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SAÚL CARRERAS

Ataraxia


Carreras, Saúl

Ataraxia / Saúl Carreras. - 1a ed - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-87-2328-0

1. Poesía. I. Título.

CDD A863

EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA

www.autoresdeargentina.com info@autoresdeargentina.com

Tabla de contenidos

1  CUENTOS CORTOS El principio de mis momentos El despertar de un letargo:Memorias de una peluquera de barrio… La hora del recreo Después del confesionario El chofer del escribano Julio Gerard y el viejo molino Lautaro y la pelota (a mi nieto Benjamín Lautaro Aguilera) Renata, Juan y la traición Gotas del otoño Dulcina, la abejita triste Día de pesca La historia del plebeyo Pedro Ordimán y la princesa Nadira Brotes de primavera La Ineptocracia El duelo Liberado El olvido El sesgo y la obstinación Escudriñando recuerdos La pareidolia y el delirio

2  ENSAYOS Letras, libres letras y palabras ciegas Palabras Oda a mi negrita Qué hubiera pasado si… Puzle El otoño y la esclerosis ¡¡¡Sábado lluvioso, sábado maravilloso!!! Pienso, luego existo Caminando…

3  TIEMPOS DE CUARENTENAS COVID–19 Cuatro preguntas

4  POEMAS, CANCIONES Y OTRAS EMOCIONES Hechicera Búsqueda Mi Pareja El beso El sueño y el beso Setenta balcones y ninguna flor La lluvia Mar Carta de un padre a sus hijas Cuatro cuartetas Si yo pudiera Ella El bosque de ayer, el mueble de hoy Soneto de un adiós desesperado Mamá La culpa encadenada Rompecabezas Búsqueda Poema de amor Tango, un recuerdo… Bosquejo de canción Ataraxia (mirada desde la filosofía) La duda La tarde se ha puesto triste Cuartetas Libres Lo difícil del amor Me gusta El ave fénix Entre la ausencia de la rima y la prosa Mi madre querida La inteligencia y la cordura Dios La espiritualidad Mi padre…

5  CRÓNICAS DE VIAJES Periplo europeo Crónica de un encuentro en Salvador de Bahía Crónica de nuestro viaje a Natal, Brasil

Landmarks

1 Table of Contents

A mis hijas, mi mujer, mis padres y mis hermanos

Prólogo

Cuando me permití la posibilidad de dejar una muestra de mi paso por este mundo, supe que, si bien me había entretenido demasiado, también entendí que, cuando pensamos en esto, a qué tiempo nos estamos refiriendo, qué tipo de reloj mide el paso del tiempo cuando sientes que las vibraciones se derraman por tus teclas y aletargadas o distraídas se disponen a aflorar desde el arte, desde un acopio de sensaciones, como un conjunto de horas tristes o alegres, según nos quepa, y me dije entre paliativos y búsqueda de excusas, que el paso del tiempo no mide el arte que cada uno conlleva consigo, eso es imponderable, se concibe desde la historia y se vuelve referencia.

Estuve perdido un tiempo y llegó el tiempo del rescate, del reverso del cuento fantástico que salva al protagonista, y convertido en relato me mira de frente, a la cara y me dice que no importa, que él sabía que llegaría la hora y que nada le cambia si es ahora o si debería haber sido antes, que siempre se puede dar el primer paso, aunque ya hayan pasado 60 años desde que aprendí a caminar.

Lo que van a encontrar en este libro solo es un cúmulo de emociones desparramadas, casi anárquicas, como un puzle, para armar, espero que, al armarlo, les proporcione placer y arriben desde su contenido a la conclusión de que su lectura no fue una pérdida el tiempo.

Para contextualizar, cabe aclarar que, en 2014, una dolencia llegó a mi vida y desde el diagnóstico trabé una lucha cuerpo a cuerpo en la que hasta ahora llevo cierta ventaja, ella, la EM (esclerosis múltiple), se instaló en mi campo cognitivo y me arrebató la conversación, esconde mis adjetivos, se saltea las teclas cuando escribo, tomó mi motricidad fina, hasta me dosifica mi concentración y hace jueguitos con mi capacidad atencional, juega a las escondidas con mis recuerdos y alteró los polos en mi tablero de mandos para confundirme, si hasta me jubiló por cierta discapacidad, ralentizó mi vida y mi ritmo perdió promedio, pero aprendí a lidiar con ella y, lejos de entregarme, apreté los dientes, y aceleré a fondo; si bien me lisió para la competencia, no logró privarme de ella.

Saúl Carreras

CUENTOS CORTOS

El principio de mis momentos

Mi madre (Emma Esther Lobo Zurita), en el último puje, me entregó a la vida, el llanto irrumpió en la sala, un varón, pronunció alguien, los médicos la asistían con maestría y gran destreza. Las enfermeras iban y venían, para que todo esté en orden; la madre tomó al bebé en sus brazos, miró su carita, sus ojitos hinchados y el corazón le explotaba de alegría. Era el cuarto y la experiencia le indicaba todo lo que tenía que hacer.

En primer lugar, reconocerlo. Mi madre tomaba cada extremidad y comprobaba con ojo de madre si todo estaba en su lugar y como correspondía, cada dedito, cada orejita, cada ojito, ella revisaba y, feliz por tenerlo, lo amamantaba.

La fecha en el almanaque decía 10 de junio de 1960, y la hora creo que eran como las 3 de la mañana.

Y claro, luego seguramente, vinieron mis hermanos a conocerme, mis tíos, mis abuelos, y algunos, seguramente me habrán conocido cuando me llevaron a casa.

La actitud de los padres ante estos acontecimientos es de esperanza, alegría y sobre todo de una profunda sensación de responsabilidad. Hay que darle forma a esa bendita dicha que significa tener un hijo.

Son actos irreversibles en la vida, actos que nos proporcionan obligaciones, derechos y todos los inconvenientes que gustosos tratamos de sortear día a día, para llegar a la meta de esta hermosa carrera que significa la aventura de dar vida y recibir todo lo que ésta nos devuelve.

Cuando nací, mi padre (María Saúl Carreras) estaba en la provincia de Santiago del Estero trabajando, y nosotros con mamá vivíamos en la casa de mis abuelos maternos, en Tucumán.

Mi abuelo Merardo y mi abuela Teresa (hablaré de ellos más adelante).

La silla tenía como tapizado cuero vacuno, curtido en casa, como todos los muebles, y el niño lo usaba de tambor, le arrancaba un sonido sordo, casi necesario para su vocación.

Él necesitaba embarcarse en el ritmo, lo llevaba en la sangre, le surgía en cada paso, todo lo que escuchaba lo trasladaba a su ritmo interior; y sí, cuando el misterioso llamado de nuestros genes pone fin a la espera vocacional, algo nos indica que el turno nos ha llegado, y lo mejor que se debe hacer es ponernos a su disposición para que nuestro mundo interior nos dé la bienvenida al maravilloso espacio que la vida nos proporciona, la imaginación puesta al servicio de la vocación; y esa conjunción, les puedo asegurar, les hará lograr todo cuanto se propongan.

La silla vibraba y sus abuelos reían y disfrutaban de su destreza; corría 1964.

Mi abuelo materno se llamaba Merardo, era un hombre alto, delgado, un gran luchador, comprometido con la vida y con los suyos. La imagen que guardo en mi memoria es la de su figura recostada en un sillón desde el cual dominaba toda vista de las actividades de la casa, él se sentaba en ese lugar por las tardes desde donde también llamaba a mi abuela, ella inmediatamente acudía, previo rezongo por supuesto.

Mi abuela materna, Teresa, ella protestaba, me acuerdo que los días de lluvia, le encantaba salir a hacer cualquier cosa, se ponía una toalla en la espalda y salía a mojarse, era más que una obligación, una necesidad. Quizá la dominaba la nostalgia por algo, cuántas cosas de nuestros abuelos no llegamos a enterarnos jamás, por una cuestión cronológica, por llegar tarde, uno se entera siempre tarde, o no llega a enterarse nunca de sus historias más íntimas.

Mi abuela era una persona de gran carácter, parió en su propia casa y crio a nueve hijos: Celia, Yolanda, Amelia, Emma (mi madre), María Carlota, Miguel, Manuel, Carlos y Antonio, y prácticamente vivió para su familia, me acuerdo de los preparativos para el almuerzo y la cena, éramos tantos que siempre ponían la mesa en el patio, de noche solíamos sentir a lo lejos el ritmo de las procesiones religiosas y a mí me daba mucho miedo. Estas procesiones eran integradas por personas de una gran fe y tocaban bombos, algún instrumento de viento y panderetas. No puedo definir en estos momentos a qué costado de la teología representaban, pero si de algo debo estar seguro es que la manera en la que se manejaban daba pautas de que el representado debía estar orgulloso.

El ritmo es lo que a mí me producía el temor, no sé explicarlo solo que sentía una sensación muy extraña.

Con mis hermanos solíamos escaparnos durante la siesta (algo casi religioso en esa parte del país por sus casi 45 grados de temperatura a la sombra) a las acequias construidas para conectar sectores con el sistema de regadío, eran profundas y para nuestros padres seguramente resultaban peligrosas, no solo por su aspecto, sino por nuestra falta de madurez y la disposición a cometer un error que podía determinar el espacio que existe entre la vida y la muerte.

En una de estas escapadas, uno de nuestros tíos, Antonito (porque en el norte de nuestro país, las personas acostumbran a llamar a sus más allegados por el diminutivo de sus nombres, más que una costumbre, diría que es una muestra de cariño), decidió, seguramente en complicidad con nuestra madre, darnos un escarmiento.

Recuerdo que era una siesta de las más bravas de las que tenga memoria, el calor hacía que todos aquellos que lo conocían debían aceptar que alterarían su rutina, de alguna manera. Y nosotros decidimos, como deciden los chicos, con mucha decisión, pero tal vez, con una gran dosis de arrojo y de irresponsabilidad, que esa siesta iríamos a la acequia a bañarnos.

Roque hacía la punta, lo seguía Carlos, con aire de seguir al líder, seguro de donde iba; Teresa quería tener al menos un poco del coraje y valentía de sus hermanos, los seguía muy de cerca; y yo, mamando toda esa cultura y sin capacidad de ganar con mi razón, no intenté rebelarme y ahí estaba, a merced de estos irresponsables. Lamentablemente debí seguir la inercia de la masa.

Llegamos a un codo que hacía la acequia, donde el sitio estaba rodeado de frondosos árboles que sus brazos inmensos entrelazaban la superficie sobre el cauce, haciendo de puente y hamaca a la vez; era un lugar realmente fantástico y nos disponíamos a divertirnos, pero a nuestros padres y tíos se les había ocurrido que esa tarde sea el último escenario en el que deberíamos pensar a la hora de necesidad de diversión.

Mi tío Antonito es una persona robusta, medirá un metro ochenta, y más o menos lo que tenía, como ventaja con nosotros, era el conocimiento del terreno, él nació, se crio y aún está en el mismo terreno y nosotros solo conocíamos lo que cronológicamente cada uno había vivido. Una mierdita. Para llamarlo de alguna manera.

Él tomó la iniciativa y se adelantó, caminó hacia el lugar que nosotros tan alegremente habíamos elegido. Seguramente se parapetó en una zona a la cual nosotros no tuviésemos acceso visual y desde allí manejaría los tiempos.

Con absoluta seguridad debo señalar que, tal vez, estaría estudiando su método recién ahora, o a lo mejor ya contaba con todos los recursos, para darnos una lección.

Llegamos al lugar de siempre dispuestos a hacer lo que tanto nos gustaba, jugar en el agua.

Quizá la posición del sol nos decía que la hora andaría alrededor de las tres de la tarde, la temperatura era de unos 40 grados aproximadamente. Recuerdo que nos sacamos el calzado (seguramente se trataba de alpargatas o alguna zapatilla “Boyero”) y nos metimos sobre un brazo que hacía la acequia, estábamos los cuatro chapaleando en el agua, ajenos a lo que sucedía a nuestro derredor y precisamente allí es donde radica el temor de nuestros padres al insistir que ese lugar era muy peligroso para nosotros. Pepe, por cierto, al ser mayor, se convertía naturalmente en el líder, y después, estábamos nosotros tres.

