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Editorial Autores de Argentina

López, Juan Carlos

Orcas supremacía en el mar: entre el mito y la realidad / Juan Carlos López. – 1a ed. – Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Autores de Argentina, 2020.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: online

ISBN 978-987-87-1234-5

1. Animales. 2. Mitos. 3. Narrativa. I. Título.

CDD 599.536

Editorial Autores de Argentina

www.autoresdeargentina.com

Mail: info@autoresdeargentina.com

Queda hecho el depósito que establece la LEY 11.723

Impreso en Argentina – Printed in Argentina


FOTOGRAFÍAS E ILUSTRACIONES

Jorge Cazenave: Foto, Tapa y fotos capítulos 3-15 y 16

Alexis Garay: Foto, Sobre el Autor

Alejandra De Falco: Dibujo Orca, capítulo 1

Jorge Antonio Borro: Foto, capítulo 14

Alberto Patrian: Foto, capítulo 22

Orcaman: fotos y dibujos, capítulos 8-11-15-20-31-32

Ricardo Kruszewski, Omar Molea: capítulo 32

Roberto Fontanarrosa: dibujo, capítulo 34

Dedicado a mis hijas Jéssica, Verónica, Daira y a mis nietos Federica, Martina y Joaquín. Con la esperanza de que en un futuro cercano vean el resultado de una lucha que por momentos me quitó el hermoso tiempo de estar cerca.

A Patricia por su amor, paciencia y su apoyo en los momentos difíciles.

A mis padres y hermanos quienes supieron inculcarme desde pequeño que la libertad merece ser intensamente disfrutada y otorgada.

Finalmente a quienes me sorprendieron un día con su magnífica y casi mágica presencia y me permitieron integrarme a su grupo, desde mi cielo seco a su cielo húmedo ¡las orcas: Bernardo, Mel, Des! porque están siempre presentes en su ausencia.

PREFACIO DE LA PRIMERA EDICIÓN

Existen muchos libros sobre mamíferos marinos, algunos de ellos acerca de la orca, Orcinus orca, el más grande de los odontocetos de la familia Delphinidae. El presente libro, “ORCA Entre el mito y la realidad” es uno de los mejores y celebra la grandeza, habilidades y belleza de esta magnífica criatura. Mientras leía el libro vinieron a mi memoria los recuerdos de días remotos, cuando Juan Carlos López corría por las playas de Punta Norte, Patagonia, con la libreta de notas en la mano, dibujando las aletas dorsales de las orcas que se encallaban en la playa para capturar a los pinnípedos en la zona somera donde termina la tierra y comienza el mar. Juan Carlos fue uno de los primeros en identificar a todos los miembros de un grupo social de orcas a través de la forma de la aleta dorsal y de la mancha en forma de “silla de montar” que tienen en el dorso. Fue también un pionero al decirnos lo que las orcas de este grupo hacían día tras día y formular hipótesis sobre sus estrategias sociales. Él reconoció por primera vez la manera en que las orcas adultas enseñan a los jóvenes a cazar y publicó los resultados de sus observaciones en la aclamada revista internacional Journal of Mammalogy, a pesar de que no contaba con un grado universitario ni estudios formales de comportamiento animal. El lector podrá encontrar esos conocimientos y el sentido de admiración de Juan Carlos en cada página de este libro. Me alegra saber que tengo la fortuna de contar con la amistad de este excelente naturalista y ser humano.

Desgraciadamente, hay una parte triste en esta historia, pues las orcas y otros mamíferos marinos no son siempre tratados con el respeto que los humanos quisiéramos que nos trataran a nosotros mismos. Por el contrario, orcas en Argentina y en otros lugares del mundo han sido atacadas por los humanos, capturadas para exhibirlas en acuarios y, en algunas ocasiones, marginadas a los limites de su distribución por la industria, sobrepesca, degradación del hábitat y otros actos de este mundo moderno. Juan Carlos nos dice acerca de estos problemas y describe la manera de resolver algunos de ellos. Su investigación de largo tiempo Proyecto Orca Patagonia – Antártida, enseña al mundo sobre este magnífico mamífero, su biología, comportamiento, ecología y los problemas que enfrenta. Con la dedicación, cuidado y atención de Juan Carlos y personas como él, tenemos la esperanza de que la orca será tratada con mayor respeto y cariño por gente mejor educada y que la ecología de esta especie cosmopolita será conservada. Este libro es un paso en la dirección correcta.



Respetuosamente,

Bernd Würsig Ph.D.

Friendswood,

Texas USA

INTRODUCCIÓN

Esta segunda edición ampliada de mi primer libro es por pedido de muchas personas asistentes a mis charlas sobre orcas, que deseaban conseguir la primera edición lo cual es casi imposible e insistían en que vuelva a editarlo. Esto me permite hacer algunos cambios, respetando la historia inicial a través de la cual pude vivir en Patagonia, ser buzo profesional, guardafauna, estudioso de las orcas y actualmente Guardaparque. Tal cual hice con la primer edición no facilite a amigos o conocidos el manuscrito para ser leído y criticado, ya que ello me hubiese hecho sentarme a reescribir partes del texto para que quede mejor, con lo cual mis palabras e ideas habrías sufrido cambios que otros proponían. Preferí mantener firmemente la honestidad con cada uno de ustedes, mis lectores. No pretendí escribir un libro bonito sino un libro que refleje mi pensamiento tal cual es, ya que entiendo que es la única manera de poder trasmitir lo que siento, vivo intensamente, disfruto y sufro. Pretendo con ello que sientan que están a mi lado cuando lo lean.

Puedo decir, sin equivocarme, que al observar por primera vez un grupo de siete orcas pasando frente a la reserva en la cual era guardafauna, quedé absolutamente fascinado al punto que llegué hasta a soñar con ellas. Fue entonces que, a partir del 8 de enero de 1975, decidí comenzar a tomar los primeros datos diarios sobre la conducta de las orcas que pasaban regularmente frente a mi casa en Punta Norte, Península Valdés. Mi vida cambió fundamentalmente y a su vez las orcas de esta parte de la Patagonia comenzaron a ser entendidas, respetadas, admiradas y protegidas por quienes hasta ese entonces pensaban que eran simplemente ballenas asesinas. En 1979 pude dar a conocer a la ciencia mundial la complicada técnica de varamiento intencional que las orcas realizan para capturar presas sobre la playa, algo tan común de observar para mí, como tan sorprendente para los investigadores que escucharon y vieron las imágenes que mostré en mi presentación durante la Third Biennal Conference of Biology of Marine Mammals. Seattle, Washington, USA, quienes por primera vez veían esa conducta en orcas.

Esta segunda edición les permitirá a los amantes de las orcas libres, conocer los últimos acontecimientos como así también seguir de cerca que sucede con las capturas de orcas para que los acuarios sigan lucrando. Espero que este segundo libro pueda llenar el espacio que aún existe en Argentina para llegar a la comprensión de la conducta de orcas, no como ballena asesina, sino como un delfin que cumplen con el equilibrio de un ecosistema, que algunos humanos se empeñan en destruir motivados por la explotación de sus recursos ya no tan renovables, vaciando sus zonas de pesca y usando el mar como un gran recipiente de residuos. Es mi intención que a través de sus páginas pueda hacerlos sentirse parte de mis vivencias, luchas y respeto hacia las orcas, con la esperanza de que al final sientan la motivación que me hizo sentir la necesidad de estudiarlas y seguirlas tras su estela, esta vez como Guardaparque de una zona maravillosa donde se protege a las ballenas francas del sur, o sería mejor decir ¡Donde nacen los gigantes!

AGRADECIMIENTOS

Escribir sobre mi trabajo de orcas en Península Valdés no habría sido posible sin la motivación que me brindó el amigo Adrián Giménez Hutton, quien me dio la posibilidad de hacerlo realidad cuando charlando sobre orcas en mi casa, café de por medio, me sugirió que debía escribir mis experiencias para que no se pierdan en el tiempo. Él, como director de la colección Rumbo Sur de editorial Sudamericana hizo realidad aquel proyecto. Adrián fue no solo un amigo, escritor, explorador, excelente abogado, sino que además, era el presidente del capítulo argentino de The Explorers Club de New York, del cual fui miembro. Lamentablemente, falleció el 28 de abril del 2001 en un accidente aéreo cuando, junto a otros nueve amigos, iba a Punta Bandera, dentro del Parque Nacional Los Glaciares; para hacer lo mismo que el perito Francisco Moreno hizo 124 años atrás: izar en ese lugar una bandera argentina.

Mi extrema gratitud a Editorial Sudamericana, hoy Ramdon House Mondadori, quienes confiaron en mis solicitándome escribir la primera edición de este libro.

Al Dr. Claudio Campagna a quien admiro y considero uno de los mejores especialistas del mundo en etología, quien además de compartir conmigo largas horas en Punta Norte leyendo y discutiendo libros sobre conducta animal, fue quien me hizo el honor de presentar la primera edición de este libro en Puerto Madryn.

Al momento de agradecer seguramente voy a olvidar mencionar a varias personas que tuvieron algo que ver con mi trabajo, por ello pido perdón anticipado.

A Jorge Alfredo Depasquali quien me ofreció su puesto de guardafauna.

A Antonio Torrejón creador, a fines de los 60’, de las reservas de fauna de Chubut, quien me permitió ingresar al cuerpo de guardafauna y apoyó mi trabajo convirtiéndome en el primer guardafauna en realizar un trabajo de investigación científica. A Carlos Medina y su familia, compañero guardafauna en Punta Norte, con quien pasamos años cuidando y hablando con los visitantes, para que no solo vean la fauna, sino sepan que estaban mirando y comprendieran la necesidad de la conservación

Estaré siempre agradecido al ya fallecido José Gaspar Pepitoni quien, como director de conservación de la provincia del Chubut y mi jefe directo, fue quien tramitó mi autorización oficialmente para que pudiera realizar tal actividad en el marco de mi trabajo como guardafauna de Punta Norte (1974 a 1986) y siempre apoyó e incentivó mi investigación.

A Diana, en ese entonces mi esposa, quien colaboró en todo momento tanto en las tareas de la reserva y la investigación.

Al Dr. Ph. Roger Payne y Katy, quienes supieron ofrecerme su amistad, familia y conocimientos tanto en Argentina como en los Estados Unidos impulsándome a estudiar orcas, siendo luego los padrinos de mi hija Jéssica. Con Roger compartí momentos de experimentación con sus innovadores equipos, en ocasiones algo peligrosos pero no por ello menos efectivos.

Al Dr. Ph. Bernd Würsig y su esposa Melany quienes me brindaron su amistad y conocimientos, y además Bernd no solo aceptó ser mi asesor científico, a pesar que yo no lo era, sino que me facilitó su tiempo y se encargó de leer en inglés mi investigación sobre el varamiento intencional de orcas el 9 de octubre de 1979 en la 3° Bienal de Biología de Mamíferos Marinos en Seattle. Es en honor a ellos que las orcas Bernardo y Mel fueron bautizadas

A la familia Nicoletti, a los fallecidos Jorge Pérez Serra y Héctor Mangini, quienes siento como parte de mi familia en Madryn, fueron los que me alentaron a dejar Buenos Aires para vivir en Patagonia y ser buzo profesional. Compartí con ellos hermosos años de actividades bajo el agua lo que me permitió ingresar al mundo de las orcas.

Existen diversas personas y organizaciones sin cuya ayuda mi investigación reflejada en parte en este libro no hubiera sido posible, William Conway presidente Wildkife Conservation Society quien al visitarme en Punta Norte y compartir un día observando orcas, confió en mi trabajo y ofreció la ayuda necesaria para la continuidad del mismo y viajar a EEUU para presentar mi trabajo, a Whale and Dolphin Conservation Society, Walt Disney Productions, Subsecretaría de Ciencia y Tecnología e INIDEP, a la Dirección Nacional del Antártico, Instituto Antártico Argentino y Armada Argentina por su colaboración y apoyo a mis investigaciones en el maravilloso continente blanco. A mis compañeros y amigos de la Expedición Proyecto Orca Antártida 90–91, Ricardo Kruszewsky, Omar Molea y Carolina Diby.

A Kenneth Norris y Michael Bigg, a Albert Erickson, Ken Balcomb, Paul Spong y Helena, John Ford, Christophe Guinet, Peter Tyack, Christopher y Jeany Clark, Kathleen O´Connell, Peter Bruchhausen, Peter Thomas y Sara Taber, Des y Jen Bartlett, Jerye Mooney, Miguel Iñiguez, Hugo Castello, Beatriz de Anigati (Embajada de Canadá), Mario Cozzuol, Luis Abel Orquera, Natalie Goodall (fallecida), María y Martín Hall, Ingrid Visser, Jeff Fott, David y Elizabeth Parer Cook, Juan Copello, Carlos Passera, José María Musmeci, Roberto García Vera, Valeria Falabella, Luis Antonio Borro, Pablo Pascuzzi, Willie Paats, Daniel Rivademar, Axel Bos, Alfredo Lichter, Sociedad Italiana de Puerto Madryn, José María Chiaramonte y Rubén Petrucci, Club Social y Deportivo Madryn, Alberto Roemmers, Municipalidad de Puerto Madryn.

A quienes compartimos horas esperando orcas y trabajando en la reserva de fauna Dr. Gerardo Hasse (recientemente fallecido), Dr. Manfred Hasse, Eduardo Monteagudo. A quienes brindaron sus fotos y amistad esperando orcas: el fallecido Alberto Patrian quien nos dejó para siempre entre saltos de ballenas, Matías Soriano. Muy especialmente a mis vecinos más cercanos de la estancia La Ernestina a 5 kilómetros de Punta Norte, el ya fallecido “Gringo” Paz, a su esposa Eva, y la familia Copello quienes brindaron, tanto a mí como a mi familia, su ayuda y amistad con generosidad y gran calidez, continuando desde hace años la actividad turística y de investigación sobre orcas en Punta Norte.

