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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 1999 Rebecca Winters

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Fruto prohibido, n.º 1498 - enero 2021

Título original: Husband Potential

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-1375-142-9

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

DESDE los escalones del monasterio trapense, Fran Mallory podía contemplar todo el valle de Salt Lake. A las siete de la mañana, el sol apenas asomaba sobre las montañas que había detrás del edificio de piedra de color ocre.

El rocío humedecía la hierba en aquella gloriosa mañana de abril. Un sentimiento de paz impregnaba aquella tierra, cubierta de tréboles y árboles en flor.

Todo esto y más lo había estado recogiendo con su cámara mientras el perfume delicioso de los frutos recién nacidos actuaban como un afrodisíaco para sus sentidos. Se quedó unos segundos mirando a las nubes que, sobre un cielo azul brillante, se desplazaban como blancas almohadas allá en lo alto.

Dado que su vida estaba dictada por la velocidad de una apretada agenda, a Fran le hubiera gustado que hubiera un modo de guardar aquel momento igual que se almacenaba información en un ordenador, para así poder volver a él con un simple clic en el ratón siempre que quisiera encontrarse consigo misma…

Pero no sabía cómo hacerlo. De lo único que estaba segura era de que en momentos como aquel, su alma anhelaba inexplicablemente algo a lo que no podía poner un nombre.

Al mismo tiempo que permanecía allí pensativa, el sonido del canto gregoriano de los mojes salió por las ventanas de la capilla. El maravilloso sonido de las voces masculinas pertenecía a aquellos monjes que habían elegido el celibato para dedicarse a una causa mayor al servicio de Dios.

Ella no podía entender a unos hombres que se negaban a sí mismos las pasiones de su cuerpo para demostrar así su devoción.

Por otro lado, su padre nunca había sido capaz de controlar sus pasiones y, después de ser infiel a su madre con más de una mujer, había abandonado el hogar familiar sin volver a dar señales de vida.

Y Fran no era la única entre sus amigos cuya familia había terminado de ese modo. El padre de Marsha Hume había tenido que pasar un tiempo en prisión cuando se descubrió que estaba casado al mismo tiempo con dos mujeres que vivían en diferentes ciudades.

Fran no era capaz de entender tampoco aquel extremo. Como tampoco el hecho de que varios de sus compañeros de universidad, hombres casados, hubieran intentado seducirla, creyendo en verdad que ella estaría interesada en mantener un romance con ellos. Desilusionada y asqueada, Fran se daba cuenta de que su desconfianza hacia los hombres en general era cada vez más fuerte.

Si era cierto que Dios deseaba que los hombres y las mujeres se casaran para formar una familia unida para siempre, ella se daba cuenta de que casi nadie satisfacía ese deseo. A pesar de ello, tenía que admitir que había algunas excepciones. Su tío, el pastor de su iglesia… y un par de compañeros de trabajo.

Los monjes a los que oía cantar en ese momento seguramente se podían añadir a la lista. Imaginaba que serían hombres honestos, aunque ella los pondría en otra lista separada.

Fran vendería su alma por encontrar un hombre bueno, pero después de veintiocho años, dudaba que fuera a conseguirlo alguna vez. Se echó la melena rubio platino hacia atrás y abrió la puerta, ansiosa por olvidar cualquier pensamiento negativo en aquel día que estaba resultándole tan delicioso.

El vestíbulo de la capilla parecía estar desierto. No le debería haber sorprendido, ya que era demasiado pronto para turistas o visitantes.

Una letrero indicaba que los invitados debían subir a la planta de arriba para oír la misa. Otro, señalaba la tienda de regalos, situada a su derecha. Paul había dicho que el abad se encontraría con ella allí para la primera entrevista. De lo que dijera él dependería que pudiera tomar o no fotos del interior.

Fran abrió la puerta de la tienda de regalos y no pudo evitar contener la respiración. Por lo que Paul le había dicho, estaba preparada para conocer a un hombre de unos setenta años.

El monje alto de pelo oscuro y bien afeitado que estaba detrás del mostrador debía de tener unos treinta. Iba vestido con una camisa y unos pantalones marrones, tal como ella había visto que iban los monjes para trabajar en el huerto.

Al verla entrar, dejó de colocar frascos y le clavó sus ojos oscuros, inteligentes y negros, aunque quizá fueran marrones. La luz tenue que había en el interior de la tienda impedía ver los detalles con claridad.

–¿Puedo ayudarla en algo? –preguntó tras un breve silencio.

El monje hablaba con una voz profunda y masculina que despertó sus sentidos.

–Soy la señorita Mallory, de la revista Beehive Magazine. Queremos hacer una entrevista al abad para un artículo que saldrá en el número de julio. Me dijeron que él me esperaría aquí a las siete.

–Me temo que el padre Ambrose no se encuentra bien. Me ha dicho que le pida a usted que lo perdone por la molestia y que quizá puedan concertar la entrevista para otro día.

Siguió llenando el resto de los estantes con tarros de miel y mermelada, cuya etiqueta reconoció Fran, ya que los había comprado alguna que otra vez en el pasado.

–Por supuesto.

Fran nunca se había sentido tan ignorada por un hombre hasta ese día, aunque nunca había estado antes cara a cara con un monje trapense.

–¿Podemos concertar ahora la entrevista a través suyo?

–No. Llámelo en una semana. Estará bien para entonces.

–Espero que no sea nada grave.

–Eso espero yo también.

El monje se dio la vuelta, indicando con ello que la entrevista había llegado a su fin. Pero por extraño que pudiera parecer, Fran no quería marcharse. Los monjes la fascinaban, y especialmente ese. Su cabello corto le rejuvenecía por detrás. Fran trató de imaginarlo en vaqueros y camiseta y con el cabello algo más largo.

–Pensé que los monjes trapenses hacían voto de silencio, a excepción del abad, claro está. ¿Cómo es que usted puede hablar conmigo?

–A pesar de que a los hermanos les resulta innecesario hablar demasiado, el voto de silencio es un mito –fue la réplica del hombre.

–Si eso es verdad, ¿lo podría entrevistar mientras trabaja? ¿O el abad es el único que puede hablar con mujeres?

–Si eso fuera cierto, yo no estaría hablando con usted ahora mismo –contestó con calma.

–Lo siento, no quería hacer un comentario provocativo.

De repente, el monje se volvió y la miró de nuevo.

–¿Por qué se disculpa?

Ante la franqueza de la pregunta, Fran se sintió invadida por un calor que le recorrió todo el cuerpo.

–Usted no es la primera mujer curiosa que ha venido, intrigada por nuestra decisión de permanecer célibes. Sin duda, a alguien como usted, esto le debe de parecer incomprensible.

–¿Una mujer como yo? –preguntó indignada.

