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VERÓNICA FOXLEY

Agonía en Malasia

Crónica secreta de los chilenos condenados a la horca

FOXLEY, VERÓNICA

Agonía en Malasia

Crónica secreta de los chilenos condenados a la horca

Santiago de Chile: Catalonia, 2020

ISBN: 978-956-324-819-7

ISBN Digital: 978-956-324-820-3

PERIODISMO DE INVESTIGACIÓN

CH 070.40.72

Diseño de portada: Guarulo & Aloms

Fotografía de portada e interior: archivo personal de la autora

Diseño y diagramación: Sebastián Valdebenito M. Edición de textos: Luis San Martín Arzola (vueloartico.com) Dirección editorial: Arturo Infante Reñasco

Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, en todo o en parte, ni registrada o transmitida por sistema alguno de recuperación de información, en ninguna forma o medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin permiso previo, por escrito, de la editorial.

Primera edición: noviembre 2020

ISBN: 978-956-324-819-7

ISBN Digital: 978-956-324-820-3

RPI: código solicitud cdnfwq (28/10/2020)

© Verónica Foxley, 2020

© Catalonia Ltda., 2020

Santa Isabel 1235, Providencia

Santiago de Chile

www.catalonia.cl – @catalonialibros

Índice de contenido

Portada

Créditos

Índice

PRÓLOGO

Capítulo 1 LA LLAMADA DE LA MUERTE

Capítulo 2 ANTES DEL HORROR

Capítulo 3 LA VIDA SECRETA DE TASHA

Capítulo 4 LA MUERTE CAMINA CON TACONES ROJOS

Capítulo 5 LA CÁRCEL POR DENTRO

Capítulo 6 EL VERDUGO

Capítulo 7 LA ESPERA INTERMINABLE

Capítulo 8 EMPIEZA EL JUICIO

Capítulo 9 ESE TEMIDO VIDEO15

Capítulo 10 EN BUSCA DE LA DUDA RAZONABLE

Capítulo 11 LA SENTENCIA

Capítulo 12 LA LIBERTAD

Anexo Fotos y Documentos

Notas

A José Miguel y Elisa

La verdad rara vez es pura y nunca simple.

Oscar Wilde,

La importancia de llamarse Ernesto

PRÓLOGO

Desde el primer día que empecé la investigación para este libro supe que este sería mucho más amplio que la crónica de dos chilenos condenados a la horca por el homicidio de una transgénero en Malasia.

Esta era una historia que transcurría en un país musulmán, en una tierra de verdugos y sultanes. Pero además, en una nación donde los códigos de vida en común y las reglas de convivencia resultaban ajenas para una periodista occidental.

Por eso, para construir el relato había que imbuirse en ese contexto religioso, en aquella fusión de tres razas que conforman ese país asiático y la influencia que el islam tiene en su día a día, su cultura y su sistema penal.

Llegué a Kuala Lumpur en octubre del 2018. Iba llena de preguntas y sin una sola fuente que pudiera facilitar el trabajo de documentación para el caso. El juicio recién había empezado y, por lo tanto, había otros periodistas que cubrían la historia. Desde ese primer momento fueron generosos compañeros de ruta. Mientras ellos debían ceñirse a la contingencia y a la noticia dura, yo tenía el tiempo para ir golpeando puertas, para ir desenvolviendo las capas de una historia que corría veloz, amenazante y hermética.

Ni abogados ni parientes ni policías ni testigos querían abrir el abanico. Los primeros, por temor a que cualquier dato o declaración perjudicara el proceso judicial de los chilenos; y en el caso de los agentes de la ley lo que primaba era el miedo. Sin exagerar, hablar con la prensa podría significarles también ir a parar a la cárcel o, en el mejor de los casos, ver su carrera terminada.

Lo primero fue encontrar un hilo desde donde jalar, un testigo, una voz secreta que se animara a romper el cerco informativo impuesto por las familias de los involucrados, alguien que forzara el cerrojo y contara lo que había visto, lo que sabía, lo que creía. Hubo que ser muy paciente y actuar con discreción, a ratos intentar hacerse invisible en una trama donde la inocencia y la culpabilidad transitaban por un angosto desfiladero, críptico y sinuoso, con más preguntas que certezas, donde la muerte de una persona en extrañas circunstancias interpelaba como un eco cercano y punzante.

Fue durante una noche, luego de una ardua jornada de reporteo, y en un peligroso barrio de la periferia de Kuala Lumpur, cuando se produjo el “golpe de suerte”, ese momento mágico y adrenalínico para cualquier periodista: había logrado conseguir el primer testimonio de una persona que se atrevió a compartir lo que sabía. A partir de ahí, de los entresijos de aquel relato, las piezas de la historia que quería escribir empezaron a unirse, a tomar forma, como si un destello lúcido iluminase espacios hasta ese momento oscuros, inasibles. Luego vino todo lo demás.

Pero esta era, además, una historia no exenta de dificultades adicionales, como el factor idiomático. Malasia es un país donde fluye un mosaico lingüístico que incluye la lengua oficial, el bahasa Melayu, pero además el inglés y también el chino y el hindi. Por tanto, se necesitaba echar mano a todos los recursos emocionales y cognitivos para que eso que se decía en otro idioma pudiese ser traducido y explicado con precisión y así evitar errores. Hubo traductores profesionales y también personas comprometidas que regalaron su tiempo con el único propósito de que a través de este libro se conociera el lado más oscuro de las cárceles de Malasia y de la persecución que vive la comunidad LGTB en ese país.

En una obsesiva búsqueda —que no estuvo exenta de miedos y peligros— viajé innumerables veces a esa nación. En los primeros meses había momentos en los que el sentimiento era el de estar dando vueltas en redondo, sin rumbo, con la sensación de estar hurgando en las entrañas de un relato por momentos inescrutable. Las audiencias del juicio contra Fernando Candia y Felipe Osiadacz se postergaban y el nombre de la persona muerta en el lobby de un hotel de Kuala Lumpur era hasta ese momento solo eso, un conjunto de letras que no decían nada acerca de su vida, de su historia. Eso terminó el día que obtuve la dirección de su familia, el nombre de los parientes y por primera vez la imagen de su rostro. Con esa fotografía impresa inicié la búsqueda de sus amigos, de las personas que lo habían conocido, y también de sus compañeras de la noche, en su mayoría trans que ejercían la prostitución. Yusaini Bin Ishak era su nombre legal, pero en este texto será Tasha, apodo que eligió años antes de morir, cuando asumió su identidad de género.

Recorrí decenas de veces la misma ruta que Fernando y Felipe dicen haber tomado de regreso al hotel donde se alojaban la madrugada de ese fatal 4 de agosto, pero que hicieron por separado. Realicé también tres viajes al pueblo de la víctima. En esa pequeña localidad rural, a ciento treinta kilómetros de Kuala Lumpur, encontré a sus amigos de infancia, me conecté con sus rutinas diarias y también logré interiorizarme, a través de los testimonios de quienes la conocieron, con sus heridas internas debido a la discriminación sufrida por el solo hecho de ser transgénero en un lugar con profundas raíces religiosas.

En la construcción de esta historia entrevisté a policías corruptos, pero también a gendarmes amables que accedieron a contar su propia experiencia como custodios de una cárcel inhumana, la de Sungai Buloh, donde estuvieron recluidos los chilenos durante dieciséis meses. También me encontré con antiguos presos, cuyo paso por ese infernal agujero los dejó con marcas indelebles en su cuerpo y en su espíritu pero que, a pesar de ello o quizás por eso mismo, continuaron con su vida delictual luego de recobrar la libertad.

Asimismo, hablé con otros presos en los días de visita de la prisión, rostros macilentos y curtidos por la experiencia carcelaria, cuyo dolor, sin embargo, podía palpar a pesar del grueso vidrio que nos separaba. Esas imágenes no las olvidaré jamás.

Aparecieron en el camino activistas de ONG y abogados de derechos humanos que luchaban por los presos y sus aberrantes condiciones carcelarias, labor que hacían con miedo pero con enorme convicción, y que aplacaban rezando y actuando siempre con sigilo. Y pude también entrar en contacto con parte de la mafia local que trafica personas y que además facilita la logística para la fuga de quienes quieren cruzar las fronteras con papeles o sellos migratorios adulterados.

Por último, decir que esta historia tuvo para mí dos epílogos: el primero, cuando Candia y Osiadacz salieron en libertad, y el segundo cuando —con meses de diferencia— se fugaron de Malasia y, tras algunas apariciones en la prensa, desaparecieron del radar público. Eso hasta hoy, hasta estas páginas que contienen y relatan la historia de un caso que impactó a la opinión pública de nuestro país y que movilizó a ministros, parlamentarios y alcaldes para traerlos de regreso a Chile.

Este libro cuenta, en síntesis, el caso de dos compatriotas y de una ciudadana malasia unidos en una tragedia que terminó con una vida y afectó para siempre la de otros. Como tantas veces ocurre en la vida de los seres humanos, el destino y sus azarosos designios terminó por imponer su ley.

Capítulo 1
LA LLAMADA DE LA MUERTE

Pero aquellos que se arrepientan

y se enmienden y aclaren,

A esos me volveré.

Yo soy el indulgente, el misericordioso.

El Corán, 2:160

Tebal es un pequeño pueblo malasio que tiene un cementerio, una mezquita, una escuela, uno que otro pequeño almacén, un par de comercios y comida al paso. Sus habitantes están unidos por lazos de sangre y por un angosto camino de asfalto rodeado de palmas y frondosos árboles a cuyo costado se asientan un cordón de coloridas casas que atraviesan la localidad casi de punta a punta.

El ritmo de su gente es pausado, silencioso. La aldea solo sale de su modorra cuando el paso de una moto rompe el silencio.

Las mujeres cubren su cabeza con el hiyab, pañuelo con el que las musulmanas tapan su pelo, y sus maridos se pasean por el antejardín vistiendo un sarong, una especie de faldón largo propio de su cultura que se suele usar al momento de rezar.

El sol brillante y la nitidez de la luz hacen que el verde sea más intenso. Las aguas del río situado en los márgenes del camino van cambiando de color a medida que avanzan los rayos solares. Pero también depende del tiempo, las lluvias y los presagios, según dicen los viejos de la localidad.

Muchos de sus habitantes trabajan en el vecino pueblo de Temerloh, al que llegan en no más de diez minutos caminando y que está al otro lado del río.

Comparado con Tebal, Termerloh tiene un aspecto más citadino, es algo así como la gran metrópoli. Con los años se ha ido convirtiendo en un centro industrial y también en proveedor de la mejor tilapia y pez cirujano real de Malasia. El pueblo tiene buenos hospitales, calles amplias, bien señalizadas y edificios de varios pisos. En su parte antigua, que los lugareños con cierto orgullo llaman old town, algunas de sus casas aún conservan el estilo colonial, con ventanas y balcones de madera, veredas de azulejos y descascaradas paredes.

A la gente mayor, acostumbrada a la cadenciosa forma del tiempo pasado, no le ha quedado más remedio que aprender a convivir con la llegada del progreso. Enormes carteles publicitarios copan las esquinas de la ciudad, decenas de vulcanizaciones y cableados que cuelgan de los techos. El ruido, el tráfico, los restaurantes, los supermercados, las peluquerías, los bancos, las fiestas religiosas, los días libres y los grandes eventos. Todo está allí.

