Читать книгу: «Un detective llamado Dashiell Hammet»
Título original inglés: The Lost Detective. Becoming Dashiell Hammett.
Autor: Nathan Ward.
© Nathan Ward, 2015.
Publicado por acuerdo con Bloomsbury Publishing, Inc.
Todos los derechos reservados.
© de la traducción: Eduardo Iriarte Goñi, 2019.
© de esta edición: RBA Libros, S.A., 2019.
Avda. Diagonal, 189 – 08018 Barcelona
rbalibros.com
Primera edición: marzo de 2019.
REF.: ODBO451
ISBN: 978-84-9187-370-9
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PARA KATIE, COMO SIEMPRE.
Y PARA LOS CALHOUN,
QUE ME ENSEÑARON EL OESTE.
ÍNDICE
Preludio. Cicatrices
PRIMERA PARTE. Cuanto más vil el matón
1. El arte endemoniada
2. Un hombre de la compañía
3. Cinco mil dólares ensangrentados
4. Al colgar el uniforme
5. Queridísima
6. El último caso
SEGUNDA PARTE. El exdetective
7. Un hombrecillo que sigue adelante
8. El Viejo
9. Enmascaramiento
10. Las apuestas por Peggy O'Toole
11. El Big Ship
12. Entre los fantasmas
13. Viaje de ida y vuelta a Babilonia
Epílogo
Nota sobre la traducción
Notas
Bibliografía
Agradecimientos
Álbum fotográfico
Dashiell Hammett
[S]ea cual sea la vida moral intrínseca o el carácter del detective, la suya es un arte endemoniada, y la civilización es responsable de ello.
OFICIAL GEORGE S. MCWATTERS, Knots Untied (1871)
Los matones, ya se sabe: cuanto más viles, más groseros.
SAM SPADE en El halcón maltés (1930)
He aparecido como testigo ante jurados de todo el país, desde la ciudad de Washington hasta el estado del mismo nombre, y todavía no he visto uno que no esté ansioso por creer que un detective privado es un especialista en traiciones que anda por ahí con una baraja de cartas marcadas en el bolsillo y un equipamiento completo de falsificador en el otro, y da por perdido el día en que no consigue meter en el trullo a un inocente.
DASHIELL HAMMETT, «Vaivenes de la traición» (1924)
PRELUDIO
CICATRICES
En un cóctel celebrado en Manhattan a finales de enero de 1939, un hombre adusto y elegante con traje cruzado tomó asiento y le tendió una de sus manos largas y pálidas a una adivina. El hombre era callado y tenía una actitud vigilante, el rostro atractivo a su manera demacrada y angulosa, la edad un tanto imprecisa por efecto del bigote entrecano y un peinado pompadour prematuramente encanecido. Quizá sostuviera una copa en una mano mientras ofrecía la palma de la otra para que se la leyeran, desde los dedos ahusados hasta la intersección de su destino y las líneas del corazón.
Si la adivina le hubiera examinado ambas manos, quizá hubiera visto indicios de que no siempre había vivido tan bien. En el pulpejo de la palma izquierda, cerca de la base curvada del pulgar, le había quedado alojada la puntita de una navaja que le clavaron durante una época de su vida en que no vestía con tanta elegancia ni vivía en el Plaza. Si le dijo o no su profesión a la adivina no habría tenido mayor importancia: era muy conocido gracias a la cubierta de su último libro, una exitosa novela que había inspirado tres películas en cuatro años.
Con los indicios a su disposición, la adivina hizo sus predicciones para la década en ciernes, que el hombre transmitió encantado a su hija mayor en una carta.
Me... han dicho que los años más exitosos de mi vida serían de 1941 a 1948, que la mayor parte de mis auténticos problemas habían quedado atrás, que ganaría mucho dinero gracias a dos profesiones por completo distintas, además de una actividad suplementaria y que, sobre todo, tendré suerte con las mujeres nacidas en diciembre. Así que si lograra creer en la quiromancia y si conociera a alguna mujer nacida en diciembre, estaría en una situación inmejorable.[1]
De hecho, aunque seguiría teniendo suerte con toda clase de mujeres, algunas incluso nacidas en diciembre, en el otro aspecto sus mejores años ya habían quedado atrás hacía tiempo. Más adelante le esperaban una guerra y un agradecido reenganche al ejército, una condena a prisión y verse incluido en una lista negra, mucho alcohol, la enfermedad y la pobreza. No volvería a terminar ningún libro, aunque empezaría varios, pero el eterno misterio de Dashiell Hammett no es por qué dejó de escribir, pues no lo hizo. Es cómo fue que llegó a dedicarse a la escritura.
Las cicatrices le habían conferido credibilidad. Cuando sus hijas eran pequeñas, Hammett solía enseñarles las marcas de su antigua profesión; les dejaba ver los cortes en las piernas o palpar la melladura en el cráneo donde una vez le golpearon con un ladrillo. Sus viejas heridas evocaban historias de un pasado romántico: a algunos les contó que el ladrillo lo había lanzado un huelguista furioso mientras él intentaba mantener a raya a los sindicatos en nombre de la agencia Pinkerton, pero las dos hijas de Hammett recordaban otra versión, más típica de su padre por la mezcla de burla de sí mismo y suspense. Después de todo, era un hombre que se había precipitado desde su escondite en el tejado mientras estaba de vigilancia y se había caído de un taxi durante una persecución en plena ciudad.
«Uno de mis primeros recuerdos es que me hiciera palpar la melladura que tenía en la cabeza de cuando le golpearon con un ladrillo después de que un tipo se diera cuenta de que lo seguía —recordaba su hija menor, Jo Hammett— y me dejara ver la punta de navaja que tenía alojada en la palma de la mano».[*][2] Su hermana, Mary, le contó al detective privado e historiador David Fechheimer: «En sus años de madurez se le notaba. Tenía una melladura en la nuca con la forma de la esquina de un ladrillo».[3]
Quizá se lo hubiera lanzado un huelguista furioso, como de vez en cuando aseguraba Hammett, o quizá le golpeara con él un tipo al que seguía que se volvió contra él en San Francisco, como diría su esposa, que durante días lo vio padecer las consecuencias en un sillón. En los años treinta dio otra versión, según la cual había resultado herido en Baltimore en el transcurso de la detención de una «banda de negros» acusados de robar dinamita durante la guerra. «Cuando entré en la casa había hombres vapuleándose con saña. En medio del jaleo tuve la sensación de que algo no iba bien, pero no deduje qué era hasta que miré hacia abajo y vi que un negro me estaba lanzando tajos a la pierna».[4] Al final, quedaron la melladura y las cicatrices y el don para la narración, sugiriendo en sus conversaciones una carrera de detective tan ajetreada como peripatética: el ladrón de joyas apodado el Bandido Enano, en Stockton (California); el timador en Seattle; el falsificador al que atrapó en Pasco (Washington); el imponente trabajador del ferrocarril al que detuvo por medio de un ardid en Montana; y el indio al que arrestó por asesinato en Arizona.
¿Cómo pasó de detective a escritor? Hammett nunca ofrecía una respuesta satisfactoria. Era un hombre de Pinkerton, luego estuvo muy enfermo, luego empezó a enviar relatos a revistas, sin que pareciera ambicionar mucho más, por lo menos al principio. En el primer relato de detectives de Hammett, «El camino de vuelta a casa», el agente flaco y de aspecto poco caballeroso dice: «Quizá la caza del hombre no sea el oficio más agradable del mundo, pero es el único que tengo».[5] Era el oficio que mejor conocía Samuel Dashiell Hammett a los veintiocho años, cuando sus pulmones en mal estado le obligaron a dejarlo.
Tres años después de abandonar Pinkerton, un día de finales de verano de 1925, Josephine Dolan Hammett le sacó una fotografía a su marido sentado al sol en la azotea de su edificio de apartamentos, en Eddy Street, en San Francisco: un hombre joven con gorra de tweed y chaleco de punto, lleno de confianza y cruelmente delgado, enciende una cerilla contra la suela del zapato para prender un vaporoso cigarrillo que él mismo ha liado, como un personaje que hubiera creado abajo ante su escritorio. En la foto se ve a un padre joven ya con canas que escribe cada vez con más aplomo sobre los tipos duros y los lugares que conocía. Para mediados de la década de los veinte, las experiencias como detective de Hammett eran una especie de herramientas a las que sacaba punta y recurría según le hiciera falta para su oficio.
«Seguir a alguien es el trabajo más fácil para un detective —alardeaba como exagente de Pinkerton—, salvo, quizá, cuando se trata de un hombre sumamente nervioso. Sencillamente deambulas por ahí sin quitarle ojo al sujeto; y, salvo que tengas un golpe de mala suerte, lo único que puede hacerte perderlo es una preocupación excesiva por tu parte».[6] Los integrantes del mundillo literario con quienes compartía semejantes saberes los devoraban.
Es posible que de no ser porque antes tomó un desvío hacia el accidentado camino del trabajo de detective, Hammett nunca hubiera escrito más que poesía amorosa y material publicitario. Le dio «autoridad», explicaría más adelante, así como un tema, permitiéndole sermonear en reseñas a otros autores de novela policiaca sobre la diferencia entre un revólver y una automática, por ejemplo, o sobre cómo funcionaban en realidad las redes de falsificación, lo que se sentía al perder el conocimiento de un porrazo o ser acuchillado, o dónde encontrar las mejores huellas dactilares. «Sería una tontería insistir en que nadie que no haya sido detective debería escribir historias de detectives»,[7] declaró, pero no parecía creer que fuera tan tonto si eso servía para cribar a los autores más chapuceros.
