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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

E-pack Bianca, n.º 219 - octubre 2020

I.S.B.N.: 978-84-1375-239-6

Índice

Portada

Créditos

Secreto desvelado

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Si te ha gustado este libro…

Pasión y fuego

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Después de la venganza

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Reina de conveniencia

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Epílogo

Si te ha gustado este libro…


Capítulo 1

PERDONE, señor –dijo su secretario con la inseguridad que siempre conseguía transmitir el alcance de sus sentimientos.

Pascal Furlani los compartía.

Y no era un hombre que normalmente aceptara la existencia de los sentimientos, a no ser que lo beneficiaran de algún modo.

–Me he tomado la libertad de elaborar otra lista de candidatas –prosiguió Guglielmo en el mismo tono, porque no era de esos secretarios que temían dar a conocer sus opiniones, sentimientos o pensamientos– ya que en la última hubo varias que usted desaprobó.

Pascal sabía que era una indirecta. Estaba de pie, pero no frente a la ventana que daba a uno de los barrios más ricos de Roma, sino al lado del tabique de cristal de su moderno despacho que lo separaba del resto.

Pascal sabía perfectamente cómo era la vieja ciudad de tres mil años de edad, desde sus calles olvidadas a sus piazze más famosas. Sabía lo que era criarse con estrecheces a la sombra de las ruinas de antiguas glorias, y en lo que la ciudad lo había convertido: un canalla que solo reconocía sus legítimos aciertos y daba la espalda a sus errores.

Se había ganado cada centímetro de las vistas panorámicas de su despacho, pero aún estaba más orgulloso de lo que había conseguido en la Furlani Company.

Consideró que iba bien encaminado cuando su fortuna personal superó no solo la de su padre, sino la de todos sus hijos legítimos juntos. Lo había logrado el primer año después del accidente.

El accidente.

Pascal apretó los labios con desagrado al recordar la época de su vida que más deseaba olvidar, el periodo en que había estado a punto de perderse por completo.

Nunca olvidaría que su padre lo había apartado de sí como si fuera un desecho. Se negaba a perdonarlo. No ansiaba vengarse. Prefería dominar desde lejos y demostrar a su padre exactamente el mismo interés que él le había demostrado. Y no había vacilado en su propósito desde que era un niño, salvo en aquel lamentable invierno.

No todos podían decir que habían resurgido de sus cenizas, no de forma metafórica, sino literal. Pascal se llevó los dedos a las cicatrices de la mandíbula, producto del accidente de coche que lo había dejado marcado para siempre.

Le gustaban porque le recordaban quién era y lo cerca que había estado de olvidarse de su propósito y ambición por lo que, al final, había resultado ser una leve tentación.

Aunque los recuerdos de aquella época no eran precisamente leves.

De todos modos, el despacho le recordaba la dirección en la que se encaminaba, lo que había construido con sus manos y su fuerza de voluntad. Reforzaba sus objetivos, todos ellos elegantes y caros, y cada uno dirigido intencionadamente a un padre indiferente y a la memoria de una madre perdida que lo había abandonado a su destino simplemente con un leve encogimiento de hombros.

No tenía ninguna intención de olvidar cada uno de los momentos que lo habían llevado hasta allí.

–Si mira la tableta –la plácida voz del secretario lo sacó de sus pensamientos– he seleccionado a varias herederas y las he ordenado en función de su situación social.

Pascal se volvió, había llegado el momento de dar el siguiente paso y buscar esposa.

Nada tenía que ver que deseara casarse o no. Una esposa lo haría parecer más estable, más asentado, lo que algunos de su clientes más conservadores preferían. Una esposa lo mantendría alejado de la prensa sensacionalista, lo que, ciertamente, prefería el consejo de administración. Y una esposa le daría herederos legítimos de su fortuna y poder.

Se moriría antes de someter a un hijo suyo a lo que él había sufrido, especialmente a no poder llevar el apellido paterno.

Además, casarse acabaría con las murmuraciones en el consejo de administración: que Pascal, soltero y con un sano apetito, avergonzaba a la empresa y que era menos de fiar que otros consejeros delegados, casados y con hijos legítimos.

Nadie mencionaba a las amantes y los hijos bastardos, por supuesto.

Pascal dejó de acariciarse la mandíbula. Sus cicatrices lo estaban poniendo demasiado sensible.

«Ha llegado diciembre», le susurró una voz interior.

Sabía qué época del año era y por qué no dejaba de pensar en el accidente y en las llamas que habían estado a punto de acabar con él. Pero no tenía intención de celebrar el aniversario.

Nunca lo hacía.

Miró a su secretario que lo esperaba impaciente.

–¿Por qué crees que ese grupo de famosas de clase alta, desesperadas y avariciosas, me va a resultar más atractivo que el anterior?

–¿Buscamos que le resulten atractivas? Creí que queríamos que fueran adecuadas.

Pascal estaba seguro de que su secretario había comenzado a esbozar una sonrisa de suficiencia, aunque sin llevarla hasta el final.

–Cuidado, Guglielmo –murmuró– o voy a empezar a sospechar que no te tomas esta tarea con la seriedad que deberías.

Volvió a su escritorio. Guglielmo le indicó la tableta, que estaba en el centro, y Pascal reprimió un suspiro mientras la agarraba y comenzaba a mirar la lista.

Lady tal, hija de alguien con pedigrí; la hija de un filántropo chino; dos francesas de distintas familias relacionadas con antiguos reyes; una heredera argentina, hija de un rico ganadero…

Todas eran hermosas, a su manera, y todas con alguna clase de talento. Una dirigía su propia organización benéfica; otra tocaba la flauta en una orquesta de fama mundial; otra se dedicaba a misiones humanitarias… Y ninguna había aparecido en la prensa sensacionalista.

Pascal se negaba a tener en cuenta a ninguna por la que pudieran interesarse los paparazis. No quería escándalos, ni oscuros secretos que se desvelaran en el momento menos oportuno. Ni esos, ni secretos de ningún otro tipo.

Él mismo era un escándalo. Su vida había sido, primero, un secreto; después un shock. Su nacimiento ilegítimo y la firme negativa de su padre, un magnate naviero, a reconocerlo podían considerarse otras cicatrices al otro lado del rostro. Siempre se había sentido marcado por las circunstancias de su nacimiento y las malas decisiones de sus padres.

Por tanto, su esposa, no podía presentar mancha alguna.

–No parece contento –dijo Guglielmo con sequedad–. Pero debo volver a recordarle que una heredera sin mácula, de razonable posición social, constituye un recurso finito, que tal vez hayamos agotado.

–He quedado con la última de la selección anterior esta noche –le recordó Pascal.

–Yo mismo hice la reserva, momentos después de que me dijera que la cita que había tenido con otra de las mujeres de la lista había resultado, según sus propias palabras, «atroz».

–No se parecía a la fotografía.

–Por desgracia eso forma parte de la cultura digital que ahora…

–Guglielmo, en la foto que me enseñaste tenía un aspecto dulce, era rubia y vestía de forma conservadora. Y apareció con una cresta azul y rosa y llena de tatuajes. Me gustaba más así, para serte sincero, pero no puedo presentarme con una princesa punk en el consejo de administración. Si pudiera, lo haría.

–La mujer a la que va a ver esta noche tiene una importante presencia en las redes sociales y no parece punk en absoluto. Lo he comprobado.

–Tal vez me quede prendado de ella y todo esto resulte innecesario.

–La esperanza es lo último que se pierde –murmuró Guglielmo.

Una vez que su secretario se hubo marchado, Pascal no se dedicó a realizar ninguna de las numerosas tareas que requerían su atención, sino que se sentó al escritorio porque, de nuevo, lo único que tenía en la cabeza era a ella.

Su ángel de misericordia. Su mayor tentación.

La mujer que casi lo había hecho naufragar.

«Es diciembre», se dijo. «Siempre me pasa lo mismo en diciembre. Cuando empiece el nuevo año, ella desaparecerá, como hace siempre».

El teléfono sonó y lo devolvió a la realidad alejándolo de aquel pueblo del norte en un valle olvidado de los Dolomitas, donde se había estrellado y había estado a punto de arder, en sentido literal.

Y ella lo había cuidado y devuelto a la vida.

Y, desde entonces, su recuerdo lo había perseguido.

Esa noche, dejaría atrás el pasado y se concentraría en el siguiente paso de su glorioso futuro.

Mucho más tarde, la mujer con la que se había citado le dijo:

–Creo que es importante que fijemos unos límites claros desde el principio.

Había llegado tarde, muy pagada de sí misma por pertenecer a la nobleza danesa. Había entrado en uno de los restaurantes más caros de Roma con expresión de desagrado, como si Pascal le hubiera sugerido que se vieran en un restaurante americano de comida rápida. Su actitud no había mejorado al tomar el aperitivo.

–Es evidente que lo importante de cualquier fusión es asegurar la línea sucesoria.

–¿La línea sucesoria?

–Estoy dispuesta a comprometerme a tener un heredero y un hijo más –afirmó con altivez–. En un periodo de cuatro años. Y creo que lo mejor es que acordemos por escrito que la procreación debe llevarse a cabo en circunstancias controladas.

Pascal estaba convencido de que había tenido conversaciones más románticas en áreas industriales.

–Ya tengo un excelente especialista en fertilidad, discreto y capaz, que se ocupará, para satisfacción de todos, que el ADN correcto pase a la siguiente generación.

Pascal parpadeó. Había tenido cenas en que le habían sonreído tontamente; otras claramente sexuales, con acercamientos francos y directos. Pero aquello era nuevo, tan mecánico.

–Me miras como si hubiera dicho algo asombroso –dijo la mujer.

–Perdona –Pascal intentó sonreír–. ¿Me sugieres que procreemos en un laboratorio, en vez de como lleva siglos haciéndose?

–Esto es un acuerdo de negocios –respondió ella, con aspecto más severo que antes, si aquello fuera posible–. Espero que encuentres satisfacción en otro lado, como haré yo. Con discreción, por supuesto. No soporto el escándalo.

–Nada menos escandaloso que un matrimonio sin sexo, naturalmente.

–No hay necesidad alguna de ensuciar un matrimonio perfectamente funcional con eso.

–Has pensado en todo.

Más tarde, después de haberse despedido de la mujer con una leve inclinación de cabeza y la falsa promesa de volver a ponerse en contacto con ella, despidió al chófer y echó a andar.

Roma era su recompensa. La ciudad de su nacimiento y de su miserable infancia, donde se había convertido en un hombre y se había enrolado en el ejército para conseguir lo que sus padres no le habían dado: disciplina, una vida, una carrera. Le había parecido una buena solución.

Hasta esa noche de diciembre parecida a aquella, hacía ya seis años, en que, había actuado por capricho. Llovía en Roma, por lo que pensó que estaría nevando en los Dolomitas y decidió ir a aprender a esquiar.

Se rio al pensarlo, mientras cruzaba la Piazza Navona y su mercado navideño, abarrotado de turistas y habitantes de la ciudad.

La noche era fría y húmeda. Hacía un tiempo ideal para preguntarse cómo había acabado con aquella mujer tan fría y aséptica esa noche. ¿A eso había quedado reducido él? ¿A un experimento de laboratorio disfrazado de matrimonio?

Sabía que debía casarse, pero se había imaginado que sería algo más cálido y cordial.

No tenía la intención de seguir los pasos de su padre. Una vez casado, no engañaría a su esposa. No buscaría satisfacción en otro lado.

No tenía la intención de crear otra mujer como su madre, tan frágil y perdida que era incapaz de cuidar a su hijo. Y no se arriesgaría a tener un hijo ilegítimo.

La mera idea lo ponía enfermo.

Le sonó el móvil en el bolsillo. Seguro que sería Guglielmo para saber cómo había ido una más de aquellas insoportables citas, que eran poco más que sesiones de examen. Pascal seguía creyendo que podía dejarse de esas tonterías, pedir exactamente lo que deseaba y conseguirlo. Si había sido así en los negocios, ¿por qué no en el matrimonio?

No contestó la llamada.

Se perdió en el caótico abrazo de la ciudad. Roma era un monumento en continuo cambio, llena de contradicciones. En ella se sentía vivo. Era donde había llegado a entender que su existencia era una afrenta para algunos y donde había aprendido a darle sentido.

Caminar por Roma siempre lo calmaba. Y en los años oscuros lo había mantenido vivo.

Por eso no había motivo alguno para verse acosado por los recuerdos de un pueblecito de escasos habitantes, rodeado de altas montañas, donde había llegado destrozado.

Se detuvo en una fuente en un patio escondido y alejado del ruido de la calle principal. El agua caía de los labios de un viejo dios de piedra y, en la oscuridad, hubiera jurado que veía el reflejo de ella en el agua, del mismo modo que siempre la veía en su cabeza.

La dulce Cecilia, mitad ángel, mitad enfermera. Una mujer tan encantadora e inocente que él había estado a punto de traicionar todas las promesas que se había hecho a sí mismo y de quedarse allí, rodeado de aquel imponente silencio.

La mera idea era absurda. Era Pascal Furlani. No estaban hechas para él las delicias pastorales de un remoto pueblo de montaña sin interés para nadie, salvo para quienes habían vivido allí a lo largo de los siglos o para quienes formaban parte de la tranquila abadía, que también llevaba allí desde el comienzo de los tiempos.

No estaba hecha para él una vida olvidada y escondida.

Suponía que ella ya habría tomado los votos y que sería monja, como el resto de las mujeres de la orden. O tal vez la última noche que él había pasado allí había supuesto su caída. ¿Se habría quedado ella o habría ocupado su puesto fuera de los muros de la abadía? Tal vez ahora viviera en el propio pueblo o en el campo, con algún granjero. Habría dedicado la vida a Dios o estaría casada, y estaría irreconocible.

Igual que él.

A Pascal no lo perseguía el recuerdo de su niñez. Había llorado la muerte de su madre y la había enterrado con mucho más respeto del que ella le había mostrado en vida. Rara vez pensaba en su padre.

Nunca miraba atrás.

Salvo en el caso de Cecilia.

Su fantasma personal.

–Basta –murmuró. Se sacó una moneda del bolsillo, la lanzó al aire y la observó caer al agua. La última decisión imprudente la había tomado la noche en que había conducido como un loco a aquellas montañas buscando una estación de esquí. El ejército le había concedido un permiso y se le había ocurrido la idea.

No llegó a ninguna estación de esquí. Al tomar mal una curva en un puerto de montaña, el coche había comenzado a dar vueltas de campana. Él había salido despedido por el parabrisas con mucha fuerza, razón por la que había sobrevivido.

El coche se había incendiado y él habría ardido también de no yacer entre la vegetación.

El fuego había alertado a los habitantes del pueblo, que habían acudido en aquella oscura noche de diciembre, lo habían recogido e instalado en lo que hacía las veces de hospital local, en la abadía, donde las monjas lo habían cuidado.

Pascal estuvo escayolado y desvariando durante semanas. Después tuvo que aprender a moverse de nuevo, cuando le quitaron la escayola de las distintas partes del cuerpo.

Y el mayor peligro que corrió no fue arriesgarse a padecer una infección ni la tardanza de los huesos en soldarse; tampoco la baja del ejército ni la nueva vida que se vio obligado a concebir mientras estaba tumbado e inmóvil en la cama.

Fue que la vida en aquel pueblo apartado le gustaba, le parecía fácil y buena.

Quedarse allí había sido la mayor tentación de su vida.

Y su monja preferida fue, en parte, la causante.

No era monja del todo, se dijo, con las manos en los bolsillos mientras contemplaba la fuente, sino una novicia, joven, dulce e inocente hasta que lo había conocido.

Pero al recordar lo sucedido entre ambos aquella noche de insoportable pasión que aún lo conmovía, después de tantos años, pensaba que era ella la que lo había corrompido.

Él era el dueño del universo, desde luego, pero allí estaba, en un rincón perdido de una de las grandes ciudades de la Tierra, con el mundo literalmente a sus pies y el rostro de ella en sus recuerdos.

Era escandaloso e inaceptable.

Pascal se dirigió a su casa, tres plantas de un edificio de fachada antigua que había reformado a su gusto, en estilo moderno.

Al llegar al edificio no entró, sino que fue al garaje y, casi sin pensarlo, se montó en uno de sus coches y se dirigió al norte. Esa vez no estaba borracho ni era tan insensato como seis años antes, pero un coche tan rápido se tenía para usarlo.

Condujo seis horas, hasta el amanecer. Se detuvo a desayunar al llegar a Verona y llamó a Guglielmo para decirle dónde estaba.

–¿Puedo preguntarle qué hace tan lejos del despacho? ¿Debo suponer que su cita de anoche no fue tan bien como esperaba?

–Puedes suponer lo que quieras.

Mientras se tomaba un segundo café, se preguntó qué estaba haciendo. Obtuvo la respuesta al volver a la carretera.

Los meses pasados al cuidado de las monjas de la abadía habían sido los únicos en que recordaba haberse alejado de quien él era en realidad, y lo contrariaba amargamente. Cecilia lo había hechizado. Era una bruja con hábito de monja.

Cuando volvió de la montaña y recordó quién era, se dijo que se había librado de ella. Y lo creía en serio. Se dedicó a crear la empresa y a llevar a cabo todo lo que había soñado.

Sin embargo, parecía que no podía pasar página. Por muchos imperios que construyera, por mucho dinero que ganara, el rostro de ella lo seguía persiguiendo.

Había llegado la hora de exorcizarlo.

Dos horas después llegó a la misma montaña en la que había estado a punto de morir. Era una mañana fría de otro diciembre y circuló con mucho más cuidado por la carretera que la vez anterior.

Se detuvo al llegar a la cima a contemplar el pueblo ante él.

Parecía sacado de un cuento. Parecía un sueño a la luz matinal. Lo rodeaban montañas nevadas y, abajo, en el pequeño valle, campos que recorría un río. El centro del pueblo era un grupo de casas con siglos de antigüedad. La iglesia se hallaba en un extremo del pueblo, la abadía detrás y, unida a ella, el hospital en el que se había recuperado. Lo estuvo contemplando un buen rato mientras se acariciaba las cicatrices.

Sintió horror al pensar que un hombre como él, criado en una de las ciudades más frenéticas del mundo, por no hablar del estilo de vida que ahora llevaba, se hubiera imaginado que podía quedarse allí.

Era increíble.

Arrancó de nuevo y descendió al valle.

Todo estaba igual que lo había dejado.

No había razón alguna para que el corazón le latiera desbocado mientras seguía la carretera de la iglesia. Encontraría al viejo párroco y le preguntaría por Cecilia. Seguro que volverla a ver le resultaría horroroso y, después, se marcharía.

La verdad era que había recorrido una gran distancia para algo en lo que creía que solo tardaría unos segundos. Debería haber enviado a Guglielmo o a otro subordinado que le hubiera dicho si Cecilia seguía allí. De hecho, no tenía que haber conducido durante la noche como un poseso. Podía haber tomado el helicóptero de su propiedad y aterrizar en el campo que había detrás de la iglesia, el mismo que estuvo viendo durante semanas desde la cama del hospital.

No era de extrañar que se hubiera obsesionado con la novicia que lo cuidaba. No tenía nada más que hacer, salvo según la madre superiora, rezar.

«Más vale acabar de una vez», se dijo.

Se bajó del deportivo. Ya había entrado la mañana y, aunque el día era claro, soplaba un viento helado desde las montañas. Y él estaba vestido para una elegante cena en Roma, no para un viaje al interior.

Se ajustó la chaqueta del traje de dos tirones impacientes. El pueblo parecía desierto. Si la memoria no lo engañaba, los habitantes no solían salir antes de la tarde, y a veces ni eso. Las monjas habían elegido bien: aquel valle era un lugar ideal para el silencio contemplativo.

Subió los escalones de la puerta de la iglesia. La empujó y entró. Olía igual. Parecía la misma.

«¿En qué año estamos?», se preguntó.

Aunque la iglesia no hubiera cambiado en un siglo, él lo había hecho, y mucho, desde que se marchó de allí.

Oyó un ruido. Avanzó unos pasos y vio a una mujer fregando arrodillada el suelo del altar, de espaldas a él.

La mujer no se volvió cuando él avanzó por la nave, lo que dio la oportunidad a Pascal de recordar todas las veces que había recorrido aquella nave; todas las que el párroco lo había animado a mirar dentro de sí para cambiar, en vez de seguir mirando hacia fuera.

«¿Qué sentido tiene todo ese poder que anhelas, si tienes el corazón vacío?», le había preguntado el hombre.

«¿Qué sabe usted del poder o del corazón?», le había respondido él. Y se había reído.

Pero las palabras del anciano constituían otro fantasma del que nunca había podido deshacerse.

Se detuvo a unos metros de la mujer esperando que dejara de fregar, porque tenía que haberlo oído. Pero ella no lo hizo, ni siquiera cuando él carraspeó.

–Disculpe que la moleste, signorina.

Ella se sentó sobre las rodillas, se quitó los auriculares y se volvió a mirarlo sin levantarse. Y todo se detuvo.

