Читать книгу: «Espacio y jerarquía»

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© Vicente Ordóñez Roig, 2022

© De esta edición: Universitat de València, 2022

Publicacions de la Universitat de València

Arts Gràfiques, 13 – 46010 València

Diseño de la colección: Inmaculada Mesa

Corrección y maquetación: Letras y Píxeles, S. L.

Imagen de cubierta: Mar de colores de Maysun Cheikh Ali

ISBN (papel): 978-84-9134-915-0

ISBN (ePub): 978-84-9134-916-7

ISBN (PDF): 978-84-9134-917-4

Depósito legal: 144-2022

Impresión: Innovación y cualificación S.L. (Podiprint)

AGRADECIMIENTOS

Cualquier obra producida por el ser humano se nutre de una rica experiencia colectiva. Lo que aquí se dice no representa una excepción. Así las cosas, quiero dejar constancia de mi agradecimiento a mis compañeros Salvador Cuenca, Guillem Llop y Fidel Tomás, que leyeron críticamente el ensayo y sugirieron itinerarios alternativos. Con mi amiga Laura Font discutí ciertos aspectos psicológicos de la concepción del espacio, con Helio Piñón, arquitectónicos, y con Israel Roca, cuestiones de cariz metafísico. Algunos de los temas tratados fueron, asimismo, abordados fragmentariamente en los encuentros de la academia negativa que tuvieron lugar en el Sabbath Café de Castellón entre 2016 y 2019: dejo constancia de mi gratitud a quienes participaron de forma constante y entusiasta en esa tertulia de corazón ácrata. Los colectivos musicales Grup d’Autoajuda y 4rbre ayudaron a gestar parte de las ideas contenidas en esta obra y es justo rendirles tributo. También quisiera agradecer a Bob Brecher –Centre for Applied Philosophy, Politics and Ethics de la Universidad de Brighton–, Guillermo Héctor y Antoine Ducoux –Université Sorbonne Nouvelle– por haberme permitido discutir públicamente varias líneas argumentativas del ensayo. No puedo olvidar a Beatriz Díaz y a Nuria Rovira, con quienes compartí momentos electrizantes y duelos profundos, como tampoco a Pepa Roig, Ángela, Ulises, Emma y Cécile Ordóñez, fulgor en la oscuridad de las cosas. Xelis de Toro, Yael Karavan y Jim Sanders me contagiaron su carnalidad poética, imprescindible para vislumbrar eso que tentativamente denominaré geometría radical. Por último, muchas de las reflexiones contenidas aquí beben de las conversaciones mantenidas entre 2011 y 2017 con Vicente Sanfélix y Javier Urdanibia. Precisamente, Espacio y jerarquía está dedicado a la memoria de Javier Urdanibia Sarasola (1945-2017).

Índice

INTRODUCCIÓN

I. ESPACIALIDADES: ESTUDIO POSFENOMENOLÓGICO SOBRE EL ESPACIO

Hiatos

Punciones

Alfileres

Nudos

Posiciones

II. ENERGÍAS: SOBRE LA CONSTRUCCIÓN DE ESPACIOS EPISTEMOLÓGICOS

Puntos

Cilindros

Rangos

Actualizaciones

Espejos

III. EXPLORACIONES: POSIBILIDADES DE UNA GEOMETRÍA RADICAL

Trazas

Desprogramaciones

Piedras

Correspondencias

Disidencias

BIBLIOGRAFÍA

INTRODUCCIÓN

Medeis ageômetretos eisitô: que no entre nadie si no es capaz para la geometría. Como es sabido esta sentencia grabada en el pórtico de la Academia platónica indica, no solo la necesidad de dominar una disciplina matemática propedéutica de la dialéctica, sino y sobre todo que es la geometría la disciplina que con más rigor se aproxima a aquello que se desea por encima de todas las cosas. En primer lugar, igualdad y equidad, rasgos que definen el quehacer geométrico en la medida en que sus operaciones son expresión de las relaciones entre un conjunto sencillo pero completo de axiomas de los que se deduce toda una serie de teoremas que garantizan la conexión entre distintos elementos como puntos, rectas y planos. Y obsérvese que esto puede probarse desde una definición geométrica cualquiera, como la que conecta en un espacio euclidiano n-dimensional (ℝn) dos puntos x e y a partir de su distancia (x,y): entre esos dos puntos completamente independientes el uno del otro se establece una relación de equivalencia que expresa métricamente, de un lado, lo que está alejado en términos absolutos; de otro, la distancia de un intervalo sin la cual no podría pensarse ni la continuidad ni el espacio en sentido topológico. En segundo lugar, la geometría es dikaios, justa y recta, porque si bien uno puede ignorar la totalidad de sus principios, no tiene más remedio que aceptar sus resultados como verdades irrefutables: se puede dudar de que la longitud de los catetos de un triángulo equilátero DEF de unidad 1 sean iguales, pero toda vez que se ha establecido una magnitud fundamental que se define por sí misma y es independiente de las demás, su medición arroja siempre el mismo resultado, un resultado inapelable en cuanto que se ajusta a su medida como una superficie cóncava se ajusta a una línea por su parte exterior.

La geometría logra casi sin esfuerzo lo que la filosofía anhela apasionadamente y no termina nunca de alcanzar: igualdad y equidad, de un lado, y justicia y rectitud, de otro. Ahora bien, debe observarse antes que nada que la fórmula de la que parten estas reflexiones no es completa, y que lo que en ella se omite por considerarse de poco o escaso valor dice más de lo que aparentemente cabe suponer. Lo primero que cabe decir es que, según la docta opinión del padre Henri D. Saffrey (1990: 256), la sentencia es probablemente apócrifa, pues la referencia más antigua se encuentra en un escolio del sofista Elio Aristides fechado en el siglo II de nuestra era y no hay indicios ni paleográficos ni filológicos que corroboren su autenticidad. Comoquiera que sea, en dicha fórmula hay una referencia espacial de gran interés para mi investigación: después de la cláusula medeis ageômetretos el sofista añade mou ten stegen; es decir, que el verbo deponente érkhomai conecta la proposición «nadie versado en o capaz para la geometría» con la proposición «a mi casa», y como sea que en ese «a mi casa» –o si se prefiere una traducción más literal, «bajo mi techo»– se cifran como mínimo tres aspectos que este ensayo aborda más o menos directamente, voy a detenerme en este punto por ver si consigo exponer con su ayuda algunos de sus temas principales.

