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Cambiar o morir Capitalismo, crisis climática y el Green New Deal
Cambiar o morir Capitalismo, crisis climática y el Green New Deal
Noam Chomsky y Robert Pollin,
junto a Chronis Polychroniou
Índice de contenido
Portadilla
Legales
Introducción
Capítulo 1. La naturaleza del cambio climático
La locura al gobierno
Problemas interconectados
Ceguera ante la catástrofe
Una Internacional Reaccionaria
Capítulo 2. El capitalismo y la crisis climática
La destrucción ambiental como bandera
Giro general a la derecha
Un paradigma del proteccionismo
Opciones desechadas
Capítulo 3. Un green new deal global
Equilibrio de inversiones
Obstáculos técnicos
Solucionar la situación de los trabajadores
Protección contra cataclismos
Políticas industriales
Ofrecer financiamiento barato y accesible
Canalizar recursos financieros hacia proyectos de inversión específicos
Capítulo 4. Movilización política para salvar el planeta
| Chomsky, NoamCambiar o morir : capitalismo, crisis climática y el green new deal / Noam Chomsky ; Robert Pollin ; coordinación general de Creusa Muñoz ; dirigido por José Natanson. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Capital Intelectual, 2020.Archivo Digital: descargaTraducción de: Teresa De Vedia ; Ignacio Barbeito. ISBN 978-987-614-610-41. Ecología. I. Muñoz, Creusa, coord. II. Natanson, José, dir. III. De Vedia, Teresa, trad. IV. Barbeito, Ignacio, trad. V. Título.CDD 577.076 |
© de la presente edición, Capital Intelectual S.A., 2020.
Director: José Natanson
Coordinadora de la Colección de libros de Capital Intelectual:
Creusa Muñoz
Traducción: Teresita de Vedia e Ignacio Barbeito
Edición y corrección: Carlos Alfieri
Diseño de tapa: Pablo Font
Diagramación: Adriana Manfredi
Comercialización y producción: Esteban Zabaljauregui
Título de la versión original Climate crisis and the global Green New Deal: The political economy of saving the planet © Verso Books, 2020.
© Capital Intelectual, 2020.
Capital Intelectual S.A.
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Inscripción ley 11.723 en trámite
ISBN edición digital (ePub): 978-987-614-610-4
INTRODUCCIÓN
Desde el origen del orden social civilizado, la humanidad ha enfrentado todo un abanico de arduos desafíos y mortales amenazas: desde hambrunas y desastres naturales (inundaciones, terremotos, erupciones volcánicas y muchos otros) hasta sistemas de esclavitud y guerras. En la primera mitad del siglo XX, la humanidad vivió dos guerras mundiales y vio nacer el mayor régimen genocida de la historia. En la segunda mitad de esa centuria, vivimos bajo la amenaza de una aniquilación nuclear, que pendía sobre nosotros como la espada de Damocles.
En abril de 2020, mientras escribo estas páginas, nos enfrentamos a la pandemia global del COVID-19 y el colapso económico que la acompaña. Nadie sabe en este momento cuántas personas morirán como resultado de la pandemia. Tampoco podemos saber cuán grave será la recesión que seguirá. Todas las señales apuntan a una crisis de una gravedad similar a, por lo menos, la de la Gran Recesión de 2007-2009 y que quizás sea comparable a la Gran Depresión de la década de 1930.
No obstante, podemos afirmar con certeza que la humanidad enfrenta su mayor crisis existencial de la historia en relación con el cambio climático. Es decir, el dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero atrapados en la atmósfera como consecuencia, ante todo, de la quema de petróleo, carbón y gas natural para generar energía están provocando el aumento de las temperaturas medias en todas las regiones del mundo. Los efectos de un planeta más caliente comprenden un creciente número de episodios de olas de calor, precipitaciones intensas, sequías, el aumento del nivel del mar, la pérdida de biodiversidad y su correspondiente impacto sobre la salud, la calidad de vida, la seguridad alimentaria, el suministro de agua y la seguridad humana.
Mientras tanto, los negacionistas climáticos dominan fuertemente a la humanidad, en especial en Estados Unidos. Esto se debe, en parte, a la incesante propaganda de la industria del combustible fósil y las campañas de engaños llevadas a cabo durante décadas. También se relaciona con el inesperado triunfo de Donald Trump –negador en jefe del cambio climático–, quien, de alguna manera, consiguió su lugar en la Casa Blanca luego de vencer en las elecciones de noviembre de 2016 a su oponente, Hillary Clinton. El presidente Trump ha llegado al extremo de declarar que el calentamiento global es un “engaño” y retiró a Estados Unidos del Acuerdo Climático de París de 2015, ratificado por 195 países, entre ellos, Estados Unidos, durante la presidencia de Barack Obama.
De todos modos, no puede negarse la influencia que ejerce el miedo a lo desconocido y la potencial pérdida de puestos de trabajo sobre las personas que se resisten a la realidad del calentamiento global. Es precisamente allí donde radica la importancia de que todo plan para combatir la crisis climática de modo efectivo prevea medidas que garanticen que los trabajadores puedan hacer una transición serena hacia una economía libre de emisiones de carbono. De manera más específica, cualquier versión del proyecto del Green New Deal, o Nuevo Acuerdo Ecológico, que tanto se ha debatido, debe incluir estas prioridades:
1. La reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero debe alcanzar al menos los objetivos fijados en 2018 por el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), en especial la meta de una reducción del 45% de las emisiones globales para 2030 y de cero emisiones netas para 2050.
2. En la transición hacia una economía ecológica en todas las regiones del mundo, las inversiones deben ser la punta de lanza para aumentar de manera radical los estándares de eficiencia energética y, en la misma medida, expandir la oferta de energía solar, eólica y de otras fuentes de energía limpia y renovable.
3. La transición hacia una economía ecológica no debe exponer a los trabajadores de la industria del combustible fósil y otros grupos vulnerables a la plaga del desempleo y la preocupación por la inseguridad económica.
4. El crecimiento económico debe avanzar por un camino sustentable e igualitario, de manera que la estabilización del clima vaya unida a los objetivos, igualmente importantes, de expansión de las oportunidades laborales y mejora masiva del nivel de vida de los trabajadores y los pobres en todo el mundo.
