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ATADA AL SILENCIO

CHARO VELA
ATADA AL SILENCIO
EXLIBRIC
ANTEQUERA 2019
ATADA AL SILENCIO
© Charo Vela
© de la imagen de cubiertas: Artesanías Torres
Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico Exlibric
Iª edición
© ExLibric, 2019.
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ISBN: 978-84-17334-98-7
Nota de la editorial: ExLibric pertenece a Innovación y Cualificación S. L.
CHARO VELA
ATADA AL SILENCIO
Índice de contenido
Portada
Título
Copyright
Índice
Dedicatoria
Capítulo 1 Córdoba - 2003
Capítulo 2 Sevilla, cuarenta años antes
Capítulo 3 Enamorada de José
Capítulo 4 Entregada al amor
Capítulo 5 Vacaciones en la playa
Capítulo 6 Cara a cara con la realidad
Capítulo 7 La novicia del convento
Capítulo 8 El enorme vacío
Capítulo 9 La vida en Zaragoza
Capítulo 10 Duelo en Sevilla
Capítulo 11 Haz el bien...
Capítulo 12 Rocío abre su corazón
Capítulo 13 Van pasando los años
Capítulo 14 El reencuentro
Capítulo 15 La confesión de José
Capítulo 16 Regalo de Dios
Capítulo 17 Córdoba guarda un secreto (1996)
Capítulo 18 Empieza una nueva vida
Capítulo 19 Lucía se confiesa
Agradecimientos
Dedicado a mi padre, mi «Manolito», por su cariño y apoyo siempre incondicional.
Sé que ahora me guía desde el cielo.
Capítulo 1
Córdoba - 2003
Lucía, sentada en su sillón uniplaza de cuero marrón, leía una novela de suspense mientras observaba a su nieta Alejandra hacer los deberes. Ingenua, no sospechaba el duro trago por el que tendría que pasar, debido a la dolorosa petición que pronto le harían. Sin lugar a duda, esa solicitud hará temblar los cimientos de unos sentimientos, muy bien guardados bajo llave en su corazón, y que ella pensaba llevarse a la tumba. Seguramente, no podrá negarse a dicha súplica, aunque sea lo último que desease hacer en su vida.
Como cada tarde, Alejandra se sentaba al calor de la chimenea del salón, al lado de su abuela Lucía. «¡Qué frío hace fuera! Claro, estamos ya en diciembre. ¡Cómo pasa el tiempo!», pensó Lucía, mientras miraba con cariño a su nieta.
Los padres de Alejandra son doctores y, cuando tienen turno de tarde, la yaya Lucía cuida de ella. Le ayuda con los deberes o la acompaña a las clases de baile. Lucía vive con ellos desde hace cinco años. Están bien económicamente, tienen una vida llena de comodidades y bienestar, no se pueden quejar. Cierto es, que los padres trabajan muchas horas en el hospital para que no les falte nada.
Lucía adora a su nieta, es la alegría de sus días. Alejandra, después de terminar los deberes, coge el bocadillo de jamón y el zumo de piña que su abuela le ha preparado. Se sienta junto a ella, al calor de la lumbre, y se dispone a merendar. Mientras, la yaya toma un té de frutas. Pasan el resto de la tarde inventando cuentos y relatos. Les encanta y, así, están entretenidas hasta que, ya de noche, llegan sus padres del trabajo.
Lucía le cuenta mil leyendas a su nieta. Juntas inventan fábulas con las que sueñan, ríen y se emocionan, dejando volar su imaginación. A Alejandra le gusta mucho crear historias. Es muy ingeniosa, está escribiendo su propio libro de cuentos, con la ayuda de su abuela. En él no faltan lindas princesas, apuestos príncipes de reinos encantados y románticas historias de amor, que cada tarde las dos planean. Existe mucha complicidad entre ellas, se parecen bastante en su carácter y forma de ser. Esto les hace ser cómplices cada tarde de más de una historia. Se lo pasan bien juntas.
Hubo un momento de silencio, donde solo se escuchaba el crujir de los troncos en la chimenea y el silbar del viento en la terraza. Lucía se levantó mientras su nieta seguía escribiendo, fue a por un vaso de agua a la cocina. Aprovechó para apagar la sopa de pollo que había cocinado para la cena. Estaban en el salón, era amplio y acogedor, con grandes ventanales que llenaban de luz la estancia. Aunque hoy el día estaba gris y frío. Vivían en una casa grande de dos plantas, con jardín, sótano, piscina y garaje, en una buena zona residencial de Córdoba.
—Ya he terminado la merienda. Voy a organizar la mochila para mañana. —Lucía se sentó de nuevo y cogió el libro que estaba leyendo, era de Agatha Christie, Un cadáver en la biblioteca y se dispuso a leer—. Yaya, cuéntame cómo va tu novela. ¿Sabes ya quién es el asesino?
—No, aún no, por ahora solo han aparecido dos sospechosos. Está muy interesante, después te detallaré todo lo que vaya descubriendo.
—¡Ah, tengo que contarte un secreto!
—A ver, dime. —Lucía la observó curiosa mientras pensaba de qué se trataría.
—Abuela, me gusta un chico de primero de bachiller, es el hermano de mi amiga Isa —le contaba con complicidad a su abuela—. Es guapísimo y creo que yo le gusto también, pues siempre me mira y me sonríe.
—¡Ay, mi niña! Eres muy joven para estar pensando en esas cosas. Tú estudia, lo demás ya llegará a su debido tiempo.
—¡Abu, ya no soy tan niña! ¿Sabes que mi amiga Isabel sale con un chico de bachiller? Es un amigo de su hermano. —Se lo dijo en voz baja, como si de un secreto se tratase.
—¿Saliendo ya con lo joven que es? ¡Si solo tiene quince años, santo cielo! —Lucía se movió inquieta en el sillón, no deseaba que su nieta corriese tanto—. No debe tener tanta prisa por vivir la vida, por Dios, es una cría todavía.
—Ella se ha enamorado, dice que es el amor de su vida. —Y sin dejar de mirar a su abuela, Alejandra le confesó entre risas—: Es un chico muy guapo. No me extraña que esté colada por él.
—Mi niña, el amor no siempre es tan bonito. Al principio, todo es de color de rosas, luego, es más complicado de lo que parece. Ella estará ilusionada, pero asegurar que es el amor de su vida es algo precipitado. Tú no vayas a ir tan deprisa. La vida hay que beberla despacito, en pequeños sorbos, disfrutarla poco a poco sin atragantarse —le aconsejaba por experiencia propia.
—Ja, ja, abuela, no te preocupes por mí, yo no voy tan rápido. Solo me gusta, nada más. Ah, por cierto ¿sabes qué día es mañana? —preguntó Alejandra con risa nerviosa e intentando desviar el tema.
—Claro. ¿Crees que me voy a olvidar de tu cumpleaños?
—Sabía que no, por eso quiero pedirte mi regalo. Es un deseo muy especial.
—A ver, mi querida Alejandra ¿Qué me vas a pedir? —indagó Lucía con una sonrisa.
—Necesito que me cuentes cosas de tu juventud, de cuando tenías mi edad. ¿Cómo se vivía en tu tiempo? Por lo que he estudiado, has vivido en una época política bastante complicada, con muchas penurias y una fuerte dictadura.
—Sí, cariño, fueron años muy difíciles, con hambruna, muchas prohibiciones y una mentalidad bastante cerrada. —Recordó Lucía con tristeza.
—Abu, llevas cinco años viviendo con nosotros. Nunca me has contado nada sobre ti y deseo conocer tu pasado. —Lucía se puso pálida al escucharla—. ¿Sabes? Cuando le pregunto a mamá sobre tu vida, siempre me dice que debes ser tú quien me la cuente.
Alejandra le rogaba con persistencia, sentada junto a ella y cogiéndole las manos con cariño.
De pronto, la sonrisa de Lucía se había apagado. Ese tema aún dolía en sus entrañas.
Ella estaba delicada del corazón y debía evitar sufrimientos.
—Pero, hija, esas son historias de mayores. Tú aún eres pequeña. Algún día…
—¡Yaya, no soy tan niña como tú crees! —Alejandra, un poco enfadada, le cortó la conversación a su abuela—. Compréndeme, tengo curiosidad por saber de ti, de esa parte desconocida de tu juventud y de tu vida. Tengo muchas dudas y cientos de cosas que preguntarte. —No se iba a dar por vencida tan fácilmente e insistió de nuevo—. Yo te lo cuento todo a ti. ¿Por qué no confías tú también en mí?
—Cariño, es largo de contar. Otro día con más tiempo te lo cuento todo ¿vale? —le contestó Lucía inquieta y con desgana, e intentó disuadirla de su petición—. Además, ya tengo tu regalo preparado para mañana.
—Yaya, ese es el único regalo que deseo por mi cumple. Porfa, ya nunca te volveré a preguntar sobre tu pasado —le decía mirándola suplicante a los ojos, necesitaba saber de la vida de su abuela. ¡Había tantas cosas que no comprendía!—. Soy tu nieta y tengo derecho a saberlo. Imagina cuántas preguntas tengo en mi cabeza y nadie me las responde.
Lucía estaba seria, desencajada, no le apetecía remover su pasado, no le hacía nada bien. Se levantó nerviosa, de pronto su mente rememoró momentos de su vida. Recuerdos y pasajes que acudían a su memoria como si de una película se tratase. Una lágrima resbaló por su mejilla. Negaba con la cabeza. Un nudo se instaló en su garganta y le impedía pronunciar palabra.
—Abuela, no quiero que sufras, pero hay cosas que me intrigan y quiero saber ¿Por qué te metiste a monja? —preguntaba curiosa. Seguía intentando convencerla, sin apartar los ojos de ella. Lucía cabizbaja no la miraba—. Aunque ya no llevas hábito, ¿todavía eres monja? Yo te veo rezar mucho. —Alejandra estaba empecinada en saber y no se rendía—. Venga, yaya, cuéntame. ¿Cuándo tuviste a mamá? ¿Y mi abuelo cómo era?
Lucía dio un profundo y sentido suspiro. Tenía ya el pelo plateado por los años, los próximos que cumpliese en mayo serían los sesenta. Era una mujer delgada, de estatura media, pelo corto, amable, seria, cariñosa y muy católica.
Su nieta mañana cumpliría los quince, ya era toda una mujercita, Si bien, para ella seguía siendo su niña querida. No obstante, ya era más alta que Lucía, tenía el pelo largo, rubio y anillado. Era una niña madura, buena estudiante, le gustaba mucho el baile y la natación. De mayor quería ser médico, como sus padres. Era muy guapa, se parecía mucho a su madre. Y la tenía delante suplicándole que le abriese su corazón.
Lucía había disfrutado mucho con Alejandra estos últimos cinco años…
Volvió a suspirar. Su nieta llevaba razón en lo que le decía, ya tenía edad de saber la verdad. Sin embargo, le acababa de hacer las preguntas más difíciles de contestar a Lucía. Era su secreto y siempre pensó que estaría atada al silencio de por vida. Por el bien de todos era mejor ocultar la verdad. Si su historia saliese a la luz… ¡Qué locura!
Alejandra volvió a mirarla suplicante. Se lo rogaba con los ojos velados por las lágrimas. Ella veía a su nieta sufrir por no saber de su vida y se apenó. De repente, comprendió que no podía, ni debía negarse por más tiempo a contestarle lo que le inquietaba. Había llegado el momento de enfrentarse a los fantasmas del pasado. Con el dorso de la mano, se limpió las lágrimas, que seguían bajando silenciosas por sus mejillas. Se volvió a sentar en su sillón, tras tomar la dura determinación de abrirle a su nieta su corazón y confiarle todos sus secretos.
—De acuerdo, mi niña. Te lo contaré todo con una condición, debes prometerme que toda la historia de mi vida, no puedes contársela a nadie. Será un pacto de silencio entre nosotras. Voy a detallarte mi pasado, no obstante, esto no puede salir de esta casa. ¿Estás de acuerdo?
—Sí, yaya, te doy mi palabra. Te prometo mi silencio. Mi boca estará sellada.
Así fue como esa tarde y sin imaginarlo ni en sueños, Lucía se preparó para abrir su caja de Pandora. Los secretos que guardaba bajo llave desde hacía cuarenta años. Los cuales imaginó nunca confesaría. Se movió inquieta en su sillón que, de pronto, había dejado de ser cómodo. En ese instante, el silencio reinaba en la estancia, solo el crujir de la lumbre y la respiración agitada de Lucía lo quebró. Volvió a suspirar mientras miraba a su nieta, esta esperaba anhelante a que empezase a hablar. Iba a ser muy doloroso para Lucía remover su pasado. Escarbar en esa parte de su vida que sepultó hace años dentro de su alma. Ya de poco iba a servir retrasarlo. Había llegado el momento. Tarde o temprano Alejandra lo averiguaría todo.
Pensándolo bien, lo mejor era que supiese la historia de su vida por ella misma. Además, andaba soñando con chicos, debía aconsejarla para que no la hiciesen sufrir, tanto como ella sufrió. La mejor forma de hacerlo era con el relato de lo que vivió en carne propia. Se levantó de nuevo, fue al baño, estaba nerviosa. Volvió a sentarse, bebió un buen sorbo de agua, se acomodó en su sillón y respiró hondo. Entrecerró los ojos, notó un pellizco en el estómago y un nudo en la garganta. Miró a su nieta con cariño. Y comenzó a relatarle la dura historia de su vida…
Capítulo 2
Sevilla, cuarenta años antes
Es primavera en Sevilla y sus calles se impregnan de olor a azahar. El humo del incienso ya se huele por el centro de la ciudad. Este año, 1964, la ciudadanía religiosa de Sevilla tiene una importante cita a finales de mayo. Coronan a la santísima Virgen Esperanza Macarena y la ciudad se engalana de fiesta para tal evento.
Dos jóvenes hermanas, Lucía y Rocío, pasean relajadas por la orilla del río Guadalquivir. Se sientan en el fresco césped y charlan muy dicharacheras sobre sus cosas cotidianas.
—¡Hermana, qué bien se está aquí! Me encantan estas vistas con Triana al frente. Aquí junto al río hace más fresquito. Mira, mira ese moreno que va corriendo, ¡es guapísimo! ¡Ay, me he enamorado! —exclamó Rocío entre risas, dándose suaves golpes con la mano en el pecho.
—Calla, loca, a ver si se va a enterar y como mire para acá, me muero de vergüenza — le contestó Lucía ruborizada por el descaro de su hermana.
Así, hablando y bromeando pasaban las dos hermanas la tarde del sábado. Relajadas les sorprendía el anochecer, cuando tras el paseo volvían a casa.
Lucía tiene veinte años, es bordadora y costurera. Es alta, no muy delgada, de ojos marrones claros, color miel. Tiene una larga melena, que le cubre toda la espalda hasta la cintura. Su pelo es castaño oscuro, le favorece bastante a su cara. Es tímida, noble y cariñosa. Tiene unas manos privilegiadas para la costura. Ella sueña con ser algún día diseñadora de moda. Se compra retales de tela y se inventa los modelos. Así que, se hace los patrones y se confecciona su propia ropa.
Es católica y sueña con conocer a un hombre bueno, trabajador, que la quiera y la haga feliz. También, por supuesto, casarse y tener hijos con él.
