Читать книгу: «Las psicosis y el vínculo social»
Título original: Les psychoses et le lien social
© de la traducción: Susana Lauro, 2009.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2018.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: GEBO506
ISBN: 9788424938192
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Índice
INTRODUCCIÓN
PRIMERA PARTE LA VOZ EN LA PSICOSIS
LA VOZ Y LA ATRIBUCIÓN
EL PASAJE AL ACTO Y EL EFECTO SOBRE EL SUJETO
UNA ALUCINACIÓN PARADÓJICA
ENIGMA Y ENUNCIACIÓN
LA ALUCINACIÓN Y EL TIEMPO LÓGICO
EL TIEMPO DE SUSPENSO EN LA PSICOSIS
SEGUNDA PARTE EL PROBLEMA DE LA IDENTIFICACIÓN
LA MIRADA DEL OTRO Y LA DECISIÓN DEL SUJETO
LA MENTIRA Y EL ANALISTA
UN CASO LÍMITE
«SOY LA HIJA DE DIOS»
TERCERA PARTE EL NIÑO Y LA PSICOSIS
LA DECISIÓN DEL SER
AL PIE DEL MURO
EL AMO Y SU MAYORDOMO
EL NIÑO Y SU MADRE
CUARTA PARTE LITERATURA Y PSICOANÁLISIS
CRIMEN Y PSICOSIS
LA SOLEDAD DE SAMUEL BECKETTE
LA LETRA Y LA ESTRUCTURA
JOYCE Y EL NUDO
LA LOCURA DE LOL
CONCLUSIÓN
BIBLIOGRAFÍA
NOTAS
Y al ser del hombre no sólo no se lo puede
comprender sin la locura, sino que ni aun sería el
ser del hombre si no llevara en sí la locura como
límite de su libertad.
J. LACAN, «Acerca de la causalidad psíquica»,
Escritos 1, Siglo XXI, México, 1996, pág. 166.
Pues un alienado es también un hombre
al que la sociedad no ha querido escuchar y que ha querido impedirle emitir verdades
insoportables.
A. ARTAUD, Van Gogh, el suicidado por la sociedad,
Fundamentos, Madrid, 1993, pág. 27.
INTRODUCCIÓN
Las psicosis y el vínculo social: este objeto de estudio ha sido constituido a partir de una preocupación mía, la de interrogarme sobre las consecuencias de esta enfermedad mental, la psicosis, en relación con la construcción del vínculo social.
LA CONSTRUCCIÓN DEL VÍNCULO SOCIAL A TRAVÉS DE LA ESTRUCTURA DEL LENGUAJE
La pregunta que me formulé es la siguiente: en el contexto de lo que Freud ha llamado Das Unbehagen in der Kultur (el malestar en la cultura), ¿cómo abordar el vínculo social desde el punto de vista del psicoanálisis? ¿Qué puede enseñarnos el psicoanálisis sobre ello?
Lo primero que aparece es que el vínculo social es abordado por el psicoanálisis a partir de la estructura del lenguaje y del campo de la palabra.1
En la correspondencia que mantuvo Émile Durkheim con su sobrino Marcel Mauss2 en el momento de la creación de L’Année sociologique, hace un siglo, en 1898-1899, se plantea la cuestión de saber qué era un hecho social. En psicoanálisis, el hecho social está considerado como creación en calidad de que hecho del lenguaje. Este enfoque es objeto de discusiones apasionadas en distintos terrenos de las ciencias humanas y sociales, particularmente en el terreno de la filosofía, como lo demuestra la argumentación de John R. Searle en su libro La construcción de la realidad social.3
Esta reflexión filosófica, referida al planteamiento de Berkeley y de Kant, es útil a las ciencias sociales en la medida en que pone el acento en la relación entre el sujeto de la palabra y la construcción del vínculo social.
Desde esta perspectiva, mi interrogación se refiere precisamente a la articulación lógica que existe entre el sujeto de la palabra y el vínculo social, teniendo en cuenta el recorte epistemológico introducido por Freud a partir de 1895, es decir, a partir del descubrimiento del inconsciente.
LA DESTRUCCIÓN DEL VÍNCULO SOCIAL POR EL HECHO DE LA ENFERMEDAD MENTAL
La experiencia clínica pone de relieve una paradoja relativa a la psicosis. Muestra que el sujeto psicótico, de una u otra manera, encuentra un lugar en la sociedad, aunque, sin embargo, para él el vínculo social está deshecho. Lo que nos enseña el psicoanálisis es que existe esencialmente una diversidad de «posiciones subjetivas del ser» repartida, de hecho, en diferentes «modos de ser». El «modo de ser» que caracteriza la posición del sujeto psicótico con relación a la estructura del lenguaje consiste en estar dentro de la sociedad y a la vez fuera del vínculo social. El problema que plantea entonces la psicosis es justamente el de la ausencia de vínculo social.
Se tiene tendencia a considerar al sujeto psicótico como una persona irresponsable, es decir, como alguien que no puede responder de sus actos. Es como si sus actos se llevaran a cabo sin razón. En su artículo titulado «Salud mental y orden público», publicado en castellano por la revista Uno por Uno, n.º 34,4 Jacques-Alain Miller hace notar que la palabra «responsabilidad» tiene consonancia con «respuesta». La responsabilidad, dice, «es la posibilidad de responder de sí mismo» —de sus palabras y de sus actos—. El problema que se plantea entonces es saber si esta enfermedad mental, la psicosis, lleva aparejada la puesta en suspenso del sujeto de derecho, teniendo en cuenta que el sujeto psicótico mismo, llegado el caso, se queja de esta puesta en suspenso, como muestra Louis Althusser en su libro El porvenir es largo.5
El sujeto psicótico tiene una posición tal respecto del lenguaje y de la palabra que le es imposible responder de un enunciado a causa de su relación con la enunciación. Hay allí, pues, un impasse real. El obstáculo con el que se encuentra el investigador, interesado en las palabras y los escritos de un sujeto psicótico, es que toma en cuenta lo que dice éste, mientras que el sujeto es incapaz de asumir la responsabilidad de lo que dice. Por eso, como ha mostrado Freud, desde 1895, en su «Manuscrito H», el psicótico rechaza la culpabilidad.6 Niega, dice Freud, el reproche, que hace del sujeto del inconsciente un culpable, incluso un acusado. Acusa, por el contrario, al otro de la falta, no la pone a su cuenta, la pone a cuenta del otro. Como indica Jacques-Alain Miller en el artículo citado: «Ese al que llamamos un paranoico está en la posición subjetiva del acusador, no del acusado».
El sujeto psicótico está excluido del vínculo social en la medida en que rechaza la culpabilidad. Freud considera, en efecto —esto ha sido retomado por Paul-Laurent Assoun y Markos Zafiropoulos en sus trabajos— que la culpabilidad —por el sesgo del asesinato del padre— es lo que funda el vínculo social.
En ese sentido, el sujeto psicótico no cree en el padre. Para él no hay padre. Él rechaza, se puede decir, la «seducción paterna» y, como cuenta el poema de Jacques Prévert «La pesca de la ballena»,7 considera al padre como un impostor. De modo que niega el vínculo que se transmite principalmente de padre a hijo. Para él, el nudo está desanudado, no hay vínculo que se mantenga.
EL CONCEPTO PSICOANALÍTICO DE VÍNCULO SOCIAL
El vínculo social puede definirse, desde el punto de vista de la orientación lacaniana del psicoanálisis, a partir del concepto de discurso, tal como el doctor Jacques Lacan lo ha elaborado, y, a la vez, a partir de la noción de estructura, que Lacan concibe con la forma de un nudo existente entre esas tres categorías distintas que son lo real, lo simbólico y lo imaginario. Sobre ese punto, desde el principio de su enseñanza, el doctor Lacan se ha referido a Lévi-Strauss y a su Antropología estructural.8
En su artículo titulado «Clinique ironique», aparecido en el n.º 23 de la revista La Cause freudienne, Jacques-Alain Miller destaca el hecho de que la neurosis se construye como una defensa: el sujeto se defiende contra lo real con lo simbólico. Esa tesis puede deducirse particularmente de los primeros escritos de Freud, que datan de 1893-1895, sobre die Abwher-neuropsychosen («las neuropsicosis de defensa»).9
— La neurosis es una construcción que está erigida sobre la base de la cadena significante, con el fin de evitar el choque del encuentro con lo real. La cadena significante, cuya lingüística, la primera, como señala Lévi-Strauss, fue intuida, cumple la función de medio de defensa contra aquello que es rechazado fuera del lenguaje. Para el neurótico, lo simbólico es distinto de lo real, lo simbólico no es lo real. Una barrera protege al sujeto neurótico contra lo que está «fuera de discurso».10 Por eso, para el sujeto neurótico, lo simbólico tiene el valor de un semblante: de una suerte de creación, de ficción, de artificio.
— En cambio, la ironía propia de la esquizofrenia viene, como ha mostrado Jacques-Alain Miller en su artículo, del hecho de que le es imposible defenderse de lo real con lo simbólico. La cadena significante está desanudada; cada elemento del conjunto de los significantes carece de vínculo con los otros. El choque del encuentro con lo real no puede evitarse. Joyce evoca, especialmente en sus «Epifanías», la resonancia de perplejidad y de desesperación que provoca, en el sujeto psicótico, ese choque. Lo simbólico es real. Como dice Freud, la palabra es la cosa misma.11 Adelantar que, como ha hecho el doctor Lacan, para el esquizofrénico, el vínculo social no se mantiene implica entonces que está excluido del discurso (tal como lo concibe el doctor Lacan), que está «fuera de discurso» y, al mismo tiempo, que el nudo que anuda lo real, lo simbólico y lo imaginario, se deshace.
De ahí la pregunta que surge inmediatamente con insistencia: si el vínculo social no existe para el sujeto psicótico, como Samuel Beckett ha manifestado reiteradamente de una manera admirable a lo largo de toda su obra, ¿qué es capaz de suplir esa falta?