Un Green New Deal global que incluya estas cuatro prioridades es, en efecto, la única solución viable de la que disponemos si queremos evitar las repercusiones catastróficas del persistente aumento de las temperaturas globales. Dada la ausencia de un programa de Green New Deal semejante y coherente, ninguna de las cumbres climáticas internacionales celebradas hasta el día de hoy, comprendida la 25º Conferencia de las Partes (COP25), organizada por las Naciones Unidas y celebrada en Madrid en diciembre de 2019, ha logrado mostrar al mundo un camino viable hacia la estabilización del clima. Incluso la tan aclamada COP21 de París 2015 ofreció simplemente una ronda más de inacción ritual. Debido a estos fracasos, el mundo ya está 1 ºC más caliente que en la época preindustrial y se prepara para estar 1,5 ºC más caliente en los próximos diez o veinte años.
En este libro, Noam Chomsky y Robert Pollin describen y analizan en detalle las catastróficas consecuencias que tendrá el cambio climático desenfrenado. Chomsky, desde luego, es el más destacado intelectual popular del mundo desde hace más de medio siglo. Es también el padre de la lingüística moderna. Su obra en ese campo ha ejercido una enorme influencia en una amplia variedad de ámbitos, como las matemáticas, la filosofía, la psicología y la informática. Pollin es un economista progresista reconocido a nivel global y, desde hace más de una década, lidera la lucha en favor de una economía ecológica e igualitaria. Ha escrito un gran número de prestigiosas publicaciones y ha dirigido estudios sobre la implementación de programas del Green New Deal en países de todo el mundo, así como en múltiples estados de Estados Unidos. También se ha desempeñado como consultor del Departamento de Energía estadounidense, donde asesoraba sobre cómo implementar los componentes de inversión ecológica de la Ley de Reinversión y Recuperación de 2009, un programa de estímulos económicos propuesto por el presidente Obama que incluyó un fondo de 90.000 millones de dólares para inversión en energía renovable y eficiencia energética.
El programa del Green New Deal global que describe Pollin en este libro recibe el amplio respaldo de Chomsky. Pollin demuestra que los cuatro criterios enumerados más arriba para un programa semejante pueden alcanzarse con facilidad, si se consideran estrictamente en términos de obstáculos técnicos y económicos que superar. Pero más allá de estas barreras técnicas y económicas, el desafío más desalentador para prosperar es reunir la voluntad política necesaria para derrotar los gigantes intereses de la industria del combustible fósil y los recursos que se le han conferido.
Este libro está compuesto por cuatro capítulos. Para comenzar, en el capítulo 1, titulado “La naturaleza del cambio climático”, se traza un paralelo entre los desafíos del calentamiento global y otras crisis que la humanidad ha enfrentado en el pasado. Luego se presentan críticas detalladas sobre distintas preguntas relevantes, como por qué las propuestas orientadas al mercado para abordar la crisis climática están condenadas al fracaso y por qué es de suma importancia contar con alternativas a la agricultura industrial para encontrar un camino viable hacia la estabilización del clima.
En el capítulo 2, “El capitalismo y la crisis climática”, se presenta una clara discusión teórica y empírica sobre las conexiones entre capitalismo, destrucción ambiental y crisis climática. También se ofrece una valiosa perspectiva sobre si el hambre depredadora de los capitalistas en busca de beneficios puede, de alguna manera, reconciliarse con el imperativo de estabilizar el clima. En este capítulo, asimismo, se analizan las razones por las que la acción política no ha logrado hasta el momento avances significativos en el abordaje de la crisis.
En el capítulo 3, “Un Green New Deal global”, se describe el programa necesario para alcanzar una transición exitosa hacia una economía ecológica. Pollin delinea qué implica un Green New Deal global y cómo puede financiarse. También describe las maneras en que un programa semejante puede convertirse en un bastión contra el resurgimiento a largo plazo de las desigualdades que han prevalecido durante cuarenta años en el neoliberalismo global. Asimismo, Pollin aporta una evaluación crítica del plan de la Unión Europea que se ha dado en llamar el “New Deal europeo”. Luego Chomsky cierra el capítulo haciendo una consideración sobre cómo se intensificará, con el tiempo, el trágico escenario en el que millones de personas del hemisferio sur intentarán migrar a los países de altos ingresos del hemisferio norte como un efecto catastrófico del calentamiento global.
El cuarto y último capítulo se titula “Movilización política para salvar el planeta”. En él se abordan diversas cuestiones: cómo podría afectar la crisis climática el balance global de poder; si el ecosocialismo, como visión político-ideológica, tiene el potencial de movilizar a las personas hacia la lucha por la creación de un futuro verde, y qué relación existe entre el cambio climático y la pandemia del COVID-19 de 2020. La pregunta dominante que da vida a este capítulo es la más básica de todas: qué se debe hacer para generar una movilización política en nombre del Green New Deal global.
Desde esta perspectiva, este breve libro que el lector tiene en sus manos es de una importancia fundamental. Todos pueden encontrar en él una invitación a la reflexión: académicos, activistas y legos por igual. Naturalmente, es solo una modesta contribución al diálogo público que debe seguir expandiéndose hasta llegar a todos los niveles de la sociedad en todas las regiones del mundo. Hacer avanzar ese diálogo, aunque sea unos pasos, es lo mínimo que les debemos a las próximas generaciones. Con esto en mente, deseo extender mi más sentido agradecimiento y profunda gratitud a Noam Chomsky y Robert Pollin por haberme permitido acompañarlos en esta cruzada por ayudar a informar al público general sobre cómo podemos, entre todos, salvar el planeta.
Chronis J. Polychroniou
Abril de 2020
CAPÍTULO 1
LA NATURALEZA DEL CAMBIO CLIMÁTICO
En las últimas décadas, el desafío del cambio climático ha surgido quizás como la crisis existencial más grave que haya enfrentado la humanidad y, al mismo tiempo, como el problema público más difícil para los gobiernos de todo el mundo. Noam, dado lo que sabemos hasta ahora de la ciencia del cambio climático, ¿cómo resumirías la crisis del cambio climático frente a otras crisis que ha afrontado la humanidad en el pasado? (1)
Noam Chomsky: No podemos ignorar el hecho de que los seres humanos se encuentran hoy ante problemas extraordinarios, que son radicalmente distintos de cualquier otro que se les haya presentado anteriormente en la historia de la humanidad. Deben preguntarse si la sociedad humana organizada puede sobrevivir en una forma reconocible. Y la respuesta no puede demorarse.