En cambio, en Tebal nunca pasa nada. La vida discurre en sordina, en voz baja. Se reza cinco veces al día, se sale a pescar, se trabaja la tierra de sol a sol, se toma té y se duerme la siesta. El viento sopla caliente como un vaho húmedo que atraviesa la ropa, que recorre cada espacio, cada centímetro, sin dar tregua a sus escasos habitantes que luchan contra los mosquitos que vagan buscando sangre.

La mayoría de las casas mira al ancho río Pahang, que en la época del monzón, y aun cuando su lecho está casi cuarenta metros más abajo, crece demasiado rápido e inunda las tierras de cultivo circundantes, los caminos, y termina desparramándose sobre sus afluentes, verdaderos tentáculos acuáticos. Como pasó en el 2014 cuando las lluvias torrenciales arrasaron con todo y el pueblo se convirtió en un pantano. Los pescadores perdieron sus botes, las familias hijos, hermanos, sus hogares, los campos de labranza y sus tumbas. A los animales se los tragó la corriente. Nadie allí olvida esa calamidad. Las paredes de las casas —que aún conservan las marcas de aquella voraz crecida— persisten como mudos testigos del rigor de la naturaleza.

Además de sus hogares, algunos comerciantes vieron destruirse sus pequeños negocios. Tal fue el caso de Ishak Mohd Jaafar, quien hacía cuarenta y cuatro años vendía comestibles y café en un pequeño quiosco instalado a doscientos metros de su casa y al borde del camino de ripio. Tras la inundación, y ante la congoja del anciano, su hijo Khairyddin golpeó puertas pidiendo ayuda para reparar el local y comprar nuevos equipos; llegó incluso a salir en un portal de noticias local, pero nada resultó, las promesas que le hicieron en su momento quedaron en palabras huecas. Un año después, entre la enfermedad, la demencia y la pena, el patriarca de la familia Ishak dejó de existir.

En ese pueblo de pescadores —al noreste de Kuala Lumpur y en una casa de fachada de madera color café, paredes interiores turquesas, piso de baldosas— vive su viuda Siti Juhar Binti Omar, madre de doce hijos, y a quien ahora le falta el menor de ellos, Yusaini Bin Ishak, cuya muerte ocurrió en agosto del 2017 en un hotel en Kuala Lumpur y en medio de una violenta riña con los chilenos Fernando Candia y Felipe Osiadacz. Eso partió su vida en dos. También la de los chilenos, porque ese homicidio los llevó a la cárcel y a vivir durante dieciséis meses en prisión con la pena de muerte sobrevolando sus cabezas.

No hay nombre para referirse a los padres a los que se les muere un hijo. No se ha creado aún en el vocabulario. Sus huellas en el alma se muestran como ventanas al mar a través de rostros adustos donde los ojos sin luz se juntan con los surcos que recorren las mejillas en una comunión insondable de tristeza, grietas como aludes en la memoria.

Han pasado dieciséis meses de ese aciago día y allí está ahora Siti Juhar, sentada en el pórtico de su casa con su cabeza cubierta y una larga pollera sobre un destartalado y agujereado sillón mirando el vacío, imaginando a su hijo, quizás recorriendo en su mente los miles de momentos, viéndolo jugar en el descampado aledaño o regresando de la escuela. Una actitud en la que el estoicismo y la resignación se interpelan mutuamente y en que la mujer ya no espera nada, pero lo recuerda todo.


El teléfono sonó varias veces ese mediodía del 4 de agosto. Su sonido repicó por las cuatro habitaciones de la sencilla pero espaciosa casa. Nadie atendió.

Siti Juhar había salido a encontrarse con unos parientes que vivían cerca. Era viernes, ya había hecho sus oraciones, y ahora disfrutaba de lo que parecía ser una animada reunión. La maciza mujer de grandes ojos grises con protuberantes bolsas, nariz aplastada y piel aceitunada miraba la hora. Su hijo Yusaini no llegaba y eso que Jack —el mejor amigo de él, quien era casi como un hermano— le había asegurado que aparecería pronto. Se lo había prometido. Yusaini vendría ese día para empezar una nueva vida desde cero, a forjar otro destino en el que trabajaría con Jack en Hair Bless Studio, su peluquería en Temerloh. Con cuarenta y dos años, Jack ya se había ganado un nombre en el pueblo y su pequeño salón de belleza poseía una constante y creciente cartera de clientes que él mantenía fiel a través de promociones y videos que colgaba a diario en Facebook. Ahí, en ese pequeño local, Yusaini echaría nuevas raíces.

La madre estaba ansiosa, sentía que se iba a enfermar ante la ausencia de ese hijo de veinticinco años, el menor, el más rebelde, al que nunca pudo entender ni menos controlar, pero al que años atrás y, a diferencia de su marido, había decidido querer así nomás, como Dios se lo había traído: transgénero. La verdad es que a su hijo Yusaini ese cuerpo masculino desde siempre le había sido ajeno.

La mujer no sabía si la angustia que le entrecortaba la respiración era porque la última vez que lo vio —cuatro semanas antes— se habían peleado y Yusaini se había ido de la casa furioso y sin despedirse, o si se debía a algo más. Además, y a pesar de que en público decía que en Kuala Lumpur su hijo trabajaba en un spa, muy en el fondo de su corazón intuía pesados secretos que lo tenían demasiado flaco, débil y esquivo. Era en definitiva demasiado suave para ser hombre, pero eso la madre de un musulmán jamás podría reconocerlo en voz alta. En un país conservador como Malasia y en un pueblo tan pequeño la homosexualidad está vetada, ser transgénero es un boleto al infierno, y si a eso se añade la prostitución la mezcla es la máxima deshonra. Yusaini no solo nació con el sexo equivocado, sino que en un país y una cultura poco tolerantes con la diversidad.

La relación con él nunca fue del todo fácil y a menudo, cuando lo llamaba, no le atendía el teléfono. De hecho, y ahora que lo pensaba bien, no tenía noticias suyas desde que se había marchado otra vez a Kuala Lumpur. Ese mismo lugar del que ella infructuosamente había intentado sacarlo tantas veces. Yusaini no había hablado ni con ella ni con su otra hija Arfah, la hermana más próxima. Intuición de madre o lo que fuere, Siti Juhar tenía una puntada más intensa en el pecho. Días atrás había despertado en la mitad de la noche a los gritos de terror, con el corazón que se le salía de la boca. En el sueño, la cama de su hijo empezaba a quemarse, ella intentaba caminar pero no lograba moverse para socorrerlo y se moría, así, en medio de las llamas, sin ayuda, asfixiado y carbonizado por el fuego. Completamente solo. Era la peor de las pesadillas, aquella donde ese hijo fallecía simbólicamente en el lugar del pecado, en esos incontables catres y colchones sobre los cuales hacía años había decidido retorcer las páginas del Corán.

Había pasado una hora de la reunión cuando el grupo fue silenciado por un gutural grito.

—Siti, Yusaini ha muerto —le dijo uno de los que allí estaban—. Dicen que falleció… que lo mataron en una pelea.

El silencio petrificó la sala.

—¡No! ¡No!... ¡Si Yusaini viene en camino! Está en el bus. Llega en un rato. Se viene a quedar. Me lo dijo Jack. ¡Si Yusaini se viene a trabajar con él!

Esas fueron las palabras. Las únicas que esta madre de sesenta y ocho años recuerda. Aún no logra identificar quién fue exactamente el que las dijo, de qué tenebrosa boca salieron. La corpulenta mujer sintió que el suelo se hundía bajo sus pies y que su vida se desvanecía arrastrada por las aguas del mismo río que años antes se había devorado los sueños de su marido. Entonces una ráfaga de incredulidad se apoderó de todo. Y también de confusión, porque aquí es donde las versiones sobre qué pasó ese día se confunden. Cada uno revive ese momento a retazos, una especie de laberinto para desentrañar la muerte.

Tras intentar calmarla un poco, las amigas y parientes llevaron a Siti Juhar a su casa, el hogar de los Ishak desde 1968. Al rato, los parientes empezaron a llegar.

En su mente daban vueltas los recuerdos: Yusaini de niño jugando con muñecas, en ese cuerpo tan pequeño y tan inquieto; Yusaini acariciando a su gato negro y trepado a los árboles; Yusaini en la selección de atletismo del pueblo, en el club de bomberos; Yusaini, su hijo fuerte pero “delicado” —como le decía—, su hijo soft que amaba mirarse al espejo y pintarse los labios, su hijo que le ayudaba a limpiar la casa y lavar la ropa. El que no llegó al entierro de su padre porque no fue posible ubicarlo y que apareció tres meses más tarde diciendo que estaba de viaje; la mujer suponía muy adentro que tal vez faltó adrede, por resentimiento, porque el jefe de la familia nunca lo aceptó.

Su hijo, el más lindo de sus hijos, que era “maravilloso como hombre” pero también “bellísimo como mujer”, como decía. Tantas veces que le había pedido a Dios que se apiadara de él, que le devolviera las hormonas masculinas, esas mismas que Yusaini intentaba eliminar tomando hormonas que le vendían sus amigas trans por Facebook en Kuala Lumpur pero de las que, sin embargo, no hubo rastros en la autopsia.

Entre sus sollozos también sentía que para su hijo recién muerto no habría cielo posible, no para los homosexuales, a menos que a última hora, en su aliento final, se hubiera arrepentido de sus errores. Pero esta mujer, estudiosa maestra del Corán, también recordó la frase del profeta Mahoma: “Puede que el hombre no se canse de pecar, pero Dios no se cansará de perdonarlo”.


Las malas noticias siempre llegan rápido. Y esta noticia demoró un par de horas en sacudir al núcleo familiar íntimo. Era mediodía cuando, aparte de su madre, las dos personas más importantes en la vida de Yusaini, Arfah, su hermana mayor, y Jack, recibieron también la estocada. Arfah era su confidente, su otra mitad, la que nunca lo había enjuiciado, y Jack, aquel mejor amigo, un tío “adoptivo”, que hacía las veces de consejero, de muro de los lamentos y también de padre.

—¿Siti Arfah Binti Ishak?

—Sí, soy yo, ¿quién habla? —respondió la mujer de estatura mediana, cara ovalada, cabello negro cubierto con el hiyab y algunos kilos de más desde el hotel donde estaba trabajando.

—La llamamos del hospital de Kuala Lumpur. Yusaini Bin Ishak ha fallecido. ¿Es usted pariente de él?

—Es mi hermano —respondió incrédula.

—Alguien de su familia tiene que venir a lavar y retirar su cuerpo de la morgue —se oyó al otro lado de la línea.

La mujer quedó petrificada y del fondo de sus rasgados y oscuros ojos empezó a brotar un aguacero de pena. Tras cortar la llamada, marcó el número de Jack, que en esos momentos participaba de un retiro espiritual en un centro de estudios del Corán en una localidad cercana. Sentado en el piso sobre un camino de alfombras, junto a otros alumnos, el hombre repasaba algunos versos del libro sagrado cuando sonó su teléfono.

—Abang Jack, alguien me llamó desde Kuala Lumpur para decirme que tengo que ir a lavar y recoger el cuerpo de Tasha al hospital —dijo Arfah nerviosa.