–Vamos, señorita Mallory. Usted conoce perfectamente el impacto que puede producir en un hombre, de otro modo habría hecho la pregunta de diferente forma –la mirada de él descendió por su cuerpo–. Y también se vestiría más discretamente. Solo una mujer con su confianza no permitiría que nadie se interpusiera en su camino, ni siquiera la enfermedad del padre Ambrose.

Si Fran fuera una persona violenta, le habría dado una bofetada.

–No me extraña que haya terminado aquí, aislado del mundo. Solo Dios es capaz de perdonar su arrogancia, sin mencionar su mala educación con los desconocidos.

–Se ha olvidado otros pecados aún mayores. De cualquier manera, me disculpo, si es que la he ofendido.

–No habla como un monje.

Las manos de él se quedaron quietas sobre el mostrador.

–¿Cómo habla un monje?

Fran no tenía respuesta para aquello. Nunca había conocido uno antes, ya que había sido Paul quien había hablado con el abad, pero pensaba que debían de ser diferentes de los demás hombres.

–Siento haber hecho desvanecerse sus ilusiones, pero los monjes somos gente normal, de carne y hueso. En algunos casos, tan propensos a los defectos como el resto del mundo.

–Ya me estoy dando cuenta –contestó, sorprendida por su sinceridad–. ¿Es eso lo que quiere que mencione en el artículo?

–Lo que yo quiera no importa. Sin el consentimiento del padre Ambrose, no podrá hacer nada.

–Y si usted puede influir en su decisión, está claro que él no querrá hacer ninguna entrevista. Puede que le interese saber que fui enviada aquí debido a que la persona que iba a hacerlo está con gripe. No era mi intención provocar a los monjes hambrientos de sexo. A juzgar por su reacción, parece que mi presencia le ha puesto algo nervioso. Sin duda, su sufridora conciencia lo obligará a infligirse a sí mismo algún merecido castigo.

Antes de abandonar la sala, Fran se volvió hacia el monje.

–Diga al abad que llamarán de la revista para concertar una nueva cita. Que tenga usted un buen día.

Reprimió las ganas de dar un portazo. Luego, salió del monasterio sin mirar atrás. La sensación de belleza que le había dejado el comenzar del día se había evaporado como si jamás hubiera existido.

Andre Benet notó que la fragancia a melocotón del champú usado por la mujer siguió invadiendo el lugar incluso minutos después de que ella saliera bruscamente de la tienda.

Había sido grosero con ella. Bastante grosero, aunque no tenía ninguna sensación de culpa. Ella no era diferente de su propia madre, una mujer valiente que se había atrevido a todo sin pensar en los costes.

Su madre había sido consciente de la inclinación de su padre por el sacerdocio, pero aun así lo había tentado antes de que él se marchara. Y el fruto de aquella relación había sido Andre.

Se preguntó si sería una coincidencia que la señorita Mallory llevara un traje de color melocotón. Incluso su piel tenía la luminosidad y suavidad del fruto. Lo que añadido a su delicado cabello, le daba un aspecto al que ningún hombre podía ser inmune. ¡Ni siquiera un monje… y ella lo sabía!

Al parecer, su madre había poseído el mismo tipo de belleza y sensualidad. Al menos, la suficiente como para que su padre le hiciera el amor una vez más antes de seguir su camino.

Andre conocía perfectamente ese tipo de deseo. Si fuera un artista, no sería capaz de resistirse a la tentación de atrapar la imagen de la señorita Mallory en un cuadro. Pero no era un artista y tampoco un monje.

Hasta el momento, no se había despertado en él ningún talento especial. Huérfano al nacer, fue criado en Nueva Orleans por su tía Maudelle, una mujer amargada, aunque de buen corazón, que trabajaba como costurera.

Enamorado de los grandes barcos que surcaban el río Misisipi, él se había ido de casa siendo un adolescente para ver mundo. De ese modo, había trabajado en barcos de mercancías haciendo diferentes oficios hasta llegar a ser marino mercante.

En un momento dado, se había hecho buen amigo de un suizo que hablaba cuatro idiomas con fluidez. Envidiando la habilidad de su amigo, Andre se inscribió en la Universidad de Zurich, donde estudió alemán y francés, junto con historia. Y aunque podía haberse hecho profesor con su título, Andre decidió regresar al mar y a los viajes.

Se mantuvo en contacto con Maudelle y le enviaba dinero a su tía a menudo. En algunas ocasiones, incluso volvió a Nueva Orleans para pasar unos días con ella de visita. Pero nada podía retener su alma ni refrenar su inquietud. Ni siquiera una esposa. Él pensaba que las mujeres servían para divertirse, pero nada más. Maudelle se desesperaba con su actitud y rezaba diariamente por él.

Andre se divertía mucho con ella, pero su alegría se había desvanecido un mes antes, cuando un amigo íntimo de su tía le había llamado al barco en el que viajaba por el Bósforo para suplicarle que fuera. Maudelle había caído enferma.

Después de tomar el primer avión que salía de Ankara, Andre llegó justo a tiempo para ver a su tía en el lecho de muerte. Aunque él no había ido nunca a la iglesia y no tenía creencias religiosas, sabía que su tía era católica practicante. Así que llamó a la parroquia y pidió que fuera alguien a administrarle los últimos sacramentos.

Mientras la tomaba de la mano y esperaba a que apareciera el sacerdote, Maudelle comenzó a confesarse. Él había oído hablar del arrepentimiento en el lecho de muerte, pero hasta entonces jamás había pensado seriamente en ello. No, hasta que su tía le reveló ciertos secretos que le había ocultado hasta entonces.

La confesión de su tía hizo que la vida de Andre diera un brusco giro, llevándolo, además, a Salt Lake City, en Utah. Un lugar remoto que habían elegido los primeros mormones en su expansión hacia el oeste en 1840.

Andre amaba tanto el mar que el verse rodeado por el gran desierto de Salt Lake resultó un verdadero castigo para él. Aunque solo iba a ser una situación temporal y pronto volvería a su trabajo.

Por momentos, casi dudaba de seguir estando vivo. Solo la fragancia de los melocotones le recordaban poderosamente su mortalidad. Y, por supuesto, ese monje que yacía enfermo en su severa celda al otro lado del santuario. Un monje conocido por todos como el abad. El padre biológico de Andre. Había nacido sesenta y seis años antes y tenía sangre inglesa y francesa en sus venas.

Según el padre Joseph, el abad llevaba diez años sufriendo ataques de neumonía y la enfermedad lo había dejado en un estado muy frágil.

Cuando Andre entró en la celda, su padre se volvió hacia él.

–¿Le has enseñado el monasterio a la periodista?

–No, le dije que estarías mejor dentro de una semana. Te has pasado toda la vida construyendo este monasterio, así que deberías ser tú quien relatara su historia.

