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Un patio común


Primera edición en SLOPER en papel: febrero de 2021

Edición en ebook: octubre de 2021

Logotipo de La Noche Polar: Álex Fito

Logotipo de Sloper: Max

Un patio común

© Raúl Hoces

© del prólogo, Hernán Migoya

© Sloper, S. L.

C/ Victoria, 2, 3º C

07001 Palma de Mallorca

www.editorialsloper.es

Producción del ebook: booqlab

ISBN EBOOK: 978-84-17200-53-4

TAMBIÉN EL DE TU CASA
(prólogo)

Hernán Migoya

¿Qué es la gente normal?

Siempre he pensado que no existe la gente normal. Creo que todos los seres humanos somos unos perturbados.

Lo que se define como gente normal es una mayoría de individuos que hacen un esfuerzo sobrehumano por encajar en ese libro de instrucciones regido por morales coyunturales cuya adopción la sociedad exige a sus ciudadanos como garantía de un comportamiento “normal”.

O sea, normal es esa gente que cuando toca ser nazi es nazi, cuando toca ser progre es progre, cuando toca ser consumidor de cola zero es consumidor de cola zero, cuando toca ser tolerante (cero) es tolerante (cero), cuando toca estar metido en un grupo de padres de guasap son los primeros en aceptar la invitación.

Esa gente que se embarca en sublimes odiseas para no llamar la atención de sus conciudadanos que, de igual modo, hacen equilibrios en el baremo de lo normal. De resultas de su autodisciplina, reprimen dentro de sí todo aquello que les pueda parecer perjudicial para su integración en el entorno laboral, social e incluso doméstico.

Obviamente, todos tenemos que reprimir algunos instintos y pensamientos y conductas propios de nuestra peculiaridad individual, o estaríamos matándonos a diario unos a otros. Se impone como requisito sensato un mínimo grado de hipocresía para que la subespecie humana continúe su triunfal andadura en el planeta.

Lo malo es que con esa supresión de los rasgos de carácter únicos se va también gran parte de lo que nos hace especiales o distintos, aunque se trate de características pueriles. O, para alejarnos de concomitancias conceptuales con la nueva era, la espiritualidad de baratillo, los rebaños de Disney y la madre que los parió: de lo que no nos hace ni especiales ni distintos, pero sí dignos.

No hablo ya solamente de todas esas personas que renuncian a sus vocaciones artísticas o bohemias por un empleo seguro con el que poder alimentar periódicamente a sus bestezuelas; también de cualquier gracieta, ingeniosidad o tic de esos que cuando no soportábamos responsabilidades añadían la salsa más sabrosa a la vida, y que ahora aliñarían nuestras irrevocablemente grises existencias.

Resulta obvio que la brutalidad no ayuda a la convivencia entre pueblos –por más que a nivel subliminal muchas personas, anormales por defecto, acaso terminen conviniendo en que éste sería un mundo mucho mejor si pudieran hacer desaparecer del mapa, por poner un ejemplo susceptible de consenso democrático bajo el barnizado de normalidad, a todos los psicólogos, a los hinchas de fútbol y a los ciclistas que transitan por la acera: si bien en lo personal me desmarco por completo de secundar este categórico enunciado, y he aquí, en este sacrificado y desprendido gesto de bizarría solidaria, mi denodado propio esfuerzo por encajar entre la gente normal–…, pero tal vez la expresión decantada de la brutalidad en terrenos simbólicos sí ayude.

El arte es, entre otros recursos más lesivos y menos higiénicos, la única vía recomendable a ciegas para la expresión de todo lo que reprimimos, también de la brutalidad. De eso y del ingenio sin riendas, del abrazo de la libertad, de la búsqueda de la belleza.

Un patio común trata un poco de todo lo mencionado: de cómo unas personas que se esfuerzan a cualquier precio por ser una más entre la gente normal terminan sufriendo las más imprevistas y lógicas secuelas a su sometimiento. A veces ese sometimiento responde a un miedo absurdo y contraproducente, en otras ocasiones supone el precio a pagar por un poco de cordialidad del entorno y de paz mental. Casi siempre, la transgresión debe llevarse en el más estricto secreto: frente a los seres queridos y los que más te quieren, en especial.

El deseo de mediocridad en ciertos aspectos de nuestra trayectoria mundana se traduce en acción ineludible tarde o temprano para cualquier individuo que no ansíe terminar solo, encarcelado o muerto antes de tiempo.

Los seres humanos de los que escribe Raúl Hoces también lo ejemplifican.

El autor despliega, con la falsa sencillez de los buenos narradores, una panoplia de personas –porque en su mano no son personajes– agobiadas por diferentes cuestiones, algunas de gran trascendencia, otras que se revelan –echando mano de esa jerga caducada de la que tanto y tan piadosamente se ríe el propio Hoces– auténticas chorradas. Pero esas cosas trascendentes y esas chorradas son, qué casualidad, del mismo tipo que las que ustedes y yo enfrentamos cada día, a menudo concediéndoles pareja importancia. Y también plasma en las páginas que siguen varias crisis de personalidad, protagonizadas por adolescentes y cuarentones que todavía se debaten, admirablemente, por liberarse de la telaraña cada noche más gruesa que dicta los movimientos de nuestros días.

Hoces nos presenta, mediante sus propias voces en casi todos los casos, a varias mujeres muy interesantes, a un tipo que despertará nuestra empatía inmediata y a un número tampoco desdeñable de cretinos, un grupo humano, en fin, como el que podemos encontrarnos a diario en cualquier rutina convivencial. ¿Son los más cretinos los que mejor acatan las reglas sociales o los que más juegan a no acatarlas hasta que se estampan contra el muro de la realidad y de su propia medida como “agentes de disrupción”? Da que pensar.

Además, el cruce de sus vidas y la narración de sus experiencias se ven salpimentados por numerosos hallazgos, tanto de fondo –cómo no empezar a clasificar desde ahora al prójimo entre aquellos que se reirían con el avance de un viandante cojo al ritmo inconsciente de un éxito ochentero de los Communards y los que no– como expresivos. Lo excepcional en nuestras vidas, por norma, suele ser mentira, sobre todo si llega envuelto en los ropajes sempiternos pero inodoros de Gandalf.

De guinda, Hoces nos regala una hermosa definición de esa avanzadilla conformada por los imbéciles que no sólo tragan con el libro de estilo de la gente normal, sino que encima no tienen empacho en aplicarlo a sus congéneres, a poco que puedan, para dar ejemplo inquisitorial y destacar de alguna desesperada manera en la miasma colectiva. Esos “puristas lánguidos” no dejan de ser una formidable interpretación ibérica de los “solemnes cojudos”, la no menos maravillosa expresión aportada por el eminente filósofo peruano Sofocleto en uno de sus célebres tratados.

