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POST TENEBRAS: LA DANZA DE ADA
© Araceli Mateos Ghosh
© de esta edición: Loto Azul, 2022
ISBN: 978-84-17307-80-6
Producción del ePub: booqlab
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KALOSINI, S. L.
Grupo editorial 
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A mi madre y mi hermana.
A mi abuela. A Juani. A Susi.
A todas las mujeres inspiradoras que pobláis el planeta.
«El encuentro con uno mismo, al principio,
es el encuentro con la propia sombra».
CARL JUNG
1. OTOÑO
Los colores del otoño envolvían la avenida. Caminaba lento porque, como bien sabía, la derrota pesa. Habría podido sentir el beso tibio de la brisa en mi cara mientras paseaba hasta casa si mi mente no se hubiera encerrado en sí misma para no sentir.
Fin del ciclo. Tiempo de vientos, naranjas y amarillos que se vertían en el paisaje, hojas secas que crujían bajo mis pies. Y mi mente, fuera de mi cuerpo, se mimetizaba con el entorno, abandonándome a una sensación de irrealidad.
No hubo lágrimas. No hubo furia. Tampoco aceptación. No quise permitírmelo. No aún.
Había echado de mi lado a todo el mundo en el hospital porque necesitaba estar sola. No quería su lástima ni sus palabras de consuelo. La soledad permite que emerja la verdad, te permite observarla con ojos escrutadores; desnuda, sin excusas. Y yo necesitaba ver más allá de los límites de mi mente.
A lo lejos, antes de cruzar el parque, en mi portal, creí adivinar la pose de mi padre apoyado en el murete de la entrada. Cerré los ojos y respiré profundamente. No dijo nada cuando llegué a su altura; dejó que abriera la puerta y pasó detrás de mí. Sus ojos azules vidriosos mostraban preocupación y la extenuación de una noche sin dormir. Solo quería estar. Ni siquiera me tocó.
El sonido metálico de las llaves contra el plato de la entrada rompió el silencio de forma estruendosa, molesta por la intromisión. Me tiré en la cama, adivinando por los ruidos conscientemente amortiguados de mi padre que preparaba el sofá para dormir. El cansancio, la tensión y el miedo habían hecho mella.
No quería, pero miré la foto de mi madre en la cómoda. El pelo corto enmarcando su cara redonda, los labios arqueados en una sonrisa. Quise apartar la mirada para continuar en ese estado de letargo en el que me encontraba, hasta que me llevara el sueño muy lejos. Pero ella ya se había instalado en su lugar de mi mente. Brotaron un par de lágrimas cansadas. Mi madre, que no estaba en este mundo desde hacía ya veinte años, solo podía sonreírme desde una cómoda y traerme los peores recuerdos.
Todo emborronado, pasado mezclado con presente. Se imponían los llantos de bebés en la maternidad del hospital donde yo había pasado la noche tras subir del quirófano.
El llanto de la vida inundando los pasillos y la muerte en mis entrañas vacías.
La maternidad arrancada de mí.
No iba a llorar más. No podía permitirme seguir cayendo porque quizá pasaría el límite de no retorno y me perdería, como se perdió ella.
Sentí el cansancio hacer mi cuerpo pesado. Poco a poco me abandoné a esa sensación de caída libre hasta sumirme en un sueño profundo.
Me despertó una suave melodía de jazz al piano y un intenso olor a café. Mi padre cacharreaba en la cocina. Saqué la cabeza de debajo de la almohada solo lo justo para confirmar que pasaba el mediodía.
Sentí la presencia del dolor y la muerte haciendo guardia tras de mí.
Ahora sí, agradecí que mi padre estuviera allí. Fui en su busca, siguiendo el olor del café. El suelo tibio de la terraza acarició mis pies descalzos. Mi padre me observó con ojos tristes cuando le besé en la frente. Nos miramos.
—La vida te quita, pero la vida también te da —dijo sonriendo dulcemente.
Mi taza favorita humeaba en sus manos. Giró varias veces la cuchara tras echar un terrón de azúcar y me la ofreció. Cogí la taza con una mano y apoyé la palma de la otra en su mejilla. Su piel cálida y tersa pese a la huella que sus setenta años habían dejado en ella.
Me senté a su lado con la mirada al frente y el sabor amargo del café caliente escurriendo por la garganta. Paladeé las palabras de mi padre.
La muerte marcaba mi vida, como una prolongación de esta. Un recordatorio constante de la fragilidad que nos rodea y nos compone a nosotros mismos. Pero cómo afrontar el dolor de la ausencia sin que dejara una herida abierta.
Los que iban quedando en el camino dolían, pero no podía evitar, sin embargo, el despertar de un atisbo de esperanza que me impulsaba en los momentos más oscuros. Y ahí me encontraba, agarrada a esa brizna de luz con todas mis fuerzas. Pensando que la vida traería cosas de la magnitud de las que se había llevado, soñando con poder encontrar fuerzas para salir a buscarlas.
2. CAÍDA LIBRE
La lluvia tenía algo de nostalgia, algo casi espiritual cuando contacta el cielo con la tierra; un ritual ancestral que me conducía a la introspección. El aroma de la tierra mojada me reconfortaba, había algo hipnótico en observar cómo impactaba la lluvia desde mi terraza, a una altura de diez pisos.
Me acurruqué bajo la manta mientras apuraba una taza de café. Holgazaneaba, era consciente. Retrasaba el momento de marcharme. No porque mi trabajo no fuera de mi agrado, al revés. Amaba la danza. Y a eso me dedicaba: a enseñar baile clásico y moderno. Lo que odiaba era cómo tenía que llegar hasta allí.
Me desperecé como un gato tirando la manta de pelo al sofá y entré en la casa para comenzar a prepararme para salir.
La lluvia del mes de abril había sido tan incesante como el sonido de mi teléfono meses atrás. Terminé por dejar solo la vibración; aunque Xavi ya hubiera abandonado el intento de comunicarse por esta vía, todavía recibía alguna llamada de su madre o sus hermanas.
Hacía ya un par de meses que me había desmayado en el metro. No habría sido algo inusual en mí si no hubiera tenido que intervenir una ambulancia. Solo recuerdo entrar corriendo en el vagón, la aglomeración, el sudor, mi corazón disparado como si fuera a estallar dentro de mi pecho y no poder respirar. Después, en el despertar, tan débil como si me quedara un aliento de vida, encontrarme siendo asistida en el andén por un equipo de urgencias. El pulso débil. «Síncope vasovagal», decía una voz a lo lejos. «Avisad a mi padre», creí decir yo. Voy y vengo, sin noción del tiempo y el espacio.
Finalmente, volví a casa muy avergonzada, envuelta en mi propia inmundicia debido a la relajación del esfínter. Pero para Marcelo Murano, mi padre, que sabía de lo que hablaba, no podía dejar de ir en metro, ni de acudir a lugares concurridos, aunque me sintiera morir. No podía porque entonces regresaría la agorafobia, y ya no podría salir de casa. Otra vez.
Él me había acompañado en un periplo de psiquiatras infantiles, psicólogos y una larga lista de especialistas en los que se había dejado la piel y el dinero. La ayuda fue poca, o al menos poco efectiva. Los diagnósticos, diversos a lo largo de los años.
