Читать книгу: «La liturgia del esclavizador»

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Diseño de portada: Rubén García

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ISBN: 978-84-1114-328-8

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Para Isabel y Olaya

PRÓLOGO

Oscuridad y silencio.

Y cuatro puntos blancos en las esquinas de un cuadrado negro imaginario.

Abro los ojos y veo una fiesta, música, mucha luz, mucha gente entretenida pasándoselo bien. En mi cabeza flota una sensación extraña, como cuando te despiertas desubicado en un lugar y necesitas que transcurran unos segundos para situarte bien. Lo cierto es que, a pesar de estar un poco aturdida, soy consciente de que toda la gente que me acompaña no es gente anónima. Son, en su mayor parte, los padres de los compañeros del colegio de mi hija, aunque también están presentes familiares y amigos míos, todos ellos muy bien vestidos para la causa y felices, sus rostros irradian un optimismo del que es muy difícil no contagiarse.

A lo lejos, contemplo la silueta de mi marido, que está despojándole las princesitas a mi hija para que pueda saltar en un castillo hinchable con forma de dragón. Parece que todo se desarrolla según un guion preestablecido. La gente está contenta, distraída, no hay indicios aparentes de aburrimiento o indiferencia dentro de esta sala bien acondicionada para la celebración de eventos infantiles. Todo parece indicar que es la fiesta de cumpleaños de alguien, pero aún no sé muy bien de quién. En una mesa cuadrada reposan cuatro bandejas repletas de canapés, varias botellas de bebida carbonatada de distintas marcas y dos pequeñas montañas de vasos de plástico. Desde mi posición lo distingo todo a pesar de no saber con certeza si, en realidad, fui yo la responsable de organizar esta fiesta o no.

Necesito despejar la mente, me levanto del sofá, pero mis rodillas fallan y me hundo de nuevo en él. Tengo las piernas dormidas y tardaré unos segundos todavía en despertarlas de su letargo. Intento recordar cómo he llegado hasta aquí y con quién. Soy incapaz. De momento, solo soy consciente de que sufro una especie de laguna mental que espero que sea transitoria y se difumine con el paso del tiempo. Paseo la vista una vez más por toda la estancia con la firme convicción de que nunca había pisado este lugar. Cuando desvío la mirada hacia mi reloj de pulsera algo me resulta familiar. Dieciocho de julio, ¡el cumpleaños de mi hija! Debió organizarlo todo Fernando, mi marido, pero no llego a entender el porqué de mi amnesia. Me incorporo del sofá, esta vez con éxito y después de zigzaguear entre la gente y los globos de colores repartidos por todo el suelo embaldosado, me aproximo hasta la zona de juegos infantiles en la que dos niñas, una rubia con trenzas simétricas y otra morena con el pelo suelto juegan a las muñecas, dos niños hacen lo propio con una consola de videojuegos. Los demás saltan en los castillos hinchables como si no hubiera un mañana al lado de mi hija. En un extremo de la sala, una mesa alargada con cinco sillas pequeñas a cada lado entra en mi campo de visión. Y justo enfrente, presidiéndola, un trono rosa con dos dragones verdes que hacen la función de reposabrazos. La mesa, en donde de un momento a otro merendarán los niños, está repleta de comida, bebida y chucherías. Alzando un poco la vista puedo contemplar cómo alguien decoró la pared con letras gigantes formando dos únicas palabras: «FELICIDADES, MÍA». Camino hasta la mesa, dejando atrás a los muchachos, que siguen ensimismados en la pantalla de televisión, aparto una de las sillas y observo con detenimiento todo lo que reposa sobre ella. En todas las servilletas hay un dibujo plasmado de un tiranosaurio rex y, justo debajo, el nombre de mi hija. Esbozo una sonrisa mientras me retiro dejando de nuevo la silla en su sitio. Altavoces repartidos estratégicamente por toda la sala son los encargados de amenizar la celebración con canciones infantiles, tanto de ahora, como de hace unos cuantos años. En lo que a mí respecta, necesito encontrar a mi marido y que me ponga al corriente de todo esto, él tiene que saber de primera mano todo lo que necesito averiguar. Levanto la vista escrutando la estancia, pero no consigo distinguirlo entre tanta gente. Lo que sí logro captar es la presencia de dos puertas que, en un primer momento, da la impresión de representar los servicios. Pero no son dos. Son tres…

Dirijo mis pasos hacia ellas y, en ese momento, me percato de que en la puerta de la izquierda hay una placa con la silueta de un hombre y en la de la derecha lo propio con la silueta de una mujer. La puerta del medio es idéntica a las otras dos, pero no hay placas, ni siluetas, ni nada. La curiosidad por saber qué hay detrás de ella comienza a invadir los numerosos recovecos de mi mente. Con dos pasos más tengo la madera de la puerta a escasos centímetros de mis ojos, pero es una posición incómoda y no quiero que la gente me señale y me tache de rara. Algo en mi cabeza me dice que no me preocupe, que me tome todo el tiempo necesario para analizar esa dichosa puerta. Obedezco sin rechistar. Desde que me levanté del sofá nadie interactuó conmigo, nadie me habló, incluso nadie me miró. En ese preciso momento me siento fuera de lugar, como si sobrase de la fiesta, como si fuese una persona non grata. Es una sensación extraña, pero lo cierto es que me siento más cómoda ahí, aislada de todos los invitados, enfrente de esa misteriosa puerta. Treinta segundos me bastaron para descubrir las cuatro palabras que alguien había escrito a bolígrafo y que eran casi imperceptibles sobre la madera blanca a la altura de mi cuello.

«POR FAVOR, NO PASAR».

No sé por qué razón asocio esa caligrafía con una chica joven y muy aplicada en sus estudios. Alguien me dijo una vez que todas las personas, o por lo menos la gran mayoría de ellas, tendemos a creer todo lo que ven nuestros ojos, damos muchas cosas por sentado, aunque, a veces, esos primeros impulsos no se correspondan con la realidad. Por norma general, no solemos desconfiar, entre otras razones porque no tenemos motivos para ello. Mi cabeza en aquel momento se fía de lo que ponen los letreros. La puerta izquierda, el servicio masculino, la derecha, el femenino. Y la puerta central alberga algo que alguien no quiere que descubra. Estoy convencida. En ese preciso instante en mi interior se desencadena una lucha interna, deseos contradictorios: abrir la puerta o dar media vuelta y olvidarme de su existencia. Pero si eligiese esta segunda opción, la puerta no desaparecería como por arte de magia, seguiría ahí y mi deseo por cruzarla sería cada vez mayor.

Cada vez tengo más claro que averiguar qué se esconde tras ella no constituirá una idea descabellada por lo que mi mano derecha acaricia el pomo y comienza a girarlo despacio, muy despacio. Desvío por última vez la vista hacia atrás y no veo nada extraño, ni fuera de lo normal. Las luces, la música, los globos, todo forma parte de una estupenda fiesta de cumpleaños. Nada que objetar. El pomo llega al final de su recorrido y comienzo a empujarla. Cuando la abro del todo, dudo un instante si dejarla abierta o cerrarla tras de mí. No me gusta que alguien, el dueño del local o algún encargado me reprenda por tal acción, por lo que mi decisión de cerrarla de nuevo es firme. Lo que mis sentidos captaron a continuación es difícil de explicar con palabras. Me encuentro al principio de un largo pasillo, de poco más de un metro de ancho y tan largo que no distingo el final. Todo el mundo sabe lo que es un pasillo, hasta los niños pequeños los conocen, pero este no era un pasillo normal y corriente. En absoluto. A ambos lados están colgados espejos, decenas de espejos, cientos de espejos. A medida que avanzo por él, los primeros con los que me encuentro escupen mi reflejo como bien lo haría cualquiera. Hasta ahí todo normal. Pero cuando ya llevo recorridos más de cincuenta metros, los espejos con los que me voy encontrando no reflejan mi silueta con tanta precisión como los anteriores. Soy testigo de cómo mi cuerpo, a través de ellos, se va difuminando más y más hasta el punto en el que no cumplen con su misión. Soy lo más parecido a un fantasma o a un vampiro. Los espejos por alguna extraña razón no me devuelven el reflejo.

No soy muy buena con las distancias, pero desde la puerta hasta la posición en la que me encuentro bien podía haber doscientos metros, puede que más. Me da la impresión de que, en aquel momento, por mucho que intentara encontrar explicación a lo sucedido, no hallaría ninguna, por lo que no le doy más vueltas al asunto y sigo caminando hasta que empieza a dibujarse algo al final del pasillo. Otra puerta idéntica a la del principio. A estas alturas no me rindo. Mi intención es llegar hasta ella y cruzarla. Quiero saber qué se oculta al otro lado y eso es lo que exactamente hago.

Cuando mi mano derecha toca el pomo de la segunda puerta y comienzo a girarlo, una sensación de pánico se apodera de mí, impidiéndome, a priori, lograr mi objetivo. Me tiemblan las piernas y las manos. Venzo esa sensación de angustia y abro la puerta descubriendo tras ella una sala de dimensiones similares a la de la fiesta de cumpleaños. Tanto el pasillo que estoy dejando atrás como la nueva sala que aparece ante mis ojos se mantiene en una turbia y misteriosa penumbra. Aun así, puedo distinguir muchas cosas que me llaman la atención. La primera de ellas, una línea roja que alguien se esforzó en pintar debajo de la puerta, probablemente la misma persona que había escrito a bolígrafo la advertencia anterior y que ahora, al abrirla, se hace más visible. La sala es como una especie de sótano de un hospital psiquiátrico o algo por el estilo. Es tétrica y se divide en dos partes claramente diferenciadas. En la parte izquierda, nueve camillas metálicas colocadas de cualquier manera conservan sus inquietantes e inmóviles posiciones. Tres de ellas están volcadas, dos se encuentran vacías, pero las cuatro restantes albergan algo cubiertas por sábanas mugrientas. Todo parece indicar que se trata de cadáveres, pero no seré yo quien lo averigüe. Numerosos escombros repartidos por el suelo y la presencia de dos sillas de ruedas oxidadas completan la grotesca estampa. El lado derecho de la estancia es más aterrador si cabe. Decenas de cadenas con robustos eslabones nacen del desvalijado techo y mueren en el fondo de una piscina que no permanece vacía ni cubierta de agua. Desde mi posición no distingo bien de qué líquido puede tratarse, todo parece indicar que lleva ahí estancado meses, incluso años, ya que el olor que desprende es nauseabundo. Me cubro la nariz con mi mano derecha mientras caigo en la cuenta de que había atravesado la línea roja inconscientemente. Desconozco si fue debido al olor, a la tensión o al miedo que comienza a agarrotarme los músculos, pero lo cierto es que aterrizan tres pinchazos seguidos en mi cabeza y, después de unos segundos, otro más. Cada vez tengo más claro que nunca debí haber abierto la primera puerta y mucho menos la segunda. Nunca debí haber pisado este lugar, ni cruzar la línea roja, pero ahora ya es demasiado tarde para rectificar. Siempre lo ha sido.

En este momento, no sé qué hacer, si seguir escrutando la estancia o dar media vuelta y abandonar el lugar lo antes posible con la intención de no regresar nunca más. Huir parece tarea sencilla, olvidarme de su existencia me va a costar un poco más. Tengo miedo, no lo voy a negar, pero también siento curiosidad. Avanzo unos pasos en dirección a la piscina y, antes de ponerme de cuclillas a su lado, noto frío. Hay mucha humedad en este sótano. La luz tenue que desprenden los cuatro fluorescentes no ilumina gran cosa, pero es suficiente para comprobar que faltan más de la mitad de los azulejos que componen las paredes, y los que aún se sustentan por sí mismos, no presentan buen aspecto. No necesito mojar los dedos en esta viscosa sustancia para darme cuenta de que se trata de sangre lo que reposa en esta improvisada piscina. Pero no la sangre que todo el mundo conoce o está acostumbrado a ver. Una sangre distinta. Una sangre espesa. Y muy oscura.

Todo parece indicar que esta sala está reservada para alguien con no muy buenas intenciones que disfruta torturando y matando dentro de la dinámica de unos macabros juegos que brotan del interior de su enfermiza y perturbada mente. Estas cuatro paredes han sido, durante mucho tiempo, testigo directo del dolor, la angustia y el pánico de víctimas inocentes que se confunden con las risas, la satisfacción y el disfrute del supuesto verdugo. O de los supuestos verdugos. Esto es lo que este lugar me transmite.

El chirrido del roce de unas oxidadas ruedas contra el suelo comienza a hacerse perceptible en mis oídos. Alguien está empujando otra camilla y se está acercando. No quiero que nadie se percate de mi presencia por lo que, intentando hacer el mínimo ruido posible, regreso hasta el punto inicial, hasta la puerta por donde entré, arrimándola tras de mí, sin llegar a cerrarla del todo. No quiero que nadie me descubra. Necesito ver con mis propios ojos quién es partícipe de semejante atrocidad.

Una de las dos hojas de la puerta corredera de acero inoxidable comienza a ceder al otro lado de la sala emitiendo un molesto e impertinente chirrido. Cuando el movimiento cesa, alguien que sobrepasa los dos metros de altura entra en escena empujando una camilla. Desde mi posición no logro apreciar con claridad a la persona que descansa sobre ella, pero esta no abandona en ningún momento su empeño de retorcerse intentando escabullirse de las correas que le mantienen inmovilizado. El sujeto avanza hasta el borde de la piscina y se dirige hasta un pequeño panel de control. Un chasquido se hace audible y es entonces cuando unas cadenas bajan al mismo tiempo que otras suben mediante un sistema de poleas que está ubicado cerca del techo. Todo lo que captan mis retinas me parece total y absolutamente sobrecogedor. Se le nota bastante destreza en sus acciones. No titubea en ningún momento. A saber, las veces que habrá repetido esta misma rutina en la más absoluta y profunda de las intimidades…

Constato que ya contemplé lo suficiente y me dispongo a abandonar el lugar. Para ello, cierro la puerta con toda la delicadeza que soy capaz de reunir y camino por el pasillo en dirección a la fiesta de cumpleaños, la cual nunca debí haber abandonado. Ahora no quiero ver espejos, ni reflejos, solo caminar a buen ritmo hasta la primera puerta, hasta el punto de partida. Necesito sumarme de nuevo a la fiesta de cumpleaños, pasar desapercibida entre la gente, ver a mis seres queridos, sentirme protegida. El camino de vuelta se me está haciendo más largo y cuando ya por fin distingo la puerta, una sensación de alivio inunda todo mi cuerpo. Mi mano derecha es la encargada de girar el pomo, empujar la puerta y acto seguido cerrarla tras de mí. Lo que mis retinas captaron a continuación fue una escena más aterradora, si cabe, que lo que acontecía en la otra sala.

Ahora no hay tanta luz como antes, no hay música. La gente no baila, no come, no bebe. Los niños no juegan, ni meriendan. Simplemente permanecen ahí, de pie, petrificados, al lado de sus padres mirándome con gesto serio. En este momento soy consciente de cómo todo el mundo me clava sus miradas en el más riguroso y estricto de los silencios. Una vez más, no sé cómo reaccionar. La primera idea que aterriza en mi mente es que todo forma parte de una pesada broma y que en cualquier momento a alguien de los presentes se le escapará la risa y todo volverá a la normalidad. Evidentemente, eso nunca sucede.

El único movimiento que captaron mis ojos tras dos minutos eternos es el de mi hija Mía soltando la mano de mi marido y acercándose hasta mi posición. Anda como si fuera una especie de robot, como si alguien estuviera manejándola con un mando teledirigido. Todos y cada uno de sus movimientos son total y absolutamente antinaturales. Cuando por fin la tengo a mi lado, queda paralizada mirando al frente. No tardo mucho en comprender que lo que en realidad pretende es que me agache para que, de esa forma, pueda susurrarme algo al oído. Nunca he tenido miedo a mi hija, ni a ninguna niña de ocho años, pero en este preciso instante me está aterrorizando este lugar, me horroriza cómo se han desencadenado los hechos y, aunque jamás lo hubiera imaginado, me aterroriza la presencia de mi propia hija. Me agacho hasta que su boca y mi oreja quedan a escasos centímetros de distancia. Y es en este preciso momento cuando de sus tiernos y dulces labios brotan las palabras más perturbadoras y espeluznantes que había escuchado en toda mi vida…

Abro de nuevo los ojos, esta vez en otro plano, en el plano real, y puedo confirmar que acabo de sufrir una pesadilla. Mi corazón late con rapidez y tardará unos segundos en recobrar la normalidad. Siento humedad en mi espalda. En ese instante, paseo la vista por la habitación donde me encuentro sin apenas mover la cabeza, pero no consigo distinguir lo que realmente me gustaría. Aparece todo muy borroso. Distorsionado. Estoy conectada a una máquina que emite un repetitivo pitido. A su lado, aprecio otra de similares características, aunque no estoy muy segura. De repente, unos bultos se mueven nerviosos por la habitación, parecen personas. Noto una ligera presión en mi cabeza mientras mis párpados comienzan a ceder de nuevo. Lucho por mantenerme despierta, pero soy incapaz. Justo en el momento en el que alguien se acerca y me acaricia la piel de mi cara vuelvo a perder de nuevo todo contacto con la realidad que me rodea…

PRIMERA PARTE

DESESPERACIÓN

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«Los que sueñan de día son conscientes

de muchas cosas que escapan a los

que sueñan solo de noche».

Edgar Allan Poe

(1809 – 1849)

Escritor estadounidense

1

—¿Y dices que eso es lo primero que recuerdas después del accidente?

—Así es. Es lo primero que recuerdo y justo después estaba postrada en la cama de un hospital. No entiendo nada, no encuentro ningún tipo de explicación a todo esto que me está sucediendo.

—Me sorprende mucho la precisión con la que recuerdas los sueños. La mayoría de las personas a las que he tratado, o no se acuerdan o, si lo hacen, me lo cuentan de una forma mucho más superficial. ¿Siempre te sucede? ¿Siempre los recuerdas al despertar?

—Bueno, supongo que como cualquier persona. A veces los recuerdo y otras no. Es cierto que cuando lo hago y, como bien has dicho, suelo acordarme de un gran número de detalles.

—¿Y ahora después del accidente?

—Han transcurrido ya ocho meses y en todo este tiempo los recuerdo con mucha más nitidez, aunque, si te soy sincera, hubiera preferido no haberlo hecho con tanta. No son sueños, son pesadillas que me atormentan de tal manera que no puedo hacer vida normal. Por eso estoy aquí, para que averigües el problema y me cures. Aunque comienzo a pensar que no te encuentras capacitado. ¿Me equivoco?

