase humo con las dos manos en el puto volante.
2. También Dale Earnhardt.
3. También Dale Earnhardt. (Esto no puede ser de otra manera. Está escrito).
4. Brett Favre. A ver, porque este sí que es un hijoputa de mucho cuidado. ¡Bua! Va a ser difícil expresar en un solo párrafo la grandiosidad de Brett Favre. Un chaval modesto de Mississippi con un acento muy cerrado, un obús adherido al hombro y una propensión muy redneck a que todo se la sude olímpicamente sin parar mientes en nada. ¿Intercepciones? Se la sudan. Que las cosas no te la suden es oficio de nenazas. A las chavalas les pone el pase largo. Hemos visto a Favre noquear, literalmente, a hombres de ciento quince kilos con sus cañonazos. ¿Sabíais que Favre se pasó cerca de cinco años jugando en la NFL sin tener ni la más remota idea de lo que era una «defensa de níquel»?43. Ya os podéis imaginar lo mucho que se la sudaba. Los superforofos del fútbol americano suelen ensalzar a los mariscales de campo (los quarterbacks), la precisión quirúrgica y la lectura de las defensas, pero qué hostias, hay cabronazos que simple y llanamente saben jugar. Y puede que Brett Favre haya sido el mejor de todos esos cabronazos.
5. Levon Helm. Ya dejamos convenientemente apuntado que no íbamos a darle coba a ningún grande de la música country porque para eso necesitaríamos una lista aparte. Pero lo de Levon Helm es harina de otro costal. Batería, cantante y compositor, originario de un pueblito de Arkansas, con su acento y sus modales correspondientes, Helm fue miembro de The Band antes de que el grupo se separase y cada cual emprendiese su carrera en solitario. Un puto genio con voz de ángel sureño. ¿Habéis escuchado alguna vez «The Night They Droved Old Dixie Down»? ¡Dios mío! Es como heroína transformada en balada de la Guerra de Secesión. Uno de los rockeros más influyentes de la historia, amado y reverenciado por todos los que trabajaron alguna vez con él. Y un Sureño en Toda Regla.
6. Pat Summitt. Con casi mil cien victorias, ocho títulos nacionales y una tasa de graduación del cien por cien (¡cien por cien!), podría decirse que Pat Summitt ha sido la mejor entrenadora (incluyendo varones) de la historia del deporte americano. Mejoró la vida de incontables jóvenes, pero jamás dejó de ser lo que era: una chica redneck de campo, natural de Clarksville, Tennessee. Puto Alzheimer.
7. Sargento Alvin York. Este es uno de esos hijoputas de los que no te creerías una sola palabra si no fuera porque todas sus hazañas están exhaustivamente documentadas. El sargento York, undécimo vástago nacido en una cabaña de troncos de dos dependencias en el Tennessee rural más profundo, fue reclutado para luchar por primera vez contra los alemanes en la Primera Guerra Mundial; y a los alemanes no les salió muy a cuenta. Mató a veintiocho, capturó a ciento treinta y dos y, en general, pateó mogollón de traseros boches. Y eso que era un puto pacifista. Como decíamos: un fuera de serie.
8. Randy Moss. Ahora mismo habrá gente confundida. La gente que no tiene ni puta idea acerca de la vida del receptor (ala abierta) retirado Randy Moss. Sí, se ha ganado la reputación de «matón» con rastas (chorradas), pero el puto Randy Moss es más redneck que el que lo inventó. Desde el mismísimo corazón del territorio minero del carbón en Virginia Occidental, Randy participa en carreras de camiones, ha pescado más lubinas que touchdowns y habla con un acento más cerrado que el de Trae. Su momento más «rojo» fue atropellar a un policía con su camioneta sin que luego lo cosieran a tiros. Es un redneck.
9. Billy Bob Thornton. «Mostaza en los bollos, hmmmmmm». Billy Bob irrumpió en la escena interpretando a un redneck bastante lerdo llamado Carl en El otro lado de la vida (Sling Blade). Bueno, demonios, pues el tío, ya os lo aseguramos, no es ningún lerdo, pero lo de redneck no se lo quita ni con aguarrás. Su madre era vidente y él fue el bebé más gordo nacido en esa parte de Arkansas. Y eso es de ser más «rojo» que el demonio. Y, además, el muy cabrón se llama Billy Bob.
10. Andy Griffith. Ya lo estáis oyendo, ¿a que sí? Todos. Los silbidos del tema principal de la infancia de cualquier sureño que se precie, sin importar cuándo tuviera lugar. The Andy Griffith Show [El Programa de Andy Griffith] por aquí abajo es una institución y el personaje que interpretaba, Andy Taylor, el modesto sheriff de un pueblo pequeño, fue uno de los primeros ejemplos en la cultura popular de un hombre decididamente sureño y rústico pero, al mismo tiempo, decente y sabio. Andy estaba desmintiendo nuestros estereotipos de mierda antes incluso de que muchos de ellos se hubiesen siquiera forjado. Descansa en paz, Sheriff.
¡Guau! Ha sido divertido. Ahora sí que podemos pasar a señalar lo que no es un redneck.
Lo que no es un redneck
Un redneck no es (necesariamente): un racista, un intolerante, un homófobo, un xenófobo, un idiota, un folla-primas, un folla-cerdos, un adicto a la meta, un pastillero, un cenutrio, un maltratador, un fanático de la Biblia o, simplemente, en términos generales, un detestable zurullo. Vale, aclarémonos: hay un montón de rednecks que sí se corresponden con, al menos, dos o tres de esas características. Pero en casi todos los grupos de gente hay peña así. Lo único que estamos diciendo es que un redneck no es por definición todo eso. No lo es para nosotros y esperamos que tampoco lo sea para vosotros. Lo que nos lleva al motivo por el que decidimos meternos en este berenjenal en un principio.
De palique en el porche con Trae
Me sorprendieron bastante muchas de las respuestas a mis vídeos. Desde luego, para ser justo, me sorprendió un huevo casi todo lo sucedido a raíz de aquellos vídeos. Una de las únicas cosas que no me sorprendieron fue todo el correo amenazante que recibí. Y la inmensa mayoría fue esa mierda vuestra tan de patio de colegio, troll de internet y guerrero del teclado: «Eres gay». «Apuesto a que te gusta ponerte vestiditos, puto pervertido». «¿Cómo te puedes mofar de Jesucristo? Rezaré por ti, estúpido maricón». Mierdas así. Nada de eso me sorprendió, y nada de eso me afectó. En absoluto.
Aunque los mensajes de odio que sí me sorprendieron fueron los que me acusaban de estar fingiéndolo todo. Dios que no existes, apiádate de mí, no veáis cómo me quemó esa mierda. Y soy plenamente consciente de que eso le puede parecer raro a la gente, molestarse porque alguien se piense que no eres un redneck. Pero no fue tanto una actitud defensiva a propósito de ser un redneck, como una actitud defensiva a propósito de ser cualquier otra cosa que no sea exactamente lo que soy.
A ver, soy un montón de cosas, y muchas no muy buenas. Pero lo que no soy es falso. Me enorgullezco de pertenecer al grupo de los que «lo-que-se-ve-es-lo-que-hay». Y por eso me mosquearon tanto esos comentarios. Y lo que más me sorprendió fue el hecho de que, en su mayor parte, procediesen de dos grupos de gente muy diferentes, diametralmente opuestos.


El primer grupo lo formaban vuestros estereotípicos rednecks paletos de mierda, e iban en plan: «Tú no eres redneck, ¡a ningún redneck le gustan los maricones!». Esa mierda. No me sorprendió. Qué les den por culo. Pero con el segundo grupo me quedé de piedra. Porque los del segundo grupo eran como... camareros ultraizquierdistas de Portland. Sí. Vamos, entendedme, no solo literalmente cafeteros pretenciosos de Oregón, sino ese tipo de persona. PandillaDeGilipollasDeSalón.com. Y la razón que tenían para no creerme era, básicamente: «Bueno, claramente esto no es auténtico. Vamos a ver, ningún redneck genuino maneja tanta información. Todo el mundo sabe que tal fenómeno no existe». El caso es que creían y coincidían con las opiniones y los puntos de vista de izquierdas que estaba dando en los vídeos. Pero precisamente por coincidir conmigo, no se creían que yo pudiera ser un retoño de la basura blanca de Tennessee. Esa gente es genuinamente incapaz de creerse que pueda existir nada parecido a un redneck bien informado y abierto de mente. Son dos cosas mutuamente exclusivas. Y a ver, peña... Eso no me gusta un pelo.
Periódicamente, gente de ese palo me pregunta: «¿Y por qué «redneck»? ¿De verdad eres un redneck? ¿No eres más bien un «buen chico»44, un «chico de campo» o algo por el estilo? Vale, eres del Sur, pero realmente no eres un redneck, eso sí que no... ¿no?». Hasta había veces en las que alguien, sin dirigirse a mí directamente, escribía algo así como: «Dice que es un redneck, pero yo prefiero pensar que es un caballero sureño». Mierdas así.
Pues no, joder. Ni hablar del peluquín. Esa gente no va a venir a decirme con qué tengo que identificarme. A lo largo de mi infancia jamás elegí pensar en mí mismo como un redneck. Simplemente lo era. Como casi toda la gente que conocía. Así que cuando pretendéis decirme que soy otra cosa, lo que más o menos estáis insinuando es que pensáis que ser un redneck es una elección. Y eso verdaderamente demuestra desconocimiento y falta de empatía por vuestra parte. Y realmente deberíais ser más abiertos de mente.
No voy a reclasificarme ni voy de repente a «confesar» que en realidad no soy un redneck. No les voy a dar esa satisfacción a esa gentuza. Esto no funciona así. Soy un pobrecillo trozo de mierda redneck con una madre basura blanca adicta a las pastillas, nacido en Celina, Tennessee. También amante de la gente, nada religioso, abierto de mente y con estudios superiores. Y si alguien no puede conciliar todo eso para que encaje en su propia narrativa, bueno, pues entonces ese es su problema, no el mío.
Aclarar las cosas
Aun cuando el término «redneck» se polarice, y a menudo se malinterprete, los tres autores hemos decidido adoptarlo para definirnos porque deseamos continuar lo que tantos otros intentaron hacer en los años setenta y ochenta del pasado siglo y redefinir culturalmente45 toda esta mierda. Además, ¿qué opción nos queda ahora que Trae se ha hecho famoso por un personaje que parece haber sido bautizado por un franco y honesto crío de ocho años? En realidad, nos gusta la palabra. Usamos la palabra.
Como muchos de nuestros jóvenes compañeros sureños, los tres cargamos a la espalda con resentimientos del tamaño del monte Stone. Pero a la mayoría de la gente puede que esos resentimientos les parezcan en buena medida injustos, sobre todo en los casos de Trae y Drew46. En sus respectivos hogares, nunca dudaron de ellos mientras crecían. Joder, al contrario. Profesores, padres, colegas, los ancianos respetados del pueblo, todos estaban bastante de acuerdo en que esos dos iban a llegar lejos, hijo. ¿Así que a cuento de qué esa actitud ahora? ¿A cuento de qué esas inquinas? Hay que ser un gilipollas de tomo y lomo para ir por la vida en plan: «Tío, toda esa gente que creía en mí y me motivó en mi juventud, toda esa gente que decía que jamás fracasaría y que llegaría a ser alguien, ¡voy a demostrárselo! Voy a demostrarles a todos ellos... la razón que tenían. Ja. Sí». ¿Qué cojones es eso? ¿A quién tienen que demostrar que se equivocaban?
Bueno, francamente, a casi todos los demás. Aquella gente que creía en nosotros también era sureña, y en su mayoría pobre. (Las zonas rurales pequeñas tienden a serlo). No se trata de ellos. Se trata de la gente de fuera. La gente que en cuanto oye nuestro acento se pone inmediatamente a hablar más despacio sin ni siquiera darse cuenta. Los que dan por sentado automáticamente que somos trogloditas racistas y fundamentalistas solo porque nos gusta el puto té dulce47. Por cierto, ya que ha salido el tema, ¿cómo no os puede gustar el té dulce? El té dulce es la hostia, ¡me cago en la puta!
Aclaremos algo: el humor redneck no nos ofende. Somos cómicos. Apoyamos que la gente se ría de todo Dios48, literalmente. Seguid con las coñas. No pasa nada. Pero lo que nos toca mucho los huevos es esa gente que nos ve por internet o que asiste a nuestros espectáculos y que luego, con completa sinceridad, va y nos suelta cosas como: «¡Oh, pero tú eres como un “unicornio”!» o «¿Sabes?, yo realmente no me creo que exista gente como tú». ¿En serio, tíos? Tened en cuenta, por cierto, que toda ese gente se autoproclama de izquierdas, gente que afirma aborrecer los prejuicios. Son abiertos de mente; no juzgan. Detestan el racismo y la homofobia. Saben que no hay nada peor que juzgar a una persona a causa de una característica superficial; a no ser que la persona hable con acento, por lo visto.
