Читать книгу: «Deconstruyendo al Joyce de Lacan»


Nació en Buenos Aires. Se convirtió en Psicólogo (UBA), lo que tolera mejor ejerciendo el psicoanálisis. Fue primero concurrente, y luego formador y supervisor, en el Hospital José T. Borda. Dictó conferencias y charlas en torno a James Joyce en diversos Centros de Salud, buscando siempre despatologizar al artista.
Por el lado de la escritura, ésta se lo llevó por delante, haciéndole la vida más vivible. Tal vez algo de ello lo propulsó a comenzar su carrera como editor. Trabajó en editoriales especializadas en psicoanálisis (La docta ignorancia, Letra Viva) y para autores y autoras en lo que llamó: Encuentros de edición. Desarrolló proyectos y dirigió colecciones que vinculan la literatura y el psicoanálisis; la música y el psicoanálisis; así como también colecciones de narrativa. Coordinó por diez años la sección de literatura en el portal elsigma.com. Organizó Conversatorios que interrogan al psicoanálisis desde las teorías de género, junto a María Magdalena y Natalia Neo Poblet, y Jornadas que proponían un diálogo entre la literatura y el psicoanálisis.
Cree que principalmente fue la conjunción de todo este recorrido, y el amor por los libros, lo que lo decidió a crear este proyecto que hoy se llama Las Furias editora.
Publicó en narrativa: Disculpe las molestias ocasionadas (cuentos, 2009), La voz en off (novela, 2012), Errancia a diario. Elogio del caminar (2020), y en ensayo psicoanalítico: ¡Cuidado con la música! (2014), Bellas y bestias (2015), Lo absurdo y el humor (2017), ¿Usted está aquí? (2020), entre otros libros.


Cerruti, Nicolás
Deconstruyendo al Joyce de Lacan / Nicolás Cerruti; editado por María Magdalena. - 1ª edición. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Las Furias, 2022.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-48302-1-0
1. Psicoanálisis. 2. Ensayo Literario. 3. Literatura. I. María Magdalena, ed. II. Título.
CDD A864

EDICIÓN María Magdalena
DISEÑO Romina Luppino
No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o transformación de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito de los editores. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446.
Conversión a formato digital: Libresque

Índice
Cubierta
Sobre el autor
Portadilla
Créditos
Portada
Índice
Dedicatoria
Epígrafe
Prólogo. Jorge Baños Orellana
Ulidice
Principios
Capítulo I. Leer a Lacan, leyendo a Joyce ¿Lectores de Joyce? Quememos las preguntas
Capítulo II. Des(p)ertar de la religión Matar a la madre El arrebato de James Joyce
Capítulo III. Escritos críticos y afines Drama y vida La casa bella Los más vivos de los muertos
Capítulo IV. El esplendor de lo real Abandonarse Jacques Lacan y la búsqueda de la verdad El esplendor de qué Matar a Helena
Capítulo V. Vivir la propia ida Destruir a dos amo(re)s Rechazo del gaélico Verdades primeras
Capítulo VI. Desterrados La lejanía secreta Al margen de la cultura
Capítulo VII. Lo que está detrás Palabra musical
Capítulo VIII. Cargar con el padre Cargar con el padre Elogio del caminar
Las Furias editora
Sobre este libro
A María Magdalena
ella tan Joyceana, sin saberlo
«A
Mi propia Alma
le dedico el primer
trabajo auténtico de mi
vida».
JAMES JOYCE
En verdad, las relaciones con la escritura son complicadas. Las palabras son susceptibles y caprichosas; capaces, sin embargo, de generosidad y comprensión.
Necesitas, al entrar en contacto con ellas, cambiar por completo, olvidar lo que sabes por lo que vas a aprender.
EDMOND JABÈS
El libro de las preguntas
Todo libro rompe un cerco, pero a su vez nace de él, de una voz que ha sido capaz de volverse un cerco de voces, un murmullo junto al fuego.
FABIO MORÁBITO
El idioma materno
Prólogo
JORGE BAÑOS ORELLANA
No hay lecturas virginales, libres de supuestos, presunciones e inclinaciones. Los autores y las editoriales lo saben bien, por eso procuran llamar la atención de los lectores a quienes se dirigen enviando contraseñas dentro de los títulos, subtítulos y listas bibliográficas, y cargando los anzuelos en contratapas, solapas y prólogos. ¿Pero a quiénes se dirige Deconstruyendo al Joyce de Lacan? ¿A joyceanos, lacanianos o deconstructores? Creo que a los tres, y con un mismo propósito, el de incitarlos a leer a Lacan de otra manera, desde supuestos, presunciones e inclinaciones que, lamentablemente, hoy son todavía inhabituales. Es un tour de forcé, un proyecto que reclama madurez, y Cerruti pone su experiencia de lector, escritor, editor y psicoanalista en el intento de vencer las inercias que refrenarían ese cambio anhelado.
Supongo que los joyceanos serán los que se deslizarán con más familiaridad por las primeras páginas de este libro. No les sorprenderá encontrar allí a Cerruti a los diecisiete años de edad leyendo, en un bar del centro de Buenos Aires, el Ulises de Joyce y atascado en la página 40. Atascado hasta que el confortable murmullo del interior del bar es bruscamente interrumpido por el bochinche de una murga carnavalesca y de los gritos de la policía queriendo detenerla:
Fue ahí que me di cuenta: lo que leía en el Ulises estaba en la calle; no sé qué palabra fue, tal vez una frase, pero la encontré en el texto y luego tras la puerta del bar. Entonces supe que el Ulises había que leerlo dejando que la realidad que circundaba al lector lo penetrase.
Para los lectores de Joyce, ni falta les hace que este recuerdo venga anticipado por la etiqueta: «Entonces ocurre una epifanía personal que destraba algo. La anoto en la primera página del libro, dado que aún no tengo el hábito de llevar una libreta». Para el resto, en cambio, será una advertencia provechosa para anoticiarlos de la importancia heurística que tienen para los escritores, desde finales del siglo XIX, las metamorfosis poéticas o «momentos eucarísticos» que suelen suceder a partir de episodios menores de la vida ciudadana, como el de la murga. Prestar atención a su irrupción y anotarlos es un hábito y gesto corrientes, y si, hacia la edad de diecisiete años, Joyce también lo hacía, recopilando tales experiencias anodinas bajo el título de «siluetas» o «epifanías», fue por ser un escritor de su tiempo, no por una tara psicopatológica singularísima o trastornos de los fenómenos elementales del automatismo mental de Clérambault, como suele entenderse luego de leer a Lacan mencionando las epifanías joyceanas.
A los lectores de Joyce, además, no se les pasará por alto la posibilidad de que el recuerdo de Cerruti adolescente haya sufrido algún retoque para cobrar mayor significación. Consultarán seguramente la página 40 del Ulises en su edición más popular, la de Penguin Modern Classics, para encontrar una reveladora equivalencia. Allí aparece la tortuosa discusión, sobre el sentido de la historia, entre el joven profesor Stephen Dedalus y el director del colegio Mr. Deasy. El silencio de fondo de la elegante oficina de la dirección, donde conversan, se ve repentinamente interferido por un griterío procedente del patio de los alumnos. Stephen lo aprovecha para replicar que la historia de la humanidad no obedece a ningún designio providencial conservador, sino a irrupciones inopinadas: «Eso es Dios. Un grito en la calle», le dice a Mr. Deasy, señalando la ventana por donde entró el barullo.
