Читать книгу: «América ocupada»

Шрифт:


BIBLIOTECA JAVIER COY D’ESTUDIS NORD-AMERICANS

http://puv.uv.es/biblioteca-javier-coy-destudis-nord-americans.html

DIRECTORA

Carme Manuel

(Universitat de València)


Primera edición en inglés, 1972

Título original: Occupied America: The Chicanos Struggle toward Liberation

Publicado por Harper and Row. Nueva York

© 1972, Rodolfo F. Acuña

Traducción: Ana María Palos

Primera edición en español: 1976

Derechos reservados en lengua española © 1976

Ediciones Era, S. A.

Avena 102, México 13, D.F.

Segunda edición en español, 2022

Traducción y edición de José Juan Gómez-Becerra.

Derechos reservados en lengua española, Rodolfo F. Acuña

Reservados todos los derechos

Prohibida su reproducción total o parcial

ISBN: 978-84-9134-964-8 (papel)

ISBN: 978-84-9134-965-5 (ePub)

ISBN: 978-84-9134-966-2 (PDF)

Imagen de la cubierta: Cosmic Migrants, Nephtalí de León

Imagen interior: Lèo Limón - https://leolimon.com/

Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera

Publicacions de la Universitat de València

http://puv.uv.es

publicacions@uv.es

Edición digital

Contenidos

AMÉRICA OCUPADA, SEGUNDA EDICIÓN El contexto

EL PREFACIO (PRIMERA EDICIÓN)

EL PREFACIO (SEGUNDA EDICIÓN EN ESPAÑOL)

INTRODUCCIÓN

PRIMERA PARTE PANORAMA DE LA CONQUISTA Y LA COLONIZACIÓN

CAPÍTULO 1 El legado de odio: la conquista del Suroeste de Estados Unidos

CAPÍTULO 2 Remember the Alamo: la colonización de Texas

CAPÍTULO 3 La libertad enjaulada: la expansión hacia Nuevo México

CAPÍTULO 4 Sonora invadida: la ocupación de Arizona

CAPÍTULO 5 La pérdida de California: América para los angloamericanos

SEGUNDA PARTE UNA VISIÓN RADICAL DEL CHICANO DEL SIGLO XX

CAPÍTULO 6 ¡Greasers Go Home!

CAPÍTULO 7 El camino hacia Delano

CAPÍTULO 8 Una era de represión

CAPÍTULO 9 Adiós a Norteamérica, I

CAPÍTULO 10 Adiós a Norteamérica, II

CAPÍTULO 11 La setenta y los ochenta

CAPÍTULO 12 Perdiéndole el miedo al diablo

CAPÍTULO 13 La ilusión de la inclusión

EPÍLOGO El ascenso de Donald Trump


América ocupada, segunda edición El contexto

Con razón del quincuagésimo aniversario de la publicación original de Occupied America, he decidido reeditar y actualizar esta segunda traducción en español de América ocupada (1972). Durante ese tiempo, en las casi cinco décadas de su publicación, se han publicado nueve tiradas de la edición en inglés, accesible en su mayoría solo para lectores de habla inglesa. Esta nueva edición en español consiste en cambios editoriales a la versión publicada en 1972 y la añadidura de tres nuevos capítulos. No obstante, el enfoque sigue puesto sobre la experiencia del mexicano en Estados Unidos y sus experiencias de vida en lo que el maestro José Martí identificara como las entrañas del monstruo.1 Precisamente, a partir de esta atmósfera sociohistórica se distingue la experiencia entre el mexicano de acá y la del de aquel lado.

La historia chicana o mexicoamericana también se distingue de la historia del resto de la población latina en Estados Unidos. El presente, la densidad y el recorrido sociohistórico de la vida diaria del mexicano en este lado son un distintivo al comparárseles con sus compatriotas en México y la población latina en Estados Unidos. De tal modo, conforme crece la población mexicana en Estados Unidos también aumenta la importancia y el interés general por la vida diaria del mexicano. En el 2016 había más de 35 millones de mexicanos en Estados Unidos, lo que en población equivale a ser la quinta nación más grande de América Latina. La magnitud del cambio se puede apreciar al considerar que la población mexicana en Estados Unidos apenas llegaba a los 5 millones de personas en 1976, cuando se publicara por vez primera la traducción de América ocupada.2

La Diáspora produce una crisis de identidad de la que ya mucho se ha escrito. Desde el siglo XIX, los pensadores y activistas políticos han conceptualizado que el cimiento de una nación es la comunión de personas quienes “historically constituted a community of people” que, por consecuencia, heredan una serie de derechos propios.3 El tema resonaba más entre los intelectuales judíos, quienes se preocupaban por la defensa de la comunidad judía, lo que nos recuerda que la experiencia de la diáspora mexicana no es única ni esencialista, sino un acontecimiento concurrente de la experiencia humana. No obstante, desde este entendimiento diaspórico, la identidad es un rasgo indispensable para definir la corriente social de los grupos minoritarios dentro de sociedades exclusivas o mayoritariamente no representativas de estos.

La historia, así como llegar a la verdad, siempre depende del método de preferencia que se elija. Uno de los métodos más antiguos de indagación es la negación –la lógica tras la oposición semántica. La búsqueda de la verdad a través de la matización de la historia tiene gran importancia porque permite promover la justicia social y estimular un sentido de igualdad. En el contexto mexicoamericano, este sentido de la verdad histórica cobra mayor valor dentro del sistema de control y la división social al que está subyugado el mexicano en Estados Unidos, un sistema de castas comparable al impuesto por la colonia española en América. El presente histórico se distingue por la ambigüedad discursiva, la que nos lleva a la distorsión de la verdad y el propio desvanecimiento de la historia. Concomitantemente, esto dificulta, aún más, el impulso del sentido de comunidad necesario para articular la memoria histórica colectiva. Por ende, el encuentro entre el pocho, el inmigrante, el obrero, la clase media, y los diversos grupos latinos, es necesario al fomentar la defensa de los derechos humanos tanto para la comunidad mexicoamericana como para los latinos en general.

Durante esta era de ambigüedad discursiva, el pensamiento crítico depende de la conciencia histórica.4 Por ejemplo, en diálogos con estudiantes, los estudiantes inmigrantes suelen preguntarme qué hay en común entre ellos y los mexicoamericanos. Mi primera respuesta es pedirles que contemplen críticamente una lista de varios servicios y beneficios sociales a su disposición; entre los que seguramente figuran la admisión a la universidad, becas, y hasta diferentes frentes y organizaciones de apoyo social que benefician al inmigrante. Después, recalco cómo estos servicios y beneficios son el legado del movimiento chicano, y son parte del proceso histórico de ser mexicano en Estados Unidos. En 1968, el número de estudiantes mexicoamericanos en colegios y universidades cercanos a comunidades mexicanas, como San Fernando Valley State College, no alcanzaba ni el ciento de estudiantes matriculados; como resultado del proceso histórico que representa el movimiento chicano, esta universidad –ahora California State University Northridge– tiene una matrícula de más de 20 000 estudiantes latinos.

Ya para 1970, el movimiento chicano forjaba los cimientos sobre los cuáles se edificaría la clase media mexicoamericana. El esfuerzo político-cultural chicano había amplifacado el acceso a la educación superior causando una apertura del campo profesional para los mexicanos y latinos por igual. Por lo general, casi todo líder defensor de los derechos de inmigrantes y casi todo político mexicoamericano, sea en California, Texas o el resto del país, proviene de esta tradición político-cultural. Estos acontecimientos concurren junto a la época en la cual el gobierno mexicano y las clases privilegiadas mexicanas sostenían prejuicios hacia los paisanos que inmigraban a Estados Unidos sin la documentación apropiada; inclusive, esta actitud oficial generó un sesgo nacionalista que cuestionaba la lealtad nacional del emigrante.5 Por lo contrario, la comunidad mexicoamericana se mantuvo al pie junto a estos inmigrantes, por lo que resulta sorprendente que algunos inmigrantes perpetúen un sesgo similarmente nacionalista en contra del pocho. En ocaciones olvidamos que gran parte de la población mexicoamericana está conformada por ciudadanos de segunda generación, quienes con frecuencia son estudiantes universitarios de primera generación al igual que algunos estudiantes inmigrantes. Las intersecciones entre los mexicoamericanos y los inmigrantes son numerosas, son un sinfín de posibilidades colectivas.

El presente ensayo contextual no pretende realzar la figura del mexicoamericano frente a la del inmigrante, más bien, el propósito es hacer hincapié en los puntos de encuentro entre el inmigrante y el mexicoamericano. Por sí solos, la etnia y la identidad racial son elementos suficientes para la comunión grupal del ser humano. La clave en ello es la memoria histórica colectiva. Esta enmarca e hilvana un discurso común. Por ejemplo, en el entendimiento social europeo, el buen ciudadano acepta ciertas responsabilidades a favor del bienestar mutuo a pesar de contar con la plena libertad de negarse. La articulación de una conciencia social colectiva es mucho más difícil en los Estados Unidos si se compara con la mayor parte de las naciones europeas ya industrializadas, donde, entre otras ventajas sociales, sus ciudadanos tienen acceso a coberturas de salud públicas y universales y a una educación superior gratuita; mientras tanto, en Estados Unidos aún se debaten temas tan básicos sobre los derechos humanos y servicios públicos, como lo es el acceso a la cobertura universal de salud.

El bienestar común de la población mexicana y latina no solo se debe a la osadía del pensamiento colectivo dentro de una sociedad individualista, este también es el producto de la expansión del repertorio de conocimiento sobre el pueblo mexicano llevado a cabo en los últimos cincuenta años. Cuando cursé mi doctorado, en la década de 1960, casi no había cursos sobre México y Latinoamérica, y los cursos sobre la experiencia mexicoamericana eran inexistentes. En la actualidad, la mayoría de las universidades importantes ofrecen cursos sobre la experiencia mexicana y latinoamericana, por lo menos. Igualmente, ha habido una proliferación de publicación de artículos y textos sobre estos temas. Las bibliotecas de renombre, como la biblioteca Bancroft (Berkley), University of Texas Austin, o Arizona State University, y varios museos a lo largo del país, cuentan con colecciones de enfoque latino o mexicano. A pesar de estos logros y avances, aún nos queda mucho por hacer; los estudios chicanos aún sufren la falta de apoyo y, en ocaciones, como en Tucson, Arizona, enfrentan también un proceso de desmantelamiento y de persecución—tomése por ejemplo la prohibición y confiscación en Arizona de América ocupada por ser considerado un texto de historia subversivo y “anti-americano”.

La memoria histórica colectiva concomitantemente está sujeta al conjunto de estructuras oficiales como a las extraoficiales; por ende, es necesario el esfuerzo para manter estos estudios en ambos planos sin dejar de desarrollar y apoyar aquellos a nivel comunitario. Son en estos espacios que un pueblo tiene la posibilidad de acercamiento y aprendizaje a sus experiencias sociales como un conjunto. Para el chicano, este conjunto es la experiencia transfronteriza del devinir histórico del mexicano de este y del otro lado. La historia es el espejo por la que el mexicoamericano y el inmigrante pueden reconocerse mutuamente y donde se encuentra el cruce de una agenda sociopolítica de mutuo beneficio. Tal ha sido el caso en las recientes vicisitudes en torno a la inmigración y la creación de soluciones incompletas, pero que son aún así de gran impacto para los latinos en general.

A consecuencia de que los legisladores en la CXII reunión del Congreso estadounidenses obstruyeran el Dream Act (Acta para el Desarrollo, Alivio y Educación para Menores Extranjeros), el 15 de junio del 2012, el presidente Barack Obama decretó el programa de DACA (la Acción Diferida para los Inmigrantes Llegados en la Infancia). El Presidente proclamó una orden ejecutiva, conocida como un White House Memorándum, donde ordenaba que la secretaria de Seguridad Nacional, Janet Napolitano, redactara la guía de “‘prosecutorial discretion’ with respect to a certain class of younger immigrants without legal status”.6 ¿Por qué será que el presidente Obama tomó una medida tan controversial aun después de no haber impulsado una reforma migratoria y, con toda franqueza, haberles dado rienda suelta a los agentes de inmigración para que hostigaran y acorralaran a la comunidad inmigrante durante su primer término presidencial?

Según Marcelo Suarez-Orozco, profesor en University of California Los Angeles y experto en inmigración, el crecimiento de la población latina ha sido tan drástico que, “numerically, the U.S. is being transformed”. Esta transformación es más impactante al considerar que el crecimiento demográfico de la población latina ha estado acompañado de un histórico declive demográfico de la población angloamericana; lo que ha resultado en el desvanecimiento progresivo del esquema racial que divide a la sociedad estadounidense en blanco y negro. Según el New York Daily News, el aumento de población latina ha puesto a prueba los límites de los derechos civiles y, conforme disminuye la hegemonía de la población angloamericana, ha efectuado una reconfiguración de las alianzas políticas del país.7 Los mexicanos han sido el motor de este espectacular aumento de población, ya que conforman dos tercios de la población latina. Cabe recalcar que estos cambios demográficos no solo constan del flujo constante de inmigrantes, sino también del número de natalidades en el país. Según Suarez-Orozco, el acrecentamiento demográfico de la población latina queda sutilmente manifestado en la transformación de los organismos sociales que fungen como el motor político para efectuar cambios institucionales. Un claro indicio de la extensión de estos cambios se encuentra en el margen de crecimiento de la población latina durante la década de 1990; mientras en 1990 había 22,4 millones de latinos en Estado Unidos, para el 2000 la población alcanzaba los 35,3 millones (57,9 por ciento). Ya para el 2014, la población latina llegó a los 55,4 millones, representando un 17,4 por ciento de la población total de Estados Unidos.8

En el 2015, el periódico digital Latino Post señaló que “President Obama’s announcement this week regarding his proposal to pay for two years of community college could have a huge effect on millions of Latinos around the nation who are considering a postsecondary education”.9 Aproximadamente, “16.5 percent of all college students around the U.S. were Latinos, while Hispanics also made up roughly one quarter of all 18-to-24-year-old college students, their numbers particularly growing in two-year colleges”.10 De igual manera, en el 2014 el Pew Hispanic Research declaró que “Hispanics today make up 11.3% of all eligible voters. But voter turnout among Hispanics has not kept pace with the growing number of eligible voters in recent national elections. In 2010, Hispanics cast a record 6.6 million ballots out of 21.3 million eligible voters, a turnout rate of 31.2%. But that was still far below the turnout among black voters (44%) and white voters (48.6%)”.11

La participación electoral latina es una formidable fuerza para el cambio, especialmente al tratarse del sufragio mexicoamericano. Los cambios demográficos inclusive han obligado a que el Partido Republicano fortifique su presencia entre los votantes latinos. Por ejemplo, la conocida red reaccionaria de los hermanos Koch financió sesiones de repaso y preparación en español para el examen de conducir en el estado de Nevada. Tamara Keith de National Public Radio acentuó que los políticos “care so much about capturing the so-called ‘Latino vote’ because the U.S. Hispanic population is exploding”.12 El patrón de crecimiento demográfico de la población latina continuó entre el 2000 y el 2012, aumentando casi 49 por ciento mientras el resto de la población estadounidense solo crecía un 5,8 por ciento. Aún más impresionante es el hecho que entre el 2012 y el 2030 los latinos constituirán el 40 por ciento del crecimiento total del electorado.13 Con este aceleramiento demográfico la comunidad latina se aproxima a cumplir el aforismo de Juan Bautista Alberdi, “gobernar es poblar”.

En 1960 la mujer mexicana que vivía en México tenía un promedio de siete hijos, lo cual cambió a solo dos hijos para el 2009. En los Estados Unidos de 1970 solo había menos de un millón de inmigrantes mexicanos, y durante la década de 1980 y 1990 la inmigración se convirtió en la causa principal del crecimiento de población. Sin embargo, camino a la primera década del siglo XXI se produjo un giro importante en esta tendencia y el número de natalidades aumentó a 7,2 millones frente a los 4,2 millones de nuevos inmigrantes. La vitalidad de la población mexicoamericana en Estados Unidos ha sido tal que, en la actualidad, el número de natalidades es mayor al número de nuevos inmigrantes.14 Asimismo, en el presente, la población latina ya es el grupo minoritario más numeroso de los Estados Unidos.

Aproximadamente, cada año 800 000 jóvenes latinos cumplen su mayoría de edad electoral (18 años), un hecho que sin duda innfluye política e institucionalmente en la infraestructura social estadounidense. Mientras en México ha disminuido la tasa de natalidad, el número de natalidades latinas en Estados unidos ha aumentado a 9,8 millones en el 2000 y a 12,5 millones en el 2007. La comparación de estos números muestra que 11,4 millones de inmigrantes nacieron en México mientras que 22,3 millones latinos nacieron en Estados Unidos.15 Una pregunta clave por resolver es si otros grupos latinos remplazarán el flujo de inmigración hacia Estados Unidos en caso de que la inmigración mexicana menguara en los años venideros.

Antes de la década de 1980, los sudamericanos mayoritariamente eran refugiados políticos o contaban con un poder adquisitivo que les permitía vivir apartados del resto de la población latina en Estados Unidos. En la actualidad, la población latina de origen sudamericano es 2 769 434, un equivalente al 5,5 por ciento del total de la población latina. El conjunto sudamericano es pequeño debido a la distancia y el costo de transporte en el curso de inmigración, lo cual hasta no muy reciente no estaba al alcance de la clase obrera y clase media. Dado que un número considerable de sudamericanos son refugiados políticos, la mayoría cuentan con condiciones más favorables, condiciones a las que no tienen acceso el resto de la población latina en Estados Unidos. La inmigración argentina que en gran parte tomó lugar durante la guerra sucia, entre 1976 y 1983, sirve como ejemplo. Un grupo importante de esta corriente inmigratoria eran los judíos quienes enfrentaban fuerte antisemitismo y represión militar. Uno de cada cinco argentinos que inmigraron durante esta época se asentó en Nueva York, mientras otra parte se estableció en Miami, Florida. No obstante, el número de habitantes argentinos seguía siendo pequeño. Sin embargo, el 40 por ciento de argentinos en Estados Unidos mayor de 25 años cuenta con un título universitario, a comparación del 13 por ciento del resto de la población latina.16 La gráfica a continuación refleja la población total de los países de donde proviene la población latina y la distancia aproximada entre Estados Unidos y estos países. Estos datos son indisplensables para observar los patrones de inmigración; por ejemplo, es deducible que no hay una inmigración considerable de bolivianos porque resulta más costoso cubrir la distancia del viaje a comparación de México o los países centroamericanos.


Latinoamérica Población Distancia aprox.
Estados Unidos 318 892 103
Brasil 202 656 788 4552 millas
México 120 286 655 0
Argentina 43 024 374 5610 millas
Colombia 46 245 297 2627 millas
Canadá 34 834 841 0
Perú 30 147 935 3471 millas
Venezuela 28 868 486 2804 millas
Chile 17 363 894 5267 millas
Ecuador 15 654 411 2918 millas
Guatemala 14 647 083 1512 millas
Cuba 11 047 251 1521 millas
Rep. Dominicana 10 349 741 2001 millas
Honduras 8 598 561 1622 millas
Paraguay 6 703 860 4840 millas
El Salvador 6 125 512 1665 millas
Nicaragua 5 848 641 1797 millas
Costa Rica 4 755 234 2034 millas
Puerto Rico 3 620 897 2195 millas
Uruguay 3 332 972 5462 millas
Jamaica 2 930 050 1725 millas17

La siguiente gráfica permite una mejor contextualización de estos números:18


Como ya se ha dicho, si los latinos en Estados Unidos fuesen una nación, sería el tercer país más grande de América Latina, siendo así también la segunda nación más grande de hispanohablantes. Como tal, la población latina en Estados Unidos es mayor a la de España o Argentina. Más aún, el conjunto mexicano por sí solo sería la quinta nación más grande en Latinoamérica y la séptima en cuanto a hablantes del español. Parecería lógico que la academia estadounidense, con su lema de ir tras la verdad, se preocupase más por fomentar los estudios latinos, aún solo si fuese con interés de averiguar la densidad del impacto latino en la identidad nacional del país. No podemos cometer el error de asumir que a cincuenta años del presente se dará una homogeneidad social y que ocurrirá una asimilación de los mexicanos en Estados Unidos tal cual como sucedió con los inmigrantes italianos; solo basta ver un mapa y preguntarnos qué se puede deducir de la distancia geográfica entre Estados Unidos y México en comparación con Italia. Esta cuestión resulta alarmante para un gran número de angloamericanos –según ellos, todos deben aspirar a adoptar el modelo normativo del hombre blanco. Sin lugar a duda, desde la incepción de los Estados Unidos, los valores y figura del hombre blanco han marcado las pautas de la formación nacionalista del individuo. Debido a ello se entiende el porqué varios senadores reaccionaron frenéticamente cuando la juez Sonia Sotomayor dijo lo siguiente: “I would hope that a wise Latina woman with the richness of her experiences would more often than not reach a better conclusion than a white male who hasn’t lived that life”. La controversia de su promulgación se debe al rechazo de una predeterminación histórica que legitima y normaliza la supuesta verdad común del hombre blanco, los fundamentos y base de la supremacía blanca en Estados Unidos.

MEA CULPA

Un punto por mejorar de la primera edición de América ocupada (1976)19 ha sido la ausencia de capítulos sobre las sociedades indígenas y españolas. Aunque tal caso fue atendido en las subsecuentes ediciones en inglés, decidí no hacer lo mismo en la presente edición en español. La ausencia de esta temática en la primera edición es el resultado de una carencia epistemológica en mi formación académica, al igual que la de otros académicos mexicoamericanos de mi generación. Por lo general, la mayoría tomamos cursos de postgrado en los que la esfera de estudio se enfocaba en Estados Unidos o Europa. La prevalencia del eurocentrismo en los programas de historia es un hecho, y no ha sido hasta muy reciente que se lleven a cabo esfuerzos para disminuir tal influencia en la profesión. Sin embargo, aún hay quienes se oponen a ello y “some Europeanists worry that their field is no longer considered of central importance. Graduate students and recent PhDs (understandably concerned about finding jobs and getting tenure) are probably most acutely troubled. But some senior Europeanists are anxious about their ability to continue training and placing PhD students”.20 Durante mi formación académica en la década de 1960, los estudios mexicanos y latinoamericanos solo recibían atención secundaria; para recibir legitimación académica, los estudiantes de postgrado se veían obligados a cursar bajo historiadores americanistas y europeístas de renombre.

La práctica común del campo era que los historiadores comenzaran la periodización de una época histórica partiendo de la historia estadounidense o usándola como modelo. Meramente, la periodización pretende organizar o segmentar áreas de estudio en etapas históricas que faciliten su análisis. En este sentido, la periodización es una herramienta. Por lo tanto, al abordar la periodización de la historia chicana no me remonté más allá del año 1821 porque mi especialización, inclusive mis estudios sobre México, se sitúa en la frontera norte, donde la historia se ha formado a partir de (des)encuentros con Estados Unidos. Asimismo, el que mis abuelos fueran de Sonora y estuvieran en constante contacto con Estados Unidos determinó mi acercamiento a la historia chicana desde un locus espaciotemporal de la frontera.

Tomando en cuenta que la presente edición está dirigida a un público hispanohablante, decidí no agregar capítulos que atendieran el tema de Mesoamérica y la conquista española ausentes en la edición anterior. Los sociólogos mexicanos especializados en Mesoamérica proveen un mejor relato de tal historia. Estos capítulos hacían falta en las ediciones en inglés porque los lectores de habla inglesa no pueden acceder a la información disponible en español, maya o náhuatl. México es muy diverso, y cuanto más me adentro en estudiarlo más caigo en cuenta de las ramificaciones que producen lo que Lesley Byrd Simpson llamara “muchos Méxicos”.21 Otra ausencia igualmente importante en la primera edición fue la falta de consideración a las cuestiones de género; esencialmente, se requeriría la traducción de la novena edición de la versión en inglés para corregir este fallo. Dicho esto, la presente edición hace un recuento histórico desde cuando apenas había 5 millones de habitantes de ascendencia mexicana viviendo en Estados Unidos.

BREVE COMENTARIO ACERCA DE MESOAMÉRICA

Toda la región de América Central funge como una cuna de civilización para Norteamérica. Este valor patrimonial es a veces ignorado entre los mexicanos, entre aquellos para quienes ese legado cultural pasa desapercibido a la vez que el gobierno subasta sus tesoros más preciados. En un artículo publicado por El Economista en el 2013, titulado “La gastronomía mexicana, el nuevo petróleo”,22 Vicente Gutiérrez, organizador del Proyecto Mesoamérica, “un encuentro incluyente y multidisciplinario alrededor de la cocina que reúne a los exponentes más destacados de la gastronomía global en uno de los eventos más relevantes en el mundo”, sostiene que “La gastronomía es nuestro nuevo petróleo”.23 La gastronomía mexicana se ha destacado por la reputación de ser una de las más variadas y versátiles del mundo. El enriquecimiento de esta cocina ha sido el resultado de siglos de cultivo y experimentación con la flora y fauna nativa a lo largo de varias civilizaciones. Este proceso habría comenzado miles de años previo al desarrollo de la primera civilización norte-centroamericana, asentada en el 1200 a.C. en lo que es el litoral sur del golfo de México.

La evidencia arqueológica nos dice que el maíz evolucionó del teocintli (teocinte), una hierba silvestre de la que los indígenas cultivaron el maíz y que ha existido en el hemisferio occidental por más de 80 000 años. Asimismo, los granos de polen se domesticaron hace 10 000 años en el valle de Tehuacán, México. El proceso evolutivo de la genética del maíz terminó creando un sinnúmero de variedades en adaptación a las diferentes condiciones medioambientales. Es así como la historia del maíz es equivalente a la historia migratoria de las sociedades indígenas, para quienes el maíz es algo sagrado.24

Con la invasión a Mesoamérica de la conquista española, los españoles encontraron abundancia de alimentos que eran nuevos para ellos, entre los cuales se cuentan el chocolate, la vainilla, el cacahuate, el frijol, la calabaza, el aguacate, el coco, el maíz y el jitomate. Desde el principio, el maíz, el frijol y el chile han sido la base en la que se funda la cocina de la región geográfica que se extiende desde el centro de México hasta Guatemala. Aunadas a esta base, subsecuentes fusiones gastronómicas produjeron una de las cocinas más diversas del mundo.

Las mismas culturas indígenas han mantenido estas tradiciones con vida. “Although agriculture is less than 5 percent of Mexico’s gross domestic product, more than a quarter of Mexicans still make their living as farmers. And most of the poorest of those farmers grow corn. Over 60 percent of Mexico’s cultivated land is planted with corn, most of which are small family plots. In all, 18 million Mexicans, including farmers and their families, rely on corn for their livelihood”.25

El cultivo de maíz se propagó más allá de México, hacia el norte del continente. Este pudo ser llevado tanto por las migraciones forzadas de grupos indígenas de América Central o por mercaderes quienes establecieron comercio con la gente del norte. Tal distribución del maíz se dio hace cerca de 1000 años hacia lo que hoy es el norte de Estados Unidos y hacia la costa peruana, al sur del continente. El maíz posibilitó el establecimiento de grandes ciudades capitales y el desarrollo de una riqueza cultural que no solo ha dejado monumentos de piedra, sino también adelantos matemáticos, astronómicos, literarios y teológicos. Ya que en gran medida estos fueron reducidos a cenizas por la colonización española, es una grave injusticia pretender que el legado de estas civilizaciones se limita a sus edificaciones de piedra.

En cuanto a la actualidad del indigenismo y el campesino mexicano, en el 2016, el expresidente mexicano, Enrique Peña Nieto, arremetió contra la constitución mexicana de 1917. Su gobierno aceleró el desmantelamiento de México, privatizando los recursos públicos de México y arrebatándole al pueblo mexicano las garantías constitucionales de tal constitución. La constitución de 1917 había sido la primera en el mundo en preocuparse por proteger los derechos civiles de su pueblo. Por ejemplo, el artículo 3 revocaba cualquier censura a textos prohibidos y ofrecía garantía de acceso gratuito a la educación compulsoria y laica. El artículo 27 confiere a la nación potestad de pertenecía sobre todos los recursos naturales del país, por lo que el derecho a la propiedad y el permiso para minar materias primas (e.g., minerales y agua) estaba reservado solo para ciudadanos mexicanos. El artículo 28 prohibía cualquier tipo de monopolio, y el artículo 123 empoderaba la lucha del sector obrero. No obstante, la agenda neoliberal del presidente Peña Nieto puso en estado de sitio a los artículos 3, 27 y 28 de esta constitución. El asedio constitucional queda particularmente ejemplificado en los cambios hechos al artículo 27, al cual se le agregó una cláusula final que le permite al gobierno conceder licencias y dividir ganancias petroleras con corporaciones multinacionales del tipo de Exxon y Chevron. Tales mal llamadas reformas son una rescisión de la nacionalización histórica de la industria petrolera del expresidente Lázaro Cárdenas en 1938.

La privatización de los recursos naturales de México se aceleró aún más con la implementación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) en 1994. Las nuevas medidas económicas engendrarían una nueva elite billonaria entrelazada a los intereses capitalistas de Estados Unidos. El TLCAN resultó de negociaciones trinacionales, entre Canadá, México y Estados Unidos, con el principal afán de privatizar los ejidos mexicanos. En 1992 “nearly half of Mexico’s total land mass is held in 28,000 ejidos, occupied by more than 2.5 million farmers”.26 A la cabeza de esta planificación neoliberal se encontraban el expresidente Carlos Salinas de Gortari y la Cámara de Diputados mexicana. Apelando a una supuesta insuficiencia y baja en la productividad comercial y el supuesto deterioro del nivel de vida, estos políticos son responsables de la iniciativa para modificar el artículo 27. Al reconocer la amenaza que estos cambios representaban para su estilo de vida, el primero de enero de 1994 los zapatistas se alzaron en armas. Millones de indígenas se han visto obligados a abandonar sus tierras por este tipo de ataques en contra de su estilo de vida; los cuales se extienden hasta el presente. Por el momento, el resultado final sigue siendo una incógnita y el TLCAN continúa en pláticas de renegociación. El alcance y extensión de la privatización en México es impredecible ya que, al igual que Afganistán, Irán y Venezuela, México cuenta con vastas riquezas geográficas y minerales que no pueden ser ignoradas por los capitalistas estadounidenses.

Con la versión inicial del TLCAN se detonó un proceso de importación de maíz estadunidense. Debido a los subsidios agrícolas en este país, se abarató el precio del maíz mexicano obligando a los campesinos ejidatarios al cese de cultivo de sus tierras.27 La llegada del TLCAN a México también introdujo compañías agrícolas estadounidenses como Monsanto. “The Monsanto Corporation has won the right to begin planting genetically modified (GMO) corn in Mexico’s Yucatan Peninsula. Although the company touts higher crop yields and new drought resistant vegetables, their presence has been met with vehement opposition in Mexico and in other countries with unfavorable relationship with the largest developer of genetically modified crops. Corn was first domesticated in Mexico some 10,000 years ago, and introducing GMO corn crops would likely disrupt and permanently change a long running history of corn cultivation by small, independent farmers”.28 La incursión de compañías como Monsanto elevó el riesgo económico y vivificó la problemática cultural que representaba el TLCAN; esto provocó un vehemente resurgimiento de la lucha social y resistencia física de grupos ambientalistas y de campesinos mexicanos.

LOS TRES ÚLTIMOS CAPÍTULOS

Hace ya más de ciento cincuenta años que los inmigrantes mexicanos han vivido entre las entrañas de dos monstruos, Estados Unidos y México. Por ello, el rechazo de la oligarquía de ambos países y la pretensión sistemática de borrar sus testimonios es una amenaza latente en contra de la verdad. En su experiencia pervive una historia de resistencia y una narrativa particular de la que se puede aprender mucho. El activismo y conciencia obrera de los inmigrantes mexicanos y centroamericanos, tanto como el de sus familias, se remonta más allá de sus vidas en Estados Unidos. En ellos conviven memorias de la Revolución mexicana y otras luchas sociales a raíz de un cariño sinigual por la tierra, lo que ha sido tema de tantos corridos y dichos populares. Es precisamente con base a esta tradición desde donde parte el contenido de los capítulos 11 y 12.

El capítulo 11 cubre las grandes migraciones de las décadas de 1970 y 1980 y los motivos que empujaron a millones de mexicanos hacia Estados Unidos. Bajo el mismo criterio, el capítulo también presta atención a los efectos de la desindustrialización de los Estados Unidos durante esas décadas. También resulta necesario observar cómo las gestiones contrarrevolucionarias financiadas por el gobierno estadounidense en varios países latinoamericanos empujaron a cientos de miles de refugiados hacia los Estados Unidos; tal como la guerra contra el narcotráfico durante la gestión de Richard Nixon que promovió la intervención estadounidense tanto en Colombia como en América Central. Estas guerras civiles se manifestaron con mayor intensidad en El Salvador, Guatemala y Nicaragua. En la década de 1970, un millón de mexicanos inmigraron a los Estados Unidos, pero el flujo de inmigración solo se aceleró en la década de 1980 cuando la crisis del colapso de la banca mexicana detonó el proceso de privatización de la economía mexicana y el surgimiento de una clase billonaria liderada por Carlos Slim; desde entonces, México se mantiene preso del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Estos factores de empuje migratorio coinciden con las fuerzas gravitacionales de la industria ligera que, siendo plantas de explotación laboral, en lugares como Los Ángeles, California, aprovechaban la mano de obra barata del inmigrante para competir con Los Tigres manufactureros de Asia. No obstante, la comunidad inmigrante en Estados Unidos luchó contra esa explotación laboral y eligió el camino de la sindicalización. Es así como en la década de 1980 concomitantemente la inmigración rescató la economía de muchas ciudades estadounidenses y estimuló el desarrollo de una conciencia de clase entre la comunidad mexicana y mexicoamericana.

