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Nadar en la oscuridad

Nadar en la oscuridad
Tomasz Jedrowski
Traducción de Bruno Álvarez Herrero y José Monserrat Vicent

Primera edición: septiembre de 2021
SWIMMING IN THE DARK COPYRIGHT © Tomasz Jedrowski, 2020
© de la traducción: Bruno Álvarez Herrero y José Monserrat Vicent
© de esta edición: Dos Bigotes, A.C.
Publicado por Dos Bigotes, A.C.
www.dosbigotes.es
ISBN: 978-84-122925-9-6
Depósito legal: M-23061-2021
Impreso por Kadmos
www.kadmos.es
Diseño de colección:
Raúl Lázaro
www.escueladecebras.com
La traducción de este libro se rige por el contrato tipo propuesto por ACE Traductores.
Todos los derechos reservados. La reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio, deberá tener el permiso previo por escrito de la editorial.
El papel utilizado para la impresión de Nadar en la oscuridad es cien por cien libre de cloro y está calificado como papel reciclable.
Impreso en España — Printed in Spain
A Laurent, mi hogar.
«La obra que está a punto de comenzar transcurre
en Polonia; es decir, en ninguna parte».
Alfred Jarry, Ubú Rey
«Wszystko mija, nawet najdłuższa żmija» («Todo pasa, incluso la más larga de las víboras»). Stanisław Jerzy Lec, Pensamientos despeinados
Inhalt
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Agradecimientos
TÍTULOS DE DOS BIGOTES
Prólogo
No sé qué es lo que me ha despertado esta noche. No han sido los golpes de la rama del castaño contra la ventana, ni Pani Kolecka tosiendo en la habitación de al lado. Ya no. Tal vez hayan sido los fantasmas de esos ruidos, arrastrados por el viento, acarreados a través del océano para llamar a la puerta de mi conciencia. Tal vez. De una cosa sí estoy seguro: siento el cuerpo agotado, como un país extranjero tras una guerra. Y, sin embargo, no puedo volver a dormir.
Pienso en ti. El rostro que mi memoria es capaz de evocar a grandes rasgos, pero con los pequeños detalles, con los ojos azules grisáceos, del mismo color que el mar Báltico en invierno. Pienso en tu rostro mientras me levanto, mientras me muevo en la oscuridad, de la cama a la ventana, con la ropa tirada por el suelo como pensamientos inconclusos. Y entonces me acuerdo de la noche de ayer, y un escalofrío me obliga a pararme en seco. La radio estaba encendida; era la hora en que ponían canciones, como cada día después de trabajar. Sonaba algo ligero, no recuerdo el qué. Estaba de pie en la cocina, buscando el café, cuando la música cesó.
«Interrumpimos la programación para ofrecerles un comunicado especial —dijo una mujer con una voz dulce y profunda—. Esta mañana, a trece de diciembre, se ha declarado la ley marcial en el Estado socialista de la República Popular de Polonia. Es el resultado de semanas de huelgas y disturbios por parte de los manifestantes prodemocráticos y del ascenso meteórico del primer sindicato independiente del bloque comunista, Solidarność —dijo mal pronunciado—. En un discurso televisado, el gobierno ha anunciado una serie de medidas drásticas: se han cerrado las escuelas, las universidades y las fronteras del país, y se han impuesto toques de queda. Les mantendremos informados de cualquier novedad».
Volvió a sonar la música.
Me resulta imposible expresar cómo me sentí en aquel momento. Fue una parálisis total. Se me debió de bloquear el cuerpo antes de que mi mente pudiera reaccionar. No tengo ni idea de cómo llegué hasta la cama.
Enciendo un cigarro junto a la ventana. Fuera, la calle está vacía y la lluvia nocturna brilla sobre el asfalto, reflejando los edificios de dos plantas y la luz de neón crepitante. «24 horas», se lee sobre la hamburguesería del final de la calle. «Supermercado Wanda’s Greenpoint», susurra otro neón en rojo y blanco. Se oyen sirenas de policía a lo lejos. Curiosamente, suenan igual que las de casa. Cada vez que oigo una, se me eriza el vello de los antebrazos. Me recuerdan a la noche en que ese mismo sonido estridente se propagó por una ciudad lejana. Antes de que dicha ciudad se convirtiera en un esbozo, algo que aparece en las noticias extranjeras. Antes de que la soledad me cubriera como el alquitrán azul de la noche.
No sé si quiero que leas esto, pero sé que necesito escribirlo. Porque llevas demasiado tiempo en mis pensamientos. Desde aquel día, hace doce meses, en que me subí a un avión y volé a través de las espesas capas de nubes del océano. Un año sin verte, un año que he sentido como un limbo; desde entonces he estado engañándome a mí mismo. Y ahora que estoy aquí atrapado, en la temible seguridad de los Estados Unidos, mientras nuestro país se desmorona, ya no pienso fingir que te he borrado de mi mente. Hay cosas que no se pueden borrar con silencio. Hay gente que tiene ese poder sobre ti, te guste o no. Ahora empiezo a verlo. Hay personas y hechos que te hacen perder la cabeza. Son como guillotinas; te dividen la vida en dos: lo vivo y lo muerto, el antes y el después.
Es mejor empezar por el principio, o al menos lo que a mí me parece que fue el principio. Ahora me doy cuenta de que nunca llegamos a hablar mucho de nuestro pasado. Puede que las cosas hubieran cambiado si lo hubiésemos hablado. Puede que nos hubiéramos entendido mejor, y todo habría sido distinto. ¿Quién sabe? En cualquier caso, seguro que nunca te he hablado sobre Beniek. Él llegó más de una década antes que tú. Yo tenía nueve años, y él también.
Capítulo 1
Conocía a Beniek de casi toda la vida. Vivía a la vuelta de la esquina, en nuestro barrio de Breslavia, compuesto por calles curvadas y edificios de apartamentos de tres plantas que, vistos desde el aire, formaban un águila gigante, el símbolo de nuestra nación. Había setos y patios amplios con un pequeño jardín para cada piso, sótanos fríos y húmedos y áticos polvorientos. Nuestras familias no llevaban ni veinte años viviendo allí. En nuestros buzones todavía ponía «Briefe», en alemán. Todos —quienes habían vivido allí antes y quienes los habían sustituido— se habían visto obligados a abandonar su hogar. De un día para otro, las fronteras del continente habían cambiado, redibujadas como las líneas de tiza de la rayuela cuando jugábamos en la calle. Al final de la guerra, el este de Alemania se convirtió en Polonia, y el este de Polonia, en la Unión Soviética. La familia de mi abuela se vio obligada a abandonar su tierra, cerca de Leópolis. Los soviéticos se apropiaron de su casa y se los llevaron en los mismos trenes de ganado que habían transportado a los judíos a los campos un año o dos antes. Acabaron en Breslavia, una ciudad habitada por los alemanes desde hacía cientos de años, en un apartamento que acababa de abandonar una familia que nunca llegaríamos a conocer, con los platos aún en el fregadero y las migas de pan sobre la mesa. Ahí es donde crecí.
En las amplias calles, bordeadas de árboles y bancos, jugábamos juntos todos los niños del barrio. Jugábamos al pillapilla y a la comba con las niñas, y correteábamos por los patios, gritando y saltando por las barras dobles que recordaban a postes de rugby en las que las mujeres colgaban y sacudían las alfombras. Los adultos nos regañaban y salíamos corriendo. Éramos niños polvorientos. En verano corríamos por las calles con pantalones cortos, calcetines hasta la rodilla y tirantes, y con abrigos finos de lana cuando el suelo se cubría de hojas en otoño, y seguíamos corriendo después de que la escarcha invadiera el suelo y el aire nos arañara los pulmones y se nos convirtiera el aliento en nubes ante nuestros ojos. En primavera, el día de Śmigus-Dyngus1, tirábamos cubos de agua sobre cualquier chica que no fuera lo bastante rápida para escapar, y luego nos perseguíamos y nos empapábamos los unos a los otros y volvíamos a casa calados hasta los huesos. Los domingos lanzábamos piedras a las botellas de leche que había en los alféizares de las ventanas, en lo alto, donde nadie pudiera robarlas, y huíamos con auténtico miedo cuando rompíamos alguna y la leche bajaba despacio por el edificio, chorros blancos que recorrían como lágrimas la fachada cubierta de hollín.
Beniek formaba parte de ese grupo de chicos. Era uno de los más atrevidos. Por entonces, creo que no habíamos hablado nunca, pero yo ya me había fijado en él. Era más alto que la mayoría de nosotros, y algo más moreno, con unas pestañas largas y una mirada rebelde. Y era amable. Una vez, cuando estábamos escapándonos de un adulto, después de alguna travesura que ya no recuerdo, me tropecé y me caí sobre la gravilla hiriente. Los demás me adelantaron levantando el polvo a su paso e intenté ponerme de pie. Me sangraba la rodilla.
—¿Estás bien?
Beniek estaba de pie junto a mí, tendiéndome la mano. La cogí y sentí la fuerza de su cuerpo al tirar de mí.
—Gracias —murmuré, y él me dirigió una sonrisa alentadora antes de salir corriendo. Lo seguí tan rápido como pude, feliz, olvidando el dolor de la rodilla.
Más adelante, Beniek se cambió de colegio y dejé de verlo. Pero volvimos a encontrarnos para nuestra primera comunión.
La iglesia de la comunidad estaba a un tiro de piedra de nuestra calle, pasado el parquecito en el que nunca jugábamos por culpa de los borrachos y más allá del cementerio en el que enterrarían a mi madre años después. Íbamos a la iglesia todos los domingos. Mi abuela decía que había familias que solo iban para las festividades religiosas, o nunca, y a mí me daban envidia los niños que no tenían que ir tan a menudo como yo.
Cuando empezó la catequesis para la primera comunión, nos reuníamos todos dos veces por semana en la cripta. El padre Klaszewski era quien dirigía las clases, un sacerdote pequeño y viejo pero rápido cuyos ojos azules casi habían perdido su color. Era paciente, al menos casi siempre: juntaba las manos y las apoyaba sobre la sotana negra mientras hablaba y nos observaba con esos ojos pequeños y descoloridos. Pero a veces, ante alguna tontería, como cuando nos poníamos a charlar o nos hacíamos muecas, estallaba y, aparentemente al azar, nos agarraba de la oreja, apretaba con fuerza el lóbulo, con un pulgar y un índice cálidos, y tiraba hasta que lo veíamos todo negro y lleno de estrellas. Casi nunca ocurría cuando nos portábamos mal de verdad. Era un arma arbitraria, más temible aún por su carácter aleatorio e imprevisible, como la ira de algún dios irracional.
