Читать книгу: «Verraco»

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PINCKNEY BENEDICT (1964) creció y jugó solo hasta los doce años en la granja lechera de su familia, en Virginia Occidental. No había vecinos, así que tuvo que crearse su propio mundo. Lecturas constantes y mucha rabia. Historias de fantasmas, mitos clásicos y números antiguos de la revista Mad. Como decía siempre su padre: «El griego te da algo en lo que pensar mientras ordeñas a las vacas». El mundo clásico, al igual que el Antiguo Testamento, está repleto de gloriosas matanzas y obscenidades en Technicolor, relatadas con un lenguaje maravilloso y preciso, un lenguaje manejado como un arma. Setecientos acres de granja dan de sobra para salir a pasear y fantasear con que toda la población del planeta ha desaparecido y solo habéis sobrevivido tú, los bichos y alguna que otra vaca con la cola llena de mierda que se te queda mirando como si fueras un alienígena. Sin embargo, aquello nunca fue lo suyo: carecía de paciencia para el ganado y tendía a destrozar la maquinaria. Sus padres lo tuvieron claro. No hay nada peor que un chico inteligente, enojado y aburrido en una granja. Así que lo ingresaron en The Hill, un colegio interno de Pennsylvania bastante «dickensiano», en palabras de Oliver Stone, uno de sus más célebres alumnos. Profesores borrachos, comida horrible, edificios en ruinas, deportistas gamberros, cero chicas y consumo desenfrenado de drogas. Dicen que hay homicidas incapaces de aguantar cinco años en esa «colina». De allí pasó a la Universidad de Princeton, en cuyo programa de escritura tuvo a Joyce Carol Oates de tutora. Gracias a ella publicó su primer relato («La fresquera Sutton», ganador del premio Nelson Algren) y su primera colección, Verraco, con veintidós años. Actualmente es profesor titular del Departamento de Inglés de la Universidad del Sur de Illinois. Está casado con una mujer más guapa y lista que él, y tiene unos hijos encantadores a los que ya no se plantea asfixiar porque son demasiado grandes, fuertes y rápidos como para hacerlo sin salpicar. Sigue escribiendo sus pesadillas y confiesa sentir una terrible nostalgia por la desaparición del Plymouth Road Runner del 68. Su entorno ya no es tan gótico como en su infancia, pero el patrón de su vida sigue siendo el mismo: inventar historias para no perder la cordura.

VERRACO

Pinckney Benedict

Traducción Javier Lucini


Título original:

Town Smokes

New York: Ontario Review Press / Princeton, 1987

Primera edición Dirty Works: Febrero 2022

© Pinckney Benedict, 1986

© 2022 de la traducción: Javier Lucini

© de esta edición: Dirty Works S.L.

Asturias, 33 - 08012 Barcelona

www.dirtyworkseditorial.com

Traducción: Javier Lucini

Diseño de cubierta: Nacho Reig

Ilustración: © Antonio Jesús Moreno «El Ciento»

Maquetación: Marga Suárez

Correcciones: Fernando Peña Merino

ISBN: 978-84-121128-7-0

eISBN: 978-84-121128-8-7

Depósito legal: B 20634-2021

Impreso en España:

Imprenta Kadmos. P.I. El Tormes.

Río Ubierna, 12 – 37003 Salamanca

ÍNDICE

La fresquera Sutton

Verraco

Todos los muertos

Hackberry

Perro

Foso

Mardi Gras

Zahorí

Cigarrillos

Para Cleve y Ann Benedict

La fresquera Sutton

Una víbora ratonera yacía estirada en la losa resquebrajada de hormigón que había junto al tanque de gasóleo. Se mantenía inmóvil en la zona donde daba el sol. Tenía cerradas las membranas transparentes de los ojos, había hinchado un poco sus relucientes escamas para absorber el calor del día. Mediría lo menos un metro.

–Ahí hay una, papá –dije, señalándola.

Mi padre estaba mirando el viejo cobertizo, escuchaba a los pájaros del altillo, cómo parloteaban y se abalanzaban de una viga combada a otra. La estructura se vencía visiblemente hacia un lado, la pared occidental estaba abombada por abajo. Lo más probable era que la próxima gran tormenta de verano se lo llevara por delante. El invierno había sido duro, las nevadas intensas, y el peso había partido la viga maestra. Me preguntaba dónde meteríamos el heno del siguiente verano.

–¿Dónde? –preguntó mi padre.

Llevaba la 410 recortada, el cañón apoyado en el hueco del codo y la culata apretada contra las costillas desnudas. Estábamos matando cabezas de cobre, pero pensé que lo mismo podría convencerlo para que le disparara a aquella víbora ratonera dormida. Me encantaba el estruendo del arma, el olor a azufre de la recámara abierta. Señalé de nuevo a la serpiente.

–Guau –dijo–, esa sí que es grande. ¿Qué le echas? ¿Sesenta? ¿Setenta y cinco centímetros?

–Noventa –dije yo–. Noventa mínimo.

Gruñó.

–¿Vas a matarla? –pregunté.

–Los jóvenes queréis matarlo todo, ¿eh? –me dijo, sonriendo. Luego, más serio, añadió–: No es buen negocio cargarse a las ratoneras. Mantienen a raya a los ratones, a las ratas. Donde se ponga una buena ratonera, que se quiten los gatos, ni lo dudes.

Se quedó mirando a la serpiente inmóvil con los labios fruncidos. Se golpeteó el antebrazo con la culata de la escopeta. A nuestras espaldas, más allá de la hilera de sauces que se extendía a un lado de la casa, se oyó el crujido de la grava del camino de acceso. Venía un coche. Los dos nos giramos a la vez para ver cómo se detenía frente al ahumadero. Era un coche grande, un Buick Riviera, y advertí que la pintura metalizada había sufrido de lo lindo en el último tramo.

Mi padre dio un paso al frente, pero se detuvo. Del coche se apeó una mujer, una mujer alta con un vestido azul de verano. Nos miró por encima del capó e hizo un amago de saludo con la mano. El cabello, color miel, le llegaba hasta los hombros y tenía unos brazos bonitos y bien torneados. Su saludo fue vacilante. Cuando miré a mi padre, me pareció avergonzado por haber sido sorprendido sin camisa. Levantó la escopeta a modo de saludo, al momento decidió que no era lo correcto, la bajó y saludó con la otra mano.

Estábamos demasiado lejos para hablar sin pegar gritos, así que no dijimos nada, la mujer tampoco. Los tres nos quedamos parados unos instantes. Luego yo me puse en marcha hacia ella.

–Muchacho –dijo mi padre.

Me detuve.

–¿No quieres ir a por esa serpiente? –dijo.

–Pero decías que no es bueno matar ratoneras –dije yo.

Hice un gesto hacia la casa.

–¿Quién es? –pregunté.

–Una amiga de tu madre.

Él no le quitaba ojo de encima. Nos había dado la espalda, estaba ante la puerta mosquitera del porche. Hablaba a través de la malla con mi madre, asentía. Llevaba un bolso en la mano, lo meneó para enfatizar algo que estaba diciendo.

–Ya se ocupa tu madre –dijo mi padre.

La mujer abrió la puerta del porche, subió. El vestido azul de verano casi no tenía espalda, me quedé mirando hasta que entró. Una vez en el porche, no fue más que una silueta.

–Es muy guapa –le dije a mi padre.