En la adolescencia, la ansiedad y los ataques de pánico comenzaron a ser insoportables. Incapacitantes. Deprimentes. Ansiolíticos y antidepresivos formaron parte de mi vida desde los diecisiete años. Demasiado joven para unos efectos secundarios tan devastadores. No tuve tiempo de saber qué era disfrutar del sexo, por ejemplo. No sabía lo que era un orgasmo, apenas tenía libido.
Xavi sostuvo mi mano todos esos años, sin quejas ni titubeos. Renunciando la mayor parte del tiempo a comportarse como los chicos de nuestra edad, aguantando que yo estuviera triste o no quisiera salir. Él siempre estuvo allí, primero como amigo desde la primaria, y después como pareja desde los diecisiete. Y no solo él se había portado bien conmigo; sus hermanas y sus padres me acogieron como una más.
El sentimiento de culpa para con él crecía a medida que pasaban los años: él había dado tanto, y recibido tan poco. Yo me esforzaba por corresponderle. Nunca reconocería que cada uno de los orgasmos que tuve con él fue fingido. Era totalmente vergonzante, pero fue la única manera que encontré de no hacerle más daño.
El embarazo llegó por sorpresa. Leí las instrucciones de uso de la prueba veinte veces hasta que me convencí de que había dado positivo.
Entonces comenzó a perseguirme una pesadilla cada noche; me veía tumbada en la cama, catatónica. De pronto sentía presión en la garganta. Intentaba toser, pero había algo atorado. Mi boca se llenaba pastillas. Rebosaban. Yo las empujaba con la lengua para no asfixiarme. Pero no importaba cuántas escupiera, porque no dejaban de aparecer desde el fondo de mi garganta. Intentaba mover los brazos para llegar hasta mi boca, pero no respondían, y mi respiración se hacía cada vez más rápida. Me ahogaba mientras brotaban lágrimas de impotencia de mis ojos.
La medicación, había comprobado con los años, te envuelve en una estabilidad forzada en la que tu yo no fluctúa naturalmente. La personalidad original de uno se disuelve a medida que la química del cerebro se nivela. Y se muere un poquito más cada día. Así que tú vives con un piloto automático puesto que te lleva a una velocidad de crucero por la vida.
¿Quién era yo en realidad? Era una especie de zombi con miedo a todo lo que me rodeaba, con miedo a vivir.
Le pedí al médico que me pautara la retirada de todo lo que tomaba. Tenía la firme disposición de conocerme, fuera cual fuese el resultado. Y de darle a mi hijo lo mejor de mí.
Y con el paso de las semanas comencé a notar cambios importantes. Tras el impacto inicial de quedarme embarazada tomando anticonceptivos orales, me poseyó la dulce sensación de crear vida dentro de mí. Qué bonita ilusión. Unas gotas de agua en una boca sedienta.
A veces pensaba que era imposible que hubiese acabado bien. Qué podría haberle esperado a un hijo mío si yo era un absoluto desastre. Ni siquiera podía cuidar de mí misma. Ni siquiera estaba enamorada de su padre. Sacudí la cabeza para apartar esos pensamientos recurrentes que tanto me asediaban.
Era la hora de marcharme. Metí la ropa de baile en la bolsa de deporte y cogí las llaves del plato de la entrada. Mi móvil vibró en el bolsillo de atrás del vaquero. Ya llegaba tarde, así que dudé en cogerlo.
—Hola, Bruna, estoy saliendo de casa —dije rápido, sujetando el móvil con el hombro mientras echaba la llave—. Llego tarde al conservatorio.
—Hola. Sí, sí, lo sé, no te metas en el ascensor todavía. No tardo nada —contestó de carrerilla—. Carlos nos ha invitado el fin de semana a un congreso a las afueras.
Carlos no nos había invitado. Ella le había obligado a aceptar que yo también iba.
—¿Un congreso de medicina?
—De neurobiología. Carlos recibió la invitación de su jefe de sección de neurología y creo que te va a parecer interesante. Y tiene un balneario. Y dan masajes. Y no acepto un no.
—Vale, pero paso del congreso. Y me recogéis.
—Trato hecho —contestó triunfal.
Que Bruna me arrastrara a un evento era lo más habitual. Ella era abogada, conocía a mucha gente y siempre recibía invitaciones a sitios a los que a mí no me apetecía ir, llenos de personas con conversaciones de ascensor. Al final del evento, si no desaparecía antes, me dolía la cara de sonreír y terminaba preguntándome qué le encontraba la gente a esa forma de relacionarse.
Bruna había conocido a Carlos hacía seis meses, en un caso de demanda sobre el hospital donde él trabajaba como neurólogo. Y desde entonces no se habían separado. Sus amigos no podíamos creer que Bruna mantuviese una relación de más de unas semanas, pero todo apuntaba a que ambos iban en serio.
—Otra cosa —añadió justo cuando terminaba de pulsar el botón para llamar al ascensor—. Xavi no deja de llamarme para que interceda y al principio no te he dicho nada, pero ya han pasado siete meses, Ada. Creo que...
—No puedo, Bruna, todavía no —la corté tajante—. Viene el ascensor, te cuelgo. Hablamos más tarde.
Todos con la misma cantinela. Le odiaba por quererme pese a todo, o quizá me odiara a mí misma por no tener la suficiente fortaleza para coger las riendas y llevar mi vida por donde quería. Tal era mi egoísmo y mi debilidad.
Aún le echaba de menos. A rabiar. Su risa, su alegría. Sus ojos chispeantes de color miel. Que me cogiera en volandas para ver el mundo desde su metro noventa. Por ese motivo no podía hablar con él.
Las horas transcurrieron lentas en el conservatorio de danza donde impartía clases desde hacía dos años. La clase de infantil no era de las más trepidantes.
Plié, Relevé, Jeté.
Había llegado algo alterada después de salir del metro, pero entrar en el conservatorio era como hacerlo en otra dimensión. Quedaban fuera todas las preocupaciones, repelidas por un velo protector en la entrada.
Doña Aurora, la que fuera mi profesora en mis años de estudiante, dirigía el conservatorio con la experiencia de una octogenaria intentando adaptarse a las nuevas tecnologías. Ella me dio la oportunidad de enseñar en el mismo lugar donde aprendí. Es más, creía en mí. De vez en cuando me ponía al día de todas las pruebas para compañías o castings para musicales. Yo apuntaba la información que ella me daba o cogía los panfletos, pero nunca me presentaba a nada.
Los niños me saludaron a la salida con respeto marcial, pero llenos de afecto. Era maravilloso ver lo rápido que aprendían, lo rápido que crecían. Ahora podía entender un poquito más a doña Aurora.
Caminé rumbo a la librería de mi padre, a unos veinte minutos del conservatorio. Ya había tenido suficiente dosis de transporte público por un día. A la mañana siguiente intentaría arrancar mi viejo coche. Con los cascos puestos, imaginé coreografías nuevas para incluir en mi repertorio mientras andaba por la acera, esquivando gente.