A principios de la década de los veinte, en la época en que empezó a enviar relatos, Hammett no era el único que examinaba la vida urbana norteamericana de un modo nuevo y despiadado, pero entre los escritores, tener tanta experiencia con los delincuentes y su llamativa manera de hablar lo convertía en una rareza. Anteriormente, después de leer revistas de quiosco en la Biblioteca Pública de San Francisco, le había comentado a su mujer: «Yo puedo hacerlo mejor», y resultó que podía. Ese verano de 1925, cuando ella le hizo el retrato en la azotea, estaba mal de salud, pero aun así seguía publicando su serie de relatos policiacos cada vez más conocidos protagonizados por un detective sin nombre de la ficticia Agencia de Detectives Continental, el Ag. Número 7. Si se leen por orden sus historias del agente, se ve cómo de manera gradual e improbable, un exdetective de veintitantos años, con mala salud y que ha cursado estudios solo hasta octavo, aprende por su cuenta a escribir bajo los auspicios de criminólogos, historiadores y novelistas que se llevaba a casa de la que él denominaba su «universidad», la biblioteca pública.
Hammett se abstraía en la creación de esas turbias aventuras, y mientras sus cuentos le reportaban dinero extra, también le permitían seguir realizando las investigaciones que no podía llevar a cabo físicamente:
Subí a Telegraph Hill para echar un buen vistazo a la casa. Era una casa amplia; una estructura grande pintada de amarillo huevo. Estaba vertiginosamente encaramada a un saliente de la colina, un saliente escarpado del que se había extraído la roca. La casa parecía a punto de bajar deslizándose sobre unos esquís hacia los tejados mucho más abajo.[8]
Lo que escribía estaba reñido con la tradición en su mayor parte inglesa de la ficción detectivesca, un ejercicio deductivo de caballeros en el que el lector seguía a un inspector de aire distante hasta la genial solución del crimen, a menudo ambientado en una finca de campo inglesa. Los de Pinkerton le habían enseñado justo lo contrario: que la mayoría de los delitos los resolvían detectives que eran observadores y se movían entre estafadores, gánsteres, falsificadores y drogadictos. «Un detective privado no quiere ser un erudito que resuelve enigmas —explicó Hammett—; quiere ser un tipo duro y furtivo, capaz de cuidar de sí mismo en cualquier situación, capaz de sacar lo mejor de todo aquel con quien entra en contacto, ya sea un delincuente, un testigo inocente o un cliente».[9]
Prescindía del juego de ajedrez del investigador, ciñéndose a un estilo más americano que era a un tiempo diestro y duro:
Sobre la mesa de Spade, un cigarrillo se consumía lentamente en un cenicero de latón repleto de colillas retorcidas. Copos grises de ceniza salpicaban la superficie amarillenta del escritorio, así como el secante verde y los papeles esparcidos. Por una ventana con cortinas beige, abierta unos veinte o veinticinco centímetros, entraba del patio un aire que olía ligeramente a amoniaco. La ceniza suelta bailoteaba en la corriente.[10]
Estas son las observaciones de un pintor de la escuela Ashcan o un poeta detective, una especie de estilo cinemático que a finales de los años veinte aún no había aparecido en una pantalla. Es la voz de un tipo duro y furtivo. Cuando los profesores discuten acerca de quién inventó la prosa norteamericana despojada del siglo XX —¿Hemingway? ¿Stein? ¿Sherwood Anderson? ¿Hammett?—, la disputa suele circunscribirse a la literatura publicada, a quién leyó qué y cuándo lo leyó. Pero si algo enseñó a Hammett a escribir de manera sucinta y prestando atención al lenguaje de los personajes callejeros no fue descubrir uno de los primeros relatos de Hemingway en Transatlantic Review, sino elaborar docenas de informes operativos para la Agencia Nacional de Detectives Pinkerton.
Imaginen a un hombre alto y esbelto con traje pulcro y sencillo, las sienes pelirrojas asomando bajo el sombrero de fieltro, esperando sin llamar la atención apoyado en una pared igual que un rastrillo sin usar; o acompasando sus largos pasos para permanecer a cobijo de un grupo de desconocidos caminando por una acera del centro. Imagínenlo ocultándose detrás de la sección de deportes del periódico a bordo de un tren, cobrando por vigilar el vagón comedor, atento a pequeños robos, u observando al pasajero de pajarita en el pasillo, heredado de un colega de Pinkerton que ha acabado su turno.
Ser agente permitió a Hammett seguir trabajando a medida que se trasladaba por todo el país (Baltimore, Spokane, Seattle, San Francisco), y puesto que antes de entregárselos a los clientes de Pinkerton, los supervisores revisaban o reescribían los informes de los agentes, la experiencia fue una suerte de aprendizaje literario, tal como más adelante insistiría Hammett.
Aparentemente sin los años habituales de práctica y ambición, ¿cómo podía haber iniciado tan tarde su carrera como escritor el impasible autor de El halcón maltés o Cosecha roja? Una respuesta consiste en los cientos de informes operativos conservados en cajas en los archivos Pinkerton en la Biblioteca del Congreso de Washington. Por desgracia, los despachos del propio Hammett no se encuentran entre ellos, pero los de sus contemporáneos en la agencia demuestran hasta qué punto su enfoque conformó la formación general de los agentes: los hábitos de observación, la pincelada ligera y la ausencia de juicio al escribir con aplicación sobre gente de los bajos fondos. Él, sencillamente, lo llevó un paso más allá.
Sus cuentos del agente de la Continental evolucionaron con toda claridad a partir de esos informes de Pinkerton, lo que no quiere decir que cualquiera de sus colegas hubiese podido escribir sus historias o libros, sino que la experiencia que adquirió en el trabajo fue crucial para lo que Hammett llegaría ser. A fin de demostrar que se «codeaban» con los delincuentes adecuados, tal como el fundador, Allan Pinkerton, había insistido en que hicieran, los escritores más destacados de Pinkerton competían entre sí por ver quién citaba más apodos callejeros en los informes para la empresa.
Hammett aseguraba haber aprendido a escribir en la agencia, donde a todas luces adquirió parte de sus conocimientos leyendo docenas de memorandos como este (de 1901) del superintendente adjunto Beutler de la oficina de Nueva York, cuya «cuadra» de informadores bien podría haber figurado en cualquiera de los relatos de Hammett:
Esta noche, a mi regreso del hipódromo, me he reunido con mi informador Birdstone en Engel’s Chop, donde hemos cenado juntos. Ha asegurado que varias bandas de carteristas se están conchabando con intención de seguir al presidente McKinley en su periplo... Los maleantes van a reunirse en las inmediaciones de Houston (Texas). Una banda está dirigida por Hurley «el Toro», Charlie Hess, Fritz, alias «Big Eddie», y Pete Raymond, un carterista californiano. Otra por John Lester, Dyke y Joe Pryor, alias «Joe el Andarín», Reilly «el Clavo», Parkinson, un carterista de Chicago, y Billy Seymour.[11]
No cuesta mucho imaginar a Reilly el Clavo o a Joe Pryor el Andarín compartiendo celda unos años después con cualquiera de los integrantes de la banda reunida para el épico robo al banco de El gran atraco, de Hammett: Toby el Balas, el Gordo Clarke, Minialfabeto McCoy, el tipo de hombres que habría cultivado en sus informes un Pinkerton avezado.
Del mismo modo que el Kansas City Star (con sus famosas normas de estilo que requerían frases cortas y un inglés enérgico) ayudó a pulir la prosa del joven Ernest Hemingway, de las docenas de hombres preparados como agentes de Pinkerton salió uno capaz de gestar algo totalmente nuevo a partir de sus experiencias. «El trabajo de detective tiene sus momentos álgidos —recordaba Hammett en los años veinte—, pero el grueso del trabajo es lo más monótono que cabe imaginar. Esas mismas cosas que pueden resultar más emocionantes si se relatan bien, al hacerlas suelen ser las más mortalmente aburridas». Su mayor talento residía en esa manera de relatarlas.
En una racha de cinco años, Hammett tomó el mando del ámbito de la escritura policiaca, publicando entre 1929 y 1931 las novelas Cosecha roja, La maldición de los Dain, El halcón maltés y La llave de cristal, y añadiendo en 1934 El hombre delgado. Para principios de la década de los treinta, era un hombre pobre que de pronto estaba forrado y hacía fortuna mientras el país se sumía en la depresión; había ido a Nueva York con una mujer que no era su esposa, la escritora Nell Martin, tenía un coche con chófer y gastaba muy por encima de sus considerables posibilidades en hoteles de lujo en ambas costas, enviando postales y librillos de cerillas a sus hijas desde los vestíbulos de su nueva vida, que a menudo tenía la extravagante irrealidad de las películas.
A Hammett le gustaba adornar su antigua carrera en Pinkerton, sobre todo cuando vendía nuevos proyectos en entrevistas para la prensa. ¿Había sido su último caso el robo al funicular en California, un audaz atraco a medio día de la nómina de una empresa en un funicular en marcha, o fue el robo del oro a bordo del barco de vapor Sonoma? ¿Trabajó para la defensa en el primer juicio por violación y homicidio involuntario del cómico Fatty Arbuckle en 1921, o ya estaba muy enfermo? (Ofrecería una descripción convincente de haber visto a Arbuckle en el vestíbulo de un hotel en San Francisco: «Sus ojos eran los de un hombre que esperaba que lo vieran como un monstruo pero aún no estaba acostumbrado a ello».)
Unas veces era el caso del Sonoma el que había puesto fin a la carrera como detective de Hammett; otras, la captura de Schaefer, alias Gus el Lúgubre, por robo, aderezada con el relato de que Hammett se precipitó desde un porche que se vino abajo mientras estaba de vigilancia. ¿De verdad, como recordaría en 1924, había decidido que era «más divertido escribir sobre perseguir a delincuentes que perseguirlos en realidad», o le habían obligado a tomar esa decisión sus problemas pulmonares? Cinco años después dijo: «[S]er un entrometido profesional requiere más energía, más paciencia porfiada, de lo que cabría suponer. Si algo no me faltó nunca fue curiosidad».[12]
Una historia que le encantaba contar, acerca de que durante la huelga de mineros de 1917 le ofrecieron cinco mil dólares por matar a un organizador de Trabajadores Industriales del Mundo llamado Frank Little, sorprendió a la mayoría de la gente que conocía, pues no casaba con sus radicales convicciones posteriores. Cuando Hammett aseguró que había rechazado un soborno para matar al agitador sindical wobbly (como se conocía a los miembros de TIM), su hija recordaba en 1975: «Me llevé un susto y le pregunté: “¿Quieres decir que trabajabas para Pinkerton contra TIM?”. Y él dijo: “Así es”».[13] No le importaba «que sus clientes fueran canallas —añadió Mary—. Él se dedicaba estrictamente a hacer su trabajo». NO LE IMPORTABA QUE SUS CLIENTES FUERAN CANALLAS. ÉL SE DEDICABA ESTRICTAMENTE A HACER SU TRABAJO, sería un buen epitafio para su creación más famosa, Sam Spade.
