Читать книгу: «Los conjurados»


© Alberto Guerra Naranjo
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ISBN: 978-84-18546-68-6
Primera edición: febrero de 2022
Maquetación: Joan Edo
Ilustración de cubierta: Shutterstock
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El hombre nunca sabe para quién padece y espera. Padece y espera y trabaja para gentes que nunca conocerá, y que a su vez padecerán y esperarán y trabajarán para otros que tampoco serán felices, pues el hombre ansía siempre una felicidad situada más allá de la porción que le es otorgada. Pero la grandeza del hombre está precisamente en querer mejorar lo que es...
ALEJO CARPENTIER, El reino de este mundo
I
A mi padre lo iban a matar si entraba al pueblo. Eso dijo el sargento Montesino, alto, para que lo oyeran todos, los que estaban de pie y los que estaban sentados, luego de sonreír jacarandoso, encender un inmenso tabaco y cruzar sobre la mesa sus piernas con botas. La orden de matar venía de arriba, de La Habana, del más alto nivel, y el nombre de mi padre hizo el número dieciséis en una lista que iba dictando a su antojo el sargento, copiada por el sudoroso cabo Froilán en la Remington, muy cerca de la mesa y de las botas.
Esperarían a que mi padre apareciera como siempre. Lo dejarían apostarse en un rincón de la plaza con su Ford enfangado, repleto de viandas y de frutas, antes del amanecer del domingo; permitirían que abriera la puerta de un codazo después de un viaje de muchísimas horas, desde la finca Santa Amalia en Palma Soriano hasta ese pueblo; permitirían, además, que saliera de la cabina con gesto difícil por causa de sus piernas, que estirara sus brazos de hombre negro de un metro ochenta y cinco, bostezara su ruidosa falta de sueño y subiera a la cama del Ford, con tiempo suficiente, para acomodar el desparrame de frutas y de viandas salidas de las cajas; no impedirían que colocara a un lado las jugosas mandarinas, las naranjas agrias y las naranjas dulces, los limones enormes, los plátanos manzanos y los plátanos machos, los tomates de ensalada y los tomates de cocina, los mangos filipinos y los mangos bizcochuelos, los zapotes colorados y las piñas; permitirían que ubicara bien hacia otra parte los sacos de ñame, de frijoles negros, la malanga, los aguacates, los boniatos y la yuca húmeda; cosecha de la tierra fértil de Santa Amalia que vendería dentro de un rato a precio de miseria; tampoco impedirían que mi padre, inclinado, lavara sus manos en la pluma colectiva de la plaza, se echara bastante agua para ahuyentar el sueño, se llegara a la fonda improvisada y le sirvieran el pan con macho asado de ayer y el vaso de café con leche de costumbre; permitirían que bromeara, saludara y abrazara a otros camioneros y a otros vendedores, algunos apuntados en la lista del sargento Montesino, y que comentara con la boca llena acerca de lo mal que andaban los tiempos, no solo por la sequía o por las ventas tan bajas, ni por lo malo que estaban los caminos, sino por los asuntos de política y por las malas pulgas de los guardias del pueblo.
Observarían que mi padre, como casi siempre, se iba a apartar discreto del grupo de vendedores, ocupados en masticar el desayuno. Permitirían que anduviera tres o cuatro casas más allá de la fonda con un cigarro en la mano, que echara humo como en alguna de esas películas de Humphrey Bogart que tanto le gustaban, que mirara a ambos lados de la calle y tocara en una puerta con absoluto misterio; no impedirían que entrara cuando la puerta se abriera y, sobre todo, evitarían, desde sus posiciones de informantes en prestación de servicio, que una hermosa cuarentona, recién levantada, calentita aún y en corta bata de dormir, asomara la mitad de su cuerpo en la puerta, mirara a ambos lados y comprobara que ningún cristiano lo había visto entrar a esa hora.
Permitirían que Crescencia López, viuda del sindicalista que fuera encontrado en una cuneta un par de años antes, repletico de puñaladas por causa de crimen pasional, según las malas lenguas y según el dictamen del propio sargento Montesino en el lugar de los hechos, cerrara la puerta con susto de mujer en penumbras y entonces solo tendrían que pasar la información a los soldados del ejército, y los soldados, al mando del sudoroso cabo Froilán, comenzarían el apostamiento detrás de los árboles, detrás de los carros, detrás de los muros, hasta esperar una orden del sargento. Cuando llegara dicha orden, rastrillarían sus fusiles, saldrían de sus escondites y avanzarían, inclinadísimos, en posición de ataque hasta la puerta de la mulata Crescencia, quien quedaría perpleja al ver cómo entraba el ejército en su casa después de unas patadas, para llevarse a mi padre a culatazos a la calle y montarlo en un Jeep.
Pero, aunque estuvieran apostados, listos para efectuar el peligroso operativo, habría que esperar una orden. Mientras tanto, quienes pensaran que la causa por la que mi padre ocupaba el número dieciséis en la lista de los posibles muertos de ese domingo era por asuntos políticos y no por asuntos de faldas, desde sus posiciones en prestación de servicio pudieran imaginar que el negro que esperaban, recién llegaría desde Palma Soriano en un Ford enfangado y repleto de viandas, para extraer, nervioso, paquetes de octavillas con las frases Libertad, Abajo el gobierno, Viva Cuba Libre o cualquier otra de algún bolsillo falso de su pantalón de trabajo, y entregarlos a Crescencia; imaginarían, además, que la mulata, como buena conspiradora, acabadita de levantar de la cama, calentita aún, a veces inclinada, con el culo mirando hacia él, no sabría guardar rápido aquellas octavillas, ¿en la última gaveta del closet?, no, ¿debajo del balde de agua de tomar?, tampoco, ¿en el estante de la cocina?, no, provocando cierta confusión en los pensamientos de mi padre, con la promesa de que ella misma las entregaría cuanto antes al jefe de cédula del pueblo, para que este, en la noche, con ayuda de los miembros más audaces de la organización, procediera a regarlas como naipes desde el campanario de la iglesia, desde alguna esquina del ayuntamiento, desde el gallinero del cine, desde el instituto o desde el mismísimo cuartel, como ocurría en los domingos de los últimos tiempos; y luego de sonreírle nerviosa a mi padre, ella, la compañera Crescencia López, le pediría que la perdonara, compañero de Palma, es que todo esto me pone medio loca, y le brindaría una taza del café oriental que ya habría colado.
Quienes pensaran, por su parte, que el motivo por el que mi padre ocupaba el número dieciséis en la lista de los posibles muertos de ese domingo no era por asuntos políticos sino por asuntos de faldas, desde sus posiciones en prestación de servicio pudieran imaginar que el negro que esperaban, recién llegaría desde Palma Soriano en un Ford enfangado y repleto de viandas, no solo para entrar, nervioso, en casa de Crescencia López sino dentro de la propia Crescencia López, quien lo habría recibido completamente abierta en una cama cálida, sin imaginar que en la calle, el tal Montesino, sargentico de mierda ese, que ya la tenía harta con sus indecorosas propuestas sexuales, iba a estar contando los minutos para irrumpir de una patada en la casa. Pero aquellos que resultaran los más mal pensados del grupo pudieran imaginar, incluso, que mi padre y la mulata, envueltos en inusitado frenesí, deseosos de enchufarse desde el último domingo, intercambiarían besos, caricias y apretones desde la mismísima puerta, y no llegarían a la cama porque estarían de pie, ella ofreciéndose de espaldas, como viuda en necesaria prestación de servicio, con la bata levantada, dichosa por recibir las estocadas del vendedor palmero y él, como buen espadachín de pantalón enrollado en los tobillos, a punto de trastabillar por los vaivenes, ofrecería las estocadas sin misericordia, sin compasión, duro, más duro, palmero, lastímame más, por favor, ella gimiendo, gritando, suplicando, y él intentando acallarla con su espada y con la mano en su boca, ambos semiinclinados, gimientes, acalambrados, pero muriendo de felicidad hasta que patearan la puerta.