Allí fue donde volví a ver a Beniek. Me sorprendió que estuviera allí, porque nunca lo había visto en la iglesia. Había cambiado. El niño delgado que recordaba se estaba convirtiendo en un hombre —o eso pensaba yo— y, aunque tuviéramos solo nueve años, ya se veía la virilidad floreciendo en su interior: un cuello fuerte con un espacio destinado a la nuez, unas piernas largas y robustas que asomaban de sus pantalones cortos mientras nos sentábamos en círculo en la sacristía, con los músculos visibles bajo la piel y el vello fino que le empezaba a brotar por encima de las rodillas. Seguía teniendo el mismo pelo revuelto, rizado y negro; y los mismos ojos, oscuros y algo traviesos. Creo que ambos nos reconocimos, aunque no dijimos nada al respecto. Pero, tras los primeros encuentros, empezamos a hablar. No recuerdo sobre qué. Cuando eres un niño, ¿cómo entablas amistad con otro niño? Quizás sea tan solo a través de intereses comunes. O quizás sea algo más profundo, según lo cual todo lo que dices y haces es un código involuntario. Pero el caso es que empezamos a llevarnos bien. De manera natural. Y después de catequesis, los martes y los jueves por la tarde, cogíamos el tranvía hasta el centro de la ciudad, pasando por el zoo y su león de neón encaramado en lo alto de la puerta de entrada, pasando por el edificio abovedado del Centro del Centenario que los alemanes habían construido para conmemorar el aniversario de algo que a nadie le importaba recordar. Atravesamos los puentes de hierro sobre el río Odra, en calma, marrón. Había muchos solares vacíos a lo largo del recorrido; la ciudad era como una boca a la que le faltaban dientes. En algunas manzanas tan solo se alzaba un edificio solitario y cubierto de hollín, como una isla sucia en un mar negro.
No le hablamos a nadie de nuestras escapadas; nuestros padres no lo habrían permitido. Mi madre se habría preocupado por los veteranos de rostros colorados que vendían baratijas en la plaza del mercado con los miembros amputados al descubierto y por los «pervertidos», palabra que emergía de sus labios como una serpiente de dos cabezas, peligrosa y fascinante. Así que nos escabullíamos sin decir nada y nos imaginábamos que éramos piratas recorriendo la ciudad por nuestra cuenta. Me sentía a la vez libre y protegido en su compañía. Íbamos a los quioscos y pasábamos los dedos por las páginas grandes y lisas de las revistas caras, señalando cosas que apenas comprendíamos —monjes asiáticos, miembros de tribus africanas, clavadistas de México— y maravillándonos ante la inmensidad del mundo y los colores que brillaban tras el blanco y negro de las páginas.
Empezamos a vernos también otros días, después de clase. Casi siempre íbamos a mi casa. Jugábamos a las cartas en el suelo de mi minúscula habitación, del ancho de un radiador, mientras mi madre estaba trabajando, y mi abuela venía a traernos leche y pan espolvoreado con azúcar. Solo fuimos a su casa una vez. La escalera del edificio era igual que la nuestra, húmeda y oscura, pero por alguna razón parecía más fría y sucia. Dentro, el apartamento era diferente: había más libros y no había cruces por ningún lado. Nos sentamos en el cuarto de Beniek, del mismo tamaño que el mío, y escuchamos los discos que le habían enviado sus familiares desde el extranjero. Fue allí donde escuché por primera vez a los Beatles, cantando Help! y I Want to Hold Your Hand, canciones que me transportaban al instante a un mundo que me encantaba. Su padre estaba sentado en el sofá del salón leyendo un libro, con la camisa blanca más brillante que había visto nunca. Era tranquilo y afable, y yo envidiaba a Beniek. Lo envidiaba porque yo nunca había tenido un padre de verdad, porque el mío se había ido cuando yo era todavía un niño y no se había preocupado demasiado por verme desde entonces. A su madre apenas la recuerdo. Nos preparó pescado a la plancha y nos sentamos juntos en la mesa de la cocina. El pescado estaba salado y seco, y me pinché el interior de las mejillas con las espinas. Ella también tenía el pelo negro y, aunque tenía los mismos ojos que Beniek, cuando sonreía parecían ausentes de un modo extraño. Aun por aquel entonces me pareció raro que yo, un niño, sintiera lástima por un adulto.
Una noche, cuando mi madre volvió del trabajo, le pregunté si Beniek podía venir a vivir con nosotros. Quería que fuera como mi hermano, que estuviera siempre a mi lado. Mi madre se quitó el abrigo largo y lo colgó en el gancho de la puerta. Se le veía en la cara que no estaba de buen humor.
—Sabes que Beniek no es como nosotros —me dijo con una mueca despectiva—. No podría formar parte de la familia.
—¿A qué te refieres? —le pregunté confuso.
Mi abuela apareció por la puerta de la cocina, con una alfombra en las manos.
—Déjalo, Gosia. Beniek es un buen chico y va a tomar la comunión. Y venid los dos, que la comida se enfría.
Un sábado por la tarde, Beniek y yo estábamos jugando a la pelota en la calle con otros niños del barrio, al lado de nuestro edificio. Recuerdo que era un día cálido y húmedo, en el que el sol se asomaba solo a veces entre las nubes. Jugábamos y corríamos, animados por el aire cada vez más caliente, sintiéndonos protegidos bajo el techo que formaban los castaños. Estábamos tan concentrados en el juego que apenas nos dimos cuenta de que había empezado a oscurecer y a llover. El asfalto se ennegreció con la lluvia, y disfrutamos de la humedad después de un día abrasador, con el pelo pegado a la cara como si fueran algas. Recuerdo con claridad a Beniek así, corriendo, sin ser consciente de nada más que del juego, alegre, completamente libre. Cuando estábamos ya agotados y con la ropa calada, corrimos hacia mi apartamento. Mi abuela estaba en la ventana, llamándonos para que volviéramos a casa, gritándonos que nos íbamos a resfriar. Una vez dentro, nos llevó al cuarto de baño y nos hizo desvestirnos y secarnos. Me di cuenta de que quería ver a Beniek desnudo, y me sorprendió la celeridad de ese deseo, y me dio un vuelco el corazón cuando se quitó la ropa. Tenía un cuerpo robusto y lleno de misterios, blanco, plano y fuerte, como el de un hombre —o eso creía yo—. Tenía los pezones más grandes y oscuros que los míos, y el pene más grande, más largo. Pero lo más confuso era que tenía la punta al descubierto, como las bellotas con las que jugábamos en otoño. Nunca le había visto el pene a nadie más, y me preguntaba si el mío tendría algún problema, si a eso se referiría mi madre cuando decía que Beniek era diferente. En cualquier caso, esa diferencia me excitaba. Después de secarnos, mi abuela nos envolvió en unas mantas grandes y me sentí como si hubiésemos vuelto de un viaje a una tierra maravillosa.
—Venid a la cocina —nos dijo con una alegría inusual. Nos sentamos a la mesa y tomamos té negro caliente y gofres. No recuerdo haber comido nunca nada que supiera tan bien. Estaba embriagado; sentía un cosquilleo en mi interior, como un dolor muy leve.
Llegó la excursión que hacíamos los que íbamos a tomar la comunión. Fuimos al norte, hacia Sopot. Era principios de verano, esa época que te hace olvidar cualquier recuerdo de las demás estaciones, cuando la luz y el calor te abrazan y te alimentan hasta la plenitud. Fuimos en autobús, unos cuarenta niños, a un centro de ocio acordonado cerca de un bosque tras el que se encontraba el mar. Compartía habitación con Beniek y otros dos niños; dormíamos en literas, yo encima de él. Dábamos paseos, cantábamos y rezábamos. Jugábamos a juegos bíblicos que organizaba el padre Klaszewski. Visitamos una vieja capilla de madera en el bosque, oculta entre arboledas de pinos, y rezamos con rosarios como un ejército de ángeles obedientes.
Por las tardes éramos libres. Beniek, algunos chicos y yo solíamos ir a la playa, a nadar en las aguas frías y revueltas del Báltico. Después Beniek y yo nos secábamos y nos separábamos de los demás. Trepábamos por las dunas de la playa y recorríamos el paisaje lunar hasta que encontrábamos una cresta perfecta: alta y escondida como el cráter de un volcán inactivo. Allí nos acurrucábamos como cigüeñas cansadas después de una travesía marítima y nos dormíamos con el agradable viento veraniego en la espalda.
Los monitores nos organizaron un baile la última noche de nuestra estancia, una celebración de la ceremonia que estaba por llegar. Convirtieron el comedor del centro en una especie de discoteca. Había kompot de fruta muy azucarado y palitos salados y música que provenía de una radio. Al principio todos parecíamos tímidos; sentíamos que nos estaban empujando hacia la adultez. Los chicos nos quedamos en un extremo de la sala, con nuestros pantalones cortos y nuestros calcetines hasta las rodillas; y las chicas en el otro, con sus faldas y sus blusas blancas. Después de que una chica le pidiera salir a bailar a su hermano, todos empezamos a movernos hacia la pista de baile, algunos en parejas, otros en grupos, meciéndonos y saltando, excitados por la bebida y la música y saber que habían montado todo aquello para nosotros.
Beniek y yo estábamos bailando en un grupo desperdigado formado por los chicos de nuestro cuarto cuando, sin previo aviso, se apagaron las luces. Fuera ya había caído la noche, y de repente también había inundado la sala. Las chicas gritaron y la música continuó. Me sentí eufórico, embriagado de repente por las posibilidades de la oscuridad, y una barrera que no sabía que existía se replegó en mi mente. Vislumbré la silueta de Beniek cerca de mí, y la necesidad de besarlo surgió arrastrándose de la noche como un lobo. Era la primera vez que era consciente del deseo de acercar a alguien hacia mí. Y ese deseo me llegó como un mensaje claro desde lo más profundo de mi ser, de un lugar que nunca había sentido antes pero que reconocí de inmediato. Me moví hacia él como si estuviera en trance. Su cuerpo no opuso resistencia cuando lo atraje hacia el mío y lo abracé, sintiendo la dureza de sus huesos, mi cara contra la suya y el calor de su respiración. Fue entonces cuando las luces volvieron a encenderse. Nos miramos con los ojos llenos de temor, conscientes de que había gente a nuestro alrededor, mirándonos. Nos separamos. Y, aunque seguimos bailando, yo ya no escuchaba la música. Me transporté a una visión de mi vida que me mareó tanto que me empezó a dar vueltas la cabeza. La vergüenza, pesada y viva, se había materializado, conformada a partir de miedos y deseos enterrados.
Aquella noche me tumbé en la cama a oscuras, en la litera de encima de Beniek, y traté de estudiar esa vergüenza. Era como un órgano que acababa de aparecer, monstruoso y palpitante, que de repente formaba parte de mí. No se me pasó por la cabeza la idea de que Beniek pudiera estar pensando lo mismo. Me resultaba imposible creer que otra persona pudiera estar en mi misma situación. Repasé mentalmente ese momento una y otra vez; me vi atrayéndolo hacia mí, mientras giraba la cabeza de un lado a otro sobre la almohada, deseando que desapareciera. Casi había empezado a amanecer cuando el sueño al fin me liberó.
A la mañana siguiente les quitamos las sábanas a las camas e hicimos la maleta. Los chicos estaban todos entusiasmados, hablando de la discoteca, de las chicas más guapas, de sus casas y de la comida de verdad.
—Me muero de ganas de comerme una tortilla de cuatro huevos —dijo un chico regordete.
Otro le hizo una mueca.
—Pedazo de tragón insaciable.
Todo el mundo se rio, incluso Beniek, con la boca abierta y mostrando todos los dientes. Pude verle hasta las amígdalas, colgando en la parte posterior de la garganta, moviéndose al ritmo de su risa. Y, a pesar de la oleada de alegría compartida, no pude unirme a ella. Era como si hubiera un muro que me separaba de los otros chicos, uno que no había visto antes pero que ahora era evidente e irreversible. Beniek trató de mirarme a los ojos y yo me giré avergonzado. Cuando llegamos a Breslavia y nos recogieron nuestros padres, sentí que volvía como una persona diferente, pútrida, y que nunca podría volver a ser quien había sido antes.