Sólo nos queda jugar a reconocernos –o a evadir nuestra mirada responsable frente al espejo ¿deformado?– en las actitudes y decisiones que toman los habitantes de este patio común, pintado por Raúl Hoces con exacta luz hiperrealista para nuestro placer y escarnio.

PRIMERA PARTE

1. Olga

A las 10 de la mañana he salido a fumar al patio de atrás y no me he encontrado a Daniel. A veces tiene clientes y no sale, así que no me ha extrañado. He esperado casi un cuarto de hora y, cuando me ha empezado a entrar frío, he vuelto al salón y me he puesto a barrer. No había más que una clienta, la señora Sánchez, y la jefa la tenía en el secador, madurando una permanente crepada que ya solo pide ella y le queda espantosa.

Me ha parecido ver la bata de Daniel, a través de la puerta de cristal que da a la calle, y he asomado la nariz.

—¿Qué haces fumando aquí? Te he estado esperando atrás.

—Calla y escucha

—¿Qué?

—¿No oyes los gritos?

—Mmh… Sí, ¿Qué pasa?

—Se ha montado un pollo importante. Se me ha formado un poco de cola en la ferretería y uno de los clientes, un gilipollas, ha dejado pasar a otro que llevaba solamente una bombilla.

—¿Y por eso es gilipollas?

—Los que iban detrás de él se han puesto a murmurar que tenía que haberles pedido permiso a ellos también, en plan de que ellos iban primero.

—Claro.

—Y entonces el gilipollas se ha puesto a gritar que él era el dueño de su lugar en la cola, de su dignidad y de su destino. Pero chillando mucho.

—Joder.

—Y el tipo que llevaba la bombilla se ha puesto nervioso y se le ha caído al suelo. A los del final de la cola se les han empezado a hinchar los huevos y han comenzado a vociferar y a insultar de gravedad al gilipollas.

—Quieres decir “gravemente”...

—Es lo mismo, ¿no?

—No, de gravedad es si lo hubiesen herido.

—Creo que están en ello. He intentado poner paz pero no me han hecho ni puto caso, así que me he salido a fumar.

—¿Y si te rompen algo de la tienda?

—Mejor que si me rompen algo a mí.

—Ya no se oyen gritos.

—Ya, voy a ver.

No es un percance habitual en nuestro barrio, sobre todo desde que pusimos en práctica el sistema para avisarnos entre todos. Cuando algún cliente pesado, raro o con alguna manía molesta acude a alguno de los comercios de la zona, el dependiente avisa a través de un grupo de WhatsApp, indicando el tipo de incordio que representa.

Al principio utilizábamos un walkie y los avisos eran muy detallados. Pero se hacía pesado, porque tenías que hacer descripciones muy precisas; mensajes como “cuidado que va uno con barba y vaqueros cortos, ya sabes, con las pantorrillas al aire, no cortos de que le llegan por encima del tobillo, sino por la rodilla o así, y se ha pasado veinte minutos revolviéndome los calzoncillos y preguntando precio de cada uno (y eso que la mayoría están marcados) y al final me ha dicho que como de rayas verdes en diagonal no tengo ninguno, que se lo piensa”. Además de lo plomizo de los mensajes, el sistema contaba con el inconveniente añadido de que el individuo objetivo podía interceptar la comunicación si entraba en alguno de los comercios mientras se estaba reproduciendo a un volumen suficientemente alto.

Con la aparición de las nuevas tecnologías se popularizaron las aplicaciones de mensajería y acabamos sustituyendo con ellas a los walkie-talkie, que contaban entre sus molestias la falta de discreción y los engorrosos mensajes protocolarios que casi todo el mundo olvidaba y convertían las conversaciones en esperpentos. Si Mari, por poner un ejemplo recurrente, quería finalizar una conversación, se le iba el santo al cielo y no pronunciaba un “corto y cierro” de manual. Al resto de oyentes no les daba por apagar el aparato y en todos los comercios del barrio se escuchaba un zumbido incesante y molesto. En alguna ocasión, los despistes con la etiqueta provocaban confusiones y malos entendidos que podían acabar en rencillas, como aquella vez que Mamen quiso dar paso a Julián, el de la barbería, con un “corto y cambio”, se le coló un “corto y calvo” y el barbero, que no era muy alto ni se peinaba nunca, reaccionó con un automático, “tu puta madre, gorda de los cojones”. Cualquiera puede imaginar el guirigay que se formó a continuación, con infinidad de voces interviniendo a la vez en una emisora colapsada y zumbante.

Una vez que alguien tuvo la feliz idea de crear un grupo de WhatsApp, entre todos tuvimos que ir descubriendo los vacíos que debíamos rellenar para allanar el canal de comunicación y hacerlo asequible a todos los integrantes. Si tenemos en cuenta que Alfonsa, la dueña de la mercería, tiene casi setenta años y escribe con un solo dedo en el teclado del teléfono, es fácil predecir que cuando el mensaje llegaba el sospechoso había desordenado el género en, por lo menos, cuatro comercios más del barrio.

Sin embargo, y gracias a episodios como éste, es a base de repetir patrones que hemos llegado a establecer un código que nos ayuda a identificar a clientes de hábitos perniciosos. Ahora lo resolvemos de una forma más mecánica y escueta: para el que revuelve la mercancía sin comprar nada hemos establecido el emoticono de la sevillana, para el que se prueba prendas y pide precio con la intención de buscar la oferta en internet, ponemos el del monito con la boca tapada, si advertimos a alguno cuya finalidad es sustraer mercancía, enviamos el policía y, para el que intenta colarse o busca lío en la cola, usamos la mierda con ojos.

Todos los códigos permiten combinaciones múltiples y nos hemos acostumbrado a descifrar mensajes con una cara sonriente, una cara llorando, un policía, una calavera y un sombrero de copa, por ejemplo. Eso reduce mucho los incidentes, ya que podemos prever ciertas conductas y evitarlas.

Hace unos cinco años que conozco a Daniel. Enseguida me cayó bien: es un ferretero poco común.

A lo mejor ésta es una observación clasista (además de generalista, ya que no conozco a más ferreteros). Pero el prejuicio que les acompaña es el de ser gente gris, oscura, seria y dedicada a un negocio al que se puede describir con los mismos adjetivos. Expertos en tornillería, cables, pilas, bombillas y herramientas, copiadores de llaves, diligentes y calvos.