LA DISCIPLINA DE LA ENTREVISTA
El método de investigación utilizado está fundado en la disciplina de la entrevista, tal como puede llevarse a cabo en el servicio de un hospital psiquiátrico, con diferentes tipos de pacientes. Para que la exigencia que orienta el trabajo de investigación que allí se efectúa pueda abrirse a la prueba de la enseñanza, se realiza un desplazamiento de orden metodológico. En el transcurso del recorrido epistemológico realizado se ha operado un pasaje, de la entrevista que transcurre en un consultorio a la entrevista que se desarrolla en el marco de lo que se ha convenido en llamar una «presentación de enfermos»12 y que está dirigida a una asistencia compuesta por psiquiatras, psicólogos, estudiantes de psicología, enfermeras, educadores especializados, asistentes sociales, etc. De esa manera, la entrevista está sometida a una suerte de «control» por parte de los asistentes que pueden entonces hacer preguntas, exponer ideas, plantear objeciones, emitir críticas. La característica que tiene la entrevista desarrollada en el marco de una «presentación de enfermos» es la de estar abierta a los debates y de suscitar discusiones.13
RESULTADOS DE LA INVESTIGACIÓN
El trabajo de investigación, cuyos resultados presentamos, es la recopilación de una cantidad de textos que fueron escritos en el transcurso de los últimos quince años. Dichos textos tienen un alcance teórico al mismo tiempo que práctico, en la medida en que, como se ha señalado, su fuente es la clínica psicoanalítica de las psicosis y se apoyan en referencias que se sitúan en el campo explorado por Freud y Lacan. Cada uno de los textos se ha reelaborado y adaptado para esta publicación.
Se distinguen cuatro partes:
— la voz en el psicoanálisis;
— el problema de la identificación en la psicosis;
— el niño y la psicosis;
— literatura y psicoanálisis.
La primera parte estudia ese «fenómeno elemental» (según la expresión de Clérambault) que es el mecanismo de la alucinación verbal.14 Las voces que oye, o que cree oír, el sujeto psicótico son alucinaciones inherentes al verbo, es decir, al circuito de la palabra, a la forma misma en que la palabra se oye, resuena, en función de la temporalidad que le es propia.
La segunda parte plantea el problema del ser en la psicosis. La manera en que el sujeto se sitúa en relación con la voz y con la mirada desempeña un papel determinante.
La tercera parte aborda un tema doloroso en sí mismo: la evidencia de la psicosis en algunos niños. Si nos referimos al aprendizaje del lenguaje, la partida se juega, en particular, en relación con la hiancia, a la falla que hay o que puede llegar a haber entre la palabra y la frase. En este sentido, debe efectuarse un salto en el momento en que el niño aprende la lengua y que, sin que él lo sepa, desde ese instante es la suya.
La cuarta parte se aventura en el terreno de la literatura, con el fin de descubrir cuál es el síntoma que caracteriza la posición, relativa a la lengua, de escritores como James Joyce y Samuel Beckett.
Se propone distinguir cuatro tipos de resultados principales:
1) el problema de la responsabilidad, tal como se plantea en la psicosis, implica que el sujeto rechaza la culpa del lado del Otro. De alguna manera es la estructura de la psicosis misma la que hace esa elección radical y produce ese efecto de rechazo;
2) el hecho de que no haya lazo social para el sujeto psicótico comporta una cantidad de consecuencias inherentes a la relación con el lenguaje. Por ejemplo, la dificultad de asumir la responsabilidad de la enunciación, la interrupción de las frases que se manifiesta por frases rotas y palabras quebradas o desgarradas, la importancia que se concede a la voz, la sensación de tener la mirada como enemigo;
3) la posición del sujeto psicótico con relación al lazo social se declina según diferentes modalidades que van de la tragedia a la comedia: la soledad, el silencio, el rechazo, el hecho de ser pasto de amenazas y de burlas, pero también el esfuerzo de rigor (compárese Cantor y Wittgenstein, por ejemplo) y cierta ironía;
4) la psicosis no es un problema, sino la solución que aporta la elección de cierto tipo de suplencia al problema planteado por la ausencia de vínculo social. Como demuestran los escritos de James Joyce y de Samuel Beckett, la actividad de la escritura puede constituir esa suplencia.
PRIMERA PARTE
LA VOZ Y LA ATRIBUCIÓN
Hacía un año que esta señora de unos cincuenta años venía al dispensario, dos veces por semana, para hablarme, cuando decidió, esta vez, decirme que a ella le gustaría que yo la ayudara a comprender lo que le había ocurrido.
Hasta ese momento no me había hablado de otra cosa que de las preocupaciones de una madre que, sola —su marido murió hace una docena de años—, debe encargarse de que sus dos hijos puedan seguir sus estudios en las mejores condiciones posibles. Tiene un hijo de veinticuatro años, que está en la escuela politécnica, y una hija de veintidós años, que prepara el mismo diploma que obtuvo su madre, el diploma de ingeniera en informática. Esta vez me cuenta que tres años antes le había ocurrido algo que no comprendía.
Ocurrió durante el verano, a finales del mes de julio, cuando ella estaba a punto de irse de vacaciones. Con la ayuda de sus hijos, bajaba las maletas al coche. De hecho, tuvo que subir y bajar las escaleras varias veces. La puerta de la vivienda se había dejado abierta para entrar y salir con más comodidad. Mientras ella estaba atareada en una de las habitaciones de la vivienda, entró de pronto a esa habitación el perro del vecino. Ella lo conocía bien porque muchas veces lo encontraba con su dueño en la escalera cuando iban a dar un paseo o volvían de él. Lo que le había llamado la atención de ese perro era que, cuando su dueño se ausentaba, aullaba a muerte durante muchas horas. El perro del vecino entró, pues, en la pieza donde ella estaba. Ella lo acarició y después continuó con sus ocupaciones. Debió bajar una vez más. Cuando subió nuevamente a su casa, encontró a su vecino en el rellano. Según ella, el vecino pronunció entonces estas palabras dirigidas a ella: «Usted acarició al perro y él aulló a muerte».
EL ENIGMA DE LA SIGNIFICACIÓN
De hecho, según me dijo, ella no comprendió el significado de esta frase. Aunque la frase en cuestión comportara en sí misma una significación que yo calificaría aquí de «plausible», ella afirmó que, en lo que a ella respecta, esta significación le quedó para siempre como enigmática. Ahora bien, la frase que ella oyó y que según ella provenía de la boca del vecino de rellano puede considerarse desde dos puntos de vista distintos: o bien desde el punto de vista de la sucesión de palabras que se encadenan unas a otras independientemente de la significación que produce este encadenamiento o bien desde el punto de vista de la significación que el supuesto interlocutor tenía la intención de hacer oír al articular así esa sucesión de palabras. La estupefacción de la paciente muestra que, para ella, ha aparecido un hiato entre la sucesión de palabras encadenadas unas a otras —lo que Lacan ha propuesto llamar: «la cadena significante»— y el sentido que ese encadenamiento supuestamente articulaba. Aun antes de preguntarse si es plausible o no que el vecino de rellano haya pronunciado una frase tan sorprendente como la que ella oyó y que, al menos es lo que ella afirma, ha sido emitida por él, conviene hacer notar, en consecuencia, que la significación de la frase en cuestión la ha sorprendido, sí, pero por su ausencia misma. Se trata, para ella, de una frase sin significación.
En este sentido, lo que ella percibió en la frase que oyó es un vacío. No nos detengamos en el contenido de la significación y atengámonos solamente a la oposición entre la presencia o la ausencia de significación. Al decir esto, deseo simplemente subrayar que en el momento en que la paciente oyó la frase: «Usted acarició al perro y él aulló a muerte» no le atribuyó ninguna significación a esta sucesión de palabras.
Por tratarse de la distinción entre el significante y el significado, que Lacan escribe con la forma de una barra que separa la S mayúscula y la s minúscula del significado:
S
s
me parece importante, cuando tratamos de comprender qué es una alucinación, poner el acento sobre lo que implica la operación de separación que efectúa la barra entre dos niveles diferentes: el nivel del significante y el nivel del significado. La barra está allí para marcar que hay una suerte de fosa que saltar.1 Una marca con esas características tiende a indicar que puede intervenir un suspenso en la atribución de la significación en la cadena significante.
La posición adoptada por la paciente en relación con la frase que oyó consistió en afirmar que ella no comprendió la significación de esa frase. En otras palabras, el suspenso que en cada caso interviene en la atribución de la significación en la cadena significante fue, en este caso, definitivo. El suspenso en cuestión se manifiesta bajo la forma de una vacilación relacionada con la elección entre los dos términos de la alternativa: hay o no hay una significación. Una suerte de elección le es propuesta al sujeto que percibe la articulación de la cadena significante. Él puede decir que sí, que la frase que ha oído tiene para él un sentido, o, por el contrario, puede decir que no, que no tiene sentido. Esa elección, relativa al suspenso introducido en la atribución de la significación en la cadena significante, implica que el sujeto, que percibe la articulación de ésta, goza de la capacidad de tomar posición con respecto a la comprensión producida por la cadena significante. Él posee de alguna manera el poder de aceptar o rechazar. La atribución, puesta así en suspenso por el espacio de un instante, se efectúa o no se efectúa. La puesta en suspenso de la atribución muestra que el uso de las palabras hace surgir, en el sujeto que percibe su encadenamiento, una pregunta: «¿Qué quiere decir eso?».
El significante tiene esa virtud para el sujeto que percibe su aparición: la de suscitar, por el solo hecho de aparecer, una interrogación en relación con él. En este sentido, no hay significante sin que se destine una pregunta a la significación:
S
x ?
Por eso, el significante es, quiérase o no, equívoco. A partir del momento en que dices algo, yo no puedo hacer otra cosa que formularte la pregunta: «¿Qué has querido decirme con eso?». Hay, pues, allí un primer hiato. Pero también un segundo.
¿QUIÉN ES EL SUJETO DE LA ENUNCIACIÓN?
La paciente afirmó que era el vecino de rellano quien pronunció esas palabras que, según ella, estaban dirigidas a ella. En ese aspecto, conviene distinguir dos momentos.
En primer lugar, ella ha percibido una sucesión de palabras encadenadas unas a otras: «Usted acarició al perro y él aulló a muerte». Ahora bien, ella tuvo la certeza de que esas palabras estaban dirigidas a ella. Esta manera de decir indica que la palabra aquí es percibida por el sujeto de la percepción como «significante intruso». De hecho, siempre es así. El significante, si está relacionado con la percepción que de él tiene el sujeto, es, en cada caso, un significante percibido de una manera nueva, «un significante intruso».
En segundo lugar, ella afirma que es él quien las pronunció, porque en el momento en que ella oyó esas palabras se cruzó con su vecino de rellano. Me gustaría mostrar hasta qué punto esta afirmación constituye, por parte de ella, un forzamiento. La certeza aplasta la inevitable vacilación del sujeto de la percepción.
En mi opinión, sólo es posible comprender qué es la voz para un sujeto psicótico si el enunciado es concebido, al menos a modo de hipótesis, independientemente de la enunciación. A partir del momento en que se articula una sucesión de palabras, debe ser introducido un suspenso en relación con la atribución de la cadena significante en el sujeto de la enunciación. Cuando algo es dicho, se plantea la cuestión de saber, en cada caso, quién lo ha dicho.