Ese rostro.

Su rostro.

Llevaba años viéndolo.

Conocía cada milímetro de aquel rostro en forma de corazón y de aquel cabello castaño. Conocía aquella boca generosa y la delicada nariz.

Conocía a esa mujer, su ángel de misericordia y el fantasma que llevaba años persiguiéndolo.

Era Cecilia. Su Cecilia.

–Por Dios –susurró–. Eres tú.

–Soy yo –replicó ella con voz dura.

Y él se percató de que sus ojos de color violeta brillaban de forma asesina al mirarlo.

–Y no vas a quedarte con él.

Capítulo 2

CECILIA Reginald conocía muy bien el miedo y la desilusión.

Allí estaban cuando, muchos años antes, una señora inglesa, supuestamente su madre, se había alojado en la única pensión del pueblo un fin de semana, bajo nombre falso, y se había marchado dejando abandonada a su hija de tres años.

Cecilia siempre había sabido que era prescindible, aunque recordaba muy poco de aquella primera vida perdida. Del mismo modo que sabía que Pascal Furlani, que había prescindido de ella, pero eso lo recordaba perfectamente, volvería.

Al principio, soñaba con su regreso, lo deseaba fervientemente, como si hubiera desaparecido del pueblo por error. Porque suponer que él haría lo correcto, y era lo que había supuesto, habría resuelto sus problemas de forma limpia y ordenada. Porque su vuelta habría dado sentido al caos en que se había convertido su vida tras su partida.

Y porque se imaginaba que estaba enamorada de él.

Pero él no se había dignado a romper con su meteórico ascenso a la riqueza para volver. Entonces, ella habría recibido su regreso con placer. En lugar de eso, volvía ahora, cuando ella menos lo deseaba. Y no solo porque ya no creyera en algo tan infantil como estar enamorada.

–¿Quién es «él»? –preguntó Pascal–. ¿Y por qué te imaginas que quiero quedarme con «él», sea lo que sea lo que eso signifique?

A ella no le pasó desapercibida la afrenta en aquella voz profunda que había hecho lo posible por olvidar.

Seguía arrodillada en el suelo, apoyada en los talones. Tenía que alzar la cabeza para mirarlo. Le pareció más alto de lo que recordaba, mientras que se imaginaba que ella le parecería consumida e infinitamente endurecida por los años, porque así era como se sentía.

Años antes tenía fe. Creía que la gente era fundamentalmente buena y que las cosas le saldrían bien, aunque fuera una niña abandonada.

Pero había aprendido la lección.

Pascal, en cambio, parecía recién salido de una de esas revistas cuya existencia ella fingía no conocer y que hojeaba para ver su rostro. Se había convertido en hombre altivo y arrogante, que no se parecía en absoluto al hombre destrozado al que ella había cuidado con alegría.

Si no fuera por las cicatrices a la izquierda de la mandíbula, que ella sabía que continuaban hasta el pecho, aunque las recordaba más rojas e inflamadas que las líneas blancas que veía, le hubiera sido difícil imaginar que algo había afectado a aquel hombre.

Y mucho menos ella.

Al pensarlo, tuvo ganas de echarle por encima el cubo de agua sucia para estropearle el precioso traje que llevaba con tan inconsciente y masculina elegancia.

¡Cómo lo odiaba!

Le había resultado fácil burlarse de aquellas fotos suyas, decirse que estaba mucho mejor sin un hombre que iba a semejantes sitios, con semejante gente y vestido de aquella manera, con una ropa que costaba un dinero que ella nunca tendría ni por asomo. Un dinero que ni siquiera deseaba tener, porque era corrosivo.

Siempre había llevado una vida sencilla. Las cosas se le habían complicado seis años antes, pero de todos modos, su vida era sencilla.

Y nada referente a Pascal Furlani lo era.

Tampoco su forma de reaccionar ante él.

Cecilia había olvidado que su presencia llenaba el sitio en que se hallaba, la habitación del hospital o, ahora, la iglesia, simplemente estando allí, con los negros ojos brillándole

El problema era lo fascinante que resultaba.

Había cambiado desde su marcha del hospital. Había ganado peso y parecía sólido, grande y fuerte, con poderosos músculos que indicaban cuánto cuidaba su cuerpo.

Pero Cecilia no quería pensar mucho en su cuerpo.

El cabello negro era el que recordaba. Lo llevaba muy corto y aumentaba la fascinación de sus negros ojos.

Parecía un centurión romano de nariz aquilina, labios sensuales y rasgos graves e impasibles.

Y ella odiaba saber cuál era su sabor.

–No eres bienvenido –le dijo–. Se lo dejé claro a tus espías. No hacía falta que vinieras hasta aquí.

–No tengo espías, Cecilia.

–Llámalos como quieras –quería levantarse, pero se contuvo porque hacerlo haría aún más evidente que a ella le frustraba la diferencia de poder. Así que se quedó inmóvil, mirándolo de forma desafiante, como si fuera él quien estuviera en el suelo.

–Me dijeron que formaban parte del consejo de administración de tu empresa. Me perdonarás si supuse que tenían algo que ver contigo. ¿O de verdad esperas que me crea que dos visitas, la tuya y la de tus subalternos, en tres semanas son una coincidencia?

–¿Han estado aquí miembros del consejo de administración?

Ella tardó unos segundos en asimilar su forma de decir «aquí», como si aquel pueblo, en el que había estado a punto de morir y había vuelto a nacer, estuviera tan por debajo de él que lo consternara la mera idea de que alguien de su consejo de administración lo visitara.

–Voy a decirte lo que les dije. No tienes nada que hacer aquí ni conmigo. Te marchaste. Así que no deberías haber vuelto ahora, sea cual sea la razón. No lo permitiré.

Los oscuros ojos de él brillaron.

–¿Ah, no?

–¿Qué quieres, Pascal? –preguntó apretando los dientes.

Él la miró desde su irritante altura.

–Creo que he venido a deshacerme de antiguos fantasmas.

–No reconocerías un fantasma aunque apareciera a los pies de tu cama, envuelto en cadenas y diciendo tu nombre con un gemido.

–¿Crees que tu recuerdo no me ha perseguido durante estos años, cara?

A ella no le gustó el apelativo cariñoso, como si fuera una cuchilla afilada con la que la quisiera cortar.

–Pues aquí estoy, a pesar de haberme jurado que no volvería.

–Pues te sugiero que te vuelvas por donde has venido y mantengas tu juramento.

Él no aceptó la sugerencia, sino que se quedó donde estaba y la examinó durante unos segundos.

–No sé por qué le interesas al consejo de administración de mi empresa –dijo al cabo de lo que a ella le pareció una eternidad–. No he mantenido en secreto esa parte de mi vida. Todos saben que estuve a punto de morir en las montañas y que aquello me cambió profundamente. He hablado de ello con frecuencia. ¿Por qué han venido ahora? ¿Qué esperaban encontrar, además de a una antigua amante?

Cecilia se quedó sin aliento. No se imaginaba cuál sería la expresión de su rostro. «Una antigua amante». ¿Era eso todo lo que ella significaba para él?

Pero trató de serenarse. Debía hacerlo, no reaccionar ante la opresión que sentía en el pecho, la dificultad para respirar ni la aceleración del pulso.

Todo ello lo atribuía al miedo, mientas Pascal la miraba con arrogancia e impaciencia. Sin duda se trataba de pánico. Una extraña sensación, muy parecida a la anticipación, de que sus peores miedos iban a tomar forma, lo quisiera o no.

Esa reacción la entendía. Le preocupaban más las otras, sobre todo esa sensación, en el bajo vientre, de que se derretía, porque le indicaban la terrible verdad de lo que sentía ante la vuelta de Pascal y que intentaba negar desesperadamente.

Se levantó y al hacerlo se alegró de parecer quién y lo que era: una mujer que se ganaba la vida fregando suelos. En nada se parecía a las mujeres consentidas que siempre iban del brazo de Pascal en las revistas. No era como ellas ni nunca lo sería. No era elegante. Los vaqueros le quedaban grandes y estaban rotos y sucios. Llevaba una vieja camiseta debajo de la camisa de manga larga que se había atado a la cintura. Su cabello estaba hecho un desastre, a pesar de llevarlo recogido con un viejo pañuelo.

Suponía que su aspecto sería trágico para alguien como él. Sin duda se estaría preguntando cómo se había rebajado a tocarla. Ella se hacía la misma pregunta.

Pero eso era bueno, porque debía marcharse para no volver. Y si ahora lo desagradaba era porque había tenido que convertirse en esa mujer para sobrevivir a su abandono. Si eso hacía que se fuera, estupendo.

–Creía que habrías tomado los hábitos –dijo él en un tono perverso que ella prefirió pasar por alto.

–Decidí no hacerme monja –no le dijo que por su culpa.

–Pensé que era eso lo que deseabas. ¿No era así?

–La gente cambia.

–De hecho, pareces muy cambiada; endurecida, podría decirse.

–Ya no soy esa joven estúpida de la que fácilmente se aprovechaban los soldados de paso, si te refieres a eso.

Él ladeó la cabeza. Le brillaban los ojos.

–¿Me aproveché de ti, Cecilia? Yo no lo recuerdo así.

–Lo recuerdes como lo recuerdes, eso fue lo que pasó.

–Dime, ¿cómo me aproveché exactamente? ¿Fue cuando te metiste en mi cama, en el hospital, me echaste la pierna por encima y nos condujiste a ambos a un final de locura?

Al oírlo, ella lo recordó todo. La maravilla de acogerlo en su interior, la locura, el mareo; sus grandes manos en las caderas y su intensa y hambrienta mirada.

No le habían explicado que el problema de la tentación era que te parecía haber llegado a casa envuelta en luz y gloria.

La sensación de que se derretía por dentro aumentó, pero se mantuvo inmóvil.

Porque no se trataba de ella.

–Me he preguntado a menudo cómo sería mantener una conversación contigo como esta –dijo cuando estuvo segura de parecer calmada y levemente aburrida, como si fuera mentira que, a lo largo de los años, el contenido de la conversación había ido cambiando y disminuyendo el número de preguntas. La practicaba ante un espejo–. Me resulta menos productiva de lo que imaginaba. No sé qué haces aquí. A mí, tu recuerdo no me ha perseguido.

Lo había hecho y lo seguía haciendo de forma furiosa, pero no iba a decírselo.

–¿No puede ser algo tan sencillo como volver a ver a una vieja amiga?

–Por favor, no éramos amigos.

Él sonrió, lo cual la sorprendió.

–Claro que lo éramos.

Sintió algo distinto del pánico en el pecho: el deseo.

Porque también recordaba otras cosas. Las largas tardes que se pasaba sentada al lado de su cama agarrándole la mano o secándole la frente. Los primeros días, cuando no se sabía si sobreviviría, le cantaba canciones alegres, intercaladas con canciones infantiles, destinadas a tranquilizarlo.

Cuando fue recobrando las fuerzas, él le contaba historias. No se creía que no conociera Roma, que no hubiera salido del valle. Le hablada de antiguas ruinas mezcladas con el tráfico, cafés en las aceras y hermosas fuentes. Más adelante, cuando ella ya había abandonado el noviciado y no podía dormir, porque le preocupaba el futuro o porque dormir era poco habitual en una mujer en su estado, miraba fotos en Internet de la ciudad que él le había descrito.

–En cualquier caso –dijo con firmeza– ahora no somos amigos. ¿Quieres saber por qué lo sé? Porque los amigos no se evaporan una noche, sin decir palabra.

Lamentó haberlo dicho. Ya no se trataba de ella, y, a decir verdad, nunca se había tratado de ella, que podía haber sido el campo o las montañas que él veía por la ventana. Simplemente, estaba allí. Era él quien se había estrellado con el coche, se había destrozado el cuerpo y se había dado el lujo de contar en entrevistas televisivas lo que la dramática experiencia le había enseñado.

Aunque ella no iba a reconocer que las había visto.

Mientras tanto, ella era la que solo podía recordar aquel valle, aquel pueblo, la comodidad del interior de la abadía y los consejos de las mujeres que creyó que un día serían sus hermanas.

Era cierto que él le había arrebatado todo aquello. Pero sabía que no debería haber mencionado aquella noche.

Y no le cupo la menor duda cuando la expresión de Pascal cambió. Sus ojos llamearon y apretó los labios.

De pie, ella pudo distinguir mejor lo que los años habían hecho a su físico. Siempre había sido hermoso, como si estuviera tallado en piedra blanda. Ahora parecía hecho de granito. Era muy ancho de espaldas, y el traje hecho a medida no disimulaba que tenía el torso fuerte y musculoso.

Y no lo recordaba tan alto. Tenía que alzar la cabeza para mirarlo, aunque ya no estaba arrodillada.

–Hablemos de esa noche –dijo él con esa voz oscura y aterciopelada.

Ella se lo había buscado. Podría decirle lo que había llevado en su interior todos esos años o, al menos, lo más importante, porque no tenía intención de volver a tener aquella conversación.

–¿De qué vamos a hablar? Me quedé dormida en tus brazos. Era la primera vez que lo hacía, ya que siempre nos habíamos visto a escondidas, de forma furtiva. Pero no esa noche. Me pediste que me quedara y lo hice. Y cuando me desperté, te habías ido para siempre. Por si no lo sabes, me desperté como me habías dejado: desnuda. Con el sol entrando por la ventana y la madre superiora a los pies de la cama.

Por aquel entonces, ella era capaz de interpretar todas las expresiones de su rostro, la forma de brillar de sus ojos. Pero, ahora, aunque vio que algo cambiaba en su rostro, no fue capaz de interpretarlo.

–¿Por eso no eres monja?

Cecilia se preguntó si sabía lo complejo de la pregunta.

«No soy yo quién para decirte lo que debes hacer, hija», le había dicho la madre superiora, cuando su estado se hizo evidente. «Eso es algo entre tú y Dios. Pero te conozco desde que eras una niña, te he visto crecer y me alegré al saber que querías unirte a las hermanas. Pero la verdad es que la orden es la única familia que conoces. Y me pregunto si verdaderamente quieres dedicarte a esta vida o si lo que más deseas es tener una familia. Y ahora vas a tener una propia. ¿De verdad quieres renunciar a ella?».

–Al final –dijo Cecilia– no era una buena opción para la orden.

–¿Que no eras una buena opción? Llevabas viviendo en la abadía casi toda la vida. ¿Cómo no ibas a ser perfecta para ellas? ¿Por qué dejaron que te fueras?

Ella lo fulminó con la mirada.

–Son preguntas interesantes, pero no si proceden de alguien que huyó una noche. Si tenías preguntas que hacerme, Pascal, me las podías haber hecho entonces.

–No hui –le espetó él–. Supongo que sabías, cara, que mi destino no estaba aquí.

Ella notó que había cerrado los puños y se obligó a abrirlos.

–Lo tuve claro cuando te fuiste.

–Ahora estoy aquí.

–Y seguro que, en cualquier momento, el cielo se abrirá y nos lloverán hosannas. Pero, hasta entonces, permíteme que no me sienta tan entusiasta.

–La Cecilia que recuerdo no me hablaría así –dijo él enarcando una ceja–. Recuerdo sus manos suaves y frías, su cantarina voz y sus pómulos siempre sonrosados.

–Esa chica era idiota. Murió hace seis años, cuando se percató de que no era la persona que imaginaba ser.

–No sé qué quieres decir.

–¿Ah, no? Creía que era una persona decente, íntegra y pura; una mujer que quería dedicar su vida a servir a los demás. Pero resultó que era malvada, lo bastante desvergonzada para hacer alarde de ello en la abadía en que me había criado, y tan estúpida que creí que el hombre que había provocado mi caída se quedaría a mi lado para ayudarme a tomar tierra. Pero, ¡ay!, no lo hizo.

–Me dijeron que todos mis pecados se me perdonarían si hacía lo que era inevitable, lo que iba a hacer de todos modos, y me marchaba.

–¿Cómo que te dijeron?

Él no contestó, sino que la examinó durante unos segundos mientras se acariciaba la mandíbula.

–Todavía tienes que explicarme lo que hacían aquí los miembros del consejo de administración. A ver si adivino quiénes eran. ¿Un señor anciano, de barba y cabello blancos, con bastón y tendencia a vestir como en la época victoriana? ¿Y otro más joven, su compañero, rechoncho y con un gran bigote?

Había descrito a los dos hombres con exactitud.

Ella se encogió de hombros.

–No me dijeron cómo se llamaban.

–Pero, por tu expresión, veo que eran los hombres que vinieron. ¿Por qué?

–Tu relato de haber escapado por los pelos de la muerte y de tu larga recuperación, en la que tuviste tiempo de urdir un plan para apoderarte del mundo, se ha convertido prácticamente en un cuento de hadas. Todo el mundo lo conoce.

–Me encanta que le hayas prestado tanta atención.

–A eso voy –dijo ella con frialdad–. No hacía falta prestarle atención porque estaba en todas partes. En la actualidad eres ubicuo, ¿verdad?

–Si por eso entiendes rico y poderoso, acepto la descripción con orgullo.

–Porque eso es lo único que te importa –ella no pudo callarse, porque quería asegurarse de que realmente se había convertido en un desconocido, de que el hombre que ella creía que era había sido producto de su imaginación–. El dinero, cueste lo que cueste, sin importar a quien hagas daño.

–¿A quién le hago daño? Siempre habrá ricos, Cecilia. ¿Por qué no iba a ser yo uno de ellos?

–Creo que la verdadera pregunta es a qué has venido –afirmó ella después de tragarse el nudo que tenía en la garganta porque el hombre al que había cuidado tantas semanas y al que creía distinto nunca había existido–. Quiero que te quede clara una cosa, Pascal. Nos gusta este tranquilo y remoto valle. Las hermanas dedican la vida al silencio contemplativo. Si desearan el ajetreo de la ciudad, irían a Verona. Lo que no necesitamos, ni los habitantes ni las monjas, son las intrigas que tus subordinados o tú os traigáis entre manos.

–Te he dicho –afirmó él con voz dura– que he venido a enfrentarme a un fantasma. Nada más.

–Sé que ese fantasma no soy yo. Puede que sea el hombre que eras cuando estabas aquí. Porque, si somos sinceros, a él también lo abandonaste esa noche.

Él no movió un músculo ni se apartó de ella como si lo hubiera pegado. Sin embargo, Cecilia tuvo la impresión de que había recibido un golpe.

–Pero eso es algo que puedes resolver solo. No me concierne.

Si seguía allí un minuto más, se olvidaría de sí misma. Y ya sabía lo que ocurría cuando se permitía olvidar, sobre todo si estaba con Pascal. Más aún, su vida era distinta y no quería cambiarla. Otra vez no.

Ella agarró el cubo y se dirigió a la puerta a un lado del altar que conducía a la sacristía pensando que podría atrincherarse en la iglesia, si era necesario. Faltaban horas para recoger a Dante y dudaba que un hombre como Pascal se quedara esperando. Se aburriría y, fuera cual fuera el capricho que lo había llevado hasta allí, se marcharía.

–Cecilia.

Oír su nombre y su voz la detuvo contra su voluntad.

–Me voy –dijo ella mirando una vidriera–. Lo que buscaras con este repentino regreso es asunto tuyo. No quiero tener nada que ver.

–Me has dicho que no podía quedarme con él. Dime quién es.

Ella seguía mirando la vidriera, pero había llegado el momento de la verdad. Había intentado llamarlo, desde luego, cuando comenzó a aparecer en las revistas y la televisión. Trató de cumplir con su deber para con él. Pero nunca había ido más allá de la centralita de la empresa. Dio igual con quien hablara y las promesas que le hicieron de que se pondrían en contacto con ella. Nadie lo hizo.

Tres años después, dejó de intentarlo.

Desde entonces, tenía la certeza de que se lo contaría a la primera oportunidad.

Pero no lo había hecho.

No se lo había explicado a los miembros del consejo de administración con la excusa de que no debían saber algo que Pascal aún ignoraba. Pero, en su fuero interno, estaba convencida de que no volvería a verlo.

Ahora estaba allí. Y, estúpidamente, le había lanzado la existencia de Dante al rostro. Ahora él acababa de preguntar directamente.

Era otra oportunidad de descubrir quién era ella y volvía a enfrentarse al hecho de que no era quién creía ser, ya que, por encima de todo, quería mentirle, decirle lo que fuera necesario para que se marchara, la olvidara y no se acercara a Dante bajo ningún concepto.

Cerró los ojos con fuerza y tragó saliva. Tenía la boca seca.

Y se dio la vuelta. Había hecho cosas más duras que aquella, como estar sentada en una cama del hospital, sin nada que la cubriera, mirando a la madre superiora y explicándole qué hacía allí. O como, cuando había empezado a notársele, verse obligada a dejar la abadía, el único hogar que conocía, y buscar una casa para vivir con su vientre cada vez más abultado y su eterna vergüenza.

Y ninguna de esas cosas había sido tan difícil como dar a luz.

Así que miró a Pascal, el hombre al que había amado y odiado; perdido, en cualquier caso.