–Sí –dijo él.

Quitó el seguro de la 410 y se dirigió al tanque de gasóleo. La serpiente advirtió su presencia, fijó en él sus ojos encapuchados. Su lengua sensible comenzó a aletear desde su boca arqueada, tanteando el aire, el hormigón caliente. Por un segundo adiviné el revestimiento rosado del interior de su boca, las hileras de diminutos colmillos curvados hacia atrás.

–Cuando tenía diez años, más o menos los que tienes tú ahora –dijo mi padre, encañonando a la serpiente–, mi padre mató a una vieja ratonera en nuestro patio trasero. Era enorme.

La serpiente, de mala gana, empezó a alejarse de la franja soleada. Mi padre afianzó la escopeta con ambas manos. Era un arma corta, con el cañón y la culata recortados. De medio metro como máximo. Fácil de llevar y de manejo rápido: perfecta para serpientes.

–Mató a esa ratonera, la despellejó y me dio la piel para hacerme un cinturón –dijo mi padre. Cerró un ojo y apretó el gatillo.

El disparo le voló la cabeza a la serpiente. Con el estruendo, un par de golondrinas salieron volando del henil, revolotearon alrededor del granero y volvieron a entrar en el altillo oscuro. Vi cómo vibraba y se retorcía el cuerpo de la serpiente, cómo se alejaba velozmente del lugar donde había muerto. No se había movido tan rápido en toda la tarde. La sangre era oscura, más oscura que el zumo de remolacha o de frambuesa. Mi padre abrió el cerrojo de la escopeta y el cartucho gastado rebotó en el hormigón. Cuando el cuerpo de la serpiente se retorció hacia mí, di unos pasos atrás.

Mi padre recogió la serpiente del estropicio formado por los despojos de su cabeza. La serpiente muerta, larga y pesada, se le enroscó en la muñeca. Se la desprendió de una sacudida, la zarandeó y dejó que le colgase de la mano. Era más larga que su pierna.

–Llevé ese cinturón durante años –dijo, y me di cuenta de que no le había prestado atención. Tardé un segundo en entender de qué me estaba hablando–. Lo llevé hasta que se cayó a trozos.

Me ofreció la serpiente, pero yo no quise tocarla. Se rio.

–Vamos a enseñársela a tu madre –dijo, pasando por delante de mí para dirigirse a la casa.

Pensé en la mujer del vestido de verano y me pregunté qué pensaría de la víbora ratonera. Seguí a mi padre sin perder de vista a la serpiente. Sus movimientos se estaban ralentizando, ya no eran más que espasmos rítmicos que le atravesaban el cuerpo de arriba abajo. Cuando pasamos junto al ahumadero y el Riviera, le pregunté:

–¿Cómo se llama?

Miró el coche y luego me miró a mí. Se oían las voces de mi madre y de la otra mujer; pero no se entendía lo que decían.

–Hanson –dijo–. Es la señora Hanson. La mujer del juez Hanson.

El juez Hanson era juez del tribunal de circuito de apelaciones en la sede del condado; en una ocasión fue a mi colegio a dar una charla, un hombre fornido que vestía un traje de tres piezas a pesar del calorazo que hacía. Me pareció que su mujer era bastante más joven que él.

La serpiente estaba ya completamente inmóvil, pendía inerte hacia el suelo. Mi padre tenía los dedos ensangrentados y un chorretón de sangre en el pecho.

–¿Por qué la has matado? –le pregunté–. ¿No decías que era buena para las ratas y eso?

Seguía sin poder creérmelo. Me miró y por un momento pensé que no iba a responderme. Agarró el pomo de la puerta con la mano libre y lo giró.

–Pensé que lo habrías adivinado –dijo–. Mi padre me hizo un cinturón. Y yo voy a hacerte uno a ti.

Cuando entramos estaba hablando la mujer del vestido de verano, la señora Hanson.

–El otro día hablé con Karen Spangler –le decía a mi madre.

Mi madre, sentada al otro extremo del porche cubierto, asintió. La señora Spangler solía pasarse a comprar huevos, era una de nuestras clientas habituales, se dejaba caer más o menos una vez cada dos semanas, pagaba y se iba.

–Dice que aquí tienen los mejores huevos –continuó la señora Hanson–, y el juez y yo nos preguntábamos si sería posible…

Dejó la frase en suspenso y se volvió hacia mi padre.

–Anda, hola, señor Albright –dijo.

Vio la serpiente, pero tuvo aplomo: no reaccionó. Mi padre asintió.

–Señora Hanson –dijo. Alzó la serpiente para que mi madre la viera–. Mira, Sara. La encontramos tomando el sol junto al tanque de gasóleo.

Mi madre se puso de pie.

–Ni se te ocurra meter esa cosa en el porche, Jack –dijo. Mi madre era una mujer pequeña, rápida de movimientos, buenos reflejos. Había ira en sus ojos.

–He pensado en hacerle un cinturón al niño con ella –dijo mi padre, ignorándola. Sacudió la serpiente y de su mano cayó una gota de sangre al suelo–. ¿Te acuerdas de mi viejo cinturón de piel de serpiente?

La señora Hanson se acercó a mí y pude oler su perfume. Tenía la piel bronceada, salpicada de pecas.

–Me parece que tú y yo no nos conocemos –me dijo, como si yo fuera un adulto. Intenté mirarla a los ojos, pero fui incapaz.

–No, señora –dije–. Creo que no.

–Se llama Cates –dijo mi madre–. Tiene diez años.

No me gustó que contestara por mí. La señora Hanson asintió y me tendió la mano.

–Encantada de conocerte, Cates –dijo.

Tomé su mano, se la estreché, caí en la cuenta de que a lo mejor las manos de las señoras no se estrechaban. Retrocedí, noté la roña que perfilaba mis uñas, el polvo incrustado en el dorso de las manos.

–Encantado –dije, y la señora Hanson soltó una carcajada escandalosa y alegre que me pilló totalmente por sorpresa, jamás había oído a una mujer reírse así.

–Tienen un hijo estupendo –le dijo a mi padre.

Yo agaché la cabeza.

–¿Por qué no sacas esa serpiente de aquí, Jack? –le dijo mi madre a mi padre–. Y haz el favor de ponerte una camisa. Tenemos visita.

Él le lanzó una mirada asesina. Luego meneó la serpiente en el aire para que todos admirásemos lo grande y bonita que era. Abrió la puerta mosquitera, sacó el brazo y dejó caer la serpiente formando un bulto enroscado junto a los escalones. Allí tirada parecía casi viva, con los reflejos del sol en sus escamas oscuras.

–Señora Hanson –dijo, y entró en la casa. Dejó que la puerta se cerrase de golpe a sus espaldas y lo oímos subir las escaleras.

Una vez se hubo marchado, la señora Hanson pareció serenarse, adoptó un tono más formal.

–El juez y yo les estaríamos muy agradecidos si accediesen a vendernos unos huevos.

Tomó asiento en una de las sillas de mimbre que sacábamos al porche en verano, dejó el bolso a un lado.

–Pero Sara…, ¿me permite llamarla Sara? –preguntó, y mi madre asintió–. Hay otro asunto que le quería comentar.

Mi madre se inclinó hacia delante, interesada. Yo también me adelanté y la señora Hanson desvió la mirada hacia mí. Me di cuenta de que no estaba muy segura de quererme allí.

