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Mi nombre es
LUCIA JOYCE
Título Original: Mi nombre es Lucia Joyce.
© Sofía G. Buzali
Primera edición 2021.
© Editorial Dos Líneas, S.A. de C.V.
Fotografía portada
Imagen de la UB James Joyce Collection courtesy of the Poetry Collection of the University Libraries, University at Buffalo, The State University of New York.
Diseño de portada.
Editorial Dos Líneas
Corrección de estilo.
Ligia M. Oliver
ISBN: 978 607 7884 05 7
Se prohíbe la reproducción, el registro o la transmisión parcial o total de esta obra por cualquier sistema de recuperación de información, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electro—óptico, por fotocopia o cualquier otro, existente o por existir, sin el permiso previo por escrito del titular de los derechos correspondientes.
Mi nombre es
LUCIA JOYCE
Sofía G. Buzali

a
mis nietos:
michelle, isaac, daniela.
a carlos, jimmy y sofía,
quienes amorosamente
abrazan mi corazón.
Encerrada en un hospital psiquiátrico, escribo.
Las palabras llenan el vacío de bullicios familiares.
Deseo cruzar la isla y llegar a ti.
Los barcos se hunden, desaparecen,
no pasa nada...
Tabla de contenido
Parte 1
Parte 2
Parte 3
Mi nombre es Lucía Joyce y fui diagnosticada con esquizofrenia. Las primeras crisis las tuve a los veinticinco años y ha pasado mucho tiempo desde entonces. Estoy internada en el Hospital Psiquiátrico St. Andrew’s, en Northampton, Inglaterra. Hace poco conté las clínicas psiquiátricas por las que he pasado: nueve. ¡Nueve encierros distintos!
Francia, Zúrich, Londres.
Ahora estoy mejor que tiempo atrás. Mi agresividad está controlada, aunque no he superado por completo el discurso delirante de mis pensamientos. Cuando escucho voces o noto alguna alteración me digo que no pasa nada, que todo es mentira. El doctor McArthur me pidió que relatara mi vida. Las palabras, comentó, son una medicina para el alma que sufre. Lo obedecí, no tenía nada más interesante que hacer, además, me agrada contar historias, igual que a mi padre. Hace tiempo escribí una novela... si Sam Beckett estuviera aquí la recordaría, pero casi nadie me visita. Eso suele ocurrir con enfermos como yo, los familiares se alejan.
Rabia. Frustración. Soledad.
I
1
Muchas veces Lucía se siente infinitamente triste, siempre cerca de las sombras. A quien más echa de menos es a su padre, quien murió exiliado en Zúrich recién comenzada la Guerra. Ella no acepta su muerte, nunca la aceptará, él no habría sido capaz de abandonarla como los demás. Por eso, ante la desesperación de la soledad, obedece las reglas del hospital para que nadie sospeche de su plan: escapar.
Ni médicos, ni enfermeras, ni la directora o sus compañeras de tantos años deben enterarse.
Huir. Llegar a Zúrich, mirar la tumba de su padre...
Él fue el único que veló por ella. Nora, su madre, jamás comprendió. Lucía piensa que tuvo celos de la relación. Giorgio, su hermano, tampoco toleró la adoración que se profesaban. Ellos se entendían con la mirada. Suele suceder, y para él, Lucía era la niña de sus ojos y dicen que su inspiración. Sí, fue la musa del escritor más afamado y controvertido de su época.
Lucía bailaba con elegancia. Alta, delgada, de gestos distinguidos. Cabello lacio, obscuro. De su madre heredó el estrabismo y los ojos azules, casi negros, mirando hacia adentro. En su juventud fue una joven alegre, sin embargo, la luz interna que pudo haber tenido algún día, se apagó.
No recuerda cómo empezó todo, solo sabe que los distintos tratamientos la alejaron de su alma. Hoy tiene claridad; mañana, no sabe cómo actuará. Es tan distinta ahora...
De aquella figura esbelta de bailarina nada queda. Su aspecto físico ha experimentado numerosos cambios y ha pasado del sobrepeso con cuerpo deteriorado a un estado más sano, gracias al cambio de alimentación aquí en el St. Andrew’s. Hoy en día su cabello es totalmente blanco a consecuencia de los medicamentos. En alguna época las enfermeras del hospital la ayudaban a teñirlo, pero ha dejado de hacerlo, ¿por qué no?
Debido a su estatura aprendió a mirar desde lo alto, aunque en ocasiones se siente pequeña como una lagartija arrastrándose por el camino de la vida. Se acostumbró al diario vivir en este hospital. Si le pidieran que saliera al mundo ya no sabría qué hacer en lo cotidiano. Aborrece la celda de aislamiento donde, cuando la encierran, permanece veinticuatro horas entre cuatro paredes, amarrada con una camisa de fuerza. El silencio es tal que siente como si estuviera encerrada en un sarcófago. Piensa en su padre bajo tierra: “¿acaso sufre como yo, a las puertas del infierno?”
Per me si va ne la città dolente,
per me si va ne l’etterno dolore,
per me si va tra la perduta gente.
Giustizia mosse il mio alto fattore;
fecemi la divina podestate,
la somma sapïenza e ’l primo amore.
Dinanzi a me non fuor cose create
se non etterne, e io etterno duro.
Lasciate ogne speranza, voi ch’intrate’1
Habla italiano, alemán, francés e inglés, pero en su casa siempre el italiano. Por eso a su padre lo llama Babbo, como en La Toscana, en vez de Paparino, que le suena a ópera de Rossini. Nació en Trieste igual que su hermano Giorgio. Su infancia transcurrió en ese puerto de vida tranquila, clima suave y tardes soleadas de largos veranos. Hay meses en los que sopla el Bora, un viento que llega desde el Adriático, frío y seco, cuyo nombre deriva de la figura de Bóreas, Dios del frío viento del norte encargado de traer al invierno. Con las ráfagas, Lucía sentía que en cualquier momento se elevaría como una hoja de papel, que el viento la lanzaría a la nada, al desamparo y a la soledad de su destino. El viento, le comentó al doctor McArthur, es el aullido de la tierra, el soplo infinito del miedo y la angustia existencial.
Después de Trieste,
Zúrich,
Francia.
En ocasiones, Lucía cree escuchar el estallido de bombas, el sonido de alarmas y aviones alemanes sobrevolando la ciudad. Años atrás, durante la ocupación de París, la situación empeoró y el edificio de la clínica psiquiátrica en Ivry, donde estaba internada, se sacudió por los bombardeos. Muros craquelados, kilos de polvo salían de las paredes y debido al ruido de las explosiones, se escondió debajo de la cama. Tuvo miedo de morir. Nadie iría a su rescate. Quedaría sepultada bajo los escombros del hospital. Pareciera que eso marcaría su destino: ir corriente abajo, como el río Liffey, sumergirse en aguas profundas y vivir en la oscuridad.
Ante el peligro de los bombardeos, el gobierno decidió evacuar el hospital. Cierta madrugada, en medio del ruido de las alarmas, subieron a los enfermos a un camión y fueron trasladados al Hospital Psiquiátrico de Charmettes, en Pornichet. Lucía, con sus treinta y tres años, lloraba acurrucada en uno de los asientos como niña asustada. Otros enfermos, horrorizados, miraban fijamente por la ventanilla.
Mientras tanto, el escritor alistaba permisos de salida para trasladar a la familia a Zúrich. Desesperado, averiguaba a dónde transfirieron a los enfermos. Logró localizar a Lucía a través de la Fundación Rockefeller. Él prometió sacarla de ahí, sin embargo, ella se sintió más sola que nunca. Vivía aterrada, en Charmettes prohibían las visitas y en alguna ocasión comentó que en la clínica en Pornichet le hicieron cosas tan terribles que no deseaba recordar.
Finalmente su padre, Nora y Giorgio, con su pequeño hijo Stephen, consiguieron la autorización para abandonar Francia. Mucha gente importante ayudó porque su padre, escritor del Ulises, ya en esas épocas había publicado Finnegans Wake y era muy admirado y querido por la intelectualidad, tanto de Europa como de Norteamérica.
La abandonaron... Tomaron el tren y partieron. Papá le explicó que él y Giorgio movieron todas sus influencias para llevarla con ellos a Zúrich pero fue imposible lograrlo debido a su pasaporte inglés. Él explicó en su forma bella, como solía hacerlo en sus cartas, que estaba sufriendo mucho por no tenerla a su lado, que tuviera paciencia. Lucía leía aquellas cartas una y otra vez, tenía la esperanza de que la pesadilla en la que vivía pronto terminaría. Cuando dejó de recibir correspondencia, todo se derrumbó, no quiso saber nada sobre la guerra, ni de ninguno de los miembros de su familia. Se encerró en sí misma. Y esa actitud es la que toma cuando algo la altera, lo afirma el doctor McArthur: “ocultarse detrás de su mundo. Aislarse con sus propias visiones. Su propia locura”.
De lo que Lucía recuerda como si fuera ayer es cuando Miss Weaver, su albacea, la trasladó a Londres, al Hospital Psiquiátrico St. Andrew’s en 1951, una década después de la muerte de su padre. Ella había seguido recluida en Francia por lo que visitarla y hacerse cargo de ella fue complicado. A sus seis años en Ivry se le sumaban ya diez en Pornichet resistiendo sola, sin visitas, ni cartas.
En cambio aquí, el St. Andrew’s es agradable. El edificio tiene fachada neoclásica y es una de las más grandes de Inglaterra. Alrededor de la capilla de arquitectura gótica victoriana, hay hectáreas de espacios verdes y un majestuoso olmo donde a Lucía le gusta sentarse con Meredith, su mejor amiga, a ver pasar las horas del día.
Cuando ingresó tuvo miedo, convivía con lunáticos de todo tipo, compartía un espacio enorme donde estaban otros veinte pacientes. Contaba las camas una y otra vez, interminablemente, por días, por horas, entre el tedio, los gritos de los enfermos y su propia desesperación. Temía que alguno de los pacientes se metiera en su lecho y la violara por la noche. Sentía los pasos de soldados alemanes irrumpiendo en la habitación para secuestrarla. Más adelante, modernizaron el sistema, las instalaciones y le asignaron una habitación propia como la de Virginia, a quien un día se la llevaron las olas.