Desde pequeña, su madre la ha llevado algunas tardes al convento de Santa Isabel, donde las hermanas religiosas le enseñaron a coser y bordar como los ángeles. Lo mismo cose un traje de flamenca para la Feria de Abril, que borda un mantón de manila o una mantilla para Semana Santa. Lucía es educada, recatada y callada. «Ver, oír y callar», ese es su lema en el trabajo y le va bien. Pese a su juventud, es respetada y querida entre sus clientas. Le cose a gente de la alta sociedad sevillana. También es muy apreciada por las hermanas religiosas de la congregación, donde acude algunas tardes para ayudarlas en las labores de costura.
Lucía les trabaja a damas distinguidas de la ciudad, sobre todo por la zona del centro.
Tiene muchos encargos de mantones y mantillas en estas fechas de primavera. Asimismo, confecciona y borda el ajuar de algunas jóvenes casaderas de clase alta.
Su hermana Rocío tiene dieciocho años recién cumplidos, es más alocada y moderna que Lucía. Tiene buen cuerpo, su cabello es castaño claro y anillado. Su melena rizada le da la apariencia de chica traviesa. Le gusta mucho la pintura. Estudia arte y le fascina pintar al óleo. Los bodegones y paisajes son sus preferidos.
Rocío le da a su madre más quebraderos de cabeza que Lucía. Además de ser la menor, es muy zalamera, convirtiéndose en la niña mimada de la casa que al final siempre consigue lo que quiere. Su madre, a pesar de su rebelde forma de ser, la adora. Su hija pequeña solo piensa en divertirse y vivir la vida, como Rocío continuamente le recuerda, cuando esta la regaña. Tiene una mentalidad muy liberal para su edad. No le gusta mucho estudiar, así que su madre, en tono cariñoso, le aconseja:
—Hija, o estudias o trabajas, decídete, no puedes estar sin hacer nada. Mas, no te veo yo a ti dependiendo de un hombre que te mantenga toda la vida.
—¡Ay, no, madre! No necesito ningún hombre que me sostenga. Quiero estudiar arte, la pintura es mi pasión. Voy a buscar trabajo en alguna tienda para poder ayudaros a pagar mis clases —le confesaba a su madre, no con mucho interés por trabajar—. No obstante, después de las clases, me va a quedar poco tiempo y sin experiencia, no sé si encontraré algún trabajo que se adapte a mis necesidades.
—Rocío, pues manos a la obra, hija, el que algo quiere… —Y agarrándola por el brazo, su madre le seguía diciendo—: Mira tu hermana, no le falta la faena, está contenta con su trabajo, de camino, se ahorra un dinerito confeccionándose ella su ropa.
Las dos hermanas, pese a ser tan distintas, se llevan bien, apenas discuten. Lucía es muy noble, siempre cede ante los caprichos de su hermana. A veces, por no escucharla protestar constantemente y, también, porque ella es la mayor. Lucía se sofoca por la frescura y el modo de actuar de Rocío, sin embargo, adora a su alocada hermana menor y al final, se lo perdona todo.
Algunos domingos las vecinas salen a pasear por la barriada, para que se les acerquen los chicos a pretenderlas y las acompañen en el paseo, pero Lucía nunca va con ellas. No tiene ningún interés ahora mismo en conocer a nadie. Piensa que el amor no se busca, se encuentra. Ella para eso es muy romántica.
Lucía tiene una amiga, María Jesús, desde que eran pequeñas iban juntas al colegio y compartían los secretos, eran inseparables. El padre de María Jesús, trabajaba de guardabarrera en una estación de tren de Sevilla. Hace dos años, lo destinaron de jefe de estación a un pueblo de Castilla, llevándose a vivir con él a toda su familia. De esta manera, ahora las dos amigas solo saben de sus cosas por carta. Cada dos meses, se escriben y cuentan sus rutinas. Sin embargo, la vida de ambas es demasiado tranquila, sin nada especial que reseñar.
En la barriada hay un chico que mira mucho a Lucía. Él la quiere acompañar a pasear y cortejarla, si bien, a ella no le gusta, lo evita y no le sigue el juego. Incluso ha dejado de ir a los guateques de su barriada, pues este chico solo quiere acercarse para bailar con ella. No obstante, esto solo sirve para que su amiga María Jesús y ella se diviertan, cuando lo comentan en sus cartas, pues, el pobre chico, según Lucía, es bastante soso.
Desde hace un tiempo, Lucía guarda un secreto. Aún no lo ha compartido con nadie. Ni siquiera se lo ha contado a su amiga, ni a su hermana, por miedo a que se pudiese gafar. Hace un par de meses, en febrero, ha conocido a José, un chico del barrio de Triana.
El río Guadalquivir divide Sevilla en dos. En una orilla se encuentra el centro histórico de la ciudad y en la otra orilla del Guadalquivir, cruzando el puente, está Triana.
José cruza ese puente cada día, para ir a trabajar al centro de la ciudad. Es el mayor de cinco hermanos, de una familia humilde y trabajadora. Él, con su sueldo, colabora con sus padres en los gastos de la casa. Este había coincidido muchas veces al salir de su trabajo con una joven morena, guapa y de muy buen ver, a la que cada día saludaba con simpatía, pues se sentía atraído por ella. Cada mañana la esperaba para verla pasar. La observaba desde su trabajo. «Esta morena me tiene loco, la tengo que enamorar como sea», se decía para sus adentros. Esa morena era Lucía. Ella nunca le respondía al saludo, era muy vergonzosa. Solo aligeraba el paso con la cabeza agachada cuando lo veía o lo escuchaba piropearla.
Una tarde, José, desde la ventana del edificio donde estaba trabajando, la vio venir y decidió que debía ser osado y lanzarse a hablarle una vez más. Así que, al verla pasar, se animó y le dijo un piropo en voz alta:
—Morena, ¡ole los andares con garbo y salero! Hasta la Giralda se vuelve para verte caminar. Hasta el sol pierde brillo ante tus lindos ojos.
Lucía, roja como un tomate al escucharlo, no le contestó ni lo miró. Ella no hablaba nunca con hombres desconocidos. Su madre era muy estricta sobre este tema y la tenía bien aleccionada sobre ese particular. Eso no significaba que no se sintiese atraída por los hombres, a veces la piropeaban por la calle y se sentía alagada, pero en su interior se moría de vergüenza. Como toda joven, soñaba con su príncipe azul. Un hombre que la enamorase y le bajase la luna si ella se lo pidiese. Era romántica, mas ese hombre, aún no había llegado a su vida.
Lucía, inquieta por los piropos que en voz alta le decía José desde la acera de enfrente, cruzó con rapidez la calle con la cabeza agachada. Con los nervios no vio una motocicleta, que venía en la misma dirección por donde ella iba a cruzar y casi la atropella. Asustada e inquieta al ver la moto tan cerca, casi rozando su cuerpo, intentó esquivarla con celeridad, pero perdió el control y cayó al suelo. El motorista siguió veloz sin pararse siquiera a mirarla ni auxiliarla. No había pasado ni un minuto, cuando un chico fuerte la cogió entre sus brazos, la levantó de la calzada y con sumo cuidado la sentó en un escalón cercano.
—¿Cómo te encuentras? Perdona si te he molestado, no era mi intención ponerte nerviosa —se disculpó José. Ella conoció al instante la voz del joven que la había piropeado momentos antes.
—No estoy nerviosa —disimuló mal Lucía—, solo iba un poco despistada.
—Me llamo José y simplemente quería ser tu amigo. Siento mucho que por mi culpa, por yo distraerte, te hayas podido hacer daño. Casi te arrolla el tío ese.
—No te preocupes, de verdad, estoy bien. No es tu culpa. Solo iba distraída, con la cabeza pensando en otra cosa —le mintió Lucía, mientras intentaba levantarse.
—Menos mal que no te ha atropellado, si no me hubiese visto obligado a buscar al motorista por toda Sevilla —le dijo José con gracia, mientras le ofrecía la mano para ayudarla, pero ella la eludió.
Lucía, avergonzada, no se atrevía a mirarlo, aunque no pudo evitar sonreír al escucharlo. Entonces, con disimulo lo miró de reojo y se sorprendió. Era un chico guapísimo, de piel morena, ojos grises y con el pelo negro alborotado. Parecía sacado de un cuadro cordobés. Llevaba un pantalón azul marino y un jersey de pico marrón. Se notaba que estaba trabajando, pues tenía restos de yeso blanco en su ropa.
—Gracias, José, pero me tengo que ir. No me puedo entretener más —dijo impaciente.
Sentía una repentina prisa por alejarse de él. Su cercanía la inquietaba bastante.
Se levantó para irse y, al intentar andar, un dolor en el tobillo se lo impidió, casi se vuelve a caer de nuevo. José con un movimiento rápido la sujetó.
—No tengas prisa, espera un momento. Déjame verte el tobillo, creo que te lo has lastimado. —Sin dejarle decir nada, José empezó a masajearle el pie.
Después de un breve instante sintió alivio, sin embargo, se sentía aturdida, acalorada.
Ningún hombre le había tocado nunca. Sintió en su fuero interno que le gustaba ese contacto. Sonrojada lo siguió mirando de reojo, lo encontraba muy atractivo. Ya más aliviada se levantó, le dio de nuevo las gracias y se despidió con prisas. La proximidad y el olor de este joven la aturdían. «Huele a hombre», pensó Lucía inquieta. De repente, en un solo instante, algo nuevo se había despertado dentro de su ser y el culpable se llamaba José.
—Ya me encuentro mejor. Tengo que irme. —Y aunque cojeaba, necesitaba alejarse de él—. Gracias, José, yo soy Lucía.
—Encantado, Lucía, cuídate ese pie. Me alegro de haberte conocido —exclamó ofreciéndole la mano como saludo de presentación. Ella, esta vez, sí se la estrechó, aunque con cierto reparo.
Lucía se la aceptó por agradecimiento, no quería ser descortés. José se la apretó con suavidad y ella sintió un leve temblor que recorrió todo su cuerpo, como una descarga.
Todo el camino hasta su casa, e incluso el resto de la noche, no dejó Lucía de pensar en esos ojos grises que la miraban y en esas manos que la acariciaban con suavidad el pie. Incluso a la mañana siguiente se despertó alterada y excitada, había estado toda la noche soñando con él. Se sintió avergonzada del sueño tan sensual que había tenido. José le acariciaba todo el cuerpo con deseo y lujuria. Se levantó acalorada, intranquila, e incluso pensó si debía confesarse por ello. ¿Sería pecado lo que había soñado? Ese hombre con tan solo mirarla y acariciarle el pie había despertado una sensación nueva que ella antes no había conocido y la aturdía bastante.
Lucía se levantaba temprano, sobre las 7:30 h. Después de desayunar una rebanada de pan con aceite y un vaso de leche recién hervida, recogía su habitación, luego, se dirigía a su trabajo. Siempre antes de irse, le llevaba a su padre un vasito de leche a la cama y le daba los buenos días. Ella lo adoraba y le apenaba mucho verlo enfermo.
Ese día, José la esperaba en la misma calle que ella cruzaba cada mañana, para ir a trabajar. La vio venir, con un vestido de falda plisada color celeste y una rebeca azul, a esa hora de la mañana todavía hacía fresco. Llevaba unos zapatos de tacón bajo y el pelo recogido en una coleta. Estaba radiante. Al verlo, Lucía se ruborizó al recordar el sueño. Él la encontró muy guapa con las mejillas arrebatadas. Ansioso se acercó y le preguntó:
—Buenos días, Lucía. ¿Cómo estás? —le preguntó animado de volver a hablar con ella—. ¿Te duele mucho el tobillo? Veo que cojeas todavía un poco.
—Hola, José, no mucho. Solo es una leve molestia al andar, pero poca cosa. Gracias por socorrerme ayer —le contestó agradecida. Lo miró con reparo a esos ojos grises que la habían tenido en vilo toda la noche.
—¡Al menos eso valió para conocerte! Al final, voy a estar agradecido del motorista — exclamó sonriendo—. Espero que ayer te aliviaras con la frotación que te di. Yo he jugado mucho al futbol y algo sé de torceduras y masajes.
—Sí, me mejoró bastante, ya apenas me duele —le dijo casi en un susurro, al recordar como todo su ser vibró cuando él la acarició. Sintió que ese ardor volvía a recorrer de nuevo su cuerpo y sus mejillas volvieron a ruborizarse, cosa que no pasó inadvertida para José.
—Lucía, ¿trabajas por aquí cerca? —indagaba él, intentado intimar con ella, que cada vez le gustaba más.
—Sí, trabajo de bordadora y costurera para algunas señoras de este barrio.
—¡Ahora lo entiendo todo! Si es que, con esas manos tan bonitas, tenías que hacer solo cosas preciosas. ¡Debes bordar como los mismísimos ángeles!
Lucía no pudo evitar sonreír al escucharlo. «Es gracioso y agradable», pensó.
—¿Vives por aquí? —volvió a preguntarle José.
—Vivo cerca de la calle Feria, en el barrio de la Macarena —confesó pudorosa al darse cuenta de que le agradaba bastante hablar con él.
—¡Uy, tú macarena y yo trianero! Mal empezamos señorita —declaró con gracia. Había cierta rivalidad entre estas dos barriadas por sus hermandades y sus vírgenes. Sobre todo en Semana Santa—. Eso lo vamos a tener que compensar con un tranquilo paseo.
Ella soltó una carcajada, este chico era simpático y educado. Le gustaba su forma de hablar y decir las cosas, la hacía reír. Se sentía bien con su compañía.
Lucía notaba que su corazón, cuando lo miraba y escuchaba, le latía desbocado, como un potro salvaje en medio de una llanura, y su pulso se aceleraba. José la había socorrido y ayudado. Ella era una chica educada y estaba agradecida a él, eso era verdad.
«No debo negarme, solo va a ser un simple paseo, no hay nada de malo en ello», pensó e intentó convencerse de que solo sentía agradecimiento por él.
—¡Ah, eres de Triana! Pensé que vivías por aquí —le contestó ella sorprendida.
—No, vivo allí. Soy trianero de pura cepa y vengo al centro a trabajar cada día.
—Bueno, no suelo pasear sola con un hombre, pero te agradezco que me socorrieras. Un día de estos damos un paseo —le confirmó algo turbada y sin atreverse a mirarlo directamente.
—¿Por qué dejar para otro día lo que podemos hacer esta tarde? —le preguntó él, atrevido, mirándola directamente a los ojos.
—Está bien, si quieres esta tarde al terminar mi trabajo, tengo un rato libre.
—Aquí estaré esperándote, será todo un honor para mí. ¡Qué largas se me van a hacer las horas! —le anunció José con una sonrisa e ilusionado por haber conseguido lo que durante días había anhelado, una cita con su morena.
—Ja, ja, vale. Entonces, hasta después, José. —Lucía se alejó con una sonrisa en los labios y con esos lindos ojos grises grabados en su retina.
Ambos estuvieron pensando en el próximo encuentro todo el día. Deseaban que llegase el momento de encontrarse de nuevo para dar ese esperado paseo. De ese modo, llegada la hora señalada, se encontraron y pasearon juntos. Hablaron de sus vidas y quehaceres diarios. Lucía, poco a poco, fue perdiendo la timidez. Cada vez se sentía más relajada con su compañía. Era un chico muy agradable.
Él le contó que tenía veinticuatro años, era electricista, igual que su padre. Era el mayor de cinco hermanos. José trabajaba por su cuenta, no le faltaba el trabajo. De esa manera echaba una mano a sus padres. Los ayudaba a sacar adelante la casa y a sus hermanos. Al menos, ganaba para poder comer caliente cada día. José le contaba cosas de su vida y eso le agradaba a Lucía. Él también trabajaba para ayudar a la familia, igual que ella.
