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Índice
PREFACIO
INTRODUCCIÓN
CAPÍTULO I
El hogar paterno
Iniciación en la vida pública
Actuación de Zuviría en el cabildo de Salta
CAPÍTULO II
El Congreso de Tucumán El contexto internacional
Declaración de la independencia nacional
Traslado del Congreso de Tucumán a Buenos Aires
El pliego de instrucciones para los nuevos diputados por Salta
Correspondencia de Zuviría con Juan Marcos Zorrilla
La Constitución de 1819
CAPÍTULO III
La Patria Nueva
La Patria Vieja
San Martín designa a Güemes general en jefe del Ejército de Observación
Güemes alista el Ejército de Observación
La oposición salteña apoya al caudillo de Tucumán
El conflicto entre Güemes y Aráoz
CAPÍTULO IV
Campaña libertadora del Perú
Cambios en el escenario político español
CAPÍTULO V
Necessitas caret lege
La Patria Nueva depone a Güemes
Nueva invasión realista
La muerte de Güemes
Los sucesos posteriores a la muerte de Güemes
El armisticio firmado entre Olañeta y la Patria Nueva
Zuviría redactor del armisticio
CAPÍTULO VI
La primera Constitución de Salta
Contribuciones de Zuviría al progreso de Salta
CAPÍTULO VII
La familia de Zuviría
El destierro de Zuviría
El añorado regreso
CAPÍTULO VIII
El pronunciamiento de Urquiza
La batalla de Caseros
El Acuerdo de San Nicolás
Discusión del Acuerdo en el seno de la Junta de Representantes de Salta
La provincia de Buenos Aires se segrega de la Confederación
CAPÍTULO IX
El Congreso Constituyente de Santa Fe
Iconografía de la sesión del 20 de abril de 1853
El solemne acto de aprobación de la carta magna
El legado de Zuviría

| Colombo Murúa, PatricioFacundo de Zuviría / Patricio Colombo Murúa. - 1a ed. - Salta :Universidad Católica de Salta. Eucasa ; Salta : Instituto SanFelipe y Santiago de Estudios Históricos de Salta, 2021.Libro digital, EPUB - (Salta en la historia política y cultural de laArgentina)Archivo Digital: descarga y onlineISBN 978-950-623-226-91. Historia Argentina. 2. Historia. I. Título.CDD 982 |
© 2021, por EUCASA (EDICIONES UNIVERSIDAD CATÓLICA DE SALTA)
Colección: Salta en la historia política y cultural de la Argentina
Resolución Rectoral: 529/2020
© 2021, por INSTITUTO SAN FELIPE Y SANTIAGO DE ESTUDIOS HISTÓRICOS DE SALTA
Diseño interior: Flavio Burstein STEREOTYPO (www.stereotypo.com.ar)
Arte de tapa: D.G. Carolina Ísola (isocaro@hotmail.com)
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Depósito Ley 11.723
ISBN edición digital (ePub): 978-950-623-226-9
Primera edición en formato digital:
Versión: 1.0
Digitalización: Proyecto451
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PREFACIO
La educación no es posible sin que se ofrezca al espíritu una imagen del hombre tal como debe ser. (…) Lo fundamental en ella es Kalós, es decir, la belleza en el sentido normativo de la imagen, imagen anhelada, del ideal.
(Werner Jaeger. Paideia: Los ideales de la cultura griega)
La colección denominada Salta en la historia política y cultural de la Argentina, que el Instituto San Felipe y Santiago de Estudios Históricos y la Universidad Católica de Salta han decidido editar en conjunto, responde a un propósito cultural y educativo de gran proyección: presentar un conjunto de obras breves que rescatan del olvido a una pléyade de salteños prominentes, quienes a lo largo del tiempo construyeron una tradición virtuosa y permanente; esta tradición modeló la peculiar forma mentis que caracteriza al hombre salteño orientando su peregrinar hacia el futuro, y además, contribuyó a forjar, en gran medida, la personalidad, los estilos y la singularidad propia de la comunidad provincial.
Los insignes hijos de Salta —hombres y mujeres que actuaron en los tiempos complejos de las guerras por la independencia— abrazaron nobles ideales y sirvieron a su país, aun a costa de sacrificios personales, cuando la patria requirió sus talentos y sus servicios.
El ejemplo más relevante de esta vocación patriótica lo encarnó MARTÍN MIGUEL DE GÜEMES, militar que lideró una gesta que puede ser calificada sin exageración como homérica; cumplida en defensa de la patria y de la libertad de América de Sud, comenzó en el momento crítico en que el gobierno de Buenos Aires se hallaba ante el inminente peligro de sucumbir, tras las dramáticas derrotas de los ejércitos argentinos en el Alto Perú. Tal actuación le valió ser considerado por el Dr. Dalmacio Vélez Sarsfield como uno de los grandes libertadores de América.
La Guerra Gaucha, a su vez, permitió el afloramiento de brillantes talentos guerreros, ciudadanos distinguidos que el desafío histórico convirtió en los «capitanes de Güemes». Entre ellos se destacó especialmente don LUIS BURELA, valiente estanciero que, despojándose de sus intereses personales, se puso a la cabeza de sus gauchos e inauguró en Chicoana la guerra de recursos. Otros lugartenientes de Güemes, fueron: JOSÉ IGNACIO GORRITI, DIONISIO PUCH, BONIFACIO RUIZ DE LOS LLANOS, APOLINARIO SARAVIA, JUAN GALO LEGUIZAMÓN, JUAN ANTONIO ROJAS, JOSÉ IGNACIO SIERRA y JOSÉ ENRIQUE VIDT —un militar francés del ejército de Napoleón—, y entre las heroínas de esta gesta libertadora cabe recordar a MACACHA GÜEMES, quien lideró a las salteñas que sobresalieron por su devoción a la causa de la patria y por su eficacia en las tareas de inteligencia que requería imprescindiblemente la original y vigorosa estrategia güemesiana.