Una mañana, sentada en la sala de espera del doctor McArthur, Lucía leyó el folleto del hospital y sintió escalofríos:
Northampton General Lunatic Asylum,
desde 1938.
Servicios para los hombres - 154 camas
Servicios para la mujer - 105 camas
Trastornos mentales, de personalidad,
mujeres con delitos graves.
Centro Nacional de Lesión Cerebral - 92 camas
Servicios para la Tercera Edad - 98 camas
Demencia - 13 camas
Servicio de Enfermedad de Huntington - 11 camas
Cuenta con lugares de entretenimiento e
instalaciones deportivas.
Northampton está solo a una hora de Londres y
dispone de buena carretera, ferrocarril
y un aeropuerto cercano.
Los primeros años fue introvertida, hablaba poco, tenía escasas amigas, sin embargo, tuvo un novio. Guardaron durante meses el secreto. Besaba bien y con él no le daba vergüenza desnudarse. Tenía menos pena con los hombres que con las mujeres, no sabe por qué. Un día Harry desapareció. Lo echó mucho de menos. Después de él tuvo relaciones con otros internos, incluidas algunas mujeres. Nunca se enamoró. Solo satisfacía sus deseos sexuales, sus manías. Hacían de las suyas y nadie dentro del hospital se percataba de ello, hasta que la mudaron al edificio contiguo.
La enfermera que sigue sus pasos desde entonces es Miss Lawry. En este edificio conoció a Ronny, a Abby y a Meredith. Esta última se convirtió en su mejor amiga; una pelirroja alegre, más joven que ella. Con ellos la vida dentro del hospital se le hizo más llevadera.
La que entiende su obsesión de huir a Zúrich en busca de la tumba de su padre es Meredith. Por eso ellas hablan en voz baja cuando se trata de ese tema. Siempre vuelven el rostro para estar seguras de que nadie las observa. De ser así ni una palabra, se echaría todo a perder. Analizaron juntas las distintas posibilidades de escapar. Han pensado hacerlo en la madrugada, por la ventana de la lavandería del sótano que da a la parte trasera de uno de los edificios cerca de la salida. Podrían esconderse en la casa abandonada de herramientas, esperar al amanecer y tomar un autobús que las llevara a la ciudad, de ahí un taxi al puerto de Dover, luego el ferry y cruzar desde la isla. El itinerario del tren Calais-Zúrich ya lo averiguaron...
Sam Beckett la visitó después de su llegada al St. Andrew’s. El paso del tiempo se notaba en su persona, sin embargo, seguía siendo inmensamente guapo. Cuerpo alargado, 1.80 metros de estatura. El rostro afilado, los ojos azules, su mirada profunda, las manos alargadas. Al verlo quiso lanzarse sobre él, abrazarlo, pedirle que la sacara de ahí, pero se dominó, el pánico se apoderó de ella, solo vio que él la miraba.
Habló poco, lo escuchó. Recordaron cuando él ayudó al padre de Lucía en la investigación para Finnegans Wake buscando libros de interés. Hablaron de la pasión de ambos por Dante y por la lingüística. Rememoraron las tardes en que Sam leía para él cuando la vista se le fue agotando. Se acordaron también de cuando su padre lo encontró una madrugada en plena calle, tirado en el suelo, apuñalado por una mujer que aprovechó su distracción mientras le ofrecía sus servicios. El cuchillo le rozó el corazón pero el escritor le consiguió de inmediato un cuarto de hospital. Eso lo salvó de la muerte y Sam jamás lo olvidará. Lo que Beckett no sabía era que ella, Lucía, tampoco lo olvidaba. Era y sería el amor de su vida. Por las noches pensaba en él, recordaba sus paseos por las calles de París, lo mucho que agradeció el día que le regaló La Divina Comedia, los halagos al presenciar sus solos cuando bailaba. La cercanía de su cuerpo. Todo eso quería decirle, pero se contuvo.
Durante meses, Lucía miró a su padre y a Sam trabajar sentados a la mesa del comedor. Discutían. Hablaban sin parar. Beckett tenía siempre para ella una sonrisa, una plática interesante. Él la miraba cuando ensayaba sus pasos de baile en una esquina. Los dos la observaban. Fue Sam el único que comprendió realmente su pasión por la danza moderna. Sus deseos de independizarse. La defendió contra Nora, contra Giorgio y entendió sus contrariedades.
Al despedirse, el olor de su loción quedó impregnado en su cabello. Sam jamás regresó, seguramente le dio lástima. Con certeza lo decepcionó: ella, una enferma mental. Deteriorada. Quebrantada. Al verlo alejarse pensó con tristeza en lo que se había convertido desde aquella época, recién ingresada en Charmettes, y la que dejó de ser con tantos fármacos. Estaba en los cuarentas y su aspecto era de una mujer mucho mayor. Mirada distante, lento caminar, sin ese aire de energía y entusiasmo que alguna vez la caracterizó.
Psiquiátrico St. Andrew’s
Londres, 1951
Una noche gris
A mi padre nunca más lo volví a ver, sin embargo, él siempre me está mirando. Escucho su voz. Muchas noches me cuenta historias antes de dormir o se sienta a mi lado en la biblioteca cuando estoy leyendo.
Me acompaña durante las horas interminables del día dentro del hospital. Él también desearía que escape. No descansaré hasta lograrlo.
Ir en su búsqueda.
En búsqueda de ti padre, volverte a ver.
¿Mis memorias de Trieste? Lo haré. Mañana. Hoy no quiero pensar más. Dormiré.
El viento no se tranquiliza, silba en la noche oscura, pasea entre los árboles, entre las rendijas de las ventanas y me cubro la cabeza con la sábana para no sentir temor.
Soy tan frágil.
Nota
1 Fragmento de El canto tercero del Infierno de la Divina comedia de Dante Alighieri publicado bajo Licencia de documentación libre de GNU y Licencia Creative Commons Atribución Share Alike 3.0 Unported.
2
El silencio del hospital durante la noche es casi total. Lucía no logra conciliar el sueño. Las voces dentro de su cabeza perforan su cerebro como cincel golpeando un muro. La persiguen durante la mañana, a la mitad de la tarde, en la madrugada:
Lucía, ven. Toma el tren a Zúrich.
Ven a visitarme. No me dejes solo. Lucía,
acude a mí. No me abandones, le dice su padre.
Imposible detener los pensamientos. Se gira de un lado a otro sobre su cama. Va al baño. No quiere saber la hora. Regresa a la cama. Acomoda la almohada. Al otro lado del pasillo escucha gritos. A veces es Rose, su vecina, que tiene pesadillas. Lucía se da vuelta hacia la pared. Se tapa los oídos, luego, una figura aparece en el espejo. Se altera. Es ella: su madre, acusándola con el dedo, sermoneándola repite la voz de su madre en su interior:
La danza no es para ti. Debes abandonarla.
Es una tontería.
La danza no es para ti. Es una tontería.
Es una tontería. Es una tontería. La frase se repite una y otra vez. Se angustia. Mira el reloj, son las cinco. Desea que se alejen las voces, descansar antes de que amanezca, pero la mente de Lucía no encuentra tranquilidad en noches como ésta. Recuerda cuando no quería ir a Londres, dejar París. Tenía un mundo propio, la danza, amigas, planes de independizarse, dar clases, rentar un departamento.
Un poco antes de las seis es cuando Lucía logra acallar las voces y quedarse dormida, pero las campanadas de las siete la despiertan cada mañana. Lo mismo, cada mañana...
—Miss Lawry, no, por favor. No abra las cortinas, quiero dormir.
—Si no te levantas ahora, esta noche sucederá lo mismo —le dice Miss Lawry abriéndolas sin hacerle caso— Además se te pasa el horario del medicamento —añade.
Entonces Lucía se incorpora con lentitud, mira a través del cristal. El día es gris, como siempre, es la impresión que le da tantos años mirando por esa misma ventana. En ocasiones, después de los electrochoques, la memoria se le bloquea y olvida haber visto antes ese paisaje desde este mismo lugar, eternamente repetido, y entonces puede disfrutar de la vista. Aunque con el tiempo vuelven las remembranzas, regresan las voces.
—Mañana es jueves, Lucía, tienes cita con doctor McArthur. ¿Has escrito algo? —pregunta Miss Lawry.
—No.
—Es necesario que lo hagas.
—Lo intentaré.
—De acuerdo, después de los ejercicios matutinos ¡a escribir! Nos vemos en el desayuno, y quizá puedas tomar una siesta a media tarde y reponer lo que no dormiste. —le recomienda Miss Lawry mientras sale de la habitación.
—Tal vez. —susurra Lucía sin el menor afán de intentarlo.
Cuando la enfermera sale, ella se recuesta de nuevo, se acurruca. ¡Cómo le gustaría tener a alguien que la abrazara, o poder huir, tomar el tren, llegar a Zúrich, ver la tumba de su padre, estar junto a él!
Algunas veces la enfermera supone que su paciente no ha querido levantarse y regresa, para animarla a bañarse. Ella siempre se incorpora con pesadez, pero Miss Lawry la ayuda, la baña, y le cepilla su cabello blanco, ondulado, durante buen rato.
Antes de abandonar la habitación, Lucía se dirige al estante junto a la ventana y endereza los libros que estén fuera de lugar. Se dirige a la biblioteca, camina por el amplio pasillo, con lentitud, nadie la espera… De nuevo es otoño. Observa las hojas secas esparcidas por los jardines del St. Andrew’s. Tonos rojizos, marrones, amarillos. Cierra los ojos como Stephen en el Ulises, en la playa de Sandycove. El viento es frío, entra a los pulmones. Siempre le ha gustado caminar sobre las hojas secas y escuchar el sonido al pisarlas; el aroma a hierba fresca, a cielo, a tierra.