Son los mismos que suelen mirar el Sur por encima del hombro como un todo, soltando exclamaciones de desaprobación y fastidio por nuestra mentalidad retrógrada al tiempo que se muestran completamente ciegos ante el hecho de que el prejuicio hacia los blancos pobres del Sur sigue contando como prejuicio, a ver si os enteráis. No darse cuenta en serio de la hipocresía de izquierdista de palo que hay en todo eso nos resulta bastante sorprendente.
Así que ahí tenéis el motivo por el que queremos mostrarle a la gente un lado diferente de nuestra tierra natal: un lado que mucha gente, por lo que se ve, no tiene ni puta idea de que existe. Y para hacerlo, tenemos que llamar su atención. Y puede que nos equivoquemos en esto49, pero denominarse redneck de izquierdas es un forma cojonuda de llamar la atención de la gente.
Así que a ver... ¿nos estáis escuchando?
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10. En otras palabras, hasta que Trae ya se había hecho célebre por Internet con el nombre de «El Redneck de Izquierdas», el muy imbécil.
11
Esto del resentimiento y del aderezo ranchero bien merece una nota. Todo viene de la expresión «to have a chip on one’s shoulder», que ya aparece en textos del siglo XIX, cuya traducción literal sería «tener una astilla/viruta en el hombro», en este caso una patata frita, y significa guardarle rencor a alguien, sentirse agraviado por alguna injusticia, estar cabreado y buscar pelea. De ahí lo del aderezo ranchero de la patata/resentimiento, «ranch flavored», que es un condimento elaborado con suero de leche, sal, ajo, cebollas, mostaza, hierbas y especias sobre un fondo de mayonesa u otra emulsión de aceite (que a veces se sustituye por crema agria o yogur). Por lo visto es el aliño para ensaladas más vendido en Estados Unidos, la salsa favorita del 40% de los consumidores estadounidenses según una encuesta realizada en 2017. Se utiliza también mucho sobre patatas asadas y hay todo tipo de chips, patatas fritas, Lay’s, Ruffles, Doritos o Pringles, elige la que más te guste, con ese sabor. La expresión parece proceder de la antigua práctica de buscar pelea colocándote una astilla («chip of wood») en el hombro y retar al contrincante a que te la quite, si tiene huevos. Aparece ya como una expresión habitual en Schoolhouse Hill (1898), el segundo manuscrito de lo que acabaría siendo El forastero tranquilo, la novela póstuma de Mark Twain, cuando Tom Sawyer dice: «Si quieres bulla, y no puedes esperar al recreo, que es lo habitual, lánzate ya como tiene que ser, ponte una astilla en el hombro y desafíale a que te la quite».
12
Cómico de Atlanta, ganador de un Grammy, conocido sobre todo por sus chistes sobre rednecks que empiezan diciendo: «Puede que seas un redneck si...». Junto a los cómicos Larry el Tipo del Cable, Bill Engball y Ron White, es miembro del Blue Collar Comedy Tour. Entre sus libros destacan varios diccionarios de terminología redneck.
13
Jefferson Finis Davis (1808-1889) político estadounidense. Fue el único presidente de los estados confederados desde 1861 hasta 1865.
14. «Off top» es como se dice «antes que nada» en el rap. Nos gusta el rap. Súbete a bordo.
15. «Throw Some Shade on That Bitch», [«Proyecta un poco de sombra sobre esa desgraciada»] es también el título de nuestra canción favorita de 2 Chainz. Bueno, en realidad no es cierto. Nuestra favorita es «I Luv Dem Strippers» [«Me chiflan las estríperes»].
16. Una tradición que muchos de nuestros hermanos siguen con fervor y orgullo hasta la fecha.
17
Acrónimo de «White, Anglo-Saxon and Protestant», [«blanco, anglosajón y protestante»].
18
Las susodichas galletas suelen venir ahora en fundas [«sleeves»] de plástico, pero «sleeves» son también las mangas de las camisas y los rednecks son muy de camisas sin mangas, así que lo de «crackers» ya ni por esas.
19
Referencia a la frase «He got a mighty purdy mouth» [«Tiene una boca realmente bonita, ¿eh?»] que le suelta el desdentado al de los dientes podridos cuando se disponen a violar a Jon Voight en la adaptación cinematográfica que hizo John Boorman de la novela de James Dickey Deliverance.
20. Así es. El Rednecknacimiento.
21. No es cierto, pero la película8 Millas, con Eminen en el papel de Jimmy «B-Rabbit» Smith, mola mucho, así que a tomar por culo.
22. Y si no también. Nos la suda; es nuestro libro.
23. Estamos seguros de que esos libros no estaban mal.
24. «Freebird» es nuestra Capilla Sixtina.
25
Después de consultarlo con nuestro querido Ignatius Farray, el auténtico Rey de la Comedia, hemos decidido mantener el término en inglés porque ya, más o menos, es de sobra conocido y bastante utilizado; además, la traducción más asentada sería la de «Monólogos cómicos» que, coincidimos con él, gracias sobre todo a despropósitos como el Club de la Comedia, da bastante grimilla.
26
Director de cine estadounidense conocido por sus películas de acción de gran presupuesto con bien de efectos especiales y bien de explosiones. Se ve que se la pone dura hacer estallar cosas. Entre otras lindezas, es culpable de cosas como Armageddon (1998), Pearl Harbor (2001) o la franquicia de Transformers. Ha ganado un premio Razzie al peor director del año, pero tiene un jet Gulfstream G550 de cincuenta millones de dólares, un Bentley, un Range Rover, un Escalade, un Ferrari, un Lamborghini y dos Camaros, así que nos saluda al pasar con una inmensa sonrisa.
27
Ley discriminatoria y transfóbica, también conocida como la «Ley de los baños», que obliga a hombres y mujeres a ir a los baños públicos que les corresponden según su sexo biológico.
28. Sabemos perfectamente cómo es la puta expresión («incapaces de hacer nada bueno»). ¿Es que no sabéis lo que es el matiz? Joder.
29. Es decir, Hollywood.
30. El puto Voldemort de los latiguillos cómicos.
31
Podría traducirse como «Dale duro» o «remátalo». Expresión de lo más redneck que significa seguir adelante y concluir la tarea que sea (a menudo sexual). Muestra apoyo, ánimo y respeto.
32. O en este caso, la perca atruchada.
33
En inglés, la forma utilizada es «jumped the shark» [«saltó el tiburón»]. Esta expresión peyorativa se refiere al momento en que algo que en su día fue muy popular y que ahora está de capa caída, hace un infructuoso intento para volver a saltar a la palestra y partir la pana, aunque, por lo general, lo único que se consigue con tales trucos para mantener el interés del respetable es abundar en su irrelevancia. Se utiliza sobre todo en relación a series de televisión y otras formas de entretenimiento. La frase parece haber derivado de una secuencia de la quinta temporada de la sitcom de los años setenta Happy Days, en la que uno de los protagonistas salta por encima de un tiburón mientras practica esquí acuático, hecho que situó a la serie de repente, y de un modo totalmente absurdo, fuera de su historia original. En la nota correspondiente, los autores no dudan en cambiar el tiburón por una perca atruchada, dado que es el pez estatal de Georgia, Mississippi, Florida y Alabama, el pez redneck por antonomasia.
34. En serio, amamos a Foxworthy.
35. El Blue Collar Comedy Tour lo formaban Foxworthy, Larry el Tipo del Cable y Ron White. El cuarto miembro del espectáculo era el cómico texano Bill Engvall, también conocido como «el Wayne Newton de los chistes sobre carteles».
[Wayne Newton es, nada más y nada menos, el celebérrimo Mr. Vegas, con sus más de 30.000 actuaciones en solitario entreteniendo a los ludópatas de Las Vegas. Y lo de los chistes sobre carteles procede del latiguillo que utiliza Bill Engvall en sus actuaciones, «Here’s your sign» [«Ahí tienes tu cartel», o mejor aún: «Ahí lo llevas»]; la teoría del humorista texano es que la gente estúpida tendría que llevar un cartel que advirtiese de su estupidez para así evitar contratiempos. Muchos de sus chistes siguen esa fórmula: alguien plantea una pregunta estúpida y el otro le responde sarcásticamente, rematando la respuesta con el consabido latiguillo].
36
National Association For Stock Car Auto Racing [Asociación Nacional de Carreras de Automóviles de Serie].
37
Electronic Benefit Transfer, tarjeta de crédito de la beneficencia que te permite pagar al mes un promedio de 125 dólares en comida y bebidas no alcohólicas.
38. Suena a atracción de parque temático para hipsters.
39
En este caso roja de «redneck» [«cogote rojo»], no de izquierdista o progresista, aunque pudiera muy bien serlo, de hecho sería lo más natural, clase obrera pura y dura, que es la tesis que defienden los autores del libro. En lo sucesivo, cada vez que en el libro aparezca el término «rojo» entrecomillado es con este sentido de «paleto sureño».
40
Juega con el término «hillbilly», pero cambiando la «colina» [«hill»] por una «pastilla» [«pill»], anfetamina, por lo general. Vamos, que la mamá de Trae es una yonqui en toda regla.
41. Qué coño, sobre todo si es una «pillbilly». La mamá de Trae ha estado en prisión. Y te meterá una paliza que no olvidarás en tu puta vida.
42
Autódromo ubicado en Daytona Beach, Florida, en el que, entre otras, se celebra la Daytona 500, la carrera más prestigiosa de NASCAR.
43
En fútbol americano, alineación defensiva con cinco backs defensivos, también conocida como 4-2-5 o 3-3-5. Fue una innovación ideada por Jerry Williams, entrenador de los Philadelphia Eagles en 1960.
44
«Good ol’ boy», término del argot estadounidense para referirse a los buenos chicos del Sur rural. Si estáis a lo que hay que estar, ya estaréis tarareando el tema principal de la serie de televisión The Dukes of Hazzard, de Waylon Jennings: «Just the good ol’ boys / Never meanin’ no harm / Beats all you never saw / Been in trouble with the law / Since the day they was born».
45. Como veis, también somos unos rednecks pretenciosos. Permaneced a bordo.
46. A Corey, principalmente, siempre le ha ido la juerga.
47
Es una clase muy popular de té helado, elemento básico de la cocina sureña estadounidense. Suele utilizarse como indicador infalible para determinar si cierta zona puede o no considerarse sureña: si en los restaurantes o bares no te lo sirven según entras, no estás en el Sur. Punto pelota. La receta parece haber aparecido originalmente en 1879, en un libro de cocina titulado Housekeeping in Old Virginia, de la autora virginiana Marion Cabell Tyree.
48. Incluso de los amputados. Sí.
49. Por favor, no dejéis que nos equivoquemos.
2
LA PAGUITA
El Sur es pobre. Muy pobre. Pobre de la hostia, enteraos. De los diez estados más pobres de Estados Unidos, solo Nuevo México (en el puesto número nueve) queda fuera de Dixie50. Los únicos estados por debajo de la línea Mason-Dixon que no figuran en la mitad inferior en lo que respecta a ingreso familiar medio son Maryland (en el número uno) y Virginia (en el número siete). Pero, joder, cualquier sureño sabe que Virginia apenas cuenta, y Maryland segurísimo que no. Los rednecks no comen pastel de cangrejo. Un redneck se come un medallón de salmón recalentado preparado con el desprecio de su mujer, y le gusta, vive Dios, se relame los labios. Que le den por culo a Maryland. La única razón de que figure en el número uno de la lista es porque es el lugar donde todas las sabandijas que dirigen este país esconden su dinero. Estamos hablando de contratistas de Defensa, al loro. «¡Despierta, América!»51.
La cuestión es que la mayor parte del Sur es una tierra empobrecida de escasas oportunidades. Lo que es, seamos honestos, una manera de expresarlo de forma bonita. No expresarlo de forma bonita sería decir que la mayor parte del Sur es un cagadero económicamente desolador y totalmente desprovisto de esperanza y futuro. ¡Hogar, dulce hogar! Y lo que vuelve la situación aún peor es que esas partes del Sur operan como agujeros negros para los pobres52: consumen toda la luz y es básicamente imposible escapar de ellos. No paran de oírse idealizaciones sobre la magnífica tierra roja que tenemos por aquí abajo, pero lo que la gente soslaya es que esa mierda se convierte en barro echando hostias. Y a pesar de lo que muchas de las canciones de nuestra gente os puedan hacer creer, quedarse atascado en el barro es un putadón.
¿QUÉ COJONES PASÓ?
La mayoría de la gente es consciente, en general, de que el Sur es la región más pobre del país, pero ¿cuántas veces se ha parado a considerar los motivos? Parece que el hecho se analiza en buena medida del mismo modo en que suelen analizarse los hechos más desafortunados a propósito del Sur: «Oh, bueno... el Sur, ya se sabe». Las expectativas del resto del país son tan bajas que la actitud parece reducirse a: «Bueno, por supuesto que el Sur es la parte más empobrecida del país, ¿qué esperabas? ¡También es la más descerebrada y la más gorda! ¿A qué clase de criatura le puede gustar la kombucha53?». En la actualidad, básicamente, la gente contempla los problemas del Sur y los desestima con el equivalente de un hashtag54.