No puedo olvidar a quienes colaboraron en mis disertaciones y campañas contra el cautiverio: mis alumnos, profesores y directivos del Club Municipal de Ciencias de Puerto Madryn, None Torregianni, Analia Pirronitto, Aldana Baez, Chantal Arguiano. A Marcela Nabte, Emilia Castro Damiano, Bárbara Schapert, Lucia Alzugaray, Irene Cervera, Laura Ruiz, Pablo Meyer, Roberto García. A los directivos y personal del Museo Provincial De Ciencias Naturales y Oceanográfico de Puerto Madryn, quien me brindaron durante años el auditorio de ese maravilloso museo para dar un ciclo anual de charlas sobre orcas. A Néstor González de la empresa de viajes y turismo “Chucao” por su permanente colaboración en folletería contra el cautiverio y facilitándome la posibilidad de dar charlas sobre orcas a los miles de alumnos de diferentes escuelas de Argentina y Uruguay que realizan viajes de estudio a Puerto Madryn. Al gran amigo Sergio Rinaldi y su familia por facilitarme dar conferencias sobre la vida de las orcas en el maravilloso Ciclo de Ecología en la ciudad de Rosario. Al profesor Norberto Ovando de la Asociación Amigos de los Parques Nacionales “Perito Francisco P. Moreno” por su apoyo e incentivar mi trabajo.

Mi profundo respeto y agradecimiento por su amistad y fuertes vivencias compartidas a Paul Atkins y Michael DeGruy (fallecido en 2012) camarógrafos de la BBC durante la película “Las Pruebas de la Vida” con quienes buceamos con orcas para filmarlas bajo el agua, intentando filmarlas cuando se alimentan y saber si atacaban al hombre, a David Attenborough, Donaldo MacIver, Keith Turner y a la fallecida y siempre recordada productora Marion Zunz de la BBC.

Al Arquitecto Hans Kretschmer que tuvo la cordialidad de relatarme el ataque de orca que sufrió cuando surfeaba y me autorizo a utilizarlo, por lo cual lo transcribí tal cual en este libro.

Al equipo del 1° programa documental argentino “La Aventura del Hombre” por producir el documental “ORCA” en 1982 haciendo conocer mi trabajo en nuestro país. Al Dr. Luis Cappozzo quien además de haber trabajado y colaborado durante años en la reserva de fauna a mí cargo, y ser un gran amigo y riguroso investigador, fue el gestor del documental, en preparación, “El Guardián de las Orcas” que trata sobre mi vida, y a los integrantes del equipo de filmación productor Guillermo De Sousa y cámara Javier Corbalán de DESOUSA Producciones, quienes no solo supieron comprenderme sino que me brindaron su respeto y amistad. Mi agradecimiento a Aline Alexandre quien se ofreció desinteresadamente a traducir el libro al idioma portugués. Aline trabajó como guardaparque auxiliar en el Área Natural Protegida el Doradillo, donde me desempeño como guardaparque. Pude comprobar su gran compromiso y preocupación por la protección de la naturaleza y conoce y comparte mi pensamiento sobre la necesidad de educar para preservar. Ella vive en Brasil y su traducción del libro facilita llegar a otros lectores, con otras problemáticas ambientales que incluyen las orcas.

A los amigos e increíbles fotógrafos Jorge Cazenave, Alexis Garay y al siempre recordado Alberto Patrian, quien desde el inicio de mis investigaciones puso a mi disposición sus fotos, algunas ilustran este libro desde su primera edición. La colaboración de ellos, me permite contar con imágenes que de otra manera sería muy difícil obtener. A la amiga y gran artista visual Alejandra De Falco por su hermosa pintura de orca que ilustra el primer capítulo.

Mi especial agradecimiento a mi esposa Patricia Blanco por su paciencia al leer y releer el manuscrito. Sus sugerencias, y en ocasiones emotivas lágrimas al leer algunos capítulos me brindaban la tranquilidad de que iba por el camino correcto.

A los lectores de la 1° edición, quienes se tomaron el trabajo de comunicarse con la editorial Sudamericana para solicitar mi anterior mail dado que olvidé incluirlo en la primer edición y me enviaron cientos de e-mail, con sus comentarios plenos de sentimientos hacia las orcas y queriendo hacerme conocer que mientras leían sentían que estaban a mi lado observando orcas, sintiendo el viento, el sonido del mar, el chillar de las gaviotas o el soplido de las ballenas. A ellos y a ustedes que tienen en sus manos la II° edición, les digo ¡MUCHAS GRACIAS!

Por último a los guardafaunas y guardaparques que compartieron y comparten conmigo la interminable lucha que significa conservar las áreas naturales protegidas. A los que dieron su vida por esta tarea ¡mi más profundo homenaje!

Juan Carlos López – orcaman-

Director

Proyecto Orca Patagonia-Antártida

E-mail: jclorcaman@gmail.com



1
EL CAMINO DE MIS SUEÑOS

Si hay un deseo, hay un camino

Dicho Wasili

Miro a Buenos Aires y veo una ciudad atestada de gente que se desplaza según el ritmo del reloj: sus pasos apresurados marcan el tiempo a utilizar. Cada individuo reserva para sí sus inquietudes, sus miedos y sus preocupaciones. Cada individuo lucha minuto a minuto y segundo a segundo por mantener su territorio dentro de la febril actividad que se desarrolla en ese centro partido por una arteria vigorosa: la Avenida 9 de Julio.

Desde la ventana del departamento que alquilo en un cuarto piso de Carlos Pellegrini al 900, soy un simple observador de esa colonia humana a la cual pertenezco. Me maravillo por la habilidad que demuestran para evitar los enfrentamientos: las reglas de educación y moral, o el mero sentido de la supervivencia, hacen que muchos conflictos se apaguen en miradas fulminantes, insultos entrecortados, gritos o empujones. Esos rituales son intentos, a veces no premeditados, de eludir la pelea y el consiguiente daño físico.

Frente a los seres humanos se desplazan imponentes y veloces predadores mecánicos: un mínimo error significaría ser arrollado. Si eso sucediese, cientos de otros automóviles seguirían circulando sin que sus conductores se preocuparan por lo ocurrido, más allá de una mirada curiosa que serviría como anécdota para mencionar al fin del día.

Los jóvenes machos interrumpen el descanso de los dominantes que cuidan el harén con sus numerosas hembras. Ellas se mueven suavemente para acomodarse sobre el redondeado pedregullo de la playa, hasta que lo adaptan a las formas de sus cuerpos. Así intentan regular la alta temperatura del mes de marzo que apenas apacigua un poco la brisa marina.

Desde mi ventana puedo observar a las madres que cuidan el torpe e inexperto andar de sus pequeños; al mismo tiempo, a ellas las cuidan sus parejas, hombres que, como al pasar, miran el desplazamiento de algunas jóvenes señoritas de encanto inquietante, o señoras que lucen la madura elegancia de la mujer argentina.

En el mar, los predadores naturales avanzan dentro de su territorio de alimentación. No nadan tranquilamente como cuando realizan actividades de juego, patrullaje o descanso: buscan su alimento en una coordinada formación estratégica que les permite aprovechar el descuido de las madres y la inexperiencia de los cachorros. Y atacar.

Los machos miran, indolentes e inmóviles en el territorio que obtuvieron en la playa. Sólo se preocupan por controlar que las hembras de su harén se mantengan en su lugar.

Desde mi punto de observación ubicado en el inicio de una suave pendiente en la ancha playa de Punta Norte, Península Valdés, a unos cincuenta metros de la colonia de reproducción de lobos marinos— puedo ver cómo algunos cachorros miran la poderosa aleta dorsal de la orca que se acerca lentamente. Mientras surge del agua, semejante al periscopio de un submarino, la lobería desarrolla su normal actividad de descanso, peleas territoriales, nacimientos y copulaciones. Sólo algunos ejemplares más cercanos al mar miran por algunos instantes el andar de las orcas que se aproximan a la costa.

El gran macho B3 (Bernardo) nada lentamente: desplaza su cuerpo de aproximadamente siete metros y varias toneladas y deja ver su ancha y alta aleta dorsal que corta la superficie del mar. Con un violento movimiento de su aleta caudal, se lanza hacia un grupo de quince cachorros de lobos que juegan en el agua, a sólo un metro de la costa. Dos hembras que nadan junto a ellos les advierten rápidamente del peligro.

Una madre llama a su pequeño hijo para indicarle que no debe abandonar la seguridad de la vereda o plaza. Le señala el peligro que representan los conductores de automóviles quienes, al recibir la luminosa señal verde del semáforo – muchas veces, antes— se lanzan a gran velocidad. Algunas madres, despreocupadas de las actividades de sus hijos, hablan entre sí o simplemente están ausentes. Sigo observando desde mi ventana y me pregunto cuánta presión contenida acumulan las personas que intentan ganarle al tiempo.

Puedo sentir el infaltable viento patagónico que roza mi cuerpo mientras soy testigo una vez más de un movimiento en el tablero de la selección natural. Bernardo nada vigorosamente y embiste casi de frente a los cachorros. Algunos no advirtieron el aviso de las hembras; otros no pudieron evaluar a tiempo el peligro por su inexperiencia. Los (quizá) más aptos salen rápidamente del mar, en una suerte de galope hacia la colonia. Al mover con fuerza su cuerpo varado, Bernardo hace estallar el agua a su alrededor: confundiendo aún más a los cachorros y con un rápido movimiento lateral de cabeza captura a uno, al que mantiene firmemente entre sus dientes fuertes y cónicos.

Luego de la captura – y mientras el resto de los catorce cachorros se unen a la colonia y ponen distancia con la zona de acción—, Bernardo efectúa bruscos balanceos dorso ventral que le permiten girar hacia el mar. Allí nada hasta encontrarse con su hermano Mel (B5), con quien compartirá el alimento.

Luego del alejamiento de las dos orcas, permanezco algunas horas en mi puesto de observación. Los lobos marinos retornan a sus actividades: algunos ingresan al mar para alimentarse, otros para disfrutar de su temperatura, otros para jugar entre las restingas y las algas.

La brisa marina rodea mi cuerpo con un frío abrazo mientras la luna va dibujando sobre la superficie del mar una vigorosa arteria plateada que palpita aunque no tiene autos, semáforos o gente apurada. En este escenario rigen aún las normas naturales de la vida y la muerte, que me dan un lugar: el del observador que decidió cerrar una ventana de un cuarto piso para adoptar las playas de la Patagonia como forma de vida y a las orcas como compañeras de trabajo.



Hoy puedo decir que soy feliz. Pero la decisión no fue fácil: nací, me crié y viví hasta los veintiséis años en el micro centro de la ciudad de Buenos Aires. El departamento que alquilaba y mi cómodo trabajo como cajero en el Jockey Club distaban unos mil quinientos kilómetros de Puerto Madryn, ciudad patagónica que elegí para radicarme con quien era, en ese entonces, mi esposa Diana y nuestra primera hija Jéssica Valeria, que tenía sólo un año.

Las orcas no fueron el motivo determinante para que dejara Buenos Aires. No era – ni soy— biólogo; además, en aquel año 1972 no tenía idea alguna de lo que podía ser una orca. La historia de mi vida cerca y dentro del agua comenzó en realidad nueve años antes, en 1963, cuando tuve mi primer y decisivo contacto con el mar. Mi amigo José Pepe Dueñas me llamó para comunicarme, muy entusiasmado, que acababa de conocer a un buzo de Puerto Madryn y que quería presentármelo. Me esperaban en una confitería.

Para los argentinos de mi generación, inclusive para aquellos que teníamos algún interés en el tema, el buceo local se limitaba a la clásica serie televisiva Caza submarina, que protagonizó el legendario Lloyd Bridges, y algún equipo Plaf (¿quién no lo tuvo?) recibido como regalo de Navidad, Reyes o cumpleaños. Ver a un buzo de verdad era una propuesta imposible de rechazar.

Máximo Nicoletti resultó ser un buzo deportivo joven y muy ameno, poseedor de una gran sonrisa y un enorme entusiasmo. Como resultado de esta reunión de varias horas, me lancé a mi primer viaje, en el verano de 1964, a Puerto Madryn.

A los tres días de nuestra llegada, Pepe y yo ya nos sentíamos integrados: casi todos nos conocían y conocíamos a casi todos, algo habitual en una ciudad chica. Ubicada a orillas del Golfo Nuevo, Puerto Madryn tenía sólo cinco mil habitantes, pero su atractivo principal no era el urbano sino un mar azul y transparente que permitía observar el fondo a treinta metros de profundidad. Hoy las aguas del golfo se mantienen transparentes, pero la visibilidad no es tan perfecta como entonces, cuando daba vértigo meter la cabeza bajo el agua y observar el distante fondo. Recuerdo que la primera vez que lo hice tuve la sensación de estar suspendido en el aire y no flotando en la superficie del mar.

Acostumbrados al calor húmedo y pegajoso de Buenos Aires, el clima seco nos asombraba: se podía lavar un jean a las diez de la mañana y usarlo dos horas más tarde. También la ausencia casi total de contaminación ambiental era una sorpresa: aspirábamos un aire de pureza única y podíamos utilizar una misma camisa dos días seguidos sin que mostrara marcas de suciedad en el cuello y los puños, como sucede en Buenos Aires a las pocas horas de uso. Hoy, en cambio, es imprescindible renovar a diario la remera o camisa, a las que se adhiere suciedad como pago por el beneficio del crecimiento industrial y poblacional.