No sé cómo sucedió, porque luego de un instante, yo me encontraba corriendo hacia la casa por causas que aún en esas circunstancias no lograba entender. Solo el miedo me impulsaba hacia delante.

Ahora puedo definir con nitidez todo lo que sucedió.

Antonito estaba ya en condiciones más que propicias para llevar adelante su plan, desde su posición, hasta podría ver nuestras caras de urgencias. Creyó que todo estaba en orden, y se dispuso a ejecutarlo.

La voz fue como un gemido, grave, casi gutural, sonó como si viniera de lugares desconocidos, como si no tuviera cuerpo, penetró en nuestros oídos como un llamado de alerta, como un misterioso ente, al cual le merecíamos nuestro más sentido respeto.

Creo que nos dijo algo así como “ahora los voy a comer” o algo por el estilo. Lo que sí sé, era que, en ese momento, no me interesaba para nada saber el texto de lo que esa voz nos trataba de comunicar.

Corríamos los cuatro, Pepe, Carlos, Teresa, y yo, en ese orden.

Algo sucedió, para que alguna pirueta del destino quisiera que la espina se haya encontrado en ese lugar, algo biológico hizo que la maldita espina se situara en ese lugar, donde yo con mi pie derecho, no tuve ninguna otra opción que servirle de techo, haciendo que toda su longitud me manifestara que, a partir de ese momento, debería afrontar la lucha con ciertas desventajas.

Lloré por supuesto, por la voz, que aún retumbaba en mi cabeza, y por la maldita espina que minaba rotundamente mis mínimas posibilidades.

Pepe, como buen líder, detuvo su corrida y viéndome, a lo mejor con mi orgullo de pie, pero con desigualdad de condiciones, me alzó en sus brazos y así llegamos a casa.

No sabíamos cómo encarar el relato porque precisamente no sabíamos qué deberíamos relatar, algo nos había asustado mucho, solo que no sabíamos a ciencia cierta de qué carajo se trataba.

Mamá nos escuchaba y como ella era la coautora del hecho, nos escuchaba con gran atención y a su vez tranquila porque sabía que toda conclusión que cada uno de nosotros llegáramos a sacar nunca llegaríamos a saber lo que ella y su hermano, nuestro querido tío Antonito, nos habían destinado a modo de lección.

Esto, si bien es una anécdota, lo que sería interesante recalcar o resaltar es la forma en la que, más allá de toda pedagogía, se llevaban adelante los sistemas educativos, propios de cada hogar, donde a través del miedo generado reciben la compensación de haber logrado la tranquilidad de saber que al menos ese lugar no representaría a partir de entonces más motivos de preocupación.

No medían consecuencias colaterales, sino que combatían los peligros día a día.

Mis cuatro años no me avalaban, de ninguna manera, ante cualquier intento de autonomía. Era el más chico y contaba con el parámetro de mis hermanos, que me permitía encarar la vida con cierta ventajilla.

El recuerdo me lleva despacito hacia la vivencia de los días en la casa de mis abuelos. Cuando llovía, el aire se llenaba de estados muy particulares en mí. Me hacía ver un poquito más adentro de las cosas y esa diferencia no me permitía compartir plenamente mis juegos, no los entendía, o no los quería entender, era muy extraño. El olor de la tierra mojada en ese lugar no lo olvidaré mientras viva, el olor al pan recién hecho no me lo olvidaré nunca, la ceremonia de la merienda, las travesuras a la siesta, como aquella tarde en que mientras nuestros abuelos y tíos dormían, nosotros quisimos quemar un panal de avispas que pendía desde un puntal del galpón que mi abuelo usaba para secar el tabaco, y provocamos un incendio parcial en el techo de este.

Corría 1964, y en mi infancia, a mi modo era feliz.

El campo, los animales, los juegos, todo era para mí en esa época una aventura y mis tíos alimentaban esa práctica con un amor único y necesario para mi desarrollo.

Mi recuerdo me lleva a hurgar entre las respuestas que me dio la vida y me encuentro con un cúmulo de imágenes que me llenan de palabras y relatos.

Una vez, acompañando a mi abuelo que estaba trabajando en el campo como siempre se lo podía encontrar en cualquier hora del día, yo debía contar solo con cuatro añitos no más, caminaba y le iba haciendo comentarios propios de mi edad, quizás por cansancio, por la temperatura de la tierra recién arada, en algún momento del relato me quedé a esperar a mi abuelo que terminara el surco y volviera por el próximo, y sucedió que sí, en efecto, volvió por el otro surco, solo que tuvo que despertarme, pues me había dormido en el suelo…

Pequeñas perlas que desprendo de mi memoria y enmiendan en parte las etapas que no puedo traer.

Otras de las cosas que me refieren libremente a mi infancia son las noches de los Reyes Magos… cuánta fantasía, cuánto de fábula tiene la vida y qué lindo es cuando en los niños se puede montar este escenario, es muy bonito para todos, fortalece los lazos de cualquier grupo humano, sin dudas.

Esas noches tenían de todo, alegría por las vísperas, la tarea de juntar el pastito y el agua, con la ilusión de que los camellos puedan ser saciados en su sed y hambre.

Nuestra inocencia nos permitía trazar estas posibilidades y qué bien nos hacían…

Recuerdo que, luego de una de las noches donde los Reyes Magos debían pasar, me levanté y cerca de mi almohada había una pelota, era de plástico, hermosa, salgo al patio con mi ilusión de poder patearla, la tiro hacia el piso a modo de hacerla picar y, cuando estaba bajando en dirección a mi pie derecho, este precipitó el encuentro y tomándola de volea, y quizás dibujando en mi mente un arco imaginario, le entré de lleno, el resultado esperado sería el grito de la gente festejando el golazo… pero nada de eso pasó, nada de eso…

En el jardín que mi abuela cuidaba y que daba a la calle, había en alguna oportunidad concebido junto a su marido (mi abuelo) la necesidad de tener una planta de naranja, un naranjo… Si has vivido en el campo o te has enterado a través de los libros que los naranjos desarrollan una espina muy puntiaguda, que antes de florecer están tan erguidas…

Sí… es lo que estás pensando, mi volea que, si bien en mi mente tenía destino de red, sucedió que entre la distancia de mi chute al territorio del naranjo, solo hubo un llanto, que nació en el preciso instante en el que la pelota, luego de su recorrido que era seguido atentamente por mí mientras dibujaba una pirueta luego del remate, le entraba de lleno a una de ellas quedando suspendida y libre de toda intención de volver al juego o de ser nuevamente pateada por mí ni por nadie… (Otra perlita).

Seguramente corría 1965 para 1966 y la historia recién empieza…

En Córdoba las cosas eran muy diferentes a las que me tenían acostumbrado en Tucumán, nos habíamos mudado, toda la familia desde la casa de mi abuela materna, a Córdoba capital. El grupo familiar estaba compuesto de mamá, papá, y nosotros cuatro, en los primeros años y a modo de morigerar el efecto que a mi abuelo Merardo le producía el deprenderse de todos nosotros, mi madre optó por permitir que Carlos, mi hermano, permaneciera en Tucumán con la promesa de que para el año lo iríamos a buscar.

Eran mis primeros años y lo único que conocía eran recuerdos, imágenes que comparaba permanentemente, era la edad de descubrir cosas, de acopiar información, y cuando un nene cuenta con tanta vida interior, como era mi caso, eso le resulta el algún punto a veces hasta inconveniente para sus estados de ánimo, si lo que imagina y compara no llena sus expectativas, corre el riego de cruzarse con la tristeza, y peor aún, dado el caso, no saber explicarla, no entenderla, mientras tanto la vida sigue, los días pasan, escuela nueva, amigos nuevos, barrio nuevo, hasta costumbres nuevas invadían mi andar, zamarreando los recuerdos cada vez más lejanos.

La demanda laboral era inversamente proporcional a la calidad de la mano de obra ofrecida, a mi padre, hasta ese momento, único aportante de la economía de la casa, a veces le resultaba muy pesada la carga. Primero fuimos a una chacra en el siete once, una localidad al noreste de Córdoba capital, donde oficiaba de encargado y a su vez participaba de la huerta y la cría de faisanes, toda una aventura para nosotros, que éramos niños (y acá el relato me obliga a abrir un paréntesis para citar un hecho a través del cual mi padre me enseñó la diferencia que existe entre una acción honesta y una deshonesta, la distancia que existe entre el bien y el mal, con ejemplos como se debe hacer). El dueño de la chacra era un abogado de la ciudad de Córdoba, se llamaba Celis Gigena, y había empleado a mi padre para que oficie de encargado de la chacra y eventualmente participara de las actividades agrícolas que fueran necesarias. Una tarde vemos ingresar un Valiant modelo nuevo al establecimiento, del que desciende el Dr. Celis Gigena, traía intenciones de trabajar la tierra y aprovechar unas semillas que había comprado, no recuerdo de qué, en este momento, Celis era un hombre de unos 55 años, contaba con una estatura de un metro 75, aproximadamente, peinado engominado, parecía que ser doctorado en leyes en esa época fuera una condición de manual, de gran abdomen y usaba tiradores para que este no le impidiera mantener sus pantalones en su sitio.

Mientras él preparaba el arado y las herramientas de labranza, mi padre iba en busca del caballo, un percherón zaino, especial para el tiro del arado. Armaron todo y estuvieron luego de los preparativos en condiciones de comenzar la faena, esa tarde prepararían el terreno arándolo, marcando los surcos y si daba la luz del día sembrarían o de lo contrario reemprendían al día siguiente. Ya habían arado la mitad del predio destinado para la siembra, mientras yo jugaba y caminaba entre los surcos que iban marcando con el arado, Celis llevaba de costado las riendas del percherón zaino, mientras que mi padre manejaba el arado guiándolo y dibujando surcos perfectos, y en ese instante sucedió lo inesperado, que sin saberlo terminaría de dar forma a mi escala de valores a futuro. Celis en un movimiento brusco intentando dominar al percherón zaino que se asustó por alguna causa que no viene al caso narrarla, y en el intento de sujetarlo para que no abandone su línea de surcado, se le cayó su billetera del bolsillo trasero del pantalón, el filo del arado que venía por detrás, manejado por mi padre, la cubrió de tierra, entonces mi padre, que es de buena madera y mientras yo miraba la acción, llamó a Celis indicándole que se la había caído la billetera, quien detuvo el percherón zaino, y giró su vista para ver si era cierto, a primera vista, no descubrió nada, entonces mi padre que sabía dónde la tierra del surco la había sepultado, soltó el arado y caminó hasta el lugar, metió su mano entre la tierra, rescatando la billetera que era de un color marrón oscuro y a juzgar por su forma contaba con muchos billetes, que mal no le hubiesen venido a mi padre en esos tiempos de carencias, Celis agradeció y siguieron con la faena, sin detenerse a pensar que mi proceso mental en ese momento estaba ocupado en discernir, que en ese acto, en ese simple acto, mi padre acababa de entregarme a través del ejemplo lo que estaba bien y lo que estaba mal en la vida. Ni más ni menos. Esa persona es mi padre, y yo vengo de esa madera.

Los días transcurrían con normalidad, mis padres y mis hermanos vivíamos tranquilos, el siete once era un lugar, tranquilo, era una zona rural, donde no había almacenes cercados para adquirir mercaderías, por lo cual el almacenero del pueblo contaba con un vehículo incondicionado con estanterías y divisiones que le permitían acomodar cómodamente diferentes artículos de almacén, y nos visitaba todas las semanas para el aprovisionamiento de los elementos necesarios para la comida, el pan y la carne la conseguíamos de otro proveedor, o bien mi madre horneaba el pan y nos preparaba panes de diferentes formas, las que más amábamos eran las palomitas cuando era día de horneada para nosotros era una fiesta.