La sentencia evidencia, en primer lugar, que en su desenvolvimiento como saber acerca del mundo la filosofía delimita un área, acordona una zona o traza una línea divisoria imaginaria para, entre otros, poner coto a una superficie ilimitada, eliminar los deslizamientos, las inversiones y distribuciones no deseadas, protegerse de un exterior amenazante o realizar en el centro de esa demarcación tareas de bricolaje cognitivo con las que enseñorearse de lo real. Y repárese, en segundo lugar, en que la práctica totalidad de la actividad filosófica se va a desarrollar intramuros. Es decir, la sentencia alude a la dificultad de ejercitarse filosóficamente si no se está a cubierto, que es un ponerse a salvo y un resguardarse, pero también un poder pensar en secreto. Analizar si ese sistema cerrado de pensamiento abre nuevas líneas a la reflexión o, por el contrario, la clausura resulta infructuosa o incluso servil, pues el secreto es una de las características del Estado y exige ineludiblemente la supresión de la autonomía del sujeto, es otra de las líneas argumentales que se deben seguir. Porque aislada en su campana de buzo, clausurada sobre sí, ¿no se blinda esta filosofía a la meditación plástica y nómada que construye su discurso pasando de la soledad a la solidaridad? Se puede dudar de que una filosofía así produzca un discurso que sea reflejo condicionado del lugar en el que se despliega. No obstante, un pensamiento que da vueltas alrededor de una celda tan estrecha puede llegar a actuar como la correa de transmisión que sincroniza los tiempos en los motores de combustión, a saber, que los muchos giros y vueltas sobre un mismo eje provocan su desalineación, el deterioro de la superficie de contacto y su posterior rotura. Por último, debe señalarse aquello que, por estar ante los propios ojos, no se deja ver o percibir en toda su forma. Me refiero a que si la geometría es el medio a través del cual acceder a la verdad en sí como pretende la metafísica platónica, ¿no habrá que adentrarse en su estudio antes de penetrar osadamente en la cueva de la especulación teorética? Ahora bien, un recorrido por la historia de las matemáticas como el realizado por el colectivo Bourbaki (1960) muestra que, al menos desde la geometría hiperbólica de Gauss, Lobatschevsky y Bolyai hasta los Grundlagen der Geometrie de David Hilbert, hay que abandonar la pretensión de encontrar una especie de verdad geométrica absoluta a partir de un sistema axiomático euclidiano.

En cualquier caso, la teoría de las proporciones esbozada en los Elementos me lleva a pensar en dos cuestiones derivadas de la noción de verdad y una enmienda de gran importancia para el estudio de la filosofía. La primera de ellas tiene que ver con el propio estatuto de la verdad geométrica: el concepto de verdad, tal y como se desprende de la obra euclidiana, ha quedado obsoleto. ¿Qué consecuencias tiene para la filosofía la ruptura de la correspondencia entre modelos teóricos completos y la realidad a la que representan?

La segunda de ellas parte de una observación realizada por Gaston Bachelard (1937: 60), para quien la geometría es el depósito en el que se almacenan las raíces de la lengua matemática. Si la geometría es una suerte de réserve formal, el estrato más profundo del que brota el lenguaje matemático, ¿no estará, como conjunto simbólico de comunicación, sometido a todas las imperfecciones y ambigüedades propias de los lenguajes y, por tanto, no podrá imponerse según unas reglas lógicas fijadas atemporalmente? Como se ve, ambas cuestiones son exploradas, a veces incluso de manera obsesiva, por la filosofía analítica y poco o nada cabe añadir si no es, acaso, la apostilla del prudente Baruch de Spinoza, para quien la verdad es siempre índice de sí misma y de lo falso: casi la respuesta a un koan zen.

Por lo que hace a la enmienda la cosa se complica, porque lo que está en juego no es solo la validez de una definición o un teorema geométrico particular, sino que es el propio estatuto de la geometría el que queda en entredicho. ¿Cuál es esa enmienda, cómo y por qué afecta a la geometría? La idea que pongo en circulación se inspira en la lectura de las memorias del matemático Alexandre Grothendieck (1985), aunque, fundamentalmente, lo que en ese documento se dice en repetidas ocasiones alude a algo sobre lo que ya Adorno o Paul Feyerabend y antes que ellos Nietzsche y Unamuno llamaron la atención: en la comunidad científica en general y en la geometría en particular se constituyen grupos de poder que sobredeterminan absolutamente la investigación. Esos grupos de poder conforman una elite o caste régnante de droit divin en el seno de la comunidad científica con capacidad para fijar el rumbo, ordenar sistemas de exclusión o controlar los discursos, evidenciando, de paso, que la interrelación de fenómenos políticos con otros no políticos es expresión de la ideología y propaganda que salpican a la ciencia.

Quiero, en todo caso, dejar claro que no estoy negando las consecuciones de la ciencia, pues es evidente que todo el mundo es beneficiario de las energías renovables, la comunicación inalámbrica o la oncología clínica. Solo estoy subrayando lo que a día de hoy se observa a propósito del fiasco de las políticas epidemiológicas, la parálisis de la OMS o la inoperancia de organizaciones como la Coalición para las Innovaciones en Preparación para Epidemias (CEPI), a saber: que organizaciones económicas, trusts militares, laboratorios farmacéuticos, industrias petroquímicas, etc., regulan más de cerca el diseño y despliegue de los programas de investigación que las excelentes ideas surgidas de las mentes científicas. Esta ciencia fuertemente politizada se convierte en mero instrumento de comunicación al precio de perder su carácter de conocimiento, se hace estéril y tal vez ni siquiera comunica, si no es para un selecto grupo de plutócratas interesados en transformar todos sus activos en títulos negociables.

El problema, que aun a riesgo de pecar de un exceso de esquematismo denominaré la lucha por el espacio epistemológico, se extiende a todos los ámbitos del saber, también a la filosofía. ¿Puede ser esto cierto, es decir, acaso la ciencia que se trata de hallar o conseguir, la más insobornable de las disciplinas que cuenta, entre sus nobles objetivos, con la responsabilidad de velar críticamente por la verdad, debe atenerse a los dictámenes de la dinámica mercantil? En efecto, la filosofía también forma parte de este cosmos. Ella misma es un kósmos, ciertamente, una bagatela, un ornamento que las esferas de la producción y el intercambio económico promueven a medias y toleran excepcionalmente. Así, aunque la filosofía solo accede a la esfera de la toma de decisiones de manera puntual cuenta, sin embargo, con su pequeña cota de poder institucional y, dado que está excluida de la gestión macroeconómica de la realidad –si bien no de su administración metafísica–, sufre, quizá con mayor desgarro todavía, la lucha por ese espacio, por el espacio epistemológico. De hecho, uno de los actos fundacionales de la filosofía académica contemporánea se cifra en la constitución de una cátedra en la que alguien actúa a modo de un legislador plenipotenciario: imponiendo un sistema operativo muy básico pero fuertemente coercitivo que separa a quienes están dentro de quienes están fuera de la ley, que por descontado es su ley. Esta disyunción exclusiva se enmarca, por tanto, en la lógica binaria dentro/fuera que tan buenos resultados ofrece a quienes prescriben el lugar de la filosofía académica, que por cierto no escasean, y ejercen su poder administrativo desde despachos, púlpitos, fundaciones y departamentos despótica y hasta tiránicamente. «Que no venga a mi casa quien no sea capaz para la geometría» quiere decir, hoy por hoy, que no es bienvenido nadie que no se haya formado en el espacio potestativo configurado jerárquicamente por el equipo de investigación de una institución académica cualquiera.