Jacques-Alain Miller ha hecho notar, en su seminario de tercer ciclo, el pasaje que, en la página 515 de los Escritos,2 habla de la alucinación verbal. En ese pasaje, Lacan pone el acento en el hecho de que, para que la atribución de la cadena significante en el sujeto de la enunciación se efectúe, hace falta tiempo, hace falta el tiempo para que ésta se haga. Él dice esto exactamente: «La cadena significante toma como tal una realidad que es proporcional al tiempo que implica su atribución subjetiva».3 El sentimiento de realidad que experimenta el sujeto en relación con la cosa oída proviene, pues, de la operación de atribución que se efectúa. ¿Es éste el que ha dicho eso o soy yo? O también: ¿es éste quien lo ha dicho o es aquél? En cada caso, la pregunta queda planteada. También sobre ese punto, al sujeto de la percepción se le exige, por lo que oye, tomar posición. Lacan avanza, en la página 515 de los Escritos,4 que, a ese respecto, el sujeto tendrá que vérselas con la «distribución de voces». Tiene que elegir. La elección en cuestión se hace por medio de la atribución. Desde ese punto de vista, el vecino de rellano, para la paciente cuyo caso recuerdo, venía de perlas. Ella decidió que no podía ser otro que él quien había pronunciado la frase cuya significación no comprendió ella. Me parece importante subrayar que la alucinación verbal corresponde a un forzamiento contingente en la atribución de la cadena significante. De hecho, el sujeto de la percepción se equivoca. Atribuye la enunciación de la cosa oída a otro que pasaba por allí, cuando habría debido atribuírsela a sí mismo. Este error en la atribución es el motivo de la aflicción que siente el sujeto psicótico. Ese error puede ser considerado como la consecuencia de que, para el sujeto psicótico, la vacilación no es temporal. Su temporalidad no está limitada al tiempo que hace falta para que dicha vacilación se manifieste. El sujeto psicótico está tomado, aquí también, en una suerte de suspenso definitivo. Esta vez, se trata de la puesta en suspenso de la atribución de la cadena significante en el sujeto de la enunciación, es decir, en el punto a partir del cual se emite la enunciación.
Quizás las cosas pueden decirse del siguiente modo:
La alucinación verbal es el testimonio de que el error en la atribución excluye al sujeto de la percepción del lugar que le toca como sujeto de la enunciación de la cosa percibida. Precisamente ésta es la exclusión que hace que él tenga la sensación de que se burlan de él. Lo que percibe, cree que no es él quien lo enuncia. A partir del momento en que el sujeto de la percepción se equivoca en la atribución, a él le parece que se burlan de él.
Mi hipótesis sobre la alucinación es ésta: el sujeto psicótico está tomado en un suspenso en cuanto a la atribución. Se trata al mismo tiempo de la atribución de la significación de la cadena significante en el sujeto de la enunciación. La certeza relativa a la atribución —«¡No soy yo, es el otro!»— es la contrapartida del suspenso definitivo, es decir, de la incapacidad de atribuir a alguien lo que se está diciendo. Hay en ello una suerte de jugada descabellada en lo que respecta a la posición que toma el sujeto de la percepción. En última instancia, como es necesario que él tome una decisión, toma cualquiera. Es absolutamente libre. Pero eso se le pone en contra. Se encuentra de alguna manera frente a frente con su propia palabra. Al sujeto psicótico, si nos atenemos a él, eso no le causa ninguna gracia.
EL PASAJE AL ACTO Y EL EFECTO SOBRE EL SUJETO
DE LAS ALUCINACIONES VERBALES
Una mujer de unos treinta años, que se encuentra internada en un hospital psiquiátrico desde hace tres años, me es derivada al dispensario para una psicoterapia. Los psiquiatras que me han propuesto tratarla me hacen saber que ésa era su última oportunidad. Está hospitalizada desde hace tanto tiempo porque ha tenido varios intentos de suicidio. Tiene además una práctica «masoquista» de automutilación muy particular y que deja atónito: se abre agujeros en los brazos y mantiene las heridas rascando las costras desde que se forman. Yo califico esta práctica de «masoquista» en la medida en que la paciente dice de sí misma que le gusta lastimarse. Con eso, dice, se castiga. Experimenta, de manera manifiesta, un goce al castigarse de esa manera. Cuando habla de esos agujeros que se hace en los brazos, dice: «Me abro los brazos». En el momento en que la escuché decir eso por primera vez, me impresionó por el equívoco que comporta esta manera de decir que ella se hiere a sí misma, que es de su propia mano. La herida que se infringe es por supuesto evidente, pero también lo es la aceptación que podría de alguna manera tener de sí misma. En consecuencia, la cuestión parece ser ésta: ¿cómo fue recibida ella en el mundo de la palabra para ser empujada de ese modo a hacerse daño?
EL RECHAZO DE LA PALABRA
Recibo a la paciente en cuestión por primera vez un martes por la mañana. En el transcurso de la entrevista, ella me dice que desea hacer una psicoterapia. Contrariamente a lo que hice con los otros pacientes, no tomé notas después de esa primera entrevista. Tal vez me dijo que no se sentía bien consigo misma, puesto que me lo repite cada vez que viene. Pero me parece que lo más importante de la primera entrevista consistió en «concertar una cita». «Concertar una cita» no es algo anodino. «Anodino» quiere decir «sin dolor». Pues bien: «concertar una cita» no carece de peligro para una mujer a quien se le da la palabra de ese modo, puesto que precisamente su entrada en el mundo de la palabra fue de un modo doloroso. Efectivamente, al principio de la segunda entrevista, que tuvo lugar el viernes siguiente, me hace saber que, el martes por la noche, después de una violenta disputa con una enfermera con quien no se lleva bien, ella se tomó un litro de agua de Colonia. Cayó en coma. Llevada de urgencia al servicio de reanimación de un hospital general, estuvo a punto de morir. La disputa con la enfermera, que es lo que ella invoca como razón de su gesto de desesperación, no es la causa de su intento de suicidio. Ella estuvo a punto de morir porque rehusó la palabra que yo le daba, porque rechazó tomar la palabra.
En el umbral mismo de una experiencia en la que estaba a punto de entrar, no le pasó inadvertido que lo que yo le ofrecía, al concertar una cita con ella, no era solamente la posibilidad de venir a verme, sino sobre todo que yo le pedía algo: yo le pedía «decir». Y bien, a esta demanda ella dio una respuesta donde aparece claramente el carácter de brusquedad, de precipitación. Lo único que habría dicho de su intento de suicidio, si hubiera dicho algo, es: «No quiero decir». «Usted me pide que diga. Bueno, no, yo no quiero decir».
Algunas horas después de haber concertado cita conmigo, tomó también la decisión de retornar a ese momento primordial donde a todo sujeto se le propone elegir entre hablar y no hablar, es decir, elegir entre la aceptación y el rechazo del lenguaje; lo que equivale, a fin de cuentas, a elegir entre el lenguaje y el goce, no obstante prohibido. La paciente en cuestión se vio en la encrucijada. Volvió a esa suerte de punto crucial en el que poseyó el poder, por el espacio de un instante, de manifestar su rechazo por entrar, después por implicarse en el mundo del lenguaje. Ella prefirió, en el momento de su pasaje al acto, quedar por fuera del mundo del lenguaje, allí donde el sujeto no ha sufrido todavía la marca del lenguaje, allí donde se afirma pura y simplemente su voluntad de goce. Como dice Lacan, en el informe del seminario La lógica del fantasma,1 allí donde el sujeto quiere gozar rechaza ser sometido al lenguaje. No acepta que su ser sea un ser del lenguaje, quiere ser dueño de su ser, al que confiere, pues, de alguna manera, un valor absoluto.
No diré otra cosa sobre esta paciente, sino que a lo largo de las entrevistas que siguieron le hice muchas preguntas. Tuve realmente la impresión de que había que sacarle las palabras de la boca, porque precisamente a eso, a usar las palabras, es a lo que ella parece tener una fuerte reticencia.
EL EFECTO DE LA ALUCINACIÓN VERBAL
Tomaré ahora el ejemplo de un paciente paranoico con quien tuve una docena de entrevistas a lo largo de su hospitalización. Este hombre de treinta y seis años vive con sus padres. Ha estado hospitalizado varias veces. Esta vez ha venido al hospital porque, encontrándose solo una noche en su cuarto, de golpe se levantó de la cama donde estaba acostado y, a puñetazos, rompió los vidrios de las ventanas.
En la sexta entrevista dirá claramente que él ha roto los vidrios de su cuarto porque oyó voces. Mi hipótesis es que el gesto de romper los vidrios constituye un pasaje al acto.
La cuestión no es saber si él oyó una voz que le ordenó: «¡Rompe los vidrios!». En este caso no se trata de eso. Y aunque la hubiese oído no sería ésa la razón por la cual habría roto los vidrios. Me gustaría mostrar, efectivamente, que el pasaje al acto está ligado al efecto que producen en el sujeto las alucinaciones verbales.
El paciente mismo da tres tipos de explicaciones que, a mi entender, deben tomarse en consideración:
1) En el transcurso de la primera entrevista, él pone de manifiesto que, en la víspera del día que rompió los vidrios de su cuarto, su madre le dijo que él perdía el tiempo yendo de bar en bar y que era un fracasado. El hecho de decir en otra entrevista que su madre le mete en la cabeza pensamientos que le son ajenos me hizo pensar que debía de haber oído una voz que le decía: «¡Eres un fracasado!». A eso que él oyó le otorga el estatuto de una injuria. La particularidad de la alucinación verbal está en el hecho que resulta, para el sujeto, en lo que Lacan llama «una incertidumbre en cuanto a su atribución subjetiva». Parece admisible que él haya atribuido lo que oyó a su madre, quien en ese momento estaba en la misma pieza que él.
2) Durante la segunda entrevista, dice que, justo antes de romper los vidrios, pensó en un percance que le sucedió cuando tenía veintidós años. Había ido a ver a una prostituta en la calle Saint Denis. La única precisión que dio sobre el asunto es que ella era fea, bajita y gorda. De modo que no tenía nada para agradar, ningún atractivo.
La primera vez que habla de lo que llamaré «la escena con la prostituta», hace una suerte de confesión. Dice: «No supe cómo hacerlo». Le pregunto qué quiere decir con eso. Él me responde: «No tuve erección». Entonces, ella hizo algo que él no soportó: le masturbó. Sintió entonces como una intrusión por parte de ella, por el hecho de haberle masturbado. El rasgo que conviene retener de «la escena con la prostituta» es el efecto de denigración que tuvo en él esta desventura sexual.
3) Fue durante la sexta entrevista, como mencioné anteriormente, cuando me dijo que él había roto los vidrios de su cuarto porque había oído voces. Le pregunto qué ha oído. Dice haber oído: «¡Fóllate a tu madre!», e incluso precisa: «¡Folla onanísticamente a tu madre!».
