Читать книгу: «La ciudad de Dios. Libros I-VII»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 364

Asesores para la sección latina: JOSÉ JAVIER ISO y JOSÉ LUIS MORALEJO .
Según las normas de la B.C.G., la traducción de este volumen ha sido revisada por JESÚS ASPA CEREZA .
© EDITORIAL GREDOS, S. A., 2007
López de Hoyos, 141, Madrid.
www.editorialgredos.com
REF. GEBO440
ISBN: 9788424937379.
INTRODUCCIÓN
VIDA Y OBRAS
Pocos personajes de la Antigüedad poseen una trayectoria vital tan intensa y una evolución intelectual tan interesante y rica como Agustín de Hipona. Tenemos además la fortuna de que su personalidad se nos muestre en multitud de ocasiones en sus propios escritos, que proporcionan valiosísimos datos para el conocimiento de su vida y su pensamiento, pudiendo compararse su caso con el de Cicerón, a pesar de las diferencias en sus actividades, trayectorias y en el mundo en el que les tocó vivir. Parte de dichos datos pueden leerse en sus Confesiones , que escribió con 43 años, siendo obispo de Hipona, y que abarcan los primeros 33 años de su vida. Otros pueden verse en la rica correspondencia que mantuvo a lo largo de su vida 1 . Su pensamiento se pone de manifiesto en sus tratados y sermones. Asimismo conservamos una biografía cuyo autor fue su amigo Posidio, es decir, alguien que conoció al personaje en vida. Dada la gran abundancia de datos y de la ingente producción bibliográfica disponible sobre la figura de Agustín, en esta ocasión se ofrecerán tan sólo algunos de los hitos más importantes en la trayectoria del personaje, y se señalarán sus obras de mayor interés 2 .
Aurelio Agustín nació el 13 de noviembre de 354 en Tagaste, la actual Souk Ahras, situada en la provincia romana del África proconsular. Tuvo un hermano, llamado Navigio, y dos hermanas cuyos nombres no se conocen. Su madre, Mónica, ferviente cristiana, fue una de las figuras más influyentes en la vida de Agustín, y se ocupó de que cuando era niño fuera inscrito entre los catecúmenos, aunque, como era costumbre en aquella época, no recibió el bautismo todavía. En cambio de su padre, Patricio, pagano en sus orígenes, aunque convertido al cristianismo al final de su vida a instancias de su esposa, Agustín ofrece escasas noticias y siempre manteniendo cierto distanciamiento. Sabemos sin embargo que fue un personaje de cierto relieve en su comunidad, decurión en la asamblea municipal, y que, a pesar de no disfrutar de una situación económica excesivamente boyante, procuró que su hijo, especialmente dotado para las letras, recibiera una sólida educación clásica que le abriera las puertas del éxito como abogado o funcionario en la administración. Asistió en primer lugar a la escuela de Tagaste, donde recibió la formación elemental, ante la cual no mostraba excesivo entusiasmo (Conf . I 9, 14-16). Más adelante, cuando contaba unos doce años de edad, fue enviado a la cercana ciudad de Madaura para asistir a la escuela del gramático, donde estudió oratoria y literatura (Conf . II 3, 5), y donde adquirió su afición a las letras latinas (Conf . I 13). En 370, a causa de ciertos problemas económicos que afectaron a su familia, Agustín debió interrumpir sus estudios durante un año, en el que hubo de regresar a Tagaste, y que pasó dedicado, como él mismo reconoce, a un ocio improductivo (Conf . II 3-10). Durante ese tiempo su padre procuró reunir el dinero suficiente para que Agustín pudiera asistir a la escuela del rétor en Cartago ya en 371 (Conf . III 1, 1), tras lo cual se produjo su muerte, hecho que Agustín recuerda con cierta frialdad (Conf . III 4, 7). Recibe asimismo el patrocinio de un rico personaje pagano de Tagaste, Romaniano, que contribuiría económicamente a su formación. En Cartago, Agustín, llevado por la fascinación que produjo la gran ciudad en su espíritu adolescente, descubre la pasión amorosa, las diversiones mundanas, como el teatro, que tanto le entusiasmó (Conf . III 2) y que tanto criticará posteriormente (Civ . I 31-32, II 8, etc.). Allí toma una concubina, probablemente de inferior categoría social, cuyo nombre nos es desconocido, en torno al año 372, con la que convivió durante quince años y que muy pronto le dio un hijo, que recibió el nombre de Adeodato. Al mismo tiempo, fue allí donde surgieron sus inquietudes intelectuales y religiosas. Cuando contaba 19 años de edad, en el año 373, la lectura del Hortensius de Cicerón le causó una profunda impresión y despertó su interés por la filosofía, mientras que su acercamiento a las Sagradas Escrituras le llena de decepción a causa de sus vulgarismos y su pobreza estilística (Conf . III 4-5). Toma contacto asimismo con el maniqueísmo, doctrina de la que será adepto durante casi nueve años, y a la que arrastró también a su amigo Alipio y a su patrono Romaniano.
Esta «conversión a la filosofía», como la llama Peter Brown 3 , uno de los biógrafos de Agustín más autorizados, le aparta de las expectativas que habían puesto tanto su padre Patricio como su patrono Romaniano en que se convirtiera en abogado e hiciera carrera como funcionario imperial. En lugar de ello prefiere dedicarse a la docencia y al estudio. A los veinte años regresa a Tagaste como profesor y completa sus lecturas con las Categorías de Aristóteles. Entre sus discípulos se encontraban Licencio, hijo de Romaniano, y Alipio. En 376 es profesor de retórica en Cartago, donde alcanzó una gran reputación (Conf . IV, 2).
En torno al 380 escribe su primera obra, ya perdida en época del autor, De pulchro et apto , un tratado de estética dedicado al orador Hierio, y es en esa época cuando comienza a plantearse las primeras dudas sobre el maniqueísmo (Conf . IV 1). La llegada del obispo maniqueo Fausto de Mileve crea en el joven grandes expectativas de resolver sus dudas, pero tras tomar contacto con el mismo se sintió enormemente decepcionado (Conf . V 6, 11).
En el verano de 383, cuando contaba 29 años de edad, y sin informar a su madre, marcha a Roma, donde cae gravemente enfermo. Cuando se recupera abre una escuela de retórica, pero pronto decide cerrarla debido a la escasa rentabilidad económica que obtiene de ella, dada la costumbre de los alumnos de no pagar los honorarios de sus maestros. Es en esta época cuando pierde totalmente su fe en el maniqueísmo, a pesar de mantener la amistad con los maniqueos de la ciudad, que le apoyaron en su carrera, ya que favorecieron su elección como profesor de retórica en Milán en 384, aunque el principal valedor de Agustín fue Símaco. Ya en Milán toma contacto con su obispo, Ambrosio, del que en un principio le atrajo el estilo de sus sermones, pero que posteriormente influirá en gran medida en su conversión (Conf . V 13). Mientras ésta se produce, Agustín permanece como catecúmeno en la iglesia católica. En 385 llega a Milán su madre, preocupada por la nueva crisis espiritual de su hijo, para ayudarle a encauzar su vida. Llegó a insistir en que se desposara con una joven heredera, en vistas de lo cual Agustín abandonó a su concubina, que partió para África tras prometer no volver a unirse a ningún otro hombre. El ventajoso matrimonio nunca llegó a producirse.
La carrera de Agustín como orador se halla en su pleno apogeo. El 22 de noviembre de 385, como parte de sus obligaciones como profesor de retórica, recita el panegírico del emperador Valentiniano II. En esta época, aparte de escuchar los sermones de Ambrosio, lee obras neoplatónicas y reflexiona sobre el Nuevo Testamento. Sus lecturas y experiencias le llevan a abandonar su cargo de profesor y retirarse a una villa, perteneciente a su amigo Verecundo, en Casiciaco, junto con otros compañeros, para practicar una versión cristiana del ideal clásico del otium liberale , el Christianae vitae otium (Retract . I 1, 1) como él mismo recuerda. Escribe algunas obras que reciben el título genérico de Diálogos de Casiciaco: Contra Academicos, De beata vita, De ordine , que aparecen en 386, y Soliloquia , escrito entre 386 y 387.
En 387 regresa a Milán y se inscribe para recibir el bautismo, que celebrará en la noche de Pascua del 24 al 25 de abril de 387 junto con su hijo Adeodato y su amigo Alipio, que también se había convertido. Escribe el De inmortalitate animi y comienza el De musica . Ese mismo año decide regresar a África partiendo del puerto de Ostia, pero la complicada situación política impidió su retorno inmediato, ya que el usurpador Máximo, en su lucha por el poder contra Teodosio, había bloqueado los puertos de Roma. Así pues, Agustín y su grupo, dentro del que se encuentra su madre, Mónica, su hijo, Adeodato, y su amigo Alipio, deben permanecer en la ciudad portuaria un tiempo, en el que son acogidos en el seno de la rica familia cristiana de los Anicios. Es allí donde muere su madre, Mónica, acontecimiento que relata con gran emotividad en Conf . IX 8-12. El año siguiente lo pasará en Roma casi hasta el final, dedicándose a la refutación del maniqueísmo y esperando el levantamiento del bloqueo, momento en el que se embarca hacia Cartago. De ese año datan De quantitate animae , el libro I de De libero arbitrio , y entre 388 y 389 escribe De moribus ecclesiae catholicae et de moribus Manichaeorum, De Genesi contra Manichaeos y De diversis quaestiones . En torno a estas fechas suele datarse también el De musica 4 .
El regreso a África coincide con un replanteamiento de la vida por parte de Agustín, ya que, un tanto a su pesar, no podrá dedicarla a un retiro filosófico como el que disfrutó en Casiciaco, sino que se verá inmerso en la participación activa dentro de la estructura de la Iglesia Católica. Asimismo, allí se reencuentra con viejos conocidos, entre ellos los maniqueos, ahora secta perseguida, y con los que mantendrá intensas polémicas. Continúa su actividad como escritor, publicando en 389 De Magistro. De vera religione fue compuesto entre 389 y 391. En torno a estos años se produce la pérdida de su hijo Adeodato.
Tras pasar un tiempo en Cartago, en 391 funda el primer monasterio agustiniano en Tagaste, dentro de la parte de la finca familiar que le correspondía por herencia, donde se establece con otros personajes de ideales semejantes como su amigo Alipio, que pronto se convertiría en obispo de Tagaste. Entre ese año y el siguiente compone sus De utilitate credendi y De duabus animabus contra Manichaeos . Los libros II-III de De libero arbitrio aparecieron también en torno a esta fecha 5 . Ese mismo año Agustín es ordenado sacerdote por el obispo de Hipona, Valerio, de origen griego y que tenía algunos problemas para expresarse en latín. En una época en la que la influencia donatista 6 se hallaba en su apogeo en la región, por lo que para la Iglesia Católica, asediada también por el maniqueísmo, eran esenciales figuras de la elocuencia y capacidad dialéctica de Agustín. Éste, como antiguo maniqueo, era uno de los pocos capaces de argumentar sólidamente contra dicha secta, y en 392 se enfrenta en público debate a su principal líder, Fortunato, al que derrota en la discusión, y como resultado de la misma publica los Acta contra Fortunatum Manichaeum . Asimismo comienza las Enarrationes in psalmos , concretamente las relativas a los 32 primeros. En 393 se celebra el concilio de Hipona, donde impresiona a los obispos allí reunidos. De este año datan De fide et symbolo y De Genesi ad litteram imperfectus liber . En 394 escribe De sermone Domini in monte , y entre ese año y el siguiente suelen datarse las Epistulae ad Romanos inchoata expositio, Expositio epistulae ad Galatas y De Mendacio . En 395 es consagrado como sucesor de Valerio en la sede episcopal de Hipona, al que sucedería tras su muerte, que se produjo poco después. Su actividad literaria es también incesante, pues, aparte de una serie de obras de carácter polémico y exegético, así como una rica correspondencia con diversos personajes, como Paulino de Nola, entre otros muchos, hay que destacar la publicación en torno al año 397 de las Confesiones , biografía introspectiva en la que analiza sus vaivenes espirituales y la trayectoria intelectual que le llevó a su conversión definitiva y al obispado de Hipona. Entre ese año y el siguiente aparece también De agone christiano y comienza la redacción del De doctrina christiana , que no terminará hasta 426-427. De esta época datan también obras tan importantes como De catechizandis rudibus (399-400) y De Trinitate (399-419), De consensu evangelistarum (400), De bono coniugali (401) y De Genesi ad litteram (401). Participa asimismo en diversos concilios celebrados en Cartago y centrados en el problema del donatismo, hasta que en 412 se promulga un edicto contra sus partidarios en el que se ordena su disolución, así como la entrega de sus iglesias y sedes episcopales a los católicos.
Si la historia de la Iglesia de la época resulta tormentosa, no lo es menos la del propio Imperio Romano, inmerso en continuas crisis internas y amenazado por los bárbaros desde el exterior. En 410 se produjo el saqueo de Roma por parte de las hordas de Alarico. Miles de refugiados huyeron a tierras africanas contando terribles historias. Esta situación tuvo sus consecuencias en materia religiosa. Por un lado, en África los donatistas se envalentonaron ante la tolerancia mostrada por las autoridades hacia su grupo, aunque, finalmente, tras la collatio , o conferencia de 411, presidida por Flavio Marcelino, se da la victoria católica definitiva, y los donatistas se verán sometidos a una dura represión. Por otro, en Roma, se produce una reacción pagana contra la nueva religión a la que acusan de lo ocurrido, reacción que trasciende a África llevada por algunos aristócratas paganos que llegaron allí huyendo de los bárbaros. Surgen además otros problemas en la Iglesia Católica, como el planteado por el pelagianismo, doctrina defendida por Pelagio, originario de Britania y que llegó a África en 411 acompañado de su compañero Celestio. Los pelagianos negaban frente a los católicos la existencia del pecado original y minimizaban el papel de la gracia en la salvación del alma, ya que concebían al ser humano capaz de luchar por sí solo contra el pecado. Agustín no tarda en dar su respuesta en su obra fundamental De Spiritu et littera de 412 7 . Es en este contexto en el que se produce la publicación en 413 de los tres primeros libros del De civitate Dei . Entre 413 y 415 aparece De natura et gratia y en 415 había concluido la redacción de los libros IV-V del De civitate Dei . Un año después acude al Concilio de Mileve, en el que se condena a Pelagio y Celestio.
Los años siguientes continúa polemizando contra todo aquello que se alejase de la doctrina católica, y especialmente contra un personaje capaz por su formación y por sus dotes dialécticas de ponerse al nivel de Agustín, Juliano, que fue obispo de Eclamo y defensor del pelagianismo. Al mismo tiempo continúa publicando incesantemente: los libros VI-X del De civitate Dei están terminados en 417, y el resto de los libros entre esa fecha y el 426. Mientras tanto, el año 419 es el término post quem para la conclusión del De Trinitate . Los últimos años de su vida continúa trabajando en sus obras y en su labor como obispo. El 26 de septiembre de 426 nombra a Heraclio sucesor en su sede episcopal y delega en él parte de sus funciones. Entre 426 y 427 compuso De gratia et de libero arbitrio, De correptione et gratia y Retractationes . Muere el 28 de agosto de 430 en Hipona mientras la ciudad se hallaba sitiada por los vándalos. Hasta el último año de su vida continuó escribiendo epístolas y pronunciando sermones de los que hoy poseemos importantes testimonios escritos.
FORMACIÓN
Uno de los aspectos de la figura de Agustín que mayor interés ha despertado entre los estudiosos es el de su formación, especialmente en lo que se refiere a su conocimiento de los clásicos. Uno de los especialistas que han abordado la cuestión con mayor rigor ha sido MARROU 8 , cuya obra será la base de esta parte de la introducción. Según MARROU 9 Agustín fue tanto un representante de la cultura de su tiempo como un ilustrado de la decadencia. Su formación intelectual no sólo es análoga a la de Jerónimo o Símaco, sino, mutatis mutandis , a la de sus contemporáneos en lengua griega, paganos como Temistio o Libanio, o cristianos como Juan Crisóstomo. Se trata de una cultura esencialmente literaria, fundada sobre la gramática y la retórica, cuya finalidad esencial era la formación como orador. Esta cultura oratoria no es creación de su tiempo, sino que, en sus rasgos básicos, ya se había impuesto al menos desde la generación de Cicerón, y dentro de la misma el estudio de determinados autores clásicos era un elemento esencial. En lo que se refiere a los latinos, como indica MARROU 10 , Agustín sólo comenta haber conocido en sus tiempos de estudiante a Virgilio (Conf . I 13), Terencio (Conf . I 16) y Cicerón (Conf . III 4), autores habituales en el sistema educativo de la época, pero la lista puede ser completada a través de otras alusiones que se producen a lo largo de su extensa obra. Entre los poetas cita a Horacio, Lucano, Persio, Ovidio, Catulo, Juvenal entre otros, aunque MARROU plantea la posibilidad de que los hubiera leído a través de antologías. Asimismo, Agustín en Conf . I 14 menciona al poeta griego por excelencia, Homero, al que se vio obligado a memorizar sin llegar a comprender. Entre los prosistas, aparte de Cicerón 11 , destacan Séneca, Apuleyo y Salustio, único historiador clásico estudiado regularmente en las escuelas, aparte de las colecciones de Facta et dicta memorabilia o de ciertos resúmenes y epítomes 12 . La enseñanza filosófica de la época se limitaba a la explicación de las Categorías de Aristóteles, a la lectura y comentario de los diálogos de Cicerón y a la exposición sobre sectas y autores con sus opiniones y anécdotas. Por ello, tras su «conversión a la filosofía» despertada por la lectura del Hortensius de Cicerón (Conf . III 4, 7-8), debió ampliar sus lecturas personalmente 13 . Desgraciadamente, como indica TESTARD 14 , es difícil conocer la influencia de esta obra en Agustín porque se conserva fragmentariamente 15 .
Agustín además demuestra una extensa cultura sobre etimología, mitología o religión antigua que adquirió mediante la lectura de Varrón, mientras que sus conocimientos sobre ciencias naturales en general son de origen libresco, y la mayoría se encuentran en Plinio o Solino 16 . Otro elemento a tener en cuenta es su afición por la astrología, aunque pronto cae en el escepticismo (Civ . V 1-8) 17 .
En cuanto a la literatura cristiana, según MARROU 18 no conoció bien la patrística griega, pues, según parece, no podía leerla directamente, y las traducciones eran escasas. El autor mejor conocido en Occidente era Orígenes, pero generalmente de forma indirecta. Parece ser que conoció más en profundidad a Basilio, Gregorio Nacianceno y Juan Crisóstomo, parte de cuyas homilías leyó traducidas al latín, aunque en ocasiones remite al texto original. Entre los africanos conoce bien a Tertuliano aunque no osa invocar a menudo a esta autoridad sospechosa. También conoce en profundidad a Cipriano y a Optacio de Mileve, su primer guía en la controversia donatista. Entre los europeos su autor favorito es Ambrosio de Milán. Asimismo, se interesó por el estudio de los escritos heréticos de maniqueos, donatistas, pelagianos o arrianos, para una mejor refutación de los mismos.
Muy controvertida es la cuestión de su conocimiento del griego, que algunos autores prácticamente niegan 19 mientras que otros aceptan 20 . ANGUS 21 , en uno de los primeros estudios sistemáticos sobre las fuentes clásicas de Agustín, considera que su conocimiento del griego bíblico era limitado, muy pequeño el del patrístico, y aparentemente nulo el del clásico. MARROU 22 , en la misma línea, aunque matizando tan tajantes afirmaciones, tras comentar los testimonios del propio autor, concluye que los textos permiten atestiguar cierto conocimiento de la lengua, pero no una verdadera maestría o una familiaridad con la literatura y el pensamiento helénicos. Agustín apenas consiguió asimilar los autores que estudió en su infancia con el grammaticus . Sus lecturas de Platón y Aristóteles proceden de traducciones latinas, y en la época en que escribió De civitate Dei y releyó las Enéadas de Plotino su conocimiento del griego no pudo haber mejorado hasta el punto de poder leerlas en su lengua original. Parece ser que Agustín normalmente leía en latín y que acudía a los originales griegos sólo para enmendar el texto latino. Todos estos datos le llevan a la conclusión de que la cultura intelectual de Agustín era totalmente latina. Dichas conclusiones no dejaron de crear polémica 23 , y tras el posterior estudio de COURCELLE , que analiza los avances de Agustín en el conocimiento de dicha lengua desde un punto de vista cronológico 24 , el propio MARROU debió matizar sus opiniones en una retractation 25 . Parece ser que Agustín entre 400 y 415 perfeccionó su conocimiento del griego, y que hacia esos años era capaz de traducir directamente las citas de las Enéadas de Plotino, aunque, en opinión de MARROU , el estudio de COURCELLE no modifica sensiblemente la valoración del conocimiento de los clásicos y los padres de la iglesia, mucho más limitado. En definitiva, a partir de 415-6 Agustín adquirió un conocimiento suficiente del griego para poder comparar una traducción latina con su original. Incluso es capaz de traducir textos breves y sencillos directamente, pero esto no significa que llegara a dominar dicha lengua.
DE CIVITATE DEI
OCASIÓN DEL DE CIVITATE DEI
El 24 de agosto de 410 se produjo un hecho que conmocionó a los habitantes del Imperio Romano, la entrada en la mismísima Roma de las hordas de Alarico, que durante tres días se entregaron al saqueo y a la destrucción, y tras los cuales abandonaron la ciudad cargadas con un inmenso botín. A pesar de que las invasiones de tribus bárbaras eran habituales en todo el Imperio, y que el propio Alarico ya había cruzado los Alpes entre 401 y 402, la población todavía creía en cierto modo en la inmortalidad de una ciudad que, a pesar de haber perdido su importancia política de antaño, continuaba siendo un símbolo. Ante tal acontecimiento las actitudes personales diferían según se tratase de cristianos, algunos de los cuales llegaron a creer en la proximidad del fin del mundo, o paganos, que veían en la invasión un castigo de los dioses tradicionales por haberse abandonado su culto 26 . Dichos reproches a la religión cristiana fueron conocidos en África a través de los refugiados que huyeron de Roma para embarcarse hacia allí en busca de seguridad. Agustín en Retract . II 43, 1, indica que el motivo que le impulsó a escribir De civitate Dei fueron precisamente los ataques de los paganos hacia la religión cristiana y sus deseos de restituir el paganismo:
Entretanto, Roma fue devastada por la invasión y el fuerte ímpetu destructivo de los godos, que actuaban a las órdenes del rey Alarico; los adoradores de la multitud de dioses falsos, a los que designamos habitualmente con el nombre de paganos, en su intento de achacar dicha devastación a la religión cristiana, comenzaron a blasfemar contra el Dios verdadero con mayor dureza y acritud que de costumbre. Por este motivo, yo, ardiendo en celo por la Casa de Dios, decidí escribir los libros Sobre la ciudad de Dios para hacer frente a sus blasfemias o errores.
Pero la mayor parte de la crítica coincide en señalar que De civitate Dei no es una obra ocasional. TE SELLE 27 ve en la misma un ataque total al sistema de valores de Roma y de la civilización clásica. LANCEL , por su parte 28 , considera que su diseño excede en gran medida la respuesta concreta a los ataques paganos motivados por los acontecimientos del año 410. Su génesis fue un proceso extremadamente complejo que requiere una explicación más detallada. Como indica BARDY 29 , Agustín planeaba desde hacía largo tiempo escribir una obra como ésta, en la que, aparte de la polémica frente a los ataques a la religión cristiana provocados por la caída de Roma y de la refutación del pensamiento pagano en todos sus aspectos, pudiera ofrecer su particular concepción de la historia, y escribir sobre la ciudad de Dios, o, mejor dicho, sobre las dos ciudades que se reparten en el presente el imperio del mundo. De otro modo, según el propio BARDY , no se explicaría la necesidad de Agustín de responder a las críticas paganas ante un acontecimiento histórico puntual mediante una obra de gran extensión, en la que se une la historia del universo, la creación de los ángeles y el devenir de la humanidad desde su creación. En definitiva, De civitate Dei es mucho más que una obra apologética, aunque beba de dicha tradición. Es la culminación del pensamiento agustiniano, en el que la explicación de la historia se basa en su concepción de un Dios providencial y presciente, sin menoscabar por ello el libre arbitrio, y en la que todos los detalles encajan dentro de un plan teleológico que trata de explicar en estos 22 libros.
PUBLICACIÓN
La redacción de De civitate Dei se produjo en un dilatado periodo de tiempo, entre los años 412 y 426 aproximadamente. Agustín no pudo trabajar en su obra de manera continuada, ya que sus múltiples ocupaciones como obispo y las polémicas de carácter religioso se lo impidieron (Retract . II 43, 1). En ocasiones resulta difícil establecer una datación del todo exacta de cada uno de los libros, y se plantean múltiples dudas sobre la forma en que se publicaron. De todos modos, una cronología generalmente aceptada es la siguiente:
—Agustín comienza la redacción de la obra en 412. Según BARDY 30 en 413, antes de la muerte de Marcelino, su destinatario, los tres primeros libros estaban concluidos y fueron publicados inmediatamente. Sabemos con certeza que comenzaron a circular entre 413-414, a partir del testimonio de uno de sus lectores 31 .
—Los libros IV-V fueron redactados entre 413-415 32 .
—Los libros VI-X, según testimonio de Orosio, estaban terminados en 417, año en el que el XI se hallaba en preparación 33 .
—El resto de los libros presenta, según LANCEL 34 una cronología más difícil de establecer. El libro XII es mencionado en De Trinitate XIII, IX 12, que no debe de ser muy posterior al 417. El libro XIV se halla en curso de redacción en 418 35 , y, como indica BARDY 36 , es citado en Contra adversarium legis et prophetarum , en torno a 420. Los libros XV-XVI podrían fecharse entre 419-420 37 , y el XVIII en 424 o 425, según LANCEL 38 . Lo que sí es seguro es que en 426, cuando escribe sus Retractationes , la obra estaba terminada 39 .
La publicación de la misma se realizó en diversas fases 40 . Los tres primeros libros se publicaron aparte. Una segunda edición de 415 contenía los cinco primeros. En 417 aparece otra con los diez libros que constituyen la primera parte de la obra. En 418 o 419 en una de sus cartas 41 Agustín señala que ha acabado los libros XI-XIII y que el XIV está en curso de redacción. De ahí se puede concluir que, o bien publicó el XIV con esos tres libros o con el resto de lo escrito hasta el momento. Finalmente, llega a la publicación de la obra completa, aunque no sabemos si cada uno de los libros tuvo una edición aparte. Cuando la obra fue terminada, Agustín realiza una revisión del conjunto para asegurar su corrección, lo que explica la existencia de dos familias principales de manuscritos, L y C, de las que se hablará más adelante 42 .
PLAN Y ESTRUCTURA DE LA OBRA
Como se ha indicado, Agustín en su De civitate Dei no se limita a polemizar con los paganos sobre si el abandono de la religión tradicional fue la causa de los males que azotaban el Imperio Romano, y en concreto del saqueo de Roma por parte de Alarico, sino que responde a unos propósitos mucho más ambiciosos. Su estructura parece responder a un plan preconcebido, que diversos estudiosos como DEFERRARI Y KEELER 43 , ÁLVAREZ DÍEZ 44 , BARDY 45 , GUY 46 , STUDER 47 , O’ DALY 48 , LANCEL 49 , etc., han tratado de establecer tomando como punto de partida los testimonios que proporciona el propio Agustín a lo largo de su producción. Las principales fuentes se hallan en el mismo De civitate Dei, Retractationes y algunas de sus epístolas 50 . El primer testimonio sobre el que los especialistas han llamado la atención es el párrafo inicial de la obra:
He asumido la tarea, emprendida en cumplimiento de la promesa que te hice, queridísimo hijo Marcelino, de defender la gloriosísima ciudad de Dios contra aquellos que prefieren a sus propios dioses antes que a su fundador, ya en el transcurso presente de los tiempos, en el que peregrina entre los impíos viviendo por la fe, ya en la estabilidad de la morada eterna que ahora espera con paciencia, hasta que la justicia se convierta en juicio , y que finalmente alcanzará mediante su supremacía en una victoria definitiva y una paz perfecta. Tarea ingente y ardua, pero Dios es nuestra ayuda.
Tras una lectura atenta del texto se aprecia que Agustín cuando comenzó su trabajo sabía perfectamente lo que quería hacer, y esto consistía no sólo en la refutación de los ataques paganos contra la religión cristiana, sino también en contar la historia de la gloriosissimam civitatem Dei , palabras con las que comienza el texto latino y que, como indica LANCEL 51 , anticipan claramente el argumento de los libros XI-XXII, especificando que se tendrán en cuenta las dos formas que ésta reviste, como peregrina en este mundo y en la gloria de la vida eterna. Asimismo, se alude al argumento principal de los libros I-X, la refutación del paganismo, a modo de largo excursus cuya función, según BARDY 52 , sería la de desbrozar el terreno antes de llevar a cabo la labor de construcción de la ciudad, pues el paganismo en el siglo V estaba todavía fuertemente enraizado, especialmente en ciertos círculos aristocráticos.
En cuanto al plan y la estructura de la obra, el análisis de los propios testimonios agustinianos lleva a interesantes conclusiones. En la mayoría de los libros del De civitate Dei se alude a estas cuestiones, muchas veces con la finalidad de que el lector tenga en todo momento una visión de conjunto de la obra y que no se pierda en la complejidad de la argumentación, aunque donde se le presta mayor atención es en I 35-36 53 :
(35) Lo cierto es que estas dos ciudades se hallan confundidas y mezcladas en este tiempo, hasta que sean separadas por el juicio final; acerca de su origen, su desarrollo y su obligado final expondré lo que creo que ha de decirse, en la medida en que me ayude la voluntad divina, para gloria de la ciudad de Dios, que brillará con más claridad al ser comparada con las demás.
(36) Pero todavía debo exponer algunos argumentos contra aquellos que atribuyen los desastres de la República Romana a nuestra religión, por la que se les prohibe ofrecer sacrificios a sus dioses. Pues es preciso recordar los muchos y grandes males que pudieran venir a la mente o parezcan suficientes para la argumentación soportados por aquella ciudad o las provincias pertenecientes a su imperio antes que sus sacrificios fueran prohibidos; todos ellos, sin duda alguna, nos los atribuirían si entonces nuestra religión hubiera brillado ante sus ojos o si les hubiese prohibido sus cultos sacrílegos. Después se debe mostrar por qué costumbres suyas y por qué causa el Dios verdadero, bajo cuyo poder están todos los reinos, se dignó ayudarles para aumentar su imperio, y cómo no les ayudaron en nada aquellos a los que consideran dioses y, aún más, cuánto les perjudicaron con sus fraudes y engaños. Finalmente se hablará contra aquellos que, aun refutados y rebatidos por pruebas evidentísimas, se esfuerzan en sostener que debe rendirse culto a los dioses no por la utilidad en esta vida presente, sino por la que llegará después de la muerte. Esta cuestión, si no me engaño, resultará mucho más laboriosa y merecedora de una discusión más sutil, dado que en ella incluso se discute contra fdósofos, y no cualesquiera, sino contra quienes son famosos entre ellos por su excelente reputación, y coinciden en muchas cuestiones con nosotros, como en la inmortalidad del alma, en que el Dios verdadero creó el mundo, y en su providencia, con la que gobierna el universo que creó. Pero, puesto que también se debe rebatir a éstos en aquellas cuestiones en las que piensan de forma contraria a nosotros, no debemos faltar a esa tarea, para, una vez refutadas las contradicciones impías con las fuerzas que Dios nos conceda, consolidar la ciudad de Dios, la verdadera piedad y el culto a Dios, único en el que se promete verazmente la felicidad eterna. Así pues, sea esta la extensión del presente volumen, para abordar la continuación de nuestro proyecto en una nueva introducción.
El pasaje de las Retractationes de mayor interés es II 43, 1-2, donde el autor indica que los diez primeros libros se dedican a refutar las opiniones paganas y los doce siguientes a exponer las propias, explicando además con detalle el esquema de cada una de estas dos partes de su obra. El resto de las referencias son alusiones incidentales, o explican el propósito de uno o dos libros más que del conjunto, y que coincide en gran medida con lo expuesto en Civ . I 35-36 54 . Una lectura atenta de estos pasajes permite reforzar la idea anteriormente expuesta de que Agustín seguía un plan preconcebido cuando comenzó la redacción de su obra.
Dicha lectura ha ayudado asimismo a establecer el esquema de la obra, que según autores como MARROU 55 , ÁLVAREZ DÍEZ 56 , BARDY 57 o LANCEL 58 , se halla dividida en dos partes, una negativa, polémica contra los paganos (I-X), subdividida en dos secciones, la primera, constituida por los libros I-V en la que se trata de demostrar que los dioses no aseguran a sus adoradores los bienes materiales, la segunda, por los libros VI-X, donde se defiende que todavía menos la prosperidad espiritual.