Antes de ejecutarlo de un tiro en la nuca, o de varias puñaladas, o tal vez antes de ahorcarlo en la prisión del cuartel alegando suicidio escandaloso del occiso, el sargento Montesino habría de desear un interrogatorio privado, o lo que sería lo mismo, un encuentro íntimo con mi padre, su rival en asuntos pasionales, quien estaría desnudo, muerto de susto, con amarres en manos y pies, en silla desfondada para que sus cojones colgaran al aire sin dificultad. Primero llegarían las estridentes bofetadas, los trompones con manopla para que dictara nombres, jefe de los conspiradores, sitio donde imprimían las octavillas, luego vendría el embudo en la boca, los litros de agua pestilente en el estómago, el anuncio del soplete cerca de la nariz, pero en vano, pues el propio Montesino bien sabía que en el caso de mi padre el interrogatorio no era por asuntos políticos, sino por los muslos de la mulata Crescencia, quien no le daba chances, aunque le propusiera los aretes que le faltaban a la luna o cualquier otro bolero, con amabilidad de sargento; un triste Montesino, exhausto, cegado por sus milímetros de poder, destruido por destruir de forma íntima, terminaría cediendo ante un rival sangrante que nunca más podría vender viandas en la plaza, ni tocar a la mulata Crescencia ni a nadie; el sargento, entonces, haría una seña a un par de verdugos que sin remilgos terminarían el trabajo, vendrían los culatazos de rigor, negro de mierda este, amenazas de cortarle los cojones con el cuchillo de capar verracos, para que respetes a los hombres, carajo, extracción de dientes y de uñas con enormes alicates, palmero de mierda, gritos, más gritos, alaridos de mi padre, sangre, mucha sangre.
Ni Crescencia López ni mi padre tenían la menor idea del desastre que se les avecinaba. Por suerte, el cabo Froilán, dándose un trago de aguardiente en la tienda no se pudo contener y, después de secarse el sudor con un sucio pañuelo, llamó aparte a Isidro Navarro para decirle de urgencia que a mi padre lo iban a matar si entraba al pueblo, e Isidro, como buen primo de la familia, sin pensarlo mucho, se apostó en la carretera y esperó a un Ford repleto, conducido por un negro medio feliz que solo pensaba ese domingo en vender su cosecha y en hacer el amor con Crescencia, para detenerlo con gestos de brazos arriba y repetírselo alto, asustado, Te van a matar si entras al pueblo, le dijo y entonces, el negro de un metro ochenta y cinco que era mi padre, dio un codazo a la puerta, se tiró del Ford con los nervios de punta, y se rascó la cabeza un instante como si aún no pudiera creerlo.
II
Mi madre aún no era mi madre, sino una hermosa negra de veinte años, con férreo carácter, que no soportaba los cuentos de camino del que sería mi padre. Pero cuando lo veía aparecer, con el Ford repleto de viandas y de fango, o cuando lo descubría apostado en el puesto de ventas que compartía con un socio, sin poder explicárselo, la plaza de Palma Soriano se le convertía en el paraíso.
Aunque hubiera otro camión repleto de mercancías, otro puesto de venta bien surtido, otro vendedor acechante con ensarta de piropos baratos y de mejor porte que el negro alto de la finca Santa Amalia, por una u otra causa, a veces en contra de su propia voluntad, como incluso llegaría a comentarle a Emiliana Ortiz, su compañera de trabajo, Tan sangrón como es ese negro, tú, siempre terminaba comprando en el puesto de ventas compartido del que sería mi padre.
La primera vez que intercambiaron palabras, él, mientras le ponía frutas de más en la canasta, arriesgándose a lo peor, le dijo, Por tener esos ojos tan bellos soy capaz de regalarte la mitad del camión, y mi madre le ripostó con una frase que lo paró en seco, Oiga, señor, no sea vaina, limítese a vender su mercancía, provocándole, además, desconcierto absoluto, temblores en sus manos de guajiro lépero y caída urgente de algunas naranjas, mientras se sentía registrado por los ojos de una oriental de pura cepa. Oiga, señor, no sea vaina, le repitió, desternillado de la risa, su socio Braudilio Pacheco, cuando la joven se marchó del puesto de ventas, y mi padre, embelesado aún, intentaba perpetuar en su memoria el vaivén femenino que se le perdía a lo lejos.
Entonces, como experto en asuntos de faldas, al comprender que se había enamorado, en vez de apoyarse en su arsenal de piropos baratos, el que unos años después sería mi padre decidió cambiar de estrategia y optó por ignorarla. Pero hacerlo no significaba que no buscara otros modos de un buen acercamiento, y para lograrlo, además de continuar echándole frutas de más en su canasta sin pronunciar palabras, se dedicó a indagar a fondo por Magalys, que así se llamaba la muchacha, y supo a través de un Braudilio Pacheco en camiseta, quien aún moría de risa cuando recordaba el desplante, que aquella orgullosa vivía en un costado de Palma Soriano, cerca del río, en una casa de madera, fachada de color verde pálido, tejas en puntal alto y par de balances en el corredor, así que ya tiene usted la dirección donde encontrarla, compay.
Un domingo después de cerrar el negocio y de ser invitado a un almuerzo en casa de su compañero de ventas, justo cuando tomaba un vaso de prú en el patio, delante del machito en púas encima de las brasas al que daba vueltas con sumo cuidado, mi padre supo por boca de la mujer de Braudilio, que la persona de su interés vivía desde la infancia con una familia de blancos; dos horas más tarde, cuando intentaba comer del caldero repleto de masas de puerco, se enteró, por una amiga de la mujer de Braudilio, que el matrimonio de Mingo, un chofer de rastras, y de Berta Torres, una vendedora de ropa usada en las montañas, a pesar de ser blancos, habían aceptado a Magalys con la responsabilidad de terminar de criarla, sin distinción ni desigualdad entre ella y sus hijas reales; pero ya cuando iba a montarse en el Ford de regreso a Santa Amalia, antes de despedirse, se enteró por el propio Braudilio Pacheco y por las acotaciones que hizo su mujer desde un balance, que la tal Berta y la abuela de la muchacha eran comadres, y comadres de verdad, de las de los tiempos antiguos, por tanto Berta era madrina de Magalys, quien quedó en desamparo absoluto cuando murió su abuela, porque ya sus padres habían muerto en un terrible accidente de tren, siendo esa la única razón por la que la muchacha fuera acogida en aquel seno familiar, sin que la diferencia de color importara un ápice.
Mi padre supo, además, por boca de Emiliana Ortiz, la compañera de trabajo de quien sería mi madre, un día en que esta otra fuera sola a realizar las compras, que la mujer que perturbaba sus sueños de campesino inquieto trabajaba como doméstica en la mansión de los Ordoñez, y que los Ordoñez, como todo el mundo sabía, eran una de las familias más pudientes de Palma Soriano, cuya riqueza se evidenciaba en sus extensas propiedades, en el negocio de alquiler inmobiliario y en el de los camiones que repartían hielo a domicilio; también se enteró, como al desgaire, que Magalys tenía un enamorado, carpintero de oficio, que no dejaba de rondarla, pero que tampoco se atrevía a declarársele como Dios mandaba en estos casos.
Quien se lance primero se lleva el gato al agua, fue la conclusión de experto que soltó Braudilio Pacheco cuando se marchó la mujer, y mi padre, la próxima vez que se encontró con Magalys, se lanzó primero. Al descubrir que se acercaba con amiga y con canasta, salió rápido detrás del mostrador, suspiró profundo, hizo de tripas corazón y muerto de miedo la interceptó antes de que llegara para invitarla al cine, Te invito a ver la de Humphrey Bogart que están echando, le dijo, y ella, después de pensarlo un minuto que a mi padre le pareció un siglo, hizo un sí oriental con la cabeza y le confirmó que ese domingo por la tarde se encontrarían en la entrada, junto a los cartones, para ver Casablanca, en la tanda de las cuatro y media.
El que unos años después sería mi padre estuvo quince minutos antes en las afueras del cine, frente al parabán, a veces con una mano puesta en los cristales, contemplativo ante cada cartón, ante cada foto en blanco y negro, donde un Humphrey Bogart de unos cuarenta años, con traje blanco, muy seguro de la vida, lo mismo jugaba cartas en solitario, que conversaba enfático con Peter Lorre, miraba fijo a Paul Henreid o se moría de amor por Ingrid Bergman. Parecía estar buena la película, de eso no había dudas, pero lo más importante no era la película en sí misma, sino que las cosas salieran como había pensado, que no hubiera imprevisto ni cambios de última hora y que la invitada apareciera de una vez por una de esas calles. En su desespero de hombre enamorado mi padre miraba el reloj, fumaba un cigarro tras otro y los pisoteaba con el propio estilo que le había visto a Humphrey Bogart en otras películas.
Para suerte de mi padre Magalys llegó a la hora exacta, gesto que ganó su admiración, pero no vino sola sino acompañada por sus dos hermanas de crianza, quienes soltaron risitas de complicidad, dijeron, Mucho gusto, y lo evaluaron al instante con el rabillo del ojo. Mi padre respondió a los saludos, Plácido Navarro, para servirles, dijo y las conminó a la taquilla a buscar las entradas, que él pagó con hidalguía de campesino alegre, antes de comprar tres cartuchos de rositas de maíz. Entraron con prisa, ayudados por una acomodadora con linterna que ni así les evitó algunos tropiezos, se sentaron en las hileras del medio, se acomodaron en las lunetas y se dispusieron a ver como Humphrey Bogart, sumergido en la piel de Rick Blaine, se debatía entre amar a Ilsa Lund, interpretada por la grande Ingrid Bergman, o apoyar a su esposo, Víctor Lazlo, líder de la resistencia antifascista, en la piel del austriaco Paul Henreid, mientras, emocionados en sus asientos, comían rositas de maíz y no dejaban de escudriñarse con el rabillo del ojo.