Después de diez años de formación en el conservatorio de danza continué mi aprendizaje otros tantos en escuelas internacionales. Las opiniones externas sobre mi técnica eran halagadoras, aunque provenían en su mayoría de mis seres queridos y profesoras, que me animaban a dar el salto a alguna compañía.
La única barrera era mi propio juicio. No me consideraba lo suficientemente buena, aunque fuera mi modo de vida y no pudiera renunciar a bailar ni un solo día. Difícil hacerlo después de años de disciplina y dedicación. Me había salvado de tanto...
Ahogué las penas en la danza durante meses después de perder a mi hijo de doce semanas. Bailé nueve y diez horas cada día hasta olvidar que su corazón se había parado por un defecto congénito. Adelgacé nueve kilos. Me mordí todas las uñas. Fumé algún cigarro a escondidas en mi propia casa. Veía muy de vez en cuando a mi padre y a Bruna. Quería consumirme hasta que la pena tan grande que sentía me matara.
Después de eso, mi aspecto era tan lamentable que el ultimátum de mi padre, quien no solía ser muy intrusivo, me dio la voz de alarma. Era momento de mirar hacia adelante.
La campanilla de la entrada tintineó, avisando a mi padre de mi llegada. La tienda estaba en su hora de máxima afluencia. Eran las siete y media. Besé a mi viejito en la mejilla y aspiré su olor a limpio. Me puse un delantal para atender a las personas que esperaban en el mostrador.
Mi padre era un policía retirado que había hecho realidad su sueño de tener una librería cuando conoció a Jesús. Con cincuenta años consideró que ya había visto suficiente miseria y sufrimiento para llenar dos vidas, así que no dudó en abrir la tienda en la parte de debajo de nuestra casa, animado por el que sería el gran amor de su vida. Mi padre se empeñó en llamarla Rayuela en su honor, pues era argentino, como Cortázar.
Fuimos una familia de tres miembros hasta que cumplí los veintidós. Después, Jesús fue diagnosticado de cáncer de páncreas. La enfermedad se lo llevó en solo dos meses. Fueron once años de amor incondicional, y cinco de extrañarlo cada día. Su foto, junto con la de mi madre y doña Nicanora, formaban el clan de los ausentes en el salón de mi padre.
Mi padre incluyó el café en un intento de reflotar el negocio cuando surgieron los libros electrónicos, pero la verdad era que la rentabilidad no era la mejor todos los meses y que lo mantenía por una cuestión meramente sentimental, sin grandes beneficios. Podríamos haber vivido con desahogo de su pensión y de los ahorros de toda una vida, pero a él le gustaba el ambiente de su tienda y le permitía mantenerse activo.
Eran las nueve de la noche cuando despedimos al último de los clientes, que había entrado solo para comprar un pedazo de bizcocho de canela casero.
—¿Te quedas a cenar? —Mi padre se sentó en una silla a contar la caja.
—Claro, no tengo nada en la nevera. —Él sonrió mientras negaba con la cabeza. Le pasé una mano por su pelo blanco hasta la nuca.
—Pues sube y ve calentando las berenjenas rellenas en el horno, no tardo.
Hice lo que me pedía. Me quité el delantal y atravesé los estantes repletos de libros impolutos hasta el final del local, donde una escalera de caracol conducía a la casa, en la segunda planta.
La casa permanecía igual que en mi infancia y adolescencia, con los toques que Jesús dejó impresos: las cortinas de lino del salón, el mueble vintage de la entrada. Todo elegido con un gusto que mi padre admiraba. Pero lo realmente importante eran los recuerdos que nos había dejado, que dolían y alegraban con la misma intensidad.
Las llaves de mi padre sonaron en la cerradura. Me encontró derruida en el sofá, las berenjenas quizá quemándose en el horno. Le vi asomar la cabeza y entrar en la cocina.
—He hablado con Javier —dijo elevando la voz para que le oyera bien.
Inhalé hasta inflar el pecho y dejé salir el aire en un soplido. Cuánta presión. Hasta mi padre estaba en mi contra.
—No quiero hablar con él, papá —respondí igual de alto.
—No te estás comportando como es debido, Ada —me regañó asomando por la puerta con un trapo en la mano—. Ha formado parte de nuestra familia durante mucho tiempo y tanto él como sus padres se han portado de forma excepcional siempre.
—Tienes razón, pero no quiero hablar con él, papá. Necesito espacio.
—Confío en que vas a encontrar la manera de explicarte.
—Lo haré en algún momento, te lo prometo.
Pensé que la campana del horno me había salvado de continuar siendo sermoneada, pero la realidad era que él sabía hasta dónde llegar, qué tecla apretar y, sobre todo, cuándo dejar de presionar.
Durante la cena hablamos de la invitación de Bruna y, según mi padre, de lo necesario que era para mí encontrar ayuda profesional para trabajar la pérdida del bebé, que había reactivado mis ataques de pánico y la ansiedad. Él creía que el aborto era un hecho lo suficientemente estresante como para influir en los problemas que ya tenía de base. Le prometí que acudiría a algún especialista y que todo iría bien mientras me tumbaba con la cabeza en su regazo, como cuando era pequeña.
Me quedé dormida sintiendo el suave tacto de las manos de mi padre en mi pelo. Ambos sabíamos que estaba en caída libre, otra vez.
3. DESPERTARES
Aún disponía de un par de horas antes de que Bruna pasara a recogerme. Había metido algo de ropa en una bolsa de deporte, nada elegante, algo de maquillaje y unos zapatos negros de tacón sin estrenar que parecían muy incómodos. Aunque nada que mis pies, deformes por tantas horas de entrenamiento, no pudieran soportar.
Me sobresaltó la vibración del móvil contra el cristal de la mesa. Mi padre quería saber si ya había salido y Xavi, si me venía bien quedar ese fin de semana. Por lo visto, su agente infiltrado, Bruna, no le había informado de nuestros planes.
Respondí a mi padre, que no se había enterado de la hora a la que salíamos, y estuve tentada de quedar con Xavi para el lunes, después de clase. No quería castigarlo más, era solo que no podía fiarme de mí misma ni de lo mucho que él me conocía. Mi móvil volvió a vibrar, y la cara de Bruna apareció sonriente en la pantalla. Ya estaba abajo esperándome, siempre puntual.
Distinguí el Porche Cayenne de Carlos en seguida, destacando sobre los coches de gama media de mi calle. Bruna levantó el brazo cuando ya estaba de camino hacia ellos. Crucé el parque. Metí mi mochila en el maletero y después la abracé, impregnándome la ropa de su perfume.
No tardamos mucho en llegar o quizá fueron las anécdotas de Bruna las que amenizaron el viaje. El caso es que en seguida dejamos atrás la señal que daba la bienvenida a la comunidad de Castilla La Mancha y nos adentramos en un complejo hotelero de cinco estrellas.
Bruna bajó del coche después de que yo cerrara el maletero. Primero un pie que terminaba en un tacón muy alto, después una larga pierna. Carlos le dio la mano y le ayudó a bajar del todo. El aparcamiento estaba lleno de los asistentes al congreso, y nadie quedó indiferente a Bruna; su pelo rubio pulcramente peinado hacia atrás, pendientes largos rozando las clavículas, bellas facciones angulosas, ojos azules grandes y expresivos. Carlos, tras coger las maletas se apresuró a darle la mano a su novia y nos instó a entrar en el complejo.