Daniel es calvo, en eso no se aparta ni un milímetro de la imagen típica que proyectan sus compañeros de gremio. Pero es un tipo divertido, culto y sensible. Me llamó la atención tan pronto como se hizo cargo de la tienda, cuando su padre se jubiló y, con un sutil chantaje emocional, le hizo volver de Dublín para heredar un negocio del que había huido más de tres lustros atrás.

La verdad es que pasaron, al menos, otros tres años desde que llegó hasta que pasamos de un simple saludo al cruzarnos, a coincidir en el patio trasero, compartir cigarros, conversaciones y confesiones. Ahora le considero uno de mis mejores amigos.

A lo largo de estos breves encuentros, Daniel me ha ido relatando su trayectoria, sus fracasos y sus triunfos.

En cualquier vida siempre hay más fracasos que éxitos. Nadie gana siempre, ni siquiera la mayoría de las veces. Pero tenemos la sana costumbre de olvidar lo que duele, lo que nos frustra. O de disimularlo, o incluso de justificarlo para sentirnos menos perdedores. ¿Quién soporta el peso de tantos golpes bajo la piel?

Su mayor triunfo fue, precisamente, su exilio a Irlanda. Después de sacarse derecho, se dio cuenta de que no le gustaba ninguna de las salidas que a un licenciado en aquella carrera le ofrecía el mercado laboral. De todas formas, lo intentó durante un tiempo. Una pasantía en un despacho pequeño donde archivaba y fotocopiaba como si de ello dependiese su felicidad y la de los suyos, como si al final del día un contador invisible tuviese la misión de aprobar su desempeño y concederle un nuevo día en la tierra, como si su vida perdiese todo atisbo de sentido al alejarse de las carpetas y la impresora. Siguió intentándolo, enviando cientos de currículos a los mejores y más importantes bufetes de la ciudad, a muchos de los medianos y a algunos francamente malos. Todo lo que consiguió, finalmente, fue vencer la tentación de preparar oposiciones y esquivar la amenaza, en forma de maldición, de su familia: su padre, antes de acabar la carrera, le advirtió que no debía pasar más de un año desde su licenciatura sin encontrar un empleo remunerado. En caso contrario, trabajaría para él en el comercio familiar. El hombre se mantenía saludable en su madurez, pero el paso de los años comenzaba a ser una evidencia y quería asegurar la continuidad de un negocio que había levantado de la nada.

Y nada horrorizaba a Daniel más que el gris futuro que como ferretero le esperaba. Se angustiaba al saber que su vida se circunscribiría al mismo barrio en el que se había criado, que por horizonte tendría un escaparate con máquinas perforadoras, sierras eléctricas y mangueras. Se imaginaba casándose con una vecina, criando niños como el que él mismo había sido, sin ser capaz de darles la posibilidad de huir, de escapar, de ser alguien diferente en un sitio distinto.

Cuando faltaba un mes para que se cumpliera el año de margen dado por su progenitor, una ex-compañera de facultad le habló de una empresa ubicada en Dublín que, tras el pago de una módica cantidad, ofrecía alojamiento y trabajo en la ciudad.

Hizo un montoncito sobre su escritorio con los billetes y monedas que había ido ahorrando durante los últimos meses, ayudando los sábados en la ferretería y haciendo algún recado extra para el bufete, e hizo la llamada que cambiaría el rumbo de su vida.

Una vez en el extranjero, tuvo la oportunidad de comprobar que su inglés no era suficientemente bueno para haber entendido, en la letra pequeña del contrato que firmó en su ciudad, que lo que la agencia facilitaba era el contacto con un casero para que él mismo pactase el alquiler, así como una serie de direcciones de locales y empresas de la ciudad en las que se solicitaba personal. Recopilaban anuncios públicos y los vendían a aventureros que guardaban la precaución suficiente para no presentarse en Dublín con las manos vacías, pero mantenían la ingenuidad necesaria para creer que el pago de una cuota les iba a proporcionar curro y casa.

Daniel es de esa clase de personas.

Sin embargo, al cabo de unas horas estaba instalado en una habitación de un edificio de apartamentos, compartida con un muchacho italiano, y no tardó más de una semana en empezar a ayudar a un tapicero algunas horas al día, que le permitían pagar la renta y comer ligero.

Irse a Irlanda fue un triunfo trufado de pequeños fracasos, en el que ambos conceptos se mezclaron, se emborracharon, fornicaron se convirtieron en inseparables, borrando y confundiendo los límites que les separaban.

Antes de entrar de nuevo en la pelu oigo un estrépito de cacharros y asomo la cabeza a la puerta de la ferretería. Veo a dos hombres enfrentados, con las narices tocándose, resoplando, las caras de un rojo incandescente y los puños crispados, escupiéndose insultos mutuamente. Pero la cabeza de Daniel, que asoma por encima de ellos, me dedica un gesto tranquilizante, una sutil rotación de cuello acompañada de un fruncimiento de cejas que me dice que “no pasa nada”. Cierro entonces y vuelvo al tajo, a lavar cabezas y juntar montoncitos de pelo en el suelo, esperando a que la clienta de turno haga el chiste de los cojines.

Hoy acabo temprano, la jefa me debe horas de los últimos sábados, en los que hemos hecho novias y empezábamos a peinar a las siete de la mañana. A las seis de la tarde he quedado con mi amiga Maru para ir a nadar a la piscina. Maru había nadado en campeonatos de Europa y del mundo, no llegó a conseguir medallas internacionales pero es capaz de nadar más rápido que cualquier otra persona que yo conozca. Y más rato. Me gusta entrenar con ella porque me da pequeños consejos que me ayudan a mejorar la técnica. Hoy se ha concentrado en la patada de braza, haciéndome ondular levemente para conseguir una mejor penetración en el agua. No se me da mal y lo he cogido bastante fácilmente, pero en la natación lo que realmente ocurre con las mejoras es que no las fijas hasta que las has practicado infinidad de veces y consigues que el movimiento se convierta en automático. Por eso es tan difícil progresar. A lo mejor es que nadar es como vivir.

Sin acabar de decidir si es gracias a eso o a pesar de todo, salgo del agua contenta y cansada, más que dispuesta a invitar a una cerveza a mi amiga y después acompañarla en coche a su casa.

Cuando llegamos, aparco en doble fila delante de su portal y nos quedamos charlando un rato más. De técnicas de nado, del trabajo y de quedar un día para ir al cine. Pronto se nos acaba el tema de conversación y yo le doy las buenas noches, esperando a que abra la puerta y se despida. Pero Maru permanece en su asiento, mirando al frente y sonriendo. No sé cómo reaccionar, así que la imito y, al cabo de unos segundos, inconscientemente, empiezo a dar golpecitos con los dedos en el volante, tamborileando nerviosa. Miro a Maru de reojo, que mantiene la postura y ni siquiera se ha desabrochado el cinturón.