No creo cometer una seria infidencia al señalar la clave de este guiño de Cerruti dirigido exclusivamente a la hermandad joyceana. Si, acaso, él retocó ligeramente su recuerdo, no lo hizo para engañar a lectores no advertidos, sino para mostrar, a los más curiosos, cómo se permite emplear otro artificio del saber hacer de Joyce, el de editar recuerdos, porque, subraya Cerruti: «el fin del artista y la verdad [biográfica] permanecen integrados a sus obras, o sea, cambian según la ficción lo requiere, y, a la vez, forman sus propuestas en acto».
Esta distancia, entre la mera verdad de las escribanías y el saber hacer del escritor, es uno de los temas recurrentes de Deconstruyendo y el más espinoso. Se trata del choque entre las búsquedas metódicas y documentables de la verdad, que reciben el visto bueno de Mr. Deasy, y los tanteos en las tinieblas hacia la incalculable irrupción de lo real, que consiente Stephen Dedalus. Es ilustrativo ver a Cerruti tomar partido por la segunda vía en su crítica a un pasaje de Las poéticas de Joyce de Umberto Eco. Se trata de un libro que refiere respetuosamente en varias ocasiones, pero del que toma distancia cuando nota que, haciendo gala de su formación de medievalista, Eco censura a Joyce por citar erróneamente a Santo Tomás de Aquino en Retrato del artista adolescente, revelando falta de contacto con sus fuentes latinas:
Tal vez desde aquí –objeta Cerruti– se puede apreciar que [Joyce] no profundizó en su lectura e investigación de los textos originales, porque lo que había hallado le servía más para sus propios fines que para sostener la coherencia del pensador de Aquino. La clave resulta ser lo que se aprehende, y no lo bello y lo verdadero. Lo que se aprehende, ¿será uno de los nombres del saber hacer?
Es una crítica pertinente y a la que no cuesta demasiado adherir. Pero lo que alborotará de este libro, tanto a tirios como a troyanos, es cuando, a continuación, se concede y pondera que, para aprehender lo incalculable de la clínica psicoanalítica, Lacan se haya permitido libertades paralelas a las de Joyce. Y que eso lo haya hecho no solamente, pero sí con particular inclemencia, en sus lecciones acerca de la vida y obra de Joyce de su seminario El sinthome...
Puede que algunas afirmaciones inexactas, que figuran en ese seminario, hayan sido involuntarias, debidas a simple falta de conocimiento en la materia. Jacques Aubert y David Hayman han testimoniado con qué insistencia Lacan los consultaba y de lo mucho que leía a estudios joyceanos mientras dictaba El sinthome. Sin embargo, en la mayoría de las ocasiones no hay explicación más verosímil que la de que Lacan realizó una tergiversación deliberada de los datos biográficos y las evidencias textuales. Debe tomarse en cuenta que, para la fecha en que dicta El sinthome, ya estaban publicadas las muy difundidas primeras ediciones de Allusions in Ulysees de Weldon Thornton, de Ulysses Annotated de Don Gifford y de la monumental biografía de Richard Ellmann, que ponen a la vista esos deslices. «Deslices», «errores» que Lacan toma como premisas de algunas de sus conclusiones clínicas. Me refiero, especialmente, a cuando otorga valor autobiográfico a la golpiza que recibe el personaje Stephen, a cuando atribuye a Joyce un comentario de A. Griffith acerca del logo de The Freeman’s Journal, y a cuando escamotea la solución tradicional del enigma del zorro. El lector encontrará comentadas esas operaciones en las páginas de Deconstruyendo.
Esas inconsistencias académicamente insostenibles, semejantes en todo a las que Eco censura en Retrato del artista adolescente, decepcionaron y hasta enojaron a muchos joyceanos. Lo que ellos festejan en Joyce, no lo ven con buenos ojos cuando lo hace Lacan. El mismo Philippe Sollers, asistente de número del seminario El sinthome, tramó venganza después de escuchar a Lacan asegurando, sin basamento alguno, que Joyce era impotente («Como él [Joyce] tenía el pito algo flojo, si puede decirse así, su arte suplió su firmeza fálica»). Pocas dudas caben de que fue ése el motivo de que, en el segundo capítulo de su novela Mujeres, Sollers haga protagonizar a Lacan, bajo el obvio pseudónimo de Fals, un escándalo sentimental donde es crudamente engañado y puesto en ridículo.
A Cerruti no le incomodan esas tergiversaciones de Lacan. Tampoco las minimiza o disimula. La cuestión de «¿qué llevaba a Lacan a actuar de esta manera?», aparece formulada en la mitad de este libro y será central en todo lo que le sigue. De allí saldrán las principales conclusiones y la argumentación que lo sostiene para celebrar El sinthome: «Porque no de otra manera se acerca a lo real. Porque Lacan, como Joyce, estaba dispuesto a abandonar su falsa paz».
Pero mientras consiente hasta el elogio el funcionamiento antiacadémico de esa fabulosa máquina de producción de ideas que fueron los seminarios de Lacan, siente indignación por la credulidad con que la mayor parte de sus discípulos lo escucharon o leyeron. Le avergüenza que, a medio siglo del seminario El sinthome, todavía prevalezca en el lacanismo la creencia de que Jacques Lacan reveló la verdad de la vida y obra de James Joyce, con los métodos que Mr. Deasy respaldaría. Deconstruyendo al Joyce de Lacan es, no solamente pero sí en primerísimo lugar, un intento laborioso de cambiar ese estado de la recepción. Ante la abundante bibliografía secundaria que generó El sinthome mantiene que:
Los dichos hacia Joyce están llenos de bajezas, de falta de tacto, de lecturas sesgadas. Eso nos puede llevar a la ruina. […] Desenmascarar el Joyce de Lacan, deconstruirlo, es un trabajo que los analistas se han evitado (no todos), dado que no parecen tolerar dos cosas: que Joyce no sea el que Lacan les presenta, y que Lacan tome a Joyce para hablar de sí mismo.
Como reflejos y reverberaciones de este alarmante diagnóstico, que yo comparto, el lector encontrará una decena de ocasiones en que Cerruti pierde la paciencia y se pone a sermonear –la entonación del sermón fue muy practicada por Joyce y Lacan–, incluyendo casi siempre la fórmula «Los/as analistas». Por ejemplo:
[La golpiza] que refiere Lacan está en Retrato del artista adolescente. Y, aunque es una ficción, no estaría mal que los/as analistas vayan a leerlo, para sacar sus propias conclusiones, y ver cómo está distorsionado, incluso mal citado, mezclando tiempos y espacios. […] ¿Qué lo llevará [a Lacan] a dejar asentadas varias referencias y pistas que los/as analistas, sin interrogar, sin espíritu crítico, toman al pie de la letra, transformando sus lecturas en una letra bíblica?