Para cuando los detectives que había creado alcanzaran la fama por derecho propio, el agente operativo que fuera Hammett resultaba turbio, embozado en su propia simulación, y no contaba con el reconocimiento de la agencia Pinkerton que supuestamente lo adiestró en las «artes endemoniadas». Aun así, todos sus investigadores eran prolongaciones en un sentido u otro del que había sido él mismo: el obstinado hombrecillo de la compañía en los relatos del agente que vive para las tenaces alegrías que le granjea la investigación; el atractivo y lupino detective privado Sam Spade, que hace todo lo que sea necesario por sus clientes (un «hombre soñado —escribió Hammett—, lo que la mayoría de los detectives privados con los que trabajé querrían haber sido»); el amañador alto y tuberculoso en mitad de una mala racha en el juego, Ned Beaumont, batallando en una ciudad muy parecida a Baltimore, de donde era oriundo Hammett; y, por último, Nick Charles, tan elocuente como cínico, el exdetective de San Francisco cuya vida es una larga y maravillosa juerga.
Hammett no era diarista, y conforme se mudaba de aquí para allá se deshizo de la mayoría de sus cartas. Su transformación de detective en activo a escritor fue en parte resultado de su mala salud, y su historial médico del Ejército de Estados Unidos cuenta la biografía de su enfermedad: los devenires de su peso y su capacidad pulmonar y los juicios oficiales sobre su discapacidad desde el momento en que fue dado de baja en 1919. Poco a poco la tuberculosis lo incapacitó para desempeñar cualquier empleo convencional, sobre todo el de detective, que en gran medida le gustaba. Necesitado de dinero para su familia, pero a menudo tan enfermo que no podía salir del apartamento, probó suerte con la escritura.
PRIMERA PARTE
CUANTO MÁS VIL EL MATÓN
[El detective] debe parecer un individuo normal y despreocupado, sobre todo para aquellos a los que va a investigar. En la medida de lo posible, debe codearse con los individuos destinados a sentir la fuerza de su autoridad, y aparentando no saber apenas nada, recabar toda la información posible de todas las fuentes concebibles.
ALLAN PINKERTON, Thirty Years a Detective (1884)
Un buen detective tiene que ser valiente, enérgico, astuto con saña, incansable, ¡una persona real por completo! El suyo es un mecanismo extraordinariamente complicado.
DASHIELL HAMMETT (1929)
Para ver el mundo y aprender acerca de la naturaleza humana, había empezado a trabajar con la agencia importante.
CHARLIE SIRINGO, A Cowboy Detective
1
EL ARTE ENDEMONIADA
BALTIMORE (1915)
Por mucho que hubiera llegado a terminar la secundaria junto con sus compañeros del Instituto Politécnico de Baltimore, es difícil imaginar a Samuel D. Hammett entre los serenos jóvenes de clase alta que aparecen en los anuarios del centro, chicos de aspecto maduro con traje oscuro cuyas aptitudes para la metalistería y la traducción del alemán se pregonan en las páginas de su promoción. En cambio, dejó la escuela a los catorce años para ayudar a su familia, y a lo largo de los cinco años y medio transcurridos desde entonces, probó suerte en distintas profesiones y las abandonó todas: mensajero de oficina en la línea ferroviaria B & O, repartidor de periódicos, estibador, operador de máquina clavadora, publicista «con muy poca antigüedad», cronometrador en una fábrica de conservas, vendedor en el desventurado negocio de venta de marisco de su padre. Recordaba que acostumbraban a despedirlo «con suma amabilidad».
Desde el nacimiento de Sam el 27 de mayo de 1894, en la explotación tabaquera Hammett, Hopewell y Aim, en el condado de St. Mary (Maryland), como él decía, había nacido entre los ríos Potomac y Patuxent, la familia había vivido tanto en Filadelfia como en Baltimore. Sam recibió su nombre en honor a su abuelo paterno, Samuel Biscoe Hammett hijo, que en la década de 1880, después de morir su primera esposa, se había casado con una mujer mucho más joven llamada Lucy, con la que tuvo una segunda familia casi contemporánea con la llegada de sus nietos. Todos se amontonaban en la granja de tres plantas. Después de perder unas elecciones del condado por las que había peleado con denuedo, el padre del pequeño Sam, Richard Thomas Hammett, quiso empezar de nuevo mudándose a Filadelfia durante un breve espacio de tiempo con su familia, su esposa y tres niños de corta edad. También sufrió decepciones en esa ciudad, y en 1901 volvió a trasladar a la familia, esta vez a Baltimore, a la casa adosada que alquilaba la madre de su esposa en el 212 de North Stricker Street, cerca de Franklin Square. Con breves fracasos por el camino, había ido de la casa de su padre a la de la madre de su mujer.
Aunque las ambiciones de Richard tendían más hacia la política, no ocurría lo mismo con sus aptitudes sociales y su temperamento; entró a trabajar como revisor de tranvía, y los hijos de la familia Hammett empezaron a estudiar en la Escuela Pública Número 72. Como chico de ciudad, el joven Sam Hammett podía hacer referencia a sus raíces rurales, y cuando volvía a pasar el verano a la granja de su abuelo, adoptaba con el mismo aplomo aires urbanos. La familia se mudaría dos veces más en Baltimore, solo para volver a casa de la suegra cuando los planes políticos y comerciales de Richard fracasaron. Sam seguiría viviendo allí hasta los veintitantos.
Desde la infancia, Hammett fue un lector incorregible y frecuentaba las bibliotecas públicas para satisfacer sus preferencias, que iban de las novelas de quiosco de espadachines y del oeste hasta obras edificantes de filosofía europea y manuales de conocimientos técnicos. Fue una costumbre que lo nutrió desde muy temprano y lo acompañó durante posteriores periodos de enfermedad postrado en cama. De niño, a menudo se quedaba leyendo hasta tan tarde que le costaba despertarse por la mañana, se lamentaba su madre, Annie Bond Hammett, una mujercilla frágil y aun así directa, conocida como Lady, que apoyaba su curiosidad y sin duda alentaba su confianza en sí mismo. El narrador de Tulip, un fragmento autobiográfico de Hammett, recuerda lo siguiente sobre su madre:
En toda su vida solo me dio dos consejos y ambos fueron buenos. «Nunca salgas en una embarcación sin remos, hijo —me dijo—, por mucho que sea el Queen Mary; y no pierdas el tiempo con mujeres que no sepan cocinar, porque lo más probable es que no sean tampoco muy divertidas en las otras habitaciones».
Seguramente fue Annie Hammett quien en 1900 le abrió la puerta de su casa adosada en Filadelfia al encuestador del censo, pues quedó constancia de que en el 2942 de Poplar Street vivían entonces tres niños: Reba, Richard y un hijo mediano de seis años, «Dashell». La evolución de Hammett de Sam a Dashiell no sigue una línea recta, pero sin duda de niño su madre lo llamaba Dashiell (pronunciado DA-SHIIL), nombre que luego usó en sus relatos y libros y, al final, acabó siendo el que casi todo el mundo utilizaba.[*] Hammett parece haber tenido una relación sólida y agradable con su madre y su hermana mayor, Reba, y durante toda su vida se llevaría mejor con las mujeres. Según su prima segunda Jane Fish Yowaiski, a quien más tarde entrevistó Josiah Thompson, solo la madre de Sam era capaz de hacerle ir a misa.
Ninguna referencia escrita a Annie pasa por alto cómo se consideraba un poco por encima de la familia de su marido, y no sin razón. A sus hijos les hablaba con orgullo de la estirpe de su propia madre, descendientes de hugonotes franceses llamados De Schiells (pronunciado Da-SHIIL, como el segundo nombre de Hammett en el entorno familiar), apellido americanizado como «Dashiell». La familia estaba al menos tan arraigada como los Hammett, cuyo primer antepasado en Maryland murió en 1719. Según una historia de la familia, James Dashiell había llegado al estado en 1663, y trasquilaba las orejas al ganado con el dibujo de la flor de lis que le gustaba a su abuela francesa. La madre de Sam le contaba historias de los De Schiells del Viejo Mundo llenas de castillos y caballeros, transmitiéndole la divisa familiar, más bien poco ambiciosa, de «Ny Tost Ny Tard» («Ni muy pronto ni muy tarde»).
Puesto que la familia de Richard Hammett siempre andaba necesitada de dinero, cuando surgía la oportunidad, Annie Hammett trabajaba como enfermera privada, pese a la tos y la debilidad crónicas que por lo demás no le permitían ausentarse mucho de casa. Hammett parecía compartir la opinión de su madre de que Richard Hammett no era digno de ella, o al menos podría haberla tratado mucho mejor: además de sus fracasos como sostén de la familia (primero como representante de una fábrica, luego como vendedor, dependiente y revisor), Richard era un donjuán al que le gustaba vestir de punta en blanco para sus otras mujeres. La prima de Hammett, Jane Yowaiski recordaba visitas a su familia en la década de los treinta en las que parecía «el gobernador de Maryland», y a menudo iba acompañado de una mujer atractiva más joven a la que presentaba como su «amiga».[1]
Para los veinte años, Sam era un joven larguirucho y callado de pelo tirando a rojo al que le gustaba cazar y pescar y beber, y que prefería con mucho la compañía de las mujeres y los libros a lo que había visto del mundo laboral. Al igual que el padre, con el que discutía, Sam era un tanto gandul y aspiraba a ser un donjuán. (A principios de ese mismo año, 1915, contrajo la gonorrea por primera vez, es posible que contagiada por una mujer a la que había conocido mientras trabajaba cerca de los apartaderos del ferrocarril. No sería la última vez que la contraería). Viviendo todavía con sus padres, a menudo llegaba tarde a trabajar, cuando no lo hacía con resaca de su vida nocturna cada vez más ajetreada.