No era una sala acondicionada para la causa, era simplemente la habitación de un ático. Los dos compartían la misma edad, treinta y seis años, pero uno era psicoanalista, estaba sentado en una silla y tenía una libreta de bolsillo y un bolígrafo de tinta líquida en sus manos, la otra, era su paciente y estaba tumbada en un sillón de cuero observando un techo que ya se conocía de memoria.

—Tu caso es especial. En las casi dos semanas que llevamos de terapia he descartado distintos trastornos relacionados con el sueño, pero pienso que hemos dado importantes pasos y ya estamos más cerca. Necesito que vuelvas a contarme todo desde el principio.

—¿Desde el principio? ¡Te he contado mi vida más de cinco veces! ¡Ya te la sabes de memoria!

—Un último intento. Hay algo que se nos escapa. Si de esta no lo consigo, no tendré más remedio que tirar la toalla. La tiraré por primera vez en diez años que llevo de carrera profesional y te aseguro que no estoy por la labor.

—¿Y si no consigues tu cometido? ¿Qué va a ser de mí? ¿Archivarás mi caso en una carpeta y dejarás que mis propias pesadillas acaben conmigo?

—¿De verdad piensas que haría eso?

—No lo sé, ya no sé qué pensar.

—Pues que te quede claro que no lo haré, siempre hay un plan B.

—¿Un plan B?

—Sí. Si no consigo diagnosticar tu trastorno, no tendré más remedio que enviarte a ellos.

—¿A ellos? ¿Quién son ellos?

—Los que te curarán en caso de que yo no sea capaz.

—Veo que estás muy seguro de tus palabras. Aquí todo el mundo es muy bueno, pero yo sigo con el problema y nadie, hasta ahora, ha sido capaz de darme una solución.

—Ellos sí lo harán.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?

—Porque son los mejores en su especialidad. Tengo el gusto de conocerlos en persona y doy fe de ello. Vamos a hacer lo siguiente. Me contarás una vez más todo desde el principio, sin prisa, yo te escucharé con atención e intentaré buscar la luz al final del túnel. Esta será mi última oportunidad, la última sesión, ya no habrá ninguna más, te lo prometo. ¿Estás de acuerdo?

—De acuerdo.

—Pues bien. Empieza cuando quieras. Soy todo oídos.

Alicia tardó unos segundos en articular las palabras porque su intención era realizar una exposición lo más detallada posible.

—Mi nombre es Alicia Fresno Gómez, nací el nueve de marzo del noventa y cuatro, por lo que, en la actualidad, tengo treinta y seis años. Hasta hace once meses estaba casada y tenía una preciosa hija de ocho años. Siempre me consideré alguien normal, tengo aficiones normales, hago cosas cotidianas, nada fuera de lo común. Me gusta el deporte y soy una gran apasionada del cine, sobre todo de las películas románticas. Mi dos grandes pasiones son la pintura y la fotografía. No me considero una persona rara ni friki. No colecciono cosas extrañas ni tengo ningún tipo de obsesión. Mi forma de vestir es normal, no me gusta ser el centro de atención, soy alguien a la que le gusta la discreción y pasar desapercibida. A lo largo de toda mi infancia y adolescencia no he tenido ningún episodio traumático ni he sufrido ningún tipo de depresión. No fumo, procuro no beber mucho alcohol, nunca me he roto ningún hueso ni he seguido las pautas de una medicación. Mi vida es como la vida de cualquier persona que te puedas imaginar. —Su gesto se entristeció al recordar lo que argumentaría a continuación—. El diecisiete de julio del pasado año, a un día del cumpleaños de mi hija Mía, un terrible percance sacudió a mi familia. No recuerdo muy bien detalles de ese fatídico día, pero lo que mi mente sí logró rescatar es que esa mañana hacía mucho calor y que Fernando, mi marido, estaba inmerso en los preparativos de un evento. En mi recuerdo está rodeado por muchos papeles y con su iPhone pegado a su oreja derecha. Mía acababa de desayunar y estaba leyendo un libro de dinosaurios a mi lado. Le encantaban los dinosaurios. Formábamos una familia feliz, ¿sabes?

—No lo dudo.

—No recuerdo qué teníamos pensado hacer. Estábamos los tres en casa, por lo que deduzco que se trataba de un sábado o de un domingo. Cogimos el coche para ir a algún sitio, no me acuerdo. Mi mente se encargó de borrar todo lo relacionado con el accidente, por lo tanto, lo único de lo que tengo constancia es de lo que me dijeron a posteriori los médicos y mi hermana, que es la única familia que me queda. Al parecer, mi marido y mi hija murieron en el acto por el fuerte impacto del vehículo que colisionó contra nosotros frontalmente. Cuando llegaron las ambulancias al lugar del siniestro, se encontraron con dos cadáveres y dos personas en estado muy grave. El conductor del otro turismo y yo. Antes de llegar la primera ambulancia al hospital, el joven, un chico de veinticuatro años y con dos de carné, se les había quedado por el camino. No pudieron hacer nada por salvar su vida. Yo presentaba un cuadro complicado, fuerte traumatismo craneoencefálico que me condujo a un estado de coma.

—Un coma profundo.

—Un coma profundo, sí, pero no irreversible al no haber síntomas de muerte encefálica. Eso fue lo que me dijeron.

—¿Sabes cuál fue la causa del accidente?

—El chico no iba bebido ni drogado. Se durmió al volante. Es muy duro perder a tu marido. Mucho más a una hija de tan solo ocho años. Y si a esas dos desgracias le sumas una tercera, ya no te quedan más ganas de salir adelante. De luchar. De vivir. Hay que ser muy fuerte para superar algo así.

Las primeras lágrimas se hicieron visibles en las mejillas de la joven. Al especialista no le gustaba verla triste ni deprimida, pero sabía que era necesario profundizar más en el tema.

—Me hago una ligera idea del dolor por el que tienes que estar pasando. La tercera desgracia supongo que te referirás a lo de las pesadillas.

—Sí, pero no solo eso, sufrirlas en tus propias carnes es una cosa, pero acordarte de ellas más que de tu propia vida real es otra muy distinta. Ya te lo he explicado, es lo más parecido a vivir dos vidas paralelas. Los médicos me informaron que cualquier persona, después de un accidente de esa índole, puede sufrir secuelas que perduren en el tiempo, semanas, meses e incluso años enteros. Es por ese motivo por el que ya no tengo ningún tipo de esperanza en curarme. Antes de venir aquí, antes de conocerte, ya estaba mentalizada de que nadie sería capaz de ayudarme.

—¿Piensas de verdad que esas pesadillas perdurarán en tu cabeza para siempre?

—Llevo ocho meses sufriéndolas y cada vez son más y más agresivas. No lo pienso, tengo la firme convicción.

—Como seguramente te dirían los médicos, salir de un estado de coma tiene una serie de consecuencias y unas pautas que hay que seguir y respetar para que el paciente en cuestión pueda recuperar gran parte de lo perdido. A parte de lo de las pesadillas, ¿sientes alguna dolencia, alguna secuela digna de mención? No sé, déficits cognitivos, trastornos emocionales, alteraciones de la personalidad…

—Nada más salir del coma me rehabilitaron en un centro especializado. Falta de atención y falta de memoria quizá, pero antes del accidente ya lo padecía, por lo que no creo que haya perdido nada.

—¿Te suena la escala de coma Glasgow?

Alicia quedó pensativa durante unos segundos.

—Es una escala diseñada para evaluar de manera práctica el nivel de Estado de Alerta en los seres humanos —le explicó el psicoanalista—. Dicha escala está compuesta por la exploración y cuantificación de tres parámetros: la apertura ocular, la respuesta verbal y la respuesta motora dando un puntaje a la mejor respuesta obtenida en cada categoría. El puntaje obtenido para cada una de las tres categorías se suma con lo que se obtiene el puntaje total. El valor más bajo que puede obtenerse es de 3 (1+1+1) y el más alto es de 15 (4+5+6).

El especialista se levantó de su asiento y caminó en dirección a una estantería repleta de libros. Acto seguido dio media vuelta y se acercó hasta su paciente extendiéndole una hoja de papel.

Escala de coma de Glasgow


VariableRespuestaPuntaje
Apertura ocular EspontáneaA la ordenAnte un estímulo dolorosoAusencia de apertura ocular4 puntos3 puntos2 puntos1 punto
Respuesta verbal Orientado correctamentePaciente confusoLenguaje inapropiadoLenguaje incomprensibleCarencia de actividad verbal5 puntos4 puntos3 puntos2 puntos1 punto
Respuesta motora Obedece órdenes correctamenteLocaliza estímulos dolorososResponde al estímulo doloroso, pero no localizaRespuesta con flexión anormal de los miembrosRespuesta con extensión anormal de los miembrosAusencia de respuesta motora6 puntos5 puntos4 puntos3 puntos2 puntos1 punto

—Esas son las tres categorías para evaluar y todos los puntajes.

—Sí, ahora sí que me acuerdo. Me lo enseñaron los médicos al poco de despertar.

—¿Recuerdas el puntaje que establecieron?

Alicia leyó con atención la información de la hoja y después de unos segundos le informó de los resultados.

—Ausencia de respuesta motora, un punto, carencia de actividad verbal, un punto y apertura ocular ante un estímulo doloroso, dos puntos.

—¿Cuatro puntos de quince? ¿Estás segura?

—Completamente.

—Eso es un coma severo. Has estado más cerca de la muerte que de la propia vida. Y, a parte de las pesadillas, te has rehabilitado de una forma excepcional. No voy a hacerte perder más tiempo. Tu caso es demasiado complicado para mí.

—¿No quieres que te cuente otra vez la parte de las pesadillas?

El psicoanalista rescató una tarjeta del interior del bolsillo de su bata blanca y se la extendió a su paciente.

—No Alicia, no es necesario. Me doy por vencido. Llama a cualquiera de estos dos números de teléfono. Contacta con ellos cuanto antes. Ellos sabrán qué hacer contigo.

La mujer extendió su brazo sin ningún tipo de ánimo y la cogió. En ella no estaba mecanografiada el nombre de ninguna clínica ni de ningún médico especialista. Era una tarjeta blanca con tres iconos; el icono de un teléfono con dos números de móvil, el icono de una carta con una dirección de correo electrónico a su lado y el icono de la clásica bola del mundo con el nombre de una página web. En el dorso yacían cuatro letras grandes «CMTS» y la silueta de un atrapasueños en relieve.

—¿CMTS? —preguntó extrañada la mujer.

—Centro Multidisciplinar de los Trastornos del Sueño. La forma que tienen de trabajar es magistral. Créeme, no te arrepentirás.

—Los elogias mucho. ¿Me puedes explicar por qué son tan especiales?

El psicoanalista se levantó de la silla, caminó unos pasos hacia la ventana y corrió con los dedos de su mano derecha las láminas de la persiana veneciana. Eran las nueve de la noche. Aún no había atardecido.

—Su rol no es solo curar a las personas, van más allá. Esa gente te curará y conseguirá también que veas las cosas… —giró su cuerpo en dirección a Alicia y acabó la frase que había dejado a medias— … de otro modo.

2

—Patri, ¿estás libre para tomar algo donde siempre? Lo necesito.

—Si claro, ¿Qué tal la sesión? ¿Te dio mucho la chapa esta vez?

—No voy a volver más. Me dijo que no podía curarme. ¡No voy a poder superar esto!, ¡no voy a poder! Es el tercer psicoanalista en cinco meses.

La joven no pudo evitar que volvieran a deslizarse lágrimas sobre sus mejillas. Caminaba entre la gente como una zombi con el móvil pegado a su oreja derecha. En su cabeza algo le advertía, una vez más, que estaba tocando fondo y que jamás volvería a levantarse. Jamás sería la misma chica alegre y risueña que un día había sido. Como bien le había explicado al especialista, apenas tenía secuelas tras el fatídico accidente que casi le cuesta la vida. Muy pocas personas tenían la suerte de salir airosas de un estado de coma severo en menos de tres meses sabiendo hacer todo lo que sabían. Pero no todo eran buenas noticias. Las pesadillas que padecía desde entonces incrementaban su dolor y sufrimiento cada día que transcurría. En los últimos ocho meses solo pudo descansar bien cuatro noches. Cuatro de doscientas cuarenta. En todas las demás ocasiones la excesiva virulencia que se desencadenaba en su mundo paralelo la escupía de sus sueños una y otra vez, despertándola sobresaltada, entre sudores y escalofríos. Patricia, su hermana, estaba al corriente de todo y más de una vez no tuvo más remedio que quedarse a dormir en su casa junto a ella.

—Tranqui, Ali, nos vemos ahora y me cuentas lo que ocurrió con calma. Vamos a salir de esto, ya lo verás, como siempre lo hemos hecho, unidas. Dame quince minutos, ¿ok?

—Ok.

A las nueve y diez minutos de la noche las dos hermanas se encontraron en la puerta de la cafetería, se saludaron y entraron juntas al local tomando asiento en una de las mesas del fondo. Ya eran clientas asiduas y conocían a la camarera por lo que nada más verlas les preparó sus respectivas consumiciones y las sirvió. Alicia comenzó a relatarle lo que sucedió una hora antes en la consulta. Su hermana se limitó a escuchar sus palabras mientras daba pequeños sorbos a su refresco. Siempre fue la más extrovertida de las dos y tenía gran facilidad para interrumpir conversaciones. Esta vez no lo hizo y esperó a que su hermana menor terminara de hablar.

—¿Qué te parece?

—Me parece que ese tío es igual que los demás, no es psicoanalista ni es nada. Una pérdida de tiempo.

—Te recuerdo que fuiste tú quien me lo recomendó.

—Ya, ya lo sé. Era la opción más asequible con la que contábamos. Tenemos que buscar otra solución.

Alicia rebuscó dentro de su bolso hasta que encontró su cartera.

—Deja, Ali, hoy invito yo —le dijo Patricia con un billete de diez euros en la mano.

Pero la intención de su hermana no era pagar las consumiciones sino enseñarle la tarjeta que le facilitó el especialista en su consulta. Se la extendió con un gesto de evidente desánimo.

—Me dijo que no sería capaz de tratarme y me dio esto.

—¿Qué es? ¿El teléfono de otro psicoanalista incompetente?

—Debe ser una clínica o algo por el estilo. Me dijo que ellos me curarían. Que son los mejores en su especialidad.

—¿En su especialidad? ¿En qué especialidad? ¿En la de sacar la pasta a la gente?

—No lo sé. La verdad es que no sé qué voy a hacer. Las pesadillas me están matando. Ayer, sin ir más lejos, esos putos bichos volvieron a encontrarme. No sé cómo coño lo hacen, pero encuentran todos mis escondites, pero bueno, no quiero recordarlo. Ya bastante sufro dormida como para estar acordándome de ello también despierta.

Patricia observó con atención la tarjeta. Le resultaba muy familiar. Rescató el teléfono móvil de su bolso y entró en internet. Deslizaba los dedos sobre su pantalla de casi seis pulgadas con gran destreza. Después de casi un minuto, ensimismada en el celular, levantó la vista intentando levantarla de nuevo el ánimo.

—No tiene mala pinta, Ali. Parece que por lo menos ha hecho algo bien.

—¿A qué te refieres?

—Es un centro especializado en trastornos del sueño. En la página web te explican a grandes rasgos lo que hacen. Yo lo intentaría.

—No me encuentro con ánimos para ir a ningún sitio, Patri. Voy a encerrarme en casa y pasar de todo.

Patricia cogió las manos de su hermana pequeña y la miró a los ojos.

—Eso es justo lo que no debes hacer, cariño. Sé cómo te sientes Ali. Sé que es muy fácil decir todo lo que te digo, pero no puedes tirar la toalla. Hay que luchar. A mí también me afecta todo lo que te pase y sabes que hasta que no estés curada del todo no pararé de intentarlo. Soy muy terca, ya me conoces —le dijo esbozando una sonrisa.

—Gracias, Patri. No te imaginas lo duro que es todo esto. No sé qué sería de mí si no te tuviera.

Las dos hermanas se levantaron y se fundieron en un caluroso y emotivo abrazo.

—Mañana por la mañana llamo a esta clínica desde el trabajo y te comento, ¿qué te parece? —le anunció Patricia.

—Ya sé que te gusta cumplir con tu rol de hermana mayor, pero déjame hacerlo a mí.

—Tengo miedo de que no llames, te conozco.

—Llamaré a primera hora. Te lo prometo.

Se despidieron enfrente de la puerta de la cafetería y tomaron caminos opuestos. Para Patricia, llegar a su casa no le iba a suponer ningún trauma, pero para su hermana pequeña el mismo acto se convertía, día tras día, en una auténtica penitencia y esta vez no sería ninguna excepción. Ella sabía mejor que nadie que volver a casa era sinónimo de dolor, de pena, de angustia porque ya nunca más sentiría el calor cuando le recibía su marido y su hija, pero también de auténtico terror porque era consciente de que, aunque ella tratara de evitarlo, sus ojos, en algún momento de la noche, se cerrarían y las criaturas de sus pesadillas cobrarían de nuevo vida, perturbándola como solo ellas sabían hacer. De alguna manera, habían conseguido penetrar y anidarse en lo más profundo de su cerebro, en el subconsciente, y se encontraban tan a gusto que no tenían ningún ánimo de abandonarlo. En los últimos ocho meses había sido paciente de diferentes profesionales: psiquiatras, psicólogos, psicoterapeutas y aunque todos ellos coincidían en el diagnóstico e intuían cuál era el trastorno que sufría, no daban con la tecla y no conseguían curarla. Sesiones y más sesiones inútiles y dinero tirado a la basura era el resumen de los últimos meses de su vida.