Cuando entra a la biblioteca se sienta frente a la letra J. Acomoda sus piernas largas bajo la mesa, saca la pluma con tinta lila y el cuaderno donde cuenta su vida para no olvidar. Pasa la yema de los dedos sobre las páginas en blanco...
Londres, 1951
Jueves 18, octubre
Mi historia, doctor McArthur, empezó a tejerse en Trieste. Vengo de una madre depresiva que no quería tener más hijos y un padre escritor, irresponsable, en la miseria, tratando de salir adelante en su autoexilio. Fui hija no deseada, tal fue el principio de mi existencia. El vacío se fue formando dentro de mi ser, ese que carcome por dentro como una bacteria maligna. Se fue convirtiendo en angustia, en locura. Si las cosas hubieran sido distintas, pero no. No tengo a nadie, todos murieron o se alejaron de mí. Lucho cada día con la locura, tengo miedo de que vuelvan las voces.
El bullicio del hospital es agobiante, lidio cuerpo a cuerpo, en el silencio, con la angustia de verme como una piedra sola en el desierto. Cuando quiero llorar no lloro y a veces lloro sin querer.
Me gustaría que alguien me preguntara cuál es la causa de mi llanto.
De la soledad. Nadie comprendería.
Viene de antes, tal vez antes del nacimiento, de mi concepción.
La actividad mental en mi cerebro es agotadora, cuando estoy en crisis no tengo capacidad de hilar los pensamientos, los recuerdos son desordenados.
Medicada, usted lo sabe, todo cambia, todo se vuelve claro como la transparencia de las nubes.
Aprovecharé esos momentos para recordar mi vida con papá, con mamá, con Giorgio.
Tal vez escribir sobre todo aquello ayude a liberar los demonios que tengo dentro.
Lucía está inclinada sobre el papel. Su cabeza y su vista muy cerca de la hoja donde escribe obsesivamente. Está concentrada. No se percata de lo que sucede a su alrededor. No mira a los hombres de blanco que la están vigilando ni escucha a uno de los pacientes gritarle a la enfermera. Hoy el día está gris como muchos otros aquí en Londres. Llovizna.
Ella llegó a la biblioteca por el pasadizo interior. En el camino se encontró a Meredith, quien quería que en lugar de ir a la biblioteca se fuera con ella al salón de usos múltiples a hacer muñecos de papel maché, pero Lucía le dijo que no, debía seguir escribiendo:
Nací en Italia y no en Dublín, de donde son mis padres. Papá, en su adolescencia, estudió un tiempo en Francia porque quería ser médico, aunque ahí, en vez de estudiar, se dedicó a la bohemia. A los pocos meses, la abuela May enfermó y papá tuvo que regresar.
A los 23 años, mi padre ya se había graduado en lenguas modernas del University College y dominaba italiano, francés, alemán, noruego y latín. Él fue siempre rebelde y rechazó la sociedad conservadora de los dublineses. Nora, mi madre, nació en Galway. Cuando se conocieron trabajaba de camarera en el Finn’s Hotel de Dublín. Se enamoraron. Mamá me contó que durante uno de sus paseos por la orilla del río Liffey, papá le preguntó si sería capaz de irse con él a Zúrich sin estar casados pues, según él, lo esperaba un puesto de profesor de inglés, en Berlitz Language School. Ella, sin pensarlo, aceptó. Seguramente tendría una vida mejor y a mi padre nadie le impediría escribir y llegar a ser famoso. Entonces, sin decirle nada a la familia, partieron. Londres, París y de ahí a Zúrich.
Papá me platicó que fue en aquel tren, al dejar Dublín atrás, cuando maduró la idea del Ulises.
Al llegar a Zúrich ningún puesto había para él, ni tampoco en Trieste a donde lo remitieron. El poco dinero que tenían para el viaje se terminó. Finalmente, el director de Berlitz en Trieste le consiguió una plaza en las instalaciones en Pola, ciudad austrohúngara. Dice mamá que fueron tiempos difíciles. Encontraron a la vuelta de la escuela un cuarto amueblado con cocina. Vivieron entre ollas, sartenes y una cafetera. Papá se quejaba de los mosquitos en verano y de lo difícil que era entender el dialecto local. Durante el invierno, sin calefacción, el cuarto se volvía húmedo. Apenas salían con los gastos. Papá asistía a conferencias en la biblioteca, leía y escribía a tío Stanislaus contándole los pormenores del diario vivir. Papá trabajó en sus textos obsesivamente. Usaba la mesa de la cocina porque tenía la mejor luz, mientras que mi madre se quejaba de que estaba desesperada con eso del idioma y de que extrañaba a su familia en Galway. Así, una mañana, Nora le dio la noticia a papá de que estaba embarazada.
¡Imagínese usted! Empezando una vida nueva y ahora un hijo. Cayeron en una crisis espantosa, no sabían cuidar niños, ¿cómo lo mantendrían? Papá pidió en la Berlitz que lo transfirieran a Trieste y lo consiguió, entonces podría tener, además de las clases en la escuela, alumnos particulares y sus ingresos mejorarían.
Volver a Trieste les dio a los dos una nueva ilusión. Se instalaron en una pequeña habitación con cocina en el centro de la ciudad que dominaba la Piazza Ponterroso, a unas cuadras de la escuela. Asistían al Teatro Verdi, a la ópera y a los conciertos sin importarles que los asientos fueran en la galería superior. Cuenta tía Eve que en sus cartas él decía que la vida en Trieste fue igual de difícil que en Pola. Mamá cayó en constantes depresiones, nada la animaba, no les alcanzaba siquiera para comprar ropa de embarazada. Vivieron de fiado, vivieron de prestado...
Me imagino, doctor, las penurias de esas épocas y lo que pasaba por la mente de mamá. Dicen que él se iba de juerga con los amigos al barrio antiguo de Trieste, a divertirse con las prostitutas. ¿Cómo pudo, doctor? Estaban en la miseria, mi madre alejada de su familia y él se iba de putas y bebía. A Babbo lo amo, pero fue un miserable con mi madre. ¿Será esa la razón por la que no confío en ningún hombre? Sam también me engañó. Me usó.
Yo lo admiraba, sin embargo, él solo quería estar cerca de papá.
¡Qué no haría ahora para alejar mi miedo!
Y papá describiendo los prostíbulos en el Ulises como los que conoció en Trieste.
La mirada de odio de mi madre se aferra a mis recuerdos.
¡Yo también te odio, mamá!
Lucía se detiene, la vista se le nubla. Cada vez que escribe siente angustia en la garganta, siente el miedo pegado al rostro como la máscara que le hicieron a su padre antes de ser enterrado y que ella nunca ha visto por estar recluida. Sacude la cabeza como para regresar al momento, debe seguir escribiendo, recordar. Se lo pidió el médico. Tiene que obedecer.
Giorgio nació con la ayuda de una comadrona, en la mitad de la estancia y con el susto de papá. Ella pidió de inmediato que lo bautizaran pero él, tajante, se rehusó. La familia en Dublín, tan católica, no pudo entender esa locura de no bautizar a su primogénito. Con la llegada de Giorgio su vida cambió. Babbo no podía escribir ni leer con los chillidos del niño. Le escribió a tío Stani contándole que sentía que los tímpanos se le perforaban. Además, seguía preocupado por no encontrar quién le publicara su libro de poemas, Chamber Music.
Las cosas iban de mal en peor, papá desesperado le pidió a tío Stanislaus que le ayudara a dejar Dublín para ir a vivir con ellos en Trieste. Con su ayuda todo cambiaría. Dicen que desde que el tío bajó del tren a su encuentro, papá lo primero que hizo fue pedirle dinero y, desde entonces, nunca dejó de hacerlo. Tío Stani fue el salvador de la familia y el mejor amigo de mio papà. Me contó mamá que daban largos paseos por el muelle, se iban a los cafés y papá leía para él sus textos recién escritos, para saber su opinión. Pasaban horas lejos de casa dejando a Nora sola con el niño.
Qué más hubiera querido mi padre, doctor, que haber vivido solos los dos, sin hijos, sin responsabilidades, sin que nadie los molestara. Un día mamá lo encontró borracho, tirado en la entrada del edificio donde vivían. En otra ocasión, llegó a la escuela a dar clases tan pasado de copas que se cayó a la mitad del salón. ¡Qué vergüenza! Por lo menos, dicen, no era agresivo cuando estaba borracho. Acreedores iban y venían, deuda del alquiler de tres meses, a veces hasta cuatro. Mamá amenazaba con dejarlo. Cómo no iba a estar harta de él.
¿Por qué, doctor, no lo abandonó? Seguramente por tener hijos sin estar casada. Ni por la ley, ni por la iglesia. Tal vez no tenía ahorrado ni un quinto para dejarlo o el sexo la tenía anclada a él.
De nuevo, papá decidió cambiar de suerte. Fue en Roma donde consiguió un puesto en un banco, como corresponsal de asuntos exteriores. Partieron con Giorgio en brazos. Según él, iba a ganar el doble de salario que en Trieste por menos horas, y podría dedicarle más tiempo a escribir. Me contó que realizaba más de doscientas cartas diarias y odiaba hacerlo.
Tío Stani enviaba dinero a Roma periódicamente, pero nunca fue suficiente y decidieron regresar a Trieste, ya conmigo en el vientre de mamá.
Interrumpe. Siente náusea. Mareo. Sale a caminar por los jardines y fuma un cigarro, pero regresa, regresa a escribir, como su padre. Está atrapada en la necesidad de seguir contando. Además, falta aún una hora para el lunch time.
Ayer en sesión, doctor, me preguntó si sabía cómo fue mi nacimiento... ¿Dónde nací?, en un sanatorio para indigentes, con un hermano de dos años, un padre enfermo con fiebre reumática, convaleciente en el mismo momento y hospital donde dio a luz mamá. Papá enfermo y mamá dando a luz de su segundo hijo. Decidieron llamarme Lucía, aunque me contaron que cuando supieron que era niña se decepcionaron porque ellos esperaban otro varón. Me gusta mi nombre, doctor, significa luz para el mundo. Santa Lucía, patrona de la visión. Babbo sufría de la vista, así que seguramente me puso ese nombre porque quería, tal vez, que algún día yo fuera sus ojos. Dos hijos en casa a quien cuidar.