El mandato que se le impone en ese momento es exactamente opuesto al mandato que corresponde a la Ley por excelencia, es decir, a lo prohibido del incesto. Lo que él oyó no es: «¡No goces de tu madre!», sino por el contrario: «¡Goza de tu madre!». Lo que retengo, por mi parte, es que en esta paradójica conminación hay una dimensión sardónica. En sí, lo que oye no es una broma, pero la broma está sobreentendida. En cierto modo, le toman el pelo.
Lo que le dijo la voz aísla, cierne, lo que sería, si fuera posible, el goce de la madre. El empleo del adverbio «onanísticamente» señala que, a sus ojos, la masturbación por parte del hombre, es el medio, el instrumento de la realización de la relación sexual y, más precisamente, de la relación sexual incestuosa.
Conviene tener en cuenta, como he dicho de entrada, las tres explicaciones que él mismo dio:
1) la injuria hecha al sujeto: «¡Eres un fracasado!»;
2) el efecto de denigración evocado en «la escena con la prostituta»;
3) la alucinación verbal «¡Folla a tu madre!», que es recibida por el sujeto a modo de burla.
La alusión a la injuria del día anterior indica muy bien que el efecto de alucinación verbal en el sujeto es el de rebajarlo al rango de un puro y simple objeto. La injuria «¡Eres un fracasado!» toca al sujeto justamente en el punto en el que él se identifica con el objeto, justamente en el punto en el que él desaparece como sujeto. Una palabra se hace oír —la palabra fracasado, en esta ocasión— en el lugar mismo del sujeto reducido al estado de objeto desecho, que se tira a la basura.
Mi tesis, como mostraré más adelante, es que toda alucinación verbal, en el instante mismo en que se percibe, produce en el sujeto un efecto de exclusión. Sin embargo, el matiz que hay que agregar a esta generalización es que el efecto en cuestión es más o menos intenso, toca al sujeto en lo esencial, si puedo decirlo así, de una manera más o menos aguda, más o menos incisiva. De esa degradación del sujeto al rango de objeto, de objeto de desecho, el paciente dio cuenta al evocar el efecto de denigración que sintió con la escena de la prostituta. La desvalorización estuvo acentuada por el hecho que la prostituta —el alma caritativa— haya intentado paliar su falla, repararla, compensarla. Me parece que, al hacer eso, ella le puso en un aprieto, quizás, sin darse cuenta. Al pretender de él una erección, porque de eso se trata, tuvo como resultado el embarazo que él sintió, por un instante, de su órgano, reacio al principio a la naturaleza que le es propia, es decir, a la erección.
¿Por qué he adelantado que toda alucinación verbal produce un efecto de exclusión en el sujeto? Ésa es la pregunta a la que yo querría responder ahora, en la medida en que pienso que ese efecto de exclusión es, como tal, una llamada al pasaje al acto o, precisamente, un empuje al pasaje al acto. El pasaje al acto ejerce, en efecto, la intención de rechazo que comporta toda alucinación verbal. En el momento en que se cumple el pasaje al acto, sea cual sea su modalidad, el sujeto se convierte en un objeto puro y simple. No se presta suficiente atención, me parece, al hecho de que la psicosis es una tragedia, en cuanto a que tiene como consecuencia inevitable una «degradación» del sujeto. Digo bien, «del sujeto», y no de la persona misma.
Diré entonces en qué considero que, en el momento en que el psicótico oye voces, el sujeto se ubica de golpe en el estatuto de desecho.
Cuando el psicótico habla de las voces que oye, insiste en el hecho de que es como si «algún otro» hablara. Lo importante es que él se siente excluido por el solo hecho de tener la impresión de que no es él quien habla. El punto de enunciación del sujeto no está del lado del sujeto, sino del lado de un Otro caprichoso, que emite mensajes cuya significación es enigmática. En el momento en que una voz se hace oír para el sujeto como si viniera del exterior, es como si él estuviese privado de la capacidad de enunciación. Desde el punto de vista de esa capacidad de enunciación, le dejan colgado a la manera de un objeto que no es más que un desecho, un detrito, en relación con lo que se está diciendo. En ese momento, el sujeto no tiene acceso a la capacidad de enunciación. Él, por el impacto, queda sin voz. La responsabilidad de lo que se está diciendo le es, pues, retirada al sujeto. Él no se reconoce en lo que oye, se encuentra en la imposibilidad de responder. Es como si no tuviera ninguna parte en eso que se está diciendo, es como si él no tuviera nada que decir, es como si no tuviera ni voz ni voto.
En un texto de 1972, que lleva por título «El atolondrado...», Lacan indica que, cuando las voces se hacen oír, algo irrumpe, dice, «como sin razón», es decir, como si el enunciado del que se trata no viniera de ninguna parte. En ese sentido, habla de lo que él llama, en la página 52 de ese texto, «la precipitación de un efecto de forzamiento».2 Es precisamente en «la precipitación de un efecto de forzamiento» donde Lacan sitúa la dimensión sardónica. El hecho de que algo le sea impuesto le basta al sujeto para que él crea que se burlan de él. El sujeto se convierte entonces, como suele decirse, en «el juguete de sus alucinaciones».
Con el fin de resumir mi tesis en pocas palabras, diré lo siguiente: Ocurre que el psicótico calla cuando oye una voz que le dice: «¡Cállate!». Pero si él se calla, no es para obedecer a la voz, es porque no soporta que ella lo tutee.
UNA ALUCINACIÓN PARADÓJICA
En una entrevista con una paciente psicótica, la señora E., estuve atento a un hecho de la psicopatología de la vida cotidiana. Con respecto a esto, en el abordaje psicoanalítico de la psicosis, el acento está puesto más en las alucinaciones que en los lapsus, los actos fallidos o los sueños. Durante esa entrevista, la señora E. me hace partícipe de una alucinación paradójica. Ella estaba sentada en el autobús al lado de un hombre. Oyó una voz que le dijo: «Yo las llamo y ellas vienen». Ella precisó que se trataba de voces y agregó que eran voces a las que ese hombre llamaba. Así, ella atribuyó la voz que oyó al hombre que estaba sentado a su lado en el autobús. De hecho, el hombre-que-estaba-sentado-al-ladode-ella-en-el-autobús representaba a su vecino y al mismo tiempo el hombre que una mujer puede encontrar.
La voz hace oír al sujeto una frase que viene del Otro:
«Yo las llamo y ellas vienen.»

La alucinación se apoya en la relación del sujeto con el decir. La señora E. está segura de que no es ella, sino el otro, quien ha dicho esa frase, pero que esa frase está dirigida a ella. Es a ella a quien se le dice eso. Por lo tanto, es algo que concierne a ella y no a cualquier otro.
Como indica Lacan en la página 196 del seminario III, Las psicosis,1 no puede decirse, en el caso de una alucinación de este tipo, que el sujeto recibe su mensaje del otro con una forma invertida. La frase que ella oyó como si viniera del otro es su propio mensaje. Es su propia palabra lo que ella ha percibido en ese otro, que al mismo tiempo era ella misma: el hombre sentado al lado de ella en el autobús. Esta frase «Yo las llamo (sobreentendido: las voces) y ellas vienen», hubiera podido decirla ella misma, si eso hubiera sido posible. De hecho, ella oyó lo que hubiera podido decir ella misma con la forma de lo que el otro dijo. Ahora bien, lo que el otro dijo es lo que ella misma no podía decir. La frase en cuestión era indecible. ¿Por qué?
LO IMPOSIBLE
La alucinación a la que nos referimos es una alucinación paradójica porque es una alucinación que dice algo al sujeto de la alucinación. En esta alucinación se trata, efectivamente, de la llamada a las voces. La intención que orienta el enunciado de la frase: «Yo las llamo y ellas vienen» es una intención de llamada. Si la señora E. hace decir a otro lo que ella no puede decir por sí misma es porque, si ella se endosara la responsabilidad de la enunciación de esta frase, si ella tomara por cuenta propia el pensamiento que tal enunciado revela, traicionado, implicaría por una parte que ella reconoce oír voces, y, por otra, que ella confiesa que es ella quien las llama. Y si ella confesara que es ella quien las llama, ¿no se podría llegar a la conclusión de que ella tendría temor de no oírlas más, de que las voces la dejen sola, de que la dejen caer?
Por eso se trata de una suerte de astucia. Es imposible referirse a una voz, en el sentido de que el sujeto querría ser alucinado. Él le pediría, suplicaría, se pondría de rodillas: «Dios mío, haz que oiga voces». Eso es imposible, sin embargo, ésa es exactamente la intención del sujeto: apela a las voces, las voces lo apelan.
Tal alucinación plantea un problema apasionante porque se trata de un problema lógico complejo. La voz en cuestión, en la alucinación, es una voz otra. Esa voz, para el sujeto, necesariamente no es la suya, sino que es esa voz otra la que quiere oír. Su llamada se dirige a la voz que, forzando el paso hacia ella, haciendo intrusión, tiene al mismo tiempo un valor de goce. El goce está en el forzamiento. La frase: «Yo las llamo y ellas vienen» es una frase cuya enunciación es imposible —digo bien, la enunciación, y no el enunciado— porque ella deja oír una llamada al goce, un «empuje a gozar». Si esta articulación significante, que es desechada de lo simbólico, retorna en lo real con la forma de una voz otra, de una voz que no es la suya, es porque la señora E. se siente culpable de ese llamamiento al goce.
En la frase: «Yo las llamo y ellas vienen», el yo del sujeto del enunciado no es reconocido como el Yo del sujeto de la enunciación. El enunciado de su propia palabra es oído, no como si lo hubiera dicho ella, sino como si lo hubiera dicho otro. El Yo del sujeto de la enunciación es rechazado por el lado del Otro. Se apela al vecino para ser utilizado como soporte del Yo:
«Yo...»

El sujeto psicótico no puede decir «Yo». Es el paso que no puede dar. Hay en ello una responsabilidad que él se niega a endosar. Lo dicho es oído como si viniera del Otro, cuando el sujeto se niega a sostener el decir de eso. La voz surge, pues, a partir de esa separación que marca la falla entre lo dicho y el decir.
EL EQUÍVOCO
¿Podemos avanzar todavía más?
Ustedes estarán de acuerdo conmigo en considerar la frase «Yo las llamo y ellas vienen» como una frase equívoca. He dicho anteriormente que el hombre que estaba sentado al lado de ella en el autobús era no sólo el significante del vecino, del prójimo, del Nebenmensch, sino también el significante del hombre que una mujer puede conocer.
Para la señora E., la voz tiene su médium. El médium de la voz es lo que ella llama «un alma». Cuando ella oyó esa voz que atribuye al hombre sentado a su lado, ella tuvo la impresión, dijo, de que «ese hombre ponía un alma en su cuerpo». Es a ella a quien se le dijo esa frase. La frase que ella oyó le ha dejado una marca. Ha sido designada por esa marca. Ella era la mujer elegida por ese hombre, en la medida en que, por haberle dicho algo a ella, él habría manifestado, por ese mismo hecho, signos de atención para con ella. Tal vez podría establecerse un vínculo entre las voces, las almas y las mujeres.