3

No sabe si resistirá mucho tiempo así. Tiene la ropa destrozada y magulladuras por todo el cuerpo. El corazón le late bastante rápido. Tiene miedo. A su alrededor, mire a donde mire, solo ve caos, edificios destruidos, la carretera agrietada, humo y polvo de escombros por todas partes. No le gusta esto. Acaban de cruzar por el cielo dos cazas desprendiendo de sus motores un sonido realmente atronador. Oye gritos de soldados heridos de fondo. ¡Dios mío! No sabe contra quien están luchando ni por qué, ni siquiera sabe en qué bando se encuentra. Lo único que pretende ahora es sobrevivir. Se da cuenta de que se desplaza con mucha dificultad, no puede dar ni tres pasos seguidos sin que sienta un terrible dolor que nace en su espalda y desciende por el muslo de su pierna derecha. Posiblemente, alguien le haya disparado y tenga una bala alojada en algún lugar de su cuerpo. Desde su posición está viendo una boca de metro, va a intentar llegar hasta allí con todas sus fuerzas. El dolor sigue siendo insoportable. Aprieta con fuerza los dientes y continúa. Ya le quedan menos de quince metros para llegar. Observa coches volcados, cristales y manchas de aceite en el suelo. Más gritos de dolor de fondo. Continúa caminando. Doce metros. Se da cuenta de que lleva una mochila en su espalda. Intenta despojarse de ella, pero no puede, el dolor es infrahumano. Da dos pasos más. Ocho metros. En este momento, cae al suelo. Va a completar el camino a rastras. Percibe el sonido de otro caza, este más lejano que los dos anteriores. Se acuerda de sus padres, de su hermana, no sabe nada de ellos. Cinco metros. Cruzan dos jeeps del ejército cerca de su posición, pero los ocupantes no consiguen divisarla. Solo logra distinguir al conductor del segundo. Sigue arrastrándose entre cristales y trozos de escombros. Le cuesta respirar. El aire está muy tupido. Ya le queda poco. Dos metros. Un metro. Hay muchos escalones, tantos que en estas condiciones le va a resultar imposible ponerse a salvo ahí abajo. Ha sido mala idea ir hasta ahí, pero ya no queda tiempo para el arrepentimiento. Hay que pensar rápido una solución y actuar. De nada sirve quejarse, hay que sobrevivir. Le duele mucho la cabeza. Está a punto de perder la conciencia. Sus ojos intentan captar imágenes de qué es lo que está sucediendo a su alrededor, pero es muy difícil mantener una secuencia completa de los hechos. Lo ve todo a ráfagas, como a cámara lenta. En ese preciso instante, alguien se acerca a su posición. Pretende ayudarla. La libera de la mochila, la sujeta de los hombros y la arrastra escaleras abajo. Intenta ponerla a salvo. Está en manos de esa persona que continúa su camino escaleras abajo. Parece un hombre fuerte. Apenas puede abrir los ojos ya. La oscuridad lo envuelve todo, sin embargo, sigue conservando el sentido del oído. Por el estruendo, se produce una explosión relativamente cerca de donde se encuentran. Acto seguido oye disparos de pistola y voces. Diez segundos después sus oídos captan gritos de dolor y a partir de ese momento su mente deja de tener contacto con la realidad.

Sigue viva. Ahora se encuentra dentro de la parada de un metro. La persona que le ayudó la dejó tumbada en uno de los bancos metálicos que se extienden a lo largo de todo el andén y la abandonó a su suerte. Quizá ha ido a buscar ayuda. Ahí abajo no se respira tanto polvo, se está mucho mejor. Lo cierto es que no sabe qué hacer, ni a dónde ir, en el estado en el que se encuentra no podría desplazarse muy lejos. Debería buscar un hospital o algún médico para que le suministrara morfina o algo para calmar los dolores. En ese agujero hace más frío que en el exterior, pero después de todo lo acontecido eso es lo de menos. Las pantallas electrónicas que en su día marcaban el tiempo restante para la llegada del metro se mantienen inoperativas. Le hubiese gustado que volviera la persona que la ayudó o cualquier otra y le informara de qué es lo que en realidad está sucediendo. No le seduce la idea de morir sin estar informada. Igual va a tener suerte, oye pasos a lo lejos. Desde su posición puede distinguir con cierta claridad las bocas oscuras de los dos túneles por donde se supone que hasta hace poco circulaban los metros. Los pasos cada vez suenan más cercanos, pero, de momento, no ve a nadie. Cada segundo que transcurre le da la sensación de que más gente se está acercando hasta allí. Percibe cómo bailan haces de luz de linternas en uno de los dos agujeros. A priori buena señal. Con la emoción intenta gritar para que la avisten, pero aún están muy lejos. Después de pensárselo mejor, opta por seguir callada, ahorrando energía. Comienza a percibir las siluetas de los primeros soldados. Se encuentran perfectamente uniformados y lucen banderas españolas. Se va centrando poco a poco. Son bastantes más de los que en un principio había imaginado. Mantienen un ritmo ligero, por lo que, en cuestión de segundos llegarán hasta su posición. Contra todo pronóstico, el militar que encabeza la marcha, marcándoles el paso, levanta su puño derecho y frena en seco. Todos los demás hacen lo propio. Algo ha visto u oído. Mantienen su mirada fija en un punto al frente. Son muchos, decenas y decenas, puede incluso que superen la cifra de un centenar. Tiene que admitir que con su presencia está más tranquila. En este mismo momento, comienza a percibir un olor nauseabundo que no sabe de donde proviene. ¡Dios mío! ¡Es realmente asqueroso! El ejército de soldados continúa inmóvil, conservando sus posiciones a la espera de una nueva orden.

Hay novedades. En el otro extremo del andén, a unos cien metros de distancia, el otro agujero comienza a escupir lo que a primera vista parecen personas humanas normales. Pero no lo son. Se mueven más despacio que los militares, algunos de ellos portan antorchas, otros, pistolas, aunque da la impresión de no saber usarlas. A medida que avanzan, en las retinas de la mujer van quedando grabados más detalles, como sus esqueléticas extremidades mucho más largas de lo normal. En el bando de los militares todo sigue igual, no se han movido ni un ápice. La mujer sigue tumbada en el banco metálico, en medio de los dos ejércitos, como si fuera una espectadora de lujo en la primera fila de un cine esperando a que, lo que tenga que suceder, suceda.

De nuevo, vuelve a sentir más pinchazos dentro de su convaleciente cabeza y otra seria amenaza de quedar inconsciente. No puede moverse, no puede articular palabra, solo está capacitada para pestañear tímidamente y respirar un aire cada vez más fétido y pestilente.

En este mismo instante, algo ocurre que lo cambia todo. Los militares abren fuego contra las criaturas disparando a discreción mientras ellas comienzan a usar sus propias armas. No daba crédito a lo que sus ojos veían, es una escena realmente aterradora. Los engendros, muy lejos de amedrentarse frente a su rival, comienzan a alargar sus extremidades más y más si cabe y a enroscarlas formando verdaderas espirales de terror. Sus cuerpos, debajo de esos harapos rotos y ensangrentados, tiemblan hasta el punto de dar la impresión de que, de un momento a otro, explotarán regando de sangre todo aquello que se encuentre en sus inmediaciones. La mujer comienza a ser consciente de que bajar hasta ahí no ha sido una buena idea, sea cual sea el desenlace. Pero ya es demasiado tarde para elegir otro lugar. Siempre lo ha sido.

Y cuando todos los protagonistas parecían estar sobre el escenario, una sorpresa más. La verdad es que tardó bastante en notar el temblor, pero cada segundo que pasaba se hacía más perceptible. A lo lejos percibió un estruendo y todo comienza a vibrar, el banco donde me encontraba, las pantallas, las papeleras, los paneles publicitarios y acto seguido, las vías, las columnas, el pavimento del andén… Era lo más parecido a un terremoto, pero no se trataba de un seísmo, sino de dos trenes que se cruzaron a gran velocidad en el andén embistiendo todo lo que se encontraba a su paso. Se convierte en testigo directo de una masacre sin precedentes. El primer tren que aparece impacta contra los soldados que se encuentran más rezagados y continúa llevando por delante al resto como si estuviera jugando una partida de bolos. La otra máquina hace lo propio en sentido opuesto arremetiendo contra el ejército de engendros a una velocidad tal que sus retinas solo captan un destello blanco. Cierra los ojos y, cuando los vuelve a abrir, de nuevo solo ve cuerpos descuartizados, piernas y brazos mutilados, algunos de ellos aún siguen intentando enroscarse sobre sí mismos, y sobre todo sangre, mucha sangre. No pensaba que el desenlace iba a resultar tan sangriento. Desde su posición no ve ningún tipo de vida o de movimiento. Entiende que nadie pudo haber sobrevivido al accidente. Casi nadie.

Uno de los engendros, posiblemente el único superviviente, se percata de su presencia y se arrastra a duras penas hacía ella. ¡Dios mío! ¿Cómo se puede tener tan mala suerte? Intenta incorporarse del banco, pero no lo consigue. Es imposible. Está condenada a permanecer ahí esperando a que ese bicho llegue hasta su posición a velocidad de tortuga y… ¡Dios! No quiere imaginar el final. Está bastante nerviosa y su corazón, una vez más, vuelve a incrementar sus latidos. Está muy cerca de ella y siente auténtico pánico, no sabe si de ver la muerte tan de cerca como la estaba viendo, o por desconocer la forma con la que aquel ser tenía pensado acabar con su vida. Lo cierto es que está aterrorizada. El engendro no tiene buen aspecto, presenta la mandíbula desencajada, se le ve parte de su masa cerebral debido a un impacto que recibió en el cráneo y carece de extremidades inferiores. Sus esqueléticos brazos son, como el del resto de sus semejantes, más largos de lo normal y de su abdomen penden lo que parecen órganos en descomposición, posiblemente alguno de sus intestinos, si algún día los tuvo. Solo puede avanzar reptando, como lo sigue haciendo en esos momentos. A menos de dos metros de su posición, el hedor que ese ser desprendía es total y absolutamente indescriptible. Desde el suelo y con los ojos clavados en los suyos alza su mano derecha, pero en ese preciso instante, alguien que se escapaba a su campo de visión dispara su pistola. Son tres las balas que salen del cañón del arma, pero solo dos alcanzan el objetivo. La sangre comienza a brotar de su cabeza y tres segundos después se desploma en el suelo a escasos centímetros de la piel de la mujer. Estaba tan agotada que ya no le importa saber quién se había tomado las molestias de salvarle la vida de nuevo ni por qué lo había hecho. Sus párpados comienzan a ceder mientras alguien camina hacia su posición con paso decidido. Es incapaz de descifrar de quién se trataba, solo puede intuirlo. La oscuridad vuelve a formar parte de ella e instantes después también el silencio cuando ese sujeto vuelve a disparar su arma volándole la tapa de los sesos…

4

Alicia se despertó de una forma tan brusca que en el último tramo de la pesadilla casi se le olvidó respirar. Estaba empapada en sudor y el corazón parecía que se le iba a salir del pecho de un momento a otro. Necesitaba relajarse, respirar hondo y esperar a que el cuadro de angustia que sufría se atenuara y desapareciera. El truco de despertarse cada dos horas había vuelto a fracasar y ya no sabía qué intentar. Lo había intentado todo. Dormir por las mañanas, por las tardes, dormir en franjas de tiempo de hora y media, de dos horas, de tres… dormir con la luz encendida, con la tele puesta, con música relajante… Todo ello resultaba inútil, los engendros tarde o temprano se materializarían en algún recoveco de su vulnerable subconsciente y volverían a atacar sembrando el terror. Una y otra vez, una y otra vez…

Su cerebro, como de costumbre solía hacer al finalizar cada traumático episodio, no le recordaba fragmentos inconexos sino la pesadilla íntegra con todo lujo de detalles, pero lejos de estar por la labor de fustigarse, hizo caso omiso, distrayéndose con la visita a sus diferentes redes sociales. Después, se pegaría una buena ducha y se vestiría para comenzar una nueva jornada. Cuando desvió la vista hacía los dígitos fluorescentes del despertador que descansaba en su mesita cayó en la cuenta de la llamada que debía realizar. Eran casi las diez de la mañana.

A las diez y veintisiete minutos, una vez aseada y mucho más relajada, marcó en su móvil los números correspondientes y esperó con paciencia el primer tono de llamada. Al otro lado de la línea alguien descolgó el teléfono. Era una voz femenina.

—Centro multidisciplinar de trastornos del sueño. ¿Dígame?

—Hola, buenos días, me gustaría concertar una cita.

—Su nombre y apellidos, por favor.

—Alicia Fresno Gómez.

Alicia oyó como al otro lado la mujer hacía uso del teclado de un ordenador.

—No está en nuestra base de datos, Alicia. ¿Es la primera vez que contacta con nosotros?

—Sí. Es la primera vez.

—En ese caso, debe personarse aquí para que podamos gestionarle una ficha y, acto seguido, ya le concertamos la cita con el especialista correspondiente.

—¿Qué horario tienen?

—De nueve de la mañana a ocho de la tarde ininterrumpidamente.

—Muchas gracias, a lo largo de la mañana me pasaré por ahí.

—Cuando usted quiera. Aquí estaremos. Buen día.

Alicia vivía en el mismo centro de Barcelona, muy cerca de la Plaza Cataluña y el lugar donde debía dirigirse, después de consultarlo con el navegador de su móvil, estaba ubicado a poco más de tres kilómetros, dirección este, por lo que decidió ir caminando y así poder despejar un poco la mente. Necesitaba respirar aire fresco. Dudó un instante si llamar a su hermana, pero era consciente de que estaba trabajando en la agencia y descartó la idea. No quería molestarla.

Cuando dobló la esquina de la calle, no localizó su destino, por lo que liberó de nuevo el móvil del bolsillo de su pantalón vaquero para cerciorarse de que la dirección era la correcta. Lo tenía delante de sus narices, pero no lo veía. En ese mismo instante se dio cuenta de que el lugar en cuestión era muy distinto a como en realidad se lo había imaginado. No tenía apariencia de hospital, ni de clínica ni de algo que se le pareciera. Se trataba de un rascacielos que superaba ampliamente la barrera de los cien metros de altura y que, visto desde su posición, tenía más aspecto de un gran edificio de oficinas.

Nada más cruzar la puerta giratoria que la engulló y, acto seguido, la escupió en un lujoso hall, algo le llamó poderosamente la atención. Percibió una extraña sensación, como si hubiese atravesado una barrera y hubiera penetrado en otro mundo, en otra dimensión. En el exterior hacía bastante calor, había ruido de coches, sirenas, contaminación. Aquí dentro todo era distinto. Temperatura idónea, aire limpio, luces tenues y un silencio sepulcral eran las notas predominantes. Intentó no quedar ensimismada por la evidente majestuosidad del vestíbulo, pero le fue imposible. Era consciente de que acababa de pisar un lugar lujoso, el típico lugar que frecuentaba la gente adinerada. Comprendió al instante que no podía permitirse el lujo de estar ahí ya que hasta que no tocaran el tema económico no se sentiría cómoda y no quería hacerse ilusiones. Estaba claro que quienquiera que fuera el responsable de la apertura y posterior funcionamiento de este centro, de reciente inauguración, no había reparado en gastos. Dudó unos segundos si seguir caminando hasta la recepción o dar media vuelta y abandonar el lugar. Pero había un problema. Si lo hacía, desaprovecharía la última oportunidad que tenía de curarse.

—Hola, buenos días, ¿en qué podemos ayudarla?

La voz provenía de la recepción. Un gran mostrador de mármol custodiado por dos gigantescas columnas entró en su campo de visión. Tras él una joven rizosa de sonrisa contagiosa era la encargada de dar la bienvenida a todo aquel que entrase en aquel lugar.

—Buenos días —respondió Alicia mientras caminaba hacia ella—. Soy la que os ha telefoneado hace un rato. Alguien me dijo que debía personarme aquí para hacerme una ficha.

—He sido yo —dijo otra chica que se mantenía oculta tras el mostrador—. ¿Cuál era su nombre? ¿Alejandra?

—Alicia. Puede tutearme sin problema.

—Ah, perdona, es verdad. Mi nombre es Claudia. Tú también me puedes tutear. Acompáñame, por favor. —La chica era una veinteañera morena con el pelo recogido en una coleta y vestida con una impecable bata blanca. Llevaba unas coquetas gafas con montura en forma de mariposa.

Alicia acompañó a la chica mientras notaba un ligero cosquilleo en su muslo izquierdo. Su teléfono móvil estaba vibrando, posiblemente se tratase de su hermana, pero ahora no era un buen momento para responder.

—Es la primera vez que nos visitas, ¿no es así?

—Así es.

—Bueno, siempre hay una primera vez para todo. El médico no está en estos momentos, pero no te preocupes, yo misma me encargaré de hacerte la ficha en el ordenador de su despacho mientras regresa. Así te incluimos en nuestra base de datos para futuras visitas. Me gustaría saber cómo nos has descubierto. Es decir, si fue por casualidad, si vienes recomendada por alguien…

—Vengo recomendada por un psicoanalista. Lo cierto es que ya he visitado muchos especialistas. Nadie logra curarme. Debo tener una enfermedad rara o algo por el estilo, no sé.

—Tranquila, si tienes un trastorno del sueño, estás en el lugar adecuado.

—Eso mismo me dijo él, pero no sé muy bien a qué se refería.

—Pues muy sencillo. Aquí solo y exclusivamente curamos trastornos relacionados con el sueño, nada más. Somos especialistas en medicina del sueño.

El despacho no estaba muy lejos del hall, por lo que no tardaron mucho en llegar. Dos amplios pasillos eran los encargados de unir ambas estancias.

—Lo cierto es que todo esto es impresionante —le comentó Alicia sin dejar de pasear la vista hacia todos lados—. Nunca he oído hablar de vosotros, ¿cuánto tiempo lleváis aquí?

—La gente que trabaja aquí lleva bastante tiempo, pero de cara al público abrimos hace cuatro años nada más.

—¿Permaneces aquí desde entonces?

—No, yo solo llevo seis meses.

Cuando por fin llegaron a la puerta del despacho, la veinteañera apoyó suavemente el dedo índice de su mano derecha en un lector y una luz roja se apagó dando paso a otra de color verde. La estancia a la que estaban a punto de entrar era amplia, como todo en aquel lugar. Alicia cada minuto que transcurría allí dentro se sentía más fascinada por todo lo que veía y, a la vez, más incómoda por pensar que no podría hacer frente al gasto económico que le supondría un posible tratamiento.

—Siéntate, Alicia —le dijo la joven tomando ella misma asiento al otro lado de la mesa de roble macizo—. Déjame que encienda el ordenador y abra sesión. Será solo un instante.

Mientras lo hacía, Alicia no dejaba de observar todo lo que le rodeaba. Un suelo reluciente que daba apuro pisar, un techo inmaculadamente blanco…

—Antes de que me tomes los datos me gustaría hablar de un tema.

—Adelante.

—No estoy segura de si este es el lugar indicado para mí. No sé si me explico…

—Lo dices por el tema económico, ¿verdad?

—Sí, no creo que…

—No te preocupes —le cortó tajante la joven—. Te entiendo. Todo el mundo que nos visita la primera vez le pasa lo mismo. El médico te hará un estudio previo, después, si lo cree conveniente, te hará una prueba médica. Todo eso es completamente gratuito. Eso será más que suficiente para identificar tu trastorno. En la actualidad se conocen más de noventa trastornos diferentes de sueño, pero al final, todos ellos se reducen a no más de doce, te lo digo por experiencia. Insomnio, ronquidos, apneas, hipoventilación nocturna, somnolencia excesiva diurna, narcolepsia, cataplejía, hipersomnia idiopática, síndrome de las piernas nerviosas y trastornos del ritmo circadiano.