Me asalta la duda de si he acertado con la dirección de su casa, a pesar de haber venido en innumerables ocasiones y estar lo suficientemente cerca de la mía para conocer bien el barrio. De todas formas, miro el portal, compruebo el número de bloque y me cercioro aún más de estar en lo cierto al reconocer los toldos de los balcones, la bicicleta aparcada en la farola de delante y la tienda de ultramarinos junto a la entrada, ya cerrada a estas horas. Todo está donde debería estar, salvo mi amiga, que debería estar saliendo de mi Renault Clío y, en lugar de eso, está mirando, silenciosa, el final de su propia calle.

Me impaciento:

—Maru

—¿Sí?

—¿No tienes que ir a casa?

—No.

—Pero yo tendría que irme.

—Pues vete.

—Pero si tú no te bajas, no me puedo ir.

—Sí que puedes.

—No, coño Maru, no puedo.

—Claro que puedes, yo no me bajo.

—No me jodas, claro que te bajas, que te he traído a tu casa para algo.

—Pues estoy muy a gusto aquí. Y no me bajo.

Arranco el motor, embrago y meto primera. Pero estoy confundida, vuelvo a poner punto muerto, apago el coche otra vez y me quedo callada, mirando de nuevo al frente y sin saber qué hacer.

Tras pensarlo unos instantes, vuelvo a encender, emprendo la marcha y me voy a mi casa. Encuentro sitio cerca y aparco en batería. Me bajo del coche, pregunto por última vez a la copiloto:

—¿Te bajas? Y hacemos algo de cenar y te quedas a dormir en mi casa.

—No, gracias. No quiero bajar del coche.

—Buenas noches.

—Buenas noches.

Abro el portal con el amenazante presentimiento de que mi amiga Maru es una mamarracha. Pero solamente por aprovechar la oportunidad de darle uso al insulto. Me subyuga esa palabra: MAMARRACHA. También me subyuga la palabra subyugar, pero eso es otra historia.

La palabra mamarracha empieza tierna, cariñosa y acaba degenerando en algo despectivo, un desprecio. No quiero resultar demasiado severa con ella. En realidad, sólo he conocido a alguien que personifique de manera fidedigna al Mamarracho definitivo, al original y genuino.

Tuve un profesor de expresión corporal, en el instituto de teatro en el que atendía clases, que tenía tanto control de su propio cuerpo como llegó a tenerlo del mío. Para ser justa, debo de admitir que me dejé seducir y, para ser aún más ecuánime, confesar que para ser seducida tuve una dura pugna con un par de alumnas y algún compañero igual de interesados en ser objeto de las atenciones íntimas del mamarracho. El hecho es que me dejó embarazada antes de acabar el curso y, para proteger su carrera como docente, se aprovechó de la inocencia de quien yo era entonces: una cría de veinte años. Me convenció de que lo mejor era abandonar los estudios y abortar. Me ayudó a pagar la clínica y a que me desenamorara de él, de golpe y en un único gesto de desprecio. Empezó cariñoso y acabó humillando, como la palabra de la que, desde entonces, el Mamarracho es estandarte mundial.

Antes de acostarme, asomo la cabeza por la ventana para descubrir que Maru ha abandonado la guardia en mi coche. Lo cierro con el mando, apago las luces y me quedo un buen rato dando vueltas a mi época de estudiante.

2. Marta

Tengo el tiempo justo para sacar el coche del parking, dejar a Tinka en la puerta de la escuela casi sin parar y volar hasta el centro para no entrar muy tarde en la oficina. Si normalmente ya voy apurada, hoy la extravagancia de Gabriel ha acabado de dar al traste con mi meticuloso plan de preparación de las mañanas.

Me levanto a las seis. Café, cigarro y cuarto de baño (no voy a darle al lector la satisfacción de completar la rima). Ducha, preparar desayuno para los tres, empezar a desperezar a la niña, recoger la cocina y barrer el piso, vestirme, arreglarme un poco, levantar la persiana y abrir la ventana de la habitación para que mi pareja se despierte. Daría igual que se levantase más tarde, porque lleva dos años en el paro y sin visos de querer cambiar de estado, pero insiste en hacerlo a las ocho, cuando mi hija y yo nos disponemos a salir.

Pues hoy, en el espacio de tiempo que va de preparar el desayuno a encender la luz en el cuarto de Tinka, al señor se le ha antojado una felación. Por supuesto, me he negado en primera instancia. Pero se ha puesto súper pesado, que si “hace mucho tiempo”, que si “yo no me niego nunca”, que si “no me haces ni caso”. Me ha perseguido por toda la cocina, cogiéndome la mano y poniéndomela en el paquete, “mira como estoy, ¿cómo me vas a dejar así?” Y yo tratando de ganar tiempo, “esta noche te la hago, que ahora voy con la hora pegada al culo y no puedo”. Y él “¿cómo voy a esperar así hasta la noche? Me va a dar un ataque de priapismo y se me va a engangrenar y me van a tener que extirpar la polla y me voy a quedar eunuco, o igual me da un ictus y me encuentras aquí tirado y tieso como un muñeco”.

Lo del priapismo es culpa mía, se lo he enseñado yo. Lo leí hace tiempo en una novela del Gran Wyoming y se me quedó la palabra. Por lo visto, viene de un personaje de la mitología con problemas de proporción. Me pregunto qué clase de médico tiene tanto tiempo como para conocer la mitología griega a un nivel de profundidad tal como para utilizar a un personaje como éste, que no es de los protagonistas, al nombrar una enfermedad que ha descubierto, con la alegría y la confusión del momento. Para que se le ocurra así, espontáneamente, tiene que tener al tal Priapo muy presente.

Aunque, pensándolo bien, igual el médico que le puso el nombre era griego, de la época, y tenía la mitología más a mano. Total, los síntomas son evidentes y no creo que sea muy difícil de diagnosticar.

En fin, que no me dejaba hacer nada. Veía que se me iba a hacer tardísimo y he acabado coligiendo que iba a ser más practicable ceder que resistirme.

Claro, luego iba tarde para todo y he llegado a la oficina en un estado de nervios que, cuando Maru me ha dicho de ir a tomar un café mientras arrancaba el Windows en el ordenador, me he tenido que acercar al despacho del jefe a distraer una infusión del cajón de su mesa, aprovechando que él viene más tarde.