El rechazo ¿no estaría dirigido a esta mujer que sería llamada por un hombre, a esta mujer que sería la vecina sentada al lado de este hombre en el autobús y que sería susceptible, por consiguiente, de ser llamada por él por el solo hecho de estar sentada al lado de él? De ese modo la frase dicha por la voz estaría dirigida a ella, por ser ella el sujeto de la escena en el autobús. Cuando ella se sentó en ese sitio, esa otra mujer, la que podría entonces responder a la llamada del hombre, se volvió objeto de rechazo.
Cuando la señora E. oyó la voz, por la cual fue sorprendida, ella tuvo «un miedo escénico», me dijo, como una actriz en el momento de entrar a escena.
La voz de la alucinación porta el equívoco que comporta la articulación significante,2 aquí reducida a un significante unívoco. La frase «Yo las llamo y ellas vienen» se convirtió en una holofrase, una frase de un solo tenor, una frase cuyo recorte ha sido extraído. Eso demuestra, me parece, que la voz de la alucinación es, como dice Lacan en la página 514 de los Escritos, la misma articulación significante, en tanto fuerza el pasaje, en tanto se impone al sujeto. Considerar la voz desde el punto de vista de su sustancia sonora es un contrasentido. La voz como objeto —ésta es la definición que propongo— es el equívoco reducido, por un forzamiento, al unívoco:
S1 = (a)
Cuando la diferencia que caracteriza al significante es negada, cuando el otro de la diferenciación sexual es excluido, el significante se vuelve objeto. La voz no es otra cosa que el tiempo lógico de la irrupción del significante.
ENIGMA Y ENUNCIACIÓN
En su seminario sobre Joyce del 13 de enero de 1976, Lacan da una indicación sobre el tema del enigma.1 Toma el ejemplo del enigma propuesto por Stephen Dedalus, en el comienzo de Ulises, a sus alumnos:
The cook crew
The sky was blue
The bells in heaven
Were striking eleven
Tis time for this poor soul
To go to heaven.
Que puede traducirse así:
El gallo ha cantado.
El cielo cobalto,
campanas en las alturas,
dan las diez y una.
Hora es de que esta pobre alma ascienda a las alturas.
Pregunta: ¿de qué se trata? Cuando los alumnos se dieron por vencidos, Stephen Dedalus dio la respuesta:
The fox burying his grand-mother under the bush, es decir: «Es el zorro enterrando a su abuela bajo un arbusto».
Aunque a simple vista no se perciba, uno podría haber adivinado que se trataba de un entierro. Pero, lo que sorprende, como señala Lacan, es the fox, el zorro. Es algo inesperado. Su mención no era previsible —Lacan no dice «ese animal», sino «esa miserable cosa»—. De alguna manera no tiene sentido. No es el sentido lo que cuenta. Entonces, ¿qué es lo que cuenta? A esta pregunta Lacan responde: «Es la enunciación». Lo que sorprende es lo que se dice, pero en relación con quién lo dice. Este enigma formulado por Stephen Dedalus constituye una verdadera creación poética, es decir, lo que yo propongo que llamemos «un enunciado calculado». Sin embargo, el acento está puesto ya no en el enunciado, sino en la enunciación. El enigma, dice Lacan, es una enunciación. Llegará a decir, a ese respecto, que «el enigma es una enunciación sin enunciado». En su seminario del 11 de mayo de 1976, Lacan vuelve sobre ese punto: «El enigma debe situarse en la relación de la enunciación y del enunciado», afirma.2 Se opera, pues, una suerte de inversión. Efectivamente, Lacan pasa a decir: «La enunciación es el enigma». Para el oyente, la pregunta no se plantea en relación con el sentido del enunciado, sino con su causa. Lacan articula, entonces, la pregunta del oyente de la manera siguiente: «¿Por qué diablos tal enunciado ha sido pronunciado?».
EL ENIGMA DE LA VOZ
La señora E. está hospitalizada desde hace unos doce años. Yo la trato desde hace siete años. Ella va y viene de su casa al hospital. Cuando no puede más, cuando las voces acosadoras empiezan a atormentarla, vuelve al hospital. En el momento de su hospitalización estaba embarazada. Desde entonces, ha estado separada de su hijo, que fue dado a una familia de acogida. La última vez que tuve una entrevista con ella, su hijo debía visitarla al día siguiente. Ahora bien, durante esa entrevista, me hace saber que acababa de llamar por teléfono a los padres adoptivos para decirles que no quería que su hijo viniera a verla.
¿Qué ocurrió?
El día anterior, mientras cenaba, oyó una voz que le dijo: «¡Nunca más comerás queso!». El queso no estaba sobre la mesa. Lo que le dijo la voz y que ella oyó estaba desplazado, al mismo tiempo que era incongruente y enigmático. Entonces, se puso furiosa. Recordó que había un resto de queso en la nevera. Se levantó de la mesa. Fue a la cocina. Abrió la puerta de la nevera. Cogió el trozo de queso que quedaba. Cerró la puerta de la nevera. Tiró el trozo de queso a la basura. Y volvió a sentarse a la mesa. Al día siguiente por la mañana, cogió el autobús para venir a verme al hospital. El conductor del autobús frenó bruscamente. Ella casi se cae. Cuando bajó del autobús, estaba preocupada. El hecho de que el conductor haya tenido que frenar bruscamente quería decir que habría podido producirse un accidente. Y, si un accidente puede ocurrir cuando se conduce un coche, entonces su hijo no debe venir a verla mañana. Del hecho de que el conductor haya tenido que frenar bruscamente, ella dedujo que las rutas no son seguras. Su hijo, en efecto, vendría acompañado por su padre adoptivo en auto.
Para la señora E. hay aquí una suerte de silogismo. En primer lugar, «Oí una voz». En segundo lugar, conductor del autobús frenó bruscamente. Conclusión: «Yo no quiero que mi hijo venga». Bastó que se preguntara: «¿Por qué ha ocurrido eso?» para que tome posición en relación con lo que ocurrió, para que tome una decisión. Si su hijo no vino a buscar su regalo de navidad, es porque de lo que oyó —perdón por arriesgar esta observación— hizo realmente un problema. Colocó la frenada en el mismo plano que la vociferación.
Es de la señora E. de quien yo he aprendido lo que es una alucinación verbal. La alucinación verbal es una alucinación del verbo, es decir, una alucinación propia de la palabra, de la función de la palabra.
Hablamos mucho, ella y yo, sobre las voces que oye y las preguntas que se hace a propósito de lo que oye que le dicen las voces.
A primera vista, las cosas son simples. La señora E. parece someterse a la voluntad del Otro. ¿Qué es lo que ella oye en eso que es dicho por la voz? La voluntad del Otro. Ella hace lo que le dicen que haga. Es el sujeto de la voluntad del Otro. Pero, de hecho, las cosas son más complicadas. Cuando le hago notar que parece que ella se somete a la voluntad del Otro, por un lado está de acuerdo, reconoce que obedece a las voces, pero, por el otro, no está de acuerdo. El resto de queso no tiene el mismo estatuto, para ella, que el que tiene el resto de salmón ahumado para la carnicera. Ella sostiene que, cuando tiró a la basura el resto de queso, fue, para ella, no un acto de sumisión, sino un acto de rebeldía. De esta manera, pone en evidencia una paradoja. Ella se somete, pero, a fin de cuentas, se rebela. Hay ahí una suerte de cálculo de su parte. En cierta forma, ella simula someterse. Pero, en su acto, se trata más bien de un desafío. Es con la voz que se las toma. Quiere que ésta calle. Fingir que hace lo que le dicen que haga es una manera de mandarla a paseo. Es la voz lo que ella tira a la basura. Porque, a lo que es sensible, por lo tanto lo que le angustia, no es al enunciado, es a la dimensión de la enunciación. El enunciado en sí no lo comprende y, al mismo tiempo, tampoco intenta comprenderlo. La pregunta que se hace es ésta: «¿Por qué?». La pregunta está referida a la causa. Es por eso por lo que la señora E. hace de la enunciación un enigma. Ella, a quien le horrorizan las sorpresas, es sorprendida por lo que oye. Es tan inesperado como incongruente. Hay que insistir aquí en el hecho de que la enunciación viene del Otro. Ella misma dice que eso viene del exterior, que eso no viene de ella. El punto importante es que el Otro parece ser el sujeto de la enunciación. Desde ese punto de vista, para retomar una expresión que utiliza Lacan en la página 761 los Escritos, la señora E. es el blanco de «la libertad del Otro». Ella se encuentra con el enigma: si el Otro lo quiere, cuando el Otro lo quiere y como el Otro lo quiere, podríamos decir. Es un enigma impuesto. Ella está forzada a oírlo. Ella es querida por el Otro.
Ahora bien, ¿qué es una alucinación verbal?
Si nos remitimos a la página 12 del seminario III3 y a la página 514 de los Escritos,4 ¿no podemos hacernos una idea más precisa, a saber, que el sujeto oye voces cuando, hablándose a sí mismo, él se oye hablar, como si fuera el Otro que le habla? Él tiene entonces la sensación de que es el Otro el que lo fuerza a oír lo que él se dice a sí mismo. Lo que el sujeto se dice a sí mismo, es como si fuera el Otro que se lo dice. No es un trastorno del pensamiento, como lo es la obsesión; es un trastorno de la palabra. El enigma de la voz, para retomar en ese punto una forma de decir de Lacan, «debe situarse en la relación de la enunciación con del enunciado». En mi opinión, sería provechoso abordar la cuestión del enigma de la enunciación a partir de «Kant con Sade», más precisamente a partir de la oposición sobre la que Lacan arroja luz entre «la voz de dentro», que exalta Kant, y lo que podría llamarse «la voz de fuera», que es la de la libertad del Otro, tal como la concibe Sade. Lacan considera esta oposición un problema ético.
Desde luego, la señora E. se siente afectada por lo que oye. Hay una certeza de su parte. Pero el punto de certeza debe relacionarse, en este caso, como en la experiencia del cogito, con el punto de la enunciación. La señora E. se queja de la voz del Otro que se hace oír a partir del más allá del Otro. Ella está segura de haber oído una voz; y esta voz no es la suya, afirma. El problema que se le plantea a la señora E. es un problema de derecho. La señora E. protesta contra el golpe de fuerza que, sin ella esperarlo, la priva de un derecho. En el momento en que oye una voz que le dice algo, ella se siente privada del derecho a la palabra. Se vuelve, por fuerza, irresponsable, es decir, desprovista de todo derecho, respecto a la enunciación. Es eso lo que se le hace insoportable.