Su padre levantó la mano.

–Yo no he hecho nada. Todo ha sido obra de Dios, hijo.

–Lo que tú digas, padre. De todos modos, esperaremos a que te recuperes y seas tú quien se lo enseñe a la periodista.

–No creo que pueda hacerlo.

–No digas tonterías –replicó Andre. Perder al padre que acababa de encontrar finalmente era un golpe demasiado duro para él–. He llamado a una ambulancia para que venga a recogerte. Tienes que ir a un hospital.

–No –el anciano trató de incorporarse–. No quiero ir a ningún hospital. Nunca me gustaron.

Algo que Andre debía de haber heredado de él.

Pero había más cosas.

–Ahora tú eres mi único consuelo. Acércate. Es una alegría poder hablar con mi hijo. Eres un regalo divino que me llega en el último momento de mi vida.

Eso debía de ser mentira.

La repentina aparición de Andre en el monasterio diez días antes, diciendo que era el hijo del abad, había causado un gran impacto. Andre estaba convencido de que la neumonía se había agudizado por su culpa.

Le daba igual que su padre lo negara. Andre sabía la verdad. Él era el responsable del estado actual del anciano y eso le causaba un gran sufrimiento.

–No tienes la culpa de nada, hijo mío. De hecho, eres una víctima y mi corazón sufre sabiendo que has vivido sin una verdadera familia a tu alrededor. Si hay un dedo acusador, debería señalarme a mí por haber hecho el amor con tu madre antes de consagrarme como monje. Ha sido la cosa más egoísta que jamás haya hecho.

Andre echó la cabeza hacia atrás.

–Según la tía Maudelle, mi madre te tentó, a pesar de tus negativas.

–Maudelle era la hermana mayor de tu madre. Ella no se casó jamás, ni siquiera conoció a ningún hombre. Los celos que sentía por tu madre la hicieron decir cosas desagradables. No creas sus acusaciones. Un hombre no puede ser tentado si él no lo quiere, hijo mío. Tú has vivido en el mundo y sabes que es cierto.

Andre lo sabía perfectamente.

–Tu madre era de procedencia francesa y era una mujer muy guapa. Tu pelo oscuro y tus ojos negros me recuerdan a ella –el hombre sollozó brevemente–. Aunque siempre había querido servir a Dios, la amaba también a ella, y si me hubiera dicho que estaba embarazada, nos habríamos casado. Quizá una parte de mí estaba esperando que así fuera. Le conté que me iban a enviar a Utah, pero ella se quedó callada. Nunca volví a verla ni a tener noticias suyas. Así que nunca me enteré de que había muerto a consecuencia del parto.

Grandes lágrimas se derramaron por sus mejillas.

–Así que no te equivoques, Andre –continuó con voz ronca–. Tu madre no era ninguna egoísta. No me confesó su estado porque sabía que yo deseaba consagrarme a Dios. Y tía Maudelle hizo algo todavía más altruista. A pesar de sus celos, te crio y te convirtió en un hombre maravilloso.

–Pero ni siquiera me bautizó con tu apellido, padre.

–Eso no fue culpa suya. Estoy seguro de que tu madre lo decidió así para no ensuciar el nombre de mi familia. ¿No lo entiendes? Quisieron protegerme. Pero Benet es un apellido muy bonito. Es el de tu madre y tienes que sentirte orgulloso de llevarlo. !Oh Andre¡ No merezco tanta alegría, pero estoy seguro de que Dios recompensará a Maudelle por haberte criado como si fueras su hijo.

El anciano miró a Andre con ternura.

–Estoy muy orgulloso de ti. Has viajado, has hecho muchas cosas diferentes, hablas otros idiomas y has estudiado en la universidad. También sé que has invertido tu dinero inteligentemente. Ningún hombre pediría un hijo mejor. ¡Me gustaría que todo el mundo supiera que eres hijo mío!

–No hace falta, padre. Nadie tiene por qué saberlo. Nunca quise traerte la vergüenza.

–¿Vergüenza? –dijo verdaderamente enfadado–. ¡No lo entiendes! ¿Por qué iba a esconder algo tan milagroso como mi propia carne a los hermanos con los que he trabajado todos estos años? Les he dicho que cuando yo me haya ido, tú podrás quedarte aquí el tiempo que quieras. Esta puede ser tu casa siempre que así lo desees.

El anciano respiraba fatigadamente.

–Yo no he sido un hombre de mundo. No puedo dejarte una tienda o una granja. No tengo nada. Pero puedo darte un lugar tranquilo donde reposar a solas y meditar. Creo que solo te falta una cosa para ser un gran hombre. Pienso que lo has aprendido todo menos el significado de la vida. Quizá ese lo encuentres aquí algún día y luego sabrás disfrutar de la paz que has estado evitando durante tanto tiempo.

Andre, maravillado por la sabiduría de su padre, tomó la frágil mano que se tendía hacia él. Cuando oyó el sollozo de su padre, no pudo evitar estremecerse y llorar con él.

–¿Andre? –susurró el anciano poco después–. Sé lo que hay en tu corazón. Aparte de la confusión y la rabia que puedas sentir contra mí, tu madre y tu tía Maudelle, sé que tienes preguntas que hacerme. Yo trataré de contestarlas lo mejor posible, pero debes prometerme algo a cambio. ¡Prométeme que no dejarás que tu vida se guíe por la rabia y la amargura de ahora en adelante!

Su padre le estaba pidiendo un imposible, pero en aquella situación no pudo hacer otra cosa que prometer lo que creía que no iba a poder cumplir.

Fran no podía creerse que estuvieran ya a mediados de mayo. El viernes era la fecha límite para entregar los artículos que saldrían en julio y todavía tenía que ir a Clarion para visitar a algunos de los descendientes de los primeros judíos que se asentaron allí.

–Por la línea dos, Fran.

–No puedo en este momento, Paula.

–Pero el hombre ha llamado ya cinco veces.

–¿Cómo se llama?

–No me lo ha dicho.

–De acuerdo.

A Fran no le gustaba que la gente no dejara su nombre para que los pudiera llamar después. Debían de creerse que tenía tiempo para estar todo el día contestando al teléfono.

–Aquí la señorita Mallory.

–Por fin, señorita Mallory.

Fran reconoció aquella voz.

Su cuerpo comenzó a temblar de un modo inexplicable y decidió que fuera monje trapense o no, se negaría a ser amable con él. Quizá fuera falta de caridad, pero él había sido muy grosero con ella.

–¿Sí?

–Me lo merezco.

La respuesta hizo que Fran cerrara los ojos con fuerza. Desde luego, ese hombre no correspondía con la idea que ella tenía de un monje.