¿Pero, entonces, por qué es tan pobre el Sur? Bueno, joder, ¡no lo sabemos! ¡Somos cómicos! ¿Qué tipo de libro te piensas que tienes en las manos? ¿Uno de esos libros para hacerte sabio llenos de palabrejas impronunciables? Joder, chaval. Hay artículos y libros muy eruditos escritos por peña académica eruditísima que te ofrecerán una respuesta mucho mejor que la que nosotros podamos darte aquí, pero a lo que básicamente se reduce la cosa es a: esa guerra nos jodió de lo lindo, colegas. Aquí es una historia que todavía remueve mucho.
Pero mirad una cosa, luchamos por la causa equivocada, necesitábamos y nos merecíamos perder. Por estos pagos no vais a escuchar a nadie hablar de «guerra de agresión norteña». Estábamos siendo unos capullos y alguien tenía que pararnos los pies. Esto es así. Pero, una vez dicho, si andas buscando explicaciones para los infortunios económicos del Sur en los años transcurridos desde entonces, tendrás que admitir el impacto del período posbélico. Toda la economía de la región estaba basada en la esclavitud y, en nuestra opinión, eso es una puta vergüenza; una profunda vergüenza que todavía sentimos. En cuanto terminó la guerra y esa «peculiar institución»55 fue tan justamente abolida por Abe «el Honesto», hubo en el Sur millones de personas, incluyendo a los esclavos liberados, que echaron un vistazo a su alrededor y se quedaron en plan: «Bueno... ¿y ahora qué?». Y resultó que la pregunta se las traía.
La riqueza sureña no tardó en probar que un rico no tenía por qué poseer legalmente a un pobre para subyugarlo y explotarlo hasta dejarlo más seco que una pasa, y lo que hicieron en los campos del Sur fue sustituir la esclavitud por la aparcería y el arrendamiento agrícola. Mirad, chavales, si alguno de vosotros está leyendo esto y piensa: «Creo que de mayor quiero ser aparcero», ¡ni se te ocurra! No os dejéis engañar por el bulo de la Gran Aparcería. No es vida para un hombre. El sistema conduce a un ciclo interminable de deuda: pedir un préstamo para sobrevivir hasta que te paguen y poder así devolver el dinero que debes para luego pedir otro préstamo para sobrevivir hasta que te paguen y poder así devolver el... bueno, ya lo pilláis. Se trata de un ciclo que le resultará dolorosamente familiar a cualquier persona pobre, sureña o de donde sea. ¿Nunca habéis oído hablar de los «préstamos de día de pago»?
El nuevo sistema económico, aun situándose un peldaño por encima de la esclavitud literal, no era nada amable con las clases más desfavorecidas. Mientras tanto, la agricultura se estaba volviendo cada vez más mecanizada y hasta los horribles trabajos de aparcería tenían los días contados. Al mismo tiempo que la gente padecía esos problemas económicos, los sureños blancos sencillamente no podían dejar de ser unos capullos. Es algo con lo que seguimos lidiando. Las relaciones raciales fueron... no fueron lo que se dice «ideales» en los años de la posguerra, con todos esos blancos sureños intentando denodadamente aprobar nuevas leyes con las que poder seguir tratando con eficacia a los negros libres de la misma manera que cuando eran esclavos. Los negros sureños, sorprendentemente, no estuvieron del todo de acuerdo con eso. Lo que derivó en una tensión constante y en sucesivos enfrentamientos raciales (y en una música absolutamente genial, todo hay que decirlo) en los que, a menudo, estallaba la violencia. Juntad todos esos factores y obtendréis una región que ha tenido que pasar por un montón de movidas bastante chungas, y la simple realidad es que el Sur, hasta hoy, sigue sin recuperarse del todo.
JUNTOS EN ESTO
En caso de que no hayáis caído en ello, el Sur es pobre. ¿Lo hemos dicho ya? Bueno, pues lo es. Pero seguiría siendo de lo más deshonesto pretender representar la experiencia de ser pobre en el Sur como algo sistemático. Sería extremadamente simplista, pero hay dos tipos bien diferenciados de pobreza sureña: la urbana y la rural. La de la ciudad y la del campo. La negra y la blanca. Por supuesto, hay negros pobres en el Sur rural, del mismo modo que hay blancos pobres en las ciudades sureñas, pero para hacer una observación general no hay nada peor que categorizar la pobreza sureña de esta manera.
Así que ahí va. Nosotros, los autores de este libro, somos tres sureños blancos de izquierdas. No pretendemos intentar hablar en nombre de nuestros compatriotas negros, ni siquiera estamos cualificados para ello. Su experiencia es suya. Sin embargo, creemos que (a) hay muchos aspectos en la experiencia de crecer pobre que son más o menos universales (alimentación deficiente, escuelas mierdosas, abuso de sustancias, calzar zapatillas Nike de imitación que antes fueron de tu primo mayor, etc...) y (b) para los ricos, es todo lo mismo. Si eres pobre, eres pobre y punto. Bueno, en realidad es más bien rollo: «Si eres pobre, es que eres un vago», lo mismo da que da lo mismo. Lo importante es que en el Sur se trata de un problema endémico56, y que no nos hace ningún favor a nadie. De hecho, nos está haciendo todo lo contrario a un favor. La gente de por aquí está devastada por la falta de dinero y opciones, y con bastante frecuencia las estrategias para lidiar con eso conducen a nuevos problemas. Y las tres estrategias principales para la pobreza en el Sur son: la paguita, la botella y el Señor.
LA PAGUITA
¿Alguna vez habéis oído hablar de «la paguita»? Si no, felicidades por vuestra infancia libre de vales de comida, seguro que fue genial. La paguita es beneficencia. Dinero del Estado. Y, chavales, tiene un montón de devotos. En materia de fanáticos, la paguita57 hace que la Marea Roja parezca una menstruación58. Un montón de jóvenes paletos sureños probablemente asuman que hay un nicho de mercado dinámico y floreciente para el material gráfico centrado en torno a las marcas de verificación:
–¿A qué se dedica tu padre?
–A trazar marcas de verificación.
–¿En plan Nike?
–En plan marcar las casillas para recibir la paga por locura.
La paguita suele referirse en concreto a la prestación mensual del Estado, pero el Programa Asistencial de Nutrición Suplementaria (SNAP), o los «vales de comida», son también un factor de vital importancia en el Sur empobrecido. La idea de los vales de comida es básicamente brindar a los pobres un tipo de moneda que solo pueda utilizarse para comprar comida y no cosas innecesarias, o incluso dañinas, como cigarrillos o discos recopilatorios de Kid Rock. Bueno, pues a los nuestros no les llevó ni siquiera un minuto descubrir cómo sortear semejante contrariedad. Veréis, los vales de comida eran como, bueno, qué cojones, eran vales. Trozos de papel que venían en librillos. Y esos vales se podían canjear por comida, o podías vendérselos a alguien a «X» centavos el dólar para convertirlos en dinero contante y sonante. ¿Y sabéis qué puede comprarse con dinero contante y sonante? Lo que os salga de los huevos, queridos (léase: marihuana). El gobierno pensó que evitaría esa artimaña suspendiendo los vales de papel y poniendo en marcha un sistema electrónico en el que los beneficiarios de los vales tendrían una tarjeta de débito que solo podría utilizarse para (en efecto, lo habéis adivinado) comprar comida. Bueno, pues los genios a los que se les ocurrió tan brillante idea no debían estar muy familiarizados con el universo redneck, de lo contrario habrían sido conscientes de que para que un redneck deje de hacer algo que le funciona a las mil maravillas, hace falta poner mucho más empeño. En la actualidad, lo que suele suceder es que la gente se sirve de la susodicha tarjeta para adquirir cualquier producto con el que poder traficar, como por ejemplo cajas de Mountain Dew, y acto seguido lo revende por dinero para marihuana/pirulas/platos conmemorativos. Somos gente emprendedora, ¿qué le vamos a hacer?
Ahora bien, no nos entendáis mal, también se compra comida. La gente tiene que comer. Pero, coño, después de ir y gastarte la mitad de tus vales de comida recién saliditos de imprenta (que ya es una cantidad modesta para empezar) en un tatuaje nuevo del Undertaker59 haciéndole un power bomb60 a Satanás (merece la pena), tus opciones pueden verse bastante limitadas. Las pechugas de pollo y la col rizada son caras (y «supergais, no como una buena bolsa de Doritos»). Pero la carne en lata y el queso crema son baratísimos, nena. He ahí la decisión más fácil que vas a tener que tomar en tu vida. Y por eso los pobres de este país están tan atocinados. Piénsalo la próxima vez que veas a un chaval goooordo como un cebón pagando con vales de comida y te dé por pensar: «Bueno, a mí no me parece que ese niño esté pasando mucha hambre».
En lugares donde el trabajo es permanentemente difícil de encontrar y mantener, y lleva siendo así generaciones, la paguita puede parecer la única opción viable. Y, con toda honestidad, para mucha gente de esos lugares, lo es. Uno oye historias de mujeres que deciden tener más bebés deliberadamente solo para aumentar la cantidad a la que pueden aspirar con la paguita; o de gente que evita deliberadamente trabajar porque está esperando la aprobación para que le empiecen a llegar las prestaciones por discapacidad. Este tipo de historias son las que utilizan los ricos y los políticos de derechas como prueba de que los pobres son unos vagos de mierda que se creen con derecho a tener y a hacer lo que les sale de los huevos sin pegar un palo al agua (ya sabéis, la gente que trabaja en las condenadas carreteras por las que luego esas mismas sabandijas que tanto se quejan no quieren pagar impuestos). Esto sería como servirse del asesino convicto Aaron Hernández como prueba de que todos los jugadores de fútbol americano de la Universidad de Florida son unos homicidas61. Pero esta idea de que los pobres son unos vagos es la única narrativa que tiene sentido para la gente del otro extremo. Ahondaremos en esto más adelante, pero la cuestión es que, si bien es cierto que las historias de terror que los padres estadounidenses de clase media les cuentan a sus retoños, futuros creadores de empleo, sobre los pobres, antes de arroparlos en sus sábanas de Ronald Reagan, son decididamente exageradas, el abuso de la paguita es un problema serio.
Aunque eso no es, ni mucho menos, lo único de lo que abusamos por aquí abajo, amiguitos.

PRESTACIÓN POR PIRADO
Somos muy aficionados a todo tipo de prestaciones. Las prestaciones molan. Pero si nos ponéis en la tesitura de tener que escoger nuestra prestación favorita (aparte de «cualquiera que esté a mi nombre»), lo más probable es que optásemos por la infame «prestación por pirado». La prestación por pirado es una especie de ayuda estatal originaria del sudeste estadounidense, pero puede encontrarse a lo largo y ancho de todo este fabuloso país. Se refiere, aparentemente, a un tipo de ayuda estatal que se concede a personas que están mentalmente incapacitadas para trabajar, pero en realidad lo que significa es: «Ese hijoputa recibe una paguita y no tiene ninguna maldita avería en la cabeza». Básicamente, la «prestación por pirado» es una patente de corso para soltar mierda sobre los amigos y vecinos que reciben la paguita... y una manera muy sucinta de describir a tu tío.
¿No tiene curro y camina raro, pero nunca le ha atropellado una camioneta? Prestación por pirado. ¿Deambula por ahí en un estado bastante similar al de alguien que lleva diez años esnifando Percocet pero sigue (casi siempre) pagando sus facturas? Prestación por pirado. Si alguien está gastando pasta y no sabes de dónde la saca, una de dos: o está vendiendo pastillas o está recibiendo la prestación por pirado. Muchas veces ambas cosas62. Eso es lo que nosotros, en el Sur, consideramos diversificar la cartera de activos.
¿Cuáles son los requisitos para recibir la prestación por pirado? Literalmente, nadie lo sabe. Ni siquiera la gente que recibe la prestación por pirado. Prueba de ello son las historias de peña como Bobby Joe Spivey, el Bizco, que «tiene que quitarse la ropa y ponerse a correr por el instituto una vez al mes para que no le retiren su prestación por pirado». Anda ya, eso no puede ser verdad ni de coña, abuela, te estás quedando conmigo. Pero, en cualquier caso, los parámetros no pueden ser demasiado restrictivos, porque esas prestaciones hijas de puta son tan ubicuas como las pegatinas de Earnhardt en el aparcamiento de un mercadillo.

LA BOTELLA
Si hay dos cosas de las que nosotros, los autores de este honorable mamotreto, somos muy partidarios son: la música country y pillarnos una buena cogorza. Cosas mejores, pocas. Lo que sí que hay es un montón de canciones country que idealizan el proceso y las consecuencias de ponerse hasta las trancas con ese dulce licor de maíz. Y prácticamente todas son cojonudas63. Así que nada más lejos de nuestra intención que cagarnos en la botella.