Dentro del primer subapartado, el libro I se dedica esencialmente a responder de forma general a las acusaciones contra la religión cristiana, que, al prohibir el culto de los dioses paganos, trajo tantos males a Roma, especialmente el saqueo de Alarico en 410. En los libros II-III continúa argumentando contra los enemigos de los cristianos mediante una recopilación de desastres sufridos en Roma antes de la prohibición del culto pagano. Muestra además que los falsos dioses no se preocupan de apartar a las personas de los males morales y espirituales, sino que agravan su ruina. Los males recogidos en II son de índole moral, mientras que en III son de carácter físico. El libro IV se ocupa de demostrar que los dioses paganos en modo alguno ayudaron a la expansión del Imperio Romano, sino que la causa de ello fue la providencia del Dios verdadero. Finalmente, el libro V continúa tratando la cuestión del auge de Roma, rechazando que éste se hallase escrito en los astros. A partir de ahí se ocupa de refutar el valor de la astrología y la existencia del fatum , frente a lo cual defiende al mismo tiempo el libre arbitrio y la presciencia divina. El capítulo concluye con un panegírico al emperador Teodosio 59 .
En el segundo subapartado, los libros VI-VII se centran en demostrar la inutilidad de los dioses tradicionales romanos para aportar a sus adoradores beneficios de tipo espiritual, y mucho menos la vida después de la muerte, utilizando como base de su crítica la teología descrita por Varrón en sus Antiquitates rerum divinarum . En el VIII se debate sobre teología con los filósofos, esencialmente con los platónicos (VIII 1) y se trata la cuestión de los démones, cuestión sobre la que continúa argumentando en el libro IX. En el X, Agustín, para concluir, demuestra que los espíritus buenos desean adorar a un solo Dios, por el que fueron creados.
La segunda parte de la obra (libros XI-XXII) es positiva, y en ella Agustín ofrece una explicación cristiana de la historia 60 . Ésta se halla subdividida en tres secciones: origen de la ciudad de Dios, de la creación del mundo al pecado original (XI-XIV); historia de las dos ciudades que progresan una con la otra y, por así decirlo, una dentro de la otra (XV-XVIII); los finales de las dos ciudades (XIX-XXII).
Dentro de la primera parte, en el libro XI se discute cómo la fundación de las dos ciudades parte de las diferencias entre los ángeles, en el XII se demuestra que no resulta incoherente hablar de una sociedad de dioses y hombres, y que no hay cuatro ciudades distintas, sino una de buenos y otra de malos (dioses y hombres). Habla de la génesis de la parte de la ciudad que está compuesta de hombres mortales y trata sobre el problema del origen del mundo y la raza humana. En el XIII se discute la caída del primer hombre y la propagación de la muerte, y en el XIV se explican las dos clases de sociedad humana, la que vive según el espíritu o la que lo hace según la carne.
En el apartado siguiente, tomándose como fuente el relato bíblico, el libro XV trata la historia desde la aparición del primer hombre; el XVI, el curso de las dos ciudades tras el diluvio; el XVII, desde el reinado de David hasta Abraham, y el XVIII, desde Abraham al fin del mundo.
Dentro ya del último apartado, en el libro XIX se explican las razones por las que se busca la felicidad en esta vida y la diferencia entre los vanos sueños que ofrecen los filósofos y la esperanza que da Dios en la vida eterna. En el XX se trata sobre el juicio final; en el XXI, sobre la naturaleza del castigo de los malvados, y en el XXII, sobre la eterna beatitud de la ciudad de Dios.
Un problema relativo a la estructura de De civitate Dei es el de la composición, que debido a los continuos saltos, digresiones y desvíos respecto a ese plan general que se ha trazado, algunos autores han considerado defectuosa 61 . MARROU 62 , en cambio, prefiere matizar este tipo de afirmaciones, que parten de unos criterios sobre la composición que no coinciden con los propios de la Antigüedad, sino con los contemporáneos, y señala que muchos elementos que se han criticado en Agustín aparecen también en autores como Séneca.
FUENTES
La redacción de una obra de la envergadura del De civitate Dei exigía la utilización de un gran número de fuentes de todo tipo, desde los autores clásicos que Agustín o bien conocía a través de su formación escolar o sus posteriores lecturas, o bien consultó ex professo , hasta la literatura cristiana y los propios textos bíblicos. Del estudio de dichas fuentes se han ocupado un buen número de especialistas. Entre los primeros trabajos destacan los un tanto anticuados pero todavía útiles de FRICK 63 y ANGUS 64 . También presentan interés aquellos que tratan sobre la relación entre Agustín y algún autor determinado, como Cicerón 65 , Virgilio 66 , Salustio 67 , etc. Para lo relativo a las fuentes clásicas en general resulta imprescindible la consulta de la obra de Hagendahl 68 . A dichas fuentes nos referiremos a continuación.
Fuentes poéticas
Angus 69 ya señaló la presencia en los diez primeros libros del De civitate Dei de citas de los siguientes poetas: Claudiano, Enio a través de Cicerón, Horacio, Lucano, Persio, Terenciano Mauro, Terencio, Valerio Sorano, y Virgilio. Evidentemente, no todos ellos tuvieron el mismo relieve en la obra agustiniana. Según Hagendahl 70 el conocimiento de Agustín de los poetas arcaicos era muy limitado. Algunos autores eran para él sólo nombres, como Nevio y Cecilio, otros como Enio son citados a partir de otras fuentes, como Cicerón o Varrón. De los dramáticos parecía conocer sólo a Terencio, que, como se ha indicado, pertenecía al currículo escolar, y es utilizado como fuente de exempla 71 . En cuanto a los poetas clásicos es Virgilio el que adquiere mayor relieve. Virgilio, al igual que Terencio, formaba parte del canon escolar y su presencia en la literatura cristiana, como indica Hagendahl 72 , era habitual en autores como Lactancio, Jerónimo y el propio Agustín, que recuperan el uso propio de la prosa de Cicerón y Séneca de citar versos literalmente. Según HAGENDAHL 73 , Virgilio es para Agustín el verdadero exponente del carácter romano. En De civitate Dei es utilizado sobre todo para contraponer determinadas actitudes cristianas a las tradiciones y concepciones romanas, por ejemplo en los primeros capítulos de la obra, cuando Agustín compara la conducta de Alarico con la de los griegos en Troya. Los bárbaros cristianizados respetan los templos cristianos, mientras los griegos en Troya hicieron lo contrario, y todo ello para demostrar la impotencia de los dioses paganos en la defensa de las ciudades y frente al hecho de ser conquistados, a fin de refutar la opinión de los paganos de que Roma fue tomada en 410 por haberse abandonado la religión tradicional. Como señala el propio Hagendahl, ningún otro apologeta hizo un uso similar de Virgilio.
Horacio ocupa en Agustín el tercer lugar entre los poetas latinos. En cuanto al modo en que éste lo conocía los especialistas difieren, pues mientras que, como se ha visto anteriormente, MARROU 74 opina que lo leyó en una antología, HAGENDAHL defiende un conocimiento directo de al menos las Sátiras y las Epístolas 75 . La influencia de Ovidio fue poco relevante, aunque parece conocer al menos las Metamorfosis , citadas en Civ . XXII 24 (Met . I 84-6). En cuanto a la poesía de época imperial, según HAGENDAHL , el autor más citado es Juvenal 76 . Persio interesa por su carácter moralizante y el pasaje más largo citado es el de la sátira III 66-72 en Civ . II 6. Claudiano es citado en Civ . V 26 77 , en uno de los raros casos en que Agustín presta atención a un acontecimiento histórico contemporáneo, la victoria de Teodosio sobre el usurpador Eugenio.
Fuentes historiográficas
Como indica BARDY 78 , a Agustín no le interesa el conocimiento del pasado en sí mismo, sino que la historia constituye para él un argumento apologético. Por ese motivo, los autores que más le interesan son aquellos que, o bien, proporcionan ejemplos útiles para su argumentación, como Livio y sus epítomes, o bien se dedican a la reflexión sobre cuestiones morales relacionadas con la historia de Roma, para lo cual la fuente principal es Salustio, uno de los autores más citados en De civitate Dei , y muy admirado por el obispo de Hipona 79 . Dicha admiración no es de extrañar, dado que el pensamiento de Agustín presenta muchos puntos en común con el de Salustio, como su pesimismo en la concepción de la historia de Roma.
Como indica HAGENDAHL 80 , si Agustín adoptó el punto de vista de Salustio sobre la historia de Roma, su conocimiento de los hechos parte de la tradición de Livio. Pero el estudio de dicha tradición plantea el problema, agravado por el hecho de que gran parte de su obra se ha perdido, de si Agustín utilizó directamente el original, como sostiene ANGUS 81 , empleó un epítome, como defiende AY 82 o recogió los datos sobre la historia de Roma de autores comentados en las escuelas como Virgilio, Salustio y Cicerón, y de colecciones de exempla, prodigia y memorabilia , teoría presentada por CALABI 83 . Dicha teoría es criticada por HAGENDAHL 84 , para quien Livio es la fuente principal, complementada por Floro, aunque no se le mencione, y Eutropio.
Finalmente, en lo que se refiere a la historiografía imperial, según HAGENDAHL 85 , Agustín no da muestras de conocer a Tácito, Suetonio o Amiano, y sólo menciona el epítome de Justino de las Historiae Philippicae de Pompeyo Trogo. Para la historia de otros pueblos, como el judío, utiliza la crónica de Eusebio en su traducción de Jerónimo.
Cicerón
De la importancia de Cicerón en la formación de Agustín ya se ha tratado anteriormente 86 . Según TESTARD 87 De civitate Dei es la obra agustiniana donde las referencias a Cicerón son más abundantes. Dichas referencias se concentran sobre todo en la primera parte. La obra más citada es De republica , para el establecimiento de cuyo texto Agustín continúa siendo una de las principales fuentes. Aparecen además citas de los Academica 88 , De natura deorum 89 , Tusculanae disputationes, De divinatione y De fato , obra que utiliza pero no menciona. La traducción del Timeo es citada sobre todo en Civ . VIII-XIII y XXII.
Como indica HAGENDAHL 90 , la presencia de Cicerón en Agustín no se limita a las citas directas. Existen además multitud de préstamos anónimos y reminiscencias debidas en último término al Arpinate. De él se toman datos relativos a los filósofos griegos y sus opiniones, y, aunque algunos de ellos son lugares comunes, Cicerón, es la principal fuente para la filosofía griega. Su influencia fluctúa durante la actividad literaria de Agustín y es en De civitate Dei donde cobra su máxima importancia. Incluso algunas de sus obras, como De divinatione o De fato no fueron utilizadas anteriormente, sino que fueron consultadas para ese propósito concreto.
Varrón
Como indica ANGUS 91 los escritos de Varrón son la fuente principal de los libros IV, VI y VII del De civitate Dei 92 . Agustín los utiliza especialmente en su exposición sobre la religión romana, aunque también en determinadas cuestiones de historia primitiva de Roma. Esta utilización de la fuente varroniana presenta el interés añadido de que, al hallarse su obra perdida, es precisamente a partir de las citas que aparecen en Agustín y en otros autores cristianos como ha sido posible su reconstrucción. De especial interés fueron las Antiquitates rerum humanarum et divinarum 93 , cuya estructura conocemos precisamente a través de un pasaje introductorio que parafrasea el propio Agustín 94 . Son las Antiquitates rerum divinarum las que más interesan a Agustín, y dentro de éstas su exordium y los tres últimos libros de diis (XIV de diis certis , XV de diis incertis , XVI de diis praecipuis atque selectis) .
Este uso de Varrón como principal fuente sobre religión romana podría llamar la atención en un principio, ya que se trata de un autor que en su época escribía como un anticuario cuya intención era que determinados dioses y elementos del culto ya en desuso no cayeran en el olvido por la desidia de sus conciudadanos (vid . frg. 2 a Cardauns, apud Civ . VI 2), así que cuando escribía Agustín aún reflejarían en menor medida el paganismo de su tiempo. Sin embargo, como indica BARDY 95 , Agustín en los primeros libros se interesa sobre todo por los orígenes de Roma, y su intención no era describir el paganismo de su tiempo, sino la religión tradicional de sus ancestros, de aquellos que pusieron las bases de la grandeza de Roma, y que necesitaba desmontar desde su base. Asimismo, es preciso tener en cuenta la gran consideración de la que la autoridad varroniana gozaba entre los círculos paganos cultos de su época, con los que Agustín polemiza en su obra 96 .
Fuentes filosóficas
Aparte de Cicerón y Varrón, cuyo De philosophia es utilizado en Civ . XIX, se observa la presencia de otras fuentes filosóficas, entre las que destacan Apuleyo y Séneca.
Según HAGENDAHL 97 Apuleyo es el autor postclásico más importante en Agustín. En Civ . VIII 12 lo incluye entre los filósofos platónicos, y es precisamente en los pasajes en los que se discuten aspectos del neoplatonismo donde se utiliza en mayor medida 98 . Por otra parte, ANGUS 99 y HAGENDAHL 100 observan la presencia de citas del Asclepius , dentro de la doctrina de Hermes Trismegistos, tomadas de una traducción latina que, por razones desconocidas, en la tradición manuscrita aparece vinculada a los escritos filosóficos de Apuleyo.
La actitud agustiniana hacia Séneca es objeto de discusión entre los estudiosos. HAGENDAHL 101 la considera cuando menos enigmática, frente a la elevada consideración propia de los primeros escritores cristianos 102 . En ocasiones actúa cono si no conociera su obra en profundidad, a pesar de que, según BARDY 103 , leyó sus principales diálogos. Frente a BARDY , HAGENDAHL considera que Agustín no se sintió interesado por sus obras, salvo por el De superstitione , hoy perdido. Otros autores, como MASTANDREA 104 , llegan más lejos y observan una clara aversión hacia su figura, mientras que OROZ RETA 105 señala por un lado, la presencia de ciertos reproches porque no hubiera renunciado a la religión pagana en Civ . VI 10, pero en ningún momento una crítica sistemática.
Otras fuentes
Aparte de los autores ya citados, Agustín utilizó otras fuentes de diverso carácter para propósitos más concretos. Los datos sobre historia natural pudo tomarlos de Plinio el Viejo, aunque, como indica HAGENDAHL 106 , todas las referencias proceden del libro VII de su Naturalis Historia , por lo que tal vez fue el único que utilizó, y el resto de los datos los tomó del epítome de Solino o de algún intermediario entre éste y Plinio. Por otra parte, resulta difícil probar si utilizó a Valerio Máximo, del que, aparte de la presencia de lugares comunes, se observan posibles paralelismos en Civ . IV 19 (Val. Máx., I 8, 4) 107 . Entre los anticuarios, se hallan citas de Cornelio Labeón y Aulo Gelio. HAGENDAHL 108 halla también reminiscencias de Quintiliano, y citas de Séneca el Rétor en Civ . XVI 20 (Contr . VI 3), y de una declamación anónima en Civ . I 19. Finalmente, es preciso tener en cuenta que la cultura enciclopédica de la que hace gala Agustín en todo momento fue adquirida además mediante la lectura de obras como la de Celso y de manuales de carácter escolar.
En cuanto a las fuentes griegas, dado el limitado conocimiento del autor de dicha lengua, se ha de pensar que en la mayoría de los casos recurrió a traducciones o a citas indirectas. Sabemos por él mismo que leyó a Homero en la escuela del gramático sin adquirir un gusto por el texto (Conf . I 14, 23). Uno de los pasajes homéricos que aparecen en De civitate Dei podría proceder de su memoria, pero no debe descartarse que lo tomase de algún comentario a Virgilio 109 . Agustín recurre más habitualmente a la cita indirecta 110 . Por otro lado, algunas historias como la de Arión de Metimna, cuya fuente era para COMBÈS Heródoto o Plutarco 111 , eran ya lugares comunes en la literatura latina, por lo que Agustín no tuvo necesidad de recurrir a dichos textos. Algo semejante sucede con los datos sobre filosofía, que tomó de Cicerón, Varrón, y otros autores latinos. Para HAGENDAHL 112 posiblemente parte de su conocimiento de filosofía griega procedía de manuales. Las Categorías de Aristóteles las leyó a partir de la traducción de Mario Victorino, pero no parece que haya leído otra obra suya 113 . En cuanto al conocimiento de Platón, BARDY 114 señala dos posibles vías. Una es la traducción ciceroniana del Timeo , la otra a través de los neoplatónicos Plotino, al que conocía sin lugar a dudas 115 , y Porfirio, cuya influencia es más discutida 116 .
Como se puede apreciar, Agustín demuestra en De civitate Dei un profundo conocimiento y un magistral manejo de las fuentes clásicas. Pero esta obra no puede entenderse sino dentro del trasfondo de una cultura y una tradición cristianas, cuyos textos iban alcanzando cada vez una mayor dignidad y calidad literaria. En ese sentido, es preciso destacar dos tipos de fuentes, la Biblia y la literatura cristiana, en especial la latina.
La literatura cristiana
Dentro de la literatura cristiana son los textos de carácter apologético los que mayor influencia ejercieron en De civitate Dei , especialmente en su primera parte. Como indica VEGA , «La Ciudad de Dios es una apología del cristianismo en el sentido riguroso de la palabra. Por eso no se la podrá comprender nunca a fondo si no se conoce este su carácter adecuadamente, tanto en sí como en relación a las apologías que la precedieron» 117 . A continuación Vega señala que sin lugar a dudas Agustín utilizó especialmente aquellas escritas por autores cristianos, como Tertuliano, Cipriano, Arnobio y Lactancio. Con ellos comparte importantes aspectos de método y de empleo de fuentes clásicas, y un ejemplo de ello es el uso de Varrón como base para la crítica de la religión romana antigua. Las diferencias, sin embargo, también son importantes, pues, como señala el propio VEGA 118 las circunstancias habían cambiado en gran medida, así como las acusaciones vertidas contra el Cristianismo. Asimismo, y como se ha indicado, De civitate Dei es mucho más que una obra apologética, por lo que en un estudio comparativo entre dicha obra y sus precedentes siempre quedarán éstas empequeñecidas ante la mayor riqueza y amplitud de miras de la misma.
Fuentes bíblicas
Agustín en su De doctrina christiana 119 habla de la Biblia como la base de toda la cultura cristiana 120 . Pero este texto, frente a las obras clásicas que el autor acostumbra a manejar, no constituye un mero objeto de conocimiento intelectual, sino que es el camino que conduce a la sabiduría 121 . No es de extrañar, pues, que en De civitate Dei el texto bíblico se halle omnipresente, y no sólo en la segunda parte de la obra, y en especial en los libros XI-XVIII, donde constituye la fuente principal del relato histórico que Agustín nos ofrece, sino que ya desde el primer parágrafo, en el que Agustín expresa su intención de narrar el devenir de la ciudad de Dios a lo largo de los tiempos, hallamos abundantes citas. BARDY 122 destaca la fidelidad de Agustín respecto al relato bíblico, que jamás pone en duda, como escritura inspirada por Dios.
Un problema muy controvertido es el de la versión de la Biblia manejada por Agustín, pues sus citas no coinciden en general con las de la Vulgata de Jerónimo, sino que proceden de veteres latinae , en las que el Antiguo Testamento se traduce de la versión griega de los Septuaginta , y el Nuevo Testamento de los originales griegos. Sabemos además que Agustín no conocía el hebreo y que cuando hay problemas de interpretación en algún pasaje recurre habitualmente a la versión de los Septuaginta , cuya autoridad respetaba hasta el punto de considerar profetas a sus autores, y no a la traducción latina de Jerónimo, realizada a partir del texto hebreo, que considera menos inspirada 123 . Establecer qué versión o versiones latinas pudo utilizar en cada momento es una ardua tarea que todavía no parece haber dado resultados satisfactorios, y la versión Ítala a la que el propio autor alude, no ha podido ser identificada 124 . Hay que tener en cuenta además que, como indica MARROU , a pesar de los prejuicios que mostraba hacia la misma, a partir de los años 394 y 400 Agustín comienza a adoptar la traducción de Jerónimo de los Evangelios, así como las de algunos libros del Antiguo Testamento 125 . Este dato es importante en el estudio del De civitate Dei , donde Agustín muestra conocer ambos textos y realiza una interesante labor comparativa y exegética de los mismos 126 .
Como se puede apreciar, los textos bíblicos presentan en De civitate Dei un tratamiento especial y diferenciado del resto de las fuentes. Son la base de su relato histórico, pero, al mismo tiempo, objeto de una importante labor exegética en la que en todo momento se acepta su carácter de escritura inspirada. No es de extrañar que en De civitate Dei predominen los textos de carácter profético, como parte de la polémica que Agustín mantenía con aquellos paganos cultivados de su época. Frente a toda su literatura, Agustín posee como argumento la palabra de Dios 127 .
AGUSTÍN Y LA HISTORIA. LAS DOS CIUDADES
Agustín en De civitate Dei propone una explicación de la historia diferente de aquella propia del pensamiento antiguo y más próxima a los postulados cristianos. Frente a una concepción cíclica del tiempo, que puede verse ya en el pensamiento mítico griego y oriental, y que adoptó buena parte de las escuelas filosóficas clásicas, el obispo de Hipona propone un tiempo histórico finito, creado, con comienzo y fin, en contraposición a la eternidad de su Dios creador. La historia aparece regida por la providencia y la gracia divinas, pero dentro de ella el ser humano posee en todo momento libertad de decisión 128 .
Para exponer su particular concepción de la historia Agustín recurre a la idea de dos ciudades antagónicas que nacen con ella y coexisten durante el devenir de la misma: la ciudad terrena y la ciudad de Dios, destinada esta última a prevalecer al final de los tiempos. Para comprender qué sentido le daba Agustín al término civitas y cómo concebía la civitas Dei es preciso acudir a toda una serie de antecedentes que se hallan tanto en el pensamiento clásico como en el cristiano 129 . Como señala TE SELLE 130 , el que Agustín recurra a la metáfora de la civitas se debe esencialmente a su multivalencia en el pensamiento político antiguo. Como es sabido, en el mundo griego se produjo una profunda reflexión sobre el concepto de ciudad como conjunto de ciudadanos regidos por unas mismas leyes y tradiciones, donde se incluyen los cultos religiosos, y, en un momento dado, los filósofos tratan de trazar las características de lo que sería una de carácter ideal. El punto de partida es la República de Platón, pero es en época helenística cuando el concepto se hace más integrador. A partir de ese momento la concepción de ciudad se amplía frente a la más restrictiva de la polis griega tradicional, especialmente en los estoicos. Según unos autores ésta constituirá la unidad de todo el género humano, para otros sólo de los hombres buenos, para otros de dioses y hombres, etc. Una visión restrictiva sería la que ofrecen los fragmentos de la República de Zenón 131 donde se presenta una visión del mundo como un Estado en el que se integran los dioses y los mejores hombres, poseedores de todas las virtudes, mientras que el estoicismo medio de Panecio y Posidonio extiende la ciudadanía a toda la humanidad. Esta universalidad se mantiene en el estoicismo transmitido por Cicerón 132 , Séneca 133 y Marco Aurelio 134 .
Sin embargo, las concepciones clásicas de ciudad no bastan para explicar las propias de Agustín. Según BARROW 135 , en Agustín la ciudad posee un carácter selectivo, pues se entra en ella por la gracia y el esfuerzo. Agustín construye su interpretación de la historia sobre su idea de ciudad de Dios, una forma de vida y actitud mental en el presente que es asimismo una esperanza para el futuro. La ciudad tiene existencia histórica y no es una mera abstracción sobre la razón universal como en el caso de los filósofos paganos. Para BARDY 136 , la originalidad de Agustín consiste en haber introducido la idea de un amor en virtud del cual cada persona puede libremente elegir la ciudad a la que pertenece. Esta concepción agustiniana de la civitas no se entiende sin recurrir a las escrituras 137 , tanto al Antiguo Testamento, donde según BARDY 138 , designa a Jerusalén en sentido propio, como al Nuevo, donde Jerusalén aparece en sentido figurado 139 , y especialmente al Apocalipsis, donde se opone la Jerusalén celeste a la Babilonia terrena 140 . Hay que tener en cuenta asimismo otras influencias procedentes del pensamiento cristiano, como la de Ambrosio de Milán 141 , y la del donatista Ticonio 142 .
La génesis de la contraposición entre las dos ciudades es en Agustín anterior a la redacción del De civitate Dei 143 . Textos como De libero arbitrio I XV, 31 —de 388—, y sobre todo De vera religione 27, 50 —de 390—, ya aluden a la existencia de dos tipos de personas, de dos categorías distintas en las que se puede distribuir el género humano: la de los impíos, y la del pueblo consagrado al Dios único. En las Confesiones se habla de los ciudadanos de la ciudad de Dios para referirse a los fieles de la Iglesia Católica (IV 15, 26) y para aludir a los ángeles, ciudadanos de la ciudad del cielo (XII 11, 12). Más adelante, en De catechizandis rudibus XIX 31 y 37 144 , Agustín ya menciona explícitamente las dos ciudades contrapuestas y caracteriza detalladamente a sus ciudadanos: los impíos, amigos del orgullo y del poder temporal frente a los santos espíritus que en su humildad buscan la gloria de Dios y no la suya. A partir de este momento Jerusalén es alegoría de la ciudad celeste como Babilonia lo es de la terrestre 145 . En las Enarrationes in Psalmos se observa ya una concepción completamente desarrollada sobre las mismas. De especial interés resulta el comentario del salmo 64, datable en 412 146 , donde se dice lo siguiente:
Conoced los nombres de estas dos ciudades, Babilonia y Jerusalén. Babilonia significa confusión, Jerusalén visión de paz. Dirigid ahora vuestras miradas hacia la ciudad de la confusión, para que comprendáis la visión de paz. Soportad aquélla, suspirad por ésta. ¿Cómo pueden conocerse estas dos ciudades? ¿Podemos acaso separarlas ahora una de la otra? Están mezcladas, y desde el mismo origen del género humano corren mezcladas hasta el final de los tiempos. Jerusalén tuvo su comienzo en Abel, Babilonia en Caín; lo cierto es que la edificación de ambas ciudades se hizo después.
Y más adelante continúa:
Dos amores construyen estas dos ciudades. El amor a Dios construye Jerusalén, el amor al mundo Babilonia. Pregúntese cada uno qué ama y descubrirá a qué ciudad pertenece. Si se reconoce ciudadano de Babilonia, arranque de sí la codicia y plante la caridad; pero si se descubre ciudadano de Jerusalén, soporte el cautiverio y espere la libertad 147 .
Como se puede apreciar, la evocación de las dos ciudades se realiza de un modo similar a como se hace al final del libro XIV del De civitate Dei , donde idénticamente se oponen los dos amores que crean las mismas, el amor a Dios (Jerusalén) y el amor al mundo (Babilonia). Así pues, Agustín en De civitate Dei no hace sino desarrollar de forma completa una serie de argumentos que ya aparecían en su producción anterior de forma constante, y que continúa tratando de forma paralela en otros textos redactados durante el largo periodo de tiempo que le ocupó su obra maestra.
La crítica moderna ha ofrecido interpretaciones muy diversas del pensamiento agustiniano sobre las dos ciudades. H. LEISEGANG 148 , a partir del análisis de Civ . XV 2 y su comparación con Gal . IV 21 desarrolla una teoría según la cual Agustín piensa en realidad en tres ciudades, una caelestis spiritalis , otra terrena spiritalis , y finalmente otra terrena carnalis , clasificación aceptada y desarrollada por VAN HORN 149 . La teoría ha sido criticada por diversos autores. Para BARDY 150 , resulta totalmente extraña a las afirmaciones de Agustín, y en su opinión sólo existen dos ciudades opuestas por sus destinos eternos, pero cuya realización no culmina hasta el juicio final. LAURAS considera que el pensamiento agustiniano ha ido evolucionando con el tiempo, y que en éste pueden distinguirse tres etapas: una en torno al año 400, en la que lo importante son las relaciones históricas entre Jerusalén y Babilonia, otra, en 410, donde domina la idea de que el cristiano, miembro de la Iglesia, es ciudadano de Jerusalén, pero pertenece físicamente a Babilonia, donde debe convivir con el pecado, y, finalmente, la etapa que precede a la redacción de la segunda parte del De civitate Dei , donde se hace hincapié en la confusión de ambas ciudades y la lucha de sus respectivos ciudadanos hasta el final de los tiempos. TE SELLE 151 , siguiendo a HAWKINS 152 y frente a VAN OORT 153 , que, a su modo de ver, enfatiza en exceso la idea de antítesis entre las dos ciudades, considera que éstas se entremezclan en la historia. A pesar de que somos hijos de Caín y de la ciudad terrena, es posible renacer en la ciudad de Dios por la inclinación natural al bien del ser humano. Es precisamente la ciudad terrena, y no una tercera, lo que se afirma por sus logros positivos y sus potencialidades para el bien futuro, y es así como las virtudes de Roma, la Babilonia contemporánea 154 , pueden servir de ejemplo para los ciudadanos de la ciudad de Dios, que, a pesar de haber renacido en ella, permanecerán vinculados a la ciudad terrestre hasta el final de los tiempos, cuando ambas se separen definitivamente.
LENGUA Y ESTILO
Sobre la lengua y estilo de Agustín contamos con abundantes estudios, entre los que es preciso destacar por su carácter general los de BALMUS 155 , MARROU 156 , BLANCO GARCÍA 157 , MOHRMANN 158 y GARCÍA DE LA FUENTE 159 . Este último, siguiendo estudios previos, especialmente los de MOHRMANN 160 , realiza una detallada descripción de las características lingüísticas de la obra de Agustín, destacando en primer lugar su concepción de la lengua como vehículo de comunicación de ideas, es decir, su carácter instrumental que hace que la eficacia prime en muchos casos frente al embellecimiento retórico. En Agustín el tipo de receptor y las circunstancias concretas de cada uno de sus escritos influye en gran medida en su lenguaje, y de ahí las diferencias entre obras como los Sermones y otras más elaboradas y dirigidas a un público culto como el De civitate Dei . Observa además una evolución en su estilo, de un carácter más tradicional y «ciceroniano» en sus diálogos de Casiciaco a uno más cercano a los usos cristianos a partir de su conversión definitiva. Poco a poco, aunque sin abandonar el clasicismo, la lengua de Agustín admitirá mayor número de elementos cristianos tanto en el léxico como en la sintaxis. A continuación comenta las características propias de la lengua y el estilo de De civitate Dei . Sobre el léxico, tema ya estudiado por MAHONEY y SCHIEMAN 161 , destaca el uso del vocabulario técnico cristiano con menores restricciones que en autores anteriores como Lactancio. Observa por ejemplo una relativa abundancia de préstamos griegos y hebreos que aluden a ideas o instituciones cristianas y de neologismos latinos, entre los que se incluyen derivados de carácter popular como los terminados en -tio , del tipo peregrinatio o incarnatio , etc. La presencia de términos de origen vulgar en una obra del carácter del De civitate Dei , según GARCÍA DE LA FUENTE 162 se justifica porque éstos eran usuales en las antiguas versiones de la Biblia, lo que hace que hayan quedado ennoblecidos y no desentonen en una obra literaria. Otro elemento propio de la obra, señalado en este caso por BARDY 163 , es el interés por el purismo lingüístico, y al mismo tiempo por facilitar la comprensión de sus lectores, que le lleva a justificar las modificaciones que realiza con ese fin en algunas citas de autores clásicos 164 o a explicar ciertos términos ya en desuso 165 .
La sintaxis, según el propio GARCÍA DE LA FUENTE 166 , es elegante y tradicional, pero no por ello se dejan de admitir los elementos cristianos, y, por ejemplo, aunque se prefiere en general el uso de la oración de infinitivo frente a la completiva con conjunción, la proporción es de 8 a 1, muy inferior a la de los Diálogos de Casiciaco que es de 55 a 1. Por otro lado, señala la presencia de giros propiamente cristianos, como el adjetivo en sustitución del genitivo adnominal, el pleonasmo con los verbos de lengua, la oración nominal pura, el nominativo pendens , elipsis, cambios en el régimen de algunos verbos, como benedicere con acusativo, uso del acusativo con ad en lugar del dativo en nombres propios hebreos indeclinables, in con valor instrumental, o mayor abundancia del infinitivo con valor final. De todos modos, como indica MARROU 167 la sintaxis de Agustín en este tipo de obras se mantiene suficientemente fiel al uso clásico, no se aparta de él mucho más que los autores de época imperial, y menos que alguno de sus contemporáneos.
Una cuestión de carácter estilístico en la que los autores no se ponen de acuerdo es la del valor del periodo agustiniano. BALMUS 168 , de manera un tanto superficial según MOHRMANN 169 , considera que Agustín es incapaz de construir bellos periodos, pues los suyos carecen de proporción y equilibrio y parecen meras acumulaciones de frases mal construidas. Esta opinión ha recibido las críticas de FINAERT 170 , MARROU 171 , BARDY 172 , que considera sus periodos amplios y majestuosos, y MOHRMANN 173 y GARCÍA DE LA FUENTE 174 , para quienes Agustín es perfectamente capaz de construir periodos bellos y equilibrados, pero en ocasiones decide romper el equilibrio clásico a fin de poner de relieve una determinada idea, cosa que debe entenderse más como deseo de variación que como incapacidad constructiva.