–Si el abad se ha recuperado lo suficiente como para hacer la entrevista, debería usted hablar con Paul Goates. Es asunto suyo.

–Me han dicho que está de vacaciones. Si sigue interesada en el artículo, venga hoy al monasterio.

La comunicación se cortó.

Ella se quedó con el auricular pegado a la oreja unos segundos y luego dio un grito de frustración antes de colgar.

–Venga hoy al monasterio –repitió, imitando la voz.

¿Quién se creía que era ese hombre?

–¿Hablando sola otra vez, Frannie? Ya sabes lo que eso significa –Le espetó Paul.

Ella se giró en la silla.

–¿Qué haces aquí?

El periodista rubio y bajito parpadeó.

–Pues creo que trabajo aquí.

–Pero si me acaban de decir que estás de vacaciones.

–¿Sí? ¿Por fin me ha dado Barney unos días libres? ¿Ahora que estamos tan cerca de la fecha de entrega de los artículos? Esto es nuevo.

–Ese monje del monasterio acaba de llamar para decirme que tenía que ir a hacer la entrevista hoy mismo, ya que tú no podrías hacerla debido a que estabas fuera.

–Estaba. Ayer –replicó Paul con una sonrisa–. Es evidente que ese monje quiere verte otra vez. Si tú no puedes imaginarte lo difícil que debe de ser para ellos ver a una mujer guapa, yo sí que puedo.

Paul se equivocaba. Al monje en cuestión no le gustaban las mujeres. Lo sabía de primera mano.

–Pues no pienso volver allí. Es tu artículo, Paul.

–Oh, vamos. Dale una alegría al pobre hombre –el periodista le guiñó un ojo–. Además, hoy tengo que ir al Museo de los Dinosaurios para tomar fotos de los fósiles de brontosaurio que acaban de encontrar. Y no te olvides de que ya has tomado fotos del exterior del monasterio. Y son fabulosas, a propósito. Sobre todo, las que has tomado de las montañas con el gran angular.

–Muchas gracias –musitó, preocupada por el repentino cambio de planes.

Casi le daba miedo volver a ver a ese monje, aunque en el fondo la había fascinado. La había hecho sentir cosas nuevas a las que no sabía poner nombre. Además, la entrevista sería con el abad.

En cuanto al monje, rezaría para no tener que hablar con él. Y si por casualidad se encontraban, fingiría no verlo.

Pero una hora después, tuvo que retractarse de sus palabras cuando descubrió que la estaba esperando en el aparcamiento del monasterio. Antes de apagar el motor, notó que su nivel de adrenalina había subido poderosamente.

El monje abrió la puerta del conductor y tomó el bolso con las cámaras. Fran se sonrojó violentamente al notar que el monje miraba sus piernas largas y torneadas donde el vestido se le había subido. Salió rápidamente del coche, observando que él iba vestido de la misma manera que la última vez.

Fran no se había dado cuenta en su primera visita de lo moreno que estaba él. La luz de la tienda era muy débil. Pero a la luz del sol, se notaba que pasaba muchas horas al aire libre. Fran no pudo evitar contener el aliento al observar su bello rostro y su cuerpo duro y musculoso. Avergonzada, apartó los ojos.

–Debe de haber rebasado el límite de velocidad para llegar tan pronto, señorita Mallory.

–Tengo mucha prisa. Esta parada es una de las varias que tengo que hacer durante el día de hoy, pero supongo que para usted ese es otro de mis pecados.

–¿Otro?

–Me imagino que habrá hecho una larga lista.

–¿Por qué iba a hacerlo? –preguntó, cerrando la puerta del coche.

–¿Está el abad esperando? –quiso saber, ignorando la pregunta.

–No, murió cuatro días después de su visita.

–No entiendo por qué no me lo ha dicho cuando me ha llamado –replicó enfadada.

–¿Por qué? Su muerte seguramente no significa nada para usted y de todas las maneras conseguirá su artículo.

Ella se volvió hacia el monje con los puños cerrados.

–¿Cómo puede decirme eso? Paul me contó que por teléfono el abad parecía una persona encantadora. Estaba deseando conocerlo y me apena mucho su muerte.

–Acepto la reprimenda.

Fran tragó saliva. No era una disculpa sólida, pero era evidente que el monje jamás había desarrollado ninguna habilidad social.

–Creo que fue abad aquí durante treinta años. Me imagino que los monjes lo echarán mucho de menos.

–Seguro que sí.

–Se burla de mí.

El monje se encogió de hombros con un gesto elegante.

–Para nada. Al contrario. Lo echaré de menos más de lo que usted cree –contestó.

Quizá la muerte del abad lo hubiera entristecido de verdad, pensó Fran. ¿No había leído en algún sitio que los monjes y monjas se suponía que no llegaban a encariñarse con nadie? En opinión de Fran, una persona tenía que ser bastante inhumana para que eso fuera cierto.

–El padre Ambrose me pidió que hiciera yo la entrevista en su lugar.

Allí pasaba algo extraño que Fran no entendía. Pero no sentía ningún deseo de indagar más.

–Este artículo podría servir para honrar su memoria.

–Hábleme de la revista para la cual trabaja, señorita Mallory.

–Es una publicación mensual que trata de mostrar lo que es Utah al resto del mundo. Se hacen reportajes sobre lugares de interés, de historia, religión, industria, lugares de ocio y sobre personas en particular.

–¿Y qué interés tiene la historia de este monasterio?

–Bueno, estamos interesados no solo por la Utah de hoy en día. También nos gustaría indagar sobre el pasado de la región. Según tengo entendido, este monasterio data de 1860, aunque el primer edificio, hecho de madera, fue quemado durante una huelga de los trabajadores de la zona. Y parece ser que el monasterio se convirtió en una comunidad aislada del exterior hasta la llegada del abad Ambrose, cien años después. Él convirtió el lugar en un santuario para todos aquellos que lo quieran visitar.

–Me impresiona que sepa usted tanto sobre el lugar. Le sugiero que hagamos la entrevista mientras damos un paseo por el huerto.

Por primera vez, él parecía no estar a la defensiva, y eso contribuyó a que ella se pudiera relajar al fin.

–Si le parece bien, grabaré la conversación.

Él asintió mientras caminaba a grandes zancadas. Ella tenía que andar muy deprisa para poder seguir su paso.

–¿Fue idea de él lo del huerto?

–Sí, y lo de las colmenas también. Con la miel blanca que hacía el abad consiguieron suficientes ingresos como para mantener la comunidad sin necesidad de recibir dinero del exterior. Incluso, se pudo comprar más tierras de cultivo.

–¿De dónde sacó la receta?