Jack y todos los amigos de Yusaini lo llamaban “Tasha”, apodo de Natasha, el nombre que Bin Ishak había elegido cuando decidió visibilizar su verdadera identidad de género, desde el momento en que se atrevió a cambiar de piel. Para ellos, hace demasiado tiempo que Tasha se había convertido en mujer, tanto que ya ni la recordaban como hombre y, por eso, frente a estas situaciones de muerte, de cadáveres, de llamados desde la morgue, que les preguntaran por Yusaini y no por Natasha contribuía a crear mayores cuotas de incredulidad1 .

—¡¿Qué?!

—Eso, Abang Jack. Que hay que ir a lavar su cuerpo2 .

Jack sintió que se moría. Tantas veces que se lo había advertido, que tuviera cuidado, “que terminara con esa vida de problemas y apartada de Dios en Kuala Lumpur”.

Jack confidente. Jack gay. Jack sin máscaras impuestas por la religión.

—Arfah, por favor no me hagas este tipo de bromas —soltó el hombre.

—No, Jack, es en serio, ayúdame. Hay que confirmarlo.

Nadie mejor que él podía averiguar si era un error, una confusión de nombres, Jack, solo Jack, porque era el único que nunca perdía contacto —por breve que fuera— con Tasha, a pesar de sus enojos, de sus repentinas desapariciones, a él, solo a él nunca dejaba de responderle los mensajes. En estado de shock y con las manos que le temblaban marcó algunos números, habló con dos personas y empezó a desvanecerse en el piso. No podía ser. Tras unos minutos, y cuando ya había recuperado el pulso, llamó de vuelta a Arfah y confirmó lo que esta no quería oír. Era verdad. Tasha había muerto.

Jack se arrancó la túnica que se había puesto para orar, se subió a su auto y manejó como pudo por la frondosa ruta al hogar de los Ishak.

“Que no sea ella, que no sea ella”, repetía el hombre mientras iba al volante. Las fotografías mentales de Tasha, sus gestos alegres, su andar rápido, su cara seria y exigente cuando se miraba al espejo, ese afán de conseguir la perfección estética. Entonces se le vinieron a la mente las palabras que Tasha más de una vez le había repetido: “Kuala Lumpur es un lugar muy complicado. Frente a ti, los amigos hacen como que te quieren, pero ni bien te das vuelta, te traicionan. A veces me siento tan sola. Pero sobre todo hay noches en que se hace muy peligroso. Si supieras, Jack”.

Ya no sacaba nada con implorarle que regresara, no tenía sentido torturarse pensando en lo que habría sucedido si la hubiera ido a buscar el día anterior. La muerte se le había adelantado y ahora no tenía en quién refugiarse. Solo en Alá.

Mientras Jack manejaba a toda velocidad hacia Temerloh, Arfah llamó a su otro hermano, Khairyddin, el mismo que había intentado ayudar a su papá cuando este perdió su puesto de café. El hombre estaba trabajando. Lo hacía como chofer en una oficina del Estado en la ciudad de Kuantan, capital de Pahang, adonde se había trasladado a vivir hacía unos años.

—Tasha murió —le dijo secamente al teléfono mientras él conducía.

—¡¿Cómo?!

—No lo sabemos todavía, al parecer fue un asesinato.

—¡¿Asesinado?!

El hombre detuvo el auto. “No puede ser”, negaba moviendo la cabeza. Había visto a su hermano —porque para él siempre seguiría siendo hombre— hace menos de un mes y estaba bien. Su primer impulso fue la rabia. Ira. Yusaini podía tener miles de defectos, el primero y más importante ante sus ojos era ser transgénero, algo inaceptable para sus otros cuatro hermanos hombres, pero no era un rufián, tampoco un ladrón que mereciera morir. Horas más tarde llegó hasta la casa de su mamá. En la reja había un coche policial y algunos lugareños que no se atrevían todavía a entrar a la casa. Un puñado de niños correteaba por la calle ajeno a la tragedia y al llanto que adentro de la casa empezaban a tomar cada vez más fuerza.


Al igual que en Tebal, pero a ciento treinta kilómetros de allí, en la comisaría de Dang Wangi de la Real Policía de Malasia, también había lágrimas. Lágrimas e incredulidad.

—¿Qué es esto? ¿Dónde estamos, huevón? —le preguntaba entre sollozos el joven Fernando Candia de treinta y un años a su amigo Felipe Osiadacz de veintiséis.

Ubicados cada uno en un calabozo distinto pero frente a frente, los chilenos pasaban las primeras horas de su vida en una celda. El encendido color azul de la pintura de las puertas contrastaba con la oscuridad que sentían. Rejas custodiadas por policías malasios, rejas sin luz, rejas en otro idioma, mínimos metros para moverse, un hoyo sucio en el suelo como letrina, una llave de agua y un jarro para echarse agua a modo de ducha.

Seguía siendo viernes. La fiesta en Changkat —una congestionada calle de Kuala Lumpur, epicentro de los turistas y de la vida nocturna— había sido larga. No habían dormido en toda la noche, esa malhadada noche en que acababan de matar a una persona en el lobby de un hotel —a pocas cuadras de allí—, cuando recién empezaban sus vacaciones. Una muerte en un país lejano, culturalmente tan diferente, sin parientes ni contactos a quienes acudir, ninguna autoridad a la que pudieran explicarle lo que había pasado. Un cadáver sobre el piso de mármol de la recepción de ese maldito hotel en el que habían ido a parar.

Al principio, y en medio de la confusión, pensaban que en un par de horas o en el peor de los casos en algunos días lo ocurrido esa noche quedaría claro: que ellos “solo se habían defendido de un ataque”, que “el tipo” —como lo llamaban— había perseguido a Fernando hasta el hotel “pidiéndole plata”, que “para no pelear habían decidido inmovilizarlo sosteniéndole las piernas y brazos ya que este quería atacarlos con un trozo de vidrio”; que habían “pedido repetidas veces al conserje del hotel que llamara a la policía”; que ellos eran “víctimas”. Así se sentían e interpretaban lo que había pasado.

Una sensación similar tenía Carlos Ignacio Fuentealba, otro joven chileno que también viajaba con ellos y que ese 4 de agosto había llegado a las 6:40 de la mañana a la puerta del hotel Star Town Inn para encontrarse con una imagen brutal: sus amigos esposados, una decena de policías y el cuerpo de Tasha inerte en el suelo. No pudo observar más detalles del cadáver ya que los policías que estaban en la puerta de entrada no lo dejaron avanzar, pero adentro la delgada figura de Tasha estaba de bruces con su cara contra el frío mármol de la recepción, con las piernas y brazos abiertos como una mariposa silente e ingrávida. El diminuto vestido rojo subido hasta la cintura dejaba expuestos sus calzones negros, su chaqueta de jeans que le cubría la espalda y su pequeña cartera negra de cadena dorada —la misma que llevaba cada noche mientras buscaba clientes en las calles del barrio de Bukit Bintang— aún colgaba de su hombro derecho. Entretanto, los policías caminaban de un lado a otro del lobby realizando las pesquisas que les ayudarían a determinar las circunstancias de la muerte. En un momento uno de ellos sacó un celular y fotografió el cadáver y —de paso y de manera inadvertida— tomó una imagen de los extranjeros. En esa imagen se ve a Felipe en bermudas sentado en el suelo, con las piernas cruzadas, sin polera y unas zapatillas negras. Su cabeza apunta en dirección a ese policía intruso, sus ojos están cerrados como si un misterioso hechizo le hubiera jalado los párpados justo en el momento en que la cámara hizo clic. Completa la toma una incipiente barba donde asoma un tenue bigotillo y una copiosa cabellera castaña. A su lado, y en la misma postura en el piso, con un pantalón corto azul claro y una polera negra con el símbolo Adidas está Fernando; tiene la cabeza gacha y en sus manos sostiene unos trozos de papel blanco.

Como un conjuro siniestro, esa madrugada los marcaría para siempre. Solo unas horas antes Felipe se había tomado una foto donde aparecía radiante, con el pulgar hacia arriba en las Torres Petronas, insignia arquitectónica de Kuala Lumpur. Toda la alegría de los viajeros, llenos de emociones mientras iban celebrando de bar en bar en Changkat, haciéndole guiños displicentes y desprevenidos a la vida como si todo fuera fantasiosamente lineal, juntando mesas con unas turistas australianas, alzando jarros de cerveza para celebrar ese fugaz momento de amistad y vértigo en el bullicio de la fiesta callejera, dio paso en un par de horas a un silencio sordo, a un pasmo de incredulidad, una pausa donde comienza el epílogo de una noche de juerga que terminó de la peor manera.

“Mi familia”, “mi vida” y “Chile” eran palabras que resonaban como el golpeteo de un martillo en sus cabezas mientras, a un par de metros, la policía continuaba con su trabajo pericial, frío y mecánico en el decadente hotel ubicado en el límite entre el turístico Bukit Bintang y el barrio de Pudu.

Pasó un buen rato, pero la noción del tiempo se había traspapelado, alterado en el desconcierto de una tragedia que se desarrollaba ante sus ojos. Una hora, dos o quizás más, era difícil saberlo con certeza. En el frenesí de ese lobby un fotógrafo iba registrando la escena y, rodeados de policías —con uniformes azules y pecheras fosforescentes—, Fernando y Felipe eran interrogados una y otra vez acerca de lo que había ocurrido. De manera simultánea, el jefe de la investigación, Faizal Bin Abdullah, quien no andaba con uniforme sino con un buzo y una polera negras, pedía al recepcionista, Lim, ver el registro de las cámaras de seguridad.

Frente al cadáver —ahora cubierto con un plástico blanco— había una mampara de vidrio donde un pequeño y dorado gato chino se movía de atrás hacia delante saludando incesantemente a los huéspedes del hotel.

—¿Su pasaporte? —exigió un policía a Fernando.

—Está arriba, en la habitación.

—Lo necesitamos —le respondió.

Acto seguido el oficial y Jayavel, el fotógrafo de la policía, lo escoltaron por el pasillo hasta el ascensor en dirección a la habitación. Allí, en la puerta del cuarto, con la cabeza justo delante de la placa de metal que mostraba el número 303, el fotógrafo tomó una imagen de Fernando en la que aparece con la cara desencajada, los ojos enrojecidos y el pelo negro desordenado. La cámara también retrató la habitación, en cuyo interior había tres camas individuales a medio hacer, una mochila azul, una toalla blanca colgada en un gancho y otra vez a Fernando ya esposado y mirando al lente; y a su izquierda, sobre una mesita, un rollo de papel higiénico y tres jabones individuales.

Mientras tanto, en el hall de entrada, sentado y esposado en un banco de metal, Felipe lloraba. Tenía en su cuerpo marcas visibles de la lucha por controlar a Tasha, rasguños en la espalda, en sus brazos y en el tórax.

Entretanto, Carlos Fuentealba seguía fuera del hotel y a su lado un policía fumaba un cigarrillo mientras otro le hacía preguntas. A esa altura el chileno tenía clara la gravedad de la situación.

—Llama a mi papá y ándate a la embajada de Chile a pedir ayuda —le pidió Felipe llorando.

El hombre se fue lo más rápido que pudo de allí. Ni bien entró a la sede de la representación diplomática chilena, ubicada a pocas cuadras de las Petronas y en el corazón económico de Kuala Lumpur, solicitó inmediatamente hablar con alguien.

Necesitaban ayuda urgente y avisar a los parientes en Chile.