En efecto, las tareas que nos esperan son nuevas y urgentes. La historia tiene ricos antecedentes de guerras espantosas, torturas indescriptibles, masacres y todo tipo imaginable de abuso de derechos fundamentales. Pero la amenaza de destrucción de la vida humana organizada en cualquier forma reconocible o tolerable es completamente nueva. Solo puede sobrellevarse por un esfuerzo común del mundo entero, aunque desde luego la responsabilidad es proporcional a la capacidad, y los principios morales elementales exigen que caiga una responsabilidad especial sobre quienes, durante siglos, han sido los mayores responsables de la creación de la crisis, quienes amasaron riquezas al mismo tiempo que forjaron un destino nefasto para la humanidad.
Estos problemas surgieron de manera drástica el 6 de agosto de 1945. Si bien la bomba de Hiroshima en sí misma, a pesar de sus horrendas consecuencias, no representó una amenaza para la supervivencia de la humanidad, con ella se hizo evidente que el genio había salido de la lámpara y que los desarrollos tecnológicos pronto alcanzarían ese estadio, como lo hicieron en 1953 con la explosión de las armas termonucleares. Esto mismo llevó al Boletín de Científicos Atómicos de la Universidad de Chicago a colocar el Reloj del Apocalipsis a dos minutos de la medianoche, entendida como el fin del mundo, un escenario temible al que se volvería luego del primer año del mandato de Donald Trump para describir el año siguiente como “el nuevo anormal”. (2) Una acción prematura. En enero de 2020, en gran medida gracias al liderazgo de Trump, el reloj se acercó más que nunca a la medianoche: 100 segundos antes, pasando de minutos a segundos. No voy a hacer un recorrido del funesto registro, pero quien lo hiciera reconocería que es casi un milagro que hayamos sobrevivido hasta ahora. Y la carrera por la autodestrucción se está acelerando.
LA LOCURA AL GOBIERNO
Se han realizado intentos por evitar lo peor. Algunos han prosperado en cierta medida, en particular en el caso de los cuatro principales tratados de control de armas: el Tratado sobre Misiles Antibalísticos (ABM, por sus siglas en inglés), el Tratado sobre Fuerzas Nucleares de Rango Intermedio (INF), el Tratado de Cielos Abiertos y el Tratado de Reducción de Armas Estratégicas (conocido como New START). El gobierno de Bush II se retiró del ABM en 2002. La administración de Trump se retiró del INF en agosto de 2019, de manera casi sincrónica con el Día de Hiroshima. También indicó que no se mantendrán los tratados de Cielos Abiertos y New START. (3) Eso significa que se han derribado todas las barreras y que podemos lanzarnos hacia una guerra terminal.
El “razonamiento” general –si se puede usar esa palabra para esta demencia total– queda ilustrado a partir del retiro de Estados Unidos del tratado INF, seguido predeciblemente por el retiro de Rusia misma. Este importante acuerdo fue negociado por Reagan y Gorbachov en 1987, reduciendo en gran medida la amenaza de guerra en Europa, que pronto se haría global y, por lo tanto, terminal. Estados Unidos acusa a Rusia de violar el tratado, como con regularidad denuncian los medios. Sin embargo, los medios no dicen que Rusia también acusa a Estados Unidos de violar el tratado. Los científicos estadounidenses toman tan en serio esta acusación que el reconocido Boletín de Científicos Atómicos dedicó un importante artículo a exponer los argumentos. (4)
En un mundo cuerdo, ambas partes acudirían a la diplomacia y convocarían a un grupo de expertos para evaluar las denuncias y así llegar a un acuerdo, como lo hicieron Reagan y Gorbachov en 1987. En un mundo demencial, se abrogaría el tratado y ambas partes simplemente procederían a desarrollar nuevas armas más peligrosas y desestabilizadoras aún, como misiles hipersónicos, contra los cuales no existe actualmente defensa imaginable (si es que puede existir una defensa contra un gran sistema de armas, una expectativa dudosa).
Este es nuestro mundo.
Al igual que el tratado INF, el Tratado de Cielos Abiertos fue una iniciativa republicana. La idea fue propuesta por el presidente Dwight Eisenhower e implementada por George H. W. Bush (Bush I). Esto fue en la era pre-Gingrich del Partido Republicano, cuando todavía era una organización política sensata. Dos respetados analistas políticos del American Enterprise Institute, Thomas Mann y Norman Ornstein, describen el Partido Republicano desde la asunción de Newt Gingrich en los años 90 no como un partido político normal, sino como una “insurgencia radical” que ha abandonado ampliamente la política parlamentaria. (5) Bajo la dirección de Mitch McConnell, esto se hizo más evidente aún, pero él tiene un amplio respaldo en los círculos del partido.
La abrogación del tratado INF despertó poca reacción más allá de los círculos de control de armas. Pero no todos miran para otro lado. La industria militar apenas puede disimular su satisfacción con los nuevos contratos gigantescos obtenidos para desarrollar instrumentos para destruir todo. Y también los más previsores están urdiendo planes a largo plazo para ganar grandes contratos para diseñar potenciales (o improbables) medios de defensa contra las monstruosidades que ahora pueden crearse con total libertad.
El gobierno de Trump no perdió tiempo en hacer alardes de la abrogación del tratado. En pocas semanas, el Pentágono abruptamente anunció el exitoso lanzamiento de un misil de rango intermedio que violaba el tratado INF, una invitación virtual a que otros se unieran, con todas las obvias consecuencias. (6)
El exsecretario de Defensa William Perry, quien dedicó gran parte de su carrera a asuntos nucleares y no es dado a una retórica exagerada, declaró hace algún tiempo que estaba “aterrado” o, en realidad, doblemente aterrado tanto por el aumento de la amenaza de guerra como por la poca atención que recibe este tema. De hecho, deberíamos estar triplemente aterrados, si sumamos el hecho de que la carrera hacia la destrucción terminal está en manos de personas plenamente conscientes de las horrendas consecuencias de sus acciones. Lo mismo puede decirse de sus dedicados esfuerzos por destruir el medioambiente que sostiene la vida.