—Los conozco todos. Pero a mí no me pasa nada de eso. Lo que yo tengo es distinto.

—¿Estás segura? —le preguntó la joven escudriñándola el rostro.

—Completamente.

—No puedo negar que, aunque no sea mi cometido, me corroe la curiosidad, ¿qué es exactamente lo que te sucede?

Alicia abrió la cremallera de su bolso marrón, rebuscó algo en su interior y sacó una carpeta de plástico verde con la pegatina de un dinosaurio en una esquina. Se la extendió a la joven. Acto seguido, le hizo un breve resumen de los últimos ocho meses de su vida. Claudia ojeó con calma una por una las hojas que le facilitó la paciente.

—En primer lugar, siento mucho lo de tu marido y tu hija. Imagino que debió ser un golpe muy duro. Lo siento, de verdad.

—Muchas gracias. Ya te puedes imaginar.

—¿Te han hecho todas estas pruebas? —le dijo la joven con evidente cara de asombro.

—Sí, ocho meses da tiempo para muchas cosas. Vosotros sois mi última esperanza.

—¡Madre mía! Has pasado por un verdadero infierno, Alicia.

—He pasado y aún sigo en él —la corrigió.

Claudia metió todas las hojas en la carpeta y se la devolvió.

—Aguarda un segundo. Vuelvo enseguida.

—De acuerdo.

La joven se levantó de su asiento y abandonó el despacho con un móvil en su mano. Alicia volvió a meter la carpeta en su bolso y esperó a que volviera con un innegable gesto de desánimo dibujado en su rostro. Mientras tanto miró la pantalla de su móvil y descubrió que la llamada perdida correspondía a su hermana. Le mandó un par de wasaps informándola de dónde estaba, silenció el móvil y lo bloqueó. Tres minutos después, Claudia volvió a hacer acto de presencia.

—Cambio de planes, Alicia. Voy a hacerte la ficha y después no vamos a esperar al médico. Quiero que me acompañes. Necesitas que te presente a alguien…

5

No sabía muy bien si había tomado la decisión correcta, pero lo cierto es que el interés que había mostrado Claudia por su estado ayudaba en gran medida a que el lugar le transmitiera muy buenas sensaciones. Desde que salió del estado de coma, allá por el mes de octubre, hace ya ocho meses, era la primera vez que sentía que su problema tenía solución y de que alguien, al que aún no tenía el gusto de conocer, contaba con los conocimientos necesarios para curarla.

Delante caminaba Claudia, una veinteañera que estaba a punto de cumplir el sueño de terminar la carrera que siempre deseó: farmacia. El mundo de los laboratorios farmacéuticos, esos grandes centros de investigación e innovación en busca de nuevas formas para abordar tratamientos o dar con la cura de enfermedades crónicas siempre la había fascinado. Pero aún era muy joven y, antes de sumergirse de lleno en su sueño, debía acabar las pocas asignaturas que la quedaban mientras aceptaba trabajos como el que estaba realizando. Tras sus pasos lo hacía Alicia, una mujer diez años mayor que ella, la cual estaba atravesando un gran bache en su vida.

—Vamos a dar una vuelta por el edificio. Aunque veas esto tan triste y solitario, hay muchas personas trabajando por aquí arriba —le informó mientras desviaba la vista hacia el techo del pasillo.

—Ya, ya me imagino. Todo esto es sorprendente, la verdad es que estoy impresionada.

—Pues aún no has visto nada.

Cuando por fin abandonaron el pasillo, entraron en una especie de vestíbulo más discreto que el principal, pero aun así muy amplio y lujoso. Sofás de cuero y mesas de centro de cristal repletas con distintos folletos aparecieron ante sus ojos. La estancia estaba custodiada por un ejército de ocho ascensores. Cuatro a cada lado. Claudia llamó a uno y este abrió sus puertas al instante. En el hueco entraban más de veinte personas de forma holgada. Las dos mujeres entraron en su interior y acto seguido Claudia pulsó el último botón de la segunda hilera de números. El número cincuenta y dos. Las dos hojas de acero se cerraron de nuevo y comenzaron a ascender. En la parte superior de los botones, una pantalla de diez pulgadas les informaba en todo momento del piso en el que se encontraban, de cuantos metros estaban subiendo, de la velocidad y del tiempo que tardaban en hacerlo.

—Tiene pinta de ser rápido —sugirió Alicia.

—¿Perdona?

—El ascensor, digo.

—Sí que lo es. Cuando subimos hasta arriba del todo llega casi hasta los mil metros por minuto que viene a ser unos sesenta kilómetros por hora.

—¡Guau! —exclamó sorprendida—. Una pregunta, Claudia, si no es indiscreción.

—Dime.

—¿Cuántas personas trabajan aquí? Tengo curiosidad.

—Depende un poco de la época en la que nos encontremos. Ahora en periodo vacacional entre dos mil quinientas y tres mil. Durante el resto del año calculo mil más.

—¡Madre mía! ¿Y todas ellas trabajan para este mismo centro?

—Sí, todas dependen directamente del CMTS. Nos dirigimos a la última planta del edificio, donde vive la directora.

—¿Dónde vive? Querrás decir donde trabaja —corrigió extrañada Alicia.

—Donde trabaja y vive. Lo hace todo aquí. Ella se encargará de todo.

—¿Hay más de tres mil personas trabajando en este edificio y me va a atender la mismísima directora? Esto es un poco surrealista, ¿no crees?

—Tu caso no es uno más, Alicia. Lo cierto es que no tengo mucha experiencia, soy una simple recepcionista, pero hasta la fecha nunca había visto a nadie que le hayan hecho tantas pruebas en tan buenos hospitales y no haya conseguido curarse. La directora es una mujer muy solicitada, como podrás comprender, pero antes, cuando la he llamado por teléfono exponiéndole tu caso, no lo ha dudado ni un instante y me ha pedido que te lleve hasta ella. Por eso estamos aquí.

—Siento mucho todos los trastornos que os estoy causando, Claudia.

—Trastorno ninguno. No digas tonterías.

Veinte segundos después ya habían ascendido las cincuenta y dos plantas y las dos hojas del ascensor volvían a abrirse. Una mujer las esperaba al otro lado. Rondaba los cuarenta años y tenía el pelo recogido en una coleta. Vestía unas botas de color beis de tacón bajo, unos tejanos y una camisa blanca de manga larga que se remangaba cada vez que se la ponía.

—Muy buenos días. Tú debes de ser Alicia, ¿verdad?

—Sí.

—Mucho gusto. —Ambas mujeres se dieron dos besos—. Yo me llamo Virginia y soy la directora de todo este tinglado. Bienvenida. —Acto seguido se giró hacia la joven—. Muchas gracias, Claudia, ¿quieres quedarte un rato con nosotras?

—No puedo, jefa. Tengo mucho lio allí abajo.

—Como quieras. Acompáñame, Alicia, vamos hasta mi despacho.

—Muy bien.

A Alicia durante estos últimos meses la habían examinado muchos profesionales de diferentes ramas, pero ninguno de ellos se parecía a la mujer que caminaba a su lado en lo más alto de un rascacielos en el corazón de una gran ciudad como Barcelona. ¿Qué diferenciaba a Virginia del resto y la convertía en alguien distinta? Muchos detalles, desde su desenfadado estilismo hasta su forma de caminar o de pensar. La directora era una mujer muy segura de sí misma, firme y enérgica cuando había que serlo, pero también sabía ser dulce y cariñosa. Alicia se dio cuenta desde el primer momento que tuvo contacto con ella de que era una mujer diferente, especial. Pero había algo que la cautivó sobremanera y que nadie hasta ahora había sido capaz de transmitirla. En ningún momento la trató como una paciente más, sino como una amiga.

El despacho estaba a la altura del edificio. Era una estancia muy amplia y moderna.

—No quiero que te asombres. Quiero que pienses que este lugar es como cualquier otro. Ni más ni menos.

—Eso es muy fácil para usted, pero para alguien como yo que nunca estuvo aquí…

—En primer lugar, quiero que me tutees. Piensa en mí como si fuera, no sé, una amiga tuya o… una hermana. ¿Tienes hermanos?

—Sí, una hermana mayor.

—Perfecto, pues a partir de ahora, mientras estés aquí dentro, tendrás dos hermanas. Yo seré la mediana. ¿Te parece bien?

—Me parece estupendo —le respondió esbozando una tímida sonrisa.

—Muy bien y teniendo claro ese primer concepto, pasemos al segundo. Desconozco por completo qué trastorno te atormenta ni cuántos profesionales te han analizado hasta la fecha, pero si de verdad tienes un problema relacionado con el sueño nosotros te curaremos. ¿Me estoy expresando con la suficiente claridad?

Alicia se quedó mirándola con rostro escéptico, como si no creyera en sus palabras, pero la forma que tenía de pronunciarlas era tan convincente que no le quedó otro remedio que abrir de nuevo tímidamente la puerta de la esperanza.

—Me gustaría mucho creer en tus palabras, Virginia, pero la realidad es muy distinta. He visitado neurólogos especialistas en el sueño, psicólogos, psicoterapeutas… Todo parece indicar que padezco una enfermedad rara porque nadie es capaz de curarme.

—¿Eso es lo que piensas?

—Sí. Y me cuesta mucho creer que vosotros seáis capaces.

—Muy bien. Estás muy preocupada, como es lógico. Vayamos al grano. Explícame con tus propias palabras tu vida desde que empezaste a sentir que algo iba mal.

Alicia respiró hondo y comenzó a exponerle a la directora su problema. Estaba muy nerviosa y comenzó su argumentación con un ligero tartamudeo. Tuvo que parar en dos ocasiones con lágrimas en los ojos. Su interlocutora, sentada enfrente de ella, se limitó a escucharla con toda la atención que una persona era capaz de reunir mientras no dejaba de escudriñarle el rostro y de consolarla en la medida de lo posible.

Antes de terminar su testimonio, la directora se puso en pie y anduvo unos pasos en dirección a la enorme cristalera que envolvía el despacho y desde donde se podía contemplar gran parte de la ciudad. De espaldas a ella pronunció unas palabras que le sorprendieron.

—Perdona que te interrumpa, pero ya he oído suficiente. Te voy a ser sincera, no me gusta andarme por las ramas ni marear la perdiz, por lo que voy a ir directa al grano. Me gustaría aquí y ahora adelantar el diagnóstico de tu trastorno antes de hacerte las pruebas pertinentes. Puede que me equivoque, puede que no esté en lo cierto, pero en mi dilatada carrera profesional he visto y tratado los suficientes casos hasta el día de hoy para aventurarme contigo. Y, por favor, no me malinterpretes, esto no quiere decir que te queramos despachar rápido, ni muchísimo menos. Nuestra intención siempre será analizar en profundidad tu caso y curarte. ¿Estás preparada?

—Sí, sí. A-de-lante —tartamudeó.

Virginia se giró dando la espalda a la torre Agbar, que se intuía tras ella.

—De una forma muy superficial estoy casi convencida de que lo que padeces no es ni más ni menos que una parasomnia persistente.

—¿Una parasomnia? —preguntó extrañada Alicia.

—Sí. Un trastorno de la conducta o comportamiento anormal que tiene lugar durante el sueño. Se dividen en tres grupos: al despertar, asociadas al sueño REM y otras parasomnias. No cabe duda de que sufres de las segundas. Y dentro de ese saco nos podemos encontrar con los trastornos de conducta del sueño REM, la parálisis del sueño aislada y las famosas pesadillas.

—Esas palabras me suenan. Eso mismo ya me lo han diagnosticado algunos de los profesionales que me trataron, que tengo pesadillas, sin embargo, ninguno ha podido…

—Una cosa es diagnosticártelo y otra muy distinta curarte, hermana —la interrumpió la directora—. Las pesadillas son ensoñaciones muy vivenciadas de contenido desagradable que producen una importante sensación de miedo. Ocurren durante la fase REM del sueño y, a diferencia de los terrores nocturnos, predominan en la segunda mitad de la noche y el sujeto suele recordar y es consciente de lo sucedido cuando se despierta. Es mucho más frecuente en la infancia, pero los adultos pueden tener también pesadillas de forma ocasional. En tu caso no se produce de forma esporádica, sino que perdura en el tiempo.

—O sea, que si lo que me atormenta por las noches son simples y meras pesadillas, ¿ellos tenían razón? —la preguntó.

—Sí y no. Todos ellos estaban en lo cierto, eso es indudable, pero les faltó profundizar un poco más, ya que este análisis es bastante superficial. Hay algo que no tuvieron en cuenta y que para mí es la clave.

—¿Y se puede saber de qué se trata? —preguntó ansiosa la joven.

—No quiero que te asustes Alicia. ¿Me lo prometes?

Alicia estaba asimilando todavía las palabras que brotaban de los labios de la directora. Virginia volvió sobre sus pasos y se sentó a su lado.

—¿Me lo prometes? —insistió una vez más cogiéndole las manos con dulzura y mirándola directamente a los ojos.

—Te lo prometo.

Virginia continuó hablando.

—Si de verdad es lo que pienso no te falta razón, tu trastorno es raro, muy raro. Se da en una persona de entre cien millones más o menos. Se da solamente en aquellas personas que han superado un estado de coma y ese hecho es justamente lo que no tuvieron en cuenta. Una parasomnia no es un trastorno inaudito, puede padecerla cualquier persona en cualquier etapa de su vida, pero la cosa cambia cuando se trata de una parasomnia asociada a una ECM. Y mucho.

—¿Una ECM?

—Sí. Experiencia cercana a la muerte. Y ahora viene la parte interesante. Yo soy una persona escéptica, no creo en fantasmas, en espíritus, ni en apariciones demoniacas, pero en lo que sí creo es en todo aquello que acontece dentro del sueño de cada persona. Estoy convencida de que en uno de tus sueños mientras estabas ingresada en ese hospital y aún te encontrabas en estado de coma, algo o alguien pensó que traspasaste una línea, un límite, una frontera, la misma que separa la vida de la muerte y, por consiguiente, ese alguien, quienquiera que sea, dio por sentado que ya formabas parte de su mundo. Pero se equivocó, porque eso nunca sucedió. De alguna manera, viste la luz al final del túnel, pero reaccionaste a tiempo, diste la vuelta y no quisiste continuar.

A la mente de Alicia aterrizaron pensamientos contradictorios. Por un lado, lo que decía sonaba a fantasía. Por otro, aquella mujer no iba muy desencaminada. El pasillo de los espejos, la línea roja en el suelo…

—¿Algo o alguien? —preguntó extrañada la joven.

—Sí, a nosotros nos gusta llamarlos parásitos.

—¿Un… parásito es el culpable de todo lo que me pasa? ¡Dios mío!

—Así es.

—Pero en mis sueños no hay uno solo. Son muchas las criaturas que deambulan…

—Ya me imagino —la cortó de nuevo—. Por norma general es solo uno el que se percata de tu irrupción en su mundo. Y nuestro objetivo no es otro que ayudarte a identificarlo y destruirlo o, en su defecto, enjaularlo para que deje de molestar.

—Admiro tu profesionalidad y tu intuición, Virginia, pero tienes que comprender que me cuesta mucho creer todo esto que me estás contando. No es muy normal que te digan que el causante de tus pesadillas es un parásito que tienes instalado en la cabeza.

—Lo comprendo. Comprendo tu desconfianza. Y, por si te sirve de consuelo, es únicamente fruto de tu imaginación. Tú y solo tú tienes el poder de destruirlo. Nosotros solo te proporcionaremos las herramientas adecuadas para que lo consigas.

—La verdad es que tengo mucha curiosidad por saber cómo lo vais a hacer.

—Todo a su tiempo, hermana. Todo a su tiempo.

6

—Pero bueno, vamos a empezar por el principio, Alicia. Antes de nada, me gustaría explicarte quiénes somos y lo que hacemos. Hay una serie de conceptos que me parece imprescindible que conozcas. Cualquier término que no entiendas o tengas duda dímelo, te lo explicaré sin problema. ¿De acuerdo?

—De acuerdo.

La directora la instó a que la acompañara hasta otro espacio dentro del propio despacho. Ella misma fue la encargada de acomodarla en una silla de oficina negra y muy ergonómica mientras ella hizo lo propio en otra de semejantes características al otro lado de una mesa de despacho muy peculiar. Colocó su móvil de alta gama en un espacio reservado para él. El dispositivo comenzó a cargar la batería al instante, tras el simple y mero contacto con la superficie. Acto seguido, la mesa se encendió como cuando lo hace la pantalla de un ordenador, mostrando ante sus ojos la imagen dinámica de un enorme atrapasueños bailando al son de una brisa imaginaria. A su lado aparecieron infinidad de iconos con los que Virginia comenzó a interactuar. Alicia nunca había visto nada por el estilo.

—La rama de la medicina del sueño es una especialidad relativamente joven dentro de la propia medicina. Aquí, en España, está enmarcada dentro del programa de formación MIR y forma parte de la especialidad médica neurofisiología clínica.

—¿Neurofisiología?

—Sí, la neurofisiología es una rama de las neurociencias que se encarga del estudio funcional de la actividad bioeléctrica del sistema nervioso central, periférico y autonómico, mediante la utilización de equipos y técnicas de análisis avanzado.

—¿Contáis con esos equipos aquí? —la preguntó intrigada.

—Sí, pero ya te adelanto que no servirían de nada en tu caso. La neurofisiología abarca el diagnóstico de ciertas patologías que afectan al sistema nervioso central, sistema nervioso periférico, las enfermedades de la placa motora y el músculo. Además, y esto es lo que nos interesa, se encarga del diagnóstico, tratamiento y seguimiento de los pacientes con trastornos del sueño como narcolepsias, síndrome de apneas e hipo apneas obstructivas durante el sueño, síndrome de piernas inquietas, disomnias y parasomnias.

—Me temo que eso último me incluye a mí —dijo Alicia mientras se acomodaba mejor en la silla.

Virginia se atusó el pelo mientras pensaba en la siguiente pregunta que le formularía.

—Alicia, ¿quieres saber por qué pienso que hasta ahora nadie pudo curarte?

La directora tenía especial habilidad por captar su atención. Y lo conseguía con creces. Ni qué decir tiene que la pregunta cogió tan de sorpresa a la joven que tardó unos segundos en asimilarla y en reaccionar.

—¿Por qué? —preguntó expectante.