Así las cosas, lo único que quizá pueda hacerse sea revolucionar con los instrumentos de la lengua el discurso que construye un espacio del que emana el derecho y por tanto el poder de asignar, distribuir, redistribuir y seleccionar a quienes son aptos para habitar institucionalmente un lugar, una zona, un área. Esta acción, primordialmente lingüística, nace con vocación de trastrocar el espacio epistemológico y está a la base del proyecto de una geometría radical, proyecto al que ni las ciencias formales ni la filosofía pueden contribuir si no cuentan con la ayuda de la otra ciencia que estudia las propiedades y magnitudes de las figuras en el espacio, es decir, si no es con la mediación y participación de la poesía. ¿Por qué, precisamente, la poesía? Porque es la poesía la que entiende el espacio como la manera de percibir la vida a través de la extensión material de los cuerpos y las relaciones de distancia que se dan, no en el plano, tampoco en la intersección entre una recta y una superficie, sino en el lugar cotidiano en el que las cosas pasan o son. Los sonidos y los signos que resuenan en la voz de ese espacio –hueco, vano, concha o nido– tienen el sabor de los elementos, de lo que nos constituye y alimenta, de la materia desde donde nos viene el consuelo de lo cotidiano. En este sentido, la poesía no habla de puntos, coordenadas o áreas que llevan la marca de la excepción, sino que nos remite al estar de la condición humana, al habitar, al lugar. Por ello puede decirse que la poesía es una meditación geométrica, si bien se trata de una geometría radical por cuanto es la poesía la que designa el territorio ilimitado en el que habita el ser humano fuera de la identidad preservada por las convenciones reiteradas.

La poesía recoge todo aquello que la ciencia moderna arrincona y pierde. De hecho, poesía y ciencia son dos grandes sistemas de símbolos que operan de modo complementario: la segunda, obediente a la necesidad discursiva, deductivista y sucesiva; la primera, obedeciendo, a su vez, a otras necesidades no discursivas ni virtuales, de presencia y simultaneidad, y que, por tanto, prefiere figuras y simbolismos presentacionales. En una entrevista realizada por Maria Silvia Da Re (2000: 17) dice Yves Bonnefoy justificando y reevaluando su expresión juvenil le coeur-espace, que la poesía es lo que comienza en el espacio, pero, por una transmutación de este, se encuentra en esta unidad, este lugar como unidad en que nos hace pensar el corazón. La experiencia poética es la que se tiende o, quizá, se extiende entre el espacio y el corazón, es la que hace de estos dos términos el principio y el fin de la aventura. Aquí hay un programa o, como defenderé más adelante, un (des)programa, pues de lo que se trata no es tanto de controlar como de descontrolar los discursos; no tanto de sobredeterminar la investigación como de sobrecogerla; no tanto de fijar el rumbo como de desorientar la navegación; no tanto de regular como de desregular los programas de investigación; no tanto de filosofar como de desfilosofarse. La geometría radical se posiciona contra el quadriparti, ese cuadrilátero que únicamente congrega a dioses, mortales, tierra y cielo, olvidando además de lo informe e impreciso lo que no puede enumerarse, clasificarse ni identificarse pero que es con la fuerza de la piedra, de la luz, de este mar. La geometría radical ataca lo cerrado y circular: su figura es la espiral; su centro, una apariencia que introduce la desviación en la casa del ser. La geometría radical no se vertebra desde la continuidad: la distancia que le ocupa es la que media entre la palabra y esta cosa que toco y huelo, veo y escucho, y con la que me confundo. La geometría radical es una indagación que trata de dar con el verdadero lugar, aquí y ahora, pero siempre más allá. La geometría radical se acerca a la realidad mediante aproximaciones tentativas que nunca son definitivas: la naturaleza no fracturada de las cosas, el imprescindible escepticismo de base y la impermanencia en la historia de las doctrinas exige a quien piensa desde aquí la virtud de la ironía con uno mismo y su producto. La geometría radical, en fin, rechaza la muerte, porque la muerte es solo una idea cómplice de otras en un lugar, el de las cosas, donde precisamente nada muere. Se inicia ahora la deriva reflexiva y comienzan las largas escapatorias y las mociones de desorden en busca de resultados sin propósito ni plan.

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ESPACIALIDADES: ESTUDIO POSFENOMENOLÓGICO SOBRE EL ESPACIO

Hiatos

¿Qué instrumentos se despliegan en la fijación de un espacio? ¿Cuál es la tecnología original que permite restringir un área cualquiera? En la ordenación y enseñoramiento de un espacio participan tantos agentes que uno debe examinar repetidamente las incisiones realizadas con un instrumental complejo y encadenar representaciones y palabras para acercarse a la urdimbre de esas tecnologías lacerantes. En esta sección me propongo, de un lado, evaluar la técnica que prepara la gradual pero exhaustiva parcelación de lo real; de otro, reflexionar sobre las estructuras funcionales que posibilitan que una técnica tal se geste y prevalezca. La primera tarea se cifra en responder a la cuestión que indaga sobre ese artificio de delimitación y apropiación metodológica del espacio al que, provisionalmente, denominaré escritura. En el siguiente epígrafe concretaré lo que entiendo por este concepto. Una tarea más urgente todavía exige ahora que preste atención a los sistemas lingüístico y cognitivo, las dos estructuras sobre las que se alza la grafía.

¿Qué es el sistema lingüístico y cuál es su relación con la cognición? ¿O cabría preguntarse, más bien, qué es el sistema cognitivo y cuál es la relación que mantiene con el lenguaje? En ambos casos se nos presenta una posible relación conmutativa entre los términos por cuanto el orden en el que se formula la pregunta no altera el producto de la indagación. Ahora bien, aceptar la intercambiabilidad de lenguaje y cognición, ¿no presupone que tanto uno como otro proceden de la misma raíz genética? A decir verdad, la relación entre ambos sistemas no es constante en el tiempo, sino variable, y la abundante bibliografía biológica, psicológica y etológica hace patente las ambigüedades e interferencias. Se trata, en efecto, de dos grandes sistemas independientes el uno del otro, interconectados entre sí por la actividad neuronal y configurados como estructuras que se escalonan, subordinan y reorganizan a medida que se gana profundidad en el estudio de la naturaleza humana.

Quienes ponen sobre un fondo fenomenológico los resortes internos de la cognición y el lenguaje con el objetivo de sistematizar los fenómenos que se encuentran libres de categorías conceptuales fracasan, no por una deficiencia interna del método de investigación o por un cúmulo de obstáculos práctico-teóricos. Hoy el imán atrae de manera diferente y, así como el péndulo que mide las oscilaciones de los viejos sismógrafos ha dejado de ser útil, la técnica introspectiva propuesta por la ciencia de la experiencia de la conciencia se revela del todo insuficiente porque el sistema cognitivo no forma un dispositivo unitario, sino que se difracta en, al menos, tres subunidades materiales: orgánica, artificial y orgánico-artificial. Ello vuelve inoperante la reducción eidética, y la posibilidad de lograr una experiencia psíquica unitaria se desvanece.