No se engañaba creyendo que lo que iba a decirle cambiaría las cosas.

En realidad, pensaba que las empeoraría.

–Es tu hijo –su voz resonó en la iglesia–. Se llama Dante. No sabe que existes. Y no, antes de que me lo preguntes, no tengo intención de contárselo.

Capítulo 3

ESO ERA imposible.

Sus palabras no tenían sentido, por mucho que le resonaran a Pascal en la cabeza.

No retrocedió ante aquella imposibilidad ni cayó al suelo, sino que se quedó petrificado, como una estatua, mientras la miraba horrorizado y confuso.

«Tiene que haber un error», insistió en su interior un resto de racionalidad.

–¿Qué has dicho? –consiguió preguntarle, aunque la boca ya no le parecía suya.

Estaba seguro de haberla oído perfectamente, pero sus palabras seguían sin tener sentido. No podían tenerlo.

–No se trata de algo que quisiera contarte –contestó Cecilia alzando la barbilla de forma beligerante, lo cual tampoco tenía sentido.

Porque la dulce novicia que había conocido no era beligerante en absoluto.

–Te lo he dicho porque es lo justo. Así que ya lo sabes.

Y, sorprendentemente, asintió con la cabeza, como si el caso estuviera cerrado.

–Me parece que no te entiendo –dijo él con una voz que comenzaba a aparecerse a la suya.

Cecilia suspiró como si estuviera poniendo a prueba su paciencia.

–Tienes un hijo. No debería sorprendente. Por si no lo recuerdas, no dedicaste ni un minuto a pensar en algún método anticonceptivo. ¿Qué creías que sucedería?

Lo insultante e injusto de sus palabras lo hicieron salir de la parálisis.

–Me estaba recuperando de un accidente de coche en un hospital –respondió entre dientes–. ¿Cuándo iba a haber ido a comprar protección adecuada? Supuse que te habrías encargado tú.

–¿Que me habría encargado yo? –se echó a reír, lo cual estuvo a punto de hacer perder a Pascal los estribos. Pero ella no se dio cuenta o no le importó–. Me había criado en un convento, con monjas de verdad. Puede que te sorprenda que los detalles del uso del preservativo en las relaciones sexuales prematrimoniales no fuera un asunto que se planteara con frecuencia en las oraciones matinales.

Pascal se mesó el cabello. Le temblaban las manos, lo cual, en cualquier otro momento, lo hubiera horrorizado. Ahora solo lo notaba, pero debía seguir adelante porque, si no, sucumbiría a la ola que amenazaba con tragárselo.

–No puede ser que tenga un hijo –dijo en tono airado–. No puede ser.

Cecilia aspiró con fuerza. Y sus preciosos ojos lanzaron chispas.

–Pues lo tienes. Pero no te preocupes: está perfectamente y no te necesita –el brillo de sus ojos se intensificó y él lo recibió como un golpe en el pecho–. Así que ya puedes volverte a tus revistas, tus modelos de ropa interior o lo que te apetezca. Finge que no existimos. Lo llevas haciendo seis años.

–¿Cómo te atreves a hablarme en ese tono? –preguntó él en voz baja. Creía que la intensa furia que sentía le había quemado las cuerdas vocales y que no volvería a hablar con voz normal–. No me dijiste que estabas embarazada.

–¿Cómo iba a hacerlo? –preguntó ella al tiempo que dejaba el cubo en el suelo de un golpe. Incluso dio un paso hacia él, como si buscara el enfrentamiento físico–. La primera vez que te vi en un periódico habían pasado dos años. ¿Antes? Desapareciste de la noche a la mañana. El ejército te había dado de baja, y, aunque no lo hubiera hecho, no me habría dado tu dirección. ¿Qué podía hacer?

–Sabías que era de Roma. Sabías…

–Muy bien, ¿qué crees que debía haber hecho? ¿Subir y bajar las escaleras de la plaza de España, embarazada, mientras te llamaba a gritos? O, mejor aún, ¿subir a la Fontana di Trevi con un recién nacido en brazos y pedir que alguien de la multitud me llevara hasta ti?

Que ella tuviera razón lo angustió aún más.

¿Cómo podía haber pasado? Se negaba a aceptarlo, a creerlo. Quería derruir con sus propias manos aquella iglesia, como si eso fuera a cambiar el modo en que ella lo miraba o a hacer que retrocedieran en el tiempo.

Como si fuera a salvarlo de la desagradable realidad de haberse convertido, sin saberlo, precisamente en lo que más odiaba.

–No dejas de hablar de revistas, lo que indica que me viste en alguna –afirmó, como si quisiera echarle la culpa a ella y librarse él–. Tenías que conocer la existencia de mi empresa, así que podías haberte puesto en contacto conmigo. Pero decidiste no hacerlo.

Su risa lo traspasó.

–Llamé varias veces a tu empresa. Nadie me tomó en serio. Supongo que no lo hicieron porque en todo aquel tiempo no habías vuelto por aquí.

–Ya me encargaré de aquellos que no te hicieron caso –aunque mientras lo decía sabía lo que probablemente había sucedido. Guglielmo habría rechazado todo anuncio de embarazo, sin comunicárselo, por considerar que provenía de una oportunista que intentaba aprovecharse de su éxito–. Pero si hubieras ido allí, no te habría negado la entrada.

Ella puso los ojos en blanco.

–Bueno es saberlo. Si me vuelves a dejar encinta y a abandonarme como si fuera un desperdicio, seguiré esa vía. Acamparé en el vestíbulo con mis hijos y esperaré. ¿Qué podría ir mal?

–¿Qué clase de persona tiene un hijo y no se lo comunica al padre? –una grieta se abrió en su interior y le resultó cada vez más difícil fingir que estaba enfadado, porque era algo mucho más profundo: una fisura catastrófica–. Han pasado seis años. ¿Sabes lo que has hecho?

–Perfectamente. Sabías dónde estaba. Sabías que era imperdonablemente ingenua. Tú tenías experiencia, como te encargaste de señalar más de una vez. Era indudable que sabías que si se tienen relaciones sexuales, sobre todo sin protección, cabe la posibilidad de que ocurra eso. No me preguntaste nada.

–¿Cómo te atreves a hacerme responsable?

–No voy a quedarme a escuchar sermones sobre responsabilidad de alguien como tú –le espetó ella. Se le acercó más y lo señaló con el dedo, como si fuera a sacarle un ojo–. Intenta ser un progenitor soltero: dar de comer, cambiar pañales, soportar los lloros sin motivo y las repentinas enfermedades. ¿Dónde estabas? Aquí no, desde luego, ocupándote de tu hijo.

–No podía ocuparme de algo que desconocía.

Ella volvió a señalarlo con el dedo y Pascal se percató de que no la intimidaba. No recordaba la última vez que le había sucedido algo así con otra persona. Y no, desde luego, con una mujer a la que, horas antes, consideraba un fantasma y a la que recordaba por su extremada dulzura.

–No me malinterpretes. Ser madre proporciona enormes alegrías; en caso contrario, la especie se habría extinguido. Pero a lo que me refiero es a mantener con vida a un minúsculo ser humano. Y tú hablas de lo dolido que te sientes porque decidiste evaporarte y eso tuvo consecuencias. Y una de ellas es el niño que contribuiste a crear.

Él palideció a causa de la furia y la angustia.

–¿Te atreves a hablarme de consecuencias?

–Yo he vivido con las tuyas, Pascal: un bebé maravilloso que se ha convertido en un niño de cinco años, a consecuencia de tu negligencia. Y, tras haberlo intentado un número suficiente de veces, no seguí dándome cabezazos contra la pared para intentar localizar a un hombre que ni siquiera me había dejado un número de teléfono. Decidí dedicarme a criar a mi hijo. Y lo hice.

–Cecilia…

–No esperaba que volvieras a aparecer por aquí. Tampoco espero que te quedes. Te comportas como si haber sabido que estaba embarazada hubiera podido cambiar algo. Pero te diré un secreto: no habría cambiado nada. ¿Por qué no nos ahorras el dramatismo y te vuelves a marchar?

Pascal se tambaleó y tuvo que agarrarse al banco más cercano para equilibrarse.

–Te conté…

Lo asaltó el recuerdo de las horas que ella había pasado al lado de su cama hablando y cuidándolo; de las cosas que él le había contado, porque aquella cama le parecía desconectada del mundo. ¿Por qué no hablar a una amable desconocida de sus sentimientos? ¿Por qué no compartir todo lo que guardaba en su interior? Lo había hecho. ¿Cómo iba a imaginarse ella que el hombre que había hecho eso ahora le daría la espalda y se marcharía?

–Te conté cómo me crié, lo que significaba ser el hijo bastardo de un hombre cruel e insensible. ¿Lo has olvidado?

Los ojos de ella parecían llenos de pesar.

–No lo he olvidado, pero uno dice toda clase de cosas cuando cree que está a punto de morir. Pero después, si se tiene una segunda oportunidad, la gente cambia y vive de manera muy distinta.

–Te lo conté. Sin embargo, decidiste hacerme esto y hacérselo a mi hijo cuando sabías que era lo último que consentiría.

El pesar de ella desapareció y volvió a alzar la barbilla, airada.

–Me dejé de preocupar de lo que consentirías o dejarías de consentir –dijo ella con una calma que a él volvió a parecerle una bofetada, cuando apenas se sostenía en pie–. Lo hice cuando me di cuenta de que no volverías y de que debería tener a nuestro hijo sola. Y después criarlo. Me planteé darlo en adopción, porque mi plan era ser monja, no madre –dijo con amargura.

De un rincón del cerebro de Pascal surgieron las historias de Cecilia sobre su infancia, pero las apartó, porque ella había querido…

–¿Quisiste renunciar a tu hijo, a mi hijo?

De nuevo le resultaba difícil asimilar sus palabras. Bastante malo era ya que hubiera ido allí por capricho y enterarse de que la mujer cuyo recuerdo llevaba años persiguiéndolo había mantenido a su hijo en secreto, para, además, pensar que podía haber vuelto y no saber lo que había perdido.

La fisura en su interior se agrandó.

–Sí, Pascal. Nunca había planeado tener un hijo yo sola. ¿Por qué no me iba a plantear darlo en adopción?

Pascal se acarició las cicatrices de la mandíbula, lo que le recordó que ya había sobrevivido a lo imposible.

Sin duda volvería a hacerlo.

De un modo u otro.

–Supongo que querrás que te dé las gracias por haber elegido ser madre –dijo con amargura–. Pero me resulta imposible. Quiero verlo.

No la miró al decirlo y tardó unos segundos en darse cuenta de que ella no respondía. Cuando volvió a mirarla, por la expresión de su rostro le pareció que estaba rumiando su decisión.

A Pascal se le ocurrió por primera vez que ella podría impedirle ver a su hijo.

¿Cómo podía indignarlo que le negara algo que desconocía al llegar al valle? ¿Cómo era posible que se conociera tan poco a sí mismo?

–Voy a enseñarte una fotografía, pero, desde luego, no voy a presentártelo. Tiene cinco años y, por lo que a él respecta, no tiene padre.

Pascal volvió a sentirse mareado y tan fuera de control como cuando su coche había caído montaña abajo. Era como revivir el accidente una y otra vez. Y volvía a sentirse roto en mil pedazos.

Se obligó a recordar que era el presidente y consejero delegado de una compañía internacional que lo había convertido en multimillonario, por lo que era indudable que podía enfrentarse a una pueblerina y al resto de aquella situación.

Lo único que debía hacer era impedir que los malditos sentimientos le dictaran sus reacciones.

Creía haberlo logrado hacía años, seis para ser exactos, cuando había recibido el aviso definitivo para que despertara, había recordado quién era y se había marchado.

Ella no había podido localizarlo. Él no había mirado atrás. Era deprimentemente habitual.

Carraspeó.

–Así que, ¿vives aquí con él, en la abadía?

–Tenemos casa propia.

Él miró el cubo al lado de ella.

–Si no vives en la abadía ni eres monja ni novicia, ¿por qué limpias la iglesia?

–Limpio.

Cuando él la miró sin comprender, ella volvió a alzar la barbilla con expresión desafiante, lo que a él ya estaba dejando de sorprenderlo.

–¿Limpias para ganarte la vida?

–Es lo que acabo de decirte.

Esa vez, él la entendió completamente. Sus palabras dejaron de ser un ruido en su cabeza. Volvió a sentirse él mismo, con menos sentimientos y más furia.

Le gustaba más esa versión de sí mismo que la anterior.

–¿Verdaderamente eres tan vengativa? –le preguntó en un tono de velada amenaza, con el poder por el que tanto había luchado y que no estaba dispuesto a ceder a una monja fallida. Cambió el peso de una pierna a la otra y se metió las manos en los bolsillos, sin dejar de mirarla–. Me has dicho que habías leído sobre mí. Sabías que tenía una empresa y me has dicho que habías llamado allí. Así que es indiscutible que sabías perfectamente que no soy pobre y que, por encima de todo, no dejaría que mi hijo se criara en la pobreza.

A Cecilia se le colorearon las mejillas y a él le dio la impresión que era la primera reacción sincera de ella que veía. Por eso se deleitó mirándola, como un hombre sediento ante un riachuelo en la montaña.

No podía ser por ninguna otra razón.

–Tu hijo no se está criando en la pobreza –le espetó ella–. No se sube a un jet para ir a comprar, por supuesto, pero tiene una vida plena. No le falta de nada. Y lamento que creas que limpiar es indigno de ti, pero, por suerte, yo no soy de la misma opinión. Me gano bien la vida. Me cuido y cuido de mi hijo. No todos necesitamos ser ricos.

–No todos pueden serlo, es cierto, pero resulta que estás criando al hijo y al heredero de un hombre que lo es.

–El dinero solo compra cosas, Pascal –afirmó ella con el desdén de alguien que no ha tenido que sobrevivir en uno de los peores barrios de una gran ciudad–. No te hace feliz, como puede verse con solo mirarte.

–¿Cómo lo sabes? –preguntó él en tono sepulcral.

Ella volvió a sonrojarse.

–Dante vive feliz conmigo, que es lo único que importa.

–Vives en mitad de la nada, rodeada de monjas y vacas. ¿Qué vida es esa para un niño?

–Hubo un tiempo en que creías que este valle era un paraíso. No ha cambiado. Si tú lo has hecho, no hace falta que soportes a las monjas y las vacas ni un minuto más. Vete ahora mismo.

–Creo que no me entiendes –dijo él casi con dulzura, lo cual se contradecía con la furia que sentía–. Soy Pascal Furlani y estamos hablando del único heredero de todo lo que he creado. Mi hijo y heredero no puede criarse así, tan lejos de todo lo que importa.

Ella frunció el ceño.

–Entonces es una suerte que tu apellido no aparezca en su certificado de nacimiento. No tienes que preocuparte de cómo se cría.

Pascal volvió a quedarse petrificado, mirándola como si pudiera hacerla desaparecer y convertirla en el fantasma que debería ser, en vez de ser la madre de otro hijo bastardo, pero esa vez el suyo.

El escándalo que se produciría cuando se descubriera, porque Pascal sabía por experiencia propia que esas cosas siempre se descubrían, lo convertiría en el peor de los hipócritas, ya que nunca había ocultado sus sentimientos hacia el comportamiento de su padre. La prensa sensacionalista se cebaría en él.

Al pensar en el escándalo, otra inquietud distinta se apoderó de él.

–¿Hablaste del niño a los miembros del consejo de administración?

–No quería que te lo contaran –respondió ella con furia–. No, no dije nada a dos completos desconocidos que recorrieron el pueblo haciendo preguntas groseras.

–Pero eso no implica que no te vieran o que no preguntaran a otro.

–Me daba igual lo que hicieran –parecía impaciente, un insulto más a añadir a los anteriores– con tal de que se fueran, que es lo que también quiero que hagas. Ahora mismo.

Pascal pensó en su hijo, su niño. Era demasiado, lo sobrepasaba. Pensar en los miembros del consejo de administración era distinto. Era más fácil pensar en lo que harían con esa información que en la información en sí misma.

Solo que dicha información atañía a un niño que no sabía que tenía un padre que no lo habría abandonado si hubiera podido decidir.

–Qué desastre –murmuró.

–Es gracioso, pero es lo que pensé que dirías –Cecilia dejó de fruncir el ceño y levantó de nuevo la barbilla–. De hecho, todo está sucediendo tal como lo había imaginado. Así que, ¿por qué no avanzamos hasta lo inevitable y terminamos con esto, que no nos lleva a ninguna parte? Vete, vuelve a tu dinero y a tu vida en Roma. Nadie tiene por qué saber que has vuelto. Dante y yo iremos tirando como lo hemos hecho hasta ahora, y tú dedícate a lo que prefieras. Y aquí paz y después gloria.

Y ella agitó la mano con lánguida indiferencia, lo que hizo que algo saltara en el interior de Pascal.

Se le acercó, la tomó por los estrechos hombros y se situó frente a ella.

Cecilia se sobresaltó y le puso las manos en el abdomen, aunque no lo empujó ni intentó separarse de él. Contuvo la respiración, como si esperara a ver lo que iba a hacer.

Lo único que Pascal hizo fue agachar la cabeza hasta ponerla a la altura de la de ella.

–No voy a marcharme –dijo él en voz baja–. Tengo un hijo. Un hijo. Me has hecho padre y me lo has arrebatado. Nunca te perdonaré ninguna de las dos cosas. Pero ahora lo sé, y nada es lo mismo. ¿Me entiendes?

Esperaba que ella le dijera que la soltara, cosa que haría, desde luego, porque no era el animal que ella creía. Aunque se daba cuenta, incluso en aquel momento, con lo que acababa de descubrir, que su cuerpo reaccionaba con entusiasmo ante la cercanía de la mujer cuyo recuerdo lo había perseguido durante tantos años. Los hombros de ella se ajustaban a sus manos a la perfección.

Y la última vez que había habido tanta proximidad entre ellos la había besado en la boca. Y, después, la parte más dura de él había penetrado profundamente en el estrecho calor de ella hasta hacerlos estallar a los dos, para volver a empezar.

–Eso –dijo ella mirándolo fijamente a los ojos– no volverá a pasar.

Por primera vez desde que había entrado en la iglesia vio a la mujer a la que había abandonado, la que siempre sabía lo que él pensaba, la que solía pensar lo mismo que él.

Era evidente que ahora lo hacía.

Y no le había confiado aquel secreto. Quería aplastarla. Quería gritar. Quería que su furia fuera tanta que pudiera retroceder en el tiempo para evitar aquella tragedia.

«O», una voz insidiosa le susurró, «podías quedarte esta vez, como querías entonces».

Esa idea fue la mayor traición de todas.

Quedarse nunca había sido una posibilidad, por mucho que lo deseara años antes, y con independencia del precio que tuviera que pagar por marcharse.

Pero no había podido olvidarse de Cecilia. Había vuelto para exorcizarla, pero parecía que se vería ligada a ello para siempre por el hijo que habían engendrado.

Era demasiado.

Así que la puso de puntillas, la atrajo más hacia sí y pegó la boca a la de ella.

Capítulo 4

EL BESO fue mucho peor de lo que Cecilia recordaba.

Más apasionado y salvaje.

«Mejor», gritó una voz en su interior.

Pero esa vez, ella sabía cómo devolvérselo.

Él la había enseñado. Seis años antes le había enseñado a incendiar el mundo, a arder con tanta intensidad que a ella no le había importado que la dejara reducida a cenizas.

Habría jurado que no recordaba nada de todo aquello. Unos segundos antes estaba segura de que aquellos recuerdos habían desaparecido con las dificultades y alegrías de la maternidad, que solo le quedaba una vaga sombra de ellos.

Pero lo recordaba todo.

Recordaba su sabor y la forma en que le sostenía la nuca con su gran mano, guiándola hacia donde quería. Recordaba el fuego que la asustaba y excitaba de forma sucesiva, haciéndola arder por todas partes.

Recordaba cómo colocar la cabeza, cómo aproximarse más a él, cómo apretarse contra él hasta volver a arder. Fuego y necesidad, pasión y deseo.

Besarlo era como viajar en el tiempo.

Recordaba su inocencia y su forma de entregársela, y el cuidado y la delicadeza con la que él la había recibido, haciéndola sollozar de alegría y asombro.

Recordaba la primera vez que la había besado, en la habitación donde convalecía; que había apretado sus labios contra los de ella, sonriendo, enseñándola y tentándola hasta no poder más.

Siempre se había imaginado que un beso le robaría algo de sí misma. Y en los seis años anteriores se había dicho que tenía razón. Pero la verdad que había olvidado, o que se había obligado a olvidar, era que los besos de él la habían hecho sentirse mayor, mejor, más luminosa y poderosa que nunca, como una estrella fugaz.

Ahora no era distinto.

Sintió que volaba por el cielo de una noche oscura iluminando el mundo con la fuerza de su deseo.

Él la besó y ella le correspondió como si llevara esperando su regreso todo aquel tiempo, como si deseara aquel beso. Y con cada caricia de la lengua de él en la suya, sentía la misma luz, el mismo deseo.