Hubo muchos otros temperamentos heroicos acuñados en la actitud de Salta que actuó como una «firme columna de la libertad», en el momento en que nacía la patria. En rápida revista podemos mencionar a CALIXTO GAUNA, el cabildante elegido por sus pares para viajar a matacaballos a Buenos Aires e informar al gobierno patrio de los manejos realistas del gobernador don Severo Isasi de Isasmendi. Fue también un estrecho colaborador civil de Güemes en el gobierno de la provincia.
El coronel JOSÉ MOLDES fue un relevante precursor del movimiento de Mayo y militar de actuación distinguida en el Ejército del Norte al lado del Gral. Belgrano; integrante de la sociedad secreta de los «Caballeros Racionales» que, junto a otros americanos —como JOSÉ Y FRANCISCO DE GURRUCHAGA (1), Juan Martín de Pueyrredón, Carlos Alvear, José María Zapiola—, tenía el propósito de promover la emancipación de la América hispánica.
Los salteños tuvieron una presencia especialmente activa en el largo trayecto que el país transitó hasta lograr la organización nacional. Entre ellos sobresalen las figuras del Dr. MANUEL ANTONIO DE CASTRO, quien presidió el Congreso Nacional de 1824 y fue el fundador de la Academia Nacional de Jurisprudencia; el Dr. MARIANO BOEDO diputado al Congreso de Tucumán en el que ejerció la vicepresidencia cuando se declaró la Independencia. En el momento de sancionar la Constitución Nacional en 1853, el Dr. FACUNDO DE ZUVIRÍA, reconocido jurista salteño, fue elegido por sus pares en forma unánime para presidir el Congreso General Constituyente.
En el ámbito de la cultura nacional, es notable también la presencia de figuras salteñas de gran jerarquía que realizan un innegable aporte a la identidad y la singularidad genuinamente argentinos con sus estilos diversos. El listado es muy extenso, por esa razón y brevitatis causa solo mencionamos algunos nombres: JUANA MANUELA GORRITI, notable escritora; JUAN CARLOS DÁVALOS, quien dio origen a un fecundo linaje de poetas y artistas; LOLA MORA, la insuperable escultora clásica de trascendencia internacional; BERNARDO FRÍAS y ATILIO CORNEJO, máximos y prolíficos historiadores de Salta; y el Dr. CARLOS IBARGUREN, quien presidió tres Academias Nacionales, fue un escritor y jurista eminente y se desempeñó con especial brillo como Ministro de Instrucción Pública y Justicia del presidente Roque Sáenz Peña.
En uno de los momentos más dramáticos del siglo XX, cuando se desató la Primera Guerra Mundial, la República Argentina contó con la conducción sabia y firme del Dr. VICTORINO DE LA PLAZA —un distinguido hijo de Salta—. Este estadista afrontó decisiones complejas en un escenario bélico mundial lleno de asechanzas e incertidumbres y decidió mantener la neutralidad argentina a ultranza ante las naciones participantes en el conflicto.
Esta posición fue continuada por el presidente Hipólito Yrigoyen quien, siguiendo el ideario pacifista de don Victorino, al término de la guerra pidió un trato justo para los vencidos luego de proclamar: «Los hombres son sagrados para los hombres y los pueblos son sagrados para los pueblos».
En esa época de esplendor argentino, don INDALECIO GÓMEZ —otro notable político salteño— fue el alma y nervio que hizo posible la sanción de la célebre «Ley Sáenz Peña», que permitiría al país alcanzar el desideratum de la democracia plena.
El testimonio de estas vidas virtuosas nos permite afirmar que los pueblos solo cumplen su misión histórica cuando quienes los conducen poseen un temple sereno y enérgico, una acrisolada moral, una gran vocación de servicio, un claro programa prospectivo y una gran fe en el destino de su patria.
Los editores
Salta, febrero de 2021
1- José de Gurruchaga presidió en sus inicios la sociedad secreta de los «Caballeros Racionales» de Cádiz; Francisco de Gurruchaga fue diputado por Salta en la Asamblea del Año XIII. Él aportó el dinero y su experiencia de marino para crear la primera escuadra de guerra argentina.

INTRODUCCIÓN
Pueblos, sed virtuosos y seréis libres
(Sócrates en Platón) (2)
Facundo Zuviría es un prócer civil arquetípico por sus virtudes cristianas y su generoso patriotismo. Jurista recibido con honores como doctor en ambos Derechos en la Universidad de Córdoba, casa de altos estudios que dio al país una pléyade de hombres ilustres por su saber, por su calidad humana y por las acrisoladas virtudes que poseían.
Zuviría es un lúcido testigo de las páginas más gloriosas de la gesta güemesiana que apoya, desde el principio, de forma decidida. Su actuación se extiende desde ese período hasta el fin de la guerra de la independencia argentina.
Él es quien redacta el armisticio con el general realista Olañeta que pone fin a la devastadora guerra que Salta afrontaba en una absoluta soledad contra las numerosas invasiones que realizaron las fuerzas armadas del rey Fernando VII sobre el territorio del norte argentino, después de un conflicto sangriento que comenzó en 1810 con la brillante victoria de Suipacha obtenida especialmente por obra y gracia de Güemes y su legión salteña, y que duró hasta 1821. Este proceso bélico demostró —por la ceguera y los errores de los gobiernos porteños— que las armas de la patria no podían sostenerse en el Alto Perú y —gracias a Güemes— que las fuerzas del rey resultaban inexorablemente batidas en Salta.
Los romanos decían potestae terra finitur ubi finitur armorum vis, es decir que la potestad —la soberanía— sobre la tierra termina donde no puede sostenerla la fuerza de las armas. A esta conclusión debieron arribar los patriotas y también los realistas que obviamente habían sufrido grandes descalabros en esta interminable catástrofe bélica.