Una vez dicho esto, no es ningún secreto que el consumo de drogas prolifera en las zonas azotadas por la pobreza. ¿A qué se debe? ¿Sabéis lo que es una putada? Estar en la ruina. ¿Y sabéis lo que no es una putada? Estar borracho. Siguiente pregunta. Claro que la cosa es mucho más profunda. Aquí decimos «la botella» como término general para referirnos a «ponernos ciegos», y en el Sur rural, el viejo Jim Beam recibe un trato justo64, pero el verdadero diablo de la fiesta por aquí abajo es la «heroína hillbilly», la «Roxy Music», el «algodón asesino»65. Estamos hablando de pastillas, para que os enteréis. Las pastillas constituyen tal problema –joder, tal epidemia– que les hemos dedicado todo el capítulo 11. Pero seríamos unos negligentes si dejásemos de mencionarlas en un capítulo sobre la pobreza, porque la pobreza y las pastillas van de la mano como... bueno, como cualquier cosa con las pastillas66.

De palique en el porche con Trae
Mucha gente no se da cuenta de lo entretejida que puede llegar a estar la beneficencia en el tejido social de ciertas comunidades. En mi pueblo, Celina, en Tennessee, la ayuda del Estado está tan arraigada en la experiencia común que la gente realmente no es consciente de que no la recibe todo el mundo. Cuando mi hijo mayor era todavía un bebé, volví al pueblo y fui a visitar a un viejo amigo de infancia. Él también tenía hijos, así que, naturalmente, la conversación acabó gravitando hacia los inconvenientes de Ser Padre. Dado lo quejica insufrible que soy, empecé a lamentarme del precio de los pañales, de la fórmula para lactantes, etc... Ya sabéis, mierda de bebé. Bueno, no mierda de bebé de verdad, aunque también hablamos bastante de esa mierda, os lo aseguro. En definitiva, del coste de tener hijos. Noté que parecía confundido, y entonces tuvo lugar este diálogo:
MI COLEGA DE TODA LA VIDA: Un momento, ¿no recibes lo del WIC? [WIC son las siglas de Mujeres, Lactantes y Niños («Women, Infants, Children) y es un programa federal de ayudas para sufragar a las madres y a los niños pobres].
YO: ¿Qué? No, tío. Joder, ya quisiera.
MI COLEGA DE TODA LA VIDA: Pues socio, deberías apuntarte. No sé a qué estás esperando. Ayuda un montón. Te dan leche, pañales, zumos, toda clase de movidas. Y por la cara. No veas cómo cambia la cosa.
YO: A ver... Seguro que sí, tío, pero yo no cumplo los requisitos.
MI COLEGA DE TODA LA VIDA: ¿A qué te refieres? Esas ayudas se las dan a todo el mundo. Solo tienes que apuntarte.
YO: Estoy seguro de que no es así.
MI COLEGA DE TODA LA VIDA: Yo solo te digo, tío, que vayas y lo mires. Por cierto, ¿te enteraste de lo de Carla Cherry?
YO: ¿Lo de que se ha puesto tetas nuevas?
MI COLEGA DE TODA LA VIDA: Madre mía.
YO: Ya ves.
MI COLEGA DE TODA LA VIDA: Ya ves.
Al día siguiente fui a mirar lo del WIC aun estando al noventa y cinco por ciento seguro de que mi colega se equivocaba de cabo a rabo. Resultó que, en efecto, estaba superequivocadísmo. Para la cantidad de dinero que yo estaba ganando en aquella época (alrededor de setenta mil dólares al año), tendría que haber tenido siete críos para poder optar a esas ayudas. Ahora bien, no me malinterpretéis, a mí me pareció de lo más razonable. Nadie debería recibir cosas gratis del Estado solo por su cara bonita, pero tenía que verlo con mis propios ojos. Porque ahí está el tema: mi amigo es un tipo inteligente y una de las mejores personas que conozco, pero apenas ha salido de Celina, y en Celina todo el mundo reúne las condiciones necesarias para obtener las ayudas del WIC porque en Celina todo el mundo es pobre. Él realmente no tenía ni idea. Así de sistémica puede llegar a ser la pobreza.
De palique en el porche con Corey
Ni siquiera voy a actuar como si tuviera la menor idea de lo que es crecer siendo pobre. No fue mi caso y punto. Supongo que es porque mis padres me quisieron un poco más que a Drew y Trae los suyos. A ver, entendedme, claro que he sido un «artista muerto de hambre», pero eso fue por voluntad propia, y pudo no haber sido así. Sin embargo, de lo que sí tengo licencia para hablar es de la «prestación por pirado». Mi tío se sacó lo que no está escrito con lo de la prestación por pirado, y voy a ser honesto con vosotros: pienso que se lo merecía. Trae ha hablado sobre cómo la prestación por pirado solía ser un poco más fácil de conseguir debido a que no había más que amañar un poco de papeleo, pero ¿mi tío? Hostia puta, colegas. Mi tío es otra cosa.
Aquí os dejo una historia que os aclarará de qué estoy hablando.
Una mañana de 2014, a eso de las siete, oí que alguien aporreaba mi puerta. Enseguida me alarmé, porque la peña que procuro frecuentar nunca saca su culo inútil de la cama antes del mediodía a no ser que haya una cola de preventa de entradas para un concierto de Jimmy Buffett o alguna mierda por el estilo, y aparte sabía muy bien que, después de lo que pasó la última vez, los Testigos de Jehová no iban a volver a tocarme los cojones durante una buena temporada. (¿Os habéis pintado alguna vez el cilindrín como si fuese una rana y os habéis puesto a dar saltos por toda la casa en busca de moscas? Mola).
Así que me di la vuelta y me restregué el sueño de los ojos sintiéndome la hostia de confuso hasta que oí: «¡Abre la puta puerta, chaval! ¡Sé que estás ahí dentro!». Solo hay una persona en el mundo que suene como mi tío y, por Dios, era él. Fui a abrirle y me encontré de frente con un Tío Keith aún-más-pedo-que-de-costumbre. Cuando ya se hallaba a mitad de camino de mi sofá, le dije que claro, que adelante, que pasara. A las siete de la mañana, ¿en qué mierda iba a poder estar ocupado?
Se apoltronó en el sofá y empezó a resoplar mientras forcejeaba con la tapa de un bote de OxyContin. Se metió un puñado de pastillas en la boca, las bajó con una Coca-Cola sin gas que llevaba en la mesita desde ni se sabe cuándo y se puso a despotricar por los codos. «¡A tomar por culo! ¡Te juro por lo que más quieras que ya no hay manera de encontrar a nadie en este condenado mundo que quiera hacer las cosas!».
«¿A qué te refieres, Tío Keith?».
«El puto Supercuts67 de ahí fuera no está abierto todavía, hay que joderse. ¡Y necesito cortarme el pelo!».
Le expliqué que cero sitios de cortar el pelo estarían abiertos a esa hora, y luego le hice la pregunta que cualquier chaval sureño le haría a su tío en esa situación: «Y aparte, ¿por qué coño quieres ir al Supercuts? ¿No es Bill el que te corta siempre el pelo?».
Allá vamos.
«¡Oh, espérate a oír esta mierda!», gritó. «Fui ayer a ver a Bill, entré en el local y le dije: “Bill, necesito un corte de pelo”. Y el muy hijoputa va y me suelta que me tengo que esperar porque tengo tres personas por delante. ¡Tres putas personas!».
«Bueno, ¿y las había?».
«Había gente allí, sí. Pero esa mierda me tocó mucho las pelotas. Nunca he tenido que esperar. Así que le dije: “Ahora me vas a escuchar, pedazo de hijo de perra. No voy a permitir que me trates así. Llevo viniendo a tu local toda mi puta vida a cortarme el pelo. Y me lo vas a cortar hoy por mis santos cojones”. Bueno, pues no te lo vas a creer, pero me echó a patadas y me amenazó con llamar a la policía».
«Me lo creo totalmente», le dije. «Lo que no me creo es que te moleste que tenga más clientes. Por lo que me cuentas, no tenías cita».
«¡No lo entiendes! Maldita sea, no entiendes una puta mierda, ¿verdad?».
«Bueno, si te digo la verdad, no tengo la menor idea de qué está pasando ahora mismo, ni zorra».
«Tú sabes cómo me gusta llevar el pelo: ¡al estilo militar! Igual que lo he llevado siempre desde que tu abuelo me llevó por primera vez a cortármelo».
«¿Y qué tiene que ver eso con nada?», le pregunté.
Tío Keith me soltó una perorata de casi quince minutos acerca de cómo el corte de pelo estilo militar se estaba pasando de moda. Algo que tenía que ver con la puta corrección política y el hecho de que los ignorantes medios de comunicación izquierdistas lo interpretasen como parte del uniforme de la supremacía blanca. Me explicó que Billy estaba cediendo a las chorradas de la propaganda y, en lugar de encararse a mi tío como un hombre y explicarle que ya no le podía cortar el pelo como él quería, orquestó toda una conspiración para que mi tío no volviese a entrar en su barbería.
Añado aquí un par de notas al margen sobre la teoría de la conspiración del rapado militar de mi tío: (a) No. No, no ocurrió así ni por asomo, y (b) En caso de que nunca hayáis estado en una barbería del Sur, el único corte de pelo que saben hacer es el puñetero rapado militar. Si no supieran hacerlo, quebrarían.
Tras su diatriba, mi tío por fin se calmó el tiempo suficiente para disfrutar de una bolsa de cacahuetes abierta que encontró olvidada entre los cojines del sofá. Me llamó gay por dormir hasta tan tarde y luego se metió otro puñado de pastillas.
Así que, sí, hay gente que necesita la prestación por pirado como agua de mayo.
Pero mucho antes de que Big Pharma68 desarrollase una forma de esclavizar químicamente a nuestra gente69, estuvo el whisky. Y el whisky sigue estando. El whisky siempre estará. Estará ahí para deciros: «¿Sabéis lo que sería la polla? Descamisarse y pasar a toda pastilla por delante de la cárcel con el quad», o quizá: «Oye, ese caballo te ha mirado mal. ¿Vas a quedarte ahí y a tolerar esa mierda? El cabrón del caballo ni siquiera te conoce». No escuchéis al whisky, amigos. No lo escuchéis jamás.
Mirad, cuando uno es pobre y se disponen a cortarte la luz, sabes que ese billete arrugado de cinco dólares no va a hacer mella en la factura de la compañía eléctrica, pero te llegará para pillarte una botella. Y esa botella hará que todo te parezca un poco mejor, durante un ratillo. Luego te despertarás y la mierda será peor que antes. Tal es la naturaleza del licor endemoniado. Se convierte en otro ciclo interminable. Y ese ciclo enoja mucho a la gente que lo mira desde fuera. «¿No puedes permitirte pagar la factura del agua, pero sí puedes comprar whisky? ¡No en mi América!»70.
Al diablo con eso. Lo pillamos. Tratar con la devastadora desesperanza de la pobreza ya es bastante jodido de por sí. Esperar que la gente la padezca sobria como una roca es simplemente inhumano. Pero, al final del día, no facilita las cosas. Y hablando de no facilitar las cosas en absoluto...
EL SEÑOR
Cuando toca lidiar con la vida, la gente de por aquí recurre, por lo general, a dos cosas: a la botella o a la Biblia. A veces a una y luego a la otra; a veces a las dos al mismo tiempo. Pero rara vez os toparéis con un pobre que no le rinda culto al menos a una de ellas. Y si te pones a compararlas, te resultará bastante complicado alegar que la botella, en última instancia, no es la más dañina. Pero, qué demonios, al menos, reunirás unas cuantas historias cojonudas en el camino. ¿Cuándo fue la última vez que alguien te hizo partirte la caja alrededor de una fogata con una anécdota sobre un grupo de oración? «Tío, no sabes lo que te perdiste en la última convivencia. La cosa se desmadró». Eso no sucede. «Tío, es cruzar la puerta del centro de recreo, y todo son putas y marihuana...». No. Ni de coña. Por supuesto, para ser justos, tampoco es que se oiga muy a menudo que alguien le haya reventado la cara a su mujer porque se le haya ido un poco la mano con el Espíritu Santo71. La cosa tiene sus pros y sus contras.
Pero, aun así, hay algo en el Señor que atrae a los pobres. Puede que sea la promesa de la salvación después de toda una vida de trastornos. Puede que sean los almuerzos comunitarios. No lo sabemos. El hecho sigue siendo que Jesús ha sido un bálsamo para los desamparados desde el Día Uno de la Saga. Ese argumento suena especialmente plausible en el Sur. Los esclavos que cantaban espirituales. Los mineros del carbón que se reunían para rezar antes de iniciar su descenso diario al infierno. Jesús es, y siempre ha sido, canela fina por aquí abajo, y para mucha gente es porque Él es, prácticamente, lo único que tienen. Y mirad, si la fe te hace sentir una pizca mejor sobre tu suerte en la vida y logra mantenerte alejado de la botella o de la receta farmacéutica, entonces, oye, más Poder Sagrado para todos. No estamos aquí para juzgar, ese es el curro de Jesús, y lo entendemos, no tenemos la menor intención de hacer su trabajo. Ese pedazo de vago de Jesús, siempre buscando limosna. Cuando lo hacemos nosotros, somos unos vagabundos gorrones; cuando lo hace Él, lo llaman «diezmo». Chorradas. Se mire por donde se mire.