«Me convertí en el empleado insatisfactorio e insatisfecho de diversas compañías ferroviarias, corredores de bolsa, fabricantes de máquinas, fábricas de conservas y demás —recordaría—. Por lo general, me despedían».[2] Según Hammett, su jefe en la oficina del Ferrocarril B & O intentó despedirle tras una semana de llegar tarde, luego se ablandó al ver que no mentía y prometía enmendarse, demorando lo inevitable.
A los veinte, sus puestos de empleo más recientes habían sido con la agencia de bolsa de Baltimore Poe & Davies, donde su impuntualidad y sus descuidos con las cifras lo abocaron al despido, y como estibador portuario, donde «estaba a la altura pero luego empezó a resultar demasiado duro».[3] Pasó unas semanas ociosas antes de que otra cosa le llamara la atención en la prensa, una «enigmática oferta de trabajo» que buscaba un joven capaz con un abanico de experiencias como el suyo y al que le gustara viajar. Aunque el anuncio de prensa exacto nunca se ha identificado, según un antiguo empleado de esa época, los anuncios de contratación en los que no se mencionaba la empresa eran más o menos así:
SE BUSCA: Vendedor animado y con experiencia para ocuparse de una buena línea; sueldo y comisión. Excelente oportunidad para el hombre adecuado para entrar en contacto con una empresa de primer orden.[4]
Hammett envió su respuesta y lo citaron en el centro para hacerle una entrevista en una suite del edificio de Continental Trust Company, en Baltimore Street, una torre de oficinas cuyas dieciséis plantas estaban protegidas por pequeños halcones de piedra. Según resultó, el puesto no era de vendedor, ni agente de seguros, sino de empleado en la sucursal de Baltimore de la Agencia Nacional de Detectives Pinkerton. En «The Hunter» [«El cazador»], Hammett escribió acerca de otro detective: «El azar de la búsqueda de empleo sin dejarse guiar por una preparación vocacional definida lo había llevado a entrar a trabajar en una agencia de detectives privados».
Pinkerton buscaba detectives, o «agentes operativos», como prefería denominarlos la agencia, y la empresa mantenía el secreto por medio de ofertas de empleo para otras profesiones. Muchas aptitudes de los vendedores, por ejemplo, iban muy bien para el trabajo de detective, sobre todo la capacidad de calibrar rápidamente a un desconocido sin levantar sospechas, pero los anuncios imprecisos también se usaban para reclutar a individuos que se dedicaran a reventar huelgas en nombre de la agencia Pinkerton. Hammett cumpliría ambos cometidos.
Según un antiguo Pinkerton, un buen agente operativo era un hombre «en quien se pueda confiar que hará lo correcto, aunque no tenga instrucciones de la sección ejecutiva, y que en todo momento se comporte con serenidad, discreción y sensatez».[5] Hammett, que gracias a sus abundantes lecturas había atesorado toda clase de conocimientos peculiares, también debió de causarle al entrevistador la impresión de ser sereno, discreto y sensato, porque fue contratado como empleado de Pinkerton, y en cuestión de meses ya era agente operativo. Ahora, con veintiún años, había tenido la buena fortuna de encontrar en la agencia de detectives más antigua e importante del país un empleo duro e impredecible que le convenía de una manera peculiar. Allan Pinkerton escribió: «El ojo del detective no debe dormir nunca», y Hammett descubrió enseguida que se esperaba de los agentes que, en caso necesario, trabajaran siete días a la semana. El símbolo de la compañía, un ojo imperturbable encima del lema «Nunca dormimos», había dado pie a un término popular, que a su fundador no le hacía gracia, para hacer referencia a los detectives: private eye, literalmente «ojo privado».
La vida de un agente operativo lo llevaba a todas partes y a ningún sitio, y ciñéndose a las normas básicas de vigilancia, podía pasar horas o incluso días seguidos sin que nadie lo detectara. Más adelante, Hammett resumiría el trabajo de seguimiento para su público civil: «Mantente detrás del perseguido siempre que puedas; nunca intentes esconderte; compórtate con naturalidad, pase lo que pase; y nunca lo mires a los ojos».[6]
Para un hombre joven cuya instrucción formal había terminado apenas unos meses después de empezar secundaria, la Agencia Pinkerton ofrecía una educación única que él siguió complementando en las bibliotecas públicas. No hay indicios de que ya en 1915 quisiera escribir, pero la agencia contribuyó a formar al escritor en que se convirtió del mismo modo que si hubiera estado trabajando en un periódico. Un agente veterano recordaba haber ingresado en Pinkerton «para ver mundo y aprender acerca de la naturaleza humana».[7]
Aunque para cuando Hammett entró a formar parte de la compañía Allan Pinkerton había desaparecido hacía mucho tiempo, su huella estaba en todas partes. Poco a poco, por medio de un trabajo que él inventó, el inmigrante escocés se había transformado en el líder de una especie de cuerpo de policía nacional que podía perseguir a delincuentes sin las trabas que suponían las fronteras entre estados o condados. En sus muchos libros (escritos por negros literarios o por su propia mano) ofrecía una imagen definida de su porfiado investigador ideal:
La profesión del detective es, a un tiempo, honorable y sumamente útil. Pocas profesiones la superan en cuanto a beneficios prácticos. Es un agente de la justicia, y debe mantenerse puro y por encima de cualquier reproche... Lo más esencial es evitar que su identidad sea conocida, ni siquiera entre sus colegas de carácter respetable, y cuando no consigue que así sea; cuando se descubre la naturaleza de su vocación y se pone de manifiesto, deja de ser útil para la profesión, y el resultado es el fracaso seguro e inevitable.[8]
Pinkerton también llegó al trabajo de detective siguiendo un camino tortuoso. Nació en Glasgow (Escocia) en 1819, y mientras trabajaba como tonelero, se involucró en el movimiento obrero cartista escocés (del que más adelante tomaría prestado el término operative, referente al obrero u operario, aplicado al «agente operativo»), antes de que los problemas con la policía debidos a su activismo lo empujaran a emigrar con su esposa en 1842. Después de varios comienzos en falso juntos, la pareja se estableció en la población de Dundee (Illinois), al noroeste de Chicago, donde construyeron una casita y Pinkerton abrió un negocio razonablemente rentable suministrando toneles a los granjeros de la región. Pinkerton se diferenciaba de buena parte de sus vecinos en que era abstemio y abolicionista; además de dar cobijo a su joven familia cada vez más numerosa, la modesta casa de Pinkerton albergaba a fugitivos que iban al norte en busca de la libertad.
La primera agencia de detectives americana se creó a partir de las sospechas de un joven que iba en busca de leña. Para reducir sus costes materiales, Pinkerton iba a recoger madera para hacer las duelas de los toneles empujando su barcaza con pértiga por el cercano río Fox, y aprovisionándose en bosquecillos sin dueño a lo largo de la travesía. En junio de 1846, estaba varios kilómetros río arriba, cerca de la ciudad de Algonquin (Illinois), cuando descubrió algo que desviaría el rumbo de su vida de tonelero. Una mañana, en mitad del río, en una pequeña isla que no era propiedad de nadie, Pinkerton se puso a trabajar talando y cortando la madera que necesitaba cuando vio en el suelo una zona ennegrecida, prueba de que había habido una hoguera, y otros indicios de que el lugar había sido visitado repetidas veces por forasteros. La hoguera parecía sospechosa. «En aquellos tiempos no se iba de picnic, la gente tenía asuntos más serios que atender y no hacía falta ser muy agudo para llegar a la conclusión de que quienes tenían por costumbre ocupar ese lugar no eran hombres de bien».[9]
Pinkerton fue a la isla varias veces más y encontró otras señales de reuniones secretas. Entonces, una noche, mientras estaba de vigilancia, vio un grupo de hombres que llegaban a la isla y se reunían con aire conspirativo en torno a una hoguera. Volvió de nuevo, acompañado del sheriff y un pelotón, y detuvieron a un grupo de falsificadores atrapados con sus herramientas y «una bolsa de monedas falsas de diez centavos». Después de su triunfo en la que pasaría a ser conocida como Bogus Island [isla Falsa], Pinkerton recibió la oferta de unos empresarios locales para que les ayudara a atrapar a otra banda de falsificadores. Rehusó aduciendo que se dedicaba a la fabricación de toneles, pero luego se impuso su sentido de la justicia y aceptó su primer trabajo remunerado como detective.
En un primer momento, el activismo de Pinkerton lo había empujado a huir a América, y presentarse en 1847 a sheriff del condado por el partido abolicionista lo llevó a enfrentarse al pastor de la iglesia baptista local de Dundee, que lo llevó a juicio por ateísmo y «venta de bebidas espirituosas». La difamación animó a Pinkerton a aceptar el puesto de ayudante del sheriff del condado de Cook y mudarse a Chicago, por entonces una ciudad inmunda pero cada vez más grande, de casi treinta mil habitantes. Allí, en torno a 1850, abrió la primera agencia de detectives del país, la Agencia de Policía del Noroeste, que luego pasó a ser la Agencia Nacional de Detectives Pinkerton.[*] Haría habitual el uso de los antecedentes penales, los registros de delincuentes, las fotos policiales y las huellas dactilares; y décadas antes de que las hubiera en la ciudad de Nueva York, contrató a las primeras mujeres detectives.