La extensión de la red es muy amplia. Comprende no solo a los responsables políticos, si bien la administración de Trump es de una atrocidad y un peligro particulares. También alcanza a los grandes bancos, que invierten dinero en la extracción de combustible fósil, y a los editores de los mejores periódicos, que publican artículos y artículos sobre las maravillosas nuevas tecnologías que han colocado a Estados Unidos en la vanguardia de la producción de aquellas sustancias que nos destruirán a menos que las frenemos por completo. Y hacen todo esto sin mencionar la terrible palabra “clima”.
Los científicos que buscan inteligencia extraterrestre han quedado sorprendidos con la paradoja de Fermi: “¿Dónde están estos?”. Los astrofísicos sugieren que existe vida inteligente en otro lugar. Tal vez tengan razón; tal vez exista realmente vida inteligente, solo que, cuando estos seres extraterrestres descubrieron a los extraños habitantes del planeta Tierra, tuvieron la sensatez de mantenerse alejados.
Quedémonos, sin embargo, con la segunda mayor amenaza a la supervivencia: la catástrofe ambiental.
PROBLEMAS INTERCONECTADOS
Si bien no se comprendía en su momento, los primeros años luego de la Segunda Guerra Mundial marcaron un punto de inflexión en una segunda amenaza a la supervivencia. Por lo general, los geólogos consideran la primera parte del período de posguerra como el inicio del Antropoceno, una nueva era geológica en la que la actividad humana tiene un impacto profundo y devastador sobre el medioambiente (el Grupo de Trabajo sobre el Antropoceno confirmó este juicio sobre el tiempo más recientemente en mayo de 2019). (7) Hoy en día la evidencia de la gravedad y la inminencia de la amenaza son abrumadoras y hasta son bastante reconocidas por los negadores más extremos, como veremos más abajo.
¿Cómo se relacionan las dos crisis existenciales? El climatólogo australiano Andrew Glikson da una respuesta simple: “Los climatólogos ya no se encuentran solos para lidiar con la emergencia global, cuyas implicancias han alcanzado a las autoridades de Defensa. Sin embargo, el mundo sigue gastando cerca de 1,8 billones [millones de millones] de dólares cada año en fuerzas militares, un recurso que debe desviarse a la protección de la vida terrestre. Ante el presagio de conflictos mayores –el mar de China, Ucrania y Oriente Medio se están alzando–, ¿quién defenderá a la Tierra?” (8)
Precisamente, ¿quién?
Los climatólogos sin duda están prestando mucha atención a esto y emiten advertencias honestas y explícitas. El profesor de Física de Oxford, Raymond Pierrehumbert, uno de los principales autores del temible Informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), publicado en 2018 y sustituido desde entonces por advertencias más urgentes, abre su evaluación de las circunstancias y las opciones disponibles al escribir: “Pongamos las cartas sobre la mesa de una vez, sin rodeos. Con respecto a la crisis climática, sí, es tiempo de entrar en pánico. […] Estamos en serios problemas”. A continuación, expone los detalles cuidadosa y escrupulosamente, repasa las posibles soluciones técnicas y sus muy graves problemas, y concluye que “no hay plan B”. (9) Debemos pasar a cero emisiones de carbono netas, y debemos hacerlo rápido.
La profunda preocupación de los científicos climáticos puede encontrarse con facilidad si elegimos no esconder la cabeza en la arena. La CNN celebró el Día de Acción de Gracias de 2019 con un informe detallado (y preciso) sobre un importante estudio que acababa de publicarse en la revista Nature sobre los puntos de inflexión, es decir, aquellos momentos en que los efectos catastróficos del calentamiento global se volverán irreversibles. Los autores concluyen que el estudio de los puntos de inflexión y su interacción revela que “estamos en una emergencia climática y esto fortalece la ola de convocatorias a emprender una acción climática con urgencia. […] El riesgo y la urgencia de la situación son agudos. […] Están en peligro la estabilidad y la resiliencia de nuestro planeta. La acción internacional, no solo las palabras, debe reflejar esto”. (10)
Los autores van más allá con su advertencia de que “el CO2 atmosférico ya está a niveles que se vieron por última vez hace 4 millones de años, en el período del Plioceno. Se encamina con rapidez a alcanzar niveles vistos por última vez hace 50 millones de años, en el Eoceno, cuando las temperaturas eran hasta 14 ºC más elevadas que en los tiempos preindustriales”. Y lo que en esos momentos se desarrolló a lo largo de períodos muy extensos ahora ocurre de manera comprimida, por la acción humana, en unos pocos años. Explican con más detalle que los pronósticos existentes, aunque son bastante negros, no logran dar cuenta de los efectos de estos puntos de inflexión.
Finalmente concluyen que “el tiempo de intervención remanente para evitar la inflexión quizás se haya reducido ya a cero, mientras que el tiempo de reacción para alcanzar las cero emisiones netas es de 30 años, en el mejor de los casos. Por lo tanto, parece que hemos perdido el poder de evitar que la inflexión efectivamente ocurra. La gracia salvadora es que aún podría estar bajo nuestro control el ritmo al que se acumulará el daño a partir del punto de inflexión y, por lo tanto, el riesgo que este conlleva, en cierta medida”.
En cierta medida, y no hay tiempo que perder.
Mientras tanto, el mundo observa cómo nos precipitamos hacia una catástrofe de proporciones inimaginables. Nos acercamos de manera peligrosa a temperaturas globales de hace 120.000 años, cuando el nivel del mar era entre 6 y 9 metros más alto que el de hoy en día. (11) Una prospectiva verdaderamente inconcebible, incluso descontando el efecto de tormentas cada vez más frecuentes y violentas que destruirán los escombros que queden.