Si bien entendemos el atractivo que puede tener el Señor para los que tienen poco o nada, nos preguntamos cuánto bien hace en realidad. La gente dice que deposites la confianza en el Señor y que Él velará en los tiempos difíciles, ¿pero es que acaso la compañía eléctrica ha empezado a aceptar citas de las Sagradas Escrituras a modo de pago y no nos hemos enterado? De ser así, parece un modelo bastante pobre de negocio. «Jesus, Take the Wheel» [«Jesús, ponte al volante»] de Carrie Underwood era una cancioncilla pegadiza, pero como consejo es una puta birria. Tú dedícate a hacer eso de verdad y ya verás como acabas con el culo en la cuneta. Coño, ¿acaso Jesús sabe conducir? Iba a pie a todas partes; esa era una de sus, bueno, ya sabéis, una de sus cosas. Lo que sea. El caso es que enviar ese mensaje de rendición (porque ya Dios se ocupará de todo) dirigido a gente que vive sumida en la más denigrante pobreza es, en el mejor de los casos, contraproducente, y en el peor, peligroso.
De momento, hemos contemplado muchas de las realidades que rodean a la pobreza en el Sur. Y esas realidades no pintan un cuadro bonito (lo que concuerda perfectamente; porque por aquí somos más de pintar casas que cuadritos). Bueno, no es un cuadro bonito, pero tampoco queremos dar una imagen de indolencia. Porque las realidades son una cosa, y ahora ha llegado el momento de la verdad72.
De palique en el porche con Drew
Durante buena parte de mi vida, mi padre fue predicador. Y ferroviario toda la vida. Trabajar para el ferrocarril significaba comida en la mesa; significaba estar casi siempre lejos de casa; significaba que éramos clase media en un pueblucho diminuto (aunque clase obrera según los estándares nacionales, claro); y significaba que mi padre era sindicalista.
No sé cuándo se sindicalizaron los ferrocarriles, no importa cuándo. Lo que importa es que ocurrió y que fue importantísimo. Fue tan importante que cuando mi padre se lesionó en el trabajo y le negaron las indemnizaciones porque los síntomas tardaron en manifestarse cerca de un año, el sindicato y su contrato le permitieron presentar batalla; única y exclusivamente porque el sindicato existía. Aquel invierno comimos la carne de venado que mi padre había matado y congelado a principios de año. Cortamos cupones y ahorramos. Luchamos.
Pero al final se salió con la suya. Tuvo su pago retroactivo y recuperó su puesto de trabajo. Los sindicatos importan; tanto es así que mi padre me contó que muchas veces votaba a los demócratas. No siempre. Pero muchas veces. ¿Un predicador de Tennessee, nada menos que de una iglesia baptista, votando a un partido presuntamente ateo, pagano y desalmado? «Por supuesto», me decía. «A la mayoría de esos republicanos les da igual Dios. Hacen como que les importa. Y puede que esos demócratas estén también fingiendo que les importo, pero cuando los demócratas están en el poder, a mí me suben el sueldo. Eso es un hecho».
Mi familia se aferra al Señor con la misma fuerza que todas las familias vecinas. Pero cuando mi padre ve a los predicadores que salen por la tele predicando el «evangelio de la prosperidad», viviendo en mansiones y conduciendo cochazos, tiene que cambiar de canal porque se enerva. Él ha tenido que dejarse la piel por cada dólar que ha ganado en la vida, y sé con certeza que glorifica a Dios por haberle dado la oportunidad de hacerse valer; pero he aquí un ejemplo brillante de cómo darle crédito al Señor no tiene por qué significar darle votos a los ricos.
EN DEFENSA DE LOS POBRES
Los aspectos y las realidades de ser pobre en el Sur que hemos tratado hasta ahora han sido, sin excepción, puro estereotipo. El típico Reaganita leerá este capítulo con una mirada engreída de satisfecha repugnancia en la cara. «Lo sabía», se dirá para sus adentros antes de estirar el brazo para darle un trago a su Manhattan o a lo que coño sea que beba. Porque hay que reconocer que todo esto es un poco feo y no arroja una luz muy positiva sobre el sureño pobre, pero lo importante es comprender que, en términos generales, no es culpa suya73.
Aquí es donde nuestro ya mencionado Amigo Creador de Trabajo escupe su Old Fashioned74 (en serio, no estamos seguros de qué cojones bebe esa gente) con inmenso disgusto. «¿Otra vez con lo mismo? Típicos gorrones, siempre con excusas, negándose a responsabilizarse de sus acciones». ¿De verdad, Chad? ¿Cuándo fue la última vez que te responsabilizaste tú de una sola puta cosa? Esta es la misma gentuza que basa su entera existencia en escurrir el bulto. Cuando sus acciones caen: «Es el mercado». Cuando la chica presenta cargos: «Iba pidiendo guerra». Cuando la economía se desmorona debido a dos décadas de imponer sus abusivas medidas políticas: «Son los gorrones». ¿Y pretenden hablar de responsabilidad? Sí, claro, anda y que os den por culo.
Esa gente no lo pilla. Hay que joderse, no lo pillan ni por activa ni por pasiva. Para ser del todo justos, es muy difícil «pillar» algo que no has estado ni siquiera cerca de llegar a experimentar en toda tu puñetera vida. Chad se mira a sí mismo con su sueldazo, con su casoplón y su carísimo Porsche alquilado, y se da palmaditas en la espalda. Se lo merece. Ha trabajado duro para conseguirlo. Luego mira al pobre Randy (discapacitado en un parque de caravanas con una vieja Ford que no tira) y Chad menea la cabeza. Randy se lo tiene más que merecido. Tenía que haber trabajado más duro. Para Chad, no hay más historia. No le hace falta saber más. Pero, por supuesto, hay más historia. Muchísima más. La historia bien contada es así:
LA BALADA DE CHAD Y RANDY
Chad jugaba de quarterback en el instituto. No jugaba mal, aunque no era tan bueno como el chaval que lo respaldaba en los ataques, pero, oye, el padre de ese chaval no puso pasta para el nuevo campo de entrenamiento. El colegio privado al que fue Chad machacaba a los colegios públicos de tamaño similar de su región cuando se enfrentaban en el terreno de juego porque, aunque tenían el mismo número de alumnos matriculados, los presupuestos deportivos estaban astronómicamente descompensados. Chad se acostumbra así a ganar. Saca buenas notas, aunque no ejemplares (su tutor es chino, aunque, por otra parte, es un tipo de lo más agradable). La cara de Chad sale en el periódico y consigue una beca parcial de fútbol americano para Wake Forest. Va a Wake pero renuncia a la beca porque quiere «centrarse en los estudios». Su padre paga la factura de muy buen grado; es importante tener estudios.
Chad no tiene necesidad de trabajar mientras cursa la carrera. Su padre se lo prohíbe. Le dice a su hijo que podrá trabajar en el bufete en verano, pero durante el año lectivo tiene que centrarse en sus estudios. Y eso es lo que hace el bueno de Chad. Se centra en sus estudios; y en cepillarse a tías de fraternidades en el sótano de la residencia de estudiantes para luego alardear de ello delante de los novatos75. Chad aligera su carga de estudios y cambia un par de veces de especialización con el fin de «aprovechar al máximo la oportunidad» (léase: exprimir la mierda hasta la última gota).
Al final, Chad se gradúa con una nota media de 3.1 tras solo seis años y medio. ¡Así se hace, Chad! Luego se pone a trabajar como gestor de cuentas para el bufete de uno de los mejores amigos de su padre. Va a jugar al golf con los clientes y los lleva a partidos de fútbol a cargo de la empresa. Charlan sobre coños e inmigrantes. Chad se independiza. Se casa con Brittney; ella formaba parte de la corte de la reina en la reunión de antiguos alumnos. Se compran una casa. Él alquila un Porsche. Chad sabe que lo está petando.
Randy también jugaba al fútbol en un diminuto colegio público en mitad de ninguna parte. Randy no era el mejor, pero el chaval sabía darle y se dejaba la piel en el campo. Sin embargo, los ojeadores no iban a ver los partidos de Randy. Su colegio era más conocido por ser un saco de boxeo para los colegios privados de la región que por producir universitarios talentosos. Randy se acostumbra mucho a perder. Las notas de Randy no son brillantes, pero tampoco son un horror. Aunque, de todas formas, a su madre le da igual, y su padre no anda cerca. Joder, su madre tampoco es que ande muy cerca. Uno de los entrenadores de Randy se desvive por que lo recluten, pero cuando Randy se presenta al SAT76, se encuentra con problemas de matemáticas muy hijoputas que le resultan de lo más marciano porque en su colegio nunca llegaron a impartir esas clases. Tuvieron intención de hacerlo, pero ese mismo año volvieron a reducir el profesorado.
Así que ni le llega la nota ni brilla lo suficiente. Pero su entrenador, que es un santo, consigue que una pequeña universidad del oeste de Tennessee le haga una oferta. Y Randy acude, todo contento. Va a llegar a ser alguien. Va a demostrarle al pedazo de mierda que es su padre, esté donde esté, lo que es un hombre de verdad. Y a Randy le va bien. Después de todo, el chaval sabe darle al balón. No puede trabajar porque el fútbol y las clases ocupan la mayor parte de su tiempo, pero consigue algunos préstamos. Qué demonios, no le costará nada devolverlos en cuanto le salga un buen curro con su título. Pero entonces, a mediados de su primer año, Randy se da un golpe chungo y se destroza la rodilla. El personal de entrenamiento se dedica a dirigirle la rehabilitación en primavera, pero como no llega a recuperarse del todo, le retiran la beca. Oh, bueno, Randy piensa que se pondrá a trabajar y ya está; de todas formas, siempre ha sido un currante. Se lo pagará por su cuenta. Pero tiene que esperar a que se le cure la rodilla. Oh, bueno, por otro préstamo no va a pasar nada. Randy empieza a trabajar, pero entre las horas que tiene que dedicarle al trabajo y el dolor de la rodilla (piensa que algo anda mal, pero ya no tiene acceso a los especialistas del equipo y tampoco cuenta con seguro médico, así que, ¡qué demonios!, no hay problema, ya pasará), Randy empieza a pasarlas canutas.
Sus notas se resienten, se le acumulan las facturas y, sin comerlo ni beberlo, fracasa estrepitosamente. Vuelve a casa (¿a dónde coño va a ir si no?) y se pone a trabajar talando árboles con sus antiguos compañeros de instituto. Ahora cuenta con pastillas de hidrocodona para que la rodilla le aguante. Pero a menudo le sientan mal. Y, aun con su seguro, es lo único que puede hacer para permitirse las pastillas, sobre todo porque tiene que devolver la pasta de los putos préstamos universitarios. Y, entonces, justo la semana pasada, va y se le escacharra la camioneta. Ya no tiene forma de ir a currar, pero el jefe no va a querer saber nada de esa mierda. Randy piensa que lo mismo se queda sin trabajo. ¿Y entonces qué? A lo mejor podría apuntarse al paro o algo así durante un tiempo, por lo menos hasta recuperarse. Randy siente que se ahoga.
Vale, hasta la última palabra de lo que acabáis de leer es pura invención, pero también os aseguro que hasta la última palabra de lo que acabáis de leer rezuma verdad. ¿Veis la diferencia entre Randy y Chad? Randy necesitaba (y fracasó) «remontar el vuelo» para poder tener éxito en la vida. A Chad le bastaba con no cagarla. Ahora bien, en favor de Chad hay que decir que hay un montón de niñatos ricos que la cagan, pero ahí está el tema: incluso cagándola, se salen siempre con la suya, siempre se les paga la fianza, una y otra vez. ¿Habéis oído alguna vez hablar de un tipo que se llama Jonathan Football?77 ¿Que Randy la caga una sola vez? Pues ya está, colega. Y como muy bien ilustra la narración anterior, ni siquiera tenía que cagarla; con una mala lesión es más que suficiente. Y os podría dar por pensar que reventarle a Randy la rodilla en la historia es un recurso barato, pero ni siquiera eso tiene la menor importancia. Incluso si Randy hubiese logrado llegar hasta el final, a fin de cuentas, habría acabado con una nota media mediocre y una titulación de lo más corriente obtenida en una universidad absolutamente insignificante. Ninguna referencia. Ningún contacto. Montañas de deudas de préstamos estudiantiles. Que le den por culo a la lesión-futbolística-de-canción-country. No es necesaria. Sigue siendo un hecho: la baraja está irrevocablemente amañada contra Randy78, y Chad cuenta de salida con un par de ases en la manga. Aun así, todos los Chads de este país miran con desdén a los Randys. ¿Y sabéis por qué? Porque No Lo Entienden. Ni les interesa entenderlo. Les resbala bastante. ¿Por qué no iba a resbalarles? No es su problema. ¿Sabéis cuál es su problema? Los impuestos que tienen que pagar para atender a toda esa pandilla de vagos de la calaña de Randy, me cago en la puta. Y eso es a lo máximo que llegan sus cerebros.