Mi madre daba pecho a Giorgio de un lado, a mí del otro. Tía Eileen contó que papá le escribió a Irlanda pidiéndole que ella y tía Eve fueran a Italia porque era demasiado trabajo para una madre recién parida. ¿Sabe, doctor?, hoy me doy cuenta de lo importante que son las tías en la vida de una niña. Tía Eileen fue como una madre para mí. Tantas veces Nora me dejó llorando en mi cuna, con el pañal sin cambiar, y era Tía Eileen la que me calmaba y sacaba de ahí. Si cierro los ojos miro su rostro haciéndome reír, acariciándome. Después de haberme parido mamá cayó enferma, solo se sentaba en el sillón de papá y le gritaba que se fuera, que la dejara en paz.
Después dejó de amamantarme. Nunca más tuvimos contacto físico. El vínculo se rompió. Nunca tuve un hijo y mis senos están ahora flácidos, no podría alimentarlo ni transmitirle calor. Estoy seca.
Uno de los enfermeros se acerca, le toca el hombro, la sobresalta, le dice que debe dejar a un lado su tarea, es hora del almuerzo. Lucía se dirige al comedor, los recuerdos siguen en su mente. Regresan como si hubiera abierto una llave de agua. Brotan de su mente.
Ya es de noche, Lucía enciende la lámpara al lado de su cama. Observa el tejido de la telaraña formada en la pantalla; la araña permanece al acecho con las patas extendidas. Su padre le contó que a través de las vibraciones es como avistan a su presa.
Toma el libro que está sobre el escritorio. Crimen y Castigo. Está en ese período en el que desea retomar a los rusos. Ha sido un nuevo descubrimiento volver a leer a Dostoievski en este momento de su vida, le impresionan las distintas lecturas que se le pueden hacer a una sola obra. De pronto se escuchan gritos, se tapa los oídos. Trata de adentrarse en la novela, no se concentra, su mente está en Trieste. Prefiere regresar a su cuaderno. Escribir.
Doctor McArthur, hoy he tenido un mal día. Los ruidos me alteran, ni siquiera bajo las sábanas se apaciguan. Se escuchan gritos, voces y a veces pienso que no podré aguantar más estar aquí. Sé que la muerte existe, también muchas cosas hermosas y muchas terribles. Pero seguir como si no pasara nada, como si uno no viniera a la tierra por tiempo breve, todo eso me aterra profundamente. Tengo sed de cosas bellas, quisiera salir de aquí. Y pensar que hace tan solo unos meses deseé suicidarme. Mi infancia me da vueltas en la cabeza, me han surgido recuerdos de cosas viejas que creí sepultadas para siempre. Descubrí que no recuerdo el rostro de mi madre. La veo en la niebla, difuminada, como el negativo de una fotografía. Tuve que ir a la imagen familiar que tengo en el librero de mi habitación. Qué dolor. Era mi madre, doctor. ¿Tanto, tanto la detesto como para no acordarme de sus ojos?
Deja la pluma sobre el cuaderno. Se dirige hacia la ventana. Mira. No hay estrellas visibles en el cielo. El jardín está solitario, solo se escuchan los sonidos de los insectos nocturnos. Bebe agua. Regresa a su cuaderno.
Cualquier cosa podía faltar en casa menos el piano. Papá se las arregló siempre para alquilar uno. Imposible que no hubiera música en nuestro humilde hogar. Él tenía voz de tenor, igual que Giorgio y el abuelo John. Herencia transmitida a los varones de generación en generación, porque él y el padre de su padre poseían voces prodigiosas.
No sé si Stephen, el hijo de Giorgio, haya heredado ese don. Yo también tengo buena voz, pero soy mujer y no me valoraron. Tal vez si papá no hubiera sido escritor, habría sido tenor profesional. Babbo viene de una familia numerosa. Él, el mayor de cuatro hermanos y cinco hermanas. George, Stani, Charlie, Freddie, Margaret, Nancy, Eva, Florence y Mabel.
Y Babbo escribiendo. Y Babbo de juerga. Y Babbo tratando de concentrarse con nuestros chillidos. Me parece que entre llantos de bebé y las clases particulares que daba en casa, él reorganizaba Stephen Hero para convertirlo en el Retrato del artista adolescente, y entregaba artículos para el periódico Il Piccolo della Sera. Pero el que realmente los ayudó a subsistir fue el tío Stanislaus. Las tías contaron que el carácter de mamá se fue apagando. Ni con cartas, ni con regalos de mio papà le regresaba la alegría. Ella refunfuñaba, arrepentida, el haber dejado Irlanda. Lo amenazaba: “Me voy a Galway con mi familia. Me voy”. Pero algo sucedía por las noches y despertaba muy sonriente, mas cuando él llegaba trasnochado de sus parrandas, le volvía el mal humor. Le echaba en cara las cuentas por pagar, su agotamiento, el fastidio del diario vivir.
Una tarde, sin querer, rompí la cabeza de la única muñeca que hasta ese entonces papá me había regalado. No supe qué fue más doloroso, si la pérdida de mi juguete o el regaño de mamá. Giorgio me calmó, pero lloré la noche entera. Al día siguiente, Babbo me consoló cantándome una canción en italiano inventada por él. Era tan niña que no entendía por qué mamá se disgustaba con papá o por qué se desquitaba conmigo y no con Giorgio.
¿Sabe, doctor?, al escribir me doy cuenta de que mamá no me quiso nunca. Pero yo pensaba, muy en el fondo, que tal vez sí, pero no. No. Qué angustia. No puedo seguir. Hubiera deseado que me quisiera.
Esperar. Amar. ¿Mamá, dónde estás? Siempre preocupada por papá. ¿Y yo? ¿Será posible que desde pequeña mi ser se fue deformando? Pensé que habían sido los medicamentos, pensé que fue la frustración por dejar de bailar.
No. No puedo seguir. Doctor, ¿por qué, no le dice a la noche que construya complots contra mi miedo?
Lucía cierra los ojos. Por lo menos hoy ningún loco la molestó, solo la alteró el enfermero que entró a su habitación porque vio la luz prendida a altas horas de la noche. Siempre hay un vigilante, siempre un guardián.
¡Qué deseos de huir!
Huir, estar frente a él.
Se queda mirando a la nada, le da frío. Se cubre con el suéter abierto. Se abraza. No, no hay nadie que la abrace, ni lo habrá. Mira hacia arriba, susurra: Babbo, ¿estás ahí? Dame tus lentes, los limpio, están empañados. Dime, ¿por qué mamá no me quería?, me gustaría saberlo.
Me acostumbré a callarme las tristezas y, a fuerza de callármelas, me olvidaba de ellas. Por eso ahora escribo, y recuerdo.
3
Ronny, quien se comporta por lo general de manera infantil, entra a la biblioteca donde Lucía está tranquilamente sentada. No se percata de los inmensos libreros de caoba con cientos de libros perfectamente acomodados y registrados, ni tampoco de los sofás o de las butacas Chester de cuero, adornadas con tachuelas. Se acerca a ella, la molesta, le pide que salga con él. Lucía le responde que la deje en paz, que está escribiendo. Ella se impacienta por la interrupción. Él la fastidia, le toca el hombro, salta a su alrededor, le insiste que salgan al jardín para hacerle cosquillas en el cuello, como tanto le gusta. Lucía le repite que no y cierra su cuaderno, teme que Ronny lo maltrate con sus travesuras. Él hace como que no la escucha y sigue molestándola a sus espaldas: “Vamos, Lucía, ven conmigo. Ven”.
El hombre de blanco se da cuenta de que Ronny la está incomodando. Se aproxima a él, lo toma de la mano y le pide a otro ayudante que lo lleve a la sala de juegos. Ronny no se resiste, sale riéndose y diciendo que la esperará, que solo quería estar cerca de ella, que solo quería...
Lucía no quiere continuar en la biblioteca, sale para buscar a Meredith y contarle que Ronny entró a molestarla, que la interrumpió, la distrajo y la puso de mal humor. Como no encuentra a su amiga por ninguna parte, se dirige a los prados. Camina encorvada. No sabe si es por su altura o por el cansancio de su alma. Lleva una falda un poco ancha, con pliegues, debajo de la rodilla. No marca su silueta y le ensancha la cadera, pero es cómoda. Una blusa blanca de algodón, el suéter gris que tanto le gusta porque tiene bolsas al frente y calcetas altas para el frío. El cabello blanco, lacio, al pasar de los años lo ha peinado con sencillez, ¿a quién agradar? Nadie la visita.
Se sienta en la banca, al fondo del jardín, debajo del gran olmo. Mira las hojas secas a su alrededor, estrecha su cuaderno y piensa en Trieste, las caminatas por el muelle, los barcos de vela y aquel sol resplandeciente durante los días largos del verano. A pesar de que era una niña, Lucía jamás olvidará los cielos rosados del atardecer y cómo, en esos momentos, se unía el color del cielo con el mar.
Una vez más susurra: ¿Babbo, estás ahí? Huiré, padre, huiré, tomaré el ferry, cruzaré la isla, después, en tren llegaré a Zúrich y pronto, muy pronto estaré ante ti. El doctor McArthur desea que recuerde mi niñez en Trieste. ¿Será importante recordar, padre? Tal vez mi médico tenga razón, pero, ¿sabes?, he pensado en distintas ocasiones que ni tú ni yo tuvimos la culpa de nuestros destinos, fueron los vientos los que nos empujaron en esa dirección. Tú, muerto bajo tierra. Yo encerrada en un hospital. Enciende un cigarro, se queda mirando al infinito.
Transcurre la mañana y Miss Lawry no logra encontrar a Lucía por ningún lado dentro del edificio. Impaciente, les pide a los enfermeros que la ayuden a buscarla. Ha faltado a la clase de tejido que tanto disfruta, por eso está preocupada. Buscan de un lado a otro, detrás del edificio, en la biblioteca, en la capilla, no hay rastro de ella... Le preguntan a Meredith si la ha visto, nada, por fin, uno de los hombres de blanco la encuentra profundamente dormida, en la banca debajo del olmo, al fondo del jardín.