–Sara, tenéis ahí una fresquera Sutton –dijo.

Señaló al otro lado del porche y, en un primer momento, pensé que se refería a la nevera. Luego vi que señalaba la vieja panera.

Mi madre la miró.

–Bueno, una fresquera sí que es –dijo–. Que sea una Sutton, eso ya no sé…

–Oh, desde luego que es una Sutton –dijo la señora Hanson–. Me lo contó la señora Spangler y veo que tenía razón.

La señora Spangler, hasta donde yo sabía, nunca nos había comentado nada de ninguna fresquera. La señora Hanson se levantó, se arrodilló frente a aquel trasto, tocó primero una parte y luego la otra.

–Aquí, ¿ves? –dijo, señalando la esquina inferior derecha de una de las puertas.

Llevábamos toda la vida llamándola la panera, la usábamos para guardar todo tipo de cosas: conservas, la munición de papá y sus accesorios de recarga, cosas que debían mantenerse frescas en invierno. Era de madera de cerezo, se notaba incluso a pesar de estar pintada, y tenía un par de puertas en la parte frontal. Las puertas tenían paneles de hojalata con diseños perforados, remolinos y círculos y mogollón de movidas más. Me fijé en lo que estaba señalando. Vi que en la madera, casi cubiertas de pintura, estaban grabadas las letras «SS»; nunca me había fijado.

La señora Hanson palmeó el trasto, despegó un trocito de pintura. Mi madre y yo la observamos.

–Por supuesto –dijo la señora Hanson–, habrá que quitar esta pintura. Me imagino que un trabajo de restauración completo, vamos. ¡Pero qué bonita!

Parecía emocionada. Pasó las manos por las láminas de hojalata, palpando los orificios dejados por el punzón de metal.

–Joder –dijo, y me sorprendió oírla maldecir.

–¿Qué sucede? –preguntó mi madre.

La señora Hanson miró más de cerca la hojalata de la parte frontal de la fresquera.

–Está al revés –dijo–. Los paneles de hojalata de aquí delante, ¿veis que están perforados hacia dentro? Así no se hacía, ¿sabéis? Los dibujos se perforaban desde atrás hacia delante, de tal manera que las puntas quedasen por fuera.

–Oh –dijo mi madre, en un tono que delató su desilusión. A mí me parecía una idiotez. No me cabía en la cabeza cómo podía importarle a alguien de qué lado se ponían los paneles de hojalata.

–A veces la gente del campo hace eso, coloca los paneles al revés –dijo la señora Hanson bajando la voz, como si nosotros no fuésemos gente del campo.

Mi madre no disintió.

–Pero, sea como sea –dijo la señora Hanson–, es una Sutton y tiene que ser mía. ¿Cuánto quiere por ella?

Supongo que tendría que haberme imaginado que su intención desde el principio era comprarla, pero aun así me sorprendió. También a mi madre.

–¿Cuánto quiero por ella? –dijo.

–Sí –dijo la señora Hanson–, la semana que viene es nuestro aniversario y sé que al juez le volvería loco una pieza de Sutton. Sobre todo una de sus fresqueras. Desde luego, no creo que sea posible restaurarla para ese día, pero seguro que apreciará las posibilidades.

–No sé –dijo mi madre, y yo no pude creerme que estuviera considerando la idea–. ¿Tan valiosa es?

Era una forma extraña de acordar un precio, y me entró la risa. Las dos mujeres me miraron como si se hubieran olvidado de mi presencia. Me pregunté qué diría mi padre cuando bajara de ponerse la camisa.

La señora Hanson se volvió hacia mi madre.

–Oh, ya lo creo –dijo–. Samuel Sutton era un artesano de los que ya no se encuentran, muy famoso en todo el valle. La gente se mata por adquirir sus piezas. Y resulta que yo he ido a dar con una para mí solita. Bueno, y para el juez. –En ese momento, como si advirtiese que no estaba siendo prudente, añadió–: Claro que con los desperfectos que tiene, lo de la hojalata al revés y todo eso, su valor se reduce bastante. Por no hablar de la pintura.

Mi padre había pintado hacía años la panera, la fresquera, cuando la teníamos en la cocina, para que hiciera juego con las paredes. Luego la sacamos al porche cuando mi madre compró un armario de pie que le gustaba más como alacena.

–No sé –dijo mi madre–. La verdad es que ya apenas la usamos, la tenemos aquí fuera y ya está. Pero si de verdad la quieres…

–Sonó preocupada. Sabía que a mi padre no le iba a gustar–. Deberíamos esperar, preguntarle a mi marido.

La señora Hanson metió la mano en el bolso en busca de su chequera. Yo ya me figuraba que no iba a ser tan fácil.

–¿No era del abuelo? –le pregunté a mi madre. Ella me miró, no contestó–. ¿Del papá de papá? –insistí, presionando.

–Pertenecía a la familia de mi marido –le dijo mi madre a la señora Hanson–. Puede que no le haga mucha gracia.

–Siendo así, ¿qué le parecerían trescientos dólares? ¿Lo ve posible? –preguntó la señora Hanson. No iba a darse por vencida.

En ese momento, mi padre abrió la puerta y salió al porche. Se había lavado las manos y se había puesto una camisa azul de chambray, la que le había regalado yo por Navidad.

–¿Trescientos dólares? –preguntó mi padre–. ¿Trescientos dólares qué?

Vi que las facciones de mi madre se endurecían; estaba decidida a llevarle la contraria.

–Quiere comprar la fresquera –dijo mi madre. Su voz era suave, pero nada temerosa.

Mi padre se acercó a la panera y golpeó la lámina de hojalata con dos dedos.

–¿Esto? –dijo–. ¿Va a pagar trescientos por esto?

Tanto mi madre como la señora Hanson asintieron.

–Creo que es un precio bastante justo, señor Albright –dijo la señora Hanson. Reparé en que no lo tuteó.

–Podrías emplear ese dinero en contratar a alguien para que te ayude con el granero –dijo mi madre. Mi padre ni siquiera la miró. Me puse a su lado.

–No sabía que la panera estuviera en venta –dijo–. Y de estar en venta tampoco sabía que fuese tan valiosa. Era de mi padre. Se la compró a mi madre como regalo de boda para esta casa. –Se volvió hacia mi madre–. Tú eso ya lo sabes.

–Pero ¿para qué la usamos, Jack? –preguntó ella–. Lo que sí que usamos es el granero. El granero lo necesitamos. Mucho más que una fresquera.

Mi padre me puso la mano en el hombro.

–Pretendes dejarme sin nada, ¿verdad? –le dijo a mi madre. Ella se sonrojó y señaló a la señora Hanson. La señora Hanson se las ingenió para permanecer impasible.

Mi padre miró a la señora Hanson. Su calma parecía enfurecerle.

–No somos comerciantes –dijo–. Y esto no es una tienda de muebles. –Se volvió hacia mí–. ¿Verdad que no, muchacho?

Asentí y luego negué con la cabeza, sin estar muy seguro de cuál era la respuesta correcta.

–Señora Hanson… –comenzó a decir mi madre. Saltaba a la vista que no le gustaba que mi padre le hablara así a la señora Hanson, que era una invitada en su casa.

–No te disculpes por mí, Sara –dijo mi padre–. Adelante, vende la maldita panera si eso es lo que quieres, pero por mí no te disculpes.

Mi madre abrió la boca, pero la volvió a cerrar al momento.