Otro elemento característico del estilo de Agustín es su magistral empleo de las figuras retóricas. MARROU 175 observa la presencia de muchos de los elementos gorgianos recomendados por Cicerón en Orator 164-165, como el isocolon, la antítesis, o el homoioteleuton. Destaca asimismo la abundancia de juegos de palabras como la paronomasia o adnominatio , de figuras de pensamiento, como la interrogación retórica, prosopopeya, ironía, gradación, etc. Agustín adopta así todos los procedimientos de la retórica tradicional que tan bien conocía. En cuanto al ritmo de la prosa, aunque en Agustín es más frecuente la presencia de cláusulas rítmicas que de las métricas, en De civitate Dei es posible hallar muchas de carácter estrictamente métrico, algo que no resulta sorprendente, dado el clasicismo del estilo de la obra 176 .
FORTUNA Y PERVIVENCIA
Agustín de Hipona ha sido uno de los autores latinos más influyentes en el pensamiento occidental. La extensión de su obra, su afán polémico y su cultura enciclopédica hacen que su presencia sea constante desde la Antigüedad tardía hasta nuestros días. Ya en vida del autor puede apreciarse su influencia en historiadores cristianos como su discípulo Orosio 177 o Salviano 178 , o el posible intento de refutación de sus ideas en un poeta pagano como Rutilio Namaciano 179 . Agustín ha sido considerado creador de la teología cristiana occidental 180 , pero también ha influido en la filosofía, el pensamiento político, la concepción de la historia y la cultura en general. Realizar un estudio exhaustivo de dicha presencia se convierte en una tarea prácticamente inabarcable, por lo que me limitaré a ofrecer unas breves pinceladas de la misma 181 .
ANTIGÜEDAD TARDÍA Y EDAD MEDIA
Agustín fue uno de los autores más conocidos durante dichas épocas. Su presencia en diversas bibliotecas 182 , así como su uso en las escuelas 183 , ha sido constatada por los estudiosos. Considerado fundador de la Edad Media junto con otros como Jerónimo y Ambrosio 184 , es frecuentemente citado como autoridad, y escritores como Isidoro de Sevilla 185 o gobernantes como Carlomagno 186 lo tenían en la más alta estima.
Como era habitual en la época, Agustín no sólo era leído a través de sus obras originales, sino que era frecuente su consulta a través de florilegios y colecciones de sententiae 187 . Entre las mismas destacan el Sententiarum ex operibus s. Augustini delibetarum liber de Próspero de Aquitania 188 , del siglo V , con 390 citas agustinianas y los Excerpta ex operibus s. Augustini de Eugipio 189 , del siglo VI , obra utilizada y recomendada por Casiodoro 190 . Esta tradición era conocida por Isidoro de Sevilla 191 , que escribió tres libros de Sententiae , tomadas de varios autores, y que tienen como una de sus principales fuentes el De civitate Dei 192 . Asimismo, en los cinco libros de Sententiae de Tajón de Zaragoza, aunque la mayor parte de las citas proceden de Gregorio Magno, la presencia de Agustín es importante 193 . Dentro de este género destaca también el Commentarium in omnes s. Pauli epistolas ex operibus s. Augustini contextum de Floro de Lyon 194 o las Flores sancti Augustini ex suis libris de civitate Dei excerpti de Francisco de Meyronnes (1288-1328) 195 .
La presencia de Agustín se aprecia en la práctica totalidad de los campos del saber: matemáticas, astronomía, filosofía, gramática, etc. 196 Como indica DÍAZ Y DÍAZ 197 con Agustín se impone un cambio de dirección en la cultura antigua. Frente a otros autores cristianos, admite la utilidad del conocimiento basado en las Artes, aunque, eso sí, mediante una cristianización de las mismas. Agustín da un nuevo valor a la retórica clásica y le otorga unos fines muy concretos, relacionados con la enseñanza de la fe cristiana. Sus ideas en ese sentido eran conocidas a través del De ordine (I 24) y del De doctrina christiana , y fueron adoptadas por buena parte de los autores medievales, como Casiodoro en sus Institutiones o Rábano Mauro en su De clericorum institutione , que identifica, como Agustín, al predicador con el orador. Las ideas agustinianas sobre retórica, matizadas por otras influencias como las de Gregorio Magno, influyeron en la redacción de las artes predicatorias 198 . Los sermones medievales incluyeron además ideas tomadas de las obras del obispo de Hipona, y, entre ellas, la doctrina de las dos ciudades del De civitate Dei 199 .
Establecida la importancia de Agustín dentro de la educación medieval, es preciso destacar el influjo de su pensamiento en el desarrollo de la teología, preponderante hasta el advenimiento del aristotelismo 200 . Dicha influencia se aprecia en autores como Próspero de Aquitania, Fulgencio de Ruspe, Cesáreo de Arlés, Gregorio Magno e Isidoro de Sevilla 201 , así como en Beda, Alcuino, Casiodoro, Rábano Mauro 202 , Floro de Lyon, etc. Destaca asimismo la dependencia de la escolástica del pensamiento agustiniano y la influencia del mismo en las ideas teológicas de los franciscanos como Buenaventura y en la mística de Bernardo, Hugo de San Víctor, Anselmo de Canterbury, Alberto Magno, Alejandro de Halles, Enrique de Gante, Egidio Romano, Santiago de Viterbo, etc. Con la introducción del aristotelismo por parte de Tomás de Aquino no se produjo una total ruptura con la tradición agustiniana, y el propio aquinate fue asiduo lector de Agustín 203 .
En cuanto a la influencia concreta del De civitate Dei , ésta se aprecia de manera especial en la filosofía de la historia, en el desarrollo de la interpretación etimológica, en la ciencia, en el estudio de la Antigüedad clásica y la mitología, y, finalmente, como obra transmisora de autores clásicos latinos.
Para comenzar, uno de los elementos más influyentes del pensamiento agustiniano en la Edad Media, tomado esencialmente del De civitate Dei , fue su filosofía de la historia, según la cual el devenir de los tiempos, como se ha indicado anteriormente, es lineal y no cíclico, y se halla regido por la providencia divina. Éste se organiza en seis edades, que corresponden a los seis días de la creación y a las seis edades del hombre de la tradición antigua —primera infancia, infancia, adolescencia, juventud, madurez y senectud—, así como en la división de la historia en cuatro reinos 204 , el último de los cuales es el romano, del que muchos autores se consideraban continuadores 205 . Las alusiones a esta idea son constantes en los autores medievales, entre los que destacan Isidoro de Sevilla 206 y Beda, en su Líber de ratione temporum . Asimismo, como indica Fontaine 207 , Isidoro en su Historia gothorum sigue a Agustín y Orosio en la idea de que los godos respetaron las basílicas cristianas durante el saqueo de Roma. Asimismo, Isidoro adopta de la idea de las dos ciudades en sus Mysticorum expositiones sacramentorum o Quaestiones in vetus testamentum . También se basa en este tipo de ideas el De duabus civitatibus de Otón de Freissing (1114-1158), cronología universal que comienza en la creación de la humanidad y termina con el reinado de los Hohenstaufen 208 . Otros ejemplos de interpretación histórica basada en De civitate Dei son la de Ruperto de Deutz, que combina el sistema agustiniano de la división en edades con otro trinitario 209 o la de Joaquín de Fiore (1133-1202), en la misma línea 210 .
Este tipo de interpretación histórica, con sus variaciones, llega hasta época de Dante. Como indica Curtius 211 , Dante se libera de la autoridad de Agustín en este tipo de cuestiones y en su Divina Comedia apenas lo menciona de pasada 212 , a pesar de lo cual no duda en imitar el prólogo al De civitate Dei en su Monarchia (I 1, 6).
Otra de las materias en las que Agustín y su De civitate Dei ofreció abundantes datos a los autores medievales es la interpretación etimológica, cuyo máximo exponente fue Isidoro de Sevilla 213 . Un ejemplo, entre otros muchos, puede observarse en el libro VII de las Etimologiae , donde se ocupa de los nombres divinos. Como indica Domínguez del Val 214 , la fuente principal son las Sagradas Escrituras, pero la interpretación la toma de Agustín, De civitate Dei VIII 11, y Jerónimo, Epist. Ad Amandum 215
Dentro de las cuestiones que podrían calificarse como científicas, llama la atención el interés que producían los sucesos prodigiosos, de los que Agustín ofrece abundantes muestras en el libro XVI de su De civitate Dei . El influjo del mismo se observa en el libro XI 3 de las Etymologiae de Isidoro, y más adelante en una obra anónima, el Liber monstrorum de diversis generibus , datada entre los siglos VII-VIII.
Interesa también la función de Agustín de transmisor de obras clásicas de difícil acceso o incluso perdidas. Como indica Fontaine 216 , parte de los clásicos citados en los libros I-III de las Etymologiae de Isidoro son tomados de autores patrísticos, como Agustín. Entre ellos destacan Varrón 217 , Salustio y Cicerón, muchos pasajes de los cuales proceden del De civitate Dei 218 . Juan Escoto, por su parte, en su comentario a Marciano Capella utiliza el libro IV de De civitate dei , en el que se concentra buena parte de las citas varronianas, para lo referente a las antigüedades y mitología clásicas. La importancia de Agustín para el conocimiento de los clásicos es innegable, e incluso fue la base de la edición de los fragmentos del De republica de Cicerón de William de Malmesbury 219 .
HUMANISMO Y RENACIMIENTO
La figura de Agustín de Hipona fue también clave en el desarrollo del Humanismo 220 . El clasicismo de su latín, que se pone de manifiesto especialmente en el De civitate Dei , su interés por la retórica y el estilo, su actividad como crítico textual, su conocimiento de las antigüedades grecolatinas, así como su pensamiento filosófico y teológico, dentro de una época en la que surgen importantes controversias religiosas, hicieron de él uno de los autores más leídos y citados. Cambia, eso sí, la manera en la que los autores se acercan a él. La visión del mundo se ha transformado, y algunos elementos propios del pensamiento medieval basados en la obra del obispo de Hipona, como la interpretación providencialista de la historia, se cuestionan 221 . El pensamiento agustiniano será reinterpretado constantemente, y sus propios textos se convertirán en objeto de controversia. Frente a la autoridad distante del Medievo, más conocida en ocasiones a través de florilegios que de sus obras originales, Agustín se lee de forma directa, se humaniza, aparece como una figura real, que puede ser venerada, pero también discutida.
Esta humanidad de Agustín puede verse ya en Petrarca, en quien se aprecia un elemento constante en el Humanismo: la combinación del pensamiento clásico, representado por una vuelta al platonismo frente al aristotelismo escolástico medieval, y del cristiano, alimentado por la lectura directa de los Padres de la Iglesia y las Sagradas Escrituras. En el caso concreto de Petrarca, fue a partir de la lectura de las Confesiones , de las cuales poseía un ejemplar que le había regalado en 1333 el monje agustino Dionisio de Borgo San Sepolcro, de donde nació su admiración por el obispo de Hipona. Dicha admiración le llevó a escribir en torno a 1353 el Secretum , compleja obra de autoanálisis compuesta por una serie de diálogos ficticios que mantiene el autor con Agustín, al que convierte en su maestro y confidente 222 .
La influencia de Agustín se hace asimismo notoria en uno de los más importantes humanistas, Erasmo de Rotterdam. La formación recibida ya desde su infancia le infundió el interés por el estudio de los clásicos y de los Padres de la Iglesia. En 1478, cuando contaba nueve años de edad, fue enviado a la escuela capitular de Saint-Lebuin, en Deventer, regida por los fratres communis vitae , que influyeron en su ideal de humanismo cristiano 223 . Posteriormente obtuvo una rica formación a través de las lecturas de textos patrísticos y de autores clásicos que realizó durante el periodo en el que permaneció en el monasterio agustino de Steyn (1487-1492), donde tuvo acceso a su bien surtida biblioteca 224 . Pero fue durante su estancia en Bruselas, en el convento agustino de Groenendaal, entre 1493-1494, cuando Erasmo pudo profundizar en mayor medida en la obra de Agustín 225 . Allí encontró un ejemplar del De doctrina christiana , obra que inspiró la composición de sus Antibarbari 226 . Como señala HALKIN 227 , Agustín y Jerónimo, autores cristianos, pero al mismo tiempo amantes de los clásicos, fueron las mejores armas de Erasmo en su lucha contra la educación escolástica, que había marginado la lectura directa de los textos antiguos, paganos y cristianos.
Es a través de Agustín como Erasmo desarrolla su idea de armonización entre cultura clásica y cultura cristiana, entre verdadero saber y verdadera piedad, de gran importancia en el desarrollo del humanismo posterior 228 . Aparece citado, por ejemplo, en su Enchiridion militis christiani , de 1503, cuando recomienda la lectura de poetas y filósofos paganos 229 , o cuando, al expresar su preferencia por la teología de los antiguos frente a la de algunos de sus contemporáneos, próximos a la escolástica, comenta que Agustín prefería a platónicos y pitagóricos frente a la autoridad de Aristóteles, basándose en la lectura del De civitate Dei VIII 5. Sin embargo, en lo relativo a ciertas cuestiones teológicas de gran trascendencia en su época, como el problema de la libertad humana frente a la presciencia divina, tratado en su De libero arbitrio de 1524, se apoya más en Orígenes que en Agustín 230 , entrando en abierta polémica con Martín Lutero, que compuso al año siguiente, y como respuesta al tratado de Erasmo, un De servo arbitrio , más cercano a los escritos antipelagianos del obispo de Hipona. En este punto, siguiendo a CAPÁNAGA 231 , es preciso señalar la importancia de Agustín en la Reforma y en el pensamiento de Lutero y sus seguidores. Durante los años 1509 y 1510 Lutero se dedicó a glosar y a estudiar en profundidad el De civitate Dei y las Enarrationes in psalmos , textos en los que se inspiró para proponer su propia visión de las dos ciudades, aunque, como señala el agustinista español, Lutero la hace más radical, negando al ser humano toda participación en la construcción de la ciudad de Dios y en su salvación. Por su parte, tras el Concilio de Trento, se produjo un renovado interés en el ámbito católico por la lectura de las Escrituras y de la patrística como principal arma en la lucha contra el protestantismo, y el estudio de Agustín cobró cada vez más importancia 232 .
Volviendo a Erasmo, es preciso destacar su actividad como editor de la obra de Agustín, tarea que emprendió en 1517. Para el De civitate Dei solicita la colaboración de Luis Vives, a quien encarga la realización de unos comentarios. La primera edición aparece en Basilea en 1522, prologada por el propio Erasmo 233 . La obra no estuvo exenta de polémica. Ya la misma idea de editar el De civitate Dei recibió las críticas de los dominicos de Lovaina, que acusaban a Erasmo de enmendar los libros de Agustín sin la suficiente preparación 234 . Vives, por su parte, echa más leña al fuego ridiculizando en un prefacio, que redacta como autodefensa frente a dichas críticas, a otros comentaristas que le precedieron 235 . Incluso tuvo algunos problemas con el propio Erasmo, que le apremiaba para que terminase su trabajo y que criticaba la excesiva extensión del mismo 236 . Tras su publicación, la polémica continúa, pero en esta ocasión porque el comentario reflejaba opiniones un tanto dudosas desde el punto de vista de la fe católica, y fue prohibido por los jesuitas, condenado por los teólogos de Lovaina en 1546 y por el Papa Paulo IV en 1559 e incluido en el índice de libros prohibidos por el inquisidor general de España, Gaspar Quiroga, en 1584 237 . Ante tales polémicas, la segunda edición de Erasmo del De civitate Dei , de 1529, ya no incluye los comentarios de Vives. A pesar de todo, dichos comentarios deben considerarse un hito en el Humanismo. Como señala CAPÁNAGA 238 , Vives no fue un mero comentarista, sino también crítico textual, que se ocupó de cotejar varios códices, y que además llevó a cabo una compleja tarea de localización de las fuentes clásicas de la obra 239 .
Para no extenderme, terminaré comentando la influencia del De civitate Dei en otro de los grandes exponentes del Humanismo, Tomás Moro. Dicha influencia puede apreciarse en primer lugar en una serie de conferencias sobre el De civitate Dei que Moro impartió entre los años 1499 y 1503 en la iglesia de San Lorenzo, a petición de William Grocyn, cuyo texto, por desgracia, se ha perdido. En dichas conferencias, como indica ACKROYD 240 , se plantean cuestiones como si es más deseable vivir en la ciudad celeste o en la terrena, o en qué debía consistir el Estado, si en una congregación de creyentes gobernados por la intervención de la gracia y la ley divina o en una asociación de personas sometidas a la ley nacional y el derecho positivo. Estos debates harán surgir posteriormente la obra más famosa de Moro, la Utopía , publicada en 1516. Aunque el antecedente más directo de dicha obra es la República de Platón, el De civitate Dei , junto con otros textos antiguos, influyó en gran medida en la gestación de dicha obra 241 , que constituye el primer exponente del pensamiento renacentista sobre cómo debía ser la ciudad o la forma de gobierno ideal, y que creó un nuevo género literario 242 .
Como se puede apreciar, a través de las breves pinceladas que aquí se ofrecen, la presencia de Agustín y su De civitate Dei es constante en el pensamiento filosófico y teológico del Humanismo. Asimismo, continúa siendo una de las principales fuentes de conocimiento del mundo clásico, por lo que las citas y alusiones a su obra se hallan en multitud de autores de la época. En ese sentido, resulta necesario continuar profundizando en el estudio de dicha presencia a través de criterios esencialmente filológicos, tarea compleja pero que puede resultar especialmente fructífera.
AGUSTÍN EN EL PENSAMIENTO MODERNO Y CONTEMPORÁNEO
La presencia de Agustín en el pensamiento occidental no desaparece con el Humanismo. Las disputas entre diferentes corrientes teológicas continúan basándose en la obra agustiniana, y un ejemplo de ello es la aparición del jansenismo en época moderna, doctrina condenada de inmediato por sucesivos papas 243 . No voy a extenderme, sin embargo, en estas complejas discusiones teológicas, sino que me limitaré a ofrecer algunos datos sobre la presencia de Agustín, y, en especial, del De civitate Dei tras el Humanismo recogidos previamente por un agustinista de la talla de CAPÁNAGA , que es quien mejor se ha ocupado en España de estas cuestiones. CAPÁNAGA 244 comenta cómo fue leído por pensadores de la talla de Descartes 245 , Malebranche, Pascal 246 o Bossuet. Este último, aparte de ser conocido por su oposición a las tesis jansenitas, destaca por una obra titulada Discours sur l’ histoire universelle , donde presenta una concepción providencialista de la historia inspirada directamente en el De civitate Dei 247 .
CAPÁNAGA 248 destaca asimismo la influencia del De civitate Dei en la filosofía de la historia de autores como J. B. Vico, Schlegel, o F. de Rougemont, autor de una obra titulada precisamente Les deux cités 249 . En todos ellos aparece la providencia como elemento rector de los procesos históricos. Frente a estos autores señala además el hecho de que otros pensadores más racionalistas como Voltaire, Gibbon 250 , Herder o Hegel 251 , a pesar de presentar una visión inmanente y no providencialista de la historia, dan muestras de conocer la obra agustiniana y de haber tomado de ella algunos aspectos. Von Herder, por ejemplo, divide la historia en edades a la manera de Agustín, y Hegel la interpreta a partir de la lucha entre fuerzas antagónicas.
Entre los españoles destacan, entre otros, dos autores del siglo XIX , Jaime Balmes y Donoso Cortés. Este último fue un profundo conocedor tanto de la obra de Hegel como de la de Bossuet, aunque es en esta última en la que basará su interpretación de la historia, cercana a la de Agustín 252 .
Para concluir, CAPÁNAGA 253 dedica un extenso apartado a las lecturas que se han realizado del De civitate Dei en el siglo XX , pertenecientes tanto a estudiosos del campo de la teología y la filosofía como del de la filología, entre los que cita a Marrou entre otros muchos 254 . Asimismo, puede resultar de utilidad la consulta de la bibliografía que ofrece MIETHE sobre el tema 255 , así como del artículo de MADRID en internet anteriormente citado, en el que se amplían los datos que ofrece CAPÁNAGA y en el que se trata especialmente sobre la investigación filológica.
HISTORIA DEL TEXTO
Como señala Lorenzo RIBER en la magnífica síntesis sobre cuestiones textuales que ofrece en su introducción a su traducción del De civitate Dei 256 , el estudio de la historia del texto, así como el establecimiento del mismo con la finalidad de realizar una edición lo más fiable posible, presenta una serie de problemas debidos a las propias características de la obra. En primer lugar, dado que se trata de un texto de gran interés en el pensamiento cristiano, existen abundantes códices del mismo, muchos de los cuales todavía no han sido colacionados, y entre los cuales se establecen complejas relaciones de interdependencia que dificultan en gran medida el establecimiento del stemma codicum 257 . En ellos son además frecuentes las glosas e interpolaciones que es preciso distinguir del texto agustiniano. Por otro lado, la gran extensión de la obra hace que los códices más antiguos y fiables contengan sólo algunos libros. En ese sentido, resulta paradójico que sean los últimos libros, de mayor interés para el lector cristiano, los que falten en los manuscritos más antiguos, y que para su reconstrucción haya que recurrir a recentiores , mientras que para los primeros el texto pueda considerarse ya prácticamente fijado.
El códice más antiguo, no sólo del De civitate Dei , sino del conjunto de la obra de San Agustín, es el Veronensis XXVIII 28 (26) (V). Se trata de un códice en letra uncial que suele datarse en el siglo V o VI y que contiene los libros XI-XVI. Para el establecimiento del texto de los primeros libros, los códices de mayor interés son L. y C. El primero de ellos, el Lugdunensis 607, en semiuncial y fechado entre los siglos VI -VII , con los cinco primeros libros, es considerado por RIBER 258 de gran valor por su fidelidad y escasez de interpolaciones, a pesar de que faltan varios folios y que se halla muy deteriorado. De L procede parte de otro manuscrito, el Lugdunensis 606 (A), del siglo IX , y que esencialmente son los libros I-V, mientras que la parte del mismo que no procede de L, y que abarca hasta el libro XIV se designa como (1). El códice Corbeiensis (C), fechado en el siglo VI o VII , en semiuncial, contiene los diez primeros libros. Actualmente los nueve primeros se hallan en la Biblioteca Nacional de París (Lat . 12214), y el X en San Petersburgo (Q. V. I. 4). Parece ser que parte de las divergencias existentes entre L y C se deben a la corrección del texto que Agustín realizó tras finalizar su obra, de manera que circularían en época del autor versiones anteriores y posteriores a dicha corrección. Ninguno de estos códices presenta divisiones en capítulos, pero en V aparece un índice añadido en el siglo X que recoge los títulos que marcarán la división en capítulos en el futuro.
Para el establecimiento del texto de los libros XVII-XXII, como ya se ha indicado, es imprescindible recurrir a recentiores . Entre los que contienen todos los libros, destaca por su calidad el códice Patavinus 1469 (p), fechado en el siglo XIV , cuyo arquetipo debía ser muy antiguo y cercano al texto agustiniano. El Augustanus (A), procedente de Ausburgo y actualmente en la Biblioteca del Estado de Múnich (Lat . 3831), se fecha en el siglo X , y, a pesar de ser más antiguo, resulta menos fiable. También conservan la obra completa el Ratisbonensis (r), actualmente en Múnich (Lat . 13024), el Sangallensis 178 (G), del siglo IX, los códices a, b, e, del siglo X , de la Biblioteca Nacional de París (Lat . 2050, 2051, 11638 respectivamente) y el Patavinus 1490 (q), del siglo XIII . Conservan la obra parcialmente los códices Coloniensis 75 (K), del siglo VIII con los libros I-X, el Frisingensis , actualmente en la Biblioteca del Estado de Múnich (Lat . 6267), del siglo IX , con los libros I-XVIII, el Monacensis Lat . 6259 (R), de principios del siglo X con los libros XV-XXII y los códices d y g, de la Biblioteca Nacional de París (Lat . 2053 y 12215) con los ocho primeros libros y los siete últimos respectivamente.
Es preciso destacar cuatro códices que KALB utilizó por primera vez para la edición de 1928-1929, tres originarios de la Biblioteca de Berna y uno de la de Múnich: el Bernensis 12/13 (B), del siglo XI , en dos volúmenes, con la obra completa, el Bernensis 134 (ß), con todos los libros pero con importantes lagunas, el Bernensis 325 (D) con los libros XIX-XXII, del siglo X y el Monacensis Lat . 28185 (H) del siglo XIII con la obra completa.
Existen además manuscritos en diversas bibliotecas que todavía no se han utilizado en la elaboración de ediciones críticas. Entre ellos hay que destacar uno de la biblioteca del Escorial, el S. I. 16, en letra visigótica del s. X , que en su origen abarcaba los libros XI-XXII, pero del que se han perdido el XI, los capítulos 1-7 del XII y el XXII, y el de la Biblioteca de la Real Academia Española (San Millán) 29, de los siglos IX -X . El primero de ellos ha despertado gran interés entre los especialistas españoles, entre los que se hallan ALONSO TURIENZO 259 y GARCÍA DE LA FUENTE y PALENTINOS FRANCO 260 , quienes tras cotejar el texto con el de DOMBART -KALB de Teubner, reproducido por el Corpus christianorum , observan que éste presenta abundantes variantes propias y tal vez pertenezca a una familia diferente de las establecidas.
En cuanto a las ediciones modernas, la editio princeps data de 1467, de la imprenta del monasterio de Subiaco, y fue realizada por C. SWEYNHEIM y A. PANNARTZ . En 1468 aparece en Ausburgo, bajo los auspicios de J. Mentelin de Espira, una segunda edición con comentarios de dos dominicos ingleses, N. TRIVETH y Th. WALEYS . A partir de este momento las ediciones se suceden, y entre ellas destaca la de J. AMERBACH en Basilea (1489-1490), quien también es autor de la editio princeps de la obra completa de Agustín (Basilea, 1506). No se trata todavía de una edición auténticamente crítica, pero existe constancia de que AMERBACH se interesó por la búsqueda de manuscritos.
Un importante hito en la historia de las ediciones de Agustín se produce en 1517, año en el que, a petición del impresor J. Froben, ERASMO DE ROTTERDAM emprende la edición de sus obras completas. Como se ha comentado anteriormente, ERASMO encargó al español LUIS VIVES la realización de unos comentarios al De civitate Dei . La edición aparece en 1522, prologada por ERASMO . De la misma existen varias reimpresiones.
Hay que destacar además la edición de las obras completas de los teólogos de Lovaina, en Amberes, en 1576-1577, en la imprenta de Plantino, y dirigida por T. COZÉE y J. VAN DER MEULEN , se caracteriza por su gran cuidado por la pureza del texto. Por otro lado, en 1669 los benedictinos de San Mauro en París plantean un nuevo proyecto de publicación de las obras completas. El volumen VII, que contiene el De civitate Dei , aparece en 1685. Ésta es esencialmente la edición que se reproduce en la Patrología de Migne, con la introducción de algunas nuevas lecturas 261 .
No será hasta finales del siglo XIX cuando se publiquen ediciones verdaderamente científicas y se establezca una historia del texto fiable. Entre dichas ediciones destacan en primer lugar las dos primeras publicadas en la Editorial Teubner, de las que se ocupó B. DOMBART (Leipzig, 1863 y 1877 respectivamente), para las que se consultaron nuevos manuscritos, la de E. HOFFMANN (1899-1900) en el Corpus Scriptorum Ecclesiasticorum Latinorum , en Viena, la tercera de B. DOMBART en Teubner (Leipzig, 1905-8), las de E. C. WELDON (Londres, 1924) y K. WEYMANN (Múnich, 1924). Finalmente, la edición que en la actualidad se considera canónica es la de DOMBART -KALB , que constituye la cuarta edición de la obra de la Editorial Teubner (Leipzig, 1928-1929). En dicha edición A. KALB realiza una profunda revisión del texto de DOMBART , consultando asimismo nuevos códices. Es ésta la edición que se reproduce en el Corpus Christianorum (ser. lat . XLVII, Turnhout, 1955) en casi todos los detalles.
TRADUCCIONES
La primera traducción española impresa del De civitate Dei aparece en Madrid, 1614, y su autor fue ANTONIO DE ROYS ROÇAS 262 .
Sin embargo, existe otra anterior de GÓMEZ GARCÍA DEL CASTILLO , realizada por encargo de la Reina Dña María de Aragón en 1434. Se conserva incompleta en dos códices manuscritos del Monasterio del Escorial, el primero, el A. 8. 222, contiene los libros VIII-XVII, y el segundo, el A. 9. 149, los XVIII-XXII.
Debieron pasar dos siglos hasta que apareció una nueva versión, a cargo de JOSÉ CAYETANO DÍAZ DE BEYRAL Y BERMÚDEZ 263 , versión que ha contado con varias reediciones, entre las que destacan la realizada para la Biblioteca Clásica en 1893 264 y la de Buenos Aires de 1941, acompañada de notas y comentarios de GABRIEL RIESCO 265 .
En la Biblioteca de Autores Cristianos contamos con dos traducciones, la de J. MORÁN 266 y la de S. SANTAMARTA y M. FUERTES , cuya introducción corre a cargo de V. CAPÁNAGA 267 .
Existe además una traducción parcial, con los cinco primeros libros y de carácter más literario y preciosista, llevada a cabo por L. RIBER en la Colección hispánica de autores griegos y latinos (Alma Mater) 268 .
LA PRESENTE TRADUCCIÓN
El texto base de esta traducción es el de DOMBART -KALB recogido en el Corpus Christianorum , que, como se ha indicado, reproduce, salvo en algunos detalles, el de la cuarta edición de Teubner realizada por los mismos autores. En aquellas ocasiones en las que me he apartado de dicho texto lo he indicado en nota a pie de página, explicando, en aquellos casos en que lo he considerado oportuno, el motivo de dicha elección.
En cuanto a los tituli que en algunas ediciones y traducciones encabezan cada uno de los capítulos de los libros del De civitate Dei , dado que los códices antiquiores no establecen divisiones en capítulos y que en V aparecen como un índice añadido en el siglo X , sea cual sea la autoría de los mismos 269 , he decidido considerarlos al margen del texto y que en esta traducción no aparezcan como títulos de los capítulos en que se divide la obra según la edición utilizada. Pero, a fin de facilitar al lector su consulta, y frente a dicha edición que los coloca al comienzo de la obra, he preferido situarlos encabezando cada uno de los libros a modo de sumario.
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1 A través de sus cartas pueden verse las relaciones que Agustín estableció con personajes importantes de su época. Sobre estas cuestiones vid ., entre otros, J. M. RODRÍGUEZ , «S. Agustín y los funcionarios del Imperio», La Ciudad de Dios 194 (1981), 493-509.
2 Para la cronología de las mismas he seguido esencialmente las tablas que ofrece S. LANCEL , Saint Augustin , París, 1999, págs. 740-744. Vid . además la biografía de P. BROWN , Agustín , Madrid, 2001 (Londres, 20002 ).
3 BROWN , Agustín …, pág. 52.
4 Entre 387 y 389.
5 Entre 391 y 395.
6 El cisma donatista se produjo en el año 312, cuando parte de los obispos de Numidia se negaron a aceptar la consagración del obispo de Cartago, Ceciliano, porque en época de persecución había abjurado de su fe. A partir de ese momento la Iglesia africana quedó profundamente dividida, y el problema religioso se mezcló con cuestiones de carácter social y político. Los donatistas se caracterizaban por una concepción de la Iglesia y de sus miembros especialmente rigorista, llegando a considerar no válidos los sacramentos celebrados por sacerdotes pecadores. Sobre este cisma vid . J. ORLANDIS , Historia de la Iglesia. I. La Iglesia antigua y medieval , Madrid, 1998, págs. 88-89.
7 Sin embargo, el problema de la gracia no se daría por zanjado hasta el II Concilio de Orange, celebrado en 529 y presidido por Cesáreo de Arlés. Sobre estas cuestiones vid . ORLANDIS , Historia …, págs. 188-190.
8 H. I. MARROU , Saint Augustin et la fin de la culture antique , París, 19584 (reimp. 1983). También interesante es la lectura de G. COMBÈS , Saint Augustin et la culture classique , París, 1927.
9 MARROU , Saint Augustin …, págs. 4-6.
10 MARROU , Saint Augustin …, pág. 18.
11 Como indica M. TESTARD , Saint Augustin et Cicéron, I Cicéron dans la formation et dans l’oeuvre de Saint Augustin , París, 1958, pág. 8, los estudios con el rétor seguían como modelo oratorio a Cicerón. El programa consistía en el estudio de manuales (Conf . III 4, 7) e incluía De inventione, De oratore, Orator , y algunos discursos y diálogos filosóficos. Dicho programa estaba enfocado esencialmente a la formación de futuros oradores, mientras que la filosofía quedaba en un segundo plano.