El capítulo 12 cubre el periodo desde 1990 al 2016. El material del capítulo incluye la histeria antinmigrante, como el caso de la propuesta estatal de California, la Propuesta 187, y la adherencia de movimientos anti-nativistas a la agenda de lucha de grupos en pos a derechos de los inmigrantes. En este periodo también se hace visible un creciente interés por la inmigración de parte de las elites mexicanas y estadounidenses. Sobre todo, se revela su interés por la inmigración a causa de su dependencia económica. Si en el presente se suspendiese la inmigración, las economías tanto de México, Centro América y Estados Unidos se desestabilizarían gravemente. Solo basta contemplar que en el 2014 México recibió 23,4 millones de dólares en remesas. Según el Pew Research Center, “Overall remittances to Mexico –nearly all of which come from the U.S.– are estimated to total $22 billion in 2013, according to the World Bank, compared with $10.2 billion in 2000”.29 Después del petróleo, las remesas son la segunda fuente de mayor ingreso capital al país. El capital que de un modo ha ayudado a estabilizar a la economía mexicana es el resultado de la labor de obreros que a su vez pagan impuestos en Estados Unidos. La economía mexicana y centroamericana colapsarían sin tales remezas, mientras que la economía estadounidense se paralizaría sin tales inmigrantes.30 Sin embargo, la demanda de drogas generada por el consumo estadounidense hace que estas naciones sean más susceptibles al tráfico de drogas y, en ocasiones, por ello la conversación sobre las fronteras tiende a alejarse del inmigrante. Un aspecto importante de las remezas es que ha impulsado la proactividad política con la que el gobierno mexicano presta mayor atención a la defensa de los derechos del inmigrante. Como tal, el inmigrante se ha convertido en un activo económico importante para el país; sin embargo, siete de cada diez latinos que enviaron dinero a casa indicaron que para el 2008 la cantidad enviada era menor a comparación con años anteriores. La recesión económica del 2008 en Estados Unidos no solo tuvo impactó en las remezas, sino que también afectó el flujo migratorio de México a Estados Unidos provocando un fenómeno económico que reveló la importancia y dependencia que se tiene por el (in)migrante. Entre la narrativa de este periodo también se le da seguimiento a la temática de la lucha social del mexicano en Estados Unidos, como es el caso de los soñadores.

Por último, el capítulo 13 es una continuación del capítulo 12. Este último capítulo trata el tema del progreso colectivo en parámetros de la ilusión de pertenecer como conjunto a la clase media y haber logrado sobresalir en la sociedad estadounidense. El material de este capítulo no es conclusivo, sino, más bien, es un proceso en marcha que observa el impacto de la privatización social, en donde todo está a la venta, advirtiendo en contra de los escollos socioeconómicos que esto representa en general, pero particularmente para los latinos. Precisamente, el presidente Ronald Reagan le dio vida a este sistema neoliberal, que años antes ya se había plasmado en el objetivo de MONOPOLY, el juego de mesa que Elizabeth Magie inventara en la década de 1880 bajo el nombre The Landlord’s Game. Este juego tenía como meta ser una demostración práctica del “land-grabbing with all its usual outcomes and consequences”, un juego donde las personas no tienen más opción que la de terminar en bancarrota o en una cárcel.31

1 José Martí a Manuel Mercado, Cartas de José Martí, Campamento de Dos Ríos, 18 de mayo de 1895. http://www.damisela.com/literatura/pais/cuba/autores/marti/epistolario/mercado/1895_05_18.htm

2 Rodolfo F. Acuña, Corridors of Migration: The Odyssey of Mexican Laborers, 1600-1933, Tucson: University of Arizona Press, 2007.

3 J. V. Stalin, Marxism and the National Question, https://www.marxists.org/reference/archive/stalin/works/1913/03a.htm

4 Afshin Yaghtin, “What is DoubleSpeak?”, abril 27, 2014. http://www.doublespeak.us/what-is-doublespeak/

5 Krystof Kozak, “Are Immigrants Disloyal? The Case of Mexicans in the U.S”, European Journal of American Studies, Vol 4, No 2 | 2009: Otoño 2009. https://ejas.revues.org/7629

6 Cameron Smith, “Obama’s DREAM Act by executive action results in an immigration nightmare: opinion”, AL.com, julio 13, 2014. http://www.al.com/opinion/index.ssf/2014/07/obamas_dream_act_by_executive.html

7 “Fast growth of Latino population blurs traditional U.S. racial lines”, New York Daily News, marzo 17, 2013, http://www.nydailynews.com/news/national/fast-growth-latino-population-blurs-traditional-u-s-racial-lines-article-1.1291138

8 Betsy Guzman and Eileen Diaz McConnell, “The Hispanic population: 1990-2000 growth and change”, Population Research and Policy Review 21: 109-128, 2002. Jens Manuel Krogstad and Mark Hugo Lopez, “Fact Tank-Our Lives in Numbers: Hispanic population reaches record 55 million, but growth has cooled”, Pew Research Center, junio 25, 2015. http://www.pewresearch.org/fact-tank/2015/06/25/u-s-hispanic-population-growth-surge-cools/

9 Jean-Paul Salamanca, “President Obama’s Free Community College Plan Could Affect Millions of Latinos Nationwide”, Latin Post, Jan 11, 2015. http://www.latinpost.com/articles/31347/20150111/president-obamas-college-tuition-plan-affect-millions-latinos-nationwide.htm Richard Fry and Mark Hugo Lopez, “College Graduation and Hispanics”, Pew Research Center, agosto 20, 2012. http://www.pewhispanic.org/2012/08/20/iv-college-graduation-and-hispanics/

10 Deborah A. Santiago, Emily Calderón Galdeano, “Latino College Completion: United States”, Excelencia In Education, abril 2014. http://www.edexcelencia.org/research/college-completion/united-states

11 Jens Manuel Krogstad, “Fact Tank-Our Lives in Numbers: Hispanics punch below their weight in midterm elections”, Pew Research Center, abril 2, 2014. http://www.pewresearch.org/fact-tank/2014/04/02/hispanics-punch-below-their-weight-in-midterm-elections/

12 Danielle Kurtzleben, “The Ballooning Importance of The ‘Latino Vote’”, npr, mayo 20, 2015. http://www.npr.org/sections/itsallpolitics/2015/05/20/407954553/the-ballooning-importance-of-the-latino-vote-in-three-charts

13 Ibid.

14 Alan Gómez, “U.S. births, not immigration, drive Hispanic population growth”, USA TODAY, abril 29, 2014. http://www.usatoday.com/story/news/nation/2014/04/29/us-born-hispanics-overtake-immigrants/8456933/

15 Ana Gonzalez-Barrera and Mark Hugo Lopez, “A Demographic Portrait of Mexican-Origin Hispanics in the United States”, Pew Hispanic Center, mayo 1, 2013. http://www.pewhispanic.org/2013/05/01/a-demographic-portrait-of-mexican-origin-hispanics-in-the-united-states/

16 Anna Brown and Eileen Patten, “Hispanics of Argentinean Origin in the United States, 2011”, Pew Research Center, junio 19, 2013. http://www.pewhispanic.org/2013/06/19/hispanics-of-argentinean-origin-in-the-united-states-2011/

17 Fuente: CIA Factbook https://www.cia.gov/library/publications/the-world-factbook/rankorder/2119rank.html. http://www.distancefromto.net/distance-from/United+States/to/

18 Mark Hugo Lopez, Ana Gonzalez-Barrera and Danielle Cuddington, Diverse Origins: The Nation’s 14 Largest Hispanic-Origin Groups, Pew Research Center, junio 19, 2013. http://www.pewhispanic.org/2013/06/19/diverse-origins-the-nations-14-largest-hispanic-origin-groups/

19 Rodolfo Acuña, América ocupada: los chicanos y su lucha de liberación, México: Ediciones Era, 1976.

20 Jeffrey N. Wasserstrom, “Eurocentrism and Its Discontents”, Perspectives on History, enero 2001. https://www.historians.org/publications-and-directories/perspectives-on-history/enero-2001/eurocentrism-and-its-discontents

21 Lesley Byrd Simpson, Many Mexicos, Berkeley: University of California Press; 4 edition, 1960.

22 Enrique Olvera, “La gastronomía mexicana, el nuevo petróleo”, El Economista [Ciudad de México] 20 mayo 2013.

23 Ibid. They formed an international forum of worldwide chefs of this cuisine. “Mesamérica inicia hoy en el Foro Blackberry con algunos de los mejores chefs del mundo, como Jordi Roca del restaurante Celler de Can Roca, según la lista de San Pellegrino. Además de verdaderos rock stars de la cocina, como René Redzepi de Noma (Dinamarca); Andoni Luis Aduriz con Mugaritz (España); Alex Atala del D.O.M., Brasil; Massimo Bottura y su Osteria Francescana (Italia) y Gastón Acurio del famoso Astrid y Gastón en Perú, entre muchos otros. De México estarán presentes Enrique Olvera de Pujol (restaurante número 17 del mundo, según San Pellegrino); Pablo Salas y su Amaranta; Gerardo Vázquez Lugo con Nicos y Jorge Vallejo y Quintonil, entre muchos otros”.

24 Maud Irène Tenaillon and Alain Charcosset. “A European Perspective on Maize History”, Comptes Rendus-Biologies, 334.3 (2011): 221-228.

25 Sally Kohn, “Migration and Corn”, Huffington Post, mayo 25, 2011. http://www.huffingtonpost.com/sally-kohn/migration-and-corn_b_48801.html

26 “Ejido Reform and the NAFTA”, Fabsf Weekly Letter, Number 92-34, octubre 2, 1992.

27 Rodolfo F. Acuña, The Chickens Will Come Home to Roost, Dos Centavos.net., mayo 23, 2014. http://doscentavos.net/2014/05/23/3rd-centavo-acuna-our-politicos-have-sold-us-out/. David Bacon, The Children of NAFTA: Labor Wars on the U.S./Mexico Border, Berkeley: University of California Press, 2004. David Bacon, “When NAFTA was passed two decades ago, its boosters promised it would bring “First World” status for the Mexican people. Instead, it prompted a great migration north”, Political Research Associates, octubre 11, 2014. http://www.politicalresearch.org/2014/10/11/globalization-and-nafta-caused-migration-from-mexico/

28 Martin Michaels Follow, “Mexican Farmers Fear Losing Traditions, Livelihood as Monsanto Wins GMO Planting Rights”, Mint Press News, julio 25, 2012. http://www.mintpressnews.com/mexican-farmers-fear-losing-traditions-livelihood-as-monsanto-wins-gmo-planting-rights/33621/

29 D’Vera Cohn, Ana Gonzalez-Barrera and Danielle Cuddington, “Remittances to Latin America Recove–but Not to Mexico”. Pew Research Center, noviembre 14, 2013. http://www.pewhispanic.org/2013/11/14/2-remittance-trends/

30 “Workers’ Remittances to Mexico”, Business Frontier, Issue 1, 2004, Federal Reserve Bank of Dallas, El Paso Branch. “Workers’Remittances to Mexico”, Business Frontier, FEDERAL RESERVE BANK OF DALLAS EL PASO BRANCH ISSUE 1 (2004), http://www.dallasfed.org/assets/documents/research/busfront/bus0401.pdf

31 Edward J. Dodson, “How Henry George’s Principles Were Corrupted Into the Game Called Monopoly”, Understanding Economics, diciembre, 2011. http://www.henrygeorge.org/dodson_on_monopoly.htm

Prefacio

(Primera edición)

América ocupada nació a partir de mi convicción de que la historia de los chicanos en Estados Unidos debe ser reexaminada. El marco de mi trabajo ha sido la lucha de los chicanos1 por su liberación puesto que, siendo yo mismo chicano, he sufrido las injusticias de esta sociedad supuestamente democrática; he visto que en Estados Unidos las personas de extracción mexicana son prisioneras, en un sentido muy real, del sistema que las convierte en ciudadanos de segunda clase. Como historiador, quería saber qué es lo que ha sucedido en los últimos ciento veinticuatro años que ha mantenido a los chicanos en el extremo más estrecho del proverbial embudo. Las explicaciones tradicionales de racismo, origen y explotación económica proporcionaban, en mi opinión, solo una respuesta parcial. Otros grupos han sido víctimas de tales fuerzas, pero con la obvia excepción de los indios y los negros, se las han arreglado para alcanzar un grado de aceptación y autodeterminación mucho mayores que las de los chicanos.

A medida que progresaba mi investigación, llegué a convencerme de que la experiencia de los chicanos en Estados Unidos es equiparable a la de otros pueblos del Tercer Mundo que han padecido bajo el colonialismo de naciones tecnológicamente superiores. Así pues, la tesis de esta monografía es que los chicanos en Estados Unidos son un pueblo colonizado. La conquista de los mexicanos, la ocupación de su país, y la constante opresión que han sufrido documentan esta tesis. La historia que contemplamos es la de un grupo de seres humanos que colectivamente, han sido perdedores en una sociedad que solo ama a quienes ganan.

Obviamente, este texto será muy útil, tanto en los cursos dedicados a los estudios chicanos, especialmente en aquellos que prestan particular atención a la historia chicana, como en cursos generales sobre historia de Estados Unidos, historia del suroeste estadounidense, e historias de los estados de California, Texas, Arizona y Nuevo México. Pero el material encerrado en este libro no se limita a ninguna disciplina en particular. Aunque su enfoque es primordialmente histórico, educadores, sociólogos, especialistas en ciencias políticas –así como los lectores interesados en general– encontrarán mucho material pertinente para sus campos particulares de interés. Así este libro también puede ser utilizado en clases de gobierno de Estados Unidos o ciencias políticas, estudios sobre minorías étnicas en sociología, y cursos de historia de la educación.

He dividido el material en dos partes. La primera se concentra principalmente en el siglo XIX y la usurpación estadounidense del noroeste mexicano, el ahora suroeste de Estados Unidos, con capítulos separados dedicados a los cuatro mayores estados de la zona. La segunda parte gira en torno a las experiencias de los chicanos en el siglo XX, comenzando por los intentos para restringir la inmigración mexicana y siguiendo hasta la década de 1970 y el desarrollo del movimiento. La introducción general y las introducciones a cada una de las dos partes dan un panorama más detallado de los capítulos que siguen. Las numerosas notas pueden servir como bibliografía para lecturas posteriores, por lo que el libro puede adaptarse a cursos trimestrales, semestrales e incluso de mayor duración.

Sé que no todos aceptarán la perspectiva que plantea este libro. Incluso mientras realizaba mi investigación y escribía, tuve que enfrentarme constantemente al resentimiento que sentía, un resentimiento generado por el relato de la cruel y brutal explotación que veía desarrollarse. Pero tengo la esperanza de que incluso quienes no estén de acuerdo conmigo puedan considerar el “otro lado” y tal vez aumenten su conciencia de que los ideales de justicia e igualdad de este país aún no son una realidad. Actualmente hay más de siete millones de chicanos en Estados Unidos, y no pueden ser ignorados.

Desearía expresar mi agradecimiento a las personas que me ayudaron a sensibilizarme ante este problema. Sería imposible hacer una lista de todas ellas dentro de los límites de este prefacio. Mi participación en el Departamento de Estudios Chicanos en el San Fernando Valley State College (ahora Universidad del Estado de California en Northridge) ha sido inestimable. La lucha común con los estudiantes, la comunidad y la facultad para sobrevivir ha singularizado mis puntos de vista. La ayuda de Avie Hernández, Marta Arce y otros facilitó considerablemente la redacción. La revisión de Carlos Cortez, profesor de la Universidad de California, Riverside, y sus críticas constructivas a mi primer borrador ayudaron a encaminar el trabajo. Estoy particularmente en deuda con mi director editorial de producción, Gracia Alkema, que fue severa y que muchas veces me hizo enojar, pero que continuamente me obligó a definir mis términos y a aclarar conceptos. Por último, pero, sobre todo, quiero dar las gracias a mi familia: mis padres, mis dos hijos y especialmente a mi mujer. Los desatendí mientras escribía esta monografía. Espero que, a través de la comprensión de la colonización de los chicanos, pueda hacerme más humano para con ellos, así como para con los demás.

Rodolfo Acuña Northridge, California, septiembre, 1972

1 Hoy el termino más usado para describir al chicano es mexicoamericano, aunque el gobierno y la clase media mexicoamericana quieren popularizar Hispanic o Latino.

Prefacio

(Segunda edición en español)

La segunda edición en español de América ocupada sirve para actualizar al lector en materia de la reciente historia del mexicoamericano y su fluctuante ascendencia socioeconómica. A 50 años de la primera publicación de Occupied America (1972), y a pesar de tantos cambios, las dificultades y las virtudes de los mexicoamericanos siguen siendo muy similares. A mis casi 90 años, las batallas se libran en diferentes planos, pero la perseverancia y el amor propio siguen siendo parte de quién soy y de mi labor como historiador. América ocupada se funda en ese mismo ideal de autocrítica y compromiso con la historia. Con esta edición me gustaría dejar testamento de varias cosas importantes para mí como chicano, educador, historiador y miembro de una familia.

Ante todo, le doy el profundo agradecimiento a mi principal apoyo, mi esposa, Guadalupe Acuña Compeán, y a mi hija, Ángela Acuña. Ellas son el eje principal de mi producción académica, me facilitan su vida apoyándome para yo dedicar la mía a mi compromiso con la historia. Gracias a Nephtalí de Léon y a Léo Limón (https://leolimon.com/) por sus contribuciones al arte Chicano y por permitirnos usar sus dibujo para la portada y el inicio. La imagen de Nephtalí de León representa la fuerza de los migrantes cósmicos. El dibujo de Léo Limón simboliza varios elementos importantes para el chicano, el símbolo nahui ollin que significa movimiento, el penacho que representa nuestro orgullo y el reconocimiento de nuestras raíces indígenas en el continente, y el lápiz curvado que representa los retos y el proceso de reescribir la historia fuera de la linealidad de la narrativa hegemónica. Asimismo, agradezco a los estudiantes y colegas que son parte de esta historia. Particularmente, le doy las gracias a José Juan Gómez-Becerra, quien fue mi estudiante en CSU, Northridge, miembro de MEChA de CSUN, y ahora profesor e investigador en Eastern Kentucky University. José Juan es parte de las nuevas generaciones de pensantes y activistas chicanos, y un ejemplo del lugar que deben tener en nuestra historia. Como educador e historiador, me siento orgulloso de saber que José Juan, un chicano de Compton, ha llegado a traducir y preparar esta segunda edición en español de América ocupada.

El trabajo del historiador es recopilar información y, en lugar de inducir, deducir argumentos que muestren las contradicciones en las que recae la sociedad; ahí es donde nacen las nuevas ideas. No muchos estarán de acuerdo con mi crítica a la inteligencia chicana, quienes son herederos de programas de estudios chicanos y de un sistema educativo que pretende ser mucho más inclusivo de lo que lo fue con las generaciones anteriores. Sin embargo, estas mismas instituciones no toleran las ideas que reten sus estructuras de poder internas y que atenten contra la privatización de la educación superior; este es el reto al que se enfrentan los estudios étnicos. Consecuentemente, la inteligencia chicana existe dentro de una muy peligrosa contradicción: la privatización de las universidades crea nuevos puestos administrativos, a los que pueden aspirar tanto la inteligencia como la clase media chicana, y concomitantemente desmantela el nucleo comunitario de los programas de estudios étnicos y programas académicos pioneros en la lucha por mayor acceso y admisión de los mexicoamericanos a las universidades. El intelectual chicano se ve atrapado entre la complacencia de un sistema que lo admite y la necesidad de crear cambios estructurales que lleven a la liberación absoluta de un pueblo colonizado. En este dilema, tanto la privatización como un sector de la inteligencia chicana atentan contra el progreso y bienestar del pueblo chicano y en contra de los avances logrados por las luchas de las décadas pasadas.

No hace falta recalcar que la privatización es un problema interseccional de clase, pero es necesario recordar la particular importancia de esta para un pueblo que a través de la historia ha sido tildado como un problema y tratado como un vecino indeseable. Un dicho famoso nos recuerda que “el muerto y el arrimado a los tres días apesta”, y no hace mucho que los colegas anglosajones se quejaban de los nuevos profesores de color y su presencia en los recintos universitarios. Basta recordar la conocida anécdota de un profesor chicano que entró por primera vez al comedor del profesorado para escuchar a sus colegas comentar que pronto habría un problema con las moscas. Ahora, algunos chicanos son parte de este problema. Manteniéndose ajenos a la memoria histórica colectiva, la nueva representación administrativa y política mexicoamericana no ha tenido el impacto esperado y, en ocaciones, es complice del desmantelamiento de los estudios chicanos.

La privatización involucra los mismos elementos raciales que han sido parte de la historia de racismo xenofóbico hacia el mexicano. Son esos los cimientos en los que se erigió Donald Trump. El vecino indeseable ahora es el colega indeseable, o bien, son los renteros de las zonas urbanas que están bajo la mira de la gentrificación. El actual desalojo de los residentes de los barrios chicanos evoca la destrucción de Chávez Ravine recordándonos que la comunidad chicana está bajo acecho. Tanto en las universidades como en las grandes ciudades a lo largo del país, la destrucción de estos espacios implica la desarticulación de redes de apoyo cultural y social que han servido para sustentar el progreso colectivo e individual mexicoamericano. La privatización de las universidades es un problema que afecta al obrero del mundo, y es sin duda una de las luchas que han de librar las generaciones venideras de chicanos.

La gentrificación, las redadas de indocumentados, y la eliminación de estudios mexicoamericanos, no son tan diferentes una de otra. Estas son tácticas de control social que impiden la independencia de pensamiento y la autodeterminación de un pueblo colonizado. La representación no es suficiente sin la incorporación, en una sociedad dominada por el mercado, las cifras hacen la diferencia. Los números hablan, y la población mexicoamericana promete seguir siendo el sector de mayor crecimiento; la complacencia y la falta de amor propio son su peor enemigo. Espero que, con esta segunda edición en español de América ocupada, el lector recuerde la importancia de la historia en la osadía de esperar el mañana. Con amor propio, para los que vienen. C/S.

Rodolfo Acuña Northridge, California, julio, 2021

Introducción

La historia puede oprimir o liberar a un pueblo. Durante más de ciento veinticuatro años han circulado en Estados Unidos generalizaciones y estereotipos acerca de los mexicanos. Adjetivos como traicionero, holgazán, adúltero, y términos como meskin, o greaser han llegado a ser sinónimos de “mexicano” en las mentes de muchos angloamericanos. Es muy poco lo que se ha hecho para descubrir las falsas premisas en las que se apoyan tales estigmas culturales y raciales. Los análisis incompletos o tendenciosos de los historiadores han perpetuado errores y formulado este tipo de mitos. El público angloamericano ha creído y favorecido el retrato del mexicano hecho por historiadores y comentaristas sociales, pintándolo como el “enemigo”. La tragedia es que los mitos han degradado a los mexicanos, no solo a los ojos de quienes se sienten superiores, sino también ante sus propios ojos.1

Muchos de estos mitos tienen su origen en el siglo XIX, cuando los angloamericanos empezaron a infiltrarse en el territorio mexicano de Texas. Fueron alimentados por los informes que estos angloamericanos daban de sus vecinos mexicanos, por el choque entre anglos y mexicanos en la revuelta de Texas de 1836, y la guerra mexicano-estadounidense que estalló en 1846. Los historiadores angloamericanos glorificaban y justificaban los actos de los hombres “heroicos” que “conquistaron el Oeste”, a expensas de los mexicanos, que luchaban por conservar su patria. El mexicano pasó a ser el intruso, y su posición subordinada en Estados Unidos después de 1848 se explicaba como el inevitable resultado del choque entre los dinámicos e industriosos angloamericanos y los mexicanos apáticos y culturalmente inferiores. Estos son mitos que deben ser recusados, no solo en bien de la justicia histórica, sino por otra razón aún más importante. Los mexicanos –los chicanos– que viven actualmente en Estados Unidos son un pueblo oprimido. Son ciudadanos, pero su ciudadanía es, en el mejor de los casos, de segunda clase. Son explotados y manipulados por quienes poseen más poder que ellos.2 Y, lamentablemente, muchos creen que el único camino para salir adelante en Angloamérica es “americanizarse” ellos mismos. El conocimiento de su historia, de sus contribuciones y luchas, la conciencia de que no fueron el “enemigo traicionero” que las historias angloamericanas pintan, puede devolver el orgullo y la propia estimación a un pueblo oprimido durante tanto tiempo. En pocas palabras, el conocimiento puede ayudarlos a liberarse.

En el espacio de este volumen sería imposible refutar los supuestos y las inexactitudes históricos suscitados en ciento veinticuatro años de historia del suroeste. Este texto, por lo tanto, no pretende ser una historia definitiva de los chicanos y su lucha de liberación. Por el contrario, –sirviéndome, tanto de registros públicos como de fuentes secundarias– intento sostener la tesis de que los chicanos son un pueblo colonizado en Estados Unidos. Confío en que el resultado sea una clara alternativa a las explicaciones tradicionales ofrecidas por los historiadores. Aún más, espero que la historia de la América ocupada enfocada al tema del angloimperialismo, impulse a los historiadores del sur global a emprender la monumental tarea de investigación básica que todavía debe realizarse en relación con el suroeste norteamericano y los chicanos. Luego, y quizá con mayor eficacia que yo, ellos podrán impugnar las conclusiones de otros historiadores.

Antes de analizar mi tesis sobre la colonización de los chicanos, quisiera aclarar varios puntos. Primero, el título de esta monografía puede parecer equivocado o falso. Muchos lectores alegarán que un título como México ocupado hubiera sido más correcto puesto que la monografía trata de la ocupación de un territorio que anteriormente perteneció a México. A pesar de que este argumento es válido, siento que América ocupada es más preciso porque “América” es la identificación que los europeos dan a dos continentes. Cuando más tarde el nombre fue adoptado por trece colonias, la designación “América” fue considerada como exclusiva propiedad de la nueva nación, y los ciudadanos de Estados Unidos se consideraron los “americanos”. Los chicanos, sin embargo, al igual que otros grupos, refutaron esta exclusividad y mantuvieron correctamente que todos los habitantes –tanto del continente septentrional, como del austral– son americanos y que indudablemente todo el hemisferio es América. Así, yo sostengo que el control angloamericano del territorio noroccidental de México es una ocupación parcial del hemisferio americano.

Aunque algunos lectores puedan considerarlo un asunto trivial, me veo impulsado a distinguir entre los americanos anglosajones y otros americanos en Estados Unidos. Por ello, he utilizado el término angloamericano, o simplemente anglo (derivado de anglosajón), para señalar esa distinción. De igual manera, me refiero a los pobladores estadounidenses de Texas como anglo-texanos, en contraste con la población nativa de Texas, que era india y mexicana. Segundo, algunos ciudadanos estadounidenses de extracción mexicana podrían objetar la identificación de “chicano” en el título, porque muchos de ellos se llaman a sí mismos simplemente mexicanos o mexicanas. Por otra parte, algunos –una minoría– se refieren a sí mismos como hispanoamericanos o latinoamericanos. Recientemente, el término mexicano-americano se ha hecho popular, siguiendo la tradición de formar palabras compuestas de otros grupos étnicos. Los angloamericanos promovieron el uso de esta denominación, y durante un tiempo pareció que sería universalmente aceptada. Pero durante los cuatro últimos años, los activistas han comenzado a impugnar esta identificación. Al principio, algunos simplemente descartaron el guion de mexicano-americano (mexicoamericano/mexicano) y rompieron simbólicamente con la tradición norteamericanizante. Otros trataron de identificarse con un nombre elegido por ellos mismos. Eligieron el término chicano, que a menudo se había empleado para designar a los mexicanos de clase baja. Aún cuando tenía connotaciones negativas para la clase media, los activistas lo consideraron un símbolo de resistencia y lo aceptaron porque planteaba una exigencia de autodeterminación. A mi juicio, ese identificarse a sí mismos es un paso necesario en el proceso de toma de consciencia, mediante el cual los chicanos pueden liberarse colectivamente.

En este trabajo empleo a menudo los términos mexicano y chicano indistintamente. Uso mas frecuentemente el término mexicano en la primera parte del libro, reconociendo así el hecho de que los mexicanos del siglo XIX eran un pueblo conquistado. En la segunda parte, que trata del siglo XX y de la cambiante situación en Estados Unidos, el término chicano es utilizado para distinguir a los mexicanos que viven al norte de la frontera de aquellos residentes en México.

El núcleo de la tesis de esta monografía es mi argumento de que la conquista del suroeste creó una situación colonial en el sentido tradicional: el territorio y la población mexicanos fueron controlados por unos Estados Unidos imperialistas. Más aún, sostengo que esta colonización –con algunas variaciones– existe todavía actualmente. Así, me refiero a la colonia, inicialmente, en el sentido tradicional del término, y más tarde (tomando en cuenta las variaciones’) como a una colonia interna.

Desde la perspectiva chicana resulta obvio que estos dos tipos de colonias son una realidad. Sin embargo, en discusiones con amigos no chicanos, he encontrado considerable resistencia a esta idea. En efecto, incluso colegas que simpatizan con la causa chicana niegan que los chicanos sean –o hayan sido– colonizados. Admiten la explotación y discriminación, pero añaden que esta ha sido la experiencia de la mayor parte de los “americanos”: especialmente de los inmigrantes europeos y asiáticos, y de los americanos negros. Si bien estoy de acuerdo en que la explotación y el racismo han convertido en sus víctimas, a muchos grupos marginales de Estados Unidos, esto no borra la realidad de la relación colonial entre los privilegiados angloamericanos y los chicanos.

Yo creo que el paralelo entre la experiencia chicana en Estados Unidos y la colonización de otros pueblos del sur global es demasiado parecido para ser desdeñado. La definición de colonización se ajusta a las siguientes condiciones:

1. El territorio de un pueblo es invadido por gente de otro país, que posteriormente emplea la fuerza de las armas para obtener y conservar el control.

2. Los habitantes originales se convierten involuntariamente en súbditos de los conquistadores.

3. Una cultura y un gobierno extraños son impuestos a los conquistados.

4. Los conquistados se convierten en víctimas del racismo y el genocidio cultural y son relegados a una situación inferior.

5. Los conquistados son despojados del poder político y económico.

6. Los conquistadores creen cumplir una “misión” al ocupar la zona en cuestión y piensan que poseen privilegios indiscutibles por virtud de su conquista.

Y estas condiciones privan en la relación entre chicanos y anglos en el territorio noroccidental de México. Desde el punto de vista de la historiografía tradicional, sin embargo, existen dos diferencias que impiden la universal aceptación de la realidad del colonialismo angloamericano en esta zona. En primer lugar y geográficamente, el territorio tomado a México lindaba con Estados Unidos, en vez de ser una zona distante de la “madre patria”. Demasiados historiadores han aceptado –subconscientemente, si no por conveniencia– el mito de que esa zona estuvo siempre destinada a formar parte integral de Estados Unidos. En vez de conceptualizar el territorio conquistado como México septentrional, lo perciben en términos de suroeste “americano”. Más aún, el estereotipo del colonizador es el de un hombre calzado con botas Wellington y portando una fusta, y este estereotipo se asocia generalmente con situaciones de ultramar, ciertamente no en territorios contiguos a un país en “expansión”. En segundo lugar, los historiadores creen también que el suroeste fue ganado mediante una guerra limpia y justa, como opuesta al injusto imperialismo. La explicación ha sido que la tierra pasó a pertenecer a Estados Unidos como resultado de una competencia y que, al ganar la partida, el país actuó generosamente pagando su precio. En el caso de Texas, creen que México atacó a los angloamericanos “amantes de la libertad”. Para los ciudadanos de Estados Unidos es difícil aceptar el hecho de que su nación ha sido y sigue siendo imperialista. El imperialismo, para ellos, es un mal que padecen otras naciones.

Si bien acepto la proximidad geográfica de la zona –y el hecho de que esto es una modificación a la definición estricta del colonialismo– rechazo la conclusión de que las guerras texanas y méxico-norteamericanas fueron justas o que México las provocara. Por otra parte, señalo en esta monografía que las condiciones propias del colonialismo, antes indicadas, acompañaron la ocupación del suroeste por Estados Unidos. Por estas razones, mantengo que el colonialismo existió en el suroeste en su forma tradicional, y que los conquistadores dominaron y explotaron a los conquistados.

La colonización sigue existiendo actualmente, pero, tal como mencioné antes, existen variaciones. Los angloamericanos todavía explotan y manipulan a los mexicanos y todavía los siguen relegando a una situación inferior. A los mexicanos les sigue siendo negada la determinación política y económica, y siguen siendo víctimas de violencia, estereotipos y prejuicios raciales elaborados por quienes se sienten superiores. Así pues, sostengo que los mexicanos en Estados Unidos siguen siendo un pueblo colonizado, pero ahora el colonialismo es interno: se produce dentro del país en vez de ser impuesto por un poder exterior. Los territorios del suroeste son estados dentro de Estados Unidos, y teóricamente, los residentes permanentes de extracción mexicana son ciudadanos de Estados Unidos. Sin embargo, con demasiada frecuencia los derechos de ciudadanía son escamoteados fraudulenta o abiertamente negados.

En realidad, existe poca diferencia entre el estatus chicano en la colonia tradicional del siglo XIX y en la colonia interna del siglo XX. Las relaciones entre anglos y chicanos siguen siendo las mismas: las de amo-sirviente. La diferencia principal es que los mexicanos de la colonia tradicional eran indígenas de la tierra conquistada. Ahora, si bien algunos son descendientes de mexicanos que habitaban en el área antes de la conquista, una gran parte no son más que descendientes de emigrantes. En efecto, después de 1910, casi un octavo de la población de México emigró a Estados Unidos, principalmente como trabajadores mexicanos “importados” para llenar las necesidades de mano de obra barata, y esta afluencia señaló el comienzo de una manipulación aún mayor, por parte de los anglos, de los establecimientos o colonias mexicanas.

Las colonias originales se expandieron en tamaño con el aumento de la inmigración y surgieron otras nuevas. En realidad, se convirtieron en naciones dentro de una nación, porque psicológica, social y culturalmente siguieron siendo mexicanas. Pero las colonias tenían poco o ningún control de su destino político y económico o educacional. Casi en todos los casos, siguieron siendo distintas y estando separadas de las comunidades angloamericanas. Los representantes elegidos por las colonias eran habitualmente angloamericanos o mexicanos bajo su control, y se originó una burocracia para controlar la vida política de los establecimientos mexicanos, en beneficio de los anglos privilegiados.