El armisticio en realidad se transformó en un instrumento de paz. Zuviría redactó la primera Constitución de Salta que brindó a la provincia una institucionalidad duradera.
Finalmente, cabe señalar el destacado rol que cumplió Zuviría como presidente del Congreso General Constituyente que aprobó la Constitución de 1853 que, con sus modificaciones, está vigente en la República Argentina.

Para llevar mi nombre entre las gentes.
Escudo de la familia Zuviría.
2- Frase que Zuviría estampa en la «Introducción» a su obra cumbre El principio religioso como elemento político, social y doméstico.
CAPÍTULO I
El hogar paterno
José Facundo de Zuviría nació en Salta el 26 de noviembre de 1794 (3) —según consta en su partida de nacimiento. Su padre fue el coronel navarro Agustín Zuviría Marticorena (4) «cuya belleza física fue célebre». Se afirma que «jugando en la barra cierto día con el que fue enseguida Fernando VII, mostró tal fuerza, que el príncipe, encantado y aficionado que era a aquel ejercicio, lo hizo noble. Vino de capitán a América, alcanzando en la carrera el grado de teniente coronel». Su madre fue doña Feliciana Castellanos de la Cerda y Plazaola Saravia, distinguida dama salteña conocida por su gran piedad religiosa y por provenir de un antiguo linaje castellano vinculado estrechamente a la selecta y reducida aristocracia virreinal.
Desde su más tierna infancia, Facundo dio claras muestras de ser poseedor de una especial singularidad. Pasado un período de tiempo que excedía generosamente los términos normales para la adquisición del lenguaje hablado, el pequeño no lograba articular una sola palabra.
La familia, expectante, por un lapso prolongado no tuvo el simple y habitual placer de escuchar los balbuceos preparatorios, ni los habituales sonidos onomatopéyicos que emiten los niños pequeños y que suelen encantar a padres y parientes. A su madre le fue negado el simple deleite de oír el balbuceo de sus primeras palabras, ocasión en la que habría podido conocer el timbre de la voz del pequeño Facundo.
Ella, hondamente preocupada, había consultado este extraño caso con el médico de cabecera de la familia, con los más reconocidos pedagogos del medio y finalmente con su hermano —a la vez padrino de Facundo— que era un sabio sacerdote.
Pero en aquellos tiempos y en la muy noble y leal ciudad de Salta, efectivamente, no había nadie que pudiese ayudarla a identificar la etiología del mal evanescente que parecía afectar a su amado hijo y menos quien pudiese prescribir un tratamiento para lograr la remisión de su enigmática enfermedad.
Después de estos tenaces pero frustrados intentos de esclarecer y remover este morbo, ella finalmente hizo su propio diagnóstico y decidió que se trataba de un impedimento espiritual. Era una rémora que podía ser curada por un remedio que los místicos consideraban infalible para solucionar los problemas del alma: la oración.
Terminada la ronda de consultas, doña Feliciana fue a la Catedral de Salta y arrodillada a los pies de la imagen del Señor del Milagro, formuló ante el Cristo crucificado una promesa solemne que incluía, además de las consabidas oraciones y misas a su cargo, una contrapartida que debía cumplir el niño mudo. En efecto, debía vestir el severo hábito franciscano hasta que, merced a la solicitada intercesión divina, el niño saliese de su estado contemplativo y le fuese concedido el don de la palabra.
Los temores de doña Feliciana se desvanecieron con el transcurso del tiempo; cuando el pequeño cumplió los siete años de edad, comenzó de pronto a hablar correctamente y con un dominio del lenguaje que resultó sorprendente para su edad. A partir de entonces, este niño peculiar, convertido luego en un brillante adolescente, se volverá paulatina y progresivamente un desenvuelto e infatigable conversador.
En la etapa de su escolaridad desarrollará sus capacidades de expresión oral hasta convertirse en un ameno interlocutor y luego en uno de los oradores más destacados de su generación. Años después, Benjamín Villafañe —toda una celebridad de su tiempo— lo recordará en una carta que le remite a Félix Frías —en los tiempos que este compartía con don Facundo el doloroso exilio político en Bolivia. Villafañe escribe: «He tratado al Sr. Zuviría; es un hombre que habla mucho; es como yo me lo había imaginado y como Ud. me lo pintó en una de sus cartas».
Una esmerada educación
Facundo quedó huérfano a los diez años y su tío, el canónigo Castellanos, se hizo cargo de su educación. Cuando cumplió los doce años de edad, lo envió a la ciudad de Córdoba, donde ingresó becado en el prestigioso y tradicional Colegio de Monserrat fundado en 1687.
Esta institución escolar había sido fundada merced a una generosa donación de más de 37.500 pesos, realizada a fines del siglo XVII por el presbítero Dr. Ignacio Duarte y Quirós, que incluía la estancia de Caroya, donde pasaban sus vacaciones los estudiantes y algunos docentes y directivos del colegio.
Pedro Frías dice: «El muchacho salteño llega en un buen momento» porque «el Deán Funes se hará cargo pronto de la enseñanza del Monserrat y de la universidad».
En efecto, en 1807 el deán Gregorio Funes, un destacado ex alumno de ambas instituciones, fue designado como Director del prestigioso Colegio Mayor de la Universidad de Córdoba en el que estudiaba Zuviría.
Funes era un sabio sacerdote y poseía un espíritu progresista y una inteligencia cultivada y abierta a las ciencias modernas. Además de sus titulaciones cordobesas, se había recibido de Bachiller en Derecho Civil en la Universidad de Alcalá y obtuvo la matrícula para ejercer la abogacía en Madrid, título que agregaba un gran bagaje intelectual y científico a los estudios clásicos atesorados por él, que había realizado previamente en la Universidad de Córdoba.