Aquella pureza ambiental nos sorprendía, además, con un cielo nocturno donde las estrellas parecían multiplicarse a cada instante alrededor de la Cruz del Sur. Noche a noche nos sometíamos a un trance casi hipnótico ante ese escenario iluminado donde la luna era la única vedette, hasta que en algún momento una estrella fugaz nos sacudía.

Pepe y yo recibimos las primeras clases prácticas de buceo de Máximo y su primo Cristóbal, quienes nos permitieron ingresar al mundo del silencio, como se decía entonces. A la vez, Pino y Bruno Nicoletti – renombrados buzos y propietarios de una fábrica de equipos para la actividad y representantes de Cressi-Sub, de Italia— nos brindaron sus conocimientos sobre fisiología y física del buceo con la ayuda de unos textos en italiano.

Éramos tan felices que ni siquiera nos importaban las incomodidades del antiguo regulador Mistral de dos mangueras que acompañaba al botellón de aire. Si por alguna causa el regulador se salía de la boca, había que hacer malabarismos para quitarle el agua alojada en su interior. Por lo general, si la técnica – inclinación del cuerpo, giro de cabeza, movimiento del brazo y mano con la boquilla en la posición correcta para colocar en la boca— no se llevaba a cabo correctamente, la alternativa era tragar el agua que permanecía en la manguera: algo así como tomar un vaso de agua debajo del agua.

2
DONDE NACEN LOS GIGANTES

“Pocos son entre los hombre que llegan a la otra orilla;

la mayor parte corre de arriba a abajo en estas playas” Buda

La costa de Puerto Madryn tenía un encanto especial: la alternancia de playas de arena con una suave inclinación hacia el mar y playas de pedregullo (rodado patagónico) con una fuerte inclinación y profundidad. Pocas casas, ondulantes médanos, el permanente susurro del viento, el ruido del flujo y reflujo del mar contra las hilachas de tierra y una soledad interrumpida apenas por gaviotas y gaviotines completaban el atractivo del paisaje.

Una mañana, al salir de la carpa que ubicamos frente al mar (en un terreno donde Bruno Nicoletti construiría luego su casa) vimos con asombro dos grandes rocas que sobresalían del agua a pocos metros de la costa. Ni Pepe ni yo recordábamos haberlas visto antes, pero mayor fue nuestra sorpresa cuando Luisa, la mamá de Máximo Nicoletti, nos informó que no eran rocas sino dos ballenas francas del sur. Entre risas, Luisa nos informó que todos los años llegan al golfo para reproducirse y ésas que veíamos seguramente estaban descansando.

La explicación no hizo menos increíble el espectáculo que sucedía a pocos metros de nuestra carpa. Esa primera observación de una ballena viva me dejó absolutamente fascinado. Aún hoy, luego de cientos de avistajes de distintas especies de cetáceos, nada ha superado a aquel primer encuentro.

Guiados por los Nicoletti, visitamos algunos de los importantes apostaderos de lobos marinos del sur (Otaria flavensces) y elefantes marinos del sur (Mirounga leonina) ubicados en la Península Valdés. También conocimos a los guardafaunas encargados de protegerlos, y la vida de esos hombres solitarios me atrapó.

Meses antes, atraído por la noticia de la creación de dichas reservas, había enviado una carta a la Dirección de Turismo de la Provincia de Chubut para preguntarles cuáles eran los requisitos para ser guardafauna y para manifestarles mi interés en serlo algún día. Semanas después recibí una respuesta: los cargos estaban cubiertos, pero me tendrían en cuenta para el futuro. Ahora que los Nicoletti me habían mostrado a los guardafaunas en acción, estaba más seguro que antes de mis ganas de dedicarme a eso.

Fue difícil desarmar la carpa luego de quince maravillosos días frente al mar, pero me ayudó la certeza de que volvería tan pronto como pudiera. Lo que no sabía era que volvería con un equipo tan hermoso como el que me armaron los Nicoletti. Mientras Luisa y Pino nos trasladaban hacia la terminal de ómnibus, se detuvieron en su fábrica. Allí, prolijamente ubicado sobre un mostrador, esplendía un vestuario de buzo completo: traje de neoprene, casco, botas, guantes, cinturón con lastre, luneta, aletas, snorkel, cuchillo, brújula y bolso porta equipo. Luisa y Pino dijeron que me apurara a guardarlo en el bolso, o iba a perder el ómnibus. Confundido, los escuché contar que habían trabajado fuera de horario para terminar mi traje antes de mi partida y darme la sorpresa.

No me alcanzaron las veinticinco horas del viaje a Buenos Aires para creer lo que esta gente había hecho, con tanto cariño, por mí. Viajé con el bolso sobre mis rodillas, mirando y tocando cada parte del equipo, mientras en mi interior bullían los recuerdos y comenzaban a gestarse algunos cambios que poco a poco me llevaron a vivir en contacto con la magia de la Patagonia, sus horizontes sin límites, su imponente naturaleza, sus ballenas y su gente.

En Buenos Aires no podía dejar de pensar en ese lugar al que llamé Donde nacen los gigantes, que reúne las condiciones ideales para ser una nursery de ballenas, donde me sumergí por primera vez y encontré las obras de arte más delicadas y sorprendentes salidas de la mano de esa creadora llamada naturaleza. ¿Y cómo dejar en el pasado a las personas que me brindaron su amistad, su casa y su experiencia? ¿Cómo olvidar a los que dedicaron su valioso tiempo a enseñarme los secretos del buceo y abrieron para mí la fina película de agua que me separaba del fondo del mar y sus criaturas?

Volví a la rutina diaria: diseños de dibujos para imprentas, algunos trabajos publicitarios, mi empleo en el Jockey Club. Me casé y nació mi primera hija. Y, mientras sucedía todo eso, practicaba buceo en el Río de la Plata, en lagunas y en la pileta del Centro de Educación Física Nº 1 (junto a la gente de ASES, Agrupación Sudatlántica de Expediciones Submarinas Jules Rossi) y, esporádicamente, en Puerto Madryn.

La oportunidad de volver al sur por un período importante llegó en el verano de 1970: Pino Nicoletti me propuso que viajara a Madryn para colaborar en una ilusión que se transformó en la primera empresa argentina para el traslado de turistas al fondo del mar. Hoy esa actividad se denomina bautismo submarino y tiene un gran desarrollo.

En cuanto el Jockey Club aceptó mi pedido de licencia sin goce de sueldo, cambié el vidrio protector por el cual veía y atendía a los socios por el visor de mi máscara de buceo.

Al lado de la sección ventas de la fábrica Cressi-Sub, en Puerto Madryn, se habilitó un sector, no muy confortable, donde recibíamos a los futuros aspirantes al bautismo submarino. Armábamos grupos de cuatro o cinco turistas con ninguna o poca experiencia en buceo o en natación y los poníamos a cargo de un instructor, generalmente buzo profesional, que les daba lecciones teóricas y los guiaba en una inmersión conjunta en el muelle Luis Piedra Buena (conocido como el Muelle Viejo) hasta una profundidad de entre tres y ocho metros, según las condiciones de las mareas. Esta actividad requería una buena preparación física y mental, además del espíritu de aventura, que en mi caso reemplazaba la falta de experiencia como instructor de buceo.

Al comienzo acompañaba a Enrique Dames – un buzo experimentado, de gran habilidad didáctica, tal vez debida a su trabajo de maestro primario— en calidad de observador. Pero al tercer día de acompañarlo, sorpresivamente, me presentó como uno de los guías instructores y dividió en dos al grupo que tenía a su cargo. Sin opción, hice mi primera experiencia como guía instructor de buceo. No sólo fue exitosa, sino providencial: si Enrique no hubiera tomado esa decisión, yo habría dejado pasar buena parte de la temporada de verano antes de solicitar un grupo para guiar.

La experiencia no sólo fue positiva para la empresa (los bautismos submarinos se convirtieron en un boom turístico): para mí significó una posibilidad de trabajo futuro y me permitió conocer a buceadores por quienes guardo un gran respeto y admiración, como Mariano Malevo Medina, Peke Sosa, Carlos Loco Beloso, Jorge Pérez Serra, Nelson Dames, Cacho Comes, Néstor More, Pancho Sanabra y tantos otros que me acercaron a las orcas y los tiburones, temas habituales cuando charlan los buzos.

3
ORCAS ENTRE EL MITOS Y LA REALIDAD

“El arte la literatura y el mito, son los elemento

por medio de los cuales conseguimos que se escuche”

Dr.Ph Roger Payne

Las orcas atraparon tanto mi atención que empecé a buscar información con enorme ansiedad. Al principio, la diferencia de criterios en los relatos de observaciones y/o ataques de orcas a humanos resultaba muy confusa. Por lo general, los ataques se perdían en el tiempo (“me lo contó hace muchos años un amigo de un tipo conocido, a quien a su vez se lo había comentado un amigo cuyo padre escuchó la historia de un marino o un buzo”) o en imprecisiones por el estilo. En conjunto, daba la impresión de un gran rompecabezas al que siempre le faltaban piezas.

Con el deseo de solucionar el problema, de vuelta en Buenos Aires me dediqué a buscar bibliografía sobre el tema. Y encontré un problema adicional: el material disponible era escaso. También mi tiempo se volvió escaso: en el segundo semestre de 1972, Pino Nicoletti y Jorge Pérez Serra me citaron en La Casa del Buceador para invitarme a tomar las riendas de la empresa Turismo Submarino pronta a inaugurarse en Puerto Madryn. Acepté la propuesta sin pensarlo dos veces.

En la década del ’70 y en una ciudad patagónica aislada de los grandes centros culturales, conseguir información científica sobre orcas era una utopía. Cambié mi rumbo y traté de acceder al mayor número de publicaciones relacionadas con el buceo, la pesca y la náutica. Como no podía ser de otra manera, comencé con el clásico El mar viviente, de Jacques Yves Cousteau. Allí, luego de un fascinante relato de la actividad de orcas en la captura de ballenas, se lee: “Para mí, las orcas no son más que delfines más grandes y más bellos. El macho puede alcanzar una longitud de 7,5 metros y posee poderosas mandíbulas provistas de grandes dientes, con los que podría hacer pedazos a un hombre, aunque no se sabe que lo haya hecho nunca. Varios buceadores marroquíes dignos de confianza que se encontraron en presencia de espolartes – así llamaban a las orcas—, informan que se acercaron a ellos para nadar un rato a su alrededor. Cuando saciaron su curiosidad, se alejaron como hubieran hecho los delfines corrientes”.

Con la opinión opuesta, Alberto Vázquez-Figueroa sostiene en su libro Viaje al fin del mundo: Galápagos: “La orca, la asesina de ballenas, la devoradora de focas. El monstruo más sanguinario y terrible de los mares, capaz de atacar las barcas de pesca, hacerlas volcar y después tragarse de un sólo bocado a sus ocupantes”. A esa línea adhiere Ángel Cabrera, quien escribió en el apartado Mamíferos sudamericanos de su Historia natural: “Todos los autores que han tenido oportunidad de estudiar de cerca las costumbres de la orca están de acuerdo en confirmar la fama de animal feroz que le dieron los antiguos. Es un cetáceo sanguinario como ningún otro, y el único que se alimenta normalmente de vertebrados de sangre caliente (…) Dada su voracidad, la orca es uno de los animales marinos más dañinos”.

Los primeros textos que mencionan a las orcas presentaban ese sesgo. Durante el Imperio Romano, en el año 50, Plinio el Viejo observó el sacrificio público de una orca varada en el puerto de Ostia, cerca de Roma, y describió al animal como “una enorme masa de carne armada de salvajes dientes; enemigo de otras ballenas, las carga y las penetra como barcos de guerra”. En la Edad Media, a mediados del siglo XII, el Speculum Regale dice: “Tienen dientes iguales a los de los perros, y son tan agresivas con los demás cetáceos como los perros lo son con los restantes animales terrestres. Las orcas, pues, se agrupan y atacan a grandes ballenas. Y cada vez que se encuentran con una ballena solitaria, la acosan a mordiscos hasta que muere por esta causa, aún cuando, antes de morir, la ballena puede matar a un gran número de atacantes con su poderoso soplido”.

Esa mirada sobre las orcas ha mantenido su hegemonía. Dice Fred M. Roberts en Bases del SCUBA (La Biblia del buzo deportista): “Las orcas han tomado el nombre de ballenas asesinas por su rudeza y ferocidad para atacar cualquier cosa que nada. Se ha sabido que salen de abajo de los témpanos de hielo y golpean a las focas y a las personas tirándolas al agua; se encuentran en todos los océanos y mares tanto tropicales como polares. Lo único por hacer cuando aparezca una ballena asesina es salirse del agua inmediatamente”.

El U.S. Navy Diving Manual (manual de buceo de la Armada de los Estados Unidos de Norteamérica) dice: “La ballenas asesinas…son extremadamente feroces. Tienen poderosas mandíbulas de dientes afilados y alcanzan grandes pesos y velocidades. Atacan sin vacilar todo lo que encuentren. Si son avistadas orcas todo el personal debería salir del agua inmediatamente.

Otras publicaciones difundidas e importantes también describen a las orcas como asesinas: el Manual del buceador moderno, de Owen Lee (en su momento, el libro más leído por los que eligieron la actividad); Zoogeografía de los mares antárticos, de Rogelio B. López; Tiburones, de Juan Martín de Yaniz; el folleto Antártida Argentina, de la Dirección Nacional del Antártico.