Además, los anglos controlaban el sistema educativo, administraban las escuelas y enseñaban en las aulas, y planeaban los estudios, no para satisfacer las necesidades de los estudiantes chicanos, sino para americanizarlos. La policía que patrullaba la colonia vivía, en su mayor parte, fuera de la zona. Su objetivo principal era proteger la propiedad anglo. Los anglos poseían el comercio y la industria de las colonias, y el capital que podría haberse utilizado para mejorar la situación económica dentro de ellas era llevado a los sectores angloamericanos, en forma muy similar a la empleada por los imperialistas para extraer dinero de los países subdesarrollados. Además, las colonias se convirtieron en centros de empleo de los industriales, puesto que ahí tenían asegurado un fácil abastecimiento de mano de obra barata.

Este patrón es el que se estableció en la mayoría de las comunidades chicanas, y que contradice la creencia en la equidad angloamericana. En suma, aun cuando el censo de 1960 reveló que el 85% de los chicanos eran ciudadanos nativos de Estados Unidos, la mayor parte de los angloamericanos siguen considerándolos mexicanos y extranjeros.

Al discutir la colonización tradicional e interna de los chicanos, no es mi intención despertar viejos odios, ni condenar a todos los angloamericanos colectivamente por las ignominias que han padecido los mexicanos en Estados Unidos. Por el contrario, mi propósito es crear una conciencia –tanto entre los angloamericanos, como entre los chicanos– de las fuerzas que controlan y manipulan a siete millones de personas en este país manteniéndolas colonizadas. Si los chicanos pueden tomar consciencia de por qué están oprimidos y cómo se perpetúa la explotación, podrán trabajar más eficazmente para dar fin a su colonización.

Comprendo que las etapas iniciales de tal forma de conciencia pueden dar como resultado la intolerancia entre algunos chicanos. Sin embargo, quiero advertir al lector que este trabajo no proporciona una justificación del brown power solamente porque con ello se condena las injusticias del poder anglo. Mis repetidas visitas a México me han enseñado que el poder chicano no es mejor que cualquier otro poder. Quienes buscan el poder pierden su humanidad hasta el punto de que ellos mismos se convierten en opresores. Paulo Freire ha escrito:

Ahí radica la gran tarea humanista e histórica de los oprimidos: liberarse a sí mismos y liberar a los opresores. Estos, que oprimen, explotan y violentan en razón de su poder, no pueden tener en dicho poder la fuerza de la liberación de los oprimidos ni de sí mismos. Solo el poder que renace de la debilidad de los oprimidos será lo suficientemente fuerte para liberar a ambos.3

Confío en que América ocupada pueda ayudarnos a percibir las contradicciones sociales, políticas y económicas del poder que ha permitido a los colonizadores angloamericanos dominar a los chicanos, y que demasiado a menudo ha hecho a los mexicanos aceptar y, en algunos casos incluso apoyar la dominación. Tomar consciencia de esto nos ayudará a emprender una acción contra las fuerzas que oprimen no solo a los chicanos, sino al propio opresor.

1 En el punto álgido de la candidatura presidencial de Donald Trump en el 2016 se puede apreciar un claro ejemplo de la propagación tendenciosa de este tipo de mitos sobre los mexicanos.

2 El inmigrante es el chivo espeatorio de la actualidad, su color de piel y estatus socioeconómico como minoría son la excusa para este tipo de prejuicios y sistemas de opresión.

3 Paulo Freire, Pedagogy of the Oppressed, New York: Harper & Row, 1972, 28.

PRIMERA PARTE

PANORAMA DE LA CONQUISTA Y LA COLONIZACIÓN

En esta parte presentamos un panorama de la historia del suroeste estadounidense que difiere en gran medida de la trazada generalmente por la historiografía angloamericana. Aquí negamos los supuestos tradicionales sobre los acontecimientos que condujeron a la guerra entre Estados Unidos y México, y sobre lo que sucedió desde que Estados Unidos surgió de esa guerra como propietario del territorio noroccidental de México. Los historiadores angloamericanos han tenido aversión a considerar que la guerra con México fue un acto enteramente imperialista, o que la ocupación del territorio es comparable al colonialismo llevado a cabo en otras partes del mundo. Con todo, esta sección intenta hacer ver la realidad de la conquista y la colonización, cuyo resultado ha sido la opresión de los mexicanos en Estados Unidos.

La conquista física del noroeste de México comenzó en la década de 1820, con la infiltración en Texas de pobladores angloamericanos que luego, en 1836, se apoderaron del territorio por la fuerza. Los mexicanos que vivían en la tierra conquistada pasaron a ser un pueblo colonizado bajo el dominio de los conquistadores angloamericanos. A pesar de que el gobierno estadounidense no participó directamente en la conquista y la colonización, los anglo-texanos siempre fueron angloamericanos leales a Estados Unidos. Además, la experiencia en Texas preparó el terreno para la invasión insidiosa, la conquista bestial, y la ocupación del resto del noroeste mexicano.

Esta parte también intenta demostrar que la guerra entre Estados Unidos y México no solo fue injusta, sino que, además, fue tan brutal como la represión que han perpetrado otros regímenes coloniales. El trato que dieron los anglo-texanos a los mexicanos fue violento y a menudo inhumano. La invasión angloamericana en México fue tan cruel como la de Hitler en Polonia y en otras naciones de Europa oriental, o, para dar un ejemplo reciente, como la injerencia de Estados Unidos en Vietnam. En el primer capítulo se traza un panorama histórico de la revuelta de Texas y de la guerra entre Estados Unidos y México, así como del legado de odio que dejaron estos conflictos. Hemos utilizado principalmente fuentes angloamericanas para demostrar que la información sobre las atrocidades de la guerra se consigue con facilidad, no obstante que, por lo general, los historiadores angloamericanos pasaron por alto la violencia.

Sustentamos que el racismo es medular al colonialismo. Facilitó y promovió la dominación social del mexicano. Abunda la evidencia para demostrar que los angloamericanos que poblaron el suroeste se consideraban racialmente superiores a los mexicanos morenos, a quienes consideraban una raza cruzada, de mestizos. La tradicional antipatía del gringo hacia el indio se traspasó a los mexicanos. Asimismo, estas actitudes racistas se trasladaron a la colonización y se utilizaron para sojuzgar a la población nativa.

La concomitante del racismo de los angloamericanos fue su pretendida superioridad cultural y racial. Muchos conquistadores odiaban el catolicismo de los mexicanos y, además, los tildaban de vagos, apáticos, supersticiosos y deficientes en otros aspectos morales. Es preciso recalcar este etnocentrismo, puesto que desencadenó y mantuvo el ataque a los valores, al lenguaje y al modo de vida de los mexicanos. Además, reforzó la explotación y el sometimiento de los conquistados.

Del capítulo II al V se presentan los métodos de colonización del suroeste. Después de la conquista se estableció una administración colonial que adelantó los propósitos de los angloamericanos y les permitió negar a los mexicanos hasta la apariencia de un poder, político o económico. Por medio de la violencia física y del control de la burocracia gubernamental a nivel local, estatal y federal, el gringo despojó al mexicano de su tierra y sumergió su cultura. A parte de algunas diferencias, la conquista y la colonización siguieron patrones similares en Texas, Nuevo México, Arizona y California; se manipuló, se controló y se dejó sin poder al mexicano.

Los intentos de los mexicanos por organizarse contra el opresor datan del principio de la ocupación. En los capítulos que siguen, documentamos numerosas instancias de la resistencia mexicana. También refutamos el mito de una docilidad mexicana posterior a la conquista; los mexicanos lucharon por conservar su cultura y su idioma aun durante periodos de represión intensa. No siempre con éxito y en muchas ocasiones de sus esfuerzos resultaron medidas más represivas. Sin embargo, un estudio de sus reacciones ante la colonización angloamericana respalda un aserto de muchos estudiosos chicanos: el movimiento chicano no comenzó en los años sesenta de este siglo, sino que es una vieja y prolongada lucha de liberación.

CAPÍTULO 1

El legado de odio:

la conquista del Suroeste de Estados Unidos

Lo trágico de la cesión mexicana es que la mayoría de los angloamericanos no han admitido que Estados Unidos cometió un acto de violencia contra el pueblo mexicano cuando se apoderó del territorio noroccidental de México. La violencia no se limitó a la apropiación de la tierra; se invadió y violó el territorio de México, se asesinó a su gente, y se saquearon sus riquezas. El recuerdo de esta destrucción generó una desconfianza y una aversión que perduran con fuerza en la mente de muchos mexicanos, pues la violencia estadounidense dejó cicatrices profundas. Y para los chicanos –los mexicanos que quedaron dentro de las fronteras de los nuevos territorios estadounidenses– la agresión fue más insidiosa todavía, puesto que el desenlace de las guerras de Texas y de Estados Unidos y México los convirtió en pueblo conquistado. Los angloamericanos eran los conquistadores e hicieron patente toda la arrogancia de los vencedores militares.

Los conquistadores impusieron a los conquistados su versión de lo que había sucedido en las guerras. Crearon mitos sobre las invasiones y sobre los acontecimientos que las desencadenaron sobre todo en cuanto a la guerra de Texas de 1836. Se pintó a los angloamericanos de Texas como pobladores amantes de la libertad a quienes la tiranía mexicana llevó a la rebelión. El mito más popular era el del Álamo y, de hecho, se convirtió en una justificación para mantener a raya a los mexicanos. Según los angloamericanos, el Álamo era una confrontación simbólica entre el bien y el mal; los mexicanos traicioneros lograron tomar el fuerte solo porque eran más que los patriotas y porque “pelearon sucio”. Este mito, junto con la exhortación resonante del estribillo “recuerden el Álamo”, encendía las actitudes angloamericanas hacia los mexicanos, puesto que servía para estereotipar para siempre al mexicano como el enemigo y al patriota texano como el baluarte de la libertad y la democracia.

Esos mitos y las prejuiciadas versiones angloamericanas de la historia mexicano-norteamericana sirvieron para justificar la posición inferior a la que se ha relegado al chicano: la de pueblo conquistado. Después de la conquista, los habitantes originales se vieron continuamente denigrados por los vencedores angloamericanos. Se echó al olvido el hecho fundamental del carácter imperialista e injusto de las guerras, y los historiadores cubrieron las invasiones angloamericanas del territorio mexicano con el manto de la legitimidad. En el proceso, la violencia y la agresión se borraron de la memoria, y de ese modo se perpetúa el mito de que Estados Unidos es una nación pacífica dedicada a la democracia.

EL CHOQUE ENTRE DOS CULTURAS

Parte integral de las justificaciones angloamericanas de la conquista ha sido la propensión por pasar por alto o a distorsionar los acontecimientos que precedieron el choque inicial de 1836. Para los angloamericanos, la guerra de Texas fue provocada por la tiranía o, cuando menos, por la ineptitud de un gobierno mexicano que era la antítesis de los ideales de la democracia y la justicia. Aún hoy, escritores relativamente libres de prejuicios, como Cecil Robinson, soslayan el expansionismo y la avidez territorial de los pobladores texanos y elogian de modo resplandeciente la civilización democrática que estos representaban:

Los norteamericanos que se establecieron en Texas trajeron consigo una tradición democrática muy arraigada. Es aquí donde yace la base de otro conflicto cuya naturaleza es esencialmente cultural. El colono norteamericano y el nativo mexicano se dieron cuenta pronto de que las mismas palabras podían tener significados enormemente distintos y que estos dependían de las tradiciones y las actitudes de quienes hablaban. Democracia, justicia y cristianismo, palabras que al principio parecían significar ideales comunes, se convirtieron en consignas de una revolución debido a las diferentes interpretaciones que les daban los colonos norteamericanos y sus gobernantes mexicanos en Texas.1

Los angloamericanos comenzaron a establecerse en Texas desde 1819, fecha en que Estados Unidos adquirió Florida de España. El Tratado Transcontinental con España le marcó a Estados Unidos una frontera que dejaba fuera a Texas. Al momento de ratificarse el tratado en febrero de 1821, Texas era parte de Coahuila, estado de la República Mexicana. Mientras tanto, los angloamericanos realizaban incursiones de pillaje en Texas de la misma forma que las habían hecho en Florida. En 1819, James Long dirigió una infructuosa invasión de la provincia con el propósito de crear la “República de Texas”. Al igual que muchos angloamericanos, Long sostenía que Texas le pertenecía a Estados Unidos y que “el Congreso no tenía el poder ni el derecho de vender, canjear o ceder un ‘dominio norteamericano’”.2

Después de un periodo de inactividad insurreccional angloamericana en Texas el gobierno mexicano brindó tierras gratis a grupos de pobladores. A Moses Austin se le dio permiso para establecer un poblado en Texas, y a pesar de que murió poco tiempo después, el plan se llevó a cabo bajo la dirección de su hijo, Stephen. En diciembre de 1821, Stephen fundó el poblado de San Felipe de Austin. Al poco tiempo, muchos angloamericanos comenzaron a establecerse en Texas; hacia 1830 sumaban unos 20 000 pobladores y unos 2000 esclavos. Se suponía que los pobladores debían acatar las condiciones establecidas por el gobierno mexicano –todos los inmigrantes tenían que profesarse católicos y jurar lealtad a México–, pero los angloamericanos burlaban estas leyes. Además, se sintieron agraviados cuando México intentó hacer cumplir las leyes que ellos se habían comprometido a obedecer. México se preocupaba cada vez más del flujo continuo de inmigrantes, la mayoría de los cuales conservaba su religión protestante.3

Pronto se hizo obvio que los anglo-texanos no tenían la menor intención de obedecer las leyes mexicanas porque consideraban a México incapaz de desarrollar ninguna forma de democracia. Muchos pobladores, entre ellos Hayden Edwards, consideraban a los mexicanos como los intrusos en el territorio texano; estos angloamericanos usurpaban tierras que pertenecían a los mexicanos. En el caso de Edwards, los terrenos que se le habían cedido eran reclamados tanto por mexicanos e indios, como por otros pobladores angloamericanos. Después de que intentó echar arbitrariamente a los pobladores de las tierras y antes de que pudiera emitirse un fallo oficial, las autoridades mexicanas le anularon su concesión y le ordenaron que saliera del territorio. Edwards y algunos seguidores tomaron el pueblo de Nacogdoches el 21 de diciembre de 1826 y proclamaron la República de Fredonia. Los funcionarios mexicanos, respaldados por algunos pobladores (tal como Stephen Austin), sofocaron la revuelta; sin embargo, la actitud angloamericana ante esos sucesos auguraba lo que habría de sobrevenir. Muchos periódicos estadounidenses se refirieron a la revuelta como al caso de “200 hombres contra una nación” y describieron a Edwards y sus seguidores como “apóstoles de la democracia aplastados por una civilización extranjera”.4 Fue en este momento cuando el presidente de Estados Unidos, John Quincy Adams, ofreció a México un millón de dólares por Texas. Las autoridades mexicanas, sin embargo, estaban convencidas de que Estados Unidos había instigado y apoyado la guerra de Fredonia y rechazaron la oferta. México intentó consolidar su control sobre Texas, pero tanto el gran número de pobladores angloamericanos como la inmensidad del territorio se lo hicieron poco menos que imposible.5

Los anglo-texanos ya eran una casta privilegiada que dependía en su mayor parte de los beneficios económicos proporcionados por sus esclavos. Al igual que la mayoría de las naciones progresistas, México abolió la esclavitud, el 15 de septiembre de 1829, por orden del presidente Vicente Guerrero. Los texanos, no obstante, eludieron la ley “liberando” a sus esclavos, pero haciéndolos firmar contratos vitalicios de servidumbre obligatoria.6 A pesar de que lograron burlar el decreto de abolición, los anglo-texanos lo tomaron como una violación de sus libertades personales. Las numerosas tensiones aumentaron en 1830, cuando México decretó el fin de la inmigración angloamericana a Texas.7 El decreto violentó a los angloamericanos. Los resentimientos entre estos y los mexicanos se agravaron aún más durante la presidencia de Andrew Jackson en Estados Unidos. Al igual que lo había hecho Adams, Jackson intentó comprar a Texas y estaba dispuesto a pagar hasta cinco millones de dólares. El inmenso número de pobladores angloamericanos en Texas, su predominio económico en la región y su negativa a obedecer las leyes de México, habían provocado actitudes xenófobas en las autoridades mexicanas; las presiones diplomáticas fueron rechazadas y al mismo tiempo se movilizaron más tropas al estado de Coahuila, del cual Texas era parte. Desde antes de que los refuerzos mexicanos pasaran a Texas, la polarización entre anglo-texanos y mexicanos estaba muy acentuada; los anglo-texanos tomaron la movilización como una invasión mexicana.

Los acontecimientos que siguieron a la movilización han sido interpretados reiteradamente por los historiadores angloamericanos como ejemplos de la naturaleza tiránica y arbitraria del gobierno mexicano, en contraste con los objetivos de orientación democrática de los pobladores texanos. Cuando los texanos desafiaron la recaudación de derechos de aduanas y se encolerizaron por los intentos mexicanos de acabar con el contrabando, los ciudadanos estadounidenses los respaldaron. Es obvio que la facción de guerra (war party) que se amotinó en Anáhuac, Texas, en diciembre de 1831, tenía respaldo popular. Uno de los líderes de la facción, Sam Houston, “era un protegido reconocido de Andrew Jackson, a la sazón presidente de Estados Unidos. El propósito de Houston era, a la larga, incorporar Texas a Estados Unidos”.8 Los angloamericanos, a quienes México había concedido permiso para establecerse en Texas, socavaron la autoridad de su anfitrión de diversas maneras. Disfrazaban cada vez menos su insubordinación y en el verano de 1832; un grupo de ellos atacó la guarnición mexicana, pero fue derrotado. Ese mismo año, el coronel Juan Almonte realizó una gira de buena voluntad en Texas y rindió un informe secreto sobre la situación de la provincia. En el informe recomendaba hacer muchas concesiones a los texanos, pero también “que la provincia se mantenga bien aprovisionada de soldados mexicanos”. El historiador texano Fehrenbach criticó las acciones mexicanas: “Hasta a un mexicano de buena voluntad le resultaba virtualmente imposible entender que los angloamericanos eran capaces de autodisciplinarse”. Añade Fehrenbach: “Por esta razón, los pasos que dieron entonces los pobladores fueron mal interpretados en México, tanto por los liberales, como por los conservadores. Por iniciativa propia, los pobladores del ayuntamiento de San Felipe convocaron una asamblea para el l0 de octubre de 1832. Diez y seis distritos anglo-texanos acudieron a la asamblea”. La asamblea de anglo-texanos aprobó resoluciones dirigidas al gobierno de México y al estado de Coahuila. Fundamentalmente, lo que pedían era mayor autonomía para Texas. Fehrenbach, al igual que otros historiadores estadounidenses, erróneamente ha pintado un cuadro de un gobierno mexicano tiránico que no acogió las “justas demandas de los pobladores”:

Todas las resoluciones comenzaban con enfáticas expresiones de lealtad a la Confederación y la Constitución mexicanas. Estas expresiones eran totalmente sinceras. Lo que solicitaban los texanos era pluralidad cultural bajo la soberanía mexicana; esa pluralidad no solo era ajena a la naturaleza hispánica, sino que, además, debido a la fobia antiestadounidense que permeaba a la mayoría de los mexicanos, no podía ser evaluada en sus méritos. De hecho, las asambleas mismas, tan naturales en la experiencia y la tradición de los angloparlantes, estaban totalmente al margen de la ley mexicana. En México no surgía del pueblo ninguna iniciativa que no fuera el motín o la insurrección. Guando asumían el poder, tanto los liberales como los conservadores gobernaban por decreto. En este contexto, la asamblea solo podía parecer a los oficiales mexicanos de Texas y de México, como una gigantesca conspiración contra las bases de la nación.9

Fehrenbach y otros historiadores angloamericanos no lograron darse cuenta de que en México existía la pluralidad cultural, a tal grado que hasta a los angloamericanos se les permitía mantener su cultura. Lo cierto es que a quienes era ajena la pluralidad cultural, era a los angloamericanos. Los acontecimientos posteriores a la asamblea corroboraron la preocupación de los mexicanos en cuanto a la independencia de los angloamericanos en Texas.

En 1833, se celebró una segunda asamblea. Fehrenbach alega que los angloamericanos procedieron de acuerdo con su tradición al redactar una constitución y presentársela al gobierno central, y que los mexicanos tomaron el documento como un pronunciamiento. Asevera igualmente que los historiadores mexicanos han interpretado la acción como “una ingeniosa estratagema para separar a Texas de México”, interpretación que él reconoce que “no puede negarse por completo”, puesto que angloamericanos prominentes, entre ellos Sam Houston, agitaban a favor de la independencia. La asamblea designó a Austin para que sometiera sus quejas y resoluciones al gobierno de México.10

Austin partió hacia la ciudad de México para exigir las demandas de los angloamericanos en Texas. Su gestión iba encaminada primordialmente a que se dejara sin efecto la prohibición de más inmigración angloamericana en Texas y a que se convirtiera al territorio en un estado aparte. El problema de la abolición de la esclavitud también presentaba una excesiva inquietud. Al escribirle a un amigo desde la ciudad de México, Austin pone de manifiesto una actitud nada conciliadora: “Si se rechaza nuestra proposición, estaré a favor de que nos organicemos sin ella. No concibo otra forma de salvar el país de la anarquía total y de la ruina. Ya estoy hastiado de las medidas conciliatorias, y de ahora en adelante seré inflexible en cuanto a Texas”.11

En carta del 2 de octubre de 1833, Austin incitaba al ayuntamiento de San Antonio a declarar a Texas como estado independiente. Después se justificaría atribuyendo la incitación a “un momento de irritación e impaciencia”; no obstante, sus actos no eran los de un moderado. El contenido de la nota fue a parar a manos de las autoridades mexicanas, que ya dudaban de la buena fe de Austin. Subsecuentemente Austin fue encarcelado y muchas de las concesiones que había logrado se fueron a pique. Contribuyeron a la desconfianza general que reinaba, los manejos del embajador estadounidense en México, Anthony Butler, cuyos abiertos intentos de sobornar a los funcionarios gubernamentales para que vendieran Texas enfurecían a los mexicanos, llegando a ofrecer 200 000 dólares a un funcionario. Todo el problema se agravó en mayo de 1834, al apoderarse de la presidencia de México Antonio López de Santa Anna.12

López de Santa Anna es un enigma en la historia mexicana. Desde que llegó al poder en Tampico en 1829 hasta su caída en 1855, ejerció una influencia disociadora en la política mexicana. Durante ese periodo se disputaban el control del país los conservadores, que representaban los intereses de los terratenientes (y de la iglesia y los militares), y los liberales, que querían convertir a México en un Estado moderno bajo la supremacía de los comerciantes. Santa Anna manipuló ambas facciones y se cambiaba de un partido a otro para tomar el poder. Su gestión profundizó la desunión de la época, debilitó a México y lo convirtió en fácil víctima de las ambiciones de Estados Unidos. Además, la perfidia de Santa Anna dio a los historiadores estadounidenses una víctima propiciatoria a quien atribuirle la responsabilidad de las guerras. Muchos historiadores señalan que la abolición del federalismo por parte de Santa Anna desencadenó movimientos separatistas en varios estados mexicanos; sin embargo, los mismos historiadores se olvidan de señalar que Estados Unidos atravesó una etapa similar en el proceso de forjarse como nación.

Sea cual fuere el papel de Santa Anna, la revuelta texana había comenzado a fraguarse antes de su gestión por hombres como William Barret Travis, F. M. Johnson y Sam Houston, agitadores continuos a favor de la secesión. Además, la mayoría de los anglo-texanos se resistía a subordinarse al gobierno de México.

Los partidarios de la guerra eran muchos en Texas. En el otoño de 1834, Henry Smith publicó un folleto titulado “Seguridad para Texas” en el que abogaba por el desafío abierto a la autoridad mexicana. La situación política se polarizó, y se movilizaron tropas mexicanas hacia Coahuila. La intriga dominaba el panorama texano. No solo había individuos propugnando la independencia, sino que las compañías angloamericanas que se dedicaban a la compraventa de terrenos tenían agentes, tanto en Washington como en Texas, intrigando en municipios y cabildos a favor de un cambio. Entre estas compañías ocupaba un lugar prominente la Galveston Bay and Texas Land Company of New York, con la cual se había coludido Anthony Butler, el embajador estadounidense en México.13

El 13 de julio de 1835, Austin quedó en libertad como resultado de una amnistía general. Camino a Texas escribió una carta a un primo, donde sustentaba que Texas debía ser norteamericanizado a pesar de que era todavía un territorio mexicano, y que algún día debía convertirse en territorio estadounidense. En la misma carta instaba a que se establecieran en Texas grandes cantidades de angloamericanos, “cada uno con su fusil”, los cuales él creía debían inmigrar “con o sin pasaportes, de cualquier modo”. Decía también: “Aunque durante catorce años he tenido muchas dificultades por ello, nada podrá intimidarme o hacerme cejar en mi empeño de norteamericanizar Texas”.14

Fehrenbach defendió la carta de Austin y amonestó a los historiadores mexicanos que han condenado al líder texano: “El llamado a inmigrar a Texas masiva e ilegalmente, y con armas, no respondía tanto a un plan de Austin para anexar Texas a Estados Unidos, como a una búsqueda de la mayor ayuda posible en la fuente más lógica, del mismo modo que lo hicieron los israelitas cuando, acosados por los árabes, apelaron a los judíos en todas partes del mundo”.15

La asamblea de anglo-texanos aprobó resoluciones dirigidas al gobierno de México y al estado de Coahuila. Fundamentalmente, lo que pedían era mayor autonomía para Texas. Fehrenbach, al igual que otros historiadores estadounidenses, erróneamente ha pintado un cuadro de un gobierno mexicano tiránico que no acogió las “justas demandas de los pobladores”:

Todas las resoluciones comenzaban con enfáticas expresiones de lealtad a la Confederación y la Constitución mexicanas. Estas expresiones eran totalmente sinceras. Lo que solicitaban los texanos era pluralidad cultural bajo la soberanía mexicana; esa pluralidad no solo era ajena a la naturaleza hispánica, sino que, además, debido a la fobia antiestadounidense que permeaba a la mayoría de los mexicanos, no podía ser evaluada en sus méritos. De hecho, las asambleas mismas, tan naturales en la experiencia y la tradición de los angloparlantes, estaban totalmente al margen de la ley mexicana. En México no surgía del pueblo ninguna iniciativa que no fuera el motín o la insurrección. Guando asumían el poder, tanto los liberales como los conservadores gobernaban por decreto. En este contexto, la asamblea solo podía parecer a los oficiales mexicanos de Texas y de México, como una gigantesca conspiración contra las bases de la nación.16

Fehrenbach y otros historiadores angloamericanos no lograron darse cuenta de que en México existía la pluralidad cultural, a tal grado que hasta a los angloamericanos se les permitía mantener su cultura. Lo cierto es que a quienes era ajena la pluralidad cultural, era a los angloamericanos. Los acontecimientos posteriores a la asamblea corroboraron la preocupación de los mexicanos en cuanto a la independencia de los angloamericanos en Texas.

LA REVUELTA DE TEXAS

Sería simplista atribuirles toda la responsabilidad por el conflicto a Austin y a todos los pobladores angloamericanos. De hecho, Austin era mejor que la mayoría: fue de los partidarios de la paz que al principio se oponían a una confrontación con los mexicanos. En última instancia, sin embargo, esta facción se unió a los “halcones”. Eugene C. Barker, un historiador texano, sostiene que la causa inmediata de la guerra fue “el derrocamiento de la república nominal y la instauración en su lugar de una oligarquía centralizada que presuntamente suponía un mayor control de Texas por parte de México.17 Sin embargo, Barker reconoce que “patriotas sinceros, tales como Benjamín Lundy, William Ellery Channing y John Quincy Adams, consideraban que la revuelta texana era un asunto desgraciado promovido por esclavistas sórdidos y especuladores en tierras. Sus argumentos parecen plausibles, aun desde el punto de vista crítico del historiador modern”.18 Sin embargo, Barker niega que el problema de la esclavitud haya representado papel alguno en la revuelta, y afirma que el asunto de las tierras no aceleró, sino que retardó la confrontación.

Barker compara la revuelta de Texas con la revolución norteamericana: “En ambas la causa general fue la misma: un intento repentino de aumentar la autoridad imperial a costa del privilegio local”.19 En efecto, en ambos casos los gobiernos centrales intentaban hacer cumplir leyes existentes que entraban en conflicto con las actividades ilegales de algunos hombres prominentes y bien organizados. Barker pretende justificar las acciones de los anglo-texanos señalando que “hacia fines del verano de 1835, los texanos estaban en peligro de convertirse en súbditos extranjeros de un pueblo al que deliberadamente consideraban moral, intelectual y políticamente inferior. El racismo, no hay duda, subyació y matizó las relaciones texano-mexicanas desde que se estableció la primera colonia angloamericana en 1821”.20 Por lo tanto, según Barker, el conflicto era inevitable y, por consiguiente, justificado.

Es difícil poner de acuerdo a los apologistas texanos. Estos reconocen que el racismo desempeñó una función principal entre las causas de la revuelta; que a los contrabandistas les contrariaba que México hiciera cumplir sus leyes de importación; que a los texanos les perturbaban las leyes de emancipación; y que la mayoría de los nuevos pobladores procedentes de Estados Unidos agitaban en favor de la independencia. Pero a pesar de reconocer todo esto, los historiadores como Barker rehúsan culpar a sus compatriotas. En lugar de hacerlo, Barker escribe: “Si no hubiese existido un ambiente de desconfianza racial entre México y los pobladores, quizás no hubiera habido crisis. Quizá México no hubiese considerado necesario insistir tan drásticamente en una sumisión inequívoca, o quizá los pobladores no hubiesen creído tan firmemente, que la sumisión ponía en peligro su libertad”.21 Lo que hace Barker es, sencillamente, justificar el racismo angloamericano y repartir la responsabilidad especulando sobre lo que pudo haber pasado.

Sea lo que fuere, las antipatías de los texanos se convirtieron pronto en una abierta rebelión. Austin incitó a la insurrección el 19 de septiembre de 1835, proclamando que “la guerra es nuestro único recurso. No nos queda otro remedio”.22 Es simbólicamente significativo que volviera a cambiarse el nombre de Esteban a Stephen.

Demasiados historiadores han presentado los esfuerzos mexicanos de sofocar la rebelión como una invasión, y la subsiguiente victoria texana como el triunfo de un pequeño grupo de patriotas sobre los “hunos” del sur. El doctor Félix D. Almaraz, miembro del Departamento de Historia de la Universidad de Texas, recinto de Austin, subraya este hecho: “Demasiado a menudo los especialistas texanos han interpretado la guerra como la derrota de un pueblo inferior por parte de una clase superior de pioneros angloamericanos”.23

Lo cierto es que los angloamericanos tenían ventajas muy reales. Como ya se ha dicho, eran considerablemente numerosos; estaban “defendiendo” un terreno que conocían bien; y a pesar de que la mayoría de los aproximadamente 5000 mexicanos del territorio no se les unieron, los angloamericanos propiamente dichos estaban muy unidos entre sí. En contraste, la nación mexicana estaba dividida y sus centros de poder estaban a miles de kilómetros de Texas. Desde el interior de México, Santa Anna encabezó un ejército de cerca de 6000 conscriptos, muchos de los cuales habían sido obligados a ingresar al ejército y luego tuvieron que caminar cientos de kilómetros sobre tierras áridas y desérticas. Además, muchos de ellos eran mayas que no hablaban español. En febrero de 1836, la mayoría llegó a San Antonio; estaban enfermos y en malas condiciones para combatir. A pesar de que el ejército mexicano era superior en número al contingente angloamericano, este estaba mejor armado y tenía la ventaja de ser el lado defensor. (Hasta la Primera Guerra Mundial, esto era una ventaja indudable.) Y por su parte Santa Anna, al contrario, estaba muy lejos de sus fuentes de abastecimiento y de la sede de su poder.

Los 187 hombres que defendían San Antonio rehusaron rendirse a las fuerzas de Santa Anna y se refugiaron en un antiguo convento, el Álamo. Durante diez días de batalla los texanos causaron muchas bajas a las fuerzas mexicanas, pero la simple superioridad numérica de los mexicanos terminó por derrotarlos. Se ha escrito mucho sobre la crueldad de los mexicanos en el Álamo y sobre el heroísmo de los hombres condenados a morir. El resultado, como se dijo al principio de este capítulo, fue la creación del mito del Álamo. Ha habido muchas tergiversaciones dentro del amplio marco de lo que en verdad sucedió: 187 texanos se hicieron fuertes en el Álamo, en desafío a las tropas de Santa Anna, y a la larga fueron derrotados por los mexicanos. En un artículo titulado “Mitos y realidades sobre el Álamo”, Walter Lord ha aclarado gran parte de este incidente.24 Puesto que el mito del Álamo les ha servido a los angloamericanos de justificación principal para sojuzgar al chicano histórica y psicológicamente, es pertinente que vuelva a relatarse brevemente la historia del Álamo.

La mitología texana presenta a los héroes del Álamo como amantes de la libertad que defendían sus hogares; presuntamente todos eran buenos texanos. En la realidad, dos terceras partes de los defensores habían inmigrado recientemente de Estados Unidos, y solo media docena de ellos llevaba en Texas más de seis años.25 Por otra parte, la moral de los defensores es dudosa. Sobre esto arroja mucha luz la obra Olvídate de El Álamo, de Rafael Trujillo Herrero, a pesar de su parcialidad confesa.26 Trujillo sostiene que Estados Unidos de América fue una nación agresora y que su nombre debe ser cambiado por el de Estados Unidos de Angloamérica. Para él, el uso de “América” simboliza las ambiciones angloamericanas de conquistar todo el hemisferio occidental. Según Trujillo, los hombres del Álamo eran unos aventureros y no los idealistas virtuosos que presentan frecuentemente los historiadores texanos. Trujillo revela que William Barret Travis era un asesino; mató a un hombre que le había hecho proposiciones amorosas a su mujer. En lugar de confesar su crimen, Travis permitió que se juzgara y se condenara a un esclavo por el asesinato, abandonó a su mujer y a sus dos hijos y huyó a Texas. James Bowie era un hombre sin escrúpulos que se había enriquecido en la trata de esclavos y había llegado a Texas en busca de minas perdidas y más dinero. Y el decadente Davey Crockett, legendario ya en su tiempo, guerreaba por el gusto de guerrear. Muchos más de los hombres del Álamo habían llegado a Texas en busca de riquezas y de gloria; los que habían respondido al llamado a las armas de Áustin eran los menos. Estos defensores no eran hombres a quienes pueda clasificarse como pobladores pacíficos que defendían sus hogares.