LA FALTA Y EL SECRETO
Ahora me referiré al caso de esta paciente (evocado también por los doctores Jean-Jacques Gorog y Alain Vaissermann),5 a quien, el día de la muerte de su madre, su padre le reveló que ella tenía una hermana. Mientras el marido había partido a la guerra, la madre lo había engañado y había tenido un hijo de su amante. La revelación del padre resultó ser, a la postre, la causa del desencadenamiento de la psicosis. Me gustaría señalar que la revelación del padre puede ser considerada como una enunciación en acto: «Tú tienes una hermana», que cuestiona el derecho al goce de la paciente. Eso ha sido dicho por su padre el día del deceso de su madre. La cuestión del enigma de la enunciación, tal como lo plantea Lacan, adquiere, aquí, todo su valor: «¿Por qué diablos ese enunciado ha sido pronunciado?». La enunciación en cuestión ha hecho surgir, desvelándolo, lo que hasta ese momento había sido velado —hasta su muerte—: el secreto de la madre. La madre de la paciente, por su parte, llevó con ella su secreto a la tumba. Podemos preguntarnos: ¿sabía ella, antes de morir, que su marido, después de su muerte, le comunicaría a su hijo y a su hija que tienen una hermana? Su marido y ella ¿habían hablado al respecto? No se sabe. En todo caso, la enunciación del padre es un acto que introdujo un corte entre un antes y un después. Como la paciente misma dijo: «Hasta el deceso de mi madre, yo pensaba que no tenía más que un hermano». Ella fue sorprendida con la revelación de su padre. Lo menos que se puede decir es que ella no contaba con esto.
La enunciación del padre reveló no sólo que ella tenía una hermana, sino sobre todo que su madre tenía un secreto y que, ese secreto, ella lo había guardado hasta su muerte. La voluntad de la madre había sido entonces que su falta fuera callada, que quedara oculta. La paciente dice que se sintió convulsionada, no por haberse enterado de que su madre había engañado a su padre, sino por haber sido engañada por su madre. La paciente se sintió amenazada, de alguna manera retroactivamente, por el secreto de su madre. Insisto sobre este punto: la revelación del padre no se refiere a la existencia de la hermana, sino al secreto de la madre. No creo que la paciente haya sentido admiración por su madre por haber sabido guardar un secreto hasta su muerte. Eso es lo que justamente la asombró. Yo pienso que más bien estaría dispuesta a reprochárselo. La falta de su madre no es entonces haber engañado a su padre, sino haber guardado el secreto. Me parece que el goce de la madre no está, para la paciente, en el adulterio, sino en lo que hubo de inconfesable, para su madre, en el adulterio. Es la relación con el saber lo que está implicado. La paciente se sintió tocada y al mismo tiempo amenazada por la revelación del secreto de la madre.
El debate apunta al secreto como tal en su relación con el derecho a saber.
La paciente supo por boca de su padre que ella había sido privada del derecho a saber. El derecho a saber que tenía una hermana no le había sido otorgado en vida de su madre. La voluntad de ésta había sido, por el contrario, que su hija legítima fuera privada del derecho a saber. Es en ese punto preciso donde su padre era cómplice. Su padre estaba en el secreto, como suele decirse. La bajeza moral del padre, si hay bajeza moral, no está en el hecho de que él hubiese aceptado que su mujer le engañase durante su ausencia —porque es muy posible que él no lo aceptase, que él no estuviese de acuerdo con eso, porque la paciente dijo que él habría amenazado con romper cuando se enteró de que su mujer lo había engañado—; está en el hecho de que hubiese consentido que eso no se supiese. Que la paciente haya sido privada del derecho a saber algo implica que ella ha sido privada del derecho a la palabra, es decir, del derecho a poder decir algo sobre ello. Mi observación señala ese punto preciso: la enunciación del Otro es enigmática en cuanto atenta contra la capacidad de enunciación del sujeto, contra su derecho moral, que es el derecho a la palabra.
La psicosis plantea un problema de derecho: lo que es insoportable para el psicótico es que se le sustraiga un derecho.
LA ALUCINACIÓN Y EL TIEMPO LÓGICO
Propongo recordar lo que Merleau-Ponty llama —página 347 de la Fenomenología de la percepción—1 «el debate sobre la alucinación». Así confrontaremos dos posiciones doctrinarias, la posición de MerleauPonty en La fenomenología de la percepción (páginas 344 a 356) y la posición que sostiene Lacan en las páginas 513 y 514 de los Escritos.2
Lacan plantea la pregunta: ¿qué se aprende en la escuela (con una e minúscula)?
La percepción puede ser representada por un vector que tiene como punto de partida el percipiens y apunta al perceptum:

Es a partir del percipiens como se constituye la unidad del perceptum. El perceptum no es múltiple, es uno. La diversidad de estructura del perceptum —el hecho de que el objeto tenga un color, un olor, una sonoridad y que se pueda tener una sensación determinada cuando se toca— sólo afecta en el percipiens, subraya Lacan, a una diversidad de registro, que corresponde a la diferenciación de los sensoriums (la vista, el oído, el tacto, el olfato, el gusto). La vía de retorno está determinada por el hecho de que el perceptum afecta al percipiens. La diversidad de registro de las sensaciones visuales, auditivas, olfativas, etc., no pone en peligro la unidad del percipiens a condición de que éste, precisa Lacan, «se mantenga a la altura de la realidad». De esta manera, Lacan pone de relieve esa cualidad del percipiens, que designa en estos términos: «estar a la altura de la realidad». Alude a una suerte de tensión, simbolizada por el vector.
Lacan definió la alucinación, en la página 514 de los Escritos, de la siguiente manera: «Una alucinación es un perceptum sin objeto». Tal definición implica que, para Lacan, una alucinación es una percepción. Pero allí donde se encuentra el perceptum, no hay objeto. Allí donde, por ejemplo, la alucinación sería: «¡Marrana!», allí donde el sujeto creería que lo tratan de «marrano», no hay ningún objeto de sustancia vocal que corresponda, en la realidad, a ese insulto.
Lacan toma posición. Pone en el mismo saco todas las posiciones que, dice, «se atienen a pedir razón al percipiens de ese perceptum» (él quiere decir: «de ese perceptum sin objeto»). ¿Sería un error de percepción? El sujeto cree oír que se ha pronunciado una palabra, por ejemplo la palabra «marrana», aun cuando esa palabra no haya sido pronunciada por otro. Pero no es un error de percepción, porque el sujeto realmente ha oído decir «¡Marrana!» y él piensa que esa palabra precisamente ha sido pronunciada por algún otro, y no por él.
Lacan anticipa que, cuando esas posiciones se atienen a pedir razón al percipiens de ese perceptum sin objeto, se salta un tiempo.
El problema que plantea la alucinación, como Jacques-Alain Miller ha demostrado en su sesión del 10 de marzo de 1982 de su seminario del tercer ciclo y en la sesión del 27 de mayo de 1987 de su curso Extimité, es un problema lógico, un problema de tiempo lógico.
La tesis de Lacan plantea que la alucinación es un fenómeno no reductible a un defecto en el percipiens que podría situarse a nivel de la diversidad de los sensoriums. Por eso, Lacan afirma, en la página 514 de los Escritos, que la alucinación verbal no es una alucinación auditiva, si lo que se toma en cuenta es la relación del oído con la sonoridad, más exactamente la relación del «acto de oír» con la «modulación sonora».
Antes de exponer la solución que propone Lacan al problema de la alucinación, introduzco un suspenso: el tiempo necesario para recordar cuál es la posición de Merleau-Ponty en la Fenomenología de la percepción.
LA IMPOSTURA DE LA ALUCINACIÓN: LA ALUCINACIÓN NO ES UNA PERCEPCIÓN
Merleau-Ponty no sostiene la tesis según la cual la alucinación es un perceptum sin objeto, sino la tesis según la cual la alucinación no es una percepción.
La alucinación es sin percepción. Él se propone probarlo, en la página 347 de la Fenomenología de la percepción, con este ejemplo: «Una enferma que nunca ha dudado de sus voces, cuando se le hace escuchar en el gramófono voces análogas a las suyas, interrumpe su trabajo, levanta la cabeza sin volverse, ve aparecer un ángel blanco, como ocurre cada vez que ella oye esas voces, pero ella no cuenta esta experiencia en el número de “voces” del día: esta vez, no es lo mismo, es una voz “directa”, tal vez la del médico».
Esta enferma de la que habla Merleau-Ponty establece la diferencia entre las voces que oye cuando tiene alucinaciones y las voces que oye cuando éstas se emiten por un gramófono. La alucinación no es, pues, un perceptum que afectaría a uno de los sensoriums en el percipiens.
Pero si la alucinación no es una percepción, ¿entonces qué es? Merleau-Ponty se pregunta: ¿es un juicio, una interpretación o una creencia? Él distingue al sujeto normal del sujeto enfermo y escenifica una suerte de relación de intersubjetividad. El sujeto enfermo oye una voz que el sujeto normal no oye. Ése es el punto esencial sobre el cual se apoya la tesis de Merleau-Ponty. Respecto a eso, se refiere a Eugène Minkowski.3
Minkowski indica que el sujeto enfermo sabe que él es el único que oye una voz cuando habla de la voz que oye a ese sujeto normal que es el médico. En consecuencia, para Merleau-Ponty, la alucinación no pertenece al mundo de la percepción, al mundo de lo percibido. Es un fenómeno que, podríamos decir, no es de este mundo y que, por ese motivo, precisa, resulta «inaccesible».
¿Para quién es inaccesible este fenómeno? Con el fin de responder a esta pregunta, retomo el punto de partida de la tesis de Merleau-Ponty. El sujeto enfermo oye una voz que el sujeto normal no oye. Ello implica, dice Merleau-Ponty, que la alucinación no tiene lugar en esa relación intersubjetiva, puesto que el sujeto enfermo es el único que oye una voz y que esa voz es inaccesible al sujeto normal. Él no la oye. La alucinación es, pues, una cosa rechazada fuera del mundo de la percepción, cuyos límites están definidos a partir del sujeto normal. MerleauPonty opone de esa manera «la cosa verdadera», que pertenece al mundo de la percepción, a «la cosa alucinatoria», que no forma parte de él. Evoca el problema de la alucinación en el capítulo de La fenomenología de la percepción que tiene por título: «La cosa y el mundo natural». La alucinación es, según Merleau-Ponty, una cosa a la que le falta una articulación interna y a la que le falta también el tiempo que da a la cosa verdadera «un espesor de duración». El instante de la percepción, para decirlo de este modo, es el tiempo del objeto. Esa temporalidad, puntual e instantánea, de la percepción crea la articulación que es interna a la cosa verdadera. A la cosa alucinatoria le hace falta el tiempo del objeto. El sujeto enfermo se fabrica un mundo propio que es distinto al mundo de la percepción. Merleau-Ponty no introduce una diferencia entre un mundo real y un mundo imaginario. Él opone al mundo de la percepción un mundo facticio.