Apenas Whales and Dolphins (Ballenas y delfines), del investigador Everhard J. Slijper, propone algo distinto: “Es dudoso que una orca haya matado a un ser humano”. Pero la opinión generalizada está más cerca del relato de los expedicionarios de Shackleton a la Antártida, cuando los veintiocho hombres que perdieron el Endurance triturado por el hielo trataban de alcanzar la Isla Elefante a bordo de tres botes: “Del oscuro mar, con exhalaciones explosivas y rítmicas, ballenas asesinas de cuello blanco surgían junto a los botes y los evaluaban con sus pequeños e inteligentes ojos. Ernest Holness, quien había desafiado al Atlántico norte, se cubrió el rostro con las manos y lloró”.

Mientras leía estas definiciones sobre las orcas, me llegó la historia del velero Lucette. El 15 de junio de 1972, mientras navegaba a unas 120 millas al S.O. de las Islas Galápagos, en el Pacífico Sur, tres integrantes de un grupo de orcas golpearon el casco de esta embarcación de trece metros de eslora, que se hundió en sólo cuatro minutos. Sus seis tripulantes permanecieron treinta y ocho días sobre un bote, hasta que los rescataron a ochocientas millas de la zona del accidente.

Encontré otros casos como el del Lucette, sin víctimas humanas. En marzo de 1976, el yate oceánico a vela Guía III recorría la última etapa de la regata Atlantic Triangle y se encontraba a unas quinientas millas al S.O. de las Islas de Cabo Verde, cuando cuatro o cinco orcas de unos 6 metros de longitud asestaron un fuerte golpe a la embarcación de aproximadamente quince metros de eslora. El impacto abrió un boquete de treinta centímetros por cuarenta por debajo de la línea de flotación, lo que provocó el hundimiento del Guía III en quince minutos. Sus seis tripulantes nadaron muy cerca de las orcas, hasta el bote salvavidas, sin recibir molestia alguna.

Otros testimonios (el de don Ángel Timinieri, viejo pescador de Puerto Madryn; el de un vecino, Juan Meisen) apuntaron en el mismo sentido: hay humanos que se encontraron con orcas sin ser objeto de su agresividad o siquiera de su interés. Y varios textos y relatos me ampliaron la mirada: no sólo las orcas tuvieron encuentros que perjudicaron a embarcaciones o sus tripulantes, sino que muchos cetáceos participaron de hechos de esa clase.

Por ejemplo, el 15 de junio de 1968, el Siboney fue hundido por ballenas pilotos; su tripulación no sufrió daños y fue rescatada a más de dos meses del accidente. El 4 de marzo de 1973, un cachalote hundió el Auralyn; sus dos tripulantes fueron rescatados casi cuatro meses después. Chihiro Ito, camarógrafo subacuático y amigo, me contó que dos personas murieron en 1984 en la Laguna San Ignacio cuando una ballena gris golpeó con la aleta caudal el bote donde viajaban; también conocía el caso de tres mujeres que se ahogaron al zozobrar su bote luego del golpe de otra ballena gris. Por último, en las aguas de los Golfos Nuevo y San José se registraron incidentes entre ballenas francas, gomones de equipos de filmación, kayak y buceadores, los involucrados sufrieron fisuras de costillas y golpes menores por el gran tamaño y la fuerza de los animales.

Más importante que enumerar casos es comprender el origen de la mayoría: alguna imprudente acción del hombre. La caza comercial, las persecuciones, las molestias y los choques con embarcaciones en áreas de migración, reproducción o crianza son ejemplos tangibles de la necesidad de un mejor control de las actividades humanas con cetáceos. Carl Edmonds escribe en su libro Diving Medicine (Medicina Subacuática): “Los animales marinos estuvieron involucrados en un 3 a 6 por ciento de las muerte de buzos recreativos. En la mayoría de los casos, la provocación fue del humano, quien amenazó el dominio del animal. A menudo el hombre entra al territorio del animal con una clara intención de destruir: por ejemplo, los pescadores, los buzos que llevan arpones o los trabajadores de la construcción subacuática. Aunque la incidencia de ataques serios es pequeña, la especulación y el folklore otorgaron a estos animales un alto perfil”.

Con pocas excepciones, los relatos sobre orcas que iba acumulando se acercaban o compartían la idea del temor. Los autores de esas referencias, aunque muchos no habían visto siquiera a una orca, afianzaban la mala reputación de la especie y contribuían indirectamente a algunas decisiones de las autoridades del área de fauna del país. En 1969, Bete Pérez Maquis y Jorge De Pasquali, guardafaunas a cargo de la Reserva Punta Norte de elefantes y lobos marinos, en Península Valdés, recibieron un fusil Mauser y sus proyectiles para ahuyentar a las orcas que atacaban y se alimentaban de lobos y elefantes marinos. Ellos nunca emplearon el arma porque creían que su trabajo era conservar la fauna y no disparar sobre ella.

Otros no pensaron en esa dirección. En mayo de 1976, dos de las orcas que yo estudiaba, Bernardo y Mel, recibieron impactos de bala de grueso calibre. Las disparó personal de la Policía Federal y la Prefectura ubicado en el acantilado de La Lobería, un importante apostadero de lobos marinos de un pelo ubicado en Punta Bermeja, Río Negro. Dice un texto del gobierno provincial sobre esa lobería: “Nuestro objetivo es preservarla, con prioritarios fines turísticos, y lograr su incremento (…) para satisfacer los requerimientos de índole cultural, científica y económica (…) Ese fin se alteraría con la presencia de los agentes ajenos al hábitat natural de los lobos marinos”. El informe evidencia que los funcionarios provinciales carecían de los conocimientos básicos para trazar una adecuada política de preservación. No sólo ponían por delante los aspectos económicos (el turismo) sino que veían a las orcas como un agente ajeno al hábitat natural de los lobos. ¿Tal vez los turistas pertenecen a ese hábitat?.

Junto a los tiradores de la Policía Federal y la Prefectura, los medios periodísticos nacionales señalaban – por ejemplo— que “las orcas comieron más de mil lobos en diez días”, sin completar la información: la lobería, no obstante, no mostraba escasez de lobos. El entonces ministro de Agricultura, Ganadería y Minería Juan Sasemberg declaraba al diario Clarín: “Desde el punto de vista del Gobierno de Río Negro, la acción de los cetáceos constituye depredación de la fauna, que hay que evitar. Razón por la cual proseguirán los operativos tendientes a neutralizar sus ataques”. Entre esas intervenciones se intentó utilizar explosivos, para lo cual se pidió ayuda al Comando de Operaciones Navales y la Base Naval de Puerto Belgrano; el plan se dejó de lado por la escasa profundidad del agua frente a la lobería, lo que impedía el ingreso de naves de la armada.

La muestra de ese triste punto de vista permaneció en la aleta dorsal de Mel, que cinco meses después de los hechos se inclinaba aún unos noventa grados hacia la derecha por efecto de un impacto de bala con salida en su parte media; solo en diciembre de 1976 se recuperó como para mantenerse a unos veinte grados de inclinación. Si bien esta aleta carece de huesos, el impacto indudablemente produjo una afección que perjudicó su estabilidad. Ambos machos mostraban pequeños orificios sobre el lomo y otras partes del cuerpo.

El 1° de julio me enteré de las acciones contra las orcas por medio de uno de mis superiores, quien me pidió que confeccionara un informe sobre el comportamiento de éstas para argumentar contra las ideas de las autoridades provinciales. Presenté el informe y solicité una entrevista con el Teniente Coronel Julio César Etchegoyen, entonces gobernador de la Provincia de Chubut y su gabinete. Luego de una hora de diapositivas y explicaciones sobre la conducta de las orcas, les solicité que detuviesen el accionar de las autoridades de Río Negro contra las orcas que compartían jurisdicción con ellos; esos animales – agregué— eran parte de la primera población de orcas estudiada en Argentina. El gobernador se comprometió a intervenir.

Por intermedio de las opiniones sensatas de José María Gallardo (director del Museo Argentino de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia) y de diferentes organismos de investigación, naturalistas y organizaciones no gubernamentales (ONGs), se pudo detener a tiempo una acción que no protegía la naturaleza sino el aprovechamiento económico de la lobería, quizá mas allá de lo turístico. En correspondencia, los medios de comunicación comenzaron a cambiar sus títulos: Las orcas no son asesinas, decían ahora, o No hay que matar a las orcas, o El rol de las orcas y el equilibrio natural.

Al atacar el motivo central de las acciones contra las orcas, la ignorancia, se logró que los animales sobrevivieran y pasaran a ser protegidas en Río Negro. Generalmente los males enseñan u obligan a buscar remedios efectivos para combatirlos, aunque cuando intervienen ciertos hombres – en especial políticos— nunca se sabe con certeza cuál es el mal y cual el remedio.


Otros casos no terminaron bien. Por ejemplo, en 1956 la Armada de Estados Unidos organizó un operativo contra las orcas en el Atlántico Norte, a pedido del gobierno de Islandia que las acusaba de romper las redes de pesca y producir pérdidas económicas a su industria pesquera. La división VP7 de la marina norteamericana completó una misión exitosa, según definió, contra un enemigo que no podía responder a sus ataques: cientos de orcas fueron masacradas con ametralladoras, cargas de profundidad y cohetes. En 1964 realizaron bombardeos utilizando orcas como blancos en el Atlántico Norte.

En 1970, el veterinario norteamericano Mark Keyes evaluó a las orcas capturadas vivas en Puget Sound (que seis años más tarde se transformaría en un santuario de orcas): encontró que el 25 por ciento presentaba impactos de balas en su cuerpo, lo que solo es una muestra del total de los animales que se presume podrían haber sido heridos o muertos por estas agresiones. Una década más tarde, pescadores de Alaska utilizaban explosivos y armas de fuego para matar orcas y algunos abuloneros de México las ahuyentaban con arpones y disparos calibre 22 para que los buzos trabajaran tranquilos. Por el mismo motivo, en la Antártida los buzos hacen su tarea con un guardia armado.

De distintas maneras, la historia me mostraba lo mismo: los encuentros entre las orcas y el hombre pocas veces tuvieron un final feliz para las orcas. Mientras observaba eso, Gerardo Haase – un amigo que entonces dividía su tiempo entre la carrera de Medicina y el estudio del comportamiento animal— me regaló La vida del gorila, apasionante libro de George B. Schaller. Con su obra el investigador me hizo ver que la tragicomedia de la búsqueda de material científico no era un unipersonal: “Leí literalmente cientos de libros de difusión, artículos y relatos de periódicos – cuenta Schaller—; examiné monografías científicas y revisé los tratados. Si el número de palabras fuera una medida del conocimiento, no quedaría aquí mucho por estudiar. Desgraciadamente, el investigador serio debe descartar la mayor parte de la información publicada acerca de la conducta de los gorilas que viven en libertad. En gran parte se trata de afirmaciones sensacionalistas, irresponsables y exageradas, muy poco preocupadas por la verdad”.

Me sentí acompañado y comprendido: “Gran parte de esta discutible información sobre los gorilas ha sido copiada y recopilada con frecuencia tal que con la pura repetición ha conquistado la aureola de la verdad – veía Schaller en su campo lo mismo que yo en el mío—. Cuando empecé a leer, no sabía qué era verdad y qué era falso, pero a poco de buscar me di cuenta de que, si descartaba todas las generalizaciones no basadas en hechos y todas las interpretaciones subjetivas, apenas me quedaba información concreta para seguir adelante. Había, por supuesto, algunas excepciones notables”.

En mi caso también las había y generalmente debía agradecerlas a la información de primera mano que me brindaron buceadores experimentados que tuvieron encuentros con orcas:

Mariano Malevo Medina (buzo profesional): “En 1974 Carlos Belozo y yo nos desplazábamos por la superficie, a unos mil metros de la costa, a la altura de la Reserva de Fauna Punta Norte, Península Valdés. Nos disponíamos a bucear en un banco de algas a diez metros de profundidad cuando observamos, con sorpresa y preocupación, un grupo de cuatro orcas que se desplazaba de Sur a Norte: exponían, a dos o tres metros de nosotros, sus altas aletas dorsales y parte de sus poderosos cuerpos. Sólo atinamos a impulsarnos hacia atrás, lentamente y sin quitarles los ojos de encima, para acortar los cien metros que nos separaban del gomón fondeado. Ellas sabían de nuestra presencia; sin embargo, no intentaron acercarse a nosotros. Realizaron un corto recorrido de ida y vuelta debajo del agua y continuaron, sin más, su camino. La inquietante experiencia confirmó mi opinión sobre las orcas: si no se las molesta o ataca, difícilmente molesten o ataquen al hombre”.

Carlos loco Belozo (buzo profesional): “La experiencia que compartí con Malevo es inolvidable. No creo que las orcas ataquen al hombre: la prueba es que nosotros estamos vivos, es más si alguna vez decidís bucear con orcas contá conmigo”.

María Mercedes T. de Mestre (buza profesional): “Junto con mi esposo, Pancho, cumplía funciones de guardafauna en la reserva Punta Loma, a diecisiete kilómetros de Puerto Madryn. Además, los dos colaborábamos como buceadores con investigadores del Centro Nacional Patagónico, con quienes realizábamos muestreos del fondo marino. Durante uno de esos trabajos, a mediados de 1972, Pancho y otros dos buzos investigadores estaban marcando las zonas de muestreo, cuando Olegaria Giménez y yo, que los ayudábamos desde tierra, observamos siete orcas1. Los buzos, confundidos porque creían que se trataba de delfines comunes, comenzaron a acercarse. Olegaria y yo nos pusimos a gritar: “¡No! ¡Son orcas! ¡Orcas!” Cuando por fin nos comprendieron, salieron a toda marcha hacia la costa. Pero en ningún momento las orcas se acercaron a ellos: siguieron hacia la lobería, donde atacaron y comieron un cachorro”.