En 1808 se nombró al deán Funes como Rector de la Universidad de Córdoba. En ese cargo le tocó ejecutar la Real Cédula que otorgaba a esta casa de altos estudios el rango, los privilegios y prerrogativas de una universidad mayor, jerarquía que tenían las universidades de Europa y las más prestigiosas de América.

El tradicional Colegio de Monserrat de Córdoba donde se educó Facundo de Zuviría.
De forma inmediata Funes imprimió a la enseñanza que impartía esta institución educativa una orientación de sesgo definidamente moderno. «Sumó el francés —idioma que era la lengua franca en el siglo XIX— al latín y la aritmética a la lógica. El compás empieza a alternar con el silogismo»—continúa describiendo Frías en la obra citada. La ciencia moderna comenzó a asomar junto a la sólida formación intelectual que aseguraba la ratio studiorum jesuítica, que la tradicional universidad no había abandonado radicalmente a pesar de los diversos avatares sufridos por la institución educativa.
Desde la conducción de la universidad, Funes hizo sentir en forma inmediata la impronta de su espíritu, abierto a las corrientes de las ideas imperantes en Europa. Esos nuevos ámbitos del saber incluían, con la debida prudencia, el estudio de los filósofos de la Enciclopedia y de los pensadores más gravitantes de su tiempo. El esfuerzo pecuniario de incorporación de las nuevas materias de estudio y la bibliografía de apoyo fue solventado con fondos provenientes de su propio peculio, mientras preparaba las nuevas currículas educativas para su aprobación.
Si mis deseos se realizan —escribe el deán Funes— no dirán los que cursan en estas aulas que he abusado de su juventud y de su paciencia, haciéndolos aprender aquellas cosas, de que no se pueden hacer uso en ningún estado de la vida.
Funes fue ese gran Maestro que tenía muy claro el fin de la enseñanza: formar personas capaces de alcanzar la plenitud humana y de forjar en ellas una personalidad virtuosa y recia que les permita afrontar la responsabilidad de construir su propia vida y realizar su proyecto vocacional.
Cuando sobrevino la Revolución de Mayo Funes fue elegido diputado por Córdoba ante la Junta Grande de Gobierno. A pesar de las grandes responsabilidades que debió afrontar en virtud de ese cargo político y que cumplió con gran valor cívico, no abandonó su tarea de concluir la iniciada empresa de reformar la universidad cordobesa. En efecto, trabajó intensamente en la modificación de los planes educativos vigentes y presentó el nuevo esquema el 4 de marzo de 1813.
Las reformas curriculares propuestas reconocían un espacio al pensamiento enciclopedista del siglo XVIII —se refería en sus fundamentos a la dupla de «las luces de la razón y la religión propagados por la enseñanza pública», que debían ser las palancas de un progreso victorioso y sostenido— y se reducía significativamente el rigorismo escolástico ligado a la cosmovisión tomista.
En esos claustros renovados del Colegio Monserrat y posteriormente en la Universidad de Córdoba se formó el joven Zuviría, quien había tenido acceso a las obras de los autores clásicos griegos y romanos, cuya lectura le provocaban una especial fruición. Pero también frecuentó los textos iluministas de Diderot, Jean Le Rond d’Alembert, Voltaire, Juan Jacobo Rousseau, Montesquieu y las obras de la pléyade de pensadores que prepararon la gran eclosión de las revoluciones americana y francesa.
Su contacto con estas ideas avanzadas abrió su inteligencia a la concepción democrática y republicana. Estas lecturas no afectaron su firme ortodoxia católica. En efecto, iluminado por sus convicciones religiosas, consagró parte de su vida a propagar la fe cristiana y transmitir sus principios al pueblo como el mejor recaudo para su progreso moral y su perfección ciudadana (5).
En el momento en que Facundo de Zuviría se matriculaba en el convictorio de Nuestra Señora de Monserrat, esta institución aseguraba la continuidad entre el nivel educativo propedéutico y la universidad, articulando el tránsito entre el nivel medio y el universitario en una planificada trayectoria formativa que permitía a sus egresados adquirir una renovada y perdurable plenitud académica.
El Colegio de Monserrat y la Universidad de Córdoba fueron el alma mater studiorum de Facundo Zuviría y de una gran pléyade de universitarios que se desempeñaron como grandes figuras políticas durante el momento fundacional de la Argentina. En tiempos posteriores, los egresados de esta universidad honraron y sirvieron al país con su sapiencia y su gran idoneidad profesional, tanto los que consagraron su vida al servicio público como los que optaron por desempeñar su actividad en el ámbito privado.
Simplemente y a modo de ejemplo, se puede señalar el caso del Dr. don Dalmacio Vélez Sarsfield que en su tiempo fue uno de los más prominentes juristas de América del Sur y al mismo tiempo, uno de los más destacados hombres públicos argentinos de su tiempo.
El Dr. David Saravia Castro recoge el valioso testimonio de Gregorio Baigorri —rector de la Universidad de Córdoba— sobre el sobresaliente desempeño intelectual y la irreprochable conducta de Zuviría en esa casa de altos estudios.
Hemos sido testigos —dijo Baigorri— del brillante desarrollo de sus facultades intelectuales y manera de ser, asidua contracción y rápidos progresos en la ciencia, de la dulzura y exquisita sensibilidad de su carácter y de la viveza de su imaginación. La humildad, obediencia y respeto hacia sus superiores le llevaba a extremos. Cualidades tan bellas, conducta tan plausible, pronto le merecieron el amor de sus compañeros, catedráticos y superiores, y con especialidad el del inmortal deán doctor Gregorio Funes, en cuya estimación, joven alguno merecía el lugar de Zuviría (6).