El folklor sobre el Álamo rebasa los nombres legendarios de los defensores. Según Walter Lord, está repleto de medias verdades dramáticas que se han aceptado como hechos históricos.27 Se nos ha presentado a los defensores del Álamo como héroes desinteresados que sacrificaron sus vidas para ganar tiempo para sus compañeros de armas. Se nos ha dicho que William Barret Travis advirtió a sus hombres que estaban perdidos y trazó con su espada una raya en el suelo que debían cruzar los que estuviesen dispuestos a luchar hasta el fin. Supuestamente, todos cruzaron la raya, incluyendo a uno que estaba en una camilla y pidió que lo pasaran al lado de los combatientes. La situación sin esperanza y la valentía de los defensores del Álamo han sido dramatizadas en muchas películas de Hollywood.

La realidad es que el Álamo tenía poco valor estratégico, que sus defensores contaban con que recibirían ayuda y que el Álamo era la mejor fortaleza al oeste del río Misisipi. Si bien se trataba de solo unos 180 hombres, contaban con 21 cañones para enfrentarse a los ocho o diez de los mexicanos. Los angloamericanos eran expertos tiradores y tenían fusiles de 200 metros de alcance; en contraste, los mexicanos estaban mal equipados, insuficientemente entrenados, y armados de mosquetes de poco calibre y de solo 70 metros de alcance. Además, los defensores, escondidos tras las gruesas murallas del Álamo, tenían blancos fáciles en los mexicanos que estaban a campo abierto. O sea, mexicanos inexpertos, mal equipados y mal comidos atacaron a soldados profesionales bien armados. Por último, del estudio de todas las fuentes confiables resulta dudoso que Travis hubiera trazado una raya en la arena. Las mujeres y los no combatientes que sobrevivieron en San Antonio, no hablaron del incidente sino muchos años después, una vez que el cuento se había difundido ampliamente y el mito se había convertido en leyenda. Además, uno de los hombres, Louis Rose, escapó.28

El cuento más difundido es probablemente el del presunto heroísmo y la última batalla del anciano Davey Crockett que, al final, murió “peleando como un tigre”, matando mexicanos con sus propias manos. Eso es un mito: siete defensores terminaron por rendirse y fueron ejecutados; Crockett fue uno de ellos.29

La importancia de esos mitos es que han servido para sustentar una falsa superioridad de los anglo-texanos sobre los mexicanos, a quienes se ha presentado como asesinos despiadados y traicioneros. Esta estereotipia condicionó las actitudes angloamericanas hacia los mexicanos y sirvió de racionalización, tanto para la posterior agresión estadounidense contra México, como para el mal trato de los chicanos. Es también significativo que los “defensores” del Álamo cuyos apellidos son hispánicos hayan sido excluidos de la lista de héroes texanos.

Como ya se ha dicho, el Álamo carecía de valor estratégico militar. Fue una batalla donde dos tontos se enfrascaron en un conflicto inútil. La resistencia de Travis significó para Santa Anna un retraso de solo cuatro días en su plan de campaña, puesto que los mexicanos tomaron San Antonio el 6 de marzo de 1836. Al principio, la defensa del Álamo no tuvo ni siquiera valor propagandístico. Después, el ejército de Houston fue menguándose, abandonándolo muchos voluntarios para acudir en ayuda de sus familias que huían de la avanzada del ejército mexicano. Además, la mayoría de los anglo-texanos no estaban orgullosos del Álamo y sabían que habían sido derrotados malamente. No obstante, a la larga el incidente tuvo como consecuencia la ayuda masiva de Estados Unidos, que envió voluntarios, armas y dinero. El estribillo “Recuerden el Álamo” se convirtió en llamado a las armas para los angloamericanos, tanto en Texas como en Estados Unidos.30

Con la derrota del Álamo y de la guarnición de Goliad, al sudeste de San Antonio, Santa Anna se hizo dueño de la situación. Persiguió a Sam Houston hasta sacarlo del territorio texano al noroeste del río San Jacinto. Santa Anna se enfrentó a Houston en una escaramuza el 20 de abril de 1836, pero no aprovechó la ventaja que tenía. Pensando que Houston atacaría el 22 de abril, Santa Anna y sus hombres se acomodaron a descansar para la batalla. Los texanos, sin embargo, atacaron el 21 de abril, a la hora de la siesta mexicana. Santa Anna había cometido un error grave: sabiendo que Houston tenía un ejército de mil hombres fue sumamente descuidado en sus precauciones defensivas. El ataque lo pescó totalmente desprevenido. Los gritos de “Recuerden el Álamo” y “Recuerden Goliat” se oían por todas partes.

Muchos historiadores han recalcado la violencia y la crueldad de los mexicanos en Texas. No hay duda de que en los encuentros con los texanos Santa Anna no daba cuartel; pero por lo general se ha soslayado la violencia de los angloamericanos. La batalla de San Jacinto fue literalmente una matanza de fuerzas mexicanas. Se hicieron pocos prisioneros. A los que se rendían “se les apaleaba y apuñalaba, incluso cuando se encontraban de rodillas. La matanza… se sistematizó: los fusileros texanos se arrodillaron y disparaban continuadamente contra la apretujada masa de soldados mexicanos”.31 Los texanos mataban a los meskins que huían. El conteo final de muertos fue de 630 mexicanos y solo dos texanos.

La batalla de San Jacinto suscitó bastante orgullo entre los angloamericanos, tanto en Texas como en Estados Unidos. Sin embargo, la viuda de Peggy McCormick, propietaria de los terrenos donde se dio la batalla, mostró con mayor ingenuidad los sentimientos de su raza hacia los mexicanos. “Protestó enérgicamente porque los cientos de cadáveres de mexicanos insepultos desmerecían su propiedad”. Poco después de la batalla pidió a Houston que sacara de sus tierras a “esos mexicanos apestosos”. Houston le contestó: “¡Señora, sus tierras serán famosas en la historia como el lugar clásico donde se obtuvo la gloriosa victoria de San Jacinto!”. La señora replicó: “¡Al diablo con su gloriosa victoria! Llévese sus mexicanos apestosos”. El éxito del sorpresivo ataque de Houston puso fin a la guerra. Santa Anna fue capturado y no tuvo más remedio que firmar la cesión del territorio. En octubre, Houston fue elegido presidente de la República de Texas.32 La victoria en Texas preparó el camino para la guerra entre Estados Unidos y México. Incitó sentimientos antimexicanos y alimentó el nacionalismo de la joven nación angloamericana. Es cierto que oficialmente Estados Unidos se había mantenido neutral, pero en realidad aportó grandes e cantidades de hombres, armas y dinero para sus colegas angloamericanos. Desde luego, no todos los angloamericanos aprobaron la guerra, pero cuando esta se desarrolló muchos respaldaron a los angloamericanos de Texas. La consciencia de la lucha sostenida por los anglo-texanos fue aumentando en Estados Unidos. La batalla del Álamo decidió a muchos neutrales a dar su apoyo a los anglo-texanos. La muerte de Bowie, Crockett y Trávis parecía justificar cualquier medida contra los mexicanos, del mismo modo que la muerte de Custer serviría más tarde para justificar la matanza de “los pieles rojas”. Más importante aún fue el odio generado por la guerra. Se presentó al mexicano como a un enemigo cruel, traicionero y tiránico en quien no se podía confiar. Estas estereotipadas imágenes perduraron hasta mucho después de la guerra y pueden percibirse en las actitudes angloamericanas hacia el chicano. La guerra de Texas dejó un legado de odio y determinó la situación de pueblo conquistado, en que quedaron los mexicanos que permanecieron en territorio texano.

LA GUERRA ENTRE MÉXICO Y ESTADOS UNIDOS

La guerra contra México es representativa del fervor expansionista de Estados Unidos en el siglo XIX. Parecía inexorable que la nación trasladara sus fronteras hacia el oeste, a menudo mediante guerras que ella misma provocaba. A mediados de la década de 1840, México se convirtió en el blanco. Los angloamericanos no podían renunciar a expandirse hacia un territorio en apariencia tan rico como las tierras baldías controladas por México al suroeste de Estados Unidos. A pesar de que para entonces ni su extensión ni su poderío eran abrumadores, ya resultaba peligroso compartir una frontera con Estados Unidos; era una nación arrogante en sus relaciones exteriores, en parte debido a que sus ciudadanos se consideraban cultural y racialmente superiores. México, por el contrario, era considerado una nación cuyo futuro sería superior a la de Estados Unidos. Sin embargo, México estaba plagado de problemas financieros y de conflictos étnicos internos; además, padecía un gobierno débil. La anarquía reinante en la nación actuó en detrimento de un desarrollo cohesivo.33 La guerra de Texas, que Harriet Martineau ha llamado “el robo más sofisticado de los tiempos modernos”, fue solo el preludio. Carl Degler ha resumido lo que verdaderamente aconteció:

[La guerra] no culminó en una victoria indiscutible para los texanos, puesto que México se negaba a reconocer la independencia de la recién proclamada República de Texas, a pesar de que el gobierno mexicano no tenía poder alguno para ejercer su autoridad sobre sus antiguos súbditos. Sin embargo, esa situación no impidió a los texanos negociar su anexión a Estados Unidos. En 1845, al aproximarse la consumación de esa anexión, México ofreció su reconocimiento total a la República de Texas a condición de que la fusión no se llevara a cabo. La historia ha demostrado que México tenía razón en temer que la anexión era meramente el preludio a sucesivas usurpaciones de su territorio. Ni Estados Unidos ni los texanos, sin embargo, permitieron que la preocupación mexicana impidiera la anexión. El ingreso de Texas a la Unión Norteamericana preparó el camino para la guerra entre Estados Unidos y México.34

En 1844, el arrastre de la doctrina del “Destino manifiesto” predominó en el caso de Texas sobre cualquier consideración legal relativa a los derechos de México en el suroeste de Estados Unidos. James K. Polk, partidario enérgico de la anexión de Texas y del expansionismo en general, obtuvo la presidencia de Estados Unidos; aunque ganó por pocos votos, se interpretó su elección como un mandato de expansión nacional. El presidente Tyler decidió actuar y pidió al Congreso que aprobara la anexión de Texas mediante una resolución conjunta; la medida fue aprobada pocos días antes de la instauración de Polk, quien respaldó el paso. En diciembre de 1845, Texas se convirtió en un estado de Norteamérica. México rompió inmediatamente las relaciones diplomáticas y Polk envió al general Zachary Taylor a Texas para defender la frontera. Sin embargo, la localización de la frontera era dudosa. Texas sostenía que era el río Grande, pero México, basándose en los precedentes históricos, la ubicaba 150 millas más al norte, en el río Nueces. Con el propósito de provocar a México, Taylor cruzó el Nueces con sus tropas y se instaló en el territorio en disputa, pero se abstuvo durante un tiempo de proseguir hasta el río Grande. Mientras tanto, en noviembre de 1845, Polk envió a John Slidell a México en una misión secreta para negociar sobre el territorio en disputa. La presencia de soldados angloamericanos entre el Nueces y el río Grande hacía que las negociaciones parecieran absurdas, y los mexicanos rehusaron entrevistarse con el embajador de Polk. Además, Slidell insistía en que se le recibiera en los términos deseados por Estados Unidos, es decir, como embajador permanente, y no con el carácter de emisario ad hoc que le conferían los mexicanos.35 Slidell regresó de México en marzo de 1846, convencido de que había que “castigar” a los mexicanos para que negociaran. El 28 de ese mismo mes el general Taylor se encontraba en la ribera del río Grande, al mando de un ejército de 4000 hombres.

Encolerizado por la negativa mexicana a recibir a Slidell en sus condiciones y por la reafirmación de los derechos de México sobre Texas formulada por el general Mariano Paredes, Polk había decidido ir a la guerra. Cuando las fuerzas mexicanas cruzaron el río Grande y atacaron al contingente del general Taylor –paso que sin duda Polk esperaba– el presidente de Estados Unidos halló una excusa para lanzarse al ataque. De inmediato preparó su mensaje de estado de guerra y el 13 de mayo de 1846, el Congreso declaró la guerra a México y autorizó el reclutamiento y abastecimiento de 50 000 soldados. Según Polk, “México ha derramado sangre norteamericana en suelo norteamericano”. En otras palabras, las acciones estadounidenses estaban justificadas; el país había sido provocado a guerrear”.36

Años más tarde, Ulises S. Grant dijo que creía que Polk deseaba que se provocara una guerra y dio pasos para conseguirlo, y que la anexión de Texas fue, de hecho, una agresión. Añadió: “Yo detestaba la guerra contra México… pero no tuve el valor moral necesario para renunciar… Consideraba que mi obligación suprema era hacia mi bandera”.37 Representante en el Congreso, Abraham Lincoln se opuso a la Guerra, demandado que Polk enseñara adonde atacaron las tropas mexicanas a las fuerzas norteamericanas.38

Nunca hubo dudas sobre cuál sería el resultado de la guerra. El ejército mexicano, mal equipado y mal dirigido, tenía pocas probabilidades de triunfar frente al empuje de los angloamericanos expansionistas. Aun antes de que se declarara la guerra, los angloamericanos, y particularmente Polk, estaban seguros de que la ganarían. El plan de guerrear de Polk consistía en tres etapas: 1] se sacaría a los mexicanos de Texas; 2] los angloamericanos ocuparían California y Nuevo México; y 3] fuerzas de Estados Unidos marcharían sobre la ciudad de México para obligar al gobierno derrotado a aceptar la paz dictada por Polk. Y, fundamentalmente, la campaña siguió ese itinerario. Al final, a un costo relativamente bajo de hombres y dinero, la guerra le produjo a Estados Unidos inmensas ganancias territoriales: toda la costa del Pacífico, desde San Diego hasta el paralelo 49, y toda el área comprendida entre la costa y la División Continental.

LA RAZÓN FUNDAMENTAL DE LA CONQUISTA

Glenn W. Price, autor de Origins of the War With México: The Polk-Stockton Intrigue, dice: “Los norteamericanos han tenido mayor dificultad que otros pueblos para enfrentar racionalmente sus guerras. Nos concebimos únicos, y a nuestra sociedad planificada y creada especialmente para evitar los errores de todas las demás naciones”.39 Muchos historiadores angloamericanos todavía pretenden pasar por alto la guerra entre Estados Unidos y México declarándola simplemente “una mala Guerra” del tiempo en que predominaba en Estados Unidos la doctrina del “Destino manifiesto”. Esto es tan peligroso como si los historiadores alemanes descartaran la Segunda Guerra Mundial, diciendo que sucedió durante el predominio de la doctrina del Lebensraum en Alemania. De hecho, la discusión en torno a la doctrina del “Destino manifiesto” ha apartado a los historiadores del problema principal, a saber, la agresión norteamericana planificada.

Los historiadores sostienen que la doctrina del “Destino manifiesto” encuentra sus raíces en la ideología puritana que todavía ejerce influencia en el pensamiento angloamericano. Esta doctrina se basaba en el concepto de la predestinación, que formaba parte del calvinismo. Dios destinaba a los hombres o al cielo o al infierno. En gran medida, la doctrina de la predestinación se fundamentaba en la del “pueblo escogido” del Antiguo Testamento. Los puritanos se consideraban el pueblo escogido del Nuevo Mundo. Esta creencia suscitó en los angloamericanos el convencimiento de que Dios los había hecho custodios de la democracia y que su misión era difundir los principios de esta. A medida que la joven nación se expandía hacia el oeste, que superaba su etapa infantil, a pesar de la guerra de 1812, y obtenía éxitos comerciales e industriales, se acrecentaba la consciencia de su predestinación. La doctrina Monroe de la década de 1820, advirtió al mundo que América no sería víctima de más conquistas ni colonizaciones; sin embargo, nunca se dijo que esa doctrina se aplicaba a Estados Unidos. Muchos ciudadanos comenzaron a creer que Dios los había destinado a ser dueños y señores de toda la tierra entre océano y océano, y de polo a polo. Su misión era difundir los principios de la democracia y del cristianismo entre los desafortunados del hemisferio. En las décadas de 1830 y 1840, México fue víctima de esta temprana versión angloamericana de la doctrina del Lebensraum.

Oscurece aún más el asunto de la agresión angloamericana planificada, lo que denuncia el profesor Price como la retórica de paz que Estados Unidos ha utilizado tradicionalmente para justificar sus agresiones. La guerra entre Estados Unidos y México constituye un estudio sobre el uso de esta retórica. Examínese, por ejemplo, el discurso pronunciado el 11 de mayo de 1846 por el presidente Polk, donde explica sus razones para ir a la guerra: “El deseo intenso de establecer la paz con México en condiciones liberales y honorables y la disposición de nuestro gobierno a ajustar nuestra frontera y otras causas de desavenencia con esa nación, siguiendo principios justos y equitativos que condujeran a relaciones permanentes de naturaleza amistosa, me indujeron en septiembre pasado a buscar el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre los dos países”.40 Polk prosiguió declarando que Estados Unidos había hecho todo lo posible por no irritar a los mexicanos, pero que el gobierno de México había rehusado recibir a un emisario norteamericano. Pasó entonces revista a los acontecimientos que condujeron a la guerra y concluyó: “Dado que existe una guerra y que a pesar de nuestros esfuerzos por evitarla existe por causa del propio México, todas las consideraciones del patriotismo y del deber, nos obligan a reivindicar decididamente el honor, los derechos y los intereses de nuestro país”.41

Esta retórica, según la cual Estados Unidos tenía el deber de ir a la guerra para mantener la paz y reivindicar su honor, recuerda la mayoría de las injerencias bélicas de Estados Unidos. La necesidad de justificar las acciones estadounidenses resulta evidente en las historias que ofrecen diferentes teorías para explicar por qué Estados Unidos le robó a México parte de su territorio. En 1920, Justin F. Smith obtuvo un premio Pulitzer en historia angloamericana por una obra que culpaba a México de esta guerra. Lo asombroso es que Smith presuntamente examinó más de 100 000 manuscritos, 120 000 libros y folletos y 200 periódicos o más para llegar a esa conclusión. Es válido especular que se le premió por haber aliviado la consciencia de los angloamericanos. El “estudio”, publicado en dos volúmenes y titulado The War With México, utiliza análisis como el siguiente para sustentar sus hipótesis: “Al comienzo de su existencia independiente nuestro pueblo sentía el deseo ardiente y entusiasta de mantener relaciones cordiales con nuestra hermana República Mexicana; y muchos llegaban hasta el sentimentalismo absurdo por esta causa. Sin embargo, las fricciones fueron inevitables. Los norteamericanos eran directos, positivos, bruscos, ásperos y emprendedores; no podían comprender a sus vecinos del sur. Los mexicanos eran igualmente incapaces de captar nuestra buena voluntad, nuestra sinceridad, nuestro patriotismo, nuestra firmeza y nuestra valentía, y algunos aspectos de su carácter y de su condición nacional hacían muy difícil el trato con ellos”.42

Esta concepción de su propia ecuanimidad y justicia de parte de los funcionarios gubernamentales y los historiadores en lo que refiere a sus agresiones alcanza también las relaciones entre la mayoría social y los grupos minoritarios. Los angloamericanos creen que la guerra redundó en beneficio del suroeste y de los mexicanos que se quedaron o que luego emigraron allí. Ahora gozaban los beneficios de la democracia y estaban libres de la tiranía. Dicho de otro modo, los mexicanos deberían estar agradecidos a los angloamericanos. Si hay choques entre estos y los mexicanos, se nos dice, se debe a que el mexicano no es capaz de entender ni apreciar los méritos de una sociedad libre, la cual tiene que defenderse contra los ingratos. Por lo tanto, la guerra interna, o sea, la represión, se justifica con la misma retórica con que se justifica la agresión internacional.

Por fortuna, algunos historiadores han recusado a los propagandistas. Ramón Eduardo Ruiz, por ejemplo, ha disipado la cortina de humo levantada por muchos de sus predecesores. En The Mexican War: Was It Martifest Destiny escribe: “En ninguna otra guerra ha logrado Estados Unidos victorias tan asombrosas como las de la guerra con México de 1846-1848. Después de una cadena ininterrumpida de triunfos militares desde Buenavista hasta Chapultepec, y de su primera injerencia militar en una capital extranjera, los norteamericanos añadieron a su dominio los vastos territorios de Nuevo México y California. También había cumplido así Estados Unidos su destino manifiesto, ese credo de los expansionistas norteamericanos, según el cual la Providencia les había encomendado la misión moral de ocupar todas las tierras vecinas. Ningún norteamericano puede negar que la guerra resultó provechosa”.43 Ruiz puntualiza, además, que hay poco interés en Estados Unidos por lo que se ha llamado la guerra mexicana; desinterés que subraya la propensión angloamericana a olvidar las cosas desagradables. Ruiz contrasta la débil reacción de los angloamericanos a la guerra con la de los mexicanos: “Esa guerra es una de las tragedias de la historia mexicana. Al contrario de los norteamericanos, que han relegado el conflicto al pasado, los mexicanos no lo olvidan. México salió de la guerra despojado de la mitad de su territorio; su pueblo quedó derrotado, desalentado y dividido”.44 En su estudio, Ruiz examina las diversas teorías sobre la guerra y pone de manifiesto los intentos de los estudiosos para justificarla.

Otras obras recientes acusan a Estados Unidos de haber “fabricado la guerra”.45 En su audaz monografía, mencionada antes, Price demuestra claramente cómo México fue víctima de una conspiración encaminada a obligarlo a hacer una guerra y a ceder su territorio. La obra examina principalmente las actividades del comodoro Robert F. Stockton, quien se trasladó a Texas antes de que el territorio se anexara a Estados Unidos y estimuló a los líderes republicanos de ese estado, para que atacaran a México y lo arrastraran a la guerra. Stockton les aseguró que Estados Unidos respaldaría a Texas cuando fuese invadida; por otra parte, California y el suroeste serían anexados a Estados Unidos. Para poner en práctica este plan, Stockton, hombre muy rico, aportó su propio dinero, y recibió el estímulo activo del presidente James Polk, hombre que, retóricamente, hablaba de paz.

EL MITO DE UNA NACIÓN PACIFISTA

Gran número de obras sobre la guerra entre México y Estados Unidos se han ocupado de las causas y resultados de la guerra, estudiando en ocasiones la estrategia de esta. No obstante, es necesario volver sobre el tema, puesto que la guerra dejó cicatrices muy reales, y puesto que las acciones angloamericanas en México son recordadas tan vívidamente como algunos sureños recuerdan la marcha de Sherman hacia el mar. Sin duda, la actitud de los mexicanos hacia los angloamericanos fue influida por la guerra de igual forma que la fácil victoria condicionó la actitud angloamericana con respecto a los mexicanos. Afortunadamente, muchos angloamericanos condenaron esta agresión y acusaron abiertamente a sus compatriotas de ser insolentes, ávidos de tierras y de haber provocado la guerra. Abiel Abbott Livermore, en The War With México Reviewed acusó a su país, escribiendo:

Una vez más, el orgullo de raza ha superado aún con mayor insolencia al orgullo nacional, siempre demasiado activo para la debida observancia de las exigencias de la fraternidad universal. Aparentemente los anglosajones han sido persuadidos de que son el pueblo elegido, la raza ungida por el Señor, los encargados de arrojar a los gentiles, e implantar su religión y sus instituciones en toda la tierra de Canaán que puedan sojuzgar.46

La obra de Livermore publicada en 1850, recibió el premio de la American Peace Society por “el mejor análisis de la guerra mexicana y los principios del cristianismo, y un lúcido estudio político”. A propósito de las causas de la guerra, escribió: “El trato que hemos dado, tanto al hombre rojo, como al hombre negro, nos ha acostumbrado a sentir nuestro poder y a olvidar la justicia”.47 Y más adelante observa: “La pasión por la tierra, también, es una característica dominante del pueblo americano… El dios Terminus es una deidad desconocida en América. Como el del hambriento muchacho de la fábula, el grito ha sido ‘más, más, dadnos más’”.48 A través de Livermore se despliega una perspectiva desconocida en la mayoría de los libros sobre la guerra. Otis A. Singletary en The Mexican War, como se hace en otros estudios similares, narra simplemente las batallas y sus resultados. Livermore monta un excelente proceso en el que declara culpable a Estados Unidos de crímenes de guerra si los patrones establecidos por los juicios de Nuremberg hubieran sido respetados: describe una política activa de conquista y pillaje.

Hay amplia evidencia de que Estados Unidos provocó la guerra. Ya citamos las impresiones del general Grant. La guerra misma era aún más insidiosa. La artillería de Zachary Taylor arrasó la ciudad mexicana de Matamoros, matando a cientos de civiles inocentes en el bombardeo. Muchos mexicanos se arrojaron al río Grande, aliviando sus sufrimientos en una tumba de agua.49 La ocupación que siguió fue aún más aterradora. El ejército regular de Taylor estaba supuestamente bajo control, pero los voluntarios planteaban otro problema: “Los regulares consideraban a los voluntarios, de los que cerca de dos mil habían llegado a Matamoros a finales de mayo, con impaciencia y desprecio… Robaron a los mexicanos su ganado y su maíz, les arrebataron sus cercas para hacer fuego, se emborrachaban y mataron a muchos ciudadanos inofensivos en las calles de la ciudad”.50 Hubo numerosos testigos de estos incidentes. Por ejemplo, el 25 de julio de 1846, Grant escribió a Julia Dent:

Desde que estamos en Matamoros han sido cometidos muchísimos asesinatos y lo extraño es que los métodos empleados para evitar sus frecuentes repeticiones parecen ser muy débiles. Algunos de los voluntarios y casi todos los texanos parecen encontrar perfectamente correcto dominar a los habitantes de una ciudad conquistada sin ninguna limitación, e incluso asesinarlos cuando el hecho puede hacerse en secreto. ¡Y cuánto parecen disfrutar los actos de violencia! No pretendo calcular el número de asesinatos cometidos entre los mexicanos pobres y nuestros soldados, desde que estamos aquí, pero el número te sorprendería.51

Simultáneamente, los corresponsales informaban de actos de inútil y absurda destrucción.52 Taylor conocía estas atrocidades, pero, como observó Grant, era poco lo que se hacía para refrenar a los hombres. En una carta a sus superiores. Taylor admitió: “Escasamente habrá una forma de crimen que no me haya sido reportada como cometida por ellos”.53 Taylor pidió que no le enviaran más tropas del estado de Texas. Estos actos vandálicos no estaban limitados a los hombres de Taylor. Los cañones de los barcos de la flota norteamericana destruyeron gran parte del sector civil de Veracruz, arrasando un hospital, iglesias y casas. Las bombas no discriminaban en cuanto a edad ni sexo. Las tropas angloamericanas repitieron igual actuación en casi todas las ciudades que invadieron; primero era sometida a la prueba del fuego y luego saqueada. Los voluntarios gringos no tenían respeto a nada, profanando iglesias y ultrajando a curas y monjas.

Durante estas campañas eran comunes las ejecuciones militares. Los soldados y civiles capturados eran ejecutados, generalmente ahorcados por colaborar con las guerrillas. Un aspecto interesante es que muchos inmigrantes irlandeses, así como algunos otros anglos, desertaron pasándose al lado mexicano, formando el cuerpo San Patricio. Se pasaron a los mexicanos “debido al disgusto innato de las masas por la guerra, el mal trato y la pobre subsistencia.54 Muchos de los irlandeses eran también católicos, y resentían el trato que daban a los curas y monjas los invasores protestantes. Se ha calculado que uno 260 angloamericanos lucharon junto a los mexicanos en Churubusco en 1847. “Parece que fueron capturados unos ochenta… Unos cuantos fueron encontrados inocentes y los dejaron en libertad. Unos quince, que habían desertado antes de la declaración de guerra, fueron simplemente marcados con una ‘D’ [desertor], y cincuenta de los capturados en Churubusco fueron ejecutados”.55 Otros recibieron doscientos latigazos y fueron obligados a cavar fosas para sus compañeros ejecutados.56

No necesitamos acudir a fuentes mexicanas para reseñar el reino de terror instaurado por las tropas yanquis. Memorias, diarios y artículos periodísticos escritos por angloamericanos lo documentan. Nos concentraremos aquí en el libro de Samuel E. Chamberlain My Confessions. Solo tenía 17 años cuando se alistó en el ejército para combatir a los greasers. Muchas de sus “‘confesiones’ tratan de la invasión de México y las atrocidades de los anglos, especialmente de los Texas Rangers. El autor refleja el racismo de los invasores. En la ciudad mexicana de Parras, escribió: “Encontramos que la patrulla se había hecho culpable de muchos ultrajes… Entraron violentamente en la Iglesia de San José, mientras se celebraba la misa, llena de mujeres arrodilladas y niños, y entre juramentos y burlas obscenas arrestaron a los soldados que tenían permiso para estar presentes”.57 En otra ocasión, describe una masacre realizada por voluntarios, la mayor parte pertenecientes a la caballería de Yell, en una cueva:

Al llegar al lugar encontramos a un greaser fusilado y con el cuero cabelludo arrancado, pero que todavía respiraba; el pobre hombre sostenía en las manos un rosario y una medalla de la “virgen de Guadalupe”, solo sus débiles movimientos impedían a los feroces buitres caer sobre él mientras aún seguía con vida. Por compasión se le atravesó con un sable y seguimos apresuradamente nuestro camino. Muy pronto llegaron a nuestros oídos gritos y maldiciones, llantos de mujeres y niños, provenientes al parecer de una cueva al fondo de la quebrada. Trepando sobre las rocas llegamos a la entrada, y tan pronto como nuestra vista se acostumbró a la oscuridad contemplamos una escena espantosa. La cueva estaba llena de nuestros voluntarios aullando como endemoniados, mientras que en el suelo rocoso yacían unos veinte mexicanos, muertos o agonizando sobre charcos de sangre. Mujeres y niños se aferraban a las rodillas de los asesinos pidiendo a gritos compasión.58

Chamberlain continuaba:

La mayor parte de los mexicanos asesinados habían sido escalpados; solamente tres hombres no habían sido heridos. Un tosco crucifijo estaba clavado en una roca y algún miserable irreverente había coronado la imagen con un sangriento cuero cabelludo. Un olor insoportable llenaba el lugar. Las mujeres y niños sobrevivientes empezaron a dar grandes gritos al vernos, ¡pensaban que nosotros llegábamos a terminar el trabajo!

Chamberlain concluía: “Nadie fue castigado por este crimen”.59 Cerca de Saltillo, Chamberlain dejó constancia de las acciones de los rangers. Sus descripciones son gráficas. Un anglo borracho entró en la Iglesia y arrojó al suelo una imagen de madera de nuestro Salvador, y anudándole al cuello su reata, montó en su caballo y galopó arriba y abajo de la plazuela, arrastrando la imagen tras él. El venerable sacerdote de cabellos blancos, al tratar de rescatar la imagen, fue arrollado y pisoteado por el caballo del ranger.60

Los mexicanos se enfurecieron y atacaron al texano; entre tanto, los rangers regresaron: “Al entrar a galope en la plaza, vieron a su miserable camarada colgando de la cruz, con la piel colgando en jirones, rodeado por una turba de mexicanos. Con gritos de horror los rangers cargaron sobre la multitud atacando con sus cuchillos y revólveres, sin hacer distinciones de edad ni sexo en su terrible furia”.61 Chamberlain es explícito en su desprecio por los rangers: “El general Taylor no solo recaudaba [a los mexicanos] las gabelas impuestas por la fuerza de las armas, sino que además lanzaba sobre el país las jaurías de sabuesos humanos llamados Texas Rangers”.62 Prosigue describiendo la brutalidad de los rangers en el Rancho de San Francisco situado en el camino de Camargo cerca de Agua Fría: “El lugar estaba rodeado, las puertas fueron derribadas y todos los hombres capaces de manejar armas fueron arrastrados fuera, amarrados a un poste y ¡fusilados!… Treinta y seis mexicanos fueron fusilados en este lugar; se concedió media hora para que los horrorizados sobrevivientes, mujeres y niños, sacaran sus escasas pertenencias, luego prendieron fuego a las casas, y a la luz de las llamas del incendio los feroces texanos se alejaron al galope hacia nuevas acciones sangrientas”.63 Estos imperdonables actos de crueldad, presenciados por un hombre, se suman a los relatos de otros cronistas, dando más peso a la evidencia de que Estados Unidos, a través de las acciones de sus soldados, dejó en México un legado de odio.

La omisión de las atrocidades de la guerra en las historias angloamericanas ha conducido a muchos angloamericanos a considerar el conflicto como una guerra elegante, en la que los mexicanos fueron derrotados en una lucha limpia y resultando afortunados de haber perdido únicamente su tierra. Esta indiferencia por parte de los anglos es lo que no ha permitido cicatrizar las heridas de los mexicanos y lo que ha mantenido vivos los viejos odios. Ha perpetuado, para los chicanos, la realidad de que son un pueblo conquistado: los mexicanos y los indios son los únicos pueblos de Estados Unidos que fueron forzados a formar parte de esa nación después de la ocupación de sus tierras por tropas angloamericanas.