Varios edificios de diferentes alturas aparecieron en un primer barrido. Nos dirigimos al más alto, el cual supuse que albergaba las habitaciones. El enclave natural, rodeado de montañas, era digno de contemplar; el aire limpio, jardines verticales en varios edificios, ninguna ciudad cerca en varios kilómetros a la redonda. Hasta me pareció ver un lago tras el edificio redondo del fondo cuando atravesamos la puerta de entrada del hotel.
Nos registramos en la recepción de un blanco impoluto, roto solamente por el verde de la vegetación de algunas paredes y el agua cayendo en forma de cascada. En el centro de la recepción, un patio redondo con varios jardines hacía de eje y se elevaba hasta el tejado del edificio, separado por un metacrilato transparente. Aportaba luz y fundía el interior con el exterior de una manera muy hermosa.
Cada vez había más gente haciendo cola para registrarse cuando por fin terminamos de dar nuestros datos. Carlos saludaba cada dos pasos a alguien de camino al ascensor.
—Toma —dijo Bruna ofreciéndome la tarjeta de la habitación mientras pulsaba el botón de uno de los as-censores—. Y esto de regalo —añadió tendiéndome una bolsa de tintorería.
—No tenías que haberte molestado —respondí sorprendida.
—No es nada. Supuse que habrías echado en tu bolsa solo un par de vaqueros, y de vez en cuando está bien variar. —El ascensor paró en la segunda planta, donde les esperaba una suite. Bruna y Carlos bajaron—. Nos vemos en la recepción en media hora. —Yo asentí y continué hasta la cuarta planta.
Pasé la tarjeta por el sensor y la puerta se abrió. La habitación era muy amplia, igual de blanca que la recepción, la cama doble con dosel. Sonreí al ver la terraza. Aparté la cortina y salí de inmediato. El lago daba paso a las montañas, tras las que el sol se ponía vertiendo sobre el agua sus últimos rayos naranjas y violáceos.
Una vez dentro, saqué lo poco que traía en la bolsa y lo dejé en un armario de madera envejecida. Reservé para el final la sorpresa que Bruna había elegido para mí, seguramente con mimo, pensando en algo que fuera con mi estilo. Ella era así: generosa y buena amiga.
Me di una ducha rápida, sequé mi pelo largo cuanto pude, pese a que el secador del hotel era de una calidad más que aceptable. Lo recogí en un moño bajo. Me apliqué algo de rímel en las pestañas y un poco de color en los labios y finalmente abrí la cremallera de la funda azul.
El vestido era sencillo, de color negro, de tubo hasta la rodilla, con la espalda escotada. Sonreí. Bruna siempre decía que la espalda era la parte más bonita de mi anatomía, porque la musculatura estaba bien definida, y era fuerte y delicada al mismo tiempo. Miré la firma de la etiqueta y pensé que yo nunca me habría podido permitir ese lujo.
Bajé a la hora acordada. Bruna ya me esperaba junto al jardín interior, siempre puntual. Vestía un traje blanco de pantalón vaporoso y, como era costumbre en ella, unos zapatos de tacón de aguja. Sus ojos azules me sonrieron.
—Gracias por venir conmigo. Y gracias por ponerte ese vestido por mí —susurró en mi oído mientras me besaba en la mejilla.
No contesté que la que debería de estar agradecida era yo por querer formar parte de mi vida desde niñas, pese a todos los problemas que eso le había acarreado. No le dije que sentía que era más que una hermana, que la quería. Me limité a sonreírla con cariño.
—¡Aquí, chicas! —gritó Carlos desde la puerta del edificio.
Los asistentes al congreso comenzaron a salir de sus habitaciones para acudir al edificio contiguo, donde se celebraban las ponencias. Le alcanzamos tras unos segundos esquivando grupos de personas que se paraban a saludarse. Comencé a sentirme aturdida entre la multitud.
—Soy el tipo con más suerte de todo el congreso —dijo Carlos entrelazando los dedos con los de Bruna y lanzándome un guiño adulador. Ella sonrió encantada—. Vamos al edificio de al lado, al redondo —señaló levantando el brazo.
Entramos insertados en una marea de gente, moviéndonos como lo hacen los bancos de peces. Y subimos en el ascensor atestado hasta la tercera planta. Yo sudaba cuando accedimos a la sala de conferencias donde docenas de personas buscaban su lugar asignado en las mesas.
Me temblaban las manos y las piernas sobre los tacones; me sentía tan inestable que podría haberme caído en cualquier momento mientras me forzaba a sonreír a las personas que saludaban a Carlos. Mi respiración era superficial, casi no me entraba el aire. Miré hacia la salida taponada, hacia el pasillo lleno de gente.
—Carlos, cariño, perdona. Te esperamos en la terraza hasta que encuentres nuestra mesa.
Él asintió cuando Bruna ya estaba llevándome por el codo hacia la terraza que bordeaba toda la sala circular.
—No va a pasar nada. Yo estoy aquí —la oí decir entre el ruido de la gente.
«Lo siento. Lo siento. No puedo ir a ningún sitio, soy un lastre. No valgo para nada». Me apoyé en la barandilla agradeciendo el aire fresco que me rozaba las mejillas azoradas y entraba por mis fosas nasales.
—No llores, ¿eh? Esto se va a pasar y vas a disfrutar del resto de la tarde.
—Perdóname —respondí cogiendo el pañuelo de papel que me ofrecía. Respiré profundamente, intentando apartar las brumas que emborronaban mi mente.
—No seas tonta, por favor. Si no estuvieras, tendría que estar fingiendo constantemente que me importa lo que me cuentan los colegas de Carlos. Tú eres mi oasis, ¿entiendes?, donde puedo ser yo. —Se colocó un pendiente largo que se había doblado con el viento y apoyó su mano en mi hombro—. Tú has estado conmigo siempre; cuando murió mi padre, cada vez que tengo una ruptura, cuando necesito un consejo. Deja de actuar como si no aportaras nada a nuestra relación.
Me limpié la cara y respiré hasta llenarme el pecho varias veces antes de asentir y hacerle un gesto a mi amiga para que entrásemos. Estaba preparada para intentarlo de nuevo. Buscamos a Carlos entre la multitud de mesas. Una vez localizado por la zona del medio, nos acercamos.
El acto comenzó con el discurso del presentador sobre los nuevos retos de la Neurología actual. Una hora después, Carlos salió a escena e hizo una magistral ponencia de veinte minutos sobre psicofarmacología y las investigaciones en curso. Tenía razón Bruna cuando dijo que era un tema interesante. Realmente me imbuí en cada aportación sobre enfermedades del cerebro, los nervios periféricos, la médula... a cada cual más interesante.
Faltaba media hora para las nueve, hora en que daban la cena. Y antes de que la gente comenzara a levantarse, Bruna se disculpó y dijo:
—Nos vemos en el restaurante en un rato, cariño. —Le beso en la mejilla y me cogió del brazo para dirigirnos hacia la salida.