Jorge Pérez Serra (buzo deportivo; entonces directivo de la Casa del Buceador en Buenos Aires; uno de los creadores del Primer Parque Submarino, Puerto Madryn

“En 1963, Pipo Mancera, conductor de un programa de televisión muy popular, Sábados circulares, llegó a la Península Valdés para documentar la fauna, en especial los lobos marinos. En compañía de Antonio Torrejón (Director de Turismo de Chubut y luego creador de las Reservas de Fauna provinciales) y Néstor Moré, Mancera se acercó en lancha a la lobería de Puerto Pirámide. A la deriva, esperaban que la característica curiosidad de los lobos hiciera que se acercaran a ellos; de pronto, un movimiento extraño en el agua llamó la atención de Mancera. “¿Qué es eso?”, preguntó, y recibió la alarmada respuesta de Torrejón: “¡Son orcas!”. Alrededor de la lancha giraban tres orcas en plena conducta de espionaje: asomaban la cabeza fuera del agua, los observaban y desaparecían. Mientras regresaban a la costa, las orcas parecieron retirarse. Mancera decidió bucear con los lobos mientras lo filmaban el Dr. Moré (bajo el agua, con su cámara de dieciséis milímetros con caja estanca) y su camarógrafo (desde tierra). Mancera había bajado dos piedras de unos cuarenta centímetros cada una y se disponía a saltar cuando escuchó un grito: “¡Orcas!”. Con el pesado equipo de buceo, Mancera pegó un salto increíble hacia atrás y cayó parado a mi lado. La filmación se hizo, pero registró otra cosa: tres orcas que atacaban y comían lobitos. Esas tomas hicieron historia en la televisión, igual que el largo salto hacia atrás de Mancera en el buceo”.

4
EL SUR SE TRANSFORMA EN NORTE

“Existe el destino, la fatalidad y el azar; lo imprevisible y, por otro lado, lo que ya está determinado. Entonces como hay azar y como hay destino, filosofemos”

Séneca

Mientras realizaba tareas en el área de Turismo Submarino, tuve oportunidad de conocer gente con actividades muy variadas, entre ellos Jorge Depasquali, guardafauna de la Reserva Punta Norte, Península Valdés. Este lugar – que siempre atrapó mi atención por su salvaje belleza natural, su geografía y su fauna tan especial— es el único apostadero continental del elefante marino del sur (Mirounga leonina), una especie que sorprende por su aspecto, su tamaño y sus características sociales. Pero la conversación y la amistad de Jorge fueron también importantes estímulos para mis visitas a la reserva.

Jorge conocía mi afición por los animales y mi deseo de ser guardafauna. A principio de octubre de 1974 me visitó en el local de buceo donde yo trabajaba y me hizo una propuesta que dio un giro de 180 grados a mi vida. Me dijo que iba a renunciar a su cargo y, como el actual auxiliar de guardafauna quedaría al frente de la reserva, era necesario un nuevo ayudante. Yo tenía que decidir – en lo posible, ese mismo día— si quería intentar obtener ese puesto. Horas más tarde, Jorge me presentaba ante José Gaspar Pepitoni, responsable del Departamento Conservación, como aspirante al cargo.

Por su parte, Pino Nicoletti me reunió con Antonio Torrejón, entonces Subsecretario de Información Pública y Turismo, quien había creado y administraba las Reservas de Fauna. Torrejón estuvo de acuerdo con mi nombramiento, pero sugirió que, para mayor seguridad de mi hija de un año y medio, Jéssica Valeria, se me enviara a la Isla de los Pájaros, más cercana que Punta Norte a poblaciones con un centro asistencial (Puerto Madryn y Puerto Pirámide). Cualquier enfermedad, inclusive las habituales en los niños, multiplicaban sus riesgos cuando la distancia es grande y la comunicación difícil.

En ese entonces las reservas no contaban con transmisores de radio y los vehículos afectados estaban en pésimas condiciones; a eso se sumaba el estado de los caminos de tierra, que quedaban intransitables cuando llovía. Los guardafaunas solían quedar incomunicados por varios días o semanas, con un agravante: la falta de agua potable, que llegaba desde Madryn o Trelew en camiones cisterna de ocho mil litros. Por último, la luz provenía de un grupo generador, que no siempre funcionaba o contaba con el combustible suficiente para el mes.

A pesar de esas adversidades, insistí en mi pedido: Punta Norte. Los riesgos podían reducirse con precauciones. Además, si se crían niños felices y sanos en los campos alejados de poblaciones, ¿por qué Diana y yo no seríamos capaces de hacer lo mismo con Jessica? Admitía que ambos veníamos de la comodidad urbana, donde cualquier problema se soluciona con un llamado o la visita a un especialista, ya sea para reparar algún desperfecto mecánico o problemas de salud. Pero la oportunidad estaba frente a mí y decidí que defendería mi candidatura en el lugar elegido.

El 11 de octubre de 1974 firmé mi contrato como auxiliar de guardafauna de Punta Norte, feliz de trabajar en una reserva de exclusiva jerarquía dentro del área de conservación. Me quedé allí trece años, once de ellos como guardafauna titular.

Desde muy pequeño la Península Valdés atrajo mi atención de una forma casi mágica. Con mis cinco años de edad, su sobresaliente contorno me parecía la panza de una mujer embarazada. Y tenía razón: hoy sé que en ella se está gestando el necesario concepto del respeto a la vida en todas sus formas y manifestaciones. Por eso mi trabajo en Punta Norte significó tanto para mí; por eso, también, dejé tanto de mí en esa reserva.

La Península Valdés tiene 97 kilómetros de largo por 63 de ancho y se ubica hacia el ángulo nororiental de la Provincia de Chubut y está comprendida entre los 42º y 43º de latitud Sur. Se extiende de Norte a Sur desde el paralelo 42º 04’ 56’’ hasta el paralelo 42º 53’ 55’’, y de Este a Oeste desde el meridiano 63º 33’ Oeste de Greenwich hasta el meridiano 64º 23’ del mismo origen. Por el Norte linda con el Golfo San Matías; por el Sur y Este, con el Océano Atlántico; por el Oeste, con los Golfos Nuevo y San José y el istmo que la une al continente. Su punto más saliente es Punta Norte (latitud 42º 05’ S, longitud 63º 47’ O); allí, un faro de 21,1 millas de alcance determina la entrada al Golfo San Matías.

La forma del territorio justifica su denominación: península proviene del latín paene (casi) e insula (isla). El istmo (de 35 kilómetros de largo por veintinuo en su parte más ancha y sólo cinco en la más angosta) permite el ingreso a esta casi isla y a los 3.625 kilómetros cuadrados de territorio que conforman su interior. Su superficie semiplana, que se inclina suavemente hacia el nordeste, forma parte del típico terreno mesetiforme que caracteriza a la plataforma extrandina. Su litoral presenta contornos irregulares de singular belleza, constituidos en gran parte por abruptos relieves que se originan en barrancas cuyas alturas oscilan entre veinticinco y 110 metros. Las bases de estos terrenos ingresan al mar a modo de extensas plataformas horizontales, las restingas; el oleaje las tallas y les da el aspecto de canales y piletones irregulares.

Estas barrancas que forman los acantilados de la Península están constituidas principalmente por la intercalación de rocas sedimentarias y piroclásticas. Las primeras resultan del endurecimiento por compactación y cementación (debido a reacciones químicas) de arena con granos de diversos tamaños depositadas por el mar. Las piroclásticas, si bien se formaron también por el endurecimiento de sedimento, tienen otra materia por base: las cenizas volcánicas depositadas directamente o transportadas hacia el mar.

En las rocas sedimentarias son muy comunes las grandes concentraciones de conchillas petrificadas. Estos fósiles, pertenecientes a organismos que vivieron en el mar, atrajeron la atención de Charles Darwin, el primer científico que llegó a esta parte de la costa patagónica. En 1833, al recorrer las barrancas de la Península Valdés (en ese entonces conocida como San José), Darwin descubrió fósiles de organismos invertebrados que habían habitado regiones marinas durante el Terciario y estableció que esas rocas debían haberse formado en ese período. Darwin fue el primero en postular que la Península se habría originado en ese momento geológico y que antes sólo habría formado parte de un fondo marino.

Estudios posteriores indicaron que los niveles sedimentarios se formaron bajo las aguas hace unos quince millones de años, durante la última parte del Terciario, conocida como Mioceno. Entonces el mar cubría extensas regiones y la Península Valdés integraba el fondo a no más de cincuenta metros de profundidad. Las regresiones marinas que siguieron dieron origen a la actual posición: los sedimentos depositados se hicieron cada vez más consistentes y los lentos movimientos ascendentes que afectaron a la Patagonia los elevaron y expusieron. La acción de las aguas continuó, una vez emergido el continente, en la embestida constante que erosionó las barrancas hasta sus niveles rocosos más firmes, que resistieron el desgaste y se ven hoy en restingas que cubren las altas mareas.

Se estima que el mar que cubría la Península Valdés era cálido, a juzgar por las características y variedad de los fósiles presentes: bivalvos (entre los que se destacan las ostreas de más de treinta centímetros de longitud y quince de alto), esqueletos de ballenas, dientes de tiburones, paladares de rayas y cangrejos. Los restos de madera silicificada que se encuentran en los acantilados y bajo el agua son una muestra de la flora que se habría desarrollado cerca de la orilla de ese antiguo mar.

La Península Valdés es un muestrario geológico de gran importancia que no ha sido estudiado profundamente. Peor aún, parte de ese Patrimonio Natural de la Humanidad se pierde. A veces el motivo es la ignorancia; en otras ocasiones, en cambio, hay un completo conocimiento de causa y de beneficios. Demasiadas veces tuve que ver ostreas de millones de años de antigüedad convertidas en lustrosos ceniceros barnizados.

5
LA LEYENDA VINO A MÍ

“La alegría de ver y entender es

el más perfecto don de la naturaleza”

Albert Einstein

Durante el primer mes, aprovechando que mi familia se encontraba en Buenos Aires, me instalé junto a Jorge en su casa de Punta Norte y aprendí mis flamantes obligaciones. En treinta días de excelente convivencia caminamos infinidad de kilómetros: mientras manifestaba su admiración por lo que veía, Jorge me transmitía conocimientos y experiencias que me resultaron de enorme utilidad.

La mezcla de sorpresa, admiración y respeto de sus relatos me permitió entender de una manera diferente a esos indolentes elefantes marinos que dormitaban a poca distancia de mi casa, ubicada a unos veinte metros de la playa. Jorge comprendía a los animales que debía cuidar; para él, su trabajo era mucho más que un conjunto de deberes: era una forma de vida por la que optó el día que llegó de visita y decidió no regresar a Buenos Aires.

Jorge supo sobrellevar la distancia que lo separaba de los suyos y la falta de generosidad de la suerte: amaba lo que hacía. Por eso su despedida de Punta Norte fue un momento inolvidable. Mientras recorría el paisaje con la vista, su sonrisa revelaba que en su mente se agitaban vivencias que en ese momento se convertían en recuerdos. Pensé que algún día me tocaría a mí repetir esa ceremonia.

Quise renovar la casa y comencé por pintarla. La ayuda de Quique Dames – hijo de un amigo buceador— y de Evelyn y Bruno Schlüchter – un matrimonio suizo que recorría el mundo en su casa rodante— me permitió ordenar la casa a mi gusto sin desatender la reserva. También Carlos Medina – el nuevo guardafauna titular— y su familia facilitaron mi primera etapa de adaptación en Punta Norte.

En el aislamiento de una reserva, las reglas básicas de convivencia pueden ser insuficientes. Se comparten las veinticuatro horas con personas que no siempre tienen los mismos gustos, hábitos o expectativas; no hay un lugar donde distraerse de las tensiones diarias; un único vehículo compartido limita los desplazamientos a sólo lo necesario. Los Medina fueron una buena compañía en esas condiciones.

Como en un campo, en una reserva las tareas comienzan al amanecer y terminan cuando anochece. Hay que controlar y reparar los alambrados perimetrales que marcan los límites de las reservas; hay que preservar la limpieza general del área (tarea nada sencilla en un lugar visitado por turistas); hay que mantener los motores y vehículos en buen funcionamiento; hay que atender a cada persona que ingresa a la reserva y asesorarla sobre la vida de la fauna protegida. Y, sobre todo, hay que recorrer las áreas bajo control para censar los animales apostados dentro del perímetro, tomar los datos meteorológicos y estar atento a cualquier cambio en la fauna o en el clima. Parte importante del trabajo consiste en observar el comportamiento de los animales durante diferentes condiciones de clima y marea: eso permite comparar sus cambios de conducta, ampliar los conocimientos sobre la vida de la especie bajo control y dar una información actualizada al turista que visita la reserva con el deseo de conocer y no sólo de tomar una foto.

De espaldas al mar, me encontraba en esa tarea: instruía a un visitante muy curioso sobre la vida de los elefantes. En un momento perdí la atención del hombre: “¿Qué es eso?”, me preguntó, mientras miraba hacia el mar con expresión de sorpresa. Cuando giré, no vi más que la superficie azul, serena y brillante como un espejo. Pero de pronto siete animales negros con aletas dorsales quebraron el agua. Duró un segundo: tan sorpresivamente como aparecieron, desaparecieron bajo el mar que volvió a su aspecto calmo. Tan sorprendido como el turista, yo también pregunté: “¿Qué es eso?” Carlos Medina se acercó y nos explicó: “Son orcas. De ahora en más van pasar seguido, porque los lobitos comenzaron a nadar”.