–El abad se crió en Louisiana. Allí tenía un amigo, cuya madre cocinaba para una familia rica de la zona. Según parece, el abad se fijó en cómo la señora hacía la miel blanca, así como las confituras. Y de ese modo, se trajo consigo los secretos de la cocina sureña.

–La miel blanca es estupenda. Yo la compro a menudo. Cuánto me gustaría poder haber conocido al abad.

–Fue un hombre increíble. Cuando él llegó, todo esto no era más que un campo lleno de piedras y malas hierbas.

Ella se quedó mirando las tierras de labranza, donde los monjes estaban trabajando. Luego, giró la vista hacia el monasterio.

–Y la piedra de la fachada…

–Es de la zona. Les llevó muchos años construir el edificio.

–Me gustaría ver alguna foto del abad en la época en que llegó aquí.

–Creo que hay alguna, pero no están bien conservadas.

–En la redacción tenemos un experto en restaurar fotos antiguas. Así que si fuera tan amable de dejarme alguna…

–Por supuesto.

Fran estaba encantada. Por alguna extraña razón, deseaba que ese reportaje fuese algo excepcional.

–¿Se pueden tomar fotografías en el interior de la iglesia?

–Puede tomar fotos donde le plazca. Desde donde el público puede asistir a la misa, hay una vista estupenda del altar. El abad encargó la Pieta a Florencia.

–Ya la he visto. Es una maravilla. ¿Y podría fotografiar la tumba del abad? Porque me imagino que estará enterrado aquí… Me gustaría que una foto de su lápida cerrara el reportaje. A pie de foto, podríamos poner: Monumento a un santo.

–El cementerio de la comunidad está en la parte de detrás del monasterio –contestó el monje.

Durante una hora, Fran siguió interrogándolo mientras visitaban los campos de labranza, la cocina, la biblioteca y el santuario. A las habitaciones de los monjes no pudieron acceder, como es lógico.

Finalmente, sacó fotos de la tienda de recuerdos, donde compró miel blanca y mermelada de pera para su familia. También se llevó algunos libros que contenían información que podría servirle para escribir el artículo.

–Me gustaría pedirle un último favor –comentó ella mientras el monje la acompañaba hacia su coche–. He fotografiado a todos sus hermanos, pero a usted no. ¿Me dejaría fotografiarlo en la escalera de la capilla?

–No.

Esa repuesta no dejaba lugar a dudas.

Ella trató de ocultar su decepción. «¿Qué te pasa, Fran? Pero si es un monje, por el amor del cielo».

–Ha sido usted muy amable por cederme su tiempo. Ahora lo dejaré que vuelva a sus tareas. Nunca hubiera pensado que ustedes trabajaran tanto.

Ella se daba cuenta de que estaba hablando demasiado deprisa, pero no podía evitarlo.

–He aprendido mucho con usted y trataré de hacer un artículo interesante, del que puedan disfrutar miles de personas. Cuando lo tenga terminado, le telefonearé para enseñárselo y para que usted dé el visto bueno antes de que se publique.

–¿Para cuándo estará terminado?

Tenía que pensar con rapidez. Después de llegar a Clarion, se pondría a trabajar, así que…

–Para pasado mañana, hacia las nueve. ¿Le viene bien?

–A esa hora estaré en la tienda.

«Muy bien, pero el problema va a ser qué excusa inventaré para volver una vez el artículo esté publicado…».

–Por cierto, no me ha dicho usted cómo se llama.

–Eso no es importante –dijo él, abriendo la puerta del coche de ella.

Fran se subió.

–Lo único que he hecho, al concederle esta entrevista, es cumplir con la voluntad del padre Ambrose.

Fran se notaba bastante nerviosa. No sabía si ese hombre se habría dado cuenta de la atracción que había despertado en ella.

Si trabajaba en la tienda de recuerdos, seguramente se habría fijado en que muchas mujeres se sentían atraídas por él. ¿Sería por eso que él se estaba mostrando tan groseramente?

Sin atreverse a mirarlo, arrancó y se alejó, consciente de que se había sonrojado. Pero cuando tomó la curva para salir a la carretera, no pudo evitar echar un vistazo al espejo retrovisor, para descubrir que él ya no estaba allí.

Capítulo 2

CÓMO era mi papá, tía Maudelle?

–No lo sé. Tú madre salía con muchos hombres, y lo único que sé es que él no estuvo presente cuando naciste.

–Yo fui la causa de su muerte, ¿verdad?

–Pero no fue a propósito. Y ahora deja de hacer preguntas y acaba de fregar los platos. Estoy cansada y tengo ganas de irme a la cama. Mañana tenemos que ir a misa.

–¿Qué es una misa?

–Una fiesta que se celebra en la iglesia.

–Pero a mí no me gustan las iglesias.

–No tienen por qué gustarte para que vayas.

–¿Y por qué no?

–El deber y el placer son dos cosas completamente diferentes. Eso te da carácter.

–¿Qué es el carácter?

–Hacer algo que no te apetece.

–¿Y entonces para qué lo voy a hacer?

–Porque Dios lo manda.

–¿Y quién es Dios?

–¿No lo sabes?

–No, pero sé quién es María.

–¿Y quién es?

–La mamá de Jesús. Él tenía la suerte de poder verla todo el tiempo.

–¿Quién te ha contado eso?

–Pierre. A mí me gustaría poder ver a mi mamá.

–Bueno, pero no puede ser, así que no debes pensar más en ello.

–Muy bien.

Andre se despertó muy inquieto. Había tenido una pesadilla y estaba sudando. Miró su reloj y vio que eran las cuatro y media de la mañana.

Se levantó del camastro del cuarto de huéspedes del monasterio, echó agua fría en un barreño y se lavó la cara. Luego, se pasó las manos por el pelo.

Por primera vez en su vida, no había soñado que perdía a su padre, solo a su madre. Así que estaba extrañado. Como extrañado y dolido estaba también por el silencio de su tía Maudelle durante todos aquellos años. Nunca le había hablado de su padre.

Aunque después de hablar con su padre, se daba cuenta de lo mucho que su tía debía de haber sufrido. Porque cuando él le decía que echaba de menos a su madre, ella debía de sentirse herida, ya que estaba poniendo todo su esfuerzo en ser como una madre para él.

Así que por una parte, hubiera preferido que ella no le hubiera confesado finalmente la verdad. Pero ya era tarde para decirle a su tía que sentía no haberla comprendido.

¿No había un antiguo adagio que comparaba la ignorancia con la dicha?

Pues hasta que su tía le confesó la verdad, él, si no dichoso, sí que había llevado por lo menos una vida agradable. Había recibido una educación y había elegido su modo de vida.

Pero de pronto, se encontraba atado a un trozo de tierra sin dueño, en medio de ninguna parte.

Porque si antes de saber la verdad, no tenía una verdadera sensación de identidad, después de conocer a su progenitor esa sensación había casi desaparecido.