Baigorri también recuerda vívidamente las excepcionales condiciones literarias de Zuviría y las testimonia así: «Nos ha cabido el placer de presidir en la calidad de Rector y Cancelario de la Universidad algunos brillantes actos literarios de este excepcional joven».
Esta vocación por la creación literaria, Zuviría la asumió con alegría y como algo que sería constante a lo largo de su vida. En sus inicios él desarrolló esta actividad casi exclusivamente para su goce personal, pero con el andar del tiempo se convirtió en uno de sus recursos intelectuales más valiosos, especialmente durante las peripecias y soledades de su largo destierro en Bolivia.
Otro rasgo espiritual que caracterizó claramente la personalidad de Zuviría fue su devoción profunda, su piedad cristiana practicada sin beneficio de inventario y que se expresó en sus hábitos religiosos cumplidos regularmente y sin ostentación. Baigorri dice, refiriéndose a la faceta religiosa del joven estudiante salteño:
Durante los tres años de sus estudios universitarios, libró la dirección de su conciencia a un virtuoso eclesiástico; y fuese por mandato de este o por voluntad suya, Zuviría frecuentó semanalmente los sacramentos de la Penitencia y Eucaristía.
El 8 de diciembre de 1810 el joven Zuviría accedió al grado de Maestro en Artes. El 13 de diciembre de 1812 obtuvo el Doctorado en ambos Derechos. Sin demora, retornó —muy bien formado intelectualmente— a sus amados lares salteños poco tiempo después de la decisiva victoria de Salta, lograda por el general don Manuel Belgrano el 20 de febrero de 1813 sobre el ejército realista conducido por don Pío Tristán.
Iniciación en la vida pública
«La actuación pública del Dr. Zuviría comenzó con extraordinaria precocidad, sea esta por sus propias inclinaciones o acuciado por los dramáticos acontecimientos que sucedieron al pronunciamiento de Mayo» —afirma el Dr. Carlos Serrey en una conferencia denominada «Aspectos sobre la actuación pública del Dr. Facundo de Zuviría», que se realizó el 9 de junio de 1950, en el Instituto Popular de Conferencias de Buenos Aires (7).
En esta etapa de su vida, Zuviría, recién obtenidos sus doctorados, emprendió su carrera pública en Salta al ser elegido como miembro de la Asamblea Electoral del año 1814, cargo desde el cual propició la elección de don Martín Miguel de Güemes para el cargo de gobernador de la provincia de Salta.
A partir de ese momento recorrió un largo trayecto en diversas funciones. En el ejercicio de esas responsabilidades se desempeñó siempre con una manifiesta vocación de servicio, un generoso desinterés y un patriotismo ejemplar. Estas virtudes se completaban con su lúcida inteligencia reflexiva y su gran capacidad de concentración, que él dedicaba a resolver los más intrincados problemas que se presentaban en el trajín de sus quehaceres cotidianos.
Actuación de Zuviría en el cabildo de Salta
En esta sucinta biografía, solo nos ocuparemos de señalar las funciones más relevantes que desempeñó el Dr. Zuviría. Cabe señalar que en todos los cargos que ejerció, aun en aquellos de menor importancia, él cumplió con la misma firme responsabilidad y con idéntica pasión patriótica.
Este listado abarca el período comprendido entre los años 1814 y 1831, momento funesto en el que Zuviría debió exiliarse en Bolivia tras la derrota de la Liga del Interior, que nucleaba a los unitarios.
Se subraya que, a lo largo de toda su actuación pública, Zuviría dejó una huella perceptible de su iniciativa y de su gran talento creativo, desde su iniciación en el servicio político, que como se ha dicho sucedió cuando fue elegido miembro de la Asamblea Electoral que apoyó al general Martín Miguel de Güemes en 1814.
Posteriormente fue designado cabildante salteño en 1816, cargo que desempeñó con extraordinaria ejemplaridad y con una conducta impecable. En ningún caso y por ninguna circunstancia, mientras fue cabildante, permitió que sus colegas excedieran los límites de sus atribuciones y competencias. En algunas ocasiones los obligó a modificar sus actos impropios, tomando los debidos recaudos jurídicos y procediendo con una transparencia plena y con un estricto ajuste al principio de legalidad.
La historiadora Marta de la Cuesta Figueroa de Peñalva escribe al respecto (8)
En 1818, el Dr. Facundo Zuviría se opuso a la recepción de los capitulares electos del seno de la junta electoral por haber infringido el sigilo tan sagrado y recomendable a las corporaciones de su clase. El Cabildo pidió el asesoramiento de los doctores Castro, Alcérreca y Cabero, quienes después de una investigación de oficio acusaron de haber revelado lo tratado en la Junta Electoral al Dr. Facundo de Zuviría. Enseguida entró en la sala Calixto Ruiz Gauna, electo alcalde de Primer Voto, quien después de prestar juramento de estilo, manifestó: que no había necesidad de investigar quién había violado el sigilo de la Junta Electoral, supuesto que él lo había hecho que así lo decía entre ambos cabildos, el entrante y el saliente.
Según parece, Gauna se había expresado con incorrección y falta de decoro, llegando a insultar al síndico procurador, por lo que la corporación le exigió que se retirase, depositando la vara de alcalde que había obtenido, hasta que el gobernador se pronunciase.
Güemes entonces estaba en Jujuy y desde allí escribió: Visto … que … el Cabildo entrante o saliente, no tiene facultad para anular la elección del pueblo se declara que el expresado Calixto Gauna debe ser puesto inmediatamente en posesión del empleo a que ha sido destinado en la inteligencia que si los demás miembros nombrados o los de la Junta Electoral tienen algo que decir o alegar en contrario deberán hacerlo ante quien corresponda, con el sigilo y moderación que demanda la naturaleza de un asunto de tanta gravedad.