Hay que precisar, no obstante, que independientemente de las disparatadas ensoñaciones del transhumanismo y las devotas promesas de Neuralink, más allá del gazpacho de ideas postde los aceleracionistas y neorreaccionarios (NRx) –quienes, después de una mala digestión de las obras de Nietzsche, Deleuze y Guattari o Lyotard, creen que por debajo de la piel humana se vislumbra ya una chatarra de microprocesadores, placas base de cobre aisladas con percloruro de óxido, tarjetas gráficas, disipadores, controladores y unidades de memoria–, uno de los aspectos más relevantes de la interacción entre estas tres subunidades es, sin duda, su capacidad de extraer de un interior variable y heterogéneo un espacio que incluye como posibilidad la existencia de un punto privilegiado, un centro que domina, cubre e integra esa malla de fuerzas y energías superpuestas: nadie acota un espacio si no es para decir «esto es mío». Nos hallamos, en cualquier caso, en un terreno de arenas movedizas y, aunque se debe seguir teorizando sobre las diferencias entre estas tres subunidades cognitivas y las correlaciones que se establecen entre ellas, quizá no se trate más que de un conflicto provocado por una nueva forma de poder.

Del sistema cognitivo orgánico hay que abordar, inicialmente, el estudio en el nivel más hondo de la secuencia de actividades semántico-simbólicas por las que el homínido combina, estructura y forma representaciones mentales que pueden describirse con el marbete «pensar». En este estrato el pensamiento se compacta, espesa y condensa, ocupa un espacio interior al materializarse en una representación que es resultado del choque con la cosa exterior a la que traza y bordea, escorza o delimita. Pensar es, por tanto, la acción sintética que se sigue de la colisión de dos fuerzas, una externa y otra interna, que se cruzan recíprocamente al actuar sobre sí. Aquí el pensamiento no tiene todavía ninguna intensidad, casi ningún efecto o, por decirlo brevemente, en ese choque de fuerzas el pensamiento queda debilitado y, pese a todo, produce un desplazamiento microscópico de energía por el que se imprime a la cosa representada una posible orientación, una inclinación indeterminada, cierta dirección.

En todo caso, que el pensamiento llegue a esquematizar aquello que se le muestra en la realidad bruta se debe principalmente a su configuración métrica: pensar es medir, computar, dividir magnitudes proporcionales, cortar en porciones o mitades, sumar, pero también cuantificar, dar a conocer los pesos y medidas para áridos, líquidos o superficies, triangular, calibrar por medio de adarmes, onzas o toneladas, sopesar, comparar las secciones de un cuerpo o calcular el volumen de un sólido, separar, reunir, combinar y disociar, equiparar. Todas estas acciones tienen un denominador común, a saber, en todas ellas se lleva a cabo una operación por la que se iguala lo que es de distinta forma: cosas, figuras o cuerpos son asimilados a estructuras básicas diferentes, y elementos desconectados entre sí entran en una relación de orden y equivalencia. En vez de capturar la realidad como un todo, el pensamiento aprehende agregados de cosas según series convergentes, lo que permite por una suerte de método indirecto de paso al límite desgajar la totalidad en muchas partes y combinarlas de nuevo para que concuerden según una medida común. La realidad, sí, es conmensurable, simétrica.

La distancia que el pensamiento recorre entre la elaboración de una impresión sensorial y el postulado que establece que todos los ángulos rectos de un cuadrado son iguales entre sí es la misma que va del conjunto de líquidos que el sapiens ingiere para alimentarse a la observación de que el agua que se emplea en la extinción de un incendio es un compuesto de dos elementos, uno de ellos inflamable, el otro principio activo de la combustión. Esa distancia o hiato no es, sin embargo, lineal como cabría deducir en una consideración preliminar. Principalmente porque en el corazón del pensamiento se encuentra incrustado y formando parte de él el ardor furioso, la ira y el delirio o, de una vez, la inquietante locura. Que la locura reverbera en el propio centro del pensamiento es algo que está debidamente documentado pero sobre lo que las ciencias, y especialmente las cognitivas, pasan de largo como si fuera un obstáculo epistemológico que debe franquearse sin rozar, limpiamente. Aprovechando que tengo junto a mí un poemario que, entre otras cosas, es un documento histórico, un compendio de metafísica y un genuino tratado de ciencia poética, Arden las pérdidas, de Antonio Gamoneda, reproduzco un pasaje que aborda lo que trato de decir tentativamente:

Así las cosas, ¿de qué perdida claridad venimos? ¿Quién puede recordar la inexistencia? Podría ser más dulce regresar, pero

entramos indecisos en un bosque de espinos. No hay nada más allá de la última profecía. Hemos soñado que un dios lamía nuestras manos: nadie verá su máscara divina.

Así las cosas,

la locura es perfecta (2004: 462).

En las dos lenguas de las que derivan la mayor parte de lenguas occidentales y en las lenguas protoindoeuropeas en general, los estados mentales y de pensamiento se designan con una serie de conceptos que derivan de la raíz *men-. Por ejemplo, las formas del grupo dialectal jónico-ático maínomai, mémona o mimnesco, que comparten la misma raíz que en castellano da manía, manicomio, mantis, ménade, mente o mnemotecnia. Todas estas palabras están relacionadas doblemente con el campo semántico «pensar», «recordar», tanto en sentido pasivo (tener en la mente), como activo (hacer que se recuerde, llevar a término un proceso mental por esfuerzos repetidos), y a su vez remiten al deseo, la rabia o al desenfreno loco y la posesión báquica. El punto de fusión del pensamiento es por tanto la descomposición lógicamente inducida de la razón deslumbrante en delirio alucinado o viceversa. ¿Es necesario traer a colación el desvelamiento que la fenomenología de Husserl pone ante los ojos (1993, §145: 344), a saber, que la razón comprende en sí a su contrario, la sinrazón, pues esta no es sino el polo negativo de la primera? ¿Dónde hallar entonces un indicio, un signo ineludible de la anarquía mental a la que alude en su correspondencia Bergson (1972: 781), es decir, del caos espiritual que anida en el animal lógico?

La ira, la añoranza, el miedo, el amor, los celos, la envidia o la burla son estados afectivos en los que uno descubre, además de pesares ligados a placeres, la cordura combinada con la excitación demente o la mesura seguida de la desmesura, aunque, entre ellos, quizá el amor sea la pasión en la que moderación y razón conviven más acusadamente con exceso y sinrazón. Enamorarse es colarse y colgarse, abrasarse, estar devotamente atrapado o entregarse desenfrenadamente a cualquiera, prendarse y prenderse, perder la cabeza o el seso por alguien, caer rendido a sus pies, y este sentido negativo, el de caída o pérdida de equilibrio, está presente en buena medida en otras lenguas europeas, de to fall in love a tombeur amoreux. En todo caso, quizá sea el brasileño vidrar, apasionarse, quedar uno vitrificado por amor, el que más se acerca al proceso de identificación que se produce cuando dos personas sienten, una por otra, de un lado, éxtasis, gozo, arrobamiento y plenitud; de otro, quemadura, herida, autoaniquilamiento. Quien se enamora es, además de un átopos, un vecors, alguien alejado triplemente de su corazón, de su mente y de sí mismo por causa de un ser que, pese a encarnar la alteridad total, se aparece sin embargo como lo mismo. Así, el amor es tanto una manía a través de la cual nos llega la quietud, el sosiego y la noche serena, como un signo de insensatez y desproporción. Porque el amor provoca un acusado embelesamiento que, no solo pone incienso en los altares y ciñe los cabellos con mirto, también causa algo parecido a un ataque isquémico transitorio en el que los mareos, la pérdida de equilibrio o la dificultad en el habla hacen patente aquello que canta el poeta desterrado: que en el corazón se han clavado las afiladas flechas de Eros y su locura agita el pecho poseído. El amor, que al igual que el primer motor inmóvil suscita el movimiento sin moverse, ¿no es como una representación teatral en la que la aflicción y el terror por una existencia desgarrada dan paso a la exaltación de todo lo que comporta la vida, de la pasión desenfrenada y el júbilo, de la felicidad efímera y el entusiasmo extático y fecundo al estremecimiento pánico o la pesadilla prohibida, incluido el rapto y el crimen? «Ah, si fos amor substança rahonable!».