Se objetará que este prólogo es unilateral, que muy distinto hubiese sido de haber yo optado por la alternativa, mucho más probable, de suponer que Cerruti no leyó, a los diecisiete años, el Ulises de la edición de Penguin, sino la traducción del argentino Salas Subirat. En la página 40 de la edición Salas Subirat, no aparece el barullo que interrumpe la tranquila oficina de Mr. Deasy, sino la voz de Buck Mulligan acusando a Stephen de impiedad en los días de la agonía de su madre. Entrar por esa puerta hubiese, seguramente, privilegiado otras cuestiones de este libro. Como las del duelo, las maternidades y paternidades, los exilios amorosos, las carencias, las políticas del Otro, la no relación sexual y, last but not least, lo que Deconstruyendo al Joyce de Lacan cuenta del propio análisis de Cerruti. ¿No es casi un testimonio de pase? Admito la importancia de esas páginas y, naturalmente, pude haber enviado a Nicolás un Whatsapp para verificar cuál Ulises leyó de jovencito. Sin embargo, me pareció más cercano al espíritu de su libro, y a mi tarea de pregonar su novedad, abstenerme de preguntárselo.
Ulidice1
«El personaje de Ulises siempre me fascinó, incluso de chico. Imagínese que hace quince años empecé a escribir este libro como uno de los cuentos cortos que debían integrar Dubliners. Llevo trabajando siete años en este libro, ¡ojalá reviente!».
JAMES JOYCE
«Las casualidades nos empujan a diestra y siniestra, y con ellas construimos nuestro destino, porque somos nosotros quienes lo trenzamos como tal. Hacemos de ellas nuestro destino porque hablamos».
JACQUES LACAN
Una edad tan equívoca como los diecisiete años. En el horizonte cercano el final, casi ningún principio. ¿Por dónde seguir viviendo? ¿Cómo? No poseo las herramientas que lo indiquen. Asumo que el mundo puede devorarme. Que si continúo así de estúpido cesarán las chances. Quisiera leer. Por dónde comenzar. Voy muy atrás. Homero: la Ilíada y la Odisea. Leo mal, a espaldas del día. No entiendo qué hago. La lectura es una presencia que se pierde.
De a poco, bajo un velo rasgado, los libros van apareciendo. Luego de unas pocas páginas tal vez entienda porqué estoy leyendo lo que leo. Algo me conduce. Nunca lo sabré con certeza. Soy un mal lector, no tengo maestro, guía… tampoco fuerza.
En el Paseo La Plaza inauguro un nuevo bar (hoy desaparecido) y una nueva lectura. Me gusta este ritual: un nuevo libro en un nuevo lugar. Buenos Aires siempre cae renovándose.
Pero no avanzo. Hay un muro de palabras. Del libro salta una imagen cada tanto, aunque es tenue, no logro atraparla. Una torre, un acantilado. La palabra es el muro donde el mar del lenguaje choca. Cuerpos flotando, extraños, estoy confundido, no sé qué dice el libro que tengo en mis manos. Una voluntad inexplicable, como la de la marea, detiene mi lectura en la página cuarenta: es el Ulises, de James Joyce.
*
Estoy leyendo Ulises, y es una obra semánticamente increíble e inmensa, grandiosa, genial…2
*
Entonces recuerdo: Ulises es el nombre de un amigo de mi hermano. Ocurre en sesión, con mi analista. Viene de muy atrás. Este amigo me había dicho, con sorna, que a sus nueve años ya había leído el Ulises de James Joyce. Me lo dice cuando yo tengo nueve; y él parece un adulto con sus catorce años.
El tiempo pasa. Ulises compone música en un idioma inventado. Mi hermano lo asiste, pues entiende de la fragmentación de la letra. Ulises quiere llevarse a mi hermano al inhóspito Sur. Quieren fundar una comunidad. Perderse al fin. Mi hermano va a exiliarse. No lo soporto. Me siento solo. Los libros se convierten en una compañía momentánea. Me sumerjo en su tiempo sin tiempo. La lectura es la presencia de su pérdida.
Y es cuando leo la Odisea que el nombre cae hacia la aventura. Decido partir también. Lograr mi hazaña. Sin embargo, no encuentro con quién. No tengo un Ulises.
Quedo tan capturado que su nombre se inscribe como uno de los deseos más complejos y bizarros de mi corta existencia.
Es cuando la analista devela el nombre de mi héroe griego que recuerdo todo el dolor por la pérdida de mi hermano, y queda así truncada mi odisea: recorrer la Argentina en bicicleta, desde la Quiaca hasta Ushuaia.
Una proeza, como la de ese personaje que podría representar a la humanidad completamente.
Una aventura, que escondía el placer de perderme en el carozo de un nombre, no revelado.
*
En una de las charlas con su amigo Budgen3, James Joyce vuelve sobre el texto que está escribiendo –Ulises–, y al decirle que se basa en la Odisea lo consulta: «¿Recuerda algún personaje de un libro que reúna tantos aspectos a la vez?»4. Sus palabras quieren ser tan precisas como las vestiduras que a un hombre lo vuelvan completo. En verdad, son semblantes con los que forja a este hombre común: Leopold Bloom. (Hombre completo y común; aunque «No tan común, por lo pronto, es bueno»5).
* PRIMERA VESTIDURA: ¿Jesucristo?: no, porque éste era soltero, nunca vivió con una mujer. «Realmente, vivir con una mujer es una de las cosas más difíciles que un hombre pueda hacer, y él nunca lo probó»6.
* SEGUNDA VESTIDURA: ¿Fausto?: no, porque ni siquiera es un hombre. «… ¿es viejo o joven? ¿Dónde están su casa y su familia? (…) no puede ser completo porque nunca está solo, siempre tiene a Mefistófeles cerca de él, a su lado, o tras él»7.
* TERCERA VESTIDURA: ¿Hamlet?: no, porque es solamente un hijo.
En cambio Ulises –se refiere al héroe griego, independientemente de si representa a Bloom, o al libro– «es hijo de Laercio, pero también padre de Telémaco, esposo de Penélope, amante de Calipso, compañero de armas de los guerreros griegos que luchan contra Troya, y rey de Ítaca. (…) fingió estar loco (…) la historia de Ulises no terminó al concluir la guerra de Troya. Su historia no hacía más que empezar (…) fue el primer caballero de Europa. Cuando avanzaba, desnudo, hacia la joven princesa, ocultó a su mirada de muchacha las partes nobles de su cuerpo…»8.
Ulises, ese hijo, padre, esposo, amante, compañero, rey, loco, caballero. Maestro en ardides. Relator de su propia historia como un mendigo. Desecho de experiencias. De lenguas que se fragmentan y caen ante los ojos de los incrédulos. El que escuchó a las sirenas, pero nunca encontró las palabras para transmitirnos su canto (porque no habrá palabra, aunque viva en la lengua, en la punta de la lengua…).
Ulises: el héroe preferido de Joyce. Tanto que, al final de su vida, todos los domingos, esperaba a su nieto en la cama, fumándose un Parisienne, y vestido con una bata roída continuaba el relato que había cesado la semana anterior9. Encontraba por fin a alguien que lo leía al escucharlo atentamente. En definitiva, uno de los deseos de James Joyce.
*
No haré el viaje planeado. No dejaré detrás mi hogar, ni mi carrera de psicología a punto de comenzar. No interrumpiré por lo tanto el análisis. Ella –mi analista– logra que tras el nombre confesado vea la dimensión de un pasaje al acto. Entonces vuelvo a leer como si estuviese de duelo. Lo estoy. No tengo fuerza, guía, maestro. No paso de la página cuarenta: es el Ulises de James Joyce.