¿Qué entiende por esa palabra, «facticidad»? El mundo de la cosa falsa, que es alucinada, es opuesto al mundo de la cosa verdadera, que es percibida. Si no hay objeto que responda al perceptum, si es un perceptum sin objeto, entonces ese perceptum no existe. No se trata de una percepción. El loco, según Merleau-Ponty, se construye un mundo privado, con la relación de intersubjetividad que hace del mundo de la percepción un mundo público. Lo normal puede así definirse por oposición a lo patológico de la siguiente manera: «Tú no estás loco si lo que oyes yo lo oigo también».
La paradoja que sostiene Merleau-Ponty es que el mundo de la percepción es un mundo de la objetividad sin subjetividad, aunque sea la relación de intersubjetividad la que decide sobre lo verdadero y lo falso. El objeto está o no está: eso es lo que cuenta.
En la alucinación, se trata, según Merleau-Ponty, ya no de la percepción de un objeto, sino de lo que él llama «un encuentro». La alucinación coloca en el lugar de una cosa de la realidad —por ejemplo, la voz del vecino o del médico— una cosa que sólo tiene valor de realidad para él. Él cree que la voz que oye es la del vecino, pero no lo es. De ese modo, el sujeto enfermo rompe con la relación de intersubjetividad, como indica Merleau-Ponty en la página 355 de la Fenomenología de la percepción: «La existencia del enfermo está descentrada, no se realiza ya en el comercio con un mundo áspero, resistente e indócil, que nos ignora, sino que se agota en la constitución solitaria de un medio ficticio».
El alucinado está solo con su alucinación. La locura es un impasse porque conduce a la soledad absoluta.
LAS PARADOJAS DE LA PERCEPCIÓN DE LA PALABRA
Paso ahora a la posición de Lacan relativa a la alucinación. La percepción es una meta. Su punto de partida es el sujeto de la palabra y su meta es ese perceptum que es la palabra.
percepción

La percepción está, pues, representada por un vector que tiene como punto de partida el sujeto de la palabra y por punto de llegada la palabra como «objeto», siempre y cuando la palabra pueda ser considerada como objeto de la percepción.
De hecho, «el acto de oír», como lo expresa Lacan, está puesto en contacto con la relación entre el significante y el significado:
S
s
En primer lugar, indica Lacan (página 514 de los Escritos), la coherencia de la cadena verbal está determinada, en cada momento, por el después de su secuencia:

Lo que constituye la sucesión es la articulación como tal de la cadena significante (S-S’) que se produce en cada instante por el después de la secuencia: a un significante S, otro significante S’. Como subraya Lacan en la página 514 de los Escritos, se trata, en efecto, de la producción de una cadena significante. Lacan pone así el acento sobre la dimensión temporal de la articulación de la cadena significante. El tiempo lógico de la articulación es el después. Lo que produce la secuencia (S-S’), es decir, la ida de S hacia S’, es el retorno de S’ hacia S.
Tratándose de la secuencia (S-S’), el tiempo (2) sostiene al tiempo (1):

Las dos flechas representan la existencia de un punto de articulación.
En segundo lugar, dice Lacan en la página 514 de los Escritos, el valor de la cadena verbal está suspendido, en cada momento, en el advenimiento de un sentido.
El advenimiento de un sentido s es lo que indica el valor de la cadena significante (S-S’):

En otros términos, el valor de la articulación de la cadena significante está suspendida a la significación que ella produce:

El tiempo lógico que aquí se cuestiona no es el después, es el tiempo del suspenso. En cuanto a la relación de un significante con otro significante, lo que es determinante es el tiempo del después. Pero, en lo referente a la relación entre el significante y el significado, lo que prevalece es el tiempo de suspenso. La dimensión temporal de la relación entre el significante y el significado es, para agregar esa nota de dramatización, la tensión de un suspenso.
Por tanto, para captar qué es una alucinación en tanto que concepto es necesario argumentar la tesis que está sostenida por medio del tiempo lógico. La posición de Lacan consiste, en efecto, en sostener la tesis según la cual la alucinación remite a las paradojas de la percepción de la palabra, en la medida en que lo que es percibido por el sujeto —el perceptum— puede ser o bien la palabra del otro o bien su propia palabra.

Las paradojas de la percepción de la palabra del otro
Cuando oye la palabra del otro, el sujeto de la palabra se convierte en el «sujeto» de una voz, en el sentido de que está sujeto a ella. Esa voz es la voz del otro que habla. Cuando el sujeto oye la palabra del otro, lo que es dicho por el otro no necesariamente se dirige a él. Pero, dice Lacan en la página 514 de los Escritos, basta con que entre en la audición de esa palabra, que sea el oyente de ella, para que caiga bajo el golpe de la sugestión que implica la articulación de la cadena significante. La cadena significante se le impone. En este sentido, el sujeto de la percepción es un sujeto forzado. Está expuesto a una suerte de forzamiento.
El sujeto de la palabra cae bajo el golpe, subraya Lacan, de lo que se articula en una secuencia:
S
S’
Esta secuencia, él la percibe. Eso está dirigido a él, por el solo hecho de que, como oyente, está forzado a oír la palabra que se dice.
¿Por qué la palabra provoca ese efecto de sugestión? Lacan responde a esta pregunta en la página 515 de los Escritos: «La cadena significante se impone por sí misma al sujeto en su dimensión de voz». El efecto de sugestión, como ha mostrado Jacques-Alain Miller en su seminario del tercer ciclo el 10 de marzo de 1982, está relacionado con lo que él ha llamado «el objeto oculto en la palabra»: la voz. Por lo tanto, la voz, según Jacques-Alain Miller, es el objeto oculto en la articulación de la cadena significante.

El efecto de sugestión que comporta la palabra está en relación con la causa. Como ha señalado Jacques-Alain Miller, «todo significante, una vez percibido, tiene por efecto el provocar, en el percipiens, un consentimiento». El sujeto consiente, entonces, la causa. La secuencia (S-S’) es una secuencia causal —el significante es la causa del significado— a la vez que una secuencia causada por la enunciación. Al respecto, tal como Lacan muestra al comienzo de «El atolondrado...»,4 conviene no olvidar que la articulación de la cadena significante corresponde a la enunciación.
La única manera para el objeto de escapar al efecto de sugestión que provoca la audición de la palabra del otro es, dice Lacan en la página 515 de los Escritos, «reducir al locutor a no ser sino el portavoz, o bien de un discurso que no es de él o de una intención que mantiene en reserva», es decir, que no confiesa. Como señala Jacques-Alain Miller en la sesión del 10 de marzo de 1982 de su seminario del tercer ciclo, «reducir al locutor a ser un portavoz priva a la palabra de su poder de sugestión».

O bien el discurso del otro que habla no es el suyo, es el de Otro que no es él, o bien la intención de significación está escondida, inconfesada, enmascarada.
El sujeto se despega del efecto de sugestión introduciendo activamente, allí donde él es pasivo, una separación, un suspenso entre el significante y el significado. Utiliza para ello el margen que le deja la falla, la brecha, que pone la barra que separa el significante y el significado:
S
s
Cuando oye la palabra del otro, el sujeto puede pensar:
— él dice S, pero S no viene de él, sino de más allá de él;
— él no dice lo que quiere decir. La s que llega no es la s deseada.
Las paradojas de la percepción de su propia palabra
El sujeto no podría hablar sin oír. No puede escucharse sin dividirse.
Cuando la paciente de la que habla Lacan5 se dice a sí misma —y por esa razón se oye decir: «(Yo) Vengo de la charcutería»— la cuestión que se plantea es la de saber quién dice «Yo». ¿Es ella? ¿O bien es el amigo de la vecina con quien ella acaba de cruzarse en ese instante en el corredor? ¿O incluso es la que está ausente durante ese encuentro, precisamente la vecina? La articulación de la cadena significante se efectúa en el campo del significante. El significante viene, pues, del Otro, y no de tal o cual que está o no está allí. El hecho de que, a partir del momento en que la frase «(Yo) Vengo de la charcutería» ha sido dicha no hay que dejar de lado la cuestión de saber quién dice «Yo», indica que, allí también, se introduce un tiempo de suspenso en el momento mismo en que la frase ha sido oída. Como Jacques-Alain Miller ha mostrado en la sesión del 10 de marzo de 1982 en su seminario del tercer ciclo, el fenómeno de la alucinación demuestra que el sujeto psicótico es de alguna manera la víctima de su propensión a cultivar el tiempo de suspenso.
Se articulan cadenas significantes. Éstas son percibidas en el instante en que son articuladas y constituyen, como expresa Merleau-Ponty, otras tantas «cadenas perceptivas». La consecuencia, dice Jacques Lacan en la página 514 de los Escritos, es que el percipiens no es unívoco, es equívoco. Tanto si el que habla es el sujeto como si el que habla es el otro, basta con que la palabra sea percibida para que se plantee la pregunta, en lo que respecta a la percepción, en estos términos: ¿es el sujeto el que habla o es el otro el que habla? El hecho de que sea articulada una secuencia no es suficiente para dar una respuesta inmediata a esa pregunta. La estructura de la palabra, indica Lacan en la página 514 de los Escritos, es, efectivamente, distributiva. El sujeto de la percepción de la palabra se confronta con una distribución de voz, de modo que debe considerarse un tiempo de suspenso relativo a esa distribución de voz. Ese tiempo de suspenso se manifiesta con la forma de una incertidumbre. La paciente de la que habla Lacan está indecisa, no está segura de la respuesta a la pregunta: ¿quién dice «Yo»? El «acto de oír» implica, por consiguiente, un acto de atribución. Se trata, para el sujeto de la percepción, de atribuir una frase que se enuncia a la voz que la enuncia, la voz que en este caso se concibe no como sustancia vocal, sino como puro y simple punto de enunciación. Lacan pone el acento, en la página 515 de los Escritos, sobre el hecho de que «la atribución del significante es, por regla, distributiva». El tiempo de suspenso, que introduce un lapso entre la distribución y la atribución, es el momento propicio para la alucinación.
Esto es lo que dice Lacan, en página 515 de los Escritos, con respecto a la cadena significante:
1.º se impone por sí misma al sujeto en su dimensión de voz;
2.º toma como tal una realidad proporcional al tiempo, perfectamente observable en la experiencia, que implica su atribución subjetiva;
3.º su estructura propia en cuanto significante es determinante en esa, atribución que, por regla, es distributiva, es decir, de varias voces, y que pone, pues, como tal, al percipiens pretendidamente unificador, como equívoco.