Mis hermanos:

Roque Eduardo (16 de agosto de 1955)

El hermano mayor cuenta con el rol de ser espejo de los que vienen detrás, y esta vez no fue la excepción. Pepe, como cariñosamente lo llamamos, no sé por qué ni cuál es el origen de ese sobrenombre, tengo entendido que, a os José, se los llama con ese apodo. Pero bueno para nosotros fue, es y será Pepe, Pepito, según el momento y las circunstancias, él cuando llegamos a Córdoba ya tenía 10 para 11 años, mientras que yo era un niño, lo que él hacía para mí estaba bien, debía celebrar sus aciertos o sufrir juntos sus errores. Así era la vida en la ciudad, cabe recordar que hasta ese momento nuestra existencia había sido en un contexto campestre, desconocíamos los códigos de ciudad, éramos seres con una cabeza libre de todo vicio oculto, de maldades o especulaciones, éramos libres de pensamientos e íbamos por la vida respetando a los mayores, con valores consagrados e inculcados por nuestros padres.

La escuela y la formación obligada a lo que se podía, éramos de condición humilde, no nos sobraba nada, pero nunca nos faltó un plato de comida en la mesa, la íbamos luchando día a día, en las comparaciones, nos íbamos al descenso seguro, el compañero que, en los días de picnic, llevaba plata para gastar, y uno quedaba mirando, pero eso no importaba, el valor que nos entregaban nuestros padres estaba compuesto de otras cosas, mucho más útiles para la vida. Fuimos creciendo y los caminos de la vida siempre confluyeron en un único destino, el de la buena senda. Y eso tiene un valor incalculable y forma parte del legado que supimos aprender de lo que nuestros padres nos enseñaron.

Recuerdo que yo lo imitaba a mi hermano mayor, él era como mi ídolo. Fue el primero en salir a trabajar, de alguna manera había que ayudar en casa y parar la olla. Hasta se le animó a una cajita con sus costados abisagrados donde una tapita de cada lado servía de depósito del betún, los cepillos y paños y en la parte superior un molde en forma de zapato para que el cliente apoye su pie y él haga su trabajo, sí, señores, mi hermano mayor fue un lustrabotas, la dignidad se desprendía de las necesidades, y nunca necesitó salir a robar, esa posibilidad no cabía en su escala de valores, ni en la de la familia. Solo fue una temporada, luego las cosas mejorarían.

Carlos Alberto (4 de noviembre de 1956)

Mi hermano querido, el de las peleas, que siempre yo llevaba las de perder si medimos desde la capacidad física, él se quedó en Tucumán cuando viajamos a Córdoba en 1966, y luego de un año, fue a pasear con nuestro abuelo materno y no quiso separarse nunca más y allí estábamos completos los cuatro. Él era distinto deportivamente hablando, siempre jugó lindo a la pelota, nosotros con Pepe completábamos el equipo nomás, pero él ya en ese entonces se destacaba, tal es así que pasado el tiempo equipos de la capital cordobesa lo pretendían para sumarlos a sus plantillas, Carlitos, el Gallego, apodos que nos ponían nuestros tíos en Tucumán, extrovertido, cuando él estaba en casa se notaba, porque se llenaba de amigos que lo seguían, y como jugaba lindo a la pelota, partido que se armaba lo convocaban seguro, el cada pan y queso era el primer elegido, siempre, todos querían tenerlo de compañero, porque de rival corrían el riesgo de ser goleados. Carlitos, para mí él es simplemente mi hermano, con un corazón gigante, él se sacaba su camisa y te la daba si estabas en dificultad, es generoso, buen hermano, mejor amigo y en el colegio conserva recuerdos de haber sido elegido como mejor compañero en varias oportunidades, pero lo que tenía de buena persona, lo tenía de cabrón a la hora de la disputa deportiva, él por sí mismo y en defensa de algún compañero, pero siempre tenía tarjeta roja, era más fuerte que él.

Me consta que, en momentos previos a finales, chivas lo concentraban y le hablaban, le recomendaban que supiera controlarse, que, sin él, el equipo se caía y perderían. A veces resultaba, pero en la mayoría de las veces sus impulsos, su carácter, lo traicionaban y debía irse a las duchas antes de tiempo. Carlitos para todos era la atracción en los campeonatos de futbol de salón, siempre salía goleador y mejor jugador, era incontenible, intratable y cuando estaba en su noche, olvídate, te pintaba la cara.

Teresa del Valle (14 de enero de 1959)

Teresa, la única mujer de los cuatro, casi la misma edad, desde chicos, transitamos el mundo, me lleva un año y seis meses, cuando llegamos a Córdoba, en la escuela ella traía una formación del primer grado cursado, y yo para iniciar el primer grado, pero al presentarnos juntos nos ubicaron a ambos en el primer grado y desde allí cursamos el mismo nivel hasta el séptimo.

A medida que íbamos creciendo las cosas no nos eran tan fáciles, las carencias afloraban y las comparaciones nos dejaban en desigualdad de condiciones, con nuestros pares, pero lo más importante, seguían siendo nuestros valores. Las amistades llegaban, la comunicación con el medio nos arrojaba, la posibilidad de ganar amigos, relaciones humanas tan importantes, las peleas en los recreos, la falta de recursos, en los días de salida en mini viajes de estudios, donde visitábamos museos, y edificios públicos en forma didáctica. Algunos compañeros llevaban algo de dinero, que les habían dado sus padres, para gastar en alguna golosina y nosotros debíamos solo mirar y esperar que nos convidaran, momentos de desigualdad, que en su momento eran dolorosos, pero todo eso se olvidaba y lo contrarrestábamos con el amor de nuestros padres y su lucha diaria. En la adolescencia y ya entrando a la edad de salir a bailar, me tocaba ser el cuida de mi hermanita, hecho que nos acarreaba algunas disputas y peleas en casa. Nuestra madre ponía como condición, para permitirle salir, a ella, que yo la acompañe, y como a mí no me gustaban los bailes a los que ella le gustaba ir, el tema se tornaba a veces conflictivo. Pero a pesar de todo eso éramos en nuestros modos felices.

Y yo, Saúl Antonio (10 de junio de 1960)

Guardo recuerdos desde mi temprana infancia, hablamos de los cuatro o cinco años de existencia, recuerdo que siempre me atrajo la percusión, guardo recuerdos de mis dotes de percusionista tomando sillas, mesas cualquier cosa que sonara, para mi estaba bien, y no hablaré de mí, para no redundar, solo dejo este libro que es el fiel reflejo de lo que intento dejar como legado.

El despertar de un letargo:
Memorias de una peluquera de barrio…

La idiosincrasia en determinados lugares en nuestro acervo cultural suele darnos elementos para desarrollar un relato que puede terminar siendo tan rico en matices, anecdotarios diversos que rescatamos desde la vida misma de cada persona que utiliza el servicio, hoy nos vamos a referir a la peluquería, un templo con carácter propio, ese espacio donde las lenguas se sueltan buscando esa complicidad intrínseca del otro, momentos únicos de descarga, de catarsis personal, y también, por qué no, de desahogo ante la pena o el fervor del logro, todo puede suceder en ese ámbito sagrado, donde luego del acuerdo en cuanto a lo que necesita para su cuero cabelludo, estableciendo formas, estilos y desde la mirada experta en la que la peluquera saca a relucir su capacidad de la sugerencia (conforme al estilo, corte de cara, edad, personalidad), lograda a través de tantas veces que inicio el bendito ritual de acomodar las cabezas, aunque solo del lado de afuera y, cuándo no, inmiscuirse en contenidos, que sujeto al grado de confianza, el cliente desee volcar, conformando una charla de ida y vuelta que suele tornarse hasta terapéutica, donde la peluquera se luce brindando sabios consejos solo por conocimiento de causa y de saber de antemano historias colaterales y hasta con una pizca de picardía, juega con las cartas marcadas y hasta induce las respuestas que necesita para ser parte de la historia, al menos en su carácter de testigo; eventual e hipotético prólogo, dado que el vuelo literario, a veces no necesariamente, debe estar vinculado en forma directa con el perfil propio de la intención.

Por las tardes de los fines de semana (sábados) es cuando el caudal de clientes se intensifica, cuando los espejos deciden informar y coaccionar a la cliente o el cliente a visitar ese templo de la imagen, ese santuario necesario para la confabulación con el ego cómplice y coqueto, de la vanidad antojadiza y miserable, y es en ese preciso momento en el que la mano maestra de la peluquera o coiffeur, si quieres resultar más cool, entra en acción y su intervención entra en escena como partícipe necesario de la anécdota, chisme, o simplemente algún comentario que abre el discurso donde su orientación lleva siempre a la particularización del sujeto, y hasta ponerle nombre y apellido al participante de turno. Y fue en una de esas tardes en que llegó a su local de la avenida San Martín de la ciudad de Buenos Aires, Adela, con fines de hacer algo por su estética y de paso interactuar con su ya, casi amiga, Soledad, en este caso nuestra protagonista y la profesional de la tijera y el virtuoso modo de articular el vínculo entre el peine y el gel que dibuja sensaciones y en algunos casos verdaderas proezas en favor del desparpajo del cliente que en oportunidades solicitan desproporcionadamente poco menos que milagros, lo cual no sería vinculante a la capacidad del profesional y mucho menos su objetivo…

Adela: una mujer madura pero muy mona de entre unos 55 y 60 años, con un cuerpo que sabía de gimnasio y su estética indicaba que por algo era amiga de Soledad, solo por ser asidua visitante a su centro de estética. Adela llevaba una vida normal, con dos hijos ya grandes un varón y una mujer, y esposo del que se había divorciado, lo que le era funcional a sus propósitos naturales, por lo cual a veces se tomaba ciertas licencias de su figura de madre y las combinaba con los llamados de mujer, aún deseable. Esa tarde, Adela abrió el juego y decidió jugar a confiarle a Soledad un hecho que merecía ser compartido, porque cuando algo trascendente te sucede, no deja de manifestarse en un todo, hasta que no lo cuentas, de esa manera, se consolida, cuando la oreja del confidente forma parte del relato, cuando el hecho abandona el anonimato y corre lo más ligero que puede, en busca del “cómplice”. Esa sería la “máxima” de la trama, la complicidad es como si aliviara la carga o al menos la compartiera.

Otra cosa que merece señalarse es el modo de relato, de acuerdo al contexto, si en el local hay más de una persona y se quiere ser discreta, hablar en clave, es una de las mejores armas que suelen esgrimir, tú por más que afines el oído nunca lograrás entender de lo que se está hablando y por el contrario, si ese método intenta ser connotativo y darle de lleno al pecho de algún rencor, te puedo asegurar que el destinatario del comentario no logrará escapar de la apostilla e indefectiblemente se sentirá aludido o aludida , de eso, no te quepa la menor duda. Haciendo uso de ese compendio de artificios, Adela inició el relato con un…

“No sabes lo que me pasó ayer de tarde”…

Y eso para el oído cómplice de Soledad es como encender la mecha de la bomba y correr a ponerse a salvo, una urgencia; después de despedir a mi hijo que había pasado a saludarme como siempre lo hacía, le aviso que tenía pensado ir de compras ya que, recuerdas que te conté, me había invitado Victoria, esa compañera del secundario y que hace años que no veía, y que el destino hizo que coincidiéramos días pasados, caminando por Santa Fe, y quedé en visitarla en su casa, ella vivía en el centro. Tenía pensado comprarme una falda y a lo mejor un par de zapatos o sandalias. Me había parecido extraño que Victoria, cuando nos encontramos, no me comentara nada de su familia, solo hizo referencia a su mascota que era un gato siamés que cada vez que viajaba se lo dejaba a su mamá. Victoria contaba con una edad más o menos igual a la mía, pero se conservaba muy bien, a lo sumo tenía 55 años, no más.

Esa mañana terminé comprándome una falda de cuero negro que me iba de maravillas ya que mis piernas aún ameritaban que los hombres voltearan para volver a verlas y eso acrecentaba mi ego y elevaban mi autoestima. Luego de un llamado quedé con Victoria en que esa tarde iba a pasar a verla luego del almuerzo. Luego de confirmar que tenía un tiempo para mí, decidí estrenar mi falda y me dirigí a lo de Victoria. Un viaje en subte, caminé un par de cuadras y me encontraba a punto de tocar el timbre en la dirección que me había dado y que cuidadosamente había escrito en “notas” de mi celular. El edificio estaba sobre la calle Uruguay, plena Recoleta, una zona muy acomodada de la ciudad, 4.to “B”, ante la pregunta de Victoria.