A la semana siguiente ya no tuvimos catequesis, y mi madre y mi abuela terminaron de coserme la túnica blanca para la ceremonia. Empezaron a cocinar y a prepararlo todo para las visitas de los familiares. En casa era palpable la emoción, pero yo no compartía ni una pizca de ella. Para mí, Beniek constituía el recuerdo de que había desatado algo terrible y lo había liberado al mundo, algo precioso pero peligroso. Sin embargo, seguía queriendo verlo. No me atrevía a ir a su casa, pero esperaba a que llamaran a la puerta con la esperanza de que fuera él. Pero no vino. Lo que sí llegó fue el día de la comunión. Apenas pude dormir la noche anterior, sabiendo que volvería a verlo. Por la mañana, me levanté y me lavé la cara con agua fría. Era un día soleado, en esa semana del verano en la que las bolas de semillas, blancas y etéreas, vuelan por las calles y cubren las aceras, y la luz de la mañana es radiante, casi cegadora. Me puse la túnica blanca de cuello alto que me llegaba hasta los tobillos. Era difícil moverse con ella. Tenía que mantenerme erguido y serio como un monje. Llegamos temprano a la iglesia y me quedé en la escalinata que daba a la calle. Las familias pasaban a mi lado a toda prisa; las chicas, con sus túnicas blancas de encaje y con coronas de flores en la cabeza. El padre Klaszewski estaba allí, con una casulla larga de mangas rojas e hilos dorados, hablando con los padres emocionados. Todo el mundo estaba allí, excepto Beniek. Me levanté y lo busqué entre la multitud. Las campanas de la iglesia empezaron a sonar, anunciando el comienzo de la ceremonia, y sentí un vacío en el estómago.
—Entra, cariño —me dijo mi abuela cogiéndome del hombro—. Que está a punto de empezar.
—Pero Beniek…
—Debe de estar dentro —respondió seria. Sabía que estaba mintiendo. Me arrastró de la mano y me dejé llevar.
En la iglesia hacía fresco, y el órgano empezó a sonar mientras mi abuela me llevaba hacia Halina, una chica impasible con guantes de encaje y trenzas gruesas, y ambos avanzamos por el pasillo de la mano, en una procesión de parejas, niños y niñas juntos, todos vestidos de blanco. El padre Klaszewski se situó al frente y habló de nuestras almas, de nuestra inocencia y del comienzo de un viaje junto a Dios. El incienso, denso y pesado, hacía que me diera vueltas la cabeza. Por el rabillo del ojo vi los bancos llenos de familias y divisé a mi abuela, a sus hermanas y a mi madre, que me miraban con un orgullo tenso. Sentía la mano de Halina caliente y sudorosa en la mía, como un animalillo. Seguía sin haber ni rastro de Beniek. El padre Klaszewski abrió el sagrario y sacó un cuenco de plata lleno de hostias. La música se convirtió en truenos; el órgano sonaba con fuerza, como un lamento. Y, uno a uno, los chicos y chicas se iban acercando al padre Klaszewski para ponerse de rodillas mientras él les colocaba la hostia en la boca, en la lengua; y, uno a uno, se iban alejando y saliendo de la iglesia. La cola que tenía delante iba disminuyendo, y no tardó en llegar mi turno. Me arrodillé sobre la alfombra roja. Los dedos viejos del padre me colocaron la lámina en la lengua, seca en la humedad de mi boca. Me levanté y salí a la luz cegadora del sol, confundido y asustado, tragándome la mezcla amarga que tenía en la boca.
Al día siguiente fui a casa de Beniek y llamé a la puerta con una mano temblorosa. No conseguía que me dejaran de sudar las palmas. Unos instantes después, oí pasos al otro lado y se abrió la puerta. Apareció una mujer que no había visto nunca.
—¿Qué? —preguntó con brusquedad. Era corpulenta, con una cara que parecía papel gris arrugado. Le colgaba un cigarrillo de la boca.
Estaba desconcertado, y le pregunté, consciente de la futilidad de mi voz, si estaba Beniek. Se quitó el cigarrillo de la boca.
—¿Es que no ves el apellido en la puerta? —Golpeó el cuadradito que había junto al timbre: «KOWALSKI», decía en letras mayúsculas—. Esos judíos ya no viven aquí. ¿Te queda claro? —Sonaba como si estuviera regañando a un perro—. Y no vuelvas a molestarnos o mi marido te dará una paliza que no se te olvidará.
Me cerró la puerta en las narices.
Me quedé allí de pie, atónito. Después subí y bajé las escaleras corriendo, en busca del cartel de los Eisensztein en las puertas de los vecinos, llamando a los demás timbres, preguntándome si estaría en el edificio equivocado.
—Se han ido —susurró una voz a través de una puerta entreabierta. Era una señora que conocía de la iglesia.
—¿Adónde? —le pregunté reprimiendo la desesperación durante un instante.
Miró a un lado y al otro del rellano, como para ver si alguien nos estaba escuchando.
—A Israel —dijo en un susurro. Una palabra que no significaba nada para mí, aunque su sonido vibrante y ominoso me resultó inquietante.
—¿Cuándo van a volver?
La señora, aferrada a la puerta, sacudió la cabeza despacio.
—Será mejor que encuentres a otro chico con quien jugar, pequeño. —Asintió y cerró la puerta.
Me quedé de pie en el silencio del hueco de la escalera y sentí cómo brotaba el terror de mi ombligo, me ahogaba la garganta y me apretaba los ojos. Las lágrimas empezaron a recorrerme las mejillas como mantequilla derretida. Durante mucho tiempo, no sentí nada más que su calor.
¿Tuviste tú a alguien así, alguien a quien amaste en vano de joven? ¿Sentiste alguna vez algo parecido a la vergüenza que sentí yo? Siempre di por hecho que sí, que era imposible que fueras por la vida tan a la ligera como les hacías creer a los demás. Pero ahora empiezo a pensar que no todo el mundo sufre de la misma manera; que, de hecho, no todo el mundo sufre. O, al menos, no por las mismas cosas. Y, en cierto modo, eso es lo que ha hecho que lo nuestro fuera posible.
1 Śmigus-Dyngus es una jornada de celebración en Polonia que tiene lugar el primer lunes después del Domingo de Resurrección. Tradicionalmente, los jóvenes tiraban cubos de agua a las chicas, y la que recibiera mayor cantidad de agua tendría más posibilidades de casarse. Como es de esperar, hoy en día esta costumbre está desapareciendo en las ciudades (N. de los T.).
Capítulo 2
Ambos íbamos en aquel autobús. Varsovia, 1980. Hacía calor. Era principios de junio, el verano después de los exámenes finales de la universidad. Y, aunque habíamos estado siempre en el mismo curso, no nos conocíamos. Nunca habías ido a clase; nunca te había hecho falta. De modo que puede que nunca hubiésemos llegado a conocernos.
El autobús estaba esperando a que llegara más gente. Me senté junto a la ventana, con las cortinas de lana naranja corridas para tapar el sol, releyendo Quo Vadis. Me importaba menos la parte religiosa que la historia de amor, los giros heroicos, la valentía de la oposición. Así es como vivía entonces: a través de los libros. Me encerraba en sus historias, soñaba con sus personajes por la noche, fingía ser ellos. Eran mi armadura contra los bordes afilados de la realidad. Los llevaba conmigo a todas partes, como un talismán en el bolsillo, pensando que eran casi más reales que la gente que me rodeaba, que hablaba y vivía en un estado de negación, destinada, pensaba yo, a no hacer nunca nada que mereciera la pena contar.
Aparté la cortina y me miré en el reflejo de la ventana. Había días en que me gustaba lo que veía: la nariz larga y arqueada, los ojos con forma de almendra. Pero la mayoría de los días, no. La mayoría de los días, sentía un ligero reproche hacia mí mismo, una alienación de mi cuerpo de veintidós años.
El autobús se estaba llenando y el ambiente resultaba vertiginoso, impregnado con la promesa del verano. El asiento de al lado estaba vacío hasta que apareció Karolina y se lanzó sobre él, sonriendo con su boca enorme, una sonrisa teñida de su particular sarcasmo.
—¿Preparado para convertirte en campesino? —me dijo.
Dejé el libro sobre el regazo.
—Me muero de ganas —respondí tratando de aparentar indiferencia.
Karolina se rio echando hacia atrás la cabeza.
—Y yo me muero de ganas de verte manos a la obra en esos campos.
El autobús estaba ya casi lleno, y el conductor se subió, con el cigarrillo pegado a los labios, y nos pusimos en marcha. Íbamos vibrando al ritmo del traqueteo del motor. El sol me daba en la cara y, en el exterior, la aguja del símbolo de la ciudad —el Palacio de la Cultura de Stalin— se elevaba tan alta hacia el cielo azul claro que dolía el cuello al mirarla. Me sentí extrañamente eufórico. Siempre me había gustado el acto de partir, ese espacio entre la partida y la llegada en el que parece que no estás en ninguna parte, definido por otro tipo de tiempo. Ese viaje me recordó al que había hecho cuatro años antes: el día que tomé el tren a Varsovia por primera vez solo, para ir a la capital, para dejar atrás a mi antiguo yo. Estaba en el andén con mi abuela, que sostenía un pañuelo en la mano enguantada para secarse los ojos llorosos, y dos maletas grandes a nuestro lado. No quería que me fuera, pero no dijo nada. Tenía dieciocho años y estaba ansioso por irme. Le di un beso apresurado y subí al tren, sintiéndome egoísta por abandonarla. Arrastré las maletas hasta mi compartimento, pasando junto a soldados que fumaban asomados a la ventana en el estrecho pasillo, y me instalé allí, entre hombres con trajes desgastados y mujeres con sombrero que bebían té de termos, pelaban manzanas y comían huevos cocidos envueltos en paños de encaje blanco como bebés bautizados. El tren se alejó y yo me quedé medio dormido mientras los pueblos sumergidos en los bosques pasaban a toda velocidad. Egoísmo. Crecer hasta convertirse en uno mismo no es más que egoísmo.
El autobús cruzó un puente que atravesaba el Vístula. Los árboles eran de un verde claro, y las orillas del río estaban repletas de ellos, como una cabeza de rizos espesos. El olor de los tilos y las lilas flotaba en el aire, dulce, colorido y embriagador, inundando la ciudad. Las orillas arenosas estaban desiertas, lo que hacía que toda la ribera pareciera salvaje. De no ser por las cimas de las torres grises que se alzaban tras la espesura de los árboles, habría parecido que ningún ser humano había vivido allí jamás.
Me volví hacia Karolina. Estaba fumando, dejando una marca en el cigarrillo del color rojo coral de sus labios gruesos. No recuerdo haberla visto nunca sin ese pintalabios, ni sin el flequillo rubio oscuro que enmarcaba sus ojos rebeldes.
—¿Estás bien? —me preguntó ladeando la cabeza.
Asentí y no pude evitar sonreír. Me alegraba tenerla conmigo. Nos habíamos conocido en primero, y desde entonces se había convertido en una hermana para mí. Fue ella quien me enseñó la mitad de todo lo que me interesaba saber. Tenía una pila de libros ilegales que leíamos y comentábamos juntos. Gracias a ella conocí a Simone de Beauvoir y a Miłosz, los poemas de Szymborska y los relatos de viajes de Kapuściński. A veces, Karolina comparaba nuestro país con la Etiopía de Haile Selassie y afirmaba que necesitábamos una revolución similar. Admiraba su valor para decir lo que pensaba.