—Hago instalaciones, arreglo averías, no me puedo quejar, tengo buena clientela. No pagan un dineral, pero no me falta la faena —le contaba José—. Ahora estoy haciendo trabajos por esta zona. Los señoritos de las casonas de esta barriada pagan bien.
—Sí, es cierto, la gente del centro es más pudiente y paga mejor —confirmó Lucía.
—Algunas tardes también doy clases particulares para aprender a pintar. Es mi gran pasión —le contaba ilusionado—. Si bien, ya sabes, eso no da para comer, solo lo tengo de entretenimiento tres tardes a la semana. Lucía, ahora cuéntame algo de ti.
—Pues, como tú, trabajo aquí en el centro en varias casas. Confecciono el ajuar de chicas adineradas, así ayudo con mi sueldo en casa. Algunas tardes voy al convento a colaborar con las hermanas en las labores de bordado que hacen. Hace varios años me enseñaron a bordar y estoy en deuda con ellas. —Lucía se sinceraba con él—. Sin embargo, mi sueño es ser diseñadora de moda, pero eso es muy difícil. Yo me confecciono casi toda mi ropa. Pero para ser costurera no necesitas mucho, si bien, para ser diseñadora hay que hacer cursos bastantes caros y que no me puedo permitir pagar.
Él la escuchaba atento. Era un sueño cumplido para José, poder estar con ella. Llevaba días ideando cómo acercarse y el bendito destino le había echado una mano.
La primera cita fue agradable para ambos. Quedaron para salir juntos otro día. Fue el principio de muchos paseos. Acordaban de verse a la salida del trabajo, las tardes que coincidían. Los paseos juntos se fueron convirtiendo en una rutina, ambos anhelaban esos momentos. Cada vez eran más amigos y confidentes, siempre, eso sí, respetando las distancias. En este tiempo empezó a nacer en ellos un sentimiento. Cuando estaban juntos, a Lucía se le desbocaba el corazón.
Los domingos por la tarde, José la acompañaba por el centro a pasear e iban a tomar un refresco, un helado o simplemente un paquete de pipas. Se sentaban en alguna plazuela, charlaban y reían. Él la hacía reír con facilidad, era gracioso e ingenioso y a ella con su forma de ser le alegraba los días, estaba ilusionada.
Una tarde, Lucía le contó que su padre había luchado en la guerra, en el bando de los republicanos, era socialista. Lo habían herido, dañándole uno de sus riñones. Desde entonces, había empeorado bastante. Hacía ya unos años que no podía trabajar, pues el esfuerzo y los dolores se lo impedían.
José le refirió que su padre también había luchado con los republicanos, era de ideología comunista. En varias ocasiones tuvo que esconderse de los fascistas, salvo eso, no tuvo grandes problemas en el frente. Lucía, al escuchar eso del padre, hizo un gesto con la cara, que no le pasó desapercibido a José.
—¿Por qué has puesto esa cara? ¿No te gustan los comunistas?
—No es eso. He escuchado que entraban en las iglesias, las saqueaban, quemando santos y vírgenes. Yo soy católica y creyente, me aterra pensar que eso llegase a pasar.
—Sí, es cierto, pero lo hacían los más revolucionarios. Mi padre nunca lo vivió en persona, eso al menos me ha contado. —José le explicó con tranquilidad—. No era un rojo, sino un jornalero, que se unió a la revolución socialista, luchó contra el fascismo y los insurrectos.
—Entonces, me quedo más tranquila. Al final nuestros padres estaban en el mismo bando.
Fueron pasando los días, cada vez hablaban con más confianza. José fue conquistando despacito, pero sin pausa, el corazón de su morena. Lucía aún no se lo había contado a nadie, era pronto y no sabía si sus padres iban a aprobar su relación. Ellos tenían una mentalidad muy estricta y chapada a la antigua. Debía esperar a que José diese el paso para formalizar la relación. A su hermana, tampoco le dijo nada, a veces cuando se enfadaba por no salirse con algún capricho, se le soltaba la lengua y le contaba todo a su madre.
Así, Lucía decidió guardar el secreto dentro de su corazón. Esperaría un tiempo, debían conocerse mejor y afianzar la relación. Sentía que se estaba enamorando. Él la cortejaba, la adulaba, la hacía reír y eso a ella le agradaba. Cuando pasase un tiempo respetable y se conociesen mejor, seguro que él hablaría con su padre para pedirle su mano y serían oficialmente novios. Nunca antes había salido con un hombre, y este la hacía sentirse muy bien. Él, pensaba Lucía, podía ser su esperado príncipe azul, que le bajase la luna a sus pies. Todo esto era como un sueño para ella. Un bonito cuento de princesas encantadas que se estaba haciendo realidad.
Llegó Semana Santa y todas las tardes al salir ella de trabajar, él la esperaba. Se perdían por las callejuelas de Sevilla. Buscaban procesiones, disfrutaban entre olores de incienso y azahar, con la música de fondo de tambores y cornetas. Con esos pasos mecidos por los costaleros. Compartían cada cofradía que pasaba por el centro de la ciudad y sus calles.
—Lucía, hija, no me gusta que vengas tan tarde —le regañaba su madre preocupada por su tardanza–. ¿De dónde vienes a estas horas?
—Mamá, no se preocupe, me entretengo viendo las hermandades que me encuentro de camino para casa. Me encantan, usted lo sabe, sin embargo, como van despacio y con el bullicio se me hace tarde —le explicaba con cariño a su madre.
«Era una verdad a medias», pensaba ella. Pues, sí veía las cofradías, pero siempre en compañía de José. Los dos de la mano compartían cada hermandad, cada procesión de mutuo acuerdo e interés. Menos en la madrugada del Jueves Santo. Esa noche ella acompañaba a su Virgen Esperanza Macarena, de la que era muy devota y él, a su Virgen Esperanza Trianera, en la que salía de nazareno. Ambas, son dos hermandades de mucha fuerza en la Semana Santa sevillana. Las dos se pasean por sus calles esa misma noche. Esa madrugada, los corazones de los sevillanos se dividen entre las dos Esperanzas.
José le decía muchas veces que ambos, igualmente, tenían dos lindas esperanzas. Una, el anhelo que crecía en sus corazones, pues cada día era mayor el cariño que se tenían, y otra eran sus vírgenes, pues las dos se llamaban Esperanza, una a cada orilla del río Guadalquivir.
—Lucía, cada persona debe tener una «Esperanza» que le guíe, ilumine y ayude a seguir adelante en el duro camino de la vida —le manifestaba muchas veces José.
—Yo tengo la mía —le contestaba ella con sonrisa pícara, pensando en su Macarena.
—Así me gusta, yo también tengo la mía —reía él y recordaba a su Trianera—. Ahora también te tengo a ti, mi otra esperanza. —Ella lo escuchaba embobada y sonreía.
El Viernes Santo fueron a ver al Cristo de la Expiración pasar por el puente de Triana.
«El Cachorro», como cariñosamente le llaman los sevillanos. Ya de vuelta, la acompañaba a su barriada. Escondidos en un portal, José la acercó a él y la besó en los labios. Primero con dulzura, después con pasión. Lucía, avergonzada, al principio no le correspondía, si bien, poco a poco fue cediendo y se entregó a sus besos. Era la primera vez que un hombre la besaba. Los besos de José le supieron a gloria. Esos labios fuertes y a la vez tan dulces. Deseosos de beber el uno del otro. Estuvieron un buen rato saboreando el dulzor de los besos. José la besaba con pasión, sediento de esos carnosos labios que lo provocaban cada tarde que la veía y la tenía tan cerca.
A Lucía, José le hacía sentir más mujer, su cuerpo temblaba entre sus brazos igual que una hoja mecida por el viento. Era como un volcán que se despertaba y empezaba a borbotear en su interior. Como una brisa fresca, sin embargo, en vez de enfriarla, le hacía arder por dentro con frenesí. Ella se sentía feliz entre sus brazos. Su corazón palpitaba a mil por hora cuando se acurrucaba en el pecho de su amado.
Así, cada noche que se veían, después de pasear por las callejuelas de Sevilla, se escondían en un portal en penumbras y se besaban con ímpetu. Ella degustaba los labios de él, y este bebía la candidez e inexperiencia en los de Lucía. Él era su maestro y ella una aprendiz encantadora.
José había tenido algunos flirteos con chicas. Hacía unos años tuvo una relación con una vecina gitana de su barrio. La chica era guapa y a él le atraía bastante. Empezaron a salir de novios, ella no era muy cariñosa, pero él se había encaprichado. A los seis meses de estar saliendo juntos, una noche, ella se fugó con un amigo de su hermano, del que estaba enamorada desde hacía tiempo. Esto dejó a José triste y abatido, pues él sí estaba prendado de ella.
A partir de esa decepción, no había tenido ninguna relación seria con ninguna mujer. Cierto es, que alguna vez había acudido a mujeres de la calle y pagado por sus servicios amatorios. Era un hombre y tenía sus necesidades. No obstante, tras haber conocido a su morena, cuando la miraba no solo pensaba en el sexo. Ella con su dulzura estaba anidando en su alma la semilla del amor. Era la mujer que siempre había soñado. Cariñosa, educada, bonita, trabajadora y de buen corazón. ¿Qué más podía ansiar? Se sentía muy afortunado de haberla conocido.
Capítulo 3
Enamorada de José
Con Lucía era distinto, debía ir despacio, era noble e inocente, de corazón puro. Él era su primer hombre, eso a José le gustaba y debía respetarla. Él sería su maestro en todo lo relacionado con la pasión. Sabía que debía tener paciencia, con ella debía tomarse su tiempo. Lucía no era mujer de un rato ni de una noche. Lucía era especial para formar una familia para toda la vida. Así que debía controlar sus más íntimos deseos por ahora. No quería asustarla ni aprovecharse de su pureza y candidez. Él sabía que ella bebía los vientos por él, a su vez, José estaba prendado de sus encantos y su forma de ser.
Fueron pasaron las semanas, donde cada vez se les veía más enamorados. Algunos domingos iban andando a la plaza España, donde se montaban en una barquita y remando se paseaban por el lago toda la tarde. Él, a veces, le cantaba algunos acordes de flamenco, tenía una bonita voz, a ella embobada le encantaba escucharlo. Lucía le contaba cosas de su trabajo y de sus gustos. José le contaba chistes y ella se partía de risa con sus ocurrencias. Estaba radiante y feliz con su amado.
A mediados de abril, la feria de Sevilla era cita obligada para todos los sevillanos. El recinto ferial se engalanaba con farolillos de colores y casetas donde la gente bailaba al son de sevillanas. Bebían y comían hasta bien entrada la noche. Las mujeres y niñas se vestían con el traje de flamenca de lunares, con varios volantes, desde el talle hasta las pantorrillas. Iban adornadas con mantón, flores en el pelo y peineta. Las flamencas y los hombres a caballo llenaban el recinto, donde la fiesta y la alegría adornaban la primavera.
Lucía y Rocío siempre acudían con algunas vecinas de la barriada. Este año no podía quedar todavía con José, pues las demás dudarían si ella nos las acompañase ¿Y si alguien los veía juntos? Ellas lo contarían a los cuatro vientos, estaba segura. Aún no debía contar nada a nadie, era pronto, debía esperar hasta que él hablase con su padre. Él la estaba pretendiendo en secreto. Llevaban poco tiempo y debían conocerse mejor.
El primer día de feria fue trágico, pues hubo un cortocircuito que prendió fuego en una caseta, propagándose por todo el real. El incendio arrasó unas sesenta casetas, pero al día siguiente los sevillanos no se rindieron y el jueves la feria resurgió de sus cenizas igual que el ave fénix. Volvieron a montar las casetas con las lonas de rayas y los farolillos de colores. Reanudaron el cante y el baile al son de las sevillanas, como si nada hubiese pasado.
Precisamente, el sábado, Lucía vestida de flamenca con su traje largo rojo entallado, de volantes y lunares blancos que le realzaban su figura, paseaba feliz por el real. Ella misma se lo había confeccionado el año anterior. Iba conjuntada con mantoncillo, pulseras, collares, abanico y flores en el pelo a juego con el traje. Esa tarde paseaba contenta junto a su hermana Rocío y algunas vecinas por la feria.
Un par de días antes, se lo había referido a José, mientras charlaban sentados en la orilla del río:
—José, pasado mañana voy a la feria con mi hermana y unas vecinas —le dijo ilusionada.
—¿A qué hora vas a ir? Así, doy una vuelta para verte.
—Iremos al medio día y volveremos al atardecer.
—¿Tienes caseta? —le preguntó mientras le acariciaba el pelo y la cara.
—Sí, una vecina tiene invitación en una caseta de su tío —le informó con cariño, dejándose acariciar—. Es la caseta número sesenta y cinco en la calle Infanta Luisa.
—Yo acudo algunas tardes a las puertas de la Maestranza. Esta temporada torean Curro Romero, Ángel Peralta y Manuel Benítez «el Cordobés». Me gusta ver salir a los toreros a hombros por la puerta grande. Me encantaría asistir a una corrida y ver cómo le dan oreja y rabo a los mejores de la tarde, pero no puedo permitirme comprar la entrada. Eso es para los más pudientes y los señoritos —le confesaba emocionado. Disfrutaba con el ambiente taurino que se vivía a las puertas de la plaza de toros—. Después, cuando termine me doy un paseo por la feria para verte. Aunque sea de lejos, veré a la flamenca más guapa y cariñosa de todo el real. —La piropeaba con una amplia sonrisa. Lucía, con cariño, le daba un beso en la mejilla.
—Ja, ja, ja, pues si te sirve de algo te daré una pista, llevo un vestido de flamenca rojo con lunares blancos —le decía ella con salero —. No te vayas a confundir y mires a otra.
—Mil flamencas que hubiera no te podría confundir. Aun con los ojos vendados, sin lugar a duda, mi corazón te localizaría entre la multitud —le declaraba zalamero con la mano en el corazón y moviéndola como si palpitara con fuerza.
De ese modo, José esa tarde, después de la corrida de toros y ver salir a hombros a los toreros por la puerta grande de la Maestranza, se acercó a la feria. Pasó un par de veces por la entrada de la caseta, donde Lucía le había dicho que estaría, pero no la vio por ningún lado. Las casetas eran solo para socios o invitados, así que no podía entrar a mirar. José dio dos vueltas más por toda la calle, y nada, no la encontró. Como él no tenía caseta, disgustado y aburrido de no encontrarla, se fue a su casa.
Rocío, esa tarde en la caseta se empeñó en tomar una copita de manzanilla.
—Chío, no bebas mucho que no estás acostumbrada —le aconsejaba su hermana Lucía.
—No te preocupes, hermana, es solo una copita. Solo me he tomado una y me refresca. ¿Quieres una? Hace calor y está fresquita.
Lucía negó con la cabeza, ella prefería tomar refresco de limón. Rocío, detrás de la primera copita, tomó un par de copas más y al rato empezó a sentirse mareada. Todo le daba vueltas y empezó a vomitar. Lucía con pereza tuvo que acompañar a su hermana a casa y abandonar la feria antes de tiempo. Por eso José no la encontró. Lucía, ya en su habitación, pensaba apenada cuánto le hubiese gustado que la hubiera visto su José. Estaba muy guapa vestida de flamenca. El traje le favorecía mucho. «Y todo por culpa de la loca de mi hermana, que siempre quiere vivir la vida muy deprisa», pensaba Lucía enfadada, sin poder olvidar que no había podido ver a su amado. Dos días llevaba imaginando la cara de él, al verla vestida de flamenca, y al final todo para nada.