—Lucía, Lucía —grita Miss Lawry al verla.
Ella se sobresalta, la mira con extrañeza y, asustada, echa a correr. La enfermera pide a los cuidadores que la alcancen y la sujeten con fuerza para que no escape. Lucía se tropieza. El cuaderno cae. Llora asustada. Pega. Da patadas. Se defiende.
—¡Desgraciados! ¡Ustedes fueron los culpables de mi encierro! ¡Largo! ¡No me toquen! Ustedes mataron al perro que apareció tirado sobre la playa de Sandycove. Stephen fue testigo cuando caminaba a orillas del mar —replica Lucía.
—¿Qué pasa, Lucía? ¿Qué pasa? —pregunta Miss Lawry.
—Es que, esos hombres, esos hombres me quieren hacer daño y mi padre no está para salvarme. Véalos, son horribles, tienen el pene de fuera. Giorgio se va a enojar conmigo. Aléjelos. Giorgio los va a matar —grita ella sin control.
—Tranquila, ya se fueron. Mira, no hay nadie.
—Sí ahí, tras el árbol —solloza.
—Vamos. Es mejor alejarnos de ellos, entremos —le dice la enfermera tomándola del brazo y llevándola a su habitación.
La recuesta y de inmediato le coloca la pastilla azul debajo de la lengua.
—Mi cuaderno. Mi cuaderno. ¿Dónde está? Los hombres lo robaron.
—No, Lucía, cálmate, aquí lo tengo.
—Ellos se lo quieren robar. No los dejaré. No los dejaré. Es mío. ¿Los vio, Miss Lawry? Querían violarme, quitarme lo único que es mío.
Lucía se queda dormida, la crisis pudo haber sido peor. En tanto duerme, la enfermera mira los dibujos que ella realiza desde siempre y deja sobre la mesa. Dibujar lettrines, una más de sus obsesiones. A. B. C. D... Traza los signos del abecedario y, en el interior de cada letra, delinea rasgos y formas coloreadas que la hacen pensar en las ilustraciones de los manuscritos del libro de Kells. Seguramente Lucía los conoce por su ascendencia irlandesa. La enfermera Lawry toma del estante un libro al azar. Lo abre en la página donde está el separador y descubre las letras parecidas a los dibujos sobre el escritorio. Lee uno de los poemas: A Flower Given to my Daughter, 1913.
Frail the white rose and frail are/
Her hands that gave/
Whose soul is sere and paler/
Than time’s wan wave. Rosefrail and fair -- yet
frailest/
A wonder wild/
In gentle eyes thou veilest,
My blueveined child.
La primera página del libro dice: Pomes Penyeach / / Initial Letters Designed and Illuminated by / Lucia Joyce. 1931. Son trece poemas escritos por su padre, uno de los cuales es un facsímil con la letra cursiva del propio autor. Los demás en tinta verde como el color de las manzanas, en relación con el título del libro, Manzanas a un centavo cada una. Francés, inglés, palabras unidas. ¡Qué extraña forma de escribir!
Miss Lawry medita sobre la personalidad de Lucía. No es como otros pacientes, ella es especial. Cultura amplia, interés por la lectura, conocimientos de música, toca el piano, sabe tantos idiomas... Se pregunta qué sería de Lucía sin sus lecturas. La mira sentada en la biblioteca, leyendo durante horas muchas veces el mismo libro por segunda ocasión. Eso le parece extraño. ¿Leer dos veces el mismo libro? Lucía dice que su padre hacía lo mismo. En otras la escucha cantar o tocar el piano, mientras Meredith bailotea.
La fuerza del viento se escucha a través de los cristales. Miss Lawry no se dio cuenta de en qué momento el sol se ocultó. Mientras Lucía duerme, ella recorre la habitación con la mirada. Cama individual, mesa de noche, un pequeño escritorio, el librero, lavabo, calefactor y la ventana con vista a los jardines del St. Andrew’s. Observa la fotografía familiar, el padre con gafas gruesas, sombrero y corbata de moño. Qué personalidad, piensa al ver la imagen craquelada por el paso del tiempo. Recuerda cuando Lucía fue trasladada a esta residencia, hace más de diez años y ella, asignada desde entonces, como su enfermera. La mira dormir. Regresa a su memoria la fotografía del hospital bombardeado durante la guerra; dicha fotografía se encuentra en la entrada principal del St. Andrew’s donde se ve claramente el muro con el boquete. Si no hubiera sido reconstruido, no tendrían los pacientes estos espacios, se dice Miss Lawry. Camina alrededor. La deja descansar.
Lucía despierta, siente dolor en los antebrazos; entiende que tuvo un brote psicótico porque los hombres de blanco la aprietan demasiado fuerte cuando eso sucede. Está inquieta. Recuerda su sueño: Un volcán hacía erupción, la llamarada pintaba el cielo de rojo. Lava y espuma recorrían colinas, bañaban los sembradíos. El mar enfurecido rompía contra las piedras del acantilado. Ella corría, no deseaba que la tierra arenosa la alcanzara. Dionisio, el dios griego del vino, la rescataba y la hacía subir a un barco, le daba de beber vino y la hacía bailar frenéticamente hasta el delirio. Danzaba. El viento golpeaba su rostro. Su cabello era largo, se enredaba en su cuerpo. Entonces se miró sola. Los hombres se habían hecho a la mar en ese juego infinito: Partir. Volver. Esperar el regreso... Y de pronto, sintió la lengua de Sam en su boca. Juguetearon largamente. Se excitó, sus pezones se irguieron. Sam levantaba su blusa. Acariciaba su espalda, la apretaba contra él, recorría su cuerpo. Ella lo acariciaba también sin dejar de besarlo. Sentía la erección de Sam. Bajó su mano, lo tocó mientras él jugaba con sus senos. Los besaba. Mejor detente, le dijo, no vaya a entrar papá, no vaya a entrar Miss Lawry y me reprenda.
Se levanta, mira por la ventana. Los prados están verdes. Llovió. Se toca la frente. Ha sudado. Meredith entra a su habitación:
—¿Dónde has estado? Te esperé en la clase de tejido.
—Las voces, los hombres. Ahora estoy bien —contesta Lucía sacudiendo su falda como si acabara de hacer algo. —Vamos, es la hora del té, tengo antojo de las galletas de mantequilla que prepara Miss Emily. —Meredith, ¿has pensado en alguna alternativa para escapar?
—La mejor manera sería en la madrugada.
—Pero, ¿cuándo? ¿Cuándo será el día apropiado? ¿Cuándo? —replica Lucía con desesperación.
Domingo 21, octubre
11:30 a.m.
Doctor McArthur, hasta hoy retomo el cuaderno porque en días pasados me entró una especie de aturdimiento. Quizá fue por los nuevos medicamentos.
No entiendo la necedad de los doctores de probar en mí cosas nuevas. Bastante he tenido ya con todo lo que me han dado desde que esta locura comenzó. Cuando mi estado de ánimo es así, me desconecto, no tengo deseos de nada. Estoy perdida en el bosque de la nada. Es esa sensación de inexistencia, de abandono, como si fuera el comienzo de la muerte... Pasan los días en blanco y solo me percato del paso del viento entre las hojas de los árboles. Regreso. Aquí estoy, vuelvo a Trieste y recuerdo a papá recibiendo envoltorios y paquetes de libros, los extendía por el suelo, los hojeaba, pero prefería irse al café a leer durante horas para no escuchar los eternos reproches de mamá.
Nací con los ojos encontrados. El estrabismo empezó a ser más evidente cuando cumplí tres años, veía hacía adentro para intentar enfocar correctamente. Al verme en el espejo deduje que todas las niñas los tenían como yo, pero cuando empecé a ir a la escuela me di cuenta de que era diferente. He pensado siempre que por ese defecto en los ojos mis novios se alejaron, excepto Sam, él decía que mi mirada era misteriosa. Sam... El problema lo heredé de mamá, pero mio papà sufrió también mucho de la vista, dolores en un ojo, fuertes migrañas. Cuando se exponía a la luz la dolencia era insoportable y, por eso, casi siempre tenía cubierto el lado derecho de la cara. Recurrió a muchos médicos, le hicieron varias operaciones. ¡Cuánto sufrió! La iritis casi lo llevó a la ceguera. Él terminó visitando oftalmólogos todo el tiempo y yo, haciendo antesala en los consultorios de los médicos para lunáticos.
Cuando niña, una madrugada sentí dolor de estómago y Giorgio me dijo que despertara a mamá. Como tenía miedo de caminar por el pasillo le pedí que me acompañara, y cuál fue nuestro asombro al ver que los pies de papá estaban en la cara de mamá. Ella dormía del lado de la cabecera y la cabeza de él del lado de los pies. Nalgas con nalgas. Cuando crecí entendí que dicha posición la adoptaron para evitar tener más hijos. Qué difícil imaginarlos haciendo el amor. De chica no entendía los ruidos que por las noches se escuchaban detrás de la puerta de su habitación. ¿Sabe, doctor?, pensé que Nora se quejaba o que papá le estaba haciendo daño. El apartamento era pequeño, un cuarto junto al otro, y de los pleitos también nos enterábamos. Odiaba oírlos, le decía a Giorgio que me daba miedo que ellos se separaran como los papás de Melany, mi amiga de la escuela. Mi hermano me abrazaba hasta quedarnos dormidos.
En ese entonces vivíamos en Via Boccacio con la familia Francini Bruni. Entre papá y él se dividían la renta. Mamá nos callaba todo el tiempo para que Babbo pudiera escribir e impartir con tranquilidad clases privadas de inglés. Después nos mudamos a un cuarto en Via Santa Catarina. En esas épocas mi padre planeaba poner un negocio para vender telas de tweed, ganar más dinero y tener mejor posición.