En la historia cultural de Occidente el arquetipo literario que muestra el inquebrantable lazo entre cordura y locura es, mucho antes que Alonso Quijano, Antígona. La acción piadosa de Antígona apura el conflicto trágico y concibe el embrión de una nueva conciencia y con ella el nacimiento de una inédita libertad subjetiva. ¿Y cómo podrían las acciones de Antígona no abrir posibilidades inexploradas al ser humano, si ya no deja que la violencia ni el miedo al tirano la dominen? Antígona lleva en sí la negación, y esta actúa como freno ético de todo dogma y pretensión autoritaria. La última heroína de la saga de Layo no es solo el punto atómico de la conciencia como pretende Hegel. Es eso y algo más: una mujer que, atrapada en el entramado coercitivo del poder político e institucional, le hace frente con la sola fuerza de su corporeidad adolescente.

La tira de cuero que une los engranajes de la maquinaria violenta del tirano se rompe con la actitud desafiante de Antígona, que carga por ello con la acusación de locura primero, con su propia muerte después. Ahora bien, ¿no representa Antígona la misma lucidez? Pero si Antígona es la imagen nítida de la lucidez, ¿de qué depende la lucidez de su conciencia? ¿No es acaso de su doble, esto es, de la manía, del delirio? Ese vaivén entre cordura y locura está presente en el poema trágico como una espada que atraviesa, de dentro a fuera, el corazón sufriente de Antígona. Aparentemente, delirio y lucidez, locura y razón, son como planos paralelos que nunca entran en contacto. El delirio de Antígona, sin embargo, es una especie de paso atrás, una epojé con la que contrapesar aquello tan terrible que aguarda latente en el anverso de la conciencia del sapiens. María Zambrano, que además de escribir y reflexionar sobre Antígona parece encarnar a la joven labdácida por cuanto levanta su voz, no ante Creonte, sino ante otro tirano que concentra los mismos rasgos fenotípicos y psicológicos –megalomanía siniestra, exigencia de obediencia y subordinación, violencia descarnada y sumisión a la norma, cualquiera que esta sea–, no solo se posiciona contra las aspiraciones totalitarias y los reflejos condicionados arbitrarios: también padece en sus carnes una metabolización del pensamiento en forma de delirio o, más bien, delirios, a los que integra en su propia vida y plasma en sus escritos. Los delirios representan para la pensadora malagueña la contrapartida o lado opuesto de una subjetividad múltiple que se cuestiona a sí misma y se reinventa, y nada tienen que ver, por tanto, con los trastornos cerebrales transitorios y los cuadros descriptivos de la psicología clínica: es el propio ser el que se manifiesta en el delirio, el que es y el que no es, el que ha sido y el que está por ser. Eso, en definitiva, es el delirio, una posibilidad manifiesta del pensamiento que, como en una cinta de Möbius, reúne en sí esas dos facultades inseparables.

No es casual que el pensamiento ponga una junto a otra razón y sinrazón, tópica y atópica, simetría y ametría, como tampoco es fortuito que, si bien la relación entre la longitud de la circunferencia y su diámetro es lógica o racional, su área es siempre ilógica o irracional. Para complicar más las cosas (o para suspender las definiciones precipitadas), hay que recordar que pensar incluye como momentos de sí actividades tan dispares en apariencia como recordar, resolver problemas o asociar libremente contenidos mentales, pero también soñar y, ya en el sapiens, formar conceptos, imaginar, fantasear y articular palabras. Dos características deben subrayarse por encima de las demás: pensar es un proceso encubierto no directamente observable que, además, incluye operaciones con representaciones semánticas de naturaleza oscura y controvertida: uno sabe que piensa mientras está pensando pero este saber requiere, a su vez, de una metaexperiencia que no es directa ni inmediata; o sea, se requiere que uno salga de su juicio, deje momentáneamente su quicio y se observe desde un lugar desplazado, desjuiciado o desquiciado. Si a ello añadimos que entre locura y locuacidad hay algo más que una simple relación paronomástica, y que las primeras formas de expresión lingüística se articulan como se articula el habla del loco, tartamudeando, ceceando o balbuceando, algo que, por cierto, llamó ya la atención de Dante, tenemos argumentos de peso para concluir, de un lado, la covalencia de locura y razón; de otro, el rol de la locura en el paso del pensamiento al lenguaje.

El lenguaje juega un papel decisivo en la clasificación, segmentación y reordenación del espacio: al hacer de él un caso ablativo, el sapiens lo convierte, además de aquello en lo que se está, en sinónimo de extensión y distancia, en el exterior donde se producen los desplazamientos en virtud de la correspondencia entre ese afuera radical y su propia fisiología, sus experiencias físicas y la gran variedad de clasificaciones lógico-semánticas que produce. Y al respecto quizá no sea ocioso recordar que los pueblos sin lenguaje son, como los habitantes de las cavernas estudiados en historia natural, pueblos mudos y sin alma –non vox escribe Plinio–, pero también y sobre todo pueblos privados de espacio. Privados y carentes, no desterritorializados, por cuanto no disponen de medios adecuados para conceptualizarlo.

Quien habla o conversa, cataloga, distribuye por grupos o conjuntos, ordena caudales y parámetros, parcela, secciona o aparta, pero también reparte, intercambia o reserva aquello a lo que alude a través de la palabra. La palabra, signo y símbolo, no es tan solo un puente entre dos realidades que no siempre, o casi nunca, encajan; es también la réplica de la cosa a la que conforma y define y con la que establece una relación de interdependencia recóndita y compleja. Como apunta Derrida, «la cosa es en sí misma un conjunto de cosas o una cadena de diferencias “en el espacio”» (2005: 121).

Como signo, la palabra fija aquello hacia lo que se dirige y sobre lo que momentáneamente se posa. Voz sonora que recorre y elimina de otro modo la distancia entre dos puntos, la palabra es el momento del encuentro, pero también de la punción: es ella la que abre una brecha en el tejido de lo real al fraccionar y desligar la cosa singular, punteada en la dicción y apuntalada con los listones de la lengua, del todo en el que estaba desperdigada. ¿Guardan algún tipo de parentesco, puede hallarse una cierta familiaridad, hay, en definitiva, alguna semejanza entre palabra y cosa designada o el recubrimiento siempre es arbitrario y, por tanto, parcial? Todo indica que el enlace no es natural o necesario, pero que la relación entre palabra y cosa no entra dentro de lo estrictamente accidental ni tampoco se basa en el mero capricho o la pura casualidad. Es, sí, una intermitencia la de la palabra que, como la flecha que levanta el vuelo desde el arco, inflexible hacia la diana, da en el blanco de la cosa en su modo de significar.