—Porque no contaban con los medios necesarios. Es posible que supiesen a qué se enfrentaban, pero no pudieron hacer nada. En la actualidad, cuando sufres de una enfermedad que no tiene cura, los médicos son muy precavidos y no suelen comunicárselo a sus pacientes. Para nosotros las palabras «imposible, irrealizable, inalcanzable e inaccesible» procuramos tenerlas apartadas lo más lejos posible de nuestro vocabulario.

—Entonces… ¿Vosotros sí podéis? —Alicia era consciente de que la respuesta a esta pregunta era la clave.

—Nosotros disponemos de más medios. La tecnología avanza a pasos agigantados, te sorprenderías de lo que somos capaces hoy en día gracias a ella. Sin embargo, aún nos queda mucho camino por recorrer. Es difícil de explicar con palabras Alicia, pero tengo una forma muy peculiar de ver la vida. Me la inculcó mi madre desde pequeña y, como no podía ser de otra manera, ese enfoque me quedó grabado a fuego.

Alicia se acordó de la frase que le dijo el psicoanalista:

«Su rol no es solo curar a las personas, ellos te harán ver las cosas de otro modo».

—¿Y se puede saber qué os hace tan peculiares? Tengo curiosidad.

—Nuestra peculiaridad es... —la directora acarició el medallón que colgaba de su cuello, en la que aparecía el rostro de una anciana, se lo acercó a sus labios y lo besó—, haber descubierto un camino alternativo a la medicina.

Si Alicia hubiera escuchado esas palabras de boca de cualquier otra persona, inmediatamente la tacharía de loca, de imprudente o de extravagante. Pero algo en su interior la repetía con insistencia machacona que Virginia no era una persona que la pudiesen asociar con ninguno de esos tres adjetivos.

—Perdóname, Virginia, pero no sé a lo que te refieres. ¿Un camino alternativo a la medicina?

—Sí. Nuestro secreto ha sido explorar donde nadie se atrevió a hacerlo hasta la fecha. Mi madre tenía toda la razón.

—¿Tu madre? Sin ánimo de ofender y con todos mis respetos, pero… ¿qué pinta tu madre en todo esto?

—No me ofendes, tranquila. Pues mucho, ella fue de las primeras en coquetear con todo esto y de las primeras en pisar este camino del que te estoy hablando. Lo que te voy a contar lo saben muy pocas personas.

—¿Por qué me cuentas todo esto? Siento que estoy invadiendo tu intimidad.

—Te lo cuento porque te vas a convertir, con toda probabilidad, en nuestra segunda paciente oficial en la UOE y eso para nosotros es todo un honor. Sabía que este momento tarde o temprano llegaría, pero una nunca se encuentra preparada del todo. Y te lo cuento también porque me caes bien, porque creo que eres buena persona y porque ya bastante mal lo has pasado en la vida. ¿Te parecen razones suficientes?

Sus labios esbozaron otra tímida sonrisa y ya iban unas cuantas desde que compartía su tiempo con la directora.

—¿Te parece interesante todo esto? —añadió Virginia mientras miraba de reojo la pantalla de su teléfono.

—Sí, la verdad es que es un mundo que desconocía por completo y no puedo negar que me parece realmente fascinante. Hasta ahora nadie había mostrado tanto interés en explicarme todo con tanto lujo de detalle.

—Ponte cómoda. Voy a contarte algo que quizá nunca hayas escuchado. ¿Nunca te has preguntado como inviertes el tiempo en tu vida?

—Lo cierto es que no, nunca me había parado a pensarlo.

—La esperanza de vida aquí en España es de unos ochenta años para los hombres y ochenta y cinco para las mujeres. Las personas que alcanzan esa edad habrán pasado nueve viendo la tele, cuatro conduciendo, más de noventa días en el cuarto de baño y cuarenta y ocho días, aproximadamente, manteniendo relaciones sexuales. —A Alicia se le escapó una sonrisa escuchando esta última puntualización—. Pero cuando se trata de actividades que consumen nuestro tiempo hay una que le gana a todas las demás. A esa misma edad habremos pasado más de veinticinco años durmiendo. Veinticinco años tirados a la basura sin poder ser aprovechados. Mi madre, consciente de ello y como persona terca e inconformista que siempre ha sido, comenzó a darle vueltas y más vueltas al asunto para encontrar una solución a toda esa pérdida de tiempo. Se obsesionó con una premisa: acortar el tiempo de sueño natural.

—Pero… ¿eso no es imposible sin que afecte a la salud? —le interrumpió la joven—. Recortarías tiempo al sueño a cambio de estar cansado los días siguientes. Sería un poco pan para hoy y hambre para mañana, ¿no?

—En teoría, sí, la verdad es que el impulso de dormir es muy fuerte, tanto que le gana incluso al de comer. Tu cerebro se irá a dormir a pesar de tus esfuerzos conscientes de mantenerlo despabilado. No cabe duda de que el cansancio acumulado, tarde o temprano pasa factura. Pero no siempre la teoría y la práctica coinciden. En la época en la que ella vivió no existían medios para estudiar nada de esto, sin embargo, estaba convencida de que no todas las personas necesitaban dormir el mismo tiempo para descansar. Algunas precisaban las ocho horas recomendadas, pero tenía la firme convicción de que otras con seis ya reseteaban sus cerebros y estaban listas para funcionar un día entero. Mi madre fue investigadora y falleció en abril del 2007 sin poder ver su sueño cumplido. Dos años después, cuando el campo de la genética del sueño estaba empezando, otros investigadores como ella en una universidad estadounidense descubrieron e identificaron el que se conocería a posteriori como el primer gen del «sueño breve». Hasta ese momento, nadie pensaba que los genes pudieran influir en los comportamientos del sueño. Esos mismos investigadores al poco descubrieron otro gen y, no hace mucho, un tercero, que, además, ha demostrado que previene los déficits de memoria que acompañan a la falta del sueño. Con esos genes acortaríamos dos horas e incluso se podría bajar de la barrera de las cuatro horas de descanso diario. ¿A qué equivaldría eso? Pues no hay que ser experto en matemáticas para darse cuenta de que estamos hablando de justo la mitad. En vez de perder veinticinco años perderíamos solamente doce y medio. Ni que decir tiene que la obsesión que persiguió toda la vida a mi madre la heredé yo. Tras su muerte recogí su relevo y, bueno… seguí de alguna forma tejiendo la telaraña en solitario. Tanto mi madre como yo compartíamos la idea de que para que la gente viva más tiempo solo existían dos caminos: aumentar la esperanza de vida sobrepasando la barrera de los cien, o incluso de los ciento diez años, hecho impensable en los tiempos en los que vivimos, o acortar el sueño natural, que fue el camino que eligió mi madre. Pero nos equivocamos. Había un camino más. Un tercero. Un camino que estuvo todo el tiempo ahí, esperando ser descubierto. ¿Sabes de lo que te hablo?

La directora le hablaba a una mujer que mostraba un desmedido interés por todas y cada una de las palabras que brotaban de sus labios. Cuando exponía el tema en las conferencias, al principio una vez al mes y ya, por último, todas las semanas, estaba acostumbrada a dejar a gente anónima boquiabierta, estupefacta. Alicia no se trataba de ninguna excepción. La directora continuó con su argumentación sin esperar respuesta a su pregunta.

—¿Y si aprovecháramos el tiempo mientras estamos durmiendo?, mataríamos dos pájaros de un tiro, por un lado, no sacrificaríamos nuestras innegociables horas de descanso y, por otro, nos sumergiríamos en un mundo paralelo, donde podríamos coquetear con infinidad de experiencias diferentes. No viviríamos más tiempo, pero lo aprovecharíamos mucho mejor. Con este nuevo concepto en mi cabeza comencé a documentarme, a explorar, en definitiva, empecé a pisar ese camino alternativo a la medicina del que te comenté.

Alicia ya no tenía ninguna duda. Virginia era una mente brillante, una mujer muy inteligente. De esas que convierten en fácil lo difícil sin apenas esfuerzo.

—¿Aprovechar el tiempo mientras dormimos? Creo que me he vuelto a perder.

—Es muy sencillo. Todas las noches, a los pocos minutos de conciliar el sueño, nuestras mentes se desconectan de la realidad y se sumergen en otros mundos de los que no podemos rescatar nada, al menos de una forma material. Hoy en día, los sueños son la tierra inexplorada de la neurología. Eso es exactamente lo que queremos que cambie. Nosotros somos los que ayudamos a la gente a dominar sus sueños para que puedan vivir cada noche una inmensa aventura, pero, por desgracia, no es tarea nada sencilla.

—¿Por qué? ¿Es complicado?

—No es complicado si sabes cuáles son las teclas que tienes que tocar. El problema es otro. Yo estoy convencida de que nuestras mentes no están lo suficientemente capacitadas. Les falta madurez, bueno, no a todas, a la gran mayoría. Hay otras que están más predispuestas. Hemos descubiertos que los jugadores de videojuegos experimentan más sueños lúcidos que la media de la población.

—Antes has dicho que me voy a convertir en la segunda paciente de la UOE. ¿Qué es eso?

—Este centro atiende al nombre de Centro Multidisciplinar de los Trastornos del Sueño (CMTS) y se divide en dos partes claramente diferenciadas. La Unidad Multidisciplinar del Sueño (UMS) que funciona como cualquier otro instituto u hospital de cualquier ciudad en el cual curamos a las personas que nos visitan con cualquier tipo de trastorno del sueño. Pero contamos también con la Unidad Onírica Experimental (UOE), de la que presumimos ser pioneros en todo el mundo.

—¿Qué diferencia hay entre una y otra? En ambas curáis a la gente, ¿no?

—La primera unidad ya está inventada, nosotros solamente la ponemos en práctica. Es medicina. La segunda la inventamos nosotros explorando. Es el camino alternativo a la medicina.

—¿Y solo habéis tenido un paciente en esta última durante todos estos años? —preguntó sorprendida la joven.

—Hemos tenido clientes, más que pacientes. Hasta la fecha, a esta unidad no nos visitó gente con trastornos, sino gente que quería soñar de forma diferente. Gente que no venía a curarse, sino a saborear nuestro amplio abanico de experiencias.

—Entiendo.

—Bueno, Alicia, volviendo al grano. Tenemos que practicarte una polisomnografía y analizar tu mente en profundidad, pero así, a bote pronto, contamos con dos técnicas distintas de curación para tu caso. Una es más conservadora. La otra más atrevida. La primera técnica la haríamos contigo despierta y consiste en una terapia de ensayo de imágenes, reescribiendo de esa forma tu sueño recurrente cambiando el resultado para que deje de ser traumático. A fuerza de visualizar durante la vigilia un desarrollo distinto a la trama donde un final feliz sustituye al terrorífico, intentaremos modificarte el sueño. El porcentaje de éxito es elevado, en torno al ochenta por ciento.

—Eso mismo ya lo intentaron y no funcionó.

—Lo haríamos en la UMS. Por fortuna, tenemos la otra unidad, junto con una técnica más arriesgada en la que permanecerás durmiendo. Tiene que ver con el poder de moldear la realidad onírica con los llamados sueños lúcidos. Se trata de una actividad en la que serás consciente de estar soñando y podrás manipular a voluntad el desarrollo de tu película onírica bien de forma espontánea o bien inducida mediante aprendizaje y entrenamiento.

La directora inspeccionó los últimos correos electrónicos de la carpeta de entrada de su Mac, echó una rápida ojeada a la pantalla de su móvil y volvió a atusarse de nuevo el pelo.

—¿Qué porcentaje de éxito tiene esta última prueba? —la preguntó Alicia.

—Sinceramente no lo sé. Solo lo usamos en una ocasión, el resto de las veces nos mantuvimos en el campo del placer y el entretenimiento. Acompáñame, me gustaría enseñarte algo.

7

Alicia se encontraba muy cómoda a su lado y, por un momento, había conseguido distraer su mente y olvidarse de las desgracias que le acompañaron durante esta última etapa de su vida. Fiel a su personalidad, seguía mostrándose muy receptiva y expectante por conocer qué sería lo próximo que le explicaría. Fuera lo que fuese, le iba a resultar muy interesante, sin lugar a duda.

La directora abandonó el despacho, móvil en mano, y con una sonrisa en el rostro. Mientras caminaba deslizaba sus dedos por la pantalla buscando a alguien en la agenda. Cuando encontró el contacto que buscaba pulsó el nombre y la tecla de llamada.

—Martín, necesito verte ahora, ¿estás disponible?

—Sin problema, ¿de qué se trata?

—Ahora te lo explico, nos vemos en la sala de las experiencias oníricas.

—De acuerdo, en diez minutos estoy allí.

Sus pasos se dirigieron de nuevo al ascensor. Alicia no perdía detalle de todo lo que se iba encontrando a su paso.

—Vamos a descender un piso, donde se encuentran todas las áreas relacionadas con el plano onírico —le explicó Virginia—. Lo que te voy a enseñar es una sección única en todo el mundo.

—Tengo la sensación de que intentas sorprenderme. No creo que sea para tanto —le dijo Alicia sonriendo.

Cuando por fin se deslizaron a ambos lados las dos hojas del ascensor, Alicia pudo comprobar cómo entraba de nuevo en otra dimensión. Sintió algo similar a lo que había sentido una hora antes en el vestíbulo de entrada. Lo primero que percibió fue un olor muy particular, a incienso quizá. Permanecía todo en penumbra y a medida que avanzaban por los distintos pasillos se iban encendiendo unas luces y apagando otras tras sus pasos. El silencio en aquella planta del rascacielos era, una vez más, sepulcral.

—Los cinco primeros pisos del edificio están destinados a nuestros especialistas médicos, neurofisiólogos, neumólogos, otorrinos, neurólogos, expertos en cirugía maxilofacial, odontólogos, endocrinólogos, psicólogos clínicos… Lo cierto es que contamos con un amplio abanico de profesionales.

—La parte de la medicina.

—Exacto. La parte médica. Pero en ese quinto piso termina todo lo real. Desde el sexto piso hasta aquí hay oficinas. Cuarenta y cuatro pisos entre cuyas paredes hay gente trabajando incansablemente y dando vida a lo que aquí almacenamos y ponemos en práctica. Ellos crean lo que nosotros denominamos experiencias oníricas.

—¿Experiencias oníricas? —repitió Alicia intrigada—. ¿Qué son exactamente?

—¿Te suena el término «onironauta»?

—¿Onironauta? —repitió confusa—. En mi vida lo escuché.

La directora paró de caminar. Ya habían llegado a su destino. Estaban enfrente de una puerta con dos dispositivos electrónicos al lado derecho. Uno a mediana altura que parecía un teléfono de sobremesa con una ranura en el centro y otro justo enfrente de su cabeza que se asemejaba a una cámara web.

—Los onironautas son personas que cobran un estado de conciencia similar al de la vigilia mientras sueñan, lo que se conoce como sueños lúcidos, permitiéndoles reconocer el estado de sueño como tal, experimentando un mayor grado de control. Nuestro cometido prioritario, querida hermana, es curar a la gente, pero gracias a la UOE también pretendemos en un futuro no muy lejano ser creadores de onironautas.

—¿Y cuál es la finalidad de todas esas… experiencias?

—No hay una sola, son muchas dependiendo un poco de las intenciones de todo aquel que nos visite. Satisfacción personal, superar un problema o simplemente como mera diversión o entretenimiento.

La directora fijó su vista en la bola negra y una luz roja situada a su lado se apagó y dio paso a otra de color verde. Alicia ya había visto antes ese mismo dispositivo. Su hermana Patricia era una entusiasta de los viajes y de las nuevas culturas y tradiciones, pero también de las nuevas tecnologías. Se lo había enseñado no hace mucho en su casa navegando por la red. Se trataba de un escáner de iris. Alicia se acordaba también de cómo llegó a advertirle que los escáneres de iris y los de retina eran diferentes, que no había que confundirlos. Virginia tecleó una combinación alfanumérica en un pequeño teclado y acto seguido colocó el dedo índice de su mano derecha dentro de la ranura que hacía las funciones de sensor. Esta vez, un tímido pitido fue el encargado de avisar de que el procedimiento se había hecho de la forma correcta.

Alicia tenía mucha curiosidad por saber qué se escondía detrás de esa puerta identificada con el nombre de «Sala de experiencias oníricas», debido al nivel de seguridad tan elevado que requería. La puerta se abrió despacio y ante sus ojos apareció una estancia muy amplia. Superaba la barrera de los doscientos cincuenta metros cuadrados, puede que llegara a los trescientos. Pero, para su sorpresa, la sala estaba vacía, no había nada en su interior, salvo cuatro paredes y un techo.

La directora la invitó a pasar cerrando la puerta a su paso.

—Como te comentaba, la labor de toda esa gente que trabaja en las oficinas de las plantas inferiores no es otra que diseñar experiencias oníricas que tenemos almacenadas aquí en esta sala.

—¿Aquí donde? —preguntó extrañada Alicia—. Yo no veo nada.

Virginia continuó hablando como si no la hubiese escuchado.

—Las paredes y el techo de esta sala están pintadas en tres tonos de colores distintos. Eso es debido a que las experiencias que diseñamos se clasifican en tres grandes grupos; las clásicas, las personalizadas y las potencialmente peligrosas. Las primeras, las experiencias oníricas clásicas se encuentran en esta parte de la sala. Es el color azul turquesa. En la actualidad contamos con miles de experiencias distintas, son las más fáciles de crear.

—Sigo sin ver nada —Alicia comenzaba a pensar que le estaba tomando el pelo.

La directora se acercó hasta una pared, pulsó una tecla casi imperceptible y observó la reacción de su acompañante. Alicia fue testigo de cómo se abría una ranura en el suelo con forma cuadrada, a un metro escaso de su posición, y se elevaba, con una suavidad inusitada, una columna muy similar a lo que Alicia conocía como las típicas torres de sonido. Pero lo que surgió del suelo carecía de altavoces y de ranuras para insertar discos o lápices de memoria. Era más bien una especie de columna-vitrina herméticamente sellada. Alicia no daba crédito a lo que veían sus ojos. Virginia se acercó hasta ella e interactuó con el cristal de protección que aparte de proteger, era táctil y también cumplía la misión de acceder a su interior.

—Cada experiencia onírica tiene su propio nombre y todas ellas están ordenadas alfabéticamente. La información la podemos grabar en muchos dispositivos, pero preferimos hacerlo en tarjetas microSD por su reducido tamaño y gran capacidad. Esta columna en concreto que he elegido al azar es la de autoayuda.

La directora sincronizó en cuestión de segundos su móvil con la columna y envió la información pertinente en forma de video explicativo de alta resolución hasta una de las paredes de la sala que cumplía con el objetivo de reproductor multimedia.