Cecilia hizo lo único que podía hacer: vertió todas sus esperanzas perdidas, su desgracia, preocupación, ansiedad y soledad en su forma de besarlo. Lo besó con todo el orgullo que había acumulado por el niño que él no conocería; con su amor por aquel niño y los escasos momentos de gratitud porque Pascal hubiera aparecido en su vida y le hubiera dejado aquel regalo, con independencia del coste que le había supuesto.

Con todo lo que él se había perdido y todo lo que ella había deseado. Lo besó una y otra vez y le transmitió todo aquello. Y, a cambio, recibió pasión.

Pasión e intensidad. Deseo y placer.

Él le recorrió la espalda con las manos como si se estuviera reencontrando con su forma, con su fuerza.

Ella deslizó las manos por la camisa y su cuerpo le pareció más duro, más sólido e incluso más deseable de lo que recordaba. Cuando llegó a la hebilla del cinturón recordó dónde estaban.

No solo en el valle, no lejos de abadía que había sido su hogar en la infancia y donde ya no sería la monja que siempre había imaginado.

Se hallaban en la iglesia donde había aprendido a rezar.

Volvía a deshonrarse.

Se apartó de él separando la boca de la suya y empujando su duro torso con las manos. Pero era mucho más grande y fuerte de lo que era seis años antes, por lo que solo consiguió desplazarlo un centímetro.

Sin embargo, fue suficiente para que la realidad la invadiera y se sintiera horrorizada.

–No volverá a pasar –consiguió articular.

Creyó que él se echaría a reír o que diría algo arrogante y cortante. Pero Pascal se limitó a mirarla con una extraña expresión en su hermoso rostro.

–No estoy tan seguro.

Cecilia volvió a empujarlo y él la dejó ir. Y ella no quiso analizar las razones de que eso le atenazara el corazón. Se agarró al banco que había detrás de ella, como si hacerlo fuera a salvarla. Como si fuera a borrar su blasfemia.

De nuevo.

Cuando ya no era una ingenua.

–Gracias por recordarme que hay una química peligrosa e inquietante entre nosotros –afirmó obligándose a mirarlo a los ojos, que era lo último que deseaba hacer–. Pero no me lleva a ningún sitio.

–Me había convencido de haberlo imaginado –dijo él, contrariado–. Me decía que era débil, que había enloquecido a causa del dolor y la recuperación. Era la única explicación lógica.

Se llevó la mano al rostro, pero no para acariciarse las cicatrices, sino para pasársela por la boca, lo que le recordó a Cecilia que tenía su sabor en la lengua.

¡Maldito fuera! ¡Y maldita fuera ella por haber vuelto a sucumbir con tanta facilidad!

Pascal la examinaba como si se hubiera convertido ante sus ojos en un ser desconocido.

–Pero resulta que eres más poderosa de lo que creía.

–No quiero serlo. Lo que quiero es que me olvides, como lo has hecho durante años, antes de volver.

Él hizo una mueca.

–Ese es el problema, cara, que no te he olvidado.

Cecilia lo odió por eso. Y, sobre todo, se odió a sí misma.

Debía haberse preparado mejor para algo así. Se había puesto nerviosa cuando aquellos hombres llegaron y comenzaron a hacer preguntas sobre el famoso accidente de Pascal Furlani, pero no creyó que él fuera a volver. Supuso que si enviaba a alguien más, sería a un abogado para que ella firmara documentos renunciando a cualquier clase de reclamación. Estaba preparada para eso. Había ensayado discursos para dejar claro que no deseaba nada de Pascal, que nunca lo había deseado y que no lo desearía en el futuro.

Pero no lo esperaba a él.

Ni, desde luego, que volviera a besarla.

Eso la privaba de argumentos y de todos sus ensayados reproches, y le recordaba los motivos de que hubiera dejado todo lo que conocía por él.

La verdad era que había tardado años en comprender por qué había dejado que un soldado herido la apartara de su camino tan fácilmente. Algunas noches se quedaba despierta, cuando Dante ya dormía profundamente y parecía un ángel, sin la energía inagotable que tenía cuando estaba despierto. Lo miraba con amor maternal, pero aún sin comprender cómo había sucedido.

¿Cómo alguien tan tranquilo y contenido como ella había hecho lo que había hecho?

Su vida se dividía en antes y después de Pascal, y cuanto más se alejaba de aquellos meses, menos real parecía él en su recuerdo.

Había cientos de historias sobre la irresponsabilidad de los jóvenes. Se sabía que las chicas eran presa fácil y, aunque a ella la avergonzaba considerarse así, era lo que había aceptado sobre sí misma. Era la historia que contaba, cuando tenía que hacerlo, en aquel valle, cuyos habitantes la conocían desde que había llegado allí.

Le resultó una desagradable sorpresa darse cuenta de que lo único que había hecho era poner sordina a Pascal.

Porque era real y estaba allí, ante ella. Y sus besos eran electrizantes.

Cecilia se percató de que se había estado mintiendo durante mucho tiempo.

Y también de que no sabía asimilar todo aquello.

–Todo eso es irrelevante.

Se alejó de él, consciente de que su cuerpo no le parecía suyo, lo cual la irritaba casi más que el resto, porque había tardado mucho tiempo en recuperarlo. Primero Pascal, después Dante; solo años después había vuelto a ser «Cecilia».

– Puedes mandarme a tus abogados. Haz lo que te parezca. Me da igual.

–¿A mis abogados? –parecía desconcertado, pero ella no se volvió a comprobarlo–. ¿Qué tienen que ver mis abogados?

–Los ricos hacen lo que sea para no desprenderse de su dinero. Llámalo como quieras. No voy a enfrentarme a ti.

–No te sigo –dijo él.

La voz le había cambiado. Ya no era la de un hombre sorprendido ante el beso que se habían dado, sino la de alguien más peligroso. Ella se estremeció.

–¿Por qué iba a tener que desprenderme de mi dinero?

–Seguro que tienes un montón de documentos para que los firme, para que no tengas que reclamar a Dante y para que yo no te reclame nada en el futuro. Lo que intento decirte es que ya me lo esperaba.

–Cecilia, más vale que entiendas que no voy a renunciar a mi hijo bajo ninguna circunstancia.

Ella se volvió a mirarlo, sin poder evitarlo, aunque inmediatamente deseó no haberlo hecho. Había una intensidad en su sus ojos que la hizo apretar los dientes con fuerza para evitar un escalofrío.

Pero lo único que consiguió fue que la sensación le descendiera hasta el bajo vientre.

–Eso lo dices ahora –se dijo que él no podía notar su forma de reaccionar, que solo debía fingir que no reaccionaba–. Probablemente a causa del shock. Cuando se te pase, cambiarás de parecer y solo querrás recuperar tu vida.

–¿Eso es lo que piensas de mí? –preguntó él en voz baja–. Me has ocultado la existencia de mi hijo durante años y ahora crees que, después de haberme enterado, voy a abandonarlo. Y eso viniendo de una mujer que se pasó meses sentada al lado de mi cama hablando conmigo y que llegó a conocerme, al menos un poco.

–El hombre al que creía conocer no se habría marchado como lo hiciste, de noche y sin decir ni una palabra.

Pascal no se le acercó, por lo que no había motivo para que le pareciera que se erguía ante ella, cuando había varios bancos que los separaban.

–Recuérdame de quién son los sentimientos heridos que están en juego. ¿Míos, por las consecuencias de mis acciones? ¿O tuyos, porque te sientes ofendida por una decisión mía que tuvo que ver contigo, pero que nada tiene que ver con el niño?

–Da igual quién se halle herido en sus sentimientos –contraatacó ella, dolida y aterrorizada, porque él había dado en el blanco de algo que ella ni siquiera sabía que existía. ¿Era verdaderamente tan mezquina? Se le encogió el estómago al no poder dar inmediatamente una respuesta negativa–. ¿Qué importa que no vaya a consentir que mi hijo sea víctima de tu sentimentalismo temporal?

Él lanzó una maldición.

–No sé qué significa eso.

–No puede ser que quieras estar con él –dijo ella, exasperada.

–No tienes ni idea de lo que quiero. ¿Cómo vas a tenerla, cuando ni siquiera yo me reconozco? Tú conoces la existencia de ese niño desde hace seis años; yo, desde hace media hora. Así que, por favor, no me digas lo que quiero cuando todavía estoy asimilando la noticia.

–No quiero que Dante pague mientras aclaras tus emociones.

–No vas a decidir lo que siento ni cómo lo siento. Ni, por supuesto, vas a dictarme lo que debo hacer.

Ella lo interpretó como la amenaza que era.

–No estamos en la sala de juntas de tu empresa, Pascal. Se trata de mi hijo. No vas a entrar en su vida, a no ser que yo diga que puedes hacerlo. Y te digo que no puedes bajo ningún concepto.

Pascal se echó a reír, pero sin alegría.

Fue como si a ella le hubiera dado un puñetazo en el estómago.

–No deberías haber apartado a mi hijo de mí durante todo este tiempo –dijo él con una voz tan oscura como su mirada–. Y ahora que conozco su existencia, nada va a impedirme no estar a su lado. Y ya sabes, cara, que casi siempre consigo lo que quiero.

–¡Deja de amenazarme!

Él volvió a reírse.

–Aún no he empezado a hacerlo.

Ella sintió pánico.

–¿Quién dice que sea hijo tuyo? –preguntó como si los santos de las vidrieras fueran a contestarle o a ayudarla a salir de aquella situación–. Tu apellido no aparece en el certificado de nacimiento. Por lo que a ti respecta, podría habérmelo traído un hada.

Pascal no se inmutó.

–Entonces tendrás que ver a mis abogados cuando lleguen a pedirte una prueba de ADN. ¿De verdad quieres obligarme a hacerlo? Porque lo haré tranquilamente.

Lo que Cecilia quería era gritarle, hacerle toda clase de reproches hasta aliviar sus heridos sentimientos; hasta hacerle pagar de algún modo por todos aquellos años, por su soledad y por todo lo que había perdido.

Pero no se trataba de ella, sino de Dante.

–Escúchame –dijo, sin importarle si él percibía la emoción en su voz. Quería que la oyera y la entendiera–. Dante es un niño sano y feliz. Su vida es este valle. Y yo, su madre. Ni siquiera me ha preguntado nunca si tiene padre.

–¿Y crees que eso va a durar? No serás tan ingenua.

En esos momentos, la idea de que esperara que no fuera un problema, porque así lo deseaba, le pareció una estupidez. Era algo más que mera ingenuidad, una desagradable parte de sí misma que debía analizar atentamente, pero no ahora.

–Que entres arrasando en su vida diciéndole que es tu hijo, cuando eso no significa nada para él, solo le hará daño –dijo ella, con toda la firmeza que pudo, dada las circunstancia–. Le creará una enorme confusión, y no quiero que eso suceda. Y tú tampoco deberías quererlo si hablas en serio al decir que quieres ocupar tu lugar de padre.

Durante unos segundos, no se oyó nada en la iglesia. Pascal la siguió mirando grave y acusadoramente, pero no habló.

La luz cambió en el exterior y los colores de las vidrieras lo iluminaron. Y ella se estremeció a causa de un presentimiento. Supo, como si fuera una premonición, que hablaba en serio, que quería formar parte de la vida de su hijo. Que ella había apartado a un niño de un padre que deseaba serlo, que no era el mentiroso despreocupado e insensato que ella creía.

Y no estaba preparada para semejante posibilidad.

Tuvo ganas de vomitar.

–Hagas lo que hagas, te ruego que no juegues con los sentimientos de mi hijo para satisfacer tu ego. Por favor, Pascal.

Pero notó que la tensión aumentaba y que su ruego había empeorado las cosas.

–Entiendo que necesites un tiempo para preparar al niño. Pero mi paciencia tiene un límite, Cecilia. Y no voy a marcharme de este valle hasta no solo haber conocido a mi hijo, sino también haberlo reclamado formalmente como mío. Voy a quedarme el tiempo necesario para conseguirlo.

Cecilia, muy asustada, comenzó a hacerse preguntas.

¿Qué pasaría si Pascal reclamaba formalmente, o de otro modo, a Dante? ¿Se convertirían ellos en una versión moderna de padres separados mandando a su hijo de uno a otro? ¿Crecería Dante sin un sentimiento de verdadero hogar, que había sido uno de los grandes consuelos de la vida de ella? ¿Cómo sobreviviría ella a una vida con largos periodos sin su hijo?

No quería tener que ver con nada de aquello. Pero se tragó las preguntas. Le daba miedo que salieran en forma de lágrimas, lo cual sería la humillación definitiva. No iba a permitirlo, porque la destrozaría.

Y no iba a consentir que él volviera a destrozarla. Otra vez no.

–Espero que te guste hacer camping. La pensión está cerrada en esta época del año. Y, obviamente, no vas a alojarte en mi casa.

Volvió la cabeza para mirarlo al llegar a la puerta. Pascal seguía donde lo había dejado, solo, pero muy seguro. Como si fuera uno de los pilares que sostenían el mundo, o al menos la iglesia, y pudiera quedarse así allí eternamente.

«Lo hará», le dijo una voz interior, que le produjo carne de gallina. «No te librarás de él».

–También podrías acogerte a la caridad de las monjas –dijo, esperando que no se le notara la desesperación en el rostro–. Seguro que te recuerdan. Pero no te preocupes: si les pides refugio, se verán obligadas por sus votos a ofrecértelo.

Dicho esto, Cecilia abrió la puerta de la sacristía y huyó de su pasado, aunque sabía, mientras la cerraba de un portazo y se apoyaba en ella, que su huida solo era temporal.

Y que nadie iba a ayudarla ni a salvarla ahora, cuando sentía el pasado rodeándole el cuello como una soga y apretando.

Capítulo 5

NO SOLEMOS rechazar a personas necesitadas –dijo la madre superiora.

Su rostro seguía tan terso y sin edad como seis años antes. Lo mismo podría tener cincuenta que ochenta años, pensó Pascal. Sus ojos denotaban inteligencia, y la sonrisa que le dirigió estuvo a punto de hacer que cayera de rodillas y volviera a una fe que nunca había sentido profundamente.

–Ni siquiera a aquellas que se aprovecharon de nuestra hospitalidad en otra ocasión.

–Es usted muy bondadosa –murmuró Pascal.

No quería reconocer lo raro que se había sentido al dirigirse a la puerta de la abadía, esperar a que le abrieran y lo condujeran a la presencia de la madre superiora como si se tratase de un visitante más, no de alguien que había vivido meses allí.

Nunca había tenido la intención de volver.

Incluso había hecho todo lo posible para negar lo impotente y débil que estaba durante su estancia allí. Le gustaba acariciarse las cicatrices para recordarse a sí mismo que podía vencer cualquier obstáculo, pero había decidido olvidar los detalles de aquel en concreto.

Aquel valle y su abadía de piedra constituían una historia que contaba para ilustrar su fuerza de voluntad y su habilidad para salir de cualquier dificultad.

Había conseguido convencerse de que nada de todo aquello había sido real.

Sin embargo, el edificio de piedra de la abadía llevaba siglos en el mismo lugar. Había sido fortaleza, castillo y monasterio, y seguiría igual de imponente diez siglos después.

Pascal siguió a la madre superiora por los inmaculados pasillos, que iluminaban apliques situados cada pocos metros. Tuvo que fijarse para comprobar que las luces eran eléctricas y no se trataba de antorchas, como en los siglos anteriores.

Se sintió aliviado al salir de la parte vieja de la abadía y llegar al moderno hospital que había enfrente. No lo sorprendió en absoluto que la monja lo condujera a su antigua habitación. Se detuvo en la puerta, sin saber si se mantendría impasible al mirar alrededor. Nada había cambiado; las mismas paredes encaladas y vacías, salvo por dos objetos que no podían considerarse decorativos: el crucifijo de la pared frente a la estrecha cama y, encima de esta, unos versículos de la Biblia enmarcados.

No era de extrañar que él se hubiera dedicado a mirar el campo por la ventana.

–Como ves, todo está como lo dejaste –dijo la madre superiora en tono cordial, pero con mirada dura.

–¡Qué detalle! –consiguió articular Pascal, mientras se producía una rebelión en su interior, como si lo fueran a condenar a meses de reclusión, si atravesaba el umbral.

Pero no era supersticioso.

Y no consentiría que aquel absurdo ataque de nostalgia lo afectara.

Entró en la habitación y se apropió de ella, ya que la vez anterior lo habían transportado a su interior, hecho pedazos.

Tardó en mirar a la monja y tuvo la impresión de que se daba cuenta de lo difícil que le resultaba estar allí de nuevo.

–Puede que esta vez seas capaz de concentrarte más en cultivar la paz interior que en los estímulos externos –observó ella en tono seco.

Pascal no hubiera consentido a nadie más que le hablara así. Pero se trataba de la madre superiora. Y aunque no fuera practicante, era italiano; es decir, lo suficientemente católico por definición para no enfrentarse a una monja.

Y estaba seguro de que la madre superiora lo sabía muy bien.

Cuando se hubo marchado dejándolo con sus inquietantes recuerdos, Pascal se sentó en el borde de la cama donde tanto tiempo había pasado luchando contra el dolor y preguntándose si volvería a levantarse y a salir andando de allí.

Y donde también, debía reconocerlo, había experimentado breves momentos de alegría.

Todos relacionados con Cecilia. No sabía qué impulso lo había conducido hasta allí. Era cierto que el recuerdo de ella lo había perseguido todos esos años y que quería deshacerse de aquel fantasma. No se imaginaba que ella le hubiera estado ocultando aquel secreto.

La verdad era que tenía un hijo. Él, Pascal Furlani, tenía un hijo.

Se sentía maravillado y, sucesivamente, destrozado. Y pensó, no en el niño que lo hacía sentirse así, sino en el niño que había sido, cuando se hallaba en el centro de una tormenta similar y se sentía maltratado, utilizado como un peón por su madre, que se despreocupó de él al fallar sus maquinaciones para obtener beneficios de su padre.

Él nunca le haría algo así a su hijo.

Se lo prometió a sí mismo. Con independencia de lo que sucediera, impediría que sus sentimientos por lo que Cecilia le había hecho interfirieran en la relación con su hijo. Ella le había dicho que era un niño sano y feliz; pues ahora era un niño sano, feliz y el único heredero de lo que Pascal poseía.

Se tumbó en la cama, con las manos sobre el pecho y los ojos clavados en el techo, una postura que ya había adoptado miles de veces. Conocía aquel techo mejor que su propia cara; cada centímetro del mismo, cada grieta. Sabía cómo entraba la luz en la habitación los días soleados y cómo el frío viento hacía crujir la puerta.

La abadía era el sitio ideal para contemplar lo imposible, como la existencia de un hijo suyo. No se oía el ruido del tráfico ni las noticias por televisión. Sabía que un timbre llamaba a las monjas a rezar, pero no sonaba en ese momento. Y había días en que se oían los ruidos de las mujeres que vivían allí, pero ese día, le había dicho la madre superiora, era un día de silencio.

Pascal oía los latidos de su corazón y su respiración.

Solo tenía el móvil, el ordenador portátil que había dejado en el coche y sus pensamientos, lo cual era mucho más que lo que tenía la vez anterior, con varios huesos rotos y la vaga esperanza de recuperarse. Y ahora, al mirar el campo por la ventana, sabía que su hijo se hallaba en algún lugar.

Mientras intentaba imaginarse su rostro se quedó dormido.

El sonido insistente del móvil lo despertó horas después. Se incorporó y contestó. Era su secretario, al que aseguró que no había perdido el juicio, pero que no pensaba volver al despacho durante un tiempo.

Había tenido sueños extraños, teñidos de recuerdos del accidente, lo cual supuso que era normal, pero no por ello menos exasperante.

–Voy a quedarme en el norte.

–¿Cómo dice? –replicó Guglielmo con fingido horror–. ¿Piensa quedarse en ese valle perdido en la noche de los tiempos, según sus propias palabras? Seguro que no lo he oído bien. No irá a decirme que ha vuelto a la abadía. ¡La odia!

–Anula mis compromisos –le ordenó Pascal–. Tengo cosas que hacer aquí, Guglielmo. Ahórrate los comentarios.

–Es todo muy misterioso –contestó su secretario, tan imperturbable como siempre, motivo por el que Pascal le toleraba su exceso de familiaridad y sus ocasionales rebeliones–. ¿Cuánto tiempo tiene la intención de estar fuera?

–El que sea necesario.

Era más fácil parecer seguro el primer día. Había ido hasta allí y se había despertado en su antigua cama, pero seguía siendo él. No se había despertado y descubierto que los seis años anteriores habían sido un sueño y que seguía en la cama, débil y hecho pedazos, que no era nadie y que lo único que tenía era una novicia que le sonreía al mirarlo.

Volvía a estar allí, pero estaba seguro de que no por mucho tiempo.