En momentos como este, a Lucía le hervía la sangre, deseaba reñir a su hermana por su comportamiento, pero su madre sufriría al verlas discutir, así que respiraba hondo e intentaba relajarse y, al final, terminaba perdonando a Rocío por su inmadurez.
Un día a finales de mayo, José esperó a Lucía a salida de la casa donde trabajaba. La sorprendió con una rosa roja y una caja de bombones. Era 28 de mayo, ese día Lucía cumplía veintiún años. Ella al verlo sonrió radiante y emocionada.
—Feliz cumpleaños, morena mía, ojalá todos tus deseos se te hagan realidad y cumplas muchos años más. Y por supuesto, que sea a mi lado, querida Lucía —le dijo besándola en los labios y le entregó los regalos.
—Gracias, José. ¡Qué feliz soy, pese a que hoy sea más vieja! —contestó sonriendo.
—¡Qué dices de vieja! Tú serás siempre una chiquilla, mi morena, mi esperanza.
Ella nerviosa y feliz lo abrazó, le dio un beso apasionado, estaba ilusionada. Fueron a la orilla del río donde merendaron, y entre bromas y risas pasaron una tarde inolvidable. Esa noche al acompañarla a la entrada de su barriada, en un rincón no muy transitado, él le cogió las manos, tiró de ella y la besó con loco deseo y empezó a acariciarla. Ella le respondió de igual manera. Lucía era recatada y se daba a respetar, pero sentía que lo deseaba con todas sus fuerzas y al final se dejaba llevar. A él cada vez le costaba más controlarse. Entre besos y caricias, el tiempo se paraba para ellos. Durante un rato, no pararon de achucharse y él la abrazaba con pasión. Lucía sentía que, jugando al amor la fiebre le empezaba a subir por su interior. José despertaba en ella un deseo incontrolado. Él le acariciaba los pechos y sus manos recorrían su cuerpo, mientras besaba su cuello. Al verlo lanzado, Lucía le sujetó las manos y lo frenó, pues temía perder la vergüenza y dejarse llevar hacia el pecado.
—José, puede vernos alguien. No vayas tan rápido, dame tiempo, por favor. No puedo hacer algo de lo que me arrepienta —le suplicó nerviosa. Temía no poder controlarse, pues su cuerpo ardía en esos momentos—. Es tarde, debo irme ya o me van a reñir mis padres. Nos vemos pasado mañana ¿vale?
—Cada vez me cuesta más controlarme. Lucía, te deseo y te me escapas de mis manos.
—Lo siento, José, no podemos ser irresponsables. Dame tiempo. Gracias por esta tarde tan maravillosa.
José de mala gana la dejaba marchar. ¡Cuánto la deseaba! Esta mujer lo volvía loco. Sentía el pulso acelerado y el latir acalorado de su corazón cuando la tenía entre sus brazos. Por otro lado, debía respetarla, ella era una mujer para compartir la vida, para crear una familia, no solo para beber un rato de su cuerpo y de su inocencia.
De camino a su casa, Lucía no dejó de pensar que se había enamorado perdidamente de José. Ya no podía negarlo, lo deseaba. Su cuerpo ardía de ansias cuando él la acariciaba. Esa noche, ella estaba feliz y excitada. No podía ocultar que estaba prendada de José. Al llegar a su casa, tras la cena, ya en el dormitorio le confesó a su hermana que había conocido a un joven.
—Chío, voy a contarte un secreto, ven aquí a mi lado. —Señaló con la mano su cama y la invitó a sentarse a su lado.
Ambas compartían la misma habitación. Era pequeña, pero acogedora, Lucía había confeccionado las alegres cortinas de flores y bordado las iniciales de sus nombres en cada una de las colchas. Había dos camas iguales donde dormían desde pequeñas.
—Venga, cuéntame, con lo que me gusta a mí un cotilleo. Dime, Chía, ¿qué secreto es ese? —la interrogaba Rocío mientras se sentaba junto a su hermana y hacía gestos de loca—. Ya me tienes intrigada.
—No me hagas reír o entonces no podré contarte nada.
—Ah, de eso ni hablar. Más callada que en misa me quedo. Venga, dime algo, por Dios, o esta noche no duermo. —Rocío la miraba con atención esperando a que hablase.
—Vale. Hace unos tres meses he conocido a un chico. Nos vemos algunas tardes y damos paseos por el centro. Es guapo, cariñoso, divertido y me gusta bastante.
—¡Anda, qué calladito lo tenías! Mira la formalita de mi hermana con novio. ¿Quién lo iba a decir? —Reían las dos, mientras Rocío con gestos la instaba a que siguiese contándole.
—Chío, no le digas aún nada a nuestros padres, ni a nadie, por favor, que aún es pronto. —En el fondo temía que Rocío no le guardase el secreto—. Nos estamos conociendo y todavía no somos novios formales. Seguro que José pronto decide hablar con papá, pero tiempo al tiempo.
—Cuánto me alegro, Chía. Eres muy buena y te mereces lo mejor. —Rocío con complicidad la besó—. No te preocupes que por mi boca no se entera nadie. Mi boca está sellada —aseguró haciendo el gesto de que cerraba la boca con una cremallera invisible.
Desde pequeñas ellas se llamaban siempre así, Chía y Chío, diminutivos cariñosos de sus nombres. Tras abrazarse se fueron a dormir cada una a su cama, ambas con una sonrisa. Estaban contentas. Esa noche, Lucía volvió a soñar con su enamorado, con sus besos y caricias, levantándose de nuevo acalorada y sonrojada por lo que había soñado.
Muchos días por la noche ya en la habitación, las hermanas se contaban sus confidencias amorosas, donde reían y se daban mutuos consejos.
Rocío a su vez, también le confesó a Lucía que a ella le gustaban los chicos mayores. Se sentía atraída por hombres más maduros. Los jóvenes de su edad le resultaban aburridos. Lucía aconsejaba a su hermana que no debía ser atrevida con los hombres. En estos tiempos en una señorita eso no estaba bien visto y, si se corría la voz de que era muy liberal, ningún hombre con buenas intenciones se iba a acercar a ella. Rocío se molestaba con los consejos y regañaba a su tata Chía por ser tan recatada y anticuada para su edad.
—Es el hombre quien debía dar el primer paso. Chío, no la mujer, recuérdalo.
—Chía, así no te va a durar mucho un novio. Te vas a quedar solterona y para vestir santos. Hermana, eres muy antigua, pareces mi madre —le decía riendo Rocío.
—Calla, loca. No seas tan fresca ni descarada —le reñía con cariño Lucía—. En los tiempos que vivimos con la dictadura, no deberías hablar con tanto descaro.
—¡Chía, por el amor de Dios! Aquí estamos las dos solas. Ni que Franco me estuviese escuchando. —Se giró y con voz más suave le dijo—. Por cierto, he visto en una revista que en Madrid las mujeres llevan pantalones como los hombres y también faldas pantalón. Lucía, quiero que me hagas una para mi cumple.
—¡Santo cielo! No sé qué voy a hacer contigo. ¿Tú a quién has salido tan moderna? — Lucía se llevaba las manos a la cabeza por las ideas tan liberales de su hermana.
Del mismo padre y la misma madre y qué diferentes eran las dos hermanas. Cierto era que Lucía era muy anticuada para su edad, pero tenía un carácter muy noble. También era más religiosa que Rocío. Ella iba casi a diario al convento a bordar y rezar el rosario. No faltaba, tampoco, ningún domingo a misa.
José acompañaba a Lucía algunas tardes, iban a pasear por las callejuelas del barrio Santa Cruz y los jardines de Murillo, charlaban como dos enamorados, les sorprendía el anochecer cuando se despedían cerca de su barriada. No se acercaban mucho a la casa de Lucía, por temor a que alguien conocido los viese. Y aunque se querían, ella tenía muy claro que era el hombre quien debía dar el paso de hablar con el padre de la chica, y Lucía para eso era muy tradicional. Esperaría a que José lo decidiese, ella no podía obligarlo. Debía tener paciencia, porque hasta dar ese paso, no serían oficialmente novios formales.
José la quería, pero aun dolía el desengaño amoroso con la chica gitana y no quería precipitarse de nuevo. Ese plantón lo dejó marcado y en el fondo desconfiaba de que volviese a pasarle. Esperaría un poco más y ya para el verano hablaría con su futuro suegro. Cada día estaba más encaprichado de Lucía.
Se veían los martes, jueves y sábados por la tarde. Los otros días él no podía acompañarla, por el trabajo y las clases de pintura. Los domingos, tras ella salir de misa, salían a pasear un rato por la orilla del Guadalquivir, pues ya hacía calor y cerca del río el aire era más fresco y se estaba bien. La invitaba a un refresco o a un cartuchito de pescadito frito. Poco antes de las dos de la tarde, la acompañaba cerca de su barriada, pues la esperaba su familia para almorzar.
Un domingo, José la convenció para ir en moto al parque de María Luisa, a tomar el sol y darle de comer a las palomas. Ella al principio se negó por temor a que alguien la viese en la moto, además, nunca se había montado en una y le daba miedo de caerse. Una chica en una moto con un hombre, sin ser novios, estaba muy mal visto. Y «la mala fama se expande como la espuma», siempre le decía su madre. Si alguien la viese, perdería muchos trabajos de señoras puritanas. «Una vez ensuciada la dignidad, pese a que fuese mentira, ya no vuelve a ser igual, siempre quedaría la duda», pensaba ella.
Si bien, tras la insistencia de José, no pudo negarse y al final accedió. Se ató un pañuelo cubriendo su cabeza para no despeinarse y se puso unas gafas de sol, así pasaba desapercibida. Ya en el parque, la tarde fue entretenida, Lucía estaba radiante de alegría. Paseó feliz cogida de la mano de su enamorado. Ella lo sentía ya como su novio. «¿Cuándo se decidiría él a hacerlo público?», pensaba ansiosa para no tener que esconderse más y poder presumir del brazo de su amado sin reparos.
Esa noche al volver a casa, antes de cenar, Lucía entró al dormitorio que compartía con su hermana, olió un fuerte olor a tabaco. Y le preguntó con mal humor:
—Rocío, ¿has fumado? Huelo a tabaco —le preguntó molesta con el ceño fruncido.
—Sí, a veces me fumo un pitillo. Chía, eso no es malo, me relaja —contestó Rocío indiferente al tono serio de su hermana.
—Eres una señorita y eso no está bonito. Nuestros padres se van a enfadar mucho si se enteran. —Lucía molesta abrió la ventana para que se airease la habitación—. Mamá está cansada de darnos consejos y tú ni la escuchas, eso sin hablar de que el tabaco no es bueno para la salud.
—¿Sabes? Estoy muy cansada de tus sermones, siempre estás controlando mi vida.
Déjame tranquila, pareces sor Lucía, nadie diría que solo tienes veintiún años.
—Y yo estoy cansada de tu actitud rebelde y liberal. ¿Desde cuándo no vas a misa? —le preguntaba con los brazos en jarra—. Si se entera mamá se va a enfadar bastante.
—Déjame vivir la vida como me dé la gana y disfruta tú de la tuya, que pareces una vieja —le dijo malhumorada, burlándose de ella—. ¡Dios, cualquiera te va a aguantar con cuarenta años! —Enfadada, salió del dormitorio dando un leve portazo.
Lucía, con lágrimas en los ojos, no entendía que su hermana le hablase así. Si le reñía era por su bien, ella la quería. Seguramente, fuese verdad, que tenía un carácter menos abierto y una mentalidad anticuada, pero ella era así y la aconsejaba con cariño.
Desde hacía unos días discutían más a menudo, pues el comportamiento atrevido y rebelde de Rocío alteraba bastante a la sensata y madura Lucía. Esta pasaba la tarde bordando, jugando con su padre al dominó y colaboraba con su madre en los quehaceres de la casa. En cambio, Rocío era muy callejera, apenas ayudaba en casa, prefería estar en el portal charlando con las chicas del barrio.
Rocío no soportaba que su hermana le reprochara nada. Sus comentarios anticuados y machistas la enfadaban bastante. Ella era más atrevida y Lucía no lo aceptaba. Además, Rocío últimamente estaba siempre de mal humor. Le gustaba un chico que había conocido en las clases y este no le prestaba ninguna atención. Así que ahora andaba irascible por ello todo el tiempo.
Un día a mediados de junio, la señora Dolores, a la que Lucía le cosía el ajuar para la boda de su hija, le ofreció que se fuese con ella los meses de julio y agosto a una casa que tenían en la playa de Chipiona. Era un pueblo de Cádiz. Le iban a pagar muy bien. Debía cuidarla, acompañarla y seguir allí cosiéndole su ropa. Últimamente, la señora se encontraba mal de salud y el médico le había recomendado baños en el mar, largos paseos y respirar aire puro para reponerse de su enfermedad. Los hijos de la señora no podían ausentarse todo el verano de sus negocios y se lo propusieron a ella.
—Lucía, nos gustaría que acompañases a nuestra madre. Eres una buena chica y de confianza. Ya llevas casi dos años trabajando con nosotros. Sabemos que mamá estará bien atendida contigo —le manifestaron los hijos de la señora Dolores–. Te pagaremos bastante bien, no te faltará de nada y por supuesto podrás disfrutar de la playa.
La señora confiaba en Lucía. En el tiempo que llevaba con ella jamás había tenido ni el más mínimo problema. Era una chica seria y educada. ¿Quién mejor para acompañarla? Le ofrecieron una buena cantidad de dinero. Lucía no sabía qué hacer, no deseaba irse, estaba ilusionada con José, pero su padre no podía trabajar. Estaba enfermo del riñón con un tratamiento muy fuerte. Su madre trabajaba muchas horas, planchando por las casas y tirada en el suelo de rodillas limpiando escaleras. Así ganaba para comer, pagar los gastos de la enfermedad de su padre y los estudios de Rocío.
Lucía entregaba en su casa todo su sueldo, sin embargo, no era mucho. La madre terminaba agotada, llevaba la casa adelante, además de cuidar de su marido y de sus hijas. El trabajo en la calle era agotador, todo esto la tenía apagada y sin un respiro de tranquilidad. El dinero que le había ofrecido la señora a Lucía ayudaría bastante a sus padres. Se encontraba entre la espada y la pared. Decidió comentarlo con ellos esa tarde y con José, luego ya ella tomaría una decisión. Tenía dos días para contestar y solo cinco para partir hacia la playa, si decidía ir a cuidar a la señora Dolores.
Primero, lo habló con sus padres al llegar a casa. Les contó todo lo que le habían propuesto la señora Dolores junto a sus hijos. Sus padres, conforme la escuchaban, iban sonriendo, les agradaba la idea.
—¡Eso está muy bien! Hija, así podrás también disfrutar de la playa como una señorita —exclamó su madre entusiasmada con la noticia—. Sé que con la señora Dolores estarás bien y no te faltará de nada. En alguna ocasión que me la he encontrado, siempre me dice que te aprecia mucho y está contenta con tu trabajo.
—Van a ser unas buenas vacaciones para ti, serás la envidia del barrio —le decía su padre mientras la abrazaba—. ¿Te ha dicho cuánto te va a pagar?
A Lucía no le resultaba tan divertido como a ellos. Les contó a sus padres lo que la señora Dolores le pagaría y se alegraron aún más. Ese sueldo extra les sacaría de algunos apuros económicos que tenían pendientes.