En los tres meses que llevaba en la reserva, sólo había visto fotos o dibujos de orcas. Verlas aparecer desde su cielo húmedo hacia mi cielo seco fue un momento que concentró la magia de todos los tiempos y me atrapó en un hechizo sin límites, que me siguió hasta en sueños. Y también ocupó una buena cantidad de mis horas de vigilia: a partir de ese momento las observé casi a diario. Me fascinó su manera de pasar de un suave desplazamiento a una actividad violenta para capturar lobos o elefantes marinos, sin que pudiera percibirse señal alguna.

Por lo general, los turistas rechazaban a las orcas. Pero su sentimiento era ambivalente: al mismo tiempo que nos preguntaban si no íbamos a evitar que atacasen a los lobos, filmaban o fotografiaban el hecho. Carlos y yo intentábamos explicar lo que sucedía pero, por ignorar particularidades del comportamiento de las orcas, nos limitábamos a señalar que el ataque de una especie a otra es parte de un equilibrio necesario y respuesta a un estímulo básico, el hambre.

Algunos no entendían el mensaje y opinaban que nuestra misión como guardafaunas debía ser la protección de los lobos y los elefantes marinos, aunque para llevarla a cabo debiéramos disparar contra las orcas. Nos resultaba muy difícil explicar un concepto ecológico a un niño cuyos padres creían en la mala fama de las orcas, aumentada además por los relatos de algunos guías durante el largo viaje desde Puerto Madryn o Trelew.

En ese entonces, la actividad de algunos guías dejaba mucho que desear. A veces era mejor que hicieran el trayecto callados y que el turista llegara sin información alguna antes que les contaran una combinación de errores y fantasías que confundían a los visitantes. Por fortuna la actitud de estos guías cambió cuando advirtieron que en Punta Norte procurábamos hablar con el mayor número de visitantes posible y que nuestros relatos no se ajustaban a los suyos. Cuando comenzamos a exigir que los guías permanecieran junto a sus grupos y diesen las explicaciones pertinentes, mejoró su actitud hacia los turistas. Los buenos guías, por añadidura, dejaron de sufrir perjuicios por las acciones de sus colegas menos responsables.

6
¿PECES, BALLENAS O DELFINES?

“El mayor desorden de la mente consiste en creer que las cosas

son de cierta manera, porque nosotros deseamos que así sean”

Jacques Benigne Bossuet

La clasificación de la orca es:

Clase: Mammalia

Orden: Cetácea

Suborden: Odontoceti

Familia: Delphinidae

Genero: Orcinus

Especie: Orca

El orden al que pertenecen estos mamíferos marinos, Cetácea, tiene raíz griega (ketos) y latina (cetus): en ambos casos, el significado de los términos es ballena. Por ese motivo no se puede negar de manera absoluta que la orca pueda ser considerada una ballena; para evitar confusiones se determinó el uso de una característica para marcar las diferencias: todo cetáceo que posea barbas en lugar de dientes, es una ballena. Esa diferencia se encuentra en los dos subórdenes en los que se dividen los Cetácea: Mysticeti y Odontoceti.

El primer suborden, al que no pertenece la orca, tiene dos características: poseen cráneos simétricos y carece de dientes. En el lugar de la dentadura los Mysticeti tienen prolongaciones córneas de queratina llamadas barbas en un número y tamaño variable de acuerdo a la especie. Las barbas tienen forma de un peine y cuelgan a ambos lados del maxilar superior del animal, lo que permite filtrar el alimento (compuesto principalmente por krill, entre otras especies planctónicas y pequeños peces). Los Mysticeti se divididen en tres familias: Eschrichtiidae (ballena gris, exclusiva del hemisferio norte); Balaenopteridae (ballenas rorcuales, divididas a su vez en los géneros Balaenoptera y Megaptera) y Balaenidae (que también se divide en los géneros Caperea, Balaena y Eubalaena). En la actualidad existen once especies de estas grandes ballenas.

El segundo suborden, donde se inscriben las orcas, presenta cráneos asimétricos y dientes cónicos. El volumen de la dentadura varía según la especie: los zifios poseen sólo dos dientes y el delfín común puede superar los 240. También el tamaño de las piezas varía entre especies: desde 1,5 a veinte centímetros. Al presentar dientes de igual forma y tamaño (homodoncia) y carecer de molares que les permitan masticar, los Odontoceti deben trozar y tragar pedazos enteros de su alimento. Este suborden es muy amplio: incluye nueve familias y alrededor de setenta especies.

Dentro de este suborden, la orca pertenece a la familia Delphinidae, aunque por la forma redondeada del frente de la cabeza (producida por el tejido graso llamado melon, que se ubica sobre el maxilar superior) se la incluye en la subfamilia Globicephalidae, junto con las falsas orcas, las orcas pigmeas y los calderones.

Por último, debido a su amplia distribución a nivel mundial, el género sufre variaciones además de las diferencias debidas al sexo y la edad: los cambios en el color, el tamaño, la alimentación y el territorio dan forma a distintas razas de orcas.

Al menos ocho de las once especies conocidas de Mysticeti y veintiséis de las setenta especies de Odontoceti fueron vistas y registradas en aguas argentinas. El siguiente es el listado taxonómico de cetáceos observados en aguas del Mar Argentino, con indicación (asterisco) de los animales localizados en particular en las aguas de los Golfos Nuevo y San José, en la Península Valdés:

Mysticeti, familia Balaenidae: ballena franca (Eubalaena australis)* y ballena franca pigmea (Caperea marginata)*;

Mysticeti, familia Balaenopteridae: ballena azul (Balaenoptera musculus), ballena fin (Balaenoptera physalus), ballena sei (Balaenoptera borealis)*, ballena de Bryde (Balaenoptera edén), ballena minke (Balaenoptera acuturostrata)* y ballena jorobada (Megaptera novaeangliae)*;

Odontoceti, familia Ziphiidae: zifio de Arnoux (Barardius arnuxii), zifio de Shepherd (Tasmacetus shepherdi)*, zifio de Cuvier (Ziphius cavirostris) *, zifio nariz de botella (Hyperoodon planifrons), zifio de Héctor (Mesoplodon hectori), zifio de Gray (Mesoplodon grayi)* y zifio de Layard (Mesoplodon layardii);

Odontoceti, familia Platanistidae: franciscana (Pontoporia blanvillei)*;

Odontoceti, familia Physeteridae: cachalote (Physeter catodon)* y cachalote pigmeo (Kogia breviceps);

Odontoceti, familia Phocoenidae: marsopa de anteojo (Phocoena dioptrica)*, marsopa espinosa (Phocoena spinipinnis)*;

Odontoceti, familia Globicephalidae: ballena piloto o calderón (Globicephala melas)*, orca (Orcinus orca)*, orca pigmea (Feresa attenuata) y falsa orca (Pseudorca crassidens)*;

Odontoceti, familia Delphinidae: delfín austral (Lagenorhynchus australis), delfín oscuro (Lagenorhynchus obscurus) *, delfín cruzado (Lagenorhynchus cruciger), delfín de Fraser (Lagenodelphis hosei)*, delfín liso del Sur (Lissodelphis peronii), tonina overa (Cephalorhynchus commersonii)*, delfín de Risso (Grampus griseus)*, delfín listado (Stenella coeruleoalba), delfín moteado (Stenella attenuata), delfín común (Delphinus delphis) y tonina nariz de botella (Tursiops truncatus o Tursiops gephyreus)*

Durante mucho tiempo se pensó que estos mamíferos marinos eran peces. Los antiguos grabados los presentan con cola de pez, escamas, garras y dientes. Un marino escribió: “Como los peces, las ballenas tienen la piel lisa. Como los peces, las ballenas tienen aletas. Como los peces, las ballenas tienen cola. Así, pues, deduzco que las ballenas son peces”. En celebraciones cristianas que prohíben la ingesta de carne roja se comieron delfines por pensar que eran peces y no mamíferos marinos.

Para complicar aún más el panorama, las denominaciones eran infinitas. En 1758, con la décima edición de Systema Naturae de Karl Linnaeus, se establece que ningún nombre mencionado antes tiene validez y se describen 4236 especies, que adquieren aceptación oficial. Esa fue la primera publicación que adhirió a la nomenclatura binaria – equiparable a la designación de las personas por su nombre y apellido— que facilitó el registro y la catalogación de las poblaciones.

Linnaeus denominó científicamente a las orcas como Delphinus orca, literalmente delfín demonio. El origen de ese nombre puede ser del latín orca (una clase de ballena), orcus (del más bajo mundo, divinidad infernal) u orco (de los infiernos, mortuorio). Casi un siglo más tarde, en 1860, Leopold Fitzinger creó un nuevo género, Orcinus, cuya derivación podría ser de latín orcynus, una clase de atún, en referencia a los hábitos predatorios de las orcas.

Además de esas importantes clasificaciones, en el pasado las orcas recibieron diferentes denominaciones científicas: Orca capensis, Orca magellanica, Orca ater, Orca rectipinna, Orca latirostris, Orca africana, Orca tasmanica, Orca minor, Orca antarctica y Orcinus nanus, entre otros. También se las reconoce por sus nombres vulgares: orca (Argentina), opaiachi o ëpaiachi (yamana, lengua de los aborígenes de Tierra del Fuego), killer whale (Estados Unidos), épaulard (Francia), sakamata o sadshi (Japón) y ardursak (lengua de los esquimales de Groenlandia).

Una de las razas de orcas más estudiadas desde la década del ’70 (con las pioneras investigaciones de Mike Bigg, Ken Balcomb, Graeme Ellis, John Ford, Ian MacAskie y Paul Spong, entre otros), es la del Pacífico Noroeste: se trata de más de trescientos individuos que durante el verano frecuentan las aguas costeras de la isla de Vancouver y Puget Sound.

Estas investigaciones revelaron que las orcas son matriarcales: el ejemplar dominante es la hembra más adulta, la madre o abuela de los integrantes de cada grupo. Las hembras son las responsables del paso intergeneracional de habilidades y experiencias (cómo y dónde varar, cómo interpretar las corrientes y mareas, los peligros que representan las restingas, etcétera), de la enseñanza de las llamadas (las del grupo y las compartidas con otros) y seguramente de la transmisión de su historia, experiencias esenciales para la conducta social del grupo, su supervivencia y su reproducción.

La compleja sociedad de las orcas está formada por los grupos maternales, unión de una hembra adulta y su cría, que nadan juntos. Luego siguen los subpod, compuestos por dos o más grupos maternales que viajan juntos e inclusive permanecen asociados toda su vida. En orden de complejidad ascendente, el pod, se organiza con dos o más subpods que viajan juntos y comparten un dialecto del grupo y complejas técnicas de caza. Un subpod podría separarse del pod por algún período y regresan sin que se generasen problemas sociales. Por último, la comunidad está conformada por agregaciones de pods que nadaron juntos por lo menos en una ocasión.

A las orcas estudiadas en el Pacífico Noroeste se las dividió en residentes del Norte y residentes del Sur. Presentan aletas dorsales con el extremo superior redondeado; su montura, dividida por una línea negra, desciende desde el lomo hacia adelante en forma paralela, semejante a un dibujo marmolado. Se alimentan exclusivamente de peces (sobre todo, salmón) y se desplazan por los pasajes oceánicos entre islas y cerca de la costa; mantienen dialectos particulares de cada grupo o pod y vocalizan durante largos períodos.

Estos grupos presentan una estabilidad social permanente: viven en unidades familiares cuyos integrantes suelen nacer y morir dentro del grupo. Periódicamente se unen con otros grupos de individuos emparentados para nadar y cazar juntos, hecho que facilita el apareamiento entre machos y hembras de grupos diferentes (aunque Deborah Duffield y Lanny Cornell hallaron evidencias cromosómicas y bioquímicas de consanguinidad en orcas).

En las mismas aguas se encuentra una segunda raza de orcas (que se presume de la misma especie, separada genéticamente por miles de años), las comunidades transeúntes. Presentan aletas dorsales triangulares y más puntiagudas que las residentes; sus monturas, cerradas, se parecen a las de nuestras orcas, que generalmente no presentan una línea negra en su montura gris. También al igual que nuestras orcas, en su dieta incluyen – además de peces— lobos marinos y focas, entre otros mamíferos marinos.

En esta raza, la estabilidad social no se mantiene a largo plazo como en las residentes: con frecuencia, los machos abandonan a sus madres al llegar a la madurez y viajan solos o en grupos. No utilizan dialectos particulares de cada grupo sino que comparten, desde California hasta el Sudeste de Alaska, los mismos sonidos de llamadas. Suelen pasar la mayor parte del tiempo silenciosas; vocalizan cuando capturan y comen una presa.

Durante sus desplazamientos suelen realizar inmersiones por períodos de hasta cinco minutos; además, sus respiraciones no son tan audibles como las de las residentes, ya que al incluir mamíferos marinos en su dieta deben ser cuidadosas para no alertar a la presa mientras se aproximan a ella. Esta conducta también es compatible con las de nuestras orcas.

Las transeúntes se desplazan solas o en grupos pequeños (por lo general, de hasta seis individuos) a lo largo de la línea costera del oeste de los Estados Unidos; si se cruzan con grupos residentes, no interactúan. Aún no se determinaron los límites del territorio y el número de individuos que compone esta comunidad.

En 1997 se descubrió en esa zona una tercera raza, a la que se llamó comunidad de mar abierto, que parece preferir las aguas abiertas (alrededor de la Isla Reina Charlotte, British Columbia) a las costeras o más protegidas donde hay residentes y a veces transitorias. Presentan aletas dorsales de punta curvada y, en ocasiones, la misma montura marmolada de las residentes. Se desplazan en grupos de veinte a sesenta individuos; se alimentan de peces y de mamíferos marinos. Esta raza podría estar socialmente aislada de las anteriores por miles de años.