“¿Sííí?”.

Con su voz entre ronca y sensual y como de alguien que está esperando visitas, me abrió desde arriba y entré, subí al ascensor apreté 4.to piso, la puerta se cerró lentamente y me elevó hacia lo de Victoria, que me estaba esperando con la puerta del departamento “B” entreabierto y me invitó a pasar.

El departamento estaba sobriamente decorado, un estar con una biblioteca que predominaba a la vista, y hablaba de que Victoria era una lectora entusiasta, una puerta inmediata, que daba a un baño de servicio; las paredes pintadas de color pastel y cuadros que señalaban el buen gusto y la predilección al cubismo de Picasso con copias realmente de buena calidad. Un pasillo muy bien iluminado, con dos puertas laterales, una que daba a un gran baño principal y la otra al único dormitorio.

Si me hablan de insinuaciones, el misterio se podía “oír” en el ambiente, algo no estaba siendo lógico, algo en el aire me llevaba a pensar que me esperaban situaciones no corrientes.

Luego de ofrecerme algo para tomar, a lo que contesté, lo que tomes tú, llegó la primera pregunta connotativa…

—¿Eres feliz? –preguntó Victoria.

La vida quiso que el nacimiento de la charla se constituya desde esa pregunta tan reveladora, una pregunta que buceaba en lo más profundo del alma humana, era como interesarse de tu vida solo por haber recorrido un tramo del camino, y en una etapa en la que buscamos nuestro perfil, en el que nos mostramos con el maquillaje de la apariencia, que responde más a las expectativas ajenas que a nuestro propio deseo, y la respuesta fue casi como para sacarse la presión de una mirada, que si bien provenía de una persona que creía conocer, en ese momento, se me antojó una perfecta desconocida.

—Creo que sí –contesté. (Y le di pie para seguir la charla…)

A veces uno cree que lo está haciendo bien, y sin embargo su vida es tan vacía que ni alcanzas a dimensionarla, y en su defecto, tampoco logras entender el llamado del destino, y sin saberlo aquella respuesta sería el disparador de un cuestionamiento no desenfundado, escondido en el armario de modales impuestos, inoculados desde tus padres y desde ellos a su vez, de los suyos.

Esa tarde, la vida me daría una lección. Como el beso en la frente de la conceptuosamente forma de concebir la costumbre, me resolvió el misterio del pensamiento lateral, fue como recibir un nuevo cuestionario, justo cuando había respondido todas las preguntas, justo cuando creía tener mi vida resuelta, el destino me daba una bofetada de realidad y giraba todo hacia la duda. Y de repente me atreví a admirar a esta mujer sin cruzar ni una palabra, esa pregunta abría el juego y en el que, sin saberlo, estaba dispuesta a participar. Debió leerme la mente sin dudas, porque desde mi respuesta y sobre todo del “creo” se desprendían miles de interrogantes que merecían al menos ser atendidos y en consecuencia la repregunta tuvo un lugar preponderante en el encuentro… luego de intercambiar diversas opiniones de la actualidad, ella fue por más…

—¿Me cuentas un poco de tu vida? –primerió Victoria.

Y allí, Adela sintió un vacío tan grande, dándose cuenta de que no habían grandes cosas para contar, cayó en la cuenta de que su vida era más el resultado de cubrir las necesidades de otros que de su propia necesidad, primero el corto tiempo de casada, su marido y luego sus hijos, y luego fueron sus padres, disponiéndose a cuidarlos y protegerlos durante su tercera edad, y en lo actual, su pareja, un ser que destilaba sensaciones de apatía mezclada con desidia que abrumaba hasta el más optimista, y ella sí que era optimista.

Su pareja actual, a la que había conocido luego del divorcio del padre de sus hijos, se llamaba Francisco, trabajaba en un banco y tenía una perra, mucho más no había para contar, un ser que había tenido ciertas enfermedades que lo buscaban siempre y a él que le gustaba que lo encuentren, nunca lo dejaban solo. Inexpresivo, quejoso, siempre encontraba una causa, para no hacer; vivía dentro de una consecuencia y era la de su propia conducta, estaba atrapado en su propia burbuja, y lo peor era que le resultaba su zona de confort y se sentía cómodo, el problema eran los que lo rodeaban, y para maximizar el resultado de todo eso, a él no le importaba. Adela había buscado en los libros de autoayuda algún indicio que le mostrara una salida, hasta llegó a pensar si no era ella el problema.

Una anécdota pintaba de cuerpo entero la situación que le tocaba vivir, se habían casado con Fran (como ella lo llamaba) y a la luna de miel viajó con sus amigas, porque Francisco no quería viajar, pretendía no dejar sola a su perra. Eso te habla de la actitud ante la vida con las que contaba este ser, y cuáles eran sus prioridades, que prefería quedarse en casa, en lugar de compartir con su pareja un viaje que es ícono en la historia de la humanidad y allí mismo ante esa secuencia, terminas por aceptar que estabas ante un caso único, un caso de real desidia con la que algunas personas consiguen ungir su existencia.

Otra vez, Adela consigue por fin que Fran la acompañe a Mar del Plata, ella baja a la playa y él la mira desde la ventana del hotel, un caso único, un ser tan estrafalario como intermitente. Trato de buscar las causas de esa actitud, pero por más que me esfuerce, no lo consigo, es que escapan a cualquier indicio de raciocinio, de sentido común, lo que sí aflora, y en una gran preponderancia, es un vicio oculto que a veces acarrean los individuos con estos hábitos, un gran componente de egoísmo. Claramente Adela, mientras cavilaba todas estas tribulaciones, inconscientemente solo estaba dilatando la urgente respuesta que estaba debiendo a Victoria sobre su vida. ¿Debía referirse a estos episodios? ¿Contar todo? O tal vez y por una cuestión de autocompasión, esconder algunos datos para no exponerse en un grado que la dejara en desigualdad de condiciones.

Y mintió, al notar en Victoria su seguridad, su independencia y su aire de autosuficiencia, sin imaginar que, haciendo esto, solo no lograba iniciar el proceso de cambio en su vida que tanto necesitaba, sino que, por el contrario, acentuaba sus peripecias.

Y le salió arremeter.

—Bueno, empecemos por ti, que hace tanto que no te veo… ¿Te casaste? –arremetió Adela.

Lo preguntó como si fuera un precepto lógico y super natural, y al ver la cara de Victoria cómo preámbulo de su respuesta, cayó en la cuenta de que la suya había sino una pregunta poco menos que irrespetuosa.

—¡¡¡Nooo!!! Eso no comulga con la concepción que tengo de la vida, y lo dijo en un tono connotativo, que invitaba a repreguntar, por lo autorreferencial de la respuesta…

—¿No crees en el matrimonio, como institución?

Repreguntó, buscando encontrar algún lazo que acercara algunos conceptos tan antagónicos que a simple vista se habían instalado intrínsecamente entre ambas.

—No, no es eso, solo prefiero y elijo la vida, sin marido, sin hijos, sin mayores obligaciones, conocerme y en ese acto, conocer mi contexto, es decir, el mundo que me rodea, y sin mochilas cargadas de historias paralelas, el viaje resulta mucho más grato y sobre todo más liviano.

Así de desnuda y en carne viva, fue su respuesta, y ¿saben qué? Esta vez no ameritaba repregunta alguna. Definitivamente estaba ante una persona que, a ojos vista, tenía resuelta gran parte de su existencia, y eso me subyugaba y me invitaba a conocer más de ella, había logrado atrapar mi interés, y eso no era poco. Y decidió bucear en aguas más profundas.

—¡¡¡Pero debo entender que al amor no le has sido esquiva, durante todo este tiempo!!!

Inquirió en búsqueda de alguna pista que le allanara el camino de sus dudas, que a este punto de la charla se había elevado a un nivel que para una mujer resultaba casi impracticable.

—Partiendo de la base de que sostengo que la genitalidad no constituye la naturaleza de una persona, sino su mirada ante la vida, te estaría dando las pautas para que obtengas tus propias conclusiones. Y si lo que estás pensando, y crees que puede ofenderme, no lo creas tan así, simplemente no elijo a las personas de las cuales puedo extraer emociones, por sus genitales, por su sexo, las elijo por su luz, su capacidad de conversación, su intelecto, eso me subyuga en un ser, que va mucho más allá de su expresión sexual, si quieres llamarlo bisexualidad, no estarías equivocándote. Estarías aceptando que una puede cultivar el costado morfológico libre de cada ser humano, y eso, mi querida, me da seguridad y me aleja de las instituciones que deberían ser ciertas si nos apoyamos en los preceptos inoculados por una educación no laica a la que fuimos sometidas.

Creo que con esa respuesta me dejó poco menos que boquiabierta y no podía creer cómo una persona con la cual habíamos compartido la misma educación, recibido el mismo caudal de información y bajo los mismos hábitos de vida, había logrado tamaña percepción de la vida donde evidentemente se sentía no tan solo muy cómoda, sino libre de ataduras y liviana para el viaje. La admiré en silencio, cuando reaccioné de su discurso inapelable, me sentí diminuta, estaba extasiada de tanta lógica, de tanta practicidad, y me entregué a la charla, solo que esta vez debería esforzarme para no mostrar tan a flor de piel mi mezquina forma de llevar adelante mi existencia. Estaba convencida de que nunca sabría mi historia con Fran, dado que, si accedía a manifestarlo, estaría sencilla e inmediatamente, como dice el tango, entrando en su pasado.

Entonces se me ocurrió intentar conocer todo lo que pueda de esa mujer que había logrado despegarse de los crueles mandatos con los que nos autoflagelamos en nombre de la falsa sensatez que se condice más con la mirada externa que con nuestros propios deseos, y desde esa posición se van concatenando los errores y dejamos nuestra vida de lado, para vivir la de los demás y eso es un error que no debemos nunca permitirnos. Me sentí un ser diminuto, frágil, y a merced, pero no terminaba de entender qué experiencias le habrá tocado vivir, para arribar a este estado casi de gracia ante la vida y que ciertamente le proporcionaba placer y desenfado y al mismo tiempo le restaba obligaciones por cumplir, me habló de los viajes que había emprendido y lo que deja como remanente de experiencia cada uno de ellos, por ejemplo prácticamente conocía todo el territorio latinoamericano, y en esos viajes se había nutrido de personas que cultivaban el mismo modo de vida, que en cierta manera su espíritu era la libertad, ni más ni menos, habló también de su primer viaje a Europa, lo que definitivamente le abrió la cabeza, el lograr una mirada desde otra perspectiva, puedes abordar al concepto, con una carga de imparcialidad más contundente a la hora del análisis y ello te da un poder ante la diatriba del resentido, más cabal y genuino y se aleja de lo trivial.

Debía aceptar que Victoria se encontraba a un escalón superior de desarrollo tanto intelectual como del ejercicio del sentido común y que podía aprender de ella y hasta copiarle algo, si la ocasión lo ameritaba, quizás no desde lo sexual, ya que ella su identidad desde ese costado creía tenerlo muy claro, pero sí desde el desapego y cómo había logrado el equilibrio entre lo que deseaba hacer y lo que otros esperaban de ella, ese punto en el que a veces nos detenemos a cuestionarnos y no logramos dar el siguiente paso y continuando con esa línea, se le ocurrió tomar algunos consejos, pidiéndoselo en tercera persona para no exponerse.

—Sabes que tengo una amiga, que tiene ciertos problemitas de convivencia y me gustaría que me digas qué harías en su lugar –y sutilmente no hizo más que detallar las tribulaciones que (mentía) le tocaba vivir a esa hipotética amiga, que no era más que ella misma, y mientras relataba caía en la cuenta de lo hipodérmicamente dormida que había estado durante todo ese tiempo, y era como si estuviera haciendo terapia, mientras se escuchaba relatarle a Victoria su propia vida.

Esta historia debe continuar...