Ninguno de los dos le preguntó si ella deseaba ir, daban por hecho que era firme y decidido el viaje. Creían que su hija estaba encantada con la propuesta. No le dieron a escoger, simplemente decidieron por ella. Lucía se entristeció bastante, no deseaba hacer sufrir a sus padres, pero su corazón lloraba de rabia por dentro, no deseaba irse. Eran dos meses y medio lejos de su amor y eso le dolía bastante. Tampoco podía contar su relación con José hasta que este decidiese hacerlo oficial. Él le había asegurado que pronto lo haría. Se encontraba atada. Era toda una encrucijada para ella. Y su nobleza no la dejaba contrariar a sus padres a negarse a ir. Por otro lado, se moría de pena pensando en no ver a José durante tanto tiempo.
Las monjas del convento donde algunos días iba a ayudarles a bordar se alegraron también con la noticia, pues ellas se iban a una casa de verano para religiosas. Casualmente también a Chipiona. Las hermanas la animaron a que viajase a la playa y algunas tardes fuese a visitarlas, así estaría más entretenida. El universo, pensó Lucía, parecía estar uniéndose y se confabulaba contra ella. Todos la animaban y la felicitaban por el regalo de esas «vacaciones», en contra de lo que en verdad ella deseaba. ¡Dios mío, es mucho tiempo alejada de José!
Capítulo 4
Entregada al amor
El día siguiente se le hizo eterno, deseando que llegase la tarde para ver a su José. Dieron un paseo por los jardines de Murillo y, sentados en un banco, Lucía le detalló todo lo que le había propuesto la señora Dolores.
—Lucía, no me gusta la idea. Es mucho tiempo sin verte. Sin besarte. Sin estrecharte entre mis brazos —le confesaba contrariado por la noticia—. Soy de poca paciencia y yo necesito tenerte cerca. ¿Cómo voy a estar tantos días sin ti?
—Yo no quiero ir, si bien, debo hacerlo por más que me duela en el alma —le confesaba Lucía triste con llanto en los ojos.
—Tú aquí no paras de trabajar. Quédate, no te vayas —le decía él con tristeza.
—Tienes que entender mis razones. Mis padres necesitaban el dinero y la señora me paga muy bien. Sabes que mi padre está enfermo. Soy la mayor y tengo que ayudar económicamente en casa. No tengo otra salida, José, compréndelo. —Lucía se refugió en los brazos de él, se acurrucó igual que si fuese una niña asustada, mientras las lágrimas seguían rodando por su cara. Se sentía como un pajarillo herido. Necesitaba el calor de él, para reconfortarla del dolor que sentía su corazón en esos momentos.
—Es verdad, no te puedo obligar a quedarte. Comprendo tu situación familiar. Debo resignarme, sé que ellos necesitan ese dinero. —Suspiró algo más conforme y la abrazó mientras le secaba las lágrimas—. En ese punto te entiendo, también yo trabajo mucho apoyando a los míos. No obstante, me duele estar tanto tiempo sin verte. Compréndeme tú a mí también.
—Por favor, José, espérame, que dos meses se pasan pronto. Yo te quiero, contaré los días y las horas hasta volver a verte. Asimismo, podemos escribirnos, así se hará más llevadera la distancia. —Lucía lo animaba sin apenas convicción. También a ella se le iban a ser eternos este tiempo alejada de él.
—Yo también te quiero, Lucía, por eso no me gusta separarme de ti. Necesito tu cariño, tus mimos. Me voy a volver loco sin verte. —Suspiró hondo, la miró, no quería verla llorar—. Al final, si tienes que colaborar con tu familia, no me queda otro remedio que aguantarme y aceptarlo. No quiero que sufras. No soy de mucho escribir, si bien, dame la dirección y te escribo. Intentaré algún día ir a verte en el autobús.
—Sí, sí, le pregunto a la señora y te la doy —le contestó algo más animada. Lo volvió a besar y, como un ser indefenso, se volvió a cobijar en el pecho de su amado y lo abrazó con fuerzas.
—Lucía, si te vas dentro de tres días, mañana vuelvo a verte y nos damos un paseo con la moto por ahí. Así, nos despedirnos hasta septiembre. —La miraba con ternura a los ojos llorosos—. Tenemos que aprovechar estos dos días para vernos. Cuando vuelvas hablo con tu padre y formalizo nuestro noviazgo. ¿Te parece bien?
—Claro. José, no sabes lo feliz que me haces.
Por la noche, ya en su habitación, Lucía escribió a su amiga María Jesús. En la carta del mes anterior, Lucía le había confesado que se había enamorado de un guapo trianero y compartió con ella algunos secretos. María Jesús le contestó días después, donde la felicitaba y le deseaba la mejor de las suertes. Ahora le escribía para contarle todo lo de su viaje.
Al día siguiente, por la tarde, José la recogió a la salida del trabajo. Se montaron en la moto y se fueron al parque María Luisa. Allí, él la animó a sentarse en el césped para estar más cómodos. Charlaron de cómo les había ido el día, de cómo le iba a él con las clases de pintura y muchas cosas más, entre beso y beso.
De pronto, José se levantó, sacó una cuartilla y un lápiz de carboncillo. Le dijo a Lucía en qué postura debía sentarse. Le subió la falda hasta media pierna y le abrió un poco la blusa dejando al descubierto el principio de sus pechos. Luego le soltó el pelo dejándole la melena alborotada. Ella sonrojada protestó, pero él la besó en los labios y le dijo: «Quédate quieta, voy a plasmar este momento. Así, podré recordarte cada día, hasta el resto de mi vida». Comenzó a dibujarla en el papel. Después de un rato pintando, sonrió satisfecho. El dibujo le estaba quedando perfecto. Lucía posaba muy natural, la veía guapísima. Cuando lo terminó, por detrás de la cuartilla escribió: «Eres la esperanza que me guía y me dará fuerzas para recordarte en cada momento de mi vida — 1964».
Al acabar de pintarla, le enseñó el resultado. Era impresionante lo bien que le había quedado, parecía una foto, un calco de ella. Lucía estaba encantada, se veía muy agraciada en la cuartilla. Él le prometió llevarla siempre en su cartera, junto a él, para recordarla hasta que volviese. Así, entre bromas y besos, apenas sin darse cuenta, había anochecido.
Estaban sentados en una parte solitaria del parque, detrás de unos arbustos, no había nadie cerca. Se sentó a su lado en el césped y empezó a besarla con anhelo, cada vez con más deseo. Al instante, empezó a acariciarla, primero los pechos, después las piernas. Ella tensa se negaba, aunque en sus adentros lo deseaba con ansia y fogosidad. Si bien, temía lo que pudiese pasar si se dejaba llevar.
Era católica y debía esperar al matrimonio para entregarse a su novio. No quería pecar. Él, ajeno a sus pensamientos, siguió avivando el fuego de la pasión. José, cada vez más excitado, seguía en su empeño. Le abrió la blusa, sin dejar de acariciarla, comenzó a besarle los pechos. Lucía no quería. Reconocía que le gustaba lo que José le hacía sentir, pero no deseaba pecar de lujuria.
Él continuó insistiendo con caricias y besos y, ella, que lo amaba, al final fue cediendo poco a poco. Su ardiente corazón estaba ganando la batalla a su sensata cabeza. Lucía había levantado una muralla entre ellos en torno al sexo y todo lo que estaba bien o no a los ojos de la iglesia, sin embargo, José con besos y caricias, la fue debilitando hasta derrumbar por completo esa barrera. No podía contenerse por más tiempo, estaba loco por poseerla. Miró a derecha e izquierda, por si había alguien cerca.
A veces, la policía hacía rondas por seguridad y no quería tener problemas con la justicia, mas no notó ruido ni vio a nadie alrededor. Así, que le metió la mano bajo la falda y subió hasta sus caderas. Lucía vibraba como una frágil hoja en un día de fuerte viento. Simplemente, se dejaba llevar. Después, le acarició el pubis ya húmedo bajo sus bragas. Ella reaccionó de pronto y lo paró rotunda, estaba temblando. Su cuerpo enfebrecido deseaba lo contrario, que siguiese y no parase, si bien, su sensata conciencia la frenaba.
—No, José, no sigas, no puedo ser tuya hasta que nos casemos. No quiero pecar a los ojos de Dios. —Nerviosa, le sujetaba las manos, no podían seguir o se rendiría al deseo y al pecado—. Además, estamos en un sitio público, puede vernos alguien o detenernos la policía por escándalo.
—No hay nadie cerca, ya me he percatado de ello. Lucía, no puedes hacerme esto, si me amas déjame disfrutar de ti. Te deseo con locura, voy a estar más de dos meses sin verte. No puedes dejarme así, deseoso de tu cuerpo, te quiero con mis cinco sentidos. Necesito beber de tus labios, saciarme de tu lindo cuerpo y hacerte mía. Unirnos los dos en uno. —Con ímpetu intentaba convencerla, la deseaba como un loco sin remedio.
—¡Ay, José! No me obligues a pecar. Yo también te quiero, no obstante, debemos esperar a casarnos.
—¿Es que tú no me deseas? ¿Es que no me quieres tanto como yo a ti? ¿No es nuestro amor una bendición de Dios? —seguía susurrándole mientras la besaba en los labios y las manos acariciaban su cuerpo lentamente—. Lucía, somos novios, hacemos lo que todos los enamorados del mundo hacen. Déjame amarte, te lo ruego, quiero disfrutar de ti y darte mi pasión. Solo déjame quererte. Seré tu maestro, te haré ver las estrellas, quiero hacerte la mujer más feliz del universo —le rogaba apasionado y muy excitado.
—José, te quiero con toda mi alma, como nunca antes he querido a nadie. Mi cuerpo te desea con ansia reprimida, pero me da mucha vergüenza. Yo nunca he estado con ningún hombre. También me da mucho miedo que pueda quedarme embarazada —le confesaba aturdida, mientras en su interior libraba una dura batalla. No sabía si obedecer a su mente o a su corazón.
—Cariño mío, no temas, te amaré con dulzura y suavidad. No te haré daño, no te preocupes, sabré cuándo retirarme a tiempo para no preñarte. Confía en mí, Lucía. Déjame hacerte mía, te lo ruego. ¡Te necesito tanto…!
Él continuaba besándola por todo el cuerpo. Ella poco a poco fue perdiendo los sentidos. Se estaba volviendo loca de deseos. No podía negarse más, que Dios la perdonase, lo quería demasiado. Él le confirmó que la amaría con cuidado de no dañarla. Era su primera vez y pondría medios como le había dicho. Lucía se rindió ante lo prohibido. Se entregó en cuerpo y alma a su amado José y tendidos en el césped del parque, tras unos arbustos, perdió su virginidad junto al hombre que amaba.
Ella se sorprendió al ver su hombría al desnudo. Notó por primera vez el vigor y la virilidad de su amado. Sintió miedo al verlo tan excitado, temía que esa dureza le hiciese daño al penetrarla. Él la poseyó con cuidado, ella gimió de dolor con la primera embestida. Fue un dolor fuerte, un desgarro, pero tras unos segundos, lo podía soportar. Después de un instante, se alivió y disfrutó del momento. Él parecía poseído, se movía igual que un loco, como quien gana su trofeo, su premio y lo celebra al máximo. Bebió hasta el último trago de la botella, para saciar la sed contenida. Lucía disfrutaba con cada movimiento de José. ¿Qué tenía este hombre que la hacía sentirse tan bien y tan feliz?
José seguía dentro de ella, la poseía con movimientos acompasados, primero con embestidas suaves, después más rápido, hasta que la hizo ver las estrellas como le prometió. Ambos disfrutaron y bebieron de sus cuerpos como sedientos en el desierto, hasta culminar en la cima del deseo y el éxtasis. En el último momento, cuando estaba al límite, él no quiso retroceder o no pudo retirarse a tiempo, al final la inundó con su semen.
Ya recuperados del momento, ella, aunque satisfecha y feliz, temblaba nerviosa al descubrir que él había eyaculado dentro ¿Y si la preñaba? José al verla preocupada la consoló quitándole importancia.
—No temas, mi amor, eso en la primera vez no pasa, es muy difícil. Además, si no te quedas tendida y si te pones a caminar, es casi imposible que eso suceda.
Lucía era inexperta en esto, asustada dio un salto y se puso en pie de repente. Él soltó una carcajada al ver la rapidez de ella en levantarse. Un rato después, subieron en la moto y se dirigieron hacia la barriada de Lucía. José la acompañó a una esquina donde se despidieron. Él relajado y feliz, le dijo que al día siguiente la esperaría cerca del trabajo para verla de nuevo.
Era ya de noche cuando Lucía entró en su casa.
—Hija, es muy tarde. ¿De dónde vienes a estas horas y tan sonrojada? —le preguntó la madre muy seria al verla con las mejillas ruborizadas.
—Mamá, se me ha hecho tarde, he tenido que ayudar a la señora a preparar todas las maletas —le mintió a su madre, no tenía otra salida—. Cuando me he dado cuenta había anochecido y he venido corriendo por las callejuelas, vengo ahogada.
Rosario, su madre, la notó rara, diferente, con un brillo distinto en los ojos. Si bien, lo achacó a los nervios del viaje. Su madre la abrazó con cariño y le dio las buenas noches. Ambas se fueron a intentar dormir, cosa que ninguna de las dos consiguió esa noche. La madre pensando en su hija, que se le iba más de dos meses de su lado. Era la primera vez que se separaban tanto tiempo.
Lucía tampoco pudo conciliar el sueño, en su cabeza se repetía una y mil veces los momentos vividos con su amado. Había sido tan bonito todo lo que había sentido. Tanto amor en la entrega mutua y había disfrutado mucho de él. ¡Ojalá, Dios la perdonara por haber pecado! Había sucumbido por amor. Ya casi al amanecer quedó rendida por el cansancio.
A media tarde, Lucía salió de prepararle las maletas a la señora Dolores. José la esperaba en una esquina.
—Hola, morena mía. Tengo una sorpresa. Los dueños de la casa donde estoy ahora trabajando no están, no vuelven hasta dentro de dos días y me han dejado las llaves. Ven, vamos a subir y estamos allí un rato tranquilos —le contaba mientras le cogió la mano y tiraba de ella hacia el portal.
—José, ¿y si vuelven y nos ven en su casa? No voy a estar cómoda —le dijo Lucía inquieta por la propuesta.
—No te preocupes, no vuelven hasta el domingo. Confía en mí, me han pedido que les cuide la casa.
—Bueno, si estás seguro, pero solo un ratito. Aún no he terminado de preparar la maleta para mañana.
Subieron al piso. Lucía quedó maravillada al ver el mobiliario. Los muebles eran de madera tallada. Las cortinas bordadas y las lámparas de perlas de cristal. Estaba claro que los dueños eran una familia muy pudiente. Todo estaba reluciente y olía bien. No sabía dónde mirar, todo era precioso y lujoso. José la invitó a un refresco, él se tomó un par de cervezas que había traído en un macuto. Sentados en el sofá de cuero, charlaron de varios temas, sin embargo, ella se sentía incomoda, fuera de lugar, con tanta riqueza a su alrededor.
José no dejaba de besarla y acariciarla. Lucía al sentirse excitada se relajó y se dejó llevar. Todavía tenía el agradable recuerdo en su cuerpo de la noche anterior. Él empezó a besarle los pechos, ella volvió a disfrutar de la pasión contenida. Acariciaba el torso de José y lo encendía más en deseos. Él bajó la mano y le quitó sus bragas, Lucía protestó y se puso tensa, pero él siguió acariciándole el pubis y ella se cansó de luchar contra su propio deseo. Así, volvió a entregarse a su amado y ambos disfrutaron de sus cuerpos ardientes. Él le cogió la mano y la llevó hasta su pene. Ella se desinhibió, perdió la vergüenza y se atrevió a acariciarle su miembro erecto. Disfrutaron al unísono del fuego que les quemaba las entrañas, hasta llegar al orgasmo.