Las comunidades de orcas de nuestro país mantienen conductas sociales y alimentarías parecidas a las transitorias y de mar abierto, a pesar de su enorme distancia geográfica y genética de ellas. Vocalizan poco o nada, excepto cuando capturan una presa y la comen; los individuos adultos también se emancipan de la madre y se unen a otros grupos.

Durante la temporada ballenera antártica de 1979-80, la flota ballenera Soviet Russia cazó 906 orcas, una matanza organizada y masiva que mereció el repudio internacional y la posterior prohibición. En 1983 se conocieron los resultados de los estudios que realizaron los investigadores rusos A.A Berzin y V.L. Vladimorov: 220 ejemplares tenían los vientres blancos característicos de la Orcinus orca mientras los 686 restantes presentaban una estructura general más pequeña y estaban cubiertos por una fina capa de diatomeas, por lo cual se las denominó orcas amarillas.

Los análisis morfológicos y bio-ecológicos les permitieron explicar la diferencia y declarar que en aguas de la Antártida viven dos tipos de orcas del género Orcinus. La especie recién descubierta – a la que llamaron glacialis– se alimenta casi exclusivamente de peces y se congrega en grupos de 150 a doscientos individuos. A pesar de habitar en regiones muy cercanas, no se mezcla con Orcinus orca, que forma grupos de diez a quince individuos. Orcinus glacialis se encuentra alrededor de la banquina helada o entre grandes bloques de hielo (los ejemplares cazados fueron localizados entre los 60° y 141° 40’, en diversas latitudes), mientras que Orcinus orca prefiere las aguas libres de hielo.

El estudio también señaló diferencias comparativas entre ambas especies: machos y hembras de Orcinus glacialis son más pequeños que los de Orcinus orca, cuyo ancho de cráneo promedio es notablemente mayor (en machos, la medición del ancho del rostrum en su centro era de 7,1 por ciento mayor que Orcinus glacialis). Los dientes mostraron una diferencia importante en todos los casos: el diente de mayor tamaño y crecimiento terminado del macho de Orcinus glacialis es casi dos veces más pequeño y cuatro veces más liviano que el mismo diente con crecimiento pendiente del macho de Orcinus orca.

El trabajo de Berzin y Vladimorov sobre 156 estómagos de Orcinus orca y 629 de Orcinus glacialis mostró también diferencias en la alimentación: mientras en Orcinus orca predominaban los mamíferos marinos (89,7 por ciento contra 7,1 por ciento de calamares y 3,2 por ciento de peces), en Orcinus glacialis predominaban los peces (98,5 por ciento contra 1,1 por ciento de calamares y 0,4 por ciento de mamíferos marinos).

En 1981, Yu Mikhalev y sus colaboradores propusieron que la población de orcas del Océano Antártico fuera considerada como una nueva especie: la llamaron Orcinus nanus (orca enana) y argumentaron que sus individuos son 1,5 metros más pequeños que las orcas del hemisferio norte. Sin embargo, a partir de los estudios de 1983 se planteó la posibilidad de que nanus y glacialis sean un mismo tipo de orca.

Pero estudios más recientes están indicando que existirían en la Antártida cuatro tipos de orcas:

Tipo A: tiene el tamaño de una orca promedio (hasta 9 metros los machos y 6 las hmebras) con un patrón de color blanco y negro, y un parche ocular de tamaño medio, paralelo al cuerpo, sin capa dorsal. Vive en aguas abiertas y se alimenta casi exclusivamente de rorcuales australes (Balaenoptera bonaerensis).

Tipo B: es de menor tamaño que la de tipo A; el parche ocular es casi dos veces más grande que la del tipo A, y paralelo al cuerpo. Las zonas obscuras en lugar de ser negras tienen una capa de tono grisáceo. Posee una gran mancha gris claro que se distribuye desde la cabeza hasta la aleta dorsal, como si fuera una capa. Su dieta está constituida principalmente por focas, ballena minke y jorobada. Habita zonas costeras y regularmente en zonas de hielo, frecuenta la Península Antártica. Al menos algunos ejemplares del tipo B se desplazan hacia zonas cercanas al sur de Brasil, regresando a la Antártida luego de un viaje de unos 9.400 kilómetros en solo 42 días. Lo interesante del estudio realizado por Durban y Pitman es que al parecer lo hacen para cambiar la piel y eliminar con ella las diatomeas que la cubren, ya que sus desplazamientos, seguidos por satélite, indican que no se están alimentando sino nadando en forma constante.

Cuando estuve investigando en la Antártida solo pude observar ejemplares del tipo B.

Tipo C: la orca de este tipo es la más pequeña y la que vive en grupos de mayor tamaño. El parche ocular se orienta en forma oblicua y hacia adelante, en lugar de ser paralelo al eje del cuerpo.Al igual que las de tipo B tiene una gran mancha gris en el dorso y las zonas blancas poseen también un tinte amarillento. Se les ha observado alimentarse de bacalao antártico (Dissostichus mawsoni).

Tipo D: fue descrita basada en el análisis fotográfico de un varamiento masivo en 1955 en Nueva Zelanda y observaciones realizadas a partir de 2004. Es el tipo más diferente de orca en su apariencia y puede reconocerse de inmediato por su parche ocular muy pequeño y su cabeza más redondeada. Su área de distribución parece ser circumpolar sobre las aguas antárticas entre los 40° y 60° de latitud sur. Las manadas parecen ser grandes con un promedio de 17,6 miembros y un rango de 9–35 animales. Su dieta si bien se desconoce, se sospecha que se compone de pescado, ya que se han observado en las cercanías de los buques palangreros y se ha documentado la depredación sobre el bacalao austral (Dissostichus eleginoides), con buceos profundos.

Los estudios de ADN mitocondrial parecen avalar la hipótesis de que los tipos de orca descritos en la Antártida son especies diferentes que se separaron recientemente; sin embargo, los resultados aún no son concluyentes. Otros estudios de secuencias mitocondriales completas sugieren que los tipos antárticos B y C podrían reconocerse como especies diferentes, al igual que las transeúntes del Pacífico Norte.

7
LA CASA AZUL

“Si quieres tener el mar, contémplalo, abre tus manos en sus aguas y todo el mar estará en ellas; porque si cierras tus manos para retenerlo, se quedarán vacías…”

(autor desconocido)

La orca es un mamífero marino cosmopolita, es decir, con amplia distribución geográfica. Vive tanto en regiones polares como en trópicos y subtrópicos, lo cual habla de su adaptación a diferentes condiciones de temperatura y salinidad; temporariamente, también soporta el agua dulce, según se estableció al registrar su ingreso individual o grupal a ríos. Generalmente prefiere aguas profundas, pero es posible verla desplazarse a pocos metros de la costa, mares interiores y estuarios. No realiza largas migraciones regulares sino movimientos locales de acuerdo a la disponibilidad de comida.

Su distribución real tardará en completarse, si se logra algún día. Por el momento, en las publicaciones sobre cetáceos los mapas de distribución de orcas suelen considerar como su área casi todos los mares del mundo. Hay pocos datos sobre su distribución en el Mar Argentino – la mera extensión de su costa, de 4.725 kilómetros, dificulta la obtención de datos—; además, sólo algunas áreas costeras están pobladas y muchas son de difícil acceso. Es necesario establecer centros de observación y estudio en distintas áreas, tanto para garantizar la autenticidad de los datos obtenidos como para ampliar la difusión y educación sobre la especie, y preparar así a los residentes que continúen los trabajos.

Los conocimientos sobre la distribución de las orcas en nuestro litoral atlántico son la suma de diferentes proyectos de investigación y el aporte de guardafaunas, aficionados a las orcas y fotógrafos naturalistas. Vanesa y Miguel Iñiguez, una pareja que estudia las orcas desde 1984, confirmaron la presencia de al menos cinco comunidades, distribuidas de la siguiente manera:

Península Antártica. Se ignora el tamaño de su población. Sufrió la explotación comercial de la flota ballenera de la ex Unión Soviética, que entre 1954 y 1980 capturó 1654 orcas.

Tierra del Fuego y el extremo más austral de Santa Cruz. Se desconoce su tamaño. Solamente existen registros de avistajes aislados y animales varados y muertos.

Norte de la provincia de Santa Cruz y Sur de Chubut. Su tamaño es desconocido.

Comunidad de Patagonia Norte. Es la población más conocida. Comprende el Sur de la provincia de Buenos Aires, Río Negro y el Norte de Chubut. En sus aguas se identificaron al menos veinte individuos en un territorio conocido de más de cuatrocientos mil kilómetros cuadrados.

Comunidad compartida con Uruguay y el Sur de Brasil. Se desconoce el número exacto de sus individuos. En Uruguay y Brasil suelen ser atacados con armas de fuego porque compiten con la pesca comercial, al predar sobre el palangre.

De acuerdo con guardacostas y pesqueros, podría existir una sexta comunidad: en zonas cercanas a las 180 millas de la costa argentina se han visto grupos de quince a veinte orcas con conducta similar a la de mar abierto del Pacífico Noroeste. Se desconoce qué territorio ocupan estos grupos; tampoco se sabe si suelen acercarse a la costa. Hay que considerar que tal vez las orcas de Patagonia Norte se desplacen hacia zonas distantes de la costa, como las áreas de alimentación de elefantes marinos: si bien no están capacitadas para descender a profundidades de más de seiscientos metros, como sus presas, pueden esperar pacientemente a que asciendan para respirar.

Al desconocimiento del stock de orcas en nuestras aguas se agrega un nuevo problema: el interés comercial de los oceanarios que exhiben orcas en sus espectáculos circenses. Rescatan (es un decir: no reintegran a la víctima a su medio y grupo familiar) ejemplares varados pero no los devuelven al mar sino que los trasladan a un centro de recuperación y luego los someten a un plan de entrenamiento largo y complejo, con el fin convertirlos en el show más relevante del oceanario.

De las cuatro orcas “dudosamente rescatadas” hasta el año 1992 por el oceanario de San Clemente del Tuyú, murieron tres. Primero fue Milagro, un macho rescatado el 8 de agosto de 1985: murió en febrero de1991, luego de cinco años y medio de ser exhibido en una pileta donde realizaba diferentes espectáculos. En el ínterin, el 6 de enero de 1988 se “rescató” a Belén, que en poco tiempo pasó también del Centro de Recuperación a la pileta de exhibición del oceanario. Lo más llamativo de este rescate es el testimonio del sacerdote Mamerto Menapace, del monasterio benedictino de Los Toldos, quien encontró la orca varada mientras veraneaba en San Clemente del Tuyú: “Nos acercamos y vimos a poca distancia las aletas, los lomos y a veces las cabezas de dos animales de su misma especie que iban y venían nerviosamente, lo más cerca posible de la orca encallada – escribió en su libro Una orca llamada Belén—. Era evidente que aquellos seres pertenecían a su misma manada y trataban de auxiliarla”. Dado que al menos parte del grupo de esta orca se encontraba a la vista, existía la posibilidad de reinsertarla. Un tema para reflexionar.

Belén quedo preñada de Kshamenk y su cría recién nacida muere en 1998. Belén muere el 4 de febrero del año 2000 con cuatro meses de preñez. Durante doce años realizó espectáculos para ganar su comida, tal como hacían los esclavos.

El 17 de noviembre de 1992 personal del acuario localiza al menos cinco orcas que según dicen estaban varadas y en vez de poner sus conocimientos y esfuerzos para devolverlas al mar, capturan uno de los ejemplares que muere durante el traslado. Intentan lo mismo con un segundo ejemplar que tiene una dudosa muerte en la pileta del acuario, dos días después. Por consiguiente llevan a cabo un tercer intento trasladando a un macho que desde entonces permanece cautivo. No conozco que sucedió con el resto del grupo, que supuestamente regresaron al mar. Kshamenk es en la actualidad es el único sobreviviente, pero seguramente le espera el mismo destino de sus predecesores.

Si sumamos la muerte de Milagro, Belén, su cría muerta al nacer y la que estaba gestando cuando ella muere y los dos ejemplares muertos durante el intento de captura antes descripto, tenemos que el único acuario de Argentina que tiene orcas en cautiverio tiene la triste estadística de seis orcas muertas.

En Argentina, hasta el momento las únicas orcas rescatadas de un varamiento que fueron devueltas al mar, son tres ejemplares varados en Península Valdés. Tengo conocimiento que solo una hembra de orca fue regresada al mar por el acuario, me queda la duda si fue un acto compasivo o porque se trataba de un ejemplar con un tamaño poco apto para el cautiverio, enfermo o porque personal de la Prefectura Naval Argentina se encontraba en el lugar, además de testigos de un rally 4x4 de quienes tengo la filmación de las acciones.

En USA se estima que el 70 % de las ganancias económicas del Sea Word es por la presencia de orcas. Creo que no quedan dudas de las causas por las cuales las orcas “rescatadas” y llevadas al acuario nunca fueron dejadas nuevamente en libertad.

8
IDENTIDADES Y PREHISTORIA

“Precisamos tener un concepto de los animales nuevo, más sabio y, quizá, también más místico…No son nuestros hermanos, ni nuestros criados; son otra raza, atrapada junto a nosotros en la red de la vida”

Henry Beston

A diferencia de la mayor parte de los delfines, las orcas tienen un cuerpo muy robusto. Los grandes machos pueden medir más de 9,5 metros y pesar más de ocho toneladas, mientras que las hembras superan los seis metros y pesan más de cinco toneladas. Los cachorros nacen con aproximadamente 1,80 a 2,50 metros de longitud y unos 180 kilos.