A la salida del cine, Plácido Navarro las invitó a tomar helados de barquillo, compró cuatro de chocolate al vendedor de un carrito y después se brindó a acompañarlas. Las hermanas de crianza iban delante comentando lo buena que estaba la película y quienes unos años después serían mis padres caminaban muy nerviosos detrás. Como ya había oscurecido, Plácido esperó a que las hermanas avanzaran unos pasos, hasta alcanzar media cuadra de distancia y sin pensarlo dos veces tomó la mano de Magalys, la detuvo en seco y le dio un beso largo en los labios como si fuera Humphrey Bogart, que ella correspondió al sentirse Ingrid Bergman en estado de gracia, sin saber cómo había hecho barbaridad semejante, según le contó a Emiliana Ortiz al otro día.
Fue así como se convirtieron en novios fanáticos de Casablanca, película que vieron siete veces, domingo por domingo, hasta que en el cine cambiaron la programación por Trapecio, que también repitieron siete veces, y donde el veterano Burt Lancaster, apoyado en su bastón de cojo insuperable, enseñaba un triple salto mortal a un joven Tony Curtis, deseoso de triunfos acrobáticos, que de paso sería su oponente en el amor desenfrenado por una hermosa Gina Lollobrigida, que los desquiciaba a ambos en la película y a todos los palmeros en el cine. En cambio, y contrario al plan propuesto, vieron solo una vez Lo que el viento se llevó, a pesar de la interesante historia de amor, en plena guerra de Secesión, que debatía a la joven Scarlett Ohara, en fuego cruzado, entre el correcto aristócrata Ashley Wilkes y el rufián aristócrata Rhett Butler. Ocurría que en aquella película, según afirmaba Magalys en un banco del parque, los negros no pasaban de ser buenos criados que aparecían ridículos, bembones en exceso, sumisos en exceso, inferiores en exceso, con marcadas sonrisas imbéciles, sin pizca de inteligencia y a ella, aunque comiera abundantes rositas en las hileras del medio, o lo besara a él, a Plácido, como si el mundo fuera a acabarse en los asientos de atrás, contemplarlos así, tan indefensos, tan irreales, la sacaba de quicio y era algo que no podía soportar. Por su parte, mi padre, muerto de risa, argumentaba que al menos en Casablanca, aunque había una escena racista en la que a Rick un rival inmensamente gordo intentaba comprarle a Sam como si fuera un objeto, una cosa más de ese bar, dijo, este negro tenía un poder que ningún otro personaje había mostrado en la película, era pianista, una buena referencia, un personaje inolvidable que los hacía sentir bien.
Cierto mediodía lluvioso apareció Berta Torres, la madre adoptiva de Magalys, con una sombrilla más grande que su pequeño cuerpo, en el puesto de ventas. Venía a exigir explicaciones, a poner en alto el nombre de su familia y de su casa, a proteger como se debía a la muchachita, a averiguar las verdaderas intenciones del que sería mi padre, pero no allí mismo, sino el domingo por la tarde en su casa, con una representación de familia, porque somos pobres, pero muy decentes y usted sabe. Luego dio media vuelta y se fue bajo el aguacero, dejando a Plácido Navarro desencajado detrás del mostrador, muerto de vergüenza, con temblores en las manos que le hicieron caer una papaya al piso, ante la mirada con burla de un Braudilio Pacheco en camiseta, quien dijo, Compay, parece que llegó la hora de pedirla.
III
Demetrio Navarro aún no era mi abuelo, sino un guajiro nervioso, tan lépero como mi padre, que daba vueltas a un jipijapa entre sus manos, mientras escuchaba las enérgicas palabras de Berta Torres, muy serio y sin dejar de mirarle a los ojos. Había venido en representación familiar a regañadientes, porque para ese domingo ya tenía otros planes, pero la vida era así, impredecible, y Plácido era su hijo mayor.
Ese domingo Demetrio no había tenido otro remedio que bañarse temprano, almorzar una sopa de pollo a destiempo, orientar a una atareada Micaela Navarro, prima, esposa y madre de sus catorce hijos, para que alistara su única guayabera de salir, el pantalón de muselina verde, los zapatos de dos tonos y el querido jipijapa de ocasiones especiales.
Pero de no haber surgido semejante encomienda, representar al hijo mayor en asuntos de noviazgo, de seguro se hubiera llegado al pueblo por su cuenta a disfrutar de los cantantes de corridos mejicanos; su compadre Pancho el gallero le tendría reservado un taburete en su mesa, media de Bacardí disponible para aplaudir de cerca a las cantantes disfrazadas a lo Chavela Vargas, e incluso después de unos tragos hubieran coreado eufóricos, Allá en el Rancho Grande, allá donde vivía, a lo Jorge Negrete o a lo Pedro Infante; pero si por alguna razón los ganaba la nostalgia habrían recordado aquellos duros tiempos de juventud, la crisis de finales de los años veinte, cuando tuvieron que abandonar el pueblo o se morían de hambre, ¿Usted se acuerda, compay?, ni boniato hervido aparecía en estos campos; partieron hacia La Habana junto a otros guajiros en pleno acto de contingencia obligatoria, buscaron cualquier trabajito salvador de familia, primero picaron mucha piedra para construir un tramo largo de la carretera central, luego terminaron enrolados como albañiles en la construcción del Capitolio, pero siempre fueron humillados por pobres, mal pagados por negros, y explotados por ser del oriente del país, muchachones dóciles por primera vez en La Habana que emprendían los trabajos de mayor peligro sobre cualquier dudoso andamio, siempre en las alturas, fuera de los ventanales, en la cúpula de más de noventa metros, ¿Se acuerda, compay, usted y yo solitos allá arriba, como si no fuéramos guajiros de mierda, y el mundo entero allá abajo?, mezclando, encofrando, resanando, pero siempre despreciados, humillados, discriminados, lo mismo por chistes y burlas de albañiles habaneros que pretendían marcar la diferencia, que por capataces que los miraban por encima del hombro, y por tipos bien vestidos que a su vez miraban por encima del hombro a los propios capataces, ay, qué tiempos duros los del Machadato, compay, ojalá nunca vuelvan.
Pero ese domingo, para su mala suerte, no podría dedicarse a corear corridos mejicanos, ni a recordar duros momentos de juventud, mucho menos podría contemplar, junto a su compadre Pancho, los eufóricos combates de gallos bajo apuestas que no solo mataban el tiempo; tampoco podría hacer lo que más hubiera querido, carijo, como necesito verla, llegarse a la casita de Rosalinda Ibáñez, la negra de veinticinco que lo desquiciaba desde hacía diez años; él se enamoró de golpe cuando se la presentaron y ella se dejó llevar por sus consejos de padre bondadoso, él la sacó del burdel a tiempo y ella le sacó una casa de tabla en las afueras, él le sacaba la juventud cada domingo y ella siempre alguna plata; él, compasión de hombre viejo, y ella, cosas con movimientos de cama que a su edad eran difíciles de conseguir en otra parte.
Había que acabar de pedir a esa novia, qué le vamos a hacer, se dijo muerto de risa ante el espejo y luego, contento por sentirse bañado y vestido con su ropa de salir, abandonó el cuarto silbando una antigua tonada, pasó por el comedor donde almorzaban algunos de sus hijos menores, llegó a la sala bajo los piropos amables de su esposa, fue rociado con agua de colonia por dos de las hijas que salieron de un cuarto, y celebrado por toda la familia como si fuera él y no su hijo Plácido quien se hubiera llevado un gato al agua. Demetrio Navarro se sintió feliz mientras esperaba a que mi padre arrancara el Ford de una vez, pero antes de montarse y de ser despedido por los griticos de euforia de algunas de sus hijas, miró al sitio donde yacía una yegua a punto de parto, movió la cabeza a ambos lados, se puso el jipijapa muy serio y cuando ya casi abandonaban los límites de la finca miró con dureza a mi padre para concluir refunfuñante, De hoy no pasa que nazca ese potro y nosotros metidos en esta otra vaina, carajo.