La doctora Marta de la Cuesta dice, en otro capítulo de la obra citada y refiriéndose a la elección de Zuviría y otros ilustres ciudadanos como miembros del Cabildo:
El día 6 [de diciembre de 1815] se hicieron presentes los regidores citados —se refiere a los electores— y después de proceder al escrutinio de sufragios resultaron elegidos los doctores Manuel Ulloa, José Redhead, Guillermo Ormaechea, Facundo Zuviría y los señores Miguel Francisco Aráoz y Francisco de Gurruchaga (Acta del 9-12-2-15; T2-406).
Nueve días más tarde, se reunieron los electores en la Sala Capitular y el gobernador recibió el Juramento que hicieron con la solemnidad de derecho necesaria (…) Después de haber elegido presidente de la Asamblea Electoral, el gobernador se retiró y se verificó la elección.
Más adelante esta historiadora agrega, refiriéndose a otros trabajos que los cabildantes le encargaron a nuestro prohombre:
En julio de 1816, el Cabildo nombró una comisión formada por Victoriano Solá, el Dr. Facundo Zuviría y el asesor del Cabildo, para que redactaran un reglamento que rigiera el cuerpo de milicia cívica de Salta. Al año siguiente, los Alcaldes de barrios recibieron la orden de alistar a todos los hombres libres seglares de cada cuartel, presentando las listas al Cabildo.
Con posterioridad se elevaron los listados elaborados por el Cabildo al Director Supremo para que este procediera a efectuar los nombramientos militares pertinentes.
La citada historiadora, en su magnífica obra sobre el Cabildo de Salta —que hemos tomado como guía para seguir los pasos del cabildante Zuviría—, en su evaluación final sobre la relación entre el gobernador y el cuerpo deliberativo salteño destaca la plena armonía que existió entre el Cabildo y Güemes, desde su elección el 6 de mayo de 1815 hasta el año 1820.
Ese año, en este cuerpo colegiado comenzó a liderar la opinión adversa a este Gobernador que había sido el primero de los gobernadores argentinos elegido regularmente y por la voluntad del pueblo.
La creciente oposición que comenzó a manifestarse en el Cabildo se coaguló luego en la facción política denominada la Patria Nueva.
Hasta ese momento Güemes había mantenido la costumbre de presidir las reuniones del cuerpo deliberativo de la provincia y de mantener una fluida comunicación con todos sus integrantes.
Prácticamente en ese período no existió ningún tema que involucrara el bienestar del pueblo salteño que no fuese tratado por ese honorable Cuerpo. A estas iniciativas el Gobernador les prestaba la debida atención y, a pesar de las peripecias de la guerra, intentó siempre darles las satisfacciones posibles. Como es de suponer, en un escenario de guerra, sin recursos y sin cuartel, las posibilidades de dar respuestas a las crecientes demandas políticas, económicas, educativas o sociales, eran muy limitadas.
Las crecientes dificultades y la necesidad de lograr los recursos suficientes para sostener el enorme esfuerzo bélico que soportaba Salta y que gravitaba sobre la población de mayores recursos de la provincia, fue uno de los factores del creciente malestar que alimentó una oposición que se radicalizó rápidamente.
Cabe señalar que Facundo Zuviría integró también la Asamblea Electoral de 1820.
Posteriormente lideró la facción política de la Patria Nueva, convirtiéndose así en uno de los opositores al general Martín Miguel de Güemes.
3- El profesor Gelly y Obes señala que nuestro prócer nació en el año 1794. Miguel Solá sostiene que Zuviría nació en 1796.
4- Frías, B. (2018). Historia del General Martín Güemes y de la provincia de Salta, tomo IV, pág. 563. Salta: Ediciones Universidad Católica de Salta y Comisión del Bicentenario.
Existen tradiciones firmes y otras fuentes que corroboran la afirmación de Frías y es una tradición aceptada que Agustín Zuviría, padre de nuestro prócer, en su juventud tuvo una estrecha amistad con el príncipe Fernando de Borbón, quien algunos años más tarde fue ungido rey de España. Este dato corrobora la alta posición que había alcanzado el padre de Facundo Zuviría en España.
5- El Dr. Carlos Serrey dice al respecto: «Como miembro del gobierno delegado por Urquiza dirige en 1853 una circular a los Cabildos eclesiásticos, en que manifiesta: la religión ha sido desde la más remota antigüedad y lo será hasta el fin de los siglos, el fundamento más sólido de la humana sociedad, a la que la moral religiosa es llama que la anima y poder moral que la dirige. Añade que, como primera medida el gobierno ha resuelto iniciar sus tareas abriendo la más franca y formal relación con el padre común de todos los fieles.
Permaneció fiel a estas ideas durante su larga actuación y así en su opúsculo sobre educación transcribe lo que dijera en 1852 (…)».
6- «El Dr. Facundo Zuviría», Boletín del Instituto de San Felipe y Santiago de Estudios Históricos de Salta, N° 2, Año 1938, pág. 90. Recuperado de: www.institutosanfelipeysantiago.org
7- «Conferencia del Dr. Carlos Serrey (1949-1959)». Boletín del Instituto de San Felipe y Santiago de Estudios Históricos de Salta, N° 23-24, pág. 42-57. Recuperado de: www.institutosanfelipeysantiago.org
8- De la Cuesta Figueroa, M. (2001). El Cabildo de Salta (1582-1825). Consejo de Investigaciones de la Universidad Católica de Salta. Salta: Ediciones Hanne.
CAPÍTULO II
El Congreso de Tucumán
El contexto internacional
Hacia 1816 la situación internacional era de extrema gravedad para las Provincias Unidas de Sudamérica. Napoleón había sido definitivamente vencido por la Santa Alianza, asociación de los monarcas absolutistas de Europa que tenía como finalidad eliminar los frutos de la Revolución Francesa y retornar al status quo anterior.