Las hembras alcanzan la madurez sexual a partir de los catorce años, cuando llegan a una longitud de aproximadamente 4,6 a 5,4 metros; los machos, a los quince años, cuando tienen una longitud aproximada de 5,2 a 6,2 metros, si bien alcanzarían la madurez social entre los veintiuno y veinticinco años de edad. Los ciclos reproductivos varían entre poblaciones: en el Atlántico Noreste ocurre desde fines del otoño hasta mediados del invierno; en Patagonia se observaron crías entre los meses de febrero y abril y en noviembre y diciembre.

La gestación dura entre doce y dieciséis meses. Como tiene un cachorro cada cinco a diez años, la hembra llega a cuatro o cinco pariciones a lo largo de sus veinticinco años de vida reproductiva. Parece que nace la misma cantidad de machos que de hembras; la mortalidad neonatal se ubica en un 43 por ciento.

La cría es amamantada durante un año y puede depender de la lactancia durante al menos dos años. El destete se produce cuando el cachorro mide unos 4,3 metros de longitud. Durante el amamantamiento el cachorro no chupa el pezón de la madre: la leche sale expulsada en forma de chorro a su boca. Solo debe envolver el pezón con la lengua en forma de tubo, para evitar que la leche se desperdicie en el mar.

Las hembras en libertad viven unos cincuenta años, con una longevidad máxima de ochenta; la expectativa de vida de los machos es de aproximadamente veintinueve años, con una longevidad máxima de sesenta años. En cautiverio, salvo raras excepciones, el promedio desciende a cinco o diez años.

Los machos adultos se distinguen por la aleta dorsal triangular – alta y recta, sin soporte óseo— ubicada ligeramente antes de la mitad del dorso. El animal la utiliza para su estabilidad cuando desarrolla grandes velocidades; también en su balance corporal cuando ataca. Llega a medir hasta dos metros de altura (entre el 10 y el 15 por ciento de su largo corporal) y la mitad en las hembras, que la tienen curvada hacia atrás. Los cachorros y los machos jóvenes también tienen la aleta dorsal levemente curvada hacia atrás, lo cual genera confusión para identificar el sexo. Con la edad, aumenta en tamaño absoluto y relativo: más alta que ancha en machos viejos, esta aleta crece de modo notable a partir de los diez años. En algunos ejemplares viejos la punta se enrolla; también pueden aparecer inclinaciones hacia delante o desviaciones en toda su longitud.

Las aletas pectorales – ubicadas a ambos lados del cuerpo, más cerca del hocico que de la aleta caudal— son muy largas, anchas y redondeadas. Conservan los huesos de los miembros anteriores (igual que una mano) y en los machos adultos llegan a medir hasta dos metros de longitud por 90 centímetros de ancho; las de las hembras son hasta dos veces más pequeñas.

La fibrosa aleta caudal (generalmente llamada cola) se halla en posición horizontal, carece de soporte óseo y puede superar los 2,70 metros de ancho. Junto con los fuertes músculos del pedúnculo caudal, le permite a la orca impulsarse a velocidades de más de cincuenta kilómetros por hora. Esta aleta tiene una pronunciada hendidura central en su borde exterior; en orcas maduras, los extremos se curvan hacia abajo.

Las aletas de los cetáceos no cumplen únicamente la función de desplazar, estabilizar y dirigir la natación y buceo del animal. Constituyen un importante órgano táctil durante la socialización entre individuos: en la relación madre cría, en los juegos y en las relaciones sexuales. También son útiles para la intimidación: golpean con ellas la superficie del agua o las presas, que pueden terminar a varios metros.

El contraste del color negro y blanco de su cuerpo es muy marcado, incluso en los individuos cuyas partes claras tienden en realidad a un tono amarillento. El dorso es negro uniforme, con una pigmentación grisácea a blanca ubicada detrás de la aleta dorsal que cae hacia ambos flancos del dorso del animal y termina en punta hacia delante: la montura. En animales muy pequeños esta montura está casi ausente; su forma varía entre individuos y difiere entre el lado derecho y el izquierdo.

La zona ventral es blanca, desde la garganta hasta el área genital; el color abraza en forma de onda convergente los flancos del animal y toma la forma de un tridente. La aleta caudal también es blanca en su parte ventral, con un marcado borde de color negro; las pectorales son negras en ambos lados. Encima y hacia atrás de los ojos hay más blanco: un óvalo llamado mancha post-ocular, que varía de forma y tamaño entre individuos (y, a veces, en un mismo ejemplar).

Los colores del cuerpo de un animal desempeñan un importante papel en relación a su conducta, ya se trate de una presa como de un predador. Es muy común que los animales presenten su dorso oscuro y su vientre claro para contrarrestar el efecto de las sombras, que de otra manera serían muy fuertes y lo harían destacable. Por ejemplo, cuando una orca se desplaza cerca de la superficie del mar, puede pasar desapercibida para cualquier animal que observe desde el fondo: su silueta, por efecto de su vientre blanco, se confunde con los reflejos plateados que produce la reflexión solar. Y si se desplazara por el fondo marino, desde arriba es difícil diferenciar su dorso negro de la oscura profundidad.

¿Qué pasa cuando se la observa lateralmente y casi a un mismo nivel? En mi experiencia de buceo con orcas, el contorno de sus cuerpos (a unos siete metros de distancia y unos veinte de profundidad) se distorsiona inclusive en aguas de gran visibilidad como las patagónicas: se debe al efecto óptico que producen sus manchas post-oculares, su montura y su tridente. Uno logra observar una cosa oscura, con contornos curvados, confusos reflejos y huecos. Para saber que se trata de una orca, hay que estar cerca; si el observador es una presa, la visión es demasiado riesgosa: posiblemente, la última de su vida.

La cabeza de la orca es redondeada y se diferencia de otras especies de delfines porque su maxilar superior sobresale del inferior. Tiene entre 40 a 48 dientes cónicos de 10 a 12 centímetros de alto y unos 3,5 centímetros de diámetro curvados levemente hacia dentro y hacia atrás. Al cerrar su poderosa mandíbula los dientes inferiores encajan entre los espacios que quedan entre diente y diente en un encastre perfecto facilitando la retención de la presa: si quiere escapar, sólo puede moverse hacia la garganta de la orca: una mordida fatal.

Tan poderosa dentadura le permite una dieta variada, que incluye tanto una gaviota como una gran ballena azul: ochenta y cuatro especies documentadas (treinta y cuatro de peces, veintidós especies de cetáceos, catorce de pinnípedos, diez de aves, dos de cefalópodos, una de reptiles y una de mustélidos) componen la alimentación de las orcas, pero sin dudas es más amplia. Sin embargo, no se trata de un animal que come todo lo que encuentra a su paso: según estableció E. Mitchell, su alimentación diaria estimada es de un 4 por ciento de su peso corporal. Una orca de tres mil kilos debería ingerir 120 kilos en un día y no parece difícil que semejante individuo pueda cazar tres salmones de cuarenta kilos.

La fama de insaciables que tienen las orcas proviene en parte de una mala comprensión de los estudios del naturalista danés Daniel F. Eschricht, quien en 1866 encontró en el estómago de una hembra de 7,5 metros de longitud restos aún indigestos de trece marsopas y catorce focas. El equívoco consistió en creer que la orca tenía en su estomago los veintisiete animales enteros, cuando en realidad contenía restos ingeridos a lo largo de un período desconocido.

Según pude registrar, en nuestras aguas se alimentan de numerosas especies: lobos marinos de un pelo (Otaria flavescens), lobos marinos de dos pelos (Arctocephalus australis), elefantes marinos (Mirounga leonina), delfín oscuro (Lagenorhynchus obscurus), ballena franca (Eubalaena australis), pingüinos de Magallanes (Spheniscus magellanicus), macá grande (Podiceps major), petrel gigante (Macronectes giganteus), cormoranes (Phalacrocórax sp), pato vapor (Tachyeres leucocephalus), tiburones (desconozco la especie, ya que sólo observé restos en sus bocas), salmón de mar (Pseudopercis semisfasciata), entre otras.

Los ojos de la orca – medianos y cubiertos con una sustancia gelatinosa que los protege del agua salada— tienen movimientos coordinados con visión lateral de 125 grados. El oído es el sentido más desarrollado, igual que en el resto de los cetáceos. Sólo las crías poseen bulbos olfativos; en el odontoceto adulto, los reemplazan los quimiorreceptores que se ubican en la base de la lengua y le permiten detectar cambios químicos en el agua. Esa información le facilita la detección de presas, el contacto con el grupo (a través de los desechos fisiológicos), la ubicación de hembras en celo y la determinación de preferencias en su alimentación.

Entre muchas adaptaciones a la vida acuática, los cetáceos redujeron su anatomía externa para evitar la fricción con el agua. Por ejemplo, el pene del macho se esconde en el abdomen, en forma de S, con su punta dentro de la cobertura prepucial, y sólo es visible cuando está erecto; también las glándulas mamarias de las hembras están ocultas y se revelan únicamente cuando están amamantando.

Es difícil distinguir a simple vista el sexo de una cría o un ejemplar juvenil de orca: en esas edades, la forma de la aleta dorsal es igual en ambos sexos. La identificación sería más fácil si se pudiera observar la zona central del vientre, donde se ubican los surcos genitales: en las hembras se observa un largo surco longitudinal (el ano está junto a los genitales), flanqueado por un surco más pequeño a ambos lados (que esconden las glándulas mamarias); los machos presentan claramente dos surcos consecutivos (el ano está separado de los genitales).

Poco sabemos con certeza acerca del origen de los cetáceos. Todavía se lo investiga y nuevos descubrimientos aportan fundamentos o dudas que cambian las teorías. Se estima que se originaron en el período Paleoceno, unos 63 millones de años atrás. Sin embargo las evidencias más antiguas los ubican hace 54 millones de años: Maureen A. O’Leary y Mark D. Uhen ubican entonces a un mamífero terrestre, con pezuñas y parecido a un perro, que por causas desconocidas comenzó a alimentarse con peces. Este inicio probable para la evolución de los cetáceos los considera parientes de los actuales ungulados artiodáctilos: ovejas, vacas y otros mamíferos con pezuñas.

Tuvieron que pasar dieciocho millones de años para que ballenas barbadas y dentadas habitaran los mares, en la época Oligocena. Y aún hubo que esperar otros veinticuatro millones de años (tiempo impensable para nosotros pero corto para los valores evolutivos para que aparecieran los delfines verdaderos, a cuya familia pertenecen las orcas.

Al cruzar la línea costera e invadir el territorio ecológico del mar, debieron sustituir su pelaje ancestral por una gruesa capa de grasa gelatinosa, que los protegería de las bajas temperaturas y reduciría la resistencia al agua que produce el pelo. Así adquirió un cuerpo hidrodinámico con una piel lisa cubierta por un flujo laminar (pequeñas gotas de lípidos) que facilita el desplazamiento. Durante su estado fetal los cetáceos poseen pelo; una vez nacidos, sólo mantienen mínimos vestigios de pelo en algunas partes del cuerpo. Sus extremidades posteriores se fueron perdiendo mientras se desarrollaba una poderosa cola horizontal y las extremidades anteriores se modificaban (aunque sin perder su estructura ósea) en aletas nadadoras; únicamente en su estado fetal los cetáceos mantienen cuatro patas, la pelvis y una cola. Por último, la mayoría de las especies desarrolló una aleta dorsal como ayuda para la estabilidad y navegación.

El oído de los cetáceos también debió adaptarse a la vida bajo el agua. El Pakicetus inachus, hasta el momento el más primitivo antecesor de este orden, vivió hace 54 millones de años en las costas de lo que es hoy Pakistán y se presume que podría haber llevado una vida anfibia: tenía una ampolla timpánica probablemente adecuada para la audición subacuática; sin embargo, un estudio que Zhexi Luo realizó en 1998 muestra que esa estructura no podía recibir sonidos subacuáticos, sino solo aéreos. También se discute si la ecolocalización (función auditiva que permite evitar obstáculos y capturar presas) es otra adaptación exclusiva de los odontoceti o si también los mysticeti cuentan con esa capacidad.

Los cetáceos con dientes son más diversos que los mysticeti: en los cráneos fósiles, los dientes son lisos o serrados, robustos o pequeños, e inclusive inexistentes. Los delfines con dientes similares a los de tiburón (escualodóntidos), que vivieron entre quince y 35 millones de años atrás, tenían características de los actuales odontoceti: por ejemplo, los espiráculos, orificios respiratorios retraídos hacia la región posterior del cráneo. Sus dientes triangulares afilados, con bordes serrados y superficie arrugada, indicarían un tipo de vida de carnívoro activo; es decir, costumbres de alimentación parecidas a las de la orca. Estos delfines desaparecieron hace unos diez millones de años.

Del Plioceno de Italia se descubrieron dientes que habrían pertenecido a orcas o a especies muy emparentadas. Entre los hallazgos se destaca gran parte del esqueleto post-craneal de Orcinus citoniensis (Capellini, 1983), de menor tamaño que el de Orcinus orca (un largo de cuatro metros) y dos hileras dobles de catorce dientes proporcionalmente menores que los de la actual especie.

En el Museo Paleontológico Egidio Feruglio de la ciudad de Trelew, Chubut, se expone el cráneo de un Prosqualodon australis, cetáceo del Mioceno de Patagonia cuya antigüedad se estima en unos veintitrés millones de años y sus hábitos alimenticios se suponen parecidos a los de las actuales orcas.

(Agradezco la revisión de este capítulo al Dr. Mario A. Cozzuol)


1.Mercedes me mostró las fotos de las orcas que tomó ese día y pude identificar a DES uno de los ejemplares que yo estudiaba, con algunos integrantes de su grupo. Pude saber así que ya en 1972 estos ejemplares frecuentaban Punta Loma.

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10 января 2024
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360 стр. 34 иллюстрации
ISBN:
9789878712345
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