Pero pasó un día y luego otro. Pascal se dedicó a dar largos paseos por los alrededores del pueblo, cosa que no había podido hacer la primera vez. Se dijo que le gustaba respirar el aire puro de las montañas y notar que se aproximaba el invierno desde sus imponentes cumbres. Eran sus primeras vacaciones desde que se había marchado del pueblo en un autobús con destino a Verona, seis años antes, resuelto a aprovechar la segunda oportunidad que se le ofrecía.

Cecilia podía tardar lo que quisiera. Él estaba bien.

El tercer día amaneció frío y tormentoso. Llovía a mares y verse encerrado en la habitación que había sido su celda no contribuyó a mejorar su estado de ánimo.

Cada vez le costaba más convencerse de que estaba bien.

El cuarto día, cuando recorría el mismo circuito alrededor del pueblo, se abrió la puerta de una casa y salió Cecilia.

–¿A esto te has visto reducido, Pascal? –preguntó, tras haber cerrado la puerta e ir a su encuentro con el ceño fruncido–. ¿Me estás acechando?

–Tal vez hayas olvidado que no pude pasear cuando estuve aquí. El valle parecía mayor cuando lo miraba desde la cama.

–Me alegro de que nos hayas dado un voto de confianza. Puede que tu entusiasmo nos sirva para atraer más turismo.

Él la miró. Iba vestida más o menos como en la iglesia. Pero aquella era ropa de faena. Esa mañana estaba en casa, no limpiando. Llevaba un jersey oscuro. El cabello le caía por los hombros y Pascal recordó inesperadamente cómo se lo acariciaba cuando se hallaba debajo de él. Pero lo que más lo sorprendió fue que el cielo oscuro de diciembre parecía reflejarse en sus ojos de color violeta haciéndolos igual de impredecibles. Ella había salido sin abrigo, por lo que estaba tiritando.

Cuando él dirigió la vista a la casa, de cuya chimenea salía humo, ella se puso tensa.

–No te voy a invitar a entrar –le espetó–. No vas a conocerlo cuando tú quieras. Creí habértelo dejado claro.

–¿Y esto es lo que quieres para él? –Pascal señaló los campos y las nubes–. ¿Una bonita vista?, ¿un cielo ilimitado, pero ninguna verdadera opción? ¿Qué va a hacer aquí, aparte de cultivar la tierra o trabajar en la abadía?

–Como solo tiene cinco años, todavía no hemos hablado de sus perspectivas profesionales –dijo ella con voz fría e insultante–. Le gustan más los camiones.

Él la observó mientras analizaba su necesidad, casi abrumadora, de ponerle las manos encima. Y no porque estuviera enfadado.

–Gracias –dijo él en voz baja–. Es lo primero sobre mi hijo que te has molestado en contarme: que le gustan los camiones.

Ella apartó la mirada.

–La gente vive feliz aquí, por mucho que te cueste entenderlo.

–Puede que sea así, pero ¿por qué vas a negarle que conozca el mundo, en el caso de que no sea una de esas personas?

–Veo que la vida sencilla no te atrae –dijo ella, mientras el viento le echaba el cabello sobre el rostro. Ella se lo retiró al tiempo que lo fulminaba con la mirada–. Pero eso demuestra tu esnobismo.

Pascal la examinó, despeinada y tiritando. Estaba entre la casa y él, como si fuera a impedirle dirigirse hacia ella.

La necesidad de hacerlo casi le producía dolor.

Soñaba con la cara del niño. Se la imaginaba.

La casita parecía protegida y acogedora. Salía luz de su interior y, aunque era invierno, Pascal vio los restos de flores del verano. Parecía una casa querida. Parecía feliz.

A Pascal le resultaba insoportable pensar que podía haberse ido a casa tras su cita en Roma, haberse acostado y seguido con su vida. Podía no haber vuelto al valle y no haberse enterado. Cecilia estaba plantada frente a él, con las mejillas rojas de frío y los brazos cruzados, como si él fuera el enemigo, cuando era ella la causante de todo aquello, la que se había refugiado allí con un secreto que no pensaba contarle.

–Te dije que iba a quedarme. ¿Creías que iba a cambiar de idea?

–Puede que esperara que lo hicieras –contestó ella.

Él hubiera preferido ahorrarse esa amarga sinceridad.

Solo después de haberla dejado, para desahogar su cólera mientras seguía caminando por los campos helados del valle, entendió por qué no podía considerarla malvada, aunque debería. Le dolía el pecho al recordar la forma de ella de plantarse frente a él y comprendió el motivo al volver a su monástica habitación.

Habría dado lo que fuera porque su madre lo hubiera defendido de aquella manera, aunque solo hubiera sido una vez.

Pero Marissa Del Guardia ni siquiera se había defendido a sí misma y, ciertamente, no al hijo al que no había deseado y que había arruinado su felicidad, algo que no tuvo reparo en decirle al niño. Su padre la había deslumbrado como si fuera la flor de un jardín y no la camarera de un restaurante que él frecuentaba. La había utilizado a su antojo y se había librado de ella al quedarse embarazada.

La reacción de Marissa había sido la desolación, seguida de pastillas para dormir y todo lo que pudiera encontrar para hacer más soportables los días.

Pascal no se imaginaba ninguna circunstancia en que ella hubiera podido llegar a defenderlo. Solo le extrañaba que hubiera llevado el embarazo a término.

Era innegable que le agradaba que la madre de su hijo estuviera dispuesta a ahuyentar a cualquier adversario, aunque ese adversario fuera él.

Al cabo de una semana encerrado en una habitación con la única compañía de sus recuerdos, Pascal comenzó a perder su famosa sangre fría.

Le había resultado como mínimo instructivo darse cuenta de hasta qué punto podía dirigir la empresa desde lejos, lo que le indicaba que podía relajarse, cosa que no había hecho desde sus comienzos.

Pero llegó un momento en que se le hizo insoportable su estancia allí, acompañado de una monjas que lo trataban como a un niño travieso, la alargada sombra de lo que había hecho allí y de su modo de marcharse y de una mujer que pensaba que podía hacer que se cansara de esperar para volver a robarle a su hijo.

No estaba allí para analizar su adicción al trabajo, sino por su hijo.

Y su paciencia había llegado al límite.

Así que le resultó casi tranquilizador encontrarse a Cecilia esperándolo en el vestíbulo del hospital, al salir de su habitación.

Llevaba un abrigo de color caramelo que hacía brillar su cabello. Lo miró fijamente durante unos segundos, como si estuviera pensando qué decirle.

–Llevo aquí una semana –observó Pascal, sin importarle si alguien los veía u oía–. He estado en mi celda y he pagado la pena. ¿Qué más quieres de mí?

–Es una pregunta peligrosa.

–¿Quieres que te suplique? –preguntó en tono amenazador. Estaban solos en el vestíbulo, aunque a él le hubiera dado igual que toda la orden los hubiera rodeado cantando himnos de alabanza–. ¿Que te ruegue? ¿O que defienda mis argumentos con un beso, que parece ser lo único con lo que dejas de considerarme un enemigo? Dime qué debo hacer. Quiero ver a mi hijo.

–Nada de eso será necesario –contestó ella. Y esa vez, él no atribuyó el repentino rubor de sus mejillas al frío exterior–. Voy a dejarte que lo veas.

–Muy amable de tu parte, de verdad.

–Ese tono malicioso no va a favorecerte –contestó ella con ojos centelleantes–. No tengo por qué dejarte que lo veas. Y no te hagas ilusiones. No voy a decirle quién eres. Aún no. Pero, como dices, llevas aquí una semana, cuando esperaba que te fueras inmediatamente. Sin embargo, te has quedado y no has intentado entrar en mi casa a la fuerza.

–No sabía que debía aprobar un examen –dijo Pascal en tono gélido–. Una prueba secreta para descubrir si soy una persona decente. No sabía que ese fuera el tema de debate.

–La mujer que lo cuida, junto a otros niños, mientras trabajo los ha dejado salir, porque está despejado –dijo ella como si no lo hubiera oído–. Puedes verlo. Y antes de que protestes porque no es suficiente, debes tener en cuenta que mi primer impulso fue no dejarte ni siquiera verlo.

Pascal no estaba seguro de no traicionarse al hablar, así que no dijo nada. Se limitó a indicarle la puerta con la cabeza. Ella salió. Parecía tensa. Caminaba dando saltitos, como si sus huesos protestaran por lo que iba a hacer.

Seguía tratándolo como si fuera el soldado herido que podía haber muerto allí, totalmente olvidado. Y él le había concedido aquella semana porque aquel soldado seguía viviendo en su interior, porque lo había olvidado y, al recordarlo, se había sentido culpable.

Pero no era él quien llevaba años ocultando a un hijo.

Se metió las manos en los bolsillos y la siguió. Notó lo agitada que estaba, así que se quedó callado. Andaba deprisa, casi de forma feroz, como si no quisiera hacer lo que iba a hacer, como si estuviera obligándose y temiera que, si disminuía la velocidad, no fuera a hacerlo.

A Pascal le daba igual, con tal de poder ver a su hijo.

Al llegar al campo del extremo más alejado de su casa, Cecilia se detuvo en seco. Había tres niños corriendo en círculos alrededor de una mujer. Pascal pensó que parecían estar borrachos, que se comportaban con la misma inconsciencia que unos perritos.

–Está allí –dijo ella–. Es el de el medio.

Pascal lo miró, conmovido, mientras los otros dos niños de cabello más claro desaparecían, porque solo tenía ojos para el de cabello oscuro que reía entre ellos, que no vio a su madre ni al desconocido que estaba con ella, ya que estaba muy ocupado corriendo en círculo y gritando alegremente.

Pascal lo habría reconocido, aunque Cecilia no se lo hubiera señalado, porque era como observar su propio pasado, como si una de las escasas fotografías que había visto de sí mismo, de niño, se hubiera hecho realidad ante sus ojos.

Se quedó sin aliento.

Se sentía pleno, vacío y enfadado a la vez. Algo lo golpeó con tanta fuerza que creyó que las montañas se habían derrumbado, pero no se movía nada, salvo su corazón golpeándole dolorosamente las costillas.

«Mi hijo».

Dante era un niño fuerte que corría rápida y alegremente.

Era una luz que brillaba en un campo yermo.

Era un puñetazo en el estómago de Pascal.

Y, durante unos segundos, Pascal lo quiso todo.

Llevaba una semana luchando contra la seducción de aquel lugar, de aquel valle etéreo y feliz, de su paz.

Peor no podía luchar contra el niño que tenía enfrente ni contra la mujer que estaba a su lado.

Y de repente se imaginó la vida que había dejado atrás al marcharse de allí. De haberse quedado, la primera cosa que vería por la mañana sería el hermoso rostro de ella, y criarían juntos a su hijo. Y él trabajaría en lo que fuera, para mantenerlos. Habría sido una vida que no se parecería en nada a la que ahora llevaba. Y la deseaba.

Cómo la deseaba.

Todas las riquezas del mundo, el poder, la venganza contra su padre… Todo desapareció durante unos desgarradores segundos.

Y Pascal tuvo la inquietante idea de que se había introducido en una versión distinta de sí mismo, en la que esa fantasía era real, en la que no se había marchado.

Más tarde buscaría razones y razonamientos. Ahora, lo único que deseaba era todo lo que pudiera recibir de aquello, al precio que fuese.

–Cecilia –dijo volviéndose a mirarla, consciente de la emoción que reflejaba su rostro y que no se esforzó en ocultar–. Tienes que casarte conmigo.

Capítulo 6

QUIERE casarse conmigo.

Le sorprendió el trabajo que le había costado decirlo, probablemente porque, al hacerlo, lo convertía en realidad, sobre todo allí, en la cocina de la abadía, donde tantas veces había comido y que ahora limpiaba como si siguiera siendo suya.

La madre superiora, con una taza de té en las manos, estaba sentada a la gran mesa común, de madera gastada, donde las hermanas comían. Cecilia recordó sus manos fuertes y suaves de otro tiempo. Ahora las había atacado la artritis, pero ella no se quejaba. Al mirarlas, mientras flotaban en el aire sus palabras, Cecilia sintió una opresión en el pecho.

–¿Te sorprende? –preguntó la monja son suavidad.

Ese tono de voz sereno y tranquilo era uno de los superpoderes de la madre superiora. Hacía que los hombres temblaran ante ella, al igual que las novicias. Y a Cecilia la había hecho llorar en más de una ocasión.

Frunció el ceño mientras frotaba el fregadero.

–Sí. De hecho, estoy asombrada.

Negó con la cabeza como si, al hacerlo, pudiera eliminar los sentimientos encontrados que había experimentado desde el momento en que él la había mirado con aquella inquietante expresión en su rostro y se lo había dicho.

–A decir verdad, creo que me ofende.

Pero tampoco era esa la palabra correcta. Había sido como recibir un puñetazo en el estómago.

La había invadido un inmenso dolor, como si se hubiera abierto una grieta tan profunda en su interior que fuera a engullirla. El corazón le latía desbocado y tuvo miedo de vomitar.

Se había dado la vuelta para alejarse de él con pasos vacilantes, sin saber si acabaría desmoronándose sobre la fría tierra. Pero tenía que alejarse de Pascal inmediatamente porque, si no lo hacía, temía la fuerza de su reacción.

Él había ido tras ella, naturalmente.

Y había tanto ruido en su cabeza que no pudo asimilar lo que le decía, las razones que le daba.

«Tus palabras no son dignas de recibir respuesta», había dicho, cuando por fin pudo hablar.

«Solo puede haber una respuesta», había afirmado él.

Ella lo había mirado pensando que podía avergonzarlo allí, en medio de aquellos campos que tan bien conocía. Su presencia le provocaba una herida profunda.

«Y la esperaré, Cecilia», había concluido él.

Y ella fue muy consciente de que esa vez, su espera era una amenaza. Eso había sucedido hacía dos días.

–¿Por qué te ofende? –preguntó la madre superiora–. Lo que sabemos de Pascal es que le gusta resolver los problemas de la manera más directa posible. Sabemos lo que sucedió cuando se sintió solo aquí. Dante es la consecuencia.

Y una prueba de lo agitada que se hallaba Cecilia fue que no reaccionó con la mezcla de emociones habitual ante la referencia indirecta a esa mañana en que, al despertarse, se había encontrado a la madre superiora a los pies de una cama en la que no debería haber dormido, cuando su vida había cambiado.

–Sabemos lo que ocurrió cuando se marchó y se lanzó a la conquista del mundo –prosiguió la madre superiora plácidamente–. Y no me sorprende en absoluto que haya vuelto y que, al enterarse de que tiene un hijo, la consecuencia sea esa. Resuelve todos sus problemas de forma muy elegante.

–No quiero ser su problema –dijo Cecilia en tono airado, sin dejar de mirar el fregadero–. Ni tampoco tener nada que ver con su solución.

La madre superiora rio con una risa áspera y sana que recordaba a quien la oyera que era una mujer de carne y hueso como cualquier otra, por muy santa que pareciera.

–Hija, has sido un problema para ese hombre desde que se despertó tras el accidente y te vio al lado de la cama. De haber sido por él, te hubiera llevado consigo al marcharse.

Cecilia tardó unos segundos en comprender el sentido de aquellas palabras. Cuando lo hizo, dejó el estropajo con mucho cuidado y se volvió lentamente secándose las manos en el delantal. No le sorprendió encontrarse con la mirada franca e inteligente de la madre.

Se dio cuenta de que esta estaba esperando, pero no parecía agitada ni preocupada.

–¿Qué quiere decir? –preguntó Cecilia, con voz temblorosa, a pesar de que ya creía saberlo. ¿No se lo había dado a entender Pascal en la iglesia?–. ¿A qué se refiere con «de haber sido por él»?

–No viniste a la oración matinal. Cuando fui a buscarte, te encontré en su habitación. Tú seguías durmiendo, pero él no.

–¿Me está diciendo…?

–Me limité a preguntarle cuáles eran sus intenciones –respondió la monja, sin apartar su suave y compasiva mirada de la de ella–. Él se estaba recuperando de un accidente, pero ya estaba prácticamente bien. Me temía que eso implicara que no deseara quedarse con nosotras, aisladas como estamos del resto del mundo. Y era responsable de haber desflorado a una novicia. Me pregunté qué planes tenía.

–Qué planes tenía –repitió Cecilia como si no la hubiera entendido, a pesar de que lo había hecho perfectamente–. ¿Le preguntó por sus planes?

–Quería saber si pensaba llevarte con él cuando volviera a su vida habitual. No me cabía la menor duda de que regresaría a ella, porque a eso han venido los hombres como él a este mundo.

–No habíamos hablado de eso.

No sabía si lo decía para protegerlo a él o a sí misma, porque, aunque era cierto, también lo era que había habido un acuerdo entre ellos porque, si no, ella no habría participado en su propio «desfloramiento», una palabra que le hubiera parecido divertida en otras circunstancias; por ejemplo, si quien la había «desflorado» estuviera, en aquel preciso instante, en una lejana ciudad, en vez de en el hospital de la abadía.

Ahora no le resultaba en absoluto divertido.

Y la madre superiora la escudriñaba como si Cecilia lo llevara escrito en las mejillas.

–Hija, sé que no eres una mujer despreocupada. Nunca lo has sido. Te entregas a algo únicamente cuando piensas hacerlo con todo tu corazón y tu alma para toda la vida. Por eso habrías sido una monja excelente, si ese hubiera sido tu camino. Y por eso eres una madre maravillosa.

¿Cómo iba Cecilia a indignarse y a adoptar una actitud de superioridad moral después de haber oído esas palabras? Por eso la madre superiora aterrorizaba a quienes llegaban a su presencia, y acababan agradeciéndoselo.

–No puedo… Quiero decir que no creo…

Cecilia se cubrió la cara con las manos para ocultar las emociones que traslucía su rostro. Y no supo si la que temblaba era ella, sus manos o el suelo bajo sus pies.

–¿Por qué no me lo había dicho?

–¿De qué hubiera servido? –preguntó la monja como si realmente le interesara saberlo–. Él se marchó.

–Sí, pero…

El dolor era enorme, excesivo. Le pareció que se había producido un terremoto y que solo quedaban las cenizas y las ruinas de su primer amor. Y su corazón partido, disfrazado de cólera, cuando no quería sentir nada por Pascal y el pasado de ambos. Ni arrepentimiento ni furia: nada.

¿Cómo había logrado convencerse que podía mostrarse indiferente a ese pasado, y mucho menos a Pascal?

–¿Quieres que te diga que vaciló? –preguntó la madre cuando el silencio se prolongó demasiado entre las dos–. Pues lo hizo. Discutió y se quedó destrozado. Pero, al final, se fue. Y, en efecto, decidí protegerte. ¿Qué más te hubiera dado que fuera difícil para él?

–No lo sé, pero estoy segura de que no me habría dado igual.

Porque no se lo daba ahora. Sintió un calor en su interior que la ayudó a sentirse más segura. A respirar.

–¿Ah, no? –la madre superiora sonrió levemente–. Al principio no pensabas abandonar tu vocación y, después, resultó que estabas embarazada, y te debatiste entre quedarte con el bebé o darlo en adopción. ¿Las vacilaciones de Pascal te hubieran ayudado a ser lo bastante fuerte para enfrentarte a tales decisiones?

–No creo que le correspondiera a usted tomar esa decisión –dijo Cecilia con más dureza de la que pretendía, lo cual la asustó, ya que nunca había hablado en aquel tono a la madre superiora.

Esperaba que la antigua abadía se derrumbara ante su impertinencia, pero siguió en pie. Los muros ni siquiera temblaron.

Peor aún, la monja sonrió.

–Yo tampoco lo creo –respondió, lo cual aumentó la emoción de Cecilia, porque era difícil recurrir a la culpa o a la furia cuando la madre no se defendía–. Es un peso que debo soportar. Lo que ahora debes decidir es qué vas a hacer.

Cecilia se volvió hacia el fregadero mientras parpadeaba con fuerza para no verter las lágrimas que le llenaban los ojos. Se sentía traicionada por alguien de quien nunca se lo habría esperado. Eran demasiadas emociones a las que no podía dar salida.

–Voy a hacer lo mismo que he estado haciendo –afirmó, orgullosa de que la voz no le temblara ni de hablar entre dientes–. Que mi vida no sea como la había planeado a los veinte años no es forzosamente malo. Tengo una vida plena. Estoy orgullosa de ella. No necesito a Pascal.

–¿Y tu hijo?

–Dante no lo necesita, desde luego.

–¿Ah, no? –la madre superiora chasqueó la lengua–. Creía que los niños se desarrollaban mejor con ambos progenitores.

–Yo no tuve a ninguno de los dos –contraatacó Cecilia dirigiéndose al fregadero–. Y estoy perfectamente.

–Tú tuviste toda una abadía. Y sigues teniéndola.

–Dante también.

–Cecilia –dijo la madre con esa aparente suavidad que escondía una voluntad de hierro–. Una cosa es aceptar las circunstancias, e incluso que te vaya bien, cuando no tienes más remedio. Tú lo has hecho de forma admirable. Pero Dante tiene posibilidades que tú no tuviste. ¿Vas a dejar que tus sentimientos hacia su padre dicten su futuro?