Con la respiración entrecortada, Lucía volvió a notar qué por segunda vez, él no había puesto medios, nerviosa volvió a levantarse deprisa.
—Lo siento, cariño, es que tu cuerpo me hace sentir el hombre más feliz de la tierra y me olvido de todo —le confesó José un poco molesto, por no haberse retirado otra vez a tiempo—. Me concentro en que disfrutemos al máximo y me despisto. Me vuelves loco y soy incapaz de retirarme antes. Si no dejas de moverte no pasará nada. Lucía, mírame, estás preciosa con tus mejillas sonrojadas por el deseo satisfecho, quiero grabarte así en mi memoria. Voy a atarte a mis recuerdos, como si fuese a pintarte en un cuadro, para recordarte estos dos meses. Contaré los días y las horas que me quedan para volver a verte.
—¡Ay, qué largo se me va a hacer el verano sin ti!
Al rato, ya relajados, ella le dijo que debía de marcharse, pues al día siguiente viajarían temprano. Él le prometió esperarla, Lucía le dio un papel donde había anotado la dirección de la playa. José se la guardó en el bolsillo del pantalón de trabajo que llevaba puesto. Quedó en escribirle e intentaría ir a visitarla algún día libre, pues últimamente, tenía mucho trabajo pendiente y dada la ajustada situación económica, trabajaba hasta los domingos. Tras besarse varias veces, se despidieron y cada uno se fue para su casa.
Lucía estaba en una nube, recordando todo lo que había disfrutado en estos dos días.
José había despertado un fuego y un deseo nuevo en ella que la embargaba y la hacía muy dichosa. Nunca antes lo había sentido con tanta intensidad. Hasta se olvidaba de que había pecado a los ojos de Dios, solo pensaba en su amado. ¡Cuánto lo iba a echar de menos!
¡Qué largos se iban a hacer esos dos meses y medios, sin verlo ni disfrutarlo! Ahora solo le quedaba conformarse con los recuerdos y el olor de él impregnado en todo su cuerpo.
Capítulo 5
Vacaciones en la playa
Lucía partió al día siguiente con todo el dolor de su corazón. Tras despedirse de su familia, se fue junto a la señora Dolores hacia Chipiona, a pasar todo el verano.
El viaje fue bien, estaba a unas dos horas de Sevilla. En todo el trayecto, Lucía no dejó de mirar por la ventanilla, observó impresionada los enormes campos sembrados de amarillos girasoles. Sus ojos quedaron prendados con el colorido y como los girasoles se volteaban mirando al sol. Después pasaron por sembrados blancos de algodón. Cruzaron por varios pueblos donde se veían muchos hombres trabajando en el campo en los viñedos. Antes de llegar a Chipiona, pudo divisar a lo lejos un enorme faro que casi alcanzaba a las nubes. Era, según le había contado la señora, el más alto de España.
Las había traído el chofer del hijo de la señora. Al aparcar en la puerta de la casa, Lucía quedó impresionada por lo que divisaban sus ojos. El inmenso mar azul, la espuma del oleaje y el olor a sal la aturdieron unos instantes. Era la primera vez que veía la playa. En esos momentos, gozó divisando todo lo que tenía ante sus ojos y deseó que tanto José como su familia pudieran contemplarlo también. Cuánto disfrutarían al observar estas impresionantes vistas.
El chofer le ayudó a descargar las maletas. Ese día estuvieron liadas organizando todo lo que traían. La casa era de dos plantas, con cuatro dormitorios, dos baños, dos salones, una cocina y un patio con muchas macetas de geranios de alegres colores. La decoración era de muebles rústicos de madera. Las paredes estaban pintadas de blanco y las ventanas de un azul vivo. Había una mujer que cocinaba y hacía la limpieza. La casa tenía grandes ventanas y balcones desde donde se avistaba el mar. Lucía seguía impresionada ante la inmensidad de tanta agua, unas veces la veía verde y otras, azul. Pudo descubrir también, desde una ventana, que estaba cerca del faro. Al anochecer, la enorme luz del faro dando vueltas, iluminaba el cielo. Lucía se acostó, desde su cama se escuchaba el sonido relajante de las olas y durmió profundamente.
Los días en la playa, pese a que tomaba el sol y se daba largos baños en el mar, a Lucía se le hacían muy largos. Se dedicaba a coser, bordar o leer para entretenerse y pasar el tiempo más rápido.
Cuidaba y acompañaba a la señora a pasear e iban al mercado o a misa. Esa era su rutina diaria. La señora Dolores la trataba con mucho cariño, le manifestaba que por la edad que Lucía tenía, bien podía ser su hija. Muchas tardes en la terraza, frente al mar, jugaban las dos a las cartas, al parchís o al dominó para entretenerse. También le leía novelas a la señora, ahora estaban ojeando las leyendas de Bécquer y algunas historias de amor de Corín Tellado.
En los ratos libres, le confeccionaba el ajuar de la hija, que se iba a casar dentro de unos meses. Debía bordarle sábanas y toallas con las iniciales de sus apellidos y hacerle camisones de dormir con las puntas de encaje. También debía confeccionar las mantelerías y cortinas para la casa donde iban a vivir los recién casados. Se había traído de Sevilla, retales de tela de variados colores y textura que la futura novia había escogido. Lucía disfrutaba con su trabajo, así pasaba todo el día entretenida y no pensaba tanto en la ausencia de su José.
Algunas tardes, la señora le dejaba unas horas libres y se iba a la casa de verano de las monjas. Estaban junto a la playa de Regla, allí cooperaba con ellas bordando, igual que hacía en Sevilla. Era una casa grande junto al mar, con muchas habitaciones donde veraneaban las novicias. La hermana Dulce, así la llamaban cariñosamente, era la repostera, y algunas tardes le enseñó a Lucía a hacer pasteles y postres que ella después le hacía a la señora Dolores para la merienda.
A la semana de su llegada a Chipiona, Lucía recibió una carta. Al llegar el cartero y decir su nombre, sus ojos brillaron de emoción. La carta no tenía remite. Lucía corrió como loca a su habitación para leerla, por fin, su amado le escribía. Nerviosa empezó a leer la carta, pero su alegría se desmoronó de repente. Sin duda, se sintió feliz de leer lo que su madre le contaba de su familia. Si bien, no pudo contener las lágrimas, que rodaron por sus mejillas, por la desilusión de que no fuese su amado José quién le escribía.
Lucía, hija mía, espero estés bien a la llegada de esta carta. Nosotros estamos bien, eso sí, echándote mucho de menos. Tú eres la calma, la paz de esta casa y tu hermana, la tormenta que lo pone todo patas arriba con su genio dicharachero y rebelde.
Papá está triste de no tenerte cerca. Eres la niña de sus ojos. Te manda muchos besos, ahora me ha cogido a mí para jugar por las noches con él al dominó. Ya te lo puedes imaginar, me gana siempre, pero al menos se entretiene un poco.
Tu hermana está igual de locuela como siempre, también te añora, me comenta que la habitación sin ti es demasiado aburrida y vacía. Dice que te pongas morenita. Te manda muchos recuerdos y besos.
Deseo que estés disfrutando de la playa, aprovecha bien las vacaciones. Cuídate mucho tesoro. Escríbeme, cuéntanos cómo estás y cómo es el pueblo.
Besos, mi niña Chía.
Le dio mucha alegría saber de su familia. Ella sí que los echaba de menos a todos y sobre todo al dueño de su corazón enamorado. Seguía preocupada por la actitud rebelde de su hermana y que no escuchase sus buenos consejos. A ver si cuando volviese la convencía para que se portase como una señorita recatada y decente. La sociedad en la que vivían no aceptaba que las mujeres corretearan solas de noche, ni frecuentasen bares llenos de hombres, y Rocío parecía ignorarlo.
Así, siguieron pasando los días sin saber nada de José. Muchas noches las pasaba llorando, pensaba que él la había olvidado tras conseguir de ella su virginidad. Luego se relajaba y recapacitaba, seguramente no le habría dado bien la dirección o la habría perdido, por eso no llegaban sus cartas. De una u otra forma, cada noche se quedaba dormida con los ojos anegados por las lágrimas, recordando al amor de su vida.
Cada mañana se levantaba y disimulaba su dolor ante los ojos del mundo, nadie notaba la tristeza que su alma sentía. Los días pasaban sin tener noticias de José, ni venía a verla. No sabía nada de él, eso la ponía bastante nerviosa. «¿Por qué no daba señales de vida? Quizá tenga mucho trabajo y no pueda venir», pensaba Lucía intentando convencerse «¿Y si había perdido la dirección?» Claro, si esto había sucedido, ¿cómo iba a ponerse en contacto con ella? Las preguntas y las dudas la volvían loca en la soledad de su alcoba.
Lucía escribía a su familia y a su amiga María Jesús, contándole de su día a día.
Querida familia: Chipiona es un pequeño pueblo de pescadores. La playa es impresionante, muy larga y el mar inmenso. Las puestas de sol son preciosas. Madre, si viera la plaza de abastos, hay decenas de clases de peces, la mayoría de ellos jamás los había visto antes.
El santuario de la Virgen de Regla es precioso, con sus vidrieras de colores. Viene mucha gente de todos lados, dicen que es muy milagrosa, es una virgen negra pequeñita, le dicen cariñosamente «la morenita», como algo curioso el niño Jesús es blanco. Yo le rezo mucho por ustedes.
La playa tiene el agua cristalina, aunque hay días que tiene muchas algas. Debido al yodo de estas, tiene fama por lo saludable de su agua. Dice la señora que los médicos mandan bañarse en esta zona por las propiedades de las algas. Madre, el primer día que me bañé en la playa, estaba muerta de miedo, la señora se reía bastante y yo temblaba como un flan. Creía que el mar me iba a tragar. Ahora, ya me baño con más soltura, sin embargo, le tengo bastante respeto al oleaje y como no sé nadar, pues no me meto profundo.
Algunas tardes voy a visitar a las hermanas del convento, me están enseñando a hacer postres y pasteles. Estoy más gordita de tanta repostería.
El mar cambia de color, hay días que se ve verde y otros azules. ¡Cuánto me gustaría que pudieseis verlo!
Es verdad, aquí con los baños y la brisa del mar, no hace tanto calor como en Sevilla. Es el verano más fresco que he vivido hasta ahora.
Papá, espero que esté un poco mejor, al menos que no le afecte mucho la ola de calor veraniega. Tenga piedad de mamá, déjela ganar alguna vez al dominó. Prepárese para cuando vuelva, pienso ganarle todas las partidas.
¿Sabéis? El pasado domingo vinieron los hijos de la señora a visitarla y nos llevaron a Cádiz. Fuimos a conocer la ciudad, allí pasamos todo el día. Nos invitaron a comer en un restaurante de lujo, todo estaba muy rico, debía de ser carísimo. Deciros que la ciudad me ha encantado, es pequeña, pero cautivadora, con mucho encanto en sus calles y plazas. Es preciosa, con sus callejuelas que dan al mar. Algún día, cuando yo gane más dinero os voy a traer a conocerla. Cádiz os va a enamorar.
Bueno, decirle a Chío que la adoro, que se porte bien y no os dé disgustos. Tiene que cuidaros mucho, ahora es la reina de la casa.
Escribidme pronto. Os quiero y os extraño. Besos, ya os iré contando más cosas. Vuestra Chía.
A finales de julio, los hijos de la señora volvieron a venir y fueron a visitar Jerez de la Frontera. Este pueblo es famoso por sus bodegas y exhibiciones de caballos andaluces bailando. El espectáculo ecuestre fue precioso e inolvidable. En las bodegas les dieron a probar el vino moscatel y la manzanilla. Lucía no estaba acostumbrada a tomar alcohol. Probó un poquito, el moscatel era de sabor dulce y le gustó, aunque se subía pronto a la cabeza. Los hijos trataban a Lucía con familiaridad. Le tenían aprecio y observaban lo bien cuidada que estaba su madre por ella.
La familia de Lucía la consideraba una chica afortunada, por estar viviendo todas esas experiencias. Le tenían envidia sana. Claro, nadie sabía la pena que albergaba dentro de su corazón. Seguía sin tener noticias de su amado.
Una tarde, mientras merendaban, la señora le preguntó:
—Lucía, ¿cómo es que tus padres te pusieron ese nombre? Es bonito, pese a que no es muy común en Sevilla.
—Señora Dolores, le cuento, detrás de mi nombre hay una historia. Rosario, mi abuela materna, estaba enferma de la vista, debido a la diabetes. Un día, mi abuela le pidió a mi madre que la llevase el 13 de diciembre a ver a una santa. Esta era muy milagrosa con los enfermos de la vista. Al entrar a la iglesia la vieron en un altar pequeñito. La santa tenía un plato en las manos, donde estaban depositados sus ojos. Mi madre quedó impresionada al verla.
—¡Santo cielo! Nunca había escuchado nada de eso —exclamó asombrada la señora.
—Sí, era santa Lucía, una mártir que fue perseguida y decapitada. Mi abuela, tras la visita a la santa, mejoró algo su visión. No sé si fue casualidad o fe. —La señora Dolores la escuchaba muy atenta—. Mi madre estaba embarazada de mí, de cuatro meses, y había tenido amenaza de aborto, debía tener reposo y cuidarse. Ese día, al ver a santa Lucía, le pidió que yo naciese sana. Tras ver mejorar a mi abuela Rosario y yo nacer bien, decidió ponerme el nombre de la beata.
—Es una bonita historia. Recuérdame que cuando volvamos a Sevilla, vayamos un día a visitar a santa Lucía.
—Le recomiendo ir el 13 de diciembre, ese día es su onomástica. La adornan de flores y la misa es cantada por un coro. Es una ceremonia muy bonita.
—Así lo haremos y festejaremos tu día merendando por el centro. —Lucía sonrió ilusionada. ¡Qué buena era la señora Dolores con ella!
A finales de julio, Lucía ya estaba acostumbrada a la rutina de todos los días. Se resignaba, pues todavía le quedaba más de un mes, de nada le servía agobiarse. Solo le quedaba el consuelo de pensar que el dinero de su sacrificio estaba ayudando bastante a sus padres. Intentaba disfrutar de la playa, de los paseos y del sol. Siempre, eso sí, acompañada de la señora o de las novicias.
En esos días, volvió a llegar otra carta de su madre:
Lucía, ¿cómo estás? Hija te cuento que hace un calor agobiante en Sevilla, algunos días hemos superado los cuarenta y cinco grados. Tú al menos tienes la playa para refrescarte.
Tu padre está estable en su enfermedad, sin embargo, este calor le afecta mucho. Te manda muchos besos. Dice que se le están haciendo los días muy largos sin ti. Te extraña y te echa mucho de menos, sobre todo las conversaciones que teníais los dos. Y las partiditas de dominó, donde tú le ganabas, conmigo como siempre me gana, se aburre.
Tu hermana Chío, desde hace unos días, está más rebelde y desobediente. Sale todas las tardes y vuelve ya de madrugada. Yo le riño, eso no está bonito en una señorita. Creo que tiene un pretendiente, pues se le nota ilusionada, pero no me confiesa nada cuando le pregunto. Le regaño por llegar tan tarde y ella me recuerda que ya es mayor de edad. Siempre me dice que no hace nada malo a nadie, solo se dedica a vivir y disfrutar de la vida. Así que, estoy un poco disgustada con ella.