Bruna y yo paseamos por el lago, donde nos relajamos hablando de los viejos tiempos y de lo perplejos que estaban sus compañeros de facultad con su relación seria; sobre todo su amigo Julen, que no podía creer que Bruna hubiera sentado la cabeza. Me confesó que le había contado a Carlos algunas cosas sobre mí, no todo, pero lo suficiente para que entendiera. No me importaba: si seguía con Bruna en algún momento se harían evidentes mis problemas. No debía sentir vergüenza, aunque la sentía. Y vulnerabilidad.
Una marea de hombres y mujeres trajeados ondeaban alrededor del edificio redondo. Segunda ronda. Las paredes de cristal filtraban la escasa luz de una noche cerrada, sin estrellas ni luna. Dentro, el ambiente era animado. Mucho contacto social entre colegas.
—¿Estás bien? —me preguntó Carlos cuando nos sentamos a la mesa.
—Sí, disculpa, Carlos. —Miré hacia abajo evitando su mirada—. Agorafobia.
—No te disculpes. ¿Has hecho terapia alguna vez?
—Para la ansiedad cuando era adolescente, pero sobre todo tratamiento psiquiátrico y farmacológico. Parece que estoy en el lugar adecuado. —Carlos sonrió de medio lado—. El caso es que no me medico desde hace ocho meses.
—Bueno, la tendencia a recetar es evidente en el modelo biomédico. Yo te recomendaría probar con una terapia cognitivo-conductual si la medicación no te ha ayudado hasta ahora. Normalmente se conjugan ambos tratamientos, pero si el psicológico es efectivo por sí solo, se evita medicar innecesariamente. —Carlos se retiró un poco con la silla mientras el camarero le servía un entrecot de Wagyu.
—Tú conoces varios, ¿verdad? —preguntó Bruna.
—Sí, puedo pasarte un par de contactos si estás interesada.
—Te lo agradecería mucho —respondí terminando el último bocado de mi ensalada. Mi padre se iba a poner muy contento.
—Hecho. —Carlos golpeó la mesa con un dedo y asintió.
Después de la cena, el ambiente se distendió aún más y gran parte de los comensales se animaron a pasar a la barra. Carlos se perdió entre la multitud hablando con unos y con otros. Bruna le acompañaba cuando la requería, haciendo gala de ser una estupenda relaciones públicas. Yo ya me había relajado por completo.
Dos copas para una abstemia era demasiado, así que a las once le pedí a Bruna, que me acompañara al hotel. Ella también quería marcharse para aprovechar al día siguiente el spa conmigo, así que nos marchamos juntas. Bruna se bajó en el segundo piso. Yo me quité los zapatos y, cuando me di cuenta, volvía a estar en la planta baja. Pulsé, ahora sí, el botón de la cuarta planta.
Un brazo se introdujo cuando la puerta se cerraba y esta se volvió a abrir. Un hombre trajeado se coló ágilmente en el ascensor.
—También voy a la cuarta planta —dijo divertido mirando mis pies descalzos.
Eché un vistazo hacia arriba. Quise ponerme los zapatos de nuevo, pero ya no tenía sentido. Volví a mirar de reojo varias veces. Fingí no darme cuenta de cómo se le ajustaba la camisa a su cuello hercúleo, ni de su nuca afeitada de pelo negro. Tampoco miré apenas sus ojos oscuros rodeados de largas pestañas. Cerré los ojos para no mirar más. Olía muy bien.
Llegamos a la cuarta planta cuando fingía no mirar. La puerta se abrió y ambos salimos en la misma dirección. Pisé su talón y caí de rodillas al suelo.
—¿Estás bien? —El chico se agachó preocupado, apoyando una rodilla en el suelo.
—Sí... creo. —No me moví, paralizada por el bochorno.
Él me ayudó a levantarme y entonces reaccioné. Apoyé el pie y lo levanté de nuevo, comencé a andar cojeando de forma absurda, porque en realidad no sentía dolor más que en mi propio ego.
—Te acompaño hasta tu habitación. —Me cogió por el codo—. ¿Quieres que avise a alguien?
—No te preocupes, esta es mi habitación. —Señalé la 444.
—Vaya, la mía es la siguiente — sonrió. Me soltó el codo y se colocó justo delante de mí—. ¿Estás segura de que no necesitas nada? Estamos en un congreso médico.
Yo le reí la gracia mientras él esperaba una respuesta. Le miré durante unos segundos en los que cupieron muchas posibilidades. Negué despacio con la cabeza, con una medio sonrisa y finalmente saqué la tarjeta del bolso.
—Gracias por tu ayuda.
—No ha sido nada. Que descanses.
Cerré la puerta tras de mí con el corazón galopándome en el pecho. Mi cuerpo vibraba desinhibido por el alcohol. Esperé cerca de la puerta hasta que, pasados largos segundos, escuché cómo se cerraba la suya.
Arrojé los zapatos hacia una esquina de la habitación. Y me mordí el labio mirando hacia la pared que daba a la otra habitación. Deseé haber tenido más confianza en mí misma.
Me tumbé en la cama después de quitarme el vestido, pensando en la manera en que ese hombre había encendido en mí algún interruptor desconocido. Mis manos viajaron hasta el centro de mi cuerpo imaginando que eran las suyas, calibrando el peso de su cuerpo en mi mente. Saboreé un beso lento. Lamí su cuello mientras él se deslizaba hacia abajo. Su nariz hundida en mi sexo húmedo, su lengua moviéndose al ritmo de mis caderas...
Ahogué un orgasmo intenso en la almohada, totalmente extasiada. A continuación, un sueño placentero vino a buscarme.
4. LA TERAPIA
Después de un circuito en el spa del hotel y un masaje de una hora, el confortable coche de Carlos nos sirvió para dormir todo el camino de vuelta a Bruna y a mí.
Mi amiga había reído a carcajadas cuando le conté el ridículo incidente de mi caída en el pasillo del hotel. Yo le pedí que bajara la voz, porque algunas personas estaban escuchando desde el jacuzzi de al lado. Ella movió una mano restándole importancia y me regañó por no conseguir, como mínimo, su teléfono. A mí no se me ocurría cómo podría haber conseguido semejante cosa con mis escasas habilidades sociales.
Carlos nos despertó nada más aparcar al otro lado del parque. Tenía prisa por llegar al centro, porque había quedado en casa de sus padres para comer. Me despedí de ellos soñolienta y caminé para atravesar el parque.
El pulso se me aceleró cuando le vi. Estaba esperando en el portal, apoyado en el murete. Parecía tranquilo, pero diferente; se había dejado crecer la barba en estos meses.
Él me vio también y se irguió. Se metió las manos en los bolsillos y miró al suelo. Volvió a sacar las manos de los bolsillos, perdiendo cualquier resto de su calma anterior.
—¿Te ayudo con eso? —preguntó cuando llegué a su altura, aunque no esperó a que respondiera y cogió la bolsa.
—Hola.
Xavi hizo un gesto con la cabeza para saludarme. Había llegado el momento.