Cecilia no se volvió porque tenía los ojos empañados de lágrimas y no quería que la madre las viera, aunque creía que la anciana ya se había dado cuenta de su estado.

–Lo dice como si yo no supiera lo que más le conviene a Dante, como si no deseara lo mejor para él.

–Sé que quieres a tu hijo y que te has esforzado mucho para ofrecerle lo que crees que a ti te faltó. Pero creo que no se te ha ocurrido que cuando tu madre te dejó aquí se aseguró de que te cuidaran una orden entera de madres sustitutas.

–Claro que lo he pensado. Por eso quería formar parte de la orden.

También por eso se había quedado allí en los peores momentos de su vergüenza, en vez de marcharse del valle. ¿Cómo iba a abandonar a la única familia que había conocido, por mucho que la hubiera decepcionado?

–Pero asimismo se aseguró de que nunca supieras nada de tu padre. Me enorgullezco de que las hermanas y yo hayamos hecho por ti todo lo posible, pero solo somos madres, hermanas y tías sustitutas. Puede que no recuerdes que cuando tenías siete años lo único que querías era tener padre. Y llorabas sin parar porque no era así.

Cecilia lo había olvidado, pero negó con la cabeza.

–Fue una fase que terminó.

–¿Por qué quieres hacer a Dante lo que te hicieron a ti? ¿No preferirías ahorrarle ese dolor si pudieras?

Y esa fue la pregunta a la que siguió dando vueltas Cecilia mientras realizaba sus tareas en la abadía. Después tomó el camino más largo de vuelta a casa para no pasar cerca del hospital. Y siguió dándole vueltas cuando fue a recoger a Dante a casa de la vecina y lo miró con la mezcla habitual de cariño y exasperación, mientras el niño le contaba a gritos lo que había hecho ese día. A gritos y muy deprisa, como siempre que estaba sobrexcitado. Y lo estaba con frecuencia.

Siguió dando vueltas a la pregunta durante la tarde y a la hora del baño, cuando Dante salió de la bañera y se puso a correr por la casa riéndose como un loco y agitando las manos por encima de la cabeza, hasta que ella no tuvo más remedio que reírse con él.

Le leyó un cuento, el niño rezó y lo metió en la cama. Y al apagarle la luz para que se durmiera, siguió oyendo la voz calmada de la madre superiora en su interior.

Había olvidado la frecuencia con la que, de pequeña, se había imaginado que tenía una verdadera familia. Le encantaba vivir en la abadía. Todas las hermanas la trataban como si fuera su hija y nunca había dudado de su amor por ella.

Pero no era como los demás niños del pueblo, lo cual le había resultado especialmente duro cuando era algo mayor que Dante. Quería ser normal, porque tenía claro que no lo era. ¿Cómo podía haberlo olvidado?

Suponía que lo había hecho al decidirse a formar parte de la orden.

«O puede que quisieras unirte a la orden porque sería la guinda que cerraría el círculo de tu vida», le susurró una voz en su interior.

Frunció el ceño mientras limpiaba la cocina. Después fue a sentarse en la habitación principal de la casa. Se sentó en su silla preferida, ante la chimenea, donde le gustaba leer o coser, pero no hizo ninguna de las dos cosas, sino que contempló el fuego mientras seguía oyendo la voz de la madre superiora.

«¿Por qué quieres hacer a Dante lo que te hicieron a ti?».

Cecilia suspiró, se levantó y volvió a la cocina a buscar el papel que había encontrado bajo la puerta una mañana y que había metido en un cajón. Era un número de móvil, con una inicial: P.

Tal vez fuera revelador que no lo hubiera echado al fuego.

Miró el número durante largo rato.

Pero no se veía capaz de hacer una llamada, así que agarró su móvil y escribió un mensaje sencillo y directo: Soy Cecilia. Tenemos que hablar. ¿Puedes venir a casa?

Se dijo que probablemente él tardaría en contestar, pero la respuesta llegó en unos segundos: Voy ahora mismo.

Y Cecilia se puso muy nerviosa.

Antes de mandarle el mensaje no había pensado en su aspecto, después de un largo día limpiando un viejo edificio y atendiendo a un niño de cinco años, ni en la ropa que llevaba.

En cuanto leyó la respuesta, fue corriendo a su habitación y se quitó la camiseta y los pantalones para ponerse un vestido que solo llevaba a la iglesia. Después se peinó y se recogió el cabello en un moño.

Volvió a toda prisa a la habitación principal y se dedicó a ordenarla para que pareciera más el salón de una persona adulta que la habitación de juegos de un niño.

Contempló su reflejo en la ventana y frunció el ceño. ¿Por qué intentaba causar buena impresión a Pascal? Era indudable que debía haber hecho lo contrario y dejar que la casa y ella misma tuvieran un aspecto lo más descuidado posible, para ahuyentarlo.

Pero no volvió a cambiarse de ropa.

Tampoco sacó los juguetes de Dante y los extendió por la alfombra.

Y en algún momento debería analizar lo que significaba que quisiera desesperadamente que Pascal la viera a ella, y el hogar que había creado para su hijo, del mejor modo posible. Como también debería analizar la descarga eléctrica que había sentido en su interior al saber que él iba a ir, la cual sospechaba que no se debía a la agitación que sentía.

Se temía que era pura anticipación.

Una traición más en un día llena de ellas.

Cuando él llamó a la puerta, se le hizo un nudo en el estómago, pero fue a abrir.

Tiró del picaporte, dispuesta a mostrarse fría y distantemente cortés, pero se quedó sin aliento.

No estaba preparada.

Pascal se hallaba de perfil, mirando la abadía iluminada en la oscuridad. La luz de la casa se derramaba sobre él, resaltando su poderosa nariz y sus sensuales labios. Incluso las cicatrices aumentaban su atractivo, antes de desaparecer bajo el cuello del abrigo.

Tardó unos segundos en volverse hacia ella y, cuando sus ojos se encontraron, el mundo comenzó a arder.

–He venido corriendo en cuanto me lo has ordenado. Que no se diga que no sé obedecer una orden, cara. Como si fuera un perro.

Cecilia intentó hacer caso omiso del modo en que su presencia y sus palabras le descendían por la columna vertebral y se le alojaban en el bajo vientre, palpitantes como un dolor. Pero no era dolor.

Por supuesto que no.

Le dio la espalda y lo condujo al salón como si él no supusiera amenaza alguna, aunque todas las alarmas se le habían disparado para indicarle que era una equivocación, que no debería dar la espalda a un depredador como él, por muchos apasionados recuerdos que tuviera de una época que fingía haber olvidado.

Sin embargo, Pascal no saltó sobre ella para clavarle los colmillos ni hizo ninguna otra tontería parecida.

«Claro que no», se dijo a sí misma en tono de reproche.

Le indicó el sofá frente a la chimenea y volvió a sentarse en su silla preferida, situada a una prudente distancia.

–¿No me vas a ofrecer algo de beber? –preguntó él.

Se quitó el abrigo y lo dejó en el sofá. Y se sentó, empequeñeciendo el sofá con su cuerpo y sus enormes hombros. Cecilia pensó que no volvería a mirar el sofá del mismo modo.

–¿No me va a ofrecer una aperitivo para fingir que somos civilizados?

–Esto no es una reunión social.

–Ni siquiera unas aceitunas. Me siento como si fuera un salvaje. La descortesía no es propia de ti, Cecilia –dijo él con una media sonrisa.

–Te he pedido que vinieras para hablar de la posibilidad de que conozcas a Dante –dijo ella recordando que debía mostrarse fría y controlada, aunque su presencia pareciera haber absorbido todo el aire de la habitación, haciendo que le resultara casi imposible respirar–. Pero cuanto más te dediques a jugar, menos tentada estaré de hacerlo.

La diversión desapareció del rostro de Pascal como si no hubiera estado ahí. Y ella sintió una especie de pánico que la impulsaba a hacer lo que fuera para que su rostro volviera a mostrarla.

«No», se ordenó a sí misma. «No se trata de aplacarlo, sino de elegir entre lo que está bien y lo que está mal».

Pero él la miraba como si fuera el enemigo.

–Te recomiendo que tengas cuidado. ¿De verdad quieres que utilicemos a nuestro hijo como moneda de cambio entre nosotros?

Cecilia parpadeó.

–No he querido decir eso.

–No sé qué habrás estado pensando mientras me has tenido sentado en aquel hospital reviviendo la peor época de mi vida –dijo él mirándola con dureza–. Supongo que en vengarte. Pero, en medio de los divertidos recuerdos de mi accidente y de lo que me costó sobrevivir, me he entretenido leyendo relatos de los peores divorcios.

Sus palabras la pillaron desprevenida.

–¿Divorcios? ¿Qué tienen que ver con nuestra situación? –ladeó la cabeza–. ¿O es que eso es lo que lees habitualmente?

–He examinado las peleas por la custodia de los hijos –afirmó él recostándose en el sofá–. Cuanto más feroces, mejor. ¿Y sabes quién sufre más en tales situaciones? No son los padres, por supuesto.

Era la segunda vez ese día en que alguien le reprochaba indirectamente su egoísmo, lo cual no le sentó nada bien. Estaba sofocada y tuvo ganas de tirarle la lámpara a la cabeza por darle un sermón sobre la forma de criar a un hijo, aunque fuera dando un rodeo.

Pero se había pasado casi toda la vida aprendiendo a ser disciplinada, así que no se movió.

–No crees que debamos utilizar a Dante como moneda de cambio, y estoy de acuerdo, desde luego –observó ella cuando estuvo segura de que la lámpara seguiría en su sitio–. Tal vez podrías también dejar de utilizarlo para manipularme emocionalmente.

–Me parece bien.

Eso irritó aún más a Cecilia, que no esperaba que fuera a estar de acuerdo. Él le sonrió antes de proseguir.

–Pero ahora sé que existe, y no hay vuelta atrás, aunque te conceda un periodo de gracia para hacer frente a una realidad que ya conocías. Supongo que lo entenderás.

Él le concedía un periodo de gracia. Cecilia se obligó a respirar porque estaba a punto de estallar. Su forma de mirarla la hacía pensar que era eso, un estallido, lo que él buscaba.

–Preferiría que no me amenazaras siempre que tienes ocasión –respondió.

Entrelazó los dedos en el regazo, mientras él se limitaba a enarcar una ceja, porque tirarle la lámpara no iba a solucionar el problema, por muy satisfactorio que le resultara en aquel momento.

–No voy a negar a Dante que vea a su padre. Que no haya preguntado por ti hasta ahora no implica que no vaya a hacerlo en el futuro. Creo que me había negado a aceptarlo.

Él siguió mirándola y, aunque seguía recostado en el sofá, ella no cometió el error de creer que se encontraba a gusto. Estaba listo para atacar, en estado de alerta, como si fuera a entrar en acción a la menor provocación. Ella no quiso especular sobre qué clase de acción realizaría.

Tragó saliva porque tenía la garganta seca, pero se obligó a seguir. Aunque le resultara duro, se trataba de Dante. Y no había nada que no hiciera por él.

–No tengo padre. No tengo posibilidades de saber quién era y, en estos momentos de mi vida, no sé si querría saberlo. Y sé que no tuviste una buena relación con el tuyo.

Él no rio, aunque le brillaron los ojos.

–Eso es decirlo de manera mucho más educada de lo que él se merece.

Ella agachó la cabeza y le tendió la rama de olivo.

–No veo ninguna razón por la que Dante tenga que pasar por lo que pasamos nosotros, si podemos evitarlo.

–Muy noble por tu parte, Cecilia, pero los seis años transcurridos contradicen tanta nobleza –contestó él en un tono tan sardónico que fue como si le hubiera disparado una bala a las costillas–. ¿Y cómo, exactamente, esa aproximación altruista a la vida de nuestro hijo va a desarrollarse en la práctica?

Aquella no era la expresión de gratitud que ella se esperaba. Frunció el ceño.

–¿A qué te refieres?

–Supongo que estarás presente cuando nos conozcamos, lo cual tiene lógica. Podrías aprovechar la oportunidad para planificar tu calendario de visitas ideal.

–Si todo va bien, podrás venir a verlo cuando quieras.

–Cuánta generosidad –los ojos oscuros de Pascal brillaban–. Pero, verás, no entiendo por qué vas a controlar el tiempo que esté con un niño cuya existencia me has ocultado todo este tiempo. Tal vez debería venirse a vivir conmigo y podrías ir a verlo cuando quisieras –sonrió de forma desagradable–. Mira si soy generoso.

–¡Soy su madre! –le espetó ella, sin saber si estaba furiosa o asustada. Tal vez ambas cosas. Trató de contenerse–. Un niño necesita a su madre.

–Un niño necesita a su padre, cara. Todos lo saben.

–¿Me estás amenazando con quitármelo? –preguntó ella.

–No te amenazo –Pascal seguía recostado, con un brazo sobre el respaldo del sofá. Pero su oscura e intensa mirada estaba fija en ella–. Creo que has infravalorado la gravedad de la situación.

–De las dos personas que estamos en este salón, soy yo la que ha criado a ese niño sola. No creo que sea posible infravalorar esa situación.

–Quiero decir que me has infravalorado.

Y Cecilia se dio cuenta de que estaba sentado así no porque quisiera fingir que estaba a gusto, sino para controlarse, para tener las manos quietas y no agarrar la lámpara o a ella. Sintió un escalofrío.

–Me has infravalorado, Cecilia.

En ese momento, ella pensó que no conocía a aquel hombre; que el Pascal que recordaba era cautivador, magnético y encantador; que, años antes, el poder que emanaba del Pascal sentado frente a ella esa noche no era más que una chispa. En cambio, el Pascal que tenía delante había creado un imperio. Lo poco que tenía lo había convertido en una fuerza con la que había que contar a escala global.

Ella había conocido en un hospital a un paciente agradecido que se sentía solo y que había pasado por la experiencia de haber estado a punto de morir y por el alivio de haber sobrevivido.

Y ese hombre estaba vivo en todos los sentidos.

Y se había convertido en rey.

Y volvía a hablar.

–Reconozco que me quedé en estado de shock –dijo en el mismo tono oscuro de antes, más aterrador que cualquier manifestación de ira o emoción–. Me he pasado los primeros días en una especie de trance intentando comprender la situación. Negándote a verme me has hecho un favor. Gracias.

–Protegía a mi hijo.

La boca de él se curvó en una cínica sonrisa.

–Llámalo como quieras. Cuando, por fin, vi al niño, que tanto se me parece, todo cristalizó –afirmó. Y se encogió de hombros.

Eso también la irritó.

–No sé qué quiere decir que todo cristalizó –dijo ella, consciente de que hablaba muy deprisa, muy nerviosa–. Pero sé que no voy a…

–Ya estoy harto de oír lo que vas o no vas a hacer, Cecilia. Ha llegado la hora de que te diga lo que voy a hacer yo.

–Pascal…

Ya era tarde.

La expresión de furia controlada de él la asustó.

–No voy a renunciar a mi hijo. No voy a entregarte dócilmente la custodia. Ya me has robado seis años de su vida que no podré recuperar.

Ella sintió otro escalofrío. Intentó volver a decir su nombre, sin conseguirlo.

«Ya es tarde», la previno una voz interior.

–No veo motivo para que no viva conmigo los próximos seis años –observó él con absoluta calma–. Sería lo justo.

Capítulo 7

PASCAL no debería haberse sentido tan satisfecho al ver que Cecilia palidecía.

Pero no se consideraba un buen hombre. Solo lo había sido los meses que había pasado allí, cuando no sabía si sobreviviría. Y al final se había comportado de forma indecente.

–Eso no sucederá –contraatacó Cecilia. Sus labios habían perdido el color.

Tenía los puños cerrados en el regazo y se había inclinado hacia él como si fuera a pegarle.

Y él casi deseó que lo hiciera.

–Sucederá si quiero que suceda –afirmó él con total seguridad y sin compasión–. Soy rico, cara. Y te guste o no, la riqueza es poder, incluso en este valle perdido. ¿De verdad crees que me ganarías en los tribunales?

–¿Ahora vamos a ir a juicio? –preguntó ella con la voz más débil y el rostro más pálido.

Casi sintió pena de ella. Pero llevaba allí demasiado tiempo sin nada que hacer, salvo sopesar todas las posibilidades, y había llegado a la conclusión de que solo había una; solo un posible final que daría a los dos lo que deseaban. Tal vez a él más que a ella, pero ella le había ocultado la existencia de su hijo.

Cecilia aún no había llegado a la misma conclusión. Y a él le complacía tener la oportunidad de darle una lección mientras ella aceptaba la única solución posible.

Sobre todo, porque su imagen lo seguía persiguiendo, a pesar de saber lo que le había hecho y a pesar de haberle impedido conocer a su hijo. Eso no parecía importar cuando soñaba con su dulce boca, su cabello del color de la miel y con sus ojos de un imposible color violeta, que, sin embargo, era totalmente natural.

Esa noche vestía como la mujer con la que le hubiera gustado tener una cita, mientras dedicaba todas sus energías a buscar esposa. Esa noche no parecía una limpiadora.

En los días anteriores se le había ocurrido que había sido incapaz de encontrar la esposa perfecta porque ya la había hallado.

Le había pedido que se casara con él, y ella se había negado. Había sido lo mejor porque le había dado tiempo a entender que su reacción al ver a Dante en el campo había sido solo eso: una reacción.

Y había esperado. Y se había prometido a sí mismo, según pasaban los días, que se casarían, tal como deseaba, y que ella pagaría.

Y lo haría una y otra vez, hasta que él estuviera satisfecho.

Y raramente lo estaba.

–Haré todo lo que tenga que hacer –afirmó con una intensidad que percibió que la estremecía–. Si me siento compasivo, te dejaré que vayas a Roma y lo veas un fin de semana al mes, tal vez dos.

–Un fin de semana al mes… –comenzó a decir ella.

Pero tragó saliva y se calló. Después parpadeó con tanta rapidez que él pensó que trataba de contener lágrimas de frustración.

–Te he pedido que vinieras esta noche para hablar de lo que sería mejor para Dante –dijo ella al cabo de unos segundos–. Y había aceptado que eso sería que desempeñaras el papel de padre.

–Soy su padre, no debo desempeñar ningún papel. Es un hecho.

–Pero no pareces tener idea de lo que es bueno para él, o no plantearías esas cosas.

Volvió a tragar saliva con dificultad. Y Pascal se sintió fascinado por lo agitada que estaba, a pesar de la calma que fingía.

–Por si no lo recuerdas, soy la mujer a la que hiciste toda clase de promesas, que incumpliste al desaparecer. No tengo motivos para suponer que no harás lo mismo con mi hijo. Y en lugar de dejarme tiempo para solucionar esto…

–Has tenido seis años.

–…has decidido recurrir a la prepotencia.

Ya no estaba tan calmada. Él observó que el color le había vuelto a las mejillas y que sus ojos lo miraban airados. Seguía con los puños cerrados en el regazo. Parecía muy agitada.

«Estupendo», pensó.

–Tienes dos opciones: una es aceptar que ya no tienes capacidad de decisión y que no verás al niño o que lo harás cuando yo quiera.

–Eso es imposible, evidentemente –afirmó ella con voz temblorosa. ¿Cuál es la otra?

–Ya te lo he dicho –dijo él sin ocultar su satisfacción–. Cásate conmigo y lo verás todo lo que quieras.

Ella se levantó de un salto y a Pascal le dio la impresión de que iba a lanzarse sobre él, y se preparó para el impacto. Pero ella se acercó a la chimenea y cruzó los brazos, como si quisiera sostenerse. Pascal se quedó donde estaba y esperó a que llegara el final de la partida.

O a que ella volviera a mirarlo.

Ella habló con la vista clavada en el fuego.

–No entiendo por qué quieres casarte con alguien de quien tienes tan mala opinión –dijo con voz apagada.

Pascal se encogió de hombros.

–Sea cual sea mi opinión sobre ti o sobre las discutibles decisiones que has tomado, es evidente que has sido una excelente madre para mi hijo. Está sano y es feliz, tal como me habías dicho.

Como si Cecilia no supiera que él, por supuesto, había vuelto a ver al niño sin su permiso. Que ella se lo hubiera negado no era su problema. Se había mantenido a distancia del niño, no por obedecer las órdenes de su madre, ni de nadie, sino para no asustar a su hijo.

Esperaría a que ella se lo presentara y después haría lo que le diera la gana.

Cecilia esperó como si creyera que él iba a añadir algo más. Como no lo hizo, dijo:

–Eso no explica que te quieras casar conmigo.

Él recordó el momento en el campo en que había sentido una añoranza que hacía tiempo había descartado. Porque él era Pascal Furlani, no un ser blando y emotivo. Había sido una reacción a la sorpresa, eso era todo.

Hacía tiempo que nadie lo sorprendía.

Pero había tenido muchos días para acostumbrarse a ese giro de su vida. Lo único que importaba era que tenía un hijo. Y su hijo se merecía una familia, así que podía casarse con su madre o con otra mujer, le daba igual, pero iba a darle una familia a Dante.