Una de las abominables situaciones que podría llenar el vacío entre 120.000 años atrás y el presente es el derretimiento de la vasta capa de hielo de la Antártida Occidental. Los glaciares se están deslizando hacia el mar cinco veces más rápido que en la década de 1990, al tiempo que en algunas regiones el hielo ha perdido más de 100 metros de espesor debido al calentamiento del océano. Una pérdida que se duplica cada diez años. La desaparición total de la capa de hielo de la Antártida Occidental haría que el nivel del mar se elevara alrededor de cinco metros, inundando ciudades costeras, y tendría efectos sumamente devastadores en otros lugares, como en la llanura de baja altitud de Bangladés. (12)
Esta es solo una de las tantas preocupaciones de quienes prestan atención a lo que está sucediendo ante nuestros ojos.
Las graves advertencias de los científicos del clima abundan. El climatólogo israelí Baruch Rinkevich captura el estado de ánimo general de manera sucinta: “Como se suele decir, después de nosotros, el diluvio. La gente no comprende totalmente de qué estamos hablando. […] No entiende que se espera que todo cambie: el aire que respiramos, los alimentos que comemos, el agua que bebemos, los paisajes que vemos, los océanos, las estaciones, la rutina diaria, la calidad de vida. Nuestros hijos tendrán que adaptarse o extinguirse. […] Esto no es para mí. Estoy contento de que yo ya no estaré aquí”. (13)
Rinkevich y sus colegas israelíes discuten los posibles “escenarios del horror” para Israel, pero pocos de ellos son optimistas. Uno observa que “definitivamente Israel no es Maldivas y no quedará sumergida en el corto plazo”. Buenas noticias. Sin embargo, en general, están todos de acuerdo en que la región se convertirá en casi inhóspita: “La gente tenderá a abandonar las ciudades en Irán, Irak y países en desarrollo, pero en nuestro país se podrá vivir”. Y si bien la temperatura del Mediterráneo puede acercarse a los 40 ºC, “la temperatura máxima permitida en un jacuzzi, los humanos no hervirán vivos en el mar como los erizos o la caracola de mar, aunque esto podría representar un peligro mortal durante la temporada alta de baño”.
Entonces hay esperanza para Israel bajo el panorama más optimista, aunque no para toda la región.
CEGUERA ANTE LA CATÁSTROFE
El profesor Alon Tal hace una observación fundamental: “Estamos agravando la condición del planeta. El Estado judío ha mirado de frente al desafío supremo de la humanidad y le ha dicho: ‘Qué importa’. ¿Qué les diremos a nuestros hijos? ¿Que queríamos una mejor calidad de vida? ¿Que tuvimos que quitar todos los gases naturales del mar porque era muy conveniente para nuestra economía? Esas explicaciones son patéticas. Estamos hablando del problema más fatal que existe, en especial en la cuenca mediterránea, y el gobierno de Israel no es capaz de designar un ministro que se preocupe por el hecho de que nos vamos a cocinar sin más”. (14)
El comentario de Tal es correcto y muy perturbador. ¿Qué tienen los humanos que pueden aceptar “explicaciones patéticas” y solo decir “qué importa” al mirar de frente al desafío supremo de la humanidad? Esta es la respuesta, se trate de una catástrofe ambiental gradual latente o de la oportunidad de construir nuevas armas para destruir todo de una sola vez. ¿Qué tienen los humanos que los habilita a gastar 1,8 billones de dólares en fuerzas armadas, con Estados Unidos a la cabeza, sin preguntarse quién defenderá a la Tierra?
Si bien la observación de Tal es generalizadora, es también, en cierto modo, muy fuerte. Existen países y localidades donde se están emprendiendo grandes esfuerzos para actuar antes de que sea demasiado tarde. Y no es demasiado tarde. La respuesta ante la carrera demencial por producir más medios de autodestrucción es bastante evidente, al menos en palabras. La implementación es otra cuestión. Y aún queda tiempo para mitigar la inminente catástrofe climática si se asume un compromiso firme. Sin dudas no es imposible si se enfrentan los hechos. En 1941, Estados Unidos enfrentó una amenaza más grave, aunque incomparablemente inferior, y respondió con una movilización masiva voluntaria tan abrumadora que causó una enorme impresión al zar de la economía de la Alemania nazi, Albert Speer, quien se lamentó de que el totalitarismo alemán no pudiera conseguir la subordinación voluntaria al deber nacional de las sociedades más libres.
Algunos estiman que el desafío, aunque inmenso, no impone cargas comparables a las de 1941. El economista Jeffrey Sachs, en un cuidadoso estudio, concluye que “al contrario de lo que se afirma en algunos comentarios, la descarbonización no requerirá una movilización de la economía estadounidense comparable a la de la Segunda Guerra Mundial. Los costos adicionales de la descarbonización por encima del costo normal de energía serían del 1% o 2% del PIB (Producto Interior Bruto) estadounidense anual hasta el 2050. En cambio, durante la Segunda Guerra Mundial, el gasto federal se elevó al 43% del PIB, cuando en la preguerra, en 1940, era del 10%”. (15)
Es posible, pero ahora enfrentamos una cruel ironía de la historia. Justo en el momento en el que debemos actuar todos juntos, con dedicación, para enfrentar el “desafío supremo” de la humanidad, los líderes del Estado más poderoso de la historia de la humanidad, con plena conciencia de lo que están haciendo, se dedican con pasión a la escalada radical de una doble amenaza a la supervivencia. El gobierno está en manos del único gran “partido conservador en el mundo que rechaza la necesidad de abordar el cambio climático y, a la vez, abre las puertas al desarrollo de armas de destrucción masiva nuevas y más amenazantes”. (16)
Los miembros de la increíble troika que tienen el destino del mundo en sus manos son el secretario de Estado, el asesor de Seguridad Nacional y el Jefe (desde la perspectiva mundial, el Padrino). Las relaciones internacionales se asemejan a la mafia en una medida que pocas veces se reconoce. El secretario de Estado, Mike Pompeo, es un cristiano evangélico cuya agudeza como analista político queda revelada ante su creencia de que Dios ha enviado a Donald Trump al mundo para salvar a Israel de Irán. (17)
Hasta su renuncia (o despido, según a quién elijamos creerle) en septiembre de 2019, el asesor de Seguridad Nacional era John Bolton, y al partir dejó a sus subalternos en funciones. Bolton tenía una doctrina simple: Estados Unidos no debe aceptar ninguna limitación externa a su libertad de acción –es decir, tratados, acuerdos internacionales o convenciones– y, por lo tanto, debe asegurarse de que cada país tenga la máxima oportunidad para desarrollar los medios para destruirnos a todos, con Estados Unidos a la cabeza, si vale de algo. También hace alarde de un corolario: hay que bombardear Irán porque nunca va a estar de acuerdo con negociar nada. (18) Bolton emitió esta receta para la acción cuando Irán estaba negociando con Estados Unidos y Europa el Plan de Acción Conjunto Integral (JCPOA, por sus siglas en inglés), el detallado acuerdo que concluyó poco después de que se congelaran las actividades nucleares iraníes –un acuerdo que Irán respetó meticulosamente, según confirma el servicio de inteligencia estadounidense y de otros países, y que el Jefe destrozó–.