Los ojos de quien unos años después sería mi abuelo no dejaban de observar el movimiento de los labios de Berta Torres, quien, con sus mejores tonos de mujer autoritaria, dueña y señora de un espacio familiar bajo control absoluto y con el índice dispuesto a enfatizar alguna frase, advertía que ellos eran una familia decente, reconocida y respetada en todo Palma Soriano y hasta en Santiago de Cuba, a mucha honra familia de estirpe mambisa desde los tiempos de la guerra contra España; puntualizaba que aunque Mingo, su marido, no estuviera de cuerpo presente por andar con su rastra en razones de trabajo, el detalle de su ausencia no tenía importancia, pues ambos ya habían hablado largo y tendido sobre dicho asunto; advertía que ella misma en persona, con todo el derecho que pudiera asistirle como madre adoptiva de la muchachita, había hecho sus averiguaciones tanto en el pueblo como en los alrededores de la Finca Santa Amalia, y a su entender, a pesar de los malos tiempos que nos perturbaban a todos, los Navarro también eran una familia decente, trabajadora y próspera; insistía en que si se daba comienzo a un noviazgo formal a partir de esa tarde, único noviazgo que en una familia decente se aceptaba, era necesario efectuarlo como correspondía en esos casos, es decir, con un plan de visitas programadas y de estricto cumplimiento, salvo por causa de fuerza mayor, visitas en casa dos horas los fines de semana, salidas al pueblo siempre con acompañante de la familia de la novia y concluía, con el dedo índice en alto, que era necesario fijar la fecha de boda luego de un tiempo prudencial del noviazgo.
Advertidos de todos los detalles, quienes serían mi abuelo y padre unos años después, vieron como Berta Torres sentada en la puntica del balance hizo una seña para que aparecieran las tres muchachas de la casa, incluida Magalys, quien traía varios vasos con champola y una buena carga de nervios advertida en los temblores de una antigua bandeja. Berta Torres hizo otra seña con los dedos y Magalys salió afuera con su vaso a sentarse en uno de los balances del corredor, Vaya usted con la novia, joven, dijo Berta después, al ver que mi padre no sabía qué hacer con su cuerpo ni con su vaso de champola, y él salió casi corriendo en busca del balance que quedaba enfrente de Magalys. Por su parte, las otras muchachas también salieron y Berta aprovechó para pedirle ayuda a Demetrio Navarro con unas cajas de mangos bizcochuelos que le habían dejado en el patio. Usted perdone el atrevimiento, don Demetrio, pero hoy estamos las mujeres solas en casa, le dijo y se llevó a quien sería mi abuelo hacía la parte de atrás.
Cuando terminaron de acomodar todas las cajas, Demetrio Navarro estaba a punto de marcharse, pero ella le sugirió que se sentara en uno de los taburetes, le brindó dos mangos bizcochuelos después de lavarlos, le pidió de favor que la esperara, lo dejó solo unos minutos cargados de intriga que parecieron años y Demetrio deseó con todas sus fuerzas estar en otra parte, aunque fuera peor la circunstancia, lo mismo empujando el Ford roto en la carretera, que verse ensangrentado en el parto de la yegua, pero nunca en la cocina de aquella mujer.
La pequeña Berta Torres regresó de un cuarto cargada con un machete envainado en su funda, un bulto de hojas escritas en un sobre de papel cartucho, un revólver vizcaíno con su manojo de balas y el daguerrotipo de un negro mambí con grados de teniente coronel. Berta lavó dos mangos, tomó un taburete que colocó al revés frente a mi abuelo, se escarranchó como si fuera un hombre y ante la atónita mirada del visitante comenzó a pelar la cáscara de un bizcochuelo con la boca, mientras explicó de lo más natural que el machete y esto que usted ve acá, don Demetrio, dijo señalando el bulto de hojas amarillentas, que es un diario de campaña, pertenecieron al capitán Fidencio Torres, su padre, que en la gloria esté, pero el vizcaíno había sido el arma de Tiburcio Sierra, el abuelo de Magalys, a quien usted puede apreciar en la foto.
Dijo, además, con la boca embarrada de mango, que la perdonara por hablar de esas cosas tan personales en el primer encuentro como padres de los enamorados, pero ella consideraba que nunca estaba de más aderezar este tipo de formalidades con un poquito de historia para comprender por su propio peso de dónde salían ciertas cosas, don Demetrio. Como mismo esos bizcochuelos eran frutos de un árbol con pasado, su familia y la de la muchachita traían una lejana trayectoria que ella, Berta Torres, estaba en la obligación de proteger como se atiende a una mata de mangos, porque Fidencio y Tiburcio Sierra, dijo, eran más que compadres desde antes de la guerra contra España, ambos nacieron y se criaron en Jiguaní, estudiaron juntos en el mismo colegio, pertenecieron a la misma Logia Masónica, integraron el mismo grupo de conjurados y se alzaron juntos un 26 de febrero de 1895, a las órdenes del mayor general Jesús Rabí, no más comenzó la guerra.
De repente Berta Torres hizo silencio, miró fijo a los ojos nerviosos de Demetrio Navarro que no dejaban de mirarle a los suyos, sacó el taburete debajo de su cuerpo, se puso a un lado con un rápido movimiento, caminó al frente como dueña y señora de aquella cocina, alzó el índice a la altura del rostro de mi abuelo sentado, para decirle, Sin pelos en la lengua, don Demetrio, porque soy tan fea como tan franca, que ella conocía de sus catorce hijos con su esposa de años, Micaela Navarro, y de sus esfuerzos de buen trabajador por echar adelante Santa Amalia, dos buenos tantos favorables que hablaban muy bien de usted, como hombre y como padre de familia, pero que también sabía, y me va a perdonar esto, don Demetrio, de su concubinato largo con una guajirita en las afueras del pueblo, a la que mantenía y había puesto casa, según las malas lenguas, asunto que no era de su interés hasta que él había venido en representación familiar de un hijo suyo, don Demetrio, enamorado de alguien de su familia, a quien ella tenía que responder como madre, e impedir que tipos de historias de concubinato como aquella jamás se repitieran en caso de un posible matrimonio entre ese par de jóvenes, Plácido y Magalys, y eso esperaba.
Demetrio Navarro no pronunció palabra alguna para defenderse, ¿de qué valía hacerlo?, se dijo, solo la miró a los ojos como si deseara tener en frente a un hombre de cualquier tamaño y no a una pequeña mujer autoritaria, lamentó haber dejado el jipijapa en la sala para al menos moverlo entre los dedos en aquella cocina, maldijo mil veces no haberse quedado a atender el parto de su yegua, también maldijo a Berta Torres entre dientes, qué se creía esa vieja de mierda, carajo, a los hombres había que respetarlos, y no tuvo dudas en calificar aquel domingo como uno de los peores de su vida, peor que los tantos que pasó encima de la cúpula del Capitolio, con su amigo Pancho el Gallero mezclando, resanando, encofrando; peor, incluso, que los domingos que pasó a pleno sol dando pico y pala en la carretera central reverberante, ¿cómo era posible que unas cuantas palabras tuvieran tanto poder, por Dios?, se puso de pie como si fuera un buey apaleado de su finca, lavó sus manos embarradas de mango en la pluma, caminó despacio hacia afuera, extendió su mano callosa a cada una de las muchachas, incluida Magalys, hizo una seña a Plácido para que encendiera el Ford de una vez, se despidió haciendo un adiós plomizo a todas las mujeres, incluida Berta Torres, y cuando llevaban recorrido cierto tramo de carretera, soltó un suspiro de alivio y dijo, Esa vieja tiene más leyes que un magistrado, carajo, hasta parece marimacho, pobre marido que ha de tener.
IV
Coge el trillo, condenao. Un par de bueyes avanzaba despacio, Valeriano y Weyler o Weyler y Valeriano, como si no tuvieran detrás un rústico arado surcando la tierra, y detrás del arado a mi padre con sus gritos y su látigo, y detrás de mi padre a uno de sus hermanos colocando posturas de tomate en el surco, y detrás a otro de los hermanos con guataca para sembrarlas bien, y detrás a otro con un jarro ahuecado rociando agua, y detrás a una hermana seleccionando las mejores posturas, y detrás a Demetrio Navarro, comprobando la calidad del trabajo.
Valeriano, coge el trillo, condenao. Plácido araba la tierra de Santa Amalia bajo el sol de la mañana y el surco se iba abriendo con paciencia guajira, mientras pensaba en Magalys y en la cantidad de cabos sueltos que tendría que resolver en lo adelante. Uno de ellos consistía en sostener una conversación seria con Braudilio Pacheco, acerca del negocio del puesto de ventas, pues de un tiempo a la fecha no jugaba la lista con el billete; ellos, los Navarro, después de muchísimo esfuerzo, mandaban la parte de la cosecha acordada, pero no recibían el dinero en tiempo y forma, cuando más una mera justificación acompañada de algún chiste del jocoso Braudilio, o un Ya veremos, compay, que no se diga, la gente no tiene donde estirar la pata, frases de guajiro lépero que no convencían a nadie. O se ajustaban las cosas como corresponde o se jodía el negocio y remedio santo.