Me he pasado la mañana un poco absorta en mis cosas, la verdad. He ido realizando asientos contables sin fijarme mucho en que las cifras cuadrasen. Llevo tantos años haciéndolo que confío casi ciegamente en que el instinto me pellizque si en una factura el precio no coincide con la entrada en el sistema. Hoy no me ha pellizcado ni una vez, el maldito instinto. En los próximos días sabré si ha sido por la ausencia de errores o porque también la intuición, hoy, estaba en Katmandú.

Después de comer, me acuerdo de que ayer compré Nesquick de fresa y sigo las instrucciones de una novela que acabo de leerme para echar una cucharada en el té.

Lo escupo inmediatamente: “vete a tomar por culo, Ben Brooks, con tus inventos”. Maru se ríe, al principio disimulando un poco, por debajo del bigote, pero al cabo de unos segundos está tronchándose, doblada en una esquina de la cocina, llorando y dándose golpes en los muslos. No es la primera vez que le pasa; ya sé que, si no quiero que vengan a llamarnos la atención a las dos, es mejor que vuelva a mi sitio. A mi compañera tardará en pasársele el ataque, por lo menos, un cuarto de hora.

Al salir, paso por casa de mi madre, que hoy iba al médico, a ver qué le ha dicho.

Para variar, no lo ha entendido. Llamaré yo mañana para que me diga si tiene que dejar de tomar azúcar o si necesita más azúcar de la que ingiere, que es lo que sospechosamente ha comprendido ella. Me da un tupper con arroz y otro con migas y salgo otra vez corriendo, a recoger a Tinka de sus clases de inglés en el colegio.

En el corto trayecto en coche, me explica un cuento tradicional irlandés que la profesora les ha explicado. Me extraña que haya entendido tanto y presumo que, la mayor parte, se la está inventando sobre la marcha. Pero me gusta la historia y no le pongo pegas, dejo que acabe y aplaudo cuando dice “fin” con su vocecita de siete años.

«Había un irlandés gigante que vivía en una cueva junto al mar y otro escocés gigante que en una cueva, junto al mar, vivía. Se pasaban el día gritándose cosas de cueva a cueva y tirándose piedras sin darse, como si fuesen italianos. Tantas piedras se lanzaron, que se hizo un camino a través del mar, desde la cueva de Irlanda hasta la cueva en Escocia. Un día, el irlandés salió a pasear a su gigante perro y éste se le escapó. Echó a correr tras el can, que atravesó el mar por el camino de piedras hasta Escocia. Cuando llegó, vio que el gigante escocés estaba por allí, con su falda y su flauta con bolsa. La mascota del de Irlanda le mordió en el tobillo desnudo y se volvió a la isla, dando gigantes saltos de gigante, con el pie del gaitero en la boca.

«El escocés arrancó un pino del suelo y lo usó de bastón para cruzar hasta el otro lado, gritando como un loco y con el muñón tiñendo el camino de sangre. El irlandés mandó al perro a vigilar o a comerse unas ovejas y se escondió en su cueva. Le dijo a su mujer que tenía sueño y se metió en la cama. La giganta le dijo que de eso nada, que había un montón de cosas que hacer en la cueva, que se pusiese a barrer y a sacar el polvo del estante de las hachas, que estaba comidito de mierda.

«Cuando el cojo se disponía a aporrear la puerta, oyó el estruendo que causaba el vozarrón de la irlandesa, que se ampliaba por el eco al rebotar contra las paredes de piedra. Se enamoró de ella al instante, tiró el pedazo de madera que cerraba el paso con un golpe de tobillo y, de un ágil movimiento con el árbol que hacía las veces de bastón, separó a la mujer de su marido, salvando de esta manera la vida de éste, que a estas alturas yacía arrodillado en el suelo, llorando e implorando clemencia. Al cruzar sus miradas, sintió que su amor era correspondido. Juntos corrieron hasta Escocia, con saltos tan jubilosos y alegres que, a su paso, hundieron el camino de piedras en el océano, perdiéndose para siempre la unión entre las dos islas. Fin.»

Al soltar el volante para el aplauso se me va un pelín el coche y del bordillazo reviento un neumático.

Por suerte, es cerca de casa y le acompaño a pie hasta el portal, le dejo que suba y me quedo esperando al servicio técnico, porque yo no sé cambiar una rueda en estos autos modernos y Gabriel, que está en en plan Bukowski -pero sin escribir-, viendo la tele y bebiendo cerveza en calzoncillos, no sabe cambiarlas en ningún tipo de coches.

Cuando, por fin, llego a mi casa, me descalzo, me pongo el pijama y me desmaquillo, es la hora de cenar. Por el estado en el que se encuentra la cocina, deduzco que eso es algo que deberá esperar.

Llamo a mi compañero y le doy instrucciones precisas de cómo tiene que ponerse unos pantalones, unos zapatos y una camisa, meter todas sus mierdas en una maleta y largarse de mi casa en diez minutos.

Hace un mohín de disgusto y levanta un poco la mano para discutir alguna de las indicaciones, pero me doy la vuelta y me pongo a cocinar para dos. Oigo cómo va a la habitación, trastea con sus cuatro prendas, tintinea el cepillo de dientes al sacarlo del vaso del lavabo, se acerca a la nevera con una mochila al hombro, coge una cerveza, me da una palmada en el culo y se marcha dando un sonoro portazo.

No tengo ni un solo remordimiento. Busco en mi interior mientras hierven las judías verdes y nada, ni uno. Me siento como Napoleón o algún otro genocida ilustre que, según Dostoievski, estaba diseñado genéticamente de tal manera que podía cometer el crimen más vil, la más grande tropelía, sin inmutarse, sin ni siquiera necesitar plantearse si era un acto éticamente lícito, atendiendo únicamente a la utilidad del mismo. Cualquiera que, antes de cometer un acto ruin, bajo, despreciable, se planteaba la naturaleza moral del mismo, dejaba de pertenecer al grupo de elegidos que podían actuar como psicópatas sin perder el sueño.

Probablemente yo forme parte de ese grupo. Aunque no estoy segura. A lo peor, sólo por dedicar unos segundos a explorar algún rastro de culpa, me estoy excluyendo de tan selecto conjunto y no valgo para ejercer de abominable criminal.