El gobierno patrio surgido de la Revolución de Mayo y que había levantado las banderas de la democracia, la libertad y la dignidad del hombre, era el único ejemplo de un movimiento liberal y triunfante que se mantenía invicto en las ex posesiones españolas de América.
En efecto, en México, Morelos y su grupo libertador habían sido derrotados y fusilados. En Chile los patriotas habían sido vencidos en Rancagua. El Alto Perú había sido anexado al virreinato del Perú mediante un decreto arbitrario del virrey Abascal y las fuerzas argentinas, que pretendían volver a incorporar ese territorio al cuerpo político del virreinato del Río de la Plata, fueron derrotadas y debieron replegarse a Tucumán.
En la ciudad de Cádiz el despótico rey español estaba preparando un formidable ejército que debía sofocar el último baluarte de la libertad, que precisamente permanecía firme a pesar de las dramáticas contingencias y contrastes vividos por los pueblos del norte y de la Banda Oriental.
El 6 de julio el Congreso recibió, en sesión secreta, el informe del general Manuel Belgrano, recientemente regresado de Inglaterra, tras cumplir una delicada misión diplomática ante la Corte de Gran Bretaña.
El creador de la Bandera explicó a los congresales que la opinión general de los soberanos europeos era drásticamente contraria al surgimiento de nuevos regímenes republicanos. «Ellos —dijo Belgrano— pretenden monarquizarlo todo». La doctrina prevalente desarrollada por Talleyrand y Metternich —cancilleres de Francia y Austria respectivamente— es que los monarcas defenestrados por los vientos revolucionarios franceses de 1789 debían imperativamente ser repuestos en sus tronos y, como lógico corolario, las ex posesiones ultramarinas debían retornar al seno de la monarquía legítima a la que habían pertenecido.
En el caso de Francia se había restaurado la casa de Borbón en la persona de Luis XVIII —hermano del infausto Luis XVI que fuera decapitado por los extremistas jacobinos. En España se repuso en el trono a Fernando VII, del que había sido defenestrado por Napoleón Bonaparte. Este monarca contaba con el decidido apoyo del zar de Rusia Alejandro I y el consenso de las demás testas coronadas de Europa para recuperar los territorios americanos que luchaban por su independencia.
Las posesiones americanas de la corona de España, según la Teoría de la Santa Alianza, debían volver al redil de su legítimo soberano. Esta doctrina, que se hallaba en plena ejecución, constituía una verdadera sentencia de muerte para la revolución argentina y ponía sus logros y anhelos en una situación agónica.
Frente a estas circunstancias el gobierno patrio envió misiones diplomáticas a las cortes de Río de Janeiro, Londres, Madrid e Italia —ante el ex rey Carlos IV. Estas embajadas tenían instrucciones de conciliar las ideas del «legitimismo» de la Santa Alianza, con la propuesta de un constitucionalismo liberal que organizaría una monarquía temperada que debía preservar los derechos individuales, la libertad y la igualdad como conquistas permanentes de los pueblos americanos.
El intento de obtener el consentimiento de un príncipe europeo de indiscutible legitimidad para ser ungido en el trono de las Provincias Unidas de Sudamérica fracasó sin esperanza. Ante esta situación Belgrano propuso al Congreso que estudiara la posibilidad de erigir a un monarca perteneciente a la estirpe de los incas. Nadie podía discutir la legitimidad de un soberano que surgiría de la casa más antigua de América del Sur y que había sido despojada del trono por la violencia de los conquistadores españoles.
De esta manera se podía adoptar una monarquía constitucional al estilo de la nueva carta magna francesa, o tomar como modelo la moderada y liberal monarquía inglesa.
Por otra parte, esta idea no era original de Belgrano. El general-abogado había conocido en la corte londinense el plan independentista del precursor de la independencia americana.
Precisamente el proyecto de la monarquía incaica había sido concebido por don Francisco Miranda, el fundador de la «Logia Lautaro» y de la logia de los «Caballeros Racionales». Ese proyecto había sido propuesto por Miranda al Primer Ministro inglés Pitt, a fines del siglo XVIII, y había sido acogido con beneplácito por los británicos que entonces propiciaban la independencia de las colonias de España.
Belgrano relató con lujo de detalles el fracaso de la misión que Bernardino Rivadavia había llevado ante Fernando VII, quien la rechazó in limine. El rey español no concebía la posibilidad de recibir a sus ex dominios en forma pacífica y sin aplicar los condignos castigos que merecían los revolucionarios americanos. Menos aún podía aceptar que su poder absoluto quedara limitado por una constitución liberal.
En este contexto también había sido desestimada la propuesta presentada por don Manuel de Sarratea, quien había ofrecido la Corona del Río de la Plata al infante Francisco de Paula, quien pertenecía al linaje borbónico. Este príncipe era el hijo menor del ex rey de España Carlos IV, que había sido obligado por Napoleón a abdicar al trono.
Belgrano insistió en que era necesario, como un paso previo a la discusión sobre las distintas alternativas y posibilidades de organización política del país, que el Congreso de Tucumán declarase formalmente la independencia nacional. Sin ese requisito faltaba la condición fundamental para que el gobierno de las Provincias Unidas de América del Sur pudiera encarar las soluciones que eran necesarias para construir metódicamente el futuro del país. En ese punto, la opinión del jefe del Ejército del Norte coincidía con la del general San Martín, quien a través del congresal Godoy Cruz, planteaba la imperiosa necesidad de la independencia. Incluso el jefe del Ejército de los Andes reclamaba que esa medida debía ser tomada antes que el Ejército de los Andes emprendiera su campaña libertadora del Perú.