Weyler, coge el trillo, condenao. De repente, Plácido paró en seco el arado y también se detuvieron los bueyes; rascó su nuca, miró a la Sierra Maestra, y como si las montañas lo preocuparan más que los asuntos domésticos, se puso muy serio. No corrían buenos tiempos, de nada valía la pena ocultarlo, pero quisiéralo o no, eran los tiempos suyos y estaba obligado a vivirlos con decencia lo mejor que pudiera. Su destino, previsto, incluso, antes de nacer, sería heredar Santa Amalia, casarse, tener tantos hijos como pudiera darle una esposa, en su caso Magalys, trabajar la tierra de su finca en paz, a pesar de la pobreza acuciante que los acompañaba, y vivir como guajiro oriental en paz. Más sencillo no podía ser, pero los malos tiempos corrían tan naturales como el agua cristalina del Cauto, y, al paso que iban las cosas, su destino se estaba desviando como afluente azaroso de ese mismo río.
Coge el trillo, Valeriano, condenao. Otro de los cabos sueltos consistía en apaciguar el berrinche del viejo Demetrio, y no por el disgusto que le había causado Berta Torres el domingo en que fueron a pedir la mano de Magalys; aquel asunto terminó por asumirlo como broma de mal gusto, No quiero ver ni en pintura a esa marimacho, carajo, repetía Demetrio cada vez que se cruzaba con Plácido y soltaba una mueca que pudiera traducirse en sonrisa de viejo que perdona a una vieja de mierda. Era otro el cabo suelto; tenía que ver con asuntos íntimos de la familia. La fuga del tercero de sus hijos en un tren hacia La Habana había puesto a Demetrio en mal estado no más se enteró; en sus turnos de arar desataba la furia castigando con exceso de látigo a Valeriano y a Weyler; en la casa ofrecía malas contestas o no pronunciaba palabras; a la hora de comer esquinaba el plato con el codo sin probar bocado y en el mejor de los casos, por las noches, en algún rincón, quedaba pensativo, deprimido sobre su taburete, como si comprendiera que esas fugas evidenciaban una irreversible tendencia a la que no encontraría maneras de ponerle coto. Un par de años antes, cuando se fugaron la cuarta y la sexta en el mismo tren, el viejo Demetrio cayó en cama con fiebres de cuarenta grados y su esposa, prima y madre de sus catorce hijos, Micaela Navarro, pensó que esa vez no saldría con vida por causa del disgusto, pero sin abandonar un segundo a su marido logró hacer una nueva distribución de los asuntos domésticos, para que no se notara la ausencia de dos mujeres en una familia de tantos varones.
Coge el trillo, Weyler, condenao. Pero por mucho que lo intentara, para quien unos años después sería mi padre, era difícil no pensar en asuntos de mayor envergadura. En la Sierra Maestra había rebeldes con armas, mau mau, barbudos, alzados desde hacía meses para sacar a Batista del gobierno, como mismo había hecho este con Prío Socarrás, a través de un golpe de estado que alteró a todo el mundo, incluyéndolo a él, a Plácido Navarro, tan concentrado como andaba en su reciente noviazgo y en sacar adelante Santa Amalia, pero con el golpe de hacía unos años también vino la manifestación estudiantil, la protesta, el asalto al cuartel Guillermo Moncada en Santiago, los tiros en la noche, los chivatos, Batista Asesino, Abajo Batista, Abajo la dictadura, frases escritas de urgencia en las paredes públicas, susto de los guardias al borrarlas rápido, envío de tropas del ejército, tortura, comentarios, asesinatos, en fin, corrían tiempos que nadie, ni él sin salir de la finca, hubiera podido evitarlos. ¿Acaso alguna vez, en otra época, habían ocurrido mejores tiempos? El propio Demetrio Navarro, su padre, vivía quejándose del hambre que le tocó en el Machadato, y ahí estaba, quejándose de estos también.
Coge el trillo, Valeriano, condenao. Por suerte, unos meses después de aquella primera fuga hacia La Habana, apareció el primo Luis Chiquito con una carta de las muchachas y con algunos regalos para promediar: tres cortes de tela de corduroy, cinco creyones de labios, cuatro pares de zapatos para repartir a los varones, incluidos un par de dos tonos para el viejo, cuatro camisas de guinga, tres sayas plisadas, un reverbero, velas normales para santos, velas específicas para sesiones de espiritismo, un turrón de alicante, avellanas, una caja de bombones. Gracias a la lectura urgente de la carta por parte de Julito, el más pequeño de los Navarro, quien cursaba la escuela primaria y se desvivía por leer en alta voz cualquier vaina con letras, lo mismo anuncios que carteles, titulares de periódicos, revistas y los signos zodiacales de los horóscopos que traían los almanaques; y gracias a la conversación imparable de Luis Chiquito, quien extrañaba como nadie el olor de esos campos orientales, como insistía en reafirmar cada vez que suspiraba emocionado, la familia completa se enteró de que ambas muchachas estaban abriéndose un buen paso en La Habana, una como auxiliar de cocina en una fonda de cierto prestigio y la otra en el oficio particular de la peluquería, pasando el peine caliente a casi todas las negras de Buena Vista, barrio donde se habían alquilado y donde le hacían unas colas enormes.
Coge el trillo, Weyler, condenao. Plácido Navarro moría de risa recordando la lectura de la carta y el sinnúmero de comentarios que despertó en la familia conocer de primera mano sobre las dos muchachas viviendo en La Habana; imaginó a una de ellas atareadísima frente a un fogón enorme, aplicando en la fonda todo lo aprendido en la finca sobre asuntos de cocina, y también imaginó a la otra, ahogada de calor en un pequeño cuarto, estirando el pelo a la mujer de turno con un peine de hierro, calentado sobre un reverbero de alcohol, mientras una inmensa cola de mujeres negras esperaba con calma y mucho comentario. Pero de repente, sin quererlo, se impuso en el pensamiento de mi padre la tarde en que parqueó su Ford frente a casa de los Ordoñez, para esperar a su novia bajo un calor tremendo, mientras tarareaba, Los marcianos llegaron ya, y llegaron bailando chachachá, estribillo de la orquesta Aragón que lo había contagiado, sin imaginar que su destino de guajiro en calma cambiaría para siempre cuando apareció Magalys con Emiliana Ortiz, su compañera de trabajo. En vez de ir directo a la finca Santa Amalia, como tenían pensado, los novios decidieron adelantar a Emiliana, quien bajó del Ford muerta de risa cuando la dejaron y aunque ambos insistieron en su apuro no pudieron esquivar la invitación a una taza de café, Bajen, que no se diga, con granos acabados de traer de la loma, muchachos, por parte de una Emiliana contenta que los sentó en taburetes y, de paso, les presentó a su hermano, Mucho gusto, compay, Eutelio Ortiz, maestro de escuela primaria, para servirles.
Valeriano, coge el trillo, condenao. De vuelta a los asuntos domésticos, mi padre recordó que esa otra fuga hacia La Habana no lo había tomado por sorpresa; bajo la condición de que el viejo Demetrio solo se enterara cuando ya hubiera ganado kilómetros de distancia, fue un secreto compartido de ese hermano con él. Mariano Navarro, el nuevo prófugo, dejaba un hueco enorme en la familia, fue su barbero gratuito casi desde la niñez y por sus manos con tijeras pasaban todas las cabezas de varones, sin necesidad de entregarse a los barberos de Palma. Pero en su caso, además de haber logrado ese oficio por su cuenta, con tal de alejarse de los trabajos en el campo, habría que apuntar que sentía una fuerte vocación por la música, adquirida desde la tarde en que acompañó a Demetrio a escuchar las canciones de los corridos mejicanos y descubrió el sentido melódico de los violines. A partir de ese instante el jovencito Mariano Navarro, deseó ser violinista con todas sus fuerzas y para lograrlo consiguió que esos músicos, amigos de su padre y de Pancho el Gallero, al verlo con tanto entusiasmo, le obsequiaran desechos de viejos instrumentos: algunas cuerdas repletas de óxido, indescifrables hojas de pentagrama, arcos defectuosos, violines destartalados, que el muchacho se dedicó a enmendar con paciencia de artista incipiente, hasta que pudo ser dueño de algo parecido a un instrumento y se dispuso a tocarlo, pero sonaba tan mal y provocaba tanta risa en la familia, que fue el propio Demetrio quien terminó por sorprenderlo, al comprarle un violín de medio uso como regalo de cumpleaños.