Insisto sin embargo, como antes, cuando marcaba en un mapa el itinerario de un viaje posible. Leo en los bares, lejos de casa. Llevo el libro constantemente en mi bolsillo (son dos tomos en ese formato, lo agradezco) como antes llevaba el mapa de la Argentina. En la barra de aquel viejo bar Gandhi de la Avenida Corrientes (hoy transformado en una enorme librería), se me acerca el personaje secundario de una película independiente.
–Conocí a tres personas en mi vida que «dicen» haber terminado el Ulises –me anuncia confidente, interrumpiendo mi lectura–. Con vos, podrían ser cuatro.
Sonrío. Él sabe de la dificultad. ¿El Ulises se lee? ¿El Ulises se lee todo? (Hoy podría especificar aún más la pregunta: ¿el Ulises se deja [de] leer?).
Insisto. Entonces ocurre una epifanía personal que destraba algo. La anoto en la primera página del libro, dado que aún no tengo el hábito de llevar una libreta.
Corrientes. Comparsas. Carnaval, bombos, quejas… El día en que los silbatos de los policías por fin sonaron para la música alegre. El sonido de la cafetera, Marcelo golpeando en el tacho para sacar el resto de café usado, el calor, y luego de la puerta la comparsa con sus tambores y platillos. Corrientes.
(Ocurre un pasaje: ese hueco que se abre en donde se sustrae el tiempo, donde el espacio vuela y viajamos sin movernos; donde nos trasladamos súbitamente a alguna realidad que vivirá por siempre, como apartada. Él está allí, su densidad se abre en cualquier momento, sólo hace falta reconocer el pasaje).
*
Aún no se habían declarado legales los feriados de carnaval. Las murgas tomaban las calles, y sus reclamos insistían en el calor. La policía los acompañaba y, sin quererlo, todo sonaba como parte de la misma música. Fue ahí que me di cuenta: lo que leía en el Ulises estaba en la calle; no sé qué palabra fue, tal vez una frase, pero la encontré en el texto y luego tras la puerta del bar. Entonces supe que el Ulises había que leerlo dejando que la realidad que circundaba al lector lo penetrase. El Ulises tiene una continuidad con aquello que nos está pasando en el momento de la lectura. Su lectura debe ser porosa. El texto pide que la realidad, y más específicamente la de la calle, se filtre.
Es así que en un trance hipnótico leo el Ulises. Me ha hechizado, soy parte de su sueño. Luego escribo cuentos donde la sonoridad de las palabras cobra prevalencia –aún no lo sabía, pero lalengua ya actuaba allí, aunque fuese un libro traducido, aunque no fuese el Finnegans Wake.
Escribo cuentos sonoros y se los leo a mis amigos. Y al entorno le ocurren cosas bizarras cuando leo: una silla se rompe y una amiga cae; una ventana estalla; un equipo de audio zumba agudamente antes de apagarse para siempre. Por momentos tenemos la ilusión de que la palabra es la cosa (que se rompe, estalla, zumba).
Escribo y leo. Mucho. Siempre al margen, sin maestro, sin guía, con fuerza. Luego encuentro a Lacan, habla de Joyce. No sé de quién habla, sin embargo es alguien al que desprecia y admira a la vez. No es el Joyce que conozco y que fui conociendo en todos estos años. Las lecturas de Lacan no son mis lecturas. Sus eventualidades no son las mías. Los motivos son distintos. Ulises es el nombre de un acontecimiento que podría haberme llevado a recorrer la Argentina en bicicleta y, quién sabe, tal vez a nunca orientarme hacia el psicoanálisis y su práctica. Ulises es el nombre de una aventura que no fue, o más bien, Odiseo. Todos nombres envueltos. Tantos nombres que cambian y develan otros. Odiseo se vuelve Ulises, Ulises se vuelve Joyce, Joyce se vuelve Lacan. Y algo de todo eso me acerca a la escritura.
Ahora que lo pienso, no creo que el viaje se haya frustrado. Hoy tengo la escritura para acompañar esta odisea, como antes tenía mis piernas. El destino es el mismo: un recorrido de punta a punta, a través de un país tan tormentoso, hermoso y plural como la Argentina, eso será tal vez este deconstruir al Joyce de Lacan.
1. Lo primero que quiso escribir Joyce sobre Ulises fue un cuento. Lo pronunciaba: Ulidice (Oolissays). Dado que desde el psicoanálisis destacamos el sujeto en tanto que habla (parlêtre) y es hablado, este nombre, que es canto y decir conjugados, se constituye para mí en una bella metáfora. Lo extraigo de la monumental biografía: Ellmann, R., James Joyce, Anagrama, Barcelona, 2002, pág. 257.
2. Plath, S., Diarios completos, Alba editorial, Barcelona, 2016, pág. 207.
3. «Frank Budgen, con quien llegó a tener relaciones más íntimas que con todas las demás amistades de su vida, si se exceptúa a Byrne» dirá Richard Ellmann, Op. cit., pág. 476.
4. Ibíd., pág. 483.
5. Gamerro, C., Ulises. Claves de lectura, Interzona, Buenos Aires, 2015, pág. 80. También Joyce reconoce en Ulises un hombre bueno, lo que no es común.
6. Ellmann, R., Op. cit., pág. 483.
7. Ibíd.
8. Ibíd., págs. 483-484. Las cursivas son mías.
9. Ibíd., pág. 818.
Principios
«Uno puede decir con toda tranquilidad que el universo no tiene ningún sentido. Nadie se enfadará. Pero si se afirma lo mismo de un sujeto cualquiera, éste protestará e incluso hará todo lo posible para que quien hizo esa afirmación no quede impune».
E. M. CIORAN
El ocaso del pensamiento
«¿Es que no ves la sencillez que hay tras mis disfraces? Todos llevamos máscaras».
James Joyce a Nora Barnacle
Se ha denunciado el sinsentido de James Joyce. De su escritura se pasó a su vida. Como atrapados en este espiral, los lacanianos han dicho a su vez muchas cosas sin sentido (no todos). Nadie pareció enfadarse. Hay caos y universo en Joyce, aunque se lo hayan negado desde el principio: «No hay en ti caos suficiente para hacer surgir de él un universo», le dijo alguna vez G. Russell. Hay un sufrimiento que pide otra cosa que sentido. Pero el sufrimiento podrá ser, también, la rutina de un concepto. El sufrimiento puede encerrarse en una frase hecha de los lacanianos. Algunos avanzan como Descartes: enmascarados. Es la forma de enmascarar lo real. O sea, queriendo develarlo, al contrario, lo cubren más –y más– de planteos imaginarios, con relatos de sentidos. Forman la máscara que luego quisieran arrebatar.
Pero, al sacar la máscara, se quedan con lo mismo que ocultaron (como el famoso mago de Lacan, que para sacar al conejo de la galera, primero debe ponerlo). Sin embargo, «hay un real de la máscara»1. Ese real de la máscara, del semblante, es su consistencia. Y en el planteo sobre Joyce es notorio cómo nadie pierde su certeza.
*
No es extraño, entonces, que frente a tanto sinsentido se refuercen las operaciones defensivas y que se propongan sentidos asfixiantes sobre Joyce (y su obra). Construcciones imaginarias que lo acercan a la psicosis, por su lazo con el arte. A veces los psicoanalistas no confiamos en el potencial creativo de un sujeto, dado que queremos ver la psicopatología que lo sostiene. Se quiere ver una psicosis en Joyce por su particular modo de desarmar el sentido, de trabajar el lenguaje2. Al parecer, un costo que tendrá que pagar como artista. Pero los que perdemos somos los analistas.