Pasó poco tiempo y, mientras le explicaba al empleado de la embajada que lo había atendido lo que estaba pasando, “que sus amigos estaban presos”, “que un tipo los había atacado”, “que él no estaba en el lugar en ese momento”, la policía llegó a la recepción del edificio, aunque no subió directamente al piso donde estaba la oficina consular.

—Estamos buscando al señor Carlos Fuentealba —le explicaron a la secretaria que atendió la llamada—. ¿Está allí?

En ese momento el cónsul Juan Francisco Mason salió de su oficina, tomó el auricular y les dijo que sí, que podían subir.

El policía del otro lado de la línea explicó que necesitaba tomarle una declaración pero que era “mejor que Fuentealba bajara”. Los agentes sabían que si entraban a la sede diplomática no podrían llevar detenido al joven. Y eso era exactamente lo que andaban buscando.

—Ya, yo voy a bajar enseguida —dijo el diplomático.

En el hall de entrada se encontró con los uniformados.

—¿Por qué necesitan al ciudadano Fuentealba?

En minutos de semejante tensión, el aplomo y la imponente figura de casi dos metros del diplomático no pasaron desapercibidos.

—Solamente queremos tomarle una declaración —mintió el policía.

De modo que Mason se devolvió al consulado y le explicó a Fuentealba lo que pasaba. Entonces tomaron el ascensor que los dejó en la recepción del edificio y luego salieron a la calle.

—Tiene que venir con nosotros —dijo uno de los oficiales.

Por eso, mientras subían a Carlos al vehículo de la policía, Mason tomó su auto y se fue tras la patrulla hasta la gigantesca estación policial de Dang Wangi. Allí esperó hasta que finalmente le explicaron que Carlos también quedaría detenido hasta que pudieran descartar su posible vinculación en los hechos. Mason entendió en el acto que Fuentealba también iba a necesitar un abogado. Eso era algo urgente. Se trataba de un delito por el que podrían ser sentenciados a penas graves, y en tal caso el código de procedimiento criminal de Malasia le daba un plazo de catorce días a la policía para investigar y mantener detenidos a los chilenos, es decir, bajo arresto temporal en la comisaría. En ese lapso se asegurarían de que el tercer sospechoso estuviera diciendo la verdad y que efectivamente fuera cierto que él “había llegado después” al sitio de los hechos. Mientras no lo comprobaran, para la ley de Malasia era considerado un eventual sujeto de flight risk, vale decir, de riesgo de fuga. Durante esas dos semanas la policía tendría la facultad de recoger evidencias, llamar a declarar a los testigos y las personas que estimara conveniente, a todos quienes, bajo su lupa, pudieran aportar pistas a la investigación. Esa tarea quedó a cargo del hermético inspector Faizal Bin Abdullah, un hombre de estatura mediana, delgado y con un fino bigote negro que le daba una apariencia de detective de los años setenta. Tenía la piel morena, ojos negros y penetrantes que agrandaba cuando algo no le hacía sentido. Con más de dos décadas en el servicio sería él quien determinaría cuál sería el cargo que le propondría a la fiscalía.

Para esta hora ya les habían hecho sacarse la ropa y ponerse un pantalón y una camisola naranja salpicada de restos de vómitos. Las primeras horas las pasaron en el mismo calabozo, pero unas horas después los separaron. Recién encarcelados, sentados en el suelo y sin comer, los chilenos intentaron calmarse, pero eso era un imposible.

Eran alrededor de las once de la mañana de ese 4 de agosto cuando los llevaron a una sala de visitas donde los esperaba el cónsul. Alegaban porque los habían encerrado, estaban molestos, asfixiados de calor. Lloraban.

Felipe se levantaba la polera y mostraba al cónsul los rasguños, arañazos y picaduras de mosquitos, o tal vez de pulgas.

—El tipo nos atacó y nos defendimos inmovilizándolo en el piso —insistía.

Nunca habían pisado una comisaría y la absurda ilusión de que saldrían pronto se entremezclaba con el terror que sentían.

Terminada la reunión y de regreso en sus calabozos, uno de los guardias les habló con ironía:

—Ahhh… ¿así es que ustedes vienen a mi país a matar gente? Bueno… sepan que acá los van a colgar, se van a ir a la horca. —Remató la amenaza haciendo el gesto con la mano de que les cortarían el cuello.

Estaban en Malasia, un país de más de treinta millones de habitantes, una nación de sultanes, con un rey, cuyas costumbres y leyes desconocían. Una nación multicultural, con tres razas que poblaban un mismo territorio. Los malasios eran la mayoría, más de la mitad del país, seguidos por los chinos, luego los indios y algunas otras etnias. Si bien la religión oficial era la musulmana, había varias más que debían convivir y respetarse en sus diferencias, aunque la verdad es que en general el sistema daba más privilegios a los seguidores de Alá. Era un mundo nuevo donde las leyes, los códigos de conducta y las creencias se entremezclaban de una manera que hasta entonces no entendían. Menos podían saber que en aquella nación asiática existía la pena de muerte y que la corrupción —como en tantos lugares del mundo— era una moneda habitual.


Pasadas las once de la mañana de ese 4 de agosto los restos de Tasha ingresaron al Institut Perubatan Forensik Negara, una construcción anexa al enorme hospital del Kuala Lumpur donde el doctor y especialista en autopsias, Siew Sheu Feng, empezó el análisis forense del cuerpo, algo que en el caso de los musulmanes solo se autoriza en circunstancias legales, cuando ha habido dudas sobre la causa del deceso. Para el islam el cuerpo es un regalo de Alá, por lo mismo debe ser devuelto a él en las mejores condiciones y sin afectar la dignidad del fallecido. Pero este no era el caso. Habría que diseccionarlo minuciosamente para encontrar pistas.

Tres horas más tarde le extrajeron sangre y orina para hacer las pericias químicas. Afuera del establecimiento, dos amigas transgénero, Nabila y Maya, sus compañeras de noche y también prostitutas fumaban un cigarrillo tras otro sin poder creer lo que había pasado. Maya —de nacionalidad indonesia— había sido la última en verla con vida, ella era su protectora en las calles y a quien los clientes pagaban antes de partir con Tasha, la que la cuidaba del peligro, a su manera, a la medida de su precario radar. Pero además Maya era su mejor amiga y esteticista. Si solo ayer —recordaba— ella misma le había inyectado relleno en los muslos, por los que le había cobrado 300 ringgits, unos 75 dólares. Por eso Tasha tenía ese cuerpo escultural.

Maya también se hacía cargo de mantenerla joven y con la piel lisa y blanca, un color que en Asia se valora como el oro más preciado. Infinitas veces le había puesto bótox en la cara, porque Tasha vivía para ser bella.

Allí, afuera del edificio forense, las amigas esperaban para participar del lavado del cadáver, para ayudar a Tasha a partir al cielo. Tras unas horas lograron entrar a verla. Observarla ahora, ahí, desnuda con algunas marcas violáceas en el rostro, “trazas de congestión alrededor de la cara, el cuello y la parte superior del tórax, compatibles con equimosis” —diría la autopsia— producto de la compresión y posición en la que murió, parecía una idea loca, una escena macabra que nunca podrían olvidar. No pudieron mirar más. Entonces Maya cerró los ojos, recordó ese rostro bello que tanto había cuidado y le dijo adiós.

“Todos somos de Dios y a Él hemos de volver”, repitieron los ahí presentes al empezar la ceremonia. De acuerdo a la ley islámica, en este rito participan las personas del mismo sexo, salvo excepciones que contempla en algunas circunstancias a la viuda. En el caso de que no hubiera ningún hombre disponible para hacerlo, el hospital llamaría a un imán a la mezquita más cercana para que dirigiera el rito3 . Pero en el caso de Tasha no hubo necesidad de hacerlo; había parientes y amigos. En la camilla de esa morgue lavaron su cuerpo tres veces con agua fresca, alcanfor y esencias aromáticas —como mandan las escrituras— mientras los ahí presentes rezaban invocando el perdón de los pecados. Luego amortajaron el cuerpo con una sábana de color blanco y lo pusieron en el ataúd que la llevaría de vuelta al pueblo, al mismo terruño del que Tasha siempre quiso escapar.

El cadáver salió de la morgue a las ocho de la tarde del día 4 de agosto, aproximadamente catorce horas después de su muerte. Su hermana Arfah firmó el documento de reconocimiento del cadáver y la recepción del certificado de defunción. A pesar de que era viernes, cuando el tráfico satura las avenidas, la ambulancia que la llevó hasta el hogar de los Ishak demoró solo tres horas en llegar a Tebal. El ataúd fue rodeado por los familiares y amigos. Solo faltó uno de sus hermanos, Halimi, el que nunca lo aceptó como mujer y que por eso se rehusó a estar con Tasha bajo el mismo techo, por muy muerta que estuviera.

Jack, el amigo peluquero, ya estaba allí. De alguna manera, él había suplido la ausencia de amor masculino y paterno de Tasha. Por eso su lugar en la triste escena era central. Fue la noche más dolorosa de su vida. A la mañana siguiente, el cadáver atravesó los arcos de la pequeña mezquita del pueblo, ubicada a solo cuatrocientos metros de la casa. A esa construcción de paredes de color azul, amarillo y rosa, espacios interiores simétricos, con ventanas enrejadas pero sin vidrios fue adonde la mayoría de los vecinos sí se atrevieron a llegar, porque no todos habían querido ir a darle el pésame a la madre a su hogar. Solo los más íntimos lo habían hecho, ya que la de Tasha había sido una muerte violenta, una muerte rara, pero sobre todo la difunta era trans, lo que suponían algo tan humillante para su familia que por eso era mejor no aparecerse. “No decir nada, no comentar el hecho con nadie y rezar”, se decían sin decírselo siquiera entre ellos, como un código de buena vecindad y de hijos de Alá.

Luego el imán los acompañó hasta el cementerio y en el lugar invocó una cita fúnebre del Corán:

“¡Oh, Al-lah! Perdona a nuestros seres vivos y a nuestros fallecidos; a quienes están presentes y a los ausentes; a nuestros jóvenes y ancianos, y a nuestros hombres y mujeres. ¡Oh, Al-lah! Otorga firmeza en el islam a quienes has otorgado la vida, y haz morir en la fe a quienes has causado la muerte. ¡Oh, Al-lah! No nos prives de la recompensa relacionada con el difunto y no nos sometas a pruebas después de él”.

Allí sacaron el cuerpo del ataúd, de acuerdo a las enseñanzas del profeta Mahoma, lo bajaron entre varios y lo depositaron en la tierra, sobre el lado derecho y con su cabeza mirando a La Meca4 .

El funeral fue sencillo y sin demasiado llanto, como lo manda también el Corán, y luego, durante tres días, la familia continuó rezando. Mahoma dijo además que, cuando un musulmán muere, necesita que al menos cuarenta personas recen por su alma para que Dios acepte esas súplicas. En el cementerio de Tebal ese 5 de agosto había al menos sesenta.

Al día siguiente del entierro, una desconocida golpeó la puerta de la casa de la madre de Tasha. Al ver a esa persona, supo de inmediato que era alguna amistad de su hijo, ya que vestía de mujer y hablaba ronco pero “suavemente”, acota la madre.

—A veces se quedaba conmigo, trabajábamos juntas —le dijo la visita mientras le servían una taza de té.

—¿Y qué fue lo que le pasó? —preguntó Siti Juhar con congoja.