«Venga ya —decía juntando las cejas cada vez que le preguntaba si no le daba miedo expresar lo que pensaba. Mi madre y mi abuela me habían contado miles de historias de terror, de gente que habían conocido y que había desaparecido por un solo comentario crítico—. Stalin lleva muerto mucho tiempo. Sabemos que el sistema es una farsa. Hasta ellos saben que es una farsa. Y no estamos en Alemania Oriental, gracias a Dios. Aquí no saben lo que están haciendo».
Llegó el campo y avanzamos dando tumbos por las carreteras, dejando atrás amplios cultivos, bosques de abedules, extensiones interminables de pinos y pueblecitos destartalados con agujas de iglesias que sobresalían sobre las demás construcciones. No sé si Karolina sabía lo mío. Creo que lo sospechaba. Pero nunca me presionó, nunca me pidió explicaciones, y siempre le he estado agradecido por ello. Es el tipo de sutileza que no sé si yo habría tenido en su lugar. Solo estuvo a punto de pasarse de la raya en una ocasión. Fue más o menos un mes antes del campamento, al salir de ver Tango, de Mrożek, en el Teatro Nacional. Nos apetecía tomar algo y me llevó a un bar pequeñito escondido en una bocacalle estrecha del casco antiguo. Me dijo que allí era adonde iban los actores. El local estaba lleno de humo y de figuras oscuras y animadas apelotonadas junto a la barra y esparcidas también por la acera. Era principios de verano. Me di cuenta de lo que eran muchos de aquellos hombres, pero al principio no quería que fuera real. Tenían un aire exuberante que me inquietaba profundamente. Esa entonación con un final ascendente, los «querido» con los que adornaban las frases, esos ojos rápidos y voraces, el movimiento de sus caderas mientras Donna Summer gemía I Feel Love sobre ritmos eléctricos e hipnóticos, una canción que antes me había encantado, aunque en ese momento me reprendiera a mí mismo por haberme gustado alguna vez. En cuanto me lanzaron una única mirada furtiva, me sentí transparente. Karolina no parecía notar nada raro. También había mujeres, relajadas, pícaras y escandalosas. La miré de reojo, preguntándome si de verdad no se daba cuenta o solo fingía. Quería marcharme en ese mismo momento, dejar de fijarme, dejar de buscar un rostro que desearía y que nunca podría tener, pero Karolina nos pidió unas copas y me las arreglé para quedarme a charlar y centrar la vista en ella la mayor parte del tiempo. Cuando se nos fue terminando la cerveza, empecé a sentirme nervioso, irritado, y le pregunté por qué me había llevado allí. Me contestó sin darle demasiada importancia, como siempre. Me dijo que un amigo le había recomendado el bar.
—¿Qué amigo? —le pregunté.
Puso cara de estar pensando.
—No lo conoces.
Asentí y sonreí con ironía.
—En fin. ¿Podemos irnos ya?
No cambió la expresión, como si no me hubiera oído. Se bebió el resto de la cerveza de un trago, dejó el dinero en la barra y se levantó del taburete.
—Deja que vaya antes al baño.
Se marchó y me quedé solo entre la multitud, sintiéndome completamente indefenso, un niño avergonzado en medio de unos placeres que no podía comprender. No, fue aún peor. A mi lado, dos hombres mayores trajeados que nos habían estado echando el ojo hablaban con voces excitadas.
—¿Sabes, querido? —le dijo uno de ellos, que llevaba una chaqueta con cuello de piel, a su amigo, en un susurro fingido y voz de borracho—. Tienes que leerte ese libro inédito de Baldwin del que te he hablado. Se me saltaron las lágrimas al leerlo. Si con eso no reaccionas, no vas a reaccionar con nada.
El otro, muy delgado, asintió.
—Me lo pasarás, ¿no, querido?
—Sí, pero ten cuidado, que sabes que ni siquiera es mi ejemplar. Es suyo. —Y señaló a un hombre con una camisa de seda blanca que estaba al otro lado de la barra, sumido en una conversación con el que parecía uno de los actores de la obra que habíamos visto, un chico atractivo de pelo rubio ondulado y nariz pequeña y respingona.
Después de aquello, Karolina volvió del servicio y nos marchamos. Estaba decidido a no llevarme nada de ese lugar, ningún recuerdo, ninguna conclusión. Pero, como si fueran piedras que hubiera arrojado al cielo con todas mis fuerzas, los fragmentos de aquella noche —los chicos y los hombres que los deseaban, el coqueteo, los códigos de seducción sobre los que solo podía hacer conjeturas— volvieron a mí con mayor intensidad de la que había sentido al vivirlos. La ley de la gravedad también se aplica a los recuerdos. Y un día, mientras estaba sentado en la biblioteca tratando de trabajar, de despejarme, me acordé del libro. Encontré el nombre del autor en un catálogo del departamento de literatura extranjera. Baldwin. James. Había una lista de sus obras, y solo había una sin traducción oficial: La habitación de Giovanni. Tenía que ser esa. Cerré el catálogo y traté de olvidarlo. Pero no me quitaba el título de la cabeza; me tentaba como un diente suelto. Me propuse encontrarlo. Y, tras semanas de búsqueda, semanas de preguntas a dependientes de tiendas de aspecto sospechoso que me decían que no existía dicho libro, que nunca se había traducido, di con él. Ocurrió unos días antes del campamento, en una diminuta librería antykwariat especializada en arte e historia, regentada por un hombre que podría haber sido amigo de los del bar. Me dirigió una mirada expresiva, casi divertida, y luego se adentró en el almacén y regresó con un paquete de papel marrón que crujía.
Cuando llegó la hora de hacer el equipaje para el campamento, arranqué la cubierta, pegué las páginas en otro libro y lo enterré en el fondo de la mochila.
Nuestro autobús llegó al final de la tarde, cuando el sol se iba apagando pero aún no había empezado a ponerse. El campamento se encontraba a las afueras de un pueblo, rodeado de vallas bajas de madera y bordeado por un pequeño río a un lado. El autobús se detuvo frente al edificio principal, un amplio bungaló de hormigón con un reloj en la fachada y una serie de banderas —blancas y rojas, con la hoz y el martillo— que colgaban inertes. Un hombre bajito y corpulento vestido de uniforme nos observó con ojos pequeños y atentos mientras bajábamos del autobús, ligeramente mareados, alterados por el viaje.
—Soy el camarada líder Belka —bramó, y nos ordenó formar una fila frente a él. Había algo imperioso en su voz y algo de cansancio y enfado en sus formas. Era el mismo enfado y cansancio que había observado en mis profesores de la escuela, a los que les costaba creer en el sistema pero que castigaban a los demás por eso mismo—. Bienvenidos al campamento de educación laboral —continuó Belka, recorriendo la fila que habíamos formado—. Os felicito por haberos inscrito en un servicio tan importante como este.
Nuestros rostros permanecieron impasibles, pero a nadie se le escapó la ironía de sus palabras. La asistencia al campamento era obligatoria; nadie podía graduarse sin participar. Prosiguió con su discurso, ensalzando la importancia del trabajo agrícola, el papel de las clases trabajadoras en nuestra lucha socialista y el deber, incluso para los «intelectuales» (hizo una mueca al pronunciar la palabra), de contribuir a los esfuerzos de la patria. La obediencia era fundamental, dijo.
Era la misma perorata que llevábamos escuchando toda la vida, con más o menos convicción. Giré la cabeza y recorrí la fila con la mirada para encontrar a Karolina, pero, en su lugar, mis ojos se posaron sobre ti. Nunca te había visto, o al menos nunca me había fijado en ti. Sin embargo, sentí un alivio extraño, como si hubiera reconocido a alguien. Eras tan alto como yo, de hombros anchos, y tenías unos ojos claros que contrastaban con tu pelo oscuro. Mirabas a Belka, concentrado, y yo te estudié durante un momento, con la guardia baja, olvidándome de mí mismo. Como por instinto, como un animal que se da cuenta de repente de que lo están observando, giraste la cabeza hacia mí y, antes de que pudiera apartar la vista, nuestras miradas se encontraron, fijadas en el aire durante un instante infinito. Un fogonazo viajó desde mi estómago hasta mis mejillas, y se me enredaron los pensamientos como un ovillo. Giré la cabeza tan rápido como pude. Durante el resto del discurso, mantuve la mirada fija en el camarada líder, luchando mentalmente por mantener la compostura, sin demasiado éxito.
Cuando Belka terminó, cogimos el equipaje del autobús y nos dirigimos a las cabañas de madera repartidas por el recinto del campamento que nos habían asignado. Me tocó en una con otros tres chicos, Wojtek, Darek y Filip. Eran simpáticos, inocentes e inmaduros de una forma curiosa. Compartíamos dos literas, una mesa y dos sillas. Fuimos al comedor a por la cena, servida por un ejército de mujeres con delantales y gorros de papel flácidos que estaban de pie detrás del mostrador como si alguien las hubiera dejado allí muchos años atrás. Una señora corpulenta de rostro imperturbable servía la sopa de tomate con arroz, mientras que una chica de edad indescifrable y piel rojiza apilaba el puré de remolacha y las patatas. Me senté con Karolina y los chicos de mi cabaña. Hablaban relajados, con bromas y burlas. Pero yo tenía la cabeza en otra parte. Miré alrededor del comedor, por todas las mesas largas, entre las voces enredadas y el tintineo de los cubiertos, hasta que te vi: sentado en una mesa al otro lado de la sala, en plena conversación con una chica, con la cabeza vuelta hacia ella. Te brillaba el pelo negro bajo la luz blanca e intensa del comedor, y se te veía concentrado de un modo extraño, con una mirada ligera pero implacable que despertaba en mí tanto envidia como deseo. Era como si tu sola presencia ya me dominara, como una profecía que no podía interpretar.
Aquella noche me quedé despierto en la cama, con los otros chicos durmiendo a mi alrededor y la luna entrando a través de la cortina entreabierta. Los recuerdos nítidos llamaron a la puerta de mi conciencia, y lo que acudió a mí fue una vieja pesadilla, una que había tenido a menudo de niño, una que se había apoderado de mí con una frecuencia cruel antes y después de la marcha de Beniek.
En ella, me encontraba en mitad de un campo interminable y descuidado. Todo estaba quieto, como petrificado, y reinaba un silencio abrumador. No había nadie, no solo cerca de mí o al alcance del oído, sino en ninguna parte. Con la lógica inexplicable de los sueños, estaba seguro de que en ese mundo no había nadie más que yo, el último miembro de una raza olvidada. Miré a mi alrededor y empecé a ver piedras rectangulares que sobresalían de la hierba, lisas y sin grabar, y supe que eran lápidas. Me estaban observando. Su quietud hizo que el pánico me acelerara el corazón. Estar allí era como una caída infinita. Era innegable lo auténtico que parecía todo; no como un sueño, sino como una premonición. Al despertar me sentía violado. Fuera, en la oscuridad de la noche, la rama de un castaño se mecía con el viento y arañaba la ventana como un monstruo que pedía que lo dejaran entrar, y me levantaba de la cama sin pensarlo y caminaba de puntillas por el suelo frío de madera hasta la habitación de mi madre. Dormíamos juntos; ella me abrazaba por detrás y me rodeaba la barriga con los brazos, y yo notaba su aliento, cálido y rancio, sobre la cabeza. Nuestros cuerpos, grande y pequeño, respirando al unísono, inspirando y espirando hasta que llegaba la mañana, cuando la oscuridad desaparecía y mi abuela venía a sacudirnos y a regañarnos mientras nos frotábamos las comisuras de los ojos para deshacernos de los restos de sueño.