Freud lo ha dicho y Lacan enseñado: el artista se adelanta al analista.
Ahora bien, los poetas son unos aliados valiosísimos y su testimonio ha de estimarse en mucho, pues suelen saber de una multitud de cosas entre cielo y tierra con cuya existencia ni sueña nuestra sabiduría académica. Y en la ciencia del alma se han adelantado grandemente a nosotros, hombres vulgares, pues se nutren de fuentes que todavía no hemos abierto para la ciencia3.
[…] la única ventaja que un psicoanalista tiene derecho de sacar de su posición, aun cuando esta le fuera reconocida como tal, es la de recordar con Freud que en su materia, el artista siempre lo precede, y que no tiene por qué hacerse entonces el psicólogo allí donde el artista le abre el camino4.
¿Pero qué piensan los artistas de la intrusión del psicoanálisis en el arte? No es tan claro que le crean a Freud o a Lacan.
En un primer momento la actitud del psicoanálisis, y de Freud mismo, hacia los escritores era: bueno, muchachos, los felicito por su intento de explicar el alma humana, han hecho un buen trabajo considerando las limitaciones del caso, pero ahora dejen que se va a ocupar gente que sabe5.
[Lacan] Me habló de Freud, de inmediato. De la época en que pretendía que, en la investigación y el análisis del objeto, los artistas se adelantan siempre a los analistas. Traté de explicarle que yo misma ignoraba la génesis de Lol. Me estimaba, sin duda, con esa actitud típica del hombre, encima intelectual, que juzga a la mujer6.
Ese endulzar los oídos, tal vez no lo sea más que hacia los propios analistas. Pero no en cualquier punto, sino en el lugar del saber. Con un pase de manos hablan del hacer del artista, para quedarse haciendo loas al saber. Sin embargo, el artista es el primero que sabe que no sabe… que hace, y que con su hacer mueve el reino del cielo y de la tierra, se eleva y cae, goza, se angustia, sufre.
Que Lacan haya elegido a alguien que, sin pasar por un análisis, consigue lo mismo que si lo llevase hasta su final, es sólo algo que el maestro indica (los discípulos no parecen perdonárselo). Los dichos hacia Joyce están llenos de bajezas, de falta de tacto, de lecturas sesgadas. Eso nos puede llevar a la ruina.
Es hora de desplegar esta máscara que se ha unido a los enunciados de Lacan, esos semblantes que lo sostienen todo y no permiten interrogación alguna. Dado que todo real se revela en la ruina de un semblante7. Una máscara desnuda. Una adiposidad vilosa (permítanme el neologismo) que alimenta la obesidad de la academia. El riesgo –porque no es sin riesgo incursionar en el tema– es que quien intente retirar esa máscara sea acusado de ignorante, como mínimo, o simplemente no tenido en cuenta (y eso es algo menor). El mayor riesgo es no cotejar cuánto de real constituía dicho semblante.
[…] la máscara debe ser arrancada en tanto semblante –des-enmascarado– hay que reconocer también la desnudez de la máscara, hay que tener en cuenta el hecho de que la máscara misma exige que se la considere como real8.
*
Desenmascarar el Joyce de Lacan, deconstruirlo, es un trabajo que los analistas se han evitado (no todos), dado que no parecen tolerar dos cosas: que Joyce no sea el que Lacan les presenta, y que Lacan tome a Joyce para hablar de sí mismo. Entiéndase, de lo que a él le quemaba, aquello que lo atrapaba como un síntoma: los nudos, el sinthome, lalengua, el padre borromeo y tantas cosas más.
*
Hay algo insoportable en Joyce. Si nos encontramos con ello, ese punto exacto es el que se quisiera tapar. Pero, a la vez, es el que indica las problemáticas más singulares… las obsesiones del lector. En Lacan tenemos al menos tres: a) el padre (función significante, carente, nombrante, borromeo, etc.), b) la mujer como no siendo su mujer (la no relación sexual de la mano de La mujer no existe), c) el inconsciente real (o las problemáticas del sinthome y lalengua). «Ese aspecto intenta ser tapado por montañas de literatura» nos dice Sebastián Digirónimo en su Elogio de la furia9. Lo mismo podría afirmarse para los analistas: montañas de textos. Textos tapón, sostenidos desde los que dicen que dijo Lacan. Miedosos de dar un paso más allá de la órbita de sus dichos.
*
«No es ciertamente el atractivo menor de una teoría el que resulte refutable…».
FRIEDRICH NIETZSCHE
Más allá del Bien y del Mal
Lacan avanza, retrocede, insiste con James Joyce. Es lo que hace un teórico que va formando su enseñanza viva. Joyce es la excusa para diseñar otro concepto de síntoma. También para proponer otra versión del padre, un padre borromeo. ¿Pero cuánto de esta enseñanza se la debemos a Joyce? ¿Sin Joyce, Lacan hubiese construido estos conceptos, haciendo estallar sus temas? Sin Joyce, pero ¿quién es James Joyce: el artista, el escritor, la persona? Para comenzar a deconstruir rescato una pregunta sencilla y compleja a la vez del psicoanalista Jorge Baños Orellana: «¿Hasta qué punto hace falta creer que, para sacarle provecho a su lección de psicoanálisis, el Seminario 23 deba referirse efectiva y necesariamente a la vida de James Joyce?»10. ¿Es necesaria la vida de James Joyce para que el psicoanálisis avance en su enseñanza? ¿Hasta qué punto es efectiva la confusión de la vida en la obra de Joyce para decir un nuevo concepto psicoanalítico?
[…] él [Lacan] empleaba deliberadamente datos incorrectos o inventados. No es ningún secreto, aunque tampoco es un tópico del que se hable con tranquilidad, que Lacan no solamente fue un arqueólogo genial del detalle clínico, sino además un fabulador no menos genial que solía retocar y construir casos clínicos a los fines de la enseñanza, y no solamente por la imposibilidad narratológica y epistémica de poder contarlo todo11.
Es claro que Lacan ficcionalizó a Joyce. No es tan claro que a esa ficción los lacanianos no la tomen como una verdad revelada.
Nunca hay que olvidar que Joyce jugó, que jugó alegremente, gozosamente. Que «Joyce utiliza o “toma prestados” los datos de su biografía para componer el personaje de Stephen, pero cuando la ficción pide otra cosa, los modifica»12. Que esto es aplicable tanto para el personaje de Stephen como para todos los personajes que creó; aplicable a los personajes, como a las palabras; a las palabras como al lenguaje en sí, o las lenguas.
Y, además, que es él mismo quien utiliza sus ficciones con otros fines que los del goce artístico, el que se mofa de sus escrituras, y se burla de sus escritos cuando su vida pide otra cosa.
Escribí Chamber Music como una protesta contra mí mismo13.
*
El interés por Joyce es el interés por alguien que jugó con el lenguaje, y que se la jugó en el lenguaje (que no es otra cosa que el material con el que trabajamos los psicoanalistas… no sólo). Las consecuencias de ambas operaciones deberían servir al psicoanálisis para producir su avance, si esto significa que nos interesamos en cotejar sus consecuencias. Una de ellas –ni siquiera la menor– es que, por el Joyce de Lacan, estamos situados frente a la construcción de un concepto fundamental: el sinthome. Pero, a su vez, instalados en el síntoma propio de Lacan: lo real.