Weyler, coge el trillo, condenao. Eutelio Ortiz, el hermano de Emiliana, desde su taburete inclinado en la pared, casi sin preámbulos, dijo que era militante del Partido Ortodoxo y quería hablarle claro, compay, muy claro, eso de invitarlo a un cafecito no más era un pretexto para conversar cosas serias, pero mi padre ripostó de inmediato advirtiéndole que cuando se apelaba a pretextos de ocasión para conversas, las cosas entonces ya no le estaban pareciendo muy serias, y Eutelio Ortiz no tuvo otra salida que disminuir su engolamiento, sonreír como si fueran amigos de antaño y decirle que lo perdonara, compay, no había de otras y a gente intachable como usted las necesitamos de urgencia. Luego, empleando metáforas que mi padre demoraba en desmontar, habló de lo mal correspondida que estaba esa novia de todos, la Patria, con Batista en el poder por causa de un golpe de Estado, y que los mambises del siglo anterior habrían muerto en vano, si ellos, los mambises actuales, permitían que esas cosas ocurrieran sin mover un dedo, compay; dijo, además, que desde hacía semanas había gente alzada en las montañas de la Sierra Maestra, al mando de Fidel Castro, un tipo que medía como seis pies, tan joven como ellos, que también era ortodoxo, pero sin miedo ninguno a Batista; entonces, mi madre, entusiasmada, interrumpió el discurso de Eutelio Ortiz para puntualizar que ella siempre había simpatizado con Eduardo Chibás, el líder de ese Partido, que lo escuchaba por la radio exhortando a luchar contra los corruptos del gobierno y que el lema «Vergüenza contra dinero» le encantaba, por tanto, igual se consideraba ortodoxa y hubiera votado por él si no se hubiera encaprichado en pegarse un tiro en la ingle, delante de sus seguidores, en plena emisora, por causa de unas acusaciones que no había podido demostrar contra otro político; pero como si no bastara, desde la mismísima cocina, Emiliana Ortiz comenzó a gritar con iracundia que ella también amaba al incorruptible Eddy Chibás, que también era ortodoxa y que Fulgencio Batista, el dictador ese, el cabronazo ese, no más era un entregado a los yanquis desde hacía veinte años, un oportunista de mierda siempre cercano al poder, un mulato servil loco por pasar como blanco, un vulgar asesino de Tony Guiteras, un títere, un mafioso, una marioneta, y todos, incluido Eutelio Ortiz, agitaron los brazos, hicieron siiiooó con sus bocas, y pidieron, suplicaron, rogaron, que hablara bajito, Emiliana, carijo, por favor, te oye algún chivato, avisa a los guardias y nos vas a desgraciar al seguro, mujer, no seas tan loca.
Coge el trillo, Valeriano, condenao. Mi padre escuchó la campana de almuerzo y sintió hambre; soltó los bueyes del arado, los colocó bajo la sombra de una mata de aguacates catalina y fue despacio a almorzar, con su pensamiento ocupado en varios cabos sueltos y en lo que estaría haciendo su novia a esa hora.
V
Demetrio Navarro, padre de mi padre, como si estuviera en algún campamento de paso, semejante a los que hubo de recorrer cuando era joven en los malos tiempos del Machadato, gustaba de repartir el almuerzo bajo la sombra de las matas de mango con el cucharón dispuesto, ojos calculadores de ahorro total y un justo sentido de la medida, a una hilera de hijos cansados que no le quitaban los ojos de encima con sus respectivos platos de aluminio, jarros y cucharas, y sus rostros de muertos de hambre por haber trabajado muy duro.
Una cazuela enorme de ajiaco recién traída en la carreta por Román, el hijo encargado de estos menesteres, en dependencia del estado de la economía familiar debería dar cuentas de un líquido espeso con plátanos verdes, maduros y pintones, bien picados en trozos; calabaza imponiendo color dentro del líquido, bastante malanga blanca y amarilla como base medio neutra, pedazos de boniatos con sabor cercano a dulce, ñame rico, yuca blanda, desleída entre trozos de faldas de carne de res, tasajo y de costillas de cerdo; maíz tierno y cómplice de la calabaza en asuntos de color, sofrito apoyado en rojos tomates de cocina, cebollas bien picadas que habrían hecho llorar sobre el cuchillo, dientes de ajos fijadores, comino, pimiento, cilantro, orégano, toque exacto de sal y mucha candela de leña hasta que hirviera el líquido junto a su contenido, alcanzara el punto espeso dentro de la cazuela y sobre la carreta se trajera hasta aquí; suficiente para que un olor sabroso se impusiera bajo las matas de mango y una sinfonía de tripas denunciara el estado de hambre en la medida en que el cucharón dejara caer porciones de ajiaco, siempre un par de veces en cada plato del hambriento, pero dichoso, que lo garantizaba entre cabriolas para no quemarse, ni botarlo del plato en el trayecto hasta llegar al rincón donde ofrecerse varias cucharadas, calientes, necesarias, sabrosas.
Al verter cada porción en platos bajo las matas de mango, siempre un par de veces, Demetrio Navarro, con gestos léperos de guajiro que se las sabe todas, parecía repetirles el mismo discurso que a veces pronunciaba en las noches frente a la familia completa, a la hora de comer, Ocurren malos tiempos, muchachos, les decía, el alimento es sagrado cuando no se tiene, pero más lo es cuando se tiene y de un día para otro se pudiera perder, así que no me dejen nada en los platos, cómanselo todo que ustedes son difíciles por partida triple: negros, guajiros, y orientales; gente del fin del mundo cubano destinados a caminar en baja todo el tiempo, orientales, negros y guajiros; no por gusto acá comienzan todas las guerras de este país, ah, pero ahora mismo, mientras hablo frente a mi plato lleno, y mientras ustedes escuchan frente a los suyos, puedo contar con esta mano a quienes se dan el lujo de tres comidas diarias y me sobran dedos, así que no dejen nada en los platos, muchachos, que por acá nos sobran tísicos deambulantes de todos los colores, familias con sus bultos en las guardarrayas, guardia rural perversa, barracones repletos de haitianos tristes, plan de machete al por mayor, pedigüeños en las calles céntricas de Palma, desalojos ordenados a distancia, vejigos encueros y de barriga inflada por parásitos, tiempo muerto, sarampión, china, paperas, rubiola, poliomielitis, guajiras arrugadas y requetefeas frente a sus bajareques como postales tristes, lágrimas y encabronamiento inútil de los trabajadores por las malas pagas en los cañaverales, gente muy pobre o en la miseria total, en fin, afuera vive un batallón enorme de desdentados por falta de un plato con algo caliente, y nosotros, por ahora, corremos mejor suerte que ellos, pero no se confíen, muchachos, nadie pude confiarse, así que cómanselo todo y miren a ver.
Plácido Navarro, cansado, pero feliz, bajo la sombra de las matas de mango, sostenía su plato de ajiaco con las cabriolas propias para no botarlo, mientras tarareaba, Toda una vida me estaría contigo, no me importa en qué forma, ni dónde ni cómo, pero junto a ti; canción de Osvaldo Farrés que lo ayudaba a pensar en su novia, a quien toda una vida estaría mimando, estaría cuidando, como cuido mi vida, que la vivo por ti. ¿Almorzaría Magalys un plato de buen ajiaco también a esa hora? No me cansaría de decirte siempre, pero siempre, siempre, que eres en mi vida, ansiedad, angustia y desesperación. Mi padre, desde su puesto fijo y antes de llevarse la primera cucharada a la boca, imaginó a su novia detrás de un humeante plato de ajiaco, en la mesa de la enorme cocina de los Ordoñez, pero se equivocaba, como la propia Magalys le aclararía más tarde.
Ese mediodía en la mansión de los Ordoñez las cosas no estaban para juegos, ni para canciones de Osvaldo Farrés; Magalys no había cocinado ajiaco, sino todo lo contrario, hizo arroz amarillo con pollo, chatinos, ensalada de tomates, casquitos de guayaba como postre, y mucho menos estaba almorzando. Más bien, en ese instante, necesitaba impedir a cualquier precio que doña Ignacia, la madre de Enrique Ordoñez, el señor de la casa, subiera las escaleras hacia la segunda planta. Pero doña Ignacia, después de regresar de la Iglesia con paso de señora de alcurnia, y de conversar largo y tendido con una vieja amiga en los balances del corredor, agotados todos los pormenores y chismorreos del barrio, sintió un tremendo salto de hambre en el estómago y le confesó a la amiga que la perdonara, pero no aguantaba más, en asuntos de horario de almuerzo y en asuntos de siesta, su cuerpo era un reloj y ya estaba a punto del desmayo.
Deseosa por verse delante de los platos, doña Ignacia esperó a que la amiga se alejara, hizo un suspiro de alivio al verla en la calle y libre ya de testigos levantó una pierna en el balance. Después, como si destrabara la angustia más triste de su alma en pena, soltó uno de sus pedos cálidos, a los que llamaba vientos y a los que en los últimos años era imposible controlar por mucho que contrajera sus esfínteres. En esta parte, al menos, sintió un alivio inmenso y antes de abandonar el corredor se persignó agraviada por semejante agonía, apretó un rosario con hermosa cruz de plata, rezó despacio un Dios te salve, María, llena eres de gracia, el señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús; Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte, Amén, como para dar un tiempo a que el hedor se esparciera antes de entrar en la casa, mientras sus ruidos de estómago anunciaban un infatigable deseo de almuerzo.