—No está bien que estéis tan unidos —dijo una vez al despertarnos—. ¿Qué va a ser de un hombre que duerme en la misma cama que su madre soltera? —Su voz adquirió un tono áspero que le salía directo de la garganta irritada.
—Mamá, que ha tenido una pesadilla. Y no es un hombre. Todavía es un niño —le dijo mi madre levantándose y quitándome las manos de encima. A mi abuela no se le fue la expresión de amargura.
—Está creciendo, Małgosia, por más que creas que sigue siendo un niño. Y sin un hombre en la casa que le enseñe cómo son las cosas, en esta casa de babas, se convertirá en un blandengue.
—¿Puedes dejar de meter a los hombres en todo? —gritó mi madre.
—¡No soy un blandengue! —grité mientras me ponía de pie sobre la cama—. Y mamá no necesita ningún hombre. Yo puedo cuidar de ella.
—¿Y qué pasara cuando te vayas de aquí y te cases? —me preguntó mi abuela con una voz cada vez más estridente y desagradable, como si me estuviera imitando—. ¿Entonces qué va a hacer tu mami, eh? ¿Se va a tener que quedar más sola que la una?
—No me voy a casar nunca —respondí—. Nunca. Y no voy a dejar a mamá nunca sola.
—¿Ves lo que te digo? —le dijo mi abuela a mi madre—. ¿Ves en lo que estás convirtiendo al niño? No es normal.
—¡Sí que lo soy! —le grité, y me desplomé sobre la cama y agarré el edredón de mi madre con los puños. Tras aquellas palabras palpitaba la vergüenza, como una serpiente que se arrastraba bajo un manto de hojas. Algunas noches, cuando el deseo involuntario y cada vez más acuciante me impedía dormir, me dejaba llevar por su corriente. Dejaba que las fantasías ocultas me arrastraran, escuchaba su murmullo, el de los chicos y sus cuerpos, sus siluetas duras y blancas, el olor a sudor y a almizcle y a piel. Me llegaban destellos de momentos de las clases de Educación Física: de muslos bajo pantalones cortos y de axilas en camisetas sin mangas; de Henryk, el chico más fuerte de la clase, en las anillas forradas de cuero, colgando por encima de todos nosotros en el gimnasio, con los bíceps flexionados, el contraste del vello oscuro de las axilas con su piel, las venas precoces que le recorrían los brazos, el bulto en los pantalones cortos blancos… Imágenes de los vestuarios, de las duchas que nos dábamos después, del agua que recorría las espaldas y los surcos de los pechos y bajaba por los ombligos hasta llegar a los bastiones de las pollas, que solo me atrevía a mirar durante un momento y cuya imagen, sin poder evitarlo, grababa a fuego en la mente.
Cuando acababa y dejaba que mi cuerpo se desahogara, apartaba esos pensamientos y los desterraba a los recovecos más profundos de mi mente. Y, sin embargo, me despertaba con las mismas imágenes atrapadas en la cabeza, como moscas prisioneras en una tira de pegamento. Años de anhelo comprimidos como un músculo, palpitando sin piedad. Me sentía como una llama de gas que habían dejado encendida en los fogones sin motivo.
Un día, justo antes de los exámenes finales, cuando ya no podía soportarlo más, en vez de irme directo a casa después de clase, fui a pasear por la ciudad solo, sintiéndome alejado del mundo. Caminé sin rumbo, mientras oía retazos de conversaciones de parejas que iban peinadas y vestidas para salir, con trajes y corbatas y faldas y blusas, hombres que les llevaban el abrigo a las mujeres y les hacían alguna broma, mirándolas con aprobación; pasé junto a grupos de chicas que salían de clase, con sus uniformes de faldas azules largas y calcetines blancos subidos hasta las rodillas, y que caminaban de dos en dos, con las trenzas colgando por detrás como colas; dejé atrás a grupos de hombres que fumaban en silencio, con caras amoratadas, sentados en bancos y bebiendo de botellas sin etiquetas. La ciudad estaba sucia y destrozada, con capas de hollín y de antigüedad en las fachadas; nada limpio, nada claro, un mundo turbio de segunda mano. Tenía la sensación de que nunca lograría escapar, ni de mí mismo ni de todo aquello. Caminé y caminé, y me dolían las piernas y los pies, y eso era lo único que me calmaba un poco.
Al otro lado del río, el sol empezaba a ponerse tras las torres medio derruidas de la catedral. Las tiendas estaban cerrando, y hombres y mujeres con zapatos negros salían a toda prisa de los edificios y hacían cola en las paradas de autobús. Yo seguía sin ir a casa. Me quedé cerca del antiguo mercado central, viendo salir a las mujeres con sus bolsas de malla llenas de verduras y barras de pan, y entré y vi a los vendedores guardar la mercancía. En el piso de arriba, anduve por las pasarelas de hierro y pasé por delante de las tiendecitas, por debajo del enorme techo abovedado, con sus farolas y ascensores de hierro. En una de las tiendas había un anciano detrás del mostrador, con el pelo blanco y fino repeinado sobre el cuero cabelludo. Solo había una bombilla en todo el local, que colgaba del techo, no muy lejos de su rostro, y algo me animó a entrar. En los estantes de detrás del hombre había unas botellas sin etiquetas.
—Un litro —le dije.
Me miró con cierta curiosidad y cogió una de las botellas. Le pagué con la paga que me daba mi madre.
Llevé la botella escondida en el abrigo mientras caminaba hacia el parque Staromiejski, el de cerca del río. Todo el mundo sabía que allí iban los «invertidos». Encontré un banco justo fuera del parque y observé a las madres y las parejas que se marchaban al caer la noche mientras le daba sorbos a la botella que me quemaban la boca y la garganta, me quemaban por dentro. Dolor seguido de alivio.
Cuando me sentí lo bastante poderoso y aturdido, entré en la oscura boca del parque. Al principio parecía vacío. Pero, aun así, empecé a temblar por el miedo y las posibilidades.
Había un banco que le daba la espalda al río, iluminado por el tenue resplandor de la luna. Me senté y sentí cómo me temblaba el cuerpo y me botaban las rodillas solas. Di unos cuantos sorbos más y miré a mi alrededor mientras se me adaptaban los ojos a la oscuridad. Por el camino apareció una figura. Se acercó despacio y se sentó a mi lado. Me dio miedo mirarle a la cara. Me preguntó cuántos años tenía, con una voz amable y seca.
—Dieciocho —mentí, y noté que el hombre afirmaba con la cabeza.
—Eres muy guapo. ¿Qué haces aquí de noche? —Era consciente de que seguía temblando. Me puso la mano en la rodilla para calmarme el cuerpo—. Estás nervioso, ¿no? —me dijo.
Asentí, más tranquilo gracias al contacto, y al fin me atreví a mirarlo. Lo primero que me llamó la atención fue su edad —podría haber sido mi padre— y su rostro tan desgastado, como si la vida se hubiera cobrado ya las mejores partes de él y hubiera dejado solo una cáscara. Y, sin embargo, su tacto me agradaba. Sacó una petaca del bolsillo interior de la chaqueta y me la tendió. Le di un sorbo, noté su olor en la boquilla y, sin quererlo, me lo imaginé desnudo sobre mí. La intensidad de esa posibilidad, junto con el alcohol que me quemaba la garganta, me embriagó.
—Venga —me dijo cogiendo de nuevo la petaca y recorriéndome el muslo con la mano—, vámonos. Estaremos mejor en un lugar más tranquilo.
Se levantó sin esperar mi reacción y fui detrás de él. Le seguí en la más absoluta oscuridad hacia un hueco entre los arbustos tan negro que parecía que me había quedado ciego. Fui caminando con pasos inseguros. En un momento dado se detuvo y me choqué contra él, y los dos nos quedamos de repente frente a frente. La oscuridad me resultaba reconfortante: era como si nos hubiéramos fundido en la noche y nada de lo que ocurriera fuera del todo real. Comenzó a acariciarme el cuello con unos dedos ásperos y callosos, y sentí su aliento fuerte en la cara. El corazón amenazaba con salírseme del pecho. Con un movimiento apresurado pero ensayado, me aflojó el cinturón y me sacó la polla, que agradeció el contacto de unos dedos desconocidos y el aire del verano. Desapareció de mi vista al arrodillarse y me envolvió en la cálida cueva de su boca. Fue una sensación increíble. Sentí como si me adentrara en un túnel, o como si un túnel se abalanzara sobre mí. Al echar la cabeza hacia atrás, vi las estrellas en el cielo. Después oí que se bajaba la bragueta y noté que se masturbaba, con movimientos rápidos y urgentes que me excitaban. Y así, él resoplando y yo jadeando, la premura y la abyección ascendieron por mi interior como un calor, como un grito irreprimible, acumulándose, empujando, tomando el control, hasta que las luces se apagaron, cerré los ojos y exploté en su boca, y el calor y la humedad se encontraron en un gran alivio terrible.
Quise irme corriendo a casa; sabía que tenía que alejarme de aquel lugar, y me acordé de mi abuela, que a esas alturas estaría preocupadísima. Pero no lo hice. Porque después de haber acabado en la boca de aquel desconocido, casi sentía que ya no tenía casa. De modo que, después de que él terminara con un gruñido grave y nos subiéramos las cremalleras, volvimos al banco en el que nos habíamos encontrado al otro lado de mi vida y empezamos a charlar. De repente, ya no había barreras. Me contó una historia tras otra, y yo no paré de hacerle preguntas, sintiendo que era mi deber aprender. Me habló de su primera vez, en el bosque, con un granjero de su pueblo. Me contó que había ido a la guerra y que había estado a punto de morir, y que unos soldados rusos lo habían violado en un campo de prisioneros de guerra. Asentí y le dije que lo sentía, pero me obligué a no sentir nada. No podía permitir que su dolor penetrara en mí.
—¿Vives con tu familia? —le pregunté de pasada.
Se rio. Vivía solo, me dijo, en una habitación individual en uno de esos grandes bloques de apartamentos burgueses que los alemanes habían construido cuando la ciudad aún se llamaba Breslau, los mismos apartamentos que ahora estaban en ruinas y que albergaban hasta una docena de personas. Compartía la cocina y el baño con tres familias, cada una en una habitación individual. Venía al parque todas las noches, decía. No sé por qué fue tan sincero conmigo, pero me hizo sentir menos solo.
—¿Y qué hay del… —vacilé— amor?
Resopló y sonrió por primera vez, mostrando unos dientes grises.
—Si eres ciota, si eres maricón —dijo al fin—, estarás siempre solo. Y aprenderás a soportarlo. Algunos tienen mujer e hijos —señaló con la cabeza—, como ese que has visto pasar antes, pero esos son los peores. Se soportan aún menos a sí mismos. Al menos yo soy libre. —Miró a través de la oscuridad del parque, encendió un cigarrillo y exhaló el humo a la noche—. Damos y recibimos amor durante una noche, puede que un par de semanas. Pero nada más. Hay demasiado resentimiento. Demasiado odio. Si eres así, vives por y para el placer y esperas que la policía no te detenga. Eso sí, a mí me han parado un par de veces, pero siempre me las he arreglado para librarme.