[…] lo real es mi respuesta sintomática14.
Respuesta al concepto freudiano de lo inconsciente. Respuesta que tiene el carácter de una «imposición». En definitiva, la genial forma de Jacques Lacan de hacer con su síntoma.
1. Badiou, A., En busca de lo real perdido, Amorrortu, Buenos Aires, 2016, pág. 34.
2. La introducción de la teoría de los nudos en la última enseñanza de Lacan posibilitó que dejara de pensarse a las psicosis en términos deficitarios. Aun así, sabemos que continúan teniendo una connotación psicopatológica. [N. de la E.]
3. Freud, S., «El delirio y los sueños en la “Gradiva” de W. Jensen», Obras completas, Tomo IX, Amorrortu, Buenos Aires, 1993, pág. 8.
4. Lacan, J., «Homenaje a Marguerite Duras por el arrobamiento de Lol V. Stein», Otros escritos, Paidós, Buenos Aires, 2012, pág. 211.
5. Gamerro, C., Op. cit., pág. 190.
6. Pallota della Torre, L., La pasión suspendida: entrevistas con Marguerite Duras, Paidós, Buenos Aires, 2014, pág. 92.
7. Badiou, A., Op. cit., pág. 32.
8. Ibíd., pág. 35.
9. Digirónimo, S., Elogio de la furia, Letra Viva, Buenos Aires, 2017, pág. 87.
10. Baños Orellana, J., El escritorio de Lacan, Oficio analítico, Buenos Aires, 1999, pág. 289. Además, este autor es claramente uno de los pocos lacanianos que muestra cómo Lacan ficcionalizó a Joyce.
11. Ibíd., pág. 294.
12. Gamerro, C., Op. cit., pág. 22.
13. Ellmann, R., Op. cit., pág. 171. Como uno de los tantos ejemplos donde Joyce llega hasta a despreciar sus obras. Algo más común de lo que se cree en todo artista.
14. Lacan, J., El seminario 23: El sinthome, Paidós, Buenos Aires, 2008, pág. 130.
CAPÍTULO I Leer a Lacan, leyendo a Joyce
Leer a Lacan. Saltar callejones sin salida. Crear. ¿Cómo leerlo? Decir con cada lectura. Leer a Lacan, leyendo a Joyce. Lacan contra Lacan. Un saber hacer. Una responsabilidad. El saber hacer es un nosotros. Leer a James Joyce. Leer. Leer. Leer. Letra. Goce. ¿Cómo pensar una lectura de Freud sin las de Lacan? Lacan, lecturas. ¿Cómo se lee a James Joyce? ¿Para qué leerlo? Un fuego de cuerpo epifánico. Lo arrojado al fuego. ¿Se puede leer el fuego? La discontinuidad de las lenguas. La palabra chispea. La epifanía del fuego. ¿Es un término de Joyce? Responder a la literatura. Dante, D’Annunzio, Flaubert. El objeto más vulgar. Lo ardiente. La gente de la calle. Cómo deben ser y usarse las palabras. El lenguaje está aquí, es un emergente. Caridad freudiana. Sonoridades religiosas. Reflexión sobre la escritura. Apoyarse contra un significante para escribir. Disolver el lenguaje. Escribir la contradicción. La cotidianeidad de Dublín. Trieste. La pluralidad de las lenguas. La enciclopedia de curiosidades. La realidad expuesta. El horror de escribir la civilización. Lo que se cree sobre la verdad y lo real. Lacan no sabe todo.
¿Lectores de Joyce?
Quememos las preguntas
«… temo que mi cerebro, cuando me pongo a escribir, discurre por la senda de lo que he leído».
JAMES JOYCE
«Lean Finnegans Wake, se darán cuenta que es algo que juega, no en cada línea, sino en cada palabra».
JACQUES LACAN
La lectura es un proceso creativo. El lector no es un receptáculo vacío o transparente sobre el que se imprime automáticamente la «huella» de lo que lee. Los lectores seleccionan, interpretan, reelaboran y reimaginan lo que leen; sus respuestas distan mucho de ser uniformes1.
En el psicoanálisis existe la lectura de Lacan posible y la imposible. Conviven. Algunas veces una perdura más que la otra. Crean un ligero clima de desesperación. A veces enloquece. Lo seguro es que su atmósfera no es ni pasajera ni tenue. Presa de esta nebulosa encontramos, para nuestra sorpresa, a un Lacan contra Lacan. Es una sorpresa necesaria. Él siempre enseñó contra otros, para sostener la idea de un retorno a Freud –con la esperanza de no participar en su retroceso. Pero por momentos –medidos en ciclos de casi diez años– acontece un derrumbe y trabaja contra sí mismo. Nunca se puede estar seguro de Lacan. Pisamos su trampa. Leer a Lacan es acomodarse en un abrigo que nos desnuda.
Y, sin embargo, leerlo es apartar la banalidad. Estamos agradecidos a su vida, a su dedicación, a su perseverancia. Con creces. Agradecidos a su enseñanza y su clínica. Sus clínicas, más bien. De su impulso a saltar callejones sin salida. Y, por momentos, volar más allá de su tiempo y forjar el pensamiento del futuro. Leer a Lacan es crear, hacer emerger la palabra que sostiene un decir. Entonces Nietzsche podría anunciarnos: «Si queremos crear, es preciso concedernos una libertad más grande que la que nos fue dada nunca»2. Con Lacan ninguna libertad es suficiente, porque nunca es eso. Y sin embargo…
*
Leer a Lacan es presenciar un instante afortunado y fecundo. En eso se asemeja a Nietzsche, a Joyce, y a tantos otros y otras.
Leer: no deberíamos temer que alrededor nuestro la historia se esté haciendo, inventando. ¿Cómo llegamos a leer a Lacan? ¿Cómo leerlo? No somos lectores vacíos, leemos con otros, reelaboramos, reinterpretamos, seleccionamos y, a la vez, decimos con nuestras lecturas.
No lamento las incertezas, los errores, los decires acumulados; estos últimos, aunque cercados o firmes, trastabillan. ¿Serán aún senderos por donde morar? Todo camino, toda lectura es esto, y además otra cosa; pero hay veces que no podemos apoyarnos en nada, «sino únicamente en nosotros. Una responsabilidad cómica nos incumbe y nos agobia»3. Por eso seguimos…
*
Propongo leer a Lacan leyendo a Joyce. Suspendamos por un momento el horror de esta oración. Quise decir: leer a Lacan, leyendo a Joyce. Un Lacan contra Lacan, dije. Sospechamos en él una necesidad de destruir para existir. Y, sin embargo, leer a Lacan, leyendo a Joyce: únicamente un nosotros. Una responsabilidad. Dado que «Uno sólo es responsable en la medida de su saber hacer»4.
Un saber hacer entonces no lo es sólo para uno.
*
¿Qué será leer a James Joyce? ¿Qué experiencia queremos transmitir los psicoanalistas cuando insistimos en ese significante: leer? ¿Qué es: leer la letra; la letra de goce; la singularidad de esa letra y su devenir; el caso por caso?