–Muchacho –me dijo mi padre–, ¿vas a querer un cinturón de piel de serpiente como el que te decía antes? ¿Como el que me hizo mi padre?

Señaló la puerta del porche, hacia donde yacía la serpiente decapitada. Un moscón enorme, como de vidrio azul, se arrastraba sobre el cadáver.

–Sí, señor –dije, feliz de no tener que ver cómo se le subían los colores a la señora Hanson.

–Pues vente conmigo a la parte de atrás que te voy a enseñar a desollarla y a estirar la piel. ¿Algo que objetar?

Ni mi madre ni la señora Hanson respondieron. Mi padre me empujó para que liderara la marcha y enfilé hacia la puerta.

Al salir detrás de mí, se giró y habló a través de la malla.

–Y le diré algo, señora Hanson –dijo–. No debería ir por ahí pretendiendo comprar lo que no está en venta.

Una vez fuera, mi padre hurgó un segundo en su bolsillo, sacó su vieja navaja Barlow y desplegó la hoja.

–Sujétame la serpiente –dijo–. Vamos a quitarle la piel.

Me pasó el cadáver. Dudé, extendí el brazo y la agarré.

Pesaba y por el tacto parecía una soga, fría y flácida. Tenía las escamas secas, como arena.

–Ponla ahí abajo –dijo mi padre–, estírala todo lo que puedas y no la sueltes.

Extendí la serpiente en el suelo.

–Bocarriba –dijo mi padre–. No queremos estropear las escamas de la espalda. Porque lo que hace que un cinturón de piel de serpiente sea tan guapo y brille tanto son precisamente las escamas de la espalda.

Giré la serpiente. Las escamas del vientre en forma de salchicha eran de color claro, parecían suaves al tacto, así que las palpé con el dedo índice. La piel me raspó la uña.

–Allá vamos –dijo mi padre, y hundió la hoja en el vientre de la víbora. Nunca descuidaba el filo de la navaja, en casa guardaba una piedra de afilar expresamente para eso. Miré hacia otro lado. La navaja hizo un ruido al penetrar en la carne; me pareció distinguir cómo iba cortando el músculo, cómo las pequeñas costillas cartilaginosas iban cediendo bajo la hoja.

La señora Hanson abandonó el porche y, por la forma en que hablaba, deduje que había conseguido lo que quería. Caminaba con brío. Miró hacia donde estábamos arrodillados, se apartó el pelo de la cara, sonrió. Mi padre dejó de cortar un momento al oír que se abría la puerta del coche. La señora Hanson hizo retroceder el Buick para dar media vuelta y se dirigió hacia la carretera por el camino de acceso. Un par de ramas bajas azotaron el parabrisas a su paso.

Mi madre se quedó en el porche viéndola marchar, una silueta detrás de la malla. Cuando el coche se perdió de vista, se dio la vuelta y entró en la casa.

Mi padre soltó una risotada. Lo miré y vi que sostenía una cosa gris entre dos dedos, me la balanceó delante de la cara.

–Hay que joderse –dijo.

Miré la serpiente, las tripas abiertas de par en par, comprendí que estaba sosteniendo un ratón muerto por la cola.

–No me extraña que esa serpiente estuviera tan amodorrada –dijo mi padre–. Acababa de comer.

Me puse de pie y me aparté de él.

–¿Qué te pasa? –preguntó.

No contesté.

–No irás a dejar que eso te afecte –dijo, y había desdén en su voz.

Apoyé los brazos en la barandilla superior de la valla de tablones que delimitaba nuestro terreno y apoyé todo mi peso en ella. Cerré los ojos, sin decir nada.

Mi padre bajó la voz.

–¿No querías ese cinturón? –dijo.

Quise volverme hacia él, decirle que claro que quería el cinturón, aunque solo fuese para darme un respiro. No estaba seguro de poder confiar en que no se me quebrara la voz.

–Supongo que ya no –dijo.

Una vez más me llegó el sonido de la navaja, dos cortes rápidos. Me giré para mirar y vi que había troceado hábilmente el cuerpo de la serpiente en tres pedazos casi idénticos. Ahí tirados, parecían trozos de un neumático de bicicleta, un neumático de bicicleta ensangrentado. Mi padre se incorporó, se limpió las manos en los vaqueros.

–Piénsatelo, muchacho –dijo–. Piénsatelo la próxima vez que se te antoje algo.

Pasó a mi lado, no hacia la casa, sino hacia el granero en ruinas.

Verraco

El cerdo de raza Duroc emergió de la maleza no muy lejos de donde nos encontrábamos, salió del socavón, grande y blanco y con las costillas marcadas, respirando fuerte. Del hocico achatado le colgaban unas cuantas ramas. Se detuvo al borde del sembradío, parpadeando frente al cielo radiante y despejado, agitando los flancos como un fuelle. Reanudó su marcha por entre los tréboles crecidos, gruñendo a cada paso.

Kenny y yo estábamos de pie junto al ahoyador, mirando un agujero a medio hacer. La cuchilla de la barrena se nos había quedado enganchada a una roca o una raíz a unos ochenta centímetros de profundidad, nos quedaban veinte postes por instalar en la cerca y no nos iba a dar tiempo. Se veía que iba a costarnos lo suyo extraer la barrena del suelo. Fue entonces cuando Kenny divisó al cerdo.

–¡Booze! –exclamó.

Al principio no supe a qué se refería. Vi al enorme cerdo hollando la hierba.

–¡Santo Dios! –dijo–. Es Booze.

Miré al cerdo con más atención, constaté que no iba muy descaminado.

–Pues sí que es él –dije.

Se hallaba a unos treinta o cuarenta metros, contra el viento, salido de la maleza, abriéndose paso en diagonal por el sembradío. Tener tan cerca a ese cabronazo me ponía de los nervios. Booze era un renegado, un asesino.

–¿Te lo puedes creer? –dijo Kenny–. Lo daba por muerto.

Se inclinó y empuñó la afiladísima tajamata que utilizaba para podar matorrales y arbustos cuando instalábamos cercas. Parecía una especie de vikingo ahí de pie, robusto y bronceado, casi un salvaje, palpando el filo de su arma.

–¿Siguen en pie los cincuenta dólares que ofrecía tu padre? –preguntó.

Parpadeé.

–Supongo. ¿Por qué? –La verdad es que ya lo sabía.

A modo de respuesta alzó la tajamata con sus poderosos brazos, la balanceó como si fuera un bate de béisbol, sonriente.

–¿Se te ha ido la pinza? –pregunté.

Eché una ojeada al recorrido del cerdo. Booze se movía despacio, vale, pero la distancia que nos separaba era cada vez mayor. No tardaría en adentrarse en el cortavientos que bordeaba la parcela meridional, invadida por la maleza. Una vez allí, sería imposible atraparlo.

–No conseguirás acercarte –dije.

Kenny me fulminó con la mirada y, al momento, comenzó a trotar hacia el gorrino.

–Haz que no se meta en la maleza y nos repartimos los cincuenta –me dijo por encima del hombro.

Kenny sabía que yo no iba a hacer ni el amago, que no podía correr lo bastante deprisa para impedírselo. Además, no iba a ser como arrear ganado, para lo que bastaba con un gesto y un chillido. Aquel cerdo era endemoniadamente grande y endemoniadamente malvado.