Sus palabras me persiguieron durante mucho tiempo. Le había dicho mi nombre —él me había dicho el suyo, y sentí que se lo debía—, pero no quería recaer, acercarme de nuevo a esa sórdida tentación. No quería ser como él. Mi mayor temor era acabar solo. Sin embargo, una parte de mí estaba segura de que sucedería, y de que era lo peor que le podía pasar a alguien. Sabía que no sería capaz de soportarlo. Decidí no volver al parque, no volver a mirar a los chicos de clase de la misma manera, enderezarme. Después de esa noche, cuando llegué a casa y mi abuela vino corriendo hacia mí y me preguntó dónde había estado y lloró y me olió el alcohol en el aliento y me abofeteó y me abrazó, decidí que no dejaría que lo malo que había en mí se apoderara de todo mi ser.
Fue en esa época, o poco después, cuando conocí a Jolka. Era amiga de una amiga de clase, y yo sabía que le gustaba. La había visto competir en los campeonatos de gimnasia del instituto, y su cuerpo —firme, alto y delgado— no se parecía al de las demás chicas, cuya suavidad y redondez me asustaban. Una noche, en un baile que celebraron en el gimnasio del instituto, la besé al son de Maryla Rodowicz, mientras la melancolía de la canción llenaba la sala y yo intentaba perderme en algo que sabía que nunca me ocultaría del todo. Justo por encima de nuestras cabezas colgaban las anillas de gimnasia, desprendiendo su olor a cuero y sudor.
Esa semana cogí a Jolka de la mano y la paseé por nuestra calle. Mi abuela y mi madre nos miraban desde la ventana de la cocina. Estaban rebosantes de orgullo.

La primera mañana de campamento nos despertaron temprano, irrumpiendo en la cabaña y haciendo sonar un silbato, dejándonos el tiempo justo para lavarnos los dientes en los baños y tomar algo de sopa de leche y té en el comedor. Durante las semanas siguientes, me di cuenta de que, comiéramos lo que comiéramos, el comedor siempre olía a col y a grasa, como si todo el edificio se hubiera impregnado de una mezcla de ambas cosas poco antes de nuestra llegada. Todos los días hacíamos cola para pedir algo que no queríamos, algo que poco a poco se convirtió en lo único que conocíamos.
Después de desayunar nos dieron nuestros uniformes: un par de pantalones cortos y una camiseta verde, tanto para los chicos como para las chicas. Eran de un algodón rígido y áspero que al tacto parecía lona. Sentíamos el sol de la mañana, aún fresco, en los muslos y los brazos cuando salimos de la cabaña para reunirnos de nuevo frente al edificio principal. Los ojos del líder de los camaradas se cernían sobre nosotros con una satisfacción ruin.
—Durante las próximas semanas, recogeréis remolachas de los campos de por allí —ladró señalando al otro lado de la valla del campamento.
Gritó los nombres de la lista y nos dividió en grupos.
Cuando dijo mi nombre, me uní a un grupo que estaba a un lado. No reconocí a nadie, salvo a ti. El estómago me dio un vuelco involuntario. Fuimos presentándonos y, cuando te tocó a ti, me estrechaste la mano —con una mano mullida, grande y cálida— y me dijiste tu nombre con esa voz baja y clara que denotaba una confianza natural. Apenas pude responder. Tenías un rostro ancho y robusto, bien formado, con pómulos altos como puestos de avanzada que custodiaban tus ojos, rasgados y de un azul intenso.
—Encantado de conocerte —me dijiste—. Me llamo Janusz.
«Janusz». Dos sílabas que suben y bajan y se suceden de forma lógica, casi inevitable, y cuyo sonido conjunto es tan familiar, tan natural, que el significado de sus partes permaneció oculto para mí hasta años después: «Ja» significa «yo» en nuestro idioma, y «nusz» suena igual que la palabra que usamos para decir «cuchillo».
El silbato del líder resonó en el aire mientras nos indicaba con gestos que avanzáramos hacia el otro lado del campamento. Me quedé atrás a propósito cuando los grupos empezaron a moverse, apenado y aliviado de verte caminar por delante. Nos volvimos a reunir en un campo enorme que parecía no tener fin y observamos al líder y a un agricultor del pueblo, un hombre de cara colorada que llevaba pantalones de lana y una camisa vieja remangada, mientras nos enseñaban a recoger las remolachas: apartando la tierra que las rodeaba con las manos, agarrando por la zona donde las hojas se unían al bulbo, tirando con fuerza para arrancar la planta con las raíces. A cada grupo se le asignó una parte del campo, y nos dieron cestas y guantes. Teníamos desde las nueve hasta las cinco de la tarde para alcanzar las cuotas.
—¡Y nada de procrastinar, camaradas! —gritó Belka tratando de mirarnos a todos a la vez—. Voy a estar patrullando los campos.
Todo aquello era nuevo para mí y, cuando empezamos a trabajar, sentí el cuerpo como una construcción metálica, pesada e inflexible. Tenía que arrodillarme sobre la tierra marrón para poder agarrar bien las remolachas, con la mente inquieta. Tú estabas en la primera fila, como si nos dirigieras, moviéndote con agilidad, con las piernas flexionadas y la espalda recta. Se distinguían los movimientos de los músculos de tus piernas bajo la piel, los tendones se te contraían como cuerdas tensadas y las venas te recorrían los antebrazos y se confundían como los ríos de un mapa. Tenías las manos fuertes y gruesas, con unas uñas cuadradas y unos dedos anchos como mangos de destornilladores. «Esas manos no son de ciudad», recuerdo haber pensado.
Al cabo de un rato me empezó a doler el cuerpo, pero verte así me hizo seguir trabajando a mí también. El sol empezó a pegar más fuerte, arrojándonos su calor sobre los brazos, las piernas y la nuca. A medida que avanzábamos, iba aumentando el sudor: al principio, unas gotas discretas por aquí y por allá, en la frente y en la parte baja de la espalda; y luego, conforme seguíamos trabajando, empezaron a brotar pequeños chorros, potenciados por el movimiento. Continué sintiendo el dolor en el cuerpo, pero después empecé a notar que se iba desvaneciendo. Me sorprendió la energía que se hallaba más allá de la molestia. El ritmo me hizo proseguir, y el tacto de la tierra y la sensación de las plantas se volvieron hipnóticos. El olor era húmedo, penetrante y fresco. Me recordó al jardín de la tía Marysia, en las afueras de Breslavia, con sus arbustos de bayas y árboles frutales y lugares donde uno podía esconderse, y nada más que campos al otro lado de la valla. Hacía tiempo que no pensaba en eso. De niño, mi madre me llevaba allí y me pasaba horas jugando solo; cavaba y encontraba gusanos y escarabajos, y agarraba la tierra y la veía desmoronarse entre mis dedos e intentaba comérmela.
Seguí trabajando con la tierra y, con ella, me olvidé de mí. Había otros grupos a lo lejos, todos agachados sobre las remolachas, respirando con esfuerzo bajo un cielo abierto y amplio. Hicimos una pausa para almorzar, dormimos la siesta en las cabañas durante una hora y volvimos a trabajar, con un sol más suave y el cuerpo más fresco. Cuando ya habíamos trabajado más de la cuenta, el silbato del líder resonó en el campo para indicar el final de la jornada. Me dolía el cuerpo en partes de las que nunca había sido consciente, y me fui a la cama agotado. No dormía tan profundamente desde niño.
Me fui acostumbrando a verte, pero nunca hablamos. Durante las pausas, el grupo descansaba a la sombra de una cabaña que había en un extremo del campo, y tú fumabas con otros chicos, y yo charlaba con las chicas. Pero no contigo. Te evitaba para que tú no pudieras evitarme. No quería estar al alcance de tu poder. Envidiaba esa despreocupación y esa belleza que portabas con tanta soltura.
A la hora de comer me sentaba con Karolina y Beata, una amiga de clase. Era bajita, con la cara redonda y pechugona, y se reía con la misma facilidad con la que se asustaba. Nos dijo que se iba a casar con un chico del curso inferior en cuanto terminara el campamento.
—No estarás embarazada, ¿no? —le preguntó Karolina con expresión de preocupación.
—¡No, por Dios! —chilló Beata sonrojada.
—Porque ya sabes que no te puedes fiar de los condones —añadió Karolina fingiendo no darse cuenta del color cada vez más intenso del rostro de Beata—. Algunas de esas arpías de las tiendas los perforan con agujas diminutas y los venden así. No soportan que nos divirtamos. Así que lo que necesitas en realidad es la píldora. Si quieres, te llevo a mi médico. Es una mujer, y no te pregunta si estás casada.
Beata se puso como una remolacha y negó con la cabeza.
—Solo llevamos seis meses saliendo —murmuró con la mirada en su plato—. Pero el gobierno les va a dar prioridad a los matrimonios para conseguir vivienda. Estoy harta de vivir con mis padres.
—Pero, cariño, eso puede tardar siglos —respondió Karolina intentando no sonar demasiado cruel—. Dos años o más. Pero bueno, puede que tengas suerte.
Mientras ellas dos hablaban, yo te observaba al otro lado del pabellón, sentado con la misma chica con la que te había visto la noche anterior. Ella llevaba una chaqueta vaquera, nueva, de un azul intenso, una prenda que solo se podía comprar con dólares en las tiendas Pewex del gobierno. La miré fijamente, absorto. No es que fuera guapa, al menos a primera vista, con el pelo liso y oscuro y la raya en medio; pero su postura y su forma de sonreírte mientras hablabas con ella transmitían seguridad y autoconfianza. A su lado se sentaba Maksio Karowski, un chico corpulento conocido por ser hijo de un alto funcionario del Partido y con fama de intentar seducir a casi todas las chicas (y conseguirlo casi siempre).
Algunas noches, después del trabajo, Karolina, Beata y yo caminábamos hasta el pueblo que quedaba más cerca del campamento. Nos sentábamos en un banco de la plaza, bajo unos árboles frutales, frente a una iglesia de madera, y veíamos pasar a las parejas de ancianos, las mujeres con pañuelos de flores cubriéndoles el pelo y los hombres con bastones y sombreros y caras tan desgastadas como sus zapatos. Íbamos a la única tienda del pueblo para ver si tenían cigarrillos o refrescos, y casi nunca tenían. Beata nos susurraba que eso era una señal de que la economía se iba a hundir pronto, y Karolina se reía.
—La economía lleva hundiéndose desde que nacimos —dijo una noche, mostrando esos dientes tan grandes que tenía al entreabrir los labios pintados—. Nuestro querido secretario general del Partido, Gierek, ha pedido tanto dinero prestado a Occidente que ni nuestros nietos van a poder pagar nuestras deudas. Pero antes de que llegue todo eso, voy a ser yo la que se va hundir, por el aburrimiento que me está dando el campo.
Encendió un cigarrillo de la ciudad, dio una calada profunda y expulsó el humo por la nariz.