Desde hacía tiempo, Pinkerton aseguraba que los delitos no los esclarecían genios distantes, sino un agente que era un estudioso observador de la naturaleza humana y protegía su propia identidad como si su vida dependiera de ello, un caballero que se podía hacer pasar por maleante. «En la medida de lo posible, debe codearse con los individuos destinados a sentir la fuerza de su autoridad».[10]
La Agencia Pinkerton creció en los años en que muchas ciudades fronterizas no contaban con un cuerpo de policía municipal, mientras que las que sí contaban con cuerpos reducidos veían cómo los delincuentes huían cruzando las fronteras entre condados. «La historia de todos los lugares que han tenido un crecimiento rápido está plagada de pasmosos incidentes delictivos —explicó Pinkerton—, creando oportunidades para la comisión de crímenes tan numerosos que a veces dan pie a una epidemia de fechorías».[11] Esas epidemias se convirtieron en la oportunidad de Pinkerton. En 1855 tuvo la buena fortuna de firmar un contrato para proteger el Ferrocarril Central de Illinois; su director, George McClellan, y el abogado de la compañía, Abraham Lincoln, eran hombres de futuro prometedor.
En 1861, Pinkerton destapó una «trama de Baltimore» contra el presidente recién elegido; trasladó en tren a Lincoln de forma clandestina eludiendo el meollo de la conspiración hasta su toma de posesión, y durante un tiempo sirvió como su jefe de inteligencia militar. En una famosa fotografía de guerra de Lincoln visitando un campamento de la Unión, Pinkerton está allí mismo, oculto a la vista de todos, identificado por su alias de «comandante Allen», una figura robusta y ceñuda con barba oscura y bombín junto al espigado hombre de sombrero de copa.
Hasta el final de su vida, Allan Pinkerton se ceñiría a los métodos esbozados en sus primeros casos. En The Model Town and the Detectives [La ciudad modelo y los detectives], recordaba que lo visitó un hombre que representaba a un grupo de comerciantes de Illinois cuya comunidad estaba sufriendo una oleada de robos. «Le dije que me ocuparía de despejar la ciudad de las sabandijas que la asolaban a condición de que me permitiera trabajar a mi manera, sin interferencias de nadie y de que mis instrucciones se obedecieran incondicionalmente». Antes de enviar a sus agentes de incógnito a las tabernas y las pensiones, Pinkerton reconoció la ciudad en persona, bajo un nombre falso y vestido de campesino.
Despejar la ciudad de las sabandijas que la asolan es lo que hacen algunos héroes de Hammett, aunque no siempre se ciñen a las normas de investigación del señor Pinkerton. Cuando el caso era lo bastante importante, Pinkerton también infringía muchas de sus propias normas, como se pone de manifiesto en el famoso caso de su guerra con la banda de los James en la década de 1870. Pinkerton escribió a su oficina de Nueva York: «Sé que los James y los Younger son hombres desesperados y que cuando nos enfrentemos será el fin de uno de nosotros o de ambos».[12]
Después de que en 1874 uno de sus detectives, J. W. Whicher, fuera secuestrado, torturado y asesinado a quemarropa por la banda, un supervisor de Pinkerton analizó el error fatal del agente: «Iba vestido con descuido, pero cuando llegó debieron de darse cuenta de que era un individuo astuto y de aire perspicaz, y probablemente se fijaron en que tenía las manos tersas».[13] De hecho, aparte de ir solo, el mayor error del agente operativo Whicher había sido revelar su identidad al sheriff local, George E. Patton, un veterano confederado manco y amigo de infancia de los hermanos James, ante el que alardeó de sus planes de ir de incógnito e infiltrarse en la banda.
«Han derramado sangre mía y deben pagar por ello», escribió Pinkerton a su superintendente de Nueva York, George Bangs, y envió un contingente a la granja de la madre de los James, en Misuri, cuyas ventanas protegidas con tablas de chilla no permitían a los agentes de la ley atisbar a sus posibles objetivos en el interior. Bob y Jesse no estaban en la casa —de hecho, Jesse se había ido a Nashville en una especie de luna de miel—, pero los Pinkerton tenían planeado lanzar al interior un potente artefacto incendiario para que el humo hiciera salir a cualquier miembro de la banda. En cambio, fue a parar a la chimenea y explotó, matando por efecto de la metralla de hierro al hermanastro de nueve años de Frank y Jesse y lisiándole a la madre la mano derecha, que tuvo que serle amputada, lo que no hizo sino aumentar en todo el país la simpatía por la causa de la legendaria banda. En este insólito caso, Pinkerton supo ver que había sido derrotado y abandonó amargamente la persecución.[*]
En los años posteriores a su muerte en 1884, los hijos de Allan Pinkerton dividieron el control de la agencia en las oficinas centrales del este y el oeste, e incrementaron la carga de trabajo de protección de la empresa. Con la huelga sindical de Homestead en 1892, los Pinkerton aprendieron otra desastrosa lección en público: la de que ejercer abiertamente como rompehuelgas por medio de violencia contra los trabajadores podía entrañar mayores riesgos que otras variantes más discretas del trabajo de investigación.
Los contactos con el ferrocarril habían llevado a la compañía a perseguir bandas de forajidos que robaban a las empresas de correo exprés; después del éxito de la agencia infiltrándose en la mortífera sociedad de los Molly Maguire en las cuencas mineras de Pensilvania, los Pinkerton introdujeron audaces obreros espías en un sindicato tras otro, lo que les permitía informar, a menudo a diario, de las estrategias de los comités de huelga directamente a los ejecutivos de las compañías. Ciertos detectives concretos, como el «Agente 58A» de la Agencia Thiel (Edward L. Zimmerman) o Charlie Siringo, de Pinkerton, se hicieron famosos por su atrevimiento a la hora de infiltrarse, pese a que las compañías mineras a cuyo servicio arriesgaban la vida eran injuriadas y tachadas de «opresoras de los trabajadores».
Como lector de historias de detectives y vaqueros, Hammett debía de conocer la carrera del «detective cowboy» Charlie Siringo y sus aventuras «en la montaña y la llanura, entre contrabandistas de licor, cuatreros, vagabundos, dinamiteros y matones». Pero la vida de Siringo como detective también ofrecía una advertencia a cualquier agente que se sintiera tentado de hablar más de la cuenta. El año en que Hammett empezó a trabajar en la agencia, 1915, había sido el de la segunda tentativa de Siringo de contar la historia de sus emocionantes dos décadas con los Pinkerton. Nacido en el condado de Matagorda (Texas), a los once años Siringo trabajaba de vaquero, y cuando de joven vivía en Chicago, presenció en 1886 el atentado y la revuelta mortal de Haymarket Square, que le infundió deseos de hacerse detective «para dar con el que lanzó la bomba y sus cómplices». Cuando fue a la sucursal de Pinkerton en Chicago, citó como referencia al agente de la ley Pat Garrett, que mató a Billy el Niño.
Siringo entró a formar parte del pelotón de Pinkerton que persiguió a la banda del Garito de Butch Cassidy, y se infiltró como minero en un caso de robo de mineral en Aspen. Luego, durante las huelgas mineras de Coeur d’Alene en Idaho, antes de que descubrieran que era un espía, consiguió que lo eligieran secretario de actas del sindicato de mineros de gemas. Escapó a través de los tablones del suelo de un edificio en Gem (Idaho), y se arrastró varios metros bajo la acera de madera, donde una turba enfurecida esperaba para lincharlo. En público, acostumbraba a ir pintorescamente armado con un bastón-espada y un Colt 45, e hizo las veces de guardaespaldas de su colega detective de Pinkerton William McParland cuando este llevó a cabo investigaciones para la fiscalía con relación al asesinato del antiguo gobernador de Idaho Frank Steunenberg en 1905.
Cuando intentó publicar sus memorias, Cowboy Detective (1912), Siringo averiguó los límites de la tolerancia de Pinkerton. Aunque el libro se leía como un manual de captación para iniciarse en la vida del detective, la familia Pinkerton demoró dos años la publicación, hasta que Siringo hubo cambiado muchos nombres cruciales, sobre todo el de la empresa de detectives «mundialmente famosa» en la que había trabajado, sustituyéndolo por el de la ficticia «Agencia Dickenson». En 1915, muy molesto por el trato recibido, volvió a probar suerte con el vengativo Two Evil Isms: Pinkertonism and Anarchism [Dos funestos ismos: el Pinkertonismo y el anarquismo]. Esta vez contaba muchas historias demasiado turbias para la primera narración, más heroica, explicando cómo cobró por votar cinco veces en un mismo día en unas elecciones en Colorado, y por qué se había negado una y otra vez a aceptar ascensos en la que denominaba «la institución más corrupta del siglo».[14] Citando el acuerdo de confidencialidad que había firmado, la Agencia Pinkerton lo demandó e incautó las láminas de impresión del libro. Nadie estaba autorizado a escribir sobre la Agencia Pinkerton aparte de la familia Pinkerton y sus negros literarios.
Para 1915, cuando Sam Hammett contestó al anuncio de prensa y se unió a la oficina de Baltimore, relativamente reciente, Pinkerton ya contaba con veinte sucursales por toda Norteamérica. El fundador siempre había temido perder el control de su compañía al expandirse, pues la corrupción suponía una gran tentación en las oficinas más alejadas. Sin embargo, tras su muerte, los hijos establecieron sucursales al oeste de Chicago, en Denver y Spokane, y se desplazaron al sur hasta Baltimore y Washington. Para cuando Hammett fue contratado, la demanda de detectives había aumentado tanto que había setenta y tres agencias distintas solo en la ciudad de Nueva York. La rival Agencia Internacional de Detectives Burns tenía casi tantas oficinas como Pinkerton, y su sede estaba en el espléndido edificio Woolworth recién inaugurado en Nueva York. Y aunque el coste por convertirse en detective aficionado a través de una conocida escuela a distancia ascendía a 7,50 dólares, un agente operativo novato solo ganaba 21 dólares a la semana. Aun así, Hammett decía: «Me gustaba ser detective, era mejor que cualquier otra cosa que hubiera hecho».[15]
2
UN HOMBRE DE LA COMPAÑÍA
No conviene seguir a una persona por el otro lado de la calle, ni demasiado cerca, ni pararse cuando se para a hablar con un amigo; ni, cuando entra en una taberna o un comercio, entrar detrás, quedarse quieto hasta que salga y luego seguirlo de nuevo. Naturalmente, un «seguimiento» así se detectaría en quince minutos.