El Jefe es un megalómano infantil y un estafador muy eficaz, al que no le importa nada si el mundo arde o explota mientras él pueda mostrarse como ganador bailando al borde del precipicio y agitando, triunfante, su sombrerito rojo.
El razonamiento de Trump sobre el medioambiente quedó bien expresado cuando se le impidió construir un campo de golf con casas de lujo porque pondría en peligro la fuente de agua potable de las comunidades vecinas. Como le explicó a un agradecido grupo de agentes de bienes raíces: “Yo estaba construyendo un complejo de viviendas. Iba a construir casas muy lujosas, hermosas. [Pero] me enteré de que no puedo construir en ese terreno. ¿Eso tiene sentido para ustedes?”. Entonces, ¿qué podría ser más razonable que desmantelar docenas de regulaciones ambientales, “aumentando [así] las emisiones de gases de efecto invernadero de manera significativa”, como “la ley ambiental referente del país [de la era Nixon]”, y habilitando a las agencias federales a que dejaran de “tener en cuenta el cambio climático al evaluar el impacto ambiental de autopistas, oleoductos y otros grandes proyectos de infraestructura?”. Y por extensión ¿qué podría ser más razonable que maximizar el uso de combustibles fósiles a sabiendas de que pronto socavará las perspectivas de vida humana organizada en la Tierra? (19)
UNA INTERNACIONAL REACCIONARIA
Y no están solos en la escena mundial. En lo que puede considerarse su inauguración simbólica, el año nuevo 2020 abrió con el continente de Australia en llamas y personas desesperadas tratando de escapar a las temperaturas de la explosión de una caldera durante una ola de calor que batió récords, mientras el primer ministro –un dedicado negacionista– regresaba a regañadientes de sus vacaciones para tranquilizar a sus votantes y decirles que lamentaba su dolor. Al mismo tiempo, el líder de la oposición laborista recorría plantas de carbón, donde alentó la expansión del rol de Australia como campeona mundial de la exportación de carbón y afirmó que este papel era consistente con el serio compromiso del país con la lucha contra el calentamiento global. Un compromiso en el que, según monitores internacionales, Australia se posiciona en el último lugar entre 57 países por sus políticas en torno al cambio climático. (20)
Es posible observar cómo la historia ha ido conjurando semejante pesadilla, pero aquí estamos.
Trump tiene una buena razón para regocijarse con su éxito, sin importarle el costo para la parte intrascendente de la población mundial. Él puede no gustarles a sus votantes relevantes –la gran riqueza y el poder corporativo–, pero ellos están muy contentos con los regalos que Trump les prodiga. Y su base electoral está hipnotizada. Más de la mitad de los republicanos ve a Trump como el mejor presidente de Estados Unidos, por encima de Lincoln, el campeón anterior. (21) El proceso de destitución parece haber mejorado su posición entre los fieles que apoyan la tesis de que existen fuerzas oscuras que buscan menoscabar a su líder, quien, muchos creen, ha venido (o quizás fue enviado) a rescatarlos del ataque neoliberal que él, en realidad, combate con vigor. Un truco de magia impresionante.
Estas son las personas a las que hay que convencer de la urgencia de las amenazas que enfrentamos para que podamos conservar una esperanza de escapar al desastre.
Podría parecer un oxímoron tratar de conjurar una estrategia geopolítica a partir de este reparto de personajes. Evitaré hacer referencia al Senado, centro de “recomendación y aprobación” cuya mayoría republicana, habiendo abandonado todo dejo de integridad, se encuentra firme en el bolsillo de Trump y atemorizada por no desatar la furia de su ferviente base. Pero de entre las nubes surge una estrategia: la construcción de un círculo reaccionario internacional, que parte de la Casa Blanca y acerca las viciosas dictaduras militares y familiares de Egipto y el Golfo; Israel, que consuma su proyecto de la Gran Israel, ahora con el apoyo abierto, más que tácito, de Estados Unidos; la India de Modi, que arrasó con Cachemira y desmanteló lo que quedaba de la democracia secular de India, en favor de una etnocracia extremista nacional hindú; el Brasil de Bolsonaro, con un río de espantosos crímenes, pero ninguno comparable a su determinación de destruir la Amazonia, “el pulmón del planeta”, que ha entregado a sus amigos del sector agrícola y minero; y un montón de otros atractivos miembros, como la Hungría de Viktor Orbán, que celebra sus raíces nómadas magiares que se remontan hasta Atila, el huno, o Gengis Kan, y la Italia de Matteo Salvini, que asesina con derecho a miles de miserables que escapan de Libia, famosa por ser el sitio de las proezas genocidas de Italia durante el régimen de Mussolini. (22) Y quién sabe qué se esconde tras bambalinas. Posiblemente Nigel Farage se haga cargo del Estado vasallo de Estados Unidos que supo ser Gran Bretaña si el Brexit duro de Boris Johnson sigue avanzando en el curso esperado.
Si bien esta podría ser la forma del mundo emergente, al igual que la crisis ambiental, no es del todo inevitable. Existen opciones que pueden marcar una enorme diferencia.