Comoquiera que sea, la palabra no es una unidad autosuficiente de significado cuya sola función es calificar y clasificar: además de signo la palabra es símbolo, una forma que lleva más allá para traer más acá. ¿Qué se lleva y qué se trae? Una multitud de voces transparentes a la vez que herméticas; un vocablo que separa, disecciona y organiza, pero también reúne jovialmente; un mundo, entonces, de presencias y ausencias por el que se accede a lugares sagrados, a emociones vírgenes o cuevas en llamas. Extensivo y durativo, conjunción de dos significados en un mismo significante, el símbolo aúna lo que había quedado fragmentado tras el impacto del signo con la cosa, tiende pasarelas imposibles, acerca orillas, se arroga lugares deshabitados para dotarlos de significado. La palabra que, como una célula viva, encierra en la forma más simple las propiedades principales del pensamiento lingüístico en su conjunto, dividida en dos, fragmentada, sufre otra alteración por cuanto no se refiere a una cosa aislada, sino a todo un grupo de cosas. En cada palabra subyace una generalización.

Nos encontramos ante dos ejes de coordenadas, signos y símbolos, sobre los que se distribuye y representa topológicamente el lenguaje. ¿Es posible ofrecer una aproximación coherente de su interior o el intento por codificar el lenguaje mostrará desequilibrios profundos y fortalezas infranqueables? No es inoportuno traer a colación la diferencia constitutiva de la estructura lingüística que tanto la gramática general como la semántica de los lenguajes naturales han hecho explícita, a saber, que una cosa es la realidad en la que se despliega el lenguaje y otra bien distinta la realidad que denota el lenguaje. La primera es la del «mundo en el que se habla» de Agustín García Calvo (1979: 354), el espacio pregramatical al que los índices deícticos, apuntando desde la producción lingüística, se refieren. Es exterior al lenguaje, pero no extraña, pues de algún modo está relacionada con las operaciones que tienen lugar en él. La realidad que denota el lenguaje, lo que Richard Montague (1974: 228) llama context of use, es el ámbito de la significación al que las palabras se refieren por su significado. Es platónico y formal, un espacio en el que se utiliza un metalenguaje para tratar del campo de los mostrativos, si bien de ese espacio propiamente no puede hablarse puesto que al hacerlo se le convierte en idea de sí mismo y se le reduce a la significación que de por sí tiene que serle extraña. Una cosa es, por tanto, el campo de la mostración y otra bien distinta el campo de la significación lingüística al que se refieren, por su significado, las palabras que lo tienen.

Internalización de una resonancia asombrosa, encrucijada entre deixis y sema que hace que el mostrativo ahí se acompase al movimiento del índice de la niña con el que señala la figura de madera que ha escondido debajo del mueble, el lenguaje es el eco del mundo, no su sustituto. No obstante, una nueva concepción del lenguaje dentro del formato de la teoría estándar extendida (Chomsky, 1980: 136) recurre a un nuevo marco conceptual. El lenguaje no es la internalización de un eco sino la instanciación de una batería de variaciones permitidas u opciones aceptadas y previstas por el teclado lingüístico del ser humano. La niña dice ahí mientras señala con su dedo porque posee innatamente en su facultad de lenguaje, en su programación genética, una gramática universal. Lo que debe aprender empíricamente cuando se apropia de la lengua materna es qué opciones están marcadas positivamente y cuáles no. Una lengua se definirá, pues, por el menú elegido o por los parámetros activados [+p1 +p2… +pj] y los no activados o el conjunto de los {-pn}.

No obstante, esta descripción no da cuenta de lo esencial, a saber, que la gramática universal es la actualización de un sistema de reglas no estrictamente racional con el que se constituye, adulterándola, la realidad. El sapiens, que fabrica la realidad por medio de su lengua, olvida con frecuencia que no solo dispone de su habilidad para engendrarla: también puede deshacer la realidad, desestructurarla o derribarla para abolir ambas, toda pretendida autoridad interna que se quiera imponer a los usuarios de la lengua y toda jerarquía externa administradora de la ficción y del dolor que glorifican ideológicamente quienes no quieren o no saben descubrir las falsedades lingüísticas sobre las que esa propia realidad se asienta. Sea esto como fuere, el caso es que en el lenguaje se descubre, de un lado, la existencia de un sistema cognitivo contradictorio y delirante; de otro lado, el terreno para que la escritura emerja, haciendo manifiesto que hay haces de luz en la interacción del ser humano con su medio que, como los destellos de un faro, solo son percibidos por la razón de manera intermitente o fragmentada.

Punciones

¿Cómo se conjura el espacio a través de la escritura? ¿En qué medida la grafía es responsable del proceso de coagulación de una realidad fluyente, hiperconectada y turbulenta? El sujeto que reduce el espacio infinito al área restringida de la letra y la cifra lleva a cabo una operación bimembre: por una parte, borra la huella topológica que, como una mancha infamante, le recuerda su dependencia y origen vicario; por otra, experimenta una extraña fascinación y devoción, al menos en un estadio arcaico, porque se reconoce formando parte de ese espacio heterogéneo. Segador de relieves o adorador de superficies, el sapiens modifica el espacio al interactuar gráficamente con él, lo niega y disuelve conservando, de algún modo, su delicada luz. La gran cantidad de acciones que señalan el trance que hace posible alterar un lugar cualquiera por medio de la escritura así lo indica: cortar, puntuar, hender, burilar, picar, arañar, contar, grabar o rayar son algunos de los tiempos verbales que voy a estudiar para referirme a esa acción rigurosa a través de la cual se transforma un medio irregular y percolante en algo ordenado, compacto y rígido. Todos forman parte del área de influencia de la representación gráfica.

Escribir es un acto plural. Si reparamos en los distintos modos en los que los humanos producen signos materiales de descripción simbólica, tenemos que concluir necesariamente que la escritura no puede subordinarse al signo alfanumérico: su representación se desdobla en una multiplicidad tal de figuras, señales, dibujos, notaciones o hendeduras, que la preeminencia de grafía y número sobre otras representaciones debe obedecer a una cuestión de orden o rango, de jerarquía. Por jerarquía entiendo inicialmente un criterio de subordinación por el que algo o alguien se somete a una autoridad determinada. Desde esta perspectiva, tan jerárquica es la taxonomía de Linneo construida a partir de una nomenclatura binomial como el conjunto de tropas militares unidas en un cuerpo bajo las órdenes de un solo mando. Es cierto que podría distinguirse entre autoridad moral e inmoral e indagar bajo qué circunstancias la autoridad funciona como tal, esto es, como aquello que aumenta el prestigio de uno en virtud de su ascendiente, influencia o carisma, o precisar que lo que actúa es más bien un principio potestativo que exige sumisión y obediencia ciega. En todo caso, me limitaré ahora a subrayar que la preferencia por esa suerte de registro que permite determinar magnitudes, computar objetos y seres, imponer preceptos o cuantificar infinitesimales, a saber, vectores, fanegas de trigo y cebada, cabezas de ganado, códigos o granos de arena, responde a un principio analógico que, como en el caso del záum de Khlebnikov (1998: 332), hace de la escritura una relación biunívoca entre los sonidos del habla y los distintos caracteres gráficos con los que están conectados poéticamente.