Ah, te cuento. ¿Te acuerdas de tu prima Pepa, la del pueblo? Que estaba estudiando para maestra. Pues se ha quedado embarazada, de un chico que había conocido hacía poco y se ha tenido que casar de prisa y corriendo, antes de que se le notase la barriguita. Él ha accedido a casarse y no la ha abandonado, menos mal, si no sería la habladuría de la gente del pueblo y la vergüenza de su familia. Ahora ya no podrá ir a estudiar a la universidad de la ciudad, como ella quería, tendrá que dedicarse a su marido y a su bebé. Eso le ha pasado por ser tan atrevida y pecar antes del matrimonio. Bueno ya te iré contando.
Cuídate mucho mi niña. Escríbenos y nos cuentas de tus días. Muchos besos, te adoramos, mi linda Chía.
Lucía pensó en su prima, como se le habían torcido las cosas, pero así era el amor. Ella también había pecado y no se arrepentía, pues amaba a José con toda su alma. Recordó también lo que su hermana le contó un día, del chico con el que estudiaba. En sus pensamientos Lucía le deseó la mejor de las suertes. Rocío era joven, el amor es bonito vivirlo y no tiene edad, seguro que así sentaría la cabeza. Aunque, si ese hombre la quería en serio, no debía estar con ella hasta tan tarde en la calle, sin ser novios formales. Imaginó a su hermana enamorada, paseando del brazo con su amado y le daba envidia sana de no poder hacer lo mismo con su novio. En un mes, también ella volvería a pasear con José. Ya quedarían los cuatro para conocerse y salir juntos.
Y así, soñando despierta, se contentaba e iban transcurriendo los días. Era más llevadera la rutina diaria en Chipiona. ¡Dios mío, qué ganas tenía de volver a Sevilla! Aunque allí hiciese cuarenta y cinco grados a la sombra, ¿qué le importaba a ella? Si cuando estaba con José su cuerpo ardía enfebrecido superando con creces esos grados. Él había despertado en su cuerpo un mundo de emociones que Lucía desconocía y ansiaba revivir de nuevo.
Los últimos días de julio, Lucía empezó a preocuparse, pues ya le tenía que haber bajado la regla. Ella tenía un ciclo menstrual algo variable. En varias ocasiones se le había retrasado y ahora, con el cambio de vida, sería normal. Tenía que haberse puesto con el periodo hacía más de quince días. Recordó lo que José le dijo cuando hicieron el amor: «Lucía, es muy difícil quedarse en la primera vez». Decidió esperar unos días antes de preocuparse. Bastante mal se sentía lejos de los suyos, como para acongojarse antes de tiempo sin motivo. Solo sería un simple retraso, ya le había ocurrido otras veces. Seguro que el cambio de costumbres le había afectado a su menstruación.
Y sumida en la rutina diaria, llegó casi a mediados de agosto.
Una mañana, estando con las monjas empezó a sentirse fatigada, mareada y se desmayó. Estaba en la cocina, de pronto perdió el conocimiento y se desplomó. Al volver en sí, sor María, que era la madre superiora, con cariño le preguntó:
—¿Lucía te encuentras mejor? Estás como febril. ¿Has comido bien?
—Sí, madre, estoy mejor, no sé qué me ha pasado. Apenas comí en la mañana, me levanté fatigada —le contestó Lucía todavía muy pálida—. Por lo demás no noto nada extraño, ni me duele nada. Algo ha debido hacerme daño.
—Lucía, ¿hay alguna posibilidad de que puedas estar embarazada? —le preguntó con tacto la monja, pese a que le costase creerlo de Lucía.
—No, madre, eso no es posible —le confesó con rapidez.
Sor María la conocía desde hacía unos años, sabía del carácter noble y lo recatada que era. Que ella supiese, no le conocía ningún novio. Lucía, a veces, se había sincerado con la abadesa, cuando se sentía apenada por la salud de su padre. Le reconfortaba hablar con la religiosa. Sor María era bondadosa y sabía escuchar, si bien, nunca le habló de ningún pretendiente. Entonces, debía haber comido algo en mal estado.
Lucía, de pronto notó un pellizco en el estómago de preocupación. De repente, sintió un remordimiento en su conciencia, pues podía estar mintiéndole a la madre superiora. Nerviosa pensó: «No puedo tener tan mala suerte. El desmayo debe ser del calor y haber desayunado poco. No me noto nada raro». Aunque el miedo y la preocupación la invadían en su fuero interno, se intentaba convencer de lo difícil que era quedarse embarazada por haberlo hecho solo dos veces. Debía relajarse, pronto le bajaría la regla.
Los días siguientes todo siguió normal, no volvió a sentirse mareada ni molesta. Se relajó, seguro que todo se debía al clima. Una tarde, estando en la playa tumbada al sol, notó de pronto algo dentro de su vientre. Fue un leve movimiento, como una puntadita. Lucía dio un respingo, se quedó quieta con las manos en su vientre y volvió a repetirse. Ella sintió algo dentro de su ser. De repente, lo tuvo claro, estaba embarazada. ¡Estaba esperando un hijo de su querido José! Se quedó un buen rato con las manos sobre su regazo. El corazón le latía acelerado. Intentó asimilar la idea de que dentro de su ser estaba creciendo su bebé.
Había tenido mala suerte o seguramente era el deseo de Dios. Sintió miedo y alegría a la vez. Miedo a la reacción de sus padres, sin ser novios aún, y al qué dirán de la gente. Su madre, e incluso ella misma, eran de mentalidad muy anticuada. Recordaba lo que su madre le había contado de su prima en su última carta. Sin embargo, también sentía alegría y deseos de contarle la noticia a su amado. Quería llorar y a la vez saltar de alegría. Ella no deseaba haberse quedado embarazada, no obstante, había pasado, ya nada se podía hacer, solo afrontarlo y tirar para adelante. José se había comportado como un caballero, se responsabilizaría, se casarían y le daría un apellido a su hijo. Él no le había escrito ni venido a verla, debía haber una justificación, de eso ella estaba segura. Se repetía que seguramente la dirección estaba mal y las cartas por eso no llegaban o habría algún motivo que desconocía, pero tenía claro que José la recordaba igual que ella a él. Esa noche durmió inquieta, a la vez que ilusionada, deseando llegase ya septiembre para volver a Sevilla y poder contarle la buena nueva a su amado.
A primeros de septiembre, recibió una carta de su hermana Chío, donde le escribía sobre sus sentimientos.
Queridísima Chía, cuánto te echo de menos para contarte mis confidencias. Perdona que no te haya escrito en todo este tiempo, pero he estado muy liada. ¿Recuerdas aquel chico qué estudiaba conmigo y me gustaba tanto? Pues decirte que ya es mi novio.
Al principio le costó mucho dar el paso. Pese a hablar y bromear mucho conmigo no se decidía a salir conmigo. Tú sabes cómo soy de cabezota cuando quiero algo, hasta que no lo consigo no dejo. Me llamarás desvergonzada, lo sé, pero estoy perdidamente enamorada. No te voy a ocultar que para que se fijase en mí me he desvivido en mimos con él. Tú sabes, los hombres sucumban fácilmente a los encantos de las mujeres.
Al final lo convencí para conocernos mejor. Hemos estado saliendo todas las noches a pasear, a los guateques y a las verbenas, nos hemos divertido mucho y me ha pedido ser su novia. Bueno, la verdad, él iba despacio, sin prisas, le he tenido que dar un empujoncito, tú ya me conoces como soy.
Hermana, debo confesarte que lo amo con locura. Me siento muy feliz con él. Daría lo que fuese por estar siempre entre sus brazos. Me he entregado a él varias veces, sé que pensarás que soy una pecadora. Siento defraudarte, pero lo quiero mucho, hermana. Es guapísimo y tiene cuerpo de modelo. Pensarás que soy una exagerada, ya verás cuando lo conozcas que no te miento. Va a hablar con papá y os quiere conocer. Vamos a formalizar la relación, para no tener que esconderme más de nadie y vivir mi noviazgo libremente.
Voy a esperar que vengas, para presentarlo en casa cuando estemos todos.
Cuento con tu apoyo, Chía, dime qué día vuelves. Cuéntame cómo estás.
Espero te vayan bien las cosas, ya me contarás. Date prisa hermanita, al final me caso antes que tú. ¿Quién me lo iba a decir? Yo con novio formal y sentando la cabeza. Ja, ja, ja.
Muchos besos de tu ilusionada, enamorada y loca hermana Chío.
Lucía sonreía al terminar de leer la carta, que alocada era su hermana. Benditos dieciocho años. Se había entregado a él, ¿quién era ella para juzgarla? Si por amor había pecado también ante Dios. Le deseaba lo mejor del mundo, era tan bello amar y ser correspondido. Su hermana era muy locuela, pero tenía un gran corazón, se merecía un buen hombre que la amase como ella necesitaba. Pronto le daría dos besos y su bendición cuando la viera, ya quedaba poco, solo unos días para volver a ver a su familia y a su José. La señora le había dicho que tras la salida procesional de la virgen de Regla, el día ocho de septiembre, vendría el chófer a ayudarlas a recoger y volverían a Sevilla. Las hermanas religiosas le dijeron que también volverían sobre esa fecha. Ya solo era cuestión de tener paciencia unos días más y todo se solucionaría.
El día diez de septiembre, Lucía volvía a Sevilla y a su casa, después de casi dos meses y medio fuera de ella, y embarazada del mismo tiempo.
En el coche, ya de vuelta a Sevilla, pensó en todo cuanto le había cambiado la vida, en estos meses. ¡Iba a ser madre!
Capítulo 6
Cara a cara con la realidad
Tanto sus padres como su hermana la estaban esperando. La recibieron con mucho cariño. Su madre pletórica de tenerla de vuelta, la besaba una y otra vez.
—¡Ay, mi Lucía, pero qué morenita y guapa te veo, Dios mío! —la piropeaba, mientras se fundían en un abrazo—. ¡Estás más gordita de tantos helados y pasteles!
—Sí, mamá, he comido bien y descansado bastante. —Le mintió en parte, pues aún no podía confesar su estado. Dentro de unos días tras hablar con José, lo confesaría todo—. Mi adorado papaíto, ¿cómo estás? —Con una enorme sonrisa se dirigió a su padre, que estaba sentado, se agachó y empezó a besarlo sin pausa.
—Hija, mucho mejor al verte de nuevo a nuestro lado. Estás guapísima.
—Chía, dame un beso y déjame achucharte. —Lucía se giró y besó a su hermana—. ¡Envidio tu piel morena, que lo sepas! —le confesó Rocío sonriente.
—Mis horas de sol y playa me han costado, hermana —exclamó Lucía a carcajadas.
Tras los saludos y contarles un poco de su viaje, se excusó diciendo que debía ir a ayudar a la señora a deshacer las maletas. No era cierto, necesitaba ir a buscar a José. Su corazón al sentirlo ahora más cerca, andaba desbocado. Ella lo necesitaba igual que el perro a su dueño. Como el agua que las flores precisan para seguir viviendo. Igual que el sol al nuevo día. Sentía a José como su otra mitad, pensaba mientras callejeaba hasta el barrio en el que él solía trabajar.
Buscó a ver si veía su moto, necesitaba besarlo, ansiaba sus labios apasionados y hablar con él del asunto que les incumbía a ambos. «Seguro me confirma haber perdido la dirección y por eso no me ha podido escribir», pensaba Lucía. Lo perdonaría sin ningún rencor, lo amaba y lo había extrañado mucho todo este tiempo. Cada día soñó con volver a estar en sus brazos, amarlo y sentirse amada. Ella guardaba celosamente su secreto desde hacía un mes, estaba nerviosa y deseosa de contárselo. Ansiaba susurrarle: «José, voy a tener un hijo tuyo». Él tendría que hablar con su padre, deberían casarse pronto, aún no se le notaba el embarazo, así no darían que hablar.
Buscó la moto por todas las calles del centro, pero no lo encontró. Decidió volver a su casa, ya casi anochecía, volvería al día siguiente de nuevo a buscarlo.
Lucía cenó con sus padres, que la acribillaron a preguntas sobre «sus vacaciones». Su hermana no estaba, según su madre volvía tarde. Lucía después de cenar se retiró a dormir, estaba muy cansada y algo decepcionada por no haber encontrado a su José.
Al día siguiente, tras ordenar toda su ropa y echarle una mano a su madre en los quehaceres, volvió a salir en busca de su amado. Tampoco lo encontró por el centro, ya no sabía dónde buscarlo. Él le contó que era del barrio de Triana y vivía en una corrala de vecinos, sin embargo, no sabía el nombre de la calle y ese barrio era grande. De todas formas, decidió ir a Triana, cruzó el puente y dio una vuelta a ver si estaba trabajando por allí o veía su moto aparcada. A varias personas le preguntó por él, mas nadie le conocía con los datos que ella les daba. Allí se conocían por los apodos y no sabía que apodo tendría la familia de José.
Agotada de indagar y no encontrarlo, decidió que volvería mañana para seguir buscándolo, sería lo mejor, ahora necesitaba descansar un rato. Asimismo, José sabía que ella volvía sobre esta fecha, si no lo encontraba pronto, él la buscaría por el centro. Él sabía dónde estaba la casa de la señora Dolores, seguramente se pondría en contacto con ella un día de estos. Se encontraba cansada y triste. Volvió a su casa para comer con su familia. De pronto, Lucía sintió un pellizco de temor. No había sabido nada de José en todo el verano. ¿Y si le había pasado algo? ¿Se habría ido a trabajar fuera? ¿La habría olvidado, una vez conseguida su inocencia? Los ojos se le inundaron de lágrimas mientras pensaba todo esto de camino a su casa. ¿Qué iba a ser de ella entonces? Embarazada y sin novio. ¡Qué locura! A sus padres le daría un síncope. Nerviosa empezó a temblar, se tuvo que sentar un momento en un escalón cercano.
Después de un breve descanso, respiró hondo e intentó relajarse. Pensó que debía haber una explicación y tarde o temprano, José, la buscaría y solucionaría lo del embarazo casándose cuanto antes con ella. No debía pensar mal de él. Se tranquilizó y se dirigió hacia su casa, aunque dentro de ella, seguía el temor y la inseguridad.
Su hermana Chío, mientras almorzaban les comunicó:
—Os cuento, esta noche voy a traer a mi novio a casa para que lo conozcáis. —Se le notaba ilusionada y enamorada—. Papá, va a pedirte permiso para entrar a recogerme y dejarme a la vuelta ¿vale?
—Bueno, hija, si estás segura de ese paso, adelante. Aquí estoy para hablar con él —le contestó su padre. «Ojalá, así asiente la cabeza y no vuelva sola tan tarde a casa como ahora», pensó.
—Claro, segurísima. ¿No veis mi cara de loca enamorada? —les dijo señalando sus chispeantes ojos que bebían los vientos por su amor—. Aunque también estoy un poco nerviosa por él. Pobrecito hablar con tu suegro debe imponer un poco —dijo riendo.
—¡Hija, no me lo voy a comer! —exclamó sonriendo el padre.
—Ya lo sé, papá, tú eres más bueno que el pan. Mamá, ¿tú no me dices nada?
— Rocío, yo te he parido hija. Sé desde hace tiempo que alguien había encandilado tu corazón —le confesaba su madre mirándola a la cara—. Los ojos te hacen chiribitas al hablar de él. Espero que te quiera tanto como tú a él, te respete y te haga feliz.