EL TRATADO DE GUADALUPE HIDALGO

Cuando el general Winfield Scott derrotó a Santa Anna en el violento combate de Churubusco, a fines de agosto de 1847, la guerra estaba a punto de terminar. Esto colocó a los angloamericanos a las puertas de la ciudad de México. Santa Anna buscó un armisticio y durante dos semanas se condujeron las negociaciones. Sin embargo, Santa Anna reorganizó sus defensas durante este periodo y, a su vez, los angloamericanos renovaron sus despiadados ataques. El 13 de septiembre de 1847, Scott entró en la ciudad. Aunque los mexicanos defendieron valientemente su capital, la batalla dejó 4000 muertos y 3000 prisioneros entre sus hombres. El 13 de septiembre, antes de comenzar la ocupación de México, los niños héroes detuvieron a los conquistadores y prefirieron la muerte antes que rendirse. Estos cadetes adolescentes (Agustín Melgar, Francisco Márquez, Juan Escuda, Femando Montes de Oca, Vicente Suárez y Juan de la Barrera), se convirtieron en “símbolo e imagen de esta injusta Guerra”.64

Aunque los mexicanos estaban derrotados la guerra continuó. La primera magistratura recayó en el presidente de la Suprema Corte, Manuel de la Peña y Peña. Este sabía que México había perdido y que su deber consistía en salvar lo más que fuese posible. La presión aumentó, porque Estados Unidos controlaba gran parte del actual México. Nicholas Trist, enviado a México para actuar como comisionado de paz, no pudo iniciar las negociaciones hasta enero de 1848. Trist llegó a Veracruz el 6 de mayo de 1847, donde tuvo “un altercado vigoroso pero temporal con Scott”. Las negociaciones se conducían a través de la legación británica, pero se atrasaron debido a la enfermedad de Trist. Este retraso obligó a hacer un arreglo apresurado y, después de la caída de la ciudad de México, el secretario de Estado James Buchanan quiso revisar las instrucciones de Trist. Le ordenó romper las negociaciones y volver a casa.65 Aparentemente, Polk había empezado a considerar la posibilidad de exigir más territorio a México y de pagar menos por él. No obstante, Trist, con el apoyo de Winfield Scott, decidió ignorar las órdenes de Polk, y procedió a negociar en los términos originales. México, derrotado, con su gobierno trastornado, no tenía más elección que acceder a las propuestas angloamericanas.

El 2 de febrero de 1848 los mexicanos aceptaron el Tratado de Guadalupe Hidalgo, por el que México aceptaba el río Grande como frontera con Texas y cedía el suroeste (que abarcaba los actuales estados de Arizona, California, Nuevo México, Utah, Nevada y partes de Colorado) a Estados Unidos recibiendo a cambio 15 millones de dólares. Polk se enfureció con este tratado; consideraba a Trist ‘Vilmente infame” por haber ignorado sus órdenes. Pero no le quedaba más remedio que someter el tratado al Senado. A excepción del artículo x, el Senado ratificó el tratado el 10 de marzo de 1848, con 28 votos a favor por 14 en contra. Insistir en la exigencia de más territorio hubiera significado más lucha, y tanto Polk como el Senado consideraban que la guerra ya comenzaba a ser impopular en muchos sectores. El tratado fue enviado al Congreso mexicano para su ratificación y, aunque el Congreso tuvo dificultades para formar un quorum, el acuerdo fue ratificado el 19 de mayo con 52 votos a favor por 35 en contra. De esta manera, las hostilidades entre ambas naciones terminaban oficialmente. Sin embargo, Trist fue calificado de “bribón”, porque Polk estaba disgustado con el acuerdo. En Estados Unidos había apoyo y fervor considerable hacia la adquisición de México.

Contrariamente a la creencia popular, México no abandonó a sus ciudadanos que habitaban dentro de las fronteras del nuevo territorio de Estados Unidos. Los negociadores mexicanos estaban preocupados por los mexicanos que quedaban atrás, y expresaron grandes reservas acerca de la posibilidad de que estas personas se vieran forzadas a “sumergirse o mezclarse” en la cultura angloamericana. Protestaron por la exclusión de medidas que protegieran los derechos, títulos de tierras y religión de los ciudadanos mexicanos. Querían conocer el estatus de los mexicanos, y querían proteger sus derechos mediante un tratado. Las previsiones que se refieren específicamente a los mexicanos y sus derechos se encuentran en los artículos VIII y IX y en el omitido artículo X. Tomadas en el contexto de la renuencia de las autoridades mexicanas a abandonar a sus ciudadanos a una nación que virtualmente no tenía respeto por los mexicanos, es fácil comprender por qué los chicanos están tan encolerizados por las violaciones a su identidad cultural.

Según el Tratado de Guadalupe Hidalgo, los mexicanos dejados atrás disponían de un año para elegir entre regresar al interior de México o permanecer en el “México ocupado”. Cerca de 2000 eligieron trasladarse: sin embargo, la mayor parte permaneció en lo que consideraba su territorio. La situación era muy similar a la de otros pueblos conquistados, porque la legalidad de la ocupación por la fuerza está todavía a discusión. El artículo IX del tratado garantizaba a los mexicanos: “El disfrute de todos los derechos de los ciudadanos de los Estados Unidos según los principios de la Constitución; y al mismo tiempo debían ser protegidos y apoyados en el libre disfrute de su libertad y propiedad y debía garantizárseles el libre ejercicio de su religión sin restricciones”.66 Este artículo y la adhesión de Estados Unidos hacia él han sido ampliamente discutidos por los estudiosos. Muchas fuentes admiten que los angloamericanos han respetado la religión de los chicanos; por otra parte, los chicanos y estudiosos renombrados opinan que los derechos de la integridad cultural y los derechos de ciudadanía han sido constantemente violados. Lynn I. Perrigo, en The American Southwest, resume las garantías de los artículos VIII y IX, escribiendo: “En otras palabras, además de los derechos y deberes de los ciudadanos norteamericanos, ellos [los mexicanos] tendrán algunos privilegios especiales derivados de sus costumbres anteriores respecto a idioma, leyes y religión”.67

A pesar de estas garantías, los chicanos han sido sometidos a un genocidio cultural, así como a violaciones de sus derechos. La Documentary History of the Mexican Americans, publicada en 1971, afirma: “Como única minoría, aparte de los indios, asimilada mediante la conquista, los mexicanos norteamericanos han sido sometidos a una discriminación económica, social y política, así como a un alto grado de violencia a manos de sus conquistadores anglos. Durante el periodo comprendido entre 1865 y 1920, volvieron a producirse linchamientos de mexicanos norteamericanos en el suroeste. Pero la peor violencia ha sido la inflexible discriminación contra la herencia cultural –idioma y costumbres– de los mexicanos norteamericanos, sumada a la explotación económica de todo el grupo. Los derechos de propiedad estaban garantizados, pero no defendidos, por los gobiernos federal ni estatal. La igualdad ante la ley ha sido constantemente burlada en las comunidades mexicano-norteamericanas”.68

Igual de polémica es la protección explícita de la propiedad. Aunque la mayoría de los análisis no consideran el omitido artículo x, este artículo incluía amplias garantías protegiendo “todos los títulos de propiedad anteriores y pendientes de cualquier descripción”. Cuando esta cláusula fue rechazada por el Senado de Estados Unidos, los representantes mexicanos protestaron. Los emisarios angloamericanos los tranquilizaron redactando una Declaración de Protocolo el 26 de mayo de 1848, que decía así: “El gobierno norteamericano, al suprimir al artículo X del Tratado de Guadalupe Hidalgo, no pretendía en ninguna forma anular las concesiones de tierras hechas por México en los territorios cedidos. Estas concesiones… conservan el valor legal que puedan tener, y los concesionarios pueden tramitar sus derechos (títulos) para que sean reconocidos ante los tribunales norteamericanos. De acuerdo a la ley de Estados Unidos, los títulos legítimos de cualquier tipo de propiedad, personal y real, existente en los territorios cedidos, son los mismos que eran títulos legítimos bajo la ley mexicana de California y Nuevo México hasta el 13 de mayo de 1846, y en Texas hasta el 2 de marzo de 1836”.69

Es dudoso, considerando la oposición mexicana al tratado, que el Congreso mexicano hubiera ratificado el tratado sin esta aclaración. La votación fue reñida. La Declaración de Protocolo fue reforzada por los artículos VIII y IX, que garantizaban los derechos mexicanos de propiedad y de protección legal. Además, las decisiones de los tribunales siempre interpretaron el tratado como protector de los títulos de tierras y derechos de aguas. No obstante, sigue siendo un hecho que la propiedad fue arrebatada y los derechos individuales violados, sobre todo mediante manipulaciones políticas.

Una cosa es hacer un tratado y otra respetarlo. Estados Unidos tiene una tradición particularmente pobre en cuanto a la forma en que ha cumplido las obligaciones de sus tratados, y como veremos en los siguientes capítulos, casi absolutamente todas las cláusulas arriba citadas fueron violadas, confirmando la profecía del diplomático mexicano Manuel Crescendo Rejón, quien comentó en la época de la firma del tratado:

Nuestra raza, nuestro infortunado pueblo tendrá que ir a buscar hospitalidad a una tierra extraña, solo para ser arrojados después. Descendientes de los indios como somos, los norteamericanos nos odian, sus representantes nos menosprecian, aun cuando reconozcan la justicia de nuestra causa, y no nos consideran dignos de formar con ellos una sola nación y una sola sociedad, manifiestan claramente que su futura expansión comienza con el territorio que nos quitan y haciendo de lado a nuestros compatriotas que habitan esa tierra.70

CONCLUSIÓN

Manuel Crescencio Rejón confirma el legado dejado por la conquista anglo y su violencia. Los mexicanos fueron víctimas de injustas agresiones y transgresiones contra ellos y su nación. Mezclada con sentimientos de superioridad racial y cultural angloamericana, la violencia creó un legado de odio en ambos lados que ha sobrevivido hasta el presente. La imagen del texano ha llegado a identificarse con la del aborrecible y rudo opresor en toda Latinoamérica, mientras que muchos angloamericanos consideran a los chicanos como extranjeros con derechos inferiores. Como resultado de la guerra de Texas y las agresiones angloamericanas de 1845-1848, comenzó la ocupación del territorio chicano y empezó a tomar forma la colonización. La actitud de los anglos, durante el periodo de dominación que siguió a las guerras, se refleja en las conclusiones del famoso historiador texano que fue presidente de la American Historical Association, Walter Prescott Webb:

Era necesaria una sociedad europea homogénea adaptable a nuevas condiciones. Esto no lo podía ofrecer España en Arizona, Nuevo México y Texas. Sus fronteras, a medida que avanzaban, dependían cada vez más de una población india… Esta mezcla de razas significó con el tiempo que los soldados rasos del ejército español provenían principalmente de los indios pueblo o sedentarios, cuya sangre, comparada con la de los indios comunes, era como agua estancada. Hacía falta algo más que una pequeña mezcla de sangre española y un barniz de instrucción militar española para hacer soldados valerosos de los tímidos indios pueblo.71

Había comenzado una nueva era y, según los angloamericanos, contaban con un pueblo homogéneo y racialmente superior para dirigirla. La conquista sentó las bases de la colonia y justificó los privilegios económicos y políticos establecidos por los conquistadores. Muchos angloamericanos, historiadores tanto como profanos, padecen una amnesia histórica con respecto a cómo adquirieron y cómo mantuvieron el control sobre la tierra y el pueblo conquistado.

1 Cecil Robinson, “Flag of Illusion”, The American West, mayo 1968, v. v, no.3, 15.

2 T.R. Fehrenbach, Lone Star: A History of Texas and the Texans, New York: The Macmillan Co, 1968, 128.

3 Walter Prescott Webb, The Texas Rangers: A Century of Frontier Defense, Austin: University of Texas Press, 1965, 21-22. Tijerina, Tejanos under the Mexican Flag, 25-45. Letter from Gen. Manuel de Mier y Terán to Lucás Alamán, “¿En qué parará Texas? En lo que Dios quiera”. (“What is to become of Texas? Whatever God wills”.), julio 2, 1832, Sons of DeWitt Colony Texas.

4 Fehrenbach, op.cit., 163-64.

5 Eugene G. Barker, Mexico and Texas, 1821-1835, Russell & Russell, Nueva York, 1965, 52.

6 Barker, op. cit., 74-80

7 Ibid., 80-82.

8 Fehrenbach, op. cit., 182.

9 Ibid., 181. Andrés Tijerina, Texanos Under the Mexican Flag, 1821-1836, College Station: Texas A & M University Press, 1994, 3-24.

10 Carlos Castañeda, Our Catholic Heritage in Texas, 1519-1933, vol. 6, New York: Arno, 1976, Vol. 6, 252-53. Fehrenbach, Lone Star, 181. Andrés Tijerina, Texanos Under the Mexican Flag, 1821-1836, College Station: Texas A & M University Press, 1994, 113. See Stephen F. Austin, Texas State Library & Archives Commission, http://www.tsl.state.tx.us/treasures/giants/austin/austin-01.html.

11 Nathaniel W. Stephenson, Texas and the Mexican War: A Chronicle of the Winning of the Southwest, New York: United States Publishing, 1921, 51.

12 Stephenson, Texas and the Mexican War, 52. Barker, Mexico and Texas, 1821-1835, 128. Castañeda, in Vol. 6, 234. Gene M. Brack, Mexico Views Manifest Mexico Views Manifest Destiny, 1821-1846: An Essay on the Origins of the Mexican War, Albuquerque: University of New Mexico Press, 1975. Fehrenbach, Lone Star, 188. Hutchinson, 6. Address of the Honorable S. F. Austin, Louisville, Kentucky, marzo 7, 1836, The Avalon Project, http://avalon.law.yale.edu/19th_century/texind01.asp.

13 Stephenson, op.cit., 52,

14 Fehrenbach, Lone Star, 188-89. Address of the Honorable S. F. Austin, Louisville, Kentucky, marzo 7, 1836, The Avalon Project, http://avalon.law.yale.edu/19th_century/texind01.asp. Austin septiembre 19, 1835 letter, http://www.tsl.state.tx.us/treasures/giants/austin/austin-safety-1.html.

15 Fenrenbach, op.cit., 180.

16 Ibid., 181.

17 Barker, op.cit., 146.

18 Ibid., 147,

19 Ibid., 147.

20 Ibid., 148-49/

21 Ibid., 162.

22 Fehrenbach, op. cit., 189.

23 Felix Almaraz, ‘The Historical Heritage if the Mexican America in 19th century Texas”, The Role of the Mexican American in the History of the Southwest, Inter-American Institute. Pan American College, Edinburg, Texas, 1969, 20-21.

24 Walter Lord, “Myths and Realities of the Alamo”, The American West, 5 mayo de 1968, n. 3.

25 Lord, op. cit., 20.

26 Rafael Trujillo Herrera, Olvídate de El Álamo, La Prensa, México, D.F., 1965.

27 Lord, op. cit., 18. Santa Anna no había destacado a la mayoría de su ejército al Alamo, pues un gran número había sido asignado a otros lugares.

28 Ibid., 22.

29 Ibid., 24.

30 Ibid., 25.

31 Fehrenbach, op. cit., 232.

32 Marilyn McAdamis Sibley, Travelers in Texas 1761-1860, Austin: University of Texas, 1967, 108-9.

33 Charles A. Hale, Mexican Liberalism in the Age of Mora, 1821-1853, New Haven, CT: Yale University Press, 1968, 11-12, 16.

34.Carl N. Degler, Out of Our Past: The Forces That Shaped Modern America, New York: Harper & Row, 1970, 107.

35 Albert C. Ramsey, ed. and trans., The Old Side or Notes for the History of the War Between Mexico and the United States, reprint ed., New York: Burt Franklin, 1970, 28-29. Ramón Alcaraz et al., Apuntes para la Historia de la Guerra Entre México y los Estados Unidos, México, DF: Tipografía de Manuel Payno, Hiho, 1848, 27-28. For an excellent account of Slidell’s mission, see Dennis Eugene Berge, “Mexican Response to United States Expansion, 1841-1848”, PhD dissertation, University of California, Los Angeles, 1965.

36 James. D. Richardson, A Compilation of the Messages and Papers of the Presidents, 10 vols., Washington, DC: Government Printing Office, 1905, 4, 428-42, quoted in Arvin Rappaport, ed., The War with Mexico: Why Did It Happen?, Skokie, IL: Rand McNally, 1964, 16. President James Polk’s State of the Union Address, diciembre 2, 1845. Joint Session of Congress, State of the Union Address, 29th Congress, First Session, diciembre 2, 1845, http://www.presidentialrhetoric.com/historicspeeches/polk/stateoftheunion1845.html. James K. Polk, Message on War with Mexico, mayo 11, 1846, http://www.pbs.org/weta/thewest/resources/archives/two/mexdec.htm

37 Grady McWhiney & Sue McWhiney, eds., To Mexico with Taylor and Scott, 1845-1847, Waltham, MA: Praisell, 1969, 3. Letter from Ulysses S. Grant to Fiancée Julia Dent, julio 25, 1846. John Y. Simon, The Papers of Ulysses S. Grant, Vol. 1, London: Feffer & Simons, 1967, 102.

38 Abraham Lincoln’s “Spot Resolutions”, Resolution and Preamble on Mexican War: “Spot Resolutions”, The Abraham Lincoln Papers at the Library of Congress, diciembre 22, 1847, http://memory.loc.gov/cgi-bin/query/r?ammem/mal:@field(DOCID+@lit(d0007000)).

39 Glenn W. Price, Origins of the War with Mexico: The Polk-Stockton Intrigue, Austin: University of Texas Press, 1967, 7.

40 quoted in Arvin Rappaport, ed., The War with Mexico: Why Did It Happen?, Skokie, IL: Rand McNally, 1964, 16. President James Polk’s State of the Union Address, diciembre 2, 1845. Joint Session of Congress, State of the Union Address, 29th Congress, First Session, diciembre 2, 1845, http://www.presidentialrhetoric.com/historicspeeches/polk/stateoftheunion1845.html. James K. Polk, “Message on War with Mexico”, mayo 11, 1846, http://www.pbs.org/weta/thewest/resources/archives/two/mexdec.htm.

41 Ibid., 16.

42 Justin H. Smith, The War with Mexico, Vol. 2, Gloucester, MA: Peter Smith, 1963, 310.

43 Ramon Eduardo Ruiz, The Mexican War: Was It Manifest Destiny?, New York: Holt Rinehart and Winston, 1963, 1.

44 Ruiz, op.cit., p.1.

45 Según Chamberlain, Taylor recaudó más de un millón entre los habitantes de Nuevo León y Tamaulipas.

46 Abiel Abbott Livermore, The War with Mexico Reviewed, Boston, MA: American Peace Society, 1850, 8.

47 Ibid., 11.

48 Ibid., 12.

49 T. B. Thorpe, Our Army on the Rio Grande, cit. en Abiel Abbott Livermore, The War with Mexico Reviewed, Boston, MA: American Peace Society, 1850, 126.

50 Alfred Hoyt Bill, Rehearsal for Conflict, New York: Knopf, 1947, 122.

51 John Y. Simon, The Papers of Ulysses S. Grant, Vol. 1, London and Amsterdam: Feffer & Simons, 1967, 102.

52 Livermore, op. cit., 140.

53 Ibid., 147-48.

54 Smith, vol. I, 550, nota 6.

55 Ibid., vol. II, 385, nota 18.

56 Livermore, op. cit., 160.

57 Samuel E. Chamberlain, My Confessions, New York: Harper & Row, 1956, 75.

58 Ibid., 87.

59 Ibid., 88,

60 Ibid., 174.

61 Ibid.

62 Ibid., 176.

63 Ibid., 177.

64 Alfonso Zabre, Guide to the History of Mexico: A Modern Interpretation, Austin: Pemberton Press, 1969, 300.

65 Dexter Perkins and Glyndon G. Van Deusen, The American Democracy: Its Rise to Power, New York: Macmillan, 1964, 237.

66 Wayne Moquin et al., eds., A Documentary History of the Mexican American, New York: Praeger, 1971, 185.

67 Lynn I. Perrigo, The American Southwest, New York: Holt, Rinehart and Winston, 1971, 176.

68 Moquin, op. cit., 181.

69 Compilation of Treaties in Force, Washington, DC: Government Printing Office, 1899, 402, cit. en Perrigo, The American Southwest, 176. The Querétaro Protocol, mayo 26, 1848, Protocol of Quéretaro en Rodolfo F. Acuña and Guadalupe Compeán, eds., Voices of the U.S. Latino Experience, Westport: Greenwood, 2008, 113-4.

70 Antonio de la Peña y Reyes, Algunos Documentos sobre el Tratado de Guadalupe-Hidalgo, México, DF: Sec de Rel. Ext., 1930, 159, cit. en Richard Gonzales, “Commentary on the Treaty of Guadalupe Hidalgo”, en Feliciano Rivera, ed., A Mexican American Source Book, Menlo Park, CA: Educational Consulting Associates, 1970, 185.

71 Walter Prescot Webb, The Great Plains, Grosset & Dumlap, 1931, 125-26.

CAPÍTULO 2

Remember the Alamo: la colonización de Texas

El estereotipo del texano con botas de altos tacones, sombrero blanco y actitud bravucona simboliza para la mayoría de los mexicanos y otros latinoamericanos todo lo que era y sigue siendo malo en Angloamérica. Su traje, por ejemplo, representa el robo de la tierra y el patrimonio de los vaqueros (el cowboy mexicano). En realidad, el cowboy angloamericano aprendió su oficio e imitó el traje del vaquero mexicano. Además, el cowboy texano está estereotipado como un bravucón rudo y agresivo que odia a los mexicanos. En resumen, se ha convertido en el estereotipo no solo de la colonización de Texas y el suroeste, sino también de la colonización económica angloamericana de toda Latinoamérica. Los sentimientos individuales con respecto a los anglo-texanos son intensos y, muchas veces, se traducen en sentimientos de odio ciego. La expresión de esos sentimientos es a menudo bastante cruda, como, por ejemplo, en el dicho: “Viertes agua caliente sobre un anglo-texano y obtienes mierda instantánea”. Indudablemente, el legado de la conquista provocó esta actitud, pero el amargo conflicto entre los anglos y los mexicanos en el territorio ocupado ha aumentado la animosidad.

Como analizamos en el capítulo 1, las hostilidades texano-mexicanas no terminaron después de 1836. México se negó a reconocer la República de Texas. El problema de los prisioneros de guerra seguía candente. Según el historiador texano T. R. Fehrenbach: “El trato dado a estos soldados era vergonzoso según cualquier norma y generalmente ha sido ignorado por los historiadores norteamericanos. Cualesquiera que fuesen las indignidades de Santa Anna, no se debieron a Juan Nepomuceno Almonte, a su estado mayor o a los soldados rasos a las órdenes del presidente. Muchos murieron en cautividad y, eventualmente, todos fueron repatriados en malas condiciones”.1

La cuestión de las fronteras también seguía siendo un problema. Los texanos exigían que la república incluyera toda la tierra hasta el río Grande, mientras que los mexicanos decían que la frontera estaba en el río Nueces. En los años siguientes, el territorio entre estos dos ríos siguió siendo disputado. Mientras tanto, aumentaba la inmigración angloamericana a la República de Texas. Para escapar a la discriminación de los anglos, cuyo chauvinismo se había intensificado con la victoria y que seguían considerando a los mexicanos como enemigos, estos se vieron obligados a avanzar cada vez más hacia la porción intelectual de la nueva república. Un número importante de ellos se estableció en los territorios disputados.

En los años anteriores a la anexión por Estados Unidos, los texanos combatieron activamente a los indios y también lanzaron su ofensiva diplomática contra México. El presidente Mirabeau B. Lamar soñaba con expandir la república, y en 1839 y 1840 aprovechó los problemas de México con Francia. Presionó para llegar a un arreglo en la cuestión fronteriza, ofreciendo a México 5 millones de dólares si aceptaba el río Grande como frontera territorial. En 1841 intervino en los asuntos internos de México firmando un tratado con Yucatán, estado del sudeste de México, que pretendía independizarse de México. Aquel mismo año Lamar envió contra Nuevo México la desastrosa Expedición Santa Fe como parte de un plan para añadir esta zona a la república (véase el capítulo 3).

Durante los últimos años de la década de 1830, la tensión fue muy aguda a lo largo de la frontera. La situación se agravaba más aún por los esclavos negros texanos, que cruzaban la frontera buscando en México la libertad. Sus propietarios exigían su regreso y las autoridades mexicanas se negaban a entregarlos. Cuando las hostilidades se convirtieron en guerra abierta, el sur de Texas se convirtió en la puerta de entrada para la invasión del norte de México, encabezada por Zachary Taylor, y los mexicanos de esa zona de Texas sufrieron en gran medida la violencia angloamericana.

Técnicamente, después de la guerra mexicano-norteamericana, los mexicanos que permanecieron en Texas pasaron a ser ciudadanos de Estados Unidos. Sin embargo, en realidad, siguieron considerándose mexicanos. La cercanía de la frontera y la actitud de los colonizadores reforzaban este sentimiento nacionalista. Además, los angloamericanos creían haber adquirido derechos especiales sobre la tierra y sus productos, gracias a su conquista y a su superioridad racial y cultural. Los mexicanos eran tratados como un pueblo conquistado que debía pagar tributos. Su modo de vida fue sustituido por leyes, administración, lenguaje y valores anglos, todo lo cual era ajeno al pueblo conquistado. Aunque los mexicanos estaban en minoría global en el estado, representaban una mayoría en el sur de Texas; pero fue precisamente en esta zona donde la dominación tuvo una forma más repugnante. Esta mayoría representaba un reto para el nuevo orden, que tenía que ser sostenido por un ejército de ocupación. Cada vez que surgía un conflicto entre mexicanos y anglos, las tropas de Estados Unidos intervenían en apoyo de los invasores.

Se desarrolló un sistema de castas que relegaba a los mexicanos al estrato más bajo, debido a su raza y cultura. En otras palabras, se desarrolló una situación colonial entre anglos y mexicanos. T. R. Fehrenbach la comparó a la de Sudáfrica entre los Boers y la población nativa. El mexicano pasó a ser el sirviente, el trabajador de salario bajo, pero raramente el patrón. Fehrenbach escribe que las tensiones eran “naturales” y provenían del hecho de que dos pueblos radicalmente diferentes habían venido a encontrarse bajo un mismo gobierno. Y señala que el conflicto étnico surge “históricamente… solo en tres formas generales: conquista de una raza o cultura por otra, imposición de límites arbitrarios que combinan a grupos diferentes dentro de una misma unidad política, o la importación de mano de obra extranjera para trabajar en una sociedad de mayor nivel de organización”.2 El mexicano fue víctima de cada uno de estos procesos, los cuales corresponden al establecimiento de una sociedad colonial.

LOS APOLOGISTAS

Muchas de las obras sobre las relaciones entre mexicanos y anglos han sido parciales, escritas por angloamericanos apologistas del trato dado por el gringo al mexicano. Estos historiadores han intentado echar la responsabilidad del conflicto sobre los mexicanos. Ignoran los motivos económicos de los usurpadores angloamericanos.

La primera tarea del historiador chicano es desenmascarar a los apologistas que han influido en las opiniones sobre los mexicanos. No atribuimos mala fe a estos historiadores, pero sí sostenemos que representan la actitud de los westerners hacia los mexicanos. Uno de los principales historiadores texanos en lanzar el punto de vista apologético fue Walter Prescott Webb. Hasta su muerte, en marzo de 1963, fue considerado el decano de los historiadores de Texas. Siendo el profesor de historia más respetado de la facultad de la Universidad de Texas, en Austin, influía considerablemente sobre los especialistas y estudiantes graduados. Sus obras más importantes fueron The Texas Rangers (1935), The Great Plains (1931), Divided We Stand (1937) y The Great Frontier (1952): además, escribió innumerables artículos.3 Las obras de Webb tuvieron una repercusión considerable en la historiografía del Oeste. Sin embargo, recientemente algo ha empezado a resquebrajarse, y algunos investigadores comienzan a poner en tela de juicio muchas de sus conclusiones, alegando que son racistas. Entre estos estudiosos se encuentran Américo Paredes, Llerena B. Friend y Larry McMurtry. McMurtry escribe sobre The Texas Rangers de Webb: “La falla del libro es una falla de actitud. Webb admiraba excesivamente a los rangers, y como consecuencia el libro confunde el homenaje con la historia en una forma que solo podemos considerar turbia. Los datos que él mismo proporciona sobre los rangers contradicen una y otra vez la caracterización que hace de ellos como “hombres tranquilos, reflexivos y amables”.4 A continuación, McMurtry señala algunas de las inconsistencias. Critica la descripción que hace Webb del papel representado por los rangers en el sitio de la ciudad de México: “Un ladrón les robó un pañuelo. Fue fusilado”.5 Murió un Texas ranger y los rangers replicaron matando a 80 mexicanos.6 McMurtry concluye: “Tales acciones no son las de hombres a los que pudieran llamarse apropiadamente amables”.7 McMurtry también impugna la descripción que hace Webb del capitán ranger L. H. McNeely como “una llama de valor”8 McMurtry afirma de McNeely. “Hizo un trabajo bueno y brillante, y sus métodos eran absolutamente brutales”.9 McNeely torturó y fusiló mexicanos a sangre fría. En una ocasión cruzó la frontera con 30 hombres y atacó un rancho pensando que ahí se albergaban tropas mexicanas. Pero estaba equivocado, y asesinó a un grupo de inocentes trabajadores mexicanos. Cuando descubrió su error, simplemente se fue. La apología que hace Webb de los rangers es que “los asuntos de la frontera no pueden juzgarse por los patrones que rigen en otras partes”.10 McMurtry responde: “Por qué no pueden serlo es una cuestión que aún queda por responder a los apologistas de los rangers. La tortura es tortura, tanto si es aplicada en Alemania, Argelia o junto al río Nueces. Por supuesto, los rangers alegaban que su fin justificaba sus medios, pero los torturadores siempre han alegado eso mismo”.11

Webb dejó de ser historiador y se convirtió en un ranger por poder. A pesar de que indudablemente debió ver la brutalidad de aquellos hombres violentos, cerró los ojos ante ella. McMurtry arroja más luz sobre la situación cuando escribe: “El punto importante que se debe señalar acerca de The Texas Rangers, es que Webb no escribía como historiador de la frontera, sino como un hombre de la frontera simbólico. La tendencia a practicar una camaradería fronteriza simbólica puede decirse que caracteriza al texano del siglo XX, tanto si es intelectual, vaquero, hombre de negocios o político”.12

De hecho, la obra de McMurtry explora el efecto de esta solidaridad fronteriza. También es significativo que Webb fuese un hombre de letras que no tenía motivos malintencionados. No obstante, sus obras son racistas. Hacia el final de su larga carrera, Webb había cambiado su punto de vista sobre los chicanos.13 Cuando publicó un artículo en True West, en octubre de 1962, “Los bandidos de Las Cuevas”, recibió procedente de Alicer, Texas, una carta de Enrique Mendiola cuyo abuelo fue el propietario del rancho que los rangers atacaron equivocadamente por órdenes de McNeely, Mendiola afirmaba:

Muchos historiadores han clasificado a aquellos hombres como ladrones de ganado, bandidos, etc. Esto puede ser cierto respecto a algunos, pero la mayor parte, incluyendo al general Juan Flores, trataba de recuperar el ganado de su propiedad que les había sido arrebatado cuando los arrojaron de sus pequeños ranchos en el sur de Texas. Fueron despojados por hombres como Mifflin Kenedy, Richard King y los Armstrong.14

Walter Prescott Webb replicó en forma reveladora: “Para lograr una conclusión justa se necesitaría poseer informes del lado sur del río, y simplemente estos no son asequibles”. Afirmaba que hubo robos de uno y otro lado, pero que “[e]l hecho desafortunado es que los mexicanos no eran tan expertos en conservar información como la gente de este lado. A menudo he deseado que los mexicanos, o alguien de su confianza, hubiera podido estar entre ellos y recoger sus relatos de ataques y contraataques. Estoy seguro de que estas historias hubieran adquirido un tono y color distintos.15 De hecho, los mexicanos conservaron su historia en corridos, que glorificaban los hechos de los hombres que se alzaron ante los opresores. Estos corridos siguen cantándose en el Valle del río Grande y en otros lugares del suroeste. Los corridos a Juan Cortina fueron compuestos cuando este se enfrentó a los gringos en la década de 1850, y actualmente, líderes chicanos como César Chávez, Reies López Tijerina y Rubén Salazar tienen corridos compuestos en honor y recuerdo suyo. Uno de los más conocidos es El corrido de Gregorio Cortez, un hombre injustamente perseguido por los rangers y las autoridades texanas en 1901. En su libro, With His Pistol in His Hand (1958), Américo Paredes analiza este corrido, al tiempo que revisa la historia de los corridos. Estos comunican la actitud mexicana, desafiante, hacia los rinches, como llaman los mexicanos a los rangers:

Then said Gregorio Cortez With is pistol in his hand,

Ah, how many cowardly rangers,

Against one lone Mexican!16

Paredes escribió que “Los oficiales de los Texas Rangers son conocidos como los rinches de la Kineña, o rangers de King Ranch, de acuerdo con la creencia de los fronterizos de que los rangers eran el brazo fuerte de Richard King y Jos demás ‘barones ganaderos’”.17 ¿Cuál ha sido la imagen tradicional del Texas ranger, tal como aparece retratado en la historia de Estados Unidos? Rip Ford, ranger él mismo, escribió: “Un Texas ranger puede cabalgar como un mexicano, rastrear como un indio, disparar como uno de Tennessee ¡y luchar como el mismo demonio!”.18 T. R. Fehrenbach, en 1968, escribió en su Lone Star: A History of Texas and Texans:

Para combatir a indios mexicanos, los jefes rangers tenían que aprender a pensar como aquellos o, al menos, a comprender qué temían los mexicanos y los indios. El choque entre los angloamericanos y los mexicanos en la frontera meridional era inevitable, pero algunos de sus aspectos fueron infortunados. El contacto no benefició a ninguna de las dos razas; parecía fortalecer y resaltar los defectos de ambas. Los rangers llegaron con rectitud instintivamente teutónica, prefiriendo el honesto impacto de las balas a la astucia del cuchillo. Pero contra los mexicanos, la rudeza se convirtió en brutalidad, porque era casi imposible para el protestante anglo-celta comprender la mente hispánica. Impaciente ante la tortuosidad mexicana, el ranger reaccionó con la fuerza directa. Pero el mexicano, para ser fiel a los datos, pasó de la tortuosidad a la descarada traición; la historia atestigua que los mexicanos mataron a más texanos durante las treguas para parlamentar que en todos los campos de batalla. Cada uno de los bandos se sentía justificado a causa de las incomprensibles y despreciadas actitudes culturales de su enemigo. Los rangers parecían barbaros nórdicos, faltos de toda astucia o maña caballeresca; ellos veían a los mexicanos como traicioneros, gente mentirosa, que nunca querían hacer lo obvio, que consistía en declarar su juego y luchar.19

Walter Prescott Webb, que era aún menos objetivo en su análisis de las diferencias culturales entre los rangers y los mexicanos, escribió del ranger: “Cuando lo vemos en su tarea cotidiana de mantener la ley, restaurar el orden y promover la paz –aun cuando sus métodos sean vigorosos– lo vemos en la posición correcta, un hombre solo entre una sociedad y sus enemigos”. Y a la inversa, escribió del mexicano: “Puede decirse sin calumniar que hay una vena de crueldad en la naturaleza del mexicano, o al menos así lo hace pensar la historia de Texas. Esta crueldad puede ser herencia de los españoles de la Inquisición; también puede, e indudablemente debe ser atribuida parcialmente a la sangre india”.20 Este tipo de razonamiento justificaba la violencia de los rangers para muchos angloamericanos; los “métodos vigorosos” eran necesarios para lidiar con “salvajes adversarios”.