12 P. MONCEAUX , Les Africains , París, 1894, pág. 87, G. COMBÈS , Saint Augustin …, págs. 21, 67, señalan la predilección por Salustio en las escuelas africanas.
13 Entre dichas lecturas, realizadas en su época de profesor en Tagaste, según TESTARD , Saint Augustin …, vol. I, págs. 46-57, se encuentran Tusculanae, De officiis, De amicitia, De fato, De natura deorum, De finibus . Más adelante debió de leer las Academica , de gran importancia en el surgimiento en Agustín del escepticismo durante la época en que se instala en Roma, y que más tarde atacaría en Contra academicos . A lo largo de su obra se hallan también citas de De republica, Cato maior o de la traducción del Timeo . Como señala el propio TESTARD más adelante (Saint Augustin …, vol. I, pág. 203) Agustín citó a Cicerón durante toda su vida.
14 TESTARD , Saint Augustin …, vol. I, pág. 19.
15 En sus fragmentos se deja vislumbrar que se trata de una obra de exhortación a la filosofía, en la que se plantean cuestiones como la vanidad de todas las cosas, la inutilidad de los bienes de la fortuna, o los placeres, temas todos ellos interesantes desde el punto de vista cristiano, pero donde, como dice Agustín, el nombre de Cristo está ausente (Conf . III 5, 9).
16 Sobre dichos conocimientos vid . MARROU , Saint Augustin …, págs. 113-138.
17 TESTARD , Saint Augustin …, vol. I, págs. 101-102, sitúa el comienzo de dicho interés en su época de profesor en Tagaste, mientras que P. ALFARIC , L’évolution intellectuelle de s. Augustin , París, 1918, pág. 250, n. 4, y MARROU , Saint Augustin …, pág. 88 n. 4, lo hacen cuando enseñaba en Cartago. Vid. además Th. O’LOUGHLING , «The development of Augustine the bishop’s critique of astrology», Aug. Stud . 30 (1999), 45-52, donde se señala que en los primeros escritos de Agustín no aparece la actitud crítica hacia a la astrología que puede verse en De civitate Dei o De doctrina Christiana .
18 MARROU , Saint Augustin …, págs. 420-421.
19 Entre ellos destacan H. N. CLAUSEN , Aurelius Augustinus sacrae Scripturae interpres , Hauniae, 1826, págs. 30-39, O. ROTTMANNER , «Zur Sprachenkenntnis des hl. Augustinus», Theologische Quartalschrift 77 (1895), 269-276, J. DRAESEKE , «Zur Frage nach den Quellen von Augustins Kenntnis der griechischen Philosophie», Theologische Studien und Kritiken 89 (1916), 541-562, ALFARIC , L’évolution …, pág. 18, G. COMBÉS , Saint Augustin …, págs. 1-7, P. GUILLOUX , «Saint Augustin savait-il le grec?», RHE 21 (1925), 79-83, MARROU , Saint Augustin …, págs. 28-37, 418-421, Β. ALTANER , «Augustinus und die griechische Sprache», Pisciculi, Studien zur Religion und Kultur des Altertums, F. J. Doelger zum 60. Geburtstage dargeboten , Münster, 1939, págs. 19-40.
20 Η. REUTER , Augustinische Studien, IV: «Augustin und der katholische Orient» , Gotha, 1887, págs. 171-230, S. ANGUS , The sources of the first ten books of Augustine’s De civitate Dei , Princeton, 1906, págs. 236-276, H. BECKER , Augustin, Studien zu seiner geistigen Entwickelung , Leipzig, 1908, págs. 120-138, E. ROLFES , «Hat Augustin Plato nicht gelesen?», Divus Thomas 5 (1918), 17-39, S. SALAVILLE , «La connaissance du grec chez s. Augustin», Echos d’Orient 25 (1922), págs. 387, 393, y «Saint Augustin et l’Orient», Angelicum 8 (1931), 3-23, A. C. VEGA , «El helenismo de s. Agustín: ¿llegó s. Agustín a dominar el griego?», Religión y Cultura 2 (1928), págs. 34-45, P. HENRY , Plotin et l’Occident , Lovaina, 1934, págs. 133-137.
21 ANGUS , The sources …, pág. 276.
22 MARROU , Saint Augustin …, págs. 27-37.
23 Vid . P. COURCELLE , Les lettres grecques en Occident, de Macrobe à Cassiodore , París, 19482 , págs. 137-194. Vid . además G. BARDY , La question des langues dans l’église ancienne , t. I, París, 1948, págs. 196-202, limitado al comentario de las opiniones de MARROU y COURCELLE .
24 P. COURCELLE , Les lettres grecques …, págs. 139-152.
25 MARROU , Saint Augustin …, págs. 631-637.
26 G. BARDY (introd. y n.), La cité de Dieu. Livres I-V , traducción de G. COMBES , París, 1959, págs. 14-15, que indica que, según Zósimo (Hist . V 41) muchos paganos se dirigieron al prefecto de Roma para pedir la autorización para ofrecer de nuevo sacrificios y el papa Inocencio I habría cerrado los ojos ante esta infracción de las leyes cristianas.
27 E. TE SELLE , Living in two cities. Augustinian trajectories in political thought , Scranton, 1988, pág. 16.
28 S. LANCEL , Saint Augustin …, pág. 553.
29 G. BARDY , La cité de Dieu …, pág. 20.
30 G. BARDY , La cité de Dieu …, pág. 22.
31 Conocemos el dato a través de una carta dirigida por el vicario de África Macedonio (Epist . 154, 2), que suele fecharse en 414, en la que comenta a Agustín el gran interés con que los leyó, y en la que al mismo tiempo le reprocha el utilizar los acontecimientos tan cercanos en el tiempo en la argumentación. Agustín en su respuesta (Epist 155 ad Macedon ., 2) no alude a este reproche.
32 Vid. Epist . 169, 1, a Evodio.
33 Orosio I prol., 11, que data de ese año precisamente.
34 LANCEL , Saint Augustin …, pág. 555.
35 Epist . 184 A, 5.
36 BARDY , La cité de Dieu …, pág. 29.
37 BARDY , La cité de Dieu …, pág. 29, establece dicha cronología basándose en el hecho de que utilizan las Quaestiones in Heptateuchum , redactadas entre 418 y 420.
38 LANCEL , Saint Augustin …, pág. 555.
39 Retract . II 43 1.
40 Vid . G. BARDY , La cité de Dieu …, págs. 31-33.
41 Epist . 184 Α.
42 Como puede verse en una carta publicada y comentada por C. LAMBOT , «Lettre inédite de saint Augustin relative au “De civitate Dei”, Revue Bénédictine 51 (1939), 109-121, Agustín envió el manuscrito a Firmo, su editor en Cartago, en 22 cuadernos separados, uno para cada libro.
43 R. J. DEFERRARI , M. J. KEELER , «St. Augustines’s City of God, its plan and development)), AJPh 50. 2 (1929), 109-137.
44 U. ÁLVAREZ DÍEZ , «La Ciudad de Dios y su arquitectura interna», Estudios sobre La ciudad de Dios , tomo I, La ciudad de Dios 167 (1954), 65-116.
45 BARDY , La cité de Dieu …, págs. 35-47.
46 J. CL . GUY , Unité et structure logique de la Cité de Dieu de saint Augustin , París, 1961.
47 B. STUDER , «Zum Aufbau von Augustins De civitate Dei », en Mélanges T. J. Van Bavel , t. II, Lovaina, 1990, págs. 937-951.
48 G. J. P. O’DALY , «Civitate Dei (De-)», en C. P. MEYER (ed.), Augustinus-Lexikon , vol. I, 1994, cols. 979-982.
49 LANCEL , Saint Augustin …, págs. 555-562.
50 BARDY , La cité de Dieu …, pág. 36, señala que en la carta 184 A 5, dirigida a Pedro y Abraham escrita entre 417 y 419, cuando todavía no había terminado la obra pero ya la tendría suficientemente planificada, da unas directrices sobre el plan de la misma.
51 LANCEL , Saint Augustin …, pág. 556.
52 BARDY , La cité de Dieu …, pág. 44.
53 Otros testimonios interesantes son Civ . X 32 y XVIII 1, donde se repite lo dicho anteriormente con algunos detalles adicionales sobre los últimos doce libros, especialmente los XI-XVIII.
54 Se hallan en II 2, 29; III 1;IV 1, 2; V praef ., 12, 26; VI praef ., 1, 12; VII praef ., 1; VIII 1, 27; IX 1, 2, 23; XI 1, 9; XII 1, 9; XIII 1, 23; XIV 1, 12; XV 1, 27; XVI 43; XVII 1; XVIII 54; XIX 1, 28; XX 1, 22, 30; XXI 1, 27; XXII 1, 30.
55 MARROU , Saint Augustin …, págs. 61-70.
56 ÁLVAREZ DÍEZ , «Arquitectura…», 99-116.
57 BARDY , La cité de Dieu …, págs. 39-44.
58 LANCEL , Saint Augustin …, pág. 556.
59 DEFERRARI y KEELER , «St. Augustines’s…», ven fallos estructurales en la construcción de los libros IV y V, pues cuestiones que se anuncian para el primero se tratan en el segundo, y se observan algunas repeticiones. En la misma línea, LANCEL , Saint Augustin …, pág. 558, considera que la construcción del libro V no responde al plan inicial, sino al hecho de que tras la publicación de los libros I-III Agustín hubo de responder a los argumentos de sus detractores, para lo cual debió modificar sus planteamientos originales.
60 J. VAN OORT , Jerusalem and Babylon. A study into Augustine’s city of God and the sources of his doctrine of the two cities , Leiden, 1991, págs. 169-175, llega más lejos y considera que estos libros son la refutación de la épica clásica mediante la propuesta de una nueva épica basada en la Biblia y el pensamiento cristiano.
61 Vid . entre otros DEFERRARI y KEELER , «St. Augustines’s…», págs. 126-135, que observan diversas clases de defectos en el plan agustiniano.
62 MARROU , Saint Augustin …, págs. 61-77.
63 C. FRICK , Die Quellen Augustins im XVIII. Buche seiner Schrift De civitate Dei , Prog. Höxter, 1886.
64 ANGUS , The sources …
65 Sobre la relación de Agustín y Cicerón, aparte de multitud de trabajos sobre cuestiones concretas, contamos con los estudios generales de W. NEWMANN , De augustano ciceroniano , tesis, Königsberg, 1923, E. PEUSCH , Cicero und die civitas Dei , tesis, Maguncia, 1957, y M. TESTARD , Saint Augustine et Cicérn, I-II , París, 1958.
66 K. H. SCHELKLE , Virgil in der Deutung Augustinus , Stuttgart-Berlín, 1939, C. RODRÍGUEZ , El alma virgiliana de San Agustín , El Escorial, 1931, F. MARTÍNEZ MORÁN , «El espíritu virgiliano en La ciudad de Dios », Estudios sobre La ciudad de Dios , tomo I, La ciudad de Dios 167 (1954), págs. 433-455.
67 A. KURFESS , «Der Historiker Sallust im Augustins Gottestadt», Theol. Quartalschr . 118 (1937), págs. 341-356, T. ORLANDIS , «Sallustio e Varrone in Agostino De civitate Dei I-VII», La parola del passato 23 (1968), págs. 34-44, P. C. BURNS , «Augustine’ s use of Sallust in the City of God: the role of the grammatical tradition», Aug. Stud . 30 (1999), págs. 105-114, etc.
68 H. HAGENDAHL , Augustine and the latin classics. Vol. I: Testimonia. With a contribution of Varro by BURKHARDT CARDAUNS . Vol. II: Augustine’s Attitude , Goteborg, 1967.
69 ANGUS , The sources …, págs. 9-13.
70 HAGENDAHL , Augustine …, vol. II, págs. 377-383.
71 Un ejemplo de ello es la cita de TER ., Eun . 584-585 en Civ . II 7.
72 HAGENDAHL , Augustine …, vol. II, pág. 387.
73 HAGENDAHL , Augustine …, vol. II, págs. 388-390.
74 MARROU , Saint Augustin …, pág. 18.
75 HAGENDAHL , Augustine …, vol. II, págs. 466-468.
76 HAGENDAHL , Augustine …, vol. II, pág. 470.
77 Concretamente cita el Panegyricus de tertio consulatu Honorii Augusti 96-98.
78 BARDY , La cité de Dieu …, pág. 100.
79 Ya en sus tiempos de Casiciaco (Beat. vit . 31) lo llama lectissimus pensator verborum . En Epist . 167, 6, expresa su admiración por su estilo: Romanae linguae disertissimus . En Civ . I 5 se le valora como historiador: nobilitatae veritatis historicus .
80 HAGENDAHL , Augustine …, vol. II, pág. 650.
81 ANGUS , The sources …, pág. 27.
82 G. AY , De Livii epitoma deperdita , tesis, Leipzig, 1894, apud HAGENDAHL , Augustine …, vol. II, pág. 650.
83 I. CALABI , «Le fonte della storia romana nel de civitate Dei di sant’ Agostino», La parola del passato X (1955), págs. 274-294.
84 HAGENDAHL , Augustine …, vol. II, pág. 622.
85 HAGENDAHL , Augustine …, vol. II, págs. 669-670.
86 Vid . entre otros TESTARD , Saint Augustin …. vol. I, pág. 1 y passim , que señala que la influencia de Cicerón se observa no sólo en el estilo, sino también en el pensamiento de Agustín.
87 TESTARD , Saint Augustin …, vol. I, pág. 194.
88 HAGENDAHL , Augustine …, vol. II, pág. 498. Parece haber conocido directamente sólo las posteriora .
89 Según HAGENDAHL , Augustine …, vol. II, págs. 51-52, De natura deorum es citado en un número limitado de obras, entre las que se encuentran los 10 primeros libros del De civitate Dei . En su opinión se esperarían más citas para refutar a los paganos, pero para ello la fuente principal es Varrón, de modo que la importancia de esta obra en la argumentación es mucho menor de lo que sostienen otros autores como TESTARD , Saint Augustin …, vol. I, pág. 212.
90 HAGENDAHL , Augustine …, vol. II, págs. 569-588.
91 ANGUS , The sources …, pág. 40.
92 G. BARRA , La figura e l’opera di Terenzio Varrone Reatino nel «De civitate Dei» di Agostino , Nápoles, 1969, págs. 65-72, señala además su influencia en los libros XVIII y XIX. Sobre la relación entre ambos autores vid . además J. OROZ DE LA CONSOLACIÓN , «Introducción a una ‘Theologia’ agustino-varroniana, vista desde la Ciudad de Dios », Estudios sobre La ciudad de Dios , tomo I, La ciudad de Dios 167 (1954), págs. 459-473.
93 Asimismo, como señala HAGENDAHL , Augustine …, vol. II, págs. 593-601, gracias a Agustín el De gente populi Romani es una de las obras mejor conocidas de Varrón.
94 Civ . VI 3. Sobre este pasaje vid . HAGENDAHL , Augustine …, vol. II, págs. 589-601.
95 BARDY , La cité de Dieu …, págs. 104-105.
96 Sobre esta cuestión vid. G. J. P. O’DALY , «Augustine’s critique of Varro on Roman religion», en Religion and superstition in Latin Literature , Bari, 1996, págs. 65-67.
97 HAGENDAHL , Augustine …, vol. II, pág. 680.
98 ANGUS , The sources …, pág. 14. HAGENDAHL , Augustine …, vol. II, pág. 682, enumera varios capítulos de De civitate Dei inspirados en De deo Socratis , como Civ . VIII 14, 16, 20, IX 3, 6-8, 11-13, mientras que en Civ . IV 2 se cita el De mundo , referencias que, según HAGENDAHL , Augustine …, vol. II, pág. 686, se caracterizan por su extensión y literalidad.
99 ANGUS , The sources …, pág. 16.
100 HAGENDAHL , Augustine …, vol. II, págs. 687-688.
101 HAGENDAHL , Augustine …, vol. II, págs. 676-677.
102 TERTULIANO en Anim . 20 lo llama Seneca saepe noster .
103 BARDY , La cité de Dieu …, pág. 118.
104 P. MASTANDREA , Lettori cristiani di Senaca filosofo , Brescia, 1988, págs. 76-77.
105 J. OROZ RETA , «Séneca y San Agustín. Estudio comparativo de fuentes e influencias», en San Agustín. Cultura clásica y cristianismo , Salamanca, 1988, págs. 115-141. [=Augustinus 10 (1965), 295-325].
106 HAGENDAHL , Augustine …, vol. II, pág. 670.
107 HAGENDAHL , Augustine …, vol. II, pág. 667 señala que ambos textos dependen de Varrón.
108 HAGENDAHL , Augustine …, vol. II, pág. 676. Contamos además con un bien documentado trabajo de P. KESELING , «Augustin und Quintilian», Augustinus Magister I, París, 1954, págs. 201-4.
109 Se trata de un episodio de la Ilíada , concretamente Il . XX 302-308, citado en Civ . III, 2.
110 Como en Civ . V 8, donde las dos líneas de Od . XVIII 136-7 relativas a la adivinación proceden de una traducción que toma del De fato de Cicerón, o como en Civ . XV 9, donde dice que Plinio, Nat . VII 16, comenta que Homero se quejaba de que los humanos hubieran perdido la estatura de gigantes.
111 COMBÈS , Saint Augustin …, pág. 12.
112 HAGENDAHL , Augustine …, vol. II, pág. 690.
113 Algunos detalles, como el de que dicho autor llamaba al alma el quinto elemento (Civ . XXII 11), los toma de Cicerón (Cic., Acad . I 7, Tusc . I 10, 22).
114 BARDY , La cité de Dieu …, págs. 118-119.
115 HENRY , Plotin …
116 W. THEILER , «Porphyrios und Augustin», en Schriften der Königsbergen gelehrten Gesellschaft X, 1, Halle, 1933, págs. 4-5, la exagera llegando a decir que casi toda la filosofía de Agustín puede considerarse porfiriana. HENRY , Plotin …, pág. 222, la restringe en exceso, COURCELLE , Les lettres grecques …, págs. 159-178, considera que Agustín toma ideas suyas, sin ignorar que se trata de un pagano convencido frente al cual debía mostrar cautela.
117 A. C. VEGA , «Estructura literaria de La ciudad de Dios », Estudios sobre La ciudad de Dios , tomo II (La ciudad de Dios 167), El Escorial, 1956, págs. 13-51, esp. pág. 29.
118 VEGA , «Estructura…», pág. 29.
119 Vid . entre otros II 7 (10), 39.
120 MARROU , Augustin …, pág. 376.
121 Sobre esta concepción de la Biblia por parte de Agustín vid . M. MOREAU , «Lecture du De doctrina Christiana », en A. M. BONNARDIÈRE , Saint Augustin et la Bible , París, 1986, págs. 253-283, esp. 259.
122 BARDY , La cité de Dieu …, págs. 101-102.
123 La preferencia por dicha versión frente a la de Jerónimo aparece expresada, entre otros textos, en Civ . XVIII 43.
124 Dicha mención aparece en De doctrina Christiana II 15 (22), 46. M. MOREAU , «Lecture…», pág. 261, indica que lo único que se puede afirmar sobre dicha versión es que se trataba de una de las muchas traducciones latinas realizadas a partir de los Septuaginta , y que probablemente sería la que circulaba por Italia. Una bibliografía sobre la cuestión puede verse en MARROU , Saint Augustin …, pág. 431, n. 2, y 440, n. 3. Vid . además O. GARCÍA DE LA FUENTE , Introducción al latín bíblico y cristiano , Madrid, 1990, págs. 84-86.
125 Sobre esta cuestión vid . M. MOREAU , «Augustin a-t-il utilisé la Vulgate de Jerôme?», en A. M. BONNARDIÈRE , Saint Augustin et la Bible , París, 1986, págs. 303-322.
126 Un ejemplo de ello puede verse en XVIII 44, donde Agustín prefiere en principio la lectura del texto hebreo, según la cual Nínive sería destruida en cuarenta días y no en tres, aunque, en defensa de la versión de los Septuaginta , luego considere que ambas lecturas estaban inspiradas proféticamente y que Nínive sería símbolo de la Iglesia, destruida por la penitencia, y que los cuarenta días serían los que pasó Cristo con sus discípulos tras su resurrección, y los tres los relativos a su resurrección.
127 Sobre estas cuestiones vid . A. M. La BONNARDIÈRE , «On a dit de toi des choses glorioses, Cité de Dieu», en A. M. BONNARDIÈRE , Saint Augustin et la Bible , París, 1986, págs. 361-368.
128 La crítica de Agustín a la idea de que el mundo nace y muere para volver a renacer y a morir indefinidamente puede verse en Civ . XII 11-3. Sobre las diferencias entre la concepción clásica y agustiniana del tiempo vid . entre otros V. CAPÁNAGA , «Los ciclos cósmicos en la Ciudad de Dios», Estudios sobre La ciudad de Dios , tomo II (La ciudad de Dios 167), El Escorial, 1956, págs. 95- 112, H.-I. MARROU , L’ambivalence du temps de l’histoire chez s. Augustin , París, 1950, G. LETTIERI , Il senso della storia in Agostino d’Ippona: il «saeculum» e la gloria nel «De civitate Dei» , Roma, 1988.
129 Un detallado estudio sobre el empleo de civitas y otros términos del vocabulario político en Agustín puede verse en G. DEL ESTAL -J. J. R. ROSADO , «Equivalencia de civitas en el De civitate Dei», Estudios sobre La ciudad de Dios , tomo II (La ciudad de Dios 167), El Escorial, 1956, págs. 367-454.
130 TE SELLE , Living in two cities …, págs. 23-26.
131 H. VON ARNIM , Stoicorum veterum fragmenta , I, Stuttgart, 1978 [reimp. 1905].
132 Leg . I 23-31, Nat. Deor . II 154, Fin . III (19) 64, Rep . I 19.
133 De otio II 154, Epist . LXVIII 2.
134 Med . II 16, III 11, IV 2, IV 4 etc.
135 R. H. BARROW , Introduction to St Augustine The city of God being selections from the De civitate Dei including most of the XIXth book with text, translation and running commentary by …, Londres, 1950, pág. 270.
136 BARDY , La cité de Dieu …, pág. 57. Sobre el tema de los dos amores vid . además VAN OORT , Jerusalem and Babylon …, págs. 108-123.
137 Vid. Civ . XI 1.
138 BARDY , La cité de Dieu …, pág. 60.
139 Hebr. XI 10, 13-16; XII 22-23, XIII 14.
140 Apoc. III 12; XXI 2 y 10.
141 En su De Caïn et Abel I 1, 4, aunque no se habla de ciudad opone a los dos hermanos como dos facciones que se disputan el mundo. En la Expositio in psalmum 118 aparece la expresión de ciudad de Dios identificada con la Iglesia.
142 Ésta es la teoría de T. HALM , Tyconius-Studien , Leipzig, 1900. H. SCHOLZ , Glaube und Unglaube in der Welt-Geschichte , Leipzig, 1911, pág. 78, está de acuerdo con ella, V. STEGEMANN , Augustinus Gottestaat , Tubinga, 1928, pág. 32, la niega. LANCEL , Saint Augustin …, pág. 728 n. 25, basándose en los trabajos de BARDY , Saint Augustin. L’homme et l’oeuvre , págs. 334-335, y VAN OORT , Jerusalem and Babylon …, pág. 122, reconoce la importancia de Ticonio en la génesis del pensamiento agustiniano de las dos ciudades.
143 Vid . A. LAURAS , «Deux cités, Jerusalem et Babylone. Formation et évolution d’un thème central du De civitate Dei», Estudios sobre La ciudad de Dios , tomo I, La ciudad de Dios 167 (1954), págs. 117-150, que recopila y comenta los testimonios relativos a esta cuestión, TE SELLE , Living in two cities …, págs. 20-23, LANCEL , Saint Augustin …, págs. 563-566.
144 Vid . además XX 36-XXI 37.
145 Como señala LANCEL , Saint Augustin …, pág. 563, éstas representarán en sus sermones las dos ciudades a la vez antagonistas y mezcladas entre sí.
146 Para BARDY , La cité de Dieu …, pág. 72, resultan además especialmente interesantes las de los salmos 119-133.
147 Salm. 64, 2.
148 H. LEISEGANG , «Der Ursprung der Lehre Augustins von der Civitas Dei», Archiv für Kulturgeschichte , 16 (1925), págs. 127-158.
149 Vid . C. C. VAN HORN , Beiträge zur Staatslehre Augustins nach De civitate Dei , Breslau, 1934. La idea de las tres ciudades influye además en autores como C. JOURNET , «Les trois cités», Nova et velera 33.1 (1958), págs. 25-48, que ve en esa tercera ciudad una área neutral.
150 BARDY , La cité de Dieu …, págs. 95-97.
151 TE SELLE , Living in two cities …, págs. 42-43.
152 P. S. HAWKINS , «Polemical counterpoint in De civitate Dei», Augustinian Studies 6 (1975), 97-106.
153 VAN OORT , Jerusalem and Babylon …, págs. 152-153.
154 Sobre la identificación de Roma con Babilonia vid. Civ . XVIII 2: «Por este motivo, cuando sea preciso, debemos recordar a los reyes asirios a fin de que quede manifiesto cómo Babilonia, a modo de precedente de Roma, avanza con la ciudad de Dios, peregrina en este mundo. En cambio, los hechos que convenga introducir para la comparación de las dos ciudades, la terrena y la celeste, debemos tomarlos preferentemente de los griegos y los latinos, donde la propia Roma se presenta como una segunda Babilonia».
155 C. L. BALMUS , Étude sur le style de saint Augustin dans les Confessions et la Cité de Dieu , París, 1930.
156 MARROU , Augustin …, págs. 79-83.
157 V. BLANCO GARCÍA , La lengua latina en las obras de San Agustín , Zaragoza, 1959.
158 Chr. MOHRMANN , «Saint Augustin écrivain», en Études sur le latin des chrétiens. Tome II. Latin chrétien et medieval , Roma, 1961, págs. 247-275.
159 GARCÍA DE LA FUENTE , Introducción …, págs. 322-338.
160 MOHRMANN , «Saint Augustin…».
161 C. MAHONEY , The rare and late Latin nouns, adjectives and adverbs in St. Augustine’s «De civitate Dei» , Washington, 1935, M. B. SCHIEMAN , The rare and late Latin verbs in St. Augustine’s «De civitate Dei» , Washington, 1938.
162 GARCÍA DE LA FUENTE , Introducción …, pág. 333.
163 BARDY , La cité de Dieu …, págs. 124-128.
164 Por ejemplo, en Civ . II 9 cita un pasaje de Cicerón y añade que lo ha reproducido literalmente a excepción de algunas omisiones o de ligeros cambios para facilitar su comprensión. Al haberse perdido el texto original de Cicerón no podemos verificar la importancia de las modificaciones.
165 Agustín, entre otras cosas, explica que en Salustio regibus exactis significa regibus eiectis (Civ . II 18).
166 GARCÍA DE LA FUENTE , Introducción …, pág. 334.
167 MARROU , Augustin …, pág. 77.
168 BALMUS , Étude sur le style …, págs. 130-133.
169 MOHRMANN , «Saint Augustin…», pág. 254.
170 J. FINAERT , L’Évolution littéraire de saint Augustin , París, 1939, págs. 139-140.
171 MARROU , Augustin …, pág. 254.
172 BARDY , La cité de Dieu …, pág. 131.
173 MOHRMANN , «Saint Augustin…», pág. 255.
174 GARCÍA DE LA FUENTE , Introducción …, pág. 337.
175 MARROU , Augustin …, págs. 79-83.
176 Sobre las cláusulas en Agustín vid . H. BORNECQUE , Les clausules métriques latines , París, 1907, págs. 379-384, G. REYNOLDS , The Clausulae in the De Civitate Dei, Washington, 1924, BALMUS , Étude sur le style …, págs. 307-314, F. Di CAPUA , «Il ritmo prosaico in S. Agostino», en Miscellanea Agostiniana , t. II, Roma, 1930, págs. 607-674.
177 COURCELLE , Histoire …, pág. 108, señala que Orosio (IV 21, 6) toma de Civ . I 31-33 la idea de que las calamidades de los tiempos presentes no deben imputarse al Cristianismo, sino a la debilidad romana. De todos modos, la relación entre Agustín y Orosio continúa siendo objeto de polémica. Según G. FINK -ERRERA , «San Agustín y Orosio. Esquema para un estudio de las fuentes del De civitate Dei », La ciudad de Dios 167, 2 (1954), págs. 455-550, Orosio actuó como compilador del material que luego Agustín utilizó en su De civitate Dei y que aprovechó para escribir su propia obra, la cual a su vez influiría en el obispo de Hipona. Esta tesis es rechazada por otros estudiosos como E. SÁNCHEZ SALOR , «Introducción general», en Orosio, Historias. Libros I-IV , Madrid, 1982, págs. 9-73, esp. 16.
178 Autor de una obra titulada De gubernatione Dei , en la que, a pesar de no aludir de forma directa al De civitate Dei , comparte su visión providencialista de la historia.
179 Vid . COURCELLE , Histoire …, págs. 105-106, n. 4, que completa el estudio previo de A. DUFOURCQ , «Rutilius Namatianus contre s. Augustin», Rev. d’hist. et de litt. relig . X (1905), 488-492. Parece ser que Rutilio conoció los cinco primeros libros del De civitate Dei , y su De reditu suo es una réplica a dichos libros. Rutilio cree todavía en la eternidad de Roma (I 115, 128), y frente a la idea de que los dioses paganos nunca la ayudaron en los momentos de peligro (Civ . III 17), sostiene que estos reveses no son más que episodios sin consecuencias (De reditu suo I 126-7). COURCELLE observa además una alusión al De civitate Dei en De reditu I 201-4, donde el poeta se regocija ante los aplausos de los espectadores del circo, lo que indicaría que éste deseaba un renacer de la Roma pagana. Finalmente, frente a las críticas de Agustín del imperialismo romano en Civ . IV 3-5, Rutilio alaba esa hegemonía en De reditu I 64, 67.
180 V. CAPÁNAGA , «Introducción», en Obras de San Agustín I, Madrid, 19573 , págs. 3-356, esp. 89, donde dice lo siguiente: «En casi todos los problemas de la ciencia sagrada, ya dogmáticos ya morales, fue San Agustín la máxima autoridad humana para los siglos posteriores».
181 Para conocer las distintas lecturas que se han realizado de la obra de Agustín, aparte de las obras impresas que se citan a lo largo de este apartado, puede resultar interesante la consulta del siguiente texto en internet: T. C. MADRID , «Dónde y cómo San Agustín hoy», en www.augustinus.org/documentos/agustin_hoy/agustin_hoy.htm .
182 Como señala J. FONTAINE , Isidore de Séville. Genèse et originalité de la culture hispanique au temps des Wisigoths , Turnhout, 2000, págs. 93-95, un ejemplo de ello es el de las bibliotecas visigóticas, en especial aquella con cuyos fondos Isidoro pudo preparar sus obras, probablemente de carácter episcopal y que remontaría a finales del siglo III o principios del IV . Asimismo, hay que tener en cuenta que Isidoro en sus Versus in bibliotheca cita a Agustín entre los cuatro Padres de la Iglesia latina. Se trata de una obra de gran interés porque permite conocer los autores que Isidoro pudo haber manejado, aunque a algunos de los que aparecen citados tal vez los conociera sólo de nombre.
183 El nombre de Agustín aparece en un catálogo de un maestro de escuela llamado Winrico, datado en torno a 1075. Sobre el mismo vid . E. R. CURTIUS , Literatura europea y Edad Media latina , vol. I, Madrid, 19996 , pág. 367.
184 E. R. CURTIUS , Literatura europea y Edad Media latina , vol II, Madrid, 19996 , pág. 823.
185 Vid. Etym . VI 7.
186 Eginardo, en su Vita Karoli Magni 24, habla del gusto del emperador por la lectura de las obras de Agustín y en especial del De civitate Dei . Sobre el agustinismo político en época carolingia y la relación Iglesia-Estado en época medieval vid . J. MORÁN , «Introducción general», en Obras de San Agustín …, pág. LVI, C. MORESCHINI , «I padri», en G. CAVALLO - C. LEONARDI - E. MENESTÒ (eds.), La spazio letterario del Medioevo. I. Il medioevo latino . vol. 1: La produzione del testo , tomo I, Roma, 1992, págs. 563-604, esp. 595-596, H. X. ARQUILLIÈRE , L’augustinisme politique: essai sur la formation des theories politiques au moyen âge , París, 1934.
187 Vid . H. M. ROCHAIS , «Contribution à l’histoire des florilèges ascétiques», Revue Bénédictine 63 (1953), 246-291.
188 Recogido en PL LI, cols. 427-96.
189 PL LXII, cols. 559-1088; CSEL XCI.
190 Vid. De institutione divinarum litterarum 23.
191 J. FONTAINE , Isidore de Séville …, págs. 236-250.
192 M. C. DÍAZ Y DÍAZ , «Introducción general», en San Isidoro de Sevilla. Etimologías , I, Madrid, 1982, págs. 1-260, esp. 136.