—Pues claro, mamá, ya lo verás con tus propios ojos.
Lucía se alegraba por su hermana, la veía tan prendada e ilusionada que solo le deseaba lo mejor. «Rocío era más liberal y moderna que yo, sin embargo, en dos meses estaba con novio formal. Ese chico la había hipnotizado de amor, o conociéndola, seguramente ella a él», pensaba Lucía mientras reía de sus propios pensamientos.
A las nueve de noche entró Rocío con su novio a la casa. Pasaron a la salita de estar, allí los esperaba sus padres y su hermana. Los padres estaban un poco serios, pero contentos por su hija, por fin sentaba la cabeza. Estaban deseosos de conocer al chico que la había enamorado, a ver cómo era y a qué se dedicaba.
Le saludaron educadamente. Lucía estaba de pie, al verlo palideció de golpe, casi le da un infarto. Se sintió desfallecer, las piernas le flaquearon. Se sintió mareada. Se tuvo que agarrar fuerte a la silla para no caerse de golpe. ¡Pepe, el novio de su hermana, era su amado José! Él al verla se quedó blanco y una sacudida nerviosa le recorrió todo el cuerpo, sintió que se quedaba sin aire. Los demás, al darse cuenta de la palidez de Pepe, lo achacaron a los nervios del primer encuentro familiar, solo Lucía y él sabían qué pasaba en esos momentos por la mente y los corazones de los dos.
Lucía, tras el primer impacto, se tuvo que sentar para no desfallecer, respiró hondo e intentó disimular. Veía la alegría reflejada en la cara de su hermana y de sus padres en ese instante. Así que decidió callar con todo el dolor de su corazón. Hizo el esfuerzo más grande de su vida, de no llorar ni gritarle a la cara todo lo que sentía en su alma, o simplemente salir corriendo. Se tragó toda su pena y sin saber ni cómo ni de dónde le salió la voz del cuerpo, le saludó escuetamente. Sin ni siquiera estrecharle la mano, no podría ni rozar su piel o perdería el sentido. Entonces toda la rabia y dolor que estaba intentando controlar saldría a flote. Con voz seca y amarga le dijo:
—Me alegro por fin de conocerte —lo dijo arrastrando las palabras, con resentimiento. En ese momento un enorme dolor le arañaba el alma.
—Igualmente —le contestó José, con un hilo de voz. Apenas se le escuchó.
De pronto, su padre al notarlo tan nervioso y pálido le dijo que lo acompañara al salón, así podrían hablar ellos más tranquilos. Las mujeres se quedaron en la salita. Lucía estaba temblando, aunque lo disimulaba. Rocío nerviosa les preguntó a las dos:
—¿Qué os ha parecido? ¿A que es guapo? —Se giró para mirarlas—. Ya os lo dije. ¡Ay, me tiene loca! Si bien, lo he notado muy nervioso, me ha sorprendido verlo tan serio. Él tiene un genio bastante alegre —exclamaba Chío sorprendida de la aptitud de su novio.
—Lo importante es que te quiera y sea bueno contigo, hija —le reiteró su madre mientras la abrazaba con cariño.
—Hermana, te deseo lo mejor, tú sabes cuánto te quiero. Espero que seas muy feliz. Me vais a disculpar, estoy cansada, tengo el estómago hoy algo revuelto y me encuentro fatigada. Me voy a retirar a descansar, aún sigo trastornada del viaje. —Lucía las besó a las dos.
—Sí, hermana, tienes mala cara. Descansa ya mañana hablamos.
Lucía, con paso lento y apesadumbrada, empezó a caminar. Sentía como si una losa de cien kilos le hubiese caído encima, hasta llegar a aplastarle las entrañas. Parecía que alguien le estaba oprimiendo los pulmones y no la dejara respirar. La verdad se había clavado en su corazón como puñales de cristal. Con el alma rota en mil pedazos y los ojos inundados por el llanto, se marchó lentamente a su habitación.
Lloró en silencio toda la noche, ya no le quedaban lágrimas. ¡Cuánto le había cambiado la vida en un instante! De un zarpazo, José le había arrebatado todas las ilusiones. ¡Cuánto había madurado de pronto! Ella podía haber gritado: «¡Ese es mi amor, el padre del hijo que llevo en mis entrañas! El hombre al que quiero con todas mis fuerzas». Pero ya de nada valía, él había escogido a otra mujer, que casualmente era su hermana, su única y adorada hermana pequeña. Rocío no tenía culpa de nada, Lucía no podía romperle la vida en pedacitos, como José se la había roto a ella en un segundo. No, ella no le haría nunca eso a su hermana.
Una madre soltera en la sociedad que vivíamos estaba muy mal vista y era una vergüenza para la familia. Su madre se lo había dicho cuando le contó la historia de su prima embarazada. La tacharían de mujer de reputación alegre. Asimismo, le daría un gran disgusto a su padre enfermo y a su pobre madre. No soportaría verlos sufrir. Tenía que tomar una rápida y drástica decisión. E intentar perder el bebé no entraba en sus convicciones religiosas. ¿Qué iba a hacer ahora?
Por otro lado, no podría soportar ver a José a menudo. Tras toda la noche sollozando, de pronto, supo lo que tenía qué hacer, qué camino debía tomar para no hacer daño a sus padres ni a su hermana. Ellos no eran culpables de nada. Solo ella era responsable de su error, por lo tanto, debía solucionarlo sola.
Al día siguiente, se levantó tarde y sin apenas fuerza. Sentía que algo se había desgarrado en su alma sin remisión.
—Lucía, hija, qué mala cara tienes, estás pálida y ojerosa —le expresó su madre preocupada—. ¿Qué te pasa?
—No sé, madre, tengo el estómago revuelto. Debe ser del cambio de agua. —Con todo el dolor de su corazón, tuvo que mentirle.
Un rato más tarde, salió a la calle, debía hacer una visita que cambiaría su vida de hoy en adelante. Al cruzar la calle para dirigirse hacia el centro de la ciudad, un hombre que la estaba esperando medio escondido, se le acercó.
—Lucía, tenemos que hablar. —José la agarró del brazo, se le apreciaba afligido. Sus marcadas ojeras demostraban que él tampoco había dormido—. Por favor, escúchame, tengo que contarte…
—No voy a hablar contigo, ya está todo bien claro —le dijo con rabia, sin dejarlo hablar. Se soltó con fuerza de la mano de él—. José, no tienes que darme explicaciones, no te las he pedido. Es demasiado tarde para eso ¿no crees? —Le volvió la espalda y siguió caminando.
—Lucía, yo te he querido de verdad y te iba a esperar. Perdí la dirección, me la guardé en el bolsillo del pantalón del trabajo, unos días después, al sacar el pañuelo del bolsillo, se me cayó tu papel en un cubo de yeso fresco, borrándose la dirección. Sentí rabia e impotencia al ver como al mojarse el papel se había extendido la tinta, haciendo imposible su lectura —le contaba con amargura y arrepentido—. Te extrañaba bastante, no podía quitarte de mi mente. Un domingo de julio cogí el autobús y fui a buscarte. Me recorrí toda la playa tres veces de punta a punta y no te encontré, no sabía dónde más buscarte. Quise volver a ir, pero tuve un accidente con la moto, me quedé sin ella y con una pierna lastimada. Me volví loco, triste, los días sin ti se hacían muy largos. Me sentí igual que un perrito solo y abandonado. —Él cojeaba, la seguía por la calle, sin rendirse continuaba explicándole. Ella aceleró el paso para no escucharlo.
—Calla, vete y déjame tranquila. No quiero saber nada de ti.
—Escucha, yo conocía a Rocío del curso de pintura, no sabía que era tu hermana, se encaprichó conmigo y siempre estaba detrás de mí. —José seguía andando ligero a su lado, mientras le iba contando—. Al principio yo no quería. Ella me insistía con mimos. Es guapa, joven, alegre y cariñosa. Soy un hombre y caí. Lucía, me encontraba muy solo y triste, enfermo y con muletas. No pude resistirme a sus encantos por mucho tiempo. Ella me cuidaba y fui débil. Rocío me daba lo que yo necesitaba en esos momentos, me ayudó a llevar tu ausencia. Me hablaba de su hermana Chía, que estaba de veraneo. ¿Cómo iba a imaginar que eras tú? —Lucía apretaba el paso, pero él seguía persiguiéndola—. Todo empezó como un juego y al final me he encariñado con ella. Me he dejado llevar por su vitalidad. Anoche, al verte todos los sentimientos que sentí por ti, volvieron a despertar en mi interior. Me estoy volviendo loco. Ahora mismo no sé qué hacer. Lucía, si tú aún me quieres, la dejo y retomamos lo nuestro. Tú eres y serás mi «esperanza» como un día te dije y no te mentí. Contigo he compartido muy buenos momentos. Tú has calado en mi alma.
—Cállate, José, no quiero escucharte más, ya está todo hecho. Solo tenías que esperarme si me amabas y cumplir tu promesa. No lo has hecho y has escogido estar con otra. —Lucía al pensar en su última frase paró en seco, se giró y con rabia le dijo—: Si fuese otra mujer, yo lucharía con uñas y dientes para que fueses el hombre de mi vida y el padre de mis hijos. No obstante, esa mujer es mi hermana y ahí no se puede hacer nada. No voy a romperle el corazón. Ya está todo resuelto, tú lo has decidido, no yo. He llevado una venda todo el verano, soñando cada día y cada hora con volverte a ver, imaginaba que me estabas esperando. Eres tú quien me ha fallado y jurado en falso. ¿Quién sabe cuántas veces me volverías a fallar? Adoro a mi hermana y nunca le haría daño. Solo te pido, te exijo, como su hermana mayor, que la sepas hacer feliz. Ella te quiere y está muy ilusionada. No le falles igual que a mí. Hasta nunca, José.
Él quiso agarrarla, pero Lucía con furia huyó de su lado, se fue a paso rápido por las callejuelas de Sevilla. Él todavía cojeaba de la pierna dañada y no pudo alcanzarla. Si Lucía hubiese estado frente al él un instante más, se hubiese desmoronado. De pronto, recordó el domingo que viajó a Cádiz con los hijos de la señora, seguramente ese fue el día que él había ido a Chipiona. José, al buscarla por la playa y no encontrarla, se rindió y se entregó a su hermana. «Qué injusto y cruel era el destino a veces». Mientras el llanto inundaba sus mejillas se dirigió al camino que la alejaría de él para siempre.
Mientras caminaba apresurada hacia su destino, fue enumerando en su cabeza la mala suerte que había tenido. Cómo se había torcido su futuro y su vida, de un plumazo.
«¡Todo sería tan distinto si no se hubiese ido fuera todo el verano! Si no se hubiese quedado embarazada en su primera vez. Y, por si fuese poco, como si no hubiese más mujeres en la tierra, ir a comprometerse con su hermana. ¿Por qué había tenido tanta mala suerte, Dios mío? ¿Por qué se había enamorado del hombre que no la merecía? ¿Por qué Dios la castigaba a ella de esta manera?», se preguntaba, sin saber las respuestas.
Lucía llegó al convento de Santa Isabel, temblando y con la respiración entrecortada, sentía como el corazón se le iba a salir por la boca. Buscó a sor María, la madre superiora que ella tanto estimaba. Muchas veces le había contado sus inquietudes, aunque en estos momentos Lucía comprendió que habían sido preocupaciones sin importancia comparadas con las que tenía en este momento.
—Reverenda Madre, necesito hablarle…
No le dio tiempo de terminar la frase, cayó desplomada a sus pies. La llevaron al despacho de la madre superiora y la reanimaron, al volver Lucía en sí, sor María, por segunda vez, estaba a su lado. Las hermanas estaban cuidándola, la abadesa le pidió que las dejaran solas, tras cerrar la puerta, Lucía le confesó todo.
—Madre, estoy destrozada y desesperada. Necesito contarle, cuando me fui a Chipiona tenía un novio secreto. No lo sabía nadie, pues aún no había hablado con mi padre. Él me dijo que al volver yo de la playa haría público nuestro noviazgo. —La madre superiora la escuchaba atenta—. Madre, ayer descubrí algo muy duro para mí. Me enamoré perdidamente de ese hombre, al que le confieso, me entregué antes de irme. Ahora he descubierto que es el novio de mi única hermana. —Lucía empezó a llorar desconsolada.
—¡¿Ay, hija, con la de hombres que hay en la tierra y os habéis enamorado las dos del mismo?!
—Madre, eso no es todo, como usted vaticinó, estoy embarazada de él.
—¡Santo cielo, Lucía! ¿Cómo has sido tan débil? ¡Has pecado ante Dios! —La monja sintió pena al verla tan abatida y la abrazó—. ¿Cómo vas a solucionar esta encrucijada?
—Madre, no puedo destrozar la vida de mi hermana. Ni verlo cada día, no podría soportarlo. Ni debo avergonzar a mis padres. Por favor, acójame en esta congregación. Cumpliré todas las normas que me ordenéis. Usted sabe lo católica que soy. Yo he pecado ante Dios por no esperar al matrimonio y pagaré mi penitencia. Por mi mala actuación de entregarme a quien no lo merecía, no puedo hacerle daño a mi hermana —le confesaba, ella tenía muy claro que no les haría daño a los suyos—. Esto abriría una amarga brecha entre las dos y mis padres sufrirían muchísimo. Mi padre está enfermo y podría empeorar del disgusto. Soy yo sola quien debe purgar mi pecado. Por favor, reverenda madre, ayúdeme. Acépteme en esta congregación.
—Lucía, pese a haber pecado por amor, igual que cualquier humano, eres buena persona. Tienes el alma cándida y buen corazón, te conozco desde hace años. De eso se han aprovechado para robarte tu pureza. Siempre nos has echado una mano, así pues, ahora no voy a dejarte sola en esto. —La volvió a abrazar, la veía tan sola e indefensa en esos momentos que se apenaba por ella—. Si tú lo deseas, puedes entrar como novicia en esta hermandad durante tu embarazo. Nadie fuera de este convento sabrá de tu estado. Cuando tengas a tu hijo ya decides si lo das en adopción o si sientes la llamada de Dios y sigues con nosotras. Lo mismo al nacer, decides criarlo tú fuera del convento.
—Gracias, madre, no sé cómo puedo agradecerle su ayuda y apoyo.
—No tienes que agradecerme nada, yo escogí el camino de amar a Dios y asistir al necesitado y en este momento tan duro para ti, tú me necesitas.
—Madre, voy a mi casa, recojo mis cosas, me despido de mis padres y esta misma tarde me vengo con ustedes. No deseo volver a encontrarme con ese hombre jamás, ni que nadie sepa de mi estado. —Y haciendo de tripas corazón, intentó mirar al futuro—. A partir de hoy empieza una nueva vida para mí, también dedicada a Dios y al servicio de los demás. Mil gracias de nuevo madre María, nunca olvidaré su apoyo.
Del convento fue a despedirse de la señora Dolores. Cuando le contó su decisión la señora sorprendida se entristeció. La apreciaba bastante, ella la trataba como si fuese de la familia.
—¡Lucía, vaya sorpresa me has dado! —La señora no se lo podía creer—. En todos los días que hemos compartido en la playa no me habías comentado ni insinuado nada.
—La idea me rondaba por la cabeza. Usted sabe lo religiosa y católica que soy. Este verano, al convivir algunos ratos con las hermanas, decidí meterme a monja. —Le mintió piadosamente, así no insistiría—. No se lo comenté antes, pues quería hablarlo primero con mis padres.
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