Fin

La hora del recreo

La mañana del veinte de diciembre de dos mil trece, ofrecía un clima apacible, un tanto caluroso, pero en el fondo se podía caminar por la ciudad y no sentir que la ropa se pega al cuerpo, incomodándote tanto. En realidad ese verano no sería tan caluroso como otros, Manuel en vísperas de las festividades del año anterior, había perdido a su compañera de años de convivencia, un cáncer la había llevado en menos de un año, y eso le había tomado como rehén, su mayor característica, su jovialidad, ese ser que otrora solía reír y hacer chistes, hoy se había convertido en un ser triste, de pocas palabras, cabeza gacha, como esperando algo que nunca llegaría.

Esa mañana había salido de su casa de Ituzaingó, con la intención de comenzar a hacer algo por él; lo de su esposa ya no tenía vuelta atrás, ya no podía remediarlo, con ella habían tenido una vida plena y dos hijos, un varón y una nena, hoy ya grandes y con camino propio, a él solo le quedaban los recuerdos y ese día debía comenzar a agregarle hechos que se vincularan a nuevas emociones y no a su pasado que, si bien fue maravilloso, pero que, indefectiblemente, lo conducía a su amada y recientemente extinta Aída, su entrañable esposa.

Caminaba por el centro intentando distraerse cambiando el rumbo de sus pensamientos, para ello tomaba atajos que dibujaran ciertos acontecimientos, que le habían en su momento proporcionado bienestar, se aferraba a ellos como al único salvavidas en un mar bravío, era la desesperación en busca de una salida; y en uno de esos atajos, los vio y se le iluminó el rostro; sus pensamientos tomaron forma de sus ojos y en su color arribó a su memoria el cálido rostro de una mujer que en su adolescencia lo había hecho soñar con algo más, pero que los vaivenes de la vida lo había llevado por otros caminos, Adela con su sesgo de buena gente y su risa que mostraba su alma cada vez que sonaba, se dibujó en su mañana y desde ese momento una idea se le hizo obsesión, debía saber de ella, hacía años que no tenía ni noticias de su vida y como un mandato sentía que algo de ella, lo estaba esperando.

Si bien ya conocemos a esa mujer que se sintió intimidada por la solvencia que le demostró Victoria, su otrora amiga del colegio, Manuel, no tenía ni idea por dónde andaba, y su objetivo inmediato era saber de ella, pensaba que eso le devolvería las ganas de levantar la cabeza y volver a reír y creer en la vida, y hacia ese objetivo debía arremeter, sin pausa.

Solo que sin saberlo, debía sortear un pequeño obstáculo, y señaló este obstáculo como pequeño, porque literalmente era un pequeño obstáculo, y era el lastre que en la vida de Adela se había convertido Francisco, su pareja devaluada, su ancla que inmovilizaba el barco de su vida, una frase de Joaquín Sabina en la canción “Ruidos” sostiene, “ella quiso barcos y él no supo qué pescar” y a veces estas letras derivan de situaciones tan reales que sirven al autor como espejos de dónde mirar las historias contadas y cantarlas.

Ya hablé de Francisco, ya lo conocemos y ¿saben qué? No cambió en nada, sigue y seguirá siendo ese ser taciturno, como lo llamó un día un amigo de Adela y que ella adoptó como una descripción perfecta, que lo mostraba no solo desde el desdén por sí mismo, sino desde su concepción y naturaleza.

Solo que esta vez, en el fondo de las cosas, en un costado oculto de los sortilegios, se asomaba una madeja de hilo rojo y que en cada extremo iba delineando dos nombres que, sin saberlo, el destino les tenía guardada una bella historia de amor y compañía que ellos estaban mereciendo, y ese hilo rojo cada vez estaba más tenso, cada vez más cerca… desde un extremo, Adela con su tribulación y carencia de emociones, y en el otro extremo, Manuel con su soledad dibujada de viudez.

Ensimismado en sus pensamientos, Manuel se había propuesto exprimir esa mañana del veinte de diciembre de dos mil trece, mientras miraba vidrieras sin ver, se detenía ante cualquier situación que lo distrajera, como el que no tiene apuro por cumplir con ningún horario, sus pensamientos viajaban y se percató de algo muy curioso, y era que a cada instante, durante esos viajes, sus pensamientos se detenían en las estaciones donde Adela se asomaba tomando su imaginario camino y lo volvía a la realidad, ella se había convertido, sin siquiera pretenderlo, en su compañera imaginaria; reitero, hacía años que no tenía noticias de ella, y ni siquiera sabía si estaba casada, con hijos o eventualmente esposo, solo sabía que deseaba mirar nuevamente esos ojos que en un tramo de su adolescencia lo había hecho soñar con algo más.

Manuel había ganado algunos kilos durante su matrimonio, pero seguía portando su elegancia, era un hombre alto y bien parecido, después de todo llega un punto en la vida en que lo estético propiamente dicho tiende a flexibilizarse.

Una prima de Adela había sido el nexo que en su momento los había acercado y pensó que también esta vez podía bien cumplir con ese rol, y el hilo rojo, seguía tensándose. La serendipia del azar redunda en esta historia, ya que mientras el hilo rojo conector, tiende a cortarse, dos personas en cada uno de su extremo no hacen otra cosa que recoser su tensado intentando prolongar su vida útil, para que al fin el destino haga justicia.

Adela venía tomando pequeñas decisiones tendientes a mutar cada componente de sus días, obligándose a mirar en otra dirección a la que Francisco intentaba inducirla, creía, y voy más allá, estaba convencida de que ya algo se había roto y no existían paliativos que sirvieran a la hora de la búsqueda de alguna solución, no, no existían… intentar nuevamente era como rescatar un chicle ya desechado, es como zurcir un remiendo, una redundancia.

Adela merecía algo mejor sin dudas, y a la hora de hablar de los méritos, me obligo a hacer un paréntesis, ¿cuándo el mérito conlleva el argumento que lo nutra, que lo haga sustentable? Creo que éste es tácito, aflora por defecto, es una virtud o contra virtud al que accede la gente, según su conducta en la vida, en este caso, lo de Adela es una virtud, sin dudas. De lo que puedo estar seguro es de que ella tiene el derecho de tomar la vida desde otra perspectiva, mirar su realidad con ojos no solo desde el anti compromiso pero sí desde la anti soledad, desde la compañía, que le ofrezca la posibilidad de compartir con alguien sus días con sus noches.

Aunque la culpa la venga a ver a diario, y quiera permanecer en su cuarto, desmadejando encrucijadas de dolores soportados, de antiguos pesares que convivieron con ella desde la primera hora de la obligación, hasta hacerse un mal hábito, y a la que deba hoy atribuirle a un estigma, la llamada del instinto en la ronda del pensamiento que da vueltas y vueltas sobre su alocado y frenético ritmo infinito, y que a cada momento acelera su búsqueda del tropiezo. Se mira y en perspectiva condena su andar, la impavidez del que nada tiene que ocultar, cargando sin embargo a sus espaldas jirones de culpas ataviadas de razones para abandonar ese destino.

La connotación del acto, la desnuda y en carne viva, va deseando la muerte del deber vestido de contradicción y muy de la mano con la infamia.

Y vuelve a verse en perspectiva y esta vez ya no tiene dudas, no es la connotación que la desnuda, son las intenciones que aceleran su pulso y no logra detenerlas…

¡Qué falta de ganas de morir, tiene, a veces, el deseo!

Qué torpe y cruel, siempre, se presenta lo prohibido con intenciones de socavar morales y tentar al pecado, que se monta sobre la peripecia y lo vuelve contingencia.

Cómo hacer para detener un impulso, como orientar el pensamiento hacia el terreno de la ausencia de culpas, si a cada instante muerde el nudo del lazo que la ata. Cómo hace para darle entidad a lo que la sujeta, desde el deber, al arrojo, y desde la trama oculta, hasta el umbral del desatino.

Manuel representa toda esa gran obra, es más, él es el principal protagonista, la figura estelar de la puesta, y hasta me atrevo a aseverar que es el autor del guion o, mínimo, el instigador de la historia, hasta que de nuevo las piezas busquen su encastre y el mérito se atreva a ver las eventuales carencias y desde el costado del desacuerdo aflore algún nuevo personaje, todo puede ser en este tramo del camino, todo puede ser posible si ella siente que puede serlo.

Fin

Después del confesionario

… y con tu espíritu, podéis iros en paz…

Ese domingo, como tantos otros, la misa se había consumado y los feligreses se disponían a retirarse, cada uno a sus casas para seguir con sus vidas, desde sus alegrías para unos y desde sus pesares y tristezas para otros, como era el caso de María.

Había enviudado luego de 25 años de casada; se había casado muy joven y su esposo, que también cultivaba la fe católica, solía acompañarla cada domingo a la ceremonia de la misa que tan meticulosamente se encargaba de cumplir el sacerdote del barrio, el padre Marcos, (un español que había llegado desde su Galicia natal para predicar la palabra de Dios con tan solo 21 años –hoy andaría más o menos en los 55 años– y después de andar por varios templos de la Argentina, finalmente el destino quiso que el arzobispado lo enviara a la parroquia del barrio de Flores de Capital Federal, Argentina).

Cuando acudían juntos cada domingo a esa cita religiosa, a ella le subyugaba las manos del padre Marcos, cómo las movía, la forma con la que partía la ostia y cruzando cada mitad, la tomaba con ambas manos y elevándolas rezaba, “este es el cordero de dios que quita los pecados del mundo, dichosos los que asisten al cena del señor”, a lo que los feligreses contestaban a unísono, “tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria por siempre señor”, y luego manipulaba los ornamentos litúrgicos que están sujetos a las reglas de la iglesia, luego de beber la sangre de cristo, cómo cubría el cáliz con la palia y lo dejaba a un costado del altar, era una ceremonia que a ella le fascinaba y no sabe por qué causa, a su marido nunca se lo había contado.

Durante la ceremonia religiosa, María que siempre se sentaba en las primeras filas, había percibido que el padre Marcos en reiteradas oportunidades, había cruzado su mirada con la de ella como sosteniendo el discurso de la liturgia, casi podríamos decir, como una simbiosis entre ambos, la iglesia toda desaparecía y desde al altar, imaginaba la exclusividad del mensaje.

Aunque solo debería ser su imaginación, seguramente.

Los días transcurrían entre el duelo de María por la pérdida de su esposo, y las misas del padre Marcos, intentando acercar la palabra del señor, al agnóstico.

Fue un domingo lluvioso de los que tanto abundaban en Buenos Aires, la misa había sido de mañana pero el sacerdote había hablado con las fieles informando que esa tarde iba a ofrecer un espacio donde cada uno podía descargar sus miedos, angustias, pesares, mediante una suerte de confesiones a modo de descarga con el fin de alivianar esa cruz que cada uno intenta cargar a diario. Los feligreses asistieron puntualmente ese domingo de tarde, y para cada uno, el padre Marcos tenía la palabra justa, esa que cada alma necesitaba.

Terminaba la tarde, cuando en la puerta de la iglesia aparece la figura de María, el ciclo de descarga, ya había finalizado pero el padre Marcos viendo que se trataba de ella y por el tiempo que se conocían hizo una excepción.

—Buenas tardes, María, sostuvo el padre, dime en qué puedo ayudarte.

Su voz retumbó en la soledad de la sala con sus arcos y su techo ataviados de ángeles e imágenes celestiales.

—He tenido sueños impuros y deseaba confesarle lo que creo que sería un pecado, padre Marcos… –sostuvo María.

—Bien, entonces déjame que busque mi atuendo y te tomo la confesión, mientras tanto pasa al confesionario, espérame un momento que ya regreso –a esa altura todo su indumentaria la había guardado prolijamente en su armario.

María se dirigió al confesionario, posó sus rodillas sobre al taburete dispuesto para las personas que debían entregar a la fe del señor, sus culpas o pecados.

Pasaron unos minutos y escucharon unos pasos que salían de atrás del altar y se dirigían hacia donde ella se encontraba. Escuchó la puerta que se habría y luego desde adentro del confesionario el padre Marcos la cerraba, conformando un ambiente de absoluta intimidad, que a los fines de las confidencias eran condiciones indispensables para llevar adelante la ceremonia de confesiones.