Doña Ignacia llegó al comedor, vio los platos servidos, a Magalys atareada en los asuntos de acomodar la mesa, a Emiliana retirando el cubo y la frazada de limpiar, pero no vio por ninguna parte a su nuera, Flor Miranda de Ordoñez, quien ya debía estar sentada frente a los platos, para acompañarse ambas en el almuerzo, como habían convenido en la familia cuando Enriquito estuviera de viajes y las niñas en la escuela privada; entonces, doña Ignacia, levantó la vista hacia la segunda planta, miró a la habitación donde aún debía encontrarse Flor Miranda, miró a las escaleras y ella misma se dispuso a subirlas.
Fue en ese instante cuando a Magalys le entró un desasosiego que estuvo a punto de volverla loca. Necesitaba encontrar un pretexto de urgencia para impedir que doña Ignacia subiera a la segunda planta. Si la anciana descubría en lo que andaba la señora Flor Miranda de Ordoñez desde hacía meses, un escándalo de grandes proporciones pudiera costarle el trabajo a la propia Emiliana y a ella misma, Por consentidoras, por malas sangres, por malas pagas, por negras de mierda, por conocer todo esto y no haberlo advertido; mi madre, entonces, imaginó los múltiples insultos que saldrían de la boca de doña Ignacia, mientras ambas domésticas, apenadísimas, desencajadas, se largaban con su música a pasar hambre a otra parte, y se dijo, Ay, Dios mío.
Magalys soltó el juego de cubiertos que acomodaba y corrió a interponerse en el camino de la señora Ordoñez para impedir que diera un paso más, doña Ignacia, perdóneme, ni suba, que ya la mesa está servida, dijo casi en forma de súplica, pero la anciana en vez de desistir le replicó muy seria: Apártate, Magalys, quiero cantarle las cuarenta a esa mujer, y con sus dedos gordos apoyados en el brilloso pasamano, continuó en su empeño de ganar otro escalón; pero mi madre, insistente, llegó nerviosa hasta donde estaba, No siga, por favor, le dijo, mire que ya le tengo listo su caldito de pollo, y fue en ese instante que la señora doña Ignacia de Ordoñez, a mediación de escalera de mármol, levantó una de sus piernas para ganar otro escalón y, sin poder contenerlo, sin poder evitarlo, sin control alguno sobre sus esfínteres, soltó otro de sus pedos cálidos, a los que llamaba vientos, y en la nariz de Magalys penetró un hedor de cloaca indescriptible que la hizo perder el equilibrio, soltar un grito de espanto antes de rodar varias veces por la escalera, y terminar ahogada en un terrible ataque de tos.
Gracias al ruido y a los gritos, tanto los de la señora Ignacia, como los de Magalys, ni Emiliana ni ella perderían el trabajo, por suerte; así se repitieron en la cocina las dos domésticas unas horas después y así, como si no pudieran creerlo, lo contarían a sus familiares y amigos cercanos. Los gritos pusieron en estado de alerta a la señora Flor Miranda, quien salió de su habitación, asustada y en bata de casa, tan hermosa como siempre, tal vez pensando en algo peor y nunca en una simple caída de una doméstica por causa de un pedo de vieja. La señora doña Ignacia de Ordoñez, por su parte, miró a su nuera con cierto desprecio antes de abandonar el último escalón, apretó el calvario para rezar otra vez un padre nuestro y las cosas, por suerte, continuaron como siempre.
Plácido Navarro, satisfecho, terminó su ajiaco bajo las sombras de las matas de mango, soltó un suspiro de hombre enamorado y pensó que tal vez su novia también estuviera almorzando un buen ajiaco, pero se equivocaba, como ella misma, muerta de risa, le contaría más tarde.
VI
Coge el trillo, Valeriano, condenao. Plácido Navarro dejaba caer un fuerte latigazo en el lomo del buey más rezagado, para que mantuviera uniforme la línea del surco, mientras recordaba, muerto de risa, a su hermano con violín, junto al primo Luis Chiquito con guitarra y al primo Naro, con bongó entre las piernas, repitiendo en las fiestas hasta el agotamiento las únicas tres canciones de su repertorio. Cantaban De dónde son los cantantes, con sus trovas fascinantes, que me las quiero aprender, desgañitados, difónicos, desacoplados, ay, mamá, de dónde serán, pero muy serios y convencidos de que el camino de la música era para ellos, al igual que lo había sido para el famoso Trío Matamoros, el único posible si querían dejar de ser alguna vez de la loma, es decir, guajiros de mierda, y que el éxito de sus empeños dependía, además de estudiar mucho y de ampliar el repertorio, en cantar cuanto antes en el llano, o lo que era lo mismo, en La Habana.
Weyler, coge el trillo, condenao. Cuando Emiliana trajo los cuatro vasos de café, Eutelio Ortiz, su hermano, con más aires de conspirador preocupado que de maestro primario, enderezó el taburete y le hizo una seña a mi padre para que lo acompañara. Plácido Navarro miró a Magalys como si se lamentara un poco, sus planes eran estar en la finca Santa Amalia a esa hora y no allí, pero qué remedios, la vida era una ensarta de imprevistos y aquel era uno más; aspiró el aroma que se sentía gravitante en la casa y salió detrás del maestro primario. Afuera la tarde era espléndida, un aire suave ayudaba a saborear el café hecho con granos acabados de traer de la loma, y detrás del Ford, como en uno de esos cuadros que vendían en la plaza, estaba la loma, o lo que era lo mismo, la Sierra Maestra, con sus barbudos agazapados encima y con los casquitos, desconcertados, debajo; así pensaba medio abstraído mi padre con un vaso de café bien caliente entre los dedos. Allá arriba sobrevivían los famosos barbudos de Fidel Castro y aquí, en casa de la compañera de trabajo de Magalys, por ofrecerse a adelantarle camino, sin poder evitarlo, estaba a punto de enredarse en peligrosos asuntos de política y él, Plácido Navarro, no más era un simple guajiro necesitado de esquivarla que de cualquier otra cosa, pero también comprendía que, apenas sin previo aviso, le había llegado la maldita hora de complicarse. Eutelio Ortiz colocó una mano en su hombro, sacó cigarros del bolsillo, como buen conspirador puso uno en su boca directo de la caja, brindó otro a Plácido Navarro y lo miró un instante que pareció eterno, antes de decirle, Compay, esto es serio, nos pueden matar, ¿usted está dispuesto a morir por la Patria? Entonces, como si no pudiera creer en semejante traición de sus nervios, a Plácido le entró un temblor en la mano derecha que le tumbó el cigarro, pero cuando se inclinó a recogerlo comprendió, además, que le habían dado tremendos dolores de estómago. Vuelvo ahora, compay, dijo, ¿dónde queda la letrina?
Coge el trillo, Weyler, condenao. Mi padre, ya con el sol de las tres de la tarde molestándole en la nuca, a pesar del sombrero, no dejaba de sonreír. Bien miradas, aquellas fugas de familia eran culpa de la siembra mental que desde la infancia había impuesto a todos sus hijos el propio Demetrio Navarro. Cuando caía la noche Santa Amalia era atrapada por una oscuridad como de boca de lobo y se hizo costumbre, después de comer, que toda la familia, incluida la madre, prima y esposa, Micaela Navarro, se apostara alrededor de un par de lámparas de aceite y de Demetrio, quien, sabiéndose centro de grupo, primero meditaba un poco, suspiraba, luego carraspeaba y a petición del más interesado se dedicaba a relatar con minucia alguna de sus peripecias en La Habana. Casi siempre comenzaba el relato ubicado en la cúpula del Capitolio, junto a su amigo Pancho el Gallero, ambos solos allá arriba, martillando, encofrando, resanando, a más de noventa metros de altura, dueños y señores del mundo, libres de las órdenes y de los chistes, en el sitio más alto de la ciudad, mientras abajo decenas de jipijapas y de fotingos se apreciaban minúsculos. Después, en dependencia de cómo se sintiera esa noche, solía cortar el escenario y trasladarse a cualquier otra parte, siempre junto a su amigo, a veces de polizontes en un tren de carga donde tenían que entrarse a trompadas con maleantes que pretendían extorsionarlos, camagüeyanos o villaclareños de mierda, tipos bebidos con cuchillos dispuestos a pinchar, pero llegado el momento, antes de que las cosas se pusieran peor, gritaba a Pancho que saltara sin importarles la velocidad y saltaban rodando tren abajo, y quedamos raspados, adoloridos, magullados, pero vivitos y coleando para hacer el cuento.