Pero también: Lacan, gran lector. «¿Todo esto leyó?» –lo interpela un maestro frente a la vasta bibliografía de su Tesis5–. Luego, Lacan lector de Freud. Una lectura que no sólo renueva, sino que innova. ¿Y cómo pensar entonces una lectura de Freud sin estas de Lacan? Acostumbrados al sintagma «Lacan, lector», ¿nos brindaremos a desarrollar este otro «Lacan, lecturas»? Y además, ¿cómo pensar la lectura de Lacan sin esas tantas otras que rodean su pensamiento (incluido Freud, pero más allá también, en esa enormidad de la que la biblioteca de Babel podría ser su sinónimo)?
Sin embargo, ¿cómo se lee a Joyce? No cómo lee Lacan a Joyce –suspendimos el horror ya– sino, precisamente, cómo se lee a Joyce. ¿Se lo lee? Ya era suficiente la dificultad planteada por el propio Joyce. Se dice, se sabe –lo que no constituye ninguna sabiduría, sino más bien una impostura– que Joyce no se lee; al menos algunos de sus libros.
Por lo pronto, ¿para qué leerlo? Y, además, ¿qué Joyce? ¿El de Chamber Music, el de Stephen, el héroe, el de Retrato del artista adolescente, el de Dublineses, el de Exiliados6, el de Giacomo Joyce, el de Ulises, el del Finnegans Wake, etc.? Sí, etcétera, porque toda la obra de Joyce no se encuentra sólo en estos libros nombrados. Existen sus artículos a modo de ensayos críticos. El libro de las epifanías. Sus cartas. Otro libro de poemas. Y aún más poemas sueltos. Otro libro de cuentos. Incluso un libro sobre gatos. Y canciones. Y tantos textos perdidos, o incompletos. O arrojados al fuego por el propio Joyce. Un fuego de cuerpo epifánico. Un cuerpo que habla.
¿Leer a Joyce será también leer lo arrojado al fuego? ¿Qué es este ardor que lleva a leer incluso en el fuego?
–Toda la culpa la tienen esos libros y las malas compañías. Te pasas afuera las horas de la noche en lugar de estar en tu casa, que es el lugar adecuado para ti. Los quemaré todos, uno por uno. No quiero tenerlos en mi casa, no quiero que corrompan a nadie más.
Esteban se detuvo en la puerta y se volvió hacia su madre, que ahora había estallado en sollozos:
–Si fueras una católica romana auténtica, madre, me quemarías a mí junto con los libros7.
*
¿Se podrá leer el fuego? Tal vez sí. Es una de las formas de leer a Joyce. «La mayor parte de lo que llamamos poesía, al menos desde la Ilustración, es esa búsqueda de fuego, es decir, de discontinuidad»8. No podría ser sin ardor. Sin hipnotismo. Sin su lento crepitar. Leer a Joyce es encontrarse con las lenguas que hablan, que se rompen, que se alimentan del oxígeno que respiramos. Crecen en su discontinuidad. Entonces surge la palabra que envuelve a la palabra que da calor y vida. Porque toda palabra está hecha con tres o cuatro palabras que por su uso destellan, chispean9. Y en el fuego –como en las lenguas– habita la pregunta por lo que crea. Eso respira, vive. Eso empuja, pulsiona. Es con eso que hablamos (aunque no lo sepamos, aunque siempre lo sepa el cuerpo, aunque este sea un saber distinto); y es con eso que creamos lenguaje, y también, una lengua. La que vive en el cuerpo de goce. La que arde. La que traza su escritura, como el fuego.
*
No es cualquier escritura la que se encuentra en Joyce.
No es cualquier lectura la que se precisa para Joyce.
Furia, no ira, nos instruye Sebastián Digirónimo10.
Quemar las preguntas, parece agregar Antonin Artaud11.
*
Allí tenemos a Kafka queriendo dar al fuego su obra escrita. Y quizá todo escritor se ha cruzado, alguna vez, con la fantasía de devolverle a su obra la pureza del no haber sido. El artista no dice, como Anaximandro, que sería preferible la no existencia. Sí dice, sin embargo, después de haber hecho existir su obra, que sería preferible retornar a la no existencia. La diferencia es sutil pero enorme12.
*
Fue tras una discusión con Nora, y bajo el estrés de la fallida publicación de Dublineses, que Joyce arrojó al fuego el manuscrito inconcluso de Retrato del artista adolescente… Entonces su hermana Eileen lo rescató a costa de quemarse los dedos. Cuando todo se calmó, Joyce le dijo: «Hay páginas que no hubiera podido volver a escribir nunca»13.
*
No poder volver a escribir nunca lo escrito. Entonces hay una pérdida irremplazable. El peso de ciertas frases, la densidad de algunas ideas, la combustión espontánea en lo relatado. Sin embargo, hay palabras que no se apagan en el fuego. Un libro puede lograr el crepitar de la llama. El fuego entonces mezclará sus voces con el silencio. Logrando así la epifanía del fuego. Esto es leer a Joyce.
*
«Así es –dijo–. Somos la grasa. Usted y yo somos la grasa en el fuego.
Tenemos menos chance que una bola de nieve en el infierno».
JAMES JOYCE
Ulises
«La epifanía del fuego» comienza así:
–Stelio, ¿no te tiembla el corazón, por primera vez? –le preguntó Foscarina con una sonrisa tenue, tocando la mano del amigo taciturno, que estaba sentado a su lado–. Te veo un poco pálido y pensativo. ¡Es una buena noche de triunfo para un gran poeta!14
*
Leamos con fuego:
Aún faltaría que diga algunas palabras que había preparado sobre la famosa epifanía de Joyce… 15
dijo Lacan el 11 de Mayo de 1976, en la última clase del seminario El sinthome. Pero el 20 de enero de ese año, escuchando a Jacques Aubert hablar de la epifanía le consulta: ¿Es un término de Joyce? Aún no lo conocía.
*
Somos varios los que lamentamos que el lector no pueda acceder a esta simple pregunta de Lacan, mostrando su desconocimiento, en ese momento, del tema de las epifanías. Algunas veces establecer un texto parece responder a la operación de preservar ciertos imaginarios. En este caso, por ejemplo, se nos sustrae un Lacan que no sabía sobre lo que los joyceanos estaban más que informados. La pregunta no aparece (como debería hacerlo) en la ponencia de Jacques Aubert, en el libro por él compilado (Joyce avec Lacan), ni en el anexo de El Seminario 23 («Ponencia en el Seminario de Jacques Lacan»). Le hice la consulta a Jorge Baños Orellana para ver si por fin la había encontrado en la versión N°9 de Ornicar?16 Mientras tanto, en el único lugar que figura es en la versión digital, de la versión crítica de Ricardo Rodríguez Ponte, que se basa en el texto de Monique Chollet.
Borrar esta pregunta es lo contrario de preservar su llama epifánica. Es leer sin fuego.
*
La epifanía podría ser un término religioso, o también el signo del juego de Joyce: restituir a la literatura aquello que la religión supo nombrar y apartar de la experiencia de la gente (por querer que responda sólo a Dios). O sea, Joyce toma las palabras que reúnen decires religiosos –pero que las encontró en la literatura– y las hace funcionar para la literatura.
No importa entonces que el término responda a un acontecimiento religioso, a una revelación, a la aparición como presencia humana de Dios, o a las huellas de su paso; sino que todo acontecimiento religioso y su palabra respondan a la literatura.