Declaración de la independencia nacional
El Congreso de Tucumán inició sus sesiones el 24 de marzo de 1816 a las nueve de la mañana. En esa reunión solemne se eligieron sus autoridades. El presidente electo fue el Dr. Pedro Medrano, mientras que don José M. Serrano y el Dr. Juan José Paso fueron elegidos para el cargo de secretarios.
La mayoría de las provincias eligieron los diputados que las debían representar y los enviaron con las correspondientes instrucciones para deliberar en Tucumán, con excepción de aquellas que estaban enroladas en la política de Artigas y mantenían un conflicto abierto con el Directorio.
En diciembre de 1815, la Asamblea Electoral de Salta había elegido a los congresales que debían representar a la provincia ante el Congreso General Constituyente. Resultaron electos el Dr. José Ignacio Gorriti, que era Doctor en Teología; el coronel José de Moldes, que era un distinguido militar formado en instituciones de elite de España; y el licenciado Mariano Boedo, quien poseía una sólida formación jurídica.
Boedo y Ulloa redactaron las instrucciones a que debían atenerse los diputados salteños para el cumplimiento de su importante mandato, y en las que se otorgaba un amplio margen de libertad para que los representantes salteños pudiesen acordar con sus colegas de las demás provincias las soluciones que exigían un maduro examen de la realidad política nacional.
En la sesión del 9 de julio de 1816 se declaró la independencia nacional. Este acto estuvo revestido de una gran solemnidad. Cabe señalar que esta valerosa decisión tuvo un impacto positivo en las actitudes de la dirigencia nacional y provincial que afrontaban una compleja situación social y política. La anhelada independencia facilitó al Directorio y a los gobernadores alcanzar una cierta cohesión interna que hizo posible enfrentar las amenazas realistas y las pretensiones restauradoras de Fernando VII.
El 12 de julio el diputado Acevedo propuso que el Congreso aprobara la forma de gobierno monárquica temperada. Él expresó que su posición era que el país debía entronizar a un inca como representante de la única dinastía legítima para América del Sur.
Esta línea de pensamiento había despertado una adhesión fervorosa por parte de los congresales del Alto Perú y provocado un profundo rechazo en bloque de los diputados porteños. En efecto, Tomás Anchorena decía irónicamente que los partidarios de esta alternativa querían «implantar una monarquía con ojotas».
En la sesión del 15 de julio, Fray Justo Santa María de Oro sostuvo enérgicamente que para decidir la forma de gobierno había que consultar la voluntad de los pueblos. En forma tajante agregó que, si a pesar de esta advertencia sus colegas elegían la forma monárquica constitucional, a cuya cabeza sería ungido un descendiente del inca, dejaba interpuesta desde ese momento su solicitud de retiro del Congreso.
Esta intervención del sacerdote cerró el debate sobre la implantación de la monarquía constitucional incaica en el país.
Traslado del Congreso de Tucumán a Buenos Aires
La iniciativa del traslado del Congreso a Buenos Aires se originó en una propuesta de los diputados porteños presentada a la asamblea en el mes de agosto de 1816.
El diputado salteño Boedo pidió las instrucciones sobre la posición que debía asumir frente a esta iniciativa a la Comisión Permanente de la Asamblea Electoral salteña. La Comisión se expidió negativamente. Salta no debía aprobar ese traslado que al parecer carecía de otros fundamentos más que el de satisfacer el interés de Buenos Aires.
En carta del 5 de octubre de 1816 dirigida a Marcos Zorrilla, el Dr. Zuviría le expresaba:
Se me olvidaba decirte que mi opinión en asunto de traslación, es que no se haga a Buenos Aires a no ser que sean muy poderosos los motivos para ello; tales, que la pública utilidad nos obligue a ello. También, que si, de no trasladarse se ha de seguir la separación de Salta, opino que no solo a Buenos Aires sino también a la mierda o antípodas se traslade. El Congreso no es más que los pueblos reunidos, en cuyo centro, y cuyas deliberaciones hay los mismos partidos que en cada pueblo.
Como surge de este texto, Zuviría no era partidario del traslado del Congreso a Buenos Aires, pero estaba dispuesto a tolerarlo con tal de que Salta no se separase del cuerpo constituyente argentino.
El día 13 de octubre Zuviría volvió a escribirle a su amigo Zorrilla:
Ya te he dicho en mis anteriores, que no le hallo conformidad a dicha traslación; ya porque las resoluciones de este serían en ese caso recibidas por los pueblos con desconfianza, ya porque antes del mes de su traslado veríamos al Congreso reducido a Comisión permanente, que es la señal mortal de pronta disolución.; y otros innumerables motivos que no se ocultan a ti; pero si a pesar de todo esto el Congreso lo halla por más conveniente, ¿qué más tenemos que hacer, sino seguir el rumbo que nos señala la única, primera y última tabla capaz de salvarnos del naufragio? (…) Pregunto yo ahora a Salta: ¿Por qué teme a la traslación?
Si es porque teme que en Buenos Aires se disuelva, y este reputa un mal grave y criminoso, ¿no queda disuelto para Salta desde que retira su diputado y se separa de su obediencia? (…) Si te he de decir lo que siento, yo estoy persuadido que en el Congreso hay las mismas facciones que en los demás magistrados y pueblos; pero no creo que la traslación motive facción alguna. (…) Esto me aflige más que la venida de Pezuela, Ramírez y todos esos. De estos, aunque suframos una y mil derrotas, nos quedan recursos, pero disuelto el Congreso ¿qué haremos?
El Congreso sesionó en la ciudad de Tucumán hasta el mes de enero de 1817. El 19 de abril de 1817 reanudó su actividad en la ciudad de Buenos Aires. Se habían incorporado dos diputados por Salta debido a las vacantes dejadas por la renuncia de Gorriti y por el hecho de que al diputado José Moldes no se le permitió ocupar su banca, debido a la cerrada oposición de los diputados de Buenos Aires.
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