El color azul turquesa de la pared desapareció dando paso a la silueta de los típicos engranajes que giraban entre sí al comienzo de una grabación. De repente, el vídeo comenzó su reproducción con la imagen de un adolescente sentado en una silla de ruedas en una triste y solitaria carretera en medio de un desierto. El chico que yacía postrado en esa silla aparecía de espaldas y comenzó a articular una serie de palabras con una voz triste e infantil.

«Hola. Mi nombre es Gerardo. Hace dos años tuve un accidente de moto en el que me lesioné gravemente la espina dorsal, debido al cual no me quedó más remedio que estar postrado en esta silla de ruedas. Los médicos me dijeron que nunca más caminaría, por lo que me aconsejaron ser fuerte y mentalizarme cuanto antes de mi nueva condición».

Algo comenzó a hacerse visible al fondo de la imagen. Al principio, era solo un minúsculo destello de color rojo que zigzagueaba de un lado a otro de la carretera. Alicia lo vio y solo tardó unos segundos en poder asegurar con absoluta certeza de que se trataba de un coche que circulaba a gran velocidad directo al joven. Quienquiera que fuera el piloto del turismo, era evidente que había perdido el control sobre el mismo y el accidente que se produciría de un momento a otro era inminente. El joven hizo girar con destreza la barra circular de la silla, avanzando hasta el arcén y quedando fuera de todo peligro ante la atenta mirada de las dos mujeres que lo presenciaban. El coche se acercaba a gran velocidad. El conductor pisó el pedal del freno y las cuatro ruedas comenzaron a chirriar y a dejar la silueta zigzagueante en un llamativo derrape hasta llegar a detenerse por completo.

El joven regresó de nuevo al centro de la imagen andando como una persona normal, dando la espalda al coche y dirigiéndose a cámara. Su voz había cambiado, ahora ya no era tan ingenua e inocente como al principio.

«Los médicos no me mintieron, tenían razón. Mi vida nunca más sería la misma, pero no estuvieron acertados en algo. Me comunicaron que nunca más experimentaría la sensación de poder andar de nuevo. Gracias a la Unidad Onírica Experimental del Centro Multidisciplinar de Trastornos del Sueño, esa sensación la he vuelto a experimentar. De hecho, la experimento todas las noches, cuando me acuesto en mi cama y apago la luz. No sé muy bien cómo explicarlo con palabras, no estoy muy seguro de cómo lo hace esta gente, pero lo cierto es que lo hacen y lo que hacen, lo hacen muy bien. Desde aquí os animo a probar su técnica. No os arrepentiréis».

El coche había quedado atravesado en medio de la carretera. Seguía saliendo humo de los pasos de rueda derechos y seguramente de los izquierdos también, aunque la cámara no llegaba a captarlo. No era necesario ser un experto en automoción para saber que se trataba de un Ferrari. El joven rodeó el capó, abrió la puerta del conductor y entró en el habitáculo que, incomprensiblemente, se encontraba vacío. Tardó unos segundos en ponerse el cinturón de seguridad y acomodarse bien. Acto seguido, pisó el pedal del acelerador en punto muerto y fue testigo directo de cómo esa bestia chillaba. El sonido que desprendía aquel motor era embriagador. Embragó, metió marcha atrás y, después, tres marchas fueron suficientes para catapultarlo por encima de la barrera de los doscientos kilómetros por hora hasta que se convirtió en un diminuto punto que acabó confundiéndose con el paisaje y desapareciendo.

—Ese mismo coche fue el mismo que atropelló a Gerardo, un Ferrari 575 M Maranello —le explicó la directora.

—¿Le ayudasteis a superar el trauma?

—Cuando nos visitó, pudimos comprobar de primera mano su odio hacia todo aquello que tuviera motor y cuatro ruedas. En la actualidad, no tiene problema en verlos, ni en conducirlos, tanto en sus sueños como en la vida real. Cuando una persona sufre un accidente grave como le ocurrió a Gerardo o como te ocurrió a ti, se transforma. Nuestra misión es corregir esa transformación hasta el punto de minimizarla en la medida de lo posible o de hacerla desaparecer por completo.

—¿Siempre ayudáis a gente con problemas?

—Ayudamos a todo aquel que venga a visitarnos sin restricción de sexo, edad, color de piel u orientación sexual. El año pasado nos visitó una señora alemana. No tenía problemas de ningún tipo, estaba sana, pero arrastraba una pequeña preocupación que la había acompañado durante toda su vida y se preguntaba si nosotros podíamos hacer algo al respecto. Nunca se había quedado embarazada y no podía tener hijos. Su sueño siempre había sido ser madre. No estaba casada ni tenía novio, vivía sola junto con sus dos perros en una pequeña casa de aldea a las afueras de Stuttgart.

—¿No había pensado en la posibilidad de la adopción?

—Sí, de hecho, ya había arreglado los papeles para adoptar a una preciosa niña vietnamita. Pero lo que ella quería no era eso, yo la entendí a la primera. Ella quería ser mamá, criar a una niña, aunque no fuese su propia hija de sangre, pero sobre todo lo que ella anhelaba era sentir en primera persona lo mismo que cualquier mujer del mundo a la hora de quedarse embarazada, en el transcurso de todo un embarazo y en el momento de dar a luz. Constituía todo un reto para nosotros. Aceptamos y nos pusimos manos a la obra. En primer lugar, analizamos su mente para descubrir su límite y diseñamos un plan de veinte sesiones con ingreso en hospital y parto incluido que enlazaba, claro está, con la fecha estimada del encuentro con la niña.

Alicia, en ese preciso momento fue consciente de lo cerrada que permaneció su mente durante todos estos años. El mundo que comenzaba a desplegarse ante sus ojos prometía ser muy extenso y emocionante. Y esa idea lejos de amedrentarla o asustarla, la emocionaba.

—No sé si te estoy entendiendo bien. ¿Habéis sido capaces de diseñar un embarazo y parto onírico a su medida?

—Lo has entendido perfectamente. Nunca lo habíamos hecho y lo cierto es que todo salió a pedir de boca. Ella misma nos confesó a posteriori que en su cabeza se fusionó todo de tal forma que pensó que había dado a luz de verdad. Es el día de hoy en el que aún le asaltan las dudas. Tengo que decir que no todo el mérito ha sido nuestro. Es muy fácil sumergirse y juguetear en la mente de alguien cuyo CO traspasa la barrera de setenta.

—¿CO? —preguntó extrañada Alicia.

—El famoso CO es la clave de todo esto. El cociente onírico. Cuanto mayor sea, más probabilidad tienes de ser un onironauta, ni más ni menos. —Estas últimas palabras no fueron pronunciadas por la suave y dulce voz de la directora, sino por una masculina que obligó a Alicia a darse la vuelta y a dirigir su mirada hacia la puerta de entrada. Un treintañero con aire desenfadado entró en su campo de visión—. La alemana podía presumir de tener un CO de 72,6 % en nuestra escala. Rebeca se volvió loca cuando lo descubrió.

—Te presento a Martín —le dijo Virginia—. Es uno de nuestros neurofisiólogos. Formará parte del equipo de especialistas que te analizará. Ella es Alicia.

—Encantado, Alicia.

Ambos se dieron dos besos y se quedaron unos segundos escrutándose con la mirada. Para él, Alicia era una persona normal y corriente, una paciente más de los muchos que los visitaban a lo largo del año, pero para ella, Martín era alguien muy peculiar por varias razones sin llegar a alcanzar la etiqueta de bicho raro. La primera, sus ojos, no es habitual que un chico se los pinte, ni que lleve dos relojes, uno en cada muñeca. Los tatuajes que decoraban la piel de sus brazos no eran llamativos, pero sí bastante misteriosos. De esos que sientes curiosidad por saber qué significan. Las palabras que brotaron de los labios de Virginia fueron las encargadas de devolver a Alicia de nuevo a la realidad.

—Tengo que ausentarme, el deber me reclama —anunció la directora después de echar un nuevo vistazo a la pantalla de su móvil—. Alicia, te dejo en buenas manos. Hoy de noche, si no tienes inconveniente, te practicaremos una polisomnografía, será nuestra primera toma de contacto. No es recomendable demorarse mucho más en el tiempo, cuanto antes acabemos con esto, mucho mejor. Supongo que tú serás la primera interesada en qué todo esto termine.

—Supones bien.

—Martín despejará las dudas que te puedan surgir y te explicará un poco la prueba, ¿de acuerdo?

—De acuerdo, Virginia. Gracias por todo.

—Gracias a ti. La directora volvió a consultar de nuevo la pantalla de su móvil—. Martín, se trata de una parasomnia nivel 3. Una poli intensa, descifrado de CO y estudio superficial de sueños en fase REM.

—Perfecto. Para eso necesito a los mejores.

—¿Tienes alguna cuadrilla disponible?

—Cuento solo con Miguel. Voy a necesitar también a Lidia. Arquitecto onírico de momento no me hace falta.

—Lidia esta semana está ocupada.

—Lo sé, pero la necesito. Es muy metódica como acondicionadora virtual y aparte es una gran profesional sanitaria. Es la que mejor sabe usar los núcleos meteorológicos y es la única que trabaja con la cámara y el láser. Su presencia es innegociable.

—De acuerdo, veré lo que puedo hacer. ¿Y la sala?

—Legendary Dream Cátcher no estaría nada mal.

Ambos se miraron dejando de manifiesto su gran complicidad en presencia de Alicia.

—Tendrás la sala y tendrás a Lidia. Confío en ti.

8

Cuando la silueta de Virginia desapareció por la puerta, ambos quedaron un poco indecisos, sin saber muy bien qué decirse.

—Sé lo que estás pensando —le dijo Martín rompiendo por fin el hielo.

—¿Ah, sí? Sorpréndeme.

—Nunca has estado en un lugar como este y todo lo que vas descubriendo sobre la marcha te parece asombroso.

—Bueno, la verdad es que formo parte de ese tipo de personas que se sorprenden con relativa facilidad por lo que no tiene mucho mérito, pero si te soy sincera tengo que decir que sí, tienes parte de razón. Este lugar, aparte de parecerme sorprendente, me inspira confianza.

—Ha sido lo mismo que pensé yo la primera vez que pisé este sitio y conocí a Virginia. Tiene un don especial para tratar con la gente. ¿Qué te ha explicado de esta sala? ¿Hay algo que quieras saber o tengas especial curiosidad?

—Me habló del color turquesa y de que trabajáis con tres paquetes distintos de experiencias oníricas.

—Sí, tres bloques. Las experiencias clásicas o básicas son esas que ya has tenido el placer de descubrir. Ya están diseñadas y almacenadas aquí, lo único que tenemos que hacer es implantarlas en la mente del soñador o soñadora y sincronizarlas con sus propios sueños. Contamos con una amplia variedad, desde ponerte en la piel de un escalador y escalar una montaña hasta montar a caballo y galopar sobre la fina arena de una playa paradisiaca o bien montar en globo contemplando un precioso atardecer. Cualquier cosa que se te pase por la cabeza. No hay límite.

Alicia no terminaba de creerse el mundo mágico que se desplegaba ante ella. Todo ello formaba parte más bien de una película de ciencia ficción que de la propia vida real. Tenía la sensación de que, si conversara con otra persona afín al complejo, le explicaría lo mismo, por lo que, una de dos: o ahí dentro estaban todos como cabras o lo que decían era verdad. Y Alicia comenzaba a pensar que esta gente iba muy en serio.

—Implantáis y sincronizáis experiencias en la mente de los soñadores.

—Eso es.

—Hablas de ello como el que habla de comprar el pan o pasear al perro. ¿Me puedes explicar cómo conseguís hacerlo?

—¿Qué versión prefieres, la larga o la corta?

—La que pueda entender.

—El milagro lo consigue un arquitecto onírico y una máquina dirigida por él mismo.

—¿Así de fácil?

—Nadie ha dicho que fuera fácil. De hecho, es bastante difícil y antes tenemos que ocuparnos de muchos detalles. El acto de dormir en sí sabe hacerlo todo el mundo, pero muy pocos lo hacen bien. Nosotros, entre otras cosas, enseñamos a la gente a dormir de la forma correcta.

—¿Y conseguís siempre vuestro objetivo?

—Por supuesto que no. No todas las mentes tienen la misma predisposición.

—Presiento que el coeficiente onírico tiene algo que ver. ¿No es así?

—Así es. A cada persona le acompaña el suyo desde su nacimiento hasta su muerte. Pero influyen muchos otros factores que la gente no tiene en cuenta y son básicos para un buen descanso. Esta noche, como la vas a pasar en la cámara con Lidia presente, ya te lo explicaremos todo con más detalle —Martín se adelantó unos pasos—. Desde el principio de la sala hasta este punto hay ciento doce columnas como la que te enseñó Virginia. Cada columna puede albergar ochenta experiencias más o menos. A partir de aquí, como bien puedes comprobar, el color de las paredes y del techo cambia al amarillo mostaza. Esas son las experiencias personalizadas. Su coste es mucho mayor por el simple hecho de que son experiencias inacabadas o en construcción y que terminamos de pulirlas con los detalles que nos proporciona el soñador o la soñadora en cuestión.

—¿La gente no se conforma con el abanico que disponéis de las clásicas? —preguntó Alicia extrañada.

—La mente humana es inconformista por naturaleza.

Alicia sopesó si formular la siguiente pregunta.

—¿Cuánto puede costar una experiencia clásica?

—Bueno, yo… No soy la persona más indicada para hablarte de tarifas. Todo depende de las sesiones y del tiempo que empleemos. Para que te hagas una idea, tres sesiones de una experiencia clásica rondaría los treinta mil euros.

—¿Diez mil euros por sesión? ¡Madre mía! No quiero ni imaginar cuanto valdrán las otras…

—No conozco ninguna sesión personalizada que baje de los cien mil.

—Sé que es un tema que no me incumbe, pero me parecen precios bastante desorbitados, aunque me imagino que habrá una razón de peso que lo justifique.

—La hay y estoy convencido de que no es la que imaginas.

—Hay que pagar de alguna forma todo este tinglado que habéis montado aquí.

—Esa es una, pero no la única. De momento, la opinión pública no se ha hecho eco de lo que hacemos. El día en que se corra la voz y todo el mundo se entere y quiera probar estas experiencias, las listas de espera podrían llegar a ser kilométricas y se desataría, de alguna forma, el caos en la población.

Alicia sabía que no tenía que haber sacado el tema económico. Ahora volvía a encontrarse incómoda al ser consciente de que no podía permitirse el lujo de pagar esas cantidades de dinero tan disparatadas a cambio de un dichoso tratamiento que paliara su trastorno. La gente rica podía permitirse las mejores casas, los mejores coches y los mejores tratamientos, la gente de clase media–baja, como ella, no, esa era la cruda realidad.

—¿El color del fondo cuál es? ¿Rojo?

—Sí, rojo escarlata. Son las últimas experiencias, las potencialmente peligrosas. Aún estamos en fase de desarrollo con ellas.

—¿Las potencialmente peligrosas?

—Sí, no son aptas para todos los públicos. Gente con antecedentes penales no podría optar y, aunque no tengas ninguna cuenta pendiente con la ley, es requisito fundamental certificar de alguna manera que…

—… que no estás loco —terminó la frase Alicia.

—Exacto. Que no estás loco y que no representas amenaza alguna para la sociedad. Desgraciadamente, en los tiempos que vivimos las cosas son muy diferentes a cómo desearíamos que fueran.

Alicia notó una pequeña vibración en su muslo izquierdo. En ese mismo momento se dio cuenta que eran casi las dos de la tarde y había quedado con su hermana para comer en la cafetería de siempre. Ese lugar la había abstraído por completo haciéndola perder la noción del tiempo.

—Perdóname, Martín, es mi hermana, ya no me acordaba que había quedado con ella.

—Tranquila, no pasa nada. Tómate el tiempo que necesites.

Cogió el móvil y se percató de que tenía cinco wasaps y dos llamadas perdidas. No la hizo perder más el tiempo y la contestó. Martín se distanció unos metros para dejarla un poco de intimidad.

—Ya está.

—Vamos a hacer lo siguiente. Te voy a enviar un correo donde te explicamos un poco el protocolo a seguir para que no haya sorpresas en la poli de esta noche. Si ya has hecho alguna, sabrás un poco por dónde van los tiros.

—Creo que sí. Nada de bebidas estimulantes ni alcohol. Traer pijama, artículos de aseo personal, no dormir siesta y venir cenada y con el pelo limpio.

—Eso es. La cena lo más ligera posible. No te mando nada, vas con los deberes hechos. ¿Te parece bien que nos veamos a las diez de la noche aquí mismo?

—Sí, está bien.

—Cuando entres por el vestíbulo, dirígete a la zona de los ascensores y ya sabes, la planta cincuenta y uno. Si te surge algún percance, llámame a este número.

Martín le tendió una tarjeta similar a la que el día anterior le enseñó a su hermana.

—Muchas gracias por todo.

—No hay de qué. ¿Necesitas que te acompañe a la salida?

—No hace falta. A las diez estaré aquí.

—Hasta las diez.

9

Alicia abandonó, por fin, el centro en dirección a la cafetería para almorzar con su querida hermana. Era consciente de que llegaba tarde a la cita, pero, a pesar de ello, no apresuró sus pasos. Su cabeza estaba en otro sitio. Mientras caminaba, tenía la extraña sensación de haber descubierto un secreto que muy pocas personas en el mundo tenían el placer de conocer. El centro había conseguido que todo, absolutamente todo, pasase a un segundo plano, incluso la reciente pérdida de su marido y su hija. Esa gente estaba convencida de que la iban a curar y no iban a reparar en gastos hasta ver su propósito cumplido. Tanto Claudia, como Virginia o Martín irradiaban la paz y tranquilidad que necesitaba. Pero ahí no acababa la cosa. Daba la impresión de que eran buenos profesionales que sabían lo que hacían. Y no se equivocaba.

Cuando llegó a la cafetería, Patricia llevaba más de media hora esperándola. No recriminó su actitud como solía hacer en otras ocasiones. Desde el accidente, Alicia había cambiado, ya no era la misma persona y su hermana no se comportaba de igual manera a su lado. Ahora ya no reñían tan asiduamente, ya no discutían por tonterías.

El accidente les había hecho madurar, las había convertido en personas más tolerables hasta el punto de que, en ciertos momentos, se sentían extrañas al actuar de una forma que no era la habitual.

Patricia pidió un plato combinado y Alicia una ensalada césar pensando en las palabras de Martín.

—¿Has llamado?

—Sí, les he llamado y he ido hasta allí. De hecho, llevo toda la mañana allí dentro.

—¿Y qué tal?

—Bien, piensan que me van a curar.

—¿Y tú? ¿También lo piensas?

—Me inspiran seguridad. Creo que les daré un voto de confianza. Esta noche tengo que volver. Tienen que realizarme una polisomnografía.