Kenny corría encorvado y a toda velocidad hacia el lugar por donde el cerdo iba a adentrarse en el bosque. Aún conservaba la movilidad del tremendo placador que había sido en el instituto de Gilchrist. Era corpulento y veloz, incluso con la tajamata en las manos, pero yo dudaba que le diese tiempo a abatirlo. De haber seguido en el insti, de haber estado en plena temporada de fútbol, habría apostado por él, sin duda. Pero tal y como estaban las cosas, era una pérdida de tiempo.

–¡Ni de coña! –grité.

Ignorándonos olímpicamente, Booze se detuvo un segundo para tantear el terreno alzando e inflando el hocico cubierto de broza. Cambió su descomunal peso de una pata a otra, sus frágiles pezuñas agrietadas tenían que ser un auténtico suplicio. Distinguí las marcas que lucía en el lomo encorvado, una docena de puntos negros y calvas rosadas: años atrás, en una de sus incursiones nocturnas, mi padre lo acribilló a tiros con una escopeta. Esa fue prácticamente la última vez que se dejó ver.

Booze se puso de nuevo en movimiento, sin desviarse de su trayectoria, pesado y lento, casi un metro ochenta de cerdo. Los años empezaban a pasarle factura, se movía como un anciano, favoreciendo la pata delantera izquierda. Estaba a solo unos metros del cortavientos.

Al ver que Booze se detenía, Kenny dio un último acelerón, atajó por delante del cerdo, se trastabilló un segundo al tropezar con un cardo, pero recuperó el equilibrio al momento. Se plantó ante él, jadeante y con el pecho desnudo chorreando sudor. De espaldas a los árboles, aferró con fuerza la pesada tajamata y la blandió por encima del hombro. Tenía las mandíbulas apretadas y un gesto ceñudo en el rostro. Saltaba a la vista que el tamaño del cerdo, de tan cerca, lo había intimidado, estaba asustado.

Se mentalizó y, cuando el enorme Duroc reparó en él, se dispuso a recibir la embestida; levantó la tajamata, los hombros se le tensaron. Booze chilló de furia al hallar bloqueado el paso, se abalanzó con las mandíbulas abiertas, emitiendo una especie de ladrido. Kenny solo disponía de una oportunidad, lo vi claro, tal vez ni eso.

Doblándose por la cintura, proyectando sus buenos noventa kilos en el impulso, Kenny descargó la tajamata.

«Los cerdos se comen casi todo lo que les eches», me dijo Tobe Fogus mientras vaciaba el cubo en uno de los comederos del solar que había detrás de su casa. Aquella bazofia apestaba, apestaba a cosa muerta. El viejo y flaco Tobe alimentaba a sus cerdos con basura (pieles de plátano, cáscaras de huevo, lo que fuera) porque le salía barato. Como él decía, se la zampaban sin miramientos, y mucha gente se alegraba de que Tobe se hiciera cargo de sus residuos. Los cerdos no habían probado nada mejor.

Tampoco es que Tobe Fogus oliera a rosas. Yo procuraba mantenerme lo más apartado posible de él, siempre con su mono sucio y su piel llena de manchas. Me pagaba a cincuenta centavos la hora por ayudarlo a dar de comer a sus cerdos y darles friegas por las tardes. Su casa lindaba al este con la nuestra, así que todos los días iba a pie y me pasaba un par de horas dándole que te pego. Daba gusto sentir el tintineo de las monedas en el bolsillo cuando volvía a casa por la noche, y el dólar extra aumentaba día a día el peso de la caja de Nesquik que me servía de hucha. Tenía doce años.

Vacié el cubo de desperdicios, sacudiéndolo igual que hacía Tobe con el suyo para desprender la porquería pegajosa del fondo. Lo dejé en el suelo y seguí a Tobe hasta el granero, donde guardaba el barril de aceite para frotar a los cerdos. Llenó una vieja lata de café con aquel aceite de motor usado y me la pasó.

–Se comen lo que les eches –volvió a decir–. Pero a los grandes, a los verracos, a esos les gusta la carne.

Lo miré pero no dije nada. Tobe y yo no conversábamos mucho. A veces se ponía a hablar, pero no le hacía mucha gracia que le contestara. Además, la mayor parte del tiempo me daba la impresión de que no se estaba dirigiendo a mí, de que habría seguido dándole a la sin hueso aunque yo no estuviera presente. Levanté la lata de aceite y volví a los comederos donde los pesados y gruñones cerdos se apartaban unos a otros a empujones para acceder a la basura.

Conformaban un grupo pálido y de aspecto enfermizo, en su mayoría de raza Chester White. Mi padre, que criaba ganado lechero y odiaba a los cerdos, despreciaba especialmente a los de Tobe.

–¿Cómo va esa cosecha de enfermedades, Eli? –me preguntaba cuando volvía a casa por la noche, negro de aceite hasta los codos.

Tobe recurría al aceite para eliminar los hongos que les salían en la piel a los cerdos. Mi padre me dijo que esos hongos eran de la basura con la que Tobe los alimentaba y me advirtió que yo también acabaría pillándolos a poco que me descuidara.

Aparté a una cerda gorda y me arrodillé en medio de la piara. La cerda ni siquiera alzó la vista, se limitó a empujar al cerdo que tenía al lado y así, sucesivamente, fueron empujándose unos a otros hasta el último. Sumergí un trapo en el aceite, aborrecía la sensación de suciedad que me producía en las manos, y comencé a trabajarle el lomo moteado mientras se atiborraba. Los cerdos estaban tan absortos en su inmundicia que ni se daban cuenta de la friega de aceite. Le apliqué aquel mejunje a la cerda, procurando que la piel lo absorbiera, Tobe se arrodilló frente a otro comedero y se puso a hacer lo mismo.

–Que no se te olviden los codos –dijo, sin apartar la mirada del cerdo que tenía a su lado.

Froté con más ímpetu y la cerda gruñó molesta.

–Ya lo creo –dijo Tobe dirigiéndose aún a su cerdo–, vaya si les gusta la carne. –Hizo una pausa–. ¿Tu padre nunca te ha contado lo que le pasó a la señora Fogus, muchacho? ¿Nunca te has preguntado por qué no tengo esposa?

Levanté la vista, pero él no me estaba mirando. La verdad es que nunca me lo había planteado; obviamente, pocas mujeres querrían tener algo que ver con Tobe Fogus. No dije nada.

–Bueno, pues yo te lo voy a contar –dijo–. Se la comieron los cerdos.

Se rio. Acabé con la cerda y recogí la lata, me dirigí a la siguiente. La miré, unos ciento cincuenta kilos, puede incluso que doscientos, ojos pequeños y feos, hocico corto y dentudo. Miré al resto, con sus bocas rebosantes, masticando y engullendo la basura, gruñendo y gorgoteando. Intenté imaginármelos, rollizos y plagados de hongos, comiéndose a la señora Fogus. Me la imaginaba bien entrada en carnes, fondona y repulsiva, como ellos.

–Los cerdos no se comerían a una persona –dije finalmente.

Tobe dejó por un instante de engrasar a su cerda, luego continuó. Había cometido un error al contradecirle de esa manera.

–Tú no sabes nada, muchacho –dijo.

Retomé mi tarea, empapé el trapo y restregué la piel erizada de la siguiente cerda.

–¿Alguna vez has visto a un pedazo de verraco perseguir a un ternero?

No respondí.