193 M. C. DÍAZ Y DÍAZ , «La cultura de la España visigótica del siglo VII », en De Isidoro al siglo XI. Ocho estudios sobre la vida literaria peninsular , Barcelona, 1976, págs. 21-55, esp. 48.
194 PL CXIX, cols. 279-420.
195 CAPÁNAGA , «Introducción», en Obras de San Agustín XVI …, pág. 83, n. 50, lo cita a través de una edición de 1580, en Lugduni, apud Gulielmum Rovillium cum privilegio regis .
196 A dicha influencia alude constantemente J. FONTAINE , Isidore de Seville et la culture classique dans l’Espagne wisigothique , París, 1959, 1-II.
197 M. C. DÍAZ Y DÍAZ , Enciclopedismo e sapere cristiano. Tra tardo-antico e alto Medioevo , Milán, 1999, págs. 49-54.
198 A. ALBERTÉ , «Tradición y originalidad en las artes predicatorias medievales», en M. PÉREZ GONZÁLEZ (ed.), Actas del I Congreso nacional de Latín medieval , León, 1995, págs. 133-165.
199 CAPÁNAGA , «Introducción», en Obras de San Agustín XVI …, pág. 80, señala entre otros a Hildeberto, obispo de Hans en Sermones de diversis CXIII: De duabus civitatibus et duobus populis et duobus regibus , recogido en PL 171, 864-866.
200 CAPÁNAGA , «Introducción», en Obras de San Agustín I , págs. 260-265. Vid . además J. FERRATER MORA , s. v. «Agustinismo», en Diccionario de filosofia , I, Barcelona, 20056 , G. R. EVANS , Augustine on evil , Cambridge, 1982 (reimp. 1990), págs. 170-184.
201 Para el estudio de la presencia de Agustín y su De civitate Dei en el pensamiento de Isidoro, vid . entre otros U. DOMÍNGUEZ DEL VAL , «La utilización de los Padres por San Isidoro», en M. C. DÍAZ Y DÍAZ (ed.), Isidoriana , León, 1961, págs. 211-221.
202 B. BLUMENKRANZ , «Raban Maur et saint Augustin: compilation ou adaptation? À propos du latin biblique», RMAL t. 7, 2 (1951), 97-111.
203 CAPÁNAGA , «Introducción», en Obras de San Agustín XVI …, pág. 83, señala la influencia del De civitate Dei en esta parte de su producción. Vid . además J. BURUNAT , Thomas Aquinas’ use of Augustine’s work: a study in development , Nueva York, 1973.
204 Dicha ordenación se realiza, según CURTIUS , Literatura …, vol. I, pág. 51, mediante una interpretación alegórica de las profecías del Libro de Daniel, y aparece en Civ . XX 23 y XVIII 2, aunque, como puntualiza el propio CURTIUS , ibid . n. 31, la división ya aparece en el comentario griego al libro de Daniel del obispo Hipólito de Roma, de 204, y la adopta San Jerónimo en su propio comentario a dicho libro.
205 Según CURTIUS , Literatura …, vol. I, pág. 51. «La filosofía de la historia de San Agustín contribuyó a la conciencia de que la Edad Media era continuación de Roma».
206 En sus Chronica maiora adapta la teoría de las seis edades de forma original, ya que los periodos no coinciden con los que establece Agustín. Vid . DÍAZ Y DÍAZ , «Introducción general», pág. 137, FONTAINE , Isidore de Séville …, pág. 221.
207 FONTAINE , Isidore de Séville …, pág. 227.
208 Sobre esta obra vid . J. SPÖRL , «La civitas Dei en el pensamiento de Otón de Freissing», La ciudad de Dios 167, 2 (1954), 579-595.
209 En sus dos obras principales, De sancta Trinitate y De glorificatione Trinitatis subordina la historia del mundo a las tres personas de la Trinidad: el Padre se vincula a los siete días de la creación, el Hijo a las siete edades del mundo y el Espíritu Santo a las siete épocas de la historia de la Iglesia.
210 Éste divide la historia del mundo en tres épocas: la Edad del Padre, correspondiente al Antiguo Testamento, y en la que predomina lo carnal, la Edad del Hijo, la del Evangelio, en la que se produce la lucha de lo terreno contra lo espiritual y, finalmente, la del Espíritu Santo, en la que se producirá la victoria definitiva de lo espiritual. Su pensamiento se conoce a través de Gerardo de Borgo San Donnino, que recoge en su Líber introduclorius in evangelium aeternum las tres obras principales de De Fiore —Psalterium decern chordarum, Expositio in Apocalypsim y Concordia Novi et Veteris Testamenti — acompañadas de una introducción en la que de Borgo identifica dichas obras con el Evangelio Eterno del Apocalipsis 14, 6, título con el que vulgarmente se conoce la obra de De Fiore. Sobre su concepción de la historia vid . además E. REINHARDT , «Joaquín de Fiore y el IV Concilio Lateranense», AHIg . 11 (2002), 95-104, esp. 101.
211 CURTIUS , Literatura …, vol. I, pág. 338.
212 Sobre la actitud de Dante hacia Agustín, vid . CURTIUS , Literatura …, vol. II, págs. 526, 531.
213 CURTIUS , Literatura …, vol. II, pág. 694. Para DÍAZ Y DÍAZ , «Introducción general», pág. 194, es una de las principales fuentes cristianas de las Etymologiae .
214 DOMÍNGUEZ DEL VAL , «La utilización..», pág. 217.
215 Sobre estas cuestiones y su fundamento teórico vid . A. I. MAGALLÓN , La tradición gramatical de diferentia y etymologia hasta Isidoro de Sevilla , Zaragoza, 1996.
216 FONTAINE , Isidore de Séville …, pág. 96.
217 FONTAINE , Isidore de Séville …, pág. 292.
218 J. FONTAINE , «Problèmes de méthode dans l’étude des sources isidoriennes», en M. C. DÍAZ Y DÍAZ (ed.), Isidoriana , León, 1961, págs. 115-131, esp. 121.
219 L. D. REYNOLDS - N. G. WILSON , Copistas y filólogos , trad. M. SÁNCHEZ MARIANA , Madrid, 1986, págs. 150-151.
220 Vid . F. SCHALK , «Aspetti della vita contemplativa nel rinascimento italiano», en R. R. BOLGAR , Classical influences on european culture A. D. 500-1500 , Cambridge, 1971, págs. 225-238, esp. 226.
221 Sobre la racionalización en las interpretaciones de la historia a partir del Humanismo vid . CAPÁNAGA , «Introducción», en Obras de San Agustín XVI …, págs. 87-89.
222 El Secretum está compuesto por tres libros que corresponden cada uno a un día de conversación entre el poeta y Agustín, presididos por la Verdad. En el primero de ellos se trata sobre la confusión por parte de Petrarca entre el no querer y el no poder; en el segundo, el autor realiza un examen de conciencia respecto a cada uno de los siete pecados capitales, y en el tercero, la discusión se centra en el amor de Petrarca por Laura y en su ansia de fama literaria. Asimismo, la figura de la Verdad y otros elementos importantes de la obra son tomados de la Consolatio de Boecio. Sobre el Secretum, vid . C. A. EVES , St. Augustine in Petrarch’s Secretum , Bloomington, 1972.
223 Sobre los fratres communis vitae y sobre la importancia de la lectura de los textos bíblicos, patrísticos y clásicos originales en la devotio moderna, vid . R. PFEIFFER , Historia de la Filología Clásica , vol. II, De 1300 a 1850 , trad. J. Vicuña y M.a Rosa Lafuente, Madrid, 1981, págs. 123-125.
224 Vid . CH . BÉNÉ , Erasme et Saint Augustin , Ginebra, 1969, págs. 28-58.
225 R. H. BAINTON , Erasmus of Christendom , Nueva York, 1969, pág. 45.
226 Vid . BÉNÉ , Erasme …, pág. 78, L. E. HALKIN , Erasme parmi nous , París, 1987, pág. 32.
227 HALKIN , Erasme …, págs. 32-33.
228 M. BATAILLON , Erasmo y el erasmismo , trad. C. PUJOL , Barcelona, 1977, pág. 112.
229 Concretamente en el capítulo II, donde cita el De ordine de Agustín y la epístola 70 de Jerónimo. Sobre la presencia de Agustín en esta obra, vid . además HALKIN , Erasme …, pág. 91.
230 Sobre la preferencia de Erasmo por Orígenes vid . A. G. DICKENS , W. R. D. JONES , Erasmo el reformador , trad. J. M.a MARTÍNEZ MANERO , Madrid, 2002, pág. 71.
231 CAPÁNAGA , «Introducción», en Obras de San Agustín XVI …, pág. 85. Vid . además J. BUSQUETS , «Recepción de Agustín en el pensamiento de Lutero», Teología y Vida 43 (2002), págs. 121-137.
232 Sobre estas cuestiones, vid . MADRID , «Dónde y cómo…».
233 Divi Aurelii Agustini l. XXII De civitate Dei cum Commentariis Vivis Illustrati , Basileae ex Officina Frobenii. Actualmente contamos con la edición llevada a cabo por F. J. PÉREZ DURÀ y J. M.a ESTELLÉS GONZÁLEZ , Comentarii ad divi Aurelii Augustini De civitate Dei, Valencia, 1992.
234 Sobre estas polémicas, vid . C. G. NOREÑA , Juan Luis Vives , La Haya, 1970, págs. 132-136.
235 Dichos comentarios previos son los de los dominicos Tomás de Valois, Nicolás Triveth y J. de Pasaventi.
236 Erasmi epistolae V 1351 v, 36. Vid . NOREÑA , Juan Luis Vives , pág. 134.
237 NOREÑA , Juan Luis Vives , pág. 136.
238 CAPÁNAGA , «Introducción», en Obras de San Agustín XVI …, págs. 86-87.
239 Sobre la tipología de estos comentarios vid . I. ROCA , «J. Luis Vives; lexicólogo en sus Comentarios a la ciudad de Dios», Actas del IX Congreso Español de Esludios Clásicos VII: Humanismo y Tradición Clásica , Madrid, 1999, págs. 321-325, donde señala que Vives se ocupa sobre todo de los aspectos filosófico-teológicos, mitológicos e históricos, aunque también se interesa por los de carácter léxico, objeto de este estudio. Vid . además I. ROCA , «Los sistemas filosóficos clásicos en los Comentarios de L. Vives a La ciudad de Dios» , en A. ALDAMA , et al . (eds.), La Filología Latina hoy. Actualización y perspectivas , Madrid, 1999, II, págs. 1255-1263.
240 P. ACKROYD , Tomás Moro , trad. A Gimeno, Barcelona, 2003, págs. 153-156.
241 Sobre sus fuentes vid . J. MALLAFRÈ GAVALDÀ , «Introducción», en Thomas More, Utopia , Barcelona, 1977, págs. 11-69, esp. 46-52.
242 Dentro del mismo pueden encuadrarse el diálogo Mondo Savio , de Antonio Francesco Doni incluido en I mondi celesti, terrestri, et infernali, de gli accademici pellegrini , publicado en 1552, La città felice , de Francesco Patrizi, que aparece en 1553, y, más adelante, la La ciudad del sol de Tomasso Campanella (1623) y La nueva Atlántida de Francis Bacon (1624). Aunque las propuestas de cada una de estas obras resultan originales y no siempre en consonancia con el pensamiento cristiano, tienen en común con Platón o con Agustín el plantear la posibilidad de un mundo perfecto, que el obispo de Hipona, en su caso, sitúa tras esta vida, mientras que otros autores lo hacen en lugares remotos o imaginarios. Sobre el pensamiento utópico, vid . H. F. BAUZÁ , El imaginario clásico: Edad de Oro, Utopía y Arcadia . Santiago de Compostela, 1993.
243 La obra más importante para el conocimiento de dicha doctrina, y cuyo autor es el propio Jansenio, se titula precisamente Augustinus, seu doctrina sancti Augustini de humanae naturae sanitate aegritudine, medicina adversus Pelagianos et Marsilienses , publicada en torno a 1641 de forma póstuma.
244 CAPÁNAGA , «Introducción», en Obras de San Agustín I, págs. 265-273, y con abundante bibliografia en págs. 344-5, e «Introducción», en Obras de San Agustín , XVI, págs. 88-90.
245 Sobre la relación entre Descartes y Agustín, especialmente en lo que respecta a la teoría del conocimiento, vid . E. PRZYWARA , San Agustín. Trayectoria de su genio. Contextura de su espíritu , Buenos Aires, 1949, págs. 37-42.
246 Vid . además PRZYWARA , San Agustín …, págs. 43-46, Ph. SELLIER , Pascal et saint Augustin , París, 1970, L. SCOTT , «The spirit and the letter: St. Augustine and Pascal», Augustine Studies 11 (1980), págs. 145-154.
247 Sobre este autor y su obra, vid . G. BARDY , Le De civitate Dei, source principale du ‘Discours sur l’histoire universelle , París, 1913.
248 «Introducción», en Obras de San Agustín , XVI, págs. 89-90.
249 Publicada en París en 1874.
250 Sobre la relación entre Gibbon y Agustín, vid . además W. J. MC GILL , «Augustine and Gibbon: two images of the Self», Religion and life 48 (1979), 337-347.
251 Vid . además PRZYWARA , San Agustín …, págs. 47-57, que también se ocupa de su relación con Kierkegaard.
252 Sus ideas pueden verse en D. CORTÉS , Obras completas de Donoso Cortés II, Estudios sobre la historia , Madrid, 1970. Sobre su figura vid . además J. CHAIX RUI , Donoso Cortés théologien de l’histoire et prophète , París, 1959, D. SEVILLA , «El impacto de Agustín en Donoso. Las dos ciudades y las dos civilizaciones», en Estudios sobre La ciudad de Dios , tomo II (La ciudad de Dios 167), El Escorial, 1956, págs. 621-645.
253 Véase a ese respecto CAPÁNAGA , «Introducción», en Obras de San Agustín , XVI, págs. 92-98.
254 Cita de este autor dos publicaciones relacionadas con la interpretación histórica, concretamente su Théologie de l’histoire , París, 1968, y su «La théologie de l’ histoire chez Augustin», en Augustinus Magister , III, París, 1954, págs. 193-212.
255 T. L. MIETHE , Augustinian Bibliography (1970-1980), with Essays on the Fundamentals of Augustinian Scholarship , Londres, 1982, págs. 137-139.
256 L. RIBER , «Historia del texto», en San Agustín. La ciudad de Dios , vol. I, Barcelona, 1953, págs. LVII-LXIX, vid ., además Β. DOMBART - Α. KALB , «Praefatio», en Sancti Augustini De civitate Dei libri I-X , Turnholt, 1955, págs. V-VIII, A. WILMART , «La tradition des grands ouvrages de saint Augustin», Miscellanea Agostiniana , II, Roma, 1931, págs. 279-294.
257 Un intento de ello es el realizado por DOMBART en la cuarta edición de Teubner, t. I, pág. XXXIII, pero solamente lo hace de los primeros libros.
258 RIBER , «Historia del texto», pág. LIX.
259 T. ALONSO TURIENZO , «Tradición manuscrita escurialense de «La Ciudad de Dios», La ciudad de Dios , 167 (1954), 589-623; 168 (1955), 111-115, 377-389.
260 O. GARCÍA DE LA FUENTE , V. PALENTINOS FRANCO , «El texto del «De civitate Dei» de San Agustín según el manuscrito escurialense s. I. 16 (I)», Analecta Malacitana X 2 (1987), 219-257, y O. GARCÍA DE LA FUENTE , V. PALENTINOS FRANCO , «El texto del «De civitate Dei» de San Agustín según el manuscrito escurialense s. I. 16 (II)», Analecta Malacitana XI 1 (1988), 39-71, que continúa el trabajo iniciado por ALONSO TURIENZO .
261 En opinión de G. FOLLIET , «Deux grandes éditions de saint Augustin au 19e s. Gaume (1836-1839)-Migne (1841-1842)», Augustiniana 45 (1995), 5-44, la edición de Migne ha sido en general infravalorada, ya que no consiste, como suele creerse, en una mera reedición de la de los padres Maurinos, sino que para algunas obras de Agustín, como De civitate Dei se realizó una profunda revisión del texto.
262 La ciudad de Dios, del glorioso Doctor de la Iglesia San Agustín, Obispo hiponense, en veintidós libros… Traducidos del latín al romance por Antonio de Roys Roças, natural de la Villa de Vergara . En Madrid por Juan de la Cuesta, 1614.
263 La Ciudad de Dios, del gran Padre y Doctor de la Iglesia San Agustín, dividida en veintidós libros. Traducidos del latín al castellano por el Dr. José Cayetano Díaz de Beyral y Bermúdez, del gremio y claustro de la Real Universidad de Huesca …, Madrid, 1793.
264 Madrid, Imprenta Real, 1893.
265 San Agustín, La ciudad de Dios , Traducción de José Cayetano Beyral y Bermúdez, con notas y comentarios por Gabriel Riesco y una introducción de Giovanni Papini, Buenos Aires, 1941.
266 J. MORÁN , Obras de San Agustín XVI. La Ciudad de Dios , Ed. preparada por J. MORÁN , I-II, Madrid, 19642 .
267 S. SANTAMARTA DEL RÍO - M. FUERTES LANERO , Obras de San Agustín XVI. La Ciudad de Dios , Trad. S. Santamarta del Río y M. Fuertes Lanero; introd. y notas V. CAPÁNAGA , Madrid, 19884 .
268 J. BASTARDAS -L. RIBER , San Agustín. La ciudad de Dios , trad. L RIBER , texto revisado por J. BASTARDAS . Vol. I (I-II), vol. II (III-V), Barcelona, 1958.
269 Sobre este problema, vid . RIBER , «Historia del texto»…, siguiendo a B. DOMBART , A. KALB , Sancti Aurelii Augustini episcopi De civitate Dei libri XXII, ex recensione Β. DOMBART quartum recognovit A. KALB , vol. I, Leipzig, 1928, pág. XII, ya que el estudio de los códices parece demostrar que Agustín publicó su obra sin división en capítulos, y que los tituli constituían un breviculus al margen del texto, excluye la posibilidad de que éstos fueran obra de Agustín, y considera que pertenecen a un editor desconocido, no anterior al siglo VI. Η. I. MARROU , «La division en chapitres des livres de la Cité de Dieu », en Mélanges J. de Ghellinck , I, Gembloux, 1951, págs. 235-249, reconoce que dichos tituli no constituían un encabezamiento de los capítulos de cada libro, que en el original agustiniano no existían, sino un breviculus obra del propio Agustín. Para llegar a dicha conclusión se basa en la carta a Firmo, publicada por primera vez por C. LAMBOT , «Lettre inédite…», y donde indica que la obra estaba acompañada de un sumario que resumía su contenido.
LIBRO I
SUMARIO
Prefacio Propósito y contenido de la presente obra.
1 .Sobre los adversarios del nombre de Cristo, a quienes los bárbaros respetaron en la devastación de la Urbe por su devoción a Cristo.
2 .Jamás hubo ninguna guerra en la que los vencedores respetaran a los vencidos en atención a los dioses de los mismos.
3 .Cuán imprudentemente creyeron los romanos que los dioses penates, que no habían podido defender Troya, iban a resultarles a ellos de utilidad.
4 .Sobre el templo de Juno en Troya, que no salvó de los griegos a nadie, y sobre las basílicas de los apóstoles que protegieron de los bárbaros a todos los que corrieron a refugiarse en ellas.
5 .Sobre la costumbre generalizada de los enemigos de destruir las ciudades vencidas, según el parecer de Catón.
6 .Ni siquiera los romanos respetaron en la conquista de ninguna ciudad a los vencidos refugiados en sus templos.
7 .La violencia ejercida en la destrucción de la ciudad se produjo por la costumbre de la guerra; pero la clemencia procedió del poder del nombre de Cristo.
8 .Sobre los beneficios y los perjuicios que son en general comunes a buenos y malos.
9 .Sobre las causas de las pruebas que son el azote tanto de los buenos como de los malos por igual.
10 .No pierden nada los santos con la pérdida de los bienes temporales.
11 . Sobre el fin de la vida temporal, sea más larga o más breve.
12 .La negación de la sepultura de los cuerpos no produce perjuicio alguno a los cristianos.
13 .Cuál es el motivo de dar sepultura a los cuerpos de los santos.
14 .Sobre el cautiverio de los santos, a los que nunca faltó el consuelo divino.
15 .Sobre Régulo, ejemplo de cómo se debe soportar el cautiverio aceptado voluntariamente por causa de la religión, lo que, sin embargo, no pudo servirle de provecho aun rindiendo culto a sus dioses.
16 .Si las violaciones que quizá también sufrieron las vírgenes consagradas prisioneras pudieron mancillar sin el consentimiento de la voluntad la virtud del espíritu.
17 .Sobre la muerte voluntaria por miedo al castigo o a la deshonra.
18 .Sobre la violencia y la concupiscencia ajenas que se cometen en un cuerpo ultrajado en contra de la voluntad.
19 .Sobre Lucrecia, que se suicidó a causa de la violación cometida contra ella.
20 .No existe autoridad alguna que otorgue a los cristianos el derecho a la muerte voluntaria bajo ningún concepto.
21 .Sobre las muertes de seres humanos que se excluyen del delito de homicidio.
22 .La muerte voluntaria nunca puede vincularse a la grandeza de ánimo.
23 .De qué índole es el ejemplo de Catón, que se suicidó al no soportar la victoria de César.
24 .Los cristianos sobresalen en mayor medida en aquella virtud en la que Régulo fue superior a Catón.
25 .Un pecado no debe evitarse por medio de otro pecado.
26 .¿Cuáles son las razones por las que se ha de creer que los santos, según tenemos conocimiento, hicieron aquello que no es lícito hacer?
27 .Si debe desearse la muerte voluntaria por evitar el pecado.
28 .Por qué juicio de Dios fue permitida la lujuria del enemigo contra los cuerpos de las que practican la continencia.
29 .Qué debe responder la familia de Cristo a los infieles cuando les reprochan que Cristo no la libró de la furia de los enemigos.
30 .En qué vergonzosa prosperidad desean abundar quienes se quejan de los tiempos cristianos.
31 .La escalada de inmoralidad con la que aumentó en los romanos el ansia de dominación.
32 . Sobre la institución de las representaciones teatrales.
33 .Sobre los vicios de los romanos que no corrigió la destrucción de la patria.
34 .Sobre la clemencia de Dios, que atenuó el desastre de la ciudad.
35 .Sobre los hijos de la Iglesia ocultos entre los impíos y sobre los falsos cristianos que se hallan dentro de la Iglesia.
36 .Argumentos sobre los que debe discutirse en los siguientes libros.
PREFACIO 1
He asumido la tarea, emprendida en cumplimiento de la promesa que te hice, queridísimo hijo Marcelino 2 , de defender la gloriosísima ciudad de Dios 3 contra aquellos que prefieren a sus propios dioses antes que a su fundador, ya en el transcurso presente de los tiempos, en el que peregrina entre los impíos viviendo por la fe 4 , ya en la estabilidad de la morada eterna que ahora espera con paciencia 5 , hasta que la justicia se convierta en juicio 6 , y que finalmente alcanzará mediante su supremacía en una victoria definitiva y una paz perfecta. Tarea ingente y ardua 7 , pero Dios es nuestra ayuda 8 . Soy consciente, en efecto, de cuántas energías se requieren para convencer a los soberbios de la gran importancia de la que goza la virtud de la humildad, por medio de la cual su excelsitud, que no es usurpación de la altanería humana, sino concesión de la gracia divina, trasciende sobre todas las cimas terrenas, vacilantes a causa del devenir de los tiempos. Pues el rey y fundador de esta ciudad, de la que hemos dispuesto tratar, reveló en la Escritura dirigida a su pueblo el sentido de la ley divina, donde queda dicho: Dios resiste a los soberbios, y da la gracia a los humildes 9 . Pero esta facultad, que es propia de Dios, pretende arrogársela también el hinchado orgullo del alma soberbia, y gusta de que se diga en su alabanza:
«respeta a los vencidos y abate a los soberbios 10 ».
Por ello, además, respecto a la ciudad terrena, que en su afán de dominar, aunque los pueblos la sirvan, ella misma es dominada por su propio deseo de dominio, tampoco debe omitirse nada que el plan de esta obra que he emprendido exija que se diga y que mi capacidad permita exponer.
1
De esta ciudad presente, en efecto, surgen enemigos frente a los cuales debe ser defendida la ciudad de Dios. Muchos de ellos, no obstante, una vez enmendado el error de su impiedad, se convierten en ella en ciudadanos suficientemente dignos; otros muchos, por el contrario, se inflaman en un odio tan vehemente hacia la misma, y se muestran tan desagradecidos ante los favores manifiestos de su redentor, que hoy no moverían sus lenguas contra ella si al huir del hierro enemigo no hubieran hallado en sus lugares sagrados la vida de la que se vanaglorian. ¿No son también hostiles al nombre de Cristo aquellos romanos a quienes los bárbaros respetaron por causa de su devoción a Cristo? De ello dan fe los santuarios de los mártires 11 y las basílicas de los apóstoles, que en medio de aquella devastación de la ciudad acogieron a los que huían a refugiarse en ellos, propios o extraños 12 . Hasta allí mostraba su crueldad el enemigo sanguinario, allí encontraba su límite la furia del homicida, allí eran conducidos por enemigos compasivos aquellos a quienes habían respetado incluso fuera de estos lugares, a fin de que no cayeran en manos de otros que no estaban dotados de idéntica misericordia. Incluso aquellos mismos que se mostraron sin embargo crueles y furibundos en otros lugares, según la costumbre del enemigo, una vez que llegaban a aquellos donde les estaba vedado lo que en otros hubieran permitido las leyes de la guerra, veían refrenada toda su cruel ansia de infligir heridas y se quebrantaba su deseo de tomar prisioneros. Así huyeron muchos que ahora denuestan los tiempos cristianos y achacan a Cristo los males que soportó aquella ciudad; en cambio, no atribuyen a nuestro Cristo el don de hallarse sanos y salvos que se les concedió por devoción a Cristo, sino a su fortuna, cuando más bien deberían, si tuvieran algo de buen juicio, atribuir aquellas penosas y duras tribulaciones que sufrieron a manos de los enemigos a la providencia divina, que suele enmendar y depurar con las guerras las costumbres corrompidas de los humanos, y, al mismo tiempo, poner a prueba con tales aflicciones a los mortales que llevan una vida justa y digna de alabanza, y, una vez probados, o bien trasladarlos a otra mejor o bien retenerlos todavía en estas tierras para otros fines; pero el hecho de que los terribles bárbaros les hubieran respetado en contra de la costumbre de la guerra por el nombre de Cristo, ya fuera en cualquier parte, ya en los lugares consagrados especialmente a Él, elegidos los de mayor capacidad para recibir a la multitud en virtud de una misericordia más generosa, deberían atribuirlo a los tiempos cristianos, y, en consecuencia, por un lado, dar las gracias a Dios, por otro, acudir a su nombre con sinceridad para escapar de las penas del fuego eterno, nombre que muchos de ellos usurparon en falso para escapar de las penas de la calamidad presente. Pues entre aquellos que ves insultar con insolencia y desvergüenza a los siervos de Cristo, hay muchos que no hubieran escapado de aquella muerte y destrucción de no haber fingido ser ellos siervos de Cristo. Y ahora, en su ingrata soberbia y sacrílega locura, se oponen a su nombre con perverso corazón para ser castigados en las tinieblas sempiternas, nombre al que se acogieron aun con palabras engañosas para disfrutar de la luz temporal.
2
Multitud de guerras acontecidas han sido relatadas, ya anteriores a la fundación de la ciudad, ya a partir de su surgimiento y hegemonía: léanlas y señalen si alguna ciudad fue tomada por extranjeros bajo la condición de que los enemigos que lo hicieron respetaran a aquellos a quienes descubrieran refugiados en los templos de sus dioses, o si algún caudillo bárbaro ordenó que, una vez asaltada la ciudad, no se hiciera daño a nadie que hubiera sido hallado en tal o en cual templo 13 . ¿No vio Eneas a Príamo entre los altares
«profanando con su sangre los fuegos que él mismo había consagrado? 14 ».
¿Acaso Diomedes y Ulises
«no se apoderaron de la efigie sagrada una vez muertos los guardianes de la alta fortaleza, y osaron tocar con las manos ensangrentadas las cintas virginales de la diosa? 15 ».
Pero tampoco es verdad lo que sigue:
«A partir de aquello se desvanecía y disipaba la frágil esperanza de los Dánaos 16 ».
En realidad al final consiguieron la victoria, destruyeron Troya a sangre y fuego y degollaron a Príamo, que se había refugiado junto a los altares 17 . Y Troya no pereció por haber perdido a Minerva. ¿Qué había perdido antes la propia Minerva para perecer? ¿A sus guardianes quizás? Esto es cierto sin lugar a dudas, pues, una vez muertos aquéllos, se la pudieron llevar. En realidad la imagen no protegía a los humanos, sino que éstos la protegían a ella. Así pues, ¿cómo es que se le rendía culto para que custodiase a la patria y a sus ciudadanos, si no fue capaz de custodiar a sus propios guardianes? 18 .
3
¡Fijaos a qué clase de dioses los romanos se complacían en haber encomendado la salvaguardia de su ciudad! ¡Qué error tan lamentable! Y se indignan contra nosotros cuando hablamos así de sus dioses; pero no lo hacen contra sus autores, a los que estudiaron a cambio de dinero e, incluso, consideraron a los propios maestros especialmente merecedores de un salario público y de honores.
De hecho, en Virgilio, al que leen los niños pequeños a fin de que este gran poeta, el más brillante e ilustre de todos 19 , no pueda caer fácilmente en el olvido al haberse empapado de él las almas tiernas, según aquel dicho de Horacio:
«la jarra nueva conservará largo tiempo el aroma del que se impregnó una vez 20 »,
en Virgilio, digo, se presenta a Juno, hostil a los troyanos, diciéndole a Eolo 21 , rey de los vientos, a fin de hostigarle contra ellos:
«Una nación enemiga mía surca el mar Tirreno llevando a Italia Troya y sus penates vencidos 22 ».
¿Es así como unas personas sensatas debieron encomendar Roma a esos penates vencidos, a fin de que no fuera vencida? Pero Juno pronunciaba estas palabras como mujer encolerizada, sin saber lo que decía. ¿Y qué dice el propio Eneas, tantas veces llamado piadoso? ¿No relata del modo siguiente:
«Panto, hijo de Otreo 23 , sacerdote de la fortaleza y de Febo, él mismo arrastra en sus manos los objetos sagrados, los penates vencidos y a su pequeño nieto, y enloquecido se dirige a la carrera a nuestra morada? 24 ».
¿No está presentando a esos mismos dioses, a los que no duda en llamar vencidos, encomendados a él antes que él a ellos cuando se le dice:
«Troya te encomienda sus objetos sagrados y sus Penates? 25 ».
Así pues, si Virgilio no sólo declara vencidos a tales dioses vencidos, sino también encomendados a un ser humano, para que, aun vencidos, pudieran escapar de algún modo, ¿qué clase de locura es pensar que Roma había sido confiada sabiamente a tales tutores, y que, si no los hubiera perdido, no hubiera podido ser destruida?
Más aún, rendir culto a dioses vencidos como protectores y defensores, ¿qué otra cosa es sino tener no unos buenos dioses, sino unos malos pagadores 26 ? En efecto, ¡cuánto más sensato resulta creer no que Roma no se hubiera visto abocada a este desastre si ellos no hubiesen perecido antes, sino más bien que ellos deberían haber perecido en el pasado si Roma no se hubiera esforzado tanto en protegerlos! ¿Quién, pues, no es capaz de darse cuenta a primera vista de cuán vana resultó su presunción de que no podía ser vencida bajo la protección de unos defensores vencidos, y de que pereció porque perdió a sus dioses protectores, cuando, en realidad, la única causa posible de ello fue el haber decidido tener unos dioses protectores destinados a perecer? Así pues, cuando los poetas escribían y cantaban aquellas historias sobre dioses vencidos no era por el placer de mentir, sino que, como a personas sensatas 27 que eran, la verdad les impulsaba a darlas a conocer. Estas cuestiones han de ser tratadas en otro lugar de manera más oportuna, con mayor diligencia y amplitud 28 . Ahora expondré brevemente, en la medida de mis posibilidades, aquello que me había propuesto decir acerca de las personas ingratas, que en su blasfemia achacan a Cristo aquellos males que soportan merecidamente por la perversidad de sus costumbres. En cambio, no se dignan tener en cuenta el hecho de haber sido respetados por devoción a Cristo, aun siendo tal su condición, y en la demencia de su sacrílega perversidad desatan contra su nombre las mismas lenguas con las que usurparon con falsedad ese mismo nombre para salvar su vida, o que contuvieron por miedo en los lugares consagrados a él, para, tras haber permanecido seguros y protegidos allí, donde no habían sufrido daño por parte de los enemigos gracias a él, lanzarse fuera de esos lugares con hostil maledicencia contra él.