Alicia se limitó a explicarle la información que le habían transmitido sobre el procedimiento que seguir, pero sin profundizar mucho en el tema. En ningún momento le comentó ese camino alternativo a la medicina tan peculiar en el que creían ciegamente y tampoco hizo hincapié en los posibles parásitos que pensaban que la estaban atormentando. No quería asustar a su hermana o que pensara que esa gente estaba loca de remate. La habían tratado muy bien, y esa gente opinara lo que opinase se merecía un respeto.

—Te veo más animada.

—¿Tú crees que animada es la palabra? Ilusionada o esperanzada quizá.

—Llámalo como quieras. Te veo mucho mejor. Y me alegro por ello.

—Gracias, hermana, todo esto no sería posible sin tu ayuda.

La cita no se alargó mucho más en el tiempo. Patricia tenía que volver a la agencia de viajes y Alicia debía pasar por su casa para coger un pijama y los útiles de aseo, pero antes necesitaba hacer algo. Perderse por las calles y respirar un poco de aire fresco. Era la forma que tenía de desconectar, de ordenar las ideas en su cabeza, método que hasta la fecha le había funcionado cuando estaba estresada o agobiada. Disponía de toda la tarde, por lo que, cuando salió de la cafetería, se despidió de su hermana y comenzó a callejear sin ser muy consciente de a dónde la llevarían sus pasos. En su caminata vio gente muy distinta entre sí, ejecutivos bien trajeados y engominados, a madres que empujaban carritos de bebé, a gente necesitada que pedía limosna en puntos estratégicos. Era evidente que se trataba de gente muy distinta, pero Alicia logró captar que todas ellas tenían algo en común. Sus rostros no irradiaban alegría ni felicidad, sino todo lo contrario. Todos ellos, sin excepción, estaban de alguna manera inmersos en sus respectivas rutinas. Unas rutinas que, aunque no eran conscientes de ello, los estaban enterrando en vida. Las palabras de Virginia volvieron a revolotear en su cabeza y cobraron más sentido que nunca. «¿Te has parado a pensar alguna vez como inviertes el tiempo en tu vida?»

Si la vida de las personas se comparara con la de cualquier protagonista de un videojuego de rol, raro sería el caso en el que llegaran a la mitad de la aventura o incluso al final de la misma. La mayoría se quedaría estancado en el principio o completaría un par de misiones nada más. El trabajo de esta gente te brindaba la oportunidad de aprovechar el tiempo hasta sobrepasar la barrera del ochenta o noventa por ciento del progreso o incluso llegar hasta el final si de verdad había algún final.

Alicia seguía caminando y viendo gente y más gente, hasta que encontró una excepción mientras posaba la vista en una pandilla de adolescentes sentados en un banco de la plaza Cataluña. Eran los únicos que transmitían algo de lo que carecían todos los demás. Esa sensación de originalidad, imaginación o espontaneidad muy propia de estas edades, pero que, por desgracia, se difuminaría con el paso del tiempo a medida que fueran creciendo y madurando.

Cuando Alicia decidió por fin volver a su casa, se dio cuenta de que estaba enfrente de la agencia de viajes de su hermana. Su intención no era saludarla de nuevo ni distraerla, ya que en ese momento estaba ocupada atendiendo a una pareja de ancianos. La vida de su hermana también era monótona y aburrida, como la gran mayoría. Ahora no era el momento, pero se prometió a sí misma que algún día le desvelaría el secreto.

Una vez en su casa, necesitaba una ducha relajante y descansar. La comida ligera y la caminata la ayudaría a conciliar mucho mejor el sueño en el centro. Alicia, desde que le dieron el alta en el hospital y regresó de nuevo a su casa había habilitado un pequeño rincón del salón como pequeño santuario con fotos y objetos personales tanto de Fernando como de su hija, en el que todas las tardes tenía la costumbre de encender las velas que lo rodeaba y meditar al son de cualquier música relajante que encontrara en la aplicación Spotify. En estos últimos meses suprimió algún elemento e incluyó otros nuevos para hacer el rincón lo más íntimo y personal posible. Las últimas veces tenía la costumbre de descolgar el teléfono fijo y silenciar el volumen de su móvil para que nadie pudiera molestarla en ese momento tan espiritual. Aunque ya no estuvieran juntos, necesitaba seguir ligada a ellos y esa era la forma que había descubierto para conseguirlo. Para Alicia, era la media hora más feliz de todo el día.

10

A las diez y dos minutos de la noche se abrieron las dos hojas del ascensor en la planta cincuenta y uno del rascacielos y, equipada con una pequeña mochila negra a su espalda, pudo observar la presencia de Martín junto con dos personas más, un chico y una chica que no aparentaban más de treinta años.

—Buenas noches, Alicia. Te presento a Miguel, neurofisiólogo como yo y experto en parámetros mentales y a Lidia, médica de urgencia y experta en acondicionamiento virtual.

—Encantada de conoceros —musitó Alicia tímidamente.

El atuendo de Martín había cambiado. Las zapatillas blancas, los vaqueros rotos y la camiseta negra que por la tarde le otorgaban ese aire tan desenfadado habían desaparecido y, ahora, tanto él como su homólogo Miguel vestían sendos uniformes médicos de color azul. Lidia, en cambio, llevaba una bata blanca, unas gafas con montura metálica y el pelo recogido en una coleta. La primera idea que se le pasó por la cabeza nada más verlos fue que tres traviesos universitarios se habían colado en el complejo y habían raptado a los verdaderos profesionales con los que se había imaginado encontrarse. Pero una vez más su intuición le había fallado. La directora Virginia debía ser la más veterana de todos ellos y aun así no llegaba a los cuarenta.

—¿Todo bien, Alicia? ¿Estás preparada? —le preguntó Martín con sonrisa cómplice.

—Un poco nerviosa, pero bien, con ganas de empezar.

—Muy bien. Vamos hasta la sala del subconsciente y te voy explicando todo sobre la marcha.

Alicia asintió sus palabras y siguió sus pasos a través de espaciosos pasillos hasta llegar a una puerta con distintos dispositivos electrónicos similares a los que ya había visto. Cuando por fin la puerta se abrió y accedieron, Alicia se quedó asombrada una vez más. Una sala de control orientada a una enorme cristalera apareció ante sus ojos.

—Las salas del subconsciente no son todas iguales, pero todas ellas se dividen en dos partes claramente diferenciadas, el púlpito, que es esto que ves, un área elevada en donde permaneceremos en todo momento controlando y monitorizando tus parámetros mentales y la cámara, que es una sala insonorizada al otro lado de la cristalera en donde pernoctarás aislada completamente del ruido y de cualquier distracción que pudiera interferir en tus descansos nocturnos —le explicó Martín—. Esta, donde te vamos a realizar el estudio se llama «Legendary Dream Cátcher».

—¡Madre mía! ¿Y todos estos controles? ¿Para qué sirven?

Alicia asoció lo que contemplaban sus ojos con la compleja cabina de vuelo de cualquier avión comercial. Había muchos mandos, muchos controles y sobre todo muchas pantallas y monitores. Lo cierto es que no se parecía en nada a lo que había experimentado hasta la fecha en donde todo se limitaba a una triste cama hospitalaria con ruedas y a un profesional a su lado controlando un ordenador. La mesa de mando se alargaba más allá de los cuatro metros y estaba salpicada de todo tipo de botones, ordenadores y teclados inalámbricos. Tres sillas de escritorio gaming ergonómicas con sendos cojines tanto lumbares como cervicales eran las encargadas de completar la estampa.

—La silla de la izquierda será ocupada por Lidia, ella se encargará de tu comodidad allí abajo y de protegerte en todo momento en caso de que se tuerzan las cosas. Pero confiemos en que todo vaya como la seda. La silla del medio está reservada para Miguel, él se encargará de controlar todos los parámetros de tu cerebro cuando sueñes. Yo me acomodaré en la tercera silla, la que está reservada para el arquitecto onírico. Esta noche no necesitaremos los servicios de ninguno.

—¿Las funciones de Miguel y las de los arquitectos oníricos no son las mismas?

—No, no tienen nada que ver —dijo el propio Miguel interviniendo en la conversación —. Estoy loco, pero no tanto.

En ese preciso instante, Martín comenzó a encender los distintos ordenadores y a preparar la sala para la prueba.

—Perdonad mi ignorancia, pero… ¿qué diferencia hay?

—Pues muy sencillo —respondió Martín—. Miguel analizará tus patrones y fases del sueño y será el encargado de despertarte cuando este sea más ligero y propicio para pasar al estado de vigilia. Lo consigue gracias a un sensor que permanecerá oculto debajo de la almohada y que registrará tus movimientos durante la noche generando las gráficas de los ciclos del sueño. Controlará también el funcionamiento de una pequeña grabadora que saltará cada vez que capte un sonido, lo que permitirá analizar en detalle tus posibles monólogos inconscientes. Conocerá el momento exacto en el cual quedes dormida, cuántas veces te despiertas y cuánto tiempo pasarás en las distintas fases del sueño.

—Y entonces, ¿la misión de los arquitectos oníricos?

—Solo actúan en las fases REM. Son los encargados de supervisar que la implantación y la sincronización de las experiencias se hagan de la forma correcta.

—¿Realizáis también estudios a domicilio?

—En principio no. Los estudios que establecemos aquí son mucho más completos y precisos, aunque somos conscientes de que la gente siempre se muestra más cómoda y relajada en sus casas. Es por eso por lo que elegimos minuciosamente todo dependiendo del soñador en cuestión.

—¿Todo? ¿A qué te refieres con todo?

Lidia se sentó en su correspondiente silla e invitó a Alicia que hiciera lo propio en la contigua.

—Te lo explicaré. Yo soy la primera en entrar en acción, antes de nada es necesario descontaminar la estancia, regulando la temperatura entre los dieciocho y los veinte grados centígrados y la humedad relativa en el ambiente que debe oscilar entre el 41 % y el 55 %, que es la famosa zona de confort. Acto seguido, voy a conectar un purificador de aire eficaz contra alérgenos, olores, virus, bacterias, partículas contaminantes, ácaros del polvo y compuestos orgánicos volátiles. ¿Padeces de algún tipo de alergia?

—No.

—¿Asma?

—No.

—¿Dermatitis atópica?

—No.

Alicia observaba como trabajaba Lidia y como le explicaba todo como si tuviera que hacerlo ella misma al día siguiente. Cuando la barra de progreso del depurador llegó al 100 % Lidia dejó de prestar atención a ese monitor y se centró en otro en donde había imágenes de distintos tipos de colchones.

—Vamos a elegir el colchón que mejor se adapte a tu fisionomía y mejor descanso te vaya a proporcionar. Para ello, suelo tener en cuenta dos factores, el material y la firmeza. ¿Sueles cambiar de postura a lo largo de la noche?

—No.

—¿En qué postura sueles dormir normalmente?

—De lado. Sufro una ligera escoliosis. Si duermo boca arriba muchas horas me levanto con dolor de espalda.

—Ok. Entonces de muelles y de látex descartados. Voy a elegir un colchón viscoelástico de noventa con firmeza intermedia. Es un colchón mullido y adaptable. Absorben bien el movimiento, el único inconveniente es que no suelen transpirar bien, por lo que tienden a acumular calor, pero eso no va a ser problema, porque lo contrarrestaremos con la estación de aire acondicionado.

Lidia interactuó con uno de los teclados y algo comenzó a suceder en mitad de la cámara. Cuando Alicia se incorporó de la silla y desvió la vista a través de la cristalera hacia la sala en donde pernoctaría horas después, observó la presencia de un hueco de un metro de ancho por dos de largo justo en el centro. Instantes después, fue testigo de cómo una plataforma rectangular en donde yacía una cama ascendía lentamente hasta quedar a ras del suelo. La plataforma una vez que se confundió con el tono marrón del suelo de parqué comenzó a girar despacio en el sentido de las agujas del reloj como si intentara encontrar la posición idónea. Unos segundos después, el movimiento cesó por completo.

—Pasemos ahora a la elección de la música relajante. —Prosiguió Lidia—¿Sabes lo que es el ruido blanco?

—No, nunca lo había oído.

—El ruido blanco es un sonido constante proveniente, por ejemplo, de una máquina, de la lluvia o del traqueteo de un tren. Si lo elevamos un tono por encima del resto de ruidos ambientales hacen que desaparezcan como por arte de magia. Por otro lado, su monotonía hace que nuestro cerebro lo aísle a la perfección dentro del espectro sonoro llegando a dejar de oírlo y a olvidarlo, dándonos la misma sensación que si estuviéramos en silencio. Tengo cientos de ruidos blancos en la base de datos, ¿cuál te gustaría probar?

—Pues no sé…

—Distintos tipos de lluvia, el sonido de las olas en una playa, un pequeño cauce acuático, el sonido de un arroyo, el crepitar de una hoguera, cantos de pájaros, el sonido de una guitarra…

—El crepitar de una hoguera no estaría nada mal.

—Ok. Pues adjudicado.

—Martín le dijo a Virginia por la mañana que eres la única que utiliza la cámara y el láser.

—Sí, así es.

—¿Que controlas con eso? Tengo curiosidad.

—Lo utilizo para medir los signos vitales del soñador sin contacto físico, simplemente con eso, con una cámara y un sensor a distancia, evitando, de esa manera, cualquier tipo de cable, tubo o vía intravenosa.

—¿Se puede hacer?

—Sí, claro, con un láser y una cámara de alta precisión que es capaz de «leer» la luz reflejada en la habitación y extraer de los patrones, que cambian continuamente, las nano vibraciones que emite el soñador. La combinación de la cámara y el sensor láser puede monitorizar el ritmo cardiaco, el ritmo respiratorio, la presión sanguínea, los sonidos pulmonares, la actividad muscular e incluso los niveles de glucosa en sangre.

—Bienvenida al siglo XXI, Alicia —le anunció Miguel sonriendo—. Has tenido suerte de nacer en esta época, tu cura hace setenta años no era otra que una maravillosa e impresionante lobotomía transorbital.

—Eh, Miguel, no la asustes. Y, probablemente, dentro de setenta con una simple pastilla solucionen tu problema —le contestó Lidia tranquilizándola—. No le hagas ni caso.

Pero Alicia no estaba prestando atención a sus palabras. Su mirada se había posado en los monitores que descansaban en la sección de Miguel.

—¿Ese es un monitor de sueño? —se interesó Alicia acercándose con la silla e indicándolo con el dedo índice de su mano derecha.

—Sí. Es un monitor de sueño de calidad científica.

—Y… ¿qué datos registra? He oído hablar de ellos, pero nunca había visto ninguno.

—Las fases del sueño, la duración de este y su calidad. ¿Sabes algo de las fases, Alicia?

—Poca cosa.

—No te preocupes. A lo largo de la noche, en los sueños se alternan una serie de ciclos de ondas cortas y largas que generan diferentes fases que duran aproximadamente noventa minutos y cuya alternancia se puede producir entre cuatro y seis veces en el periodo de descanso nocturno. Las diferentes ondas cerebrales determinan los estados de vigilia y sueño. Y, dentro de este, también varía la actividad eléctrica del cerebro dependiendo de las fases del sueño en la que se esté. Este es el monitor de las ondas. Y este de aquí, es el de las fases del sueño. La primera fase es la fase de la vigilia, en donde se produce una transición entre el sueño y la vigilia. El sueño es tan ligero que incluso nos puede parecer que no estamos durmiendo por la facilidad en la que se entra y se sale de ella. Es un estado de semiinconsciencia que permite escuchar lo que sucede a nuestro alrededor. En esta etapa predominan las ondas theta. La segunda fase es la preparatoria para el sueño de calidad. Aquí existe una mayor relajación muscular y los ojos permanecen en reposo. Se ralentizan y sincronizan las ondas cerebrales y se entra en una fase de inconsciencia para captar los estímulos exteriores. La tercera es la del sueño profundo. Aquí nuestro organismo comienza a entrar en el auténtico sueño profundo y reparador. En esta etapa predominan las ondas delta. Durante la cuarta fase comienzan a aparecer imágenes aisladas entre sí. La quinta y última fase es la archiconocida como fase REM. Donde se producen los sueños en forma de historias que se pueden recordar posteriormente y la relajación muscular es total, mientras que la actividad cerebral es similar a la que se da en el estado de vigilia. Nuestro cerebro puede estar incluso más activo que durante la vigilia pese a que tengamos la sensación de inactividad mientras dormimos un sueño profundo. Ni que decir tiene que las fases del sueño se repiten cíclicamente a lo largo de la noche cuatro o cinco veces. Como puedes comprobar, mientras te encuentres allí abajo durmiendo, tu cerebro nos pertenece —le dijo Martín a sus espaldas.

—Ya veo, ya.

11

—Y, debajo de aquel bulto, ¿qué se esconde? —preguntó Alicia intrigada.

Los tres postergaron momentáneamente lo que estaban haciendo y desviaron la vista hacia el mismo punto, la tercera silla, la del arquitecto onírico. A su lado una manta con las palabras «Unidad Onírica Experimental» y el logo de la institución cubría algo de medianas dimensiones. Los tres se miraron entre sí sin saber muy bien qué decir. Fue Martín quien rompió de nuevo el silencio con sus palabras.

—Es la máquina que usan los arquitectos oníricos. No sabríamos muy bien explicarte cómo funciona. Tendrás que esperar a que lo haga uno de ellos.

—No sabéis cómo funciona, pero ¿sabríais explicarme qué hace?

—Gracias a una máquina como esta, un arquitecto onírico puede visualizar lo que sueñas en una pantalla.

—¿Me lo dices en serio?

—Completamente en serio. Y más todavía, puede interactuar corrigiendo el devenir de tu sueño en tiempo real.

El rostro de Alicia se quedó petrificado mirando al bulto en el fondo de la sala de control. No daba crédito a las palabras que acababa de escuchar. Una vez más, tardaría unos cuantos segundos en asimilar lo que alguien le dijo dentro de ese púlpito.

—Nunca pensaría que los sueños pudieran llegar a monitorizarse como si se tratara, no sé, de...

—…de un videojuego —terminó la frase Lidia acercándose hasta el bulto y tirando con mucha delicadeza de la manta que lo cubría—. Nosotros tampoco lo pensábamos hasta que presenciamos por primera vez su funcionamiento.

Cuando la máquina quedó al descubierto, Alicia quedó más sorprendida aún con su apariencia física. Lo primero que se le pasó por la cabeza era la impresión de estar viendo un objeto que no pertenecía a este mundo. A este mundo ni a esta época.