—Bueno, María, ¿qué es lo que tanto te tiene preocupada? Abre tu corazón y deja que tu discurso sea coherente con tus sentimientos, deseos y anhelos y que si en cada mañana sientes que la vida golpea tu puerta y que, a la tentación de atenderla, no la veas como un motivo de culpa ni miedo, sino que, por el contrario, hacerlo debe ser un motivo de fiesta y celebración –sostuvo el padre Marcos, con su voz pausada y tan segura que María percibía el camino allanado y listo para su confesión. Sentía que el padre había penetrado en su psiquis y desde allí no hizo más que adelantarse en el camino hacia todo lo que tenía, esa tarde/noche lluviosa, para confesarle.

—Te escucho, querida María…

Entonces María tomó coraje y se dispuso a desnudar su almita sufrida, aquella que luego de 25 años de saberse una esposa, hoy debía hacer las paces con su viudez y aceptarla, aunque algunas veces, a pesar de sí misma.

Y comenzó su confesión:

—Partiendo de los preceptos religiosos a los que nosotros, los católicos, les debemos el mayor de los respetos y a los que debemos honrar en cada acto de nuestras vidas, debo aceptar que a veces las divergencias con su legado nos enfrentan, y en sueños, (el estado mental, más genuino y puro, donde tus ansias se visten de arrojo y transitan el absurdo con una naturalidad pasmosa), nos liberamos y nos dejamos llevar sin medir consecuencias y adoptamos hasta el mismísimo pecado como bandera.

Al sostener esta última parte del relato, María, a través de la mirilla que tenía el confesionario y que les permitía tener contacto visual al feligrés con su confesor, se había encontrado con los ojos de padre Marcos, esos ojos que en silencio tantos años le habían fascinado y en silencio se lo había guardado solo para ella. Esos ojos de color verde mar, que la miraban desde la lejanía de la posibilidad, ajena a cualquier intención, presa del misterio y desierta de indicios que al menos la acercaran a sus miedos y desataran esos nudos eternos que la teología, había dispuesto entre el mundo de la carne y vuelo onírico del intento.

El padre Marcos inmediatamente después de enterarse del fallecimiento del esposo de María se había acercado en carácter de apoyo espiritual con el fin de que hiciera más liviana su carga de padecimiento y el duelo no pesara tanto en su vida. Hasta había asistido a su casa a modo de ofrecerle una oreja ante su dolor.

El sacerdote escuchaba atentamente lo que María tenía para confesarle, y desde su costado humano, iba tejiendo tramas pecaminosas que hasta lo hacían pensar por qué Dios le situaba en su camino estos momentos de dudas y tentaciones y sentía que no debería permitirse ni siquiera pensarlas, pero que entre el celibato y la ausencia de la excitación provocada, sentía que la procacidad le mostraba su cara y la incontinencia infame y blasfemante, lo estaba haciendo temblar y hasta su vida estaba en ese momento temblando y sus votos caminaban por una débil cuerda que estaba a punto de sucumbir.

Intentaba desde su más íntimo fuero, alejar y controlar sus pensamientos, pero en ese preciso momento María le asestaba el golpe que lo derribaría del altar del juramento y lo convertía en un hereje del cruento autoflagelo, al que en ese momento, se veía sometido.

—Es que anoche tuve un sueño con Ud., padre, señaló María.

Y el padre Marcos en ese punto no encontraba ninguna causa justa que lo hiciera entender lo que su carne le indicaba, estaba como en un sopor de dudas y sortilegios se mecía entre lo que le dictaba su conciencia y lo que le indicaba su instinto natural de la vida, esa contradicción que tanto, en su etapa de formación, situaba en una tela de juicio que nunca había logrado desentrañar, y era el cómo hacer para ir en contra de la corriente natural de las cosas, cómo hacer para no aceptar el lenguaje de tu cuerpo solo por respetar sectariamente un mandato, él siempre había renegado de eso, y la vida le estaba presentando la posibilidad de confirmar su mirada. Nada más y nada menos.

Y hasta intuyendo la respuesta, preguntó:

—Entonces, te escucho, ¿cuál fue ese sueño, mi querida María?

La voz temblorosa de María cargaba en sus recuerdos inmediatos el sueño de la noche anterior, en la que tan feliz se había sentido, esos sueños en los que al despertar, maldices que solo se trate de un cuadro onírico y no sea real. Esos sueños que hasta te hacen sonreír a la hora del recuerdo, se había sentido tan plena que hasta aún podía sentir ese cansancio mágico del final del cuento, donde el esfuerzo te hace gemir de placer, donde la vida te dice, este es el propósito, disfrútalo.

—Anoche estuve en el cielo, padre…

Tratando de negarse al momento, haciendo un esfuerzo titánico para recomponerse de sus pensamientos pecaminosos, de esos nubarrones tormentosos que tantas noches había logrado dominar, pero que esta vez creía no estar dispuesto a repetir la estrategia, contestó.

—Ah, veo que has estado con Dios y debe haber sido muy placentero, me supongo.

Entonces María le daba forma a su pecado, vistiendo su confesión con el traje de la lujuria y dejaba por el suelo cada principio teológico, cada consejo dado, cada momento de oración y retiro, cada promesa al comulgar cada domingo.

—No, padre, anoche soñé con el usted, pero con Marcos el hombre, no el sacerdote.

Y en ese preciso momento sus ojos se buscaron, como al agua busca a la tierra, como el mar sucumbe en cada playa, sus ojos miraron las mismas cosas, hurgaron lugares comunes, se abrazaron sin tocarse, se amaron sin que sus lenguas húmedas y deseosas se besaran, sus mundos se fusionaron, despreciando cada precepto, desobedeciendo dulcemente lo que la virtud, roja de vergüenza les indicaba y el confesionario, como ámbito de la historia, no pudo más de deseo y los manchó de un hermoso pecado.

Y después del confesionario, qué importa del después, toda mi vida es del ayer, que me suspende en un recuerdo… ¿la culpa? La culpa puede esperar…

Fin

El chofer del escribano

Sucede en los países en vías de desarrollo, donde las políticas están siempre untadas por la informalidad, donde las normas de lo permitido carecen de ese rodaje que lo da la experiencia de haber caminado por esa vereda y a prueba y error haber corregido las impurezas de lo impropio, del momento en el que nace el despropósito y cada uno haya aprendido lo que se debe hacer.

Esta historia nace desde la memoria de la exesposa del hijo del chofer del escribano. Podemos darle nacimiento desde el momento en el que este era integrante del pool de motoristas de presidencia, había sido en algún momento el encargado de transportar a políticos notables del momento, hasta presidentes había llevado a sus casas luego del mérito o error en su gestión, pero esta historia no está pensada para denunciar esos tipos de anomalías ni mucho menos entrar en el terreno político. La historia estará vinculada con la vida del suegro de Adela, la exesposa de su hijo.

Cuando de amores se trata, si uno de los componentes es lo prohibido, el suceso toma una envergadura superior, y éste me lleva a una trama de lo más atractiva, y en épocas de la suelta de emociones reprimidas, este se convierte en un coctel explosivo, y que deja mucha tela para cortar. En épocas del segundo gobierno de Perón, Evaristo Mendizábal era el escribano del poder, era el letrado que convertía en posible los manejos espurios que en el poder de entonces no cerraban con las gestiones normales de ninguna administración, él era el letrado que con su firma avalaba desde un dolo hasta el dibujo de un balance, en esa época era moneda corriente soslayar el digno ejercicio de la lealtad y la honradez, hasta podríamos sostener que era hasta meritorio, así de informales eran las cosas durante esos tiempos.

Para entonces Evaristo Mendizábal estaba casado con Carmen Barrios, una hermosa morocha que había conocido durante la etapa de la facultad, ella era cordobesa de Villa María, que luego de terminar su carrera, y al haber conocido a Evaristo, se habían radicado definitivamente en la Capital Federal ella había terminado psicología y ejercía también en presidencia. Evaristo y Carmen se habían casado y tuvieron solo un hijo.

La exigencia a la que se veía sometido por el gran caudal de trabajo y debido a su particular participación en los asuntos del poder, al escribano le asignaron un chofer dado que sus horarios eran casi siempre extraordinarios, digamos no convencionales, a veces se lo requería en horas de la noche donde el ojo indiscreto no se entrometiera con lo que debía ser secreto. Por razones lógicas el chofer se había convertido en la mano derecha del escribano, atendía además de su necesidad de transportarse de un lugar a otro, sabía de su agenda como nadie, y como sabemos que el poder lo da la información, en poco tiempo el chofer (Gino Curti, un italiano extrovertido, entrador pero muy discreto, y protagonista del relato, casado y coincidentemente con su jefe, tenía un solo hijo) pasó a formar parte de la elite del poder, el confidente, el que conocía al pie de la letra cada acuerdo que debía firmar, dónde convenía poner la firma, que le reportaría mayor beneficio, hasta podemos decir que se ocupaba de todas sus necesidades, y los de su esposa psicóloga, también…

Los días pasaban tan asimétricos que la rutina se moría de vergüenza y callaba ante el sentido del trámite, preocupada más por lo que debía callar, que lo que tenía para decir. Entre sus tareas diarias, que sí conformaban una mini rutina, era la de llevar, luego de dejar a Evaristo en su estudio, a su esposa Carmen a su consultorio, había trabado por cotidianeidad, casi un acercamiento que románticamente podríamos llamar cuasi familiar, también ella lo tenía como su primer crítico desde la indumentaria que le venía bien, según el día, de los lugares donde le convenía almorzar, dado que en varias oportunidades por motivos de horarios le había tocado acompañarla, y eso le daba un rango de consejero y chofer al mismo tiempo.

Una tarde en las que las cosas no andaban bien dentro de su matrimonio, hubo un episodio que podemos llamar de atípico…

—Gino, ¿puedes llevarme? –pidió Carmen.

—Dime la dirección e inmediatamente te llevo, Carmencita –contestó Gino, con ese tono que la relación entre ambos le otorgaba.

—No se trata de un lugar, Gino, sino de un estado, que me saques del conflictivo y tóxico estado al que a veces Evaristo me lleva, ¡¡¡hay momentos en los cuales consigue sacar lo peor de mí!!!

Gino, entre sorprendido y protector, sintió una oleada de ternura desmedida y ganas de abrazarla y consolarla. Pero debía guardar las formas. Aunque después de todo Carmen era una mujer hermosa, una treintañera, que por cierto tenía lo suyo, muchas veces Gino jugó con la fantasía de lo extraordinario que resultaría acordar con la genética la unión de los dos costados, el sol y la playa de los mares europeos, con reminiscencia desde el Imperio romano con sus luchas y conquistas, con la exótica América tal vez, desde el sueño de los reyes católicos y que Colón hizo realidad navegando los mares para unir esos continentes inexplorados, llenos de riquezas legadas de los incas, los aztecas o algún recuerdo maya, que lo hacían volar de imposibles pero que recrudecía en sueños de unos ojos claros, color mar del Norte, con la piel morena de las razas entremezcladas, total soñar no se encuentra regulado por ningún impedimento.

Siete años después…

El niño de ojos color mar Mediterráneo, y su piel morena de las Américas, correteaba detrás de una pelota que su padre, en secreto, le había regalado. Dos mundos se habían encontrado y habían coincidido en cada gen liberado, en cada emoción reclamada, en cada silencio escuchado, en cada pena redimida.

Evaristo había fallecido un año antes de cumplir sus 65 años y se llevó a la tumba el secreto de Carmen, ese secreto que si bien conocía pero que se permitió negar hasta su muerte, y nunca se animó a aceptar el momento en el que su honor devaluado por su propia actividad gubernamental, era lastimado con el pecado de su querida esposa, que presa de un rapto de pasión contempló el adulterio como un hecho y se deslizó entre las sábanas de Gino y desde ese día, sus almas se atravesaron y sin control vivieron, no sin culpas, su propia historia prohibida.

Fin

Julio Gerard y el viejo molino

A la altura del km 142 sobre la ruta 14 de la provincia de Entre Ríos, volviendo de Colón, con dirección a Gualeguaychú, vimos el cartel que señalaba EL VIEJO MOLINO balneario/camping, aminoré la marcha y saliendo de la ruta tomé el camino de ripio que me indicaba el cartel, huellas de coches que habían ingresado antes me indicaban que era un lugar muy visitado.