Lucía hace una pausa, a su bolígrafo se le ha terminado la tinta. Desde la terraza mira los prados, la mañana soleada. Trae puesta la misma ropa del día anterior, también el suéter gris. Se detiene. Saca del bolsillo un chocolate, le da una mordida, lo guarda. Lo vuelve a sacar, lo muerde. Busca otro bolígrafo, encuentra uno que no es de tinta lila como a ella le gusta, es negra.
Un día, ya mayor, husmeando en un cajón, encontré una de las cartas que él le escribió a Nora desde Dublín durante un viaje que hizo para tratar de hacer algunos negocios y visitar al abuelo John. La saqué del sobre con cuidado y la leí.
22 de agosto de 1909
Fontenoy Street, Dublín
Amor mío, ¡no puedes sospechar el
hastío que siento en Dublín!
Es la ciudad del fracaso, del rencor y la desdicha.
Anhelo marcharme de aquí.
Pienso constantemente en ti. Por la noche, al acostarme, es una
verdadera tortura.
No voy a escribirte en esta hoja lo que llena
mi pensamiento, la locura del deseo.
Te veo en un centenar de posturas, tú grotesca,
vergonzosa, virginal, lánguida.
Querida, cuando nos reunamos, entrégate a mí con plenitud.
Todo esto es sagrado, oculto para los demás,
debes darte a mí libremente.
Deseo ser el dueño de tu cuerpo y de tu espíritu
JJ
¿Qué eran esas palabras de papá, doctor? La deseaba, se excitaba. Las comprendí cuando era ya mucho mayor. Así era la correspondencia erótica entre los dos. Atrevida, obscena, imágenes que nunca olvidaré. Sexo. Sex, solo eso. Copular, desear. Claro, eso los mantenía unidos.
El sexo fue la razón por la que mamá no abandonó a papá.
Tal vez por eso yo busqué hombres, busqué sentir un falo dentro de mí.
A ustedes les gusta saberse deseados, que los necesitas. Desgraciados. Todos, bueno no todos. Papá me quiso, y Harry, Harry también.
¿Y usted doctor, siente acaso alguna atracción por mí?
Hoy soy mayor, pero cuando era más joven, podía seducir a cualquiera, igual que Nora, mi madre.
Finalmente, esa carta la guardé en la caja de mis secretos por un tiempo y después la puse dentro de un libro. Le cambié el sobre, por supuesto, y hoy sigue ahí entre las páginas de los Dublineses en el librero de mi habitación.
En ese lugar había muchas más cartas... Odié a Nora, mi madre, papá la quería más que a mí.
¿Sabe, doctor McArthur?, me gustaba mucho que Babbo leyera para nosotros.
Escuchen esto, decía. Creo que lo hacía para oír cómo sonaba.
Giorgio hacia a un lado sus juegos y yo me paraba junto a él. Sus textos tenían tal musicalidad que parecía que cantaba al leer.
A Babbo le busqué un apodo y le puse L’Exclamadore.
Mamá ni caso hacía, jamás se interesó por lo que él escribía.
Nunca olvidaré la ocasión en que lo vio llegar muy alegre y, furiosa, lo amenazó con echar sus manuscritos al fuego.
Un día lo hizo. Yo asustada miré cómo los puso en el fregadero de la cocina y les prendió fuego.
La odié por eso. Qué maldad. Gracias a Dios, tío Stanislaus llegó justo en el momento y los rescató.
Mi madre tuvo siete hermanos. Su padre, panadero, no sabía leer ni escribir. Su madre fue costurera. Los abuelos se divorciaron porque el abuelo era alcohólico.
Ahora, escribiendo, me doy cuenta de que mis dos abuelos fueron alcohólicos... también Babbo. Giorgio, mi hermano, no se salvó. Él también fue un borracho empedernido, pero su suerte fue distinta pues se casó con una americana millonaria que lo mantuvo.
Alcohol. Alcohol. Alcohol. Alcohol.
Su olor es lo que siempre huelo en el área de electrochoques, en el edificio donde viven los lunáticos que son más locos que yo. Porque hay de locos a locos. Hay locos que vuelven loco a un loco...
Alcohol. Al revés la palabra dice lohocla.
Si eliminas la última l diría lohoca. ¡Loca!
Trieste. Después Roma. De regreso a Trieste,
más tarde Zúrich, Londres, París.
De aquí para allá. De allá para acá.
Un apartamento. Otro. Un hotel. Otro distinto. Vivimos como errantes, en la más extrema pobreza. En Trieste apenas si teníamos muebles.
Ni sábanas, ni comida.
Ni... Ni... Ni...
Al día siguiente, después de un pleito con Mary Rose, Lucía tuvo otra crisis. ¿Qué le dijo la joven para que Lucía se alterara? No lo sabemos. El hecho es que Lucía cayó en terrible estado de agresión y en una melancolía color verde, como semanas después se la describiría al doctor McArthur.
Sí, verde es el tono que eligió para poder referirse a ese enojo interno que la llevó a golpear a Mary Rose. Lucía perdió su centro, se desnudó, aventó la ropa y corrió por los pasillos del St. Andrew’s. Imaginó a distintos hombres tras ella y escuchó voces que le decían que se salvara.
Miss Lawry temió que se hiciera daño al entrar y salir de los salones. Como no había manera de controlarla tuvo que llamar a los enfermeros para que la ayudaran a sujetarla con una camisa de fuerza. Estuvo dos días en el cuarto de asilamiento.
Aborrecía tener los brazos atados por detrás. Se golpeó contra las paredes acolchonadas. Nadie escuchó sus gritos, la desesperación. Durmió, despertó, durmió... Se lastimó la boca y la frente. Al salir, sintió el alma adolorida, un malestar interno insoportable, pero también las articulaciones contraídas y la quijada como si sus músculos estuvieran paralizados. Deseó estirarlos con una cuerda hasta el otro lado del mundo y agrandar su cuerpo (más largo de lo que de por sí era). Pensó en cómo los días, las noches y los años van y vienen como la luz del faro mirando el mar.
Durante días, Lucía estuvo en estado catatónico sentada en el salón de usos múltiples, con las manos dentro de las bolsas del suéter gris. Muda. La mirada fija. Inmóvil, como si fuera de cera. El rostro pálido, su cuerpo de mujer que siempre había parecido fuerte, ahora se notaba empequeñecido. La espalda encorvada.
Miss Lawry y McArthur poco pudieron hacer, saben que pasa y que los pacientes vuelven a la “normalidad” después de un tiempo. Algunos de aquellos días la llevaron a los baños de inmersión. Tinas de mármol colocadas en hilera, una tras de otra, entre paredes y pisos blancos de azulejo.
Vacío.
Frialdad.
Silencio blanco.
Pasividad.
Llanuras del ático.
Finitud.
Una estremecedora soledad.
La dejaron horas dentro de ella, en agua tibia, esperando alguna reacción. Nada. Ausente. Mirada pérdida, mutismo absoluto. Cuando al fin, por si sola, regresó a la “normalidad”, Lucía le contó al doctor McArthur que los baños en tina le traen malos recuerdos del hospital psiquiátrico en Pornichet. La imagen de un sexo duro entrando y saliendo de ella la atormenta porque le hicieron daño, en aquél lugar la violaron varias veces.
Entonces McArthur le da hojas blancas y colores. Lucía toma el color verde y pinta líneas circulares que se deslizan por el papel. La forma se va pareciendo a un laberinto. Caminos sin salida. Ella va describiendo, por órdenes del médico, sus sentimientos. Hace una lista de lo que el verde invoca para ella: loneliness, hopelesness, frustration. Ahora toma el color rojo y tacha lo recién hecho anulando las palabras.
Soledad, desesperanza, frustración.
Lucía llora. Doctor McArthur la deja llorar, él sabe que cuando la sesión llegue a su fin, ella se sentiría mejor.
Más tranquila, se dirige a su habitación diciéndose a sí misma que esos días después de una crisis se asemejan a un mal sueño. Platica sola en voz alta: “¿Lo ves, Sam? perder la conciencia es espantoso. Es como morir un poco. ¿Alguna vez tuviste esa sensación? Lo recuerdo. Cuando aquella mujer te apuñaló. Según papá, si no hubiera sido por él estarías muerto. Y yo, ¿qué habría hecho sin ti encerrada en este asilo mental? A veces él me acompaña, pero cada vez se aleja más de mí”.
La rutina regresa a la normalidad, tiende la cama, mete la ropa sucia en la bolsa de lona, acomoda los libros del estante perfectamente alineados, pero no deja de lado la idea de huir. Sobre todo con la idea nueva de Meredith de escapar uno de esos días cuando las lleven a los plantíos a recolectar verduras. Saldrán por la parte trasera de la casa vieja de herramientas. El plan es que Meredith la cubra, que diga que Lucía fue a su cuarto, dirá que... Dirá... Dirá... ¡no importa lo que dirá! Lucía estará lejos cuando la empiecen a buscar. Lejos, muy lejos, más cerca de papá.
Al abrir un cajón se da cuenta de que la fotografía de su padre, a la orilla del espejo, está al revés. Piensa en los ciclos continuos en los que su comportamiento se pone de cabeza. Pareciera que su padre, al saberla desfasada lo hace también. Sin más, coloca la imagen al derecho, alinea los libros a la perfección y sale en busca de Meredith.
En el pasillo, se encuentra con Miss Lawry quien le pregunta si está bien.
—Todo bien, contestó.
II
4
Lucía se da cuenta de que las crisis la desconectan de la realidad. Queda adormecida, sin sentir ni recordar. De la misma manera que en el país de los Lotófagos comer el loto provoca el olvido. Ahora está bien para seguir escribiendo y que su existencia no pase inadvertida.
Se dirige al prado frente a la capilla, se sienta a escribir recargada en el tronco del roble de inmensas ramas. De vez en cuando saca algún caramelo del bolsillo del suéter gris. Le hubiera gustado traer una manta y estirar más cómodamente los pies, pero la olvidó.
Londres
Viernes, un día de noviembre
Doctor McArthur, ayer fue día de peluquero. Nos llevaron como borregos al salón de usos múltiples y fuimos pasando uno a uno. Muchos de los internos no querían y se armó un gran alboroto. ¿Sabe? Desde chica he odiado que me corten el cabello, siento que me despojan, que me desnudan. Incluso si alguien juega con él, me altero.