Una opción fue anunciada por Bernie Sanders y Yanis Varoufakis, el ex ministro de finanzas de Grecia durante el gobierno de izquierda de Syriza, quienes convocaron al progresismo internacional a confrontar a los círculos reaccionarios mundiales que se estaban forjando bajo la protección de Donald Trump. No es posible hacer oídos sordos.
Volviendo a la pregunta original, la respuesta breve es que la crisis ambiental, junto con su crisis nuclear gemela, es única en la historia de la humanidad y es realmente una crisis existencial. Los que hoy estamos vivos decidiremos el destino de la humanidad y el destino de otras especies que ahora estamos destruyendo a una velocidad nunca vista en 65 millones de años, momento en que un asteroide golpeó la Tierra acabando con la era de los dinosaurios y allanando el camino para que unos pequeños mamíferos pudieran evolucionar y convertirse finalmente en un clon de ese asteroide. Pero este clon, a diferencia de su predecesor, tiene la posibilidad de elegir.
Robert, el IPCC elaboró un informe especial en 2018 sobre el impacto de un calentamiento global de 1,5 ºC por encima de los niveles preindustriales, dirigido principalmente a dirigentes políticos. Desde tu punto de vista, los estudios elaborados por las corrientes principales sobre los desafíos del cambio climático, como el que llevó a cabo el IPCC a lo largo de los años, ¿han logrado capturar de manera adecuada la naturaleza y los riesgos de la crisis climática?
Robert Pollin: Naturalmente, yo no soy científico climático y, por lo tanto, no estoy calificado para evaluar los trabajos de las corrientes principales que se sintetizan de manera regular en los estudios del IPCC, en oposición a otros estudios que creen que el IPCC no representa de manera adecuada el estado de la ciencia en un momento determinado. Pero debemos entender el rol global que juega el IPCC en el avance y la diseminación de las investigaciones de la climatología. El IPCC es una agencia de la ONU creada en 1998 para cumplir con su misión declarada de “proveer a los políticos una valoración científica regular del estado actual del conocimiento sobre cambio climático”. (23) El IPCC no lleva adelante investigaciones originales, sino que actúa como un centro de información para evaluar y sintetizar la literatura relevante. Miles de científicos contribuyen escribiendo y analizando los informes del IPCC, que luego son evaluados por los gobiernos. Personalmente, conozco bien a los científicos climáticos de mi propia universidad, la Universidad de Massachussets Amherst, que participan en varios proyectos del IPCC. Son personas muy comprometidas, capaces y fiables. Por lo que es justo decir que el IPCC reúne evaluaciones actuales y de alta calidad de las principales corrientes de la climatología en cualquier cuestión dada.
Resta un pequeño grupo de negacionistas climáticos, cuya posición recibe crédito y se amplifica por los principales medios mucho más allá de lo que respaldan sus propios hallazgos científicos. (24) Sin embargo, a pesar de su inverosimilitud, no podemos descartar totalmente la posibilidad de que algunos de sus postulados puedan tener algo de mérito. Pero, en este sentido exactamente, es también cierto que el IPCC es escrupuloso al reconocer un alto grado de incertidumbre en todas sus estimaciones. Por ejemplo, su objetivo para el nivel de reducción de emisiones necesario nunca se presenta como un número solo, por ejemplo, “debemos reducir las emisiones en un 80% dentro de los próximos 20 años o enfrentaremos estas terribles consecuencias”. En contraste, el IPCC presenta siempre sus conclusiones en términos de rangos y posibilidades. También es cierto que el IPCC ha cambiado regularmente su evaluación en un grado significativo, como se ha ilustrado en años recientes en algunas de sus más importantes publicaciones.
Así, en su IV Informe de Evaluación, publicado en 2007, el IPCC concluyó que para estabilizar el promedio global (una temperatura media de 2 ºC por encima del promedio preindustrial), las emisiones anuales de CO2 deben caer, aproximadamente, entre 4.000 y 13.000 millones de toneladas métricas para 2050; esto significa una reducción de entre el 60% y el 80% respecto del nivel de 33.000 millones de toneladas métricas de 2018. Sin embargo, en su V Informe de Evaluación, publicado en 2014, el IPCC fijó el rango de reducción de emisiones necesario entre el 36% y el 76% para alcanzar el mismo punto de estabilización de 2 ºC. En otras palabras, entre el Informe de Evaluación del IPCC del 2007 y el del 2014, los requerimientos de reducción de emisiones han disminuido. Sin embargo, en 2018, cuatro años después del Informe de Evaluación de 2014, el IPCC volvió a cambiar radicalmente su posición, adoptando una postura mucho más alarmista que en sus publicaciones previas. Es decir, en el informe de octubre de 2018 al que te refieres, titulado Global Warming of 1.5 ºC, el IPCC enfatizó el imperativo de limitar el aumento de la temperatura media global a 1,5 ºC en lugar de a 2 ºC. Lo hizo luego de llegar a la conclusión de que el calentamiento objetivo de 1,5 ºC reduciría de manera drástica la probabilidad de consecuencias negativas del cambio climático. Esto comprende los riesgos de calores extremos, precipitaciones intensas, sequías, aumento del nivel del mar, pérdida de biodiversidad y el correspondiente impacto en la salud, la calidad de vida, la seguridad alimentaria, el abastecimiento de agua y la seguridad humana.
Es claro que existe un alto grado de incertidumbre respecto del conjunto total de consecuencias que enfrentaremos si permitimos que las temperaturas globales promedio suban más de 1,5 ºC o incluso 2 ºC por encima de los niveles preindustriales. Las consecuencias podrían ser más o menos graves que las previstas por la evaluación del IPCC de 2018. Si volviera a cambiar su evaluación una vez más en los futuros informes, se trataría de un comportamiento fiel a su costumbre. Entonces puede esperarse que el IPCC ofrezca una valoración más optimista, como en 2014, pero es más probable que sus evaluaciones sean cada vez más nefastas, para reflejar la advertencia de los eminentes científicos climáticos. Como expresó el autor del IPCC Raymond Pierrehumbert, citado más arriba por Noam, “sí, es tiempo de entrar en pánico. Estamos en graves problemas”. En pocas palabras, tenemos información más que suficiente para emprender acciones determinantes ya sobre la base de lo que sabemos, en pleno reconocimiento del rango de incertidumbres que enfrentamos.