En cualquier caso, el niño pasaría las siguientes Navidades con su padre, con el padre que los miembros del consejo de administración de su empresa no creían que pudiera ser.

–Soy profundamente antirromántico –esperó a que ella se girara levemente para volver a mirarlo–. Mi madre se pasaba mucho tiempo hablando de su gran aventura amorosa. Ensombreció mi vida. Y te puedo asegurar que el amor no tuvo nada que ver con aquella aventura.

Vio que ella reflexionaba sobre sus palabras.

–Así que me propones un matrimonio solo de nombre.

Pascal observó un leve brillo de esperanza en sus ojos.

Tal vez por eso se echó a reír.

O tal vez fuera porque era un canalla.

–No necesito que estés enamorada de mí, si te refieres a eso –dijo. Estaba disfrutando mucho–. Yo no soy capaz de amar, pero necesito una esposa. Llevo buscándola un tiempo. El problema es que no exijo que no haya ni la más leve sombra de escándalo asociada a ella.

–Yo soy la mujer que más escándalo ha provocado en el pueblo –afirmó ella con la esperanza de que eso la descalificara–. Es evidente que no soy la mejor opción para un hombre de tu… talla.

–Yo soy tu único escándalo – afirmó él. Y al distinguir un brillo calculador en sus ojos volvió a reír–. No te molestes en decirme lo contrario. Según todas mis fuentes, dentro y fuera de la abadía, yo he sido tu único error, lo que hace que seas perfecta para mis propósitos.

–Te aseguro que no quiero tener nada que ver con lo que denominas perfección.

–Puedes elegir, cara. Que no se diga que no soy magnánimo.

Pareció que ella iba a estrangularlo, lo que a él lo excitó instantáneamente.

–Sí, «magnánimo» es precisamente la palabra que habría elegido para describirte.

–Si decides casarte conmigo me harás un favor –prosiguió él, casi con alegría–. Me ayudarás a crear un encantadora apariencia de familia feliz para debilitar los argumentos de mi consejo de administración. Ya conoces a dos de sus miembros. Se dedican a conspirar contra mí, y que esté soltero y sin ataduras no contribuye a congraciarme con ellos. No voy a decirte que vaya a perdonarte lo que me has hecho, pero confío en demostrarte mi enorme gratitud.

Podría haberle dicho también que esperaba que Dante tuviera la familia que él no había tenido, pero no lo hizo.

–Tu gratitud –repitió ella–. O sería mejor decir que a lo que debo aspirar es a tu gratitud en potencia.

–Eso o a un fin de semana al mes, supervisado, por supuesto. Los progenitores que no tienen la custodia son famosos por desaparecer con sus hijos.

–¿Y si no te creo? –preguntó ella al cabo de unos segundos. Él notó que intentaba no perder la compostura–. ¿Y si pienso que solo tratas de intimidarme?

–Un niño de cinco años es capaz de superar la adversidad –afirmó él con su crueldad habitual–. Estaría bien que estuvieras presente cuando conozca a Dante. Estaría bien que organizaras el encuentro, pero no es necesario, Cecilia. Yo en tu lugar no lo olvidaría.

–¿O qué? –preguntó ella, airada–. ¿Me lo vas a robar para llevártelo a Roma?

–Sí, sin pensármelo dos veces.

Ella lo miró consternada.

Y ella era su fantasma, en otro tiempo su ángel. Pero eso no lo ablandó. Al contrario. Que hubiera creído que sentía algo por ella durante tantos años hacía más dolorosa su traición. La miró, implacable.

–¿Mamá? –la vocecita llegó de una puerta detrás de Pascal–. He oído voces.

Pascal se puso tenso y escudriñó el rostro de Cecilia. Y notó que ella contenía el deseo de decir al niño que volviera a la cama, de mantenerlo oculto un poco más, por fútil que fuera el gesto.

Creyó ver un brillo de desesperación en sus ojos, solo un destello, pero fue suficiente para que él se sintiera avergonzado.

Pero ella sonrió abiertamente, como si en sus ojos solo hubiera habido luz y dulzura.

–Ven, cariño –dijo tendiéndole la mano–. Tienes una visita especial.

Pascal se quedó inmóvil mientras oía los pasos del niño. Después observó que Dante, de mejillas sonrosadas y cabello negro revuelto, rodeaba el sofá, se dirigía a la chimenea y tomaba la mano de su madre.

Después lo miró con ojos somnolientos.

Unos ojos que eran negros como los suyos, con un círculo oscuro en torno al iris que él pensó que, si pudiera verlo más de cerca, sería del color violeta de los ojos de su madre.

Fue como una ataque cardiaco, pero sin dolor. Solo lo dejó petrificado.

Conocía a aquel niño. La forma del rostro era la misma que la suya. La nariz era la de su propia madre. Y también veía a Cecilia en él.

No se le había ocurrido que los niños fueran los verdaderos fantasmas, retazos del pasado renovados, pero sin interés alguno por los que se habían ido antes que ellos.

A Pascal le pareció que se había caído, aunque seguía sentado en el mismo sitio. Sintió lo mismo que había experimentado en el campo, pero aumentado, ya que ahora su hijo se hallaba frente a él y lo miraba.

Pascal nunca había entendido a su padre ni las decisiones que había tomado. Pero en aquellos momentos que transcurrían tan silenciosa y tranquilamente, a pesar de la cacofonía que había en su interior, lo entendió aún menos.

Que su padre hubiera abandonado a su hijo carecía de toda lógica.

–Dante –dijo Cecilia en voz baja pero alegre, como si fuera lo que había estado planeando desde el primer momento.

Y Pascal dejó de pensar en ese hombre cobarde e inútil con el que solo compartía la biología.

–Te presento a tu padre.

El niño lo miró con solemnidad durante unos segundos.

–Vale.

Después bostezó de forma que parecía que se le iba a romper la mandíbula y, sin mirar de nuevo a su madre ni a su flamante padre, se volvió a la cama.

Se casaron a la semana siguiente con una licencia especial.

Pascal se hallaba ante el mismo altar en el que había descubierto la existencia de una niño que lo había cambiado todo. Dante, su hijo, pensó con orgullo, se hallaba a su lado, con aspecto solemne y vestido con sus mejores galas.

Dante lo miró muy serio. Pascal le puso la mano en la cabeza sin pensarlo y experimentó una inesperada sensación de dulzura al ver cómo se le ajustaba la palma a la cabeza del niño.

Como si los hubieran diseñado para encajar de aquel modo: padre e hijo.

Se dijo que por eso casi se había emocionado cuando las monjas, sentadas en los bancos, comenzaron a cantar una versión de una marcha nupcial.

Entonces apareció Cecilia al principio de la nave. Y Pascal la miró.

No era feliz con él. No lo había ocultado en los días transcurridos entre aquella noche en que finalmente había aceptado la realidad y aquel momento.

–Lo que me preocupa es cómo va a vivir Dante todo esto –había dicho esa noche, después de que el niño se hubiera ido a la cama–. Se acaba de enterar de que eres su padre. No sé qué le va a parecer que me case con un desconocido.

–Los niños tienen una gran capacidad para recuperarse –afirmó Pascal con despreocupación.

–¿Y eso lo sabes por tu experiencia en criarlos?

–Si me falta esa experiencia, ¿de quién es la culpa, Cecilia?

Y ella había palidecido, pero no se había dado por vencida.

–Dante es más frágil de lo que parece.

–Si los niños no fueran fuertes, ni tú ni yo estaríamos aquí.

Ella había lanzado un tembloroso suspiro.

–No creo que debamos basar nada en tu infancia o en la mía. De hecho, me parece que lo mejor que podemos hacer es pensar en nuestra infancia y llevar a cabo justamente lo contrario.

Cecilia decidió que le dirían juntos que se iban a casar, haciendo un frente común siempre y en todo, insistió, si querían que aquello funcionara. Pascal no le recordó que ya no controlaba las condiciones ni ninguna otra cosa. Suponía que ya lo tenía claro.

–Y por funcionar –le espetó ella a la mañana siguiente, cuando él llegó a la hora convenida– no me refiero a que lo haga como a ti te satisfaga, sino a que sea lo mejor para Dante. Porque solo se trata de él.

–¿De qué otra cosa se iba a tratar? –preguntó él en un tono tan suave que ella se sonrojó.

Cuando le contaron a Dante sus planes, el niño sonrió.

–¿Vamos a ser una familia? Todos los demás niños tiene una.

–Sí –dijo Cecilia–. Seremos una familia. Viviremos bajo el mismo techo, pero no aquí. Vamos a trasladarnos a Roma, donde vive tu padre.

El niño parecía más preocupado por el camión de juguete con el que no dejaba de golpear la pata del sofá que por la conversación.

–La madre de Paolo me ha hablado de Roma –dijo–. Es de allí. Puedes tomarte un helado cuando quieras, no solo cuando los hace la cocinera de la abadía.

–Ya lo has visto –Pascal murmuró–. Ha sido muy fácil.

Ella le lanzó una mirada asesina.

Y a él le había parecido divertido.

Ella no puso objeciones para que Pascal estuviera el mayor tiempo posible con Dante el resto de los días hasta la boda. Lo cuidaba. Y él no se molestó en decirle lo que pensaba con respecto a que la futura señora Furlani se pasara los días limpiando, porque le quedaban muy pocos allí. Le daba igual que quisiera pasarlos fregando de rodillas en suelos de piedra.

Uno de esos días, ella lo halló en su habitación atendiendo al trabajo que se le amontonaba en el portátil. Él oyó un leve ruido, alzó la cabeza y allí estaba ella, en la puerta y con la fregona en la mano.

Y durante unos segundos fue como si hubieran retrocedido en el tiempo. A él se le ocurrió la extraña idea de que si se miraba se vería lleno de vendas, como cuando había llegado allí por primera vez; como si el accidente acabara de suceder.

Como si pudieran repetir su historia. Apartó ese pensamiento inmediatamente de su cabeza.

Y supo que ella estaba pensando lo mismo, a juzgar por la afligida mirada de sus hermosos ojos violetas.

Sus ojos fueron lo primero que había visto al despertar de la operación que le había salvado la vida. Esos ojos se habían abierto paso en la confusión de su cerebro y lo habían tentado a volver al mundo de los vivos.

Y esos mismos ojos se burlaban de su afirmación de que estaba allí solo por el niño.

Pero prefirió no analizarlo.

–Dante está haciendo un buen papel –dijo ella al cabo de unos segundos–. Pero, antes o después, todo esto acabará por caerle encima. Espero que estés preparado. Es un niño obstinado, que a veces me vuelve loca. Dudo que tu vida pueda adaptarse a un niño tan activo.

–Lo bueno de mi vida es que se adapta a mí, por lo que se convierte en lo que quiero.

–Y eso lo dice alguien que no tiene ni idea de lo que hablo. Y, en efecto –prosiguió antes de que él volviera a recordarle por qué carecía de experiencia en ese campo–, es culpa mía. Pero eres tú quien ha lanzado un ultimátum, no yo.

Pascal sabía que se refería a que era él quien insistía en casarse y que la presionaba con el niño para que accediera. Suponía que debería sentirse culpable, pero lo extraño era que tenía la conciencia tranquila.

–Tengo dinero en abundancia –afirmó él. Sonrió al ver que ella ponía los ojos en blanco–. No estoy alardeando. ¿Sabes lo que el dinero puede comprar? Niñeras, tutores, un ejército de personal preparado para cuidarlo. Todo lo que sea necesario para que la transición sea lo menos dolorosa posible para Dante. Y para mí.

–Pero no para mí, claro. ¿No te preocupa cómo sea la transición para mí?

–No especialmente.

Ella se pasó la lengua por los dientes.

–¿Qué esperas que haga?

Pascal la examinó durante unos segundos.

–Supongo que podrías fregar el suelo de mi casa, si te apetece, pero a mi ama de llaves no le gustaría.

Los ojos de ella relampaguearon.

–Fregar suelos no es vergonzoso.

–En general, no. Pero estamos hablando de la esposa de Pascal Furlani, no de una madre soltera anónima de un lejano pueblo de montaña.

Y no tenía intención de decirle que su forma de fulminarlo con la mirada lo incitaba a seguirla pinchando.

–Habrá determinadas expectativas sobre nosotros.

–Querrás decir que las tienes tú.

–Sí, claro, pero, por desgracia para ti, no solo yo.

Y si no estaba a la altura la ataría desnuda a su cama. No lo dijo en voz alta, pero tuvo que cambiar de postura para que ella no notara lo que estaba pensando.

–En primer lugar, deberás tener un guardarropa adecuado. Después tendré que enseñarte a desenvolverte en sociedad, a guardar las apariencias, ya me entiendes.

–¿Bromeas? No perteneces a la realeza. Eres un empresario.

–Hay muchas cosas que he aprendido a base de errores –dijo Pascal en voz queda–. Me da igual que no quieres aprovechar mi experiencia. Puedes convertirte en un espectáculo, si es lo que quieres. Te lo permitiré.

–¿Te sentirás avergonzado? –preguntó ella con frialdad–. Porque, si es así, me atraería.

–Yo puedo enfrentarme a la vergüenza. Pero ¿y Dante? Los niños pueden ser muy crueles.

Y había sonreído cuando ella se marchó por el pasillo golpeando con fuerza sus instrumentos de limpieza.

Él no veía el momento de que llegara el día de la boda.

–Creía que me daría usted un sermón –le dijo a la madre superiora ese día, que había ido a verlo, una vez vestido.

–¿Crees que serviría para algo? –le preguntó la anciana mirándolo con astucia–. ¿Me harías caso?

–Se lo hice la última vez –le recordó mientras se dirigían a la iglesia–. ¿Por qué no iba a volver a hacerlo?

–Hiciste caso a tu miedo, hijo –dijo la monja mientras llegaban a la puerta–. Yo solo fui un catalizador. Y te agradecería que recordases, cuando el miedo vuelva a susurrarte al oído, que hizo que te quedaras solo.

–Pero también me hizo muy rico –observó él con sequedad.

–La abadía espera que nos hagas una generosa donación –contestó ella de forma cortante.

Pascal no sabía por qué estaba recordando los comentarios de una monja anciana en un momento como aquel, en que estaba en la iglesia y Cecilia se le acercaba flotando como en uno de esos sueños que lo habían perseguido los años en que habían estado separados.

Llevaba un vestido de color crema y un velo.

Una vez lo había salvado; después lo había traicionado. Ahora iba a casarse con él, y pensó que la boda equilibraba la balanza.

Y la equilibraría más aún el lecho conyugal.

Ya la había besado larga y concienzudamente en aquella misma iglesia, sin que le hubiera caído un rayo encima. No era probable que pensar en su unión marital fuera a hacer temblar los muros que los rodeaban.

Ella llegó a su lado y él la tomó de la mano.

Y sucedió.

El cura fue rápido, mientras las monjas murmuraban con aprobación.

Pascal dijo «sí, quiero» en un tono tan alto que se podría haber oído en la habitación del hospital a la que no pensaba volver.

Cecilia lo hizo de forma más mesurada, pero lo dijo. No tartamudeó ni esperó unos segundos para crear suspense.

Y llegó el momento en que él le alzó el velo y se lo retiró del rostro.

Experimentó algo parecido a la furia, hasta que se dio cuenta de que no era furia, sino una sensación de triunfo.

Y era por ella, no por el niño.

Pero se negó a analizarla.

Besó a Cecilia con toda la pasión acumulada a lo largo de los años en que ella le había ocultado a su hijo y los días en que lo había obligado a cumplir penitencia en el hospital. La besó profundamente, sin importarle que las monjas se sintieran incómodas.

La besó hasta que no cupo duda alguna de que estaba reclamando lo que era suyo.

Y cuando alzó la cabeza, ella se tambaleó, aturdida.

Eso también le supuso una victoria.

Dante salió corriendo delante de ellos hacia la puerta. Pascal tomó a Cecilia de la mano y fueron tras él, mientras se apoderaba de él un instinto primitivo: su hijo, su esposa.

Su familia, por fin.

–Quiero que te quede clara una cosa –dijo su flamante esposa cuando salieron. Hacía una mañana de diciembre fría pero soleada.

Cecilia no se estremeció. Lo miró mientras Dante corría alrededor del coche de Pascal, que los esperaba.

–Creo que nunca he tenido las cosas más claras, cara –afirmó él.

Ella lo miró a los ojos y le sostuvo la mirada mientras alzaba la barbilla.

–Me has obligado a hacer esto, y lo he hecho por Dante. Pero debes saber que da igual que me beses así. El matrimonio no se consumará.

Pascal rio.

Le acarició el rostro y le sonrió, porque sabía cómo conseguir lo que deseaba, y lo haría. Siempre lo hacía.

–Mi querida esposa –dijo saboreando las palabras, al igual que el temblor de ella.

Estaba seguro de que era la furia la que la hacía temblar. Y eso también le gustó.

–Me suplicarás.

Capítulo 8

ROMA era una ciudad chispeante y demasiado grande, Cecilia se había casado, cuando no pensaba hacerlo, y mucho menos con tanta prisa y bajo presión, y no había nada en la nueva vida que la esperaba que tuviera sentido.

Pascal los había llevado en coche desde las montañas. Solo se habían detenido a comer, a estirar las piernas y para que Dante se desfogara un poco corriendo.

Cecilia se había puesto ropa de viaje, después de la ceremonia, ropa que su esposo había elegido para ella. No quería llevar nada que él le hubiera regalado, pero tampoco que las monjas se dieran cuenta de lo problemático y estresante de su boda.

–No quiero que me vistas –le había dicho ella frunciendo el ceño ante las prendas que él le había entregado la noche anterior a la ceremonia: el vestido de novia y ropa para el viaje, acompañados de la orden de que dejara que hiciera el equipaje el personal que pensaba enviar a su casa después de que se hubieran ido. Sus empleados recogerían sus efectos personales y dejarían los muebles.

Eso también la había enfurecido. Todo la enfurecía.

–Como si fuera una muñeca –concluyó ella.

–Hasta ahora solo te he proporcionado la ropa que me gustaría que te pusieras. ¿También quieres que te vista? Porque eso es otra historia.

Ella no quería pensar en eso.

O, para ser más exactos, era en lo único que había pensado la larga noche anterior. No había dejado de dar vueltas en la cama y de mirar al techo. Se había levantado, se había puesto el vestido de novia y había ido a la iglesia.

Y ahora era la esposa de Pascal.

La verdad era que no quería pensar demasiado ni en la ceremonia nupcial ni en que había abandonado el único hogar que conocía por un futuro inquietante y desconocido.

Y, desde luego, no quería pensar en la provocación de él después de la ceremonia.

No iba a suplicarle nada, nunca.

Pero aunque lo pensaba en serio, una rápida mirada a su esposo y a su forma de conducir segura y relajada, la hizo estremecerse.

Se entretuvo con Dante, que estaba sobreexcitado y le costaba contenerse en el largo viaje. Hubo rabietas, lágrimas, demasiados dulces y no suficientes vídeos. Y cuando por fin llegaron a Roma, Pascal apretaba los labios y Cecilia estaba reventada.

Pero aún le quedaron fuerzas para, al bajar del coche en el garaje, decirle a Pascal en tono de superioridad:

–Recuerda que tú te lo has buscado.

Pascal la fulminó con la mirada, antes de tomar a Dante en brazos, porque por fin se había dormido, y subir por una escalera a lo que consideraba su hogar: tres plantas del edificio.

Cecilia se sentía abrumada.

Lo atribuyó al cansancio. La preció que era incapaz de entender todo aquel brillo, las vistas, el enorme vestíbulo, donde colgaba una araña de cristal del tamaño de su casa, y todo el mobiliario, que proclamaba a los cuatro vientos lo caro que era.

La cosa empeoró a la mañana siguiente.

Porque una cosa era ver a un hombre poderoso con ropa cara en una revista; al fin y al cabo, las revistas estaban llenos de ellos. Pero otra muy distinta era hallarse en medio de ese poder, en vez de limitarse a leer sobre él; verse envuelta y sentir que se ahogaba y que había hecho una tontería al ir allí.

Lo único en que pensaba al haber accedido era en estar cerca de su hijo. Y eso era lo único importante, se dijo esa mañana mientras deambulaba por aquel enorme y silencioso espacio, que era el lugar de residencia más grande en el que había estado.

Sin embargo, también debería haber pensado que era una mujer sencilla.

Su versión de una vida complicada se hallaba en los límites del pueblecito que era su único hogar conocido y de la buena o mala opinión de sus habitantes sobre ella. Y tanto cuando había vivido dentro de la abadía como cuando lo había hecho en su casita, la abadía, que era el centro del pueblo, también era todo su mundo.

«No tenías más remedio que venir», se dijo.

Pero eso no era un consuelo.

Se sentía mareada, sensación que no remitió con el paso de los días, mientras la oscuridad del año que terminaba solo se veía iluminada por los adornos navideños, dondequiera que mirara en aquella nueva ciudad.