Él y su padre eran dos personas completamente opuestas.

Su padre era un hombre sencillo que vivía del trabajo que hacía con sus manos. Amaba la naturaleza y podía vivir sin una mujer a su lado. Además, creía en Dios.

¿Cómo podía Andre ser su hijo?

¿Y cómo podía ser su madre una mujer que había estudiado solo la primaria, que había vivido toda su vida sin aspirar a nada, obligada a asistir a misa todas las semanas y cosiendo vestidos para las personas ricas?

Por lo que le había dicho su padre, ella había sido una muchacha muy bonita que tenía numerosos pretendientes, pero tuvo la mala suerte de enamorarse de un hombre que quería ser monje.

Todo aquello carecía de sentido para Andre. Seguramente, así se sentirían muchos niños cuando descubren la identidad de sus progenitores.

Se secó el rostro con una toalla y notó su barba incipiente. Tenía que afeitarse, ya que iba a verse con la señorita Mallory a las nueve. Una vez que diera el visto bueno a su artículo, tomaría un taxi para el aeropuerto.

Por muy bien que se hubieran portado los hermanos con él, no dejaba de ser un extraño allí, y ya era hora de marcharse.

Había pensado que le gustaría volar hasta Los Ángeles y desde allí, viajar a Alaska, lugar que siempre había deseado conocer. En su estado de ánimo, le apetecía ver las soleadas aguas del océano Pacífico.

Después de vestirse, salió a reunirse con los hermanos en los campos de labranza. Eran las cinco y ellos ya estaban trabajando. Tres o cuatro horas de trabajo físico le vendrían bien a su estado de ánimo, mejor que un libro. Al menos, así no tendría que pensar.

Durante sus numerosos viajes, Andre había conocido a muchas mujeres misteriosas y exóticas. E incluso había llegado a relacionarse con varias de ellas, pero desde que había llegado a ese monasterio, no había vuelto a pensar en ninguna, salvo en esa señorita Mallory. Aunque seguramente era solo porque sabía que tenía que ver el artículo.

Cuatro horas después, la mujer entraba en la tienda de regalos con una carpeta debajo del brazo. Andre descubrió disgustado que había estado esperando ansioso la llegada de ella y que su pulso se había acelerado nada más verla.

Ella no era la mujer más bella que hubiera conocido nunca, pero tenía algo diferente. Incluso bajo la luz tenue que los alumbraba, rebosaba salud.

–Buenos días –dijo ella con una voz ronca, que lo conmovió internamente.

–Señorita Mallory, puede dejar la carpeta en el mostrador –dijo, despejándola de objetos.

–Como puede ver, una foto del padre Ambrose abre el artículo. Lo conseguimos gracias a los archivos de la iglesia católica.

–Debe de ser como de hace veinte años. Estaba muy guapo con el hábito. Ha sido usted muy amable al permitirnos hacer este reportaje. Me gustaría regalar al monasterio las galeradas. Así podré… así la revista podrá agradecerle el tiempo que nos ha prestado.

Andre se fijó en el rostro bronceado y los ojos azules de su padre. Solo una mirada a ese joven monje borró de su mente la imagen del hombre que había muerto en sus brazos.

La señorita Mallory estaba en lo cierto.

Su padre había sido un hombre muy guapo. Se veía que había sido alto y tenía un aire distinguido. De pronto, el corazón de Andre se vio inundado por un inesperado orgullo filial.

Ella lo miró con una expresión preocupada en sus ojos verdes.

–¿Está usted bien?

Él se aclaró la garganta.

–Sí –respondió, agradecido por el regalo que aquella mujer le había hecho.

–Por favor… –dijo ella después de dudar un momento–. Lea tranquilamente el artículo. Yo iré a dar un paseo mientras tanto.

Él agradeció que lo dejara solo. Una vez que ella se marchó, leyó el artículo, maravillado por el trabajo que aquella mujer había hecho. Las fotos reflejaban perfectamente la calma y belleza que emanaban de la iglesia y sus alrededores.

Un gran dolor lo invadió al pensar que su padre no podría disfrutar de ese magnífico tributo a su vida y a su contribución al monasterio.

Estaba tan ensimismado al terminar de leer el artículo, que ni siquiera se dio cuenta de que la señorita Mallory había regresado hasta que notó el aroma de su perfume.

–¿Le gustaría cambiar alguna cosa? ¿O quizá no esté de acuerdo con algo? –le preguntó, mirándolo a los ojos.

–No. Estoy seguro de que al abad le hubiera encantado.

–Me alegro. Después de que lo publiquemos, traeré copias para todos los hermanos.

«Pero yo ya no estaré aquí», pensó Andre.

–Seguro que se pondrán muy contentos.

–Bueno, no quiero entretenerlo más. Y además, tengo que volver a mi despacho. Así que… Adiós.

Cerró la carpeta y se la volvió a poner debajo del brazo. Él se fijó en su cuerpo sensual, cubierto por un traje de color amarillo.

Así que, debido al nudo que se le formó en la garganta, ni siquiera pudo responderla. Se limitó a quedarse allí, quieto, como si ese mostrador le sirviera de refugio.

Bueno, así tendría una cosa menos de la que acordarse.

A Andre no le gustaba nada Salt Lake y no pensaba volver nunca.

Fran debería estar preparando su viaje. Iba a cubrir la gira del coro Lake Mormon Tabernacle por Los Ángeles y Australia, pero llevaba unos días impaciente porque saliera el número de julio. Aquella noche se la había pasado en vela, esperando a que amaneciera para llevar ejemplares de la revista a los hermanos del monasterio.

Después de su última visita al lugar, había decidido que enviaría las copias por correo. Le parecía lo más sensato, después de los sentimientos que cierto monje había despertado en ella.

Aunque había algo en su interior que le impedía hacerlo de ese modo.

«Tengo que ver a ese monje por última vez. Tengo que verlo».

Su madre se quedaría muy sorprendida si se enterase de aquello. Incluso ella misma se sentía sorprendida por su comportamiento.

Si se enterara el pastor de su iglesia, diría que aquello era obra del enemigo y que este atacaba donde uno era más vulnerable. Se lo había oído decir muchas veces desde el púlpito, pero nunca se lo había tomado en serio.

Y tampoco quería hacerlo en esos momentos, pero estaba segura de que no era correcto ir a visitar de nuevo al monje.

«Usted no es la primera mujer curiosa que ha venido, intrigada por nuestra decisión de permanecer célibes. Sin duda a alguien como usted, esto le puede parecer incomprensible».

Fran siempre se sonrojaba cuando se sentía avergonzada por algo. Así que al recordar las palabras de él, no pudo evitar sonrojarse.