Tanto si los Chads se dan cuenta como si no, el quid de la cuestión, puro y simple, es que para la inmensa mayoría de la gente, el único factor importante a la hora de determinar si vas a tener dinero o no es si naces con dinero o no. Y sanseacabó. Estadísticamente hablando, eso es lo único que nos divide: la suerte, pura y ciega. A los Chads les desagrada oír esta verdad porque sienten que desvirtúa el duro trabajo que han tenido que llevar a cabo para poder llegar a donde están. Bueno, pues ya lo siento, Chad, pero los números no mienten. Hay estudios sociológicos, incluyendo casos históricos de Harvard y de la Universidad Johns Hopkins, que demuestran sistemáticamente que, en términos generales, si naces en el seno de una familia pobre, seguirás siendo pobre toda tu puta vida, y viceversa. ¿Y por qué es así? Bueno, también hay teorías sociológicas al respecto, pero este es nuestro libro y no nos hemos puesto a escribirlo para hablar de lo que ya han demostrado otros hijoputas. Así que vamos a contaros lo que pensamos nosotros.
ATASCADO EN EL BARRO
Si eres pobre, es difícil (muy, pero que muy condenadamente difícil) dejar de serlo79. Veréis, los Chads de este mundo se piensan que lo único que hace falta es «dejar de quejarse y buscarse un curro», y luego basta con trabajar duro. Bueno, pues perdona que te diga, Chad, pero eso es una solemne soplapollez. Chad nos está empezando a caer mal. En fin. Todas las personas pobres saben que puedes pelarte el culo a trabajar y seguir quedándote atrás. Muy muy atrás.
Primero de todo, el salario mínimo vigente en este país es una puta broma y el dinero no llega para sobrevivir en casi ninguna parte. No es nuestra intención abrir ahora esa particular lata de gusanos políticos80, pero no son más que puñeteras matemáticas. Incluso si tienes un trabajo que te paga lo suficiente para ir tirando, vale, eso está de putísima madre; hasta que te ocurre alguna desgracia. Y no sabemos si estaréis al tanto o no, pero las desgracias ocurren; básicamente se dedican a eso. Necesitas neumáticos nuevos para la camioneta o, Dios no lo quiera, algo peor como una caja de cambios. O te jodes la espalda. O se te pone el niño malo. Esas son putadas que pueden pasarle a cualquiera, pero si eres pobre, cualquiera de esas putadas tiene el potencial de arruinarte la vida, literalmente, para siempre. Como a los padres y a los Chads les chifla recordarnos, el dinero no crece en los árboles, así que cuando suceden estas putadas, hay que pedir prestado para poder pagar, y cuando eres pobre, tu crédito apesta. Así que adivina dónde te hallas. De vuelta en el ciclo de deudas del aparcero del que hablábamos unas líneas más arriba. Pedir prestado para sobrevivir hasta que te paguen y con lo que te paguen poder devolver lo que pediste prestado... y así sucesivamente. Te pasas el resto de la vida debiendo dinero al dinero que debes81. Y eso es un puto asco, que lo sepáis.
Añádase a eso el hecho de que ser pobre sale la hostia de caro. Cargos por sobregiro, cargos por pagos atrasados, tipos de interés abusivos..., la lista es interminable. Cuesta un montón de dinero no tener dinero y eso, seguro de cojones, no ayuda nada. Por el contrario, si tienes dinero, literalmente, te dan más pasta. Intereses, dividendos, lo que hostias sea el ROI, toda esa mierda sirve para agarrar el dinero de los ricos y convertirlo en más dinero todavía. Y, mirad, no hay nada de malo en eso. Solo estamos diciendo que el sistema no está diseñado para el ascenso social, a pesar de todas esas payasadas que te sueltan los adultos desde niño sobre el «Sueño Americano».
Para los pobres, esta situación es una pesadilla. A lo que también habría que añadir que la gestión financiera es una competencia legítima que los pobres no tienen. Nunca se les enseña nada acerca de cómo gestionar el dinero porque ¿quién coño se lo va a enseñar? No tienen a su alrededor a nadie que sepa una mierda de eso. Así que cuando se hacen mayores y se financian algo que no pueden permitirse, cuando superan el límite de la tarjeta de crédito o la cagan de cualquier otra manera, no es siempre por estupidez o irresponsabilidad. Simplemente, son ignorantes. El tema es que ya saben, han aprendido, pero, por desgracia, puede que sea demasiado tarde. Un solo error de esos y su calificación crediticia (qué coño, todo su bienestar financiero) se va por el retrete sin remedio. Y para los pobres es como perder la virginidad: no la van a recuperar.
Así que lo reiteramos para la gente pobre del Sur: no es culpa vuestra.
Pero eso no significa que no debamos hacer algo al respecto. No quiere decir que no sea un problema. Porque lo es, absolutamente. Cuando la gente empobrece, se desespera, y cuando la gente se desespera, ocurren cosas muy chungas. Cosas muy chungas como crímenes, drogadicción y violencia. Así que no es una exageración afirmar que la pobreza tiene todas las papeletas para ser el problema más importante al que se enfrenta el Sur en la actualidad –qué demonios, el país entero–. ¿Y qué se puede hacer?
Bueno, no os lo vais a creer, pero hemos pensado un par de cosillas.
DEJAR DE VOTAR CONTRA NOSOTROS MISMOS
Los pobres, especialmente en el Sur, votan sistemática y drásticamente contra su propios intereses económicos cada vez que hay elecciones. Esto resulta exasperante, absolutamente desquiciante. Esos hijos de puta adoptan políticas que se aprovechan de los pobres de forma devastadora. Limitan la asistencia sanitaria. Disminuyen el gasto para dar a sus amigotes del uno por ciento una exención tributaria, ¿y a que no os imagináis qué programas son los primeros en caer? Os daremos una pista: no precisamente los putos tanques. Adoptan una línea dura contra las drogas, abarrotan las prisiones privadas (propiedad de sus amigotes millonarios) con delincuentes no violentos, la inmensa mayoría pobres. Hacen que la misión de sus vidas sea que el Pobre se postre en beneficio de las sabandijas (sus colegas), y en todas las putas elecciones, los pobres hacen cola para volverlos a votar. ¿Por qué? ¿Por qué cojones hacemos eso?
Bueno, pues lo hacemos por Jesús. Por eso lo hacemos. Puede parecer una simplificación excesiva, pero es más o menos la situación, en serio. En algún momento a mediados del siglo veinte, la Derecha puso en marcha la estrategia, francamente brillante, de ungirse como el Partido del Señor. Y funcionó. Ahora los republicanos afirman representar la superioridad moral, «los valores familiares», «el estilo de vida tradicional» y todas esas soplapolleces. Los pobres oyen a esos gilipollas soltar el mismo tipo de mamarrachadas que suelta el pastor los domingos en misa y, ¡BOOM!, ahí lo tenéis. Votos emitidos y destinos sellados, sin más. Y visto de este modo, puede que el Señor sea más perjudicial para los pobres que la botella.
A ver, peña, tenemos que parar esto cuanto antes. ¿De verdad creéis que si Jesús volviera saldría por ahí a darse un garbeo con el puto Ted Cruz?82. Ni siquiera la mujer de Ted Cruz sale con Ted Cruz83. ¿Cómo ha logrado esa gente que todo el mundo se olvide de que Jesús era un hippie socialista de piel morena, greñudo y con sandalias, que no tenía ni dónde caerse muerto? No era un puto neocon. Mirad, todo el rollo de Jesús era acerca de los pobres –tiene todo el sentido del mundo que los pobres sean superforofos de Cristo–, pero si tanto lo queréis, dejad ya de confundir esa realidad con la falacia de «la derecha cristiana». ¡Dejad de permitir que esos cabrones os mientan y os roben! ¡Por el amor de Dios! ¡Parad ya de una puta vez!
En serio. Por favor. Ya.
APRENDER COSAS
Oye, mirad, lo pillamos: estudiar es aburridísimo y una tontería y «cosa de maricas». Pero, de nuevo, los números no mienten: es la hostia de difícil salir de la pobreza, pero la educación es, de lejos, la mejor opción. Cuanto más alto sea tu nivel educativo, más dinero ganarás, estadísticamente, en general. Aunque hay un problema con esto: los colegios de las zonas asoladas por la pobreza no son para tirar cohetes. De hecho, ese es uno de los principales factores que provocan que los pobres sigan siendo pobres. Así que, si eres pobre, «recibir una educación» es mucho más fácil decirlo que hacerlo.
¿Y qué podemos hacer para cambiar las tornas? Bueno, pues dejar de centrarnos en «la agenda gay», en «los mexicanos que vienen a quitarnos los puestos de trabajo» y en todas esas memeces, y empezar a centrarnos en las cosas que verdaderamente importan, incluyendo la reforma educativa. Dejar de hacer que los niños pobres piensen que los deportes y el ejército son las únicas salidas. Leer también puede funcionar. Y, de nuevo, reconocemos que leer no es tan divertido como anotar touchdowns o reventar cosas a tiros, pero es mucho más práctico y beneficioso a la larga.
Y además –y aquí volvemos a nuestras reflexiones personales84– cuanto más se aprende, más se desea conocer. Cuantas más preguntas te haces, más te das cuenta de la cantidad de chorradas que te han estado embutiendo en la cocotera desde que naciste. Cuantos más pobres tomen este camino, mejor.
De palique en el porche con Trae
Crecí siendo uno de los niños más pobres de una de las zonas más pobres de Tennessee. Hablo muy a menudo de eso. Es un temazo. Pero también fui uno de los niños más listos del lugar (tampoco es que sea una gran hazaña, la verdad). Así que en el colegio me pusieron en el programa de «superdotados». El programa para los niños listos. Pero aquí viene el asunto (desternillante): en términos de programación, «superdotado» se considera una sección de «educación especial», tanto a efectos de presupuesto como de organización. Bueno, pues en mi diminuto colegio público para pobres diablos rústicos, debido a las restricciones presupuestarias, los «superdotados» y los de «educación especial» se agrupaban en la misma clase a cargo de la misma profesora. Ella podía enseñar hasta cierto punto, y obviamente no se daba el caso de que los niños de educación especial permitiesen que avanzara el curso de los superdotados. Así que, aunque supuestamente me metieron en el programa de superdotados para desafiar y potenciar mis capacidades intelectuales, lo que acabó sucediendo fue que recibí clases de educación especial. Colorear moléculas y chuminadas así. Vale, muy bien, eso es objetivamente desternillante. Pero también es tristísimo, y constituye otra buena metáfora de las desventajas sistémicas de la pobreza.
¿Y qué podemos hacer para mejorar las condiciones económicas en el Sur? Dejar la Biblia un momento y leer otra clase de libros85. Eso sería un buen comienzo. Eso y dejar de comprar billetes de lotería de rasca y gana.
En serio, amigos. Dejad de comprar billetes de lotería de rasca y gana.
De palique en el porche con Trae
Este capítulo me resulta extremadamente personal, por razones que probablemente ya os resulten obvias. He vivido esta jodienda, sí. De primera mano. Fue mi vida. Así que tiendo a encenderme bastante con este tema, sobre todo cuando los de derechas dicen que los pobres son unos vagos, unos consentidos, unos gorrones, un lastre para la sociedad y todas esas mamarrachadas. Me subleva porque sé, más allá de toda duda, que esa gente no tiene ni puta idea de lo que es vivir así. No saben lo que es la lucha. Bueno, pues yo sí. Y por eso no llevo nada bien que gente que, manifiestamente, no tiene ni puta idea de lo que está hablando venga a darme lecciones sobre mi experiencia vital.
Me imagino que la mayoría de los que lean este libro estarán más o menos de acuerdo con lo que estamos trazando. Pero estoy seguro de que habrá alguno que no lo esté (y os agradezco que sea así, que quede claro). Esos leerán casi todo este capítulo con disgusto. «Y venga a poner excusas. Nada de asumir responsabilidades». Bueno, pues con toda sinceridad, me gustaría saber realmente de qué tengo que excusarme. Antes de que mi primer vídeo se hiciese viral, yo ya tenía un Máster en Administración y Dirección de Empresas y un trabajo en el que negociaba contratos federales multimillonarios. He sido económicamente independiente desde el día que cumplí los dieciocho y de adulto no he recibido ni una sola vez dinero del Estado; ni de nadie, ya que nos ponemos. Me pagué la universidad sirviendo mesas y con becas de estudios que me gané por mis propios medios. Según sus estándares (los de los republicanos) hice las cosas del modo correcto. Soy la antítesis de lo vago y de lo consentido.