Américo Paredes da otra opinión acerca de los rangers. Los considera como representantes de los hacendados y comerciantes que controlaban el Valle del río Grande. Su tarea consistía en mantener el orden para la oligarquía. Reclutaban pistoleros que odiaban ardientemente a los mexicanos, disparando primero y haciendo las preguntas después. Paredes escribe: “El que los rangers creaban más problemas de los que resolvían es una opinión expresada por fuentes menos parciales”.21 Paredes fue uno de los primeros estudiosos chicanos en atacar a los rangers y, en consecuencia, a Webb. Expresaba los sentimientos de los mexicanos, que se basaban, en su mayor parte, en las tradiciones orales mexicanas y en sus experiencias. Sus datos refutaban los de Webb. Un ejemplo de ello es la diferente interpretación que uno y otro hacen de los hechos que rodearon el asesinato de los Cerda, prominente familia de las cercanías de Brownsville. Paredes escribe:

Los Cerda eran prósperos rancheros de las cercanías de Brownsville, pero tuvieron la desgracia de vivir cerca de uno de los “barones ganaderos” que todavía no se había expandido. Un día llegaron de Austin tres Texas Rangers y “ejecutaron” a Cerda padre y a uno de sus hijos acusándolos de ser ladrones de ganado. El hijo más joven huyo cruzando el río, y así el rancho Cerda quedó vacío. Cinco meses más tarde el hijo que quedaba, Alfredo Cerda fue a Brownsville. Murió ese mismo día, de un balazo disparado por un ranger.22

El relato de Paredes no se apoya en fuentes secundarias, sino en narraciones de testigos presenciales. Marcelo Garza, de Brownsville, hombre de negocios respetado, le relató a Paredes que un ranger disparó sobre Alfredo, quien estaba desarmado, cazándolo “como a un animal salvaje”.23

La versión de Webb está basada en fuentes de los rangers, que son semejantes a algunos informes policiacos contemporáneos. Según Webb, el ranger sorprendió a un mexicano marcando ganado perteneciente al Rancho King. El mexicano, Ramón Cerda, disparó contra el ranger, y este último disparó a su vez, matando a Ramón en defensa propia. El ranger fue exculpado en la investigación, pero los mexicanos no aceptaron el veredicto y desenterraron el cuerpo de Cerda y realizaron su propia encuesta. Encontraron que había: “‘evidencia’ [las comillas son de Webb] de que Cerda había sido arrastrado y maltratado de otras maneras. El sentimiento público estaba sumamente dividido. Los descubrimientos de la encuesta secreta, agregados a los rumores incontrolados que nacieron de ella, solo sirvieron para inflamar los ánimos de los seguidores de Cerda”.24

Nuevamente, las fuentes de Webb fueron secundarias, y basó su conclusión de que la gente había sido enardecida, en informes de los rangers. Webb admitió que operaba un sistema de justicia doble respecto a los mexicanos y los anglos. Por lo tanto, era natural que impugnaran los resultados de la investigación, especialmente los hechos referentes a esta muerte. La familia Cerda era muy conocida y respetada, y sus tierras codiciadas por los King. Más reveladora es la información de Webb acerca de quién dio la fianza para Baker, el ranger que disparó sobre Cerda: “El capitán Brooks informó que Baker depositó una fianza por la suma de diez mil dólares, y que le apoyaban personas como los King, el mayor John Armstrong –lugarteniente de McNeely– y los hermanos Lyman”.25 El historiador se pregunta por qué Webb no analiza el apoyo de los King. No nos asombremos de que los mexicanos estuvieran enardecidos. Poco después, Baker mató igualmente al hermano menor de Ramón; Alfredo.

La importancia del caso Cerda, es que revela el uso de la violencia para apoderarse de tierras y luego legalizar el asesinato mediante el sistema judicial. No fue un caso aislado; simplemente reflejaba la actividad de los rangers a lo largo de todo el siglo. Durante el levantamiento de Cortina, cientos, si no miles, de mexicanos fueron asesinados por ser parientes de guerrilleros o sospechosos de estar asociados con los revolucionarios. Los rangers, que operaban independientemente de los representantes de la ley tradicionales, estaban orgullosos de su eficacia para tratar con los mexicanos. El odio a los rinches ardía entre los mexicanos durante el siglo XIX. En el corrido quedaba constancia de los sentimientos populares:

Los “rinches” son muy valientes

no se les puede negar;

nos cazan como venados

para podernos matar.26

Una explicación parcial del terrorismo de los rangers era el número muy superior de mexicanos comparado con el de los gringos habitantes del valle; estos últimos vivían en el terror de un levantamiento de masas. En 1915, cuando una banda de cuarenta mexicanos, dirigidos por Aniceto Pizaña, arrasó la ciudad de Norias en el Rancho King, la revuelta fue prontamente sofocada, pero no antes de que un reinado de terror se desatara en el sur de Texas.27 Los angloamericanos pensaban que se trataba de una conspiración, achacándola a los alemanes, a la IWW (Internacional Workers of the World), o a los japoneses. Entre 1915 y 1920, según un cálculo de Walter Prescott Webb, entre 500 y 5000 mexicanos fueron asesinados por alguaciles locales, jueces de paz y Texas Rangers. Webb escribió: “La situación puede resumirse diciendo que después de que los problemas se desarrollaron, los norteamericanos instituyeron un reinado de terror contra los mexicanos y que muchos mexicanos inocentes tuvieron que padecerlo”.28

Paredes da el testimonio de Josefina Flores D. Garza, que fue una de las víctimas del odio de los rangers. Los rinches invadieron su casa durante la carnicería de 1915. Asesinaron a su padre y a sus hermanos adolescentes, Josefina, con su madre y varios niños, fue testigo de los asesinatos. La familia se quedó después junto a los cadáveres durante varios días, por temor a abandonar la casa. Más tarde, soldados norteamericanos se llevaron a los muertos. Josefina quedó mentalmente trastornada durante un tiempo.

Incluso hoy día los rangers exhiben su arrogancia insultando brutalmente a los mexicanos. Uno de los rangers más odiados era el capitán A. Y. Allee, que se retiró a fines de 1970. El relato de un periódico lo describía así:

Barrigón, bronco, con una cara como una papa quemada, Alfred Allee es el policía más controvertido del sur de Texas. El hijo de un ex-senador de Nuevo México –Dennis Chávez, Jr.– atestiguó ante un subcomité del departamento de agricultura que Allee es “un matón conocido, un enemigo profesional de los mexicanos cuyo lema es ‘primero dispara y luego pregunta”.29

Allee llevaba una pistola plateada y siempre estaba dispuesto a usar los puños. En una ocasión en que golpeó a un sospechoso, declaró que creyó que el hombre tenía un arma escondida y que, después de todo “solo lo golpeé una vez”. En 1967 Allee acabó con lo que él consideró una rebelión. Los seguidores de César Chávez organizaron una huelga contra los agricultores del valle en petición de mejores condiciones y salarios. Los rangers de Allee hostigaron y maltrataron físicamente a los huelguistas. El Consejo de Iglesias publicó una acusación en su contra, pero esto no lo detuvo; se jactó de haber sido acusado en repetidas ocasiones, pero sin haber sido nunca reprendido.30 Probablemente esto es cierto. Su trabajo consistía en proteger los privilegios políticos y económicos de los colonizadores. Con el uso de la violencia organizada mediante fuerzas como las de los rangers, los mexicanos eran mantenidos en su lugar.

Los sucesos de 1967 muestran con gran claridad que los rangers habían cambiado muy poco sus reacciones hacia los mexicanos. McMurtry, un no chicano, informa acerca de la reacción de los anglo-texanos a la huelga:

No se hace uno popular aquí [en el sur de Texas] sugiriendo que los mexicanos tienen derecho a algo más que aire, frijoles y leche de cabra. Las disputas con la mano de obra agrícola en 1967 –disputas en las que los Texas Rangers representaron un sospechoso papel– lo demuestran claramente. Conozco a un granjero, un hombre que emigró recientemente desde el Valle a la Meseta, que estaba sinceramente asombrado por el hecho de que los mexicanos estuviesen comenzando a querer casas en las que vivir. Las tiendas de campaña y los remolques, cincuenta centavos por hora y una cabra gratis cada una o dos semanas ya no les satisfacían. Habían empezado a considerarse seres humanos, actitud que llenaba al patrón de asombro y vago desasosiego. Cuando los mexicanos llegan a tales aberraciones en Texas, es hora de llamar a los rangers.31

LOS BARONES LADRONES DE TEXAS

Los Texas Rangers facilitaban el continuado sometimiento de los mexicanos a través de un puñado de hombres brutales y sin escrúpulos que corrompían a las autoridades locales y estatales, convirtiendo la democracia en una burla. Para lograr sus fines, asesinaban a sus opositores, robaban sus casas y se apropiaban de su ganado. Para comprender cómo sucedía esto debemos considerar la vida del mexicano en Texas antes de la llegada del gringo. Américo Paredes describe esta vida en el Valle del río Grande:

En los días anteriores a los proyectos de irrigación de la zona de río arriba, el bajo río Grande era un cinturón verde y fértil, limitado al norte y al sur, por áridas planicies, situado a lo largo de un río que, como el Nilo, irrigaba y fertilizaba la tierra próxima a sus riberas y periódicamente llenaba incontables lagunas, conocidas como resacas y esteros.32

Antes de 1848, esa zona alimentaba muchos miles de cabezas de ganado. Poseía ciudades, tales como Laredo, Guerrero, Mier, Camargo y Reynosa que habían sido fundadas antes de 1755. Paredes describe la vida del mexicano de la frontera:

La sencilla vida pastoral que llevaba gran parte de la gente de la frontera propiciaba una igualdad natural entre los hombres. Se ha escrito mucho acerca de la influencia democratizadora de una cultura del caballo. Más importante era el hecho de que en la frontera el propietario de la tierra vivía y trabajaba en ella. Casi no había división entre el propietario y el vaquero, que a menudo, además, estaba emparentado con él. La sencillez de la vida que llevaban, tanto el patrón, como el empleado también ayudaba a que sintieran que no eran dos clases distintas de hombres, aun cuando uno fuera más rico que el otro.33

El valle daba sustento a comunidades autosuficientes que cultivaban maíz, frijoles, melones y verduras. También tenían ovejas y cabras. El comercio entre los pueblos de ambos lados del río ayudaba a unirlos. No se trataba de empresas altamente organizadas ni de grandes utilidades a las que los anglos estaban acostumbrados y consideraban productivas. Si empleamos los patrones tecnológicos de Estados Unidos, la economía del valle era subdesarrollada.

Si bien la vida entre los mexicanos de las demás secciones de Texas no reflejaba exactamente el estilo de vida de los pueblos del río Grande, sí se le parecía mucho. La vida estaba más próxima de un ritmo comunitario que del estilo individualista de la civilización angloamericana. La destrucción de esta cultura y esta civilización se convirtió en un fetiche para el colonizador. El mexicano en Texas tenía una cultura establecida y un estilo de vida que llenaba sus necesidades, y estaba apoyado y complementado por su sistema político y económico. La ocupación anglo estaba proyectada para sustituir, tanto su estilo de vida como estos pilares económicos y políticos. Irónicamente, aunque los pilares fueron destruidos por los angloamericanos en forma muy similar a como destruyeron los bosques, los mexicanos se aferraron tenazmente a sus tradiciones, que estaban literalmente arraigadas al suelo. La destrucción del sistema político y económico mexicano le arrebató el control de su movilidad económica y determinó su papel y su estatus social. La forma en que los angloamericanos conquistaron su posición de dominio es impresionantemente similar a todo lo largo del suroeste. En el Valle del río Grande, el prototipo del “barón ladrón” era Charles Stillman.

Stillman llegó al valle en 1846 e inició un centro comercial en un campo de algodón al otro lado del río y frente a la ciudad mexicana de Matamoros. En solo cuatro años la ciudad de Brownsville se desarrolló. Esta ciudad estaba llena de almacenes, embarcaderos y un floreciente comercio con México. Este florecimiento elevó los precios de la tierra y atrajo a más angloamericanos, que llegaron sin sus familias y estaban dispuestos a capitalizar la prosperidad.

Un número importante de los recién llegados eran veteranos de guerra que aún recordaban el pasado y veían a los mexicanos como a una raza conquistada. Sentían que los mexicanos no habían hecho nada para mejorar la tierra, y que se beneficiaban de la ocupación angloamericana. Estos hombres no reconocían los títulos de propiedad de los mexicanos y sentían pocos escrúpulos en despojarlos. Argumentos raciales y de origen justificaban sus argucias. Al principio, Stillman y otros temían que el estado de Texas pudiera proteger los derechos mexicanos a las tierras, de modo que trataron de separar el valle del resto de Texas, con el fin de crear su propio estado. Jugaron con los sentimientos regionalistas de los mexicanos y lograron que estos apoyaran su proyecto. Este grupo contaba con poderosos aliados en el Congreso, como Henry Clay y William Seward. Los separatistas estaban dirigidos por Richard King, James O’Donnell, Charles Stillman, el capitán Mifflin Kenedy y Sam Belden, todos ellos miembros prominentes de la élite privilegiada. Sus planes de separación demostraron ser innecesarios porque pronto resultó evidente que el estado de Texas apoyaba las usurpaciones angloamericanas.

Charles Stillman era de Nueva Inglaterra, descendiente de comerciantes puritanos. Las condiciones en el valle y la confiada naturaleza de los mexicanos resultaron un paraíso para él. Empleó medios nada escrupulosos para lograr ganancias anuales de 50 000 dólares. Su negocio estaba situado en una tierra que no le pertenecía; las tierras en torno a Brownsville eran propiedad de los descendientes de Francisco Cavazos. Después de 1848, el título de la familia Cavazos era conocido como Concesión del Espíritu Santo. Stillman quería esa tierra, pero no quería pagar por ella. Premeditadamente creó confusión en tomo al derecho de propiedad. Colonos sin tierras se instalaron en la posesión de los Cavazos y reclamaron su propiedad. Basaron su acción en sus derechos de veteranos, así como por ser colonos sin tierra. Estos actos violaban el Tratado de Guadalupe Hidalgo y su Declaración de Protocolo; sin embargo, esto no tenía importancia para Stillman. Compró los derechos de los invasores, así como otros títulos dudosos, pero se negó a tratar con la familia Cavazos a sabiendas de que contaba con el apoyo de las tropas del Fuerte Brown.

La familia Cavazos no se dejó intimidar y puso pleito a Stillman, pero este podía confiar en la decisión del tribunal. El juez Waltrous, presidente del tribunal, era amigo suyo. Además, muchos anglos creían que “toda la Concesión Espíritu Santo debe ser cancelada basándose en que los propietarios eran mexicanos”.34 Stillman, sin embargo, se había hecho muchos enemigos que presionaban al juez para que fallara en su contra. El 15 de enero de 1852, Waltrous falló a favor de la familia Cavazos, revalidando la Concesión Espíritu Santo. Pero Stillman tenía sus abogados, y la firma Basse and Horde ofreció 33 000 dólares por la concesión que, en 1850, estaba evaluada en 214 000 dólares.35 Stillman había hecho público que apelaría la sentencia, de modo que la familia Cavazos aceptó la oferta, pues los costos legales para defender la concesión resultarían prohibitivos. Por otra parte, la familia Cavazos sabía que Stillman tenía influencias en las estructuras políticas y judiciales del estado. Después de la venta, la firma de abogados transfirió el título a Stillman, pero este no pagó los 33 000 dólares, así como tampoco lo hizo la firma por estar en quiebra.

Las tácticas de Stillman se repitieron por todo Texas. Las tierras y riquezas mexicanas pasaron rápidamente a manos de los colonizadores. Para 1860 los angloamericanos dominaban completamente la economía texana. Un censo levantado en aquel año mostraba que 263 texanos poseían mas de 100 000 dólares en bienes raíces; 57 de estos millonarios vivían en el sudeste de Texas; solo dos de ellos eran de extracción mexicana y sus posesiones estaban en el condado de Cameron. En el condado de Bexar se contaban siete texanos ricos, ninguno de los cuales era mexicano. Es importante notar que el valor de los bienes raíces y la riqueza personal de los 261 texanos estaba aproximadamente balanceada, mientras que la riqueza personal de los dos mexicanos estaba muy por debajo de su riqueza en bienes raíces.36 El socio de Stillman, Richard King, era el barón más ladrón del sur de Texas. Su trayectoria es difícil de seguir, pues sus descendientes controlan todos los documentos y los han censurado cuidadosamente. Richard King juntó más de 600 000 acres de tierra durante su vida, y su viuda aumentó las posesiones de la familia a más de 1 000 000 de acres.

La corporación King Ranch comisionó a un escritor y artista profesional, Tom Lea, para ensalzar a Richard King en una obra en dos volúmenes titulada The King Ranch,37 Lea retrata a King como a un Horatio Alger testarudo y de puños recios que llevó la prosperidad al sur de Texas. En este proceso, Richard King nunca dañó a nadie excepto en defensa propia. Lea niega los cargos contra King e ignora a quienes alegan que este despojó sin escrúpulos a muchos pequeños propietarios mexicanos para quedarse con sus tierras y que actuó brutalmente con quienes se opusieron a él. Cuando se refiere a los resentimientos mexicanos contra los angloamericanos como King, Lea escribe: “Al enfrentarse, era natural que los norteamericanos se sintieran superiores y que los mexicanos se sintieran explotados. Cualquier norteamericano común era más próspero porque concedía más atención a la prosperidad” que cualquier mexicano común, de modo que una división económica se sumaba generalmente a la división racial para definir más agudamente la composición fronteriza de viejos resentimientos y desconfianzas”.38 La conclusión es que Lea limpiaba de toda culpa a King y los suyos, igual que hizo Alan Nevins cuando rebautizó a los barones ladrones del este como “capitanes de la industria”.

Indudablemente, los historiadores que han escrito sobre King han sido influidos por la obra de Lea. Pocos son los que han confiado en lo que los mexicanos sentían respecto a él. En nuestro retrato de King, utilizamos el trabajo de Lea con objeto de mostrar las inconsistencias. Esperamos que algún día un estudioso chicano, utilizando fuentes mexicanas, documente la versión mexicana de la historia: que hombres como King y Mifflin Kenedy eran ladrones de ganado que operaban con la protección del Estado para aumentar sus posesiones.

Richard King nació en 1824 en la ciudad de Nueva York, hijo de pobres inmigrantes irlandeses. De joven se enroló como marinero, llegando a ser piloto de un vapor comandado por Mifflin Kenedy.39 Muy pronto ambos hombres se hicieron amigos. La guerra mexicano-norteamericana los condujo a río Grande, y cuando terminó se quedaron para aprovechar el auge. King regentó un hotel de mala muerte en Boca del Río40 y más tarde compró una embarcación al gobierno de Estados Unidos y se dedicó al negocio de carga.41 La mayor parte de sus negocios consistían en llevar mercancías de contrabando a los rancheros mexicanos y a los mineros del norte de México.

Aunque al inicio el principal competidor de King y Kenedy era Charles Stillman, en 1850 se asociaron con él.42 La sociedad prosperó, monopolizando muy pronto todo el comercio conducido por vía acuática al norte de México.43 En 1852 King compró la Concesión Santa Gertrudis; según Lea, King sabía que las posesiones estaban abandonadas desde que quedaron bajo bandera gringa, de la que los mexicanos desconfiaban.44 El título que amparaba 15 500 acres le costó menos de dos centavos por acre.45 King entró también en sociedad con Gideon K. Lewis para la adquisición de tierras, comprando más adelante la parte de este. Aunque Lea dice que gran parte del ganado mexicano fue robado no culpa de este robo a King.46 Sin embargo, es cosa generalmente sabida entre los pobladores mexicanos de la frontera, que King participó en esas acciones. King también estuvo complicado en la caza de Juan Cortina, que describiremos más adelante en este capítulo. Durante la guerra civil, King era partidario de los sureños y se benefició de la guerra vendiendo ganado, caballos y muías a las tropas. Prosiguió sus operaciones de carga, pasando los cercos unionistas bajo bandera mexicana.47 En 1866, Stillman dejó la zona fronteriza, y King y Kenedy se hicieron cargo de muchos de sus negocios.

En 1872 la Comisión Fronteriza Mexicana informó que gran parte de las fricciones en la frontera eran causadas por los ladrones texanos. El informe alegaba que los mexicanos invadían la zona del Nueces para recuperar el ganado robado, y que Richard King marcaba como suyos becerros “que pertenecían a las vacas de sus vecinos”.48 Lea no hace caso de tal informe porque en su recuento encuentra que los mexicanos fueron culpados de los robos por los ciudadanos de Brownsville y por una comisión del Congreso de Estados Unidos.49 Durante este periodo, King fue nombrado presidente de la Asociación de Criadores de Ganado del Oeste de Texas. Esta fue formada por rancheros texanos para proteger sus intereses. Organizaron grupos especiales para combatir a los supuestos bandidos mexicanos. Más tarde suprimieron estos grupos cuando el capitán ranger McNeely se encargó de la lucha por ellos. Los métodos de McNeely ya han sido discutidos aquí.

Aunque Lea trató de exonerar a King de todo mal interpretando sus acciones como justificables, no por ello dejan de revelarse ciertos hechos. King hizo su fortuna como contrabandista; se asoció con una banda de asesinos y, de hecho, representó un papel importante en sus operaciones; fue acusado de robos de ganado y de haber asesinado a pequeños propietarios de tierras para despojarlos de esta; y sobornaba a los rangers. Solo nos queda apoyar nuestro caso en la declaración de T. R. Fehrenbach:

En la década de 1850, las ciudades fronterizas de El Paso y Brownsville, y la misma San Antonio estaban dominadas por un puñado de importantes comerciantes o financieros, ninguno de los cuales había nacido en Texas o en el sur. Este peculiar sistema político-social –en el que los mexicanos étnicos poseían por lo general la superioridad numérica, pero eran políticamente inertes como individuos– llegó a ser un rasgo característico de la vida del sur de Texas. Los primeros hombres de empresa se convirtieron en rancheros. De esta forma Richard King y Mifflin Kenedy, que con otros pocos dominaron en un tiempo todo el sur de Texas, desde el Nueces hasta Brownsville, llegaron a ser dos de los mayores terratenientes de todo el sur. En la década de 1850 se formó el núcleo del inmenso King Ranch.50

LA REVUELTA DE CHENO CORTINA

Los métodos de King para sojuzgar a los chicanos se repitieron por todo el suroeste. Colectivamente, los mexicanos se convirtieron en los pobres, débiles y oprimidos, mientras que los angloamericanos eran el símbolo del rico opresor. Este proceso produjo una reacción por parte de los mexicanos y derivó en un intenso bandidaje. Si bien unos pocos historiadores angloamericanos han concedido que a menudo el bandido mexicano fue empujado al bandidaje, la mayoría de los cronistas justifican su represión; racionalizan que el comportamiento de los bandidos era criminal o, al menos, que era resultado de las condiciones de la frontera.

No obstante, el sistema era la causa principal de la actividad ilegal de los mexicanos, porque los representantes de la ley eran frecuentemente los ladrones y asesinos. E. J. Hobsbawm, en su Primitive Rebels: Studies in Archaic Forms of Social Movement in the 19th and 20th Centuries (1965), ilumina con bastante claridad los motivos del bandido. Tomando el bandidismo mexicano en el contexto de la historia, este escritor concluye que representaba “en cierto sentido… una forma más bien primitiva de protesta social organizada, acaso la más primitiva que conocemos”.51

Al estudiar al bandolero de California Tiburcio Vásquez veremos (en el capítulo 5) que quebrantó una ley angloamericana con el fin de preservar su honor. Una vez hecho esto se convirtió en un proscrito que tenía que robar para sobrevivir. Como otros bandidos mexicanos, sus actividades iban dirigidas contra los angloamericanos y solo impulsado por la más angustiosa necesidad llegaba a robar a su propia gente. De esta forma conservaba el apoyo de los mexicanos, que lo consideraban un héroe, una especie de Robín Hood, aunque nunca socorría a los pobres. Para los mexicanos, el bandido mataba solamente en venganza. De esta forma se convertía en “el ‘duro’, que no está dispuesto a cargar con las cruces tradicionales que corresponden al estado llano en una sociedad de clases: la pobreza y la sumisión”.52 Se rebelaba contra el gringo y era admirado por el pueblo porque hacía lo que ellos no eran capaces de hacer.

Vásquez y otros bandidos mexicanos representan exactamente el modelo del rebelde primitivo de Hobsbawn; sin embargo, Juan N. Cortina, que ha sido llamado el “bandido rojo de río Grande”, va más allá del modelo del bandido. A diferencia del bandido social, poseía una organización con una ideología y organización definidas que libraba una lucha de guerrillas contra el grupo de poder gringo. Igual que gran parte de la historia chicana, los datos mexicanos deben ser examinados, especialmente los de Tamaulipas, para comprender el alzamiento de Juan Cortina.

Como en el caso de muchos otros rebeldes sociales, se ha hecho un intento para desacreditar los motivos de Cortina. La mayoría de los historiadores angloamericanos lo ha clasificado como un proscrito. Lo retratan como a un vagabundo analfabeto proveniente de una buena familia que se “volvió malo”.53 Lyman Woodman, militar retirado, escribió una biografía de Cortina, describiéndolo como “soldado, bandido, asesino, abigeo (ladrón de ganado) y asaltante del correo, gobernador civil y militar del estado de Tamaulipas y general del ejército mexicano” que, en resumen, era un enemigo de los gringos.54 En contraste, los mexicanos han ensalzado sus hechos en corridos. Cortina dirigió una guerra de guerrillas contra la dominación angloamericana y fue apoyado por el pueblo. Un estudio reciente resume la reacción de los pocos mexicanos que se le opusieron:

Algunos miembros de la clase patronal se opusieron a Cortina porque sus intereses comerciales necesitaban la paz con los norteamericanos; otros temían que Estados Unidos no se quedara satisfecho con Texas, Nuevo México, Arizona y California, y que usara a Cortina como pretexto para “liberar” todo México. Fue admitido, sin embargo, por el mayor Heintzleman que “los bandidos cuentan con la simpatía activa de las clases bajas de la población mexicana”.55

Juan “Cheno” Cortina, producto de la frontera septentrional de México, nació el 16 de mayo de 1822, en Camargo, del lado mexicano del río. Sus padres eran descendientes de la clase alta, y su madre poseía una concesión de tierras en las cercanías de Brownsville.56 Cortina y su familia se trasladaron a esta posesión en el momento más duro de las hostilidades de la guerra de 1846. Cortina no regresó a México y, en los términos del tratado de Guadalupe Hidalgo, se convirtió en ciudadano de Estados Unidos.57 Era un regionalista que se identificaba con el norte de México y luchó para proteger la tierra de los ataques de los angloamericanos. También sentía las injusticias, insultos y pillajes que caracterizaban la ocupación angloamericana. Era cuestión de tiempo que se rebelara contra aquella.

Un incidente común e insignificante señaló el comienzo de la carrera revolucionaria de Cortina. En una cálida mañana de julio de 1859, cuando regresaba del rancho de su madre, vio al comisario Bob Spears golpeando con su pistola a un mexicano que había bebido de más. La víctima había trabajado para la madre de Cheno. Cuando este se ofreció a hacerse responsable por el culpable, Spears replicó: “¿Por qué tienes que meterte tú, maldito mexicano?” Cortina disparó un tiro de aviso y luego:

Cortinas [sic] disparó contra el comisario hiriéndole en un hombro, subió al mexicano a la grupa de su caballo y galopó saliendo de la ciudad al estilo de un cowboy norteamericano o un vaquero mexicano en día de fiesta. Este episodio reúne todas las cualidades dramáticas que cualquier bandido principiante –o héroe– pudiera desear. Cheno, miembro muy popular de la clase acomodada, un mexicano, había disparado contra un representante de la ley norteamericana, había rescatado a uno de los miembros más humildes de la sociedad mexicana y valerosamente lo había llevado a lugar seguro en el Rancho Santa Rita, propiedad de su madre.58

Cheno sabía que no podría obtener un juicio justo, de modo que se dispuso a salir para Tampico, México. Antes de su partida, experimentó algunas otras transgresiones angloamericanas. Más tarde, con un pequeño grupo de amigos, regresó a Brownsville para someter a los opresores a la justicia. El 28 de septiembre entraron a caballo en la ciudad e izaron la bandera mexicana. Los detractores de Cortina afirman que saqueó la ciudad; no obstante, sus partidarios dicen que no robó ni saqueó cuando tenía la ciudad a su merced, como sin duda lo hubiera hecho de haber sido un bandido.59 Si Cortina saqueó o no la ciudad de Bronwsville sigue siendo un punto de controversia. Cortina no planeaba dirigir una revolución. Sin embargo, desde la propiedad de su madre Rancho del Carmen envió una circular justificando sus acciones. La base de su “declaración de agravios” era la injusticia que sufría el pueblo mexicano a manos de los ocupantes. Decía que únicamente había ido a Brownsville a castigar a los culpables de aterrorizar a los mexicanos, y apelaba al gobierno angloamericano para llevar a los “opresores de los mexicanos” ante la justicia en vez de protegerlos. Cortina, tras hacer estas declaraciones, se preparó para emigrar nuevamente a México.60

Buscando venganza, los habitantes de Brownsville tomaron prisionero a Tomás Cabrera. Cabrera era un hombre de avanzada edad cuyo único crimen era ser amigo de Cortina. Cuando el caudillo supo que su amigo había sido arrestado reclutó un ejército de 1200 hombres. Exigió la libertad del anciano, amenazando con quemar Brownsville si sus habitantes no obedecían. Los Tigres de Brownsville (la milicia local) y el ejército mexicano en Matamoros lo atacaron, pero Cortina los derrotó en una batalla y a continuación los gringos lincharon a Cabrera. Fueron llamados los rangers y persiguieron a Cortina, pero este los derrotó el 22 de noviembre.

Envalentonado por sus victorias “planeaba formar un ejército lo bastante fuerte para obligar a las autoridades texanas a conceder a los mexicanos aquellos derechos… que les garantizaba el tratado de Guadalupe Hidalgo”.61 Publicó un comunicado que “revisaba los crímenes contra los mexicanos” y sugería que los colonizados formasen una sociedad secreta para hacerse justicia. El documento es un clásico ejemplo de las motivaciones de un libertador. En él formulaba la acusación de que las tierras de los mexicanos les habían sido robadas por “bandas de vampiros disfrazados de hombres”, que “llegaron y se instalaron en los poblados, sin ningún capital, excepto sus corazones corrompidos y las más perversas intenciones. Algunos, respetuosos de las leyes, nos prestaron protección contra los ataques de los demás; otros se agruparon en tenebrosos consejos, provocando y excitando al robo y la quema de las casas de nuestros parientes del otro lado del río Bravo; y otros más, abusando de nuestra ilimitada confianza, cuando les hicimos depositarios de nuestros títulos [de tierras]”, robaron a los mexicanos. Cortina condenaba la justicia angloamericana, señalando: “Parecería que la justicia ha desaparecido de este mundo, dejándonos librados al capricho de nuestros opresores”. El líder de la liberación proseguía: “Esta raza nunca se ha humillado ante el conquistador –exclamaba–. ¡Mexicanos! Mi partido está tomado; la voz de la revelación me susurra que me ha sido confiada la tarea de romper las cadenas de vuestra esclavitud, y que el Señor me permitirá derrotar a nuestros enemigos con brazo fuerte”.

Cortina clamaba por la liberación de los mexicanos y el “exterminio de sus tiranos”.62 El gobierno colonial había intensificado su opresión. Muchas personas inocentes eran víctimas del odio de los colonizadores; eran asesinados a sangre fría. Tropas federales bien entrenadas y equipadas invadieron el valle, forzando a Cortina a traspasar la frontera. Esto no acabó el conflicto, y un comisionado del estado escribió al gobernador Sam Houston: “Los mexicanos se están armando hasta los dientes, y anticipo grandes problemas aquí. Creo que es inevitable una guerra general… Nuevas armas han sido distribuidas a todos los rancheros, de modo que preveo problemas”.63 Houston acudió a la ayuda del gobierno federal, y escribió al secretario de la guerra en Washington, D.C.:

Deploraré que la situación en Texas, un tesoro vacío, los problemas con los indios, inigualados en los últimos diez años, y los pillajes desde México en nuestra frontera meridional, están bien calculados para impresionar la mente del Ejecutivo del estado de Texas con las dificultades de la actitud que debe asumir en justicia para con sus conciudadanos y la humanidad, a no ser que el brazo Federal se alce prontamente y se extienda para proteger nuestra sufriente frontera.64

Washington respondió en febrero de 1860 enviando a Robert E. Lee a Texas para encabezar la expedición contra Cortina. Las autoridades mexicanas cooperaron con Lee. “Durante el mes de marzo, igual que en toda su negra carrera, había muchas ideas discordantes acerca de las actividades y movimientos de Cortina. Incluso Lee, veterano condecorado de la guerra de México, ex-superintendente de la Academia Militar, y oficial de considerable experiencia en dar caza a saqueadores indios por todo Texas, estaba confundido por el astuto bandido; escribió a su esposa, Betsy, que estaba en Virginia, acerca del ‘mito Cortina’”.65 Corrían rumores de que Cortina amenazaba todos los puntos estratégicos, pero el 8 de mayo Lee se convenció de que Cortina había abandonado la frontera y se fue de Texas.