4
Como he dicho, la misma Troya, madre del pueblo romano, no pudo proteger a sus ciudadanos, en los lugares consagrados a sus dioses, del fuego y el hierro de los griegos, que rendían culto a esos mismos dioses; es más:
«en el templo de Juno guardianes escogidos, Fénix 29 y el cruel Ulises, vigilaban el botín; por doquier se amontonaban las riquezas troyanas arrebatadas a los templos incendiados, los altares de los dioses, las cráteras de oro macizo y las vestiduras capturadas. A su alrededor permanecen en pie los niños y las aterrorizadas madres en larga hilera 30 ».
Por lo visto, el lugar consagrado a tan excelsa diosa se eligió no de forma que no fuera lícito sacar de él a los prisioneros, sino que resultase apropiado para encerrarlos. Compara ahora aquel templo, no de cualquier dios gregario o de la vulgar muchedumbre 31 , sino de la mismísima hermana y esposa de Júpiter, reina de todos los dioses 32 , con los santuarios de nuestros apóstoles. Allí se llevaban los despojos arrebatados a los templos incendiados y a los dioses, no para entregarlos a los vencidos, sino para repartirlos entre los vencedores; aquí en cambio se restituyó con honor y religiosísima reverencia incluso aquello que, habiendo sido hallado en otra parte, se descubrió que pertenecía a aquellos lugares. Allí la libertad se perdió, aquí se conservó; allí se encerró a los cautivos, aquí se prohibió el cautiverio; allí se mantenía apresados a aquellos cuyo destino era convertirse en posesión de unos enemigos ávidos de dominio, aquí eran conducidos para ser liberados por otros compasivos: en fin, aquel templo de Juno fue elegido para su provecho por la avaricia y la soberbia de veleidosos grieguecillos 33 , estas basílicas de Cristo por la misericordia y la humildad de bárbaros, aun feroces. A no ser que tal vez los griegos en realidad respetaron en aquella victoria suya los templos de los dioses comunes, y no se atrevieron a herir o a tomar prisioneros a los desgraciados y vencidos troyanos que iban allí a refugiarse, y, en cambio, Virgilio, según la costumbre de los poetas, se inventó estas historias. Lo que es cierto es que él describió lo que acostumbran a hacer los enemigos cuando destruyen ciudades.
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Tampoco Catón 34 deja de recordar esta costumbre, según escribe Salustio, historiador de reconocida veracidad, en la exposición ante el senado de su parecer acerca de los conjurados: «doncellas y niños eran raptados, los hijos arrancados del abrazo de sus padres, las madres de familia sometidas al capricho de los vencedores, templos y casas eran expoliados, se producían matanzas e incendios: en suma, todo estaba lleno de armas, cadáveres, sangre y duelo» 35 . Si no hubiera mencionado aquí los templos, podríamos pensar que los enemigos solían respetar las moradas de los dioses. Y esta barbarie no la temían los templos romanos de parte de enemigos extranjeros, sino de Catilina 36 y sus secuaces, nobilísimos senadores y ciudadanos romanos. Aunque, a decir verdad, éstos no eran sino unos perdidos y parricidas de su patria.
6
¿Por qué, pues, ha de transcurrir nuestro discurso a través de multitud de naciones que entablaron guerras entre sí y jamás respetaron a los vencidos en las moradas de sus dioses? Observemos a los propios romanos, digo, recordemos y contemplemos a los mismísimos romanos, en cuya singular alabanza se ha dicho:
«respetaban a los vencidos y abatían a los soberbios 37 »,
y que, cuando recibían una afrenta, preferían perdonarla a perseguirla 38 . Dígannos qué templos solían exceptuar para que quedara en libertad todo aquel que se hubiera refugiado en ellos, cuando, para extender su dominio, destruyeron tantas y tan importantes ciudades tras asaltarlas y capturarlas. ¿Lo hacían acaso ellos y los narradores de tales empresas se lo callaban? ¿Así que aquéllos, tan interesados como se hallaban en la búsqueda de historias dignas de alabanza, omitían estos indicios de piedad, tan admirables para su mentalidad? Se cuenta que Marco Marcelo 39 , ilustre entre la estirpe romana, conquistador de la hermosísima ciudad de Siracusa, lloró por ella antes de su caída, y que derramó sus lágrimas antes que la sangre de aquélla. Se ocupó también de que se respetase el pudor incluso en el enemigo. Pues antes de haber ordenado como vencedor la conquista de la ciudad, decretó mediante un edicto que nadie ultrajase el cuerpo de ninguna persona libre 40 . No obstante, la ciudad fue destruida según la costumbre de la guerra, y en ninguna parte se lee que un general tan casto y clemente hubiera decretado que se conservara ileso a aquel que hubiera huido a tal o a cual templo. Sin duda un acto semejante no se hubiera omitido de ningún modo, cuando no se pudo callar ni el llanto de Marcelo ni el edicto que había promulgado para que el pudor no fuera en absoluto mancillado. Fabio 41 , destructor de la ciudad de Tarento, es alabado por haberse abstenido del saqueo de las imágenes. Pues al consultarle su secretario cuáles eran sus órdenes respecto a las estatuas de los dioses, que se habían capturado en buen número, incluso sazonó su moderación con un toque de humor. Pues preguntó cómo eran, y cuando se le informó de que muchas no sólo eran de gran tamaño, sino que también estaban armadas, dijo: «Dejemos a los Tarentinos sus dioses encolerizados». Por consiguiente, si los narradores de las empresas de los romanos no pudieron callar ni el llanto del primero ni la risa del segundo, ni la casta misericordia del uno ni la chistosa moderación del otro, ¿cómo iban a pasar por alto que se hubiera respetado a algunas personas en honor a cualquiera de sus dioses, prohibiendo que se cometieran matanzas o se tomaran prisioneros en tal o cual templo?
7
Así pues, toda la devastación, la matanza, el pillaje, el incendio y el daño perpetrados en este recentísimo desastre romano fueron resultado de la costumbre de la guerra; en cambio, aquello que se hizo según una nueva costumbre según la cual, tomando los acontecimientos un cariz inesperado, la crueldad bárbara se mostró tan moderada que se eligieron y designaron las basílicas más amplias para que las llenase una población a la que se había de respetar, donde nadie fuese herido, de donde nadie fuese arrancado, adonde muchos fueran llevados por enemigos compasivos para ser liberados, de donde nadie fuera raptado por crueles enemigos en calidad de prisionero, quien no ve que ello ha de atribuirse al nombre de Cristo, a los tiempos cristianos, está ciego, quien lo ve y no lo alaba, es un ingrato, quien combate al que lo alaba, un demente. Lejos esté de nadie sensato atribuirlo a los fieros bárbaros 42 . Aquél aterrorizó a las mentes más temibles y crueles, aquél les puso freno, aquél las moderó de forma asombrosa, aquel que hace mucho tiempo dijo a través de un profeta: probaré con la vara sus iniquidades y sus pecados con el látigo; pero no apartaré mi misericordia de ellos 43 .
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Alguien dirá: «¿por qué, pues, esta misericordia divina ha alcanzado también a los impíos y a los ingratos?». ¿Por qué pensamos, si no es porque quien la ofreció es aquel que cada día hace salir su sol sobre buenos y malos y hace llover sobre justos e injustos? 44 Efectivamente, aunque algunos de ellos al reflexionar sobre esto se corrijan de su impiedad mediante el arrepentimiento, otros, en cambio, como dice el apóstol, despreciando las riquezas de la bondad y de la largueza de ánimo de Dios, de acuerdo con la dureza de su corazón y su alma impenitente atesoran para sí la ira para el día de la ira y de la revelación del juicio justo de Dios, que pagará a cada uno según sus obras 45 . Sin embargo, la paciencia de Dios invita a los malvados al arrepentimiento, así como el azote de Dios instruye a los buenos en la paciencia. Asimismo, la misericordia de Dios abraza a los buenos para protegerlos, así como la severidad de Dios recae sobre los malos para castigarlos. Lo cierto es que a la providencia divina complació disponer para la vida futura bienes para los justos de los cuales no disfrutarán los injustos, y males para los impíos por los cuales no sufrirán los bondadosos. Quiso en cambio que estos bienes y males temporales fueran comunes para unos y otros, para que ni se deseen con excesiva avidez los bienes que comprobamos que poseen también los malos, ni se eviten de forma vergonzosa los males por los que también los buenos se ven afectados en muchas ocasiones.
Por otra parte, resulta de especial interés cuál es la actitud ya ante las circunstancias que se llaman prósperas, ya ante aquellas que se denominan adversas. Pues el bueno ni se ensoberbece con los bienes temporales ni se derrumba con los males; el malvado, en cambio, es castigado por tal infelicidad porque con la felicidad se corrompe. Sin embargo, Dios muestra a menudo con bastante claridad su intervención en el reparto de dichos bienes y males. Pues, si castigase ahora todo pecado con una pena manifiesta, se creería que no se reserva nada para el juicio final; por el contrario, si la divinidad no castigase ahora ningún pecado abiertamente, se creería que no existe la providencia divina. Igualmente, en lo que respecta a la prosperidad, si Dios no la concediera con evidentísima largueza a algunos de los que la piden, diríamos que esto no le atañe; y, del mismo modo, si se la concediera a todos los que la piden, pensaríamos que no se le debe servir por otra razón más que por tales recompensas, y tal servidumbre no nos haría piadosos, sino más bien codiciosos y avaros. Siendo así las cosas, aquellos que, buenos o malos, se vieron afligidos del mismo modo, no dejan de ser distintos porque no sea distinto lo que soportaron unos y otros. Se mantienen en efecto las diferencias entre los que sufren en igualdad de sufrimientos, y, aunque se hallen sometidos a un mismo tormento, no son idénticos la virtud y el vicio. Pues, como bajo un único fuego el oro resplandece y la paja humea, bajo los mismos trillos la paja se tritura y se limpia el grano, y la hez no se mezcla con el aceite porque se exprima con el peso de la misma prensa, del mismo modo, una sola e idéntica fuerza en su irrupción prueba, purifica y pule a los buenos, pero condena, abate y extermina a los malos. De ahí que en la misma aflicción los malos maldicen a Dios y blasfeman, los buenos en cambio le suplican y alaban. Lo único que importa no es la naturaleza de los males, sino la índole de quien los soporta. Pues, agitados con idéntico movimiento, el cieno apesta terriblemente y el perfume exhala una suave fragancia.
9
Entonces, ¿qué mal sufrieron los cristianos en aquella devastación que no les sirviera de provecho, si se considera a la luz de la fe? Principalmente que cuando reflexionan con humildad sobre esos mismos pecados por cuya causa Dios, en su indignación, llenó el mundo de tan grandes calamidades, aunque disten mucho de los facinerosos, deshonestos e impíos, no se consideran, sin embargo, libres de falta hasta el extremo de no juzgarse merecedores de soportar males en la vida temporal por su causa. Exceptuado el hecho de que toda persona, aun viviendo de forma todo lo honesta que se quiera, cede en algunos casos a la concupiscencia carnal, aunque sin llegar a la barbarie del crimen, el abismo de la ignominia y la abominación de la impiedad, y sí, en cambio, a la comisión de algunos pecados, ya raros, ya tanto más abundantes cuanto más leves —exceptuado, pues, esto— ¿a quién puede encontrarse fácilmente que considere tal como merecen ser considerados a aquellos mismos por cuya horrenda soberbia, lujuria y avaricia y por cuyas execrables iniquidades e impiedades Dios destruyó las tierras tal como anunció en sus amenazas? 46 ¿Va a vivir con ellos como se debe vivir con semejantes personas? Efectivamente, a menudo hipócritamente se prescinde de enseñarles y aconsejarles, algunas veces incluso de reprenderles y amonestarles, ya cuando se siente insatisfacción por la labor, ya cuando no nos atrevemos a atacarles de frente, ya cuando evitamos las enemistades para que no se conviertan en un obstáculo y nos perjudiquen en los bienes temporales, sea en los que nuestra codicia ansía conseguir todavía, sea en los que la debilidad teme perder. De ese modo, aunque la vida de los malos desagrade a los buenos y, por ello, no caigan con ellos en aquella condenación que está dispuesta después de esta vida para personas de tal índole, sin embargo, por perdonar sus pecados más condenables por razones tales, mientras los temen en los suyos, aunque leves y veniales, merecidamente son azotados con ellos en la vida temporal, aunque en la eternidad no sean castigados en modo alguno, y, merecidamente, cuando por la voluntad divina son afligidos con éstos, sienten la amargura de esta vida, por amor a cuya dulzura no quisieron causar amargura a los pecadores. Ahora bien, si alguien se abstiene de reprender y amonestar a los que obran mal porque busca una ocasión más oportuna, o porque teme que éstos mismos se vuelvan peores por ello o impidan que otros débiles sean instruidos en la vida honesta y piadosa, y los presionen y aparten de la fe, esto no parece una concesión al interés propio, sino una muestra de caridad. Sí resulta digno de reproche que aquellos que viven de forma diferente que los malos y aborrecen sus acciones se muestren indulgentes sin embargo con los pecados de otros, que deberían corregir o incluso reprender, mientras se guardan de ofenderlos para que no les perjudiquen en aquellos bienes de los que los buenos disfrutan lícita y honradamente, pero con mayor avidez de lo que correspondía a quienes son peregrinos en este mundo y portan ante sí la esperanza de una patria superior. Ciertamente no sólo los más débiles, que llevan vida conyugal 47 , que tienen hijos o buscan tenerlos, que poseen casas y servidumbre (a los que se dirige el apóstol en las iglesias enseñando y aconsejando de qué modo deben vivir las esposas con los maridos y los maridos con las esposas, los hijos con los padres y los padres con los hijos, los esclavos con los amos y los amos con los esclavos) 48 , adquieren de buen grado muchos bienes temporales, muchos terrenales, y sienten disgusto por su pérdida, y, a causa de ellos, no se atreven a ofender a personas cuya vida llena de corrupción y de crímenes les desagrada. También aquellos que mantienen un género de vida más elevado, que no están atados por los lazos conyugales, y viven con alimento y vestido sencillos, muchas veces, por temor a las insidias y los ataques de los malvados contra su reputación y su integridad física, se abstienen de reprenderlos. Aunque no los teman hasta el punto de ceder en la comisión de acciones tales a cualesquiera abominaciones y maldades suyas, muchas veces, sin embargo, no quieren condenar estas mismas acciones que no cometen con éstos, a pesar de que tal vez podrían corregir a algunos condenándolas, no fuera a ser que, de no tener éxito, su integridad física y su reputación se expusieran al peligro de la perdición, y ello no en la consideración de que su integridad física y su reputación son necesarias para la instrucción de las gentes, sino más bien por esa debilidad que se deja deleitar por la lengua lisonjera y la vida terrena, mientras se teme el juicio humano 49 y el sufrimiento o la muerte de la carne, es decir, por ciertas ataduras de las pasiones, no por los deberes de la caridad.
Así pues, no me parece que sea éste un motivo sin importancia para que los buenos también sean azotados junto con los malos cuando a Dios place castigar las costumbres depravadas incluso con la aplicación de castigos temporales. En efecto, son azotados conjuntamente no porque lleven mala vida de forma simultánea, sino porque juntos aman la vida temporal, no ciertamente de la misma manera, sino a la par, una vida que deberían despreciar los buenos para que aquéllos, una vez amonestados y corregidos, consiguieran la eterna. Y si no quisieran aliarse con ellos en su consecución, habrían de ser soportados y amados como enemigos, porque, mientras viven, siempre queda en la incertidumbre si van a cambiar su voluntad para mejor. En este asunto tienen una responsabilidad no ya idéntica, sino mucho más grave, aquellos a los que se dice a través del profeta: Aquél sin duda morirá en su pecado, pero yo reclamaré su sangre de mano del centinela ? 50 . En efecto, a ese propósito fueron establecidos en las iglesias los centinelas 51 , es decir, los prepósitos de los pueblos, para que no cejen en la reprensión de los pecados. Y, sin embargo, no por este motivo se halla enteramente libre de semejante culpa aquel que, aun no siendo prepósito, conoce no obstante en aquellos a quienes está unido por la necesidad de esta vida muchas actitudes que deberían ser advertidas y reprochadas, y se despreocupa, evitando ofenderlos a causa de los bienes de los que disfruta en esta vida no de forma indebida, pero deleitándose en ellos más de lo debido. Tienen además los buenos otra causa, como la que tuvo Job, por la que ser afligidos con males temporales: para que el propio espíritu humano se ponga a prueba y sea consciente de con qué gran sentimiento de piedad ama a Dios sin esperar nada a cambio.
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Una vez consideradas y analizadas convenientemente estas cuestiones, observa si ha acontecido algún mal a los fieles y piadosos que no se les haya tornado en bien, a no ser que quizá haya que pensar que carece de sentido aquella sentencia apostólica en la que se dice: Sabemos que para quienes aman a Dios todo contribuye al bien 52 . Perdieron todo lo que tenían. ¿Acaso perdieron la fe? ¿Acaso la piedad? ¿Y los bienes del interior del ser humano, que es rico ante Dios? 53 Estas son las riquezas de los cristianos. Y un apóstol rico en ellas decía: es un gran negocio sin duda la piedad del que se siente satisfecho con lo que tiene. Pues nada trajimos a este mundo, pero tampoco podemos llevarnos nada. Y si tenemos alimento y vestido nos contentamos con ello. Pues los que desean hacerse ricos caen en la tentación, en la trampa, y en muchos deseos 〈absurdos 〉 y perniciosos que hunden a los seres humanos en la muerte y la perdición. En efecto, la avaricia es la raíz de todos los males, y algunos, viéndose arrastrados por ella, se desviaron de la fe y se implicaron en muchos dolores 54 . Así pues, aquellos cuyas riquezas terrenales se perdieron en aquella devastación, si las poseían según habían oído hablar de éste, como un pobre por fuera y como un rico por dentro, es decir, si hacían uso del mundo como si no hicieran uso de él 55 , pudieron decir lo que aquél, poderosamente tentado y en modo alguno vencido: Desnudo salí del vientre de mi madre, desnudo volveré a la tierra. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, como plugo al Señor así se hizo: bendito sea el nombre del Señor 56 ; de modo que como buen siervo consideraba una gran riqueza la misma voluntad de su Señor, y al seguirla a pies juntillas se enriquecería en su espíritu, y no se entristecería viviendo privado de aquellos bienes que pronto habría de abandonar cuando muriera. En cambio, aquellos más débiles, que, aunque no antepusieran estos bienes terrenos a Cristo, sin embargo, estaban apegados a ellos de forma un tanto codiciosa, se dieron cuenta al perderlos de la magnitud de su pecado de amarlos. Efectivamente, sufrieron en la misma medida en que se habían implicado en los sufrimientos, tal como se dice en las palabras del apóstol que recordé anteriormente. Convenía, pues, que se impartiesen lecciones surgidas de la experiencia a aquellos que desdeñaron las de las palabras durante tanto tiempo. Pues cuando dijo el apóstol: los que desean hacerse ricos caen en la tentación y lo que sigue, sin duda reprende el anhelo de riquezas, no su posesión, pues en otro lugar dio el siguiente precepto: Ordena a los ricos de este mundo que no se muestren soberbios ni pongan su confianza en la incertidumbre de las riquezas, sino en Dios vivo, que nos proporciona todas las cosas en abundancia para nuestro disfrute: que practiquen el bien, que sean ricos en buenas obras, que den con generosidad, que compartan, que atesoren para sí un buen fundamento para el futuro, a fin de alcanzar la verdadera vida 57 . Quienes actuaban así respecto a sus riquezas se aliviaron de leves pérdidas con grandes beneficios, y sintieron por los bienes que conservaron de forma más segura distribuyéndolos generosamente una satisfacción mayor que la tristeza por aquellos que perdieron más fácilmente reteniéndolos de forma medrosa. Pues pudo perecer en la tierra lo que no interesó llevarse de allí. En efecto, quienes aceptaron el consejo de su Señor cuando les dijo: no escondáis tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los destruyen y donde los ladrones horadan y roban; amasaos en cambio tesoros en el cielo, donde no llega el ladrón ni la polilla los echa a perder; pues donde está tu tesoro, allí también estará tu corazón 58 , en el tiempo de tribulación experimentaron con cuánta sensatez actuaron al no despreciar al más veraz preceptor y al más fiel e invencible guardián de su tesoro. Pues si muchos se alegraron de haber tenido sus riquezas allí donde la suerte quiso que no llegase el enemigo, ¡con cuánta más certeza y seguridad pudieron alegrarse quienes, por consejo de su Dios, las trasladaron allí donde no pudiera llegar en absoluto! De ahí que nuestro Paulino, obispo de Nola 59 , convertido por voluntad propia de opulentísimo en riquezas en paupérrimo, pero riquísimo en santidad, cuando los bárbaros devastaron también dicha ciudad, siendo su prisionero, hacía este ruego en su corazón, tal como supimos posteriormente por él mismo: «Señor, que no sea torturado a causa del oro y la plata; pues tú sabes dónde están todos mis bienes». En efecto, tenía todos sus bienes allí donde le había indicado que los guardase y atesorase aquel que había anunciado que estos males habrían de caer sobre el mundo. Y, por ello, quienes habían obedecido a su señor cuando les aconsejaba dónde y cómo debían atesorar, no perdieron tampoco las propias riquezas terrenas en las incursiones bárbaras. En cambio, aquellos que lamentaron no haber obedecido, aprendieron qué debía hacerse con tales riquezas, si no por un conocimiento previo, sí gracias a la experiencia posterior.
Pero se podría objetar que algunas buenas personas, incluso cristianas, fueron sometidas a tormentos para que entregasen sus bienes a los enemigos. No obstante, aquéllos ni pudieron entregar ni perder aquel bien que les hacía buenos. Y si prefirieron ser torturados antes que entregar las riquezas obtenidas con maldad, en ese caso no eran buenos. Efectivamente, a aquellos que soportaban por el oro unos suplicios tales como los que deberían soportar por Cristo se les debería haber advertido que aprendiesen a amar preferentemente a aquel que enriquecería con la felicidad eterna a los que sufrieran por él, y no el oro y la plata, por los que resultó especialmente lamentable sufrir, ya los ocultaran mintiendo, ya los entregaran diciendo la verdad. Pues en medio de los tormentos nadie perdió a Cristo confesando, nadie conservó el oro sino negando. En consecuencia, tal vez resultaban más útiles los tormentos que enseñaban que debía amarse el bien incorruptible que aquellos bienes por amor a los cuales sus dueños eran atormentados sin ningún fruto provechoso.
Pero también algunos que no tenían nada que entregar fueron torturados porque no se les creyó. Y éstos tal vez deseaban tener, y no eran pobres por una voluntad santa; a éstos se hubo de enseñar que no ya sus posesiones, sino su propia codicia era digna de tales tormentos. No sé con certeza si a algunos de aquellos que, por el propósito de llevar una vida mejor, no tenían oro y plata escondidos, les tocó en suerte sufrir la tortura en la creencia de que los tenían: sin embargo, en el caso de que tal cosa sucediera, lo que sí es cierto es que quien confesaba su santa pobreza entre aquellos tormentos, confesaba a Cristo. Por lo cual, aunque no mereció ser creído por los enemigos, sin embargo, como confesor de la santa pobreza, no pudo ser torturado sin merecer la recompensa celeste.
A muchos, dicen, incluso cristianos, los ha asolado una larga hambruna. También esto los buenos fieles lo tornaron en su propio provecho soportándolo piadosamente. Pues a los que mató el hambre los libró de los males de esta vida como una enfermedad del cuerpo, y a los que no mató les enseñó a vivir más frugalmente, a ayunar durante más tiempo.
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Pero, de hecho, también muchos cristianos fueron muertos, muchos aniquilados por una horrible variedad de formas de morir. Resulta difícil de soportar, pero, sin duda, es una condición que comparten todos los que han sido engendrados para esta vida. Lo que sí sé es que no ha muerto nadie que no hubiera de morir en un momento dado. El final de la vida hace idénticas tanto una larga vida como una breve. En efecto, no es mejor una cosa y otra peor, ni una más larga y otra más breve, si ambas igualmente han dejado de existir. ¿Qué importa, pues, con qué clase de muerte termina esta vida cuando aquel para el que termina no está obligado a morir de nuevo? Pero, si cada uno de los mortales se halla amenazado de algún modo por innumerables formas de muerte en las vicisitudes cotidianas de esta vida, mientras queda en la incertidumbre cuál de ellas habrá de presentarse, me pregunto si es mejor soportar una sola muriendo o temerlas todas viviendo. Y no ignoro cuánto más prestamente se elige vivir largo tiempo bajo el temor de tantas muertes en lugar de no temer ya ninguna muriendo una sola vez. Pero una cosa es lo que el sentido de la carne en su debilidad rehúye con cobardía y otra lo que consigue superar la razón de una mente que ha reflexionado con rigor. Una muerte a la que haya precedido una vida honesta no debe considerarse mala. Y, efectivamente, nada hace mala a la muerte salvo lo que la sigue. Así pues, quienes están destinados a morir sin remedio no deben preocuparse en exceso de cómo va a acontecer su muerte, sino adónde serán obligados a dirigirse una vez muertos. Pues, si los cristianos saben que la muerte de un pobre piadoso entre las lenguas de los perros que le lamían resultó, con mucho, preferible a la del rico impío entre púrpura y lino fino 60 , ¿en qué perjudicaron a los muertos que vivieron honestamente aquellos horrendos tipos de muertes?
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Se podría objetar, sin embargo, que en tan gran cúmulo de cadáveres algunos no pudieron siquiera ser sepultados 61 . Tampoco ante ello siente excesivo temor una fe piadosa, que tiene en mente la profecía según la cual ni las bestias que los devorasen serían un obstáculo para la resurrección de los cuerpos, de los cuales no se perderá ni un pelo de la cabeza 62 . De ningún modo diría la Verdad: no temáis a aquellos que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma 63 , si lo que hubiesen querido hacer los enemigos con los cuerpos de los muertos representase un obstáculo para la vida futura. A no ser que por casualidad hubiera alguien tan mentecato que llegue a sostener que no se debe temer antes de la muerte a los que matan el cuerpo porque maten el cuerpo, sino después de la muerte, porque no permitan sepultar el cadáver. Es entonces falso lo que dice 〈Cristo〉: Quienes matan el cuerpo, después ya no tienen qué hacer 64 , si es que tienen tanto que hacer con los cadáveres. Diste de ser falso lo que la Verdad dijo. En efecto, se ha dicho que éstos hacen algo cuando matan, porque en el cuerpo hay sentido cuando se le mata; pero que después no tienen nada que hacer, porque no hay sentido alguno en el cuerpo muerto. Así pues, a muchos cuerpos de cristianos no los cubrió la tierra, pero nadie separó a ninguno de ellos del cielo y la tierra, a toda la cual llena la presencia de aquel que sabe de dónde resucitará lo que creó. Es cierto que se dice en el salmo: depositaron los cuerpos mortales de tus siervos como pasto para las aves del cielo, las carnes de tus santos para las bestias de la tierra; derramaron su sangre como agua en torno a Jerusalén, y no había quien les diera sepultura 65 , pero más bien para poner de relieve la crueldad de los que lo hicieron, no el infortunio de los que lo sufrieron. Y aunque estas acciones parezcan a los ojos humanos duras y terribles, en cambio a los ojos del Señor es preciosa la muerte de sus santos 66 . Por consiguiente, todo lo relativo al cuidado de los funerales, la disposición de la sepultura y la procesión de las exequias es más consuelo para los vivos que alivio para los muertos. Si una sepultura costosa resulta de alguna utilidad para el impío, al piadoso le perjudicará una de poco valor o ninguna. Exequias magníficas a los ojos de los humanos ofreció una muchedumbre de criados a aquel rico vestido de púrpura, pero mucho más magníficas a los ojos del Señor las ofreció a aquel pobre lleno de úlceras el ministerio de los ángeles, que no lo elevó a una tumba de mármol, sino que lo llevó en alto hasta el regazo de Abraham 67 .
Se ríen de esto aquellos contra quienes emprendimos la defensa de la ciudad de Dios. Y, sin embargo, incluso sus propios filósofos despreciaron el cuidado de la sepultura 68 . Y a menudo ejércitos enteros, en el momento de morir por la patria terrena, no se preocuparon de dónde yacerían después o de qué bestias se convertirían en pasto. Sobre esta cuestión pudieron decir los poetas de forma merecedora de aplauso:
«Quien no tiene una urna es cubierto por el cielo 69 ».
¡Cuánto menos deben increpar por los cuerpos insepultos a los cristianos, a quienes está prometida la recreación de la propia carne y de todos los miembros, y qué restitución y renovación habrá de producirse de forma instantánea no sólo de la tierra, sino también del secretísimo seno de otros elementos en el que se disolvieron los cadáveres descompuestos 70 !
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Sin embargo, no por lo dicho anteriormente deben despreciarse y abandonarse los cuerpos de los difuntos, y, especialmente, los de los justos y fieles, de los cuales se sirvió el Espíritu santamente como de órganos y receptáculos para todas las buenas obras. Pues si el vestido y el anillo paternos, o cualquier otro objeto similar, son tanto más queridos para los descendientes cuanto mayor fue el cariño hacia los progenitores, de ningún modo deben despreciarse los propios cuerpos, que, sin duda, portamos con mucha mayor familiaridad y en una unión más estrecha que cualquier traje. Éstos, en realidad, no tienen relación con el adorno o con una protección que se aplica externamente, sino con la propia naturaleza humana 71 . De ahí que también los funerales de los antiguos justos se dispusieran con oficiosa piedad, se celebraran las exequias y se preparase una sepultura, que ellos mismos en vida dieran instrucciones a sus hijos sobre cómo sepultar y trasladar sus cadáveres, y que Tobías, según el testimonio de un ángel, fuera elogiado por haberse hecho digno de Dios enterrando a los muertos 72 . También el Señor mismo, que había de resucitar al tercer día, proclama como buena obra, y exhorta a que se proclame, la acción de una mujer piadosa al derramar un perfume valiosísimo sobre sus miembros, y que lo hubiera hecho con la finalidad de rendirle honores fúnebres 73 . Asimismo, en el evangelio se recuerda de forma elogiosa a aquellos que procuraron que su cuerpo, una vez descendido de la cruz, fuera cubierto y sepultado celosa y dignamente 74 . Pero estas autoridades no nos advierten que los cadáveres alberguen sentido alguno, sino que señalan que también los cuerpos de los muertos incumben a la providencia de Dios, que se complace en estos oficios de piedad, para reforzar la fe en la resurrección. Allí también se aprende de forma provechosa cuán grande puede ser la recompensa por las limosnas que ofrecemos a los que viven y sienten, si ante Dios no se pierde la atención y el celo que se observa con los miembros exánimes de los seres humanos. Existen además, por cierto, otras indicaciones sobre la sepultura o el traslado de sus cuerpos 75 que los santos patriarcas quisieron que se entendieran como dadas por inspiración profética; pero éste no es el lugar para tratar estas cuestiones en detalle. Resulta suficiente lo que hemos expuesto. Pero si la privación de los bienes necesarios para el sustento de los vivos, como el alimento y el vestido, a pesar de la grave aflicción que produce, no quebranta en los buenos la virtud de la resignación y el sufrimiento, ni erradica la piedad del alma, sino que mediante su ejercicio la hace más fecunda: ¡cuánto más desgraciados hace la carencia de aquellos que suelen emplearse en el cuidado de los funerales y en el entierro de los cuerpos de los difuntos a los que ya descansan en las moradas ocultas de los piadosos! Y, por ello, cuando faltaron estos honores a los cadáveres de los cristianos en aquella devastación de la gran urbe o también de otras poblaciones, ni es culpa de los vivos, que no pudieron ofrecerlos, ni un castigo para los muertos, que no pueden sentirlo.
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Pero muchos cristianos, dicen, fueron también conducidos al cautiverio. Esto, sin duda, representa una enorme desgracia, si pudieron ser conducidos a algún lugar donde no encontraron a su Dios. En las Sagradas Escrituras se halla también un gran consuelo para dicha desgracia. Estuvieron en cautividad los tres muchachos 76 , estuvo Daniel 77 , estuvieron otros profetas; y no les faltó un Dios consolador. Así pues, quien no abandonó al profeta, ni siquiera en las entrañas de una bestia, no abandonó a sus fieles bajo la dominación de un pueblo, aunque bárbaro, sin embargo humano 78 . Aquellos con quienes discutimos también prefieren burlarse de estos relatos antes que creerlos. Éstos, sin embargo, según sus escritos, creen que Arión de Metimna, famosísimo citarista, tras ser arrojado de una nave, fue recogido en el lomo de un delfín y llevado a tierra 79 . En cambio, aquel relato nuestro sobre el profeta Jonás les resulta más increíble. Efectivamente, es más increíble porque es más admirable, y más admirable porque es propio de un mayor poder.