Soy el modelo del Sueño Americano y, de no ser por los cupones de comida, de crío me habría muerto de hambre. Os estoy diciendo (me dirijo a cualquiera de derechas que esté leyendo esto) que deberíais tener más mano izquierda, y nunca mejor dicho, porque estáis muy equivocados. Yo soy la prueba viviente, palpitante, creadora de empleo, de que esos sistemas pueden funcionar. Son necesarios. Y, es más, la alternativa es insostenible. Una sociedad civilizada vela por sus miembros más desafortunados, por Dios Santo (y a todas luces Ficticio).
Sí, gente de derechas, os equivocáis con los pobres. Os agarráis a lo que tiene sentido para vosotros y a lo que os han contado vuestros papás, pero no tenéis ni puta idea de la realidad. Algunos puede que oigáis mi historia y afirméis que yo soy la prueba viviente de que no importa de dónde proceda uno: si se asume la responsabilidad y se trabaja duro, se alcanza el éxito. Sí, bueno, pues el asunto es este: yo soy un caso atípico. Una anomalía. Y no tengo ni la más mínima explicación para esto. De verdad que no. A veces la gente me pregunta cómo logré sobreponerme a las circunstancias de mi educación y, os lo digo en serio, no lo sé. Lo hice y punto.
Mi madre tenía una hermana, y su hermana tenía dos hijos, mis primos hermanos. Estuve muy unido a BJ cuando éramos críos. Para mí era como un hermano. Se puede decir que tuvimos, más o menos, la misma infancia, y también muchos de los mismos genes. Enterramos a BJ en 2015. Murió de sobredosis después de años de adicción y condenas de prisión. Lo miré en el ataúd y pensé para mis adentros: «¿Por qué él y no yo?». ¿Por qué divergieron de un modo tan profundo nuestros caminos a pesar de haber empezado más o menos en el mismo sitio? Porque veréis, la mayoría de la gente que comparte mis circunstancias acaba muerta o entre rejas, en un porcentaje elevadísimo. Pero yo me libré. Y no tengo ninguna buena respuesta para explicar el motivo.
Para vuestra información, tampoco la tiene la sociología. Pero existe un fenómeno conocido como «resiliencia». Algunos niños de entornos altamente desfavorecidos son resilientes, y no saben por qué. Así que al menos le han puesto un nombre a la movida, supongo. Pero lo que quiero decir con todo esto es que yo no soy en absoluto la prueba viviente de que cualquiera puede alzarse de la pobreza siempre que se lo proponga. Yo soy la excepción, no la regla. Pero dado que he tenido la extraordinaria fortuna de ser dicha excepción, trato de utilizar mi posición para implorarle a la gente de derechas que por favor, por lo que más quieran, se fíen de lo que les está diciendo alguien que lo ha vivido en su propia piel: os equivocáis con respecto a los pobres. De lleno. Y vuestra equivocación es peligrosa.
Nacer pobre es una carga cuyas proporciones resultan muy difíciles de cuantificar. Es muy difícil, por muy motivado y disciplinado que seas, librarte de la pobreza. A mí me llevó treinta años ponerme al día desde el punto de vista económico, y soy un puto fenómeno cultural. Así que haced el favor de dejar de actuar como si fuese tan sencillo como «calzarse las botas». A ver, colega, recórrete un par de kilómetros con las botas de un pobre y luego si quieres hablamos un rato de calzado.
Y ya para terminar quisiera hacer constar que me gustaría que la gente de derechas dejase de cagarse en los pobres, primero por una mera cuestión de principios, pero también porque, lisa y llanamente, no me lo trago. Les encanta cacarear acerca de la «responsabilidad personal» y sobre que lo único que de verdad desean es que los pobres se hagan cargo de su destino y se eleven por encima de su posición. Desean ese éxito para todos, eso es lo que dicen. Solo que no, ni de puta coña. No nos lo tragamos. No queréis esa mierda ni por un segundo.
Si todos los pobres rompiesen real y verdaderamente los grilletes de la pobreza y accediesen a una posición superior, ¿a quiénes menospreciarían los de derechas? ¿A quiénes explotarían para su beneficio? ¿A quiénes podrían echarles la culpa de todo cuando las cosas se fuesen por el sumidero? Los ricos tienen millones de motivos para que los pobres se queden exactamente donde están. Por la cuenta que les trae. Así que dadle un par de vueltas a eso la próxima vez que vayáis a la urna. Es lo único que os pido.
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50. Buen trabajo, Nuevo México. ¿Qué clase de estado se permite a sí mismo figurar entre los diez primeros? Oh, vale. Culpa nuestra. Vosotros seguid adelante, tíos... algún día llegaremos.
51
«Wake up, America!», canción de la Primera Guerra Mundial compuesta en 1916 por George Graff, Jr. y Jack Glogau. En la partitura aparecía el viejo personaje del Tío Sam, imagen que solía utilizarse para reclutar a los ciudadanos y mandarlos a morir lejos.
52. No agujero negro tipo retrete de parada de camioneros, sino tipo cosmos.
53
El té kombucha, o simplemente la kombucha, también hongo manchuriano, hongo de té u hongo chino, es una bebida fermentada de ligero sabor ácido obtenida a base de té endulzado que se fermenta con una colonia visible de microorganismos (bacterias y levaduras) de aspecto gelatinoso a la que se denomina «madre». De nuevo la coña recurrente con el consumo desenfrenado de té dulce en el Sur: hay que ser un descerebrado para beberse ese mejunje tan asqueroso y no es de extrañar que estén tan orondos.
54. #JustSouthThings [#LasCosasDelSur].
55. Con «peculiar» queremos decir: «la hostia de horrible».
56. Al igual que la música de Jason Aldean
[Básicamente, un cantante de música country vomitivo].
57
Para referirse de un modo coloquial a la recepción mensual de estos ingresos del gobierno se suele utilizar la expresión «drawing a check», «firmar un cheque» o, más literalmente, «dibujar o trazar una marca de verificación: ?».
58
La Marea Roja es como se conoce popularmente al equipo de fútbol americano de la Universidad de Alabama, el Alabama Crimson Tide.
59
Mark William Callaway, conocido en el ring como «The Undertaker» [«El Enterrador»] es un legendario luchador profesional de Texas. Destronó a Hulk Hogan como campeón de la WWF en 1991. Una mala bestia.
60
Movimiento de la lucha libre profesional en el que el oponente es alzado, por lo general hasta sentarlo en los hombros del atacante, para luego estamparlo dejándose caer de espaldas contra la lona.
61. Que lo son.
62. Nota importante: no son mutuamente excluyentes. Ver: la madre de Trae.
63. Con la excepción de literalmente cualquier cosa que se haya emitido en la CMT [Country Music Television] en los últimos quince años.
64. Bromeamos. Beam no es lo bastante barato. Más bien sería Evan Williams o el Viejo Tío de Bobby Que Destila Licor en un Radiador.
65. Las dos últimas nos las hemos inventado, pero seguro que os las habríamos colado.
66. La gente no arruinaría su vida con esa mierda si no fuese divertida, ¿vale? Damos por hecho que aquí todos somos adultos.
67
Franquicia de peluquerías. La compañía se fundó en San Francisco en 1975 y ya cuenta con más de 2400 locales en Estados Unidos.
68
Nombre con que suele denominarse a la industria farmacéutica global tras la que se fraguan jugosas teorías de la conspiración.
69. ¡¿Aún no estáis groguis?!
70
«Not in my America!». Proclama patriotera a la que en los últimos tiempos, por cierto, recurren mucho ciertos círculos izquierdistas blancos como símbolo de resistencia ante las medidas de Donald Trump.
71. Aunque garantizamos que hay una cuota equitativa de borrachuzos a los que les han dado una buena colleja con una Biblia, por si sirve de algo.
72. La verdad es como las realidades, pero golpea más fuerte. Ya veréis.
73. El Sur es Matt Damon, nosotros somos Robin Williams. Todos vosotros sois la Academia. Nos gustaría daros las gracias.
74
Cóctel a base de whisky de centeno o de bourbon. Parece ser que fue creado en Louisville, en el siglo XIX, en un bar llamado The Pendennis Club, cuyo barman llevaría luego la receta al Hotel Waldorf-Astoria de Nueva York. Un cóctel, por tanto, con solera, de ahí su nombre: «pasado de moda» o «de toda la vida».
75. Que conste en acta que no hay nada malo en cepillarse a chicas de fraternidades.
76
Examen estandarizado para la admisión universitaria en Estados Unidos.
77. Johnny Manziel. Un gilipollas profesional forrado de pasta que también se dedicó un tiempo a jugar al fútbol.
78. Y si Randy fuese negro, ya ni te cuento; ni hablaríamos de lo de conseguir un curro talando árboles.
79. Ahí vamos de nuevo, a volarle la quijotera a la peña con nuestras reveladoras reflexiones.
80. Posiblemente, la peor clase de gusanos que existe.
81. Un saludo para The National por su canción «Bloodbuzz Ohio». No son rednecks, pero aun así molan.
82
Senador de Estados Unidos por el estado de Texas. En 2016 se presentó como precandidato a las elecciones presidenciales por el bando republicano. Lo tiene todo: es provida a saco, está en contra del matrimonio homosexual, a favor de la pena de muerte y no cree en el cambio climático.
83. Ted Cruz es un «skinwalker»
[En la cultura de los indios navajo, un tipo de brujo pernicioso capaz de transformarse en el animal cuya piel se ponga encima] y un demonio de las Tinieblas.
84. Aunque, insistimos, este es nuestro libro, qué cojones.
85. Estamos hablando de despertarse, colegas.
3
RECEMOS
¡Jesucristo!
Impregna cada grieta y recoveco de la vida pública en el Sur y casi todas las facetas del ámbito privado. Le rezamos antes de las comidas, en público y en los eventos deportivos. Rezamos por la gente que no cree lo que nosotros creemos. A veces incluso les advertimos que vamos a rezar por ellos por no creer lo que nosotros creemos. Y eso es una mierda.
Nuestra cultura está tan envuelta en cristianismo que la gente de fuera del Sur se refiere a nuestro terruño como el Cinturón Bíblico. Normalmente, como insulto; en ocasiones a modo de advertencia para cualquiera que esté pensando en visitarnos.
¿Pero qué tiene de tan insultante? La Biblia, independientemente de lo que cada cual opine de ella, es un libro de puta madre. El hijo pródigo es el tema de todas las películas que te gustaron de adolescente en las que no salían tetas (Joe Dirt: peliculón). La historia de Jesús se ha refrito en cada generación (la trilogía de Matrix, ¿os suena?). Y mejor no nos hagáis hablar del Apocalipsis.
Bueno, qué hostias, hablemos del puto Apocalipsis. Si el Apocalipsis se publicase hoy como novela gráfica y luego hiciesen una puta película, los nerds harían colas de ocho horas alrededor de la manzana para ser los primeros en verla. Juan el Evangelista habría formado parte de los Vengadores. Esa historia tiene ancianos, pergaminos y un cordero con siete ojos haciendo movidas ocultistas muy molonas. Hay un dragón, una bestia de siete cabezas, una Bestia Marina86 y una señora embarazada con una túnica blanca. ¿Aún no se os ha puesto dura? Bueno, pues también hay siete ángeles, cada uno con su trompeta, y cuando se ponen a tocarla se desatan todo tipo de infiernos: langostas, un ejército de macarras de muy mala baba y un montón de movidas que tenemos que expulsar de nuestra psique porque nuestros patéticos cerebros humanos no son siquiera capaces de comprender la inmensa gloria que se desprende de toda esa ridícula jodienda. Por último, al final, salen unos cuencos. Un momento, ¿has dicho que salen unos cuencos? ¿El Apocalipsis termina con unos cuencos? ¿Qué tienen de aterrador los cuencos?
Bueno, es que no son unos cuencos cualquiera. Ni siquiera son cuencos tipo Tupperware que llevan mogollón de tiempo en la nevera y ahora solo contienen carne de cerdo enmohecida a la que solo le falta hablar. No, es mucho peor. Estos son los Navy SEAL de los cuencos. Uno de ellos hace que todo el puto océano se convierta en sangre, y otro que el sol incendie la tierra dejada de la mano de Dios (literalmente en este punto), como el pedazo de basura celestial que en el fondo ha sido siempre.
¿Nos olvidamos de algo? Oh, sí, de «los cuatro jinetes del me-cago-en-la-puta-madre del Apocalipsis»87, que cabalgan por el cielo sobre caballos de distintos colores, cada uno blandiendo su movida: un arco para conquistar, una espada para «desterrar la paz», la balanza de la recta justicia y, por último, a lomos del caballo blanco, un jinete que blande, literalmente, la muerte. Esa es su arma: la muerte. Como concepto. No, amigos, la Biblia es la hostia88 de heavy.