Le di también la funda con el vestido mientras abría la puerta. No dejó de mirarme en el ascensor. Parecía pensar a toda velocidad. Yo, por mi parte, ya había aceptado que debíamos hablar y que él se merecía una explicación, aunque nunca me pareciera un buen momento.
—Pasa. Deja la maleta ahí mismo —dije tirando las llaves al plato de la entrada.
Xavi dejó la maleta y sus zapatos en la entrada, como cuando vivía en casa, y se dirigió a su sitio habitual en el sofá.
—¿Quieres tomar o comer algo?
—No, solo necesito hablar.
Me senté frente a él, despacio, puse un cojín en mi regazo.
—Han pasado meses desde que me pediste que me fuera porque necesitabas pensar. He sido muy paciente, pero necesito que me expliques qué ha pasado.
Pensé unos segundos en cómo expresar la verdad de lo que sentía.
—Ya no te quiero —dije. Y me arrepentí al momento de no haberlo edulcorado o, dicho de otra forma.
Se hizo un silencio mientras él procesaba mis palabras, que habían sido como un golpe en el estómago. Algo se rompió dentro de él, pude verlo en la expresión de su cara. Mis palabras habían sonado más duras de lo que habían sido en mi cabeza. Me odié por la falta de tacto. Ambos nos contuvimos. Y el ambiente se hizo pesado e irrespirable.
—Lo siento —susurré soltando el cojín y acercándome a él.
—No. —Levantó una mano.
Me quedé parada por un segundo y entonces volví a mi posición anterior.
—Al menos ya sé a qué atenerme. Pero dime una cosa, ¿alguna vez has estado enamorada de mí?
Guardé silencio unos instantes tratando de encontrar las palabras adecuadas.
—No lo sé —respondí con total sinceridad—. He intentado corresponderte, me he esforzado, lo juro. Tú sabes que algo nos faltaba, tú lo has sabido todo este tiempo tan bien como yo. Pero hemos preferido no verlo.
—Me estás destrozando —respondió frotándose los ojos con la palma de la mano.
—Querías escuchar la verdad, que te diera explicaciones. Pues bien, no tengo otra verdad para ti más que esta.
—¿Es necesario ser cruel? ¿No te puedes poner en mi lugar? He pasado de tener a la mujer que quiero y esperar un hijo a perderlo todo.
—¿Te puedes poner tú en el mío? —casi grité perdiendo los nervios—. No puedo estar contigo, no puedo. Porque cada vez que me veo en tus ojos veo a una persona que no soy. Y, aunque lo intente, no siento lo que debo, nunca llegaré a ser lo que esperas de mí. Soy débil, soy cruel. Imperfecta. ¡Estoy jodida!
—No lo eres, ¿por qué te empeñas en autodestruirte? Yo te veo tal y como eres.
—No. Tú te has formado una idea de lo que soy. No me conoces una mierda. Acéptalo ya y márchate de una puta vez de mi vida. —Tiré el cojín contra suelo y me levanté. Señalé la puerta de la calle.
Xavi se limpió una lágrima rabiosa antes de que cayera y después hizo temblar las paredes tras cerrar de un portazo la puerta de la calle.
Aporreé el cojín mientras gritaba, llena de ira. Recorrí la casa farfullando, cerrando cajones con todas mis fuerzas, pegando patadas a las cosas. Después de unas horas, cansada, solo quedó un poso de tristeza.
La noche trajo consigo inquietud y oscuridad a mi mente nublada. Quise llamarle un par de veces para intentar arreglar el daño causado por mis palabras, pero el dolor que provoca la verdad solo puede enmendarlo una mentira. Así que no lo hice.
No conseguí dormir hasta casi al alba. Afortunadamente, mis clases del lunes no comenzaban hasta la tarde. Abrí los ojos alertada por el ruido de la puerta, sin ganas de levantarme, ni de comenzar la semana. Si no hubiera tirado todas las pastillas a la basura, habría tomado un sedante para dormir durante todo el día. No habría ido a trabajar, no tenía fuerzas. Quizá hubiera llamado al conservatorio si mi padre no hubiera aparecido.
—Hola... ¿Ada?
—Estoy en la habitación, papá —respondí muy bajito, desganada.
—Hija, estaba preocupado —dijo asomando por la puerta de mi habitación. Caminó hasta la ventana y subió la persiana lentamente—. Son las tres de la tarde, y no me coges el teléfono ni contestas a mis mensajes desde ayer.
La luz me hizo daño. Mis ojos se hicieron dos rendijas para repeler los potentes rayos del sol que pasaban a través del ventanal.
—Ve levantándote, te he traído comida.
—Papá, estoy bien. Me había puesto el despertador, ¿sabes? Deja de tratarme como una niña.
—No estás bien, Ada, es hora de afrontarlo y solucionarlo.
Me levanté de un salto y fui tras él a la cocina, donde comenzó a sacar recipientes de una bolsa.
—Lo sé, pero, aunque no te lo creas, voy a contactar con un conocido de Carlos que es psicólogo. Esta semana misma. —Él cerró la nevera y me miró atentamente. Asintió despacio y se sentó en un taburete, cansado—. Venga papá, no te preocupes. Por favor.
—¿Qué te ha pasado? —preguntó señalando mi cara. Supuse que mis ojos estarían hinchados
—Ayer hablé con Xavi. Y fue una conversación dura.
Mi padre no dijo nada más, se levantó y siguió sacando la compra de las bolsas. Llenó el triste y vacío frutero de manzanas rojas y plátanos, la nevera de leche y comida casera, la despensa de legumbres y arroz.
—Vas a llegar tarde si no te duchas ya.
Por fuera, el edificio era gris e insustancial, pero cuando cruzabas su puerta, la luz que entraba por la gran bóveda central se proyectaba sobre la escalinata y te transportaba a otra época. A un baile de máscaras en el siglo XVI. Mis manos habían tocado el pasamanos de caoba para subir y bajar por la escalera cientos de veces, me había asomado por la balaustrada dorada desde que era estudiante. Era mi segundo hogar.
Doña Aurora levantó una mano desde lo alto de la escalera, justo en el punto donde se bifurcaba, llamándome:
—Ada, espera —gritó antes de que me metiera en el ascensor—. Tengo que hablar contigo.
Subí los peldaños todo lo rápido que pude. Mi clase estaba a punto de comenzar. Doña Aurora me sonrió como quien porta buenas noticias; sus ojos casi cerrados por los pliegues que se arremolinaban a su alrededor. «Cuántas veces habría sonreído en su vida», me pregunté. Al igual que mi padre, aún conservaba vestigios de su juventud tras todas esas arrugas si la mirabas atentamente.
—Quería hacerle una proposición, señorita. —Yo asentí y ella cogió mi mano. Mi curiosidad creció con ese gesto—. Marisa se ha quedado embarazada y se va a dar de baja. A mí me encantaría que tú te hicieras cargo de sus clases. ¿Qué te parece?
—Que puedes contar conmigo, Aurora. Lo que necesites.
—Gracias, Amada, sabía que no me fallarías. —Soltó mi mano y abrió su bolso. Sacó un papel y me lo extendió para que lo cogiera—. Es una gran oportunidad —dijo señalando el folleto con ímpetu—, tú has nacido para esto.