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Tienen éstos, sin embargo, un ejemplo notabilísimo entre sus varones ilustres de cómo se debe soportar el cautiverio aceptado voluntariamente por causa de la religión. Marco Régulo 80 , general del pueblo romano, fue prisionero de los cartagineses. Éstos, como preferían que los romanos les devolvieran sus prisioneros antes que retener a los de ellos, enviaron a Roma principalmente con este fin a dicho Régulo en compañía de unos legados y obligado previamente mediante juramento a regresar a Cartago si no conseguía lo que querían. Marchó aquél y convenció al senado de que no aceptara la propuesta, porque consideraba que el intercambio de prisioneros no era útil para la República Romana. Una vez persuadido, regresó junto a los enemigos, no impulsado por los suyos, sino que lo hizo voluntariamente por cumplir su juramento. Y aquéllos le dieron muerte mediante rebuscados y crueles tormentos. Pues, encerrado en un estrecho madero, donde se veía forzado a permanecer en pie, y que además se hallaba atravesado por todas partes por agudísimos clavos para que no pudiera apoyarse en ninguno de sus lados sin padecer atrocísimos sufrimientos, lo mataron mediante la privación del sueño. Con razón sin duda alaban una virtud que supera tan enorme desgracia. Y aquél había hecho su juramento por unos dioses a causa de la prohibición de cuyo culto consideran estos que se infligen los presentes desastres al género humano. Por consiguiente, si aquellos a los que se rendía culto a fin de que llevaran prosperidad a esta vida quisieron o permitieron que le fueran impuestos estos suplicios a quien cumplió su juramento, ¿qué castigo más severo pudieron aplicar en su ira contra un perjuro? Pero ¿por qué no concluir mi argumentación más bien en dos direcciones? Es cierto que aquél llevó la veneración a sus dioses hasta el extremo de no quedarse en su patria por respeto a su juramento, y de no dudar lo más mínimo no en irse de allí a cualquier parte, sino en regresar junto a sus acérrimos enemigos. Si consideraba esto útil para la vida presente, de la que mereció un final tan horrible, se engañaba sin duda alguna. En realidad, con su ejemplo enseñó que en nada ayudan los dioses a sus fieles para alcanzar esta felicidad temporal, puesto que él, entregado a su culto, fue llevado vencido y prisionero y, ya que no quiso actuar de otro modo que como había jurado ante ellos, murió torturado mediante un novedoso tipo de suplicio, desconocido hasta entonces y cruel en extremo. Pero si el culto a los dioses da como recompensa la felicidad después de esta vida, ¿por qué calumnian los tiempos cristianos afirmando que la ciudad sufrió aquella calamidad porque dejó de rendir culto a sus dioses, si aun reverenciándolos escrupulosamente pudo llegar a ser tan desgraciada como lo fue aquel Régulo? A no ser que por casualidad a una verdad tan evidente se resista alguien extrañamente obcecado por una locura tal que se atreva a sostener que rindiendo culto a los dioses la ciudad en su conjunto no puede ser desgraciada, pero un solo hombre sí puede serlo, porque, en su opinión, el poder de sus dioses es más idóneo para preservar multitudes que individuos aislados, aunque la multitud esté compuesta de individuos.
Por otra parte, si afirman que M. Régulo incluso en aquel cautiverio y en aquellos tormentos del cuerpo pudo ser feliz por la virtud de su espíritu, búsquese más bien la verdadera virtud, gracias a la cual también pueda ser feliz la ciudad. Pues no es feliz de una manera la ciudad y de otra distinta el individuo, ya que una ciudad no es otra cosa sino una multitud de individuos en concordia. Por lo cual no pongo aquí aún en discusión cuál fue la índole de la virtud en Régulo; basta de momento que con este notabilísimo ejemplo se ven obligados a confesar que los dioses no deben ser venerados por los bienes físicos o los proporcionados por las cosas que llegan al ser humano desde fuera, puesto que aquél prefirió carecer de todo aquello a ofender a los dioses por los que juró. Pero ¿qué debemos hacer respecto a unos individuos que se vanaglorian de haber tenido un ciudadano tal cual temen tener la ciudad? Y si no lo temen, reconozcan, pues, que a una ciudad que rendía culto a los dioses tan escrupulosamente como Régulo pudo sucederle algo semejante a lo que le sucedió a él, y dejen de calumniar los tiempos cristianos.
Pero, puesto que la discusión ha tenido su origen en aquellos cristianos que también fueron hechos prisioneros, considérenlo y callen quienes, basándose en esto, se burlan sin vergüenza ni prudencia de una religión tan salvífica, porque si para sus dioses no representó un oprobio que un celosísimo adorador suyo, con tal de guardarles la lealtad del juramento, renunciara a su patria sin tener otra, y, prisionero entre los enemigos, fuera aniquilado mediante una muerte lenta y un suplicio de novedosa crueldad, mucho menos debe calumniarse el nombre cristiano por el cautiverio de sus santos, que, esperando con verdadera fe la patria suprema, supieron que ellos eran peregrinos 81 incluso en sus moradas.
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Piensan que pueden lanzar contra los cristianos una grave acusación sin duda, cuando, para magnificar su cautiverio, añaden también las violaciones que se cometieron no sólo en mujeres casadas o en doncellas casaderas, sino también en algunas consagradas a la religión. Pero aquí no es la fe, ni la piedad, ni la propia virtud llamada castidad, sino más bien nuestra disertación la que se ve constreñida por estrechos márgenes entre el pudor y la razón. Y no procuramos aquí tanto dar una respuesta a los profanos como un consuelo a los nuestros. Quede, pues, ante todo sólidamente establecido que la virtud con la que se vive rectamente gobierna desde la sede del alma sobre los miembros del cuerpo y que el cuerpo se hace santo por el uso de una voluntad santa. Y si ésta permanece inconmovible y estable, cualquier cosa que otro hiciese respecto al cuerpo o en el cuerpo que no pueda evitarse sin incurrir en el propio pecado, se hace sin culpa del que la sufre. Pero, ya que no sólo puede provocarse dolor en el cuerpo ajeno, sino también placer, cualquier acción de tal índole, aunque no arrebata la castidad si es preservada con ánimo perseverante, sin embargo, ataca al honor, no vaya a creerse que lo que tal vez no pudo hacerse sin algún deseo de la carne se hizo también conforme a la voluntad del espíritu.
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Y por este motivo ¿qué persona dotada de sensibilidad no desearía que se perdonase a aquellas que se suicidaron para no tener que soportar tal ultraje? 82 , pero quien recriminase a las que no quisieron hacerlo para no evitar con un crimen propio la infamia ajena, este mismo no se librará de la acusación de insensatez. Pues, ciertamente, si no es lícito matar a un ser humano por iniciativa privada ni aun siendo culpable, pues ninguna ley da derecho a matarlo, del mismo modo quien se mata a sí mismo es sin duda un homicida, y se hace tanto más culpable con su suicidio cuanto más inocente fue en aquella causa por la que consideró que debía cometerlo. Pues si con razón detestamos la acción de Judas 83 y la Verdad juzga que cuando se colgó del lazo agravó el delito de su traición criminal en lugar de expiarlo, porque en su funesto arrepentimiento, desesperando de la misericordia de Dios, no dejó lugar alguno para una penitencia salvífica, ¡cuánto más debe abstenerse del suicidio quien no tiene por qué castigarse con tal suplicio! Judas, en efecto, cuando se mató, mató a un criminal, y sin embargo acabó esta vida como reo no sólo de la muerte de Cristo, sino también de la suya propia, porque, aunque se mató por causa de su crimen, lo hizo con otro crimen suyo. Pero ¿por qué un ser humano que no hizo mal alguno obra mal contra su persona, y, dándose muerte a sí mismo, da muerte a un ser inocente para no sufrir a otro culpable y perpetra un pecado propio para que no se perpetre en él uno ajeno?
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Pero, dirás, existe el temor de que la concupiscencia ajena cause mancilla 84 . No mancillará si es ajena. Pero, si mancilla, no es ajena. Como la castidad es una virtud del espíritu y tiene como compañera a la fortaleza, con cuya ayuda decide soportar cualquier mal antes que consentir con el mal, y nadie, aun gozando de grandeza de ánimo y de pudor, tiene poder sobre lo que se hace con su carne, sino solamente sobre lo que acepta o rechaza con su mente, ¿quién en su sano juicio podría pensar que pierde la castidad si por ventura es ejercida y satisfecha una concupiscencia que no es suya en su carne aprisionada y violada? Pues, si la castidad perece de este modo, entonces ésta no será una virtud del alma, ni se contará entre aquellas cualidades con las que se vive honestamente, sino que se contará entre las cualidades del cuerpo, como son la fuerza, la belleza, la buena salud y otras semejantes; dichas cualidades, aunque disminuyan, no merman en absoluto la vida honrada y justa. Y si la castidad es una virtud de tal índole, ¿por qué esforzarse en que no se pierda incluso con peligro del cuerpo? Si, en cambio, es una virtud del alma, no se pierde ni siquiera con la violación del cuerpo. Es más, cuando la virtud de la santa continencia no cede a la inmundicia de la concupiscencia carnal, también el propio cuerpo se santifica, y, por ello, cuando persiste en no ceder a ella con voluntad inquebrantable, no perece tampoco la santidad del propio cuerpo, porque persevera la voluntad de hacer uso de él santamente e incluso la capacidad, en la medida de lo posible.
En efecto, no es santo el cuerpo porque sus miembros se hallen íntegros o porque no estén afectados por ningún contacto, dado que pueden ser víctimas de la violencia al sufrir heridas en circunstancias diversas, y que en ocasiones los médicos para cuidar la salud realizan en él prácticas que la vista aborrece. Una comadrona, bajo el pretexto de explorar con su mano la integridad de una doncella, ya por mala intención, ya por impericia, ya por azar, la desfloró en su inspección. No creo que nadie piense de una forma tan necia como para creer que ha perecido en ella también algo de santidad de su propio cuerpo, aun perdida ya la integridad de aquella parte. Por esto, si permanece el propósito del alma por el cual también el cuerpo mereció ser santificado, la violencia de la concupiscencia ajena tampoco priva de su santidad al propio cuerpo de la que conserva la perseverancia de su continencia.
Si una mujer, corrompida su mente y rota la promesa hecha a Dios, se dirige hacia su seductor para ser corrompida, ¿es que en verdad la llamamos santa respecto al cuerpo mientras avanza, hallándose ya perdida y destruida aquella santidad del alma por la que el cuerpo era santificado? ¡Lejos de nosotros este error! y más bien a partir de ello tengamos en cuenta que no se pierde la santidad del cuerpo si permanece la del alma, incluso habiendo sido violado el cuerpo, así como también se pierde la santidad del cuerpo violada la santidad del alma, incluso permaneciendo el cuerpo intacto. Por lo cual, no tiene motivo por que castigarse con una muerte voluntaria una mujer forzada violentamente sin su consentimiento y ultrajada por el pecado ajeno. ¡Cuánto menos antes de que esto suceda! No sea que se cometa un homicidio cierto cuando la misma infamia, aunque ajena, de momento pende en la incertidumbre.
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¿Acaso tal vez este claro argumento por el que afirmamos que, en la violación del cuerpo, si no se cambia en modo alguno el propósito de castidad por ninguna clase de consentimiento hacia el mal, la culpa recae solamente sobre aquel que sació su deseo carnal mediante el uso de la violencia, no de aquella que, al ser violada, no consintió por su voluntad con el violador, se atreverán a contradecirlo aquellos contra quienes defendimos que no sólo eran santas las mentes de las mujeres cristianas violadas en el cautiverio, sino también sus cuerpos? Lo cierto es que ensalzan a Lucrecia 85 , una noble y antigua matrona romana, con grandes alabanzas a su castidad. Tras haberse apoderado libidinosamente el hijo del rey Tarquinio de su cuerpo, que fue salvajemente ultrajado, aquélla denunció el crimen del perversísimo joven a su marido Colatino 86 y a su pariente Bruto 87 , varones ilustrísimos y valerosísimos, y los comprometió a la venganza. Después, acongojada por el horror cometido contra ella e incapaz de soportarlo, se suicidó. ¿Qué podemos decir? ¿Debe ser considerada adúltera o casta? ¿Quién podría pensar que hay necesidad de esforzarse en esta controversia? De forma excelente y veraz alguien dijo en una declamación sobre este asunto: «Cosa admirable, fueron dos y uno solo cometió adulterio». Brillante y certero. En efecto, al contemplar en la unión de dos cuerpos la corruptísima concupiscencia de uno y la castísima voluntad de la otra, y poniendo su atención no en la unión de los miembros, sino en el hecho de la divergencia de las almas, dijo: «fueron dos, y sólo uno cometió adulterio».
Pero ¿cómo es que la venganza recae con mayor rigor sobre aquélla, que no cometió adulterio? Pues el adúltero fue expulsado de la patria con su padre 88 , ella se inmoló en el suplicio final. Si no es deshonestidad violar a una mujer contra su voluntad, no es justicia ésta por la que se castiga a una mujer casta. Leyes y jueces romanos, a vosotros apelo. Ciertamente, una vez perpetrado un crimen, no quisisteis tampoco que se matara impunemente a ningún criminal sin mediar condena previa. Por consiguiente, si se llevase ante vuestro tribunal este caso y se os demostrase que una mujer fue muerta no sólo sin haber sido condenada, sino también siendo casta e inocente, ¿acaso no castigaríais con la severidad apropiada al que lo hubiese hecho? Esto es lo que hizo aquella Lucrecia; aquella, aquella Lucrecia tan celebrada mató a una Lucrecia casta, inocente, y que, por añadidura, había sufrido la violación. Dictad sentencia. Y si no podéis porque no está presente para poderla castigar, ¿por qué celebráis con tan gran alabanza a la asesina de una mujer inocente y casta? No tenéis argumento alguno, sin duda, para defenderla, ni siquiera ante los jueces infernales, tales como se les suele cantar en las obras de vuestros poetas, puesta en pie entre aquellos
«que inocentes se procuraron la muerte con su mano, y detestando la luz exhalaron sus almas»;
y al desear volver ella a la vida
«la voluntad divina se lo impide, y un odioso pantano de tristes ondas la retiene» 89 .
¿O tal vez no está allí porque se suicidó no siendo inocente, sino con mala conciencia de sí misma? ¿Y qué, si en efecto (cosa que solamente ella misma podía saber), aun atacándola el joven con violencia, seducida también por su propio deseo, consintió con él, y se lamentó hasta tal punto de su acción que, buscando su propio castigo, pensó que debía expiarla con la muerte? Aunque ni aun en ese caso debió suicidarse, si podía realizar una penitencia fructífera ante sus falsos dioses. Y, sin embargo, si por casualidad es así y es falso aquello de que fueron dos y uno solo cometió adulterio, antes más bien ambos cometieron adulterio, uno mediante un ataque manifiesto, la otra con un consentimiento oculto, no se suicidó siendo inocente, y, por ello, los eruditos defensores de la misma pueden afirmar que no está en los infiernos entre aquellos «que inocentes se procuraron la muerte con su mano». Pero esta causa queda limitada por una y otra parte de tal modo que, si se atenúa el homicidio se confirma el adulterio; si se elimina el adulterio, se añade el homicidio; y en absoluto se encuentra una salida cuando se dice «Si es adúltera, ¿por qué es alabada?, si pudorosa, ¿por qué se dio muerte?».
A nosotros, sin embargo, para refutar a los que, ajenos a toda idea de santidad, se burlan de las mujeres cristianas violadas en el cautiverio, nos basta en tan noble ejemplo de esta mujer lo que se dijo en su gloriosa alabanza: «Fueron dos y uno solo cometió adulterio». En efecto, ellos creen más bien en una Lucrecia tal que no fue capaz de mancillarse con ninguna unión adúltera. Así pues, el que se matase ella misma porque sufrió a un adúltero aun sin ser adúltera no es amor a la castidad, sino debilidad de la vergüenza. Efectivamente, se avergonzó de la desvergüenza ajena cometida contra ella, aunque no de acuerdo con ella, y como mujer romana, excesivamente ávida de alabanza, temió que se pensase que, si seguía con vida, había soportado de buen grado la violencia que soportó estando viva. Por ello creyó que debía aplicarse aquel castigo como testimonio de su forma de pensar ante los ojos de la gente, a la que no pudo mostrar su conciencia. Sin duda se avergonzó de que se la creyera cómplice de la acción, si toleraba con paciencia el acto deshonesto que otro había cometido en ella. No actuaron así las mujeres cristianas, que, tras soportar cosas semejantes, siguen vivas sin embargo, y no vengaron en sí mismas un crimen ajeno, para no añadir a los crímenes de otros los suyos propios, si cometían homicidio contra sí mismas por vergüenza, porque los enemigos habían cometido violación en ellas por concupiscencia. Sin duda guardan en su interior la gloria de la castidad, el testimonio de su conciencia; pero lo guardan ante los ojos de su Dios, y no piden más cuando no tienen otra forma recta de actuar para no desviarse de la autoridad de la ley divina, cuando tratan de evitar a duras penas la ofensa de la sospecha humana.
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Pues no en vano en los libros santos canónicos es imposible hallar en ninguna parte prescrito o permitido por la voluntad divina que nos inflijamos la muerte a nosotros mismos por conseguir la propia inmortalidad o por evitar o eludir algún mal. Pues debe entenderse que, donde dice la Ley no matarás , nos ha sido prohibido, en especial porque no añadió «a tu prójimo», tal como dice cuando prohíbe el falso testimonio: no darás falso testimonio contra tu prójimo 90 . Y, sin embargo, si alguien diese falso testimonio contra sí mismo, no por ello se habrá de considerar libre de este pecado, porque aquel que ama recibió la regla de amar al prójimo de sí mismo, puesto que está escrito: Amarás al prójimo como a ti mismo 91 . Además, si no es menos culpable de falso testimonio quien lo da sobre sí mismo que si lo diese contra su prójimo, cuando en aquel precepto en el que se prohíbe el falso testimonio se prohíbe contra el prójimo y puede parecer a quienes no lo interpretan de forma correcta que no se ha prohibido que uno se presente como falso testigo contra sí mismo, ¡cuánto más necesario resulta comprender que no le es lícito al ser humano matarse a sí mismo, cuando en el precepto no matarás , sin ningún añadido posterior, nadie, ni siquiera aquel mismo a quien se prescribe, se considera exceptuado! De ahí que algunos intenten extender este precepto incluso a las bestias y al ganado, de modo que por dicho precepto tampoco sea lícito matar a ninguno de ellos. ¿Por qué no, pues, también a las plantas y a cualquier otro ser que se alimenta y está fijado al suelo mediante raíces? Pues también esta clase de seres, aunque no sientan, se dice que viven y, por lo tanto, pueden también morir, y, por ello además, cuando se ejerce la violencia sobre ellos, ser muertos. De donde también dijo el apóstol, al hablar acerca de tales semillas: Lo que siembras tú, no se vivifica si no muere 92 ; y en el salmo está escrito: Mata sus viñas con granizo 93 . ¿Acaso, pues, por esto, cuando oímos No matarás , consideramos contrario a la voluntad divina arrancar un brote y asentimos insensatamente al error de los Maniqueos? 94 . Así pues, apartados estos delirios, cuando leemos No matarás , si comprendemos que esto no se ha dicho respecto a las plantas porque no hay ningún sentido en ellas, ni respecto a los animales irracionales que vuelan, nadan, caminan, o reptan, porque no tienen en común con nosotros capacidad alguna de raciocinio, que no se les concedió tenerla en común con nosotros (de ahí que por una justísima disposición del creador su vida y su muerte se halla sometida a nuestra utilidad), resta que respecto al ser humano entendamos lo que se dijo, no matarás , por tanto, ni a otro, ni a ti mismo. Así pues, quien se suicida no hace sino matar a un ser humano.
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La propia autoridad divina hizo algunas excepciones al mandamiento de no matar seres humanos. Pero, exceptuados aquellos a los que Dios ordena que se mate, ya por alguna ley promulgada, ya por una orden expresa dirigida a una persona para una ocasión determinada —pues no mata aquel que debe ese servicio a quien se lo ordena, así como la espada es sólo un instrumento para el que la utiliza. Por este motivo, no obraron en absoluto contra este precepto en el que se ordenó no matarás quienes hicieron la guerra por orden de Dios o quienes, desempeñando un cargo público castigaron con la muerte a los criminales según sus leyes, es decir, según el poder de la justísima razón; y Abraham no sólo no fue culpado bajo la acusación de crueldad, sino que incluso fue alabado por su piedad, porque quiso matar a su hijo no por maldad, sino por obediencia 95 ; y con razón se plantea si debe considerarse una orden de Dios el hecho de que Jefté 96 matara a su hija cuando ésta acudía al encuentro de su padre, pues había prometido inmolar a Dios lo primero que se le presentase al volver victorioso del combate. Ni de otro modo se excusa a Sansón 97 por haberse aplastado a sí mismo junto a los enemigos con el derribo de la casa si no es porque el Espíritu, que hacía milagros a través de él, se lo había ordenado en secreto. Exceptuados, pues, estos a los que ordena matar o bien una ley justa de forma general o bien el propio Dios como fuente de justicia de manera excepcional, cualquiera que matase a un ser humano, ya a sí mismo, ya a otro cualquiera, es convicto del crimen de homicidio.
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Cualesquiera que perpetraron este crimen contra sí mismos tal vez sean dignos de admiración por la grandeza de su ánimo, no de alabanza por la cordura de su entendimiento. Aunque, si se piensa más detenidamente, ni siquiera se llamará con propiedad grandeza de ánimo cuando alguien se mata a sí mismo por no ser capaz de tolerar ya una dificultad cualquiera, ya los pecados ajenos. En realidad se revela más bien un espíritu débil, incapaz de soportar la dura servidumbre de su cuerpo o la necia opinión del vulgo. Merecidamente debe recibir el apelativo de más grande el ánimo que puede soportar una vida desgraciada en lugar de huir de ella, y despreciar ante la luz y la pureza de su conciencia el juicio humano, especialmente el vulgar, que muchas veces se halla envuelto en la nebulosa del error. Por lo cual, si debe considerarse que un ser humano actúa con grandeza de ánimo cuando se inflige la muerte, dicha grandeza de ánimo se halla especialmente en aquel famoso Teómbroto, del que se cuenta que, tras leer un libro de Platón donde se discutía sobre la inmortalidad del alma, se tiró de cabeza desde un muro, y así emigró de esta vida a aquella otra que creyó que era mejor 98 . En efecto, no le apremiaba ninguna calamidad o acusación, ya verdadera, ya falsa, que, al verse incapaz de soportarla, le impulsara a suicidarse, sino que sólo le asistió la grandeza de ánimo para dirigirse hacia la muerte y romper los suaves vínculos de esta vida. Sin embargo, una prueba de que actuó con más grandeza que rectitud pudo ser el propio Platón, al que había leído, que con seguridad hubiera hecho esto el primero y de forma preferente, o incluso lo hubiese aconsejado, si con aquella inteligencia con la que contempló la inmortalidad del alma no hubiera juzgado que de ningún modo debía hacerse y, es más, que debía prohibirse 99 .
Pero se podría objetar que muchos se dieron muerte para no caer en manos de los enemigos. No preguntamos ahora si se hizo, sino si debió hacerse. Sin duda se debe anteponer incluso a los ejemplos la recta razón, con la que ciertamente están en armonía algunos ejemplos, en concreto aquellos que son tanto más dignos de imitación cuanto más excelentes por la piedad. No lo hicieron los patriarcas, ni los profetas, ni los apóstoles, porque también el mismo Cristo, Nuestro Señor, cuando les aconsejó que huyesen de ciudad en ciudad si sufrían persecución, podía haberles aconsejado que se tomasen la muerte por su mano para no caer en las de los perseguidores. En definitiva, si él no ordenó ni aconsejó que emigraran así de esta vida los suyos, a quienes prometió que, cuando emigraran, dispondría para ellos mansiones eternas, cualesquiera que sean los ejemplos que propongan las gentes que ignoran a Dios, queda manifiesto que esto no es lícito para los que rinden culto al único Dios verdadero.
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Y, sin embargo, excepción hecha de Lucrecia, sobre la cual expusimos nuestra opinión anteriormente, tampoco a aquéllos les resulta fácil encontrar a nadie en cuya autoridad apoyarse, a no ser el famoso Catón que se suicidó en Útica 100 , no porque solamente lo hizo él, sino porque era considerado un hombre sabio y honesto, de modo que con razón se pudiera pensar que pudo o puede hacerse lo que hizo con rectitud incluso. De este acto ¿qué podría decir principalmente, sino que sus amigos, hombres sabios también, que con bastante sensatez le disuadían de hacerlo, consideraron que su acción era más propia de un espíritu débil que de uno fuerte, con lo que se haría evidente no una honestidad que se cuida de la infamia, sino una debilidad incapaz de soportar la adversidad? Esto también lo pensó el propio Catón respecto de su queridísimo hijo. Pues si resultaba vergonzoso vivir bajo la victoria de César, ¿por qué fue mentor de esta infamia para su hijo, a quien aconsejó esperarlo todo de la benevolencia de César? ¿Por qué no le empujó también a la muerte consigo? Pues, si Torcuato 101 mató de forma digna de alabanza a su hijo aun victorioso porque había combatido al enemigo en contra de sus órdenes, ¿por qué Catón vencido, que no se perdonó a sí mismo, perdonó a su hijo vencido? ¿Acaso resultaba más vergonzoso ser vencedor en contra de las órdenes que soportar a un vencedor en contra de la dignidad? Así pues, Catón en modo alguno juzgó vergonzoso vivir bajo César victorioso; de lo contrario hubiera liberado de esta infamia a su hijo con el hierro paterno. ¿Y qué puede decirse sino que cuanto amó a su hijo esperando y deseando que fuera perdonado por César, otro tanto envidió la gloria del propio César, o, para utilizar nosotros un término más suave, sintió vergüenza, en el caso de que le perdonase también a él, como se cuenta que el mismo César había dicho que tenía intención de hacer?
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Por otro lado, estos contra los que tratamos no quieren que pongamos por encima de Catón a Job, santo varón que prefirió soportar tan horrendos males en su carne a verse privado de todos los sufrimientos dándose muerte, o a otros santos que, según nuestras escrituras, excelsísimas por la autoridad suprema y muy dignas de fe, prefirieron soportar el cautiverio y la dominación de los enemigos a infligirse la muerte; en todo caso, de la literatura de aquellos preferiría a Marco Régulo antes que a Marco Catón. Pues Catón nunca había vencido a César, al que consideró indigno someterse tras ser él vencido, y, para no hacerlo, eligió suicidarse; en cambio Régulo ya había vencido a los Cartagineses, y como general romano había reportado a su imperio una victoria que no fue digna de lamentarse por haberse producido sobre sus conciudadanos, sino de alabanza al haberlo sido sobre enemigos externos; sin embargo, vencido después por éstos, prefirió soportarlos en la esclavitud a liberarse de ellos con la muerte 102 . Así pues, conservó la paciencia bajo la dominación cartaginesa y la constancia en el amor a los Romanos no sustrayendo su cuerpo vencido a los enemigos ni el ánimo invicto a sus conciudadanos. Y el hecho de que no quiso suicidarse no se debió a su amor a esta vida. Esto lo dejó probado cuando, por respeto a su promesa y juramento, regresó sin vacilación alguna ante esos mismos enemigos, a los que había herido más gravemente en el senado con sus palabras que en la guerra con las armas. Así pues, tan gran menospreciador de esta vida, cuando prefirió terminarla a manos de crueles enemigos a través de todo tipo de tormentos antes que matarse a sí mismo, sin duda alguna juzgó que el suicidio de un ser humano constituye un terrible crimen. Entre todos sus varones dignos de alabanza e ilustres por sus señas de virtud los romanos no presentan a otro mejor, al que ni corrompió la felicidad, pues en tan gran victoria permaneció paupérrimo 103 , ni quebrantó la infelicidad, pues regresó con valor a tan terrible final. Finalmente, si estos valerosísimos e ilustrísimos varones, defensores de la patria terrenal, y adoradores no falaces de sus dioses, aun siendo falsos, sino fidelísimos a sus juramentos incluso, que pudieron matar a los enemigos vencidos por la costumbre y la ley de la guerra, pero vencidos ellos por los enemigos no quisieron matarse a sí mismos, y, aun temiendo muy poco a la muerte, prefirieron soportar a sus amos vencedores antes que infligírsela, ¡cuánto más los cristianos, que rinden culto al Dios verdadero y que suspiran por la patria celeste, se abstendrán de este acto si una disposición divina los sometiera a los enemigos de forma temporal, bien para probarlos bien para enmendarlos! Quien desde las alturas descendió a tan humilde condición por su causa no les abandona en este abatimiento, especialmente a aquellos a quienes no obligan a matar al propio enemigo vencido las leyes de ninguna autoridad militar o de tal ejército. ¿Qué error, pues, tan nefasto se introduce que lleva a un ser humano al suicidio, ya porque el enemigo pecó contra él, ya para que no lo haga, cuando él mismo no se atreve a matar a un enemigo pecador o que vaya a pecar?
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Pero se debe temer y vigilar que el cuerpo sometido a la lujuria no vaya a incitar al espíritu mediante un placer especialmente excitante a consentir con el pecado. Así pues, dicen, no ya a causa del pecado ajeno, sino del propio, es preciso suicidarse antes de llegar uno a cometerlo. Sin duda un espíritu sometido a Dios y a su sabiduría más que al cuerpo y su concupiscencia no hará en modo alguno algo como consentir con el deseo de la carne impulsado por la lujuria ajena. Sin embargo, si además es una acción detestable y un crimen condenable que un ser humano se mate a sí mismo, tal como proclama la Verdad manifiesta, ¿quién es tan insensato que llegue a decir: «Pequemos ahora mismo, no sea que por casualidad pequemos después; perpetremos ahora mismo un homicidio, para que después no caigamos en el adulterio»? Si la iniquidad nos domina hasta el punto de no elegir la inocencia sino más bien los pecados, ¿no es acaso más incierto un adulterio en el futuro que cierto un homicidio en el presente? ¿No es preferible cometer un pecado que pueda repararse mediante el arrepentimiento que un crimen tal que no deje lugar para una saludable penitencia? Estas palabras están dirigidas a aquellos o aquellas que creen que deben infligirse una violencia que les lleve a la muerte para evitar, no el pecado ajeno, sino el propio, no sea que por casualidad consientan en su propio deseo excitado por el de otro. Por lo demás, líbrese la mente cristiana, que confia en su Dios y que, depositada su esperanza en él, se apoya en su ayuda, líbrese tal mente, digo, de ceder al consentimiento con la inmoralidad por el deseo de la carne, sea del tipo que sea. Y si aquella desobediencia concupiscente que habita todavía en los miembros moribundos se mueve como por su propia ley al margen de la ley de nuestra voluntad, ¿cuánto más libre de culpa está en el cuerpo del que no consiente, si lo está en el del que duerme?
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Pero, dicen, algunas mujeres santas en el tiempo de las persecuciones, para evitar a los que asediaban su castidad, se arrojaron a un río que las había de arrastrar y matar, y de este modo murieron y sus martirios son celebrados en la iglesia católica con solemnísima veneración 104 . Sobre éstas no me atrevo a emitir ningún juicio a la ligera. Pues ignoro si la autoridad divina persuadió a la iglesia con algunos testimonios dignos de fe de que honrase así su memoria; y puede suceder que fuera así. ¿Y si lo hicieron no por el engaño humano sino por mandato divino, y no por error sino por obediencia? Así como sobre Sansón no nos es lícito creer otra cosa. Pero cuando Dios ordena y hace saber sin ambigüedad que ordena, ¿quién podría acusar a la obediencia? ¿Quién incriminaría un acto de piedad? Pero no por ello actúa libre de culpa cualquiera que decidiera inmolar a su hijo a Dios porque Abraham lo hizo de forma digna de alabanza. Pues tampoco el soldado, cuando mata a un ser humano obedeciendo a la autoridad a la que está legítimamente sometido, es reo de homicidio según ninguna ley de su ciudad, por el contrario, si no lo hiciese, sería reo de insubordinación y de no cumplir las órdenes; pero si lo hiciese por su voluntad y autoridad, incurriría en el crimen de derramamiento de sangre humana 105 . Así pues, por el mismo motivo por el que es castigado si lo hizo sin que se le ordenase, lo es también si, habiéndosele ordenado, no lo hiciese. Y si es así cuando la orden la da un general, ¡cuánto más si lo hace el creador! Por consiguiente, quien sabe que no es lícito suicidarse, que lo haga, si lo ha ordenado aquel cuyas órdenes no es lícito despreciar. Vea solamente si la orden divina no se halla rodeada de incertidumbre alguna. Nosotros alcanzamos el conocimiento por el oído, no nos permitimos juzgar lo que nos está oculto. Nadie sabe qué sucede en un ser humano sino el espíritu humano, que está en él mismo 106 . Lo que decimos, afirmamos y aprobamos en todos los sentidos es que nadie debe infligirse una muerte voluntaria bajo el pretexto de huir de las molestias temporales, no vaya a ser que caiga en las eternas; nadie debe hacerlo a causa de los pecados ajenos, no sea que por esto mismo empiece a tener uno propio gravísimo aquel a quien no mancillaba el ajeno; nadie a causa de sus pecados pasados, a causa de los cuales resulta más necesaria esta vida, para que puedan sanarse mediante la penitencia; nadie bajo pretexto del deseo de una vida mejor que se espera después de la muerte, porque esa vida mejor tras la muerte no acoge a los reos de su propia muerte.