ALLAN PINKERTON[1]
Un Pinkerton bien adiestrado era capaz de seguirle la pista a alguien incluso en sueños, cuando podía descabezar alguno. Hasta drogado con láudano, el curtido agente de la Continental de Hammett recorre las docenas de calles americanas que ha visto a instancias de la agencia, nombres que Hammett probablemente exhumaba de su propia humilde experiencia: Gay Street y Mount Royal Avenue en Baltimore, Colfax Avenue en Denver, McKinney Avenue en Dallas. Como más adelante le explicaría encantado a su editor, Hammett parece haber sido un especialista en seguimientos desde el comienzo:
[Un] detective puede seguir a un hombre durante días y al final no tener más que una leve idea de los rasgos de ese hombre. Para quien lo sigue, detalles de su porte, la manera de llevar la ropa, la impresión general, los gestos característicos —todo ello visto desde atrás— son más importantes que los rostros. Se reconocen desde más lejos, y no requieren situarse delante del sujeto en ningún momento.[2]
Para los jóvenes especialistas en seguimientos que empezaban más o menos cuando lo hizo Sam Hammett, Pinkerton tenía folletos de empresa que explicaban el estilo de la casa para las distintas variantes de vigilancia, desde el seguimiento básico por la calle hasta la «comprobación ferroviaria»: «[los agentes] deben proveerse de un pretexto apropiado como el de ser vendedores».[3] Distintos folletos detallaban los métodos utilizados para robar en las cajas registradoras de tranvías, cómo examinar los baúles en los trenes o supervisar un economato del ferrocarril en busca de derroches, robos o manipulaciones.[4] Todos los detalles del aspecto de un Pinkerton estaban pensados a fondo, incluso su equipaje: «Un maletín suele servir el propósito de un desplazamiento diurno, pero ningún agente debe viajar en un coche cama sin un bolso o una maleta».[5]
En el relato de Hammett «¿Quién mató a Bob Teal?», un detective joven que va «por buen camino de adquirir experiencia» muere de un balazo después de solo dos años en la agencia. Hammett sobrevivió a su periodo de aprendizaje, y uno de los primeros hombres que le ayudaron a adquirir experiencia bien pudo ser su supervisor en la oficina de Baltimore, un experimentado Pinkerton a quien Hammett llamaría más adelante James o Jimmy Wright y en ocasiones concedería crédito como modelo para su ficticio agente de la Continental. Muchas biografías y tratados han mencionado la importancia de Wright en el desarrollo de Hammett como hombre y, al cabo, como escritor. El problema de este enfoque es que nadie ha hallado nunca prueba de la existencia del esquivo mentor Jimmy Wright. Parece haber pocas dudas de que Hammett aprendió muchas de sus aptitudes y códigos de conducta de detective mientras trabajaba en la oficina de Pinkerton en Baltimore, pero quizá Wright fuera una suerte de pista falsa, un personaje tan ficticio como Bob Teal.
De hecho, hacía tiempo que «James Wright» era un alias habitual entre los Pinkerton que trabajaban infiltrados.[6] El nombre en clave aparece ya en 1874, cuando un Pinkerton de San Luis (John Boyle) que viajaba como «el señor James Wright» acompañó a un antiguo capitán de policía de Chicago (Louis J. Lull) que se hacía llamar W. J. Allen (haciéndose eco del apodo en tiempos de guerra de Allan Pinkerton). Con un agente de la ley local como guía, los dos Pinkerton se hicieron pasar por prospectores de terrenos mientras perseguían a los hermanos Younger en Misuri el mismo mes que el agente J. W. Whicher fue asesinado allí por la banda de James y Younger. Los Younger estaban en una granja en el condado de St. Clair, vigilando desde el desván, cuando se fijaron en que tres forasteros bien armados pasaban por la carretera rural. Espoleando las monturas, los Younger dieron alcance a James Wright y sus dos colegas. Cuando desenfundaron las armas, Wright se lanzó al galope, pero mientras se alejaba hasta perderse de vista, los Younger le arrebataron el arma de un tiro.[*] Dejó a los otros dos hombres atrás para que se enfrentaran a los hermanos; uno de ellos, Lull, sacó un Smith & Wesson oculto y antes de ser alcanzado él mismo, le pegó un tiro en el cuello a John Younger. En el altercado murieron Younger y Ed Daniels, ayudante del sheriff y guía del agente, pero Lull consiguió salir de allí y siguió con vida el tiempo suficiente para ofrecer antes de morir una declaración jurada del duelo.
«James Wright» siguió con vida para cabalgar otro día en nombre de Pinkerton.
Como detective, igual que su agente, Hammett era un hombre de la compañía, un soldado raso en un ejército dedicado a la investigación. Durante la época de Hammett, un agente operativo podía ver todo un caso de principio a fin o meramente retazos, pues la Agencia Pinkerton hacía rotar a docenas de agentes regionales según los fuera necesitando. «El noventa y nueve por ciento del trabajo de un detective consiste en reunir los detalles con paciencia, y debe conseguirlos de primera mano en la medida de lo posible», dice el agente del cuento de Hammett «Una hora».
Los informes operativos tenían como fin mostrar a los clientes todo el trabajo de investigación que se llevaba a cabo a cambio de la tarifa que pagaban. Como los artículos de prensa, los informes captaban el «quién, qué, cuándo y dónde», reservando las caracterizaciones más extensas para los memorandos de oficina como este esbozo de 1901 del ladrón de una oficina de correos: «“Figgsey” Lyons lleva un tiempo viviendo en Newark y se le puede encontrar cualquier día en la Biblioteca Municipal de Newark, leyendo el Cincinnati Inquirer en busca de noticias de actividades delictivas en el Oeste».[7]
Los archivos Pinkerton de la Biblioteca del Congreso se encuentran en el Edificio Madison, cerca del Capitolio, y albergan sesenta mil documentos y varios cientos de cajas de informes operativos junto con los registros de empleados de la agencia, memorandos de los sueldos de los agentes operativos, libros de claves, telegramas a clientes, folletos sobre los primeros dispositivos de escucha (el «Detecti-Fone» de la agencia Burns) o el «Registro de Fotos» patentado por Pinkerton (1917), un dispositivo giratorio que los organismos policiales podían comprar y llenar con miles de fotografías de los delincuentes más recientes.
Pese al inmenso tesoro que son esos archivos, en ellos no se ha identificado ningún escrito de Hammett; sus informes o bien fueron entregados anónimamente a las compañías que eran sus clientes o bien se perdieron por causa del fuego o el paso del tiempo. Por desgracia, también falta todo el material de las oficinas donde más tiempo trabajó, las de Baltimore y San Francisco, y al ser donada la colección se incluyeron escasos informes poco favorecedores de casos relacionados con boicoteos de huelgas. (Estas purgas pudieron hacerse en la década de los treinta, cuando bajo la nueva ley nacional de relaciones laborales, a la agencia le preocupaba tener que presentarse ante el Congreso por reventar huelgas).
Pero basta dedicar una hora a hojear los informes de otros agentes para hacerse una buena idea de las experiencias y el formato que permitieron adiestrarse a Hammett como escritor. Los detalles generales de la vida de un típico Pinkerton se pueden apreciar en muchas cartas y directivas de las oficinas de Nueva York y Chicago (los de esta última a pesar del gran incendio de Chicago) y la memorable documentación de agentes que trabajaban en las sucursales de Kansas City, Pittsburgh o Spokane, donde hay información suficiente para dejar claro lo que se esperaba de la jornada de Hammett.[*]
Se advertía a los Pinkerton que no empezaran a investigar un caso sobre la base de una teoría precipitada, y sus informes debían ser escritos de acuerdo con cierto estándar de discreción, ofreciendo un abanico de maleantes descritos sin florituras, con un estilo sorprendentemente ligero, aunque a menudo su trabajo era revisado antes de entregárselo al cliente.
Más o menos como la mesa de corrección de la sección de sucesos de un periódico puliría las declaraciones de testigos enviadas por los «reporteros», por rutina los supervisores de Pinkerton hacían las veces de editores, revisando los informes de los agentes para adaptarlos al gusto de los clientes. Como explicó Hammett: «En una ocasión, un oficial de detectives en San Francisco cambió en un informe mío “voraz” por “veraz” aduciendo que quizá el cliente no entendiera lo primero. Unos días después, en otro informe, por la misma razón “simular” se convirtió en “apresurar”». No es de extrañar que un autor que más adelante se enorgullecería de colarles a sus editores retazos de argot callejero con olor a autenticidad hubiera empezado aprendiendo a perfeccionar sus informes para los clientes de Pinkerton. En Cosecha roja, su agente de la Continental se queja de tener que retocar los informes operativos para su jefe chapado a la antigua: «Para el caso, podría haberme ahorrado el trabajo y el sudor invertidos en intentar que mis informes resultaran inocuos. No le dieron el pego al Viejo. Me montó una bronca de mil diablos».
Un famoso caso concreto de asesinato justo antes de la Primera Guerra Mundial pone de manifiesto la amplia variedad de labores de investigación que podía llevar a cabo la agencia y la clase de trabajo de seguimiento que se esperaba de la jornada de trabajo de Hammett. Como agente, Hammett cumplió precisamente esa clase de misiones: vigilar el compartimento en un coche cama de un acaudalado caballero durante la noche, darle propina a un portero para que recogiera un telegrama de la papelera de un sujeto, dar palique a caseras chismosas o vigilar el sendero de acceso del sospechoso de haber cometido un robo que fue lo bastante estúpido para volver a casa. Se dedicaban meses y años a agudizar costumbres de observación recelosa. Combinando múltiples informes operativos, la investigación del asesinato de Rice constituye una interesante historia policiaca por derecho propio.