Sin embargo, Cortina no concluyó su guerra contra el gringo: simplemente cambió de lugar su base de operaciones. Se interesó activamente en los asuntos de Tamaulipas, defendiendo el estado contra la intervención francesa que comenzó en 1861 y terminó en 1867. Después de la guerra se estableció en Tamaulipas, donde supuestamente hizo y deshizo gobernadores. Supuestamente dirigió operaciones de saqueo contra los angloamericanos y manejaba un floreciente comercio con Cuba, golpeando así en el corazón de los intereses angloamericanos: su economía. Rip Ford, el periodista, político y en algún tiempo ranger, informó: “Cortina odia a los norteamericanos, particularmente a los texanos… Tiene un viejo y arraigado rencor contra Brownsville”. 66 Mientras tanto, Cortina acababa con el bandidaje en Tamaulipas. Los angloamericanos proclamaban que él “decía a los ladrones de México que los colgaría si robaban ahí, pero que había mucho que tomar en Texas”.67

La influencia angloamericana en México aumentó durante la década de 1870 y se hicieron presiones para librarse de Cortina. No obstante, él siguió activo, y tenía sus propias tropas llamadas Los fieles de Cortina y Los exploradores. En el valle contaba con una red de espías y partidarios llamada Las águilas negras. Se levantaron cargos contra él, y se hicieron investigaciones; pero siguió siendo intocable hasta 1875, cuando fue llevado a la ciudad de México y encarcelado acusado de robo de ganado. Cuando Porfirio Díaz tomó el poder, Cortina fue confinado en la ciudad de México. No regresó a la frontera hasta la primavera de 1890, en que visitó la zona durante algunos días, siendo recibido como un héroe. Con la creciente consciencia de una lucha chicana por la liberación, Cortina es reconocido hoy día como uno de los precursores del movimiento.

LA REBELIÓN POPULAR

La guerra de la sal de El Paso (1878) es un ejemplo de rebelión popular. Los mexicanos de la región se unieron siguiendo las líneas de raza y clase, iniciando la acción directa para realizar un cambio económico y político en respuesta a las argucias políticas de los extranjeros que habían destruido un derecho tradicional. La acción de las masas no tenía ninguna ideología aparente tras ella, sino una respuesta emocional a la opresión. Sin embargo, se trataba de una lucha de clase contra el rico y poderoso sistema dirigente gringo.68 De esta manera, se convirtió en una insurrección primitiva –una rebelión popular– contra la dominación de los ocupantes extranjeros.

El territorio de El Paso fue colonizado por mexicanos a principios del siglo XIX, y hasta 1840 la mayor parte de la población vivía al sur del río Grande. Después de la guerra mexicano-norteamericana los poblados se extendieron hasta el norte del río, aprovechándose del comercio Chihuahua-Texas-Nuevo México. Aún entonces, la población del lado norte era abrumadoramente mexicana. Muy pronto un puñado de angloamericanos llegó a El Paso. Inmediatamente tomaron el control de la política local, manipulando los votos mexicanos mediante agentes que eran premiados con su protección. Les ayudaba la distribución de la población mexicana, dispersa en pequeñas rancherías en torno a la actual ciudad de El Paso. Además, los mexicanos no estaban familiarizados con la política angloamericana, y premeditadamente los políticos no los incluían ni educaban. Para 1877 la población de El Paso había aumentado a 12 000 personas “de las que solo ochenta no eran mexicanas”.69 A pesar de este hecho, los angloamericanos poseían la mayoría de los puestos por elección, así como toda la riqueza del lugar. Los mexicanos eran casi todos pobres y solo hablaban español. En 1862, la vida de esta gente de subsistencia marginal se iluminó con el descubrimiento de sal en una localidad a 100 millas de la zona donde se apiñaba la mayor parte de la población. Empezaron a hacer expediciones a las salinas en busca de sal para su propio uso, así como para venderla a los mexicanos de la parte sur del río, pero no se les ocurrió demandar individualmente su posesión. Sin embargo, Sam Maverick, de San Antonio, muy pronto se apropió de una porción importante de las mismas. No obstante, los mexicanos continuaron usando la porción restante, satisfechos de obtener lo que fuese posible.

Los yacimientos salinos acabaron por llamar la atención de los políticos angloamericanos que conspiraron para apoderarse del control de las salinas que explotaban los mexicanos. Los conspiradores eran conocidos como El Círculo de la Sal. El plan hubiera tenido éxito de no producirse una división en sus filas. Las discrepancias cristalizaron durante la elección de 1870, cuando A. J. Fountain compitió contra W. W. Mills, líder del Círculo de la Sal, por un asiento en el senado estatal. Compitió con el apoyo de Antonio Borajo, un sacerdote italiano, y llevó adelante su campaña con la promesa de que las salinas se harían de propiedad pública. Fountain derrotó al círculo. Fountain trató de cumplir su promesa, pero tuvo dificultades con Borajo, que pretendía se apropiara de las salinas y compartiera los beneficios con él. La negativa del senado del estado marcó el fin de su carrera política en El Paso, pues Borajo se unió a Louis Cardis, otro italiano, para respaldar a Charles Howard en 1875 para el puesto de juez del condado. Cardis, según acordaron, se presentaría para senador del estado. Ambos hombres fueron elegidos. El poder de Borajo y Cardis se basaba en que sabían hablar español, lo que les permitía cultivar a la mayoría mexicana. Además, Borajo se aprovechaba de su poder como sacerdote. Parecía que los tres hombres iban a controlar la política del condado, pero Howard se separó del grupo, reclamando para sí los yacimientos salinos, en nombre de su suegro70. Esto terminó con su carrera política en 1877, cuando los dos italianos se le enfrentaron; sin embargo, siguió conservando el control de la sal.

Luego Howard trató de beneficiarse de la adjudicación “legal” cobrando a los mexicanos por la sal que sacaban. Borajo trató de incitar al pueblo desde el púlpito, pero el obispo lo destituyó de su cargo por intervenir en política. Empero, la fricción continuó y dos mexicanos fueron arrestados cuando las autoridades locales supieron que habían tratado de extraer sal violando la ley. Cuando uno de ellos fue arrestado, varios cientos de sus paisanos de San Elizario e Ysleta lo liberaron por la fuerza, organizando mítines en demanda de sus derechos. Después capturaron a Howard y lo mantuvieron prisionero durante tres días. No fue liberado hasta que prometió irse del condado y depositar una fianza para asegurar que no regresaría. Aunque Howard dejó El Paso, estaba decidido a regresar. Sabía que las autoridades apoyarían sus pretensiones y que existían una doble moral con las normas legales. Su conducta desafía la comprensión, porque regresó a El Paso y a sangre fría mató de un tiro a Cardis. Las autoridades no persiguieron a Howard, ni confiscaron su fianza. De hecho, el mayor John B. Jones de los Texas Rangers cooperó activamente con él. Mientras tanto, Howard escribió a un amigo que “no deseaba ver un castigo general de los alborotadores, que eran ignorantes como muías y estaban mal aconsejados, pero que pensaba que los líderes debían ser castigados y obligados a respetar la ley”, concluyendo que “si el gobernador no nos ayuda, voy a darle una buena zarandeada”.71 En 1878, Howard regresó a El Paso, donde las autoridades lo dejaron en libertad bajo fianza. Las autoridades locales se movieron para apoyar su reclamación, y los rangers salieron con él para ver que los mexicanos no tomaran la sal. Esta acción provocó una respuesta, y 18 chicanos dirigidos por Chico Barela lo capturaron. Al principio titubearon en pasar a la acción directa, pero cuando les llegó la consigna de Borajo de “Matad a los gringos y yo os absolveré”72, mataron a Howard. Las autoridades locales se dispusieron a castigar a los mexicanos, provocando varios días de tumultos, que terminaron cuando los rangers, ayudados por otros gringos, suprimieron a los mexicanos. Esta revuelta fue claramente racial y fue causada por una exagerada explotación económica.

CONCLUSIÓN

Los acontecimientos del Valle del río Grande y del condado de El Paso no fueron los únicos. El mismo proceso de sojuzgamiento económico y político se realizó en otras zonas de Texas. Por ejemplo, en San Antonio, la ciudad mexicana de Texas, los mexicanos fueron expulsados y los que quedaron fueron empleados como camareros, sirvientes, y otros trabajos de baja remuneración. Caroline Remy escribe acerca de esta dominación:

En 1837 todos menos uno de los cuarenta y un candidato a la elección municipal eran de ascendencia hispano-mexicana; una década más tarde eran solo cinco. La erosión de la base agrícola que formaba la riqueza principal de los hispanomexicanos comenzó casi inmediatamente después de la revolución de Texas. Desde 1845-1860 las casas y edificios importantes que se construían pertenecían a ciudadanos irlandeses, norteamericanos, alemanes y franceses. El mexicano tenía poca influencia económica. Aunque San Antonio parecía mexicana en apariencia y costumbres, el aumento de la población durante esos años era principalmente no-mexicano.73

La colonización de Texas continuó durante todo el siglo XIX y se extiende hasta el día de hoy. En 1932, Jovita González, una activista, resumía la reacción mexicana a la dominación:

Los mexicanos consideran a los norteamericanos en Texas como intrusos vándalos, agresores, que esperan la oportunidad para despojarlos de sus posesiones personales, tal como despojaron a la madre patria de toda una provincia. Por otra parte, los norteamericanos ven a los mexicanos como a una raza conquistada, inferior, despreciada a causa de su incapacidad para ajustarse a los adelantos norteamericanos. Como fueron la raza conquistada los mexicanos fueron considerados cobardes mientras los grandes rancheros prosperaban y se enriquecían, el pequeño campesino mexicano-texano fue obligado a abandonar sus propiedades y tuvo que convertirse en peón o abandonar el país.74

La lucha de los chicanos por la reconquista de su autodeterminación y conservar su cultura durante esos años no fue referida, porque los historiadores texanos, escribiendo desde una perspectiva angloamericana, legitimaron la represión dirigida por un puñado de gringos. Hasta hace poco tiempo, las conclusiones de hombres como Walter Prescott Webb se tomaban como el evangelio. No obstante, la historia chicana se conservó viva mediante los corridos y la tradición oral que glorificaba los hechos de hombres como Juan Cortina y Gregorio Cortez, que hicieron resistencia a los opresores “con la pistola en la mano”. El papel de los mexicanos durante esos años se limitaba colectivamente al de trabajador asalariado no calificado. De hecho, es cosa aceptada que este trabajo fue el que hizo posible el crecimiento de Texas, en forma muy similar a como contribuyó el sudor de los negros a la economía del sudeste. El mexicano, entre tanto, organizó mutualistas, y a partir de ellas, sindicatos y organizaciones políticas, que han mantenido viva la resistencia. Actualmente esta lucha está dando fruto y triunfos como, por ejemplo, el partido La Raza Unida (véanse capítulos 9 y 10) al tomar Crystal City, Texas, señalando el comienzo de la marcha hacia la autodeterminación política. Los mexicanos en Texas han ganado también una batalla al conservar su identidad cultural, pues la mayoría habla español y se identifica con su pasado mexicano. El nacionalismo se ha convertido en el lazo unificador de esta lucha.

1 T. R. Fehrenbach, Lone Star: A History of Texas and the Texans, New York: Macmillan, 1968, 465.

2 Fehrenbach, op.cit., 677.

3 Larry McMurtry, In a Narrow Grave, Austin, TX: Encino Press, 1968, 39.

4 Ibid., 40.

5 Ibid., 40.

6 Ibid., 40.

7 Ibid., 40.

8 Ibid., 40.

9 Ibid., 40.

10 Ibid., 41.

11 Ibid., 41.

12 Ibid., 43.

13 Llerena B. Friend, “W. Webb’s Texas Rangers”, Southwestern Historical Quarterly 74, no. 3, enero 1971, 294.

14 Ibid., 321.

15 Ibid., 321.

16 Américo Paredes, With His Pistol in His Hand, Austin: University of Texas Press, 1958.

17 Paredes, op. cit., 169.

18 Editorial en John Salmon Ford en Texas Democrat, septiembre 9, 1846, cit. en Fehrenbach, Lone Star, 465.

19 Fehrenbach, op. cit., 473-74.

20 Walter Prescott Webb, The Texas Rangers: A Century of Frontier Defense, Austin: University of Texas Press, 1965, xv.

21 Paredes, op. cit., 31.

22 Ibid., 29.

23 Ibid., 30.

24 Webb, op. cit., 463.

25 Ibid., 464.

26 Paul Jacobs and Saul Landau, To Serve the Devil, New York: Vintage Books, 1971, vol 1, 240.

27 Paredes, op. cit., 25-26.

28 Webb, op. cit., 477-78.

29 Tom Tide, “Chicanos Won’t Miss Ranger”, New Chronicle, Thousand Oaks, California, 4 de noviembre de 1970.

30 Ibid.

31 McMurtry, op. cit., 41, 42.

32 Paredes, op. cit., 7.

33 Ibid., 10.

34 Charles W. Goldfinch, Juan Cortina, 1824-1892: A Re-Appraisal, Brownsville, TX: Bishop’s Print Shop, 1950, 121.

35 Goldfinch, op. cit., 36.

36 Ralph Wooster, “Wealthy Texans”, Southwestern Historical Quarterly, octubre 1967, 163, 173.

37 Tom Lea, The King Ranch, 2 vols., Vol. 1, Boston, MA: Little, Brown, 1957.

38 Lea, op. cit., vol. 1, 457.

39 Ibid., 8-9.

40 Ibid., 42.

41 Ibid., 45.

42 Ibid., 58-59.

43 Ibid., 73.

44 Ibid., 100-01.

45 Ibid., 104.

46 Ibid.,107-08.

47 Ibid., 179.

48 Ibid., 275.

49 Ibid., 275-76.

50 Fenrenback, op. cit., 289.

51 Eric J. Hobsbawm, Primitive Rebels: Studies in Archaic Forms of Social Movement in the 19th and 20th Centuries, New York: Norton, 1965, 13, 27,

52 Ibid.

53 Webb, op.cit., 53.

54 Lyman Woodman, Cortina: Rogue of the Rio Grande, San Antonio, TX: Naylor, 1950, 8.

55 Jacobs y Landau, op. cit., 235.

56 Goldfinch, op. cit., 17.

57 José T. Canales, Juan N. Cortina Presents His Motion for a New Trial, San Antonio, TX: Artes Gráficas, 1951, 6.

58 Webb, op. cit., 178.

59 Goldfinch, op. cit., 44.

60 Ibid., 45.

61 Ibid., 48.

62 Wayne Moquin et al., eds., A Documentary History of the Mexican American, New York: Praeger, 1971, 207-9.

63 Woodman, op. cit., 53.

64 Ibid., 55.

65 Ibid., 59.

66 John Salmon Ford in Stephen B. Oates, ed., Rip Ford’s Texas, Austin: University of Texas Press, 1963, 371.

67 Woodman, op. cit., 98-99.

68 Hobsbawm, op. cit., 167-170.

69 Carey McWilliams. Al norte de México, Siglo XXI, Mexico, 1968, 127.

70 Webb, op. cit., 350. Jack C. Vowell, “Politics at El Paso: 1850-1920”, Master’s thesis, Texas Western College, El Paso, 1952, 65-66.

71 Webb, op. cit., 356.

72 Webb, op. cit., 360-61; Vowell, op. cit., 69-70.

73 Carolina Remy, “Hispanic Mexican San Amonio: 1835-1961”, Southwestern Historical Quarterly, abril 1968, 570.

74 Jovita Gonzalez, “Historical Background of the Lower Rio Grande River Valley”, Lulac News, San Antonio, Texas, septiembre de 1931, 5.

CAPÍTULO 3

La libertad enjaulada:

la expansión hacia Nuevo México

Durante una conferencia en la Universidad de California de Los Ángeles, en 1968, el activista Reies Tijerina resumió las quejas de los mexicanos en Nuevo México: “Estamos encolerizados porque nos han robado nuestras tierras y nuestro idioma. Nos dan la ‘libertad’ que se da al pájaro enjaulado. Tomaron las tijeras y nos cortaron las alas (tierra e idioma). El idioma es nuestra libertad –idioma que es resultado de los siglos acumulados–, el alimento que nos legaron nuestros antepasados”.1

La supresión de la cultura mexicana y el robo de tierras en Nuevo México están bien documentados. Sin embargo, las injusticias han sido oscurecidas por el proceso de socialización mediante el cual muchos mexicanos han llegado a aceptar mitos acerca de su papel en la vida política, económica y cultural del Estado, adoptando los valores de los conquistadores y olvidando su pasado, presente y futuro. En su discurso, Tijerina recordaba el genocidio cultural de los chicanos. Muchos ciudadanos de Nuevo México han hallado seguridad en la creencia de que han sido asimilados a la nueva cultura y de que han llegado a participar efectivamente en el proceso democrático. Esta creencia ha sido manejada con tanta frecuencia, que algunos colonizados llegan a negar su opresión y así han llegado incluso a considerar sus fracasos como éxitos. La realidad de que una pequeña oligarquía de angloamericanos estableció sus privilegios a expensas de las masas mexicanas ha sido ahogada por el deseo que los nativos de Nuevo México tienen de creer que son aceptados en la nueva sociedad. Incluso el notable fray Angélico Chávez, prominente sacerdote católico de Nuevo México, historiador y escritor, afirmó apenas en 1970:

En resumen, Nuevo México pronto se convirtió en un lugar favorable de los Estados Unidos, cuando todos sus ciudadanos, de cualquier nivel social o económico, se proclamaron sinceros y leales norteamericanos. Y lo que evidentemente les gustaba más, tanto a los pobres, como a los opulentos, era el juego político dentro del marco de los partidos demócrata y republicano. Este deporte –con sus triquiñuelas y mañas– se ha convertido en el más popular de Nuevo México, tanto dentro como fuera de casa.2

Aunque el punto de vista de fray Angélico es un reto a la historia, nuestra misión principal consiste en corregir los mitos de Nuevo México. Con el fin de sobrevivir económicamente, a muchos de los descendientes de los primeros colonizadores de Nuevo México les fue necesario separarse de los demás chicanos. Esto llevó a muchos habitantes de Nuevo México a llamarse a sí mismos hispanoamericanos, diferenciándose así de otros mexicanos. Se juzgaban descendientes de los pobladores originales, que fueron conquistadores españoles. Según ellos, Nuevo México permaneció aislado del resto del suroeste y de México durante la época colonial; así, se conservaron racialmente puros y eran europeos, en contraste con los mexicanos.

Por este proceso, pensaron que podrían aislarse de la intensa discriminación contra los mexicanos, lo que les permitiría mejorar su situación económica y, en algunos casos, su posición social. George Sánchez, Arthur L. Campa, Carey McWilliams y otros explotaron esta “herencia fantástica”. Ciertamente, los hispanos eran mexicanos, puesto que la mayoría de los pobladores originales provenientes de México en 1598 eran hombres que, a través de los años, se mezclaron con indígenas nativo-americanos de la región, como los pueblo, así como con indígenas nativo-americanos establecidos en el área mexicana.

Durante el siglo XXI, aunque el calificativo hispanoamericano era empleado en todo el suroeste y en Latinoamérica, los angloamericanos se referían comúnmente a los originarios de Nuevo México como mexicanos. Nancie González escribe que no fue sino hasta el siglo XX cuando los nativos de Nuevo México abandonaron conscientemente su identidad mexicana. La causa de ello fue que durante las décadas de 1910 y 1920 hubo gran afluencia de trabajadores mexicanos a Nuevo México y que, al mismo tiempo, muchos texanos nativos de Oklahoma y otros sureños se establecieron en las planicies orientales, intensificando la discriminación contra los mexicanos. Los habitantes de Nuevo México más ricos, en la creencia de ser caucasianos, argüían ante los angloamericanos: “A ustedes no les gustan los mexicanos, y a nosotros tampoco nos gustan; pero nosotros somos hispanoamericanos, no mexicanos”.3 Mediante esta simple negación de su origen creían poder escapar a la discriminación y resultar elegibles para trabajos mejor remunerados.

EL MITO DE LA CONQUISTA INCRUENTA

Fray Angélico también difundió el mito de que los nuevomexicanos se unieron pacíficamente a la nación angloamericana para convertirse en una “colonia voluntaria de Estados Unidos”. Esto es conocido como “el mito de la conquista incruenta de Nuevo México”, que ha sido repetido por la gran mayoría de los historiadores y creído por casi todo el mundo. Por medio de esta trampa los originarios de Nuevo México no eran ya víctimas de la historia y, por consiguiente, los enemigos, sino que eran los bien dispuestos amigos de los angloamericanos. Sin embargo, esto no era cierto, puesto que las 50 000 o 60 000 personas que vivían en Nuevo México no eran entusiastas de la invasión de sus tierras por Estados Unidos; solamente un puñado de mercaderes veía en ello una ventaja. El historiador angloamericano de Nuevo México, Lynn I. Perrigo, destruye el mito de la conquista incruenta, escribiendo:

La leyenda de que la ocupación de Nuevo México fue realizada pacíficamente se basa solamente en las circunstancias que rodearon la entrada original de Kearny. Antes de que el territorio quedara totalmente bajo administración norteamericana, la conquista provocó un considerable derramamiento de sangre. En Santa Cruz, Taos, Mora, Las Vegas y El Brazito, cerca de trescientos mexicanos y unos treinta norteamericanos perdieron la vida.4

En realidad, las hostilidades comenzaron muchos años antes de la entrada de Kearny a Nuevo México en 1846. Los texanos declaraban que su territorio se extendía a lo largo del río Grande e incluía una vasta porción de Nuevo México. Después de 1836 aumentaron las tensiones entre los habitantes de Nuevo México y los texanos. Aquellos se sabían odiados por los anglo-texanos y resentían el trato que sufrían los mexicanos a manos de los angloamericanos. Tuvieron motivos de alarma cuando los amenazó en 1841, la controvertida aventura de Santa Fe.

Algunos historiadores texanos alegan que la situación comenzó con una simple expedición comercial a Nuevo México. Sin embargo, los habitantes de Nuevo México consideraron el incidente en forma distinta. Los hechos son que el general Hugh McLeod dirigió una expedición de unos 300 texanos, divididos en seis compañías militares a Nuevo México. El gobernador Manuel Armijo proclamó el estado de alarma general. Sus tropas estaban mal equipadas, pero logró engañar a los texanos haciéndoles creer que contaba con un gran ejército, lo que dio por resultado la rendición de los texanos.

La suerte de los angloamericanos provocó grandes controversias. Una fuente dice: “Muchos de los prisioneros fueron fusilados a sangre fría, otros cruelmente torturados, y la mayor parte de ellos fueron forzados a emprender una marcha de muerte hacia el sur, aparentemente tan espantosa como la marcha de Bataan”.5 No obstante, la versión del historiador Hubert Howe Bancroft es diferente. Da crédito a las atrocidades, escribiendo que, para los vecinos de Nuevo México

ellos [los texanos] eran simplemente invasores armados, que debían esperar el ataque y que, en caso de derrota, esperaban ser tratados por los mexicanos como rebeldes o, en el mejor de los casos –puesto que la beligerancia e independencia texana había sido reconocida por muchas naciones–, como prisioneros de guerra.6 [Bancroft concluye]: No cabe duda de que el gobernador Armijo estaba plenamente justificado al capturar a los invasores texanos, desarmarlos, confiscar sus propiedades y enviarlos a México como prisioneros de guerra.7

Los texanos respondieron: saquearon, robaron y asesinaron a los mexicanos después de la aventura de Santa Fe. De ahí se siguió una sucia guerra de guerrillas con matices raciales, en la que ambos bandos fueron culpables de cometer atrocidades. El problema, sin embargo, es que los historiadores, queriendo justificar la agresión angloamericana y absolver de culpa a Estados Unidos, han ignorado las actividades de los texanos concentrándose en los excesos de los mexicanos.

Por la época en que Zachary Taylor dirigió su ataque al norte de México, aún no terminaba el amor entre los anglo-texanos y los habitantes de Nuevo México. El coronel Stephens Watts Kearny, en junio de 1846, preparó voluntarios del Ejército del Oeste para invadir Nuevo México y posteriormente California. Sus instrucciones fueron que se emplease la persuasión pacífica siempre que fuese posible, y la fuerza solo en caso necesario. A finales de junio, estaba preparado para llevar a su ejército hacia el oeste desde el fuerte Leavenworth a lo largo de la carretera de Santa Fe. El gobernador Manuel Armijo se había preparado para defender Nuevo México. Mientras Kearny se aproximaba a Nuevo México, envió a James W. Magoffin con un ultimátum al gobernador Armijo, prometiendo que si los de Nuevo México se rendían no serían molestados pero, en caso contrario, sufrirían las consecuencias. Magoffin era un comerciante bien conocido y estimado en Nuevo México.8 Algunas fuentes declaran que los negociadores sobornaron a Armijo para que vendiera la provincia. De hecho, Magoffin presentó una cuenta de 50 000 dólares a Washington, D.C., por “gastos”, de los que recibió 30 000.9 No hay pruebas de que Armijo aceptara el soborno, pero no hay duda de que sus acciones posteriores fueron muy sospechosas, especialmente considerando que más tarde Magoffin se jactó de haber sobornado a Armijo.10 Armijo, a pesar de que en efecto estaba mal provisto de armas y de hombres entrenados, pudo haber defendido la provincia. Para agosto de 1846, Kearny había tomado Las Vegas, Nuevo México, y se preparaba a atacar Santa Fe. Tenía que atravesar el Cañón Apache, un estrecho paso al sudeste de Santa Fe, donde Armijo hubiera podido fácilmente prepararle una emboscada. Sorprendentemente, no encontró ninguna resistencia en el cañón. Armijo había huido hacia el sur sin disparar un solo tiro, permitiendo que el Ejército del Oeste entrara en la capital. Con toda probabilidad el gobernador vendió a su pueblo.

El mito de la conquista incruenta nació principalmente de la pasividad de Armijo. Kearny se ilusionó con la idea de que no habría más resistencia, y el 25 de septiembre emprendió la marcha hacia California. A mediados de diciembre el coronel Alexander W. Doniphan fue enviado hacia el sur a conquistar Chihuahua. En realidad, la resistencia había seguido actuando clandestinamente, pero en el otoño de 1846 salió a la luz. El coronel Doniphan observaba: “Un pueblo conquistado apenas ayer no puede tener sentimientos amistosos hacia sus conquistadores, que han tomado su tierra, cambiado sus leyes y nombrado nuevas autoridades, principalmente extranjeras”.11 Warren A. Beck, una autoridad sobre Nuevo México, escribió: “Los nativos [hispano-mexicanos], especialmente los de las clases elevadas, no serían seres humanos si no hubieran resentido los actos de los opresores, explotadores e insultantes norteamericanos, que no perdían oportunidad de mostrar su desprecio a los greasers”.12 De hecho, se formó un movimiento para expulsar al odiado gringo.

Los influyentes de Nuevo México conspiraron para expulsar de la provincia a los opresores. Los patriotas incluían a Tomás Ortiz, al coronel Diego Archuleta, al discutido padre Antonio José Martínez y al reverendo Juan Felipe Ortiz, vicario general de la diócesis y hermano de Tomás. Los conspiradores planeaban atacar a las autoridades angloamericanas durante las navidades, época en que gran parte de ellos estarían en Santa Fe, y era de suponerse que los soldados angloamericanos se dedicarían a beber en grandes cantidades; el plan fracasó porque una espía informó al coronel Price, el comandante militar, de la inminente rebelión. Después de esto, los líderes originales no tomaron parte en nuevas conspiraciones. Los angloamericanos, por otra parte, creían que el espíritu de lucha de los de Nuevo México había sido destruido, pero estaban equivocados. El resentimiento de las masas seguía latente. Pablo Montoya, campesino mexicano y Tomasito Romero, indio pueblo, continuaron al frente de la resistencia, atacando a los colonizadores y matando al gobernador Bent, junto con otros cinco importantes personajes. Inmediatamente después, los de Nuevo México mataron a muchas decenas más de enemigos. La rebelión fue espontánea.

Entre tanto, el padre Martínez trató de impedir la rebelión. Como hombre realista, sabía que una rebelión desorganizada sería desastrosa; también sabía cuáles habrían de ser las consecuencias del fracaso. Sin embargo, el pueblo no estaba dispuesto a escucharlo; las condiciones se habían hecho Intolerables. Al mando del coronel Price, soldados bien equipados respondieron atacando unos 1500 mexicanos e indios armados con arcos, flechas y lanzas. El ejército masacró a los rebeldes en el campo cubierto de nieve a las afueras de la capital insurgente de Taos. Los defensores se retiraron a la iglesia del pueblo, luchando valientemente frente al intenso fuego de artillería: “Como 150 neomexicanos fueron muertos en esta acción, veinticinco o treinta prisioneros fueron fusilados por el pelotón, y muchos de los que se rindieron fueron azotados públicamente. Se dice que las tropas del coronel Price estaban tan borrachas que la acción de Taos fue más una matanza que una batalla”.13 El juicio de los rebeldes sobrevivientes fue semejante a los de otras situaciones de ocupación: “Uno de los jueces era íntimo amigo del gobernador muerto y el hijo del otro había sido asesinado por los rebeldes. El presidente del gran jurado era hermano del gobernador asesinado y uno de los jurados era pariente de un sheriff muerto”.14 La ciudad estaba tan enardecida que resultó sorprendente que los acusados fueran sometidos siquiera a juicio. Quince fueron condenados a muerte, uno de ellos por alta traición. Después de esto, se hizo evidente que la rebelión armada en reducida escala no podía triunfar.

LA TOMA DE TIERRAS EN NUEVO MÉXICO

La cuestión de la tierra es el punto central de los agravios mexicanos en contra de Estados Unidos. El control angloamericano de Nuevo México no ocurrió espontáneamente; una toma de tierras organizada siguió a la conquista. Para comprender cómo sucedió, deben compararse las experiencias de los pioneros angloamericanos y mexicanos. La experiencia angloamericana se basó principalmente en el movimiento de individuos aislados hacia nuevas zonas que luego fue seguido por las adquisiciones de la civilización; los mexicanos avanzaban hacia el noroeste colectivamente. La tierra era árida y, para sobrevivir, era precisa la cooperación de la comunidad. La colonización de Nuevo México fue planeada previamente. La institución principal era el pueblo; sus plazas, acequias y economía comunal eran semejantes a las de otras ciudades de toda la América española. El gobierno proveía a los nuevos pobladores del equipo básico para cultivar sus tierras. Estos se convertían en miembros de un pueblo y, a cambio, adquirían derechos para trabajar una porción de tierra y utilizar los terrenos de pastoreo y bosques comunales. El colono poseía derechos de riego, y la necesidad lo unía a los demás miembros de la comunidad. Existía una interdependencia entre los habitantes del pueblo, y cada uno contaba con la necesaria ayuda de los demás para construir sus casas, la atención de los sembrados y de los animales, el mantenimiento del pueblo y el cuidado de los viejos y los enfermos, así como para enterrar a los muertos.

La vida en los pueblos no era idílica, porque el privilegio de unos pocos estaba establecido por la tradición. Algunos explotaban a sus vecinos, así como a los indios de los alrededores; sin embargo, aun con las obvias fallas del sistema mexicano, el pequeño campesino compartía la tierra, y la ley mexicana lo protegía. Muchos pequeños granjeros pastoreaban su ganado en tierras que pertenecían al Estado. Algunos mexicanos poseían grandes extensiones de tierra, y muchas familias pobres vivían en estas haciendas, con libertad de usar la tierra y el agua que necesitaran. Después de las primeras confrontaciones entre los mexicanos y los indígenas nativo-americanos sedentarios, ambos grupos siguieron viviendo en relativa armonía, produciéndose el mestizaje. A pesar de las injusticias, la sociedad permitía un uso más amplio de la tierra que bajo el sistema de propiedad de Estados Unidos, que supuestamente era más democrático porque favorecía al individuo más que a la comunidad. El sistema angloamericano apartaba al mexicano de su tierra y su pasado, poniendo la tierra casi exclusivamente bajo el control de una minoría.

El ciclo angloamericano de toma de tierras fue semejante al que tuvo lugar en Texas, ya descrito anteriormente. La diferencia fue que en Nuevo México las tierras de los chicanos eran más extensas. La provincia tenía muchos pueblos y algunas ciudades. Santa Fe se había convertido en centro comercial. Existía una agricultura extensiva. La cría de ovejas daba a los pobladores su principal contacto con el mundo exterior. Un estilo de vida definido había echado raíces, y a pesar de los concertados esfuerzos de los representantes de Estados Unidos para cambiarlo no hubo grandes diferencias. Este estilo de vida existe en muchas pequeñas poblaciones de Nuevo México, donde aún se habla el español a pesar de los programas puestos en práctica para sustituirlo por el inglés.

Después de 1848, oportunistas angloamericanos se trasladaron a Nuevo México para disfrutar el botín de la conquista. La victoria significaba para ellos el derecho de explotar los recursos del territorio. Tales invasores establecieron sus privilegios, controlando el gobierno territorial y administrando sus leyes para ampliar su dominio político, económico y social. En este proceso, los mexicanos perdieron sus tierras. Los angloamericanos se apoderaron de ellas sistemáticamente por medios legales e ilegales. Es necesaria una breve discusión de estos métodos para comprender la ira de tantos ciudadanos de Nuevo México.

Primero, los angloamericanos impusieron su ley y sus normas administrativas a la mayoría hispano hablante. Muchas de estas normas eran antitéticas a las tradiciones de Nuevo México. En muchos casos las autoridades exigían a los mexicanos que registraran sus tierras, y cuando no lo hacían dentro del plazo concedido, las perdían. Muy frecuentemente esas ordenanzas eran publicadas inadecuadamente.

Segundo, los angloamericanos imponían altos impuestos a las tierras de los mexicanos, práctica que contrastaba con la costumbre mexicana. Muchos mexicanos carecían de capital para pagarlos y sus tierras eran vendidas en subasta. Inmediatamente después de la subasta, los inescrupulosos, administradores de la ley, coludidos con los privilegiados, volvían a reducir los impuestos.