¿Así que por qué se considera un insulto lo de Cinturón Bíblico? La Biblia mola. Seguro que tiene que ver con la otra palabra: con lo de Cinturón. Los cinturones son útiles, nadie lo discute. Pero también son opresivos89. Representan el orden y la uniformidad. Mantienen el statu quo y te aprietan fuerte las tripas cuando te pasas un poco de rosca en el bufé. Los cinturones son aburridos y representan normas. También representan a tu padre dándote un poco de amor y cuidado, pelándote el trasero a zurriagazos. Los adolescentes se dejan caer los pantalones y nunca llevan cinturón porque los adolescentes no hacen nada que no mole, y no hay nada que mole menos que un cinturón. Ahora, mirad, no nos malinterpretéis. Un cinturón bonito que conjunte con los zapatos de ante azul que te acabas de comprar para ir a la fiesta del Derby, puede que esté muy bien. Pero cuando tienes que llevar cinturón por obligación, normalmente significa que alguien ha muerto o que tu jefe es un capullo; y en ambos casos, no mola.
Los hombres y las mujeres de negocios llevan cinturón porque les hace sentir que al menos así detentan el control sobre algo en sus vidas. Seguro, Todd, puede que tu jefe te odie y que tu matrimonio se esté hundiendo, y, tío, como ese trato no se cierre vas a tener que suspender las vacaciones de Navidad, pero por Dios: «¡Estos pantalones se van a sostener exactamente donde yo quiero, justo por debajo de mi ombligo rechoncho!». Claro que sí, campeón. Ahí lo llevas.
Y por eso es en realidad tan jodido ser el Cinturón Bíblico. La Biblia misma, la fe que se basa en ella y su protagonista (¿qué pasa, Cristo, cómo va la cosa?), no son necesariamente cosas malas. Pero el modo en que la gente se ha servido de todo ello para excusar el acaparamiento de poder, la intromisión, el odio, y, en definitiva, para constreñir la cultura como con un cinturón90 forzado con tres agujeros adicionales, tiene que parar. La Iglesia siempre ha desempeñado un papel fundamental en el Sur. Para lo bueno y para lo muchísimo malo. Incide en la política, en las relaciones familiares, en cuestiones sociales, en la cultura y hasta en la dieta.
Es muy improbable que su alcance vaya a ceder en un futuro próximo. En el curso de nuestra existencia, el santurrón del vecino no va a dejar de expresar: «Ya sabes, Dios tiene un plan», como «respuesta» a las tragedias de la vida91. En un futuro próximo, no habrá un solo día, a pesar del constante temor de Tía Tammy a que no la dejen rezar en voz alta, en que los políticos no afirmen que están siguiendo los dictados de Dios en sus obligaciones cívicas (así como en la decisión de presentar sus candidaturas a la presidencia). No, Jesús ha venido para quedarse. Así que tendremos que lidiar con ello, tanto si nos gusta como si no.
¿Cómo era eso que dijo Mahatma Gandhi sobre que Jesús era guay pero que sus seguidores no eran más que unos lamedores de hostias? Bueno, en realidad lo que dijo fue: «Me gusta vuestro Cristo; pero no me gustan vuestros cristianos. Vuestros cristianos no se parecen en nada a vuestro Cristo». Independientemente de lo que sintáis al respecto, y sabemos que algunos de vosotros os lo tomáis demasiado a pecho y con muchísimo sentimiento, lo que no puede negarse es que, como poco, a la gente del Sur le gusta utilizar a Jesús como excusa para ser gilipollas92. Y, bueno, vamos a tener que hacernos mirar eso. Pero antes tendríamos que ponernos de acuerdo con algunas de las cosas buenas que la Iglesia ha hecho en el Sur. Como le oímos decir una vez a un predicador: «Hay que empezar el sermón con amor y esperanza, y ya luego descender al infierno y a las tribulaciones». Aquel día nos hizo una inmensa ofrenda, así que seguiremos su consejo. Luego ya tendremos nuestro momento de venid-con-Jesús93.
IGLESIAS NEGRAS Y DERECHOS CIVILES
Las iglesias sureñas han desempeñado papeles fundamentales y muy positivos. El ejemplo más obvio es el de las iglesias negras en el movimiento de los derechos civiles. Los líderes religiosos afroamericanos como el doctor Martin Luther King Jr., Fred Shuttlesworth y Ralph David Abernathy, se convertirían en los líderes morales y políticos del movimiento. Su doctrina religiosa pasaría a ser la filosofía del movimiento. Sus feligreses, junto a otras congregaciones, engrosarían las hordas de manifestantes y boicoteadores no violentos del movimiento. Y sus iglesias serían los puntos de encuentro.
El Dr. King halló inspiración en las enseñanzas de Gandhi sobre la no violencia, pero también, y no poco, en las Sagradas Escrituras. Acabar con Jim Crow pasó a ser no solo una cuestión de corrección política, sino también una cuestión relacionada con un concepto con el que todos los sureños han estado familiarizados, por no decir completamente obsesionados, desde la cuna: la voluntad de Dios. Se trata de una afirmación audaz: Dios nos creó a todos por igual. Dios deseó que todos sus hijos tuviésemos las mismas oportunidades. Dios abogaba clarísimamente por la desegregación.
Por supuesto, ciertos blancos sureños (y entre ellos ciertos predicadores blancos sureños) batallaron con uñas y dientes para que nada cambiara, pero como ya sabemos, perdieron: en el caso «Brown contra el Consejo de Educación» de 1954, el fallo pronunciado por el Tribunal Supremo acabó de golpe con la segregación en los colegios. Y en los años transcurridos desde entonces la desegregación ha ido calando en la cultura. El racismo sigue existiendo, eso nadie puede negarlo, pero os aseguramos que es casi imposible dar con alguien que afirme que la segregación es «voluntad de Dios» y que no sea un puto descerebrado. Y no es por casualidad que la Iglesia llegase a desempeñar ese papel tan determinante en el cambio de la perspectiva cultural de la mayoría (sí, a pesar de lo que que hayáis podido oír por ahí, la inmensa mayoría de la gente del Sur está resueltamente en contra de la segregación). Después de escuchar al Dr. King, un predicador que hablaba de la misericordia de Cristo, que afirmaba que la voluntad de Dios era que las vidas cristianas fuesen libres y fructíferas, y que el amor de Dios era la única elección correcta frente al odio..., bueno, a cualquier blanco del Sur que oyese tales cosas le resultaría muy difícil desestimarlas sin a la vez desestimar sus propias creencias.
Naturalmente, muchos cristianos, a pesar de todo, siguieron aferrándose al prejuicio y al odio, porque la hipocresía le va a la Iglesia como la salsa de carne a unos panecillos recién salidos del horno. Me imagino que esa gente se pensaría que en el cielo también habría segregación. No sé quién cojones querría vivir eternamente escuchando música de alabanza sin gente negra a su alrededor, pero, oye, lo que sea, con tal de que haga flotar vuestro bote solo-para-blancos.
Así que, gracias en buena parte al papel de la Iglesia en el movimiento de los derechos civiles, ser cristiano significó no ser racista, o al menos simularlo. Esto aún puede verse en muchos restaurantes del Sur la tarde de cualquier domingo. Señoras que asisten a misa y hombres con sobrepeso y corbatas con crucifijos tratando desesperadamente de no soltarle alguna impertinencia sacada de Fox News al mexicano que les está tomando nota en el día de descanso del Señor. «Verás, Pedro, solo pienso dirigirme a ti en inglés, y espero que tú hagas lo mismo conmigo, porque estamos en un país de habla inglesa», le soltará una señora con vestido de tonos pastel a un hombre que en realidad se llama Diego. Entonces la señora hará una pausa para medir cuidadosamente sus palabras al darse cuenta de que su pastor se encuentra dos mesas más allá. «Pero has de saber que Dios te ama a pesar de la lengua que hables». Su sonrisa resplandece y el pastor Dan asiente con aprobación antes de pedirse otro postre.
Esperamos que, para el movimiento de los derechos LGBTQ, la Iglesia acabe asumiendo en el Sur el mismo papel de liderazgo que tuvo en su día en la lucha por los derechos civiles, lo ansiamos y rezamos94 imperiosamente para que así sea. Y, desde luego, no se nos van a caer los anillos por agradecer y reconocer el buen trabajo que están haciendo las iglesias que ya se han situado a la vanguardia manifestando su amor de un modo abierto y desprejuiciado, tanto en sus corazones como en sus folletos evangélicos.
LA IGLESIA COMO EDUCADORA
En su día, las iglesias del Sur también desempeñaron un papel importante en la fundación de institutos, colegios y universidades. Como en muchos otros sitios, buena parte de nuestras mejores escuelas fueron fundadas por ricos de fuera (¿qué hay, Vanderbilt?), pero muchas grandes instituciones se las debemos a la Iglesia95.
De nuestra investigación96 sobre esta materia, hemos deducido un solo hilo común en las entidades fundadoras: parecen ser exclusivamente iglesias, gobiernos estatales (o de otra clase) y millonetis. ¿Y qué tienen todas esas entidades en común? Acceso al poder y pasta a espuertas. Casi todo el presente capítulo versará sobre el abuso de dicho poder por parte de la Iglesia, pero nos figuramos que sería importante remarcar que, al menos en el caso de las escuelas, su labor ha sido un fantástico ejemplo de cómo utilizar el poder para el bien; mayormente. También habría que considerar los casos de la Bob Jones, la Liberty, la Regent, etc... ¿A quién demonios se le ocurre llamar «Bob Jones» a una universidad? Bob Jones no suena nada académico; suena más bien al tipo al que tu padre le acaba de comprar la camioneta para salir los fines de semana de caza.
EL DELICIOSO PAPEO DE LA IGLESIA
Otra tradición positiva del Sur estrechamente relacionada con el culto y que, como los perfectos rednecks de izquierdas que somos, nos encanta, es comer cosas ricas. Los convites de la iglesia, ya sea en misas de bienvenida, en días festivos o cada cuarto domingo de mes simplemente porque sí, son los mejores momentos para estar cerca de una iglesia. Establecemos lazos, nos reímos, planificamos y, lo más importante, zampamos. Como gorrinos.
Una misa de bienvenida es un domingo, por lo general estival, en el que los feligreses que se mudaron, los que se casaron y se unieron a la iglesia de su pareja, o los que se largaron en un arrebato de ira porque hicieron diácono al hermano Daryl y a ellos no, regresan a su antigua iglesia, se reencuentran con los miembros de toda la vida y comen un pollo frito capaz de convertir hasta al más ateo.
El pollo dominguero97 es una tradición en todo el Sur, directamente relacionada con comer después de ir a misa. Era de lo más fastidioso que se presentase en casa el predicador después de misa, porque significaba que íbamos a tener que seguir comportándonos como si estuviésemos ante el altar, y no nos iban a dejar ver los dibujos animados que nos molaban, Batman: The Animated Series por ejemplo, porque era un rollo «demasiado oscuro» (aunque nos hinchásemos a verlo cuando no venía el cura a dar por saco; ¿os acordáis del episodio del laberinto y Enigma? Una pasada). Pero lo que molaba de su visita era que había comida más rica. ¡Mamá tenía que impresionar al predicador!
MÚSICA DE IGLESIA
El rock cristiano moderno es el peor sonido defecado por el planeta tierra, no hay nada peor en la historia de la humanidad. Su misma existencia es el mayor argumento contra la idea de la existencia de un Dios justo y bondadoso, comprometido con nuestras vicisitudes. Sin embargo, en general, la música de iglesia merece ser celebrada. El góspel y su progenie nos han dado más de lo que nos merecemos. Hay música que remonta su linaje hasta esos coros dominicales (nos vienen a la mente unos cuantos discos de Ray Charles y de Hank Williams Sr.) en medio de los cuales te sobreviene la absoluta certeza de que Dios es real y te está hablando directamente por ese altavoz. Te dice: «Todo va a estar bien en lo más hondo de tu alma. Solo tienes que cerrar los ojos y bailar». Tenemos que festejarlo más, pero de momento baste con decir que la Iglesia nos ha legado unas cuantas canciones cojonudas. Y eso hay que agradecérselo a Dios.
PERO...
Evidentemente, no podemos declarar que la Iglesia haya desempeñado un papel tan positivo en las relaciones raciales sin mencionar a la vez que también ayudó a generar muchos de esos problemas en un primer momento. Como tampoco podemos mencionar la deliciosa comida de los convites dominicales sin reconocer que en el Sur tenemos niños monstruosamente gordos y que quizá, pudiera ser, vete tú a saber, Dios haya sido partidario de todas esas comilonas. No deberíamos hablar de las instituciones educativas fundadas por la Iglesia sin abordar su papel central como dirigente de la Ciudad de los Zopencos Idiotizados en la tierra fundadora de «La evolución no es más que una teoría».
El Ku Klux Klan fue, en apariencia, una organización cristiana, y por aquí abajo muchos utilizaron la Biblia para defender la esclavitud. Nosotros utilizamos nuestras Biblias para mantener abiertas las ventanas cuando hacemos una tarta y el horno empieza a humear.
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