—Es lo más parecido a una obra de arte que he visto en toda mi vida —musitó Miguel arrodillándose ante ella y limpiando su nombre con la manga derecha de su uniforme—. No entendemos como lo hacen, pensamos que están locos pero la realidad es que son unos putos genios para fabricar algo como esto.

—¿Dorothy? —dijo Alicia mientras leía el nombre de la placa que lucía en un lateral.

—Sí, así la bautizó Rebeca, la arquitecta onírica de esta sala.

—¿Legendary Dream Cátcher?

—Sí, eso es. Los arquitectos oníricos operan siempre desde la misma sala y usan siempre la misma máquina. Esta es su sala.

—Ya te entiendo. O sea, ¿que los intrusos sois vosotros qué andáis saltando de una sala a otra?

—Así es.

—Y una cosa más, tengo curiosidad. ¿Qué calidad de imagen se puede conseguir?

—Al principio, hace cuatro años, cuando estábamos empezando, no había imágenes, solo números. Ceros y unos más concretamente, que ellos mismos descifraban y los transformaban en objetos materiales. Tardaban tiempo en cumplir con su cometido, por lo que se producía un inevitable desfase de tiempo que fueron corrigiendo hasta hacerlo desaparecer por completo. La tecnología fue avanzando y la voracidad de esta gente por mejorar no tiene límites. De los números, pasaron a los puntos y las rayas y, de ahí a las imágenes, primero en blanco y negro y con unas resoluciones muy pobres hasta llegar a como lo podemos ver en la actualidad, en pantallas de sesenta y cinco pulgadas con 4K y HDR.

—¿Podéis ver los sueños en un monitor como si se tratara de una película o un videojuego?

—Sí, y todo en tiempo real sin apenas desfase.

—¿Con cuántos arquitectos oníricos contáis?

—Hay doce en plantilla, pero de todos ellos, solo una puede presumir de ser de las primeras, de las de la vieja escuela.

Alicia, en ese momento, dejó de tener dudas. Ahora tenía la firme convicción de que Virginia tenía razón y de que esa gente la iba a curar sí o sí. Comenzaba a pensar que su problema, su trastorno, era una miguita de pan en el camino de esta gente que con la ayuda de estas modernas instalaciones y su inestimable profesionalidad no tendrían problema alguno.

—Escúchame con atención, Alicia. En la primera poli no solemos activar ni sincronizar una máquina onírica con el cerebro de ningún soñador, y menos aún sin su arquitecto presente, pero contigo vamos a hacer una excepción. Esta noche te conectaremos a Dorothy para ver si podemos captar la naturaleza de tus pesadillas y así poder examinarlas más en profundidad. Pero solo veremos lo que sucede en tus sueños, no vamos a interactuar. Mañana por la mañana, cuando te levantes, nos reuniremos en una sala y te mostraremos lo que hemos visto, si de verdad vemos algo ¿Entendido?

—Entendido.

—Pues, sin más preámbulos, vamos a comenzar. Ya son las diez y media.

Martín y Miguel se incorporaron para despedirse de ella y, acto seguido, volvieron a ocupar sus respectivos asientos mientras Lidia la acompañó hasta un discreto vestuario pensado para una sola persona nada más, pero en el que no faltaba ningún detalle. Un albornoz blanco colgaba de una percha en el interior de un armario empotrado al lado de dos montañas de toallas de distintos tamaños cuidadosamente colocadas en una repisa. Un secador de pelo reposaba en su correspondiente soporte al lado de un armario con espejo y lavabo. Al fondo, pudo observar un gran plato de ducha rectangular con la típica mampara de baño serigrafiada con las letras CMTS.

—Si no hay cambio de planes, este será tu vestuario durante todos estos días. Tómate el tiempo que necesites. Ponte el pijama, lávate los dientes, haz lo que creas conveniente. No hay prisa. Cuando estés lista, dirígete hasta la cama en el centro de la cámara. No hay pérdida. Yo estaré allí para darte las últimas indicaciones y para darte el besito de buenas noches —le dijo Lidia guiñándole un ojo.

—Muchas gracias por todo, me siento muy cómoda entre vosotros. No tardaré mucho, diez minutos, quince a lo sumo.

—Cuando quieras beber agua, no lo hagas del grifo del lavabo, utiliza esto —le dijo Lidia enseñándole un moderno y silencioso dispensador de agua compuesto por dos grifos y un bidón de veinte litros en su parte posterior—. Aquí tendrás agua fresca y del tiempo.

Diez minutos más tarde, Alicia cerraba la puerta del vestuario y se dirigía hasta el lugar donde pernoctaría. Lidia ya estaba esperándola con una especie de araña metálica en sus manos en el cabecero de la cama.

—Sobre la sábana bajera y debajo de la almohada hay alfombrillas que actuarán de sensores y que estarán enviando datos al púlpito. Ni que decir tiene que puedes levantarte cuando quieras a lo largo de la noche para ir al aseo.

—¿Tengo que encender alguna luz?

—No te preocupes, no será necesario. No te dejaré en completa oscuridad. Cuando apaguemos los halógenos, quedará encendida una lámpara led circular que emitirá distintas tonalidades de color con una intensidad tenue.

—No se os escapa nada, por lo que veo.

—Somos un poco meticulosos. Nos gusta hacer las cosas bien.

Alicia se echó en la cama y se tapó con una fina sábana de seda.

—Esto que tengo en mis manos se llama «captasueños craneal». Te voy a cubrir la cabeza con él, al principio, sentirás cosquillas y una leve molestia, pero al cabo de unos minutos y antes de quedarte dormida, desaparecerá esa extraña sensación y creerás que no tienes nada.

—¿Eso es lo que está conectado con Dorothy?

—Así es.

—¿Sabes una cosa, Lidia?

—Dime.

—El simple hecho de saber que conoceréis de primera mano con lo que me enfrento cada noche me tranquiliza.

Lidia la miró con ternura, la dio un beso en la frente y de sus labios brotaron las palabras más alentadoras que alguien la había manifestado nunca.

—Desconocemos lo que pasa por tu cabeza por las noches cuando cierras los ojos, pero ten por seguro que, sea lo que sea, no te acompañará siempre. Nosotros te ayudaremos a que así sea. Buenas noches.

—Buenas noches.

Cuando Lidia abandonó la cámara, los doce halógenos del techo comenzaron a perder intensidad de forma paulatina hasta apagarse por completo. Alicia, con su espalda sobre el colchón y mirando al techo pudo sentir cómo se alejaba la joven, cómo se abría y se cerraba una puerta y acto seguido ya no percibió nada más. Solo silencio.

Antes del accidente, le costaba dormir en cualquier sitio que no fuera su propia casa. No conseguía conciliar el sueño. En estos últimos ocho meses también le costaba, pero no tuvo más remedio que acostumbrarse. No le seducía la idea de que tres desconocidos fueran a pasar la noche entera vigilándola detrás de una cristalera, pero era la única opción si quería ganarle la batalla a las pesadillas que la atormentaban. Ellos harían todo el trabajo sucio, ella solo se limitaría a dormir o, por lo menos, a intentarlo.

12

Los tres ya ocupaban sus respectivos asientos en el púlpito. Lidia activó la lámpara led circular, como le había prometido y esta comenzó a emitir la primera tonalidad de las tres que tenía programada. Del azul pasaría al rojo y después al amarillo. Era una secuencia estudiada que, por lo visto, facilitaba el sueño. Los datos de las alfombrillas comenzaban a llegar a los monitores de Miguel. Todo se desarrollaba con normalidad. Martín, a pesar de no sentarse donde tenía costumbre, no se sentía incómodo, ni mucho menos. Dorothy permanecía encendida en su rincón a la espera de recibir información, pero aún era temprano para ello.

Alicia estaba cansada, la caminata de por la tarde le había hecho mella, y la realidad es que no tardó mucho tiempo en caer en los brazos de Morfeo escuchando el crepitar de esa hoguera imaginaria. Miguel, a través de los monitores, fue testigo de cómo entraba en la primera fase del primer ciclo y como esta daba paso a las siguientes. En las fases REM de los dos primeros ciclos, Dorothy no captó ninguna actividad onírica, pero en la del tercero sí. Eran las tres y cuarenta y dos minutos de la madrugada cuando aparecieron las primeras ensoñaciones en la pantalla de sesenta y cinco pulgadas ubicada en la zona más elevada y céntrica de la sala de control.

El escenario no era otro que un pequeño embarcadero de madera que se adentraba en lo que parecía un lago rodeado de montañas. Estaba atardeciendo. Una bandada de pájaros sobrevolaba a mediana altura, sus siluetas podían verse reflejadas en las tranquilas aguas azul turquesa. El lugar transmitía mucha paz y tranquilidad. A los pocos minutos, un hombre y un niño entraron en escena. Todo parecía indicar que se trataba de un padre con su hijo. Caminaron sin ningún tipo de prisa pisando las tablas de la estructura. Los tres jóvenes en el púlpito fueron testigos de cómo crujía la madera al hacerlo.

Cuando llegaron al final, se sentaron en el borde y contemplaron el bonito paisaje sin mediar palabra. Así permanecieron durante un buen rato y, cuando por fin el sol perdía fuerza y comenzaba a ocultarse, la escena se tornó más oscura. El niño se inclinó hacia su padre y le susurró unas palabras al oído. El padre le dio un beso y alzó la vista hacia el cielo indicándole algo con el dedo índice de su mano derecha.

Antes de que los dos protagonistas abandonaran el lugar, la imagen comenzó a difuminarse hasta desaparecer de la pantalla. Miguel se percataba de que la fase REM del tercer ciclo tocaba a su fin.

El tiempo continuaba transcurriendo en esa sala de control y, con él, las fases y los ciclos de Alicia. Y cuando ya daban por hecho que no habría más ensoñaciones, Dorothy volvió a encender la segunda luz verde, hecho inequívoco de que volvía a captar algo. Eran las seis y cincuenta y ocho minutos, la fase REM del quinto y último ciclo. La primera en darse cuenta fue Lidia, ya que el monitor de las constantes vitales comenzó a emitir un ligero, pero persistente pitido. La frecuencia cardiaca de Alicia comenzaba a ascender paulatinamente, sobrepasando la barrera de las ochenta pulsaciones por minuto, algo inusual en estado de reposo.

Ahora el escenario era muy diferente. No había lago, ni embarcadero, la estampa no era nada dulce ni familiar sino todo lo contrario. Alicia se encontraba tirada en lo que, a primera vista, parecía un camino de tierra. A través de sus ojos, lo poco que se veía, estaba desenfocado. Cuando por fin se incorporó y se sacudió la ropa de polvo, levantó la vista, pero una espesa niebla la impedía distinguir más allá de diez metros de su posición. La lluvia comenzó a hacer acto de presencia en ese inhóspito lugar. A Alicia no le quedaba más remedio que caminar e intentar buscar algún sitio para refugiarse del viento y la lluvia. Sus pasos no eran firmes ni decididos. Posiblemente, estaba herida o cansada.

Una forma blanca comenzaba a dibujarse a un lado del camino. En la sala de control, ninguno de los tres sabía de lo que se trataba hasta que Alicia no se acercó un poco más. Una caravana muy descuidada hizo acto de presencia. Su dueño, si algún día lo tuvo, la había abandonado a su suerte y se había olvidado de ella. Tenía los cristales de las ventanillas rotos y dos ruedas pinchadas. Alguien había pintado con pulso tembloroso una calavera roja en la chapa de la puerta oxidada. Pero Alicia no se dejó amedrentar y siguió caminando. Su intención era entrar dentro para resguardarse del frío. Cuando ya había llegado y estaba orientando su cuerpo para girar la manilla de la puerta, escuchó un ruido a sus espaldas. El sonido era similar al de una cadena meciéndose. Estaba cansada y asustada, pero aun así se volvió para ver de qué se trataba. En ese preciso instante, tanto Martín, Miguel como Lidia no daban crédito a lo que captaron sus retinas. La aterradora imagen penetró en sus cabezas como tres cuchillos bien afilados. Eran tres las niñas que jugaban en un improvisado parque infantil al otro lado del camino. Dos de ellas compartían edad, no llegaban a los ocho años. La otra era más pequeña, tendría cinco o seis. Restos de cadáveres yacían a su lado, pero ellas no parecían inmutarse. Estaban acostumbradas. La niña más pequeña permanecía entretenida sentada en la hierba escarbando con un palo la tierra húmeda. Las otras dos tarareaban al unísono el estribillo de una canción infantil mientras una columpiaba a la otra. En un momento dado, la niña que empujaba dejó de hacerlo y de tararear y se acercó a una sombra que colgaba de las ramas de un viejo árbol. Alicia sabía muy bien lo que era, ya lo había visto en otras ocasiones. Se trataba del cuerpo sin vida semidesnudo de una mujer de mediana edad que se balanceaba al son del viento que soplaba por aquel lugar. La más pequeña cogía puñados de tierra con sus diminutas manos y se los llevaba a la boca, como si se tratara de trozos de un pastel de chocolate. La del columpio intentaba impulsarse por sí misma, pero se vio incapaz y desistió.

Lidia decidió apartar la vista de la pantalla y no seguir mirando. Sus compañeros, en cambio, no podían dejar de hacerlo. De vez en cuando, se intercambiaban miradas de asombro, pero a los pocos segundos sus vistas volvían a posarse de nuevo en las tres niñas y en la forma tan grotesca que habían encontrado para divertirse. No había ni rastro de ningún adulto por ahí cerca para recriminarles su actitud. Martín era consciente de que, al tratarse de un sueño, todo era más permisible, menos lógico.

Los pies de la mujer quedaban a la altura de los ojos de la pequeña y esta, ni corta ni perezosa, extendió sus brazos y comenzó a acariciarlos de una forma suave y delicada. La dulzura de sus movimientos conseguía que la escena fuera mucho más aterradora, si cabe.

Alicia giró la manilla, abrió la puerta de la caravana y entró cerrándola tras de sí.

Lidia se centró en el monitor de las constantes vitales, donde la frecuencia cardíaca se mantenía en ochenta y dos pulsaciones por minuto. No bajaban, pero tampoco subían.

En el interior de la caravana, la suciedad y el evidente desorden eran las notas predominantes. La cámara se paseó por toda la estancia captando mucha basura desperdigada por el suelo y manchas de grasa en distintas partes del estropeado y envejecido mobiliario.

Alicia no se encontraba cómoda rodeada de tanta porquería, pero por lo menos estaba protegida de las inclemencias meteorológicas y de los posibles peligros del exterior. Allí dentro estaba menos expuesta a lo que le pudiera suceder y eso era lo que en realidad pretendía. Su objetivo prioritario era aprender de los errores y evitar volver a pasarlo mal.

En esos precisos momentos, una escandalosa sirena comenzó a sonar en alguna parte. Alicia la oyó y pudo comprobar como también lo hicieron las niñas porque, a través del ventanuco roto, fue testigo de cómo las tres abandonaban sus juegos y emprendían una huida apresurada camino adelante. Había escuchado en muchas ocasiones ese sonido para saber lo que significaba. La noche estaba cerca y si por el día las cosas no pintaban nada bien, por las noches la sensación de terror se multiplicaba exponencialmente. Alicia no sabía qué lugar era ese al que regresaba noche tras noche, pero lo que sí tenía claro es que era muy hostil, tanto que muchas veces buscaba un lugar seguro como esa caravana, se acurrucaba en un rincón y dejaba que pasara el tiempo.

Para Lidia y Miguel, todo lo que aparecía en la pantalla era desconocido y muy diferente a lo que estaban acostumbrados. Martín al principio así lo pensaba también, pero después de oír el sonido de esa sirena algo comenzó a resultarle familiar dentro de su cabeza.

—Nunca había visto nada por el estilo. Si todas las noches sueña con esto, no me extraña que esté desesperada —apostilló Lidia sin esperar ningún tipo de respuesta.

—Lo cierto es que es un episodio bastante macabro. Ya lo es para nosotros que lo presenciamos desde fuera, no quiero ni imaginarme cómo lo vivirá ella en primera persona —apuntó Miguel uniéndose a la conversación.

Martín no hablaba. Sus ojos estaban clavados en esa pantalla y su cabeza daba vueltas y más vueltas a la espera de respuestas. Tenía la absoluta certeza de que esa sirena la había escuchado con anterioridad en alguna parte y juraría que no había sido en la vida real. Toda su atención descansaba en el interior de esa caravana reconvertida en un gran foco de infección en donde permanecía Alicia acongojada, sin saber muy bien qué hacer.

13

La cámara se mantenía inmóvil enfocando al suelo. Alicia estaba arrodillada en una esquina, entre un viejo colchón descolorido y una montaña de hojas de periódico rezando con los ojos cerrados y con el crucifijo que siempre llevaba colgado en el cuello en sus manos a modo de rosario. En el púlpito, los tres eran testigos de cómo susurraba sus oraciones entre evidentes temblores. En el exterior, el viento soplaba cada vez con más virulencia y la lluvia no parecía amainar. Prometía ser una noche larga la que tenía por delante, pero se conformaba con que no la encontraran y la dejaran en paz, aunque sabía que era complicado. Esos bichos eran buenos rastreadores y tarde o temprano sus olfatos los conducirían hasta su posición. Tarde o temprano, encontrarían la caravana, la rodearían y comenzarían a dar golpes y chillar hasta que llegara lo único que podía hacerles frente y ahuyentarlos: la luz del día.

—Espero que esta vez no tengan tan desarrollados sus instintos y esta noche tenga más suerte y me dejen en paz —consiguió balbucear Alicia para sus adentros.

Tanto Martín como sus dos compañeros eran conscientes de que lo que estaban presenciando era un episodio onírico bastante agresivo. Lo cierto es que no era lo habitual y, aunque en más de una ocasión ya habían lidiado con algo parecido por separado, por norma general, la gente no soñaba lo que Alicia. Ni muchísimo menos. Y todo parecía indicar que aún no habían visto nada, que esto era solo el principio.

Martín necesitaba que la cámara se moviera de nuevo. Maldijo no tener la soltura de una arquitecta onírica experimentada, como Rebeca. Tenía la corazonada de que conocía ese lugar, ese árbol con esa mujer ahorcada en una de sus ramas, el ulular de esa sirena…

Alicia cogió uno de los periódicos de la pila y lo abrió, extendiendo sus hojas ante ella. La cámara captaba los titulares y las palabras de las noticias que allí estaban escritas, pero desde el púlpito no podían leer nada porque todo aparecía muy desenfocado. Sin la presencia de un arquitecto onírico que pudiera resolver el problema no les quedaba más remedio que esperar a que leyera alguna de las noticias en voz alta. No leyó ninguna, pero sí llegó a pronunciar el nombre de un lugar que aparecía en una de ellas.

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9788411143288
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