Empezó a sonar la campana de la iglesia, y una bandada de golondrinas salió a perseguir insectos invisibles bajo una luz que iba disminuyendo. Empecé a pensar en lo que haría después del verano. Años atrás, los niños con los que había jugado en la calle habían empezado a trabajar en fábricas, en minas y en tiendas o a conducir autobuses, mientras que yo me había ido a la capital a estudiar. El trabajo me había parecido el principio del fin; la universidad, una prolongación de la juventud. Y lo había disfrutado, a pesar de sus limitaciones: no podíamos leer lo que queríamos y se suponía que debíamos ver la decadencia del capitalismo en todos los textos occidentales, aunque la mayoría de los profesores apenas se molestaban por fingir que les importaba el Partido. Pero ahora que había acabado los estudios, no tenía ni idea de lo que vendría después. Uno de mis profesores de Literatura me había cogido cariño y me había mencionado algo sobre un posible doctorado. Pero sospechaba que intentaría hacerme estudiar algo absurdo, algo útil desde un punto de vista político, algún tema en el que me vería atrapado durante años. Y sabía que no podría soportar la enseñanza. No con un sueldo tan pésimo durante toda la vida, no con las simples verdades que todo el mundo conocía, nuestro anhelo por las comodidades occidentales, nuestro odio a los soviéticos, innombrable o castigado con el despido.
Por entonces no tenía ni idea del rumbo que tomaría mi vida, y el trabajo del campamento no parecía ofrecer demasiado alivio. El sol era inclemente y mi cuerpo se rebelaba contra el esfuerzo negándose a sudar. Mientras separaba la tierra y tiraba de las remolachas, mis pensamientos volvían a ti, al bar al que me había llevado Karolina, al vacío que se extendía ante mí. Y luchaba contra todo aquello, contra las remolachas y contra los pensamientos, contra su obstinación, su tenacidad. Luchaba contra ellas y ellas luchaban contra mí, hasta que las arrancaba y llegaba la siguiente. Para entonces, ya era más rápido, más fuerte. Ya no tenía que arrodillarme en la tierra. Me quedaba de pie, como tú, con las rodillas flexionadas y la espalda recta. Pero seguía pasándolo mal; mi verdadera lucha no era contra la tierra ni contra las plantas. Poco a poco, despacio, encontré mi ritmo. Dejé de luchar. Dejé de pensar. Un día, mientras trabajaba de ese modo, el sudor comenzó a liberarse. Permití que mi cuerpo y la tierra se unieran; me dejé llevar y, por primera vez en toda mi vida, empecé a apreciarlo todo por sí mismo, a entender que cada cosa era un milagro. La tierra, por ser la tierra; mis manos, por ser mis manos; las plantas, por crecer de las semillas; y las personas a mi alrededor, todas con sus derechos y sueños y mundos interiores propios. Sudaba más que nunca; el sudor me empapaba la cara, me recorría las cejas espesas hasta llegarme a los ojos, me inundaba el cuello y la espalda como si diluviara, y yo acepté su regalo. Era como si el sudor se hubiera llevado el pasado y todos los pensamientos y temores del futuro con él, y todo lo que quedaba era el ahora, limpio y ligero y siempre danzante.
Esa tarde me separé de los demás y fui a dar un paseo. Hacía una tarde agradable. Crucé la valla y atravesé los campos de remolachas hasta que llegué a un riachuelo. En la orilla crecían amapolas rojas y amarillas, y el viento mecía la hierba alta. El murmullo del agua se adentraba en mi subconsciente y me resultaba relajante. Seguí caminando. En la otra orilla del río, una liebre corría por el campo; se detuvo al verme, con las orejas levantadas como helechos peludos y moviendo el hocico de arriba abajo. Allí nos quedamos los dos, inmóviles, examinándonos. Al final, giró la cabeza y se marchó brincando.
Me sentó bien el paseo. Me recordó a los que daba por Breslavia sin rumbo fijo, cuando ya no soportaba estar bajo el mismo techo que mi abuela o en clase. No había ningún sitio en el que pudiera estar solo, sin interactuar, sin interpretar un papel. Hasta cuando paseaba por la manzana, los vecinos me saludaban y me estudiaban. En ocasiones me subía al tranvía y recorría la ciudad. Me bajaba en la última parada, en un barrio en el que nadie me conocía, y deambulaba por allí, sin pensar, observando las calles, las casas y las personas desconocidas, y sintiéndome libre y anónimo. Como un folio en blanco. Había olvidado el placer que me daba aquello y, en ese instante, allí, junto al río, con los campos que se extendían ante mí y el campamento a lo lejos, a mis espaldas, regresó una parte de esa libertad. El agua estaba clara y en el fondo se veía el lecho de guijarros y barro marrón claro y unos pececitos que nadaban de un lado a otro.
Seguí adelante, sin pensar adónde iba, hasta que me detuve sin saber muy bien por qué. Había algo grande moviéndose en el agua. Alguien estaba nadando. La parte posterior de una cabeza —de pelo negro y mojado— se alejaba de mí, y yo me quedé allí mirando, viendo sin ser visto. Unos hombros anchos y una espalda musculosa nadaban a crol, rápido y con confianza, con la cabeza bajo el agua, saliendo a respirar cada dos brazadas. Antes de que me diera cuenta, la figura se había dado la vuelta y había empezado a nadar hacia mí. Se acercaba más y más con cada movimiento. Tenía el sol detrás de mí, y proyectaba una sombra larga sobre el agua. En cuanto la figura atravesó ese tramo oscuro a nado, se detuvo y alzó la cabeza.
Te frotaste los ojos con el dorso de la mano y te pusiste de pie en el agua, que solo te llegaba hasta la cintura.
—Hola —me dijiste. Sonaba como si no supieras quién era. Varios arroyos te recorrían el torso. Tenías un cuerpo esbelto y fuerte, con líneas y divisiones trazadas por el pecho y el abdomen, con sus propias leyes de gravedad.
—Hola —respondí debatiéndome entre irme corriendo y observarte.
Entrecerraste los ojos y te llevaste la mano a la frente para protegerte del sol a mi espalda.
—Eres de nuestro grupo, ¿no?
Afirmé con la cabeza.
—Soy Janusz —me dijiste con una sonrisa natural. Lo cómodo que parecías allí de pie resultaba casi ofensivo. Yo era quien se sentía desnudo.
—Te dejo que sigas. No quería molestar.
Me di la vuelta para marcharme.
—¿Y tú?
Volví a girarme.
—¿Yo qué?
Te reíste. Era un sonido ligero y alegre, autosuficiente y contagioso.
—Estás en las nubes, ¿no? Que cómo te llamas.
Reí yo también, y sentí que me sonrojaba.
—Soy Ludwik. Ludwik Głowacki.
Me impactó lo poco que significaba mi nombre para mí, lo absurdo que era su intento de contenerme.
Asentiste.
—Encantado de conocerte del todo. ¿No quieres probar el agua? —Moviste los brazos por el río—. Está buenísima.
—Gracias. Pero nadar no es lo mío.
Me miraste raro.
—¿No sabes nadar?
Negué con la cabeza.
—No, no es que no sepa. Es que no me gusta.
—¿Ni con el calor que hace? ¿Por qué no? —Reíste incrédulo, con una sonrisa burlona y cautivadora.
Me encogí de hombros y di unos pasitos hacia atrás.
—Puede que otro día.
—Vale —dijiste asintiendo—. Otro día. Yo vengo casi todas las tardes.
—Nos vemos, entonces —te dije mientras me alejaba.
Tras dar unos pasos, por más que intenté contenerme, me giré. Tu cuerpo se deslizaba por el agua, dejando una estela de ondas por la superficie.
Al día siguiente te vi con más claridad que antes, como si estuvieras dibujado sobre el fondo de los demás. Me permití observarte, te miré mientras trabajabas y cuando hablabas con la gente de tu mesa, sobre todo con la chica de pelo negro y ropa de Occidente. Tu forma de ser mostraba una elegancia inherente, una soltura y una comodidad contigo mismo y con el mundo, como si ningún miedo hubiera penetrado jamás en tu mente, como si el camino por el que andabas fuera flexible y pudieras moldearlo con los pies. Y, sin embargo, no nos dirigimos la palabra ni casi nos saludamos, salvo por un pequeño movimiento de cabeza y una sonrisita cómplice que me dirigiste en el campo. Aparte de eso, nuestro encuentro había sido algo aislado, confidencial.
Aquella tarde fui a esa misma zona junto al río, pero tú no estabas allí. Así que me tumbé sobre la hierba, contemplé el cielo y escuché el agua. Me preguntaba si no habrías venido por evitarme, o qué otra cosa podría significar que no estuvieras allí. Entonces percibí un movimiento, una presencia cercana, y me levanté.
Allí, entre la hierba alta, un cuerpo yacía en el suelo, casi oculto. Me acerqué sin hacer ruido. Estabas tendido boca arriba, con una mano bajo la cabeza y la otra sobre el estómago. Tenías los ojos cerrados. La mano que tenías sobre el vientre ascendía y descendía al ritmo lento y constante de tu respiración. Tenías la camiseta ligeramente levantada, y se te veía el abdomen bronceado y la ristra de vello fino que lo recorría. Me quedé paralizado durante un momento, mirándote, temiendo que despertaras y me vieras así. Tus pestañas, tan largas. Las venas preciosas de tus brazos. Lo único que quería era quedarme allí y observarte. Abriste los ojos, grises azulados y brillantes. Me miraste y me dio un vuelco el corazón.
—Ey. —Tenías voz de dormido.
—Ey. ¿Te he despertado? —Me alejé unos cuantos pasos. Me sentía fuera de lugar.
Te levantaste y te apoyaste sobre los codos, cerraste los ojos con fuerza y los volviste a abrir.
—Creo que sí. Y menos mal. Habría dormido hasta mañana por la mañana. —Te pasaste las manos por la cara y bostezaste, y luego te volviste hacia mí como si me estuvieras viendo de verdad por primera vez—. Así que has venido. —Sonreíste—. ¿Al final has venido a aprender a nadar?
—Ya te dije que sí que sé nadar.
Te pusiste de pie y te quitaste la camiseta. Pasaste por mi lado corriendo y saltaste al agua con el bañador.
—¡Pues demuéstralo! —me gritaste al salir del agua, con el pelo mojado y oscuro.
—No. No va a ser tan fácil.
—¡Venga! Aunque sea solo los pies. Ya verás que está buenísima. —Me hiciste gestos para que fuera hacia ti.
Me acerqué a la orilla, donde estabas tú, expectante, y miré la superficie. Estaba transparente, con unas algas verdes y centelleantes que se balanceaban en la corriente como trigo en el viento. Tus ojos me decían «Venga», y metí los pies. El barro suave y liso cedió bajo las plantas de mis pies, y el frescor me envolvió los tobillos.
—¿Ves lo que te has estado perdiendo? —me dijiste, y me miraste con una sonrisa. La luz de la tarde danzaba sobre el agua y se reflejaba en tu rostro como una caricia. No pude decir nada; solo conseguí asentir. Tenía un nudo en el estómago, y lo sentía revuelto. Querías que me metiera del todo, pero te dije que no. Mi negativa te hizo reír y eso me incomodó aún más.
—Estarás nadando por aquí antes de que termine el campamento, ya lo verás —dijiste, y te zambulliste, dejándome allí de pie con la ropa puesta, con el agua hasta las rodillas.
Salí y me senté junto a la orilla a verte nadar. El cielo se estaba volviendo de un azul más oscuro. No estaba seguro de lo que hacía allí, pero sabía que no quería irme. Al fin, saliste con el agua resbalándote por el cuerpo y el pelo pegado a la cabeza; me quedé impresionado con la realidad de tu presencia.