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Queda una causa de la que había empezado a hablar según la cual se considera útil que alguien se mate, concretamente para no precipitarse en el pecado, ya por la tentación del placer, ya por la crueldad del dolor. Si quisiéramos admitir esta causa, nos llevaría hasta el extremo de exhortar a los seres humanos a matarse especialmente cuando, purificados por el baño de la sagrada regeneración, hubieran recibido el perdón de todos los pecados 107 . Pues el momento de cuidarse de todos los pecados futuros es aquel en el que han sido borrados todos los pasados. Y si se hace de forma recta mediante una muerte voluntaria, ¿por qué no se hace preferentemente entonces? ¿Por qué todos los bautizados se abstienen de ello? ¿Por qué no exponen de nuevo su cabeza liberada a tantos peligros de esta vida, si existe una posibilidad tan sencilla de evitar todos los problemas si se inflige uno la muerte, y además está escrito: Quien ama el peligro, caerá en él? 108 ¿Por qué, pues, se aman tantos y tan grandes peligros o, al menos, aunque no se aman, son asumidos cuando permanece en esta vida aquel a quien le es lícito abandonarla? Pero ¿acaso trastornó el corazón y lo apartó de la consideración de la verdad una perversidad tan necia que, si uno debe darse muerte a fin de no caer en el pecado a causa del dominio que ejerce uno sólo al tenerle cautivo, considere que hay que vivir para soportar el propio mundo lleno de tentaciones a todas horas, unas tales cuales se temen bajo un solo amo y otras innumerables sin las cuales no puede vivirse esta vida? ¿Cuál es, pues, la razón para perder el tiempo en estas exhortaciones con las que, dirigiéndonos a los bautizados, deseamos animarlos ya a la integridad virginal, ya a la continencia propia de los viudos, ya a la propia fidelidad del lecho conyugal, si tenemos un atajo mejor y alejado de todos los peligros del pecado a fin de enviar al Señor más sanos y puros a todos aquellos que pudiéramos persuadir de que deben asir e infligirse la muerte inmediatamente después de la remisión de los pecados? Si alguien piensa que esto debe intentarse y aconsejarse, no digo ya que sea un necio, sino un demente. En definitiva, con qué cara le dice a alguien: «mátate para que no añadas a tus pecadillos uno más grave, mientras vives bajo un amo impúdico de bárbaras costumbres», quien no puede decir sino con extrema maldad: «Mátate una vez absueltos todos tus pecados, no sea que cometas de nuevo otros tales o peores, mientras vives en un mundo seductor por tantos deseos impuros, enfurecido por tantas crueldades nefandas, hostil por tantos errores y terrores»? Puesto que decir esto resulta contrario a la voluntad divina, ciertamente también lo es suicidarse. Pues si pudiese existir alguna causa justa de hacerlo voluntariamente, lejos de toda duda no la habría más justa que ésta. Pero, puesto que ésta no lo es, por lo tanto ninguna lo es.
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Así pues, no sintáis hastío de vuestra vida, fieles de Cristo, si vuestra castidad fue objeto de burla de los enemigos. Os queda un grande y verdadero consuelo, si mantenéis la firme convicción de que vosotros no consentisteis con los pecados de aquellos a los que fue permitido pecar contra vosotros. Y si por casualidad preguntáis por qué les fue permitido, profunda es ciertamente la providencia del creador y rector del mundo, e inescrutables son sus juicios e indescifrables sus caminos 109 ; y, no obstante, interrogad minuciosamente a vuestras almas, si por casualidad os ensoberbecisteis con excesivo engreimiento por ese bien de la integridad, la continencia o la castidad, y, deleitadas por las alabanzas humanas, también envidiasteis a algunas en lo que a estas cualidades se refiere. No censuro lo que desconozco, ni oigo lo que vuestros corazones os responden al ser interrogados. Sin embargo, si respondieran que es así, no os asombréis de haber perdido aquello con lo que ansiabais complacer a los humanos, y de haber guardado lo que no se les puede mostrar. Si no consentisteis con los que pecaban, el auxilio divino se sumó a la gracia divina para que no se perdiera; el oprobio humano sucedió a la gloria humana para que no se la amara. Consolaos en uno y otro punto, cobardes, por un lado probadas, por otro castigadas, por un lado justificadas, por otro enmendadas. Pero los corazones de estas mujeres al ser interrogados responden que nunca se han ensoberbecido por la virtud de la virginidad o de la castidad propia de la viudedad o el matrimonio, sino que en armonía con los humildes 110 se entusiasmaron estremecidos por el don de Dios, y no envidiaron a nadie la excelencia de una santidad y castidad semejante, sino que, rechazada la alabanza humana, que suele ofrecerse tanto mayor cuanto más rara es la virtud que la exige, prefirieron que fuera más amplio su número a alcanzar mayor relumbre individualmente en su rareza; las que son de tal índole, incluso si algunas de ellas fueron mancilladas por la concupiscencia bárbara, no reprochen a Dios el haberlo permitido ni crean que lo olvida, porque permite aquello que nadie comete impunemente. En efecto, ese lastre, por llamarlo de algún modo, de los malos deseos se pasa por alto en el juicio divino presente, que queda oculto, y queda en reserva para el final, que será manifiesto. Pero tal vez aquellas que son bien conscientes de no haber ensoberbecido su corazón inflamado por la virtud de la castidad, y, sin embargo, soportaron la violencia del enemigo en su carne, albergaban alguna debilidad oculta que podría engreírse en la altanería de la soberbia si en aquella devastación hubiesen eludido esta humillación. Por consiguiente, así como algunos fueron arrebatados por la muerte para que el mal no alterase su entendimiento 111 , así a éstas les fue arrebatado algo por la fuerza para que la prosperidad no alterase su modestia. Así pues, a unas y otras que, o bien ya se ensoberbecían en lo referente a su carne porque no había sufrido el contacto vergonzoso de nadie, o bien tal vez podían ensoberbecerse, si no hubiese sufrido abusos por la violencia de los enemigos, no se les arrebató la castidad, sino que se les introdujo la humildad; quedó remediada la hinchazón inmanente de unas, se hizo frente a la inminente de otras.
Aunque tampoco debe omitirse que a algunas que han sufrido esta afrenta pudo parecer que la virtud de la continencia debía considerarse entre las virtudes corporales y que permanece en tanto que el cuerpo no sufre los abusos de la concupiscencia de nadie, que no se halla dispuesta únicamente en la fuerza de voluntad ayudada por la voluntad divina la santidad tanto del cuerpo como del espíritu, y que no es un bien tal que no pueda ser arrebatado en contra de la voluntad del espíritu. Tal error quizá fue eliminado de ellas. En efecto, cuando piensan con qué conciencia han servido a Dios, y creen con fe inquebrantable que, si le sirven así y le invocan, en modo alguno podría abandonarlas, y no pueden dudar cuánto le complace la castidad, ven que resulta consecuente que en modo alguno habría permitido que sucedieran tales cosas a sus santos, si de ese modo pudiera perecer la santidad que les confirió y que ama en ellos
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Así pues, toda la familia del Dios supremo y verdadero tiene su consuelo, no engañoso ni fundado en la esperanza de unas bases vacilantes y resbaladizas, y goza de una vida terrena, ante la cual no debe sentir rechazo, en la que es instruida para la eterna, hace uso de los bienes terrenales como peregrina y no se ve atrapada por ellos, sino que se prueba o se enmienda con los males. Pero aquellos que denuestan su honestidad y, si por casualidad se ve afectada por algún mal temporal, le dicen: ¿dónde está tu Dios? 112 , digan estos mismos dónde están sus dioses, cuando soportan tales dificultades que, por evitarlas, o bien les rinden culto o bien sostienen que debe hacerse 113 . Y ésta responde: mi Dios está presente en todas partes, entero en todas partes, no encerrado en ninguna parte, es capaz de estar presente en secreto, de estar ausente sin haberse movido; él, cuando me hostiga con adversidades, o examina mis méritos o castiga mis pecados, y reserva para mí un premio eterno por los males temporales tolerados piadosamente; en cambio, vosotros, ¿quiénes sois para que resulte digno hablar con vosotros ni siquiera de vuestros dioses, cuanto menos acerca de mi Dios que es terrible sobre todos los dioses, puesto que 〈todos 〉 los dioses de los gentiles son demonios, pero el Señor hizo los cielos? 114 .
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Si viviera el famoso Escipión Nasica 115 , en otro tiempo vuestro pontífice, al que el senado escogió unánimemente bajo el terror de la Guerra Púnica cuando se buscaba un varón excelente para adoptar los cultos frigios 116 , este mismo, cuyo rostro tal vez no osaríais contemplar, reprimiría vuestra presente desvergüenza. ¿Por qué, pues, afligidos por las adversidades os quejáis de los tiempos cristianos, sino porque deseáis tener vuestra lujuria a salvo y disiparos en perniciosísimas costumbres, apartada totalmente la aspereza de las incomodidades? Y, en efecto, no deseáis tener paz y abundar en todo tipo de recursos para hacer uso de ellos honestamente, es decir, con modestia y sobriedad, con templanza y piedad, sino para tratar de conseguir con insanos excesos una infinita variedad de placeres y para originar en la prosperidad unos males en las costumbres peores que los crueles enemigos 117 . Pero aquel Escipión 118 , vuestro pontífice máximo, aquel varón excelente según el juicio de todo el senado, temiendo esta calamidad para vosotros, se oponía a que Cartago, émula entonces del Imperio Romano, fuera destruida, y contradecía a Catón 119 , que consideraba que debía ser destruida, temiendo la seguridad, enemiga del espíritu débil, y pensando que era necesario el terror como tutor idóneo de los ciudadanos, sus pupilos. Y no le engañó esta opinión: los hechos mismos demostraron qué gran verdad decía. Efectivamente, una vez destruida Cartago y expulsado y extinguido sin duda el ingente terror de la República Romana, siguieron a continuación unos males gravísimos originados de la prosperidad. Corrompida y destruida la concordia en primer lugar por crueles y sangrientas sediciones, a continuación por la concatenación de causas funestas incluso en guerras civiles, se originaban tan grandes estragos, se derramaba tanta sangre, hervía tan gran crueldad por la avidez de proscripciones y rapiñas que aquellos romanos, que temían en una vida más digna los males procedentes de los enemigos, perdida la dignidad de su vida, soportaron otros más crueles de parte de sus conciudadanos; y esta misma ansia de poder que, entre otros vicios del género humano, era inherente en su forma más pura al conjunto del pueblo romano, después que venció sobre unos pocos relativamente poderosos, también oprimió bajo el yugo de la esclavitud a los restantes, pisoteados y fatigados.
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¿Cuándo tendría descanso en las mentes más soberbias aquel afán, hasta alcanzar, tras una continua sucesión de cargos, un poder propio de un rey? Ahora bien, la posibilidad de concatenar cargos no existiría si no prevaleciera la ambición. Y la ambición no prevalecería en absoluto salvo en un pueblo corrompido por la avaricia y la lujuria. Ciertamente el pueblo se tornó avaro y lujurioso en la prosperidad, de la que el famoso Nasica 120 consideraba de forma muy previsora que debían cuidarse cuando se oponía a que la ciudad más grande, más fuerte y más opulenta de los enemigos fuese destruida, a fin de que el deseo fuera reprimido por el temor, el deseo reprimido no se convirtiera en lujuria, la lujuria cohibida y la avaricia no se extendiesen 121 ; controlados estos vicios, florecería y crecería para la ciudad una virtud útil y perduraría una libertad conveniente a dicha virtud. En estas razones y en este providentísimo amor a la patria tenía su origen el hecho de que vuestro mismo pontífice máximo en persona, elegido varón excelente por el senado de aquel tiempo sin ninguna discrepancia de opiniones (cosa que merece repetirse a menudo), disuadió al senado, que proyectaba construir un graderío para el teatro, de dicha disposición y propósito, y les convenció en un solemnísimo discurso de que no permitiesen que la disipación griega se introdujese en las costumbres viriles de la patria y que ellos consintiesen con la futilidad extranjera en conmocionar y debilitar la virtud romana. Y tanto poder tuvo por su autoridad que, conmovida por sus palabras la providencia senatorial, prohibió también a continuación que se colocasen unos asientos que, reunidos para la ocasión, ya comenzaba a utilizar la ciudad en un espectáculo de juegos 122 .
¡Con qué gran celo hubiera desterrado él de la ciudad de Roma las propias representaciones teatrales, si se hubiera atrevido a oponerse a la autoridad de aquellos a los que consideraba dioses! No comprendía que se trataba de demonios malignos o, si lo comprendía, consideraba también él que debían ser aplacados antes que despreciados. En efecto, todavía no había sido proclamada a los gentiles la doctrina superior, que, purificando el corazón con la fe, encauzaría el afecto humano para que se ocupase de los asuntos celestes y supracelestes con humilde piedad, y lo liberaría del dominio de los soberbios demonios.
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Sabed, sin embargo, quienes no lo sabéis y quienes ocultáis que lo sabéis, advertid quienes murmuráis contra el que os liberó de tales amos: las representaciones teatrales, espectáculos de infamias y licencia de vanidades, fueron instituidas en Roma no por los vicios de los humanos sino por mandato de vuestros dioses 123 . Resultaría más aceptable que confirierais honores divinos a aquel Escipión que rendir culto a tales dioses. Efectivamente, aquellos dioses no eran mejores que su pontífice 124 . ¡Vamos, prestad atención, si una mente ebria tanto tiempo por haber bebido del error os permite pensar algo saludable! Los dioses ordenaban que se les ofreciesen representaciones teatrales para terminar con la peste de los cuerpos; el pontífice, por su parte, prohibió que se construyera el propio escenario para evitar la peste de los espíritus 125 . ¡Si con algún atisbo de inteligencia anteponéis el alma al cuerpo, elegid a quien vais a rendir culto! Y, efectivamente, aquella peste de los cuerpos no cesó porque la refinada locura de las representaciones teatrales entrase furtivamente en un pueblo belicoso y acostumbrado antes únicamente a juegos circenses; sino que la astucia de los espíritus nefastos, previendo que aquella peste iba a cesar ya a su debido término, procuró introducir, aprovechando 〈esta〉 ocasión, otra mucho más grave, con la que goza en mayor medida, no en los cuerpos, sino en las costumbres. Ésta cegó los ánimos de los desgraciados con tan espesas tinieblas, los afeó con tal deformidad que incluso ahora, devastada la ciudad de Roma (lo que tal vez resulte increíble si llega a oídos de nuestros descendientes), aquellos que estaban poseídos por esta peste y que huyendo de aquí pudieron llegar a Cartago, enloquecían cada día en los teatros a porfía por los actores.
33
¡Mentes enloquecidas! ¿En qué clase de inmenso, no digo error, sino furor, incurríais cuando, según supimos de oídas, mientras lamentaban vuestra ruina los pueblos orientales y las ciudades más importantes en las tierras más remotas con luto público y tristeza, vosotros buscabais los teatros, entrabais en ellos, los llenabais, y actuabais de forma mucho más demente de lo que lo hacíais antes? Ésta era la ruina y peste de los espíritus, ésta la destrucción de la honradez y la honestidad que aquel famoso Escipión 126 temía en vosotros cuando prohibía la construcción de teatros, cuando comprendía que podíais corromperos y trastornaros en la prosperidad, cuando no quería que sintierais seguridad frente al terror enemigo. Pues él no pensaba que pudiera ser feliz la república con las murallas en pie y las costumbres en ruinas. Pero en vosotros tuvo más fuerza la seducción de los demonios impíos que la previsión de las personas prudentes. De ahí que no queráis que se os imputen los males que hacéis, pero los que soportáis los achacáis a los tiempos cristianos. En efecto, en vuestra seguridad no aspiráis a la pacificación de la república, sino a la impunidad de la lujuria. Depravados en la prosperidad no pudisteis corregiros en la adversidad. Aquel famoso Escipión quería que estuvierais atemorizados por el enemigo para que no cayerais en la disipación: vosotros no reprimisteis la lujuria ni aun hallándoos abatidos por el enemigo, perdisteis el provecho de la calamidad, os hicisteis desgraciadísimos y continuasteis siendo malvadísimos.
34
Y, sin embargo, el hecho de que viváis se lo debéis a Dios, que perdonándoos os aconseja que os corrijáis por medio de la penitencia; que a vosotros, ingratos incluso, os garantizó la huida de manos enemigas bien bajo el nombre de siervos suyos bien en los lugares de sus mártires. Según se cuenta, Rómulo y Remo 127 dispusieron un asilo donde cualquiera que se refugiase estuviese libre de todo daño, buscando aumentar así la población de la ciudad que estaban fundando 128 . Este admirable ejemplo se anticipó en honor de Cristo. Los destructores de la ciudad dispusieron aquello que habían dispuesto antes los fundadores. Pero qué tiene de extraordinario, si aquéllos hicieron para completar el número de sus ciudadanos lo que hicieron éstos para salvar a la multitud de sus enemigos 129 .
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Responda a sus enemigos con estos y otros argumentos, si pudiera hallarlos más extensos y apropiados, la familia redimida de Cristo Nuestro Señor y la ciudad peregrina de Cristo Rey. Recuerde que entre los propios enemigos se esconden futuros ciudadanos, no sea que considere infructuoso incluso para ellos mismos soportar como adversarios a quienes podrían llegar a profesar la fe; asimismo entre el número de aquéllos la Ciudad de Dios, durante su peregrinaje en el mundo, acoge en su seno a algunos unidos a ella por la comunión de los sacramentos 130 , y que no participarán con ella en el eterno destino de los santos, los cuales están en parte ocultos, en parte a la vista, e incluso no dudan en murmurar con los mismos enemigos contra Dios, de cuyo sacramento son portadores, unas veces llenando los teatros con ellos, otras las iglesias con nosotros. Sin embargo, no debe desesperarse de la corrección incluso de algunos de estos individuos, si entre los adversarios más manifiestos se esconden amigos predestinados, desconocidos incluso para sí mismos hasta el momento. Lo cierto es que estas dos ciudades se hallan confundidas y mezcladas en este tiempo, hasta que sean separadas por el juicio final; acerca de su origen, su desarrollo y su obligado final expondré lo que creo que ha de decirse, en la medida en que me ayude la voluntad divina, para gloria de la ciudad de Dios, que brillará con más claridad al ser comparada con las demás.
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Pero todavía debo exponer algunos argumentos contra aquellos que atribuyen los desastres de la República Romana a nuestra religión, por la que se les prohíbe ofrecer sacrificios a sus dioses. Pues es preciso recordar los muchos y grandes males que pudieran venir a la mente o parezcan suficientes para la argumentación soportados por aquella ciudad o las provincias pertenecientes a su imperio antes que sus sacrificios fueran prohibidos; todos ellos, sin duda alguna, nos los atribuirían si entonces nuestra religión hubiera brillado ante sus ojos o si les hubiese prohibido sus cultos sacrílegos. Después se debe mostrar por qué costumbres suyas y por qué causa el Dios verdadero, bajo cuyo poder están todos los reinos, se dignó ayudarles para aumentar su imperio, y cómo no les ayudaron en nada aquellos a los que consideran dioses y, aún más, cuánto les perjudicaron con sus fraudes y engaños. Finalmente se hablará contra aquellos que, aun refutados y rebatidos por pruebas evidentísimas, se esfuerzan en sostener que debe rendirse culto a los dioses no por la utilidad en esta vida presente, sino por la que llegará después de la muerte. Esta cuestión, si no me engaño, resultará mucho más laboriosa y merecedora de una discusión más sutil, dado que en ella incluso se discute contra filósofos, y no cualesquiera, sino contra quienes son famosos entre ellos por su excelente reputación, y coinciden en muchas cuestiones con nosotros, como en la inmortalidad del alma, en que el Dios verdadero creó el mundo, y en su providencia, con la que gobierna el universo que creó. Pero, puesto que también se debe rebatir a éstos en aquellas cuestiones en las que piensan de forma contraria a nosotros, no debemos faltar a esa tarea, para, una vez refutadas las contradicciones impías con las fuerzas que Dios nos conceda, consolidar la ciudad de Dios, la verdadera piedad y el culto a Dios, único en el que se promete verazmente la felicidad eterna. Así pues, sea ésta la extensión del presente volumen, para abordar la continuación de nuestro proyecto en una nueva introducción.

1 Un minucioso comentario de este prefacio puede verse en R. H. BARROW , Introduction to St. Augustine The city of God being selections from the De civitate Dei including most of the XIXth book with text, translation and running commentary by …, Londres, 1950, págs. 136-147.
2 Una semblanza en tono laudatorio de este personaje, destinatario de la obra e inspirador de la misma, se halla en la epístola 151 del propio Agustín, dirigida a un alto funcionario llamado Ceciliano. Miembro de una familia aristocrática, ocupó diversos cargos en la cancillería imperial. En 411 fue enviado a Cartago por el emperador Honorio para presidir la conferencia de las iglesias católica y donatista, en la que decidió a favor de la primera. Allí conoció personalmente a Agustín, con el que mantuvo una profunda amistad y una rica correspondencia. Es precisamente en una de las cartas que Marcelino le dirige, concretamente la 136, donde le insta a emprender una obra como la presente. La respuesta de Agustín aparece en Epist . 138, del año 412, donde en principio acepta hacerlo de forma epistolar, anticipando allí mismo algunos de los temas que luego se desarrollarán en De civitate Dei , aunque también plantea la posibilidad de hacerlo en libros. Agustín no sólo le dedica De civitate Dei , sino también muchos de sus tratados antipelagianos, el De peccatorum meritis et remissione y el De spiritu et littera . Marcelino, sin embargo, no pudo ver culminada la monumental obra de Agustín. Dos años después de la conferencia de Cartago, a causa de intrigas palaciegas en las que los donatistas estuvieron involucrados, Marcelino fue implicado en la rebelión militar de Heracliano contra Roma, narrada en OROS ., Hist . VII 42, y asesinado en la cárcel el 12 o el 13 de septiembre de 413. Su muerte aparece relatada en la epístola 151, antes mencionada. Sobre la relación entre ambos personajes vid . además MARROU , Saint Augustin et la fin …, pág. 385, M. MOREAU , Le dossier de Marcellinus dans la Correspondance de saint Augustin , París, 1973, M. A. MC NAMARA , L’Amitié chez Saint Augustin , París, 1962, págs. 117-122.
3 Como indica BARROW , Introduction …, pág. 136, la expresión ‘gloriosísima ciudad’ alude al salmo 87, 3: «Muy gloriosas cosas se han dicho de ti, ciudad de Dios, Selah». Sin embargo, según el propio BARROW , Introduction …, pág. 137, Agustín se aparta de la idea expresada en el mismo salmo de que la gloria de Sión consistirá en la incorporación como ciudadanos y adoradores de Yavé a las naciones de la tierra, pues éste nunca habla de la conversión de naciones enteras, sino de individuos. La mención de la ciudad de Dios al comienzo de este prefacio según G. BARRA , La figura e l’opera di Terenzio Varrone Reatino nel «De civitate Dei» di Agostino , Nápoles, 1969, pág. 77, sirve para anticipar el argumento de la segunda parte de la obra (libros XI-XXII), ya que la primera parte (libros I-X), de carácter apologético, presenta una importancia menor respecto a aquélla, de índole constructiva y de mayor relieve especulativo.
4 Hab. 2, 4, cf. Civ . IV 20, 14. Como señala C. CASTILLO , Tertuliano. Apologético. A los gentiles , Madrid, 2001, pág. 54, n. 4, la expresión aparece aplicada a la Verdad, personificada en TERTULIANO , Apol . 2, texto en el que puede haber reminiscencias de I Petr. 2, 11, y Hebr. 11, 13. Sobre la ciudad de Dios como peregrina en la tierra vid. Civ . XIX 17. Según BARROW , op. cit ., pág. 141, se trata de una imagen familiar para judíos y cristianos. Indica además que el término peregrinus conserva su carácter técnico del latín jurídico de residente no ciudadano, pues esa es la condición del cristiano en este mundo. Un exhaustivo análisis del concepto en las culturas hebrea y grecolatina puede verse en E. TE SELLE , Living in two cities. Augustinian trajectories in political thougth, Saranton , 1988, págs. 45-71.
5 Rom. 8, 25.
6 Salm. 94 (Vulg. 93), 15.
7 Según M. TESTARD , Saint Augustin et Cicéron , vol. II. Répertoire des textes , París, 1958, pág. 36, esta fórmula es tomada de dos textos de Cicerón, la dedicatoria a Varrón del comienzo de las Academica priora y Orator 75 (magnum opus et arduum, ut saepe iam diximus , «tarea ingente y ardua, como ya hemos dicho a menudo»), idea defendida asimismo por J. B. BAUER , «Zu Augustin, De civitate Dei I praef .», Hermes 93 (1965), 133-134. A. CAMERON , por su parte, está de acuerdo en que la alusión a Orator es deliberada, pero, en su opinión, el pasaje que Agustín tiene en mente es el capítulo 33 (magnum opus et arduum , Brute, conemur; sed nihil difficile amanti puto «emprendemos una tarea ingente y ardua, Bruto; pero pienso que no hay nada difícil para quien se entrega a ello con pasión»), ya que el paralelismo es más claro. Otras reminiscencias ciceronianas dentro de este prefacio son estudiadas por J. DOIGNON , «Pivots et tensions de l’éthique cicéronienne dans la Cité de Dieu de saint Augustin», Latomus 43 (1984), 813-826.
8 Salm. 62 (Vulg. 61) 9.
9 Sant. 4, 6, y I Ptr. 5, 5. Vid . además Prov. 3, 34.
10 VIRG ., En . VI 853, dentro del discurso que Anquises dirige en los infiernos a su hijo Eneas, en el que le muestra el futuro de su linaje y el de Roma, y que culmina con este famoso verso que alude a la Pax Augusta . Según HAGENDAHL , Augustine …, vol. II, págs. 408-9, la inclusión de esta cita tras la anterior sirve para establecer un contraste entre la ciudad de Dios y la ciudad terrena, representada por el Imperio Romano, y su misión como dominadora y pacificadora del mundo.
11 El término latino memoriae en contextos similares hace alusión a los monumentos en los que se rendía culto a los mártires y a sus reliquias, o también sus tumbas. Vid . BLAISE , s. v .; AG ., Civ . VIII 27. En Agustín (Civ . XXII 8, 11) tiene el sentido de ‘reliquias’.
12 El saqueo de Roma por el rey godo Alarico es narrado en OROS ., Hist . VII 39, donde aparece la misma orden de respetar a los que se hubieran refugiado en templos cristianos, especialmente en las basílicas de San Pedro y San Pablo. El saqueo se explica en dicha obra como castigo divino de los infieles y liberación de los cristianos. Sobre estos hechos vid . P. COURCELLE , Histoire littéraire des grandes invasions germaniques , París, 19643 , pág. 52 n. 3, que indica que el detalle de que los paganos buscaron refugio en las iglesias lo toma Orosio de este pasaje de Agustín.
13 G. BARDY , La cité de Dieu. Livres I-V, Introduction générale et notes par G. BARDY . Traduction française de G. COMBÈS , París, 1959, pág. 196 n. 1, señala dos raros ejemplos en los que se respetó a quienes se refugiaron en los templos: ARRIANO , De expeditione Alexandri II 24, donde se cuenta cómo Alejandro perdonó a los habitantes de Tiro refugiados en el templo de Hércules, y PLUTARCO , Vita Agesilai 19, donde este personaje, tras la batalla de Coronea, respetó a quienes se refugiaron en el templo de Atenea.
14 VIRG ., En . II 501-2. Se trata de la visión de Eneas del palacio de Príamo, en el que éste fue muerto a manos de Pirro ante los altares en los que se había refugiado. En esta imagen de la toma de Troya y en las siguientes, Agustín establece un contraste entre la conducta de los griegos en dicha ciudad y la de Alarico en Roma (vid . HAGENDAHL , Augustine … vol. II, pág. 389).
15 VIRG ., En . II 166-168. Alusión al sacrílego robo por parte de los griegos del Paladión de Troya, imagen de la diosa Palas Atenea, con la que se identifica después la Minerva latina. Según la leyenda, la suerte de la ciudad de Troya estaba vinculada a dicha imagen, pues no sería conquistada mientras permaneciera en lo alto del alcázar, idea que más adelante, en Civ . III 7, será refutada por el propio Agustín que, siguiendo a LIVIO , frg. 20 W.-M. del libro LXXXIII, indica que tras la destrucción de la ciudad sólo quedó en pie esta estatua. Volviendo al robo, según la versión virgiliana, puesta en boca del griego Sinón, infiltrado entre los troyanos tras la supuesta retirada de sus compañeros y abandono del famoso caballo de madera, éste fue llevado a cabo por Diomedes y Ulises. Tras ser llevado el Paladión al campamento griego, según relata Sinón, éste realizó prodigios nefastos que fueron el supuesto motivo de la construcción del caballo, como ofrenda de desagravio. Sobre otras versiones del relato, en las que la presencia del Paladión en una ciudad determinada garantizaba su supervivencia vid . SERV ., Aen . II 166. Sobre la futura presencia del Paladión en Roma vid . Ov., Fast . VI 433-436. Sobre la utilización de este argumento en otros autores cristianos vid . PRUD ., C. Symm . II 544-550.
16 VIRG ., En . II 169-170.
17 Cf. VIRG ., En . II 663.
18 La idea de que los dioses paganos de los que se apoderaron los romanos tras conquistar las ciudades en que se hallaban no fueron capaces de proteger sus propios santuarios puede verse además en PRUDENCIO , C. Symm ., II 335-369.
19 Virgilio era uno de los autores estudiados regularmente en las escuelas durante la latinidad tardía, y es mencionado por el propio AGUSTÍN , Conf . I 13, donde comenta que en las clases del gramático fue obligado a memorizar las vicisitudes sufridas por Eneas, y que sentía compasión ante el suicidio de Dido. Sobre su importancia en la educación en época tardía vid . MARROU , Saint Augustin et la fin …, pág. 18.
20 HOR ., Epist . I 2, 69.
21 En la mitología aparecen varios personajes con ese mismo nombre que se distinguen de forma confusa. Parece ser que se trata del hijo de Arne —o Melanipa— y Poseidón, nieto de otro Eolo, hijo de Helén, con el que se confunde en ocasiones.
22 VIRG ., En . I 67-68. Los penates eran dioses protectores del hogar, cuyo nombre deriva de penus ‘despensa’. Aparte de los venerados en cada casa, existían unos penates públicos considerados protectores del Estado romano como hogar común de sus ciudadanos. En esta ocasión alude concretamente a los penates que trajo Eneas de Troya para asentarlos en su nueva patria itálica, unos dioses previamente vencidos e incapaces de proteger su ciudad de origen, por lo cual poco podían hacer para salvar Roma (vid . HAGENDAHL , Augustine …, vol. II, pág. 390).
23 Anciano compañero de Príamo, oriundo de Delfos y sacerdote de Apolo. Murió en la toma de la ciudad.
24 VIRG ., En . II 319-321.
25 VIRG ., En . II 293. Estas palabras son pronunciadas por Héctor cuando se aparece a Eneas en sueños la misma noche de la caída de Troya.
26 BARDY , La cité de Dieu …, págs. 200-201, n. 3, indica que en la lengua jurídica nomen significa el nombre de un deudor y de ahí título de crédito. Mala nomina son los títulos impagados. Cf . ERNOUT -MEILLET , s. v . Existe sin embargo otra variante textual entre las recogidas en el aparato crítico de DOMBART -KALB , omina (a2 p1 ), que es preferida por otros traductores, como J. MORÁN , Obras de San Agustín XVI. La ciudad de Dios , Madrid, 19642 .
27 Sobre el uso en este texto del raro término cordatus ‘sensato’ y utilizado también por Cicerón, vid . M. TESTARD , Saint Augustin et Cicéron …, vol. I, pág. 36, que indica que tal vez Agustín tuviera en mente el estudio que realiza Cicerón sobre los derivados de cor y de una cita en la que Enio utiliza dicho término que aparece en Tusc . I 18, cf. Rep . I 30, De Or . I 198, donde también aparece el término en cuestión.
28 Vid. Civ . III y IV passim .
29 Compañero de Aquiles e hijo de Amintor, rey de Beocia. Tras ser expulsado y cegado por su padre por su relación con una de sus concubinas, se refugió en Ptía, donde reinaba Peleo. Éste instó al centauro Quirón a que lo curase, y al mismo tiempo lo convirtió en educador de su hijo Aquiles. Durante la guerra de Troya participó en la embajada enviada por Agamenón para que convenciera a Aquiles de que volviera a la lucha, y le consoló por la muerte de Patroclo.
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