Coge el trillo, Valeriano, condenao. Ah, qué cosas tenía la vida, carajo, en un abrir y cerrar de ojos, Plácido Navarro, con solo adelantar de favor a Emiliana Ortiz hasta su casa, y de haber conocido al leguleyo y medio impertinente de su hermano menor, ya formaba parte de una de las mejores cédulas del 26 de Julio en Palma Soriano y tal vez de casi toda la provincia de Oriente; ¿qué le parece, compay?, con dos grupos más como nosotros, Batista cae redondo en un par de meses. Eso explicaba Eutelio Ortiz, con un grano de frijol incrustado entre los dientes, en la fonda donde habían acordado encontrarse un día después de su primer contacto, delante de dos platos de moros y cristianos, carne de puerco en fricasé, dos tajadas de aguacate catalina y un par de cervezas Polar. Como si fuéramos hombres de negocios a punto de un acuerdo provechoso, compay, para no levantar una sola sospecha, pues ellos, los del movimiento, necesitaban de alguien con transporte, pero que fuera persona decente, y en esto mi padre se pintaba solo. Por lo que, a partir de ahora, compay, el compañero Eutelio Ortiz, aquí presente, y el compañero Plácido Navarro, que es usted mismo, no volverían a encontrarse jamás, sin exagerar, por supuesto, al menos no deberíamos encontrarnos en mi casa, ni en fondas como aquella. El asunto era que nadie pudiera vincularlos en caso de ocurrir algún percance, ¿me comprende?, de los que tarde o temprano ocurrían entre nosotros, los conjurados contra los batistianos de mierda, porque pueden denunciarnos los chivatos, y a eso se le llamaba compartimentación, o lo que era lo mismo, Plácido Navarro lo conocía a él, a Eutelio Ortiz, jefe de cédula, pero nadie más lo conoce a usted, ¿me explico, compay? Fue así como mi padre se dio un trago largo de Polar, afirmó con la cabeza entre las manos y, de repente, estuvo detrás del timón de su Ford, repleto de viandas y de frutas, para venderlas de pueblo en pueblo, cumpliendo de paso con las peligrosas misiones de Eutelio Ortiz, enviadas en hojas de libretas escolares, a través de una Emiliana dicharachera y contenta, que a su vez las entregaba a Magalys en la propia casa de los Ordoñez, para que esta, entre besos, caricias y consejos de novia feliz, con cierto misterio, terminara entregándolas a él. Como se comentaba entre los guardias y en buena parte de la gente que tumbar a Batista solo era asunto de estudiantes y de abogados, de gente dedicada a la política, no de muertos de hambre ni de negros, Plácido Navarro jamás levantaba sospechas en las carreteras y se podía mover a su antojo con su camioncito. Una misión encomendada por Eutelio podía consistir en aprenderse un mensaje de memoria, llevarlo con calma de chofer descreído a otro jefe de cédula, esperar mientras vendía en alguna plaza de pueblo y cuando apareciera el contacto, aprenderse de memoria la respuesta. Otra de las misiones consistía en trasladar paquetes de octavillas, camuflados entre cajas de mandarinas, naranjas, mangos o plátanos, o dentro de las propias papayas, ahuecadas con ese propósito. Pero de todas ellas, las que lo hacían correr al escusado, lo mismo al inicio que al final de las mismas, o parar en seco y correr hacia los matojales, eran las del traslado de armas, o de gente quemada y en clandestinidad, que luego eran dejadas en algún punto del camino para que subieran a las guerrillas de la Sierra Maestra; incluso, algunos camaradas, antes de despedirse, al notarle su angustia de conjurado y por sus propias experiencias en asuntos de estómago, con humildad solidaria le recomendaban remedios para los retorcijones o farmacias en pueblos donde los vendían. Tanto era su estado de pánico a veces que, traicionado por sus nervios, detenía el Ford repleto de octavillas o de armas, e incluso de gente escondida bajo cajas de frutas, suspiraba como si estuviera esperando a Magalys frente a los Ordoñez, descendía con calma de novio feliz, pedía fósforos aunque guardara una caja en su bolsillo, prendía un cigarro, echaba humo despacio hacia la madrugada y conversaba amplio con los casquitos de guardia en los controles de carretera, a punto de tornarse sospechoso si se pasaba un segundo de más. Pero a pesar de todo se sentía de maravillas, porque hasta en vainas de conspiración era correspondido por Magalys, la negra de veintitantos que lo desquiciaba y que unos años después sería mi madre.
Coge el trillo, Valeriano, condenao. En cuanto a Demetrio Navarro, padre de mi padre, desde la infancia sus catorce hijos boquiabiertos, expectantes, con la intriga gravitando en la noche, lo habían advertido en varias ocasiones, a través de sus cuentos, como jornalero mal pagado en algún corte de caña en Camagüey, durmiendo en barracas repletas de chinches, escuchando cuentos increíbles de majases enormes en boca de guajiros léperos, juntando alguna plata para pagarse el tren de pasajeros y evitar los de carga repleto de borrachos, asesinos y ladrones; pero con el corazón y el cerebro puesto en La Habana, ah, La Habana, el sitio de los mejores trabajos, según decían todos, aunque Pancho, mucho más listo en asuntos de estrategia, aconsejaba detenerse primero en la carretera que estaban construyendo, la llamada central, donde contrataban a cualquiera sin problemas, compay, y así hicieron, dando pico y pala casi sin parar por unos meses, junto a peligrosos presidiarios que los amenazaban a todos, ellos incluidos, o se mataban gustosos entre sí, en el instante menos pensado y por cualquier pretexto, mientras construían una estrechísima línea de asfalto, curveada y de solo dos vías, que iba desviando su rectitud, de mansión en mansión, según los antojos de los ricos e influyentes hacendados que la querían tener cerca.
Coge el trillo, Weyler, condenao. Pero el relato que mejor sembraba en las cabezas de los hijos boquiabiertos junto a las lámparas de aceite, era el de las caminatas del joven Demetrio por el Paseo del Prado en busca del mar; el Prado, con sus bancos de mármol para sentarse a descansar de vez en cuando, con sus pisos de losas pulidas y limpias a más no poder, con sus leones de bronce apostados en los comienzos de las cuadras, con sus árboles enormes para garantizar la sombra de los caminantes. Demetrio Navarro se emocionaba mucho cuando les describía el Prado, pero se emocionaba más cuando llegaba al mar. Insistía en que las olas al encontrarse con las rocas de la costa salpicaban al caminante de paso, y los miembros de toda su familia, incluida Micaela Navarro, se sentían mojados por la misma agua y eran capaces de imaginarse en el muro del Malecón, como si estuvieran junto a los pescadores con sus varas y sus nylon, o junto a las románticas parejas que se besaban como en las películas, o junto a los vendedores de maní, o junto a los solitarios que se sentaban tristes para recuperarse un poco de las inclemencias de la vida; incluso, eran capaces de contemplar el Faro del Morro con su luz nocturna y a los barcos que entraban en la bahía. Sin hacer grandes esfuerzos mentales, podían sentirse mal los días de cobro por lo poco de la paga de albañiles, o saborear el buen sazón de las comidas chinas en alguna fonda barata de Zanja y Galiano; anécdotas que fueron sembrándose con calma de agricultor en la mente de los muchachos, y donde los más ilusionados, los más audaces, después de alcanzar la mayoría de edad, optaban por partir, sin previo aviso, para vivirlas por su cuenta, y la culpa de esas fugas de familia, pensó mi padre, luego de sonar un nuevo latigazo al buey de turno, la tenía el mismo que las condenaba: Demetrio Navarro.
Coge el trillo, Valeriano, condenao. Mi padre parqueó el Ford, cierta tarde, frente a los Ordoñez, cruzó la calle y entró en la cafetería de Silvestre Mora, pidió un vaso de prú bien frío, intercambió un par de palabras con el dueño, pagó la cuenta con unos centavos que hicieron ruido sobre el mostrador, salió feliz y luego se recostó al camioncito a esperar como siempre a Magalys, tarareó María Cristina me quiere gobernar, y yo le sigo y le sigo la corriente, de Ñico Saquito, pero quedó desconcertado al enterarse, por los gritos de espanto de Emiliana Ortiz, y por el mar de lágrimas de la propia Magalys, que a partir de ese instante, las cosas, para todos, para ellos, andarían muy mal, pues, a su jefe inmediato, al maestro primario de discurso engolado, al bueno de Eutelio Ortiz, le habían pegado un par de tiros bestiales en la frente, sacados los ojos con una pinza de mecánico, y colocado su cuerpo torturadísimo en la calle, a unas escasas cuadras de la escuela donde trabajaba, sin que nadie supiera quienes habían sido los culpables, los esbirros, los asesinos de mierda, aunque todos, sin mucho esfuerzo, se los imaginaban.
Coge el trillo, condenao. Un par de bueyes avanzaba despacio, Valeriano y Weyler o Weyler y Valeriano, como si no tuvieran detrás un rústico arado abriendo un surco, y detrás del arado a Plácido Navarro, con sus gritos y su látigo, los cabos sueltos y las preocupaciones.
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