Aquel monje parecía conocerla mejor que ella misma y lo más humillante era que iba a regresar a la escena del crimen. Y parecía que iba en busca de más de lo mismo. Quizá fuera por masoquismo o, simplemente, porque quería atraer la atención de ese monje célibe.

Aunque había más de cien hermanos en el monasterio, ella solo llevó un par de docenas de ejemplares. No era necesario llevar una copia para cada uno, ya que a los monjes no se les permitía tener posesiones personales. Pero sí quería que tuvieran suficientes ejemplares como para que todos pudieran leer el reportaje e incluso quizá quisieran poner alguno de exposición en la tienda de regalos.

Al llegar al monasterio, vio que había varios coches aparcados fuera, así como un autocar de turistas.

Frunció el ceño. No había pensado en que pudiera haber nadie delante cuando ella hiciera entrega de los ejemplares.

«Lo que quieres es estar a solas con él».

«Eres una estúpida, Francesca Mallory».

Salió del coche y se encaminó a la entrada de la capilla, llevando con ella las revistas.

Como ya se temía, la tienda de regalos estaba abarrotada de gente con gafas de sol y cámaras de fotos. Pudo ver a dos monjes atendiendo a los turistas, pero ninguno era el que le robaba el sueño.

Se sintió descorazonada y esperó a que la tienda se despejara un poco antes de acercarse a uno de los monjes.

–Soy Francesca Mallory, de Beehive Magazine. Le dije al monje al que entrevisté para el artículo sobre el abad Ambrose que les traería varios ejemplares de la revista en cuanto esta saliera.

El hombre se inclinó ligeramente.

–Es usted muy amable –dijo, agarrando las revistas.

Las cosas no le estaban saliendo como ella esperaba.

–¿Podría hablar un momento con el monje al que entrevisté?

–Él ya no está entre nosotros.

Fran se quedó perpleja.

–¿Quiere decir que lo han trasladado a otro monasterio?

–No puedo decírselo.

Sintió un escalofrío por todo el cuerpo.

–Ya me lo imagino. Es solo que siento mucho no poder darle las gracias personalmente.

–Yo se lo comunicaré.

–Gra… Gracias y adiós.

–Adiós.

Fran se dirigió al coche aturdida por la noticia. Tenía una enorme sensación de pérdida.

Para cuando se disponía a salir hacia Los Ángeles, dos días después, estaba furiosa consigo misma por haber permitido que el recuerdo de aquel hombre interfiriese en su trabajo.

Mientras subía a uno de los dos aviones contratados para el coro, decidió que debía olvidarse de todo aquel asunto y concentrarse en su trabajo.

Aquel viaje no solo iba a ser una gran aventura para ella, sino que podía ser muy importante para su carrera. Así que no iba a poner en peligro su trabajo por un simple monje.

Al llegar a Los Ángeles, una multitud recibió con gran entusiasmo al coro.

Como era una fan del mismo, Fran había asistido a bastantes de sus conciertos. Había ido a escucharlos los domingos durante años y conocía muchas canciones del repertorio. Algunas de ellas la emocionaban enormemente.

Había una canción en particular con la que siempre lloraba, acompañada del resto de la audiencia. Después había un silencio emocionado antes de que todos se levantaran y rompieran en aplausos. Para Fran ese silencio respetuoso era la demostración de una admiración mucho mayor que la propia ovación.

Ya por la noche, fue al concierto con su cámara, preparada para tomar algunos retratos de los asistentes. Quería hacer una fotografía que expresara la magia de la noche. Barney confiaba en ella. Si lo hacía bien, sería la portada de la revista, algo que Fran todavía no había conseguido. Aquella podía ser su gran oportunidad.

La canción que esperaba llegó poco después del intermedio. Había obtenido permiso para poder ponerse cerca de la orquesta y así, además de no molestar a nadie, podría hacer fotos frontales.

El director del coro levantó la batuta. Cuando todo el mundo se quedó en silencio, las sopranos comenzaron a cantar suavemente. La evocadora música llegó inmediatamente al alma de Fran. Y lo mismo les ocurrió a los demás espectadores.

Fran empezó a tomar fotos, de manera que cuando el grueso del coro comenzó, su cámara se detuvo en un rostro que irradiaba felicidad.

Era una mujer de unos sesenta años, de pelo gris y expresión dulce. Sus rasgos podían ser de Europa del este.

Las lágrimas rodaban por sus mejillas rosadas y sus ojos parecían transfigurados por la música.

Fran tragó saliva y tomó una docena de fotos, una detrás de otra. No había necesidad de buscar en otro sitio. Algo le decía que esa mujer era lo que ella esperaba descubrir entre el auditorio. Ella reflejaba perfectamente los sentimientos de los demás.

Quizá Fran pudiera encontrar algo mejor en Australia, pero lo dudaba. Era un momento único e iluminador y sintió que el vello de la nuca se le erizaba.

Arrastrada por una extraña fuerza que no sabía de dónde provendría, comenzó a sentirse ansiosa por que el concierto acabara y se pudiera aproximar a la mujer. Detrás de aquel rostro tenía que haber una historia especial y Fran quería llegar a conocerla. No solo para el artículo, sino también para satisfacer su propia curiosidad.

Después de que el coro cantara la última canción, la audiencia aplaudió unos cinco minutos. Nadie quería que se acabara el concierto.

Con pasos decididos, Fran se sumergió en la muchedumbre y se dirigió hacia la mujer. Mientras la gente hacía comentarios sobre lo que acababan de escuchar, Fran se aproximó a ella.

–Fue un concierto maravilloso, ¿verdad?

La mujer, cuyo rostro estaba humedecido por las lágrimas, echó la cabeza hacia atrás.

–Ha sido tan maravilloso como cuando los vi hace años en Alemania.

–¿Los vio en Alemania?

–Oh, sí. Hace muchos años. Cuando yo era pequeña y vivía en Berlín este, mi madre me dijo que si alguna vez tenía oportunidad de hacerlo, debía marcharme a un lugar donde pudiera encontrar a Dios. Yo entonces no la entendí. Luego, años después, salí del país. Volé con mi familia a Frankfurt y allí escuché por primera vez esta música. Después, fuimos a vivir a Zurich y volví a escucharlos. Allí fue donde encontré a Dios. No puede imaginar lo que fue –añadió, moviendo la cabeza.

Pero Fran sí que podía imaginárselo. Incluso había capturado la expresión de éxtasis de la mujer con su cámara.

–Gracias por contarme su historia –susurró Fran–. Trabajo para una revista de Utah y he tomado algunas fotos esta noche. Algunas son de usted. ¿Le importaría que se publicaran?

–En absoluto.

–Gracias –murmuró Fran mientras veía a la mujer alejarse y reunirse con su familia.