Acabo confirmando que tengo motivos que me redimen. Llevo dándole vueltas a dejar a Gabriel casi desde que apareció en el piso. Hace unos seis meses que, después de salir unas cuantas veces con él, se quedó a dormir una noche y a la siguiente se empezó a instalar, sigilosamente, sin que apenas se notase, como si fuese una corriente de aire que se cuela por una puerta mal cerrada, el puto Gabriel. Fui plenamente consciente un día que estaba buscando el mando de la tele y, desde el sofá, me dijo “lo tengo yo, ¿qué quieres que ponga?”. Yo me acomodé, no voy a negarlo. Tener una persona adulta en casa me daba algo más de margen con la niña y me permitía no agobiarme tanto si un día se ponía mala, como si se alargaba una reunión, el tráfico era menos fluido de lo que anunciaban por la radio o mi madre tenía que explicarme algo importante, algo que ocurría a diario si nos atenemos a su más que discutible criterio.

Pero el paso de los días fue descubriendo que era un adulto solamente en la cama. En la cama no era ningún cachorro, eso es cierto. Pero, para el resto de actividades, era un irresponsable con el que cada vez me daba más miedo dejar a mi hija. No porque temiese que pudiese hacerle algo malo, sino porque era muy probable que se olvidase de recogerla, de darle la merienda o que, en un descuido, la invitara a un cigarro o a beberse una cerveza.

De alguna manera, también ha influido en mi súbita determinación el encuentro, la semana pasada, con Daniel. Un antiguo amigo del vecindario que acaba de volver de un largo exilio en el extranjero. Antes de que se marchase, hace ya casi quince años, habíamos salido juntos alguna vez, siendo compañeros de clase en el instituto y después parte de la misma pandilla del barrio.

En una ocasión llegamos a acostarnos. Fue poco antes de que se fuese, que era algo que los dos sabíamos que sucedería, y silenciamos nuestros incipientes sentimientos para no lastimarnos mutuamente.

Hace unos días, me crucé con él delante de la ferretería de su padre y fue él quien me reconoció y me paró para saludarme. Mientras me explicaba sus intenciones de futuro y nos poníamos precariamente al día, me gustó cómo me miraba y puede que él lo notase, porque yo no lo recordaba tan cercano ni tan tocón. Aunque han pasado muchos años. Es posible que, simplemente, haya cambiado de hábitos, perdiendo parte de su juvenil timidez.

En todo caso, he quedado para tomar un café con él el sábado por la tarde y, aunque no es algo significativo “per se”, no creo que me hubiese sentido cómoda ocultándoselo a Gabriel.

Muerto el perro, se acabó la rabia.

3. Daniel

Me acabo de morder el interior de la boca al intentar comer una porción de pizza. Es doloroso, pero resulta aún más humillante. Se me humedecen los ojos y no sé si es del daño o de la vergüenza.

Hacía tiempo que no me pasaba y no tiene mucho sentido. Cuando era más joven estaba más delgado y había menos masa susceptible de ser mordida. Mientras mastico con sumo cuidado para no volver a lastimarme la zona herida (tumefacta y, en su concupiscente protuberancia, más cercana a los dientes y expuesta de una forma más evidente al peligro) deduzco que los motivos por los que la madurez me ha ido apartando de una actividad tan arriesgada es, quizá, la propia decadencia del espíritu. No solo como con menos ímpetu, sino que la mayor parte de las prácticas en las que estoy involucrado las realizo con una dosis decreciente de pasión. Siempre he oído que el paso de la edad añade sabiduría, íntimamente vinculada a la experiencia. Precisamente esa experiencia es la que me enseña que los años no enseñan apenas y lo poco que hacen es amortiguar los sentidos y los sentimientos. Poco a poco, nos vamos esponjando y no comemos, no dormimos, no nos relacionamos y no follamos con la misma intensidad con la que lo hacíamos tan solo unos meses antes. Es muy probable que esa sea la razón por la que me muerda menos: al atacar la pieza sin ansia, el riesgo de fallar en el bocado es menor.

Otra teoría que daría explicación a la pendiente descendente por la que deriva la curva de mis percances es la del narcisismo inverso. Hace 15 años estaba en una forma física diferente (por no decir divergente) y me gustaba tanto a mí mismo que me comía mi propia cara. Empezaba por dentro pero, como dolía, lo dejaba instantáneamente.

He ido a comprar las pizzas en un establecimiento cercano al mío, después de cerrar el negocio. Como he coincidido en el cierre con la peluquería de Mari y era Olga quien echaba la persiana, me ha acompañado a encargarlas y, mientras horneaban mi pedido, nos hemos sentado en la terraza del bar de al lado a tomar una cerveza.

Solamente había dos mesas ocupadas; la nuestra y otra con un grupo de muchachos vestidos con ropa de trabajo, en el pecho de cada uno el logo estampado de la empresa en la que, presuntamente, invierten su jornada laboral. Por el volumen de sus voces, se deducía que no se habían bebido tan solo una, sino que llevaban varias birras.

Gritan tanto, de forma tan desaforada, con tanta destemplanza y con tal falta de sintonía, de empatía entre ellos y de complicidad, que no resulta creíble. Más que un grupo de amigos, parecen actores contratados para dar un ambiente concreto al lugar. Actores que no se conocen entre ellos e improvisan consignas ridículas y completamente inadecuadas. Uno grita CHUPITOOOOO, a la vez que levanta su botellín de cerveza y brinda con otro que repite el estridente chillido: CHUPITOOOOO. Hablan de temas aleatorios, con la premisa única de que se recurra siempre a tópicos machistas, xenófobos u homófobos, con la más que probable intención de que cualquiera pueda confundirlos con hombres del Cromagnon.

—Pues las chinas son capaces de disparar dardos y comer fruta con el coño.

—Tú lo que quieres es que te encule un negro.

A ratos, el tono de su voz decae, víctima del cansancio, pero entonces alguno de ellos advierte la circunstancia y grita alguna otra sandez, cada vez más inconexa, cada una más absurda que la anterior.

Mantener una conversación con Olga, en esas condiciones, se convierte en una tarea casi titánica. Los dos debemos esforzarnos mucho en elevar la voz sin resultar chillones, manteniendo la compostura. Por un momento, tengo que disuadir a mi contertulia de reprender a los comensales de la mesa colindante. No me parece buena idea, ya que los vecinos van mirando de reojo hacia nosotros y me parece adivinar cierta ira, cierta provocación en la que sería preferible no caer. Tan seguro de que sean figuración del bar no estoy y prefiero no poner en riesgo mi integridad física.

Entre los alaridos, consigo entender a mi amiga:

—¿Sabes que Gabriel va por el barrio diciendo que ha heredado?

—Que ha heredado, ¿el qué?

—En serio, ¿no has oído nada?

—No, en serio. ¿Qué ha heredado?

—No me lo puedo creer, ¡cómo chillan!

—Shht, baja la voz, que no te oigan.

—¿Cómo coño me van a oír? ¡Si no se oyen ni entre ellos!