Pascal había cumplido su palabra. Había contratado a un ejército de empleados para atender las necesidades de Dante. Y a Dante lo fascinaban sus nuevos entretenimientos, por lo que, aunque Cecilia habría querido reclamar la atención de su hijo, él no quería irse con ella cuando estaba jugando, haciendo trabajos manuales o practicando escalas en el piano que tenía en su habitación.

Quería seguir haciendo lo que hacía, acompañado de toda aquella gente que le resultaba más entretenida que su madre.

–No sé qué esperas que haga al haberme obligado a venir aquí –le dijo a Pascal, furiosa, una mañana, al cabo de pocos días de llegar–. No estoy acostumbrada a estar sin hacer nada.

Pascal se hallaba en el despacho leyendo la prensa mundial y tomándose un café.

Él le ha había dirigido una mirada burlona.

–Estás en Roma –dijo él, levemente asombrado de que fuera necesario recordárselo–. Si no puedes entretenerte aquí, no podrás hacerlo en ningún sitio.

Ella no halló una respuesta que darle que él no hubiera considerado un desafío, así que no dijo nada. Aceptó que, por primera vez desde que tenía memoria, se las tendría que arreglar sola.

Así que salió y se perdió por las viejas calles de la ciudad.

Y en medio de aquel esplendor caótico de tres mil años de historia, mientras se extraviaba en una calle para volver a hallar su camino en otra, se dio cuenta de que se había olvidado de que se acercaba la Navidad.

Era su época del año preferida.

Un día, a última hora de la tarde, estaba en el café de una concurrida piazza, tomando un café con leche. Era un día frío, húmedo y nublado. Había dejado a Dante a cargo de sus cuidadores, que, siendo sincera, le caían muy bien.

¿Cómo iba a discutirle a Pascal su deseo que el niño recibiera esos cuidados cuando ella lo dejaba con la vecina mientras trabajaba?

No podía. Mejor dicho, podía hacerlo, pero le daba miedo.

Había algo en Pascal, ahora que estaba en su elemento, que la hacía sentir como si no pisara el suelo. Y no porque se abriera bajo sus pies, como a veces le había parecido, sino porque Pascal se había apoderado de él.

Suspiró al mirar la piazza y las luces y adornos que la hacían brillar, aunque había empezado a oscurecer.

Casi se sintió en paz.

En esa época del año, la abadía siempre le había parecido mágica. Las hermanas cantaban villancicos por la mañana y el pueblo se engalanaba decorando los árboles con luces, las puertas con guirnaldas y las ventanas con velas.

De repente, se sintió desanimada por no estar allí.

No esperaba echarlo tanto de menos. Le producía un dolor físico no poder salir, andar cinco minutos, hiciera el tiempo que hiciera, y buscar la fresca y serena protección de la abadía. Y no tener a mano a la madre superiora para que hiciera alguno de sus comentarios, ya fuera seco o sabio.

Por primera vez en su vida estaba sola, y no podía decir que le gustara.

Más tarde, después de salir del café, buscó el camino de vuelta en el laberinto de calles llenas de gente y coches. Solo se perdió dos veces antes de llegar a casa de Pascal, lo que, en su opinión, era un avance.

Le dijeron que Dante estaba cenando y que después lo bañarían, antes de acostarlo.

Ya no le preguntaban qué le parecía lo que hacían con el niño, sino que se limitaban a llevarlo a cabo.

Notó que se apoderaba de ella la ira, o tal vez fuera el miedo. Sabía que aquello formaba parte del plan de Pascal. Como represalia, hacía todo lo posible para demostrarle lo fácil que era mantenerla apartada de su hijo.

Y ella dejaba que lo hiciera, sin intervenir, cuando debería entrar furiosa en el comedor, mientras su hijo cenaba, echar a todos los empleados y quedarse con él.

Echó a andar en esa dirección, pero se detuvo.

Dante se lo estaba pasando como nunca, le gustara o no a ella. ¿Qué derecho tenía a privarlo de aquello porque se sintiera dolida o sola? Era su único hijo y el heredero de un hombre tremendamente rico. Si así se criaban los niños ricos, cosa que desde luego no sabía, ¿quién era ella para negárselo?

Dio media vuelta y se dirigió al salón más cercano a mirar por la ventana a la gente y las luces de una ciudad en la que aún le resultaba difícil pensar que vivía.

No se trataba de que no viera a su hijo. Dante siempre sabía dónde estaba y los empleados podían ponerse en contacto con ella si la necesitaban. Debería felicitarse por haber criado a un niño seguro y confiado, que estaba contento de sumergirse en su nueva vida sin pensárselo dos veces.

Ella también conseguiría hacerlo, se dijo. Hallaría el modo de ser feliz con todo aquello. Por él.

–Pareces triste, cara –oyó la voz baja e insinuante de Pascal a su espalda.

Como si le divirtiera verla así.

Cecilia tardó en volverse. Era temprano para que él estuviera en casa. A ella le disgustaba conocer sus horarios y rutinas, porque, y era una tragedia, había comenzado a esperar su regreso por la noche. Se decía que se debía a que cada vez se fiaba menos de él, por lo que debía atrincherarse en la medida de lo posible.

Pero no era verdad.

Lo miró sabiendo que no sentía una sola cosa al hacerlo, sino una mezcla de culpa e ira, una cólera largo tiempo contenida y, por debajo de todo ello, el deseo que él le provocaba sin siquiera intentarlo.

Seguía sintiendo el beso que le había dado el día de la boda, en medio de la iglesia.

–No estoy triste. Estaba pensando, como siempre, en que insistieras en que nos casáramos, cuando resulta que no tengo nada que hacer aquí, salvo deambular por las calles de Roma como si fuera una eterna turista.

Él se había quedado en la puerta. Llevaba el traje de exquisito corte que se ponía para trabajar. Y ella habría preferido que se tratara de la fotografía de una revista, que solo lo presentaba en dos dimensiones y donde no se podía apreciar su poder y era posible apartar la vista de él.

En las revistas era evidente que era guapo, pero, en realidad, era peligroso.

Le había resultado más fácil odiarlo en la montaña. En Roma, ella se hallaba fuera de lugar, por lo que le resultaba más difícil.

–Eres mi esposa –dijo él con una arrogancia que debería repelerla. Que no lo hiciera la avergonzaba–. Ese es tu papel. Y no te engañes, es un trabajo. ¿Crees que podrás con él?

–¿Es ahora cuando vas enseñarme lo que debo llevar y a saber qué tenedor debo utilizar? –preguntó ella con voz ácida–. Entenderás que no pongo objeciones a la clases de etiqueta, sino al profesor.

Ya no sabía en quién se había convertido en esos extraños y confusos días en una ciudad tan grande que la sobrepasaba. Y se hallaba en poder de él hasta tal punto que no se entendía a sí misma.

Sin embargo, le daba la impresión de que él la entendía muy bien.

En la orgullosa boca de Pascal se dibujó una leve sonrisa.

–He pasado mucho tiempo buscando a la esposa ideal. Mis requisitos eran sencillos: desenvoltura, gracia y elegancia.

A Cecilia le desagradó que pareciera una lista de sus fallos.

–Soy una niña abandonada que quería ser monja –afirmó ella a la defensiva–. Una mujer deshonrada que fregaba suelos para cuidar de su hijo ilegítimo. No hay gracia ni desenvoltura en eso. Y si querías elegancia… Fuiste tú quien exigió que nos casáramos.

–Y aquí estamos –murmuró él entrando en el salón–. Tal como yo quería.

El salón era una de las diversas zonas sin sentido de aquel inmenso sitio. En opinión de Cecilia, el motivo de que hubiera tantas habitaciones en aquella casa era llenarlas de cosas innecesarias: antigüedades, obras de arte, un piano o cualquier otra cosa que demostrara la posición social de su dueño.

De no ser por eso, ¿qué otra razón podía haber para tenerlas? Si se imaginaba aquella casa como un museo, tenía más sentido.

Pero ¿era ella una pieza más de la colección?

–Estamos casados a ojos de Dios y de los hombres. No puedes fingir lo contrario.

–No finjo nada.

–¿Estás lista para cumplir tus deberes a ese respecto? –él seguía sonriendo, pero ella sabía que era una advertencia–. Te prevengo que eso requerirá que pases menos tiempo ociosa y más a mi lado.

–No me atrae mucho la idea.

La sonrisa de Pascal se hizo más ancha.

–Pues en la cama te gusta bastante.

Ella se lo debería haber esperado.

Pero se había esforzado al máximo en no pensar en las noches allí.

Pascal había insistido en que durmieran juntos.

La primera noche había sido ella quien acostó a Dante diciendo que no le gustaba dormir en sitios que no conocía. Y se acurrucó a su lado porque, en realidad, era a ella a la que no le gustaba.

Al despertar, su esposo la llevaba en brazos por la casa, y le entró pánico.

–Tranquilízate. Solo te llevo al lecho conyugal, cara. No voy a pedirte que hagas nada.

–Estoy muy tranquila –le espetó ella. Y cuando llegaron a los aposentos de Pascal, no la tranquilizó precisamente saber que ahora también eran suyos–. Bájame.

Estuvo a punto de pedírselo por favor, pero eso sería suplicar.

Pascal rio, pero lo hizo. Ella estaba aterrorizada. Seguía llevando la ropa que él le había comprado para viajar ese día, ropa que deseaba odiar, pero le era imposible porque nunca había llevado un jersey tan suave y cálido ni unos pantalones tan cómodos para estar sentada durante horas y que, además, no se arrugaban. Incluso los zapatos eran elegantes y cómodos.

Cecilia se había mirado en muchos espejos en aquella absurda casa y no se reconocía. Ya no parecía una mujer sencilla que había querido ser monja ni, desde luego, una mujer de campo que se ganaba la vida fregando suelos.

Y le inquietó que un simple cambio de ropa la hiciera parecer una mujer que no desentonaba en un sitio como aquel.

–No voy a suplicarte –le espetó ella. No le gustaba la forma intensa en que la miraba.

Mientras ella dormía con su hijo, como si el niño le diera seguridad, en vez de lo contrario, Pascal se había duchado, a juzgar por el cabello húmedo. Y solo se había puesto unos pantalones de cintura baja.

No llevaba nada más.

–¿Te he pedido que me supliques? –preguntó él con suavidad–. ¿Esta noche?

A Cecilia le pareció que la hacía arder. Era un hombre de perfecta constitución física. La boca se le hacía agua al mirarlo. Ya lo había pensado años antes, pero ahora era incluso peor.

Las cicatrices le recorrían el lado izquierdo de la mandíbula y el cuello, pero ahora parecían adornos, indicadores en el mapa de su masculina belleza.

Y la verdad era que Cecilia no estaba segura de poder enfrentarse a aquello.

–Entonces, ¿para qué me has traído aquí?

–Vas a dormir en mi cama –le dijo con su brusquedad habitual–. Y no vas a acostarte vestida. Me sentiría insultado.

–Pero Dante…

–El niño estará vigilado, como es natural, pero por los empleados a los que pago a tal fin. Si Dante te necesita, ellos nos avisarán inmediatamente.

–Pero…

–Cecilia…

Ella detestaba el tono suave de su voz, porque era el más peligroso e implacable.

–No me he casado para vivir apartado de mi esposa.

–Esta boda ha sido una especie de chantaje.

–No me he casado contigo para chantajearte.

Y ella estuvo a punto de creerle, hasta que se encogió de hombros. Y el maravilloso movimiento de su musculoso pecho le dejó la boca seca.

–Pero más vale que recuerdes que este matrimonio se ha llevado a cabo porque me conviene a mí, no a ti.

Cecilia lo sabía perfectamente.

–Ya te he dado más que suficiente para toda una vida. No voy a darte nada más.

En la sensual boca de él se dibujó una sonrisa, mientras la miraba con complicidad.

–Ya te he dicho lo que va a suceder, pero te voy a dar detalles.

–No hace falta –dijo ella, pero él no le hizo caso.

–Me rogarás que te acaricie y lo harás más pronto que tarde, hazme caso.

Entonces, cuando ella creyó que la tocaría y la arrastraría contra su voluntad, él hizo justamente lo contrario. Se dirigió a la enorme cama que dominaba la habitación, que ella se había esforzado en no mirar.

Cecilia lo observó, sorprendida y ligeramente molesta, mientras se tumbaba en la cama como un antiguo emperador romano.

–¿Necesitas dormir un rato antes de acabar de amenazarme? –preguntó, tal vez con demasiada emoción en la voz.

–Quiero que vengas a la cama –dijo Pascal–. Pero no voy a pelearme contigo. Si te vas a dormir a otro sitio, iré a buscarte, te volveré a traer y te dejaré de pie ahí donde estás, hasta que entres en razón y te acuestes a mi lado. Las preguntas que debes hacerte son si estás muy cansada y cuántas veces quieres que hagamos eso.

–Estoy exhausta. Y no quiero hacer nada de todo eso.

–Entonces, yo en tu lugar me acostaría ahora mismo, en vez de montar un número que va a acabar del mismo modo.

Y Cecilia lo creyó. Salió de la habitación, no para alejarse de él, sino para lavarse después de tan largo viaje. Se lavó el rostro y se puso lo único que tenía que parecía apropiado para acostarse: la combinación que había llevado bajo el vestido de novia. Le pareció ridículo ponérsela para dormir.

Pero la alternativa era meterse desnuda en la cama de Pascal.

Lo cual era imposible.

Volvió a la habitación. Pascal estaba tecleando algo en el móvil, tan tranquilo. Lo fulminó con la mirada, pero él no alzó la vista. De todos modos, sintió su mirada mientras se acercaba a los pies de la cama, por el lado opuesto, y se detenía allí.

De repente entendió a qué jugaba.

Era la primera rendición. Él podría haberla tomado en brazos y tumbado en la cama; haberla besado hasta que se olvidara de su nombre.

Pero la estaba obligando a que lo hiciera ella.

Debería haber salido corriendo para encerrarse en una de las muchas habitaciones vacías.

Pero no lo hizo. Se tumbó en la cama lo más cerca posible del borde, rígida y resentida, como una mártir en la hoguera.

Poco después, Pascal apagó la luz. Cecilia esperó con los músculos en tensión que él se echara sobre ella, que se tomara libertades, que se desdijera de su palabra…

Pero en un brevísimo espacio de tiempo, que indicaba que él no estaba en absoluto preocupado, oyó que respiraba acompasadamente.

Se había dormido.

Y ella se había quedado agarrada al borde de la cama como si esperara que la fueran a arrancar de allí en cualquier momento.

A la mañana siguiente se despertó con una sensación de calidez tan grande que pensó que estaba acurrucada sobre la superficie del sol.

Ni mucho menos.

Estaba acurrucada contra Pascal, con las piernas enlazadas en las de él, el cabello sobre su pecho y la boca contra los duros músculos del mismo.

Contuvo la respiración, horrorizada, y se echó a un lado esperando que el siguiera…

–Sigues teniendo un tacto de seda –dijo él con voz somnolienta y divertida–. Cuando me lo supliques querida, te haré gemir sin parar.

–Ni lo sueñes –contestó ella entre dientes mientras se levantaba y se dirigía al cuarto de baño.

–Por favor, cara.

Su mirada estaba tan llena de deseo que ella estuvo a punto de tropezar. Y notó que se derretía.

–En mis sueños soy mucho más exigente.

Desde entonces, todas las noches habían sido iguales.

Si Pascal estaba en casa cuando ella se iba a acostar, él lo hacía muy separado de ella y no realizaba ningún intento de aproximación. Sin embargo, cada mañana, cuando se despertaban, estaban abrazados.

Si él no había vuelto cuando Cecilia se acostaba, ella se despertaba sobresaltada cuando él se metía en la cama, segura de que esa noche atravesaría la línea invisible trazada en el centro de la misma. Pero no lo hacía.

Daba igual. Seguían despertándose abrazados.

Cecilia comenzó a darse cuenta de que su cuerpo deseaba a Pascal.

Mientras se hallaba allí, en uno de los numerosos salones adornados con objetos de valor, la ventana a su espalda y un incierto futuro frente a ella, Cecilia no quería quedarse sin respiración. Fulminó a Pascal con la mirada.

–¿No tienes una respuesta inteligente? Me decepcionas –dijo él.

–¿Forma parte de mi castigo? ¿No te basta con obligarme a dormir en la misma cama? ¿Hace falta que además te burles?

–No te castigo. Si lo hiciera, te darías cuenta.

–No sé en qué puede diferenciarse un castigo de esto.

–En primer lugar, sería tanto público como privado.

Ella iba para monja y se había quedado embarazada. ¿Podía hacerle él algo por lo que ya no hubiera pasado?

–No creo que la humillación pública sea buena para Dante, que se supone que es lo único importante, ¿no? ¡Con cuánta facilidad olvidas!

–No me he olvidado de nada.

Ella no pretendía entender al hombre con el que se había casado. La miraba de una forma, con enfado y deseo a la vez, que la inquietaba profundamente. Salió apresuradamente del salón, dispuesta, finalmente, a participar en los preparativos de acostar a Dante.

Necesitaba algo a lo que agarrarse.

Dijo a los empleados que se fueran, leyó un cuento a su hijo y lo besó mientras se quedaba dormido, como si nada hubiera cambiado, salvo el tamaño de la habitación.

Y fue allí, en la oscuridad, mientras su hijo soñaba, donde tuvo que reconocer la verdad contra la que luchaba: a su corazón no le preocupaba Dante. El niño se criaría muy bien allí, y no le cabía duda alguna de que Pascal lo quería.

Verlos juntos la conmovía. Ver al hombre que la abrumaba ponerse en cuclillas para hablar con seriedad y amabilidad a su hijo, al hijo de ambos, la emocionaba.

Y aunque se dijera que había ido a Roma a salvar a Dante de su padre, esa noche supo que no era cierto. No temía que Pascal fuera a hacerle daño en ningún sentido.

Estaba más preocupada por el daño que pudiera hacerle a ella.

A la mañana siguiente, cuando se despertó, él no estaba. Le pareció que era una premonición hecha realidad.

–Me temo que hoy no va a poder salir –le dijo el ama de llaves cuando se disponía a marcharse, tras el desayuno–. Hay paparazis alrededor del edificio, y el señor Furlani preferiría que no les proporcionara munición.

–¿Munición? ¿Paparazis?

La mujer le entregó los periódicos de la mañana. Y allí estaba: una fotografía de los dos en la boda. Pascal se inclinaba hacia ella para besarla.

Cecilia tuvo dificultades para reconocerse. Parecía sofocada y tenía los ojos brillantes, como la chica estúpida que era al conocerlo.

No le gustó que les hubieran hecho esa foto y mucho menos que ahora la pudiera contemplar todo el mundo. Lo vivió como una especie de muerte.

Pero aún peor que verse expuesta de aquella manera era que Dante también apareciera en los periódicos.

Su dulce rostro aparecía a todo color.

¡Furlani reclama a su hijo!, proclamaba un titular.

Y justo debajo: Vuelve a burlarse de su padre.

Y todo le quedó claro.

Fue como si la hubiera atropellado un camión. Se sentó en el comedor. Le pitaban los oídos y se le había revuelto el estómago. Leyó todos los artículos que encontró y sacó el móvil para buscar más.

Y cada palabra que leía era un clavo en su corazón.

–¿Cómo se ha ido el señor Furlani esta mañana? –preguntó al ama de llaves.

–En coche, signora, pero…

–Pues búsqueme un coche.

Y así se encontró sentada en la parte de atrás de un lujoso vehículo, cuya marca desconocía, tras cristales tintados, mientras unos hombres golpeaban a los lados del coche con los puños. A ese pozo había arrojado su esposo a su hijo. Todo para ganar puntos con respecto a su propio padre.

Nunca se había tratado de Dante.

«Ni de ti».

Las oficinas de Pascal estaban decoradas con muebles bajos y toques de acero. La hizo pensar en el hombre con el que se había casado, tan hermoso y austero por fuera, pero duro y mentiroso por dentro.

Su secretaria fue a su encuentro, tras una corta e indigna discusión en el mostrador de recepción, y la condujo a través de despachos separados entre sí por mamparas de cristal. La llevó directamente al centro, donde un grupo de hombres se hallaba sentado en torno a una larga mesa.

Cecilia comenzaba a arrepentirse de haber ido hasta allí, con la idea de decir a su esposo lo que pensaba de sus jueguecitos. Pero ya era tarde.

La secretaria llamó dos veces a la puerta y la abrió. Y todos los hombres se volvieron a mirar a Cecilia.

Pero ella solo notó la mirada de Pascal.

Y su esposo no se levantó de la silla de un salto ni se mostró sorprendido al verla y mirarla a los ojos.

Y a ella le dio la extraña impresión de que era él quien se sentía siempre fuera de lugar. Incluso allí.

–Voy a presentarles a la mujer en cuestión, caballeros –dijo, como si ella estuviera allí porque la había invitado–. Cecilia Furlani en carne y hueso. No es un truco publicitario, que es de lo que me habéis acusado, sino mi esposa.

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