–¡Válgame Dios!, si hay una vaca pariendo, el cerdo se pondrá al acecho, se apoderará del ternero, de la placenta, se comerá hasta el culo de la vaca como le dejes.

Sentí náuseas.

–Una persona no le dura ni un suspiro a un cerdo grande –dijo.

Tobe Fogus volvió a reírse.

–Ya lo creo. Una vez vi al viejo Booze zamparse un montón de pollos. ¡Ñam! y si te he visto no me acuerdo, con plumas y todo.

Opté por seguir callado. Se le había olvidado que no habían sido pollos, habían sido gallinas de Guinea, y habían sido las gallinas de Guinea de mi madre.

Las dejaba corretear sueltas por nuestro terreno, que se posaran en los árboles; eran sus mascotas. Una noche, cruzaron la corta distancia que había hasta el terreno de Tobe Fogus, se acomodaron en sus árboles y a la mañana siguiente se pusieron a picotear y a escarbar en su patio. Unas cuantas se colaron en el corral de Booze. Booze se las merendó a todas, no dejó ni una. Mi madre lloró como una Magdalena. A mí me pareció una bobada ponerse así por unas gallinas de Guinea.

Aun así, sentí por un momento que me invadía la furia, furioso con el viejo Tobe por no acordarse de que no fueron pollos. Eso también era una bobada. Seguí a lo mío.

Booze era el único cerdo de Tobe que no estaba infestado de hongos. Tobe lo alimentaba todo el año con el mejor pienso que hubiera en el mercado, rico en nutrientes y aditivos, marca Purina. Y disponía de un corral para él solito, delimitado por una cerca de cuatro listones, con su propio comedero. El corral era bastante grande, puede que dos o tres veces más grande que lo que se precisaba para mantenerlo sano, pero a Tobe le gustaba verlo correr. Había que reconocer que Booze se merecía todas esas molestias y gastos.

Era un macho Duroc adulto, de pelo blanco y tamaño descomunal, con los ojos amarillos más desagradables que te puedas imaginar; tan distinto de aquellas pobres puercas Chester como un cuchillo de caza de una cuchara. Tenía la piel impecable, de color rosa brillante bajo las rígidas cerdas blancas, bien tensada sobre los huesos, los músculos y los tendones. Era el verraco de cría de Tobe, probablemente lo mejor y más fuerte que había tenido Tobe en toda su vida. No podía disimular cómo se hinchaba de orgullo cuando miraba a Booze, cuando lo veía montar a una de aquellas puercas que no eran, ni por asomo, rivales para su tamaño, su peso, su inmensa fuerza y su resistencia. Era una mala bestia y las puercas siempre acababan sin aliento y llenas de mordeduras. Una, pobrecita, incluso llegó a perder una oreja en el curso de una de sus acometidas.

A cada lado de la ancha mandíbula inferior le sobresalía un colmillo más largo que el resto de los dientes, del tamaño de un puro habano. Con sus dos metros y sus más de doscientos kilos, cerca de trescientos, con su lomo chepudo y sus inmensos cuartos traseros, Booze impresionaba y era aterrador. Tobe podría haberlo alquilado como semental y haberse sacado una buena pasta, pero sostenía que ningún granjero de la zona tenía dinero suficiente para pagar por los servicios de una bestia como Booze. Era una decisión muy rigurosa para un hombre con tan pocos recursos como Tobe Fogus. La cría de cerdos no da mucho dinero.

–Ese Booze –dijo Tobe, pasando a otro cerdo–. Algún día me gustaría enfrentarlo a un pitbull.

Tobe estaba muy parlanchín. Me estremecí solo de pensar en un perro metido ahí con ese monstruo. Sería una carnicería. Un oso negro de buen tamaño, tal vez; pero Tobe jamás pondría a Booze en una situación de la que no pudiera salir airoso.

Acabé con otra cerda, le di una palmada en la grupa aceitosa y me aparté. Apenas oía el concierto de gruñidos y berridos que se celebraba a mi alrededor, de tan acostumbrado como estaba. Tobe también acababa de terminar con el suyo. Se giró y me miró.

–Los cerdos son unos animales estupendos –dijo–. Y ese Booze es el mejor. Sabe cuidar de sí mismo. –Alargó el brazo y me quitó la lata de aceite–. Eso es algo que hay que aprender en este mundo, muchacho. Hay que aprender a cuidar de uno mismo. Ya puedes irte a casa.

Se sacó del bolsillo del mono un billete grasiento y arrugado de un dólar y me lo dio, luego se giró hacia el chiquero. Me quedé mirándolo un instante antes de emprender el camino de vuelta a casa.

Cuando pasé por delante de su corral al irme, vi al viejo Booze sentado sobre sus cuartos traseros, mirándome fijamente con sus ojos claros y aviesos, entre el segundo y el tercer listón de la cerca. Estaba mascando su pienso, lenta y meditativamente, mascándolo con mucho ruido y deleite. De la mandíbula inferior le colgaba un hilo de saliva hasta el suelo. Salvé la valla de troncos que dividía nuestros terrenos y volví a casa.

Trabajé para Tobe Fogus el resto de aquel verano y, ocasionalmente, durante el curso escolar. Di de comer y engrasé a sus cerdos, los limpié a manguerazos y recogí el estiércol. Aquel invierno lo ayudé a enterrar a dos: eran muy sensibles al frío y el chiquero no ofrecía suficiente protección. En realidad no era más que un cobertizo.

Los cerdos murieron de neumonía y a mi madre le preocupó que yo también la pillara. Recuerdo cómo resollaban y resoplaban aquellos enormes cerdos indefensos cuando se les inundaron los pulmones, tumbados de lado con pinta de estar medio reventados y ya prácticamente muertos. Tobe no lamentó mucho su pérdida. Se limitó a poner especial empeño en que Booze no se acercara a los moribundos, para que no se contagiara. Instaló una lona para cubrir el corral de aquel enorme verraco, con un montón de paja fresca. Tendió un cable desde la cocina para colgar una bombilla de cien vatios bajo la lona. Booze no pasó frío aquel invierno.

La primavera siguiente, Tobe contrató a Kenny Yates, que vivía al otro lado de nuestra granja, para que me echara una mano con los cerdos. Kenny y yo éramos amigos desde antes de primaria, y me alegró contar con su ayuda. Tobe estaba ya muy viejo y el último invierno le había pasado factura. Ya no se ocupaba tanto de los cerdos. Ahora que contaba con Kenny, dejaba la mayor parte del trabajo en nuestras manos.

De Booze seguía ocupándose él personalmente; no nos permitía ni acercarnos.

–Es demasiado agresivo para vosotros, muchachos –decía Tobe Fogus–. No podríais con él ni queriendo.

Preparaba la mezcla de Booze y la vertía en el comedero, hablando con él todo el rato.

–A comer, cabronazo –decía–. No dejes ni un grano, puto engendro del diablo.

A veces se acercaba a donde estábamos frota que te frota con las puercas y se ponía a mirarlas fijamente, recordándonos lo importante que era engrasarles bien los codos. Un día de aquel verano, me acuerdo, a principios de junio, salió de la casa cuando Kenny y yo terminamos y nos dio a cada uno un billete de un dólar y dos monedas de veinticinco centavos.

–Un aumento –dijo, no muy alto, y volvió a entrar, tambaleándose un poco, como un borracho.