—Bueno, ¿qué ha heredado Gabriel?

—Vas a flipar: Se ha muerto su tío Esteban y le ha dejado los derechos de autor de Tolkien.

—¿Qué dices?

—Eso dice él.

—¿Y qué relación tenía con Tolkien?

—Poca. Parece ser que Tolkien tuvo una única hija, que vivió en Estados Unidos. La señora enviudó con casi sesenta años y acabó conociendo a Esteban, el hermano de la madre de Gabriel.

—Que se murió el año pasado…

—Angustias, sí. Pobrecita, con lo que ha llegado a padecer. En fin, que el tío de Gabriel y la hija de Tolkien se casaron y ella, que era la depositaria de los derechos de su padre, murió hace ya tiempo, sin descendencia, y esos derechos recayeron en Esteban. El deceso de su tío deja a Gabriel como único heredero.

—Joder, a ver si con eso es capaz de salir del barrio, aunque sea a conocer a los Hobbit. ¡Y que vaya a ser gracias a su tío Esteban, con lo mal que había llegado a hablar de él!

—Es que el tito Esteban se fue a hacer las américas dejando a su hermana con lo puesto, con los pocos ahorros que habían podido juntar entre los dos.

—Pues ya ves, a última hora se le ha ocurrido una forma de devolvérselo y con intereses. A ver si me encuentro con Gabri y se invita a algo, para variar.

—De momento, le ha propuesto a Maru que se vaya a vivir con él.

—No creo que sea la mejor de las ideas, se iban a juntar el hambre con las ganas de comer.

—No, Maru le ha dicho que no. Lo conoce demasiado bien.

—Lo conocemos todos, pero la pasta cambia a cualquiera.

—Les voy a decir que bajen la puta voz.

—¡Olga, ni se te ocurra! Mis pizzas ya deben de estar listas.

—Pues vámonos, que esto es insoportable.

Al llegar a casa, Marta, Tinka y mi suegra, Esther, están sentadas en el sofá, sin hablar entre ellas, sin haber encendido siquiera la televisión, pensativa y con la mirada perdida mi mujer, con la frente apuntando a sus pies y la barbilla apoyada en su pecho, mi hija y Esther con los ojos sin vida, sentada en una silla con el respaldo muy alto y, a pesar de su invidencia, siguiendo cada uno de mis movimientos con la cabeza, como si fuese la única que ha advertido mi presencia.

Intuyo que ha vuelto a ocurrir algo que lleva días pasando, de forma recurrente y molesta. Sé que están preocupadas y yo mismo no me lo quito de la cabeza, pero intento animarlas con las viandas. Traigo una botella de lambrusco para compartir con Marta y su madre y un Nestea para Tinka, su bebida preferida. Los sábados toca comida basura y habitualmente lo disfrutamos en casa.

Nadie está preparado, nunca, para nada. Todas las situaciones son nuevas. En cualquier circunstancia, siempre hay un detalle, como mínimo, que la diferencia de otras similares e impide enfrentarse a ella de la manera en que se hizo anteriormente. Todas las situaciones son un reto, un desafío.

La enésima subida de azúcar, temida por los doctores y presumida por cualquiera que hubiese observado cómo comía caramelos y chocolates a escondidas, le secó la vista para siempre. Si para cualquiera de nosotros cada nuevo día supone una prueba, para Esther lo cotidiano se convirtió en un concurso, una gincana diaria.

Había vivido sola los últimos quince años, desde que el padre de Marta, que fumaba solamente prestado, salió a por tabaco y lo siguiente que supieron de él es que se había trasladado a Colombia, siguiendo el rastro de una bachata muy bien interpretada y mejor bailada. Nunca volvieron a tener de él más noticias que las que algún vecino tuvo por conocidos en común y dejó caer en conversaciones casuales, como gotas de una lluvia no deseada.

La ceguera le obligó a renunciar a una de sus prerrogativas más preciadas: la independencia. La falta de pericia, la inexperiencia, un piso mal adaptado a sus nuevas dificultades y la distancia hasta nuestra casa hizo imprescindible su traslado.

Ahora nos jode la vida con un malhumor más que justificado solamente por las noches, ya que el resto del día se lo pasa en las instalaciones de la Once, atendiendo a talleres y cursos de toda índole.

A pesar de llegar cansada, los momentos en los que todos nos reunimos son una fuente inagotable de insatisfacción, malas repuestas y opacas miradas de resentimiento. Por algún motivo que se me escapa, mi suegra acecha todos y cada uno de mis desplazamientos con intencionados giros de cuello, adivinando siempre, quién sabe si por el sonido de los pasos, de la ropa al rozar la piel o por el olor, dónde me encuentro. En todo momento, su expresión es de desagrado, de pretendidamente obvia falta de simpatía.

Lo he hablado con Marta, que la disculpa por su enfermedad y le quita importancia. A mí me inquieta, pero no me atrevo a recriminarle nada porque me acobarda la sensación de frío que me recorre la espalda cuando mis ojos se cruzan con los suyos.

Tinka lleva días taciturna y esquiva. De naturaleza alegre y transparente, a pesar de estar sumida de lleno en una adolescencia que se adivina tensa y compleja, suele comunicarse con su madre y conmigo de una forma fluida, le gusta explicar historias ciertas o inventadas y aporta una dosis de un buen humor que se aprecia especialmente en un hogar en el que las novedades no abundan.

Después de mucho insistir, Marta ha conseguido que su hija acabe confesando el origen de su disgusto. Lleva días oyendo cómo el vecino le susurra obscenidades a través de la pared de su habitación, que comunica con el dormitorio de éste. Le da vergüenza reproducirlas, pero su madre la conoce suficientemente bien para lograr que las diga en voz alta.

Después de cenar y viendo que el estado de ánimo de las comensales no mejora, decido sacar el tema:

—¿Ha vuelto a pasar?

—Dice que sí.

—Tinka, ¿qué te ha dicho?

—Lo de siempre.

—No tengas miedo, no te va a hacer nada.

—Pero me amenaza. ¿Y si un día me lo encuentro en la escalera?

—Mañana mismo voy a ver a la policía, esto ya lleva demasiado tiempo pasando y a ese hijo de puta se le ha acabado el margen.

—Y ¿qué le vas a decir a la policía?

—No lo sé, le explicaré lo que pasa y que me digan ellos qué se puede hacer.

Esta noche, Tinka duerme en nuestra cama, con Marta. Yo me quedo en su habitación, haciendo guardia. Al cabo de un par de horas, en completo silencio, me vence el sueño.