EL TIEMPO DE SUSPENSO EN LA PSICOSIS
El problema es el no-hay-diálogo, el PDD [pas-de-dialogue].
JACQUES-ALAIN MILLER,
«El monólogo de l’apparole»,
Cuadernos Europeos de Psicoanálisis, n.º 16,
E.E.P., Bilbao.
La relación entre el significante y el significado se escribe. Se escribe con la forma de un algoritmo: el algoritmo llamado «saussuriano»1 por Lacan:
S
s
Y por medio de la relación entre el significante y el significado se articula lo que Lacan llama: «el punto de basta». La definición que da de él es la siguiente: «La función diacrónica de ese punto de basta debe encontrarse en la frase, en la medida en que no cierra su significación sino con su último término, ya que cada término está anticipado en la construcción de los otros, e inversamente sella su sentido por su efecto retroactivo».2
La frase comporta así dos dimensiones temporales: la anticipación y la retroacción. Tal definición supone que la frase sea concebida como un nudo e implica que debe hacerse una distinción entre sentido y significación.
SENTIDO Y SIGNIFICACIÓN
A propósito de las «críticas» de Kant, Lacan evoca, en «El atolondrado...»,3 «la antinomia entre sentido y significación»:
En ello se palpa que el sentido nunca se produce más que por la traducción de un discurso a otro. Provistos como estamos de esta lucecita, titila la antinomia que se produce de sentido a significación: que llegue a surgir un tenue sentido a ras de las llamadas «críticas» de la razón pura y del juicio [...] en cuanto despunta su sentido, los dichos de Kant dejan de tener significación. La significación no les viene pues sino del momento en que no tenían sentido, ni siquiera sentido común. [...] nos basta para ver que la interpretación es sin sentido y va contra la significación.4
Así, Lacan diferencia cuatro términos: el significante, el significado, el sentido y la significación. La interpretación, está indicado, opone el sentido a la significación y hace pasar de la significación al sentido. El sentido se alza, aparece; la significación cae, desaparece. La significación tropieza, se cae en la oscuridad, el sentido sale a la luz.
La definición del punto de basta, citado anteriormente, lleva aparejada la introducción de una temporalidad en la relación entre el significante y el significado. La función diacrónica del punto de basta, se ha dicho, se encuentra en la frase. El bucle se anuda a partir del nudo de la frase. El punto de basta puede ser representado, en efecto, por un bucle que anuda las dos dimensiones temporales: la anticipación y la retroacción.

La frase es un nudo, es un nudo temporal. Pone en relación la «intención de significación» y el «sello del sentido». Al respecto, podemos preguntarnos en qué medida la intención de significación no se sitúa más bien en la dimensión de la anticipación, y el sello del sentido, en la de la retroacción.
LA NO-RELACIÓN
Lacan adelanta que «la S y la s del algoritmo saussuriano no están en el mismo plano».5 En «Radiofonía», Lacan indica que la «barra saussuriana» tiene por función «constituir borde real, es decir, saltar del significante que flota al significado que fluye».6 Lacan precisa: «Es lo que opera la metáfora, la cual obtiene un efecto de sentido (no de significación) de un significante que hace de adoquín en la ciénaga del significado».7 Dicho de otra manera, la metáfora, que por ejemplo identifica el amor con «una piedra riente en el sol»,8 implica que el significante «piedra» se arroja al agua de alguna manera, que salta por sobre la barra que «hace borde» y que cae al agua, como una piedra en la ciénaga, precisamente. El salto es la operación que indica que se produce un encuentro con lo real. El significante «flota» y el significado «fluye». Pero, en un momento dado, lo que flota entra, penetra, en eso que fluye, con cierta violencia. Se produce un ¡splash! Se efectúa entonces un viraje. Como subraya Lacan en «Radiofonía»,9 el efecto de sentido se hace efecto de sin-sentido. La barrera del sin-sentido, es decir, la barrera que separa el sentido y el sin-sentido, se atraviesa. Lo que está sobre la barra y lo que está debajo de la barra se ha dado vuelta por completo. No hay efectivamente a priori ninguna relación entre el amor y una piedra. Por eso esta metáfora golpea. Tantas salpicaduras, tanto golpe de risa como golpe de sol.
«¿Qué es el significante?», se pregunta Lacan.10 A esta pregunta Lacan responde: «El significante es primero aquello que produce efectos de significado, y es importante no elidir que entre ambos (entre el significante y el significado) hay una barrera que franquear».11
La barra saussuriana indica, pues, según Lacan, que existe una barrera que franquear. De ello extrae la consecuencia de que «los efectos de significado parecen no tener nada que hacer con lo que los causa».12 En otras palabras, parece no haber ninguna relación entre el significante y el significado. Lacan lo dice explícitamente: «El significante sólo se plantea como no teniendo ninguna relación con el significado».13 La no-relación entre el significante y el significado es reflejado por Lacan por medio de la oposición entre lo que se oye en lo que se dice y lo que se lee en lo que se escribe. El significante es lo que se oye. El significado es lo que se lee. Ahora bien, oír y leer no es lo mismo: «El significado no tiene nada que ver con los oídos, sino con la lectura, la lectura de lo que uno escucha de significante. El significado no es lo que se escucha. Lo que se escucha es el significante. El significado es el efecto del significante».14 Así, Lacan distingue dos dimensiones: la dimensión del escucharse y la del leerse. Los oídos están hechos para oír, y los ojos, para leer. El significante y el significado no están, pues, en el mismo plano. De ahí la importancia de la escritura de la barra en el espacio: «Hay algo [¿un camino?]15 para franquear».16 La no-relación entre el significante y el significado quiere decir que el camino está barrado.
Lacan explica lo que es la barra saussuriana en el seminario Aun:
Entre las dos, S y s, está la barra. [...]. Si, en el propio Saussure, S está encima de s (y s debajo de S), (S) sobre la barra (y s bajo la barra), es porque ninguno de los efectos del inconsciente se sustenta sino gracias a esa barra [...]17
Lacan se refiere a Joyce para poner el acento en lo que él llama «la dimensión del leerse».18 Hace notar, al respecto, que Joyce es difícilmente legible, que lo que él escribe «se lee mal, se lee atravesado o no se lee».19 ¿Por qué?, se pregunta Lacan: ¿qué es lo que ocurre en Joyce? «El significante trufa al significado».20 Habría que comentar las resonancias de ese trufar. Lacan utiliza dos expresiones: por un lado «significante que se inyecta en el significado».21 Lacan da el ejemplo del lapsus. Joyce escribe según el modo del lapsus cuando, por ejemplo, aparece en su pluma «testículo» en lugar de «testamento»22 o à titre d’elle en lugar de à titre d’aîle.23 «Testículo» se sustituye a «testamento» y eso hace ¡splash!, es decir, «adoquín en la ciénaga». El lapsus comporta poner en juego la barra y franquearla al mismo tiempo. Los términos «inyectarse en» y «trufar» indican que la barrera entre el sentido y el sin-sentido está franqueada. Se produce una subversión semántica.
Así resulta que, como ha mostrado Jacques-Alain Miller en su Curso, la barra saussuriana, paradójicamente, escribe no una relación, sino una no-relación. Jacques-Alain Miller lo adelantó, de manera completamente esclarecedora, en el Conciliábulo de Angers:24 la no-relación entre el significante y el significado, que propone escribir S / / s, se articula a la sorpresa en la neurosis y al enigma en la psicosis.25 Esto quiere decir que el significante es enigmático cuando, en el lugar de la significación, hay un vacío. Se opera una separación semántica, indica JacquesAlain Miller. El significante sorprende, si la separación entre el significante y el significado es relativa, y hace surgir un enigma, si la separación es absoluta. Respecto a ello, dice Jacques-Alain Miller, «el enigma es la norma» y «la sorpresa es una forma atenuada del enigma».26
El significante «asemántico» del que habla Lacan en «El atolondrado...»27 se puede captar únicamente a partir de la no-relación entre S y s. En su lección del 11 de abril de 1956 del seminario Las psicosis Lacan afirma, en efecto, que: «nuestro punto de partida, [...] es que todo verdadero significante es, en tanto tal, un significante que no significa nada».28 Denomina «asemántico», página 52 de «El atolondrado...» al significante que califica de «enigmático», página 269 del seminario III. Precisa, en la página 277 de ese mismo seminario, que el efecto que provoca sobre el sujeto el significante llamado «asemántico» es la perplejidad.
En su texto de 1971, «Lituraterre»,29 Lacan inventa una nueva metáfora para evocar la no-relación entre el significante y el significado: la metáfora de la lluvia. El agua, que está ya presente en la invención del algoritmo saussuriano, se ha desplazado de abajo hacia arriba, de la ciénaga del significado, donde la piedra lanzada por el acto poético hace ¡splash!, del torrente en el que «una piedra ríe en el sol», hacia la lluvia del significante que cae del cielo sobre el suelo y lo marca, lo surca. Los cuatro términos que distingue Lacan son significante, significado, semblante y goce. Las nubes del semblante se rompen: «El goce se evoca en el romperse de un semblante», dice Lacan.30 Se abre una brecha en el cielo. La ruptura de las nubes produce, entonces, goce. La consecuencia es el chorro del significante. Llueve significante. El significante se precipita como consecuencia de la ruptura. Se escucha, a la manera del ruido de la lluvia. Llueve significante a partir de las nubes del semblante. De ello resulta «la erosión del significado».31 La barra saussuriana implica la escritura, es decir, el pasaje de lo que se oye a lo que se lee. El significado se lee, representado aquí por el lee del surco que orada, en el suelo, el chorro de la lluvia.
El hecho de que la barra implica, en sí misma, que se escriba aparece en la referencia de Lacan a la caligrafía japonesa. La barra, con un comienzo y un fin, da a la frase su soporte y su medida.
El nivel del significante, que es el de la frase, incluye un medio, un comienzo y un final, exige por lo tanto un término. Esto permite un juego sobre la espera, un acompasamiento que se produce al nivel imaginario del significante, como si el enigma, por no poder formularse de modo verdaderamente abierto, sino mediante la afirmación primordial de la iniciativa del otro, diera su solución mostrando que de lo que se trata es del significante.32
A propósito de la escritura de la barra horizontal, Lacan evoca el tiempo que se necesita para encontrar, primeramente, «de qué apoyo se toma», y, en segundo lugar, «en qué suspenso se detiene».33 La propuesta aquí es poner el acento en el apoyo del punto de partida y en el suspenso del punto de llegada a propósito del movimiento de la frase. De lo que se trata, efectivamente, en esa acentuación es del paso de la palabra a la escritura, de lo oral a lo escrito, es decir, de lo que hay de escritura de la no-relación en lo que se hace oír por la palabra.
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