Sostuve el impreso sin mirarlo, sabiendo de lo que se trataba. Ella se atusó la melena blanca y sedosa, me guiñó un ojo y subió la escalera hasta su despacho de forma grácil. Arrugué el papel y lo metí en el bolsillo trasero de mi pantalón.
Corrí escaleras arriba. Ya llegaba tarde. Me cambié en los vestuarios todo lo rápido que pude. Los niños ya estaban esperando en clase, inquietos. Comenzamos con movimientos libres para que ellos fluyeran y se expresaran.
La danza me había salvado cuando era una niña, como mis alumnos. Yo era tan introvertida, estaba tan bloqueada que cuando entré en aquella clase y vi aquel espectáculo ya no encontré mejor manera de sacar lo que tenía dentro que la del movimiento. Enseñaba a mis alumnos a comunicar y canalizar las emociones a través de la danza, vehiculizando a través de la música.
Las dos clases pasaron muy rápido, aun habiendo añadido tiempo a cada una de ellas por mi tardanza. Tras despedir a los niños, bajé a la recepción para pedir las llaves de una sala. Tenía previsto practicar una coreografía nueva hasta la extenuación, pero una rubia atractiva, vestida de alguna marca glamurosa, me interceptó por el camino. Bruna y yo decidimos caminar hasta la tienda de mi padre, aunque yo habría apostado la vida a que no iba a aguantar con esos tacones veinte minutos de caminata.
—¿Sales ahora del despacho?
—He tenido un día de mierda. He perdido un juicio y he discutido con Carlos. —Me miró con sus ojos refulgiendo azul y se paró de repente—. Me ha pedido que viva con él, ¿qué te parece?
Continuó la marcha repiqueteando a cada paso contra la acera dejando tras de sí un reguero oloroso de perfume. No supe qué decir. Eran la pareja perfecta: hasta cumplían años el mismo día. Ambos compartían estatus y ambiciones. Quizá Carlos era algo más conservador que Bruna, pero parecían hechos a la medida.
—La pregunta no es esa. La pregunta es: ¿qué te parece a ti?
—Que solo le conozco desde hace seis meses y que tengo miedo de lo que me hace sentir.
—¿Eso es malo?
—Creo que no. Es solo que todo está yendo demasiado rápido.
—Pero es algo reversible. Si no funciona, te separas.
—Lo tengo que pensar —dijo agobiada. Se sentía ex-puesta por primera vez en su vida—. Por cierto —me paró en seco en un semáforo en rojo que yo no había visto y sacó dos tarjetas de su bolso—, Carlos me ha dado esto a la hora de la comida.
—Gracias —respondí mirando lo que ponía—, luego le escribo para darle las gracias.
—Oye..., ¿aquella no es Clara? —preguntó Bruna señalando a dos chicas que salían de un bar. Bruna hizo ademán de cruzar la carretera para gritarle algo a la hermana pequeña de Xavi.
—Sí, sí es ella. Pero no entiendo qué hace con Olga...
Bruna abrió mucho la boca, igual de extrañada que yo. Tras tomar otra ruta para evitar el encuentro, caminamos hasta la Rayuela recordando las tardes de nuestra infancia y adolescencia peleando con Olga y sus amigas. Siempre compitiendo con Bruna por la popularidad, por los chicos, por el premio de teatro. Y así hasta el infinito.
Le conté a Bruna el encuentro con Xavi con todo detalle. Ella escuchaba, evitando posicionarse entre sus dos amigos. Y yo lo entendía, así que busqué otro tema de conversación en cuanto vi la oportunidad.
Tras terminar de cenar en casa de mi padre, revisé las direcciones de las dos tarjetas y, siguiendo un criterio de proximidad, reservé cita para la mañana siguiente en una de las consultas.
Tras una larga sobremesa, pasada la media noche, Bruna cogió un taxi y yo me quedé a dormir en mi vieja habitación para poder caminar a la mañana siguiente hasta la consulta del psicólogo más cercano a la tienda.
No fue difícil encontrar la consulta en la Castellana más señorial. La tienda, ubicada en el casco antiguo del centro de la ciudad, quedaba a mano de cualquier sitio importante para mí; la casa de Bruna y su despacho, la casa de los padres de Xavi, el conservatorio o el colegio y la universidad, en mi época de estudiante. La única excepción era mi casa, que, por una cuestión de presupuesto, se situaba en el extrarradio.
Paseando bajo un sol radiante fui encontrando los edificios más nobles de la ciudad, salpicada de palacetes, museos y los mejores hoteles de la capital. En solo diez minutos, llegué a la dirección de una de las tarjetas.
La clínica albergaba toda la planta baja. Nerviosa, busqué el nombre del profesional entre las especialidades que se exponían en el cartel de lamas de la entrada. No lo encontré.
—Disculpe, estoy buscando esta consulta —dije a la recepcionista mostrándole la tarjeta. Ella se levantó del asiento para darme indicaciones.
—Pasillo de la derecha, última puerta.
Le di las gracias y recorrí el pasillo amplio y de luz blanca. Kandinsky decorando sus paredes. Identifiqué el nombre en la última puerta y tomé asiento en una mullida butaca en la sala de espera, donde sonaba una suave melodía a través del hilo musical.
La puerta de la consulta se abrió y salió alguien. Me levanté y casi me marcho detrás del último paciente. Pensé en mi padre. Me acerqué a la puerta y leí de nuevo el nombre de la placa: «Tristán Zárate».
Giré el pomo y di un paso para entrar. Él levantó la vista tras su mesa al oír la puerta y ambos nos quedamos congelados varios segundos. A mí me faltó el aire al reconocerlo, pero él reaccionó enseguida:
—Hola, ¿qué tal? Pasa, siéntate.
Sentí la cara arder. Titubeante di varios pasos adelante, dejé el bolso y el abrigo en una silla y me senté en la otra, sin atreverme a mirarle directamente.
—¿Al final fue grave el asunto del pie?
—No, no fue nada —respondí algo más relajada—. Al día siguiente podía andar perfectamente.
—Me alegro de que solo fuera el susto —sonrió, controlando la situación—. Amada Murano —pronunció lentamente—. Carlos me dijo que probablemente pedirías una cita. —Apoyó los codos en la mesa y entrelazó los dedos de ambas manos—. Y bien, ¿cuál es el motivo de tu consulta?
5. SESIÓN UNO
En la habitación vibraba una frecuencia de tensión y contención. El perezoso sol de la mañana traspasaba el ventanal incidiendo en la espalda de Tristán y en la cara de Ada. Él se levantó y bajó el estor traslúcido, envolviendo la habitación en una luz anaranjada muy suave. Ella se mordisqueó una uña sin darse cuenta; él trataba de aparentar serenidad y de no fijarse de nuevo en la manera en que se humedecía los labios secos.
Tristán dudó por un momento antes de decir:
—Sentémonos mejor en las butacas.
Ada miró tras de sí, advirtiendo ahora la otra parte de la sala que con los nervios no había visto al entrar. Se levantó. Cerró los ojos de espaldas a Tristán y aspiró profundamente por la nariz.
—Ahí podremos charlar de manera más distendida.