—¿Y por qué vienes aquí solo? —te pregunté mientras te secabas. Intenté no quedarme mirándote—. ¿Por qué no estás con tus amigos?
Soltaste una de tus risitas.
—¿Qué amigos?
Dudé, tratando de no sonrojarme.
—Siempre te veo sentado con las mismas personas en el comedor.
—Ah, ¿sí? —Tu sonrisa adquirió un matiz burlón. Entonces, para mi alivio, aunque también a mi pesar, te pusiste la camiseta—. No sé —dijiste asomando la cabeza por el cuello de la camiseta—. ¿Por qué no estás tú con tus amigos?
—Supongo que a veces es agradable alejarse de la multitud para poder escucharse a uno mismo. Me vuelvo loco cuando estoy rodeado de gente todo el tiempo.
—Pues supongo que a mí me pasa lo mismo —respondiste dándote la vuelta y quitándote el bañador, dejando el culo al descubierto. Se me aceleró el pulso. Era un culo fuerte, como dos rocas lisas y grandes esculpidas por el mar—. Y nadar me despeja la cabeza —añadiste sin cambiar el tono de voz mientras te ponías los calzoncillos—. Muchísimo. Es como si le diera un baño a la mente.
Te pregunté qué era lo que necesitabas limpiar de tu mente mientras te ponías los pantalones y volvías a girarte hacia mí, con el pelo oscuro cayéndote por la frente.
—Muchas cosas. El trabajo. El futuro. ¿Y tú? ¿Qué haces para despejarte?
—Leo —respondí sin pensármelo dos veces.
—Ah, ¿sí? ¿Qué estás leyendo? ¿Está bien?
No soportaba mirarte mientras pensaba. El cielo se había vuelto de un azul aún más oscuro, y me sentía seguro bajo la luz tenue.
—Ahora mismo, nada. Pero voy a empezar un libro pronto, y por lo visto es muy bueno. —Pensé en La habitación de Giovanni, oculto en el fondo de mi mochila, en las preciosas páginas que me esperaban.
—¿Cómo se llama?
Te sentaste a mi lado. Te miré y de repente sentí el aire en la garganta, inmóvil y pesado. Me daba vueltas la cabeza. No sabía por qué me había permitido desvelar ese secreto e intenté con todas mis fuerzas pensar en algún otro título. El sonido lejano de la campana del campamento resonó en el aire, y ambos nos estremecimos. Después, un silencio extraño se posó entre nosotros, como algo que mantiene el equilibrio por un borde, decidiendo hacia qué lado caer.
—Es la hora de la cena —dijiste al fin, y te levantaste—. Vamos. Que me muero de hambre.
Volvimos hacia el campamento a través de los campos mientras la luz se iba desvaneciendo. Me sentí especialmente cerca de ti, y contento de tenerte para mí solo, con tan solo el cielo mirándonos. Te pregunté dónde habías aprendido a nadar tan bien, y me dijiste que había un río no muy lejos de tu casa en el que habías jugado con tus hermanos. Me dijiste que ellos te habían enseñado.
—Y en verano rodeábamos las montañas y nos bañábamos en los ríos de allí —me dijiste.
—¿Dónde?
—Cerca de Rabka. Junto a los montes Tatras.
—Un chico del sur —te dije sonriendo.
Asentiste.
—¿No lo habías notado por el acento?
—Ahora que lo dices, sí.
Arrastrabas algunas de las palabras que decías, incluso más adelante; parecías estirar la última sílaba como una masa maleable.
—¿Y tú?
—Breslavia.
—Un chico de ciudad, ¿eh? —Un destello te atravesó los ojos en la oscuridad.
Para entonces ya habíamos llegado al campamento. Nos detuvimos frente al comedor, como si lo hubiéramos acordado antes.
—Te veo mañana —me dijiste poniéndome una mano en el hombro durante un instante, y después entraste y me dejaste allí fuera.
Aquella noche saqué La habitación de Giovanni de lo más recóndito de mi mochila y empecé a leerlo a la luz de la linterna después de que los demás se durmieran. Me asustó y me resultó reconfortante, incluso desde las primeras páginas. La culpa del narrador respecto a su prometida, su deseo por Giovanni y el profundo arrepentimiento por lo que fuera que le había hecho. Había algo en el ritmo, en el lenguaje, en lo que se insinuaba y en el sentimiento de perdición interna con lo que conectaba completamente. No se trataba de una distracción ni de un entretenimiento: era un libro que parecía haberse escrito para mí, que me transportaba a su dimensión y me unía a algo que parecía haber estado ahí todo el tiempo y de lo que yo parecía formar parte. Sentí como si las palabras y los pensamientos del narrador —a pesar de su agonía, a pesar de su dolor—, tan solo por existir, sanaran algo de mi propia agonía y mi dolor.
Durante los días siguientes, viví a través del narrador, pensando en su vida mientras trabajaba en el campo, sabiendo que había un lugar al que podía ir y que era mío, completamente mío. En cuanto terminaba de trabajar, me ponía la ropa, cogía el libro y salía por la puerta, pero no iba adonde sabía que estarías tú. Me apetecía estar solo un rato. Encontré un lugar junto al río, en la otra dirección, protegido por arbustos espinosos, y allí me tumbaba y me sumergía en el mundo de Baldwin. Un día, cuando acababa de tumbarme a leer, una sombra atravesó la página. Me giré y vi que estabas de pie detrás de mí.
—Así que aquí es donde te has estado escondiendo —me dijiste mientras te sentabas a mi lado. Miraste hacia el libro, que había cerrado a toda prisa antes de dejarlo en el suelo—. Debe de ser buenísimo, entonces.
No podía decir nada, ni siquiera asentir.
—¿De qué va?
Me iba el corazón a mil.
—De un chico —dije tratando de mantener la voz firme—. Un americano que vive en París.
Me miraste expectante.
—¿Y? ¿Qué hace en París?
—Pues… intenta averiguar lo que quiere, y cómo elegir por sí mismo.
Miraste la cubierta.
—¿Puedo verlo?
Te lo pasé y me arrepentí de inmediato, como si te hubiera dado algo pesado y peligroso.
—¿Por qué está pegado a otra cubierta? —me preguntaste con el ceño fruncido.
Me encogí de hombros.
—Es que no es del todo legal.
Para mi sorpresa, te reíste.
—No esperaba que fueras tan rebelde —respondiste devolviéndome el libro—. ¿Puedo leerlo cuando lo acabes?
Se me encogió el estómago.
—Si quieres.
—Sí. Nunca he leído ningún libro clandestino.
—¿En serio? —Sonreí sintiendo placer y una pizca de poder—. Te tenía por alguien más rebelde.
Me sorprende que compartiera contigo la existencia del libro tan pronto. Pero allí, en la orilla del río, sentí una confianza extraña. La forma en que me mirabas me hacía creer que no me juzgabas. A lo largo de la vida no conocemos a demasiadas personas que nos transmitan esa sensación. Y, sin embargo, esa noche, mientras estaba en la cama leyendo, después de que los demás se hubieran ido a dormir, tuve miedo. Miedo por el agujero que había abierto al confiar en ti, miedo por la vulnerabilidad que había creado. Y cuanto más leía, más miedo sentía: tenía ante mí la inmensidad de la verdad y de las mentiras que me había estado contando todos esos años, reflejada en la vida del narrador, como si alguien me señalara con el dedo, negro sobre blanco. Mi vergüenza, iluminada por una luz fría y clara. A la luz, podía examinarla con una claridad casi científica, y, de repente, el dolor del narrador ya no calmaba mi dolor. Su miedo alimentaba el mío. Yo era como él, como David: no estaba ni en un lado ni en el otro, no me sentía cómodo en ningún sitio y no tenía escapatoria.
Una noche, cuando fui a cenar tras haber dejado el libro escondido bajo la almohada, la duplicidad de mi vida —quien era en mi interior y quien era para los demás— me pareció surrealista. El libro y tú me habíais devuelto esa duplicidad, y decidí no volver a ser nunca tan vulnerable, no volver a sentir ese pánico, no volver a depender de nadie. Así que, aquella noche, evité tu mirada cuando pasaste por delante de nuestra mesa y, en su lugar, fijé la mía en la sopa de remolacha, roja como la sangre. Y tampoco fui al río los días siguientes. Faltaba poco para que acabara el campamento. Me quedaba en la cabaña leyendo y evitándote, esperando que los días pasaran sin nada destacable y pudiera volver a casa, a mi antigua vida. Durante los descansos del trabajo en el campo, me sentaba a la sombra, apoyado contra el cobertizo de madera donde guardaban las herramientas, mientras tú te juntabas con algunos de los chicos junto a la bomba de agua, fumando, bromeando con ellos, tratando de llamar mi atención. Yo fingía no darme cuenta.
Para entonces, el uniforme se había adaptado a mi cuerpo, había cedido a su forma, y mi cuerpo se había adaptado a la tierra. Ya sabíamos lo que hacíamos, y lo único que se oía durante la mayor parte del día era el ruido sordo de las remolachas al caer en los cestos. Las montañas de remolachas eran cada vez más grandes, hasta que casi no quedaba ninguna en los surcos. En un momento dado, durante la última semana, estaba concentrado en el trabajo, perdido en la repetición de mis movimientos, cuando de repente te vi de pie frente a mí. Parecía que llevabas un rato allí, viéndome trabajar.
—¿Te has acabado el libro? —La pregunta sonó como un reto.
—Sí —dije mirando hacia la tierra, sintiendo cómo se me tensaba la mandíbula y sin dejar de trabajar.
—¿Sigues queriendo prestármelo?
Dejé de cavar. Sentía el galope de mi corazón. Levanté la vista hacia ti y no sé qué me llevó a ello —quizás fue la sinceridad con la que me lo habías pedido y que se te había dibujado en el rostro, o tal vez un sentimiento de resignación—, pero asentí. Decidí que no tenía nada que perder. Nuestros caminos no volverían a cruzarse, y no quería ser como David, asustado de sí mismo y consumido por los remordimientos.
—Te lo traigo a la hora de cenar —me oí decir.
Aquella noche te esperé junto a la salida del comedor, en la penumbra, donde la gente fumaba y cotilleaba antes de irse a la cama. Te esperé hasta tarde, hasta que el río de gente que se alejaba de allí se secó, y supuse que no te habría visto salir. Estaba pensando en volver a mi cabaña cuando por fin apareciste por la puerta. La chica estaba justo detrás de ti. Parecía serena. Tenía unos ojos oscuros e intensos, al igual que el pelo, pero una piel clara, incluso pálida, como si no hubiera estado al sol en todas esas semanas. Intercambiaste una mirada con ella que no pude ver, y luego la chica me miró con una sonrisa ambigua y se alejó en la oscuridad.
—Leo rápido —me dijiste mientras te metías el libro en el bolsillo trasero de los pantalones.
—No te preocupes —respondí sintiendo cómo me invadía la tristeza—. Puedes quedártelo.
Me miraste como si hubiera dicho una tontería.
—Pero ¿qué dices? Pues claro que te lo voy a devolver.
Volviste a ponerme la mano en el hombro, como hiciste la segunda vez que habíamos hablado. Y, al igual que entonces, el nudo que tenía en lo más hondo del estómago —donde habitaban tanto el miedo como el deseo— se agitó como una marea entrante.
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