El ingreso con un portal del siglo XVIII nos daba la bienvenida, era domingo a la mañana, una gran arboleda y a través de ella se podía divisar el gran molino, un gigante dormido, en un letargo obligado solo permanecen sus paredes como testigo de una época, del despegue de un pueblo que se empecinaba en crecer y una nación que ya empezaba a caminar sola.

Haciendo un poco de historia…

Hacia 1798 en el talar del Arroyo Largo, hoy Arroyo Urquiza; tenía una gran estancia don José Duval; primitivo colonizador de la zona sobre el río Uruguay. En ese año, como socio y administrador llegó don Josef de Urquiza con su mujer Cándida García y sus primeros cuatro hijos. La actividad ganadera era la principal.

Tenían a su cargo una gran peonada y la propiedad de treinta esclavos, lo que por sí, representaba un gran capital. En tal año, dada la población más las dificultades de traslado hasta la villa de la concepción, solicitan la erección de una capilla, para cumplir con los preceptos cristianos.

Expedienteo de por medio la iglesia accedió a tal pedido. Establecida la capilla, el establecimiento ganadero cobró mayor importancia. Pasadas las primeras dificultades y afincados en el lugar, vieron llegar el nuevo siglo.

El 18 de octubre de 1801, don Josef de Urquiza y Álzaga y su mujer ven nacer a su séptimo hijo a quien llaman Justo José, quien años después sería el organizador de la nación y promotor del desarrollo de esta región.

Los años pasan, sobreviene la Revolución de Mayo, el caudillismo, las luchas internas. El talar del Arroyo Largo y sus moradores ven pasar los acontecimientos. La provincia comienza a cobrar importancia.

En 1842 Justo José de Urquiza es nombrado gobernador y comienza su obra colonizadora. Pero recién en 1857 con la fundación de la colonia San José, el viejo talar es nuevamente el escenario de hechos trascendentes.

Así llega el año 1929. El gigante había concluido su ciclo, lo desplazaba el progreso, un moderno edificio con todos los adelantos de la época y en el puerto de concepción del Uruguay y con vías férreas y navegables a sus puertas. Era su heredero, él lo había engendrado, debía continuar su obra. El 11 de octubre de 1929 el viejo molino detuvo sus máquinas. Tras de sí, cuántas ilusiones, y anhelos están guardados.

Tosca su estructura, su corazón sigue latiendo en cada uno de sus rincones, para mostrarnos la estirpe de una época. El viejo talar del arroyo Urquiza volvía a su antigua mansedumbre. Las máquinas se había detenido definitivamente, todo había sido tan rápido, que parecía un sueño. En su letargo se fue desgastando. Pero orgulloso, está aquí mostrándonos los signos de un pasado de grandeza y esplendor.

Aunque las huellas de sus pesadas carretas ya se hayan borrado…

Ese domingo desviamos nuestro camino desde Colón hacia Gualeguaychú y nos dispusimos a visitar el Viejo Molino, apenas cruzamos el portal de ingreso y bajo una llovizna que nos acompañaba desde Colón, un perro (un Border Collie) nos daba la bienvenida, eran las 10 de la mañana y todos en el establecimiento, dormían.

Solo él estaba levantado, lo vi entre las diferentes edificaciones que componían el complejo, hoy convertido en un balneario / camping, vestía unos harapos de remera y una bermuda, y de calzado unas viejas ojotas, su pelo revuelto que en algún tiempo fue rubio, barba de unas semanas sin rasurar y sus ojos de un color celeste; de típica fisonomía nórdica, después supe que se trataba de Julio Gerard de madre italiana y padre francés el séptimo de 11 hermanos, de los cuales incluido él, solo 8 estaban vivos.

Lo vi y me trajo a la memoria un tío mío que un día desapareció y nunca más supimos de él. Julio vivía en el predio del Viejo Molino, detrás del camping, y los dueños del complejo lo habían adoptado y le permitían estar allí. Sus hábitos estaban vinculado al alcohol, de hecho cuando trabé conversación con él su aliento etílico me lo demostraba, pero lejos de juzgarlo, me interesó su historia y decidí darle entidad a través de este relato, dado que siempre detrás de las personas, indefectiblemente hay una historia, y lo que viene de aquí en adelante surge de mi imaginación, dado que no pude recabar más información, más de lo poco que me pudo transmitir en lo escueto del encuentro.

Supe que es radical, pero también, de su descrédito en la política, que odia a los peronistas, que sus hermanos estaban bien económicamente y que a él no le hablaban, que luego de vender las tierras colindantes con el predio del viejo molino, él decidió permanecer allí hasta el día de hoy, mientras que ellos compraron en Colonia Hughes (a veces llamada Colonia Hugues) una localidad en el departamento Colón, provincia de Entre Ríos, y aún hoy viven allí, distante a pocos kilómetros; sin embargo algo pasó, no sabría precisarlo bien, para que esta disociación entre sus hermanos se produjera, y me movilizó de tal manera que le ofrecí nuestra comida que traíamos con mi mujer, en el coche y unos pesos para su vicio, sé que se hace mal darles dinero a estas personas dado que no hacemos más que potenciar su adicción, pero lo inmediato para él era más urgente y desde mi corto encuentro no estaba en condiciones para darle un sermón, sino tratar de hacer que se sienta mejor y desde mi intención creo haberle cambiado el día.

Imagino a sus padres, un matrimonio de inmigrantes, él francés, ella italiana y solo dos hijos (sus hermanos), que luego de la guerra buscaban un lugar donde, lejos del horror de las explosiones y muertes, afincarse y forjarse un futuro. Y así los años los mostraron como una verdadera familia numerosa, dado que luego de los dos hijos con los que llegaron a estas tierras, llegaron nueve más y entre ellos la oveja negra de la familia, lo llamaron Julio, había heredado los ojos de su madre, de un celeste cielo y sus rasgos nórdicos que lo mostraban como una persona distinguida; luego sus vicios y su vida un poco desordenada, lo condujo a su estado actual, él en su etapa de esplendor, que va entre los 20 a los 30 años, era un hombre muy atractivo, de buen semblante, se había juntado con Ramona, una entrerriana de pura cepa, y había tenido dos hijos, un varón (Julito) como su padre y una nena (Ramona) como su madre, que en un intento inconsciente de prolongar su historia y que a lo mejor, crecerían lejos de esta enfermedad que a él lo aquejaba y tanto daño les estaba haciendo, en ellos prolongaba su apellido y también habían heredado el color de sus ojos; dedicados a buscar el sustento desde el esfuerzo y las buenas costumbres, Julio y su familia le peleaban a la vida. En los momento de lucidez él se repetía siempre en una suerte de autorreproche: “Julio, piensa en tu familia, ellos te necesitan sobrio y productivo, pero su adicción al alcohol era más fuerte y lentamente lo fue alejando hasta de su propia y tan querida familia, tal es así que un buen día los tres, su mujer y sus dos hijos, que ya contaban con 6 y 8 años de edad, respectivamente, resolvieron alejarse para iniciar una nueva vida, lejos del maltrato, las desavenencias y las promesas incumplidas, que una persona alcohólica presa de la adicción suele consumar, lamentablemente.

Pero debemos ver y tratar a esta persona desde el costado patológico, sabemos que este tipo de adicción corroe lo más íntimo de un ser y lo vuelve desprolijo (para ser amable con el adjetivo), tanto en su estética como en sus hábitos y esto, lo fue postergando del grupo social al que pretendía pertenecer, lo arrojó como un ser sin principios ni sueños y lo convirtió en un marginal, en una persona exenta de méritos y para nada confiable, en términos de conducta social, en una palabra, un ser alejado a toda oportunidad.

En las tardes de lluvia y desde su soledad, la melancolía lo visitaba y sus recuerdos de su Ramona y de sus hijos le mojaban sus mejillas con lágrimas de un dolor culposo, lleno de reproches e impotencia, dejaba ver ese ser derrotado por su propia incapacidad de resiliencia, tan débil para replantearse la vida…

Pero siempre en esta gente un pero cobija un sesgo de virtud, él era un vicioso, un borracho, por ende, un mal padre y mal esposo, pero de lo que nunca quiso deshacerse, fue de su don de buena gente, él nunca había robado, nunca le había quitado la vida a ningún ser vivo, y menos aún, nunca le había fallado a ningún amigo, su honestidad la llevaba en sus genes, que acarreó ese francés (su padre) que llegó a mediados del siglo huyendo de la guerra y que le trasmitió a sus once hijos entre los cuales estaba la oveja negra, un tal Julio Gerard, que a pesar de ser un beodo, un ser humano con ciertos problemas de adicción, que lo habían llevado a equivocarse en la vida, era una buena persona.

Fin

Lautaro y la pelota (a mi nieto Benjamín Lautaro Aguilera)

El niño soñaba con algo muy lindo, era su anhelo más guardado en sus ganas, su ímpetu, su búsqueda, y su tozudez que le hacía más liviano el camino, y sabiendo qué era lo que deseaba y qué hacer para lograrlo, en algún momento.

Él solo quería jugar a la pelota…

Su vida era la pelota, ojo, buen alumno y mejor compañero en la escuela. Pasaba sus días de la escuela al club, entrenamiento con su equipo, mover los músculos, del club si quedaba tiempo, a jugar la pelota en casa, con algún amiguito, si notan, el medía su tarde, usando la pelota, como instrumento de medición, la pelota reinaba en los días de Lautaro.

Las tardes de sábado o algún domingo, la familia tenía como plan ir a ver al nene que juega de titular, y le dan la diez, nada menos.

Lautaro, cuando entraba a la cancha y tenía una pelota a su alcance, era el niño más feliz de la tierra, ese olor a gramilla, el sol y el viento le daban chance al momento y explotaba, si le quedaba para su volea, y la mandaba a guardar, sin que el arquero se enterase de lo que estaba pasando, él repentinamente se sentía responsable de que su equipo se adelante en el marcador, y vibraba en su talento, esa seguridad que lo inducía a pensar que nadie podía vencerlos.

Y Lautaro creció, primero se volvió un adolescente, con todas sus búsquedas, con dudas y esquives a las tentaciones, pero luego el espejo que traía desde su casa, lo iba moldeando en un atleta con su alma noble y carácter, seguro de lo que quería.

Los juegos se repetían y la gente empezaba a seguirlo, Lautaro pintaba lindo, era el pollo del pueblo.

Con sus 15 años, el técnico de la primera de Defensores de Centenario, ya le había echado el ojo, sus movimientos y su estampa para jugar, eran llamativos para un chico de su edad. Y sin dudarlo, lo convocó para que entrenara con la primera.

La tarde en la que muchos vieron en el, algo diferente, algo que traía como premio, con un adicional a la media, fue en un partido del campeonato regional donde el equipo de defensores de centenario, estaba jugando la final contra su archirrival “el alianza de Cutral Co”, el “defe” al término del primer tiempo, perdía por dos goles y le estaban dando un baile bárbaro, en el banco estaba por primera vez, Lautaro. Cuando fueron al vestuario, el técnico debía acomodar las piezas para tratar de revertir la magra actuación de su equipo y allí mismo, viendo las ganas de Lautaro en su actitud y con sus quince años recién cumplidos, lo miró y le dijo:

—¿Tenés ganas de jugar?

A lo que Lautaro con una sonrisa mezcla de emoción y desfachatez le contestó:

—Claro que sí, hay que atacarlos y creo saber cómo hacerlo.