Tercero, el sistema económico angloamericano abría el camino a los imperativos del capital. Los angloamericanos poseían los bancos, fuentes primarias de las que los mexicanos podían obtener capital. Los banqueros cargaban intereses excesivos, y la imposibilidad en que se hallaban los mexicanos de pagar sus deudas tenía como resultado la pérdida de los bienes hipotecados.

Cuarto, el auge que siguió a la guerra civil provocó una voracidad y una explotación sin precedentes. Hordas de especuladores llegaron a Nuevo México en busca de dinero fácil, indiferentes al destino de la tierra o los pastos naturales. El exceso de cultivo y pastoreo provocó la erosión del suelo y, con los cultivos destruidos, se aceleró la ruina del pequeño campesino. Además, los bosques fueron talados sin consideración y la erosión de las aguas destruyó aún más el suelo.

Quinto, el gobierno dispuso para la agricultura grandes extensiones de tierra pero, en contra de lo que pudiera creerse, en general estos proyectos no ayudaban al pequeño campesino. Favorecían a las corporaciones de agricultores que cultivaban en gran escala. La eficacia de estas asociaciones completó la decadencia del pequeño campesino que no podía competir con ellas. Por otra parte, los proyectos de restauración transformaban el balance de la naturaleza, afectando gravemente al río Grande. En muchas zonas se redujo el suministro de agua y, en otros lugares, fue aumentado excesivamente. Los habitantes de los pueblos ya no tuvieron prioridad como la habían tenido bajo la ley mexicana. El pueblo no podía opinar respecto a los lugares donde el gobierno decidía construir represas. Los granjeros de Nuevo México tenían que pagar por las “mejoras”, tanto si las deseaban como si no. Cuando los granjeros no podían pagar estos impuestos, les quitaban la tierra a cambio de esos impuestos que no podían cubrir.15

Nancie L. González, en The Spanish-Americans of New Mexico (1967), presenta otros ejemplos documentados de cómo los proyectos gubernamentales desplazaban al agricultor mexicano. La doctora González afirma que el uso creciente que hacen los agricultores de Colorado de las aguas del río Grande, disminuyó la provisión de agua del norte de Nuevo México, privando a los pequeños agricultores del riego necesario, así como los proyectos en el valle de La Mesilla en el sur de Nuevo México desplazaron más aún al pequeño agricultor. Un ejemplo de los desastrosos efectos de un proyecto de recuperación es la presa Elephant Butte, construida en 1919. A las grandes asociaciones agrícolas se les concedieron inmensas extensiones de tierras y, utilizando la mecanización, se dedicaron a cultivos muy productivos, como el del algodón. El pequeño agricultor no podía competir, porque no contaba con el capital necesario para adquirir máquinas. La presa elevó el nivel de las aguas del río en el Valle Medio, de manera que cuando llegaron las lluvias en 1930, la mayor parte de la zona fue anegada y todo el pueblo de San Marchial fue barrido por las aguas. Además, la crecida a lo largo de las riberas convirtió gran parte de la tierra de los pequeños agricultores en pantanos, y una vez más los chicanos fueron víctimas del “progreso gringo”.16

Sexto, el gobierno federal otorgó grandes concesiones de tierras a las corporaciones ferroviarias y a algunas instituciones de enseñanza superior. La historia de fraudes y explotación de los ferrocarriles nacionales está bien probada. Por otra parte, la educación pública en Estados Unidos ha sido tradicionalmente una vaca sagrada a la que nadie se atreve a desafiar. En el pasado, los fondos destinados a la educación pública eran aprobados automáticamente, y las instituciones educativas no comenzaron a ser atacadas hasta que se convirtieron en centros y partidarios del cambio. Antes como ahora, los colegios y universidades nunca han beneficiado al chicano. La mayor parte de los mexicanos nunca llegaron a la enseñanza secundaria, para no hablar de las instituciones de enseñanza superior, que siempre estuvieron reservadas para las minorías. Por otra parte, estas instituciones producían maestros que americanizaban a muchos chicanos, función tradicional de las escuelas en las colonias, donde la educación se utiliza para integrar a los colonizados. Además, las universidades servían como centros de investigación para desarrollo de la maquinaria en beneficio de los grandes negocios, especialmente de las grandes empresas agrícolas. Esto se hacía a expensas del gobierno, utilizando máquinas y técnicas agrícolas modernizadas para sustituir la mano de obra mexicana. La tragedia es que el hombre común tuvo que pagar estas mejoras, puesto que los ferrocarriles recibían tierras pertenecientes al dominio público y las universidades se mantenían con el producto de los impuestos.

Séptimo, a principios del siglo XX los conservadores, preocupados por la destrucción que la industria realizaba en los bosques y zonas de recreo, tomaron medidas con el fin de crear parques nacionales. ¿Retrospectivamente, quién pagó por la conservación? Los originarios de Nuevo México pueden responder a esa pregunta; muchos de ellos achacan su pobreza a la creación del Servicio de Parques de Estados Unidos.

El suceso de mayor alcance [para destruir las tierras comunales] fue el establecimiento de les Parques Nacionales a principios de este siglo. Redujo el número de las ovejas y cabras apropiándose gracias a sus privilegios de las tierras de pastoreo y los prados. Así se eliminaron indirectamente los hilados, tejidos y manufacturas relacionadas.17

Como resultado de la conservación y los fraudes descritos en esta sección, los mexicanos de Nuevo México perdieron 800 000 ha de tierras particulares y 700 000 de tierras comunales.

Los resentimientos de los mexicanos de Nuevo México contra los servicios forestales siguen siendo vehementes hasta hoy. Stan Steiner en La Raza: The Mexican Americans cita la denuncia que hace un habitante de Nuevo México contra el servicio forestal y el gobierno: “Nuestra pobreza es hechura y creación del gobierno de Estados Unidos… El problema del pobre es que el gobierno de Estados Unidos crea la pobreza en los pueblos”.18 La acusación se apoya en el hecho de que el gobierno federal posee el 34,9 por ciento de la tierra de Nuevo México, el gobierno estatal posee el 12 por ciento, mientras que las reservaciones indias federales poseen el 6,8 por ciento. Por lo tanto, los gobiernos federal y estatal unidos poseen el 53,7 por ciento de Nuevo México, y el servicio forestal controla un tercio de la tierra del estado.

La propiedad del gobierno sería deseable si manejara las tierras en beneficio de la mayoría, pero no ha sido este el caso. Los burócratas manejan la tierra como si fuese su propiedad particular, dando preferencia a los grandes intereses. Además, el servicio forestal cercó los bosques y los separó de los pueblos a que pertenecían. El mismo vecino de Nuevo México anteriormente citado por Steiner, se lamentaba: “Estamos casi en un campo de concentración. El Servicio Forestal está cercando todos los pueblos, de modo que en unos pocos años estaremos en un campo de concentración. En otras palabras, estamos oprimidos”.19 Resulta irónico que el gobierno de Estados Unidos, que apremió a las naciones latinoamericanas a reformar su política agraria para un reparto más equitativo de la tierra, esté por su parte despojando de la tierra a sus ciudadanos y poniéndola en manos de los modernos latifundistas.

Los forestales se defienden alegando que están haciendo lo que resulta mejor para la mayoría, y que se han concedido permisos para pastorear en los bosques nacionales. Esto es bastante retórico, puesto que los permisos de pastoreo han sido concedidos únicamente a los grandes criadores de ganado. De hecho, el gobierno ha desalentado sistemáticamente a los pequeños ganaderos elevando las cuotas de pastoreo, añadiendo nuevas cuotas y acortando la temporada de pastoreo. Esta política no es equitativa, puesto que en un tiempo la tierra perteneció a los pueblos de Nuevo México. Peter Nabokov escribe que la política gubernamental de Estados Unidos “está obligando [a los chicanos] a recibir la odiada bolsa parda de leche en polvo de la beneficencia. Como consecuencia de esto, los habitantes mexicanos de Nuevo México aún conservan el recuerdo “difícil de entender para un angloamericano, de que esta tierra era posesión de un pueblo español, que nunca tenía por qué haber sido vendida, sino que debía haber sido disfrutada y explotada por la comunidad”.20

Se propusieron soluciones improvisadas. Después de 1906 se concedieron permisos de pastoreo limitado en los bosques nacionales. Estaban codificados por el Acta de Pastoreo Taylor de 1934. Se concedían permisos a los ganaderos para pastorear en las tierras del gobierno de acuerdo con el número de cabezas que poseían, de modo que, naturalmente, los que poseían más recibían más. Los permisos no podían ser vendidos, pero sí traspasados cuando los propietarios vendían sus animales. Los grandes ganaderos formaban sus rebaños comprándoselos a los pequeños ganaderos.21 De esta manera los más débiles eran despojados y no podían volver a la cría de ovejas.

Un interesante epílogo al problema de la concesión de la tierra es que la mayor parte de los archivos que guardaban importantes documentos de Nuevo México fueron destruidos alrededor de 1870. La historia cuenta que el entonces gobernador William A. Pike quería ampliar sus oficinas, de modo que ordenó al bibliotecario que sacara todos los documentos de la habitación en que estaban. El bibliotecario vendió algunos de los documentos para papel de envolver y el resto fue a dar a la basura.22 Así valiosos documentos que podían haber arrojado alguna luz sobre las demandas de tierras fueron destruidos en beneficio de los inescrupulosos acaparadores de tierras. Los verdaderos motivos de la acción de Pike se desconocen. Muchos lo acusaron de haber destruido los documentos intencionalmente porque estaba implicado en el infame “Círculo Santa Fe” que defraudó a los chicanos por millones de ha de tierra. Otros dijeron que fue una burda equivocación. Otros opinan que fue simplemente un acto estúpido.

Muy relacionada con la difícil situación económica de los chicanos está su exclusión política. Hasta 1912, el gobierno federal designaba al gobernador, y este era frecuentemente un títere designado con el apoyo de la maquinaria política de Nuevo México. Los angloamericanos poseían el control de los departamentos clave. En la legislatura del estado eran mayoría los chicanos, pero con gran frecuencia estaban controlados por la oligarquía angloamericana. A pesar de esto, persiste el mito de la “autodeterminación hispanoamericana”.

Sin duda, Nuevo México ha producido más líderes chicanos de reputación nacional que cualquier otro estado del suroeste. Nuevo México ha tenido dos gobernadores de extracción mexicana (pero ambos duraron menos de un año en su cargo). Además, el estado ha tenido tres senadores chicanos y gran número de diputados, mayores, jueces y otros empleados menores. Algunos habitantes de Nuevo México señalan estos hechos para probar que tienen mayor autodeterminación y más triunfos políticos que sus iguales en otras partes. Muchos atribuyen estos éxitos a la sutileza política –su habilidad para manejar las reglas del juego angloamericano– de los mexicanos de Nuevo México. Sin embargo, este éxito no es sorprendente, considerando que son mayoría en el estado. Durante la década de 1850 la población de Nuevo México se estimaba en 60 000 habitantes, la mayor parte de la cual era mexicana. La calidad de la representación es discutible, porque la mayoría de los representantes elegidos sirvieron por merced del círculo de poder angloamericano y apoyaban su dominio colonial. Hubiera sido imposible para los colonizadores conservar el control de tantos mexicanos insatisfechos si los propios líderes de estos no hubieran estado interesados en el gobierno. Por otra parte, esta falsa representación hacía pensar a muchos chicanos que “no es el gobierno, sino nuestros propios líderes los que nos explotan”. Además, los chicanos que desempeñaban cargos públicos podían ser mostrados ante los otros como ejemplos a seguir, y las ocasionales protestas de estos representantes a favor suyo, servían para apaciguarlos. El hecho, sin embargo, es que la pobre actuación de los representantes mexicanos facilitó la usurpación de las tierras. Si los ciudadanos de Nuevo México hubieran ejercido una real autodeterminación, es poco probable que los hubiesen despojado de más de un millón y medio de hectáreas.

LA NORTEAMERICANIZACIÓN DE LA IGLESIA CATÓLICA

En sus discursos y escritos, Tijerina se ha referido ampliamente a los intentos de suprimir el idioma chicano, conservado a pesar de una concertada oposición, por la comunidad. En muchos pueblos de Nuevo México, sigue siendo la lengua básica, y esto simboliza su negativa a ser norteamericanizados. La reacción de los mexicanos no fue como la de otros grupos étnicos que, con el paso del tiempo, han olvidado su idioma y han tratado de “superar” a los angloamericanos en su modo de vida. En el caso de los norafricanos y asiáticos, las instituciones religiosas sirvieron de influencia consolidadora, con frecuencia estaban formadas exclusivamente por los colonizados. La iglesia era un lugar donde las personas se congregaban y daban rienda suelta a sus agravios, lo que constituía un punto de partida de la resistencia organizada. La misión religiosa de las iglesias se convirtió en una misión para mejorar la calidad de la vida de su congregación, y gradualmente comenzó a verse envuelta en la acción social.

La Iglesia católica romana era la más importante entre los habitantes de Nuevo México: alcanzaba a las masas en la forma más directa, permaneciendo a su lado desde la cuna hasta la tumba. No obstante, al revés de lo que ocurría con el clero irlandés que proporcionaba un apoyo unificador a sus congregaciones cuando los irlandeses-norteamericanos se enfrentaban a la represión en el este de Estados Unidos, el clero de Nuevo México se convirtió en un aliado pasivo del Estado. Inmediatamente después de la ocupación, la Iglesia se limitó a atender estrictamente las necesidades espirituales de sus feligreses. Salvo raras excepciones, no volvió a defender los derechos de los pobres. Por el contrario, trabajó para norteamericanizar al pueblo de Nuevo México, mientras que antes de la conquista, había participado activamente en su defensa.

Después de 1850, el control de la Iglesia pasó de los mexicanos a la jerarquía angloamericana. Era un clero extranjero más ligado al círculo de poder y a unos cuantos angloamericanos que a las masas populares. En realidad, se convirtió en agente pacificador, incitando a los mexicanos a aceptar la ocupación. Puede alegarse que estas conclusiones no son justas, puesto que la Iglesia era responsable ante Roma y no ante Washington, D.C.; también podría alegarse que se tomaron medidas para contrarrestar las corrientes anticatólicas existentes en Angloamérica durante ese periodo. Tal vez esto sea cierto. Sin embargo, hay que aclarar si la responsabilidad primordial de los sacerdotes y obispos –por encima de los intereses de Roma, las vicisitudes de la política y economía nacionales o la construcción de imponentes edificios– no es hacia Dios y aquellos hechos a su imagen y semejanza.

Antes y durante los años de la ocupación de Nuevo México, vivió un hombre que servía al pueblo como verdadero siervo de Dios. Su devoción a la Iglesia católica era profunda y constante, pero veía en ella una institución para beneficio –no para la esclavización– de la humanidad. El padre Antonio José Martínez fue una de las figuras más importantes de la historia de Nuevo México, así como una de las más amadas. Aunque criticado por no ser célibe, pues tuvo numerosas concubinas y varios hijos, su valerosa defensa y la lealtad con que sirvió a los humildes de Nuevo México reducen esas críticas a un nivel trivial.

El “cura de Taos”, como era conocido, nació en Abiauir, en el condado de río Arriba, el 7 de enero de 1793. Se casó en 1812 y tuvo una hija, pero cuando murió su mujer tomó los hábitos y fue ordenado en 1822. Su hija, Luz, murió en 1825.23 En 1824 Martínez se hizo cargo de la parroquia de Taos, donde dos años después estableció un seminario. Esta escuela aumentó la influencia de Martínez sobre los sacerdotes de Nuevo México que se ordenaban en la institución, convirtiéndose en grandes partidarios de su filosofía. Enseñaba gramática, retórica, teología, y leyes. De 1830 a 1836 fue miembro de la Asamblea Departamental. En 1835 comenzó a publicar un periódico llamado El Crepúsculo. También escribió y publicó libros y folletos. Durante este periodo adquirió una actitud progresivamente religiosa, negándose a aceptar diezmos de los pobres y oponiéndose a las grandes concesiones de tierras, alegando que la tierra debía pertenecer al pueblo.24

Después de la ocupación angloamericana, Martínez continuó su actividad y se vio envuelto en el primer movimiento de liberación. Sirvió en la legislatura desde 1851 hasta 1853. Conocido como luchador tanto contra la Iglesia como contra el Estado, criticaba a la Iglesia por “su política de permitir al clero exigir diezmos y cuotas excesivas y opresivas por los matrimonios, funerales y servicios similares”.25

Sin embargo, en 1851, la filosofía del padre Martínez, liberal y orientada hacia el pueblo, encontró un obstáculo con la llegada de un nuevo vicario general a Nuevo México. Fray J. B. Lamy, aunque francés de nacimiento, pertenecía a la diócesis de Baltimore. A mediados de la década de 1850, fue designado obispo.26 Sus partidarios proclamaban que él había revitalizado la religión fundando escuelas, construyendo iglesias y aumentando el número de sacerdotes de su diócesis de 10 a 37.27 No obstante, sus críticos alegaban que había hecho todo eso a un costo enorme, y lo condenaban por no hablar contra las injusticias padecidas por el pueblo. Esto no debe sorprendernos, puesto que Lamy mantenía excelentes relaciones con los dirigentes angloamericanos y era amigo íntimo de Kit Carson, que era detestado por su explotación de los mexicanos. Poco después de la llegada de Lamy, estalló una lucha por el poder entre él y el clero mexicano, gran parte del cual estaba formado por los exdiscípulos de Martínez. Surgió el tema del celibato, pero el desacuerdo más importante tenía que ver con la intervención del clero mexicano en cuestiones temporales, especialmente su actuación como abogado del pueblo.

Al principio, Martínez evitó un enfrentamiento directo con Lamy, permaneciendo silencioso aun cuando sus amigos más cercanos eran excomulgados. Sin embargo, gradualmente los adictos de Lamy fueron haciéndose más molestos. Finalmente, cuando envió una carta a todos los párrocos insistiendo en que los sacerdotes exigieran diezmos y primicias, y recomendándoles negar los sacramentos a quienes no pagaran, Martínez se rebeló. Consideraba inmoral recibir dinero de los pobres. Finalmente, Lamy excomulgó a Martínez, pero el sacerdote desafió al obispo, sin dejar de administrar los sacramentos hasta su muerte, en 1867. Otros sacerdotes mexicanos prosiguieron su tarea. Los sacerdotes angloamericanos no intervinieron en la misión de ayuda material de los mexicanos. Por el contrario, cooperaron con los angloamericanos en la norteamericanización de los habitantes de Nuevo México para hacerles aceptar la colonización.

LOS GRANDES LADRONES DE TIERRAS

Después de la conquista, Nuevo México atrajo a más oportunistas de los que podía soportar. Muchos eran burócratas profesionales especialistas en manipular las cuestiones de gobierno y de leyes. De hecho, en la década de 1880, “uno de cada diez angloamericanos de Nuevo México era abogado”.28 Durante la ocupación, estas aves de rapiña dominaron completamente el gobierno, utilizando sus poderes para robar la tierra del pueblo. Para facilitar estos robos formaban pequeñas organizaciones políticas, semejantes a las máquinas políticas del este de Estados Unidos. La mayoría de estos grupos estaban asociados y dependían del Círculo de Santa Fe, al que Carey McWilliams describía como “un grupo pequeño, compacto de banqueros, abogados, negociantes y políticos anglonorteamericanos que dominaban el territorio por medio de sus lazos con los ricos, quienes a su vez controlaban los votos de la gente de habla española”.29 Esta red tejida por el círculo hacía palidecer a sus semejantes del este.

Los líderes eran Thomas B. Catron, Stephen B. Elkins y Le Barón Bradford Prince, todos ellos republicanos prominentes. Cierto número de demócratas, así como de mexicanos ricos de Nuevo México, también eran miembros del círculo. El círculo controlaba al gobernador y a la mayor parte de los empleados gubernamentales del estado. Además, estaba apoyado por Max Frost, director editorial del New Mexican, el periódico más influyente del territorio: “Frost, que en cierto momento de su carrera fue inculpado en una acusación por fraude de tierras, actuaba como representante periodístico del círculo, utilizando efectivamente la prensa para desacreditar a los enemigos del círculo y para situar sus actividades a la luz más favorable”.30 En este breve espacio sería imposible estudiar la red del círculo en toda su extensión, pero será esclarecedora una breve descripción de sus principales líderes.

Thomas B. Catron era el líder titular del círculo, su hombre clave, y el cerebro organizador de las operaciones en Nuevo México. Llegó a Nuevo México a fines de la década de 1860, logrando el cargo de procurador general de Estados Unidos para el territorio. “Durante su vida en Nuevo México, Catron llegó a ser el más poderoso de todo el territorio. Litigando concesiones de tierras o comprándolas, adquirió más de medio millón de ha”. 31

Stephen Elkins, íntimo amigo de Catron, llegó a Nuevo México en 1863. Era abogado y, desde 1871, presidente del Banco First National de Santa Fe. Representaba los intereses del círculo en Washington, D. C., llegando a ser delegado ante el Congreso de Estados Unidos, y posteriormente, secretario de la Guerra bajo el presidente Benjamín Harrison.32 En 1884, fue nombrado presidente del comité ejecutivo del Comité Nacional Republicano.

Le Barón Bradford Prince provenía de Nueva York, donde había adquirido experiencia en maniobras políticas. Tenía poderosos amigos en Washington, D. C., y le fue ofrecida la gubernatura de Nuevo México, en 1879. Posteriormente, en la década de 1890, fue nombrado gobernador. El gobernador Edmund Ross, designado por el presidente Grover Cleveland, describió la estructura e influencia del círculo: “A partir del círculo de concesión de tierras surgieron otros círculos a medida que aumentaban las oportunidades de especulación y despojo. Círculos ganaderos, círculos para el robo de las tierras comunales, círculos mineros, círculos del tesoro, y círculos de todos los tipos imaginables, hasta que los asuntos del territorio llegaron a ser manejados casi exclusivamente por el interés y para el beneficio de grupos organizados y encabezados por unos pocos astutos, ambiciosos e inescrupulosos norteamericanos”.33

Una de las tretas más infames del círculo fue adquirir la Concesión de tierras Maxwell, que antes había sido la Concesión Beaubien-Miranda, otorgada a los concesionarios en 1841. Cuando dos años más tarde, los partidos exigieron la ejecución, fray Martínez se opuso alegando que parte de la concesión pertenecía al pueblo de Taos.34 Durante los años siguientes, otros grupos reclamaron partes de la Concesión Beaubien-Miranda: indios, agricultores arrendatarios mexicanos, pueblos y colonos usurpadores angloamericanos.

Lucien Maxwell era yerno de uno de los concesionarios originales, Charles Beaubien. En 1858, Maxwell compró la parte Guadalupe Miranda de la concesión, así como un lote de la parte perteneciente a su suegro. Algunos años más tarde, cuando el suegro murió, Maxwell siguió comprando otros más. Su desembolso total no fue superior a 50 000 dólares. En 1868, Maxwell vendió su concesión a una asociación británico-holandesa.35 La venta creó problemas porque cierto número de arrendatarios vivía en la propiedad. Otra complicación fue que Maxwell no sabía la extensión de tierra incluida en la concesión. Después de tomar posesión de la Concesión de tierras Maxwell, la asociación británico-holandesa se vio en muchos problemas. En 1867-68 se descubrió oro en la concesión, lo que atrajo muchos gambusinos. Más tarde, cuando se supo que el gobierno federal había hecho una reclamación sobre una parte de la Concesión Maxwell para establecer una reservación y un parque, muchos colonos ilegales se establecieron en las tierras, creyendo que pasarían a ser de dominio público y que la ley de Estados Unidos les daría derecho a establecerse en ellas. Finalmente, la asociación británico-holandesa vendió la concesión al Círculo de Santa Fe (o se fusionó con este), lo que permitió expulsar a los colonos ilegales. Lucien Maxwell calculaba la extensión de la concesión entre 13 000 y 39 430 ha pero una vez que el círculo logró controlar la asociación británico-holandesa, la concesión fue aumentada a 700 000 ha.36 Los residentes del condado de Colfax empezaron a sentir temor a medida que los límites de la concesión avanzaban amenazando engullir incluso las tierras cuyos propietarios poseían títulos legales. En muchas ocasiones estallaron conflictos. Por ejemplo, el 14 de septiembre de 1875, T. J. Tolby, ministro metodista y conocido opositor del círculo fue asesinado. Cruz Vega, mexicano y alguacil del distrito Cimarrón, fue acusado del crimen; aunque negó haber participado en aquél, fue linchado. Los vigilantes creyeron que había sido contratado por el círculo. Pero según algunas fuentes, el linchamiento parece haber tenido características raciales, y los vigilantes se aprovecharon de la situación para conseguirse un meskin.37 La consecuencia del asesinato y el linchamiento fue que se desencadenó un estado de guerra general en el condado de Colfax, que provocó mayor número de muertes que durante la guerra del condado de Lincoln.38 El caso Maxwell terminó yendo a las cortes que estaban controladas por el círculo.

Mientras duró esta violencia, el grupo de Santa Fe continuó su ininterrumpido avance para lograr el control de la tierra mediante manipulaciones de la ley. Influyó sobre la legislatura territorial consiguiendo una legislación que “autorizaba a las cortes a repartir concesiones o a ponerlas en venta, aun cuando fuera el más pequeño de los propietarios quien solicitara esa acción. Otra ley territorial, promulgada en enero de 1876, anexó el condado de Colfax al de Taos por razones políticas durante por lo menos dos periodos legales”.39 Así, donde el círculo poseía algún terreno, aunque solo fuese un terreno pequeño, podía forzar una venta; y puesto que el círculo también controlaba a los jueces de Taos, la anexión representaba un gran beneficio. Durante este periodo el círculo recibió la cooperación de los gobernadores designados, que rehusaron intervenir a pesar del gran derramamiento de sangre. Además, cuando el gobierno deslindó las tierras de la concesión Maxwell, John T. Elkins, hermano de Stephen B. Elkins, fue uno de los supervisores. Finalmente, el 18 de abril de 1887, la Corte Suprema de Estados Unidos llegó a una decisión que desatendía completamente los derechos de los indígenas nativo-americanos, los mexicanos y los colonos ilegales. Falló a favor de la Compañía Maxwell40 (entonces en poder del círculo), desposeyendo así a los arrendatarios indígenas nativo-americanos y mexicanos (los cuales habían vivido en las tierras incluidas en la concesión hasta la llegada de los usurpadores), y poniendo de este modo fin a una era.

LA GUERRA DEL CONDADO DE LINCOLN

La guerra del condado de Lincoln fue semejante en sus orígenes a los conflictos del condado de Colfax. La lucha fue difícil e involucró al Círculo de Santa Fe, pero centrándose sobre todo en un círculo más pequeño y en un grupo de enemigos. Los bloques de poder en esta rivalidad, que dominó la década de 1870, estaban encabezados por angloamericanos: uno republicano y uno demócrata. Los perdedores, como siempre, fueron los pobres: principalmente los ovejeros y granjeros mexicanos.

El condado de Lincoln estaba en las llanuras de Nuevo México, y contrariamente a los mitos perpetrados por historiadores como Walter Prescott Webb en su libro The Great Plains, los mexicanos se habían establecido en esa zona. Antes de 1870, cuando los angloamericanos comenzaron a llegar en gran número, los mexicanos ya habían establecido pueblos y granjas en el condado. Charles L. Kenner, en A History of New Mexican-Plains Indian Relations,41 demuestra el hecho de que el chicano era un llanero de primera categoría e, incidentalmente, destruye el mito del mexicano cobarde: “Al combatir a los comanches, los habitantes de Nuevo México, cuando eran bien dirigidos y adecuadamente armados, eran más que capaces de defender lo suyo. Si hubieran sido tan pusilánimes y cobardes como han declarado tantos angloamericanos, su provincia nunca hubiera soportado dos siglos de continuos ataques indios”.42

Los mexicanos pastoreaban ovejas en terrenos comunales, costumbre que incomodaba a los aventureros angloamericanos que se habían infiltrado en el condado de Lincoln. Los angloamericanos no solo querían la tierra para pastorear su ganado, sino que querían el dominio de toda la zona. Durante la década de 1870, la ciudad principal era Lincoln, el antiguo pueblo mexicano de La Placita.

La guerra del condado de Lincoln (1876-78) ha sido definida frecuentemente como una guerra de ganaderos o una guerra de linderos en la que el conflicto se habría originado por cuestiones de ganado o problemas de deslinde. Algunos historiadores, por su parte, han limitado su alcance al de una enemistad personal. Robert N. Mullin, responsible de la edición de History of the Lincoln County War de Maurice Garland Fulton aclaró este punto, escribiendo:

La guerra del condado de Lincoln fue esencialmente una lucha por el poder económico. En una tierra en la que las operaciones al contado eran raras, los contratos federales para el abastecimiento (principalmente de carne de vaca) de los puestos militares y las reservaciones indias resultaban una codiciada presa. Desde los primeros años de la década de 1870, Laurence Gustave Murphy había sido subcontratista en el condado de Lincoln para William Rosenthal y la camarilla política de Santa Fe que disfrutaba un casi monopolio suministrando carne al gobierno, aunque ni Rosenthal ni el propio Murphy criaban o poseían ganado en número suficiente como para ello. Estos sufrían la competencia de John H. Chisum, dueño de los mayores rebaños del territorio, que se negaba a hacer negocios a través de Rosenthal, y se empeñaba en obtener directamente los contratos de carne. De esta forma comenzó la lucha de Chisum contra Murphy, sus sucesores y quienes lo apoyaban en Santa Fe, lucha que dio origen a la guerra del condado de Lincoln.43

Para los mexicanos, sin embargo, la única significación de la guerra del condado de Lincoln fue su efecto sobre las personas: el total desprecio a la vida.

Inmediatamente después de la llegada de los angloamericanos, el condado de Lincoln se convirtió en el paraíso de los perseguidos por la justicia. Elementos destructivos de Texas se expandieron por todo Nuevo México. El grupo de Murphy, encabezado por Laurence Gustave Murphy, el subcontratista para el abastecimiento de carne del Círculo de Santa Fe, propició este estado de anarquía contratando gángsters angloamericanos para impulsar su negocio de abastecimiento de carne, infestando así el territorio de hombres a los que les preocupaba muy poco la ley o la vida, especialmente la vida mexicana.

Una banda de malhechores, el clan Harrell, llegó a Lincoln en 1873 y empezó a buscar diversión molestando a los ciudadanos. Cuando el alguacil Juan Martínez trató de reprimirlos, se produjo un combate a tiros en el que murieron tres de los bandidos y el alguacil Martínez. Los malhechores vengaron la muerte de sus amigos atacando la ciudad y disparando indiscriminadamente contra un grupo de personas que asistían a un baile. Murieron cuatro mexicanos. Aunque finalmente las tropas ahuyentaron a los Harrell fuera del condado, por el camino mataron a José Haskell porque su mujer era mexicana. Cuando cabalgaban hacia Texas, Ben Turner, miembro de la banda, recibió un balazo disparado por algún emboscado y se produjo otra balacera en la que resultaron muertos cinco cargadores mexicanos.

En el juego por el poder entre el grupo de Murphy, que controlaba a los políticos del partido republicano de Lincoln, y John H. Chisum, representante de los demócratas, Juan Patrón surgió como líder de los mexicanos. Su padre había sido asesinado por el clan Harrell. Patrón, originario de La Placita, nació en 1855, asistió a la escuela parroquial de Nuevo México y terminó sus estudios en la Universidad de Notre Dame, en Indiana. Sus amigos lo describen como “honrado, estudioso y trabajador”.44 En 1878, fue nombrado delegado ante el congreso del estado, donde los diputados lo eligieron representante de ese cuerpo. También ejerció, gratuitamente, como único maestro de escuela de la ciudad.

La aparición de Patrón ya como líder comenzó en 1875, cuando tenía el empleo de escribiente en el tribunal encargado de la comprobación de los testamentos. John Copeland, un ranchero anglo y su vecino, John Riley, miembro del clan Murphy, acusaron a dos trabajadores mexicanos (que habían huido a causa de las amenazas de Copeland), de haber robado propiedades de sus ranchos. Los persiguieron, mataron a uno y capturaron al otro. Decidieron llevar al mexicano prisionero a Fort Stanton, a siete millas de distancia, y estos cowboys, acostumbrados a cabalgar, emprendieron la marcha a pie con el prisionero delante de ellos. Cuando supuestamente el chicano inerme trató de escapar, los dos anglos le dispararon. Dieron su versión del incidente al juez Laurence Murphy, socio de Riley y líder del círculo Murphy, quien los absolvió.

Patrón investigó el incidente y concluyó que los hombres habían sido asesinados en el rancho y no, como se alegaba, en el camino. Su demanda de llevar a cabo una investigación a cargo de un gran jurado fue denegada. Decidido a no dejar sin castigo esta injusticia, Patrón, en su calidad de secretario del juzgado, firmó una orden de arresto contra Copeland y Riley, reclutó unos cuantos hombres y se dirigieron a caballo al rancho de Copeland. Allí encontraron a los dos hombres, los tomaron prisioneros y los interrogaron. Como llegaron a la conclusión de que los dos mexicanos habían sido asesinados a sangre fría, entre la comitiva había muchos que querían fusilar a los dos acusados, pero Patrón los calmó. Cuando llegaron las tropas del Fuerte Stanton (su ayuda había sido solicitada por uno de los amigos de Riley), el grupo dejó libres a los dos gringos. Riley entró en su casa, tomó un arma y le disparó a Patrón por la espalda. Los soldados arrestaron a los mexicanos. Patrón fue tomado prisionero y retenido en el hospital del puesto, donde permaneció en situación crítica durante algún tiempo. Aunque, a petición de John Riley, Patrón fue acusado, no compareció ante el tribunal. Se recuperó y se puso al frente de los mexicanos durante la guerra del condado de Lincoln.

Бесплатный фрагмент закончился.

721,04 ₽
Возрастное ограничение:
0+
Объем:
814 стр. 8 иллюстраций
ISBN:
9788491349655
Переводчик:
Правообладатель:
Bookwire
Формат скачивания:

Похожие книги