Para ahondar un poco más en este tema, ¿no tendría más sentido que aplicáramos la opción del seguro al problema de cómo abordar el cambio climático?
R. P.: La respuesta corta es: “Sí, sin lugar a dudas”. Lidiar con la realidad de lo incierto en estos temas, efectivamente, hace surgir la pregunta: ¿Qué pasa si el abrumador consenso de la opinión científica resultara equivocado o, para ser más exacto, si el resultado relativamente poco probable de que no veremos consecuencias serias del cambio climático termina siendo el desenlace real? ¿La comunidad global habrá desperdiciado billones de dólares en un período de tres años para resolver un problema que nunca existió desde un primer momento?
De hecho, necesitamos emprender una acción concluyente ya en relación con el cambio climático, no basándonos en una certeza del ciento por ciento de sus consecuencias, sino a partir de probabilidades estimativas razonables. En efecto, debemos pensar en el Green New Deal global exactamente como el equivalente de una póliza de seguros para protegernos a nosotros y al planeta contra las graves prospectivas –pero no la certeza– de que estemos atravesando una catástrofe ecológica.
El economista de Harvard Martin Weitzman, fallecido en 2019, aportó una importante investigación sobre cómo deberíamos manejar las incertezas en torno al cambio climático. Como explicó en Climate Shock, el libro publicado en 2015 que escribió junto a Gernot Wagner, “el cambio climático está rodeado de incertezas arraigadas sobre incertezas arraigadas sobre incertezas aún más arraigadas”. Weitzman y Wagner ofrecen una analogía sobre cómo manejar estas incertezas:
Si descubriéramos que un asteroide con el potencial de cambiar la civilización tal como la conocemos se está precipitando hacia la Tierra y cuenta con un 5% de posibilidades de impactar sobre la Tierra dentro de diez años, probablemente haríamos lo imposible por intentar desviar su trayectoria. Si supiéramos que el mismo asteroide se dirige hacia la Tierra, pero impactará un siglo más tarde, pasaríamos algunos años más discutiendo el curso de acción más adecuado, pero hay algo que no haríamos: no diríamos que tenemos que resolver el problema en una década como máximo para poder relajarnos por otros noventa años. Tampoco depositaríamos nuestra confianza en que las tecnologías sean mucho mejores en noventa años y nos quedaríamos sin hacer nada durante noventa y uno o noventa y dos años sin problemas. No. Actuaríamos y rápido. No nos importaría que las tecnologías pudieran mejorar en los siguientes noventa años, que pudiéramos aprender más del curso exacto del asteroide en ese tiempo y descubrir que la posibilidad de golpear la Tierra sería “solo” del 4% en lugar del 5% que se había pensado al principio. (25)
Weitzman y Wagner también reducen el problema a situaciones cotidianas que enfrentan las personas en la actualidad al abordar la incerteza como una póliza de seguro. Así, escriben que “los incendios devastadores de hogares, accidentes de coche y otras catástrofes personales muchas veces tienen una posibilidad menor al 10%. Y aun así las personas compran un seguro para cubrirse contra estas posibilidades remotas o incluso se ven obligadas a hacerlo por la ley con la esperanza de no transferir estos costos a la sociedad”. (26)
Desde este punto de vista, el único problema importante en disputa con respecto a la compra de un seguro climático sería cuánto estamos dispuestos a pagar para contar con cobertura suficiente. Esto equivale a decidir no si compramos un seguro para nuestro automóvil, sino cuánto gastamos o cuánta cobertura necesitamos. Esta es la pregunta a la que quiero volver más tarde en el contexto de la descripción de un proyecto viable para el Green New Deal.
La premisa subyacente de la economía ortodoxa es que las operaciones de libre mercado, dejadas a sus propios mecanismos, producirán resultados sociales que son superiores a las intervenciones del gobierno. ¿En qué medida este sesgo promercado de la economía ortodoxa está reteniendo el progreso de la mitigación del cambio climático?
R. P.: En 2007, Nicholas Stern, el prominente y popular economista británico y execonomista jefe del Banco Mundial, escribió que “el cambio climático es el resultado del mayor fracaso del mercado que haya visto el mundo”. La evaluación de Stern es extrema, pero no hiperbólica.
El neoliberalismo es la fuerza motriz que impulsa el cambio climático. Esto es porque el neoliberalismo es una variante del liberalismo clásico, y el liberalismo clásico se construye sobre la idea de que se debe otorgar máxima libertad a todas las personas para perseguir su propio interés en el contexto de un mercado capitalista. Pero el neoliberalismo también difiere sustancialmente del liberalismo clásico y, por lo tanto, también de la premisa básica de la economía ortodoxa de que el libre mercado, librado a su suerte, producirá resultados que son superiores a los de la intervención del gobierno. Aquí yace el problema del neoliberalismo, cuando se contrapone al modelo puro del libre mercado celebrado por la economía ortodoxa. Es decir, lo que ocurre realmente en la práctica bajo el neoliberalismo es que los gobiernos permiten a los gigantes corporativos perseguir sus oportunidades de beneficios libremente en la máxima medida. Pero entonces los solucionadores de los gobiernos entran en escena para rescatar a las corporaciones cuando sus ganancias se ven amenazadas. Esto equivale a un socialismo para capitalistas, y un capitalismo duro de libre mercado para todos los demás.
De hecho, la historia de las empresas de petróleo en el abordaje del cambio climático representa un estudio de caso dramático. En 1982, un grupo de investigadores que trabajaba en la entonces Exxon Corporation (hoy en día, ExxonMobil) estimaban que para el 2060, la quema de petróleo, carbón y gas natural para producir energía elevaría 2 ºC la temperatura promedio del planeta. Esto, a su vez, generaría exactamente las disrupciones climáticas masivas que estamos viviendo cada vez con mayor frecuencia desde la década de 1980. En 1988, otro grupo de investigadores de Shell Corporation llegó a conclusiones similares. Ahora sabemos qué hicieron Exxon y Shell con esta información: la enterraron. Lo hicieron por la obvia razón de que, si la información se conocía, podía amenazar sus prospectivas de percibir ganancias masivas a partir de la producción y venta de petróleo.
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