Llevaba un tiempo así, con la mirada afligida. A Kenny y a mí nos alegró recibir aquellos veinticinco centavos extra, pero a ninguno nos preocupó demasiado Tobe Fogus. A nadie le importaba mucho.

Murió a principios del otoño siguiente, justo después del Día del Trabajo. Kenny y yo habíamos salido de clase –era un jueves– y llegamos a la valla de troncos que marcaba la linde entre nuestras tierras. Kenny iba a decirle a Tobe que ya no podía seguir viniendo todos los días. Tenía que dedicar más tiempo a los entrenamientos del equipo de fútbol del instituto. Prometía como placador y, a poco que se lo currase, llegaría casi seguro a formar parte del equipo titular en el último año de secundaria.

Al saltar la valla vimos que faltaban dos travesaños en la parte baja de una sección. Estaban tirados en el suelo a un par de metros, uno partido por la mitad. Los volvimos a colocar lo mejor que pudimos. Kenny se estiró y echó un vistazo al chiquero, entonces me agarró del brazo.

–El corral de Booze –dijo.

Una parte de la cerca estaba destrozada, habían arrancado los tablones de los postes. Ni rastro de Booze.

Kenny miró a su alrededor.

–¿Crees que seguirá por aquí? –preguntó.

Pensé que los travesaños rotos que habíamos visto junto a la valla significaba que no, que seguramente estaría ahora en nuestras tierras, pero a saber. No querría enfrentarme a Booze sin una barrera bien resistente que nos separase. Pensé en aquellos colmillos amarillentos y retorcidos.

–¡Señor Fogus! –exclamó Kenny hacia la casa–. ¡Eh, Tobe!

Bajó la voz en el segundo grito, lanzando miradas a todas partes. Era grandote, en esa época ya se estaba poniendo bastante mazas, pero tampoco como para recibir alegremente la embestida de trescientos kilos de cerdo malvado.

–¿Crees que sabrá que el cerdo se ha largado? –me preguntó.

Echamos a caminar hacia la casa. Supuse que Tobe sabría qué hacer. Él podía encararse con Booze.

–Ni idea –dije–. Lo mejor será decírselo, por si acaso.

–¡Señor Fogus! –volvió a gritar Kenny, aunque sin mucho convencimiento–. ¿Anda por ahí?

Nos quedamos en el porche. Había refrescado, pero solo estaba cerrada la puerta mosquitera. En el porche nos sentimos más seguros. Podíamos entrar corriendo en la casa si hacía falta.

Dentro, la televisión estaba encendida. En el comedero situado a nuestras espaldas gruñó una cerda reclamando su cena. Llamé a la puerta.

–Señor Fogus –dije–. ¿Hay alguien en casa?

Nada.

Kenny se interpuso. Aporreó la puerta con más fuerza y alzó la voz:

–Booze no está, señor Fogus. Se ha escapado.

Aguzamos el oído, pero solo se distinguía el sonido de la tele en el salón, justo al lado del vestíbulo. Si estaba ahí, tenía que oírnos. El volumen no estaba tan alto.

Kenny entreabrió la puerta.

–¿Entramos? –preguntó.

Asentí, así que Kenny entró y yo me deslicé detrás. Ninguno de los dos había entrado en la casa hasta entonces, más allá del vestíbulo. Tobe nunca nos había invitado. La casa se parecía y olía a él: sus monos de trabajo colgaban de un gancho junto a la puerta, tenía dos, junto a un gorro de lana verde oscuro. Había un teléfono sobre una mesita desvencijada, una línea compartida que apenas utilizaba. Al lado había un buró abierto lleno de papeles, pilas y un montón de cachivaches.

Kenny volvió a intentarlo.

–¿Señor Fogus?

Seguía sin contestar. Kenny llamó discretamente a la puerta del salón antes de abrirla. La tele estaba encendida, una vieja RCA en blanco y negro sobre un soporte con ruedas, y Tobe Forgus sentado enfrente, con su cena precocinada. Tenía la cabeza recostada sobre el tapete de encaje deshilachado que cubría el respaldo del sillón, la mandíbula caída, los ojos cerrados.

Más tarde, mi madre, mi padre y yo nos sentamos alrededor de la mesa para hablar de lo sucedido. Creo que a mi madre le afectó más que a nadie, más incluso que a mí, que era el que había encontrado el cadáver.

–Es horrible –dijo–, muerto así, con la comida delante.

Tobe acababa de llevarse a la boca un trozo de filete Salisbury cuando murió, ni siquiera le dio tiempo a tragárselo. Me pareció extraño que mi madre insistiera tanto en ese detalle. Con comida o sin ella, no había vuelta de hoja, Tobe Fogus estaba muerto y Booze seguía en paradero desconocido. Nadie parecía darle mucha importancia al cerdo. Nadie salvo Kenny y yo.

–Kenny dice que Tobe sabía que se iba a morir –le dije a mi padre–. Dice que Tobe soltó a Booze antes de que se le fundieran los plomos.

–Antes de que se le fundieran los plomos –dijo mi padre–. Eso no es muy respetuoso.

Tampoco es que pareciera importarle mucho la irreverencia.

–Dudo que ocurriera así –dijo–. Ve y pregúntale a Kenny a ver si él sabe a cuento de qué iba a destrozar Tobe esos travesaños, un moribundo, cuando podría haberse limitado a abrir el portalón.

No tenía respuesta para eso.

–Te diré lo que yo creo que pasó –continuó–. Para mí que Tobe murió por la noche, bien temprano, antes de dar de comer al viejo verraco. Por la mañana, Booze estaba tan hambriento que no pudo aguantarse más. Salió en busca de comida. ¿No te parece lo más lógico?

Asentí.

–¿Y qué vas a hacer? –pregunté.

Mi padre me miró.

–Con lo de Booze, digo –añadí.

–Ni me lo había planteado, la verdad –dijo. Luego sonrió–. Pero mira, oye, ya lo tengo. Le daré cincuenta dólares al hombre que me traiga a ese cerdo blanco salvaje.

–¿Vivo o muerto? –pregunté.

–¿Un cerdo? –dijo mi padre–. Muerto.

A las puercas de Tobe las subieron a un camión y las despacharon enseguida, las vendieron a un precio irrisorio. Nadie sabía dónde andaría Booze. Comenzaron los tejemanejes entre abogados para ver qué hacer con los terrenos. Mi padre pujó para ampliar nuestra demarcación hacia el este, pero no tuvo suerte. Acabó adquiriéndolos uno de esos diplomados, un granjero aficionado que se trajo un rebaño de enormes Simmentals grises. A mi padre le disgustaban esas vacas casi tanto como los cerdos.

–Ganado para advenedizos inútiles –dijo–. Pura exención tributaria, sin más.

Tanto para Kenny como para mí, cincuenta dólares era mucho dinero. Las tardes que teníamos libres, salíamos con nuestras 22, yo con mi Savage de cerrojo y Kenny con su Winchester semiautomático, a rastrear los campos y las hondonadas en busca del verraco. De vez en cuando dábamos con su rastro –huellas, ramas rotas, excrementos–, pero nunca llegamos a cruzarnos con él. Desde aquel otoño hasta la mitad del invierno, dedicamos al menos una tarde a la semana al rastreo de Booze.

No sé qué habríamos hecho de habérnoslo encontrado. Nuestros pequeños rifles de percusión anular apenas le habrían atravesado el pellejo, no digamos ya matarlo. Kenny afirmaba que iba a dispararle a los ojos. Si lo abatía de un tiro al ojo, decía Kenny, se quedaría con los cincuenta dólares íntegros. No se lo discutí.