No obtuvo respuesta, probablemente por temor a causarle más daño. La persona guardó silencio y minutos después se despidió.

Ni aquel día ni en los siguientes apareció una sola letra en los diarios, tampoco en los noticieros de la televisión. Meses después saldría una que otra nota, que por cierto no tuvo repercusión alguna en la opinión pública. Hay muertes y casos criminales que importan más que otros, y este definitivamente no era uno de ellos. Tasha era prostituta, drogadicta, vendía lo sacro al mejor postor, no era rica, no era famosa, no tenía redes de protección, solo una familia humilde que añoraba que regresara al pueblo, por mucho que a ella no le gustara y que en su corazón sintiera que no había mundo suficientemente grande que pudiera contenerla.

Capítulo 2
ANTES DEL HORROR

Tal vez sea la propia simplicidad del asunto

lo que nos conduce al error.

Edgar Allan Poe

En el vaho húmedo y el calor de una pequeña celda, Felipe y Fernando no podían comprender del todo lo que estaba ocurriendo. Tampoco Carlos, que en realidad tenía poco y nada que ver con la tenebrosa trama. Una persona muerta. En sus mentes era como una película que ocurría en un lugar extraño, sin secuencia, en blanco y negro y con un guion y un formato equivocados.

Malasia no era Nueva Zelanda, y eso era algo que recién empezaban a entender. Hacía solo veinticuatro horas que habían llegado a Kuala Lumpur, dejando atrás ese bello país que los acogió con el programa de Working Holiday, esas dos islas enclavadas en Oceanía, con una naturaleza prodigiosa de lagos, volcanes y montañas con nieves eternas, parecido al sur de Chile, donde coexisten maoríes y descendientes de ingleses; una nación de casi cinco millones de habitantes con una sociedad pulcra, organizada y alta calidad de vida. Todo eso era ahora un recuerdo de una primavera evanescente. Estando allá es que habían afinado los detalles de la travesía por el Sudeste Asiático. Entre cerveza y cerveza, paseos y también pesados turnos de trabajo Fernando Candia, Felipe Osiadacz y otros amigos que originalmente también serían parte del viaje imaginaban el periplo que empezarían en el mes de agosto por la zona.

No tenían mucho dinero, pero el suficiente como para arreglárselas en los países que iban a visitar. El mundo parecía estar a sus pies y el exótico continente elegido los llevaría a templos y arrozales, a sumergirse en aguas turquesas, a extasiarse de comidas exuberantes por poco dinero, porque viajar por el Sudeste Asiático como mochilero era muchísimo más barato que Nueva Zelanda o Australia, donde Felipe había vivido durante casi un año.

Nueva Zelanda había sido un lugar plácido, tranquilo, sin sobresaltos ni peligros, respiraban libertad y estaban llenos de planes que se conversaban en largas caminatas por valles infinitos de una belleza sobrecogedora. Por eso cada paso, cada ruta posterior se iba definiendo sin mucho análisis ni información sobre la cultura, las tradiciones, las reglas y los riesgos que podrían afrontar. De cierta manera, Candia y Osiadacz confiaban en que en Asia andarían juntos, con amigos que se les unirían después, protegidos acaso por esa cofradía de los viajeros y las confianzas urdidas tras seis meses de convivencia en la tierra de los All Blacks.

¿Quiénes eran estos dos chilenos que terminaron acusados de homicidio ese 4 de agosto?

Fernando venía del paradero 19 de la Florida y se educó en el Instituto La Salle. Felipe, por su parte, nació en Santiago, vivió hasta los quince años en Temuco, donde estudió en el colegio Montessori, y luego se trasladó a Viña del Mar, al colegio San Pedro de Nolasco ubicado en Valparaíso. Tenía una hermana del primer matrimonio de sus padres y un hermanastro por parte de su mamá. El padre de Felipe, Fernando Osiadacz, se había separado cuando su hijo tenía cuatro años y era ingeniero en Administración de Empresas, poseía un diplomado y trabajaba como subgerente de ventas en la empresa lechera Colún. El papá de Fernando, por su parte, se había dedicado a servicios financieros —eso decía su perfil en LinkedIn— y en el último tiempo como gerente comercial de Candia Chile Spa en la Quinta Región. La madre de Candia, Maritza Olcay, se ganaba la vida como conductora de transporte escolar en el colegio La Salle. Fernando tenía un hermano y sus padres también estaban separados.

Tanto Felipe como Fernando cursaron carreras de grado; Fernando Ingeniería Química en la Universidad Tecnológica Metropolitana y Felipe Ingeniería Comercial en la Andrés Bello, tras un breve paso de un año en la Adolfo Ibáñez. En sus vacaciones, Felipe había trabajado como lavacopas, garzón y tuvo algunos breves emprendimientos comerciales. En su perfil de LinkedIn hay una referencia algo escueta sobre su desempeño laboral: “Gran experiencia en el trato simétrico y asimétrico con las personas y gran facilidad para enfrentar los problemas”.

Mientras estudiaba en la universidad, en Viña del Mar, aprovechaba para hacer unos “pololos” y así juntar dinero. En esos años se desempeñó como encargado de las mesas del primer piso del restaurante El Muelle en Algarrobo y luego, en el verano del 2012, como administrador en las cabañas Aroma de Mar en el Quisco.

Fernando, en tanto, abandonó ingeniería cuando ya llevaba cuatro años. Estaba harto de los paros estudiantiles, pero sobre todo se había dado cuenta que quería dedicarse a la cocina, su verdadera vocación. Fue difícil contárselo a sus padres, quienes con tanto esfuerzo habían costeado su carrera, pero no les quedó más remedio que aceptar y poco después Candia entró al Inacap. Ya en los primeros meses de formación tuvo claro que su decisión había sido correcta. Se sentía feliz, amaba lo que hacía y sobre todo le encantaba trabajar bajo presión. Hincha de Colo Colo, sociable, con un círculo de amigos muy unido, compatibilizaba los estudios y el trabajo en la empresa de banquetería del chef Eugenio Melo. Luego permaneció dos años en un restaurante italiano en Los Trapenses, donde una tarde, en medio de ollas y vapores, decidió que necesitaba ampliar su mundo. Quería aprender inglés y viajar, probar otros sabores y texturas de la vida. Por ello, en octubre del 2015, con la ayuda de su hermano Francisco, que en ese momento vivía en Europa, postuló a la visa Working Holiday. Básicamente, este es un convenio que integra vacaciones con trabajo en diferentes países, lo que permite a sus beneficiarios recibir un salario y a la vez aprender idiomas. Fernando eligió Nueva Zelanda y fue uno de los 940 seleccionados ese año entre miles de postulantes.

En octubre del 2015 Felipe Osiadacz —también con la visa Working Holiday— empezaba sus aventuras y trabajos, pero en Australia. Su madre, Jacqueline Rosemarie Sanhueza, había muerto en junio del 2013 y ahí estaba él, dos años después, buscando qué quería hacer realmente con su vida. De modo que antes de tomar ninguna decisión laboral definitiva se había autoimpuesto recorrer Oceanía y el Sudeste Asiático. Para eso había juntado peso a peso el año anterior.

Felipe era un tipo alegre y amiguero, el alma de la fiesta. Amante del fútbol —fanático más bien— lo practicó hasta que se cortó los ligamentos cruzados de la rodilla. Pero en Australia, donde trabajaba lavando y moviendo autos desde el aeropuerto al centro de la ciudad en una empresa de rent a car, descubrió una nueva pasión: el montañismo. En esas caminatas y excursiones junto a amigos chilenos decidió que subiría con ellos el Monte Everest cuando se le venciera la visa australiana en octubre del 2016, pero por problemas de plazos migratorios sus amigos partieron antes que él.

En septiembre del 2016 Fernando salió de Chile con destino a Nueva Zelanda para iniciar su ansiado proyecto de trabajar y vacacionar en ese pequeño y remoto país. Durante las primeras semanas, y junto a un alemán y a otras amistades que había conocido allá, recorrió la Isla Norte, la más poblada de las dos que componen Nueva Zelanda, con casi cuatro millones de habitantes, que en lengua maorí se llama Te Ika a Maui o “Pez de Maui” en su traducción.

El destino empezaba a bosquejar el horizonte y a unir los caminos de ambos chilenos, porque mientras Fernando paseaba, Felipe hacía una escala de avión en el aeropuerto de Kuala Lumpur para seguir rumbo a Nepal y de ahí alcanzar el campamento base del Monte Everest, ese momento mágico que quedó inmortalizado en un video que subió a su cuenta de Instagram. Con anteojos de sol, un gorro azul y mochila a la espalda decía: “Allá está el campamento. Estamos rodeados por el glaciar más grande del mundo. Único. Ú-NI-CO. Al fondo la imponente imagen de las montañas y los banderines de colores típicos. Abajo el abismo y allá otro acantilado. Ese que se ve ahí es el Everest, lo más cerca que he podido llegar hasta ahora”.

Al terminar ese viaje partió a Nueva Zelanda.

Aún sin conocerse, cada uno recorrió diferentes ciudades y parajes. Eran dos hombres felices, encandilados en medio de tanta luz. “Persigue tus sueños aunque todos piensen que estás loco… solo tú sabes dónde está tu felicidad”, posteaba Fernando por esos días.

Ni bien llegó a Nueva Zelanda, Osiadacz se instaló en Christchurch, ciudad ubicada en la Isla Sur a trescientos kilómetros Wellington, la capital de Nueva Zelanda, siguiendo el consejo de otro amigo de Viña del Mar quien estaba viviendo allí. Fue cuando conoció a Yasser Nahas, alias El Turco, quien llevaba un tiempo en el país junto a un grupo de uruguayos. Felipe se instaló con ellos y rápidamente se convirtieron en una suerte de hermandad. Con Yasser se produjo una conexión inmediata. Tenían gustos similares y eran quienes se encargaban de organizar los paseos y las salidas nocturnas. Por las mañanas El Turco partía a trabajar a un frigorífico donde las extensas faenas le reportaban un ingreso de 4000 dólares por mes, una cantidad que le permitía vivir bien y viajar por el país. Felipe, en tanto, había recibido el dinero de la devolución de impuestos de Australia, así es que con parte de aquella le compró a su amigo Yasser su Toyota Celica verde oscuro del año 1991 en el que se movía a sus anchas por la zona. Luego empezaron los trabajos, primero en el rubro de la construcción y más tarde —junto a un amigo uruguayo— en Synlait, una enorme y moderna planta lechera. Allí tenía dos turnos de doce horas y su labor consistía en limpiar y hacer controles de calidad.

En el grupo de Felipe todos eran solteros y los fines de semana iban a fiestas latinas a tomar cervezas en algún pub local o simplemente se quedaban en sus cabañas viendo películas en Netflix, las que disfrutaban comiendo pizzas. También, y dependiendo de los turnos laborales, paseaban por los alrededores de Christchurch.

En este ambiente de camaradería que discurría en un país civilizado y seguro, cuyas tasas de criminalidad son unas de las más bajas del mundo, se sentían a sus anchas. Sin embargo, hubo un episodio que perturbó por unos minutos la tranquilidad del grupo cuando un hombre intentó robarles en las cabañas donde se hospedaban. Pero el miedo duró poco. A los tres minutos llegó la policía y solucionó el problema llevándose detenido al intruso. Pero aquel momento, si bien desagradable, no pasó de ser algo anecdótico en una nación que les garantizaba posibilidades de trabajo y calidad de vida. A cambio, los amigos sabían cuáles eran sus obligaciones respecto de las leyes locales y tenían muy claros sus propios límites: manejar sin alcohol en la sangre y respetando estrictamente el límite de velocidad. Si querían seguir allí no podían manchar sus papeles de antecedentes. Por ello su conducta debía ser intachable.