Cuando era niña lo usaba largo. Mamá un día me llevó con su peluquero y le dijo. “Córtaselo hasta la nuca, me tardo mucho en peinarla”. Sufrí tanto. Tardé semanas en acostumbrarme.
Odié a mi madre, y recuerdo cómo Giorgio se burló de mí y me dijo que me veía horrible.
En Pornichet nos cayeron piojos, lo cortaron todo y nos hicieron lavarnos con un jabón que olía horrible. Por eso de los piojos me quedó la costumbre de rascarme constantemente la cabeza.
Hace días, doctor, tuve un apetito voraz. Cuando tengo esa ansiedad voy a la tienda del hospital y compro caramelos diminutos que muerdo a cada rato. Como si ensalivara el pasado, como si masticara los recuerdos. Escuchar su sonido me tranquiliza. Si alguien me oyera...
Un puente. Un precipicio. ¿Y si saltará?
Mis alas abiertas me columpiarían en el viento. Volar. Y pensar que nuestra vida giró en torno a papá. Papá, siempre papá, al final, fue él el único que realmente me quiso.
Los únicos con los que hablo de mí son con usted y Meredith. Aunque muchas veces estoy sumergida en la nada, como si estuviera muerta. ¿Por qué? ¿Por qué esa necesidad constante de perderme? En el hospital psiquiátrico de Pornichet dejaba de hablar o encontraba una manera de hacerme daño.
Cualquier cosa podía servir para rasguñarme, para sangrar. Ningún dolor. Qué extraño, no sentir.
¿Por qué mamá? ¿Acaso no me acariciaste? ¿Me abrazaste?
Lucía lo sabe, solo se tiene a ella misma. A nadie más. Y de nuevo su grito interno la interrumpe: “¿Sam, dónde estás? ¿Regresaste a Dublín con la otra? ¿Te habrás casado? Fue mamá quien nos separó. Sí, fue ella. ¿Acaso quería algo contigo? No lo dudo. Se lo reprocharé una y mil veces. Logró quitarme lo que más quería. A ti. Bailar”.
Babbo escribiendo, Babbo leyendo, y cuando veía a mamá de buen humor, la invitaba a irse de juerga, sin importarles derrochar el dinero de la semana.
Mamá nos daba de cenar temprano y, a regañadientes, nos metía a la cama y decía que nos portáramos bien, que pronto regresarían.
Se ponía su sombrero de flores rosas, los botines puntiagudos, tomaba su bolso de piel y salían cerrando la puerta con llave. Apenas los oíamos bajar por la escalera, Giorgio y yo saltábamos de la cama y, por la ventana, los veíamos alejarse, de la mano, muy contentos.
Nos quedábamos furiosos. Les gritábamos que nos abandonaban como a los cerdos en una pocilga. Ni siquiera ‘nos miraban, ni escuchaban el reclamo. Los vecinos no salían de su asombro al saber que dos pequeños se quedaban solos hasta el alba, ni comprendían la irresponsabilidad de esos padres irlandeses. Empezábamos la noche jugando a la mamá y al papá, siempre acabábamos en pleitos, lloriqueos y muy cansados. Giorgio, por supuesto, ganaba las batallas. Al cabo del tiempo, Giorgio también me dejó sola, igual que mamá.
Estoy sola. Espero, doctor, que usted no me abandone. Aquí en el hospital hay mucha gente, pero a pesar del alboroto, reina la soledad.
¿Sabe? Desde niña siempre me gustó el cine. Hubo una época en la que en casa no se hablaba más que del lanzamiento de la nueva aventura de papá. Abrir la primera sala cinematográfica, en Dublín.
Semanas antes estaba animado porque al fin firmaría contrato con la editorial Maunsel & Company para la publicación de los Dublineses. Y según tía Eileen la economía del hogar mejoraría muy pronto y no se le pediría más dinero a tío Stanislaus.
Lucía escucha que alguien la llama, voltea, pero no hay nadie. ¿Por qué tiene esa sensación?, se pregunta. La oye otra vez, no reconoce la voz. No sabe si es de mujer o de hombre. No, es la de una niña. ¿Pero quién es? El murmullo de la voz se aleja. Tiene una visión... Es ella. Se está despidiendo de su padre. Él le dice que pronto volverá. La abraza. Giorgio viaja con él. Visitarán al abuelo John y él le prometió traerle un regalo de Dublín.
Noviembre
Tarde-Noche
Hoy, doctor, muy temprano, tuve deseos de salir a caminar, en silencio, acompañada de mis pensamientos. Pensar en mi infancia me hizo recordar los momentos que me hicieron feliz. Los hubo, no lo puedo negar, como cuando Babbo se fue a Dublín y mamá, para romper un poco la rutina, me llevó a Barcola para bañarnos en el mar.
Tomamos el tranvía abierto y observamos el paisaje. Trieste mira al mar y se alza sobre un pequeño monte. A lo lejos, en lo alto, la Catedral de San Giusto.
Cuando Babbo me llevó a pasear por la torre del campanario quise tocar las campanas y escuchar su eco por toda la montaña. Contiguo a la costa, el Castillo de Miramar, donde vivieron Carlota y Maximiliano antes de su partida hacia América. La fortaleza está rodeada de bosques y la vista desde los jardines da al océano.
Papá me platicó que la emperatriz Carlota perdió la razón tras el fusilamiento, en México, del archiduque.
Es gracioso saber que hasta los príncipes pueden perder la cabeza y llegar a la locura como a mí me sucedió.
Jamás olvidaré la alegría de mi madre al bajar del acantilado para llegar a la playa. Ella nadaba con la cara al sol y yo me sentaba en la orilla a chapotear con las olas. Cuando Nora y yo estábamos solas era muy cariñosa; a su lado me sentía feliz. Platicábamos como las mejores amigas y hasta me contó cómo se conocieron ella y papá el 10 de junio de 1904. Dijo que en la primera cita hubo una confusión y no se vieron. Se volvieron a citar para el 16 de junio y, desde entonces, nunca más se separaron.
Para conocerse, hacían largas caminatas por las calles de Dublín e iban al teatro. Según mamá, Babbo siempre tuvo presente esa fecha como de buena suerte, porque papá era muy supersticioso. Quién iba pensar que entre ella y yo todo cambiaría, que todos me olvidarían. Solo me queda estar aquí, roída por insectos engendrados por mi culpa. Tengo miedo del viento, de los árboles salvajes dejados a la deriva como mi vida. ¿Por qué, doctor, no me ayuda?
Usted realmente cree que escribir estas memorias cambiará el estado de mi alma.
¿Por qué no les dice a los árboles que soy inocente? Dígales que se tranquilicen. Y al mar que no ruja. Y a Giorgio que no me deje. Sam. Papá. ¿Por qué acepté abandonar la danza? ¿Por qué?
La imagen de la playa en Barcola, vuelve a su mente. Piensa en su niñez. La inocencia. Cierra los ojos, casi podría sentir el calor de los rayos del sol en su piel.
Babbo también me llevó a Venecia, que está a tan solo una hora de Trieste, para que conociera la Plaza de San Marcos. La vi tan inmensa que temí perderme. Giré y giré de un lado a otro para mirar el Palacio Ducale y la gran Basílica. Me pregunté cientos de veces cómo subieron esos inmensos caballos de bronce para instalarlos en la terraza de la fachada. Papá me platicó como si fuera un cuento, mientras tomaba un gelato, las grandes batallas del Duque Enrico Dándolo durante la Cuarta Cruzada. Afirmaba con un movimiento de cabeza, pero no entendía eso de las Cruzadas.
De lo que me acuerdo muy bien es que los caballos, antes de traerlos a Venecia, fueron parte del Hipódromo en Constantinopla. Adoro a los potros, aunque nunca aprendí a montar. Me gustaría saltar obstáculos o, como Lady Godiva, recorrer la ciudad cabalgando, desnuda, con mis cabellos al viento.
Lucía, como cada día, se aburre de estar en el salón de usos múltiples. Ronny está alterado, no obedece. Abby, muda, solo teje, ni siquiera alza la mirada para verla. Meredith no está por ningún lado, parece que le duele un diente y la llevaron con el dentista.
Prefiere salir de ahí a pesar de que los enfermeros se oponen. Los convence. Escucha música en uno de los salones. Se detiene detrás de la puerta. No está segura de cuál concierto para piano es ni del compositor. Chopin. Tal vez Chopin. Se le hace extraño que alguien dentro del psiquiátrico escuche esa música. Casi nadie lo hace. Se dirige pensativa a su habitación. Tiene frío, calienta sus manos cerca del calefactor.
Viernes, noviembre
Antes de la hora del té
En tanto mamá lavaba y planchaba ropa ajena y esperábamos el regreso de Babbo de Dublín para echar a andar el cine Volta, tía Eileen me llevaba caminando a la scuola elementari en la Vía Parini, a unas cuantas cuadras de donde vivíamos. Cuando me recogía, nos regresábamos a casa por el camino largo para que viera los barcos anclados en el muelle.
Según las cartas que enviaba a mamá, Babbo rentó un local en Mary Street, lo llenó de butacas y eligió La Pourponièrre como película de estreno, acompañada por una orquesta de cuerdas. Me hubiera encantado estar ahí aquel día, pero decía mamá que yo era muy pequeña aún para ir al cine.
El Volta no tuvo éxito y Babbo volvió a Trieste muy deprimido por el fracaso empresarial y por la cancelación de la publicación de Los Dublineses. Al final, la casa editorial se rehusó definitivamente a sacar a la luz el libro por temor a represalias de tipo político, destruyó los pliegos ya impresos y lo amenazó con demandarlo si no le pagaba una cantidad importante por la pérdida de dicha edición que papá, por supuesto, no tenía.