Cuando la nieve empezó a acumularse y tuvimos que servirnos de raquetas para desplazarnos por los prados, ir de un lado a otro cargando con los rifles empezó a parecernos menos una diversión y más un trabajo. Los cincuenta dólares fueron perdiendo su inicial relevancia, todos los demás se olvidaron del asunto. Mi padre sabía que nunca encontraríamos a Booze, sabía que nunca tendría que pagar la recompensa. No se podía hacer nada al respecto. Por mucho que Kenny y yo buscamos, pese a las incontables horas que nos pasamos al acecho al borde de las hondonadas, pese a las incontables tardes que nos pasamos en completo silencio, helándonos en los campos, nunca llegamos a verlo. Pasado un tiempo, dejamos de buscar. Yo empecé a dudar de que Booze estuviese en nuestras tierras, incluso de que hubiese estado en algún momento.

Sin embargo, avanzado el invierno, no mucho después de que Kenny y yo abandonásemos la caza, Booze apareció y se mostró de lo más sanguinario. No hay nada peor ni más peligroso que un verraco solitario, sobre todo si se trata de un Duroc tan gigantesco como Booze.

La cosa empezó con los conejos. Durante años mi familia había tenido una conejera de alambre detrás de la casa. En aquel entonces teníamos tres hembras blancas y una chinchilla grande y negra, macho. Nos referíamos a ellos como conejos parrilleros, incluso se nos ocurrió montar una industria artesanal de cría de conejos para consumo local, pero después de vender el primer lote fuimos incapaces. Así que los dejamos a su aire ahí atrás, gordotes y felices, y regalábamos las crías a gente que sabíamos que no se los iba a zampar.

Un día fui a darles de comer y me encontré con que la malla metálica de un lado de la conejera había sido forzada hacia dentro, estaba doblada y rasgada. Dentro, había pelaje y sangre sobre la nieve pisoteada, nada más. Mi padre encontró huellas, las pezuñas de un cerdo, y dijo que había sido Booze. Despotricó contra el viejo Tobe Fogus por el problema que le había dejado, refiriéndose al daño que podía causar un cerdo del calibre de Booze cuando le diera la gana. Comprendí que hasta aquel momento nunca se había creído que Booze estuviera en nuestras tierras. Seguía viéndolo como un mero inconveniente, un problema potencial para su ganado. Yo estaba aterrado. Aquella noche soñé por primera vez con Tobe, con sus mandíbulas abiertas de par en par y la boca llena de comida intacta.

El martes de la semana siguiente, Calvin, el padre de Kenny, vino a la granja para hablar con mi padre. Era un hombre alto, le sacaba media cabeza a mi padre. Parecía enfadado.

–Hay que hacer algo, Pierce –dijo–. Esa cosa se presentó de nuevo anoche en mi casa. Entró en el gallinero, atravesó la malla. Se zampó a dos de mis mejores ponedoras.

Hizo una mueca, se levantó de la silla y se aferró al respaldo con sus vastas manos.

–Con eso puedo vivir, Pierce. Pero se cargó a Tippy.

Me estremecí. Tippy era el perro de Kenny, un pequeño border collie bastante peleón.

–Tippy salió al oír a las gallinas. Para cuando me puse los vaqueros y cogí la escopeta, ese hijo de puta ya se había largado. Había plumas por todas partes… –tragó saliva–, y Tippy. Por el amor de Dios, Pierce, ese cerdo se ha cargado como si nada a un perro adulto. Pronto comenzarán a aparecer por ahí corderos muertos, y ovejas…

–Ya se ventiló a una oveja –dijo mi padre.

Primera noticia. Me imaginé a Booze, enorme y con las cerdas del lomo erizadas, masacrando a una oveja idiota y demasiado asustada para huir.

–Pues mejor me lo pones –dijo Cal Yates–. Yo digo que salgamos ahora mismo a por él. No pienso perder un solo animal más por culpa de ese cerdo, maldita sea.

–Un verraco solitario –dijo mi padre–. Lo peor que hay. –Se levantó y cogió su abrigo–. Eli, ve a por mi rifle.

Me quedé expectante.

–El Remmy –me dijo.

Yo sabía que con el Remington no fallaría. Era un Magnum de siete milímetros buenísimo, un auténtico ejecutor. En su día, papá no quiso escatimar y se compró también una mira Weatherby de 6x60. No la usaba mucho, pero cuando lo hacía, era infalible. Le llevé el rifle y una caja de cartuchos. Metió tres en el cargador y me devolvió el resto.

–Si con este rifle me hacen falta más de tres para matarlo, ese cerdo se merece el indulto –dijo.

Salió por la puerta siguiendo al padre de Kenny. Cruzaron el porche y se dirigieron a la Scout de Cal, donde tenía su 30-30 de palanca ajustado al armero. Mi padre silbó y dio una palmada: Music y Homer, nuestros dos perros oseros, saltaron a la trasera de la camioneta ansiosos ante la perspectiva de la cacería. Mi padre y Cal se subieron a la cabina y la partida de caza salió a los campos.

Mi padre no regresó hasta bien entrada la tarde, después de la puesta del sol. Cuando entró en casa, con aspecto de estar helado y profundamente cansado, supe que no habían podido con el cerdo.

–Me estoy haciendo viejo –le dijo a mi madre.

Se volvió hacia mí y me puso una mano en el hombro.

–Hemos perdido a Homer –dijo.

Tenía un aspecto horrible, inestable; temí que se echara a llorar. Dejó el Remmy sobre la mesa de la cocina con el cerrojo abierto y subió a su dormitorio. Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas: por Homer, asesinado en la nieve por un verraco solitario. Intenté contenerlas.

Saqué el cargador del rifle. Estaba vacío. Mi padre había disparado tres veces a ese cabronazo y aun así Booze había conseguido matar al perro. Tres disparos. Esta vez no pude reprimir las lágrimas.

Durante mucho tiempo, después de aquel día, fue como si Booze estuviera siempre presente, nunca lo bastante lejos como para olvidarlo. Después de vaciar el Remmy y perder a su mejor perro, mi padre se dio por vencido. No parecía querer volver a intentarlo. Por las noches solía quedarme dormido pensando en el cuarto de tonelada de cerdo asesino que vivía en una hondonada probablemente no muy lejana.

Cuando llegó la primavera, Booze demostró lo dañino que podía llegar a ser. Un ternero, dos, luego tres…, media docena en total durante aquel primer año. Calvin adoptó la costumbre de pasarse las noches en vela, con el 30-30 acunado en sus brazos, esforzándose por ver al cerdo, por oírlo. Kenny y yo nos sentamos con él en más de una ocasión, bebíamos café y esperábamos a que la blanca silueta de Booze apareciera ante nuestros ojos. Nunca sucedió.

Una noche de agosto de aquel año soñé con Tobe y con Booze. De alguna manera, se fusionaban. Tobe estaba muerto, sentado en su sillón reclinable y, de repente, estaba vivo y sonreía con cara de cerdo, luciendo unos espantosos colmillos amarillentos, gruñendo… Me asusté tanto que me desperté.

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Дата выхода на Литрес:
13 ноября 2024
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191 стр. 3 иллюстрации
ISBN:
9788412112887
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