William Lowe Rice era un exitoso abogado empresarial que vivía en una elegante urbanización que él mismo había ayudado a construir, Cleveland Heights. Era un hombre atlético de cerca de cincuenta años cuyas esposa e hijas se habían trasladado antes que él a la casa de veraneo de la familia en Cape Cod. La noche del viernes 5 de agosto de 1910, después de jugar nueve hoyos en el Club de Golf Euclid y cenar y tomar allí unas copas con unos amigos hasta eso de las diez y media, emprendió el trayecto de regreso de unos quinientos metros por Overlook Road hasta su casa colonial de ladrillo con columnas, Lowe Ridge. Por el camino, Rice se encontró con varios hombres bajo una farola que, según la descripción de otros, tenían el pelo oscuro y rizado y llevaban sombreros de fieltro.
Se produjo un altercado y unos minutos después, cuando dos automóviles se detuvieron para ver qué le ocurría a la figura tendida al lado de la carretera, el abogado yacía agonizante. Todavía llevaba sus joyas y más de cien dólares en efectivo; el cuerpo presentaba cortes, magulladuras y heridas de bala; a su lado había una navaja de oro abierta, como si se hubiera librado una pelea a navajazos. (Su panamá también se encontró cerca, con dos orificios de bala). Dos médicos que habían salido en coche con sus esposas llevaron a Rice al hospital, donde falleció sin pronunciar palabra. El socio del bufete de Rice envió entonces un telegrama a un supervisor de Pinkerton: HAGA EL FAVOR DE ENVIAR EN EL PRIMER TREN A SU MEJOR Y MÁS EXPERIMENTADO AGENTE PARA QUE SE ENCARGUE DEL CASO RICE. NO UN HOMBRE NORMAL, SINO ALGUIEN ACOSTUMBRADO A CASOS ASÍ.
Los agentes entrevistaron a empleados del tranvía que quizá hubieran visto al asesino cubierto de sangre en las horas posteriores a la muerte de William Rice. «Alcanzo a verlo como si fuera una fotografía —recordaba un guardafrenos—. Estaba sentado en el lado sur del vagón en el coche de fumar justo detrás de mí, con la cabeza apoyada en la mano».[8] Al descubrir que justo antes del asesinato de Rice habían visto en la carretera a unos hombres morenos de aspecto «extranjero», Pinkerton envió a sus propios agentes sicilianos a alquilar habitaciones en pensiones italianas.
El 7 de agosto, día y medio después del crimen, el agente operativo C. Y. Riddle llegó a Cleveland Heights con aire triunfal: «Me apeé de un coche Euclid de alquiler en Lake View y recorrí Mayfield Road, conocida como Little Italy, hasta Overlook Road y el escenario del asesinato». Riddle, un agente experimentado como los que más adelante describiría Hammett, inspeccionó con frialdad pruebas que resultarían irrelevantes, incluso un pañuelo ensangrentado:
El pañuelo es más bien barato, con ribete azul y blanco, pero las manchas parecen antiguas, como si la lluvia lo hubiera mojado desde que estaba allí. También encontré un pedazo de cuello duro de una camisa negra a rayas hecha jirones. Había sido medio arrancado y desgajado de la camisa y en la parte dura llevaba las letras «Ben», pero era muy viejo para haber pertenecido a nadie relacionado con este crimen.[9]
Después de hurgar a puntapiés entre unos arbustos, unos cincuenta metros al oeste de donde había fallecido Rice, Riddle descubrió un saco de arpillera con siete gallinas muertas. Examinando el saco, se fijó en un anillo de cobre en la pata de un ave del gallinero de uno de los vecinos de Rice.
El hallazgo de las gallinas muertas llevó a los Pinkerton a conjeturar que los asesinos eran un grupo de trabajadores italianos que habían ido a robar gallinas para la fiesta próxima de San Giuseppe cuando Rice los descubrió, lo que dio pie a una pelea fatal. Para determinar su procedencia, los agentes llevaron el saco de arpillera por comercios de artículos de confección. Pero teniendo en cuenta la riqueza y la impresionante colección de enemigos de Rice, había a quien la teoría de los ladrones de gallinas le parecía una muerte demasiado fortuita y miserable, sobre todo a la familia de Rice. Cuando durante la investigación salió a relucir que otro de sus vecinos, John Hartness Brown, había aparecido en el escenario del crimen instantes después del asesinato y había ayudado sin mediar explicación a cargar el cuerpo de Rice en el coche del médico, pasó a ser un sospechoso más adecuado.
Empezaron a ser motivo de cotilleos la rivalidad y las rencillas profesionales entre Brown y Rice, así que dos semanas después del crimen, la noche del sábado 20 de agosto de 1910, el agente operativo de Pinkerton J. V. O’Neill siguió a Brown, un hombre corpulento y de cara colorada, de unos cuarenta y cinco años y de un metro ochenta de estatura, en un tren nocturno de Cleveland a Boston:
Durante la noche vigilé de cerca el compartimento del señor Brown a la expectativa de que se bajara del tren. Sin embargo, no lo vi hasta después de que el tren hubiera salido de Albany (N. Y.). Entonces se levantó, se aseó y desayunó en el vagón comedor... Interrogué al revisor con la intención de cerciorarme del destino del señor Brown.[10]
En Springfield, Brown envió un telegrama informando a alguien de cuándo llegaría a Boston. El agente O’Neill averiguó por medio del mozo de estación que Brown había enviado otro telegrama anunciando que estaría en el Hotel Touraine, y luego sustituyó el otro mensaje. Cuando el tren se detuvo en Worcester (Massachusetts), otros dos Pinkerton subieron al vagón con instrucciones de buscar a un hombre de cara rubicunda con gafas y sombrero de paja con cinta. O’Neill señaló al sujeto, y el agente operativo C. B. Patterson comenzó su guardia:
El tren llegó a Boston a las 11.50 de la mañana y Brown, con una maleta negra, un bolso negro y otro bulto como un baúl de viaje, subió a un taxi en South Station, fue al Hotel Touraine y se registró a las 12.05.[11]
Después de pedir que hicieran un envío de licor a Rockland (Maine), Brown regresó a su hotel con otro hombre que llevaba sombrero de paja y traje gris, y antes de abandonar Boston en el tren nocturno a Rockland, dio comienzo una compleja serie de maniobras, como si se hubiera dado cuenta de que lo seguían. La investigación volvió a centrarse en los ladrones de gallinas.
Al final, en el caso Rice se halló un arma homicida —la maleabilidad de una bala recuperada había sugerido que era de fabricación extranjera—, y en el transcurso de los meses siguientes, por medio del seguimiento constante de las esposas de los sospechosos, rastrearon la pista de dos individuos, Vincenzo Pelato y Pietro Tomasello, hasta Brooklyn (Nueva York) y Black Diamond (California).
Pelato fue el primero que se vino abajo, culpando de los disparos a Tomasello, que fue interrogado durante ocho horas en febrero de 1912 en la penitenciaría de Columbus (Ohio). Tras poner en evidencia todas las excusas del sospechoso, a las cinco en punto de la tarde Francis Dimaio, el superintendente de Pinkerton que había llevado a cabo la detención tras dedicar dos años al caso Rice, mostró el pistolón extranjero con el que le habían disparado a William Rice. «¿Cuándo fue la última vez que vio esto?», le preguntó Dimaio a Tomasello, que se derrumbó en medio de un «ataque de histeria», según los testigos, hasta que el médico de la cárcel tuvo que calmarlo con una «poción somnífera».
Antes de que se pudieran presentar cargos por homicidio, los hombres fueron condenados por robo. Nunca se demostró ante los tribunales si el vecino de Rice, William Hartness Brown, había contratado a los asesinos o si Rice murió simplemente enfrentándose a una banda de ladrones de gallinas.[*] (Brown sobrellevó el recelo de la opinión pública y se mudó a Inglaterra). Pero hacia el final de su vida, con casi noventa años, Dimaio esclareció el asunto cuando escribió a sus antiguos colegas de la agencia sobre la autoría real del asesinato:
[El detective del condado] Doran y yo seguimos la pista [del saco] hasta una tienda de piensos en East Cleveland, donde nos dijeron que el saco en cuestión se les había enviado a los hermanos Sciarabba... Cuando fuimos a buscarlos, averigüé por medio de un informador italiano, un vecino de los hermanos Sciarabba, que fueron ellos quienes dispararon contra el abogado Rice, pero se habían ido de la ciudad y estaban por entonces en Brasil.[12]
Uno de los Sciarabba había disparado mientras Rice forcejeaba y cruzaba navajazos con su primer agresor. Pero como no había tratado de extradición con Brasil, procesaron a los dos testigos del asesinato (Pelato y Tomasello), que al final fueron excarcelados pese a haber confesado.
Más allá del fracaso colectivo de todos aquellos esforzados Pinkerton, es interesante ver lo familiar que resulta el estilo de esos informes gracias al estilo de Hammett que inspirarían: subir a tranvías en marcha, vigilar casas, interrogar a vecinos, giros en falso que aun así parecen impulsar el caso, fallos en la investigación que aportan realismo. Antes de poder escribir los cuentos de su agente de ficción, Hammett leyó y presentó en el trabajo infinidad de memorandos semejantes. «Gracias a mi habilidad para escribir informes satisfactorios y convincentes —dijo—, mi reputación siempre fue un poco mejor de lo que merecía».[13]
3
CINCO MIL DÓLARES ENSANGRENTADOS
Saqué la cartera y rebusqué entre la colección de credenciales a las que había ido echando mano aquí y allá. El carné que buscaba era uno rojo que me identificaba como Henry F. Neill, marinero de primera, afiliado en toda regla al Sindicato de Trabajadores Industriales del Mundo. No había ni una palabra de verdad en ello.