La tía me contó que antes de que yo naciera, otro editor inglés también rechazó Los Dublineses por temor a las demandas. Aparecían nombres reales de los establecimientos en Dublín, malas palabras, críticas a la sociedad y temas políticos. ¿Sabe doctor?, muchas veces escuché los gritos de mi padre diciéndole a mamá su necesidad de mantener los más mínimos detalles en su obra. ¡Nada cambiaré! ¡Nada!.
Sus penas y su indignación las dejó plasmadas en el poema El gas del quemador. De pronto un buen día, sentado al piano, al poema lo convirtió en canción.
“Damas y caballeros, estáis aquí reunidos para escuchar por qué cielo y tierra temblaron con motivo de las negras y siniestras artes...”
Babbo, después de este incidente, nunca más volvió a pisar su patria. Pobre papá, hundido de nuevo en la miseria y a seguir viviendo a expensas del tío Stanislaus.
Mi mente me llevo al hogar familiar, tengo ocho años, estoy en una piececita en el apartamento en Via Santa Catarina, repasando las letras. Aprendía rápido, quería leer cuentos, letreros y saber qué tanto escribía papá. Babbo tiene ante él distintos libros, va de uno a otro. Mamá está planchando. Giorgio juega con unos carritos que desliza por el piso y los sube por las patas de la silla. Nora interrumpe a Babbo para decirle algo sobre el dinero. ¿Preocuparse por dinero? Dinero. ¿Por eso no me compraban regalos de cumpleaños? Tío Stani, sí. Quería tener un triciclo para pasear por el muelle e imaginar ir flotando sobre el agua entre los veleros. Trieste.
No sabré, doctor, si a usted le agrade o no la lectura del diario porque huiré.
Sam, desearía sentarme a la orilla de la playa. Te vería llegar y correría a abrazarte. Contemplaríamos el mar, uno al lado del otro. Haría que tu mano recorriera mi espalda hasta la cadera y acariciara mi cuerpo desnudo. Dejaría sí, que me besaras, que me amaras.
Es de madrugada, el cielo se estremece. Los relámpagos se asoman por el tragaluz. El ruido es ensordecedor. Lucía se despierta, tiene acelerado el corazón. En noches como ésta la asaltan los temores, se agitan las angustias como barco a la deriva en medio de las olas turbulentas del mar. Invariablemente, recuerda a su padre. Él enmudecía apenas veía aparecer nubes negras en el cielo, el estrépito de los truenos lo hacía sudar y no soportaba el golpeteo de la lluvia contra los cristales. La aprensión crecía cuando el viento se filtraba entre las rendijas de las puertas. Imposibilitado para hacer cualquier cosa y abrazado de ese miedo extraño, se metía debajo de la mesa, escuchando la ira de Dios, según decían los jesuitas en la primaria.
El bullicio se acrecienta en el St. Andrew’s, varios pacientes con brontofobia, igual que el padre de Lucía, buscan protegerse como niños asustados. Las enfermeras se alertan, encienden las luces de los pasillos y hacen rondas en los cuartos. A otros lunáticos el nerviosismo los hace llorar y, espantados, se refugian juntos por el temor a que el mundo llegue a su fin o la bestia maldita entre para atraparlos.
Lucía tampoco puede dormir, prende la lámpara sobre la mesilla, trata de leer, imposible; apaga la luz, da vueltas en la cama, un relámpago y los ecos de la tormenta le indican que el aguacero caerá pronto. Se levanta, está sudando, comprende que los desórdenes climáticos perturban las emociones de los hombres. Recuerda las tormentas descritas en las obras de Shakespeare y a Próspero ordenando la tempestad al espíritu de Ariel. Lo que más inquieta a Lucía esta noche de tormenta es imaginar a su padre muerto, aterrorizado, bajo la tierra húmeda del cementerio. El cansancio la vence, se queda dormida. Por fin la lluvia se desata, se oye un fluir continuo golpeando con fuerza contra el ventanal. Poco a poco la noche se tranquiliza y vuelve a la normalidad. Los pacientes duermen. El psiquiátrico queda en silencio.
A la mañana siguiente, el sol invade la habitación de Lucía como si la tormenta no hubiera ocurrido. Ella piensa que los brotes psicóticos de los internos son parecidos a las tempestades: irrumpen en la oscuridad y se adentran en las sombras por tiempo indefinido. Cuando sales de ellas, nada recuerdas.
Miss Lawry, después de las campanadas matutinas, entra a darle a Lucía los medicamentos. Le recuerda que después del desayuno irán a misa. Lucía se queda un rato más bajo las sábanas, pensativa, sintiendo dolor en las articulaciones por la tensión de la noche anterior. No tardes, dijo Miss Lawry, te espero en el comedor.
Cada domingo, después de la misa en la capilla, se entrega la correspondencia en la sala comunitaria. Los internos esperan ansiosos escuchar que la enfermera diga su nombre. Lucía ya casi no recibe cartas. Cuando su padre vivía le escribía al hospital psiquiátrico en Pornichet tres o cuatro veces por semana, pero eso fue hace muchos años. Algunas veces llegan noticias de tía Eileen, Miss Harriet Weaver o las primas de Galway. Su madre, en vida nunca lo hizo y, de Giorgio, ni una línea. A pesar de saberlo, Meredith y Lucía, desde una esquina, aguardan que alguien recuerde que están ahí, recluidas tras esos portones inmensos que las separan del mundo real. Y no, ninguna, tampoco en esta ocasión.
Recordó a Leopold Bloom recogiendo una carta de Marta Clifford en una parte del Ulises, dirigida a él con su pseudónimo, Henry Flower. Si ella escribiera una carta de amor, se dice, usaría, tal vez, el sobrenombre de Sunflower y le pediría a su amante que le contestara aunque fuera solo una vez.
—¿Y Giorgio, tu hermano? —pregunta Meredith.
—El canto era su pasión, pero no destacó a pesar de tener buena voz como papá. Él tenía celos de Sam. Eso es. Celos. Como si fuera yo de su propiedad. Increíble, no enviarme ni una línea después de tantos años.
—Me voy, me voy, —exclamó Meredith— y dejó a Lucía hablando sola.
Lucía entonces prefirió sentarse en la banca frente a los arbustos y seguir escribiendo.
Sábado 1, diciembre
De mañana
Hace una mañana fresca, las nubes permanecen ancladas a mitad del cielo claro, no hay viento que las desplace. Estoy, doctor, sentada en la banca frente a los manzanos. Antes de empezar tuve deseos de fumar. Lo hice mirando a los empleados del hospital haciendo los arreglos para el refrigerio al aire libre. A veces parece más un internado de la alta burguesía en lugar de un hospital para locos. Disponen mesas, sillas, un buffet. Mientras fumaba recordé cuando, en casa, ensayaba con la música de Stravinski en mi mente en tanto papá escribía. Beckett llegaba de pronto y mi corazón palpitaba. Ahora, en este momento, los latidos me llevan y me traen. ¿Será cuando el cuerpo y alma se encuentran? Imposible pensar, imposible todo. Imposible también la lenta agonía y el miedo a que la garganta se cierre.
Una abeja revolotea sobre la cabeza de Lucía. La aparta mientras la mira alejarse. No les teme desde que su padre le explicó la importancia que tienen para la supervivencia humana.
De niña, disfruté mucho mirar las embarcaciones junto a tía Eve, y cuando me platicaba cómo era la vida en Dublín y sobre la abuela May Murray, la madre de Babbo, a la que nunca conocí. Me contó que ella fue una ferviente católica y cantaba en el coro de la iglesia. Fue ahí donde mi abuelo John la trató y empezó a cortejarla. Dice que la llevaba de paseo por las calles bajo la luz amarilla de los faroles y a lo largo de la playa. Los veo a los dos muy enamorados, paseando a orillas del mar de Irlanda. Creo que grandpa John era catorce años más grande que grandma May. ¡Qué jovencita, pensaba yo! Tal parece que mi padre era el consentido y le decían de cariño Sunny Jim; cantaba en las celebraciones musicales de los domingos y acompañaba a los abuelos a los recitales que se ofrecían en el Club Bray Regatta. Me figuro a grandma May al piano ensayando con Babbo, en pantalones cortos y lentes gruesos, muy arreglado, cantando canciones populares irlandesas.
Lo que ella más deseaba era que mi padre, su hijo mayor, fuera sacerdote, por eso Babbo estudió con los jesuitas. No concibo esa idea, ya que ni a mí ni a Giorgio nos llevó jamás a una ceremonia religiosa, ni fuimos bautizados, solo visitábamos las iglesias para ver su arquitectura y admirar las pinturas que adornaban las capillas. Cómo olvidar la inmensidad y el impacto del retablo de Tiziano o La Asunción de la Virgen, en la Basílica de Santa María de Frari, en Venecia. Babbo no me explicaba el tema religioso, no, él me hacía notar la composición piramidal, los tres planos unidos por el efecto de la luz. El movimiento de los personajes, de frente, de espaldas, en escorzo, los colores de las vestimentas. Me hubiera gustado volver a ver ese cuadro, ya mayor, con los conocimientos de arte que después obtuve, así como la pintura de la Madonna con el Niño, de Bellini, donde el artista hace un trampantojo (trompe-l’œil). Engaña al ojo, me explicaba papá. La cúpula parece tan real, cóncava, que me dieron unas ansias espantosas de tocar la obra y cerciorarme de que no era solo la perspectiva de la pintura.
La abuela extrañó mucho a mi padre cuando se fue a París a estudiar medicina. Me contó tía Eve que pronto lo mandaron llamar para que regresara a Dublín porque la abuela May se moría de cáncer terminal. Dicen que madre e hijo se querían bien pero discutían constantemente por cuestiones religiosas. Papá ni ante el lecho de muerte se arrodilló a rezar por el alma de su madre. Cuando fui mayor me confesó que cargó en su conciencia con el no haberlo hecho, quiso serle fiel a sus convicciones.
Lucía cierra el cuaderno, fuma otro cigarro, a lo lejos, un paciente camina tomado de la mano de dos enfermeros. Le escurre saliva. Uno de los hombres de blanco le limpia la boca. ¿Qué diría papá? —piensa —. Huiré, Babbo, pronto, muy pronto.
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