Fran, con los ojos también húmedos, se dio la vuelta y se encontró cara a cara con un hombre que podía ser el gemelo del monje al que había entrevistado en Salt Lake, aunque con el pelo más largo y con corbata y traje.

¿No había leído ella que todos teníamos un doble?

Desde luego, aquella noche parecía tener algo de irrealidad. Primero la mujer y luego aquel rostro de un hombre que pertenecía ya a su pasado y que había tratado en vano de olvidar.

Enfadada consigo misma por quedarse mirándolo, apartó los ojos y trató de pasar a su lado.

–¿Señorita Mallory?

Fran se quedó inmóvil. Aquella voz le resultó familiar.

–Si cree que soy una aparición, le aseguro que no es así.

Ella se dio la vuelta, confusa.

–Cuando llevé las revistas al monasterio, uno de los monjes me dijo que ya no vivía en el monasterio, pero no sabía que estaba usted en Los Ángeles.

–Me fui un día después de su última visita.

–No puedo decir que esté sorprendida. No le pegaba estar allí.

–Tiene razón.

Una vez más, la sinceridad de él la desarmó.

–¿Se escapó?

El hombre asintió ligeramente.

–Se puede decir así.

–¿Puede un monje hacer eso? –gritó, aunque en voz baja–. Quiero decir, ¿no hay ciertas formalidades que tienen que cumplirse para dejar la orden?

–Hay un sinfín de formalidades, incluyendo una petición de dispensa del Papa de Roma.

La información que Fran tenía acerca de la vida de los religiosos no era mucha. Lo poco que sabía lo había visto a través de las películas. Y dudaba que Hollywood hubiera hecho alguna vez una película sincera sobre la verdadera angustia que esa decisión implicaba.

–¿Ha… ha sido excomulgado?

–No, que yo sepa.

En ese momento, la mayoría de la gente estaba ya cerca de sus coches. Afortunadamente. La sorpresa de Fran habría sido evidente para cualquiera que hubiera estado observándolos.

–¿Está atormentado por su decisión?

–¿Está preocupada por la inmortalidad de mi alma?

Fran podía soportar cualquier cosa menos la burla de aquel hombre.

–¡En cierto modo sí! Después de su modo de tratarme el primer día en el monasterio, no entendía cómo podía sobrevivir allí.

–Eso quiere decir que ha estado pensando en mí.

Los ojos de Fran soltaron chispas.

–Está malinterpretando mis palabras.

–Me conmueve su preocupación.

Fran no pudo soportarlo más. Era evidente que ese hombre sufría, pero eso no tenía nada que ver con ella.

–Lo siento. He sido demasiado sincera. Es una de mis peores faltas.

–Esa falta me encanta.

Ella tragó saliva.

–No tengo derecho a decirle esto. No sé nada de usted ni de su vida. Simplemente me sorprende verlo aquí.

–¿Cree que no soy capaz de apreciar un concierto?

–Por supuesto que no. El canto gregoriano que escuché en el monasterio fue uno de los más bellos que he oído en mi vida. Pero no era eso lo que yo quería decirle.

–¿Qué quería entonces decirme?

–Creo que no tengo por qué explicárselo. Es una casualidad que hayamos venido los dos a Los Ángeles y es una casualidad aún mayor que coincidamos aquí.

–Yo estaba pensando lo mismo cuando la vi hablando con Gerda.

–¿La conoce? –preguntó sorprendida.

–Nos conocimos hace mucho tiempo. Cuando supieron que iba a estar en Los Ángeles, ella y su familia me invitaron a que viniera con ellos al concierto.

El hombre estudió con ávida intensidad los rasgos de la mujer, que apenas podía sostenerse en pie.

–¿Cómo es que se ha puesto a hablar con ella?

–Estoy aquí trabajando para la revista. Voy a cubrir la gira del coro por Australia. Además del texto, tengo que tomar fotografías que lo apoyen. Esta noche encontré lo que buscaba en el rostro de su amiga. Afortunadamente, me dio permiso para utilizar las fotos.

El hombre pareció sopesar sus palabras. Y ella no pudo evitar preguntarse por qué la miraba con esa solemnidad.

–Ha tenido suerte entonces. Es una persona muy especial.

Fran se preguntó dónde habría conocido él a la mujer y bajo qué circunstancias.

–Ya me he dado cuenta.

–¿Volará a Sydney mañana, entonces?

–Sí, será la primera ciudad que el coro visite en Australia.

–Le gustará.

–¿Ha estado usted allí?

–Sí.

Hubo una pausa.

–¿Vive en Los Ángeles ahora? –quiso saber Fran.

–No.

Fran pensó que no debería habérselo preguntado. Al ser un monje, él tendría que atenerse a ciertas reglas que seguramente le impedirían hablar de sus asuntos personales.

–Estoy deseando visitar Brisbane –dijo ella, tratando de continuar fluidamente la conversación–. He oído que las playas son allí cristalinas y los bosques, una maravilla.

–Todo eso es cierto. Pero haga lo que haga, no deje de visitar Great Barrier Reef. Es espectacular.

–También me han hablado de ello –Fran se aclaró la garganta–. Para alguien que ha vivido siempre dentro de un monasterio, el mundo debe de ser un lugar fascinante.

–Oh, sí que lo es. Y nunca tan fascinante como en este momento.

Si hubiera sido otro hombre, Fran se habría tomado el comentario como algo personal, pero tratándose de un monje arrepentido, decidió pasarlo por alto.

–Rezo por que encuentre lo que busca.

–¿Suele rezar? –preguntó él con gesto divertido.

Ella dio un suspiro profundo.

–Es una manera de hablar.

–O sea, que no reza.

–No he dicho eso.

–¿Qué es lo que trataba de decir entonces?

Fran se estaba cansando de tanta pregunta.

–Yo no soy la que tiene problemas espirituales. Y ahora me tengo que ir, el autobús me estará esperando. Dentro de poco, tenemos que estar en el aeropuerto.

–Adiós de nuevo. Y que se divierta en Australia.

Ella le dijo adiós y se dio la vuelta para marcharse, aunque no podía soportar la idea de que él la dejara marcharse sin llamarla. Tenía el horrible presentimiento de que no volverían a verse jamás.

«¿Qué otra cosa esperabas? ¿Pensabas de verdad que un monje atormentado te iba a pedir que pasases la noche con él?».

«¿Qué es lo que tanto te sorprende, Francesca Mallory?».

«¿Por qué estás dolida? ¿Qué puede significar él para ti o tú para él?».

«¿No sabías que eras una estúpida?».

«¿Cuántas veces he de decírtelo para que te enteres?».

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Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
23 октября 2024
Объем:
151 стр. 3 иллюстрации
ISBN:
9788413751429
Правообладатель:
Bookwire
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