Aprovechando las excelentes condiciones que ofrecía el turismo aventura en ese país, en diciembre del 2016 sus compañeros partieron a la Isla Norte a hacer un circuito de trekking y kayak. Felipe necesitaba juntar dinero y por eso, en vez de sumarse al grupo, se fue al sur a trabajar en las plantaciones de cherries. Duró solo unos días porque no le gustó. Entonces, tomó su auto y manejó a toda velocidad hasta Gisborne, una pequeña ciudad ubicada en la Isla Norte conocida por su gastronomía, los vinos y el surf, donde lo esperaban sus amigos para celebrar el Año Nuevo.

Osiadacz y Candia cruzaron sus destinos por primera vez el día 30 de diciembre en el hostal para mochileros llamado Flying Nun Backpackers o “monja voladora”, que antiguamente había albergado un convento. En la fachada de este adusto edificio había una colorida imagen de un ángel que le confería un cierto aire ecléctico. En el jardín, una casa rodante en desuso, desvencijada y llena de grafitis que por las tardes los mochileros convertían en un lugar de encuentro y cervezas. Las grandes habitaciones, con camarotes para diez personas, y los espacios comunes del hostal estaban pensados para que los turistas de distintas partes del mundo interactuaran con facilidad. El ambiente no podía ser mejor para recibir el Año Nuevo.

El Feña y Felipe se cayeron bien desde el primer momento y, al día siguiente, en la víspera del nuevo año, partieron junto al grupo a una fiesta de neozelandeses en un campo cercano, a la que no estaban invitados, razón por la cual no los dejaran entrar. Felipe se fue de vuelta al albergue con los demás y Fernando con unas amigas a la playa. La noche fue intensa para ambos y se acostaron cuando el sol ya iluminaba la ciudad.

Eran tiempos felices, no tenían preocupaciones y el sol y la playa convertían la aventura en unas vacaciones de ensueño. Por esos mismos días, en enero del 2017, en una playa cercana chilenos y uruguayos se enfrentaron en un partido de fútbol que terminó con Felipe con un esguince en el tobillo y una incómoda bota que le pusieron en el hospital. Tras unas semanas se recuperó y se sumó al trabajo de sus compañeros —entre los que ya se incluía a Candia—, en una cosecha de choclos cerca de Gisborne. Cada mañana les llegaba un mensaje al teléfono que contenía un mapa con la ubicación del predio. Entonces tomaban sus camionetas, llegaban al punto que indicaba la pantalla, se echaban bloqueador, guantes y empezaban a sacar los frutos del maíz.

Aproximadamente dos meses más tarde, Felipe regresó a Christchurch y otra vez aplicó para trabajar en la lechera Synlait. Fue allí que conoció a la belga Gaelle Sevrin. El amor fue instantáneo y nueve días después la muchacha ya se había instalado a vivir en la misma casa que él. La vida era demasiado buena para ser cierta. Una de esas tardes de abril, y tras buscar la ruta más barata para empezar la travesía por Asia, compraron los pasajes. Gaelle se les sumaría un poco después. La primera escala sería en Malasia, donde el plan consistía en visitar algo de Kuala Lumpur y luego las famosas Batu Caves, uno de los santuarios hindúes más famosos e imponentes del mundo. Luego, esa misma tarde partirían a Tailandia.

El primer período de amor se trasladó a las fotos que Felipe subió a su cuenta de Instagram, donde aparecen abrazados y felices en medio de imponentes campos verdes, montañas nevadas, mares con fondos turquesa y acantilados. La muchacha, nacida en Liege, la preciosa ciudad colonial, tenía veintiocho años, el pelo rubio y liso, ojos verdes y contextura delgada. Había trabajado como gerente de recursos humanos en algunas empresas y renunciado a las rutinas laborales en su país para emprender también la aventura con la visa Working Holiday. Esos meses de relación fueron intensos en excursiones y paseos, de disfrutar juntos una aventura donde lo escénico, la belleza del país, aparece como el backstage de una historia de amor que empezaba a germinar.

Poco después, en junio de ese año, Felipe y Gaelle se trasladaron a Queenstown, una pequeña ciudad en la Isla Sur famosa por el turismo aventura. Allí Gaelle empezó a trabajar en un centro de esquí. Paralelamente, Fernando también posteaba imágenes de él cocinando y viajando con amigas. Abrazos, amigos, despedidas, amor. Imposible llevarse mejores recuerdos y vivencias.

Por esas jugarretas del destino, la mejor experiencia de sus vidas terminó ese 3 de agosto cuando aterrizaron en Kuala Lumpur, primera escala del viaje por Asia, por lo que ocurriría horas después, la parada final.

“Me vuelvo a encontrar con estas gemelas hermosas”, posteó Felipe en su Instagram. A sus espaldas se exhibían las emblemáticas Torres Petronas.

Fernando hacía lo mismo, pero a la entrada de la Kuala Lumpur Tower, otro rascacielos imponente de la moderna capital. “La primera parada de este viaje. #bendición #blessed #malaysia #Kualalumpur”.

El reloj, sin embargo, no estaba de acuerdo con tanta sincronía vital y ya había echado a andar la cuenta regresiva.

Habían pasado ya más de veinticuatro horas desde que los chilenos habían aterrizado en Malasia y, desde Nueva Zelanda, los amigos que se sumarían al periplo horas después intentaban contactarse con ellos, pero ni Felipe ni Fernando respondían. Se habían borrado del mapa. Irremediablemente, Tasha también.


Adonde sí llegaron los mensajes y de manera veloz fue a Chile. Como una avalancha comenzaron los textos de WhatsApp y decenas de llamados telefónicos con voces angustiadas que daban cuenta del horror que se desarrollaba a miles de kilómetros de distancia.

Carlos Fuentealba fue quien le dio la noticia al papá de Felipe, y luego la hermana de este, Nicole, le avisó a una prima de Candia y a Gaelle, aunque Felipe había terminado la relación con ella poco antes de partir a Malasia.

En ese momento, Gaelle continuaba en el centro de esquí y la noticia la petrificó. No daba crédito a lo que oía. Al verla así su jefe le sugirió que se tomara unos días libres para recuperarse y pensara qué iba a hacer. Ella seguía sintiendo que el chileno era el amor de su vida. Necesitaba tomar una decisión, si regresar a su país y dejar a Osiadacz atrás o cambiar los pasajes y partir a Malasia. Optó por lo segundo.

Felipe y Fernando estaban presos, habían matado a una persona que “los había atacado”, pero ellos “solo querían defenderse”. Esa fue en resumen la información que fueron recibiendo los familiares de Osiadacz y de Candia en Chile. Fernando Osiadacz, su pareja Francisca Cafati, Nicole; Maritza Olcay, Fernando Candia padre, su otro hijo Francisco Candia, estaban perplejos, estupefactos ante una noticia tan incomprensible. Era un mazazo. Un mal sueño. Una estúpida broma. Un absurdo. Si Felipe y Fernando eran personas tranquilas y andaban de viaje, eran turistas y no eran de pelearse con nadie. Era imposible, decían. Lo cierto es que era real, tan real que apabullaba.

Sin embargo, aún faltaban muchos datos sobre los hechos para tener una noción más clara de qué y cómo había ocurrido todo en ese lobby del hotel Star Town Inn.

A grandes rasgos, la historia contada por Felipe y Fernando a su núcleo familiar y a las autoridades locales decía que, tras recorrer la ciudad durante el día, decidieron ir a la calle Changkat a tomarse unas cervezas. Allí los tres amigos anduvieron deambulando por algunos bares. Cerca de las cuatro de la mañana, Fernando se separó de Felipe, quien ya estaba cansado. Candia partió a una discoteque y Osiadacz y Fuentealba se regresaron. Sin embargo, a poco andar, Fuentealba también se despidió de Felipe porque quería comer algo antes de acostarse. Entonces cada uno volvió caminando al hotel por un camino distinto. Separarse habría sido el gran error. Pasadas las cinco de la mañana, Felipe llegó al hotel. No tenía la llave para entrar a la habitación y se sentó en un banco a esperar que llegara Candia, quien apareció en el lobby pocos minutos después con una persona que —decía Fernando— lo había seguido durante unas cuatro o cinco cuadras pidiéndole plata y ofreciéndole sexo. Esa persona era una “transgénero” que se dedicaba regularmente a la prostitución en el área cercana al hotel. Ya adentro del lobby comenzó una discusión a los gritos que fue escalando hasta convertirse en pelea. “El tipo” —como llamaban a la trans— había intentado que Fernando le diera dinero, y como este se negó empezó la pelea que terminó con los amigos reduciendo a la víctima contra el piso mientras le suplicaban al recepcionista que llamara a la policía. En esa espera la habían retenido porque Tasha habría intentado tomar un pedazo de vidrio roto para atacarlos. “Todo había sido sin intención”, decían, “en defensa propia”. En ese lapso había muerto, pero ellos jamás se habían dado cuenta del desenlace fatal. Eso fue, en síntesis, lo que transmitieron a sus familiares, el resumen de un homicidio y sus consecuencias que en ese momento no eran capaces de dimensionar.

En la comisaría de Kuala Lumpur las imágenes desordenadas de esa noche daban vueltas una y otra vez por sus cabezas, quizás buscando reafirmar que no eran culpables, pero eso era algo que tendrían que probar.

Al día siguiente, por la tarde, el cónsul Mason partió a verlos por segunda vez, pero para su sorpresa los detenidos no estaban. Ya habían transcurrido casi treinta y cinco horas desde el homicidio de Tasha y Felipe, Fernando y Carlos fueron llevados al Instituto de Medicina Forense del hospital de Kuala Lumpur para hacerles pruebas toxicológicas, de alcoholemia y ADN. Las muestras se tomaron a las 3:25 de la tarde del 5 de agosto, es decir, un día y medio después de la muerte de Tasha.

Horas más tarde llegó a la estación policial la cónsul de España, Meritxell Parayre. Felipe Osiadacz poseía doble nacionalidad y había ingresado a Malasia usando su pasaporte español, no el chileno, por ende el consulado tenía el deber de asistirlo. Si bien la dejaron visitar a Osiadacz y conversar con él por breves minutos, no pudo entregarle la pasta de dientes ni la comida que le llevaba.

En los oscuros y húmedos calabozos los tres amigos se sentían solos, desesperados, sin tener contacto alguno con el mundo exterior. Así pasó todo ese fin de semana.

El lunes siguiente estaban ansiosos, contaban las horas para salir libres. Un policía les había dicho que así sería, y eso coincidía con lo que algunos agentes les habían manifestado aquella madrugada en el hotel. “No se preocupen, que a lo más van a estar una semana”. Por eso confiaban en que su versión de que “todo había sido un accidente” pronto se aclararía.