Cosecha roja (1929)
Desde la estación de tren donde Frank Little llegó a Butte (Montana), en julio de 1917, hay casi seis kilómetros por Main Street hasta el cementerio en la cima de la colina donde fue enterrado menos de tres semanas después. Buena parte del empinado trayecto por una pendiente que asciende hasta ofrecer una vertiginosa vista de las minas de cobre, las torres metálicas en desuso y la magnificencia de las Rocosas todo en torno. En el verano de 1917, el tiempo era polvoriento, con una bruma suspendida sobre la ciudad y un ambiente cada vez más tenso entre los mineros de Butte en huelga y la Compañía Minera del Cobre Anaconda. Esa atmósfera que estaba a punto de arder como la yesca había captado la imaginación de Frank Little.
Little entró en la ciudad con muletas. Alborotador profesional, llevaba el sombrero Stetson ladeado y se enorgullecía de ser «mestizo». Con un metro ochenta y dos de estatura, tenía el pelo moreno, un ojo bueno y la cara hosca cuya boca se combaba hacia un lado en una mueca desafiante. A los treinta y ocho años, era un veterano curtido y malcarado de muchas campañas de los Trabajadores Industriales del Mundo en las que había sido pateado, secuestrado, a menudo encarcelado y a punto había estado de ir a parar al cadalso. Hacía poco se había roto el tobillo en un accidente de coche mientras provocaba disturbios en Minnesota, y había pasado las últimas semanas en una huelga en Bisbee (Arizona) que acabó con la deportación de cientos de trabajadores en vagones para ganado al desierto de Nuevo México. Con frecuencia alardeaba de estar dispuesto a ponerse frente a un pelotón de fusilamiento, y como inspiración, llevaba una petaca con cenizas del organizador wobbly Joe Hill, recientemente convertido en mártir.
La inestabilidad había empezado mucho antes de la llegada de Little a Butte. Durante los disturbios sindicales hacía tres años, un centro de reuniones del sindicato había sido dinamitado y habían enviado tropas federales, y a principios de junio de 1917, la ciudad sufrió una racha de tumultos, seguidos días después por el mayor desastre de la minería de roca dura en la historia americana. El 8 de junio se desató un incendio subterráneo en el pozo de Granite Mountain y al final dejó a su paso 163 muertos. Los quince mil mineros supervivientes fueron a la huelga, al tiempo que a fin de espiar e intimidar en nombre de la empresa minera llegaban a la ciudad docenas de detectives de Pinkerton y Brown junto con otros vigilantes bien armados.[1] Un joven agente de la oficina Pinkerton de Baltimore llamado Sam Hammett recordaría más adelante deambular por Butte aquel verano. Solía contar la historia de que había estado allí en 1917 y cómo le ofrecieron cinco mil dólares para matar al agitador wobbly Frank Little.
Cuando Little llegó a Butte durante la huelga más reciente a mediados de julio, el nuevo sindicato minero aún no contaba con reconocimiento ni afiliación. Él esperaba causar disturbios en el impasse y conseguir que los huelguistas se unieran a TIM. Aunque cojo y tuerto, Little era considerado un tipo peligroso cuando se registró en una pensión cerca de Finlander Hall, donde tenía que hablar al día siguiente. No decepcionó, denunció el esfuerzo bélico americano como una carnicería capitalista y llamó a los soldados de infantería camino de Europa «esquiroles de uniforme del Tío Sam». Sus comentarios no pasaron inadvertidos a los reporteros de los periódicos propiedad de la compañía de Butte, a quienes llamó «prostitutas de la prensa». En los días posteriores siguió inspirando y soliviantando, abogando por la revolución mundial y esquivando peticiones para que lo hicieran callar bajo la nueva ley de espionaje en tiempos de guerra. El fiscal del distrito federal de Montana, Burton K. Wheeler, hijo con criterio independiente de padres cuáqueros, decidió que las diatribas de Little contra la guerra quizá hubieran sido de mal gusto, pero no se le podía parar los pies legalmente. En lugar de ello, el día 1 de agosto de madrugada, un Cadillac negro con seis hombres enmascarados fue a por Little.
Aparcaron delante del número 316 de North Wyoming Street, una dirección que hoy es el acogedor Capri Inn, en la zona oeste de la ciudad. Uno de los hombres se quedó vigilando la calle mientras los otros cinco entraban en el edificio y forzaban la puerta de la habitación número 30, que estaba vacía. Eso despertó a la casera, que dormía en la habitación de al lado, a la que los desconocidos explicaron: «Somos agentes y hemos venido a por Frank Little».[2] Cuando les dijo que se habían equivocado de habitación, echaron abajo la puerta de la número 32, donde encontraron al agitador dormido con la pierna escayolada y en ropa interior. Antes de que Little tuviera ocasión de coger las muletas apoyadas en la cama lo habían atrapado, amordazado con una toalla y sacado a rastras del edificio. La casera llamó a la comisaría para explicar que unos agentes enmascarados acababan de llevarse a un hombre al que tenían intención de «deportar». El agente al teléfono no estaba al tanto de que el cuerpo de policía tuviera ningún asunto con Little y envió a tres hombres para que indagaran en ello.
Para entonces, los secuestradores habían atado a Little al parachoques trasero del coche y lo habían llevado a rastras una manzana, lo que le dejó en carne viva buena parte de las rodillas (como se vería en las morbosas fotografías). Los hombres lo izaron después para ahorcarlo del puente de caballetes del ferrocarril de Milwaukee al sur de la población, cerca de la fábrica de cerveza Centennial. Bien antes o bien después de que Little muriera, los asesinos le colgaron de la ropa interior un mensaje escrito en letras rojas:
¡QUE OTROS TOMEN NOTA!
¡PRIMER Y ÚLTIMO AVISO!
3-7-77
L -D-C-S-S-W-T
Los números 3-7-77, que posiblemente hacían referencia a las dimensiones estándar de una tumba, eran un famoso símbolo utilizado por los vigilantes encargados de hacer justicia en la frontera de Montana: un cartel con un ataúd pintado en la puerta de un hombre era una advertencia para que se fuera de la ciudad. (Aparecen incluso en la actualidad en las placas de la policía del estado de Montana).[3] Las letras al final del mensaje se interpretaron como las iniciales de los líderes sindicales a los que tenían intención de eliminar, con la L de Little rodeada con un círculo definitivo.
El 5 de agosto, tres mil personas acompañaron el ataúd de Frank Little hasta el cementerio de Mountain Meadow. Diez días después del asesinato, volvieron a entrar en Butte tropas federales (tal como hicieran en 1914). Ese otoño la huelga se desmoronó, y las tropas permanecieron allí hasta el final de la guerra, protegiendo la producción de cobre. Los asesinos, que la gente sospechaba habían sido contratados por la Compañía Minera Anaconda, nunca fueron localizados.
La historia de Frank Little y el soborno mortal se convirtió en una de las preferidas de Hammett, que por lo general obtenía la reacción de horror que buscaba. Lillian Hellman la oyó por primera vez no mucho después de conocer a Hammett en Hollywood en 1930, y años después dejó constancia del relato en sus memorias Scoundrel Time [Época de granujas]:
En los primeros meses después de conocerle, recuerdo estar sentada en una cama a su lado, oyéndole hablarme de sus tiempos de Pinkerton, cuando un directivo de la Compañía de Cobre Anaconda le ofreció cinco mil dólares por matar a Frank Little, el sindicalista. No conocía a Hammett lo bastante bien para apreciar la ira bajo la voz reposada, la amargura bajo la risa, conque dije: «No pudo hacerte una oferta así a menos que Pinkerton te hubiera enviado a reventar la huelga».
«Eso viene a resumirlo», contestó.
La idea de que había sido un rompehuelgas pareció ofender a Hellman por lo menos tanto como el importe letal del soborno, pero «a lo largo de los años —escribió—, repetiría esa oferta de soborno tantas veces que, conociéndolo ahora, llegué a creer que fue una suerte de momento clave en su vida. Le había otorgado a un hombre derecho a pensar que él cometería un asesinato».[4] Decidió que la historia no solo era cierta, sino que lo había marcado de manera permanente. «Creo que la convicción de Hammett de que vivía en un mundo corrupto se remonta a la fecha exacta del asesinato de Little».[5]
Aunque había visto corrupción en abundancia, lo más probable es que Hammett no hubiera llegado a ver nunca a Frank Little, ni vivo ni muerto, aparte de en las fotografías de su autopsia y su máscara mortuoria que se publicaron en la prensa esa funesta semana.[*] A primera vista, no parece muy probable que fueran a escoger a un hombre recién contratado por la oficina de Baltimore para asesinar a un líder wobbly; los agentes secretos de Pinkerton en Butte eran enviados sobre todo de las sucursales de Denver y Spokane; y la cifra (cinco mil dólares) resulta sospechosamente elevada, por mucho que hubieran encargado a Hammett hacer el trabajo solo. Little ya había sobrevivido a un intento de linchamiento, y Anaconda podía haber elegido entre docenas de matones a sueldo mejor cualificados para matarlo ese verano. La única persona que ofreció el trabajo a Hammett parece haber sido el propio Hammett, en un cuento de bar que mostraba todos los indicios de su estilo literario: introducirse en la historia solo lo suficiente para que resultara verosímil, no afirmando que hubiera tomado parte en el asesinato, sino embozando elegantemente su historia en aquella atmósfera.
Pero como Pinkerton, Hammett no necesitó ver ese conflicto en particular aquel verano para experimentar la brutalidad y la corrupción. Ya había hecho las veces de combatiente a sueldo en otras escaramuzas sindicales, aprendiendo de ellas que incluso cuando un cliente era deleznable, el detective debía lealtad antes que nada a su misión. Sin dudas, el relato del incidente de Little debía de evocar más de un trabajo suyo como rompehuelgas.
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