Fernando, el policía local de la comisaría del barrio, que fue compañero de colegio, me escucha atento y se indigna conmigo, demuestra empatía y resuelve enviar una patrulla a la dirección que le doy, con indicaciones de hablar con el inquilino e intimidarle, ya que no se pueden tomar acciones de otro tipo. Le explico que la vivienda pertenece a una viuda que tiene un hijo de unos 35 años. No estoy seguro de que viva con ella pero, a juzgar por cómo se van desarrollando los hechos, debe de ser el adulto varón que asusta a la niña.

Acompaño a la pareja de guardias, que me permiten asistir a la visita siempre que permanezca al margen y en silencio.

La señora, al ser preguntada por su vástago, da una dirección en Azerbaiyán, donde, según ella, lleva viviendo casi un año. Los agentes insisten e insinúan la necesidad de comprobar que ni él, ni ningún otro hombre, conviven con ella en el piso. Con lo que parece sincera amabilidad, les invita a pasar.

Nadie más que ella habita en la casa.

Mientras los urbanos abandonan la finca y yo les acompaño hasta la puerta, camino de la ferretería, calculo las posibilidades que existen de que mi vecina y mi suegra se hagan tan amigas que compartir piso les parezca una opción satisfactoria. A pesar del motivo de la visita, me despido de la policía con una sonrisa que a ellos les desconcierta y a mí me avergüenza un poco.

El primer cliente al que atiendo ese día me pide bombillas de bajo consumo, le pregunto que para qué tipo de porta-bombillas y, sacando el móvil del bolsillo, comienza a enseñarme fotos de unas piedras preciosas:

—¿Ves? Son ópalos. Es uno de las piedras más buscadas y de más valor. Se extraen principalmente en Australia y hay gente que dedica su vida entera a buscar alguna, muchas veces sin encontrar nada. Se juegan la vida en excavaciones peligrosísimas y uno de sus mayores temores es que las máquinas con las que perforan levanten un ópalo, lo extraigan a la superficie sin que el operario lo advierta y sean los ladrones de piedras que merodean por el exterior quienes se apoderen de él.

—Son bonitas.

—Ponme tres unidades de rosca grande y una de pequeña. Pero que no sean de marca, de las baratas.

En la radio, comienza el programa que presenta Olga. Una vez a la semana, tiene un espacio de una hora donde comenta novedades del mundo del arte, la cultura, la literatura, el cine y, sobre todo, el teatro. En ocasiones, como hoy, entrevista a algún personaje de cierto renombre. Está con ella Gabriel, a quien al parecer se le ha despertado el espíritu artístico y dice haber acabado una novela y estar escribiendo un libro de poemas.

Sabedor de poseer cierta mala reputación en el barrio, se justifica de una forma que llama mi atención y, probablemente, la del resto de oyentes:

—Ya sabes lo que dicen de mí por aquí.

—No, ¿qué dicen?

—Pues cosas, que a veces no soy agradable, que en ocasiones me comporto un poco como un gilipollas… cosas.

—No tenía ni idea. Y ¿a qué crees que se debe?

—…

—¿Gabriel?

—Dime.

—¿Cuál crees que es el motivo de estos comentarios?

—Los provoco yo. A propósito.

—¿Te gusta que te llamen gilipollas?

—A la cara no, por supuesto. Pero mira, yo tengo una carrera por delante que puedo, sencillamente, aventurar como magnífica. Muy poca vista tiene que tener el mundo de la literatura para no ser capaz de poner mi obra en valor.

—¿Tu novela?

—Mi obra en general. Mi novela y las que escribiré en adelante, junto con los ensayos, poemarios y libros de relatos que tengo en mente. Llevo años acumulando experiencias para ser capaz ahora de plasmarlas en negro sobre blanco. Que me llegue el reconocimiento es cuestión de tiempo. ¿Sabes qué pasará cuando llegue ese reconocimiento, si no soy capaz de atajarlo antes?

—No. ¿Qué pasará?

—…

—¿Hola?

—Perdona, es que me ha entrado un WhatsApp.

—¿Decías?

—Sí, claro. Digo que no puedo mostrar mi amabilidad, mi buena educación, mi mejor cara, a las personas con las que trato. Una vez que me llegue la fama, con la facilidad que tienen las masas para deificar a sus ídolos, el lastre de recibir el cariño desmesurado, la adulación sin límites y de ser considerado un adalid, no sólo de las letras de este país, sino del encanto, del magnetismo personal, de la seducción absoluta, caería sobre mis hombros. Te aseguro que se trata de una pesadísima carga, algo con lo que es mejor no tener que lidiar. No quiero no poder salir a la calle, tomarme una cerveza en un bar, tranquilo, sin que se arrojen sobre mí decenas de seguidores, creyendo que mi respuesta va a ser siempre atenta y serena. Si todo el mundo cree que soy el gilipollas insensible y sin escrúpulos que aparento, cuando llegue el momento, no tendré necesidad de protegerme de las hordas de fans.

—…

—Ya he acabado de hablar.

—¿Qué nos puedes contar de lo que escribes? ¿Alguna novela en ciernes?

—No sé si puedo adelantar nada. Bueno sí, ¡qué demonios! Mi próxima novela es una biografía apócrifa de Beethoven.

—¿Cómo que apócrifa?

—En mi novela, siendo aún un niño, Ludwig acompaña a sus padres a la ópera y, al salir, unos criminales les atacan para robarles y el futuro genio es testigo del asesinato de sus dos progenitores. Aprovechando la fortuna de la familia, dedica los años venideros a formarse en técnicas de lucha y militares para combatir la delincuencia y honrar, así, la memoria de sus padres.

—¿Y lo de la música?

—Es su tapadera. No puede revelar que, tras la fachada de músico brillante y atormentado, se esconde la figura de un defensor de la ley que actúa al margen de ésta.

—Eso es el argumento de Batman.

—No

—Bueno, con algunas ligeras diferencias, pero es igual.

—No. Lo de Batman pasa en Gotham City, mientras que mi novela está ambientada en Jacksonville, Minnesota.

—Tenía entendido que Beethoven era alemán.

—En mi novela se muda a EEUU.

—Pues nada. ¡Ah! ¿Qué hay de cierto en los rumores que circulan los últimos días? Algo referente a unos derechos…

—No comment!

—¿Cómo?

—Mis abogados no me permiten hacer comentarios al respecto, debo de ser muy discreto.

—Entonces, algo hay de cierto…

—No comment!

—Y esto ha sido todo, queridos oyentes. La semana que viene hablaremos de la función de final de curso del taller de teatro que organiza el centro cívico. Besos a todas y a todos y hasta pronto.

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9788417200534
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