Paralelamente, en la sede diplomática chilena comenzaba la urgente búsqueda de un abogado. Tras algunas consultas, se llegó al nombre del experto criminalista Kitson Foong. Era famoso en el círculo diplomático por aceptar casos complejos que involucraban a extranjeros, como el de los hermanos González Villarreal, tres humildes mexicanos condenados a la horca en el 2012 por delito de tráfico y producción de narcóticos. La historia de los culiacanenses se hizo mundialmente conocida cuando en el 2008 los detuvieron, condenándolos a muerte. Después de más de diez años de cautiverio la sentencia fue anulada tras el perdón del sultán Ibrahim Ismail Ibni Almarhum Iskandar Al-Haj, aunque en estricto rigor, cuando eso ocurrió, Foong ya no era parte de la defensa.

Por su precaria educación, su nulo manejo del inglés y sin recursos para obtener un abogado a la altura de la pesada acusación en su contra, estos hermanos se convirtieron en un símbolo de la indefensión y de la mano de hierro con que se aplica el código penal en ese país del Sudeste Asiático. Luego, su situación tendría otra vez notoriedad internacional cuando sorpresivamente fueron puestos en libertad en mayo del 2019.

Amigo de las cámaras y muy suspicaz, en sus treinta años de trayectoria como penalista, Foong, malasio-chino, llegó hasta la comisaría el lunes 6 de agosto y, tras oír el relato de los chilenos acerca de aquella madrugada, sabiendo que faltaba mucha información, hizo un diagnóstico optimista y les dijo que en pocos días estarían libres. Eso al menos es lo que recuerdan los involucrados en la escena. Fueron no más de diez minutos de reunión, pero las breves palabras del abogado los dejaron algo más tranquilos. La situación que enfrentaban era delicada, sin embargo, creían que era poco probable que los acusaran de asesinato.

Aunque aquella percepción se hizo trizas cuando a los doce días del homicidio el cónsul chileno, con expresión muy seria pero empática, les aclaró: “Aquí hay una investigación en curso y es por asesinato. La fiscalía va a presentar cargos y los van a llevar a una cárcel de máxima seguridad. No sé cuánto tiempo puede durar el proceso, pero es grave. La condena por asesinato es la pena de muerte”.

Morir asfixiados, como Tasha, pero en las manos de un verdugo. A eso se enfrentaban.

“Estaban ansiosos por salir inmediatamente, querían el informe forense rápido. ¡Pero si eso era imposible!”, rememora el abogado Foong desde su oficina ubicada en un subsuelo en el suburbio residencial de Bangsar, donde destaca un pizarrón en el que explica los casos a sus defendidos y, en ausencia de ellos, a sus parientes. Una y mil veces le toca aclarar que el sistema legal malasio no se relaciona en lo absoluto con la temida ley islámica, la sharía, que solo se aplica a los musulmanes, no a los extranjeros, como equivocadamente informó parte de la prensa chilena cuando recién había saltado a la luz pública la historia de Candia y Osiadacz.

Hasta 1957 Malasia fue una colonia del Reino Unido, del cual se independizó tras ciento treinta años de colonialismo. El país se divide administrativamente en un sistema federal compuesto por trece Estados y tres territorios federales. Su sistema judicial se basa en el Common Law británico o derecho común, llamado así porque “era común” a todas las cortes del rey en Inglaterra; se interrelaciona con los tribunales de la sharía solo cuando se trata de un musulmán.

Aunque en esta nación no existe oficialmente una “policía religiosa”, como sí la hay en Arabia Saudita y otras teocracias islámicas, existe una institución, la Federal Territories Islamic Religious Department (JAWI), que en la práctica vigila el cumplimiento de la sharía en el país. Así como los tribunales de justicia disponen del apoyo de las fuerzas de policía para velar por el orden público, sus homónimos islámicos cuentan con funcionarios de la JAWI, que de todos modos, y para poder actuar, necesitan la presencia de un policía. Vale decir, si por ejemplo los agentes religiosos quieren entrar a un hotel y sorprender en el acto a una pareja de amantes, deben esperar que llegue un agente policial. Pero las resoluciones de la sharía no se mezclan con las leyes ni los tribunales civiles del país.

Cada Estado en Malasia determina según sus ordenamientos aquellos comportamientos, actividades o prácticas consideradas una ofensa al islam, por lo que los castigos dependerán del lugar donde se cometa la falta. En tres Estados del norte de Malasia la práctica del yoga está prohibida —entre otras restricciones—, de acuerdo con las disposiciones del Consejo Nacional de la Fatwa, instancia encargada de velar por el cumplimiento de las escrituras del Corán.

En Occidente cuesta entender y aceptar que a los musulmanes se los castigue por no cumplir con “la moral” prescrita en sus textos sagrados; o que se los vigile en sus actos más privados; o que exista un teléfono disponible las veinticuatro horas del día para hacer denuncias. Basta que un vecino, un amigo o un anónimo maledicente disque el número apropiado para que los celadores de la “buena conducta” partan raudos a buscar y detener a quienes estén violando la ley que rige las relaciones sexuales prematrimoniales, la infidelidad, el divorcio, la herencia, la tenencia de los hijos y las relaciones sexuales de personas del mismo sexo, entre muchas otras cosas5 .


“Defensa propia”, esa era la idea, el concepto jurídico que los chilenos internalizaban y repetían una y otra vez, algo que no sería tan fácil de demostrar en el juicio. En contra de este argumento que invocaría la defensa se interponían hechos, como que en la pelea habían actuado dos contra uno, que el peso de Fernando —que había aplastado la espalda de Bin Ishak— era mucho mayor que el de la víctima, y en consecuencia la noción de la proporcionalidad en el uso de la fuerza les podría jugar en contra. Otro aspecto clave era comprobar quién había empezado la riña, si ellos o la víctima. Adicionalmente, el personal de la embajada les había explicado que era muy importante descartar que hubiera habido algún contacto previo entre los acusados y Tasha esa noche. Pero para demostrar aquello ante la justicia habría que esperar los resultados de las pruebas de ADN, algo que en Malasia podría tardar meses. También, un punto central era que mientras menos repercusión pública tuviera el proceso, más posibilidades habría de obtener mejores resultados. Para las autoridades de Malasia este era un asunto sensible. Muchos casos anteriores de extranjeros condenados con severas penas por tráfico de drogas terminaron involucrando a sus gobiernos, quienes, en su afán de defender a sus nacionales, ejercieron presiones, lo que hizo que los procesos se filtraran en los medios de comunicación. Tampoco era un tema menor que la víctima haya sido un transgénero, ya que en Chile esto podía ser un caldo de cultivo para el morbo y las especulaciones. No menos preocupante resultaba que las organizaciones LGTB sacaran sus banderas y tomaran esta causa tan sensible como propia.

Por eso, decidieron mantener una férrea discreción, un estricto silencio.

A pesar de que Malasia era su primera destinación en el exterior, el cónsul Mason tenía cierta experiencia; ya que le había tocado asumir la jefatura de la misión diplomática durante diecisiete meses a la espera de que el Gobierno designara a un nuevo embajador. Por lo tanto, entendía cómo se movían los hilos de la diplomacia en un entorno cultural tan diferente. Conocía además otros casos de extranjeros presos y lo complejo que podía ser el proceso judicial que se avecinaba.

En la sede policial, los chilenos aún no internalizaban el abismo en el que estaban sumidos. No había nada definido aún. Tampoco si el abogado Foong sería quien asumiría la defensa. Tenían que esperar que sus familiares tomaran la decisión.

Nicole Osiadacz y Francisco Candia llegaron a Kuala Lumpur cuando ya habían pasado más de una semana tras las rejas. Alcanzaron a visitar a Fernando y Felipe el día previo del traslado a la cárcel de Sungai Buloh. Carlos ya había sido puesto en libertad.

Venían mandatados para conseguir los mejores abogados. Se reunieron con Foong, quien les hizo una detallada exposición de lo que vendría para los chilenos en el futuro. También les dijo que si querían trabajar con él necesitarían confiar en su criterio, que él no contestaba inmediatamente los llamados telefónicos y que ese era su modo de operar. Pero había algo, un dejo de poca transparencia y algunas insinuaciones de que se necesitaba dinero para arreglar o apurar ciertas cosas de manera extraoficial, sugerencia que a Nicole y Francisco les hizo dudar. Kitson Foong definitivamente no sería el abogado que los sacaría pronto de allí. No con esos métodos.

Capítulo 3
LA VIDA SECRETA DE TASHA

Holly came from Miami, F.L.A.

Hitch-hiked her way across the U.S.A.

Plucked her eyebrows on the way

Shaved her legs and then he was a she.

She said, “hey babe, take a walk on the wild side”,

Said, “hey honey, take a walk on the wild side”.

Candy came from out on the island,

In the backroom, she was everybody’s darlin’,

But she never lost her head

Even when she was givin’ head.

Lou Reed, “Walk on the Wild Side”

Más allá de su cédula de identidad, ¿cómo era la víctima que había muerto en medio de sofocos y súplicas de socorro en la recepción del Star Town Inn? ¿Era realmente una prostituta trans acostumbrada a perseguir turistas en plena madrugada? Esas y otras preguntas rondaban en la cabeza de los policías bajo el mando de Faizal Bin Abdullah. Él sabía que las calles Changkat y Bukit Bintang eran un imán de prostitución, pero la investigación recién estaba empezando y necesitaba recopilar todas las evidencias. Había que encontrar la historia de la víctima, sus contactos, videos, medir tiempos, reconstruir las rutas. Eso en la teoría, porque en la práctica —el tiempo diría— sus competencias dejaban mucho que desear.

Mientras eso sucedía, la madre de Tasha era rodeada por sus hijos, que continuaban rezando. Siti Juhar recordaba su cara, el momento del parto y los primeros meses de vida. Le comentaba a su hija Arfah cómo desde pequeño los modos de Tasha no encajaban en el carácter de un varón. Pero con tal cantidad de hijos que cuidar no había tiempo para detalles tales como qué tan rudo o femenino podía ser el menor de ellos. Al final lo que contaba era que su pequeño era un muchacho suave, alegre, sano y colaborador. De hecho, se acordaba que ni bien cumplió los quince años empezó a ayudar a su padre en la tienda de comestibles y a ella a vender postres por el pueblo. Eso continuó hasta que cumplió los dieciocho.

—No hay dinero para tus estudios —le dijo un día su papá.

—No importa. Yo me voy a trabajar a Kuala Lumpur —le respondió.

El patriarca del clan tenía la misión de alimentar a los doce hijos. El dinero escaseaba, razón por la cual eligió cuidadosamente cuáles de ellos podían ir a la universidad. Tasha no figuraba en la lista. El jefe de la familia no toleraba su carácter, sus modos poco masculinos ni los amigos que lo rodeaban. Por eso, de algún modo, la partida de Tasha a Kuala Lumpur fue un alivio para todos en ese momento, en especial para ese padre que no toleraría por mucho tiempo más lo que ya tenía ante sus ojos: un hijo que levantaba todo tipo de rumores en el pueblo. A los pocos meses de dejar Tebal, Tasha les contó que había conseguido un trabajo en un spa y que su vocación era la estética y los masajes.

Cada vez que los visitaba, lo hacía con dinero para repartir, algo imposible de materializar si se hubiera quedado trabajando en Temerloh, donde los sueldos no alcanzaban ni para la mitad que en Kuala Lumpur y donde definitivamente no habría podido dedicarse a vender sexo.

Además, cuando regresaba a su hogar cocinaba, lavaba la ropa, hacía el aseo, cortaba el pasto y podaba las plantas del pequeño y bien cuidado antejardín.