Cada vez, por tanto, que en este epígrafe reflexione sobre la escritura debe entenderse en un sentido amplio, a saber, como el conjunto de representaciones simbólicas que el sapiens, a través de un complejo y variado sistema de signos que van de la punción al trazo, de la muesca a la huella, emplea para plasmar sobre distintas superficies pulsiones, deseos, ensoñaciones, señales, ruidos, cantos o delirios.

En un primer estadio, escribir es la forma por la que el animal humano logra, de un lado, vencer las limitaciones espaciotemporales de la oralidad; de otro, canalizar por medio de un abigarrado conjunto de técnicas sus necesidades expresivas. La tensión dialéctica entre un interior reflexivo y un exterior orgánico se alivia en la expresión figurativa: en ella, los contenidos de pensamiento se corporeizan en una porción de materia cualquiera. ¿Qué es lo que queda grabado? Algo estático, un trazo sin apetito para la acción, un símbolo inerte que, aparentemente, está muy cerca de los estados de quietud y reposo, mas solo aparentemente: la huella simbólica informa y aproxima y, por tanto, mueve a través del signo, conmueve.

El movimiento que el signo hace posible se desdobla en, al menos, dos direcciones. La primera es psíquica: un desplazamiento de energía nerviosa que pone en relación áreas enteras y parciales de la sobreabundante mónada humana. La segunda es poética: la representación lleva de acá para allá significados imprevistos, multidireccionales e inagotables gracias a la actividad de un conjunto de aferencias que transmiten piezas semánticas que no encajan inicialmente. La representación escrita, además, es resultado de una prolongada fase de acumulación. Una etiología que indague en el sentido del signo debe tomar el testigo de la mano de Kant y hacer suyo el desafío que invita a pensar la intuición despojada de concepto.

El signo protege: percibe íntimamente la estructura de la realidad, la escucha y la observa y ofrece como tributo un rasguño que es huella de una experiencia sin origen. Ese rasguño ardiente como la sal, esa mordedura en la membrana de lo real debió de sentirse con extrañeza primero, y cabe suponer que tuvo que pasar algún tiempo hasta que la familiaridad del signo representado se incluyera en el repertorio comunicativo del ser humano.

¿Por qué hay una inclinación casi patológica a dejar una huella, una inscripción, una marca? ¿Qué se quiere lograr a través de la punción? La respuesta está oculta en la propia figura que se representa: esa figura en la que la vida práctica se entrecruza con una ontología en ciernes es fundamentalmente artificio, esto es, una herramienta útil orientada a resolver los problemas con los que el ser humano debe lidiar a diario. La huella, la inscripción o la marca son, de un lado, fruto de un largo proceso de depuración técnica en el que el homínido va moldeando distintos objetos con la arcilla de su materialidad corporal; de otro lado, instrumentos con los que amplía su repertorio de acción sobre el mundo.

El símbolo representado tiene una estructura anfibológica: como proceso pertenece de lleno al reino intelectivo, es incorpóreo y mental, y su primera manifestación es sonora; como resultado entra dentro del repertorio instrumental, es material y gráfico y se revela a través del tacto, el gusto o la vista.

Puede deducirse por observación que el signo arcaico representado no obedece en principio a ningún conjunto ordenado de significados ni tampoco a una regla de uso, pero que a medida que su carácter artificial va imponiéndose deja de comportarse espontánea y tal vez caóticamente, y comienza a funcionar como las estructuras disipativas que se autoorganizan en sistemas de no equilibrio estudiadas por Ilya Prigogine (1997: 105), a saber, reagrupándose concertadamente en conjunción con su entorno. Sea como sea, el paso de la espontaneidad a la sistematización representativa sugiere que ya al comienzo hay una cierta vocación jerárquica en el sapiens. No obstante, la jerarquía nunca es total porque las grafías representadas se comportan como partículas orgánicas flotando en un medio fluido. No es arriba-abajo y abajo-arriba: las referencias espaciales y las fuerzas operan en campos no-inerciales, el movimiento es browniano o aleatorio, las descripciones, incompletas. Lejos, por tanto, de imponerse, sistematicidad y utilidad conviven más o menos armónicamente con espontaneidad y azar.

Las muchas superficies que, al modo del papel secante, absorben y enjugan la tinta pensada por el hombre no se limitan a un solo material, sino que se dividen en figuras sin fin como en un juego de espejos doble: piedra, hoja de palma y piel de animal humano, pero también caracola irisada y concha, corteza de árbol, tejido óseo o arena. El área de la huella se rotura, se araña y se raspa, se oculta a través del efecto enmascarador del trazo en una especie de frottage somático. Quizá no sea disparatado suponer que la primera relación del sapiens con el proceso de representación sígnico tuviera un alto contenido erótico y que, antes de grabar una huella con significado, fuera este el que fuera, debía producirse un contacto material. Además, la incisión gráfica hubo de venir precedida por una exploración de los materiales a los que cada tribu o clan tenía acceso. En sentido estricto, la ontografía debe ser posterior a la erotografía, es decir, al reconocimiento orgánico de la materia que se rasga y se corta, pero también se impregna con los fluidos corporales, con la saliva, con la grasa, las pústulas y la roña, con los humores espesos y pegajosos que segregan las membranas mucosas, con las hemorragias menstruales y el semen.

La figura que se registra en una superficie es la semilla o germen del embrión de la pintura, el dibujo o el grabado. Lo decisivo, en todo caso, estriba en sacar a la luz la correspondencia entre superficie y grafía: la relación que se establece entre los elementos simbólicos y la materia que los soporta es, además de corpórea, recíproca, es decir, a cada elemento constitutivo de un fenómeno representacional corresponde una porción de tierra, un fragmento animal, un área mineral precisa. Las pantallas táctiles y la escritura digital de nuestros dispositivos electrónicos no son sino la última expresión de esa correspondencia primigenia en la que la superficie condiciona el abanico de respuestas gráficas del sapiens.

El espacio así entendido es, de un lado, el poderoso atractor que inicia e inspira la representación simbólica; de otro, el área que uno va acotando en ese proceso de marcaje que va del reconocimiento a la fijación. De las técnicas de irrigación procedentes de Mesopotamia al cálculo de dimensiones y volúmenes, de la determinación del caudal de un curso de agua a los paisajes de Ortega Muñoz, son incontables las muestras que confirman, de un lado, la duplicidad constitutiva del espacio; de otro, el proceso por el que se va formando una nueva red de Indra en la que los elementos caóticos se integran en un esquema espacial por mediación de la representación escrita.

Al hacer de la cosa una grafía, la escritura violenta esa cosa a través de una multiplicidad de acciones que la transforman en algo vibrante pero inmóvil: la grafía contiene ya el germen de toda estática futura. Pintar, grabar o contar son verbos ligados semánticamente a la escritura que desbordan su propio significado y que, por ello, informan de lo que en ellos reverbera siquiera débilmente. Al igual que la ceniza del brezo no se desecha, sino que se reutiliza como cedazo en la criba de oro fino, así también la ceniza de la palabra, una vez calentada en el fuego de la escritura simbólica, retiene partículas elementales de gran valor arqueológico. Tanto escribir como pintar, grabar o contar traducen verbos latinos o protogermánicos que, a su vez, remiten a raíces indoeuropeas que pertenecen al campo semántico de rayar, hender, incidir; marcar, picar; cavar, burilar, arañar, raspar; podar, cortar, recortar, golpear o estampar.