Este es uno de los mecanismos íntimos en la composición de Joyce: servirse de palabras religiosas, tomadas de la literatura (un saber hacer que Lacan no destaca, o parece desestimar). Por eso ahora podemos decir que el término «Epifanía» proviene de la literatura, Joyce lo rescata de sus lecturas del escritor D’Annunzio.
Es el padre jesuita Carlo Ghezzi quien lo introduce a sus 16 años en Dante y D’Annunzio. Autores que Joyce admiraba, estudiaba en profundidad y valoraba, a la par de Flaubert, por ejemplo.
Y también nos muestra que no es cualquier literatura la que rescata para su juego religioso-literario. D’Annunzio, entre otras cosas, fue un iconoclasta, un destructor de las imágenes sagradas17.
En consecuencia, entre 1900 y 1903 empezó a escribir algo que hubiera podido llamarse poemas en prosa pero que, al no querer imitar a nadie, recibieron el nuevo y alarmante nombre de «epifanías». Para Joyce la epifanía no era la manifestación de un dios, la pública presentación de Cristo a los Magos, aunque sea ésta una metáfora que refleja lo que él pensaba. La epifanía era la súbita «revelación del quid de una cosa», ese momento en el que «el espíritu del objeto más vulgar… nos parece radiante». El artista, pensaba, era el encargado de tales revelaciones y debía buscarlas no entre los dioses sino entre los hombres, y en los momentos más casuales, corrientes o incluso molestos. Debía experimentar «una súbita manifestación espiritual» tanto «en la vulgaridad de un discurso o de un gesto como en un momento memorable de su propio espíritu»18.
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Buscar entre los hombres y las mujeres, bucear en su literatura, en las maneras en que sus hermanos y hermanas defendieron y sostuvieron sus letras (los/as escritores/as, pero también la gente de la calle). No entregársela al Otro. Ni al Estado, ni a la Iglesia, ni al lenguaje, ni a ningún otro amo de turno que indique cómo deben ser y usarse las palabras. Porque la lengua está viva. Porque el lenguaje crepita, en cada momento. Porque «El lenguaje está aquí, es un emergente»19. Y cada quien lo usa –porque somos usados por este– como puede. Tal vez en ello Joyce proponga un gesto similar al de Freud: un gesto de caridad.
¿Acaso no es caridad, en Freud, el haber permitido a la miseria de los seres que hablan decirse que existe –ya que hay inconsciente– algo que trasciende de veras, y que no es otra cosa sino lo que esta especie habita, a saber, el lenguaje? Sí, ¿acaso no es caridad anunciarle la nueva de que en todo cuanto es su vida cotidiana encuentra en el lenguaje un soporte de más razón de lo que podía creerse, y que ya hay ahí sabiduría, ese objeto inalcanzable de una búsqueda vana?20
Joyce también, en su vida cotidiana, encuentra en el lenguaje un saber –que no se sabe, que puede leerse– que no lo tiene el Otro, el amo; quien indica sin embargo desde cómo llevar un cuerpo, hasta cómo sentirlo; desde cómo pensar, hasta qué pensar; desde qué decir, hasta cómo decirlo. Este saber se transfiere de ese Otro a la gente. Y Joyce lo busca allí, en las palabras que suenan, en las conversaciones, en el habla.
Si escribía el Ulises: «Como Ulysses trataba de la vida humana, todo hombre era una autoridad que valía la pena consultar»21. O, si escribía Finnegans Wake: «Este libro lo están escribiendo todos los que he encontrado o conocido»22.
Las palabras chispean, emergen, cantan; y Joyce, como escritor, era bastante músico como para que se le pasara por alto este aspecto atrapado en las redes del lenguaje: lalengua.
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Sin embargo no es la epifanía el único término que, con sonoridades religiosas, Joyce utiliza para conformar su escritura. (Porque es aquí donde comienza su reflexión sobre la escritura y el lugar del artista, y no tanto en lo que destacó Lacan de las palabras impuestas –más adelante hablaré sobre esto).
Por ejemplo, maneja también los términos «momento eucarístico» y «epicleti».
La palabra epicleti, deformación del término latino epicleses, es una invocación al Espíritu Santo que todavía se utiliza en la Iglesia ortodoxa aunque ha sido suprimida por la Iglesia Católica, para que transforme la hostia en el cuerpo y sangre de Jesucristo23.
Particularmente podemos decir que Dublineses se inscribe bajo la sombra de este término, por más que muchos de sus relatos tengan integradas algunas epifanías, o mejor, que los cuentos le den un lugar preciso a la epifanía.
Joyce lo explica:
¿No crees que hay cierto parecido entre el misterio de la misa y lo que yo trato de hacer? Quiero decir que intento… darle a la gente una especie de placer intelectual o de alegría espiritual convirtiendo el pan nuestro de cada día en algo que tiene por sí mismo una vida artística permanente…, para su elevación mental, moral y espiritual24.
Dar un placer intelectual, brindárselo a la gente como la anunciación de una verdad nueva, el retoño de una caridad que, sin embargo, estará a punto de caer. Pues Joyce no trabajaba sólo por la verdad; como Lacan, al extremarla, es lo real su respuesta. Es lo que acontece para quien está dispuesto a quemar las preguntas.
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A veces el espíritu del escritor arde; pero también está formado y responde a ciertos principios… a algún amo. Será la tarea del artista encontrar su nombre (el del amo, del Otro) y trabajar en contra de este. Joyce lo nombró doble: la Iglesia e Irlanda (la Irlanda que respondía a Inglaterra). Sus reflexiones de artista, su consolidación como escritor, su preocupación por la escritura, nunca lo apartaron del todo de trabajar en contra de estos dos amos. Lacan indica: «… uno se apoya contra un significante para pensar»25. Y donde Lacan dice para pensar podemos proponer en este caso «escribir». Uno se apoya contra un significante para escribir.
Joyce, tal vez, es el artista que se apoya contra el lenguaje para escribir.
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Al parecer leer a Joyce nunca se acaba. Tampoco si incluimos a sus comentaristas. Lacan ironiza en la conferencia sobre Joyce –la primera ponencia enteramente dedicada a este autor– con la cantidad de libros que él ha leído26. Aquellos de los comentaristas superan en mucho a los del propio Joyce. Sin embargo, un solo libro de Joyce es mil veces más ilegible que cientos de libros de sus comentaristas: universitarios, críticos, etc. Al menos el Ulises y el Finnegans Wake (más el segundo que el primero).
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Resulta difícil no ver en el esfuerzo que hace desde sus primeros ensayos críticos, inmediatamente después en Retrato del artista, más tarde en Ulysses, para terminar en Finnegans Wake, en el progreso de alguna manera continuo que constituyó su arte, que cada vez se le impone más cierta relación con la palabra –a saber, destrozar, descomponer esa palabra que va a ser escrita, hasta tal punto que termina disolviendo el lenguaje mismo…27
Lacan nombra un recorrido en el arte de Joyce, un progreso hacia la palabra destrozada, descompuesta, disuelta, sonora… Es una forma de hacer en Finnegans Wake. Es a lo que lo llevó el tema que estaba retratando en el libro. Pero decir que esto es continuo, que hacia allí iba Joyce, como a un destino de palabras impuestas, es decir demasiado.
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