Entre viaje y viaje, con los años su sexualidad se fue naturalizando en su círculo íntimo familiar, al punto que —sin que su padre lo oyera— bromeaba diciendo:

—Mamá, te voy a traer a mi novio. Es muy guapo.

—Nada de eso, deja ya de molestar, tú eres un hombre y así te hizo Alá.

En sus redes sociales, Tasha destellaba glamour a costa de filtros y lujos prestados y esparcidos en las fotos públicas para ser vistas por sus pares y también por los clientes. Era Natasha entre sus amigos y Yusaini Bin Ishak en su documento de identidad. “Modelo”, decía en su presentación en Facebook. Decenas de fotos de primeros planos. Tasha posando majestuosamente en una falsa piel blanca de animal, acostada en un sofá cubriendo su diminuta cintura y sus pechos planos pero abultados, usando dos sostenes a la vez. Natasha sentada sobre una cama con un mínimo vestido rosado con pliegues en la cintura y un tirante del corpiño que se asomaba en su hombro, mirando fijamente y de manera intrigante a la cámara. Tasha vestida de gala con un vestido blanco con incrustaciones de piedra, un escote en V y pendientes largos de brillantes haciendo juego con una corona de reina, tal como se sentía. Ella quería serlo.

En otra imagen se la observaba con un vestido negro, en un primer plano, con el pelo rubio atado en un moño de señora bien y con aros de perla. Su rostro se veía albo, sus labios rosa parecían delgados y sus ojos de un color claro. Nada en aquella foto era demasiado fidedigno: sus ojos eran oscuros, color café, su piel no era tan alba como ella soñaba y sus labios tampoco eran tan finos. Pero ella vivía a diario esa dualidad de querer otras facciones, de poder sacudir cualquier indicio masculino de su cuerpo, algo muy difícil cuando se es transgénero. El mismo deseo que abrazaba Maya, su guardiana en las noches, Maya, la que la cuidaba del peligro a su manera, a la medida de su precario radar. Y la misma que en la última noche de vida de Tasha no se preocupó por saber dónde estaba su protegida cuando esta desapareció.

Loraine, amiga de Tasha, alta, cuerpo delgado, con el pelo negro atado a una cola, cuenta que conoció a Tasha el 2012. Fue Sheryna —una trans muy reconocida en la comunidad LGTB— quien la llevó al mundo de la prostitución y le presentó a las demás compañeras de oficio, las que la recibieron con la dosis habitual de desconfianza ante la llegada de una nueva al barrio. Junto con mostrarle algunos lugares de la ciudad le dieron las instrucciones de cómo conducirse en el universo nocturno, cuál era el guion, qué se hacía con los clientes, cuánto se cobraba y un código fundamental: jamás robar.

—Si quieres hacerlo, no te metas nunca con nosotros —le dijo Loraine seriamente, sentada en un sencillo restaurante. Tasha la miraba con los ojos chispeantes.

Luego vinieron más advertencias. El sexo tenía que ser con preservativo.

—Vendrán algunos clientes que en vez de 200 ringgits por el servicio completo —unos 50 dólares— van a ofrecerte el triple con tal de que no lo uses, pero no aceptes.

También le enseñaron que evitara acompañar a los clientes a hoteles que estuvieran demasiado alejados de la zona donde se instalaban. Para no propiciarlo disponían de un alojamiento barato a menos de cien metros de su puesto de trabajo. Allí, por el equivalente a 10 dólares, se sentían seguras, como en su hogar, y al primer peligro bastaba con dar un solo grito para que las amigas fueran en su rescate. Pero si los interesados no aceptaban ese hospedaje, entonces entre ellas se mandaban por WhatsApp el nombre del alojamiento y el número de habitación. Además, la “guardiana” no se podía desentender de su “protegida” hasta recibir un mensaje de que todo estaba bien, y sobre todo esperarla hasta que regresara. Esas eran, en resumen, las medidas más importantes de seguridad.

El día de su primer trabajo sexual Tasha estaba nerviosa y con miedo. En el callejón sus amigas la esperaban preocupadas, pero también curiosas. Al volver, Loraine la aguardaba, y Tasha no dejó de hablar.

—Estuvo divertido —soltó entre risas como si nada, como si fuera algo completamente habitual.

Pasaba el tiempo y, con un éxito desproporcionado para su poca experiencia, Tasha se fue convirtiendo en la favorita de la zona, la primera en conseguir un cliente. Era práctica y directa.

—Me fue genial. Soy rica —bromeaba cada vez que terminaba su performance sexual y regresaba al callejón. Además, seducía al cliente incitándolo a tener sexo grupal con sus amigas. Lo hacía para que todas ganaran dinero y así no causar resentimiento entre sus pares con años de oficio, pero que jamás habían tenido igual éxito.

Durante dos años Tasha y Loraine se mantuvieron cerca de la calle Bukit Bintang hasta que, tras una redada —en la cual la policía se llevó a varias de ellas presas—, se cambiaron de lugar, aunque a pocas cuadras.

En esa época Tasha compartía una casa de tres habitaciones con Loraine y otra amiga, llamada Opi, en la zona de Ampang, a unos treinta minutos de allí. Durante el día dormían, luego hacían el aseo, salían a almorzar y otra vez a prepararse para una nueva noche de sexo. El barrio era seguro, pero los vecinos musulmanes solían denunciarlas. “Lo que pasa es que acá en Malasia estamos estigmatizadas, todos nos describen con malas palabras, nos ven de manera distorsionada. Somos prostitutas, pero sobre todo somos musulmanas y cumplimos con el ayuno. Nos dicen que nos vamos a ir al infierno, nos miran mal, nos insultan, pero no tienen derecho a juzgarnos”, dice Loraine.

Era cierto. Bastaba una simple ojeada a los diarios para darse cuenta que para la mayoría de las autoridades políticas y también religiosas, las transgénero —trabajaran en lo que trabajaran— eran un foco del mal cuyas conductas impropias estaban penadas por la ley de la sharía. Aunque había un puñado de ellas que básicamente eran “toleradas” públicamente por su poder en las redes sociales6 .

Si en países vecinos como Filipinas los homosexuales eran parte de la comunidad y la identidad sexual no era ni siquiera un tema, en Malasia se aplicaba mano de hierro con los transgénero, a quienes, por lo demás, les resultaba muy difícil conseguir un empleo formal.

El negocio iba bien, pero Tasha y Loraine ambicionaban más. Por eso, y tras hacer algunas averiguaciones, partieron a Singapur, la pequeña nación fronteriza que antiguamente perteneció a la Federación de Malasia y que recién alcanzó su independencia en 1965, erigiéndose en unas décadas en uno de los países más desarrollados y sofisticados del mundo. Este tigre asiático era un terreno fértil para las “panteras” nocturnas. Pronto descubrieron que allí podían llegar a ganar hasta 4000 dólares al mes, razón más que suficiente para que durante tres años se haya convertido en un lugar del que iban y venían con regularidad, instalándose en las Orchard Towers. Este edificio blanco y rectilíneo se ubicaba en una zona muy turística, repleta de bares y discoteques, donde proliferaban prostitutas y el comercio sexual de todo tipo, un área que acogía al tráfago de extranjeros de todas las edades y proveniencias buscando placeres sexuales. El interior de las famosas torres era un mall como cualquier otro del mundo, con sus escaleras mecánicas y sus tiendas, solo que en sus primeros pisos, en vez de objetos como ropa o carteras, se vendía sexo y abundaban los cabarets y prostíbulos con las mujeres y transgénero como carnadas en la entrada de cada local. Dinero “fácil”, en apariencia, pero arriesgado de conseguir cuando se era extranjero, como era el caso de Tasha y Loraine.

Como todo en Singapur, la prostitución también estaba reglamentada. Para trabajar en la calle se debía contar con un pasaporte sanitario —que debían renovar mes a mes— y pasar antes por una entrevista con autoridades estatales, quienes entregaban una licencia amarilla que facultaba para ejercer el trabajo sexual, y luego se notificaba a la policía. Pero las compañeras tenían un impedimento importante: ese protocolo laboral no se aplicaba ni a musulmanes ni a malasios y, en consecuencia, eran ilegales, y si la policía las descubría se las llevarían presas.

Igual que en Kuala Lumpur, las amigas esperaban a los clientes en la calle, pero vestidas un poco más elegantes. El nivel era otro, había muchos clientes riquísimos pero que, al igual que en Malasia, a veces no querían meterse la mano al bolsillo y pagar. Con su carácter fuerte y a ratos fiero, Tasha los desafiaba y no los soltaba hasta que le entregaran el dinero que ella se había ganado. Eso sí, tenía que controlar su ira porque, como no tenía sus papeles en regla, si el asunto terminaba en una pelea en segundos llegaría la policía y todo terminaría mal.

Las noches finalizaban con las primeras luces del sol mientras en el horizonte se recortaba el magnífico skyline de la capital de este minúsculo Estado. Entonces Tasha y Loraine daban por finalizado el trabajo, se iban a tomar un contundente desayuno y luego a dormir. Fue precisamente en esa época, en 2015, cuando murió su padre. Su familia le avisó pero Tasha no dio señales de vida. Recién tres meses después del funeral, ya de regreso en Tebal, les explicó que estaba de viaje, “turisteando” en Singapur, y que por eso nunca recibió los mensajes.

Había días en que Loraine no quería trabajar. Por eso, a Tasha no le quedaba más remedio que partir de cacería sola.

—No pelees con los clientes y ten sexo seguro —le imploraba su amiga dos años mayor.

Las rutinas nocturnas llegaron a su fin el día en el que a Loraine la atrapó la policía y la amenazaron con que si la sorprendían otra vez se iría a la cárcel.

—Si no me dices la verdad, te vamos a dar seis años de prisión y hasta te pueden condenar a la horca —le dijo en ese momento el oficial a cargo.

Un día después, y antes de dejarla en libertad, el mismo policía le advirtió:

—Eres de Malasia, acá estás de manera ilegal, así que nos vamos a quedar con tu pasaporte.

Después de semejante peligro, al volver al hotel le advirtió a su compañera:

—Tienes que irte ya mismo.

Tasha no lo dudó, armó su valija, se fue a toda prisa al aeropuerto y antes de partir le mandó un mensaje de texto a su amiga:

Fuck off Singapur.

Ya de regreso en Kuala Lumpur, retomó su oscuro callejón y alternaba su vida entre su pueblo y la capital. Le gustaba bailar y divertirse en el club Zion en Changkat, su favorito, donde la música electrónica y las metanfetaminas transformaban la noche en una voluptuosa ensoñación caleidoscópica.

Sin embargo, con el paso del tiempo las drogas fueron separando a las amigas, ya no se divertían como antes, y a Loraine los excesos de Tasha la fueron cansando.

En esa misma época Tasha conoció a un árabe llamado Kahled quien —aparte de ser un amor tortuoso— le regalaba drogas. “Vivían peleando, él le pegaba, pero ella siempre se defendía. La droga la volvía muy agresiva porque ‘limpia’ era otra persona. Yo la retaba mucho y ella me contestaba que sin las drogas no habría tenido la energía para soportar este trabajo. Pero me daba rabia que no entendiera que además era muy peligroso que la policía agarrara a Tasha y que al revisar su cartera se la encontraran llena de pastillas”, dice Loraine.

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9789563248203
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