Se sentaron uno frente al otro, separados por una mesita. Ada paseó la vista por la librería de pared a pared, detrás de Tristán, pensando que a él le gustaría conocer la tienda de su padre. Él la miró directamente a los ojos.
—Tengo problemas de ansiedad y agorafobia —dijo en tono bajo colocando ambas manos juntas en su regazo.
—¿Desde cuándo aproximadamente? —preguntó abriendo su carpeta.
—La ansiedad desde que tengo memoria. Luego se complicó en la adolescencia y mi médico me prescribió antidepresivos y ansiolíticos.
—¿Tienes informes o conoces los nombres de los fármacos?
«Orfidal, Diazepam, Xeristar, Paroxetina...», pensó Ada.
—Seguro que mi padre lo tiene todo. Se lo puedo pedir.
—Sí, por favor, así lo añado a tu historia. Volviendo al principio, ¿podrías describirme la época en la que dices que se empezó a complicar tu ansiedad?
Ada le miró detenidamente, intentando decidir si debía dar el paso y avanzar hacia el precipicio.
—Esperaba en la cola del autobús para ir al instituto. Había mucha gente esperando a que el conductor terminase una pausa y yo comencé a pensar que, aunque quisiera, no podría salir de allí. Me sentí mareada y sin aire, con el estómago revuelto. Finalmente me desmayé. Después de eso, empecé a evitar el transporte público, me ponía nerviosa en el cine o en un centro comercial, así que dejé de ir a todos esos sitios.
—¿Sigues evitándolo?
—Hago un esfuerzo enorme por no hacerlo y voy sobreviviendo, pero no estoy cómoda. Lo paso mal. Sobre todo desde que no me medico mi nivel de ansiedad está por las nubes.
—¿Desde cuándo no te medicas? —Tristán descruzó las piernas y se deslizó hasta el borde de la butaca.
—Me quedé embarazada hace ocho meses y dejé de medicarme. Pautado por mi médico, claro —guardó silencio, sin saber cómo continuar.
Tristán esperó paciente, sin retirar su mirada. El silencio se prolongó varios segundos. Un silencio que se hizo incómodo ante lo obvio.
—Sufrí un aborto espontáneo y desde entonces las cosas han ido a peor. Rompí con mi pareja y creo que me he encerrado un poco en mí misma.
—Lo lamento.
—No estaba planeado, pero la pérdida fue un golpe duro para los dos. Él quería ser padre desde que le conozco, aunque yo no me veía capaz de cuidar a otro ser humano... teniendo en cuenta todo lo que arrastro.
—¿La ansiedad?
—Eso y una infancia complicada.
A Ada se le hizo imposible tragar saliva. La expectativa fue creciendo y ella debía decidir si podía continuar. Dudó si sería necesario adentrarse en ese bosque oscuro donde acechaban sombras y formas alargadas que se habían hecho fuertes con el paso del tiempo.
—Mi madre murió cuando yo tenía siete años —dijo lo más entera que pudo. Buscó condescendencia en los ojos de Tristán, pero solo encontró su plena atención—. Fue víctima de violencia de género.
—Acabas de decirme que tu padre guarda todos tus informes, ¿vives con él? —preguntó algo confuso.
—Marcelo no es mi padre biológico. —Tristán asintió comprendiendo.
—¿Y cómo te comunicaron la noticia?
—No... —respondió Ada negando con la cabeza—. Nadie me lo contó. Vi cómo sucedía.
El terapeuta levantó la vista y miró directamente a los ojos de su paciente. La observó moverse, pálida y nerviosa. No creyó que resistiera continuar narrando lo que seguía. Cerró delicadamente su carpeta y la dejó junto con la pluma en la mesita de cristal.
—¿Quieres un poco de agua?
—Sí, por favor.
Se levantó despacio, alisando su camisa blanca y se dirigió a la esquina de la sala para llenar de agua fría un vaso. Ada aprovechó para mirar su reloj y comprobar que, afortunadamente, faltaba muy poco para que acabase la consulta.
—Toma —dijo Tristán ofreciéndole el vaso. Él también bebió y su boca seca lo agradeció—. Tu historia es compleja, así que te propondría para la siguiente sesión que trabajes en una línea de vida.
—¿En qué consiste?
—Tienes que escribir en una hoja en blanco los eventos más importantes de tu vida, en orden cronológico. Si te parece bien, podemos hacer una para los eventos negativos y otra con los positivos.
—Vale —respondió Ada levantándose—. Hemos terminado, ¿verdad? —Él asintió mientras Ada cogía su bolso y la chaqueta. Estrechó la mano extendida a Tristán.
—Si decides comenzar la terapia conmigo, después de repasar la línea de vida juntos, podré identificar los puntos problemáticos y elaborar hipótesis. Al final te haré una propuesta de estrategias a seguir.
Ada se puso la chaqueta rápido, pensando en la enverga-dura de lo que venía, y le dio las gracias al salir.
«Si decidía comenzar la terapia...», pensó
Tristán volvió a su sillón tras el escritorio y terminó de perfilar las primeras hipótesis de trabajo. Masajeó el puente de su nariz. Era necesario profundizar en ciertos aspectos, lo justo para determinar cómo se mantenía el problema y las relaciones que existían entre las variables para así elaborar una intervención que resultara eficaz.
Soltó de golpe la pluma y se levantó. El caso le resultaba un reto por la cantidad de causas y síntomas que cursaban juntos.
Dio una vuelta a la sala, algo confuso. Quería adentrarse a desenmarañar la madeja, pero no dejaba de rondar en su cabeza la idea de derivarla a otro profesional. Pensó en aquel día y en que estuvo a punto de pedirle el teléfono. Por otro lado, no lo había hecho y una simple atracción física no era motivo suficiente para perder la perspectiva y la profesionalidad, además del compromiso adquirido con Carlos. Quizá fuera ella misma quien decidiera no acudir la siguiente semana.
El sonido de la puerta frenó el hilo de pensamientos que se habían estado encadenando. Volvieron a tocar.
—Hola... Cariño, ¿estás listo?
—Perdona, Claudia, había olvidado que hemos quedado para comer. ¿Puedes esperarme cinco minutos?
—No hay problema —dijo sentándose en una de las butacas mientras Tristán guardaba y colocaba papeles en carpetas.
Claudia sacó el móvil y la luz de la pantalla iluminó su cara. Tristán la observó colocar un mechón de pelo detrás de la oreja, sus contornos delicados. El pelo liso rozaba sus hombros de piel nívea.
Se preguntó en qué momento la rutina se había instalado en sus vidas. Y recordó la época en que salían a divertirse, cuando no tenían que levantarse a las seis de la mañana para ir a trabajar y no tenían responsabilidades. Habían sido amigos antes que novios, se entendían bien, hacían un buen equipo.
Su relación de pareja había sido fácil y fluida hasta que todo el mundo se había empeñado en que tenía que entrar en la siguiente etapa de la vida: la paternidad. Claudia deseaba ser madre. Él, simplemente, no. ¿Cómo salvar esa diferencia? ¿Quién cede ante semejante disyuntiva? Se sintió triste de repente.
—He terminado, ¿nos vamos?
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