Del análisis secuencial de escribir, pintar, grabar y contar extraigo cuatro consideraciones parciales y una hipótesis teorética con relación a la escritura arcaica. Lo primero que llama la atención es que ya el concepto de grafía, que al igual que la raíz indoeuropea de la que deriva significa «raspar» o «rayar» y que todavía en Homero conserva este significado –epigrápho, marcar, hacer rasguños sobre una superficie–, muestra que la escritura, más que un sistema de signos ordenado y regular, se articula en su origen en torno a un conjunto caótico de trazos, rayajos y raspaduras.

En segundo lugar, hay que atender al enmarañado aparato tecnológico que envuelve a la escritura: para cortar, raspar, hender, burilar, arañar o picar se necesita, no solo una técnica que permita realizar inscripciones en materiales tan diversos como la roca, la corteza del árbol o la piel humana, sino también una multiplicidad de instrumentos con los que llevar a cabo esa operación de marcaje. Es posible que algunos de esos instrumentos estuvieran al alcance del sapiens de forma natural, pero cabe suponer que otros debían ser trabajados para obtener las cualidades requeridas: dureza, rigidez, consistencia o plasticidad. La pintura, además, necesita de una serie de pigmentos que en su forma primitiva se obtienen de minerales molidos, grasa animal, secreciones humanas o jugos y savias de las plantas. Ello indica que en la escritura arcaica se encuentran, no en forma embrionaria, sino desarrolladas, dos funciones muy precisas con las que el homínido transfiere una dosis no pequeña de permanencia a distintos objetos: abstracción y proyección.

La capacidad de separar mentalmente las cualidades de un objeto para considerarlas de manera aislada o independiente indica un alto grado de sofisticación intelectual. Lo que se aísla puede ser, bien una característica específica, bien una propiedad común compartida por varios objetos. Nociones como forma, figura, tamaño, color o cantidad provienen de esa acción con la que previamente se ha separado conceptualmente una cosa de otra. Además, al quedar integrada en un esquema o plan de trabajo intelectivo, la abstracción permite al ser humano vislumbrar anticipadamente, proyectar y definir la acción que quiere emprender antes de que esta se lleve a cabo. La abstracción y proyección, junto al aparato tecnológico que se despliega en este primer período, hacen de la escritura un elemento decisivo de la capacidad comprehensiva del ser humano.

La tercera consideración tiene que ver con el objeto representado. ¿Qué es lo que se representa? ¿Y por qué? Estoy lejos de poder ofrecer una respuesta taxativa y sospecho además que una respuesta tal no puede darse. Principalmente porque la paleta del homínido no conoce límites: de las manos impresas, los frescos policromados y los signos geométricos y tectiformes en las cuevas y grutas de Acum, Altamira o Lascaux a las incisiones numéricas grabadas con instrumentos líticos sobre el peroné de un babuino encontradas en Ishango, pasando por los petroglifos de Hoshangabad, los símbolos prehistóricos de los Katanga o las escenas cinegéticas del barranco de la Valltorta, el repertorio simbólico del homínido es inabarcable. En cualquier caso, más que tentativas ingenuas por representar la realidad, algunos de los grafismos conservados –piénsese por ejemplo en las líneas paralelas ondulantes de la cueva de El Castillo en Puente Viesgo– parecen más bien señales abstractas que transcriben información sofisticada y precisa. En este pequeño ensayo no puedo tratar la profunda problemática que han planteado en algunas de sus obras André Leroi-Gourhan (1964), Jean-Marie Durand (1977) o Louis-Jean Calvet (2001), pero queda pendiente esta necesaria labor.

Por último, hay que reparar en algo aparentemente fútil como es la fuerza que necesariamente se despliega en la producción de la escritura. Bien sea la marca que se deja sobre la arenisca al arañar su superficie arcillosa, bien sea la incisión que se practica con el buril en una plancha de bronce, la escritura debe vencer siempre la resistencia del objeto en el que el sapiens plasma su huella. La huella es resultado de la voluntad de un ser que quiere que algo sea signo de otra cosa. La voluntad que quiere que algo sea signo de otra cosa es una voluntad que interpreta el signo como cosa y que, por consiguiente, busca equipararlos. La equiparación que realiza el intérprete, sin embargo, solo es posible a condición de que se fuerce a la cosa a quedar contenida en el espacio de la representación. La interpretación asténica no es posible: interpretar es descodificar desplazando, penetrar en la cosa para sacarla a la luz con violencia. En toda investigación gráfica, por tanto, se debe hacer una crítica del signo atendiendo a la fuerza que se despliega en su producción.

Estas cuatro consideraciones me llevan a plantear la siguiente hipótesis teorética. En el fenómeno de la escritura, abracadabrante, reticular y prácticamente indescifrable, se percibe sin embargo una tensión no resuelta entre dos polos contradictorios, a saber, homogeneización y fluidificación, equilibrio y desequilibrio, continuidad y discontinuidad, concreción y ambigüedad. Si el primero de esos polos indica la inclinación metódica de los usuarios de la escritura, el segundo muestra la disposición lúdica –y lúcida– de la representación arcaica. Por tanto, la escritura se despliega en dos fases en las que interactúan fuerzas opuestas entre sí. A la primera la llamaré fase de desbordamiento simbólico; a la segunda, fase de regulación normativa.

La fase de desbordamiento simbólico se caracteriza por la superabundancia de representaciones, materiales y superficies. Uno de los rasgos definitivos de la lógica humana radica en su capacidad de delinear nuevas posibilidades descriptivas, transformar el material del que dispone en algo completamente diferente de aquello para lo cual fue concebido, combinar asombrosamente signos, gestos y figuras, ampliar el sentido y las características formales de términos específicos o poner en conexión a través de una intuición de las correspondencias elementos inicialmente desconectados entre sí. En este punto es interesante comprobar cómo lo que denominaré en sentido amplio la producción de formas simbólicas guarda un cierto paralelismo con algunos procesos biológicos que se observan en la naturaleza: la reproducción de una simple bacteria puede mostrar, por analogía, los resortes internos del signo representado a nivel microscópico.

La fisión binaria es el mecanismo constitutivo de división celular de los microorganismos procariotas por el que se duplica el material genético de cada bacteria de forma exponencial: una célula se divide en dos células genéticamente idénticas que, a su vez, se dividen en cuatro, ocho, y así sucesivamente. No obstante, las células sufren mutaciones, transiciones, desfases, translocaciones, inversiones o corrimientos. Estos reajustes biológicos, ¿no ilustran de algún modo los cambios y fluctuaciones, la desorganización, diseminación y constante hibridación que tiene lugar en la producción de formas simbólicas? Las formas simbólicas representadas por el ser humano son de una riqueza metabólica tal, que no debe descartarse como imposible una teoría genética de la figura y el signo que, a través de una suerte de mitosis alegórica, muestre los mecanismos de multiplicación por los que una representación experimenta frecuentes divisiones sucesivas que hacen que pueda interpretarse de diferentes maneras o lleve, incluso, a la creación de nuevas representaciones.

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