Entonces el técnico, que sabía de estas cosas, le pidió que salga al costado del campo a calentar, antes que el equipo vuelva para disputar e segundo tiempo. No quería arriesgar alguna lesión muscular por estar frío, le esperaba un segundo tiempo muy chivo al “nene”. La tribuna, cuando lo vio calentar, bramó de placer, primero porque tenían muchas ganas de verlo en ese tipo de partidos y porque creían en su calidad como jugador. Luego de las recomendaciones a todos, que marca bien al nueve, que mira bien que no te ganen la espalda, cuidado con el siete que es rapidísimo, pero en el fondo, el técnico intuía que los que debían cuidarse ahora, eran ellos…

Salió el equipo para disputar el segundo tiempo y el árbitro preguntó si había algún cambio y el técnico paso su brazo por el hombro de Lautaro y contestó, como una sentencia, como un designio del destino, sí, entra el pibe con la 15… el árbitro autorizó el ingreso y Lautaro trotó hasta el margen derecho del ataque, donde sentía que era su lugar en el mundo, la tribuna coreaba su nombre tratando de que el pibe se sintiera respaldado. Los primeros cinco minutos ni la había tocado y el técnico comenzaba a pensar que a lo mejor había sido un error ponerlo, que a lo mejor no daba el tupé para probar, al menos en este partido y con tamaño rival. Pero en ese preciso momento y como para despabilarlo de sus pensamientos, sucedió…

El Cinco del “defe” corta un avance del Alianza y abre el juego hacia la derecha donde Lautaro esperaba bien pegado a la raya, dominó la pelota y con un pequeño toque corto le mete un caño al defensor que se venía como a comerlo crudo, y con un saltito Lautaro lo esquiva y mete la diagonal hacia el corazón de la media luna del área rival, levanta la cabeza con su estampa de crack, mira la ubicación de su ataque y como desprendiéndose de algo que no le pertenecía en ese momento, y al advertir que el flecha medina, se mandaba como una tromba desde la punta izquierda, corriendo en diagonal para evitar el offside, con el revés de su botín le mete el pase, como una puñalada, el vacío del área grande. El flecha haciendo gala de su apodo, acomodó su cuerpo y de chanfle con su pierna menos hábil, la envió al fondo del arco. Era el dos a uno y faltaban más de treinta minutos, supieron que podían, con el talento de ese pibe, que llegaba en el momento justo. La tribuna se volvía loca de placer viendo el talento desplegado por este muchachito que hacía de las suyas ante cada intervención en el juego y fue cuando promediaba el segundo tiempo cuando Lautaro recibe una pelota que le entregan en tres cuartos de cancha, sobre el callejón del ocho. Domina y gira y en el mismo movimiento deja desairado a su marcador que ya para ese entonces le estaban haciendo una fuerte marca, y arranca hacia el área, su pique corto era demoledor, al pasar al primer defensor lo cierran dos con intenciones no muy santas, lo derriban al borde del área grande, Pita el árbitro y en medio de la silbatina del público, cobra el tiro libre para el “Defe”. Como era la costumbre el cinco, toma la pelota y la acomoda mientras el equipo contrario formaba la barrera, en ese momento se acerca Lautaro y le pide al cinco, lleno de desfachatez:

—¿Puedo pegarle yo?

El corto López llevaba ese apodo, porque era petiso y sus piernas eran un manojo de músculos y nervios, puro tendones y masa muscular, chocar con él, era como si un tren en velocidad te atropellara, era el cinco histórico del “defe” era desde siempre, el encargado de cobrar cada tiro libre, dueño de una magnífica pegada, nadie le quitaría el placer de pegarle sobre todo en ese momento y menos aún, en esa circunstancia, pero percibió algo en los ojitos de Lautaro que lo convencieron y le susurra al oído:

—Dale, yo distraigo, corro, paso de largo y le pegas, dale, veo gol… dale…

Ya armada la barrera con el arquero jugado a un palo, suena el silbato, el Corto López, corre pasa por arriba de la pelota y desde atrás siente cómo el sonido “llenito” del botín de Lautaro que impactaba la pelota, la vio en el aire y supo que el arquero no tendría chance, Lautaro había torcido su cuerpo y el disparo seco hizo una curva en aire por sobre la barrera y se clavó en el ángulo izquierdo del arquero, entre el griterío de las tribunas y el goce de sus padres que habían ido a ver a su hijo, y que no cabían en la piel de tanto orgullo, Lautaro se abrazó al “corto” que había confiado en él, al tiempo que una montaña de cuerpos caían sobre su humanidad, locos de festejos, la tribuna deliraba con el empate y todo estaba en su lugar, pensaba Lautaro.

Pero no había terminado el partido, faltaban unos quince minutos y la cosa ahora era diferente, el técnico le pedía que se la den a Lautaro que esa tarde la estaba rompiendo, desde la tribuna coreaban su nombre y él les devolvía desde el campo de juego, todo ese amor que su pueblo le estaba brindado.

Todo nació desde un saque lateral sobre al margen izquierdo del terreno, la pelota terminó siendo despejada por la defensa del alianza, hacia el córner, Lautaro recostado sobre la derecha y como siempre hacía, buscaba el espacio, el centro venía pasado, Lautaro no le sacaba los ojos a la pelota, que dibujaba una parábola con destino de fantasía, con final de grito, con ese olor a gramilla que a Lautaro siempre le había gustado de ese deporte tan lindo que para él, era el juego que mejor jugaba y que más le gustaba, la gente en las tribunas se puso de pie, como siempre sucede cuando una jugada de peligro se avecinaba, y ese preciso momento se hizo un silencio como presagiando lo que iba a suceder, la pelota como en cámara lenta viajaba hacia la ubicación de Lautaro mientras que este se arqueaba en el aire, yendo a su encuentro, amaga con una pierna y la impacta con la derecha en una tijera épica, con un dibujo en el aire que ni el mejor pintor hubiese logrado pintar. El impacto fue tan impecable que la pelota viajó, cruzando el arco de derecha a izquierda clavándose en el segundo palo haciendo inútil la estirada del arquero… Lautaro se levantó, y mientras seguía la trayectoria del balón, que inexorablemente sacudía la red del arco del “Alianza” sellando un triunfo histórico, salió corriendo hacia su tribuna besándose la camiseta y lleno de gloria y tranquilidad de no haberle fallado e quienes confiaron en él. Y la gente desde ese momento lo incorporó a el cuadro de sus ídolos, al lugar que, en los pueblos del interior, ocupaban los que rompían el molde de la media, los que a puro talento asomaban la cabeza pidiendo un lugar en la historia.

Al cumplir sus 16 años, pensó en intentarlo, reunió a sus padres y sin más, les dijo: “Me gustaría probarme en el deportivo de Buenos Aires”.

El Deportivo era el equipo estrella del campeonato de primera, iba puntero y se creía que al final de volvería coronar campeón. Por sus filas descollaron figuras como “Piero Cardalona”, figura en décadas pasadas, “Beto Leone”, grandes jugadores pasaron por esos vestuarios.

Lautaro tenía su abuelo que vivía en Buenos Aires y eso le daba un hándicap. Muchos pibes de interior no se animan a probar suerte en la capital, por el hecho de no contar con un contacto que los asista a la hora del desarraigo, él contaba con ese medio y estaba decidido a usarlo.

Luego de negociar con sus padres el permiso y el aval para el comienzo del sueño grande, viajó a Buenos Aires, con una maleta donde traía la voz de sus padres con recomendaciones puntuales, cuídate de las malas compañías, hazle caso a tu abuelo, aléjate de la noche, enfócate en tus sueños y nunca olvides de dónde vienes, aparte de los botines, vendas, los cortos, y esa carga de ilusiones que iría, con el tiempo seguramente, convirtiendo en lucha y esa lucha en logros.

Con sus casi 17 años, su abuelo lo acompañó a presentarse a la prueba que previamente habían acordado, viajaron desde el barrio de Flores en un colectivo que los dejaba cerca del club elegido, caminaron un par de cuadras y cuando llegaron, Lautaro con su bolsito lleno de ilusiones y sueños por cumplir, se sentía temeroso, mezcla de sumisión y respeto que traía incorporado a sus genes, dado la educación muy elaborada por sus padres y que era su carta de presentación en cada circunstancia que le tocaba vivir, los atendió el “Beto Leone” en persona que en esos momentos era el encargado de probar a los pibes que venían del interior.

No sé por qué designios del destino o por qué causa atribuirle el hecho es que ese día el Beto Leone estaba de muy bien humor y le dijo sin más…

—¿Cuál es tu nombre?

Dirigiéndose al pibe que, bolsito en mano, lo miraba con cierta admiración, había leído y escuchado tantas historias gloriosas de este monstruo del fútbol que en ese momento le preguntaba por su nombre, no lo podía creer.

—Lautaro Aguilera.

Respondió, con una seguridad que hasta a él mismo lo sorprendió.

—Suena bien, me gusta.

Contestó el Beto.

—Hoy vamos a probar unos pibes que vienen de Santiago del Estero, Tucumán y de Córdoba. ¿Ustedes de dónde vienen?

Preguntó el Beto, dirigiéndose a su abuelo, mientras comenzaba a llenar una planilla con datos de cada uno de los que iba atendiendo.

—Él de Neuquén, yo vivo acá, en Capital Federal.

Contestó su abuelo.

—Bien –dijo el Beto, como quien cumple con un primer paso de un trámite, que, para él, era algo casi rutinario, pero para cada pibe que se presentaba, era un primer paso hacia sus sueños, el primer peldaño de una escalera que, a lo mejor, lo llevaría a su destino final que era nada más ni nada menos que sus anhelos tan guardados, tan imaginados en noches de descanso, luego del partido perfecto.

Luego de cambiarse y ya haber cruzado las primeras palabras con los otros chicos que venían como el, llenos de sueños e ilusiones, salieron al campo donde había conos y arcos, que los ayudantes del Beto habían distribuido en función del trabajo que les tenía preparado, para la prueba. El Beto Leone tenía la mirada del experto, de haber vivido tantas tardes de gloria y de haber conocido tantos jugadores que, si bien pintaban lindo, pero que, por diversas razones y artilugios del destino, no habían podido lograr sus objetivos, no por falta de condiciones, sino porque a esa edad, a veces se prioriza a la pasión por la pelota, otros caminos que entre los consejos de sus padres y su propio criterio, veían que era lo mejor para su vida. Por ahora no era el caso de Lautaro, él quería demostrarse y demostrar que podía, luego veríamos. El Beto les dijo de entrada…

—Yo les doy la pelota y ustedes deben demostrarme si el tiempo que me estoy tomando para probarlos vale la pena.

En ese momento tenía tantas pelotas como pibes que querían demostrar sus condiciones. Los hizo poner en fila india y les iba tirando con la mano la pelota hacía arriba, y cada pibe debía bajarla y dominarla para continuar con el juego, en esa acción, sabría si el talento asistía al jugador que querían ser. Le tocó el turno al primer pibe, de Tucumán, creo, miró la pelota en el aire y cuando la quiso dominar, esta le llegó a su tibia antes que su botín y quedó fuera de su dominio, el próximo quiso ser cuidadoso y la pelota le pico fuera de su alcance y dando dos piques pudo al fin, dominarla. Era el turno de Lautaro, para esto el Beto que había probado a miles de pibes y que había vivido estas situaciones otras tantas veces, tomo la pelota, y con un chute la hizo volar por el aire, Lautaro sin inmutarse y cuidando de lo que su entrenador del “Defe”, le había aconsejado, nunca pierdas de vista a la pelota, ese debe ser tu eje, tu única posibilidad de creación, corrió siguiendo el recorrido mientras bajaba y cuando la tuvo al alcance, solo puso su botín con la punta en el aire y al momento del impacto, solo cedió la fuerza como un efecto de amortiguar el golpe y evitar algún eventual rebote y la dejó dormida junto a sus pies, y para terminar con la faena, le dio un toque suave acomodándola para su derecha, y sacó un fuerte remate hacia el arco desguarnecido, el remate seco, lleno de técnica y potencia, entró al lado del palo, sacudió la red. El Beto, sabedor del oficio, primero lo sorprendió y luego como quien se encuentra ante un hecho extraordinario, los miró y les dijo…

—A veces con solo un toque, determinas si un jugador trae premio, en este caso fueron dos y los dos de excelente factura. Lautaro, quiero verte mañana a esta hora y no olvides ese talento que seguramente hará de ti un gran jugador…

El resto ya es historia conocida, todos saben quién fue Lautaro Aguilera, el fenómeno del fútbol y de la selección, este relato solo trató de contar lo que en sus comienzos y junto al esfuerzo de sus padres y las personas que lo querían bien, lograron que sus sueños se hicieran realidad. Claro que, sin su talento y su disciplina, nunca hubieran logrado la proeza de ser uno de los futbolistas más destacados del país.

Fin

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